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Cuentos de amigas

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Después de Madres e hijas, esta nueva antología de Laura Freixas versa sobre otra vivencia crucial para las mujeres, la amistad femenina. Cuentos de amigas incluye relatos ya publicados por algunas de las principales escritoras españolas del siglo XX en lengua castellana: Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Cristina Peri Rossi, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Nuria Amat, Lucía Etxebarria y Espido Freire. Otras los han escrito expresamente para este libro: Esther Tusquets, Paloma Díaz-Mas, Clara Sánchez, Juana Salabert, Flavia Company y Luisa Castro. Por estas páginas desfilan confidentes, amantes, vecinas cuya amistad no resiste la diferencia de clases..., o simplemente amigas, con todo lo que ello implica de cariño, ayuda, admiración..., pero también de rivalidades, simbiosis enfermizas y traiciones. ¿Literatura de mujeres? Sí: estas escritoras tienen en común el haber renovado la literatura tradicional, cuyos personajes femeninos eran muy pocos. Literatura de mujeres, pues, pero no «sobre mujeres» ni «para mujeres», ya que apela potencialmente a todas y todos.
Year:
2009
Publisher:
13insurgentes
Language:
spanish
File:
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Cuentos completos

Year:
2006
Language:
spanish
File:
EPUB, 426 KB
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Liebenfels

Language:
german
File:
PDF, 1.55 MB
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Después de Madres e hijas, esta nueva antología de Laura Freixas versa sobre otra vivencia crucial para las mujeres, la amistad femenina. Cuentos de amigas incluye relatos ya publicados por algunas de las principales escritoras españolas del siglo XX en lengua castellana: Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Cristina Peri Rossi, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Nuria Amat, Lucía Etxebarria y Espido Freire. Otras los han escrito expresamente para este libro: Esther Tusquets, Paloma Díaz-Mas, Clara Sánchez, Juana Salabert, Flavia Company y Luisa Castro. Por estas páginas desfilan confidentes, amantes, vecinas cuya amistad no resiste la diferencia de clases…, o simplemente amigas, con todo lo que ello implica de cariño, ayuda, admiración…, pero también de rivalidades, simbiosis enfermizas y traiciones. ¿Literatura de mujeres? Sí: estas escritoras tienen en común el haber renovado la literatura tradicional, cuyos personajes femeninos eran muy pocos. Literatura de mujeres, pues, pero no «sobre mujeres» ni «para mujeres», ya que apela potencialmente a todas y todos.





Laura Freixas





Cuentos de amigas





Título original: Cuentos de amigas

Laura Freixas, 2009



* * *





Revisión: 1.0

03/08/2019





De los relatos que forman este libro, han sido publicados con anterioridad los siguientes:

«Vi lapidar a una mujer», de Rosa Chacel, en Icada, Nevda, Diada (Seix Barral, Barcelona, 1971).

«La chica de abajo», de Carmen Martín Gaite, en Cuentos completos (Alianza, Madrid, 2002).

«Madrid, otoño, sábado», de Josefina Aldecoa, en El juez y otros cuentos (Edilesa, León, 2007).

«La semana más maravillosa de nuestras vidas», de Cristina Peri Rossi, en Desastres íntimos (Lumen, Barcelona, 1994).

«Lúnula y Violeta», de Cristina Fernández Cubas, en Mi hermana Elba (Tusquets, Barcelona, 1980).

«Masajes», de Soledad Puértolas, en La corriente del golfo (Anagrama, Barcelona, 1993).

«Sin amante», de Nuria Amat, en Deja que la vida llueva sobre mí (Lumen, Barcelona, 2008).

«Virago», de ; Lucía Etxebarria, en Nosotras que no somos como las demás (Destino, Barcelona, 1999).

«Anja», de Espido Freire, en Juegos míos (Alfaguara, Madrid, 2004).

Los relatos de Esther Tusquets, Paloma Díaz-Mas, Clara Sánchez, Juana Salabert, Flavia Company y Luisa Castro son inéditos.





Laura Freixas

Prólogo

De las tres vivencias más intensas que conozco: la amistad, el amor y la maternidad (por orden de aparición en escena), sólo una vino precedida y preparada por la literatura. Como todo el mundo, acogí el amor saturada de ideas previas, de modelos, de escenas de ficción. Ese momento en que Swann le pide permiso a Odette para volverle a colocar la flor que ella lleva en el escote y que se le ha caído… O ese otro de El Siglo de las Luces, cuando algo inesperado que aparece en el mar (creo recordar que una bandada de tortugas) atrae a cubierta a todos, tripulación y pasajeros; todos menos Sofía, que está en su camarote, frente al espejo, y por el espejo ve cómo se abre la puerta y entra Víctor… (Que la escena se detuviera ahí la hacía, claro está, mucho más emocionante). O cuando Jean-Paul intenta besar a Simone y ésta le detiene exclamando: «Je n’embrasserai qu’un homme que j’aimerai!», «sólo besaré a un hombre al que ame», a lo que él (que otra cosa no sé, pero aplomo, desde luego, tenía) le contesta con naturalidad: «Mais vous m’aimez!», «¡pero si me ama!»… Las primeras experiencias propias me sirvieron para iniciar un diálogo entre vida y literatura que sigue siendo el hilo conductor de mi existencia: lo leído sirve para mejor entender lo vivido y esto a su vez traduce lo leído a términos personales; uno y otro se iluminan mutuamente, se matizan, se comparan, se corrigen, se contradicen a veces. La amistad, en cambio, cuando irrumpió, deslumbrándome, a los diecisiete años, me tomó desprevenida: la relación que entablé con una chica portuguesa de mi edad, a la que conocí en París, y que iba a ser mi mejor amiga hasta los veintitantos, no se parecía en casi nada ni a Bouvard et Pécuchet, ni a los amigos de El árbol de la ciencia, ni a los de ningún otro de los libros que yo leía por entonces. Tampoco encontré referentes literarios a los que acogerme cuando años más tarde fui madre, como no los había tenido, por cierto, para ayudarme a entender a mi propia madre y mi relación con ella. Esas obras que no existían o yo no conocía, las eché cruelmente de menos. Y de esa nostalgia iban a surgir muchos libros. Los que busqué como lectora, y terminé encontrando, como luego contaré. Los que he escrito como autora, o algunos de ellos, en los que la relación entre amigas y entre madres e hijas ocupa un lugar importante. Y dos antologías: Madres e hijas, publicada en 1996 en esta misma colección, y esta que la lectora o lector tiene en sus manos.

Como Madres e hijas, éste es un libro en el que sólo participan mujeres, y quiero explicar por qué. ¿Acaso la literatura no es ficción?, me dijeron algunos cuando publiqué la antología anterior, reprochándome que no hubiera incluido en ella a autores varones. ¿Acaso la creación de personajes no está basada en la empatía? ¿Por qué dar prioridad a quienes han vivido una determinada experiencia, sobre quienes pueden imaginarla?… Es un argumento impecable en teoría; lo malo es que la práctica, es decir, la historia de la literatura, lo contradice. Claro está que los escritores varones pueden describir un embarazo desde el punto de vista de la madre, o crear novelas, tragedias, comedias, poemas, que giren en torno a una madre y una hija, o sobre hermanas, amigas, amantes, enemigas, maestra y discípula… Pueden. Pero lo cierto es que en toda la historia de la literatura casi nunca lo han hecho. En la literatura escrita por varones, las madres son escasas y tienden, me parece, a ser pintadas como seres angelicales (como la de El libro de mi madre de Albert Cohén) o diabólicos (la de Pelo de zanahoria de Renard, Doña Perfecta de Galdós, la Bernarda Alba de Lorca…) más que como seres humanos complejos (una excepción sería la tragedia griega, en particular la de Eurípides, con sus impresionantes Troyanas o Medea) y lo que se presenta de ellas es la relación con sus hijos varones más que con sus hijas. En cuanto a las amigas, simplemente no existen.

Ésa era al menos mi impresión como lectora, pero como no soy especialista, he querido corroborarla consultando un Diccionario de temas y motivos de la literatura universal. Me ha parecido interesantísimo lo que he encontrado. Primero: los tipos humanos definidos por características que no son, en principio, ni masculinas ni femeninas, como la misantropía o la avaricia, se encarnan casi únicamente en varones. A lo largo y ancho de la poesía, la novela, el teatro, desde la Antigüedad a nuestros días, hallamos misántropos, avaros, buenos salvajes, artistas, héroes, antihéroes, soberanos humillados, dobles, seres humanos artificiales, ermitaños, traidores y un largo etcétera, pero no (o muy pocas) traidoras, avaras, misántropas, buenas salvajes, etc. Segundo: los personajes femeninos que recoge el Diccionario son mucho menores en número que los masculinos, lo que no significa que en la literatura universal aparezcan menos mujeres que varones, sino que la gama de papeles que representan es mucho más reducida: la bella indiferente, la seductora diabólica, la prostituta de buen corazón, la esposa difamada, y poco más. Todas ellas tienen una cosa en común: son definidas según su relación con los varones. Y en efecto, repasando mis lecturas de los últimos años, encuentro que el personaje femenino con sus propios proyectos, su propio punto de vista, y relaciones importantes con otras mujeres (madre, amigas, hermanas, hijas…), ese personaje es una creación nueva, que aparece a finales del siglo XIX y se desarrolla en el XX, por obra y gracia de las escritoras. Charlotte Bronte, Kate Chopin, Edith Wharton, Rosa Chacel, Jean Rhys, Virginia Woolf, Colette, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Mercé Rodoreda, Ana María Matute, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Clarice Lispector, Sylvia Plath, Christa Wolf, Doris Lessing, Josefina Aldecoa, Esther Tusquets, Elfriede Jelinek, Terry McMillan, Carla Cerati, Amy Tan, Cristina Peri Rossi, Waltraud Anna Mitgutsch, Paloma Díaz-Mas, Cristina Fernández Cubas, Maria Barbal, Soledad Puértolas, Annie Ernaux, Maria Mercé Margal, Rosa Regás, Nuria Amat, Ana M.ª Moix, Marina Mayoral, Ana Rossetti, Adelaida García Morales, Almudena Grandes, Rosa Montero, Carme Riera, Belén Gopegui, Clara Sánchez, Juana Salabert, Lourdes Ventura, Irene Gracia, Imma Monsó, Lourdes Ortiz, Amparo Serrano de Haro, Luisa Castro, Flavia Company, Lucía Etxebarria, Espido Freire… son algunas de las que lo ejemplifican, por citar en desorden las primeras que me vienen a la mente de entre las escritoras que he ido descubriendo con los años.

El primer motivo, pues, por el que he querido nuevamente hacer una antología sólo de escritoras ha sido mi voluntad de reconocer esta deuda histórica: si no fuera por la irrupción de numerosas mujeres en el campo de la escritura, dudo mucho que las relaciones entre mujeres hubieran adquirido el rango de tema literario. Es cierto que ha habido autores varones que las han tratado, pero creo que ello, aparte de ser bastante excepcional, sólo se ha producido cuando, y porque, el tema en cuestión había sido ya introducido en la literatura, y lo había sido, repito, por autoras. Es que la imaginación artística —por retomar el argumento que antes cité— no se produce en el vacío, sino que brota de una, al menos, de estas dos fuentes: el arte que ya existe (su tradición, sus códigos) y la experiencia personal. Sólo cuando numerosas escritoras empiezan a reflejar en sus libros ciertas vivencias femeninas se integran éstas en la tradición literaria, un acervo común al que los escritores varones pueden luego recurrir para escribir a su vez sobre los temas en cuestión.

Y entro aquí en mi segundo motivo, que es romper una lanza en favor de la literatura escrita por mujeres. Una literatura que es a la vez sobrestimada en cuanto a la cantidad se refiere, y subestimada en lo tocante a su calidad.

Titulares como «El boom de las mujeres», «Los libros son cosa de mujeres», «Los libros más vendidos tienen firma femenina», «Éxito de la mujer en el Planeta literario», «Ellas venden mucho»…, afirmaciones como: «Hoy el número de escritoras [es] probablemente superior al de escritores» o «Nunca en nuestros días han tenido las mujeres más facilidades para publicar, muchas más que los hombres en igualdad de condiciones»…[1] han creado la opinión generalizada de que las mujeres participan hoy en condiciones no ya de igualdad, sino hasta de superioridad numérica, en el campo de la literatura.

Si esta opinión reflejaba o no la realidad, es algo que me propuse comprobar cuando escribí mi libro Literatura y mujeres. Para ello conté el número de autores varones y autoras entre los títulos publicados a lo largo de 1999 por 15 editoriales españolas representativas de distintos géneros (narrativa, ensayo, poesía). Descubrí que la proporción de escritoras oscilaba en torno al 20%. Las cosas no deben de haber cambiado mucho desde entonces —al menos, no para mejor—, a juzgar por los suplementos culturales de los principales periódicos españoles. En la semana en la que escribo estas líneas, encuentro en El País (4-10-08), La Vanguardia (8-10-08), El Mundo (2-10-08) y ABC (4-10-08) un total de 50 reseñas de obras de 56 autores; entre ellas hay sólo 6 reseñas firmadas por mujeres (11%) y 8 autoras reseñadas (14%). Entre los libros más vendidos (tanto ABC como El Mundo y La Vanguardia incluyen sendas listas), figuran en el apartado de «Ficción» obras de 40 autores, de los cuales 5 mujeres (12,5%).

Otro dato: los premios literarios. La suma de los ganadores de los 10 principales premios concedidos por editoriales desde 1944 a 2007 es de 245, de los cuales 47 mujeres (19,2%).[2] En el ámbito institucional, la situación es aún menos brillante. En sus tres décadas de existencia, los más importantes (Cervantes y Premios Nacionales de las Letras, de Poesía, de Ensayo y de Narrativa) han tenido 145 ganadores, de los cuales 11 mujeres (7,6%). ¿Dónde está, en fin, el presunto boom, la facilidad de publicar, el éxito, las ventas, el predominio numérico…?

La idea de que las escritoras han triunfado en número y en éxito comercial no sólo es falsa, sino contraproducente. Lo es porque suscita una reacción: una colección de obras femeninas, o un premio recibido por una autora, o una antología como ésta, son acogidos con recelo, como un exceso. Así, cuando por primera vez en sus treinta años de existencia el Premio Nacional de Ensayo recayó en una mujer, un periódico interpretó la noticia en estos términos: «La ofensiva y pertinaz cuota, ahora en el Premio Nacional de Ensayo»…[3] Y lo es también porque muchos críticos consideran el éxito comercial incompatible con la calidad. La literatura escrita por mujeres debe de ser mala, ya que se vende bien: ése sería el silogismo. Aunque no es éste el lugar para entrar en tal debate, quiero señalar que esa relación supuestamente inversa entre éxito y calidad es más que discutible; que en todo caso no es cierto que las obras femeninas sean más comerciales —cualquier lista de las mejores ventas incluye, siempre, más autores que autoras—; pero, sobre todo, que el razonamiento en cuestión me parece un simple pretexto, uno de tantos, para seguir manteniendo el viejo prejuicio que desvaloriza cualquier participación femenina en la cultura.

¿De qué prejuicio estoy hablando? El tema es largo y he escrito mucho sobre él[4], de modo que me limitaré a citar alguna de las numerosas críticas literarias que podría aducir como ejemplo. Por ejemplo, ésta. Se publicó en el periódico de mayor circulación de España, la firma un prestigioso escritor, y dice:

«La autora de Deja que la vida llueva sobre mí no escribe obras femeninas ni reivindicativas. Tampoco novelas de temática previsible ni productos de venta fácil. No asume identidad alguna, ni siquiera la del “segundo sexo”. (…) Nuria Amat quiere ser, y es, escritora a secas»[5].

Cualquiera podría ingenuamente creer que para ser escritor (a) basta con escribir (o a lo sumo, publicar). Pero, en una cultura patriarcal, el privilegio de ser visto como individuo y/o como representante de un colectivo cualquiera (el de los escritores, en este caso; pero también el de los seres humanos) corresponde sólo a los varones. Las mujeres, en cambio, son vistas ante todo como mujeres, lo que supone negarles tanto la individualidad como la universalidad. Por eso —porque la cultura patriarcal atribuye a las mujeres una identidad tan abrumadora, tan predeterminada, tan determinante, que no deja sitio para nada más: ni para la singularidad individual ni para representar algo más que a sí mismas—, una mujer no puede ser «escritor(a) a secas» si no es renegando de su sexo, en todas las acepciones o manifestaciones imaginables.

Yo considero que existe una literatura femenina con características propias; pero no quiero decir con ello que todas las mujeres escriban igual, ni que sus obras sean radicalmente distintas de las de los varones. Lo que tienen en común es su punto de partida: la falta de una tradición de mujeres autoras, y el papel limitado, accesorio, más de objeto —de los deseos y fantasías masculinas— que de sujeto, que les ha otorgado la literatura escrita por hombres. Es comprensible que lo primero que hayan hecho, y sigan haciendo, las escritoras sea crear personajes de mujer más ricos y diversos, menos centrados en sus relaciones con el sexo opuesto, más sujetos de su propia historia y más implicados en la relación con otras mujeres, que los recibidos de la tradición. Ése es a mi modo de ver el denominador común de la literatura escrita por mujeres; pero se trata, claro está, de algo muy amplio, que no impide que la literatura resultante presente una variedad infinita, ni, por supuesto, que su alcance sea universal. Pues ¿por qué un personaje femenino sería menos representativo de la totalidad de la experiencia humana que uno masculino? Y sin embargo la cultura patriarcal así lo considera. Véase como muestra esta otra crítica que no me resisto a traer a colación. Comentando una novela escrita por una mujer pero cuyo protagonista-narrador es un chico, el crítico escribe:

«Salvadas algunas torpezas expresivas, el estilo de Clara Sánchez se ajusta a la materia novelada y sobre todo a la voz de su protagonista narrador. Esta adecuación no era fácil de conseguir, pero Sánchez acierta y la lleva a cabo. En este sentido aporta un pequeño disentimiento, o quizá no tan pequeño, a cierta poética ginocéntrica, muy en boga, que limita, si no clausura, el alcance de la realidad humana. Tal disentimiento es digno de gratitud. La corrección política, en el sentido español del término, se nutre a menudo de tales escoramientos»[6].

Lo que, traducido al español, significa que haber puesto como protagonista y narradora a una mujer habría «limitado» o —poniéndonos en lo peor— «clausurado» «el alcance de la realidad humana»…

En suma, con estos Cuentos de amigas he querido contribuir a la presencia y en cierto modo a la rehabilitación de la literatura escrita por mujeres, que no es, contra lo que se afirma, «sobre mujeres» (sino sobre seres humanos, accidentalmente femeninos) ni, menos, «para mujeres» (¿por qué no habrían de leerla los varones, igual que nosotras leemos tantas obras donde ellos son los protagonistas?).

Aunque el título, por fuerza breve, no puede reflejarlo, mi propósito, y mi criterio en la selección de textos, ha sido que por estas páginas desfilasen no sólo amigas, sino también compañeras, amantes, rivales, colegas, maestras y discípulas… Pero ante todo amigas, pues creo que para las mujeres, y tal vez especialmente aquí y ahora —en los países desarrollados, a principios del siglo XXI—, la amistad tiene un papel primordial. Es difícil generalizar, pero me parece que así como los hombres rivalizan con los otros hombres y encuentran su sustento emocional en las mujeres, éstas, sobre todo cuando han salido del marco de la familia tradicional, buscan en las amigas el apoyo y la comunicación que no siempre les da una pareja masculina, pareja, además, mucho más inestable hoy que en el pasado. Y no sigo, porque sobre esto no soy yo sino las autoras de los relatos las que deben expresarse.

Al igual que en Madres e hijas, la selección de autoras parte aquí de un criterio objetivo, a saber, territorial, cronológico y lingüístico (escritoras españolas en castellano del siglo XX). También al igual que en el caso anterior, he empezado buscando relatos publicados que versaran sobre el tema de la antología y los he completado encargando textos a otras escritoras: autoras que ya participaron en Madres… o que se han dado a conocer o consolidado en los años transcurridos desde entonces. La limitación de espacio, sumada a azares y contingencias varios, me han impedido incluir a todas las que me habría gustado ver aquí representadas.

Y no me extiendo más. Sólo me resta dar las gracias al editor, el siempre receptivo Jorge Herralde, y a las autoras que han aceptado acompañarme en esta singladura. Que ha llegado a buen puerto si tiene usted Cuentos de amigas, amable lector (a), entre las manos.





Rosa Chacel

Vi lapidar a una mujer

Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) estudió escultura en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando antes de dedicarse a escribir. Su primera novela, Estación. Ida y vuelta, apareció en 1930. En 1937 partió hacia el exilio: vivió en Río de Janeiro y Buenos Aires hasta 1974, año en que regresó definitivamente a España. Publicó otras novelas: Teresa, Memorias de Leticia Valle, La sinrazón, Barrio de Maravillas (1976, Premio de la Crítica), Acrópolis, Ciencias Naturales…, así como cuentos (Sobre el piélago, Ofrenda a una virgen local), ensayo (La confesión), autobiografía (Desde el amanecer) y su diario íntimo (Alcancía). En 1990 obtuvo el Premio Castilla y León de las Letras.





Sí, estoy cómoda. Sólo tengo un poco de calor: sería mejor abrir la ventana. Eso es, así está perfectamente. Claro que estoy tranquila; ¿por qué no iba a estarlo? No he venido contra mi voluntad, no, nada de eso; aunque no me gusta hablar. Sabe usted, yo, de ordinario, hablo muy poco; es una de las cosas que me critican; me paso los días sin decir pío. Pero ahora voy a despacharme a mi gusto. Le aseguro que voy a decirle todo lo que me pase por la cabeza… Lo malo es que en este momento no me pasa nada; se me ha quedado completamente en blanco… Bueno, sí, un vestido blanco… pero de eso no quiero hablar por ahora; no entendería usted ni una palabra. Prefiero contarle cosas de otras veces, cosas que parecen muy diferentes, pero que son iguales; completamente iguales a la del otro día. No me diga usted que no porque sé que se lo han contado. ¡Buena es mi tía para callarse! «Tiene usted que arreglar a esta chica, doctor. Ha dado un escándalo, un escándalo…». No le niego que fue un escándalo, no, no se lo niego; pero si me pongo a explicarle que pasó esto y lo otro, no sacará usted nada en limpio. La cuestión es que lo que pasó el otro día es una cosa que me ha pasado siempre, siempre, desde que era así de pequeña. Claro que ese día fue más fuerte y no pude disimular; perdí los estribos… ¡Era demasiado infame lo que ocurría!… Bueno, como ocurrir no ocurría nada. Es decir, lo que ocurría no lo veía nadie más que yo. Y cuidado que yo he visto cosas en mi vida, digo de esas cosas que no se ven… no acabaría nunca de contarle. ¡Lo que yo he visto!… Figúrese que desde que andaba a gatas puedo ver, tan claro como estoy viendo esa mesa, lo que piensa la gente. ¿Que me lo imagino?… No señor, no, que lo veo. ¿Le parece que exagero?… Pues a mí me parece que me quedo corta. Para decirle la verdad, lo que veo es lo que la gente es, y claro, en seguida saco en consecuencia lo que piensa. En cuanto asoma las narices alguno ya veo lo que está pensando. Por eso estoy siempre callada, porque si hablo me distraigo; para hablar tengo que pensar yo, y a mí lo que me gusta es ver cómo van siendo las cosas… No, no se lo explico bien. ¿Ha visto usted en el cine cómo se desarrolla una col, por ejemplo?… Si uno tuviera la paciencia de estarse durante días viéndola extenderse, desenvolverse; primero apretada como una pelota, y luego desplegando una hoja y otra hoja, como si se desperezase… Si uno pudiera verle hacer ese movimiento sería como oírla hablar. Una cosa así es lo que yo veo cuando me concentro, sólo que más de prisa. Tan de prisa como no puede usted imaginar. Veo un tipo que piensa una cosa y esa cosa le sale a la cara, así, como si se abriese una flor… Dirá usted que todo tiene que resultarme muy bonito, con tantas flores, pero sí, sí… La mayor parte de las veces es un asco. Y puede llegar a ser atroz, atroz, insoportable, como el otro día cuando venían uno y otro: pasaban y explotaban ¡plaf!… ahí va eso. ¡Ah! no puedo recordarlo sin explotar yo… Bueno, es inútil, usted no puede comprender nada sin saber adónde yo he llegado. ¡Años ejercitándome!… Empecé por los perros…

Ahora recuerdo aquel que andaba entre la nieve… Aquél no tenía secreto para mí. Porque yo vivía en el entresuelo y él era del vecino de al lado, que le sacaba a pasear todas las tardes. Al oscurecer siempre estaba delante de mi ventana y yo me pasaba las horas muertas viendo cómo estaba hecho. Cómo y no sólo cómo; para qué, eso es, para qué estaba hecho así. Era un perro que estaba hecho así para estar cómodo, elegante y sencillo. No, señor, no; no todos están tan cómodos; los hay que están atemorizados, irritados, desconfiados. Aquél, en cambio, hay que ver lo bien hecho que estaba: correcto, habría que decir. Bueno, era un cocker spaniel, beige; esto le dará una idea exacta. En el invierno la nieve se amontonaba al borde de la acera, como una pequeña barricada, y él andaba por allí husmeando todo, moviéndose tan a gusto dentro de su piel tan flojita, tan blanda, que no importa que se moje, que siempre está bien, que hasta si levanta la pata queda discreto; nunca procaz, como otros… ¿Se ha fijado usted en esos que no tienen estilo?… Algunos me dan ganas de llorar. Están hechos de un pedazo de podenco, un pedazo de basset, un pedazo de bulldog y no están avergonzados, no, todo lo contrario; llevan una desfachatez como si supieran que para la gente bien pensante no tienen nada que perder. Bueno, pues ésos precisamente no olvidan nunca echar tierra hacia atrás con las patas traseras. Aunque no haya tierra, en medio de la acera, raspando la piedra con las uñas, hacen esa demostración de decencia; decencia desvergonzada, como si con ese movimiento dijesen: «Soy perro», y ya está. El cocker spaniel no lo hacía; ni siquiera a eso le daba importancia, ni siquiera en ese menester perdía sus modales simples y distinguidos, su elegante negligencia de club-man, dentro de su macfarlán amplio. ¿A que estaba usted pensando en eso?… Claro, es inevitable asociarlos: por eso se asocian ellos, por eso se buscan. Bueno, el club-man busca al cocker spaniel, pero el cocker spaniel acude antes de que lo busquen. ¿De dónde, desde dónde viene?… Ahí está el intríngulis. Es como uno que respondiese antes de que le preguntasen. Bueno, el perro no responde: demuestra, eso es: el perro es una demostración. ¿Esto le parece muy intelectual?… Pues al perro no se lo parece: le resulta la cosa más simple. Y a mí también, porque no crea usted que cuando yo veo esas cosas las veo como se las estoy contando. No, yo las veo como el perro. Bueno, el perro no las ve: las ejecuta. Y yo veo las cosas y los conceptos. No, los conceptos los estoy fabricando ahora. Cuando yo veía al perro veía sus pelos y, claro, un pelo es cosa, pero un movimiento ¿es cosa?… ¿Y ciertos pelos, naciendo en una determinada forma, ocultando y delineando al mismo tiempo la pata, revirtiéndola de elegancia?… ¿La elegancia es cosa?… Yo creo que no. Es un modo de ir echando con soltura las patas sedosas, como protegidas por grandes guantes, con un descuido aparente, negligente, seguro de que el material de que está hecho es práctico, se puede ir con él a todas partes sin que se estropee, aunque es de una calidad finísima. Es un modo de llevar la cabeza levantada, sin altanería, dejando ver la forma amplia del cráneo, porque ahí no hay pelos que lo tapen; los pelos largos empiezan en las orejas. El cráneo tiene un pelito fino como raso, y así parece que lleva la cabeza descubierta, en actitud de saludo respetuoso. ¿Comprende usted?… Un hombre elegante, verdaderamente elegante, tiene esa misma confianza, esa negligencia delicada. No, no creo que esto sea darle demasiada importancia: al contrario, creo que no le he dado bastante. Yo debía haber profundizado más en este estudio de los perros porque para mí es como el abecé y porque, además, tengo facultades especiales; de una ojeada los penetro. Hay poca gente que perciba su sonrisa, que no es solamente la contracción del belfo, no; para verla hay que ver de una vez todo el perro y no, indudablemente, no lo he estudiado bastante. Aunque, por supuesto, no me limité a aquél solo: hubo algún otro… o más bien otra; fue una perra la que marcó otro momento decisivo. Y también ésta tenía su colateral, que no era un club-man, sino una frutera. Era negra y blanca, la perra, naturalmente, muy mezclada. Tenía algo de loulou, con carita de zorra y pelaje largo. Estaba gorda y ya empezaba a ser vieja; a la frutera le pasaba lo mismo. Yo las miraba a las dos mientras me despachaba el chico. Bueno, miraba principalmente a la perra. La mujer estaba sentada en una butaca de mimbre y a su lado, en una sillita baja con almohadón, estaba la perra; sentada también, no echada… No sé cómo decirle, había allí una enormidad de cosas que yo notaba, y las notaba en ella. Bueno, quiero decir que yo veía cómo ella las notaba; cosas muy sutiles; algo así como una gran paz y una luz maravillosa. Había un silencio, además, que en la ciudad pocas veces es tan perfecto. Y ella estaba allí saboreándolo todo. Tenía unos ojos negros muy brillantes y parecía que estaba completamente quieta, pero no; jadeaba un poco y miraba a un lado y a otro, casi sin mover la cabeza. También acomodaba de cuando en cuando las patas delanteras, como si se cansara de apoyarse en ellas. Eran unas patitas cortas, y las desparrancaba un poco para tener más base. Entre ellas le colgaban las tetillas sonrosadas con manchas negras, que le cubrían toda la barriga, relajadas de haber tenido muchas crías. Bueno, lo mismo le pasaba a la frutera; también tenía unos ojos muy negros y también le colgaban los pechos sobre la panza… Bueno, ya me doy cuenta de que todo esto parece que no tiene nada de particular y de que usted debe de estar esperando el desenlace; seguramente cree que de un momento a otro voy a contarle algo impresionante que pasó, pero no se lo puedo contar porque no pasó nada y, sin embargo, la impresión para mí fue enorme… En fin, sí que pasó algo; verá usted… La perra estaba sentadita en su silla, con el derecho que le daba a estar allí todo su pasado, toda su historia… ¡Ya!, ya lo sé, pero no retiro la palabra. No tienen historia, si con eso queremos decir sucesión de cosas encadenadas y consecuentes: conscientes. Pero yo quería decir más bien algo como un depósito de cosas sedimentadas, posadas; eso es: un poso muy espeso de experiencia. Una experiencia sin conciencia, de acuerdo, bueno; quedemos en el poso. Suponiendo que la perra tuviese cerca de diez años habría estado ya muchas veces así, como se dice, en chaleur, habría sido atrapada por quién sabe cuántos perros y luego habrían venido los perritos a colgarse de sus tetillas. Eso, una y otra vez, había sido una agitación que comenzaba, se colmaba y se aplacaba; luego, ya cansada, satisfecha de haberse agitado tanto, estaba allí, nada más, rebulléndose un poco en su almohadón… Todo esto se puede trasladar a la mujer igualmente: todo era completamente igual en ella, sólo que, de pronto, la mujer se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó, hechas un rebujón, unas cuantas facturas. Las miró, desarrugándolas con una sola mano, y gritó: «¡Todavía está aquí la del siete!»… El chico contestó, sin volver la cabeza: «Todavía…». Entonces entablaron un diálogo: agria y violenta la mujer, el chico cachazudo. Ella le reprochaba que no se lo hubiera advertido, él contestaba que había dejado al volver las facturas en la caja y ella se las había guardado… Bueno, la cosa duró bastante y yo tuve que irme antes de que terminara, pero las miré a las dos en aquel momento en que parecía que todo se iba a romper… ¡Todo!… todo lo que le dije antes: aquella paz… Habían estado allí las dos sentadas, quietas, respirando lentamente con sus barrigas de viejas madres y, de pronto, en la mujer pasaba algo que la hacía vibrar. Cada vez que soltaba un improperio contra los aprovechados o contra el chico, que era un mandria y dejaba el pedido sin exigir el dinero, o contra todo el mundo, en general, contra los que abusan; cada vez que retemblaba soltando denuestos, chillona, con una voz de pepitaña que parecía restallarle en el fondo del buche, ¡la perra!… Bueno, es inútil. Me callo no porque no quiera seguir, sino porque me acuerdo de aquel silencio en que yo las miraba y ¿cómo voy a contarle yo aquel silencio?… Yo veía dentro de la perra cosas que, si se las cuento, parecerá que digo que las veía pensarlas, pero nada, nada de eso. Yo veía aquellas cosas en sus patas: los músculos de los brazuelos empezaron a temblarle porque había perdido el relax, porque sentía que iba a tener que saltar de la silla y, a cada grito de la mujer, una mirada, una crispación de la oreja. La nariz también se le movía un poco, pero por el hábito, porque aquello no era cosa de oler, aunque quién sabe… Lo que la alteraba era el sentimiento, no, la evidencia de que en el otro cuerpo, su colateral, la paz se había roto y de que la quietud iba a terminar. Pero no acababa de terminar nunca porque no llegaba a ocurrir nada que le diese la orden de saltar y, sin embargo, ella ya estaba dispuesta, atenta, en la duda… Pues sí, señor, en la duda. ¿No ha visto usted nunca, cuando se echa a rodar una bolita de ésas con que juegan los chicos, cómo rueda un rato hasta que se para, pero al pararse duda un poco?… Ya, ya sé que es la fuerza que la lleva y que la cuestión de la inercia… por supuesto, pero la cosa es como si un granito de arena le hiciese dudar; «¿sigo o no sigo?»… Hasta que ve que no puede seguir y se para. Así es, exactamente; digo que la bola lo ve porque lo que quiero decir es que yo lo veo. Lo veo en la bola y lo veo en la perra. Y en la perra, claro, lo veo por dentro, igual que lo he visto tantas veces dentro de mí misma. Porque yo sé muy bien cuándo dudo con mi razón y cuándo es un impulso lo que, al llegar a un cierto punto, de pronto titubea, cabecea… ¿Que la bola no tiene nada dentro de sí?… Ya lo sé, pero dentro de mí hay bolas que vienen rodando. Claro que lo que dudaba dentro de la perra no era una bola, no era una fuerza que estuviese fluctuando: era un presentimiento del empujón. Si le dije lo de la bola fue para que le resultase cosa visible, sin necesidad de pensarlo, porque lo que no quiero es que crea que yo me imagino a la perra cavilando. No, ni la perra ni la frutera: la mujer tampoco cavilaba. Primero habían estado las dos en aquella quietud porque ya habían terminado las faenas del día y luego, de pronto, la mujer entraba en el furor al notar un desperfecto en sus cuentas. Lo que la perra no podía oler es que para la mujer aquel furor era también una cosa estable. No hay nada de contradictorio. He empezado por decirle que la perra estaba allí reposando, con el derecho que le daba toda su historia, y, por supuesto, la frutera estaba gozando del mismo derecho. Pero claro, el funcionamiento de la frutera es más complicado: se metió la mano en el bolsillo y sacó sus cuentas desequilibradas; inmediatamente se instaló en otro derecho: en el derecho a gritar, a insultar, a exigir. Eso era lo que a la perra le ponía en aquel estado de duda, de titubeo; lo que hacía que le temblasen las patitas y se le enderezasen las orejas; porque el hábito le decía que con los gritos viene siempre el movimiento. La mujer, en cambio, se arrellanaba en su indignación porque en situaciones así se grita, se insulta. Eso es lo que se hace, lo que todo el mundo tiene derecho a hacer. ¿Comprende usted?… No, ya sé que no puede comprenderlo. Usted cree que lo comprende y, claro, comprende lo que le cuento, pero no por qué se lo cuento… La verdad es que yo misma ya no sé por dónde ando. Si me pregunto por qué me he puesto a hablarle de todo esto me parece imposible encontrarle explicación y, sin embargo, el caso es que siento… ¿cómo diría yo?… sé que es de esto de lo que he venido a hablarle… No, si ya lo sé; no es de esto, es del asunto del otro día. Entonces me digo, ahora voy a contárselo, y se me quitan las ganas porque para mí ya se lo he contado. ¿Comprende usted? Todo es como manejar algo que puede dar media vuelta a la derecha igual que media vuelta a la izquierda: es igual, pero todo lo contrario. Claro que, si se lo cuento ce por be, a lo mejor no se ve el parecido, pero usted prefiere que se lo cuente ce por be. Está bien, se lo cuento, no tengo el menor inconveniente; pero ya le digo, lo que yo siento aquí, en la boca del estómago, es igual que lo que le he contado, sólo que aquello… Bueno, verá usted, no es igual. No me contradigo porque lo sentía del mismo modo, pero aquello quería sentirlo, aunque era atroz, pero quería. Esto otro… imagínese ¡en un día radiante de primavera!… Este año se echó encima el calor de repente; ya lo vio usted, en los primeros días de mayo. Recuerdo que viniendo por Marqués de Cubas vi que en una pared quedaban todavía restos del cartel de Divinas palabras. Yo iba pensando en esto cuando cruzamos la calle de Alcalá: iba agotada de andar de compras con mi tía. Ya habían puesto sillas fuera en algunos cafés y decidimos tomar algo fresco para poder seguir. Nos sentamos en la acera de El Fénix, pedimos naranjadas. No había casi nadie en la terraza; en un extremo una mujer sola, en el otro una pareja. Nos sentamos lejos de la pareja, por no estorbar. Así que quedamos junto a la mujer que estaba sola. Mi tía se sentó de espaldas a ella y yo frente a mi tía, que me tapaba la vista de la mujer, cosa que no me había inspirado la menor curiosidad. Yo tomaba mi naranjada y miraba a la gente. Me dejaba caer en la silla, una silla de hierro, dura, claro está, pero bien proporcionada. Estaba descansando en ella tan a gusto como una masa en el molde: estaba abandonada dentro de mí misma, tan abandonada, tan tranquila… Empecé a mirar a un hombre que venía hacia nosotras: era un hombre del pueblo bien vestido, joven, tenía una cabeza muy correcta y una expresión serena, como si viniese sin pensar en nada. Cuando noté todo esto estaría el hombre a unos diez metros de nuestra mesa y como venía a buen paso llegó en seguida. Al pasar por delante de la terraza volvió la cabeza y su cara se transfiguró. Yo pensé: «Ha puesto cara de jabalí; no es tan guapo como me había parecido». Inmediatamente detrás de él venían dos hombres, de esos relucientes, bien afeitados y con cartapacios lujosos y al llegar al mismo punto los dos volvieron la cabeza. La transformación de sus caras fue mucho más ostensible. Uno de ellos puso una cara como si estuviese sentado en el retrete; el otro puso cara de ratero, de carterista. Corrí mi silla un poco hacia la derecha y vi lo que miraban: la mujer que estaba allí sentada. En seguida me di cuenta de qué clase de mujer era, aunque tenía un vestido decentísimo: blanco, de chaqueta, con la falda por la rodilla como cualquier otra. Sin embargo, no pensé: «La miran porque está demasiado pintada o porque es muy llamativa». No, pensé en redondo: «Es una prostituta». Entonces me puse al acecho. Perdí el abandono, la laxitud en que estaba hasta aquel momento y me dije: «Vamos a ver en qué para esto: es una cosa que no he visto nunca». Ya, ya sabía yo que no iba a ver nada definitivo: no me creí que fuese a pasar algo como esas cosas de la Biblia: uno que se echa con la ramera que está al borde del camino. No, allí ya sabía yo que no se iba a echar ninguno, pero pensé que alguno así, de pronto, la cogería por un brazo y se la llevaría. Eso valía la pena de verlo, pero sí, sí… Unos no tenían maldita la gana de echarse, otros no tenían tiempo, otros no tenían dinero. Pero ella estaba allí, al borde de la acera y algo había que hacerle, porque para eso estaba allí: todos tenían derecho y como iban de pasada, por no desperdiciar… Pasaban viejos asquerosísimos y le levantaban las faldas con un ladear de cabeza, con un relamerse el hocico. Apareció un tipo cogotudo, de esos que parece que les está estallando el cuello de la camisa, y le dijo: «Si te cojo te reviento…». Todos con saña, estoy por decir que con asco, pero no de la mujer, que era muy guapa, sino de lo que pensaban hacerle, porque lo pensaban sin deseo: lo pensaban sólo porque tenían derecho… ¡Oh, sí!, es muy fácil distinguir el deseo del derecho. El deseo cada uno lo siente para sí mismo: el derecho hay que demostrárselo al otro. Bueno, pues, ¿y las mujeres?… Ésas sí que es difícil saber lo que querían hacer con ella. La miraban con más saña aún que los hombres; trataban de demostrarle aún más su derecho al asco, pero en ésas era mentira… ¡Mentira, mentira! Si viera usted lo que pensó una chica pequeña… En ésa no había saña, ésa sí que la miró para sí misma; la de ésa fue la única mirada de deseo que le echaron. De deseo, claro está, del deseo más puro: el de ser ella… Era una niña muy bonita que iba con dos señoras burguesotas. Las señoras no miraron a la mujer porque iban absorbidas en su comadreo y la chica se había quedado un poco rezagada. Al pasar frente a la terraza, la pequeña se quedó mirando a la poule, pero ¡cómo!… la devoró con la mirada. Y no descaradamente, al contrario, con cierto disimulo porque ella no quería decirle nada con su mirada; la miraba y se decía a sí misma: «¡Qué señora tan guapa, qué bien estará ahí sola, ahí sentada para que la mire todo el mundo! ¡Cuándo yo pueda hacerlo!…». Y en seguida copió su movimiento de cabeza y su caída de ojos…

¡Ah! Eso no lo dude usted, ese deseo puro de la niña es el que todas tenían atragantado… ¡Pero ya lo sé! No se me ocurre pensar que todas las mujeres quieran ser prostitutas. ¡Qué disparate!… Ahora, eso sí, todas, todas sin excepción, quieren ser bonitas y estar solas, puestas en un sitio donde se las vea bien y donde pase todo el mundo a mirarlas. Claro que para atreverse a desearlo hay que tener ocho años. Luego ya, con todo lo que se sabe, entra el miedo, pero el deseo sigue y se convierte en rabia. Todas la miraban como perros rabiosos. Por supuesto, también la miraban con asco, pero como le digo, porque se lo han enseñado; lo del asco es como una segunda parte. Las mujeres, ante una poule de ésas, siempre sienten que está haciendo algo sagrado, y les entra una especie de terror y de locura porque se sienten excluidas de ese misterio. ¿Ve usted? Por eso le dije, como perros rabiosos, porque su rabia es, como la hidrofobia, el horror de una cosa que es necesaria a la vida. Sí, claro, muchas de las mujeres que pasaban eran casadas, otras tendrían o habrían tenido amantes, novios… Lo que les hacía odiarla es que ella era la tentación y que estaba establecido así, que lo fuese, que viviera y que se peinara para ello. ¿Que todo eso se convierte luego en menesteres nauseabundos?… De acuerdo, pero en eso no se piensa al verla. Las mujeres sólo piensan que es la tentación que está allí, al borde del camino. Y eso es una cosa… ¡eso, ser la tentación!… que las mujeres anhelan… No, no voy a decirle la frase tópica: «con las entrañas»; lo anhelan con su ser. Eso es su ser, eso es su esencia. Bueno, entiéndalo usted como si hablásemos de un encendedor. La esencia es lo que se inflama cuando se hace clic… Y eso es lo que quieren las mujeres, para eso es para lo que viven: para oír ese clic y ver encenderse la llama. Son muy pocas las que lo ven; por eso están rabiosas… Estoy tratando de recordar, pero no es posible porque fueron muchísimos los que pasaron y los primeros se borraron con lo que pasó después. En fin, el caso es que siguió pasando gente y yo seguí registrando las caras de todos. Pero nuestro estado de ánimo había cambiado un poco; habíamos empezado a descansar. Cuando llegamos allí estábamos agotadas y por eso nos quedamos en silencio, pero mi tía, a medida que fue tomándose la naranjada, fue reaccionando y de pronto me dijo: «Yo creo que con las doce madejas tendré bastante, ¿no te parece?…». Yo dije: «Sí, seguro». No dije más, pero en ese momento me trasladé a Pontejos. No sé si usted habrá visto alguna vez esas mercerías enormes donde se apiñan las mujeres: de allí veníamos… Sí, ya me figuro; no hay hombre que no haya acompañado a su mujer alguna vez a uno de esos sitios. Mi tía y yo habíamos pasado allí tres cuartos de hora sin conseguir que nos despachasen. Había, como siempre, monjitas. Creo que son las Hermanitas de los Pobres o no sé si las del Servicio Doméstico las que van siempre acompañadas por alguna enanita, alguna de esas chatas o bizcas atroces, que bordan como los ángeles y se extasían allí comprando hilos, agujas de ojo dorado que miran y remiran… Cuando nosotras llegamos había una de éstas y yo me puse a observarla. La muchacha era achaparradita y con aire muy rural; la monja era alta y seria. Tenían ya en el mostrador amontonados madejas, ovillos, carretes; un dependiente las atendía, incansable… De pronto la chica dijo algo que yo no pude oír, tan bajito lo dijo, y la hermana dijo al muchacho: «Ah, sí, un dedal. A ver, traiga unos dedales…». El chico trajo un cajón todo dividido por dentro con tablitas, formando celdillas en las que estaban los dedales de todos géneros, clasificados por tamaños. Las dos empezaron a elegir y la chica no quedaba nunca contenta; no decía nada, pero se los probaba y se los quitaba en seguida como si no le satisficiese ninguno, hasta que al fin la monja le dijo: «Bueno, coge el que tú quieras…». Entonces ella alargó la mano hasta el departamento del rincón, donde estaban los dedales de plástico de muchos colores, y eligió uno de color de rosa. Bueno, de ese rosa que no está nunca en las rosas, intenso y al mismo tiempo ligero; un color que parecía que echaba luz. Metió el dedo en él y se quedó mirando su mano. La monja no se opuso en redondo, pero empezó a tratar de convencerla de que los de acero son mucho más prácticos. La chica no decía nada, pero movía la cabeza negando temerosamente, y no se quitaba el dedal. Entonces la monja, inclinándose un poco hacia ella, cogió con su mano izquierda la mano de la chica y con la derecha probó el dedal, dándole media vuelta en el dedo para ver si ajustaba. La monja hablaba alto, así que a ella yo le entendía todo. Le dijo: «Bueno, ¿éste te va bien?…». Y esta vez oí también a la chica. No habló mucho más alto que las otras veces, pero de un modo tan neto que pude entenderla. Levantó la cabeza y le dijo: «Sí, hermana…». Nada más. La monja dijo: «Bueno, pues éste…». El chico recogió todas sus compras, ellas fueron a la caja y yo seguí mirándolas, sin poder pensar en otra cosa… ¿Cómo que si tiene algo que ver con lo anterior?… ¡Esto es todo!… Tenga usted un poco de paciencia. Le digo que esto es todo porque lo que le acabo de contar no pasó en Pontejos. Bueno, sí, pasó en Pontejos, pero cuando pasaba allí no tenía importancia o apenas la tenía. Cuando tuvo una importancia enorme fue cuando empezó a pasar en la calle de Alcalá, allí, en la terraza del café, ante el vaso de naranjada. Eso es, lo de la naranjada también cuenta porque recuerdo que al hablar mi tía de lo de las madejas y sentirme yo trasladada de pronto a Pontejos, estaba en ese mismo momento alargando la mano al vaso y la detuve a mitad de camino. Dejé caer la mano en la falda por no tocar el vaso helado… Toda la escena se me hizo presente, pero antes que la imagen de ellas dos, antes que las palabras que pronunciaron me invadió su olor. Me sentí de pronto en la mercería, apoyada en el mostrador junto a la monja, oliendo sus velos negros, la estameña de su hábito, la atmósfera cálida que se desprendía de tantos pliegues. Eso fue lo primero que sentí y no quise romper el clima en que había entrado con el sabor a naranja… Empecé a verlas…, bueno, a contemplarlas con una proximidad mucho mayor que la de antes. Fui reviviendo todo: la voz fuerte de la monja, el susurro de la muchacha y su actitud temerosa, pero firme; el movimiento con que alargó la mano al dedal color rosa y la actitud en que se quedó mirándola: una mano zopuda, regordeta, que ella encontraba embellecida por el dedal… Vi en ese momento el gesto condescendiente y solemne con que la monja cogió entre sus manos la de la chica y ajustó el dedal… Vi cómo se lo otorgaba, al preguntarle si era aquél el que le iba, y cómo la pequeña levantaba la cabeza para decirle que sí, rebosando de una felicidad, de una plenitud como en el momento de la Comunión… ¿Cómo le diría yo?… Fue algo así como un matrimonio místico… Bueno, ahora viene lo otro… Lo que pasó en aquel momento. Tenga usted en cuenta que yo estaba metida en esto hasta el fondo y sin embargo le vi, pero no cambié de actitud… Le vi al hombre asqueroso… Le vi venir y comprendí en seguida que era de los que le dirían algo a la poule. No es que lo comprendí, es que lo di por seguro y no lo miré con indiferencia, no; esperé que llegase más cerca. Yo no quería salir de mi contemplación. Yo creía que sin dejar el clima de mis ideas podría ver lo que pasaba, así lateralmente… Yo creía que aquello iba a pasar sin tocarme… Pues si, ésa es la cosa: el hombre me tocó. Sí, me tocó, me tocó; usted tiene que admitirlo; si no es que no entiende nada de lo que le estoy diciendo… Bueno, se lo explicaré con todo detalle y ordenadamente. El hombre venía hacia nosotras… Pero ante todo no olvide usted dónde estaba yo. Yo estaba contemplando aquellas manos, aquel momento de piedad, de magnanimidad. Esto téngalo presente porque mientras tanto el hombre se iba acercando y yo, lateralmente, le examinaba. Era un tipejo inclasificable: un empleadillo o un comerciante mal vestido, pero no miserable; enclenque, desteñido… Observé hasta su modo de andar, que era un poco en zigzag, aunque no estaba borracho en absoluto. Llegó frente a la terraza, miró a la mujer y le hizo un gesto… Un movimiento con las manos, rapidísimo, muy poco pronunciado; un movimiento que casi nadie podía percibir. ¿Cómo le diría yo?… Algo así como el movimiento de apretar una jeringa… Y al mismo tiempo con la boca hizo una pedorreta… Bueno, aunque le parezca raro, yo seguía en lo mismo. Yo no me alteré porque no me sorprendí; el acto era adecuado al tipo. Pero resultó que el tipo podía sorprenderme; podía hacer algo que yo nunca hubiese sospechado… ¡Ah!, fíjese usted bien en la rapidez con que cambió la cosa: el tiempo de dar, lo más, tres pasos; en el primero chocó conmigo. Chocó con mi mirada; vio que yo le había visto, pero no vio sólo eso: lo vio todo… ¿Comprende usted?, me vio a mí entera, lo mismo que primero había visto a la poule. Pasó, le echó una ojeada y la vio en su faena, en su oficio. En seguida me vio a mí, a nosotras… Mi tía en ese momento estaba rompiendo un poco el papel de su paquete para mirar la lana, de modo que la vio también a ella con sus madejas… Aunque no sé, creo que a ella la vio sólo como una cosa mía porque fue a mí a quien vio desnuda. Sí, desnuda, tan desnuda como a la otra; quiero decir que a mí también me vio en mi faena: vio quién era… Vio quiénes éramos: mi tía con su aire de señorona y yo con mi pinta de señoritina. Vio de dónde salíamos, vio en lo que estábamos pensando; me vio a mí con mi monjita dentro de la cabeza y como se dio cuenta de que yo también le había visto a él, tuvo la seguridad de que le aprobaba. Es más, se descargó de su gesto obsceno, como si lo hubiera hecho por mí… Hizo un movimiento de cabeza y de hombros muy ligero; un movimiento como de disculpa, pero que al mismo tiempo quería decir: «Esto es lo que hay que hacer con ésas…». Y esto como ofreciéndomelo, como brindándomelo a mí porque creyó que yo era de las que se creen libres de culpa… En ese momento es cuando sentí que me tocaba. Lo sentí porque su actitud no respondía a la mirada que le dediqué a él. Yo le miré, ya le he dicho que le miré en cuanto le vi venir, pero sin mirarle a él, ¿comprende usted?… Quiero decir que dirigí mis ojos hacia el camino que él traía, para que cuando llegase a un cierto punto entrase en el foco de mi mirada, pero entre tanto yo miraba otra cosa: yo miraba lo que estaba viendo dentro de mí. Y eso el tipo horrible lo pescó al primer golpe de vista; lo palpó, desechó mi mirada superficial y trató de posesionarse de la otra; trató de demostrarme que la entendía, que podía responder a ella… Todo esto en el primero y en el segundo paso; cuando iba a dar el tercero ya no pude aguantarlo y grité con una voz destemplada: «¡Alcahuete!»… Se paró en seco; yo me levanté y di dos pasos hacia él. Retrocedió, aterrado, y volví a gritar: «¡Alcahuete!»… ¿Le parece raro? Bueno, pues no fue sólo eso; le dije otra cosa. Porque, después de todo, alcahuete es una palabra que, aunque fea, se dice, pero le dije más; le dije una palabra que le aseguro que jamás había pronunciado, ¡jamás!… Porque eso es lo que era. Le dije esa palabra que quiere decir cornudo, pero más fuerte, ¿comprende usted?… Claro que el tipo llevaba ese camino y que cada paso que diera tenía que acercarle a mí, pero yo le sentí venir derecho, trayéndomela en las manos, diciéndome: «Ya está, ahí la tienes pisoteada, escupida»… Tan seguro como el que trae algo que se le ha mandado hacer de encargo… No puedo contarle con precisión lo que pasó después. La verdad es que no sé lo que pasó: quiero recordarlo y no veo más que como una luz blanca… Mi tía se abalanzó a mí y me agarró por un brazo; tiraba de mí y gritaba con todas sus fuerzas: «¡Camarero, camarero!»… Creo que yo me eché a reír… Bueno, no estoy segura; me parece que cuando sentí lo ridículo de la cosa es cuando me llevaron casi en vilo entre el camarero y mi tía y me metieron en un taxi… Eso es, en ese momento me di cuenta de que mi tía había gritado: «¡Un taxi, por amor de Dios!»… Y yo tenía ganas de reírme de su amor de Dios… ¡Qué sabían ellos!, todos ellos, todos los que presenciaron la escena. ¡Cómo iban a comprender que yo lo había hecho por amor de Dios!… ¡Aquella luz! Al salir de debajo del toldo la luz me dejó sin sentido, me cegó y ese deslumbramiento me pareció como una culminación, como una apoteosis. Yo no veía; es decir, veía todo, pero como desde muy lejos. Todos eran como muy pequeños, muy distantes y se agitaban a mi alrededor… Ella no; la mujer apenas prestó atención: estaba muerta. Yo la veía también muy lejos, pero muerta… Y a mí me llevaban en vilo… La tarde era maravillosa; parecía imposible que llegara a ponerse el sol… Yo estaba completamente ciega por aquel deslumbramiento… Bueno, el día próximo le cuento mucho más.





Carmen Martín Gaite

La chica de abajo

Carmen Martín Gaite (1925-2000) ha sido una de las escritoras más importantes y galardonadas de nuestra literatura. Entre sus novelas figuran Entre visillos, Ritmo lento, Retahilas, Fragmentos de interior, El cuarto de atrás, y, publicadas por Anagrama, Nubosidad variable, La Reina de las Nieves, Irse de casa, Lo raro es vivir y Los parentescos, al igual que Cuentos completos y un monólogo, los ensayos Usos amorosos de la postguerra española, Usos amorosos del dieciocho en España, El cuento de nunca acabar, El proceso de Macanaz, Agua pasada, La búsqueda de interlocutor y Pido la palabra, y la obra teatral La hermana pequeña. Entre otros premios, obtuvo el Nadal, el Premio Nacional de Literatura, el Anagrama de Ensayo, el Nacional de las Letras, el Castilla y León de las Letras y el Príncipe de Asturias de las Letras.





¿Habría pasado tal vez una hora desde que llegó el camión de la mudanza? Había venido muy temprano, cuando por toda la placita soñolienta y aterida apenas circulaba de nuevo, como un jugo, la tibia y vacilante claridad de otro día; cuando sólo sonaba el chorro de la fuente y las primeras campanas llamando a misa; cuando aún no habían salido los barrenderos a arañar la mañana con sus lentas, enormes escobas, que arrastraban colillas, púas de peine, herraduras, hojas secas, palitos, pedacitos de carta menudísimos, rasgados con ira, botones arrancados, cacas de perro, papeles de caramelo con una grosella pintada, remolinos de blancos, leves vilanos que volaban al ser removidos y escapaban a guarecerse en los aleros, en los huecos de los canalones. Miles y miles de pequeñas cosas que se mezclaban para morir juntas, que se vertían en los carros como en un muladar.

Los entumecidos, legañosos barrenderos, cuyas voces sonaban como dentro de una cueva, eran los encargados de abrir la mañana y darle circulación, de echar el primer bocado a la tierna, intacta mañana; después escapaban aprisa, ocultando sus rostros, que casi nadie llegaba a ver.

«Ya ha amanecido», se decían desde la cama los enfermos, los insomnes, los desazonados por una preocupación, los que temían que la muerte pudiese sorprenderles en lo oscuro, al escuchar las escobas de los barrenderos rayando el asfalto. «Ya hay gente por la calle. Ya, si dieran un grito, me oirían a través de la ventana abierta. Ya va subiendo el sol. Ya no estoy solo». Y se dormían al fin, como amparados, sintiendo el naciente día contra sus espaldas.

El gran camión se había arrimado a la acera reculando, frenando despacito, y un hombre pequeño, vestido de mono azul, saltó afuera y le hacía gestos con la mano al que llevaba el volante:

—¡Tira!… Un poco más atrás, un poquito más. ¡Ahora! ¡¡Bueno!!

Luego el camión se quedó parado debajo de los balcones y los otros hombres se bajaron también, abrieron las puertas traseras, sacaron las cuerdas y los cestos, los palos para la grúa. Entonces parecía todavía que no iba a pasar nada importante. Los hombres se estiraban, hablaban algunas palabras entre sí, terminaban con calma de chupar sus cigarros antes de ponerse a la faena. Pero luego todo había sido tan rápido… Quizá ni siquiera había pasado hora y media. Cuando llegaron tocaban a misa en la iglesia de enfrente, una muy grande y muy fría, donde le encoge a uno entrar, que tiene los santos subidos como en pedestales de guirlache. Sería una de las primeras misas, a lo mejor la de siete y media. Luego habían tocado otra vez para la siguiente. Y otra vez. Poco más de una hora. Lo que pasa es que trabajaban tan de prisa los hombres aquellos.

«Si me llego a dormir —pensaba Paca—. Una hora en el sueño ni se siente. Si me llego a dormir. Se lo habrían llevado todo sin que lo viera por última vez». Claro que cómo se iba a haber dormido si ella siempre se despertaba temprano y, si no, la despertaban. Pero se había pasado toda la noche alerta con ese cuidado, tirando de los ojos para arriba, rezando padrenuestros, lo mismo que cuando se murió Eusebio el hermanillo y estuvieron velándole. Por tres veces se levantó de puntillas para que su madre no la sintiera, salió descalza al patio y miró al cielo. Pero las estrellas nunca se habían retirado, bullían todavía, perennemente en su fiesta lejana, inalcanzable, se hacían guiños y muecas y señales, se lanzaban unas a otras pequeños y movedizos chorros de luz, alfilerazos de luz reflejados en minúsculos espejos.

Cecilia decía que en las estrellas viven las hadas, que nunca envejecen. Que las estrellas son mundos pequeños del tamaño del cuarto de armarios, poco más o menos, y que tienen la forma de una carroza. Cada hada guía su estrella cogiéndola por las riendas y la hace galopar y galopar por el cielo, que es una inmensa pradera azul. Las hadas viven recostadas en su carroza entre flores de brillo de plata, entre flecos y serpentinas de plata, y ninguna tiene envidia de las demás. Se hablan unas a otras, y cuando hablan o cantan sus canciones les sale de la boca un vaho de luz de plata que se enreda y difunde por todas las estrellas como una lluvia de azúcar migadito, y se ve desde la tierra en las noches muy claras. Algunas veces, si se mira a una estrella fijamente, pidiéndole una cosa, la estrella se cae, y es que el hada ha bajado a la tierra a ayudarnos. Cuando las hadas bajan a la tierra se disfrazan de viejecitas, porque si no la gente las miraría mucho y creería que eran del circo.

Cecilia contaba unas cosas muy bonitas. Unas las soñaba, otras las inventaba, otras las leía en los libros. Paca pensaba que las hadas debían tener unas manos iguales a las de Cecilia, con la piel tan blanca y rosada, con las uñas combadas como husos y los dedos tan finos, tan graciosos, que a veces se quedaban en el aire como danzando. Paca, que se había acostumbrado a pensar cosas maravillosas, creía que a Cecilia le salían pájaros de las manos mientras hablaba, unos pájaros extraños y largos que llenaban el aire. Un día se lo dijo y ella preguntó:

—¿Sí? ¿De verdad? —Y se rió con aquella risa suya, condescendiente y envanecida.

Paca y Cecilia eran amigas, se contaban sus cuentos y sus sueños, sus visiones de cada cosa. Lo que les parecía más importante lo apuntaba Cecilia en un cuaderno gordo de tapas de hule, que estaba guardado muy secreto en una caja con chinitos pintados. Paca solía soñar con círculos grises, con ovejitas muertas, con imponentes barrancos, con casas cerradas a cal y canto, con trenes que pasaban sin llevarla. Se esforzaba por inventar un argumento que terminase bien, y sus relatos eran monótonos y desmañados, se le embotaban las palabras como dentro de un túnel oscuro.

—Pero, bueno, y luego, ¿qué pasó? —le cortaba Cecilia, persiguiéndola con su mirada alta, azul, impaciente.

—Nada. No pasaba nada. Cuenta tú lo tuyo. Lo tuyo es mucho más bonito.

A ella no le importaba darse por vencida, dejar todo lo suyo tirado, confundido, colgando de cualquier manera. A ella lo que le gustaba, sobre todas las cosas, era oír a su amiga. También cuando se callaba; hasta entonces le parecía que la estaba escuchando, porque siempre esperaba que volviera a decir otra cosa. La escuchaba con los ojos muy abiertos. Durante horas enteras. Durante años y siglos. No se sabía. El tiempo era distinto, corría de otra manera cuando estaban las dos juntas. Ya podían pasarse casi toda la tarde calladas, Cecilia dibujando o haciendo sus deberes, que ella nunca se aburría.

—Mamá, si no sube Paca no puedo estudiar.

—No digas bobadas. Te va a distraer.

—No, no; lo hago todo mejor cuando está ella conmigo. No me molesta nunca. Deja que suba, mamá.

La llamaban por la ventana del patio:

—¡Paca! ¡Paca!… Señora Engracia, que si puede subir Paca un ratito.

Ella en seguida quería tirar lo que estuviera haciendo y escapar escaleras arriba.

—Aguarda un poco, hija. Termina de fregar. Que esperen. No somos criadas suyas —decía la madre.

La madre se quejaba muchas veces. No quería que Paca subiera tanto a la casa.

—No vayas más que cuando te llamen, ¿has oído? No vengan luego con que si te metes, con que si no te metes. Me los conozco yo de memoria a estos señoritos. Nada más que cuando te llamen, ¿entiendes?

—Sí, madre, sí.

La señora Engracia era delgada y tenía la cara muy pálida, como de leche cuajada, con una verruga en la nariz que parecía una pompa de jabón a punto de estallar. Cosía para afuera en los ratos libres, hacía vainicas, hacía calzoncillos y camisones. Paca había heredado sus grandes manos hábiles para cualquier trabajo, el gesto resignado y silencioso.

Mientras Cecilia dibujaba o hacía los deberes de gramática y de francés, ella le cosía trajecitos para las muñecas, le recortaba mariquitas de papel, lavaba cacharritos, ponía en orden los estantes y los libros. Todo sin hacer ruido, como si no estuviera allí. Medía las semanas por el tiempo que había pasado con Cecilia, y así le parecía que habían sido más largas o más cortas. El otro tiempo, el del trabajo con su madre, el de atender a la portería cuando ella no estaba, el de lavar y limpiar y comer, el de ir a los recados, se lo metía entre pecho y espalda de cualquier manera, sin masticarlo. Ni siquiera lo sufría, porque no le parecía tiempo suyo. Llevaba dos vidas diferentes: una, la de todos los días, siempre igual, que la veían todos, la que hubiera podido detallar sin equivocarse en casi nada cualquier vecino, cualquier conocido de los de la plazuela. Y otra, la suya sola, la de verdad, la única que contaba. Y así cuando su madre la reñía o se le hacía pesada una tarea, se consolaba pensando que en realidad no era ella la que sufría aquellas cosas, sino la otra Paca, la de mentira, la que llevaba puesta por fuera como una máscara.

Un día la mamá de Cecilia le dijo, por la noche, a su marido:

—La niña me preocupa, Eduardo. Ya va a hacer once años y está en estado salvaje. Dentro de muy poco será una señorita, una mujer. Y ya ves, no le divierte otra cosa que estar todo el día ahí metida con la chica de la portera. Es algo atroz. Bien está que suba alguna vez, pero fíjate qué amistad para Cecilia, las cosas que aprenderá.

El padre de Cecilia tenía sueño y se volvió del otro lado en la cama.

—Mujer, a mí me parece una chica muy buena —dijo con los ojos cerrados—. Ya ves cómo la cuidó cuando tuvo el tifus.

La madre de Cecilia se incorporó:

—Pero, Eduardo; parece mentira que seas tan inconsciente. ¡Qué tiene que ver una cosa con otra! Las cosas con medida. Hasta ahora me ha venido dando igual también a mí. Pero Cecilia tiene once años, date cuenta. No pretenderás que cuando se ponga de largo vaya a los bailes con Paca la de abajo.

—Sí, sí, claro. Pues nada, como tú quieras. Que vengan otras niñas a jugar con ella. Las de tu prima, las del médico que vive en el segundo…

—Yo a esos señores no los conozco.

—Yo conozco al padre. Yo se lo diré.

A lo primero Cecilia no quería. Sus primas eran tontas y con las niñas del médico no tenía confianza. Ni unas ni otras entendían de nada. No sabía jugar con ellas. Se lo dijo a su madre llorando.

—Bueno, hija, bueno. Subirá Paca también. No te apures.

Las nuevas amiguitas de Cecilia venían muchas tardes a merendar y ella iba otras veces a su casa. Siempre estaban proponiendo juegos, pero no inventaban ninguno. A las cuatro esquinas, a las casas, al escondite, al parchís. Los jugaban por turno, luego se aburrían y preguntaban: «Ahora, ¿qué hacemos?». Otras veces hablaban de los niños que les gustaban a cada una, y que, en general, los habían conocido en los veraneos. Un juego hacían que era escribir varios oficios y profesiones de hombre en una tira larga de papel y enrollarla a ver lo que sacaba cada niña tirando un poquito de la punta. A unas les salía marino; a otras, ingeniero, y con el que les salía, con aquél se iban a casar. Paca, cuando estaba, nunca quería jugar a este juego.

Un día le dijo a Cecilia una de sus primas:

—No sé cómo eres tan amiga de esa chica de abajo, con lo sosa que es. Cuando viene, parece que siempre está enfadada.

—No está enfadada —dijo Cecilia—. Y no es sosa, es bien buena.

—¡Ay, hija!, será buena, pero es más antipática…

Otro día, don Elias, el profesor, le puso un ejercicio de redacción que era escribir una carta a una amiga desde una playa contándole lo que hacía, preguntándole lo que hacía ella y dándole recuerdos para sus padres. Cecilia no vaciló. Puso: «Señorita Francisca Fernández», y empezó una carta como para Paca; pero, a medida que escribía, se sentía a disgusto sin saber por qué, y después de contarle que el mar era muy grande y muy bonito y que hacía excursiones en balandro, al llegar a aquello de «y tú, ¿qué tal lo pasas por ahí?», cuando ya se tenía que despedir y decir lo de los recuerdos, se acordó de la señora Engracia y sintió mucha vergüenza, le pareció que se estaba burlando. Arrancó la hoja del cuaderno y copió la carta igual, pero dirigida a Manolita, la del segundo.

Desde que venían las otras niñas, Paca subía más tarde, y eso cuando subía, porque algunas veces no se acordaban de llamarla. Jugaban en el cuarto de atrás, que tenía un sofá verde, un encerado, dos armarios de libros y muchas repisas con muñecos y chucherías. También salían por los pasillos. La casa tenía tres pasillos, dos paralelos y uno más corto que los unía, formando los tres como una hache. Al de delante iban sólo alguna vez a esconderse detrás del arca, pisando callandito, pero casi nunca valía, porque por allí estaban las habitaciones de los mayores y no se podía hacer ruido. Aquel pasillo estaba separado de los otros dos por una cortina de terciopelo con borlas. Alrededor de las nueve venían a buscar a las primas y a las niñas del segundo. La criada les ponía los abrigos y les atusaba el pelo. Cecilia salía con ellas y entraban en el saloncito a despedirse de los papás. Paca se quedaba sola detrás de la cortina, mirando el resplandor rojizo que salía por la puerta entornada. Estarían allí los señores leyendo, fumando, hablando de viajes. Se oían las risas de las niñas, los besos que les daban. Muchas veces, antes de que volvieran a salir, ella se escurría a la portería, como una sombra, sin decir adiós a nadie.

Empezó a desear que llegase el buen tiempo para salir a jugar a la calle. En la plazuela tenía más ocasiones de estar con Cecilia, sin tener que subir a su casa, y los juegos de la calle eran más libres, más alegres, al marro, el diábolo, la comba, el mismo escondite, juegos de cantar, de correr, de dar saltos, sin tener miedo de romper nada. Se podían escapar de las otras niñas. Se cogían de la mano y se iban a esconder juntas. Paca sabía un sitio muy bueno, que nunca se lo acertaban: era en el portalillo del zapatero. Se escondían detrás de la silla de Adolfo, el aprendiz, que era conocido de Paca, y él mismo las tapaba y miraba por la puerta y les iba diciendo cuándo podían salir sin que las vieran y cuándo ya habían cogido a alguna niña. Así no las encontraban nunca y les daba mucho tiempo para hablar.

Aquella noche, mirando las estrellas, donde viven las hadas que nunca envejecen, Paca se acordaba de Cecilia y lloraba. Se había ido a otra casa, a otra ciudad. Así pasan las cosas de este mundo. Y ella, ¿qué iba a hacer ahora? Ni siquiera se había podido despedir en el último momento. Cecilia se había ido de improviso dos días antes, aprovechando el coche de su tío, por la mañana, mientras ella estaba haciendo un recado. Se entretuvo bastante, pero bien podía Cecilia haber esperado para decirle adiós. O a lo mejor no pudo, a lo mejor su tío tenía prisa, quién sabe.

—Despídame de Paca, que ya le escribiré —le había dicho a la señora Engracia al marcharse.

Cuando volvió, Paca le insistía a su madre, le suplicaba con los ojos serios:

—Por favor, acuérdate de lo que te dijo para mí. Dintelo exactamente.

—Que ya te escribiría, si no dijo más.

La señora se quedó todo el día siguiente recogiendo las cosas en el piso. Luego también se había ido. Ella no se había atrevido a subir.

Mirando las estrellas, Paca sentía una enorme desazón. ¿Qué podía pedirle a las hadas? A lo mejor, habiéndose marchado Cecilia, ya ni siquiera había hadas. O, aunque las hubiera, tal vez no entendían bien lo que quería pedirles, sin explicarlo Cecilia primero. Eran cosas tan confusas las que deseaba. Se acordaba de una viñeta que había visto en un cuento, de una niña que lloraba porque había perdido sus zapatitos rojos. Y ella, ¿qué había perdido? ¿Cómo lo iba a poder explicar? Sentía frío en los pies. Cerró los ojos y le dolían por dentro las estrellas. De tanto y tanto mirarlas se le habían metido todas allí; le escocían como puñados de arena.

Al volver a la cama, después de la tercera vez, se quedó un poco dormida con la cabeza metida dentro de las sábanas. Soñó que Cecilia y ella vivían en medio del bosque en una casa de cristal alargada como un invernadero; iban vestidas de gasa azul y podían hacer milagros. Pero luego ella perdía su varita y se iba quedando seca, seca, como de barro. Y era una figurita de barro. Cecilia le decía: «Ya no sirves», y la tiraba al río. Y ella iba flotando boca arriba sobre la corriente del río, con las piernas abiertas y curvadas, porque era el rey Gaspar, el del Nacimiento.

Se levantó su madre para ir al arrabal como todos los martes y le dijo:

—Paca, me voy, ¿has oído? Levántate para cuando vengan los de la mudanza. Les das la llave, ¿eh? La dejo en el clavo de siempre.

Paca se había levantado llena de frío, con un dolor muy fuerte en el pescuezo de la mala postura y un nudo correoso en la garganta. Era el nudo de una áspera, tensa maroma que recorría el interior de todas sus articulaciones, dejándolas horriblemente tirantes. Sentía en su cuerpo una rigidez de tela almidonada, de suela o estropajo. «A lo mejor —pensó— me estoy convirtiendo de verdad en una figurita de barro de las del Nacimiento, y voy echando alambre en vez de huesos, y dentro de un poco ya no me dolerá la carne, aunque me peguen o me pellizquen». Ojalá fuera verdad, ojalá fuera verdad. El rey Gaspar, la tía Gila hilando su copo, el mesonero que sólo tiene medio cuerpo porque está asomado a la ventana, cualquiera, hasta uno de los pastores bobos que se ríen comiendo sopas, debajo del angelito colgado del árbol, el de la pierna rota, aunque fuera. Qué le importaba a ella. Todavía tenía tiempo de meterse en el equipaje, en la caja de cartón azul con flores, y por la Navidad volverían a sacarla en la casa nueva, en la nueva ciudad, y ella se reiría y agitaría las manos para que la conociera Cecilia. Aquella noche tendría el don de hablar porque ha nacido el niño Jesús, y las dos se la pasarían entera hablando en secreto cuando todos se hubieran acostado. Cecilia pondría sus codos sobre las praderas de musgo, sobre los ríos de papel de plata y acercaría su oído a los pequeños labios de su amiga de barro. ¿Qué cosas tan maravillosas no podría contarle Paca en aquella noche, desde el minúsculo paisaje nevado de harina, cruzado de caminillos de arena, por donde todos los vecinos de las casitas de cartón circulaban en fiesta con cestas y corderos hacia la luz roja del portal? No le importaría a ella tener que estar todo el año metida en la caja azul esperando la Nochebuena.

Estas cosas estaba pensando cuando oyó la bocina del camión que venía.

Los hombres eran cinco. Habían puesto una grúa en el balcón, donde estaba el saloncito de recibir, y por allí bajaban las cosas de más peso. Otras, más menudas o más frágiles, las bajaban a mano. Uno de los hombres, el más gordo, el que traía el volante, estaba abajo para recibir los muebles y aposentarlos en el interior del capitoné, que esperaba con las fauces abiertas como una inmensa, hambrienta ballena. Mientras uno hacía una cosa el otro hacía otra. Casi no daba tiempo a verlo todo. Paca no se atrevía ni a moverse. Al principio subió por dos veces al piso y había preguntado que si necesitaban algo; la primera ni siquiera le hicieron caso, la otra vez le dijeron que no. Prefirió no volver a subir, le resultaba insufrible ver la crueldad y la indiferencia con que arrancaban los muebles de su sitio y los obligaban a bajar por la ventana o por la escalera. Algunos dejaban su marca en la pared al despegarse, una sombra pálida, húmeda, como un ojera, como una laguna caliente.

Era increíble, portentoso, lo de prisa que trabajaban aquellos cinco hombres. Parecía cosa de magia que pudieran desmontar con tanta seguridad, en etapas medidas y certeras, una casa como aquélla, que era todo un país lleno de historia, lleno de vericuetos y tesoros, que pudieran destruirlo, conquistarlo con tanta celeridad, sin dolor ni desequilibrio, sin apenas esfuerzo, sin detenerse a mirar la belleza de las cosas que se estaban llevando, sin que ninguna se les cayese al suelo. ¿Y el osito de felpa? ¿En qué bulto de aquéllos iría metido el osito de felpa? ¿Y aquella caja donde guardaba la abuela de Cecilia los retratos antiguos y las cintas de seda? Y tantísimos cuadros. Y los libros de cuentos… ¿Sería posible que hubiesen metido todos los libros de cuentos? Peter Pan y Wendy, Alicia en el país de las maravillas, cuentos de Andersen, de Grimm, de los caballeros de la Tabla Redonda, cuentos de Pinocho… Siempre había alguno tirado por el suelo, en los recodos más inesperados se escondían. Algo se tenían que dejar olvidado, era imposible que se acordaran de meterlo todo, todo, todo. En hora y pico, Dios mío, como quien no hace nada, con tanta crueldad.

Ya debía faltar poco. El hombre gordo encendió un cigarro, se puso en jarras y se quedó mirando a la chica aquella del traje de percal que parecía un pájaro mojado, que estaba allí desde el principio peladica de frío y miraba todo lo que iban sacando con los ojos pasmados y tristes como en sueños. Luego echó una ojeada a la plaza con cara distraída. Era una pequeña plaza provinciana con sus bocacalles en las esquinas y su fuente en el medio como miles de pequeñas plazas que el hombre gordo había visto. No se fijó en que tenía algunas cosas distintas; por ejemplo, un desnivel grande que hacía el asfalto contra los jardincillos del centro. Allí, los días de lluvia, se formaba un pequeño estanque donde venían los niños, a la salida del colegio, y se demoraban metiendo sus botas en el agua y esperando a ver a cuál de ellos le calaba la suela primero. Tampoco se fijó en la descarnadura de la fachada del rincón que tenía exactamente la forma de una cabeza de gato, ni en las bolas doradas que remataban las altas verjas de casa de don Adrián, uno que se aislaba de todos de tan rico como era, y en su jardín particular entraban las gigantillas a bailar para él sólo cuando las fiestas de septiembre. Ni en el quiosco naranja, cerrado todavía a aquellas horas, con un cartel encima que ponía «La Fama», donde vendían pelotitas de goma, cariocas y tebeos, ni en el poste de la dirección prohibida, torcido y apedreado por los chiquillos. Se iba levantando, tenue, opaca y temblona, la blanca mañana de invierno. Al hombre se le empezaban a quedar frías las manos. Se las sopló y le salía un aliento vivificador de tabaco y aguardiente; se las frotó una con otra para calentarse.

«Hoy no va a levantar la niebla en todo el día —pensó—. A ver si acaban pronto éstos. Desayunaremos por el camino».

Y sentía una picante impaciencia, acordándose del bocadillo de torreznos y los tragos de vino de la bota.

En este momento salían del portal dos de los hombres con unos líos y unos cestos; se tropezaron con la chica del traje de percal.

—Pero ¿te quieres quitar de en medio de una vez?

Y ella les miró torvamente, casi con odio, y retrocedió sin decir una palabra.

—¿Falta mucho? —preguntó el hombre gordo.

—Queda solo un sofá. Ahora lo manda Felipe y ya cerramos.

Bajaba por la grúa el sofá verde, el del cuarto de jugar, que tenía algunos muelles salidos. Bajaba más despacio que los otros muebles, a trancas, a duras penas, tieso y solemne como si cerrara la marcha de una procesión. Cuando llegó a la acera, Paca se acercó con disimulo y le acarició el brazo derecho, el que estaba más cerca de la casa de muñecas, en la parte de acá, según se entraba, despeluchado y viejo a la luz del día, que había sido su almohada muchas veces. Y retiró la mano con vergüenza, como cuando vamos a saludar a un amigo en la calle y nos damos cuenta de que lo hemos confundido con otro señor.

«Parecía que estaba muerto, Dios mío, parecía una persona muerta», fue lo último que pensó Paca. Y se quedó dándole vueltas, terca, estúpidamente, a esta sola idea, repitiéndola una y otra vez como un sonsonete, clavada en el asfalto durante un largo rato todavía, sin apartar los ojos de aquella mancha negra de lubrificante que había dejado el camión al arrancar.

No vino la carta de Cecilia, pero llegó, por lo menos, la primavera.

Aquel año Paca había creído que el invierno no se iba a terminar nunca, ya contaba con vivir siempre encogida dentro de él como en el fondo de un estrecho fardo, y se alzaba de hombros con indiferencia. Todos los periódicos traían grandes titulares, hablando de ventiscas y temporales de nieve, de ríos helados, de personas muertas de frío. La madre, algunas noches, leía aquellas noticias al calor del raquítico brasero, suspiraba y decía: «Vaya todo por Dios». Leía premiosamente, cambiando de sitio los acentos y las comas, con un tonillo agudo de colegio. A Paca le dolía la cabeza, tenía un peso terrible encima de los ojos, casi no los podía levantar.

—Madre, este brasero tiene tufo.

—Qué va a tener, si está consumido. ¿También hoy te duele la cabeza? Tú andas mala.

Se le pusieron unas fiebrecillas incoloras y tercas que la iban consumiendo, pero no le impedían trabajar. Cosa de nada, fiebre escuálida, terrosa, subterránea, fiebrecilla de pobres.

Un día fue con su madre al médico del seguro.

—Mire usted, que esta chica no tiene gana de comer, que le duele la cabeza todos los días, que está como triste…

—¿Cuántos años tiene?

—Va para catorce.

—Vamos, que se desnude.

Paca se desnudó mirando para otro lado; le temblaban las aletas de la nariz. El médico la auscultó, le miró lo colorado de los ojos, le golpeó las rodillas, le palpó el vientre. Luego preguntó dos o tres cosas. Nada, unas inyecciones de Recal, no tenía nada. Era el crecimiento, el desarrollo tardío. Estaba en una edad muy mala. Si tenía algo de fiebre podía acostarse temprano por las tardes. En cuanto viniera el buen tiempo se pondría mejor. Que pasara el siguiente.

Todas las mañanas, cuando salía a barrer el portal, Paca miraba con ojos aletargados el anguloso, mondo, desolado esqueleto de los árboles de la plazuela, que entre sus cuernos negros y yertos enganchaban la niebla en delgados rasgones, retorciéndola, desmenuzándola, dejándola ondear, como a una bufanda rota. Y sentía el corazón acongojado. Parecían los árboles palos de telégrafo, espantapájaros. Palos muertos, sin un brote, que se caerían al suelo.

«Si viniera la primavera me pondría buena —pensaba—. Pero qué va a venir. Sería un milagro».

Nunca había habido un invierno como aquél; parecía el primero de la tierra y que iba a durar siempre, como por castigo. No vendría la primavera como otras veces; aquel año sí que era imposible. Tendría que ser un milagro.

«Si los árboles resucitaran —se decía Paca, como empeñándose en una importante promesa— yo también resucitaría».

Y un día vio que, durante la noche, se habían llenado las ramas de granitos verdes, y otra mañana oyó, desde las sábanas, pasar en tropel dislocado y madrugador a los vencejos, rozando el tejadillo del patio, y otro día no sintió cansancio ni escalofríos al levantarse, y otro tuvo mucha hambre. Salió ensordecida y atónita a una convalecencia perezosa, donde todos los ruidos se le quedaban sonando como dentro de una campana de corcho. Había crecido lo menos cuatro dedos. Se le quedó corto el traje y tuvo que sacarle el jaretón. Mientras lo descosía se acordaba de Cecilia. Si ella estuviera se habrían medido a ver cuál de las dos estaba más alta. Casi todos los años se medían por aquellas fechas. Cecilia se enfadaba porque quería haber crecido más, y le agarraba a Paca los pies descalzos, se los arrimaba a la pared: «No vale hacer trampas, te estás empinando». Apuntaban las medidas en el pasillo de atrás, en un saliente de la pared, al lado del armario empotrado. Escribían las iniciales y la fecha y algunas veces el lápiz rechinaba y se desconchaba un poquito la cal. Ahora habían tirado aquella pared, lo andaban cambiando todo. Estaba el piso lleno de albañiles y pintores, porque en junio vendrían los inquilinos nuevos.

La primavera se presentó magnífica. Por el patio del fondo se colaba en la portería desde muy temprano un paralelogramo de luz apretado, denso, maduro. A Paca le gustaba meterse en él y quedarse allí dentro quietecita, con los ojos cerrados, como debajo de una ducha caliente. En aquella zona bullían y se cruzaban los átomos de polvo, acudían a bandadas desde la sombra, coleaban, nadaban, caían silenciosamente sobre los hombros de Paca, sobre su cabeza, se posaban en una caspa finita. Algunas veces, los días que ella tardaba un poco más en despertarse, el rayo de sol la venía a buscar hasta el fondo de la alcoba y ponía en sus párpados cerrados dos monedas de oro que se le vertían en el sueño. Paca se levantaba con los ojos alegres. Todo el día, mientras trabajaba en la sombra, le estaban bailando delante, en una lluvia oblicua de agujas de fuego, los pececillos irisados que vivían en el rayo de sol.

La portería era una habitación alargada que tenía el fogón en una esquina y dos alcobas pequeñas mal tapadas por cortinillas de cretona. A la entrada se estrechaba en un pasillo oscuro y al fondo tenía la puerta del patio por donde entraba la luz. El suelo era de baldosines colorados y casi todos estaban rotos o se movían. Había en la habitación un armario, con la foto de un militar metida en un ángulo entre el espejo y la madera, cuatro sillas, la camilla, los vasares de encima del fogón y la máquina de coser, que estaba al lado de la puerta del patio y era donde daba el sol lo primero, después de bajar del calendario plateado, que tenía pintada una rubia comiendo cerezas.

Cuando Paca era muy pequeña y todavía no sabía coser a la máquina, miraba con envidia la destreza con que su madre montaba los pies sobre aquella especie de parrilla de hierro y los columpiaba para arriba y para abajo muy de prisa, como galopando. Aquel trasto que sonaba como un tren y que parecía un caballejo gacho y descarnado, fue durante algún tiempo para ella el único juguete de la portería. Ahora volvía a mirar todas estas pobres y vulgares cosas a la luz de aquella rebanada de sol que las visitaba cotidianamente para calentarlas.

Por las tardes, la señora Engracia sacaba una silla a la puerta de la casa y se sentaba allí a coser con otras mujeres. Paca también solía ponerse con ellas. Las oía hablar sin pensar en nada, sin enterarse de lo que estaban diciendo. Se estaba a gusto allí en la rinconada, oyendo los gritos de los niños que jugaban en medio de la calle, en los jardines del centro. Saltaban en las puntas de los pies, se perseguían, agitando sus cariocas de papel de colores, que se lanzaban al aire y se enganchaban en los árboles, en los hierros de los balcones; hormigueaban afanosos para acá y para allá, no les daba abasto la tarde. Levantaban su tiempo como una antorcha y nunca lo tenían lleno. Cuando el cielo palidecía, los mayores les llamaban por sus nombres para traerlos a casa, para encerrarlos en casa, les pedían por

Dios que no gritaran más, que no saltaran más, que se durmieran. Pero siempre era temprano todavía y la plaza empezaba a hacerse grande y maravillosa precisamente entonces, cuando iba a oscurecer y el cielo se llenaba de lunares, cuando se veían puntas rojas de cigarro y uno corría el riesgo de perderse, de que viniera el hombre negro con el saco a cuestas. A aquellas horas de antes de la cena, algunas niñas pobres del barrio —la Aurora, la Chati, la Encarna— salían a saltar a los dublés con una soga desollada. Le decían a Paca: «¿Quieres jugar?», pero ella casi nunca quería, decía que estaba cansada.

—Ya estoy yo grandullona para andar saltando a los dublés —le explicaba luego a su madre.

Una mañana vino el cartero a mediodía y trajo una tarjeta de brillo con la fotografía de una reina de piedra que iba en su carro tirado por dos leones. Paca, que cogió el correo como todos los días, le dio la vuelta y vio que era de Cecilia para las niñas del segundo. Se sentó en el primer peldaño de la escalera y leyó lo que decía su amiga. Ahora iba a un colegio precioso, se había cortado las trenzas, estaba aprendiendo a patinar y a montar a caballo; tenía que contarles muchas cosas y esperaba verlas en el verano. Luego, en letra muy menudita, cruzadas en un ángulo, porque ya no había sitio, venían estas palabras: «Recuerdos a Paca la de abajo».

Paca sintió todo su cuerpo sacudido por un violento trallazo. A la puerta de los ojos se le subieron bruscamente unas lágrimas espesas y ardientes, que parecían de lava o plomo derretido, y las lloró de un tirón, como si vomitara. Luego se secó a manotazos y levantó una mirada brava, limpia y rebelde. Todo había pasado en menos de dos minutos. Entró en la portería, abrió el armario, buscó una caja de lata que había sido de dulce de membrillo, la abrió y sacó del fondo, de debajo de unos carretes de hilo de zurcir, un retrato de Cecilia disfrazada de charra y unas hojas escritas por ella, arrancadas de aquel cuaderno gordo con tapas de hule. Lo rompió todo junto en pedazos pequeños, luego en otros pequeñísimos y cada uno de aquéllos en otros más pequeños todavía. No se cansaba de rasgar y rasgar, se gozaba en hacerlo, temblaba de saña y de ira. Se metió los papeles en el hueco de la mano y apretaba el puño contra ellos hasta hacerse daño. Luego los tiró a un barreño que estaba lleno de mondas de patata. Se sintió firme y despierta, como si pisara terreno suyo por primera vez, como si hubiera mudado de piel, y le brillaban los ojos con desafío. Paca la de abajo, sí, señor; Paca la de abajo, la hija de la portera. ¿Y qué? ¿Pasaba algo con eso? Vivía abajo, pero no estaba debajo de nadie. Tenía sus apellidos, se llamaba Francisca Fernández Barbero, tenía su madre y su casa, con un rayo de sol por las mañanas; tenía su oficio y su vida; suyos, no prestados, no regalados por otro. No necesitaba de nadie; si subía a las casas de los otros era porque tenía esa obligación. Como ahora, a llevar el correo del mediodía.

Salió al portal con la tarjeta y echó por la escalera arriba. En el primer rellano se encontró con Adolfo, el chico del zapatero, que bajaba con unas botas en la mano.

—Adiós, Paca. Dichosos los ojos. ¿Dónde te metes ahora?

Ella se quedó muy confusa, no entendía.

—¿Por qué dices «ahora»?

—Porque nunca te veo. Antes venías muchas veces a esconderte al taller con las otras chicas cuando jugabais al escondite…

Paca le miró con los ojos húmedos, brillantes, y parecía que los traía de otra parte, como fruta recién cogida.

—¡Ah, bueno! Dices antes, cuando yo era pequeña.

—Es verdad —dijo Adolfo, y la miraba—. Te has hecho una mujer. ¡Qué guapa estás!

La miraba y se sonreía. Tenía los dientes muy blancos y una pelusilla negra en el labio de arriba. Paca se azaró.

—Bueno, me subo a llevar este correo.

El chico la cogió por una muñeca.

—No te vayas, espera todavía. Que nos veamos, ¿quieres? Que te vea alguna vez. Me acuerdo mucho de ti cuando oigo a las chicas jugar en la plaza y creo que vas a venir a esconderte detrás de mi silla. Dime cuándo te voy a ver.

A Paca le quemaban las mejillas.

—No sé, ya me verás. Suelta, que tengo prisa. Ya me verás. Adiós.

Y se escapó escaleras arriba. Llegó al segundo, echó la tarjeta de Cecilia por debajo de la puerta (ni siquiera se acordaba ya de la tarjeta), siguió subiendo. Quería llegar arriba, a la azotea, donde estaban los lavaderos, y asomarse a mirar los tejados llenos de sol, los árboles verdes, las gentes pequeñitas que andaban —«tiqui, tiqui»— meneando los brazos, con su sombra colgada por detrás. Se abrió paso entre las hileras de sábanas tendidas. Vio a Adolfo que salía del portal y cruzaba la plaza con la cabeza un poco agachada y las botas en la mano. Tan majo, tan simpático. A lo mejor se iba triste. Le fue a llamar para decirle adiós. Bien fuerte. Una…, dos… y tres: «¡¡Adolfoooo!!», pero en este momento empezaban a tocar las campanas de la iglesia de enfrente y la voz se le fue desleída con ellas. El chico se metió en su portalillo, como en una topera. A lo mejor iba pensando en ella. A lo mejor le reñían porque había tardado.

Sonaban y sonaban las campanas, levantando un alegre vendaval. A las de la torre de enfrente respondían ahora las de otras torres. Las campanadas se desgajaban, se estrellaban violentamente. Paca las sentía azotando su cuerpo, soltándose gozosas por toda la ciudad, rebotando despiadadamente contra las esquinas: «Tin-tan, tin-tan…».

Le había dicho que era guapa, que la quería ver. Había dicho: «Cuando venías a esconderte con las otras chicas», ni siquiera se había dado cuenta de que iba siempre con la misma, con la niña más guapa de todas. Él solo la había visto a ella, a Paca la de abajo, era a ella a quien echaba de menos, metidito en su topera. «Que te vea alguna vez —tin-tan, tin-tan—, que te vea alguna vez».

Arreciaba un glorioso y encarnizado campaneo, inundando la calle, los tejados, metiéndose por todas las ventanas. Más, más. Se iba a llenar todo, se iba a colmar la plaza. Más, más —tin-tan, tin-tan—, que sonaran todas las campanas, que no se callaran nunca, que se destruyeran los muros, que se vinieran abajo los tabiques y los techos y la gente tuviera que escapar montada en barquitos de papel, que sólo se salvaran los que pueden meter sus riquezas en un saquito pequeño, que no quedara en pie cosa con cosa.

Sonaban las campanas, sonaban hasta enloquecer: «Tin-tan, tin-tan, tin-tan…».





Josefina R. Aldecoa

Madrid, otoño, sábado

Josefina Rodríguez Aldecoa (La Robla, León, 1926) se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. En 1952 se casó con el escritor Ignacio Aldecoa. En 1959 fundó un colegio privado bajo su dirección. En 1962 publicó un volumen de cuentos, A ninguna parte. Tras la muerte de su marido en 1969, hizo una selección y edición crítica de los cuentos de éste, y escribió un libro de memorias, Los niños de la guerra (1983). Posteriormente publicó las novelas La enredadera, Porque éramos jóvenes, El vergel, Historia de una maestra, Mujeres de negro, La fuerza del destino y la antología de cuentos Fiebre. En 2002 publicó su última novela, El enigma. Obtuvo en 2004 el Premio Castilla y León de las Letras.





Como todos los sábados, la angustia del despertar apareció con la luz que se filtraba por las rendijas de la ventana entreabierta. Se levantó de un salto y dejó caer bruscamente la persiana. Corrió las cortinas hasta juntar sus bordes y la penumbra se adueñó de la habitación. Julia cerró los ojos y trató de dormir. «Es sábado», se dijo. Y se ordenó a sí misma no pensar, no recordar, no dejarse asaltar por las preocupaciones habituales de la semana. Horarios, citas, llamadas, informaciones parciales que eran sustituidas por otras a ritmo acelerado. Proyectos, problemas. «Es sábado y tengo que desconectar. No me puedo permitir el lujo de adelantar los acontecimientos previstos para el lunes. Ni para el martes… El martes: la conferencia… La conferencia, imposible dormir». Se incorporó en la cama y encendió la luz. «Puedo echar una mirada a la conferencia, sólo para leerla y marcar las pausas, subrayar en rojo las palabras clave… Por la tarde contestaré las cartas más urgentes y así tendré libre el domingo…».

Descorrió las cortinas y pegó la frente al cristal. Como en el cuadro de un pintor inglés, el Jardín Botánico se extendía, abajo, envuelto en una neblina tenue cuya transparencia permitía adivinar las copas de los árboles. Horas más tarde, cuando el sol de otoño brillara en el cielo de Madrid, el Jardín exhibiría su tesoro de hojas secas, transformadas en ricos tejidos: gasas amarillas, terciopelos tostados, rasos dorados, lanas rojizas atravesadas por nervios grises. La frágil atadura de las hojas cedía a la embestida del viento o de la lluvia. Por la mañana, algunos días, aparecían alrededor del tronco, en montones desiguales que llegaban hasta los paseos de tierra. En primavera las hojas verdes, aferradas al tallo con garfios invisibles, resistían enhiestas la violencia de los temporales. Pero éstas, hermosas, decadentes, caían al suelo, fatigadas, conscientes de la extinción de su ciclo vital. Revoloteaban un instante alrededor del árbol y construían en su torno arabescos indescifrables…

Julia se dirigió al salón y abrió la puerta de la terraza. Contempló el espectáculo otoñal y escuchó el piar de los pájaros, oscurecido apenas por el ruido de los escasos coches que circulaban a esa hora del sábado por el paseo del Prado. «Éste es el lugar que quería alcanzar. Este ático elevado sobre el Botánico, este lujo vegetal que cambia con las estaciones», suspiró Julia.

Al entrar en la cocina encendió la luz y vio la bandeja sobre la mesa, ordenada y perfecta, con todo lo necesario para preparar en un momento el desayuno. Cada sábado, María lo dejaba todo dispuesto la noche anterior, antes de retirarse a su casa. El confort que ella cultivaba cuidadosa, a lo largo de la semana, el orden, la armonía de los objetos, la ropa organizada en los armarios, permitían a Julia disfrutar del fin de semana en soledad, sin la contrapartida del trabajo doméstico. El desayuno, el periódico depositado desde primera hora en el buzón y silenciosamente conducido hasta su apartamento por el portero, inauguraba un día suyo, sin prisas ni cansancios. Un día para el goce de la elección entre sus tentaciones semanales: exposiciones, una compra. A primera hora de la tarde una película recién estrenada. Y el regreso a casa temprano para leer, escuchar música, descansar. Hacía tiempo que había decidido reservar para sí misma los días de fiesta. Durante la semana asistía a una conferencia, un cóctel, veía a la gente que le interesaba, concertaba un almuerzo interesante y un par de cenas de amistad. Su vida transcurría así equilibrada entre el trabajo, la vida social y periodos de aislamiento absolutamente necesarios.

A veces las horas de soledad encerraban peligros. Eran horas libres, vacías de estímulos externos, de exigencias inevitables por parte de los demás. Pero también horas temibles a veces, cuando la nostalgia de otro tiempo o la asociación repentina de una anécdota insignificante con un recuerdo significativo desataba una tormenta en el universo controlado de Julia.

Ahora mismo, al levantar la mirada de su mesa de trabajo instalada bajo la ventana, y deslizaría sobre el Jardín, brillante ya a las doce del día, se detuvo un instante en la placita por la que circulaban turistas, gentes desocupadas del sábado que vagaban sin rumbo claro en torno al Museo del Prado o caminaban hacia arriba, hacia una de las puertas del Retiro cercano. Una pareja con un cochecito de niño trataba de entrar en el Jardín. La madre sacó al niño del coche mientras el padre se dirigía a la taquilla de las entradas y desaparecía. La visión de la mujer sola con un bebé en brazos despertó en Julia un aluvión de recuerdos hundidos casi siempre en el fondo de la memoria. La infancia de Bernal, sus paseos solitarios con el niño durante aquel primer año interminable. Entonces vivían lejos de allí, en un barrio nuevo y alegre, en una calle tranquila, con aceras amplias bordeadas por una fila de plátanos que protegían del sol del verano. Porque Bernal había nacido en junio y sus primeros meses habían transcurrido en aquellas aceras, calle arriba y calle abajo. En cuanto se dormía, Julia se sentaba en la terraza de un bar e intentaba leer durante el momentáneo descanso. Recordaba aquel primer año como un largo paseo a través de una nebulosa. Día y noche se entremezclaban y su cabeza estaba totalmente ocupada con los biberones, los paseos, la hora del baño, la hora de dormir al niño… Al final del día el cansancio era infinito. Como si hubiera subido a una montaña o regresara de un largo viaje. Era un cansancio acumulado durante el embarazo, el parto y aquellos primeros meses de sueño interrumpido constantemente. Era un cansancio diferente a todos los cansancios anteriores. Aquel año había sido una especie de año sonámbulo con una permanente sensación limbática, como si la unión con el niño fuera una prolongación de la etapa prenatal, cuando la somnolencia era la característica de nueve meses de espera. Un año. Luego Julia había vuelto al trabajo. El hallazgo de Ramona, aquella chica deliciosa que venía todo el día y cuidaba a Bernal con verdadero cariño, había sido su salvación…

El niño era ya un hombre joven y estaba lejos. Atrás quedaban los días luminosos de su infancia cuando los tres, Diego y Bernal y ella, reían y jugaban en las horas robadas al trabajo y en los fines de semana libres de ocupaciones…

De algún modo, la intromisión de la época rememorada oscureció la mañana del sábado. «Mejor olvidarlo todo trabajando», se aconsejó Julia. Y apenas se concentraba en los papeles, extendidos en la mesa, sonó el teléfono, y ella preguntó un poco contrariada: «¿Quién es?», y una voz conocida preguntó a su vez: «¿Julia? Soy Cecilia…».

—Qué alegría oírte, Cecilia —dijo Julia. Lo dijo con demasiado entusiasmo para contrarrestar la primera reserva, el frío, el rechazo inicial ante la intrusión de un ser ajeno a la intimidad del sábado.

—Estoy aquí en Madrid y muy cerca de ti. Estoy en el Palace… —dijo Cecilia.

Y Julia no pudo evitar la pregunta:

—Pero ¿qué haces aquí?

—Ya te contaré… Si estás libre podríamos vernos después del almuerzo. Antes, imposible…

—¿Qué te ha parecido mi secreto? —preguntó Cecilia—. ¿Me imaginabas teniendo una aventura?

Julia dudó un momento antes de contestar. Quiso evitar el «No» y dijo:

—¿Tú ves algún porvenir a esa aventura?

—¿Porvenir, Julia? —Cecilia sonrió y luego se puso seria—. No pensarás que nos queda mucho porvenir. Eso era antes, hace mucho tiempo. Yo creo que en la infancia, cuando nuestras madres nos hablaban insistentemente del día de mañana… Y todo había que referirlo a ese misterioso día que se perdía en el horizonte. No se podía hacer nada sin pensar en las consecuencias que nuestros actos tendrían en ese mañana lejano…

Las dos guardaron silencio. Julia reaccionó y dijo:

—Cuéntame más detalles. Porque me has explicado quién es el personaje y sí, recuerdo a aquel chico que te gustaba antes que Matías. Y recuerdo sobre todo lo que tú le gustabas a él. La prueba es que tú elegiste a otro. Porque ¿qué día de mañana te esperaba con aquel chiquito un poco soso que quería estudiar medicina? Y tú decías: «Para meterme en un pueblo, no. Yo no quiero ni imaginarlo…».

—Bueno, pues verás. Un día leí en el periódico, en la sección de actos importantes, que en Madrid había dado una conferencia el doctor Javier Valverde Díaz, recién llegado de Estados Unidos, donde trabaja en un hospital famoso… Me quedé estupefacta. ¿De modo que yo me había equivocado? Y entre el modesto hijo de un veterinario desconocido y el rico y señorito Matías había elegido mal. Ahora era Matías el que vivía en el campo y mi pobre estudiante de medicina era un personaje en América… Bueno, te puedes imaginar que todo habría quedado así de no ser por el disgusto infinito en que vivo desde lo de Matías. Desde que se fue con la niña aquella amiga de mi hija. Ya, ya sé que te acuerdas… Y que sigue con ella instalado en una finca a cincuenta kilómetros de casa… Viajando lo que quiere, vistiendo de locura… Matías viene una vez al mes a casa, me pide cuentas y me da dinero. Se interesa por los hijos, que fíjate el interés. Cuando nos dejó todavía no se había casado el pequeño… Yo lo he pasado muy mal, Julia. Y encima con aquella educación que nos dieron. Que tú la olvidaste pronto, pero yo… Casada tan joven y encerrada allí con aquel patriarca del siglo diecinueve… Pero mira cómo él se espabiló. Esa moda moderna de los segundos matrimonios, la asimiló pronto. Porque nuestros padres podían tener una querida pero abandonaban rara vez a la legítima…

—Ya… Pero dime cómo te las arreglaste para contactar con Javier…

—Pues muy sencillo. Por teléfono. Me dediqué a llamar a cuatro o cinco hoteles buenos de Madrid y enseguida di con él. Yo sabía que no vivía aquí por el periódico, ya que venía a dar las conferencias desde Estados Unidos…

No sabes qué emoción. Se quedó sin habla. Luego me hizo mil preguntas sobre mi vida. Y yo sobre la suya. Él está divorciado de una americana… Enseguida hablamos de la posibilidad de vernos. Yo le mentí y le dije que casualmente iba a venir a Madrid a un asunto de familia. Y me vine… Entonces no te llamé, claro. Eso fue hace dos meses y medio. Desde esa fecha Javier ha venido a Europa dos veces y las dos nos hemos encontrado. Y este fin de sem