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Cuando tu vida es un libro

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Una historia de intriga y llena de humor sobre el descubrimiento de uno mismo, la amistad, la traición, el primer amor. Y sobre cómo un libro puede cambiar de un día para otro la vida de las personas. Kim tiene quince años y nunca le han gustado los libros. Leer le parece algo tan aburrido, que el día que tiene que asistir con su clase a una lectura cree que se va a quedar dormida... Pero sucede lo contrario: de repente está más despierta que nunca, porque todo lo que la autora va leyendo parece ¡un retrato idéntico a la vida de Kim! Es verdad que hay un par de nombres diferentes y algunos detalles insignificantes que no cuadran, pero el resto es exactamente igual. Kim compra el libro y cuando termina de leerlo, le aterra ver que uno de los protagonistas, que bien podría ser su compañero de clase Jasper, muere al final de la historia. Con la ayuda de su mejor amiga Petrowna, Kim decide armar un plan para intentar a toda costa evitar el trágico desenlace. No imagina las sorpresas...
Year:
2020
Publisher:
Siruela
Language:
spanish
File:
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2

Cuando tus ojos me miran

Year:
2020
Language:
spanish
File:
EPUB, 383 KB
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			Edición en formato digital: febrero de 2020



			The translation of this work was supported

			by a grant from the Goethe-Institut





			Título original: Und du kommst auch drin vor

			En cubierta: ilustración de © Ruth Botzenhardt

			Diseño gráfico: Ediciones Siruela

			© 2017 Dtv Verlagsgesellschaft MBH & Co. KG,

München / www.dtv.de

			This book was negotiated through

Ute Körner Literary Agent - www.uklitag.com

			© De la traducción, Begoña Llovet

			© Ediciones Siruela, S. A., 2020



			Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.



			Ediciones Siruela, S. A.

			 c/ Almagro 25, ppal. dcha.

			www.siruela.com



			ISBN: 978-84-18245-06-0



			Conversión a formato digital: María Belloso





1


			Cuando la señora Meier nos dijo que íbamos a asistir a una lectura, todo el mundo empezó a protestar. Yo me puse a dibujar varias tes mayúsculas y minúsculas en mi cuaderno. Me importaba un comino que hubiera lectura o no. La verdad es que había garabateado en el jueves la palabra LEZTURA. Franz apoyó la cabeza en el pupitre y se puso a roncar. Solo Petrowna alzó la voz:

			—¡Callaos ya, imbéciles! ¿Es que preferís matemáticas?

			Petrowna siempre conseguía confundir a todo el mundo con una frase y que, por unos instantes, se hiciese el silencio.

			La señora Meier dijo que dejáramos nuestras cosas en el aula. Ella se encargaría de cerrarla, así que no teníamos que preocuparnos por nuestros objetos de valor. Pero la verdadera razón era que quería que después de la lectura toda la clase regresara con ella dócilmente a la escuela para recoger las mochilas. De otro modo, la mitad siempre se esfuma a mitad de camino. Todos teníamos muy claras sus intenciones, precisamen; te por eso casi todos cogieron sus mochilas. La señora Meier hizo como si no se diera cuenta. No es más que una profesora jovencita en prácticas y nos tiene miedo.

			Espero que no le salieran canas debajo de sus mechas rubias durante nuestro viaje en autobús. Cuando bajamos, Petrowna me gorroneó dos euros y se compró una chocolatina en la máquina. Pero me dio la mitad. Por fin habíamos llegado a nuestro destino y estábamos en una biblioteca.

			—¡Una biblioteca! —dijeron todos al unísono en tono quejumbroso—. ¡Uf! ¿Qué pintamos aquí? ¿Es que vamos a leer libros?

			—Cerrad el pico —bramó Petrowna—. ¿Adónde pensabais que íbamos? ¿A un depósito de cadáveres?

			En realidad sus palabras no tenían lógica alguna, pero de nuevo todos parecían confundidos y la pequeña profesora Meier miraba agradecida a Petrowna.

			Petrowna es mi mejor amiga desde primaria. Nos sentamos juntas desde el primer día de clase. En el primer recreo de nuestras vidas nos pegamos. Justo por esos niños como Petrowna es por lo que mi madre prefería enviarme a una escuela privada, pero mi padre le dijo que nunca era demasiado pronto para conocer la vida normal. El segundo día de clase volví a casa con un moratón y con un mechón de pelo entre los dedos: se lo había arrancado a Petrowna en una pelea. Mi madre llamó inmediatamente por teléfono a la tutora, a la directora del colegio y a la psicóloga y profetizó que las niñas como Petrowna terminarían haciendo la calle con trece años. Al tercer día de clase dejamos de pegarnos y, desde entonces, somos inseparables. El cuarto día Petrowna me explicó lo que había querido decir mi madre con eso de «hacer la calle».

			Ahora las dos tenemos catorce años. Petrowna fue delegada de clase durante dos cursos y a menudo me deja copiar. Pero por desgracia tiene prohibida la entrada a mi casa desde primero.

			En la biblioteca olía a viejo y a polvo. Nada más entrar empecé a estornudar. Por desgracia no llevaba encima el espray nasal.

			—Espero no morirme aquí —le dije a Petrowna, a lo que ella contestó:

			—No sería una gran pérdida.

			Así es como hablamos entre nosotras, pero no lo dice en serio.

			La señora Meier le estaba dando la mano a otra mujer también bajita y de aspecto gris con reflejos violetas en el pelo. Era la bibliotecaria. En la pared había un cartel en el que ponía algo sobre la Semana del Libro.

			Nos dirigimos como un rebaño de ovejas a una sala lateral con sillas en filas. Todos se acomodaron en los asientos de plástico y pusieron los pies en el respaldo de delante. Algunos empezaron a tirarse cojines y libros de cuentos. Nadie se enteró de que la lectura ya había comenzado ni de que la bibliotecaria estaba ahí delante hablando de algo. La señora Meier dirigió una mirada suplicante a Petrowna.

			—¡Cerrad todos el pico de una vez! —vociferó Petrowna.

			Entonces nos dimos cuenta de que había alguien más. La autora.

			Era una mujer bastante alta y delgada. Estaba sentada detrás de una mesita que resultaba demasiado pequeña para sus largas piernas y parecía muy triste. El pelo, grasiento y teñido de negro, le caía sobre los ojos. Así que casi no se le veía la cara. Junto a ella había una pila de libros.

			La señora Meier y la bibliotecaria empezaron a aplaudir como si estuviéramos jugando en la guardería. Enseguida todos nos pusimos a aplaudir. Estuvimos así durante un minuto, luego dos, luego cinco. Se podía conseguir mucho con cosas muy sencillas. Las mejillas de la bibliotecaria se sonrojaron, la señora Meier gesticulaba con las manos como una directora de orquesta. Pero seguíamos aplaudiendo imperturbables. Petrowna estaba distraída porque justo en ese momento se había puesto a leer un mensaje en su Samsung.

			Dejé de aplaudir cuando las palmas de las manos empezaron a dolerme. A los demás les debió de pasar lo mismo, en algún momento lo dejaron y tuvieron que masajearse los dedos.

			La autora dijo que se llamaba Leah Eriksson, que había escrito cinco libros y que iba a empezar a leer. Después podríamos hacerle preguntas. Así que se puso a leer. Hablaba muy bajito y algunos gritaron: «¡No se oye nada!». Otros se pusieron a cuchichear y dos chicas aprovecharon para cepillarse el pelo. Petrowna miraba con el ceño fruncido el árbol que asomaba por la ventana.

			Yo era la única que estaba escuchando.

			Y no me lo podía creer.

			Lo que la tal Leah Eriksson estaba bisbiseando trataba de mí.

			De mi familia.

			De mi vida.

			De mis pensamientos.

			Los nombres eran diferentes y había un par de detalles sin importancia que no coincidían. Pero el resto se refería a mí.

			Y encima nadie se daba cuenta. Porque nadie estaba escuchando. Creo que ni siquiera la señora Meier prestaba atención. Simplemente se conformaba con que guardásemos silencio y estaba sumida en sus pensamientos. A lo mejor estaba contando los años que le quedaban para jubilarse. Le di un codazo a Petrowna, pero no lo entendió y me lo devolvió.

			—¿Lo estás escuchando? —le pregunté, pero siguió mirando el árbol como si no hubiera nada más interesante en el mundo.

			Me fastidió que los demás se pusieran a hablar cada vez más alto. No podía entender casi nada. Deseaba que Leah dejase de leer. Y al mismo tiempo tenía miedo, como si fuese a dejar de respirar cuando ella parase. Busqué en el bolsillo algunas monedas que me habían sobrado. Qué tonta había sido al darle los dos euros a Petrowna. Mis dedos se toparon con un billete enrollado de veinte euros. No tenía ni idea de cuánto costaban los libros.

			—¿Tenéis preguntas?

			Leah Eriksson nos miraba a través de sus mechones de pelo.

			Levanté la mano, pero otros fueron más rápidos.

			—¿Por qué se dedica a esto?

			—¿Cuánto gana?

			—¿Qué va a hacer esta tarde?

			Leah Eriksson pestañeaba confundida.

			Chasqueé los dedos y luego alcé mucho la voz para que me oyese a pesar del ruido que hacían los demás.

			—¿ME PUEDO COMPRAR EL LIBRO AHORA MISMO?

			Todos volvieron la cabeza hacia mí. Incluso Petrowna. Sobre todo Petrowna. Aunque ella también se había puesto a leer un libro cuando nadie la miraba. Hizo como si nada, pero yo sí me di cuenta.

			—¿Qué pasa? —dije—. Suena muy emocionante.

			Franz hizo como si tuviera entre las manos un libro invisible y lo estuviese leyendo con cara de pirado. Todos empezaron a carcajearse. Pero la que estaba más perpleja era Leah Eriksson.

			—Yo no vendo libros —contestó.

			—¿Y eso? ¿Quién los vende entonces?

			—Las librerías.

			—Pero usted tiene ahí uno.

			—Es mi ejemplar —respondió mientras lo agarraba con determinación, como si yo le quisiera robar el libro y no comprárselo—. Lo necesito para mí.

			—¡Le doy dinero por ese ejemplar!

			Leah se levantó para dejar bien claro que la lectura había concluido y la conversación también. Todos lo entendieron de inmediato. Una mitad de la clase quitó de enmedio a la bibliotecaria del pelo violeta y atascó la puerta de salida. La otra mitad intentó abrir la ventana para salir trepando. La señora Meier corría de un grupo a otro gesticulando y cubierta de sudor.

			Aproveché el momento para acercarme a la autora, que estaba guardando sus libros en una cartera. Me sacaba dos cabezas. Miré desde abajo a través de su pelo para verle la cara.

			—Hola —le dije.

			—Hola —contestó dando un respingo.

			—Ha leído usted muy bien —le dije mintiendo.

			—Gracias. —Ella sabía perfectamente que estaba mintiendo.

			—Como le he dicho antes, me encantaría comprarme el libro.

			—Pues hazlo.

			—Tengo veinte euros en el bolsillo.

			—Cuesta 14,95.

			Saqué triunfante el billete de veinte euros, lo desenrollé y se lo puse a Leah Eriksson encima de la mesa.

			—¿Tiene cambio?

			—Ya te he dicho que no vendo libros. Los escribo.

			—¿Es que ahora me voy a tener que ir a una librería?

			Se apartó su grasiento flequillo a un lado y clavó en mí un par de ojos azules como el acero.

			—Me da igual —dijo.

			Me pareció un poco impertinente de su parte. Al fin y al cabo escribía libros para ganarse la vida, así que no le podía dar igual.

			—Debería alegrarse de que alguien quiera leer sus chorradas.

			El par de ojos desapareció de nuevo tras el flequillo. Cerró de golpe su cartera y se dirigió hacia la puerta, que ya estaba desatascada. Mi billete de veinte euros se había quedado encima de la mesa, abandonado como una lata aplastada por la rueda de un coche.

			—¡Oiga! ¡Usted, autora! ¡Leah!

			La muy idiota ni siquiera volvió la cabeza.





			En el autobús me senté junto a Petrowna y me puse a romper en mil pedazos el folleto de la Semana del Libro que había cogido a la salida. Dos tercios de la clase se habían esfumado tras la lectura, como era de esperar. La señora Meier contemplaba con aire de resignación al mísero grupo restante que se había repartido por todo el autobús. Y en lugar de estarnos agradecida por regresar con ella a la escuela, tenía una expresión malhumorada.

			—¿Has escuchado lo que ha leído? —le pregunté a Petrowna—. ¿Has entendido de lo que iba?

			—A medias. Algo de un divorcio.

			—No solo eso. Trataba de una chica.

			—Una pasada —dijo Petrowna, bostezando.

			—No, escucha. A la chica le pasaba lo mismo que a mí. A la chica del libro.

			—Pues vaya.

			Si seguía bostezando así, se le iba a desencajar la mandíbula.

			—En serio, Petrowna. Decía las mismas cosas que siempre digo yo.

			—Todo el mundo dice las mismas chorradas que tú.

			Tenía la sensación de que no me quería comprender.

			—¡Qué nombre tan raro! Leah Eriksson —dije, cambiando de tema.

			—Seguro que es un seudónimo.

			—¿Un qué?

			—Seguro que su nombre verdadero es Pepita Pedorra. El otro nombre se lo ha inventado la editorial. Lo hacen siempre, adornan todo para que a la gente le parezca una autora guay y compre sus libros en vez de reírse de ella.

			Desde luego aquella mujer no tenía nada de guay. Y sin embargo, tampoco me apetecía reírme de ella.

			La señora Meier venía hacia nosotras tambaleándose por el pasillo del autobús.

			—Quería preguntarte si te ha gustado, Kim —dijo a la vez que me echaba una mirada simpática del tipo si-te-esfuerzas-un poco-te-pongo-un-seis.

			—¿Por qué me lo pregunta precisamente a mí? —contesté desconfiada. ¿Adónde quería llegar?

			—Te he estado observando. Estabas escuchando muy atenta.

			—¿Y qué otra cosa tenía que hacer?

			—Nunca he visto a un alumno con la expresión que tenías tú durante la lectura.

			Automáticamente me sujeté la barbilla y me toqué la nariz y las mejillas. Todo parecía estar en su sitio.

			—¿Y a usted qué le ha parecido? —pregunté. Atacar es, como todo el mundo sabe, la mejor defensa.

			—Creo que está bien para los jóvenes. Bastante cercano a la vida real.

			Mi corazón comenzó a latir de forma sospechosa.

			—Pero no es una obra de arte —añadió la señora Meier—. ¿Lees mucho?

			Tendría que haber mentido, tal vez me hubiera puesto una nota más alta. Pero le dije la verdad.

			—No leo nada.





			A la salida del colegio, Petrowna me propuso ir al parque. Era su nuevo entretenimiento: ir al parque y sentarse debajo de un árbol. Como somos amigas, la acompaño siempre. Mientras Petrowna mira las musarañas y de vez en cuando garabatea algo en la palma de su mano, yo hago los deberes. Es decir, copio lo que Petrowna ya ha hecho durante el recreo.

			Pero ese día no teníamos nada que hacer porque habíamos estado en la lectura. Primero la señora Meier nos había amenazado con una tarea relacionada con el libro. Pero después incluso a ella le pareció injusto endilgarnos algo justo a los pocos que la habíamos acompañado de vuelta al colegio. Yo era de la misma opinión.

			—De todas maneras reflexionad un poco sobre el texto —nos dijo la señora Meier al despedirse—. Nos ocuparemos del tema en detalle. Cuenta para la nota de lengua.

			—Mieeerdaaa —exclamó Franz, y los otros cuatro que había aparte de nosotras le dieron la razón—. Pero ¿qué es lo que ha contado esa tía? ¿Es que alguien la estaba escuchando?

			—Bueno, a lo mejor hasta tenéis que leeros el libro —dijo la señora Meier con cierto retintín mientras me lanzaba una mirada. Miré hacia otro lado.

			—¿Y cuál era el título del libro? ¿Cómo se llamaba la tía que lo ha escrito? —refunfuñó Franz.

			—Manual de estupidez para avanzados —gruñó Petrowna mientras me agarraba del brazo.

			Un poco más tarde estábamos sentadas bajo un castaño con el trasero empapado porque la hierba estaba húmeda y nos habíamos dado cuenta demasiado tarde. Pero nos daba mucha pereza levantarnos. Petrowna había cogido del suelo una hoja y seguía con la uña el dibujo de las nervaduras. Yo me estaba comiendo el sándwich del recreo. Excepcionalmente mi madre me había preparado uno, porque en los últimos tiempos casi siempre se olvidaba de hacerlo. Pan integral con queso y lechuga. Me comí todo lo del centro y le di los bordes a Petrowna. Ella nunca llevaba merienda, ni siquiera en primero.

			—Creo que tengo que leer ese libro —le dije.

			—¿Cuál? —Petrowna ya se había olvidado. Estaba observando la copa del árbol—. ¿Sabes que este castaño puede tener más de cien años? Ya existía cuando nuestros padres aún no habían nacido.

			Su talante romántico me resultaba inquietante. Para traerla de vuelta al tema le enseñé el folleto. En él figuraban los nombres de los autores que habían leído algo en la Semana del Libro, y también los títulos de sus libros y sus fotos.

			—Mira qué pinta tiene aquí la Leah esa —dije—. En persona es completamente diferente.

			—Tal vez se lavó la cabeza para hacerse las fotos.

			—¿Y sabes cómo se llama su libro, Petrowna?

			—No me des la brasa todo el tiempo con lo mismo.

			—Falso. Se llama Cosas que nunca sabrás. ¿Qué quiere decir con ese título?

			—Ni idea. Tal vez el título pega con el libro.

			En realidad, tenía pensado mirar en casa si me lo podía descargar gratis. Después de lo borde que había sido Leah conmigo, no tenía ganas de gastarme el dinero en su libro. Seguro que se quedaba por lo menos con la mitad, si no con todo, y eso me fastidiaba. Con esa pasta me podía comprar varios kebabs. Pero ya no aguantaba más.

			—¿Sabes dónde hay una librería por aquí cerca? —le pregunté a Petrowna.

			—Pasas delante de una todos los días. Junto al Starbucks —dijo.





2


			El hecho de que Petrowna me acompañase a la librería era bueno por un lado, pero malo por otro. Bueno porque con ella todo marchaba mejor. Malo porque tenía la sensación de que quizá esa era una de las cosas que se deben hacer sin compañía. Como ir al váter. Aunque muchas veces también íbamos juntas allí.

			Era verdad, junto al Starbucks había una librería en la que nunca me había fijado. Cuando entramos, sonó una campanilla, aunque nadie se fijó en nosotras. Dentro había estanterías con libros, mesas con libros y expositores con calendarios de gatitos. Yo pensaba que en esas tiendas solo entraban ancianas con gafas grandes. Pero en una esquina había un tío joven y sudoroso que llevaba una bolsa de deporte y detrás incluso una chica de nuestra edad. Estaba leyendo un libro enorme y reluciente que tenía abierto por la mitad. Me extrañó que le permitieran leer un libro sin haberlo comprado antes. ¿Quién iba a quererlo después?

			No olía tanto a polvo como en la biblioteca. Quizá porque los libros eran nuevos, o porque aquí tenían una señora de la limpieza más eficaz.

			—¿Os puedo ayudar en algo?

			Una mujer con moño se nos había acercado en silencio. En su cuello se balanceaba un collar de cuentas de madera. Llevaba pantuflas, así que seguramente vivía allí.

			Me quedé mirándola. No sabía cómo se compraba un libro. En Timberland hubiera dicho, por ejemplo, el color o mi número de pie. ¿Debía decir aquí «Quisiera un libro azul con doscientas páginas»?

			—Quisiéramos informarnos. —Petrowna me empujó hacia ella—. Sobre un libro de una tal Leah... no sé qué más.

			—¿Leah Eriksson? —La mujer del collar de madera sonreía satisfecha.

			Asentí. ¿De qué conocía a la tal Leah?

			—¿Es que es conocida?

			Petrowna parecía leer de nuevo mis pensamientos.

			—Una fantástica autora de Berlín —dijo la señora del collar de madera.

			—Fuimos a una lectura suya —confesé. Mi voz sonaba aflautada.

			—¡Ah, claro! ¡En la Semana del Libro! —exclamó con entusiasmo la Collares—. ¿Y qué tal estuvo?

			—Una caca —dijo Petrowna—. Nadie la estaba escuchando. Excepto ella. —Y me señaló con el dedo.

			Le di un pisotón antes de que se pusiera a contarle a la Collares por qué yo sí la había escuchado atentamente. Consideraba que eso era solo cosa mía.

			—Estáis en una edad difícil para la lectura —dijo la Collares.

			—Yo no diría eso— replicó Petrowna amable.

			Las dos se sonrieron como si alguna vez hubieran sido superamigas, después se hubieran peleado a muerte y ahora estuviesen comenzando a saludarse de nuevo.

			—¿Y qué libro de Leah Eriksson es el que te interesa? —me preguntó la Collares.

			Por desgracia en ese momento no me acordaba del título. Me puse a rebuscar el folleto en los bolsillos.

			—Trataba de una chica cuyos padres se divorcian —dije. Y al hacerlo me sonrojé como si le estuviera describiendo el dibujo de mis bragas a un desconocido.

			—¡Cosas que nunca sabrás! —exclamó la Collares con la sonrisa de un mago que estuviera sacando un conejo de la chistera—. Voy a ver si lo tenemos por aquí.

			Se puso a mirar en el ordenador, después buscó en una estantería durante un buen rato, luego entró en un cuarto trasero. Tal vez tuviera más libros allí. Yo estaba sudando. Petrowna cogió un volumen que tenía dibujado un ramo de flores en la portada. Lo abrió por la mitad. La Collares regresó. En sus manos traía el libro de Leah.

			—¡Ese es! ¡Exactamente ese!

			La Collares sonrió.

			—¡Mira qué contenta se ha puesto!

			—¿Usted lo ha leído? —pregunté mientras sentía un extraño pinchazo en el corazón.

			No quería que leyese mi historia a través de los gruesos cristales de sus gafas. Aunque no la conocía de nada y, en realidad, tampoco la quería conocer. Ella tampoco debía conocerme a mí, al menos no de aquella manera.

			—No, pero una colega sí y estaba entusiasmada.

			Cogió el billete de veinte euros que le entregué y lo alisó cuidadosamente, después me devolvió un billete de cinco euros y cinco céntimos. Miré con nostalgia mi billete. Era muchísimo dinero. Nunca en mi vida hubiera pensado que me gastaría tanta pasta para comprar 150 páginas.

			—¿Me recomendarías este libro?

			—¡No! —exclamé—. ¡De ninguna manera! ¡Lea usted otra cosa!

			La Collares me dio las vueltas ligeramente irritada, metió el libro en una bolsa de papel y me regaló un marcapáginas.





			Petrowna quería ir como siempre al Starbucks, ya que estábamos al lado. Me había dicho una vez que Starbucks era para ella el símbolo del bienestar y de la estabilidad. Ya solo por eso les estaba agradecida a sus padres por haber emigrado. En una tarde como aquella en su aldea de Kirguistán habría tomado, como mucho, té negro con mantequilla en casa de alguna tía.

			—¡Qué asco! —dije—. ¿Con mantequilla?

			—Así es. Es la tradición. Porque allí hace mucho frío. Y la grasa te da calor.

			En cualquier caso yo quería estar a solas con mi libro. Tenía la sensación de que algo se agitaba dentro de la bolsa de papel. Pero Petrowna me había apoyado durante la compra del libro y yo quería agradecérselo. Le encantaba el frapuchino y quería invitarla a uno. Para ella era demasiado caro.

			Así que entramos en el Starbucks y le compré un frapuchino con las vueltas del libro.

			—Date prisa —le dije—. No tengo todo el día.

			—¿Es que tienes una cita?

			—Sí. No.

			—¿Tienes que vigilar a tu madre para que no se tire por la ventana?

			—No deberías pensar que todos somos como tu familia.

			—¿Por qué te gusta tanto ese libro tan raro? —preguntó Petrowna cambiando de tema.

			Los chistes sobre su familia solo los podía hacer ella. Pero no respetaba ningún límite cuando se trataba del resto de las familias del mundo.

			—Hay algo que no me cuadra en este libro —dije. Noté que casi tenía miedo de leerlo—. ¿No quieres leerlo tú primero y después me cuentas de qué trata?

			—No soy tu esclava —contestó Petrowna mientras sorbía de su taza.





			De vuelta a casa en el tranvía saqué el ejemplar de la bolsa.

			No tenía los típicos capítulos con título, sino párrafos numerados. Eso ya me pareció un rollo. Empezaba describiendo cómo una chica entraba en la cocina y encontraba a su madre contando calorías. Eso también lo hacía siempre mi madre. Cuando cocinaba, ponía todo en pequeños recipientes sobre la balanza, y cuando había demasiados copos de avena, la madre del libro los devolvía a su paquete con una cuchara. Después tomaba nota de las calorías en una app de su iPhone. Exactamente igual que mi madre.

			Había una pequeña diferencia: la madre del libro era rubia y la mía era castaña. Pero, de todas maneras, me puse tan nerviosa que me pasé de parada y tuve que caminar durante un cuarto de hora en sentido contrario.





			Al llegar a casa encontré a mi madre en la cocina pesando los copos de avena. Lo peor es que estaba rubia.

			—¿Qué te ha pasado? —pregunté.

			—He estado en la peluquería —contestó.

			—Ya lo veo.

			—Y ¿qué te parece?

			—Está bien. Un poco gris.

			—¿Gris? —Corrió hacia el espejo. Pero al momento volvió con el ceño fruncido—. ¿Qué llevas ahí? ¿Drogas?

			Oculté el libro tras la espalda.

			Se dirigió de nuevo a la encimera y comenzó a transportar cucharadas de copos de avena del recipiente al paquete.

			—¿Por qué haces eso? —le dije—. No quiero que mi madre esté más delgada que yo.

			—¿Qué tal en el cole? —preguntó como si no me hubiera escuchado.

			—Hemos estado en una lectura.

			—Estupendo.

			No mostró el menor interés.

			Miré en la nevera y saqué un plato con caldo de pollo bajo en calorías. Le eché unas migas de pan duro y lo puse en el microondas. Mientras esperaba abrí de nuevo el libro.

			«No quiero que mi madre esté más delgada que yo», leí.

			Cogí el libro y corrí hacia mi habitación. Dejé el plato de sopa en el microondas. Puse el libro debajo de la almohada y me tiré en la cama. El corazón me latía con fuerza. «Las florecillas de Ikea que florecían en casi todas las habitaciones infantiles» saltaban a la vista también en mi ropa de cama. ¿Cómo podía saber Leah cómo era mi habitación? Eso lo explicaba la propia frase. Casi todas las habitaciones infantiles tenían ese aspecto.

			En la clase de ética habíamos aprendido que hoy en día uno de cada tres matrimonios se divorcia. En eso tampoco era yo una excepción. Pero, por lo demás, lo tenía muy claro: yo era única. O al menos quería serlo. Mis pensamientos eran mis pensamientos. Mis frases no las decían casi todas las chicas.

			¿O sí?

			Tenía que continuar leyendo y me daba miedo hacerlo.





			Al día siguiente me sentía como si me hubieran dado una paliza. Aunque no teníamos clase hasta tercera hora, seguía tirada en la cama, casi no podía abrir los ojos y tenía un humor de perros. Había sacado varias veces el libro de debajo de la almohada, había leído un párrafo y lo había vuelto a cerrar con rabia. Después había intentado dormir. O no lo conseguía o me quedaba dormida un rato y luego me despertaba de nuevo y mi mano volvía a buscar el libro.

			El libro contaba cómo iba a ser mi vida. Y yo no lo quería saber.

			Sin embargo, había aún un rayo de esperanza, y es que Leah estuviera equivocada.

			¡Pero tenía razón en tantas cosas! Estaba describiéndome a mí, no me cabía la menor duda. Y me sacaba ventaja.

			Luché contra el deseo de abrir el libro por la última página y leer el final.

			En lugar de hacerlo le envié un mensaje a Petrowna. He pasado una noche de mierda. Habría que prohibir este libro.

			Petrowna contestó de inmediato: Estás chiflada.

			Mis tres despertadores, que hacía un instante estaban en silencio, comenzaron a sonar de nuevo.

			Petrowna me escribió: ¿Cuándo vienes?

			Salté de la cama, busqué los pantalones, los encontré debajo y me los puse. No tenía tiempo para lavarme y tampoco para buscar ropa limpia. En el baño, las toallas sucias se amontonaban en la cesta. Eso en el libro era diferente: allí había una señora de la limpieza de origen croata que lavaba y planchaba todo, incluso los calcetines.

			La cocina estaba vacía. En la mesa había una taza con una infusión fría. Me la terminé, cogí del frutero la última manzana, ya bastante arrugada, y saqué otro billete de veinte euros del cajón. En los últimos tiempos no teníamos nada de comer en casa, pero por suerte siempre había dinero en algún sitio, así que de camino al metro me podría comprar un cruasán.

			Metí al tuntún un par de cuadernos en la mochila, agarré el libro y salí corriendo.

			La idea se me ocurrió en el metro, cuando abrí el libro, aunque solo eran tres estaciones. Pero me daba menos miedo leerlo en un vagón lleno de gente que sola de noche en mi cama. La chica del libro, cuyo nombre aún no se había mencionado, acababa de decidir hacer novillos e irse a visitar a su padre. Así que pensé: ¿y por qué no? Si mi madre hace novillos en la cocina, entonces yo también puedo hacer lo que quiera.

			Cerré el libro y me bajé.





			Mi padre se había ido de casa hacía dos meses. Primero se había organizado «una modesta solución intermedia» hasta que encontrase, como él decía, «algo adecuado». Pero de todas maneras me había dado la dirección y me había dicho que podía pasarme por allí cuando quisiera. No lo había hecho aún. Y no porque me hubiese sentado mal que ya no quisiera seguir con mi madre. Simplemente no sabía cómo debe comportarse uno cuando visita a su padre, que de repente vive en otro sitio.

			Había algunos de mi clase con más experiencia en esas cosas. Muchos tenían dos habitaciones y todos los lunes echaban pestes porque su camiseta favorita se encontraba justo en la lavadora del otro progenitor. Y el libro de matemáticas también estaba siempre donde no debía, y por eso no habían podido hacer los deberes. Pero yo tenía aún poca práctica. Probablemente era la penúltima alumna cuyos padres vivían bajo el mismo techo. Eso no podía durar mucho. Solo los padres de Petrowna seguían aún juntos, pero mantenían su matrimonio con vida a base de muchos gritos. No era de extrañar que no se aburriesen. Mis padres no tenían tanto temperamento.

			La nueva dirección de mi padre era fácil de memorizar.

			El teléfono vibró.

			Dónde te has metido. Era de nuevo Petrowna. Mierda, había olvidado avisarla. Eso no me había pasado nunca.

			Hoy no voy, escribí. Estoy enferma.

			Petrowna: Pues hace nada estabas bien.

			Yo, ya nerviosa: Me he puesto mala de repente. Le estaba mintiendo. En ese mismo instante me entró dolor de estómago. Hasta entonces solo había mentido a mis padres, pero nunca a Petrowna.

			Llamé al timbre de un edificio antiguo con una fachada venida a menos. Al primer timbre que encontré. El piso de mi padre se hallaba en la parte posterior del edificio, detrás del patio, así que seguramente no tenía timbre. La puerta de entrada zumbó, la empujé y entré dejando a un lado una hilera de buzones y una fuente. La verdad es que pese a todo parecía muy chulo. Por desgracia no había nombres debajo de los timbres de la parte posterior.

			Si no hubiera leído el libro, no habría sabido qué hacer en ese momento. Pero la chica del libro sabía que había que tocar los timbres más altos cuando se iba a visitar a los padres divorciados, pues las buhardillas, con sus techos oblicuos, no estaban muy solicitadas y por eso era más fácil conseguirlas, sobre todo cuando no había ascensor. Así que busqué el timbre más alto y lo escuché sonar por encima de mi cabeza a través de una ventana abierta.

			Cuando llegué arriba, las piernas me dolían de subir tantos escalones. La puerta estaba medio abierta y dentro se oía tronar una aspiradora. Entré tranquilamente y me di de bruces contra una mujer gruesa que llevaba unos leggins de color rojo. Apagó la aspiradora y me sonrió, como si nos conociéramos de toda la vida.

			—¿Papá? —me preguntó.

			—Creo que mi padre vive aquí —dije muy cortada.

			—Papá no aquí. Ven.

			Me llevó a la cocina, me sentó en una silla y me preparó en un periquete un sándwich de queso.

			—Cara como papá —me dijo mientras me daba un pellizco en la mejilla y me ponía el sándwich en la mano.

			Era escalofriante estar sentada en una cocina ajena con una aspiradora encendida al lado. Me puse en pie y miré por una ventana que daba a un patio interior con cubos de basura. En el alféizar estaban los Lucky Strike de mi padre. Al menos una pequeña señal de que me encontraba en el lugar correcto. La señora de la limpieza asomó la cabeza por la puerta.

			—Papá viene. ¿Ta?

			—¿Cómo?

			—¿Querer ta? —dijo, señalando una lata de té en la estantería.

			—No, gracias.

			—Papá venir pronto.

			Asentí. No quería que lo llamase así, al fin y al cabo no era su papá.

			Para hacer tiempo saqué el libro de la mochila. Y para variar le quité la sobrecubierta y me puse a mirar la solapa. Había una fotografía de Leah Eriksson, pero la verdad es que entre esa imagen y la persona de la biblioteca había un mundo. Desde luego estábamos rodeados de mentiras.

			El móvil empezó a vibrar. Petrowna. Tienes que recuperar mates.

			Le contesté con un ¡Mira qué bien!, y continué observando la cubierta.

			Para matar el tiempo me puse a leer lo que estaba escrito debajo de esa foto tan chula. Lo tendría que haber hecho mucho antes. Leah Eriksson era de Fráncfort, había estudiado Biología y después estuvo desempleada. O sea, que no le daba ninguna vergüenza reconocer delante de todo el mundo que era una inútil. Más tarde comenzó a escribir novelas juveniles con las que obtuvo un gran éxito. Eso ponía ahí. No me lo creía porque no conocía a nadie que leyese libros. Por favor..., ¿cuántos tenía que vender para poder vivir de ello? Tal vez su marido era rico. Pero la verdad es que no tenía pinta de tener marido.

			Leí a toda velocidad el texto de la contraportada y después abrí de nuevo el libro. En cualquier caso era más emocionante que el periódico que había sobre la mesa. Solo de ver todas esas letras pensé que iba a desmayarme.

			No me di cuenta de que mi padre ya había llegado. Estaba leyendo ese libro y todas las cosas escalofriantes que le sucedían a la chica protagonista. A mí no me iban a pasar todas esas cosas, pensé. Mi padre no era tan tonto, ¿o sí?

			—¡Hijita mía! —exclamó mi padre con una voz que denotaba cierto pánico—. ¡Menuda sorpresa!

			Ya lo creo que sí. Me llevé un buen susto y escondí el libro tras la espalda. No sé por qué. Quizá no quería que me pillasen leyendo.

			La cuestión era que mi padre no estaba solo. A su lado había una mujer. No era «negra como la noche», tal y como acababa de leer en el libro. Era más bien marrón como el chocolate con leche. Por eso me resultaba un poco difícil adivinar su edad. Por supuesto debía de tener más de veinte años, pero más no podía decir. Y hubiera sido un poco raro que me pusiese a mirarlo en la novela en ese momento. La ropa que llevaba parecía hecha a mano, sus enormes pendientes tintineaban y tenía una sonrisa amplia. Todo ese tintineo y esa ropa me hubieran resultado indiferentes si mi padre no hubiera tenido el brazo alrededor de su cintura.

			—Oh —se me escapó. No podía decir nada más en ese momento.

			—Esta es Alicia —dijo mi padre mientras atraía a la mujer hacia sí, aunque ella no parecía querer salir corriendo.

			—Y esta es Kim Josephine. Mi hija mayor.

			El corazón se me detuvo durante unos instantes. «Hija mayor». ¿Pues cuántos hijos tenía aparte de mí? Mi mirada voló hacia la tripa de Alicia. Pero estaba oculta bajo un jersey muy holgado de punto. Intenté devolverle la sonrisa. Me tendió la mano y nos saludamos.

			Mi padre paseaba la mirada entre las dos. Su sonrisa empezaba a preocuparme. De una manera tan forzada solo sonríe la gente que está a punto de sufrir un infarto.

			Entonces hizo lo que siempre hacía cuando se sentía perdido. Nos invitó a comer.





			En la esquina había un restaurante indio con un menú del día. Mi padre dijo que entre las doce y las tres todo estaba muy barato. No me gustó nada que dijese eso. Normalmente no se fijaba en cuánto costaban las cosas. Nos sentamos en una mesa de cuatro, él con Alicia enfrente de mí. Pedí pato crujiente con arroz y de primero una sopa, porque estaba hambrienta. De vez en cuando picaba algo del plato de mi padre, que había pedido pollo con curri de coco y cacahuete. Alicia prefirió un plato vegetariano.

			No paraba de sonreírme con sus dientes blancos como la nieve. Mi padre no dejaba de tocarle la rodilla por debajo de la mesa. Yo hacía como si no me diera cuenta.

			—¿Cuánto tiempo hace que os conocéis? —me interesé.

			—¿Qué tal está mamá? —me preguntó mi padre al mismo tiempo.

			Qué mal timing, le hubiera podido decir en ese mismo instante. ¿Es que no veía ninguna serie? La sonrisa de Alicia parecía de repente un poco forzada.

			—No muy bien —contesté—. No se levanta por las mañanas, no come nada, así que la mayoría de las veces tampoco tengo nada de comer, y ya no me quedan calcetines limpios.

			—A tu edad yo me lavaba a mano los calcetines —dijo Alicia.

			Mi padre y yo nos quedamos mirándola mientras ella mordisqueaba una hoja de lechuga.

			—Os puedo enviar a Marija —dijo mi padre—. Ya la conoces. Nuestra señora de la limpieza. Es de Croacia.

			Y justo cuando me dijo eso me di cuenta, por primera vez, de que ya no vivía en casa con nosotras y de que las cosas nunca volverían a ser como antes.





3


			Llevaba una hora en casa cuando Petrowna llamó al timbre. Me traía una caja de aspirinas y un limón.

			—¡Pero si tienes muy buen aspecto! —me dijo cuando abrí la puerta y le cogí las cosas.

			—Es que estoy muy bien, tonta.

			—No te he traído los ejercicios que nos han dado en el cole.

			—Buena chica.

			La agarré de la manga y la metí dentro de casa. Nos saludamos dándonos tres besos en las mejillas. Petrowna dijo que si no tenía nada contagioso y mi madre no estaba, podía arriesgarse con buena conciencia a entrar en mi casa. Petrowna era un poco maniática con las enfermedades. Siempre tenía miedo de contagiarse de algo. Eso le pasaba por leer ya en primaria libros que, en realidad, eran para estudiantes de Medicina.

			—¿Qué te pasa? Tú nunca haces pellas —me preguntó después de quitarse las botas y de tirarse en mi cama.

			—Están todos locos —contesté yo.

			—¿Qué hay de nuevo?

			—Estuve en casa de mi padre. Se ha echado una novia negra.

			—¿Qué quieres decir?

			—Una mujer de piel oscura. Se llama Alicia.

			—¿Y? —preguntó Petrowna—. ¿Es que nunca habías visto a una negra?

			—No en mi casa.

			—No era tu casa. ¿Y qué me dices de Amelie?

			Me rasqué la cabeza al oír esa pregunta. Amelie se sentaba justo detrás de mí en clase y siempre me daba algún trocito de las zanahorias que su madre, que era de Kenia, le preparaba todas las mañanas para el recreo. A veces se sentaba a mi lado cuando Petrowna no tenía tiempo de holgazanear conmigo.

			—Amelie no cuenta —dije—. La conozco de toda la vida. Esa mujer tiene un rollo con mi padre.

			—Pues dilo así, pero no comiences diciendo de qué color es su piel.

			—Eres una quisquillosa.

			—Y tú, una racista.

			—Corta el rollo, Petrowna. Imagínate que me dan un hermanito africano.

			—¡Qué monada! —dijo Petrowna.

			Estábamos en la cocina y nos habíamos preparado cada una una taza de zumo caliente con el limón que había traído Petrowna. Y en cada taza habíamos disuelto una aspirina. Petrowna decía que era bueno para la circulación y para los resfriados, aunque no los tuvieras. Las tazas estaban tan calientes que tuvimos que ponerlas a enfriar en el alféizar de la ventana, donde las veíamos humear.

			Petrowna cogió su taza y dio un sorbo. Después me miró por encima del borde.

			—¿Por qué dices lo del hermanito? ¿Es que ya está embarazada?

			—El libro dice que sí —musité—. Y yo ni siquiera sabía que mi padre tenía una novia. No nos lo había dicho, ¿entiendes? Pensé que simplemente no aguantaba más a mamá y que por eso se había mudado. Este libro me ha descubierto más cosas sobre mi padre que las que me ha contado él.

			Al parecer a Petrowna ya se le había ido del coco lo del libro. Lo saqué y lo sacudí delante de sus narices. Soltó un suspiro.

			—¡Ya estás con ese maldito libro!

			—¡Es un libro enfermizo! —exclamé.

			—Pues entonces, quémalo.

			Pero también me daba miedo hacerlo.

			Como seguía sin comprenderme, me senté a su lado e intenté explicarle todo desde el principio. Muy despacito. Le expliqué que en aquella lectura Leah había leído cosas que me habían mosqueado. Detalles de mi vida. Frases que yo decía o, incluso, pensaba. Y que en su libro describía a una chica que era exactamente como yo. Los padres se separaban. El padre estaba con una americana que en el libro se llamaba Tricia y tenían un niño. La madre de la chica estaba a punto de morir de inanición.

			Los ojos de Petrowna brillaban de curiosidad.

			—¿Y salgo yo también?

			—Hasta ahora no. Solo he leído el principio.

			—¿Por qué?

			—¡Porque estoy muerta de miedo! Todo lo que leo sucede. Así que he pensado que si no lo leo, quizá no suceda.

			—No entiendo nada —dijo Petrowna.

			Tengo que decir que Petrowna no solo entendía siempre todo, sino que además lo cazaba al vuelo. Mi madre la consideraba una asocial por las peleas que tuvimos en primero, pero ya por aquel entonces Petrowna era diez veces más lista que yo.

			Y mi madre no quería darse por enterada. Más bien se había quedado impresionada porque Petrowna dijo en primaria que su padre era oficialmente cocinero, pero en realidad se dedicaba a vender drogas. Eso es lo que me contó, y yo cometí el error de preguntarles a mis padres si las drogas también podían comprarse en una droguería.

			El padre de Petrowna llevaba unas gafas de cristales muy gruesos, y, al verle, uno tenía la sensación de que en caso de necesidad sería capaz de construir una bomba con un hervidor de huevos. El caso es que a partir de lo de las drogas no solo me prohibieron que trajese a casa a Petrowna, sino también que me acercase a la suya.

			Mi amiga no llevaba unas gafas como las de su padre, pero era listísima. En el colegio sacaba un sobresaliente tras otro, tanto si estudiaba como si no. Pero está claro que nunca había leído un libro sobre sí misma, por eso ahora parecía corta de entendederas. Cuando uno no ha vivido esa experiencia en carne propia, no puede entenderlo.

			—¿Alguna vez has tenido entre tus manos un libro? ¿Antes de este, quiero decir? —preguntó Petrowna con una risita maliciosa.

			Su pregunta me puso de mal humor. Me recordaba las conversaciones que teníamos a veces cuando oscurecía y no nos podíamos ver bien. ¿A qué chico te gustaría besar? ¿A qué chica? ¿Cuál es la última película que te ha hecho llorar? ¿De verdad que nunca has leído un libro?

			Intenté recordar.

			—Mi padre me leía cuentos cuando era pequeña. Pero eso seguramente no vale. En el colegio una vez leímos uno, algo de Hitler.

			—¿Y tú sola? ¿En casa?

			—Ya lo sabes. Nunca tenía tiempo —dije.

			—¿Y qué tenías que hacer?

			—¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? Pues, oír música. Montar a caballo. Hacer gimnasia. Salir contigo. Tú siempre estabas conmigo.

			—De todos modos estoy alucinada —dijo Petrowna—. Dame ese libro enfermizo, lo leeré por ti.

			En un primer momento me pareció un ofrecimiento muy amable por parte de Petrowna. Un verdadero sacrificio. Pero después pensé que no sería lo correcto. Lo leería y se enteraría antes que yo de las cosas que iban a pasarme. No quería que eso sucediera. Si una de nosotras tenía que leerlo, esa era yo. No debía dejarlo en manos de otra persona.

			—Quizá ahí pone que voy a morir —dije yo.

			Petrowna enseguida quiso abrirlo por la última página, pero se lo quité de las manos.

			Puse el libro de nuevo debajo de la almohada y me senté encima. Petrowna me miró con expresión compasiva.

			—En breve dejarás de ser una pobre hija única mimada —anunció—. Siempre habías querido tener hermanos.

			—Hasta que conocí a los tuyos —contesté.





			Eso era mentira. Aunque la verdad es que nunca he sabido exactamente cuántos hermanos tiene Petrowna, porque me hago un lío con todos sus hermanos y primos. Pero Petrowna no solo tiene en su casa a algunos chiquillos insoportables que le arrancan las hojas del cuaderno de geografía para hacer aviones de papel. Cuando éramos pequeñas, de vez en cuando la recogía del colegio un chico joven llamado Timur. Siempre que aparecía Timur yo me apartaba de Petrowna, porque tenía miedo de hacer alguna estupidez y de que siempre me recordase como una ridícula niña con las mejillas rojas como tomates.

			Cuando estaba en primero, Timur me parecía un gigante. Ahora es Petrowna la que me parece gigante, y ya hace mucho tiempo que nadie viene a recogerla al colegio. Así que hace mucho tiempo que no veo a Timur. Una vez que le pregunté por él, Petrowna me dijo que estaba estudiando para convertirse en un terrorista de esos que ponen bombas. En mi interior deseé que sus pestañas infinitas no se chamuscasen si algo le salía mal.





			Al día siguiente volvimos a tener las dos primeras horas libres. Por suerte me enteré en el último momento gracias al chat de la clase. Así que pude dormir un rato más, cosa que necesitaba con urgencia porque me había pasado de nuevo toda la noche luchando contra el libro. Leí cinco páginas más y después no podía conciliar el sueño. Y apenas me había dormido, me despertó el ruido de la aspiradora.

			Salté de la cama y corrí escaleras abajo hacia la cocina. Estaba dispuesta a soltarle un grito a la primera persona que me saliese al encuentro. En el pasillo que hay justo delante de la puerta de la cocina, divisé de nuevo esas gruesas piernas, esta vez embutidas en unos leggins de color negro. El tubo de la aspiradora emitió un ruido metálico, seguro que acababa de succionar mi pendiente favorito.

			—¡Buenos días, niña de papá!

			—¿Qué hace usted aquí?

			—Papá enviarme. —Marija me sonrió y siguió pasando la aspiradora.

			Me refugié en la cocina y cerré la puerta. Entonces me di cuenta de que no estaba sola. Mi madre estaba sentada a la mesa, en camiseta y con un tanga de color rojo bebiéndose un café. En su mano se balanceaba el sobrecito de sacarina.

			—¡Mamá, estás despierta a estas horas! —Miré avergonzada sus piernas flacas y azuladas, una cruzada sobre la otra—. ¿Qué es este follón?

			—Un regalo de tu padre. —Mi madre bebió un sorbo de café y alzó la vista hacia mí—. Porque le has dicho que ya no estoy en condiciones de cuidar de ti y de la casa.

			—¡Yo no dije eso!

			—Está bien. Es la verdad. —Y echó una mirada melancólica a su taza.

			Yo me serví un vaso de agua, inspeccioné desesperada la nevera y me senté enfrente de ella mientras el estómago me rugía.

			—Va a venir cuatro veces por semana —dijo mi madre en tono quejumbroso, como si se hubiera muerto alguien.

			—No será verdad.

			—Sí. Va a limpiar, a cocinar y a planchar.

			Yo pensé que en realidad aquello no era ningún disparate. Quería tener otra vez mis cosas limpias y quería comer algo más que barritas de chocolate, zanahorias de Amelie o aspirinas de Petrowna.

			—Mamá —dije—. ¿Cuándo fue la última vez que leíste un libro?

			Suspiró.

			—Hace ya bastante tiempo. Apenas lo puedo recordar. Era más joven que tú.

			—¿Y qué libro era?

			—Hanni y Nanni. Y después leí otro. Sobre el amor.

			—¿Y alguna vez tuviste la sensación de que ese libro hablaba de ti?

			Se encogió de hombros.

			—Más bien era al revés. Yo quería ser la persona que vivía todas esas cosas maravillosas.

			—¿Y si fuera al revés? ¿Que lees un libro y en él se describe tu vida?

			—Nunca he oído nada parecido —respondió mi madre—. Para eso tienes que ser famosa o algo así.

			¿Es que yo era famosa? No, que yo supiera. Era obvio, no entendía en absoluto de lo que le estaba hablando. Y mejor que no intentase aclarárselo. Si hasta Petrowna tenía dificultades para entenderlo, mi madre no lo entendería ni por asomo.

			—Deberías comer algo, mamá —le dije.

			—Lo haré —contestó mecánicamente. Eso era lo que contestaba siempre.

			Quizá le vendría bien vestirse y salir de casa, pensé. Pasear o comprarse ropa o hacer deporte. Lo que solía hacer cuando papá aún vivía con nosotras. Recoger zapatos de invierno y ropita de bebé para los refugiados. Tomarse un café en alguna terraza antes de que empezase a hacer frío. Me estaba imaginando qué vestido debía comprarse mi madre cuando se dio la vuelta.

			—¿La has visto?

			—¿A quién?

			—A la nueva.

			Al principio pensé en hacerme la tonta. Pero hubiera sido cruel obligar a mi madre a explicarme cosas que yo había comprendido sola hacía ya tiempo. Mejor dicho, con la ayuda del libro. Por supuesto se refería a Alicia.

			Miré hacia otro lado y asentí.

			—¿Y? ¿Qué aspecto tiene?

			—Marrón.

			—¿Cómo dices?

			—Marrón.

			Mi madre parpadeó.

			—¿Te refieres al color de la piel?

			—¿A qué si no?

			—Seguro que es joven y guapa —dijo mi madre.

			—Tú eres más guapa —mentí—. Y sobre todo más delgada.

			Mi madre esbozó una amplia sonrisa.





			En clase de lengua la señora Meier quería hablar sobre la lectura.

			—Vuestras impresiones, por favor.

			Muchos levantaron la mano. Yo miré preocupada mi mochila, que estaba abierta, por si alguien había podido ver desde fuera qué libro había dentro.

			—Silas, ven a la pizarra y escribe las opiniones —ordenó la señora Meier.

			Silas saltó por encima del pupitre, buscó largo rato el rotulador y se puso en posición junto a la pizarra blanca.

			—Aburrido.

			—Una mujer extraña.

			—No entendí nada.

			—No tan rápido —dijo Silas.

			—Cosas de chicas.

			—No es verdad. Yo soy una chica y, sin embargo, me quedé dormida.

			—No se le entendía nada.

			—Era tan fea que no podía ni escucharla.

			Petrowna sacó su teléfono e hizo rápidamente una foto de las palabras de la pizarra. Después levantó la mano.

			—¿Sí?

			—Yo también tengo una pregunta —dijo Petrowna, arrastrando las sílabas—. ¿Hay alguna razón en especial por la que fuimos a esa lectura?

			—Las demás ya estaban llenas —dijo la señora Meier—. Me enteré tarde de que era la Semana del Libro.

			Se volvió a la pizarra y la contempló unos instantes.

			—Unas críticas abrumadoras, ¿verdad? ¿Te sientes mal, Kim Josephine?

			Me pilló desprevenida. Me sentía mareada y tenía náuseas, pero creía que nadie lo notaría.

			—Estoy bien —dije con voz ronca.

			—Vaya, es una pena —dijo la señora Meier, que se había vuelto a poner sus gafas para mirar la pizarra—. No me gustaría que esas opiniones se quedasen así. Tenemos que darle una oportunidad al libro y leerlo hasta el final.

			Del susto me sentí aún peor.

			—NOOOOOOOOO —gritaban todos. Yo también me puse a gritar.

			—¡SILENCIO! —chilló la señora Meier aún más alto—. No tenéis que leerlo todos. Lo hará uno. Y después dará una charla sobre el libro. Contará como un tercio de la nota en el examen oral. Se puede conseguir un ocho fácilmente. ¿Qué me decís? A algunos les vendría muy bien.

			La clase se quedó en silencio. Yo estaba a punto de desmayarme. Entonces levanté la mano.

			—¡Yo!

			—¿Kim Josephine? —La señora Meier me miró con buenos ojos—. Me di cuenta enseguida de que te había gustado. Incluso me imaginé que te gustaría leer el libro. Por supuesto es algo estupendo. ¿Alguien más quiere colaborar?

			Miró a Petrowna, como si fuésemos hermanas siamesas. Mi amiga me lanzó una mirada interrogante. Negué con la cabeza. Estaba tan concentrada en Petrowna que no me di cuenta de nada más.

			Por eso tampoco tuve oportunidad de defenderme. Cuando la señora Meier dijo: «Muy bien, Jasper», ya era demasiado tarde.





			Tenía unas ganas tremendas de estampar el maldito libro contra la cabeza de Jasper.

			—¿Tú de qué vas? ¿Por qué te metes en esto? —le solté entre dientes cuando se me acercó con una sonrisa durante el recreo.

			—Yo también quiero un ocho fácil.

			—Pues búscatelo en otra parte.

			—El libro no es solo tuyo —protestó Jasper.

			—Claro que sí —intervino Petrowna, que estaba a nuestro lado y nos miraba desde las alturas—. En cierto modo sí lo es.

			Resumiendo: no podía evitar que aquel idiota hiciese el trabajo conmigo. Lo cual echaba por tierra todos los planes que tenía para ocultar el contenido de la novela a toda la clase. Le propuse a Jasper que me dejase leerla a mí y confiase en lo que yo contara sobre el libro. Pero, curiosamente, no quería. Y eso que se habría ahorrado un montón de trabajo.

			Además yo ya tenía el libro, pero no quería que lo supiera. La señora Meier dijo que el colegio compraría un ejemplar para la biblioteca y lo podríamos sacar.

			—¿Y leerlo entre los dos? Una página yo y una página él, ¿o qué?

			—Eso lo podéis decidir entre los dos de manera responsable —respondió la señora Meier—. No entiendo tu escepticismo con tu compañero, Kim. Por favor, ya no sois unos críos. Estáis en condiciones de poneros de acuerdo y colaborar.





			Y lo que era aún más triste: últimamente Petrowna se negaba a comprenderme. Decía que desde esa lectura yo ya no era la misma de antes. Y que no podía apoyarme si yo no le dejaba ni ojear el libro. Tal vez no me entendería hasta que no lo leyese.

			—Tú lo tienes muy fácil, porque no sales en él —comencé a decir, y de repente me quedé callada. ¿Cómo podía yo saber que no salía en la historia? ¿Acaso la chica del libro no tenía amigos? Tal vez no había leído lo suficiente. De todas maneras no me quedaba más remedio que seguir leyendo porque tenía que hacer el trabajo.

			Solo faltaba que Jasper lo leyese antes que yo.

			Le dije que me avisara cuando lo hubiera terminado y después invité a Petrowna a Starbucks para que recuperase el buen humor.

			Nos quedamos paradas frente al escaparate de la librería. En realidad fui yo la que se detuvo porque vi mi libro en el escaparate. Saltaba inmediatamente a la vista. Hubiera querido entrar y comprarlo de nuevo para que nadie lo cogiese y pudiera leer mis más íntimos secretos. Pero después me di cuenta de que así no solucionaría el problema. Seguro que no era el último ejemplar que había en el mundo. Y no tenía suficiente dinero como para comprarlos todos. Quizá ni siquiera mi padre lo tenía, y en todo caso no me lo daría porque últimamente parecía estar ahorrando.

			Entonces se me ocurrió una idea del todo nueva.

			—A lo mejor me conoce —pensé en voz alta—. Quizá conoce a alguien de mi familia.

			—¿Quién? —preguntó Petrowna.

			—Leah.

			—Pues pregúntaselo —dijo Petrowna.

			—¿Y cómo lo hago?

			—Pregunta por su dirección en la editorial.

			Con Petrowna las cosas siempre sonaban muy sencillas, y es que se las sabía arreglar en la vida mucho mejor que yo. Pero en realidad se me tendría que haber ocurrido a mí.

			—¿Y cómo encuentro la editorial?

			—Por Dios, cariñito —dijo Petrowna—. ¿Es que tu papá no te ha contratado internet?

			De repente me sentí muy estúpida. Pero en general no era estúpida, al menos no en las cosas que controlaba.

			—Me voy a informar —dije—. Encontraré la editorial y le preguntaré todo a Leah.

			—Hazlo, cielo —dijo Petrowna—. Pero ¿sabes una cosa?

			—¿Qué?

			—Antes de nada, léete el libro hasta el final.





4


			Mi madre abrió los ojos de par en par cuando le dije que iba a recibir una visita. De un tal Jasper.

			—Oh, ¿un chico?

			—No, mamá, un pececillo de colores.

			Deseé que cambiase de expresión, pero por fin había una expresión en su rostro. Eso ponía justo en el libro de Leah: «Finalmente en el rostro de mi madre volvía a haber una expresión». En la novela, el chico se llamaba Jonathan. En cuanto apareció ese personaje la historia, se volvió tan aburrida que casi me asfixio.

			—No es lo que piensas, mamá —le dije.

			—Pues claro que no —contestó, guiñándome un ojo.

			Por suerte la casa estaba recogida. Marija, la señora de la limpieza, había limpiado la cocina, había lavado la ropa sucia y en la vitro había una cacerola con un guiso. Un regalo de mi padre que humillaba a mi madre, pero a mí me llenaba la barriga. En mi habitación, Marija había sacado las bragas sucias de debajo de la cama y había pasado la aspiradora por la alfombra. Así que ya no me daba vergüenza invitar a Jasper. Y él hizo como si estuviera ansioso de reunirse conmigo.

			¡Si pudiera sobreponerme y seguir leyendo el libro! Pero no lo conseguía. Tras leer cuatro páginas, estaba bañada en sudor y sabía que me esperaba de nuevo una noche de insomnio en la que en mi cabeza estarían dando vueltas todas las cosas que le habían pasado a la chica de la novela.

			Por supuesto mi madre no se quitó de en medio cuando Jasper llamó al timbre.

			—¡Es para hacer un trabajo, mamá! —repetí, pero ella no paraba de sonreír. Por lo menos sonreía de nuevo.

			Jasper estaba ya en el vestíbulo y le dio la mano. Llevaba una camisa bien planchada y tenía un aspecto muy diferente a cuando lo veía en el colegio. Solo su sonrisa era la misma.

			—¿Queréis estar en la cocina o en el salón?

			Por supuesto, yo prefería mi habitación. Pero entonces mi madre nos miraría de una manera más elocuente aún.

			—En la cocina —dije—. Pero necesitamos tranquilidad, ¿vale?

			No nos dejó en paz hasta habernos ofrecido a Jasper y a mí un zumo y haber cortado en trocitos, y colocado decorativamente en un plato, las manzanas que había comprado Marija.

			—Gracias, mamá.

			Cogió un paquete de galletas de chocolate caducadas del armario y las puso en un bol.

			—¡GRACIAS, MAMÁ!

			—¡Vale, ya lo he pillado!

			Por fin se fue de la cocina.





			Me había propuesto firmemente ser amable con Jasper. Estábamos en el mismo barco, así que teníamos que encontrar la manera de colaborar. Tal vez mis preocupaciones eran totalmente innecesarias y al leer no se daría cuenta de que el libro trataba de mí. Al fin y al cabo apenas me conocía. Sabía tan poco de mis pensamientos como de la segunda primavera de mi padre y de otras cosas que, últimamente, me estaban pillando por sorpresa. Así que intenté relajarme para llegar a un acuerdo con Jasper sobre las tareas de cada uno.

			Lo que no entendía era por qué me miraba tan fijamente todo el rato. Lo hacía cada vez que no lo estaba mirando, cuando intentaba hacer un esquema del trabajo y reflexionaba durante algunos minutos sobre lo que íbamos a escribir en la hoja, aparte de «Trabajo» y de la fecha. O cuando iba a buscar un vaso porque quería beber agua. Al final no pude contenerme.

			—¿Qué pasa? ¿Es que tengo granos en la cara o es que me crecen flores en las orejas?

			Jasper se puso rojo como un tomate.

			—No... Es que... eres muy guapa.

			—¿Qué? —El vaso de agua casi se me cayó encima de su cuaderno—. ¿Estás flipando?

			—No. En serio. Lo siento.

			Primero sentí ganas de ir corriendo al baño para mirarme la cara. Tal vez estaba diferente desde que me la había visto al lavarme los dientes por la mañana. Pero conseguí quedarme en mi sitio. Jasper cogió su cuaderno y se puso a garabatear en él como un loco, como si de repente se le hubieran ocurrido mil ideas geniales.

			—No has dicho nada, ¿verdad? —le pregunté tras unos breves instantes.

			—No —respondió enseguida—. No he dicho nada de nada.

			—Han sido imaginaciones mías, ¿verdad?

			—Eso, exactamente —dijo él con los ojos fijos en los cuadraditos del cuaderno.

			Pero, por supuesto, no me lo había imaginado. En los últimos tiempos dudaba demasiado a menudo de mis facultades mentales. Vale, no iba bien en el colegio, no leía libros, de pequeña había coleccionado unas pegatinas supercursis con ponis y había pegado los mocos en las paredes, pero desde luego una cosa no era: estúpida. Al fin y al cabo Petrowna era mi mejor amiga y lo que ella más odiaba era a los duros de mollera. Una vez en segundo volcó su pupitre porque no podía soportar que la clase tardase tantas horas en aprender la tabla de multiplicar. La única vez que me tiró de la silla fue porque estaba tardando demasiado tiempo en copiar en mi cuaderno el dibujo de una célula que había hecho ella ya en el suyo. Así que yo no debía de ser tan torpe y seguro que era capaz de distinguir lo real de lo no real.

			—Esta reunión no tiene ningún sentido —dije—. Tú todavía no te has leído el libro. Y yo solo una quinta parte. Estamos perdiendo el tiempo. No podemos preparar el trabajo si no sabemos lo que pasa en la novela.

			—Entonces vamos a leerlo juntos —respondió Jasper con una amplia sonrisa.

			—Yo no puedo leer con alguien a mi lado —dije—. Vete a tu casa.

			Me dirigió una mirada tan triste que me dio pena. Cuando no sonreía, se parecía un poco a Bambi, y yo me sentía como el cazador malo que mata a su madre. Así que me subí a Jasper a la habitación y nos tumbamos en la cama a ver varios capítulos de Orphan Black, pero todo el rato tuve mucho cuidado de que al menos hubiera medio metro de distancia entre los dos.





			Cuando finalmente se fue (tuve que echarlo literalmente de casa e, incluso, cuando ya estaba saliendo sus suelas parecían estar pegadas a nuestras baldosas), ya no pude aplazarlo más. No podía permitirme que el libro me adelantase y me pillase desprevenida todo el tiempo. Tenía que leerlo todo, hasta la última página. Quería saber lo que me esperaba.

			Lo abrí y busqué el párrafo en el que me había quedado. El libro me empezó a contar lo que yo ya sabía. El compañero con el que me condenaban a hacer el trabajo estaba totalmente colado por mí. Y yo, en la novela, me sentía justo igual de horrorizada que en la realidad. Nunca había tenido nada en contra de Jasper, incluso me parecía uno de los chicos más agradables. No nos chinchaba, no daba empujones y en general era un tío agradable y sencillo. No tenía granos virulentos y seguro iba bastante bien en el cole, tampoco lo sabía con certeza, nunca me había llamado especialmente la atención.

			El libro me ponía de los nervios porque hablaba muchísimo de Jasper, que se llamaba Jonathan. No era una historia tan emocionante, la verdad. ¿Por qué el libro me robaba tanto tiempo con detalles sin importancia en lugar de ir directo al grano? Esa era exactamente la razón por la que de pequeña leía solo cómics y luego me había dedicado de lleno a escuchar música. Una canción de tres minutos se terminaba exactamente a los tres minutos, y uno no tenía que ponerse a pensar lo que iba a pasar después. Al leer, por el contrario, tenía la sensación de que todo se podía resumir en una frase, pero que esa frase, por razones incomprensibles, se extendía a lo largo de varios cientos de páginas, hasta que el cerebro se te quedaba hecho papilla. Tal vez a algunas personas les gustase, pero yo nunca había tenido la suficiente paciencia.

			Me sentaba fatal que la dichosa Leah me robase el tiempo de aquella manera. Además de haberse apropiado de mi vida, en vez de contar las cosas más importantes de una forma directa, daba rodeos y se empeñaba en inventarse estúpidas intrigas. Y encima sabía perfectamente que no me interesaba nada Jasper-Jonathan. Ella misma lo había escrito.

			Cuando perdí la paciencia con la historia, hojeé un poco más adelante para ver si realmente iba a tener un hermanito, y si era así, si iba a ser una niña o un niño. Pero no encontré el pasaje correspondiente y aquello me confundió aún más. Después volví para atrás de nuevo porque tenía miedo de haber pasado algo por alto. Al final estuve cuatro horas seguidas inclinada sobre el libro. Eso no me había pasado nunca en toda mi vida.

			Cuando por fin lo cerré, tenía dolor de cabeza y los ojos me dolían como si alguien me hubiera echado encima un cubo de arena. También sentía náuseas. Así que eso es lo que pasa cuando lees, pensé llena de odio. Uno se esfuerza, solo desea fervientemente llegar al final y entonces te quedas con cara de tonto.

			Pero una cosa me había quedado clara: Leah tenía sus razones para describir a Jonathan desde el principio con todo lujo de detalles. No se trataba solo de llenar páginas. Tenía un objetivo tan terrible que no quise pensar sobre ello durante un buen rato. Al día siguiente, tal vez. Ya se había hecho tarde, apenas podía mantener los ojos abiertos y el estómago me rugía.

			Fui a la cocina a ponerme un plato más de estofado, me lo comí todo y lo dejé en el alféizar de la ventana. Intenté ver un rato Orphan Black, pero no lo conseguí, porque tampoco era capaz de seguir el argumento.

			Me tumbé vestida en la cama y me quedé profundamente dormida.





			Mi primer pensamiento por la mañana fue llamar a Petrowna. Seguía teniendo la cabeza embotada. Pero mi amiga había dicho una vez que hoy en día las personas educadas no llaman por teléfono porque no quieren agobiar a nadie. No tengo ni idea de dónde saca a veces esas maneras tan aristocráticas, ¿tal vez de su familia kirguís-turca?

			La gente educada se cita por WhatsApp para telefonearse, había dicho Petrowna, excepto que sea cuestión de vida o muerte. Y no era cuestión de vida o muerte, al menos no de la mía ni de la suya. Y de solo pensar en más letras me sentía mal, así que no quería escribirle nada. Tal vez tampoco sabía lo que quería escribir en realidad.

			Nos encontramos como siempre en el metro, y yo seguía sin saber cómo se lo tenía que contar. El libro se alzaba como un muro entre nosotras. Caminábamos juntas en silencio con nuestras mochilas, mientras ella iba mordisqueando una barrita de chocolate con aspecto enmohecido que había sacado de la máquina. Justo cuando estábamos a punto de entrar, Jasper pasó a nuestro lado con sus orejas de soplillo y una amplia sonrisa, como si no pudiera imaginarse un comienzo de día más hermoso.

			—¡Aquí estás! —me dijo, y Petrowna frunció el ceño. Con su estatura de 1,79 metros y un cociente intelectual de 170 puntos no estaba acostumbrada a compartir la atención de la gente conmigo, por no hablar de quedar totalmente en segundo plano.

			Lo saludé inclinando la cabeza. Me hubiera gustado decirle que debía mantenerse alejado. No solo por mí, sino por su propio bien. Sin embargo se puso a caminar detrás de nosotras contándonos algo, aunque no me quedó claro si se refería a un sueño que había tenido esa noche o a una película a la que pensaba ir. Poco antes de entrar en clase, me di cuenta de que se refería a que él también había leído el libro. Y además casi hasta el final. Todavía le faltaban unas veinte páginas. Dijo que no le parecía superemocionante, pero que estaba bien, aunque nadie se lo había preguntado.

			—Hasta luego —dije de repente, y me dejé caer en la silla junto a Petrowna. Me di cuenta de que ella también me estaba mirando fijamente.

			—¿Qué pasa?

			Últimamente se me ponían los nervios de punta con cosas que no tenían nada de extrañas. Las miradas largas y pensativas de Petrowna ejercían en la mayoría de la gente el mismo efecto que el siseo de la serpiente Kaa en El libro de la selva.

			—Yo también he leído tu libro —me dijo—. Fui a la librería y allí estaba. Me senté en una esquina y me lo leí de un tirón.

			Le devolví la mirada en silencio. No quería hacerle preguntas. Aunque normalmente era ella la que aguantaba más tiempo, esta vez se rindió.

			—¿Estás segura? —me preguntó.

			—¿De qué?

			—De lo que dices. De que el libro trata de ti.

			—Si lo has leído, te habrás dado cuenta.

			—Pues es que yo no estoy segura. —Petrowna se puso a rascar el esmalte negro cuarteado de su dedo índice izquierdo—. A lo mejor es que no te conozco tan bien como pensaba.

			—Nadie me conoce mejor que tú —le contesté—. Sí, soy yo. Son mis pensamientos. Mis palabras. Mi vida. ¿Cómo puedes tener dudas?

			Se encogió de hombros.

			—Desde luego hay un par de paralelismos. Pero la tía de tu libro tiene una amiga íntima muy rara. Es bajita, rica y muy creída. ¿Así es como me ves?

			—¡Anda, qué chorrada! —dije. No sabía cómo explicárselo. Naturalmente en el libro no todo era igual al cien por cien que en mi vida. La gente se llamaba de otra manera, tenía otro aspecto y no hacían justo las mismas cosas que en la vida real.

			—No es como una foto, ¿entiendes? —le contesté—. Es más bien como... no sé. Un cuadro. Hay otros colores. Todo está en cierto modo distorsionado.

			—¿Como en una caricatura?

			—Tal vez.

			Como si se nos hubiera ocurrido a las dos lo mismo, nos dimos la vuelta para mirar a Jasper, que me estaba sonriendo.

			—¿Y qué pasa con él? ¿Se ha reconocido en el libro? —preguntó Petrowna.

			—Creo que no. Si se hubiese reconocido, no habría dicho que el libro no le resulta tan emocionante.

			—Eso es porque todavía no sabe que al final la palma —dijo Petrowna.





5


			Con el tiempo fui notando que empezaba a odiar a Jasper. Aún más que a Leah y su libro. Incluso más que a Alicia. Había muchas cosas fastidiosas en este mundo, pero en la mayoría de los casos no podía hacer nada para librarme de ellas. Con Jasper era distinto. Me ponía de los nervios, pero al mismo tiempo me sentía responsable de su destino. Como si se hubiera puesto a seguirme un cachorrito al que había acariciado una vez y al que, de repente, debía tomar a mi cargo. Pero es que además no podía hacer nada para evitar lo que sucedía en ese libro. Todo era idea de Leah. ¿De dónde me venía esa molesta sensación de responsabilidad?

			Lo único bueno era que el muro que se había alzado entre Petrowna y yo desde aquella lectura ya no existía. Me sentía como si de repente me hubiera atacado una enfermedad cuya existencia nadie conocía. Petrowna era la primera que me creía. Que no pensaba que eran imaginaciones mías. Antes de leer el libro me debió tomar por una de esas niñas patéticas que se inventan historias extrañas para hacerse las interesantes.

			—Estoy hecha un lío por culpa de tu libro —me dijo.

			—¡¿Pues cómo te crees que estoy yo desde hace días?!

			—Sigo sin poder creerme que esa chica del libro seas tú. Es una auténtica locura.

			Asentí. También yo tenía esa sensación. Pero algo debía de haber impresionado a Petrowna, a pesar de todas sus dudas, eso se notaba. Cada dos por tres se me quedaba mirando con una expresión extraña y también observaba a Jasper de reojo, como si ya no pasase de mis palabras como antes, sino que estuviera reuniendo pruebas a favor o en contra.

			—Habrá que hacer algo, ¿no? —me preguntó al día siguiente en clase de mates justo mientras Jasper se esforzaba en resolver una ecuación en la pizarra.

			—¿Pero qué? —susurré.

			Petrowna tampoco sabía qué hacer. Pero por lo menos ya no me tomaba por una chiflada.





			Al salir del cole me fui a comer con mi padre. Esta vez no estaba tan hambrienta, porque gracias a Marija había suficiente comida en casa. Esa circunstancia, en sí muy agradable, aguijoneaba a mi madre, quien de repente había desarrollado un gran celo por la compra de alimentos. Compraba cosas que hasta entonces nunca habíamos tenido en la cocina, como papaya y crema de coco con almendras, como si estuviera compitiendo con Marija: ¿quién conseguirá meter más vitaminas en esta pobre niña de padres separados?

			Esta vez Alicia no vino a comer con nosotros. Mi padre me dijo que no se encontraba bien. Que los olores del restaurante indio le molestaban. Asentí con la cabeza, era fantástico saber ya de qué iba la cosa, para variar. Conocía mejor que mi padre lo que le esperaba, al menos hasta la página 190 con la que el libro terminaba. Ojalá no se le pasara por la cabeza a Leah la idea de escribir una continuación.

			Mi padre estaba un poco pálido. Esa nueva responsabilidad parecía pesarle mucho.

			Apenas probó su curri, como si él también tuviera náuseas. No le importó que me sirviera de su plato. Al fin y al cabo ya no es tan joven, pensé, se está metiendo en un buen lío. Es culpa suya. Espero que ni se le ocurra pensar que voy a hacer de canguro.

			En ese momento me di cuenta de que había leído esas mismas frases en el libro de Leah, e intenté pensar en otra cosa. Pero no lo conseguía por mucho que me esforzaba.

			—¿Y qué tal? ¿Va todo bien en el cole? —me preguntó mi padre con aire ausente.

			—Sí, sí —contesté automáticamente—. Por cierto, ¿qué tengo que hacer si quiero hablar con una autora?

			—¿Con quién?

			—Con una mujer que ha escrito un libro.

			—Ya sé lo que significa la palabra «autora». ¿Es que has leído un libro?

			El asombro lo sacó incluso de sus afligidos pensamientos.

			—Vaya... ¿Qué hay de malo en ello?

			—Nada en absoluto —dijo mi padre—. Es que me pilla un poco de sorpresa.

			—Pues yo leía antes.

			—Sí, me acuerdo. La pequeña oruga glotona.

			—Estoy haciendo un trabajo para el colegio.

			—Ah, claro. —Se reclinó sobre el respaldo de la silla.

			—Y quiero hablar con la señora que lo ha cometido... ay, perdón, que lo ha escrito. Quisiera hacerle un par de preguntas. Eso está bien, ¿no?

			—Sí, desde luego, es una buena idea.

			—Exacto. Pero ¿cómo puedo localizarla?

			Ya había buscado el nombre de Leah en Google con Petrowna. Pero entrar en contacto con ella era más difícil de lo que habíamos imaginado. Leah no constaba en la guía telefónica, no tenía Facebook, en Instagram tampoco encontramos su nombre. Lo único que vimos fueron un par de reseñas en algunos blogs literarios, un par de enlaces a críticas en la prensa y la página de la editorial con una foto en la que jamás hubiera podido reconocer a Leah. En ella llevaba el pelo más claro y recogido, tenía la barbilla apoyada en una mano y miraba a la cámara con una expresión de falsa empatía. Al lado estaba escrito lo que ya sabía sobre ella: sus estudios, el desempleo, los libros. Y que vivía en Berlín con su gato. Pero la página de la editorial no decía nada sobre cómo entrar en contacto con ella.

			—Debes escribir al departamento de prensa de su editorial —dijo mi padre. Sacó su teléfono móvil, me preguntó por el título del libro y, en pocos segundo, tenía ya la página de la editorial con la foto que ya conocía yo.

			—Hasta ahí he llegado —dije.

			Con dos clics más mi padre tenía la dirección de correo electrónico del departamento de prensa, y me la pasó. Luego tuvo que marcharse. Al parecer Alicia no podía esperar más.

			—Ah, por cierto, felicidades —dijo, después de haber pagado con algo de prisa y de haberse metido en el bolsillo la factura para descontarse los impuestos—. Vas a ser hermana mayor.





			Estimada señora Leah Eriksson, escribí mientras Petrowna me dictaba. He tenido el placer de leer su libro Cosas que nunca sabrás y quisiera hacer una presentación en mi clase como parte de un trabajo para la asignatura de Lengua. Para poder prepararla bien quisiera plantearle un par de preguntas. ¿Cuándo tendría tiempo? Saludos cordiales, Kim Josephine.

			—Nadie escribe correos así —dije al terminar.

			Pero Petrowna replicó que yo no tenía ni idea. Dijo que la gente que lee libros también escribe así. Así que copié el texto en un correo electrónico y añadí una frase para el departamento de prensa, pidiendo que se lo enviasen a la excelentísima autora Leah Eriksson. Muchas gracias, saludos cordiales, en espera de su pronta respuesta y todo ese rollo.

			—¿Qué te apuestas a que no contesta? —dije justo después de darle a enviar—. Parecía tan huidiza... Seguro que no contesta los correos de gente que no conoce.

			—Ya veremos —respondió Petrowna.

			En los últimos tiempos parecía muy pensativa. No era la primera vez que sus estados de ánimo me confundían, así que esperé a que en algún momento me diera explicaciones. La experiencia me había demostrado que preguntar no servía de mucho. A pesar de su mirada sombría no parecía estar enamorada. Una vez había tenido la misma expresión porque su tía favorita estaba esperando trillizos, y otra vez cuando su prima, que apenas nos llevaba dos años, había sido raptada por alguien que después resultó ser su prometido.

			Petrowna me había felicitado oficialmente por el próximo nacimiento de mi hermanito y me había dicho que lo quería conocer en cuanto naciese y cuidar de él. Hablaba de una manera sospechosamente parecida a la amiga del libro. Hasta ella pareció darse cuenta y comenzó a reírse.

			La cuestión sobre lo que debíamos hacer con Jasper era más necesaria que nunca.

			Él ya había terminado de leer el libro y le había parecido un poco triste y, sobre todo, muy romántico. La protagonista no amaba a aquel chico tan majo y tras su muerte no paraba de hacerse terribles reproches.

			—¡Juro que yo no me haré ningún reproche! —le susurré al oído a Petrowna. Aunque las dos hacíamos como si todo aquello fuera increíblemente divertido, no teníamos ganas de reírnos. ¡Si al menos Jasper fuera un tipo asqueroso! Pero no lo era en absoluto.

			—Lo más alucinante es que ha leído el libro y no se ha dado cuenta de que habla de él —le comenté a Petrowna.

			—Porque el libro no trata de él —contestó—. Él es simplemente un peón, una pieza. Demasiado imprecisa como para reconocerse.

			—Es realmente horrible.

			—Esa Leah es un monstruo.





			De nuevo me había equivocado. Al día siguiente recibí un correo de respuesta firmado por la mismísima Leah Eriksson. Era bastante seco e inexpresivo, pero al fin y al cabo había contestado.

			Estimada Kim Josephine. Muchas gracias por tus amables líneas. Me alegro de que mi libro te haya gustado y de que se lo quieras presentar a tus compañeros. Estoy a tu disposición para contestar a tus preguntas. Escríbemelas por correo electrónico. Pero, por favor, ten en cuenta que estoy muy ocupada. Así que por favor no me preguntes las mismas cosas que ya he contestado miles de veces en entrevistas. Hazme el favor de buscar en internet para informarte un poco. Y también me agradaría que después me dieras las gracias. Cordialmente, Leah Eriksson.

			—¡Qué tía tan tonta! —exclamé mientras Petrowna me quitaba de las manos el móvil y escribía: Muchas gracias por dedicarme su tiempo. Sin embargo, me gustaría conocerla personalmente. Podemos quedar a charlar en un café, con mucho gusto la invitaré.

			—¡Jo, encima la tengo que invitar! —grité mientras Petrowna apretaba la tecla de enviar con la mayor sangre fría.

			La reacción llegó enseguida. Decía que lo sentía mucho, pero que no tenía tiempo para citas. Cordialmente, Leah Eriksson.

			—¿Cómo se puede ser tan arrogante? —bramaba fuera de sí Petrowna—. Al fin y al cabo somos sus lectoras. Aunque no de manera totalmente voluntaria. Si alguien leyese un libro mío y encima me quisiera invitar a un café, yo le besaría los pies.

			Y escribió una vez más algunas frases aduladoras para intentar convencerla, le propuso esto y aquello y alabó todos los libros de Leah de una manera tan exagerada que parecía estar hablando de Juego de tronos, pero no sirvió de nada. La estúpida autora no volvió a contestar.





6


			El mes siguiente pasó volando.

			Nuestra casa había vuelto a ser un lugar habitable. A mamá le daba vergüenza estar mirando las musarañas mientras Marija limpiaba sin parar a su alrededor. Redujo el trabajo de Marija a dos días, lo cual significaba que yo tenía que ocuparme de nuevo de meter mi ropa en la lavadora y, a veces, incluso de tenderla.

			Siempre tenía que llamar a Petrowna y preguntarle en qué cajón se ponía el detergente, porque se me olvidaban de inmediato las instrucciones de mamá. Petrowna me dijo que tenía que echar tres vasos de detergente directamente en el tambor de la lavadora, lo cual me pareció extraño, pero de todos modos lo hice.

			Cuando mis camisetas aparecieron llenas de manchas blancas y en mi desconcierto le mandé una foto a Petrowna, se puso de repente como una fiera.

			—¿Me vas a preguntar también cómo se limpia el polvo? ¿Solo porque mi madre es señora de la limpieza? No tengo ni idea de cómo se lava la ropa, en mi casa lo hace mi prima, yo solo he leído un libro sobre el tema, pero es un libro muy viejo.

			—¿Señora de la limpieza? —le pregunté con asombro—. Pensé que tu madre se dedicaba a lavar los cadáveres del tanatorio y vendía clandestinamente los órganos a la mafia.

			—Por eso la han echado. Los familiares se quejaron.

			Y acto seguido Petrowna desconectó, como si hubiera herido sus sentimientos.

			Entretanto mi madre se había apuntado a un curso de yoga. Quizá a dos, porque se pasaba todo el tiempo vestida con ropa de deporte de color fucsia y una cinta en la frente. Mientras hablaba con ella, en medio de la conversación se ponía a cuatro patas y estiraba el trasero hacia arriba. Al parecer esa obra de arte se llamaba «el perro que mea», o algo así.

			—Con esa ropa pareces salida de uno de esos vídeos antiguos de aeróbic —le dije—. De esos que yo miraba de pequeña cuando no había dibujos animados en la tele.

			—¿Tú crees? —O bien mamá se estaba sonrojando de alegría o la sangre se le estaba agolpando en la cabeza a causa de la postura. Probablemente eran las dos cosas a la vez.

			Pero aquel cambio me agradaba. Cualquier cosa mejor que una madre que se pasa el día tirada sin hacer nada y que pesa los copos de avena de uno en uno. El libro de Leah ya me había dado a entender que mamá se recuperaría, porque la madre de la protagonista conoce en el último tercio del libro a un hombre que cocina cosas riquísimas para todos. Así que mi casa ya no me resultaba tan deprimente.

			—Ya puedes estar contenta de haberte topado con el libro de Leah —me dijo Petrowna cuando le conté lo de las dos madres y comparé a la mía con la de la novela—. En los libros infantiles modernos la mayoría de las veces los padres se matan.

			Por ahora en nuestro hogar, al contrario que en el libro de Leah, no había ningún hombre nuevo, y menos en la cocina. La cocina estaba ocupada, lamentablemente, por mi madre. No solo había vuelto a hacer la compra, sino que también había vuelto a cocinar, y por desgracia comida vegana. En nuestra nevera se apilaban frascos de cristal con una masa extraña de color marrón que al parecer era increíblemente sana y que parecía un extraterrestre convertido por error en puré. En el cajón de las verduras había una col rizada que mamá llamaba kale. Por las mañanas hacía un batido de col con jengibre y plátano y regularmente intentaba endilgarme un vaso. A veces de puro terror a esa col verde me tenía que comprar ya a primera hora de la mañana un kebab. Mamá decía que la carne envejece y el kale rejuvenece y te da salud.

			—Vale —contestaba yo—, pues entonces en breve yo pareceré más vieja que tú. Por mí genial.

			Mi padre apenas tenía tiempo para mí. Mi hermanito o hermanita ni siquiera había nacido y ya necesitaba toda su atención.

			—Así son las cosas —dijo Petrowna—. Tienes que esperar a que tengan tres niños más que se pasen todo el día gritando mientras él se va de viaje de trabajo con su secretaria. Entonces tu padre volverá a acordarse de ti y como tendrá mala conciencia te comprará un descapotable. Pero hasta entonces tienes que aceptar que prácticamente eres medio huérfana.

			Alicia seguía mal, tenía que estar echada y probablemente le pedía a mi padre que se echase con ella. Yo le enviaba mensajes para animarle: Créeme, todo irá bien, lo sé.

			En ese aspecto confiaba ciegamente en Leah. En el libro no había ninguna sorpresa desagradable para mi padre. Así que no tenía la menor preocupación ni por él ni por su familia.

			Mi problema era Jasper.

			No hizo tantas tonterías guiado por sus sentimientos como yo me temía al principio. Primero había intentado enviarme mensajes fuera del grupo de WhatsApp de la clase. Me preguntaba si había visto tal película o si podíamos ir a tomar un helado juntos, pero yo le ignoraba. Así que dejó de hacerlo. En ese sentido era más listo que Jonathan, el del libro, que ponía su corazón a mis pies para que lo pisotease. Así era como se expresaba. Petrowna dijo que cuando la gente hablaba tanto de sus órganos se sentía como si estuviera en la carnicería.

			Pero por suerte el Jasper auténtico no mencionaba su corazón. Simplemente clavaba sus ojos en mí, lo podía percibir claramente. Cuando me daba la vuelta, me sonreía. Se ofreció para ayudarme en matemáticas, como si yo no tuviese a Petrowna. Me invitaba a su bocadillo en el recreo, cuando yo tiraba ostensiblemente el mío a la papelera, relleno de esa masa marrón y de kale. Hasta Petrowna, que siempre estaba hambrienta, se negaba incluso a olerlo.

			Aparte de eso, Jasper me dejaba tranquila. Por eso a veces tenía la sensación de que yo me interesaba más por él que él por mí. Cuando dejó de enviarme mensajes, algunas tardes le escribía: ¿Cómo va todo? O a veces le mandaba tan solo un par de emoticonos sonrientes.

			Pero en la escuela seguía sin hablar con él. Simplemente me cercioraba día tras día de que estaba ahí. No fuera a morirse antes de tiempo. No es de extrañar que se sintiera un poco confundido.





			Y entonces, una mañana Jasper no vino a la escuela. El corazón se me paró. Cogí el teléfono y me puse a escribir. Por desgracia teníamos clase de matemáticas y el señor Schmechel era de los que se enteraban de todo. Se rio en mi cara y me quitó el móvil. Me dijo que lo podría recoger luego en la secretaría.

			Eso no me había sucedido nunca. En el colegio todos teníamos el móvil entre las manos, pero solo pillaban a los tontos. La normativa decía que la secretaría no me devolvería el teléfono hasta pasada una semana. Así que tenía que inventarme una excusa para que la secretaria del colegio, la señora Nowottny, me lo devolviese inmediatamente. Primero pensé en contarle que iba a tener un hermanito y que por eso siempre debía estar conectada. Casi era verdad. No había necesidad de decirle que el hermanito apenas tenía el tamaño de un pepinillo.

			Después pensé que si tenía que hacer el ridículo lo iba a hacer del todo.

			—Es que estoy preocupada por Jasper —le dije a la señora Nowottny—. No ha venido hoy al colegio. Le he preguntado dónde estaba y no me ha contestado, ni siquiera ha leído los mensajes. Tiene que haberle pasado algo.

			Me guiñó un ojo.

			—¿Es que no te ha contado que le iban a sacar las muelas del juicio?

			—No. —Sentí un intenso hormigueo en las mejillas pero le mantuve la mirada.

			—No seréis ya novios, ¿verdad?

			—¡¡No!!

			Me devolvió el teléfono con una sonrisita condescendiente.

			—No te lo tomes a mal. Los hombres son así. Mi marido tampoco me cuenta nada.





			En el libro la desgracia sucedía en el mes de junio durante un pícnic, así que teóricamente todavía tenía tiempo. Pero ¿me podía fiar de esos datos? Petrowna tampoco lo sabía; sin embargo, opinaba que en un libro así no había nada que sucediera por casualidad. No tenía por qué suponer que todo pasaría exactamente igual que en el libro, pero no obstante debía contar con cualquier cosa.

			Como no avanzábamos con el tema, Petrowna intentó de nuevo tomar contacto con Leah. Yo ya no me atrevía. Así que llamó a la editorial y escribió algunos correos, pero Leah Ericksson no decía ni pío.

			—Qué tía tan chiflada, y qué maleducada —refunfuñaba Petrowna mientras yo tan solo me encogía de hombros.

			Jasper y yo dejamos el trabajo en suspenso porque la señora Meier estaba quemadísima en el colegio y le dieron la baja por tiempo indefinido. No teníamos ni el menor atisbo de mala conciencia cuando nos pusimos a celebrarlo. Solo Petrowna torció el gesto:

			—Ahora tendremos que pasar el tiempo haciendo jueguecitos y dibujitos con los profesores sustitutos.

			Pero también el profesor sustituto se puso enfermo, así que teníamos bastantes horas libres.

			—Ya que hay que quedarse aquí sentado, vamos a hacer algo divertido —propuso Petrowna. Y al día siguiente se trajo una baraja. Intentó enseñarme un juego que parecía facilísimo, pero que luego tenía un montón de reglas que lo hacían supercomplicado. Siempre se me olvidaba qué carta ganaba a las demás, pero solo si era de un determinado color y estaba a su izquierda.

			Al final Petrowna, muy frustrada, tiró las cartas debajo de la mesa.

			—Vamos a intentarlo con el ajedrez, eso por lo menos te ayudará en matemáticas.

			—Gracias, pero no es necesario.

			—¡Pareces tan sexi cuando estás pensativa!

			Seguro que lo decía por decir. Pero cuando nos sentamos junto a un tablero de la cafetería para jugar, uno de séptimo vino y nos hizo una foto para el periódico del colegio. Cinco minutos después Petrowna pegó un manotazo a las figuras y me dio permiso para mirar en internet un fantástico tutorial sobre cupcakes.

			Eso me ayudaba un poco a olvidar el asunto del libro y la muerte de Jasper y todo ese lío. El libro fue a parar bajo mi cama. Al parecer Marija pensó que dos días no eran suficientes para mantener limpia nuestra casa, así que dejó el libro exactamente donde estaba, igual que algún que otro plato sucio y la montaña de clínex usados.

			A veces me parecía como si el libro y Leah Ericksson hubieran sido simplemente un sueño. Por ejemplo, cuando me distraía en casa con los nuevos capítulos de Juego de tronos. ¿Quién necesitaba libros cuando existían las series? Tampoco le mandaba ya mensajes a Jasper. Ahora era él el que me enviaba de vez en cuando por WhatsApp imágenes enigmáticas, por ejemplo, una pata de gallina y un volcán, pero yo ya no tenía ganas de romperme la cabeza intentando descifrar su lenguaje de signos. Así que decidí dejar de sentirme responsable de su vida. Y en lugar de pensar en Jasper, me dediqué a pensar en Timur, el tío primo hermano de Petrowna.

			Le pregunté a Petrowna si Timur ya había terminado su formación de terrorista y si me iba a avisar con tiempo de en qué estación de tren estallarían sus bombas. En realidad quería saber otra cosa bien distinta. Cuando pronunciaba el nombre de Timur sentía un hormigueo en la lengua. Petrowna me miró frunciendo el ceño y me dijo que Timur estaba haciendo unas prácticas en el extranjero. Eso me puso muy triste.

			Así que mi siguiente encuentro con Leah Eriksson me pilló totalmente desprevenida.





7


			El encuentro no fue con ella en persona, sino solo con su foto en un póster de la librería. Otra vez esa foto tan agradable de la página web de su editorial en la que no parecía ella en absoluto. Bajo la imagen había una nota escrita a mano: Lectura, martes, 19:30. Hice una foto y se la mandé a Petrowna.

			Como Petrowna es tan lista leyó enseguida la letra pequeña. Entrada, doce euros por persona.

			Tienes que ir sola, me escribió.

			No me puedes hacer esto, contesté.

			¡Con doce euros puede vivir mi familia una semana!

			Suponía que Petrowna estaba hablando en broma. ¡Pero qué sabía yo sobre la economía de los presuntos narcotraficantes! Hablábamos de casi todo, pero nunca en serio sobre el dinero. El piso de Petrowna era tan pequeño, a pesar de toda la gente que vivía dentro, que tuve que esperar en la escalera una vez que fui a visitarla sin permiso de mis padres.

			—Es mejor que esperes aquí —me dijo Petrowna—. Antes de que le pegues un pisotón a algún bebé sin querer.

			Pensé que me gustaría invertir ese dinero en ir al cine en vez de en pasar una tarde con Leah Eriksson. El día del espectador estaban incluidas las palomitas.

			Al final le saqué el dinero a mi madre. Le dije la verdad, que queríamos asistir a una lectura.

			—Claro —dijo ella—, has leído ese libro que llevas siempre bien agarradito. ¿Se trata del mismo libro?

			—¿De cuál va a ser? —contesté. No tenía previsto empezar a leer enseguida otro. Con ese me bastaba. Mi madre pagó la entrada de Petrowna sin pestañear. Petrowna dijo que le daba vergüenza, pero quería demostrar su agradecimiento ayudándome a acercarme a Leah y a la verdad.

			Por supuesto en la lectura de Leah no había palomitas. Pero por lo menos pusieron un cuenco con palitos salados y gominolas. Petrowna y yo cogimos un montón, aunque a Petrowna le daba un poco de asco porque decía que mucha gente había metido sus manos sucias en el cuenco. La tranquilicé: las gominolas estaban tan gelatinosas que seguramente los gérmenes habían resbalado.

			Por inercia nos sentamos en la última fila, lo cual resultó ser una idea estúpida, porque desde allí no podíamos ver ni oír nada. Por supuesto Leah no había aprendido a hablar de forma comprensible y un micrófono hubiera sido algo «demasiado siglo XXI» para aquella librería. No había muchas personas, unas veintitantas, la mayor parte mujeres mayores. Algunas habían llevado a sus maridos y les daban empellones cuando se ponían a roncar durante la lectura.

			—Yo pensé que escribía para gente joven —le susurré al oído a Petrowna.

			—Es que hoy en día la gente está totalmente infantilizada —dijo Petrowna en voz demasiado alta, porque uno de los viejos se despertó y le lanzó una mirada furibunda—. Es verdad. Todos leen libros infantiles. Mi abuela se sabe todas las historias de Crepúsculo de memoria. Y eso que antes no había leído nada, si acaso la Biblia.

			Yo no entendía mucho de lo que Leah estaba contando. En cambio Petrowna se enteró enseguida de que esta vez se trataba de poesía.

			—Me van a salir granos —me susurró al oído—. Soy alérgica a todo lo que rima.

			La cara de Leah estaba cubierta de nuevo por mechones de pelo. No estaba claro si se trataba de una poesía infinitamente larga o de una docena de poesías cortas. En cualquier caso respiré aliviada cuando la gente comenzó a aplaudir.

			La librera de las pantuflas se puso de pie al lado de la mesa en la que estaba leyendo Leah. Llevaba en la mano un minúsculo ramo de flores.

			—Muchas gracias, señora Eriksson. Ha sido tan conmovedor como siempre.

			Leah dijo algo ininteligible. Aunque aparentaba más aplomo que en la lectura de la biblioteca, se notaba a primera vista que estaba deseando irse a casa. Pero la gente había pagado y quería hacerle algunas preguntas. Le preguntaron de dónde sacaba su inspiración y si sus historias eran autobiográficas. Leah contestó brevemente mientras se escondía tras el ramo de flores. Al final los asistentes se pusieron en fila para que les firmase sus entradas y algún ejemplar de sus libros.

			Petrowna y yo nos miramos y nos pusimos a la cola también.

			—Habla tú con ella —dije—. Se te da mejor hablar con la gente.

			—¡No puedes esconderte siempre detrás de mí! —dijo Petrowna—. Al fin y al cabo es tu libro.

			Desgraciadamente tenía razón.

			Leah estaba estampando su firma con ímpetu en las hojas que la gente le entregaba. Me pregunté qué querrían hacer con esas firmas. Leah no era Taylor Swift, como mucho sus garabatos se podían colgar sin enmarcar en el cuarto de baño de invitados.

			La fila iba menguando rápidamente. Ya solo quedaba yo. La mano de Leah, con sus dedos largos y delgados, se extendió en mi dirección y se quedó parada. Yo no tenía nada para darle a firmar. Mi libro seguía estando debajo de la cama.

			Leah se apartó el pelo de la cara y me miró con gesto irritado.

			—Soy Kim Josephine —dije.

			Leah se me quedó mirando. Después sus casi invisibles pestañas se agitaron como si me reconociese.

			—Le escribí un correo electrónico —dije para orientarla—. Para mi trabajo.

			Ella seguía haciendo como si no me reconociera. Tal vez todas las semanas le escribían personas que querían hacer trabajos sobre sus libros.

			—Tengo que hablar con usted. Por favor.

			—Te escucho —dijo Leah con impaciencia.

			—Pero no aquí.

			—¿Dónde entonces?

			—Por favor. He leído su libro, de verdad, desde el principio hasta el final. En estos últimos años no he leído ningún libro a excepción del suyo.

			Esas fueron las palabras clave. Pero ahora tenía que encontrar un modo de llegar al tema de la salvación de Jasper.

			—¿Y qué es lo que quieres de mí?

			Sin duda ya tenía una mejor disposición.

			—Mi trabajo...

			—No parece que se trate tan solo de un trabajo. ¿Qué es lo que quieres realmente? —me interrumpió Leah.

			—Tengo un problema con su libro.

			Mal planteamiento. La cortina de pelo cayó otra vez sobre sus ojos. Enseguida me corregí.

			—No, quiero decir que ha provocado algo en mí. En mi vida.

			Los ojos de Leah aparecieron de nuevo.

			—¿De verdad?

			—Se lo juro.

			La librera merodeaba a nuestro alrededor. Evidentemente no sabía qué pensar sobre nuestra conversación. La apreciada autora no parecía muy contenta. Por suerte en esa tienda no había ningún vigilante musculoso que me pudiera sacar a rastras por molestar a una celebridad. Por suerte Leah no era Taylor Swift.

			Petrowna también lo notó enseguida. Dejó un libro que había estado hojeando en un rincón, se interpuso entre la librera y yo, y comenzó a hablar con ella.

			—Por favor —le dije rápidamente antes de que alguien nos molestase—. Tómese un café conmigo. O un colacao. Puede tomarse un té darjeeling. O un bloody mary. Para agradecérselo me leeré todos los libros que ha escrito. Es algo que nunca le he prometido a nadie.

			De repente Leah exclamó en voz alta:

			—De verdad que eres muy extraña, ¿lo sabes?

			Eso lo decía precisamente ella. Me callé educadamente.

			—Recuerdo tu correo. Escribiste mi nombre correctamente. Una introducción amable, un saludo de despedida. Eso es poco frecuente en los correos que recibo a diario.

			Pestañeé azorada y le mandé un beso a Petrowna en mis pensamientos.

			—Mañana a las cuatro aquí en la esquina, en el Starbucks —dijo Leah—. Pero no dispongo de mucho tiempo.





			—¿Sabes lo que eso significa? —me preguntó Petrowna mientras me acompañaba a la entrada del Starbucks a las 15:58.

			—¿Que a Leah le gusta tomar café a costa de los demás?

			—Que vive cerca. —Petrowna demostraba de nuevo ser demasiado lista para este mundo.

			—Por favor, ven conmigo —le dije, cogiéndola de la manga.

			Se soltó.

			—Es tu cosa. Más bien tu frapuchino.

			—Eres muy mala, Petrowna. Yo siempre estoy a tu disposición para todo.

			—¿Tú crees? —dijo, entornando los ojos, como si tuviera dudas al respecto—. Sea como sea, soy muy buena contigo. Me gustaría mucho acompañarte y hacerle un par de preguntas, pero creo que no te ayudaría a resolver tu problema. Tenéis que hablar en privado.

			—¿Qué es lo que te gustaría preguntarle?

			—Bah, da igual. Algo. —Petrowna parecía de repente avergonzada.

			—Dímelo, porfa.

			—Algo sobre los libros. Cómo se escriben. Cómo se encuentra una editorial cuando ya has escrito uno.

			Me quedé con los ojos abiertos de par en par.

			—¿Y para qué quieres saber eso?

			—Para nada.

			—¿Es que quieres ser como ella?

			—De ninguna manera —dijo Petrowna con arrogancia—. Nunca sería como ella. Ahora vete. —Y me empujó hacia dentro.

			Leah ya estaba allí. Ya se había bebido un latte macchiato, probablemente llevaba bastante tiempo ahí sentada. Iba con la misma camiseta negra que el día anterior en la librería, me di cuenta por la mancha de dentífrico en el hombro. Empujó su taza hacia mí en silencio cuando le pregunté qué quería tomar.

			—Otro.

			En la taza ponía Tina.

			—¿Cómo que Tina? ¿Se llama así en realidad?

			Encogió el hombro de la mancha.

			—Me gusta cambiar los nombres.

			Lamentaba amargamente la ausencia de Petrowna. Ella conseguía que la gente se sintiese desamparada y estúpida a su lado. Pero cuando quería, su encanto salía a borbotones. Ya había sido presentadora varias veces en el Día de Puertas Abiertas de nuestra escuela y había conseguido que incluso los alumnos más pequeños y más tímidos se pusieran a contar chistes al micrófono como si estuvieran hipnotizados.

			Nosotras en cambio estábamos ahí sentadas mirando nuestras tazas y Leah no me hacía el favor diciendo algo. Tenía que hacerlo yo todo.

			Carraspeé.

			—¿Cómo lo hace?

			—¿El qué? —saltó ella.

			—Quiero decir que cómo escribe sus historias.

			—Pues simplemente lo hago —contestó, removiendo la espuma de su taza—. Nunca lo he podido explicar bien. En un momento determinado la historia está ahí. Y entonces yo la agarro.

			La he pillado, pensé. Era casi una confesión.

			—Pues eso es precisamente lo que usted no debería hacer. Se trata de mi historia.

			—¿Cómo dices?

			Se lo expliqué. Me estaba escuchando a mí misma y todo sonaba bastante confuso, incluso un poco demencial. Le describí cómo me había reconocido en la historia, incluso cuando ella había intentado cambiar algunas cosas como nombres, colores de pelo o detalles secundarios. Pero todo eso no podía ocultar lo esencial. Había escrito con mi propia voz sobre mi vida. Y para que me creyera mencioné a mi padre y al nuevo bebé, a mi madre y finalmente a Jasper.

			—Todo lo demás lo podría soportar, pero lo de Jasper es difícil. De verdad que no es mal chico. No hay que quitarle de enmedio.

			—¿Hum? —exclamó Leah con gesto interrogante. No estaba claro si había entendido algo de lo que le había contado.

			—Su libro no termina muy bien para él.

			Frunció el ceño.

			—Ah, sí, es cierto. Esa maldita alergia. No es un giro muy acertado. Lo vi en una película. Un poco cursi, la verdad.

			—Es que Jasper, al que usted ha llamado Jonathan, también existe. Existe de verdad, está en mi clase. Me parecería horrible que tuviera que morir por mi culpa.

			—¿Por qué por tu culpa?

			—Porque sale en mi libro. O sea, en el suyo.

			—¿Estás tomando algún tipo de medicación? —me preguntó de repente.

			Estiré la mano y la agarré de la manga.

			—No estoy loca. Se lo juro. Tan solo he leído su libro. Desde entonces todos piensan que se me ha ido la pinza.

			Aquello no pareció tranquilizarla. Se soltó de mi mano y arrastró la silla hacia atrás para apartarse de mí.

			—¿Para qué me necesitas?

			—Tiene que ayudarme. Tiene que reescribir la historia.

			—Pero ¿cómo se te ocurre algo así? El libro lleva mucho tiempo publicado.

			—Pues no lo sé. Usted es la autora.

			—De verdad me encantaría ayudarte —dijo con una amabilidad que me pareció muy repentina y totalmente fingida.

			En ese instante me di cuenta de que quería deshacerse de mí porque probablemente me tenía miedo. Mi problema no le preocupaba. La vida de Jasper no le interesaba en absoluto.

			Sin embargo, Leah se hizo la comprensiva, aunque de forma poco convincente porque desde luego no tenía madera de actriz.

			—Pues no sé qué puedo hacer, Amy-Karoline. Habla con tus padres o con algún psicólogo sobre el tema. Seguro que tenéis a alguien para estas cosas en el colegio.

			—No lo dice en serio, ¿verdad?

			—Es la primera vez que alguien se queja de algo así —dijo—. De verdad que no sé cómo te puedo ayudar. Podrías escribir a la editorial. Tienen gente contratada para atender al público.

			—Pero yo no soy el público. Y usted es la que ha escrito ese estúpido libro. ¿Por qué intenta todo el rato buscar algún pretexto y endilgarle el problema a otros? Usted es la única responsable.

			—No sé de qué me estás hablando —exclamó Leah. Y acto seguido agarró a toda velocidad la bolsa negra, se enfundó una chaqueta negra y se largó antes de que pudiera darme cuenta.

			Sabía que nunca volvería a tener una oportunidad como esa. Así que salí del Starbucks y miré hacia todos los lados. Alcancé a ver a Leah doblando una esquina. Si Petrowna estaba en lo cierto y Leah vivía allí cerca, ahora se dirigía a casa y yo podía enterarme de dónde encontrarla en cualquier momento. Estaba clarísimo que nunca volvería a quedar conmigo de forma voluntaria. Para ella yo era una loca.

			Perseguí a Leah como había visto hacerlo en las películas. No era tan fácil. Por un lado no podía perderla de vista, pero por otro lado me tenía que mantener escondida detrás de la gente por si ella se daba la vuelta. Y de hecho una vez se volvió, pero no pudo verme. A lo mejor era miope de tanto escribir y demasiado presumida para llevar gafas.

			Desgraciadamente no se dirigió a casa, sino a un supermercado ecológico. Me quedé merodeando por la entrada. Hacía mucho frío para estar ahí parada y Leah tardó bastante. Después de un siglo salió con una bolsa llena de coles en la mano y una barrita de muesli entre los dientes. La seguí. La calle hacia la que dobló me resultaba familiar de una manera inquietante. Me oculté tras un árbol como una espía de una vieja película en blanco y negro mientras Leah sacaba las llaves delante del portal.

			Por seguridad esperé unos minutos después de que ella hubiera entrado en el edificio y acto seguido me acerqué para ver los nombres en el portero automático. No había rastro de Leah Eriksson. Pero en la buhardilla vivía una tal