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Cuentos que me apasionaron 2

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En el prólogo del anterior volumen de Cuentos que me apasionaron, Ernesto Sabato decía: “Quiero ser para ustedes como aquel bibliotecario, o como un viejo baqueano que, con emoción, nos fuera entregando el misterio de la vida”. Y ése es, precisamente, el corazón de este libro. En cada uno de los textos elegidos en esta oportunidad, minuciosamente revisados, re leídos y vueltos a disfrutar por el más sabio de los escritores argentinos que hoy todavía lee y escribe con la pasión de antaño, se encierra todo el misterio que habita en la literatura.
Con esa alquimia de palabra, emoción y fantasía, cada época ha reflejado en sus ficciones los dolores y las maravillas del mundo.
Sabato –lector infatigable– vuelve a guiarnos, generosamente, hacia el banquete literario para compartir sus pasiones. Perderse esta forma de felicidad, es imperdonable.

Year:
2016
Publisher:
Booket
Language:
spanish
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Cuentos que me apasionaron 1

Year:
2016
Language:
spanish
File:
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Cuentos reunidos

Year:
2012
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.79 MB
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		 			Cuentos que me apasionaron 2





Cuentos que me apasionaron 2





Selección y prólogos de Ernesto Sabato en colaboración con Elvira González Fraga

			Ernesto Sabato





Índice de contenido





Portadilla

Legales

Biografía

Augusto Roa. Bastos Hijo de Hombre

Gabriel García Márquez. El ahogado más hermoso del mundo

Marcel Schwob. Katherine la encajera

Dino Buzzati. Los siete mensajeros

Ernest Hemingway. La capital del mundo

Juan Rulfo. El Llano en llamas

Silvina Ocampo. Anillo de humo

Hans Christian Andersen. El traje nuevo del emperador

Edgar Allan Poe. La máscara de la Muerte Roja

Mark Twain. El elefante blanco robado

Truman Capote. Profesor miseria

Clarice Lispector. La partida del tren

Anton Chéjov. Una casa con buhardilla

Albert Camus. La piedra que crece





				 					 				 				 					 						 							Sábato, Ernesto

							 Cuentos que me apasionaron 2 / Ernesto Sábato. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Booket, 2016.

							Libro digital, EPUB

							Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-580-845-4

							1. Narrativa Argentina. I. Título.

							CDD A863





Diseño de cubierta: Mario Blanco

Diseño de interior: Orestes Pantelides





© 1999, de la selección y prólogos

Herederos de Ernesto Sabato y Elvira González Fraga

c/o Guillermo Schavelzon & Asoc. Agencia Literaria

info@schavelzon.com





Todos los derechos reservados





© 2016, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

			Publicado bajo el sello Planeta®

			Independencia 1682, (1100) C.A.B.A.

			www.editorialplaneta.com.ar





Primera edición en formato digital: noviembre de 2016

			Digitalización: Proyecto451





Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.





Inscripción ley 11.723 en trámite

			ISBN edición digital (ePub): 978-987-580-845-4





		 			Biografía

	; 		Ernesto Sabato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1911. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de La Plata, trabajó en el Laboratorio Curie y abandonó la ciencia en 1945 para dedicarse a la literatura.

			Ha escrito varios libros de ensayo ––entre ellos, Uno y el Universo (1945; Seix Barral, 1979), Hombres y engranajes (1951; Seix Barral, 1991), El escritor y sus fantasmas (1963; Seix Barral, 1979), Apologías y rechazos (Seix Barral, 1979)–– y tres novelas: El túnel (1948; Seix Barral, 1978), Sobre héroes y tumbas (1961; Seix Barral, 1978) y Abaddón el exterminador (1974; Seix Barral, 1978).

			Escritores tan dispares como Camus, Greene, Thomas Mann, Quasimodo, Piovene, Gombrowicz y Nadeau han escrito con admiración sobre su obra.

			En 1983, fue elegido presidente de la CONADEP. Fruto de las tareas de dicha comisión fue el sobrecogedor volumen Nunca más, conocido como “Informe Sabato”. En 1984 obtuvo el Premio Cervantes, y en 1989, el Premio Jerusalem. El volumen Entre la letra y la sangre (Seix Barral, 1989) reúne sus conversaciones con Carlos Catania.





Augusto Roa Bastos





AUGUSTO ROA BASTOS es de los más grandes escritores del habla castellana. Admiro tanto la maestría de su idioma como la grandeza del sentimiento que expresa su obra.

			Roíta, como lo llamábamos hace más de cincuenta años, cuando vivía pobremente en Buenos Aires, nació en Asunción en 1917. Habiendo participado de muy joven en la Guerra del Chaco, conoce el horror de aquella violencia inexplicable entre hombres que deberían reconocerse como hermanos. Este desolador acontecimiento permanece en su memoria como un desgarro, pero será finalmente el germen de su ineludible compromiso con la vida.

			Siempre he tenido el convencimiento de que la obra de Roa Bastos representa una de las voces más nobles y poderosas allí donde la dignidad de la criatura humana se ve amenazada.

			Aunque exiliado de su patria a finales de la década del cuarenta, primeramente en Buenos Aires y luego en Francia, el amor entrañable a su tierra y hacia los hombres que sufren en ella alumbra el centro de su creación literaria. A tal punto ha mantenido el vínculo con aquel suelo ancestral, que sus ficciones, escritas en el destierro, acontecen dentro de la cultura y las tradiciones guaraníes, y a través de ellas se nos hace comprensible la realidad social y política del Paraguay. Su primera colección de cuentos El trueno entre las hojas contiene ya la hondura y el misterio que caracteriza a toda su narrativa, que ha sido distinguida con el Premio Cervantes en 1989.

			Entre sus grandes novelas se destaca Yo el Supremo, Contravida, Madera quemada, Madame Sui, El fiscal. Lo consagra internacionalmente Hijo de hombre, como uno de los más notables narradores de nuestro idioma. El ser humano alcanza en Roíta una cumbre del sufrimiento y del sentido último de la existencia.





HIJO DE HOMBRE





1

			Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte. Han pasado muchos años, pero de eso me acuerdo. Brotaba en cualquier parte, de alguna esquina, de algún corredor en sombras. A veces se recostaba contra un mojinete hasta no ser sino una mancha más sobre la agrietada pared de adobe. El candelazo de la resolana lo despegaba de nuevo. Echaba a andar tantaleando el camino con su bastón de tacuara, los ojos muertos, parchados por las telitas de las cataratas, los andrajos de aó-poí sobre el ya visible esqueleto, no más alto que un chico.

			–¡Guá, Macario!

			Dejábamos dormir los trompos de arasá junto al hoyo y lo mirábamos pasar como si ese viejecito achicharrado, hijo de uno de los esclavos del dictador Francia, surgiera ante nosotros, cada vez, como una aparición del pasado.

			Algunos lo seguían procurando alborotarlo. Pero él avanzaba lentamente sin oírlos, moviéndose sobre aquellas delgadas patas de benteveo.

			–¡Guá, Macario Pitogüe!

			Los mellizos Goiburú corrían tras él tirándole puñados de tierra que apagaban un instante la diminuta figura.

			–¡Bicho feo..., feo..., feo!

			–¡Karaí tuyáa colí..., güililí...!

			Los chillidos y las burlas no lo tocaban. Tembleque y terroso se perdía entre los reverberos, a la sombra de los paraísos y las ovenias que bordeaban la acera.

			En aquel tiempo el pueblo de Itapé no era todavía lo que es hoy. A más de tres siglos de su fundación por mandato de un lejano virrey de Lima continuaba siendo un villorrio perdido en el corazón de la tierra bermeja del Guairá.

			El virrey achacoso se habría limitado a posar la uña sobre la inmensidad desconocida y vacía, despreocupado de las penurias y del sudor que empujaba a nacer, como sucedía siempre cuando se trataba de repartir la tierra a los encomenderos o de premiar las fatigas de los capitanejos que habían contribuido a reducir las tribus.

			De aquel pueblo primitivo sólo quedaban unas casas de piedra y adobe alrededor de la iglesia. De las carcomidas paredes emergían tallos de helechos salvajes y amambay. De pronto algún horcón secular echaba su propio verde retoño. En la plazoleta, junto al campanario de madera, los cocoteros ardían al sol con sus penachos de llamas secas y lacias, entre los cuales el tufo caliente se ampollaba en chirridos como de pichones con sed.

			Luego el tendido de las vías del ferrocarril a Villa Encarnación pasó por allí. Los itapeños se engancharon en las cuadrillas. Muchos quedaron bajo esos durmientes de quebracho que sonaban bajo las palas como lingotes de fundición.

			Con las vías el pueblo comenzó a desperezarse. El andén de tierra soltaba su aliento bajo los pies desnudos que lo trajinaban. Los pómulos cobrizos y los andrajos de las chiperas y alojeras que se atareaban una vez por semana al paso del tren, estaban teñidos por esa pelusilla encarnada.

			Ahora los trenes pasan más a menudo. Hay una estación nueva y un andén de mampostería, que ha acabado por tomar otra vez el color de antes. Un ramal conduce al ingenio de azúcar que se ha levantado sobre el río, no lejos del pueblo. Frente a la estación están los depósitos de una bodega y las tiendas de los turcos hacen doler los ojos con sus paredes que parecen bañadas en cal viva. La iglesia nueva recubre los muñones de la antigua. Los velones negros de los cocoteros han sido talados. El campanario también. En su lugar han puesto palcos y un entarimado para las funciones patronales, el día de Santa Clara.

			Ahora hay ruido y movimiento. Entonces no había más que eso.

			Los ranchos amojonaban de trecho en trecho el camino a Borja y Villarrica, sobre cuya cinta polvorienta se eternizaba alguna carreta flotando en la llanura.

			Y otra cosa resta de aquel tiempo.

			Como a media legua del pueblo se levanta el cerro de Itapé. La carreta pasa a sus pies, cortada por el arroyo que se forma en el manantial del cerro. A ciertas horas, cuando el promontorio se hincha y deshincha en las retracciones, se alcanza a ver el rancho del Cristo en lo alto, recortado contra la chapa incandescente del cielo.

			Allí solía solemnizarse la celebración del Viernes Santo.

			Los itapeños tenían su propia liturgia, una tradición nacida de ciertos hechos no muy antiguos pero que habían formado ya su leyenda.

			El Cristo estaba siempre en la cumbre del cerrito, clavado en la cruz negra, bajo el redondel de espartillo terrado semejante al toldo de los indios, que lo resguardaba de la intemperie. No necesitaban, pues, representar las estaciones de la crucifixión. Luego del sermón de las Siete Palabras, venía el Descendimiento. Las manos se tendían crispadas y trémulas hacia el Crucificado. Lo desclavaban casi a tirones, con una especie de rencorosa impaciencia. El gentío bajaba el cerro con la talla a cuestas ululando roncamente sus cánticos y plegarias. Recorría la media legua de camino hasta la iglesia, pero el Cristo no entraba en ella jamás. Llegaba hasta el atrio solamente. Permanecía un momento, mientras los cánticos arreciaban y se convertían en gritos hostiles y desafiantes. Un rato después las parihuelas giraban sobre el tumulto y el Cristo regresaba al cerro en hombros de la procesión brillando con palidez cadavérica al humeante resplandor de las antorchas y de los faroles encendidos con velas de sebo.

			Era un rito áspero, rebelde, primitivo, fermentado en un reniego de insurgencia colectiva, como si el espíritu de la gente se encrespara al olor de la sangre del sacrificio y estallase en ese clamor que no se sabía si era de angustia o de esperanza o de resentimiento, a la hora nona del Viernes de la Pasión.

			Esto nos ha valido a los itapeños el mote de fanáticos y de herejes.

			Pero la gente de aquel tiempo seguía yendo año tras año al cerro a desclavar el Cristo y pasearlo por el pueblo como a una víctima a quien debían vengar y no como a un Dios que había querido morir por los hombres.

			Acaso este misterio no cabía en sus simples entendimientos.

			O era Dios y entonces no podía morir. O era hombre, pero entonces su sangre había caído inútilmente sobre sus cabezas sin redimirlos, puesto que las cosas sólo habían cambiado para empeorar.

			Quizá no era más que el origen del Cristo del cerrito, lo que había despertado en sus almas esa extraña creencia en un redentor harapiento como ellos, y que como ellos era continuamente burlado, escarnecido y muerto, desde que el mundo era mundo. Una creencia que en sí misma significaba una inversión de la fe, un permanente conato de insurrección.

			Tal vez a quien verdaderamente querían desagraviar o al menos justificar, era a aquel Gaspar Mora, un constructor de instrumentos, que al enfermar de lepra se metió en el monte para no regresar al pueblo. Nunca lo nombraban, sin embargo, en otra tácita y probablemente instintiva confabulación de silencio.

			Yo era muy chico entonces. Mi testimonio no sirve más que a medias. Ahora mismo, mientras escribo estos recuerdos, siento que a la inocencia, a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos; tal vez los estoy expiando.

			El que mejor conocía la historia era el viejo Macario. Esa y muchas otras.

			Por aquel tiempo no todos los chiquilines nos burlábamos de él. Algunos lo seguíamos no para tirarle tierra sino para oír sus relatos y sucedidos, que tenían el olor y el sabor de lo vivido. Era un maravilloso contador de cuentos. Sobre todo, un poco antes de que se pusiera tan chocho para morir. Era la memoria viviente del pueblo. Y sabía cosas de más allá de sus linderos. Él mismo no había nacido allí. Se murmuraba que era un hijo mostrenco de Francia. En el libro de Crismas estaba registrado con ese apellido.

			Macario habría nacido algunos años después de haberse establecido la Dictadura Perpetua. Su padre, el liberto Pilar, era ayuda de cámara de El Supremo. Llevaba su apellido. Muchos de los esclavos que él manumitió –mientras esclavizaba en las cárceles a los patricios–, habían tomado este nombre, que más se parecía al color sombrío de una época. Estaban teñidos de su signo indeleble como por la pigmentación de la motosa piel.

			Macario también. Lo escuchábamos con escalofríos. Y sus silencios hablaban tanto como sus palabras. El aire de aquella época inescrutable nos sapecaba la cara a través de la boca del anciano. Siempre hablaba en guaraní. El dejo suave de la lengua india tomaba apacible el horror, lo metía en la sangre. Ecos de otros ecos. Sombras de sombras. Reflejos de reflejos. No la verdad tal vez de los hechos, pero sí su encantamiento.

			–El hombre, mis hijos –nos decía–, es como un río. Tiene barranca y orilla. Nace y desemboca en otros ríos. Alguna utilidad debe prestar. Mal río es el que muere en un estero...

			Él fluctuaba estancado en el pasado.

			–El Karaí Guasú mandó tumbar las casas de los ricos y voltear los árboles –contaba–. Quería verlo todo. A toda hora. Los movimientos y hasta el pensamiento de sus contrarios, vendidos a los mamelucos y porteños. Conspiraban día y noche para destruirlo a él. Formaban el estero que se quería tragar a nuestra nación. Por eso él los perseguía y destruía. Tapaba con tierra el estero...

			No le entendíamos muy bien. Pero la figura de El Supremo se recortaba imponente ante nosotros contra un fondo de cielos y noches, vigilando el país con el rigor implacable de su voluntad y un poder omnímodo como el destino.

			–Dormía con un ojo abierto. Nadie lo podía engañar...

			Veíamos los sótanos oscuros llenos de enterrados vivos que se agitaban en sueños bajo el ojo insomne y tenaz. Y nosotros también nos agitábamos en una pesadilla que no podía, sin embargo, hacernos odiar la sombra del Karaí Guasú.

			Lo veíamos cabalgar en su paseo vespertino por las calles desiertas, entre dos piquetes armados de sables y carabinas. Montado en el cebruno sobre la silla de terciopelo carmesí con pistoleras y fustes de plata, alta la cabeza, los puños engarfiados sobre las riendas, pasaba al tranco venteando el silencio del crepúsculo bajo la sombra del enorme tricornio, todo él envuelto en la capa negra de forro colorado, de la que sólo emergían las medias blancas y los zapatos de charol con hebillas de oro, trabados en los estribos de plata. El filudo perfil de pájaro giraba de pronto hacia las puertas y ventanas atrancadas como tumbas, y entonces aun nosotros, después de un siglo, bajo las palabras del viejo, todavía nos echábamos hacia atrás para escapar de esos carbones encendidos que nos espiaban desde lo alto del caballo, entre el rumor de las armas y los herrajes.

			El caserón de la Plaza de Armas, la Noche de Reyes, fiesta de su natalicio. En medio del parpadeo de innumerables velas que rayaba la tiniebla de la galería, el Karaí Guasú en persona, ceñido de levita azul, calzón blanco y espadín, repartía limosnas a los hijos de los pobres, casi sobre los sótanos de la prisión. Iban dejando sus candiles en los corredores a cambio de los cuartillos que caían de las manos todopoderosas. No tenían para darle más que esa gota de luz de su agradecimiento y de su miedo.

			Macario se cuidaba de usar esta palabra. Pero era posible imaginar el hosco santón enlevitado esculcando con sus miradas esos andrajos y esas reverencias para ver si había dejado la sarna de la conspiración, la más mínima mota de rebeldía o de odio.

			–Nadie lo podía engañar...

			No lo engañó ni siquiera el mulato Pilar, padre de Macario, el único sirviente de toda su confianza.

			–Lo quería como a un hijo –nos dijo una tarde–. Él tanteaba las comidas del Karaí Guasú para probar si estaban limpias de veneno. Cuando no se pudo levantar de la cama, agarrotado por el reumatismo, taitá Pilar fue quien viajó a Itapúa y la Candelaria para traer los remedios que el médico franchute, prisionero en Santa Ana, había recetado. Yo lo acompañé a taitá en el viaje. El Karaí sanó con los remedios. Taitá era el más feliz de los hombres. Pero entonces vine yo y le destruí su alegría... –se quedó callado largo rato, la quijada hundida en el pecho, rumiando ese recuerdo.

			–¿Por qué le destruyó su alegría, taitá Macario? –me animé a preguntarle.

			–Esa tarde... –los parchecitos de seda sanguinolenta parpadearon–. Esa tarde encontré una onza de oro sobre la mesa. El Karaí Guasú acababa de salir para su primer paseo después de la enfermedad. No pude resistir la tentación. Tomé la onza. De mi mano salió al tiro humo y olor a carne quemada.

			”Largué la onza y corrí a esconderme. El propio Karaí Guasú la había puesto en un brasero. A su regreso me mandó llamar. Me hizo extender la mano. Vio la llaga de la verdad. Ya era suficiente castigo. Pero él mandó a mi padre que me diera cincuenta palos en su presencia. Taitá Pilar me pegó los cincuenta azotes, uno por uno, con una rama de guayabo mojada en vinagre y sal. Yo aguanté los primeros sin llorar, pero antes de desmayarme le vi a taitá los ojos blancos del dolor que yo sentía. Yo era el más querido de sus hijos. Un poco después pateó a Sultán, que era el más querido de los perros del Karaí. Entonces lo hizo apresar y mandó al verdugo de la cárcel que le diera cien palos con la misma vara. Taitá estaba como loco. Unos días más tarde se insolentó con el guardián del calabozo. Esa dicen que fue su culpa. Entonces lo mandó ajusticiar, junto con otros conspiradores. El Karaí Guasú lo quería como a un hijo. Pero no lo quiso perdonar por traidor. No era un traidor. Se murió por mi culpa, porque toda su desgracia salió de la llaga negra de mi ladronicio. Los doce hijos de Pilar fuimos confinados a distintos puntos del país. Yo vine aquí y me quedé con mi hermana María Candé, madre de Gaspar, el que después iba a ser músico y constructor de instrumentos...

			Esa tarde supimos que Macario Francia era tío de Gaspar. Pero ni siquiera entonces habló de él.

			–¡A ver ustedes! ¡Las manos...! –nos dijo de pronto.

			Las encogimos y cerramos con fuerza entre los dedos sarmentosos, a pesar de las cataratas del viejo. Él volvió la diestra. Era casi transparente. En el fondo, a ras de los huesos, estaba la mancha negra entre las terrosas arrugas, como un agujero.

			–¡A ver si a ustedes les pasa esto! Yo he vivido para pagar. Y he vivido demasiado.

			Nos tenía empayenados con sus cuentos.

			–Unos años después de la Guerra Grande fui a visitar al médico guasú de Santa Ana para pedirle remedios. Mi hermana Candé estaba muy enferma del pasmo de sangre. Un viaje inútil. Recordaba el anterior, veinte años antes, cuando había ido con taitá a traer el bálsamo para el Karaí. Esta vez no tuve suerte. El franchute también estaba enfermo. Así me dijeron. Tres días esperé frente a su casa, a que se sanara. Por las noches lo sacaban al corredor en un sillón frailero. Lo veíamos quieto y blanco, gordo y dormido a la luz de la luna. La última noche un borracho pasó ante el enfermo, saludándolo a gritos. Iba y venía, cada vez más enojado, gritando cada vez más fuerte:

			”–¡Buenas noches, karaí Bonpland...! ¡Ave María Purísima... karaí Bonpland...!

			”Al final lo insultó ya directamente. El médico guasú, grande y blanco, lleno de sueño, no le hacía caso, ni se molestaba. Entonces el borracho no aguantó más el desprecio. Sacó un cuchillo y subiendo al corredor, lo apuñaló con rabia, hasta que salté sobre él y le arranqué el cuchillo... Vino mucha gente. Entonces supimos que el médico guasú había muerto tres días atrás. El borracho sólo apuñaló el cadáver embalsamado que ponían a orear al sereno. Para mí fue como si hubiera muerto por segunda vez... Cuando regresé a Itapé, mi hermana María Candelaria había sanado. Para que se sanara del todo, yo puse bajo su cabeza el cuchillo del borracho que había herido al teongüe del médico guasú...

			Algunos no le creían. Los mellizos Goiburú, por ejemplo. Pedro tenía una cara de risa, Vicente un corazón de diablo. Pero entre los dos eran uno solo. Ya entonces comenzaban a burlarse del viejo liberto.

			Otro día nos llevó a su rancho. De un hueco del solero extrajo un pequeño envoltorio. Lo deslió. De un saquito de piel de iguana, entre restos de escayola, sacó un objeto. En la mano de tierra temblaba un hebillón de plata.

			–Esto... –dijo, pero no pudo continuar.

			No hacía falta saber.

			Contemplamos absortos el hebillón. Un aerolito caído en un desierto. El zapato de charol, las medias blancas, la sombra magra y enlevitada surgía de él, alta como el tizón de un árbol que el rayo no había podido derrumbar.

			La Guerra Grande cayó sobre el país y lo devastó de un confín al otro. Macario Francia ya era para entonces un hombre maduro.

			Contaba que hasta Humaitá y el Cuadrilátero había militado en las huestes del famoso y pintoresco alférez Ñanduá. Herido, cayó prisionero de los aliados en Lomas Valentinas, pero pudo huir y volvió a presentarse al Cuartel General del mariscal López.

			–¡La propia Madama me curó el hombro! –decía con orgullo.

			–Ese era el hombro que tenía más bajo, caído hacia la tierra, como bajo el peso de toda aquella gloria, de aquella pesadilla.

			Macario atravesó de punta a punta el horror de la hecatombe que duró cinco años, hasta la derrota de la última espectral guerrilla de López en Cerro Corá. Él mismo era un Lázaro resucitado del gran exterminio.

			El único despojo que había conseguido salvar era ese hebillón de plata y la confusa, inestimable carga de sus recuerdos.

			Del sobrino leproso no se acordaba. De seguro adrede, como todos. A gatas aludía a su nacimiento.

			–Hermana Candé tuvo a Gaspar en el Éxodo de la Residenta... –era lo único que decía cuando le apurábamos mucho.

			Había otra persona en Itapé que conocía la historia. María Rosa, la chipera que vivía en la loma de Carovení. Pero ella tampoco hablaba. Y si hablaba, nadie le hacía caso porque era lunática. No tenía más que sus frases incoherentes, que el guaraní arcaico hacía aún más incomprensibles, y ese alucinado estribillo del Himno de los Muertos de los guaraníes del Guairá.

			El propio Macario no empezó a hablar de su sobrino Gaspar Mora hasta que se volvió caduco de golpe, casi al borde de su muerte.

			Sólo cuando estuvo comido hasta los huesos, el secreto inconscientemente guardado por todos, subió a la superficie del anciano. Y entonces se olvidó de todo lo demás.





2

			–Fue cuando el cometa estuvo a punto de barrer la tierra con su cola de fuego.

			De allí solía arrancar. Él decía yvaga-ratá, con lo que la intraducible expresión fuego-del-cielo designaba al cometa y aludía a las fuerzas cosmogónicas que lo habían desencadenado, a la idea de la destrucción del mundo, según el Génesis de los guaraníes.

			Me acuerdo del monstruoso Halley, del espanto de mis cinco años, conmovidos de raíz por la amenazadora presencia de esa víbora-perro que se iba a tragar al mundo. Me acuerdo de eso, pero el relato de Macario me lo hacía remontar a un remoto pasado.

			A él no le interesaba el cometa sino en relación con la historia del sobrino leproso. La contaba cambiándola un poco cada vez. Superponía los hechos, trocaba nombres, fechas, lugares, como quizá lo esté haciendo yo ahora sin darme cuenta, pues mi incertidumbre es mayor que la de aquel viejo chocho, que por lo menos era puro.

			Su retraimiento era completo cuando alguna mujer se colaba en el ruedo. Nunca habló de Gaspar delante de ellas, a saber por qué. Ya caduco y tembleque las descubría enseguida. Se agazapaba entonces en un mutismo huraño. Si se hallaba cerca del fuego, Macario escupía sobre las brasas. Durante un largo rato no se oía más que el chirrido de esos escupitajos sobre el fuego, del que subían hilachas de un vapor amarillo. La intrusa no tenía más remedio que irse.

			Macario recomenzaba a partir del cometa.

			Fue así como una noche, cuando los pies de una mujer se alejaron raspando levemente el piso de tierra y los salivazos del viejo dejaron de freírse sobre las brasas, le oí decir con su flemoso graznido:

			–Se me escondió en el corazón del monte. Y allí se paró a esperar la muerte.

			Hizo un alto y agregó:

			–Pero antes tuvo el hijo.

			–¿Qué hijo, taitá? –le preguntó alguien.

			No contestó. La cabeza se le hincó en el pecho. Un suspiro se le rompió en la garganta.

			Todos sabíamos que Gaspar Mora no había tenido hijos. La cabeza del anciano parecía reflexionar sobre eso, arrepentido, abochornado tal vez de su infidencia.

			Entonces volvió atrás, procurando borrar lo que había dicho. Retrocedió a los años anteriores al aislamiento del enfermo en el abra. La máscara de Gaspar Mora se cambió otra vez en el rostro limpio y fuerte de su juventud, el rostro moreno y huesudo de ojos mansamente verdosos, que todos recordábamos bien.

			Gaspar olía a madera, de tanto haber trabajado con ella. De lejos venían a buscar sus instrumentos y pagaban lo que él les pedía. No era tacaño. Sólo dejaba lo suficiente para comprar sus materiales y herramientas. El resto lo repartía entre los que tenían menos que él. Levantaba las deudas de los agricultores a los que el fuego, el granizo o las langostas habían inutilizado sus plantíos. Compraba ropas y bastimentos para las viudas y los huérfanos.

			–Los muchachos –decía Macario– se reunían en su carpintería para verlo trabajar. Enseñaba el oficio y la solfa a los que querían aprender. También levantó la escuelita y talló las cabriadas y los fustes de los horcones. Yo no los veo más, pero sé que están allí...

			Sí. Todavía están. El tiempo estrió de una nervadura casi latiente las figuras de las vasijas y tejidos indios, que Gaspar reprodujo labrándolas con el formón y la azuela en los horcones de petereby y de lapacho. En todas estas cosas quedó su presencia. Pero, de un modo especial, él estaba vivo en el viejo vagabundo que vivía de la caridad pública y cuyos andrajos no sabíamos cómo se arreglaba para mantenerlos tan limpios sobre la arpillera de la piel.

			No hacía mucho que Gaspar había muerto. Pero como desapareció en medio del espanto, era como si se hubiese perdido en una grieta de un tiempo muy lejano.

			Macario Francia era quien lo acompañaba.

			Al oscurecer se ponía a tocar la guitarra que estaba fabricando, para probar el sonido, la salud del instrumento...

			De eso me acuerdo. La gente se tumbaba en el pasto a escucharlo. O salía de los ranchos. Hasta el cerrito se escuchaba el sonido. Se escuchaba hasta el río. Me acuerdo de mamá que al oír la distante guitarra se quedaba con los ojos húmedos. Papá llegaba del cañal y trataba de no hacer ruido con las herramientas.

			Aun después de muerto Gaspar en el monte, más de una tarde oímos la guitarra. La voz de Macario se recogía temblona. En el silencio del anochecer en que ondeaban las chispitas azules de los muäs, empezábamos a oír bajito la guitarra que sonaba como enterrada, o como si la memoria del sonido aflorase en nosotros bajo el influjo del viejo.

			En ese momento comprendíamos también las palabras rotas de María Rosa. En su dulce obsesión adivinábamos la parte en sombras de la historia de Gaspar.

			–Cuando le escuchábamos ya nadie pensaba en morir –decía la chipera de Carovení–. Se durmió en el corazón de la madera. Estaba muy cansado, porque tuvo que luchar todo el tiempo con el gran murciélago... Pero algún día despertará y vendrá a llevarme. ¡El cometa lo volverá a traer...! Le clavaron las manos y los pies... Pero el cometa lo despertará y lo volverá a traer del monte...

			Ambos, Macario y María Rosa, con todo y su chochera el uno, con su mansa demencia la otra, parecían atados para siempre por esa cola fosforescente al mulato muerto en la selva.

			Cuarentona, con los cabellos enmarañados que comenzaban a encanecer, a pesar de esa tardía maternidad que le había dado una hija, María Rosa continuaba enamorada de él.

			En aquel tiempo todas las mujeres estarían enamoradas del músico, o de lo que él representaba para ellas. Pienso ahora en aquellas muchachas de Itapé, a la caída de la noche, inclinadas entre los lunares fosfóricos de las luciérnagas, a esa hora en que ya nadie “pensaba en morir”. Lo escucharían sin duda con todo el cuerpo y el ánima tendidos hacia el músico. Y sería esta compartida rivalidad lo que al hermanarlas a ellas lo ponían distante a él, ajeno para todas, excepto para esa melodiosa mujer sin cabeza que apretaba entre sus brazos, encorvado sobre ella, en la oscuridad.

			Macario nada decía sobre esto, a saber por qué. O lo diría y yo no lo recuerdo, porque entonces no pensaba en estas cosas.

			Me acuerdo sí de que alguien escarbó en él, pérfidamente, preguntándole cosas.

			–Gaspar murió virgen... –dijo tan sólo con una tranquila seguridad, que contradecía lo anterior cuando se le escapó con cierto bochorno que el leproso había tenido un hijo antes de morir. Pero su senectud era un terreno fértil para las contradicciones, los olvidos y los símbolos.

			–¡Lepiyú letrado! –se mofaban de Macario los mellizos Goiburú. Los dos ya conocían mujer. Se pavoneaban ante los que aún no habíamos saboreado ese misterio. El viejo no lograba convencerlos de la castidad de Gaspar. Lo consideraban un embustero, un embaucador.

			Pero Vicente, corazón de diablo, llevaba en el cinto el hebillón de plata que había hurtado al anciano.

			Pienso ahora que hasta sentían un inconfesado rencor no sólo hacia Macario, sino también hacia Gaspar. El padre de los mellizos, que después murió corneado por un novillo, era enemigo declarado de ambos. Él había transmitido a los hijos gemelos la torva inquina, de la que saltó aquel machetazo contra Macario y el Cristo. Lo cierto era que los mellizos no respetaban nada.

			Una tarde, en el río, Pedro escupió la palabrota “monflórito” contra la memoria de Gaspar. Fue como si nos sopapearan la cara. Nos abalanzamos sobre él, lo tumbamos y le atascamos de arena la boca, como para hacerle tragar de nuevo el insulto, para enterrar esa negación de hombría que acababa de proferir contra ese hombre que para nosotros era el más hombre de todos. Vicente trató inútilmente de defender a su hermano. Yo le puse un pie sobre la garganta, mientras los demás lo sujetaban.

			–¡Es o no monflórito? ¡Repetí si te animás!

			–¡No...! –gimió acobardado.

			Entonces lo largamos. Pero después entre los dos, una vez que me agarraron solo, casi me ahogaron en el remanso, porque yo no dudaba y porque quisieron desquitarse del trago de tierra que le hicimos comer a Pedro los defensores de Gaspar.

			Me salvé porque sabía nadar y zambullir más que ellos. Pero sobre todo, porque creía firmemente en algo. Dentro del agua, pegado al limo, tenía bien abiertos los ojos, aguantando la respiración, mientras los mellizos me buscaban para ahogarme. Se fueron porque creyeron que ya me había ahogado. Por eso no vieron las burbujitas de sangre que empezaron a soltar mi nariz y mis oídos.

			En el abombamiento de la asfixia sentí que la mano de madera de Gaspar me sacaba a la superficie. Era un raigón negro, al que me quedé largo rato abrazado.





3

			Cuando Gaspar Mora desapareció, su ausencia tardó en notarse.

			Dejó abierta su casa. No se llevó más que algunas herramientas.

			Lo buscaron sin descanso por todas partes. Recorrieron a caballo los caminos, las compañías más apartadas, los pueblos cercanos. Pero nadie sabía nada. Gaspar se había esfumado sin dejar rastros.

			Era como si ya se hubiese muerto.

			Las viejas mandaron promesas por su retorno. Las muchachas andaban tristes con la cabeza ladeada hacia la pena. Sobre todo una, María Rosa, la menuda chipera, que le solía llevar calentitos y crocantes sus chipás, sin querer cobrarle nunca nada. Y también cachos de bananas de oro y el agua fresca del manantial del cerro en una cantimplora forrada con húmedas hojas de banano. Ella misma tenía la carne prieta y morena de una tinaja, sus formas redondeadas, su tostado brillo en los pómulos y una chispa de ojo de agua en las oscuras pupilas.

			Antes de eso, María Rosa recibía de noche a los hombres en su ranchito de la loma de Carovení. Troperos, gente de paso. Nunca a los hombres del pueblo. Las viejas la miraban de reojo y cotorreaban a sus espaldas. Ella no les hacía caso ni les guardaba rencor.

			Cuando Gaspar Mora desapareció, el rancho permaneció cerrado. Solitario, silencioso, entre los cocoteros. El pequeño farol “murciélago” ya no brillaba en lo alto, a través de la ventanita tapada con un trozo de zarza floreada.

			–¿Y antes de perderse no subía Gaspar hasta el rancho de María Rosa? –le preguntaban a Macario para hacerlo enojar.

			–¡Gaspar murió virgen! –repetía tercamente el viejo, sobre el esternón.

			También ahora la puedo imaginar a María Rosa buscando, esperando al desaparecido, purificándose en la espera, como si de golpe hubiera descubierto que todos los hombres eran uno solo y que precisamente ese hombre ya no estaba y quizá no regresaría nunca.





4

			Pasaron meses, tal vez años. Un hachero trajo al pueblo la noticia. Contó que en lo más hondo del monte, mientras volteaba árboles, había escuchado sonar una guitarra hacia el atardecer. Al principio pensó en alguna agüería.

			–Pora o pombero, me dije. Capaz que fuera el yasy yateré. Aunque yo no creo en esas cosas –dijo en el corro que se había formado para oírlo–. La guitarra seguía sonando. Busqué el lugar de donde venía el sonido. Me costó encontrarlo. La música, apretada por el monte, me toreaba de un lado y otro. Al fin me metí por un pique y desemboqué en un cañadón. Vi primero el rancho. Enfrente, sentado sobre un tronco, Gaspar estaba tocando una guitarra blanca. Sin barnizar... Está enfermo. Tiene el mal de San Lázaro...

			Una consternación general barrió las caras.

			El hachero contó que le tendió la mano y que el otro no se la tomó diciéndole:

			–No le doy la mano a nadie. Solamente a esta... –señaló el instrumento–. A ella no la puedo contagiar.

			–¿Dónde está? –preguntó Macario.

			–No puedo contra... –se defendió el hachero.

			–Vas a contar –le conminó el viejo–. Tenemos que ir a buscarlo.

			–Le juré sobre el hacha que no diría nada. Gaspar quiere estar solo...

			María Rosa abandonó el ruedo. Mientras los demás se quedaban discutiendo, ella se fue a su rancho. Puso en una canasta varias argollas de chipás y bastimentos, y se encaminó hacia el monte. Ella sabía dónde trabajaba el hachero.

			Al día siguiente, el grupo encabezado por Macario se cruzó con ella, que venía de regreso.

			La detuvieron en la picada. Se negó a hablar. Volvía cambiada, con el rostro de una sonámbula.

			Macario y sus acompañantes también se estrellaron contra la voluntad de aislamiento del enfermo, contra su decisión de permanecer allí hasta el fin.

			–Omanó vaekué ko-ndoyejhe’ai oikovevandie... (1) –contaba Macario que les dijo de lejos, impidiéndoles con un gesto que se acercaran.

			–Venimos a llevarte, Gaspar –le dijo Macario–. Te hemos buscado por todas partes.

			–Yo ya estoy muerto –contestó lentamente–. Y puedo decirles que la muerte no es tan mala como la creemos.

			Dijo Macario, que se quedó en silencio un buen rato.

			–Me va tallando despacito –contó que dijo después–. Mientras me cuenta sus secretos. Es bueno saber por lo menos que uno no acaba, que continúa en otra vida, en otra cosa. Porque hasta en la muerte se quiere seguir viviendo. Eso lo sé ahora. La muerte me ha enseñado a tener paciencia. Yo le hago un poco de música... –dijo con una sonrisa, como en broma–. Para pagarle. Nos entendemos...

			–Pero sufres, Gaspar.

			–¿Sufro? Sí, sufro. Pero no por esto... –se echó una mirada hasta los pies–. Sufro porque tengo que estar solo, por lo poco que hice cuando podía por mis semejantes.

			–Por eso venimos a llevarte. Puedes sanar. Te vamos a atender.

			Movió la cabeza y los miró desde una profundidad insondable. Era como si un muerto se levantara para testificar sobre lo irrevocable de la muerte.

			Luego, para romper el maligno sortilegio, se sentó sobre el tronco y empezó a preludiar el Campamento Cerro León como una despedida. El himno anónimo de la Guerra Grande surgió al cabo, extrañamente enérgico y marcial, de las cuerdas llenas de nudos.

			–Contra eso no había nada que hacer –dijo Macario.

			La noche se apretaba sobre el abra. Las manos hinchadas se movían sobre la tapa del pálido instrumento, que se fue quedando a oscuras hasta que dejó de sonar.

			Fue la última vez que lo vieron y que hablaron con él.





5

			Volvían una y otra vez al cañadón. Pero el enfermo los esquivaba con el tino infalible de la soledad que sabe protegerse a sí misma cuando es irremediable.

			Miraban la choza vacía, el abra desierta, acorraladas por la selva. Pero él no estaba. O quizá los vería a escondidas, de rodillas entre la maraña, con los ojos sin párpados en la enorme cabeza de león, escamosa y carcomida.

			Resolvieron dejarle alimentos en la entrada del pique. Un poco de charque, butifarras, quesos redondos. También cuerdas nuevas. Él los recogía después, escribiendo gracias sobre la tierra con un palito.

			Como antes, María Rosa continuaba llevándole chipá, cachos de bananas de oro y la cantimplora tan parecida a ella, con el agua del manantial del cerro. A media legua estaba el arroyo de Cabeza de Agua. Pero ella comprendía que esa distancia era cada vez más larga para los pies llagados.

			De tarde en tarde una pequeña procesión peregrinaba furtivamente hasta el abra. Con silencioso recogimiento escuchaba la oración leprosa. Procuraban no hacer el menor ruido, porque a veces una ramita que se rompía bastaba para quebrar también la música. Semejaban sombras suspendidas entre el follaje. Se miraban con ojos húmedos y encandilados, mientras la noche iba tapando con una losa de oscuro azul el cañadón.

			Luego, al silencio, regresaban por la tiniebla.

			Eso duró. Pensaron que la muerte también se había enamorado del músico.

			–Pero lo quería vivo, allí... –dijo Macario, agregando en castellano–: Como en una jaula...





6

			Por ese tiempo fue cuando el cometa apareció en el cielo y acercó amenazadoramente a la tierra su inmensa cola de fuego.

			Cundió el pánico. Era el anuncio resplandeciente del fin del mundo. La nueva terrible del castigo se amplificaba en la iglesia, entre las lamentaciones y los rezos. De eso me acuerdo bien.

			Nos olvidamos de Gaspar Mora, solo en el monte.

			Después empezó la sequía, como si el ardiente resuello del monstruo hubiera secado toda el agua de la tierra y del cielo.

			María Rosa trató de llegar al abra con su pequeña carga de agua y provisiones. Pero no pudo. Se extravió en el monte, cegada, extraviada por el maléfico yvaga-ratá. Después de varios días reapareció gesticulante.

			–¡Ya no está..., se fue! –murmuraba con tranquila desesperación–. ¡Lo llevó el cometa!

			Cuando el miedo aflojó, Macario y otros llegaron a la entrada del pique. Encontraron que las últimas provisiones no habían sido retiradas. Las hormigas se estaban llevando los restos enmohecidos.

			Empezaron a llamarlo a gritos. La oquedad del monte sólo devolvía ecos pastosos. Lo rastrearon hacia el arroyo. Allí lo encontraron, de bruces sobre los guijarros y la arena del cauce seco.

			Estaba muerto, de varios días.

			Allí mismo, junto al álveo, cavaron la tierra con sus machetes y lo enterraron. Macario labró una tosca cruz de palosanto y la plantó a la cabecera de la tumba.

			Volvieron silenciosos y apabullados hacia el cañadón. Se sentían culpables.

			–La muerte de Gaspar pesaba sobre nosotros –dijo Macario–. Íbamos a recoger la guitarra y quemar la choza...





7

			Por la abertura que hacía de puerta entrevieron en el interior la silueta de un hombre desnudo, adosado al tapial.

			Se quedaron clavados por el estupor.

			–Un frío de muerte nos cuarteó las carnes... –contaba Macario.

			El hombre estaba inmóvil, con la barba hundida en el pecho y los brazos extendidos. La penumbra no les dejaba ver bien. Parecía no tener pelos y su desnudez era enfermiza, flaca, casi esquelética.

			Acababan de enterrar a Gaspar Mora y el rancho ya tenía otro ocupante. Tardaron en recuperar el habla. Un hálito sobrenatural les había paralizado la lengua.

			–¿Quién..., quién anda ahí? –pudo gritar al fin Macario.

			El hombre continuaba sin moverse, con la cabeza gacha y los brazos abiertos, como avergonzado de estar allí.

			Macario volvió a ensayar la pregunta, esta vez en castellano, con idéntico resultado. El desconocido no hizo el menor gesto. Su mudez, su inmovilidad les arañaba la piel erizada de pavor. Tuvieron la sensación de que aunque pasaran mil años ese hombre no se movería ni les haría caso. Quizá también estaba muerto y sólo se mantenía en pie por un milagroso equilibrio, las largas espinas de los brazos agarradas a la oscuridad.

			–Al principio pensamos en un habitante de otro mundo –nos decía Macario–. Pero era un hombre. Tenía el bulto y la traza de un cristiano. Y estaba allí parado, quieto, mirándonos con su silencio y sus brazos extendidos...

			Entonces, sublevados, enfurecidos por el enredo, irrumpieron en el rancho. Macario levantó el machete contra el intruso. Al resplandor de la hoja inmovilizada en el aire, vieron que era un Cristo de madera, del tamaño de un hombre.

			–Gaspar no quería estar solo... –murmuró el viejo.

			Durante el tiempo de su exilio la había tallado pacientemente, acaso para tener un compañero en forma de hombre, porque la soledad se le habría hecho insoportable, mucho más terrible y nefanda quizá que su propia enfermedad.

			Allí estaba el manso camarada.

			Le sobrevivía apaciblemente. Sobre la pálida madera estaban las manchas de las manos purulentas. Lo había tallado a su imagen y semejanza. Si un alma podía adquirir forma corpórea, esa era el alma de Gaspar Mora.

			Alguien propuso enterrar la talla junto al cuerpo del leproso.

			–¡No! –dijo terminantemente Macario–. Lo dejó en su reemplazo... Los demás asintieron en silencio.

			–Tenemos que llevarlo al pueblo –dijo Macario.





8

			Lo cargaron en hombros y regresaron por la picada, entre el siseo del resquebrajado follaje. En la hondura del monte el tañido ululante del urutaú acompañó sus pasos como el doblar de una luctuosa campana. Macario iba detrás con la guitarra.

			El polvo los acompañaba en la marcha lenta y borrosa que sacaba a un Cristo de la selva, como descolgado de una inmensa cruz.

			De pronto, una sombra escuálida se le unió. Era María Rosa. La ropa se le caía en pedazos. La sangre seca de los rasguños y desolladuras veteaba su piel en todas direcciones. Clavó la mirada demencial en el Cristo.

			–Debe tener sed... –dijo.

			En la mano llevaba la cantimplora. La levantó. De uno de los picos cayó un chorrito de agua. Pero nadie le hizo caso.

			Luego de un rato de marcha, empezó a cantar con voz rota y débil ese estribillo casi incomprensible del Himno de los muertos. Se interrumpía a trechos y recomenzaba con los dientes apretados.

			El canto ancestral se apagó por fin en sus labios. Caminaba lentamente con la cantimplora en la mano, detrás del encorvado Macario, que llevaba la guitarra al hombro.

			Tan absortos iban con su carga, que al salir al campo no se dieron cuenta de que el tiempo había cambiado. El cielo candente y translúcido se rajaba en finas estrías y se estaba encapotando. Los nubarrones parecían más oscuros por los intermitentes fulgores que apuñalaban sus vientres. Ráfagas del olvidado olor de la lluvia caían sobre el polvo. Un poco después la penumbra se cernía ya a ras del Cristo y tiznaba las caras de sus portadores, en las que los ojos brillaban a cada refucilo.

			Al pasar frente al cerrito cayeron las primeras gotas. Goterones de plomo derretido. Al entrar en el pueblo, la torrentada de la lluvia caía sobre ellos deslomándolos, entre los relámpagos y los aletazos del viento. El Cristo chispeaba como electrizado.

			Se encaminaron hacia la iglesia, chapoteando hasta las rodillas en los revueltos raudales. La puerta estaba cerrada. Oían el opaco zumbido de la campana rota golpeada por la lluvia. Entraron al Cristo en el corredor, al reparo del alero. Lo recostaron de pie contra la tapia, como la habían encontrado en la choza, y se sentaron en cuclillas a su alrededor.

			María Rosa permaneció en la lluvia, desleída toda ella en una silueta turbia, irreal.

			Los hombres aparentaban no verla. Sólo el Cristo extendía hacia ella los brazos.





9

			Allí y en esa posición tuvo que esperar varios días, hasta la llegada del cura, que sólo venía a Itapé los domingos quebrados del mes.

			Macario le refirió lo acontecido. Pero el cura, que ya estaba enterado, se opuso en redondo a la entrada de la imagen en el templo, pese a la agüería del milagro que empezaba a orearla. Había traído la lluvia del monte. No era tal vez un precio suficiente. Podía tratarse de una coincidencia. El cura miraba de reojo la talla, con un dejo de invencible repugnancia en el gesto, en la voz. En verdad la facha del Cristo no impresionaba bien. Le faltaba el pelo. Las vetas de la madera le jaspeaban la cara y el pecho de manchas escamosas y azules.

			–Es la obra de un lazariento –dijo el cura–. Hay el peligro del contagio. La Casa de Dios debe estar siempre limpia. Es el lugar de la salud...

			Se extendió sobre la extraña vitalidad de los bacilos. Mientras hablaba se había estado reuniendo mucha gente. Lo escuchaban sin convicción, con los ojos vacíos, fijos en la talla.

			El cura percibió que no entendían muy bien sus explicaciones. No encontraba en guaraní las palabras adecuadas para describir técnicamente el mal y los riesgos de la contaminación.

			–...No podemos meter adentro esto... –dijo, pero se interrumpió al notar la creciente resistencia que encontraban sus palabras–. Sí..., mis queridos hermanos... Es cierto que tiene la figura de Nuestro Señor Jesucristo. Pero el enemigo es astuto. Usa muchos recursos. Es capaz de cualquier cosa por destruir la salvación de nuestras almas. Es capaz de tomar hasta la propia figura del Redentor... –recogió el aliento y prosiguió en tono de admonición–: Y si no, piensen bien quién talló esta imagen... ¡Un hereje, un hombre que jamás pisó la iglesia, un hombre impuro que murió como murió porque...!

			–¡Gaspar Mora fue un hombre puro! –le interrumpió el viejo Macario con los ojos ásperamente abiertos.

			Un rumor de aprobación apoyó sus palabras. El cura quedó desconcertado.

			–¡Fue un hombre justo y bueno! –insistió Macario–. Hizo su trabajo. Ayudó a la gente. Todo lo que hizo tenía fundamento. En todas partes hay huellas de sus manos, de su alma limpia, de su corazón limpio... Donde suene un arpa, una guitarra, un violín, lo seguiremos oyendo. Esto fue lo último que hizo... –dijo señalando al Cristo–. Lo trajimos del monte, como si lo hubiéramos traído a él mismo. No está emponzoñado por el mal. La lluvia lo lavó y purificó cuando lo traíamos. ¡Y mírenlo! Habla por su boca de madera... Dice cosas que tenemos que oír... ¡Óiganlo! Yo lo escucho aquí... –dijo golpeándose el pecho–. ¡Es un hombre que habla! ¡A Dios no se le entiende..., pero a un hombre sí...! ¡Gaspar está en él...! ¡Algo ha querido decirnos con esta obra que salió de sus manos..., cuando sabía que no iba a volver, cuando ya estaba muerto...!

			La gente estaba en un hilo. Nadie imaginó que el viejo mendigo podía animarse a tanto contra el mismo cura; que supiera decir las cosas que estaba diciendo.

			Macario no discutía la religión. Eso se veía a las claras. Sólo su sentido. La mayoría estaba con él. Se veía quiénes eran. Los cuerpos tensos, la expresión de los semblantes tocados por sus palabras.

			Pero unos pocos permanecían fieles al cura. Su cara estaba contraída por la ira. Comprendió que debía ganar tiempo.

			–¡Ahí tienen la prueba...! –dijo tendiendo el brazo hacia Macario; la reprimida cólera ponía silbantes sus palabras–. ¡El hermano Macario hablando mal de Dios..., cometiendo sacrilegio, justo aquí, bajo el techo de la iglesia! ¡Esa imagen está endemoniada! ¡Así tenía que ser..., puesto que la hizo un hereje! ¡Nos va a traer el castigo de Dios!

			–¡Vamos a quemarla! ¡Vamos a quemarla ahora mismo y que se acabe la cuestión! –gritó junto al cura, con la voz descompuesta, el puestero Nicanor Goiburú, padre de los mellizos.

			Algunas voces se unieron a la suya sin mucho entusiasmo, más por compañerismo o por temor, que por otra cosa. El puestero tenía fama de corajudo y cuchillero. Revoleaba los ojos inyectados en sangre, a uno y otro lado, buscando apoyo.

			–¡Cierto! ¡Mejor quemarla de una vez...! –dijo uno mirando el suelo y escupiendo su bolita de naco, como si le quemara la boca.

			–¡Nosotros la trajimos y nosotros la llevaremos! –bramó Macario con toda su voz.

			Hubo un impetuoso remolino. La multitud se dividió en dos bandos y la gritería se hizo ensordecedora.

			El puestero desenvainó el cuchillo y se abalanzó contra Macario, que ya había cargado la imagen sobre sus espaldas, cayéndose de rodillas por el peso. Alguien desvió el brazo de Goiburú y la punta del facón sólo alcanzó a astillar el hombro del Cristo. Varios puñales y machetes empezaron a centellear bajo el sol rodeando y protegiendo la retirada de Macario y los suyos con el Cristo a cuestas. Las mujeres y las criaturas chillaban despavoridas. La cascada campana rompió también a repicar a rebato.

			El cura vio que el remedio resultaba peor que la enfermedad.

			Con los brazos en alto gesticuló para hacerse escuchar y restablecer el orden. Al fin lo consiguió a medias, desgañitándose. El jaleo fue amainando poco a poco bajo su trémulo vozarrón.

			–¡Calma..., calma, mis hermanos! –gritó a la enardecida multitud–. ¡No nos dejemos arrebatar por la violencia...! –su actitud se volvió más humilde; entrelazó los dedos sobre el pecho–. A lo mejor el hermano Macario tiene razón y yo estoy equivocado. A lo mejor, el Cristo tallado por Gaspar Mora merece entrar en la iglesia... Quién sabe si en la hora de su muerte no se arrepintió de sus pecados y Dios le perdonó... Yo no me opondré a que la imagen tenga un lugar allí adentro. Pero hay que hacer las cosas bien. Primero hay que bendecirla..., hay que consagrarla. Este es un asunto muy delicado. Déjenme consultar a la Curia, y entonces se resolverá del modo que más convenga a los intereses de la santa religión... ¿No es esto lo justo?

			La gente acató en silencio el armisticio pedido por el cura.

			Macario y los suyos estaban inmóviles, las caras enlodadas de polvo y sudor. Se miraron entre ellos y fueron a recostar nuevamente el Cristo contra la tapia, en el corredor. La multitud se dispersaba en un opaco rumoreo.





10

			Esa misma tarde, mientras se despojaba de los ornamentos, el cura habló en la sacristía con el campanero, un muchacho negro y granudo, que también hacía de sacristán.

			–Después de mi ida, esa imagen debe desaparecer. No quiero fomentar la idolatría entre mis feligreses.

			El muchacho estiró el cuello largo y escrofuloso y miró al cura sin entender. El incensario, del que se hallaba descargando las cenizas aún humeantes, tintineó al chocar contra el suelo.

			–Cuando me vaya, vas a hacer lo que dijo Goiburú –prosiguió el cura en el tono a la vez confidencial y autoritario que había adoptado con el muchacho.

			–¿Cómo, Paí?

			–Lo que oíste. Vas a quemar esa talla a escondidas, de noche, sin que nadie te vea, en el monte. Después enterrarás las cenizas y te coserás la boca. ¡Mucho cuidado! Le echarán la culpa a Goiburú, a quien sea... Qué sé yo... Será mejor. Esto tiene que acabar –se dijo a sí mismo–. ¿Me has oído?

			–¿Quemar al Cristo, Paí...? ¿Yo? –hipó el campanero.

			La cara granujienta estaba desencajada entre el temor que le inspiraba la orden y la duda de no haber comprendido bien.

			La nuez subía y bajaba por el pescuezo del muchacho.

			–¿Yo? –tornó a gorgotear.

			–Sí, vas a quemar eso... –farfulló el cura dando un tironazo al cajón de la cómoda.

			–¡Quemar el Cristo! ¡Jhake ra’é!

			–¡No está bendito todavía! Hasta ahora es un trozo de madera no más.

			–¿Y cómo, Pai? –bisbiseó el muchacho, mirando de reojo hacia afuera–. Desde que lo trajeron del monte, hacen guardia por turno para cuidarlo. ¡Y tienen sus machetes!

			–Irás a ver en mi nombre al sargento de la jefatura. Él te dará ayuda... –se veía que él mismo no estaba muy seguro de lo que decía. Sus palabras se apagaron en un murmullo difuso.

			Se enfundó el guardapolvo y fue a la Casa Parroquial, donde revisó el sobado cuaderno de anotaciones mientras le cebaban mate. Poco después pidió su cabalgadura y se alejó de prisa por el camino, rumbo a Borja, sin saludar a nadie, contra su costumbre. No se quedaba siquiera para la misa del domingo.





11

			Lo creyeron disgustado todavía por el incidente.

			El sacristán lo siguió un trecho. Iba más rengo y cabizbajo que nunca.

			En el silencio engrudado de luna y relente dormía el pueblo.

			Los ranchos y los árboles se esfumaban en la pálida claridad que ponía sobre ellos una aureola polvorienta.

			A la sombra de un cocotero, junto al alambrado que circundaba la plazoleta del templo, cuatro hombres dormitaban tumbados sobre el pasto. Uno de ellos era Macario.

			Un leve rumor le sobresaltó y le hizo incorporarse.

			Más que ver adivinó que unas sombras emponchadas se acercaban cautelosamente por el corredor hacia el Cristo reclinado en la pared. Al principio parpadeó incrédulo. Todavía las cataratas no le tapaban las pupilas, pero ya veía poco. El leve ruido volvió a llegar hasta él. Descubrió el inconfundible rumor de los machetes marca Gallo de la jefatura, asordinados por los ponchos de los tajhachíes.

			–¡Pedro Mártir..., Eligio..., Taní! –despertó a los muchachos que estaban junto a él.

			Los cuatro se pusieron de pie de un salto, recogieron sus machetes, atravesaron el alambrado y se lanzaron corriendo hacia los intrusos que ya se apoderaban de la talla.

			–¡No toquen eso, desgraciados! –gritó Macario desde atrás.

			Los ladrones, tomados de sorpresa, soltaron la imagen y se replegaron contra la tapia, desenvainando los yataganes. Detrás de un horcón, el semblante varioloso, blanco de luna, del sacristán, semejaba una máscara de samuhú. Se dejó caer y reptó entre los yuyos arrastrando la pierna, hacia el campanario. Los dos guardias emponchados se adosaron a la oscuridad, escurriéndose cada uno por un extremo del corredor.





12

			Macario llevó el Cristo a su rancho, ayudado por los otros.

			Con el sueño roto sobre las caras, muchos se les unieron por el camino. Pero nadie hablaba, ni preguntaba nada. El polvo tragaba el ruido de sus pasos. Después del tumulto, el silencio pesaba de nuevo extrañamente en esa calma inundada por el lechoso resplandor.

			Cuando salían a la plazoleta, la campana sonó con una tos nerviosa. Se volvieron a mirar hacia el inclinado campanario y vieron una sombra acurrucada en lo alto. Nadie pensó en el campanero. La pequeña procesión reinició su marcha, con la imagen a cuestas de Pedro Mártir, Taní y Eligio. Ellos habían sido los mejores alumnos de Gaspar, lo habían enterrado en el monte después de darle el último adiós. Ahora llevaban en hombros su último trabajo.

			Desde arriba, el campanero, abrazado a uno de los travesaños, contemplaba el lento y silencioso remolino humano que se llevaba el pedazo de madera con la forma del Redentor. Lo veía del tamaño de un recién nacido, blanco y desnudo sobre los hombros oscuros. Se miró las manos. Pensó tal vez que él había estado a punto de quemar eso, que era algo más que un trozo de monte.

			El brazo enganchado se desanudó poco a poco. Había metido la cabeza casi por completo en el hueco de la campana, cuyo zumbido aún le apretaba las sienes. El deshilachado cabo de soga oscilaba delante de los ojos arrasados de lágrimas. Cuando el zumbido acabó de morir en el hierro, se le escapó un sollozo por entre los dientes apretados. Tendió la mano hacia la soga y manipuló un rato con ella.

			Hubo un sordo pataleo sobre las tablas. La campana volvió a repicar espasmódicamente por un rato, hasta que la pata rígida se hamacó en el aire y todo se arremansó de nuevo en la quietud de la noche.





13

			Tres días con sus noches deliberaron junto al Cristo, casi sin palabras.

			Alguien, quizá el mismo Macario, recordó que la lluvia había empezado a caer cuando pasaban frente al cerro. Se les antojó que era muy parecido al cerro del Calvario. Allí debía estar, pues, el Cristo leproso. Al aire libre y cerca del cielo.

			La idea prendió en un clamor y se esparció por el pueblo.

			El rancho de Macario acabó por estar rodeado a todas horas de una rumoreante multitud. Durante esos días, el viejo mendigo fue el verdadero patriarca del pueblo. Un patriarca cismático y rebelde, acatado por todos.

			Entre todos desbrozaron el cerrito. Macario, ayudado por Pedro Mártir, por Eligio Brisueña y por Taní López, construyó la cruz en la que clavaron la imagen, luego de pegarle con cola una renegrida cabellera de mujer que alguien les alcanzó en medio del trajín. Sólo después vieron a María Rosa con la cabeza monda bajo el manto rotoso, se dieron cuenta de que ella había dado sus cabellos para el Crucificado.

			Lo irguieron en la misma cumbre del cerrito. También levantaron, para protegerlo, el redondel de esparcillo, semejante a la choza del abra donde había nacido.

			Los disturbios que el Cristo había provocado y que seguramente seguiría provocando, tal vez fueron la razón que movió a la Curia a ceder, autorizando la bendición de la imagen. Más que autorizarla, la impusieron, contra la voluntad del propio Macario.

			–Nuestro Cristo no necesita la bendición de ellos –dijo con un gruñido. Pero tuvo que ceder, porque el cisma no había prendido lo suficiente.





14

			El Viernes Santo se celebró por primera vez en el cerrito de Itapé.

			De Asunción vino el padre Fidel Maíz, uno de los mejores oradores sagrados de la época, para inaugurar el Calvario y predicar el sermón de las Siete Palabras.

			Todo el pueblo se volcó al cerro para la celebración de ese ritual que era un triunfo a medias de Macario y los suyos.

			El orador sagrado conmovió a la muchedumbre y la ganó para sí. La voz de Paí Maíz era famosa por su calidez y potencia y dominaba con una tersura incomparable el guaraní, como en los tiempos de Montoya.

			No le costó convencer a los itapeños de que el Hijo de Dios en su infinita humildad había permitido que su imagen naciera de las manos de un leproso, como dos mil años antes quiso nacer en un pesebre.

			–Este privilegiado cerrito de Itapé –agregó el predicador– se va a llamar desde ahora Tupá-Rapé, porque el camino de Dios pasa por los lugares más humildes y los llena de bendición...

			Así se llama hasta hoy. Tupá-Rapé, que en lengua india significa Camino-de-Dios.

			–Yo no estuve de acuerdo –dijo ya entonces Macario–. No había por qué cambiar el nombre. En todo caso, el cerrito del Cristo leproso se hubiera debido llamar Kuimbaé-Rapé.

			Así lo llamaba él: Camino-del-Hombre.

			–Porque el hombre, mis hijos –decía repitiendo casi las mismas palabras de Gaspar–, tiene dos nacimientos. Uno al nacer, otro al morir... Muere pero queda vivo en los otros, si ha sido cabal con el prójimo. Y si sabe olvidarse en vida de sí mismo, la tierra come su cuerpo pero no su recuerdo...

			Para el hijo de uno de los esclavos libertos de El Supremo, esta era, acaso, la única eternidad a que podía aspirar el hombre. Redimirse y sobrevivir en los demás. Puesto que estaban unidos por el infortunio, la esperanza de la redención también debía unirlos hombro con hombro.

			–Tiene que ser la obra de todos...

			Él decía todo esto porque evidentemente la realidad no correspondía a sus deseos.

			–Yo ya soy muy viejo. Me fundí. Ustedes tienen que arrejar...

			No le entendíamos. Pensábamos que eran cosas de su chochera.

			Poco después empezó a decaer rápidamente. Para las fiestas del Centenario, el año siguiente, ya tenía los ojos tapados por las cataratas. Día a día estaba más entumido, más doblado hacia la tierra, no tal vez por el peso de la edad, sino por el último fracaso que lo aplastaba con más fuerza que sus noventa años.

			Se fue quedando solo, ciego, sin memoria, en el peor de los olvidos, el de la indiferencia. Lo recuerdo de aquella época.

			Un puñado de polvo lanzado por la mano de un chico podía borrarlo.





15

			Las vías férreas avanzaban sobre el tendido abriendo una roja rajadura por el valle.

			Después de rebasar el cerrito, ya se podían ver las puntas de los rieles centelleando en el campo.

			Itapé iba a desperezarse de su siesta de siglos; pero el pueblo volvía a dividirse en dos bandos irreconciliables haciendo que el jefe político y el cura recobraran su aflojado poder.

			Macario vagaba a lo largo del camino, escuchando el retumbo de los durmientes bajo las palas y los picos de los cuadrilleros, que trabajaban como forzados.

			–¡Adiós, Macario! –le gritaban al pasar.

			Si se acercaba le daban alguna poquita cosa de sus provisiones bien magras. Granos de maíz tostado, algún pedazo de mandioca, lo que podía caber en el buche de un pitogüé.

			Una mañana de invierno, lo encontraron duro y quieto sobre la helada, entre sus guiñapos blancos, al pie del cerrito. Lo alzaron sobre una zorra y lo trajeron al pueblo, entre las herramientas. El ruido de las ruedas sobre los flamantes rieles fue su responso.

			Lo enterraron en un cajón de criatura.





En Hijo de Hombre,

Sudamericana, Buenos Aires, 1997.





				 					1- Los muertos no se mezclan con los vivos.





Gabriel García Márquez





GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ es uno de los grandes escritores del siglo. Él ha narrado genialmente la vida en los pueblos latinoamericanos antes que el nefasto progreso les haya quitado su cultura: su misterio y su sabiduría.

			Su infancia signó su destino ya que, para complacer a los abuelos del niño disconformes con su casamiento, la madre de García Márquez mandó al pequeño Gabriel a Aracata a crecer con ellos, entre gente mayor y un ejército de mujeres que trabajaba allí. Su abuelo trataba al niño como a un par, hablaba con él como si tuvieran los dos la misma edad. La abuela era quien dirigía el hogar, y para ella todo era posible. Para tener quieto a Gabo, solía sentarlo en alguna de las habitaciones y retenerlo allí mientras le narraba historias fúnebres de sus parientes que habían muerto en los cuartos de esa casa. Le contaba las cosas más atroces sin conmoverse, como si fuera un simple relato. García Márquez dice que su abuela fue quien más contribuyó a formarlo como escritor a través de esos relatos, ricos en imágenes y tragedias, narrados de la manera más imperturbable.

			Pero, con tristeza, de ese mundo del Caribe luminoso y vital, lo enviaron a cursar sus estudios con los jesuitas en Bogotá, lejos del sol y del mar, envuelto por el frío y la neblina de la capital colombiana. Fue allí, por reacción a la hostilidad que lo rodeaba, donde empezó a escribir. Ocho años después, siendo ya un joven de veinte años, volvió a vivir frente al mar en Cartagena, una ciudad muy bella, de balcones y calles estrechas, con una muralla incomparable que la protege. Trabajó entonces en la polvorienta redacción de un diario, El Universal, como redator de notas. Le sobraba el tiempo para escribir cuentos y beber ron con sus amigos en tumultuosas tabernas portuarias. De entonces él recuerda cómo cada vez que llegaba una caja de libros de Buenos Aires, de Sudamericana, de Losada, de Sur, hacían grandes fiestas sobradas de alcohol.

			La hojarasca, su primera novela, es de 1955. A ésta le siguió un libro de cuentos, Los funerales de la mamá grande. Luego, El coronel no tiene quién le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera. Una obra apasionante.

			Casado y pobre, decidido a ser escritor, fue enviando a Buenos Aires la cantidad de hojas que su dinero le permitía. Así le llegó a Sudamericana, en 1967, Cien años de soledad, una novela que tuvo un éxito colosal en Europa y lo consagró en el mundo entero.

			García Márquez dice que la trascendencia que tiene su obra se debe al carácter racionalista y práctico que está dominando el mundo, y que, en cambio, la vida cotidiana en América latina nos muestra que la realidad está llena de cosas extraordinarias. Y él es, sin duda, uno de sus testigos más deslumbrantes y apasionados.





EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO





Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

			Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

			No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

			Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

			No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

			–Tiene cara de llamarse Esteban.

			Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue unas de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

			–¡Bendito sea Dios –suspiraron–: es nuestro!

			Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

			Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubiera dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta esos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

			Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.





En La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada,

Sudamericana, Buenos Aires.





Marcel Schwob





MARCEL SCHWOB, cuyo verdadero nombre aparece registrado como André Marcel Mayer, nació en Chaville (Seine et Oise, Francia) en 1867. El nivel de cultura que había en su casa paterna fue decisivo para su formación. De muy pequeño estuvo en contacto con las letras francesas. Fue verdaderamente un niño prodigio, formado por preceptores alemanes e institutrices inglesas. Además de su propia lengua, ya a los tres años hablaba inglés y alemán. Y muy pronto se sumaron el español y el italiano a los idiomas que hablaba con naturalidad. Su padre, que había comprado el periódico Phare de la Loire, en Nantes, localidad donde transcurrió su infancia, era también un ilustrado periodista y escribió una obra de teatro en colaboración con Julio Verne.

			En 1882 se trasladó a París para continuar sus estudios en el Colegio Sainte-Barbe. Aquel joven y ávido lector frecuentaba a Poe, profesaba un culto por Victor Hugo, admiraba a Villon, Schopenhauer, Whitman, Shakespeare, y traducía a Catulo y se devoraba los clásicos griegos y latinos.

			En tiempos del colegio nace su interés por las biografías, cuyo verdadero arte identificaba con la labor de un demiurgo. Los personajes los tomaba de la realidad pero los acontecimientos eran transfigurados por el tamiz de su espíritu creador. Así da origen a Vidas imaginarias, al que pertenece este relato.

			Fue un ferviente admirador de Stevenson, a quien dedicó el volumen de relatos Corazón doble, un magistral recorrido por los recovecos y abismos del alma donde ocurren las pasiones, los dolores y esperanzas del ser humano.

			Hacia 1890 vivió un vínculo secreto y febril con Louise, una joven prostituta de origen obrero, quien le adentró a un mundo fascinante y velado para él. Esta relación duró tres años, hasta que una cruenta tuberculosis termina con la vida de Louise. Marcel cae en una profunda depresión de la cual únicamente logra salvarse volcando su angustia y todo su amor en la escritura. Esta obra, El libro de Monelle, fue definido por su amigo y biógrafo como “un evangelio de la piedad”, y elogiado por escritores de la envergadura de Maeterlinck y Mallarmé.

			La muerte de Stevenson, con quien mantuvo una profusa correspondencia, sin llegar a conocerse, lo empujó a emprender su viaje fascinante, lleno de peligros, a Samoa, en busca de la tumba de su entrañable amigo. Como un verdadero viaje iniciático, aquel periplo por mares esotéricos y tierras milenarias se convirtió al fin en descubrimiento de su propia alma. Esta experiencia ha quedado grabada en un diario que él redactó a la manera de cartas destinadas a Margarita Moreno, su mujer. Esta joven actriz del teatro francés fue el segundo y gran amor de su vida, quien lo cuidó con entrega absoluta en los años finales.

			Marcel Schwob fue un espíritu lúcido y originalísimo. Su obra fue escrita entre los veinticuatro y los veintinueve años. La grave afección pulmonar que contrae en su viaje a Samoa no lo abandonará. Rodeado de los libros que fueron su pasión y del desinteresado amor de Margarita, muere en 1905, cuando sólo tenía treinta y siete años.





KATHERINE LA ENCAJERA

Ramera enamoradiza





Nació hacia mediados del siglo XV, en la calle de la Pergaminería, cerca de la calle de San Jacobo, durante un invierno tan desapacible que los lobos corrían a través de París sobre la nieve. Una mujerzuela, de nariz muy colorada bajo su capirón, la recogió y la crió. Los primeros años puede decirse que los pasó jugando bajo los soportales con Perrenette, Guillemette, Ysabeau y Jehanneton, que llevaban unos vestidos cortos y sumergían sus manitas plagadas de sabañones en los arroyos, para atrapar pedazos de hielo. También se entretenían en mirar a los fulleros que hacían trampas a los transeúntes en el juego de tablas que llaman San-Merry. Y acechaban, bajo los salientes de los tejados, las tripas en sus cubas de madera, los largos embutidos oscilantes, los garfios de hierro en que cuelgan los carniceros los grandes cuartos de carne. Junto a San Benito, donde están los escritorios públicos, escuchaban chirriar las plumas y, por la noche, soplaban los candiles en las narices mismas de los escribientes, a través de las troneras de las tiendas. En el Puente Chico hacían burla de las pescadoras, corriendo en seguida como alma que lleva el diablo a esconderse tras las esquinas de la calle de las Tres Puertas. Luego, sentadas sobre el brocal de la fuente, parloteaban hasta la bruma del anochecer.

			Así pasó su primera infancia Katherine, antes de que la vieja la hubiese enseñado a sentarse ante una almohadilla de encajera y urdir pacientemente los hilos de todos los bolillos. Más tarde, trabajó en un obraje de paños, mientras Jehanneton, por su parte, se hacía sombrerera, Perrenette lavandera, Ysabeau guantera, y Guillemette la más afortunada de todas, salchichera, oficio que cuadraba como ningún otro a su carita colorada y siempre reluciente, que se hubiera dicho untada con sangre fresca de puerco. En cuanto a los que habían jugado al San-Merry, se iniciaban a la sazón en otras empresas; unos estudiaban en la montaña de Santa Genoveva; otros, barajaban el naipe en Trou-Perrette, o entrechocaban las jarras de vino de Aunis en la Posada del Pino, o se peleaban en la hostería de Margarita la Gorda. A la hora de mediodía se los veía entrar en la taberna, por la puerta de la calle de las Habas, y a la hora de medianoche esquivarse por la puerta de la calle de los Judíos. Katherine, mientras tanto, entretejía los bolillos de su encaje, y las noches de verano tomaba el fresco en el banco de la iglesia, donde estaba permitido reír y charlotear.

			Katherine llevaba una camiseta de tela cruda y una túnica de color verde; adoraba los vestidos y adornos, y detestaba particularmente ese rodete en la cabeza que distingue a las doncellas que no son de sangre noble. Tenía también una marcada afición a las monedas de plata, y aún más a los escudos de oro. Ese fue el motivo de que se amancebara con Casin Cholet, alguacil en el Châtelet, que, bajo el ala de su oficio, ganaba muy buenos dineros. Con frecuencia cenaba en su compañía en el hostal de la Mula, frente a la iglesia de la Marina; y muchas noches, después de la cena, Casin Cholet se entretenía en ir a robar gallinas a los recovecos que tienen sus corrales al otro lado de los fosos de la ciudad. Las escondía bajo su gran abrigo, y las vendía muy bien a la Machecroue, viuda de Arnoul, robusta vendedora de aves con puesto en el mercado.

			Como la vieja de la nariz púrpura hacía tiempo que se pudría en el osario de los Inocentes, Katherine pensó que no había en realidad motivo para persistir en su oficio de encajera. Casin Cholet encontró para su manceba un aposento cerca de las Tres Doncellas, y allí venía a visitarla casi todos los días, al anochecer. No le prohibía, desde luego, que se asomara a la ventana, las mejillas blanqueadas de albayalde y los ojos agrandados con carboncillo; y todos los platos adornados, así como las jarras y tazas, en que Katherine ofrecía de comer y beber a los visitantes que pagaban como Dios manda, habían sido escamoteados por Casin Cholet en la taberna de los Cisnes, o la hostería del Plato de Estaño, de las que era asiduo parroquiano. No obstante, desapareció bruscamente un día en que, apurado de dinero, había empeñado los aretes de filigrana de Katherine. Sus compinches dijeron a ésta que había sido mandado azotar por orden del preboste. El caso es que Katherine no volvió a verlo. Sola, sin tener ya que ganarlo para nadie, sin ilusiones y sin ánimos, se dedicó de lleno a la prostitución, viviendo un poco en cualquier parte.

			Primero, aguardó a la puerta de las tabernas, aceptando dócilmente a los que la llevaban a los taludes de los fosos, al pie del Châtelet, o contra las rejas del colegio de Navarra. Más tarde, cuando arreció demasiado el frío, una vieja celestina la hizo entrar en un prostíbulo. Vivió en un cuartito encalado, con cortinas de percal, bajo las órdenes de una patrona inflexible. Le dejaron su nombre de Katherine la Encajera, aunque ya no hacía encaje, pues algún nombre había que darle, y aquel era pintoresco y la diferenciaba de las otras. Algunos días, le daban permiso para pasearse, con la condición de que estuviera de vuelta a la hora en que solía empezar a ir la clientela. Y Katherine vagaba por las calles, pasando y repasando por delante de los talleres de la guantera y la sombrerera, y más de una vez permaneció atisbando y envidiando los encendidos mofletes de la salchichera, entronizada como una deidad cruenta entre los embutidos y las piernas de puerco. Luego volvía al prostíbulo, alumbrado desde la puesta del sol por unas candelas de luz rojiza que se derretían lentamente en sus palmatorias de cobre.

			Un día, Katherine se cansó de vivir encerrada, y huyó a los caminos. Acabó, a poco, por olvidarse de que había sido encajera, y hasta de que había vivido en París. Fue como esas criaturas que merodean por los bordes de las ciudades, satisfaciendo el deseo transeúnte sobre la cuneta de los caminos o las tumbas de los cementerios. Estas infelices acaban por no tener otro nombre que el que conviene a su físico. Así, Katherine recibió el apodo de hocico. Durante el día caminaba por los prados; llegada la noche, acechaba al borde de los sembrados. Hocico aprendió en esta vida muchas cosas que aún no conocía. ¿Dónde estaban ya las monedas de plata, los escudos de oro? Y era suerte si, acabada la faena, le arrojaban alguna moneda de cobre. Vivió míseramente, de pan y queso, y sólo muy de tarde en tarde probaba el vino, si alguno de sus compañeros nocturnos la invitaba. Sin embargo, tuvo algunos amigos desgraciados, que le susurraban de lejos: “¡Hocico! ¡Hocico!”, y, como aún quedaba en su corazón un vago rescoldo, los amó.

			Su mayor tristeza era oír las campanas de las iglesias y capillas; pues Hocico no había olvidado del todo aquellas noches de junio en que, vestida con su túnica verde, se sentaba en los bancos del pórtico sagrado. Era el tiempo en que envidiaba acerbamente la vestimenta de las doncellas nobles. Pero he aquí que, ahora, ni siquiera rodete ni sombrero tenía ya. La cabeza descubierta, aguardaba su pan sentada en una dura losa. Y, en medio de la soledad nocturna del cementerio, añoraba las candelas rojizas del prostíbulo, y las cortinas de percal del aposento encalado, mejores que el lodo espeso en que se hundían sus pies.

			Una noche, un rufián que se jactaba de soldado degolló a Hocico para robarle su bolsa. Pero no encontró bolsa alguna.





En Vidas imaginarias, Emecé, Buenos Aires, 1944;

traducción de Ricardo Baeza.





Dino Buzzati





DINO BUZZATI fue el creador de una obra seca, enigmática y hondamente emotiva.

			Nació a principios de siglo en Belluro, Italia.

			Comenzó su carrera como periodista en el Corriere della Sera, pero pronto se volcó íntegramente a la literatura. Sus primeros escritos fueron cuentos situados en las montañas. La personalidad del montañés, que yo he conocido en mis propios antepasados, nutre su obra. Esos personajes duros, estoicos y, sin embargo, tan entrañables, tan verdaderos. En ellos los sentimientos adquiren el concentrado resplandor de los metales.

			Ya en sus primeros trabajos Buzzati introduce elementos simbólicos relacinados frecuentemente con lo absurdo, a la maner de Kafka pero con el carácter propio y original de su obra.

			Escribió gran cantidad de relatos breves excepcionales como “Miedo en la Scala”, “El hundimiento de la Baliverna”, “Una carta de amor” y el que incluimos en esta colección. También escribió obras de teatro de gran calidad que fueron representadas en escenarios de todo el mundo.

			El desierto de los tártaros, su obra máxima, es una tragedia onírica que nos estremece al expresar esa enigmática búsqueda que alienta y angustia el alma.

			“Una lucha en la que no se combate para regresar coronado de flores, en una mañana de sol, entre sonrisas de mujeres jóvenes. No hay nadie que mire, nadie que lo llame valiente.”

			Estas palabras expresan la grandeza de su personaje y el misterio infinito de la condición humana.





LOS SIETE MENSAJEROS





Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas.

			Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, creía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos.

			A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca y que, creyendo ir siempre hacia el mediodía, en realidad quizá estemos dando vueltas en torno a nosotros mismos, sin aumentar nunca la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué todavía no hemos alcanzado la última frontera.

			Más a menudo, sin embargo, me atormenta la duda de que este confín no exista, de que el reino se extienda sin límite alguno y de que, por más que avance, nunca podré llegar a su fin.

			Emprendí el camino cuando tenía ya más de treinta años, demasiado tarde quizás. Mis amigos, mis propios parientes, se burlaban de mi proyecto como de un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de aquellos que eran de mi confianza aceptaron acompañarme.

			Aunque despreocupado –¡mucho más de lo que lo soy ahora!–, pensé en el modo de poder comunicarme durante el viaje con mis allegados y, de entre los caballeros de mi escolta, elegí a los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros.

			Creía, ignorante de mí, que tener siete era incluso una exageración. Con el tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, y eso que ninguno de ellos ha caído nunca enfermo ni ha sido sorprendido por los bandidos ni ha reventado ninguna cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré nunca recompensar.

			Para distinguirlos con facilidad, les puse nombres cuyas iniciales seguían el orden alfabético: Alejandro, Bartolomé, Cayo, Domingo, Escipión, Federico y Gregorio.

			Poco habituado a estar lejos de casa, mandé al primero, Alejandro, la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. Para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, la noche siguiente envié al segundo, luego al tercero, luego al cuarto, y así de forma consecutiva hasta la octava noche del viaje, en que partió Gregorio. El primero aún no había vuelto.

			Éste nos alcanzó la décima noche, mientras nos hallábamos plantando el campamento para pernoctar en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido inferior a la prevista; yo había pensado que, yendo solo y montando un magnífico corcel, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros; sin embargo, sólo había podido recorrer la equivalente a una vez y media; en una jornada, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.

			Lo mismo ocurrió con los demás. Bartolomé, que partió hacia la ciudad la tercera noche de viaje, volvió la decimoquinta. Cayo, que partió la cuarta, no regresó hasta la vigésima. Pronto comprobé que bastaba multiplicar por cinco los días empleados hasta el momento para saber cuándo nos alcanzaría el mensajero.

			Como cada vez nos alejábamos más de la capital, el itinerario de los mensajeros aumentaba en consecuencia. Transcurridos cincuenta días de camino, el intervalo entre la llegada de un mensajero y la de otro comenzó a espaciarse de forma notable; mientras que antes veía volver al campamento uno cada cinco días, el intervalo se hizo de veinticinco; de este modo, la voz de mi ciudad se hacía cada vez más débil; pasaban semanas enteras sin que tuviese ninguna noticia.

			Pasados que fueron seis meses –habíamos atravesado ya los montes Fasanos–, el intervalo entre una llegada y otra aumentó a cuatro meses largos. Ahora me traían noticias lejanas; los sobres me llegaban arrugados, a veces con manchas de humedad a causa de las noches pasadas al raso de quien me los traía.

			Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban por encima de mí eran iguales a aquellas de mi infancia, de que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que pendía sobre mí, de que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idéntico el canto de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros me parecían verdaderamente cosas nuevas y diferentes, y yo me sentía extranjero.

			¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontrábamos por las llanuras me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, sofocaba las expresiones de desaliento que nacían en sus labios. Cuatro años habían pasado ya desde mi partida; qué esfuerzo más prolongado. La capital, mi casa, mi padre, se habían hecho extrañamente remotos, apenas me parecían reales. Veinte meses largos de silencio y de soledad transcurrían ahora entre las sucesivas comparecencias de los mensajeros. Me traían curiosas cartas amarillentas por el tiempo y en ellas encontraba nombres olvidados, formas de expresión insólitas para mí, sentimientos que no conseguía comprender. A la mañana siguiente, después de sólo una noche de descanso, cuando nosotros reanudábamos el camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que hacía tiempo yo había preparado.

			Sin embargo, han pasado ocho años y medio. Esta noche, estaba cenando solo en mi tienda cuando ha entrado en ella Domingo, que, aunque agotado de cansancio, aún conseguía sonreír. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo período no ha hecho otra cosa que correr a través de prados, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura para traerme ese mazo de sobres que todavía no he tenido ganas de abrir. Él se ha ido ya a dormir y volverá a marcharse mañana mismo al alba.

			Volverá a marcharse por última vez. Con lápiz y papel he calculado que, si todo va bien, yo continuando el camino como he hecho hasta ahora y él haciendo el suyo, no podré volver a ver a Domingo hasta dentro de treinta y cuatro años. Para entonces yo tendré setenta y dos. Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que la muerte se me lleve antes. Por tanto, no podré volver a verlo nunca más.

			Dentro de treinta y cuatro años (antes más bien, mucho antes) Domingo vislumbrará de forma inesperada las hogueras de mi campamento y se preguntará cómo es que entre tanto he recorrido tan poco camino. Igual que esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarilleadas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; sin embargo, al verme inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados flanqueándome con antorchas, muerto, se detendrá en el umbral.

			¡Aun así, marcha, Domingo, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres el vínculo superviviente con el mundo que antaño fue también mío. Los últimos mensajes me han hecho saber que muchas cosas han cambiado, que mi padre ha muerto, que la corona ha pasado a mi hermano mayor, que me dan por perdido, que allí donde antes estaban los robles bajo los cuales solía ir a jugar han construido altos palacios de piedra. Pero sigue siendo mi vieja patria.

			Tú eres el último vínculo con ellos, Domingo. El quinto mensajero, Escipión, que me alcanzará, si Dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a marchar porque no le daría tiempo a volver. Después de ti, Domingo, el silencio, a no ser que encuentre por fin los ansiados confines. Sin embargo, cuanto más avanzo, más me voy convenciendo de que no existe frontera.

			No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido en que nosotros estamos acostumbrados a pensar. No hay murallas que separen ni valles que dividan ni montañas que cierren el paso. Probablemente cruzaré el límite sin advertirlo siquiera e, ignorante de ello, continuaré avanzando.

			Por esta razón pretendo que, cuando me hayan alcanzado de nuevo, Escipión y los otros mensajeros que le siguen no partan ya hacia la capital, sino que marchen por delante, precediéndome, para que yo pueda saber con antelación aquello que me aguarda.

			Desde hace un tiempo, se despierta en mí por las noches una agitación insólita, y no es ya la nostalgia por las alegrías abandonadas, como ocurría en los primeros tiempos del viaje; es más bien la impaciencia por conocer las tierras ignotas hacia las que me dirijo.

			Día a día, a medida que avanzo hacia la incierta meta, voy notando –y hasta ahora a nadie se lo he confesado– cómo en el cielo resplandece una luz insólita como nunca se me ha aparecido ni siquiera en sueños, y cómo las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de aquella de nuestra tierra, y el aire trae presagios que no sé expresar.

			Mañana por la mañana una esperanza nueva me arrastrará todavía más adelante, hacia esas montañas inexploradas que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré el campamento mientras por la parte opuesta Domingo desaparece en el horizonte llevando a la ciudad remotísima mi inútil mensaje.





En Los siete mensajeros y otros relatos,

Alianza, Madrid, 1996.





Ernest Hemingway





ERNEST HEMINGWAY nació en Oak Park, Illinois, en 1899. Su madre, que había sido cantante solista en las iglesias, solía agasajar con su voz a los invitados que se reunían por las noches en la sala de aquella enorme casa en la que se crió Ernest junto al resto de sus hermanos. Pero a pesar del carácter enérgico de su madre, es el padre el que ejerce mayor influencia en el espíritu de Hemingway; él le transmitió su pasión por la caza, la pesca y el boxeo. Famosos relatos como El viejo y el mar demuestran que estos deportes eran mucho más que un pasatiempo en su vida; ellos constituían el centro de sus verdaderas alegrías.

			Durante sus estudios secundarios practicó todo tipo de deportes, pero el aburrimiento que le producía la enseñanza impartida lo impulsó a irse, casi a fugarse a Kansas City. Allí obtiene su primer empleo como redactor en el periódico Star. En aquel periódico aprende las reglas básicas que le proporciona su oficio, que le fueron de gran importancia, como él lo dice. Pero, sin duda, es la talla de su espíritu lo que imprime la sangre y el talento allí donde otros apenas logran dominar la tinta.

			Durante la Primera Guerra Mundial se enrola como voluntario de la Cruz Roja. Adiós a las armas contiene páginas conmovedoras en las que narra los peligros vividos en el frente. Luego participó activamente en numerosas batallas: en la guerra griego-turca, en el frente de Hong-Kong, contra Franco en la guerra civil, en Normandía y en la liberación de París. Todos sus camaradas dieron testimonio de su abnegación con los heridos y de su valor en combate. Estas experiencias marcan el universo de sus personajes, hombres que sufren y mueren en medio de absurdas matanzas, víctimas de un destino desdichado.

			Hemingway jamás formó parte de capilla literaria alguna. Pertenece a esa clase de escritores cuya obra nace en medio de un aislamiento bárbaro pero indispensable para generar un testimonio único y necesario. Como suele ocurrir con esta clase de literatura, no le resultó fácil encontrar quien se interesar