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Cuánto oro esconden estas colinas

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Year:
2021
Publisher:
Gatopardo Ediciones
Language:
spanish
File:
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2

Cuarenta problemas

Year:
2020
Language:
spanish
File:
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Portada





Cuánto oro esconden estas colinas





Cuánto oro esconden

estas colinas

c pam zhang



Traducción de Benito Gómez Ibáñez





Título original: How Much of These Hills is Gold

How Much of These Hills is Gold © C Pam Zhang,

year of initial publication

First published by US Publisher

Translation rights arranged by MB Agencia Literaria S.L.

and The Clegg Agency, Inc., USA

All rights reserved

© de la traducción: Benito Gómez Ibáñez, 2020

© de esta edición: Gatopardo ediciones S.L.U., 2021

Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª

08008 Barcelona (España)

info@gatopardoediciones.es

www.gatopardoediciones.es

Primera edición: marzo de 2021

Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó

Imagen de la cubierta: Sunset, Canyon de Chelly (1916)

© Edgar Payne

Imagen de la solapa: © Gioia Zloczower

eISBN: 978-84-122364-6-0

Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.





Índice


Portada

Presentación

PRIMERA PARTE

XX62

1. Oro

2. Ciruela

3. Sal

4. Calavera

5. Viento

6. Barro

7. Carne

8. Agua

9. Sangre

SEGUNDA PARTE

XX59

1. Calavera

2. Barro

3. Carne

4. Ciruela

5. Sal

6. Oro

7. Agua

8. Barro

9. Viento

10. Sangre

11. Agua

TERCERA PARTE

XX42 / xx62

1. Viento viento viento viento viento

CUARTA PARTE

XX67

1. Barro

2. Agua

3. Carne

4. Calavera

5. Ciruela

6. Viento

7. Sangre

8. Oro

9. Sal

10. Oro

11. Oro

C Pam Zhang

Otros títulos publicados en Gatopardo





A mi padre, Hongjian Zhang,

querido pero escasamente conocido.





Esta no es tu tierra





PRIMERA PARTE


XX62





1. Oro


Ba muere por la no; che, obligándolos a buscar dos dólares de plata.

Por la mañana, Sam pasea con un taconeo impaciente pero Lucy, antes de que se marchen, siente necesidad de hablar. El silencio pesa más sobre ella, incomodándola hasta que lo acaba rompiendo.

—Lo siento —dice a Ba en su cama.

La sábana que lo arropa es la única prenda limpia en la sombría y polvorienta chabola, donde el polvo de carbón ennegrece hasta la última superficie. En vida, Ba no hacía caso de aquel desastre, y, una vez muerto, la horrible mirada de sus ojos entrecerrados no se fija en él. Ni en Lucy. Va directa a Sam. Sam, la preferida, un resonante manojo de nervios dando vueltas frente a la puerta con las botas demasiado grandes. Sam, pendiente de cada palabra de Ba cuando vivía, ahora no quiere ni mirarlo a la cara. Y entonces Lucy cae en la cuenta: Ba está muerto de verdad.

Hunde el dedo gordo del pie en el suelo de tierra, escarbando palabras para que Sam escuche. Para esparcir bendiciones sobre años de dolor. Hay polvo suspendido en la fantasmagórica luz que entra por la única ventana. Sin aire que lo agite.

Lucy siente un aguijón en la espalda.

—¡Bang! —dice Sam. Once años con respecto a los do­ce de Lucy, madera y agua como decía Ma; Sam es sin embargo más baja que ella, al menos treinta centímetros. Con aspecto infantil, no es tan tierna como parece—. Demasiado lenta. Estás muerta. —Sam abre el puño rechoncho, amartilla los dedos y sopla el cañón de una pistola imaginaria. Como hacía Ba. La forma más conveniente de hacer las cosas, decía Ba, y cuando Lucy replicó que el Maestro Leigh afirmaba que esas nuevas armas no se encasquillaban y no hacía falta soplarlas, Ba le dio una bofetada porque consideró que era lo más conveniente. Vio estrellas detrás de los ojos, una esquirla de agudo dolor en la nariz.

Nunca se le volvió a enderezar. Se la frota con el pulgar, pensativa. Lo más conveniente, dijo Ba, era dejar que se curase por sí sola. Cuando volvió a mirar a Lucy a la cara después de que se difuminara el moratón, se apresuró a asen­tir con la cabeza. Como si lo tuviera pensado desde el principio. Conviene que tengas algo que recordar por hablarme con descaro.

Sam tiene su rostro moreno lleno de polvo, como siempre, y se ha restregado pólvora para que parezca pintura de guerra india (piensa), pero bajo esa capa sus facciones son perfectas.

Solo ahora, porque los puños de Ba yacen impotentes y rígidos bajo la manta —y quizá porque es sensata, es lista, tiene la vaga impresión de que si lo irrita, Ba podría levantarse y darle un mamporro—, Lucy hace algo que jamás ha hecho. Alza los pulgares, apunta con los dedos. Se los pone a Sam en la barbilla, donde la pintura da paso a la piel infantil. Una mandíbula delicada si no fuera por la tendencia de Sam a proyectarla hacia fuera.

—Bang, a ti —dice Lucy, empujándola hacia la puerta, como si fuera un forajido.

El sol les absorbe la humedad. A mediados de la estación seca, la lluvia ya es un recuerdo lejano. El valle polvoriento está desprovisto de vegetación, dividido por un arroyo serpenteante. A un lado están las endebles chabolas de los mineros; al otro, las construcciones adineradas, con paredes como es debido, ventanas de cristal. Y a todo alrededor, circunscribiendo las innúmeras colinas, oro abrasado; y oculta entre la alta hierba y los matorrales secos, una mezcolanza de campamentos de indios y prospectores, grupos de vaqueros, viajeros y forajidos, la mina, y otras muchas minas más y más allá.

Sam enarca los menudos hombros y empieza a cruzar el arroyo, su camisa roja como un grito en la tierra yerma.

Cuando llegaron al valle aún había hierba, alta y amarillenta, y encinas en el cerro, y amapolas después de que lloviera. Las inundaciones de hacía tres años y medio las arrancaron de raíz, aparte de ahogar a la mitad de la gente o echarla de allí. Pero su familia se quedó, aislada al otro extremo del valle. Ba, como uno de aquellos árboles alcanzados por el rayo: muerto por el centro mismo, las raíces aún prendidas.

¿Y ahora que Ba había muerto?

Lucy sigue descalza las huellas de Sam y guarda silencio, ahorrando saliva. El agua ya desaparecida hace tiempo, el mundo más sediento después de las inundaciones.

Y Ma, desaparecida hace ya tanto.

Al otro lado del arroyo, la calle principal se ensancha, centelleante y polvorienta como una piel de serpiente. Predominan las casas de falsa fachada: taberna y herrería, almacén, banco y hotel. Gente holgazaneando a la sombra como lagartijas.

Jim está sentado en la tienda, garabateando en su libro de contabilidad. Es tan grueso como él y pesa la mitad. Dicen que lleva la cuenta de lo que debe hasta el último hombre del territorio.

—Discúlpenos —murmura Lucy, abriéndose paso entre la chiquillería que ronda la sección de los caramelos, la mirada ansiosa por aliviar el aburrimiento—. Lo siento, perdóneme.

Se encoge. Los chicos se marchan perezosamente, dándole en los hombros con el brazo. Al menos hoy no alargan la mano para pellizcarla.

Jim sigue concentrado en el libro de contabilidad.

—Disculpe, ¿señor? —dice más alto esta vez.

Una docena de ojos se clavan en Lucy, pero Jim sigue sin hacerle caso. Sabiendo de antemano que no es buena idea, Lucy pone la mano en el mostrador para llamar su atención.

Jim levanta la vista de pronto. Ojos enrojecidos y, en las comisuras, la piel en carne viva.

—Apártate —dice, su voz cortante como un alambre de acero. Su mano sigue escribiendo—. Esta mañana he fregado el mostrador.

Risas entrecortadas a su espalda. Eso no inquieta a Lucy, quien después de años viviendo en pueblos como aquel no tiene ya sensibilidad alguna que puedan herir. Lo que le provoca un agujero en el estómago, lo mismo que cuando murió Ma, es la expresión en los ojos de Sam. La mirada de Sam es tan horrible como la de Ba.

¡Ja!, suelta Lucy, porque Sam no lo hará. ¡Ja! ¡Ja! Sus carcajadas las protegen, convirtiéndolas en miembros de la pandilla.

—Hoy solo pollos enteros —dice Jim—. No hay patas para vosotros. Volved mañana.

—No necesitamos provisiones —miente Lucy, sintiendo cómo se le derrite en la lengua una piel de pollo. Intenta enderezarse, apretando los puños a los costados. Y expone lo que necesitan.

Voy a deciros las únicas palabras que cuentan, dijo Ba cuando tiró los libros de Ma a la charca que había ocasionado la tormenta. Dio una bofetada a Lucy para que dejara de llorar, pero sin forzar la mano. Casi con suavidad. Se arrodilló para ver cómo se limpiaba los mocos de la cara. Ting wo, pequeña Lucy: A crédito.

Como era de esperar, las palabras de Ba ejercen una especie de efecto mágico. Jim se detiene con la pluma.

—¿Qué has dicho, muchacha?

—Dos dólares de plata. A crédito.

La voz de Ba resuena a su espalda, en su oído. Lucy huele el whisky en su aliento. No se atreve a volverse. Si sus manos como palas le dieran una palmada en el hombro no sabría si gritar o reír, echar a correr o echarle los brazos al cuello y abrazarlo con fuerza, de modo que por mucho que despotricara ella no se separaría de él. Las palabras de Ba se precipitan por el túnel de su garganta como un espíritu surgiendo de la oscuridad:

—El lunes es día de paga. Lo único que necesitamos es un pequeño margen. De verdad.

Se escupe en la mano y la extiende.

Jim sin duda ha oído ese estribillo en boca de los mineros, de sus mujeres secas, de sus hijos con el estómago vacío. Pobres como Lucy. Sucios como Lucy. Es bien sabi­do que Jim gruñirá, adelantará el artículo y cargará el do­ble de interés cuando llegue el día de paga. ¿Acaso no dio una vez vendas a crédito después de un accidente en la mina? A gente desesperada como Lucy.

Pero nadie es como Lucy. Jim la mide con la mirada. Descalza. Vestido azul marino que no le queda bien, con manchas de sudor, hecho con retales de una camisa de Ba. Brazos larguiruchos, pelo áspero como una alambrera. Y qué cara.

—A tu papá le daré trigo a crédito. Y cualquier trozo de animal que seáis capaces de comer —dice Jim. Su labio superior se curva hacia arriba, descubriendo una franja de encías húmedas. En cualquier otro, eso podría haber pasado por una sonrisa—. Si quiere dinero, que vaya al banco.

La saliva se seca en la palma intacta de Lucy.

—Señor...

Y entonces, por encima de la apagada voz de Lucy, los tacones de las botas de Sam repiquetean en el suelo. Con los hombros erguidos, Sam sale de la tienda con paso firme.

Sam es menuda. Pero capaz de dar zancadas como un hombre con las botas de piel de becerro. La sombra de Sam cae sobre la punta de los pies de Lucy; en la imaginación de Sam la sombra es la altura verdadera, el cuerpo una inconveniencia pasajera. Cuando sea vaquero, dice Sam. Cuando sea aventurero. Y últimamente: Cuando sea un célebre forajido. Cuando sea mayor. Lo bastante joven para creer que el deseo basta para dar forma al mundo.

—En verdad, el banco no ayuda a gente como nosotras —dice Lucy.

Preferible no haber dicho nada. Siente el cosquilleo del polvo en la nariz y se detiene, tosiendo. Le suben arcadas a la garganta. Vomita la cena de anoche en la calle.

Enseguida acuden los perros a lamer los restos. Lucy vacila un momento, aunque las botas de Sam prosiguen su ritmo impaciente. Imagina abandonar a su único pariente para agacharse entre los perros, para disputarles hasta el último resto, que es suyo. Para ellos la vida se reduce al vien­tre y a las patas, a correr y comer. Una vida sencilla.

Se obliga a enderezarse y a echar a andar, sobre dos piernas.

—¿Preparada, compadre? —dice Sam.

Es una pregunta seria, no una fórmula manida que se suelta y vale. Por primera vez en lo que va de día, Sam no guiña los oscuros ojos. Bajo la protección de la sombra de Lucy, los abre de par en par, y en ellos hay cierta blandura. Lucy extiende la mano para acariciar el corto pelo negro que le asoma por el pañuelo rojo que lleva ladeado en la cabeza. Recuerda el olor de su cuero cabelludo cuando era pequeña: sano y vigoroso, a aceite y sol.

Pero al moverse Lucy, el sol le da a Sam en los ojos, que los cierra de golpe. Se aparta. Por el abultamiento de los bolsillos, Lucy sabe que tiene las manos amartilladas otra vez.

—Preparada —dice Lucy.

El suelo del banco es de tablones relucientes. Dorados, como el pelo de la cajera. Tan liso que a Lucy no se le clavan astillas en los pies. El taconeo de las botas de Sam se vuelve un ruido seco, como un disparo. Bajo la pintura de guerra, su cuello enrojece.

Plaf-plaf, resuena por todo el banco. La cajera se queda mirando. Plaf-PLAF. La cajera se recuesta en el asiento. Un hombre aparece a su espalda. Colgando de su chaleco se balancea una cadena.

PLAF-PLAF-PLAF-PLAF-PLAF-PLAF. Sam se yergue de puntillas para llegar al mostrador, haciendo crujir el cuero de las botas. Antes, siempre tenía cuidado al andar.

—Dos dólares de plata —dice.

La boca de la cajera se crispa.

—¿Tenéis una...?

—No tienen cuenta. —El que habla es el hombre, mirando a Sam como quien mira a una rata.

Sam guarda silencio.

—A crédito —dice Lucy—. Por favor.

—Os he visto por ahí a las dos. ¿Os ha mandado vuestro padre a pedir limosna?

En cierto modo, sí.

—El lunes es día de paga. Solo necesitamos un pequeño margen. —Lucy no dice: De verdad. No cree que aquel hombre lo oyera.

—Esto no es un centro de beneficencia. Marchaos a casa, pequeñas... —los labios del hombre siguen moviéndose un momento después de que su voz se haya apagado, como la mujer que Lucy vio una vez hablando en lenguas, una fuerza distinta que no era la suya impulsándose entre sus labios—... pedigüeñas. Largaos antes de que llame al sheriff.

El terror recorre con sus fríos dedos la columna vertebral de Lucy. No miedo del banquero. Miedo de Sam. Reconoce la expresión de sus ojos. Piensa en Ba, rígido en la cama, los ojos abiertos como una hendidura. Ella fue la primera en despertarse de madrugada. Encontró el cadá­ver y permaneció horas velándolo hasta que se despertó Sam, y luego le cerró los ojos lo mejor que pudo. Se figuró que Ba había muerto enfadado. Ahora sabe que no: la suya era la mirada entornada del cazador que acecha a la presa. Ya ve cerca la captura. La mirada de Ba en los ojos de Sam. La cólera de Ba en el cuerpo de Sam. Y eso aparte de las otras garras con que Ba aferra a Sam: las botas, la parte del hombro sobre la que le apoyaba la mano. Lucy se da cuenta de lo que va a pasar. Ba se irá pudriendo día tras día en aquella cama, su espíritu desbordándose de su cuerpo para entrar en Sam hasta que Lucy se despierte para ver a Ba mirando a través de los ojos de Sam. Sam perdida para siempre.

Tenían que enterrar a Ba de una vez por todas, cerrarle los ojos con el peso de la plata. Debe conseguir que el banquero lo entienda. Se dispone a suplicarle.

—¡Bang! —exclama Sam.

Lucy está a punto de decirle que deje de hacer el idiota. Alarga la mano para agarrar aquellos dedos morenos, rechonchos, pero que ahora relucen de un modo extraño. Son negros. Sam empuña la pistola de Ba.

La cajera se desploma, desmayada.

—Dos dólares de plata —dice Sam, en tono más bajo. Una sombra de la voz de Ba.

—Lo siento mucho, señor —dice Lucy. Los labios se le fruncen hacia arriba. ¡Ja! ¡Ja!—. Ya sabe cómo juegan estas criaturas, por favor, disculpe a mi hermanita...

—Largaos antes de que os linchen —dice el hombre. Mira a Sam directamente y añade—: Piérdete, asquerosa. Renacuajo amarillo.

Sam aprieta el gatillo.

Un estruendo. Un estallido. Una ráfaga de aire. Lucy siente que algo enorme le pasa rozando la oreja. Acaricián­dola con ásperas manos. Cuando abre los ojos, todo está lleno de humo gris, y Sam, impulsada hacia atrás, tiene la mano sobre una mejilla magullada por el retroceso de la pistola. El hombre yace en el suelo. Por una vez en la vida, Lucy se resiste a las lágrimas en el rostro de Sam, pone a su hermana en segundo lugar. Se aparta despacio de ella. Le retumban los oídos. Sus dedos encuentran el tobillo del hombre. El muslo. El pecho. El pecho, que está entero, que late intacto. Tiene una magulladura en la sien, donde se ha golpeado contra un estante al caerse hacia atrás. Aparte de eso, ha resultado ileso. El tiro falló.

Entre la bruma de humo y pólvora, Lucy oye reír a Ba.

—Sam —también se resiste al impulso de gritar. Necesita sobreponerse a sí misma, ahora—. Sam, idiota, bao bei, mierdecilla.

Mezcla lo dulce y lo amargo, la amabilidad y la imprecación. Como Ba.

—Tenemos que irnos.

Lo que casi daba risa era que Ba viniera a estas colinas con ánimo de encontrar oro. Como otros miles, pensaba que la hierba dorada de aquel territorio, su destello brillante como una moneda al sol, prometía recompensas aún más relucientes. Pero ninguno de los que llegaron a excavar el Oeste contaba con la sed de aquella tierra reseca, con cómo les chupaba la energía y el sudor. Ninguno contaba con su tacañería. La mayoría llegó demasiado tarde. Ya habían extraído la riqueza, dejándolo todo seco. Los ríos no llevaban oro. La tierra no era cultivable. En cambio, hallaron un tesoro mucho más opaco dentro de las colinas: carbón. Nadie podía hacerse rico con el carbón, ni utilizarlo para enriquecer los ojos o la imaginación. Aunque en cierto modo podía alimentar a la familia —harina con gorgojo y restos de carne—, hasta que la mujer, harta de soñar, moría al dar a luz a un hijo. Entonces el coste de su alimentación podía desviarse a la bebida del hombre. Meses de esperanza y ahorros equivalían a eso: una botella de whisky, dos tumbas excavadas donde nadie podía encontrarlas. Lo que casi hacía reír a una chica como ella —¡ja!, ¡ja!— es que Ba los trajo allí para que se hicieran ricos, y ahora matarían por dos dólares de plata.

Así que roban. Cogen lo que necesitan para huir del pueblo. Sam se resiste al principio, tan obstinada como siempre.

—No hemos hecho daño a nadie —insiste.

Pero ¿no lo pretendías?, piensa Lucy. Dice:

—Cualquier cosa que haga la gente como nosotras será un crimen. Y dictarán una ley si tienen que hacerlo. ¿Es que no te acuerdas?

Sam alza la barbilla, pero Lucy se percata de que titubea. En aquel día sin nubes ambas sienten el azote de la lluvia. Recuerdan cuando aullaba la tormenta dentro de casa y ni siquiera Ba podía remediarlo.

—No podemos esperar —dice Lucy—. Ni tan solo para enterrarlo.

Finalmente, Sam asiente con la cabeza.

Se acercan a la escuela arrastrándose, el vientre sobre el polvo. Demasiado fácil convertirse en lo que otros dicen que son: animales, ladronas rastreras. Agachada, Lucy rodea el edificio hasta un sitio que no se ve desde la pizarra. Se oyen voces en el interior. La oración tiene un ritmo cercano a la santidad, con el bramido del Maestro Leigh llevando la voz cantante y el coro de alumnos respondiendo. Lucy, a punto de alzar la voz para sumarse a ellos.

Pero hace años que no le permiten la entrada. Su pupitre de entonces lo ocupan ahora dos nuevos alumnos. Se muerde el interior de la mejilla hasta hacerse sangre mientras desata a Nellie, la afable yegua gris del Maestro Leigh. En el último momento también coge las alforjas, llenas de avena.

De vuelta en casa, Lucy da instrucciones a Sam para que entre y recoja las cosas que necesitan. Ella se queda fuera, explorando el cobertizo y la huerta. Dentro: golpazos, ruidos metálicos, sonidos de dolor y furia. Lucy no entra; Sam no pide ayuda. Un muro invisible se levantó entre ambas en el banco, cuando Lucy pasó a gatas frente a Sam para tocar al banquero con sus dedos delicados.

Lucy deja una nota en la puerta para el Maestro Leigh. Rebusca en la mente las frases grandiosas que él le enseñó años atrás, como si pudieran aportar una prueba más sólida que la prueba de su latrocinio. No lo consigue. El papel está lleno de principio a fin con Lo siento.

Sam sale con dos petates, algunas provisiones, una cafetera y una sartén, además del viejo baúl de Ma. Casi tan grande como un hombre, lo lleva arrastrando por el polvo, tensando las correas. Lucy, incapaz de imaginar los recuerdos que Sam haya podido guardar en su interior, piensa que no deben sobrecargar al caballo; pero lo que hay entre ellas hace que sienta un hormigueo en el cuero cabelludo. No dice nada. Solo da a su hermana una zanahoria mustia, el último bocado agradable durante algún tiempo. Una ofrenda de paz. Sam pone la mitad en la boca de Nellie, guardándose la otra mitad. Ese detalle amable da ánimos a Lucy, aunque el destinatario sea un caballo.

—¿Te has despedido? —pregunta Lucy mientras Sam lanza una cuerda sobre la grupa de Nellie y hace unos nudos corredizos.

Sam se limita a emitir un gruñido, poniendo el hombro debajo del baúl para levantar la carga. Su rostro moreno enrojece, luego se vuelve morado por el esfuerzo. Lucy también arrima el hombro. El baúl entra por un lazo de la cuerda y Lucy imagina que oye golpes en su interior.

A su lado, Sam se vuelve de pronto. El rostro oscuro, y en medio, dientes blancos al descubierto. Lucy da un paso atrás, estremecida de miedo. Deja que Sam apriete sola la cuerda.

Lucy no entra a despedirse del cadáver. Esta mañana ha pasado horas junto a él. Y la verdad sea dicha, Ba dejó de existir cuando Ma murió. Aquel cuerpo llevaba tres años y medio vacío del hombre que una vez albergó en su interior. Y por fin se marchaban lo bastante lejos como para dejar atrás su fantasma.

Pequeña Lucy, dice Ba, cojeando en el sueño de Lucy, ben dan.

Está de buen humor, cosa rara. Utilizando la palabrota que más le gusta, con la que ella ha crecido. Lucy trata de volver la cabeza para mirarlo, pero no logra mover el cuello.

¿Qué es lo que te he enseñado?

Ella empieza con la tabla de multiplicar. Tampoco se le mueve la boca.

No te acuerdas, ¿verdad? Siempre haciéndote un lío. Luan qi ba zao. Oye el plaf de Ba, que escupe de indignación. El ritmo alternante de la pierna mala, luego el de la buena. No entiendes nada a derechas. A medida que ella se hacía mayor, Ba se iba encogiendo. Rara vez comía. Lo que consumía parecía alimentar únicamente su cólera, que nunca lo abandonó, permaneciendo a su lado como un perro viejo y fiel. Dui. Esoés. Más escupitajos sonoros, que van a parar más allá de Lucy. El alcohol empieza a trabarle la lengua. Ninia trafdora. Desechada la aritmética, llena la casucha de palabrotas. Un profuso vocabulario que Ma no habría aprobado. Plastaperro: gou shi.

Lucy se despierta rodeada de oro por todas partes. La amarillenta hierba seca de las colinas, a unos cuantos kilómetros del pueblo, crece a la altura de la liebre. El viento transmite un destello, como el reflejo del sol en metal blando. Le duele la garganta por pasar la noche en el suelo.

El agua. Eso es lo que Ba le enseñó. Se le olvidó hervir el agua.

Inclina el recipiente: vacío. A lo mejor ha soñado que lo llenaba. Pero no: por la noche Sam había lloriqueado de sed, y Lucy bajó al río.

Sosa y estúpida, musita Ba. ¿Dónde tienes ese cerebro que tanto estimas? El sol es implacable; Ba desaparece con unas palabras de despedida. Y es que se te funde a la menor contrariedad.

Lucy encuentra la primera mancha de vómito titilando como un oscuro espejismo. La masa de moscas se mueve perezosamente. Más rastros la conducen al río, que a la luz del día revela sus aguas turbias. Marrones. Como cualquier otro río en territorio minero, sucio de residuos. Se le olvidó hervir el agua. Corriente abajo, Sam yace desplomada en el suelo. Tiene los ojos cerrados, las manos abiertas. La ropa, revuelta, maloliente.

Esta vez Lucy hierve agua, enciende un fuego tan vivo que la cabeza le empieza a dar vueltas. Cuando el agua se enfría lo suficiente lava el enfebrecido cuerpo de Sam.

—No —dice Sam, entreabriendo los ojos a duras penas.

—Chis. Estás enferma. Deja que te ayude.

—No.

Hace años que Sam se baña sola, pero sin duda esto es especial.

Sam patalea sin fuerza. Lucy retira con cuidado la costra que ha formado el tejido, conteniendo la respiración para no percibir el hedor. Los ojos de Sam arden de fiebre y el brillo que despiden parece odio. Le quita fácilmente los pantalones heredados de Ba, sujetos con una cuerda. En la juntura de las piernas de Sam, entre los pliegues de la ropa interior, Lucy palpa algo. Una protuberancia dura, nudosa.

Saca media zanahoria de la hendidura en la entrepierna de su hermana pequeña: pobre sustituto de las partes que Ba quería que tuviese.

Lucy termina la tarea que ha empezado, con la mano temblorosa hasta tal punto que frota con el paño con más fuerza de la necesaria. Sam no lloriquea. Ni mira. Tiene los ojos vueltos al horizonte. Fingiendo, como siempre que la verdad es ineludible, que no tiene nada que ver con ese cuerpo suyo: cuerpo de chico, aún andrógino, muy preciado por un padre que quería un hijo.

Lucy sabe que debe decir algo. Pero ¿cómo explicar el pacto entre Sam y Ba que para ella nunca tuvo sentido? En su garganta crece una montaña, un risco que no puede superar. Los ojos de Sam siguen la mustia zanahoria cuando Lucy la tira a lo lejos.

Sam se pasa un día entero vomitando agua contaminada, y tres jornadas más tumbada con fiebre. Cierra los ojos cuando Lucy le lleva gachas de avena o echa al fuego leña menuda. En esas horas lentas, Lucy observa a la hermana que casi ha olvidado: los labios como brotes, las oscuras pestañas como helechos. La indisposición le afila su cara mofletuda, haciendo que se parezca más a Lucy: caballuna, demacrada, de piel más cetrina, más amarillenta que morena. Un rostro que muestra su fragilidad.

Lucy abre el pelo de Sam en abanico. Cortado muy corto hacía tres años y medio, le llega ahora justo por debajo de las orejas. Suave como la seda y caliente del sol.

La forma de ocultarse de sí misma parecía inocente. Infantil. Pelo, polvo y pintura de guerra. Ropa vieja de Ba y paso arrogante, copiado de Ba. Pero incluso cuando se resistía a adoptar las buenas maneras de Ma, insistiendo en trabajar y cabalgar lejos del pueblo con Ba, Lucy pensaba que era una forma de jugar a los disfraces. Nunca hasta ese extremo. Nunca esa zanahoria, ese intento de cambiar a la fuerza algo tan arraigado en su propio ser.

Un apaño ingenioso. Tejido suelto de la ropa interior cosido para formar un bolsillo oculto. Bien hecho para una chica que se negaba a realizar tareas femeninas.

El hedor de la enfermedad persiste, aunque la diarrea parece haber cesado y Sam ha recuperado fuerzas suficientes para lavarse sola. Sigue habiendo enjambres de moscas, y Nellie no hace más que agitar el rabo. El orgullo de Sam ya ha sufrido bastantes golpes, de modo que Lucy no menciona la fetidez.

Una noche vuelve Lucy con una ardilla colgando, el ani­mal preferido de Sam. Intentaba trepar a un árbol con una pata rota. Sam no está en ninguna parte. Ni Nellie. Lucy gira en redondo, las manos ensangrentadas, el corazón acelerado. Para acoplarse a su ritmo empieza a cantar una canción sobre dos tigres que juegan al escondite. Hace años que los ríos del territorio carecen de la profundidad suficiente para mantener a un animal mayor que el chacal: la canción proviene de una época de más abundancia. Es una canción que Sam, si tiene miedo y se ha escondido, la reconocerá enseguida. Por dos veces, Lucy cree ver una fran­ja entre la maleza. «Pequeño tigre, pequeño tigre», canta. Pasos a su espalda. Lai.

Una sombra se traga los pies de Lucy. Un aguijón entre los hombros.

Esta vez Sam no dice: ¡Bang!

En el silencio, los pensamientos de Lucy giran y se posan despacio, casi pacíficamente, como planean los buitres: no hay prisa una vez que la cosa está hecha. ¿Dónde guardó Sam la pistola después de que salieran huyendo del banco? ¿Cuántas recámaras seguirán cargadas?

Dice el nombre de Sam.

—Cierra la boca. —Son las primeras palabras de Sam después de No—. Por aquí se fusila a los traidores.

Recuerda a Sam lo que son. Compadres.

La presión empieza a descender hasta detenerse en los riñones. A una altura donde su hermana no tiene que alzar el brazo, como si estuviera cansada.

—No te muevas. —Lucy deja de sentir el aguijón—. Te sigo apuntando.

Lucy debería volverse. Tiene que hacerlo. Pero. ¿Sabes lo que eres? Gruñó Ba a Lucy el día en que Sam volvió de la escuela con el ojo izquierdo morado. Lucy con la ropa puñeteramente limpia. Una cobarde. Pusilánime. Lo cierto es que aquel día, viendo cómo Sam se enfrentaba a los chicos que se burlaban de ella, no sabía si sus gritos eran una muestra de coraje. ¿Qué indicaba mayor valentía, hacer ruido o permanecer en silencio como hizo Lucy, dejando que los escupitajos se deslizaran por su rostro, con la cabeza gacha? No lo sabía entonces, y tampoco lo sabe ahora. Oye restallar riendas, oye resoplar a Nellie. Cascos que golpean el suelo, cada pisada comunicándole un temblor en los pies descalzos.

—Estoy buscando a mi hermana pequeña —dice.

Mediodía en un poblado que es poco más que dos calles y una encrucijada de caminos. Hasta la última alma duerme en las horas de calor, menos dos hermanos que dan puntapiés a una lata hasta romper el frágil metal. Llevan un rato sin perder de vista a un perro callejero, intentando atraerlo con su morral de provisiones. El perro, hambriento pero cauto, recuerda golpes antiguos.

Y entonces la miran a ella, una súbita aparición que acaba con su aburrimiento.

—¿La habéis visto?

Amedrentados al principio, los hermanos se fijan más. Una chica alta de rostro alargado, nariz torcida, ojos extraños sobre pómulos altos y anchos. Una cara aún más rara debido a un cuerpo enteramente desgarbado. Un vestido hecho con remiendos, sombras de viejos cardenales bajo la piel. Los chicos ven a alguien menos querido que ellos.

El gordo dice que no. El flaco le da un codazo.

—Puede que sí y puede que no. ¿Cómo es, eh? ¿Lleva el pelo como tú?

Alargan de pronto una mano y le agarran una trenza negra. Con la otra le retuercen la nariz desigual.

—¿Tiene una nariz tan fea como la tuya?

Ahora los dos pares de manos la cogen de la muñeca y del tobillo, haciendo aún más angostos los rasgados ojos, le pellizcan con fuerza la piel tensa sobre los pómulos.

—Qué ojos tan raros tienes, ¿no?

El perro observa desde lejos, aliviado.

Su silencio parece desconcertarlos. El gordo la coge de la garganta, como para sacarle las palabras a la fuerza. Ella ya conoce a los de su especie. No son de esos matones que se precipitan sobre su presa sino de los otros, lentos, holgazanes o tartamudos, que van detrás, reticentes. Los que mezclan el odio con gratitud: porque el extraño aspecto de Lucy los hace miembros de la manada.

Porque ahora el gordo le sostiene la mirada, especulando, le aprieta la garganta, quizá más tiempo del que pretendía. Lucy empieza a asfixiarse. Quién sabe cuánto tiempo habría aguantado si un cuerpo moreno y redondo no se hubiera estrellado contra la espalda del gordo, que cae al suelo sin aliento por el impacto.

—Largo —dice quien le ha golpeado. Ojos furibundos, rasgados.

—¿Nos echas, tú y cuántos más? —dice el flaco, con expresión desdeñosa.

Y Lucy, recuperando el aliento con un jadeo entrecortado, alza la cabeza y mira a Sam.

Sam silba, llamando a Nellie, que está detrás de un roble. Sam rebusca entre los paquetes de la grupa. Los demás no sabrán lo que Sam pretende coger. Lucy cree ver un destello, duro y negro como el más puro carbón. Pero antes algo grueso y blanco cae a plomo del baúl y aterriza en el polvo.

Lucy, dándole vueltas a la cabeza, piensa: Arroz.

Son granos blancos, como arroz, pero se retuercen, se arrastran y se escinden en dos, como perdidos, buscando. Sam permanece impasible. La brisa se insinúa entre ellos, trayendo un convulso olor a podrido.

El hermano flaco da un respingo, grita:

—¡Gusanos!

Nellie, la yegua amable y bien educada, pero estremecida y con los ojos como platos, a duras penas contenida después de cinco días con la tremenda carga en la grupa, toma el grito como un mensaje y finalmente se desboca.

No va lejos con Sam teniéndola de las riendas. Nellie da una sacudida, los cacharros repican alarmados. Se de­sata un nudo corredizo, se desliza el baúl, se abre la tapa de golpe, que suelta un brazo, parte de lo que una vez fue un rostro.

Ba es medio cecina, medio ciénaga. Sus escuálidos miembros, secos como cuerda morena. Mientras que sus partes más blandas —ingles, estómago, ojos— nadan en charcas verdiblancas de gusanos. En realidad, los chicos no lo ven. Salen corriendo al primer atisbo de la cara. Solo Lucy y Sam la miran de verdad. Ba es suyo, a fin de cuentas. Y Lu­cy piensa: Bueno, no es peor que su cara en una docena de variantes, monstruosa por la bebida o la cólera. Se acerca a ella, sintiendo en la espalda el peso de la mirada de Sam. Con cuidado, desata el baúl de las cuerdas que lo sujetan. A empellones, vuelve a meter el cadáver.

Pero recordará.

Más que el alcohol y la ira, el rostro de Ba le recuerda la vez que lo vio llorar y no se atrevió a acercarse, sus rasgos tan diluidos en el dolor que temía que su carne se disolviera al menor roce amistoso, dejando el cráneo al descubierto. Y ahí lo tiene ahora, el hueso que asoma, y no es tan horrible. Cierra la tapa y echa los pasadores de nuevo. Se vuelve y dice:

—Sam.

Y en ese momento, con los ojos rebosantes de Ba, Lucy ve la misma disolución en el rostro de su hermana.

—Qué —contesta Sam, y Lucy recuerda la ternura, algo que creía muerto tres años y medio atrás, con Ma.

—Tenías razón —dice Lucy—. Tenemos que enterrarlo.

Había visto más allá de lo imaginable, había aguantado mientras los chicos se acobardaban. Echaron a correr, pero aquellas imágenes los perseguirían de cerca toda la vida. Para ella, que no volvió la espalda, el fantasma ya podía desaparecer. Siente una oleada de gratitud hacia Sam.

—Apunté para errar el tiro —dice Sam—. Al banquero. Solo quería asustarlo.

Lucy baja la vista, siempre lo hace, y observa el rostro de su hermana, reluciente de sudor. Una cara morena como el barro, igual de maleable, un rostro en el que Lucy ha visto cómo tomaban forma las emociones con una naturalidad envidiable. Muchas emociones, pero nunca miedo. Que ahora sí aparece. Por primera vez Lucy se ve reflejada en su hermana. Y eso, piensa Lucy, eso es más que los insultos en el patio de la escuela o el aguijón del frío cañón de la pistola, es su momento de valor. Cierra los ojos. Se sienta, la cabeza entre los brazos. Considera que el silencio es lo más conveniente.

Una sombra la refresca. Siente, aunque no ve, que Sam se cierne sobre ella, se agacha, se sienta a su vez.

—Seguimos necesitando dos dólares de plata —di­ce Sam.

Nellie masca un manojo de hierba, tranquila, ahora que le han quitado la carga de la grupa. Pronto volverá a sentir su peso, pero de momento... De momento. Lucy alarga el brazo para coger a Sam de la mano. Roza algo áspero en el suelo. El morral de los chicos, abandonado. Despacio, Lucy lo balancea. Recuerda el ruido metálico que hizo al golpearla. Hurga en su interior.

—Sam.

Un trozo de cerdo en salazón, grasa de queso o tocino. Caramelos. Y muuuy en el fondo, un nudo en el tejido, oculto si sus dedos no supieran dónde mirar, si no fuera hija de un buscador de oro, cuyo Ba le había dicho: Mira, pequeña Lucy, notas dónde está enterrado. Simplemente lo sientes. Toca monedas. Centavos de cobre. Y de cinco centavos, de níquel, con animales grabados. Y dólares de plata para ponerlos sobre unos ojos lechosos, cerrándolos como es debido, enviando a su espíritu hacia el sueño definitivo.





2. Ciruela


Fue Ma quien fijó las normas para enterrar a los muertos.

El primer cadáver que vio Lucy fue el de una culebra. Con cinco años y ánimo destrozón, pisoteaba los charcos para ver cómo se inundaba el mundo. Saltaba por el aire, aterrizaba. Cuando cesaba el chapoteo de las ondas, se encontraba en una zanja vacía, sin agua. Enrollada en el fondo, una culebra negra, ahogada.

Del suelo húmedo subía un vapor acre. En los árboles se abrían los brotes, descubriendo sus pálidas entrañas. Lucy corrió a casa con la escamosa culebra entre las manos, consciente de que el mundo había mostrado su lado oculto.

Ma sonrió al verla. Siguió sonriendo cuando Lucy abrió las manos.

Más tarde, demasiado tarde, Lucy pensaría que otra habría gritado, refunfuñado, mentido. Que Ba, de haber estado presente, habría dicho que la culebra estaba durmiendo, y le habría contado un cuento para ahuyentar el silencio de la muerte.

Ma se limitó a retirar la sartén con carne de cerdo y a atarse más fuerte el delantal. Dijo: Pequeña Lucy, entierro zhi shi, otra receta.

Lucy puso la culebra al lado de la carne.

Primera norma, plata. Para retener el espíritu, dijo Ma mientras retiraba un poco de grasa de cerdo. Mandó a Lucy a su baúl. Debajo de la pesada tapa y su olor peculiar, entre capas de tejidos y hierbas secas, Lucy encontró un dedal de plata lo bastante ancho para introducir en él la cabeza de la culebra.

Segunda, agua corriente. Para purificar el espíritu, dijo Ma mientras lavaba la carne en un cubo. Sus largos dedos despegaban gusanos. A su lado, Lucy sumergía el cadáver de la culebra.

Tercera, un hogar. La norma más importante de todas, dijo Ma mientras partía cartílagos con el cuchillo. Con plata y agua se podía conservar el espíritu durante un tiempo, para que no se mancillara. Pero era el hogar lo que mantenía el espíritu sano y salvo: asentado. Un hogar que le impidiera vagabundear, inquieto, volviendo una y otra vez como un ave migratoria. ¿Lucy?, preguntó Ma, haciendo una pausa con el cuchillo. ¿Sabes dónde?

Lucy sintió calor en la cara, como si Ma le preguntara por unas sumas que ella no hubiera solucionado. Un hogar, repitió Ma, y lo dijo a su vez, mordiéndose el labio. Finalmente Ma, con una mano cálida y resbaladiza que olía a carne, tocó el rostro de Lucy.

Fang xin, dijo Ma. Recomendó a Lucy que distendiera el ánimo. No es difícil. Una culebra debe estar en su madriguera. ¿Ves? Ma dijo a Lucy que se olvidara del entierro. Le dijo que saliera corriendo a jugar.

Han salido corriendo, como le había dicho Ma, pero esta vez no parecía un juego.

Han pasado todos esos años, pero Lucy sigue sin entender eso que llamaban hogar. Por mucho que Ma alabara su inteligencia, es estúpida para las cuestiones importantes. Incapaz de saberlo, solo sabe deletrearlo. H, cuando susurran las amarillentas hierbas. O, cuando machaca tallos con los pies. G, cuando se corta en el dedo gordo del pie y ve un reguero de sangre que brota como un reproche. A y R, cuando se apresura a subir por la siguiente colina para alcanzar a Sam y Nellie, que desaparecen cuesta abajo.

¿Qué significa hogar cuando Ba les había hecho llevar una vida tan agitada? Su objetivo era hacer fortuna con rapidez, y se pasó la vida impulsando a la familia como un vendaval. Siempre hacia lo desconocido. Lo inexplorado. La promesa del brillo y la riqueza repentina. Buscó oro durante años, persiguiendo rumores de tierra sin reclamar y vetas sin explotar. Al llegar, siempre se encontraban con las mismas colinas arruinadas, excavadas, los mismos ríos atascados de escombros. Las prospecciones como un juego de azar, semejante al de los garitos que Ba frecuentaba de cuando en cuando; pero la suerte nunca estaba de su lado. Incluso cuando Ma se puso firme instando a que llevaran una vida decente con el carbón, poco cambió. De una mina a otra, su carreta cruzaba las colinas como el dedo que rasca el último vestigio de azúcar del barril. Cada nueva mina atraía a hombres con la promesa de elevados salarios, pero los sueldos iban disminuyendo a medida que llegaban más trabajadores. De modo que la familia se encaminaba hacia otra mina, y la siguiente. Sus ahorros aumentaban y disminuían, sucediéndose con la misma regularidad que la estación húmeda a la seca, que el calor al frío. ¿Qué quería decir hogar cuando se mudaban de chabola o tienda de campaña con tanta frecuencia que olían a sudor de otros? ¿Cómo podía ella encontrar un hogar para enterrar a un hombre?; era una cuestión que le parecía insoluble.

Es Sam, la más pequeña pero la más querida, quien dirige la marcha. Camina hacia el interior, hacia el Este, en­tre las colinas. Empiezan en la ruta de caravanas por la que una vez llegaron los cuatro al pueblo, la tierra del camino apisonada por mineros, prospectores e indios que llegaron antes que ellos; y mucho antes, según decía Ba, por búfalos extinguidos hace tiempo. Pero Sam se desvía pronto, apuntando sus botas de vaquero hacia chaparrales y hierba infinita, entre cardos y tallos leñosos y urticantes.

Una senda nueva, más tenue, toma forma bajo sus pisadas. Estrecha y agreste, oculta de sus perseguidores. Sam la llama la pista india. Ba aseguraba conocer tales senderos por los indios con los que comerciaba fuera del pueblo; Lucy tomaba sus palabras por fanfarronadas. Ba no mostraba esos caminos de la misma forma que mostraba la cicatriz de su pierna mala, que juraba que se la causó un tigre.

Por lo menos no se los mostró a Lucy.

Van caminando cerca de un arroyo1 seco. Lucy mantiene la cabeza baja, esperando que se llene antes de que no les quede nada en las cantimploras. Y mientras, casi se pierde los primeros huesos de búfalo.

Un esqueleto se alza del suelo como una enorme isla blanca. A su alrededor se ahonda el silencio; quizá sea que la hierba aplastada se ha vuelto muda. A Sam se le atraganta el aliento, al borde del sollozo.

A lo largo de la ruta de caravanas han visto pedazos de huesos de búfalo, pero nunca un esqueleto entero. Años de viajeros blandiendo mazos y cuchillos, de aburrimien­to y necesidad, cogiendo lo que era fácil de hallar para hacer fuego, postes de tienda de campaña o tallar algo en momentos de ocio. El esqueleto está intacto. Le brillan las cuencas de los ojos: trampa de la sombra. Sam podría pasar por la intacta cavidad torácica sin agacharse.

Lucy se imagina el esqueleto revestido de piel y de carne, el animal en pie. Ba aseguraba que aquellos gigantes corrían en manada por las colinas, las montañas y las llanuras de más allá. Tres veces la altura de un hombre, pero más nobles de lo que cabía imaginar. Una verdadera riada de búfalos, decía Ba. Lucy se deja invadir por aquella antigua imagen.

Se van acostumbrando a los huesos, pero ven pocas criaturas vivas aparte de las moscas que acompañan el baúl. En una ocasión, a lo lejos, lo que parece una mujer india les saluda con el brazo. Sam se pone en vibrante posición de firmes, la mujer alza la mano... y dos niños acuden a su lado. Se aleja la pequeña tribu, al completo por lo que parece. El arroyo 2 sigue seco. Lucy y Sam dan pequeños sorbos de las cantimploras, descansan un rato en la ladera en sombra de cada colina. Siempre está la siguiente, y la otra. El sol, siempre. Se les acaban las provisiones robadas. Luego es avena de caballo para desayunar y cenar. Chupan piedras, por la humedad, mascan tallos secos hasta ablandarlos.

Y Lucy no sabe cómo responder al hambre.

Sam emprende la marcha diciendo únicamente que a Ba le gustaba el espacio. Espacios salvajes. Pero ¿cómo de salvajes? ¿Y a cuánta distancia? Lucy no se atreve a preguntar. La pistola cuelga pesadamente de la cadera de Sam, dan­do a su paso un contoneo no muy diferente al de Ba. A la muerte de Ma, Sam dejó de ponerse cofia y de llevar vestidos y el pelo largo. Con la cabeza descubierta, Sam se secaba al sol hasta parecer un trozo de madera curada: a riesgo de prenderse fuego a la menor chispa. Allí, en aquellas colinas resecas, no hay nada que sofoque el fuego de Sam.

Solo Ba podría remediarlo. ¿Dónde está mi chica?, decía Ba mirando por la cabaña al final de la jornada. Sam se escondía guardando silencio mientras Ba buscaba, practicando un juego que solo pertenecía a ellos dos. Finalmente, Ba gritaba: ¿Dónde está mi chico? Sam aparecía de un salto. Estoy aquí. Ba le hacía cosquillas hasta que a Sam se le saltaban las lágrimas. Aparte de eso, Sam dejó de llorar.

Al quinto día, un hilillo corre por el arroyo 3. Agua. Plata. Lucy mira en torno: nada sino un cúmulo de colinas. Sin duda es un espacio lo bastante salvaje para enterrar a Ba.

—¿Aquí? —pregunta Lucy.

—No es buen sitio —responde Sam.

—¿Aquí? —vuelve a preguntar Lucy unos kilómetros más allá.

—¿Aquí?

—¿Aquí?

—¿Aquí?

La hierba le hace guardar silencio. Las colinas se extienden por todos lados. En el horizonte oriental, las montañas aisladas son una mancha borrosa de color azul. H, piensa Lucy mientras siguen caminando. O. G. A. R. Le duele la cabeza, de hambre y del calor, pero la lección sigue sin estar clara. Pasan una semana a la deriva, moviéndose como los espíritus contra los que prevenía Ma, y entonces se cae el dedo.

Aparece entre la hierba, como un saltamontes mayor de lo normal. Sam se había alejado a orinar; cualquier excusa para dejar atrás las moscas y el hedor. Lucy se agacha a examinar el insecto. No se mueve.

Un gancho seco, con dos articulaciones. El dedo medio de Ba.

Lucy empieza a llamar a Sam, a gritos. Luego se le ocurre una idea que la sacude como una bofetada en la cara: si se ha desprendido el dedo, vaya, entonces la mano no está en condiciones de dar sopapos. Respira hondo y abre de golpe el baúl.

Nellie da unos pasos nerviosos cuando salta de pronto el brazo de Ba, acusador. Lucy siente náuseas, pero aguanta. A la mano no le falta un dedo sino dos, dos nudillos pelados miran como ojos ciegos.

Lucy empieza a alejarse cada vez más, buscando entre la hierba, hasta perder de vista a Nellie y el baúl. Entonces alza la cabeza.

Ba le enseñó ese truco cuando ella tenía tres o cuatro años. Jugando, había perdido de vista la carreta. La enorme tapadera del cielo la inmovilizaba contra el suelo. La hierba se ondulaba, incesante. No era como Sam, valiente ya en la cuna, siempre explorando. Lloró. Cuando Ba la encontró horas después, la zarandeó. Luego dijo que alzara la cabeza.

Si se está el tiempo suficiente bajo el cielo en esos parajes, ocurre algo curioso. Al principio las nubes deambulan sin rumbo fijo. Luego empiezan a revolverse, girando hacia ti, en el centro. Si se está el tiempo suficiente bajo el cielo no son las colinas las que encogen; eres tú, que creces. Como si dieras un paso al frente y pudieras alcanzar las lejanas montañas azules, si quisieras. Como si fueras un gigante y aquella fuera tu tierra.

Si te vuelves a perder, recuerda que eres de este sitio tanto como el que más, le dijo Ba. No le tengas miedo. ¿Ting wo?

Lucy decide dejar de buscar. El dedo puede haberse caído kilómetros atrás, ya imposible de distinguir entre los huesos de liebre, chacal y tigre. Esa idea le da ánimos. Cuando vuelve al baúl, coge la mano de Ba.

En vida, Ba tenía malas pulgas y unas manos enormes, y a ella no se le ocurría tocarlas más que a una serpiente de cascabel. Muerta, su mano es húmeda, arrugada. Apenas se resiste. Restalla blandamente cuando vuelve a ponerla dentro del baúl. Cruje reiteradamente como pequeñas ramas ardiendo. Cuando Lucy se aparta, la mano y los ausentes dedos de Ba están ocultos.

Se lava en la corriente y piensa en el dedo que aún tiene en el bolsillo. Si lo mira de esa forma, vuelve a parecer un insecto. Una garra. Una ramita. Lo deja caer en el barro para verlo. Un zurullo de perro.

La hierba oscila para anunciar la vuelta de Sam, y Lucy tapa el dedo con la desnuda planta del pie.

Sam cruza la corriente tarareando algo, colocándose con una mano las cuerdas que le sujetan el pantalón. Por arriba le asoma un trozo de piedra gris. El resto de la piedra traza una forma alargada bajo el tejido.

Sam se detiene.

—Solo es que... —dice Lucy—. Es que tenía sed. Nellie sigue ahí atrás. Solo estaba...

Lucy mira fijamente el pantalón de Sam, que a su vez se fija en el pie de Lucy, echado hacia delante. Sus respectivos secretos están mal escondidos. Por un momento parece que una de las dos va a preguntar, pero detrás de cada pregunta podría revolotear una docena de respuestas.

Entonces Sam se apresura a pasar de largo. El aire se llena de desgarrones: Sam, arrancando hierba para limpiar el terreno y hacer fuego. Lucy se vuelve para ayudarla, enterrando el dedo con el pie. Tierra seca, esta, hambrienta de fertilidad. Lo apisona con fuerza, echando tierra encima. Da una buena patada al montón de tierra con la planta del pie. Ma les advirtió contra las apariciones, pero ¿qué puede hacer un dedo? Está desprovisto de mano, y de brazo que pueda lanzar de pronto, no tiene hombro para proyectarlo, ni cuerpo para dar fuerza al golpe. Así hay que hacerlo, decía Ba mientras Lucy observaba desde el otro lado de la estancia, Ba enseñando a Sam a lanzar el brazo.

Por la noche Lucy remueve las gachas con una mano, manteniendo la que tocó a Ba al costado. Perdura la sensación pegajosa. Y así como una melodía entreoída recuerda otra, Lucy se acuerda de los dedos de Ma. Cómo la agarraban la noche en que murió.

Sam está hablando.

La noche, solo la noche arranca palabras a Sam. Cuando las crecientes sombras empapan la hierba de azul, de negro después, Sam solo habla con historias. Esta noche Sam cuenta que ha divisado a un hombre en el horizonte, montado a lomos de un búfalo. La primera noche que mencionó a unos perseguidores, Lucy no pegó ojo. Pero nunca había tigres que aparecieran de un salto, ni chacales sujetos con una correa, ni partidas de hombres del sheriff. Esas historias solo reconfortan a Sam, como a un niño su manta. La mayoría de las noches Lucy se siente agradecida por escuchar la voz de Sam, aunque adopte el tono bravucón de Ba. Esta noche la comparación no disipa sus temores.

—Eso es ridículo —la interrumpe Lucy—. No hay evidencias históricas.

Mojigangas de maestro, calificaba Ba a todo eso, lanzando una mirada desdeñosa. A Lucy le gustan las palabras largas, la distraen de sus manos sucias.

—Los libros dicen que el búfalo se ha extinguido por estas partes.

—Ba decía que lo que un hombre sabe que es cierto, no tiene nada que ver con lo que lee.

La mayoría de las noches Lucy recularía, pero esta noche dice:

—Pero tú no eres un hombre.

Sam, de perfil, hace crujir los nudillos de una mano. Lucy se muerde el labio.

—Quiero decir que aún no eres mayor. Somos adolescentes, ¿no? Necesitamos casa y comida. Y primero tenemos que ocuparnos del entierro. Ya hace dos semanas que Ba...

Sam se levanta de pronto para apagar con el pie unas chispas que han saltado de la hoguera. Han prendido en una mata de hierba. Tenían que haber hecho más grande el cortafuego, debían haber trabajado más. Tenían, debían. Últimamente, cada pequeño acto tiende al desastre —el parpadeo de una estrella se asemeja al farol de una partida de búsqueda, el catacloc de los cascos de Nellie suena como una pistola que amartillan— y Lucy cada vez tiene menos energía para preocuparse. Está tan vacía que el viento puede llevársela por delante. Que ardan las colinas, piensa cuando Sam da pisotones más fuertes y continuados de lo que las chispas requieren. Sam siempre encuentra alguna distracción cuando Lucy está a punto de decir la palabra.

Murió, dice Lucy para sus adentros. Muerte, muerto, murió. Pone las palabras boca arriba, tal como imagina enterrado el baúl de Ma. Tierra cayendo sobre los pasadores y la ma­dera. Puñados, paletadas luego, resonando limpiamente. Tienen plata. Tienen agua. ¿Por qué sigue buscando, Sam?

—¿Qué hace que un hogar sea un hogar? —pregunta Lucy, y, por primera vez desde hace días, Sam la mira a la cara, a causa del perro de tres patas.

La primera vez que Lucy vio al perro fue en la otra orilla de la charca formada por la crecida del río. Al día siguien­te de la muerte de Ma, y al otro lado de las aguas azules, el perro emitía un destello blanco. Lucy lo confundió con un fantasma hasta que salió corriendo: ningún fantasma cojeaba de aquella manera. Sobresalía el muñón de una pata trasera, rojizo, con aspecto de que lo hubieran mascado. Cojeaba como Ba. Lucy no lo persiguió. Iba caminando por el valle, buscando algún indicio acerca de dónde había enterrado Ba a Ma.

El perro volvió a aparecer al día siguiente, y tampoco esta vez encontró Lucy la sepultura. Allí estaba al otro día, su tullido cuerpo formando un arco perfecto en la distancia. El perro estaba allí, el perro estaba allí y el perro estaba allí mientras Lucy buscaba en vano la tumba que Ba se negaba a mencionar. El perro había aprendido a andar, correr y perseguir las hojas que caían de los árboles, mientras Ba, en casa, se volvía cada vez más torpe. Se daba en el dedo del pie, calculaba mal los pasos, se caía sobre el banco donde se sentaba Lucy. Chica, banco y hombre se tamba­leaban a la vez. Lucy estaba lo bastante cerca, por primera vez des­de la muerte de Ma, para percibir el aliento a whisky de Ba. Daban traspiés, tratando de mantener el equilibrio. Ba tiraba de ella para ponerla derecha, y no dejaba de tirar hasta que la tenía contra la pared, el puño en su estómago.

Lucy pasaba cada día más tiempo observando al perro. Su elegancia entre toda aquella ruina. El día que dejó de buscar, el día que se secó la charca y la tierra quedó al descubierto sin ofrecer ni rastro de la tumba, el perro se aproximó. De cerca tenía los ojos castaños, apesadumbrados. De cerca era una perra.

Lucy le dio de comer a escondidas detrás de la casa. Los restos que dejaba Ba, que apenas comía porque se dedicaba a beber. No temía que la descubrieran; el mundo de Ba se había reducido al interior de una botella, y el mundo de Sam al espacio que rodeaba a su padre.

Luego llegó el día en que se quedó sin bebida. Se fue a trabajar por la mañana y a su vuelta sorprendió a Lucy, traía harina y carne de cerdo en una mano, whisky en la otra. Sam venía detrás; sus manos, como las de Ba, ennegreci­das de polvo de carbón. Lucy tenía en las manos limpias trozos de comida y el hocico de la perra.

La recompensa merecida, dijo Ba levantando la botella, después de una dura jornada de trabajo. Se la estampó a la perra entre los ojos.

Cuando la perra se desplomó, Lucy no se movió. Ba quizá esperaba que llorase. Pero ella conocía la diferencia entre el dolor verdadero y su fingimiento. Y efectivamente la perra se incorporó de un salto cuando Ba miró para otro lado, con un trozo de carne en el morro.

Lucy no pudo evitar sonreír, pese al empujón de advertencia de Sam. Ba lo vio. Algo pasó entre Ba y ella aquel día, entre los restos de la huerta de Ma: de aquel terreno ahogado surgió un dolor familiar. Como el de una pierna fantasma, un hermano fantasma, una madre fantasma.

Aquel fue el principio de un nuevo equilibrio. Durante varios días seguidos, Ba estuvo lo bastante sobrio como para trabajar en las minas de carbón. Unos cuantos tragos en el desayuno le templaban las manos para sujetar el pico. El día de paga traía a casa su recompensa y un ritmo discordante en los puñetazos que lanzaba a diestro y siniestro. Lucy aprendió los pasos de baile que le correspondían: silenciosos, ágiles, girando lejos de su pareja. Si era lo bastante rápida, los puños de Ba apenas la rozaban. Sam aprendió los pasos para interponerse entre Ba y Lucy cuando la danza se hacía demasiado violenta.

Lucy preguntó una vez, con Ba en el suelo a causa de un golpe fallido, si ella no debería ayudar en las minas también. Se rió en su cara. Entre los dientes se abría un hueco, y esa visión la aturdió más que cualquier mamporro. ¿Cuándo lo había perdido? ¿Cuándo se le había hecho un agujero a aquel hombre, que tan bien conocía, sin que ella se diera cuenta? La mina es trabajo de hombres, soltó. Sam lo ayudó a po­nerse en pie, Sam, que se vestía y trabajaba como un chico y, como tal, le pagaban. Sam, con las manos llenas de callos y cicatrices, lo bastante fuerte para levantar el cuerpo de Ba.

Su familia también aprendió a moverse con tres patas. Y entonces volvió la perra.

Una noche Ba los llamó desde detrás de la casa. Allí lo encontraron Lucy y Sam acariciando los cuartos traseros de la perra, que sobresalían de un barril de tocino. La pata buena, el muñón, y entre medias el rabo como una bandera. Ba le acarició el rabo, luego dio un paso atrás y le estampó la bota contra la pata buena.

—¿Por qué un perro es perro? —preguntó Ba.

Esta vez, cuando el animal trató de escapar, arrastraba dos patas malas detrás de las dos buenas. Solo podía ir a rastras. Ba se puso en cuclillas y tocó con el dedo la rodilla de Lucy.

—Es una prueba. A ti te gustan las pruebas, a una chica lista como tú.

Le retorció la piel. Sam se acercó más para impedir que Ba echara el brazo atrás del todo. Porque ladra, contestó Lucy. Muerde. Es leal. Los pellizcos le bajaban por la pantorrilla mientras hablaba.

—Te lo diré —dijo finalmente Ba. No porque temblara Lucy, sino porque a él le temblaba la pierna mala—. El perro es un animal cobarde. El perro es perro porque sale corriendo. Ese no es un perro. Ting wo.

—Yo no soy un perro. Te lo juro, Ba, yo no saldría corriendo.

—¿Sabes por qué ha muerto tu madre?

Lucy dio un respingo. Incluso Sam dejó escapar un grito. Pero Ba se llevaría la respuesta a la tumba. Sacudió la cabeza. Habló por encima del hombro de Lucy, como si le diera asco mirarla.

—La familia es lo primero. Has traído un ladrón a casa, pequeña Lucy, y nos has traicionado. Tú también eres como un ladrón.

Lo curioso fue que la lección de Ba unió más a una par­te de la familia. ¿Por qué un perro es perro? Sam y Lucy se in­ter­cambiaban la frase como un juego, un acertijo. Despojándola de sus orígenes como por ensalmo: la noche fría, el animal quebrado. Cuando Ba llegaba a casa tambaleándose y se dormía en el abrevadero, cuando buscaba una bota que había arrojado por la ventana, ellas musitaban: ¿Por qué una cama es cama? ¿Por qué una bota es bota? Esas palabras se ensanchaban entre ellas a medida que las demás distancias aumentaban: entre sus respectivas alturas, entre la chabola donde Lucy se sentaba a leer y el vasto mundo de colinas abiertas y sitios de caza, campamentos indios y establecimientos comerciales en lugares remotos que Sam exploraba junto a Ba.

Esta noche, Sam mira a Lucy desde el otro lado de la hoguera. Los pies al fin quietos, después de tanto pisar fuerte.

Por un momento, Lucy alberga esperanzas.

Pero se ha roto el antiguo hechizo de las palabras. Sam se interna sola entre la hierba. Estúpida como era, Lucy creía que la muerte de Ba le devolvería a Sam. Pensaba que las bromas que su hermana compartía con Ba, los juegos y las confidencias, llenarían el vacío en su interior. Lucy pensaba que incluso podría hablar de Ma.

Sam no vuelve esa noche, aunque Lucy la espera durante horas. Cuando al fin apaga la hoguera, echa más tierra de la necesaria. Acaba con las manos sucias y pegajosas. Debería haberlo sabido. Un perro no puede andar con dos patas, y tampoco una familia.

Poco a poco, paso a paso, se van despidiendo de pequeñas partes de sí mismas. El hambre les va dando nueva forma. Al cabo de dos semanas, a Sam le sobresalen los pómulos como dos promontorios rocosos. A las tres semanas, Sam, enflaquecida, da un estirón. A las cuatro semanas, Sam empieza a deambular sola por las colinas después de montar el campamento, volviendo con una ardilla o un conejo cazados a tiros. La pistola balanceándose en sus ensanchadas caderas.

Lucy caza por su cuenta cuando Sam se va. Aunque su actividad parece más una criba. Sacude el baúl y recoge un dedo del pie, un trozo de cuero cabelludo, un diente, otro dedo. Cada parte enterrada con una palmada sobre el pequeño túmulo funerario. La palmada debe parecerle a Ba casi como el hogar. ¿Y si no es así? ¿Por qué un fantasma es fantasma? Se imagina un dedo fantasma suspendido en el aire a su espalda, arrastrando su nube de moscas. Cada pequeño enterramiento vierte un puñado de tierra en su vacío interior, llenándola durante un tiempo.

Luego viene una serie de días en que no cae nada. Días de silencio, en que apenas se pronuncia una palabra. Lucy sacude el baúl lo bastante fuerte para hacer que suene. Está sudando cuando ya se desprende un trozo. Es tan largo como un dedo, pero más grueso. Más blando, con la piel arrugada. Ningún hueso a la vista. Cede bajo los dedos de sus pies, como una ciruela seca.

Lo entiende.

Salpicado de tierra y arrugado, se parece poco a lo que vio accidentalmente la noche en la que Ba enterró a Ma. Él venía del lago, chorreando agua, quitándose la ropa mojada. Pronto se quedó en calzoncillos. Cuando alargó el brazo para coger la botella, Lucy atisbó un carnoso vaivén entre el fino tejido. Morado, oscuro, una fruta extraña y pesada.

¿Por qué un hombre es hombre? Las partes que Ba y Sam tanto apreciaban no parecían gran cosa, incluso entonces. Esta vez, Lucy da dos palmadas al promontorio funerario.

1. En castellano en el original. (N. del T.)



2. y 3. En castellano en el original. (N. del T.)





3. Sal


Entonces viene la noche en que Nellie casi se escapa.

Nunca sabrá exactamente cómo, pero a Lucy le gusta pensar que empezó como todas las fugas: en plena noche. En lo que sigue llamándose la hora del lobo. Décadas atrás, antes del exterminio de los búfalos y también de los tigres que se alimentaban de ellos, a un caballo solitario por esas colinas le habrían temblado las patas por miedo a que los carnívoros aparecieran babeando. Aunque ya no hay tigres, Nellie tiembla como sus ancestros. Es más lista que muchas personas, aseguraba su dueño. Sabe que hay cosas más aterradoras que cualquier amenaza viviente. Eso que llevaba amarrado en la grupa, por ejemplo, esa cosa muerta que no puede quitarse de encima. Nellie espera hasta que las estrellas atisben por sus mirillas celestes y las dos durmientes no se muevan. Entonces empieza a excavar.

Nellie excava durante las horas del lobo, de la serpiente, de la lechuza, del murciélago, del topo, del gorrión. A la hora en que las lombrices se revuelven en sus madrigueras, Lucy y Sam se despiertan por los cascos que golpean contra las estacas.

Sam es más rápida. En cuatro zancadas coge las riendas con una mano. Con la otra abofetea a Nellie. Fuerte.

La yegua se limita a resoplar, pero el ruido resuena en Lucy junto con el sonido de otras bofetadas dadas por otras manos en otras partes. De un salto se interpone entre la chica y el caballo.

La mano de Sam se detiene justo a la altura del hombro de Lucy. Solo entonces, relajando el cuello, comprende Lucy que no sabía si Sam iba a parar.

—Ha intentado huir —dice Sam con la mano aún en alto.

—Tú la has asustado.

—Es una traidora. Se habría escapado con Ba.

—Ella también tiene sentimientos. Es...

—Más lista que muchas personas —se burla Sam, poniendo una voz grave para imitar al Maestro Leigh.

No resulta muy convincente, pero ese tono le va bien a su nueva cara, más afilada. Guardan silencio las dos. Cuan­do Sam vuelve a hablar, también lo hace con voz prestada, no enteramente de hombre, pero tampoco la suya propia.

—Si Nellie es tan lista, entonces entenderá la lealtad. Y si no lo es, merece un castigo.

—Está agotada de tanto peso. Yo también estoy cansada. ¿Tú no?

—Ba no habría abandonado por que estuviera cansado.

Y quizá fuera aquel el problema de Ba. Tal vez debería haberse conformado con lo que tenían antes de morir lleno de mugre en la cama, sin una camisa limpia que ponerse. Lucy se lleva la mano al cráneo caliente. Le zumba la cabeza. Extraños pensamientos se han aposentado en los espacios vacíos de su interior. A veces parece que el propio viento le susurra ideas por la noche.

—Déjala descansar un rato —sugiere Lucy—. De todos modos, no podemos avanzar mucho más.

Mira alrededor, a las colinas. Ni un alma, por así decir, desde que dejaron a los dos chicos en la encrucijada de caminos, hacía un mes. Tiene que proponerlo por el bien de Nellie, si no por el suyo.

—¿De acuerdo?

Sam se encoge de hombros.

—¿Sam?

De nuevo afloja los hombros. Esta vez Lucy interpreta la relajación en los hombros de Sam como una duda.

—Si seguimos adelante —dice Sam—, puede que encontremos un sitio mejor.

El siguiente sitio podría ser mejor, decía Ba cada vez que hacían la maleta para otra mina. Lo mejor nunca aparecía.

—No sabes adónde vas —dice Lucy.

Y entonces, espontáneamente, se echa a reír. No se ha reído desde la muerte de Ba. No es su forzado ja ja sino algo cortante, y doloroso cuando se libera. Si Sam tiene la intención de perseguir como Ba el sueño de lo salvaje, nunca dejarán de vagabundear sin rumbo. Y puede que eso sea lo que Sam quiere: Ba para siempre sobre sus espaldas.

—No seas estúpida —dice Lucy al recobrar el aliento—. No duraremos mucho.

—Duraríamos si tú fueras más fuerte.

Palabras de Ba. De Ba es también la mueca desdeñosa, y el vaivén de la mano de Sam apuntando de nuevo a Nellie.

Lucy agarra a Sam. El contacto es sorprendente: las muñecas de Sam tan pequeñas y finas pese a su arrogancia. Sam se revuelve intentando liberarse, empujando a Lucy y haciéndole perder el equilibrio. Lucy alarga violentamente el brazo y le araña la mejilla con las uñas.

Sam se estremece. Sam, que nunca ha tenido miedo antes, ni de los chicos ni de sus piedras, ni de Ba en sus momentos de mayor embriaguez. Pero ¿por qué iba a tenerlo? Ba nunca pretendió golpearla como Lucy ha estado a punto de hacer. La luz matinal ahora es cruda, los ojos acusadores de Sam tan abiertos como dos soles gemelos. Cobarde como es, Lucy escapa. Los golpes se reanudan a su espalda.

Trepa. Por la colina más grande que encuentra, con las sedientas matas a la altura del borde del vestido, ya demasiado corto y desvaído por el viaje. La hierba está tan reseca que le hace sangre, trazándole en las piernas un dibujo delicado. En la cima, se sienta con las rodillas pegadas al pecho. Pone la cabeza entre ellas, taponándose los oídos.

¿Ting le?, preguntó Ma, presionando con las manos sobre las orejas de Lucy. Silencio durante el primer momento. Luego el latido y el zumbido de su propia sangre. Está dentro de ti. De ahí es de donde vienes. El ruido del mar.

Agua salada, veneno para quien la beba. En el libro de historia del Maestro Leigh, la tierra se termina en el mar que bordea este territorio occidental. Más allá: todo azul, monstruos marinos dibujados entre las olas. Lo desconocido pavoroso, había dicho el maestro, y a Lucy le inquietó la vehemencia de Ma.

Por primera vez, Lucy comprende la necesidad de ale­­jarse aún más de la vida que ha conocido hasta ahora. Cuando huyeron del pueblo pensaba que dejarían atrás la violencia de Sam. Pero la violencia también anida en el interior de Lucy.

—Lo siento —dice Lucy.

Esta vez a Ma. No se ha ocupado de Sam como le pidió Ma. No sabe si podrá. Y como Sam no está presente para ver su debilidad, Lucy se abandona al llanto. Se lame las lágrimas. La sal es cara, hace años que falta en su mesa. Llora hasta que siente la lengua reseca. Entonces masca una brizna de hierba para quitarse el sabor.

La hierba también sabe a mar.

Una segunda hoja también es salada. Lucy se pone en pie, mira desde la cumbre de la colina. Allí: un pálido destello. Camina hasta llegar al borde de un enorme círculo blanco que cruje al pisarlo y hace que le escuezan los arañazos.

En plena estación seca, por todas las colinas están desapareciendo los arroyos y las charcas poco profundas. Ahí se ha evaporado toda una laguna, dejando un llano salado.

Lucy se queda quieta el tiempo suficiente para que se congreguen las nubes, el mundo girando a su alrededor. Piensa en las ciruelas que Ma maceraba en sal, así adquirían un aspecto más sólido que el suyo original. Piensa en Ba cuando salaba la caza. En sal para fregar metales. En sal sobre una herida abierta, un ardor que purifica. Sal para limpiar y sal para curar. Sal en la mesa del rico todos los do­mingos, un sabor para marcar el paso de la semana. Sal que encoge tanto la carne como la fruta, transformándolas, venciendo al tiempo.

El sol ya está bajo cuando desciende. Sam tiene la cara moteada, pero no por las sombras. Sam está furiosa; pero en el fondo también hay miedo. ¿Qué podría asustar a Sam en aquella desolación?

—Te has ido —suelta Sam entre una sarta de juramentos, y Lucy comprende. Ha roto el tácito contrato que regula su vida. Siempre ha sido Sam quien explora mientras Lucy se queda esperando. Sam nunca se ha quedado atrás.

Lucy habla con dulzura, como a un caballo asustado. De sal y de cerdo, venado y ardilla, pero Sam no cede. Grita más fuerte.

—Significa que podemos seguir mirando. Nellie no es tan fuerte como tú —dice Lucy. Hace una pausa y concluye—: Y yo tampoco.

Eso tranquiliza a Sam, pero lo convincente es la brisa que se insinúa entre ellas, trayendo las moscas y el olor a Ba. Las hermanas palidecen. De modo que, cuando Lucy dice que ciertas tribus indias honraban de aquel modo a sus guerreros, Sam transige al fin.

¿Acaso importa que el acuerdo se lograra con un engaño?

Por primera vez desatan las cuerdas del lomo de Nellie. Liberada, la yegua se revuelca en la hierba, un denso amasijo de moscas aplastadas.

¿Qué hace que un hombre sea hombre? Inclinan el baúl. ¿Un rostro para enseñar al mundo? ¿Manos y piernas que le den forma? ¿Dos piernas para caminar? ¿Un corazón que palpite, dientes y lengua para cantar? Poco le quedaba a Ba de todo eso. Le falta incluso la forma de hombre. Ha adquirido la que le ha dado el baúl, como un guiso que adop­ta la forma de la cazuela. Lucy ha salado carne que tenía los bordes verduzcos, y carne que había estado congelada durante días. Nada parecido a esto.

Sam se aproxima corriendo al llano salado. Al anochecer es como si una enorme luna blanca se hubiera hundido en el suelo, dejando otra más pequeña en el firmamento, poco convincente. Sam da un gran salto en el aire y aterriza dando un golpe con las botas. Se abre una grieta en la superficie, dos veces más larga que la altura de Sam. El estrépito se parece al del trueno. Lucy atisba el cielo, ya oscuro. En efecto, las nubes giran.

Empuja la pala con el hombro. Donde salta Sam, Lucy sigue, arrancando pedazos blancos. A pesar del calor, tiene la piel de gallina. Hay un ritmo familiar en todo aquello. Cavar. El calor. Incluso el ruido como de carcajadas de un hombre adulto. Lucy alza la cabeza y repara en que Sam la está mirando.

—Es casi tan bonita como el oro —conviene Sam. Luego—: Ojalá pudiera verlo él.

Espolvoreada sobre el cadáver de Ba, la sal parece ceniza. Las moscas escapan volando de aquel ataque, pero los gusanos quedan atrapados. En su agonía parecen exactamente pequeñas lenguas blancas, enroscadas en un grito.

Ba tarda cuatro calurosos días en transformarse en otra cosa. Tiempo para que Nellie descanse y se harte de comer hierba. Sam remueve las partes del cuerpo, utilizando la pala para darles una capa uniforme de sal. De vez en cuando corta alguna articulación, un nudo de carne. A lo lejos, Sam parece empuñar un enorme cucharón.

El entierro es otra receta, dijo Ma.

Reseco, Ba es más pequeño que Lucy, más menudo que Sam. Lo echan en el morral vacío: la alarmante flor marrón de las costillas, la mariposa de la pelvis, la mueca pegada a la calavera. Y pedazos y bultos que no pueden identificar, curtidos misterios que quizá contengan la respuesta a las preguntas que Lucy nunca pudo formular. ¿Por qué bebía? ¿Por qué a veces parecía que estaba llorando? ¿Dónde había enterrado a Ma?

Abandonan el mugriento baúl. Una vez, Ma cruzó el océano con él. Ahora es regalo para las moscas. Lucy siente una punzada de compasión por ellas, que las han seguido fielmente durante semanas, zumbando, apareándose y pariendo más moscas. Innumerables vidas vividas en la munificencia del cadáver de Ba, una clase de generosidad que él nunca mostró en vida. Están condenadas a morir a centenares. Cada amanecer habrá más cuerpos negros, fríos, sobre la hierba. Si Lucy tuviera un puñado de plata, lo esparciría entre ellas.





4. Calavera


El Maestro Leigh aseguraba que Nellie era el caballo más rápido en cien kilómetros, procedía de un linaje más antiguo que el territorio del Oeste. Nunca lo llevó a las carreras. Dijo que no sería justo para los ponis de los vaqueros.

Ahora comprueban si es verdad. Sam monta primero, Lucy detrás. Las dos, junto con el morral de Ba, son más ligeras que el baúl. Nellie empieza a piafar, ansiosa por correr pese a su mezquino régimen de hierba. Lucy espera que Sam responda con impaciencia.

En cambio, Sam se inclina hacia delante y murmura algo. Las orejas grises de la yegua se mueven hacia atrás, sutiles como palabras.

Y entonces Sam da un grito.

Nellie estira las largas, largas patas, aleteando sobre la hierba, y están volando, el viento aúlla, el sonido que sale de la garganta de Sam grave y emocionante, a la vez el orgullo de Ba y la ronca aspereza de Ma junto con algo muy propio de Sam, salvaje como una fiera..., y Lucy se da cuenta de que el sonido no sale de una sola garganta. También de la suya.

Si se trata de algún fantasma, no es malo.

En una caravana, un viajero tardaría un mes en cruzar el Oeste. La ruta principal de la que se desvían empieza al Oeste, en el mar, hasta que tropieza al Este con las montañas del interior. Allí la ruta tuerce hacia el Norte, y se adhiere a la cordillera hasta llegar a la llanura. Al Este serpentea el camino, adentrándose en las suaves planicies del siguiente territorio. Una senda despejada, muy frecuentada. Bastante fácil de encontrar de nuevo si quisieran. Pero Sam, aquella noche, haciendo un dibujo en la tierra, tiene otros planes.

—La mayoría de la gente hace esto —dice Sam, trazando con un palo la primera parte de la ruta de caravanas. Dibuja las montañas como hacía Ma: agrupaciones de tres picos.





—Y entonces —dice Lucy, cogiendo otro palo y dibujando el siguiente tramo de la ruta que cruza el territorio colindante—, la mayor parte de la gente prosigue la marcha.





Sam frunce el ceño. Con un golpecito, aparta el palo de Lucy.

—Pero nadie va por ahí. —Cogiendo un palo más fino, Sam traza otra línea. Esta se desvía de la ruta de las caravanas—. Ni por aquí. —La línea cruza por en medio del campo. Salta ahora a un lado, como si la empujaran—. Ni por aquí.

Cuando Sam acaba, en el mapa hay una ruta que se retuerce como una serpiente, describiendo meandros y círculos, ataja entre montañas, toma hacia el Sur, salta hacia el Norte, tiende hacia la lejana costa occidental.





Lucy entorna los ojos. La nueva línea de Sam parece acabar donde ha empezado, de tantas vueltas como da.

—Nadie iría por ese camino. No tiene sentido.

—Precisamente. Nadie iría. Ese es el territorio más salvaje. —Sam observa a Lucy—. Ba decía que ahí es donde hay búfalos.

—Esos son cuentos, Sam. Los búfalos se han extinguido.

—Eso lo has leído. Pero no lo sabes.

—Hace años que la gente no ve búfalos por esos lugares.

—Dijiste que podíamos seguir buscando.

—No para siempre.

La línea de Sam representa meses de viaje por los parajes más abruptos e inexplorados. Años, quizá.

—Lo prometiste —dice Sam, volviéndose.

La camisa roja de Sam, desvaída por la espalda, le queda más estrecha que cuando iniciaron la marcha. Le asoma el vientre por el borde de la camisa: Sam ha crecido. Inexplicablemente, una mancha oscura se ha formado en el trazado del mapa de tierra, aunque el palo de Sam no se mueve. La mancha crece, los hombros de Sam se estremecen. Lo oscuro es húmedo. Sam..., ¿acaso está llorando Sam?

—Lo prometiste —repite Sam con voz queda, las palabras anteriores y posteriores inaudibles, un mero balbuceo, y esta vez Lucy oye: Me prometió que no moriría.

Lucy sabía desde años atrás que Ba se iba a morir. Lo único que le faltaba por saber era el día. Aunque no había cumplido los cuarenta, la muerte de Ma lo avejentó. Se negaba a comer y bebía whisky como si fuera agua. Los labios se le hundieron en su rostro curtido, los dientes se le aflojaron y se le llenaron de manchas, y los ojos se le enrojecieron, luego se le pusieron amarillos y después se le mezclaron ambos colores, como la grasa de un filete. Lucy no se sorprendió realmente al encontrarse con su cadáver. Hacía años que no lloraba las promesas rotas de Ba.

Pero para Sam era distinto. Ba reservaba la poca ternura que le quedaba para Sam.

—Chis —dice Lucy, aunque Sam guarda silencio—. Hao de, hao de. Iremos. Buscaremos.

Lucy sabe que no encontrarán nada. Ni un búfalo. La verdad sobre esos parajes inexplorados está escrita en los libros. Pero Sam solo confía en dos fuentes: Ba y sus propios ojos. Ha perdido una. La otra pronto verá las montañas desiertas. Puede que tarden unas semanas más, pero pronto, espera Lucy, Sam dará tierra a Ba.

A lomos de Nellie, las colinas se suceden a una velocidad que las hace líquidas. El mar de que hablaba Ma, transformado en hierba amarilla. Las lejanas montañas se van aproximando hasta que un día Lucy lo ve: pues vaya, si no son azules. Maleza verde y roca gris, sombras moradas en los profundos pliegues de los riscos.

La tierra también recupera su colorido. El río se ensancha. Juncos, lechuga del minero, racimos de ajos y zana­horias silvestres. Las colinas son más escarpadas, los valles más profundos. De cuando en cuando, la hierba estalla en un verde puro a la sombra de un encumbrado bosquecillo.

¿Es eso, entonces, lo salvaje que Ba buscaba? ¿Esa sensación de que podrían desaparecer en el paisaje, una disolución de sus cuerpos semejante a la invisibilidad, o al perdón? En el interior de Lucy, el vacío se estrecha a medida que ella se va encogiendo, insignificante frente a las montañas, la dorada luz filtrándose con un matiz verdoso entre los erguidos robles. Incluso Sam se hace más apacible con el viento que sabe a vida tanto como a polvo.

Un día Lucy se despierta con el canto de los pájaros, y no es un sueño del pasado lo que la emociona, sino una visión del futuro, delicadamente apelmazada como rocío.

Ciertas esposas de mineros miraban tierra adentro, suspirando: Civilización. Tales mujeres, arrastradas al Oeste por cartas de sus maridos, procedían de las fértiles praderas del otro lado de las montañas. Las cartas no mencionaban el polvo de carbón. Y ellas llegaban con alegres vestidos que se desteñían tan deprisa como sus esperanzas bajo el implacable sol del Oeste.

Blandas, se mofaba Ba. Kan kan, morirán pronto. Tenía razón. Cuando aparecía la tos, aquellas mujeres se arrugaban como flores arrojadas al fuego. Sus viudos volvían a ca­sarse con mujeres robustas que mantenían los ojos fijos en sus tareas y nunca miraban hacia el interior.

Pero a Lucy le gustaba oír cosas sobre el siguiente territorio, y el que había detrás, incluso más allá, hacia el Este. Aquellas lisas llanuras donde abundaba el agua y el verde se extendía en todas direcciones. Donde en las ciudades había árboles que daban sombra y calles pavimentadas, casas de madera y cristal. Donde en vez de húmeda y seca hay estaciones con nombres como canciones: otoño, invierno, verano, primavera. Donde en las tiendas hay ropa de todos los colores, caramelos de innumerables formas. La civilización lleva en su corazón la palabra civil y así imagina Lucy niños que visten bien y hablan mejor, tenderos que sonríen, puertas abiertas que no se cierran de golpe, y todo —pañuelos, suelos, palabras— limpio. Un lugar inimaginable en aquellas colinas, resecas e inalterables. Un lugar donde dos chicas no llamarían en absoluto la atención.

En su sueño más preciado, del que no querría despertar, Lucy no hace frente a dragones ni tigres. No encuentra oro. Ve esas maravillas desde lejos, su rostro inadvertido en­tre la multitud. Cuando camina por la larga calle que con­duce a su hogar, nadie se fija en ella.

Casi han llegado al pie de las montañas, una semana después, cuando crece la luna en el cielo. La luna del lobo, la más rara. Muy luminosa porque sale después de anochecer y de que aparezcan las estrellas. La luz plateada las mantiene con los ojos abiertos. Las briznas de hierba, la crin de Nellie, las arrugas de la ropa: iluminadas.

Más allá en la hierba, un destello aún más brillante.

Como dos sonámbulas se levantan de las mantas y echan a andar. Sus manos se rozan. ¿Acaso ha extendido el brazo Sam? ¿O es una coincidencia debida a que sus pasos ahora se asemejan gracias a la nueva altura de Sam?

El destello procede del cráneo de un tigre.

Inmaculado. El rugido intacto. No ha sido la casualidad quien ha puesto ahí la calavera; la fiera no murió allí. No hay huesos alrededor. Las cuencas vacías miran al Este y al Norte. Siguiendo su mirada, Lucy ve el fin de las montañas, donde la ruta de caravanas tuerce hacia las llanuras.

—Es... —dice Lucy, con el corazón acelerado.

—Una señal —concluye Sam.

La mayoría de las veces Lucy es incapaz de interpretar la mirada de los negros ojos de Sam. Esta noche la luz de la luna ha traspasado a Sam, de modo que sus pensamientos son tan nítidos como las hojas de hierba. Permanecen juntas como si estuviesen detenidas en un umbral, recordando el tigre que Ma dibujaba en la puerta de cada nueva casa. El tigre de Ma no se parecía a ningún otro tigre que Lucy conociera, una serie de ocho líneas que solo sugería la fiera si se miraba con los ojos entornados. Un código. Ma dibujaba el tigre como protección contra lo que pudiera venir. Cantando: Lao hu, lao hu.

Ma dibujaba el tigre en cada nueva casa.

La canción retumba en la cabeza de Lucy cuando toca los dientes intactos del tigre. Una amenaza o, si no, una sonrisa burlona. ¿Cuál era la última palabra de la canción? Una llamada al tigre: Lai.

—¿Qué hace que un hogar sea un hogar? —dice Lucy.

Sam mira a las montañas y ruge.





5. Viento


El viento sopla ladera abajo, hay un olor distinto en el aire. A la clara luz de la luna, Sam prepara el sitio para el enterramiento.

Hace un círculo de piedras en torno al tigre. Hogar, lo llama. A un lado del círculo, el cazo y la sartén, el cucharón, el cuchillo y las cucharas. Cocina, lo llama Sam. Al otro lado, las mantas. Habitación, lo llama. Al borde, clava unas ramas. Paredes, lo llama. Sobre las ramas, alfombras de hierba entretejida. Techo, lo llama Sam.

Deja el centro para el final.

Cuando termina casi ha amanecido. El techo de hierba, lleno de agujeros, resulta ridículo, en la sartén hay restos de avena. Sam no es una buena ama de casa debido a que no tiene práctica. De todas formas, rechaza la ayuda de Lucy. Ahora Sam se acerca al cráneo del tigre y levanta la pala en alto. ¿No le tiembla la mano cuando la hoja se clava en la tierra?

Sam se detiene. El temblor continúa. A lo mejor es falta de sueño. Puede que sea otra cosa. Sam tiene el rostro reseco. Se queda mirando la calavera, como esperando respuesta.

Lucy se acerca a Sam y la coge de la mano. Hoy no afron­ta protestas cuando hace que Sam se tumbe y la arropa con la manta bajo la trémula barbilla. Ya no hay prisa. Lo enterrarán al amanecer. Hasta entonces, Lucy se dispone a estar en vela.

Y durante el resto de aquella noche el viento sopló con especial fuerza. Echa abajo la casa de Sam, penetra por la manta y el raído vestido de Lucy, desciende por su garganta y llega al vacío de su interior, de modo que tiene frío por dentro. Un viento que abofetea. Veloces ráfagas contra sus mejillas. Significa que viene la estación de las lluvias.

Aunque lo de viene es mucho decir, a menos que signifique lo que Ba quería decir cuando avisaba de que volvería a casa por la noche y se refería a la mañana siguiente, a la noche siguiente, al lunes siguiente, los ojos enrojecidos y apestando a whisky. La lluvia viene en el sentido en que Ba venía y no venía: una nube lejana, amenazante. Mien­tras Sam duerme, el viento sopla con la fuerza suficiente para mantener despierta a Lucy. Un viento diferente al viento diurno, un viento como una voz, una voz grave, que brama entre la maleza. Aaa, dice el viento. Y unas veces: uuuu. Y otras: iiiiiiiin; en ocasiones: aaaaaaan, ben daaaaaan. No se puede hablar descaradamente al viento, ni suplicarle, de modo que Lucy hace lo que ha aprendido a hacer: guarda silencio. Permite que el viento la azote y haga que le escuezan los ojos. Deja que el viento le traiga regalos de lugares lejanos. Hojas agostadas, trae, de dedos largos como manos. Polvo fino que le amarillea el pelo. ¿Regalos o advertencias? Olores a húmedo y podrido. Caparazones de chicharras, que a primera vista toma por dedos de manos y pies, y a la tercera, cuarta y quinta apreciación confunde con fantasmas de dedos de manos y pies. Lo inquietante es la forma en que el viento le sopla por la garganta con una fuerza vengativa, le llena los oídos de palabras que no se atreverá a recordar de día. Aaaa, grita el viento, reclamándola con frialdad. Eeeeeer, aúlla el viento. Nu eeeeer. El vien­to está soplando, y mientras Sam duerme Lucy está quieta y escucha. Escucha. Escucha.

Y entonces es de día.

Sam empuña la pala, Lucy el cazo.

El entierro zhi shi es otra receta, dijo Ma.

—¿Preparada? —dice Sam.

Aaaaaard, dice el viento.

Y Lucy dice, para sus adentros: ¿Te acuerdas? Cómo nos enseñó a buscar oro. ¿Te acuerdas? Cómo tenía las muñecas salpicadas de quemaduras de aceite. ¿Te acuerdas? Sus historias. ¿Te acuerdas? Las uñas roídas, en carne viva. ¿Te acuerdas? Cómo roncaba cuando bebía. ¿Te acuerdas? Su pelo blanco. ¿Te acuerdas? Sus bravatas. ¿Te acuerdas? Cómo le gustaba el estofado de cerdo con guindillas. ¿Te acuerdas? Su olor.

Hacen un hoyo. Del tamaño de una pistola. Cavan. El espacio de un muerto recién nacido. Cavan. El espacio de un perro. Cavan. El espacio de una chica que solo quiere tumbarse a descansar. Cavan, y pronto hay espacio suficiente para un morral, dos morrales, cuatro. Cavan y la sepultura adquiere una forma como la que hay en el interior de Lucy, un vacío lleno de olor a mantillo y aliento matinal. Cavan hasta que el sol se arrastra por la espalda de las colinas, desgranando sombras sobre el borde de la tumba.

Cobaaaaaaarde, dice el viento con tristeza.

Lucy ha aprendido a no replicar.

Sam abre el saco.

Ba cae en un revoltijo. No hay esperanza de arreglarlo. El suelo, tan seco y sediento, ya se lo está bebiendo. Se hunde. ¿Adónde irá? ¿Abajo, a mezclarse en común oscuridad con los huesos de Ma, en la tumba que Lucy jamás ha visto?

Sam se mete la mano en el bolsillo. Por un momento el bulto del puño recuerda el bulto de la pistola que Sam sacó en el banco. Renunciaron a tanto por aquellas dos monedas de plata..., ¿valía la pena robar?

¿Te acuerdas? ¿Cómo te enseñó a montar a caballo? ¿Te acuerdas? Las botas que conservaban la forma de sus pies cuan­­do se las quitaba. ¿Te acuerdas? Su olor, no el de cuando dejó de lavarse. No el de después de beber, sino el de antes.

Y Lucy sigue sin hablar. Mientras, Sam permanece inmóvil. Sam tiene en la mano las dos monedas de plata, hasta que Lucy comprende: Sam quiere que se vaya.

Como tantas noches, Lucy deja a Sam a solas con Ba. No ve lo que ocurre al fin entre padre e hija, entre padre y falso hijo.





6. Barro


Duermen. No dentro, en la tumba, sino sobre el suave y blando montículo nacido de ella. El hoyo está lleno, apisonado, pero no han podido devolverle toda la tierra que sacaron en un principio. Por primera vez desde que emprendieron la huida casi dos meses atrás, Lucy duerme a pierna suelta. Sin sueños. Aunque no recuerda que Sam se acostara, por la mañana se encuentra su cuerpo al lado, sucio y apestando a vida.

Ha habido humedad por la noche, aquellas nubes lejanas han vertido su húmedo aliento. Sam tiene la cara salpicada de rocío. La tierra se ha espesado, convirtiéndose en barro en la piel de ambas. Cuando Lucy intenta limpiar la cara de Sam, su dedo deja un rastro aún más oscuro.

Ladea la cabeza, alza otro dedo. Traza una segunda franja, paralela a la primera.

Dos rayas de un tigre.

—Buenos días —dice Lucy a la calavera que custodia la tumba.

No le hace caso, naturalmente, como tampoco hace caso a las colinas que hay detrás, hacia el Oeste. Mira al final de las montañas. Esta mañana, con el presagio de una nueva estación en el aire, Lucy tiene la impresión de que la vista le alcanza más lejos. ¿Acaso no entorna los ojos y ve la cumbre de la última montaña? ¿Es que no entrecierra los párpados y las nubes parecen un encaje? ¿Es que no entorna los ojos y ve un vestido blanco nuevo, y calles anchas y una casa de madera y cristal?

Lucy se presiona con la muñeca. Los muslos. Las mejillas, el cuello y el pecho, esquivando el nuevo dolor que siente allí. En apariencia no está más gorda ni más delgada que la noche anterior, pero algo ha cambiado en su interior, algo que ahora descansa con el cuerpo de Ba. Humedad en los labios cuarteados. Sonríe, poco al principio, no se le vaya a desgarrar la piel seca. Luego más ampliamente. Se pasa la lengua por los labios.

El agua vuelve al mundo.

Sin ruido, para no despertar a Sam, Lucy se mueve por el campamento desmontando el hogar que Sam ha construido para el entierro. Deshace las alfombrillas de hierba, con las hojas cubre la sepultura, para ocultarla. Tira las piedras, devolviéndoselas al río. Arranca las ramas y rellena con barro los agujeros que han dejado en el suelo. Recoge sus bártulos. Ensilla a Nellie.

Para cuando Sam se incorpora, mirando asombrada alrededor, Lucy ha conseguido que la tumba de Ba se funda de nuevo con el agreste paisaje, como a él le gustaba.

—Despierta, dormilona. Es hora de marcharnos.

—¿Adónde? —pregunta Sam con voz ronca.

—Hacia delante. A tomar una comida caliente. Pan blanco. Carne. Un buen baño, largo. —Lucy bate las palmas—. Ropa nueva, limpia. Un pañuelo para la cabeza y pantalones que te sienten bien. Un vestido nuevo para mí.

Sonríe a su hermana, que parpadea de esa complicada forma suya. Lucy se pone frente a la calavera de tigre y señala. Luego alza la mano. Entorna los ojos en esa dirección, como mirando por el cañón de una pistola. Apunta al horizonte.

—Una vez que crucemos esas montañas, tendremos tiempo de sobra para buscar un nuevo hogar.

Y Sam replica:

—Estamos en casa.

Se pone en pie. Da unos pasos, primero hacia el Este, tal como quiere Lucy. Pero se detiene demasiado pronto. Planta un pie sobre el cráneo del tigre.

—Aquí —dice ahora, claramente.

Con un pie en alto, la cabeza hacia atrás, las manos en las caderas: Sam no se da cuenta de la imagen que así evoca. Los libros de historia de Lucy rebosaban de conquistadores que adoptaban la misma postura. A su espalda ondeaban banderas en la tierra desierta de búfalos.

Lucy cae de rodillas, tratando de apartar la bota de Sam, que se mantiene firme. Ya sin el impaciente taconeo.

—¡Espuelas! —exclama Lucy—. Una ciudad como es debido tendrá espuelas como es debido.

—Con Nellie no las necesito. Y tampoco nos hace falta ninguna ciudad vieja.

—Aquí no podemos sobrevivir. No hay nada. No hay gente.

—¿Alguna vez ha hecho algo la gente por nosotros? —Sam pasa la punta de la bota por los dientes de la calavera. Una melodía inquietante se eleva de la boca—. Aquí hay tigres. Búfalos. Libertad.

—Tigres muertos. Búfalos muertos.

—Hubo una vez —dice Sam, ¿y qué puede hacer Lucy sino escuchar?

Hubo una vez en que estas colinas eran estériles. Todavía no eran colinas. Sino llanuras. Sin sol, solo hielo. Nada crecía hasta que llegaron los búfalos. Unos dicen que cruzaron por un puente de tierra sobre el mar del Oeste, y que el puente se hundió por el peso de su tránsito.

Los cascos de los búfalos araban la tierra y su aliento la calentaba y en la boca llevaban semillas y en las pieles albergaban nidos de pájaros. Con los cascos hacían barrancos para contener los ríos, y allí donde se revolcaban surgían valles. Se expandieron hacia el Este, al Sur, cruzando montañas, llanuras y bosques. A todo lo largo y ancho de los territorios, de modo que hubo un tiempo en el que hollaron casi cada centímetro de estas tierras, prosperando con cada nueva generación, creciendo hasta llenar el cielo abierto.

Y entonces, mucho después de los indios, llegaron nuevos hombres, procedentes de otra dirección. Esos hombres sembraban balas en vez de semillas. Eran enclenques y, sin embargo, hicieron retroceder a los búfalos cada vez más, hasta que el último rebaño fue cercado en un valle no lejos de aquí. Un valle precioso, con un río profundo que lo atravesaba. Los hombres intentaron amarrar a los búfalos en vez de matarlos. Pretendieron domesticarlos y mezclarlos con su ganado. Encogerlos hasta su tamaño.

Pero cuando salió el sol, los hombres vieron que habían surgido colinas de la noche a la mañana.

Aquellas elevaciones las formaban mil búfalos muertos que se habían metido en el río y se habían ahogado.

Los promontorios apestaban de tal manera que los hombres se vieron obligados a marcharse. Incluso después de que los pájaros dejaran limpios a los búfalos, el río nunca volvió a fluir, y lo que crecía entre los huesos no era la misma hierba verde. Sino amarillenta y seca, estaba maldita. La tierra no servía para sembrar. Nadie podrá instalarse en estas colinas como es debido hasta que los búfalos decidan volver.

Lucy ha oído esa historia una docena de veces. Era la favorita de Ba. Pero el Maestro Leigh se rió y le enseñó en un libro la verdad sobre aquella última manada de búfalos, albergada en los prados de un hombre acaudalado del Este. Los animales del dibujo no se extendían hacia el cielo como aquellos antiguos esqueletos. En cautividad habían encogido hasta alcanzar el tamaño de dóciles vacas. Puro sentimentalismo, censuró el maestro. Un bonito cuento folclórico.

Después de aquello, cuando Ba contaba alguna historia, Lucy ya no veía búfalos dividiendo la hierba con sus anchos hombros, ni rayas de tigre escurriéndose entre las sombras. Solo veía el espacio vacío en la embustera boca de Ba, donde una vez hubo un diente.

—Como bien has dicho —recuerda Lucy a Sam—. Esta es una tierra maldita.

—¿Y si no estuviéramos malditas? Los búfalos vinieron del otro lado del océano..., igual que nosotros. Y el tigre mutiló a Ba de mala manera.

—No puedes fiarte de todo lo que decía Ba. Además, ahora las cosas son diferentes. Han civilizado el territorio, mejorándolo. Nosotras podemos hacer lo mismo.

El gruñido del tigre se asienta en la boca de Sam. Esta vez apunta a Lucy.





7. Carne


Sam deja de hablar del hambre, del frío. De las nubes grises que acechan bajas en el horizonte. Como si empecinándose pretendiera invalidar el significado de ese hogar que no se tiene en pie, del cráneo de tigre que a pesar del gruñido no puede proteger del hambre, ahora que la avena se ha terminado, y las balas también. Lucy intenta hablar de su futuro. Sam solo tiene palabras para el pasado muerto hace mucho.

Pese a los días nublados, Sam está cada vez más deslumbrante. Más admirable. Por la mañana, Sam contempla su reflejo en el río, como cualquier chica que se está desarrollando, aunque ella sea rara. Sam no se arregla el pelo ni se pone colorete en las mejillas. Se lo corta aún más, de manera que se le trasluce el cuero cabelludo. Le complace el peso perdido, los codos y pómulos cada vez más afilados.

Y sin embargo, en toda esa vanidad, Lucy ve un cierto parecido con Ma.

Hubo un tiempo en que Sam observaba a Ma como ahora se contempla a sí misma. Ma se transformaba cada mañana antes de ir a la mina con Ba. Se ocultaba el pelo bajo un gorro, los blancos brazos en las mangas. Al agacharse para atarse las botas, el rostro de Ma casi tocaba las cenizas. Como el cuento de la sirvienta que se alza de las cenizas, solo que al revés. Era un disfraz, explicaba Ma. Solo hasta que ahorraran lo suficiente. Cuando Sam pidió a gritos un disfraz para ella también, Ma abrió el baúl con su perfume dulce y amargo. Rasgó un vestido rojo y le hizo un pañuelo para la cabeza.

Ese día, Sam estaba tan deslumbrante de alegría que Lucy tuvo que mirar a otra parte.

De toda su ropa desvaída y gastada de tanto viaje, solo el pañuelo conserva su color. A veces Sam tararea algo cuando se lo anuda. Una canción cuya letra han olvidado las dos. La melodía es de Ma.

Agotada, sus razones mordisqueadas por el hambre, Lucy se pasa día y noche dormitando. Sueña con árboles verdes cargados de pesados frutos, de fuentes de las que mana caldo de gallina. Brazos y piernas se cubren de pelusa. Le duelen las muelas. Tirita y rechina los dientes, soñando con un asado, la carne demasiado hecha, demasiado salada, seca como cecina..., pero cuando se despierta aquella tarde, el olor a carne persiste. Una línea de humo di­vide el cielo, alzándose de un bosquecillo al pie de las montañas.

La boca se le inunda de saliva. Dulce al principio, amar­ga luego por el miedo. Carne asada significa animal muerto, lo que a su vez significa hombres con fusiles y cuchillos. Despierta a Sam, que duerme la siesta. Corre, dice Lucy moviendo los labios, indicando el humo, a Nellie, el camino por el que pueden escabullirse. Sam bosteza lentamente, hace rodar los hombros y parece que con ese gesto se le va a desgarrar la camisa raída.

Sam coge la sartén. Como si fuera otro día para darse la buena vida, como si hubiera tocino o patatas para freír, como si estuviera ciega, todavía, ante la imposible fantasía de vivir sola en aquellas colinas.

—Lánzala con todo el brazo —dice Sam, pasando la sartén a Lucy. Coge un afilado pincho para pescar y apunta hacia el humo, gritando—: Esto es nuestro y lo defen­de­remos.

Esto es lo que encuentran en medio del bosquecillo al anochecer:

Una hoguera moribunda.

Un caballo atado.

Un hombre muerto, medio enterrado bajo unas hojas.

Aún no apesta, pero las moscas le zumban alrededor de la barba. Está envuelto en un abrigo hecho de muchas pieles, como una criatura salida de un cuento de hadas. Es la hora del chacal, cuando el contorno de las cosas desaparece y se difumina la línea entre lo real y lo imaginado.

—Fíjate en eso —dice Sam en un murmullo. Entonces avanza sigilosamente entre las ramas, dirigiéndose a las alforjas del muerto... y al rechoncho pájaro que yace encima de ellas.

Lo que deja el muerto a Lucy. Es más fácil, esta segunda vez, arrodillarse junto a un cadáver. Al menos este hombre tiene los ojos cerrados en vez de entornados, limpio el abrigo de pieles, aunque mucha suciedad en la barba y las uñas. Lucy pasa la mano por las pieles, no puede evitarlo, hacia arriba, hacia abajo, y... el muerto le agarra la muñeca y dice:

—No grites, muchacha.

Lucy se echa bruscamente hacia atrás mientras el hombre se incorpora, desparramando hojas. Un fusil se alza con él. La hora del chacal. Las hojas que le cubrían se vuelven negras entre las sombras. Pero la mano que le aferra la muñeca... es real. Su aliento, el brillo del fusil, la saliva en la comisura de su boca... son reales. Como sus ojos. Ojos extraños, redondos, con mucho más blanco que iris. Miran a Lucy, y a un lado.

—Y tú, el de ahí, no te acerques más.

Sam se detiene, lleva en la mano uno de los cuchillos de desollar del hombre. A su espalda, las saqueadas alforjas son la irrefutable prueba de sus intenciones.

—Nos has engañado —aúlla Sam, dando una patada en el suelo—. Querías hacernos creer que estabas muerto, hun dan, maldito embustero.

—Por favor, señor —murmura Lucy—. No nos haga daño. No queríamos hacer nada malo.

Despacio, el hombre aparta la mirada de Sam. Fija los ojos en Lucy. Una mirada persistente que se detiene en su boca, continúa hasta su pecho, vientre, piernas. Le produce un picor en la piel. Al fin vuelve a alzarla hasta su boca. Lucy se humedece los labios, los abre para hablar. No le sale un sonido.

El hombre le guiña el ojo.

—No hagas nada que puedas lamentar —le dice a Sam. Son las palabras menos acertadas—. Escúchame bien.

Sam se eriza, los recientes trasquilones de punta.

Y entonces el hombre añade:

—Muchacho.

Los ojos de Sam emiten un destello más brillante que el cuchillo entre las sombras. Lucy vuelve a pensar en Ma, en las cenizas y en los embelesados ojos de Sam. En aquella mirada de transformación.

Sam tira el cuchillo.

—Eso también —dice el hombre, señalando la pistola con la cabeza.

Sam se desprende de la pistola descargada de Ba. Para tratarse de un objeto tan pesado en la imaginación de Lucy, no hace mucho ruido al caer.

—No pretendo hacer daño a nadie, salvo a esas malditas moscas —dice el hombre—. Lo sabes, ¿no?

Se dirige a Lucy, que retuerce la muñeca atrapada. El hombre la suelta de golpe y ella se cae.

—Cuidado. —Los ojos se le van a sus piernas, recién descubiertas bajo el borde del vestido—. Cuidado.

—Nosotros tampoco te íbamos a hacer daño —alardea Sam.

—Claro que no. ¿Acaso no estamos todos de paso? Este sitio no nos pertenece a los viajeros.

Sam se pone en tensión. Lucy espera la réplica de Sam: Nuestra tierra. En cambio, Sam dice:

—Es cierto. Pertenece a los búfalos.

—Me alegro de que la compartan —dice el hombre en tono solemne—. Y hablando de compartir, tengo un par de perdices, siempre que comáis sin sal, amigos.

—Yo no necesito sal —dice Sam.

—Nosotros tenemos mucha —le corta Lucy.

Cogieron un buen trozo de sal en el llano, para la comida.

—Está lo que se necesita, y lo que a uno le gusta. —El hombre se da una palmadita en el vientre, tan redondo como sus ojos, que ahora vuelven hacia Lucy—. Compañía, por ejemplo. Aquí se siente uno muy solo. Cogeré un poco de esa sal vuestra, os lo agradezco. Tampoco me vendría mal una chica.

Sus ojos como platos vacíos.

Lucy se ofrece a lavarle la ropa. A hacerle la cena. Los ojos del hombre se agrandan hasta que al fin estalla en carcajadas. Con dos dedos sucios, se limpia de saliva las comisuras de la boca.

—No me vendría mal una chica, pero tú eres una chica, ¿no?

Lucy no sabe a lo que se refiere, pero asiente con la ca­beza.

—Eres alta para tu edad. Me he confundido contigo. ¿Cuántos años tienes? ¿Once? ¿Diez?

—Diez —miente Lucy. Sam no la corrige.

Más tarde, Lucy lo entenderá. Ese lenguaje de la mirada del hombre que ella no habla por ser demasiado joven. Está nerviosa durante la cena, aunque las perdices son tan gordas que Sam lanza un silbido. Lucy se inclina sobre la carne que se está asando y se calienta las manos.

—Sois de una familia de mineros —dice el hombre, y Lucy se echa hacia atrás. Él enseña las manos. Motas azules viven bajo su piel, como peces diminutos en un bajío. En las de Lucy solo hay un punto donde se le metió polvo de carbón en una herida—. ¿Cómo habéis conseguido escapar tan limpios y arreglados?

—Yo solo me ocupaba de las puertas —contesta Lucy, apartando la vista. Se avergüenza de sus manos. Sam las tiene completamente salpicadas de azul, igual que Ba, y que Ma, debajo de los guantes. Lucy trabajó muy poco antes de ir a la escuela, y luego Ma murió y Ba ya no quería su ayuda.

—No somos mineros —asegura Sam.

Una noche de borrachera, Ba pone en la lumbre la palma de las manos con la idea de quemar las manch