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Cuéntaselo a Debby

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Debby Parker ha dejado de ser lo que comúnmente se define como una pringada. Tras una infancia asquerosa y una existencia invisible para el resto de los mortales, ahora Debby es una talentosa celebridad neoyorkina que presenta un programa de televisión dedicado a demostrar que las mujeres no son el sexo débil. Y qué mejor manera que ayudándolas a superar sus rupturas sentimentales en su exitoso espacio, que lleva al máximo aquello de “mejor sola que mal acompañada”. Porque Debby no cree en el amor ni en los cuentos de hadas.
Pero todo se tuerce el día que debe librar una batalla por la supervivencia de su programa con la competencia: Scott Riley, un famoso y sexy presentador de televisión alabado por las masas que pretende desbancarla. Debby hará lo que sea por ganar a ese hombre tan arrogante que ha llegado para planterle cara... y arrebatarle lo que es suyo por derecho. Ni siquiera el hecho de que la saque de sus casillas, sea tan atractivo como encantador y sienta una extraña atracción por él van a disuadirla. Porque en la guerra, como en el amor, todo vale, ¿No?

Year:
2016
Language:
spanish
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Cuenta contigo

Year:
2016
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spanish
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Cuentos

Year:
2020
Language:
spanish
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Cuéntaselo a Debby



Chloe Santana





© Por el texto, Chloe Santana



© Por el diseño de portada, Alexia Jorques



Impreso en España / Printed in Spain



1ª edición: mayo de 2016

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de la obra sin la autorización escrita de los titulares del copyright.





¡Atención! Estás a punto de leer una historia irónica, gamberra y políticamente incorrecta. Pude escribirla de otra forma, pero no habría sido tan divertida.

Se la dedico a todas esas personas que tienen humor para reírse de sí mismos. Si tú eres unos de esos; ¡Disfrútala!





A mi abuelo, que ya no está.

Probablemente no habrías leído esta historia, pero sí presumido con orgullo de tener una nieta escritora.

Donde quiera que estés, te quiero.





Sección de sociedad de la revista Actuality.



Una chica llamada Debby Parker

Cuentan las malas lenguas que la celebridad de la MBC arrastra un pasado que ha forjado su temperamental carácter. El fallecimiento de su padre, el acoso escolar sufrido en la infancia y las continuas infidelidades de su primer amor parecen haber construido una nueva Debby que poco tiene que ver con la chiquilla débil de la que todo el mundo se burlaba. (…) ¿Pero qué se esconde tras la inalcanzable rubia? ¿Una buena campaña de marketing? ¿Una mujer implacable capaz de pisar a todo aquel que se interponga en su camino?

Por Holly Turner



1. El sueño americano

A aquella hora de la mañana el gimnasio estaba desierto, a excepción de las dos personas que se lanzaban golpes en el ring central. Tan sólo se escuchaba el sonido de los guantes de boxeo cortando el aire, y la respiración agitada de la mujer que trataba de esquivar los ataques rápidos de su oponente. En posición de guardia, con una pierna adelantada y los brazos flexionados para defenderse, eludió el broche de izquierda de su contrincante y atacó con un directo de derecha. La figura masculina apenas se movió a causa del impacto, pero le lanz; ó una mirada satisfecha. Furiosa consigo misma, la mujer arremetió con una patada circular baja.

─¡Mantén la mente fría! La ira no te servirá de gran ayuda. Piensa los golpes, anticipa mis movimientos... ─le indicó el instructor.

Debby trató de hacerle caso, pero al recibir un gancho amortiguado por su casco, soltó un gruñido y cargó contra él con todas sus fuerzas. Parecía un toro bravo al que le habían colocado un pedazo de tela roja delante de los ojos. Lo cierto es que detestaba perder.

Con un único movimiento, Ted la derribó al suelo.

─En el kick boxing están prohibidos el codo y la rodilla ─le recordó.

Debby aceptó la mano que él le ofrecía para levantarse. En aquel momento, se sentía patética y débil.

─Para ti es fácil decirlo, no te están dando una paliza ─bufó.

Se llevó las manos al costado derecho, que le ardía a causa del puñetazo recibido. Sospechaba que al día siguiente luciría un antiestético moratón. El deporte de contacto ─la actividad física en general─, nunca había sido su principal talento. Tal vez por ello estaba tan empeñada en superarse a sí misma. Quería creer que no existía disciplina en el mundo que se resistiera a Debby Parker.

─Auch ─se quejó.

─Podríamos parar ─sugirió Ted.

Debby lo fulminó con la mirada. En su mente, fantaseó con la idea de propinarle un codazo, pero todo lo que hizo fue atacarlo con una patada circular alta que él frenó sin esfuerzo alguno.

─¿Sabes cuál es tu problema? Que golpeas por encima de tus posibilidades ─la provocó.

─¡Y un cuerno!

Lanzó una ofensiva de múltiples movimientos que el instructor sorteó mientras reía, hiriendo su orgullo.

─Debby... Debby... apuesto a que estás demasiado ocupada pensando en el nuevo color de tu laca de uñas.

Con toda su fuerza, el directo que empleó golpeó la protección de la cabeza de él. Entusiasmada, emitió un sonido parecido a una carcajada mientras se felicitaba a sí misma. El timbre de su teléfono móvil provocó que ella girara la cabeza hacia la mochila situada en el otro extremo del ring, olvidándose por un segundo de su contrincante. Aprovechando su despiste, Ted la abatió de una patada.

Debby despegó el belcro de sus guantes, los arrojó todo lo lejos que pudo y se tumbó boca arriba, jadeando con la lengua fuera.

─¡Me rindo!

─Si sigues así, tendrás una carrera tan corta como la de Hillary Swank en Million dollar baby.

Debby hizo una mueca. Acabar con una silla estrellada en la cabeza no era su idea, aunque tal y como estaban las cosas últimamente...

─Algún día haré que te tragues tus palabras ─bromeó.

─¡Mira cómo tiemblo! ─río Ted. Suspiró al ver que ella se arrastraba hacia su mochila para buscar el teléfono móvil con ansiedad─. Por tu bien, deberías aprender a dejarlo sonar alguna que otra vez. Te tiene esclavizada.

Debby lo ignoró, descolgando la llamada.

─Debby Parker ─saludó, con aquella voz estudiada y formal que empleaba para las cuestiones relacionadas con su trabajo.

─¡Oh, Debby, menos mal que te encuentro! ─la alterada voz de Paolo, su ayudante personal, le retumbó en el cerebro─. Te he llamado varias veces al teléfono de tu apartamento, y te he dejado miles de mensajes en el contestador. ¿Dónde demonios estás? ¡Se supone que deberías estar en la peluquería arreglándote para la entrevista que tienes en dos horas.

Debby se llevó las manos a la cabeza. Había olvidado por completo la entrevista para Actuality. En los últimos días había tenido la agenda tan apretada que apenas pensó en ella. Se suponía que una tenía un ayudante personal para que funcionara como aquella memoria que a veces se empeñaba en olvidar ciertos eventos importantes. Por desgracia, estaba tan absorbida por el trabajo y la preocupación de los últimos índices de audiencia del programa que tenía la cabeza en mil cosas.

─Necesito que me recojas en cinco minutos. Estoy en el gimnasio.

Paolo soltó un alarido.

─¡Sudada y despeinada, lo que faltaba! ─gritó una retahíla de palabrotas que en alguien como él resultaron demasiado cómicas para ser tomadas en serio─. Date una ducha. Traeré conmigo a la peluquera. Tendrá que hacer lo que pueda dentro del coche.

Colgó el teléfono y se echó la mochila al hombro para dirigirse hacia el vestuario.

─¿Un día duro? ─se interesó Ted.

Debby pensó en los malditos índices de audiencia. No importaban los éxitos pasados, sabía de sobra que la victoria en televisión era algo efímero. Hoy eras alguien y al día siguiente aparecías en una revista del tres al cuarto con el rótulo: ¿Qué fue de Debby Parker? ,y varios kilos de más repartidos de forma injusta en su cuerpo. Se estremeció de sólo imaginarlo. Si no hacía algo pronto, alguien llegaría para arrebatarle su querido programa. Intuía que se avecinaba la guerra, por lo que dejarse ver en los medios de comunicación para mostrar su cara más radiante podía ser una buena jugada.

Debby le dedicó su mejor sonrisa.

─Sobreviviré.

***

Se encontraba en un embotellamiento, con los nervios a flor de piel y el presentimiento de que Holly Turner la destrozaría.

Que lo intente, masculló para sí.

Holly era una arpía periodística cuyo pasatiempo favorito era inventar chismes sensacionalistas con los que inflar los titulares. Durante los años que Debby llevaba en pantalla, había despotricado tanto veneno sobre ella que ya estaba curada de espanto. Desde ídolo de lesbianas hasta feminista absurda, había perdido la cuenta de los insultos que le había dedicado la periodista. Estaba acostumbrada a encontrarse en el candelero, siendo al mismo tiempo alabada con fervor y odiada con entusiasmo a partes iguales.

Para Debby había dos clases de hombres, y ninguno de ellos servía en absoluto para nada: los que querían llevársela a la cama, y los que con gusto le hubieran ofrecido una fregona para limpiar sus pisadas. Del mismo modo, existían dos clases de mujeres: las que requerían su ayuda y las que despotricaban de sus métodos.

Era feliz siendo una celebridad, con sus ventajas y desventajas. Con la devoción de unos cuantos y el desprecio de otros. Durante años había sabido lo que era ser ignorada. Invisible. Así que llevaba a la máxima aquella gran verdad: que hablen de ti, aunque sea mal.

Se sentía imparable. Triunfadora. Era un volcán en erupción que arrasaría con todo aquel dispuesto a truncar sus planes. La vida le había enseñado que ser buena y jugar de acuerdo a las reglas no servía para nada. Bueno, a no ser que quisieras ser recordada como una pringada a la que todo el mundo pisoteaba cual chicle pegajoso escupido en la acera.

─Detesto el tráfico de Manhattan ─se quejó.

Paolo le masajeó los hombros para relajarla, mientras recibía los tirones de cabello producto del trabajo de la peluquera. Apretó los ojos, mortificada por el dolor.

Para presumir hay que sufrir.

Trabajando en televisión, aquella era una premisa que había tenido que aprender hacía bastante tiempo. Como si ser mujer y fea fuera incompatible con triunfar frente a la pantalla. Algo absurdo teniendo en cuenta que presentadores masculinos y anodinos se veían todos los días.

─Una lista rápida de los hechos que esa petarda teñida de Holly Turner puede utilizar en tu contra

─decidió Paolo, en un intento por tranquilizarla.

─Demasiados para ser enumerados en veinte minutos.

─¡Sé positiva, piccolina!

Debby sonrió al escuchar el apelativo. Paolo siempre le dedicaba alguna palabra italiana cuando quería animarla.

─Hablará de mamá

─Te ha llamado esta mañana, por cierto.

─Creí que estabas intentando ser útil ─le recriminó.

La expresión de su ayudante intentó sermonearla, pero Debby hizo caso omiso a su indignación.

─Eres la única persona en el mundo que no adora a Linda Parker.

─Será porque no es tu madre.

─¡Linda es fantástica! ─exclamó entusiasmado─. Escritora superventas del New York Times y cuatro veces ganadora del premio RITA. Sus obras han sido traducidas a más de una veintena de idiomas, y forma parte del paseo de la fama de los escritores románticos. ¿Estás bromeando? ¡Es la caña, tía!

─Has buceado por la Wikipedia, por lo que veo ─respondió con sequedad.

Sí, aquella era su madre. Había vivido demasiado tiempo solapada bajo su sombra, convertida en un fantasma. La pequeña e insignificante Debby a la que nadie prestaba atención, con enormes gafas de culo de botella, ortodoncia dental y fea hasta la médula. Gracias a Prada que la pubertad, el ejercicio físico y un buen estilista habían obrado milagros en su patético aspecto.

─¿Has leído su última novela? ¡Candice es la heroína romántica del siglo! ¿Y qué me dices de Marcus? Oh... Dios... mío...

Paolo se abanico con las manos, soltando una risilla. Debby puso los ojos en blanco.

─No la he leído ─mintió.

En la vida admitiría que leía las novelas de su madre.

─¡Pues no sabes lo que te pierdes! ─le agarró las manos para limarle las uñas─. Deberías dejar el boxeo, te está destrozando la manicura─, Debby chilló al sentir un nuevo tirón de pelo─. Las novelas de Linda son maravillosas. Lacrimógenas. Te hacen soñar...

─Literatura rosa ─desdeñó Debby, poniendo cara de asco.

El rostro de Paolo manifestó fastidio, pero decidió ignorar el tema por el momento. Por todos era comentado la diferencia de trabajo de las mujeres Parker. Mientras una se dedicaba a crear maravillosas historias de amor, la otra presentaba un programa en prime time orientado a ayudar a las mujeres a pasar página.

─¿Qué más cosas podría utilizar esa arpía en tu contra?

A Debby empezó a entrarle jaqueca.

─Escarbará en mi pasado. La relación con Kevin, probablemente.

Paolo la miró con lástima, cosa que puso a Debby de instantáneo malhumor. Que se compadecieran de ella le producía una fatiga insoportable, pues le recordaba aquella infancia mediocre y asquerosa en la que había sido Deborah, aquella niñita estúpida de la que todo el mundo se reía. Debby la pringada.

─Intenta responder de manera educada y distante, que no te altere. Tratará de tergiversar tus palabras.

Debby comenzó a hiperventilar.

─Me dejas más tranquila.

─Eres la mejor dejando a la gente con la palabra en la boca y cara de lerdo, ¡Ganarás! ─le aseguró. Paolo era maravilloso dando ánimos. Entonces, aplaudió complacido al contemplar su aspecto final. La melena lisa y recta sobre los hombros, el maquillaje impecable que destacaba los ojos azules y disimulaba su mandíbula recta, y el vestido ambarino que dejaba sus esculpidos hombros al descubierto, compitiendo con el brillo dorado y natural de su cabello.

─Pupa, ¡Estás espectacular!

Ella sonrió con modestia.

─El maquillaje hace milagros.

El coche se detuvo frente al hotel Sheraton. A Debby comenzaron a sudarle las manos.

─Bobadas, tú eres preciosa ─le palmeó el trasero cuando ella salió del auto─. ¡Y ahora sal a comerte el mundo!

Sí, Debby Parker es una triunfadora.

Pero en cuanto cruzó el vestíbulo del hotel, empezó a angustiarse. Delante de todos podía fingir seguridad y una actitud implacable, pero no iba a mentirse a sí misma. El éxito costaba mucho esfuerzo, y ella iba desvivirse por mantenerlo.



***

El sofisticado mobiliario de la suite del hotel Sheraton y las inmejorables vistas de Central Park que ofrecía la inmensa cristalera, no impedían que Debby apartara de su mente la maravillosa idea de emplear alguna de sus llaves de Kick Boxing contra Holly Turner.

Se estaba pasando de la raya.

Sus peores sospechas se habían confirmado. En realidad, para ser honesta estaba siendo peor de lo que había esperado en un principio. De hecho, no habría aceptado la entrevista de saber la que se le venía encima. Porque una cosa era eludir ciertas preguntas de índole personal, y otra detener los continuos ataques de Holly. Le daba la impresión de haber salido del ring de boxeo para ir a parar a una verdadera competición de pressing catch. Y Debby estaba tirada en la cancha, desorientada y con una masa enloquecida que le gritaba: ¡Perdedora!

De pronto, Holly apagó la grabadora.

─Vamos Debby, no te enfades conmigo. Sólo intento arrojar un poco de luz sobre tu vida. Eres un personaje muy atractivo para los lectores de esta revista ─murmuró la palabra personaje con retintín.

─Responderé a lo que me dé la gana, ya te lo he dicho. Si no encuentras preguntas más interesantes que formularme que una simple mención a los artículos de sociedad, probablemente tienes un problema, no yo. Y para ti soy Deborah.

El rostro de Holly pareció haber chupado un limón. Las comisuras de su boca se contrajeron en una mueca de disgusto, o asco, y el rostro pálido se arreboló por la ira. Bien, al menos no era la única que empezaba a enfadarse.

─Estoy segura que no poseías ese aire prepotente y altanero cuando tenías diez años ─la provocó.

La simple mención de su infancia hizo que el estómago se le removiera. Holly lo averiguaba todo, incluso las desavenencias de la cría que fue en la escuela.

Holly volvió a encender la grabadora. La competición de balón prisionero continuaba, y Debby estaba dispuesta a asestarle un balonazo con todas sus fuerzas. Directo a las gafas de pasta, si se ponía chula.

─Dicen que el talento es hereditario, al igual que el amor por las cámaras. ¿Salir en la televisión forma parte de tu interés por imitar los pasos de tu madre?

Imitar. Aquella palabrita se le atragantó en la garganta. Comenzaban las comparaciones odiosas con el éxito deslumbrante de su madre. Obviamente, por muy Debby Parker que fuera, ella siempre salía perdiendo ante una figura tan portentosa como adorada.

─Mi carrera profesional no tiene nada que ver con el trabajo de mi madre. Siento una gran admiración por todo lo que ella hace ─se justificó, tratando de ofrecer una respuesta acertada─; pero lo cierto es que la escritura nunca llamó a mi puerta. Soy una gran lectora, pero lo mío es la televisión.

─¿No es cierto que hace un par de años le dijiste a una de tus amigas, y cito textualmente: “los libros de mi madre son un bodrio infumable que sólo disfrutaría una ama de casa resentida y aburrida por el sexo que le ofrece su marido”?

¿Amiga? ¡Amiga y un cuerno! Más bien una conocida distante que la había pillado con la lengua suelta tras varias copas de más.

Debby fingió sentirse ofendida.

─¿Qué? ¡Por supuesto que no! ¿Quién diría algo semejante sobre el trabajo de su madre? La literatura romántica merece todos mis respetos, y admiro a Linda Parker con todas mis fuerzas. Ella es un ejemplo a seguir ─dijo, deseando sonar convincente.

─Sin embargo, tú presentas un programa que cataloga el amor como algo cínico ─la contradijo, encantada de dejarla en evidencia.

─Tu descripción es bastante errónea. En mi programa, en el que cuento con un profesional equipo humano, ayudamos a mujeres que lo han pasado mal por relaciones tormentosas y destructivas. Tratamos de decirle a la gente que debe quererse a sí misma. No estoy en contra del amor, eso es absurdo. Tan sólo pienso que hay ciertos tipos de amor tóxico que hacen daño.

─¿Cómo tu relación con Kevin O´brian, tu novio de la universidad?

La pregunta consiguió hurgar en la herida, que aún escocía pese al paso de los años.

─No trataré temas personales ─zanjó de manera brusca.

─Supongo que aún te duele lo suficiente. Es comprensible ─enunció, con falsa lástima─. Tuviste que ir a tratamiento psiquiátrico durante algunos años, ¿No es cierto? Tal vez por eso sientes un resentimiento tan palpable hacia los hombres...

─Eso no es... ─Debby trató de no entrar en su juego, pero dejarse a sí misma como un ser patético y vulnerable que aún lloraba por las esquinas la pérdida del primer amor no iba con ella─. Ir al psicólogo es sano. Mi relación con Kevin no tuvo nada que ver en ello. Suponer que sólo los desequilibrados mentales asisten a terapia es una creencia frívola y desfasada que hoy en día está superada. Por cierto, te la recomiendo. Te vendría muy bien.

Holly le dedicó una sonrisa glacial.

─Así que Kevin no tiene nada que ver con la feminista consagrada que eres y de la que te enorgulleces.

Debby se encogió de hombros.

─Si ser feminista es abogar por la igualdad entre hombres y mujeres, entonces lo soy ─clamó orgullosa.

─¿También implica odiar a los hombres?

─No odio a los hombres.

─¿Tampoco a Kevin?

─Te agradecería que dejaras al margen a una persona anónima que no puede defenderse. Sería descortés por mi parte hablar de alguien que no es un personaje público.

Tras sus palabras, Holly comenzó a rebuscar en los papeles que guardaba en su maletín. Con ojos brillantes que destilaban malicia, agitó algunos folios. Debby se temió lo peor.

─Bueno, él no ha tenido la misma consideración hacia ti ─clavó la mirada en el papel, y leyó con voz poderosa─: hace cuatro años, cuando al señor O´Brian se le preguntó acerca de vuestra relación tras tu estrellato televisivo, él dijo: “Debby es una mujer fría como el tempano, ambiciosa y capaz de pisar a cualquiera que se interponga en su camino. Me hubiera gustado saber todo eso antes de haberla conocido. A los hombres les digo, ¡Huid!”

Maldito Kevin.

─Veo que has hecho los deberes ─respondió fríamente.

Holly se relamió de gusto.

─Un tipo encantador Kevin O´Brian ─Holly meneó la cabeza con fingido pesar. A teatrera no la ganaba nadie ─¿Tiene algo que ver tu experiencia personal con los consejos que das a las mujeres que acuden en tu ayuda al programa?

─Me implico emocionalmente con todas ellas, si es lo que quieres decir. Doy lo mejor de mí porque opino que ya está bien de admitir que la peor enemiga de una mujer es otra mujer. He conocido a mujeres fantásticas en mi programa, y me enorgullece gritar a los cuatro vientos que siempre saco algo positivo de cada capítulo ─entonces la miró a la cara. No con cualquier mirada, sino con la mirada pasional que lanzaba a la cámara cada vez que iba a enunciar un discurso. Con la mirada del amor hacia su trabajo, convincente e irrefutable─. Sí, soy culpable de sentir empatía hacia quienes lo pasan mal. De otro modo, no podría ayudar a quienes me lo piden. Tal vez sea feminista, pero todas las noches me acuesto pensando que, si he conseguido que una mujer se quiera más a sí misma e ignore la opinión de los demás, ha sido una dulce victoria.

***



Salió disparada del hotel, pero en cuanto puso los pies en Times Square, se quedó parada de golpe. Mareada por la realidad. Una parte de ella quería creer que había salido airosa de la entrevista, pero su autoexigencia la obligaba a flagelarse.

Holly Turner era la abeja reina del cotilleo, debería haberlo previsto y preparar aquella entrevista con antelación. O al menos, ser lo suficiente insistente como para que le hubieran asignado otro periodista. Sabía de sobra que el entusiasmo de Holly por ser la encargada de entrevistarla sólo se debía a sus ganas de destrozarla, pero su ego le había hecho creer que podía plantarle cara, ¡Qué podía vencerla!

Se abanicó con las manos, pese a que en pleno Febrero hacía un frío glacial. Le sudaban las sienes y estaba al borde de la taquicardia. Hasta que no contemplara la entrevista publicada con sus propios ojos no se quedaría tranquila. Porque Holly manipularía sus palabras todo lo que le viniera en gana. No sería ni el primer ni el último periodista que lo hacía.

Tampoco quería ser una víctima despedaza por las fauces de Holly, de eso estaba segura. Esperaba haber sonado contundente, una digna contrincante sin resultar demasiado agresiva, ni tampoco sonar apocada.

Qué difícil es ser políticamente correcta...

Contentar a la opinión pública era complicado. Mantener un programa en prime time durante cuatro largos años lo era aún más. La televisión estaba llena de altos y bajos, y en los índices de audiencia se fraguaba una guerra diaria. La gente quería contenidos nuevos, sorpresas constantes. Debby trataba de reciclarse en cada programa, pero no era suficiente.

Nunca lo era.

─¿Debby, eres Debby Parker? ─la voz de una chica joven le habló a su espalda.

Ella se giró, todavía dispersa con sus pensamientos.

─Sí, soy yo.

El rostro de la chica se transformó, de la sorpresa a la perplejidad. Rondaba los dieciséis años, y llevaba las puntas del cabello decoloradas en un tono fucsia. A Debby le encantaba que su programa tuviera un público tan variopinto; desde mujeres maduras pasando por jovencitas, universitarias o ancianas.

─¡Oh, me encanta tu programa! ─exclamó, observándola de arriba a abajo con interés. Debby leyó aprobación en su mirada─. Mamá dejó de salir con su último novio gracias a ti. Era un idiota, ya me entiendes.

Debby quiso creer que lo hacía.

─¿Puedo hacerme una foto contigo?

─Por supuesto.

Giró el rostro para ser fotografiada por su perfil bueno. Una mujer no estaba preparada para ser captada por los flashes hasta que no identificaba cuál era.

─Ha sido un placer conocerte.

La chica contempló la fotografía, satisfecha.

─¡Verás cuando se lo cuente a mis amigas!

Debby se alejó más alegre. El cariño espontáneo de la gente era una de las cosas por la que su trabajo merecía tanto la pena. Paró un taxi con la mano, pero una mujer se le adelantó. Debby lo dejó pasar, al fin y al cabo era su culpa por no haber llamado con tiempo a su chófer.

─Debby Parker ─la estudió la anciana.

Ella asintió. La mujer la contempló tras el cristal de sus gafas, de arriba a abajo y con una curiosidad casi maleducada. Entonces torció el gesto.

─¿Sabes? En la tele eres más guapa.

Debby carraspeó molesta, pero fingió que no había escuchado el comentario. Observó el taxi que se alejaba con la insolente vieja, y decidió ir caminando hacia los estudios de televisión, que le quedaban de paso. Aprovechó el paseo para pensar en el programa especial que dedicaría al día de San Valentín.

Otro año sola y amargada. Pero, como decía el dicho; mejor sola que mal acompañada. Y según su amiga Rachelle, San Valentín era un invento de los grandes almacenes para comprar compulsivamente chorradas de color rojo en forma de corazón.

Pasó frente a un escaparate decorado en tonos escarlata, repleto de corazones para los objetos más peculiares e inútiles. Apretó el paso.

─Bah.

Al llegar al estudio, el equipo de maquillaje la estaba esperando. Su maquilladora habitual volvió a pintarle el rostro mientras alguien le releía el guión. Debby memorizó las líneas en su mente. Ella misma las había aprobado, e incluso escribía la mayor parte de lo que tenía que decir. No se limitaba a ser el típico presentador que pronunciaba en público lo que otros habían escrito para él. Ella se implicaba porque era necesario. Porque el directo requería improvisación la mayor parte del tiempo.

Su programa necesitaba sinceridad y entusiasmo.

─Debby, estás en antena en tres... dos...

Se preparó frente a la cámara, esbozó su mejor sonrisa y contuvo la respiración. Jamás se acostumbraría a la emoción de estar en antena. Eso era buena señal. Cuando la pasión te abandonaba lo habías perdido todo. Tenía como ejemplo a su antecesora: Michaella Roberts.

─¡Uno!

─¡Buenas noches a todos! Bienvenidos a Cuéntaselo a Debby, el programa donde nada es imposible y hacemos realidad los sueños de gente como tú. Esta noche tenemos historias emocionantes que nos mantendrán con los nervios a flor de piel, ¿Estáis preparados? ─los gritos de júbilo del público, en su mayoría mujeres, fueron música para sus oídos. Estaba en su salsa─. ¡Así me gusta! Manténte pegado a la pantalla y no te pierdas lo que viene. Historias maravillosas, desgarradoras y muy humanas que no van a dejarte indiferente.

Se dirigió hacia el centro del plató para presentar a la primera invitada de la noche.

─Hoy está con nosotros Sarah, ¡Un fuerte aplauso para ella!

Durante unos minutos, se dedicó a hablar con Sarah, tranquilizándola con preguntas cotidianas. Percibía el histerismo de los entrevistados, pero tenía la suficiente experiencia para mostrarse receptiva, presionando en los momentos indicados y otorgándoles espacio cuando así se requería. Mientras charlaba de manera distendida con Sarah, sonsacándole lo necesario para que el público se hiciera una idea de su historia, recibía las instrucciones de su equipo por el pinganillo.

Sarah llevaba casada veinte años con el mismo hombre. Se conocieron en el instinto, y tras quedar embarazada muy joven, ambos habían decidido que Sarah se encargaría de las tareas domésticas y el cuidado de su hijo. Al cabo de los años, su marido se había convertido en un adicto a los masajes con final feliz realizados por jovencitas tailandesas. Durante demasiado tiempo, había soportado las infidelidades de su marido, derrotada ante la idea de no ser una mujer independiente. La insistencia de una amiga provocó que llamara al número del programa, y el equipo había obrado el milagro. Un cambio de look para ofrecerle seguridad en sí misma y la obtención de un empleo para que ganara su deseada libertad.

A los cincuenta y tres años y sin experiencia previa, encontrar un trabajo parecía imposible. Excepto para el equipo de Debby Parker.

─Sarah, ahora quiero que mires a esa pantalla ─le indicó, al escuchar por el pinganillo que iban a introducir el vídeo─. Hemos podido ver tu cambio de aspecto y tu conversión en una mujer libre que hace lo que le da la gana ─se escucharon gritos de júbilo, y Debby guiñó un ojo a la cámara─. Pero alguien muy especial para ti quiere darte una sorpresa.

Se retransmitió el vídeo en el que el hijo de Saharla felicitaba por su quincuagésimo tercer cumpleaños, profesando ante millones de espectadores lo orgulloso que estaba de su madre. Al fin y al cabo, la vida no se acababa a los cincuenta. Las palabras de aquel joven lograron emocionar a Debby, que rodeó la espalda de Sarah

“Mamá, eres la persona más buena que he conocido nunca. Pero estaba harto de que vivieras para los demás. Es hora de que te consientas a ti misma, por lo que hoy he decidido ayudarte a cumplir tu sueño. Gracias a la ayuda de Debby y el programa, viajarás a Egipto para descubrir esas pirámides de las que me hablabas cuando era un niño. Te quiero”.

Sarah se enjugó las lágrimas, el público aplaudió y lloró a partes iguales mientras Debby se preparaba para su discurso final.

─Ahora es tu momento Sarah, ¿Quieres decir una última cosa?

Sarah le arrebató el micro.

─¡Sí! ¡Chúpate esa, Randall! ─exclamó.

Todo el mundo se echó a reír. La cámara apuntó hacia Debby.

─Esperemos que Randall esté viendo el programa ─más risas─. Esto ha sido todo por hoy, pero recordad que cada sábado tenéis una cita conmigo. Cuéntaselo a Debby, haré que tus sueños se hagan realidad. ¿Estás harta de ser mangoneada por los hombres? ¿Vives oprimida bajo la sombra de ese hermano que nunca friega los platos? ¿Quieres lanzarle un último mensaje a ese hombre que jamás te valoró? Llama al número de teléfono que aparece en pantalla. El cambio está más cerca de lo que crees, ¡Es tu momento!

La gente se puso en pie para aplaudir, despidiendo a su presentadora favorita con el consabido grito de:

─¡Te queremos, Debby!

Oh, jamás me acostumbrare a esto.

En cuanto salió de escena, Debby se quitó los zapatos de tacón y suspiró satisfecha. Programa número ciento cuarenta y cuatro realizado con éxito. Uno más en la larga carrera de Debby Parker. Sí, en aquel momento se sentía imparable.

¿Qué podía salir mal cuando cumplías los sueños de otras personas?

Uno de sus compañeros le palmeó la espalda.

─¡Buen trabajo, Debby!

Ella se estiró sobre el sofá de su camerino, abrió el bolso y buscó el ipad para actualizar su correo. No obstante, una noticia llamó poderosamente su atención. Poco a poco, sintió como la satisfacción inicial daba paso a un creciente arrebato de ira que lo consumió todo.

Scott Riley ficha por la MBC. A Debby Parker le ha salido un duro competidor. ¿Logrará la estrella de la MBC salir airosa de semejante duelo? ¡Hagan sus apuestas!

Estudió la fotografía del presentador más insoportable, egocéntrico y chulo sobre la faz de la tierra. La clase de hombre por el que Debby sentía una animadversión irracional. El hoyuelo en la barbilla, el cabello pelirrojo y algo alborotado que parecía decir alguien me ha despeinado tras hacerme pasar un buen rato, y los ojos ambarinos, risueños, de pendenciero nato.

Se levantó de golpe y sintió como todas sus pesadillas y sus peores temores se hacían realidad.

─Debe de ser una broma.





Sección de sociedad de la revista Actuality



Desenmascarando a Debby Parker

¿Alguna vez se han preguntado por qué la celebridad neoyorquina jamás ha acompañado a su madre a sus numerosas recogidas de premios?

Quienes la conocen dicen de Debby que es tan competitiva que incluso siente celos de su propia progenitora. Tal vez la razón radique en los numerosos matrimonios de la famosa Linda Parker, pues al parecer, Debby jamás superó la pérdida de su padre. De un modo u otro, me espanta la frialdad de la rubia de América. ¿Es Debby tan altruista como la pintan? Sinceramente, lo dudo. Viviendo en un apartamento de trescientos metros cuadrados en pleno Upper East Side y renegando de la mujer que la trajo al mundo, no puede ser, lo que se suele decir, un dechado de virtudes. ¿Campaña de marketing o filántropa feminista?

Juzguen ustedes mismos.

Por Holly Turner.

2 ¡Esto es la guerra!

Cruzó a toda prisa los estudios de la MBC en dirección al despacho del director ejecutivo. El sonido de sus tacones sobre el suelo de mármol provocó que la mayoría de los trabajadores se apartaran de su camino. Sus pisadas parecían gritar: estoy enfadada, así que no te metas conmigo.

La única persona que se atrevió a detenerla a escasos metros del despacho fue Robin Smith, que la agarró del codo para arrastrarla hacia un lugar apartado.

─No estoy de humor, Robin ─gruñó Debby.

─Ya te has enterado.

Robin presentaba un programa de cocina en su cadena, además de formar parte de su grupo de amigas. Había sido madre a los diecisiete, y conocía lo suficiente a su amiga para intuir el cabreo que enmascaraba su impoluto aspecto.

─Al parecer, todo el mundo lo sabía excepto yo.

─No seas ridícula. La cadena lo ha llevado con la mayor discreción, supongo que para que la competencia no se le adelantara. Todos nos hemos enterado hoy. Ya sabes que Scott Riley es el fichaje estrella de esta temporada y... ─se detuvo al escrutar el rostro lívido de Debby─. Vamos cariño, no te pongas así. Tú eres insustituible. ¡Eres la estrella de la MBC!

Debby se la apartó como una molesta mosca, y antes de que su amiga pudiera frenarla, abrió de golpe la puerta del despacho de Stuart, que estaba hablando por teléfono mientras su secretaria tomaba algunas notas. Con un movimiento de cabeza dirigido a su empleada, la mujer salió del despacho y Debby ocupó su lugar. Ni siquiera se molestó en sentarse.

─¡He tenido que enterarme por las puñeteras noticias! ─le reprochó.

Stuart colgó el teléfono.

─Buenos días, Debby.

─Lo serán para ti.

─Tranquilízate.

Su rostro hirvió de ira, pero hizo un gran esfuerzo por sentarse en el asiento colocado frente al escritorio de Stuart. Perder los nervios no le serviría de nada, excepto para parecer una histérica a los ojos de su jefe.

─Imagino que tu humor se debe a la reciente incorporación del señor Riley a la cadena ─comentó con naturalidad.

─No me vengas con esas, Stuart.

─Tenía pensado ponerte al tanto de la situación, pero te has adelantado al entrar en mi despacho.

─¿Ah, sí? ¿Y cuándo ibas a llamarme? ¿Cuándo encendiera la tele y viera el rostro de ese cretino en pantalla?

─Ya veo que Scott no te merece gran respeto ─eludió su reclamación.

─Me resultaba indiferente hasta hace doce horas. Pero sabes de sobra que no se trata de él. Esto tiene que ver demasiado conmigo, ¿No es cierto? ─su voz delató cierto temor. Deseó que Stuart le dijera que sus sospechas eran infundadas, pero el hombre sólo se dedicó a encender un cigarrillo. Debby perdió la calma─. ¡Así es como vais a deshaceros de mí, por la puerta de atrás! ¡Soy la estrella de la MBC, os he regalado cuatro años de récords de audiencia! Llegué aquí cuando nadie apostaba un duro por esta cadena. Os faltaban los anunciantes, os ibais a pique y...

─Nadie va a deshacerse de ti, Debby. Todos te admiran y te agradecen tu dedicación exclusiva a la cadena ─la interrumpió Stuart.

Aquel halago no consiguió tranquilizarla.

─Pero... ─lo animó a continuar.

─Pero ya sabes como son las cosas. El presidente y los accionistas estaban un poco preocupados por los últimos índices de audiencia, así que decidieron fichar a Scott. Las cadenas necesitan rostros nuevos que atraigan a más espectadores, tú tienes tu público pero Scott...

─Es un hombre ─respondió rabiosa.

Siempre se reducía a ese pequeño detalle con miembro viril.

Stuart resopló.

─Scott es una cara nueva ─la contradijo─. Eso es todo.

─Resúmeme brevemente en qué me afectara la llegada de ese tipo ─exigió.

─Bien ─Stuart aplastó el cigarrillo dentro del cenicero, se inclinó sobre el escritorio y esbozó un gesto adusto─. A Scott se le ofrecerá la noche de los viernes por el momento.

─Pero ese espacio pertenecía a Eddie.

Stuart soltó una risita.

─Tú lo has dicho, pertenecía. Pasado.

A Debby se le desencajó la expresión. Eddie llevaba veinte años a la cabeza de un programa inamovible de la parrilla, y lo sustituían por un recién llegado. Empezó a odiar a Scott Riley sin ni siquiera conocerlo.

─Pero si supera tus índices de audiencia, su programa pasará a emitirse la noche de los sábados ─concluyó.

Reemplazada.

La palabra martilleó en la cabeza de Debby. Reemplazada. Reemplazada. ¡Reemplazada!

¿Y todo por un tipo que en un par de meses había pasado a empapelar las carpetas de un millón de adolescentes con las hormonas revueltas?

─Pero Stuart... los sábados se emite mi programa... ─le recordó de manera inocente.

─Pensé que nunca te darías cuenta, querida ─encendió otro cigarrillo como si nada. Como si no hubiera enviado a Debby hacia un montón de mierda apestosa que le llegaba hasta las rodillas─. Como yo lo veo, tienes dos opciones. El público te adora, y en la cadena te estamos muy agradecidos, así que podrías hacer un último programa a lo grande mientras pensamos en un nuevo formato del que tú seguirás siendo la estrella absoluta. O puedes quedarte a esperar que Scott te arrebate la noche de los sábados.

─¡No! ─Debby se levantó de golpe, lo que provocó que su silla cayera al suelo─. De ninguna manera voy a deshacerme de Cuéntaselo a Debby, ¿Me has entendido?

─Sé razonable. Son muchos años con el mismo contenido. La gente terminará por aburrirse. Siempre sucede. Son como niños, desechando los juguetes viejos por juguetes nuevos.

─No fastidies, Stuart. Tú estás más arrugado que una pasa y nunca pensé en tirarte a la basura.

Hasta ahora.

─Si te doy este consejo, es porque te tengo cariño.

─¡Pues piensa en otra cosa!

Stuart se encogió de hombros.

─Son órdenes de arriba. Ya sabes lo que les importa ─le recordó─. Es sólo un programa, Debby.

No, no lo es.

Era su programa. Su sueño hecho realidad. La razón de vivir a la que se había dedicado durante los últimos cuatro años. ¿Y pretendían arrebatárselo por un recién llegado de Oklahoma?

─¿De qué trata el programa de Scott? ─preguntó, intuyendo la verdadera razón de la petición de Stuart.

─Céntrate en tus cosas, Debby. Te aseguro que te irá mejor si...

─¿De qué trata? ─insistió─. ¿Deportes de riesgo? ¿Cámaras ocultas? ¿Coches? ¿Mis dulces dieciséis?

─Amor.

─Amor ─repitió con asco.

A ese paso, acabaría vomitando arcoiris.

─Es un programa en el que la gente se apunta para encontrar el amor. Les hacen test de compatibilidad, y tres candidatos luchan por conquistar al que puede ser el hombre o la mujer de sus sueños. La pareja que se crea gana un viaje televisado a Hawaii, o alguna de esas islas paradisíacas.

─Hawaii... Bombay...¡Así que es eso! Pretendéis desbancar mi programa por algo completamente opuesto ─bramó indignada.

─Comprende que mantener dos programas tan contrarios en la parrilla es...

─Muy hipócrita.

─Yo iba a decir complicado.

─¿Sabes lo que pasa? ¡Qué os jode que una mujer triunfe en un mundo de hombres!

Stuart también se levantó, demasiado harto por sus continuos reproches.

─¡A mí no me sueltes toda esa mierda feminista! Fui yo quien te dio una oportunidad cuando nadie apostaba un duro por ti ─le recordó.

Tenía razón, pero Debby se sentía demasiado traicionada para razonar con claridad.

─Haré que os traguéis vuestra decisión, te lo juro. Batiré tantos récords de audiencia que tendréis que echar a Scott Riley de una patada en el culo ─le aseguró.

Stuart la contempló con compasión.

─Debby... sé razonable. Te buscaremos otro programa y seguirás siendo la estrella de la MBC

Ella abrió la boca, indignadísima.

─¡Ya soy la estrella de la MBC!

De un portazo, salió del despacho de Stuart echando humo por las orejas, pero con la certeza de que haría lo que fuera por mantener su programa en la parrilla. Nadie, ni siquiera ese Scott Riley de pacotilla, le arrebataría lo que tantos años le había costado conseguir.

Entró al ascensor ya cavilando en sus distintas opciones para incrementar los índices de audiencia, demasiado perdida en sus pensamientos como para prestar atención al hombre que había dentro y la observaba con curiosidad. Pulsó el botón de la primera planta y pegó la espalda a la pared, dedicándole un escueto hola al extraño que había a su lado.

─Debby Parker, tenía muchas ganas de conocerte ─habló una voz cálida y sureña.

Una mano grande y masculina se colocó frente a su rostro. Rodó los ojos hacia el hombre que le extendía la mano a modo de saludo, pero al ver a quien pertenecía, le soltó un manotazo más propiciado por su sorpresa que por su verdadera intención.

Scott se acarició el dorso de la mano sin perder la sonrisa, aunque las arrugas de su ceño evidenciaron que aquel guantazo lo había trastocado. Debby pensó que tenía una sonrisa irresistible... para cualquier mujer a la que no pretendiera arrebatarle su programa de televisión. Detestó de inmediato aquella media sonrisa ladeada de dientes perfectos, y el hoyito de la barbilla tan sexy. El cabello pelirrojo le salpicaba la frente, y los ojos dorados la miraban con interés.

─No sabía que en Manhattan te saludaban con un guantazo ─bromeó.

Debby deseó enseñarle lo que era un verdadero guantazo, pero se contuvo. Estrechó la mano que seguía extendida con un apretón seco, y se impacientó cuando aquel hombre no se la soltó durante unos minutos que se le hicieron eternos. Tuvo la extraña impresión de que le acariciaba los nudillos provocativamente hasta que la liberó.

─Bienvenido a la MBC.

Supo que su voz había sonado como quien enviaba a alguien al mismísimo infierno, pero le trajo sin cuidado. No estaba obligada a ser amable con aquel tipo.

─Ya veo que se ha dado mucha prisa en llegar a Manhattan. Ha debido de hacer un largo y tedioso viaje ¿A qué distancia está su pueblo? ─enunció la palabra con desapego.

Scott captó la burla de aquel tono. Le habían advertido que la señorita Parker no se tomaría con deportividad su llegada a la cadena, pero no había previsto tal grado de antipatía.

─Shawnee es una ciudad ─la corrigió. Vislumbró el desdén con el que ella recibió aquella información. Con toda probabilidad, para ella no era más que un redneck1 sureño que conducía una ranchera con la ventanilla bajada mientras escuchaba música country en la emisora local─. Pero vengo de San Francisco de trabajar para la KPIK.

─La televisión local, qué interesante.

La naturalidad con la que menospreció su trabajo comenzó a irritarlo. También le habían comentado que la señorita Parker era una esnob que desairaba a todo aquel que creía que no estaba a su altura, pues ella era la estrella indiscutible de la MBC.

Desde luego, su aspecto impecable y aquella melenita dorada hacían juego con su carácter pedante. Detestó cierta furia en los ojos azules que ella fue incapaz de ocultar, cosa que lo intrigó.

─No se sienta superado por la MBC, señor Riley. Si bien es cierto que Eddie ha dejado el listón muy alto.

Aunque no utilizó aquellas palabras, Scott estuvo seguro de que aquella mujer le estaba diciendo que no era más que un ignorante que apenas había salido de Oklahoma.

─Admiro a Eddie. Estaré a su altura, no se preocupe.

Ella le dedicó una sonrisa torcida.

─Oh, sí. Todos lo esperan de usted ─ironizó.

Scott entrecerró los ojos, cada vez más airado. Por lo general, era un hombre que gozaba de buen humor, pero aquella condenada mujer estaba consiguiendo sacar lo peor de él.

─Me han contratado por algo ─respondió sin más.

─Estoy segura.

Percibió el desafío de su voz. Optó por mostrarse cortés, pues eran un par de desconocidos.

─Buen programa el del sábado, por cierto.

Al escuchar aquel cumplido que ella recibió como una burla, accionó el botón de parada con todas sus fuerzas. La sacudida del ascensor la envío hacia el duro pecho de Scott, que la agarró de los antebrazos para que no cayera al suelo. Irritada por el contacto, Debby se apartó echándose hacia atrás.

─Muy bien, dejémonos de fingimientos absurdos ─le espetó, fulminándolo con la mirada. Scott la contempló tan intrigado como desconcertado─. Eres un completo desconocido que ha llegado hasta aquí por un compendio de buena suerte y carisma barato. Has acabado con Eddie, pero te hará falta mucho más que un rostro agradable y una sonrisita estúpida para desbancarme. Te echaré de la cadena antes de que logres amarrarte los cordones.

─Disculpa...

─Así que ni se te ocurra fingir que podemos llevarnos bien, porque no se me ha pasado por la cabeza. No he trabajado duro durante cuatro años para que un paleto de Oklahoma con pintas de vaquero me arrebate lo que me pertenece.

¿Acababa de llamarlo paleto? Scott estaba tan mudo por el asombro y la indignación que no consiguió replicar nada cuando ella volvió a la carga.

─... no sé qué culo habrás besado para ir a parar a la noche de los viernes, ¡Pero los sábados son míos! ─bramó, apuntándole con un dedo sobre el pecho. Scott sintió deseos de mordérselo, pero tuvo la impresión de que podría envenenarse─. Cuidado con lo que pretendes, porque puedo convertirme en tu peor pesadilla. Te enviaré a dar un rodeo de toros antes de que me reemplaces. Tu lugar no es este, vaquero.

─¿Has terminado?

El pecho de ella subía y bajaba por la emoción. Tenía las mejillas sonrosadas por el arrebato, pero logró asentir con expresión jadeante. No supo qué se apoderó de él cuando, al inclinarse para pulsar el botón que lo devolvería al mundo real, se apoderó de su boca y la estrechó por la cintura.

Debby cerró los ojos, conmocionada. Le ardió todo el cuerpo al sentir aquella boca suave y cálida aplastarse contra la suya. Las manos de Scott le recorrieron la cintura, enviándole descargas eléctricas que le erizaron el vello de la piel. Apretándola contra sí, confundiéndola durante unos segundos. Drogándola con un beso tan extraño como magnético.

Cuando Scott se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, la soltó de golpe y deslizó el brazo hasta que consiguió accionar el botón. El ascensor se sacudió antes de ponerse en marcha, y Debby se golpeó la cabeza contra la pared. Atontada, tartamudeó una réplica que se estancó en su garganta.

─Creí que no te callarías nunca ─le soltó él, como si nada─. Por suerte, a los vaqueros nos enseñan bien como amansar al ganado.

Debby contempló anonada el botón que él acababa de accionar. Aquel beso chulesco la había dejado con dos palmos de narices. ¿Acababa de llamarla vaca? Tras el shock inicial llegó la ira.

─Si esa es tu manera de impresionar a las chicas, resultas patético ─se mofó.

Scott la contempló de reojo. Las mejillas encendidas, el pelo revuelto y los labios hinchados. La había dejado con la palabra en la boca y la desorientación más absoluta. Dios, cuánto había disfrutado poniendo a esa lagarta en su lugar.

─Creo que a ti te he impresionado lo suficiente.

Que él continuara sonriendo la sacó de sus casillas. Se cruzó de brazos, comprendiendo que Scott Riley sería un rival más duro de lo que había imaginado. Los labios le ardían por el beso... y la vergüenza.

¡Por qué demonios le había permitido hacer tal cosa!

─Así que esa es tu táctica. Tomas todo lo que no te pertenece ─lo provocó.

─Tomo lo que se me ofrece. Este trabajo, esa boca... ─le pellizcó el labio inferior antes de que Debby pudiera reaccionar─. Así funcionan las cosas. Supéralo rubia.

Algo se desató en su interior cuando lo escuchó llamarla de aquella manera.

─Terminarás tragándote tus palabras ─le juró rabiosa.

Las puertas del ascensor se abrieron, pero ninguno de los dos salió.

─No me hagas que vuelva a silenciarte ─sin poder evitarlo, Debby le miró la boca. Asustada, dio un paso hacia atrás─. Creí que sólo producías dolor de cabeza si alguien sintonizaba tu programa, pero me equivocaba. En persona resultas más insoportable.

Debby dio un respingo, ofendida en lo más profundo de su ser. Primero la besaba, y luego le hacía un desplante con aquel aire chulesco. ¡A ella, a Debby Parker!

─Pues eso no es nada comparado con la jaqueca que te produciré cuando tu programa se estrelle. Te recomiendo que empieces con las aspirinas.

Salió del ascensor y se revolvió para despedirse.

─No ha sido un placer.

─Lo mismo te digo.

Ella se limpió la boca con el puño de su americana.

─Te cortaré la lengua antes de que vuelvas a intentarlo.¡Cochino misógino!

─Ni por todos los sábados del mundo, rubia ─le dijo, eludiendo a su ansiado programa.

Debby se dio la vuelta y caminó apresurada hasta la salida, tropezándose con un hombre cargado de papeles. Se cayó de culo y se le levantó la falda, mostrándole a Scott una interesante porción de su trasero en ropa interior de encaje. Escuchó la grave risa de él, avergonzándola todavía más. Levantándose de golpe, se irguió con dignidad y salió de allí con la cabeza bien alta.

No se volvió una última vez para mirarlo.





Sección de sociedad de la revista Actuality



Scott Riley ha llegado para quedarse

Era de esperar que Debby Parker no se tomara nada bien la llegada del nuevo fichaje de la MBC. Al parecer, la cadena apuesta por rostros jóvenes y atractivos como el del nuevo presentador, lo que ha generado la ira instantánea de Debby. Fuentes privadas me han contado que tuvieron un encontronazo en el ascensor del estudio en el que Debby demostró una vez más su arrogancia y mal temperamento. ¿Pero sucumbirá la queridísima rubia a Scott? Quien sabe, puede que los encantos del pelirrojo le suavicen el carácter...

Por Holly Turner.





3. Tenías que ser tú





Debby vivía en el Upper East Side, el barrio del distrito metropolitano de Manhattan ubicado entre Central Park y el río East. La cuna de los neoyorquinos más adinerados, donde se concentraban las mejores firmas de ropa, joyería y un sin fin de inútiles artículos de lujo.

Aquella zona personificaba la elegancia y la sofisticación, y la mayoría de inmuebles contaban con porteros en las majestuosas entradas de mármol.

Debby adoraba aquella distinción tan clasista, no porque fuera una esnob que se empeñara en catalogar a la gente en diversos montones en función de su dinero y estudios, sino porque implicaba todo lo que ella no había sido en el pasado. Sabía de sobra lo que era el bullying, pues lo había experimentado en sus propias carnes. Quizá por aquella razón prefería vivir en la zona más elitista de la ciudad. Se había reformulado a sí misma, lo que implicaba codearse con las altas esferas y fingir que nada de lo sucedido en el pasado había sucedido en realidad.

El portero, ataviado con su oscuro traje de botones, le abrió la puerta y le dedicó un gesto cortés con la cabeza.

─Buenas tardes, señorita Parker.

─Hola Andrew ─le devolvió el saludo con una breve sonrisa.

Residía en aquel edificio de cuatro apartamentos desde hacía tres años. Le había costado dar con la vivienda indicada que cumpliera sus expectativas, pero tras una larga búsqueda, había sido amor a primera vista. Su apartamento era un dúplex dividido en dos ambientes. Contaba con dos vecinos más. La Señora Mackenzie, una agradable anciana que se había quedado viuda antes de que ella se mudara, y la extraña pareja conformada por una mujer chismosa y su solitario hijo, a los que su amiga Rachelle había catalogado como “Mudito y Gruñona”.

El apartamento frente a su puerta seguía desierto desde hacía un par de meses, razón por la que le extrañó tanto ver a su antiguo propietario salir de la vivienda con el cartel de Se alquila bajo el brazo.

─Ya veo que tenemos un nuevo vecino ─dijo Debby, con cierta reticencia.

Adoraba lo suficiente su agradable soledad para que algún juerguista impresentable se empeñara en amargarle las noches.

─Por fin he podido alquilarlo por un precio razonable ─le explicó Dexter.

Debby sabía de sobra que los alquileres en el Upper East Side podían ser cualquier cosa menos razonables. Caros, en la mayoría de las ocasiones.

─Espero que no te hayas decantado por un inquilino ruidoso. Adoro el silencio de este edificio ─le hizo saber.

─Oh.. de ninguna manera ─Dexter le restó importancia con un gesto de mano─. Te va a encantar. Es un joven respetable y muy educado, seguro que os llevaréis genial.

Debby asintió, sacando las llaves del bolso para abrir su puerta.

─De hecho, me comentó que se dedicaba al mundo de la televisión. ¿No es una coincidencia maravillosa? Así podréis compartir opiniones.

Debby lo contempló con curiosidad al escuchar sus palabras.

─Quizá lo conozcas. Se llama Riley... ─Dexter arrugó el ceño al no recordar el nombre completo.

A Debby se le cayeron las llaves al suelo al contemplar el hombre pelirrojo cargado de cajas que apareció ante sus ojos cuando las puertas del ascensor se abrieron.

─Scott Riley. Ah, pero si estás aquí ─se acercó a su nuevo vecino para ayudarlo con una de las cajas─. Debby se moría de ganas de conocerte.

─Sí, me moría ─remarcó la última palabra con un desprecio que a Scott no le pasó desapercibido.

Aún no se había recuperado de la impresión de aquel beso corto, salvaje y húmedo. De las cosquillas que le produjeron la barba de él contra sus mejillas. Del impacto cálido que todavía tenía que asimilar. De aquel maldito hombre.

Y sin embargo, allí estaba él. Haciendo la mudanza hacia la puerta de en frente. Ataviado con aquella sonrisita engreía que Debby deseó noquear con una de sus llaves de Kick Boxing. Así no se atrevería a ir dando besos asquerosos a mujeres desconocidas.

De acuerdo, de asqueroso no había tenido nada, pero...

─No me habías comentado que tendría una vecina tan encantadora ─la ironía que empleó para describirla no fue captada por Dexter.

─Por supuesto que lo es. Ya le he comentado a Debby que os llevaréis a la perfección.

Scott la examinó con una curiosidad maleducada. Sus ojos vagaron desde los pies, ascendiendo por las pantorrillas y las caderas para detenerse en su rostro con una mueca burlona. Por su parte, con los brazos cruzados, Debby le dedicó su mejor mirada asesina.

─No te quepa la menor duda ─respondió Scott, todavía esbozando aquella sonrisa ladeada.

Dexter le ofreció las llaves de su nueva vivienda, se despidió de una desconcertada Debby y los dejó a solas. Entonces ella no pudo contenerse durante más tiempo.

─Irrumpes en mi trabajo y luego en mi casa. Si fuese más desconfiada, te tomaría por un psicópata. Pero se supone que los psicópatas son extremadamente inteligentes, así que descarto esa teoría ¿Hay algo más que quieras de mí? ─lo enfrentó malhumorada.

Los ojos de Scott brillaron con cierta lujuria.

─Eso depende de lo que tú me ofrezcas.

Debby enrojeció, pero de pura rabia. Haría falta mucho más que un comentario desvergonzado y caliente para intimidarla.

─Qué pena me dan los tipos como tú. Te piensas que con cierta chulería y ese aire prehistórico podrás ir a cualquier parte, pero tan sólo acabarás estrellándote ─le dedicó su sonrisa más angelical─. Y seré yo la que te dé el empujoncito.

─Apuesto a que tus empujones le cortarían el rollo a más de uno ─bromeó él.

Que no la tomara en serio comenzó a sacarla de sus casillas. Aún así, mantuvo la espalda recta y disimuló su escozor con una expresión neutral.

─Me alegra que los dos poseamos del otro una opinión tan peyorativa. Así no tendré que fingir lo contrario ─respondió, volviéndose para abrir la puerta de su casa.

─De haber sabido que vivías aquí...

─Lo sé ─lo interrumpió ella─, te habrías mudado al otro extremo del mundo.

─Qué va; habría llamado a tu puerta en calzoncillos para alegrarte la vista sin que te lo esperaras. Apuesto a que escaceas de compañía masculina, por eso estás tan amargada.

Debby se clavó las llaves en la palma de la mano.

Menudo cretino. ¿Y con este tipo pretenden desbancarme?

─Ahora lo entiendo ─abrió la puerta de su casa y se volvió hacia él con expresión triunfal─. Estás tan acostumbrado a moverte entre vacas y puercos que no entiendes cómo se debe tratar a una mujer.

Le cerró la puerta en las narices, dejando a Scott con una mezcla de asombro y ardor. Aquella mujer se las traía, pero por alguna razón, sus batallas verbales lo divertían en exceso. Al final, la señorita Parker iba a resultar una distracción de lo más placentera.

Cómo disfrutaría al arrebatarle su ansiado programa. Sí, competir con ella iba a ser apasionante y todo un reto. Y si se dejaba, puede que se la llevara a la cama para darle un revolcón. Así, le enseñaría que ni la mujer más engreía del planeta podía resistirse a un tipo como él. Porque Scott Riley había llegado a la MBC para convertirse en una estrella.

─Puercos ─sacudió la cabeza y se echó a reír─. Sin duda tienes carácter, rubia.

***



Rodeada de sus amigas en el garito de moda para famosos, Debby comenzó a sentirse cada vez más apática. No podía evitar experimentar cierta crispación a causa de los últimos acontecimientos. No gracias a Scott, por el que sentía una animadversión que rozaba lo irracional, sino por lo que la llegada de él implicaba. A no ser que se pusiera las pilas pronto y le ofreciera un nuevo enfoque a su programa, acabaría eliminado de la parrilla.

─No puedo creer lo que le ha sucedido a Eddie ─comentó Robin con pena.

Rachelle se encogió de hombros.

─Se veía venir ─respondió Rachelle, a la que el tema le traía al pairo.

Robin contempló a la morena de reojo con desaprobación. Sus opiniones siempre eran tan discordantes que las broncas que llegaban a continuación los tenían a todos acostumbrados. Por extraño que resultase, Debby sospechaba que en el fondo no podían vivir la una sin la otra.

─En este mundo eres alguien, y al día siguiente sólo la sombra de tu pasado ─suspiró Tessa.

Robin era la mayor de las cuatro. A sus treinta y siete, contaba con una hija de veinte y un programa de repostería que era todo un éxito. El padre de su hija la abandonó cuando sólo era una chiquilla, hecho que aún seguía torturándola. Con el paso del tiempo, la vida la había tratado mejor. Había pasado de ser una repostera que vendía cup cakes en una furgoneta a una exitosa youtuber de cocina, hasta que la MBC la había fichado, convirtiéndola en uno de sus talentos estrella. Robin era leal, seria en exceso y amiga de sus amigos. Poseía cierto problema de autoestima debido a que no había finalizado sus estudios, lo cual la mermaba. Todos la llamaban Hood con cariño. Excepto Rachelle, que la había catalogado a sus espaldas con el apelativo de la virgen maría. Bromeaba que Robin no se acostaba con ningún hombre desde que Bush dejó el gobierno, y en ocasiones osaba decir que había sido preñada por el espíritu santo.

En cuanto a Rachelle, era descarada, salvaje y promiscua. Según Debby: más de lo que aparentaba a simple vista. Por desgracia, todo el mundo se fijaba siempre en sus tetas, hecho del que ella se sentía muy orgullosa. Rachelle habría sido el resultado de mezclar el atractivo de Megan Fox y la elegancia de Vivien Leigh, lo que la convertía en una mujer fatal encantada de conocerse a sí misma. Trabajaba en la cadena como la chica del tiempo, mostrando un sin fin de modelitos que le sentaban como un guante y que luego publicaba en twitter. Sus amigas la apodaban la cazadora debido al éxito rotundo que tenía con el género masculino. Robin la catalogaba como la que no debe ser nombrada. Según ella, tenía más maldad que Voldemort.

Tessa era la más joven de las cuatro. Candy, Candy, para sus amigas. Un encanto de rostro pecoso y jovial, cabello praliné y sonrisa dulce. Romántica, soñadora y tímida. En ocasiones, Debby le había dicho que de lo buena que era, era tonta. Se dedicaba al mundo de la interpretación, y hacía un par de años había protagonizado un escándalo por culpa de su compañero de rodaje, lo que le había granjeado el título de la actriz orgásmica. Siempre que hablaban del tema, Tessa se echaba a llorar y murmuraba entre dientes que aquel malentendido había estado a punto de destrozar su carrera. Por suerte para ella, el talento de Tessa la había llevado a estar nominada aquel año al Oscar como actriz principal.

─¡Margaritas para mis chicas favoritas! ─exclamó el hombre.

Aquel que dejaba la bandeja de bebidas sobre la mesita de la discoteca era Paolo, el último de su grupo de amigos. Paolo dinamita, como todas lo llamaban con cariño. Risueño y muy alocado, conseguía meterse en problemas cada dos por tres. Pero resultaba ser un ayudante excepcional para Debby, que lo adoraba por encima de todo.

─Debby, vita mia, ¡Alegra esa cara! ─le pidió, acercándole una copa a los labios.

Debby agarró la copa y la dejó sobre la mesa, sin ganas de beber.

─Es por ese hombre. La tiene preocupada ─habló Robin por ella.

─Se ha mudado al apartamento de en frente. No hay derecho ─gruñó malhumorada.

─Nadie va desbancarte, Debby ─dijo Tessa, apoyando una mano sobre su hombro con cariño─. Eres la mejor. El público lo sabe. Nosotras lo sabemos. Y a estas alturas, tú también deberías estar segura de ello.

─Pues a Eddie lo han echado ─soltó Rachelle sin poder contenerte.

─Cállete Rae ─la sermoneó Robin, utilizando aquel diminutivo que sabía que ella detestaba─. Estamos intentando darle ánimos. Si no vas a ser útil, deberías largarte.

Rachelle se sentó entre ambas, ocupando el lugar donde antes había estado el trasero de Robin. Rodeó los hombros de su amiga con un brazo y dijo en tono grave:

─Jugar limpio no es una opción, y lo sabes. Finge que eres su amiga, llévate bien con él... y cuando te lo hayas camelado... ─sugirió, provocando que su amiga la mirara sin comprender─. ¡Te lo tiras! Escarbas en sus cosas y sacas todos sus trapos sucios. Los hombres piensan con el pajarito, querida. Y una vez que te abres de piernas, suponen que sientes algo de respeto por ellos. Dicen que somos sentimentales y todo eso, ¡Qué bobada!

Debby resopló. Robin chasqueó la lengua contra el paladar en señal de desaprobación.

─No puedo hacer tal cosa. Detesto a ese tipo, y ni siquiera me resulta remotamente atractivo ─hizo una mueca de asco.

─Todas no somos como tú, Rachelle ─masculló Robin, horrorizada por la poca decencia de la otra.

─Y así te ha ido, virgencita ─respondió sin mirarla─. Así que ese tipo está empeñado en plantarte cara...

─Ajá.

─El programa, la casa... como te descuides se meterá en tus bragas.

Paolo se echó a reír. Robin suspiró y dejó de prestar atención a la conversación. A Debby se le removió el estómago al recordar el beso.

─Hace falta mucho más que una cara bonita para conquistar a la audiencia ─comentó Tessa.

─No es eso ─refunfuñó Debby─. Cuando hablé con Stuart, sentí que la decisión ya estaba tomada. No me preocupa Scott porque dudo que posea cualquier otra habilidad más allá de sonreír como un estúpido y enamorarse de sí mismo cuando se mira al espejo. Lo que me preocupa es mi programa, su antigüedad y concederle un nuevo enfoque.

─No lo subestimes. Dicen que en persona es mucho más atractivo que tras las cámaras ─resolvió Rachelle.

─Bah, si ni quiera lo has visto.

Rachelle señaló al hombre que entraba al local acompañado de un par de amigos. Debby apretó la copa con fuerza y sintió que se la llevaban los demonios. Allí estaba Scott, invadiendo cualquier centímetro de su espacio sin que ella pudiera anticipar sus movimientos.

─Parece que el señor Riley ya empieza a hacer amigos en el local de moda de la ciudad ─murmuró a su oído.

Contempló que Holly Turner se acercaba a él para plantar un beso en su mejilla. Apretó la mandíbula y se levantó auspiciada por una fuerza desconocida.

─¿A dónde te crees que vas, pupa? ¡Estrategia, estrategia! ¡Mente fría! ─trató de hacerla razonar Paolo.

Pero Debby no se lo pensó. Conocía de sobra el odio que Holly Turner le profesaba como para evitar que se aliara con Scott, e iba a impedirlo a toda costa.





Cotilleos en la gran manzana, el blog de Holly Turner



No es oro todo lo que reluce

Y si no, que se lo cuenten a Debby Parker. Exitosa y con una imagen segura de sí misma, nadie podría creer que durante años, Debby tuvo que asistir a terapia psicológica para superar las continuas infidelidades de su ex. ¿Es la rubia una mujer despechada? Puede que ahí radique su odio al género masculino.

Ay, Debby... se te ve el plumero...

Por Holly Turner



4. ¡Al ladrón!

A Scott le habían advertido lo suficiente acerca de aquella periodista como para saber que Holly Turner se acercaba a él con la intención de sonsacarle un titular sensacionalista. Puede que fuera un principiante en Nueva York, pero había conseguido escalar desde su trabajo en la granja familiar, emigrando por diversas cadenas locales hasta ganarse el puesto en la MBC que sabía de sobra que merecía.

─Tú y yo podríamos llevarnos muy bien ─comentó Holly en su oído, enroscando una mano en su antebrazo con aire seductor─. A ti te hace falta cierta promoción que yo puedo ofrecerte para competir con Debby, y tú a cambio podrías proporcionarme información muy útil.

Scott detestaba la competencia desleal. Que estuviera ansioso por el éxito no implicaba que hubiera olvidado sus orígenes tan humildes. Provenía de una familia de ganaderos que le habían inculcado que la única forma de triunfar en la vida era trabajando duro, y no a costa de los demás. Así que se negaba a entrar en el juego de aquella periodista a la caza de una nueva exclusiva. Ni siquiera si con ello podía dañar la reputación de Debby, a la que por mucho que no soportara, respetaba como profesional.

─Creía que en este lugar uno podía estar a salvo de los periodistas ─respondió con falso buen humor, sin perder la sonrisa.

Necesitaba quitarse a aquella mujer de encima, pero sabía de sobra que era un recién llegado al que no le convenía enemistarse con reporteras sin escrúpulos y tan poderosas como aquella.

─Querido, en Nueva York nunca se está a salvo de los escándalos ─le hizo saber, paladeando aquella amenaza.

El rostro de Holly se enturbió al divisar a la mujer que se acercaba con aire decidido hacia ellos. Scott siguió el rastro de la mirada de la periodista hasta que sus ojos se toparon con Debby, que aquella noche estaba deslumbrante. La presentadora poseía una elegancia innata que mezclaba con prendas de lo más extravagantes que le conferían un look personal y con carácter propio.

Es la marca Debby Parker, pensó.

Se deleitó en las pantorrillas torneadas que dejaba ver el minivestido de lentejuelas negras. Debby no era para nada su tipo, pero no podía negar que era hermosa a su manera. No era voluptuosa, tal y como a él le gustaban las mujeres. Por el contrario, su mayor atractivo residía en sus piernas kilométricas y sus esculpidos hombros, que le otorgaban un cuerpo atlético y sano. Poseía una belleza clásica y fría en cuyo rostro brillaban un par de ojos celestes que siempre lo escrutaban con soberbia, lo que lo sacaba de sus casillas.

─La que faltaba ─masculló Holly, evidenciando que no soportaba a la presentadora.

De repente, Debby se detuvo a escasos metros de donde se encontraban y buscó su teléfono móvil en el interior del bolso de fiesta. Arrugó la frente al contemplar el nombre de la pantalla, y su expresión se fue horrorizando a medida que escuchaba a su interlocutor.

─No puede ser... ─se llevó una mano temblorosa a la boca─. ¿Usted se encuentra bien, Señora Mackenzie?... Gracias a Dios... Oh, sí, sí... estaré allí en unos minutos.

Colgó el teléfono y se digirió a toda prisa hacia Scott, que escuchó los retales de aquella conversación sin perder detalle. Por su parte, Holly se relamía los labios con la intención de sacar partido a lo que acababa de presenciar.

─¿Podemos hablar un momento en privado? ─le preguntó a Scott, dedicando una mirada de reojo a Holly.

─Por supuesto.

Se retiraron lo suficiente para que Holly no pudiera ser consciente de lo que hablaban, provocando que la periodista resoplara con fastidio.

─Han robado en nuestros apartamentos, me lo acaba de comunicar mi vecina. No tengo ni idea de cómo ha sido, pero la policía requiere nuestra presencia.

─Creí que el Upper East Side era una zona segura.

─Y lo es, maldita sea ─respondió irritada─. Es la primera vez que sucede algo semejante.

Ambos recogieron sus abrigos y se dirigieron hacia el ascensor, pues la discoteca se encontraba en el último piso del hotel Standard. Debby masculló algo entre dientes que él pudo oír a la perfección.

─¿Cómo dices?

─Nada.

─Has dicho que todo esto es culpa mía ─la enfrentó perplejo.

─Bueno, acabas de mudarte y ya nos han robado. Es evidente que atraes a la mala suerte ─le dijo muy convencida.

Scott abrió los ojos como platos, incapaz de creer que ella lo acusara de un hecho tan ridículo. Al parecer, había decidido convertirlo en la fuente principal de todos sus problemas. Aquella mujer era verdaderamente imposible.

─Eso son supercherías baratas. Te creía más lista.

─Y lo soy ─inclinó la barbilla hacia arriba con orgullo─. Por eso creo en las señales.

Scott lo dejó estar, pero Debby continuó con la mosca tras la oreja. Era una persona muy supersticiosa, aptitud de la que sus amigas siempre se mofaban. Pese a un carácter gélido y hosco que no parecía casar con aquella cualidad, Debby estaba segura de que existían fuerzas sobrenaturales contra las que el ser humano no podía competir.

Ya se lo había dicho Madamme Lenormand : una fuerza oscura te obligará a luchar con uñas y dientes para defender aquello que más quieres. Y claro, la fuerza oscura había resultado ser Scott, que aunque más que moreno era pelirrojo, aquellos últimos también daban mala suerte, ¿O no?

***



No estaba preparada para el horror que vieron sus ojos.

Los zapatos de Debby crujieron sobre los pedazos de cristal que antes conformaban la elegante figurita de un cisne realizado en vidrio soplado. Apretó los labios en una fina línea que denotaba disgusto. Rabia. Aquel objeto decorativo había sido un regalo de una de las muchas mujeres a las que ayudó en su programa.

─Se llamaba Jane ─recordó su nombre en voz alta.

─¿Cómo dices? ─preguntó Scott.

─No importa.

Suspiró con derrotismo y continuó recorriendo el salón con una pesadumbre que crecía en su interior por momentos. El hogar que tanto esfuerzo le había costado construir estaba completamente destrozado. Las estanterías de libros volcadas en el suelo, los muebles arañados con lo que parecía ser un punzón y una horrenda pintada adornando su pared con letras rojas: “Maldita seas, Debby Parker”

Mensaje captado, capullo.

─¿Está segura de que no se han llevado nada de valor? ─insistió uno de los policías.

Debby asintió.

─No tiene mucho sentido, señorita Parker. ¿Tiene usted enemigos? ¿Alguien que quiera hacerle daño?

Debby se estremeció.

─Quizá alguna de las exparejas de las mujeres a las que ayudo en mi programa, pero me resulta tan … extraño. Es la primera vez que me sucede algo semejante desde que trabajo en televisión.

El policía apuntó algo en su libreta.

─Quien quiera que ha hecho esto intentó forzar la cerradura de la puerta de su casa, pero al no lograrlo, decidió forzar la cerradura del apartamento del señor Riley, que le presentó menos inconvenientes. El intruso consiguió saltar desde el balcón de la casa del señor Riley hasta el suyo. Y bueno, el resto ya lo sabe. Carecen de portero por las noches, y su vecina llamó a la policía en cuanto escuchó el ruido que propició todo este destrozo ─le explicó los hechos.

─Cambiaré la cerradura ─decidió Scott.

─No es culpa tuya. Dexter no era demasiado precavido para ese tipo de cosas ─lo disculpó ella, para su asombro.

Scott sintió una lástima instantánea por ella. Había una desolación inmensa en aquellos ojos azules que contemplaban su aniquilado hogar con una mezcla de rabia y desesperación.

─¿Te encuentras bien? ─inquirió preocupado, colocándole una mano sobre el hombro.

Ella se estremeció al sentir el contacto cálido sobre la piel. Incómoda ante aquella sensación tan abrumadora, se apartó de él crispada consigo misma. No necesitaba la compasión de aquel tipo. Ni la de él, ni la de nadie.

Acompañó a los agentes uniformados hacia la puerta tras poner la denuncia pertinente, y les aseguró que les remitiría una lista de sus posibles sospechosos en cuanto tuviera la cabeza fría para enfrentarse a aquel hecho.

Alguien me odia mucho, eso es evidente.

Entonces, cayó en la cuenta de un hecho del que en un primer momento no había sido consciente, dado su nerviosismo inicial. Su perro Obelix no aparecía por ninguna parte.

─Oh Dios... oh Dios... ─sollozó.

Comenzó a remover los muebles sin ningún cuidado, gritando el nombre de su mascota con desesperación. Pateó los libros que se encontraba a su paso y abrió las puertas sin ton ni son.

─¡Obelix!

─¿Me he perdido algo?

─Mi perro, ¡No está! Cómo ese malnacido le haya hecho algo... ─se angustió.

Se quitó los zapatos de tacón de una patada para caminar más deprisa, sin importarle que pudiera cortarse con los pedazos de cristal que había en el suelo. Movido por la buena intención, Scott comenzó a llamar al perro para ayudarla en su búsqueda.

Debby sintió ganas de llorar, pero se aguantó las lágrimas y abrió todos los armarios y puertas de su inmenso apartamento.

─Oye Debby, no quiero ser agorero, pero tal vez deberíamos buscarlo en la calle. Si estuviera aquí, ladraría al escuchar su nombre.

─Qué va. Lo rescaté de la perrera, es un perro muy asustadizo porque durante años fue maltratado

─le explicó de manera acelerada.

Hacía cinco años que había conocido a Obelix, y lo suyo fue amor a primera vista. Aquel perro le recordaba tanto a una versión inicial de sí misma que decidió rescatarlo. Pese a su fealdad, Obelix había resultado ser un perro muy inteligente y de gran nobleza al que ella adoraba con todo su corazón. Acobardado a causa de las palizas a las que lo sometía su antiguo amo, pero con una gran capacidad de colmar a Debby de amor y compañía.

─¡Obelix, cariño mío, ven con mamá! ─suplicó lloriqueando.

Va a resultar que tiene corazón después de todo; pensó Scott, asombrado ante la parte más afable del carácter de ella.

La oyó soltar un alarido cuando se clavó un pedazo de cristal en la planta del pie. Cojeando, prosiguió su camino mientras dejaba rastros de sangre sobre el parquet.

─Por lo que más quieras, ponte unas zapatillas ─le pidió él.

Ignorando su comentario, se agachó bajo una mesa para seguir buscando a su mascota. Resignado ante la terquedad de aquella mujer, Scott abrió la puerta de lo que parecía una despensa y se encontró a un bicho peludo y bastante feo que se acurrucaba tras una lata de conservas. Al cogerlo para devolvérselo a su legítima dueña, el perro gimió y tembló sobre sus brazos.

─Aquí lo tenemos.

Debby corrió hacia él presa de la emoción, y se resbaló con la humedad de su propio pie ensangrentado cayéndose de culo. Con las piernas abiertas en aquella postura tan indecente, Scott obtuvo una vista privilegiada de su ropa interior de encaje. Ladeó la cabeza y asintió con aprobación, provocando que ella lo fulminara con la mirada y se levantara de golpe, muy herida en su orgullo.

Scott le ofreció aquel bulto de pelo que ella abrazó como si fuera el ser más bello y adorable sobre la faz de la tierra.

─Es bastante... feo ─comentó sin poder evitarlo.

La expresión indignada de Debby le hizo bastante gracia.

─¡No digas eso! Podrías herir sus sentimientos.

Scott la contempló durante un largo instante. La mujer que había frente a él tenía poco que ver con la desabrida y glacial presentadora que lo mandaba al infierno sin ni siquiera pestañear. Allí, despeinada, con los ojos húmedos y un aspecto desaliñado se le presentaba una versión más dulce y asequible.

─Vaya... ─comentó maravillado.

─¿Qué? ─gruñó a la defensiva, aplastando a Obelix contra su pecho de manera posesiva.

Él estiró una mano y enrolló un dedo en un sedoso mechón dorado. A ella se le escapó el aire, hasta que él colocó aquel trozo de cabello tras su oreja, rozándole el lóbulo con su pulgar.

─Eres humana.

Ella le soltó un manotazo para que retirara la mano.

Aquí vuelva la fiera. Al parecer, tan sólo estaba dormida.

─Déjame que le eche un vistazo a tu pie ─se ofreció.

Debby resopló, harta de la compañía de aquel hombre que pretendía descolocarla al mostrarse amable de buenas a primeras. Por suerte, ella era una chica la mar de lista que lo había desenmascarado a la primera.

─No necesito tu ayuda ─rehusó con frialdad.

─Eres más terca que una mula.

─Se me había olvidado que tú de mulas, al igual que de cerdos y vacas, entiendes bastante ─lo atacó sin venir a cuento.

Scott perdió la paciencia con aquel caso perdido. Mosqueado por el desprecio de aquella mujer, se dio la vuelta y se marchó guardándose para sí el insulto que se le había venido a la lengua.

Es más venenosa que una serpiente, meditó cabreado.



Debby se encogió de dolor al introducir el pie herido en el agua cálida. Sujetándose a las paredes de su bañera, se agachó con cuidado hasta que sumergió el cuerpo por completo. Aquel había sido un día difícil, pero se juró a sí misma que recompondría los pedacitos de su vida antes de que el pasado volviera a hacerle daño.

Tomó un sorbo de la copa de vino que había dejado en la tarima de la ventana y colocó la cabeza sobre la almohada de baño. Los pétalos de rosa que había esparcido sobre el agua le hacían cosquillas en los dedos de los pies.

Durmiendo en la entrada del baño, Obelix parecía tener una pesadilla. Gemía en sueños mientras pataleaba para luchar contra algo que no era real.

─Cómo te entiendo, pequeño...

Sin poder evitarlo, recordó uno de los episodios más dolorosos de su pasado. La forma en la que se había entregado a Kevin sin medidas la había convertido en un ser vulnerable e ingenuo. Ahora que los años la habían transformado en una mujer hecha y derecha, comprendía que el amor que profesaba a aquel idiota no era más que una manera de encontrar la aceptación de los demás. Y de paliar la muerte de su padre, cuya figura paterna echaba de menos desde los ocho años.

Su madre, con sus continuas idas y venidas y sus enamoramientos absurdos, se había empeñado en pasar página más pronto de lo que a Debby le hubiera gustado. Sus constantes divorcios provocaban en Debby una sensación agorera: la de intuir cuál sería el próximo marido objeto de su madre. Al parecer, con cuatro no se conformaría.

Se quedó dormida en la bañera hasta que una conocida pesadilla la abordó. Con el ceño fruncido, Debby hizo una mueca de dolor al recordar aquella infancia en la que no encajaba en ninguna parte. Siempre había sido una niña demasiado sensible para el resto, tal y como le explicaban sus maestros a su madre.

─No hay nada malo en ser buena persona, Debby. Son los demás los que deberían avergonzarse de su comportamiento ─solía repetirle una y otra vez.

Pero no era a ella a quien debían trasladar continuamente de colegio debido a las burlas de sus compañeros. Como siempre, era al débil al que le tocaba pagar los platos rotos. La llamaban dientes de hierro y le robaban el bocadillo en el recreo. Le escondían las enormes gafas de culo de botella y se reían de ella cuando chocaba contra las paredes.

Lo que hacen unas lentillas, masculló para sí al despertar sobresaltada del sueño.

Se juró a sí misma que no permitiría que nadie, ni siquiera aquel intruso que había osado destrozar su casa, volviera a amargarle la vida.

─Ya no soy esa niña débil y tonta ─aseguró en voz alta.





Sección de sociedad de la revista Actuality

Scott Riley, de ganadero en Oklahoma a estrella emergente de la MBC

Lo de Riley se veía venir. Carismático, mujeriego según me cuentan y con una sonrisa que levanta pasiones, tarde o temprano sería fichado por una cadena que supiera ver todo su potencial. Los que lo conocen lo definen como un tipo sencillo que mantiene los pies en la tierra. Y chicas, sigue soltero.

Pero nunca llueve a gusto de todos, y la enemistad entre Debby y Scott es palpable en el ambiente. ¿Habrá sido él quien abrió las puertas de su casa al intruso que se coló en el hogar de la rubia? Al parecer, Debby tiene un poderoso enemigo que quiere verla caer ¡Hagan sus apuestas!

Por Holly Turner





5. Maldito Kevin





Debby arrojó el periódico que contenía su reportaje sobre la mesa. Las chicas y Paolo la contemplaron enmudecidos, conscientes de que una mala palabra terminaría desatando la ira de su amiga. Ella caminó de un lado a otro de su salón, que con la ayuda de sus leales amigos, algunos muebles nuevos y una capa de pintura había vuelto a ser el de antes.

─Esa... ─se contuvo apretando las manos─, condenada reportera del tres al cuarto pretende que me dé un jodido infarto. ¡Cómo se atreve a hacerme esto!

Tessa recogió el periódico y leyó la entrevista de la discordia. Con una expresión indignada, arrancó el artículo y lo arrojó a la papelera.

─Menudo mentiroso.

─¡Pero si incluso ha quedado como una víctima! ─explotó, sintiendo como todo el resentimiento que había tratado de olvidar regresaba a ella─. Sólo pretende sacar tajada y ganar algo de dinero a mi costa. Si me lo encuentro por la calle, le borraré esa cara de jeta de un puñetazo.

─Cálmate pupa. Mente fría. Tú eres toda una señora ─le aseguró Paolo.

Con disimulo, Rachelle alcanzó la bola de papel y la alisó sobre sus muslos para leer las palabras que Kevin le había dedicado a Debby en una exclusiva entrevista concedida a Holly: ¿Infiel? Amaba a Debby Parker por encima de todas las cosas. Por desgracia, ella tenía sus propios y ambiciosos planes en los que yo no encajaba. Me dijo que no podía conciliar una relación de pareja con su futura carrera como presentadora. Dios sabe lo mucho que la apoyé para cumplir su sueño, pero así es Debby.

─¡Qué me apoyó, dice el muy cretino! No sólo me la pegó con media universidad mientras yo lo perdonaba como una tonta, sino que además, me robó dinero y consiguió que pasara un día encerrada en la cárcel.

─¡Aquí lo pone! ─Rachelle señaló el punto de la entrevista que remarcaba aquel texto─: Yo sólo digo que a Debby llegaron a arrestarla por un delito de violencia doméstica. ¿Alguien que maltrata a su novio puede ser una buena persona? Supongo que no. Debby cree que el feminismo se basa en la superioridad de la mujer sobre el hombre. En el fondo, siento pena por ella.

─¿De verdad le rompiste la nariz de un puñetazo? ─inquirió Robin, aguantándose la risa.

Debby enrojeció al recordar tal hecho.

─Fue sin querer ─se defendió, dejándose caer sobre el sofá─. Tras sus continuas faltas de respeto que no me atrevo a recordar porque me avergüenza haberlas tolerado, encontré a una psicóloga que consiguió abrirme los ojos. Cuando le dije a Kevin que no quería volver a saber nada más de él, se rio en mi cara y me dijo que no encontraría a nadie como él. Yo le dije que de eso se trataba ─ensanchó una sonrisa al recordar aquella conversación que marcaba un punto y aparte entre la Debby que fue y la mujer en la que se había convertido─. Fui a su casa a decírselo en persona porque quería dejarle claro que ya no me intimidaba, y que había dejado de ejercer cualquier tipo de poder o encanto sobre mí. Entonces va y me coge del brazo: Debby, si sales por esa puerta habrás cometido el peor error de tu vida. Traté de zafarme de su agarre, pero él intentó volver a meterme a la fuerza dentro de su apartamento. Agobiada, le dí un codazo para que me soltara de una maldita vez. De acuerdo, le rompí la nariz y disfruté de ello. ¡Pero fue sin querer! Sus vecinos escucharon nuestra discusión, y como fui yo quien fue a visitarlo a su casa, me tomaron por una novia loca, celosa y posesiva que era incapaz de aceptar la ruptura. Pasé un día en prisión, pero no pudieron probar los hechos.

─¡Hijo de perra! ¡Schifoso!─continuó insultándolo en italiano Paolo.

─¿Qué más da lo que diga esa revista? Los que te conocemos sabemos de sobra quién eres, y ninguna periodista con ganas de cazar la mejor exclusiva del mundo va a explicárnoslo ─resolvió Robin.

─Yo creo que deberíamos cambiarle la sacarina por azúcar, arrancarle las extensiones y los pelos del chumino, y contraatacar con un horrible trapo sucio de su pasado. Esa víbora de Turner se lo tiene merecido ─determinó Rachelle.

Debby suspiró.

─Sólo quiero que dejen de fijarse en mí ─musitó agotada.

Paolo se abrazó a su amiga y le llenó el rostro de besos.

─Piccolina, eso es imposible. Para bien o para mal, nunca dejas indiferente a nadie ─le dijo con cariño.

─Que hablen de ti, aunque sea mal ─sentenció Rachelle.

***



Scott leyó aquella entrevista y supo que Holly Turner no era una persona con la que le llevarse mal. Sin poder evitarlo y pese a la antipatía que le prodigaba a Debby, volvió a compadecerse de aquella mujer. Ningún ser humano merecía que su vida privada fuera expuesta al escarnio público de una manera tan irrespetuosa. Además, el tal Kevin le daba mala espina. Debby podía ser muchas cosas, pero no la consideraba una mujer agresiva. A su ex novio, sin embargo, podía catalogarlo como un vividor.

También se fijó en el reportaje que Debby había concedido a la reportera. Se mostraba como una mujer pasional que amaba su trabajo por encima de todas las cosas, con ideales fijos y un talento natural para la oratoria.

Rechazó la llamada de Amanda cuando su teléfono móvil volvió a vibrar. Aquella mujer no quería aceptar que lo suyo había sido una noche de sexo salvaje sin compromiso. Por su parte, tenía la conciencia muy tranquila. Jamás engañaba a las mujeres ni les ofrecía falsos compromisos que no podía cumplir.

No era un cínico respecto al amor. Sencillamente, sabía que aún no había llegado la mujer indicada. Y mientras tanto, ¿Por qué no iba a disfrutar de su soltería?

Telefoneó a sus padres para saber qué tal iban las cosas por Oklahoma. Solía añorar su hogar, a su familia y la relación bucólica que se profesaban sus progenitores. A sus sobrinos y a su queridísima hermana.

Era un tipo familiar que disfrutaba de las cosas sencillas de la vida. Quizá su trabajo como presentador lo alejara bastante de aquel ambiente en el que se había criado, pero en el fondo sólo era aquel vaquero con pantalones de campana que adoraba el campo.

No pudo evitar pensar en los puercos. Si Debby hubiera visitado la granja de sus padres, habría huido de allí espantada. La visión lo hizo sonreír.

─¡Scott, cariño! ─el entusiasmo con el que su madre lo saludó le hinchó el pecho de orgullo. Había una cosa que valoraba más que el éxito conseguido a base de todo el esfuerzo: su familia─. ¡Frank, tu hijo está al teléfono!

─¿Qué tal va todo, mamá?

─Como siempre, cielo. Ya sabes que en la granja no suceden grandes acontecimientos. ¡Pero hablemos de ti! Me muero de ganas por ver tu programa, seguro que saldrás tan guapo y estupendo como siempre ─le dijo orgullosa, aludiendo a su estreno aquella noche para la MBC.

─¿Qué tal está papá? ─se interesó.

La salud de su padre era algo que lo tenía muy preocupado, pero el viejo era testarudo y se negaba a renunciar a sus labores de campo. Scott le había asegurado una y mil veces que con su sueldo no era necesario que se dedicara a un trabajo tan duro, pero su padre era tan orgulloso que rechazaba la oferta sin atender a razones.

─Atendiendo el parto de una de las vacas. Ya sabes, gruñón como siempre ─lo informó su madre─. Jessica dice que irá a visitarte la próxima semana. Ya sabes que los niños se mueren de ganas de verte.

─Eso es estupendo, mamá.

Adoraba a esos pequeños bribones que eran sus sobrinos.

─Cuídate, tesoro. Y no olvides darlo todo hoy en tu programa.

─Oh, no lo dudes ─respondió, relamiéndose de anticipación.

Debby se quedaría perpleja al ver lo que él había preparado. ¿Quería guerra? Él iba a ofrecérsela. Su invitada estrella no dejaría indiferente a la señorita Parker, que sin duda iba a necesitar más que una lengua retorcida y un ego desmedido para enfrentarse a él.

Se moría de ganas por ver la cara que pondría la rubia cuando sintonizara su programa. Porque de algo estaba seguro; Debby Parker podría fingir lo contrario, pero aquel día sería la primera en encender la televisión para verle la cara. No le cabía la menor duda.

***



Debby pagó toda su ira con su instructor de kick boxing. Ted paró cada uno de sus golpes sudando copiosamente a causa del esfuerzo, pues no estaba acostumbrado a que su alumna se mostrara tan brutal.

─Deberíamos parar ─sugirió, comprendiendo que Debby no se encontraba en su mejor momento.

Estaba alterada y fuera de sí, tanto para razonar con claridad como para golpear en el ring de boxeo.

─¡No! ─gruñó, arremetiendo con un directo de derecha.

El puñetazo se desvió de su trayectoria e impactó a escasos centímetros de la cara de Ted. Ella jadeó exhausta, y él arrojó los guantes al suelo.

─Ya es suficiente ─decidió.

Irritada, Debby asintió y se dirigió hacia los vestuarios, pero Ted consiguió detenerla antes de que saliera del ring.

─Ha sido un día duro para ti, ¿Por qué no te permites un descanso? ─le sugirió.

Debby clavó los ojos en la mano que se apoyaba con camaradería sobre un hombro. Hacía semanas que Ted se comportaba con ella de una manera más cercana e íntima de lo normal, e incluso Rachelle le había hecho notar que su instructor estaba colado por ella.

No podía negar que Ted era atractivo, con su cuerpo musculoso y moreno y aquellos rizos oscuros que le caían sobre la frente. No obstante, no quería que tergiversara su actitud.

─Sí, será mejor que me vaya a casa.

─O puedes aceptar la invitación de un buen amigo para cenar ─la sorprendió, alargando la mano hacia arriba para acariciarle la mejilla.

Él había estado reuniendo mucho valor para soltarle aquella propuesta, pues Debby era una mujer que impresionaba a los hombres. Tan segura de sí misma, tan inalcanzable... únicamente deseaba que ella le ofreciera una oportunidad.

─Lo siento, Ted. No creo que sea una buena idea ─se excusó con tacto, pues no quería herir sus sentimientos.

La expresión de él la informó de que acababa de suceder lo que ella trataba de evitar. Aún así, Ted forzó una sonrisa.

─Al menos prométeme que lo pensarás. Conozco un restaurante de comida italiana con una excelente carta para vegetarianos. Además, no soy tan mala compañía ─le guiñó un ojo.

Ella se mordió el labio inferior. Al fin y al cabo, hacía meses que no tenía una cita con un hombre. Comenzaba a creer que jamás encontraría al tipo indicado, lo que en cierto modo la aliviaba sobre el hecho de compartir su vida con un idiota.

─De acuerdo, lo pensaré.

Tras salir del gimnasio, se dirigió hacia la consulta de Madame Lenormand, la gurú de cartomancia de los famosos. En realidad, su adicción al tarot y los horóscopos era algo que la avergonzaba, pero no podía evitar sentirse un poco mejor consigo misma cuando su guía espiritual le ofrecía ciertas respuestas si se sentía perdida. Y aquel día lo estaba. Mucho.

Madame Lenormand elevó los ojos al techo con gesto concentrado y pronunció con voz espectral:

El amor está más cerca de lo que te imaginas. Tan sólo debes abrir los ojos, Debby. A veces no valoramos aquello que tenemos frente a nosotros. No dejes que sea demasiado tarde para ti. No dejes que te ciegue el orgullo.

Debby no dio crédito, recelosa por aquella lectura de cartas. Generalmente, Madame Lenormand siempre daba en el clavo.

¿A qué se refería Madame Lenormand con aquello de que el amor estaba más cerca de lo que se imaginaba? ¿Tal vez a Ted, su instructor de kix boxing? Tenía que ser él, que en el fondo siempre había estado esperando una respuesta afirmativa por su parte.

Podría concederle una oportunidad después de todo, sopesó la idea.





Sección de actualidad de la revista Actuality



Rubia de alto voltaje

Al parecer, Debby Parker llevó al máximo aquello de romper con su novio. De un puñetazo, la presentadora habría noqueado la nariz de su ex pareja tras una violenta discusión. A Debby le encanta el boxeo, por cierto. ¿Es la presentadora de la MBC una persona violenta? Por si acaso, no la hagan enfadar. Quién sabe, tal vez Scott Riley corra la misma suerte si consigue desbancar a la estelar rubia. ¡Ten cuidadito, Scott, que es cinturón negro de kárate!

Veamos cuál será su primera jugada.

Por Holly Turner





6.¿Mamá?





Continuaba dándole vueltas a las palabras de Madamme Lenormand. En realidad, podía ser que las cartas le hubieran revelado una verdad que ella se negaba a ver. Al fin y al cabo, no sabía nada acerca del amor. Y lo de Kevin sobraba, por supuesto. Se negaba a admitir que había amado a aquel imbécil por encima de todas las cosas, pues recordaba con total nitidez las majaderías que realizó en pos del amor.

Quizá Ted fuera la opción más razonable y práctica. Un buen hombre que la respetaba y no la veía como la feminista enfervorecida que clavaba alfileres en las figuritas de vudú de sus ex amantes mientras bebía su sangre y adoraba a Satanás.

Desde hacía un año y medio, su instructor y amigo siempre había estado ahí. Tratando de relajarla si los acontecimientos se desmadraban y la presión podía con ella. Rozándola con cariño y fingiendo que sucedía por casualidad. Ofreciéndole una sonrisa sincera y amigable cada vez que ella aparecía por el gimnasio.

Además era atractivo. De pronto, se le vino a la mente la imagen de aquel pelirrojo de ojos doradoss y sonrisa pícara. Bufó e hizo una mueca. Gracias a Dios, no todo en la vida consistía en ser guapo. Scott podía serlo, no iba a negarlo. Rozaba el metro noventa y poseía un cuerpo atlético y bien proporcionado. Su barba desaliñada, los bucles rojizos y el aspecto sureño contrastaban con una manera de vestir impoluta y que denotaba seguridad. Y aquel hoyito en la barbilla era el colmo del encanto. Sin embargo, era tan sumamente pendenciero que a Debby le resultaba insoportable.

Por supuesto, coronaba su carácter la etiqueta de soltero de oro al que las mujeres acosaban sin cesar. Y Debby detestaba lo que aquello significaba. De acuerdo, que le hubieran sido infiel tenía mucho que ver en ello. Pero no sólo se trataba del resquemor que tal hecho le producía, sino también de la merma en su autoestima. Del sentimiento desagradable de sentirse inferior a todo el mundo y creer que debía competir con el resto de mujeres para ser feliz consigo misma.

Menos mal que ahora las mujeres eran sus aliadas, mientras que los tipos como Scott y Kevin le parecían unos parásitos que una debía evitar a toda costa.

¿Se pensaba Scott que podría con ella? ¡Ja! Pues no la conocía en absoluto.

El portero de su edificio le abrió la puerta cuando llegó a la entrada del portal.

─Señorita Parker, tiene una visita. La está esperando en su apartamento.

Debby le dedicó una mirada acusadora a Andrew. El hombre sabía de sobra que tenía taxativamente prohibido dejar pasar a cualquier persona al interior de su vivienda.

─Se trata de la señorita Rachelle ─se excusó, nervioso al percatarse de la expresión de ella.

Debby suspiró. Conocía de sobra lo insistente y provocativa que podía ser su amiga para conseguir lo que le daba la gana. El pobre Andrew sólo había caído en su embrujo, como la mayoría de los hombres.

Se despidió de Andrew y evitó el ascensor, pues tras su clase de Kick Boxing se sentía llena de energía. Al abrir la puerta de su casa, se encontró a su amiga repantigada en el sofá y con una lata de cerveza en la mano.

─Hola cariño, ponte cómoda ─la saludó, arrojándole un beso con la mano.

─Eso debería decirlo yo.

─Llegas tarde ─la ignoró su amiga─. Rápido, siéntate a mi lado. El show está a punto de empezar. He pedido pizza, por cierto. Después de la paliza que me he dado en mi clase de body tono, creo que me lo merezco. Estar tan buena y ser tan lista no es justo para el resto de mujeres.

Debby puso los ojos en blanco. Quizá porque el roce hacía el cariño, había aprendido a perdonárselo todo a Rachelle.

Dejó el bolso sobre el aparador de la entrada. No esperaba una respuesta, pues su amiga se presentaba sin avisar la mayoría de las ocasiones. Pero creía haber visto algo en su expresión que denotaba un pesar que intentaba ocultar.

─A mi vecino se le ha reventado una cañería y me ha creado humedades en el techo del dormitorio. Me lo arreglan mañana. He decidido hacerte compañía y dormir abrazaditas ─hizo un gesto sensual con la boca.

─No quiero que armes ningún jaleo ─le advirtió, señalándola con un dedo.

Las fiestas en casa de Rachelle hasta las tantas, la música alta y el alcohol provocaban que su amiga siempre tuviera un percance con sus vecinos.

─Huy, qué poca fe tienes en mí. Si hubiera querido montar una fiesta, ya tendrías la casa llena de gente y a un tío cachas vestido de poli meneando su... pistola.

Debby se quitó los zapatos, se sentó a su lado y cogió un trozo de pizza.

─¿Hay algo de lo que necesites hablar? ─preguntó preocupada.

─Qué va ─su amiga ni siquiera pestañeó al soltar aquella mentira.

Pero Debby la conocía demasiado bien para tragársela. A Rachelle algo la traía de cabeza. Concretamente, alguien. Las cosas se le habían ido de las manos con su mejor amigo de la infancia, por mucho que lo disimulara la mar de bien bajo la apariencia de aquella mujer sensual que siempre conseguía lo que deseaba. Se sentía aturdida y hecha un lío. El problema de las relaciones tan intensas y honestas entre hombres y mujeres era que uno de los dos siempre llegaba a sentir demasiado. Debby creía que aquella empezaba a ser su amiga.

Dejó estar el tema por el momento, pues no quería atosigarla. Sabía que Rachelle era una mujer de espíritu libre que no admitiría sentir amor por quien sólo le ofrecía migajas.

─La semana que viene tenemos que ir a elegir los vestidos de damas de honor ─le dijo, en referencia a la reciente boda de Tessa─. ¿Te lo puedes creer? Nuestra pequeña Tess va a casarse.

─Me preocupa más la despedida de soltera ─Rachelle soltó una risilla.

Debby clavó los ojos en la pantalla al visualizar el elegante traje negro con pajarita roja en el que Scott iba enfundado.

─Conozco esa sonrisa ─comentó Rachelle, señalando a Scott─. Es la misma que yo tenía la primera vez que salí en televisión. Estaba segura de que podía comerme el mundo.

Debby no perdió detalle del programa mientras su amiga no cesaba de comentarlo. Mientras Rachelle hizo desaparecer las cervezas, Debby estudió el show presentado por Scott. La mecánica era sencilla: tres concursantes luchaban en unas pruebas ridículas para conquistar al hombre o la mujer de sus sueños.

─Se va a quedar con la pechugona ─vaticinó Rachelle. En efecto, el hombre decidió que la supuesta mujer de su vida era la voluptuosa castaña─. ¡Lo sabía! Tiran más dos tetas que dos carretas...

Debby bostezó. Se empezaba a sentir mucho mejor.

─Me voy a la cama ─comentó con una sonrisa─, ya he visto todo lo que tenía que ver.

¿Aquel era el grandioso programa con el que Scott pretendía hacerle frente? Honestamente, esperaba más de él. Tan sólo ofrecía un formato muy desgastado que tenía los días contados. Cuéntaselo a Debby era un programa de emociones continuas que mantenía al espectador al borde del llanto, pero aquella basura estaba más que vista.

─Perro ladrador poco mordedor...

─¡Ey, espera! Se supone que queda lo mejor: la llegada del invitado estrella. Lo llevan anunciando toda la noche ─le hizo saber su amiga.

─Paso. Con toda probabilidad será algún cantante que amenice el baile nupcial en directo para presentar su nuevo disco.

El plató se llenó de aplausos, pero Debby ya se había dado la vuelta para dirigirse a su dormitorio. Rachelle abrió los ojos como platos al contemplar la estilizada figura de la mujer que descendía las escaleras del escenario.

─Ups... a esa la conozco ─tiró de la manga de Debby para que no se moviera del sitio─. Es... tu madre.

“¡Con todos ustedes, la persona que probablemente más sabe de amor en todo Estados Unidos. La talentosa, incomparable y maravillosa escritora... Linda Parker!” la presentó Scott.

Debby corrió hacia el televisor y se quedó mirando la pantalla, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

─¡Eh, qué no veo! ─se quejó Rachelle.

Prestó toda su atención a la pantalla, sintiendo como entraba en cólera por momentos. ¿Qué estaba haciendo su madre en el programa de su contrincante?

Linda saludó al público, que la recibió en pie y con grandes aplausos. Al principio, habló con los concursantes acerca de lo importante que era tratar de comprender a la otra persona, estar en lo bueno y en lo malo y enamorarse cada día.

Cómo si ella supiera mucho de eso, pensó para sí.

Entonces comenzó su pesadilla. En pantalla aparecieron fotos de su infancia que su madre comentó sin pudor ante las continuas preguntas de Scott y el rostro repleto de perplejidad de Debby.

─Qué demonios...

“Tener una hija como Debby debe ser todo un orgullo”, le dijo él.

Su madre cayó en la trampa.

“Oh, es un privilegio. Debby es la niña de mis ojos”, respondió emocionada su madre.

A la tierna edad de nueve años, apareció montada en un caballito de madera. El público pronunció un sonoro “oh”.

“Bueno, de pequeña no era muy agraciada”, bromeó su madre. Todo el mundo se echó a reír excepto Debby “mi pequeña se ha convertido en toda una belleza, por suerte”.

“Ha salido a su madre”, la halagó Scott.

“Eres de lo que no hay”, sonrió Linda.

Y entonces, apareció aquella maldita foto. Debby sentada en el urinario de las princesas Disney. Demasiado humillante incluso para que Rachelle se aguantara la risa. Mientras tanto, su madre no cesaba de hacer comentarios sobre su infancia que la dejaban en ridículo.

Recibió varios mensajes de texto mientras taladraba la pantalla con los ojos. Si hubiera tenido superpoderes, habría deseado atravesar la pantalla y asesinar a Scott de un puñetazo. Quiso borrar aquella imagen, a pesar de que todo lo que salía en televisión siempre era eterno.

Pupa, te he visto el chichi en la tele, fue el mensaje de Paolo..

Qué mona, bromeó Robin.

No me diste una cita, pero ya te he visto desnuda, se cachondeó Ted.

─Scott Riley, has cometido el peor error de tu vida ─le advirtió enfurecida a la pantalla, como si él pudiera escucharla.

“¿Crees que si la llamamos por teléfono Debby querrá charlar con nosotros?”, le preguntó Scott a Linda.

Su madre se puso algo nerviosa.

“No sé...”, dudó.

“Probemos, pues”, decidió Scott, con una mirada que parecía retarla.

En el salón sonó un teléfono móvil. Rachelle y Debby clavaron los ojos en el aparato que vibraba encima de la mesa. Ambas se lanzaron a cogerlo, pero Rachelle fue más rápida y atrapó el aparato antes de que Debby consiguiera estrellarlo contra la pared. Si Scott quería conseguir sus cinco minutos de gloria gracias a ella, no iba a otorgárselos.

─¡No lo cojas! ─le ordenó Debby.

Rachelle hizo caso omiso y descolgó entusiasmada el aparato. A causa de las excesivas cervezas que había ingerido, no se encontraba en el pleno uso de sus facultades para comprender que aquello no era una buena idea.

─¿Debby? ─preguntó Scott

─No, ahora se pone ─Rachelle le ofreció el teléfono a su amiga. Ella sacudió la cabeza con frenesí, por lo que Rachelle, que estaba bastante achispada, se encogió de hombros─. Dice que no se quiere poner.

Se escucharon risas en el plató. Debby se mareó de la vergüenza.

─Cállate la boca

─Dice que cierres el pico ─le soltó, ni corta ni perezosa a Scott. Al ver el gesto horrorizado de su amiga, se apresuró a matizar─: ah, no. que es a mí.

Más risas.

─¿Rachelle? ─la reconoció Linda.

─Hola Linda. Tu último libro ha sido una pasada, ¿Sabes? ¡Arriba los cunilingus!

Las risas desbordaron el plato. La cara de Scott era todo un poema. Linda esbozó una sonrisa de circunstancia ante la cámara que la enfocaba. Debby quiso morirse.

─Gracias Rae, ¿Podrías decirle a Debby que se ponga al teléfono?

─Siempre que no vuelvas a llamarme Rae ─soltó una risilla─. Venga Debby, no seas tímida.

Las risas ahogadas d