Main Cuentos

Cuentos

0 / 0
How much do you like this book?
What’s the quality of the file?
Download the book for quality assessment
What’s the quality of the downloaded files?
Hay libros cuya lectura no debería terminar nunca –para evitar cierta sensación de desamparo–, como hay libros que nunca deberían dejar de estar disponibles para aquellos lectores que quieran acercarse a ellos. Por eso existe esta edición de los Cuentos de Carlos Castán, que recupera y reúne tres libros de cuentos que –si no lo son ya– están llamados a ser clásicos de la literatura contemporánea. Frío de vivir, Museo de la Soledad y Solo de lo perdido (junto a su relato más extenso, Polvo en el neón) han sido, a lo largo de más de veinte años, el ejemplo rotundo de una estética personalísima. No solo en la preocupación formal y estilística, donde Castán ha brillado de manera evidente, sino en lo temático y en su forma de mirar: una vida dedicada a narrar la soledad, la fragilidad de lo que nos rodea, las heridas del amor, y la lucha incansable contra la memoria, los fantasmas y las culpas. Y la esperanza. Un volumen, por tanto, especial desde su propio prólogo –deslumbrante y aclaratorio–, que permite ver la evolución del escritor en su escritura y en su vida. Y que logra el objetivo principal: que sus historias, sus cuentos, no se dejen de leer nunca. Que no se terminen jamás. 'Castán pinta atmósferas. Castán dibuja personajes. Leer a Castán merece la pena', Antonio Fontana,ABC 'Carlos Castán es el mejor narrador que tenemos en España', Lorenzo Silva, Las Provincias 'Carlos Castán es becqueriano en el mejor sentido de la palabra. Un postromántico excelente', Marta Sanz 'Debería ser saboreado como un vino espléndido', Juan Bonilla, El Mundo 'Castán aborda el azar, el dolor, el oficio de vivir, las huellas del pasado que se manifiestan en las casualidades del presente y las diferentes caras de la soledad', Rosa Regás, El Correo Digital
Year:
2020
Publisher:
Páginas de Espuma
Language:
spanish
File:
EPUB, 465 KB
Download (epub, 465 KB)
0 comments
 

You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
1

Cuéntaselo a Debby

Year:
2016
Language:
spanish
File:
EPUB, 365 KB
0 / 0
2

Cuentos completos

Year:
2006
Language:
spanish
File:
EPUB, 426 KB
0 / 0
CUENTOS


CARLOS CASTÁN





Carlos Castán, Cuentos

Primera edición digital: noviembre de 2020



ISBN epub: 978-84-8393-668-9



© Carlos Castán, 2020

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2020



Colección Voces / Literatura 303



Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com



No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.



Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid



Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: info@paginasdeespuma.com





DE UN TIEMPO DE TORMENTAS


Acercarme hoy a estos cuentos es como cuando en el Rastro encontramos por azar uno de esos álbumes de cromos que coleccionábamos de niños. Lo que nos conmueve al pasar las páginas siempre a punto de desencuadernarse no es que esos cromos sean más bonitos o más feos, sino el simple hecho de que sean ellos, los mismos, y estén ahí, apenas un poco descoloridos, José Eulogio Gárate y el tiburón martillo, la metralleta MG 42 con retroceso corto o Gengis Kan a caballo sobre una estepa amarilla. Parece increíble que no hayan cambiado igual que ha sucedido con todo lo demás o incluso desparecido como presagiaba el «Nocturno» de Alberti: qué dolor de papeles que ha de barrer el viento / qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua. Y vuelve con ellos una mirada sobre las cosas que uno creía librada ya a la niebla, un montón de tardes sumergidas en el vapor del olvido recobran algo de la consistencia que tuvieron gracias a esas viejas estampas que décadas después, por increíble que parezca, siguen oliendo a chocolate, o mejor dicho, siguen oliendo al olor del chocolate en los dedos y en el papel de plata, a goma arábiga y a la palabra merienda; regresa el camino del colegio a casa tal como era, con sus talleres y su lluv; ia y sus escaparates, aquellas mercerías, las farolas oxidadas, el quiosco donde cambiábamos los tebeos. Han seguido siendo los mismos durante años en el cajón de un dormitorio de una casa cerrada, y luego de aquí para allá, de almacén en almacén, a oscuras, totalmente a oscuras, como pasa la vida entera el corazón de cualquiera. Para mí no deja de ser siniestra la experiencia de volver a leer ahora lo que escribió alguien que lleva mi nombre pero que ya no soy yo. Tengo mis más y mis menos con ese alguien al que a veces rememoro de modo muy vago y otras, en cambio, con una nitidez tan cruda y repentina que sobresalta como un chillido, y cuyas viejas letras me llevan, con demasiada facilidad, del sonrojo a la melancolía y de la complacencia al espanto. No voy a intentar justificar ni analizar mis propios cuentos, algunos de los cuales apenas recordaba. En todo caso, deberían explicarme ellos a mí.



Existe el dato objetivo, atendiendo a las fechas de las publicaciones, de que he sido un autor intermitente, con largos periodos de silencio entre un libro y otro. Eso no es discutible, pero me gustaría aportar el pequeño matiz de que mi vida de escritor no comienza con la edición de Frío de vivir en 1997, sino que se inaugura muchísimo antes, precisamente con una de esas larguísimas etapas de silencio, de cuaderno interior, en la que puede decirse que viví buscando las palabras.



Quizás lo primero de todo fueran las tormentas. En el penúltimo año de instituto murió Franco y yo volví a enamorarme por primera vez de una chica que se sentaba en la segunda fila a la izquierda, al lado de la ventana y que aprovechaba cada rato muerto para leer libros en cuyas páginas quise estar, de la manera que fuese, para que ella no tuviera más remedio que mirarme. Quise ser las palabras que había bajo sus ojos, las historias, aquello tan interesante que la apartaba de mí. Un día seré eso que lees con la cabeza ladeada, seré la tinta, el papel sobre el que derramas tu pelo. He pensado a menudo en esa conjura murmurada entre dientes, en ese manso despecho cuando el amor era apenas un temblor en los labios y una sed, cada vez que me pregunto cómo comenzó todo. A día de hoy, sigo dando por buena la respuesta, aunque ya ni siquiera sé si fue verdad. Mi curso anterior había sido en un internado religioso en Huesca, lleno de soledad y polvo y pasillos helados, y aquel tremendo contraste con un instituto público del Madrid de finales de los setenta fue como una invasión inesperada de chorros de luz: los grafitis de la fachada, las muchachas llenando las aulas, los penenes con americana de pana, el césped reluciente a su alrededor, Marita, los primeros conciertos de la Romántica Banda Local, la noche, las pancartas rojas. En pocas semanas había pasado del castigo de un pupitre en la penumbra puesto contra la pared a la hermosura, pongamos por caso, de una calle mojada de Doisneau por la que vagar desolado o de una actriz francesa, vestida de corto, bajándose de un coche. Llegaron justo entonces los primeros libros de Cortázar, de Sábato, de Vargas Llosa, la revista literaria que empezamos a hacer unos cuantos compañeros del instituto, 16 añitos, fanzines y plaquettes, noches sin dormir, las hormonas revueltas, el cabello al viento, todo olía a pólvora y a una primavera nerviosa y reluciente. Pero un sauce llorón que todavía hoy derrama sus ramas flácidas sobre el estanque del Parque de Berlín supo hasta qué punto andaba yo siempre, por decirlo con palabras de Bryce Echenique, «medio perdidamente enamorado», propenso a morir, y, en medio del bullicio, tirando a solo: esa manera esperanzada de sentirse derrotado, ese modo tan trágico de saberse bello y salvaje. Siempre con la idea recurrente: nada me sucede si no encuentro las palabras, si lo que quiera que sea (este miedo ahí dentro, este horror, esta tarde lenta) no lo sé decir.



Y todo vino de golpe, los pósters con la programación del cinestudio Griffith colgados con chinchetas al lado de mi cama, las litronas con mi hermano y otros chicos del barrio sentados en el respaldo de un banco, la librería Aquilea, la cola de los Alphaville, la ansiedad, Antoine Doinel, los miles de cosas que quería entender y no entendía, Catherine Deneuve, las medias de Catherine Deneuve, también sus ojos. El hielo de algunas miradas, la suavidad de un puñal. Es imposible completar una lista siquiera con las referencias básicas, son tan escurridizos los colores en el mapa de las afinidades, tan móviles y difusas sus fronteras: escucho a lo lejos cantar a Raimon, pero también a Marianne Faithfull y Johnny Mitchell, y a Dylan y a Cohen, y a Brel, a qué seguir, y al Polaco Goyeneche y a mi madre cantando rancheras cuando viajábamos en coche o en las cenas de nochebuena, cuando ya el mantel estaba mojado de champán. Y aparece Borges con sus tigres de oro, como un frágil dios, por los corredores de uno de sus laberintos, y Umbral en su mecedora, muy triste algunas noches, y César Vallejo mirando al infinito, y el otro, y el otro. Si rememorase mañana en vez de hoy, serían otros nombres y diferentes canciones, eso pasa siempre. Quizá hemos llegado a donde estamos por caminos diversos, aunque a primera vista comprendamos que no puede ser, y lo que nos explica es una suma de relatos que a veces se contradicen o se superponen o se enredan entre sí formando una maraña que puede confundirse a veces con el olvido pero que es todo lo contrario, aunque los contornos de las cosas se deshilachen como en un sueño de película y aparezca la vida entera desdibujada por el agua de tanta lluvia como ha caído. Pero en cualquier caso estoy hablando del nacimiento de una mitología personal, justo en esos días, alejada de episodios heroicos y grandes aventuras; de la forja de unos referentes que nada tenían que ver con el hombre de acción sino con la nostalgia del paseante solitario, los cafés, las mil y una formas del destierro, la estética de la derrota.



Un amigo me dijo que si te matriculabas en filología hispánica te ponían prácticamente desde el primer día a contar los «ques» completivos que había en El otoño del patriarca, de manera que decidí estudiar cualquier otra cosa y me decanté por la filosofía, que en principio era mi segunda opción, para que nadie me ensuciara lo que más creía amar y resguardar lo que guardara con mis lecturas literarias a salvo de análisis estructuralistas y demás autopsias carniceras, exámenes y obligaciones en general: solo para mi soledad. Empezaron a ocurrirme las cosas muy deprisa, en la calle, en la sangre, todo tipo de cosas incompatibles con el «aquí se cena a las diez» que repetía mi padre. Todo eran batallas. Me fui de casa, claro. Una chica dijo que sí. Le faltaban horas al día porque había que estudiar a Wittgenstein y compañía y a la vez ganarse el pan. Siempre faltaban unas monedillas en la palma de la mano; el gato, el olor a incienso, el tocadiscos sin parar de dar vueltas y la nevera vacía. Vino la noche, vinieron las noches. No es el momento de contarlo, nunca es el momento. La imagen es la de un montón de bocas entreabiertas, las luces y la música girando como locas, la danza interior, el licor resbalando por la piel y todo el vértigo de la libertad flotando en el aire, una fiebre en los labios, una prisa, una sed, la hoguera donde ardían los fracasos.

Aquella misma chica dijo que no, que ya valía, el hígado dijo que no. Yo seguí adelante por un tiempo porque a pesar de todo me parecía hermosa la noche en medio de la cual me estaba desangrando, no tenía nada más y continuaba buscando las palabras. Hasta que claudiqué: dejé la ciudad, abandoné la vida. Huesca fue como mi sanatorio de los Alpes suizos, un lugar apartado de las tentaciones donde reponer fuerzas y acostarme temprano. Las vitaminas, el caldo de cocido, el parque, el tedio como un bálsamo amigo pero que siempre termina por hacerte llorar. Y de ese alejamiento nació todo, de ese hastío desde el que miraba las tempestades pasadas, evaluaba las pérdidas y contaba los cadáveres; de la conciencia de haberlo roto todo. Y creo que es esa melancolía la que funda mi vida de escritor que escribe. Luego las cosas se recompondrán a su modo, claro está, irán regresando despacio otras formas más mansas de la vida, los libros ayudan, el amor, los hijos, las oposiciones. Pero creo que en el fondo todo viene de allí, de aquel vacío, de la mesa camilla y el paso de las horas en el reloj de pared (vulnerant omnes, ultima necat), del agua con gas, de las tardes recorriendo el parque, del insomnio culpable y la rabiosa nostalgia de todos los venenos. Me compré un chándal para ir a correr al cerro de San Jorge, solo lo usé una vez, sé que es una tontería pero me daba vergüenza. Recuerdo la boca seca y los ojos húmedos, la tristeza que me producía cuanto tuviera que ver con mi vida, la acuarela gris en que se había transformado el mundo (Los cuentos «Una historia barata» en Frío de vivir y «Escuela de la muerte» —y, en menor medida, «Ciudad»— en Solo de lo perdido dan cuenta, de alguna manera, de mis dificultades de adaptación a los nuevos escenarios de mi vida). Necesitaba creer que vivir podía ser algo más que defenderse de la vida. Y de repente, cuando no parecía haber espacio para mucho más desconsuelo, la muerte por accidente de mi hermano, el ser humano del que me sentía más cerca con diferencia en aquellos momentos. No es preciso (ni posible) describir todo lo terrible de aquel golpe «como del odio de Dios», tener que aprender de ese modo que no era tan solo literatura el impulso de querer escarbar la tierra con los dientes ni la soledad infinita del corazón y el mar. Hubo una temporada en que mi hermano se moría en todas partes, y cada día. Durante años me acostaba a dormir y era casi imposible porque resulta que mi hermano acababa de morirse, y cuando por fin lo lograba se me aparecía en sueños con una venda blanca manchada de sangre en la cabeza y entonces llorábamos juntos por tener que estar separados, cada uno en su cárcel de sombras. Pero mejor hablemos de otra cosa.



Tuvo que suceder algo así de terrible para que yo entendiera que, si de verdad quería ser escritor, había llegado el momento de ponerse a ello. Claro que antes había redactado unas cuantas cosillas, poemas, algún cuento, aquellas primitivas Nociones de piromanía y fragmentos desordenados y escasos de una novela ambiciosísima y oscura que iba a encerrar la vida entera y a la que pondría por título De lenguajes y destinos, y que en realidad no llegó a ser más que un bloc emborronado repleto de flechas y de tachaduras como había visto en la foto de un manuscrito de Proust. Vivía como pensando que todo eso sucedería algún día, por sí solo, cuando caí en la cuenta de que existía la posibilidad de que también yo me muriera sin haber escrito nada, y ese pensamiento, por otra parte tan obvio y banal, me llenó de pánico. Casi podía notar cómo mi cerebro segregaba algo parecido al terror. Es extraño porque aquella experiencia de la muerte tan cercana me enseñó a la vez dos cosas totalmente contradictorias cuya oposición diría que, de alguna manera, todavía me conforma como escritor y como ser humano: entendí en un mismo instante que había que hacer algo y que nada importaba. Aprendí que había que ponerse con urgencia a la tarea al tiempo que aprendía que para qué, que daba igual, que todo daba igual. Quería escribir pero también estar callado, como si necesitara pronunciar el silencio, permitir que mi noche asomara en la página aunque solo fuese para dejar constancia de un «nada que decir». Y creo que esta dualidad propia del conflicto interior se refleja perfectamente en los relatos de mi primer libro y también en los que vendrían después: esos personajes que persiguen a tientas algo y lo contrario, que dudan entre quedarse y salir corriendo, entre el sosiego y el grito, entre la calidez del hogar y el imán venenoso y dulce de la incertidumbre. Recuerdo aquellos horribles pisos amueblados que alquilábamos en nuestra juventud, con el pegajoso sofá de escay, los armarios de color caoba y el consabido cuadro de la cacería del ciervo presidiendo el salón, y cómo teníamos que tapar todo eso para poder respirar porque nos recordaba demasiado al hogar de procedencia. Lo hacíamos ayudándonos de tres o cuatro pósters de carteles de cine o bandas de rock, con la propia música puesta a trabajar a toda máquina contra el tedio adherido al gotelé de las paredes, con las varillas aromáticas y sobre todo utilizando grandes telas hindúes llenas de elefantes granates y naranjas con las que cubríamos toda aquella desolación de objetos tristes, figuras de Lladró y tapetes de ganchillo. Tachábamos la realidad sin darnos cuenta de que en el paquete iba también nuestra infancia y parte del secreto de lo que éramos. Muchas veces he pensado que la escritura, ese proceso que tan misteriosamente combina el averiguar y el decidir, tiene que ver con el disfraz y la máscara de aquellos mantos tendidos sobre la fealdad de los muebles, pero también, en un momento dado, con el gesto rabioso de retirarlos todos de golpe para mostrar desnuda la verdad de las cosas, la incompetencia de la vida a la hora de satisfacer anhelos, los desconchones, la mugre, los papeles pintados.

Es difícil enunciar un predicado que sirva para tantos relatos a la vez, pero quizá el denominador común sea ese, sumado a la sensación de intemperie y abandono de los personajes y a su pregunta por la identidad, por saber de una vez por todas quiénes son, si es que somos algo más allá de carne que recuerda. El frío de vivir tiene que ver con la añoranza de la intensidad perdida y con la conciencia de que en realidad vivimos en continua despedida de todos aquellos que pudimos haber sido y ya no vamos a ser. Es algo así como unos brazos caídos, ese cansancio antiguo ante la visión de le tremenda distancia que va a haber siempre entre la realidad y el deseo, que no es otra cosa que presencia de una ausencia, un hueco ahí, algo que falta, o Dafne convertida en arbusto de laurel.



Recuerdo el temblor del pensamiento cuando escribía Frío de vivir, tengo la seguridad de haber tecleado alguno de los cuentos con lágrimas en los ojos pero no recuerdo cuáles ni tampoco sé por qué. Más que sentado puede decirse que aquellos relatos los fui escribiendo caminando por el pasillo, contando las sílabas como quien dice, atendiendo a cierta idea de la música en el párrafo y buscando en todo momento —puede que con toda la torpeza, ya sé que a ciegas— la belleza.



Museo de la Soledad perdió algo del desgarro, del grito callado e inconsolable que había sido el libro anterior y, en el aspecto formal, empecé a ensayar estructuras más rotas. Pero, al igual que en Solo de lo perdido, lo básico sigue allí: el mar de paradojas, la pulsión de huida, el amor herido y lejano, las mil y una formas de la desolación y toda la ceniza fría de un pasado que se hace y se deshace en el presente como un castillo de humo. Y Polvo en el neón puede decirse que se lo debo en parte a Sam Shepard y también al Hopper de las gasolineras en medio de la nada. Creo que desde hace unos años empezó a habitar en mí un hombre sentado en la mecedora de un porche vigilando que los mapaches no entraran en el cobertizo, alguien que tenía que cortar leña y reparar la verja y acordarse de todo lo vivido mientras camareras con delantales blancos le rellenaban una y otra vez la taza de café aguado en un bar que hay junto al taller mecánico, bajo el sol del desierto, junto a pilas de neumáticos gastados y chasis listos para la chatarra.



Me doy cuenta de que mis textos parten siempre de un retorno, de manera que vistos hoy, como aquel álbum de cromos perdido y vuelto a encontrar, no pueden ser para mí más que retornos de retornos. Como nosotros, están hechos de cosas que vuelven. Dice Sefaris que «allí donde la toques, la memoria duele», da lo mismo que se trate de los tragos amargos o los momentos supuestamente felices, la herida o la maravilla. No se sabe qué es peor. Somos relatos que sucesivamente se muestran y se esconden, trepan y se hunden, huyen y regresan, somos el desenlace de algo turbio que sucedió un día. Venimos de muy lejos, todos, de un tiempo de tormentas. Buscamos en el mundo cosas, trozos de un pastel de felicidad, instantes que no se deshagan demasiado rápido en la inmensa indiferencia del tiempo, jardines, bares, trenes abandonados, noches de amor, la lluvia donostiarra, libros de cuentos, besos de bocas como flores carnívoras, letreros de neón, una higuera que huele a todos los veranos de la infancia, imágenes que se demoren en evaporarse, que se queden un buen rato flotando en la oscuridad. Y al final es posible que la única aspiración razonable sea la de vivir una vida bien contada. Sí, puede que sea justo eso: vivir una vida bien contada.



Carlos Castán

Zarzalejo, julio de 2020





FRÍO DE VIVIR





«Por qué lloras, Persio, por qué lloras; con cosas así se enciende a veces el fuego, de tanta miseria crece el canto; cuando los muñecos muerdan su último puñado de ceniza, quizá nazca un hombre. Quizá ya ha nacido y no lo ves».



Julio Cortázar, Los premios





EL ANDÉN DE NIEVE


«Aquel que nunca espera lo inesperable no lo descubrirá jamás, porque está cerrado a la búsqueda y a él ningún camino lleva».



Heraclito



En un tren de madera siempre puedes encontrarte con un soldado alemán. Y puedes tener que saltar sobre la nieve si has olvidado tu pasaporte. Entonces te hallarías en medio de una Europa en guerra, con el tobillo torcido perdido en un bosque de niebla. Por eso ahora no los hacen así. No sería cómodo para los viajeros.

Desde los tiempos de la Union Pacific las compañías ferroviarias se vienen enfrentando a esta clase de prodigios. En secreto, han ido eliminando sin sembrar la alarma aquellos que, tras sesudos estudios en torreones alejados del mundo, se probó que dependían de trivialidades prescindibles. Así, sustituyendo materiales, esquivando poblaciones fantasmas, trastocando continuamente los horarios, bendiciendo las máquinas en el momento de su botadura, cambiando bruscamente la velocidad y hasta el sentido de la marcha se consiguió acabar con los más espectaculares sobreviviendo solo, muy de tarde en tarde, alguna excepción que confirma la regla de la normalidad de forma y manera que no falta quien, si quiere contarlo, tiene que regresar en barco de su modesto viaje a Leganés. No obstante, después de tantos años, es poco probable, a decir verdad, sufrir a bordo de un tren de nuestros días un ataque comanche o vivir una aventura con los correos del zar. Me lo dijeron con nostalgia.

Hoy los perseguidores de prodigios recorren miles de kilómetros a la búsqueda de uno de ellos. Van y vienen incansables de una ciudad a otra con maletas semivacías y periódicos viejos doblados bajo el brazo. Algunos llevan sombreros de viajero, todos han perdido la esperanza varias veces bajo la lluvia de los andenes, que es la más cruel y la más fría que existe, porque el portento esquiva a los avisados y repetidores arrepentidos que, en su día, víctimas de su propio pánico ante el pasmo, dejaron huir la ocasión como locomotora que se adentra en la noche. Agotados, volverán a subir una y mil veces la escalinata del vagón, se dejarán caer pesadamente sobre su asiento y desplegarán sin mirarlo su diario a la vez que apoyan la cabeza en la ventanilla esperando el silbato que enciende a duras penas el desgastado ánimo.

Entre los más abandonados de estos buscadores está el señor Segrià, a quien conocí en un Talgo hace algunos años y que vivió sobre los raíles la historia de amor que calles y hoteles, bares y jardines le habían negado. Dijo que se sentó frente a él, que era rubia y tenía un encendedor de nácar. Dijo que su perfume es imposible de olvidar. De entrada creyó conocerla, pero enseguida descartó un encuentro anterior atribuyendo la sensación de familiaridad al larghetto de la primera sinfonía de Schumann. Dijo que sencillamente eran iguales. Dijo cosas así. Uno no sabe nunca si debe escuchar a los enamorados y armarse de impudor para creerlos, ni si piensan a base de latidos o pueden realmente compararse mujeres y música. Pero lo cierto es que la amó kilómetros y kilómetros. En ese viaje y en otros sucesivos, en el Costa Brava y en los coches-cama. Podría darse la vuelta al mundo con la duración de ese amor.

El obeso viajante catalán hubiera querido buscarle un sitio en tierra firme, ponerle un piso o llevarla al cine, poder caminar juntos por la calle, aunque solo fuera eso, entrar a los cafés, ver alguna película, ya se sabe, enseñarla a los amigos. Ella siempre se negó. Con una sonrisa, le anunciaba su próximo viaje. Si él insistía se estropeaba todo, la mujer se ponía triste y solo quería dormir o leer sus revistas. Cuando el asunto se daba por zanjado volvía a ser la de antes. Todo estaba bien así, hubiese durado años. Segrià habría podido esperar regularmente para ser feliz a que el tren, como metáfora del deseo, se introdujese nuevamente en la noche con un movimiento de vaivén. A diario, incluso, de habérselo propuesto.

Sin embargo, tuvo que seguirla. Fue en París —¿Llovía, me dijo si llovía?—. Después de despedirse como de costumbre en el andén, Segrià simuló dirigirse a la cola de los taxis pero echó a andar tras ella por la acera. Comprobó qué distinto era su modo de caminar sobre un suelo inmóvil. Era consciente de que se estaba portando mal y de que sería severamente castigado por ello. De repente, sintió vértigo. Un pánico terrible de no verla más y al doblar la siguiente esquina no la vio más. Había desaparecido, literalmente. Fue así, por ese orden, primero supo que jamás volvería a verla, a continuación sintió miedo por ello y, finalmente, la perdió para siempre. No había en el lugar puertas ni ventanas, ni bares ni comercios en los que pudiera haber entrado. Tampoco circulaban coches a esa hora de la madrugada. Segrià se sorprendió a sí mismo buscando por la zona alguna alcantarilla abierta, mirando compulsivamente aquí y allá, arriba y abajo hasta que rompió a llorar, con las palmas de las manos apoyadas en el muro desconchado en que parecía haberse convertido su amante fue deslizándose hasta quedar sentado sobre su maletín de piel. Una vez más, con su centro en la garganta, el dolor se apoderaba de todo lo que hubiera vivo bajo un abrigo mojado. No hubo sonata de violines flotando en el aire. Solo la amarga promesa de volver a encontrarla.

A partir de aquella conversación, que vino a confirmarme sospechas hasta el momento inconfesables, he ido comprobando que muchos de los pasajeros de los trenes desaparecen apenas abandonan la estación, cosa que puede verificar cualquiera. Basta con seguirlos cuando se apean del vagón, conocen las calles aledañas más discretas —al margen de sus trenes, ¿conocen algo más?— y hacia allí se dirigen en precario equilibrio, nerviosos y rápidos, con gestos de ratón. Llegado el instante oportuno, se esfuman. Los hay más bien torpes y por eso no es del todo imposible asistir al espectáculo vertiginoso de la ausencia, a la irrupción violenta, en una calle del mundo, del no-ser. Volverán a tomar forma al día siguiente en los servicios de ese mismo tren o de otro diferente. Por eso, si es que se han fijado, apenas la máquina inicia su marcha, siempre sale alguien de algún lavabo que segundos antes estaba vacío.

No sé de dónde surgen ni en qué pensamiento se dibuja su rostro por primera vez, si toman su aspecto de muertos de otros siglos o de sinfonías como entrevió Segrià o de pinturas olvidadas. Pero sé que no nacen ni acuden a los colegios, que su lenguaje es postizo y su soledad fingida porque desconocen el drama de la vida y su memoria es difusa y cambiante como las sombras en que se escabullen. Están hechos de carne, pero no les aguarda sepultura alguna; ríen, pero su dicha carece de sentido porque lo ignoran todo del dolor, nadie nunca les hizo llorar ni los libró al olvido. No estoy loco. No seré yo quien niegue que en un vagón cualquiera hay mayoría de gente como usted y como yo, personas que se dirigen de una ciudad a otra para cambiar de aires, asistir a funerales, retener amores o atender a la usura de sus negocios. Es cierto. Pero los seres de quienes hablo abundan más de lo que parece y lo que parece ya es bastante si se les sabe ver, si nuestra mirada no se nos ha podrido por su cuenta entre los ojos. Tanta incredulidad empieza a cargarme. Añadiré que el elenco de prodigios ferroviarios no se acaba aquí, con estos hermosos prisioneros que armados de maletines, alzacuellos, cestas de huevos o diarios deportivos, en el breve margen de tiempo que les permite el trayecto, tratan sin fortuna de cambiarnos la vida.

Hay sucesos más sorprendentes. Conseguí que un beodo a quien en el barrio apodan Macario el Ferroviario por la gorra que lleva y porque siempre al pedir limosna dice que es para tomar el tren me contara su historia.

Su estado era distinto y ordenada su vida cuando un atardecer de julio se dirigía a Madrid, donde debía esperarle su familia para ir todos juntos a la playa. Ya estaba casi llegando —Guadalajara había quedado atrás hacía un rato— cuando quedó asombrado por el frondoso bosque de abetos que se extendía al otro lado de su ventanilla. Árboles milenarios se alzaban ¿diré majestuosos? en una suave pendiente en la que podían verse pequeños arroyos transparentes. Consultó el reloj, se frotó los ojos, volvió a mirar el bosque de suelo de nieve y salió confundido del departamento en que se hallaba solo. Se acodó a la ventanilla del pasillo desde donde pudo contemplar aliviado las naves industriales próximas a Alcalá de Henares, el paisaje más familiar de descampados llenos de bidones oxidados y cascotes, neumáticos rotos y postes eléctricos. Abrió de par en par y respiró reconfortado ese aire que era el suyo. Estaba en la ruta correcta, estaba llegando a Madrid. Entró de nuevo en su departamento en el instante preciso en que, al otro lado del cristal, una ardilla emprendía su acrobático vuelo por las alturas. Se giró nuevamente hacia el pasillo y vio las latas de un basurero brillando al sol, nudos de carreteras secundarias y grandes almacenes de muebles y de hierros. Se hundió en su asiento pero esta vez dejando abierta la portezuela que da al pasillo de manera que pudiera ver la otra ventanilla. Intentó secarse un poco el sudor, encendió un cigarro. No daba crédito a semejante espectáculo. Si miraba a su izquierda veía cementerios de automóviles, laberintos de uralita y latón, un cielo rosado y los bloques de viviendas de San Fernando o Barajas; si miraba a su derecha volvía a encontrarse con parajes de densas arboledas, prados en los que pastaban vacas, cordilleras lejanas, caminos en la nieve que terminaban en casas humeantes. Se preguntó si habría muerto sin sentirlo, pero más allá de este disparate no fue capaz de pensar en nada. Giraba su cuello de un lado a otro cada vez con mayor rapidez hasta que quedó agotado. Decidió inclinar la cabeza y se dejó llevar.

El tren, por su lado izquierdo, entraba ya lentamente en la estación de Chamartín. Sintió el impulso de saltar por ese lado y completar los últimos metros a pie, sobre la maraña de vías, pero no lo hizo. La camisa totalmente empapada se le pegaba al cuerpo, se sentía los latidos en la sien. No quiso mirar pero miró una vez más a la derecha. En ese momento el tren, entre chirridos, comenzó a frenar hasta quedar totalmente detenido. Lo que vio le dejó inmóvil: sobre el andén totalmente nevado de lo que parecía ser la estación de una pequeña aldea se hallaba en solitario una mujer vestida de negro que sonriendo suavemente le llamaba por su nombre y aguardaba a que se bajase. Su rostro era de una vertiginosa belleza. Supo que la conocía desde siempre porque era desde siempre la mujer de sus sueños o, mejor dicho, era las mujeres de sus sueños porque estaban todas allí en una, en ella. La que estando enfermo le acercaba cuidadosamente su cucharada de jarabe, la que escalaba en la noche las tapias del cuartel para meterse en su catre, la que tomaba frenéticamente aviones para verle, la que enloquecía por él y se vestía con la ropa que le escogía en los escaparates en sus paseos solitarios, la que por no existir había convertido su vida en un paisaje sucio y desolado. Por su aspecto, le recordaba algo a su primer amor pero con las facciones más suaves y más bellas, más irreal y más alta, bastante más hermosa. No, no era como su primer amor, era como la canción de su primer amor, era ese vals.

En el otro lado, sus hijos ya lo habían localizado y golpeaban impacientes con los nudillos en el cristal, a la vez merendaban y llevaban los labios llenos de aceite y migas. Unos metros más atrás, su mujer les gritaba algo, probablemente que dejaran de encaramarse al vagón. En su cara se veía que estaba harta de aguantar a los niños, de sus varices y del retraso del tren. Recordó que había olvidado unos encargos de última hora y le dolió la cabeza. A la derecha, la mujer seguía llamándolo, le hacía señas con la mano, le mostraba un carruaje de caballos junto a una cantina de madera, un camino bajo los árboles. En el andén de nieve alguien hizo sonar un silbato, no quedaba gente en el vagón. Había que apearse ya, pero ¿por qué lado? Comenzó a llorar. La mujer de negro se acercó a la ventanilla, tocó con sus dedos el cristal. El hombre cerró fuertemente los ojos, emitió un sollozo grotesco y saltó hacia el otro lado. En dos zancadas ya estaba respirando el aire denso de Madrid. «¿Es que siempre siempre tienes que bajar el último?». Escuchó. Había que pasar por casa de tía Presen porque se lo habían prometido, vaya horas, el pequeño no había podido venir porque está con fiebre, tenían que comprar no sé qué por el camino, vigilar a los chicos que no crucen sin mirar y dejen de pegarse, la abuela y Mari Puri vendrán al mismo hotel.

Deseó que la tierra le tragase allí mismo. Por entre dos vagones se asomó al otro costado del tren pero no había más que andenes y todos formaban parte de la estación de Chamartín y en todos era el mes de julio. A partir de entonces el sentido de su vida se redujo a la búsqueda de una segunda oportunidad que nunca llegaría. Sus pocas esperanzas le llevaron a luchar en un segundo frente, no menos imposible y sórdido que es el del olvido. Si abandonó a su familia fue porque para él se redujo a un recordatorio cruel del episodio y la mera comparación de su compañía con la de la mujer que no lograba borrar de su mente le producía vómitos. Las tabernas forman parte de lo mismo.

Y ustedes no fantaseen. Sé perfectamente por qué lado habrían bajado del tren. No es mi caso. Mis escasas posibilidades se reducen a que el ferrocarril ignore que conozco cuanto les he contado. Así que a callar. No les costará un gran trabajo guardar silencio ya que en ningún momento me han creído. Bastante difícil lo tengo y lo sé, no albergo demasiadas esperanzas. Entretanto, viajo a menudo en tren: hablo con los viajeros cuando ya estoy harto de escuchar a los humanos.





LA REINA DE LOS RÍOS


«Soy dolor que nunca te ha dolido».



(De «Seguiré mi viaje», bolero mexicano de Álvaro Carrillo)



Por ejemplo las cosas que me dice. Bueno, y también esa manera que tiene de decirme las cosas. No solo las palabras que elige entre todas las palabras que hay, sino la luz que te envuelve de su voz. Siempre que me da un consejo parece que me estuviera castigando en broma. Es bonita, además, con todos esos anillos.



Desde que nos da clase domino los ríos y las cuencas mineras. Puertos de mar y cordilleras, océanos y recursos, pocos secretos acabarán teniendo para mí. Me he dado cuenta de que sin querer acaricio siempre el atlas antes de guardarlo en la estantería. Y es que ese es el reino de mi Señora.



Cuando se saca punta a los lapiceros, ese olor tan suave a madera que dejan las virutillas es el suyo. Pero también es el suyo el de los rosales y la vainilla, el del champán helado de Navidad cuando se derrama sobre los regalos y alguien dice alegría, el del aire que llega atravesando ramajes a saltar las tapias del colegio y se cuela en las aulas desordenando los papeles del profesor y haciendo que se vuelen nuestros apuntes. La mayoría de los curas huelen a pis, pero ella huele a todo eso.



Llegar ella es como cuando en un sótano húmedo y oscuro se cuelan por algún ventanuco rayos perdidos de sol. Suelta el bolso encima de la mesa, se echa el pelo hacia atrás y comienza a hablar de comarcas o glaciares. Yo memorizo todo eso y mucho más, también sus labios y sus rodillas, la luz que le nace en los ojos, porque luego me hacen falta cuando me quedo solo en mi cuarto y la noche es un negro dolor que no se acaba.



Como la mayoría de los chicos no me entienden y los demás no cuentan conmigo, como empiezo a estar harto de todo y todo lo que no me aburre me da miedo, yo le escribo una carta en la que quiero que sea una prisionera lejana que, con largas uñas rojas, desgarre nerviosa el sobre en su mazmorra, y llore. Por haber recibido la carta al fin, por no haberla recibido antes; por no poderme ver y por haberme acordado de ella. Sin papel ni bolígrafo ni nada yo le voy escribiendo esa carta mientras paseo o miro cómo juegan al fútbol los demás o traduzco latín o debería. Y en la carta le pongo que no hay nadie como ella ni musgo ni bosque que huela como su pelo, ni océano tan verde y salvaje como lo son sus ojos. Le pongo todo eso.



Dice Asenjos que el padre Yago es un sádico y que sádico quiere decir marica sanguinario. Le cuadra bastante bien porque le va lo de dar hostias y también lametazos en la oreja y toquineos por aquí y por allá como el otro día a Néstor el de segundo, aunque todos dicen que aquello a Néstor le gustó aunque llorara, aunque para disimular pasara toda lo noche llorando. La verdad es que llora mucho el jodido de Néstor, pero tendrá que andarse con cuidado la próxima vez que baje a confesarse si no quiere que, como dice Ballesteros, le dejen el culo como un colador.



Yo estos días creo que odio un poco el sexo porque pienso que quizá a ella esto del sexo la haría sonrojar. Por eso lo odio.



Me gusta que me mire porque el trozo de mi vida que se dibuja en sus ojos todo eso que se lleva por delante de bonito. No es tan triste, ni tan igual ni tan sombría esta vida mía vista allí. Seguro. Por eso me gusta imaginar a veces mi vida tal y como se refleja en sus pupilas. Por eso mejor cuanto más me mire.



También sufro por ella, por lo lánguida que la veo siempre con esa falda gris, por su miopía que la obliga a acercarse tanto al papel cuando escribe que a veces su melena va barriendo la tinta todavía húmeda, por la mirada siempre perdida y porque este entorno de gritos y escupitajos, de curas y muros grises, ella no se lo merece.



Al terminar la clase, sin que me viera nadie, he recogido el chicle que al entrar arrojó en la papelera. Le he arrancado las motas de porquería y de ceniza y lo llevo en la boca a todas horas hasta que me vence el sueño y lo pego en los barrotes de mi cabecera.



Y luego está el frío, que es otra de las cosas realmente jodidas del colegio. Cuando estudias tapado por una manta solo sacas las manos para pasar la página, menos si comes pipas. Así es mucho más fácil sentirse desolado, envuelto en una manta de soldado la víspera de un examen criminal, pensar como yo hago en hogueras de pastores o edredones de plumas o, mejor, en un abrazo mullido. Ella me prepara un gran vaso de café con leche y después me abraza escondiendo en su cuello mi cabeza. Un edredón de flores que nos cubra a los dos.



Al padre Yago le encanta golpear a la gente. Hoy ha vuelto a tomarla conmigo: me ha dado unos cachetitos en la cara con la mano abierta. Esta vez buscaba más humillarme que hacerme daño. Son los peores esos curas que hacen deporte y casi nunca se ponen la sotana, este va de monitor de boxeo y se cree elegante, el capullo. Ojalá hubiera podido adivinar lo que yo pensaba mientras me estaba pegando aunque me hubiera pegado más y más fuerte. Pensaba: lo malo no son los golpes, lo malo es su pútrido aliento y que siempre escupe cuando habla. Sí, lo verdaderamente asqueroso son sus babas.



Hace mucho frío pero no se decide a nevar. Muere amargamente otro domingo de invierno y aunque sé que no conduce a nada llorar sobre la cama lo difícil es dejar de hacerlo. Estoy perdido en un mar de días gris y sin orillas. Todo es gris pero lo más gris de todo es esta habitación y el chico que llora tumbado en el centro.

Hago un esfuerzo por incorporarme y en la carta añado: tú eres la herida, el cuchillo y la cuchillada.



No sé si es más pecado olvidarme del cielo por completo o gemir cada noche que su cuerpo Dios me lo conceda. ¿Es ella pecado como masturbarse o robar la calderilla de los vestuarios o desearle al padre Yago sin descanso siempre que se muera?



Ha escrito la Bea. Dice que se acuerda mucho del verano, de nuestros pasodobles y de cuando, junto al malecón, estuve a punto de besarla. ¿Cómo podrá saberlo? Me envía sus recortes de cantantes y letras de amor y una colección de besos hecha con pintalabios de colores distintos en hojitas de libreta cuadriculadas. Me pregunto si esta chica tendrá una ligera idea de lo que es el amor, la pobre.



Las pisadas en el piso de arriba, las declinaciones, el miedo a nada, hacer caso todos al tipo más tonto, los castigos divinos, la sopa siempre fría, por qué sin motivo y sin pensar se nos cae a veces una lágrima sobre el libro que estamos mirando son todo cosas que yo no entiendo.



Fue Camarasa quien llegó el lunes con la noticia, dice que el fin de semana ayudó a su padre con lo de repartir gaseosas y que no sé en que parador que dicen que hay a unos cien kilómetros tuvo ganas de mear y que atravesó una especie de sala para ir al servicio y luego unas escaleras y después otra sala y que estaban allí. Y que estaban allí, dice el tipo, ella y el Yago todo acaramelados. Y que aunque estaba la cosa algo en penumbra es seguro que estaban allí porque además él habló y, claro, su voz es de las que no se confunden y que…



En lo que es la vida real uno sobrevive siempre cuando cree que va a morirse de tanto dolor, que no hay manera de soportar las horas ni los días que se vienen encima como un alud de nieve sucia, que el barro helado nos matará. No comprendo todavía por qué no grité ni por qué no pasé la noche arañando la cal de las paredes. Todo es como más normal. No se muere nadie por quedarse sentado en el suelo temblando hasta el amanecer.



Uno piensa: qué más da todo; uno siente: qué más da todo. Pero se pone los zapatos para llegar a tiempo al recuento del desayuno.



Cada día viene más guapa, la muy zorra. O al menos eso cree ella, aunque su sonrisa, pintada ahora de granate, parece más que nunca una sonrisa de puta. Ha estrenado zapatos y tampoco lleva ya ese bolso que imitaba las cestas de las meriendas campestres. Se ha vuelto antipática como ella sola y lejana como sus queridos alisios y monzones. ¿Pudre el padre Yago todo lo que toca? ¿Utiliza esas duchas de saliva que lanza cuando habla para contaminar a la gente? ¿Recluta así seres puros para alguna maloliente secta de sádicos asquerosos? Qué distinto cuando antes soñaba con ella de cuando sueño ahora: esta noche la he visto mal escondida detrás de unos arbustos y abrazada a él. Cuando empecé a tirarles piedras y pretendió huir cayó de bruces en el barro porque se le engancharon las bragas en los tacones.



No he tenido más remedio que pensar en matarla. Puedo descolgarme desde mi ventana y esperar a que atraviese la huerta de las monjas cuando se marche después del último estudio porque a esa hora es ya de noche, que es cuando debe morir una traidora.

Total, no creo que me descubran; total, de todas formas en una cárcel vivo ya; total, para solo escribirle cartas que además nunca lea se las escribo igual estando muerta.



Nadie se pregunta si antes de matar el asesino lloró como Cristo en Getsemaní ni si hubiera preferido ir a casa a jugar con su tren eléctrico en lugar de tener que tragarse de un golpe su amargo destino, su marrón, entre los olivos.



La verdad es que no consigo entenderme. Debería estar urdiendo oscuros planes criminales y solo hago traducciones de latín, juego al ajedrez, doblo cuidadosamente mis camisas. ¿Tan hondo estoy herido? Supongo que es esto lo que llaman vivir sin esperanzas, caerse el corazón a los pies, volverse loco. Me figuro a mi alma como una pequeña extensión blanca tirada por los suelos, quemada por los bordes y, en el centro, la potente huella de una bota de cura del cuarenta y cuatro.



Camarasa otra vez: se han metido la hostia padre con el coche. Él dicen que saldrá de esta, ella no se sabe. Han dado fiesta y todos los profesores se preguntan a dónde irían juntos tan de noche. Todo anda más que revuelto. La gente está contenta y agitada como las mañanas en que nadie se lo espera y de repente se pone a nevar.





Parece ser que va a quedar paralítica y con un poco de suerte ningún hijo de puta querrá tocarla ya más veces. Que se pudra en su pueblo con su madre. Ella que lo sabía todo sobre terremotos, ella que era para mí la reina de los ríos y de los volcanes. Eso quiere decir que acaso Dios me aprecia. Los días son cada vez más largos y luminosos y de geografía este curso ni siquiera habrá exámenes. Pronto bailaré con Bea la canción de un nuevo verano.





LA TÍA AURORA




I


(Una criatura de la memoria)



Hubo una joven maestra que en las noches del valle de Benasque sintió el terror acurrucada bajo mantas y edredones, en posición fetal entre las sábanas de cáñamo porque el tión de la casa en que se hallaba de patrona llamaba ruidosamente a su ventana desde la contigua con un bastón y porque había chotacabras que se lamentaban con chillidos hasta el alba. Esa mujer era mi tía Aurora y yo odio a aquel señor que seguramente estará muerto y la asustaba. Quiero en cambio a una de las niñas de la casa porque durmió con ella y entonces ya no tuvo más miedo al sentir que a su lado latía la ternura. No importaba que tuviera el problema ese de orinarse por las noches y cada dos por tres entraran en el cuarto para ponerla dormida sobre un bacín. El caso es que le daba calor y, sobre todo, impedía que aquel hombre se atreviera a entrar a molestarla, de modo que mi tía Aurora pasaba las noches abrazada a un testigo.

Había escuchado esta historieta cientos de veces en las sobremesas familiares cuando en el verano, después de cenar, se nos permitía quedarnos más rato por no tener que ir al colegio al día siguiente. En la terraza, casi siempre totalmente a oscuras para no atraer a los mosquitos, se acababa siempre repasando el rancio repertorio de historias de familia. Era extenso, a decir verdad, pero necesariamente limitado, por lo que a fuerza de noches y veranos, los relatos se repetían tan a menudo que llegamos a aprenderlos todos de memoria. No importaba para nada. No por eso nos fascinaban menos aquellos personajes, paladines de nobleza cada uno a su modo, su inquebrantable moral, sus viejos sables, su don de la palabra. Nada menos que la sangre nos enlazaba a ese prodigioso mundo de desván descolorido, cátedras ganadas, cofres escondidos, hermosísimas mujeres con vestidos grises y niños muertos, pequeños ataúdes blancos de nuestros tíos abuelos, guerras y posguerras, rosarios milagrosos, íntimos de Maura, ahogados en el río.

Cada antepasado podía tener dos historias, a lo sumo tres, y había en la familia actual auténticos especialistas en contar esta o aquella. Si esa velada estaban ausentes, su episodio se quedaba sin narrar. A veces alguien lo intentaba de todas maneras, pero su relato era interrumpido por suspiros del tipo: «Ay, ojalá estuviera aquí Rafaelito, con lo bien que lo cuenta él esto…». Gran parte del éxito del narrador consistía en hacer como si hubiera en la mesa alguna persona que no conociera al dedillo el suceso. Las elipsis y sobrentendidos no estaban bien vistos, y mucho menos la desgana. Era preferible irse a dormir, levantar la sesión antes que ver el rito mancillado por bostezos o síntesis excesivas. Tampoco había lugar para las bromas. Siempre nos referimos soterradamente a «la noche del sacrilegio» para nombrar aquella ocasión en que a la abuela, emocionada y al borde del trance, le temblaba el dedo índice alzado sobre nuestras cabezas al contar: «… Y entonces vuestro tío Enrique, poniéndose en pie, le dijo…». Y todos los niños coreamos a gritos: «¡Allá tú, pero sabe bien que allá en lo alto…!». Al minuto siguiente estábamos en la cama castigados oyendo el trajín de mujeres que, en la cocina, preparaba la tila de la abuela.

En un momento mágico de la celebración alguien decía: «¿Y os acordáis vosotros de la pobre Aurora?». Entonces se me ponía la carne de gallina, escogía la mejor postura y elevaba la vista hacia las estrellas dispuesto a escuchar una vez más mis palabras preferidas de la noche, la historia que me estremecía y me atravesaba el alma como un insecto de hielo.

Tras una evocación preliminar de su belleza y bondad (lo que la querían todos, sus ojos negros, a dónde hubiera llegado), tía Marga daba cuenta de sus hazañas de maestra, tan joven y tan sola por aquellas montañas abruptas e incomunicadas, las víboras y el frío, los seres siniestros que la asustaban, la nieve y la nostalgia. Hacía después una estudiada pausa, cambiaba la voz y nos contaba su muerte. A medida que el momento cumbre se acercaba, los oyentes íbamos bajando la cabeza. Era uno de los grandes momentos de cada velada.

Tuvo una muerte trágica la tía Aurora. En una terrible tormenta de montaña cayó despeñada por un barranco a lomos de una mula asustada y desorientada por las indicaciones equivocadas de su amo, totalmente borracho a esas horas de la noche, que iba a pie y quedó a salvo llorando sobre el barro. Así murió, pero mejor contado. Murió como solo lo cuenta la tía Marga.

Yo siempre tuve una predilección especial por tía Aurora. Por eso, de entre todas las figuras de los álbumes familiares, más que las tiendas de campaña del abuelo en el desierto africano, más que tío Avelino con su capa negra y su paraguas, más que Rosita saltando a la comba después de casada, más aún que tío Félix siempre en pose de recitar latines o que el propio Jorge rodeado en todas las ocasiones de trofeos de caza y recuerdos de viajes improbables, máscaras de madera y espadas oxidadas, me gustó siempre ella. Siempre la elegí. En la familia mitómana, dada a la adoración de ancestros, todo el mundo tuvo claro de quién era yo devoto. En una foto, con vestido y sombrero oscuros, sentada sobre una roca mira al mar. En otra, la de la fiesta del instituto, los guantes blancos le cubren los codos y lleva un peinado de hada madrina y un lunar de mentira cerca de los labios. Hay una en la que aparece ordenando unos papeles sobre sus piernas cruzadas, cartas de amor pensé yo siempre por cómo se derrama sobre ellas su melena, por cómo se percibe en todo el espacio ese peso amargo de la mirada. Y algunas más, en plazas llenas de palomas, campamentos de la Sección Femenina, en la nieve con su jersey de cuello de cisne riendo junto a otras muchachas o frente a la puerta de casa apoyada en una bicicleta. En todas está y no está. Aunque pose sola en la imagen, ella aparece en la foto como invitada. El muro gris, el mar, la bicicleta no son nunca suyos, no van con ella. Ni mucho menos los seres humanos. A la manera del turista que se deja fotografiar rodeado de exóticos nativos, Aurora es condescendiente con ese mundo en blanco y negro que la envuelve y al que es extraña, aunque ría a carcajadas, aunque lo mire o lo esté tocando con sus manos. Nuestro mundo le gusta a su manera, da esa sensación, le resulta curioso, lo mira y le sonríe, contempla el mar y lo aprueba. No está mal vuestro mar. ¿Hay que vivir? Pues adelante. ¿Hay que peinarse así? Pues yo me pongo el lazo más bonito. ¿Se aparcan aquí las bicicletas? Supongo que es así como se ríe, se danza, se camina de puntillas entre las palomas.

Gasté muchas horas desde niño pasando las hojas de cartulina negra de esos viejos álbumes aunque no llegan a la docena las fotos en las que sale ella. Me parecía una especie de trampa buscarlas directamente. Había que empezar siempre desde el principio, ir viendo cada foto, fijadas por la abuela en cuidadoso orden cronológico. Al volver una página nacía ella. Esa foto clara de un gran mantón de ganchillo con una cabecita en la esquina superior derecha anunciaba el principio de su época. Ahora podía detenerme todo lo que quisiera en cada lámina porque para eso era mi personaje. Quiero decir con todo esto que la conozco bien, que no la confundiría con cualquiera. Primero, porque la quería; segundo, porque era el rostro humano que más tiempo en mi vida había permanecido mirando. Dios, esos ojos. Por eso cuando la vi en el autobús 43 dudé solo lo justo, esos segundos en los que el pavor no nos deja pensar, los que le bastaron a ella para apearse y perderse entre los setos y niños del parque de Berlín.





II


(Como la vida misma: estar solo, temer, temblar, esperar)



El prodigio nos deja aún más solos. Si hay algo realmente valioso en una vida cualquiera de ser humano, no puede ser contado. ¿Qué tiene que ver el vuelco del corazón de alguien que mira sobrecogido desde un asiento de autobús cómo su amor imposible, la dulce presencia trágica que acompañó todos sus años está de repente allí, hecha carne entre los árboles, con los comentarios en la cola de la farmacia de lo que le sucedió al mayor de la del tercero? Toda confidencia es mentira, las confesiones íntimas se convierten en pura ficción. Lo que desde luego es seguro es que a nadie iba a importarle lo suficiente como para justificar el esfuerzo que me habría llevado encontrar las palabras, llevar esa emoción al lenguaje de los hombres, nombrar ese vértigo.

Esa misma tarde fui a merendar con la abuela con el fin de volver a ver aquellas fotos y pedírselas prestadas para encargar unas copias. Había temido que en su demencia no me las dejara sacar de casa pero mi petición la enterneció. Ahí se quedó murmurando junto a la puerta, llorando feliz en su silla de ruedas.

Me negué en redondo a urdir una estrategia de espionaje, a tomar continuamente ese mismo autobús de punta a punta, a volverme loco, a merodear como un sátiro por el parque. Pero lo acabé haciendo. Si eso no tenía ningún sentido menos lo tenía seguir viviendo como si nada, desear la fruta y no alargar la mano. ¿Cómo volver a quejarme de la existencia gris, de los días repetidos si ahora me escondía bajo las sábanas?

Aurora. Todas las noches me dormía en esos días mirándola. Eso ya es una manera de volver. Había colocado una copia de cada una de sus fotos frente a mi mesa de estudio, sobre el panel de corcho y otra al lado mismo de la cama, en un álbum desplegable de celofán con una portada de plástico que había clavado a la pared con cuatro chinchetas. Inventé mucho tiempo libre, en las horas de luz la buscaba y luego descansaba viéndola mirar el mar, reír en las cumbres y aparcar su bicicleta. De nuevo de visita, Aurora. ¿Qué te trae por aquí? ¿Sería yo? ¿La traería yo por aquí? Cuántas veces la madrugada me sorprendió contemplándola y cuántas, en la misma silla en que me sentara tras la cena, se me hizo de día abrazado a mí mismo y con la misma ropa salí en su busca, sin un café con leche, sin ducharme y sin ninguna esperanza.

Tanto observar las fotografías tuve una idea o, mejor dicho, se produjo en mí una especie de salto interior: llevaría una de las fotos, la de las cartas de amor, a Lucía, una excompañera de piso que trabajaba en un laboratorio óptico, para tratar de descifrar qué es lo que estaba escrito en el trozo de cuartilla que aparecía en la imagen. A estas alturas no estaba dispuesto a exigir una lógica a las cosas que hacía porque nada en este asunto la tenía. Simplemente era algo que hacer distinto a no hacer nada, no me confesé siquiera que buscaba una señal, una luz desde el abismo, que la carne que no hallaba se tornase verbo.

«Las cosas, querido, no son tan fáciles. Ya sé que tú…». Ese era el único fragmento legible, tapaba con su pulgar parte de la frase y el resto de la hoja de papel aparecía arrugada y llena de sombras. Lo había escrito ella, era su letra. No esperaba tanto. La misma caligrafía rara e inconfundible de la dedicatoria de Cumbres borrascosas que tía Marga guarda en su casa. Se trataría seguramente del último repaso a una carta que se disponía a enviar o romper. En cualquier caso, se imponía reconocer que, desde luego, lo que es como señal, no era precisamente alentadora. No es que esperase una sentencia propia de un diccionario de citas, pero esto era como los pedacitos ¿de jarrón? con que se vuelven locos los mejores arqueólogos. Que las cosas no son fáciles es una de las pocas certezas que siempre he tenido. Pero ¿qué sabía ella de mí? ¿Cuándo y desde qué profundidad o lejanía inmensa me había estado mirando? ¿Significaba eso que ya estaba, que no la vería más? Por otra parte, en la frase quedaba claro que, fuera lo que fuera, sabía de mí. El tono es el de quien se hace cargo de algo, y además me llama «querido». Sabe cómo sufro. Desde alguna parte, como al mar de la fotografía, me mira. Me mira y me compadece; me conoce y se apiada de mí.

Conseguí reaccionar a medias. Se acercaban para mí unos días de muchísimo trabajo y, al fin y al cabo, no había sucedido nada. Nada que justificara en absoluto ese estado de nervios. Un familiar que no llegué a conocer me fascina. Alguien parecido a ese familiar coincide una mañana conmigo en un autobús urbano. Nada había entonces tan anormal. Era cuestión de intentar tranquilizarse como fuera porque la cosa comenzaba a alcanzar límites que me asustaban. Mirada fríamente, la atracción por el personaje de mi tía se me antojaba morbosa y enfermiza. Eso para empezar. Por no decir nada de la ansiedad desmedida de los últimos días, la obsesión, la fiebre, las noches dolorosas. No podía seguir así por mucho tiempo, mis amigos (quizá) tenían (seguramente) razón. Lo decidí al día siguiente de haber gritado de pánico, de haber corrido despavorido, de haber subido de cuatro en cuatro las escaleras de mi casa después de ver (sudor y temblor todavía cuando lo recuerdo) reventado sobre la acera, en medio de un charco sobrevolado por cientos de moscas, el cuerpo de una mula despeñada.





III


(Bueno, pero ¿cómo acabó la cosa?)



La hallé de nuevo bien entrado el invierno, casi tres meses después del primer encuentro. Como los buenos espías la vi sin ser visto. Llevaba un abrigo azul y caminaba deprisa debido al frío con los brazos cruzados mirándose los pies. A mitad de la calle García Luna se metió en un portal y la puerta se cerró a sus espaldas con un ruido tremendo de hierro y cristal. No supe hacer nada más, así son las cosas. Sobre todo así son las cosas cuando las cosas las hace un inepto como yo. Ochenta días contados acechando su sombra como si en ello me fuera la vida entera para quedar petrificado a la hora de la verdad como una estatua cobarde de mierda seca. Ahora, además de cómo anda, que llevaba el pelo recién lavado y era lectora de una revista de cine, sabía dónde vivía.

Se me ocurrió hablar con unos chavales que había conocido en el bar de al lado del trabajo, donde solía tomar diariamente unas cañas antes de comer, para ver si le podían robar el bolso y traérmelo. Me dijeron que no, que no, pero me llevaron a otro garito en el que había más macarrillas. No tardamos en llegar a un acuerdo. Un par de ellos, muy jovencitos, se ofrecieron a hacerlo por quince mil pesetas más lo que hubiera en el bolso de valor. Si había problemas tenía que comprometerme también con la fianza pero nada, tío, lo normal era que no pasara nada. Les di una parte por adelantado y me metí al trabajo directamente sin comer. Estaba muerto de miedo, jamás habría imaginado hacer una cosa así. Ojalá me estafaran, se quedaran con el dinero y se rieran de mí.

Esperar es algo horroroso. Sobre todo para quien no está acostumbrado y a cada deseo añade siempre el deseo de la velocidad, que sea ya o que no sea, que venga a mí ahora o que se pudra. Pasaron tantos días que llegué a estar seguro de haber sido burlado. No sin cierto desahogo pensaba en la juerga que se habrían corrido a mi costa, unas cuantas buenas rondas, quizá un concierto de rock. Otras veces me asaltaba el remordimiento, el más bajito había hecho algún comentario obsceno cuando le tendí la fotocopia con el rostro de Aurora mirando el mar. Alguno de ellos podría haberse masturbado con esa imagen. Por culpa mía estaba corriendo un gran peligro. Acaso era de nuevo su destino morir otra vez joven, ahora y todas las veces que viniera a visitarnos, mundo de locos, carita de porcelana bregando en la vorágine, Aurora, y era yo el sucio puñal, la marioneta asesina, el instrumento ciego cuyo sentido se agotaba en matarte, Aurora. En matarla. Cuántas veces pensé detener la tragedia, cortar los hilos y virar la suerte. Pero ya era tarde. Mis mercenarios no daban señales de vida y, además, no iba a pasar nada, estaba claro, iban pasando los días y estaba claro que no iba a pasar nada, se habían divertido a mi costa, eso era todo, no, no iba a pasar nada, estaba claro, nada en las páginas de sucesos, nada.

Disfrutaba de una gran tormenta desde mi ventana, con la luz apagada y el vaso en la mano, cuando sonó el teléfono. Era una voz de mujer que se apresuró a decir «usted no me conoce, me llamo Alejandra Biedma, estoy un poco nerviosa». Mientras la escuchaba contemplaba las locas carreras de taxis y paraguas abiertos, las ruedas en los charcos arrojaban contra los escaparates un oleaje de juguete. Se llamaba Alejandra Biedma, sí, y no me conocía y estaba un poco nerviosa. Sabía algo de mí, aunque en realidad muy poco. Había querido, muchas veces había querido verme, pero nunca se había atrevido a hablar conmigo. Era muy difícil para ella explicar por qué. Y más aún por teléfono. Pero esta noche… es que ella está del todo sola en Madrid, y resulta que esta noche ha tenido un percance. Nada grave, pero le han robado el bolso. Así que está muy asustada. Es la gota que colma el vaso. Y sucede también que en su casa tienen una vieja filmación casera en la que aparezco yo. Yo, no voy a creerla, pero soy como su tío Eduardo. A ella la quería mucho el tío Eduardo, mucho. Cuando era pequeña, claro. Todavía conserva un peluche que le regaló, de hecho no se separa nunca de él. Él está pescando en la película y hay un par o tres de primeros planos y no hay duda —porque el recuerdo, ya se sabe, engaña tanto— de que soy yo. Ella quería mucho a ese tío Eduardo que cuando era niña desapareció en el mar y yo no voy a entenderlo pero le han robado el bolso y está sola y está nerviosa y asustada y está llamando desde el café de mi calle.

Cuando me ponía la cazadora para bajar a su encuentro sonó otra vez el teléfono. «Oye, que ya está, que ya tenemos el bolso de tu chica, pero no te vayas a creer que llevaba gran cosa la Alejandrita. Sí, Alejandra Biedma pone aquí. Oye, que nada, que ha salido muy bien, mañana te traes al bar lo que falta de la pasta».

Estuvimos mucho rato mirándonos llorar cogidos de la mano, besando nuestras mejillas mojadas. Cuando por fin conseguí hablar y le rogué que se viniera conmigo para siempre, empezó a contestarme: «Las cosas, querido, no son tan fáciles. Ya sé que tú…». Pero el llanto interrumpió sus palabras.





EL GENIO DE LOS TORPES


Se quedó con su madre huyendo de la vorágine de las aulas y el ataque constante de aviones de papel. Porque, a fin de cuentas, qué necesidad tenían ellas de andar por ahí en busca de algún dinero, con poco tenían bastante, la casa desde luego estaba pagada y había rondando unas pequeñas rentas, poca cosa pero para qué más si no hay quien salga de casa y allí juntas estaban tan bien, es verdad o no, con todas esas plantas y el brasero y el sol que entraba por las mañanas. Si hiciese falta su madre cosería el doble, anda que no, no solo para vecinas y conocidas, pondría anuncios, se dejaría los ojos en ello o haría tartas como la del tercero, pero desde luego la niña no iba a salir cada día a que unos mocosos malcriados la humillaran y le arrojaran trozos de tiza mientras explicaba en la pizarra las declinaciones. Si ni siquiera hoy, y algo ha llovido, duerme bien la pobrecilla, si se despierta de golpe recordando el dibujo obsceno, la araña disecada sobre su mesa. Así estaban las cosas cuando conocí a Matilde la dulce, amiga de una amiga, la que nunca sale pero sí esta tarde, no es para tanto y poco más recuerdo: mucha gente bebiendo en la misma mesa, confusión de nombres, conversaciones y café con hielo. Tenía las piernas feas, pendientes de señora y una boca preciosa que temblaba ligeramente, parecía siempre que iba a hablar pero al final se quedaba callada, los labios solo se abrían para humedecerse y recomponer su dibujo. Sí, así que yo era Carlos. En efecto, era amigo de Bárbara y Amelia y no, no iba demasiado a menudo por ese bar.

Algunas veces nos cruzamos por la calle, ella invariablemente en compañía de su madre y, al saludarnos, me forzaba siempre a detenerme durante unos embarazosos minutos: pues ya veía, por aquí de compras, el tiempo estaba loco, esta era su madre y hacía mucho que no sabía nada de las chicas y andamos todos con prisas y este Madrid. No tardé mucho en subir a su casa porque a la madre le caí en gracia. Suelo gustar a las madres porque miro mucho al suelo cuando ando y no me salen las palabras a la primera si alguien se dirige a mí inesperadamente, y ese torpe remolino de letras que se atropellan en la lengua y esa nube en la que dice Matilde que siempre viajo son para ellas la prueba irrefutable de mi falta de malicia. Otra cosa puede pero malo no, y en ese otra cosa apenas cabe pecado. Así es que por lo visto la madre proponía a ver si le dices a ese amigo tuyo tan amable que venga a ver si entiende lo que le pasa a la tele, a ver si le dices a ese amigo tuyo tan amable que nos instale aquel otro cacharro y ese amigo suyo tan amable no sabía decir que no, se cagaba en Dios pero acababa yendo y arreglaba lo que hiciera falta, casi siempre líos de cables y euroconectores, tonterías que a ellas se les hacían un mundo. Ambas se asombraban de la facilidad y rapidez con que solucionaba sus pequeños problemas domésticos. No hay como entender de algo, decían, no, si para el que sabe… Entonces entraba en escena la bandejita de latón que impedía una huida apresurada y terminaba mordisqueando pastas de té, tan amable.

Pronto la madre desaparecía por los cuartos de adentro porque los jóvenes tendríamos que hablar de nuestras cosas y entonces Matilde se reía, se sonrojaba al decir qué le has dado a mi madre, se ha hecho una película contigo. Pero ella no, no Matilde como al principio yo había creído, como tendemos a creer todos ante una mujer que cruza nerviosa en el sillón de enfrente sus piernas de cerdita de dibujos animados y nos dice gracias por haber venido. Matilde sencillamente estaba sola, se sentía continuamente esquivada por nuestras amigas comunes a quienes solo veía cuando era ella la que explícitamente proponía una cita para enterarse entonces de todas las correrías anteriores de las que había sido excluida: no estuvo la vez que acabaron en la piscina de madrugada, ni en la excursión a Segovia, ni conocía los nombres con los que las demás, con solo mencionarlos, se reían. Me contó lo del colegio, no tenía que hacer demasiado caso a su madre, su madre era muy madre, exageraba un poco. Era verdad que la habían insultado los chicos, pero también que no pagaban ni medio bien. No es que no saliera llorando más de un día del aula, pero además es que eran un montón de horas. Y también era cierto que la directiva no había hecho nada cuando en la confusión de la salida le palparon el trasero ni cuando lo de las cartas guarras que le metieron en el bolso con esas frases horribles que desde luego no iba a repetirme, pero también contó para dejarlo lo lejos que le quedaba de casa, un transbordo de metro más luego el autobús.



La madre la persigue por toda la casa con la radio a cuestas y el canastillo de las labores para seguir enseñándole punto de cruz, encaje de bolillos, es de provecho y distrae. Su refugio, sin embargo, continúan siendo los poetas griegos, la métrica latina, la historia de las palabras y alguna cosa más que ya me diría, cómo que ahora no, estás poniendo ojos de pícara, en realidad no es nada. Y en realidad era don Fernando Costallana, ¿solo oído hablar?, no podía ser aunque bien pensado sí, de hecho hacía años que no publicaba pero qué gran poeta, llegó a conocerlo una vez en su casa por mediación de una profesora aunque él seguramente ya no se acuerda porque no la saluda, tantas cosas en la cabeza, vive aquí mismo, lo habré tenido que ver mil veces, yo creo que no pero sí, hombre, siempre con un traje gris raído, lleno de ceniza, fuma mucho y se echa la ceniza por encima, es un desastre pero tendría que ver las cosas que escribe. Viejecito ya, siempre despeinado. No debo creer que esté enamorada, no es eso, es solo que ya veré cómo maneja el lenguaje, lo que dice, ya le contaré cuando haya leído esta obra y también esta y esta otra. Me aferré a los libros que me ofrecía porque sabía que sin ellos no habría modo posible de abandonar la casa y me abrí paso decididamente hacia la calle. Cuando abría la puerta del ascensor, Matilde, con un ímpetu desconocido, proclamó llena de orgullo que ella y don Fernando eran igual de débiles entre comillas, no había muchos así. Ojalá en aquellos versos pudiera reconocer parte de ella, el genio de los encorvados, la fuerza de los torpes. Esa noche comencé a leer alguno de los tres libros que Matilde se había empeñado en prestarme, nada del otro mundo para mi gusto, melancolía y paisajes casi siempre en rima consonante, caminos de la tarde y todo eso, fontanas y el corazón, alguna copla al modo machadiano y desgarros de amor en los atardeceres rosas. Una de las ediciones corría a cargo del autor y las otras dos eran de cajas de ahorros o algo por el estilo. Ahora mismo no sé si los leí enteros, pero sí recuerdo que subrayé a lápiz unas cuantas imágenes que me gustaron por si había examen, solo por la vanidad de no ser despreciado.

Como cuando nos vimos de nuevo fue para que ella recuperase sus libros, volvimos a hablar de don Fernando. No quería una copita de anís ni que preparara más té, pero si me quedaba hasta las cinco podría ver por la ventana de la salita cómo entraba al café de enfrente. Todos los días hacía lo mismo, bajaba por una de esas dos calles, compraba un periódico en el quiosco y se metía al café del toldo verde. Según Matilde, si andaban a esa hora por la calle unos críos que ella tenía bien fichados podría darme cuenta de cómo se metían con él, ella lo había visto ya tantas veces, uno de los chavales le quitaba el sombrero y salía corriendo, el hombre, con la cabeza protegida bajo los hombros y los ojos cerrados, les amenazaba con el bastón como en una película muda, encendido de indignación y rabia pero sin querer llamar la atención de los que en ese momento andaban por la calle, mientras el resto de los chicos daba vueltas en torno suyo riendo y canturreando poeta cabrón. En otra ocasión le habían tirado el portafolios a un charco y hubo un día que la portera del otro bloque tuvo que acompañarlo a la casa de socorro porque una pelotilla le dio en el ojo y no podía volver a abrirlo. No debía creer que Matilde exageraba. En absoluto. Tendría que haberlo visto.

Estuve esperando hasta casi las seis pero ese día no acudiría al café. Ni ese ni ningún día más. A la mañana siguiente aparecía su necrológica en el ABC, tres líneas en la sección de breves. Una sobrina lo había encontrado colgado en el vestíbulo de su casa.

Sobre todo me molestó la noticia porque al leerla supe que esa tarde Matilde me llamaría sin falta. Ensayé mentalmente algunas frases de consuelo y, al hacerlo, me di cuenta de que de verdad me daba pena esa chica al imaginarla hundida, con su vestido pasado de moda, con sus piernas gordas, que compartía con su madre las medias, la bisutería y el vacío de una vida acorazada pero permeable al dolor; que traducía latín a diario —para no perder, como ella decía— con el ruido de fondo del batir de huevos a la hora de la cena en el patio interior; que cada mañana se vestía sin rastro de esperanza; que cada hora era ya amarga y ahora esto.

Me recibió radiante Matilde en la escalera y me llevó a su habitación de la mano casi corriendo por el pasillo. Tenía que decirme un secreto y hacerme una encomienda, algo importantísimo. Podía adivinarse por la expresión de su cara que no iba a darme simplemente la noticia que yo ya conocía. Era otro secreto. Sus labios temblaban y dibujaron varias bocas antes de empezar a hablar y a mí me parecieron como el lazo rosa que abre los diarios de las muchachas y muestra el secreto que siempre ha de herir de muerte al intruso interesado, la espada perfumada.

Yo no podría creerla, pero tenía que creerla. Me iba a enterar de todos modos y vería que era cierto. Lo había hecho. Y ella sola. Ella sola sola. No tenía que interrumpirla, ya estaba bastante nerviosa. Había comprado un montón de cromos de todas las clases para estar segura, de naves espaciales y de fútbol, los que le dieron, ella qué iba a saber, y se los ofreció a los chicos, a los tres más asquerosos, a los cabecillas, les dijo que en el cuarto de la calefacción tenía más. Uno de ellos dudaba un poco, así que tuvo que prometerles también que allí les enseñaría las bragas. Sí, las bragas. Matilde desconocida, Matilde lo que hiciese falta, Matilde sola allí los mató, lo había preparado todo, les abrió la cabeza con un hacha y todavía deben de estar ahí abajo. A dos, el otro se escapó y eso le jode. Matilde suave, la de las manos lentas y blancas, dice que eso le jode y allí entro yo.

Como va a sobrarle tiempo en Yeserías quiere que averigüe como sea, yo soy listo, la dirección del chico que huyó chorreando la calle con un brazo arrancado debajo del otro brazo para poder enviarle cada día, con todo cariño y su beso de carmín, un poema del hombre al que, humillado, le crujían todos los huesos al agacharse a recoger su sombrero de debajo de un coche.





UNA HISTORIA BARATA


Verse viviendo de pronto en una ciudad pequeña sin estar acostumbrado supone a cada momento sentirse insultado como individuo. Nuestro narcisismo se expone a amargas heridas de las que no es nada fácil sobreponerse. Si tiendes a considerar tu vida en términos de historia, de relato cinematográfico por decirlo así, puede llegar a ser realmente terrible porque no tardas en caer en la cuenta de que tu película ha de ser necesariamente una producción cutre, hecha sin apenas medios, ya que ves continuamente como los extras se repiten a cada paso; los personajes secundarios, puestos ahí para que el protagonista pueda desarrollar una vida normal, ir al dentista, hacer la compra, cruzarse con gente en sus paseos, están interpretados siempre por un reducido aunque voluntarioso contingente de actores.

El otro día fui al hospital para que me hicieran unas pruebas. Me recibió, convenientemente uniformada, una enfermera que también está siempre haciendo bulto cada vez que voy a recoger a mi hija al colegio. Una de las pacientes que hacía ejercicios de rehabilitación en una sala que hube de cruzar era a la vez ordenanza en una oficina que visito a menudo. Salí del hospital confundido y horrorizado pensando en cómo estas circunstancias abaratan la existencia. La vida humana, por lo visto, es lo más importante que hay; si la mía tuviera un mínimo de dignidad, si mi historia fuese realmente de interés, no ya una lujosa superproducción hollywoodiense, sino algo mínimamente cuidado, a la mujer que espera cada tarde a su hijo en el mismo colegio que yo a la mía, le habría bastado con estar allí, con hacer eso. No habría tenido que atenderme también en el hospital como si no hubiera presupuesto para más contratos, como si nadie fuera a darse cuenta de una repetición tan insignificante. En suma, como si dieran igual las cosas mal hechas aunque tales cosas sean en esta ocasión las vidas de las personas, sus historias. Y lo mismo sucede con la otra mujer. Está claro que si yo atravieso por una especie de gimnasio a mitad de mañana ha de haber gente allí aunque sea de un modo borroso, alguien que ocupe las espalderas o levante pequeñas pesas, lo que sea. Pero no ha de ser necesariamente la ordenanza, existen más rostros, más figuras posibles. Esa repetición insultante no se justificaría ni en las peores películas de serie B, solo en basuras de producción propia rodadas en serie por alguna cadena de televisión arruinada para solucionar su parrilla de madrugada, gastar metros y más metros de cinta, llenar horas como sea a base de relatos sin pies ni cabeza, torpes enredos, historias de saldo. Y en eso es en lo que esta ciudad enana, grotesca caricatura de una ciudad de veras, ha terminado por convertir la historia de mi vida: en algo barato y adocenado que se trajina por lotes, como la fruta magullada y podrida que, lejos de ser la sagrada tentación de nadie o de brillar para siempre en bodegones al óleo, acabará siendo mermelada para los cuarteles.

Algunos buenos amigos que han soportado mis quejas en amaneceres desesperados como este han acabado buenamente por recomendarme que me fuera cuanto más lejos mejor y no puedo decir que sea un mal consejo porque la sensación de agobio es todavía mayor desde que caí en la cuenta de que lo que habito no es otra cosa que una ciudad de juguete, un burdo decorado para una farsa sin sentido. El asfixiante villorrio de solterones jugadores de cartas, muchachas que acuden a la fuente a llenar sus cántaros, tenderos caciques y serviles secaneros se disfraza de semáforos y asfalto para vigilarme mejor. La gente parece jugar a los oficios, representan su papel con el convencimiento y la dignidad de un niño tonto, han puesto una línea de autobuses, los guardias municipales visten de azul marino, pero todo es trampa; no hay nada, solo campo, tras los edificios de la ancha avenida y donde pone «Librería» únicamente despachan lápices y cuadernos y revistas coloreadas para amas de casa subnormales. Tras la puerta con letrero de neón, ninguna chica baila en mitad de la noche porque la noche aquí no es, en realidad, reino de saxofones y tintineo de vasos, sino un oscuro territorio de grillos.

Mis amigos saben que ponen el dedo en la llaga cuando dicen que me vaya porque así mataría dos pájaros de un tiro. Por un lado, la ciudad que me agobia y que acabará volviéndome loco, así como ahora pero más, cada vez más paranoico, cada día más sombras que me persiguen, más pactos contra mi persona, mayor temor y temblor entre las sábanas. Y por otro, las cosas en casa que todo el mundo sabe que no andan bien, trabajando de último mono en el negocio familiar de mi esposa, una tenebroso almacén de telas para el hogar, a las órdenes directas de su padre y de ella misma, mujer insensible que a los ojos de todo el mundo me domina, pero que solo a los míos, a mis propios ojos, tal humillación puede valorarse en su justa y terrible medida. Pero mis amigos son en realidad unos hipócritas. Como buenos vecinos de esta villa al cabo de la calle que son, saben a ciencia cierta que lo intenté. Tantas noches había soñado en regresar a bulevares que se pierden en el horizonte entre altas torres y taxis iluminados que van y vienen, habitar un espacio civilizado ganado palmo a palmo a insectos y alimañas y al viento feroz de los inviernos, ganado para el hombre y la mujer y para la música que sale de cada ventana, para marañas de historias diferentes que se entrelazan como líneas del metro en parques y mercados, en los bares y sobre las aceras, con todo el dolor y el júbilo de sentirse vivos. Llegué a tener las fuerzas y los contactos necesarios para emprender una vida más digna, con profusión de decorados y miles de rostros distintos para los personajes secundarios. Todo el mundo lo sabe. Que cogí todo el dinero que pude en la caja fuerte de casa y en la de la tienda y hasta tuve suerte con la cantidad porque normalmente no hay tanto, que hice sigilosamente un sencillo equipaje y me presenté en la estación minutos antes de salir el tren. Y saben también que mi vida tiene un presupuesto barato, que no da para mucho derroche de extras y que no pude adquirir mi pasaje porque, tras la ventanilla, la encargada de despachar los billetes era ese día mi mujer. Y que al poco rato, convenientemente uniformado, mi suegro me arrastró por las orejas hasta su coche patrulla.





UN DÍA RESBALADIZO


Yo sabía que aquella faldita de cuadros con los leotardos debajo iba a alterar a María porque a mí mismo, a distancia, ya me había dado un vuelco el corazón. Pude, aun con todo, reaccionar a tiempo y disimuladamente le hice cambiar de acera con un pretexto vago pero urgente que ahora no recuerdo.

No quería que viera a aquella niña que, entre las piernas de una pareja de adultos, se afanaba de puntillas por alcanzar a ver un escaparate iluminado vestida con una ropa tan parecida a la de nuestra hija. No quería que la viera porque esa silueta en el contraluz de la vidriera tenía además su tamaño y sus coletas. Sabía que no podría soportarlo porque yo no podía soportarlo, aunque de hecho no hacía otra cosa más que eso, soportarlo, de la misma manera que quedé cristalizado y sin embargo andaba y gesticulaba, que juraría haber llorado y mis ojos permanecieron secos, que quedé sin habla y no paraba de hablar intentando llamar la atención de mi mujer en dirección opuesta, señalándole sombras de la noche, objetos lejanos, cómo entre la llovizna de octubre las farolas dejaban caer sobre las cosas un débil vapor amarillento. A veces, simplemente no mirar se hace más duro que un penoso esfuerzo físico, no mirar a aquella niña que apoyaba sus manitas en el cristal, volver la vista, renunciar a toda esa dolida ternura y fingir interés por cosas que en realidad resbalan, colocadas en medio de la tarde para resbalar en la mirada. La tarde húmeda de otoño repleta de objetos resbalosos, hecha de calles mojadas resbaladizas y gotas de agua en torno a la luz y en los escaparates deslizándose.

De repente el estrépito y los gritos de los transeúntes nos hicieron volver sobre nuestros pasos. La niña, al tiempo que gritaba «mamá» había pretendido cruzar la calle en diagonal hacia donde estábamos, se había escurrido en el asfalto y al camión de las gaseosas no le dio tiempo a detenerse. Frenó pero patinó, dijeron. En seguida la gente se arremolinó en la calzada, dejaban sobre los charcos las bolsas con sus compras, se deshacían despreocupadamente de sus paraguas, no tiene importancia, el caso es ayudar, enterarse bien de todo, señalar al culpable, correr al teléfono, ofrecer una tila, no pudo usted hacer nada, ya lo vimos, se le echó encima, a mí casi me ocurre la semana pasada. Al cielo preguntaban a berridos «¿de dónde ha salido esta niña?, ¿de quién es la niña?». Los presuntos padres de la cría, los que estaban con ella junto al escaparate, pertenecían ahora al grupo de los interrogadores. Caí en la cuenta de esto apenas un instante antes de oír la voz de mi mujer imponerse claramente en el agitado desorden: «¡Es mi hija! ¡Retírense, es mi hija!».

Es esta la estación de los patinazos. Resbalan personas y cosas sobre la tierra, acaso también sucesos o días enteros que caen en silencio como esas estrellas viejas que se desploman en mitad de la noche o las hojas de los árboles que se desprenden dejando por todas partes dorados montones de tristeza.

No pudo hacerse nada por ella. Como casi siempre ocurre, también esta vez fue tarde. Compadecidos de nuestro estado nos han facilitado el papeleo, las pastillas y todo lo demás, nos hemos sentido arropados a pesar de no tener familia en este país tan lejano del nuestro. La maestra de la pequeña nos ha dicho que la última semana la niña anduvo lejana y despistada, le extrañó todos los días el mismo vestido gris, y tan tristona, despeinada, dijo, quizá cansada. Nos han llevado en volandas nuevamente al cementerio donde hemos creído morir otra vez mientras nos despedíamos de la niña. Aunque mi mujer y yo juraríamos haberla enterrado dos jueves atrás, haber pasado ya por ese trago, haberlo soportado todo abrazados bajo el mismo paraguas, las náuseas, el temblor de piernas, todo, todo igual que esta tarde.

Hace dos jueves. Todo igual. Hubiéramos asegurado entonces que no era posible sufrir más. Que no era posible volver a sentir alegría pero tampoco un dolor tan punzante como el de ese momento. Ese otro jueves perdido en la lluvia de este mismo otoño resbaladizo la dejamos en este mismo recinto, muy cerca de aquí, en una tumbita pequeña que esta tarde, con tantos nervios y tanta agua y tan poca fuerza en las piernas, no hemos sabido hallar.





UNA COSA ES QUE HAGA FRÍO


(FRAGMENTOS DE CARTAS AL ALBATROS)



«En esta tierra, ¿solo podemos amar si sacrificamos al amor, si perdemos al ser querido por nuestra propia acción, por nuestra propia omisión?».



Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria





Parece mentira, después de tantos años, estar de nuevo en un piso frío de techos altos, apoyado en la pared sobre un colchón en el suelo con todo este montón de cojines, y las barritas de sándalo como antes, el hilillo de humo haciendo sombras al subir sobre los carteles de toros y las láminas de arte que anunciaban antiguas exposiciones, el cenicero de Cinzano puesto sobre los huevos, como quien dice, parece mentira en serio estar así otra vez, con la radio sonando desde el suelo, en el aire el desgarro del rey blanco del blues, así tirado en la cama con su bata puesta y las sábanas manchadas de chocolate y hasta arriba de revistas atrasadas.

Ella acaba de marcharse a trabajar. Hoy entraba más tarde que otros días. Yo no trabajo, no hago nada de momento. Por eso cuando no madruga demasiado bajo a la churrería a por el desayuno y me vuelvo a acostar. Siempre manchamos la ropa de la cama con chocolate, hay en las sábanas manchas de chocolate de todos los días de la semana. Se parecen a las de sangre, cuando son viejas. A ella le gustan las sábanas limpias pero también le gusta desayunar en la cama y hacer el indio mientras tanto y que no abra las persianas hasta después del primer cigarrillo. No vamos a estar siempre haciendo la colada así que no le queda más remedio que aguantarse, conformarse como hago yo con sacudir por la noche el azúcar de los churros.

En cuanto se va enciendo las tres calefacciones eléctricas de la casa. Cuando ella está las tiene casi siempre apagadas. Dice que no es por el recibo pero yo no soy gilipollas.

Después de pasar por el súper, dejar las cosas en la nevera y echarle algo de comida al gato el día es mío. Esa sensación me produce un cosquilleo en las piernas, como cuando en la época del instituto hacíamos pellas e íbamos a las matinales de los Minicines de la calle Fuencarral o nos tomábamos unos botellines sentados en la hierba del parque viendo pasar marujas, carteros, gente atareada. Nunca he sabido cómo será la libertad sin culpa ni si valdrá la pena y se sentirá como tal.

Ahora, sin ir más lejos, cuando pienso en ti y te escribo con su bata puesta, con su rotulador, en papeles arrancados de sus cuadernos, arrimado al calor que ella cree que no puede pagar y la llamo todo el rato ella como si no tuviera mucho que ver conmigo, siento también esa dulce culpa que me hace sentir vivo y no me deja vivir.

Su nombre no forma parte de los nombres de mi vida, ya lo sé, pero no es tan idiota como a menudo la pinto, supongo que tiene su punto, que cualquiera que no sea yo podría enamorarse perdidamente, volverse loco por ella y quizá por eso me mantengo a su lado, porque quiero ser otro. Y luego que ese otro se vuelva loco. Como tú. Para quien soy ahora hubiera deseado que se quedara a vivir en tu recuerdo, y solo ahí, entre los pliegues templados de un cerebro enfermo, luchar en tus pesadillas contra el jefe de las hordas enemigas y el forzudo feroz que se sienta sobre la almohada que te cubre la cara. No tener siempre esta sensación de segunda parte, de vivir un epílogo innecesario e insulso que ya se va haciendo largo.

Debiera ser más fácil todo esto. Escribirte y decir, no sé, por ejemplo, decir: joer, cómo te echo de menos, qué de puta madre cuando estábamos juntos. Pero cuando estábamos juntos fue como fue, qué vamos a decir ahora de aquella tormenta si todavía tenemos los pelos erizados, si nuestra deriva desde entonces no ha sido más que la huida de lo que en su día llamamos horror.

Me casé, fui a la oficina, me acosté temprano. Me levanté una mañana y habían pasado diez años. No es que no sospechara antes que el tiempo pasaba, salía el tema en charlas, periódicos, boleros, a todas horas lo avisaba la radio camino del trabajo, de regreso del trabajo, pero aquello fue espantoso, comencé a sentir ese dolor de memoria y quise volver al principio, retomar las riendas, ir al cine, sentarme en el suelo con un buen porro de maría y di con mis huesos aquí, en el palacio del frío y de la culpa, desde donde hoy te escribo para que sepas de las hazañas últimas, las ruinas, el cansancio, del chaval que hace tiempo latió tan a tu lado y en esos posos y en esas cenizas te reconozcas.

Una cosa es que haga frío y otra que esté todo tan vacío, tan acabándose. Los domingos por la tarde la cerveza de barril tiene menos espuma. No he tenido más remedio que largarme del bar cuando el camarero ha pasado la bayeta dejando el mármol desgastado del mostrador oliendo a la piel cruda del pollo que su mujer despedazaba en la cocina y me ha manchado la manga del abrigo con esa agua sangrienta.

Y ahora que la lluvia no deja de caer sobre mi viejo dolor de huesos y memoria, pienso en cómo eras cuando empezaste a resbalar, a pedir siempre otro vaso y a tocar el culo de los chicos. Y recuerdo tu altiva perdición. Y me pregunto qué simple twist of fate, qué días aquellos cuando no oíamos otro disco, te puso de golpe bajo todas las espadas de la cruzada, más ávida de sangre la mía que ninguna otra, es decir, por qué tú, por qué a ti fue a tocarte ese destino de trágica loca que cada noche se bebía el universo. Quién que hubiera visto tu sonrisa de puesta de largo, tus manos pensativas, tus ojos como un estanque nocturno podría creer que nos echaban por tu culpa de los bares. Y, sobre todo, me pregunto si no sería yo, y eso me mata, el marinero que quemaba con su pipa el pico del albatros de Las flores del mal o el que lo imitaba burlándose de sus andares patosos sobre la cubierta del barco.

De nuevo estoy en un bar. El dolor de ojos me ha hecho por fin sentarme junto a la estufa de butano, apoyado en los abrigos de la gente. Se abre la puerta y en el centro de la bocanada de aire frío que me estremece las piernas viajas tú. Estás ahí, me hielas los pies. Corro a pedirte perdón y lo que veo me da asco: no eres tú, se ríe y de su boca sale un repugnante olor a fresa.

Ahora sé que he venido a buscarte. Uno cree que la vida va a discurrir siempre hacia adelante y de repente se encuentra como el nadador que se agota en inútiles brazadas sin avanzar un palmo. Sucede que cuando alguien se sitúa en la vida lo que hace en realidad es ausentarse de ella y, tras el cómodo letargo, regresa al jergón sucio donde quedó dormido, al momento de la partida en que le tocaba haber lanzado sus dados. Estar otra vez entre los vivos, expuesto al placer y al frío, al dolor y a la música significa, en mi caso, hallarme de nuevo frente a ti. Sé que he venido a buscarte, y me doy cuenta solo ahora, al final, cuando casi tropiezo de bruces contigo y me falta tan poco para dar con lo que creo que será tu sórdido escondrijo.

Casi no la veo. Come a toda velocidad y sale para el conservatorio. No vuelve hasta la hora que más me gusta para estar en la calle. Cuando llego a casa ya casi está dormida, me espera por cumplir leyendo un libro o para recordarme algunas cosas que he hecho mal, la suciedad de la cocina, el gato muerto de hambre, el champán que guardaba para no sé qué cosa, el recibo de la luz. No me aclaro con su contestador automático, no sé qué pasa, le borro las llamadas. Hace siglos que no tomamos chocolate.

Desde hace un par de días está en Bilbao con su familia, no volverá hasta después de Reyes. Me resulta gracioso imaginármela allí, son la tira de hermanas, seis o siete me parece, con todo ese trasiego de bragas y compresas, turnos de fregar y diarios bajo llave. Debe de estar a sus anchas. Ojalá la estén mimando, ojalá alguien, allí tan lejos, la esté queriendo mucho ahora mismo, ojalá esté dormida junto al radiador y quien sea la tape con una toquilla de lana.

Voy estrechando el cerco y no tardaré en encontrarte. Por el momento sé que todos los teléfonos de esta ciudad que empezaban por dos, ahora lo hacen por cinco o por tres. Tengo pistas importantes. Sé lo del sanatorio.

Hoy desearía que ella no regresara jamás. Entre otras cosas porque el gato está en las últimas. Me ha dejado un mensaje en el contestador, le gustaría que fuera a esperarla a la estación. No sé quién llegará primero, si ella a Chamartín o el gato al final de sus días. Todavía falta más de una semana, tan difícil de vivir como todas de un tiempo a esta parte. ¿Por qué no puedo recorrer estas calles, cruzar los parques, entrar en las tabernas sin llevarte dentro? He vuelto y de alguna manera me estabas aguardando disfrazada de la tristeza y el frío, de esta falta de luz que hace más estrechos los callejones, más llenos que antes de bolsas de basura y contenedores para escombros. Te veo en cada desconchón de la pared, en cada letrero que se cae, cada neón roto y torcido, cada balcón oxidado, cada reguero de pis. Siempre aparece la imagen de la niña a la que todos hicimos llorar, la de los equilibrios en el abismo, la que, cada tarde, se salía de las rayas del cuaderno de juerguistas educados, banales estudiantes de mil tonterías distintas, y buscaba, como yo ahora te busco por los portales helados, la dignidad simplemente de vivir sin hastío, su incendio, su jardín, su precipicio, su hermosa destrucción, la flor de la tormenta. Tus alas de gigante te impedían caminar, pero eso lo sabemos ahora. Donde quiera que estés, Albatros, amor mío, muérete siempre a tu manera, deja la culpa donde debe estar, en el centro de mi garganta, cerca de donde muerden los vampiros, junto al dolor infinito que ya no me abandona.

Un individuo pasea por la ciudad, por uno cualquiera de sus barrios. Su mirada se va deteniendo en las cosas y, por entre el revoltijo de nervios y tejidos sangrantes, emerge el pensamiento. Lo que ve determina lo que va discurriendo y, a su vez, los contenidos de su mente deforman, atraviesan, tiñen su percepción de las cosas. En este caso de gris. Hasta ahí todo normal, la absurda noria de siempre, el mareo de existir. Pero el individuo retransmite mentalmente cuanto ve, cuanto piensa. Las imágenes entonces se rizan y se repiten y cada idea acaba siendo un eco de sí misma. Es la condena más cruel del enamorado: el pensamiento solo sale en segunda persona. Y no puede evitarse que todo lo percibido, la totalidad del mundo, una cajita de cerillas, un firmamento ante él, esté impregnado del ser amado porque uno no puede arrancarse los ojos y mirar de otro modo.

He conseguido hablar con Paloma (tu amiga del alma primero, tu mamita sensata después, tu policía). Me cuenta que sí, que estás todavía ingresada. Y dónde. Y por qué. Dice que te negaste a comer durante bastantes días y que cuando por fin lo hiciste (como un pajarito, no creas) dejaste entonces de hablar; que solo mirabas por la ventana, que ella iba a peinarte algunas veces, a pintarte un poco, a hacerte una coleta. No sé, pero supongo que lo entiendo, empezar a vivir en un mundo de repente tan vacío, las enfermeras todo el día con que la vida es bella y hay tantas cosas bonitas que se pueden hacer, trayéndote revistas de modas y muebles, cosas ligeritas, a veces bombones y alguna flor. Y todos los recuerdos recientes girando en la cabeza como «El Látigo» al que de niña subías en las ferias, todo, lo mejor y lo peor que te ha pasado, la pura vida cristalizada para siempre en culpa y en vergüenza en medio de este hastío, la sopita, las paredes desnudas salvo el Cristo de Dalí, el vaso de agua en la mesita de noche, Adela que viene otra vez a cepillarte el pelo, la amenaza de leerte un trocito de «Momo» (hay que ser positiva, ¿qué es eso de recrearse a todas horas en lo más siniestro que se te ocurre?), la vida que queda afuera, para los demás, y que te llega vagamente disfrazada del ruido del tráfico, las bocinas, la camioneta que reparte las cervezas a media mañana, cuando todos los bares del barrio se llenan de sol y pepinillos.

También he sabido que ya estás mejor, que tienes tus momentos pero que estás mejor, que has descubierto el poleo, que has dejado que te enseñen punto de cruz y le vas cogiendo el gusto. Que vas entrando en razón, eso dice Adela.

Todo está en relación, decías. Y te acordabas del accidente de tu primo. Cuando se disponía a subir al coche un vecino le pidió fuego y lo entretuvo unos instantes. Si esto no hubiera sucedido no se habría encontrado justo en aquella curva con la camioneta que invadía su carril y lo mató. Tu primo habría pasado tan campante medio minuto antes. Tampoco habría ocurrido nada si el vecino hubiese añadido cualquier pregunta más, si el motor hubiese arrancado al primer o al tercer intento y no precisamente en segunda instancia. Un grado más o menos de temperatura en el ambiente lo habría salvado. El mechero del vecino quedó sobre la mesa porque en el momento en que se disponía a cogerlo sonó el teléfono por equivocación. ¿Fue ese torpe individuo que marcó mal el número el culpable de la muerte de tu primo, o la minúscula sombra de tinta que le hizo dudar entre dos cifras al consultar la tarjeta de visita que tenía delante? Un ligerísimo error de una imprenta de pueblo privó al mundo de generaciones infinitas de descendientes de tu primo con nombres y apellidos y de todas las historias de amor que vivirían, seres que nunca podrán olvidar un mechero, echar un borrón, preguntar «¿qué tal ayer?» y salvar una vida. Seres que hubieran hecho que el mundo fuera distinto. En efecto, el universo asesinó a ese chico. Todo en nuestras vidas depende de cosas así, los encuentros, los desencuentros, el fracaso, todo depende de una brizna de aire, un pequeño dolor de vientre o la trayectoria caprichosa de un insecto. Del mismo modo, hacemos el mundo como es al cerrar el libro en el punto por donde lo cerramos, salvamos a nuestros semejantes la vida al elegir el color de nuestros calcetines, matamos al silbar, al pasarnos la mano por la frente. Cada instante que tenemos delante es la noche de los tiempos desplegada quien lo ha puesto ahí, en cada cosa late la totalidad. Si lo que tengo delante es tu rostro he de bendecir a víboras y monstruos, a los vientos del otro lado del mar, a todas las guerras de Europa y a las epidemias de todos los siglos; he de agradecer a cada ser vivo o muerto, a las masas humanas y a las fuerzas naturales haber hecho exactamente lo que han hecho. Si no lo tengo, ¿debiera caminar destrozando al paso objetos y procesos, escaparates y niñas? Si ya se aliaron en su día todas las piezas del rompecabezas, dioses y fieras, cometas y reptiles, para apartarme de ti, quizá en su avidez del sinsentido absoluto, el mundo nos ponga otra vez caminando por una calle de la mano, mirándonos los pies, esta vez sin insultarnos.

Te pienso así, ahora, echando un vistazo a todas esas revistas de decoración y belleza mientras Adela te pasa distraída el cepillo por el pelo junto a la ventana, a la caída de la tarde, matando el tiempo hasta que llegue el carrito con la cena; te imagino así y no puedo evitar verte como a uno de aquellos animales viejos que pasean algunos circos por provincias en pequeñas jaulas con su hábitat, los lejanos paisajes donde debieran vivir, pintados sobre un decorado detrás suyo, descolorido, arrugado y que se despega y se dobla por las esquinas, cataratas sucias, cielos resquebrajados de papel sobre serpientes oxidadas, cocodrilos con olor a cerrado, albatros de plumaje pegajoso que picotean pan mojado sobre el serrín.

Yo ahora soy el niño que al mirar todo eso ha quedado inmóvil, llorando con su algodón dulce apretado contra los labios. No quiero ser más el que arroja airado sus cáscaras al rostro de las bestias para poder chillar a su acompañante «¡Mira, se ha movido!». Se ha movido, está bien, ya lo verás, se recupera, ya cose, tiene la vida por delante.

Si se tuvo el infortunio de amar todo ya es declinar y ensombrecerse. Todo atardecer, ir oscureciendo sin que nunca se declare la noche de neón y estrellas. Solo esas sábanas tendidas que en la ventana se van volviendo grises, esta llovizna sucia, el carrusel deportivo. La vida de la que vengo no merece la pena ser vivida. Volver es imposible. No existen las ciudades, ni las personas ni los deseos de antes. Ni las migajas de todo ello. Nos arrojábamos amor el uno al otro como saliva de sapo, daría hoy cuanto tengo por alguna de esas gotas resbalando en mi mejilla, por algo del dolor que me llegaba de ti, por volver a lamer esas heridas.



¿Qué voy a decirle en el andén de la estación del gato muerto, de que no la quiero? ¿Llorará? ¿Llorará por el gato, por mí, por verse sola en el momento en que esperaba un reencuentro, unas flores, un taxi al hogar? Pienso en ella y, al pensar, le paso la mano por el pelo, le estoy besando la carita mojada. A la vez la mirada se me queda perdida en un trozo de uña que, un rato antes, había caído al cortarla fuera del cenicero. ¿Soportaré que llore? Es extraña esta certidumbre de fracasar antes de mover el primer dedo. No estoy seguro de estar hablando del miedo, es esa sensación más bien resignada de escoger siempre el mal menor, la forma de que la culpa castigue lo menos posible. Aunque morder, morderá haga yo lo que haga. Tantas veces he yacido amordazado en su potro que la conozco como si fuera mi madre.

Si me quedo con ella, si evito al menos que cuando sufra tenga que maldecir entre lágrimas mi nombre, me despertaré probablemente dentro de diez años preguntando por qué no viví, por qué miré pasar los trenes, todos, uno tras otro, desde el cristal con mi chocolatito caliente, mis amargas magdalenas.

Si te convenzo de huir, si me perdonas, si aceptas dialogar con nuestras últimas palabras y enredar nuestros últimos alientos, si emprendemos nuestro viaje de náufragos en el vacío, lamentaré una y mil veces haberlo tenido todo y haberlo echado a perder, no haber entendido a tiempo de la vida nada. Mi pisito, mi joya de chica, el curso de mis días.

Voy a romper esa cristalera. Voy a sacarte como sea de esa casa de locos. En esta tierra, a fin de cuentas, todo es una cuestión de inmenso frío inhumano y pequeñas calefacciones y mantitas de cuadros, minúsculos faros encarados al océano oscuro e inacabable. La cosa es resistir, permanecer al abrigo de los oleajes, de la pugna feroz por el sentido. Mezclemos los escombros, Albatros, las cenizas. Estas ruinas no añoran la torre que falta en el aire. Solo quiero beber cerveza y más cerveza entre tus brazos.

¡Dios, este dolor en la sien! Dolor de dudar y dudar, dolor de no saber, dolor de vida por delante. Todo está en relación, decías, cada imagen mental contiene por eso también lo que no muestra, la totalidad del pasado y el mundo y los abismos. Dolor que no deja pensar. Dolor que viene del mar, que atraviesa las montañas. Cierro los ojos y la oscuridad es un mapa del universo.

El cansancio me dice que debo despedirme de las cosas. Ahora voy a ser un oso que hiberna. Pero no uno de esos osos reales mojados y sucios que se ovillan contra la roca de una gruta helada, sino un oso de dibujos animados, uno de aquellos animales suaves que, con pijama y gorro de dormir de colores, cierran la puerta a huracanes y tormentas de nieve y se sumergen bajo las mantas de su cama en el fondo de la cueva.

A esta hora todo en el mundo es cansado y postergable