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Cuentos para niños y niñas que quieren salvar el mundo

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Year:
2020
Publisher:
B de Blok
Language:
spanish
File:
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1

Cuentos para niños que sueñan con cambiar el mundo

Year:
2018
Language:
spanish
File:
EPUB, 5.43 MB
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2

Cuánto oro esconden estas colinas

Year:
2021
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.42 MB
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Todos somos semillas


			Vandana Shiva

			Vandana se quita sus zapatos azules, los tira más allá de la mecedora en la que se está meciendo y corre hacia Mira, su hermana mayor, invitándola a seguirla hasta el huerto. Mira, sonríe y deja que la pequeña la guíe. Vandana se mueve a sus anchas, saltando ligera entre las hileras de tomates y sandías. Con los pies descalzos, siente la tierra húmeda: sabe dónde está sembrado y por dónde pueden andar tranquilamente. Con una mano coge la mano de Mira, en la otra sostiene una bolsa de tela rosa: su padre se la cosió con la nueva máquina y la llenó con semillas de zanahoria.

			—Antes que nada debemos dar las gracias a las lombrices. Son quienes remueven la tierra, con lo que brindan el oxígeno necesario para nutrir a las zanahorias

			—dice. Luego une las manos y su voz se fusiona con la de Mira para recitar un mantra, una oración hindú.

			Vandana y Mira acercan sus labios a la tierra y le piden permiso para cavar un surco. En la India, la tierra es una diosa, es sagrada, y antes de pisarla o agujerearla, aunque solo sea para depositar una semilla en ella, debes solicitar su permiso y bendición.

			Vandana cierra los ojos. Ahonda las plantas de los pies en la tierra blanda. Cuando siente el calor en su piel, sabe que la diosa le ha respondido. Entonces abre los ojos e introduce suavemente los dedos en la tierra. Excava con cuidado un pequeño hoyo redondo.

			—Mira qué bien huele —dice a Mira, cogiendo un puñado de tierra. Luego forma otro surco circular—. Servirá para retener el agua durante la estación seca y ayudará a que no haya demasiada en la temporada de lluvias.

			En ese preciso momento abre la bolsa rosa y coge las semillas.

			—Pondremos nueve porque es un número mágico.

			Vandana vive en la India, en el pequeño pueblo de Dehra Dun, a los pies del Himalaya, con Mira, su hermano Kudip, su mamá, su papá y una abuela fantástica que cocina todo tipo ; de exquisiteces.

			Su padre es guardia forestal y a menudo lleva a casa cachorros de tigre para cuidarlos. Hace unos años que cose la ropa para toda la familia. Es algo que le gusta, pero la máquina de coser es algo más. Es un instrumento de libertad, diría siguiendo las enseñanzas de Gandhi, llamado el «Mahatma», ‘gran alma’, por su sabiduría.

			Sin usar armas, Gandhi lideró la lucha por la independencia de la India frente al Imperio británico. Invitó a los indios a tejer el algodón y a fabricarse sus propios vestidos, luego marchó con ellos para coger la sal del mar y no tener que comprarla a los colonos ingleses.

			—Cada vez que nos ponemos un vestido fabricado por un indio, su familia puede comprar lo necesario para vivir y, así, todos felices —repite Baba, es decir, ‘papá’ en hindi. Y esta felicidad que se multiplica, como el laddu (las montañas de bolas dulces que prepara la abuela con harina y mantequilla), a Vandana le parece lo más valioso del mundo.

			Su madre es de origen campesino y cuida de las vacas. A Vandana la tienen hechizada. La niña ama a todos los animales, pero las vacas son algo especial. Blancas, con grandes ojos enmarcados en negro, como si los tuvieran pintados con kajal, las vacas tienen un aspecto de damas elegantes y poderosas.

			Y, mientras las encierran en el establo, Vandana, que siempre quiere saber el porqué de las cosas, pregunta:

			—¿Por qué son sagradas las vacas?

			—Porque el vehículo del poderoso dios Shiva es un toro, y porque, además, de las vacas recibimos todo lo que necesitamos para vivir —responde mamá.

			—¿Y qué necesitamos para vivir?

			—La leche, y entonces la hervimos y hacemos el ghee, la mantequilla que tanto te gusta. También necesitamos su estiércol seco, redondo como una enorme moneda, para encender el fuego con el que cocinamos y nos calentamos. Y, finalmente, necesitamos su estiércol húmedo para fertilizar los campos y que en ellos puedan crecer cebollas, arroz y lentejas.

			Vandana escucha con atención. Sabe que

			todas las cosas están conectadas,

			la abuelita no para de repetirlo. Esa noche, antes de irse a dormir, recuerda lo mucho que ha aprendido.

			—Duerme, Vandana —le susurra la abuela, que pasa a darle las buenas noches.

			—No tengo sueño, Naniji. —Que significa algo así como ‘querida abuela, tú que lo sabes todo’—. ¿Puedes contarme el cuento de los árboles y las mujeres?

			—Ya te lo conté ayer, y también anteayer.

			—Lo sé, Naniji, pero es como tus tortitas. Nunca me cansaría de comerlas.

			Por lo que la abuela, que nunca puede resistirse a los grandes ojos negros de Vandana, empieza a contar:

		 Hace muchísimo tiempo, en el norte de la India vivía un marajá, un rey malvado y tiránico.

			Durante un verano muy caluroso y húmedo, tuvo el deseo de caminar entre frescas fuentes. Y, sin pensárselo dos veces, ordenó a sus sirvientes que talaran el bosque circundante y lo convirtieran en un jardín colmado de agua tintineante. Pero la noticia llegó a Amrita Devi, una chica de un pueblo cercano, que acudió de inmediato a palacio a defender la vegetación.

			—Los árboles son un bien valioso. Protegen a los animales y con sus raíces retienen el agua que sirve para alimentar los campos —dijo a los sirvientes del marajá, que ya estaban manos a la obra.

			Los sirvientes rieron a carcajada limpia y empezaron a cortar el primer árbol.

			—Los árboles son sagrados. En tiempo de sequía, cuando escasea la comida, las mujeres venimos aquí a recolectar hierbas con las que alimentar a nuestras familias —insistió Amrita.

			—Pues a partir de ahora tendréis que ir a otra parte, porque aquí vamos a construir unas fuentes para el marajá. Así que vete, vuelve a la aldea. ¡Largo! —bramaron los sirvientes.

			Pero Amrita no les hizo caso, sino que dio un paso adelante.

			Y esta era la parte que más le gustaba a Vandana. Porque ella tampoco habría retrocedido un solo paso ante semejante injusticia.

			Amrita avanzó hacia el árbol más grande y lo abrazó con fuerza, como a un hermano o una madre.

			—¡Acabad con ella! —aulló el cruel marajá, que entretanto se había presentado en el bosque. Y como los sirvientes no se atrevieron, lo hizo él mismo. Pero, inmediatamente después, todas las mujeres corrieron a abrazar un árbol. Diez, cincuenta, cien. El terrible marajá mató a muchas, pero otras mujeres llegaron de todos los rincones del reino. Y cuando fueron más de trescientas, finalmente el horrible rey bajó su espada y regresó derrotado a palacio.

			—El bosque se salvó gracias al valor de Amrita Devi y las demás mujeres, ¿verdad, Naniji?

			—Pues claro, hijita. El ánimo de las mujeres no conoce obstáculos. Son poderosas, son la shakti, la energía femenina que genera los astros del universo. Y tú eres una mujer, tenlo siempre presente.

			Vandana asiente y abraza a la abuela, sintiéndose tan a salvo como los árboles del cuento, y por fin se duerme.

			Los años pasan tan rápido como los trenes: Vandana ha crecido y pronto se enfrentará a sus primeras decisiones y a un importante viaje.

			—Haz lo que sientas que debes hacer —dice Babaji al final de la educación secundaria. Y ella, que nunca ha dejado de buscar el porqué de las cosas, se dedica en cuerpo y alma a la física y se marcha a una de las mejores universidades del mundo, la Universidad de Guelph en Ontario (Canadá).

			Babaji y Mataji (‘mamá’ en hindi) solo quieren lo mejor para sus hijos: no les importa que Vandana encuentre un marido o un trabajo tradicional, como pretenden los padres de muchas de sus amigas.

			—Vandana, solo una cosa deseo —le dice Babaji, mirándola a los ojos—, y es que seas siempre libre y valiente como Mahatma Gandhi. Recuerda: no hay dificultad alguna que no pueda superarse con la constancia. ¿Serás constante?

			—Sí, te lo prometo. Aprenderé todo lo que haya que saber y después volveré a casa.

			Quiero que todos los niños de la India puedan estudiar, pero sobre todo que puedan alimentarse y respirar aire fresco. ¡Hay tanto que hacer!

			—responde emocionada mientras que Mataji, en un intento de sacarse de encima la tristeza, la ayuda a preparar la enorme maleta llena de ropa, especias, dulces de la abuelita y fotos de la familia.

			Cuando regresa a casa para las vacaciones de verano, se da cuenta de que en la India hay algo que va mal. En muchas zonas, los bosques son cada vez menos frondosos. Se talan sus árboles para vender la madera y para extraer minerales de la tierra. Con la deforestación, la vida en las aldeas es cada día más difícil. Aumentan las familias que se ven obligadas a partir en busca de nuevas tierras y los niños pobres que piden por las calles. Así que Vandana se une a las numerosas mujeres del Movimiento Chipko, que en memoria de Amrita Devi todavía hoy abrazan a los árboles para protegerlos. Finalmente, el gobierno acaba por darles la razón: los bosques serán protegidos para garantizar la supervivencia de las aldeas y una buena vida para todos.

			Finalizados sus estudios en Guelph, Vandana se especializa en Física Cuántica, la que estudia la estructura invisible de la materia, en el centro de investigación de la Universidad Western Ontario.

			Cuando en 1978 regresa definitivamente para vivir en la aldea, en Dehra Dun hay una gran celebración: de las aldeas vecinas vienen los familiares y amigos, vienen para hacerle una visita y tomar juntos el masala chai, esa mezcla de té negro y especias que se toma con leche, así como para comer laddu y tortitas.

			A la mañana siguiente, Vandana se va a pasear a la montaña con Mira. Toman el camino que se encarama por el bosque, como solían hacer de pequeñas en busca de frescor y hierbas aromáticas, y Vandana ve con sus propios ojos miles de troncos de robles gigantes talados. Es obra de las empresas mineras que quieren facilitar el paso a sus camiones cargados de rocas. Por un momento se queda sin aliento y casi se pone a llorar.

			—Es hora de retomar la fuerza y el ánimo de Amrita Devi para intentar arreglar un poco las cosas

			—se dice para sí con decisión.

			Vandana ahora trabaja en el Indian Institute of Management en Bangalore, donde lleva a cabo una investigación sobre los daños causados en la región por la reciente transformación de las granjas en plantaciones de eucaliptos. Y aquí se da cuenta de que la ciencia y la tecnología a menudo se usan con fines negativos. De hecho, es el Banco Mundial quien ha financiado el proyecto, que lo describe como una «reforestación», una acción positiva dirigida a devolver la vegetación a las áreas que quedaron sin árboles. En realidad, sin embargo, plantar miles de árboles iguales ha empobrecido el entorno natural y lo ha hecho más proclive a los incendios. Además, no es que se eligieran los eucaliptos porque fueran la especie más adecuada para el lugar, sino porque son perfectos para la producción de papel, así que de nuevo todo fue para ganar dinero.

			Cuanto más sabe, más siente Vandana la urgencia de dedicar todo su tiempo a la defensa de la Tierra. Pero para hacer eso debe ser libre, «como lo fue Gandhi, que no le debía nada a nadie», habría dicho Babaji. Es entonces cuando deja su trabajo y decide que a partir de aquel día será una científica independiente, sin un gobierno que le pague y que produce unos documentos que, tal vez, solo dicen la verdad a medias.

			En el establo de sus padres funda la Research Foundation for Science and Technology, un centro de investigación que estudia la biodiversidad —la variedad de organismos vivos que habitan nuestro planeta—, así como el impacto ambiental de las presas y de las centrales hidroeléctricas en la naturaleza.

			Su primer trabajo es sobre el río Narmada, en la India central. El curso del río, uno de los más sagrados de la India, ha sido desviado a través de miles de diques y presas para explotar la fuerza de sus aguas, así como para extraer para la industria metales preciosos. Vandana y sus nuevos colaboradores recopilan información, testimonios y documentos y descubren que, particularmente entre las canteras de caliza del valle de Dun, la situación es dramática. Hay una carencia de agua, y escasean los alimentos para las personas y el pasto para los animales. Ya no hay ni madera para construir las casas, porque los bosques han desaparecido. Además, durante las intensas lluvias del monzón, los residuos de las excavaciones acumulados alrededor de la cantera son arrastrados hasta el lecho del río, que se desborda e inunda las aldeas.

			—Las empresas contra las que vas a luchar son muy poderosas, ¡no lo lograrás!

			—le dicen a menudo a Vandana, pero ella no se rinde.

			Y los habitantes de las localidades a lo largo del Narmada y las mujeres del Movimiento Chipko protestan también a su lado. Al cabo de cien días de lucha, Vandana es convocada ante el tribunal más importante de la India, el Tribunal Supremo. Al final, la verdad triunfa y...

			—¡Las minas del valle de Dun se cerrarán! —decreta el juez decano, golpeando con el mazo.

			Esa noche, Vandana, cansada pero feliz, le cuenta a Babaji la sentencia.

			—Es verdad que el progreso no se puede detener —concluye, buscando como siempre consuelo en sus ojos profundos y sabios—, ¡pero es que no se puede ir destruyéndolo todo! Debes saber, Babaji, que esta es solo una de las muchas batallas que nos esperan…

			Vandana sabe que hay empresas multinacionales que han venido a la India a vender sus semillas modificadas, no naturales, que arruinan y empobrecen los campos: son las OGM, semillas producidas en un laboratorio, con el ADN modificado. Estas empresas prometen a los agricultores unas cosechas milagrosas. Pero, en realidad, tras la primera sequía, las plantas nacidas de las nuevas semillas no sobreviven y hay que empezar de nuevo: comprar más semillas a un precio cada vez más alto en una espiral sin fin.

			—Incluso han intentado modificar el arroz basmati que ha estado creciendo en nuestros valles durante siglos, llegando a afirmar incluso que lo habían inventado ellos. ¡Pero cómo puedes inventar una semilla! Nadie las inventa y nadie las posee —dice Vandana cada vez con más fervor.

			—La situación es atroz —responde Babaji—. Son semillas que el primer año dan muchos frutos y luego hacen el suelo estéril. Para que vuelva a ser fértil, se necesitan pesticidas y productos químicos vendidos por las mismas industrias, y al final esos productos envenenan el suelo. Muchos agricultores lo han perdido todo y se han suicidado.

			—¡Tengo que hacer algo! —dice Vandana—. Como científica que soy, me siento responsable de este desastre que otros científicos han causado. Tengo que encontrar un remedio. Y si no lo hay en todo lo que he estudiado, ¡lo encontraré en otra parte!

			Tiene la solución ante sus ojos; de hecho, la tiene bajo su ventana, en el viejo huerto de la casa, en el cuidado de la tierra, en pedirle permiso para plantar semillas y brotes en ella, y en agradecerle el alimento que nos proporciona.

			Y aquí cambia todo. Con Bija Devi, una amiga suya campesina cuyo nombre significa, ¡cómo no!, ‘semilla’, funda el banco de semillas Navdanya, nombre que significa ‘nueve semillas’, pero también ‘un nuevo don’. En la astrología hindú, las nueve semillas representan a los planetas, porque la Tierra no está sola, y todo, incluso nosotros los humanos, está relacionado con el cosmos.

			—A la sala de las semillas hay que entrar sin zapatos, porque son sagradas, la vida depende de ellas —dice siempre Bija Devi. Y, juntas, las dos mujeres recogen de su campo antiguas semillas naturales y las donan a los agricultores de la región para que las sustituyan por las semillas modificadas.

			Cinco años después, el banco de semillas se convierte en la granja Navdanya, donde se cultivan más de seiscientas especies de plantas, hierbas medicinales y más de doscientas variedades de arroz. Al cabo de otros cinco años, nace la Bija Vidyapeeth, es decir, la ‘Universidad de las Semillas’, donde se realizan encuentros sobre técnicas de agricultura orgánica y sobre insecticidas naturales, pero donde esencialmente se recuerda que el alimento es sagrado y nos da la vida.

			En la actualidad, Navdanya es una red internacional de conservadores de semillas y de productores ecológicos que opera en más de veintidós estados de la India. Navdanya ha ayudado a fundar ciento veinticuatro bancos de semillas, es decir, lugares donde guardar semillas naturales, que no están encerradas en cajas fuertes sino en multitud de pequeños recipientes, cada uno con una etiqueta con el nombre de la variedad. Gracias al coraje de Vandana ha nacido una comunidad de personas que respeta la Tierra y que ha recuperado y protegido miles de plantas.

			—Conservar las semillas significa conservar la biodiversidad, el conocimiento y la cultura de toda la humanidad —no se cansa de repetir Vandana en Navdanya y en todo el mundo.





¡Salvaré este paraíso!


			Leonardo DiCaprio

			Leonardo DiCaprio siempre ha tenido las ideas muy claras, ya desde su infancia. En su undécimo cumpleaños, su madre le propone elegir una de las grandes reproducciones de pintores famosos que cuelgan por las paredes de la casa.

			—Puedes coger una para tu habitación —dice.

			Y Leonardo no tiene dudas:

			—El jardín de las delicias.

			A pesar del título, se trata de un cuadro inquietante. Lo pintó Hieronymus Bosch, «el Bosco», un pintor holandés del siglo XV, con el objetivo de contar la historia de la humanidad, una historia que, según Bosch, no tendrá un final feliz.

			—¿No te agobiarás, Leo? —le pregunta Irmelin con preocupación—. Lo tendrás delante de ti todos los días, por la noche al ir a dormir y por la mañana al levantarte.

			—Quizá sí —responde, torturando sus largos mechones rubios como siempre hace cuando rondan pensamientos importantes por su mente—. Me recuerda los cómics de papá. No es solo una pintura, es como una historia, una historia que quiere hablar conmigo...

			El cuadro se divide en tres paneles. En el primero están Adán y Eva, felices e inmersos en un jardín verde y acogedor, junto a un unicornio blanco y patos y cisnes que nadan tranquilamente en un plácido estanque. En el segundo panel, la escena se vuelve más caótica: el jardín se ha convertido en una gran extensión de tierra abarrotada, donde la humanidad se ha multiplicado y ha tomado el mando sobre la naturaleza. En el tercer panel, los colores se vuelven oscuros, la atmósfera espectral, los demonios y los monstruos torturan a la humanidad: el jardín se ha convertido en un infierno.

			Es este último panel el que llama la atención de Leonardo, que se pregunta qué sucedió entremedio, entre la escena paradisíaca del primer panel y la infernal del tercero.

			Algo incomprensible que lo perturba y lo fascina al mismo tiempo.

			—De acuerdo, tesoro, aquí tienes El jardín de las delicias —dice Irmelin con una sonrisa—. Siempre te han gustado las cosas misteriosas…

			Es cierto. Leonardo es un tipo original y curioso, se pasa horas leyendo las historias gore de papá George, llenas de monstruos, esqueletos y cerebros desparramados, u observando el océano en silencio, perdido en su propio mundo. Pero, con unos padres como los suyos, es algo inevitable. Se trata de dos inconformistas, dos hippies. Van vestidos con colores chillones y son amantes del arte. George dibuja cómics en su garaje convertido en taller de trabajo. Irmelin es secretaria, pero en cuanto puede se pone a pintar. Y la casa siempre está llena de poetas, artistas y pintores extravagantes.

			Ya no están juntos desde hace tiempo —ahora George vive con su nueva pareja y el hijo de ella, Adam—, pero siguen siendo amigos y se reúnen a menudo. Como hoy, por el cumpleaños de Leonardo.

			—¡Llaman a la puerta, tesoro! ¡Es papá! —exclama Irmelin.

			Leonardo corre a abrazar a George, y luego a Adam, que es cuatro años mayor que él, y aun así un fantástico compañero de juegos.

			Poco después, llegan también los amigos artistas y la fiesta puede dar comienzo. Se sientan todos a la mesa y, como siempre, Leonardo es quien lleva la voz cantante. Habla de su vida en la escuela, ubicada en un elegante barrio de Los Ángeles, de los compañeros que se burlan de él por su manera hippie de vestir y sus largos cabellos.

			—Me llaman cabezón —dice—. ¡No los soporto!

			Luego pasa a las últimas noticias. Recientemente, ha participado en unos anuncios para la televisión. La cosa empezó casi por casualidad, presentándose a un casting, convencido de que no tenía ninguna posibilidad. Y, en cambio…

			—¿Cómo es eso de ser actor, Leo? —le pregunta uno de los amigos de mamá.

			Leonardo sonríe emocionado.

			—Fue fantástico. Los del anuncio de cereales me regalaron una gorra de baloncesto muy chula. Pero me divertí más con el anuncio de los chicles: estaban riquísimos y tuve que hacer un montón de globos.

			Al final del almuerzo, toca soplar las velitas y cortar la tarta de nata. En ese preciso momento, Irmelin se aclara la garganta.

			—Es la hora de las sorpresas —anuncia—. Y digo de las sorpresas, ya que son dos.

			Leonardo da un respingo sobre la silla. Está hecho un saco de nervios.

			—¡Lo primero es ir a comprarte algo de ropa! —exclama mamá.

			—¿De verdad? ¿De la que a mí me gusta? —pregunta Leonardo, cambiando su mirada de mamá a papá.

			Irmelin y George asienten. La de la ropa es una batalla que lleva entablándose desde hace tiempo. Irmelin siempre le ha cosido ella misma las camisas florales y los pantalones acampanados, pero Leonardo odia la moda hippie y, sobre todo, las bromas de sus compañeros... Hoy mismo lo ha recordado. Y ha intentado rebelarse de todas las formas posibles, como un verdadero luchador. Una vez estuvo encaramado durante dos horas encima del armario en señal de protesta. En otra ocasión llevó la camisa al revés, con la parte de fuera hacia dentro, para que no se vieran los dibujos llamativos.

			Hoy es el vencedor de la batalla. Irmelin ha cedido, ha comprendido que

			cuando a Leonardo se le mete algo en la cabeza, no se rinde hasta conseguirlo.

			—¿Y la segunda sorpresa? —pregunta Leonardo.

			—Esta la descubrirás más tarde —dice George con una sonrisita misteriosa.

			Toda la familia va a la tienda de deportes junto al océano, donde Leonardo elige un par de pantalones rectos y dos camisetas de colores lisos.

			Tras ir de compras, disfrutan de un largo paseo hasta la playa, en silencio. A Leonardo le encanta ese lugar. Es mirar el océano y olvidarlo todo: siente una profunda calma. Pero de la calma a menudo surgen las preguntas:

			—¿Cuántas especies de peces existen? ¿Han sido siempre las mismas desde el principio?

			—Estaba esperando tus preguntas, pero esta vez las respuestas las encontrarás en el Museo de Ciencias Naturales —anuncia George sonriendo—. ¡Este es mi regalo!

			—¡Vaya!

			Leonardo se queda sin palabras. Junto con Adam, se separa del grupo y corre hasta la parada del autobús. Cuando baja frente al museo, el corazón late en su pecho como si hubiera enloquecido.

			—¡Rápido, entremos! ¡Quiero verlo todo!

			Leonardo está asombrado: descubre especies animales de las que nunca había oído hablar.

			Al principio queda hechizado ante las arañas: algunas tienen nombres horripilantes como la White-eyed assassin bug (el insecto asesino de ojos blancos) o la Brazilian salmon pink bird-eating tarantula (la tarántula brasileña de color salmón comedora de pájaros). Luego va a la sala donde se exponen los osos del Ártico y permanece allí durante bastante tiempo. Pero son los dinosaurios los que encabezan la clasificación de animales maravillosos. Sus esqueletos colosales lo transportan a un mundo desaparecido. Y las preguntas lo asaltan de nuevo:

			¿Cómo debía de ser la Tierra en la prehistoria? ¿Qué dimensión alcanzaban los bosques? Pero, sobre todo, ¿por qué se extinguieron los dinosaurios? ¿Fue realmente un meteorito, como había estudiado en la escuela, o a causa de una invasión marciana, como decía alguno de los amigos de papá? Imagina escenas de devastación y su mente se precipita hacia el tercer panel de la pintura del Bosco.

			Este cumpleaños deja una marca indeleble en la vida de Leonardo, que durante todo el invierno vuelve a visitar el museo con Adam.

			Los meses transcurren con calma, entre la escuela y algunos anuncios publicitarios, y Leonardo, que se está haciendo mayor, se arma de valor y se presenta también para protagonizar pequeños papeles en películas y series de televisión. Al principio recibe una ristra de negativas. Pero insiste, estudia, se inspira en Robert De Niro, que es el mejor de todos —como siempre dice George—, hasta los quince, cuando una llamada telefónica conmociona a toda la familia.

			A Leonardo le han dado un papel en una serie de televisión.

			A partir de ese momento, su carrera es imparable. Gracias al éxito mundial de películas como Romeo y Julieta y Titanic, se convierte en estrella. A los veintidós años, su caché es de unos veinticinco millones de dólares por película. Ahora Leonardo viaja mucho, visita países lejanos y ve con sus propios ojos que la naturaleza, que tanto ama, está en peligro. Hay decenas de especies en peligro de extinción, como les ocurrió a los dinosaurios. Así que se pregunta qué puede hacer él para salvar el planeta.

			Empieza por cosas pequeñas. Mientras todos sus colegas van arriba y abajo con sus cochazos altamente contaminantes, él se desplaza con un auto eléctrico. Se compra una casa construida exclusivamente con material ecológico. Aprovecha cada oportunidad que tiene en público para sensibilizar a sus fanes e involucrar a otros actores en la necesidad apremiante de proteger la Tierra.

			Entonces empieza a actuar en serio.

			Crea una fundación a su nombre y produce La hora 11, un documental dedicado al tema del cambio climático y la degradación ambiental. Para su realización, entrevista a más de cincuenta científicos, ecologistas y activistas. Es tal el éxito que, en 2008, el periódico The Guardian inscribe el nombre de Leonardo en la lista de las «cincuenta personas que pueden cambiar el planeta».

			Con su fundación, financia distintas iniciativas de apoyo al medio ambiente, entre las cuales un proyecto del WWF para salvar de la caza ilegal a los tigres del Nepal. Gracias a su apoyo financiero, los activistas refuerzan las patrullas contra la caza furtiva y establecen áreas protegidas para los tigres. En poco tiempo, el número de especímenes presentes en el Nepal casi llega a duplicarse: es una gran victoria. Por su actuación comprometida, en 2014 Leonardo es nombrado por la ONU «mensajero de la paz». Es una alta responsabilidad: gracias a su fama y a su credibilidad, Leonardo tendrá que atraer la atención de políticos, multinacionales y ciudadanos sobre la cuestión del cambio climático. Como dice Leo cuando acepta oficialmente el encargo, «Es hora de actuar».

			El calentamiento global es ya una realidad evidente:

			el aumento de la temperatura provoca la fusión del hielo de los glaciares más antiguos, los que existen desde la era glacial en Groenlandia y la Antártida, a un ritmo incluso más rápido de lo que habían previsto los científicos. Y las inundaciones, las sequías y los ciclones se manifiestan de un modo cada vez más violento.

			No hay tiempo que perder. Y Leonardo insiste en su tarea de divulgación, produciendo al año siguiente Cowspiracy, un documental dedicado a la ganadería intensiva, una de las principales causas de la contaminación. En el documental descubrimos que cada bovino, por medio de su respiración y sus excrementos, produce una enorme cantidad de gas metano al día y que los pastos le restan un terreno muy valioso a la agricultura.

			—Para salvar nuestro planeta, deberíamos comer todos menos carne

			—es la conclusión a la que llega Leonardo cuando presenta Cowspiracy en rueda de prensa.

			Cuando en 2016, en la sede de la ONU en Nueva York, representantes de ciento setenta y cinco países firman el Acuerdo de París para reducir las emisiones de gases contaminantes, Leonardo también está invitado a hablar. Está emocionado ante esa audiencia tan importante, pero pronuncia un discurso duro e impactante.

			—El mundo nos está mirando —dice a los políticos presentes—. Pueden decidir ustedes si quieren que las futuras generaciones los aplaudan o los condenen. Si pasar a la historia con honor o deshonor. Son ustedes la última esperanza de la Tierra.

			Sigue con sus viajes. Vuela hasta Indonesia para documentar la devastación de la selva tropical en la isla de Sumatra. Aquí, se talan los árboles para dejar espacio para las plantaciones de palma de las que se obtiene un aceite muy solicitado por la industria alimentaria. Como resultado de la deforestación, miles de elefantes, tigres, orangutanes y demás especies se encuentran en peligro. A pesar de la presión del gobierno local, que amenaza con no dejarlo entrar más en Indonesia, Leonardo difunde fotos y vídeos del desastre. Y gracias también a su intervención, el consumo de aceite de palma cae en todo el mundo. Nadie quiere comprar productos que lo contengan y contribuir así al exterminio de los animales y a la destrucción de la selva.

			Esta experiencia lo lleva a filmar en otras partes del mundo, desde el Ártico hasta la India, desde Europa hasta la China, desde el Caribe hasta América del Sur, para contar cómo el hombre destruye los bosques y contamina ríos y mares. Nace el documental Antes que sea tarde, que se proyecta en todo el mundo y está disponible gratuitamente a través de la red.

			Leonardo ha aprendido que, en la vida, el dinero no es bueno ni malo, y la diferencia está en la manera en que lo uses, así que la mayor parte de lo que gana se lo gasta en salvar el mundo y no hay nada que lo detenga.

			Después de Indonesia vuela hasta Cayo Sumba, una isla de Belice bañada por el Caribe donde, una vez más, animales y plantas se encuentran en peligro de desaparecer. Allí, años de pesca de arrastre desregulada han diezmado los manglares, unas grandes plantas de largas raíces que se sumergen en el lecho marino. Y sin la protección natural, los pequeños peces buscan refugio en los arrecifes de coral, donde, por desgracia, se encuentran más expuestos a la amenaza de los depredadores. Para evitar uno de tantos exterminios, Leonardo decide comprar la isla y seguidamente realizar algo realmente ambicioso.

			Un día, Leonardo regresa a casa de Irmelin y le cuenta con entusiasmo su último proyecto.

			—Te has comprado una isla para pasar tus vacaciones allí tan tranquilo, alejado de los moscones... —bromea Irmelin, sentada con él ante el océano.

			Leonardo sonríe y sacude la cabeza.

			—Quiero salvar este paraíso —le cuenta—. Construiremos una aldea sostenible y arrecifes artificiales para proteger a los peces. Luego haremos crecer los manglares de nuevo.

			—Estás haciendo algo grande —dice Irmelin, que ahora habla en serio—. Estoy orgullosa de ti.

			—También es gracias a ti, mamá —dice Leonardo—. ¿Te acuerdas de la reproducción de El jardín de las delicias que me regalaste para mi cumpleaños?

			—Pues claro —dice Irmelin—. Estaba orgullosa de que hubieses elegido una obra tan compleja. Aunque nunca entendí qué es lo que te atrajo de aquella pintura...

			—La fuerza de las imágenes y la historia que contaban —dice Leonardo—.

			Pero solo ahora he entendido realmente que la humanidad está siguiendo el mismo recorrido representado por el Bosco. Se dirige irremisiblemente hacia la catástrofe. Y haré todo lo posible por impedirlo. Yo no me rindo...





Los gorilas son mi familia


			Dian Fossey

			Su casa es demasiado silenciosa y Dian siempre está fuera jugando con los perros de los vecinos. Le gustan los animales quizá más que las personas, con ellos nunca se siente juzgada ni debe dar explicaciones. Le gustaría tener un perro propio, pero su madre no da su brazo a torcer. Y su padrastro es aún más severo: la obliga a comer en la cocina con la criada, «porque en el comedor los niños se aburren», dice. Pero el único que se aburre aquí es él.

			A los diecisiete años, finalmente, puede mudarse a la universidad.

			—Me gustaría estudiar Veterinaria —propone Dian, esperando de este modo poder tener todo tipo de animales a su alrededor.

			—Tú no tienes un centavo e irás donde nosotros digamos, que por algo somos quienes pagamos. Estudiarás Economía —la corta su padrastro.

			Dian odia los números, pero no tiene otra opción.

			Durante las vacaciones de verano trabaja ayudando en una granja y se divierte de lo lindo entre bueyes y caballos, rodeada de verdes campos e infinidad de lagos. Y, además, le sirve para ahorrar algo de dinero que le permita dejar Economía y empezar Veterinaria. Pero aunque Dian es muy buena en las asignaturas relacionadas con los animales, otras, como la química y la física, simplemente no le van. Así que al final decide abandonar los estudios.

			En 1954 se saca el título de terapeuta ocupacional y no tarda en encontrar trabajo en un hospital de Kentucky, donde hace el seguimiento de los niños autistas. Mientras tanto, alquila una vieja casa de campo en los terrenos de una gran hacienda agrícola a las afueras de Louisville. Cuando se enteran de que tiene estudios veterinarios, los dueños le piden que cuide de los animales. Dian se despierta con el mugido de los bueyes, se ocupa de los caballos y luego se va al hospital con sus niños.

			Una tarde, después del trabajo, conoce a un niño que ha vivido unos años en África y que le cuenta su experiencia:

			—Si te gustan los animales, ¡es el lugar adecuado para ti! —le dice.

			Dian lo escucha extasiada. Quiere ir allí a toda costa. África se convierte en su obsesión y, a base de trabajar en mil cosas a la vez, logra reunir lo necesario para el billete de avión. Mientras, va leyendo narraciones de viajes, cuentos africanos y libros de animales. Una noche, cae en sus manos El año del gorila, de George Schaller, un zoólogo estadounidense que estudió a estos mamíferos en Camerún y en el Congo. Devora el libro esa misma noche y, al amanecer, decide:

			—Me voy a buscar gorilas.

			—¿Pero tú estás loca? ¡Son muy peligrosos! —le dice su amigo cuando le cuenta lo que tiene en mente.

			—Schaller los describe como unas criaturas afables y tímidas. No les tengo miedo. Iré al Congo, a las montañas Virunga, y los estudiaré —concluye Dian.

			Planifica el viaje hasta el último detalle: como primera etapa, contactará con el antropólogo Louis Leakey, que estudia a los primates y apoya a los jóvenes investigadores que quieren seguir sus pasos.

			Finalmente, en 1963, vuela a África por primera vez. Inmediatamente, se une al antropólogo en Tanzania. Leakey, aunque entusiasmado con los proyectos de estudio de Dian, teme que una chica sola e inexperta no pueda resistir los mil y un inconvenientes que supone el estudio. Sin embargo, pronto cambia de opinión.

			Así, Dian, con unos porteadores que la ayudan a llevar todo lo necesario para montar el campamento, al cabo de solo un par de semanas llega a las laderas del monte Mikeno, la antigua base de operaciones de Schaller. A tres mil metros de altitud, en la naturaleza virgen envuelta por la niebla, se siente como en casa. A poca distancia vislumbran a dos fotógrafos estadounidenses que van también en busca de gorilas, y los dos grupos se juntan.

			Durante días no ven nada, hasta que una mañana perciben un olor acre. De repente, el silencio de las montañas se ve interrumpido por un ruido sordo y apremiante: son gorilas que se dan golpes en el pecho. Seis enormes siluetas oscuras.

			Dian queda impresionada por sus intensos y brillantes ojos negros. Los machos, más grandes, están en primera fila; las hembras, en cambio, se mantienen apartadas y no pierden nunca de vista a sus cachorros. El líder de la manada los mira amenazadoramente. Cuando los fotógrafos encienden la cámara para filmarlos, los gorilas permanecen en silencio, escuchando el ligero sonido del motor. Entonces el jefe de la manada bosteza. Luego, todo el grupo se relaja y comienza a interactuar con la máquina: uno se da una vuelta a su alrededor, otro pasa tímidamente por delante, otros la desafían enseñando los dientes.

			«Cada uno tiene su propio carácter»,

			piensa Dian, y la manada de gorilas se dispersa en el bosque.

			Su primer viaje africano termina sin más avistamientos. Dian está decidida a regresar a América solo el tiempo necesario para organizar un nuevo viaje al hogar de los gorilas.

			Escribe muchos artículos sobre África y un pequeño periódico los publica, por lo que pasan a llamarla «la mujer de los gorilas». De forma inesperada, aquellos días el profesor Leakey pronuncia una conferencia precisamente en Louisville. Dian corre a saludarlo y él, que se acuerda perfectamente de ella y de su coraje, le dice de inmediato:

			—¿Volvería a África? Necesito a alguien que estudie a los gorilas durante años y usted me parece lo suficientemente chiflada...

			—¿Cuándo nos vamos? —responde Dian, imaginándose ya entre la niebla.

			—En ocho meses. Tenemos una beca de la National Geographic Society —concluye Leakey.

			Así que, en el invierno de 1966, Dian vuela de nuevo hacia África. Aterriza en Nairobi y compra todo lo necesario para el campamento: colchones, tiendas resistentes para ella y los porteadores, mantas y hornillos, y luego conduce mil kilómetros hasta llegar al parque nacional de los montes Virunga, en el Congo. Entre mesetas, despeñaderos, selvas y llanuras, la reserva natural se desarrolla en las laderas de ocho volcanes, a lo largo de las fronteras de tres países africanos: el Congo, Ruanda y Uganda. Al llegar al claro de Kabara, instalan el campamento desde el cual partirán todos los días para realizar sus investigaciones.

			Dian aprende enseguida a reconocer el rastro del paso de los gorilas: analiza huellas, restos de comida, los «nidos» que construyen para pasar la noche o para resguardarse de la lluvia, e incluso sus excrementos.

			Al cabo de unas semanas, finalmente encuentra una pista. En un determinado momento, oye sus gruñidos y divisa la primera manada desde lejos, con un catalejo. Los sigue durante varios días. Por la noche, en la tienda, con la ropa húmeda y a la luz de una lámpara de petróleo, escribe:

			«La manada es una especie de familia formada por unos diez gorilas, encabezada por un macho de dorso plateado al menos dos veces más grande que los demás».

			Y empieza a dar nombres curiosos a cada espécimen, distinguiéndolos por los repliegues de la nariz.

			Hacen falta meses para que los animales acepten su presencia constante. Para no asustarlos, Dian nunca se mantiene en pie, y mucho menos echa a correr. Normalmente, se acerca a ellos a cuatro patas y se tiende boca arriba, en señal de sumisión. A menudo, para azuzar su curiosidad, los imita: a veces se rasca la cabeza, finge comer hojas o trepa, como puede, a los árboles. Y parece que se divierten de lo lindo mirándola.

			Ahora los primates del Virunga confían en ella y Dian no tarda en tener una prueba irrefutable de ello. Un día, un estudiante que recientemente se unió al grupo de observadores, se acerca demasiado rápido a una familia de gorilas. De inmediato, el macho dominante corre amenazadoramente hacia él, para alejar al que considera un enemigo. Dian adelanta al chico de un salto y lo empuja al suelo. En cuanto la ve, el gorila se detiene, calmándose de repente. Esa noche Dian anota:

			«Nunca lleves a los gorilas más allá de su límite de tolerancia. Cualquier observador es un intruso en el territorio de un animal salvaje, y el hombre debe recordar que aquí el derecho de ese animal está por encima de cualquiera de sus intereses».

			Días después, bajo las montañas, se producen enfrentamientos entre dos de las provincias de la región congoleña de Kivu. Dian solo se dio cuenta una mañana, cuando unos soldados rodearon el campamento y la llevaron a la aldea de Rumangabo, donde la mantienen bajo llave «por su propia seguridad», según dicen. Permanece allí encerrada dos semanas, hasta que con una estratagema se escapa cruzando la frontera con la vecina Uganda. La académica quiere reanudar inmediatamente la investigación, pero sus instrumentos están en el Congo y ya no puede recuperarlos porque es una fugitiva. Afortunadamente, gracias a la ayuda del profesor Leakey y de la National Geographic Society, compra material nuevo y regresa al parque de los montes Virunga, pero esta vez del lado de Ruanda.

			Así, en septiembre de 1967, en un valle entre los montes Karisimbi y Visoke, Dian establece el nuevo campamento, al que llama Karisoke, y parte de nuevo en busca de los gorilas.

			Una mañana, se encuentra por primera vez con un cachorro al que querrá con locura. Es un joven macho que, a medida que la manada se va alejando, sigue girándose hacia ella como si estuviera indeciso. Dian nota que tiene un dedo curvo y por eso lo bautiza con el nombre de Digit, ‘dedo’.

			Semanas más tarde coincide con otra manada y sucede algo extraordinario. Un gorila joven le dirige una dulce mirada: «Tú serás Peanuts», es decir ‘cacahuetes’, le susurra para no asustarlo. Y Peanuts no se mueve. De hecho, cada vez que vuelven a encontrarse, la mira un rato más largo. Un día el gorila se le acerca a pocos pasos, mientras Dian finge masticar unas hojas y se rasca la cabeza para tranquilizarlo. Peanuts la imita. Luego Dian se tumba en el suelo y extiende lentamente su mano, con la palma hacia arriba.

			El gorila también se tumba y sus manos se tocan, hasta que se cogen una a otra.

			Entonces Peanuts se levanta bruscamente y se golpea el pecho, pero esta vez de alegría.

			Dian también se halla en el séptimo cielo. Es la primera vez que toca a un gorila. Siente que ama profundamente a esas criaturas, percibe su fragilidad frente a un mundo que las considera poco más que curiosos objetos. A través de ese contacto sella un pacto con ellos: los defenderá a toda costa.

			En el camino de vuelta, repara que en el bosque hay varias trampas que han puesto allí los cazadores furtivos. A pesar de ser una reserva protegida, el parque se ha convertido en un coto para la caza ilegal. Los furtivos capturan y asesinan a antílopes, búfalos, cerdos salvajes y, más raramente, gorilas, cuyas cabezas, manos y pies se venden en el mercado negro como ceniceros para los turistas.

			Con sus colaboradores africanos y los estudiantes extranjeros, Dian organiza las primeras brigadas contra la caza furtiva.

			Hacen saltar las trampas y las retiran. Cuando no les da tiempo a sacarlas, ahuyentan a los gorilas que se acercan a ellas utilizando la técnica del «agrupamiento»: hacen sonar unos cascabeles similares a los que llevan los perros de los cazadores. Es una técnica traumatizante para los primates, que al escapar exhalan el olor ácido del miedo y dejan a su paso un evidente rastro de excrementos y sangre. Para evitarles aquel suplicio, Dian se enfrenta a los cazadores incluso abiertamente, tratando de convencerlos de que dejen a los animales en paz. Sabe que la mayoría son gente pobre y a menudo contrata a alguno de ellos para formar parte de sus brigadas, a condición que abandonen la caza ilegal. Así, Dian siempre acaba sin un centavo. Pero su compromiso con los gorilas no basta.

			Un día, sube hasta el campamento el director del parque.

			—El zoo de Colonia quiere un gorila de montaña. A cambio, nos darán un todoterreno y algo de dinero para la reserva —anuncia, como si fuera lo más normal del mundo.

			—Pero, para atrapar a uno, se tendría que matar a toda la familia, ya que tratarán de defenderlo —responde horrorizada.

			—¡Si no nos ayuda, lo haremos solos! —concluye el director.

			Por supuesto Dian no los ayuda. Y seis meses después, cuando el director del parque la convoca urgentemente a su oficina, descubre que han hecho realidad sus amenazas: un cachorro de gorila, desnutrido y maltrecho, la mira con cara de sufrimiento desde una pequeña jaula en la que lo tienen encerrado desde hace semanas.

			—Debe curarlo. En estas condiciones no llegará vivo al zoo —le ordena el director.

			Dian, desolada, regresa con el animal herido al campamento. Le arregla un compartimento con hojas y trozos de madera, luego le prepara algo de comida y unas medicinas. Cuando el pequeño sale de la jaula llora como un niño.

			El sufrimiento de esa criatura deja a Dian sin aliento y hace que se cuestione sobre el dolor que causan los hombres tan ligeramente.

			Al cachorro lo llama Coco. Y hace de todo para curarlo y liberarlo lo antes posible.

			Desafortunadamente, no han terminado las sorpresas desagradables. Poco después, le llevan al campamento una pequeña hembra de gorila recién capturada, también en malas condiciones. Después de dos semanas de tratamiento, la segunda criatura, a quien Dian llama Pucker, también se recupera. Al cabo de poco los dos gorilas se pasan el día jugando juntos, corriendo por el patio, persiguiendo a las gallinas, saltándole al perro a la espalda y desmontando todo lo que encuentran, y acaban rendidos y durmiendo abrazados.

			Cuando el director del parque regresa para mandar a los cachorros a Colonia, Dian no quiere dárselos. El hombre amenaza con capturar a otros, y al final no le toca más remedio que ceder, recordando que solo para capturar a Coco mataron a diez gorilas. Al cabo de dos meses le llega una carta en la que le cuentan que los pequeños se han dejado morir de hambre.

			Entonces se promete a sí misma:

			«Nunca más cederé a las demandas que pongan en riesgo la vida de los gorilas».

			En años sucesivos se asesinará a otros gorilas, incluido su querido Digit. Es entonces cuando Dian crea la Fundación Digit para recaudar fondos contra la caza furtiva, e intenta mantener a los turistas y a los curiosos alejados de los gorilas. Pero es difícil, ya que el gobierno ha comprendido que el deseo de ver a los animales al natural es una gran fuente de ingresos y permite que lleguen al parque cada vez más visitantes, sin imponer ninguna regla destinada a respetar la naturaleza y los animales. Dian sabe que ella sola no lo logrará y que son los propios africanos quienes tienen que amar y proteger su tierra, por lo que se dedica a captar y formar cada vez a más gente del lugar, incitándolos a proteger los gorilas y su hábitat. Y, naturalmente, esto le crea multitud de enemigos.

			En diciembre de 1985 Dian es encontrada muerta en su choza, misteriosamente asesinada. Tenía razón cuando decía:

			—El hombre que mata hoy a los animales es el que mañana matará a los que se interpongan en su camino.

			Dian ahora descansa al lado de Digit. En su honor se ha creado la Fundación Dian Fossey para la protección de los gorilas, y su amor por los animales todavía los protege en la actualidad.





La verdad es incómoda


			Al Gore

			Albert Gore Junior es un chico muy juicioso y no para de hacer preguntas a sus padres, incluso sobre cosas de mayores. Ya ha comprendido que estos son años complejos para su país, Estados Unidos, y está a punto de añadir una nueva pieza al rompecabezas de la realidad que está descubriendo. Así, acaba de cumplir los catorce años cuando, una tarde de finales de verano, su madre los llama a él y a su hermana desde la cocina de su granja en Carthage (Tennessee), donde la familia pasa los cuatro meses de las vacaciones estivales. Quiere mostrarles algo realmente importante: se trata de Primavera silenciosa, el libro de Rachel Carson que relata los efectos nocivos de pesticidas e insecticidas químicos, tan populares en esos tiempos. Un libro poco menos que revolucionario para la época, porque en los años sesenta nadie quiere oír hablar sobre la desaceleración de la producción agrícola e industrial o sobre ganar menos dinero para no contaminar. Su madre, graduada en Derecho, les explica detalladamente, a través de las páginas del libro, todas las caras del problema.

			Una frase de Carson en particular deja sin respiración al joven Al:

			«Del mismo modo que la pequeña gota agujerea la roca, las sustancias venenosas entran en contacto con nuestro cuerpo desde que nacemos hasta la hora de la muerte, provocando en ocasiones consecuencias funestas».

			Hasta entonces, a Al nunca se le había pasado por la cabeza que el progreso, con todas sus innovaciones y comodidades, pudiera tener efectos secundarios. Para que el mensaje sea aún más claro, mamá les pone el ejemplo del águila calva, animal símbolo de Estados Unidos, que en los últimos quince años está desapareciendo debido a la gran cantidad de pesticidas que ingiere cada vez que se alimenta de insectos.

			—Pero mamá, si estas sustancias hacen daño a la naturaleza y a los seres humanos, ¿por qué siguen usándose?

			—Mira, Al, la realidad es más complicada de lo que parece. Durante la Segunda Guerra Mundial, las industrias químicas utilizaron nuevos materiales químicos contra los insectos de la malaria. Después de la guerra, esas sustancias se han usado también en el ámbito doméstico y en la agricultura como pesticidas e insecticidas. Y ahora que se conocen sus posibles consecuencias en el hombre y en la naturaleza, siguen produciéndose para no perder dinero.

			Pasan media hora más discutiendo, pero Al continúa lleno de dudas. Se afana por digerir todo lo que ha oído.

			—¿Pero el hombre está de veras dispuesto a envenenarse a sí mismo por dinero?

			—pregunta de pronto—. Siempre hablas de la importancia de los derechos de todos: mujeres, hombres, niños, y ahora también de la Tierra. Y si hay algo que es correcto, ¿por qué hacemos lo contrario?

			—Las acciones de los hombres a veces parecen absurdas. Tú y tu hermana, sin embargo, debéis esforzaros por ver la realidad tal como es, por muy incómoda que sea. Y, sobre todo, debéis asumir la responsabilidad de vuestras elecciones. La Tierra debe ser defendida, es vuestro hogar, y junto con ella sus habitantes. Ahora duerme tranquilo: haremos como Old Peg, paso a paso hasta alcanzar la meta. ¿De acuerdo?

			Cuando oye nombrar a Old Peg, a Al se le escapa una sonrisa. Su padre, Albert Senior, le cuenta esa historia cada vez que surge la ocasión, para recordarle que,

			con voluntad, también pueden alcanzarse objetivos inimaginables.

			En realidad, Old Peg es un pobre músico ambulante que, a pesar de tener solo una pierna, viaja a lo largo y a lo ancho de América con su jamelgo escuálido y su violín. Con la sonrisa en la cara y la imagen de Old Peg en la retina, Al se queda dormido.

			—Mañana se acaban las vacaciones y volvemos a Washington: disfruta del campo y ve a despedirte de los vecinos —le dice su padre al día siguiente por la tarde, antes de que Al salga a correr en bicicleta con sus amigos.

			Tiene ganas de correr. Todo lo que está descubriendo y las expectativas que sus padres tienen puestas en él hacen que quiera escapar. Correr por los campos de su amado Tennessee siempre lo devuelve a la calma. Lo tranquiliza.

			—¡El último en llegar al río es tonto! —grita Al mientras se monta en su bicicleta desvencijada y se lanza a toda velocidad por la pendiente frente a su casa. Pedalea y pedalea con fuerza, levantando tanto las rodillas que casi tocan el manillar. De vez en cuando gira la cabeza para ver dónde están sus amigos. De repente se encuentra ante un grupo de gallinas aterrorizadas y… ¡plaf!

			Hay un momento de silencio.

			—¡No me he roto nada! —murmura abriendo los ojos, sumergido entre la paja. Esos zapatos que tiene ante su nariz los conoce bien. Son de su padre.

			Albert Senior no dice una palabra, lo mira seriamente y finalmente le dice:

			—¡Al, rápido a casa, tienes que lavarte! Pero primero discúlpate por el alboroto que has causado. Aún tienes a las gallinas temblando...

			Andando de camino a casa, Al y su padre tienen una de sus charlas.

			—Adoro estos campos —dice el chico—. Y has sido tú quien me los ha hecho amar y, a veces, incluso odiar, para ser sincero.

			La verdad es que su padre se lo ha enseñado todo sobre el campo:

			cómo trabajar la tierra con las manos y con los aperos de labranza, cómo sacar agua de un pozo, pero sobre todo cómo reconocer las primeras huellas de un reguero excavado por la lluvia en un campo arado y cómo dispersar el agua antes de que se lleve lo sembrado.

			—Y el año que viene deberás practicar también con la cría de nuestros bueyes de raza Angus —explica Albert Senior. Entonces se pone serio y añade—: Quiero que veas también lo que hago como senador en el Congreso, en Washington, porque creo que la política puede ser un buen camino para ti. No tendrás que abandonar el campo si no lo deseas, pero hay personas que han nacido para cambiar las cosas, para abanderar las causas justas en beneficio de todos. Y tú eres uno de ellos. Tienes el mundo por delante y puedes dejarlo mejor que está.

			Al lo escucha emocionado: la idea de poder cambiar el mundo lo llena de orgullo. En silencio, entran en la granja.

			Al tiene en mucha estima a su padre, por su honestidad y también por su fortaleza. Un verdadero hombre hecho a sí mismo, que partiendo de la nada se construyó una carrera importante e incluso fue elegido para el Congreso.

			«Yo también seré como él»,

			se dice a sí mismo Al con orgullo mientras se zambulle en la bañera para ponerse presentable para la cena.

			Es la última noche que pasarán ese verano en la campiña, entre campos, canoas y animales. Al día siguiente la familia regresa a Washington, al octavo piso de un hotel con vistas a un enorme aparcamiento.

			En la ciudad, Al pasa a menudo la tarde en la oficina de su padre. En esas ocasiones hablan muchísimo, porque Al está sediento de respuestas y necesita muchas explicaciones para entender los complicados e importantes argumentos que escucha sin parar.

			En 1965 empieza sus estudios universitarios en Harvard, donde conoce a Roger Revelle, el primer científico que propone medir el CO2, uno de los gases causantes del efecto invernadero, presente en la atmósfera terrestre. Revelle se pasa años recopilando datos sobre la cima del Mauna Loa, la montaña volcánica más alta de Hawái, y demuestra que el hombre es capaz de aumentar la cantidad de CO2 en la atmósfera a niveles preocupantes.

			Mientras Al está en la universidad, estalla una guerra sangrienta entre Estados Unidos y Vietnam. Cuando termina sus estudios, en 1971, se alista como periodista de guerra, a pesar de que la posición de su padre le habría permitido evitar la leva obligatoria. Antes de su marcha, sin embargo, se casa con su novia Tipper.

			Cuando Estados Unidos, finalmente, es derrotado en la contienda, Al regresa a casa triste y confuso. Para recuperarse de la terrible experiencia, se retira con Tipper a su amado Tennessee, porque pasear por el campo y escuchar el murmullo del río todavía tiene el poder de devolverlo a la calma. Cada vez aprecia más su belleza.

			Mientras tanto, su padre, debido a su firme oposición a la guerra de Vietnam y al racismo hacia los afroamericanos, no es reelegido. Al está decepcionado. No es aceptable perder si luchas por unos valores justos. «La política no está hecha para mí», piensa.

			Trabaja como periodista y se dedica a su nueva familia. Con Tipper tiene cuatro hijos, con los que ambos pasan todo el tiempo que pueden al aire libre, entre largas acampadas y aventureras expediciones en balsa por el río.

			Al cabo de unos años siente de nuevo la pasión por la política. Al está listo para volver a comprometerse en la defensa de los derechos de las personas y de la Tierra, tal como le enseñaron sus padres. En 1977 es elegido diputado al Congreso de Estados Unidos por Tennessee e inmediatamente organiza una conferencia a la que invita al profesor Revelle para que hable sobre el calentamiento global. Aunque los datos sobre la cuestión son evidentes, los políticos se mantienen indiferentes al problema.

			Pasan los años y surgen más datos preocupantes. En 1988, la EPA, la Agencia de Protección del Medio Ambiente, afirma que

			las aguas superficiales de treinta y dos estados de EE.UU. están contaminadas por setenta y cuatro productos químicos diferentes de uso agrícola, uno de los cuales potencialmente cancerígeno.

			¡Rachel Carson había resultado profética! Pero, ni teniendo en cuenta estos datos, no parece que haya grandes reacciones entre los gobernadores de los Estados. Al está especialmente molesto porque no es necesario ser ninguna lumbrera para comprender que, cuando llueve, las aguas contaminadas fluyen hacia los acueductos.

			Quiere convertirse en alguien de los que realmente puedan cambiar las cosas y empieza a soñar en convertirse en presidente de Estados Unidos. Así, ese mismo año, se presenta como candidato a las elecciones primarias del Partido Demócrata, pero es derrotado.

			Una tarde de 1989 sucede un acontecimiento que cambia el curso de su existencia para siempre: su hijo menor es atropellado por un automóvil mientras cruza la carretera corriendo. Tarda un año en volver a ser el de antes. Al lo deja todo para estar a su lado y comprende cuáles son las cosas esenciales en su vida: su familia y la defensa de la Tierra. Para preservar el futuro de sus hijos, es necesario que el planeta sea un lugar habitable. Reúne sus reflexiones sobre la necesidad de salvar la naturaleza en el libro La Tierra en juego, que se convierte en un éxito de ventas. Al entiende que ha llegado el momento de imponer la ecología en la agenda del gobierno y está más decidido que nunca a cambiar las cosas. El momento es especialmente afortunado: poniendo por vez primera la temática medioambiental en el centro de atención de la campaña electoral estadounidense,

			Al se convierte, a los cuarenta y cuatro años, en el cuadragésimo quinto vicepresidente de Estados Unidos,

			bajo la presidencia de Bill Clinton. Gracias a su nuevo cargo, está seguro de poder dedicarse a salvaguardar el planeta con excelentes resultados. Ahora sí que podrá retomar Primavera silenciosa y dar un verdadero seguimiento a las denuncias de Rachel Carson.

			Durante sus dos mandatos juntos, Bill Clinton y Al Gore revierten el camino trazado: por primera vez, imponen estándares más estrictos para determinar si un pesticida es perjudicial para los animales y el hombre; reducen el uso de antiparasitarios químicos y, sobre todo, favorecen el empleo de sustancias biológicas alternativas. Además, en 1997 llevan a Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto, un acuerdo mundial destinado a limitar las emisiones de monóxido de carbono y reducir los gases causantes del efecto invernadero.

			Al final de los dos mandatos de Bill Clinton, Al es el candidato presidencial para los demócratas, pero es derrotado por el candidato republicano George W. Bush. Este último destruye todo el trabajo realizado por Clinton y Gore, y retira la adhesión de Estados Unidos al Protocolo de Kioto.

			Abatido pero nunca dispuesto a rendirse, Al decide que se dedicará a defender el medio ambiente incluso fuera de los edificios del gobierno, porque, como nunca se cansa de repetir: «Las verdades incómodas no desaparecen solo porque se las ignore; al contrario, cuando no se las afronta, su impacto crece».

			Inicia un período de incansables conferencias por todo el país para hablar sobre los peligros y las causas del cambio climático. En 2006, escribe un segundo éxito de ventas titulado Una verdad incómoda, que se convierte también en documental.

			En la película, la voz de Al desenmascara las falsas teorías que niegan el calentamiento global y sus terribles consecuencias, muestra el estado en el que se encuentran los anteriormente inmensos glaciares como el del Kilimanjaro —ahora casi desaparecido—, explica cómo

			el derretimiento de los hielos antárticos y de Groenlandia hará subir el mar unos seis metros

			y advierte que millones de hogares están en peligro de acabar bajo las aguas. Al está convencido de que el planeta solo se puede salvar mediante una cooperación a nivel global. E invita a los espectadores a actuar, proponiendo una serie de acciones cotidianas como reciclar, plantar árboles, ir más a menudo a pie y en bici, elegir a políticos que se preocupen por el planeta y, si no los hay, presentarse directamente ellos como candidatos para cambiar las cosas.

			En 2007, gracias a su tarea de divulgación, Al recibe el Premio Nobel de la Paz junto con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU.

			—Hay dos futuros ante nosotros. Tendremos uno brillante y esperanzador si hacemos lo que debemos. Tenemos todo lo necesario para resolver los problemas ambientales excepto la voluntad política, pero este también es un recurso renovable

			—proclama Al reiterando la invitación a elegir a quienes estén de parte del planeta.

			Aún hoy, Al no se cansa de criticar a los políticos que deliberadamente ignoran los problemas de la Tierra. Por encima de todos, el actual presidente Donald Trump, que ha retirado a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el clima. A pesar de las dificultades aparentemente insuperables, Al sigue siendo optimista, ya que la civilización tiene todas las herramientas para revertir el camino, lo importante es no ignorar la verdad, al igual que no se debe ignorar un reguero de agua en una granja de Tennessee. ¡Yendo paso a paso todo es posible, como decía Old Peg!





Una maga a favor del medioambiente


			Emma Watson

			Papá, ¡ha sucedido algo increíble! Ayer por la tarde vinieron a la escuela a buscar a los protagonistas de la primera película de Harry Potter —dice Emma emocionada, inhalando el aroma del Sunday roast, su plato favorito, un jugoso asado con verduras, típico de los domingos ingleses.

			—¿En serio? ¿Quiénes vinieron? Explícame todo de forma ordenada —pregunta curioso papá Chris mientras corta el asado.

			—La producción está visitando todas las escuelas del Reino Unido para encontrar a Harry, Ron y Hermione, los protagonistas de Harry Potter y la piedra filosofal. Solo en la nuestra seleccionaron a veinte chicos y chicas de entre nueve y trece años. ¡Vieron mi foto y me llamaron! ¡Siento que puedo ser yo! ¡Debo ser Hermione Granger! —responde con ojos soñadores.

			—Termínate el asado, cariño. Se va a enfriar —concluye su padre degustando un excelente vino tinto.

			Emma Charlotte Duerre Watson ha crecido en una familia de padres abogados —él un fanático de los vinos, ella de la moda—, prácticos y triunfadores, que le han enseñado a trabajar duro y a no andarse con tonterías.

			Emma, que en ese momento tiene nueve años, está enamorada de la naturaleza, de los animales y de las historias de Harry Potter.

			Es una niña muy seria, obstinada, precisa como un pequeño abogado en miniatura, pero rebosante de tal cantidad de energía que a menudo cuesta contener y que suele desahogar poniéndose a correr en los parques de Londres hasta perder el aliento.

			Después del almuerzo Emma se va a su habitación a buscar el primer libro de la saga. Acaricia la cubierta, aprieta fuerte entre sus brazos el volumen de doscientas páginas y, finalmente, lo coloca encima de la cama, a su lado. Entonces coge su diario y organiza el tiempo según el calendario de los castings, el horario escolar y su vida repartida entre dos casas. Y es que sus padres hace tres años que están separados y Emma pasa la semana con su madre Jacqueline en la casa de Oxford y el fin de semana con papá Chris en Londres, donde la deleita con el asado de los domingos.

			No es una vida sencilla para una niña, pero durante el trayecto, contemplar el paisaje de colinas suaves, ovejas y praderas verde esmeralda de la ordenada campiña inglesa hace que ese continuo ir y venir sea un poco más soportable.

			Una semana más tarde, en su escuela, la Dragon School de Oxford, empieza la primera prueba de selección. Aunque se ha leído y releído La piedra filosofal, Emma está muy nerviosa porque sus únicas experiencias como actriz son las de las representaciones escolares. Ni se plantea el fracaso: quiere a toda costa entrar en el mundo fantástico de Harry Potter.

			La primera audición va muy bien y es seguida por otras, también satisfactorias. Mientras tanto, los encargados de llevar a cabo el casting siguen conociendo a otros estudiantes y existe una reserva absoluta sobre sus preferencias. Un mes después, Emma ya está en su sexta audición y empieza a pensar que no ha gustado lo suficiente. En realidad, todos los chicos participantes en las pruebas tienen la misma impresión. Una tarde, Emma ve a una chica que ha participado en las audiciones tonteando con uno de los posibles candidatos para el papel de Harry Potter. Sabe que esa chica tiene ya cierta experiencia en el mundo del cine y deduce que el papel de Hermione puede ser para ella. En ese momento Emma sufre una crisis.

			—Nunca lo lograré —se desfoga esa noche con su madre a lágrima viva—. ¡Seguro que el papel de Hermione se lo dan a ella!

			—Hasta el final nunca se sabe. Tú prepárate para dar lo mejor de ti —dice Jacqueline con calma, acariciándole el rostro.

			Emma se limpia los ojos.

			—De acuerdo —dice con firmeza.

			Desde ese día, a cada momento que tenga libre, repite incansablemente sus diálogos. Empieza de nuevo y se mira en el espejo para corregir cada gesto y expresión. Sus padres la observan con preocupación, porque Emma la verdad es que no piensa en nada más. Tienen largas discusiones sobre cómo ayudarla y al final deciden dejar que experimente su pasión hasta lo más hondo y que trabaje duro para lograr sus objetivos, a ver qué sucede. Solo intervienen para obligarla a descansar cuando, agotada, se cae de sueño encima de los libros o no come por causa de la tensión.

			Emma también supera la décima audición, y cada vez está más sorprendida de que las últimas pruebas sean solo charlas para hablar sobre ella.

			—... es para conocerte mejor —le dicen los encargados del casting.

			Mientras, Daniel Radcliff se ha hecho con el papel de Harry, no tanto por sus anteriores experiencias en el cine como por la energía y sensibilidad que ha mostrado, cualidades perfectas para interpretar al pequeño mago protagonista.

			En la undécima entrevista, Emma se halla frente a una puerta cerrada junto a Rupert Grint, un muchacho pelirrojo color zanahoria del condado de Hertfordshire.

			—¡Aquí estamos de nuevo! —dice con una mueca graciosa.

			—Si no los hemos convencido en cuatro meses... —le espeta ella con impaciencia.

			¡Pero lo que van a descubrir es que serán Hermione Jean Granger y Ronald Bilius Weasley, más conocido como Ron! La satisfacción es tal que Emma-Hermione llama inmediatamente a su mejor amiga, que la deja sorda con su grito de alegría. Luego da la noticia a mamá y a papá, riendo y saltando de felicidad. Cuando lee en Internet que «la joven Emma Watson de la Dragon School se convertirá en Hermione en Harry Potter», su padre instintivamente coge una bolsa con algo de ropa y se traslada con Emma al hotel Landmark de Londres. Quiere evitar que su hija se sienta abrumada por los curiosos que empiezan a reunirse ante su casa.

			Al día siguiente, Emma ya se halla frente a cincuenta periodistas para la primera rueda de prensa y por la noche recibe también la llamada más esperada: la autora del libro, J. K. Rowling, está al teléfono para felicitarla.

			—Me dicen que eres la persona indicada: enérgica, simpática y extremamente estudiosa, como Hermione, el tipo de chica que se hace respetar y que no duda en dar caña a sus compañeros de aventura cuando conviene. ¡Nos vemos en el plató de rodaje!

			Esa noche, Emma sueña con magos, escobas voladoras y periodistas. Por la mañana, muy temprano, cuando su madre la llama, ya está vestida y lista para ir a visitar los estudios de cine de Leavesden, en Watford. Al ver delante de ella la escuela de Hogwarts se queda sin aliento. Y así será todos los días a lo largo de la filmación.

			Al cabo de siete meses de trabajo, la película La piedra filosofal ya está lista. Se presenta a la prensa el 4 de noviembre de 2001 en el cine Odeon de Londres, en una Leicester Square transformada en una escenografía «potteresca», con unos cinco mil niños vestidos de mago esperando a sus ídolos.

			En ese momento, Emma es la niña de once años más famosa del mundo, pero nunca piensa en ello, en buena medida gracias a sus padres, que hacen lo posible para que su vida sea de lo más normal: no le cuentan cuánto gana para no llenarle la cabeza de pájaros y para que mantenga sus amigos y sus costumbres de siempre, desde la paga semanal hasta la vida repartida entre dos casas, desde el deporte hasta sus estudios,

			y sobre todo los relajantes paseos por los parques de Londres para dar de comer a las ardillas.

			Al año siguiente le toca el turno a la segunda película, La cámara secreta. Al igual que su personaje, Emma presenta todavía más determinación, «el girl power, el poder de las chicas», dice, compartiendo con la compañía parte de las discusiones que tiene con su madre acerca de la fuerza y los derechos de las mujeres. Y también se hace respetar por parte de Daniel y Rupert: ellos le gastan un montón de bromas y ella les paga con la misma moneda.

			A pesar de lo bien que se lo pasa en los estudios de cine, el trabajo es duro de verdad: un mínimo de cuatro horas de filmación al día, más otras tantas estudiando con un tutor. Emma solo descansa en verano, pasando sus vacaciones en los viñedos franceses de papá o en la campiña inglesa con mamá: momentos mágicos en la naturaleza que le proporcionan nueva energía para aguantar la fatiga de los platós.

			Con la tercera película, El prisionero de Azkaban, en 2004, Emma disfruta del lado positivo del éxito: frecuenta a actores y cantantes famosos y, orientada por su madre, experimenta nuevos estilos de ropa para asistir a sus frecuentes entrevistas y encuentros públicos.

			Mientras tanto, el plató de rodaje se ha convertido en su verdadero hogar: el chófer, los técnicos, las maquilladoras, sus dos asistentes personales representan la estabilidad que le ha faltado a raíz de la separación de sus padres. Además, película tras película, Emma, Daniel y Rupert están cada vez más conectados: cuando se siente con ganas de reflexionar busca el hombro de Daniel, pero si necesita reír acude a Rupert. Y juntos van creciendo: los dos chicos empiezan a cambiar la voz, que se va haciendo más grave; ella come demasiado chocolate para combatir el estrés y tiene que lidiar con sus primeros granos.

			En 2008, inesperadamente, hay una pausa más larga de lo normal entre una película y otra, y Emma tiene un poco de tiempo para sí misma, ¡por primera vez desde los nueve años! Tras visitar brevemente África, Estados Unidos y Japón, se zambulle en su pasión por la moda, asistiendo a las Fashion Weeks de Londres y de París. Su look atrae la atención de la revista mensual de moda Vogue, que le propone su primera sesión de fotos profesional. A partir de ese momento, Emma es seducida por una nueva magia y posa como modelo para Burberry y otras importantes marcas.

			Después de haberse probado tantos vestidos, en 2010 Emma intenta diseñarlos ella misma y se le da muy bien. Siguiendo los consejos de un amigo apasionado de la naturaleza como ella, elige colaborar con People Tree, una marca de comercio justo cuya divisa es el respeto por la naturaleza y los derechos de los trabajadores.

			Emma está muy feliz porque combina su amor por la moda y su amor por el medio ambiente: es otro sueño hecho realidad. Cree tanto en este nuevo proyecto que, incluso después de trece horas de trabajo en el plató, corre a casa y diseña ropa para la gente de su misma edad y para adolescentes.

			—No descanso porque lo que hacemos es importante —le dice a su madre. Le explica que People Tree colabora con productores repartidos por quince países en vías de desarrollo, como Bangladesh, y apoya a las pequeñas empresas, ayudándolas a producir prendas de bajo impacto ambiental gracias al uso de materiales reciclados o procedentes de cultivos orgánicos.

			—Me parece genial usar la moda como herramienta para aliviar la pobreza —declara Emma a los periodistas contando su nueva experiencia—.

			En lugar de dar dinero a la beneficiencia, es mejor ayudar a los pequeños productores de los países emergentes comprando su ropa, apoyando una actividad que los hace sentirse orgullosos de ellos mismos.

			Emma quiere entender cómo funciona uno de los sectores industriales más importantes del mundo. Así, en la pausa del rodaje de la película que cierra la saga de Harry Potter, visita Dacca, capital de Bangladesh, donde las grandes marcas de la moda producen enormes cantidades de ropa a muy bajo coste. Aquí es donde nace la fast fashion, la moda de usar y tirar, que cuesta poco a quienes la producen y a quienes la compran, pero que lesiona el planeta y a quienes lo habitan. Emma ve barrios desolados a lo largo de cursos de agua contaminados, donde viven gran cantidad de mujeres que trabajan en fábricas-prisiones. Lo que ve la afecta mucho y decide comprometerse aún más para detener esas injusticias.

			En los tres días que está en la ciudad, visita una empresa de People Tree que emplea a doscientas mujeres. Siguiendo su ejemplo, Emma intenta usar el telar y lavar el algodón. También da algunas lecciones de matemáticas en la escuela que han instalado para los hijos de las trabajadoras.

			Esa experiencia tan positiva la convence más todavía de que dedicarse a la moda no significa necesariamente perjudicar el planeta y, recordando todo el plástico que ha visto en los ríos y por las calles, no puede estar más convencida de que el reciclaje de los materiales de desecho es otro instrumento necesario para sanear el medio ambiente. De modo que, en la Met Gala de Nueva York, una importante fiesta benéfica anual que siempre está llena de periodistas, se presenta con un hermoso vestido blanco y negro de Calvin Klein, realizado con un tejido innovador llamado Newlife, completamente fabricado con botellas de plástico recicladas.

			—El plástico es uno de los mayores contaminantes del planeta. Reutilizar residuos e incorporarlos en mi vestido para la Met Gala demuestra que la creatividad, la tecnología y la moda juntas tienen el poder extraordinario, mágico, de salvar la naturaleza

			—comenta Emma, y añade que cada parte del hermoso vestido se ha producido respetando el medio ambiente—. Incluso las cremalleras están hechas de material reciclado —concluye.

			»Otra forma de acabar con la fast fashion es reutilizar la ropa, porque las cosas realmente hermosas deberían usarse una y otra vez —dice Emma, que llevará partes del mismo vestido en las sucesivas alfombras rojas.

			Al día siguiente, lanza a las redes sociales la campaña #30wears, invitando a todos a usar las prendas tantas veces como sea posible, modificándolas o combinándolas con imaginación. Tenaz y precisa como cuando era niña, Emma revoluciona de inmediato su guardarropa, que pasa a ser totalmente «verde», y lo comparte con sus fans y simpatizantes en las redes sociales.

			Es tan fuerte su compromiso que

			en 2014 es nombrada «embajadora de buena voluntad» por ONU Mujeres,

			la organización de las Naciones Unidas encargada de la igualdad de derechos de hombres y mujeres y del papel de las mujeres en el mundo.

			En 2017 protagoniza la película de Disney La bella y la bestia. Toda la ropa que usa Emma para la gira de promoción está realizada con material ecológico. Emma publica las fotos de sus vestidos en Instagram, explicando en los créditos el origen de cada tejido. En París, por ejemplo, se deja ver con un traje de la marca Louis Vuitton hecho de «poliéster reciclado y realizado con botellas de plástico». En el aeropuerto de Londres, en cambio, lleva un vestido «de fibra de madera proveniente de plantaciones sostenibles de Europa». Incluso en el maquillaje, Emma no traiciona su compromiso ecológico: cada base, rímel y pintalabios está realizado al cien por cien con material natural procedente de la agricultura ecológica, y no contiene ingredientes de origen animal.

			Emma muestra con su ejemplo que no es necesario ser ningún mago para salvar el planeta y que puede protegerse la naturaleza sin renunciar a la moda, combinando creatividad y ética, innovación y reutilización.





La oruga es bella


			Tiziano Guardini

			Tiziano tiene once años y mamá lo acompaña todas las mañanas al campamento de verano de Villa Pamphili, un antiguo gran parque de Roma. Cuando cruza las puertas de la villa, allí están las animadoras. Rodeado por todo aquel verdor que lo tranquiliza, Tiziano se tumba en el césped esperando a que lleguen los compañeros. Cara abajo, observa el ir y venir de la vida que transita por la hierba. Las hormigas atareadas que, una tras otra, acarrean migajas de pan en el lomo, un saltamontes que salta para desaparecer quién sabe dónde y un grillo que canta desde la noche anterior.

			Tiziano está a gusto. Siente que cada criatura es importante.

			Permanece quieto para no asustar a los insectos y respira lentamente para que no salga volando un abejorro que, mientras tanto, se ha posado sobre una flor de trébol. En un momento determinado, tiene la sensación de ser espiado. Su mirada capta una oruga verde repanchigada sobre una gran margarita. Parece como si la oruga lo estuviera mirando. Tiziano la toca con un ligerísimo gesto del dedo. La oruga se enrosca en forma de anillo y queda paralizada. Entonces Tiziano aleja la mano y se pone a contemplarla. Es una criatura magnífica, viva y palpitante como él, y como todos los demás seres en ese parque exuberante. Distingue sus ojos, unas pequeñísimas manchas oscuras, y una franja de color verde claro que cruza su cuerpo de arriba abajo. Esa misma tarde, en su tiempo libre, toma el cuaderno de dibujo que siempre lleva en la mochila y hace un boceto de la oruga.

			Al anochecer, cuando regresa a casa, está todo cubierto de tierra, y la camiseta blanca, que por la mañana lucía inmaculada, ahora es un laberinto de rayas verdes. Tiziano se sumerge en un baño caliente. «¿Dónde estarán ahora las hormigas y los saltamontes que corrían y saltaban a mi alrededor esta mañana? —piensa—. ¿Y la oruga?»

			Después de la cena coge de nuevo el cuaderno de dibujo. El verde que ha visto a lo largo del vientre del insecto sigue rondando por su cabeza. Piensa que quedaría muy bien en una chaqueta con hombreras. Y, dicho y hecho, empieza a dibujarla. Luego combina la chaqueta con un pantalón palazzo de perneras anchas, color amarillo brillante. Cuando todo le parece perfecto, añade todavía unos perfiles de hojas en la solapa de la chaqueta. Se queda dormido unos instantes, con el lápiz en la mano. Cuando su madre lo llama, se convence de que debe lavarse los dientes y meterse bajo las sábanas porque sabe que al día siguiente regresará al parque.

			—Esta tarde vamos a ver a la abuela Bruna, ¿estás contento? —anuncia mamá durante el desayuno.

			Tiziano está contentísimo. En casa de la abuela, que es muy buena haciendo labores de ganchillo, hay una habitación llena de carretes de hilo y madejas de algodón. No falta ningún color y todos combinan a la perfección, porque la abuela Bruna tiene el don de hacer que todo encaje.

			—¿Quieres probar? —pregunta la abuela a Tiziano, que sigue maravillado todos los movimientos del ganchillo y de las manos.

			—¡Me encantaría, abuela! —responde Tiziano, y de pronto se encuentra una madeja azul y un ganchillo verde botella entre los dedos. Las lecciones están aderezadas con el amor de la abuela y muchas dosis de paciencia. Tiziano se lo toma en serio, pero no logra hacer ningún encaje que le guste. Los de la abuela Bruna salen de sus manos como flores, planos y regulares, mientras que los que hace él siempre quedan algo torcidos.

			—Se necesita determinación y mucha práctica. Tú practica y verás cómo triunfarás en todo

			—lo tranquiliza la abuela. Tiziano se lanza a sus brazos y respira a fondo su buen olor, que huele a laca y café. Sabe que su abuela no solo habla del ganchillo: es conocedora del talento de Tiziano en cuanto al diseño de ropa se refiere y desea que lo cultive.

			Poco después de empezar la escuela secundaria, sus padres se separan y todo se vuelve más oscuro. Ahora que la abuela Bruna ya no está, su único consuelo es dibujar vestidos. Sin embargo, una vez terminada la secundaria, sigue los consejos de sus padres —papá es programador informático, mamá asesora fiscal— y empieza a estudiar Contabilidad. Sin embargo, en cuanto tiene algo de tiempo libre, se encierra en su habitación, pone la música a tope y diseña una pasarela de moda entera: la colección primavera-verano, la colección otoño-invierno, faldas, pantalones y chaquetas. Todo firmado con un pequeño detalle que recuerda a flores y plantas.

			Tiziano prosigue sus estudios matriculándose en Economía. Acaba la universidad sin abrir el cuaderno de dibujo, pero entiende que una vida llena de números y cuentas no está hecha para él. Así, a los veintisiete años, sin decir nada a nadie, hace el examen de ingreso en la Academia Internacional de Alta Costura Koefia y lo aprueba. Durante cuatro años se dedica de lleno al curso de diseñador de moda, dando rienda suelta a su creatividad y aprendiendo a definir los diseños con la máxima precisión, pero también a usar los materiales, a descubrir la importancia de los acabados y todo lo que un buen estilista debe saber.

			Cenando un día con su madre, habla de cómo será su futuro trabajo, ahora que ya ha terminado la academia.

			—Tú que eres vegetariano y que te gustan tanto los animales, ¿cómo te las arreglarás cuando debas trabajar con seda? —le pregunta ella, tras un sorbo de café—. He leído que, para obtener el hilo, matan a los gusanos de seda arrojándolos vivos en agua hirviendo o congelándolos.

			De hecho, el gusano de seda produce un hilo de hasta un kilómetro y medio con el que forma el capullo. Allí dentro, a salvo, se transforma en mariposa. Para salir del capullo rompe el filamento, que ya no puede ser utilizado para la elaboración tradicional.

			—Lo he pensado mucho, en realidad. Buscaré una alternativa. Y si no existe, yo mismo la crearé —responde con seguridad.

			Tiziano piensa en los gusanos de seda toda la noche. Sabe que como estilista tendrá que experimentar con todo tipo de tejidos, pero la sola idea de causar tanta muerte lo desasosiega profundamente.

			—Nunca usaré seda si para ello se tiene que matar a todas estas orugas. Son criaturas vivientes. ¿Cómo es posible que no haya otra solución? —dice en confianza a una amiga a la mañana siguiente.

			—En la India hace años que la encontraron. Es la seda ahimsa, la seda no violenta, que se produce uniendo los hilos rotos por la mariposa, ¡sin matar a ninguna oruga! —responde ella.

			—¿Me estás diciendo que tratan el hilo de seda como a las fibras cortas de lino y algodón, uniéndolas para obtener un hilo largo? —pregunta entusiasmado.

			Tras recibir la confirmación a su pregunta, Tiziano vuela hasta la India para ver cómo se produce y elabora esa seda indolora. Nace así Three days to butterflies, su primera colección hecha con seda ahimsa. Tiziano no tarda en descubrir también la seda de soja, que cuesta un poco más que la seda tradicional, pero tiene muchas ventajas: es resistente, antialérgica y no se incendia. Con este tejido crea la Soya Silk Collection, quince piezas únicas con motivos gráficos de abejas, mariposas, rinocerontes alados, libélulas y ciempiés.

			Al ir sumando años, Tiziano cada vez soporta menos el sufrimiento que se inflige a los animales.

			Está cada vez más decidido a rechazar cualquier compromiso, especialmente después de experimentar con los primeros tejidos y materiales cruelty-free, sin crueldad. En 2015, por ejemplo, se entera de que las plumas utilizadas para rellenos y ornamentos se las arrancan a los gansos de forma brutal (y no se recogen cuando los animales las cambian de manera natural). En sus diseños, Tiziano las sustituye por flores de Cortaderia, la hierba de las Pampas: unos penachos de color arena que crean un efecto igualmente vaporoso y suave.

			Sus diseños, entretanto, se abren paso en las portadas internacionales. Son piezas únicas, tan impregnadas de naturaleza que casi se dirían parte de ella.

			Una noche de verano, respirando el aire húmedo bajo las copas de los árboles, Tiziano se da cuenta de lo conectados que están hombres y plantas.

			Recoge del suelo un sinfín de ramas caídas, les quita la corteza y, con esta parte del árbol reducida a pequeñas láminas que cose a una tela, elabora un vestido que transforma a quien lo lleva en una criatura casi mágica, mitad mujer mitad árbol. Vivamente emocionado por el resultado, regresa al parque, elige otros materiales y crea un abrigo de piel hecho con agujas de pino, otro vestido-escultura que se pone a modo de chaqueta, con cremallera; y, todavía a partir de los árboles, crea, finalmente, un vestidito de escamas de piñas en el garaje-taller de su padre.

			—¿Tenemos que perforarlas una a una? —le pregunta su padre para cerciorarse.

			—Sí, papá —responde Tiziano con una sonrisa—. Gracias por tu ayuda. ¡Hace tanto tiempo que no hacíamos nada juntos! —Ambos forman un equipo perfecto: el padre perfora las escamas de las piñas con un taladro de broca fina y Tiziano las va ensartando en un cordel muy delgado, cuyo resultado es una tela nunca antes vista. Por la noche, cuando el vestidito está listo, los dos van a devolver los restos de las piñas al parque donde las recogieron. Y el círculo se cierra.

			En breve, esos vestidos de origen natural dan la vuelta al mundo y se exponen en prestigiosos museos de Londres, Vietnam y Estados Unidos, e incluso en las Naciones Unidas.

			En septiembre de 2017, Tiziano participa en el Green Carpet Challenge Award, un concurso de jóvenes diseñadores que destacan por el uso de materiales ecológicos y sostenibles. Los vestidos de los ganadores los llevan las estrellas de Hollywood para invitar a todos a respetar el planeta. Y Tiziano vence el certamen con un vestido azul brillante de seda de soja, decorado con abalorios hechos con viejos cedés y conchas de mejillón vacías. Lo combina con una chaqueta larga realizada con plástico proveniente del mar Mediterráneo y redes de pesca de los mares de Corea. Un verdadero triunfo, que aúpa a Tiziano a la cúspide de la alta costura. Los periódicos de todo el mundo lo llaman «el estilista de la naturaleza», el diseñador que, con la belleza de sus creaciones, celebra el carácter sagrado de la vida.

			Tiziano no se apoltrona tras tanto reconocimiento. Sabe que siempre se puede hacer más para sanear el planeta. Así que comienza a buscar alternativas a la piel y al cuero, materiales que, tanto en lo referente a su producción como a su eliminación, provocan un fuerte impacto contaminante y causan la muerte de muchos animales. Al descubrir, encantado, que se acaba de inventar una piel sintética hecha a base de los residuos de la fruta, se compromete a trabajar lo más pronto posible con el nuevo material que, sin embargo, se encuentra todavía en fase experimental.

			La ocasión le llega pocos meses después. Durante una convención sobre la innovación en el campo de los tejidos, conoce a unos investigadores que le cuentan entusiasmados sus descubrimientos sobre el fruto de la vid. Con el residuo de la uva desecado, crean una mezcla que van extendiendo sobre varias capas hasta que se convierte en un tejido suave y fragante que en poco difiere del cuero.

			Tiziano es un entusiasta de la llamada «piel de vino» y da vida a la primera colección del mundo realizada con este material, compuesta por bolsos, zapatos y vestidos de un característico color bermellón.

			Una tarde, mientras ordena los armarios, encuentra un par de tejanos viejos. Le encanta el tejido vaquero y le gustaría incluirlo en sus creaciones. Pero sabe bien el daño que causa su elaboración: los elementos químicos y los tintes utilizados intoxican a los trabajadores y contaminan el ambiente alrededor de los centros de producción. También debe de haber una alternativa a este material, se dice. Empieza otra vez a investigar y esta vez descubre que la solución es el reciclaje: de hecho, uno de los mayores fabricantes de tejanos del mundo elabora el tejido a partir de algodón reciclado y poliéster procedente de botellas de plástico PET usadas, y lo hace sin contaminar. Y así, Tiziano comienza a diseñar prendas de tejido vaquero, sacando al mercado un nuevo producto ecológico y muy de moda.

			A Tiziano lo llaman a menudo para que cuente su experiencia, porque se ha convertido en un símbolo internacional de la sostenibilidad y porque, gracias a su ejemplo, muchos diseñadores se están convirtiendo a la ecología. Siente ahora una gran responsabilidad y, para demostrar que una moda que respete la vida sin perder en belleza no solo es posible, sino que es ya una realidad, a principios de 2019 presenta en la pasarela la mayoría de sus descubrimientos. Primero, transforma la sala en un bosque exuberante, llenándolo con telas de vaquero ecológicas tratadas con Airlite, un colorante especial que no contamina y que incluso purifica el aire de bacterias, humo y moho.

			Luego crea unas prendas que, en cada una de sus fibras, hablan de amor y respeto por la naturaleza: las medias son de algodón orgánico, el tejido vaquero es ecológico, el hilo de los vestidos procede de las redes de pesca en desuso y los edredones están rellenos de un material fabricado a base de botellas de plástico, alfombras y lana regenerada.

			—Para que el mundo de la moda sea también más ético y justo, antes que nada se necesita determinación —dice al final del desfile, recordando las palabras alentadoras de la abuela Bruna.

			»Hoy en día, la sostenibilidad afecta varios aspectos de la producción, desde la reutilización del agua a los sistemas fotovoltaicos en las terrazas de las empresas, desde la elección de telas y materiales hasta la reutilización de lo que ya existe. La moda debe pensar en el futuro, en la naturaleza y en todas las criaturas —concluye satisfecho.

			A la mañana siguiente, Tiziano se encuentra en Villa Pamphili. Se tumba en el césped cara abajo, como lo hacía de niño. Observa la vida silenciosa entre las briznas de hierba y respira a fondo el aroma de la tierra húmeda y viva. Luego se da la vuelta, se pone las manos debajo de la cabeza y mira cómo corren las nubes. Tiziano está en calma, siente que está haciendo todo lo posible para respetar la vida, incluso en sus formas más pequeñas. Sonríe pensando en la oruga de las margaritas de su infancia.

			—¿Ves?, lo hemos conseguido. Hemos hallado la gracia y la belleza en nuestras creaciones de moda sin lastimar a nadie —le dice guiñando un ojo.





No se puede detener a un río


			Wangari Maathai

			Los ojos negros de Wangari no le temen a nada.

			—Eres una kikuyu y te llamas wangari, como los leopardos —le dice su madre, mandándola a buscar leña—. Son como tú, no debes tenerles miedo.

			Y Wangari no les tiene miedo alguno. No tiene miedo de nada. Con su pequeño vestido de algodón blanco de estilo occidental, se adentra ágil en el bosque de Aberdare sin hacer ruido.

			Cargada con la leña para el fuego, llega a las orillas del río Kanungu, que en ese tramo es todavía un pequeño hilo de agua. Deja en el suelo las ramas que ha ido recogiendo y sube hasta el manantial, un minúsculo agujero en la tierra oscura del que brota un agua fresca y limpia. Parece imposible que pueda convertirse en el gran río que discurre por el valle. Aproxima los labios y bebe con gusto hasta saciar su sed, cuidando de no pisar los huevos de rana que, como cuentas de colores, se acumulan bajo las altas hojas de las marantas.

			«Todavía hay tiempo —piensa—. Tengo que volver antes de que se ponga el sol.»

			Cierra los ojos, respira a fondo el aire húmedo y se pone a caminar a lo largo del curso de agua hasta los pies de un mugumo, la higuera salvaje con la corteza de color piel de elefante. Entonces se quita las sandalias en señal de respeto, como suelen hacer los kikuyus, se deja caer al suelo y permanece inmóvil para ver el cielo y las ramas girando a su alrededor. Para los kikuyus —uno de los numerosos grupos étnicos de Kenia—, el mugumo es un murema-kiriti, ‘el que se resiste a la tala del bosque’. De hecho, solo se puede derribar cuando se ha plantado otro al lado, para que su espíritu pueda encontrar un nuevo hogar.

			Llena de energía, vuelve a elegir con cuidado la madera más seca, que no echa humo.

			El pájaro del crepúsculo ya se ha puesto a cantar y Wangari ve que se le está haciendo tarde. Pronto la sorprende la oscuridad, que llena el cielo de estrellas. Le gustaría quedarse un poco más porque la noche no la asusta, pero no quiere preocupar a su madre. Así que lanza una última mirada a la Vía Láctea y no tarda en llegar a su cabaña de barro. Mamá la está esperando en la puerta para cenar juntas bajo el cielo estrellado.

			—Pronto irás a la escuela —le dice a Wangari, que le hinca el diente al último bocado de plátanos verdes cocidos. La comida casi se le atraganta.

			—¿A la escuela? ¿Yo también tengo que ir? ¿De verdad? —pregunta Wangari incrédula.

			—¿Por qué no? Tienes curiosidad y aprendes deprisa —concluye la madre con una sonrisa.

			Wangari solo tiene seis años, pero ya se imagina una nueva vida. No todos van a la escuela en Kenia, y menos todavía las niñas.

			Mientras la familia está ocupada con los preparativos para la escuela, el Reino Unido, que en esa época es quien controla Kenia, inicia una importante obra de deforestación. Donde estaban los mugumo se plantan ahora pinos y eucaliptos, que crecen rápidamente y se venden a buen precio para la industria maderera y el sector de la construcción.

			Así pues, el bosque cambia, muchos animales desaparecen y se reducen las aguas subterráneas, que hasta ese momento quedaban retenidas por las poderosas raíces de los árboles seculares.

			Wangari no nota los cambios, porque para ir a la escuela se levanta muy temprano y camina varios kilómetros por una carretera nueva, lejos del bosque. Y nada la distrae de sus estudios. En pocas semanas es ya la primera de la clase: aprende el alfabeto, matemáticas, suajili, inglés y geografía. En casa, además, como todas las niñas kikuyus, se encarga de las tareas domésticas junto con mamá.

			Un día, aprende una lección que le servirá para toda la vida.

			Al amanecer, se va con el burro a recoger alubias rojas en el terreno que posee la familia, unas millas más allá de la colina. Una vez en el huerto, Wangari elige cuidadosamente cada vaina, llenando un saco hasta los topes y otro hasta la mitad. Al anochecer, coloca el saco lleno a lomos del burro y ella se carga en la espalda el que está a medias. El camino de regreso es realmente difícil porque tanto a ella como al burro les pesa cada vez más la carga. Pero Wangari no se queja y no deja ni media alubia en el suelo. Quiere hacer bien su trabajo y que su madre no tenga que preocuparse más por el asunto. De repente, el burro resbala, y Wangari poco le falta. «¿Podré levantar yo sola al animal y su carga?», se pregunta. Así que empuja, tira y arrastra hasta que el burro vuelve a estar de pie con el saco en el lomo. Exhaustos, llegan a casa cuando la noche es ya oscura, cayendo al suelo por el cansancio.

			—Probablemente he cogido demasiadas alubias —le dice Wangari a su madre—, pero he aprendido que la voluntad mueve montañas. Y yo tengo de sobra.

			La verdad es que Wangari es una niña muy decidida y, tanto en casa como en la escuela, no hay prueba que no supere. En 1951, al finalizar sus estudios primarios, ingresa con las notas más altas en la escuela de Santa Cecilia, en las colinas de Nyeri, para cursar la secundaria. Las alumnas se levantan al amanecer, rezan sus oraciones antes de ir a misa y luego se asean; solo entonces empieza la jornada escolar. En la escuela secundaria no se habla kikuyu, solo inglés, y si alguna alumna lo hace le ponen la escarapela de la vergüenza. Al principio no es fácil aceptar esas reglas y, a veces, Wangari se siente un poco confusa. En su mente, sin embargo, siempre tiene presentes las palabras de mamá: «Estás entre dos mundos, como un árbol. Ve segura hacia el futuro, llena tus ramas con nuevos frutos y flores, pero nunca olvides dónde están tus raíces».

			En general a Wangari le gusta la vida en el colegio, sobre todo le encanta estudiar y se le da muy bien. Pasa los exámenes finales con las calificaciones más altas y es admitida en la única escuela secundaria femenina que hay en Kenia. Aquí conoce a una persona que le cambiará la vida: la madre Teresia, la profesora de Ciencias que la ayudará a convertirse en el árbol del que habla mamá.

			—¿Me acompañas a lavar los portaobjetos y los tubos de ensayo? —pregunta la profesora al final de la lección.

			Y Wangari, a quien los microscopios y demás instrumentos de laboratorio la fascinan, se siente en la gloria.

			Poco a poco, la biología, con el estudio de las formas de vida, así como las leyes que la gobiernan, la cautiva completamente, porque le hace sentir que la naturaleza tiene su propia perfección, como ese día en el bosque de Aberdare a lo largo del río Kanungu.

			En 1959, a los diecinueve años, Wangari obtiene el graduado. Son tiempos de grandes novedades, también para Kenia, porque la era colonial inglesa está a punto de terminar y la libertad se huele en el aire. Los kenianos han podido votar por primera vez, y ahora se necesita una nueva clase dirigente, africana, formada por personas honestas y preparadas para gobernar. Wangari tiene un montón de sueños sobre su futuro y el de África. Un año más tarde, se encuentra entre los trescientos mejores estudiantes de Kenia y gana una beca para estudiar en el Mount St. Scholastica College en Atchinson (Kansas), donde permanece cuatro años. Tras graduarse en Ciencias, es seleccionada para participar en un máster en Ciencias Biológicas en la Universidad de Pittsburgh, en Pensilvania.

			Regresa a Kenia en 1971 para ser la asistente de un profesor de Zoología en Nairobi, pero sufre una gran injusticia: el puesto —para el cual ha sido designada a propósito por Estados Unidos— se lo han dado a un hombre perteneciente al mismo grupo étnico que el del docente. Aunque Wangari tiene la razón de su parte, nadie le presta atención. Wangari ve entonces que la Kenia liberada del dominio inglés tiene que lidiar con nuevos problemas: las mujeres no tienen los mismos derechos que los hombres y la corrupción va en aumento.

			—Todos aquellos que han alcanzado un objetivo han sido arrojados al suelo varias veces —se dice entonces Wangari—, pero se han levantado y han continuado.

			Y esto es lo que siempre trataré de hacer, como ocurrió el día de las alubias y el burro.

			Pocos años después, de hecho, es la primera mujer del país en obtener un doctorado y se convierte en directora de la Cruz Roja de Nairobi.

			En 1974 es invitada como keniana a entrar en el comité local del Environment Liaison Centre, una organización internacional independiente creada para facilitar la participación de los ciudadanos en el trabajo que realizan las Naciones Unidas en el terreno ambiental. Para hablar sobre la situación en Kenia, Wangari necesita entender a fondo lo que está sucediendo en su país. Así que, en primer lugar, regresa a los campos de su infancia, a los pies del monte Kenia, y ve que en verano son ahora casi un desierto. En cambio, cuando llueve, los ríos crecen de golpe y se llevan todo lo que encuentran por delante. Además, las vacas, que antes estaban bien alimentadas, ahora vagan escuálidas en busca de la escasa hierba fresca.

			Su madre la acoge en casa con preocupación.

			—Después de los eucaliptos, crearon por todas partes plantaciones de té y café para el mercado internacional, incluso en los huertos de las aldeas. Los grandes árboles sagrados han desaparecido por completo y ahora nos falta el agua —le dice.

			—Nuestros niños ya no están sanos y fuertes como antes. Ahora solo comen los alimentos industriales que compramos, porque ya no tenemos huertos ni madera para cocinar

			—confirman preocupadas las mujeres del lugar, que han venido a saludarla.

			Wangari está desconcertada. Cuando era pequeña nadie sufría desnutrición, y la tierra, verde y con abundantes fuentes de agua, bastaba para todos. Entiende que la pobreza y la explotación del medio ambiente son dos caras de la misma moneda.

			—Tú que sabes tantas cosas y que has estudiado tanto, ¿qué podemos hacer? —le preguntan desesperadamente las mujeres.

			—Plantemos árboles. Nos darán de nuevo leña para cocinar y retendrán el agua con sus raíces para que vuelvan los ríos. Y si, además, plantamos árboles frutales, también nos darán de comer.

			Wangari invita a las mujeres a ir a los bosques que todavía quedan a recoger las semillas del lugar a fin de replantar los árboles adecuados para estas tierras. Así, en 1977, durante el Día Mundial del Medio Ambiente, todas juntas plantan los primeros siete árboles en un parque a las afueras de Nairobi. Es el inicio de un movimiento femenino que se llamará Green Belt Movement, es decir, el Movimiento del Cinturón Verde.

			—Se llama así porque entre todas nosotras crearemos un cinturón de árboles alrededor de las zonas desiertas y de nuestros pueblos —anuncia Wangari con orgullo.

			Al plantar un árbol, cada una de las participantes hace una promesa solemne:

			—Luchamos contra la desertificación resultante del maltrato de la tierra. La deforestación nos lleva a la sequía, la desnutrición, el hambre y la muerte, y nos comprometemos a evitar cualquier acción que pueda privar a las generaciones futuras de los recursos de todos.

			En poco tiempo el Cinturón Verde se expande. En 1985, durante la tercera cumbre de la ONU sobre las mujeres en Nairobi, representantes de varios países del mundo ven con sus propios ojos cuántos nuevos árboles están creciendo, de los que se podrá sacar leña y frutos como antes. El trabajo alentador e incansable de Wangari suscita tanto entusiasmo que da origen al Pan African Green Belt Network, la Red Panafricana del Cinturón Verde, una colaboración internacional entre quince países para combatir la desertificación. Juntos, los países adherentes crearán un cinturón verde de casi treinta millones de árboles en el África subsahariana.

			Pero plantar árboles también sign