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Cuentos completos

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Una de las autoras de relatos más importantes de la actualidad.Amy Hempel es la maestra del relato. Éste volumen reúne su obra completa: cuatro libros de cuentos que nos hablan de matrimonios, de desastres y de momentos de revelación, todo ello narrado de manera sorprendente. Con su inimitable sentido de la compasión y del ingenio, Hempel nos presenta a personajes que deciden hacer elecciones que parecen inevitables y cuyas nostalgias y dudas nos remiten a unas vivencias humanas imperecederas. Ningún lector al que le guste la gran escritura debería pasar por alto este libro.Cuentos completos ganó el Ambassor Book Award de 2007 al mejor libro de ficción, el premio inaugural United States Artists Fellowship y fue finalista del PEN/Faulker Award en 2006.
Year:
2006
Language:
spanish
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1

Cuentos

Year:
2020
Language:
spanish
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Cuentos de amigas

Year:
2009
Language:
spanish
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Una de las autoras de relatos más importantes de la actualidad.

Amy Hempel es la maestra del relato. Éste volumen reúne su obra completa: cuatro libros de cuentos que nos hablan de matrimonios, de desastres y de momentos de revelación, todo ello narrado de manera sorprendente. Con su inimitable sentido de la compasión y del ingenio, Hempel nos presenta a personajes que deciden hacer elecciones que parecen inevitables y cuyas nostalgias y dudas nos remiten a unas vivencias humanas imperecederas. Ningún lector al que le guste la gran escritura debería pasar por alto este libro.

Cuentos completos ganó el Ambassor Book Award de 2007 al mejor libro de ficción, el premio inaugural United States Artists Fellowship y fue finalista del PEN/Faulkner Award en 2006.





Amy Hempel





Cuentos completos




ePub r1.0

Titivillus 26.05.16





Título original: The Collected Stories

Amy Hempel, 2007

Traducción: Silvia Barbero

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2





Para Nan Graham.





SOBRE AMY HEMPEL


Lo primordial son las frases. La manera en que las frases se insertan en los párrafos. Lo importante es el ritmo. La ambigüedad. El modo en que las emociones, en circunstancias difíciles, son atrapadas por el lenguaje. Lo importante son los estados de conciencia. La conciencia abrumada. Los problemas amorosos. La muerte. El suicidio. Lo importante es el cuerpo. El escepticismo. La huida del sentimentalismo y de la sensiblería barata. Se trata del arrepentimiento. Se trata de la supervivencia. Se trata de frases escritas para promulgar y defender la supervivencia.

En 1985, cuando apareció la primera colección de relatos de Amy Hempel, Razones para vivir, nos hallábamos en el excitante período del renacer del cuento estadounidense. Por muy breves que fueran, no sólo resultaba aceptable escribir y publicar cuentos (en aquel tiempo había muchos sitios donde poder publicarlos), sino que incluso era posible vender de paso algunos ejemplares de recopilaciones de cuentos. Hay que decir que en parte se debió a la ; prestigiosa colección de ficción, en formato bolsillo, de la editorial Vintage Contemporaries, que dio a conocer, en su primera temporada, voces como las de Richard Ford, Jay McInerney y Raymond Carver. También se debió en parte a la visión editorial que tuvo un tal Gordon Lish, un defensor tan entusiasta y enérgico de la literatura de ficción como no ha existido otro en los últimos cincuenta años. Durante el tiempo que estuvo bajo su control, tuvo la temeridad de proponerse sacar a la luz a escritores como Carver, Barry Hannah, Mary Robison y Amy Hempel, entre muchos otros.

En aquella época emocionante, me encontraba en la escuela universitaria de graduados. Estaba matriculado en el segundo curso cuando llegó a las librerías el primer libro de relatos de Hempel, que, junto a Self-Help, de Lorrie Moore, era uno de esos libros que por aquel entonces todo el mundo ansiaba leer. Yo ya empezaba a mostrar síntomas de aburrimiento e impaciencia con respecto a la mayoría de los textos masculinos de ficción contemporánea. Al final, no pude compenetrarme con los personajes de Ford ni con los de McInerney. Nunca le he pegado a ningún hombre, nunca he disparado a un pájaro, nunca he comprobado los hechos reales entre las celebridades del mundillo literario y artístico que esnifan coca. Y aquella narrativa escrita por autores masculinos parecía exigir una complicidad con sus imponentes protagonistas.

Entonces apareció el libro de relatos de Hempel. Al igual que las de Lorrie Moore, las historias de Hempel eran historias urbanas, ingeniosas, tristes, deslumbrantes, elusivas, y discreta y desesperadamente heroicas. En Razones para vivir, uno tenía la sensación de que la autora intentaba utilizar las frases para salvar vidas, ya que son muchas las frases citables y memorables que se deslizan en algunos de los a veces inescrutables fragmentos de vida allí contenidos: «Tengo una cita con un desconocido que va a venir a buscarme a las siete, pero, a menos que no me crezca el pelo más de dos centímetros, no voy a abrir la puerta». O: «Empecé a dar paseos por el parque. Allí vi un perro que trataba de comerse su propia sombra, y otro perro —estoy segura de ello— que arreaba a un grupo de olmos, como si fuera un rebaño». O bien: «Al final descubrí un truco para poder dormir un poco. Duermo en la cama de mi marido. De esa manera, la cama vacía que miro es la mía».

Estas frases de Hempel, con su nostalgia y su profundo desasosiego, no expresan rabia ni adoptan poses, como sí lo hacían las de los hombres del período realista y minimalista. Las de Hempel duelen. Y este dolor parece que tiene que ver, más bien, con un profundo linaje, cruelmente subestimado, de escritoras norteamericanas, unas escritoras que, en muchos casos, son mucho más importantes que sus coetáneos masculinos. Entre ellas podemos citar a Grace Paley, Mary Robison, Alice Munro, Lydia Davis, Joy Willams, Cynthia Ozick y Ann Beattie.

En fin, dicho de otra manera: Hempel, con su primer libro de relatos, salió de debajo de la falda de Paley, si se me permite citar toscamente a Ernest Hemingway, pero también encontró su registro propio. Mientras que la voz de Paley tiene que ver con la ciudad de Nueva York en la primera mitad del siglo veinte y con su jerga yidish, la voz de Hempel tiene algo que ver con la comedia, la poesía contemporánea, las revistas del corazón, las artes visuales, el Este y la canción popular. (Especialmente la poesía será, cada vez más, a medida que avanza su carrera literaria, una influencia decisiva en su concisión casi japonesa).

En el momento de su publicación, Razones para vivir fue un libro que llamó la atención gracias a una historia muy poderosa, una historia que, a estas alturas, conocen casi todos los entusiastas de la reciente literatura breve, ya que es antologada con frecuencia. La historia en cuestión se titula «En el cementerio donde está enterrado Al Jolson». Aunque el cuerpo narrativo de este relato es bastante accesible —la narradora intenta mantener a flote los ánimos de una amiga moribunda distrayéndola con una anécdota ocurrente—, lo que hace que la historia sea incluso más memorable son las transgresiones que la autora lleva a cabo en la bien construida estructura del relato y en los valores convencionalmente literarios: «Que sean banalidades; de lo contrario, déjalo», dice la amiga moribunda al comienzo del relato (quizás un manifiesto a favor del sustrato de cultura popular y de gran literatura que actúa en Hempel), y la narradora obedece: «¿Sabía ella que Tammy Wynette[1] había cambiado la letra de su canción? En serio. Que ahora canta “Apoya a tus amigos” en vez de “Apoya a tu hombre”. Que Paul Anka había hecho lo mismo, le dije. Ahora canta “Vas a tener un hijo nuestro”, en vez de “Un hijo mío”. Que estaba ya harto de las quejas de las feministas».

«Al Jolson» es una joya en un volumen que, aunque repleto de abundantes momentos de transfiguración (me gustan, por ejemplo, la adorable conversación entre un padre y sus hijos mientras hablan de gelatina en «Celia ha vuelto» y el hastiado humorista Wesley de «Tres papas entran en un bar»), significa el comienzo de una gran carrera más que su momento álgido. Me atrevería a decir que Razones para vivir parece un amable aunque curioso reflejo de la brillantez del siguiente libro de Hempel, A las puertas del reino animal (1990). Es verdad que a la autora le llevó cinco años escribir las 137 páginas de su segundo volumen de relatos, y es verdad que para ella su escritura fue rápida (Tumble Home le llevó siete años y ocho El perro del matrimonio), pero cuando los resultados son tan extremadamente perfectos e inolvidables como los relatos titulados «La cosecha», «La parte más femenina de ti» o «Éxtasis de las profundidades», ¿a quién le importa cuánto tiempo lleve escribir un libro o si es más corto que uno de aquellos grandes tomos enciclopédicos que los hombres, obsesionados con el sonido de su propia voz, escribían por aquella época? Cuando «La cosecha» se publicó por primera vez en Quarterly, la revista literaria dirigida por Gordon Lish, recuerdo que lo que me atrajo la atención no fue sólo el amplio desarrollo de la historia en sí (el tremendo accidente de tráfico de la narradora) sino especialmente el doble espacio de separación en mitad de la historia, después del cual leemos lo siguiente: «Cuando cuento la verdad omito muchos detalles. Me pasa lo mismo cuando escribo una historia. Voy a empezar a contar lo que omití de “La cosecha”, y quizá empieces a preguntarte por qué tuve que omitirlo». Después prosigue el relato, menoscabando prácticamente cada aseveración hecha en las páginas previas, llevando a cabo un alocado baile de destrucción sobre la tumba de la ficción realista, evocando, en su lugar, las muchas paradojas esclarecedoras de la conciencia y de la identidad. Muy pocas obras de ficción contemporáneas han hecho lo mismo con tanta elegancia y estilo.

Cuando Tumble Home (1997) —el tercer libro de Hempel— vio la luz, el renacimiento que el relato disfrutó a mediados de los ochenta estaba ya a dos metros bajo tierra y muchas de las mejores revistas y editoriales que publicaban ese tipo de literatura ya consagrada estaban enterradas en el mausoleo de la nostalgia literaria. Hempel, al igual que antes Paley, tal vez en respuesta acorde con la política literaria del momento, empezó a considerar las distancias largas. El resultado fue la novela corta que da título a su tercer libro de relatos. El salto a la maestría, a la seriedad y a la más pura voluntad literaria fue una auténtica fuente de inspiración.

La trayectoria natural de una carrera literaria consiste en que el escritor se haga mejor a medida que es más él mismo. Si Hempel, en Razones para vivir, a pesar de su gran sentido de la oportunidad cómica y de su necesidad imperturbable de silbar en el cementerio, hacía uso de unos recursos técnicos que la mayoría de nosotros jamás espera igualar, aquel primer libro, a pesar de todo, tenía ciertos rasgos en común con el zeitgeist literario de los ochenta. Sin embargo, en Tumble Home, con su concentración obsesiva en la pérdida y en la disociación romántica, con su desesperación oblicua y sus parejas cómicas con el corazón destrozado, Hempel sólo se parece a Amy Hempel. Hempel la miniaturista. Hempel la enemiga de la causalidad. Hempel la recopiladora de fobias. Hempel el animal filosófico. Renunció a la contemporaneidad premeditada y, en vez de eso, permitió que la máscara de una superficie perfecta cayese un poco para que así pudiese surgir el crudo y problemático paisaje subterráneo.

Quiero decir que «Tumble Home», el relato, representó un nuevo cenit en una carrera que ya tenía muchos, muchísimos momentos álgidos, y si el público lector hubiese desviado un poco su atención, como hace de vez en cuando, del desafío tácito que supone el relato, y no digamos ya la novela corta, ese público se lo hubiera perdido. En «Tumble Home» la narradora, desde un centro de confinamiento, escribe sin tapujos a un amante ausente. Su voz cansada ofrece sobre todo detalles de las pocas distracciones de su vida diaria, aunque esté rodeada de sufrimiento y trate de sobreponerse a él: «El otro día estuve jugando al scrabble con Karen. Vi que podía cerrar el espacio con -E-G-A-R. Tenía una N y una P. ¿Cuál crees que elegí?». La tragedia inconfesable que subyace en «Tumble Home», el suicidio de la madre, es de tal magnitud que la historia tiene peso por sí misma, y, sin embargo, la insistencia de la narradora en intentar frivolizar ese legado hace que tanto la protagonista como la historia misma resulten mucho más electrizantes: «Así que buena parte del tiempo lo dedicamos a las cremas hidratantes y a los complementos, a hacer ejercicio y al cuidado del pelo. Y, aun así, hay tantas formas de equivocarse… Como cuando le pregunté a Chatty si se había teñido el pelo, y la respuesta glacial de Chatty fue que no se había teñido el pelo, sino que se lo había realzado».

Tumble Home, el libro, con sus imponentes y orgullosos narradores en primera persona, puso el listón muy alto para Amy Hempel. Uno sólo puede equipararla con las grandes voces europeas, como la de Kleist o la de Chéjov. Sin embargo, El perro del matrimonio (2005), el cuarto libro de relatos de Amy Hempel, es incluso mejor que los tres anteriores. De hecho, es un triunfo. Por primera vez, Hempel vuelca su atención hacia la carnalidad, hacia la sexualidad misma, y ya que los sobreentendidos y los márgenes han sido a menudo tan significativos en las historias de Hempel como lo que ocurre en ellas, este libro debe de haber requerido un esfuerzo considerable por su parte para permitir que sus personajes, por primera vez, se quiten la ropa.

Quizá no sea improcedente contarle al lector, en este momento, un secreto conocido sobre la autora de estas historias, a saber: que, en el momento en que escribo esto, Amy Hempel, autora de luminosos relatos, está también embarcada en el estudio de la medicina forense en la especialidad de justicia penal. Cuando uno se enfrenta a la producción íntegra de Hempel —con su descenso de las capas superiores de la psicología a los misterios de la fisionomía—, ¡qué predecible resulta ese interés complementario de la autora! A uno le viene a la mente, por ejemplo, un momento de «Tumble Home»: «No todo lo que he visto es lo que quisiera haber visto. Aunque en las autopistas y, una vez, en una carretera de montaña, me he esforzado por ver cosas que no quería ver. Lo peor que he visto en mi vida ha sido un cuerpo sin cabeza». Hay muchos otros ejemplos: cuando desgarran un cuerpo para buscar la identidad, el accidente de coche en «La cosecha», el cementerio con el niño muerto («El anexo»), etcétera.

Es decir, el materialismo de Hempel (otra manera de decir realismo) se manifiesta en su necesidad acuciante de ubicar la identidad en el cuerpo, de seguir hurgando en el cuerpo para ver si las emociones están localizadas en un lugar específico dentro de él, sin importarle lo violenta o lo frustrante que sea la tentativa. Con Hempel ocurre lo mismo que con la Ilustración, esa época obsesionada por encontrar la localización física del alma: «Mírame. Mis preocupaciones… ¿crees que son espirituales o carnales? ¡Venga, contesta! Hemos leído a Shakespeare. “No hay arte en encontrar la construcción de la mente en el rostro”». Hempel quiere creer (de ahí el inesperado tañido del lenguaje religioso en estas historias), pero a la vez odia todos los galimatías salvo el de la carne.

Y por esa razón aparece el dormitorio. Los matrimonios fracasan despiadadamente en El perro del matrimonio, y los embarazos terminan mal, y las mascotas desaparecen o son sacrificadas, y toda esa disolución resulta insoportable y abrumadora hasta que llegamos al relato titulado «Ofertorio». Básicamente, se trata de una continuación de «Tumble Home», en la que el pintor de la anterior novela corta (el destinatario de aquella epístola escrita por la narradora) reaparece aquí plasmado en un amante carnal y voraz, ahora directamente implicado en la delicada narración en primera persona de las creaciones últimas de Hempel. Él es el amante al que ella contará sus aventuras carnales. La narradora, como la autora misma, es experta a la hora de narrar y le proporciona abundantes detalles: «Y cuando de verdad no podía recordar qué pasó la décima vez, me inventaba algo. Me inventaba algo que suponía que era lo que quería oír. Por ejemplo, quería saber, cuando el marido estaba con las dos, qué nombre gritaba cuando se corría. Me preguntaba cuál fue la vez más tierna, cuál la más violenta, cuál la más desenfadada, cuál la mejor, cuál la primera y cuál la última, y así hasta doce veces». Además de ser una de las historias más eróticas de la literatura contemporánea, «Ofertorio» es un relato increíblemente triste y revelador de las miserias que se establecen en las relaciones entre hombres y mujeres. Me da la impresión de que, salvo con la excepción posible de Mary Gaitskill, nadie ha escrito tan bien sobre sexo e identidad desde hace treinta o cuarenta años.

¿Quién es la persona que escribe estas historias y hace este valiente viaje en la psicología forense de la vida diaria? Nació en Chicago, creció en la zona de Denver, pasó los primeros años de su vida sin problemas, fue al instituto en Chicago, se marchó a California para convertirse en periodista, merodeó por el famoso distrito de Haight-Ashbury de San Francisco a finales de los sesenta, no pudo terminar sus estudios en la universidad, intentó hacer un curso preparatorio para ingresar en la facultad de medicina, trabajó como ayudante de veterinario. Se enfrentó a muchas muertes en su familia. Tuvo un número considerable de accidentes de coche. Evitó volar. Aplazó la compra de un ordenador. Más tarde, estuvo casada durante una época. Se ganó la vida enseñando y dedicó mucho tiempo a trabajar como voluntaria con perros guías. No es una historia muy fuera de lo corriente que digamos con respecto al patrón de vida estadounidense, y la autora, que es elegante, modesta y generosa hasta la saciedad, nunca hace publicidad de ella.

De tal vida deriva una obra que está en consonancia con lo más grande, con lo más estimulante y transmisible de la historia de la literatura de los últimos siglos. Hempel, me atrevería a sostener, conoce como nadie desde Kafka la tendencia de los seres humanos a comportarse mucho mejor en los sueños que en la vida real.

¿Cómo explicar de dónde proceden estas historias, sin dejar desnuda a la escritora? Si fuese Hempel la que tuviese que responder esta pregunta, evitaría hacerlo y saldría con alguna retahíla divertida para desviar el hecho triste de que algunas preguntas son simplemente incontestables. Lo mejor que podemos hacer es intentar seguir viviendo y disfrutar de lo que tenemos a mano; especialmente, por ejemplo, disfrutar del placer del lenguaje. Estáis a punto de participar profusamente de ese placer.

Lo primordial son las frases.

Rick Moody





RAZONES PARA VIVIR





EN LA BAÑERA


El corazón… creí que se me paraba. Así que me subí al coche y puse rumbo a Dios. Pasé por delante de dos iglesias ante las que había coches aparcados. Después paré en una tercera porque nadie había aparcado allí.

Ocurrió a primera hora de la tarde, a mediados de semana. Elegí un banco de las filas centrales. Episcopal o metodista, eso daba lo mismo. Estaba tan silenciosa como cabe esperar de una iglesia.

Pensé en lo que sentí cuando me dio la larga parada cardiaca, y en el desorden de los latidos que vinieron después, cuando se precipitaron para llenar el espacio vacío. Sentada allí, bajo la alta riostra de la silenciosa vidriera, me puse a escuchar.

En la parte trasera de mi casa, ante la claridad que trasluce la puerta corredera de cristal, puedo mirar el porche. En el porche hay margaritas y suculentas sembradas en macetas de barro rojo. Una de las macetas está vacía. Es poco profunda, pero ancha, y está llena de agua, como una pila para que los pájaros se bañen en ella.

Mi gata suele adormecerse encima de la jardinera de la ventana. Su barbilla gris está empolvada con la pelusa iridiscente de las alas de mariposa. Si doy un golpe suave en el cristal, la gata no levanta la mirada.

El sonido que hago no es una señal para la comida.

De niña, me escapaba por las noches. Me estrechaba a los setos y me fundía con las sombras de los árboles. Iba a un solar en construcción que había cerca del lago. Cogía la cuba de una hormigonera, la arrastraba hasta la orilla y me sentaba dentro, como si fuera el platillo de una taza. Con la ayuda de un remo robado la empujaba hacia el agua y me pasaba horas flotando, sin oír ruido alguno.

La pila para pájaros tiene la misma forma que aquella cuba.

Me miro las uñas bajo la luz cruda del cuarto de baño. El miedo aparecerá en forma de onda en la base. Tardará un par de semanas en manifestarse.

Echo el pestillo y dejo que la bañera se llene.

En realidad, la mayor parte del tiempo no lo oyes. Una pulsación es algo que se siente. Aunque estés en silencio. A veces la oyes de noche, cuando apoyas la cabeza en la almohada. Pero sé de un lugar donde puede oírse incluso mejor que en la almohada.

Sólo tienes que hacer esto: te metes poco a poco dentro de una bañera llena de agua. Te sientas con cuidado. Te recuestas y esperas a que las ondas desaparezcan. Después respiras hondo, deslizas la cabeza dentro del agua y escuchas el regocijo de tu corazón.





LO DE ESTA NOCHE ES UN FAVOR QUE LE HAGO A HOLLY


Tengo una cita con un desconocido que va a venir a buscarme a las siete, pero, a menos que no me crezca el pelo más de dos centímetros, no voy a abrir la puerta. El problema está en la frente. Yo misma me corté el flequillo y ahora me parezco a Mamie Eisenhower.

Holly dice que no, que me parezco a Claudette Colbert. Pero sé que lo dice para que salga con ese tipo. Lo de esta noche es un favor que le hago a Holly.

Preferiría hacer lo que solemos: prepararnos un ron con Coca-Cola y tomárnoslo sentadas en la arena mientras se pone el sol.

Hacemos vida de playa.

No la de bronceador y ropa veraniega de moda. Lo que quiero decir es que vivimos en la playa. Abrimos la puerta principal y hay arena. Delante está el océano y lo vemos todos los días del año.

La playa está cerca del aeropuerto, de modo que este pueblo ni siquiera tiene la clase que le falta a Los Ángeles. Lo que sí tiene es el personal de las compañías aéreas. Para ellos hay un servicio de transporte que tarda doce minutos desde la zona de embarque a la casa, entendiendo por casa un complejo de apartamentos que imita el estilo colonial español.

Es una copia de las misiones españolas en todos los sentidos. Pero que me digan a mí qué misión española tiene escaleras de hierro forjado en los laterales.

También hay una fuente en el patio que vierte agua encima de unos azulejos de mosaico. Lo irritante es que los azulejos estaban tratados químicamente para «envejecerlos» desde el principio. Lo que a una le dan ganas de decir es: Mira, las reliquias son restos.

El complejo de apartamentos se llama Rancho La Brea, pero en realidad lo llaman, gracias a las azafatas de vuelo, Rancho Libido. Dentro, los apartamentos tienen techos blancos que lanzan destellos.

Holly no es azafata, ni yo tampoco. Alquilamos el apartamento mes a mes mientras reparan en nuestra casa los daños causados por el barro y el agua durante el último corrimiento de tierras.

Holly hace coros y a veces graba. El plan era que ella se iría de gira y que yo tendría la casa para mí sola la mayor parte del tiempo. Pero no está de gira. De su último disco se vendió la mitad de lo que ella esperaba. La compañía discográfica anunció que tenía que reorganizar a sus poco rentables talentos, de modo que, mientras Holly busca otro sello discográfico, está en casa por las noches y los tres días que libro yo.

Cuatro días a la semana conduzco hasta La Mirada para acudir a la agencia de viajes en que trabajo. Es un trayecto de cincuenta y cinco minutos en coche, y me encantaría que el desplazamiento fuese más largo. Me gustan las estrellas de la radio y me gusta cambiar de carril. Y ensimismarse en la autopista es como vivir en la playa: no eres consciente del tiempo transcurrido, y de repente estás allí, en el lugar al que ibas.

Mi trabajo es perfecto. No hago nada, no me pagan nada, pero —lo adivinaste— es mejor que nada.

El sentido del humor ayuda.

El lema de esta agencia es «Nunca Arruinamos Sus Vacaciones Adrede».

Organizamos dos grandes viajes al año, y ahora mismo ninguno de ellos nos ocupa el tiempo. Si logro conservar este trabajo, es el que voy a tener hasta que se mueran mis padres.

Creí que me molestaría el que Holly estuviese siempre por aquí merodeando, pero resulta que no. Por la mañana, damos un paseo hasta un establecimiento que se llama Casa de Fruta Fruit Stand and Bait Shop. Allí todo tiene el tamaño propio de otra cosa: las fresas tienen el tamaño de tomates, las manzanas tienen el tamaño de pomelos, las papayas tienen el tamaño de sandías. La oferta especial de cantalupos que iba a durar un solo día ha entrado ya en su tercera semana. Compramos lo necesario para llenar una licuadora, aparte de huevos.

Pero, retrocedamos… Porque antes de ir a comprar a Casa de Fruta tenemos que ponernos unas mallas descoloridas y los calzones de boxeo de su ex, y salimos entonces a la playa para ver el jeep trucado del socorrista mientras arrastra los rastrillos, como si fuesen peines, por la arena revuelta.

Me gusta que mis huellas sean las primeras del día. Holly se restriega la planta de los pies ennegrecidos y maldice el alquitrán.

Después transcurre el resto del día. A veces gastamos medio tanque de gasolina desplazándonos por el territorio de Holly. Mirar a los hombres que están en las playas más septentrionales es algo a lo que Holly llama investigación.

—Preferiría conservarme en sal y dejar de vivir —dice Holly—. Pero está todo el asunto este de la investigación…

A veces nos pasamos a ver a Suzy y a Hard, los ocupas que viven al otro extremo del complejo de apartamentos.

Hace años que se construyeron allí una choza de aluminio. Él cuenta que la conoció en el puerto. Ella vivía de embarcación en embarcación y se instalaba con el propietario hasta que una pelea la mandaba a la litera de otra embarcación.

Suzy tiene unos brazos enormes, quemados por el sol, y unas caderas anchas que se mueven de manera desigual cuando camina.

Hard es alto y delgado.

Su verdadero nombre es Howard. Pero, como Suzy arrastra las sílabas, lo que le sale es Hard. Es un nombre que le cuadra a la perfección: se trata de un tipo duro. Tiene una melena negra que le llega hasta los hombros y una boca tan redonda y malintencionada como la de una lamprea.

Si las cosas están tranquilas en el barrio, si el aire que sopla está cargado y en calma, nos vamos a flotar con el oleaje. A veces empieza a llover cuando estamos sumergidas.

No me acostumbro a vivir en la playa, a ver ese horizonte húmedo. Esto es el límite, el asiento cómodo del país. Pero si me obligasen a decir la verdad, tendría que confesar que no es buena cosa. A la gente que vive aquí sólo se le oye decir Tendría que, Lo intentaré, Habría que…

Aquí no hay roces.

Es un lugar afable y flotante.

Cuando vives aquí, te olvidas de que sólo porque has dejado de hundirte no significa que no estés ya bajo el agua.

Hoy por la mañana, temprano, Holly contestó el teléfono y tomó nota de una reserva para cenar. Nuestro número sólo se diferencia en un dígito del número del restaurante Trader Don’s, y Holly finge que toma nota de las reservas cuando está de mal humor.

—¿Mesa para cuántos, caballero?

Holly se ve venir que no cumpliré con algo que no fue idea mía. De hecho, no soy una persona a la que le guste citarse con alguien. No quiero conocer a hombres.

Ya conozco a algunos.

Hablamos mucho de los que ya conozco y también de los que conoce Holly. Es la otra cosa que hacemos en mis días libres.

—Tú lavas y yo seco —dice Holly.

Empiezo diciendo que alguno de ellos es el modelo a escala de un hombre. Holly vuelve a decir que si su ex viese en una película cómo la había tratado, se quitaría de en medio y ahuecaría el ala.

Su ex sigue mandándole instantáneas, fotografías suyas de cuando fue de acampada al pie de El Capitán o a la orilla del Lago Mono. Monta las fotografías en cartulina, lo que hace que resulte más difícil romperlas.

Incluso se pasa por casa cuando está en el pueblo, y nosotras fingimos que es bien recibido. Ambos, Holly y este ex suyo, se sientan y se deprimen mutuamente. Ambos conocen a la perfección los puntos débiles y los defectos del otro, de modo que saben cómo acribillarse en dos décimas de segundo.

Cuando le ve, Holly dice que es igual que los atardeceres en la playa: una vez que se pone el sol, la arena se enfría enseguida. Como esas situaciones que son relevantes y que a los diez minutos dejan de tener importancia.

No es que no nos veamos venir a esos hombres. Nuestra intuición es buena; el problema es que la ignoramos.

Seguimos queriendo que la gente sea distinta.

Pero, ¿a qué gente se conoce aquí?

Hay dos tipos entre los que elegir: aquellos que están hundiéndose y aquellos que no avanzan.

Creo que Suzy y Hard tienen más vitalidad que todos nosotros juntos. La noche pasada los oí en el callejón. Suzy lloraba y gritaba: «¡Hard! ¡Ten cuidado! ¿Quieres que alguien tenga un accidente?».

Lo vi todo desde la cocina. Vi a Hard coger un tapacubos y lanzárselo a Suzy. Ella chillaba y se alejaba cojeando, aunque le había dado en un brazo. Pero, de pronto, se dio la vuelta y se abalanzó sobre él. Agarró la mano con la que Hard tiraba las cosas y se la llevó a la boca. La abrió de par en par para mordérsela. Pero el grito que se oyó fue el de ella. El callejón estaba iluminado, así que pude ver los dientes blancos en la mano de él. Hard separó las piernas y se giró hacia un lado. Como un lanzador de disco dispuesto a batir un récord, lanzó la dentadura postiza de Suzy al tejado de Rancho Libido.

Espero que este incidente sirva para romper el hielo esta noche.

Y sí, voy a salir con ese tipo por Holly.

Tengo el pelo muy corto, pero tengo dientes en la boca. Seré Claudette o Mamie, y él también será un personaje un poco raro. Será un chulo que se ha hecho la estética.

Será el hermano de Hard.

Será tan bobo que ni siquiera existirá con quién compararlo.

Está bien, sonrío cuando digo estas cosas. Pero el favor que espero a cambio es el de no tener que hacerlo de nuevo.

Al menos estaré ilusionada por volver a casa. Holly estará esperándome levantada. Preparará dos besos de cobra: ron con zumo de granada. Tomaremos más de uno. Después se irá al dormitorio sin ayuda de nadie, como un rompecabezas completado.

Yo me encargaré de las luces y la seguiré.

La única luz que dejo encendida hace que el techo parezca un baile de galaxias. Esperamos que el mes próximo podamos despedirnos de los techos centelleantes de Rancho Libido. Nuestra vieja casa está quedando bien limpia. Las ventanas están mejor selladas y unos reforzamientos de madera contrachapada flanquean las paredes. Cuando la siguiente tromba de agua desencadene otro corrimiento de tierras, no seremos nosotras las que estemos al pie de la colina, atrapadas bajo la arquitectura desmoronada de una casa.

Por ahora, tenemos nuestras camas ladeadas. La de Holly está orientada al Este, porque sostiene que, cuando se orienta en esa dirección, te despiertas tranquila y espabilada. La mía va de Norte a Sur. A menos que me equivoque, de Este a Oeste es como te acomodan en la tumba.

A veces hablamos de viajes. Lo más gracioso de todo es que los lugares que se nos ocurren visitar son playas, las que vienen en los catálogos de mi agencia de viajes.

Lo que tenemos que hacer es mudarnos, buscar algún lugar interior, sin acceso al mar, donde, al menos, la mitad del año el aire sea fresco y seco. Es probable que lo hagamos.

—Sí, seguro —dice Holly—. Tan seguro, que lo vamos a conseguir de la gente que te regaló el boleto del gordo.

La verdad es que la playa es como un exceso de peso. Si lo perdemos, entonces, ¿cuál sería la excusa?

Hace un par de años, sí que me marché.

Me fui al Este.

Un error. Unos meses más tarde los de la mudanza empaquetaron todas mis pertenencias.

En esta parte del país suele pasar una cosa y en aquel momento pensé en ella. La Autopista Uno, la ruta de la costa, tiene muchos miradores panorámicos. Lo que pasa es que la gente se cae por esos acantilados cuando alarga el cuello para ver el fondo. A veces el piso es de hierba y a veces de roca. A ese camino lo llaman «Irse al Oeste para estirar la pata en la Autopista Uno». Incluso hay un club para la gente que se cae, a la que se le concede el ingreso con carácter póstumo.

Fue lo primero que pensé cuando se despeñó el camión de mudanzas. Desperdigó mi vida entera bajo un barranco de lodo, donde, durante dos semanas, la lluvia impidió que un equipo la rescatara de allí. Los manteles se bordaron de moho y los tritones bailaron en mis zapatos.

El aviso tenía su sutileza, pero cambié de carril y continué hacia el Oeste, camino de casa.

Me digo que un augurio de tal envergadura es mejor ignorarlo.





CELIA HA VUELTO


—La suerte no es suerte —dijo el padre a sus hijos—. La suerte es el lugar en el que la preparación encuentra su oportunidad.

El niño respaldó la proclama de su padre.

—Eso es lo que dicen los grandes ganadores —admitió.

El niño y su hermana participaban en concursos. La mesa de la cocina estaba plagada de folletos y de cartones de inscripción recortados de las cajas de cereales. El niño sostenía la fotografía de un Rolls-Royce azul, el gran premio de una rifa en la que él era demasiado joven para participar.

—¿Crees que tiene que ser azul? —preguntó—. ¿Crees que podría conseguir uno de otro color?

—No sabes conducir —dijo la niña—, así que no sé para qué sirve que te preguntes eso.

La niña arrancó una hoja de un cuaderno y redactó una declaración jurada en la que su padre prometía darle a ella el Rolls cuando lo ganase en la rifa del próximo otoño. Trazó con un lápiz una línea sobre el papel para que su padre firmase sobre ella, y debajo trazó otra línea en la que escribió Testigo.

Como el padre aún tenía tiempo antes de acudir a su cita semanal, se sirvió un café y rellenó algunos de los espacios en blanco. A pesar de lo que había dicho poco antes, el padre sabía que él tenía suerte. Durante el tiempo que llevaba viviendo en la casa, le habían tocado dos premios: un viaje de una semana para dos a Hawai, billete de avión incluído, y un paseo en globo.

El padre les explicó que las rifas eran fáciles de ganar. No había que acertar nada, no había que componer ningún poemita y no requerían ninguna habilidad especial. Les dijo que se escribía el nombre y la dirección y que se mojaba el papel en agua para que, una vez seco, quedase rígido y crujiente para así poder facilitar el que el notario lo eligiese entre los demás y lo sacase de la urna. También les dijo que se podía participar en una rifa todas las veces que uno quisiera. Si el premio merecía la pena, había que inundar la urna de papeletas.

El padre levantó la mano como los indios cuando dicen «Jau».

—Recordad las Tres Pes: Paciencia, Perseverancia y Postas —les dijo a sus hijos—. La gente que gana estas cosas conoce bien las Tres Pes.

Los concursos no eran como las rifas, decía. Se necesitaba talento para ganar un concurso, o al menos tener un don especial.

—S-O-S —informó el padre—. Lo que tenéis que recordar es esto: Ser Sencillo, Ser Original, Ser Sincero. Ése es el método para ganar.

Cuando completaron las inscripciones y sellaron las cartas para la rifa, los niños retuvieron a su padre para que les ayudara con el concurso de gelatina de la marca Jell-O.

—¡Papá nos ayudará! ¡Papá gana siempre!

—Está bien —dijo el padre—. Pero no me hagáis llegar tarde a mi cita.

Había que contarles a los miembros del jurado por qué les gustaban las gelatinas Jell-O. Había que completar la frase: «Me gustan las gelatinas Jell-O porque_____________ ».

Antes de nada, el padre miró lo que los niños habían escrito.

—Es sincero —dijo—. Pero, ¿es original? —Les dijo que lo primero que se les había pasado por la cabeza se les habría pasado también por la cabeza a los demás—. Pensad. ¿Qué tienen las gelatinas Jell-O? ¿Qué tienen de especial?

Tardó tanto tiempo en responder a su propia pregunta que los niños se miraron entre sí.

—¿Qué? —preguntó la niña.

El padre cerró los ojos y se reclinó en la silla. Dijo:

—Me gustan las gelatinas Jell-O porque me gusta tomar una copiosa comida después de dar un paseo enérgico en un día de invierno… Algo que de verdad me haga entrar en calor.

El niño soltó una risita tonta, y la niña hizo lo propio.

El padre parecía desconcertado:

—¿No me habéis dicho que era para el concurso de la gelatina? Pues entonces sigamos… Me gustan las gelatinas Jell-O porque tienen un acabado satinado y compacto que hace que no se desmoronen ni se despeguen. No, no… Quiero decir que me gustan las gelatinas Jell-O porque saben más a fruta. Porque saben a huerta fresca. Porque duran más tiempo secas para protegerme cuando me empapo. Me gustan porque son más absorbentes que las otras marcas. No irritan ni se desbordan.

Abrió los ojos y vio que su hijo salía de la habitación. El sonido que le hizo abrir los ojos fue el del bolígrafo que el niño había tirado al suelo.

—A lo mejor ya eres un ganador —dijo el padre.

Volvió a cerrar los ojos y continuó:

—¿Sabéis? Casi todas las gelatinas me ponen los nervios de punta. Pero las gelatinas Jell-O no. Porque no tienen cafeína. Saben bien… y están hechas para durar. Sí, me gustan las gelatinas Jell-O porque es lo único que puedes tomar cuando quieres librarte de un dolor de cabeza. O cuando necesitas suprimirte el mal aliento, a menos que quieras que tu mal aliento te suprima a ti.

Esta vez lo que le hizo volver en sí fue el sonido de las llaves del coche que se balanceaban en el llavero. Su hija las había cogido. Dijo:

—Papá, vamos. Vas a llegar tarde.

—¿Qué os había dicho? —dije—: No me hagáis llegar tarde a mi cita.

Siguió a su hija, que ya se dirigía hacia el coche.

—¿Os he dicho qué tienen de especial las gelatinas Jell-O? —preguntó.

Su destreza automovilística no estaba mermada.

Conducía despacio, con precaución, con la niña sentada en el asiento del copiloto. Salió de la autovía para entrar en una amplia avenida comercial llena de restaurantes de franquicias y de negocios en liquidación. El lugar al que se dirigía estaba a varias manzanas.

La luz roja de un semáforo hizo que se detuviese frente a la Casa de Marlene. En una ventana mugrienta había un letrero escrito a mano. El letrero decía:

CELIA, ANTES SEÑORA DE EDWARD, SE HA REINCORPORADO A NUESTRA PLANTILLA.

Sus manos se relajaron sobre el volante.

«Celia», pensó.

Celia ha vuelto para que todo marche bien. La maravillosa Celia ejerce sus poderes.

El semáforo cambió a verde. «¿De verdad ha vuelto? —se preguntó—. ¿Ha vuelto Celia para quedarse?».

A pesar de las bocinas que sonaban detrás de él y de los puñetazos que le daba su hija en el costado, el padre permanecía inmóvil.

«Todo irá de maravilla», pensó, «ahora que Celia está aquí».





NASHVILLE REDUCIDA A CENIZAS


Después de la incineración de la perra me tumbo en la cama de mi marido y veo en la tele los Premios de la Academia para animales. El programa no se llama así, pero dan premios a animales por realizar un Papel Destacado en el cine, en la televisión o en los anuncios. El año pasado lo ganó el toro de la cerveza de malta Schlitz. El año anterior fue para Fred la Cacatúa. Fred lo ganó por apurar una petaquita de «alcohol», tambalearse y caer completamente borracho. Flea[2], mi marido, decía que era lo mejor de la tele.

Ahora que Flea no está, lo veo por mera costumbre.

Encima del televisor, buscando el calorcito, está el blanco y grande Chuck, agotando una porción de sus cuatro millones de siestas disponibles. El rabo le cuelga y divide la pantalla en dos mitades. Encima de la cómoda, y junto al teléfono, está el cajoncito de pino en miniatura que contiene las cenizas arenosas de Nashville.

Los máximos honores de este año se los lleva Neil, el león. El presentador dice que Neil está rodando exteriores en África, pero que su nieto Winston recibirá el premio en su nombre. Una mujer sube al escenario con un cachorro de diez semanas entre los brazos y todo el público suelta un Ooohhhh. Apuesto a que el público que está en casa hace lo mismo. Después del cachorro, suben al escenario al resto de los premiados. Me figuro que tienen que estar sedados, porque ninguno hace por morder al que tiene a su vera.

Yo tengo que atender a los míos. Chuck necesita tomar zumo de tomate para su problema urinario. Boris y Kirby necesitan levadura de cerveza para los piojos. Además, no guardé la aspiradora y el estornino está chillando como loco. Los pájaros creen que el mango de la aspiradora es una serpiente.

Flea vendió su clínica cuando sufrió el derrame cerebral, de modo que éstos son los únicos de los que me ocupo ahora. Son los que siempre compartieron la casa con nosotros.

Mi marido, por cierto, era F. Lee Forest, doctor en medicina veterinaria.

La clínica está en la casa de al lado.

Hay que decir que fui yo la que le compré la clínica. Se la compré con el dinero de la compota de manzana. Mi padre hizo una fortuna con la compota de manzana porque su receta no utilizaba lejía para quitarle la piel. Una buena parte de ese dinero me quedó a mí, lo suficiente como para que no me faltase de nada. Le compré a Flea la clínica porque podía.

Según Will Rogers, los veterinarios son los más nobles de los médicos porque sus pacientes no pueden decirles qué les pasa. Un veterinario tiene que tantear, y tantea con el corazón.

Creo que era ésa la clase de amor que yo amaba. Aquel tipo de relación resultaba alentadora. Pensaba que se extendería a mí. Que lo hiciera o no lo hiciera, o que lo hiciera sólo hasta cierto punto, era algo que al principio me confundía. Pensaba: «Si mi amor es tan auténtico, ¿por qué no es correspondido?».

Quizá la relación pudo haberse ido a pique en aquel preciso momento. Pero el cuidado frenético que dispensaba a los animales me daba esperanzas y me mantuve a la expectativa.

No me encariñé con el trabajo de mi marido a causa de mi naturaleza. Para empezar, soy alérgica a los gatos. Durante los últimos veinte años, he tenido que recibir inmunoterapia. Y no en pastillas, sino en inyecciones.

Hasta que no cumplí los diecisiete años, creía que un jamón era un animal. Pero, moralmente, era capaz de analizar una muestra de heces en la puerta de al lado.

Primero me encargo del estornino y guardo la aspiradora. Este pájaro, cuando no está chillando, sólo sabe decir una cosa. Se la enseñó Flea. Puso un letrero en su jaula que dice: LLÁMAME TONTO. De modo que le dices al pájaro: «Vale, eres tonto». Y el pájaro responde con auténtico sarcasmo: «Yo sé hablar…, ¿sabes tú volar?».

Flea podría haber montado un espectáculo en Las Vegas con eso. Pero nunca se puede quedar bien con un pájaro.

Este pájaro será el primero en desaparecer. El segundo, si contamos a Nashville.

Le prometí a Flea que me encargaría de ellos, y lo estoy haciendo. Yo misma he seleccionado a los nuevos propietarios.

Nashville era su favorita. Era una saluki de pelo grisáceo con unas patas ligeramente emplumadas y unos ojos verdes como el Nilo. ¿Habéis visto esos perros flacos de la cerámica egipcia? Son salukis, y la gente les rendía culto en aquellos tiempos.

Flea se comportaba de manera similar.

Daba de comer dátiles a aquella perra.

La veía escupir con mucho cuidado el hueso antes de comerse otro dátil. Se quedaba sentada como si fuera una esfinge mientras él le palpaba dentro de la boca para masajearle las encías color regaliz. La perra dejaba que Flea le quitase el sarro con las uñas.

Ésta será la última vez que me veré obligada explicar por qué tenía ese nombre. La mejor cría de la camada se llamaba Memphis. Se supone que tienen que tener nombres egipcios. Flea lo entendió mal y llamó a la suya Nashville. Una mujer que vive en el Este tiene a Boston.

Al final de cada verano, Flea llevaba a Nashville a Central Valley. Hacían batidas en los viñedos para espantar conejos. Se llama caza con perro cuando se utiliza un perro de rastro. Con su aguda visión, Nashville descubría un conejo y lo señalaba para que Flea lo siguiese. Una vez, la perra se quedó mirando al cielo con tanta expectación que Flea le siguió la mirada y me contó que vio un avión que cruzaba el cielo a contrasol.

A veces los acompañaba, y una vez dejamos que Boris cazara también.

Boris es un lebrel ruso. Tiene el tamaño de una de las carrozas que salen en la cabalgata que organiza el estadio de los Rose en Pasadena.

Es el equivalente en perro a un adolescente. Si Boris no tuviese bigotes, tendría acné. Acaba con dos huesos de nailon en una semana y una vez se comió una caja de clavos.

Exactamente eso: una caja.

El día en que soltamos a Boris para que persiguiera a los conejos, se había bebido una taza de café. Flea dejó que se la tomase, con leche descremada, porque mejora la capacidad de rastreo de los perros. Pero Boris se puso tan nervioso que no era capaz de distinguir su presa de ninguna otra cosa. Incluso me atacó a mí…, él, todo un lebrel ruso de cincuenta kilos, colocado con café de la marca Maxwell House. Una visión como ésa te eriza el vello. Ahora he limitado sus cacerías al parque, donde le dejo perseguir pichones y ardillas.

Lo primero que dijo F. Lee después del derrame cerebral, tres semanas más tarde, fue «estoy cachondo». Creo que esas palabras iban dirigidas a Boris. Sin embargo era Boris el que le empujaba la silla de ruedas. Cuando la acera era llana, cogía carrerilla, daba un salto, apoyaba las patas delanteras en el respaldo de la silla y hacía rodar a Flea unos metros con una elegancia sorprendente.

Le pregunté a mi marido cómo había enseñado a Boris a hacer aquello, y la respuesta de Flea fue:

—No lo he hecho.

Podría querer a un perro como ése… si él no le hubiese querido antes.

Al final descubrí un truco para poder dormir un poco. Duermo en la cama de mi marido. De esa manera, la cama vacía que miro es la mía.

Las noches frías me enfundo sus calcetines en las manos. Leo tumbada en su cama las cartas que aún le envía la gente. Flea escribía una columna periodística. Llevaba la sección de preguntas y respuestas sobre mascotas en un periódico. El veterinario nuevo sigue mandándome las cartas para que me distraiga. Hay una que me gustó: la de un hombre que cree que su gato es homosexual.

La carta empieza así: «Mi gato Frank (no es su nombre verdadero)…».

Además de los calcetines de Flea, también me pongo su reloj.

Somos muchas las que nos ponemos el reloj de nuestro difunto marido.

Es nuestra manera de decírnoslo entre nosotras.

A la hora de acostarme, recuerdo a Nashville dormida junto a Flea. Esa perra le haría sentir el peso de un saco de cornamentas. Leí algo sobre un matrimonio que se había roto porque él dejaba dormir a su afgano en el lecho conyugal.

Yo tenía mi cama propia. Dormía en ella sola, excepto en aquellas ocasiones en que necesitábamos… No, no era sexo… pero el sexo era lo que nos hacía llegar allí.

Por las mañanas no estoy sola. Ahora que Nashville se ha ido, Chuck se pasa por aquí.

Chuck es un gato de pelo blanco y ojos azules, uno de los pocos que no son sordos…, aunque no por eso acude cuando se le llama. Su pelaje es grueso y abundante como el de un castor. Cuando se le acaricia, se le queda marcada la huella de los dedos.

En cuanto a su comportamiento, Chuck es el Nashville de los gatos. Pero lo más divertido que sabe hacer es sacar todos los pañuelos de papel de la caja. Cuando se pone muy alborotado, lo calmo con un peine. Flea me enseñó a hacerlo. Los gatos bostezan si raspas las púas de un peine con las uñas. Entonces haces con ellos lo que quieres… Con cualquier gato, por muy desdeñoso que sea.

Los animales son puros, solía decir Flea. No hay nada engañoso en ellos. Yo le llevaba la contraria: Fíjate en los gatos. Tropiezan y caen y después, rápidamente, empiezan a lavarse, como si nada… Ha sido a propósito. La simulación es un engaño, y los gatos simulan: ¿Quién, yo? Se mudan a la casa de al lado si la comida es mejor allí, y si te ven por la calle ya no se acuerdan de tu nombre, ni del suyo.

Pero, por la mañana, Chuck se restriega contra mi garganta y ronronea, y parece que estuviera rezando.

Yo rezo por las mañanas.

El cartero cambió de opinión sobre el pájaro, y cuando la señora Kaiser vino a recoger a Chuck y a Kirby, no los encontré por ninguna parte. Había metido todos sus avíos dentro de una bolsa y la había dejado junto a la puerta: el zumo de tomate y el ratón de hierba gatera de Chuck y las pastillas de leche de magnesia para lavar los dientes de Kirby.

De Chuck podía esperarse algo así. Pero Kirby es responsable. Es la que lleva más tiempo en casa. Es una perra labrador, más bien pequeña y delicada, adiestrada por profesionales para trabajar en televisión. Iba a protagonizar una serie, pero no creció lo suficiente. Aunque sabe hacer un montón de trucos inútiles. El que más cautivaba a los clientes que estaban en la sala de espera, en la casa de al lado, era aquel en el que Flea hacía como que arrestaba a Kirby.

—Kirby, quedas detenida —le decía Flea. Y la perra se ponía de cara a la pared—. Voy a tener que cachearte, Kirby —y ella apoyaba las patas en la pared, sin moverse, mientras Flea le palmeaba los costados.

La señora Kaiser vino una vez a visitarme después de que muriese su perro.

Cuando Kirby le puso una pata en el regazo, la señora Kaiser se echó a llorar.

Pensé: «Dios mío, una perra buscavidas».

Lo que pasa en realidad es que a Kirby no le gusta que le toquen la cabeza y ofrece la pata para que se la acaricien. Pero la señora Kaiser recordó aquel gesto. Aceptó llevarse también a Chuck cuando le dije que necesitaba una casa sin niños. Se encela de los niños y le dan ataques de asma. Pensé para mis adentros que si Chuck se iba, podría adornar la casa con flores de pascua y muérdago en Navidad.

Como tampoco los encontré en la parte trasera de la casa, le dije a la señora Kaiser que se los llevaría tan pronto como aparecieran. Ella estaba en el vestíbulo hablándole a Boris. Más bien hablando por Boris.

«“Ah”, dice, dice el perrito: “qué hueso más bueno”; dice el perrito: “¿quién va a darme un buen hueso?”». Boris le volvió la espalda y se desplomó encima de una esterilla.

«“Caray”, dice el perrito, “estoy hecho polvo”».

La señora Kaiser ha llevado el reloj de su marido durante años.

Cuando se repuso y se marchó, llegaron los animales, después de haber merodeado por los alrededores. Chuck traía en la boca una ardilla medio devorada. La dejó caer en el suelo de la cocina, a modo de recordatorio de la crueldad de un mundo cuya ley es la comida.

Después de la muerte de F. Lee, alguien me preguntó cómo me encontraba. Le contesté que por fin tenía perchas de sobra en el armario. No creo que fuera eso lo que quería decir. O quizá sí.

Nashville murió de su pena. Se negó a comer y, simplemente, se rindió.

Le sobrevino una infección.

Al final, yo misma le inyecté el pentobarbital sódico.

Me sentía eclipsada por la perra, ¿está claro?

Pero la verdad es que creo que todos éramos amados de la misma manera. El amor que me daba Flea era el mismo amor que les daba a ellos. No les decía a los perros: Os querré si no pisáis la alfombra. Les quería sin importarle lo que hiciesen.

Conmigo era igual.

Yo quería condiciones.

¡Dios mío, lo que acabo de confesar!

Mi marido decía que los animales no pueden defraudarte. En eso también le llevaba la contraria. Yo le decía: Desde luego que sí. ¿Qué pasa con los perros que siguen tumbándose en la alfombra? ¿Qué se siente cuando te esfuerzas por alterar un comportamiento y compruebas que es inútil?

Yo sé qué se siente.

Me gustaría tener pensamientos más elevados. Pero parece como si no tuviera recuerdos de nuestra vida en común sin que haya en ellos algún animal.

Kirby sigue trayendo el periódico los domingos por la mañana.

Mientras Flea hacía el crucigrama, la perra se quedaba mirándole. Simulaba consultarle a Kirby: «Ya sé por qué dirías canes, pero ¿no te das cuenta de que… gatos cuadra también?».

Boris y Kirby aún se pelean por coger sus zapatillas. Pero, como decía Flea, el problema casi nunca sobrepasa la duración de sus vidas.

Aquí seguimos todos. Boris, Kirby, Chuck… Nashville reducida a cenizas. Antes de irme a la cama, le digo al pájaro que quizá no es mudo, pero que desde luego es tonto.

El día de nuestro aniversario recibí un ramo de flores. La tarjeta decía que las flores las enviaba F. Lee. Cuando llamé a la floristería, el chico me dijo que Flea tenía «un seguro de amor». Es un servicio que prestan a personas olvidadizas. Se indica la fecha en la floristería y allí se encargan de mandar las flores.

Me pegué un susto de muerte cuando recibí las flores de aquella manera. Pensé que se me pasaría dando un paseo hasta el centro de la ciudad por el camino largo.

Antes de salir de casa, le di laxatone a Chuck. Con la subida de las temperaturas, necesita prevenir la formación de bolas de pelo. Después puse su cuenco de comida seca en un plato llano con agua. Le añadí al agua una cucharadita de lavavajillas. Chuck come durante todo el día; el fondo jabonoso repele a los bichos del plato.

De camino al centro de la ciudad fui recuperándome.

Lo atribuyo a dos cosas que ocurrieron.

La primera fue el mendigo. Estaba de cuclillas, en la acera, con un perro a su lado. Era un viejo y soñoliento collie, de ojos granulares y acuosos. Bajo el morro había un plato de plástico rojo con un letrero que decía: COMIDA PARA EL PERRO. UNA LIMOSNA, POR FAVOR.

El perro estaba tan tranquilo como cualquiera de los perros a los que curaba Flea y que después acunaba en sus brazos mientras se les pasaba el efecto de la anestesia.

Unas manzanas más adelante, compré medio kilo de carne picada.

Volví, casi corriendo, por donde había venido.

Los dos seguían allí, y en el plato había un par de monedas de veinticinco centavos. Me sentí muy bien cuando le entregué la comida. Y así lo estuve hasta que, al darme la vuelta, vi que otro hombre me miraba. Estaba apoyado en la verja cerrada de un taller de reparación de zapatos, con una taza de latón vacía a sus pies. Lo había visto todo. Y a él yo iba a darle… nada.

¿Hasta dónde te llega una cosa así? Creo que te llega hasta el fondo del corazón. Damos lo que podemos… es decir, hasta donde el corazón llegue.

Ésa fue la primera cosa que hizo que me diese la vuelta y regresara a casa. La segunda fue simplemente la lluvia.





SAN FRANCISCO


¿Sabes lo que creo?

Creo que fueron los temblores. Eso debió de ser. ¿La manera en que el suelo rodó como rola-bolas bajo nuestros pies? ¿Recuerdas que tú y yo estábamos almorzando con papá?

—Supongo que eso no será un terremoto —dijiste—. ¿Estás moviendo la mesa?

Fue en ese momento cuando tuvo que suceder. Un reloj en un aparador, un objeto así de pequeño… Las sacudidas debieron tirarlo al suelo.

¿Y cómo podía saberlo Maidy? Maidy, que estaba en la consulta del médico. Tantos años en el diván de un psiquiatra y, de repente, el diván se mueve.

Dios mío, Maidy está en el diván cuando la gran sacudida.

Maidy no te lo contó, pero ¿sabes lo que le contestó el médico? Lo que le contestó cuando ella saltó del diván y exclamó:

—Santo Dios, ¿ha sido eso un terremoto?

El médico le contestó lo siguiente:

—¿Te ha parecido un terremoto?

Creo que estamos de acuerdo, hay que verlo por el lado bueno.

De modo que creo que fue en ese momento cuando debió de suceder. No es que a mí me importe. Es Maidy la que quiere saberlo. Cree que se lo merece, por ser la hija mayor. Aunque, ¿dónde estaba la hija mayor cuando sucedió? ¿Cuál de tus hijas fue la que te encontró?

Cuando Maidy empezó a preguntar por tu reloj, me pareció que tenía que decirlo. Le dije:

—¿Con el cuerpo aún caliente?

Maidy me contestó que el cuerpo no es la persona, que la esencia es la persona y que la esencia abandona el cuerpo, junto con las posesiones del cuerpo…; por ejemplo, ¿su reloj?

—El tiempo vuela —dije—. Como una flecha. La mosca de la fruta vuela —dije, y Maidy preguntó:

—¿Qué?

—La mosca de la fruta vuela —repetí—. La mosca de la fruta vuela como un plátano.

Así de fácil resulta gastarle una broma a Maidy.

¿Recuerdas lo fácil que era?

Ahora Maidy cree que yo cogí tu reloj. Lo cree porque llegué allí la primera, y piensa que lo primero que se me ocurrió fue cogerlo. Maidy sigue preguntando:

—¿Quién cogería el reloj de mamá?

Y me pregunta:

—¿Cogiste tú el reloj de mamá?





EN EL CEMENTERIO DONDE ESTÁ ENTERRADO AL JOLSON


—Cuéntame cosas que no me importe olvidar —dijo ella—. Que sean banalidades; de lo contrario, déjalo.

Empecé. Le conté que los insectos vuelan cuando llueve y que nunca se mojan porque no les cae una sola gota encima. Le conté que nadie en Estados Unidos había tenido un magnetófono antes de que Bing Crosby se comprase uno. Le conté que la luna tiene forma de plátano… que, cuando la vemos llena, la estamos viendo de canto.

La cámara hizo que me cohibiese y me callé. Nos enfocaba desde un soporte instalado en el techo, como esas cámaras que utilizan en los bancos para fotografiar a los ladrones. Nos enfocaba para dirigir la señal a las enfermeras que estaban al fondo del pasillo en la Unidad de Cuidados Intensivos.

—Sigue, chica —dijo—. Ya te acostumbrarás a ellas.

Tenía público. Seguí. ¿Sabía ella que Tammy Wynette había cambiado la letra de su canción? En serio. Que ahora canta «Apoya a tus amigos» en vez de «Apoya a tu hombre». Que Paul Anka había hecho lo mismo, le dije. Ahora canta «Vas a tener un hijo nuestro», en vez de «Un hijo mío». Que estaba ya harto de las quejas de las feministas.

—¿Qué más? —me preguntó—. ¿Sabes algo más?

Oh, sí.

Para ella siempre sabría algo más.

—¿Sabías que la primera vez que enseñaron a hablar a una chimpancé mintió? Cuando le preguntaron quién se lo había hecho en la mesa de trabajo, dio por señas el nombre del limpiador. Y cuando la presionaron, dijo que lo sentía mucho, que en realidad había sido el director del proyecto. Pero ella era madre, de modo que me imagino que tendría sus razones.

—Oh, eso está bien —asintió—. Una parábola.

—Hay más anécdotas sobre esa chimpancé —le dije—. Pero te romperían el corazón.

—No, gracias —y se rasca la mascarilla.

Parecemos dos forajidas buenas. Buenas o malas, yo aún no me acostumbro a la mascarilla. Siempre estoy tocando la parte caliente por donde sale, gracias a Dios, mi aliento. Ella está acostumbrada a la suya. Sólo se ata las cintas de arriba. Las otras —como buena profesional que es ya— las deja colgando.

Llamamos a este lugar Hospital Marcus Welby, en honor a la serie televisiva. Es ese edificio blanco con palmeras que aparecía como fondo de los títulos de crédito de aquella serie. Un hospital de Hollywood, aunque, en realidad, está varios kilómetros hacia el Oeste. Fuera del campo visual de la cámara, al otro lado de la calle, hay una playa.

Me presenta a una enfermera como la Mejor Amiga. El artículo es más íntimo que el pronombre posesivo. Me da a entender que ellas son las íntimas, la enfermera y mi amiga.

—Le contaba que en los viejos tiempos tomábamos ginger ale, de la marca Canada Dry, y nos hacíamos a la idea de que estábamos en Canadá.

—Así de tontas éramos —digo.

—Podríais ser hermanas —dice la enfermera.

Me apuesto a que están preguntándose por qué he tardado tanto tiempo en llegar a este sitio tan glamoroso. Pero, ¿se lo preguntan?

No se preguntan nada.

Dos meses, y, ¿cuánto se tarda en llegar en coche?

La mejor explicación que puedo dar es la siguiente: tengo un amigo que trabajó durante un verano en un depósito de cadáveres. Me contaba anécdotas de ese lugar. La que más me impresionó no fue la más horripilante, pero fue la que más me impactó. Un hombre tuvo un accidente y destrozó su coche en la carretera 101, en dirección al Sur. No perdió el conocimiento. Pero se le había desgarrado un brazo hasta el hueso mismo y, cuando lo vio… le dio un susto de muerte.

Es decir, que se murió.

De modo que no me había atrevido a mirar más de cerca. Pero ahora lo hago, y espero sobrevivir.

Se sacude una mantita de verano, dejando al descubierto una pierna que no querrías ver por nada del mundo. Si exceptuamos eso, al mirarla comprendes que la ley exija que haya dos personas con el cuerpo en todo momento.

—He pensado en algo —dice—. Lo pensé anoche. Creo que aquí hace muchísima falta, y con urgencia. Ya sabes, que alguien lo haga por ti cuando no puedes hacerlo tú misma, pongamos por caso. Les llamas siempre que quieras… Por ejemplo, cuando no hay más remedio.

Coge el teléfono de la mesilla y se enrolla el cable alrededor del cuello.

—¡Mira! —exclama—. Fin del trayecto. —Sigue hablando, aunque aturdida por algo. Pero no sé por qué—. No consigo acordarme —me asegura—. Según la psiquiatra Kübler-Ross, ¿qué paso venía después de la Negación?

Creo recordar que el siguiente era la Ira. Después venían el Regateo, la Depresión y así sucesivamente. Pero me guardo mis suposiciones.

—Lo único que falta saber es… cuándo viene la Resurrección. Dios sabe que me gustaría hacerlo según mandan los cánones. Pero esa psiquiatra omitió la Resurrección.

Se ríe y me aferro a esa risa de la misma manera en que alguien colgado sobre un barranco se aferra a la cuerda que le lanzan.

—Cuéntame lo de la chimpancé que habla con las manos. ¿Qué hacen cuando el experimento termina y la chimpancé dice «No quiero volver al zoológico»? —como no contesto, añade—: Vale, entonces cuéntame otra historia de animales. Me gustan las historias de animales. Pero que no sea morbosa…, no quiero saber nada de perros guías que se quedan ciegos.

No, no pensaba contarle ninguna historia morbosa.

—¿Qué te parece una de perros para sordos? —le pregunto—. No están perdiendo audición, pero están volviéndose muy críticos. Por ejemplo, está la de ese perro labrador de Nueva Jersey que despierta a la madre sorda y la arrastra al dormitorio de su hija porque la niña está leyendo con una linterna debajo de las sábanas.

—Me estás matando —dice—. Sí, estás matándome del todo.

—Dicen que los perros inteligentes obedecen, pero que los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer.

—Sí, los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer. Ahora mismo, por ejemplo.

Está flirteando con el Buen Doctor, que acaba de entrar. A diferencia del Mal Doctor, que comprueba el gotero antes de dar los buenos días, el Buen Doctor dice cosas como «Dios no les dio a los epilépticos un tembleque elegante». El Buen Doctor se adjudica puntos por los minusválidos que podría haber atropellado en el aparcamiento. Como el Buen Doctor está un poco enamorado de ella, dice que quizás un año. Acerca una silla a la cama y sugiere que a lo mejor me gustaría pasar una hora en la playa.

—Cuando vuelvas, tráeme algo. De la playa o de la tienda de regalos —me dice—. Aunque sea feo.

El médico corre la cortina de la cama.

—¡Espera! —grita ella.

Me asomo.

—Cualquier cosa, salvo una suscripción a una revista.

El médico aparta la mirada.

Veo que su boca esboza una sonrisa.

Con frecuencia, lo que parece peligroso no lo es…, como, por ejemplo, las serpientes negras o las turbulencias en un cielo despejado. Mientras que las cosas que están ahí mismo, como esta playa, están cargadas de peligros. Un polvo amarillo que asciende de la tierra, el calor que hace madurar los melones por la noche… Son señales inequívocas que presagian terremotos. Puedes estar sentada aquí, trenzando tranquilamente los flecos de tu toalla, y la arena, de repente, te traga igual que un reloj de arena. El aire brama. En los apartamentos baratos de la costa, las bañeras se llenan solas y los jardines se levantan y se enrollan igual que olas verdes. Si no ocurre nada, el polvo irá a la deriva y el calor aumentará hasta que el temor se convierta en deseo. Sólo una catástrofe puede apaciguar esos nervios.

—Nunca se da cuando piensas en él, ¿verdad? —comentó una vez—. Terremoto, terremoto, terremoto.

—Terremoto, terremoto, terremoto —repetí yo.

Y no nos cansábamos de decirlo, como el aviofóbico que mantiene el avión en el aire con sus oraciones, hasta que una réplica resquebrajó el techo de la habitación.

Aquello ocurrió después del terremoto grande del 72. Estábamos en la universidad. Nuestro dormitorio se encontraba a ocho kilómetros del epicentro. Cuando terminó el corrimiento y mi pulso farfullero empezó a desacelerarse, ella hizo un bebedizo mezclando cinco partes de champán con una de zumo de naranja, y bromeó con la idea de vivir en Ocean View, Kansas. Le ofrecí llevarla en coche a Hawai, con arreglo a las teorías del nuevo mundo que, según pronosticaban los videntes, afloraría para la próxima vez, o la siguiente.

Ahora no podría decir esa palabra… siguiente.

—¿La siguiente de quién? —podría haberme preguntado ella.

¿Era yo la única en percibir que los expertos habían dejado de decir si y ahora hablaban de cuándo? Desde luego que no. Los temerosos podían contarse por miles. Observábamos a los escarabajos japoneses, a la busca de algún cambio en su comportamiento. Cualquier cambio podría significar una intensificación de la violencia natural.

Quería que ella tuviese tanto miedo como yo. Pero me decía:

—No sé, pero el caso es que no tengo miedo.

No le tenía miedo a nada, ni siquiera a volar.

Cuando tengo que viajar en avión, sueño que nos abrochamos el cinturón y que el avión avanza por la pista. Despega a unos cincuenta y cinco kilómetros por hora, y después ya estamos en el aire, rozando las copas de los árboles. Aun así, llegamos puntualmente a Nueva York.

Es muy agradable.

Una noche volé a Moscú de esa manera.

Sólo una vez había volado ella conmigo. Aquella vez que voló conmigo, comía nueces de Macadamia mientras las alas pegaban botes. Sabe que la punta de las alas puede inclinarse nueve metros hacia arriba o hacia abajo sin que el avión se caiga. Ella se lo cree. Confía en las leyes de la aerodinámica. Mi mente se desbarajusta. Me cuesta trabajo aceptar que un buque de guerra flote, ya que todo el mundo sabe que el acero se hunde.

Ahora veo miedo en su cara, y no voy a procurar ahuyentárselo. Hace bien en tener miedo.

Después de un temblor, las noticias de las seis emiten la secuencia de una película en la que un grupo de alumnos de primer grado, a instancias de su maestra, amonestan al patio de recreo destrozado.

—Tierra mala —gritan, porque la ira es más fuerte que el miedo.

Pero hoy la playa está calma. Aquí todo el mundo está sedado, adormecido o parece indiferente. Las adolescentes se ponen unas a otras aceite de coco en las zonas del cuerpo a las que resulta difícil llegar por una misma. Huelen a esencia de copra. Abren con dificultad las polveras que parecen conchas de almejas. Los espejos atrapan el sol y arrojan un haz de rayos blancos sobre los hombres satinados. Las chicas se adornan el pelo húmedo con flores de seda con arreglo a lo que aprendieron en la revista Seventeen. Posan.

Unos tipos detienen sus coches tuneados para observarlas y de paso se toman unas cervezas. Se vuelven ruidosos cuando las chicas comprueban las líneas del bronceado. Cuando se les acaba la cerveza, se largan, alardeando de sus coches, bulevar arriba.

Sobre esta salud agresiva se alzan las terrazas gemelas de hierro forjado de Palm Royale —pintadas en un tono rosado igual que el de los flamencos—, donde cada vez que cambian las sábanas se muere alguien. Hay una ambulancia en la entrada de coches, y los residentes que aún quedan están asomados a los balcones, inquietos y en silencio, inclinados hacia adelante.

El océano que contemplan es peligroso, y no sólo por la resaca. Casi pueden verse los coletazos de los tiburones toros, acechantes.

Si ella mirase, podría verlo, podría ver parte de esto, desde la ventana. Sería la primera en decir que qué poco hace falta para que todo se eche a perder.

¡Cuando regresé a la habitación había una segunda cama!

El corazón me latió dos veces antes de comprender qué significaba aquello. Entonces se hizo tan patente como un ataúd abierto.

«Quiere que esté con ella en todo momento», pensé. «Quiere mi vida».

—Acaba de irse Gussie, te la has perdido —me dijo nada más entrar.

Gussie es la criada de sus padres, ciento treinta y cinco kilos de narcolepsia. A menudo le dan los ataques ante la tabla de la plancha. Todas las fundas de las almohadas de la familia están ribeteadas de quemaduras.

—Ha tenido que ser un viaje duro para ella —le digo—. ¿Cómo está?

—Bueno, no se ha quedado dormida, si te refieres a eso. Gussie es fantástica. ¿Sabes lo que me ha dicho? Pues me ha dicho: «Cariño, déjate ya de tantas mortificaciones. Sigue rezando, arrodíllate ante el Señor…», yo, que ni siquiera puedo levantarme de la cama.

Se encogió de hombros.

—¿Me estoy perdiendo algo?

—El tiempo presagia terremoto —le contesté.

—Lo mejor que puede hacerse con los terremotos es no vivir en California.

—Un consejo muy útil —le dije—. Hablas igual que el reverendo Ike: «Lo mejor que puede hacerse por los pobres es no ser uno de ellos».

El reverendo Ike nos vuelve locas.

Me di cuenta de que tenía la cara hinchada.

—¿Sabes una cosa? Me siento muy mal. Tengo la intención de dejar de divertirme.

—Los antiguos tenían un dicho: «Hay momentos en que los lobos callan y momentos en que la luna aúlla».

—¿Qué es eso? ¿De los indios navajo? —me preguntó.

—Un graffiti en el vestíbulo de Palm Royale —le contesté—. He comprado el periódico. Te leeré algo.

—¿Aunque no me interese nada?

Lo abrí por la página de trivialidades. Le dije:

—¿Sabías que a los flamencos, cuantas más gambas comen, más rosadas se les ponen las plumas? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías por qué los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores porque, si no, de qué otra manera iban a evitar que se les congelara la comida?

Me fui a la página tres, a una sección de noticias de agencia fechada en la ciudad de México. Le leí la noticia titulada HOMBRE ROBA BANCO CON POLLO. Trataba de un hombre que compró un pollo asado en un puesto callejero que había a una manzana del banco. Al pasar por delante del banco, tuvo una idea. Entró y se dirigió a una ventanilla. Apuntó con la bolsa de papel a la cajera y ella le dio los ingresos del día. El olor de la salsa de barbacoa facilitó su captura.

Dijo que la historia le había dado hambre. De modo que entré en el ascensor y bajé seis plantas para ir a la cafetería. Regresé con todo el helado que me había encargado. Me tumbé en la cama contigua a la suya. Ambas teníamos las camas regulables elevadas para disfrutar de una visión óptima del televisor. Desperdigamos por las sábanas los envoltorios de los helados y picoteamos almendras tostadas de entre las gasas.

Éramos Lucy y Ethel, Mary y Rhoda in extremis. Las persianas estaban echadas para evitar reflejos en la pantalla.

Vimos una película protagonizada por unos hombres con los que antes creíamos que nos hubiera gustado acostarnos. El de ella era un poli duro que intentaba detener al mío, un violador despiadado que perseguía a camareras especializadas en recepciones.

—Es una buena película —dijo en la escena en que unos francotiradores abatían a los dos.

Yo ya la echaba de menos.

Una enfermera filipina entró de puntillas y le puso una inyección. Antes de irse, recogió de la mesita de noche los palos de los helados, suficientes para entablillar a un animal pequeño.

La inyección nos puso soñolientas a las dos. Nos dormimos.

Soñé que ella era una decoradora que estaba arreglándome la casa. Trabajaba en secreto, cantando para sus adentros. Cuando terminó, me condujo, orgullosa, hasta la puerta.

—¿Qué te parece? —me preguntó, mientras me empujaba delicadamente al interior.

Cada viga, alféizar, estante y pomo estaba adornado con banderitas alegres, y unas serpentinas de crespón de color pastel ribeteaban los brillantes espejos.

—Tengo que ir a casa —le dije cuando se despertó.

Creyó que por casa quería decir su casa en el Cañón, y tuve que decirle: No, mi casa. Me retorcí las manos de la manera convencional en que lo hace la gente que sufre. Se suponía que yo tendría que ofrecerle algo. La Mejor Amiga. Ni siquiera podía ofrecerle que regresaría.

Me sentí débil y pequeña y fracasada.

También eufórica.

En el aparcamiento me esperaba un descapotable. Una vez fuera de aquella habitación, bajaría a toda velocidad por la Autopista de la Costa, aspirando en el aire un olor a cangrejo. Una parada en Malibú para tomar sangría. La música en aquel lugar sería sensual y ruidosa. Tomaría papaya con gambas y helado de sandía. Después de la cena, reluciría de ansia, zumbaría de calor, vibraría de vida y me pasaría toda la noche despierta.

Sin articular palabra, se arrancó de un tirón la mascarilla y la tiró al suelo. Le dio una patada a la manta y se dirigió a la puerta. Debió de haberle dado mucho coraje tener que detenerse para respirar y mantener el equilibrio antes de salir, dando un portazo, de la zona de aislamiento y de la habitación contigua, esa donde había que desinfectarse y ponerse las mascarillas blancas.

Una voz alarmada gritó su nombre, y el personal corrió por el pasillo. Llamaron al Buen Doctor por el interfono. Abrí la puerta, y las enfermeras que estaban en el puesto de enfermería me lanzaron una mirada recriminatoria, como si esa huida hubiese sido idea mía.

—¿Dónde está? —pregunté, y señalaron con la cabeza el cuartito de las medicinas.

Me asomé. Dos enfermeras estaban arrodilladas junto a ella, hablándole en voz baja. Una le sujetaba una mascarilla sobre la nariz y la boca, la otra le masajeaba la espalda con lentos movimientos circulares. Las enfermeras levantaron la vista para ver si yo era el médico… y, como no lo era, siguieron con lo suyo.

—Cariño, ya ha pasado, ya ha pasado —le susurraban.

La misma mañana en que la llevaron al cementerio, aquel cementerio donde está enterrado Al Jolson, me matriculé en un cursillo para vencer el miedo a volar en avión.

—¿A qué le tiene más miedo? —me preguntó el instructor, y le respondí:

—A que termine este curso y siga teniendo miedo.

Duermo con un vaso de agua encima de la mesilla de noche para así poder ver por el nivel si es el suelo de la costa el que está temblando o si soy yo la que sigue convulsionándose.

¿Qué recuerdo?

Sólo recuerdo las trivialidades que oigo: que la madre de Bob Dylan inventó el tipex, que en una habitación tienen que reunirse veintitrés personas para que haya un cincuenta por ciento de posibilidades de que dos de ellas cumplan año el mismo día. ¿A quién le importa que sea cierto o no? En mi cabeza hay toallas de baño que envuelven esas historias. Nada más se filtra.

Repaso los detalles que aparecerán cuando vuelva a contar todo aquello: un beso a través de una gasa quirúrgica, una mano pálida que corrige la posición de la peluca…

Tomé nota de todos esos gestos a medida que iban ocurriendo, no retrospectivamente…, aunque no sé por qué el hecho de mirar atrás debiera revelarnos más cosas que un simple mirar a.

Es posible que diga que me quedé a pasar la noche.

¿Hay alguien que pueda decir lo contrario?

Me acuerdo de la chimpancé, la de las manos parlantes.

En el transcurso del experimento, aquella chimpancé tuvo una cría. Imagínense el entusiasmo que debieron de sentir sus adiestradores cuando la madre, por iniciativa propia, empezó a hablar por señas a su cría recién nacida.

Cariño, bebe leche.

Cariño, juega a la pelota.

Y cuando la cría murió, la madre se inclinó sobre el cuerpo, moviendo sus manos arrugadas con una elegancia animal, formando una y otra vez las palabras: Cariño, dame un abrazo, expresándose con fluidez en el lenguaje del dolor.

Para Jessica Wolfson





EMP, MONT, AUM, CONT, REP


El mohair picaba, las estrías eran demasiado gruesas, pero una mezcla casera de lana resultaba idónea para un esqueleto pequeño. Compré unas madejas de color azul pizarra atenuadas con motas rosadas y unas agujas del 10 para tejer un suéter que abrigase pero que fuese ligero. El modelo que elegí era uno con cuello en V, a dos tonos, con punto de trenza opcional en la parte delantera. Los jerseys que se meten por la cabeza despeinan, pero no quería ponerle ojales la primera vez.

De un libro de labores de aguja aprendí a hacer la primera vuelta. En la pieza de prueba, acerté con la elasticidad y la firmeza. Los puntos del derecho y del revés los hice con la mayor naturalidad del mundo, como si hubiesen frotado mis dedos con telarañas al nacer. Las agujas se deslizaban como el agua.

Estaba claro que aprender a tejer era lo lógico. La separación de las hebras enredadas, la labor de convertir los extremos embrollados en algo tangible y entero… Todo ese remendar era tan desconcertante como cuando el coche de un novio se detiene ante una señal de stop al ir camino de su boda. Porque los síntomas significan lo que significan. ¿Y qué decir de la mujer cuya mano vacía no se cierra porque no puede comprender que su hijo se haya ido?

—Jovencita, ¿puedes traerme un Dr. Pepper y subir el aire acondicionado?

Dejé a un lado la labor de punto. En la cocina, encontré un refresco sin azúcar, lo vertí en un vaso con hielo y se lo llevé a Dale Anne. Era agosto. La corriente del aire acondicionado le levantó el pelo cuando presionó el botón de la cama, modelo Niágara. El doctor Diamond había insistido en que tuviera ese modelo durante el último mes. También alquiló una mesa giratoria para el televisor y una tumbona vibratoria: el hogar regulable, modelo Niágara.

Cuando consiguió el ángulo adecuado, abrió una cápsula de vitamina E y se extendió el aceite por aquellas zonas donde pudiesen quedarle marcas de estrías.

Yo podría estar haciendo lo mismo. Pero, en lugar de eso, me hice la intervención. Fue después de que el padre me preguntase si estaba segura. Dicho sea en su honor, en realidad quería decir si estaba segura de que lo estaba, no de si era de él. Dijo que jamás en su vida había dejado embarazada a ninguna chica. Dijo que ni siquiera había provocado un retraso.

Me mudé a casa de Dale Anne para ayudarla en la recta final. Su marido está a menudo ausente…, en una clínica o en un laboratorio. Estudia la mente. Aún no es médico, pero le llamamos doctor para darle ánimos.

Había cogido una madeja y estaba ovillándola cuando el aire acondicionado dejó de funcionar.

Dale Anne suspiró.

—Me voy a asar con esta bata. ¿Puedes traerme una blusa floreada que está en el segundo cajón?

Mientras le buscaba la blusa, Dale Anne se echó el pelo hacia atrás con fuerza y se lo retorció. Cogió una de mis agujas de quince centímetros de doble punta y se sujetó con ella el moño. Con la cara despejada, tenía un aspecto muy saludable y juvenil… Por decirlo con sus propias palabras: «la persona con quien más te habría gustado irte de acampada si no pudieses tener relaciones sexuales».

Me di la vuelta mientras Dale Anne se cambiaba. Era tan recatada como yo. Si la casa saliese ardiendo una noche, ambas moriríamos forcejeando por abrocharnos el sujetador por debajo del camisón.

Cuando me disponía a regresar a mi asiento, un calambre vibrante me recorrió el cuerpo, hasta el punto de que casi me caigo.

—Cuidado, jovencita. ¿Qué te pasa?

Dale Anne se levantó de la cama para animarme.

Le dije que solía ocurrirme desde la intervención, y Dale Anne dijo:

—No hablemos de ese asunto hasta por lo menos dentro de diez años.

Fui incapaz de pensar qué decirle al respecto. Pero no hizo falta. La puerta principal se abrió, y más temprano de lo habitual. Era el doctor Diamond, de vuelta a casa de su mundo de espectros y fantasmas y de manicomios y de tablas de ouija. Como sé que una falta de interés por los demás es síntoma de enfermedad mental, me enderecé y le dije, después de que hubiese besado a su mujer embarazada:

—Doctor Diamond, parece acalorado. ¿Le preparo una copita?

Compro los materiales en una tienda del barrio residencial. La dueña se llama Ingrid. Es una noruega grandota que escribe abuja en vez de aguja. Se pone las prendas de punto que teje en sus clases. Cuelga en el escaparate el chaleco que llevaba puesto el día anterior.

Siempre hay cuatro o cinco mujeres alrededor de la mesa redonda de roble de Ingrid, tejiendo sin parar lo que no se arriesgarían a hacer solas.

A menudo me doy una vuelta por allí, aunque no necesite nada. Puedo pasarme horas fisgoneando en la pequeña habitación del fondo, que está repleta hasta el techo de libros de patrones apilados. Le echo un vistazo a las instrucciones abreviadas como si fueran notas musicales: P10, sol 1, P2 mont, pas P, sol I, P10 hasta el final. Creo que incluso podría cantar esas instrucciones. Es la comprensión de un lenguaje condensado en un código. La capacidad de descifrarlo hace que estés al cabo de la calle de los secretos compartidos por Ingrid y las mujeres de la tabla redonda de roble.

En la otra habitación, Ingrid le asegura a una clienta que, antes, hacía doscientos puntos por minuto.

Le echo un vistazo a los catálogos franceses e ingleses, fijándome en la mayor largura de los abrigos. Hay tanto que asimilar en cada visita…

Mary tenía un corderito, canturreo cuando salgo de la tienda. Sus pezuñas eran… blanco como la nieve era el vellón.

Dale Anne quería dormir un poco, así que el doctor Diamond y yo fuimos a tomarnos unas margaritas. En La Rondalla, las luces de colores que adornan la figura de la Virgen indican que todos los días son Navidad. Sirven la comida en tapas de alcantarilla y está siempre lleno de mariachis. El doctor Diamond me dijo que, en Guadalajara, hay una escuela superior de formación de la que salen promociones enteras de mariachis. Aunque me atrevería a decir que aquéllos ni siquiera habían terminado el bachillerato.

Ahuyenté a los mañanitas, pero el doctor Diamond me aseguró que tenían buenas intenciones.

Al doctor Diamond le gusta que la gente tenga buenas intenciones. Podría ser presidente del Club de las Buenas Intenciones. Desde que supo que Freud murió el mismo día en que él nació, es muy optimista con respecto a su destino.

Desde luego, era la única persona con la que podía hablar, de modo que saqué a colación los dolores estomacales que padecía y a los que no encontraba ningún motivo fisiológico.

—Ya sabes lo que pienso —me dijo—. ¿Qué es lo que no toleras?

Sabía a qué se refería con el verbo «tolerar».

—¿Te has parado a pensar cómo vas a sentirte cuando Dale Anne tenga el niño? —me preguntó.

Con la mirada, tejí a la Santísima Virgen con hebras de fantasía. Eso es lo bueno que tiene hacer punto, pensé… Todo era fibra; el mundo, un mundo de recursos naturales.

—Es algo que supongo que resolveré cuando llegue el momento —le contesté, y, como no me decía nada, añadí—: Supongo que pensaré que hay una madre que quiso tener el suyo.

—Lo más acertado sería decir uno de los suyos —corrigió el doctor Diamond.

Llegué a la tienda de lanas cuando Ingrid le daba la vuelta al letrero de CERRADO y abría. Había ido allí con la intención de comprar lana de Shetland para hacer un jersey según la técnica de Fair Isle. Me pareció que lo único que me mantendría ocupada sería trabajar en un modelo de antiguos símbolos escoceses con líneas alternas de delicado diseño. Cada uno de los puntos de cada uno de los colores está relacionado con el de arriba, con el de abajo y con los de ambos lados.

Elegí los colores naturales de las ovejas autóctonas de las islas Shetland: el marrón terroso de la oveja moorit, el marrón negruzco de la oveja negra, un color pardo claro, uno gris y un beige rosáceo de una mezcla de oveja moorit y blanca. Me llevé la lana a la nariz, pero Ingrid me dijo que hacía cincuenta años que las mujeres de Fair Isle no curtían la lana con aceite de pescado.

Me dijo que la lana procedía de Sheep Rock, el mejor de los pastos de Fair Isle. Es un terreno de cuatro hectáreas en un acantilado, a más de 120 metros de altura, me informó Ingrid, y añadió: «Imagínate lo que tienen que pasar esos hombres para recoger la lana».

Yo ya estaba deseando sentir un compromiso con la lana y con los robustos escoceses que la suministraban. Había en ella un legado, y yo podía mantenerlo vivo con mis propias manos.

Dale Anne enterró con los dedos unas alcaparras en un montículo de carne de ternera cruda y se untó un poco de aquella mezcla en una rebanada de pan tostado. No era un espectáculo agradable. Me ofreció y le dije que ni en broma. Le comenté que Johnny Carson es otro que tampoco la prueba. Le dije: —Johnny dice que no come steak tartare porque ha visto curarse cosas que estaban en peor estado que esa carne.

—Johnny nunca ha estado embarazado —objetó Dale Anne.

Cuando empezaron las contracciones, dejé un mensaje en el hospital y otro en el laboratorio del doctor Diamond. Apagué el aire acondicionado y llamé a un taxi.

—Mira ésta —dijo Dale Anne.

Le dije que no podía evitarlo. Cuando me entra el pánico, me vuelvo sensata.

El taxi llegó al cabo de unos minutos.

—Ánimo, señora —dijo el taxista—. Conozco todos los baches de esta carretera, y nunca he sido capaz de esquivar ni uno.

Dale Anne intentó apretarme la muñeca, pero su tacto era ingrávido, tan poroso como la seda mojada.

—Cuando todo esto haya pasado… —dijo Dale Anne.

Cuando nació el niño, no me fui muy lejos. Subarrendé una casa al otro extremo de la ciudad. La llené de patrones, de agujas y de madejas de lana. Eso era lo único que hacía durante el día. En un día bueno, me hacía dos mangas y toda la pechera. En un día malo, deshacía los puntos desde el cuello hasta el principio. Para variar, hacía calcetines. Los mejores que hice tenían unas jarras de cerveza a los lados, y por la parte de arriba se desbordaba una espuma blanca de angora.

No me gustaba trabajar con ruido en la habitación, así se tratase del ruido de un ventilador. La música me aflojaba el ritmo de trabajo y había mucho que hacer. Decidí hacerme un buzón y un coche de lana, quizás hasta un perro y una correa para poder pasearlo.

Remataba las piezas y las guardaba, dobladas, en cajones.

El doctor Diamond me recomendaba hacer ejercicio físico. Me visitaba de vez en cuando para echar un vistazo. Decía que el ejercicio físico me sentaría bien, y ¿por qué no sacarle provecho y divertirme? ¿Por qué no aprender, por ejemplo, a bailar claqué?

Le contesté que me daría mucha vergüenza, ya que el resto de los de la clase bailaría bien. Y con tanta labor de punto no tenía tiempo para bailar.

Dale Anne no se dejaba caer por mi casa. Tenía una razón muy buena para no hacerlo.

El día que fui a visitarla al hospital, primero me llegué al nido. Vi al bebé boca abajo. Llevaba puesto un monito amarillo de felpa con estampado de patos. Le vi… y me fui derecha a casa.

Esa misma noche comenzaron los sueños. Un lagarto gigante se comía a la gente, empezando por los pies, devorando los calcetines de cuadros escoceses al primer mordisco, para después vagar por entre la oscuridad igual que un guardián de la muerte olvidada. Me desperté recordándolo y, como un camaleón, asumí cada matiz de la culpa.

En sueños, fui a un baile elegante. En el centro de la pista había una pecera enorme. Cientos de peces de colores nadaban en su interior. A una señal del director de la orquesta, la volcaron. El suelo era un remolino de gloria dorada, hasta que alguien trató de bailar sobre los peces.

El doctor Diamond contó lo que le había pasado a la hija de un amigo suyo. La pequeña había encontrado una rana en el jardín. Como la rana parecía estar muerta, sus padres le dejaron que preparase una sepultura: un agujerito rodeado de piedrecitas. Pero en el momento en que iban a enterrarla, la rana, que sólo estaba sin sentido, movió las ancas y volvió en sí.

—¡Matadla! —chilló la niña.

Empecé a dar paseos por el parque. Allí vi un perro que trataba de comerse su propia sombra, y otro perro —estoy segura de ello— que arreaba a un grupo de olmos, como si fuera un rebaño. Dejé de decirle a la gente lo bonitos que eran sus perros. Cada vez que le decía a alguien lo bonito que era su perro, la mayoría de las veces lo que esa gente me preguntaba era: «¿Lo quieres?».

Cuando mejoró el tiempo, me encerré en casa y me pasaba horas y horas sentada.

Tuve varios accidentes. Después accidentes más graves. Pero la zona que me dolía nunca era la que me había dañado.

Los sueños regresaron una y otra vez, hasta convertirse sólo en… otra vez. Deseaba que las cosas desapareciesen del campo de visión, igual que ocurre en los lagos de montaña. En uno que conozco, el agua está tan fría que es imposible que se forme el gas que hace subir un cadáver a la superficie. Aunque a nadie le guste pensar en el fondo del lago, al menos puede decirse… que los muertos se quedan abajo.

Fue en aquella época cuando decidí hablar con el doctor Diamond.

Lo que pretendía hacerme ver era lo siguiente: que la concepción no es como intentar cruzar una calle atestada de tráfico. Por muy mal que lo hayas planeado, siempre es una afirmación de vida, dijo.

—Tienes que creerme. ¿No te das cuenta de que es verdad? ¿No lo sabes tú también?

—Lo sé y no lo sé —le contesté.

—Lo sabes y lo sabes —me replicó.

Recordé a otro médico que salió en las noticias. Un niño retrasado mental encontró la pistola de su padre y, mientras los miembros de su familia dormían, los mató a todos. La policía le preguntó qué había hecho, pero el niño enmudeció. Como el niño no les decía nada, llamaron a ese médico.

—Sabemos que tú no lo hiciste —le dijo el médico al niño—. Pero, dime, ¿lo hizo la pistola?

Y sí, el niño estaba deseando contarle lo que hizo la pistola.

Yo quería la misma salida, pero el doctor Diamond me lo impedía.

—Doctor Diamond, voy a rendirme.

—Ahora estás preparada para empezar —me aseguró.

Pensé en la alpaca andina porque era lo próximo con lo que había planeado trabajar. No sólo es maravilloso el tacto de esa lana, sino también su nombre: Alpaquita Superfina.

El doctor Diamond estaba en lo cierto.

Yo estaba preparada para empezar.

Emp, mont, aum, cont, rep.

Empezar, montar, aumentar, continuar, repetir.

Fue el doctor Diamond el que abrió la puerta. Me dijo que Dale Anne había ido un momento a la tienda, que él también tenía que irse para coger un avión que lo llevaría al Este para dar una conferencia, que el bebé estaba dormido y que me sintiera como en casa.

Dejé la bolsa del punto en el vestíbulo y entré en la cocina de Dale Anne. Había pasado un año. Podía haber ido directamente a ver al bebé, pero me puse a lavar los platos que estaban en remojo en el fregadero. El estropajo era una lana de aluminio a la espera de unas agujas de punto.

La cocina estaba repleta de utensilios especializados. Cuando Dale Anne no conciliaba el sueño, encendía el televisor y allí se topaba con la publicidad de todos esos artilugios. Tenía un aparato para extraerles el corazón a los tomates que se llamaba El Tiburón del Tomate, y una rueda de metal para medir los espaguetis. Además de unas cucharitas de plástico para extraer bolitas de un melón y un aparato que se apretaba y transformaba un bizcocho corriente en lenguas de gato.

Abrí el frigorífico y vi un plato de pasta primavera. Mis dedos quisieron tejer con los linguini fríos, extendiendo hebras trenzadas sobre las judías y los pimientos aceitosos.

Dale Anne abrió la puerta.

—Cuidado, chica —y dejó la bolsa de la compra sobre la encimera.

La observé mientras sacaba de la bolsa helados, patatas fritas, bebidas carbónicas y una tarta.

—Hacía mucho tiempo que no entraba a un supermercado y me sentía yo misma.

Se volvió para lanzarme un cartón de cigarrillos.

—Espérame en el dormitorio. Están poniendo West Side Story.

Entré y me puse a ver la tele en color. Desde la cocina me llegó el sonido de la batidora triturando hielo. Ajusté el contraste.

Dale Anne apareció y me puso en la mano un enorme daiquiri de melocotón. El maldito combinado tenía un componente embriagador.

Dale Anne salió del dormitorio el tiempo necesario para regresar con un pollo precocinado. Vació la bolsa sobre un plato y escogió un muslo y un ala.

—Me gusta la cena en una bolsa y la vida en una caja —y señaló el televisor con la cabeza.

Vimos el final de la película y después parte de un patético programa sobre detectives. Dale Anne dijo que el sistema medidor de audiencias Nielsen le había dado cuatro puntos y alargó la mano para coger la guía de la tele.

—Once y media —leyó. La matanza del látigo en Tejas: sus armas eran señales de stop en lugares insospechados.

—Dame eso —le dije.

Dale Anne me anunció que al parecer había un cometa. Me dijo que a lo mejor podríamos verlo desde el salón. Para asegurarnos, acercamos el sofá a la ventana. Con las luces apagadas, podríamos ver todo sin necesidad de ser vistas. Aunque ambas habíamos dejado de fumar, nos fumamos un cigarrillo, cada una sentada en un extremo del sofá.

—Guárdame el sitio —me dijo Dale Anne.

Cuando regresó, traía al bebé en brazos. Miré al niño dormido y pensé: «Dios mío, Vaya por Dios, Santo Dios».

Como si hubiera envejecido cincuenta años. Durante unos segundos, no quise nada de lo que había tenido y quise todo cuanto no había tenido.

—Hoy ha contado su primer chiste —dijo Dale Anne.

—¿Cómo que ha contado un chiste? No tenía ni idea de que hablase.

—Bueno, no es que contara un chiste. Se echó el zumo de naranja sobre la cabeza y, cuando me acerqué a él para sujetarle el brazo, dijo: «¿Llueve?».

—¿Llueve? ¿Eso dijo? Este crío es un genio. ¡Lo que haría el presentador de televisión Art Linkletter con este niño!

Dale Anne lo acostó en mitad del sofá y nosotras le mirábamos o mirábamos al cielo.

—¡Vaya fraude! —comentó Dale Anne al amanecer.

No habíamos visto ningún cometa. Pero yo no me sentía engañada, ni siquiera cansada. Me acompañó hasta la puerta.

La bolsa del punto seguía en el vestíbulo.

—Ábrela después, cuando me haya ido —le dije—. Es un jersey para el niño.

Pero Dale Anne quiso verlo en ese preciso momento.

Dijo que el azul hacía juego con sus ojos y el color camello con el de su pelo. Que el rojo le daría color y después dijo:

—Échame una mano.

Los trenzados se habían convertido en algo muy fácil de hacer; otros tres jerseys tenían figuras tejidas. Se abotonaban por delante. Dale Anne desplegó un desfile de patos amarillos.

Estaban también los Fair Isles, uno con un diseño llamado Árbol de la Vida, otro con un diseño llamado Corazones.

Era un exceso de jerseys… Por una especie de precaución, un ensayo contra el desastre.

Dale Anne miró los dos jerseys que aún estaban dentro de la bolsa.

—¿De verdad que estás bien? —me preguntó.

Lo peor ya ha pasado, y no puedo decir que me alegre. Perder aquella sensación de pérdida… Vas y pierdes algo más. Pero el cuerpo siempre procura recuperarse. También la mente, por etapas. Paso a paso. Pregúntale a una madre que acaba de perder a su hijo cuántos tiene. Te responderá: «Cuatro». Después dirá: «Tres», y unos años más tarde dirá: «Tres… Cuatro».

Son las pequeñas cosas las que ayudan: el clima, el desayuno, cruzar con la luz en verde… A veces es ése todo el placer que puedo albergar para poder dormir y saber que, en el tendedero del cuarto de baño, hay lana húmeda puesta a secar.

Dale Anne cree que le gustaría aprender a hacer punto. Mide la cuna del niño y yo la acompaño a la tienda de Ingrid. Ingrid la disuade de elegir lanas de tono pastel para un bebé, aunque se puedan lavar a máquina. Hazlo de pura lana, le dice. Hazlo con lanas de tonos para adultos. Y no presumas de tus éxitos o acabarás haciendo cosas para tus vecinos.

En Fair Isle ya sólo hacen punto cinco mujeres. En la isla ya no queda liquen suficiente para teñir la lana. Pero las máquinas de tejer no pueden reproducir sus diseños, y esas mujeres siguen trabajando, utilizando los colores naturales de las ovejas.

Espero a Dale Anne en el cuarto de los patrones. Para mí, las canciones de esos libros son como nanas.

Mon pun res. Montar puntos restantes.

Rematar suelto.





SIMPLEMENTE IBA


Esta mañana hay un error en el menú del hospital. Creo que lo que quiere decir es que el asado de esta noche estará acompañado de un revuelto de fideos y verduras a la mantequilla. Pero lo que dice en mi bandeja del desayuno es que se servirá amputado con un revuelto de fideos y verduras a la mantequilla.

No es una palabra que te guste leer después de haber dado con el coche dos vueltas de campana a noventa kilómetros por hora y de aterrizar de costado en una zanja.

No perdí el control del coche en un tramo de carretera llamado Callejón Mortal o Curva del Hospital. Lo perdí en una carretera llana y seca… y sin coches a la vista. La razón por la que me sucedió aquello fue la siguiente: cuando atravieso el desierto, me gusta conducir con los prismáticos. Lo que me gusta de eso es que las cosas se ven simultáneamente de dos maneras. Las cosas están lejos y cerca de ti y tú sigues en el mismo sitio.

Allí, en la zanja, las cosas también eran de dos maneras a la vez: el aire estaba increíblemente caliente y mi piel estaba increíblemente fría.

—Hijo, no sé cómo estás vivo —me dijo el médico.

El impacto me dejó la cabeza fuera de servicio durante dos días, pero tan sólo tengo un corte en la barbilla. Dejo el coche para el desguace y, a cambio, recibo veinte puntos que me impiden afeitarme.

Menos mal que eso fue todo. Este hospital, esta clínica…, no es precisamente la Ciudad de la Esperanza. El instrumental no procede de un botiquín de primeros auxilios, sino de una caja de herramientas. Es el desierto. Las paredes de esta habitación no son de un beige rosado ni de un verde hospital. Son del color del chocolate rancio que va poniéndose terroso por los bordes.

Y huele a gusano.

Aunque en el olor puede que me equivoque.

Soy propenso a las alucinaciones olfativas. Cuando la casa de mis padres se quemó hasta los cimientos, yo vivía bastante lejos, a tres estados de distancia, y olí el olor del humo.

Ahora huelo a gusanos.

El médico quiere tenerme en observación porque me golpeé en la cabeza. De modo que voy a perder algunos días de clase. Por mí, vale. Creo que el noventa y nueve por ciento de lo que hace cualquier persona puede aplazarse. Con todo, el accidente ha sido una forma de aprendizaje.

Dicen que del dolor se aprende, ¿no?

Una de las enfermeras inició una conversación en ese punto. Estaba inclinada sobre mi cama, quitándome del pelo pedacitos de cristal irrompible.

—¿Y qué se aprende de esto? —me preguntó.

Era como estar en aquella clase en la que un profesor nos hablaba sobre la Consciencia, de cómo uno puede llegar a ser consciente de algo grande a partir de una cosa normal y corriente. El ejemplo que puso —y el muy mentiroso dijo que le había ocurrido de verdad— fue que, una vez, mientras bebía un zumo de naranja, fue consciente de que algún día estaría muerto. Nos preguntó si alguno de nosotros, sus alumnos, habíamos tenido un «estado de consciencia» similar.

«¿Lo dice en serio?», pensé yo.

Una vez cobré un cheque y fui consciente de que era muy poco dinero.

Una vez me intoxiqué con la comida y fui consciente de que estaba atrapado dentro de mi cuerpo.

Lo que me interesa ahora es el asunto ese de la memoria. ¿Por qué dos días? ¿Por qué dos días? Lo último que sé es que no me pidieron que mostrara el carné en aquel antro cerca de los llanos de Bonneville. El camarero me sirvió tequila y dejó la botella en el mostrador. Me preguntó que adónde iba y yo le contesté que simplemente iba. Después sacó un tarro con un escorpión dentro. Me mostró cómo una única gota de tequila vertida en el rabo del escorpión hacía que éste se clavase el aguijón hasta morir.

¿Qué ocurrió después de eso?

Puede que esos días regresen, o puede que no. Mientras tanto, me pregunto cómo es posible que no pueda recordar siquiera todo lo que se me ha olvidado.

Pero sí recuerdo el accidente. Recuerdo que fue como con los prismáticos. O sea, de dos maneras diferentes: fue rápido y fue lento. Fue ambas cosas.

El asado no estaba mal. Me lo comí todo. Acabé con las verduras, y hasta con el limón.

Ahora espero a que llegue la enfermera de noche. Me toma la tensión a esta hora. Podría decirse que para mí es el punto álgido del día. La razón es que esta enfermera hace que cualquier otra mujer parezca un transexual. Por desgracia, está enamorada del Señor.

Pero es buena gente, esta enfermera. Cuando no logro dormir, trae la guía de teléfono, se sienta junto a mi cama y nos ponemos a buscar nombres raros. En esta misma comunidad viven Macedonio Defrutas y Rosario de la Aurora.

Me gusta que haya una mujer en mi habitación por la noche.

La enfermera de noche huele a velas de Navidad.

Después de salir de la habitación, parece durante un rato que sigue aquí. Ella no está, pero sí el concepto de ella.

No es lo mismo… pero me hace recordar la noche en que murió mi madre. Nos separaban tres estados, pero el olor que había en mi dormitorio era el de los polvos de maquillaje a los que olía ella cuando iba a darme el beso de buenas noches… La noche en que ella no estaba allí.





LA NOCHE DE LA PISCINA


Esta vez ocurrió con fuego. Justo igual que la vez anterior, cuando ocurrió con agua. Alguien estaba perdiéndolo todo —por el agua, por el fuego— y no hacía nada por impedirlo.

Quizá yo no estaba perdiéndolo todo. Pero no trataba de salvarlo. Eso es lo que hace que fuese como la primera vez. Tuvieron que sacarme de la casa, y no porque yo no supiese encontrar la salida entre el humo.

La primera vez nadie dijo nada. O hablábamos de cualquier cosa, salvo de eso. Habían pasado veintiocho años desde la última vez que el río se desbordó, todo ese tiempo desde la última vez que una inundación reventó la presa y se llevó por delante las casas de la gente.

Veíamos avanzar el agua. Desde los patios, ya entrada la noche, la vecindad presenciaba la venida del agua. Un relámpago de luz, como una luz estroboscópica, se elevó del suelo en el preciso instante en que los escombros que venían flotando derribaron una torre de alta tensión. Cuando los cables tocaron el agua, aquella parte de la ciudad quedó a oscuras. Era eso lo que mirábamos: la ciudad oscureciéndose a medida que avanzaba la riada.

No estaba previsto que llegase hasta donde estábamos nosotros.

Y entonces llegó.

La evacuación se llevó a cabo con rapidez y calma, si exceptuamos el caso del doctor Winton. El doctor Winton se bebió de un trago casi todo el alcohol que tenía en su mueble-bar y se quedó mirando fijamente a los voluntarios de la Cruz Roja que aparcaron la furgoneta delante de su casa, entraron en ella y lo sacaron a rastras de allí.

La mayoría de nosotros vio aquello. Pero, durante los días de la limpieza, no fue de eso de lo que se habló. Hablábamos de los caballos de carrera que corrieron en el Hipódromo Centenario, de cómo galoparon por el césped y de cómo tropezaron con los aspersores. Dentro de las casas, había rollos de papel higiénico mojado hinchándose en los portarrollos. Encontramos algunas cartas y comprobamos que el agua había disuelto la tint