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Cien caballos en el mar

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Year:
2018
Publisher:
Editorial Paraíso Perdido
Language:
spanish
File:
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1

Cielos de ira

Year:
2014
Language:
spanish
File:
EPUB, 586 KB
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		 			A Liz y Sara, hojitas de olivo.





		 			Como música de fondo, en los abismos de las alcantarillas resuenan las aguas residuales en las que dos clanes de ratas luchan a muerte. ¡Qué día más espléndido, el de hoy!

			BOHUMIL HRABAL

Una soledad demasiado ruidosa





		 			LA CARRETERA

			DEL SUR DE SONORA

			Nos detuvimos justo bajo la señal que nos deseaba buen viaje entre los límites de Sinaloa y Sonora. Nos dirigíamos al Norte, pero antes de cruzar teníamos que pasar el retén militar con el que nos despedían los sinalocos, como les decía Jorge a los sinaloenses.

			—Aquí nos van a hallar —dijo Jorge cuando vio que tras la curva todavía faltaba como un kilómetro para llegar al punto de inspección.

			—Mala suerte —se me ocurrió decirle. Eso era si te tocaba hacer fila y perder un par de horas en una carretera federal.

			Mala suerte porque algunas veces el retén estaba libre y los guachos ni siquiera se acercaban a tu ventana a preguntar procedencia y destino.

			Apagué el aire acondicionado a pesar de que afuera estábamos arriba de cuarenta y el sol, al poniente, comenzaba a meterse a la cabina.

			Jorge se sacó la gorra que tenía metida hasta los ojos y volvió a girar la perilla del aire. No podía sacarse la cruda del cuerpo y sentir el calor lo había puesto a punto del vómito, con arcadas como si tuviera metido en el hocico el cepillo de dientes.

			—Para qué tomas si luego no te la acabas con la cruda. De a tiro la chingas, ni cuando trabajamos dejas el pedo —le reproché.

			—Aguanto la cruda, pero no con calor —se defendió.

			—Pues te chingas, porque esta mugre se está calentando y si dejo puesto el aire se truena el motor. Ahorita que agarremos carretera de nuevo lo prendo —dije y lo apagué mientras contaba los segundos que tardaba en detenerse el abanico del motor.

			Jorge hizo una mueca desagradable para adelantarme su burla:

			—¿Estamos arriba de una nube o qué, macanas?

			—Sabes a qué me refiero —respondí ahora malhumorado, deseando que el mamoncito le siguiera para baj; arlo y mandarlo a pata.

			Pero no dijo nada. Escondió la cabeza entre la gorra, torció el pescuezo y lo acomodó con todo y cabeza entre el respaldo del asiento y la puerta, de manera que la columna del cinturón le quedó justo en el cogote, como si quisiera ahorcarse con el cinto.

			Encendí la radio y me puse a sintonizar estaciones en un intento de distraerme y aguantar las dos o tres horas que esperaríamos en la fila. Eso nada más para llegar al punto y retomar la carretera. Si nos tocaba revisión era otra cosa, porque hasta podían desarmarnos el carro.

			—¿Por qué no usan perros como los gringos? —le pregunté una vez a un sardo que tenía cara de buena onda. A un malencarado no le hubiera dado ni los buenos días, porque capaz y me desarmaban a mí también.

			—Porque salimos más baratos nosotros —respondió sin fingir la sonrisa.

			Jorge decía que ni siquiera era cuestión de suerte. Le molestaba esa palabra. Si te agarran no es por mala suerte. Un clavo bien clavado no lo halla ni Dios Padre con malilla —mencionaba a Dios cuando quería dar a entender que no podía estar equivocado con lo que decía—. Los guachos escogen el carro a revisar según la marca que les dieron en el pitazo. Decía que los mismos malandros daban pitazos para torcer a la competencia, a veces también sacrificaban un carro para pasar un clavo más grande en otro carro. Dependía de los conectes que tuvieras y del dinero que repartieras para arreglarte. No se trataba de suerte.

			—¿Y los poquiteros? ¿Y los que trabajan por su cuenta haciendo su luchita? —pregunté esa vez.

			—Depende —dijo.

			—¿De qué?

			—De qué tanta confianza le tengas a tu proveedor, al que te la surte. Pero no se trata de suerte.

			Me fijé en la aguja de la temperatura. Comenzaba a trepar su primera rayita. Traía un galón de agua y uno de anticongelante, pero si se calentaba no me iban a servir de mucho. Tenía que llegar al menos hasta la zona de revisión, ahí podría enfriar el motor y echarle otra bolsita de sellador al radiador. Con suerte y dábamos lástima a los soldados y nos dejaban pasar.

			—¿Ya mero? —preguntó Jorge sin sacar la cabeza de la gorra.

			—¡Ja! —me burlé mientras miraba la fila interminable de carros.

			Aproveché que no nos movíamos para bajarme y revisar si tiraba agua el radiador. Me agaché, metí la cabeza debajo de la defensa y no vi agua en el pavimento. Buena señal. Levanté el cofre y noté, escuché, que del ánfora provenía un silbido, como si comenzara a hervir la calentadera. La fuga seguía del mismo tamaño, no lo suficientemente grande para tirar agua a chorros sino puro vapor; pero el motor encendido sin marcha podía calentarse de manera que la presión le hiciera un boquete a la fisura del ánfora.

			Cerré el cofre y ya me volvía a la troca cuando me hablaron.

			—¿Se calentó?

			Por el tono de la voz volteé esperando encontrarme a un viejo, pensé en un trailero, pero en lugar de eso vi a un morro de unos veinte años, con el pelo casi a rape, barba de tres días, la camisa desfajada y unos zapatos de cuero rojo estilo Aladino, muy a la moda.

			—Nomás checando —dije mientras abría la puerta.

			—Está perrona la clásica.

			—¿La troca dices?

			—Sí, la forona.

			—Es noventa, no tiene nada de clásica —le dije queriendo cortar el rollo. No tenía ganas de hablar con nadie.

			—¿Cómo no? Tiene veinticinco años y está enterita. Ya no las hacen así de cuerudas —dijo.

			—Con gusto… —dije y me interrumpí.

			—¿Con gusto qué? —preguntó y enseguida agregó como si me hubiera leído el pensamiento—: ¿Con gusto la cambias por una nueva? —abrió un poco la boca intentando sonreír y alcancé a mirar dos coronas doradas, una a cada lado inferior, en lugar de muelas. Ya no estaba completo ese compa.

			—Sí, con gusto la cambio por una del año.

			—¿Como esa? —dijo mientras señalaba hacia una Lobo King Ranch nuevecita que estaba detrás de la nuestra.

			—Como esa mera —dije.

			—Te la cambio —dijo y volvió a hacer el intento de sonreír, pero parecía que eso no era lo suyo. No se veía de muchos años, pero había algo en su finta que te decía que había vivido más que Jorge y yo juntos.

			—Házmela buena —respondí siguiéndole la broma.

			—No pierda la fe, pariente —dijo y se dio la vuelta para volver a su troca, porque los carros comenzaban a moverse de nuevo.

			Lo seguí con la mirada. Cuando abrió la puerta vi que no había nadie más en la cabina, que viajaba solo.

			—Pinche Juan —Jorge ya se había incorporado, o la cruda no lo dejaba estar—, eres una doña. Luego luego te pones a sacar chisme.

			—Estás loco. El compa me sacó plática. Yo nomás me bajé a checar la troca.

			—¿Sí? —dijo con su pinche sonrisa de burla que tanto me sacaba de quicio. Si no fuera por mi amá, hace mucho que lo hubiera dejado comprometido en cualquier lugar—. ¿Y qué te dijo, pues?

			—Que me cambia su troca por esta —no quise decirle a Jorge la impresión que me había dado el compa, porque en lugar de ser discreto iba a sacar el cabezón por la ventana y ponerse a zorrearlo descaradamente.

			—No seas mamón —dijo y cerró otra vez los ojos.

			El tráfico comenzó a fluir cada vez más rápido. Seguro que los guachos habían puesto orden y sacado los tráileres y camiones que siempre invaden el carril de automóviles. A este paso en unos diez minutos estaríamos del otro lado, porque unos cincuenta metros antes de la caseta el carril de automóviles se dividía en dos y avanzaríamos casi libres.

			—Nomás no nos vayan a esculcar los pinches guachos —dijo Jorge.

			—¿Depende de tu suerte? —me burlé.

			De repente me había puesto de buen humor. La aguja de la temperatura se había detenido justo a la mitad y parecía indicar que no nos quedaríamos tirados. Era la perspectiva de que pasaríamos el atascamiento. Me sentía con suerte.

			Justo antes de la bifurcación nos detuvimos por completo, pero ya era cuestión de minutos: nada más responder procedencia y destino como tantas veces.

			—Oiga, pariente —escuché la misma vieja voz y volteé. El compa casi metía la cabeza por la ventana—, le cambio la troca, pues.

			Jorge se sacó de golpe la gorra y nos miró con cara de no saber lo que pasaba.

			Pero yo tampoco sabía y sentí un retortijón en el estómago. El mismo que sentía cuando los guachos me preguntaban procedencia y destino.

			—¿Qué? —atiné a decir.

			—Que le cambio la troca —dijo, y esta vez tampoco pudo sonreír.

			Me quedé unos segundos en silencio. No sabía qué responder. Jorge estaba a la expectativa, tratando de adivinar de qué se había perdido mientras reposaba la cruda.

			—No juegue, pariente, que le agarro la palabra —le respondí queriendo seguirle otra vez el juego. Deseaba que avanzaran de una vez los carros y quitármelo de encima sin comprometerme a no sabía qué.

			—Sí hablo en serio, plebes —volteó a ver a Jorge para incluirlo en la conversación—. Asómate, verás —me exigió, y tuve que sacar la cabeza por la ventana.

			Se hizo a un lado la camisa desfajada y entre el cinto y los estampados de la tela brilló la cacha de una pistola.

			—Verán —explicó—, yo creo que la fila es porque les dijeron que tienen que esculcar una Lobo como la mía.

			—Pues no puedes torcer la suerte. Si te pusieron, te pusieron —habló Jorge aferrándose a lo que siempre decía, a lo único en que creía: que no existía la suerte.

			—Primero los tuerzo a ustedes —dijo el compa y se llevó la mano a la cintura como en una película del viejo oeste.

			—¡Aguanta, aguanta! —le pedí—. ¿Y qué quieres, pues?

			—Que cambiemos de troca antes de que avancemos y nos miren. Si es puro delirio de persecución y pasa la lobona, ahí adelantito cambiamos y hasta los aliviano con una feria, y si no…

			—Y si no, nos chingan a nosotros, ¿verdad? —completó Jorge.

			—Ándale. Ves cómo sí se puede torcer la suerte.

			—No, mi compa. La troca es lo único que nos dejó el jefe cuando se largó. ¿Qué le vamos a decir a la jefa cuando nos vea llegar a pata? —quise ganar tiempo para ver si algo se me ocurría o a Jorge.

			—¿O no llegar? —completó Jorge.

			—¿Parezco la señorita Laura o qué? —cortó el compa y enarcó más las cejas.

			Jorge y yo volteamos a vernos. Quise pensar en un montón de cosas, pero la verdad no se me ocurría nada. Algo me decía que si nos negábamos, el compa nos traqueteaba ahí mismo, al fin que todavía podía correr al monte. Si algo le pasaba a Jorge, mi jefa nunca me lo iba a perdonar, por andarlo sonsacando al chipilón. Apenas iba a abrir la boca para calmarlo y decirle que más valía vivos, pero él ya se estaba apeando de la camioneta.

			—Valió verga —escuché que decía.

			No me quedó de otra más que seguir a Jorge.

			—Pónganse truchas. Voy a un lado suyo, cualquier cosa sospechosa y me los bajo, aunque me chinguen. Si los tuercen, yo les llevo los cigarros, pa´ que vean que soy compa. Nos vemos del otro lado —dijo ahora sí con una sonrisa que más le valía no haber hecho.

			—Yo manejo —le dije a Jorge—. Si hay pedo me echo la bronca y tú cuidas a la jefa.

			Jorge asintió, dado que la jefa apenas me tragaba porque decía que malencaminaba al Benjamín; sabíamos que el que tenía que lidiarla era él.

			El compa avanzó y puse la marcha para seguirlo. Manejaba sin quitar la vista del retrovisor, sin quitarnos la mirada. Llegamos al tope y al compa le tocó el carril izquierdo y a nosotros el derecho. De ahí avanzaríamos casi parejos.

			—¿Y si le picas y te metes pa´l monte? Hasta donde topes, de ahí corremos —dijo Jorge.

			—Los guachos tienen muy buena puntería y tiran a dar. No veo cómo —respondí.

			Las filas se movían casi al mismo tiempo. El compa quedaba por un momento un carro adelante y enseguida nosotros quedábamos por un momento adelante. Me fijé que el compa manejaba con una sonrisita, como si un diablito de caricatura parado en su hombro lo estuviera aconsejando. Ahora miraba al frente. Sabía que ya estábamos encajonados y que no teníamos escapatoria.

			Nos emparejamos cuando faltaba un carro de cada fila. El compa volteó a vernos y asintió. Nos había chamaqueado y ni las manos metimos.

			Primero avanzamos nosotros. Sería cosa de un segundo porque de inmediato se emparejó la troca y llegamos al mismo tiempo con los soldados.

			—¿De dónde vienen? ¿A dónde se dirigen? —preguntó el guacho. Dejé de mirar la troca y volteé a mirar al soldado. Iba a responder, pero Jorge se me adelantó y contestó.

			—Le pregunté al conductor —dijo el soldado y calló a Jorge.

			Respondí exactamente lo que Jorge, y el oficial nos miró un segundo. Primero a mí y luego a mi hermano.

			—¿Es de su propiedad el vehículo? —preguntó y dudé en responder. Había pasado tantas veces por ese lugar y nunca me habían hecho esa pregunta.

			Es del trabajo, eso iba a responder, pero el soldado ya no me dejó hablar.

			—Pasen a su derecha, por favor —ordenó y dirigió la cabeza hacia un par de soldados que se encontraban libres, o quizá se acababan de desocupar, no sé, pero ellos nos esculcarían hasta encontrar lo que el compa escondía. Ni si quiera sabíamos qué era el clavo. Nos iban a torcer por una carga desconocida.

			Me estacioné en una rampa y de inmediato, antes de terminar de bajarnos, uno de los soldados se metió bajo la troca y el otro se metió a la cabina con un desarmador en la mano.

			—Mira —señaló Jorge. Al otro lado estaba el compa, mirándonos con su sonrisita siniestra. También le había tocado revisión. En ese momento me pareció angelical la sonrisa de burla de Jorge.

			Ya no quise verlo. Me concentré en seguir cada uno de los movimientos de los soldados. Estaba igual o más ansioso que ellos por saber de dónde brotaría el clavo. ¿De un doble fondo en el tanque, en el escape o un guardafango? ¿Del interior de los asientos, del tablero o de las llantas? No tenía ni idea, pero volteaba a mirar el esculque, y los guachos se veían tan seguros de lo que hacían que no dudé de que, en unos minutos, estaría esposado y mi hermano junto conmigo.

			Y luego a cantar, pero ¿qué íbamos a cantar? ¿Quién nos iba a creer?

			—No quiero saber cómo te hacen hablar estos batos —dijo Jorge, que estaba igual de nervioso que yo y que tampoco se perdía un solo movimiento de los uniformados. Nada más por eso pensé que en cualquier instante nos delataríamos.

			—Te aseguro que me van a dar una cachetada para que hable y cien para que me calle —quise bromear con Jorge, pero ni me escuchó.

			Luego, vi que uno de los guachos salió de debajo de la troca, se acercó al que estaba en la cabina y le dijo algo. Hasta aquí llegamos, pensé. El otro asintió, salió de la camioneta y se acercó a nosotros.

			—Adelante —dijo, y no entendí de inmediato. Mi primer impulso fue caminar hacia donde se veía una puerta abierta, creí que era donde detenían e interrogaban, no sé por qué. Supuse que allí era donde pasaban cosas especiales.

			—Que adelante —escuché de nuevo, pero esta vez era la voz de Jorge que me apremiaba y me confundí más.

			—Muchas gracias, pueden continuar —dijo muy educado el guacho y casi me oriné encima.

			Todavía sin creerlo me monté a la troca, la bajé de la rampa y, mientras esperaba a que Jorge se subiera, miré hacia donde estaba nuestra troca y vi que uno de los soldados sujetaba al compa mientras otro le cinchaba las manos.

			Por eso los soldados nos habían dejado ir. No es que no hubieran encontrado nada, es que habían dejado de buscar cuando se dieron cuenta de que en la otra troca habían encontrado el clavo que esperaban por el pitazo.

			—Mira, cabrón. No que no lo encuentra ni Dios Padre con malilla —le dije mientras Jorge pelaba unos ojotes cuando vio que varios soldados rodeaban al compa.

			—Pícale, cabrón. Antes de que se arrepientan o el compa diga algo entendible —ordenó Jorge.

			—Ves, loco —hablé mientras fondeaba la Lobo para subirme a la carretera federal—, ¿qué me dices ahora de la suerte?





		 			CIEN CABALLOS EN EL MAR

			1

			—Ahí viene el agua —dijo el Vaquero sin distraerse de su labor. En todos lados el sol castigaba como siempre y ni un borrón figuraba en el cielo para aliviar el día.

			El Vaquero batallaba con un alambre de púas al borde del paredón de tierra, y parecía un objeto colocado fuera de sitio con su sombrero Resistol invadido de salitre, la camisa a cuadros que en algún momento había sido roja o guinda, el pantalón de mezclilla a punto de ser una mera hebra y las botas un par de terrones o sapos reventados.

			Fuera de sitio o de lugar porque estaba parado a unos cuantos metros de la playa, y lo natural hubiera sido ver a un pescador con la tarraya, en camiseta desmangada, short y chanclas, no a un vaquero tirando de un alambre para apuntalar un cerco que resultaría inútil si la intención era acorralar el mar.

			—Si no hay nubes, oiga —respondió García, el hombre que lo observaba desde tres o cuatro metros abajo, justo a la mitad del bajío.

			Si el Vaquero hubiera hecho un gesto, habría sido imperceptible. Su cuerpo estaba seco, casi en los rines, pero era en la cara donde resaltaba que la plaga del tiempo se había devorado hasta la más fina línea de expresión, si es que había habido alguna.

			—Ahí viene el agua, menéese de ahí —repitió, y García supuso que el hombre tampoco resultaría un gran conversador.

			García se dispuso a subir el enorme muro de tierra formado gracias a la erosión del viento y el mar, donde el hombre se hallaba, y tomó impulso para conseguirlo de un envión, pero subestimó la pendiente y tuvo que apoyarse con las manos, como si escalara, aunque más parecía un infante a gatas.

			No sin esfuerzo llegó al lado del Vaquero, empolvado y con las manos alhuatadas. Era un hombre de trabajo y no le daba importancia a la rudeza de las situaciones y de los lugares, no obstante, aunque era de la región, aún se sorprendía al encontrar los zacatales espinosos cubriendo la arena de la playa. Quizá por eso no le gustaba visitarla, porque si bien lo rodeaba el océano, siempre sentía que seguía parado en medio del monte, entre mezquites, choyas y biznagas.

			Al frente quedó la playa y las olas, verdes como si vinieran enlamadas, rompían frustradas en la arena al no poder alcanzar todavía el enorme paredón. El ruido que hacían se combinaba con el del viento que ahí arriba no solo aturdía los oídos, sino todo el cuerpo. Alguien hubiera visto el mar hermoso, alguien amenazante, a García le pareció incomprensible.

			—¿Cómo sabe que va a llover, oiga? —preguntó.

			No hubo respuesta. El Vaquero siguió con su labor. Parecía que los hilos de acero que tironeaba con las manos pelonas le resultaban más dignos de atención que el otro ser humano que se divisaba en los alrededores.

			Quizá por eso García buscó con la mirada algún otro rastro de personas o animales, cualquier bulto de sangre fría o caliente que no lo hiciera sentirse un forastero, pero del planeta. Se fijó si en el mar se distinguían barcos o lanchas pesqueras. Lo que fuera que le quitara la sensación de extrañeza que comenzaba a derramársele desde el pecho.

			A sus espaldas se enredaban el monte y la brecha por la que había venido, al frente se revolvía el mar. No había mucho, pero lo que había parecía inacabable.

			Pensó en regresar al pueblo antes que se adelantara la tarde. Ya le habían advertido que para este rumbo solo perdería el tiempo. Pero como no había completado ni media carga, vino a buscar otros dos o tres animales para recuperar el gasto de gasolina. «Allá nomás queda la hacienda Santa Bárbara, oiga», dijo la gente de la ranchería que se le había acercado para averiguar su asunto, mientras indicaban la brecha, un camino de arena y tierra oscura, abierto entre los mezquites donde a duras penas cabían los carros y los rayos del sol.

			2

			—¿Para qué queremos gatos, oiga? —le preguntaron cuando lo vieron llegar a la ranchería y anunciar que buscaba gatos.

			—No, no vendo gatos —aclaró—. Compro gatos.

			—Casi no hay carros acá, oiga. ¿No le sirven mejor otros fierros? A lo mejor de eso sí le juntamos para ganar una feriecita —preguntó un lugareño que había comenzado a hablar por los demás. Creían que se trataba de gatos hidráulicos. Y como la herramienta era un fierro a final de cuentas y al pueblo venían a cada rato los húngaros a comprarles fierro, aluminio y todo lo que pudiera reutilizarse, tenía más sentido.

			—No, quiero decir los animales, los gatos, los que maúllan —explicó.

			Las pocas personas allí reunidas se admiraron un momento. Se esperaban cualquier cosa, hasta que les compraran los perros, pero nunca habían escuchado que los gatos, esos animales inútiles para gente de trabajo, tuvieran algún valor.

			—No, oiga, anda errado. Acá casi no hay gatos. Andarán unos cuantos desbalagados entre las casas, aunque no sale de apuro. ¿Perros no quiere? A lo mejor le juntamos una carga —explicó el mismo lugareño aguantando la risa—. ¿Y cómo pa´ qué usan los gatos? —agregó.

			—Me los compran en Los Mochis. Los meten a los cañaverales para que se coman los ratones —respondía eso porque le daba flojera explicar para qué otras cosas servían. Estaba al tanto de que solo eran un producto que se había puesto de moda y que el negocio daría para unos cuantos meses y listo, tendría que buscarse otro trabajo. Mientras tanto los perros serían los reyes de las casas y las calles.

			Al final le juntaron cuatro gatos metidos en tres costales de arpilla. Ni para medio viaje, musitó mientras los metía a la jaula esquivando los zarpazos. Aún era temprano y en lugar de retirarse a tiempo pensó, como un apostador, que podría alcanzar las fincas del rumbo para recuperarse.

			—Aquí estamos todos —explicó el lugareño—. Allá nomás queda la hacienda Santa Bárbara, oiga, pero allí ni se asome. No tiene caso.

			Él sabía lo que la mayoría: que en el pueblo había estado la hacienda, que el pueblo donde acababa de mercar los gatos era la hacienda. De ahí el nombre del caserío que se mantenía gracias a la pesca y quién sabe qué otros milagros: Santa Bárbara. Los hermanos Bárbara prácticamente fueron expulsados de Ciudad de Álamos cuando la producción de plata en sus minas escaseó y perdieron la concesión del ferrocarril con la familia Murillo. Los Murillo habían abierto los canales que el Valle del Mayo necesitaba para irrigarse y, en beneficio de sus haciendas, invirtieron para que el ferrocarril cruzara por Navojoa y no por la Ciudad de los Portales, que estaba en declive. Los Bárbara se sintieron traicionados e intentaron apropiarse de todo el bajo río Mayo y su costa, porque también quedaron fuera de la repartición de las miles de hectáreas del valle. A manera de desquite fundaron la hacienda Santa Bárbara para construir un puerto exclusivo que los conectara a los otros puertos del Pacífico y ganarle el movimiento de mercancías al ferrocarril. Solo que la Revolución terminó de estropearles los planes y tuvieron que irse, según a la capital del país, según a España. Ya sin la influencia de los caciques, el puerto proyectado se movió al sureste, a Yavaros, y la hacienda se redujo a nada.

			—¿La hacienda Santa Bárbara? ¿La de los Bárbara? —intuyó que le tomaban el pelo—. Pero si esos se largaron hace como cien años.

			—Ojalá se hubieran ido todos.

			—¿Qué quieren decir? —García preguntó intrigado. Las personas se miraron entre sí, unos bajaron la vista, otros asomaron una risa incómoda, otros se dieron la vuelta y se encaminaron a las casas.

			—Si va, no se salga de la brecha —dijeron en vez de responderle.

			—¿Y no me puedo ir por la playa, tengo que irme por la brecha a fuerzas?

			—No se salga de la brecha. Pero es mejor que no vaya, oiga —sentenció el lugareño, y para él fue como si le hubieran dicho que allá encontraría el negocio de su vida.

			3

			No tuvo miedo de perderse en el monte porque el rumor del mar a su lado le funcionaba como guía, sin embargo, como avanzaba la brecha sin verle el fin, pensó que los lugareños lo habían cabuleado, le habían dicho que no fuera a la hacienda para picarle la curiosidad y, ya en medio de ninguna parte, asaltarlo. Me chamaquearon, se dijo. En lugar de frenar y darse la vuelta, pisó el acelerador para fugarse hacia adelante, y la camioneta peinó la arena hasta que el parabrisas destelló con un verde que de inmediato llenó la cabina solo para desaparecer un instante después, cuando la troca se metió a un vado justo antes de salir al claro donde esperaba encontrar la hacienda Santa Bárbara.

			Detuvo la estaquitas y se fijó en el mar y en el paredón que lo contenía o intentaba alcanzarlo para zambullirse completo. Arriba del paredón miró a un hombre de sombrero que tironeaba de un alambre para unir postes de mezquite puestos en un lugar que le pareció inútil. En ese lugar, el cerco solo podía tener dos alas en lugar de cuatro, una a cada lado del bajío y, salvo que fuera para no caer en él, no le veía mucho sentido. Así es la gente del campo, justificó un momento, si el linde de su tierra cae en agua, las aguas también cercan.

			Alzó el brazo para saludar y se fijó en que el Vaquero no levantaba la cabeza, como si no hubiera llegado nadie.

			—Buenas tardes —llamó sin que le pusieran atención.

			Se acercó hacia el paredón y se agachó para cruzar el primer cerco, en el límite del bajío en forma de canal que volvía más profunda la enorme pared de tierra carcomida por las olas. Bajó y se quedó parado justo a la mitad, con la vista arriba, en la faena del Vaquero.

			—Buenas tardes —repitió. Tampoco le respondieron.

			4

			—¿Usted es el que compra los gatos? —por fin habló el Vaquero.

			García se extrañó. Estaba seguro de que nadie del pueblo se le había adelantado, sin embargo, cuando los lugareños volvieron a sus casas para atrapar a los gatos, quizá alguno salió a ponerlo sobre aviso. ¿Pero en qué? ¿Corriendo?

			¿En bicicleta? ¿Caballo? En carro no, ningún otro motor más que el suyo se había escuchado en mucho rato. Quiso hacer cálculos, saber cuánto tiempo había transcurrido desde que se metiera al monte. No miraba la hora desde antes de apartarse de la carretera federal y carecía de noción del tiempo más allá del movimiento del sol.

			¿Era el Vaquero el encargado de ponerle el cuatro en ese lugar donde nadie podría encontrarlo? Echó en falta la .22 asusta perros, escondida en el trastero de su casa donde, ahorita, servía para nada.

			Por estar atento al hombre —¿era uno de los Bárbara o un simple caporal?—, tardó en darse cuenta de que siguiendo la línea de la playa comenzaba un galerón de gruesos adobes. Era una casona frente al mar, construida entre la enorme escarpa, a la misma altura, para disfrazarla u ocultarla. ¿Con qué propósito? ¿Había sido un capricho de basto rico? De no haber sido por los boquetes abiertos en el techo que descubrían las habitaciones de la casa, con sus puertas y ventanas interiores que, de seguro, al anochecer eran invadidas por las olas al agravarse la marea, no se hubiera percatado de los restos de la hacienda Santa Bárbara.

			Se quedó absorto, miraba la casa y el oleaje alternadamente, como si en cualquier momento las olas fueran a llamar para traspasar las puertas. Por el ruido que hacían al romper, sería todo menos una visita de cortesía. Un destello dorado aguzó su atención. Una mujer de cabellera larga y rubia acababa de cruzar de una habitación a otra. Quedó a la espera de que apareciera otra vez. En su lugar, un caballo cebruno se coló a la habitación en donde creía que se había metido la mujer. Por instinto buscó madera, trancas, sillas de montar, correas porque creyó que el lugar era una caballeriza, no la estancia de antiguos ricos.

			García miró el mar. No le gustaba. Creía que tanto horizonte a tiro de piedra no era bueno para nadie y en este momento lo ponía mal, le hacía daño. Al regresar la vista vio que otro equino cruzó hacia donde suponía que estaban la mujer y el caballo cebruno. ¿Este era cebruno o era bayo?

			—Aquí no hay gatos —agregó el Vaquero; en seguida dijo dos o tres palabras incomprensibles y remató—: Ahí viene el agua.

			García abrió la boca, quiso decir algo y se contuvo. No le vio caso. Sin decir nada se encaminó hacia la casona para cerciorarse de que no eran visiones o fantasmas los que se movían en esos cuartos. El Vaquero le daba la espalda, y en su camisa se traslucía la espina, semejante al alambre que enredaba en el poste.

			Se detuvo al filo del techo de tierra y ojeó en la primera habitación con el cielo descubierto, donde había visto aparecer a la mujer y los animales. Estaba vacía. Solo un espejo en forma de media luna que reflejaba el mar colgaba de una de las paredes. El zacate había atravesado lo que alguna vez había sido una alfombra roja y se había extendido por casi todo el piso. No le era suficiente conquistar la arena. Caminó con cuidado por la dala. No quería caerse, pero tampoco quería hacer ruido y sobresaltar a la mujer. Se asomó en la siguiente habitación sin techo y por un momento no entendió lo que miraba. La mujer estaba hincada, con medio cuerpo metido entre las patas del caballo cebruno. Para completar la escena, pensó primero en un parida y enseguida en una ordeña. Eran las respuestas inmediatas que podía darse para comprender la situación.

			En cuanto García se acostumbró a la penumbra del cuarto, distinguió la verga enhiesta del caballo y reconoció la mano de la mujer sujetándola y jalándola con todo el impulso del brazo. El animal resoplaba inquieto, pero no alebrestado. El otro caballo tenía casi todo el cuerpo fuera de la habitación y nada más asomaba la cabeza, de tal manera que semejaba un trofeo de caza colgado en la pared. García retrocedió un paso o dos. La mujer detuvo el movimiento y agachó la cabeza para meterla por completo bajo la panza del animal, como si fuera a beber de la llave del agua. García apartó la vista en un arrebato de pudor, o de miedo, y justo antes de reponerse sintió una mano atenazándole el hombro y dándole media vuelta sin que sus noventa kilos ofrecieran resistencia. Se volteó, no para afrontar al Vaquero, sino para mirar hacia la mujer que se había incorporado y lo observaba sin reproche, pero también sin interés. Se fijó en sus ojos, eran verdes como el color del mar en esos momentos.

			Sin soltarlo, el hombre lo llevó hasta el paredón. Creyó que lo golpearían, que sería castigado, no sabía bien por qué, solo sentía que acababa de interrumpir un ritual privado del que todo el lugar era cómplice. Sintió el impulso de hincarse, como un condenado, entonces el Vaquero habló.

			—Ahí viene el agua —dijo, sin expresión, seco, como su cara, como el resto de su piel. Parecía imposible que por ese cuerpo pudiera fugarse siquiera una gota de sudor. ¿Cómo? ¿Por dónde? Qué estéril, qué triste sería su placer. Alguna vez debió haber sido muy blanco, aunque ya el sol, el viento y la sal le habían robado hasta las señales de su raza. No obstante, entre las renegridas bolsas de los ojos, el hombre distinguió también dos puntos verdes, como el color del mar.

			García se quedó inmóvil, con el Vaquero pegado a sus espaldas. No quería estar un minuto más en ese sitio, pero no encontraba la fórmula para alejarse, como si tuviera que echar a andar algún tipo de mecanismo para evadirse, como si fuera indispensable la aprobación de una autoridad mayúscula o de un ser digno de respeto.

			El viento, ahora ventarrón, lo aturdía. En el cielo seguían sin mostrarse las nubes.

			Por fin se dio la vuelta como si rodeara una fosa infestada de reptiles. Avanzó y, en lo que en otro momento hubiera sido motivo de burla y risa, topó con el cerco ahora cerrado. Se llevó la mano a la frente y al retirarla vio sus dedos manchados de sangre. No pasaba de un rasguño, pero fue el espoleo que necesitaba para largarse de allí. Se agachó sin pensarlo, cruzó entre los hilos del cerco y bajó la pendiente del muro casi de un brinco. Una vez abajo notó que sus zapatos se hundieron un poco en la tierra y que las suelas se habían humedecido, aunque no le dio importancia.

			Salió al llano donde había dejado la camioneta, se subió y puso la marcha. Si se apuraba podía alcanzar la carretera federal antes del anochecer y llegar a Navojoa. No recordó la carga, ni el faltante, ni el gasto que no iba a recuperar del viaje.

			Pisó el embrague para meter la última velocidad cuando recordó de golpe, aunque él se juraría que escuchó: «ahí viene el agua», y tuvo que pararse sobre el freno para evitar que la Nissan se clavara en el arroyo. El vado que un rato antes había tenido que atravesar para llegar a la hacienda no era un simple accidente del camino sino un delta que por primera vez en mucho tiempo se inundaba para nutrir el mar. El Vaquero tenía razón. El agua venía, pero de arriba, de la sierra donde había abundantes lluvias que revivieron los cauces secos de los arroyos y ahora arrastraban todo lo que en la sequía tuvo el atrevimiento de hacerles confianza.

			Todavía con el motor brincando, metió la reversa para ponerse a salvo y la estacionó en terreno plano. Aunque se sentía aturdido, se bajó para fijarse si había forma de cruzar por otro sitio. Por el lado del paredón no era posible, pues entendió que lo que creía un bajío era otro brazo del arroyo con la corriente revivida. No había forma de seguir la costa, ni hacia el oriente ni hacia el poniente. Lo demás, rumbo al rancho de Santa Bárbara, lucía sitiado por el monte. Quizá fuera posible a pie, pero de ninguna forma pensaba abandonar su carro.

			Sin querer se fijó si el Vaquero lo vigilaba desde el paredón, pero donde hace un momento su figura parecía inamovible ahora se levantaba un remolino de polvo. Se metió al carro, apagó el motor, subió las ventanillas lo suficiente para que se colara el aire, cerró las puertas y las aseguró. Temía la aparición del hombre y la mujer, aunque estaba seguro de que habían quedado del otro lado del bajío.

			El ruido que hacía al agua al arrastrarse hasta el mar fue subiendo de intensidad. De un rumor se convirtió en un estruendo constante que liberaba de vez en cuando golpes secos, bofos y de rato en rato horrendos chillidos de animales que habían tenido la mala suerte de encontrarse dentro del arroyo cuando vino la creciente, y la mala suerte de no ahogarse al instante. Nada de lo que cruzara por ahí saldría indemne. Su única esperanza era que no lloviera para que la corriente cesara lo más pronto posible.

			Como si el resto de la cabina se encontrara llena, el hombre permaneció rígido en el asiento del piloto, con las dos manos sobre el volante. Prestó oídos a las jaulas y ni siquiera los gatos se movían o hacían el menor ruido, como si entendieran todo lo que estaba sucediendo. No hizo el intento siquiera de encender la radio y sintonizar una estación.

			Ya se había acostumbrado al estruendo del agua, o este había comenzado a amainar y, sin darse cuenta, había aflojado su cuerpo y estirado las piernas, pero un relincho lo puso en alerta de nuevo. Aún no recuperaba su posición cuando escuchó otro relincho más fuerte, que invadió la cabina y lo puso a temblar de miedo. Enseguida vinieron otro y otro. No quería mirar. Se dijo que nada más eran los caballos, que lo más seguro es que los hubieran sacado a la playa a trotar.

			Los relinchos continuaron, parecían un lamento y, a pesar del ruido del arroyo, los escuchaba como si los animales estuvieran enseguida de él. García supo que no podían provenir de la casa ni la playa, porque la distancia y los muros le habrían restado intensidad.

			Abrió la puerta, se bajó y miró hacia el paredón. Lo que más temía es que esos dos estuvieran allí arriba, vigilándolo, pero no había nadie, o desde allí no alcanzaba a ver a nadie sobre el muro, que era mucho más alto de aquel lado. Los relinchos continuaron, estaban cerca pero no se veían los animales por ninguna parte. Puso atención. No son los dos caballos, se dijo, es uno nada más el que relincha. Es el mismo animal el que vocea.

			Con paso inseguro, como si se aproximara a un abismo, se acercó al bajío. Se detuvo en la orilla, se asomó y se volvió a sorprender, por tercera o cuarta vez en un mismo día, en la misma tarde. El torso le latía tan fuerte y tan rápido que creyó que el corazón se le había movido hacia la espalda. Adentro estaba el caballo cebruno amarrado a una larga estaca de hierro que ahora asomaba nada más el ojo y la correa que lo tenía sujeto del pescuezo. El agua pronto le llegaría al vientre, la bestia relinchaba y coceaba como si pisara ponzoñas y al hacerlo parecía que se hundía más. Lo habían amarrado ahí para que se ahogara. El cerco, comprendió García, era por si se soltaba e intentaba escapar. ¿Pero por qué lo ahogaban? ¿Tenía algo que ver con lo que había hecho la mujer?

			Intentó bajar de prisa para liberar al animal, pero la tierra de hace un momento se había hecho lodo; resbaló y apenas alcanzó a sujetarse del alambre de púas. La corriente, aunque había perdido fuerza, incrementaba el nivel del agua y arrastraba basura, pedazos de madera, conejos, ardillas y hasta pájaros. Vio que una, dos, tres culebras cruzaron como cabellos en un resumidero. Recordó que en la camioneta traía un machete para cortarles la cabeza a los gatos enrabiados y volvió apurado por él. Si se sujetaba con el cinturón a uno de los postes, quizá pudiera alcanzar la correa para cortarla.

			Cruzó de nueva cuenta el cerco, se sujetó a uno de los postes con el cinto anudado a un brazo y se acercó lo más que pudo, cuidando de no resbalar y caer, y comenzó a blandir el machete para alcanzar la correa. El caballo seguía relinchando de pánico y temió que uno de los movimientos brutales que hacía lo golpeara. García estaba acostumbrado al maullido de los gatos, a sus chillidos casi humanos que a media noche lo sobrecogían en su casa, pero no se comparaban con los ruidos pavorosos que ahora brotaban de la garganta del animal.

			El agua casi cubría el lomo de la bestia cuando acertó un machetazo directo a la cuerda que tronó como si se hubiera reventado por la tensión. En realidad no había pensado qué haría enseguida de soltarlo. Creyó que una vez suelto se pondría a salvo por sí mismo; pero el caballo, aterrado y exhausto, en cuanto se sintió libre dejó de levantar la cabeza y, sin oponer resistencia, la corriente lo arrastró en un instante hasta el mar y ya no salió a flote, como si el agua hubiera estado desesperada por tragarlo.

			García miró cómo una mancha café naufragó entre la espuma rugiente y no apareció más, parecía que el mar acababa de engullir a un insecto y no a un caballo de media tonelada. Su intención había sido rescatarlo. Ahora sabía que aunque se dijera cualquier cosa, la fugaz imagen del corcel deslizándose mar adentro la tendría por siempre. Le había apresurado la muerte, mas no estaba seguro de haber remediado el horror que la bestia sintió en esos segundos.

			No supo cuánto tiempo estuvo ido. Al levantar la cabeza vio al Vaquero y a la mujer de cabellos dorados mirándolo fijamente. No dijeron nada. Con la luz del ocaso se le figuraron dos viejísimos cuerpos desvalidos, aunque llenos de maldad. Eran unos cuantos rasgos terribles antes de que el viento, el sol y la sal terminaran de erosionarlos. A su lado, el mar era una sombra vuelta sustancia.

			García les dio la espalda, se acercó a la estaquitas, con el machete botó los cerrojos de las jaulas y los gatos brincaron para internarse en el monte. Hasta ahí llegaba su negocio. Encendió la camioneta, se acercó despacio al arroyo, vio que ya no era tan exagerada la profundidad —o no le importó— y pisó el acelerador.

			5

			El lugareño de hace un rato no se apartó del camino y García se vio obligado a frenar, si bien no quiso apearse y nada más bajó la ventanilla.

			Por la cara de García, el lugareño habló primero.

			—¿Se encontró a los Bárbara? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta—. Es el pecado, oiga. Eran muy religiosos. Luego el pecado los volvió locos. Por eso se acabaron la hacienda. Ni Dios nos salva… —explicó para excusarse, consciente de que al no intervenir se volvían cómplices y pecadores.

			—¡No se acabaron todo! ¡Acaban de ahogar un caballo! —dijo García exaltado y al instante se sintió ñengo. Hasta allí le llegaban las fuerzas y no quería que el lugareño ampliara el horror que sentía.

			—No es consuelo, pero si viera cuántas bestias ha salvado la sequía —dijo y no pudo evitar mirar hacia la brecha, como si desde allí unos ojos del color del monte lo vigilaran.

			—¿Y a cuántas no ha salvado la sequía?

			—¿Qué?

			—¿A cuántas? Diga un número. ¿Cuántas bestias van? —exigió García y en seguida quiso tragarse sus palabras porque vio que el hombre subía los ojos y comenzaba a contar de veras.

			—No sé. Tenían los corrales repletos —dijo al fin—. Cincuenta… No, cien. Yo creo que como cien —aventuró como si el número no significara nada.

			—¡Qué! —exclamó García y sintió que debía llorar, o vomitar, echarlo todo afuera, aunque no remediara nada.

			—Y lo peor es que los arroyos también crecen de noche y es cuando más berrean —agregó el lugareño. Iba a decir algo más, quizá comenzaría a explicar el destino de los otros caballos, pero García levantó la mano en señal de que con eso era suficiente, que no le interesaban los detalles de la locura. Subió la ventanilla para impedir que entrara la brisa y aceleró.

			—Cien, cien caballos en el mar, cien caballos ahogados —dijo al alejarse de Santa Bárbara, perseguido por la culpa.





		 			KARMA POR AMOR

			—No soy el ganador que ustedes piensan —confesó mi concuño, el esposo de la hermana de mi mujer, el cabrón al que yo más aborrecía. El mismo que le presumía al mundo que era un chingón. Yo lo sabía, pero sentí harto gusto cuando lo aceptó.

			No quería preguntar, pero las mujeres esperaban que lo hiciera. Acabábamos de llegar a su casa y la reunión iba para rato.

			—¿Por qué…? —dudé un momento—, ¿por qué lo dices? —pregunté sin esforzarme en poner cara de interés o preocupación.

			—No me queda un cinco. Mi socio me estafó en Tijuana y volví con una mano adelante y otra detrás. No tengo para invitarles una cerveza en mi casa, menos para sostener a mi familia como debe hacerlo un hombre —alardeaba. Estaba arruinado el hijo de puta y todavía se permitía alardear.

			Conchita, mi cuñada, y Elsa, mi mujer, pusieron cara de haber visto al santo moverse. Pensé que se quedarían torcidas de tanto que se les conmovió el rostro. Agradecí que aún no pasaran por el bisturí, porque hubiera sido una mala inversión. Se abrazaron y se mojaron los hombros mutuamente. Ante tanto llanto sentí ganas de orinar.

			Qué farsa. Yo lo sabía. Sabía que Eleazar estaba arruinado desde antes de irse a Tijuana para volvernos ricos, como le vendió la idea a la familia. Estaba arruinado porque nunca había trabajado, porque no conocía el significado de esa palabra, menos su puesta en práctica.

			Estaba arruinado porque nunca había tenido nada, nunca había hecho algo para él o su familia y se dedicaba a estafar a quien se cruzara en su camino, incluidos los parientes.

			Cuando las deudas atenazaban su cogote, Conchita daba la cara y con chambitas aquí y allá salvaba el nombre de su marido, mientras Eleazar gastaba sus estafas en putas y licor. Aun así, Conchita lo adoraba. Lo adoraban sus dos hijos, mis suegros y hasta mi mujer y mi hijo. Ah, el perro también lo adoraba, y me refiero al guardián de mi casa.

			En cambio, yo era el perdedor, aunque llevara veinte años en el mismo trabajo, hubiera pagado mi casa y me alcanzara para tener en escuela particular a Eduardito, y todavía gozar de vacaciones una vez al año. Por si fuera poco, colaboraba con mis vecinos en las mejoras del fraccionamiento y desde joven integré comités de participación ciudadana para ayudar a la ciudad. «Un ciudadano modelo», me lo dijeron los tres últimos presidentes municipales, aunque se negaron a incluirme en su gabinete.

			Eso no fue suficiente para ganar el cariño de mi familia. Eleazar y yo éramos opuestos, pero la balanza de los afectos siempre se inclinó hacia él. No pude evitar cuestionarme si el que hacía las cosas mal era yo. Cómo no hacerlo cuando Eleazar no solo me quitó dinero, sino que también me quitó a mi familia.

			Mis suegros no me soportaban y pelearon conmigo hasta el último día de su vida. Decían que les robé a su hija, que la engañé de algún modo y que desde el otro mundo lucharían para separarnos. Estoy seguro de que se fueron al infierno y pactaron con Satanás, porque mi relación con Elsa comenzó a desmoronarse desde el mismo día en que murieron. Como si al terminarse la resistencia a su capricho hubiera dejado de desearlo.

			¡Vaya que me había dejado de desear! Pronto cumpliríamos un año sin tener sexo, ni siquiera el de compromiso, el obligado. Además, no me permitía masturbarme y si me descubría me armaba un escándalo, aunque no porque se sintiera engañada, sino porque le parecía repugnante que me vaciara como animal que marca su territorio por todos lados. Así que no tenía posibilidad alguna de descargar mis ansias. Elsa me tenía a punto de tronar. Lo sé, quizá era lo que ella más deseaba: mi explosión.

			Mi único solaz había sido la ausencia de Eleazar. Se pasó seis meses fuera de nuestras vidas, dándose vida de plurinominal en la frontera con el dinero dejado por los suegros, mientras su esposa hacía milagros para comer y abonar.

			Porque ni bien enterraron a los viejos, primero al viejo y a los dos meses a la vieja, Eleazar convenció a Conchita y a Elsa de que vendieran la casa de los abuelos, ubicada en los primeros cuadros de la ciudad y codiciada desde siempre por empresarios y autoridades municipales por el gran valor de su terreno, y le facilitaran el dinero de la venta para invertirlo en Tijuana en varios giros que le recomendó un amigo del alma. Según él, no éramos ricos porque no habíamos tenido oportunidad.

			—En la frontera el dinero es el anzuelo para pescar más dinero. Vamos a ser ricos en menos de un año, se los prometo —dijo esa vez dirigiéndose nada más a Conchita y a Elsa. A mí ni siquiera me miró.

			Por supuesto, mi opinión no contó para nada. No escucharon las razones que amablemente les di para guardar una parte en el banco y no arriesgarlo todo. No comprendieron que con los dos millones de la venta de la casa y el terreno ya habían hecho un gran negocio. Que un millón para cada una les aseguraba, por lo pronto, casa, comida y un porvenir decoroso a sus hijos si lo invertían en educación. Ni siquiera cuando les dije que no había que poner todos los huevos en una sola canasta se dignaron a responderme con un «ajá».

			Las mujeres se pusieron a levantar castillos en el aire, a pandear la burra antes de comprarla. Hacían planes como si la riqueza fuera lo único que conocieran en la vida. Yo nada más las escuché. Cuidé que no cometieran locuras y compraran a crédito todos los antojos que de repente supe que tenían, que sufrían y que satisficieran los deseos ridículos que ahora las apremiaban. Porque claro, yo lo sabía, yo tendría que pagar.

			Por supuesto, si no me tragaban, en esos meses acabaron aborreciéndome.

			No pasó mucho tiempo cuando me enteré de que las inversiones de mi concuño en la frontera se limitaban a burdeles de primera, boutiques exclusivas y casinos. Me hastió lo predecible, la falta de imaginación para malgastar el dinero. Estaba en Tijuana, carajo, cuando menos hubiera invertido en el tráfico de drogas o migrantes. O hubiera participado en el safari donde se cazan humanos. O se hubiera creado una nueva identidad y comenzado de nuevo.

			La amplia cartera de inversiones que su amigo del alma le recomendó resultó un negocio para tramitar citas para la visa gringa y una lonchería, todo en el mismo local.

			No sé si concederle algo, que al menos invirtió parte del dinero en las visas y los lonches. Nada para volverse rico, pero con eso quizá hubiese podido llevarse a Conchita y a sus hijos a Tijuana y sacarlos de trabajar, mantenerlos por una vez en su vida.

			Nada más que el negocio fracasó o su socio lo timó. El amigo mutuo que lo frecuentaba no supo decirme lo que sucedió en realidad. En todo caso perdió ese dinero. ¡Pero el resto! ¡No llevaba en las bolsas calderilla, llevaba dos millones! En seis meses los gastó.

			A veces, en las noches imagino que gasto esos dos millones en lo mismo que él: bebidas, drogas, comidas, mujeres, ropa, carro. No alcanzo a gastarme el dinero en ciento ochenta días. Ni una sola vez he podido. Eso le concedo: dos millones masticados como chicle en medio año.

			Poco antes de volver le habló a Conchita para decirle que no iba a regresar, todo porque se enculó con una bailarina, dizque de ballet, que acabó de sacarle los últimos pesos. Pidió que rehicieran su vida y que intentaran olvidarlo. Tipo de imbécil. Fui tan feliz unos días.

			No solo estuvo a punto de terminar con su familia, sino con la mía también. Nada me enseñó el verdadero significado de la palabra tragedia como esos días de amagos, no intentos, de suicidio. De Conchita podía entenderlo. Ese hombre era su dios. ¿Pero de Elsa? Por supuesto que no me bastaron las razones del dinero perdido como justificación, aunque tuve que tragarlas. Yo amaba a mi mujer. Yo amo a mi mujer.

			—Por eso hablé para pedir que se olvidaran de mí —miró a Conchita, luego a Elsa y en seguida a mí; ahora sí me incluía en la conversación—. No soporté la idea de perder el dinero, no me sentí digno de ustedes. ¿Cómo darles la cara después de romper sus sueños y sus esperanzas? Defraudé a nuestros hijos —así dijo, y yo miré a Elsa con todo el rencor del mundo— y les robé su futuro.

			Conchita y Elsa no paraban de llorar. Ni en el sepelio de los viejos reflejaron tal pena. Se levantaron al mismo tiempo y fueron a abrazarlo, a consolarlo. No había regresado Juan Charrasqueado a nuestra casa, sino el hijo pródigo.

			—¿Y qué piensas hacer ahora? —rompí la escena.

			Conchita y Elsa voltearon a verme fúricas. Detestaron mi falta de tacto. ¿No veía al pobre hombre caído, lamiendo sus heridas? ¿No tenía corazón?

			Eleazar comprendió. Fue indulgente conmigo, sosegó a las mujeres.

			—Tienes razón, concuño —nunca me había llamado así, menos por mi nombre. Siempre se limitaba a los raquíticos pronombres: tú, cuando se dirigía a mí, él, cuando hablaba de mí con otros—. Lo importante es qué vamos a hacer ahora. Si no tuviera un plan créeme que no hubiera vuelto, no hasta saber cómo resarcirlos.

			—¿Y qué vamos a hacer, si se puede saber?

			Conchita sujetaba de manera firme la mano de Eleazar, mientras Elsa le acariciaba suavemente la nuca. Ni siquiera cuando fingía dolor de cabeza para no tener relaciones conmigo se tomaba la molestia de sobarse así. Si hubiéramos estado en la sabana y yo hubiera sido el león que pretende quedarse con la manada, Eleazar no hubiera luchado conmigo, como dicta la ley natural, sino que sus hembras me habrían atacado para defender al macho.

			Algo no funcionaba bien. El mundo estaba vuelto del revés por el nuevo milenio o los extraterrestres o los alimentos transgénicos. Volví a preguntarme si yo estaba mal, si yo era el del problema. Casi acepté que merecía el trato que me daban. Supe que sería menos doloroso si me respondía que sí. Pero decidí esperar hasta escuchar su idea para retribuirnos, para enterarme por qué ahora me incluía en sus planes.

			—Mi socio me contó que…

			—El mismo socio que te estafó —lo interrumpí. De nuevo me obsequiaron miradas de odio.

			—Sí, se quedó con el dinero de la inversión, pero no porque me engañara para quitármelo, sino porque lo mataron y no habíamos arreglado los papeles de la sociedad —aclaró—. En ese sentido es que me estafó o yo me estafé al anteponer la amistad al negocio —se jactó.

			Ahora me odié por interrumpirlo, por dejarlo ponerse por encima de mí.

			—¿Qué fue lo que te contó? —pregunté para evitar que siguiera adornándose de moral.

			—Mi socio era de aquí, de Navojoa, pero vivía en Tijuana porque aquí lo querían matar.

			—Allá también, por lo visto.

			Eleazar hizo como que no escuchó.

			—Salió huyendo de Navojoa porque les robó a unos comerciantes de la Central de Abastos. Resultaron narcos y el negocio una fachada para esconder la mercancía y el dinero. Me contó que en cuanto supo a quiénes había robado se largó lo más rápido que pudo. Por eso no alcanzó a llevarse el dinero, lo tenía enterrado en una cueva del Agua Marina, en la carretera a Álamos, esperando que se calmaran las aguas para gastarlo.

			—¿Y cómo es que te tuvo la confianza para decirte dónde lo enterró?

			Conchita y Elsa me miraron, como concediendo por fin que hubiera hecho una pregunta inteligente.

			—Yo le hice la misma pregunta. Su respuesta fue que estaba seguro de que no iba a regresar nunca. No tenía familia y deseaba que, si lo iban a matar por ese dinero, al menos alguien lo gastara.

			Conchita y Elsa me miraron como diciendo «ves, ahí tienes, idiota». No quería dejarme. No sin terquear.

			—¿Y cuando lo agarraron los narcos no le sacaron la sopa? Ni modo que no sepan cómo. Seguro que ya recuperaron su dinero.

			Ahora ni me miraron, como otorgando el beneficio de la duda a Eleazar.

			—Dijo que no se iba a dejar atrapar vivo y cumplió. Traía una pistolita toda llena de moho, la quería nada más para obligarlos a que le disparan. Así fue. Como no les dejó acercarse, tuvieron que llenarlo de balas.

			—Entonces piensas que el dinero sigue allí.

			—Estoy seguro de que el dinero sigue allí.

			—¿Y para qué me quieres?

			—Esa parte de la sierra está llena de narcos y animales. Necesito a alguien que me cuide la espalda y que me ayude a excavar. Quizá tengamos que hacer más de un agujero. Me dio las señas de la cueva, pero más vale entrar y salir rápido, antes de que alguien nos vea. Además, somos familia. Trabajo en equipo —recalcó.

			Conchita y Elsa estaban extasiadas. En un segundo recobraron la esperanza. El mes de pena y amargura que acababan de vivir había sido un ligero contratiempo. No solo había regresado Eleazar, también estaban a punto de recuperar el dinero.

			Partiríamos al día siguiente. Viajaríamos en mi camioneta y usaríamos mis herramientas, claro. En caso de no encontrarlo nos retiraríamos al anochecer y volveríamos al otro día. Así hasta dar con el entierro.

			Elsa no dejó de hablar durante el regreso a casa. Estaba eufórica, feliz, casi ebria, aunque no habíamos bebido. Ni bien cerró la puerta de la recámara se abalanzó sobre mí, me quitó la ropa y me montó. Comenzó a moverse con furia, como si estuviera pegada a mi cintura y sus movimientos de cadera fueran para despegarse, para arrancarse de mi pelvis.

			—¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! —gemía trabajosamente a cada tirón de cadera. No entendí.

			—¿Eh? —exclamé.

			No me escuchó o hizo como que no me escuchó. Siguió gimiendo hasta que hubo terminado. Luego se hizo a un lado sin esperar siquiera a que yo acabara y se durmió.

			De una cosa estaba seguro mientras cavilaba antes de dormirme, Elsa nunca había dicho mi nombre, Eduardo, mucho menos mi inicial, cuando cogíamos. Tampoco podía asegurar que eso no fuera más que una exclamación de placer.

			Lo sé. Los celos me tenían a punto de explotar.

			Partimos con la primera luz del día. Viajaríamos tan solo cuarenta kilómetros, pero quería terminar con eso cuanto antes.

			La noche anterior apenas había conseguido dormitar un poco. De esas veces en las que uno duerme, sin embargo, en el sueño estamos seguros de que seguimos despiertos y es como una trampa para el cerebro, porque no le permite descansar, abandonarse a la fase profunda del sueño, por seguir en estado de alerta.

			Dudé todo el camino. Si encontrábamos ese dinero, estaba seguro de que acabaría por perder a mi mujer y a Eduardito. No habría manera de sacarles ese hombre de los ojos. Por otro lado, si no encontrábamos nada, quizá terminarían por desengañarse de él, aunque corría el riesgo de que apelara a su lástima. Después de todo, acababa de contemplar que lo recibían como magdalenas dolientes.

			Cabía la posibilidad de que también fuera un invento de Eleazar para ilusionar a las mujeres con el cuento del tesoro y que olvidaran un poco el dinero perdido. Ya no sería el dinero que derrochó en Tijuana, sino el dinero que se perdió en la sierra. Me esperaba cualquier cosa de mi concuño.

			Lo sé. No veía opción. Quizá no la tenía. Estaba haciendo un viaje para ayudar a ese hombre a quedarse con mi familia. El amor no me acarrearía nada bueno.

			—Sé lo que estás pensando —interrumpió Eleazar.

			Me sorprendí un momento. Creí que algún gesto me había delatado. Que mi cara reflejaba consternación. No supe qué decir. Quería evitar ante todo palabras de aliento de mi concuño, porque estaba seguro de que me haría vomitar. Así que adelanté un apenas audible:

			—¿Qué?

			—Sí —afirmó—. Te estás preguntando cómo pudiste dudar de mí, cómo pudieron dudar de mí.

			—¿Qué? —volví a preguntar.

			—Es mi culpa, por haberles dicho anoche que no era el ganador que ustedes pensaban. Sé que los sorprendí. Créeme, nunca más los haré dudar de mí. Seré el Eleazar de siempre.

			¿Este tipo nunca se escuchaba? ¿Nunca se ponía atención? ¿O de plano sí creía todas sus estupideces?

			Lo sé. Dudé si el que estaba al revés era yo.

			—Sí —respondí, aunque para mí—, cómo pude dudar. No se repetirá otra vez.

			Llegamos a la curva del Agua Marina. Nos salimos de la carretera y alcanzamos a bajar por el camino unos veinte o treinta metros con la camioneta. Lo suficiente para que no quedara a la vista de otros conductores. El resto, la subida al cerro donde estaba la cueva, lo haríamos a pie, con pico y pala al hombro.

			Aunque yo no era ningún experto en el campo, me di cuenta de que a Eleazar de verdad lo asustaba el monte. Se sorprendía ante cualquier ruido y pegaba un brinco si quebraba alguna rama a su paso. No había canto o vuelo de pájaro que no lo sobrecogiera.

			Entendí por qué no había querido venir solo, por qué estaba dispuesto a compartir parte del dinero con la familia: porque no hubiera vencido el miedo e internado sin compañía en la soledad del monte. No confiaba en nadie más y me tenía en tan baja consideración como para atreverse a revelarme el sitio del entierro.

			De verdad no veía ningún peligro en mí.

			Después de todo era un cobarde. Ahora nada más tenía que estar atento a una jugarreta. Contaba con la ventaja de que me necesitaría para, al menos, regresar hasta la carretera.

			Sin embargo, yo aún no resolvía mis dudas. No sabía qué sucedería si Eleazar encontraba el dinero y se reivindicaba. ¿De verdad estaba dispuesto a ayudarle a recuperar a su familia y a quedarse con la mía?

			Nos tomó un par de horas alcanzar la cara sur del cerro Coralillo.

			—¿Por qué se llama Coralillo? —preguntó Eleazar.

			—Porque hay muchos chanates —respondí.

			Soltó una risita nerviosa. No le agradó mi respuesta, pero le daba más miedo que el cerro hiciera honor a su nombre.

			—Ahí está la cueva —dijo mientras señalaba hacia un agujero apenas mayor entre otros tres o cuatro que parecían madrigueras de coyote.

			—¿Cómo sabes que es esa?

			—Mi socio me dijo que en la cara sur encontraría cinco agujeros juntos, que el más grande era el indicado. ¿Ves otros?

			Negué con la cabeza y nos dispusimos a alcanzar la cueva.

			—Hay que calcular más o menos la mitad de la cueva, ahí tenemos que cavar —dijo Eleazar.

			—¿No quieres que comamos algo primero, ya casi es media mañana? —pregunté.

			—No, me quiero largar cuanto antes de aquí —dijo con el miedo apresurándole también las palabras.

			Asentí. Nos quedamos por un momento contemplando la cueva. Eleazar me miró y con los ojos indicó que me asomara primero para confirmar que no hubiera animales. Yo tampoco estaba muy a gusto y no iba a meter medio cuerpo nomás así. Tomé la pala y la introduje hasta donde alcancé, mientras la movía como si fuera una varita mágica. Si algún animal estaba metido en su madriguera, con eso bastaría para espantarlo.

			Esperé todavía un momento hasta que estuve seguro de que no escuchaba ningún ruido.

			Me asomé. Calculé con el mango de la pala más o menos la mitad de la cueva y le indiqué a Eleazar que tomara el pico y comenzara a cavar. Tendríamos que trabajar de rodillas y eso nos quitaría más tiempo.

			—El mundo se divide entre los que cavan y los que extraen la tierra. Yo tengo la pala —le dije.

			No le gustó la orden, pero entendió que no tenía opción, que tenía que hacer su parte.

			Afanamos por un rato, hasta que nos dio sed. No teníamos ni idea de cuánto había que cavar antes de probar en otro sitio.

			—No hay mucho qué excavar, no es muy grande la cueva. Tampoco creo que esté muy profundo, lo suficiente para que no lo desentierren los animales —explicó.

			—Excavamos poco más del metro y si no desenterramos nada comenzamos a derrumbar hacia los lados, para que vaya quedando un solo agujero. Por cierto, ¿te dijo en qué lo enterró?

			—No. Pero supongo que debe estar en una mochila o maleta. No creo que vayamos a sacar un cofre del tesoro —dijo y soltó una risa nerviosa. Seguía sin tranquilizarse.

			Se asomó al cielo y se fijó en el sol, aunque traía reloj.

			—¿Qué pasa? —comenzaba a ponerme nervioso.

			—El sol ya pasó del medio día, hay que apurarnos, no quiero caminar de noche por aquí.

			Se metió a la cueva y siguió excavando.

			Al poco rato se escuchó un golpe bofo, como si hubiera golpeado tierra blanda y mojada, no esta tierra reseca y dura que rebotaba el pico.

			—¡Eureka! —gritó como si hubiera tenido guardada esa palabra para esa ocasión.

			Me coloqué a su lado y comencé a apartar la tierra con cuidado. Poco a poco fui dando forma a una maleta negra envuelta en un tipo de hule que había sido transparente en sus mejores tiempos.

			Era cierto. Sí existía el botín. Eleazar no había mentido.

			Vi su cara. Tenía una sonrisa que no le dejaba ni un espacio libre de la barbilla a la frente. Se sentía rico. Se sabía rico. Había despilfarrado dos millones de pesos y la vida lo premiaba dándole dinero a manos llenas.

			—Yo sabía, yo sabía, yo sabía —repitió excitado—, que mi socio no mintió, que todo era verdad. Ni modo que lo mataran porque sí, por ser un simple estafador.

			Nos apresuramos a desenterrar la maleta y abrirla. Estaba repleta de billetes en pacas, aunque había un montón de billetes sueltos. Eran pesos y dólares. Yo nunca había visto tanto dinero junto, quiero decir en la vida real. Me sentí eufórico. Eso era precisamente encontrar un tesoro, como en los libros, como en las películas.

			—Mi socio dijo que eran como dos o tres millones en billetes de cien y quinientos pesos, pero también en dólares.

			—Ahorita averiguamos —dije y metí las manos en la maleta.

			—¿Qué haces? —preguntó.

			—Contarlo.

			—Vámonos, vámonos —me urgió—. En la casa lo contamos.

			Vaciamos los víveres de las mochilas y les retacamos el dinero. A fuerza de comprimir como si fuera basura conseguimos cerrarlas. No queríamos atravesar el monte cargando una maleta de viaje, por si nos cruzábamos con alguien más. Mejor dos mochilas de explorador a la espalda. La pala y el pico se quedarían en la cueva.

			Nos metimos un par de sándwiches a la boca, nos los pasamos con agua y nos dispusimos a volver. A buen paso alcanzaríamos la camioneta antes de que el sol se pusiera. Todavía no era invierno, pero los días ya se habían acortado.

			Emprendimos el regreso y el primer tramo de camino lo hice con los restos de la euforia. Si bien poco a poco regresó mi inquietud. Que Eleazar y yo no habláramos me obligaba a quedarme solo con mis pensamientos. No había decidido nada en concreto y resulta que ahora teníamos el dinero en las manos. Como siempre pasa en esas situaciones, había creído que era algo irreal, que no sucedería y, por lo tanto, no tendría que decidir sobre nada, que lo haría la suerte, la casualidad, como siempre.

			Sin embargo, ¿cómo interpretar una señal de millones de pesos? ¿La recompensa de Eleazar, la forma en la que el karma lo premiaba por ser un cabrón gandalla, me incluía a mí de alguna forma? ¿Yo ganaba algo con todo esto? Necesitaba otra señal, algún mensaje antes de que cometiera una tontería. Después de todo, estábamos solos en el monte, rodeados de animales hambrientos.

			Enseguida recapacité. No podía regresar yo solo con el dinero porque sospecharían de inmediato. ¿Y de qué servía desaparecer con el dinero si mi mujer y mi hijo no estarían conmigo para disfrutarlo? Me conocía bien. El dinero, sin ellos, no significaba nada. Los amaba demasiado. Reconocí que no tenía opciones y que, si algo iba a suceder, prefería que las cosas siguieran como hasta hoy. Eso deseaba. No importa que retomara el papel de perdedor en la película.

			—Qué curioso —dijo Eleazar animado, sacándome de mis pensamientos—, pensé que al llegar a la cueva veríamos llamas azules alumbrándola.

			—¿Por qué dices eso?

			—Dicen que así es como se identifican, que así es como encuentras los entierros, porque del lugar donde está enterrado el dinero brotan llamas azules. Debo confesar que cuando no las vi alumbrando la cueva pensé que el plan se cebaría. Los entierros no son para cualquiera, solo para el destinado a encontrarlo, y a veces, aunque mires las llamas, no encuentras un entierro sino los restos de una persona. Los diablos del monte son caprichosos.

			—Ya, te refieres a los entierros que hacían en la Revolución para esconder el dinero y que no lo encontraran los alzados.

			—¿De qué estás hablando?

			—Dicen que hay entierros en el monte porque los ricos de antes, los dueños de las haciendas, escondían su dinero para que no se los quitaran durante la Revolución Mexicana. Había pocos bancos, además no escondían dinero en billetes, escondían oro y plata, joyas, piedras preciosas.

			Por primera vez en su vida Eleazar me puso atención.

			—Pero entonces, ¿qué tienen que ver los diablos del monte con los entierros? —preguntó lleno de curiosidad.

			—No creo que tengan que ver nada los diablos —dije.

			—¿Y las llamas azules o del color que sean? —preguntó como diciendo: a ver cómo explicas eso, genio.

			Me detuve un momento a tomar aire y un trago de agua. Llevábamos buen tiempo y un par de minutos de descanso no nos harían mal. Las mochilas pesaban en serio.

			—Pues mira, nunca he encontrado un entierro ni conozco a nadie que lo haya hecho. Pero la explicación que dan a las llamas azules es que son los gases que expiden los metales, el oro, la plata, el cobre, yo qué sé. Por eso encuentran metales donde miran lumbre sin motivo aparente. Son gases saliendo de la tierra que al contacto con el oxígeno reaccionan de esa manera.

			Aunque me ponía toda la atención del mundo, poco a poco fue perdiendo interés. Esa explicación no era interesante en absoluto, no para un pensamiento tan básico como el suyo o tan lleno de fantasías infantiles.

			En parte tenía razón. Generaba más emoción pensar en diablos o duendes regalándote su olla de metal llena de monedas de oro.

			—Ah, por eso no había lumbre en la cueva —dijo—, porque encontramos billetes, no metales.

			Lo iba a felicitar de forma sincera por haber llegado a esa deducción, cuando miré que a sus espaldas, de entre unos matorrales y correhuelas, brincó un cerdo bien nutrido de anabólicos silvestres y colmillos alargados en forma de hoz. Había escuchado que había jabalíes en la sierra, pero siempre creí que podían encontrarse en las partes altas, lejos del alcance de los hombres. Este era un animal portentoso que merecía uno de dos destinos: ocupar la sala como trofeo de un cazador excéntrico o bien ocupar la mesa de un gastrónomo versado en el arte de las carnitas.

			Bufó y corrió hacia nosotros.

			—¡Cuidado! —alcancé a gritar.

			Eleazar se dio la vuelta todavía confiado y, al descubrir al animal, se quiso enderezar de golpe para salir corriendo, pero los mismos movimientos bruscos que realizó lo hicieron enredarse con sus piernas y caer al frente.

			El animal lo embistió por atrás y aún pude mirar cuando lo levantó del suelo, como si en lugar de un cerdo, un toro lo hubiera cogido.

			¿Qué podía hacer? Me trepé como pude a la rama de un árbol y desde ahí me puse a gritarle al jabalí para espantarlo, lo que parece que lo enfureció más, porque tomó otro impulso para embestir de nueva cuenta a Eleazar.

			El golpe fue seco, duro, se escuchó un crack que hizo que mi concuño pegara un alarido que espantó a los pájaros y a los mismos diablos del monte e hizo que el animal se detuviera, se diera la vuelta y huyera entre las ramas.

			Cuando estuve seguro de que el animal no regresaría, bajé del árbol y me acerqué a Eleazar. Pensé que estaba muerto, o desmayado, porque tenía los ojos cerrados y no se quejaba.

			—Eleazar, Eleazar —lo llamé con cuidado. Temía que el animal regresara. Eleazar abrió los ojos y me miró.

			Hice la pregunta idiota:

			—¿Estás bien?

			Negó con la cabeza y me decidí a revisarlo. No quería moverlo porque había escuchado que en impactos fuertes podía quebrarse el cuello y con un solo movimiento la persona podía morir.

			Todos los pensamientos del mundo me pasaban por la cabeza y ninguno era el adecuado.

			Descubrí sangre en su entrepierna y muslos. Abundante. De donde el animal lo había cogido se rompió el pantalón y por allí escurría la sangre que de inmediato empapaba las ropas. Temí que los colmillos del jabalí hubieran cortado la femoral.

			Descubrí que la sangre teñía una verga generosa, grande como nunca había visto en mi vida, en la vida real, y la volvía más dramática, casi heroica. Entendí muchas cosas y sentí pena y asco por vivir en un mundo que solo atendía al físico y las apariencias.

			—No me puedo mover, no siento las piernas —dijo.

			—Todavía estás aturdido por el golpe —quise tranquilizarlo.

			Pensé que en cualquier momento me pediría ayuda para levantarse, para largarnos de ahí. Nada más levantó un poco la cara, me miró y la agachó de nuevo.

			En ese momento, justo en un segundo, lo recuerdo bien, pensé que era mi oportunidad de largarme. Tenía mi pretexto, mi justificación, mi historia y coartada:

			Un jabalí nos atacó. Al huir nos separamos y cuando lo encontré estaba muy mal herido. Salí a buscar ayuda y cuando regresé era demasiado tarde.

			Nada más tenía que quedarme por ahí unas cuantas horas, hasta que se desangrara o un animal salvaje terminara el trabajo, quizá el mismo cerdo.

			Ahí estaba frente a mí, toda revolcada, la señal que pedí. La revancha obra de manera misteriosa.

			Lo sé. Era un cabrón bien hecho, como mi concuño. Esa era la respuesta, no el mundo al revés.

			Regresé al árbol donde me había resguardado y me dispuse a esperar que Eleazar se muriera. Podía tomar tiempo. No sabía cuánto. Yo no estaba familiarizado con la muerte y estoy seguro de que Eleazar tampoco.

			A la media hora escuché que comenzó a quejarse, a emitir un sonido que me transmitía lo que debía estar sufriendo. Nunca había escuchado algo así, al menos no en la vida real. No era poco. Pensé que yo no hubiera resistido tanto, que quizá hubiera muerto al momento del golpe. Era un blandengue. Pero Eleazar había resistido el ataque y aún se aferraba a la vida. Maldita sea, debí marcharme a esperar a otro sitio.

			No pude resistir, me acerqué y vi que la sangre se había secado. Lo levanté como pude. Él era el fortachón, yo el enclenque. Si se muere, que se muera mientras buscamos atención, pensé. No lo cargaría para siempre en mi conciencia. Lo sé, yo era el débil. Me había vencido sin mover un dedo, sin decir una palabra, no podía presumir que era un cabrón como él.

			No estábamos lejos de la camioneta y, como pude, lo arrastré para llevarlo a urgencias.

			No quiero imaginar qué tanto hubieran llorado Conchita y Elsa si Eleazar hubiese muerto. No se despegaron de su cama día y noche mientras los médicos no lo declararon fuera de peligro.

			—Por suerte salió a explorar acompañado —dijeron los doctores—. Son muy comunes los ataques de animales a las personas que no tienen experiencia en el campo.

			Fui el héroe unos días. Hasta que Eleazar despertó y demandó la atención a la que estaba acostumbrado. Al parecer no recordaba nada, porque me agradeció en cuanto pudo hablar.

			Alcanzaron a salvar su verga, el cuerno del jabalí la había lanzado y abierto una parte en surco. Pensé que se vería genial con la sutura, como cicatriz de pirata o motociclista, pero dudaban que volviera a tener erecciones, sobre todo porque su espina estaba muy dañada, pero…

			—Pero con la atención adecuada, la medicina hace milagros —comentaron los médicos.

			—En sus cuentas bancarias —pensé.

			Eleazar no tenía seguro médico de ningún tipo y la atención tuvo que ser en hospital particular. Allí comenzó a invertirse el dinero que encontramos. Los especialistas dijeron que, si queríamos que caminara de nuevo, teníamos que llevarlo a Estados Unidos, donde podrían ayudarle con la tecnología y medicamentos más modernos del mercado. Por último, advirtieron que las cirugías que necesitaba y la terapia de rehabilitación no eran para nada accesibles, esas palabras usaron.

			Yo expuse mis dudas acerca de gastar tanto dinero en tratamientos que no garantizaban ningún resultado, pero Conchita y Elsa casi me expulsan de la familia. No duró mi reconocimiento ni la admiración de mi familia.

			—Claro, como tú no estás en esa situación —reprochó Conchita.

			—Para eso es el dinero —gritó Elsa, y yo me pregunté, con esa pregunta necia que ya implica la respuesta en su formulación, si ellas hubieran hecho lo mismo por mí.

			Lo sé, mi deseo se había cumplido. Seguiría como el perdedor, pero con la familia a mi lado, para recordármelo siempre.





		 			MUERTE CONSTANTE

			MÁS ALLÁ DEL HONOR*

			1

			Los federales marcaron el alto a los tripulantes del carro y por un instante pensaron que no se detendrían, pero lo hicieron. Supieron con un nudo en la panza que por fin pondrían en práctica su entrenamiento.

			Pidieron a los tripulantes que descendieran del carro con las manos en alto. Uno de ellos deslizó la pistola hacia un lado del asiento. Era el Homie, uno de los hombres más sanguinarios del Cártel, el que cuidaba las espaldas del Capo.

			El Capo les preguntó por qué lo detenían.

			—¿Qué no saben quién soy?

			Los federales se miraron y enseguida asintieron.

			—Entonces dejen que nos vayamos —agregó con el tono acostumbrado, que significaba orden y petición al mismo tiempo, lo que conviniera al escucha.

			El Capo los observó, un par de segundos a cada uno. A veces le tomaba menos tiempo convencer a la gente.

			Dudaron. Nadie sabía todavía que tenían al prófugo y si pedían apoyo no estaban seguros de lo que podía llegar ni a quién vendrían a apoyar. Eran el eslabón débil en la cadena de mando.

			El Homie les dijo que venía toda su gente a rescatar al Señor y que los matarían como perros si no se quitaban de enfrente.

			—Guarde silencio —dijo un oficial.

			Al instante se arrepintió. Se le vino a la cabeza la leyenda del policía que se burló del R1 cuando estaba en los separos. Dicen que al salir a la calle le aventaron desde un carro en movimiento un costal con las cabezas de sus hijos y su mujer.

			Los hombres dudaron y la duda se manifestó con un temblor en las rodillas. Aunque querían creer otra cosa, los discursos que les tiraban en la academia, por ejemplo, sabían que en este país no pasan cosas buenas, como la justicia y otras palabras bonitas de los libros.

			Nadie lo sabría. Y nada iba a cambiar con él adentro o afuera. El Capo los leyó.

			—Quiten esa cara. Pa´qué quieren problemas si pueden vivir bien, yo me encargo de eso —dijo en un tono que reflejaba entendimiento, el paso de situaciones como las que en este momento padecían los oficiales.

			Los agentes se miraron. Querían adivinarse el pensamiento porque si uno decía lo contrario, entonces nada iría bien. Ni balbucearon.

			Uno agachó la cabeza como concediendo algo, lo que fuera. Entonces habló el otro agente.

			—Manejen con cuidado, la carretera está en malas condiciones —dijo mientras se daba la vuelta y se subía a la patrulla. Su compañero lo siguió.

			2

			El carro subió patinando a la carretera y los dejó en medio de una nube de polvo.

			Los federales volvieron a patrullar. Tenían que apoyar hasta que terminara el operativo.

			El titular que leyeron por la tarde decía que el gobierno había estado a punto de detener al Homie. Se creía también que el Capo lo acompañaba. Había que esperar más información.

			El lunes siguiente los obsequió con un carro a la puerta de sus casas. En el asiento trasero los esperaba un maletín repleto de agradecimiento.

			Vinieron otras muestras de gratitud para cambiarles la vida.

			Luego se espaciaron. Les habían dicho que los que entraban ya no salían, pero a ellos nomás los dejaron asomarse. Ya no fueron requeridos. Quizá porque el Señor nunca estaba quieto. O quién sabe, quizá que no los metieran a la nómina fue su forma sincera de decir gracias.

			Pero sentían miedo cada que sonaba el teléfono y era un número desconocido.

			Sentían miedo cuando hacían alto en la calle. Sentían miedo cuando los requerían sus superiores.

			Sentían miedo cuando sus compañeros cuchicheaban.

			Sentían miedo cuando sus mujeres insistían en saber de dónde provenían los regalos.

			Sentían miedo cuando sus hijos les decían que querían ser como ellos. Sentían miedo cuando dormían.

			Y también al despertar.

			Siguió la cacería, pero cada vez atrajo menos atención, perdió interés. Al año se cayó otra aeronave con otro secretario de gobernación.

			En un par de estados pospusieron las elecciones a la gubernatura porque los gobernadores no captaron bien las señales, los delfines no fueron del agrado de la maña y los bajaron. Contrario a lo que pasó una vez en Tamaulipas, en esos estados nadie quiso tomar la estafeta.

			El próximo sexenio pronto arrollaría los restos del otro. Quedó para entonces la recaptura del prófugo. Fue el telón del gobierno que tampoco supo gobernar.

			Pasado el 1 de diciembre de 2018 el nuevo presidente anunció, sin expresión alguna en la cara, otra devaluación. La gente tuvo que hacerle más agujeros al cinto, más espacio al hambre.

			Los federales nunca hablaron de esa mañana de enero. Se hizo chiquita en el horizonte como otros días que más o menos significan algo.

			El miedo se diluyó poco a poco. Quedó atrás como una larga enfermedad que un cuerpo recuperado hace olvidar para dar cabida a otras enfermedades.

			No hubo tragedia. Tampoco gloria.

			Nadie supo quiénes fueron los que atraparon al Capo y nadie supo quiénes fueron los que lo soltaron.

			3

			—Yo los ayudo si me ayudan. Les resuelvo la vida.

			Oyeron las palabras del prófugo y volvieron a mirarse como para reforzar algún acuerdo.

			Todo sucedía tan rápido y, sin embargo, parecía que esto nunca iba a terminar.

			Vieron que se aproximaba una patrulla de las suyas. Sin esperar lo peor decidieron confiarse y aguardarlos. Acordaron resguardarse, por las amenazas del Homie. Ahora eran cuatro agentes llenos de miedo y dudas.

			—Mi gente no me falla. ¿Pa´qué quieren armar la tracatera?, se escuchan muy feo los disparos. Suéltenme y ahí muere la bronca —dijo el Capo.

			—Guarde silencio —ordenó el mismo agente, sintiendo el mismo miedo.

			Los minutos se encementaron. ¿Cuántas veces se puede voltear a mirar el reloj en un solo segundo?

			El Capo no dejaba de hablar. De tentarlos. Todavía se podía. No era tarde.

			Dos, cuatro, seis agentes, qué más daba. Para todos tenía. Era cuestión.

			Llegó el apoyo. Las rodillas dejaron de temblar. La quijada se acomodó en su sitio. Ahora era responsabilidad de otros.

			Lo subieron a un helicóptero y ellos volvieron al cuartel a celebrar.

			Eran héroes, o eso les dijo una voz grave que llamaba desde México (como si estuvieran en el extranjero).

			En el cuartel ya los esperaban sus compañeros, sus superiores. Ahora sí el día iba veloz entre abrazos y carcajadas. Habían hecho su deber y eso ya era algo extraordinario en este país. Venían ascensos, reconocimientos.

			La noticia estalló en los medios. Había que filtrar fotos, presentar al recapturado para comprobar el golpe de autoridad. «Con este gobierno no se juega», fue una de las frases que más escucharían.

			Por fin salieron las primeras fotos, pero no estaban claras. Ni modo, a esperar la imagen de la tele en vivo para comprobar si le había cambiado la cara al Capo.

			¿Seguiría expresando la misma fiereza, la misma seguridad? ¿Intimidaría como hace unas horas?

			—Ande, cabrón —dijo uno de los héroes—. Qué pensaba, que con nosotros iba a jugar. No es lo mismo atrás que en ancas, güey.

			En ese momento dos marinos presentaron en cadena nacional al hombre más buscado del mundo. La cara del hombre era de desconcierto, de incomodidad, de no saber qué hacía él en un lugar como ese, sobre todo cuando una mano lo sujetó del cuello para voltearle la cara hacia una de las cámaras.

			Los dos federales se miraron de nuevo. Reconocieron el miedo en sus ojos. Las rodillas comenzaron a moverse, a tocarse. El hombre que en ese momento acaparaba la atención del mundo no era el mismo que ellos detuvieron y entregaron. Ni modo que los dos se equivocaran.

			Algo alcanzaron a escuchar de cirugías plásticas hechas en el tiempo que estuvo prófugo para evitar que lo identificaran, algo así explicaba el vocero de la procuraduría.

			No tuvieron que mirarse otra vez para saber que el miedo sería permanente.

			 				 					*	La idea de este cuento se debe a la crónica de Héctor de Mauleón publicada el 25 de enero de 2016 en su columna del periódico El Universal de México.





		 			TODO VA A SER DIFERENTE

			Aunque estaba despierto, Melchor seguía con los ojos cerrados. Le molestaba la luz desteñida que se colaba a la carraca, porque le ponía los ojos pipisquis como en un día nublado, y lo que más extrañaba en esos momentos eran unos lentes oscuros que le permitieran abrir bien los ojos. No tenía un peso, así que ya había bajado al patio a palomear su nombre y vuelto a encerrarse para esperar la hora de visita como un juego de vencidas.

			—¿Qué le vas a decir a tu vieja, Melchor? —preguntó el hombre que estaba echado de espaldas en el piso, como remedio para curarse el calor que no amainaba ni de madrugada.

			Se cubría la cara con su camiseta y una mancha de humedad comenzaba a extenderse por la tela percudida porque, cuando no tenía cigarros, se ponía a morder cualquier cosa como si fuera un freno para no desbocarse.

			—Ya no es mi vieja, Carranza —respondió Melchor. Unas ojeras grises le sombreaban la nariz chata y le daban a su cara un aspecto concentrado, como si fuera un cebo de bobitos, un suato que les da vueltas y vueltas a las cosas hasta revolcarlas todas.

			Abrió los ojos. Por un momento quiso nombrar todos los ruidos que le llegaban de fuera, uno por uno, ponerles color, aroma y forma específica, hacer de cuenta que todavía participaba del mundo en algún sentido.

			—Lo que se coge es propiedad, con o sin monitos, con o sin papeles, ¿a poco no? —insistió el Carranza.

			—No va a venir —dijo Melchor y volteó la cara para evitar que el Carranza le descubriera algo en la mirada, la posibilidad de la certeza.

			—Depende del recado; si lo impregnaste de billete o de bragueta, seguro que encuentra el camino.

			—No creo que huela bien, y ha de ser miope porque se casó conmigo. Le mandé decir lo de siempre, porque si le digo otra cosa la espanto —mintió porque se había jugado la soledad de sus domingos en el último mensaje.

			—Tu vieja es una malagradecida, como todas. Sí deberían meterlas aquí con nosotros, ¿qué no es en las buenas y en las malas la cosa?

			—Ya te dije que no es mi vieja.

			—Entonces, como compas, ¿no te agüitas si le doy un arrimón?

			—Muy tu pedo —soltó Melchor y volvió a cerrar los ojos.

			Esta vez, sin embargo, él no sabía qué iba a hacer en caso de que no lo llamaran. ¿Cómo iba a aguantarse? Peor aún, ¿cómo iba a disimular, hacer como que no le importaba?

			Le urgía bajar y buscar entre los bultos a Silvia, pero necesitaba un pretexto para librar la carrilla, el infiernillo que podía durar toda la semana, porque cuando agarraban al perro más flaco, las moscas se atragantaban.

			—Qué arrimón le vas a dar —terció el Ruli desde el fondo de la litera donde estaba acostado bocarriba, con al menos tres teléfonos celulares desarmados sobre su pecho lampiño y que intentaba convertir en uno solo, combinándolos como si fueran un cubo de Rubik—: Ya quisieras que te arrimaran a ti.

			—Ocúpate de esas chácharas, chingado, que la malilla no se va a curar sola. Además, yo era el que pegaba los arrimones, puro chamoy —se defendió el Carranza.

			—Sí, pero a putitos, ¿verdad, Chivero? —el Ruli preguntó al hombre que estaba acuclillado hasta el fondo de la carraca. Este raspaba morosamente, como si hurgara en otras cavidades, con la uña crecida del índice derecho, la masilla tiznada acumulada en un tapón de botella de coca.

			—Macho que come macho… —dijo el Chivero sin apartar la vista de su labor.

			—Ande, güey, si le encanta soplar nucas —dijo el Ruli mientras los demás soltaban la carcajada.

			Melchor fingió la sonrisa. Conocía el juego porque lo había repasado prácticamente todos los días desde que lo habían encerrado. Era una manera de confesar lo que habían hecho sin aceptarlo, para evitar los arrepentimientos o los encuentros con ellos mismos, porque para eso los esperaba la noche, que nunca se sabía cuánto podía durar.

			—Al chile, Chivero, ¿a cuántos rompiste? —preguntó el Carranza alzando el brazo para rascarse el sobaco.

			—No, mi compa. Yo no empinaba machos —dijo y ahora sí volteó a verlos con una risa dibujada en la cara que les decía: aguanten, todavía no acabo—. Yo nomás montaba las chivas del patrón. Y bien que se daba cuenta el viejo lépero. Pero le gustaba estar de mirón, enredado entre las matas como chuparosa. Ruco puñal, ni bien se dio cuenta de que le hacía falta un cabrito, le habló al comandante para meterme en chirona.

			—¿Y tú se lo afanaste? —preguntaron.

			—Bien sabrosa quedó la birria con papas. Ni un colero se fue con hambre en los quince años de la plebe.

			—¿De tu hija? —volvieron a preguntar.

			—No, de mi morrita. Cooperé para los quince y esa misma noche me la llevé. Hasta las gracias me dieron los suegros.

			Volvieron a soltar la carcajada; se hacían el domingo. Muchas veces la pasaban mejor entre ellos que con las personas que los visitaban.

			—Yo levantaba en los antros cuando ocupaba lana —habló el Ruli—. Me untaba un mezclilla para resaltar el bulto y las moscas solitas se ponían a dar vueltas alrededor del palo. Eso sí, antes le pegaba una buena dedeada a mi morrita, y ya cuando me estaba picando a uno, me metía el dedo en la nariz para no extrañar el aroma a hembra. Vieran qué a gusto me llenaba. Mejor receta para el amor no van a encontrar.

			Un rumor entrecortado, inconstante todavía, avanzó por los pasillos del edificio acallando los ruidos interiores, distrayendo la atmósfera porque más de uno detenía un instante la respiración sin darse cuenta. A partir de ese momento, el tiempo se hacía vivo y corría descalzo. Los cuatro escucharon con las tripas anudadas.

			—Y tú —retomó el juego el Chivero, dirigiéndose ahora al Carranza, en un intento de volver al momento interrumpido, pero antes de que le respondieran se asomó un flaco, sotaco y pelón, con más pinta de niño de orfanato que de reo.

			—Melchor —dijo y todos en la carraca asintieron sin mirarlo. El pelón, al que apodaban el Bagazo, era un remedo de persona, un desecho o un cascajo que, decían todos, estaba podrido por afuera y por adentro. Melchor no lo pensó dos veces para pegar un brinco y salir de la carraca. No lo quería hacer esperar.

			—¿Entonces? —el Carranza quiso detenerlo con la pregunta.

			—¿Qué le voy a decir?

			—No, que si le puedo dar un arrimón.

			Salió al pasillo y se le emparejó al Bagazo. Junto a Melchor el hombre parecía una basurita quemada, algo que patear para desparramar por el suelo. Y aun así Melchor no le hacía confianza.

			—¿Llevaditos? —preguntó el Bagazo.

			—Llevadera nomás —dijo Melchor.

			—¿Ya acabalaste?

			—Te dije que a la tarde.

			—Así dijiste el domingo pasado y te tuve que buscar.

			—Sin falta, güey.

			—El Sapo ya preguntó. Tú sabes cómo se pone. Él no averigua.

			—No, aguántame un rato. Después de la visita se hace. Ya me confirmaron —mintió para darse seguridad él mismo porque sabía que al Bagazo no le importaba si reunía la feria o no. Él siempre cobraba, de una u otra forma.

			El Bagazo se le quedó viendo un momento. Sin decirle nada, se dio la vuelta y se alejó para meterse tres carracas adelante y hacer el mismo procedimiento.

			—¿Te dio chance? —preguntó el Carranza en cuanto vio solo a Melchor.

			—Le dije que a la tarde.

			—Le hubieras dicho que mañana. De noche son más culeros.

			—De una vez. De todas formas ya no me aguantan otra semana —dijo Melchor resignado.

			—¿Pa´qué te metiste con esa raza?

			—Quería mandarle algún dinero a Silvia, ver si así la convencía.

			—Si nunca ha venido, Malechor; por lo que cuentas, nomás te quitó la feria.

			Ese fue el abogado. Sí me quería. Esa pinche vieja estaba loca por mí. Cómo no iba a saber yo, eso siempre se sabe… quiso decirle todo eso al Carranza, pero las palabras no le salieron. Y fue lo mejor, seguro su compa lo hubiera pendejeado allí mismo.

			—Pues mejor así —dijo como un niño que hace berrinche y se dirigió al patio. Su interés estaba puesto en otra parte, en las visitas que comenzaban a llenar la sala. Ya le urgía quitarse el nudo de las tripas, aunque nadie lo había llamado.

			La última vez que miró a Silvia estaba rodeado de policías y no lo dejaron ni moverse, mucho menos que le hablara. Ella sí lo hizo y él todavía se preguntaba cómo es que se había atrevido a hablarle así. Una vez adentro, lo engañó el orgullo por un tiempo, como si boxeara de sombra: creía que en cualquier momento ella vendría a buscarlo, a decirle que lo esperaría.

			Cuando comprendió que ella no vendría, entró en pánico y quiso hablarle de inmediato. Pero Silvia no respondía el teléfono y él dudaba si jamás lo hacía o si adivinaba sus llamadas. Solo había contestado una vez. En cuanto él dijo «Silvia», sintió cómo todo se detuvo al otro lado de la bocina y le colgaron enseguida. Insistió cientos de veces sin que atendieran, así marcara desde la caseta o desde un celular, hasta que una grabación le anunció que el número ya no existía.

			No insistía todas las semanas. A veces pasaba un mes o dos sin intentarlo, probaba su propia resistencia, aguantaba, se comía la tristeza y el coraje por cada intento que se perdía sin eco. Así pasaron tres años. Además, adentro tenía que defenderse y hacerse respetar, porque para eso era alguien, o había sido alguien, y no podía estar ocupado solo con el asunto de Silvia.

			Ya no veía modo y estaba seguro de que iba a terminar comiéndose la cola. El dinero escaseó, los favores subieron de tarifa y los amigos cambiaron de amigos.

			Pero soltaron a Mariano, que le debía un favor de los que sí se cobran y lo usó pidiéndole que fuera a darle un recado a Silvia.

			—A lo mejor ya no vive en la casa, pero de todos modos procúrala ahí; si no la encuentras, te vas para con los suegros; más lejos no puede andar, porque la doña ya no está buena —le indicó.

			En caso de que Silvia no viniera otra vez, sabía que ya nada le funcionaría; sin embargo, ¿cómo estar seguro de que en verdad Mariano hizo el recado? ¿Cómo asegurarse de su palabra si ya no podía obligarlo a que la mantuviera? Ahí se iba a quedar, atorado en lo mismo, patinándolo: qué tal si sí, qué tal si no…

			Melchor salió al patio comiéndose el cuello, con la cabeza metida en el pecho, como si apretarlo con la barbilla apaciguara los latidos. Tampoco necesitaba alzarla porque se sabía el lugar de memoria y podía recorrerlo con los ojos cerrados. Toda la cárcel podía recorrerla de cieguito. Avanzó entre la gente que se apresuraba para ganar una mesa y estar con su preso, al menos una vez cada semana o cuando se pudiera, fingiendo ser una familia y que nada había pasado.

			Envidió a los que tenían dinero y podían pagarse una tienda de campaña o la oficina de la secretaria, que no trabajaba los domingos.

			Barrió el lugar con la mirada y no encontró algo conocido. Algunas caras de fuera le resultaban familiares de las veces que había salido a asomarse buscando su visita. Y no es que él no hubiera tenido, su hermano había viajado una vez para estar con él, pero no había vuelto porque la border patrol le hacía cada vez más difícil la cruzada. También dos o tres compas lo visitaban, pero sin ser constantes: querían sentirse tranquilos con sus conciencias y no lo procuraban porque les naciera. Así era la cosa, lo aceptaba. Sabía ponerse en el lugar de ellos. En cambio, Silvia le cambiaba el cuadro y el entendimiento.

			Se detuvo un momento al lado de la reja de acero de entrada al patio, que también hacía las veces de salón, de acuerdo a cómo movieran las mamparas los cadeneros, siguiendo siempre los humores del licenciado. El nudo en la panza ya se le había deshecho, pero el agüite comenzaba a inundarlo. Bajó otra vez la cabeza porque no quería encontrarse con la mirada de ninguno de los presos que después pudiera insinuarle algo, sabía que si se quedaba otro minuto afuera iban a joderlo toda la semana, si es que le perdonaban otra semana.

			No supo si en verdad escuchó su nombre. Volteó siguiendo el ruido que le correspondía y se encontró a Silvia parada medio metro antes de la puerta de seguridad, sin atreverse a dar el último par de pasos. Melchor se repuso de inmediato y, en un segundo, al verla de pronto ahí, olvidó de súbito todo lo que había pensado y repensado estos tres larguísimos años de ausencia. Todo lo que le diría. Las palabras. La cara, ¿cómo iba a ser la cara de Silvia? Como era ahora.

			Dio los pasos que a ella le faltaban arriesgándose a un castigo. La tomó de la mano y sin decirle nada la condujo hasta una mesa de la Coca Cola. La cara de Silvia estaba seca, inexpresiva, como si la hubieran pinchado y vaciado justo antes de llegar.

			Melchor se sentó frente a ella y la cogió ahora de las dos manos. Una sonrisa fue llenándole poco a poco la cara. Su pecho fue retomando el compás de su respiración. Sintió que se elevaba. ¿Que estaría nervioso y sin saber qué decirle?

			¿Que se dedicaría a contemplarla? Se levantó de nuevo y la abrazó, quizá para cerciorarse de que en verdad ella estaba aquí. Volvió a tomarle las manos antes de atreverse a hablar.

			—Qué bueno que te dieron mi recado. Sabía que Mariano haría el paro. Ahora yo le debo un favor.

			Silvia siguió con la vista al frente, dándole la cara a Melchor, pero si este hubiera prestado poquita atención, si hubiera salido antes del júbilo, se hubiera percatado de que no estaban mirándolo. Si algún esfuerzo, si algún empeño había en Silvia, era solo para no reconocerlo, para concederle la misma atención que a la pared que él tenía a sus espaldas.

			Y hubiera seguido ignorándolo hasta que llegara el momento de marcharse. Pero todo su cuerpo, no solo su oído, reconoció un tono familiar mil veces machacado, una inflexión agorera como un disparo a quemarropa, y se puso en alerta un segundo antes de que ella reaccionara, aunque no pudo evitarle la pena de escuchar:

			—Que ni se te ocurra faltar un domingo de ahora en adelante, ni uno solo, porque te cumplo que mando matar a los viejos.

			Melchor sonrió satisfecho. Supo que la suerte se había enderezado. Subió y se metió a su celda. Justo en ese momento sintió que no había otro lugar en el mundo donde quisiera estar.

			—¿Qué le dijiste a tu vieja? —le preguntaron dispuestos a la carrilla, a seguir perdiendo el domingo, pero la sonrisa de Melchor los destanteó.

			—Que todo va a ser diferente ahora —dijo y soltó la carcajada.





		 			POLIOMIELITIS

			1

			A los cuatro años enfermé de poliomielitis y quedé inválida. Yo no recuerdo la enfermedad, pero recuerdo que podía caminar y correr. Josefa dijo que tuve calenturas, dolores, espasmos; que le di sustos horribles porque me quedaba ida, con los ojos volteados y ella no sabía cómo volverme ni qué hacer o a quién recurrir, porque no teníamos seguro ni dinero para un médico. Al no recibir atención médica a tiempo, la polio me provocó parálisis y me volví una carga.

			—Llorabas como niñita —me reclamaba Josefa todo el tiempo porque no la dejé dormir muchas noches, como si yo lo hubiera hecho adrede y como si no hubiera sido una niña.

			Para mí fue diferente. Recuerdo que por capricho o berrinche, me senté horas y horas sobre mis piernas y ellas, a manera de desquite, decidieron quedarse dormidas para siempre. Le contaron a mi cuerpo lo que había hecho y me castigó creciendo al ritmo atrofiado de mis piernas, dificultándome hasta respirar. Me volví un bulto.

			—Te quedaste achatada, como una pasa —decía Josefa—. De buenas que la cara te quedó bonita y con eso puede que algún desesperado se arrime contigo. Esa es mi esperanza.

			El apodo de Chata fue lo que ella me dejó. Lo único bueno que había hecho conmigo era haberme puesto un nombre bonito: Carolina, solo que no recuerdo que alguna vez me llamara así. Siempre me dijo Chata. Yo tenía que repetir mi nombre de vez en cuando para no olvidar que tenía uno lindo, que pudo haber sido mi destino y se quedó en nada.

			Cuando tuve entendimiento y quise reclamar, Josefa juró que me había llevado al centro de salud a que me pusieran la vacuna contra la polio, pero no pude recordarlo y tampoco quise creerle. Mi cartilla de vacunación se había perdido en una de tantas mudanzas que tuvimos de un pueblo a otro, y luego de una invasión a otra cuando por fin alcanzamos Navojoa. Como yo era otro tiliche al que había que cargar, ¿quién iba a ocuparse de un pedazo de cartón que quizá sirvió para rellenar los agujeros del techo?

			O quizá deba decir techos, porque tuvimos muchos y a ninguno le hicieron falta agujeros. Porque levantamos, o Josefa levantó, cuarto tras cuarto con la ilusión de que el último que ponía en pie fuera el definitivo.

			Sin embargo, los cuartos estaban hechos de pedazos de cartón que los ventarrones del valle espantaban por los aires. Cuando eso sucedía, Josefa se ponía a corretearlos con los brazos extendidos al cielo para atraparlos y evitar que se desbarataran al dar contra el suelo. Al verla correr con los brazos en alto, soltaba la carcajada porque parecía que hacía alguna danza de indios y que los cartones eran la ofrenda a los dioses de los vientos.

			Perseguimos cartones hasta que caímos en la última invasión donde sucedió todo. Era la más grande de las que conocimos y se escuchaba que pronto la legalizarían y la volverían colonia. Le habían dado el nombre del gobernador del estado para hacer méritos.

			—Eso no quiere decir nada, hace seis años tenía el nombre de otro gobernador —dijo Josefa, aunque estaba decidida a quedarse.

			Había cerca de cien levantamientos y alcanzamos un solar en el último linde. Éramos miserables entre los pobres. Los que podían hacerlo se habían animado y comenzaron a fincar con ladrillo; nosotras les pepenábamos lo que desechaban para completar nuestro cuarto.

			Aunque Josefa no se hacía muchas ilusiones, era lo mejor que habíamos tenido y prefería quedarse allí y dejar de cachar cartones. Decía que a las invasiones las llaman así porque ocupar un lugar sin permiso nos convierte en invasores, en enemigos de los propietarios de la tierra. Aunque vivamos en el mismo país, en la misma ciudad, invadir sus tierras es declararles la guerra. No te engañes, nos van a matar si es necesario para recuperar lo que les pertenece.

			2

			Tuve que aceptar que sería muy difícil ir hacia las cosas y tomarlas, que no importaba mi condición, nadie me acercaría nada a la mesa, ni siquiera Josefa. Ella me lo enseñó y no quería que lo olvidara.

			—Sirve lo mismo una persona que puede ayudarte, pero no quiere y una persona que quiere ayudarte, pero no puede: sirve de nada. Y nada es lo que tienes que esperar siempre —repetía.

			Comprendí que no tendría descanso. Mi enfermedad no había sido pasajera, al contrario, me acompañaría de por vida, hospedada en mi cuerpo como una tenia. Comprendí que no existía cuota ni medida justa que cumplir de dolor y sufrimiento, que los años por vivir nada más eran anticipos graves para merecer la muerte.

			Por eso estoy segura de que por la polio comencé a adivinar el futuro, a soñarlo y a revivirlo durante el día. A sufrirlo. No fue un regalo o retribución de la vida: fue una secuela de mi enfermedad. Quizá fue una secuela del virus, quizá fue porque pasaba demasiado tiempo sentada observando las cosas o quizá porque algo se me coció en el cerebro por culpa de las calenturas que tuve por arriba de cuarenta, pero culpo a la polio.

			Por fortuna, casi todo lo que soñaba eran hechos sin importancia. Eventos del día a día. Lo que habremos de olvidar sin más o habremos de vivir de nueva cuenta como parte de una rutina, como vestirnos por la mañana o lavarnos las manos antes de comer. Lo que no merece mayor atención ni tiempo, porque son precisamente acciones que ubicamos fuera de la cuenta del tiempo.

			Me costó entenderlo, tuve que darme cuenta de cómo se llenaba la vida en realidad, más de aire que de sustancia, más de olvido que de recuerdo. De otra manera la existencia no es posible, aunque nos engañemos y creamos lo contrario.

			Podía soñar que un hombre pedía dinero y al día siguiente venía el cobrador por el abono de la cobija. Alguien dirá que todo el truco era anticipar lo que iba a suceder de todos modos: que el cobrador siempre venía los martes. Quizá fuera así. No me hubiera sorprendido menos. También podía soñar que alguien se quejaba por haber perdido un objeto y al día siguiente un vecino llegaba a contar que había perdido su sombrero. No era casualidad, eran eventos que se cumplirían, inútiles, inservibles, pero adivinados al fin. El pero es que no podía saber directamente a quién iba a implicar y casi daba lo mismo si me asomaba al futuro o no.

			Por eso no me propuse llevar algún tipo de cuenta o registro. Muchas veces me descubrí recordando un sueño precisamente porque se repetía dur