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Cuarenta problemas

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Si le dieran una moneda por cada mentira que ha ideado, Natalie podría erigir un castillo de oro en el centro de Nueva York. A sus veintitrés años, la primogénita de un célebre magnate estadounidense parece tenerlo todo. No obstante, la vida de Natalie no es como los periódicos imaginan. Deseosa por evadirse de la realidad, y tras probar un excitante bocado del peligro, Natalie decide unirse a American Shield, una asociación de guardaespaldas operativa en Estados Unidos. Sus compañeros la califican de calculadora, responsable e impecable. ¿Y el jefe que está secretamente enamorado de ella? De impulsiva, irracional e irresistible. Natalie se considera intocable, tanto de cuerpo como en asuntos del corazón, pero pronto descubrirá que incluso las personas como ella pueden convertirse en el objetivo de mentes más oscuras. **

Year:
2020
Publisher:
Nova Casa Editorial
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.04 MB
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Cuánto oro esconden estas colinas

Year:
2021
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.42 MB
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Cuenta contigo

Year:
2016
Language:
spanish
File:
EPUB, 319 KB
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			Melania Bernal Cobarro





			Cuarenta

			problemas





		 			Publicado por:



			www.novacasaeditorial.com

			info@novacasaeditorial.com





			© 2019, Melania Bernal Cobarro

			© 2020, de esta edición: Nova Casa Editorial





			Editor

			Joan Adell i Lavé

			Coordinación

			Abel Carretero Ernesto

			Portada

			Mireya Murillo Menéndez

			Maquetación

			María Alejandra Domínguez

			Revisión

			Abel Carretero Ernesto

			Primera edición en formato electrónico: febrero 2020

			ISBN: 978-84-18013-33-1

			Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).





			Para todos aquellos que se han atrevido a soñar.





			Hola, lector,

			Permíteme darte la bienvenida a una nueva aventura. Cuarenta problemas es la segunda parte de Cuarenta semanas, aunque sus protagonistas no sean los mismos. La historia de Natalie fue escrita durante el caluroso verano de 2016 y, desde ese entonces, la novela ha permanecido sin cambios en la plataforma que la ha visto nacer, crecer y madurar durante los últimos años.

			Puesto que no siempre se tiene el placer y la oportunidad de publicar el fruto de mi trabajo en papel, decidí realizar cambios en la historia, agregando nuevos capítulos narrados en primera persona y ampliando escenas que, durante la elaboración del manuscrito, consideré terminadas. Asimismo, también he incluido unos capítulos extra que, espero, sean de tu agrado.

			Dicho esto, me marcho para que te adentres en la vida secreta de Natalie.





			Atentamente,





			Melania





			Índice





Prefacio


			Problema 1


			Problema 2


			Problema 3


			Problema 4


			Problema 5


			Problema 6


			Problema 7


			Problema 8


			Problema 9


			Problema 10


			Problema 11

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			Problema 12


			Problema 13


			Problema 14


			Problema 15


			Problema 16


			Problema 17


			Problema 18


			Problema 19


			Problema 20


			Problema 21


			Problema 22


			Problema 23


			Problema 24


			Problema 25


			Problema 26


			Problema 27


			Problema 28


			Problema 29


			Problema 30


			Problema 31


			Problema 32


			Problema 33


			Problema 34


			Problema 35


			Problema 36


			Problema 37


			Problema 38


			Problema 39


			Problema 40


			Epílogo


			Extra I


			Extra I I


			Extra I I I


			Extra I V


			Extra V





		 			 «Quiero volver a esos días donde solo hacía falta una mirada para hacernos sonreír, donde el tiempo pasaba sin que nos diéramos cuenta y todo lo demás no importaba, solo nosotros».





			Nicholas Sparks,

			El diario de Noah





			Prefacio





			25 de diciembre de 2026

			El guardia, de aspecto exhausto y desaliñado, abandonó la estancia donde se encontraban las cámaras de seguridad, olvidando cerrar la puerta a su paso. Cruzó rápidamente el fantasmagórico pasillo, alumbrado por una bombilla fluorescente, mientras intentaba que su walkie-talkie se conectara con el resto de los policías presentes en Sing Sing. La prisión se había edificado en Ossining, Nueva York, y albergaba a numerosas personalidades que cometieron auténticas atrocidades, como un hombre al que le agradaba alimentarse de sus víctimas. El guardia, de apellido Reed, no atravesaba las diversas estancias corriendo porque deseara alcanzar a tiempo el cuarto de baño, sino por la imagen que una cámara había mostrado hace tan solo medio minuto… una que debía ser falsa. Reed consiguió contactar con sus compañeros, indicándoles la celda a la que se dirigía y el motivo por el que creía necesitar ayuda. La prisión había sufrido un motín hace varias décadas; uno en el que los propios guardias quedaron atrapados con los presos durante 53 horas seguidas. Reed tomó una bocanada de aire y ascendió las escaleras de cemento de dos en dos, ignorando todos los intentos de los internos por agarrarle del uniforme y los insultos que vociferaban. Con el pulso tembloroso, pidió que abrieran la puerta metálica que dirigía a los pasillos cuyas celdas existentes eran de máxima seguridad, y se detuvo frente a la número 19.

			—Santo Dios —musitó, apresurándose a quitar los cierres y adentrarse en su interior.

			El recluso 4578 no se encontraba tumbado en su catre, con un libro entre las manos.

			Un charco de sangre se extendía más allá de su cuerpo, el cual yacía a unos pies de los inmaculados zapatos de Reed. Intentando no contaminar las pruebas, el guardia rodeó las piernas extendidas del prisionero y se puso de cuclillas, examinándole. Se había rebanado la garganta con un cuchillo casero —realizado con cinta adhesiva y un azulejo que parecía proceder de los baños— y, a juzgar por la frialdad de su cuerpo, llevaba más de una hora en ese estado. Las pulsaciones de Reed se aceleraron. No lograba comprender cómo había accedido a semejante herramienta, después de las constantes revisiones que realizaban en su celda, así como tampoco entendía cómo el guardia del turno anterior no se había dado cuenta de ese acto. Reed había llegado a la prisión hace tan solo veinte minutos.

			—Hemos recibido tu aviso —la voz de otro guardia le sobresaltó, provocando que sus rodillas se tambalearan; obligándole a sostenerse en la pata metálica de la cama—. Joder, ¿qué coño ha pasado? ¡Donson! ¡Ford! Llamad al médico ahora mismo, ¡vamos, moveos!

			—No será necesario porque está muerto —musitó Reed.

			En los quince años que Reed llevaba desempeñando trabajos en centros penitenciarios, nunca había presenciado un caso de suicidio. Lo más grave era que se veía incapaz de desviar la mirada del cuerpo. Adams (el guardia que daba las órdenes) se apartó de allí solo para exigirle al resto de los presos que guardaran silencio, y regresó a la celda 19 tan pronto como las exclamaciones se transformaron en susurros. Reed consiguió levantarse, se acomodó la corbata azulada hasta en siete ocasiones y miró a Adams con pánico.

			—Nunca llegué a imaginar que presenciaría un caso como este —confesó.

			—Estás en Sing Sing, amigo mío. Y este preso se enfrentaba a la pena de muerte.

			—¿Qué sentido tiene cometer un suicidio si vas a palmarla igualmente?

			—La silla eléctrica es una muerte muy dolorosa, Reed. Las descargas te queman… se meten dentro de tu piel y te hacen creer que estás metido en lava. Muchos presos se han cagado y meado encima del propio miedo. Este quería marcharse de una manera sencilla. Y el muy cabrón lo ha conseguido. —Adams transformó sus labios en una mueca de asco.

			—¿Quién llamará a su familia? —preguntó Reed—. Ha escogido un día peculiar para quitarse la vida —agregó en susurros, saliendo del cubículo para que Adams entrase.

			Agradeció la corriente de aire que circulaba por el pasillo, porque impidió que el mareo le arrastrara al suelo. Antes de empezar su turno, Reed había celebrado el día de Navidad con su familia, en un restaurante del centro de Nueva York. Sus tres hijos se habían comportado sorprendentemente bien, aunque Reed sospechaba que, en realidad, lo único que querían eran buenos regalos. Hurgó en el bolsillo de su camisa y extrajo un pañuelo limpio, que usó para secarse el sudor de la frente. No quiso imaginar la reacción de los familiares de ese preso cuando el encargado se ocupara de llamarles, dentro de unos minutos.

			—Recluso 4578 —pronunció Adams con evidente desagrado y fastidio.

			—¿Qué pasa? ¿Conocías a este hombre?

			—Todo el mundo lo hacía hace unos años. Apareció en las portadas de los periódicos, en los noticieros… Causó mucho revuelo en Estados Unidos. —Adams echó un vistazo a su reloj de pulsera, preguntándose cuándo diantres regresarían los demás—. Cometió una gilipollez inmensa que derivó en actos más graves. Le trasladaron aquí hace unos meses.

			—¿Cómo se llama? Su rostro no me suena de nada.

			—¿Has estado viviendo en una cueva? —se burló, y perdió el hilo de la conversación en cuanto el médico apareció, escoltado por una decena de guardias. Adams se situó junto a Reed, con un estado imperturbable ante los recientes acontecimientos, y ladeó el rostro en su dirección antes de añadir—: Nadie echará de menos a este desgraciado. Cometió un asesinato en primer grado, secuestró a una muchacha embarazada, blanqueó dinero y extorsionó a cientos de personas mediante amenazas, entre otras cosas. Pienso que su muerte será la noticia más alegre que su familia recibirá por este día —se burló, sonriente.

			—Temo que no comparto tu retorcido sentido del humor.

			—Eso se debe a que nunca estuviste cara a cara con Bartholomew Ivanov. —Le dio una palmada en el hombro, y se distanció—. ¡Y ahora nadie más lo estará! Me encanta este… maldito… y maravilloso trabajo. Revisa las cámaras de seguridad hasta que encuentres el minuto exacto donde el bastardo se cortó la yugular. Y llama a Milton para que te desvele dónde mierda estuvo durante su guardia. Te espero en mi despacho dentro de una hora.

			Y con un paso sosegado, Adams dejó a Reed a su suerte.





			Problema





1





			16 años más tarde

			Los cristales en forma de diminutos diamantes pendían de los diversos candiles, como si estuvieran levitando gracias a un truco de magia. El alboroto acomodado en el salón de baile cesó conforme las manecillas del reloj avanzaban, siempre contra los planes de quienes se hallaban deambulando de un rincón a otro. Los invitados se paseaban con elegancia entre suaves carcajadas, tomando las copas que reposaban sobre las mesas dispuestas por la estancia. Natalie examinó cuidadosamente los rostros, sintiendo impotencia al no reconocerlos; no a la mayoría. Mascullando en susurros la innecesaria norma que el anfitrión había impuesto, abandonó su posición y se adentró entre el gentío, atenta a cualquier acto.

			—¿Tienes algo? —le preguntó Leopold a través del pinganillo.

			Natalie llevó una de las copas de vino hacia sus labios, deteniéndose cuando el filo del cristal estaba a escasos centímetros de su boca. Su labio inferior, pintado en una tonalidad carmesí, lo rozó levemente, dejando tras de sí una inmaculada marca de su pintalabios.

			—No —respondió en voz baja, recorriendo la sala por enésima vez—. Todos portan esas estúpidas máscaras. ¿Cómo se supone que identificaremos a Lady Charlotte Bowman entre los presentes? Aunque haya estado con ella en numerosas ocasiones, es complicado reconocerla cuando aprecio más de treinta rubias enmascaradas y ceñidas en sus trajes.

			—Entabla conversación con alguna de ellas. Apuesto a que la reconocerías si escuchas su tono de voz. Sabes tan bien como yo que no podemos marcharnos sin el dichoso reloj.

			La mayor de los Ivanov puso los ojos en blanco, tomando un pequeño sorbo de su copa antes de colocarla en el mantel de estampados dorados. Acomodó su cabello ondulado y notó cómo los mechones rubios caían con gracia a los laterales de su rostro, otorgándole un aspecto más adulto. Entrelazó las manos en su estómago, enderezando la espalda, y se dispuso a deambular mientras esbozaba pequeñas sonrisas para quienes la saludaban.

			—Podríamos cenar juntos una noche —sugirió Leopold.

			—¿Con qué propósito? —contestó al mismo tiempo que tomaba el camino de las estatuas de mármol. Se trataba de un pasillo en el que encontró los retratos familiares del actual candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Decenas de ojos le perseguían, escrutándola con aires de superioridad y haciéndola sentir incómoda.

			—¿Necesito una excusa para invitarte a cenar?

			Natalie evadió la réplica con un pequeño estornudo. Leopold había dejado caer durante las últimas dos semanas sus deseos de evadirse del trabajo y pasearse por las bonitas calles de Nueva York, dispuesto a conocer las zonas más recónditas de la ciudad. Natalie supo, sin mucha dificultad, que su compañero de trabajo la estaba invitando a salir, y no dentro de la categoría de la amistad. A sus veintitrés años, la señorita Ivanova nunca había tenido una relación formal con otros elementos que no fueran los estudios o su profesión. Había aprendido de las increíbles vivencias de sus padres que el amor conllevaba una responsabilidad demasiado grande; un sentimiento que ella no era capaz de otorgar a la ligera.

			No deseaba convertirse en una de las jóvenes que desperdiciaban los valiosos minutos de su juventud en cuidar a esos seres llorones y glotones, también llamados bebés.

			Se detuvo unos instantes frente al espejo que ocupaba la pared izquierda de la siguiente estancia. Poseía un marco con decoraciones grabadas en oro, donde divisó a los personajes de la mitología griega representados en miniatura, resaltando la importancia de quienes habitaban en esa mansión. Los Bowman eran, en ese preciso momento, la familia más buscada a nivel mundial. La causa residía en el honorable Harold Bowman, el cual podría ser elegido nuevo presidente de los Estados Unidos en cuestión de unos pocos días. La fiesta de máscaras que había decidido celebrar no era más que un incentivo para ganar las votaciones de aquellos individuos que aún dudaban qué candidato escoger. El otro hombre en la carrera presidencial era Joseph Stewart, partidario de la extrema derecha. Los sondeos apuntaban a una aplastante victoria de Harold Bowman, sin embargo, nunca estaba de más cerciorarse de que la situación acabaría tal y como uno desea, sin sorpresas.

			Natalie recorrió con la vista la figura que el espejo reflejaba de sí misma: la tela había sido escogida gracias a la participación de su casi hermana, Daisy Connelly. En realidad, no compartían sangre o vínculo familiar, pero estaban tan unidas que lo parecía. La prenda dejaba al descubierto un pronunciado escote en forma de corazón, ciñéndose a su vientre y caderas. Después de este punto de su cuerpo, la falda del vestido caía con amplitud hasta sus tobillos, en los cuales se anudaba la correa de

sus tacones. Natalie era muy consciente de los gratos genes que sus padres le habían regalado, pero nunca se aprovechaba de ellos.

			—¿Señorita Ivanova? —La llamó alguien a sus espaldas,

sobresaltándola.

			Izó el mentón de tal forma que su vista se encontrara a través del espejo con el poseedor de dicha voz. Y cuando reconoció sus masculinas facciones, Natalie contuvo el aliento.

			—Qué grata sorpresa encontrarla en mi morada —agregó, extendiendo una mano.

			—Señor Bowman —pronunció sin trabarse en ninguna sílaba.

			Si el futuro presidente se hallaba en esa área, su esposa no andaría demasiado lejos.

			Natalie Ivanova tenía bien claro cuál era su propósito esa noche: sustraer de un modo u otro el Audemars Piguet que Charlotte portaba en todos los eventos. En realidad, no se trataba de una simple pieza de relojería hecha de oro y diamantes engarzados: en la parte posterior, donde debería encontrarse una pequeña pila redonda, se ocultaba una tarjeta de datos informáticos que podrían ayudar a su causa privada. Natalie trabajaba para una asociación anónima, pero legal, que ofrecía los servicios de un guardaespaldas. Lo que diferenciaba su puesto de los hombres uniformados, con cuerpo robusto y pose amenazante, es que ella no ahuyentaba a los posibles atacantes escoltando a su cliente. Lo protegía de una forma más sutil: se ocupaba de las investigaciones privadas, de corrupciones e intentos de asesinato. Probablemente había heredado el ansia por la adrenalina y el peligro de su entrañable padre, Dimitri Ivanov, y su difunto abuelo, hombre al que no llegó a conocer pero cuyos rumores no eran agradables. De hecho, sus padres le prohibían hablar de él.

			Pese a la fama que había adquirido gracias a su espléndido trabajo dentro de la asociación —una vez trabajó para el Duque de Cambridge, quien no dudó en escribir una carta de agradecimiento por los servicios de la joven—, su familia y amistades desconocían su auténtica profesión. No solo deseaba conservar su identidad oculta por la seguridad de su propia familia: el problema más grave residía en Dimitri. Si su padre averiguaba que ella ponía en peligro su vida día tras día, hora tras hora, momento tras momento, se aseguraría de encerrarla dentro de su apartamento e impediría que regresara a su ocupación. Natalie comprendía la preocupación de su padre (no había tenido una juventud ausente de peligro) pero, al mismo tiempo, no estaba dispuesta a que nadie le dijera qué hacer con su vida.

			—La velada está siendo encantadora —comentó Natalie, estrechándole la mano. Miró al salón en el que la mayoría se amontonaba y sus pendientes de perlas se zarandearon al hacer el movimiento, captando la atención de Harold—. ¿Qué tal está yendo la campaña? Los pronósticos publicados en el periódico apuntan a su alza entre los candidatos.

			—Ojalá se mantuvieran igual de positivos de aquí a dos días —bromeó.

			Natalie correspondió a la frase con una risa coqueta, dispuesta a congraciarse con esa figura de tanta relevancia. Los Bowman no la habían contratado personalmente, pues aún no eran conscientes de los riesgos a los que se exponían. Las sonoras campanas del peligro llevaban golpeando a la familia desde hacía meses, es decir, el tiempo en el que Harold se mostraba de cara al público. Su asociación había impedido muchos atentados; los mantenía en secreto para que el caos no se esparciera y decidiera retirarse. La campaña de Harold consistía esencialmente en exponer a los americanos corruptos en los antiguos partidos, ganándose enemistades que le colocaban en una posición muy comprometida.

			—Si me disculpas, debo atender a los demás invitados. Dele mis más sinceros saludos y recuerdos a su padre. Espero con impaciencia su respuesta a nuestro acuerdo —agregó, tomando la mano de Natalie para depositar un casto beso en el dorso.

			—Por supuesto. Ha sido un placer.

			En cuanto el señor Bowman desapareció entre el cúmulo de invitados, que le aguardaban con impaciencia a los pies de la escalera principal, Natalie descompuso su rostro hasta el extremo en el que creyó que se echaría a llorar. ¡Su padre había llevado a cabo nuevas negociaciones con Harold sin consultarle! No le desagradaba la idea de que las Industrias Ivanov (que llevaban funcionando desde hace más de setenta años) prosperasen al aliarse con un candidato a la presidencia. No obstante, ella misma le había advertido del riesgo, de los inconvenientes que surgirían al aliarse con Harold a pocos días de su elección.

			—Sea lo que sea que piensas, olvídate —ordenó Leopold.

			—Mataría a mi padre si pudiera. ¿Quién diantres actúa con semejante imprudencia? Si al menos no supiera lo que ocurre en la familia de Harold, entendería su decisión. Pero le he informado de los rumores que circulan en torno a él. Maldita sea. Mamá tendrá un paro cardíaco cuando descubra esto —murmuró entre dientes, acudiendo a las escaleras.

			Comprobó la hora para asegurarse de que todavía disponía de tiempo. Nada más alzar la vista, se encontró con la imponente silueta de una mujer descendiendo por las escaleras, arrastrando consigo un vestido de color champán. Se había desecho del antifaz, dispuesta a demostrarle a sus asistentes que no tenía intención de ocultarse. Charlotte parecía una… reina sacada de una película histórica. No solo era bonita, sino también inteligente. Poseía un alma caritativa que le instaba a viajar a los lugares más necesitados, proporcionándoles toda la ayuda económica posible. Su último vuelo a África resultó ser una pesadilla que le mantuvo en el centro de los titulares televisivos durante una semana. El vuelo en el que viajaba quedó incomunicado y dieron por sentado que se había hundido en el Atlántico, puesto que los satélites tampoco lo localizaban. Afortunadamente, el incidente se resolvió con la fortuita aparición del avión (no dieron explicaciones públicas) y Charlotte parecía haber recuperado las energías. No cesaba de sonreír, de estrechar manos, de posar.

			—Tengo ojos en Charlotte Bowman —le comunicó a Leopold, apartando la mirada de ella por unos instantes. Hurgó en su bolso de mano, pretendiendo estar ocupada buscando el pintalabios, cuando en realidad quería hablar con tranquilidad—. En cuanto consiga el reloj y me haya despedido, abandonaré la estancia por las puertas del sur. Me he ocupado de que las mantengan abiertas hasta las doce, es decir, durante otros veinte minutos.

			—Ten mucho cuidado, por favor.

			—¿Cuándo no soy cuidadosa, Leo? —se burló.

			Leopold emitió un tedioso suspiro, incapaz de creer que Natalie actuase con prepotencia en una situación tan crítica como esa. A sus veintiocho años, Leopold se trasladó del paisaje arenoso de Asia (donde estaba prestando servicio militar) para ocuparse de una asociación que, por ese entonces, estaba dando sus primeros pasos. Con el transcurso del tiempo logró hacerse cargo de los puestos más destacados, encontrándose en el presente como subdirector y también como jefe de la mujer que tanta locura despertaba en él. Aún no podía confesar que la señorita Ivanova le había robado cada ápice de pensamientos, de articular palabras con claridad y moverse como un ser humano normal, porque sabía que sus sentimientos no eran correspondidos. Desde su punto de vista, Natalie era una mujer trabajadora y despampanante en cada uno de los sentidos. Le enamoró su determinación, su fuerza de voluntad a la hora de enfrentarse a los obstáculos que se presentaban.

			Era una lástima que Natalie solo se amara a sí misma.

			—¡Lady Bowman! No puedo creer que esté llevando el último modelo de Óscar de la Renta. Recuerdo que, durante mi estancia en París, asistí a una de sus presentaciones… y quedé perdidamente enamorada de este vestido —confesó, maravillada por la multitud de colores superpuestos al encaje negro—.

Solo puedo decirle que está preciosa —agregó.

			—Natalie, querida. —Los ojos de Charlotte se iluminaron nada más verla.

			Se olvidó de los empleados que alzaban las bandejas con

copas hacia ella, abriendo los brazos para darle la bienvenida a una de las jóvenes que más apreciaba. Natalie agradeció esa muestra de cariño, abrazándola con el mismo ímpetu que ella. Procuró no engancharse accidentalmente en el carísimo satén

—portaba varias pulseras en una muñeca—, así que mantuvo el brazo presionado en su propio pecho. Aprovechó la cercanía y la distracción que provocaban los invitados para comprobar en qué muñeca se encontraba el reloj. Ideó la forma de arrebatárselo sin que se diera cuenta, concluyendo que necesitaría privacidad.

			—¿Cómo está Catherine? Lamento mucho la pérdida de su… —se detuvo, consciente de que la joven no tenía ánimos de revivir el momento tan fatídico que experimentó hace unos meses—. Disculpa mi intromisión, no deseaba incomodarte. Lo que ocurrió forma… parte del pasado, es momento de mirar hacia el futuro. —Sostuvo las manos de Natalie, le sonrió con cordialidad—. ¿Qué te parece si pasamos a una sala más tranquila? Me siento exhausta de pasearme entre estos desconocidos. ¡Me duele la boca de tanto sonreír!

			—Coincido con usted. Sigo sin comprender cómo es posible que algunas mujeres sean capaces de aguantar más de tres horas en pie con esta tortura. —Señaló a sus tacones.

			Siguió a Charlotte por los abarrotados pasillos.

			Lograron encerrarse en la sala donde se solía tomar el

café, una muy coqueta y amplia, que contaba con varias estanterías y dos cómodos sillones. Natalie sostuvo la falda de su vestido y tomó asiento en uno de ellos, aguardando a Charlotte. Instó a Natalie a que se amoldara a la situación, a que dejara atrás la timidez y se tutearan como dos amigas.

			—Mi madre está recuperada, gracias por su interés —respondió a la pregunta que había formulado en primera instancia,

descansando las manos en su regazo—. He supuesto que está ansiosa por conocer los resultados electorales. Han pasado décadas desde que las elecciones despiertan tanto clamor como esta. —Fingió que le interesaba su opinión. Solo quería ganar un poco de tiempo, sopesar las distintas opciones para hacerse con el reloj.

			—Si te soy sincera, ¡estoy enloqueciendo! Harold no para de discutir con sus compañeros sobre las campañas, los votos, los competidores… Desde hace meses, la única conversación que hay en esta casa es sobre política. Afortunadamente, mi hijo regresa de sus vacaciones esta misma semana. He echado tanto de menos a mi William —suspiró.

			—¿William? —Natalie frunció el ceño.

			—Partió de viaje hace un año para cursar sus estudios en Francia. Deseaba airearse del ambiente tan nocivo que le rodeaba, comenzar nuevas aventuras por su cuenta. Compartís la misma edad, veintitrés años recién cumplidos. Sin embargo, ha expresado su necesidad por apoyar a su padre en esto, por tanto, le tendremos de vuelta mañana a primera hora.

			«Todo tiene sentido», recapacitó Natalie.

			Ahora comprendía por qué las inseguridades y amenazas habían acrecentado en las tres últimas semanas: los tan apreciados pero secretos enemigos de los Bowman no planeaban atentar contra Harold o Charlotte. Su objetivo era William Bowman, el único heredero de la fortuna familiar. ¡Eso era! ¿Cómo no había caído en la cuenta? Tan ofuscada se hallaba en el presidente, que había olvidado por completo la existencia de un tercer Bowman y la ventaja que podrían extraer si permanecía en suelo estadounidense por mucho tiempo.

			—Su pulsera se ha roto —comentó Natalie de repente.

			Charlotte se apresuró a recoger las diminutas perlas que habían caído sobre la falda del vestido, quitándose el reloj y el brazalete para disponer de mayor libertad. Los colocó en la mesita de café, la cual estaba repleta de artículos de revistas y otros objetos. «Con dicho caos, Charlotte no se percatará de la desaparición hasta dentro de varias horas», supuso Natalie. Depositó su bolso de mano encima del reloj, de esta manera, cuando lo tomase de nuevo, se lo llevaría consigo, y le ayudó a recoger las esferas esparcidas en el suelo.

			—Menuda supersticiosa —masculló Charlotte para sí misma.

			Las bolitas repiquetearon cuando cayeron en el cenicero vacío de Harold.

			—¿A qué se refiere? —se interesó la joven.

			—Por desgracia, formo parte de ese grupo de personas que creen en la mala y buena suerte. Soy incapaz de dormir en una habitación que contiene espejos, no puedo permitir que un gato negro cruce frente a mis ojos, ¡mucho menos dar giros a objetos dentro de un espacio cerrado! Y ahora he llegado a la conclusión de que algo nocivo pasará, pues ha sido pronunciar el nombre de mi querido William y la pulsera ha estallado —explicó.

			—No se preocupe. A su hijo no le sucederá nada —le aseguró Natalie.

			«Y más me vale cumplir mi palabra», pensó.

			Al cabo de unos quince minutos de animada conversación, Natalie se excusó, alegando que debía marcharse porque a la mañana siguiente la esperaban en una reunión dentro de la empresa familiar. Al mismo tiempo que Charlotte se incorporaba y aplanaba las arrugas del vestido, Natalie deslizó distraídamente el reloj entre la palma de su mano y el costado del bolso, ocultándolo a la vista de todos. Una vez fuera del salón y con el preciado objeto en su posesión, Natalie realizó las despedidas pertinentes y se apresuró a marcharse.

			Localizó a Leopold en el lugar que ambos habían acordado.

			Recogió las faldas del vestido para acelerar sus pasos sin tropezarse y procuró no desviar su atención del húmedo asfalto, temiendo hundir el tacón por accidente en el interior de una rendija. Leopold aprovechó la tenue luz de la luna, y la soledad del callejón, para admirar a la joven enfundada en esas galas. En muy pocas ocasiones había tenido la oportunidad de admirarla así, tan elegante y reluciente, puesto que —pese a su admiración por las prendas finas— Natalie solo las utilizaba en ocasiones especiales, como esa noche.

			—He aparcado en la esquina —susurró Leopold cuando ella alcanzó su posición.

			Abrió las puertas de la camioneta y extendió la mano para ayudarla a subir. No obstante, y muy a su pesar, la joven entró sin problemas; manteniendo el equilibrio cuando ascendió el elevado escalón. Natalie se deshizo del antifaz de rubíes y lo depositó sobre una de las mesas vacías, tomando asiento en la primera silla libre que encontró. Se descalzó, se quitó las escasas horquillas que mantenían su cabello sujeto y examinó de cerca el reloj. Aquella pieza costaba una fortuna al ser uno de los primeros modelos creados por el fabricante suizo. Había sido modificado levemente en una ocasión para grabar las iniciales de Harold y Charlotte. Supuso que también se aprovechó para incorporar el compartimento interno.

			Giró el reloj y acarició con la yema de los dedos el reverso, ensimismada.

			Entonces, Natalie graznó y soltó la pieza, apresurándose a tapar su oído izquierdo. Los pitidos eran tan intensos y continuados que perdió la audición unos segundos, sumergiéndose en una burbuja sin ningún tipo de sonido. Leopold se apresuró a desconectar y apagar los sistemas de comunicación que generaban las interferencias, unas que agravaban todos los problemas que Natalie Ivanova experimentaba en ese instante. La vio arrugar el ceño, contraer su rostro y morderse los labios para contener el dolor, sin mucho éxito.

			—No has vuelto a tomar la medicación —le reprochó él.

			—He estado demasiado ocupada procurando no ser descubierta como para meditar mis problemas de salud —replicó, masajeando la zona con suavidad—. He traído la medicina conmigo. Está en la taquilla, dentro de mi mochila —añadió con un tono más calmado.

			Poco a poco, la vertiginosa sensación de precipitarse al suelo empezó a remitir.

			—Te traeré un vaso de agua también.

			La furgoneta era usada por su asociación como el medio de transporte idóneo: dentro habían instalado lo necesario para estar comunicados con la central. Disponían de armas, de cámaras que contaban con permisos para burlar los códigos de vigilancia de otras sedes y, además, el vehículo estaba compuesto de un material blindado que impedía ser arañado, abollado u aplastado. Puede que Natalie no fuera un guardaespaldas convencional, pero nunca podía saber con certeza cuándo necesitaría una pistola para defenderse.

			—Aquí tienes. —Leopold le entregó el frasco con las pastillas y dejó la botella de agua en la mesa más cercana al brazo de Natalie, quien contestó asintiendo y alzando la mirada; como si se sintiera arrepentida—. ¿Cuándo empezaron los dolores de nuevo? Di por sentado que, tras la operación, los efectos secundarios más graves desaparecerían. —Descansó el trasero en el mueble de la derecha, cruzándose de brazos—. ¿Natalie? —Le llamó.

			—Las secuelas fueron más graves de lo estimado. Una parte de mi cabeza no funciona como es debido y lo manifiesta a través del oído. Agradece que solo sean unos mareos, o vómitos ocasionales. —Tomó la botella y le quitó el tapón, tomando una pastilla. La echó a su boca y bebió con avidez, ansiosa por recuperarse cuanto antes—. Yo no me llevé la peor parte en el accidente de coche. Lidiar con dolores de oído y vértigos no me ha matado ni me matará… que es exactamente lo que sucedió con otra persona. —Su voz apenas fue audible al final de la frase. Lentamente se perdió en la laguna de los recuerdos indeseados, en la angustiosa semana que estuvo ingresada en el hospital y las posteriores pruebas.

			Leopold se lamentó por haber sacado el dichoso tema y se apresuró a tomar el reloj.

			Lo único que mantenía a Natalie ocupada y distraída era su profesión.

			—De acuerdo, manos a la obra —dijo.

			El proceso para desmontar pieza a pieza un reloj tan costoso no fue sencillo…

			…mucho menos cuando notaba la mirada de Natalie sobre cada uno de sus movimientos. Logró desenroscar la tapadera trasera y las tuercas gracias a su perfecto pulso, y unas pinzas metálicas, las cuales usó para extraer la tarjeta en que guardaba la información. Tomó el adaptador e introdujo el microchip en la ranura del ordenador, conteniendo el aliento.

			—¿Preparada? —quiso saber.

			—¿Cuándo no lo estoy?

			—Y ahí se manifestó el espíritu de Dimitri Ivanov —se burló a regañadientes.

			La pantalla principal del ordenador mostró la carpeta (que se descodificó gracias a un programa, el cual había reconocido los archivos cifrados) y no perdió tiempo a la hora de registrar los cientos de documentos digitalizados. Natalie tuvo que aproximar su silla a la de Leopold porque le costaba leer la letra en negrita. Procuró mantener las distancias, no quería rozar por accidente ninguna parte de su cuerpo, pues podría malinterpretar su acto como un incentivo para la invitación de la cena. En un comienzo no hubo nada interesante, los primeros documentos hacían referencia a cuentas bancarias y pagos personales. No le echaron un vistazo a mayor profundidad porque no le interesaban sus caprichos.

			De un instante a otro, Leopold alcanzó documentos escaneados que le hicieron apretar la mandíbula y empequeñecer la vista, impidiendo que Natalie los leyera al completo.

			—No te va a gustar lo que hay aquí —le advirtió cuando ella quiso reprochar.

			—¿Por qué? ¿Qué es?

			—Nombres, muchísimos nombres. Son peces gordos del país, empresarios y otros funcionarios que han sido los fundadores del partido de Bowman. Natalie, estas personas se encuentran en el principio de la lista porque son tan o incluso más valiosas que el propio Harold. Sin sus inversiones, él no hubiera accedido a los cargos de importancia: han sido estas personas quienes le convirtieron en lo que ahora es. —Dio un golpe a la pantalla.

			—Apresúrate a mandarle esta información al jefe. Se ocupará de asignar protección a cada uno de los participantes. —Natalie adoptó el mismo tono serio y preocupante que el de Leopold, consciente de lo que eso significaba—. ¿Crees que el causante de los ataques ha tenido acceso a esta lista? ¿O quizá estoy sacando las cosas de quicio? —se preguntó.

			—Me encantaría decirte que te equivocas, pero no puedo.

			Torció el monitor en dirección a Natalie, ampliando los cuatro primeros nombres.

			—Stephen y Barrowman tuvieron que trasladarse bajo protección policial. Ambos son quienes financiaron las campañas publicitarias. Sufrieron un ataque cuando abandonaban el restaurante en el que estaban cenando. —Señaló a los dos siguientes nombres—. Ronin sufrió un allanamiento de morada hace cuatro noches y Gómez fue rescatado de un asalto ayer mismo. Están atacándoles en orden, y no te haces una idea de quién se encuentra en el quinto puesto. —Leopold subrayó con el ratón el nombre de dicho empresario.

			Y, tan pronto como Natalie lo leyó, palideció.

			—Dimitri Ivanov destaca entre los cinco mayores contribuyentes. Las elecciones están programadas para dentro de dos días, y tu padre ha confirmado su asistencia. Esto… esto no es solo preocupación del Estado y de nuestra asociación: Nat, si él está involucrado en esto, también lo estás tú. Hemos tenido que proteger a las distintas familias, porque si los enemigos de Harold no pueden atacarle a él directamente, comenzarán destruyendo a los pilares de su partido de un modo muy distinto al de ahora. Atacarán a gente como…

			—Como yo —completó con un hilo de voz.

			Durante los dos años y medio que llevaba prestando servicio a la organización nunca se había inmiscuido en una tarea que hiciera peligrar su vida. Al solucionar los problemas desde dentro, no tenía que exponerse públicamente, como Leopold. Él se acostumbró a la acción y a ser el punto de mira desde que se alistó en el ejército, motivo por el cual no le preocupaba ser el objetivo. Pero, en esa ocasión, la inquietud que afloró en Leopold y en la propia Natalie fue imposible de contrarrestar, porque no había forma de escape.

			—No quiero recluirme en mi apartamento como un ratón asustado —declaró ella.

			—Exponerte al público incrementará tus posibilidades de ser atacada.

			—Sé defenderme. Y me niego a permitir que esos enemigos de identidad desconocida consigan convertirme en una cobarde. Prometí no escabullirme de los problemas, no después de todo lo sucedido en mi propia familia. —Sonó molesta—. No les abandonaré.

			—Pronto no tendrás libertad para elegir —le recordó.

			—¿Pretendes esposarme y encerrarme en una celda de la asociación? Porque este será el único modo como podrás retenerme, siempre y cuando no me escape antes.

			Leopold se obligó a mantener la calma y encaró a Natalie con mucha seriedad.

			—Hay una alternativa más efectiva a la que has propuesto.

			—No, Leopold. Sé de lo que hablas y me niego rotundamente.

			—Has servido tanto a tu trabajo como a tu familia sin rechistar. Es hora de que no solo protejas a uno de los afectados en la lista. —La tomó de la mano y se sorprendió al ver que ella no se apresuraba a apartarla—. Ha llegado el momento que tanto habías evitado.

			Natalie cubrió su rostro con la mano libre a la vez que emitía un grito de desesperación, consciente de que el plan de Leopold solo podía significar una cosa:

			A partir de ahora, ella también poseería un guardaespaldas.





			Problema





2





			Me niego a aceptarlo. De entre todas las personas que viven en Estados Unidos, es mi padre el que ha efectuado un pacto con el señor Bowman. No ha podido ser otra celebridad u otro empresario que dirige una multinacional. No, ha sido Dimitri Ivanov. Arrastro tanto los pies como la cola del vestido por las escaleras, sintiéndome demasiado exhausta pese al poco trabajo que he realizado esta noche. Leopold acaba de dejarme en la puerta de mi casa, y solo se ha marchado tras asegurarse de que no había nadie merodeando en el jardín o espiando la vivienda mientras se oculta en su vehículo. Sé que después de descubrir ese peligro al que me he expuesto, mi compañero no dejará de controlarme, como si fuese un bebé recién nacido que precisa de toda protección. Me quito la cremallera del vestido, lo dejo caer a mis pies y salgo de él con parsimonia. Me duele la cabeza. Las punzadas se asientan en mis sienes y cruzan el resto de mi cráneo, suscitando mis deseos de darme un golpe con la pared para comprobar si, de este modo, dejaré de tener molestias. Por fortuna, se impone la escasa cordura que conservo e impide que haga realidad mis pensamientos.

			Estoy enfadada con mi padre por ser tan imprudente.

			Pero también estoy airada con Leopold.

			Aunque sea mi superior, no tiene ningún derecho a introducirme en el programa de la asociación, el mismo que protege a mis clientes. Uno en el que, por cierto, he trabajado y dedicado gran parte de mis horas libres, para perfeccionarlo. La puerta del cuarto de baño está abierta y veo, desde mi inmóvil posición en el dormitorio, la bañera vacía. Mi cabello apesta a una extraña mezcla de tabaco, puros y alcohol. Ya sabes, tiene ese aroma propio de una fiesta; el que solo desaparece cuando lo enjabonas dos o tres veces con un champú cuya fragancia a frambuesa se olería a un kilómetro de distancia. A pesar de que sienta la necesidad de sumergirme en el agua cálida —también perfumada gracias a la liviana capa de pétalos de rosas— en la que arrugarme como una pasa, mi cansancio es superior a mis otros anhelos. He madrugado mucho. Si mal no recuerdo, me he despertado a las seis de la mañana, adelantándome al propio sol, e inmediatamente he realizado mi paseo matutino por la manzana. Descubrir la aplastante alianza de mi padre con Harold también me ha arrebatado el último ápice de energía que me quedaba, por lo que me apresuro a introducir las piernas en los pantalones de pijama, a quitarme el sujetador y a sustituir la desnudez de mi pecho por una delgada camiseta de seda.

			A veces desearía no tener esta profesión. Solo a veces, por supuesto, puesto que con tan solo imaginar mi futuro atrapada entre las paredes de la industria familiar me entran ánimos de suplicarle a mi superior que me asigne más casos de los que ocuparme. Me tumbo en mi amplia cama, me hundo en la almohada y cierro los ojos. Espero no tener pesadillas, porque necesitaré todas mis energías para afrontar los problemas de mañana. Antes de que el sueño me arrastre lejos, consigo extender una mano para apagar la luz.

			Y, en cuanto la oscuridad me engulle, dejo que mi cansancio se declare vencedor.





			Problema





3





			Los medios de comunicación peleaban entre sí por conseguir el mejor puesto entre las filas asignadas a los periodistas. Los guardias de seguridad mantenían las armas aferradas con brío entre sus manos, recorriendo con la mirada cada uno de los elementos que simulaban cobrar vida entre la multitud. El gobierno había contratado a francotiradores, situados en las azoteas que rodeaban a la Casa Blanca, los cuales vigilaban que no se produjera ningún incidente en ese acto de tanta importancia. El nuevo presidente de los Estados Unidos daría su primer discurso delante de las miles de personas aglutinadas en esa área, más las que contemplarían el evento a través de sus televisores. Harold Bowman había triunfado, su propósito de colocarse en la cabeza del país se consolidó tras la ganancia de los últimos votos. Desde su apartamento, Natalie contempló cómo tenía lugar el acontecimiento que tanto temía. ¿Se encontraría su padre entre los presentes? ¿Ascendería al escenario, donde podría apoyar moralmente al señor Bowman? ¿O permanecería escondido en el interior?

			Leopold había estado acechando los alrededores de su hogar desde que averiguaron el contenido de la tarjeta. El director de la asociación (era sorprendente y extraño, pero nadie más que Leopold conocía su identidad, al encontrarse en un puesto tan cercano) asignó a cada uno de sus empleados la tarea de actuar como guardaespaldas de los afectados en la lista… a excepción de Natalie. Su papel en la misión quedaba como un interrogante, pues hasta que no decidieran si ella debía intervenir como otra trabajadora o como víctima, sus órdenes eran las de permanecer encerrada en el lugar más seguro para ella. La verdad, no le hacía ni una pizca de gracia contemplar las mismas paredes durante mucho tiempo, por lo que procuraba evadirse de los problemas acudiendo a la industria y a casa de sus padres.

			—Bobadas —masculló, apagando la televisión al leer los titulares.

			Ya dispondría de tiempo para ponerse al día con los periódicos.

			Se desnudó mientras caminaba hacia su vestidor, arrojando la bata de seda en la cama. Acababa de abandonar la ducha, por tanto, solo le restaba ponerse algo de ropa y partir a su segundo trabajo, donde esperaba encontrar (como mínimo) a su tío. Se enfundó en un vestido de tonalidades grisáceas, adornado con un cinturón negro y se calzó los tacones a la vez que hacía equilibrio con la otra pierna. No recordaba cuándo se celebraría la tercera reunión del mes, motivo por el que prefería ir bien vestida. No sería la primera vez que la llamaban desde recepción porque solicitaban su presencia en la sala de conferencias.

			Todavía recordaba el día en el que su padre le pidió su colaboración. No acudió a Peter, su hermano cuatro años y medio menor que ella, ni tampoco a su esposa, que tanto amaba. Necesitaba a Natalie porque la joven había heredado la frialdad que tanto caracterizaba a Bartholomew Ivanov. No era un rasgo del que se sintiera especialmente orgullosa, puesto que conocía las atrocidades que su abuelo cometió cuando sus padres eran jóvenes. Pero su inteligencia y capacidad para racionalizar en los momentos más decisivos y tensos era la causa por la que se convirtió en la más acertada para el puesto. En los primeros meses se ocupó únicamente del departamento de marketing; de las promociones que darían a conocer y expandir todavía más la empresa. Sin embargo, conforme demostraba cómo se desenvolvía sin precisar ayuda, Natalie comenzó a dirigir el Departamento de finanzas: controlaba las cuentas bancarias, las relaciones con otras industrias e, incluso, los modos de producción. Todo ello lo realizaba a espaldas de los empleados. A nadie le acomodaba la idea de que la primogénita del jefe fuera quien supervisara sus acciones, analizando sus errores para luego echárselos en cara, anotarlos en un expediente… o despedirles.

			—No puedes salir de la casa —dijo una voz desde la cochera; una que reconoció muy bien. Puso los ojos en blanco mientras introducía en su bolso los papeles que necesitaría, y recogió su cabello dorado en una coleta holgada—. No estoy bromeando, Natalie.

			—¿En qué momento creí que era buena idea darte una copia de mi llave? —Se lamentó.

			—¿Adónde crees que vas? —Leopold se hizo paso al interior del dormitorio, cerrando la puerta tras de sí. Cruzó sus imponentes brazos sobre los pectorales y recorrió la esbelta figura de la joven con la mirada, gesto que no pasó desapercibido para ella.

			Puestos a ser sinceros, Leopold Strafford era uno de los hombres más atractivos que la señorita Ivanova había conocido.

A causa del servicio militar prestado hace unos años, y por el constante esfuerzo que su actual profesión requería, mantenía su complexión fuerte y vigorosa, convirtiéndole en un modelo similar a los de Calvin Klein. Tenía una sonrisa amable, unos ojos verdosos que —bajo la luz— irradiaban una tonalidad grisácea. Natalie estaría mintiendo si alguna vez afirma que Leopold no podría interesarle. Simplemente… con las preocupaciones que padecía en el presente, más el hecho de que nunca se había… enamorado de alguien, prefería mantenerse distanciada del peligro denominado amor.

			—Todos desconocen los peligros porque nadie ha hecho público lo que está pasando. No, no tengo intención de contarle

a mi padre que podrían asaltarme, porque padecería de un ataque al corazón. Pienso continuar con mi trabajo en la empresa, como si no hubiera sucedido nada. Y, cuando la organización contacte con mi padre, entonces procuraré mantenerme a raya para que no descubra mi participación —le explicó, emitiendo un suspiro.

			—Allí no puedo protegerte. No tengo autorización para adentrarme en los despachos.

			—Leopold, aprecio tu preocupación, pero sé cuidarme sola.

			Cargó el bolso sobre su hombro derecho y echó un último vistazo a su dormitorio, tan ordenado que parecía sacado de una revista. Pasó junto a Leopold y aprovechó la cercanía para palmear cariñosamente su hombro, indicándole que no era necesario que la siguiera a todos los sitios que frecuentara. El hombre que correspondía al cargo de su superior no pudo actuar de otro modo más que permitiendo que partiera con libertad. Ya había tendido su oferta, no continuaría insistiendo. Persiguió a Natalie a través del pasillo, asegurándose al mismo tiempo de que no había nadie oculto en ninguna de las habitaciones. Era improbable, más bien imposible, pero tenía la sospecha de que la situación estaba demasiado apaciguada para los nuevos tiempos que se avecinaban. El apartamento de Natalie estaba compuesto de tres plantas abiertas: en la baja se encontraban los aparcamientos para la colección de vehículos de la señorita Ivanova. Tres Jaguar, dos Volvo y un Ferrari aguardaban a que su dueña se decantara por uno de ellos, al azar.

			Tomando las escaleras se alcanzaba la segunda planta: un salón con mobiliario blanco y una cocina de tonalidades grises era lo primero que los invitados veían al entrar por las puertas principales. Tanto el jardín como la piscina podían apreciarse a través del ventanal y, aunque Natalie no le diera mucho uso, procuraba mantener el agua limpia. En la última y tercera planta se disponían dos dormitorios y dos cuartos de baño privados. Leopold se adelantó a los sosegados pasos de Natalie y comprobó que el pomo de la puerta era firme; que los engranajes no se habían soltado con el transcurso del tiempo. Vio que la alarma y las cámaras continuaban activadas, lo cual alivió parte de su preocupación. Aprovechando la distracción de Leopold, la joven tomó el primer grupo de llaves que sus dedos rozaron, y se adentró en el Volvo grisáceo que descansaba a la izquierda; echando los seguros por dentro. En cuanto el clic resonó por la estancia, Leopold hundió los hombros y suspiró.

			—De nada me servirá quejarme, ¿cierto?

			—Hemos acordado que no. No me acompañarás —le comunicó desde el asiento del conductor. Él la alcanzó a tiempo, presenciando cómo bajaba la ventanilla, y apoyaba una mano en esta—. Si mal no recuerdo, tenemos una reunión esta noche, ¿cierto? Una donde se discutirá mi futuro y el de mi familia.

—Hizo una mueca con los labios—. Intentaré no quejarme demasiado. Solo pido que no me traten como si fuera una damisela en apuros… porque mi compañero de trabajo ya está un poquito obsesionado con esa idea —bromeó.

			Se puso las gafas de sol y hundió el zapato en el acelerador, disfrutando del sonido que emitía el motor, como si fuera el rugido de un león. Natalie descubrió a los cinco años su pasión por los vehículos, aunque rara vez manifestaba su opinión al respecto. No hablaba de las materias que no dominaba, creyendo que era mejor guardar silencio antes que quedar en ridículo. Una vez que incrementó la velocidad, subió la ventanilla, evitando que el viento hiciera de su peinado un nido de pájaros, e intentó liberar la tensión que había acumulado desde que regresó de Nueva York. Por primera vez en mucho tiempo, debía fingir y mentir cuando lo único que necesitaba era confesar sus secretos.

			Houston —ciudad en la que había nacido, donde vivían sus padres, y también sitio en el que se instaló la sede principal de Ivanov’s House of Cars— extraía su lado más débil, aquel que mantenía firmemente oculto ante los ojos de cualquier amistad o conocido; ya fuera el propio Leopold u otro compañero de oficio. Natalie detestaba hablar de su infancia casi tanto como odiaba que la prensa rosa escribiera de ella, como si realmente supiera las preocupaciones que circulaban por su mente. Sin embargo, en lugar de desmentir todas las afirmaciones que la relacionaban con fiestas a las que nunca acudía o con celebridades con las que jamás había entablado una conversación, prefirió que los medios se centraran en ella como otra niña caprichosa y rica de Estados Unidos. No quería que conocieran su lado humano porque, solo en ese entonces, la destriparían, como al resto de niños que han nacido en el seno de una familia enriquecida y famosa. El incidente de hace unos meses… su estancia en un internado cuando apenas tenía quince años… su auténtica profesión.

			Siendo esa Natalie engreída e insensible conseguiría mantener sus problemas a salvo.

			El trayecto se hizo mucho más corto de lo esperado, alcanzó la sede en cuestión de seis minutos más. Estacionó en el aparcamiento reservado para ella y trasladó los papeles que había preparado entre los brazos, acompañada de su maletín de cuero. Lo vio tan apretado que, de intentar introducir un folio más, la tela se desgarraría. Se encaminó directamente al despacho de su padre, creyendo que le encontraría allí, pero se sorprendió cuando atisbó la silla del escritorio vacía. No necesitó preguntarle a su secretario —un chico muy tímido, de gafas redondas y cabello aplastado— dónde podría encontrarle: tan pronto como salió del despacho, vio a una multitud de empleados aglutinados delante de la pantalla ubicada en la cafetería… en la cual aparecía un reportaje sobre el ganador de las elecciones. Tuvo la corazonada de que Dimitri sí había estado allí durante la elección,

lo que le molestó.

			—¿No hay otras noticias en el mundo, además de esta?

—Manifestó su enfado en voz alta, captando la atención de los trabajadores que transcurrían por ese pasillo.

			—La bestia ha ordenado que no se cambie de canal. Aunque, si se lo pides tú, apuesto a que hará una excepción —respondió Jacob, alcanzando la posición de su sobrina con la sonrisa más conciliadora. Natalie se echó a reír por el mote que algunos empleados habían escogido para su padre y sintió que su

ira se disipaba—. Dicen que las crías se parecen a sus padres. Eres tan distinta a Catherine que no dudaría si alguien me dice que fue él quien te trajo al mundo… —Pellizcó cariñosamente el hombro de Natalie, animándola.

			—Me alegra tenerte de regreso en la compañía. —Se apresuró a abrazarlo, estrujándole con ímpetu. El pequeño de los Ivanov correspondió a su gesto, acariciándole el cabello con delicadeza y lentitud. Todavía padecía de intensos dolores en un hombro—. Estarás harto de escuchar esta pregunta, porque yo lo estoy, pero... ¿cómo te encuentras? Pensaba que el ingreso hospitalario se demoraría otra semana más. De haberlo sabido, hubiera ido a…

			—Los médicos están contentos con mi evolución. Me recuperaré, Natalie.

			Hizo un gesto hacia su despacho, recordándole que había muchas personas presentes, y que no deseaba hablar de sus informes médicos frente a desconocidos. Escoltó a Natalie a la única sala donde los oídos ajenos no podrían escucharle y cerró la puerta, invitándola a tomar asiento. Natalie se acomodó como si estuviera en su apartamento, deslizando una pierna encima de la otra, aunque no perdió la compostura rígida. Jacob tardó unos minutos en ocupar su silla, sujetándose al escritorio con ambas manos. Tal fue la presión, que sus nudillos se tornaron blancos. La joven hizo el amago de ayudarle, pero se contuvo.

			Lo último que Jacob precisaba era un recordatorio constante del accidente.

			—¿Qué haces en la industria a estas horas de la mañana?

Dimitri me ha dejado a cargo de la empresa para hacer una videoconferencia con el presidente —desveló con un toque de maldad, riéndose interiormente de su hermano. Aproximó la silla al escritorio, donde reposaban los papeles que esperaban a ser firmados, y suspiró—. También piensas que ha sido un error colaborar en esas elecciones, ¿cierto? —Leyó el pensamiento de Natalie.

			—Sí. ¡Por supuesto que lo es! Papá estaba tan empecinado en ser partícipe de esa campaña que ni siquiera mamá consiguió persuadirle de sus pretensiones. Hablando de ella… desconozco qué más hacer para subir sus ánimos. Sé que apenas han pasado unos meses, desde… desde que… bueno, desde eso, pero en ocasiones me mira con recelo al comprobar que no muestro mi sufrimiento como los demás… como si fuera mi culpa… —Apretó la mandíbula al finalizar la frase, entreteniéndose con los anillos que adornaban sus dedos.

			Las arrugas del rostro de Jacob se acentuaron al fruncir el ceño.

			El tiempo no hacía excepciones en ninguno de los Ivanov, los estragos de las acciones del pasado repercutían en su aspecto físico, envejeciéndolo. Afortunadamente, apenas se apreciaban unas cuantas canas en las sienes o unas leves arrugas en los ojos y comisuras. Por el contrario, el todavía abundante cabello de Dimitri se había tornado blanco, al igual que una montaña que se cubre de copos de nieve. Natalie quiso echarse a reír cuando llegó a la siguiente conclusión: su padre resultaba más atractivo con canas que sin ellas. Como ese antiguo famoso que solía

protagonizar un anuncio de café en la televisión.

			—Sufrimos mucho ese día, Natalie. Sin embargo, el amor que una madre siente hacia su hijo es algo que no comprenderás hasta que te conviertas en una. Perdiste a un hermano en aquel accidente, lloraste su fallecimiento tanto como los demás e, incluso, te encerraste en tu apartamento durante dos meses porque te negabas a que te vieran así. Cada persona lidia con el dolor de un modo muy peculiar. Algunos aceptan el hecho de que no volverá, otros se agarran al inexistente clavo de la esperanza de que están sumidos en una extraña pesadilla. —Se contempló los nudillos—. Considérate afortunada en ese aspecto: tienes la capacidad de cicatrizar las heridas con mayor celeridad que el resto —musitó.

			El suceso que tuvo lugar a principios de ese año fue devastador.

			Su hermano de once años abandonaba su primer partido

oficial de baloncesto, contento por la aplastante victoria, pero extenuado y un poco entristecido por el trato que el árbitro había dado a los de su equipo. Natalie le había acompañado y no solo para animarle: gritó y estuvo a punto de enzarzarse en una discusión con el árbitro, cuando un compañero del equipo se precipitó al suelo por culpa del contrincante, y nadie se molestó en destacar una falta. Natalie animó al pequeño James —Jamie para los amigos y familiares— mientras iban a los aparcamientos, resguardándose de la lluvia bajo un mismo paraguas. Le mostró cada una de las fotografías que había tomado y montaron en el coche de Jacob, quien se había ofrecido a recogerles a causa de la tormenta. Ojalá nunca hubieran tomado esa

decisión.

			Las carreteras estaban resbaladizas; la visibilidad era nula por culpa de la niebla. Jacob quiso detenerse en el arcén y esperar a que amainara la lluvia, pero la constante insistencia de James (quería llegar a casa cuanto antes) dio lugar a que Jacob presionara de nuevo el acelerador. La oscuridad influyó más de lo previsto, el accidente fue inevitable. El coche abandonó la carretera en cuestión de segundos, precipitándose por la ladera hasta hundirse en uno de los entrantes del mar. El vehículo quedó sumergido en el agua y Natalie estuvo consciente durante los minutos que tardó en inundarse por dentro. Lo primero que vio, al despertar, fueron los servicios de emergencias. Se encontraba en una camilla mientras los médicos le inyectaban adrenalina para impedir un shock hipovolémico. Fue operada a las pocas horas de ser ingresada: aparentemente, se había golpeado la cabeza en la caída, por lo que se había destrozado el tímpano del oído izquierdo. Jacob se fragmentó dos costillas, se dislocó un hombro y padeció fuertes contusiones en la cabeza. Sin embargo, James no fue lo suficientemente resistente para soportar los largos minutos que permaneció bajo las gélidas aguas. Falleció tan pronto como el líquido inundó sus pulmones.

			—Me encantaría compartir tu punto de vista —contestó tras aclararse la garganta—, y no quiero seguir tratando este tema. Mamá se recuperará con el paso del tiempo. —Apretó la mandíbula por una nueva punzada en el oído—. Aún tiene tres preciosos hijos a los que cuidar, entre los cuales me incluyo. Dando por concluido este pequeño viaje al mundo de los recuerdos, necesito que me pongas al día con las últimas novedades de la empresa.

			—Tómate el día libre. Trabajas demasiado.

			—¿Qué otra cosa puedo hacer? He cumplido con mi obligación de terminar mi carrera universitaria. Me gradué en una doble licenciatura con apenas veinte años; cuento con un empleo muy bien remunerado y dispongo de varias horas diarias en las que no hago nada. Mi cuerpo me pide adrenalina, distracción, peligro. Algo que sobresalga de lo cotidiano.

			—Si tu abuelo estuviera vivo, encontrarías todo lo que estás pidiendo.

			Jacob no se molestó en disimular la tristeza que la pérdida de su padre le provocaba.

			El día que recibió la noticia de su suicidio, hace ya dieciséis años, supuso un profundo cambio en la relación con su hermano. Jacob se presentó en la prisión antes de telefonear a Dimitri, creyendo que Bartholomew había escapado y que su fallecimiento era una farsa. Cuando halló el cadáver tendido sobre una mesa metálica, cubierto con una sábana hasta las clavículas, y apreció la delgada línea rojiza que destacaba en su garganta, Jacob pensó que se desmayaría. Pidió a uno de los policías que se pusiera en contacto con Dimitri; no se apartó del cadáver hasta que escuchó el estridente tono de voz de su hermano por el pasillo. Jacob intentó mantenerse tan tranquilo como la situación le permitía, hablándole, gesticulando con las manos para que Dimitri no se abalanzara sobre la mesa. Al contrario de lo que había imaginado, él no derramó ni una lágrima de pena. Contempló a su padre, y lo hizo con un evidente alivio en el rostro; como si su pesadilla hubiera terminado.

			—¿Cómo puedes alegrarte de esto? —le acusó Jacob, pasmado.

			—¿Cómo puedes tú apenarte de un monstruo como él?

—contraatacó.

			—¡Era nuestro padre! Tenemos… tenemos que ocuparnos de… —El aire le faltaba, su respiración parecía extinguirse por segundos—. Siempre he respetado tu opinión hacia él. Comprendo que vuestra relación no haya sido bonita, Bart causó muchos problemas dentro de tu vida y también en la de tu esposa —habló con cuidado, puesto que Dimitri estaba preparándose para propinarle un puñetazo—. Pero ha muerto. Como tu hermano, te pido, por favor, que olvides durante unas horas lo que hizo y que me ayudes a preparar un…

			—No —le interrumpió—. Enterré a una madre por su culpa. Ojalá se pudra allí donde esté —masculló y abandonó la estancia con pasos airados; olvidándose de Jacob.

			Desde aquel instante, Dimitri y Jacob cesaron sus conversaciones; evitaban coincidir, ya fuera en un ascensor de la sede o en la propia calle. No fue hasta pasados unos meses, el mismo día en el que Alexia anunció que estaba embarazada, cuando los hermanos Ivanov volvieron a reunirse y decidieron no discutir por un fantasma del pasado. Unos nudillos golpearon la puerta del despacho, provocando que ambos dieran un respingo. Natalie miró por encima de su hombro con cuidado (no quería agravar los mareos) y se encontró al secretario de su padre asomando la cabeza por la puerta entreabierta, mirándola.

			—Se-señorita Ivanova —la llamó con nerviosismo al mismo tiempo que intentaba hacer malabares con varias carpetas—. S-su padre ha llegado a su despacho, y e-está preguntando por usted. ¿Le comunico que está ocupada? —ofreció con temor.

			—No, iré a verle. Muchas gracias por avisar.

			Jacob hizo un gesto con la mano, en señal de despedida. Él permanecería ocupado tras la pantalla del ordenador, cuadrando las últimas cuentas, concretamente las derivadas de Australia, donde estableció su residencia años atrás. De vez en cuando viajaba a Houston para visitar a su familia, aunque le hubiera gustado disfrutar de la compañía de su esposa, quien continuaba al otro lado del océano. Alexia Carter-Ivanova había ignorado los consejos médicos, pretendiendo que no existían, y decidió quedarse embarazada una vez más… a sus cuarenta y dos años. Había sido un embarazo complicado, repleto de visitas al centro médico y de pruebas semanales. Por fortuna, Alexia le dio la bienvenida a un niño fuerte, saludable y que en la actualidad tiene dos meses de vida. Jacob no quería dejarla a solas, a cargo de un recién nacido, pero Alexia insistió a que acudiera a la llamada de Dimitri.

			Natalie se acomodó la falda del vestido y siguió los pasos del chico, que evitaba mirarla a los ojos. Finalmente, pudo ayudarle con las carpetas, comprobando que estaban repletas de antiguos discos duros, inservibles. Al parecer, habían emprendido la tan esperada limpieza de documentación informática e iban a destruir lo que la empresa no necesitaba.

			—Gracias, se-señorita Ivanova. No tenía por qué ayudarme. —Se sonrojó.

			—No me lo agradezcas, Archie. —Le guiñó un ojo.

			Penetró al interior del amplio despacho de su padre, distinguiendo su figura de espalda a ella. Miraba a través del inmenso ventanal, con las manos introducidas en los bolsillos y los hombros rectos y erguidos. Portaba un traje negro, indicativo de que había atendido alguna celebración especial y su cabello con motas blanquecinas contrastaba con la pared y muebles oscuros. El ruido de sus tacones se acentuó al entrar en contacto con la madera más lacia y su padre la contempló por encima del hombro; permitiendo que Natalie viera a contraluz las arrugas que predominaban en su cara. Dimitri Ivanov sobrepasaba los cincuenta años, pero le sentaban tan bien que muchos hombres envidaban su físico.

			—No preguntaré qué has estado haciendo esta mañana

—amenazó Natalie, cruzándose de brazos. Se aproximó al único sillón colorido de la estancia, de un rojo intenso, y apoyó sus caderas en el respaldo, fulminándole con la vista—. Te advertí que es peligroso involucrarte de esta manera. Harold Bowman es una figura muy imponente e importante.

			—Yo también lo soy.

			—Ese es el problema, papá. Por desgracia, eres demasiado relevante para la población, pero lo eres todavía más para tu familia. —Dimitri restó tensión a sus hombros y esbozó una sonrisa para su niña. La vio tomar asiento y entrelazar sus bronceadas manos encima de su falda—. ¿Cómo ha sido la recepción del nuevo presidente? Aunque no hayas salido en televisión, apuesto a que sí has acaparado todos los otros medios de comunicación.

			—Por supuesto que lo ha hecho —intervino un tercer integrante femenino.

			Catherine acarició el hombro de Natalie antes de colocar sus pertenencias en el escritorio, dirigiéndose hacia el hombre que había perdido la compostura rígida, y que también mostraba una sonrisa que solo podía dedicar a su esposa. La besó en los labios, siendo corto y casto, pero bastó para incomodar a Natalie. No estaba acostumbrada a las muestras de cariño, mucho menos en público. «Qué extraña y repulsiva eres», se acusó ella misma.

			—Todavía no han acabado las ruedas de prensa. Te interesará ver esto, cielo. —Catherine encendió la televisión de plasma emplazada en la pared de la izquierda, o eso intentó. No comprendía los nuevos mecanismos, los botones táctiles que dificultan la simple tarea de encender una pantalla. Dimitri terminó por ayudarle, explicándole por cuarta vez que, si pulsaba dos botones al mismo tiempo, la tablet no reaccionaría—. Fanfarrón.

			La pantalla pasó de tonalidades oscuras a una imagen tan nítida y clara que, de existir la magia, podría haber sentido el viento ondeándole el cabello. Descansó los codos sobre las rodillas y apoyó la barbilla en los nudillos, inclinándose hacia la televisión. Periodistas y cámaras de televisión discutían entre sí para ocupar la principal fila de asientos, es decir, la que estaba más próxima al estrado de madera. Por el momento, nadie ocupaba el podio central. Sin embargo, el rostro de Natalie se descompuso cuando reconoció al muchacho que ascendía las escaleras traseras. Llevaba puesto un atuendo bastante informal, aunque a él parecía no importarle desentonar con el resto de los invitados. Su cabello pelirrojo y la coleta en la que intentaba domarlo atrajeron la atención de las cámaras fotográficas.

			Humedeció sus labios rosados y se acercó al pedestal de

madera, centrando la vista en la cámara, como si estuviera

contemplando a Natalie a través de la delgada pantalla.

			—Je suis orgueilleux de reconnaître mon père comme le Président des États-Unis, Je suis sûr… —pronunció William en francés. Rápidamente, cayó en la cuenta de que estaba en suelo americano, que la mayoría de los habitantes no entenderían el idioma,

y se apresuró a sonreír con atrevimiento y simpatía—. Lo siento. Mi prolongada estancia en Francia me ha trastocado el lenguaje, aunque todos habréis supuesto que estaba felicitando al señor presidente. —Le restó importancia y el ambiente se tranquilizó por su actitud.

			Allí se encontraba el hombre al que probablemente tendría que cuidar, vigilar o proteger, durante el tiempo que la amenaza tardaría en ser neutralizada. Pensó en Leopold, en la reunión que mantendrían esa noche, y su rostro palideció al adivinar de qué discutirían. Sin darse cuenta, Natalie se había sumido en sus reflexiones; y Catherine interpretó aquel repentino silencio como interés por el muchacho de la televisión, por William Bowman.

			—A mí también me resulta atractivo —comentó ella con indiferencia.

			—¿Qué? Yo veo que tiene los ojos demasiado juntos. —Dimitri se acercó a la pantalla, achicando los ojos como si de esa manera pudiera corroborar su acusación. Tanto Catherine como Natalie emitieron un resoplido que no pasó desapercibido—. Natalie no tiene por qué sentirse atraída por un chico como este, ¿cierto? Un momento, ¿os conocéis? ¿Estuvo presente en la fiesta de Harold? —preguntó, analizando a su hija con detenimiento.

			—Deja de tratarla como si tuviera doce años —le reprochó Catherine.

			—Tiene veintitrés —masculló él.

			Natalie se puso en pie y aclaró su garganta, terminando

lo que habría sido una estúpida discusión. Dimitri tenía un serio problema con sus hijos: no aceptaba que crecieran, como el

resto de los seres humanos. Cuando miraba a Natalie de reojo, no solo sentía orgullo y aprecio por la persona en que se había convertido, sino también añoranza y tristeza. Recordó los primeros pasos de Natalie, las ocasiones en las que le llamaba cuando apenas tenía un año y pocos meses de vida. Pensó en Peter, el chico adolescente que estaba a punto de ser adulto. Se obligó a detener sus pensamientos cuando alcanzó a los mellizos, pensó solo en Geraldine, la cuarta y última integrante de su familia; la niña a la que tanto quería.

			—No conozco a William personalmente, pero algo me dice que lo haré en breves. Has de tener en cuenta los estrechos lazos que nuestra empresa mantiene con el presidente, no sería de extrañar que nos invitara a la cena de bienvenida —articuló con esa educación y elegancia que le caracterizaba—. Y, papá, si me consideras lo suficientemente mayor para vivir en mi propio apartamento y para trabajar, entonces también deberías pensar que soy madura y adulta para tomar decisiones referentes al corazón. —Arqueó una ceja.

			—William parece uno de esos chicos, y le arrancaré los testículos si te pone una mano encima —declaró abiertamente, sentándose en su escritorio y volcando un tarro de tinta.

			—Por el amor de Dios, no seas tan melodramático. Todo lo que sabemos sobre William son buenas noticias. Además, sé que nunca hubieras participado en la campaña, si el hijo de Harold fuera un delincuente. No me he olvidado de las historias que me contaste sobre tu juventud y sobre mamá. No tengo intención de repetir vuestra dulce historia de amor.

			Dicho esto, recogió su bolso y se despidió de sus padres. Estrechó el cuerpo de Catherine con brío, agachándose para quedar a la misma altura y besó la mejilla de su padre, al mismo tiempo en el que le susurraba que estuviera tranquilo. Salió del despacho y, en vez de dirigirse a los aparcamientos, le preguntó a Archie si la necesitarían para una reunión. El secretario le entregó un fax

que acababa de llegarle, pero, además de eso, la joven tenía libertad para regresar a su hogar. Tan pronto como estuvo en el interior de su coche, sola, encendió su teléfono móvil y con un nudo en el estómago, abrió los mensajes:





			«William Bowman está en televisión»

			LS





			Acompañado de ese pequeño texto, había una fotografía adjunta que lo demostraba.





			«La reunión se ha adelantado a las diez. Es urgente»

			LS





			Y los trece mensajes restantes decidió eliminarlos, sin leer su contenido.

			Ocultó su rostro con ambas manos y echó la cabeza hacia atrás. William había vuelto en el momento menos oportuno, incrementando las alarmas. La bandeja de entrada de su correo estaba plagada de imágenes del evento, entre ellas, destacaban las de William. No se molestó en ampliarlas para estudiarle más de cerca; ni siquiera contestó a los mensajes de Leopold. Natalie estaba asustada. Nunca había sido la víctima directa de ningún ataque que hiciera peligrar su vida; siempre había presenciado los daños desde fuera. Se pellizcó el puente de la nariz y agarró el volante con las dos manos, consciente de que todavía no había arrancado el motor. Las palabras que había pronunciado en el despacho de Jacob regresaron a su mente en forma de eco,

recordándole que pronto tendría todo lo que pedía: acción,

adrenalina y mucho, mucho peligro.





			Problema





4





			La reunión celebrada no le aportó ninguna novedad sobre su futuro. Habían tratado el principal problema —cómo proporcionar protección a los afectados—, pero, básicamente, continuaba la incertidumbre de qué hacer con ella. Sería de tontos tomar una decisión sin cerciorarse; sin tener la certeza de que los enemigos de Harold acudirían a ella en vez de a su padre. Guardó el coche en el garaje, emitiendo un profundo bostezo, y echó un vistazo a su reloj de pulsera: eran las dos de la madrugada pasadas. La noche anterior apenas fue capaz de conciliar el sueño, por lo que sus ojeras habían aumentado considerablemente.

			No veía la hora de tumbarse en su amplia cama y envolverse en las sábanas.

			Arrastró los pies descalzos por las escaleras, cargando los tacones en una mano y dos maletines en la otra. Los vecinos de la urbanización estarían más que dormidos, esperaba que la puerta del garaje no les hubiera importunado. Buscó las llaves en el bolso, apoyándose en el marco de la puerta para sostenerse. Nunca había estado tan exhausta. Mientras rebuscaba entre los folios, la cartera y varios caramelos, pensó en Daisy y en las decenas de noticias que tendría que darle cuando se vieran en persona. Le mostraría una fotografía de William, probablemente lo añadiría a su lista de «hombres con potencial para mi (no tan) futuro marido». Consiguió adentrarse en el apartamento tras varios intentos de introducir la llave. Palpó la pared desnuda hasta alcanzar el interruptor y cerró los ojos en cuanto se prendió la luz.

El contraste entre la oscuridad del exterior y la luminosidad de la lámpara dañó levemente su retina, dando lugar a que derramase algunas lágrimas.

			Arrojó los tacones a un lado del corredor y comenzó a desnudarse. Las prendas cayeron una a una mientras realizaba el camino hacia el cuarto de baño, pulsando los botones que activaban el agua cálida y las sales de baño. Recogió su cabello en una coleta alta (prefería lavárselo por la mañana, de lo contrario tardaría más de media hora en desenredarlo, alisarlo y

secarlo) y se introdujo en la bañera de mármol blanco. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás; disfrutando de la sensación que el agua templada le transmitía. Recapacitó sobre los hechos acontecidos durante ese día, desde que arribó a la industria hasta que acabó sentada en torno a la mesa central de su sede, prestando atención a las palabras que su jefe había dejado escritas en varios documentos. Se frotó los brazos y las piernas con las pastillas de jabón, creando burbujas, y una vez que se consideró lo suficientemente aseada como para enrollarse en la toalla, decidió cortar la fuente de agua. Abandonó la bañera, y en cuestión de quince minutos Natalie se encaminaba hacia su dormitorio.

			Ya dispondría de tiempo para ordenar la casa por la mañana.

			Se enfundó en un vestido de seda que empleaba para dormir y apartó las sábanas, tumbándose en el colchón. Natalie cayó en los brazos de Morfeo en segundos, vaciando cada rincón de su mente para llenarla de coloridos sueños. El reloj de la cocina marcó las cuatro y media de la mañana cuando un sonido alcanzó la habitación. La joven parpadeó poco a poco, con pesadez y cansancio, incapaz de comprender de dónde provenía el estruendo.

			Quizá algún vecino había madrugado para ir a trabajar. Las calles, al ser tan solitarias, generaban un eco capaz de recorrer toda la manzana. Un mísero ruido sonaría como si un terremoto se estuviera aproximando desde el otro extremo de la calle.

Intentó conciliar el sueño de nuevo, sin embargo, unas pisadas en la planta inferior dieron lugar a que abriera los ojos de manera desmesurada y tomara asiento en el borde de la cama; forzándose a… a espabilarse, a prestar atención a lo que se estaba produciendo en el interior de casa.

			—Despejada —comentó alguien.

			—Está en la planta superior. Repito: está en la planta superior —anunció otro.

			El corazón de Natalie comenzó a palpitar frenéticamente, de un modo similar al galope de distintos caballos. Un

grupo de personas había logrado burlar la seguridad sin que la alarma diera el aviso. No pudo mover ni un mísero músculo, tratando de asimilar los hechos. Entonces, veloz como un rayo, se incorporó (sin realizar el menor ruido) y desplazó las almohadas, introduciéndolas dentro de las sábanas. Simuló que continuaba en su espléndido sueño, y aunque no fuera el mejor truco, le proporcionaría algo de tiempo. Caminó en puntillas al armario, extrayendo unos pantalones y una camiseta reforzada. Se deshizo del vestido de seda y se colocó las prendas en menos de veinticinco segundos, calzándose unas botas de estilo militar. En caso de necesitar correr o saltar vallas, precisaría de una ropa cómoda.

			Palpó la mesilla en un intento fallido de localizar su teléfono; masculló en voz baja al recordar que había colocado los maletines en el sillón de la entrada. No podía abandonar el dormitorio, ya que los individuos estarían registrando cada estancia, desde el salón y la cocina hasta los dormitorios. La presión en su pecho incrementó, provocada por la sensación de quedarse sin aire.

Y no era ansiedad. Miró hacia las rendijas del techo, posteriormente a la ventana y finalmente a la puerta: por la parte inferior penetraba un… un humillo blanco, un gas idéntico al que

usaban en la asociación para adormecer.

			—Procedo a adentrarme en el dormitorio del este. —La voz del desconocido resonó más próxima en esta ocasión, concretamente al otro lado de la puerta cerrada. Natalie extendió una mano para atrapar el jersey más grueso que tenía, y se deslizó por debajo de la cama, utilizándolo como una mascarilla improvisada. Por si un caso, también respiró más lento.

			La puerta de la habitación comenzó a abrirse, emitiendo un tenue chirrido. Una luz de linterna penetró en el interior, acompañada de unos pies enfundados en unas botas marrones y una indumentaria azulada. Natalie no podía asomarse demasiado, no pudo ver más allá de los tobillos. Se desplazó lentamente hacia la pata izquierda de la cama, consciente de que tendría que echar a correr hacia la puerta. Tanto ella como el hombre se detuvieron al mismo tiempo y durante una fracción de segundo temió haber sido descubierta. No fue así. Reconoció el sonido de una pistola al quitar el seguro, y sin ni siquiera comprobar el bulto que sobresalía en la cama, disparó. Realizó la acción varias veces, asegurándose de que dicha persona no se volviera a levantar. Natalie apreció que las plumas de las almohadas caían en todas direcciones, posándose a unos centímetros de ella. Quienes fueran, no tenían dudas en cuanto a su misión; una que asustó e incentivó a Natalie a partes iguales.

			—¿Qué leches? —formuló el hombre, estupefacto.

			La joven aprovechó la distracción para aparecer de su escondite y contraatacar.

			De nada le hubiera servido partir al exterior, con ambos pisándole los talones. No sabía si disponían de refuerzos frente a la casa o si actuaban por cuenta propia. Tenía el deber de reducirlos, dejarlos inconscientes, como mucho. Nunca le había quitado la vida a otra persona y no planeaba comenzar ahora. Empleando los trucos aprendidos en los entrenamientos (cada miembro estaba obligado a pasar controles anuales, para comprobar si eran capaces de defenderse por sí mismos), le propinó una patada en el gemelo; agarrándolo a la vez por el cuello. Inmediatamente, el hombre se inclinó hacia delante, arrojando a Natalie por encima de su cabeza. Pero ella estaba preparada para esa respuesta, así que logró retorcerle el brazo y arrebatarle la pistola, tirándole al suelo de rodillas. No perdió tiempo: Natalie aplastó el cañón del arma en su frente, obligándole a soltar una navaja.

			—Haz cualquier movimiento y saldrás de aquí en una bolsa de plástico —le amenazó.

			—Chica lista —respondió con la respiración agitada.

			—¿Quién ha dado la orden de eliminarme? —preguntó, poniéndose en cuclillas—. Sé que no estáis aquí para hacerme una visita de cortesía. ¿Os manda el célebre enemigo del señor Bowman? ¿Quiere causarle daño a mi familia a través de mí, para que le retiren su apoyo? —inquirió, echando un rápido vistazo a la puerta entreabierta. Aún quedaba otro, escondido en alguna parte del apartamento—. Respóndeme, imbécil —insistió.

			—La señorita Ivanova no es tan indefensa como se muestra en público…

			—¿Sorprendido de que una mujer te haya reducido?

			—No. Me asombra que te hayan escogido como víctima, teniendo en cuenta la manera en la que podrían potenc… —La palabra quedó en el aire. Natalie le propinó un puñetazo, directamente en la nariz—. De acuerdo, de acuerdo. No eres de las que hablan mucho, te gusta la acción. —Arrugó la nariz al percatarse de que empezaba a sangrar—. Los Bowman no son nuestro objetivo. Trabajamos para alguien que posee un odio especial hacia aquellos hijos de puta que conoces como familia —escupió, y la sangre atravesó la máscara.

			Natalie perdió la firmeza con la que sostenía la pistola, pero no mostró signos de ello.

			Hizo girar el arma en su mano y le atizó un fuerte golpe

con la empuñadura, tirándolo al suelo. Saltó su cuerpo para alcanzar las cortinas y arrancó los gruesos cordeles de plata que adornaban la tela, dándoles un mejor uso. Primero le ató los tobillos, posteriormente las muñecas, y unió ambos nudos con un tercer lazo, complicando su escape. Le sostuvo por debajo de las axilas y lo desplazó hasta el armario, distanciándole de las salidas.

			Llevándose el arma consigo —prefería infligir heridas antes que padecerlas—, estudió el pasillo y salió de la habitación. El gas simplemente se había disipado, aun así, estuvo pendiente de las rendijas del aire acondicionado. Puso un pie en el primer escalón, agachándose para examinar la planta inferior a través de los barrotes. Natalie contuvo la respiración.

			—Sé que estás por aquí —escuchó al segundo hombre hablándole desde la cocina—, podemos charlar si lo deseas. Ambos sabemos que la única salida está fuera de tu alcance, lo que nos deja a solas durante mucho tiempo —insinuó, desplazándose en silencio.

			Ella no respondió. El sonido de su voz había delatado su paradero: debía estar junto al frigorífico, el extremo más alejado de la cocina. Procedió a descender las escaleras de dos en dos, manteniendo la espalda aplastada en la pared. Comprobó el número de balas que había en el cargador, preocupándose al contar solo cuatro. Él no dudaría en dispararle, ya que no existía un mejor mensaje que dejar un cadáver. Natalie se apresuró a ocultarse tras el sillón de tres plazas, hundiéndose para que su cabello no pudiera ser visto desde arriba.

			—Personalmente, no tengo nada en tu contra —prosiguió. Percibió que se desplazaba a la mesa que separaba la cocina del salón, y que le propinaba una patada a una silla. Ella buscó desesperadamente los maletines, no lograba localizarlos—. Pero, ¿quién en su sano juicio rechazaría la cantidad de dinero que me han ofrecido por ti? —Hablaba como si no hubiera posibilidad de escape, lo cual inquietó a Natalie—. Vamos, bonita. Somos dos en contra tuyo. Cuanto antes aparezcas, antes terminará todo. Prometo que seré rápido.

			—Y un cuerno —masculló entre dientes, ocultándose tras uno de los pilares.

			—¿Sabías que ser un Ivanov equivale a tener una maldición? Desde hace décadas, los miembros de tu familia se han visto amenazados continuamente por enemigos que desean ver vuestro legado en llamas. He de admitir que Dimitri Ivanov ha cambiado bastante este panorama; que no posee la crueldad de su antecesor. Pero los daños que tu difunto abuelo hizo en vida continúan doliendo, como si la herida estuviera abierta y en carne viva. —El hombre dejó de caminar. Había visto a Natalie asomarse levemente—. Te pido disculpas. Como de costumbre, son los hijos quienes deben lidiar con las consecuencias —sentenció.

			Natalie se preparó para atacarle, abandonando el pilar con la pistola en alto.

			No obstante, cuando apuntó hacia el sitio donde él debería encontrarse, lo halló vacío. En un abrir y cerrar de ojos alguien la aferró del cabello, y tal fue la impresión que Natalie apenas gritó cuando su cabeza impactó en el muro. El hombre extrajo de su cinturón unas pequeñas dagas que sujetó en una mano, haciéndolas girar entre sus dedos. Natalie, aturdida por el repentino golpe, no pudo hacer más que arrastrarse por el suelo, sin apartar la vista de él. Tenía el rostro oculto bajo un pasamontañas, pero analizó su altura y peso. Si conseguía sobrevivir, aquellos datos podrían ser de utilidad para sus compañeros. Intentó levantarse, pero el atacante poseía zancadas más amplias, y no tardó en alcanzarla.

			La hizo tumbarse bocabajo, tomando él asiento sobre su trasero; aplastándola. Volvió a tirar de su cabello hacia atrás, obligándola a mantener el mentón estirado. Natalie quiso defenderse, golpearle de cualquier forma. Notó la punta del cuchillo rasgar la camiseta y, acto seguido, se percató de las manos rugosas y ásperas acariciándole la espalda desnuda.

			—Es una lástima que semejante belleza vaya a ser desperdiciada —comentó.

			—Quítame… las… manos… de… encima.

			—Hay muchos rumores que rondan en torno a su figura que me gustaría verificar.

			Natalie no permitiría bajo ningún concepto que se aprovechara de ella. No solo estaba allí para cometer un asesinato, sino también para manosearla y violarla. Estiró los brazos tanto como pudo, procurando no prestar atención al desagradable sonido que él realizaba mientras se desabrochaba los pantalones. Continuó retorciéndose en el suelo, con la vista puesta en el cubo que contenía los atizadores de hierro que usaba en la chimenea.

			—¿Es cierto que eres virgen? No hay nada que me dé más satisfacción que una mujer con estas características, extremadamente inusuales hoy en día. Un estudio confirmó que el cuarenta y ocho por ciento de las jóvenes quedan embarazadas antes de los dieciséis… Hay padres que no enseñan a sus hijas a comportarse. —Forcejeó con sus pantalones.

			La desesperación empezó a dominarla, nublándole el pensamiento. Rozaba el cubo con la yema de los dedos, no tenía más que empujarlo hacia ella y sostener un atizador. Ante sus ojos cruzaron cientos de imágenes, recordándole que su vida podría acabarse en meros minutos. El metal generó un estruendo cuando volcó el objeto en su dirección, un atizador rodó hacia la izquierda mientras que, el resto, permanecieron a tan solo unos centímetros.

			—No hagas tantos ruidos. Los vecinos pensarán que ocurre algo —le reprochó.

			—Voy… pienso ma…

			—¿Cómo dices? No puedo escucharte con claridad.

			Los pantalones cedieron por los constantes tirones. Lo único que se interponía entre el deseo de ese monstruo y la desnudez de Natalie era la delgada tela de su ropa interior, la cual no tardó en ser desgarrada por sus brutas manos. Natalie tomó aire e, impulsándose, agarró el atizador y se giró utilizando cada ápice de fuerza, atravesando la garganta de su atacante con el hierro. La sangre salpicó su rostro y pecho medio desnudo, y el cuerpo del hombre cayó sobre el suyo, convulsionando unos segundos hasta perder la vida.

			—Dios mío —susurró al percatarse de cómo la sangre bañaba su barbilla.

			—¡Natalie! —gritó una voz familiar desde el garaje.

			Tenía que responder. Debía hacerlo si quería ser encontrada antes de que el otro atacante, el que continuaba atado en su dormitorio, se liberara. Quiso mover las manos para quitárselo de encima, pero el cuerpo pesaba tanto que le aprisionaba los brazos. Además, la cálida y pegajosa sangre que brotaba a borbotones del cuello casi le rozaba los labios; provocándole arcadas. Estrechó los ojos con brío, suplicando que ese tormento acabara.

			Y lo hizo. El peso desapareció, su pecho se alzó cuando tomó una profunda bocanada de aire y, tan pronto como su mirada coincidió con la de Leopold, rompió a llorar. Fue la primera vez que él la vio tan delicada y humana, tan frágil como unos cristales rotos.

			—Natalie… Natalie, no apartes la mirada de mí. Ya no estás sola, ¿de acuerdo? —Sus pasos fueron cautelosos y hablaba en susurros para no alterarla. Leopold vio que tenía la camiseta desgarrada y los pantalones bajados, y su corazón se encogió en un puño al caer en la cuenta de lo que podría haber pasado—. No voy a hacerte daño, solo voy a acercarme para comprobar una cosa. ¿Te parece bien? —le preguntó, intentando mantener la calma.

			Natalie consiguió asentir en una ocasión, dominada por el llanto.

			Se arrodilló frente a ella y la sostuvo por las mejillas, limpiando la sangre con el pulgar. Distrajo su mente con las caricias y deslizó la mano libre hacia sus muslos. No encontró sangre en la zona, señales de que había sido violada. Aunque su ropa estuviera destrozada, Natalie había frenado el ataque a tiempo, salvándose a sí misma de un horrible destino.

			—Maldita sea. Estás bien, estás bien —le repitió, suavizando el tono de voz.

			Se quitó la chaqueta para envolver a Natalie con ella, protegiéndola del frío y de quienes empezaban a registrar el apartamento. Leopold creyó conveniente dejarle espacio, no atosigarla, pero antes de levantar la rodilla para incorporarse Natalie se abrazó a él. Hundió la cabeza en su pecho y anudó los brazos en su cintura, temblando tanto que Leopold empezó a creer que se había equivocado en sus suposiciones. La acunó, acariciándole los mechones dorados (algunos de ellos estaban manchados de sangre), y dio instrucciones al resto de guardias para que peinaran los alrededores y aseguraran el perímetro.

			—Lo he matado —musitó Natalie, con la boca pegada al cuello de Leopold.

			—Lástima que no ha durado más tiempo ahogándose en su propia sangre.

			—He matado a una persona.

			—Dime que no estás culpándote de ello. —Se distanció lentamente y centró la vista en el pequeño corte de su frente, intentando imaginar dónde o cómo se había golpeado. Apenas habían pasado unos minutos y la herida ya mostraba moretones—. Se lo merece, Nat. Él te hubiera hecho cosas peores que la muerte. Has sido una mujer afortunada; no todas tienen la oportunidad de decir que han sobrevivido a un intento de violación. En lugar de culpabilizarte, céntrate en el coraje y la valentía que has mostrado para deshacerte de él.

			Ella intentó hacerse a la idea de que llevaba razón. Realmente quiso creerlo. Pero frenar el llanto y sus pensamientos

era demasiado complicado; y continuaría siéndolo si no se apartaba de Leopold. Pasó las manos por sus pómulos, retirando la humedad y las manchas de sangre. Le dolía la cabeza —especialmente el oído—, por lo que pensó en reemplazar las pastillas que calmaran el ataque de ansiedad por las del tratamiento. Se incorporó ayudada por Leopold, quien la tomó de las manos y la impulsó hasta quedar de pie. Deslizó los brazos por la chaqueta y dejó que fuera él quien ascendiera la cremallera hasta la garganta. Su camiseta era inservible, no llevaba sujetador

y sentía mucho frío.

			—Señor —un hombre uniformado se aproximó a ellos—, hemos localizado a otro en el dormitorio de la señorita Ivanova. Procedemos a su detención y traslado a la sede. ¿Nos ponemos en contacto con el director, o se ocupará usted de las llamadas correspondientes?

			—Lo dejo en tus manos. —El oficial asintió y desapareció por las escaleras. Al instante, Leopold se volvió hacia Natalie—. Te llevaré al hospital en cuanto el desastre se haya… solucionado. Y también avisaré a tu familia —murmuró, angustiado al ver que la primera conversación que mantendría con Dimitri estaría relacionada con un asalto. También debería mentirle, no deseaba arruinar la tapadera de Natalie—. ¿Por qué me miras así?

			—No quiero que avises a mi familia —pidió con voz entrecortada.

			Se acomodó los pantalones, también la chaqueta. Se sentía sucia, manoseada. Como si hubiera estado sumergida en una bañera de fango. Hasta su fragancia le abrumaba.

			—Me encuentro bien. Mi reacción ha sido provocada por el… por el susto. —Se aclaró la garganta y evadió el contacto visual con su compañero—. Alertar a mis padres de esto no solo les provocaría un susto de muerte, sino también otra preocupación más. Mamá no se ha repuesto del accidente, a papá le cuesta dormir porque tiene pesadillas. Imagina qué haría de su día a día si averiguan que alguien intenta matarme. —Se frotó las manos.

			—Estás bromeando. Tienes que estar bromeando.

			—En absoluto. Iré al hospital si de esta manera te sientes más tranquilo, pero primero intentaré quitarme esta… pestilencia que emana de mi cuerpo —comunicó, aferrando los bordillos de la chaqueta con brío—. Di a mis padres que han intentado robar en mi casa, pero que gracias a la alarma de seguridad han huido sin llevarse nada. No comentes nada sobre lo que ha ocurrido en realidad. Agradecería que lo mantuvieras en secreto.

			A Leopold le hubiera encantado darle un puñetazo al muro para desahogar su ira.

			¿Qué le impedía anteponerse a su opinión? Sabía que él llevaba razón; que sus padres querrían estar al tanto de todo lo que ocurría en la vida de su hija. Y que, si han conseguido burlar una alarma y apagar las cámaras de seguridad de un simple apartamento, la persona encargada de orquestar el crimen podría acceder a la casa de los Ivanov con facilidad. Se preguntó si Natalie le detestaría más en el caso de tomarla de la cintura y montarla sobre su hombro directamente al vehículo aparcado en mitad de la calle, para trasladarla a una clínica de guardia. No obstante, en vez de comprobar sus ideas, permaneció con los brazos cruzados, observando a Natalie ascender las escaleras hasta su habitación. Nadie la miró, ni siquiera los agentes que deambulaban de un rincón a otro

recopilando pruebas —como las balas incrustadas en las almohadas— y transportando al otro atacante, inconsciente.

			Tan pronto como la casa quedó vacía, apretó el puente de su nariz y suspiró.

			No iba a abandonar a Natalie después del ataque. Aunque eso supusiera pasar la noche con ella —lo cual no le desagradaba en lo más mínimo—, le mandó un mensaje de texto a su superior, informándole brevemente de los sucesos. Recorrió las estancias una última vez, cerciorándose de que ninguno de ellos había colocado cámaras o micrófonos, y bajó hasta el garaje, donde Natalie guardaba algunos productos de limpieza. Extrajo del armario el cubo de la fregona y lejía, dispuesto a deshacerse de las manchas de sangre. Habían retirado el cadáver, pero los charcos pegajosos continuaban diseminados por el salón. Y, consciente de que Natalie podría padecer otro ataque de ansiedad si veía ese desastre, se apresuró a esparcir varios cubos de agua y lejía por el suelo. De vez en cuando miraba a través del ventanal de la izquierda, viendo cómo introducían la bolsa de plástico negra con el cadáver en su interior dentro de un vehículo, y que aseguraban al detenido con las esposas dobles. Recorrió los alrededores de la calle, sumidos en la oscuridad de la noche, y rezó para que ningún vecino con problemas de insomnio hubiera presenciado el incidente.

			Una vez que consideró el salón ordenado, colocó los productos en el garaje y ascendió las escaleras de dos en dos, apagando las luces con un mando a distancia. Sus compañeros habían retirado las sábanas de la cama, así como las almohadas, adecentándola. Escuchó el sonido del agua discurrir en el cuarto de baño, por lo que supuso que Natalie estaba en la ducha, o en la bañera. Se aproximó a la puerta cerrada y la golpeó varias veces.

			—¿Natalie? —la llamó, prestando atención a los sonidos.

			—Estoy terminando —contestó.

			No necesitó verla para confirmar que Natalie estaba enfadada.

			—¿Segura de que no quieres acudir al hospital? Te has dado un golpe en la cabeza. Y, después del accidente de coche, lo mejor sería asegurarse de que tus problemas no se han alterado

—agregó, cruzándose de brazos una vez más—. Además, me he dado cuenta de lo rápido que has cambiado de actitud. Parecía que ibas a inundar la casa a lágrimas y, de repente, te has levantado como la mujer impetuosa a la que tanto… aprecio.

			—Ya te lo he dicho: me he asustado.

			—Y no te culpo por ello. Resultaría bastante extraño no estarlo. —Guardó silencio, con un nerviosismo impropio de él—. Me es un alivio saber que no… que no te ha hecho nada más. Si quieres hablar de ello, sabes que puedes contar conmigo —le ofreció, pensativo.

			Natalie no respondió, lo que le hizo arrepentirse de sus palabras.

			La puerta emitió un clic que le hizo saber que había retirado el seguro, y se apartó para que ella (envuelta en una bata de pelo y con el cabello oculto por una toalla) pudiera entrar al dormitorio. Recorrió la piel desnuda de su cuello y clavículas, también su rostro. Solo tras comprobar que no quedaba rastro de sangre, decidió mirarla a sus ojos azulados.

			—No hay nada de lo que hablar. Soy rápida asimilando los hechos: he asesinado a una persona porque tenía que elegir entre su vida o la mía, y no tengo intención de torturarme con ello. Tardaré en olvidarlo, puede que ni siquiera sea capaz de hacerlo. Pero tampoco permitiré que mi propia mente lo convierta en mi pesadilla. —Pasó por su lado, se acercó al armario y extrajo prendas limpias—. Solo me apetece dormir, descansar. Solo…

			—Me quedaré haciendo guardia.

			—Leopold…

			—Dejarte sola no es una opción. Escúchame —hizo una pequeña pausa, colocando las manos en sus caderas—, di lo que te venga en gana. Patalea en el suelo, como si fueras la niña mimada que tiene otra rabieta. Me da igual. Sé que, por mucha frialdad que muestres, especialmente hacia mí, escondes una personalidad medianamente humana y emocional, una que necesita sentirse segura o acompañada. Si te quedas sola el resto de la noche, no descansarás. No te estoy pidiendo que cambies tu comportamiento: si así te sientes feliz, entonces, también lo soy yo. Pero, por favor, no me prohíbas ayudarte —suplicó.

			Natalie dejó caer los brazos a ambos lados de su costado, admirándole.

			No estaba acostumbrada a que las personas le hablasen con tanta franqueza. Ni siquiera toleraba que su padre —quien parecía tener un don para leerle el pensamiento— le impusiera su opinión. Si había edificado ese muro a su alrededor era para

evitar el dolor, desconociendo que también expulsaba indirectamente el amor. Ambos sentimientos estaban tomados de la mano, uno no podía existir sin el otro. Se percató de que el orgullo que ella desprendía estaba hiriendo a su compañero, al que tantas veces había alejado por pánico, por desprecio; por una lista de motivos que no le agradaban. Una punzada de culpabilidad sustituyó al miedo, recordando las decenas de ocasiones en las que le había apartado.

			—Lo siento —se disculpó—. En ocasiones no mido mis palabras.

			—No es momento para disculpas. Centrémonos en…

			—Gracias por cuidar de mí, Leopold —le interrumpió, acercándose a él.

			Le dio un pequeño beso en la mejilla, acariciándole distraídamente el rostro.

			Él asintió en respuesta, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Le dio privacidad para que cambiara la bata por algo más cómodo, esperando en el exterior de la estancia… y sonrió. Mientras él estuviera a cargo de Natalie, nadie le pondría un dedo encima.

			Para llegar hasta ella, primero tendrían que pasar por encima de su cadáver.





			Problema





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			¿Alguna vez has experimentado esa extraña sensación de estar dormido, pero sabes al mismo tiempo que no lo estás? Es como si te sintieras atrapado en de tu propia mente, en un mundo cuyas reglas no coinciden con la realidad. Cuando me tumbé sobre mi cama y escuché a Leopold informándome de que pasaría la noche en el sofá de la primera planta, creí que mis miedos se disiparían y que podría dormir medianamente bien. De verdad me creí esa patraña, porque lo último que estoy haciendo ahora mismo es descansar. Aunque me haya enfundado en un pijama limpio, bastante cómodo y que desprende una fragancia agradable, siento que mi piel continúa sucia. Y, por desgracia, no hay una cremallera a la altura de mi nuca que me permitirá reemplazarla por otra, al igual que me cambio de ropa interior o de camisetas. Durante los primeros minutos mi mente ha estado en blanco, casi en un estado de trance que me separaba del sueño. No obstante, las pesadillas han comenzado y no he podido hacer nada para detenerlas. He soñado que estaba atrapada dentro de una habitación minúscula cuyas paredes estaban hechas de cristal. Podía contemplar a las personas que se situaban al otro lado, ajenas a mi tortura. Veía a esos individuos vestidos de uniforme paseándose con parsimonia mientras leían un libro o un periódico, o mientras conversaban con sus amistades y se reían por los comentarios. No importaba lo fuerte que golpease las paredes de cristal y les suplicara auxilio: ellos parecían estar sordos.

			O quizá solo lo pretendían. Lo peor de la pesadilla no ha sido sentir que no podía huir de donde estaba, sino lo que vino a continuación. Del suelo empezó a emanar agua; litros de líquido gélido que ascendían a una velocidad sobrehumana y que escalaban por mi cuerpo al igual que cientos de hormigas. Mis piernas se entumecieron en cuestión de segundos y mis labios se tornaron morados a la vez que mi voz se volvía temblorosa. Dios mío, creía que iba a ahogarme y que ninguno de los presentes se molestaría en socorrerme. Pero, de manera súbita, un hombre que vestía una camisa de cuadros me apuntó con un dedo y le propinó un leve golpe en el hombro a su compañera, para que me mirara. «Sí», pensé en el sueño. «Van a ayudarme. Detendrán la corriente de agua, me sacarán de este tanque y no tendré que padecer una muerte agonizante». Oh. Pobre ilusa. No estoy segura de qué provocó ese tipo de pesadilla (¿La amenaza fantasma que se cierne sobre mi familia y el presidente? ¿Los fallidos intentos de dos desconocidos por violarme y matarme?), pero me alegra haber despertado antes de que el agua entrara por mi boca y mis orificios nasales, ahogándome. En este momento estoy sentada en la cama, tratando de recuperarme.

			De tranquilizarme, más bien. Noto que me late el corazón de manera desbocada; como si en vez de tener un órgano fuesen unos nudillos que golpean mi pecho desde dentro. Me siento empapada en mi propio sudor, lo cual no ayuda a convencerme de que ha sido una simple pesadilla; un producto de mi retorcida imaginación. Deslizo las manos por mi pelo para retirarlo de mi frente y centro la mirada en la figura que descansa a un metro de mi posición. Al parecer, Leopold se ha cansado de dormir en el sofá y ha decidido echarse a mi lado, en la cama. Por supuesto, ha creído que le propinaría una patada en mi sueño, de lo contrario no me explico por qué ha utilizado algunas de mis almohadas para conformar una especie de barrera entre nuestros cuerpos. Leopold está dormido, aunque creo que no ha conciliado ese sueño pesado que arrastra los dolores.