Main Cuerdas fuera

Cuerdas fuera

,
0 / 0
How much do you like this book?
What’s the quality of the file?
Download the book for quality assessment
What’s the quality of the downloaded files?
Year:
2020
Language:
spanish
File:
EPUB, 609 KB
Download (epub, 609 KB)
0 comments
 

You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
2

Cuernos

Year:
2010
Language:
spanish
File:
EPUB, 493 KB
0 / 0
© Susana González Salces, 2020

ISBN: 9798653396915

Registro: 2006144416545

Edición: Junio 2020

Diseño de portada y maquetación: © Susana González Salces

Todos los derechos reservados.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal)





Para mi Luz,

Para quien no deja de cuidar de mí…





—¡Ni se te ocurra volver a meterme tus mierdas en la cabeza! —Aitor se levantó de la camilla gritando—. Un simple tirón no va a detenerme. —Carlo se mantuvo apartado dolido por sus palabras y observó cómo se ponía los pantalones.

—Sabes que no es un simple tirón.

—¡No me toques los cojones! —Aitor lo señaló con el dedo—. No voy a quedarme aquí como tú, voy a aprovechar esta oportunidad. —Salió de la habitación sin mirar atrás ni una sola vez.

Aitor estaba enfadado con él, siempre había alguien diciéndole qué tenía que hacer y no pensaba dejar que ese estúpido le estropeara la mayor oportunidad de su vida. Con diecinueve años acababan de ofrecerle un contrato con uno de los mejores equipos de rugby en Escocia. Un país donde el rugby era como el fútbol en España, el único lugar donde él podría dedicarse en exclusiva a su gran pasión.

Pero Carlo le había dicho que tenía que vigilar su pierna derecha, todavía su cuádriceps no estaba del todo recuperado a causa accidente que le llevó a estar inmovilizado durante meses, y que le había dañado, según Carlo, para siempre.

—Payaso.

Siguió caminando, acelerando el ritmo hasta acabar corriendo. Sentía la rabia crecer en su interior por las palabras que acababa de escuchar, se suponía que era su amigo, su mejor amigo y confidente, debería estar contento por él, y en cambio, le decía que;  no fuese tan impulsivo y pensara en su recuperación total. Aitor apretó el paso y se internó en el parque del barrio. El viento frío le daba en el rostro y el fresco aroma de la naturaleza le llenaba los pulmones. Él ya estaba bien, su pierna le respondía igual de bien que su gemela, el único recuerdo de aquella noche era la cicatriz que le cruzaba el muslo derecho.

Había esperado, no, había deseado, que Carlo se alegrase por él. Había sido la primera persona a la que acudía para contarle la gran noticia después de hablarlo con su familia. Pero Carlo se limitó a decirle que no debía forzar su pierna, no recibió ni un cumplido por su logro, solo el comentario de que su pierna no estaba al cien por cien.

—Mi pierna... ¡ja!

Para demostrar que se equivocaba, saltó por encima de uno de los bancos del parque. Su pierna lesionada tocó el suelo la primera y, como siempre, Aitor siguió corriendo a la misma velocidad, sin sentir ninguna molestia del accidente.

Había pasado un año desde que el coche en el que iba con Carlo se saliese de la carretera y hubiesen acabado empotrados contra un árbol. Aún escuchaba con claridad el frenazo y el fuerte volantazo que Carlo se vio obligado a dar por culpa del conductor que venía en sentido contrario. Atravesaron el quitamiedos y su coche cayó por el terraplén que había al lado de la carretera, sin tener otra opción que esperar a que el coche parase por sí solo, sin que Carlo pudiera hacer nada para recuperar el control.

Le debía la vida a Carlo, por insistirle hasta la saciedad que se pusiera el cinturón o no arrancaba el coche, si no hubiera sido tan cabezota, él no lo hubiese llevado puesto, y ahora mismo, probablemente, estaría muerto. A cambio de salvar la vida, su pierna quedó atrapada entre los hierros del coche. Según el informe policial, el coche había dado varias vueltas de campana, dejándolo destrozado. Aunque la peor parte fue para Carlo. Nunca podría olvidar la cantidad de sangre que recorría el rostro y el cuerpo de su amigo. Los cristales habían saltado por todas partes y varios quedaron clavados en él junto con aquella rama que casi lo mata.

Aitor se apoyó en uno de los árboles cercanos para recuperar el aliento, cada vez que recordaba esos momentos, su cuerpo reaccionaba como si volviese a estar encerrado dentro del vehículo, ver tanta sangre le había marcado y nunca podría quitarse el sentimiento de terror que sintió a lo largo de la hora que tardaron en sacarlo del coche. Inspiró hondo, despacio, concentrado en lo que le rodeaba. Su vida iba a cambiar a partir de la semana siguiente, cuando un vuelo lo llevara a Escocia, hasta su sueño.





Carlo se quedó mirando la puerta por la que Aitor acababa de salir envuelto en un manto de furia como pocas veces recordaba. El reproche y la ira que su frase llevaba impresa le habían dejado confundido, no creía que Aitor fuese capaz de echarle en cara, con esas palabras, lo que ambos habían compartido antes del accidente, más sabiendo todo lo que él le había dicho aquella tarde. Pero hasta ese día no pensó que tuviera tanta rabia dentro por lo ocurrido. Se dejó llevar por la seguridad con la que Aitor le habló y, sobre todo, por lo que llevaba años sintiendo por su mejor amigo, unos sentimientos que ahora veía que nunca serían correspondidos, sino destruidos y utilizados como arma.

—Carlo... —La dulce voz de su hermana traspasó su ensimismamiento.

—Vero, pasa. —Intentó sonreír.

Su hermana entró en la pequeña habitación que sus padres le habían dejado para que diese masajes. A pesar de haber empezado hacía un año la carrera de fisioterapia, tenía hechos varios cursos de masajes con los que podía ir ganando un poco de dinero y así ir pagando las matrículas de la carrera.

Verónica se sentó a su lado en la camilla, abrazándolo intuyendo cómo se sentía. Entre ellos no había muchos secretos, aunque sabía que Carlo le ocultaba algo respecto a Aitor, ella mejor que nadie sabía lo que su hermano estaba pensando.

—No te sientas culpable.

—Se acabó, todo se acabó.

—Se va a ir a Escocia, no del planeta. —Le hizo sonreír.

—No es eso, deberías haber visto cómo me reprochaba... —Carlo no terminó la frase, presa de los sollozos.

Verónica le abrazó, roto por el dolor de perder a su mejor amigo y su primer amor de un solo golpe. Dejó que Carlo llorase sobre su hombro, que dejara salir toda su impotencia, ella no lo dejaría solo en aquel momento tan difícil, a pesar de morirse de ganas de seguir a Aitor y dejarle claras algunas cosas. Era la pequeña del grupo, su hermano y Aitor le sacaban cuatro años, pero siempre le habían hecho un hueco a su lado, por eso le molestaba ver a dos personas tan queridas hacerse daño. Cerró los ojos con fuerza al escuchar el desgarrador sollozo de Carlo.

Sabía que su hermano no le contaba todos los matices, pero comprendía que, a pesar de que él se comportase como si no fuese importante, Carlo tenía demasiados sentimientos escondidos en su interior, y en ese momento, los estaba confirmando. Aitor había significado, y aún significaba, demasiado para él, las amargas lágrimas que humedecían su camiseta daban fe de ello.

—Todo pasa por una razón Carlo, somos nosotros quienes decidimos si nos hunde o nos sirve para hacernos fuertes.

—¿Cómo es posible que con tan solo quince años digas esas cosas? —Se separó de su hermana, inspirando hondo para calmar los últimos estremecimientos de su cuerpo.

—No lo sé, pero mi edad no quita que sean menos ciertas. —Le sonrió con timidez, las palabras de su hermano le habían hecho ilusión.

—Algún día serás una gran psicóloga y entonces, podrás tratar al desequilibrado de tu hermano mayor.

Ambos rieron por las últimas palabras de Carlo, unas palabras que Vero sabía lo que significaban, su hermano daba por concluido el breve momento de desahogo y era hora de cambiar de tema.





—¿Puede que este sea tu mejor partido hasta la fecha? — Le preguntó la reportera sin apartar la mirada de sus ojos.

—Seguro, pero cada semana diré lo mismo —Aitor sonrió a la cámara y a la reportera, conocía aquel juego tan bien como el rugby.

El partido había llegado a su fin, con otro triunfo para el equipo local, el suyo, y ahora se encontraban en la ronda de entrevistas que los periodistas realizaban a pie de campo. Aitor siempre se ofrecía, le encantaba responder a cuantas preguntas le hicieran, dar a sus aficionados una victoria cada fin de semana era lo mejor para culminar una jornada de duro entrenamiento y responder las preguntas de la pequeña reportera, que en esos momentos tenía al lado, era un gran aliciente.

Llevaba doce años dentro de la liga escocesa de rugby y cada día lo había disfrutado al máximo. Cuando llegó allí era el novato, el eterno suplente, pero luchó por lo que siempre había querido y ahora, era uno de los segundas líneas titulares de su equipo. No sin esfuerzo y luchar en su intimidad con las molestias de su pierna que algunos días le hacía ser consciente que ese jugador perfecto que le regalaba a su afición no era tal. La fama le había dado reconocimiento, dinero y felicidad, sin olvidar muchas mujeres, preciosas mujeres.

—Entonces... —Aitor se acercó más a la reportera cuando cortaron el directo y el cámara se alejó — ¿Cuándo me dejarás enseñarte cómo se lanza?

—¿De verdad conquistas así a las chicas?

—Por norma general no necesito hacerlo, caen rendidas ante mí. —Se acercó aún más a ella, casi rozándola.

—Aún me quedan unas horas para terminar —contestó sonriéndole—, pero creo que no me importaría aprender un poco más sobre tus... —paseó la mirada por el fuerte cuerpo de Aitor —habilidades.

—Te esperaré entonces. —comentó alejándose.

Se encaminó hacia los vestuarios con una sonrisa en la boca, le encantaba su vida y estaba feliz con ella. En momentos como aquel no se arrepentía de la decisión que había tomado hacía doce años: dejarlo todo atrás y mudarse a un país desconocido con solo sus maletas y muchas ganas de triunfar. Llegó al vestuario guiado por los gritos que sus compañeros emitían al celebrar la victoria que les acercaba poco a poco a ganar el título de liga por tercera vez consecutiva.

—¡Y aquí está nuestro mejor segunda línea! No te ofendas Malcolm. —El número ocho del equipo le golpeó en el pecho después de sonreír a su compañero de posición.

Aquellos hombres se habían convertido en su familia allí, en sus comienzos se sintió solo por primera vez en su vida, no conocía a nadie en aquella ciudad y se vio sobrepasado por la situación durante los primeros días. Lo peor durante esos momentos era recordar cómo se fue de España, no dejaba de darle vueltas a su última conversación con Carlo, cargada de reproches hacia el que había sido su mejor amigo hasta el momento. Pero ahora, doce años después, él confirmaba sus palabras y el error de Carlo. Su cuádriceps no le había dado ningún problema que le hubiera obligado a alejarse del campo de rugby, sino que había llegado a ser uno de los mejores jugadores de la historia del equipo con treinta y un años, se encontraba en el punto más alto de su carrera.

Dejó atrás esos recuerdos al sentir el fuerte agarre de sus compañeros mientras le echaban agua helada por encima. Enseguida el vestuario entró en un auténtico caos con alrededor de veinte hombres gritando, empujándose y riendo, felices todos de lo que estaban llevando a cabo.





—Debes coger la pelota así. —le susurró Aitor al oído.

—Desde fuera se ve mucho más sencillo. —Rose sonrió mirándole por encima del hombro.

—Todo es cuestión de entrenamiento.

El campo de rugby se encontraba vacío a esas horas de la noche, solo estaban ellos dos en mitad del terreno de juego. Sus cuerpos permanecían pegados por la posición estratégica que Aitor estaba provocando. Con sus brazos envolvía a Rose desde detrás, mientras los dos sujetaban la pelota y él le indicaba cómo tenía que realizar el movimiento, o eso intentaba. Juntos lanzaron la pelota, observando la poca distancia que recorrió por el aire antes de caer al suelo.

—Mejor seguiré con mi carrera de periodista. —Rose se giró entre los brazos de Aitor riéndose.

—Sí, me gusta ver tu rostro después de cada partido. —Acercó aún más el cuerpo de Rose al suyo.

Rose acarició el rudo rostro de Aitor, le había llamado la atención desde que lo entrevistó hace años, cuando ambos acaban de empezar en sus profesiones, y hoy al fin había decidido darle una oportunidad. Tenía ese encanto entre la bestia que era durante los minutos que duraba el partido y la dulzura con la que siempre la trataba en sus entrevistas, sin despreciar la picardía que tanto le gustaba utilizar cuando estaba a su lado. Sintió las manos de Aitor por su espalda, acariciándola hasta llegar a su trasero y apretárselo, acercándola todavía más a su cuerpo.

—¿Por qué me has rechazado tantas veces? —Hizo la pregunta a escasos centímetros de su boca.

—Nunca te vi necesitado de compañía femenina.

—Golpe bajo. —Aitor apoyó su frente en la de ella.

—Una realidad, más bien.

—Y ¿qué ha pasado para que aceptes este entrenamiento personal?

—Quizás me apetezca aprender a jugar al rugby y siempre me gusta aprender del mejor. —Aitor rió con ganas por las rápidas salidas de Rose—. Aunque no sea bueno para tu arrogancia, es cierto.

—Yo no soy arrogante. —Rose le miró, demostrando que no le creía—. Bueno, un poco.

Aitor se sentía cómodo con ella, desde el primer momento habían flirteado, y ahora, con ella entre sus brazos, estaba planteándose cosas nuevas para él, intentar una relación más allá de una sola noche, intentar algo más que un simple encuentro para satisfacer a su cuerpo. Le apartó un mechón de pelo de la frente, acariciando su piel, en un movimiento lento que hizo que Rose cerrara los ojos y echase los brazos alrededor de su cuello. Aitor dejó la mano contra su mejilla disfrutando del contacto y de ver cómo ella se ablandaba entre sus brazos.

—Eres tan pequeña. —susurró al comparar el tamaño de su mano con el rostro de Rose.

—O tú muy grande. —Sonrieron, ambos tenían razón desde su punto de vista—. Bésame.

Rose no podía creer que le hubiese dicho que la besara, iba a disculparse por ello, por dejarse llevar por su cuerpo y no medir sus palabras, como muchas veces le pasaba, pero Aitor le sonrió de medio lado, dejándola fuera de juego. Se fue acercando a ella poco a poco, sin apartar la mirada y dejando claro que no iba a perder esa oportunidad de probar sus labios, como se esperaría de un caballero.

—Tú has abierto la veda —comentó rozando sus labios—. Ya no te me escaparás.

Las palabras que Rose iba a decir quedaron ahogadas por los labios de Aitor al posarse sobre los de ella, aprovechando el desconcierto causado por sus palabras. Decidido, empujó la barrera de sus labios con la lengua para saborear con codicia la suavidad de su boca y perderse en ella. Los dedos de Rose se perdieron entre el pelo de Aitor, apresándolo contra ella, profundizando el beso y entregándose a sus caricias. Aitor gimió al sentir la fuerza con la que Rose se aferraba a él, contoneándose contra su cuerpo y jugando con su lengua.

Todo quedó apartado en su mente, la pelota perdida en mitad del campo, el frío que empezaba a hacer en esa época del año en las verdes tierras escocesas, el que algún empleado del equipo pudiese verlos; solo se sentían el uno al otro y cómo sus cuerpos se reconocían.

—Si sigues así te tiraré al suelo y... —Rose le tapó la boca.

—No sigas. —Dejó caer su cabeza contra el pecho de Aitor para ocultar su sonrisa—. Creo que lo mejor será dar por terminada la lección de hoy.

—Apenas te he enseñado un movimiento. —Aitor le besó el pelo—. Vas a matarme...

—Tu ego me lo agradecerá algún día. —Salió de su escondite y lo volvió a besar, pero esta vez se apartó antes de que sus cuerpos volvieran a tomar el control—. Necesito que me lleves a casa.

—¿Y me invitarás a un café? —Rose le golpeó en el pecho.

—No —rió—, me dejarás en la puerta. Aunque si te portas bien, puede que te dé un beso de buenas noches.

—Hecho. —Se alejó a recoger el balón y al regresar a su lado hizo una reverencia y le tendió uno de sus brazos—. ¿Me permite guiarla hasta el coche?

Rose enlazó su mano en el codo de él y se dejó llevar hasta el todoterreno de Aitor. Durante el trayecto a su casa, Aitor no paró de hacerle preguntas sobre sus gustos y su vida, de vez en cuando él hacía algún comentario de sí mismo y de los años que vivió en su querida tierra, que dejó atrás hacía tanto tiempo.

—¿Y no echas de menos aquello?

—Muchos días, sobre todo al principio.

—Tiene que ser duro dejar todo lo que conoces y a la gente que quieres.

—Sí, pero gracias a la tecnología no les tengo tan lejos. —Aitor le sonrió sin mirarla, atento a la carretera.

—¿No dejaste a nadie especial? —De nuevo Rose quiso borrar sus últimas palabras al ver cómo se le tensaba la mandíbula a Aitor, había sobrepasado la línea, como le solía ocurrir—. Perdona no quería…

—No te preocupes. —Le apretó la pierna con una de sus manos—. No, no dejé a nadie especial.

Ella asintió y continuó escuchándole, siendo consciente de cómo esquivaba la etapa de su juventud en la conversación, pero Rose sabía que sus palabras no eran más que letras unidas. Una de las cosas que había aprendido a lo largo de los años, era a identificar las mentiras y Aitor en ese momento, le había dicho una, aunque desconocía el porqué de su reacción. Si él creía que se iba a quedar contenta con esa respuesta, es que no sabía dónde se había metido realmente. Era una periodista y siempre quería conocer toda la información para poder valorar el conjunto. Y Aitor en ese momento, era un conjunto que estaría encantada de conocer y valorar.

Aparcó enfrente del portal donde vivía Rose y la acompañó hasta la misma puerta de su apartamento, sin dejar de hablar y gastar bromas.

—Ya hemos llegado. —dijo Rose mientras buscaba las llaves en el bolso.

—Hasta la puerta misma como dijiste. —Aitor se apoyó en la pared, observándola.

—¿Qué? —Se sentía incómoda bajo su escrutinio y además las llaves no aparecían «¡dónde demonios estáis!».

—Nada. —Surgió una leve sonrisa en su boca—. ¿Sabes que me gustan los retos?

—Es una de las primeras cosas que supe de ti. —«Al fin, aquí estáis» les dijo mentalmente a las llaves.

Aitor percibía su nerviosismo, pero eso no le haría detenerse, sino que le incitaba aún más a seguir con aquel juego. Cuando la puerta estuvo abierta, después de que Rose se pelara un poco con ella, le sujetó la mano y, ayudándose de su tamaño, la atrapó entre su cuerpo y una de las paredes de la entrada a su casa.

—Solo un paso, y te podría hacer mía... —acarició su rostro con la nariz —pero respeto tu decisión. —Acercó la boca a su oído—. Aunque esta noche invada mis sueños una imagen tuya, desnuda debajo de mí, con tu cuerpo contorsionándose contra el mío y saboreando los gritos que emites por el placer que te doy.

Un gemido involuntario salió de la garganta de Rose al tener una vívida imagen de las palabras que Aitor le susurró. Ahora entendía por qué tantas mujeres habían caído rendidas ante él, ella misma estaba a punto de sucumbir y dejar que le hiciera lo que él quisiera, segura de que sus palabras no eran pura fanfarronería.

—Tienes una gran imaginación. —Logró responder. «Céntrate Rose».

—No es imaginación, es dejarte claro lo que pasará cuando me dejes pasar más allá de tu puerta. —observó su sonrojo y algo dentro de él saltó de emoción—. Y, ¿me he ganado ese beso?

—Espero no arrepentirme de esto. —Cerró los ojos y buscó sus labios.

Ahora fue Aitor quien gimió al sentir el deseo de Rose en ese beso. La devoró con energías renovadas, una de sus manos sujetó las manos de Rose por encima de su cabeza, dejándola aún más vulnerable ante él. Pronto pasaron al siguiente nivel de exigencia, no era suficiente para la fuerte necesidad que creció entre ellos. Sus cuerpos se fundieron y Aitor elevó una de las piernas de Rose, haciendo que le rodeara la cadera para que sintiera en su centro lo duro que estaba por ella, lo necesitado que se sentía de su contacto. Ambos gimieron por el roce de la lenta embestida que Aitor ejerció sobre ella.

—No te acostumbres. —Rose rodeó el rostro de Aitor con sus manos, libres de su agarre, para observarlo—. No sé qué me ocurre, pero yo no...

—No sigas. —Aitor repitió el gesto que Rose hizo antes en el campo para callarlo, soltándole la pierna y colocando sus dedos sobre su boca—. Me gustaría conocerte, no como a las demás…pero eso no quiere decir que no mataría por acostarme contigo. —Rose no pudo reprimir una sonrisa—. Descansa, nos veremos mañana.

Le observó ir hasta el ascensor y despedirse sonriendo, como ella estaba haciendo desde la puerta. Negando con la cabeza, Rose entró en su casa, suspirando por lo que esa noche había ocurrido y con su cuerpo gritando por lo que no había pasado y necesitaba.

—Solo unas horas con él... y estoy temblando. —Suspiró.

Aitor salió del edificio feliz, esa mujer le tenía intrigado y hacía mucho tiempo que no estaba nervioso ante otra persona, los nervios que se sienten por estar delante de alguien que le atraía y le gustaba. Concretamente, hacía doce años desde aquello, doce años que no habían logrado apagar los sentimientos que sintió en ese momento, pero que él mantenía bien guardados en el fondo de su ser. No iba a dejar que el pasado rigiera su vida actual. Subió al coche, satisfecho por cómo iban las cosas con Rose y apartando de su mente los recuerdos que aún le dolía rememorar.





La mañana llegó y con ella sus entrenamientos, a pesar de que el día después del partido el entrenador siempre lo daba libre al equipo para descansar, Aitor nunca dejaba de prepararse para continuar siendo el mejor. Se vistió con la ropa de correr y salió al frío aire de la ciudad en dirección al bosque que quedaba cerca de su apartamento, donde se perdía entre su oscuro follaje, esquivando todo obstáculo natural que se cruzaba en su camino, disfrutando de la naturaleza en estado puro.

Sus pies atravesaban el bosque de forma automática, conocía los caminos de tantas veces que los había recorrido, ayudándole ello a recordar la noche anterior y pensar en sus siguientes pasos para conseguir que Rose le diera más besos de buenas noches. A esas horas de la mañana era raro que Aitor se encontrara con gente, por lo que disfrutaba con la libertad de ir por donde quisiera sin tener que mirar a su alrededor para evitar chocar con alguien. Dejó que su cuerpo le guiase entre los árboles, un pie detrás de otro, la respiración acompasada al ritmo que llevaba, esquivando los árboles caídos a causa de su edad o por los fuertes vientos que de vez en cuando azotaban la ciudad.

Respiró el aroma a tierra que flotaba a su alrededor, haciendo que recordara su tierra, siendo esta la causa de que siempre buscase aquel pequeño bosque para correr. La mente de Aitor siguió sus propios caminos, recordando lo que la noche anterior no quiso rememorar, un pasado que estaba dispuesto a enterrar, mientras estuviese con Rose.

Unos ojos negros, que lo atormentaban desde hacía muchos años, aparecieron de repente en su mente, unos ojos que le dejaban siempre ese sabor amargo por lo que tantos años atrás quedó destruido. Las palabras que dijo antes de dar un portazo y salir de su vida aún hoy le hacían torcer el gesto por lo injustas que fueron. Pero en aquel entonces, sentía que se iba a comer el mundo y nadie tenía derecho a estropeárselo. Muchas veces había pensado en dejar su orgullo atrás y dar el paso para volver a saber de él e intentar retomar lo que tanto necesitaba de su gran amigo, pero entonces recordaba lo herido que se sintió porque precisamente él no le apoyase en su decisión, y esa idea se esfumaba.

Con la mente en esos recuerdos, Aitor no vio a tiempo la raíz medio desenterrada de uno de los árboles que cruzaba el camino, provocando que su pie se enredara en ella y, sin tener tiempo de reacción dada la velocidad que llevaba, cayó de bruces contra el suelo.

—¡Joder!

Con las manos por delante consiguió mermar el daño de la caída, pero no pudo evitar que la ropa acabase llena de barro. Su cuerpo acabó completamente estirado en el suelo, con el pie aún enredado en la raíz y la cara enterrada entre la hojarasca. «Por favor que no haya bichos», pensó al ver dónde había aterrizado. Se giró y, tras comprobar que todo estaba en orden en su cuerpo, sin roturas o heridas graves, o algún insecto enredado en su pelo, no pudo evitar romper a reír por lo estúpido y humillante de la situación. Cualquiera que hubiese visto caer a un hombre de un metro noventa y ciento quince kilos, de morros contra el suelo, se le quedaría grabado en su memoria.

—Por Dios, santa hostia...

Se levantó, probando el pie, le dolía al girarlo para los lados, pero aguantaba su peso sin problemas, como comprobó cuando caminó. Salió del bosque quitándose las hojas que quedaban pegadas en su ropa, cerciorándose que ningún bicho del bosque hubiese decidido darse un paseo subido en él, «como me encuentre uno, la caída no será lo más humillante que pueda ocurrirme» se dijo al imaginar uno de esos animalitos en su ropa y la posible reacción que su cuerpo ejercería para deshacerse del indeseado acompañante.

No tenía nada en contra de los insectos, pero solo con suponer que uno de ellos recorría su cuerpo, con esa cantidad de patas diminutas… se estremeció con solo pensarlo. Se fijó entonces que tenía las manos y gran parte de la ropa llena de barro e intentó deshacerse de ello sacudiendo las manos, dejando que el barro resbalara hasta el suelo a la vez que levantaba la vista para ver en qué zona de la ciudad estaba, y sonrió al conocer la calle.

—Al menos he tenido suerte. Buscaré una buena enfermera...

Sacando pecho, como si ir lleno de barro y magullado fuese lo más normal del mundo, Aitor caminó por las calles de la ciudad, que se encontraban más habitadas a esas horas de la mañana que su querido bosque. La gente con la que se cruzaba lo miraba, unos con disimulo, otros no tanto, incluso alguna mujer le ofreció ayuda para deshacerse de la ropa y del barro que lo manchaba, que rechazaba con educación, para descontento de la fémina. Él solo tenía en mente a una mujer a la que sin ninguna duda la dejaría que fuese su enfermera, que lo esperaba cinco pisos más arriba de donde se encontraba en ese momento. Consiguió entrar al portal aprovechando que una de las vecinas de Rose salía para pasear a su perro.

—El barro va bien para el cutis, pero joven, no hace falta que se revuelque en ello. —La mujer le dejó pasar mientras le sonreía.

—Me gusta llevar un poco de naturaleza entre tanto ladrillo. —contestó, contagiado por el buen humor de la mujer.

—¿También a su mascota? —dijo indicándole el hombro.

—¿Masco…? —Aitor nunca admitiría lo que pasó en ese momento ante nadie, pero la carcajada de la vecina de Rose reverberó en el portal cuando él chilló y empezó a sacudirse el hombro como si su vida dependiera de ello, tirando al animal al suelo de la calle.

—Tranquilo, que solo era un ciempiés. —La mujer no ocultaba su sonrisa.

—Demasiadas patas para mi gusto —Aitor no pudo evitar volver a mirar a su hombro por su hubiese más invitados indeseados—, prefiero que solo tengan cuatro y con pelo. —acarició al perro de la mujer, un Schnauzer de color gris.

—Dan más que hacer, eso seguro. Que tengas un buen día, vamos Lily.

Aitor se despidió de la mujer, sujetándole la puerta para que saliera a la calle seguida de su mascota, él se encaminó hasta el ascensor. Una vez dentro pudo verse en el espejo que adornaba la pared del fondo y la imagen que le devolvía su reflejo le hizo sentirse como cuando era un niño y llegaba a casa después de haberse caído con la bici o al jugar con sus amigos como si no existiese un mañana, arrasando con todo lo que se les ponía por delante. Tenía la camiseta pegada en el costado derecho donde había caído sobre una poza, marcando su firme pecho.

Jugar al rugby le había hecho tener un cuerpo bastante definido, pero sin llegar a ser algo exagerado. Se veía dónde sus músculos se contraían con sus movimientos, dejando claro lo fuerte que estaba. Por suerte su rostro no se había ensuciado demasiado, tan solo tenía la barba salpicada de barro. «Debería afeitarme» pensó tocándose los pelos desgreñados que llevaba, debería dejar que se vieran sus facciones angulosas como muchas veces su madre le recriminaba, que tapaba su fuerte rostro entre tanto pelo. Sus ojos color avellana le miraron divertidos al recordar a una de las mujeres más importantes de su vida.

Respiró hondo y se dio ánimos en silencio, tenía que llegar a la puerta de Rose con la confianza en sí mismo al cien por cien, ya que no tenía ni idea de cómo Rose respondería ante su visita, sin parecer un acosador. Desde luego si se presentase una mujer en su casa con sus pintas y le dijera que pasaba por allí y aprovechó para visitarlo… el pensaría de todo y nada sería bueno. Volvió a coger aire al llegar a su piso y, con seguridad, levantó el puño para llamar a la puerta justo cuando ésta se abría y una sonriente Rose apareció bromeando junto a un hombre.

Rose se paró en seco al verle en el pasillo delante de su puerta, haciendo que su compañero chocase contra ella y ambos lo mirasen sorprendidos por su estado. En ese instante Aitor no supo cómo reaccionar ante aquella escena, cualquier posibilidad que se le hubiese pasado por la mente nunca podría haber igualado a algo así. Rose ahogó un grito de sorpresa al verle en su puerta lleno de barro y cubierto por pequeñas heridas en los brazos y piernas, sus ojos recorrieron todo su cuerpo y avanzó hacia él para ofrecerle su ayuda, pero Aitor se alejó, dando un paso atrás.

—Perdona, no quería molestar. —dijo sin mirarla a ella, con la vista fija en el hombre que tenía a su espalda.

No dejó que se explicara, se alejó de la puerta en dirección a las escaleras, cegado por la rabia contra sí mismo, por ser tan estúpido de creer en que esa mujer podría devolverle la ilusión por empezar algo nuevo. Escuchó cómo Rose lo llamaba e intentaba seguirlo por las escaleras, pero pronto la dejó atrás al tener ella que parar para recuperar el aliento. No iba a detenerse, en ese momento no quería ninguna explicación y aprovechó su forma física para alejarse de allí lo antes posible. Regresó a la calle y esta vez no se preocupó por lo que la gente pensase de él, solamente tenía la idea de huir de allí.

Corrió hacia el bosque con la mandíbula apretada, aguantando la rabia que sentía por dentro y que pugnaba por salir de su cuerpo. Qué estúpido había sido al creer que Rose podía llenarle, solo había sido otro juguete más en sus manos, «muy bien campeón». Las calles quedaron atrás rápidamente, alejándose de la ciudad hasta internarse de nuevo en el bosque, en ese momento le urgía una vía de escape para sus sentimientos, alejándose de todo. Sus piernas se movían lo más rápido que podían teniendo en cuenta su pie, sentía los músculos quejarse por el esfuerzo, lanzándole punzadas de dolor cada vez que tenía que esquivar algún obstáculo o subir alguna pendiente. El tobillo lastimado en su caída, empezaba a molestarle con cada movimiento brusco que hacía, pero todo le daba igual, necesitaba ese dolor físico para mitigar otra clase de dolor que hacía mucho que no sentía. Su orgullo volvía a verse dañado, golpeado en su parte más profunda y hundido por ello.





Carlo respiraba la fría brisa que traspasaba la espesura del bosque mientras seguía a su pequeña fiera. Su Dogo Alemán, Tristón, corría delante de él en busca del palo que con tanta ansia le pedía que le lanzase y que luego le devolvía con alegría y una cantidad considerable de babas. Pasear por el monte que tenía al lado de casa le permitía dejar atrás cualquier preocupación que le rondase por la cabeza. Se tomaba esos paseos como su propia terapia anti estrés.

Ese día necesitaba aclararse por la invitación que la madre de Aitor le había dado en persona, dejándole en el compromiso de decir que sí aunque todo en él gritase no. Los padres de Aitor, Claudia y Roberto, celebraban treinta y cinco años de casados y lo querían pasar rodeados de la gente que era importante para ellos y, Carlo, sin duda, era una de esas personas. Suspiró por lo que aquello significaba para él, intentando dejar de lado su nerviosismo mientras esperaba a que Tristón regresara con el palo, feliz por su captura.

—¿Qué debo hacer? —Le preguntó a su perro al recoger el palo que le ofrecía, uno distinto al que le había lanzado, y sonrió al ver a Tristón girar su enorme cabeza al escucharle—. ¿Lo quieres? ¡Pues corre!

Le lanzó el palo lo más lejos que pudo, a pesar de saber que él recogería cualquier otro palo del suelo sin importarle si era el que le acaba de lanzar. Hacer que un Dogo se cansara no era algo sencillo, pero por suerte, a él le encantaban esos momentos donde ambos corrían, se divertían y conseguían agotarse el uno al otro. Decidido a poner un poco nervioso a Tristón en su búsqueda, salió disparado detrás de él, gritándole para ponerle a prueba y deshacerse de la sensación de miedo que había sentido al recordar lo que en unas semanas sería un momento complicado para él. Iría a esa fiesta y, después de doce años, no le daría la espalda a la situación que durante tantos años le había revuelto las entrañas.





Aitor estaba tirado en su sofá, con el pie derecho en alto envuelto en hielo, la caída le había dejado de recuerdo una hinchazón que no le convenía, se había acercado al hospital donde le dijeron que tenía un leve esguince, que con frío y reposo en dos días volvería a tener el pie en perfecto estado. Sin olvidarse del habitual vendaje que se colocaba todos los días sin falta al llegar a casa en el muslo de la misma pierna, lo sujetaba y dejaba lo más inmóvil posible el músculo dañado. Nadie conocía esa rutina tan necesaria para que su pierna estuviese bien, era el gran secreto que se había esforzado en esconder, incluso el equipo médico del equipo no había conseguido determinar hasta dónde le afectaba esa lesión. No lo escondía porque fuese algo que le avergonzara, lo hacía porque temía que su calidad de titular en el equipo se perdiera por no ser el jugador perfecto que todos veían en él. Carlo no se había equivocado del todo en su predicción, recordó masajeándose la pierna para aliviar la tensión que padecía. Si se exigía demasiado acababa con la pierna cargada, y esa mañana entre la caída y la carrera de después hasta el límite de sus fuerzas, le estaban pasando factura.

Dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándose en el respaldo del sofá con los ojos cerrados. Se lamentaba de lo estúpido que había sido al recordar en ese momento las dos situaciones que más le habían marcado en su vida y que le habían llevado a su estado actual. Su orgullo siempre estaba por encima de su razón, daba igual a quién tuviese delante, su parte arrogante siempre tomaba la iniciativa y acababa pagándolo. El sonido de su móvil le devolvió a la realidad, apartando por un momento la autocompasión, lo cogió y contestó.

—¿Diga? —preguntó al no conocer el número.

—Aitor... —Reconoció la voz al instante y su cuerpo entero se tensó.

—No tengo ganas de hablar, tendrás que esperar al próximo sábado que juguemos en casa para entrevistarme.

—No quiero entrevistarte. —Rose sentía un nudo en el pecho—. Quiero hablar contigo.

—Ya, pero ¿sabes? Yo no quiero hablar... contigo.

—Ait...

Colgó sin esperar su respuesta, lo que menos necesitaba ahora era hablar y menos aún con ella. No tenía ningún plan para ese día, había decidido pasarlo con Rose, pero las cosas no habían salido como él esperaba, así que encendió el televisor conectando Netflix. Usaría lo que quedaba de día para ver alguna película de las que tenía pendientes o alguna serie atrasada. Quería lamerse las heridas y nadie se lo iba a impedir.





Los días fueron pasando entre entrenamientos y acontecimientos de publicidad que tenía que llevar a cabo en algunas ocasiones, no tuvo apenas tiempo de seguir pensando en el fin de semana anterior. Esa semana les tocaba jugar fuera y, como era costumbre en esos partidos, el equipo saldría hacia la ciudad del equipo rival la tarde del viernes y volverían el lunes, para entrenar nada más llegar. Según el entrenador, esa rutina era la que hacía que no fueran unos absolutos vagos.

Aitor recogió su bolsa para pasar esos días y salió del apartamento, asegurándose de llevar todo lo necesario. Como siempre le pasaba cuando jugaba fuera, nada más cerrar la puerta de su apartamento, su cerebro se centraba en lo que esos días le deparaban y, sobre todo, con la idea fija en ganar ese partido. Pero al llegar a la calle todo quedó bloqueado por la imagen de Rose apoyada en su coche, claramente esperándolo.

—Tengo prisa. —Pasó por su lado, camino del maletero donde guardó la mochila.

—Déjame explicarte... —Rose le sujetó por el brazo, deteniéndole antes de que abriese la puerta.

—¿Qué tienes que explicar? ¿Que después de calentarme la polla llamaste a otro para que te follara?

Rose dio un paso atrás, se sintió igual que si le hubiera dado un golpe en vez de haber hablado. Sus palabras la hirieron más que si la hubiese agredido físicamente.

—Eso no es justo... —susurró dolida, soltándolo como si su piel quemara y no le fuera posible tocarlo.

—No, lo que no es justo es que me hicieras creer que al fin podría haber alguien que me hiciera feliz de nuevo. —Abrió la puerta de su todoterreno y se subió—. Y ahora, apártate para que pueda irme, algunos tenemos que trabajar.

Cerró la puerta en cuanto ella se apartó, sin esperar una respuesta y observó por el espejo retrovisor cómo Rose se subía a la acera y lo seguía con la mirada hasta que giró en la siguiente calle. Apretó los dientes y sujetó con fuerza el volante, controlando la rabia que bullía en él. Cogió la carretera principal para llegar al campo donde les esperaba el autobús en el que viajarían, dejando atrás a Rose y su triste mirada. Por mucho que lo odiara, le rompió ver en su rostro el dolor que sus palabras le habían ocasionado.

Rose contuvo el aliento, rezando porque las lágrimas que pugnaban por salir no se derramaran por sus mejillas mientras le veía alejarse en su coche. Las palabras que Aitor le dijo, le habían dolido, no estaba preparada para ello, no se esperaba esa reacción tan visceral. Se encaminó hacia su coche sin prestar atención a lo que la rodeaba, conmocionada por la ira que destilaba Aitor.

Una vez al amparo que le proporcionaba el coche, Rose respiró profundamente con los ojos cerrados, buscando la calma que necesitaba para no desmoronarse, pero lo único que pudo hacer fue dejar que las lágrimas salieran, arrancadas de su interior por fuertes sollozos. Después de un momento de rendirse al llanto, pudo levantar la mirada, despojándose de los últimos coletazos del bajón, sin entender cómo un hombre al que apenas conocía era capaz de hacerle tanto daño utilizando solo palabras, pero así era, su corazón estaba dañado y Aitor era el único culpable.

—¡De nuevo volvemos a machacarlos!

—¡Sí! —Todos gritaron al unísono.

Una semana más, habían vencido, reafirmando con ello su primer puesto en la liga, alejándose varios puntos de su rival directo en la tabla. Todo el equipo estaba eufórico, ese partido era uno de los más importantes, tanto ellos como el contrario eran dos de los candidatos para ganar el título y ese día ellos habían salido vencedores, dando un golpe directo a sus perseguidores.

—No quiero tener que ir recogiendo mañana despojos en vez de a mis mejores jugadores, pero... —El entrenador les hablaba desde el centro del vestuario y todos ellos callaron con su primera palabra —¡divertíos, qué narices!

En el vestuario gritaron, hasta Aitor esbozó una sonrisa y alzó los brazos en señal de victoria, imitando la euforia de sus compañeros. Escuchó atento cómo planeaban lo que harían esa noche, irían a uno de los pubs más famosos de la zona, en busca de diversión y, obviamente, en busca de mujeres. A pesar de no compartir tanta felicidad como sus compañeros, decidió acompañarles, no quería pasar otra noche autocompadeciéndose, y el plan que estaba escuchando le pareció el adecuado para dejar atrás por unas horas sus pensamientos negativos.

El viaje de regreso fue un auténtico infierno, Aitor sentía la cabeza como si tuviera a un niño dando golpes sin parar ahí arriba, solo con el objetivo de matarlo de dolor. Cada movimiento que el autobús daba, lo sentía igual que si le arrancasen cinco años de vida. El consuelo que tenía era que la mayoría de sus compañeros estaban igual, «mal de muchos, consuelo de tontos» pensó. La noche del sábado se había alargado demasiado, provocando que hubiesen perdido el control, él incluido, a la hora de beber. Después de pasar toda la noche en el pub, decidieron seguir con la fiesta en el hotel, con unas cuantas mujeres que estuvieron más que dispuestas a ir con ellos y compartir la efusividad del momento.

Aitor intentaba recordar lo que había ocurrido entre la noche del sábado y el domingo por la tarde, cuando despertó en su cama del hotel desnudo, apestando a alcohol y sudor, y con el dolor de cabeza instalado en su cerebro, aferrándose a él con uñas y dientes. Su mente tenía grandes lagunas entre esos dos momentos, pero las partes que recordaba le hacían sonreír, aunque rápidamente esa sonrisa moría a causa del dolor que le devolvía.

Un silencio estremecedor, y revelador se extendía por todo el autobús, apenas se escuchaban conversaciones o bromas, como era habitual en esos viajes de regreso con una victoria más en su haber. Aitor sabía que no tendría cuerpo para coger su coche e ir hasta casa, necesitaba que alguno de sus compañeros, los que no se encontraban como él, lo acercase. El entrenador les había avisado que cancelaba el entrenamiento de ese día a causa de que sus jugadores se habían tomado literalmente sus palabras, pero les advirtió que el martes el entrenamiento sería doble. Gimió al sentir que el autobús se detenía, dando por finalizado el viaje más largo de su vida. Se quitó la chaqueta con la que se cubría el rostro para acostumbrarse a la luz exterior, colocándose rápidamente las gafas de sol.

—¿Cómo es posible que sigamos así? —Su compañero Malcolm se incorporó en el asiento con la cabeza entre sus manos, sujetándosela con fuerza.

—No lo sé tío... pero es la última vez que salgo con vosotros, lo juro.

El autobús al completo empezó a reírse por el comentario de Aitor, acompañado de las quejas de los que aún sentían el mundo abrirse bajo sus pies por cualquier sonido.

Rose estaba atenta a todos los hombres que bajaban del autobús, sorprendida al ver que muchos de ellos llevaban puestas las gafas de sol a pesar de que ese día llovía con intensidad y con unos semblantes que daban miedo, cabizbajos y sin interactuar con nadie, derechos a los coches. Desde debajo de su paraguas, buscó la figura de Aitor, temiendo que él llegara en el mismo estado y preguntándose qué demonios les había ocurrido.

Se quedó de piedra al verle por fin bajar del autobús con el gesto torcido, lo que indicaba que su estado era como el del resto de sus compañeros. La barba que le cubría la cara provocaba en él un aspecto aún peor que los demás. Salió en su busca, preocupada por él, pensando en mil posibilidades del porqué de su estado. Al llegar a su lado le tapó con el paraguas sin darle tiempo a que protestara porque ella estuviera allí. Apoyó una de sus manos en la mejilla de Aitor.

—¿Qué... qué ha pasado? —Sabía que habían ganado el partido y que con ello tendrían una ventaja que les venía muy bien en la liga, por eso no entendía por qué estaban todos así de serios y apagados. Sin embargo, viendo cómo se movían o los gestos que hacían empezaba a sospechar que los motivos de que se encontrasen en ese estado eran más ligados al alcohol que a la tristeza.

No podía verle los ojos por culpa de las oscuras gafas, pero su expresión, más el gruñido que lanzó, le dejaron claro a Rose que Aitor aún continuaba enfadado con ella.

—Que aún creen que pueden aguantar una noche de alcohol y sexo desenfrenado. —Uno de los jugadores, Nick, si no recordaba mal, apareció detrás de Aitor—. Y mucho me temo que lo han aprendido de la peor forma posible.

Se alejó de ellos riéndose por el mal estado de sus compañeros y ganándose que Aitor le dedicara unas cuantas palabras, no muy amables, que dejaban claro su punto de vista con relación a la afirmación que había dicho Nick.

—¿Quieres que te lleve a casa?

—Le pediré a alguien que me lleve. —Su voz sonó rasposa—. No te preocupes.

—No seas estúpido. —Rose le agarró la mano libre e hizo que la siguiera.

Para su sorpresa, Aitor se sujetó a su mano y la siguió sin protestar a lo largo del aparcamiento hasta llegar al coche.

Aitor apenas podía mantenerse en pie, por eso estaba permitiendo que Rose le guiara por el aparcamiento, al menos eso era lo que se decía a sí mismo, no tenía nada que ver que verla allí esperándole, le había alegrado. Por su parte, ella sentía la necesidad de cuidarlo, la idea de que Aitor hubiese acabado en ese estado por lo que había pasado la semana anterior con ella, la dejaba un mal sabor de boca. Sabía que él no era un santo, pero siempre había sido un hombre cuidadoso con sus fiestas, nunca habían tenido ningún artículo en el que se relatase alguna noche loca por parte de él, como ocurría a veces con algunos jugadores. No quería pensar demasiado en ello, solo quería intentar que Aitor se recuperase lo mejor posible de ese estado, a pesar del vuelco que su corazón dio al escuchar lo que Nick dijo.

«¿Se habría acostado con alguna mujer? Claro que lo había hecho», pensó Rose. Aunque ese hecho no le provocó dolor, como había supuesto que pasaría, sino que esa idea la dejó indiferente. Cierto que era un hombre muy atractivo y con mucho encanto, cualquier mujer podría dar fe de ello, ella misma había probado un poco de él, pero ahora se daba cuenta de que sus sentimientos hacia Aitor no iban más allá de una amistad, a pesar de que seguía sintiéndose atraía físicamente por él.

Dejó de lado esos pensamientos y se centró en la tarea que le tocaba en ese momento. Paró delante de su coche para abrir la puerta del copiloto y hacer que Aitor entrara en él.

—Dame la mochila para meterla en el maletero.

—Pesa mucho...

—Tranquilo, puedo con ella —sonrió—. Tú sube e intenta ponerte cómodo.

Fue hacia la parte de atrás de su coche para guardar la mochila una vez que dejó a Aitor sentado y peleándose con el cinturón de seguridad, y suspiró. Aquel hombre la estaba volviendo loca y no entendía por qué. Tenía que ir con pies de plomo y pensar qué debía hacer con él antes de verse envuelta en algo que ni ella misma pudiese controlar o estar segura de querer.

Se obligó a dejar apartado de su mente cualquier pensamiento mientras entraba en el coche y centrarse en Aitor, quien se encontraba tirado en el asiento con la cabeza reclinada contra el respaldo. Miró su perfil atentamente, ahora podía verle los ojos, descubriendo que los tenía cerrados, impidiendo ver esos iris avellana. «¿Se habrá dormido?» Rose puso el coche en marcha, sin decir nada para no molestar a Aitor en el caso de que se hubiese quedado dormido, y tomó la carretera en dirección al apartamento de este.

«Ojalá me cortaran la cabeza…» gruñó Aitor para sus adentros.

—El problema es que sin ella no podrías hacer mucho.

Aitor giró la cabeza hacia dónde provenía aquella voz de mujer y observó a Rose conducir. «¿Había dicho aquello en voz alta?» Gimió de dolor por el movimiento.

—No hables, solo dime dónde tienes las llaves de casa y cuando lleguemos te ayudo a subir.

—No necesito una niñera. —El tono de voz que utilizó no invitaba a ninguna discusión.

—Pues parece que sí, ya que te comportas como un niño.

—¿Es tu manera de calmar tu conciencia?

—Mi conciencia está tranquila. Lo hago porque me preocupo por ti.

—Seguro...

—Ya está bien, ¿no? —Aitor gruñó por la punzada de dolor que le atravesó la cabeza a causa del elevado tono de su respuesta—. Lo siento, pero para de juzgarme y deja que me explique, sin interrupciones. —Añadió al ver cómo se formaba una réplica en los labios de Aitor—. Es lo más justo…

Giró el rostro hacia la ventana observando la calle, era más seguro que mirar los cansados ojos verdes de Rose. No quería escucharla, ahora lo único que quería era tomarse una aspirina y echarse a dormir hasta que el mundo dejara de dar vueltas a su alrededor. Cerró los ojos suspirando, intentando relajarse dentro del coche, haciendo tiempo hasta llegar a su casa, para poder tirarse en su cama y que ese día acabara de una vez.

Abrió los ojos con temor, rezando porque lo que le rodeaba no empezara a dar vueltas y poder aguantar sin ninguna náusea más al sentir que el coche se detenía. Las manos de Rose le sujetaron mientras iba dando lentos pasos hacia su portal, con el único objetivo de llegar al fin a su cama. Dejó que ella lo guiara a través del edificio, abriera la puerta y le hiciera pasar a su apartamento. Aitor no esperó a ver qué hacía, en ese momento nada le importaba más que encontrar la comodidad de la cama y caer inconsciente en ella, casi sollozó como un bebé al entrar en el cuarto donde, sin pensárselo dos veces, se dejó caer como estaba sobre su cama. Nada le importaba ya, lo único que quería era descansar entre sus suaves sábanas y dejar atrás aquel fin de semana.

Despertó varias horas después y agradeció que la habitación estuviese a oscuras. Miró a su alrededor, probando a su cuerpo, no quería ninguna sorpresa si intentaba levantarse demasiado pronto y terminar con más mareos o volver a sentir las fuertes punzadas de dolor que le atravesaban la cabeza cada vez que su cuerpo protestaba por algo. Estaba metido entre las sábanas con el pecho al descubierto, lo que le hizo bucear entre sus recuerdos intentando recordar cómo había acabado así, pero un ruido en el baño le alarmó. Se incorporó en la cama, preparado para lo que fuese, olvidándose por un momento de su estado.

—¿Quién anda ahí? —Tosió al sentir la garganta seca.

—Perdona, ¿te he despertado?

Rose apareció en la puerta con una de sus toallas en las manos. Hubiera esperado a cualquier persona, incluso a un ladrón, pero lo que menos esperaba fue encontrarla a ella en su baño. Cerrando los ojos, intentó recordar qué había pasado después de que llegaran a su casa y él se dejara caer sobre la cama, pero no pudo sacar nada en claro. Su memoria solo recordaba pequeñas imágenes de Rose hablándole y moviéndose por su habitación, como queriendo mantenerle despierto el mayor tiempo posible.

—¿Qué haces aquí? —preguntó mientras ella se sentaba a su lado y le acercaba la toalla húmeda.

—La verdad... no lo sé —respondió encogiéndose de hombros—. Pero no me sentía cómoda dejándote solo.

—Ya has comprobado que estoy bien, puedes irte. —Le quitó la toalla de las manos y se la pasó por el rostro, intentando aclarar su embotado cerebro con la fría humedad.

—¿Vas a comportarte otra vez como un imbécil?

—Qué ironía... —Su voz sonó amortiguada por la toalla.

—Era un amigo. —Rose se crispó al escuchar el sonido que Aitor emitió a través de la tela—. Mi amigo, felizmente casado y con hijos. Pero da igual, espero que te mejores.

Aitor apartó la toalla de su rostro y alargó la mano sujetando la muñeca de Rose. Algo en su voz le había hecho escucharla de verdad, dejando de lado el rencor que sentía hacia ella y, sobre todo, su orgullo.

—Espera ¿Os conocéis desde hace mucho? —Su voz sonó más razonable.

Rose lo miró, dudando entre quedarse y al fin explicar lo que realmente vio y no lo que él creyó que pasaba, o irse de allí y dejar a Aitor solo con su recuperación. Se merecía que le dejara allí solo y que él se ocupase de su propia mierda, pero algo dentro de ella le dijo que se quedara, que le explicara lo que ocurrió y permitiera que Aitor entendiera y comprendiera las cosas.

—Sí, nos conocimos en el instituto y desde entonces es como si fuese mi hermano mayor.

—Entiendo...

No se atrevía a mirarla a los ojos, ahora veía que su comportamiento había sido irracional, había descargado toda su ira en ella sin otro motivo que sus propias dudas «genial, sencillamente genial».

—Esa mañana habíamos quedado para ir todos juntos, su familia y yo, al zoo con sus hijos. Pasamos allí el día.

—¿Te lo pasaste bien?

—Sí, sus hijos son un encanto, es imposible no contagiarse de su espíritu aventurero. Pero no pude apartar tu imagen de mi cabeza ¿Qué te ocurrió? ¿Por qué reaccionaste de esa forma sin dejar que al menos me explicara?

Aitor suspiró y levantó al fin la mirada, encontrando los verdes ojos de Rose llenos de curiosidad por su respuesta.

—No lo sé, me hizo recordar algo que prefiero olvidar.

—Ya veo... —Rose entrelazó su mano con la de Aitor —no sé qué te ocurrió en el pasado, pero ¿me ves capaz de algo así?

—Apenas te conozco —vio cómo Rose torcía el gesto y le soltaba la mano—, no quiero decir...

—Tranquilo.

—Es solo que conocía a esa persona de toda la vida y... —Volvió a esquivar su mirada, escondiendo de esa forma el rencor y el dolor que aún acudían a él al recordar.

Rose no pudo resistirse a abrazarlo, entre la apariencia de enfermo que tenía por la aún persistente resaca y ahora con el recuerdo de esa historia que tanto daño le hacía, dejó de lado cualquier plan de hacerle ver que lo que hizo había estado fuera de lugar y se rindió a lo que su parte más buena le pedía. En el fondo sabía que tenía razón, apenas se conocían, pero por alguna extraña razón, ella se sentía muy cómoda con él y eso quitaba cualquier barrera que pudiera existir entre ellos.

—Una pregunta. —Le dijo separándose—. ¿Por qué tienes un Piglet tatuado en la cadera?

Al escuchar esa pregunta Aitor levantó las sábanas lo más rápido que pudo para ver si Rose le había desnudado por completo, ese tatuaje no era visible a menos que se quitara la ropa interior o esta quedase bastante cerca de dejar al descubierto su miembro. Respiró aliviado al ver que conservaba el bóxer, así que viendo que aún conservaba la ropa interior, le sorprendió que ella supiera de la existencia Piglet.

—¿Cómo sabes de él? —preguntó entrecerrando los ojos, atento a sus gestos.

Rose no pudo evitar reírse por su reacción y le contó lo que había pasado la noche anterior. Le puso al día de la aventura que fue quitarle la ropa, teniendo que cargar muchas veces con su peso muerto y, al tener que bajarle los pantalones ella sola, deslizó sin querer la ropa interior en el proceso.

—Pero no vi nada más, te lo prometo. —Todavía tenía una sonrisa en la cara—. Aunque al ver la tinta rosa no pude remediar echarle un vistazo, solo al tatuaje. —Recalcó la palabra solo.

—Tampoco me hubiera importado que mirases más. —Rose sonrió al descubrir que el Aitor que conocía volvía a salir—. El Piglet fue un tatuaje que me hice con un amigo en España, cuando cumplimos los dieciocho años.

—Debéis llevaros muy bien para que acabaras tatuándote eso.

—Nos llevábamos bien. Él fue la persona que me traicionó. —No supo por qué dijo eso último, nunca le había gustado hablar del tema, nadie en la vida que llevaba en Escocia sabía de esa amistad.

—Oh. No hace falta que sigas —comentó apretándole la mano—, pero no dudes que usaré a tu rosado amigo para chantajearte.

—No te preocupes —dijo entre risas—. Fue un gran día. —Aitor recordó ese momento a la vez que se lo contaba a Rose.

—Venga...

—Que no Aitor, no me voy a hacer un tatuaje.

—Pero si llevas ya tres pendientes en la oreja. No me seas gallina.

—No es lo mismo un pendiente que un tatuaje, esto me lo quito y listo, pero el tatuaje estará ahí para siempre.

—Hagamos un trato. —Le dijo atrayendo su atención y haciéndole dudar en su decisión—. Elije tú lo que nos tatuaremos.

—Y con esas palabras sentencié mi propio castigo.

—¿Os tatuasteis los dos un Piglet?

—No... yo me tatué un Piglet y él se tatuó un Winnie the Pooh.

—¿Un Winnie? ¿¡En serio!?

Rose no pudo contener la carcajada que salió de su boca, esa historia le partía los esquemas que tenía preestablecidos con Aitor, conocer esa parte de su vida con su amigo de la infancia, le hacía ver más allá del aspecto duro que él demostraba al mundo. Dos chicos que empezaban a ser hombres, se tatuaron dos personajes de la televisión, nada menos que los protagonistas de una de las series más famosas en el terreno infantil… no era capaz de dejar de reír a causa de la hilaridad del momento.

Aitor la observó reír y estirarse en su cama con las manos en el estómago a causa de las carcajadas. Al principio se sintió humillado por esa risa, pero poco después él acabó riendo también, la verdad es que la situación era graciosa, hasta ese momento no había pensado en la historia desde otro punto de vista que el suyo propio.

Nunca había visto su tatuaje de otra forma fuera del contexto de la promesa que se hicieron Carlo y él. Había llegado a plantearse hacerse un cover o incluso borrárselo con láser al sentirse traicionado por la misma persona que le prometió estar siempre tan unidos como los personajes que llevaban en su piel. Juntos lucharían contra el resto del mundo. Sin embargo, a la primera oportunidad, todo se había hundido con una simple brisa.

—Lo siento, pero es una historia demasiado buena para no reaccionar. —Le miraba de lado, tumbada en la cama con una sonrisa en los labios.

—Ahora me doy cuenta de ello. —Seguía sonriendo mientras la miraba, fascinado por lo que aquella mujer estaba logrando en él —¿Tienes algo que hacer dentro de dos semanas?

—¿Dos semanas? —Meditó la respuesta colocándose boca arriba, observando el techo mientras pensaba—. Salvo seguir trabajando tanto en el periódico como en el estadio. No, no tengo nada planeado. ¿Por qué me lo preguntas?

—Pide la semana libre.

—¿Qué? Espera... —Se levantó con una mano alzada.

—Vente conmigo a España. —Rose iba a hablar, pero Aitor no dejó que continuase, observó claramente la sorpresa en su rostro, tenía que aprovechar su desconcierto—. Mis padres celebran treinta y cinco años de casados y me apetece que vengas conmigo.

La vio dudar, incluso se levantó con la excusa de que la toalla, olvidada en su regazo, estaba mojándolo todo. Aitor esperó paciente a que regresara, la vio dudar si sentarse de nuevo a su lado.

—No hace falta que contestes ahora —dijo intentando quitar un poco de tensión al momento.

—Aitor yo...

—No quiero que te sientas presionada, este viaje no tiene nada que ver con querer... —Dejó la frase sin acabar, ambos sabían a qué se refería sin necesidad de terminarla—. Solo quiero que vengas, no sé, es algo que me ha salido y por una vez quiero hacer caso a mi instinto y no pensar demasiado en nada más.

Rose le miró atentamente, intentando averiguar por qué le había preguntado tan de sopetón aquello. Hacía apenas veinticuatro horas la repelía y ahora quería que le acompañase de viaje, nada menos que a su casa, a conocer a sus padres.

—Vale —dijo sabiéndose derrotada—, preguntaré si pueden darme la semana libre.

—¡Genial! —Aitor saltó fuera de la cama y la abrazó con fuerza —Verás qué bien te lo pasas —sonrió emocionado—, aunque mi familia suele dar un poco de miedo.

—¿Por qué dic...?

—Ya lo verás. —Volvió a abrazarla.

—De acuerdo, pero antes... dúchate por Dios...

Ambos se rieron y quedaron en que Rose prepararía algo de cenar mientras él volvía a ser una persona con la que poder hablar sin necesidad de una máscara de gas después de la ducha.

—Eh, Rose... —Esperó a que ella lo mirase —¿Me frotas la espalda?

—¡Cerdo! —Le lanzó la toalla al verle, totalmente desnudo, apoyado contra el marco de la puerta, dejando que ella lo viese como dios lo trajo al mundo.

—Por cierto… hay Isostar en el segundo armario, me temo que necesitaré tomarme alguno para recuperar.

Fue a la cocina para ver qué podía cocinar y encontrar la bebida que le había pedido, dando vueltas en su cabeza a lo que acababa de aceptar. Quizás se estaba equivocando, dando a Aitor esperanzas para algo que ella ya sabía que no iba a ir más allá de una buena amistad, a pesar de haber vislumbrado al pequeño Aitor. «Aunque de pequeño no tenía nada… no, pequeño no era… ¡céntrate en la comida Rose!».

—Sí, céntrate en la comida de la nevera, no en otra variedad de comida…

¿Por qué ella no podía ser como algunas mujeres y dejar a un lado los sentimientos y dejarse llevar por la atracción física solamente? «Seguro que Aitor sabe cómo hacer que me olvide de cualquier preocupación», pero ella no era así, y por mucho que supiese lo que se perdía, no podía hacer más. Sacó lo necesario de la nevera para la cena mientras escuchaba el agua correr y el ritmo de la música que se escuchaba desde el baño.





El olor del incienso, la relajante música y la dura jornada de trabajo habían logrado que Carlo acabara tirado en el diván que tenía en el despacho, su pequeño capricho. Le encantaba el trabajo que realizaba día a día y, a pesar de que los inicios fueron muy difíciles, a día de hoy se sentía muy satisfecho con su clínica de fisioterapia.

Era el amo y señor de todo lo que le rodeaba, «no te engañes, el banco es más dueño que tú aún». Las personas que pasaban por sus manos quedaban encantadas con el trato que recibían y eso le había reportado tener más pacientes y algún que otro convenio con aseguradoras. Era un hombre satisfecho con lo que había conseguido, y conseguiría en la vida.

—¡Carloooooooo! —La dulce voz de su «más reciente, y única, alumna» rompió su momento de paz.

Escuchó sus pisadas sobre el suelo de madera, rápidas y decididas, y cómo iba tirando sus cosas por el camino hasta llegar al despacho y tirarse encima de él, en el diván.

—Dios... —Apartó el brazo con el que ocultaba sus ojos y miró a la intrusa—. Para la próxima vez dame un aviso de que te vas a tirar sobre mí.

—Pero si te aviso, pierde su gracia.

Zoe le besó en la mejilla y se amoldó a la postura que tenía Carlo, acurrucándose entre su cuerpo y el respaldo del diván. No hablaron por un rato, dejándose llevar por el silencio y la paz que se respiraba en la sala. Cuando Verónica llegó y siguió el rastro de las cosas de Zoe, como el camino de miguitas de pan de Pulgarcito, les encontró con los ojos cerrados y abrazados.

—Qué imagen más tierna —comentó al dejar su bolso en el escritorio y apoyarse en él —¿Hay un hueco para mí?

—No, este hombretón es todo mío. —Zoe habló sin abrir los ojos—. Tú lo has disfrutado durante tres años más que yo.

—No os peleéis por mí —dijo estirándose, todavía con Zoe encima—. Tengo mucho amor que dar.

—Demasiado ego diría yo.

Verónica se sentó tras el escritorio, en la silla de su hermano y les observó. Carlo ocupaba todo el diván, dejando una de sus piernas caídas por el lado para dejar sitio a Zoe. Desde que había decidido regresar a la vida, a Zoe le encantaba pegarse a su hermano, como si necesitase sentirlo para tener energías suficientes. Pero también estar con ella parecía ayudarle, Zoe la necesitaba a nivel de amiga, aparte de su ayuda como psicóloga. Eran su escudo frente al mundo, como tantas veces les había dicho «por desgracia mis hermanos no han estado tan cerca de mí por sus trabajos, pero gracias a vosotros y su apoyo, ahora sigo aquí», recordó sus palabras sonriendo por su inocencia.

—Venga, levanta que toca ponerse a trabajar. —Carlo le dio un azote.

—Es que estás tan calentito. —Frotó su rostro contra el fuerte pecho que tenía debajo.

—Arriba vaga —le dijo riéndose—. Vero ayúdame. —Suplicó a su hermana, forzando el tono de su voz.

—Tranquilo, que no voy a abusar de ti.

Zoe se sentó sobre él, apoyando las manos donde antes tenía el rostro, con una sonrisa que enseguida se borró de su rostro al ver cómo le miraban ambos.

—¿Qué...? —dejó la frase a medias al darse cuenta en ese momento de lo que había dicho—. Estoy bien, después de cinco años, no duele tanto.

Verónica se levantó de la silla yendo hacia ella y la abrazó, besándola en el cabello. Intercambió una mirada con su hermano por encima de la cabeza de Zoe que las observaba como si les hubiesen salido un tercer ojo, indicándole que cambiara el gesto y disimulara.

—No sabes cuánto me alegro por ello. Ahora, como bien ha dicho mi hermano, toca trabajar.

—Adelante, mis pupilas.

Se quedó sentado viendo cómo las dos se iban hablando tranquilamente, nunca se cansaban de hablar. A pesar de que Verónica era su hermana real, Zoe lo era de corazón y le dolía de igual forma cualquier mal trago que tuviese en su vida. Los tres juntos eran un armazón, irrumpido de vez en cuando por Uriel, el hermano gemelo de Aitor, y por consiguiente, uno de los hermanos mayores de Zoe.

Al pensar en eso, recordó que Aitor también fue un pilar importante en su vida, un pilar que se derrumbó doce años atrás y del que no quedó una sola piedra en pie. Aún le dolía lo que pasó, pero su vida no podía detenerse por eso y debía continuar. No siempre se ganaba, recordó.

—¡Venga! Que nos quedamos frías. —Se levantó del diván sonriendo al escuchar el grito de su hermana.

Había perdido a una persona muy importante en su vida, pero tenía otras muchas que lo necesitaban, al igual que él las necesitaba a ellas.

—¿Crees que será cierto que lo ha superado? —dijo Vero.

—No lo sé, solo espero que sí.

Estaban solos, Zoe se acababa de ir a su casa y Vero aún estaba tumbada en la camilla boca abajo y sin la parte de arriba de la ropa, dejando que su hermano le relajara la parte baja de la espalda. Ella era el muñeco de pruebas de Zoe, con el que practicaba lo que daba en clase, y su hermano le iba enseñando cómo debía hacer los movimientos o preguntándole sobre músculos y lesiones, reforzando lo que había aprendido en la universidad. Vero no protestaba por las tardes que se pasaba encima de la camilla, ser el muñeco de pruebas tenía un gran beneficio.

—Si ella dice que ha dejado atrás esos recuerdos, nosotros debemos seguir adelante —comentó Carlo mientras se limpiaba las manos.

—Sí, tendremos que confiar en ella. —La ayudó a vestirse—. ¿Y tú?

—¿Yo? ¿Qué? —Carlo intentó hacerse el tonto ante esa pregunta.

—Lo sabes... ya escuchaste a Zoe, va a venir.

—Sí, son sus padres, es lógico que venga.

Vero suspiró, a veces mataría a su hermano por lo cabezota que era con ciertos temas. Le observó mientras se afanaba en recoger las toallas y tirar el papel que habían utilizado en sus prácticas ese día.

—Carlo...

—¿Qué quieres que te diga Vero? ¿Que no sé cómo reaccionaré? ¿Que tengo miedo de verlo después de tanto tiempo? —Poco a poco fue subiendo el volumen de su voz sin ser consciente de ello—. Pues sí, tengo miedo, no sé cómo reaccionaré al verle y cómo reaccionará él.

Carlo tiró las toallas de cualquier manera al cubo de la ropa para lavar y dejó a su hermana tras la cortina, alejándose de ella. Necesitaba espacio para calmarse, nunca le había gustado hablar de sus sentimientos sobre ese tema en concreto, no se sentía cómodo desvelando una parte de sí mismo que podía ser destruida y utilizada en su contra. Se dirigió hacia el despacho, era el único lugar que tenía una pared física para poder alejarse de ella. Escuchó los pasos de Verónica acercándose a él, las vistas desde el despacho siempre lograban relajarlo, mirar las verdes hojas de los árboles, cómo se movían al ritmo que el viento les dictaba, acompasando su respiración al suave vaivén de la naturaleza, le calmaba los nervios. Las manos de su hermana lo rodearon desde atrás, abrazándolo, dejando caer la cabeza en su espalda.

—Perdona. —susurró contra su cuerpo.

Carlo giró entre sus brazos y la abrazó a su vez, ocultando la cabeza en su pelo, aspirando su olor, como cuando eran más jóvenes y necesitaban un apoyo. Se llevaban cuatro años, pero nunca esa diferencia de edad les había afectado en su relación.

—Ve a casa, anda. —Se separó de su hermana y la besó en la frente.

—Sí —sonrió—, que mamá me dijo que iba a hacer tortilla de patata.

—¿Y me lo dices así? ¿Ahora? —Carlo cruzó los brazos por delante de su pecho.

—Alguna ventaja tiene que haber en seguir viviendo con ellos.

—Dile a mamá que me debe una tortilla.

—Se lo diré, o también puedes venir a casa a cenar hoy.

—No, yo... —dudó —es tarde.

—Vale, tranquilo. —Vero se puso de puntillas y le besó en la mejilla—. El lunes a la misma hora, ¿no?

Carlo asintió y acompañó a su hermana hasta la puerta donde la despidió mientras la veía subir en su Mini y abandonar la finca, cerrando la verja de entrada con el mando que él le había dado cuando la instaló. Había comprado aquel amplio chalé con la idea de hacer algún día lo que ahora tenía.

Tardó seis años en la restauración de su nuevo hogar, pero ahora su clínica, que ocupaba prácticamente toda la planta baja del chalé, y su hogar, dos plantas para su entero disfrute, le pertenecían. Fue a abrir a Tristón, que seguía cerrado en la habitación que le había habilitado en la planta baja. Mientras estaba trabajando se veía obligado a mantenerlo allí encerrado.

—¿Qué tal el día? —Le acarició y jugó un poco con él cuando se acercó corriendo desde la calle al escucharle entrar.

Había decidido dejar esa parte de la casa como sus anteriores dueños la tenían y, aprovechando la cristalera con puertas correderas, había creado un espacio para Tristón en el que tuviese su preciado césped y la comodidad de la casa. Al menos con eso no se sentía tan culpable de dejarlo todo el día allí solo.

Seguido por un alegre Tristón, que iba oliendo todo como era su costumbre, salvo la zona de la camilla y la sala de ejercicios, había pasado muchas horas enseñándole que aquella zona no se tocaba, conectó la alarma y subieron a la planta superior. A medida que subía, iba apagando las luces y aparatos de la sala, necesitaba acabar ese día y eliminar de su mente el mal sabor de boca que le había dejado recordar levente su relación con Aitor. Recordar esos malos momentos siempre le agotaba.

Una mano recorría su espalda, acariciando su piel. Un suspiro salió de su boca al saber dónde acabaría esa mano, anticipándose a la íntima caricia. Los suaves dedos bajaron por sus nalgas, envolviendo su redondez, reposando en su cadera al final. Arqueó la espalda en una clara invitación y, obediente, esa mano pasó por su cadera hasta alcanzar su dura carne.

Gimió al notar los dedos, vacilantes al principio, decididos después, que rodearon su dureza, ejerciendo la presión justa con sus dedos y la palma. Su pene quedó encerrado en la calidez de la curtida mano. Comenzó a moverse sobre él, de arriba abajo, jugando con él y entreteniéndose en su glande.

Sus caderas buscaban más contacto, sentía la fuerte erección que se apoyaba entre sus nalgas, como una tentación que le estaba siendo negada y que él necesitaba en su interior. Cerró los ojos y dejó que su cuerpo le guiara. Giró las caderas, haciendo que la punta del miembro que tenía a su espalda quedase alojado delante de su entrada.

Mordió la almohada reprimiendo el grito que se formaba en su garganta al sentir cómo su amante empujaba contra él y se deslizaba poco a poco a través de su apretado anillo. Su miembro vibró de placer al sentir la presión tan placentera que le generaba esa invasión. Abrió los ojos buscando la mirada del hombre que le acompañaba en aquella cama, pero unas luces le deslumbraron, impidiendo que absorbiera la calidez del iris ámbar.

El coche se les echó encima sin darle tiempo a reaccionar, más allá de dar un volantazo y provocar que su propio vehículo diera varias vueltas de campana. El dolor que sentía con cada nuevo giro quedaba en el olvido al pensar en la persona que iba a su lado. Las vueltas pararon, dejándolos desorientados y a él tan mareado que todo quedó en la más absoluta oscuridad.

Escuchó su nombre entre la confusión y la conmoción que sentía dentro de su cabeza. Siguió el sonido de la voz, buscando al dueño de la misma, su guía para salir de la oscuridad que le envolvía. Se pasó la mano por el rostro, descubriendo con horror una cantidad desmesurada de sangre y algo clavado en su piel, que, con ese gesto, le provocó demasiado dolor para describirlo. Continuó con su escrutinio hasta dar con su acompañante y lo que vio le dejó helado.

Carlo abrió los ojos de par en par, sentándose en mitad de la cama y sudando por culpa del perturbador sueño. Subió las rodillas contra el pecho, abrazándolas con sus brazos y apoyando la frente sobre ellas. Se concentró en la respiración, inspirando profundamente y dejando salir el aire lentamente, intentando imaginar las hojas de los árboles de su jardín mecidas por el viento como hacía cuando necesitaba calmarse desde la ventana de su despacho.

A pesar de intentar olvidar, esa noche su cerebro se había vuelto a burlar de él. El sueño siempre era así, la escena que le hacía hervir la sangre, sustituido por el terror visceral de perderlo todo. Miró la hora en el móvil, «las dos de la mañana».

—Va a ser una larga noche. —Le dijo a Tristón, que estaba sentado al lado de su cama —¿Te he asustado? —acarició a su fiel amigo.

Tristón había cogido la costumbre de acercarse a su cama cuando tenía una pesadilla, no sabía si era porque alguna palabra salía de su boca o porque le notaba intranquilo, pero siempre que abría los ojos, él estaba ahí, incluso cuando era un cachorro de pocos meses. Se dejó caer de espaldas, estirando por completo el cuerpo e intentando relajar cada músculo engarrotado por la tensión del sueño. Sabía que no volvería a dormir profundamente esa noche, así que encendió el equipo de música y se dejó envolver por las notas de uno de sus grupos preferidos, dejando que las horas fueran pasando.





El sábado por la mañana Carlo disfrutó de una de sus pasiones. Cerró los ojos y dejó que el salado aroma y la rugiente marea le trasladasen a su pequeño paraíso. Sujetó con fuerza su cámara, arrodillado al lado de Tristón y sonrió, iba a pasar toda la mañana disfrutando de aquello.

Dejó vagar la vista por todo lo que le rodeaba, se encontraba en la parte más lejana de la playa, en los altos acantilados que le daban ese encanto especial de playa salvaje y abierta al mar. Desde allí veía a los valientes surfistas que luchaban por coronar las feroces olas que el viento era capaz de arrancar del agua. Aquella playa le gustaba por eso, el contraste de la tranquilidad y soledad de la que disponía él allí arriba alejado de todo, y el bullicio que había en el mar y en la arena siempre transitada por gente que disfrutaba paseando por ella. El sonido de su móvil le distrajo.

—¿No es muy temprano para ti? —respondió.

—No todos odiamos dormir como tú —dijo su hermana—, pero por un sábado que madrugue no creo que muera. —Se lamentó—. Aunque es difícil no volverme a la cama, no sabes con qué insistencia me está seduciendo. —Carlo se rió.

—¿Y por qué no te vuelves a dormir?

—La responsabilidad.

—¿Desde cuándo has cambiado el nombre a Mr. Whiskas? —escuchó la risa de su hermana a través del móvil.

—Él y yo hemos llegado a un acuerdo, le dejo que se enrosque al lado de mi cuello, si él me deja dormir unas horas más. —Mr. Whiskas era el gato que su hermana se decidió a adoptar hacía unos años y que enseguida reclamó su sitio en la vida de esta—. La responsabilidad en este caso, se llama Clara.

—Te ha secuestrado mamá. —No era una pregunta, ambos sabían que, si Clara necesitaba algo, no preguntaba. Ella simplemente te decía lo que debías hacer sin dejarte tiempo para buscar alguna excusa.

—Sí —suspiró—, ya sabes que el sábado que viene es la fiesta del aniversario de Claudia y Roberto, y han encargado la comida a su catering. Así que...

—Estáis de compras y probando cosas nuevas.

—¡Exacto!

—Espero que no me hayas llamado en busca de ayuda... —Carlo entrecerró los ojos al deducir las intenciones de su hermana.

—Esto...

—Vero, ¿por qué me haces esto?

—Lo siento, pero necesito apoyo moral —se excusó—. Papá está con el tío en la cabaña, ha dicho que es para tenerla a punto para mamá, pero yo creo que ha huido descaradamente.

—Vale, iré. —Escuchó cómo su hermana soltaba el aire en un suspiro de alivio—. Pero dentro de un rato, estoy en Liencres, en la playa.

—De acuerdo —cedió—, coge fuerzas para los dos.

Se despidieron entre risas y Carlo decidió bajar a la playa después de tomar alguna foto más desde el acantilado, tanto de las vistas como de Tristón al jugar con alguna gaviota que se posaba cerca de ellos. Cuando no perseguía a las gaviotas, Tristón se mantenía a su lado, mordisqueando algún palo o disfrutando del viento que soplaba a aquella altura y que jugaba con sus enormes orejas. A los dos les encantaba la soledad que allí se respiraba, a pesar de estar rodeados de gente, «solos entre tanta gente, ocultos de la multitud, pero conociendo cada uno de sus movimientos».

—Vamos chico, a pasear un poco por la arena.

Una hora después, Carlo aparcaba delante de la casa de sus padres, resignado a pasar la mañana bajo las órdenes y mandos de su madre. Bajó a Tristón, aún mojado tras sus chapuzones en el mar junto a Aarón, un gran amigo surfista con el que se encontraron al bajar a la playa, y lo dejó correr por el jardín de la casa. Nada más cerrar la verja de hierro, una pequeña bola de pelo, el Yorkshire de sus padres, Pam, salió a recibirles ladrando y moviendo todo su cuerpo de pura felicidad.

—¡Carlo! —Su hermana salió poco después de Pam.

—¿Tan necesitada de compañía estás? —preguntó sonriendo al ver la rapidez con la que siguió al perro.

—Compañía no, otra víctima para la tortura. —Le susurró al llegar a su lado.

Pam y Tristón estaban jugando a su alrededor, sin importarles la gran diferencia de tamaño que existía entre los dos, y, como siempre, Pam era quien mandaba en aquellos juegos.

—No sé por qué tienes un perro tan grande, si después mi pequeño Pam lo deja tan dócil.

—Él se sabe defender perfectamente cuando se siente amenazado, mamá —Carlo abrazó a su madre—. Por eso ahora no le importa dejarse ganar. —Los tres sonrieron mientras observaban a los animales.

—¿Por qué te has dejado engañar por tu hermana? —A Clara nunca le había gustado perder el tiempo, siempre iba directa al grano.

—He pensado que un poco de emoción en mi vida no me vendría mal.

Su madre le golpeó en el hombro, ya que hacía mucho que darle sus conocidas collejas había quedado por imposible, al tener un hijo que la superaba en altura. Les invitó a entrar dentro de casa y sus dos hijos, intercambiando una mirada de complicidad, siguieron a su madre, tan obedientes como cuando eran jóvenes y sabían que no tenían que protestar ante las «sugerencias» de esta.

Dos horas después, Clara les liberó y al fin pudieron relajarse bajo la sombra del enorme Arce blanco que había ido creciendo a la vez que ellos lo hacían. Había sido idea de sus padres plantar un pequeño Arce blanco en el jardín, por su rápido crecimiento, para tener un recuerdo perenne de ellos dos en la casa.

—Gracias por sufrir conmigo —le comentó Vero, disfrutando de los rayos de sol que ese día asomaban entre las nubes.

—No te va a salir gratis, esta te la guardo.

—Lo sabía... sabía que no habías aceptado el trato sin tener algo en mente —dijo resignada —¿Qué vas a hacer esta noche? —Vero cambió de tema, no le gustaba estar en la situación de deber un favor, ella siempre buscaba la forma de arreglar sus cosas sin necesidad de ayuda.

—He quedado con Aarón.

—¿El surfista? ¿El que tenía esa tabla de surf tan… grande? —Carlo se atragantó con la cerveza que estaba bebiendo.

—¿Por qué dices eso? —La miró sorprendido.

—Los surfistas a veces se olvidan de que hay gente a su alrededor, y yo ni soy tonta ni ciega. —Recalcó su frase bebiendo un trago de su Coca-Cola con una sonrisa en los labios.

—A veces se me olvida que ya no eres una niña. —Ambos sonrieron con complicidad, uno porque su hermana tenía razón y él disfrutaba de esa parte, y la otra porque recordaba la primera vez que vio en todo su esplendor al rubio surfista.

La noche les envolvía, dejándoles pequeños destellos del haz de luna en sus cuerpos desnudos, entregados a la pasión. Carlo se sujetaba con fuerza al respaldo de su diván, jadeando y recibiendo las fuertes y desenfrenadas embestidas de Aarón. Habían llegado a su casa poco antes, después de salir con unos amigos e ir de bares, pero los bailes y juegos que habían comenzado siendo inocentes, les habían llevado a aquel estado.

Nada más cerrar la puerta de entrada, Aarón se lanzó a por él, besándolo contra la madera y apretándose contra su cuerpo, dejándole ver su excitación. Abandonó sus labios, bajando por su garganta, besándolo a medida que descendía y abría los botones de su camisa, descubriendo su pecho cubierto por un fino vello. Carlo enredó sus dedos en el pelo rubio de Aarón, apretándolo contra su cuerpo, deseoso del contacto de sus labios y lengua. Cerró los ojos al sentir los dedos de Aarón en su entrepierna, acariciándolo por encima de los pantalones, excitándolo más todavía, preparándolo para él.

—Vamos a la habitación. —Consiguió decir entre suspiros.

Vio la cabeza de Aarón negar a esa sugerencia, sus manos siguieron trabajando para liberar su prominente erección y dejarla libre al fin ante él. Carlo aguantó la respiración al ver y sentir cómo Aarón se metía su miembro entero en la boca y le acariciaba el estómago con una de sus manos. Un hondo gemido de placer salió de la garganta de Carlo por la suave caricia que la lengua de Aarón le estaba haciendo en el glande, rodeándolo lentamente antes de volver a hundirse en la calidez de su boca. Las dos manos de Carlo sujetaron con fuerza la cabeza de Aarón, marcándole el ritmo que su cuerpo necesitaba, aguantando la cabeza para ser él quien lo penetrara.

—Oh Dios —gimió separando a Aarón de sí mismo y levantándole para besarlo ferozmente.

En ese momento ninguno pensaba en la cama que les esperaba en la planta superior, ambos querían dejar salir el deseo que estaban alimentando. Sin romper el beso se fueron desnudando, arrojando la ropa de cualquier forma y a cualquier parte en su camino al despacho. No supo por qué sus pasos lo guiaron hasta allí, hasta encontrarse medio subido en su diván, sujetándose al respaldo y jadeando, con Aarón detrás de él, entrando en su cuerpo poco a poco, resbalando fácilmente por el aceite que usaba para sus masajes.

Su vista estaba fija en el ventanal que tenía delante, dejándole ver en la oscuridad la silueta de los árboles, pero ahora no buscaba esa imagen. La luz que entraba desde la sala de masajes hacía que el reflejo de ellos dos quedase nítido en el cristal, regalándole una visión clara de sus cuerpos. Podía ver la cara de contención y deseo de Aarón a su espalda, cómo se movía lentamente para facilitarle a él su invasión. Cuando sus cuerpos quedaron unidos por completo, Aarón se apoyó en su espalda, besándolo en el hueco entre su hombro y cuello.

—No puedo contenerme más —susurró en su oído con la voz ronca por el deseo.

—No lo hagas —contestó, girando el rostro para besarlo plenamente en la boca.

Sin esperar más, Aarón comenzó a moverse, entrando y saliendo de Carlo despacio, aunque sin poder conservar mucho tiempo ese ritmo. Se incorporó y, sujetando con fuerza las caderas de Carlo, comenzó a bombear contra él sin descanso. Carlo se mordió el labio inferior para no gritar y volvió a fijar la vista en el cristal. El cuerpo de Aarón estaba en tensión, los músculos de sus brazos se marcaban a causa de sujetarle por las caderas, donde las manos se hundían en su carne. Las caderas de Aarón iban a su encuentro, regalándole pequeñas visiones de su pene al salir de él antes de volver a entrar con fuerza. Los abdominales quedaban marcados por el esfuerzo, ondulándose bajo la piel por los movimientos que su dueño realizaba.

Sin apartar la mirada de la imagen, soltó una de sus manos y se envolvió su propio miembro, apretándolo en la base, subiendo por la fuerte extensión hasta llegar al sensible glande. Ver cómo Aarón estaba preso del placer, concentrado y sudando mientras sentía el abrasador placer de tenerlo dentro de él pronto consiguió que se derramara en el suelo, esquivando en el último momento el diván. El fuerte gruñido de su orgasmo fue seguido por el de Aarón que, cerca de su clímax, no pudo contenerse más al sentir cómo Carlo lo ceñía con los espasmos de su orgasmo. Los dos cayeron al suelo, aún con Aarón dentro de él, besándose y sonriendo.

—¿Ya podemos ir a la habitación? —dijo Carlo cuando se levantaron y buscaban su ropa entre risas al ver dónde y cómo habían acabado las prendas.

Carlo no podía cerrar los ojos, no era capaz de dormir como hacía Aarón a su espalda. Escuchaba la respiración lenta y relajada que emitía e intentaba que ese relajante sonido le invitase a dormir. Sin embargo, en su interior bullían demasiados sentimientos para dejarlo descansar. Las noches con Aarón le encantaban, los dos sabían lo que ambos querían, un encuentro físico, un alivio, sin ataduras, pero esa noche nada había cambiado y todo era distinto.

Había disfrutado del sexo, no sería un hipócrita y lo negaría, Aarón sabía cómo tocarle y como su hermana puntualizó, estaba muy bien dotado para su deleite. Su cuerpo había encontrado el alivio, pero algo en su interior le estaba carcomiendo.

Vero había acertado el día anterior al atosigarle para que le dijera cómo se sentía por el inminente encuentro con Aitor. Estaba asustado e impaciente a partes iguales, sabía prácticamente todo acerca de su vida, Zoe le iba contando, orgullosa, lo que su hermano le decía en sus llamadas y él mismo buscaba información sobre el segundo línea que destacaba por su entereza en el campo.

No habían vuelto a hablar en esos doce años, apenas se habían visto de lejos las veces que Aitor regresaba a casa a visitar a su familia o sus viejos amigos, y temía lo que sus traicioneros sentimientos podrían ocasionarle el sábado, cuando lo tuviera delante. Se encogió solo de pensarlo.

—¿No puedes dormir? —Aarón le besó en el hombro, incorporándose sobre uno de sus codos —¿Estás bien? —Carlo se tumbó boca arriba para poder mirarlo.

—Sí, no te preocupes.

Aarón le regaló una sonrisa y se acercó despacio a él, besando sus labios y explorando su cuerpo bajo las sábanas con una mano furtiva. Sus dedos descendieron por el fuerte torso de Carlo, dibujando sus músculos y encontrando, al final del camino, su miembro, que comenzaba a despertar bajo sus atenciones. Dejó que su cuerpo fuera quien guiara todo su ser, dejó todo el control a Aarón, y se dedicó únicamente a disfrutar lo que él le daba, sin pensar en nada más.

La boca de Aarón imitó el camino que sus dedos habían seguido a lo largo de su cuerpo. La calidez de su boca lo acogió haciendo que las caderas de Carlo se levantaran para entrar en él. Volvieron a perderse en la pasión por segunda vez esa noche, acabando con los amargos recuerdos de la mente de Carlo.





Rose le observaba las manos, agarraba los reposabrazos del asiento como si su vida dependiera de ello. Sus nudillos se veían blancos a causa de la fuerza que estaba haciendo. Sonrió al verle tan tenso. Aitor le había puesto sobre aviso de su miedo irracional a volar, pero ella no esperaba que fuese tan grave, sobre todo en un hombre tan imponente en tamaño como él.

—Nunca creí tener que consolar a un hombre que me dobla en tamaño.

—No necesito consuelo, solo quiero que esta cosa aterrice ya. —Aitor cerró los ojos y se movió en su asiento, intentando encontrar una posición cómoda.

—Tengo una idea —dijo Rose intentando aguantar la risa que pugnaba por salir—. Ponte en mi sitio, cámbiamelo.

—Ni loco me pongo en la ventana. —«No, ni hablar me pongo ahí»

—No seas cobarde.

Aitor abrió los ojos y clavó su mirada en Rose. Sabía cómo manipularlo, después de su reconciliación habían pasado mucho tiempo juntos y ella había aprendido a conseguir que él hiciera lo que ella le proponía a pesar de negarse en un principio.

—Venga campeón. —Rose supo que había ganado en el instante en que sus miradas se encontraron.

—No me hago responsable de lo que pase a partir de ahora. —Ella se levantó dejándole su asiento libre con una sonrisa en el rostro.

—Me consolaré en el hecho de que no nos pueden echar una vez hayamos despegado.

En ese instante las luces de encima de sus cabezas se encendieron y la grabación que anunciaba que nadie podía moverse de sus asientos, junto con las explicaciones de los ayudantes de vuelo, les indicó que el vuelo empezaría en unos minutos.

—¿Se creerán que esas instrucciones relajan a la gente? —Aitor volvió a cerrar los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento.

—Sí que te pones borde cuando estás nervioso.

—No es ser borde, es ser lógico.

Rose negó con la cabeza mientras hacía caso a las indicaciones, a pesar de que ya las conocía, pero necesitaba esos momentos para idear una fórmula para distraer a Aitor y que este no lo pasase tan mal durante el vuelo. Colocó una de sus manos sobre la de Aitor, entrelazando sus dedos, obligándole a soltar el reposabrazos, mientras el avión cogía velocidad y despegaba de tierras escocesas.

—Tenía que haberte creído y ponerte algún sedante en el desayuno.

—Hubiera sido mejor ir en un medio de transporte terrestre.

—Me niego a pasarme prácticamente un día entero viajando en tu coche.

—Mi coche es muy cómodo, es más, tú podrías ir tumbada todo el camino.

—¿Insinúas algo? —Rose aprovechó ese comentario para seguir hablando con él y que no prestase atención al vuelo.

—No, no insinúo, constato un hecho. A mí no me importa conducir en silencio, podrías haber ido todo el camino durmiendo.

—Me da lo mismo, bastante va a ser pasar estas dos horas a tu lado, como para pasar todas esas en tu coche...

Rezaba interiormente que el viaje continuase así, si no ella acabaría por pedir que la dejasen salir de aquel avión, a pesar de estar a muchos metros del suelo

—En mi coche no tendrías tantas posibilidades de morir —«Dios, no dejes que este trasto se caiga, sé que no te hago mucho caso, pero no dejes que caigamos al mar»

—Y aquí tampoco.

—Ya...

Suspirando resignada, Rose pensó en otro método para mantener a Aitor distraído, la conversación que estaban teniendo no les iba a llevar a ningún lado, salvo a un dolor de cabeza y a que Aitor acabara aún más histérico. No necesitaba que todo el avión les mirase, tenía suficiente con las miradas de la gente que estaba sentada a su alrededor.

—Vale, cambio... —Aitor abrió un ojo para mirarla —cuéntame algo, háblame de tu familia.

—Ya te he hablado de ella. Tengo dos padres y dos hermanos, no hay más que decir. —Volvió a cerrar el ojo y tragó saliva con fuerza.

—Les conoceré en unas horas, me meteré en sus vidas y, pretendes que cuando les vea les diga, hola, ¿qué tal? Madre, padre y hermanos de Aitor... —Aitor no pudo evitar sonreír.

—Vale, ¿Qué quieres saber? —«solo respira, piensa en la respuesta y nada más, respira».

—¿Cómo es vuestra relación? ¿Cómo os lleváis a pesar de la distancia? —Rose se recostó en su asiento, sentada de lado, observándole y sin soltarle la mano.

—Genial, aunque estoy demasiado lejos de ellos. —Se obligó a mirar a Rose—. Hablamos todos los días, más ahora con el WhatsApp, pero no es lo mismo.

—Tienes razón —Rose miró más allá de él por la ventanilla—, de vez en cuando se necesita saber que tienes a la familia cerca.

—Sí, me he perdido muchas cosas importantes de ellos. Como el primer concierto en solitario de Uriel, o....

—¿O? —Rose volvió a mirarlo al escuchar cómo su voz se apagaba, dejando sus recuerdos atrás.

—No es algo agradable, prométeme que no se lo dirás a nadie, ni demostrarás que lo sabes.

—Te lo prometo. —Aitor levantó las cejas—. De verdad, puedes confiar en mí ¿Qué ocurrió?

—Hace cinco años destrozaron a mi hermana —lo dijo en voz baja, solo para ellos dos y luchó por contenerse, aún no se había perdonado por no estar al lado de su hermana pequeña en esos momentos tan difíciles—. Su novio y un amigo abusaron de ella. —Y si de él dependiese, aquellos dos no volverían a andar en sus miserables vidas.

—Dios mío... —Rose también bajó su tono de voz.

—No pude estar con ella hasta una semana después de aquello.

—No deberías culparte por ello. —Rose le consoló al ver la expresión de su rostro, sobre todo sus ojos, y la amargura que escondía su voz

—Me culpo por no estar con ella, sé que no hubiese podido evitar aquello, pero estar después, a su lado, intentando buscar una solución...

—No estuvo sola, seguro que tu familia no la dejó sola.

—No, ellos nunca harían tal cosa. Incluso Carlo y Verónica estuvieron a su lado. —Aitor no pudo ocultar lo agradecido que estaba a los hermanos por ayudar a Zoe—. Ellos fueron quienes han logrado que saliera de la depresión.

—¿Y ya está recuperada?

—Sí, está en su segundo año de carrera, está estudiando fisioterapia y es una de las mejores en su clase. —Los ojos y la voz de Aitor denotaban orgullo—. Carlo la está ayudando mucho.

—¿Él es tu amigo de la infancia?

—Sí, él y su hermana Verónica, son su gran apoyo fuera de la familia.

—Debíais de ser una piña los cinco —Rose sonrió e intentó imaginarse a Aitor de pequeño, en su casa, con sus amigos.

—Lo éramos... pero las cosas por suerte, o por desgracia, siempre cambian.

El ligero sonido de las luces de los cinturones les interrumpió, indicando que el vuelo llegaba a su fin. Aitor volvió su mirada a la ventana observando el paisaje que se extendía bajo ellos, un paisaje que conocía demasiado bien.

—¿Ya hemos llegado? —Se volvió sorprendido hacia ella.

—Mi técnica ha sido acertada, ¿verdad?

Aitor la besó en la frente, era la primera vez que un vuelo no le hacía perder los nervios.

—Cómo echaba de menos todo esto. —Aitor sonrió por la felicidad que sentía al regresar a casa.

Rose le siguió por la pista de aterrizaje hasta el aeropuerto de su ciudad. Aquello era muy pequeño, acababan de bajar del avión, arrastrando sus maletas, y ya estaban dentro de la terminal, que era un escaso pasillo donde la gente entraba para coger sus vuelos o salía como ellos, pero Aitor estaba encantado.

—Ahí está Uriel. —Se giró hacia ella sonriendo, emocionado por llegar a casa.

—Solo te falta dar palmadas de la emoc....

Ahí terminó todo pensamiento razonable que Rose pudiese hilar. Sabía que Uriel era el gemelo de Aitor, por lo que serían muy parecidos, pero lo que no esperaba era ver a un hombre así. Al principio solo consiguió verlo un poco al abrirse las puertas automáticas con los pasajeros que iban saliendo antes que ellos, pero cuando las traspasó, pudo apreciarlo tranquilamente. Era una versión más sofisticada de Aitor, incluso vestido de forma descuidada como estaba ahora, con vaqueros y una cazadora de paño, destilaba elegancia por cada poro de su piel. Llevaba el pelo largo, por los hombros, con las gafas enganchadas en él, apartándolo de un rostro cubierto por una ligera barba.

Los hermanos se fundieron en un abrazo y ella esperó paciente a que se saludaran y, cómo no, se dijeran palabras que no todo el mundo vería como buenas, aunque ellos estuvieran riendo.

—Uriel, te presento a Rose. —De golpe y porrazo se encontró entre ellos, con Uriel delante de ella, mirándola atentamente y haciendo que se pusiera nerviosa.

—¿Por qué? —Tenía una voz suave.

—¿Có... cómo? —Rose miró a Aitor en busca de ayuda.

—¿Por qué estás de la mano de él, cuando deberías estar de la mía?

No necesitaba un espejo para saber que su piel se había puesto de un rojo intenso, esa era una de las razones por las que odiaba su blanca piel, cuando se ponía nerviosa, enrojecía desde la raíz del pelo hasta el pecho. Además, la mirada atenta de Uriel y que le estuviese sujetado su mano libre, no la estaba ayudando.

—Yo… —dijo soltando la mano de Aitor, no se había dado cuenta de que lo había sujetado con más fuerza «eres una mujer hecha y derecha, deja de babear por un hombre guapo» «¡Ja! Guapo, díselo a tus hormonas eso»

—Tiene buen gusto. —Aitor la rodeó por los hombros, salvándola de aquel momento.

—Todo puede mejorarse. —El cuerpo entero de Rose se tensó por el suave beso que Uriel depositó en su mano, sin dejar de mirarla, sonriendo sobre su piel, haciendo que ella notase la suavidad de sus labios—. Vamos, tus padres quieren verte.

—También son los tuyos. —Le recordó Aitor saliendo del aeropuerto tras él y al lado de una silenciosa Rose.

—Sí, es difícil negarlo con nuestro parecido. —Los tres rieron.

—¿Y Zoe?

—Con Carlo, mañana tiene un examen y estará con él todo el día.

—Entiendo...

Uriel miró de reojo a su hermano mientras metían las maletas en el maletero, no conocía todos los detalles del por qué la relación entre Carlo y su hermano se rompió, pero sabía que ambos sufrían todavía por ello. Aunque de eso ya se ocuparía más tarde, la pequeña pelirroja que iba al lado de su hermano le interesaba más en ese momento.

Esa semana iba a ser muy interesante, tenía que averiguar si Aitor y Rose tenían algo o no, él esperaba que fuese lo segundo, le costaría mucho apartarse a un lado si ellos mantenían una relación más allá de la amistad. No entendía el por qué, pero necesitaba sentir a esa mujer cerca, el simple roce de su mano no había sido suficiente.

Colocándose cómodamente en el asiento de atrás del todoterreno de Uriel, «a estos hombres les gustan los coches enormes», pensó Rose, aprovechó para observar tranquilamente a los hermanos. Había logrado que su jefe le diese esa semana libre para viajar con Aitor, pero con unos pequeños matices. A su regreso debía entregar un artículo completo sobre Aitor, el segunda línea que había conseguido revolucionar la liga con sus partidos, ganándose en poco tiempo el respeto tanto de sus compañeros como del público. Así que, ahí se encontraba, sentada en el asiento trasero del todoterreno, intentando recuperar el control de su corazón y buscando la manera de que en esa semana le diese tiempo para hacer su trabajo, relajarse y conocer la tierra que vio nacer a Aitor y que tantas ganas tenía de visitar.

A pesar de que tenía la excusa del artículo, ella sabía que lo que rodeaba a ese viaje era una locura. El trabajo le habría pagado un hotel sin problemas, pero Aitor había insistido que en casa de sus padres había sitio de sobra y no le había quedado otra alternativa que aceptar su ofrecimiento. Ahora, de camino a la casa de los padres de Aitor, meditó sobre ello y solo deseaba que aquella experiencia no la diese demasiados problemas.

Y uno de esos problemas, que tanto temía, era el hombre que conducía el enorme vehículo, el gemelo malo de Aitor «Malo para ti, señorita. Que él no tiene la culpa de que tus hormonas se hayan vuelto locas». Se conocía lo suficiente como para saber que ese hombre podría darle muchos quebraderos de cabeza. Le había dado la mano, un ligero beso en el dorso, y su cuerpo entero había gritado que necesitaba más, más besos como aquel, pero en otros lugares más íntimos. Cerró los ojos suspirando, rezando para que sus pensamientos no fueran más lejos y su cuerpo terminase delatando el camino que su fértil mente estaba tomando.

—¿Tan agotada te ha dejado mi hermano? —Abrió los ojos al escuchar su voz, y se encontró con el iris avellana en el espejo retrovisor.

—¡No! —Chilló sin darse cuenta, avergonzada.

—Me refería al vuelo, sé que no es un buen compañero de viaje, aunque viendo tu reacción... —Dejó la frase en el aire, no quería preguntar abiertamente, delatando su interés por ella, así que había aprovechado el momento para averiguar si Rose y su hermano mantenían algo más que una simple amistad.

—Ha sido el vuelo, Rose es una gran amiga. No me deja pasar de un casto beso en la mejilla. —Aitor se giró entre los dos asientos y le sonrió.

—Tendrás morro —dijo recordando el primer beso que se dieron.

—En fin —cortó Uriel, no le había gustado el tono de voz de Rose — ¿Hablas español?

—Me defiendo, pero aún me cuesta y acabo agotada.

—Podemos hablar en inglés si lo prefieres —le dijo Uriel en un inglés casi tan bueno como el de ella—. Con Zoe también puedes hablarlo…

—Así lo repasa y no se queda oxidada con el idioma —Rose no pudo evitar mirarles a los dos por la forma en que Aitor había acabado la frase que Uriel había empezado—. No te asustes, solemos hacerlo…

—Con bastante frecuencia —Los dos hermanos sonrieron.

Continuaron hablando en inglés todo el trayecto hasta la casa de sus padres, para gran alivio de Rose, que no se veía en la necesidad de pensar demasiado a la hora de hablar. Aunque el no tener que pensar en lo que decía no quitaba que a su mente le costase encontrar las palabras adecuadas para seguir sus conversaciones. Uriel no apartaba la mirada del espejo retrovisor cada vez que el tráfico se lo permitía, con la mirada fija en ella, observándola en todo momento. «Es un hombre, solo un hombre» «Sí, solo un hombre, pero PEDAZO hombre»





—Aitor acaba de llegar, Uriel me lo acaba de decir por mensaje.

—¿Quieres dejarlo por hoy? Te sabes el temario perfectamente y con que sigas estudiando en casa te vale. Volverás a sacar una buena nota, seguro —le dijo desde el otro lado del escritorio—. Como siempre —añadió sonriéndola.

—No, me quedo, él ya sabe que lo veré más tarde, cuando llegue a casa. Que se espere, yo lo llevo esperando más de ocho meses. Le toca probar un poco de su propia medicina.

Zoe se metió otra gominola en la boca levantando las cejas, animando a Carlo a que le replicara por sus palabras, pero levantó las manos sonriendo, en un claro signo de derrota y ambos volvieron a sus quehaceres. La dejó en su despacho, sentada en su mesa, que estaba cubierta de sus apuntes y de los libros que Carlo tenía sobre anatomía humana, mientras él regresaba con sus pacientes.

«Ya estaba allí, su avión había aterrizado». No era una novedad que Aitor volara desde Escocia para visitar a su familia, pero esta vez iba a ser diferente, la celebración del aniversario de los padres de él los volvería a unir, volverían a verse después de tanto tiempo. Se paró delante de las cortinas y respiró hondo antes de apartarlas a un lado y saludar al paciente que le esperaba allí.

—¿Cómo va esa espalda?

Enseguida dejó todo pensamiento sobre lo que ocurriría el sábado y se concentró en el trabajo. Le encantaba lo que hacía, los pacientes, sobre todo los que por sus lesiones o sobrecargas eran más habituales, eran una parte más de su día a día. Hablaba con ellos mientras les trataba, dejaba salir esa parte extrovertida que tenía en la que relacionarse con la gente no era un problema, sino todo lo contrario, una forma de enriquecerse.

—Mejor, pero a veces sigue dándome problemas.

—Pero no puedes negar que ha mejorado.

—Eso sí y, ¿alguna conquista nueva? —le di