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Cuentos para ser recordados (Cuentos infantiles sobre familia, amistad, emociones, valores, aprendizaje, motivación y actitud positiva nº 3) (Spanish Edition)

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Cuentos para vivir el duelo

Year:
2015
Language:
spanish
File:
EPUB, 566 KB
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Cuentos para ser recordados

© Fernando Ruiz Rico

ISBN: 978-84-09-19253-3 (papel)

ISBN: 978-84-09-19314-1 (digital)

Todos los beneficios de este libro son para:

Alianza española de familias de von Hippel-Lindau

www.alianzavhl.org





Registrado en SafeCreative bajo la licencia Todos los Derechos Reservados . No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la prop iedad intelectual.

Cuentos para ser recordados





Contenido





Aunque sea de noche y haga un frío que pela


¡Shhhhhhh!

Cajas de cartón

No lo puedo evitar

Alumnos tranquilos

El cinturón negro

La primera lección

Hasta que aprendáis de una escoba

Escuchando a todos para entender a cada uno

La búsqueda del tesoro solidario

Más cuentos en…

Cuentos para ser escuchados

Cuentos para ser compartidos

¡Gracias!





Aunque sea de noche y haga un frío que pela

¡Es sábado! ¡Todos en pie! ¡Hoy hay partido de fútbol! ¡Se levanta nuestro campeón a las siete de la mañana sin esfuerzo alguno! Porque el partido de los sábados es lo más importante para David, y para toda la familia. Y energía no le falta al chiquillo… ¡qué bonito es tener diez años!

Un desayuno rápido, a vestirse y a calentar. Calzoncillos, calcetas, pantalón, camiseta térmica y el suéter con su mágico número uno en la espalda. Y por último las rodilleras, las coderas y los guantes obligatorios… porque cuando David juega se piensa que el suelo es un colchón y no tiene miedo alguno de tirarse con tal de evitar que el balón entre en la portería.

–¡Papá, sal a chutarme! ¡Venga, papá! –grita desde la calle pidiéndole a su padre que le ayude a calentar.

–¡Ya voy, hijo, ya voy! –contesta él con un tono que refleja un poco de sueño y un mucho de felicidad al ver a su hijo tan il; usionado.

Después de ese calentamiento improvisado en la acera, de camino hacia el coche, David comienza a meterles prisa al resto de la familia. ¡No se puede llegar tarde! ¡Y por supuesto, nadie se puede perder el partido semanal del mejor equipo de fútbol del mundo! Nuestro portero dice que allí deben estar todos animando. Además, no importa si hace frío, ni tampoco importa si se te congela el culo al sentarte en el banco… ¡la asistencia al partido es obligatoria!

Al llegar al polideportivo, nuestro portero baja corriendo y, como una flecha, se dirige a la pista para calentar con el resto del equipo… e incluso esa pequeña carrera, para él, también forma parte del entrenamiento. Corre concentrado y con un estilo inconfundible, porque David trata de imitar a los jugadores profesionales.





Ya están todos en la pista. María, una joven entrenadora veinteañera, y sus pequeños discípulos de nueve y diez años. Todos con un único objetivo: ser el mejor equipo de fútbol del mundo. Y no los mueve el resultado del partido, ni ponerse los primeros en la clasificación. Los mueve la motivación de jugar mejor que el sábado anterior, de ser más hábiles y más rápidos en cada partido.

Lo primero y lo más importante es la reunión inicial. Todos deben prestar mucha atención a los consejos de su entrenadora. Se ponen en círculo y escuchan atentamente la charla que María, de forma muy acertada, considera indispensable:

–Recordad que todos formamos un magnífico equipo, el mejor equipo del mundo. No nos valen las jugadas individuales, ni los chutes a la portería por si cuela. Quiero veros jugar con ganas, con muchas ganas, como si ahora mismo no existiera nada más para vosotros que este partido.

María les ha enseñado muy bien y todos la quieren un montón. Y no solo los niños le tienen muchísimo cariño, los padres también tienen mucho que agradecerle, todos sienten que esa magnífica entrenadora se ha hecho un hueco en sus corazones. Para un padre no hay nada más importante que un hijo, y por eso quieren también tanto a María, porque ella poco a poco ha logrado que aquellos peques aprendan a superarse a sí mismos. Ella ha conseguido que sean atrevidos y disciplinados. Ha conseguido transformar a varios niños revoltosos y distraídos en los mejores jugadores de fútbol del mundo.





Cuando vives cada momento con tanta intensidad, disfrutas y aprendes al mismo tiempo. Jugando al fútbol todos han aprendido que no importa el resultado, sino la confianza en uno mismo y en el resto del equipo. Pero en esos momentos futbolísticos han aprendido algo incluso aún más importante: ahora saben estarse quietos y atentos, ahora saben escuchar y prestar atención, y lo han demostrado en el campo, donde son capaces de hacer realidad fantásticas jugadas que antes solo podían imaginar.





Entre semana María también se acerca al cole para entrenarlos un par de horas. Todos la quieren un montón, y es normal porque sin duda es la mejor entrenadora del mundo. Ella con mucha paciencia les proporciona todas las instrucciones necesarias, y sabe moldearlos para que sus padres se sientan orgullosos de ellos. Es normal que la quieran tanto… ella sabe infundir en sus hijos esa ilusión tan bonita que tienen todos por jugar, que les hace levantarse a las siete de la mañana sin esfuerzo. Ella consigue que formen un buen equipo, que sean mejores aun que futbolistas profesionales. Para un padre es muy bonito ver cómo se despierta y se levanta con ilusión su hijo, aunque todavía sea de noche y haga un frío que pela.





Pero llegó el día que algunos temían y no querían aceptar. María les comunicó a todos su intención de seguir estudiando por las tardes en la universidad y por ese motivo no podría seguir entrenando a sus pequeños amigos.

David, al enterarse, se puso muy, muy triste. Pero se le pasó rápidamente cuando su querida entrenadora les prometió que al finalizar el partido les invitaría a comprarse lo que quisieran en la cafetería del polideportivo. Enseguida todos aplaudieron, se chocaron las manos y siguieron calentando muy animados.

Sin embargo, ese día el suelo le volvió a parecer duro y peligroso a David. Veía pasar el balón lejos de sus manos, mientras se le escapaba como si creyera que cada gol era imposible de parar. Aquel atrevido portero se había vuelto despistado e inseguro. Al quinto gol todos sus compañeros acudieron a la portería para animarlo, aunque mientras le decían que no pasaba nada alguna que otra lagrimita se le escapaba a David. Aquel día las protecciones de nuestro portero acabaron el partido intactas, ni un nuevo rasguño se unió a los tantos que ya acumulaban.

Al finalizar el partido, y a pesar de la tremenda paliza que recibieron del equipo contrario, todos corrieron contentos a la cafetería a por su trofeo. Salieron orgullosos con un refresco en la mano, mientras gritaban una y otra vez que su entrenadora era la mejor del mundo. Y todos sus padres los miraban riéndose, felices al verlos tan ilusionados por un simple refresco.

Sin embargo, alguno de aquellos padres comenzó a sentir un nudo en el estómago al darse cuenta de que los niños siempre dicen la verdad: María era sin duda la mejor entrenadora del mundo. Era atenta y amable, a la vez que enérgica y disciplinada. Pero lo más importante: se había ganado el cariño y la devoción de aquellos pequeños que unos meses antes preferían pasar los sábados encerrados en casa jugando a la consola.

Al acabarse el refresco, todos le chocaron la mano a María y se despidieron con un abrazo multitudinario. Después se dirigieron al aparcamiento y David se subió al coche como siempre, dándole golpes al balón, como si fuera un famoso malabarista que no se puede permitir que nada caiga al suelo.

Todo parecía ir bien, hasta que llegaron a casa. David bajó del coche completamente abatido, y comenzó a caminar por la acera arrastrando los pies mientras golpeaba su balón como si ahora se tratara de una piedra muy pesada. Su padre intentó regatearle como solía hacer mientras entrenaban, esta vez con la intención de animarlo, para intentar que reaccionara. Sin embargo, aquel balón había perdido todo el protagonismo, como si ya no fuera el centro de atención, como si ya no fuera sábado.





Pasaron unos cuantos días y la nueva entrenadora no parecía captar la atención de aquellos niños revoltosos y rebeldes. Al siguiente sábado David ya no se levantó con esa tremenda ilusión que antes lo desbordaba. Sonó el despertador y no tuvo efecto alguno.

Al poco sonaron también las palabras de su padre:

–¡Venga, hijo! ¡Es sábado! ¡Hoy tenemos partido!

Las palabras normales se desplazan a la velocidad del sonido, pero en aquella casa las palabras «sábado», «fútbol» y «partido» parecían moverse más rápido, como si viajaran a la velocidad de la luz hasta los oídos de David. Además, esas palabras solían inyectar energía en sus músculos, que parecían reaccionar de forma inmediata, sin importar que fuera todavía de noche o que hiciera un frío que pela. Pero esta vez se trataba del primer sábado sin su magnífica entrenadora, y esas mágicas palabras parecían haber perdido todo su significado. Viajaron hasta los oídos de David, pero su pequeña cabecita no se despertaba.

Su padre se sentó al lado de su cama, y tras probar un ataque insoportable de cosquillas, seguidas de todas las formas de tortura imaginables, consiguió finalmente levantarlo para que se sentara a desayunar.

Y como para un padre lo más importante es su hijo, aquel papá decidió tomar cartas en el asunto. Cogió el balón, se bajó corriendo al descampado que tenían cerca de casa y comenzó a gritar:

–¡David! ¡Venga, que es sábado! ¡Hoy tenemos partido!

Eran las siete y poco de la mañana de un sábado, y aquellos gritos no sonaron indiferentes. Más de un vecino se asomó a la ventana para decirle a aquel loco que se callara. Y David, quien ya había acabado de desayunar, todavía en pijama, también se asomó, y se quedó perplejo al ver que aquel cuarentón con barba y canas gritaba como si fuera un niño pequeño.

–¡Papá, qué haces! ¡No ves que es de noche y la gente está durmiendo! ¡Los vecinos se van a enfadar! –gritaba a la vez que se reía al ver a su padre haciendo el tonto.

–¡No pienso callarme hasta que bajes! –respondió él mientras golpeaba el balón con los pies, las rodillas y la cabeza, tratando de imitar a David cuando jugaba a ser un famoso malabarista.

Y quien la sigue la consigue… a los pocos minutos apareció David en la calle, con el pelo revuelto, pero vestido con su uniforme, luciendo ese mágico número uno en su espalda, y con todas las protecciones bien colocadas.

Padre e hijo pasaron los quince minutos más felices de sus vidas, en aquel descampado, regateándose y chutando a unas porterías imaginarias hechas con dos piedras en el suelo. Aquel cuarentón con barba y canas no paraba de hacer el tonto mientras intentaba recobrar la respiración tras cada regateo. Y David se reía a carcajadas una vez tras otra al oír a su padre retransmitiendo cada jugada, al ver que seguía haciendo el tonto sin importarle lo que dijeran los vecinos.

Cuando por mucho que lo intentaba le fue imposible seguir el ritmo, se tumbó en el suelo, boca arriba. Y entre risas y carcajadas, David intentó levantarlo estirándole de la mano, pensando que por allí solían pasear los perros, y a saber encima de qué se habría tumbado su padre. Pero como todos sabemos, cuando te ríes pierdes las fuerzas, y su papá tampoco es que estuviera muy flaco, así que al ver que no podía moverle ni un milímetro, se sentó allí a su lado y ambos empezaron a reírse juntos, como no recordaban haberlo hecho nunca.

Una vez recobraron la respiración, se pusieron en pie y al ver la hora se apresuraron a llamar al timbre para que bajara el resto de la familia. A los pocos segundos se dirigían todos corriendo hacia al coche mientras chutaban el balón por la acera. De camino al polideportivo y tras las primeras quejas sobre el mal olor que se podía percibir allí dentro, padre e hijo comenzaron a reírse de nuevo de forma sincronizada porque ambos sabían de dónde provenía el mal olor.

Aquel sábado nadie se acercó al papá de David, ciertamente olía muy mal, en parte por el sudor provocado por aquel minipartido con su hijo, y también porque se había manchado el suéter y los pantalones al tumbarse en el descampado por donde suelen pasear los perros.

Pero aunque nadie quisiera arrimarse a su padre, lejos de sentirse avergonzado, David sonreía mientras recordaba cómo hacía el tonto en el descampado. Durante el partido le volvieron a colar unos cuantos goles, pero recobró un poco la confianza en sí mismo. Volvía a sonreír y tenía ilusión por volver a jugar. El balón ya no quedaba tan lejos, y el suelo había dejado de ser duro y peligroso. Ese sábado al acabar el partido volvió a enseñar orgulloso los nuevos rasguños en sus protecciones, ocasionados por haberse tirado para intentar parar el balón.





¿Y María? Aquella magnífica entrenadora dejó aparcado un poco el fútbol porque la universidad acaparaba gran parte de su tiempo. Pero por mucho que estuviera centrada en sus estudios, nunca olvidó las sonrisas de sus pequeños amigos mientras enseñaban muy felices a sus padres los refrescos que ella les había regalado. Ni tampoco olvidó nunca aquel multitudinario abrazo. Y por supuesto, nunca olvidó aquellos ojos que la miraban muy atentos, como si ella fuera el centro del universo cuando los reunía en círculo antes de cada partido.

Sin duda, María fue para ellos la mejor entrenadora del mundo, de ella aprendieron que el fútbol es importante, pero aún lo es más el equipo, el compañerismo, la disciplina, y mantener la ilusión por levantarse cada día para jugar con tus amigos, aunque sea de noche y haga un frío que pela.





¡Shhhhhhh!

El encargado de una importante biblioteca llegó a su edad de jubilación y decidieron publicar una oferta de trabajo para buscar a alguien que pudiera sustituirle.

Después de unas primeras entrevistas, eligieron de entre todos los interesados a cuatro posibles candidatos cuyo perfil parecía ajustarse al puesto de trabajo.

Como gesto de cortesía hacia el bibliotecario, y dada la gran confianza que el alcalde tenía depositada en él, dejó en sus manos la última decisión para eligir cuál era el candidato más adecuado y por lo tanto, quién ocuparía el puesto finalmente.

El bibliotecario decidió convocar a los cuatro el domingo por la mañana a primera hora para que fueran a la biblioteca, ya que la prueba tendría lugar allí.

Acudieron todos muy puntuales, y después de abrir las puertas y levantar las persianas, se sentaron para escuchar atentamente al bibliotecario, quien susurrando les explicó que la prueba era muy sencilla, ya que solo debían permanecer allí en la biblioteca callados un día entero, sin decir ni una sola palabra, hasta que se hiciera de noche.

Todos ellos permanecieron callados, leyendo libros la mayor parte del tiempo y dando algún paseo que otro hasta la puerta principal, mientras dudaban sobre la validez de aquella prueba que, en su opinión, superarían sin problema alguno.

Cuando empezó a oscurecer comenzaron a notar que resultaba muy difícil seguir leyendo. Uno de ellos se levantó y acudió al bibliotecario para preguntarle susurrando:

–¿Dónde están los interruptores de las luces?

Otro candidato, al oír a su compañero, decidió llamarle la atención, y también en voz baja le dijo:

–¡Shhhhhhh! Recuerda que estamos en la biblioteca y no debes hablar.

El tercer candidato, indignado, también susurrando, decidió llamarles la atención a sus compañeros para que se callaran:

–Parece mentira que no hayáis sido capaces de estar callados tal como se nos pidió.

La cuarta candidata los miró con cara de satisfacción, mientras pensaba que el puesto ya era suyo, ya que sus compañeros no habían sido capaces de superar la prueba porque no habían permanecido completamente callados. Muy orgullosa exclamó:

–¡Qué suerte he tenido! De los cuatro candidatos he sido la única que ha superado la prueba, ya que se ha hecho de noche y he conseguido permanecer en silencio.

Al día siguiente el bibliotecario fue a decirle al alcalde que era necesario buscar a más personas interesadas en el puesto de trabajo, ya que ninguno de los candidatos había logrado superar la sencilla prueba que les había propuesto.





Cajas de cartón

Allí estaba sentado, en la acera, sobre varias cajas de cartón plegadas. Esa era su rutina desde hacía algún tiempo. Después de abandonar los estudios obligatorios estuvo buscando trabajo sin mucho éxito. Siempre obtenía la misma respuesta cada vez que solicitaba trabajo en algún sitio: «Sin experiencia y sin estudios no te podemos contratar».

Además de las cajas de cartón plegadas sobre las que se sentaba, había utilizado hábilmente algunos cartones para construir una caja que colocaba junto a él para recoger las limosnas que la gente quisiera dejarle.

Por allí pasaba también cada día un empresario que no tardó en compadecerse de la situación de aquel joven mendigo. Al cabo de unas semanas se sentó junto a él para ofrecerle trabajo. El joven le advirtió de que no tenía cualificación alguna y que solo era capaz de realizar tareas muy simples como trasportar objetos pesados o barrer el suelo. El empresario sonriendo contestó que no se preocupara por eso, y que ya encontrarían algún trabajo adecuado para él. El mendigo ilusionado se puso de pie en un santiamén, cogió las pocas monedas que se encontraban en la caja y las guardó en su bolsillo. A continuación, plegó la caja y la colocó encima de los cartones en los que estaba sentado. Por último, ató la pila de cartones con una cuerda, se los cargó a la espalda y, haciendo un gesto amable con su mano, le dijo al empresario:

–Usted primero.

Al llegar a una de las naves, el empresario le dijo que antes de comenzar su trabajo debía realizar un pequeño encargo. Sacó una carretilla con unas cajas de cartón plegadas y le dijo que fuera a venderlas a una empresa de reciclaje que se encontraba al girar la esquina.

Al observar aquella pila de cajas tan bien plegadas que se encontraban en la carretilla, el mendigo le comentó que tal vez le ofrecerían más dinero en la empresa de transportes que se encontraba un poco más abajo. Añadió que las cajas se encontraban en buen estado y podían ser reutilizadas en vez de recicladas. Los transportistas llevaban en sus camiones productos muy diversos y solían utilizar cajas similares para evitar que todo se moviera de un sitio a otro en sus viajes.

El empresario volvió a sonreír mientras le contestaba:

–¡Me parece perfecto! Lleva las cajas donde creas que te pueden ofrecer más dinero y me traes todo el beneficio que obtengas de ellas.

El joven mendigo colocó también encima de la carretilla los cartones que solía utilizar mientras mendigaba y que tenía atados con una cuerda. A continuación cogió con decisión aquella pesada carretilla y se dirigió ilusionado calle abajo.

Después de recorrer más de un kilómetro, llegó a la empresa que él había visitado más de una vez para venderles cajas de cartón que él también había recogido en otras ocasiones para ganarse algún dinero. Allí amablemente le pagaron como siempre por unas cajas perfectamente plegadas que se encontraban en muy buen estado.

Al volver, le entregó al empresario más dinero del que él tenía previsto en un principio, y le explicó ilusionado cómo lo había conseguido:

–He llevado a la empresa de transportes las cajas de cartón plegadas que usted me ha entregado, y también he llevado las que yo utilizaba para sentarme mientras mendigaba y que gracias al trabajo que usted me ha ofrecido ya no me hacen falta. Aquí tiene el dinero que he obtenido por su venta.

El empresario cogió aquellas monedas satisfecho y emocionado, y le felicitó por haber cumplido con tanta eficiencia su encargo. A continuación le pidió que le acompañara para indicarle sus próximas tareas.

Uno a uno le fue presentando a todos los empleados de aquella empresa, indicándole el trabajo que desempeñaban. El mendigo emocionado les estrechó la mano con fuerza a todos ellos y a pesar de que acababa de llegar comenzó a sentirse parte de aquel equipo.

Al finalizar la visita se dio cuenta de que los ingresos de aquella empresa provenían principalmente de la fabricación y distribución de todo tipo de cajas de cartón, y que no solo colaboraban con la empresa de reciclaje que se encontraba a la vuelta de la esquina, sino también con la empresa de transportes que estaba calle abajo, quienes probablemente habrían hablado bien de él.

–Entonces, ¿aceptas el trabajo? –preguntó el empresario.

–¡Estoy deseando empezar a trabajar! ¡Tendrán el suelo más limpio que nunca! ¡Prometido! –contestó el mendigo entusiasmado.

El empresario comenzó a reírse y entre carcajada y carcajada le explicó que allí el suelo lo barrían entre todos. Además, al ver que no acababa de creerse todo aquello, decidió justificar su decisión de contratarle:

–¿Sabes? Al igual que en la empresa de transportes sí saben apreciar el verdadero valor de unas cajas de cartón en perfecto estado y te han pagado más que en la empresa de reciclaje, yo creo que tú te estás infravalorando. Además de barrer y transportar cargas pesadas con una carretilla, seguro que eres capaz de desarrollar otros trabajos más cualificados.

Durante los primeros días solo se dedicó a barrer los restos de cartón que se acumulaban en el suelo para llevarlos a reciclar tal como hacían habitualmente. Pero con el tiempo ganó más y más confianza en sí mismo y el joven se integró a la perfección en la plantilla de aquella empresa. A las pocas semanas comenzó a realizar importantes aportaciones. Sugirió diversos ajustes en las máquinas que cortaban y doblaban el cartón, mejorando la productividad. Incluso dibujó diversos bocetos con diseños especiales para fabricar cajas de un tamaño y una durabilidad más adecuadas para las empresas de transporte.

Al cabo de casi un año, cuando se acercaban las vacaciones de Navidad, todos los trabajadores se reunieron para comer juntos. Algunos de ellos evocaron en sus conversaciones recuerdos de su infancia sobre cómo disfrutaban jugando con cajas de cartón, y aquello pareció iluminar la mirada de nuestro joven trabajador.

Al día siguiente llegó nervioso y con el pelo revuelto, como si algo rondara su cabeza y necesitara contárselo a alguien. Se dirigió corriendo hacia las oficinas donde se encontraba el encargado de dirigir el proceso de fabricación de las cajas con varias hojas enrolladas en la mano. Las extendió sobre una mesa y comenzó a explicar el significado de algunos diseños que había dibujado él mismo, mientras movía los dedos de un lado a otro.

A los pocos minutos ambos salieron corriendo de las oficinas para hablar con el empresario, y en ese momento pareció desencadenarse un hecho que hoy en día sigue dando de qué hablar.

Aquellas navidades muchos niños recibieron en sus casas regalos envueltos en fantásticas cajas de cartón que parecían auténticos barcos piratas, coches de carreras y naves espaciales. Muchos padres atónitos llegaron a observar incluso cómo sus hijos jugaban con las cajas de cartón dejando de lado los juguetes que contenían.





Pero al sentarse en el suelo con ellos comenzaron a sentirse niños porque volvieron a vivir esos momentos tan felices de su infancia en los que una simple caja de cartón conseguía hacer volar su imaginación y no necesitaban caros y sofisticados juguetes para poder divertirse. De ese modo, y no solo durante las vacaciones, padres e hijos pasaron más tiempo juntos y muchos disfrutaron como nunca lo habían hecho antes.

Algunos niños se metían en las cajas que había diseñado nuestro joven empleado, y se convertían en intrépidos pilotos de carreras. Les pedían a sus padres que llenaran el depósito de su fantástico bólido o les decían que tenían que cambiar las ruedas lo más rápido posible, como si toda la familia formara un equipo perfectamente coordinado. Otros niños se colocaban una caja de cartón en la cabeza y se imaginaban viajando por el espacio mientras hablaban con sus hermanos utilizando unos intercomunicadores imaginarios. Y algunos se morían de risa al ver cómo las cajas se rompían cuando sus padres intentaban meterse en ellas. Pero incluso en estas ocasiones niños y adultos disfrutaban de largos momentos mientras reparaban juntos el estropicio con un poco de cinta adhesiva.





No lo puedo evitar

Dos hermanos pasaban gran parte del día peleándose. Sus padres habían intentado hablar con ellos muchas veces, pero nunca conseguían aclarar el motivo de sus disputas. El pequeño se excusaba diciendo que él nunca molestaba ni hacía nada, y el mayor, que parecía ser más consciente de la situación, argumentaba que su hermano le hacía rabiar y tenía que gritarle o empujarle para que lo dejara tranquilo.

Tras los gritos, el empujón habitual y el inevitable y a veces exagerado llanto del pequeño, acudían ambos padres preocupados, preguntando qué había pasado. Daba igual las veces que les pidieran explicaciones, el hijo mayor muy enfadado siempre contestaba lo mismo: «Si él no puede evitar molestarme, yo no puedo evitar empujarlo».

Pero un buen día, harto de escuchar tantos chillidos, el padre cerró su ordenador portátil, lo metió en su mochila, se la puso a la espalda y se dirigió hacia la puerta. Tras acercarse y comprobar que los dos estaban bien, les explicó que tenía que irse a ver a la abuela ya que hacía unos días que no se encontraba bien y quería ir a hacerle compañía. Añadió además que como ella vivía en un sexto piso sin ascensor, le costaba mucho subir y bajar las escaleras, y no solía salir mucho a la calle. Por ello quería ir también a comprarle algunas cosas que le hacían falta.

Tras haber observado varias peleas consecutivas entre los dos hermanos ese mismo día, el padre se encontraba realmente apenado. Abrió la puerta y dirigió la mirada hacia atrás. Al observar que estaba casi llorando, su hijo mayor se acercó para abrazarlo y pedirle perdón:

–Perdona, papá, es que no lo puedo evitar.

El padre, emocionado mientras se limpiaba las lágrimas, le dijo:

–Tengo que irme a casa de la abuela, pero antes quiero pedirte un favor muy grande. Si tu hermano te hace rabiar, ven corriendo a buscarme, que ya sabes que tu abuela vive cerca, y cuando llegues me cuentas todos los detalles de los hechos. Si cumples esto, yo te prometo que tomaré medidas severas para atajar el mal comportamiento de tu hermano, y te aseguro que ya no te molestará más.

Al concluir esa frase, le dio un besito y dejó a los niños con su madre. Al llegar a casa de la abuela, sacó el ordenador portátil de la mochila y se sentó a trabajar de la misma forma que hacía en su casa.

Y como era de esperar, la paz duró poco y el timbre sonó al cabo de quince minutos de haberse sentado. El hijo mayor apareció sofocado, casi sin poder respirar y, mientras cogía una silla, dijo que necesitaba sentarse un minuto para poder recobrar el aliento. Su padre, muy tranquilo, siguió escribiendo en el ordenador, pero su abuela, muy preocupada al verlo tan agobiado, sacó un vaso de agua y se sentó a su lado para preguntarle qué ocurría.

–Abuelita, tengo un problema muy gordo: mi hermano me hace rabiar a todas horas. Y cuando me molesta, tengo que pegarle para que pare, no encuentro otra solución. Papá me había dicho que cuando volviera a pasar, viniera corriendo a contárselo y eso he hecho.

–¿Y qué te ha hecho tu hermano para que estés tan agobiado? –preguntó su abuela todavía preocupada.

–Pues ahora casi ni lo recuerdo, pero seguro que es grave, porque cuando me molesta me hace rabiar tanto que no puedo evitar pegarle… bueno, menos esta vez que quería venir corriendo para contárselo a papá, y no le he hecho nada.

La anciana sonrió más tranquila y le dio un besito a su nieto.

–Pero tú no te preocupes, abuelita, que ya se me ha pasado… me vuelvo a casa, que tenía una partida a medias en la consola –contestó él mientras se ponía de pie para abrazar a su abuela y despedirse de ella.

Y después de un besito, un abrazo y un «te quiero» de lo más cariñoso, se marchó sin ni siquiera haberse dado cuenta de que su padre también se encontraba allí sentado, y salió por la puerta sin despedirse de él.

Cierto es que en casa se comportaban de la misma forma, como si no existieran ni su padre ni su madre. Por ello, como era de esperar, al día siguiente surgió una nueva pelea. Pero esta vez no se oyó recriminación alguna, solo se oyó el golpe de la puerta de la casa al cerrarse.

A la media hora apareció de nuevo el mayor de los hermanos en casa de su abuela, al igual que el día anterior. Además, también estaba sofocado y sudando, tras la carrera de una casa a la otra y por haber subido los seis pisos corriendo.

–Uffff, abuelita, ¡qué calor hace!

–¿Qué ha ocurrido? ¿Te encuentras bien?

–Tranquila, abuelita… ha sido mi hermano otra vez, pero ¿sabes?, se me ha vuelto a olvidar lo que me ha hecho… después de la carrera que me he tenido que pegar estoy hecho polvo. ¿Tienes un poco de agua fresca?

Su abuela sacó una botella de la nevera y la dejó encima de la mesa, junto con un vaso y un plato de galletas.

–¡Mmmmmmm! ¿Estas galletas las ha hecho tú? ¡Están buenísimas, abuelita! –dijo el nieto mientras se comía una galleta tras otra.

–Sí, he seguido una receta secreta que ha ido pasando de generación en generación en nuestra familia –contestó ella mientras sonreía muy feliz al verle chuparse los dedos.

–Mis papás también hacen galletas, ¡pero las tuyas están mucho más buenas! –añadió él sin parar de comer.

Una vez se hubo acabado todo el plato y después de beberse un par de vasos de agua fresca, le dio un besito muy cariñoso a su abuela para despedirse. Se dirigió hacia la puerta, pero justo después de abrirla se giró como si hubiera olvidado algo...

–Abuelita, he disfrutado mucho estando contigo, gracias por el agua fresca y las galletas… ¡eres genial! ¡Y adiós a ti también, papá! ¡Nos vemos en casa!

Esta vez sí se había dado cuenta de que su padre también se encontraba allí a su lado, aunque había olvidado por qué se había marchado de casa, de la misma forma que había olvidado por qué estaba cabreado con su hermano.

Al tercer día el padre decidió quedarse en casa. Pasaban las horas y no parecía surgir ninguna rencilla entre ambos hermanos, hasta que a la hora de merendar comenzó a oírse cierto revuelo... ambos habían cogido la consola y un balón, como si fueran a salir a la calle…

–Papá, nos vamos a visitar a la abuela que ayer la vi un poco pachucha y queremos ir a hacerle compañía –argumentaba el mayor con la idea de comerse unas cuantas de aquellas galletas caseras tan deliciosas.

–Bueno, y también vamos a merendar con ella, que me acabo de enterar de que la abuela hace las mejores galletas del mundo –añadió el pequeño desvelando el verdadero secreto de aquella iniciativa.

–Y después de merendar iremos un rato al descampado para que jueguen al fútbol –añadió la madre mientras se acercaba.

Los tres salieron de casa cogidos de la mano y disfrutaron de un paseo maravilloso hacia casa de la abuela, y al llegar jugaron a ver quién conseguía subir más rápido todos los peldaños de las interminables escaleras.

¿Y las peleas? Pues no podemos decir que después de aquel día ambos hermanos dejaran atrás todas sus diferencias, siguieron riñendo de cuando en cuando. El pequeño seguía haciendo rabiar al mayor y este seguía sin poder evitar cabrearse, pero sí descubrió cómo conseguir que las burlas de su hermano le afectaran un poco menos. Su padre le enseñó que con paciencia y comprensión se pueden conseguir muchas más cosas que con gritos y peleas. Poco a poco todas las personas que vivían en aquella casa aprendieron a chillar menos y a disfrutar más de cada momento que pasaban juntos.





Alumnos tranquilos

Tal vez fuera la clase ideal para muchos profesores, pero después del primer mes de curso, él se encontraba desmotivado. Cierto era que los alumnos de su tutoría eran los más tranquilos del instituto. Conseguían mantener la calma desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Solo charlaban durante los recreos, y tampoco eran muy efusivos durante ese tiempo.

Durante un mes entero había mantenido la misma rutina. Todos los días utilizaba las técnicas tradicionales: pizarra, lectura del libro de texto y redacciones. Pero por aburrido que fuera, nadie hablaba en ningún momento, ni para preguntar alguna duda, ni tampoco para mostrar conformidad o disconformidad con algo.

Incluso comenzó a echar en falta a esos alumnos que en otros grupos rompen la monotonía aunque solo sea para quejarse. En este momento del curso se suele haber llegado a un nivel de confianza en el que todos para bien o para mal se sienten cómodos y suelen expresar sus opiniones. Por ello resultaba muy extraño que nadie levantara la mano en ningún momento… nadie parecía encontrar el más mínimo motivo para interrumpir la clase y decir cualquier comentario, por absurdo que fuera. Tampoco se giraba nadie para charlar con el compañero… no era posible que no tuvieran nada que contarse. ¿Acaso no pasaba nada emocionante en sus vidas? O tal vez la responsabilidad gobernaba sus cuerpos y ni se les pasaba por la cabeza saltarse la norma de guardar silencio en clase… En cualquier caso, aquel grupo no se parecía en absoluto al resto.

El primer lunes del segundo mes, después de parar el despertador, se propuso poner punto y final a aquella situación. Su cabeza comenzó a llenarse de ideas, mientras su conciencia no parecía callar ni un momento. Por un lado, su vocecita interna le pedía que dejara las cosas como estaban, que disfrutara del privilegio de tener unos alumnos tan tranquilos. Pero por otro lado, oía ese mensaje continuo que le impedía pensar con lucidez. Era obvio que echaba de menos a esos alumnos nerviosos e inquietos que rompen la monotonía y le dan un toque único y especial a las clases de Historia.

Así que, mientras desayunaba, decidió que ya era suficiente, y que iba a tomar cartas en el asunto. Entró en el instituto justo cuando sonaba el timbre y se dirigió corriendo a su clase, casi sin saludar a nadie, intentando no escuchar aquella voz que le seguía pidiendo que no hiciera nada y que siguiera disfrutando de unas clases tranquilas.

Sin embargo, allí se encontraba, decidido, ante una clase que esperaba como siempre que fuera él quien hablara y ellos los que tomaran notas. Que fuera él quien escribiera en la pizarra y ellos los que copiaran.

Sin embargo, ese primer lunes del segundo mes del curso, él se quedó parado, mirándolos fijamente a todos, casi sin parpadear. Al cabo de varios minutos abrió la boca y, elevando ligeramente la voz respecto al día anterior, les dijo:

–¿Sabéis qué voy a explicar hoy?

Se miraron extrañados los unos a los otros sin saber qué contestar. Él siempre ponía el título de la lección en la pizarra al comenzar la clase. Solo él sabía qué iba a explicar y, lo más importante, le correspondía al profesor decidir el tema de cada día.

Después de unos largos minutos en silencio y al observar la habitual pasividad de los alumnos, decidió ser él quien volviera a hablar:

–Pues si no tenéis ni idea sobre qué va la clase de hoy, ¿cómo vais a ser capaces de aprender nada?

Después de decir aquello se sentó y permaneció en su silla callado hasta que sonó el timbre de la siguiente clase. En ese momento se levantó y se marchó como si nada.

Al día siguiente tuvo la misma pelea interna por seguir la rutina. Su conciencia le seguía diciendo que era mejor dar clase a un grupo tranquilo que intentar dar clase a un grupo de alumnos que no paran de hablar. Pero de nuevo acelerado e intentando acallar esa voz interna, volvió a entrar en el aula. Permaneció allí de pie, inmóvil, esperando a que entraran todos, mientras no paraba de mirarlos fijamente. Cuando ya se encontraban sentados, esperó un momento y, con la misma firmeza que el día anterior, preguntó:

−¿Sabéis qué voy a explicar hoy?

Y justo después de pronunciar aquella pregunta pasó algo inesperado, ¡el delegado de la clase levantó la mano! Muy sorprendido, y sin dar crédito a lo que veía, el profesor se quedó mudo. Pero no podía dejar pasar aquella oportunidad de saber qué querían decirle, y le cedió la palabra.

–Sí, lo tenemos claro –contestó el delegado de la clase muy decidido.

El único tema de conversación en los recreos del día anterior fue la actitud de su profesor, y ante la previsión de una conducta similar al día siguiente, se habían puesto todos de acuerdo para dar aquella respuesta, y allí se encontraban, muy satisfechos de haber sido capaces de responder adecuadamente… o al menos eso creían….

–Si ya tenéis claro qué tema tenía previsto exponer hoy, entonces no necesitáis que os explique nada –contestó su profesor sin ni siquiera inmutarse, sentándose a continuación en su silla, como si no pasara nada.

Todos se volvieron a mirar los unos a los otros, al igual que el día anterior, pero aún más sorprendidos, y en aquel momento los más atrevidos se levantaron para hablar con el delegado. No entendían nada de aquella situación. Algunos incluso sacaron su libro de Historia para comprobar si el tema que habían planteado de verdad existía en el libro de texto.

Al cabo de unos momentos de crispación se volvieron a sentar para repasar concienzudamente sus libros de principio a fin buscando en ellos alguna pista que les pudiera dar indicios de cuál era la respuesta correcta a la pregunta de su profesor.

En los recreos convocaron una reunión urgente, y volvieron a ponerse de acuerdo para ser capaces de contestar correctamente a cualquier pregunta que les pudiera formular su profesor.

Al día siguiente, allí estaban, delegado y profesor, como unos pistoleros que se enfrentan en un duelo. Acababa de sonar el timbre y reinaba el silencio en el aula. Se podía sentir la tensión, y algunos incluso contenían la respiración esperando que alguien moviera la primera ficha. Y así permanecieron inmóviles, callados y muy, muy nerviosos, hasta que llegó la tan esperada pregunta:

−¿Sabéis qué voy a explicar hoy?

Esta vez estaban mil veces más preparados que el día anterior. Se habían organizado por grupos y habían quedado después de las clases para preparar un índice con los posibles temas. Incluso, como si se tratara de una partida de ajedrez, intentando anticiparse a lo que pudiera decir, habían dibujado un esquema con posibles preguntas y respuestas. Así que, muy confiado, el delegado levantó la mano y contestó sin esperar a que le diera permiso:

–Hemos estado repasando los temas previstos en el libro de texto, y algunos tenemos claro cuál va a ser la explicación de hoy, pero otros sin embargo no lo saben.

–En ese caso –contestó el profesor–, aquellos que ya conocéis el tema que iba a exponer hoy, podéis proceder a explicárselo a vuestros compañeros.

Después de decir aquello, de nuevo volvió a sentarse. Tras sacar su libro, se quedó allí leyéndolo sin ni siquiera inmutarse, a pesar del alboroto. Aquella vez había conseguido provocar una gran crispación en sus pupilos, y muy contrariamente a lo que cualquiera podría pensar, parecía sentirse satisfecho de haber iniciado aquella revolución.

Al día siguiente, incluso antes de que sonara el timbre que indicaba el comienzo de la clase, ya estaban sentados en sus sitios y al verle cruzar la puerta, todos levantaron al mismo tiempo la mano, como si también se hubieran puesto de acuerdo para ello. Ansioso por observar cuál sería el desenlace ante aquella actitud, señaló al fondo de la clase, esperando que el más tímido del grupo formulara su pregunta. Esta vez se habían anticipado ellos, demostrando una iniciativa hasta ahora desconocida en aquel grupo. La pregunta sin duda estaba preparada, pero a esa pregunta le sucedieron una más, y otra, y otra…





Ese día volvieron a ver sonreír a su profesor como lo hacía al principio del curso. Volvió a sentir aquella chispa en su interior que despiertan los alumnos inquietos, los alumnos que desean conocer, entender y aprender. Aquel día salió del instituto más cansado que el anterior, pero ya no oía en su cabeza ninguna voz interna. Se sentía satisfecho y motivado, con mucha ilusión por volver al día siguiente. Sabía que se encontraría un grupo tal vez menos tranquilo, pero formado por alumnos que expresan sus inquietudes y que desean resolver todas sus dudas. Esperaba haber despertado en ellos esa ansia que vivía él por conocer todos los detalles de nuestra historia que muchas veces no se encuentran entre las letras de los libros de texto.





El cinturón negro

Una famosa maestra de kárate era muy conocida por sus sabias enseñanzas. Muchos alumnos se sentían atraídos por sus grandes triunfos y la cantidad de trofeos que acumulaba, y solicitaban recibir sus enseñanzas para convertirse también en grandes campeones.

Las puertas de su gimnasio siempre estaban abiertas, y allí acudían gran cantidad de adolescentes que tras haber oído hablar de ella se acercaban para ver alguna de sus clases. Tras observar la devoción con la que entrenaba a sus alumnos, la mayoría de curiosos solicitaban su admisión para que fuera ella quien les entrenara.

Muchos de ellos deseaban además imitarla y expresaban su deseo de seguir sus mismos pasos, atraídos por la temprana edad en la que nuestra joven maestra había logrado los primeros triunfos.

Pero la motivación que conseguían persiguiendo la inmediatez en los resultados que podían lograr en los entrenamientos a veces era muy fugaz y algunos alumnos abandonaban después del primer año. Según se decía, de entre todos aquellos jóvenes, solo algunos conseguían superar favorablemente los primeros exámenes y durante mucho tiempo la mayoría seguían manteniendo el grado de cinturón blanco, lo que desmotivaba considerablemente a sus alumnos.

Incluso de entre aquellos que demostraban más dedicación y escuchaban con más devoción todas sus enseñanzas, solo algunos tras muchos años de entrenamiento llegaban a recibir el visto bueno para presentarse al examen para obtener el grado de cinturón negro.

Una de sus alumnas más devotas, obsesionada por conseguir antes que el resto aquella graduación, acudió además a otro gimnasio para intentar duplicar sus esfuerzos, pensando que si entrenaba el doble de tiempo conseguiría superar a sus compañeros, y así podría impresionar a su maestra para que la inscribiera en la próxima convocatoria de los exámenes del tan ansiado cinturón.

Tras varios meses, aquella alumna mejoró considerablemente sus habilidades en combate y consiguió atraer la atención del resto. Se hizo merecedora de los elogios de padres y amigos, ya que su doble esfuerzo estaba dando sus frutos. Sin embargo, en la modalidad de kata no parecía lograr el grado de concentración que se le exigía, aunque ella no parecía reconocerlo.

Unas semanas antes de los siguientes exámenes, su maestra, conocedora de la situación, y al valorar que posiblemente no consiguiera superar las pruebas, decidió pedirle que le echara una mano y que viniera durante unos días para dar algunas clases a los más pequeños. Ella accedió gustosa, pensando que su maestra simplemente necesitaba un poco de ayuda y, que al haber observado sus progresos, la consideraba una de las mejores alumnas.

La maestra se quitó su cinturón negro y, tras entregárselo, le indicó que se lo debía poner durante las clases para conseguir el respeto de todos y que nadie dudara de quién iba a dirigir las lecciones durante los siguientes días.

Llevó orgullosa aquel cinturón y efectivamente durante varios días la alumna se convirtió en profesora. En su primera clase llevó a cabo un calentamiento muy duro, observando que todos parecían tener más aguante que ella, a pesar de llevarles varios años de ventaja. Aquellos niños, quienes ni siquiera habían pasado del cinturón blanco, parecían no cansarse. Medio exhausta, decidió aflojar el ritmo y les pidió a todos que se colocaran por parejas para practicar técnicas de combate y, de esta forma, poder recobrar un poco la respiración. De nuevo ante su sorpresa, observó una dedicación fuera de lo normal, ya que todos siguieron a pies juntillas sus indicaciones. Además, a pesar de estar muy cansados, todos aplicaban las técnicas con mucha destreza, como si su profesora y el tatami fueran lo más importante para ellos.

Cada vez acudía a clase mucho más ilusionada que el día anterior. Se pasaba las horas pensando qué frases motivadoras les podría decir, mientras trataba de recordar todas las enseñanzas que había recibido ella, con el fin de seguir los mismos pasos de su maestra. Aquel cinturón negro que le había prestado y que llevaba con mucho orgullo, sin duda había tenido un efecto potenciador de sus habilidades y, lo más importante, le infundía una confianza que no había experimentado nunca antes.

Con el objetivo de mejorar aún más su forma física y buscando soledad para practicar tranquilamente las katas y mejorar su ejecución, se levantaba muy temprano y acudía a la playa para llevar a cabo su entrenamiento. Después de correr varios kilómetros, repetía muy concentrada las katas que durante ese día pensaba practicar con sus alumnos. No pensaba permitir que aquellos pequeñajos la pusieran en evidencia, ni en el calentamiento ni durante el resto de la clase. Además, en ese momento su objetivo principal consistía en conseguir ganarse el respeto de sus pequeños discípulos, quienes parecían admirarla incondicionalmente.

Y llegó el último día de aquella alumna convertida en profesora… Al finalizar la clase les explicó que de nuevo se incorporaría su antigua maestra, y todos los niños fueron corriendo a abrazarla. Ella no pudo evitar emocionarse, y se arrodilló para poder devolverles el abrazo.

En su obsesión por conseguir el cinturón negro se había olvidado que para merecerlo no solo debía llevar a cabo un entrenamiento muy duro. Los niños que ella había estado entrenando no se cansaban porque acudían al gimnasio con mucha ilusión, y demostraron tener una motivación mayor que la suya. Mientras les abrazaba, comenzó a darse cuenta de que el color del cinturón no solo representa dedicación, conocimientos o habilidades, sino humildad y reconocimiento de lo que te queda por aprender.

Al día siguiente acudió de nuevo a su clase habitual llevando su cinturón marrón. Llegó la primera y, tras entrar en el tatami, saludó a su profesora y le devolvió su cinturón negro. Le preguntó si de verdad necesitaba ayuda durante aquellos días y obtuvo la respuesta que imaginaba, ya que esos días no fueron más que una fase de su aprendizaje. Durante ese tiempo ella había otorgado todo el mérito al cinturón negro que le había prestado su maestra, que parecía infundir respeto y otorgaba confianza a quien lo llevara. Sin embargo, fueron aquellos pequeños quienes habían logrado transmitirle una ilusión renovada. En su empeño por mostrarse ante ellos merecedora de aquel cinturón prestado, consiguió finalmente descubrir el verdadero significado de lo que representaba.





La primera lección

Al igual que todos los años, comenzó un nuevo curso en la prestigiosa escuela para jóvenes superdotados. Como era tradición, se realizaba una selección para decidir qué estudiantes serían admitidos en el centro. Para ello, la profesora encargada reunía a todos los aspirantes en una clase. Estos se presentaban y hablaban de sus aficiones, de sus inquietudes y de sus conocimientos previos.

Cada joven habló durante cinco minutos, pero uno de ellos, con la intención de acaparar la atención de la profesora y conseguir destacar sobre el resto, decidió prolongar más su turno, y estuvo hablando ¡más de una hora sin parar!

Durante su monólogo, la mayoría bostezaron varias veces y le lanzaron miradas de desesperación con el fin de que se diera por aludido y acabara de hablar. Pero él hizo caso omiso a todas aquellas señales y siguió hablando sin importarle si le escuchaba alguien o no. Incluso la profesora, quien siempre solía estar de pie, se sentó y respiró profundamente haciéndose a la idea de que aquello iba para largo.

Al concluir su presentación, todos aplaudieron agradeciendo irónicamente que hubiera acabado. Sin embargo, lejos de asumir su afán de protagonismo y falta de modestia, él se levantó y saludó al resto del grupo, pensando que la profesora con toda seguridad se habría fijado en sus habilidades lingüísticas y sería elegido, dado su grado de soltura y amplios conocimientos que sin duda había demostrado durante su charla.

A la hora de almorzar se fueron todos juntos al comedor, cogieron una bandeja, cubiertos, un vaso, y tras escoger entre las diversas opciones que tenían en el menú, se sentaron todos en la misma mesa. La profesora llegó con una jarra de zumo de naranja recién exprimido y les preguntó quién quería. Y, cómo no, nuestro acaparador protagonista levantó la mano el primero para solicitar que la profesora llenara su vaso y aprovechó la ocasión para hablar sobre los efectos beneficiosos del zumo de naranja, los tipos de naranjas y las mejores zonas geográficas para su cultivo. La profesora se limitó a llenar su vaso.

Al poco la profesora trajo una jarra con agua y preguntó quién quería. Cómo no, nuestro incansable protagonista, deseando acaparar su atención de nuevo, fue corriendo a por otro vaso y volvió a la mesa con la mano levantada para solicitar que la profesora llenara su vaso de agua. Además, aprovechó la ocasión para destacar la importancia de ingerir una cantidad importante de agua diariamente. La profesora se colocó a su lado, empezó a llenar su vaso y, ante la sorpresa de todos, el vaso comenzó a desbordarse. A pesar de ser consciente de ello, la profesora no bajó la jarra. El agua empezó a derramarse por encima de la mesa y también empezó a caer al suelo. Todos los alumnos se pusieron en pie rápidamente para evitar mojarse, mientras gritaban para advertir a la profesora de la situación, pensando que no se había dado cuenta. Pero ella siguió vertiendo agua hasta vaciar la jarra.

Un par de alumnos fueron a por una fregona y unas bayetas para recoger toda el agua que se había derramado, pero la profesora se sentó tranquilamente en su sitio para continuar comiendo como si no hubiera pasado nada. Los alumnos, sin embargo, murmuraban y se preguntaban entre ellos qué estaba ocurriendo. Incluso nuestro charlatán protagonista se sentó y acabó su comida sin decir una sola palabra, intentando deducir qué había podido provocar aquel comportamiento.

Por la tarde, después de comer, volvieron al aula para continuar con el proceso de selección. Muchos de ellos tenían la camiseta y el pantalón húmedos. Incluso la misma profesora tenía su ropa mojada, ya que se sentó en su silla sin haberla limpiado antes.

Esperando alguna explicación, todos miraron atentamente a la profesora quien, después de una pausa, comenzó a hablar. Les comentó a todos que en aquel momento, tal vez sin ser conscientes de ello, habían recibido la primera lección.

Les preguntó si se habían dado cuenta de qué había ocurrido con el vaso de agua y uno de ellos contestó que la explicación era muy sencilla: «Al llenarse por completo, el vaso ya no podía contener más agua y el resto del líquido se derramó por toda la mesa y el suelo, una manera de desperdiciar el agua inútilmente».

La profesora continuó su explicación:

–La primera prueba que deben superar nuestros alumnos consiste en asumir que no importa el coeficiente intelectual, o dónde hayan estudiado antes, porque a todos les quedará siempre mucho por aprender. Si en verdad deseáis formar parte de esta escuela, deberéis comportaros como un vaso vacío que nunca acabará de llenarse. Para ello se debe estar dispuesto a recibir nuestras enseñanzas con humildad, reconociendo desde el primer día vuestro desconocimiento incluso de aquellos temas de los que os creáis unos expertos. En caso contrario, vuestra estancia aquí no será provechosa, y perderéis el tiempo que paséis con nosotros, de la misma forma que hemos malgastado el agua que se encontraba en la jarra.

Al día siguiente todos fueron notificados favorablemente confirmando su aceptación en la escuela de jóvenes superdotados. Incluso nuestro incansable charlatán, muy sorprendido, recibió su confirmación de admisión. Sin embargo, después de aquel día y durante el resto de jornadas en aquella prestigiosa escuela, destacó por su humildad y predisposición a aprender. Durante todas las clases permanecía muy atento y siempre encontraba pequeños detalles que desconocía, demostrando un gran deseo por profundizar en todas las materias. Además, continuó su formación durante años y años, ya que siguió aprendiendo no solo durante su estancia allí, sino durante el resto de los días de su vida.





Hasta que aprendáis de una escoba

A la hora de comer se sentaban en la mesa y se peleaban por el mando a distancia para poner cada uno su canal preferido, o simplemente para poner en la tele el canal contrario al que quisiera ver el otro. Y cuando acababan de comer se levantaban corriendo sin recoger la mesa para ocupar el aseo y cerrar con pestillo para que quien llegara después tuviera que esperar un buen rato para lavarse los dientes.

A simple vista, nadie se atrevía a decir que fueran hermanos, porque no parecían tener nada en común. Casi lo único que los mantenía unidos eran los videojuegos. Sin embargo, cuando comenzaban una partida se alteraban tanto que se pasaban todo el tiempo gritando y dando saltos como si su vida misma estuviera en peligro.

Un buen día, harto de tanto alboroto, su padre salió del despacho donde solía sentarse a leer y se acercó a la cocina para coger la escoba. Se la puso encima del hombro como si se tratara de un arma peligrosa, y acudió al comedor muy enfadado. Usando un tono de voz que reflejaba su nivel de cabreo, les preguntó qué estaba pasando allí, mientras agitaba la escoba, a ver si conseguía intimidarlos con aquella interpretación un poco exagerada. Los tres hermanos contestaron que estaban enfrentándose a unos enemigos muy peligrosos, y que se habían puesto muy nerviosos porque además los estaba atacando un monstruo asesino. Su padre se cansó de escuchar aquellos chillidos, y por primera vez desde que tenían la consola, se atrevió a apagarla sin ni siquiera grabar la partida.

Todos empezaron a recriminarle aquel acto tan radical mientras se sofocaban cada vez más pensando que la próxima vez que encendieran la consola tendrían que comenzar la partida desde el principio. Su padre levantó la escoba mientras les decía que era solo una partida, y ellos se callaron rápidamente y se cubrieron con las manos pensando que iba a pegarles con ella. Mientras sostenía la escoba y veía cómo sus hijos temían lo que pudiera hacer con ella, le vino una idea a la cabeza y decidió ponerla en práctica.

–¿Sabéis qué os digo? Que hasta que no seáis capaces de aprender de la escoba, no volveréis a jugar a los videojuegos.

–Pero papá, si solo es una escoba… ¡no podemos aprender nada de un palo! –contestó el mayor de ellos.

–¡De un palo y un cepillo! Y reitero mi decisión. Hasta que no hayáis aprendido todo lo que esta escoba os puede enseñar, no volveréis a jugar.

Y después de decir esas palabras dejó la escoba apoyada en una pared, desconectó la consola, y se marchó en silencio con la consola debajo del brazo. Mientras se alejaba oía cómo los tres hermanos se quejaban repitiendo una y otra vez que aquel castigo tenía trampa, ya que nunca conseguirían aprender nada de la escoba, y por lo tanto no podrían volver a jugar nunca más.

Al día siguiente, después de preparar el desayuno, al sentarse todos en la mesa, su padre les preguntó si ya habían aprendido todo lo que la escoba podía enseñarles. Todos contestaron que habían pasado mucho miedo al verle agitando la escoba porque pensaban que iba a pegarles, y que efectivamente habían aprendido la lección y prometían portarse mejor.

–Ja, ja, ja… Tal como os dije ayer, debéis aprender de ella, no de mí, y recordad que es muy diferente educar que atemorizar. Me gustaría que os portarais bien porque pensáis que es lo correcto, y no porque me tengáis miedo.

Y así pasaron varios días mientras los tres hijos, lejos de aprender nada, cada vez estaban más enfadados. Veían como su padre incluso llegaba a ignorarlos, ya que esperaba que fueran ellos quienes llevaran la iniciativa y aprendieran aquella lección tan rara.

Su padre además había dejado de realizar algunas tareas de la casa, y por el pasillo y las habitaciones comenzaban a verse grandes bolas de polvo rodando por el suelo de forma similar a los matojos que salen en las películas del lejano oeste cuando hace viento.

Al ver salir una de ellas de su habitación, el más pequeño de la familia cogió la escoba (que seguía apoyada en la pared donde la dejó su padre), y empujó la bola de polvo como si tuviera miedo de que lo atacara. En ese mismo momento dirigió su mirada hacia la escoba y se dio cuenta de que había aprendido la lección.

–¡Papá, papá! ¡Ya he aprendido la lección de la escoba! Sirve para empujar el polvo y sacarlo de nuestra habitación, para sacar todas las bolas de nuestras habitaciones y que tú las recojas del pasillo.

–No, hijo, no… no creo que la escoba te haya enseñado eso… Me parece que seguiréis sin jugar algo más de tiempo.

Los otros dos hijos decidieron seguir aquella iniciativa añadiéndole un poco más de esfuerzo, y se pusieron manos a la obra. Uno de ellos cogió la escoba y el otro el recogedor y entre ambos empujaron las bolas de polvo fuera de sus habitaciones para sacarlas al pasillo, manteniendo en todo momento una distancia prudencial, como si se enfrentaran a un peligro de origen desconocido. Tenían miedo de que pudieran atacarlos o peor aún, de que pudieran provocarles una grave alergia crónica que con el tiempo pudiera acabar con sus vidas. Como la edad a veces proporciona un poco de sensatez, después de haber conseguido arrinconar las bolas en una esquina del pasillo, colocaron el recogedor en la posición correcta y, con movimientos coordinados, recogieron todo el polvo y lo tiraron a la basura. Al finalizar, y mientras observaban el suelo de la casa (que ya no daba miedo), miraron la escoba y también llamaron a su padre entre gritos:

–¡Papá, papá! ¡Ya hemos aprendido la lección de la escoba! Sirve para recoger el polvo del suelo y así poder evitar poner en riesgo nuestra salud. Y eso sí que es útil… más que luchar contra todos los enemigos de los videojuegos –argumentaba el mayor de los hermanos.

–La verdad es que me sorprendes… habéis tardado varios días, pero tengo que reconocer que estáis comenzando a aprender algo de la escoba, aunque me temo que todavía tiene mucho más que enseñaros.

Padre e hijos cenaron aquella noche muy tranquilos. Estos estaban muy contrariados y no paraban de darle vueltas al tema en sus cabezas preguntándose qué podía ser aquello tan misterioso que su padre quería que aprendieran. Y además... ¡solo se trataba de un cepillo unido a un palo!

Aquella noche nadie pudo conciliar el sueño… habían pasado muchos días sin tocar la consola y se estaban quedado sin tema de conversación en el instituto y en el colegio. Les atemorizaba además llegar a convertirse en unos analfabetos tecnológicos porque desconocían por completo todas las novedades que incorporaban las últimas versiones de los videojuegos que habían salido esas semanas. De madrugada los tres hermanos decidieron convocar una reunión urgente. Bajo la luz de un flexo se pusieron a escribir una lista con todo aquello que pudiera estar relacionado con la escoba… y así pasaron varias horas.

Era sábado y su padre se levantó temprano, como siempre, pero esta vez, al entrar en la cocina... ¡se quedó de piedra! Allí estaban sus hijos desayunando tranquilos. Además, también le habían preparado el desayuno a él, y al verlo se levantaron y le dieron un besito mientras le deseaban buenos días:

–¡Hola, papá! ¡Buenos días! ¡Siéntate a desayunar! Te hemos dejado también un sobre con una hoja dentro para que la leas tranquilo.

Cogieron la escoba y el recogedor y salieron de la cocina. Cerraron la puerta para que su padre pudiera leer la nota con calma:

Papá, durante estos días la escoba nos ha enseñado a valorar aquellas cosas sencillas de nuestras vidas que son fundamentales.

Lo primero que aprendimos es el verdadero valor del silencio. Mientras la mirábamos allí, apoyada en la pared, pusimos nuestras mentes a trabajar callados y concentrados. Como no se trataba de ningún instrumento electrónico, ni tenía botones, ni tan siquiera usaba pilas, solo podíamos mirarla y pensar.

En segundo lugar aprendimos el verdadero valor de la sencillez. Algo tan simple como un cepillo cogido a un palo te puede llegar a salvar la vida. El mero hecho de barrer el suelo puede evitar que sufras una peligrosa y mortal alergia crónica al polvo.

Y por último nos ha enseñado humildad, porque no podemos esperar que tú hagas todas las labores de la casa. Debemos contribuir también nosotros y cumplir con nuestras obligaciones antes de dedicarnos a nuestras devociones. Además, barrer puede resultar incluso divertido.

Su padre levantó la mirada y los vio allí pegados al cristal traslúcido de la puerta de la cocina, esperando poder intuir su reacción después de leer aquella hoja. Abrió la puerta y los cuatro se abrazaron.

–Sí, hijos… eso era justo lo que esperaba que os enseñara la escoba. Estoy muy orgulloso de vosotros.

Y después de decir aquello, entró en su dormitorio, cerró la puerta para no revelar el escondite secreto de la consola, y al rato salió con ella en la mano. Los tres hijos saltaban emocionados mientras levantaban las manos celebrando de esa forma que habían conseguido superar aquel reto. Después de conectarla a la tele en un santiamén, se sentaron a jugar tranquilos mientras su padre los observaba emocionado.

Después de ese día, aquellos jovenzuelos se convirtieron en los encargados de ordenar sus habitaciones, barrer el suelo y muchas otras cosas más. Y no solo aprendieron que la obligación va antes que la devoción. Cada vez que elevaban el tono de voz o se ponían nerviosos al jugar con su consola, se acordaban de la escoba.

Algunas veces incluso dejaban la partida en pausa y se dedicaban a barrer de nuevo la casa. De esa forma conseguían calmarse. El mayor de ellos y el mediano silbaban felices y entretenidos cada vez que pasaban la escoba por la casa, y el pequeño aguantando el recogedor se sentía orgulloso de sí mismo al observar el resultado de su esfuerzo. Los tres pasaban así un buen rato trabajando en equipo, mientras se daban cuenta de que era más provechoso e incluso más divertido barrer que pelearse con el monstruo asesino del videojuego. Consiguieron aprender a controlarse y guardar silencio, demostraron ser humildes y amables con quienes los rodeaban, y además comenzaron a apreciar el verdadero valor de las cosas, por muy simples que fueran.





Escuchando a todos para entender a cada uno

Varios grupos de viajeros acababan de llegar a la única posada que había en muchos kilómetros a la redonda. Amontonados en la recepción se encontraban todos hablando al mismo tiempo con signos de estar exigiendo algo, pero sin quedar muy claro qué.

El encargado de la posada intentaba en vano poner calma entre aquel alboroto, preguntando a los que se encontraban más cerca qué era lo que querían, mientras al mismo tiempo les pedía al resto que no chillaran tanto.

Sin embargo, el encargado no parecía entender nada… todos aquellos viajeros se encontraban de vacaciones y provenían de sitios muy diversos y hablaban idiomas muy diferentes.

Al poco apareció el hijo pequeño del posadero, muy asustado ante tal barullo. Se quedó mirando detenidamente a todos aquellos viajeros. Aunque parecían pedir cosas diferentes, todos ellos estaban sucios y parecían cansados y hambrientos, y por eso tal vez se encontraban tan alterados. Su padre les enseñaba las llaves de las habitaciones, pero lejos de calmarse, se alteraban todavía más.

El niño fue corriendo a la cocina y llenó una bandeja con diversas frutas, varios panecillos y cuñas de queso. Se fue corriendo hacia su padre y le cambió las llaves que sostenía por aquella deliciosa bandeja.

En aquel momento parecieron calmarse todos, aquella mezcla de palabras sin sentido pareció comenzar a ordenarse. Los viajeros empezaron a coger diversas piezas de fruta, pan y queso mientras le daban las gracias al posadero y a su hijo, cada uno en su idioma…

Mientras tanto acudió el resto de la familia, quienes se encargaban de la posada. El hermano mayor, muy sorprendido de ver a tanta gente allí comiendo de pie, los invitó a pasar al comedor indicándoles el camino con gestos. Además les fue haciendo entender que podían sentarse y que les servirían más comida.

Todos los comensales, sin importar el país del que provenían, compartieron las mesas y entre risas y gestos de satisfacción comieron hasta saciarse.

Durante la comida parecieron entenderse perfectamente agradeciendo una y otra vez a toda la familia aquellas atenciones y, sobre todo, que hubieran deducido qué era lo que querían todos ellos aunque cada uno lo dijera en un idioma diferente.

Resultó muy curioso ver cómo todos llegaron a entenderse y se sentaron juntos a comer a pesar de no tener ni idea en un principio de qué era lo que quería cada uno.





La búsqueda del tesoro solidario

Por fin había llegado el gran día. Había comenzado la quinta edición del concurso internacional más esperado: La búsqueda del tesoro solidario .

Durante varios días, equipos de todo el mundo formados por niños y jóvenes con edades comprendidas entre diez y quince años competirían por conseguir tantas pepitas de oro como pudieran encontrar en diversos escenarios. Los ganadores podrían elegir a qué organización benéfica donarían todo el oro encontrado.

Este año prometía ser uno de los más interesantes, ya que los organizadores aseguraban que las pruebas y los escenarios pondrían a prueba especialmente la paciencia, la iniciativa y la capacidad de trabajo en equipo de todos los concursantes.

La primera prueba tendría lugar en el Castillo de las Cien Puertas donde, según cuenta la leyenda, habitaban diversos fantasmas . Al hacerse de noche, todos los miembros de cada equipo debían ser capaces de permanecer allí encerrados durante varias horas. Siguiendo unas estrictas medidas de seguridad, se habían instalado numerosas cámaras de vigilancia. Debido a la tenebrosidad que inspiraba aquel lugar, se preveía que más de un participante no fuera capaz de permanecer encerrado durante el tiempo establecido.

Si alguien, presa del pánico, solicitaba abandonar el castillo, la prueba se interrumpiría y todos los miembros del equipo quedarían descalificados. Sin embargo, si conseguían mantener la calma durante todo el tiempo que estuvieran encerrados, podrían buscar los varios cientos de pepitas que se hallaban repartidas en diversos escondrijos. Se pretendía poner a prueba tanto la valentía como la capacidad de organización de los equipos participantes.

La segunda prueba tendría lugar al aire libre, en la Playa de las Calaveras , a unos metros de la orilla, donde algunos habitantes de la isla aseguraban haber encontrado restos de diversos naufragios. Previamente, entre la arena, en un perímetro delimitado, los organizadores esconderían también varios cientos de pepitas de oro. Se pretendía valorar especialmente la tenacidad y resistencia física de los concursantes.

La tercera y última prueba se celebraría en El Laberinto de los Perdidos, un escenario cuyas características anticipaban un nivel de dificultad mucho mayor que en las pruebas anteriores. Algunos trabajadores que habían estado instalando las cámaras pertinentes aseguraban tener grabadas imágenes de espíritus que todavía seguían caminando por aquellos pasillos incapaces de encontrar la salida. En este caso, las pepitas se encontraban repartidas en varias bolsas cuya ubicación exacta se desvelaría tras resolver diversos acertijos. De este modo se pretendía poner a prueba la capacidad de concentración y la agudeza intelectual de los miembros de cada equipo, ya que solo podrían salir del laberinto manteniendo la calma y descifrando como mínimo el primer enigma que les plantearan, ya que ese les indicaría el camino para salir.

Eran tan altas las expectativas sobre la intensidad y complejidad de las pruebas de aquella edición de La búsqueda del tesoro solidario que acudieron decenas de periodistas para llevar un riguroso seguimiento y poder comentar al instante los momentos más importantes. Los fieles seguidores de aquel evento pudieron disfrutar de la misma emoción que sus equipos favoritos cada vez que veían aparecer el brillo dorado de una nueva pieza de oro, gracias a la constante retransmisión en directo desde el primer hasta el último día.

Al acabar la competición entrevistaron a los diferentes equipos y les preguntaron cuántas pepitas habían conseguido y cómo habían logrado encontrarlas. Algunos de ellos no fueron capaces de encontrar una solo pepita y otros solo podían alardear de haber conseguido algunas de ellas. Sin embargo, el equipo ganador destacó notablemente, ya que entre todos sus componentes lograron encontrar más de doscientas pepitas de oro.

Al preguntar al capitán de dicho equipo cómo habían conseguido encontrar tantas pepitas en la primera prueba, contestaron que en el Castillo de las Cien Puertas solo funcionaban los interruptores de la luz de algunas estancias, y por ello dio instrucciones a sus compañeros y compañeras de encender la linterna de todos sus móviles y buscar por cada uno de los más inesperados escondites, sin excepción.





Otros equipos habían limitado su búsqueda sin embargo solo a aquellas estancias en las que sí funcionaban los interruptores de la luz, y que por lo tanto se encontraban iluminadas. De esta forma descartaron muchos sitios simplemente porque no podían ver nada, o tal vez porque temían encontrarse con algún fantasma que se hubiera escondido en la oscuridad.





Respecto a la segunda prueba, los ganadores de la competición explicaron el procedimiento que habían planteado para maximizar el resultado de su esfuerzo. En primer lugar midieron la zona de la playa utilizando una aplicación que tenían instalada en sus móviles. A continuación plantearon varias operaciones matemáticas teniendo en cuenta diversas variables, tales como la cantidad de pepitas que les habían asegurado se hallaban allí enterradas, el número de miembros del equipo y el tiempo limitado del que disponían.





Después de resolver esas ecuaciones utilizando las calculadoras de sus móviles, llegaron a la conclusión de que si dibujaban un cuadrante para dividir aquel perímetro en zonas independientes según el tamaño que habían calculado, y cada uno de los miembros del equipo se dedicaba a excavar un agujero, podrían asegurarse de conseguir muchas pepitas cada uno de ellos. Se repartieron el trabajo y tras llegar casi al metro de profundidad, comenzaron a aparecer las primeras pepitas.





Otros equipos, sin embargo, habían excavado muchos más hoyos que ellos, pero desistían de encontrar pepita alguna al poco tiempo de haber comenzado, y se ponían a cavar un nuevo agujero en otra zona diferente que elegían de forma arbitraria.

En último lugar, el capitán del equipo ganador explicó que al principio de la tercera prueba notaron un comportamiento extraño en los jueces del concurso. Justo después de plantearles el primer acertijo, sonó el móvil de uno de ellos. Mientras aquel juez contestaba la llamada, el resto continuó explicándoles que aquel primer acertijo solo les serviría para encontrar la salida del laberinto. Y cuando el juez que recibió la llamada terminó de hablar, les dijo a todos que había surgido un imprevisto y que volverían en breve para plantearles el resto de los acertijos que les permitirían encontrar las diversas bolsas que contenían las pepitas. Les dieron instrucciones de permanecer allí sentados y se fueron.

Sin embargo, el tiempo pasaba y los jueces no volvían. Algunos pudieron observar cómo se habían dejado encima de una mesa varios mapas, así que se levantaron, y tras observar que allí se encontraban planteados todos los enigmas que debían resolver, se pusieron manos a la obra en ese mismo instante, sin dejar pasar un solo segundo más. Ayudados además con la conexión de datos de sus móviles, averiguaron entre todos la forma de resolver los acertijos sin esperar a que volvieran los jueces, quienes tardaron varias horas en llegar, tiempo que habrían desperdiciado.





Sin embargo, los concursantes de otros equipos, ante la misma situación, se quedaron allí sentados, jugando con sus móviles para entretenerse mientras esperaban a que llegaran los jueces con más instrucciones, tal como les habían indicado.

Mientras todos les felicitaban por aquel primer puesto, ellos enseñaban orgullosos la gran cantidad de piezas de oro que habían logrado encontrar. Al preguntarles si habían decidido a qué organización benéfica pensaban donar ese magnífico tesoro, el capitán del equipo contestó muy satisfecho que todos estaban de acuerdo, y entregarían el premio a diversas asociaciones de personas que padecían enfermedades raras. Con todo ese dinero podrían invertir en investigación con el fin de encontrar la cura para sus enfermedades.





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¡Gracias!

Gracias a todas esas grandes personas que han escrito y transmitido los cuentos populares orientales en los que se basa este libro.

Gracias además a mis dos maravillosos hijos, porque ellos me han sobornado con sus abrazos y sus besos para que siguiera escribiendo nuevos cuentos, y yo no he podido resistirme. Ellos han elegido las historias, y han aportado la motivación y la inspiración que han hecho surgir cada uno de los relatos. Yo sólo les he dedicado mi tiempo libre y he recibido a cambio inolvidables momentos de lectura en familia antes de dormir, en los que yo leía y ellos escuchaban atentos. Con numerosas y espontáneas interrupciones fueron aportando valiosas sugerencias sobre qué debía cambiar para que los cuentos elegidos quedaran como ellos querían. Debo reconocer que la verdadera autoría de las versiones de los relatos que aparecen aquí es suya porque sus sinceras opiniones han sido la guía para elaborar este tercer libro de cuentos.

Gracias también especialmente a Consuelo, porque tiene un corazón enorme y siempre te recibe con una sonrisa. Pero sobre todo gracias por haber revisado y corregido cada uno de los cuentos de manera completamente desinteresada.

Y gracias a ti, apreciado lector o lectora, por haber elegido este libro. Si te ha gustado, puedes ayudarnos a llegar a más lectores dejando una reseña positiva en Amazon.

Gracias a todas las colaboraciones realizadas con productos solidarios tales como este libro, daremos un paso adelante para financiar desde la Alianza española de familias de von Hippel-Lindau proyectos de investigación específicamente centrados en esta enfermedad.





Más información en www.alianzavhl.org