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Código 11-9-11

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Este libro es el retrato de un momento muy especial que tuvo lugar entre el once de septiembre y el nueve de noviembre del 2014. Son las crónicas generales sobre los acontecimientos políticos transcurridos en este breve periodo de tiempo, recogidos y analizados por Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia. Desde la Diada del 300 aniversario de 1714 hasta la consulta sobre la autodeterminación de Catalunya, pasando por el referéndum sobre la independencia de Escocia. 

"...A medida que transcurrían las semanas, lo que al principio parecía una crónica muy circunscrita a los acontecimientos políticos catalanes se fue convirtiendo en una crónica general española...", escribe Juliana. 
"...Me salían textos más largos, más analíticos, en los que iba exponiendo ideas e impresiones maduradas a lo largo de meses. En definitiva, mi visión de Catalunya...". 

Para su autor, este Código 11-9-11 es "...el retrato de un momento muy singular...".
Year:
2014
Language:
spanish
File:
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			Código 11-9-11

			Enric Juliana

			Ebooks de Vanguardia





			© Enric Juliana

			© De esta edición:



			La Vanguardia Ediciones, SL

			Diagonal, 477, 7a planta

			08036 Barcelona



			Primera edición: Diciembre 2014.



Depósito legal: B 24775-2014.



ISBN: 978-84-15474-47-0.



Ilustración de portada: © Toni Batllori 2014.



			Diseño de portada, diseño y maquetación:

			Equipo de diseño de la Vanguardia Digital / Actividades Digital Media, SL (ADM)



			EBOOKS DE VANGUARDIA: www.lavanguardia.com/ebooks

			Contacto: ebooks@lavanguardia.es





		 			Índice

			Las crónicas que analizan tres meses políticamente apasionantes en los que se ponen a prueba las cuadernas de la política española y los muelles de la sociedad catalana

			Prólogo

			1/09/2014 - Código 11-9-11

			2/09/2014 - Andorra entra en la historia de España

			3/09/2014 - El nuevo eslogan: soberanismo es corrupción

			4/09/2014 - “Y si gana Esquerra, mejor”

			5/09/2014 - Una inesperada reunión en Moncloa

			6/09/2014 - La imposible coalición antisoberanista

			7/09/2014 - El pacto que lo habría cambiado todo

			8/09/2014 - Londres relanza la tercera vía

			9/09/2014 - Escuece Escocia

			10/09/2014 - El paso atrás de los Aznar

			11/09/2014 - Las dos banderas de la calle Sant Rafael

			12/09/2014 - ¿Cuándo dirá Rajoy: “vosotros los catalanes”?

			13/09/2014 - Vitamina V para la España inquieta

			14/09/2014 - La Assemblea de Catalunya, reencarnada

			15/09/2014 - En defensa de Pasqual Maragall

			16/09/2014 - El combate de judo CDC-ERC

			17/09/2014 - La culpa es de John Smith

			18/09/2014 - Enric Miralles preside Escocia

			19/09/2014 - Referéndum Escocia: Cuando dices que nos vamos, la gente va y vota

			19/09/2014 - Referéndum Escocia: El no silencioso se impone en Escocia

			20/09/2014 - Una lección, una gran lección

			21/09/2014 - Devolución

			22/09/2014 - El derecho a decidir a los 65 años

			23/09/2014 - ‘Nessun dorma’ en Pekín

			24/09/2014 - Los principios de Arriola

			25/09/2014 - Soray; a en Roma

			26/09/2014 - El Rey y el catalán

			27/09/2014 - El cráter

			28/09/2014 - El Partido Alfa, en la almena

			29/09/2014 - La Brigada Aranzadi

			30/09/2014 - Atención a los dos tercios

			01/10/2014 - El balcón embrujado

			02/10/2014 - Qué hacer

			03/10/2014 - Avisos, advertencias y desafíos

			04/10/2014 - Iglesia y soberanismo

			05/10/2014 - ‘Kompromat’

			06/10/2014 - Sis d’Octubre

			07/10/2014 - El arte de la retirada

			08/10/2014 - Pedro Sánchez, ¿un segundo Zapatero?

			09/10/2014 - Lo de España no tiene nombre

			10/10/2014 - Junqueras y Rodríguez de la Borbolla, azar en Sevilla

			11/10/2014 - Aires de motín en el palacio de cristal

			12/10/2014 - Elecciones generales y municipales en mayo, una hipótesis que considerar

			13/10/2014 - Recuerdo de un 12 de Octubre

			14/10/2014 - Catalunya y el principio de realidad

			15/10/2014 - Little Italy

			16/10/2014 - La hora de Madrid

			17/10/2014 - Los neumáticos adherentes

			18/10/2014 - Papeles de Suresnes: El PSOE autodeterminado

			19/10/2014 - Informe al Comité Central

			20/10/2014 - Lío en Génova

			21/10/2014 - La jerga catalana

			22/10/2014 - Podemos y Catalunya

			23/10/2014 - Avanza el tercerismo

			24/10/2014 - El cráter Pujol; el cráter Aznar

			25/10/2014 - Mediterráneo con gas

			26/10/2014 - Carne Trémula

			27/10/2014 - Todo comenzó con los irmandiños

			28/10/2014 - La quiebra moral

			29/10/2014 - En caso de urgencia, agite Catalunya

			30/10/2014 - Octubre

			31/10/2014 - Weidmann alucina

			1/11/2014 - Una inquietante sucesión de errores

			2/11/2014 - Conversación con Pablo Iglesias

			3/11/2014 - La presión que viene de abajo

			4/11/2014 - Europa nos observa

			5/11/2014 - El alfiler y el elefante

			6/11/2014 - Pedro Arriola tiene un problema

			7/11/2014 - La zona de ruptura

			8/11/2014 - Paralelas que convergen

			9/11/2014 - Los vivos y los muertos

			10/11/2014 - Protesta general catalana

			11/11/2014 - El contragolpe

			12/11/2014 - Una derecha asustada

			13/11/2014 - Empapelando

			Sobre el autor





		 			Prólogo

			Notas de otoño

			Siempre me ha apetecido escribir un dietario y creo que me quedaré con las ganas. Este pasado verano, de viaje por la otra orilla del Atlántico, pensé en la posibilidad de escribir unas notas diarias sobre los acontecimientos políticos que iban a transcurrir entre el 11 de septiembre y el 9 de noviembre del 2014, periodo determinado por tres convocatorias: el Onze de Setembre catalán, coincidiendo con el 300 aniversario del asedio y capitulación de Barcelona en la Guerra de Sucesión; el referéndum sobre la independencia de Escocia, y la consulta sobre la autodeterminación de Catalunya, deseada por la Generalitat y buena parte de los partidos políticos catalanes, y rechazada desde el primer momento por el Gobierno español. Del once del nueve al nueve del once. Setenta días de alto voltaje.

			Pensé inicialmente en unas notas cortas, a modo de dietario, para publicar en la edición digital de ‘La Vanguardia’. Regresé de Brasil contento de haber podido compartir unos días con mi hija mayor y con ganas de escribir. Le expuse la idea al director, Màrius Carol, y este me animó a arrancar el curso con una serie de artículos diarios. Aires de principios de septiembre, ese momento en el que tantas cosas nos vuelven a parecer nuevas. La edición digital, sin embargo, contiene una trampa: no gasta papel. La longitud de los textos carece de una estricta limitación física. Y yo tenía ganas de escribir. Muchas ganas de escribir. No logré, ni un solo día, el formato de dietario que había pensado en un principio. Me salían textos más largos, más analíticos, en los que iba exponiendo ideas e impresiones maduradas a lo largo de meses. En definitiva, mi visión de Catalunya. Cada artículo superaba los cuatro folios y una idea convocaba la siguiente, al hilo de la actualidad.

			Viajé a Escocia y tuve la oportunidad de captar, por encima de todo, una atmósfera. La atmósfera de la vieja democracia británica. La atmósfera de la vieja libertad política. Democracia madurada en barrica, con bufanda a cuadros y sabor a madera ahumada. El referéndum de Escocia fue muy aleccionador. A medida que transcurrían las semanas, lo que al principio parecía una crónica muy circunscrita a los acontecimientos políticos catalanes se fue convirtiendo en una crónica general española, puesto que a lo largo del mes de octubre pasaron algunas cosas importantes. ¿Qué ocurrió en octubre? Los tambores de julio y agosto volvieron a sonar, con intensidad. A finales de julio se había conocido la confesión de Jordi Pujol aceptando la existencia de un fondo de dinero opaco en Andorra, cuyo origen, según la versión ofrecida por el ex presidente de la Generalitat, sería un legado paterno. Aquella confesión tuvo un impacto tremendo en la opinión pública y aunque no tuvo efectos desmovilizadores sobre la convocatoria del Onze de Setembre, es indudable que significó una nueva brecha en la maltrecha relación de confianza entre la gente y la política profesional. La figura patriarcal de Jordi Pujol se desplomó en vertical. En mi opinión, el caso Pujol ha abierto un cráter radioactivo en Catalunya cuyos efectos se harán sentir, de manera más silente que ruidosa, durante un largo periodo de tiempo. En octubre, los tambores del escándalo volvían a resonar, esta vez referidos a las estructuras financieras y económicas de Madrid. El asunto de las tarjetas negras de Caja Madrid, la sonora divulgación de los gastos insultantes de parte de la nomenclatura madrileña en tiempos de austeridad; la reaparición del caso Bárcenas con la imputación del ex ministro del Interior y ex secretario general del Partido Popular, Ángel Acebes, preámbulo de la posterior dimisión de la ministra Ana Mato; la detención del ex número dos de la Comunidad de Madrid, Franscisco Granados y de diversos alcaldes de la región, entre ellos, algunos cargos municipales socialistas, dibujaban un cuadro desolador de la actualidad española, festoneada por la alarmante infección de ébola en un hospital de Madrid, que, en un primer momento, dejó descolocado al Gobierno. Un octubre de fuerte desgaste político, rematado con la aparición de los primeros sondeos que colocaban a la nueva formación política Podemos en primera o segunda posición en intención de voto, cuestionando la tradicional primacía del Partido Popular y del Partido Socialista Obrero Español. Un octubre para recordar.

			Nunca hubo dietario. Ese fue una ilusión estival. En su lugar, setenta y tres crónicas que suman más de trescientos folios. Un libro. Las titulé ‘Código 11-9-11’, a modo de juego con el lector. El capicúa de las fechas, del once del nueve al nueve del once, como un código que merecía ser descifrado. No sé si lo conseguí, pero quedé extenuado en el intento. En esas crónicas, que no hojas sueltas de un dietario distante y relajado, están los principales acontecimientos de un corto periodo de tiempo que puede haber introducido cambios de largo recorrido en la política española. Se habla y escribe estos días del final del régimen de 1978 y algunos observadores lo hacen con total convicción y convencimiento. Yo no me atrevo a tanto. Sólo sé que entre el once del nueve y el nueve del once se oyeron algunos crujidos que nunca antes se habían escuchado en la vida pública de este país. Lo que vaya a ocurrir más adelante no creo que esté predestinado. El Código 11-9-11 es el retrato de un momento muy singular. Fue duro, pero sigo teniendo ganas de escribir.



			Enric Juliana

			Madrid, 11 de diciembre del 2014





		 			1 septiembre 2014

			Código 11-9-11

			Comienzan tres meses políticamente apasionantes en los que se van a poner a prueba las cuadernas de la política española y los muelles de la sociedad catalana

			El jefe del Gobierno, Mariano Rajoy, y el presidente de la Generalitat, Artur Mas, en una reunión en el Palacio de la Moncloa para tratar, entre otros asuntos, la consulta soberanista. FOTÓGRAFO: Emilia Gutiérrez. CRÉDITO: LVE

			Comienzan tres meses políticamente apasionantes en los que se van a poner a prueba las cuadernas de la política española y los muelles de la sociedad catalana. El cuadro institucional español se halla ante una situación inédita desde la restauración de la democracia. Y Catalunya vive una movilización social nunca vista, que ha coagulado alrededor de una idea aparentemente simple, que conecta con el núcleo principal de los actuales malestares europeos: “Volem votar”. “Queremos votar”.

			Un eslogan de alta eficacia persuasiva en tiempos de padecimiento social y de grandes decepciones. Puesto que no podemos decidir sobre el curso general de los acontecimientos, quisiéramos decidir sobre aquello que nos es más próximo: los recursos y la capacidad de acción política de nuestra comunidad. Esta es la idea que ha triunfado en Catalunya. Una idea que hoy está presente en otras regiones de Europa en estado latente o parcial, puesto que su coagulación como programa hegemónico requiere de unas determinadas condiciones de humedad, calor, presión atmosférica, tradición histórica, economía, demografía, idioma, identidad cultural, espacio de debate público, sistema educativo, trasfondo religioso, sistema de competición entre partidos, ley electoral y una cierta psicología colectiva: voluntad de ser y deseos de continuidad. Condiciones que pueden definir un marco nacional.

			Catalunya ha coagulado como nación. Sosiéguense los irritados. La Constitución de 1978 estuvo muy cerca de inscribir Catalunya en el registro nacional. El artículo 2 dice que España está compuesta por “nacionalidades y regiones”. Es la primera vez en la historia de España que un texto constitucional distingue entre compuestos diferentes. Bastaría un cierto ajuste para acabar de afinar este principio dual, insisto, inédito en la historia de España. Aunque hoy parezca del todo imposible, no debe descartarse que esta mutación se produzca en un plazo relativamente corto de tiempo (no mañana, ni pasado mañana, me refiero al corto-medio plazo del tiempo político).

			Lo escribiré de otra manera, Catalunya ha acabado de madurar como realidad nacional gracias a la Constitución de 1978. La cuestión ahora es la siguiente: se ajusta la Constitución, para que esta pueda reabsorber y enmarcar la dinámica realmente existente en la comunidad que encabeza el PIB español; se desborda la Constitución (este es el objetivo de los independentistas, pero no el de todos los que defienden la consulta); o se abre una dinámica de represión, posible en algunos aspectos, pero difícil de congeniar con los estándares democráticos europeos, hoy puestos en tensión en Ucrania por la potencia rusa.

			Desbordamiento y represión topan con Europa, en un momento crítico, muy crítico, en su frontera oriental. Mal momento para poner en tensión el glacis occidental.

			El trimestre que hoy comenzamos no resolverá el trilema, pero mostrará con mayor claridad cuáles son las líneas de fuerza y las expectativas razonables a corto y medio plazo. Once del nueve y nueve del once. Estas son las dos fechas de referencia. 11-9-11. Este será el encabezamiento de una serie de apuntes diarios sobre el trimestre que nos aguarda. Un código irónico. 11911. Número que no se altera si se invierte el orden de sus cifras. Capicúa. Una simpática expresión catalana, absorbida por el léxico castellano, que sugiere buena suerte. La vamos a necesitar.





		 			2 septiembre 2014

			Andorra entra en la historia de España

			Montoro, al galope en el Congreso, muestra la cabeza de Pujol con un mensaje: soberanismo es corrupción

			Oficinas de BPA y And Bank en Andorra. FOTÓGRAFO: Ramon Costa.

			Hoy se produce en Madrid una significativa coincidencia. Comparecencia del ministro de Hacienda en el Congreso para informar “sobre los avances en la lucha contra el fraude fiscal” y visita del jefe de Gobierno de Andorra, Antoni Martí, al presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, en el palacio de la Moncloa.

			Montoro ha hablado esta mañana, con gran dureza dialéctica, sobre los cuantiosos fondos que la familia Pujol ha reconocido tener en Andorra, después de haber sido detectados por la policía española, presuntamente gracias a la delación de un empleado de banca. Martí y Rajoy hablarán, oficialmente, de las negociaciones en curso entre España y Andorra para evitar la doble imposición, medida útil para la prevención del fraude fiscal. Hablarán también, sin duda alguna, del caso Jordi Pujol, un bombazo del que aún no se conocen todas las consecuencias, jurídicas y políticas, más allá de la fulminante muerte civil del expresidente de la Generalitat. En una misma mañana, potente foco sobre la familia Pujol en el Congreso e imagen de colaboración de Andorra con España. En la Moncloa no habrá conferencia de prensa, ni están previstas declaraciones del señor Martí a la prensa.

			Había expectación esta mañana en el Congreso para escuchar a Montoro. Había interés por ver con qué intensidad el Gobierno del PP manejaba el foco. Máxima intensidad. Alto voltaje. Montoro ha salido en tromba, presentando el caso Pujol como el gran paradigma del fraude fiscal en España. El más escandaloso. El más pérfido. Cima de la corrupción. Con un lenguaje descarnado, jamás empleado por el Gobierno en otros casos recientes, Montoro ha intentado pulverizar lo poco que queda de la imagen pública del expresidente de la Generalitat, subrayando la fuerte vinculación de su figura con el movimiento soberanista catalán. Y ha enviado un mensaje a CiU: “Iremos hasta el final”.

			Independentismo igual a corrupción. Soberanismo igual a corrupción. Catalanismo igual a corrupción. Gracias al Estado, gracias a la fortaleza del Estado central, los ciudadanos catalanes, honrados y trabajadores, no acabarán de ser esquilmados por una elite corrupta que pretende manipularlos y embarcarlos en aventuras políticas equivocadas. En síntesis, este ha sido el mensaje del ministro de Hacienda, redactado en lenguaje ‘montorés’, es decir, directo, rudo, sin rodeos y directo a la cabeza. Un comentario de Carlos Cué, corresponsal político de ‘El País’ en Twitter me parece relevante: “Llevo unos cuantos años en el Congreso y nunca había visto una comparecencia así”. El lenguaje ‘montorés’ es eficaz para el telediario de las tres, pero en algunas curvas derrapa. Ha hablado de Jordi Pujol, en términos durísimos, y de ‘don’ Luis Bárcenas.

			La conclusión es clara, el Gobierno está dispuesto a explotar a fondo el caso Pujol con cinco objetivos, al menos: advertencia a CiU, desmoralizar al soberanismo, alejar a los ciudadanos catalanes que no están por la independencia de la zona de influencia del ‘derecho a decidir’, aparecer ante el conjunto de la población española como un rocoso adversario de cualquier tentación separatista, y atravesar el bucle de la desconfianza ciudadana, reivindicando el papel del Estado como garantía última de estabilidad. El PP forma parte del problema, es verdad –caso Bárcenas, don Luis Bárcenas–, pero la derecha española se aferra al misterio de la Santísima Trinidad. Un discurso trinitario: partido, gobierno y Estado; tres figuras distintas que, en última instancia, se funden en la autoridad el Estado. Todo está muy mal, nosotros hemos pecado, es cierto, pero la fuerza suprema del Estado nos redimirá a todos. El Gobierno comienza el curso con el objetivo de apoderarse de la bandera de la regeneración. El primer paso ha consistido en aparecer esta mañana en el Congreso y ante las cámaras de televisión con la cabeza de Jordi Pujol en la mano. Será exhibida en público dentro de una jaula para escarnio y escarmiento general.

			La visita de Martí a Rajoy ofrece una estampa de subordinación de Andorra al Gobierno de España. Lo parece y probablemente lo es. Quizá por ello, la magistratura andorrana anunció ayer –precisamente ayer– que acepta con condiciones la comisión rogatoria solicitada por el juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz, para investigar las cuentas de Jordi Pujol Ferrusola en el principado, por un posible delito de blanqueo de capitales. La juez encargada de elaborar el dictamen ha decidido mantener en suspenso, durante un mes, la citada comisión rogatoria, para que la parte afectada pueda aportar elementos en su defensa. Dentro de 30 días tomará una decisión definitiva. Garantismo.

			En pocas palabras, la magistratura del principado ha venido a recordar que Andorra se halla a mitad de camino entre las islas Caimán y Luxemburgo. No es un paraíso fiscal –en el 2009 logró ser excluida de la lista de paraísos fiscales de la OCDE–, pero tampoco es un enclave bancario miembro de pleno derecho de la Unión Europea. A Andorra le interesa seguir teniendo una banca atractiva por su discreción –baja fiscalidad y mucha privacidad, sin llegar a la total opacidad–, y a la vez necesita mantener las mejores relaciones posibles con los estados español y francés y con las autoridades comunitarias. Diversos bancos andorranos tienen ficha para operar en España y hay importantes inversiones andorranas en territorio español, no sólo en Barcelona.

			El primer ministro Martí tiene una buena sintonía personal con Rajoy (lo recordaba el pasado domingo el periodista Ramon Aymerich en un imprescindible informe sobre Andorra y el caso Pujol publicado en ‘La Vanguardia’). El antecesor de Martí, el socialdemócrata Jaume Bartomeu (presidente entre el 2009 y el 2011), artífice de la salida de Andorra de la lista de paraísos fiscales, simpatizó de joven con el grupo Bandera Roja en la Universitat de Barcelona y cuenta con buenos amigos en la izquierda catalana. Y atrás han quedado dos relevantes figuras de la política y la economía andorranas, Marc Forné y Òscar Ribas, con estrechos vínculos con el nacionalismo catalán en los años ochenta y noventa. Dicho en pocas palabras, la influencia política de CiU en Andorra es hoy limitada. Los tiempos han cambiado. Matices, matices, matices que conviene tener en cuenta para descifrar el código 11-9-11.

			El caso Pujol incomoda a Andorra. Sus bancos no quieren perder la atractiva marca de la privacidad, pero su actual estatus internacional exige buenas relaciones con Madrid, Bruselas y otras capitales europeas. Andorra tiene mucho que ver con Catalunya, pero no es un anexo de Catalunya. Moviéndose por este enrevesado cruce de intereses, la unidad de delitos fiscales de la policía española consiguió perforar en junio algunas de las cuentas de la familia Pujol en Andorra y generó lo que en Rusia llaman un ‘kompromat’, contracción de ‘komprometiruishiy material’: material comprometido, susceptible de ser utilizado políticamente mediante filtración. Un potentísimo ‘kompromat’ que colocó contra las cuerdas a toda la familia Pujol, obligó a Jordi Pujol a una tremenda confesión pública –se supone que en beneficio de la defensa de su hijo mayor–, lo que provocó un cráter de colosales dimensiones en la política catalana en vísperas del 11-9-11. Una sacudida cuyas importantes consecuencias a corto y medio plazo no se pueden negar, ni minimizar. Se ha hundido un mito político y se han roto los últimos diques que impedían una mayor ola de desconfianza social en la política, una ola que recorre toda España, sin excepción, ni distinción. Como decía hace dos semanas el semanario británico ‘The Economist’: “El constructor del orgullo nacional catalán ahora lo está minando”. El cráter es enorme y la radiación intensa. Algo importante se ha roto en Catalunya. Esta mañana ha podido comprobarse en el Congreso de los Diputados. Mejor será no ignorarlo.

			Montoro ha hablado esta mañana, con gran dureza dialéctica, sobre los cuantiosos fondos que la familia Pujol ha reconocido tener en Andorra, después de haber sido detectados por la policía española, presuntamente gracias a la delación de un empleado de banca. Martí y Rajoy hablarán, oficialmente, de las negociaciones en curso entre España y Andorra para evitar la doble imposición, medida útil para la prevención del fraude fiscal. Hablarán también, sin duda alguna, del caso Jordi Pujol, un bombazo del que aún no se conocen todas las consecuencias, jurídicas y políticas, más allá de la fulminante muerte civil del expresidente de la Generalitat. En una misma mañana, potente foco sobre la familia Pujol en el Congreso e imagen de colaboración de Andorra con España. En la Moncloa no habrá conferencia de prensa, ni están previstas declaraciones del señor Martí a la prensa.

			Había expectación esta mañana en el Congreso para escuchar a Montoro. Había interés por ver con qué intensidad el Gobierno del PP manejaba el foco. Máxima intensidad. Alto voltaje. Montoro ha salido en tromba, presentando el caso Pujol como el gran paradigma del fraude fiscal en España. El más escandaloso. El más pérfido. Cima de la corrupción. Con un lenguaje descarnado, jamás empleado por el Gobierno en otros casos recientes, Montoro ha intentado pulverizar lo poco que queda de la imagen pública del expresidente de la Generalitat, subrayando la fuerte vinculación de su figura con el movimiento soberanista catalán. Y ha enviado un mensaje a CiU: “Iremos hasta el final”.

			Independentismo igual a corrupción. Soberanismo igual a corrupción. Catalanismo igual a corrupción. Gracias al Estado, gracias a la fortaleza del Estado central, los ciudadanos catalanes, honrados y trabajadores, no acabarán de ser esquilmados por una elite corrupta que pretende manipularlos y embarcarlos en aventuras políticas equivocadas. En síntesis, este ha sido el mensaje del ministro de Hacienda, redactado en lenguaje ‘montorés’, es decir, directo, rudo, sin rodeos y directo a la cabeza. Un comentario de Carlos Cué, corresponsal político de ‘El País’ en Twitter me parece relevante: “Llevo unos cuantos años en el Congreso y nunca había visto una comparecencia así”. El lenguaje ‘montorés’ es eficaz para el telediario de las tres, pero en algunas curvas derrapa. Ha hablado de Jordi Pujol, en términos durísimos, y de ‘don’ Luis Bárcenas.

			La conclusión es clara, el Gobierno está dispuesto a explotar a fondo el caso Pujol con cinco objetivos, al menos: advertencia a CiU, desmoralizar al soberanismo, alejar a los ciudadanos catalanes que no están por la independencia de la zona de influencia del ‘derecho a decidir’, aparecer ante el conjunto de la población española como un rocoso adversario de cualquier tentación separatista, y atravesar el bucle de la desconfianza ciudadana, reivindicando el papel del Estado como garantía última de estabilidad. El PP forma parte del problema, es verdad –caso Bárcenas, don Luis Bárcenas–, pero la derecha española se aferra al misterio de la Santísima Trinidad. Un discurso trinitario: partido, gobierno y Estado; tres figuras distintas que, en última instancia, se funden en la autoridad el Estado. Todo está muy mal, nosotros hemos pecado, es cierto, pero la fuerza suprema del Estado nos redimirá a todos. El Gobierno comienza el curso con el objetivo de apoderarse de la bandera de la regeneración. El primer paso ha consistido en aparecer esta mañana en el Congreso y ante las cámaras de televisión con la cabeza de Jordi Pujol en la mano. Será exhibida en público dentro de una jaula para escarnio y escarmiento general.

			La visita de Martí a Rajoy ofrece una estampa de subordinación de Andorra al Gobierno de España. Lo parece y probablemente lo es. Quizá por ello, la magistratura andorrana anunció ayer –precisamente ayer– que acepta con condiciones la comisión rogatoria solicitada por el juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz, para investigar las cuentas de Jordi Pujol Ferrusola en el principado, por un posible delito de blanqueo de capitales. La juez encargada de elaborar el dictamen ha decidido mantener en suspenso, durante un mes, la citada comisión rogatoria, para que la parte afectada pueda aportar elementos en su defensa. Dentro de 30 días tomará una decisión definitiva. Garantismo.

			En pocas palabras, la magistratura del principado ha venido a recordar que Andorra se halla a mitad de camino entre las islas Caimán y Luxemburgo. No es un paraíso fiscal –en el 2009 logró ser excluida de la lista de paraísos fiscales de la OCDE–, pero tampoco es un enclave bancario miembro de pleno derecho de la Unión Europea. A Andorra le interesa seguir teniendo una banca atractiva por su discreción –baja fiscalidad y mucha privacidad, sin llegar a la total opacidad–, y a la vez necesita mantener las mejores relaciones posibles con los estados español y francés y con las autoridades comunitarias. Diversos bancos andorranos tienen ficha para operar en España y hay importantes inversiones andorranas en territorio español, no sólo en Barcelona.

			El primer ministro Martí tiene una buena sintonía personal con Rajoy (lo recordaba el pasado domingo el periodista Ramon Aymerich en un imprescindible informe sobre Andorra y el caso Pujol publicado en ‘La Vanguardia’). El antecesor de Martí, el socialdemócrata Jaume Bartomeu (presidente entre el 2009 y el 2011), artífice de la salida de Andorra de la lista de paraísos fiscales, simpatizó de joven con el grupo Bandera Roja en la Universitat de Barcelona y cuenta con buenos amigos en la izquierda catalana. Y atrás han quedado dos relevantes figuras de la política y la economía andorranas, Marc Forné y Òscar Ribas, con estrechos vínculos con el nacionalismo catalán en los años ochenta y noventa. Dicho en pocas palabras, la influencia política de CiU en Andorra es hoy limitada. Los tiempos han cambiado. Matices, matices, matices que conviene tener en cuenta para descifrar el código 11-9-11.

			El caso Pujol incomoda a Andorra. Sus bancos no quieren perder la atractiva marca de la privacidad, pero su actual estatus internacional exige buenas relaciones con Madrid, Bruselas y otras capitales europeas. Andorra tiene mucho que ver con Catalunya, pero no es un anexo de Catalunya. Moviéndose por este enrevesado cruce de intereses, la unidad de delitos fiscales de la policía española consiguió perforar en junio algunas de las cuentas de la familia Pujol en Andorra y generó lo que en Rusia llaman un ‘kompromat’, contracción de ‘komprometiruishiy material’: material comprometido, susceptible de ser utilizado políticamente mediante filtración. Un potentísimo ‘kompromat’ que colocó contra las cuerdas a toda la familia Pujol, obligó a Jordi Pujol a una tremenda confesión pública –se supone que en beneficio de la defensa de su hijo mayor–, lo que provocó un cráter de colosales dimensiones en la política catalana en vísperas del 11-9-11. Una sacudida cuyas importantes consecuencias a corto y medio plazo no se pueden negar, ni minimizar. Se ha hundido un mito político y se han roto los últimos diques que impedían una mayor ola de desconfianza social en la política, una ola que recorre toda España, sin excepción, ni distinción. Como decía hace dos semanas el semanario británico ‘The Economist’: “El constructor del orgullo nacional catalán ahora lo está minando”. El cráter es enorme y la radiación intensa. Algo importante se ha roto en Catalunya. Esta mañana ha podido comprobarse en el Congreso de los Diputados. Mejor será no ignorarlo.





		 			3 septiembre 2014

			El nuevo eslogan: soberanismo es corrupción

			El Gobierno decide sacar todo el provecho posible del caso Pujol, esa brecha le fascina

			Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y Administraciones Públicas. FOTÓGRAFO: Juanjo Martín. CRÉDITO: EFE.

			La intervención del ministro Cristóbal Montoro en el Congreso ha provocado un efecto no sé si calculado por el Gobierno de España. Las palabras del ministro de Hacienda han irritado a gente que está muy enfadada con Jordi Pujol y su familia. Indignada por el fraude fiscal, por la ocultación del mismo, por el abrupto contraste entre la evasión fiscal y los constantes discursos moralistas del expresidente. Montoro ha conseguido irritar a gente más que enfadada por la estrategia defensiva de Pujol, claramente supeditada a la protección de su hijo mayor, un personaje que no se salvará del más radical oprobio, en el supuesto, improbable, de que logre salir indemne de las acciones penales que le van a caer encima.

			Montoro ha herido la moral de gente que ya estaba desmoralizada por el degradante final de un hombre en el que habían confiado y admirado. Gente dolida, gente desfondada, gente desmovilizada. Gente que votó toda su vida a CiU y que hoy dice que se va a abstener por los siglos de los siglos, o que dará su papeleta a Podemos, para pegarle una buena patada a un sistema político hipócrita. Otros, evidentemente, votarán a ERC. No estoy fabulando. Este sentimiento existe entre electores del partido que ha gobernado Catalunya durante más de veintisiete años. (Veintisiete sobre un total de treinta y cuatro años de autonomía).

			La analogía entre soberanismo y corrupción fue ayer demoledora. La fábrica de ideas del Partido Popular siempre ha manejado con bastante desenfado y eficacia las técnicas de la analogía. Pujol, padre del moderno nacionalismo catalán, ha defraudado a Hacienda durante 34 años y algunos de sus hijos son sospechosos de otros oscuros manejos, por lo tanto, su culpa se proyecta sobre todo el soberanismo catalán y si forzamos un poco más el argumento, se proyecta sobre toda la sociedad catalana. Un reciente editorial del diario ‘Abc’ prefiguraba esta idea con las siguientes afirmaciones: “El nacionalismo catalán se ha instalado fuera de las reglas de la moral pública, no sólo de los principios legales y democráticos” (…) “Es una elite que lleva la corrupción en su código genético”. Código genético, glups. La genética dejó de ser arma de combate político, en Europa, al concluir la Segunda Guerra Mundial. La fábrica de ‘frames’ se ha puesto en marcha: soberanismo es igual a corrupción.

			Evidentemente, si un partido o un periódico relevante afirmase que el caso Gürtel define a todo el Partido Popular como una organización delictiva, tendríamos un escándalo. Es verdad, en Twitter se pueden encontrar afirmaciones de ese cariz, pero no estamos hablando de los trinos electrónicos, estamos hablando de la técnica argumental del ministro de Hacienda en el Congreso de los Diputados. (Montoro, por cierto, se refirió al extesorero y administrador del PP, encerrado hace más de un año en la prisión de Soto del Real, como “don Luis Bárcenas”).

			Imaginemos también que una relevante personalidad española afirmase públicamente que el caso de los ERE en Andalucía invalida todo el ideario socialdemócrata. Sí, es verdad, alguna invectiva de ese tipo puede leerse en alguna columna de prensa de Madrid, pero es difícil que lo oigamos en el Congreso. Podríamos poner muchos más ejemplos. En las magníficas biografías que hace unos meses se publicaron en todos los periódicos sobre Adolfo Suárez se recordó con mucha discreción, o ni siquiera se recordó, su relación con el banquero Mario Conde, que ayudó a financiar el CDS con 300 millones de pesetas sustraídos de Banesto mediante una anotación contable falsa. (Así lo declaró al juez en 1992 uno de los acusados por el monumental desfalco en Banesto). Adolfo Suárez, como es bien sabido, tuvo funerales de Estado.

			Lo de Jordi Pujol es distinto. Pujol ha liderado durante más de cuarenta años una corriente política que cuestiona o pone en discusión algunos de los elementos estructurales del Estado español. En alianza con otras fuerzas, esta corriente consiguió inscribir en la Constitución de 1978 principios que aún no han sido digeridos por un sector significativo de la derecha. Por ejemplo, el artículo 2, donde se afirma que España está compuesta por “nacionalidades y regiones”. (Los promotores de este redactado fueron Jordi Solé Tura, del PSUC, y Miquel Roca Junyent, de CDC, contando con el apoyo del socialista Gregorio Peces-Barba, cuando en el que el PSOE aún defendía que España era una “nación de naciones”). Pujol es distinto, porque como dijo ayer Montoro, mientras defraudaba a Hacienda se convertía en adalid del independentismo catalán. La caída de Pujol, espectacular, tremenda e inapelable, es un hecho político de primera magnitud que el Gobierno ha buscado con ahínco. El ministro reconoció que el expresidente y su entorno venían siendo investigados desde antes del año 2000.

			Ayer mismo, mientras Montoro establecía la analogía entre corrupción y soberanismo, el presidente del Gobierno recibía al primer ministro de Andorra, país en el que se ha puesto el descubierto el “tesoro” de los Pujol, supuestamente por la delación de un directivo bancario descontento. Sin esa delación, el curso político habría empezado de otra manera.

			Algunas personas –catalanas, pero no sólo catalanas– se sintieron ofendidas con Montoro, que leyó su discurso, para así dejar claro que no estaba improvisando. Otras personas, menos susceptibles, se preguntaron desde la más absoluta racionalidad, por qué diablos el Gobierno no deja que los hechos hablen por sí solos, sin empujarlos. Este parece ser el sino de la derecha española: cuando tiene al adversario en el suelo, malherido, humillado y en posición ridícula, necesita pisotearlo. ¿Por qué?

			(En Italia esa actitud recibe un nombre muy musical: ‘stravincere’. Vencer en exceso. Allí suele estar mal visto.)





		 			4 septiembre 2014

			“Y si gana Esquerra, mejor”

			En sectores del PP circula la idea de que una victoria de ERC contribuiría al colapso político catalán

			Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y Administraciones Públicas. FOTÓGRAFO: Dani Duch. CRÉDITO: LVE

			La intervención de Cristóbal Montoro en el Congreso de los Diputados a propósito del caso Pujol ha cosechado algunas críticas en la prensa –no sólo en la prensa de Barcelona– por un exceso de trilita en sus palabras. “Ya sabéis cómo es Montoro”, se comentaba ayer, en Madrid, en círculos del Partido Popular.

			¿Un arrebato? Montoro tiene su carácter, pero todo indica que compareció con un guión preestablecido. Un guión que pasaría por el máximo debilitamiento posible de Convergència Democràtica de Catalunya, el partido guía de la amplia corriente soberanista catalana. “El separatismo se ha quedado sin fetiche y el coloso se convertirá en un pegote, en un pingajo. Ya empiezan a movilizarse los iconoclastas”, escribía ayer, a la castiza manera, Raúl del Pozo, para mí el más genuino columnista madrileño (‘El Mundo’). El más expresivo y el que transmite de una manera más colorista la sensibilidad dominante en la capital de España a pie de calle.

			No voy a cometer la grosería de adjudicar el timbre fuertemente agresivo del ministro de Hacienda al “código genético” de la derecha española, para no emular al editorialista del diario ‘Abc’ que hace unos días atribuía los casos de corrupción detectados en Catalunya al “código genético” del catalanismo. En Alemania, una afirmación de este tipo –apelar a la genética para culpabilizar un grupo humano– podría acabar ante un tribunal de justicia. Hay cosas que sólo se pueden escribir desde un profundo resentimiento, y en tal caso resulta aconsejable pedir auxilio a la psiquiatría.

			La acerada intervención del ministro de Hacienda en el Congreso obedece a una estrategia política, fríamente ponderada por los grupos de trabajo formados en la Moncloa para analizar, día tras día, sin pausas, ni vacaciones, la compleja situación catalana. La valiosa información obtenida por la policía fiscal sobre la existencia de unas cuentas de la familia Pujol en Andorra –información que, supuestamente, habría sido facilitada a la UDEF por un directivo de banca dispuesto a vender datos confidenciales– ha abierto una importante brecha. Y cuando se abre una brecha, la artillería no tarda en volver a disparar para agrandar el boquete. Creo que esto es lo que puede ocurrir en los próximos días.

			Cien años después de la Gran Guerra, en el tiempo posmoderno, las batallas de verdad, las batallas cruentas, las batallas con muertos y heridos, se producen en las periferias del sistema occidental. Lo estamos viendo en Ucrania, en Oriente Medio, en Sudán, en el Sahel… En el recinto central, en el interior del Palacio de Cristal, como diría el filósofo alemán Sloterdijk, las ‘batallas’ se producen en el terreno de la competición económica, del dominio de la información y de la fabricación de hegemonía cultural. El primer objetivo que batir es la reputación de los adversarios. Lo estamos viendo.

			“El soberanismo catalán tiene dos pilares; uno de ellos puede derrumbarse como consecuencia del caso Pujol y de sus secuelas; si ese pilar se derrumba, vamos a ver si el otro pilar es capaz de soportar todo el peso de la situación. Quizá asistamos a la implosión del movimiento soberanista. Digo implosión, no explosión”. Este es el diagnóstico que me transmitía hace unos días una persona próxima al Gobierno. Los hechos de las últimas semanas corroboran que esta es la estrategia en curso: debilitar a Convergència Democràtica para que dé marcha atrás o sucumba.

			¿El PP desea una próxima victoria electoral de Esquerra Republicana? ¿Quiere tener a ERC como interlocutor?

			“Ni lo deseamos, ni lo dejamos de desear. Si un pilar se derrumba, veremos si el otro es capaz de gestionar y resistir la situación creada. Y veremos qué opina la sociedad catalana al respecto”, concluyó mi interlocutor.

			No es una estrategia nueva. Quien conozca un poco la política madrileña habrá oído más de una vez la siguiente expresión en los últimos meses: “Que Catalunya se cueza en su propia salsa. Que prueben a Esquerra Republicana durante una temporada y ya vendrán a pedir ayuda”. José María Aznar lo formuló de una manera más cruda y directa hace dos años: “Antes de que se rompa España, se romperá Catalunya”. Según algunos observadores madrileños, este escenario podría estar próximo. En estos momentos –en estos momentos, insisto–, el pensamiento dominante en el Partido Popular y en el Gobierno parece ir en esta dirección. Ello ayudaría a explicar la virulencia de Montoro en el Congreso, aderezada por su estilo personal.

			Hay más factores en juego, sin embargo. Una potente focalización del caso Pujol relativiza de alguna manera el caso Bárcenas, el caso Gürtel, el caso ERE, el caso Noos y otros asuntos sucios, multiplicando el nihilismo social –“¡todos son iguales!”–, incrementando la indignación ciudadana y los deseos de enviar todo el sistema político e institucional a paseo. El escándalo de los Pujol ha abierto un enorme cráter en Catalunya, pero su radiación se expande por toda España, donde el líder catalán siempre fue observado con respeto por la mayoría. Su fulminante caída también ha decepcionado y ha dejado perplejos a muchos españoles no catalanes. A corto plazo, el caso Pujol favorece las expectativas electorales de la plataforma Podemos, principal recolectora de la ira ciudadana en estos momentos.

			En este contexto, el Gobierno ha decidido comenzar el curso con la bandera de la “regeneración”. Regeneración desde arriba, antes de que todo estalle desde abajo. El PP ha planteado, entre otras medidas, una drástica reducción de los aforamientos y una modificación del sistema electoral municipal –propuesta que parece inclinarse por la introducción de una segunda vuelta, no restringida a los dos primeros partidos– en teoría orientada reforzar las mayorías y evitar el filibusterismo de las minorías. Una reforma que hasta la fecha el PSOE sigue rechazando por considerarla “una cacicada”.

			El caso Pujol no sólo golpea la política catalana y deja a CDC medio noqueada. También pone el foco en la denominada ‘amnistía fiscal’, regularización de fondos en el extranjero, autorizada por el Gobierno en el punto más álgido de la crisis. En términos estrictamente jurídicos no está claro en estos momentos que Hacienda pueda acusar a los Pujol de haber cometido delito fiscal, si la familia logra acreditar documentalmente que los fondos en Andorra estaban en el pequeño principado desde el año 2008. Esta circunstancia ayudaría a entender, desde otro ángulo, las palabras y el tono del ministro de Hacienda. Montoro acentuó el mensaje político ante la complejidad jurídica del caso. Los Pujol han escogido buenos abogados, que en estos momentos marcan la pauta del expresidente de la Generalitat, para desgracia y desespero del grupo dirigente de CDC.

			Las coyunturas políticas descubren su complejidad a medida que intentamos desmenuzarlas. Hay estrategias en curso, evidentemente, pero en una situación como la actual sería bueno no caer en la idea de que todo discurre de acuerdo con planes perfectamente planificados. Hay ajedrez, por supuesto. Hay grupos de inteligencia trabajando, es cierto. Pero también hay mucha improvisación y angustia en Barcelona y en Madrid. Código 11-9-11.





		 			5 septiembre 2014

			Una inesperada reunión en Moncloa

			Rosa Díez pide ayuda a Rajoy bajo el manto de Catalunya

			Mariano Rajoy y Rosa Díez reunidos en el Palacio de la Moncloa. FOTÓGRAFO: Dani Duch. CRÉDITO: LVE.

			Rosa Díez ha pedido ayuda a Mariano Rajoy y este le ha concedido una foto en el palacio de la Moncloa. Si tenemos en cuenta la aversión que el presidente del Gobierno siente por la lenguaraz fundadora de Unión para el Progreso y la Democracia –literalmente, no la soporta–, la reunión que ambos celebraron el pasado miércoles en la sede presidencial no tiene desperdicio. Ahí hay gato encerrado. Los pequeños detalles suelen contener claves muy interesantes.

			La reunión fue solicitada un día antes por la líder de UPyD, para “hablar de Catalunya”, y en horas, veinticuatro, Díez, toda de blanco, ya estaba sentada en los níveos sillones de la Presidencia del Gobierno. En la foto, ella expresa preocupación –manos extendidas, dedos abiertos, subrayando la gravedad del momento–, mientras el presidente la escucha con atención. Si no existiese la cuestión de Catalunya, me temo que este país –empezando por los propios catalanes– se aburriría mucho, o habría caído en una depresión mucho más aguda y agresiva. Podría ocurrir que, dentro de unos años, los historiadores lleguen a la conclusión de que el asunto catalán acabó actuando de airbag, absorbiendo emocionalmente parte del monumental trompazo del país europeo con la economía más dopada en el alba del siglo XXI. El soberanismo catalán no romperá España y puede que esté canalizando pasiones reactivas que, en su ausencia, habrían tomado otras formas y contenidos.

			Recuerdo estos días el comentario que me hizo, hace dos años, un diplomático europeo recién llegado a Madrid: “España me sorprende. La cuestión territorial se ha convertido en un condensador tan potente de las tensiones internas, que ustedes casi no discuten de otra cosa. Si ese condensador estallase, sería peligrosísimo, pero la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, son conscientes de que no debe estallar, de manera que acaba actuando de válvula de seguridad”. Creo que es una reflexión que hay que tener en cuenta.

			La situación política en Catalunya enerva los ánimos, tensa los nervios, excita las tertulias, anima las sobremesas, permite soñar en voz alta –ayer mismo, el periodista Arcadi Espada, al que saludo desde estas líneas, sugería en Madrid que se suspenda la autonomía de Catalunya “durante diez décadas si hace falta”– y evita que se hable de otros asuntos con equivalente pasión e intensidad. Catalunya sirvió de excusa a la señora Díez, que se halla en un momento de apuro, para solicitar una entrevista con el presidente del Gobierno. Y Catalunya fue buen argumento para que Mariano Rajoy sorprendiese a la solicitante con un generoso “te espero mañana en la Moncloa”. No hubo conferencia de prensa, pero sí foto e imágenes para el telediario. Aquel mismo día, el nuevo líder socialista, Pedro Sánchez, era recibido en el Palau de la Generalitat por Artur Mas.

			UPyD consiguió un significativo avance en las elecciones europeas de mayo –pasó de uno a cuatro eurodiputados–, pero sus dirigentes esperaban muchos más. El cuadro directivo de UPyD soñaba con un avance mucho más contundente que les proyectase como la nueva fuerza emergente. La nueva bisagra capaz de dar nuevos movimientos al herrumbroso edificio político español. La fuerza capaz de redefinir, esta vez sí, el pacto constitucional. Abierta a pactar con el PSOE en algunas comunidades autónomas –pongamos por caso Valencia–, con el PP en otras –pongamos por caso en Madrid–, para consagrarse en la próxima legislatura como la pieza imprescindible para la gobernación de España, dentro de los carriles de ortodoxia económica. Fortificación de la unidad interna, baldeo político, una cierta limpieza y respeto, en lo sustancial, a las exigencias del Directorio Europeo.

			El camino parecía de rosas, pero surgieron algunos contratiempos. UPyD topó con la ambiciosa voluntad de competición de Ciudadanos, con el joven Albert Rivera al frente, catapultado por su éxito en Catalunya. Rivera, telegénico y mimado por los gestores italianos de Telecinco, sueña con ser el capitán del nuevo regeneracionismo español. La candidatura de Ciudadanos obtuvo dos eurodiputados. Cuatro más dos suman seis. Unidos habrían tenido un éxito notable. Pero prefirieron competir. Hay momentos en que es obligado medir las fuerzas.

			No contaban con el tercer contendiente que destripó las encuestas. El laurel mediático se lo llevó Podemos con esos cinco eurodiputados que nadie esperaba. La resonancia pablista ha sido tan enorme desde entonces, que en estos momentos Podemos aparece en los sondeos como tercera fuerza política, desarbolando a Izquierda Unida –a la que seguramente acabará devorando– y pisándole los talones al PSOE. El efecto Podemos ha dejado a UPyD enmarcada como un partido pequeñoburgués. El partido de la enmienda parcial. Regeneracionismo con corbata, de fuerte raíz madrileña, más preocupado por la unidad nacional que por los desajustes profundos del sistema.

			El estancamiento electoral de UPyD me lo pronosticó hace un año el politólogo valenciano Jaime Miquel, analista electoral de largo recorrido, que conoce bien el partido de Rosa Díez y que fue el primer profesional de su ramo en intuir que la crisis económica iba a generar en España una “zona de ruptura”, formada por corrientes y candidaturas de distinta índole, capaz de poner en crisis el bipartidismo. “Adulada por los medios de comunicación de Madrid, UPyD se ha obsesionado con Catalunya y no entiende que la gente demanda un discurso de ruptura general. Pueden tener éxito en Madrid y las dos Castillas, pero con un discurso fuertemente antiautonomista no se avanza mucho en Galicia, en el País Vasco, en Andalucía, en Canarias; quizá un poco en Valencia, mientras que en Catalunya la plaza ya está ocupada por Ciutadans. UPyD va a quedar clavada en 1,2 millones de votos”. Jaime Miquel efectuaba este pronóstico en otoño del año pasado. En las elecciones europeas de mayo, UPyD obtuvo poco más de un millón de votos. Ciudadanos rozó el medio millón, mientras que Podemos sumaba 1,2 millones.

			Lógicamente no han tardado en surgir voces dentro de UPyD que proponen la inmediata unificación con Ciudadanos y comienzan a poner en cuestión el pétreo liderazgo de Rosa Díez, profesional de la política desde el inicio de la transición. (Se estrenó en 1979 como diputada foral de Vizcaya por el Partido Socialista Obrero Español). Hace unos meses, el nombre de Díez aparecía en la lista de los exeurodiputados españoles titulares de un fondo de pensiones gestionado por una sicav. No hay nada de ilegal en ello, pero no es un dato muy competitivo en el nuevo mercado regeneracionista.

			Este verano ha estallado la discusión. El eurodiputado Sosa Wagner ha propuesto el acercamiento a Ciudadanos y desde el grupo dirigente de UPyD se le ha respondido con bastante acritud. En los partidos nuevos, los lenguajes viejos resuenan de una manera muy especial. Resuenan mal. Un sector de la prensa de Madrid anima la unificación y Rosa Díez se resiste. Creo que habrá que ir prestando atención a Irene Lozano, la diputada más brillante de UPyD, en estos momentos contraria a la unificación con Ciudadanos, quizá llamada a tener un papel más relevante en los próximos meses.

			Presionada por los “unificadores”, Díez ha pedido una entrevista de Estado a Rajoy y este se la ha concedido al instante. El interés del PP por la citada unificación es perfectamente descriptible. El PP aspira a superar el ciclo electoral en curso con la bandera del voto de orden. Unidad nacional, recuperación económica, ni que sea lenta, y cuantas menos aventuras y experimentos, mejor. O nosotros o el caos. O nosotros o Barrabás. O nosotros o la secesión de Catalunya, con Esquerra Republicana en la presidencia de la Generalitat, el bolchevismo 2.0 de Podemos y la tibieza menchevique del joven e inexperto Sánchez. En el horizonte, las elecciones municipales de mayo, con esa reforma electoral pensada para aprovechar la fragmentación de la izquierda y aminorar los bríos de los nuevos partidos de asalto.

			Ha sido interesante esa reunión en la Moncloa. Siempre hay que prestar atención a los pequeños detalles.





		 			6 septiembre 2014

			La imposible coalición antisoberanista

			La propuesta del PP es impracticable y tan sólo busca robar espacio y protagonismo a Ciutadans

			Maria Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular. FOTÓGRAFO: EFE.

			María Dolores de Cospedal ha propuesto en Badalona una gran frente antiindependentista en Catalunya, formado por el Partido Popular, el PSC, Unió Democràtica de Catalunya, Ciutadans y Unión para el Progreso y la Democracia. Un frente de rechazo que intente sumar 68 diputados, la mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya, formar gobierno y ocupar el espacio de centro que puede dejar libre el posible colapso de la coalición CiU.

			El llamamiento no parece haber tenido un éxito inmediato, puesto que ayer mismo PSC, Unió y Ciutadans rechazaban la propuesta. Incluso algunos dirigentes del PP acogieron con incredulidad y sorpresa el llamamiento de su secretaria general, avanzado unas horas antes por Alicia Sánchez-Camacho en unas declaraciones a TV3. La inmediata formulación de esta propuesta no habría sido discutida por la dirección del PP. Estaríamos ante una iniciativa acordada por Cospedal y Camacho para dar brío a la convención de Badalona. Hay que salir en el telediario.

			Sólo UpyD ha mostrado cierto interés en la oferta, lo cual no deja de tener sentido, por dos motivos: el partido magenta es totalmente irrelevante en Catalunya –en las últimas elecciones al Parlament, en noviembre del año 2012, obtuvo el 0,40% de los votos, por detrás del Partido Animalista y otras organizaciones menores–, y Rosa Díez acaba de iniciar una cierta maniobra de aproximación al PP para intentar frenar la presión, externa e interna, que en Madrid aboga por un pacto o fusión de UPyD con Ciudadanos, tal como veíamos en el Código 11-9-11 de ayer.

			Me imagino la reunión de los ‘spin doctors’ del PP: “¿Qué decimos mañana en Badalona?”. “Lancemos la idea de un frente antiindependentista, aunque no nos siga nadie. Se hablará de nosotros. Colocaremos a los demás partidos a remolque y le disputaremos terreno a Ciutadans, principal recolector del voto antisoberanista”.

			Desde este punto de vista, podríamos considerar que la iniciativa del PP ha sido eficaz: una pastilla efervescente en un vaso de agua. Un partido de gobierno, sin embargo, hace un triste papel cuando sus ofertas caen en saco roto en menos de veinticuatro horas. Y la oferta de formar una amplia coalición para gobernar Catalunya no es un movimiento táctico menor. Reducir este planteamiento, de indudable calado, a un movimiento de volante hacia el carril de Ciutadans demuestra hasta qué punto preocupa a la dirección del PP la actual posición marginal de su partido en Catalunya. Les preocupa Ciutadans y les preocupa una posible fusión o alianza de este grupo con UPyD, como hemos visto esta semana con el ‘gesto’ de apoyo de Rajoy a Rosa Díez, gallardamente opuesta a la citada fusión. El PP sufre en Catalunya un estancamiento crónico, con tendencia a una mayor disminución.

			Las encuestas de las que se comienza a tener noticia en Catalunya después del caso Pujol hablan de un tremendo desfondamiento de CiU, una persistente caída del PP, una cierta recuperación del PSC, un afianzamiento de Ciutadans, mientras que Unió se halla en incógnita, puesto que no se ha presentado jamás a unas elecciones en solitario. Ganaría ERC, con una fuerte irrupción de Podemos en el Parlament, que aún sería mayor si se formase una coalición de toda la izquierda no socialista bajo el título Guanyem Catalunya, por ejemplo. Hoy por hoy, ERC y esa hipotética Guanyem Catalunya conformarían una mayoría clara en el Parlament, empujada por la movilización social soberanista, de la que tendremos noticia el próximo Onze de Setembre, y el enorme malestar e irritación que está generando el caso Pujol. Personalmente tengo dudas de que CDC logre arrastrar a ERC a una candidatura unitaria y dudo también de que ambos partidos soberanistas –CDC y ERC– sumasen en estos momentos más de 68 diputados (mayoría absoluta). La marca Podemos está sajando todo el mapa electoral español y Catalunya no va a ser una excepción. Al contrario. Podemos es hoy el vector político más dinámico; el gran recolector del voto de protesta.

			Catalunya se desplaza en estos momentos hacia la izquierda: hacia la izquierda soberanista, hacia la izquierda antiausteridad y hacia la izquierda que propone cambios radicales en la relación entre la sociedad y las instituciones. La “zona de ruptura” que desde hace meses viene anunciando el politólogo valenciano Jaime Miquel, al cual me he referido en varios artículos, alcanza hoy su máxima expresión en Catalunya. Ninguna coalición de centro o de signo antisoberanista puede frenar en el corto plazo esa tendencia. Si las encuestas de las próximas semanas confirman este cuadro, veremos sí Artur Mas convoca elecciones anticipadas. Tengo mis dudas. El presidente Mas se halla en una posición complicadísima, que podríamos comparar con la del rey ahogado en el juego del ajedrez. El rey no está en jaque, pero no se puede mover, porque todas las casillas a su alcance están amenazadas de jaque u ocupadas por otras piezas. En tal situación, la partida acaba en tablas. Tablas por rey ahogado. En política, sin embargo, no existen las tablas. O se gana o se pierde.

			El presidente de la Generalitat puede quedar ahogado y ningún partido quiere hace frente común con el PP, formación política que gobierna España con mayoría absoluta en las Cortes. El PP catalán es también un partido ahogado. Es difícil prever lo que ocurrirá en Catalunya en los próximos meses, en el plano político. Hay escenarios posibles, hay escenarios poco probables y hay escenarios imposibles. Entre los escenarios imposibles está la reconstrucción del espacio de centro con Alicia Sánchez-Camacho en un papel protagonista. Mañana explicaré por qué en el Código 11-9-11.





		 			7 septiembre 2014

			El pacto que lo habría cambiado todo

			En el 2005, Jordi Sevilla y Josep Piqué intentaron pactar el Estatut de Catalunya, ambos fueron defenestrados

			Albert Sánchez Piñol, autor del libro Victus: Barcelona 1714. FOTÓGRAFO: David Airob CRÉDITO: LVE.

			Josep Piqué y Jordi Sevilla intentaron pactar el nuevo Estatut de Catalunya en el duro invierno del 2005. De haberlo conseguido, alguna cosa sería distinta en la España triturada por la crisis. De haberlo conseguido, la embajada española en Holanda no se habría visto obligada esta semana a hacer el ridículo suspendiendo la presentación de la novela ‘Victus’ de Albert Sánchez Piñol, en el Instituto Cervantes de la ciudad de Utrecht. De haber prosperado aquel pacto, Jorge Moragas, jefe de gabinete de Mariano Rajoy, no habría alimentado ayer el despropósito de Utrecht, afirmando en Badalona que ‘Victus’ es una novela que “manipula la historia” y que se pretendía utilizar una plataforma del Estado para divulgarla. ¡El Estado contra una novela! Es lo último que nos faltaba por ver.

			Todo esto y otras muchas más cosas disparatadas no habrían pasado si Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas del primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y Josep Piqué, presidente del Partit Popular de Catalunya y exministro de José María Aznar, hubiesen logrado encauzar, hace más de ocho años, una discreta negociación entre socialistas y populares sobre el nuevo Estatut. Ambos lo intentaron, pero la tentativa fue abortada desde la Moncloa y desde la calle Génova de Madrid. Ambos fueron marginados y acabaron fuera de la política. Siguen siendo amigos, han publicado libros y hace un par de años, en el peor momento de la crisis económica, cuando España parecía estar a punto de ser intervenida, ambos publicaron juntos algunos artículos de opinión pidiendo una política de amplio acuerdo; artículos que fueron interpretados en Madrid, donde todo se lee en clave conspirativa, como el intento de promocionar una gran coalición entre PP y PSOE. Una fórmula de gobierno que quizá veamos dentro de un par de años.

			Josep Piqué fue frenado en seco por Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, en aquel momento jefes de la guardia de hierro del PP, ante la aparente indiferencia de Mariano Rajoy, seguramente preocupado por lo que le esperaba si volvía a ser derrotado en las legislativas del 2008. (Efectivamente perdió, el aznarismo intentó liquidarle, logró cerrar un pacto de supervivencia con los barones territoriales de su partido y le salvó el gong de la crisis económica: empezó a cambiar el ciclo político y la victoria de los suyos en Galicia fue decisiva). Piqué abandonó la presidencia del PPC en julio del 2007. En la actualidad es el consejero delegado del grupo constructor OHL.

			Jordi Sevilla, figura importante en el círculo inicial de Zapatero –el hombre que le enseñó los primeros rudimentos de política económica, materia de la que el joven secretario general de León confesó no saber nada a micrófono abierto–, fue apartado de las carpetas importantes antes de ser relevado como ministro en el 2007. Zapatero le alejó de la negociación del Estatut para tomar él personalmente las riendas de un caballo que acabaría conduciendo al Partido Socialista al desastre.

			Sevilla quería que el nuevo Estatut de Catalunya saliese del Parlamento con los votos del PP. Ello significaba rebajar su contenido –¿más que el “cepillado” invocado por Alfonso Guerra?–, a cambio del desarme del debate social y de una tregua en la guerra de guerrillas del Tribunal Constitucional. En pocas palabras, la idea de Sevilla era evitar que la autonomía de Catalunya se convirtiese en la obsesiva piedra de toque del combate político español, entre un PSOE rejuvenecido que quería abrir un nuevo ciclo y un PP irritado y humillado por los hechos de marzo del 2004, dispuesto a zarandearlo todo –incluso a su líder nacional, Rajoy– para evitar el asentamiento de Zapatero.

			Sevilla, valenciano, seguramente veía peligroso para la estabilidad del PSOE que la suerte de los socialistas dependiese casi exclusivamente de las reservas electorales de Andalucía y Catalunya, dos realidades sociales cada vez más divergentes. Fue relevado como ministro en el 2007. Actualmente trabaja para una consultora.

			Piqué estaba dispuesto a negociar, por dos motivos. Entendía que la recuperación del PP en España pasaba por una superación estilística y conceptual del último aznarismo: más moderación, más conexión con las jóvenes generaciones y un poco más de peso del centroderecha español en Catalunya. En pocas palabras, quería hacer del PPC un partido más influyente en Barcelona, donde una insegura alianza tripartita había mandado a CiU a la oposición, despojándole también de casi todo su poder municipal. CiU estaba de cara a la pared. Había espacio para un PPC moderado, que cultivase complicidades con la burguesía de Barcelona y la nueva tecnocracia comarcal. Había margen para intentar recuperar el papel moderador de la coalición UCD-Centristes de Catalunya a finales de los años setenta. Si el PP pactaba el nuevo Estatut, Piqué se convertía en un punto de referencia muy interesante para el empresariado catalán y el catalanismo autonomista. No sólo Jordi Sevilla estaba interesado en el pacto con Piqué. Pasqual Maragall, también. La aproximación de Piqué rebajaba la tensión de toda la cadena negociadora. CiU tenía que vigilar su flanco derecho y ello suponía menos presión para ERC. Maragall y Piqué, por lo demás, se llevaban bien. Congeniaban bastante.

			Estamos hablando de los años 2005 y 2006. Aún no había comenzado la crisis económica y nadie sospechaba lo que se avecinaba, excepto algunos economistas visionarios a los que nadie hacía caso, algunos gabinetes de estudio perspicaces y algunos directivos de banca sensibles al recalentamiento, que comenzaron a retirarse del negocio inmobiliario intuyendo la llegada de una tremenda crisis. La Caixa, por ejemplo, comenzó a desprenderse de la inmobiliaria Colonial en el 2006.

			Zapatero no quería negociar el Estatut con el PP. El presidente socialista lo quería negociar con Artur Mas, como así hizo, en secreto, en la Moncloa. A medida que descubría la complejidad de la cuestión catalana, Zapatero optó por recuperar la interlocución con CiU, sin perder del todo a ERC, mientras estudiaba cómo desembarazarse de Pasqual Maragall y de su hermano Ernest, cosa que consiguió en octubre del 2006. Sus asesores no podían ni ver a Ernest Maragall. Lo consideraban un desviacionista nacionalista obsesionado con la idea de dotar al PSC de una total independencia respecto al PSOE. La influencia de Ernest sobre Pasqual era cada vez mayor.

			El papel de los hermanos Maragall en la Catalunya de los últimos veinte años es importante. Tendremos que hablar de los hermanos Maragall como unidad política en este Código 11-9-11, puesto que Ernest sigue teniendo papel en la escena.

			Resumo: Zapatero quería pactar el Estatut con CiU, sin perder a ERC, mientras domesticaba al PSC y mantenía la confrontación con el PP, totalmente colonizado por el aznarismo. Zapatero y su equipo leían con delectación las columnas de Federico Jiménez Losantos en el diario ‘El Mundo’, se solazaban con la Cope y rezaban por la reelección del cardenal Antonio María Rouco Varela. ¡Esa era la derecha que le interesaba! La ‘ceja’ contra la ‘derechona’. No sabían lo que se avecinaba. Y si lo intuían –el economista Miguel Sebastián, por ejemplo–, se lo callaban.

			La guardia de hierro del PP tampoco quería pactar el Estatut, ni con los socialistas, ni con nadie. Todo lo contrario: ¡guerra sin cuartel al pacto del Tinell! Tensar, tensar, tensar, para evitar un nuevo asentamiento del PSOE en la vida política española. Nada más aprobarse el Estatut en el Parlament de Catalunya, en septiembre del 2005, los populares comprobaron que aquel asunto provocaba inquietud en muchos españoles. En los electores del PP y en una parte significativa de los electores socialistas, especialmente en el sur de España. La aguja del sismógrafo se movió; se alteró mucho más que con la aprobación de la ley del matrimonio gay. Y en Génova alguien dijo: ¡Ya los tenemos!

			Zarandear, zarandear, zarandear. No bastaba con presentar un recurso ante el Tribunal Constitucional, había que recorrer toda España, pueblo a pueblo, para recoger firmas contra el nuevo Estatuto catalán. Recuerdo la mañana en la que una señora me paró en la calle Potosí de Madrid, muy cerca del mercado de Chamartín, para pedirme “una firma contra los catalanes” (textual). Le respondí: “Señora, lo veo difícil, puesto que soy catalán”. Tiempo más tarde, Mariano Rajoy reconocería, en privado, que aquella campaña fue un error. Sin embargo sería injusto cargar toda la responsabilidad en el dúo dinámico Zaplana-Acebes. Desde Andalucía, Javier Arenas también observaba con interés la fronda anticatalana y pensó que podía serle de ayuda en su campaña para la conquista de la Junta de Andalucía. Y Arenas, no lo olvidemos, siempre ha tenido gran influencia sobre Rajoy.

			Cuando Piqué les planteó pactar el Estatut, los de la calle Génova se miraron perplejos. El ministro catalán de Aznar les proponía aceptar, ni que fuese con eufemismos y muchos equilibrios dialécticos, que el preámbulo del Estatut, sin carácter normativo, afirmase que Catalunya es nación. Aznar les iba a fulminar a todos. Piqué les estaba proponiendo que el PP entrase a formar parte de una nueva narración de España. No tardó en caer en desgracia.

			El pacto no pudo ser y los resultados son conocidos por todos. Cuando dentro de unos años se escriba la historia de esta primera parte del siglo XXI en España, habría que prestar atención a ese intento de pacto. Es imposible saber lo que habría ocurrido. En todo ejercicio de ucronía siempre hay un poso melancólico. Aunque CiU hubiese tenido que prestar atención a la incursión del PPC por su flanco moderado, quizá ERC no habría soportado aquel pacto.

			Lo que está claro es que en aquel momento se impuso la polarización, siguiendo la estela de la política norteamericana. Obama y sus consensos transversales aún estaba por llegar. Y la crisis nadie, o casi nadie, la olfateaba. Cuando llegó se encontró un país con las élites políticas muy enfrentadas y una sociedad relativamente calmada y perpleja. En menos de siete años el esquema se ha invertido: las élites empiezan a pensar en la necesidad de grandes acuerdos, mientras una parte de la sociedad comienza a gritar: ¡Fuera la casta!

			La ucronía sirve de poco. Todo aquello es hojarasca. Sin embargo, para entender alguna cosa más de la actual situación en Catalunya hay que rememorar la defenestración de Piqué.

			La conexión del PP con Catalunya es hoy muy débil; más débil que su conexión con el País Vasco. Algunos cuadros muy bien colocados en el entorno de Rajoy: el jefe de gabinete Jordi Moragas, el secretario de Estado, Luis Ayllón…; una dirigente oxidada por el abuso de la gesticulación mediática; las alcaldías de Badalona y Castelldefels, y un único ministro con domicilio en Catalunya, uno sólo, y un competidor imprevisto, que les supera en las encuestas: Ciutadans. El nexo del PP con Catalunya comienza a parecerse al del Partido Conservador británico con Escocia, con un dato muy importante que hay que tener en cuenta: Escocia no representa el 19% del PIB de Gran Bretaña.





		 			8 septiembre 2014

			Londres relanza la tercera vía

			La semana del Onze de Setembre comienza con sabor escocés

			Una escocesa con la papeleta para votar en el referéndum de Escocia. FOTÓGRAFO: Xavier Cervera CRÉDITO: LVE.

			Londres ofrecerá más autonomía y un pacto fiscal a Escocia por temor a que gane el sí a la independencia en el referéndum del día 18 de septiembre. Con esta noticia comienza la semana del Onze de Setembre y creo que merece ser etiquetada con el código 11-9-11.

			Este fin de semana, un sondeo del diario londinense ‘Sunday Times’, propiedad del grupo Murdoch, ha dado vencedor al sí, por primera vez en una encuesta. En la edición impresa de ‘La Vanguardia’, Rafael Ramos, corresponsal en Londres, un profesional que conoce bien Gran Bretaña y que está efectuando una cobertura muy ponderada de la campaña del referéndum escocés, explica que las luces de alarma se han encendido en Downing Street, en Westminster y en el palacio de Buckingham. La reina Isabel está muy preocupada. Es imposible ignorar la trascendencia de una victoria del sí. Veríamos al primer ministro británico, David Cameron, saltar por los aires y el inicio de la primera secesión pacíficamente acordada en la Europa occidental, desde la independencia de Noruega en 1901. La Unión Europea, a prueba; el Gobierno español, de los nervios, y media Catalunya, hombres y mujeres, vistiendo falda escocesa. El día 18 de septiembre será una jornada importante para la política europea.

			Londres ofrece una valiosa ampliación de la autonomía y el Partido Nacional Escocés (SNP) sospecha que el sondeo del ‘Times’ dominical puede formar parte de una estrategia londinense para dramatizar la recta final de la campaña, en la que el no está perdiendo fuelle. Otros sondeos siguen dando al voto negativo una ventaja de unos cuatro puntos. Sea como fuere, la posibilidad –casi al 50%– de una victoria de la independencia en el referéndum escocés está hoy encima de la mesa. Y este es un dato importante.

			¿Qué ha pasado? El líder independentista, Alex Salmond, se ha convertido en el capitán indiscutible de la campaña y los electores laboristas parecen estar inclinándose en gran medida a favor del sí, porque identifican la independencia de Escocia con una mejor preservación del estado social en una sociedad de tradición colectivista que vivió intensamente el tiempo de las fábricas y fue durante decenios una de las principales bases electorales del laborismo británico. Escocia, más pobre que Inglaterra, tiende al colectivismo. Inglaterra, más rica, pivota hoy, en buena medida, alrededor de la City de Londres. Dos maneras de vivir la globalización.

			El independentismo crece impulsado por la base social laborista. Creo que este es un dato clave. En Catalunya está ocurriendo algo parecido, con matices. La clase media catalanista que votaba a la izquierda socialdemócrata se halla hoy en el campo soberanista, siguiendo la estela de los hermanos Maragall. Y las bases de tradición obrera del socialismo catalán no son abiertamente hostiles al soberanismo, en su mayoría. No lo comparten en términos sentimentales, pero observan los acontecimientos sin atrincherarse, a ver qué pasa. Los resultados electorales en el área metropolitana de Barcelona en las últimas dos elecciones (autonómicas y europeas) así lo demuestran.

			Retrato de Escocia: fuerte liderazgo de Salmond y creciente agrupación del voto socialdemócrata escocés alrededor de la ideación independentista. Me atrevería a recomendar a los analistas del palacio de la Moncloa que observen con mucha atención lo que está ocurriendo estos días en Edimburgo y en Londres. Seguro que lo están haciendo.

			Salmond es un político de raza que recuerda al Jordi Pujol de los buenos tiempos, sin que el eficaz servicio de inteligencia británico le haya localizado cuentas ocultas en la isla de Man, en las Caimán o en Jersey. Venció con claridad el último debate televisivo con el responsable de la campaña del no, Alistair Darling, de perfil tecnócrata. El primer ministro escocés ha sabido recoger con habilidad el guante que le lanzó Cameron: sí o no a la independencia. Recordemos que la intención inicial de Salmond era la celebración de un referéndum con tres preguntas: independencia, ampliación de la autonomía o mantenimiento del actual statu quo, una autonomía en algunos aspectos inferior a la de Catalunya.

			(Un dato de interés: la sede del nuevo Parlamento escocés en Edimburgo es obra del arquitecto catalán Enric Miralles, un hombre de gran talento que falleció en el mejor momento de su carrera).

			Cameron lanzó el guante de Escocia movido seguramente por el democratismo inglés –a la democracia más antigua de Europa no le asusta votar– y por otras dos razones, un poco más maquiavélicas y probablemente más decisivas: descolocar al Partido Laborista en su feudo histórico y enviar un mensaje de complicidad a los euroescépticos: si ponemos a referéndum Escocia, quiere decir que también podemos poner a referéndum la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea.

			España no es Gran Bretaña y Catalunya no es Escocia, de acuerdo, pero todos pertenecemos al espacio común europeo. Gran Bretaña es la democracia más antigua, sólida y prestigiosa de Europa. La reverberación del referéndum escocés en Catalunya ha sido muy fuerte estos dos últimos años. Escocia está mucho más cerca que Quebec.

			“Si ellos se ponen de acuerdo para votar, ¿por qué nosotros no?”. La pregunta es simple e incómoda para el Gobierno de España. La respuesta exige una excursión por el derecho constitucional comparado. La experiencia británica ha sido en este último año un potente alimentador de la corriente soberanista catalana y a nadie ha pasado por alto la atención, sensibilidad y simpatía con que la prensa anglosajona de calidad ha tratado el caso de Catalunya. ‘The Economist’ y ‘Financial Times’, baluartes informativos de la City, vienen prestando una atención constante al caso catalán. ¿Para subrayar las problemáticas del sur europeo? ¿Para zarandear un poco a la Europa germanizada? ¿Para mantener vivo ese hilo de tensión que siempre ha existido entre Londres y Madrid? ¿Para dar lecciones de democracia? ¿O, simplemente, por qué el caso de Catalunya, por analogía con Escocia, resulta una historia de interés para el público británico? De todo un poco, pero la analogía informativa pienso que es un factor importante. Recuerdo lo que me dijo en septiembre del 2012 el corresponsal de ‘The Guardian’ y ‘The Economist’ en Madrid, Gilles Tremlett, autor de un magnífico libro sobre España (‘España ante sus fantasmas’), después de asistir a la conferencia de prensa de Artur Mas que preanunciaba la convocatoria de elecciones en Catalunya bajo el signo del soberanismo: “Hoy empieza una gran historia periodística”.

			Esta semana empieza también con una gran historia periodística para cualquier observador político español con las antenas bien sintonizadas: la última oferta de Londres a los escoceses: más autonomía, más soberanía fiscal.

			La tercera vía.





		 			9 septiembre 2014

			Escuece Escocia

			La ‘tercera vía’ tiene tenaces adversarios; pasionales en Barcelona, fríos en Madrid

			David Cameron, primer ministro británico. FOTÓGRAFO: Carl Court. CRÉDITO: GYI.

			El acontecimiento escocés escuece en los principales centros de poder de Madrid. En los despachos y en algunas tertulias, David Cameron es tratado como un tonto por haberse metido en ese berenjenal. Tonto sin tapujos. Tonto e imprudente. “¿Quién le mandaba abrir esa caja de Pandora?”. Preocupa que el sí pueda vencer en el referéndum del 18 de septiembre; preocupa que esa posibilidad de victoria se proyecte en las pantallas de Catalunya y del País Vasco, y preocupa, aún más, que Londres haya anunciado concesiones a los escoceses para evitar una catástrofe electoral.

			Escuece Escocia porque la denominada tercera vía, la vía del pacto, la vía del compromiso, la vía de la concesión mutua, la vía de la generosidad, la vía del pragmatismo, tiene enemigos más poderosos en Madrid que en Barcelona, aunque el Twitter catalán soberanista sea inmisericorde con los “moderados”.

			Los enemigos o adversarios catalanes de la tercera vía, la consideran una ofensa para su estado de ánimo. La ven como una claudicación antes de hora. Como un indeseable freno o interrupción de un momento basado en el triunfo de la voluntad. Ara o mai. (Ahora o nunca). Hay algo de acontecimiento olímpico en la convocatoria soberanista del 2014. Gran ceremonia de apertura el Onze de Setembre, con una monumental manifestación en las dos principales avenidas de la ciudad, que formará un gran mosaico humano con los colores de la bandera catalana. Una gigantesca puesta en escena pensada para el sistema internacional de transmisión de imágenes. Puro acontecimiento olímpico. Después del Onze de Setembre, 58 días de competición agonística: debate de política general en el Parlament, aprobación de la ley de Consultas, recurso del Gobierno ante el Tribunal Constitucional, suspensión cautelar de la ley y de la convocatoria de la consulta; mensajes y contramensajes; reuniones públicas y encuentros discretos; lanzamiento de disco, jabalina, amenazas y filtraciones, y finalmente la clausura del 9 de noviembre, con un programa aún por determinar, enmarcado por la negativa férrea del Gobierno español, pase lo que pase en Escocia.

			Tricentenario de 1714. La ciudad de Barcelona en el centro de la escena internacional. Esta vez, sí, Barcelona foco indiscutido e indiscutible de la pasión catalanista. Efectivamente, hay algo de olímpico en el 11-9-11. Habrá que darle vueltas a esa idea.

			En los centros de poder de Madrid –seguramente no en todos– y en los núcleos catalanes más opuestos al soberanismo (que reprochan a los citados centros de poder de Madrid un exceso de condescendencia durante demasiados años) ven la tercera vía como un peligro estructural. Toda concesión, por pequeña que sea, justificaría la movilización catalanista. La inscribiría en la historia con una significación positiva. Para este sector, cualquier pacto supondría una derrota moral y política, y, lo que es más grave, una oportunidad perdida. Su visión también es “olímpica”. Están convencidos de que la convocatoria del 2014 puede concluir con una enorme derrota del catalanismo. Una derrota sin paliativos. Esta vez sin uso de la fuerza, o con un uso muy modulado de esta (a lo sumo, la suspensión parcial de la Generalitat, sometiendo a la autoridad del Estado el mando de los Mossos d’Esquadra, durante un cierto periodo de tiempo).

			Esa derrota, piensan, enderezaría el rumbo político de España. La tercera vía obstruye por tanto la posibilidad, ahora sí, de romperle la crisma a un factor que ha perturbado la vida española durante más de un siglo. El colosal hundimiento de Jordi Pujol ratifica esa posibilidad. Es el Gran Augurio. Este otro planteamiento agonístico de la cuestión, presenta, a mi modo de ver, un problema de difícil solución. Puesto que la autonomía y las elecciones no se pueden suspender sine die en Catalunya sin provocar un siniestro agujero en la malla democrática europea –un agujero imposible de aceptar por la Unión, mientras defiende la plenitud democrática en la frontera con Rusia–, es imposible romperle la crisma a nadie.

			Lo máximo que se puede conseguir es transformar el catalanismo en un magma ingobernable durante un cierto periodo de tiempo, por la vía de la radicalización de sus componentes. Estos últimos días tiendo a pensar que esta es la estrategia realmente en curso. Desnucar a CDC y dejar que los catalanes prueben durante una temporada el jarabe de una mayoría parlamentaria formada por ERC y Podemos. La tercera vía es muy incómoda para ese enfoque de la cuestión.

			Escuece Escocia porque los británicos no se están tomando ese asunto como un pugilato entre gente ofendida, con ganas de anularse mutuamente. Sin duda alguna, David Cameron tuvo una visión maquiavélica del dossier escocés al forzar un referéndum con sólo dos preguntas: sí o no a la independencia. (Recordemos que el primer ministro escocés, Alex Salmond, proponía tres: independencia, más autonomía o seguir igual). Cameron creyó que con su iniciativa descolocaba al Partido Laborista (tradicionalmente fuerte en Escocia) y contentaba de algún modo a los euroescépticos, puesto que preanunciaba un segundo referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Cameron posiblemente se ha equivocado, pero ha demostrado tener una cultura política, casi libertaria, en la que la decisión política mediante voto directo parece ocupar un lugar central.

			También por eso escuece Escocia.





		 			10 septiembre 2014

			El paso atrás de los Aznar

			La derecha española inicia el curso con dos fuertes estrategias de combate: PP-Podemos y Gobierno-Catalunya

			Ana Botella, alcaldesa de Madrid. FOTÓGRAFO: Emilia Gutiérrez. CRÉDITO: LVE.

			Los Aznar dan un paso atrás ante la progresiva complicación de la política española, en la que ya no hay lugar para ambiciones dinásticas, fuera de la monarquía constitucional. Las condiciones para la competición social son cada vez más duras y las operaciones políticas de familia tendrán mayor penalización pública. En Catalunya, el intento dinástico de los Pujol ha tenido un trágico y siniestro final. Sin fuelle en las encuestas, Ana Botella renuncia a las elecciones municipales del 2015. En realidad, renuncia a encabezar una candidatura electoral por primera vez en su vida, puesto que llegó al cargo en sustitución del alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, nombrado ministro por Mariano Rajoy en diciembre del 2011.

			Era hábil la operación Gallardón. Hábil a la antigua usanza. Hostigado por el ala derecha del Partido Popular, como consecuencia de sus repetidos guiños al debilitado centroizquierda madrileño y muy particularmente a su diario de referencia, Ruiz-Gallardón dio uno de esos virajes que tanto gustan a la academia clásica de la política. Cambió de órbita para intentar orientar su carrera hacia la presidencia del Gobierno.

			Cedió la alcaldía de Madrid a la concejal Ana Botella, esposa de José María Aznar, mujer de recio carácter y de manifiesta ambición política. Se instaló en el Ministerio de Justicia, cambió de equipo –prescindió abruptamente de algunas de las personas más valiosas que le habían acompañado en la alcaldía de Madrid–; restauró sus puentes con la derecha de toda la vida e intentó ganarse el favor del cardenal Antonio Rouco Varela y del sector más conservador de la Iglesia católica con una dura contrarreforma de la ley del aborto, contrarreforma que el Partido Popular ahora no se atreve a aprobar. Una magnifica cabriola. ‘Et voilà: le nouveau Gallardón est arrivé’. Un renacido candidato de la derecha madrileña para la sustitución a medio plazo de Mariano Rajoy, que podía quedar carbonizado por la gestión de la crisis económica. Estamos hablando de cartas de navegación del 2012. Cartas con algunos rumbos equivocados. Rajoy ha demostrado tener una capacidad de resistencia superior a todas las previsiones. Posee una enorme voluntad de poder y una vanidad casi clandestina. No se exhibe. Calla. Espera. Y es implacable cuando ataca. Lo acabamos de ver este verano.

			El Partido Alfa de las clases medias españolas y el emergente Partido de la Ira. PP-Podemos, esta es la dinámica que viene. Estos días se ha conocido la existencia de una encuesta oficial sobre las elecciones autonómicas en Valencia que ofrece unos resultados sorprendentes: el PP muy por debajo de la mayoría absoluta, y en segunda posición Podemos, ligeramente por delante del PSPV-PSOE. Un campo de alianzas muy difícil. Hace una semana, una encuesta referida a Andalucía colocaba a Podemos en tercer puesto, rompiendo la actual mayoría PSOE-IU. En Asturias, Podemos encabeza los sondeos. Vengo insistiendo en ello desde hace días: Podemos saja el mapa electoral español. También en Catalunya. También en la hipótesis de unas elecciones plebiscitarias en Catalunya.

			Podemos es una plasmación. Este novísimo fenómeno de la política española me hace pensar en la novela ‘Solaris’ del escritor polaco Stanislaw Lem, llevada al cine por Andrei Tarkovski y Steven Soderbergh, un ruso y un norteamericano, cuyas dos versiones resulta fascinante comparar. Solaris es un misterioso planeta que tiene la capacidad de materializar los deseos, los sueños, los fantasmas y las neurosis de los cosmonautas que habitan la estación espacial que lo orbita.

			Solaris ha creado Podemos porque un número creciente de ciudadanos siente el deseo de golpear el sistema y no tenía con qué.

			El Partido Popular ha visto que esta nueva plasmación del malestar puede desbaratar a la izquierda clásica y en estos momentos siente enormes deseos de reorganizar el combate político español a partir de una polarización directa con Podemos. La actitud del Gobierno Rajoy ante la cuestión de Catalunya desde el estallido del caso Pujol creo que no es ajena a este esquema de trabajo. Polarización, polarización, polarización.

			En lo que respecta a Catalunya, veremos qué hace Solaris. Resulta del todo evidente que la corriente soberanista intercepta y agrupa muy buena parte de los deseos de protesta. Lo veremos mañana en la gigantesca manifestación de Barcelona. Pero el soberanismo no encauza todo el malestar acumulado. No de una manera uniforme en todo el territorio de Catalunya. Podemos está tomando fuerza en Catalunya, especialmente en los municipios del área metropolitana de Barcelona. Observando las encuestas publicadas el pasado fin de semana por algunos diarios, la suma de Podemos e ICV podría superar en estos momentos el 20%. Atención a la variable Podemos en la gran metrópolis barcelonesa.

			Volvamos ahora a Madrid. Solaris le ha hecho una jugarreta a la alcaldesa. El planeta misterioso fabricó hace un año una extraña plasmación: un excéntrico asesor de imagen norteamericano apareció en la alcaldía y le hizo interpretar a Ana Botella una escena hilarante en la ceremonia de adjudicación de los Juegos Olímpicos del 2020. El famoso “relaxing cup of café con leche”. De golpe, la capital de España descubrió que estaba desnuda. La capital; no la alcaldesa. Su dinamismo y su poderío, aglutinante del consenso político y social de los últimos veinte años, se había desvanecido, transformándose en una estampa ridícula en plena crisis económica. La alcaldía de Ana Botella concluyó aquel día. La renuncia ha tardado un año en formalizarse. Los Aznar han visto cuál es la dirección en la que sopla el viento y han actuado en consecuencia. Han actuado con prudencia.

			Nadie sabe cómo actuará Solaris en las elecciones municipales y autonómicas del 2015, pero todo el mundo intuye que esas elecciones vienen cargadas de trilita y de incertidumbre, según la más viva tradición de las elecciones locales en la historia política de España. Mayo del 2015 será el momento clave del curso político que ahora empieza. El código 11-9-11 es sólo un fragmento –vistoso, complejo y electrizante– de la secuencia larga que conduce a mayo.

			El Partido Popular intentará, tal como ha anunciado, una reforma de la ley electoral municipal, con la introducción de una segunda vuelta, abierta a los partidos que superen un determinado porcentaje, de manera que puedan ser más de dos. Estimulará todo lo que pueda la competición entre PSOE y Podemos. Establecerá puentes con UPyD para procurarse un punto de apoyo allí donde lo necesite, a la vez que contribuye a bloquear la alianza UPyD-Ciudadanos, que podría perjudicarle. Y mantendrá una fuerte tensión con el soberanismo catalán para propiciar su radicalización y fragmentación interna. Esta tensión reforzará al PP como baluarte de la estabilidad institucional y de la marca España ante sus potenciales electores. O nosotros, o el caos. Habrá pocas concesiones al consenso en los próximos meses. Después ya veremos.

			Si se impone la idea de una polarización reforzada con Podemos para intentar salvar Madrid, la candidata a la alcaldía será Esperanza Aguirre Gil de Biedma, innegable plasmación del planeta Solaris.





		 			11 septiembre 2014

			Las dos banderas de la calle Sant Rafael

			Una explicación del Onze de Setembre para lectores no catalanes

			Millones de ciudadanos en la manifestación del Once de Setiembre. FOTÓGRAFO: Xavier Cervera CRÉDITO: LVE.

			Onze de Setembre. Llevo días dándole vueltas a la crónica que podía escribir para hoy; para la edición de la mañana, por decirlo a la antigua manera, antes que nos desborden las informaciones sobre la manifestación de Barcelona. Me gustaría explicar alguna cosa sobre el Onze de Setembre, pensando, sobre todo, en los lectores no catalanes.

			Puesto que pertenezco a la generación que no pudo estudiar, en la escuela, la historia de Catalunya y ni siquiera la gramática y las normas ortográficas del catalán –los primeros cursos, en horario extraescolar, fueron autorizados a principios de los setenta–, me gustaría explicar cuáles fueron mis primeras noticias del Onze de Setembre. Me gustaría recordar a través de qué capas freáticas llegó esa fecha a oídos de un chico de Badalona, nacido en 1957, hijo de una familia catalanohablante, que, a la vieja usanza, podríamos calificar de menestral. (Padres, dos abuelos y dos hijos en la misma casa, trabajo en la fábrica y en el pequeño comercio).

			El primero en hablarme del Onze de Setembre fue mi padre. No, no fue una proclama patriótica, ni una rememoración nostálgica con lágrimas en los ojos. En mi familia, como en otras muchas de nuestro país –en Catalunya y en toda España–, se cruzaban dos miradas sobre el tiempo de la República y la Guerra Civil. Experiencias distintas en una misma ciudad de la periferia de Barcelona, llena de fábricas, a la vera de la primera línea de ferrocarril construida en la Península. Mis abuelos maternos eran republicanos. Mis abuelos paternos, simplemente supervivientes. Mi abuelo materno, alumno de una escuela de la Mancomunitat, mecánico ajustador, trabajó durante toda la guerra en un taller colectivizado que fabricaba munición para el ejército de la República. Solía explicar que de joven había simpatizado con Esquerra Republicana. El día que concluyó la guerra dejó de comprar el periódico para recluirse en las páginas de ‘El Mundo Deportivo’. (Los viernes, el diario deportivo y la entrega semanal de ‘El Capitán Trueno’ para su nieto). El día que murió Franco vino a casa con dos diarios.

			Mi abuelo paterno, propietario de una pequeña panadería, estuvo a punto de ser asesinado por la FAI. Supo que estaba en la lista y en vez de huir a Burgos –seguramente no disponía de medios materiales para ello–, tomó otra decisión: cogió la escritura de propiedad, se presentó en el local de la CNT–FAI y ofreció la colectivización de su panadería. Conservo el acta de colectivización, firmada por Enric Juliana. El día que finalizó la guerra, mi abuelo supo que había logrado salvar la vida y el pequeño negocio que había conseguido levantar trabajando desde los trece años. Se adaptó a lo que vino. Leía cada día la prensa –recuerdo que en su casa siempre había un ejemplar de ‘La Codorniz’– y lo observaba todo con una mezcla de escepticismo y sarcasmo. Sus dos frases preferidas eran: “Aixequem-nos i aneu-hi”, que podríamos traducir como “levantémonos, pero vais vosotros”, y “les masses piquen”, ambiguo juego de palabras que encierra dos significados: “los excesos hacen daño”, y “las masas (sociales) pican (son agresivas)”. Un lector mañanero apunta, también, la similitud fonética entre ‘masses’ y ‘maces’. Así, llegaríamos a la expresión “les maces piquen” (“las mazas pican”). Mi abuelo componía su propio juego y se refería al disturbio social.

			Mi padre vivió la guerra a través de esa mirada. Era un niño. Un día vio, horrorizado, como los anarquistas quemaban la iglesia de Sant Josep, a cincuenta metros de su casa. Y otro día supo que la bomba lanzada por un avión italiano –los bombardeos eran casi diarios– había matado a su mejor amigo en el barrio. Difícil encrucijada: o te mataban las bombas de la aviación de Mussolini o te mataba la FAI. De mayor, mi padre nunca quiso saber nada de política y una mañana me contó una historia muy divertida de un tío suyo, l’oncle Pelegrí, natural de Campdevànol, en la cuenca metalúrgica de Ripoll.

			“El oncle Pelegrí –me dijo– cada día once de septiembre salía al balcón de su casa en Campdevànol y declamaba en voz alta un poema que decía: “Al Fossar de les Moreres no s’hi enterra cap traïdor, fins perdent nostres banderes serà l’urna de l’honor”. Mientras me lo contaba, mi padre reía. Y añadió: “L’oncle Pelegrí era de la flamarada”. (Flamarada: llamarada). Recuerdo la risa de mi padre, entre irónica y complacida. Años más tarde supe que esos versos fueron escritos por Frederic Soler, ‘Pitarra’, y pertenecen a un poema patriótico de exaltación del lugar en el que fueron enterrados algunos de los defensores de Barcelona en el sitio de 1714. Pitarra, relojero, dramaturgo y autor satírico, popular y populista, escribió muchísimo y acuñó una de las frases más distintivas del individualismo catalán: “Tants caps, tants barrets” (Tantas cabezas, tantos sombreros).

			La segunda vez que oí hablar del Onze de Setembre creo que tenía catorce años. Año 1971. Yendo a la escuela, recogí una octavilla del suelo. Era un llamamiento del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), entonces clandestino, a celebrar el Onze de Setembre acudiendo a una concentración en la ronda Sant Pere de Barcelona, lugar donde había estado el monumento a Rafael Casanova. La octavilla animaba a luchar por el derrocamiento de Franco y por la recuperación del Estatut. El PSUC era el partido comunista catalán. Este partido, que en sus estatutos se definía como “nacional catalán”, fue el principal constructor de una capa permeable entre el catalanismo y muchos de los obreros llegados a Catalunya desde otras partes de España. A mitad de los años sesenta, las Comisiones Obreras catalanas adoptaron el nombre de Comissió Obrera Nacional de Catalunya. Sin tener en cuenta ese nombre no se entiende nada de lo que ha venido después.

			Tercer episodio y último. Septiembre de 1976. El gobernador civil de Barcelona Salvador Sánchez-Terán, siguiendo instrucciones del primer gobierno Suárez, decide tolerar la primera celebración pública del Onze de Setembre desde el final de la guerra. Se convoca una gran concentración en una explanada de Sant Boi de Llobregat. Se editan pasquines llamando a la población a colocar banderas catalanas y damascos en los balcones. En la calle donde nací, en el centro de Badalona, muy cerca del mar, sólo dos casas amanecen con la bandera catalana. (La bandera con la estrella en aquellos momentos la conocían muy pocos y parecía algo bastante extravagante).

			Sólo dos casas con la bandera catalana. Sé cuáles eran. Los demás vecinos no estaban en contra de la convocatoria, la mayoría, no. Simplemente estaban expectantes. Sin ese “a ver qué pasa” no se entienden ni la transición, ni el pujolismo. Esa prudencia, ese “a ver qué pasa”, también formaba parte del sentimiento popular catalán, no nos engañemos y no construyamos pasados idílicos. Hoy, la calle Sant Rafael de Badalona habrá amanecido llena de banderas ‘estelades’. Hoy, la expectativa es otra y el mundo es otro. Han pasado 38 años. Muchísimo tiempo. Una eternidad.

			Hoy, desde Madrid, mientras vea la manifestación de Barcelona por televisión, pensaré en mis dos abuelos. En el que se emocionaba cuando hablaba de Companys y en el que logró sobrevivir a la FAI. Hoy centenares de miles de catalanes dirán: “Aixequem-nos i anem-hi”. Levantémonos y vayamos. Y buena parte de ellos, muy probablemente añadiría: “Aixequem-nos i anem-nos-en”. Levantémonos y vayámonos.

			Tan sólo espero que hoy todo discurra pacíficamente –es decir, que discurra políticamente– y que las masas no piquen el anzuelo de la provocación, si la hubiere.





		 			12 septiembre 2014

			¿Cuándo dirá Rajoy: “vosotros los catalanes”?

			No hay prima europea para la independencia, pero ¿la hay para el inmovilismo después de la gigantesca manifestación de ayer?

			La V reivindicativa que se pudo ver en la Diada Nacional de Catalunya en Barcelona. FOTÓGRAFO: ALEX GARCIA CRÉDITO: LVE.

			El Onze de Setembre catalán figura hoy en las portadas y en las páginas de los periódicos más influyentes del mundo. En las portadas de la prensa española, ningún periódico discute hoy el éxito de la movilización, aunque el malhumor de alguna primera página madrileña podría estar mejor disimulado. Destacaría la elegancia de la portada de ‘La Vanguardia’ (“V mayúscula”) y la lucidez política del titular del ‘El Correo’ vasco: “Cataluña se aboca a un adelanto electoral tras un nuevo clamor independentista”. En situaciones de complejidad política, la percepción de los vascos siempre debe ser tenida en cuenta.

			Una gigantesca movilización social. Más que una manifestación ha sido un acontecimiento ‘olímpico’. Lo escribí hace unos días y lo reitero ahora. Hemos asistido a una enorme puesta en escena ciudadana, pensada para llamar la atención de los medios de comunicación de todo el mundo, previa movilización de las redes sociales. Estos dos objetivos han sido plenamente conseguidos por los organizadores de la V de Barcelona.

			Centenares de miles de manifestantes formando un gigantesco mosaico humano con los colores de la bandera catalana. Un espectáculo digno de la ceremonia de inauguración de unos Juegos Olímpicos. Barcelona, ciudad organizadora de los magníficos juegos de 1992, tiene gran experiencia en la materia. El filósofo alemán Peter Sloterdijk, del cual me confieso admirador, engloba este tipo de acontecimientos dentro de lo que él denomina, críticamente, la “cultura de estadio”. El ciudadano-figurante al servicio del ágora mundial. La celebración de ayer fue cívicamente ejemplar. Ningún incidente. Ningún cristal roto. Un engranaje perfecto como en el 2012 y el 2013. Tres años consecutivos así. Es casi imposible encontrar un precedente en Europa. La Barcelona que goza mostrándose al mundo ha vuelto a superarse a sí misma. Por mi parte, sólo una objeción: me gustan más las manifestaciones sin uniformidad y sin “cultura de estadio”, cada uno a su aire y sin el deber de componer mosaicos o figuras geométricas para el ojo de Google que todo lo ve. Cada uno con su radical individualidad. Pero no es ese el signo de los tiempos. Google es el dios oculto de nuestro tiempo.

			No recordamos nada parecido de Escocia, aunque la cuestión de los escoceses consiguió llegar a los cines y televisiones de todo el mundo gracias a la película ‘Braveheart’, basada en la vida de William Wallace, héroe nacional escocés, interpretado por Mel Gibson. Cinco Oscar en 1995, entre ellos, el premio a la mejor película. Irlandeses y escoceses tienen buenos resortes en Estados Unidos. El soberanismo catalán aún no ha conquistado Hollywood y no parece que esté en vías de conseguirlo. Pero acaba de generar una gran producción audiovisual desde las dos principales avenidas de Barcelona y cuenta con el entusiasta apoyo de miles de jóvenes estudiantes y profesionales repartidos por casi todos los países del mundo. Y con innegables figuras de referencia, como el entrenador de fútbol Pep Guardiola.

			Las dos gigantescas banderas catalanas de ayer en Barcelona hoy comparten foco con Escocia, al alza en el quiosco internacional desde que se supo que su referéndum se presenta muy incierto. Hay mucha expectación. Con motivo: la victoria del sí provocaría un terremoto de inciertas consecuencias en Gran Bretaña, en toda la Unión Europea e incluso en la OTAN. En estas especiales circunstancias, el vector Escocia y el vector Catalunya se han cruzado en un punto seguramente inesperado, subrayando el despertar de las viejas nacionalidades europeas sin estado nacional específico. Este asunto está hoy sobre la mesa de las preocupaciones europeas, a la espera del resultado del referéndum del 18 de septiembre.

			El vector principal es Escocia, está claro, pero la magnitud, constancia y civismo de la movilización catalana no deja de ganar peso en los circuitos internacionales de información y opinión. El caso de Catalunya subraya la importancia del referéndum escocés. Y la incertidumbre de Escocia da profundidad a la movilización de Catalunya. El día 18 esta unidad dialéctica se verá reforzada o disminuida, pero no anulada o borrada.

			Al final del día, el mensaje resultante es que Europa se está complicando a marchas forzadas. Y en la medida en que ello es así, de manera descarnada, el Gobierno de España adquiere una buena baza para ofrecerse como factor de estabilidad. Este es el camino emprendido por Mariano Rajoy en los últimos meses, con la explícita ayuda de Angela Merkel. España como factor de orden, estabilidad y seguridad.

			La línea marianista está perfectamente trazada, pero la reacción del Gobierno de Londres intentando convencer a los escoceses de que no se vayan con una promesa formal de mayor autonomía, soberanía fiscal y consideración política lanza un mensaje contrapuesto a la resistencia berroqueña de la derecha española. Realza la vía de la conciliación.

			A ninguno de los grandes países europeos le entusiasma la hipótesis de la secesión catalana. A ninguno. No hay prima europea a la independencia. Hasta aquí, de acuerdo. ¿Pero hay en estos momentos prima europea al inmovilismo de Madrid? Esta es la cuestión. Una cuestión que no podremos enfocar con total nitidez hasta el próximo jueves por la noche, en Edimburgo.

			No creo que la gran manifestación de ayer en Barcelona imponga cambios inmediatos en la política española. No. Pero también creo que esa unidad dialéctica Escocia-Catalunya nadie se la esperaba de una manera tan intensa, basta leer hoy la prensa anglosajona. El poder inglés ha decidido dirigirse de manera explícit