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Colores en la oscuridad

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Year:
2020
Language:
spanish
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1

Seduciendo al Vampiro

Year:
2020
Language:
spanish
File:
PDF, 1.45 MB
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2

Comandante Durán

Year:
2016
Language:
spanish
File:
EPUB, 3.85 MB
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Colores en la oscuridad: Mar Petryk - 1a ed revisada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires



ISBN 978-987-86-5619-9





Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.



Esta es una novela de ficción. Los nombres, lugares y situaciones son producto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.





© 2020, Mar Petryk



Corrección: Mar Petryk

Diseño de portada y diagramación: Natalia López

liaencurvas@gmail.com





Porque todos estamos llenos de colores

que alguna vez no supimos ver…





Lo veo, el momento exacto en que mis palabras destrozan su alma, el alma más dulce…

El brillo en sus ojos se va apagando mientras yo permanezco de pie, ahí, tan cerca y tan lejos, viendo cómo sus sueños mueren en mis manos, sintiendo el dolor dentro de mí, bombeando, volviéndose más fuerte.





Primera parte

El ángel de mis sueños





1





Su voz me envuelve, me seduce, me protege, me seda.

—Voy a encontrar una manera de meterme bajo tu piel, Vico —susurra, robándome latidos, secándome una lágrima—. Voy a encontrar la manera de escuchar lo que sientes por mí, aunque no puedas decírmelo.

Siento el calor de su cuerpo aferrándose al mío, el adiós implícito en este abrazo.

«Voy a encontrar una manera de meterme bajo tu piel»

Mis piernas tiemblan, mi pecho arde, mi garganta se prende fuego.

Si supiera que no hace falta. Si supiera que se metió bajo mi piel la primera vez que me sonrió como si el mundo fuera mejor porque yo estaba en él. Si supiera que su tacto es imposible de borrar, que está ahí, como la tinta de mis tatuajes, recordándome aquello que no quiero olvidar.

Me aferro a mi ángel, el ángel de mis sue; ños, mientras todo a nuestro alrededor desaparece.

Los cuadros. La pintura. Los pinceles. Los bosquejos. Todo desaparece, solo quedamos los dos.

Mi ángel y yo abrazándonos en la oscuridad.

—Vico. —La voz ya no es suave, ahora me perfora los oídos—. ¡Vico! ¡Vico!

Mis ojos se abren, adaptándose a la luz que llena la habitación. Hay un pitido constante en mi cabeza, mi garganta es un desierto. La resaca es el recuerdo de lo estúpido que fui anoche.

Distingo su cabello castaño, trenzado como siempre.

—Cierra la ventana y sal de mi cuarto, Blanca.

—¡Vico! —Mi hermana me sacude cuando vuelvo a enterrar la cabeza en la almohada—. ¡Vico! Papá encerró a Valentín, ¡lo encerró otra vez!

Fuego asciende por mis piernas, retuerce mis huesos, enciende mis venas. Me levanto de un salto, la tierra gira bajo mis pies.

Busco los ojos verdes de mi hermana, asustados, más grandes que nunca.

—No salgas de mi habitación hasta que venga a buscarte.

Blanca asiente, sus pequeñas manos aferrándose al guardapolvo de la escuela.

Con cada escalón que me acerca al living, los gritos van tomando forma, volviéndose palabras que se clavan como dagas en la piel de esta familia.

—¡Volvió a tirar la puta botella! —El demonio encarna la voz de mi padre—. ¡El retardado no puede traerme una puta botella sin estrellarla contra este mugroso piso!

—Es un niño, Santos —la voz de mi madre es pánico y dulzura—. No tiene fuerza, se le resbaló, fue un accidente. Dame la llave, por favor…

—¿La llave? No pienso darte la puta llave, no pienso sacarlo de ese mugriento sótano en todo el puto día —vocifera—. Y que no te vea intentar pasarle comida por debajo de la puerta, ni una mísera galleta, porque te juro que te encierro con él.

La madera cruje bajo mis pies cuando me detengo en el último escalón. La mirada borracha de mi padre me sonríe.

—¡Ah! ¡Miren quién se despertó! ¡El artista de la casa!

Inhalo profundo, avanzo despacio hasta colocarme delante de mi madre. Sus manos tiran suavemente de mi brazo, intentando invertir los roles.

—Dame las llaves.

El llanto angustiado de Valentín acaricia las paredes, se detiene en cada esquina.

Una sonrisa venenosa crece en la cara del hombre que tanto aborrezco, ese cuya sangre calienta mis venas.

—Vas a tener que sacármela si la quieres, muchacho.

Da un paso al frente, otro atrás, apenas puede mantenerse de pie.

—La última vez te rompí la cara —le recuerdo con la voz muerta, a pesar de que mis manos tiemblan.

—¿Crees que le tengo miedo a un renacuajo como tú?

Su asquerosa risa se mezcla con el llanto de mi hermano, enloqueciéndome.

—Amor, por favor, sube a tu habitación —mi madre suplica en un susurro, sus dedos perforando la piel de mi muñeca—. Yo lo arreglo, ve a prepararte para la escuela. Yo…

—¡¿Vas a venir o no?! —Santos me provoca sacando la llave del bolsillo de su pantalón, moviéndola como un péndulo delante de mis ojos—. Acá está tu llavecita, maricón.

Mi cuerpo se endurece, la palabra me transporta.

—¿Qué es esta mierda?¿Dibujitos?¿Pinturitas? —Un golpe seco, mis acuarelas se pulverizan contra el suelo—. ¿Así que quieres ser artista? —papá escupe la palabra con asco—. ¿Piensas que los dibujitos te van a dar de comer? ¿Eh?

Agarra mi carpeta de dibujos y, uno por uno, comienza a destrozarlos.

—¡No! —Mi grito no lo detiene; mi angustia, tampoco.

—Maricón. —El odio en su voz cierra mis ojos, aprieta mi garganta—. Putito… —Ríe—. Artista…

—¡Ludovico, por favor! ¡Basta! —Sé que es mi madre, sé que hay lágrimas en su voz—. ¡Por favor, lo vas a matar! ¡Ya está, ya está!

La bruma roja comienza a disiparse, dejándome sentir su sangre cubriendo mis dedos.

Mi pecho sube y baja al ritmo de una bestia, hay lágrimas en mis ojos y rabia en mis venas.

Miro alrededor, el rostro pálido de mi madre en medio del ruinoso living. Miro hacia abajo, estoy sentado sobre el cuerpo vapuleado de mi padre.

Otro llanto agudo y aterrorizado se une al de Valentín. Mis ojos siguen el sonido, encontrándose con Blanca acurrucada en la mitad de la escalera.

Mis piernas tiemblan cuando me levanto y busco la llave que mi padre tiró en algún momento de la bruma roja.

Mamá corre y abraza a mi hermana con fuerza, como si el infierno fuera a tragarse la casa, como si el fuego por fin nos reclamara.

Limpio mis manos con mi pantalón mientras me acerco al sótano temblando como una hoja en el viento. Apenas abro, Valentín corre hacia mí.

—Yo no quise —solloza contra mi pecho—. No quise romper su botella, pero estaba mojada y fría y…

—Shhh. —Mis brazos lo rodean, temo que el sótano nos engulla para siempre—. No fue tu culpa, nada es tu culpa. —Busco sus ojos, el reflejo de los míos—. Los niños no tienen por qué llevarle alcohol a sus padres, ¿me escuchas? Tú no tienes que llevarle nada, no tienes que encender sus cigarrillos, no tienes que…

La mano pálida de mamá aterriza sobre mi hombro.

—Quiero que se vayan —susurra—. Vayan a la escuela antes de que despierte.

Beso la cabeza de Valentín, lo dejo ir.

Estoy a punto de salir, pero lo escucho, el sótano susurra mi nombre. El sótano me reclama, la oscuridad me extraña.

Miro los dibujos en las paredes, me pierdo en cada rostro, cada atardecer, cada monstruo.

El hambre no me deja dormir, el frío me hace cosquillas en los brazos.

Quiero hacer pis. Quiero salir. Quiero que mamá me lea un cuento y duerma conmigo. Pero él dijo que me porté mal, dijo que era un maricón bueno para nada. Pero sí soy bueno en algunas cosas. Soy bueno para dibujar y pintar, soy bueno en la escuela, soy bueno con mamá y nunca, nunca, ensucio mi ropa. Pero papá dice que soy un putito. No sé qué es eso, pero suena feo cuando lo escupe en mi cara. Casi tan feo como su aliento.

Dos golpecitos.

Mamá.

Me arrastro en la oscuridad hasta llegar a la luz que se filtra por debajo de la puerta.

—Voy a sacarte pronto, bebé —susurra. Está llorando. Odio que mamá llore, pero papá la hace llorar todo el tiempo. Ella dice que él no es malo, que solo está muy triste—. Te amo.

Dos tizas ruedan por debajo de la puerta. Una azul, otra rosa.

—Te amo, mami —susurro en la oscuridad.





2





Caminan más rápido de lo que sus cortas piernas les permiten, pero me siguen el ritmo. Ellos siempre me siguen el ritmo.

—¿No te van a decir nada por tu ojo violeta? —la preocupación se acomoda entre las cejas claras de Blanca.

—Deja de preocuparte por eso, peque.

—¿Te duele?

—No. —Aprieto su mano, también la de Valentín—. ¿Qué hacemos antes de cruzar?

—Mirar hacia los costados —dicen al unísono.

—Muy bien.

Miramos a cada lado antes de cruzar, Blanca avanza dando saltitos sobre los charcos que dejó la lluvia.

Encuentro los ojos húmedos de mi hermano mirándome.

—Estoy bien —digo y sonrío, intentando evitar que se sienta culpable—. Además, esto me ayuda con las chicas. —Me señalo el ojo golpeado—. Me hace irresistible.

—¿Qué es irresistible? —pregunta Blanca, girando sobre sus zapatos viejos.

—Ah, ya tienes algo para preguntarle a tu maestra apenas entres…

—¿A las chicas les gustan los ojos violetas? —Hay curiosidad en la mirada de Valentín.

Sonrío.

—Mmm… Depende. Un día tú y yo vamos a hablar de chicas, campeón.

Me arrodillo cuando llegamos a la escuela, acomodo los abrigos de los gemelos y aprieto suavemente sus mejillas.

—Voy a estar esperándolos a las cinco en punto para ir a casa, ¿sí? Si no me ven, me esperan. No se mueven de aquí hasta que llegue, ¿de acuerdo?

Asienten.

Blanca se prende a mi cuello como un mono y besuquea mi mejilla, mi hermano choca mi puño.

Veo cómo se alejan a paso lento, con sus pequeñas cabezas llenas de caos. Me relajo cuando desaparecen por la puerta. Mientras estén aquí están a salvo. Mientras estén aquí solo son niños de seis años. Mientras estén aquí no hay monstruos.

Me pongo la capucha y apuro el paso, mi vieja campera de cuero no tiene cómo ganarle la pelea al invierno.

Cuando llego a la cafetería sé lo que me espera antes de escucharlo.

—¿Otra vez, Vico? —El señor Molina, el dueño del lugar, me señala el rostro—. Te dije que no podías venir así a trabajar, no puedes atender a los clientes con el ojo morado… ¿Qué van a pensar? ¿Qué imagen está dando mi local? —Niega con la cabeza, hay un vestigio de lástima en su mirada—. Vuelve a casa, hablaremos cuando puedas mirarme con los dos ojos.

—Por favor, no puedo volver. —Lo persigo detrás del mostrador, ignorando a la gente que me mira—. Necesito trabajar —casi susurro—. Necesito las propinas, por favor…

Molina inhala profundo, cansado de mí y de mis excusas.

—No sé en qué estás metido, Vico, no sé qué te pasa, pero llegas a venir con el rostro magullado una vez más y… —me da mi delantal— se termina. ¿Soy claro? —Asiento—. Me caes bien y me apena tener que ponerme firme con esto, pero… es mi negocio, todo mi sacrificio, y esto —señala mi ojo, niega— no es lo que quiero y estoy seguro de que tampoco es lo que te mereces.

—No se va a repetir.

Sonríe tristemente.

—Eso dijiste la primera vez.

Agacho la cabeza, no puedo seguir mintiéndole en la cara.

—¿Qué mesas me tocan?

—Hoy no te tocan las mesas, no así. Vas a la cocina de lava platos.

—Pero…

Una mirada, me callo.

Me pongo mi delantal rápidamente y entro a la cocina. Comienzo a lavar la vajilla, fregándola con furia, con odio, hasta dejarla reluciente.

Mientras estoy en la cafetería intento no pensar en nada más, pero las facturas y deudas se acumulan ahogándome. El trabajo de medio turno de mamá en el taller de costura no alcanza, tampoco el mío, tampoco las propinas. Desde que mi padre perdió su empleo, y gasta lo poco que tenemos en alcohol, la casa se viene abajo, se hunde igual que nuestra familia.

El agua deja de correr, agarro dos bolsas de basura y empujo la puerta trasera. Las tiro y me sacudo las manos.

—¿Vico?

Esa voz. Su voz.

Todos mis músculos se tensan, mi piel se eriza. Mordiendo mi labio inferior, giro.

Ahí está, con su abrigo rojo hasta las rodillas, su pelo castaño cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, sus ojos de miel grandes y descansados, libres de preocupaciones, perfecta…

No me hace falta estar más cerca para saber que huele a jazmín. No me hace falta estar más cerca para saber que me muero por besar su boca.

—¿Qué…? —Deja caer su mochila, destroza la distancia que nos separa—. ¿Qué te pasó?

En el momento en que las puntas frías de sus dedos tocan mi piel, lo siento, siento cómo me rompo. Me astillo. Me ahogo en lágrimas silenciosas.

Mis párpados se cierran, disfruto de esa caricia que no merezco.

Mi corazón bombea enloquecido, cada célula de mi cuerpo la reconoce.

—Vico, ¿qué…?

—No es nada. —Me alejo antes de que sea demasiado tarde, antes de no poder hacerlo.

Su ceño se frunce en una mueca casi dolorosa, su preciosa boca se abre para decir algo, pero termina respetando el silencio extraño entre los dos.

Sigue ahí, de pie, mirándome como si quisiera abrazarme, como si quisiera tocarme, como si quisiera hacer todas esas cosas para las que fuimos destinados a ser.

—Hace semanas que no te veo en la escuela —habla, finalmente—. ¿Por qué estás faltando?

—Me quedé libre. No importa si voy o no, si saco un diez o un uno, voy a tener que rendir todas las materias en diciembre.

Algo muy parecido a la angustia cruza sus bonitos ojos.

—Es nuestro último año, Vico… Tú último año. ¿Y la Universidad de Arte?

Desvío la mirada.

—La universidad no es para mí.

—¿Qué estás diciendo? —Se acerca, su mano busca la mía y me quema. Su tacto me quema—. Tus dibujos son increíbles, tus técnicas, tus…

—¿Y tú? —la interrumpo, incapaz de escuchar una palabra más sin derrumbarme—. ¿Por qué no estás en la escuela?

Mira nuestras manos unidas, siente cómo crean un mundo. Lo sé, también lo siento.

Sus dedos se alejan despacio, dejándome vacío otra vez.

—Quedé con Bruno para… —Sus mejillas florecen, delatándola—. Nosotros…

El oxígeno es un recuerdo.

Mi sangre hierve.

—¿Bruno? ¿No había nadie mejor, Alma?

—Estoy intentándolo. —Hay furia y dolor en su mirada—. Estoy haciendo lo que me pediste que hiciera, estoy intentando…

—Lo lamento.

Sus ojos se humedecen, mis piernas tiemblan. No puedo soportarlo.

—Tengo que… seguir trabajando.

Asiente, retrocede un paso.

Me obligo a moverme, empujo la puerta.

—Vico.

Dejo escapar el aire por mi boca, aprieto los puños a los costados de mi cuerpo y la enfrento.

Vuelve a ponerse la mochila al hombro, me observa como si pudiera leerme.

—¿Estás bien?

No es una pregunta banal, no espera una respuesta automática. Espera que le cuente qué le pasó a mi ojo, espera que le diga por qué lloro por las noches, espera que le explique por qué siento que me ahogo cuando me mira así.

—Nunca estuve mejor.

La miel en sus ojos se funde con la oscuridad en los míos. Es una batalla silenciosa.

—Me alegra —susurra.

Mis pulmones no sirven. No me muevo. Solo la observo hasta que se pierde entre los edificios.

«Voy a encontrar una manera de meterme bajo tu piel. Voy a encontrar la manera de escuchar lo que sientes por mí, aunque no puedas decírmelo.»

La angustia juega con mi pecho.

«Estoy intentándolo. Estoy haciendo lo que me pediste que hiciera…»

Alma dejó de buscar un lugar bajo mi piel.

Alma dejó de buscar una manera para escuchar cómo mi corazón late por su nombre.

Alma se dio por vencida.

Supongo que tengo lo que quería. ¿No?





3





La noche cae fría, muerta sobre mis hombros.

Hay una botella de cerveza a mi lado, un porro entre mis dedos.

Un auto pasa cada veinte o treinta minutos, la gente suele evitar este pasaje. No los juzgo, solo la mugre puede sentirse cómoda en este lugar.

Blas, uno de mis amigos, saca una bolsita de coca. La rechazo cuando me la ofrece, esos polvos no son lo mío. Lo observo esnifar una línea. El subidón es inmediato, puedo verlo en sus ojos claros.

Miro el porro en mi mano. Si alguna vez cruzo esa línea, no será relajarme, será un problema más. Si alguna vez cruzo esa línea…, seré mi padre. Un adicto. Un esclavo. Un monstruo.

Blas disfruta de su viaje, Camilo y Jano beben vodka en silencio. Nadie mira mi ojo, nadie me pregunta por qué carajo apenas puedo abrirlo. Eso es lo que me gusta de nuestro grupo, cada uno se mete en su propia mierda. Nadie presiona, nadie opina, pero escuchan si alguno tiene ganas de soltar la lengua. Los prefiero así, silenciosos, aunque pasen por desinteresados. Estoy harto de la gente que ama dar consejos que nadie pidió, consejos que ellos mismos son incapaces de seguir.

—Alma está planeando un viaje a su casa en la costa para las vacaciones de invierno —dice Camilo y todo mi cuerpo reacciona a su nombre.

—¿Y? —Blas levanta una ceja—. La nena de papá se la pasa haciendo viajecitos y fiestas. ¿Cuál es la novedad?

—Que nos invitó a todos —Camilo agrega sonriendo. El viento le despeina el pelo corto y enrulado—. Somos un curso chico, quiere que vayamos todos juntos… Lo más probable es que cuando termine el año dejemos de vernos, así que me parece una buena idea. Más teniendo en cuenta que no podemos ni soñar con un viaje de egresados.

Aprieto los puños, el cigarro sigue en mi boca. Miro la ruta, intento no pensar. No pensarla.

—Paso. —Blas se levanta y sacude sus pantalones. Su altura es todavía más intimidante si lo miras desde abajo.

—¿Pasas? Van a ser días de alcohol y fiesta gratis… ¿Te pegó mal la coca?

—Yo voy. —Jano se levanta del cartón donde estaba acostado, el pelo rubio comienza a asomarse sobre su cabeza rapada—. ¿Las amigas de Alma? Eso no es algo que se pueda desperdiciar.

Todos ríen, incluso Blas, pero yo sigo mirando a Jano. No lo conozco mucho, apenas se junta conmigo, pero no puede engañarme. Sé que las amigas de Alma le importan un kilo de mierda, igual que cualquier otra mujer. Pero no va a decirlo, no cuando está demasiado asustado para admitirlo.

—¿Vico?

Hay expectativa en los tres pares de ojos que me miran fijamente, en especial en los de Milo. Todos sabemos por qué…

—Tengo que trabajar. —Es verdad, pero la otra verdad es que sería masoquismo puro encerrarme en una casa con ella y Bruno. Todavía no estoy tan enfermo.

—Puede que para entonces el viejo ese te dé vacaciones —agrega Jano.

—El viejo ese es buena gente, podrías tenerle un poco de respeto.

—El porro te pone sensible, Vico. —La sonrisa de Blas es euforia pura—. Te dije que pruebes mi magia. —Palmea el bolsillo donde guarda la coca—. Una línea y todo desaparece, así de fácil…

—Es tarde. —Me levanto, le doy un último trago a mi cerveza y la tiro al pasto—. Nos vemos mañana.

—¿Vas a aparecer por la escuela? ¿O el viejo buena gente te tiene de putita?

Risas.

Saco el dedo medio y se lo muestro bien alto mientras me alejo.

El camino a casa está lleno de fantasmas.

«¿Y la Universidad de Arte? Tus dibujos son increíbles, tus técnicas… »

Enciendo un cigarro, empujo su voz. Fuera. La necesito fuera de mi sistema.

«¿Qué es esta mierda? ¿Dibujitos? ¿Pinturitas? ¿Así que quieres ser artista? Putito, maricón.»

Giro la cabeza, los huesos de mi cuello suenan.

«Vico, ya no puedo caminar, estos zapatos me aprietan mucho. ¿Puedo tener unos nuevos? ¿Pueden tener luces como los de mis amigos?»

Avanzo sacudiendo las voces, dando una pitada tras otra. Algo se cruza entre mis piernas, haciéndome tropezar.

—¿Qué…?

Unos ojos marrones y llenos de pánico me observan.

Miro alrededor, la calle vacía, muda. Me acerco despacio, me agacho y acaricio su pelaje húmedo.

—Hace un frío que pela. ¿No, compañero?

Su lengua besa mis manos, su pequeña cola demuestra lo que un poco de compañía puede hacer.

—¿Dónde están tus dueños?

El mugriento cachorro me observa de costado. Miro su pelaje, parece blanco debajo de toda la suciedad. Sin collar, sin chapita ni teléfonos.

—Estás solo. —Más lengüetazos y miradas que me retuercen las tripas—. Aléjate de la calle antes de que termines aplastado, amigo.

Me levanto, meto las manos en los bolsillos de mi campera y continúo caminando.

Cuatro patas y una cola feliz me siguen.

—Basta —digo, como si pudiera entenderme—. Sigue tu camino.

Apuro el paso, pero vuelve a cruzarse, haciéndome tropezar otra vez.

—No puedo llevarte a casa, ese hijo de puta te rompería las piernas.

Su pequeño hocico blanco y embarrado sigue olfateándome.

—Ve.

Le doy la espalda, cambio de vereda, intento marearlo, pero el maldito cachorro no deja de seguirme.

Me detengo, lo observo. Orejas levantadas, cabeza ladeada y ojos que perforan el alma.

—Mierda…

Me saco la campera, me agacho.

—Si haces un solo ruido vamos a estar en problemas. ¿Me escuchaste?

Su lengua besa mis manos mientras lo envuelvo en cuero negro. Retomo el camino, sintiendo cómo se recuesta sobre mi pecho.

El infierno está silencioso, y eso es un milagro.

Intento no pisar ninguna lata de cerveza mientras atravieso el living, ignorando el cuerpo borracho que duerme en el sofá.

Subo los escalones de dos en dos, me encierro en mi habitación. Pongo una manta en el piso y al cachorro encima.

—Quédate ahí, no hagas ruido. Voy a buscarte algo de comer.

Como si entendiera lo que digo, se acomoda sobre la mata y me observa con ojos de lástima.

Salgo, la calma se siente tan ajena. Entro a la habitación de mis hermanos, los dos duermen abrazados a mamá. No recuerdo la última vez que mi madre durmió en su cuarto. Tampoco recuerdo cómo se oía su risa.

Bajo a la cocina, abro la heladera y descubro un desierto. Leche y agua, eso es todo lo que hay. Sirvo un poco de leche en un cuenco y subo.

—Esto va a tener que servir por esta noche.

En menos de un segundo, su hocico está lleno de leche.

Me saco las zapatillas, el buzo y la remera. Miro mi reflejo en el espejo del viejo ropero, aquella mancha morada aún se come mis costillas.

El hijo de puta me tocó, me golpeó y ni siquiera lo sentí. Tampoco sentí el momento en que su cuerpo dejó de defenderse.

Observo las paredes vacías, esas que una vez estuvieron vestidas con bosquejos y miles de sensaciones.

Cierro la puerta con llave y agarro el bolso que escondo debajo de mi cama. Lo abro, saco los lápices, los acrílicos y oleos, los pinceles y las hojas. Me siento en el escritorio, la mente en blanco y el corazón lleno. Pienso en esa noche, como cada puto día. Siento los colores, las yemas de mis dedos se tiñen con historias… Y durante el resto de la noche me permito ser sabiendo que hay retazos de su risa en cada pincelada.





4





Amo las tardes en que él no está. Amo cuando solo somos mamá y yo, dibujando, bailando descalzos en el living, cocinando galletitas de limón.

Amo que pegue mis dibujos en la heladera y los mire con una sonrisa gigante.

Amo que mamá sonría.

Amo que me mire así.

—Vas a ser uno de los mejores artistas del mundo, bebé —dice, ayudándome a ponerle los últimos toques de rosado a mi atardecer. Me encanta pintar atardeceres, me encanta soñar con mirarlos desde el mar—. ¿Sabes por qué? —Su voz es dulce y pronuncia cada palabra con calma—. Porque transmites emociones con cada pincelada, porque tus colores cuentan historias. —Sus ojos se humedecen, mamá siempre llora cuando pinto. Pero son lágrimas lindas, no como las que tiene cuando está papá—. Mientras tengas esta sensibilidad vas a llegar tan lejos, bebé, tan lejos… Y voy a sentirme tan orgullosa.

Sonrío. Eso me gusta. Me gusta que mamá se sienta orgullosa de mí y de mis pinturas.

El ruido de una llave en la cerradura borra la sonrisa de su rostro.

—Rápido —dice, juntando todos mis dibujos, los pinceles y las acuarelas. Levanta el mantel de la mesa—. No salgas hasta que te lo diga, ¿sí?

Asiento. Agarro mi atardecer húmedo, me levanto de la silla y me escondo debajo de la mesa.

Sé por qué tengo que esconderme. Se supone que estoy en la escuela y papá va a enojarse muchísimo si ve que estoy aquí, que mamá me dejó quedarme a pintar con ella toda la tarde.

Mamá acaricia mis mejillas, besa mi frente.

—No hagas ruido, bebé. Te amo.

Su cara pálida desaparece cuando deja caer el mantel.

Silencio.

Mi corazón golpea contra mi pecho, mis manos tiemblan.

Un portazo.

Mis ojos se cierran con fuerza.

Pisadas firmes. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.

—¿Qué hay de comer?

Su voz suena ronca y arrastrada, está borracho. Desde que tuvo el accidente y perdió su trabajo papá siempre está borracho. Y ya no me quiere. Ya no me lee cuentos ni me lleva a jugar al fútbol, tampoco me pide que dibuje para él. Ya no le gustan mis obras, me dice que son feas y estúpidas como yo.

—¿Bebiste otra vez? —Mamá suena triste. Odio que esté triste.

—¿Qué mierda hay de comer?

—No… —La voz de mamá es distinta cuando está papá—. No te preparé nada, no sabía que… ibas a venir a almorzar. Creí que estabas… buscando trabajo.

Silencio.

Escucho mi respiración. ¿Él también puede escucharla? Tapo mi boca.

—Estaba. Y todos estaban encantados de recibirme, hasta que vieron que me falta un puto brazo. Digamos que no me fue tan bien…

—Ya vas… —Veo los pies de mi madre alejarse lentamente de las botas de mi padre— ya vas a encontrar algo, Santos. Es cuestión de no perder la fe, Dios…

—¿De no perder la fe? —la interrumpe, acercándose a sus pies—. ¿De qué puta fe estás hablando, Adela? ¿Fe? ¿Dios? ¡¿Dónde estaba tu puto Dios cuando me arrancaron el brazo?!

—Fue un accidente. Es terrible, pero son cosas que pasan, cosas que…

La voz de mamá desaparece cuando las botas encierran sus pies.

—Soy un puto discapacitado. ¿Crees que alguien va a quererme así? ¡¿Eh?! ¿Crees que alguien va a contratarme?

—Santos, pasará. Van a contratarte si…

—Necesito olvidar —la voz de mi padre suena como si estuviera a punto de llorar—. Necesito olvidar este día de mierda, esta vida de mierda. Hazme olvidar, Adela.

—Vamos… vamos a la habitación —susurra mi madre, su voz suena extraña.

—No quiero ir a la habitación. Te quiero ahora.

—Amor, por favor, subamos —dice mamá. Le dijo amor. Mamá solo le dice amor cuando papá la hace llorar. ¿Está llorando?

—Shhh…

Un golpe en la mesa.

Los pantalones de papá tocan el suelo.

—Santos, por favor… —Hay lágrimas en la voz de mamá.

—Cállate. Hazme olvidar.

Otro golpe.

—Así… —Un gruñido—. Al menos sirves para algo…

El sollozo de mamá me pone la piel de gallina. Sigue suplicando subir a la habitación, pero papá no escucha. De su boca solo salen ruidos raros.

Me tapo los oídos. No puedo escuchar a mamá llorar, hace doler mi corazón.

Miro el atardecer en el piso. Me imagino junto al mar, oliendo la sal, sintiendo el viento en la cara, mirando el cielo, descubriendo colores que no sabía que existían.

—¿Hijo?

Su mano cubre la mía, arrastrándome al presente.

La cocina huele a galletas de limón, hay un golpe en su pómulo que el maquillaje no logra disimular. Nada cambió. Diez putos años desde la primera paliza y nada cambió.

—¿Dónde te fuiste, bebé? —me pregunta, sonriéndome con dulzura, mientras peina mi cabello oscuro hacia atrás—. ¿Estás bien?

Miro a la mujer que me dio la vida, la mujer que nos ama con locura, pero no puede hacer lo único que necesitamos: alejarse del monstruo.

—Llegamos tarde a la escuela —digo, levantándome.

—¿Te pongo las galletitas en un tupper? Todavía están calientes.

—No.

—Pero… son tus preferidas.

—No tengo hambre. —Cierro la mochila donde llevo libros que jamás uso y me acerco a la escalera—. ¡Valentín, Blanca, vamos!

—Hoy voy a hacer horas extras en la cafetería, después de la escuela —miento, hace semanas que no voy a la escuela, pero lo de las horas extras es cierto—. ¿Puedes retirarlos del colegio?

Mamá sonríe como si papá no estuviera esnifando coca en el living.

—Claro, cielo. —Acomoda mi capucha y mi campera de cuero—. Te amo. Lo sabes, ¿verdad?

Sus ojos pardos, iguales a los de Blanca, aprietan mi garganta.

—¡Vamos! —grito, alejándome de la caricia de mi madre.

Los gemelos bajan las escaleras corriendo. Valentín abraza a mamá, pero Blanca permanece a mi lado.

—Que tengan un lindo día. —Mamá nos sonríe—. Los amo.

Desvío la mirada al ente que restriega su nariz mientras se prepara otra línea.

Mis nudillos duelen.

Esta puta casa me asfixia.

—Vamos.

El aire huele a tormenta y me cuartea los labios.

Camino rápido, Blanca y Valentín se aferran a mis manos.

—¿El perrito puede dormir en mi cuarto esta noche? —Mi hermana pone su expresión más adorable.

—Ya te lo dije, Blanca, no puede salir de mi cuarto. Es el único que tiene llave, necesitamos ocultarlo de papá.

—Ufa… ¿Puedo ponerle nombre?

—¡Blanca, basta! —Valentín se queja—. Basta de hablar del perrito. No es nuestro, ¿entendiste? Nunca vamos a poder tener uno. Nunca.

Acaricio la mano fría de mi hermana.

—No podemos quedarnos con el perro, peque. Solo está en casa hasta que alguien quiera adoptarlo. ¿Sí?

—Yo quiero adoptarlo. ¿Podemos? ¿Podemos?

—No podemos. Papá va a lastimarlo si lo descubre. ¿Quieres que lastime al perrito? —Su ceño se frunce, niega con la cabeza—. Entonces, no puede quedarse.

El silencio nos acompaña el resto del camino.

—¿Estás triste? —Mi hermana busca mi mirada cuando llegamos a la escuela.

—No.

—Anoche pasé por tu habitación cuando bajé a tomar agua y te escuché llorar.

Inhalo profundo, muerdo mi labio.

—No era yo, estaba viendo una película.

Su pequeña mano me sostiene con más fuerza.

—Tu televisión está rota —dice y baja la cabeza.

Me agacho y sostengo sus mejillas heladas.

—No estoy triste, peque, estoy cansado. Nada más, te lo prometo. No quiero que te preocupes por mí, ¿sí?

Sus ojos se humedecen, pero asiente.

—Te quiero hasta el infinito, Vicovico.

—Te quiero hasta el infinito, Blancanieves.





* * *





Los tonos morados casi desaparecieron de mi rostro, eso significa que volví a atender las mesas. Vuelven las propinas, lo único bueno de este trabajo.

El tiempo se escapa de mis manos, la tarde desaparece bajo el cielo gris.

Estoy limpiando una mesa cuando la puerta se abre. No me hace falta levantar la vista, sé que está ahí, puedo sentirla. Siempre pude sentirla.

La sangre corre más rápido por mis venas, mis sentidos se agudizan.

Continúo limpiando sobre lo limpio, incapaz de girar, incapaz de encontrarme con sus ojos.

—Vico, tienes gente en la tres.

Cierro los ojos, asiento sin mirar a Molina. Dejo la rejilla en el mostrador, me seco las manos y mientras me acerco a su mesa me pregunto por qué. ¿Por qué, de todas las putas cafeterías de la ciudad, viene a esta? Sé que está cerca de la escuela, pero también sé que hay mejores lugares donde pasar el rato. ¿Por qué le gusta torturarme así?

—¿Qué desea la señorita?

La noche comienza a caer, pero el sol sale para mí cuando sus ojos me encuentran.

—Hola —su voz es un susurro que se pierde entre los ruidos de las tazas y la radio—. ¿Cómo… estás?

—Trabajando.

El principio de sonrisa que había en su boca desaparece. Me odio por eso.

—Claro. —Se acomoda en la silla, aclara su voz—. Te pido un café con…

—…leche de almendras y una cucharada de azúcar —termino su frase—. ¿Algo más?

Niega con la cabeza, observándome.

«Sí, recuerdo cómo tomas el café, Alma. Recuerdo cómo ríes, cómo bailas, cómo duermes, cómo lloras…»

Aprieto el anotador, alejarme sabe tan bien como un licuado de banana y cianuro.

Odio saber que estoy preparando su café con más cuidado de lo normal.

Odio que su presencia no me deje respirar.

Cuatro pasos me separan de su mesa mientras llevo la taza. Cuatro pasos que se transforman en un abismo cuando esa canción comienza a sonar.

Sus ojos buscan los míos.

El recuerdo late entre los dos.

El ocaso en que nos conocimos, el crepúsculo que nos encontró.





5





Las risas, la música y la gente me asfixian. No sé qué mierda hago en este lugar, no sé por qué me dejé arrastrar a esta pool party. Todos bailan alrededor de la piscina, pero nadie se mete, nadie se moja un solo pelo ni se arruina el perfecto maquillaje. ¿Cuál es el sentido? Idiotas pretenciosos.

Miro la cerveza en mi mano, siento el porro en mi boca. Ah, sí, por esto me dejé arrastrar. Distracción gratuita. Un par de horas sin ver el labio partido de mi madre, sin escuchar el llanto de mis hermanos, sin pensar en el hijo de puta que una vez me enseñó a caminar.

Mi mirada cansada escanea el lugar buscando a mis amigos. Blas es fácil de encontrar, su risa no pasa desapercibida. Sigue con el mismo grupo de idiotas. Jano está intentando levantarse a la hermana del dueño de la casa por tercera vez, la perseverancia es lo suyo y fingir también. Y Camilo…, ahí, mirando a la nada. Es otro bicho solitario.

Un grupito de tres chicas me observa entre risas tontas. Les va la película del chico malo. Todas quieren salvar al ángel caído. Si supieran que la oscuridad la llevo en la sangre y no en la ropa.

Dejo la botella de cerveza cuando empiezo a sentirme mareado, apago el cigarro y guardo lo que sobra en el bolsillo de mi pantalón.

El sol comienza a esconderse pintando el cielo de rosas y naranjas. Es mi momento favorito del día.

Miro alrededor, nadie, ni una sola maldita persona, está mirando el cielo. Todos tienen la vista fija en sus teléfonos o en un par de tetas.

¿Qué hay del mundo y sus colores? ¿Qué hay de lo que nos rodea? ¿Quién puede ser tan imbécil como para ignorar el espectáculo que el cielo nos regala cada día?

Todos tienen la voz de mi padre.

«¿Sentir los colores? Putito. Maricón.»

Sacudo la cabeza, pero el odio y el asco no se van.

Me abro paso entre las Barbies y los Kens intentando disimular el ligero balanceo involuntario de mi cuerpo. Entro al living buscando la manera de escapar del bullicio. Subo una escalera, miro las fotos familiares que acompañan a cada escalón. Sonrisas, abrazos, besos, cumpleaños, vacaciones… ¿Cómo debe sentirse vivir así? ¿Cómo debe sentirse tener un padre que no sea un monstruo con la nariz blanca y una madre que no sea un fantasma?

El primer piso está vacío, pero las risas todavía se escuchan. Veo otra escalera, subo un poco más. Ahora las voces son solo un recuerdo. Abro la primera puerta que encuentro, entro a la habitación. Todo es perfecto y nuevo, a diferencia de los muebles raídos de mi casa. Más fotos en las paredes, viajes, cumpleaños y risas perfectas…

Una brisa cálida mueve las cortinas de la ventana. Me acerco, trepo y me siento en el tejado.

La vista es inefable. Como si fueran mis oleos, casi puedo sentir los naranjas, rosas, amarillos y azules, combinándose entre mis dedos, formando mil historias.

—Cuesta creer que es real, ¿no?

Sigo la voz encontrándome con un par de ojos brillantes, húmedos, emocionados. La observo, a dos metros de distancia, sentada sobre las tejas, el cabello castaño largo hasta la cintura, la mirada perdida intentando descifrar el cielo.

Vuelvo la vista a las acuarelas entre las nubes.

—Me obsesiona el atardecer. —Su voz me llega como un susurro del viento—. Los matices, el juego de luces y sombras, la vida yéndose a dormir…

Mi piel se eriza. Me gustaría echarle la culpa a la brisa, pero sé que fueron sus palabras.

«Me obsesiona el atardecer»

Por el rabillo del ojo la veo moverse, acercarse a mí. Se sienta a mi lado, su perfume huele a jazmín y lo invade todo, despertando aquellos sentidos que dormí con unos cuántos porros.

—Soy Alma —dice, su mirada entibia mi perfil—. Soy nueva en la ciudad, vengo de Cariló.

La observo, le creo al dorado de su piel y a su rostro salpicado de estrellas.

—¿Cómo te llamas?

Ladeo la cabeza, me pierdo en sus ojos de miel. Alma brilla más que este ocaso. ¿Qué hace sola en el techo? ¿Por qué no está con las Barbies y los Kens?

Su rostro palidece con mi silencio.

—Ay, por Dios, es sordo —susurra—. Perdón —dice, casi sin hablar, solo modulando con esos preciosos labios llenos, y comienza a mover las manos creando señas que no entiendo.

Sonrío, muerdo mi labio inferior y disfruto del espectáculo. Cuando pasan los minutos y la frustración se dibuja en su rostro, hablo.

—No soy sordo, Alma, pero gracias por la clase de lenguaje de señas.

Sus mejillas florecen y una carcajada tan hermosa como inesperada explota en su garganta.

—¡Por Dios! Debo haber parecido una idiota… Ojalá me hubiera visto. Mierda, ¿por qué nadie me grabó?

Se está riendo de sí misma, eso me gusta.

«Okay, Alma, ¿qué más tienes?»

—En fin… —Vuelve a contemplar el cielo, secándose una lágrima divertida—. ¿Quieres que… te deje solo?

«Ya estoy solo, ángel…»

—Soy Vico —me presento, dándole mi mano—, de esta roñosa ciudad.

Su piel despierta la mía. Me extraña la perfección con la que nuestras manos encajan, casi como si estuvieran hechas para tocarse.

—Es un placer conocerte, Vico de esta roñosa ciudad.

Me cuesta soltar la calidez de su piel, pero lo hago cuando entiendo que no va a ser ella quien se despegue primero.

—Y… ¿qué te trae a la ciudad, Alma de Cariló?

—Mis padres son científicos, nos mudamos por… trabajo.

—¿Científicos?

—Sí, ya lo sé, suena… —Niega—. ¿Podemos hablar de otra cosa?

Me encojo de hombros.

—¿Cuántos años tienes? —pregunta y vuelve a mirar cómo el cielo se queda dormido.

—¿Vamos a hacernos todas esas preguntas triviales para conocernos?¿Cuál es tu color favorito? ¿Cuál es tu comida preferida? ¿Quién es tu ídolo?

Sus ojos me buscan, miel. Pura miel.

—Para conocerte, yo cambiaría esas preguntas por otras como… ¿Qué estarías dispuesto a hacer para proteger a la gente que amas? Si pudieras crear la cura para una enfermedad, ¿cuál sería? ¿Qué hace que te levantes cada día? ¿Dónde te ves en diez años? O…

—Dieciséis —respondo, intentando apaciguar el ritmo eufórico de mi corazón.

Sonríe.

—Tengo quince. Aunque no preguntaste, pero sé que te mueres por saberlo.

Levanto una ceja, una que disimula muy bien cuánto me gusta su actitud.

Una melodía suave y lenta comienza a sonar a un volumen alto, mucho más alto de lo que la música sonaba hace un rato.

Sus ojos se cierran, se recuesta sobre las tejas y sonríe. Su pecho se mueve con parsimonia, casi como si sintiera cada nota.

—Amo esta canción con cada célula de mi cuerpo, Vico.

Habla con seguridad, con soltura, como si me conociera de toda la vida. Y me quedo prendido de aquel pensamiento fugaz que cruza mi mente… En diez minutos, Alma fue más genuina que la mayoría de las personas que conozco desde que nací.

—¿Cómo se llama?

—¿No la conoces? ¡Vico! ¡Vico! No sabes lo que te pierdes… —dice con dramatismo—. Es The Scientist, de Coldplay. Arte, Vico. Arte.

Muerdo una sonrisa.

Mi cuerpo atontado se deja caer sobre las tejas a su lado. Miro cómo el cielo se tiñe de oscuros secretos, escucho la letra de la canción.



Me he acercado para decirte que lo siento,

no sabes lo encantadora que eres.

Tenía que encontrarte, decirte

que lo siento, que te aparté.

Dime tus secretos y hazme tus preguntas.

Oh, regresemos al principio.



Nadie dijo que sería fácil.

Nadie nunca dijo que sería tan difícil.



—¿Siempre tan serio? —susurra.

Ladeo la cabeza, la observo. Su boca tan cerca de la mía. Podría perderme en su beso y olvidarme de todo por un rato, lo sé, sería tan fácil.

—¿Siempre tan directa?

Sonríe, hay dos hoyuelos pícaros en sus mejillas.

—¿Qué te hace sonreír?

Desvío la mirada al manto negro que nos cubre.

¿Cuándo fue la última vez que sonreí? ¿Cuándo fue la última vez que reí hasta que me doliera la panza?

—¿Qué es lo que hace sonreír a Alma? —pregunto cuando no encuentro mi voz.

—Yo pregunté primero…

—Estoy seguro de que tu respuesta es mucho más interesante.

Muerde su labio inferior, ese que estuve mirando demasiado. Observa las estrellas y habla con la voz suave:

—Mmm… Alma sonríe con canciones que hablan del amor, libros que hacen que crea en la magia y pinturas que despierten su corazón.

—¿Pinturas?

Su mirada suelta las estrellas solo para buscarme.

—Quiero pintar —confiesa—. No quiero seguir los pasos de mis padres. Quiero pintar. Quiero plasmar todo lo que siento en un lienzo, quiero… tener mi propia galería de arte. —Una sonrisa risueña hace brillar la miel en sus ojos—. Ese es mi sueño.

La música no existe, mi piel está despierta, mi corazón enloqueció y floto entre las estrellas. Y no es el porro, no, es su risa. Es su voz. Son sus palabras.

—¿Suena aburrido? —susurra.

—Suena como la vida que siempre soñé.

Un trueno me arranca el recuerdo del pecho dejándome vacío.

The Scientist sigue sonando…

Los ojos de mi Alma están húmedos, sé que viajó a ese atardecer conmigo.

Me obligo a caminar. Cuatro pasos, cuatro pasos que me incineran. Dejo el café sobre su mesa.

—Vico…

—Que lo disfrutes.

Escapo. Me alejo como si su luz me quemara.

Solo cuando me encierro en la cocina consigo respirar.

«Hice lo correcto. Lo hice por ella. Lo hice antes de que me tocara, antes de que mi oscuridad la destruyera.» Me lo repito una y otra vez. Necesito creérmelo. Necesito entenderlo.

La puerta vaivén se abre, el señor Molina me observa.

—Vico, hay gente en la seis. ¿Puedes tomarles el pedido antes de irte?

—Claro.

Me paso las manos por la cara y el pelo, intentando borrar las huellas del pasado. Cuando salgo, Alma no está y una tormenta rompe el cielo. Su café sigue intacto y la propina es más que generosa.

Tomo el pedido de la mesa seis, me saco el delantal, agarro la mochila y me voy.

—¡Vico! —Molina me detiene antes de salir—. Llévate este paraguas, vas a empaparte apenas pongas un pie en la calle.

—No hace falta, yo…

—Llévatelo —insiste—, o te vas a enfermar y me vas a dejar solo la próxima semana.

Agarro el paraguas que me ofrece, le agradezco y salgo.

El aire está pegajoso; la noche, furiosa.

Abro el paraguas y comienzo a caminar. Cuando llego a la esquina, respirar vuelve a ser una odisea. Alma está en la parada de colectivos, absolutamente empapada y sola.

Cierro los ojos.

Voy a odiarme por esto, lo sé. Pero más voy a odiarme si la dejo sola en esa esquina.

Sus ojos encuentran los míos, la lluvia apenas nos deja ver.

Avanzo, cada paso que me acerca a su perfume es una patada en las pelotas. Cuando mi paraguas la cubre, veo cómo sus hombros se relajan.

—Yo… estaba esperando un taxi o algo, pero…

—Vamos, te acompaño a casa.

Su maquillaje está corrido; su nariz, colorada por el frío.

—¿Estás… seguro?

Mis dedos cometen el error de acercarse a su rostro, tocar su piel, correr ese mechón de cabello mojado que se pegó a su frente. Y ese gesto involuntario me costará una noche de lágrimas e insomnio, lo sé.

—No voy a dejarte sola en el medio de la noche bajo el fin del puto mundo, Alma. Tengo corazón, aunque creas lo contrario.

Ahí está, intentando leerme una vez más.

«¿Cuándo vas a entender que no estamos escritos en el mismo idioma, ángel?»

—Gracias.

Empezamos a caminar, el paraguas apenas puede cubrirnos a los dos. Alma se pega a mi costado izquierdo y yo finjo que paso mi brazo por sus hombros solo para protegerla de la furia del cielo. Sentirla tan cerca después de tanto tiempo me provoca cosas que no quiero entender.

—Tu ojo está mejor —dice cuando el silencio pesa demasiado.

—También tus uñas, dejaste de mordértelas.

Veo su sonrisa entre las sombras.

—Mi madre me pone un esmalte transparente que sabe horrible… Si fuera por mí seguiría mordiéndomelas, pero esa cosa es repugnante.

El silencio vuelve y, ahora que escuché su voz, pesa más que antes.

—Cómo… ¿Cómo están tus hermanos?

La pregunta es simple, pero me retuerce las entrañas.

—Bien. Revoltosos, pero bien.

—¿Puedes mandarles un beso de mi parte?

Me detengo.

—Alma…

—Lo lamento, yo…

—¿Podemos seguir en silencio? —es una súplica y lo dejo muy claro.

Su mirada triste acepta la tregua.

Nos comemos las calles a pasos rápidos, la tormenta burlándose de mis recuerdos y mi estúpido paraguas. Cuando llegamos a su bonita casa, la burbuja se pincha.

Ambos abrimos la boca, pero no sabemos qué mierda decir. ¿Qué se dice cuando todo está dicho?

—Que descanses —murmuro y comienzo a alejarme.

—¡Vico!

«La puta madre»

Giro, Alma trota hacia mí y vuelvo a cubrirla con el paraguas.

—Quiero mostrarte algo —dice, corriendo el pelo mojado de su cara—. Por favor, ¿puedes pasar?





6





El cielo se rompe sobre nosotros, la noche llora por todo lo que pudimos ser.

Miro sus ojos, esos que guardan mis sueños.

—Por favor —suplica—. Es importante para mí.

Sé que tengo que cerrar los ojos, pedirle perdón en un susurro mudo y alejarme. Pero cuando me mira así… olvido cómo dibujarme unas pelotas más grandes.

—¿Tus papás? —pregunto mientras nos acercamos a su casa.

—¡No están! —se hace oír por encima de la lluvia—. Será solo un momento, lo prometo.

Cuando cruzo el umbral, sé que crucé una línea. Un límite, mis límites, mis reglas. Las siento desvanecerse con cada paso que me adentra en su hogar.

La puerta se cierra.

Mi mirada melancólica escanea el lugar, todo sigue siento tan perfecto como antes. El sofá no está roto, no hay un borracho medio muerto durmiendo en él. La casa huele a cariño, amor, seguridad…

Alma se quita el abrigo mojado y lo cuelga en un perchero.

—Es… arriba —su voz vuelve a ser suave.

Arriba, donde está su cuarto, aquel refugio donde casi aprendimos lo que es el amor.

Subo la escalera en silencio, siguiendo su cuerpo, tratando de olvidar cómo se sentía debajo de mis manos.

Cuando se detiene en la habitación de su hermana, me siento confundido. Sus dedos tiemblan sobre el picaporte, pero no se mueve.

—¿Qué hacemos acá, Alma?

El silencio me ensordece.

Sus ojos me buscan llenos de emociones que sé leer muy bien: miedo, rabia, impotencia, amor.

Abre la puerta, espera a que pase primero. Lo hago, entro al cuarto de su hermana pequeña y el oxígeno se congela dentro de mi pecho.

Alma me sigue, cierra la puerta y se apoya en ella.

Miro a mi alrededor, lo absorbo todo. Caballetes, bastidores, lienzos en blanco y otros llenos de risa y dolor, pinturas, pinceles, trapos sucios, vinilos, bosquejos, color… Color. Todo lo que me rodea es color dentro de cuatro paredes pálidas con demasiada historia.

—Los convencí —casi susurra—. Hice lo que Abi quería, convertí su habitación en un estudio para mí. Para… nosotras. Es un lugar de paz y colores, exactamente lo que quería.

Mi lengua está atada, no sé qué decir… Solo puedo mirar, tocar, sentir.

—¿Hice bien? —Su voz está rota, mi peor pesadilla—. En… dar el paso, sacar todas sus cosas y… hacer esto. —Mira a su alrededor, los ojos llenos de palabras mudas.

Está ahí, lo siento, ese hilo indestructible que nos une tirando de mí, acercándome a esa otra parte de mi alma.

—Estuve ahí cuando Abi te lo pidió, Alma —hablo bajo, deteniéndome a centímetros de su cuerpo—. Estuve ahí, vi el brillo en sus ojos, vi su sonrisa crecer simplemente con imaginar este lugar.

Su labio inferior tiembla, quiero besarlo. Quiero besar hasta la última de sus lágrimas, espantar sus miedos y pelear sus batallas.

Pero la oscuridad toca mi hombro, susurra verdades a mi oído.

«No la mereces. Alma merece el mundo. Alma merece sonrisas y colores. Alma no pertenece al sótano, allí solo estamos tú y yo»

—Es la primera vez que entro desde que lo terminaron —confiesa, lamiendo las lágrimas que llegan a sus labios—. Hace semanas que abro la puerta y me quedo ahí, incapaz de entrar, incapaz de aceptar que es real. —Un sollozo destruye el último muro de su fachada impenetrable—. Es real, Vico, ya no… ya no está. Ya no… existe.

Alma se desarma delante de mis ojos una vez más. Esta vez no es mi culpa, pero duele igual.

Quiero evitarlo, peleo contra ese instinto que me mantiene alejado, ese que la protege, el mismo que me apartó de su sonrisa, el mismo que ahora pone su rostro en mi pecho.

—Sí existe —afirmo, abrazándola con desesperación—. Existe en cada pensamiento, en cada risa, en cada uno de esos colores, Alma. Existe porque existes tú y la llevas adentro, muy cerca del corazón. ¿Lo recuerdas? —repito las mismas palabras que le dije el día que su hermana falleció—. ¿Lo recuerdas, Alma?

Asiente, su mejilla busca calor en mi ropa mojada.

Dejo que mi silencio y sus lágrimas nos envuelvan mientras sigo aquí, de pie, sintiendo cómo el alma de mi Alma se rompe entre mis brazos.

—Se siente tan bien —susurra— estar entre tus brazos otra vez.

Sus palabras me petrifican.

Sé que mi corazón está corriendo. Sé que lo escucha, sé que lo entiende.

Su rostro deja mi pecho, sus ojos húmedos buscan refugio en los míos.

—¿Alguna vez piensas en mí? —el susurro astilla su voz.

Lo que nos rodea desaparece, solo puedo ver sus ojos odiándome, amándome.

—Eres todo lo que pienso.

Paré el puto mundo, lo sé, lo siento.

El pulso late desaforado detrás de mis oídos, la vida se amplifica cuando sus brazos se aferran a mi cintura como si fuera a desvanecerme como el sueño más dulce.

Su nariz roza mi mentón, juega con mi poca cordura.

—Alma… —tiembla entre mis brazos, húmeda y fría, ambos empapados—, no puedo hacer esto.

—¿Por qué? —la pregunta es agonía—. Dijiste que amarme era tan fácil…

—Amarte es fácil, Alma, tan fácil como respirar. Lo difícil es amarme a mí.

Respiro el aire cálido que escapa de su boca. Estoy cerca, demasiado cerca. Tanto que podría mandar todo a la mierda solo con inclinarme y tocar sus labios. Podría encontrar en su sabor la paz que tanto necesito…

Sus ojos se cierran. Una lágrima acaricia su mejilla y la atrapo con un beso.

—Olvidé lo suave que eres —susurro, y mis labios besan otra lágrima—. Por favor, no llores. No me desarmes así.

Mi boca acaricia su frente, sus párpados y la punta de su nariz, consciente de que es la última vez que va a sentir aquella seda inocente. El rosa de sus labios es el límite, uno que dibujé con mi propia sangre.

Alma inhala profundo, sé que mi tacto le duele tanto como le hace bien. Lo siento, compartimos ese sistema nervioso llamado amor, tan simple y complejo.

—Tengo que irme —mi voz suena gastada—, es tarde.

—Necesito… darte algo. —Seca su rostro con ambas manos—. Espérame aquí, vuelvo en un minuto.

Cuando deja la habitación, puedo respirar. Es extraño, cuando no estoy a su lado siento que muero, pero cuando veo sus ojos, cuando veo todo lo que podemos ser, me ahogo.

Me paso las manos por el pelo y la cara, la ropa mojada se pega a mi piel. Escaneo el lugar, hay piezas a medio terminar y otras listas para colgar en un puto museo. Las contemplo, las siento, las entiendo. Cada color, cada pincelada, cada expresión, cada luz y cada sombra… Lo suyo es el naturalismo, retratos especialmente, y su técnica es impecable. Alma es arte, lo lleva en las venas.

Sonrío, incapaz de contener el orgullo que me invade al pensar que el próximo año irá a la universidad. Su mundo va a expandirse, a cambiar para siempre. Alma va a tener el futuro que se merece, y será tan brillante que hasta el sol sentirá envidia.

—Odio esa pieza —su voz me saca del ensimismamiento—. Pero soy incapaz de dejar de mirarla, me siento increíblemente atraída hacia ella.

La escucho sin despegar la vista de ese par de ojos negros que protagoniza un lienzo titulado “El océano en sus ojos”.

—¿Por qué? —Contemplo los matices que componen el iris hiperrealista.

—Porque me recuerda a ti.

—¿Te recuerdo a una pintura que odias? Gracias…

Ríe y descubro un mundo.

La observo de pies a cabeza, hay un paquete en sus manos.

—¿Por qué te recuerda a mí, Alma?

Ladea la cabeza, sus ojos recorren mis facciones como si recién las conociera.

—Porque es feroz y débil —explica, desviando la mirada, estudiando la expresión de aquellos ojos negros—. Porque es emoción en estado puro. Porque es la mezcla perfecta entre luz y oscuridad… Porque es un diamante sin pulir.

Siento cada una de las palabras como caricias sobre mis hombros cansados.

—¿Por qué la odias, Alma?

Sus ojos de miel vuelven a mí.

—Porque no sentí nada más que dolor cuando la pinté. Tu dolor, Vico.

Trago la confesión, su mirada y la noche entera.

—Tengo que irme —lo afirmo por segunda vez, pero mis piernas no se mueven.

—Lo sé. ¿Me prestas tu teléfono?

Mi ceño se frunce.

—No voy a revisar los mensajes que le envías a las chicas, tranquilo.

«No hay chicas, Alma, solo tú»

Saco el celular del bolsillo de mi campera y se lo doy. No veo lo que hace, pero cuando me lo devuelve hay algo diferente. Ya no son las ocho y media de la noche, ahora son las doce y un minuto.

Busco la respuesta en sus ojos.

—Es la primera vez, desde que nos conocemos, que no voy a poder saludarte primero. Así que… —acerca el paquete a mi pecho— feliz cumpleaños, Vico.

Una revolución de sentimientos que entiendo, pero desearía no hacerlo, tiene lugar en mi pecho. Y es ruidosa, no puedo ignorarla.

Agarro el regalo sin despegarme de sus ojos.

—Lo compré con mi propio dinero, no el de mis padres —aclara, sabiendo que voy a rechazarlo—. Vendí unas ilustraciones y… —Muerde su labio inferior—. Necesito que lo aceptes, por favor. Es… —Niega—. Ábrelo, te va a encantar.

Hago lo que dice, lo abro bajo la ilusión de su mirada y el galope de mi corazón.

Una caja mediana de madera con mi nombre tallado.

Busco el brillo en sus ojos.

—Ábrela.

Abro la caja y olvido respirar. Pinceles de todas las medidas elegantemente colocados sobre terciopelo negro. Todos tienen mi nombre tallado. Es un set personalizado, básico y completo. Un set tan costoso con el que solo puedo soñar.

—Son los mejores pinceles de cerdas sintéticas que hay en el mercado. Sé que prefieres las cerdas naturales, pero sabes que yo no compro cosas de animales. —Rasca su frente, no sabe a dónde mirar. Está nerviosa—. Pero son increíbles, pude probarlos en la tienda y sé que con tus técnicas…

—Alma —la interrumpo, y sus ojos me derriten—. Gracias.

Una sonrisa genuina y dulce colorea su boca, y toma todo de mí no besarla.

—De nada.

—El estudio es perfecto, Alma, y sé que a tu hermana le encantaría. Disfrútalo, hazlo tuyo, hazlo suyo.

Asiente, la audacia en su mirada escondiéndose otra vez.

Intento sonreírle y comienzo a alejarme.

—Vico.

Me detengo, dándole la espalda, no puedo mirarla otra vez. No soy tan fuerte.

—Sabes que nunca voy a dejar de buscarte entre los demás, ¿verdad?

Mi garganta se llena de gritos mudos.

Cierro los ojos, guardo su voz en algún lugar de mi pecho y cruzo la puerta.





7





Soy un fantasma. Todos me sienten, pero nadie se anima a mirarme. Respiro, pero no vivo. Solo existo, aquí, al costado de la vida, observándola, soñando con su sabor, imaginando la suavidad de su piel, pintándola con mis dedos sobre un lienzo en blanco.

Cierro los ojos, intento recordar algo sobre estas malditas ecuaciones. Vuelvo a mirar el examen, las letras y números salen de la hoja y golpean mi cabeza.

¿A quién quiero engañar? Apenas recuerdo cómo hacer las operaciones básicas y, tal vez, una cosa o dos sobre fracciones y toda esa mierda inservible.

Miro a mi alrededor, todos, hasta el más imbécil de la clase, están moviendo sus lápices. Incluso Blas, Jano y Camilo, el trío todo me chupa un huevo.

Me consumo como un cigarro en manos de la ansiedad.

Un cigarro, eso es lo que necesito. Salir de este puto lugar y fumar. Relajarme, dormir la mente.

Mientras me pregunto en qué carajo pensaba cuando creí que volver a la escuela era una buena idea, me topo con sus ojos. Alma me regala su sonrisa más simpática y vuelve a escribir. Segundos después, toca mi brazo y señala mis pies. Sigo su índice, encuentro un papel. Me agacho, lo agarro. La clase sigue en lo suyo cuando lo abro y leo:

Puedo ayudarte a estudiar después de clase, solo tienes que pedirlo.

Inhalo profundo, rasco mi cabeza.

—¿Fricher?

Alzo la vista, la profesora de matemáticas se acerca y extiende la mano. Le doy el papel, la observo mientras lee. La señora Ramos suspira, hay preocupación en sus ojos claros. Ramos es uno de los pocos profesores que aman lo que hacen. Sin importar qué tan hijos de puta seamos con ella, se interesa por nosotros genuinamente. Por mí. Me pregunta cómo estoy porque quiere saber cómo estoy, no porque supone que está incluido en su sueldo.

—Quizá deberías aceptar la oferta —sugiere, devolviéndome el papel—. Se nota que viene de alguien a quien le importas.

Miro fijamente la nota, escucho sus tacos caminar revisando el resto de los bancos.

Los minutos son ácido en mi garganta.

El lápiz ya no está en mi mano. ¿De qué sirve intentarlo si estoy destinado al fracaso?

No voy a ir a la universidad, no voy a tener un puto estudio de arte, nadie va a apreciar mis obras porque nadie va a conocerlas. Porque no voy a salir de ese agujero negro que mamá llama hogar, porque no voy a dejar de trabajar en la cafetería, porque los sueños son solo sueños para mí.

Vuelvo a mirar a mis compañeros y no puedo evitar sentirme tan fuera de lugar. Tengo un año más que todos ellos, la mayoría ni siquiera llega a los dieciocho.

Sé que perdí un año cuando mi madre enfermó de neumonía y estuvo internada. Tuve que hacerme cargo de mis hermanos y la casa y eso me atrasó, pero… soy más grande que todos en esta jaula y, sin embargo, me siento tan perdido. Sin futuro. Sin mañana. Solo hoy.

Miro a mi Alma sentada a mi izquierda, concentrada, mordiendo el lápiz, y mi mente se deja seducir por los recuerdos dulces.

Me puse la capucha del buzo, a pesar del calor. No es la primera vez que llego a la escuela con un ojo morado, sé que tampoco será la última. Pero estoy cansado, tan cansado de la gente y su falso interés.

Me siento en el fondo, la cabeza gacha. Odio el primer día de clases, es la antesala al infierno.

Siento cómo el material del buzo se pega a mis brazos. Intento no pensar en los moretones que cubren mi cuerpo, pero los recuerdos de anoche duelen con cada movimiento.

El aula huele a desinfectante, me hace picar la nariz.

El timbre suena, mis compañeros entran como animales.

¿De dónde sacan ese puto entusiasmo?

Ruido. Todo es ruido. Mesas y sillas que se arrastran, risas, gritos y absurdos comentarios sobre las vacaciones.

La costa, las sierras, el sur, Europa… Todos hicieron algo, todos tienen recuerdos con los que sonreír durante el año. ¿Y yo? ¿Qué hice? ¿Trabajar como repartidor de volantes y curar las heridas de mi madre cuenta?

La rabia se filtra en mi sangre, burbujea. Sé que no está bien sentir envidia, pero… ¿cómo evitarlo? Quiero sus vidas perfectas. Quiero unos padres que me cuiden, me mantengan, me conozcan. Quiero cumplir con las putas obligaciones que corresponden a mi edad. Quiero…

El oxígeno es una leyenda, mi pecho se vuelve piedra.

Cabello castaño y largo, ojos de miel y mejillas con estrellas…

Alma. La quiero a ella.

Su mirada me encuentra, devolviéndome el aire. Una sonrisa angelical se dibuja en su boca mientras se abre paso entre la gente. Hacia a mí. Alma viene hacia mí.

—No lo puedo creer —dice, dejándose caer a mi lado, haciéndome saber cuánto extrañé su voz—. Dime que crees en el destino, Vico, porque este es su trabajo.

Recorro su rostro en silencio. Es simétricamente perfecto, me encantaría pintarlo con mis dedos…

Su mirada curiosa intenta ver a través de las sombras que proyecta la capucha.

—¿Tienes…?

—No. —Esquivo la miel en sus ojos—. No creo en el destino.

La sonrisa que iluminó mi día apaga sus labios.

—Vico, tu… —Sus dedos tibios se acercan a mi pómulo—. ¿Qué te pasó?

Jamás pensé que una caricia podría marcar un antes y un después en mi vida, pero su tacto lo hace, me marca a fuego.

—¿Qué hace la hija de una pareja de científicos en una escuela como esta?

Las puntas de sus dedos dejan mi piel.

—Mis padres apoyan la educación pública.

La pecosa intenta ver más allá de la mancha violácea que cubre mi ojo.

—Bienvenida al infierno, Alma.

La sonrisa pícara vuelve a su boca, esa que no puedo dejar de mirar.

—Encantada de arder contigo, Vico.

El timbre astilla mis oídos, me arranca de los brazos del pasado.

Todos entregan el examen y salen como si escaparan de la tercera guerra mundial.

La señora Ramos me mira mientras junto mis cosas.

—Ludovico…

—No. Hoy no, por favor.

Asiente, vuelve a acomodar sus papeles.

—Solo una cosa. —Me detiene antes de salir—. Acepta su ayuda. Puedes hacerlo, puedes graduarte, aún estás a tiempo.

—¿Estoy a tiempo? —Niego con la cabeza—. Me quedé libre, me perdí medio año.

—Eres más inteligente de lo que crees. Si me preguntas si te creo capaz de ponerte al día y aprobar todas las materias, mi respuesta es sí. Absolutamente sí.

La fe que deposita en mí es un buen gesto, pero no es suficiente. Yo no soy suficiente.

—Gracias —murmuro y salgo.

El frío curte mis huesos. Me pongo la capucha y empiezo a bucear entre la gente.

—¡Vico!

Su voz hace vibrar mi cuerpo.

«Sabes que nunca voy a dejar de buscarte entre los demás, ¿verdad?»

El viento juega con su cabello; sus ojos, con mi pecho.

—¿Cuándo quieres empezar? —pregunta, colocándose las ondas castañas detrás de las orejas.

—¿A qué?

—A estudiar. Puedo ayudarte, puedes graduarte este año.

Niego y comienzo a caminar.

—¡Espera! —Su mano se aferra a mi brazo—. ¿Por qué no te das una oportunidad?

El fuego me consume cada vez que me pierdo en su mirada.

—No voy a estudiar contigo, Alma.

—Bueno, entonces con otra persona. Un tutor, puedo pasarte un contacto si…

—No, gracias.

La esquivo, sigo mi camino.

—¡Vico, espera! Quiero… saber si vas a venir de viaje con nosotros a la costa, a… mi casa.

Me detengo, estudio el nerviosismo que la devora. ¿En qué momento pasó? ¿Cuándo nos convertimos en sombras de lo que fuimos?

Levanto una ceja, miro su boca con absoluto descaro y anhelo.

—¿Los marginales están invitados?

Su ceño se frunce, veo el dolor cruzar su mirada dulce.

—¿Qué estás diciendo?

—¿A tu novio no le molesta que vaya? ¿No se pone celoso?

Los ojos de miel se encienden.

—Bruno no es mi novio.

Ladeo la cabeza, la observo un poco más. Nunca es suficiente. Está tan cerca que podría contar cada una de sus pecas.

—¿No? ¿No es eso lo que me dijiste el otro día en la cafetería?

Niega, veo la furia apoderarse de su pequeño cuerpo.

—¿Y si lo fuera qué? ¿Qué mierda te importa? —explota—. ¿Tengo que recordarte que me dejaste, que me ignoraste, que me apartaste sin importar cuánto te rogué que no lo hicieras?

Mi garganta hierve, apenas puedo respirar. No sé lo que hago. No sé lo que digo, no puedo parar.

—Me dijiste que estabas en algo con Bruno.

«¿Qué estoy haciendo?»

—¿Qué mierda te importa si estoy con Bruno o con toda la población masculina de este país? Me dejaste bien claro que no me querías de esa manera.

El silencio duele más que las uñas que se entierran en mis palmas gélidas.

Hay una granada en mi pecho.

—No te entiendo, Vico —su voz pierde fuerza—. Me dejaste, me pediste que me olvidara de ti, que hiciera mi vida y… ¿me haces estos planteos? ¿Una escena de celos?

—Esto no es una escena de celos.

—¿No? ¿Qué es entonces, Vico?

Puedo escuchar el latido de su corazón herido, marchito. Puedo sentir las lágrimas calentando sus ojos.

—¡Ahí está mi chica! —Aparece Bruno rodeándome y abraza a Alma por detrás.

Mis piernas se vuelven ceniza, no sé cómo mantenerme de pie. No sé cómo respirar cuando acerca la boca al cuello de mi Alma y besa aquel punto exacto que tanto amo. Mi parte favorita de su cuerpo, esa donde tiene una peca en forma de corazón.

Alma se aleja con educación, un brillo extraño se apodera de la mirada oscura de Bruno.

—Hace un siglo que no te veía, hermano. ¿Cómo va todo?

Mis ojos van de Alma al hijo de puta que la sostiene entre sus brazos.

—No soy tu hermano. —Busco mis ojos de miel—. Gracias por la invitación, pecosa, pero prefiero pegarme un tiro en las pelotas.

Dejo a la parejita atrás.

—¿Pecosa? —Escucho al imbécil a lo lejos—. Me pediste que no te llamara pecosa, me dijiste que lo odiabas. ¿Él sí puede hacerlo?

Sonrío.

Me pongo los auriculares, necesito apagar el mundo.

Slipknot comienza sonar.

Alma.

Necesito arrancarla de mi pecho, de mi puta cabeza.

No puedo tenerla, está fuera de mis límites. El nosotros no existe, no tiene futuro y ambos lo sabemos.

¿Cómo se hace? ¿Cómo te arrancas el alma y sigues viviendo?

Necesito olvidar su boca, su cuerpo, su arte, sus ideas…

Necesito…

Mi teléfono vibra, es un mensaje de Blas.

Esta noche en mi casa. Cerveza, coca y juguetitos. ¡Tu puto regalo de cumpleaños! No faltes, princesa.

Necesito… esta noche.

Necesito dormir mi mente y dejar de anhelar lo que no puedo tener.

Necesito destruirlo. Destruirme.

Necesito borrar para siempre su huella de mi piel.





8





Cuando llego a casa, la sombra de mi padre no está. El alivio es inmediato, sé que los ojos cansados de mi madre pueden notarlo.

—¡Vico! ¡Vico! —Blanca corre y abraza mis piernas—. Te preparamos una sorpresa, ¡tienes que venir a la cocina!

Dejo la mochila sobre el sofá y sigo a la peque.

—¡Cierra los ojos! —insiste, y mamá ríe suavemente. Hace meses que no escuchaba su risa, tal vez años.

Cierro los ojos y dejo que su pequeña mano pegajosa me guie.

—¡Valentín! —mamá lo llama—. Deja a ese perro y ven a saludar a tu hermano.

Escucho pasos rápidos, seguido del crujir de los escalones de madera.

—Ahora sí —dice Blanca, apretándome la mano—. A la cuenta de tres. Uno, dos…, ¡tres!

Mis párpados se abren.

—¡Feliz cumpleaños! —gritan al unísono.

Hay una torta horriblemente decorada sobre la mesa.

—Mamá la hizo y yo la decoré —explica Blanca, mirándome con ojos llenos de ilusión—. ¿Te gusta, Vicovico?

Miro los deformes corazones rojos que cubren el bizcochuelo. Mi índice se hunde en la crema que cae, tocando la bandeja, y lo llevo a mi boca.

—Me encanta, peque. Vas a ser una gran repostera.

—¡Y veterinaria! —agrega, pegando su mejilla a mi estómago.

—Todo lo que quieras ser, peque. No hay límites —afirmo y acaricio sus trenzas.

—¡Falta mi regalo! —Valentín empuja a su hermana, reclamando mi atención—. Lo hice en la clase de artística, es para poner todos tus pinceles.

Observo el lapicero hecho con palitos de helado de todos los colores.

—Tengo unos hermanos muy habilidosos. —Despeino el cabello de Valentín, Blanca vuelve a pegarse a mi costado—. Gracias, me encanta.

—Y ahora… la mala noticia —dice mamá, apoyándose contra la mesada—. El cachorro rompió tu vinilo de Queen.

—¡Lo destruyó por completo! —La voz de Valentín suena fuerte y divertida—. Quedó hecho papilla, tooooodo en pedacitos.

—¡Él no tiene la culpa! —Blanca defiende al cuatro patas—. Es chiquitito, no sabe que está mal. No quiso rompértelo, Vicovico, lo juro.

—Lo sé. —Miro el lapicero—. Ya está… ¿Se tragó algún pedazo?

—Creo que no —mamá se acerca—, pudimos reconstruirlo como si fuera un rompecabezas.

—¡Uno babeado! —agrega Valentín.

—Tienes que encontrarle un lugar antes de que tu padre lo descubra, bebé —mamá insiste, como si no lo supiera—. Últimamente llora cuando te vas, es casi imposible mantenerlo callado. Tu padre pregunta por qué empecé a poner música todos los días…

—Lo sé. Estoy intentando encontrarle una familia decente, ya puse un cartel en la cafetería. Necesito un poco más de tiempo.

—¿Puedo comer torta? —Mi hermano mete los dedos en la crema y mamá lo reta.

—Es toda tuya —digo y salgo de la cocina.

—¡Vico! —Blanca me persigue—. ¿No vas a probarla?

—Tengo que salir en un rato, peque. Prometo comerme todo lo que sobre cuando vuelva.

Blanca asiente y me regala una sonrisa.

El cachorro baja de la cama de un salto y comienza a dar vueltas a mi alrededor cuando abro la puerta de mi habitación.

—Okay, lo entiendo. —Me agacho, recibiéndolo, intentando domar su euforia—. Estás feliz de verme, lo sé, soy hermoso…

Varios lengüetazos después, vuelve a la cama.

—Ya te apoderaste de mi cuarto, ¿eh? —Ladea su cabeza, sus orejas escuchan atentas—. Necesito que dejes de romper cosas, Vagabundo, así nadie va a querer llevarte a casa. En especial si destrozas vinilos de Queen, es un sacrilegio.

Acaricio su pelaje, ese que resultó ser blanquísimo después de un baño.

—Vas a estar bien —susurro, acostándome a su lado.

Son las siete de la tarde. Hoy es mi día libre en la cafetería, así que no sé cómo matar el tiempo hasta que Camilo pase a buscarme para ir a mi fiesta.

La caja de pinceles que Alma me regaló está ahí, sobre el escritorio, llamándome como un canto de sirena.

Quiero acercarme. Quiero sentirlos. Quiero pintarla. Pero no soy capaz de olvidar la boca de aquel imbécil sobre su cuello.

Me levanto, cierro la puerta con llave y busco el bolso debajo de mi cama.

Comienza el ritual.

Me saco la campera, el buzo, la remera. Enciendo el reproductor de vinilos, lo único bueno que recibí de mi padre, de aquellos días en que el monstruo yacía dormido. Elijo uno de los mejores trabajos de Pink Floyd, The Dark Side of the Moon, y comienza a endulzar el ambiente.

Esparzo los oleos sobre la mesa, pongo un lienzo limpio en el atril.

Me gusta sentir los colores calentando las yemas de mis dedos, me gusta leerlos sin el peso del pasado, solo con el sonido de su risa.

Abro la caja de pinceles, acaricio las cerdas, casi tan suaves como su cabello.

Su risa.

Sus lágrimas.

Su voz.

Su boca.

Sus ojos.

Su sabor.

Empiezo con los dedos, el rosa explota en el cielo blanco. Líneas y curvas llenas de pasión, recuerdos, anhelo, miedo, amor, alma.





* * *





Cierro la puerta del auto, Milo me observa con su sonrisa de nene bueno.

—No tienes cara de feliz cumpleaños.

—¿Alguna vez tuve cara de feliz cumpleaños?

Cambio la asquerosa radio que escucha, busco algo de metal o rock clásico.

—Varias veces, hermano, y siempre hubo pecas de por medio.

Pecas.

Pintarla me agota. Pintarla me mantiene vivo.

—¿Hablaste con Blas? ¿Sabes de qué mierda va esto?

Acelera, pero prudente, siempre prudente. Camilo es un nene bien, enamorado de la sonrisa equivocada.

—Tu fiesta de cumpleaños.

—Estamos hablando de Blas, el hijo de puta más egoísta de la historia, claramente no es mi fiesta.

Ríe, sube el volumen y deja que Metallica marque el ritmo de su pulgar.

—Tiene la casa libre, alcohol y coca. Tu cumpleaños es una excusa más para joder y olvidarse de todo. —Niega con la cabeza—. ¿No es a lo que todos van? A olvidarse de la vida por un rato.

—¿No iban a festejar que un día como hoy llegué para embellecer el mundo?

La sonrisa de Milo se pierde en la música.

Mi cabeza se pierde en ella.



La destartalada casa de Blas explota. Música, María, alcohol, coca.

Todos bailan. Todos saltan. Todos gritan. Todos beben. Nadie escucha. Nadie siente.

Me abro paso entre los fantasmas, ninguno se molesta en mirarme, soy un ente más. En menos de un minuto tengo un porro entre los dedos y cerveza en la boca.

El día se adormece, las sombras que me abrazan me sueltan poco a poco.

Dos porros y cuatro cervezas después, comienzo a olvidar por qué destrocé su sonrisa, tiré mis oleos y quebré el atril.

Blas aparece puesto hasta las pelotas, más blanco que papá Noel.

—¡Feliz cumpleaños para la princesa! —Me toca la nariz con una bolsita de coca—. Soy tu hada madrina y vengo a cumplirte tres deseos con mis polvos mágicos.

—Vas a tener que ofrecerle los polvos mágicos a tu madre para que olvide cómo le están dejando la casa.

—Siempre fue una pocilga, no hay diferencia —dice, con la voz llena de rencor, y comienza a buscar el bolsillo de mi campera de cuero.

—¿Qué mierda estás haciendo? —Le saco la mano, pero insiste con torpeza.

—Es el mejor regalo que te hicieron en tu vida, Ludovica. —Guarda la coca en mi bolsillo—. De nada, bombón.

Blas desaparece, listo para otra línea.

Camilo está sentado en el sofá, acariciando al gato de la casa. Con la mirada, esa que comenzó a perder nitidez, busco a alguien conocido.

Cabello castaño, ojos de miel, boca sensual, mejillas estrelladas. No es Jano, es mi Alma y sostiene una mano que no es la mía.

Y arde. Recordar cómo se sentían sus dedos entre los míos arde.

Avanza vistiendo un corto vestido blanco y seguridad. Mis ojos borrachos escanean su cuerpo, reconociendo cada curva que apareció con el tiempo, amando haber sido testigo del cambio.

Su mirada brilla mientras recorre el lugar.

«Sabes que nunca voy a dejar de buscarte entre los demás»

Cierro los ojos, inhalo profundo.

La siento observándome, devorándome, gritándome todo aquello que no quiero escuchar. Que no puedo escuchar.

Sé que en el momento en que nuestras miradas se encuentren no quedará nada más por decir. O tal vez habrá tanto que nos contaremos secretos hasta quedarnos sin voz.

Soy débil y cometo el error de mirarla.

Es ella. Ella es mi color.

La tristeza acaricia sus ojos. Sé que el porro que se consume en mi mano es lo que apaga su luz.

Su boca se abre como si estuviera a punto de decirme lo imbécil que soy, lo roto que estoy, pero la mano de Bruno se posa en su cintura y, entre risas y susurros, comienzan a bailar.

Los ojos de mi Alma no pueden soltarme, no saben cómo hacerlo.

La música desaparece, la gente se desvanece.

No escucho el latir de mi corazón, solo siento el pulso detrás de mis oídos avisándome que sigo vivo. Advirtiéndome que estoy a punto de explotar.

—Basta. —Camilo aparece delante de mí, deteniendo mi flagelo—. Tienes que dejar de hacer esto, de hacerte esto.

Lo empujo, justo para ver a Bruno besando el hombro desnudo de Alma.

—Tengo que romperle la cabeza, eso tengo que hacer.

Tiro el porro y doy un paso errático hacia adelante, pero la mano de Milo se apoya en mi pecho haciéndome retroceder.

—¿Por qué?

La rabia me consume, los celos son una mano alrededor de mi garganta.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué vas a romperle la cabeza?

Vuelvo a mirarlos, su asquerosa boca en aquel dulce cuello.

El dolor ruge, el cansancio calienta mis ojos.

—¡Está tocando a mi Alma!

Intento avanzar, pero Milo bloquea mi paso otra vez.

—¿Y? —dice, buscando mi atención—. ¿Alma es tu novia? No. ¿Está en peligro y te pidió ayuda? No. —Su índice se entierra en mi pecho, igual que sus palabras—. Está divirtiéndose. Está intentando pasar página, pasar de ti. ¿No es eso lo que le pediste? ¿A qué mierda estás jugando, Vico?

Escucho el ritmo irregular de mi respiración, las puntas de mis dedos cosquillean.

—Él… es un hijo de puta pretencioso. Se acuesta con todo lo que se mueve, no la merece.

—¿Y tú sí? —Camilo me saca la botella de cerveza—. ¿Qué hiciste para merecerla? ¿Eh? ¿Tengo que recordarte lo que hiciste, Vico? ¿Quieres que te recuerde cómo la destruiste frente a todos?

El oxígeno es polvo en mis pulmones.

No puedo respirar. No merezco respirar.

—Suficiente alcohol y porros por una noche. Apenas puedes mantenerte de pie, imbécil.

Sé que es mi mejor amigo. Sé que quiere lo mejor para mí. Pero lo mejor está lejos, disfrutando de la calidez de unos brazos que no son los míos, y no hay nadie más a quien pueda culpar… Solo yo.

Le arrebato la cerveza y lo empujo.

—Yo digo cuando es suficiente.

Me pierdo en la multitud. Dejo que los cuerpos sudorosos me rocen. Puedo hacer lo que todos hacen, puedo olvidar los problemas por un rato. Puedo olvidar que mi padre es un hijo de puta que nos muele a golpes, que mi madre es un fantasma dulce, que mis hermanos no tienen infancia, que la única persona que supo amarme por lo que soy está armándose otra vez del otro lado del océano que dibujé para los dos.

Puedo hacerlo, puedo fingir.

Me muevo entre los cuerpos, la sexualidad latiendo en cada movimiento.

Mientras mi cabeza gira y la cerveza enfría mi garganta me pregunto cómo debe sentirse… tener sexo, hacer el amor, entregar hasta la última gota de tu esencia. ¿Cómo debe sentirse estar dentro de Alma? ¿Cómo se le hace el amor al amor?

Pienso en todas las oportunidades que tuve para perder la virginidad. Siempre tuvo sentido esperar. Esperarla. Esperar a que aquella parte de mi alma estuviera lista. Pero… ¿ahora? ¿Qué sentido tiene esperar ahora, sabiendo que jamás voy a tenerla? Podría irme con cualquiera que tenga ganas de pasar el rato.

Podría portarme mal.

Podría mandar todo a la mismísima mierda. Un poco más.

Y lo hago. No rechazo el cuerpo que se restriega contra el mío mientras bailamos al ritmo de una música que detesto. No lo rechazo a pesar de que no siento nada.

Y cuando la bebida desaparece y una lengua explora mi boca, tampoco me alejo. Solo pienso en que no sabe a Alma, no es dulce ni cálida, no me enciende, no me deja a sus pies, no me… despierta.

Dejo que la morocha muerda mi labio y muerdo el suyo con la misma intensidad. Dejo que se aferre a mi cuello mientras me aferro a su cintura, intentando sentir algo. Pero no llega. La electricidad, la paz…, no llegan. Solo hay piel. Solo hay carne. Y la carne está bien para quien no probó el alma.

Esa boca suave y mullida busca mi cuello y mi cuerpo cede a la experiencia buscando sentirse vivo. Mis párpados se cierran imaginando su boca, recordando cómo se sentía sobre mi piel, cómo jugaba con mi pulso hasta enloquecerlo.

Un mordisco experto me saca del trance, mis ojos son testigos del infierno.

Alma, mi alma, y su mirada húmeda fija en mí. En la morocha. En su boca marcando mi cuello. En mis manos en su espalda baja.

Sus lágrimas tienen mi nombre.

Antes de que pueda suplicar perdón en un susurro mudo, comienza a caminar hacia la salida. Empuja a la gente, sola, desesperada por salir, por arrancar de su mente esta escena. Lo sé, puedo sentir su desesperación en mis venas.

Mis piernas tontas la siguen, ignorando los gritos de la morocha de los labios suaves. Creyó que nos estábamos divirtiendo, y yo creí que podía disfrutar de otra boca.

La gente, la música, mis amigos y la casa de Blas quedan atrás.

La noche y mis pasos borrachos son lo único que se interpone entre nosotros.

—¡Alma!

Sus zapatos de taco suenan más y más fuerte, rápido. Intento seguir el ritmo, pero las calles se multiplican igual que su hermosa cola enmarcada en ese vestido blanco.

Me aferro a las paredes que aparecen de la nada.

—¡Alma! No… no vayas tan… rápido.

—¡Deja de perseguirme, Ludovico! —su voz se pierde en el tronar de sus zapatos.

Sonrío.

—Ludovico —repite mi voz pastosa.

Sigo a mi alma en silencio. Ni todo el alcohol del mundo puede hacerme olvidar que está sola y es de noche. Y vivimos en un mundo de mierda.

Arrastro los pies, alguien puso cemento en mis zapatillas.

¿Dónde carajo vive? ¿En el Polo Norte?

Sigo sus pasos enfurecidos, mis párpados luchan por cerrarse y aún saboreo a la morocha. La que hizo llorar a mi Alma. ¿O fui yo?

—Hijo de puta —me susurro.

Tacos, cementos, Polo Norte, paredes y mil puteadas después, Alma corre y desaparece dentro de su casa.

Me dejo caer sobre los escalones, apoyándome en su puerta. Estoy mareado y el frío congela mi aliento, pero no pienso moverme hasta que aparezca. Él. Bruno. Sé que vendrá y también sé que voy a matarlo antes de que cruce esta puerta. No va a pasar. No voy a dejar que le toque un maldito pelo.

«No es tu novia. ¿A qué mierda estás jugando?»

—¡No lo sé!

La noche se come mi grito y se ríe de mí.

Una, dos, tres gotas.

Observo el cielo, tan roto como yo. ¿Alguien más va a llorar hoy?

Limpio mi boca con el dobladillo de mi remera, pero la siento… La culpa. Escupo sobre las flores que la madre de Alma se esmera en cuidar, pero el sabor sigue ahí.

¿Puedo cortarme la lengua?

—¿Vico?

Giro, ahí está el que se lleva a la cama a todo lo que se mueve. Tardó menos de lo que pensé.

Me arrastro hasta que vuelvo a estar de pie, surfeando el mundo.

—Te estaba esperando…

Bruno sube los escalones e intenta tocar el timbre, pero lo agarro de la campera.

—Tú y yo nos… vamos —digo, queriendo despertarme—. Ahora.

El ceño del imbécil se frunce con diversión.

—Vine a ver cómo está Alma, desapareció de la casa de Blas sin avisar.

—Alma está… perfecta. Posible… —Carraspeo—. Posiblemente durmiendo como… un ángel. Vamos.

—Puedes irte, yo voy a hablar con ella para…

—No. —Mi pecho se endurece, mi lengua intenta funcionar—. No vas a… hablar una mierda, vas a… irte.

Sus hombros se ensanchan. ¿Piensa que le tengo miedo?

—¿Qué mierda te pasa, hermano?

Subo un escalón y siento que escalo el Himalaya.

—Me pasa que no vas a hablar con ella. —Mi nariz roza la suya, sus ojos me desafían—. Te conozco, hermano, sé qué estás… buscando meter… meterte entre sus piernas y dejarla como segunda opción. Pero con… mi… alma, no. ¿Me escuchaste? No vas… a tocarle un puto pelo.

Ríe haciendo vibrar mi cabeza.

—¿Tu Alma? No parecía tan tuya cuando abrió las piernas para mí.

Ciego.

La bruma roja me deja ciego.

No siento el dolor, solo escucho los huesos de mi mano deshaciéndose sobre su nariz.

Ni la lluvia ni la torpeza del alcohol impiden que nos enrosquemos en rabia.

—¡Ya te olvidó! —Me retiene contra el pasto—. No sé qué mierda hubo entre ustedes, pero te olvidó. ¿Entendiste? Yo hice que te olvidara.

Escupo su cara, y un puño doble se estrella contra mi sien.

—Mientes —balbuceo, mi campo de visión se llena de estrellas y mis ojos de lágrimas—. Es mi alma... Mi… Alma.

La puerta se abre.

Mi cabeza gira sobre el pasto húmedo, encontrándose con sus ojos de miel.

—No lo dejes entrar —susurro—. Por favor, no me olvides.





9




Alma





La súplica en su mirada me desarma.

—No me olvides —susurra una vez más.

Respirar es difícil cuando veo el dolor en sus ojos; no arrodillarme a su lado y fundirme en sus brazos, también.

Inhalo tristeza, amor, rencor y valentía.

Los observo, enroscados, casi abrazados sobre el césped brilloso.

—¿Puedo saber qué está pasando? —Cruzo los brazos sobre mi pecho, el fino camisón que llevo puesto no sabe defenderse del frío—. ¿Quieren que los vecinos llamen a la policía?

Bruno se levanta, soltando a Vico, limpiándose la nariz ensangrentada.

—Yo quiero saber qué pasa —exige, su tono no me gusta nada—. ¿Qué hace en la puerta de tu casa, Alma? ¿No me olvides? ¿Qué mierda está pasando?

Mi cuerpo tiembla; mi voz, no.

—Primero: no sé qué hace en la puerta de mi casa. Segundo: no tengo que darte explicaciones, Bruno.

Su sonrisa nerviosa se une a la ridícula escena.

—¿No tienes que darme explicaciones?

—No. —Lo miro a los ojos y me aseguro de que mi voz suene clara cuando digo—: No somos novios, no somos nada. Solo estamos viéndonos, pasando el tiempo juntos, divirtiéndonos. Sin compromisos, ¿recuerdas?

Los ojos oscuros de Bruno están fijos en Vico, que intenta levantarse, pero el alcohol no deja de jugar con él.

—Esto… —Bruno dibuja un triángulo con su índice, uniéndonos a los tres—. Yo no comparto.

Sonrío suavemente.

—No puedes compartir lo que no es tuyo, Bruno. No soy tuya, no soy de nadie.

La sorpresa cruza su bello rostro.

Me pregunto qué le hizo pensar lo contrario. Nos conocemos bien. Sé quién es, sabe quién soy. Ambos sabemos lo que hacemos, usarnos. Yo soy un reto; él, una distracción, una formar de intentar.

—¿No eres de nadie? —Ríe—. Deberías aclarárselo al cavernícola que piensa que es tu dueño.

Vico escupe, el dorso de su mano borra la sangre de sus labios mientras intenta levantarse por tercera vez.

—Sí —balbucea—. Es mi alma, la llevo acá —toca su pecho—, donde tú nunca podrás… sentirla.

Quiero culpar al invierno, pero sé que es su voz la que eriza mi piel.

—Váyanse, por favor… Fue una noche larga.

Bruno señala a Vico, que logró ponerse de pie.

—No voy a irme hasta que él se vaya.

—No es una sugerencia, Bruno. Es una orden, los quiero afuera de mi jardín ahora.

Ludovico se acerca, sube los escalones aferrándose a la baranda y busca mis ojos con desesperación. El alcohol en su aliento me llena de angustia cuando susurra:

—No significó nada. No sentí… nada.

Sigo atada a su mirada cálida, a los distintos tonos de marrón que componen esos ojos con los que sueño cada noche, pero no puedo dejar de ver la boca de aquella mujer sobre su cuello. Sobre sus labios. Sobre cada lugar que amé, que amo.

—¿De qué mierda está hablando, Alma? ¿Alguien me puede explicar qué carajo está pasando?

Muerdo mi labio inferior con fuerza, reteniendo las palabras. El viento juega con mi pelo; la humedad en los ojos de Vico, con las grietas de mi pecho. Me aferro a la puerta.

—Si en cinco minutos siguen aquí, llamo a la policía y digo que hay dos extraños queriendo entrar a mi casa. Saben que voy a hacerlo.

Cuando pongo el último cerrojo, me desplomo.

«No lo dejes entrar. Por favor, no me olvides»

Lágrimas calientes besan mis mejillas.

Odio entender sus palabras. Odio sentir sus palabras.

Dejarlo entrar… en mí, no a esta casa. Dejarlo entrar y llenar ese agujero negro que dibujó con su ausencia. Ese que se traga todo lo que fui a su lado.

Olvidarlo… ¿Cómo? Él me hacía sentir arte, puro, vibrante, real… ¿Cómo olvidar a mi chico de los colores?

«No significó nada. No sentí nada»

Odio entenderlo. Odio saberlo.

Sé que ese beso no significó nada, como todos los besos que Bruno me dio, como cada uno que intenté devolverle, como cada roce de labios que no me hizo sentir nada más que… vacío.

Odio no poder odiarlo.

Odio entender por qué hace lo que hace.

Odio saber que está detrás de esta puerta y no puedo abrazarlo.

Los minutos se espesan, la noche se enfría y los recuerdos pasean a mi alrededor.

Me levanto, mis rodillas tiemblan y los vestigios de la angustia calientan mis ojos. Miro por la ventana, el jardín está vacío.

La noche y la débil llovizna me hacen sentir más sola. Desearía poder hundir el rostro en el pecho de papá, escucharlo decir que todo estará bien, que siempre hay luz en la oscuridad.

Seco la humedad de mis mejillas, destrabo los cerrojos y abro lentamente la puerta solo para asegurarme.

La cabeza de Vico rebota contra el suelo.

—¿Qué…?

Sus ojos adormilados se abren, una sonrisa perezosa endulza su boca.

—La… vista desde aquí es… increíble, pecosa.

Doy un paso atrás, estirando el largo de mi corto camisón, fingiendo que cada maldita palabra que sale de su boca no me provoca nada, que no extraño su toque, su calor.

—Creí que te habías ido, te dije que iba a llamar a la policía si…

—No vas a llamar a la… policía, mi alma. Nadie se lo cree.

—Bruno lo creyó.

Me observa desde abajo, el rostro herido y cansando.

—Bruno no… te… conoce —susurra, hay pausas alarmantes entre cada palabra—. Bruno no sabe que… jamás… jamás… marcarías el 911 si no fuera… necesario. Eres… demasiado consciente, demasiado… responsable y… perfecta para este mundo.

Los dedos de mis pies descalzos se retuercen.

No quiero mirarlo, pero no sé cómo dejar de hacerlo.

—¿Qué tan borracho estás?

—Lo suficiente para decirte que te amo.

Tiembla.

Mi cuerpo tiembla.

La Tierra tiembla.

La tristeza en sus ojos no me suelta, reafirmando sin palabras aquella dulce confesión.

Quiero besar su boca y sus miedos. Quiero respirarlo. Quiero respirar otra vez.

—Puedes… —Aclaro mi garganta, busco mi voz—. Puedes usar el sofá e irte cuando amanezca.

Una sonrisa pícara tira de sus labios.

—A tu papá nunca le gustó que… me quedara a dormir.

—A ningún padre le gusta que el novio de su hija de dieciséis años se quede a dormir. Además, ya no tengo dieciséis, tampoco eres mi novio y mi padre no está. —Le doy mi mano—. Levántate, Vico.

Sus dedos torpes se entrelazan con los míos y es imposible ignorar el cosquilleo que despierta mi piel. Tiro con fuerza, hasta que su pecho me roza.

—El mundo es más bonito de pie, ¿verdad?

Sus ojos me recorren deteniéndose en cada peca, cada detalle, como si estuviera memorizándome. Su índice acaricia mi frente antes de colocar un mechón de cabello detrás de mi oreja, haciéndome vibrar.

—El mundo es más bonito contigo.

Mis párpados se cierran imitando a mi garganta.

—Por favor —un susurro, una súplica—, no digas esas cosas.

Siento la presión de su frente contra la mía, su aliento a cerveza y soledad entibiando mis labios.

—Encuentro pedazos de ti en cada dibujo, en cada canción, en cada sueño… ¿Cómo dejo de pensarte, Alma? ¿Cómo dejo de quererte?

Una lágrima acaricia mi piel, no es mía, pero la reclamo en silencio.

—Duele —susurra.

—Nada duele más que tu dolor.

—Te necesito —sus labios dibujan cada palabra sobre mi mejilla—. Necesito a mi Alma, necesito… respirar.

Un escalofrío recorre mi columna.

—¿Por qué haces esto?

—Porque estoy borracho.

—No. —Me aferro a su campera—. ¿Por qué sigues alejándome? ¿Por qué nos dejas sin oxígeno?

—Porque amo tu color y no pienso apagarte.

Su calor me abandona, dejándome fría.

Sus pasos erráticos lo llevan hasta el sofá, donde se deja caer.

Me quedo de pie, mirándolo, sintiéndolo en cada célula. Cuando las lágrimas se agolpan en mis ojos cierro la puerta con llave y subo a mi habitación.

Las sábanas están gélidas.

En mi pecho es invierno, y solo él puede traer el verano.

Me acurruco, convirtiéndome en una bolita, intentando ignorar que estamos tan cerca y tan lejos.

Mis párpados se cierran.

Lo veo, como cada noche. Veo el museo y la felicidad en sus ojos, escucho cada obra, leo los colores y siento la vanguardia en cada escultura. Y en él. En su forma de ver el mundo, de sentir la realidad, de sostener mi mano. Y así, viajando al pasado entre risas, lágrimas y arte, revivo nuestro primer beso. Ese primer roce de labios que despertó la magia y dibujó el infinito.

La puerta de mi habitación se abre.

Mi corazón enmudece.

Siento su perfume antes de que la cama se hunda bajo su peso.

Las sábanas se mueven.

Su respiración canta para mí, despertando mis sentidos.

—Sé que no tengo derecho a preguntarlo y… no tienes la obligación de responder —su voz suena ronca, gastada, herida—, pero me está matando. ¿Hiciste el amor con él?

Mis ojos se abren, encontrándose con el pánico en su mirada.

—¿Cómo se hace el amor sin amor, Vico?

El alivio lo acaricia.

—Si me dijeras que lo quieres, pecosa, te dejaría ir —susurra, acercándose hasta que su nariz toca la mía—. Si me dijeras que quieres acostarte con él, lo aceptaría. Pero me destruye pensar que puedes hacerlo por despecho. Me destruye pensar que puedes hacerlo con él porque no puedes hacerlo conmigo. Porque… no puedo tenerte. Porque… me niego a apagarte, a lastimarte así.

El silencio se apodera de mí, a pesar de lo mucho que tengo por decir.

Sus labios húmedos se posan en mi mentón, deteniendo mi pulso. Solo soy capaz de sentir el tortuoso recorrido de su boca mientras coloniza cada peca de mi rostro. Hay adoración en cada beso, genuina y angustiante.

Su índice se une a la tortura, delineando mis facciones.

—Podría pintarte con los ojos cerrados.

Siento la yema callosa de su dedo dibujándome, despertando cada rincón que creí dormido.

Su respiración se vuelve pesada; mi cuerpo, también.

Su índice se desliza perezosamente entre mis pechos, camino al sur, enloqueciéndome, llenándome de necesidad.

Pero la electricidad muere cuando su caricia se detiene.

—Mía. —Hay agonía viviendo en su voz—. Tu alma es mía. Sabes que susurra mi nombre, sabes que no puede soltarme así como yo no puedo soltarte, ángel. Mi ángel, la pecosa de mis sueños…

Mi corazón galopa.

Mi pulgar borra una lágrima solitaria que osa ensuciar su piel.

Sus ojos se cierran mientras acaricio su cabello negro.

—Lo sé. Descansa, mi chico de los colores.





10





Jazmín.

Todo lo que percibo es jazmín dándole la bienvenida a mis sentidos, erizando mi piel.

Una jauría hambrienta destroza mi cabeza, se divierte con los recuerdos que la noche coloreó.

«No me olvides»

La angustia me destripa.

«… pedazos de ti en cada dibujo… ¿Cómo dejo de quererte?»

Los retazos de mis labios acariciando su piel aceleran mi pulso.

«Amo tu color y no pienso apagarte»

Apagarte.

Apagarte.

Mis ojos se abren.

Luz tenue y cálida se filtra por la ventana, iluminando una habitación vestida de verde agua.

Huele a paz.

Huele a Alma.

Alma.

Alma duerme sobre mi pecho.

Mi sangre se congela.

Su cabeza sube y baja, acompañando el latido disfuncional de mi corazón.

Hundo la nariz en su pelo, respiro. Por primera vez en casi un año, solo… respiro.

Su perfume huele como quiero que huela mi futuro, mi hogar.

Es onírico. Tenerla entre mis brazos, sentir el calor de su piel, atestiguar su sueño es… onírico.

Jamás, ni en mis días más oscuros, imaginé volver a tenerla así.

Mis dedos pasean por su brazo, despertando su piel.

El sueño de Alma es profundo, puro, siempre supo perderse en otro mundo.

Mi índice besa su clavícula, su hombro, su cuello.

Aquí estamos, tumbados sobre sueños, robándole al presente más de lo que puede darnos.

La noche se acomoda entre nosotros, torturándome. Me gustaría decir que no recuerdo cómo jugué con mis límites, pero lo hago. Estuve a punto de besarla, de saborearla, de revivir. Besé cada peca de su rostro y me detuve en la comisura de esa boca… Lo hice, me detuve sabiendo que no sería capaz de parar si mis labios la rozaban. Recuerdo el anhelo en sus ojos, la desesperación de mis pulmones y el capricho de mis dedos.

Hice mal. Lo hice todo mal. Emborracharme como un nene, seguirla, entrar a su casa, decir lo que dije…, subir a su habitación.

Si tan solo supiera cómo detenerme.

Si tan solo supiera cómo dejar de pensarla, de buscarla en letras de canciones y mezclas de colores…

Si tan solo supiera cómo ser sin alma.

Miro alrededor, busco la hora y fuerza para levantarme. Son las ocho de la mañana. Necesito irme antes de que despierte, por el bien de los dos.

Cierro los ojos, entierro la nariz en su cabello una vez más.

«—¿Qué tan borracho estás?

—Lo suficiente para decirte que te amo.»

Mi pecho se marchita, no hay flores cuando sus ojos no me miran.

Nunca temí decir te amo. Nunca temí hablar de sentimientos, pero ahora… ahora quiero esas dos palabras de vuelta, ahora quiero evitar que le hagan daño. Porque van a hacerlo, cuando despierte y mi calor no sea más que un agridulce recuerdo.

Cuento hasta diez.

Cuento hasta cien.

No encuentro las pelotas que me faltan para levantarme.

«¿Por qué haces esto? ¿Por qué nos dejas sin oxígeno?»

Trago su voz, su mirada y la súplica escondida en cada parpadeo.

Me muevo.

Mientras baila en alguna de las fases del sueño, Alma me sustituye por una almohada.

Sonrío, recordando todas las veces que le dije que roncaba cuando no era cierto.

Un bretel de su camisón negro se deslizó por su hombro, dejando ver la dulce curva de esos pechos que mis manos extrañan. Delicadamente, lo coloco en su lugar y duele. Duele vestirla cuando todo lo que quiero hacer es desnudarla, adorarla.

Mis pies descalzos tocan la alfombra. Mis zapatillas y mi campera están sobre el banco debajo de su ventana, y no recuerdo haberlas dejado ahí. Tampoco sacármelas.

Me visto.

Paseo por su habitación, su mundo, su refugio. Todo sigue igual, como si el tiempo no hubiera pasado, como si la angustia no hubiera clavado sus garras en cada rincón. Camino, toco, siento y me encuentro en cada foto.

Alma conserva los retazos del hilo que nos une.

Alma conserva cada pedazo de mí.

Mis ojos se detienen en una pieza, mis dedos no pueden luchar contra la necesidad de tocarla. Siento la porosidad de la madera, observo el corazón mal tallado. Fue la primera vez que puse a prueba mi destreza para la escultura. Fue lo primero que le regalé cuando descubrí que su piel acobijaba una peca con la misma forma.

El aire es espeso y está lleno de recuerdos inocentes. Cuesta respirar tanta felicidad con los pulmones llenos de ceniza.

Me siento en su escritorio, hay una lapicera y una hoja en mis manos antes de que pueda racionalizarlo.

Estudio el corazón de madera, dejo que las palabras se acomoden en mi pecho y escribo.



Alma,

Levantarme de esa cama fue el equivalente a una tortura medieval.

No voy a mentir. No voy a negar que quiero besarte cada peca, incluso esas que aún no descubres. No voy a negar que quiero sacarte ese camisón y saciar la necesidad de sentir. Sentirte. Respirarte. Revivir.

Cada parte de mí te quiere, cada parte de mí te extraña.

No somos ilusos, no estamos hechos de sueños idílicos, ambos sabemos que estamos destinados a arder juntos.

Ninguna boca será tu boca.

Ninguna voz será tu voz.

Ninguna mente será tu mente. Y tu mente es hermosa, Alma. Me enamora el caos en tu cabeza.

Pero necesito detenerme. Necesito hacerlo por ti, por esa risa que hace vibrar mi pecho, por ese color, por esos ojos que merecen ver el mundo…, ese que no puedo mostrarte, ese que no puedo descubrir de tu mano.

Alejarme no es capricho, es sacrificio, es otra forma de demostrarte cuánto te amo. Porque te amo, Alma, diga lo que diga, estés con quien estés, seas quien seas, te amo. Hoy y en mil años, te amo.

Y porque te amo necesito que me ayudes a cuidarte, necesito que seas la fuerte de los dos. Necesito que me ignores, Alma, por favor. Niégame el saludo. Ignórame, porque soy incapaz de dejar de buscar la miel en tus ojos.

Vico.



Doblo la hoja.

Sé que ese punto no es el final, es el comienzo del infierno.

Me acerco a la cama, dejo la carta sobre las sábanas y beso su hombro desnudo. De camino a la puerta, elijo un souvenir que me ayude a sobrevivir. La guardo en mi bolsillo y salgo. Salgo antes de ceder al capricho de mi corazón muerto.





El camino a casa está lleno de Alma. Su risa viaja por mi sangre, sus ojos pintan el cielo que me acompaña.

Estar en su habitación despertó un fantasma, ese que disfruta narrar nuestra historia.

Risas, lágrimas, besos, caricias, lenguas, música, pintura… Tanta vida dormida entre esas paredes.

Antes de llegar la pocilga donde mueren mis sueños, sé que voy a sangrar.

Los vecinos se asoman por las ventanas, atraídos por los gritos. Los gritos de mi madre.

Corro.

La adrenalina evapora los restos de miel, pasado y risa.

La desesperación me roba años de vida.

Solo puedo pensar en una cosa: correr. Comerme los metros que me separan del infierno.

La puerta se abre, el rostro ensangrentado de mi madre me saluda mientras mi padre tira de su cabello hacia atrás.

—Suéltala.

Los ojos del monstruo están rojos, los restos de una línea ensucian su nariz.

—Suéltala —repito, manteniendo el control, intentando ignorar el llanto asustado de mis hermanos acurrucados sobre el sofá roñoso.

—Necesito plata —escupe, arrancando el pelo de la nuca de mi madre.

—No hay más, Santos, lo juro —su voz aguda es un susurro perdido entre lágrimas—. Anoche te di lo último que quedaba.

El llanto de mis hermanos es todo lo que puedo escuchar. La sangre deslizándose por la nariz de mi madre es todo lo que puedo ver.

—Si tengo que pedirte una vez más que la sueltes, no podrás esnifar tu mierda porque voy a romperte la puta nariz.

Mi padre, o lo que ahora habita su cuerpo, sonríe.

—Te crees muy hombre, ¿no?

Su mirada vacía me desafía.

—Definitivamente más hombre que tú.

—El día que dejes de ser un maricón virgen hablaremos de hombría, hijo.

Aquella palabra revuelve mi estómago.

—El día que dejes de golpear a mi madre hablaremos de hombría, papá.

Algo brilla en sus ojos, algo que no me interesa descifrar.

Meto la mano en el bolsillo de mi campera para buscar algo de efectivo que calme a la bestia, entonces la siento. La bolsa. Los polvos mágicos de mi hada madrina.

«El mejor regalo que te hicieron en tu vida»

La saco lentamente, los ojos de mi padre estudiando cada movimiento.

—Hay, como mínimo, suficiente para… tres días —digo, levantando la bolsita, observando su expresión desorbitada—. Es tuya si desapareces.

Su respiración se acelera, su rostro se llena de color, casi puedo ver la necesidad, la dependencia. El monstruo aleja las garras de mi madre, se acerca a mí como un animal a su presa. Huelo la cerveza en su aliento, la transpiración de cuerpo enfermo. Alejo la coca antes de que sus dedos puedan acariciarla.

—Desapareces —recalco, mirando fijamente esos ojos que una vez me hicieron sentir seguro—. No quiero verte en días. ¿Soy claro?

Asiente sin dejar de mirar la bolsa.

Retrocedo, abro la puerta y tiro la coca al pasto seco. Mi padre se lanza con desesperación.

Cierro la puerta.

Mamá limpia la sangre de su nariz.

Mis hermanos se abrazan mientras secan sus lágrimas.

Y yo quiero morir.

—Hijo…

—No. —Cierro los ojos, aprieto los puños, intento calmarme—. No quiero escucharte.

—Dime que tú… —murmura sollozando— dime que tú no consumes, dime que tú…

—¿Qué yo qué? —exploto—. ¿Que no soy un adicto? ¡¿Que no soy un puto monstruo como él?! ¡¿Como el hombre que dejas dormir bajo el mismo techo en el que crecen tus hijos?!

—Bebé, por favor, yo…

—¡¿Tú qué?! —Mis dedos se entierran en sus hombros, intentando despertarla mientras busco respuestas en sus ojos húmedos—. ¿Tú qué, mamá? ¿No puedes abandonarlo? ¿Lo amas? ¿Él no es así? ¿Solo está herido? ¿El accidente lo cambió? ¿Qué? ¡¿Qué mierda vas a decir ahora?! ¿Cómo vas a justificarlo hoy?

Su cuerpo tiembla, su boca balbucea promesas vacías.

—Estoy cansado, mamá. Estoy cansado de intentar salvarte.

—Bebé…

—Estoy cansado de intentar salvar a esta familia. —Mis ojos queman, mi garganta se cierra—. Estoy cansado de despertar con temor a encontrarte muerta. Estoy cansado de temer por Blanca y Valentín. Estoy cansado de pensar que puedo convertirme en un asesino cualquiera de estos días.

El silencio mata al llanto y la esperanza.

Sonrío, saboreando mis lágrimas.

—¿Qué? ¿Nunca lo pensaste? ¿Piensas que no voy a matarlo con mis propias manos si vuelve a ponerles un dedo encima? —Señalo a mis hermanos, callados, ahogados, perdidos—. Años, mamá, años… Noches enteras en la comisaría, denuncias, órdenes de restricción perimetral… ¡¿Para qué?! ¿Para que llore y le abras la puerta? Me cansé de pelear por ti, me cansé de que no pelees por mí.

Mirada ausente, mejillas rojas, mojadas, llenas de sangre… Esa es mi madre, la mujer por la que daría mi vida.

—Fue mi salvación —susurra—. El amor de mi vida, la luz de mis ojos, mi presente y mi futuro, mi mejor amigo… —El dolor y la nostalgia astillan su voz—. Es difícil aceptar que esa persona ya no existe, es difícil renunciar a intentar… traerla de vuelta.

Las paredes me asfixian, su mirada quiebra mis huesos.

Seco mis lágrimas, me acerco a la puerta, pero algo se atora en mi garganta y lo escupo antes de desaparecer.

—Más difícil es aceptar que tal vez nunca existió.





11




Alma





El susurro gélido y delicado del invierno entra sin invitación, se mete entre las sábanas, despertándome.

No quiero abrir los ojos, no quiero amigarme con la realidad. Esa donde Vico no está. Lo sé, mis huesos lloran su ausencia.

Estiro la mano, la cama está vacía. Fría. Me acurruco, abrazando a la almohada que ocupa su lugar, exigiéndole que conserve su perfume un rato más.

La noche fue un arcoíris en medio de la guerra.

Vi cómo sus ojos cansados se cerraban. Escuché cómo su respiración pesada se volvía ligera. Sentí cómo su corazón se dormía en mis manos. Y lo observé. Me deleité recorriendo su rostro sereno, libre de esa preocupación que siempre frunce su ceño. Paseé por sus cejas oscuras y tupidas, por su nariz masculina y perfecta, por sus labios dibujados con el pincel de los dioses, por su mandíbula y ese ángulo de ciento veinte grados… Paseé, memorizándol