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Curame

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1

Cupcakes, Galletas y Dulces Caseros

Year:
2014
Language:
spanish
File:
PDF, 1.02 MB
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2

Hands

Year:
1993
Language:
english
File:
PDF, 72.04 MB
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Contenido


Créditos editoriales

Agradecimientos

Introducción

Abandono

Una dosis más

Flores en el barro

Me caigo

Guerras

Bienvenido

Cortar

De ningún velorio tengo lastres

No estabas

Nunca nadie

Viéndolo así

No vas a volver

Por eso

De adentro

No te vayas

Coincidir

A mí

No quisiera

Mi punto final

Mi habitación

Sangres esclavizantes

Yo quiero

Energía

Dos días

Ya está

Mano a mano

Un amor de mierda

No se trata de eso

Entonces no

El último

Finales

Cuando pida soga

El nudo

No te luches más

De ida

Quedate

Se agradece

Mi espejo

Ironía

Hacelo con ruido

Tranquilo

Será

Infancia no es destino

O vivos o muertos

Otra vez

Me ahogo

Todos saben

Que te quiera alguien

No te asustes si me voy

Renuncio

Peligroso

Hasta mañana a la mañana

No, no me alcanza

Volvamos

Tienen razón

El lujo de esperar

Me hago amor

Entonces basta

Mis doce

Ayer

Ya pasó

Chau, ma

Regreso a casa

Todos menos vos

Pido pétalos sueltos

Me arrepiento

Agradezco

Será cuestión de probar

Magia

Se me pasa

Sigo

Ya ganó

Sé tu corazón

Me fui

La suerte que tengo

Chiquitos

Todos locos

Envidia

No me interesa

Todo lo que me pasa

Ningún cuento de hadas

Mis tazas

Ojalá

Mi propio jardín

Ser conscientes

Revolución

Es momento

A veces se hace tarde en un segundo

No quiero corona

Divertime la vida

Troya

No quiero salir

Ese día nunca existió

Cuando duele

Te daría

Claro que lo sé

Nos extraño

Bebés prematuros

Terror

Dejame en paz

Quiero todo

Menos amor

Que exploten

Mueren

No se puede

No pido

Estaba rota

No a cualquier precio

Dignidad

Un mundo

Historias en pausa

Cuando hay amor

No hubiera hecho falta

Decime quién

Tengo callos

Interés mentiroso

Justo, justo

Duele

Empate

Hoy me voy

Reinventarse

Nunca más

No será con vos

Dueño

No quiero que vengas

Felicítenme

Por cobardes

Toda tu vida

Limpieza

Perdón

Nada personal

Decime

Con amor

Locura

Dejarlos

Muy tarde

Querés verme sufrir

Tampoco

Besame la herida

Libre

Hagan lo que quieran

Me toca a mí

Volé

; Vemos

No te contesto porque no quiero

Basta, por favor

No me importa que me quieras

Cautiverio

Claro que duele

Vos no

Revancha

Pájaro que comió, voló

Solamente acá

Vuelo

Llegué muy temprano

Qué le hace una mancha más al tigre

Pero antes lloraba

Me duele el mundo

A veces

Tu propio océano

No te vayas

Adultos que son niños

Te dije que te quedes tranquilo

Abrir los ojos

No te pido que me cures

Si te vas, es mejor

Soltemos

Ausencia presente

Gente que sí

Todo eso llamado felicidad





Créditos editoriales


Pronsky, Lorena

Curame / Lorena Pronsky - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hojas del Sur, 2019.

Libro digital, EPUB.

ISBN 978-987-8310-08-4

1. Autoayuda. I. Título.

CDD 158.1


Todos los derechos reservados.

No se permite la reproducción total o parcial, la distribución o la transformación de este libro, en ninguna forma o medio, ni el ejercicio de otras facultades reservadas sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes vigentes.


©2019 Editorial Hojas del Sur S.A.

Albarellos 3016

Buenos Aires, C1419FSU, Argentina

Argentina

Tel. 54-11 4981-6178 / 6034

www.hojasdelsur.com





Publicado por Hojas del Sur

Edición: Equipo editorial de Hojas del Sur

Ilustración de portada: CinWololo

Diseño y conversión digital: AADG Studio





Échame tierra y verás cómo florezco.

Frida Kahlo





Agradecimientos


Una vez escuche por ahí que las madres te dan la vida y los padres te enseñan cómo vivirla. No me cabe ninguna duda de que esto no funciona así en todos los casos. Pero si tengo que pensar en mi historia, no puedo no escuchar el mensaje que yo decido convertir en señal.

Papá se fue antes de tiempo. Y este fue su último legado. Así me dijo Marcelo y yo le creí. Me dejó la pluma en la mano. La vocación por fin despierta. La posibilidad y el regalo infinito de hacer magia con el dolor de su vuelo. Gracias, pa. Siempre voy a estar agradecida por tu amor tan hermoso. Aún y sobre todo este que siento más presente desde que no estás.

También, y en igual medida, agradezco a mi mamá por estar. Por pelearla para quedarse. Por cuidarme aun cuando los tiempos de la vida den vuelta las sillas y supongan que sea yo quien tenga que cuidar de ella. Gracias por estar al lado mío en cada escalón de subida, de igual forma que en los de bajada.

Agradezco a mis hijos Juanse, Francisco y Pedro por elegirme aun en esos momentos donde ni yo me elegiría a mí misma. No importa cuándo me lean, siempre sepan que cada uno representa los valores más importantes para mí.

Pedro, sos la verdad mirándome a la cara.

Fran, sos el amor más noble que la vida me supo dar.

Y vos, Juanse, sos la libertad que me hace brillar los ojos.

Los adoro.

A mis hermanos, Pablo y Candela, por apoyarme y ponerse contentos con mis alegrías. Por estar y hacer de esta familia chiquita un lugar enorme donde querer estar.

A mis amigas, las de siempre. Quien no cree en el amor incondicional es porque no las conoce. Son mi familia elegida cada día de mi vida. Mi faro. Mi primer llamado. Todos los momentos de mi vida.

A mi editor, Andrés Mego, por confiar en mí, convencido, apasionado y con ganas de llevarme a reventar el mundo. No solo el de afuera… Gracias por empujarme y también por levantarme en esos momentos donde me quiero quedar. Te quiero mucho.

Gracias a todos los testimonios, a todas las historias silenciosas que se hacen carne en cada oración y nos ponen arriba de la mesa la evidencia de que todos estamos atravesados por las mismas emociones.

Y por último, gracias a mi hermana más grande. Samanta. La dueña de mi carcajada atemporal. No se te ocurra irte otra vez. Sin vos, me falta mi historia.

Lorena





Introducción


Son las doce en punto de la noche. Tengo los ojos bastante hinchados y no de cansancio. O sí. Depende del lado que se lo mire. La cuestión es que después de mandarle un mensaje a Andrés, en arrebato y sin pensarlo, exploté en llanto, de esos que te dejan pariendo angustia y verdad en el piso del baño de tu casa. A puertas abiertas. Rodeada de la impunidad de la soledad. De la libertad del encierro que me dan mis paredes. Ahora ya está. Después de apretar enter supe que todo se terminó. Por supuesto que dolió. Pero honestamente, y a esta altura de mi vida, el dolor nunca fue parámetro para tomar decisiones fundamentales. Tampoco lo iba a ser ahora.

Le dije la verdad.

Hace rato que venimos trabajando juntos y, aunque el vínculo que nos une es laboral, realmente siento que es una persona de esas que te escuchan a boca cerrada y con el pecho abierto. Confío en él. No solamente es mi representante editorial, sino que, cada tanto, siento que estamos construyendo un lazo más afectivo. Casi una amistad. Y por alguna razón, ahí fui. Empujada por el impulso y por la necesidad de cerrar el cuento, me senté y empecé. No solo empecé. Empecé y terminé en el mismo instante.

Realmente no aguantaba más tanta presión, tanto secreto mal guardado, nervios, ansiedad. Basta. La verdad es que basta.

No me molesté en hacer ningún tipo de protocolo que le explicara la razón de mi mensaje, porque este tiempo que venimos trabajando juntos me sirvió para suponer que iba a tener el celular apagado. Entonces vomité palabras. No quería un mano a mano. No esperaba una devolución. No quería que me diga nada. Yo solamente necesitaba escribir en una hoja. En un paredón, en un teléfono, en donde sea. En la ausencia de alguien que me permitiera tener la valentía de hacerlo sin ninguna mirada que me condicione en nada. En nada.

Yo solamente necesitaba escribir. Como todo este último tiempo: escribir.

A los cuatro años empecé a tener dificultades con el lenguaje. Cada vez fue peor. Tartamudeaba y esto generó en mí un montón de dificultades sociales y de baja autoestima. Hice tratamiento para la tartamudez, pero no tiene cura. Vivía evitando muchísimas cosas. Incluso en el primer final que di, la profesora que tenía enfrente, después de mi ponencia, me dijo que si no sabía hablar iba a ser muy difícil que algún día llegara a ser psicóloga.

Pero yo seguí, Andrés. Seguí. Me recibí en cinco años. Y empecé a dar clases. Yo siempre quise dar clases y las di.

Nunca hablé de esto con nadie. Tenía miedo de avivar giles. Qué tarada. Pero tenía miedo de que si alguien no se había dado cuenta lo hiciera porque yo se lo estaba avisando.

El tema da para largo. Solo quiero que sepas lo que siento cada vez que doy una conferencia.

Dejé de luchar con mi síntoma y lo pude aceptar, y con él voy. O, mejor dicho, él viene conmigo.

Entonces, cada vez que termino de dar una charla, yo sola sé lo que hice. ¿Me entendés? Mi rotura fue esa. No poder hablar. Y entonces hablar rápido es una forma de sentir que no voy a trabarme, aunque lo haga igual. Y lo sé. Y traté de que no se note. Y creeme que lo padezco.

Imaginate que no podía dar una lección y, ahora, verme ahí… Eso es realmente saber que gracias a que seguí caminando un poco rota, con un trastorno que me incapacitó muchísimo, hoy, gracias al amor de tanta gente, lo último que me importa es si tartamudeo o no. Me fui sanando de alguna manera.

Hoy puedo hablar en público. Sigo tartamudeando, pero muchísimo menos.

Ese, Andrés, ese es mi secreto. Yo sé que lo sabés. Sé que te das cuenta. También sé que a pesar de eso ves más allá y por encima de eso.

Te quiero.

Después de escribirle este mensaje, dejé el celular cargando en mi cuarto y me puse a escribir el prólogo del libro. Sí, este mismo.

Al rato, un tiempito después y ya un poco más calmada, sentí el bip del teléfono.

Era él.

Haber dejado de llorar fue una mala inversión porque ni bien leí las tres primeras palabras estaba volviendo al estado anterior y, para ser honesta, con la intensidad de mis emociones bastante peor.

Lore, ¡es hermoso leerte!

¡Claro que lo sé!, pero no sabía de dónde venía el tema. Y yo no pregunto. Y creí que solo eran nervios porque todo esto es nuevo para vos. Y digo ‘eran’, porque anoche hablaste hermoso. Calmada. Serena. Como aquel domingo que te escuché por primera vez dar tu primera conferencia en ese edificio viejo de calle Corrientes. Ese domingo la rompiste, me acuerdo perfecto. Y ese día supe que ibas a ir por ese camino, ¡y sería largo! Un camino donde te enfrentarías con vos misma, con diagnósticos, miedos, voces, pasado, etc., ¡y así llegaste al día de hoy!

Y vos sos tu principal testigo, la que atestigua contra todo lo que te dijeron.

Y eso que decís de que no tiene cura es grandioso. ¿Sabés lo que significa ‘incurable’?

Es una palabra compuesta. in- (dentro) curable. Incurable significa que solo puede curarse desde adentro. ¿No es hermoso? Dentro tuyo tenés todo para curarte. Dentro nuestro tenemos todo para curarnos. Anoche diste un gran paso. Desde adentro sacaste todo lo que te cura.

Te quiero, piba.

Lo primero que hice cuando terminé de leerlo fue volver a llorar. Me tapé la cara como si alguien me hubiese dejado expuesta frente a mi propia mentira. Él lo sabía. Sí, claro que lo sabía. Como lo saben todos y nadie dice nada. Como también lo sé yo y no digo nada. Siempre creí que darle entidad lo iba a agudizar más y realmente mi intención, desde el día que me enteré de que la tartamudez no tiene cura, era desprenderme del diagnóstico. Ser, a pesar de. Seguir mi ruta, con dificultades pero seguir.

Toda mi vida fue eso. Mirar para dentro y después mirar para el costado.

Y cuando digo para el costado me refiero a hacerme la boluda. A no darle identidad a lo que me está pidiendo una solución.

Estoy hablando de aceptar. Y para aceptar siempre mi intuición me explicó que tenía que ser consciente. Y, para mí, consciencia es ver. Es animarme. Es hacerme cargo. Saber cómo se llama y dónde me duele cuando me duele. Qué necesito cuando digo que necesito. Qué quiero de Juan que Juan no puede darme. Qué quiere Juan de mí que yo tampoco pueda darle. Y qué voy a hacer en cualquiera de todos los casos.

No me quiero pelear con mi vida. Con las circunstancias. Con el destino. Con los dolores ni con los finales. No me voy a pelear conmigo porque, si así fuera, no tendría quien me defienda.

Saber el nivel de consciencia siempre me dio más libertad. Y cuando digo libertad no me refiero a hacer lo que se me canta. No tiene que ver una cosa con la otra. Lejos de eso, la libertad de la que hablo es la de elegir sabiendo lo que elijo. De saber quién soy.

Quién soy. Qué quiero y adónde voy.

¿Te lo preguntaste alguna vez? Porque yo me lo pregunto todo el tiempo. No se volvió una obsesión, se volvió mi lugar de referencia. La línea que dirige mis pasos. El lugar donde hago piecito.

El sentido de mi vida. Mi hogar.

La vida me pegó muchas veces en la cara. Este último tiempo muchísimas más. Pero siempre supe que no se trataba de algo personal. No creo ser la elegida ni la preferida del destino de nadie que dirija el mundo, porque siempre asumí que, me pase lo que me pase, quien me va a sacar voy a ser yo.

Lo paradójico de toda esta fortaleza, si así se puede llamar, es que me la dio el mismo dolor. Las pérdidas, los vacíos, las ausencias, las frustraciones, las heridas que me empezaron a sangrar desde ese día que no pude seguir hablando porque la palabra se me pudrió adentro de la boca y nunca más volvió a salir como alguna vez entró.

Y nada volvió a ser como alguna vez lo fue. Porque si hay algo que me hizo crecer, evolucionar y ser cada vez más yo, fue todo eso que un día me hirió. En la felicidad, todos vamos caminando derechitos y sin chistar. La vida acomodada no nos pide ninguna exigencia. No necesita saber qué tenemos adentro para batallar. Uno sonríe y disfruta. Y cuando me toca, me encanta. Aprovecho. Me sumo a la manada y me saco a bailar. Soy feliz cuando me toca y también voy conociendo en qué lugares encuentro esa paz. Y vuelvo. Trato de volver cuando puedo. Y todo vuelve a estar bien. Y cuando no, aprendo. Aprendo. Siempre aprendo.

Yo soy Lorena. No mis incapacidades. No mis limitaciones.

Y además, ¿sabés qué? Si me da miedo tomarme un micro, no me voy a tomar un taxi. Y esta es la ley de mi vida. Me tomo el micro con miedo, vergüenza, con pudor, con las manos y los pies temblando, pero lo tomo igual. No es que lo enfrento, no me interesa. De la misma manera que no me importó, cuando era chiquita, que me dijeran que no iba a poder ser yo.

Y digo “ser yo” porque si hay algo que me nombra es la palabra. Mis ganas de comunicar. De decir. De no callar.

Hablar pudo haber sido mi lastre. Y, sin embargo, lo hice mi trofeo.

Así me curo. Así me voy curando. Construyendo el mundo en el cual quiero vivir. Donde nadie me lleve de las narices. Yo quiero vivir despierta.

Así aprendí.

Solita. Llorando a puertas cerradas. Y a corazón abierto.

Yo me curo sola. ¿Que si lo supe de inmediato? No, para nada.

Lo supe después de darme cuenta: que se me rompa la parte que sea, yo voy a seguir caminando igual. No tuve secretos. A nadie que me salve. Nada que lo haga. Pedí soga muchas veces. Así, a los gritos, a alguien que me cure las heridas. Que me explique cómo se salía. Por qué. Para qué tanto dolor. Hasta cuando me iba a velar a mí misma. Preguntaba, pedía señales, ayuda. Hasta que un día, en medio de una tristeza profunda, de esas que me solían agarrar cada vez que la depresión, compañera eterna de mi vida, se hacía presente sin que yo la llamara.

Otra vez. Otra vez.

Entré al baño de casa. Cerré la puerta de un portazo. Me vi la cara debajo de tanta pintura chorreando y me miré al espejo. Me acerqué como para decirme un secreto a mí misma y parí mi dolor. Lo que vi en frente fue mi niñez. Mi carita, mis dos colitas. Mi vulnerabilidad. Mi inocencia y mi indefensión frente a un mundo que siempre me dolió. Pero no me callé. No me callé. Porque nadie me va a callar. Nunca.

Dejé de llorar. Dejé de llorar, carajo.

Y ahí salió mi voz. Nunca nadie me gritó tan fuerte. Yo misma me retumbé en la cabeza.

“Curame, Lorena. Curame, carajo, curame”.

Curame de una vez.

Curate vos.

¿Que si dolió? Sí, claro que dolió. Pero después sanó.





1


Abandono


A todos nos abandonaron un día.

Y cuando digo abandonar no me refiero solo a un acto extraordinario. Traumático. No. Es más simple. Pero duele igual.

A todos nos abandonaron en el medio de un quilombo. En el inicio de un proyecto. En el placer del logro cumplido. En el momento menos pensado. En el momento más esperado.

A veces pasa que te das vuelta y no tenés quien te junte los mocos, quien te dé la palmada en la espalda, quien te guiñe el ojo cuando algo te salió bien y quien te limpie las rodillas cuanto te fuiste al pasto.

Todos sabemos de la soledad que se siente cuando nos sentimos solos. Porque todos fuimos abandonados un día.

Y entonces, encontramos un secreto tristísimo, un acto paliativo, para tapar ese pozo.

Vemos gente que se come la angustia tragándose un paquete de cigarrillos, el otro que corre y corre como un loco a ver si el viento en la cara le vuela ese agujero en el pecho. Personas que se comen las uñas junto con los nervios y la ansiedad paralizante. Paquetes de galletitas que van a parar a la boca, sin noción de que lo que se intenta matar no es el hambre. O por lo menos, no ese.

Pibes que se perforan la nariz y las venas con alguna que otra cosa que los pase a otra realidad por un par de horas. El otro se pone a jugar lo que no tiene. Vos comprás compulsivamente cosas que no necesitás para sentirte un poco vivo por ese instante.

Y yo me quedo mirando una película que me habilita, disimuladamente a llorar mirando afuera lo que no tengo ganas de mirar adentro.

Es que somos tan jodidos con nosotros mismos que cuando peor estamos es cuando más nos castigamos. Porque todo eso que te comés te come a vos. Te pone peor. Te suma, al abandono, la culpa de hacer algo que sabés que no es genuino. Que no es lo que querés.

No comés así por hambre.

No corrés por deporte cuando te estás rajando de vos.

No te intoxicás por placer.

No te acostás con esa mina por amor.

Tapás. Escondés. Tirás abajo de la alfombra. Cerrás los ojos. Te ponés un bozal y un par de auriculares para no escuchar tu corazón.

Date cuenta. Te estás comiendo a vos.

Y quizás el secreto está en frenar.

En sentir. En recordar que en ese abandono lo que te falta es lo que tenés que buscar. Amor.

Quizás sea hora de pedir ese abrazo.

De acostarte en las rodillas de tu mamá. De poner la pava y llamar diciendo: “Sí, te juro que te necesito”. Es ahora. Después no.

Ahora.

Andá a esa casa. Hablá con quien te quiere. Escuchá.

Llorá. Gritá. Decí. Vomitá. Pedí. Da.

Ahora.

Hacer malabares en medio del despelote no te devuelve más que un resultado despelotado. Resultado que no va a curar la herida que te sangra porque le estás metiendo una curita.

Las curitas no curan. Las curitas tapan.

Y vos sabés muy bien que el dolor tapado no es dolor sanado.

Pará un poquito. Mirá en el espejo de tu alma.

Frená. Mirá lo que te falta y salí a buscarlo en donde creas que lo puedas encontrar. De verdad. No revolotees como mosca en platos vacíos. Pedí lo que necesitás si ves que solo no podés. Porque no hay peor abandono que el que se hace a uno mismo. Con eso sí que no se juega.

No tenés derecho.





2


Una dosis más


Una dosis más.

Yo me fui antes de irme.

Dejé de consumirte antes de suicidar un deseo perverso que me empujaba a seguir haciéndolo. Me fui necesitándote.

Pero me fui igual.

Es que la gente hace esfuerzos incontables para dejar de amar, como si ese fuese el primer paso necesario para retirarse de un hueco en el que inexplicablemente se ama y se sufre a la vez.

No es amor. No. No lo es.

Adicción. Se llama adicción.

Entonces, uno pretende dejar de sentir como primera medida para agarrar el bolso y traspasar la puerta.

Y espera.

Espera meses. Espera años. Hechos y situaciones.

Más dolor.

Un poco más de soga. Un rato más de esperanza. De ilusiones a todas las medidas de los plazos posibles.

Una dosis más.

No importa si ese otro te quiere. Tenerlo cerca, te calma.

Es un dolor que calma y eso te alcanza, aunque dure diez minutos.

Un segundo.

Alcanza.

Hasta la próxima vez que vuelvas a necesitar una pitada más.

Y entonces, antes que nada, preferís sufrir.

A pesar de pasar noches de insomnio controlando una vida que, por más que se espíe, nunca va a ser propia.

Controla.

Uno cree que controla.

Espía la vida del otro para tenerlo más cerca. Lo investiga para tenerlo más a mano. Para intentar meterse más adentro. Un poco más.

Y ahí los ves, sacudiéndose la nariz como adictos a una droga que deja síndrome de abstinencia, cargados de lágrimas que no se soportan.

Haciendo cualquier cosa y a cualquier precio para quedar inhalando a una persona tóxica que nos embarra la vida. Nos apaga la sonrisa. Nos mata el corazón a mordiscones.

Droga que no se consume, pero que igual afecta.

Adicciones sin sustancia, pero con nombre y apellido.

Adictos al amor no correspondido. Inerte. Matado y cascoteado que, en nombre del amor, defienden a capa y espada. Pagan precios inexplicables con tal de evitar el encuentro con uno mismo en una habitación cargada de fantasmas y soledades.

No es así.

Podés irte primero sin dejar de amar. Sí que podés.

Pretender dejar de amar para cortar el tajo en el alma es lo mismo que pedirle a un alcohólico que le deje de gustar el alcohol para que deje de tomar.

Primero, te vas antes de irte. Tenés que irte amando lo que creés que amás.

Con el deseo puesto pero insatisfecho. Con ganas de recaer. Te vas no pudiendo irte.

Porque sí. Porque te hace daño. Con eso alcanza y sobra para inclinar la balanza hacia el lado de tu vida.

Primero te vas. Y después sí.

Con el tiempo y con aprendizaje, se te impone la tarea de un duelo que venís postergando hace rato mientras te venís velando a vos misma.

Nadie dijo que irte amando no iba a doler.

Pero nadie dijo que esto que te estás haciendo te duele dos veces.

Andate, carajo. Mirá cómo estás. Andá. Y después ves cómo y por dónde.

Pero primero andate de ahí.

Soltá el dolor. Traicioná a la angustia de una vez por todas.

Soltá el dolor, aun amando. Sí. Podés irte aun amando.

Después, con el tiempo, verás cómo hacer para empezar a pisar distinto en un universo cambiado.

El secreto para dejar de consumir está en bancarse el síndrome de abstinencia sin pretender dejar de amar lo que nos gusta y a pesar de que nos duela.

Primero se arma el bolso. Después se hace el duelo.

Como todo. Como la vida.

Primero la muerte.

Después viene el velorio.





3


Flores en el barro


Estos últimos días fueron difíciles.

A veces miro para atrás y me doy cuenta de que todo lo que tenía en mi vida ya no lo tengo más. Te diría que solo quedaron pocas cosas. En definitiva, y con un resto de asombro, termino dándome cuenta de que todos los duelos que transitamos terminan siendo duelos por nosotros mismos.

Nos morimos a cada rato.

En cada frustración.

En cada realidad que se traga de un bocado nuestras utopías.

En cada sueño que no va a despertar.

Y en todos esos proyectos que solo van a quedar en nuestra fantasía.

En todas las desilusiones.

En toda esa gente que nos quema la confianza.

En cada herida.

En cada dolor.

Morimos y nacemos a cada instante.

Cada vez que alguien se nos va. O también, y mucho más doloroso, cada vez que alguien nos deja.

Morimos cuando abandonamos. Cuando no nos eligen. Cuando nos arrepentimos. Cuando perdemos tiempo abriendo el corazón en lugares donde no se lo escucha latir.

Traición.

Morimos en cada traición. No importa de donde venga. Si de adentro o de afuera, morimos igual.

Morimos. Siempre morimos.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, la vida cambia sin piedad ni permiso.

Mi vida no es la de ayer.

Recién Federico me dijo que me pasó un tren bala por arriba. Supongo que estaría hablando del mismo tren que le pasó por arriba a él. Y a vos. Y al que está por caer.

Acepto el reto porque me parece buenísimo dar portazos desde adentro.

Mirar nuevos ojos y planear nuevos sueños. Acepto todo lo que caiga sobre mí porque, después de llorar desconsolada y a los gritos, agradezco todo lo que me dejaron esos lutos.

Brotes. Me dejaron brotes.

Estoy poniendo flores en el barro.

Y conste que podría haber elegido hundirme también.

Pero no.

Estoy poniendo flores en el barro.

Imposible que no crezcan.





4


Me caigo


Me doy cuenta de que todos tus miedos y dolores, que de repente me resultan exagerados, vienen desde otro lugar.

Desde otro tiempo. Desde donde, siendo tan chiquito, no pudiste hacer otra cosa más que ocultar tus emociones y acomodarte como pudiste. Sin voz ni recursos, seguramente haciendo lo que menos vergüenza te daba.

Lo que pasa es que cuando uno es un niño quiere ocultar las heridas del alma porque el abandono y la falta de cuidado los vive como rechazo. Como una penitencia injusta.

Subida de tono.

Y eso da vergüenza. Hace pensar que por algo no te quieren y entonces no querés que nadie más se dé cuenta por si, acaso, resulta contagioso.

Ya lo sé.

Yo también tuve infancia.

Te diría que todavía la tengo intacta. Como vos. Como todos.

Ahora, un poco más grandes de cuerpo, cuando te veo reclamar, desde el piso y con berrinches, un poco del amor que te faltó, me coso la boca y te abrazo. Te pongo una manta en la espalda para que te muerda un poco la sangre que nunca coaguló y trato de reparar al menos una fisura.

Yo también fui chiquita y seguramente compartimos alguna que otra herida de guerra.

Todos estamos golpeados en el corazón.

Entonces, cuando me veas loca, incoherente, exagerando una emoción que está colgada de una rama, te pido que me copies.

Copiame y abrazame a mí también.

Todos los niños heridos tienen derecho a sanar.

Yo también quedé allá. No siempre es fácil volver, vos me entendés. Y si con suerte regreso, solo puedo volver de la misma manera que en esos tiempos. Y sí. Con dos colitas y escondida atrás de la puerta para que me regalen la sorpresa de encontrarme.

No me juzgues.

No me preguntes.

No me retes.

No te vayas.

Buscame.

Quedate hasta que me cure, y prometeme que, si recién sana mañana, me vas a esperar.

No me sueltes. A veces soy chiquita otra vez y me caigo.

Prometeme que te quedás.

Te prometo que yo me quedo.





5


Guerras


Hay guerras que suceden encima de nuestros propios cuerpos.

Uno se batalla a sí mismo porque los golpes que aprendió a resistir son los autogenerados. Así se siente más a salvo. Más seguro. Más a resguardo. Para que las heridas del afuera no lo encuentren como blanco de cañón, uno se adelanta. Se desespera. Se calla. Se silencia. Se maltrata.

Y deja de dormir. Y duerme de más.

Y deja de comer. Y come de más.

Y deja de amar. Y ama de más.

Y se envenena con anestesia.

Y se culpa. Y se castiga. Y se vuelve a pegar.

Y se guarda en una cama que convierte en ataúd. Y la abre para que pase cualquier cuerpo que nos haga olvidar del nuestro.

Y llora. Y se ahoga.

Y se mira al espejo. Y se odia.

Y deja de mirarse. Y ya no se reconoce.

Y se hace más chiquito. Porque no tiene con qué ser grande.

Y se pelea con su cuerpo. Con su alma. Con su pasado. Con su presente.

Con la muerte.

Con la vida.

Hay guerras que suceden arriba de un cuerpo.

Y uno pone el suyo como campo de batalla.

Como si hubiera otro.

Como si no lastimara.

Como si pudiera salir ileso.

Como si tuviera alguna chance de ganar.

Como si, acaso, la sangre que chorrea en nuestras manos fuera menos sangre porque nadie nos ve. Porque nadie lo sabe. Porque nadie lo imagina.

Uno es cruel con uno mismo.

Como si lo mereciera.

Como si no importara.

Como si el tiempo no existiera.

Como si la tortura lo salvara.

Y entonces pone su nombre para destrozarlo.

Para encerrarlo en su propia jaula.

Como si el dolor fuera su precio, su condena, su cruz y su merecido por no haber sido amado. Cuidado. Elegido.

Entonces se pone en guerra con su corazón.

Y lo hiere. Lo rasguña. Lo flagela.

Lo rompe.

Como si así ganara. Como si así ganara.

Elegite vos.

Cuidate vos.

Amate vos.

Ese es el único final de todas las guerras posibles.





6


Bienvenido


Nos acostumbramos a creer que estamos hechos y determinados por lo que nos pasó. Un poco es así. Pero también, y con un poco menos de popularidad, una vez que ya se hizo la revisión interior de los que nos llevó adonde estamos es momento de fijar la energía en lo que viene. Porque llega un día en el que un punto en medio de la hoja nos invita a pensar que somos lo que vamos a hacer de nosotros de acá en adelante.

De acá en adelante.

Entonces, el pincel empieza a dibujar paisajes con cara de aventura. Y lo incierto se pone como protagonista de nuestra vida y de repente todo tiene cara de nueva oportunidad.

A esta altura del partido, ya sabemos que las heridas nos constituyen y que cada golpe guarda el registro de una cicatriz abierta que, quizá, nunca vaya a sanar.

Pero aprendimos a caminar igual. Porque entendimos que el foco podemos ponerlo en la rotura que nos tocó atravesar o en la infinita posibilidad de seguir caminando, aunque con esa marca puesta.

Y uno decide.

Siempre decide.

Si quedó algo pendiente por tirar, yo ya creo que es la hora. Que ya tuvimos tiempo, años para soltar lo que nos hacía mal. Y no porque queríamos hacerlo, sino porque nos hacía mal. Y fuimos entendiendo que con esa premisa es suficiente para dejar ir. Para dejar volar.

Al pasado, una reverencia infinita por haber sido maestro indiscutible del presente. Y al presente, valija en mano.

Momento de saber que no solo somos lo que fuimos. También somos todo lo que podemos llegar a ser.

Bienvenido presente.

Costó.

Pero bienvenido, al fin.





7


Cortar


Todos necesitamos salir de nosotros mismos al menos un rato cada día.

Cortar el cordón umbilical con nuestra herida supone eso mismo: cortar.

Y uno corta cuando cierra la boca y pone el oído. Cuando levanta el sonido de la música y se anima a bailar con los ojos cerrados y las manos abiertas. Cuando agarra un lápiz y pinta garabatos mientras tararea la canción que se le aparece y no se pregunta de dónde la sacó.

Cuando termina siendo el juguete con el que está jugando. Cuando deja de mirar el paisaje a través de una cámara de fotos y sin darse cuenta se vuelve parte del cielo que contempla. Cuando mira en frente a quien tiene sentado y no al de la mesa de al lado.

Y también uno corta cuando mete las manos en la tierra y siente el barro y no las manos.

Y cuando da en vez de quedarse en el sillón esperando lo que le debe aquel de quien le faltó recibir. Cuando corre y se hace el viento que le pega en la cara, y logra que por un instante ni siquiera intente recordarse. Y cuando canta, cuando se ríe, cuando corre a la par de los pelos de su perro y sonríe cuando lo mira de costado. Uno corta cuando valora la flor no al mirarla, sino al olerla. Cuando se pierde en una mirada sin importar de quien venga. Cuando ofrece un hombro y no un pañuelo. Cuando viaja. Cuando sueña. Cuando agradece. Cuando ama.

Irse. Perderse. Romper.

Salir del huevo podrido implica sanar. Y para eso hay que sacar la nariz de nuestro dolor un poco. Dejar de lamernos las heridas y confiar en que hagan el proceso a su tiempo y a su modo.

Olvidarnos de todo lo mal que nos salió lo que hicimos, y también lo que no hicimos y podríamos haber hecho. De planear estrategias para que el mundo se acomode a nuestros deseos en lugar de agradecer, simplemente, estar soñando.

Uno debería obligarse a olvidar quién es, al menos cada tanto.

Al menos, por un rato.

Porque, a veces, un rato alcanza para cambiar un momento.

Y, a veces, cambiar un momento es todo lo que se tiene a mano.





8


De ningún velorio tengo lastres


Me amigué con mis sentimientos el día que empecé a ir a los funerales.

En cada entierro de relaciones perdidas usé, hasta exprimirlas, cada una de las emociones que tuve en la flor de mi piel. Siempre vale todo en materia de latidos.

No se cuestiona lo que se siente. Se le da vida.

Se le hace un lugar en la garganta y se lo deja respirar.

Se lo nombra. Se lo llama. Se lo vomita. Se lo llora. Se lo escupe. Se lo acepta y se le da el derecho a su libertad.

Tiene que explotar. Tiene que salir.

De ningún velorio tengo lastres.

En todos pude despedirme con la paz de no saberme con palabras estancadas.

Las palabras se dicen. Se escriben. Se gritan. Se lloran. Se usan.

De momentos, me vienen imágenes de las cosas que perdí y tengo el honor de ponerle una flor a mi recuerdo ya velado y enterrado.

Te voy a llorar igual.

Eso no quiere decir que, lo que tenga que morir, lo someta a sobrevivir.

Asisto a duelos a cada rato. Me quiebro. Me rompo. Me lamento. Lo que sea necesario para poder sanar.

He llegado a hacer un duelo de mi propio dolor y no me importa.

No me voy a callar.

Siempre voy a decirme la verdad. Iré a miles de velorios a cada rato y cuando sea necesario. Y dolerá. Lo sé.

Qué me importa.

Que pase lo que tenga que pasar.

Pero nunca jamás me voy a permitir enterrar mis propias palabras.

Eso sí que sería asistir a mi propio funeral.





9


No estabas


De camino a casa decidí desviarme un poco.

Paré en un quiosco, primero, y me compré veinte caramelos. Ya sabés, los palitos de la selva. Estacioné en la puerta del lugar en el que te vi por última vez. Me bajé del auto y entré. Recorrí todo el hospital de igual manera que lo hice todas las veces. Confieso que desde que te fuiste creo que voy a volver a encontrarte un poco disfrazado en otro cuerpo, pero supongo que voy a reconocerte, aunque te pongas una bolsa en la cara. Quise respetar la rutina pero no pude subir las escaleras porque no me dejaron. El horario de visita había terminado.

Se ve que lo cambiaron.

Me pareció verte sentado en la punta de un banco, esperando un turno.

Pero no sé. Nunca te descuidaste tanto. No, no. Te miré dos veces. Levantaste la cabeza. Pero tus ojos no me miraron. Entonces seguí caminando. No estabas.

Nada de eso tenía que ver con vos.

Sí, por supuesto que todos los recuerdos me asaltaron la cabeza, pero no lloré. Los dejé venir. Eran una forma de traerte de nuevo. A quién le importa de qué forma. A quién.

El recorrido duró menos de lo que esperaba.

Necesitaba despedirme de una vez.

No de vos. De mi fantasía. De mi pensamiento mágico y delirante.

Necesitaba dejar que te vayas.

Soltarte, papá.

Me volví al auto y me quedé sentada, con la mirada perdida, comiendo los caramelos.

No estabas.

Ayer me dijeron que no sos vos quien me habla al oído. Que soy yo, que conozco perfectamente cada una de tus respuestas y las digo en voz alta. No sos vos, papá.

No sos vos.

Ellos dicen que soy yo misma. Y les creo. Confío en su honestidad. No tienen nada que ganar ni perder con su opinión, opinión que yo sentí como un puñal de certeza.

Resulta que no eras vos, papá

Soy yo.

Extrañando.

Doliendo.

Necesitando.

Amándote.

Con todas las palabras adentro de mi cuerpo y sin embargo insistiendo en buscarlas afuera. No estás ahí. No estás ahí.

Estás acá.

Acá. Conmigo.

No hay nada que buscar. Todavía no lo entiendo.

Nada que buscar.

Se trata de sentir.

De sentir. Y claro que te siento.

Y ese es mi milagro.

Pero a veces no me alcanza.

No entiendo qué más quiero.

Juro que no me entiendo.





10


Nunca nadie


Desde que te fuiste, tu lugar quedó huérfano.

Hay un montón de sillas ocupadas por mucha gente hermosa también. Y las necesito como parte de mi mundo y de mi rutina. Lo sé y se los agradezco un montón.

Pero tu lugar, tu espacio, tu alrededor está deshabitado. Y así será para siempre. Porque es mentira que las personas son prescindibles. No sé quién dijo esa pavada que todos asumieron como cierta. Yo no cambio un corazón por otro porque todos laten distinto.

Nadie es reemplazable.

Nadie.

Eso es una mentira que consuela al que lo dice y no al que lo escucha.

Saberlo no me duele.

Me obliga a no gastar tiempo buscando algo que nunca voy a encontrar.

Aceptarlo me libera de una frustración garantizada. De hecho, y para ser más específica, no voy a intentar salir a reemplazarte.

Nunca nadie en el mundo va a ocupar el lugar que tenías en mi pecho.

Nunca. Y esto es así, no porque yo niegue tu partida. Yo sé que te fuiste y que esta vez no habrá boleto de regreso. Claro que lo sé.

No estoy loca.

Pero también sé que vos sos importante en mi vida, estés donde estés ahora y por una sola razón.

Porque sos vos.

No sé si me entendés.

Porque sos vos.





11


Viéndolo así


Quizá sea más fácil y honesto asumir que vivimos entre paréntesis que, de repente y sin aviso, pueden volarse de un solo disparo. Y entonces aprendemos a valorar cada instante como si fuera lo único certero que tenemos.

Viéndolo así, dejaríamos de pelear contra el destino, contra los dolores, contra las pérdidas y contra la vida. Viviríamos con la sangre burbujeando, desgastando cada respiro, cada encuentro y cada beso. Como si nos viéramos obligados a sacarle punta al lápiz cada cinco segundos, y así transitar como si cada letra fuera la primera que escribimos. Entregando, en cada oración, todo el amor que tenemos por si acaso mañana, o dentro de un rato, nos toque dejar este piso.

Ese, entiendo yo, es el único éxito posible.

Habernos ido, sabiendo que lo único que hicimos fue haber vivido dejando nuestra impronta en este suelo.

Yéndonos, cuando nos toque, a descansar a un cielo que, como un premio, tenga nuestro color.





12


No vas a volver


Hace unos días te vengo extrañando de nuevo.

A veces el duelo es engañoso y te pone, arriba del hombro, la ilusión de una mano que te empuja al siguiente escalón. Y uno cree que avanza. Que algo parece indicar que el tiempo juega a favor.

Pero, de repente, te necesito de nuevo.

El sonido de tu voz empieza a perder la nitidez y no sé de dónde se agarra.

Lo pierdo y me muero. Me desespera pensarlo.

Todavía retengo tu mirada. Tu sonrisa y tus gestos. Sé lo que vas a decir cada vez que le pregunto a tu foto lo que se me viene a la cabeza. Eso me calma. Es una forma de tenerte otra vez.

Y a la noche todo retrocede a punto cero.

Te pido perdón y no me respondés.

Te llamo en voz alta, ya sabés que no tengo vergüenza en decir lo que quiero, pero tampoco venís.

Te lloro más fuerte como para hacerme notar. Y nada cambia.

No vas a volver.

Lo tengo a Juanse durmiendo al lado mío. ¿Lo ves? Sé perfectamente que era tu preferido. Todos lo sabíamos.

Escucha mi congoja y se da vuelta.

Hace rato que elegí no encerrarme en ningún baño para sentir.

Me abraza y me acaricia el pelo. Está dormido.

Pero se ve que me escuchó.

Acaba de abrir un ojo. Me pregunta qué me pasa. “¿Qué pasa, ma? ¿Estás resfriada?”

“No, mi amor. Extraño a mi papá”.

Me aprieta fuerte, fuerte, y se hace gigante. Me palmea la espalda como si tuviera las manos enormes. No deja de tocarme la herida hasta que se duerme.

No me dijo nada. No hizo falta.

Simplemente me amó.





13


Por eso


Pisando el hoy, miro en retrospectiva y, claramente, entiendo que me pasó un mundo por encima.

Supongo que a vos también.

Así y todo, nunca creí que era una cuestión personal. Siempre supe que era la vida manifestándose.

Por eso seguí.

Por eso acepté.

Por eso transformé.

Por eso aprendí.

Por eso perdoné.

Por eso solté.

Por eso siempre sé que puedo volver a empezar.

No es con uno. No fue conmigo. No es con vos.

No se trata de quién merece o no qué cosa.

Es la vida

Y es imparable.





14


De adentro


Si hay algo que aprendí con el paso de los años es que una forma de curarme las heridas es amando.

Por supuesto que tantísimas veces no fui correspondida. Y no me refiero solo al amor de una pareja. Para nada.

Tengo historial de relaciones donde me quedé queriendo un poco sola. Pero si la intención de mi amor fuera que me devolvieran lo que doy, estaríamos hablando de algo distinto.

Cuando amás, porque no podés elegir algo distinto, cuando te importa el otro, a pesar de que al otro no le importe tanto de vos; cuando disfrutas de ver reír a la gente que te hace feliz simplemente porque existe, el regalo que tenés no viene de afuera.

Viene de adentro.

Y, seguramente, yo también fui la otra mitad que no pudo devolver lo que me daban. Claro que lo sé.

Pero el que me quiso, en los términos en los que hablo, ese, doy fe que todavía está acá. Conmigo.

Jamás marca el número del reproche y del reclamo al abandono.

Porque entiende.

Lo siente.

No le interesa.

Me quiere.

En ningún vínculo las dos partes quieren igual.

Ni con la misma intensidad.

Ni de la misma forma.

Y nosotros tampoco queremos de una sola manera.

Somos con quien tenemos en frente nuestro.

Adentro nuestro.

Al lado nuestro.

Y quien es capaz de soltar la espera de ese amor de regreso, como si fuera un vuelto marcado de antemano, entrega su corazón con mucha libertad.

Por lo menos, a mí me pasa eso.

Cuando no espero nada, ni siquiera que me quieran, soy libre.

Y justo ahí me hago más fuerte.

Más yo.

Más mía.

Más viva.

Y sí, cómo que no.

Así también me voy sanando.





15


No te vayas


Estoy dispuesta a dejar de cuidarme.

A disfrutar el momento sin pensar en el final.

A matar los miedos del abandono y de una pérdida más.

Al fin y al cabo, que me cuide no garantiza que no me duela igual.

Yo hago el intento de nuevo. Te lo prometo. Me lo prometo.

A cambio, te pido algo.

No te vayas.

No quiero que te vayas.

No dejes de sostenerme la mano a pesar de la distancia. Cuando hay presencia, no hay separación. Y vos estás. Yo te siento. Sabés que te siento.

Teneme paciencia. Un poco más.

Nunca dejes de decirme que suelte los temores.

Abrime los ojos.

No me permitas que acepte un amor con dudas.

Decime, con más fuerza, que viva el momento. Que disfrute. Quiero que sepas que ahora, con vos, tengo algo que antes no tenía y que no quiero perder.

Creo en vos.

Confío.

Aprendo.

Hablo con vos y en ese paréntesis deja de existir el mundo. El otro. El que no me gusta.

Casi te extraño más de vez en cuando.

Ya sé, ya sé... Siempre pongo un casi en el medio, de barrera. Pero voy aflojando de a poco. Teneme paciencia.

No nos quiero perder antes de encontrarnos.

No tengo apuro.

No estoy ansiosa.

No tengo expectativas.

Te quiero. Y también sé que me querés.

Vamos bien. Sí que vamos bien, y creo que tiene que ver con que no estamos yendo a ningún lado.

Y eso me ayuda. No me presiona.

Somos honestos. Libres.

No te vayas.

Abrazame antes de dormir. Abrazame mientras duermo. Vivo con frío desde que él se fue.

Poneme una manta y acariciame el pelo.

Contame un cuento.

No me beses.

Todavía no.

Prometeme que no me vas a soltar y yo te prometo que pierdo el miedo a que lo hagas.





16


Coincidir


Las manos que me dieron no siempre fueron manos conocidas. Y sin embargo, muchas veces, me abrazaron como si así lo fueran. Y entonces uno descubre que un encuentro verdadero nada tiene que ver con el tiempo ni con la historia. Por el contrario, necesita de la apertura interior de uno mismo. De creer en la magia. De no esperar lo esperable y, en todo caso, de asumir la posibilidad de saber que hay corazones que nos pueden amar en un instante.

Es que sí.

No se necesita formulario.

Se necesita coincidir.

Y para coincidir se necesita entrega.

Quienes nos decepcionan siempre son, por definición, aquellos en los que más confiamos. Habrá que empezar a creer en lo que uno siente y dar ahí, donde vibra nuestra energía.

Se pueden crear historias en un momento.

Del mismo modo que se pueden romper en un instante.

Llorate todo.

Todo lo que te dolió.

Llorate la traición.

La mentira.

La soledad y el abandono.

Pero después, levantate y nada más.

Solo alcanza con que vuelvas a creer.





17


A mí


A veces, mis ganas de amar te buscan como desagüe. Te necesitan como el camino de transición de mi corazón hacia la nada. Y aunque te ubico en medio del sendero, con ansiedad de niña hambrienta, me encuentro con una piedra con la que rebota mi carencia y que se multiplica cuando espero que me des el permiso para poder darte lo que me sobra.

Viendo al amor estrellado en el piso, sin haber llegado a ninguna parte, la respuesta que nunca supe darme me come la boca.

Amarme a mí.

Cuidarme a mí

Darme a mí

Salvarme a mí.

Curarme a mí.





18


No quisiera


Si vos supieras que cada duda tuya se come una de mis certezas, tratarías de disimular un poco más.

Cada semilla que le quitás a esta historia me contagia tu desgano y me pone intolerante. Entonces, por hartazgo, agarro una de las mías y se me da por revolearla en algún campo despoblado, casi sin mirar.

No vaya a ser que florezca y sea tu culpa, mi amor.

No vaya a ser que florezca...

No quisiera estar en tu lugar.





19


Mi punto final


Si hay algo que me gustó de todo lo que te dije recién fue habértelo dicho.

Ya casi se esfumaron las expectativas de tu respuesta incierta.

El deseo de que tu palabra se ponga del lado de la mía.

La necesidad vuelta dependencia de que me elijas del mismo modo que yo te elijo.

Decírtelo hizo que mi mochila quede vacía.

Mi honestidad limpió mi garganta, que estaba punto de morir ahogada con mi propia mentira.

Mi liberación radical y mi deuda pendiente.

Mi logro. Mi cadena desencadenada. Mi jaula abierta.

Mis alas volviendo a nacer.

La quietud de un mar revuelto en las tripas.

Mi boca haciendo honor a sus sonidos.

La muerte de una ansiedad que dormía acurrucada en un cuerpo cansado de mi propia espera.

Mi aire.

Mi derecho.

Mi permiso.

Mi punto final y el fin de mis miedos.





20


Mi habitación


Volví otra vez a mi habitación más oscura. Y quizás, y en contradicción, la única que no está abandonada.

Entrar ahí a veces duele.

Están los recuerdos de todos mis seres queridos.

Mi risa infantil.

Mi primer amor.

Las caras de las personas que me abandonaron.

Las caras de las personas que abandoné yo.

El olor de mi comida favorita.

La muñeca que dormía conmigo.

Las fotos de mis amigos del colegio.

Las flores, un poco secas, que robábamos con mi abuelo de jardines que no conocíamos.

La complicidad hermosa con mi hermana.

Las calles de mi barrio con toda mi historia.

La cocina de mi casa, rodeada de todas las historias de mis amigas.

El aroma del perfume que usaba antes.

Las lágrimas que lloré en mi cama por fulano y después, y con la misma intensidad, por mengano.

Las promesas que no me cumplí.

Las que no me cumplieron.

Las mentiras que me dije.

Que te dije.

Que me dijeron. Mis primeros libros. Mi primer beso. Las figuritas del álbum que papá nos escondía en el lugar de siempre. Un rincón que jamás se me ocurrió espiar. El chocolate que nos daban por las noches no como premio, sino como regalo.

Mamá teniéndome la mano cada vez que volvía esa otitis espantosa.

Todos mis miedos. Mis complejos. Mis frustraciones.

Mis secretos.

La playa. El mar. El olor al ascensor del edificio de las vacaciones.

Mi soledad y mi compañía.

Toda mi historia en esa habitación que no está abandonada. A la que vuelvo como si fuera la tumba de mi propia vida, a dejarle flores y a prenderle una vela para reencontrarme conmigo.

Esta habitación tiene una sola puerta. Una sola llave que abre y que tengo yo.

Mi parte más profunda. Más honda. Más real. Más mía. Ahí está.

Recuerdo mis tres deseos. Siempre los mismos. Los mismos que pido ahora.

Claro que sí.

El alma es inviolable.

No cambia.

No se destruye.

No se corrompe.

Nunca supe dónde quedaba el alma.

Pero siempre supe cómo llegar.

Pude haberme roto por todos lados.

Menos por uno.

Ahí es adonde debo regresar cada vez que necesito recordarme entera y sin dolor.

El alma no se rompe.

Mi alma está de pie y es solamente a ella a quien le debo todas mis explicaciones.





21


Sangres esclavizantes


Hay sangres esclavizantes.

Uno siente que lo que se trae no se cuestiona.

Agacha la cabeza y se convierte en víctima inmodificable de un bolso que no decidió traer a cuestas y que, encima, pesa.

La puta que pesa.

Uno también puede cuestionar y hacerse libre de esos vínculos que, aun compartiendo el mismo líquido, lastiman.

No toda familia contiene.

No toda familia hace bien.

No toda familia está destinada a querernos.

De hecho, y en carne propia, como la tuya, muchas veces el mayor acto de desamor lleva nuestro apellido incrustado en medio del pecho.

También, de ahí podés elegir retirarte y dejar de insistir.

Hay sangre que une y salva.

Hay sangre que también nos quiebra en pedazos.

Hay sangre que hiere.

Hay sangre que mata.

Y uno tiene el as en la manga sin saberlo.

Irte de un destino incuestionable, te libera.

Te hace libre. Te permite volver a armar la familia que querés.

El nombre que nos duele; el espacio que ocupaba ese que uno decide abandonar cuando planta la bandera del hartazgo, ya no importa un carajo.

Si te duele, ese es el límite.

Hay cosas que no se negocian.

La sangre que nos rompe, tampoco.





22


Yo quiero


Sé perfectamente que esto de no intentarlo me está doliendo más que el golpe que pueda darme si me llegara a caer. Y sin embargo, me ato. Se me paraliza la cabeza. No sé por dónde empezar. Ni cómo. Ni por dónde. Y me pongo ansiosa. Y un tanto loca. Y los pensamientos no me dejan dormir y, lo que es peor, tampoco me dejan estar despierta.

La gente dice que no saber lo que se quiere es tremendo.

Te invito a saberlo y a no animarte a pegar el salto. Pedazo de regalo que, al abrirlo, está vacío. Imaginate esa desilusión. Esa frustración en tu cara. La angustia del miedo a perderlo todo sin tener nada.

Eso es no intentar.

Es vivir acomodado.

Es la rutina del desastre.

Del sinsentido.

Es comprarte el juguete que querías y tirar las pilas en el tacho de basura.

Es caminar porque alguien te empuja y no tener idea dónde estás yendo.

Es la careta del que llora adentro del baño de su casa, con la boca cerrada y los dientes apretados.

La derrota del que nunca supo qué es pelear en su vida.

Es tener la suerte del que tiene el pan en la mesa, pero que es capaz de tragarse hasta los dientes para no comer y quejarse por tener hambre. Es la ocasión desperdiciada del que tiene su deseo, la ilusión y la causa de su vida en la puerta de la casa, y cierra de un portazo como si le molestara la visita.

Es la verdad mirándonos a los ojos y la mentira agachando la cabeza.

Si me muero ahora, me jodo.

Sí. Me jodo.

La gente se muere de un momento a otro.

No sé quién me hizo creer que soy impune a las leyes del destino.

Entonces...

¿Saltamos? ¿Vivimos? ¿Probamos?

Yo quiero.

Claro que quiero.





23


Energía


La única manera de tener energía disponible para vos mismo es quitarla de los lugares que no te van a dar ninguna semilla que alimente y haga crecer tus propios deseos.

Primero se trata de definir qué querés.

Qué querés.

Después, preguntate para qué lo querés.

Para qué.

Y cuando empieces a hacer el listado de los cómo, tomate el hermoso tiempo de tachar bien grande todos los caminos, las personas, el tiempo, la dedicación y esas expectativas que nunca jamás te van a conducir a tus sueños.

Dicen que todos los caminos conducen a Roma. Habría que ver dónde queda Roma para vos.

Y en todo caso, una vez definido tu destino, hacelo tan simple como pegar la vuelta si así hiciera falta.

Renunciar a lo que no tiene que ver con vos es un placer que vale la pena probar.

Es tener energía focalizada al servicio de tu viaje personal.

Es dejar de perder el tiempo.

Dejar de perder el tiempo.

Al fin y al cabo, es lo único que tenemos para jugar el juego de la vida. Y algunos nos damos el lujo barato de apostarlo antes de empezar.





24


Dos días


Te sentaste para decirme que ya no me querías más. Sacaste la factura interminable de todos los episodios que tuviste que seleccionar, para poder alzar la voz con justificaciones que le den un sentido indiscutible a tu final.

Bastante inesperado y, por cierto, ni qué decir fuera de lugar.

Hace dos días dormías conmigo.

Dos días.

Ayer nomás, te sentaste a cenar en la mesa con la misma cara de siempre. Esa. La que nunca fue capaz de anunciar una señal de todo lo que venías sintiendo. Hace años, Dios mío. Se ve que hace años.

En el medio de mi asombro sacaste a relucir todos los “no te perdono” que de repente me entero de arrebato, me estabas condenando con la boca cerrada, pero la lapicera y la hoja en mano para que no se te pase nada, el día del punto final.

Que tu familia, que tus amigos, que la cama y las no ganas. Que mis modos y mis formas. Mi cara, mi pelo, mi casa y mi tono de voz.

Mi mundo entero que ayer, ayer carajo, creí que elegías, de repente se hizo puñal por la espalda y me cortó la respiración.

Ya no te amo más, dijiste, con la velocidad inesperada de un cuchillo que te corta un dedo, mientras estás tarareando una canción.

Ya no te amo más, repetiste, con la cara en alto y pecheando una frase como aquel valiente que se retira arriba del caballo con la espada en la mano.

Y te dije que te fueras. Que no te quería ver más.

Nunca más.

¿Rencor? No, querido. Dolor. Se llama dolor.

Tristeza en el pecho.

Traición.

Sí. Sí. Traición.

Lo único que hiciste corta fue la discusión.

Esa, a la cual vos llegaste armado con mil batallas que se ve que peleabas en silencio y anotaste como un punto a tu favor.

Y vos, ya con un duelo transitado, elaborado, pensado, y hablado con todos menos conmigo, me cortás la vida de raíz.

Traición. Se dice traición.

Nadie te culpa por dejar de quererme.

Nadie.

Tan solo me quedó atravesada en la garganta la falta de delicadeza de no comunicarme tu proceso, mientras que elegías junto conmigo el nuevo colchón.

Me duele el ego.

La vida.

La historia.

Los chicos.

Me duele el cuerpo.

Andate.

¿O pensabas que ser valiente era decírmelo y quedarte durmiendo arriba de mi moral, acariciándome el pelo, hasta que encuentres a dónde ir a rehacer tu vida mientras seguís pisando la mía?

Andate.

Pero andate de una vez, haceme el favor.

De valiente no tenés nada.

Nada.

Nada.

Nada.

Sos un cagón.





25


Ya está


Yo necesitaba, obstinadamente, de su amor para poder tener todo el rompecabezas armado arriba de la mesa. Pero no pudo. No pudo quererme.

Aceptarlo me llevó lo mismo que te lleva un duelo de algo que nunca se perdió porque nunca se tuvo. Y con esto quiero decir que me llevó el tiempo más largo del mundo.

Pero uno de esos días que vienen inesperadamente, me paré derechita, respiré por la nariz y reventé como un globo. Me acomodé el pelo mientras me miraba en el reflejo de la ventana y me dije a mi misma: “Basta. Ya está, Lorena. Basta”.

No te quiere. No puede quererte. No va a quererte.

Ya está. Se acabó la agonía de la espera.

Hoy. Acá. Frente a mí, frente a mi corazón. Ante mi mundo. Se terminó la lucha.

Aflojé. Acomodé unos papeles. Prendí un par de velas mientras me hacía un café y agarré el libro que vengo siguiendo. Me senté en chinitos, miré para arriba, como si el techo no tapara el cielo, y en un silencio gritado deletreé cada palabra.

Me toca a mí.

Me toca quererme a mí.

Yo sí quiero.

Yo sí puedo.

Yo sí tengo ese amor que necesito.

Yo sí.





26


Mano a mano


Esos momentos donde tenés que decidir para qué lado vas.

Amigos a mano.

Palabras de gente que sabe.

Mamá, papá. Tus hermanos. Tus hijos.

Pero no.

Sos vos y tu sombra.

Nadie nunca va a elegir mejor que vos.

Porque nadie nunca sabe mejor que vos qué te hace feliz.

Qué te da paz.

Qué y cuáles son tus deseos reales.

Honestos.

Contradictorios.

Nadie sabe la vida que vos querés vivir.

Tus secretos.

Tus heridas.

Lo que vos necesitás.

Lo que a vos te hace mejor.

Lo que vos disfrutás.

No importa la opinión del otro porque el otro necesita distinto, tiene valores distintos; disfruta distinto y quiere cosas distintas. Tiene una vida distinta.

Es distinto.

La charla es con vos.

Se cierran las puertas. Las cortinas. Las ventanas y no entra nadie a la conversación.

Tu mundo interno te pertenece y ahí tenés las certezas que buscás.

Nadie nunca puede saber cuál es tu latido.

Dónde estás vibrando.

¡Ay! Apagá los comentarios, dejate de pedir consejos, de preguntar a otro qué hacés con tus decisiones porque el otro sabe menos que vos.

Hay lugares donde uno se mete y no tiene conocimiento. Ahí están los permitidos de levantar el tubo y preguntar a ese que tiene lo que a vos te falta.

Pero ¿en cuestiones de alma?

¿De tu alma?

¿A quién más vas a llamar?

Hacete cargo.

Imposible que te equivoques cuando define tu corazón.

Y si te va mal... ¿qué tanto estruendo? La vida siempre sigue empujando para adelante por más fuerza que hagas en contra.

Dale.

Cerrá todo.

No mientas.

Mirate.

Sentite.

Tocate el pecho. Cerrá los ojos. Respirá profundo.

¿Qué querés?

¿Qué mierda querés?

Decidí. Decidí. Decidí de una vez.

Sabés lo que ganás. Sabés lo que vas a perder.

Decidí.

El mano a mano siempre es con vos.





27


Un amor de mierda


Esperás que te diga que sí para decirme que no. Te resulta más divertido sentir el placer de la conquista que meterle la lengua al sabor de la victoria. Y entonces seguís deseando lo que no tenés, que solo por no tenerlo amerita a seguir buscándolo. Así vas como un pobre condenado a repetir la misma historia hasta el cansancio.

Hasta el hartazgo.

Pasando de un deseo al otro. Queriendo lo que no podés. Buscando hasta lo que no querés.

Entonces, el que ya conoce el juego prefiere no dar para recibir. Parece ser que garpa más hacerse desear que dejarse encontrar.

Un pedazo de atentado contra el amor.

Padecer la espera de un amor que se brinda a cuentagotas es la vara que uno necesita para saber que el otro te importa demasiado.

Si no te inquieta y te duele el alma, si no te revuelve el estómago, si no estás preparado para morir de ansiedad, entonces debe ser un amor flojito. Tranquilo. Un amor insulso. Aburrido.

Así pensás vos del amor.

Un amor sano: un amor de mierda.





28


No se trata de eso


Pasa el tiempo y, aun sabiendo que tengo que despedirme de esta historia, me resisto a soltarte.

No tengo miedo a perderte.

Si hay algo que conozco de memoria es el color oscuro de las despedidas.

No me tiemblan el pulso ni el paso por el dolor que se avecina.

No se trata de eso.

Tengo pánico de que estas ganas de amarte, que de a poco vas matando con cada incertidumbre, no puedan resucitar en otra boca. En otro cuerpo.

Me gusta lo que siento mientras te amo y ahí me quedo y me duermo petrificada. Es un estado que no quiero desacomodar.

Es un terror que se me impone ante el arrebato de no saber si voy a poder volver a sentir ese latido, una vez más, en otro nombre.

Sé que esta batalla tiene más balas perdidas que ganadas. Me doy cuenta cómo voy apagándome de a poco con cada herida de mi alma.

Y sin embargo, no me voy.

Me retengo a mí misma, aferrada a una soga caprichosa que me ata a la nada.

Y sin embargo, no me rindo.

No se trata de vos.

Se trata de mí.

Se trata de tener a mano la garantía de que voy a volver a amar así de igual.

Tan simple e incierto como eso.

Yo me quiero ver amando igual.

Ni un poco menos. Ni distinto.





29


Entonces no


Si tu amor no es capaz de evitarme cada siesta de domingo en la que mi cuerpo, harto, se refugia de la vida, entonces no.

No me alcanza.

No me salva.

No me cura.

No me sirve.

No lo quiero.





30


El último


Mientras vos dormías, repasé todas las maneras de decirte que este dolor fue el último.

De todas las formas posibles de hacerlo, elegí el silencio.

No porque no sepa hablar, ni mucho menos.

Sino porque ni siquiera soportaría escuchar el repertorio infantil de tu defensa.

Dije que este dolor fue el último. Y punto. De los puntos finales que no se negocian.

Me voy sin ruido.

Sin estruendo.

Sin acaso darme el privilegio de escuchar el portazo en el medio de tu cara.

En silencio, te dije.

Y esa es mi última palabra.





31


Finales


Te pensás que, porque dejé de hablar, no te estoy diciendo nada. Y sin embargo, yo sé que te estoy dando un mordiscón a la yugular.

Vos estás tranquilo porque dejé de decir lo que no tenías ganas de escuchar.

Y yo sé perfectamente que hay silencios que son finales.

Como este.





32


Cuando pida soga


Pretenden que uno arrincone el dolor para que desaparezca.

Nos imponen cierres de historias sin posibilidad de prórroga porque el tiempo es tirano. Cuántas veces más van a seguir diciendo que tenés que superarlo.

Cierres.

Como si la angustia de una pérdida tuviera un horario de comienzo y un horario de terminación.

Esperan que seamos pulcros con los tiempos y no nos demoremos demasiado, porque nuestra tristeza impone una carga a quienes nos bancan en nuestro proceso de sanación.

Nos piden fortaleza como si fueran caramelos que se compran en el quiosco.

No nos pueden ver desmoronados porque, frente a esas emociones, tienen que poner también las suyas, y entonces seríamos varios manifestando un corazón llorando. ¿Y qué? ¿Qué pasa?

El dolor asusta y entonces unos tiran vasos de agua que atragantan llantos.

Imponen fechas de regreso a la vida. Adelantan relojes ajenos porque suponen que ya fue suficiente, y así van poniendo bozales a la angustia del otro para resolver más fácil silenciar una carga que no tienen el tiempo de llevar.

Está mal.

Dejar al otro transitar el camino de las lágrimas sin ponerle un pie en el alma es amor.

Nadie pide soluciones ni respuestas mientras está sufriendo. Ese proceso lo está haciendo, pero con él mismo.

No le tapes la boca. No le digas cómo, cuándo y de qué forma. No le marques la hora en un reloj porque a cada uno le funciona distinto.

Dejalo caminar a su tiempo. A su modo.

A veces, uno necesita guardarse para después salir al encuentro de una forma distinta.

Sí. La gente se guarda a sí misma.

No te vayas.

Quedate cerca por si en medio del camino necesita una palmada en la espalda que le recuerde que no está solo.

Que siga caminando y mientras él esté ausente, hacele sentir que vos estás presente.

Cuando él lo disponga. Cuando necesite otro espejo en el cual mirarse.

Cuando pida soga.

Y no cuando tu cansancio lo necesite.

Respetar el dolor.

Eso es amor.

Eso… es amor.





33


El nudo


Ni siquiera te tomaste el mate que te puse en frente.

Me escuchaste, a pesar de que tu mirada no estaba clavada en la mía, estaba puesta en el aire, como queriendo agarrar las palabras que yo te iba diciendo para ordenarlas y darles un sentido.

“Te entiendo perfectamente”, me dijiste.

Ahora te entiendo.

Te saqué el mate como una forma de acercarme y de que levantaras la mirada, pero seguías moviendo la cabeza de un lado al otro, con esa sonrisa que a uno se le suele caer cuando ve un regalo que puede gustarle al otro.

Tenés que desatar el nudo. Porque hasta que no lo desates vas a ser vos al cincuenta por ciento.

Uno termina siendo lo que cree que es. No lo que desea. Lo que cree que es. Y yo estaba cumpliendo mi creencia. Y lejos de no darme cuenta, la tenía pintada en medio de la cara. Tanto se veía que también comprendí por qué hacía rato que esquivaba los espejos.

Entonces, volver a mirarme fue lo primero que hice. Me miré con un poco de vergüenza (la mentira siempre nos genera vergüenza). Y yo sabía, perfectamente, que me había inventado mi propia jaula.

¿Por qué?

Por miedo.

¿Miedo a qué?

A abandonar el lugar donde aprendí a acomodarme con un vaso de agua y un poco de pan.

Cuando me miré al espejo, lo único que vi fueron los costos que estaba pagando por esa decisión. Porque, dale, eso no era producto de la circunstancia que estaba viendo de mí.

Era producto de mi decisión.

Y mí elección me estaba haciendo perder el tiempo. Y ese tiempo ya se me empezaba a hacer cicatriz en la cara.

Bajé a la cocina.

Hoja y lapicera en mano. Cuadro sinóptico de mi vida.





34


No te luches más


Algunos sueños tienen la misma cara que los amores imposibles. Exacto. No pueden suceder. Al menos, no hoy. Ni mañana. Ni pronto. Ni algún día que quede cerca. Y quizá, no lo hagan nunca.

Son semillas, transformadas en espinas, que nunca van a llegar a flor.

Espinas en el medio del pecho que, como duelen, no se las puede olvidar.

Me duele.

Me toco y me duele.

Pero no.

No pueden suceder porque, en la bolsa de decisiones de vida, muchas decisiones se contradicen y, de hecho, son las piedras que me miran, siempre me miran antes de empezar a caminar para que suceda eso que tanto deseo.

Confío en mí. Y también estoy dispuesta a darlo todo, del mismo modo en que estoy dispuesta a renunciar a todo para verme la sonrisa que quiero tener.

Pero no alcanza.

Decisión, entrega, sacrificio y deseo: no siempre alcanzan.

Lo que hace que un amor sea imposible es que no solo depende de nosotros. De lo que uno quiera. También depende de un otro, de un tiempo y de un espacio, y, sobre todo, depende de elegir no lastimar a nadie en el camino.

Aceptar la derrota de mi sueño es la posibilidad infinita de construir otros nuevos.

Dejar de ponerme la angustia y la queja como un modo de ser en el mundo y bien arriba del techo es crecer.

Crecer de evolucionar. De seguir. De continuar. De asumir que, cuando uno quiere comer helado, a veces ese gusto no está disponible. Se lo llevó otro.

No lo trajeron. Se pudrió.

No importa. No hay.

No hay.

No te luches más. La guerra no lo va a traer a la carta.

No te luches más.

Porque, aunque uno insista con el sufrimiento como testigo y con el sacrificio de darlo todo, hay amores que son imposibles.

No son posibles. No, no lo son.

Dejá la espada en el piso. Dejá de lastimarte. De lamentarte.

Soltá la energía puesta en la fantasía y en la ilusión, y traelas acá. A la realidad.

Mirá para adentro. Para los cuatro costados.

Mirá lo que tenés. Lo que hoy tenés.

Mirá todo lo que podes amar. Construir. Elegir. Dejar. Buscar. Empezar.

Pedí lo que quieras. De los gustos que haya. Porque ese que no ves en la cartelera no está.

Es imposible.

Hoy, no hay.

No te luches más.

Renunciá.

Y ahora sí. Empezá de una buena vez.





35


De ida


Y un día cualquiera soltaste los remos. Saltaste del barco y abandonaste la lucha. Barajaste y diste de nuevo. Volviste a elegir. O, ciertamente, empezaste a hacerlo.

Ni vos mismo comprendés cuándo y por qué empezás a entregarte solo a lo que sucede inevitablemente y dejás de lado lo que te demanda esfuerzo.

Comprendés la realidad de un modo distinto. Esperás lo diferente.

Te dedicás a crear los momentos que querés vivir, dejando de esperar que los momentos te construyan a vos. Ese día, aceptás al otro como es porque asumís, simplemente, que es otro. No peleás más. Dejás de enojarte. De enroscaste. De pedalear.

No tenés más ganas de rodearte de gente que te la complica, que te gasta, que te consume.

Volvés a armar tu mundo. Esta vez desde el corazón, y dejás la razón para otras cosas que la necesitan. Y así empezás a escribir tu propio cuento. Distinto al que leíste antes. Nuevo. Tuyo.

Ya no importa si te une la historia, la sangre o los hermosos momentos compartidos.

De repente ya no te da lástima perder lo que no te suma, porque te das cuenta de que, simplemente, no te suma. Entonces te convencés y les explicás a todos que ya estás de vuelta.

Lo decís casi con un agobio placentero por haberte dado cuenta de que llegó el momento de darte esos permisos. Pensás que es la cuenta regresiva. Que son las frustraciones, las decepciones, los dolores, el cansancio, la edad y las experiencias las que te hacen valorar lo que verdaderamente importa y restarle importancia a las cosas que te hacen mal y que te complican la historia.

Pero no. No estás de vuelta. Estás más de ida que nunca.

Hoy sabés para dónde vas. Lo que necesitás. Lo que querés. Te encontraste con que, un día, despertaste y ahora querés saber cómo se vive despejado y despojado de todo lo no te pertenece.

Aprendiste a decir “no, gracias”. Y también aprendiste a decir “sí, quiero”.

Naciste otra vez. Dejaste de ser tu viaje para convertirte en tu destino.

De vuelta, no. Más de ida que nunca. No creas, como la oruga, que se acerca el final. No te olvides de que esa oruga, después de un tiempo, se transformó en mariposa.

Sí, como vos. Porque a vos tampoco se te acercaba el final. Al contrario. Se te acercaba un nuevo nacimiento. Y sin darte cuenta, y como quien no busca la cosa, te llegó el día de mirarte al espejo y ver una tremenda y hermosa mariposa.

Fijate.

Mirá bien.

Abrí las alas.

Sos vos.

Sí. Sos vos

Dale.

Volá.





36


Quedate


Hay heridas que no se interpretan. No se preguntan porque poco importa la respuesta. Hay dolores que solo necesitan ser acompañados. No analizados. No juzgados. No desmenuzados. Fisuras que, por momentos, ni siquiera piden ver su propia luz. No tienen fuerza para eso. Tan solo necesitan alimentarse de la que parpadea a su lado. Porque sí. Porque, por momentos, uno necesita transitar con esa piedra que tiene el zapato. Y en esos casos, está en su derecho. Tiene la potestad de asumir que está lastimado y que todavía tiene que dejar salir la sangre que haga falta. Que le queda. Y el otro, entonces, acompañará con un café, una frazada y una caricia. Y también, y si es necesario, le pondrá las medias para que no tenga frío a la noche. Ese otro, será la luz que necesita sentir, pero que todavía no puede ver.

Dejalo caminar lo que le toca. No le tapes el dolor. No le marques el camino. No le impidas la necesidad de estar consigo mismo. Se necesita. Y se está buscando. Se está sanando. Y lo está haciendo a su tiempo y a su modo. No te asustes.

Quedate.

Mientras tanto, vos sé luz. No le exijas que la busque en medio del pozo. Lo está haciendo como puede. Como le sale. Como lo siente.

Vos sé luz, porque eso es lo que va a iluminarlo de a poco.





37


Se agradece


Darte cuenta de lo que valés, un poco tarde, duele.

Duele porque recordás las veces que te acomodaste a menos, que diste sin recibir, que dejaste que crucen la línea del desamor, que aguantaste lo que nunca hubieras hecho, y así muchas miserias más que fuiste tragándote con la nariz tapada, como al tomar un remedio de esos con mal sabor.

Y sí, cómo no va a doler.

Pero cuando tenés el descubrimiento, en la mano, de quien sos, de lo que querés, de lo que necesitás y de cómo querés que te quieran, se terminó el final del cuento.

El sapo, en esta historia, te convierte en princesa.

Te demuestra, con lo poco que te dio, todo lo que le faltó para cubrir el bache entre lo que él pudo y lo que vos necesitabas.

Te puso, arriba del pantano, la herida que te generó y te concedió, con su carencia, el espejo que te estabas olvidando de mirar.

Si te dolió es porque te diste cuenta de que tu amor no fue valorado por lo que es. Y que el costo que él le puso te hizo tanto ruido que terminó por romperte un corazón, ya casi deshilachado, para darte la posibilidad de construirte otra vez.

Darte cuenta tarde, jode.

Pero la libertad que sentís cuando podés mirar al príncipe y darte cuenta de que tiene olor a sapo, equivale a saber que quien te estuvo dando no dio lo que valías, sino lo que un sapo puede dar.

Entonces, casi con felicidad, se le hace una reverencia.

Se le dice gracias.

Te acomodás la cara un poco y asumís que el valor te lo aprendés a dar vos después de pasar por estos finales que te muestran que, si te hace mal, es porque querés que te quieran mejor.

Sí. Mejor.

Y ese descubrimiento no caduca más.

Nunca más.





38


Mi espejo


Me decís siempre que estás bien, pero no me tranquiliza.

A veces creo ver, en tu alma, heridas que aprendiste a reemplazar con otros corazones. Y me entristece. Me pone mal.

No quiero, acaso, ni nombrarlo, porque no quiero tocar la llaga que venís tapando con curitas para sobrevivir a tu dolor.

Pero yo te siento. En la distancia, en tus letras y en los abrazos que, cuando podés, me das, pidiéndome a cambio y en silencio un poquito de los míos.

Nos une mucho más que un deseo hermoso. Que un recreo en los golpes del destino.

Que la complicidad de saber que nos estamos curando los cuerpos en cada encuentro.

Yo te siento mi espejo también.

Sé que no todo lo que tenés lo estás eligiendo libremente.

Sé que gran parte de eso viene a lamerte las cicatrices, a acompañarte en un agujero que nunca va a sanar.

Pero me callo y sigo. En esta suerte de aventura donde limito mis latidos para que no se me ocurra extrañarte y que después me duela sin consuelo ni sentido.

Tu sonrisa hermosa me despista.

Tu manera tan pasional de llevarte la vida puesta me confunde.

Pero a veces no te creo.

Y te siento.

Te siento aguantando. Apoyándote en un hombro que te hace olvidar del que te falta y que le da un poco de respiro a ese adiós que te tocó transitar.

Te quiero más que a la cuenta que tenemos que pagar porque te sé roto y fracturado, y me conmueve tu lucha. Tu mirada. Tu boca.

Tu amor tan simple, tan desvergonzado, quizá en esta vuelta de la vid no me toque de regreso. Pero no quiero dejar de vibrarlo.

Hay amantes que solo ponen lo que pide el cuerpo.

Pero hay otros que además abren el pecho sin darse cuenta y resulta imposible no querer acariciar.

Quizá tan solo seas mi pasado vuelto espejo y quizá yo sea tu futuro, el destino de los pasos que te toquen transitar.

Me veo en vos, hacia donde yo iba caminando hace un par de años atrás.

Te veo en mí, hacia donde sé que vas a venir vos en un par de años más.

Ojalá me equivoque.

Ojalá el final de mi cuento no sea el tuyo.

O quizá sí.

Y puedas aprender de mi fracaso en caminar hacia la verdad.





39


Ironía


Me decís que no me preocupe. Que todo lo malo vuelve. Como si darle de comer al rencor aflojara el daño que me causó.

A quién le importa saber que algún día alguien lo va a lastimar como él hizo conmigo.

No tengo sed de venganza.

No aplaudo tristezas ajenas.

No sé me pasa la decepción porque al otro también le pase.

No espero sentada en ninguna puerta para ver como pasa el cadáver de mi peor enemigo.

Qué teoría estúpida y mentirosa, por favor. Consuelo de tontos que se pegan dos veces en dos lugares distintos.

Ninguna herida se sana viendo cómo sangra el otro. Y aunque mágicamente así fuera, prefiero atragantarme con estas lágrimas y no intoxicarme con mi propio veneno.

Imaginate la ironía del suceso...





40


Hacelo con ruido


Si me vas a dejar, solamente te pido que lo hagas sin dudas.

Que explotes contra el asfalto todas mis esperanzas de una vuelta. Que no te guardes ni un pedazo de verdad que me sirva como rama para colgarme de ilusiones que solo hamaquen mi tristeza.

Dejame con ruido. A portazos y clausurando las ventanas de todos los edificios del mundo.

No me dejes ni una sola llave a mano que me tenga buscando por meses qué cajón abre.

Dejame con certeza. Con fuerza y con la seguridad de que todo futuro a mi lado está muerto de antemano.

Dejame con entereza y sin miedo. Sin temblar. Sin peros ni quizás arriba de la mesa.

Dejame sin preguntas. Vaciame de expectativas con respuestas. Te pido la verdad cruda y fiel acerca de tu sentimiento gastado, latiendo en un pecho que ya no es mío.

Si me vas a dejar, no me decores con música de fondo ni hagas poesía de letras ya sin vida.

Dejame como me merezco y ya está, por favor.

Libre de vos. Libre de nosotros. Libre de mí misma.

Si me vas a dejar, no me encierres en jaulas de posibilidades que no existen. No me ates a las patas de la nada. No me unas con hilos de promesas que me pausen el camino.

Por favor te estoy pidiendo.

Si me vas a dejar, dejame libre.





41


Tranquilo


No sé qué te pasa.

¿De verdad podés confiar en que mi presencia será eterna en medio de un universo que te demuestra, a cada minuto, que nada ni nadie lo es?

¿En serio que apostás todas las fichas a una paciencia inagotable que me suponés tener y que realmente no la tengo? ¿Cómo se te ocurre creer que tengo tiempo para que vos decidas querer cambiar tus errores cuando todos los días lucho contra la permanencia de los míos?

No sé qué te pasa por la cabeza, pero admiro la convicción con la que depositás en mí un amor inquebrantable, a pruebas de las balas que no te cansas de disparar

Tranquilo.

Tranquilo que me duele.

Pará un poco con esa impunidad que te habilita a ir y venir como si yo fuera el monumento a la disponibilidad incondicional, que te hace pensar que soy tu geisha, dedicada a abanicar tus inseguridades para ver si se te enfrían un poco.

Tranquilo.

Tranquilo, que hace rato empecé a escuchar lo que hacés y no lo que decís, y se me pusieron las dudas de punta en la cabeza. No sé de dónde sacaste ese marco teórico que te hace creer que los hilos los manejás vos. No seas bobo, ¿querés?

Los hilos no los maneja nadie.

Ni vos, ni yo, ni nadie.

Tranquilo, tengo tantas caídas encima que una más no me cambia la piel. Ni el destino. Ni la vida.

No estés tan seguro. No tengas tanta certeza.

Que me esté aguantando está historia plagada de ansiedad no quiere decir que me vaya a quedar. A veces, y solo a veces, uno necesita tiempo para retirarse no porque no lo haya decidido, sino porque prefiere esperar.

Así que, tranquilo.

Fijate lo que hacés.

No me falta decisión. Me falta animarme a saltar.

Tiempo.

Me falta darme tiempo.





42


Será


¿Será que las expectativas de que esto funcione tienen que ver más con mi propio vacío que con vos?

¿Será por eso que duelo y que aguanto lo poco que das para no verle la cara a mi tristeza?

¿Será que me duele más la carencia que me acompaña desde que respiro que la que, de vez en cuando y como un disparo, te apunto a vos?

Si te corro, me quedo conmigo.

Será por eso que no me voy.





43


Infancia no es destino


Te aferrás a relaciones dolorosas porque salir de ahí implica algo peor.

Tu corazón sabe lo que es el vacío.

Antes que vivir eso, preferís abrazarte a cualquier cosa que, al menos por un rato, te dé la ilusión de que ese agujero se puede llenar.

Digo ilusión porque, para encajar esa pieza en el rompecabezas de tu vida, dibujás la realidad para que se parezca un poco a lo que necesitás.

Digo ilusión porque no va a suceder.

Digo ilusión porque es una anestesia transitoria y los pinchazos duelen cada vez más.

Hay vacíos que se transitan de forma insoportable porque la soledad que ahí se palpita no es de las buenas.

Es esa soledad que se inscribe como desamor.

Es esa soledad que nuestra historia infantil no supo abrigar.

Ese es el vacío que duele.

El que querés evitar.

El que preferís llenar con basura antes de sentir el peso de la nada.

Saber que ese vínculo te hace mal no te alcanza para irte, porque el reencuentro con vos es el reencuentro con esa niña herida.

Quedarte con esa parte tuya, te duele más.

Entonces...

Habrá que abrazarte a vos misma como no pudieron hacerlo.

Habrá que hacer el listado de las cosas que te hacen bien y empezar a cumplirlas.

Habrá que hacer, de tu cuerpo, tu casa.

Habrá que decorarla como te guste.

Habrá que inflar ese corazón fisurado.

Habrá que salir al mundo para alimentarte de lo que te faltó comer.

Habrá que empezar de una forma distinta.

Habrá que cumplir sueños, metas, proyectos.

Date lo que te faltó.

Lo que llene de a poco tu vacío y cada vez tenga menos aire para respirar ausencia.

No alcanza con saber que esa historia te hace mal si volver a vos es un viaje triste.

No se trata de llenar ese vacío con cualquier cosa y de cualquier forma.

Se trata de elegir cómo vas a decorar tu cuarto abandonado para que te den ganas de volver ahí, aun si estás en soledad.

Saber no alcanza cuando quedarte a solas con vos resulta peor.

Hace falta que estar con vos mismo te resulte una fiesta.

Infancia no es destino.

Y de eso te toca hacerte cargo a vos.





44


O vivos o muertos


Esperar también es una forma solapada de insistir.

De quedarse ahí, atorado a mitad del camino que ni de casualidad te empuja al horizonte con el que soñaste alguna vez.

Esperar que el deseo del otro te cabecee para sacarte a bailar es entregar lo más preciado que tenés: tu energía.

La espera debilita. No te hace protagonista ni dueño de tu historia. Te deja en pausa, a los pies de una cama, de un tiempo que no es el tuyo.

Uno muere mientras espera porque quiere dar pasos en falso por si el otro, de repente, se hace presente. Entonces queda ahí. Quieto. Mudo. Paralizado. Esperando...

Dale lugar a tu deseo, a tus ganas y a tu mundo. Sacá vos a bailar al otro si es con ese con quien querés intentar. Y si te dice que no, entonces acurrucate un poco en tu autoestima para darle el calor que le quitó el pequeño pero gigante rechazo. Pero después de unos mimos, levantate y seguí. Sé fiel a lo que vos querés. No será con él. Con ella. Con eso que deseabas. Con tu sueño no vivido. Pero será con vos.

Pero dale. Salí a buscar. No esperes nada.

No hay mucho tiempo. O no todo el que te imaginás.

Construir desde el dolor es la única forma de caminar en este mundo enorme que alberga nuestra vida chiquita. Muy chiquita.

Como dice una amiga mía: “O vivos o muertos”.

Las dos cosas no se puede.





45


Otra vez


La mayoría de las veces, uno se enluta a sí mismo a causa de las fisuras de la vida. Después los ves por ahí.

Amando otra vez.

Acariciando otra vez.

Deseando otra vez.

Disfrutando otra vez.

De repente, la risa. Un amigo. El olor del pasto.

El vino. El fuego. Un baño caliente.

Ese tema sonando de fondo.

De a ratos, ese velo se corre y sonreís al verlos como niños descubrir el cielo. Las estrellas. El latido de su propio corazón.

Uno se enluta a sí mismo a causa de la vida.

Y la magia trae, a cada instante, las cosas que nos cicatrizan.

Y todo vuelve a valer la pena.

Claro que sí.

Entonces, después, les pasa.

Juro que se pasa.





46


Me ahogo


Me decís que guardemos nuestra historia en un baúl así queda preservada. Impoluta. Santificada. ¿De qué me hablás? Yo no creo en baúles.

Los detesto. Todo lo que se guarda ahí dentro tiene olor a humedad. Tiene polvo. Es pasado.

Es apego.

Las historias no se encierran, se viven, siempre se viven. No se esconden. No seas infantil. Entiendo perfectamente que saber que me estás soltando es una responsabilidad muy grande. ¿Te pensás que yo ya no me fui, aun metiéndome ahí?

Me estás dejando. Me estás perdiendo. No te engañes.

Sí. Me estás dejando. Leé bien.

Yo no nos quiero guardar en ningún lado, y menos con un candado.

Me ahogo.

Dejemos la herida abierta. Perdón, perdón. Fue un fallido. Dejemos la historia abierta. Y que la vida y el deseo hagan lo que tengan que hacer.

Con vos hacé lo que quieras. Preservate como más te guste. Encerrate en un ataúd. Pero a mí ni se te ocurra guardarme. No me toques.

Poneme una mano encima y de la única forma que me vas a ver es huyendo de vos.





47


Todos saben


Los tres sangrando por una misma herida que ninguno se atreve a tocar por miedo a que duela todavía más.

Mis noches sin vos

Y también las tuyas sin ella.

Y las suyas sin vos.

Tres pasos en pausa, esperando a que sea el otro quien avance primero y reviente una bomba que le resuelva y le pudra la vida al otro.

Tres bulímicos emocionales que no saben lo que comen y se atracan con panes de culpa y terror a la soledad, incapaces de soltar lo que les duele, porque estar a solas consigo mismos les resulta una penitencia imposible de cumplir.

Todos saben.

Todos mienten.

Todos callan.

Lloran en el baño.

En el auto.

En la calle.

Mientras hablan.

Mientras duermen en camas que no los dejan descansar en paz.

Y van a seguir así.

Para siempre.

Tristes. Recordando. Con lágrimas detenidas en la garganta.

Aunque no quieran.

Aunque se maten en vida.

Aunque sepan lo que tienen que hacer.

Cobardes del amor.

Egoístas que creen que no se lo merecen.

Y entonces, sin saber qué hacer, tienen el poder impune de la víctima que, como no puede elegir, elige por todos.

Encima eso.

Cobardes.





48


Que te quiera alguien


Ya es momento de irme.

Me veo esperando algún indicio que me diga que estás pensando en mí. Tachando los segundos. Los minutos. Las horas.

Miro el teléfono. El cielo y el fuego.

Imagino.

Deseo.

Mi sonrisa depende de que te hagas presente en cualquier momento del día. De la noche.

De mi insomnio.

Estoy ansiosa.

Tengo nervios en la panza.

Tengo ganas de verte. No se me van. Creo que están creciendo en cada nuevo encuentro fallido.

Y, de repente, dibujando historietas en el aire, una sola pregunta me borró el cuento.

Las expectativas. Los sueños.

Todo es mentira.

¿Para qué?

¿Para qué todo esto?

¿Para qué abrir mi alma, darte mis verdades y pensarte al lado de mi almohada?

¿Para qué mi tiempo, mis energías, mis mariposas y mis miedos?

¿Para qué mis ganas, mis dudas y tu recuerdo?

No vamos a suceder y eso es lo único real. La única certeza que tenemos en este intento.

Nunca vamos a suceder.

¿Quién de los dos es capaz de decir que no lo sabe?

Yo también tengo otra vida.

Y además no estoy segura de que estés buscando que sea yo quien te quiera, o que te quiera alguien.

Otra.

Cualquiera.

¿Para qué, entonces?

¿Para qué?

Perdoname si parezco estúpida y tengo un corazón de nena en el cuerpo de una mujer.

No llegué a explicarte que estoy golpeada.

Que todavía no cerré ninguna herida.

Que acá estoy, sangrando.

Rota.

Se me hizo tarde muy temprano.

Perdoname. De verdad.

Ya me tengo que ir.

Espero que me entiendas.

Te estoy empezando a extrañar.

Y yo tampoco sé si estoy buscando que me quieras vos o que me quiera alguien.

Otro.

Cualquiera.





49


No te asustes si me voy


No te asustes si me voy.

Necesito que entiendas que sos la estrella que va a guiar tus propios pasos.

Tu latido.

Que mi espada quedará clavada, aun cuando la arranques, para dejar la marca de mi historia sobre la tuya. Ya no estaré a tu lado para besar los triunfos ni tampoco las heridas. Es cierto.

La casa se hará un poco más grande. O más chica. O también las dos cosas. Eso lo verás con el paso del tiempo.

Te va a costar un poco más despertar sin mi mirada y entonces todo va a parecerte más pesado. Una rutina que te arrastra sin pedir permiso.

El mundo estará cambiado, ya lo sé. Y está bien que así lo entiendas.

Porque necesito dejarte dicho que es absurda la idea de lo inalterable cuando alguien parte de nuestra vida hacia otro destino.

No tengas miedo de olvidar mi voz.

Mi perfume.

El sonido de mi risa.

No te culpes si cada vez las visitas hacia el pasado son más largas. Más distantes.

Yo entiendo el sentido de cada duelo. Y te libero de la prisión de la angustia a condición de que seas vos quien acepte mi partida como un nuevo nacimiento.

Viviré en todo lo que ya no pueda estar.

Pero viviré ahí.

Por siempre.

Para siempre.

En las huellas que marcaron tus pisadas.

En el legado que mi vida pueda dejarte de manera inevitable.

En el silencio. En la nada. Y cada vez que respires hondo, mirando hacia adentro, mi vacío se transformará en sal hirviendo en tus fisuras aún abiertas.

No te apures en curarte.

Date tiempo.

No te acobardes cuando dejes de verme. Sentime.

Como aprendimos a hacerlo juntos. Y, acaso, también, cada uno en su mundo.

Separados.

No te asustes si me voy.

Quien ama de verdad permanece como la tierra en el suelo. De manera inevitable. Indestructible.

Y así seremos, mi amor.

Aunque ya no sea yo quien responda tu llamado, y tus manos se apoyen en otros hombros, siempre nuestro amor será eterno, a pesar de que me vaya y vos, de vez en cuando, te des el permiso de olvidarme.





50


Renuncio


Una vez que cierro los ojos sin pretender dormir, sé que voy a asistir a una nueva revolución interior.

Esta vez, la palabra renuncia se hizo presente.

¿A qué estoy dispuesta a renunciar para ir caminando a favor del cumplimiento de mis sueños? Sé perfectamente que, para que las cosas sucedan, además de desearlas un montón, tengo que actuar en esa dirección. Y muchas veces me veo quieta. Bastante calmadita. Como si todo lo que digo querer fuera solo un discurso que repito como un loro y nada más.

Horas del día no invertidas. Energía depositada y consumida en cuestiones que no me acercan a ningún lado más que al sillón. Creencias limitantes que atentan contra lo que quiero vivir. Relaciones que no se profundizan y se mantienen a un nivel de entusiasmo cero, pero que forman parte de la dieta del miedo a soltar.

¿A qué estoy dispuesta a renunciar a partir de ahora, con el corazón en la mano y con mi respiración como testigo? ¿Qué voy a hacer en el momento en que me ponga frente a la cara que cambiar empieza con un pequeño y minúsculo paso? ¿A quién voy a decirle gracias y adiós, pero necesito seguir?

¿Qué pozo es el que me está estancando? Y me comprometo ya, sí, ya, a dinamitarlo, asumiendo que, cada vez que no puedo saltearlo, me frustro hasta lastimar mi autoestima.

Tengo un par de años encima.

Ya usé varios cuadernos como borrador.

El corazón me late fuerte cada vez que me veo viviendo la vida que quiero vivir. Y juro por Dios que no tiene nada de complicada. Nada.

Solamente necesito revolear por la ventana todas las horas muertas que sé perfectamente que no van a resucitar.

En el combo también irías vos. Me cuesta. Claro que me cuesta.

Porque a veces uno se pregunta en qué lo limita la existencia del otro para que sea tan importante lograr tal desconexión. ¿Y sabés qué? Me dolés.

No es momento de profundizar eso ahora. Pero cada tanto me dolés.

Y nadie con la tristeza a cuestas puede seguir al cien por cien el viaje de su vida.

No pretendo la impunidad del no dolor.

Ya sé que a todos nos toca. Decímelo a mí.

Pero sostener lo insostenible y, para colmo, convertirlo en las piedras de mi propio camino, ya es otra cosa muy distinta.

Sé lo que quiero. Terriblemente lo sé.

Entonces…

Renuncio a todo lo que me estanque.

Renuncio al miedo.

A todos mis “no puedo”.

A todas mis excusas.

A la cama.

A la pereza.

A esas horas al teléfono o enfrente de un televisor.

Renuncio a los momentos de víctima de mi propia historia.

Y sí. Claro. Renuncio a vos.





51


Peligroso


No hay nada más sencillo que herir a quien avisa que no quiere ser herido. Es, en ese hueco de vulnerabilidad afectiva, donde el otro encuentra el espacio para entrar y hacer con uno lo que se le antoje.

Es que todos necesitamos tirar la basura en algún lado que ya esté podrido.

Y ahí estás vos, ofreciendo, sin darte cuenta, tu rincón más sagrado, donde el otro puede dejar la peor parte de sus pertenencias.

Ese cuento hermoso de dar sin mirar a quien me resulta peligroso.

Bastante peligroso.





52


Hasta mañana a la mañana


Dudo de vos. Y no me gusta un pomo. El beneficio de la duda no me apacigua el dolor que siento en la panza cada vez que vuelvo a creer que caí en tu trampa.

En un primer momento, todo parece encantador. Muy parecido a lo que sueño. A lo que perfectamente sabés que necesito. Entonces los hilos se te acomodan mágicamente y todo parece un cuento vuelto realidad.

Fuiste el hombre de mi vida. Me hiciste feliz.

Hasta mañana a la mañana.

Que repaso todo y me doy cuenta de que nada fue gratis. Te llevaste varias cosas, pero quizás y lo más evidente fue que te llevaste lo que buscabas. No voy a detenerme a darle un nombre a cada beneficio que metiste en la bolsa, porque me da un poco de vergüenza ajena reconocer que tengas que disfrazarte de lo que busco para encontrar lo que te falta.

Si me siento y hago una lista de todas las situaciones en donde tu palabra no tuvo valor ni certeza, te tengo que borrar de la agenda en medio segundo. Darme la mano contra la frente, morderme los labios y repetir que no con la cabeza, como si acabase de descubrir que no puedo ser tan idiota como para creer más en tu inocencia que en mi intuición.

¿Cuántas veces más voy a dejarte repetir y quedarme quietita sin chistar ni soplar? ¿Cuántas veces más voy a fingir que no sé dónde te escondés?

Ya sé. Hasta el día que me pudra.

Hasta que mire cuánta gente la pasa bomba sin mentir ni robar.

Y la verdad es que me estoy pudriendo porque, de repente, estoy sintiendo unas ganas locas de pegarle una trompada al paredón gritando: “¡Pica!”. Sí.

Pica. Te vi, boludo. Te vi.

Siempre te vi.

Siempre dudé.

Siempre lo supe.

¿Sabés que me parece que no quiero jugar más? No te quiero mentir. Lo vengo pensando hace un tiempo. De vez en cuando lo pasaba tan bien... Pero ¿sabés todo lo que valgo, tengo y soy como para conformarme con un par de veces?

Imagino que no lo sabés.

Hasta ahora. Hasta dentro de un rato cuando se te termine el chiste.

Cuando te pique el hambre de lo que necesitás y no encuentres pared donde esconderte de vos mismo.

Ahí te vas a dar cuenta de con quien estabas jugando. Y qué tarde se te hizo...

Muy tarde.

Estabas pasado de vivo

Y yo, de tarada.

No juego más.





53


No, no me alcanza


Nunca te alcanza nada, me dijiste la otra vez. Y me acuerdo de que alguien más me lo dijo antes.

Y a decir verdad, varias veces. Distintos nombres. Distintas bocas. Distintos cuerpos también lo dijeron.

Nada te alcanzaba a vos... Era el tackle final de cada conversación.

Después de esa acusación, me declaré vencida.

Esa sentencia me llevó al silencio como respuesta. Siempre igual. Muda. Quieta. Paralizada.

Por dentro, lloraba. Pero, por fuera, dudaba.

Y la duda es traicionera porque, como no confía, le entrega la verdad al otro que tiene más potencia en el enojo. En la voz. En la mirada. Y encima el agotamiento de un reclamo que no puede satisfacer te hace creer que por tu culpa puede irse en cualquier momento.

Años después, frente a mi propio espejo, frente a mis propias heridas, frente a mi vida entera, puedo contestar tranquila.

Segura.

Tragándome las dudas una por una.

La vergüenza del herido.

Del abandonado.

Del inseguro.

Del que se rompió una vez en una caída y quedó temeroso.

Del que, todavía, estaba en el camino del propio encuentro.

Del que no lograba ponerle palabras al dolor.

Y un día se paró y vio que podía.

Que podía darse a sí mismo lo que necesitaba.

Que supo, perfectamente, dónde quería apoyar la cabeza cada vez que se fuera a la cama.

Que el miedo explotó de cansancio y se transformó en coraje.

Pero sí. Cerrá la puerta y andate.

Andate si querés.

Andate si no podés.

Si no tenés.

Si no querés.

Si te cuesta.

Si no me ves.

Si no sabés qué ni cómo.

Andate. Pronto. Bien pronto.

Y dejame hablar a mí por las tantas veces que me comí mi propio silencio.

No. No me alcanza.

Si todo lo que vas a hacer, ser y decir no va a cuidarme el alma, no me alcanza.

Andate, querés. Andate por vos y por todos los que no pudieron.

O quedate. Pero no de cualquier forma.

Quedate solo si sos capaz de cuidarme el alma.

Todo lo demás, no lo quiero. No me sirve.

Tenían razón.

No, no me alcanza.





54


Volvamos


A esta altura de mi afecto, estos tiempos no me alcanzan. No me dan mucho. No los quiero.

Para ser honesta con tu tiempo, y sobre todo con el mío, quiero dejarte bien en claro que apunto más adentro. Profundo. Real.

No me alcanza con verte sonriendo en una foto si no puedo escucharte contar de qué te reías.

Tus mensajes escritos, llenos de silencios que suplantan las palabras, no me significan haber tenido un encuentro con vos.

Para nada. Lejos de eso, siento que nos evaporamos.

Tampoco identifico a un dedo levantado con la idea de que te importo bastante y que por eso me lo hacés saber. Eso no es tiempo para mí.

Eso es quererme de reojo. A las apuradas.

No tengo ganas de descifrar qué sentís escuchando un audio de veinte segundos, porque nos indica que vamos subiendo de escalón en esta relación tan prometedora.

No te creo tus selfies.

Tu falta de tiempo.

Tus maneras de demostrarme que estuviste pensando en mí mientras hacías las compras del supermercado.

Volvamos atrás.

Empecemos como lo hacíamos antes.

Llamame. Te llamo. Venite.

Quiero mirarte. Escucharte. Sentirte.

Ponerte una mano en el hombro. Decirte, mientras brindamos con un mate, que estuvo bueno que hayas venido.

Que la estoy pasando bien al lado tuyo.

Que hace tiempo no conectaba así con nadie.

Regalémonos un poco de tiempo. Vida.

No tengo ganas de imaginarte. Quiero tenerte enfrente.

Cada vez que me acuerdo de vos, estamos en algún lado, juntos.

No tengo mucho registro de cuántos likes te importa mi vida.

Ni tampoco sé cuántos te puse yo para demostrarte lo que sos en la mía.

Prefiero que me toques el timbre y me mires a la cara y podamos sentirnos.

Las fotos mienten.

¿Cómo carajo me saco una foto mostrando que me hacés falta, que te necesito, que te extraño?

Volvamos el tiempo a esas mariposas que existían cuando éramos chicos.

Necesito que me digas que estás viniendo...

Que me preguntes qué hacemos esta noche.

Que me suene el teléfono y no saber si sos vos.

Mariposas.

Adrenalina.

Tu olor.

Dale. Ya sabés cómo soy yo.

La manta, el termo, el río.

Dale, llamame.

Venite.

Voy yo.

No me pongas un corazón.

Decime que me querés.

Volvamos. Que, en definitiva, todo esto siempre termina en nada.





55


Tienen razón


Con tanta agua que estás haciendo por todos lados, hay otro que está provocándome un huracán.

No voy a detenerme a pensar si esto tiene algo de futuro, porque basta la hermosura de presente que estoy sintiendo para negociar las expectativas. Las negocio. Te las regalo. Y, así y todo, me quedo ganando yo.

No me importa lo que vaya a suceder, que ya me esté sucediendo es un logro que me alcanza para saber que puedo salir de vos.

Dicen que las heridas son lugares por donde también puede ingresar el sol.

Y tienen razón. Sí que tienen razón.

A veces, hay que animarse a sacarles las vendas y dejar que les dé un poco de aire.

Dejá de mirarte un poco y mirame.

Mirá cómo va brillando de a poco.

Se está secando.

Mirame bien.

Me estoy secando yo también.

Se está sanando.

Estoy sanando.





56


El lujo de esperar


Nada nos cuesta querer mejor a las personas que más nos importan en el mundo.

Sin embargo, uno cuenta con la complicidad del tiempo y se da el lujo de esperar.

De posponer. De postergar.

Soberbia de uno, que todavía no asume su sometimiento a las agujas de un reloj que no controla.

Mañana puede ser tarde. Ahora. En unos minutos.

Uno tiene buena voluntad. No quiere dosificarlo a propósito. Da de a ratos, porque siempre piensa que después es mejor. Que en un rato, quizá. Que mañana será otro día.

Está apurado. En otra cosa. Distraído.

Y así se queda con abrazos puestos. Palabras en la punta de la lengua.

Miradas profundas. Fantasías incumplidas. Mimos en el ropero. Rencores por sanar. Con manos por sostener. Historias que escuchar. Un vino por tomar.

Uno se cree poderoso. Y no se da cuenta de que pelea a cada segundo contra la fuerza del viento. Entonces, se da permisos para querer en cuotas. Para no ser generoso. Para no dar lo que sabe que el otro está esperando. Para patear el amor hasta dentro de un rato.

Uno nunca considera que la pelea no es limpia. Que no hay reglas ni normas.

No, señor.

El tiempo es traicionero.

Y cuando te agarra, siempre lo hace de espaldas.

Amá hoy.

Que no hay deuda más espantosa que quedarse con el amor atravesado en la garganta.





57


Me hago amor


Me hago amor en cada travesía de mi cuerpo hasta tu herida. Y si tan solo te siento sanar a través de mi mirada, de mi palabra, de mi caricia, entonces ese amor me vuelve multiplicado como propina no esperada.

Un regalo que no salí a comprar. Sin embargo, una vez que se siente el sabor de transformarse en lo que uno da, se vuelve vicio. Se vuelve necesidad.

Un beso que te cura me salva.

Un abrazo que te protege me cuida.

Por eso me hago amor cuando te amo.

Me hago carencia cada vez que te pido.

Me hago rencor cada vez que no perdono.

Me hago dolor cada vez que te lastimo.

Me hago esclava cada vez que espero que me salven.

Me hago enorme cada vez que salgo de mi mundo y formo parte del tuyo.

Siempre uno se convierte en aquello que siente. En eso que da.

Y yo sé quién quiero ser.

A veces duele la patada que te da el mundo en el medio de la cara, pero justamente por eso yo prefiero amar.

Y me corro. Y me abro. Y me voy. Y vuelvo a mí.

Y me hago sorda. Ciega. Muda. Ante una mierda que no quiero consumir.

Renuncio.

Suelto.

Me cubro.

Me pongo una manta.

No lucho.

Me voy.

Me hago amor cuando amo.

Y estoy en paz.





58


Entonces basta


El mundo exterior del otro tan solo refleja una fracción, una parte chiquita de su mundo interior. Y a veces uno presiona donde más duele porque no lo sabe. Porque pudo verlo pero no mirarlo. Entonces lastima donde todavía no está sanado. Y rasca donde todavía pica.

Hay que frenar y mirar.

Mirar la mirada. Mirar cómo camina. Mirar más allá de lo que se ve. Mirar con amor.

Mucha gente necesita aislarse porque siente su vulnerabilidad como una desventaja frente a la furia del otro mundo. Frente a la indiferencia del otro.

Frente a su no conexión.

Y no puede ser así. No se puede estar así. No podemos ser así.

El aislamiento es parte del viaje de la vida. No un lugar donde quedarse a vivir.

Miremos a los ojos.

Miremos las sonrisas que se apagaron.

Miremos los otros mundos.

Miremos al frente y no para abajo.

Y seamos puentes. No un pozo más en el dolor del otro.

Nunca, nadie sabe en qué parte del barro está ese otro caminando.

Entonces basta.

Seamos puentes.





59


Mis doce


Ni bien bajé las escaleras, fui derecho a la mesa del living. En mi mesa entran solo seis personas, pero, haciendo un poco de lugar, el número se multiplica y tranquilas entran unas doce.

Ya sabía lo que quería hacer, porque desde ayer lo venía pensando. Y ahí fui. Me di el permiso de cerrar los ojos, de dejar la cabeza en un tacho de basura y de recorrer cada asiento, tanteando las sillas y sintiendo, a puro latido, quiénes eran las personas que iban a entrar en esa mesa, en mi vida.

No me condicionó si estaban vivas o muertas.

Si estaban enojadas conmigo o si me unía la sangre, el corazón o la historia.

A la verdad le da lo mismo esos detalles, y yo quería ser bien cierta.

Primero, supongo, que me guió la intensidad del amor, me fui a los extremos. A las cabeceras.

A ojos cerrados y un poco pegoteados por las lágrimas, tanteé las sillas y los nombré.

Abrí los ojos y los vi. Cada uno dijo su frase que los identifica. Su gesto. Su mirada. Su voz.

Los vi.

Y seguí.

Silla por silla.

Latido por latido.

Nombre por nombre.

Amor por amor.

Ahí estaban ellos. Todos. Las doce personas más importantes de mi vida. De mi corazón. De mi baúl de cosas importantes. Imprescindibles.

¿A cuántos de ellos l