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Cuando tus ojos me miran

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El pasado es solo pasado, pero en el caso de Michael Donovan, encarna una radiografía de sí. Es problemático, vive al límite y acaba obligado a irse lejos, hasta que nueve años más tarde regresa convertido en un hombre diferente que no tardará en quedar en entredicho. El amor, un sentimiento que desconoce, tocará su corazón obligándole a hacer cosas absurdas; propias de su yo del pasado.

Year:
2020
Publisher:
Grupo Planeta
Language:
spanish
File:
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Cuando tu vida es un libro

Year:
2020
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.28 MB
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Der Stuermer - 1941 Nr. 25

Language:
german
File:
PDF, 24.39 MB
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		 			Cuando tus ojos me miran

			Mery Rangel

			Esta obra ha sido publicada por su autor a través del servicio de autopublicación de EDITORIAL PLANETA, S.A.U. para su distribución y puesta a disposición del público bajo la marca editorial Universo de Letras por lo que el autor asume toda la responsabilidad por los contenidos incluidos en la misma.

			No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del autor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).

			© Mery Rangel, 2019

			Diseño de la cubierta: Equipo de diseño de Universo de Letras

Imagen de cubierta: ©Shutterstock.com

			www.universodeletras.com

			Primera edición: 2019

			ISBN: 9788418036637

ISBN eBook: 9788418035081





A la memoria de mi querida

y entrañable abuela.





		 			Capítulo 1

			Una nube de polvo se levantó en la lejanía y en su interior dos potentes motores luchaban por hacerse con la delantera. El conductor del Jeep Unlimited Rubicon rojo aceleró, la enorme nube de polvo se hizo más densa y tras de sí, el Jeep Cherokee negro que luchaba contra el unlimited acabó reduciendo la velocidad.

			Al aproximarse a la casa los perros salieron en bandada uno tras otro y empezaron a ladrar. Primero fue Bravo, el pastor alemán que hacía honor a su nombre y que llevaba la voz cantante entre la manada. Luego fue Canela, la mestiza con heterocromía y pelaje pardo.

			Precisamente fueron los ladridos de aquella los que alertaron al propietario del rancho. El hombre podía haber estado dentro de una fosa o a kilómetros de distancia pero habría reconocido aquellas cacofonías.

			En su día le habían ayudado a encontrar a una persona y por esa razón las tenía guardadas en su memoria como la voz de una hero; ína.

			Puede que por ello no dudara en salir de la casa, mirar el mercurio que había en la pared del porche y se plantara en la parte superior de las escaleras.

			Desde allí podía divisar la densa nube de polvo que se erguía en la distancia y que a pesar de parecerle un terrible desastre natural ante el que debía huir, el caso fue que le hizo sonreír.

			No lo hizo porque le resultara gracioso sino porque sabía de qué se trataba. Eran sus hijos que regresaban a casa y a juzgar por la estampa lo hacían en medio de una furiosa carrera.

			El primero en llegar y bajar eufórico del Wrangler fue Peter. Tenía 19 años y su fama de pisar el acelerador con decisión era más que conocida.

			Sus amigos le llamaban el corre caminos y a él aquel mote le gustaba, aunque prefería que le dijeran Fernando Alonso.

			Se autodefinía como el mayor admirador del piloto, le consideraba el mejor del mundo, y además presumía sin descanso de que su madre y su héroe compartían nacionalidad.

			El siguiente en bajar y abandonar el Cherokee fue Michael. Era el mayor de los tres hijos del matrimonio Donovan y siempre había hecho lo mismo delante de su contrincante, perder a posta.

			Lo hacía desde que Peter era sólo un crio y ambos jugaban a las carreras sobre unos Buggy que Michael jamás imaginó que alimentarían las ganas de su hermano por los coches y la velocidad.

			—¡No me ganarías ni aunque fueras en un proyectiiiiil! —le señaló Peter con el dedo—. ¡Eres una tortugaaaaa!

			El señor Donovan contuvo las ganas de reír.

			Siempre lo hacía delante del muchacho para no darle alas ni incitarle de ninguna manera, aunque no era un secreto que estaba orgulloso de aquel.

			Al igual que Michael guardaba un estrecho parecido con su progenitor y ello enorgullecía a éste último, al punto de presumir y molestar jocosamente a Cecilia, su mujer.

			Eran altos, fuertes, elegantes, rubios, de ojos azules y con la sonrisa perfecta, propia de un comercial de dentífrico. De hecho se parecían tanto que de ir vestidos de la misma manera, distinguirles habría sido complicado.

			Para conseguirlo al menos debías esperar a tenerles cerca, verles a la cara u oírles hablar. El tono de Peter era juvenil y tierno, el de su padre fuerte y autoritario, y el de Michael profundo y seductor.

			La única persona que no necesitaba pericias para diferenciar a los hombres de su clan era la señora Donovan. Llevaba más de treinta años casada con uno de ellos y a los otros dos los había parido.

			No obstante, la mujer conocía un secreto, estaba a la vista de todos, pero nadie parecía haberlo descubierto. Tenían los pies distintos. Mucho. Una barbaridad. Su marido era una talla media, Peter era el pie grande y Michael el de los pies perfectos.

			Usaba un 44, nada fuera de lo común para un chico de metro noventa, pero también vestía con trajes, corbatas, tirantes y zapatos lustrosos.

			Sólo en ocasiones se le veía en ropa casual o indumentaria deportiva, pero ésta última única y exclusivamente por las mañanas.

			Le gustaba la actividad física y correr a primera hora del día era una especie de religión para él. Una que por cierto habría hecho despertar la fe de cualquier ateo, ya que dejaba al descubierto un fiel que se cuidaba en la alimentación y machacaba con ahínco en el gimnasio.

			De ahí que estuviera tan fuerte, que su abdomen reflejara la famosa imagen de la tableta de chocolate y que en general su cuerpo fuera un guiño a estar, bueno no, buenísimo.

			Durante su juventud había sido fiel devoto de las camisetas, los jeans y las chaquetas de piel pero aquello había quedado en el pasado.

			Ahora era uno de los responsables de la empresa familiar y vestir de mezclilla o con un aire motero no era apropiado.

			En su trabajo se reunía con ejecutivos y personas importantes, de manera que aquel estilacho de enfadado con el mundo no le habría favorecido. Tenía treinta años y necesitaba ser y parecer un hombre en quien se podía confiar.

			Ya en el pasado había sido objeto de desconfianza, así como señalado por su alta irresponsabilidad, pero de ello habían transcurrido muchos años y se había prometido que jamás volvería a pasar por algo similar.

			—¡Por todos los cielos! —espetó Cecilia, su madre, al salir de la casa y ver la polvareda suspendida en el horizonte—. ¿Pero qué ha pasado?

			El señor Donovan miró a ambos muchachos.

			Peter a Michael.

			Intentaba inculpar a su hermano antes que verse obligado a confesar que había estado compitiendo nuevamente de camino a casa pero sabía que nadie le creería.

			El polvorín a lo lejos hablaba por sí sólo, el chico tenía las mejillas coloradas y sudaba como una lata de refresco recién sacada del refrigerador en un día caluroso.

			—¡Peter Donovan! —resopló con el semblante serio la mujer—. ¡Pregunté que qué ha sucedido!

			El joven tragó.

			La adrenalina fluía por todo su cuerpo como veneno en la sangre y sentirse así le daba fuerza para todo, salvo para confesar que se había estado jugando nuevamente el pellejo en el asfalto.

			—Todo ha sido mi culpa —salió Michael en su defensa—. Le propuse una carrera hasta casa y le insistí tanto que…

			—No te atrevas a encubrirle —dijo su padre—. Sabemos que fue idea suya. Es un irresponsable y aunque su madre y yo le digamos que no nos gusta que corra, él eso se lo pasa por las pelotas.

			—Pero esta vez no ha sido así —intentó salvarse nuevamente el muchacho—. Yo…

			—No insistas —le señaló muy serio su progenitor—. Sabemos que fuiste tú quien propuso correr. Puede que Michael sea culpable de haber aceptado el reto pero tú madre y yo sabemos que ha sido cosa tuya. Eres un yonqui de la velocidad y eso es tan cierto como que Canela tiene un ojo negro y el otro azul.

			El chico bajó la cabeza.

			Michael en cambio miró a la perra, la cual inteligentemente parecía comprender que hablaban de sí por lo que no dudó en ladrarle.

			—Pero ha sido su culpa también —volvió a justificarse—. Michael llegó presumiendo que se ha comprado un Ferrari y yo sólo le pedí que me demostrara que era digno de un coche como ese.

			La señora Donovan abrió la boca.

			Odiaba pensar que sus hijos se excitaban ante la velocidad y de hecho, saber que Michael poseía un Ferrari le molestaba muchísimo.

			Creía que aquella adquisición era innecesaria y que con ella Michael había firmado su propia acta de defunción.

			Sabía por Peter, quien no paraba de hablar de ello, que un Ferrari corría a más de 350 kilómetros por hora y aquello le impedía concebir el sueño.

			En el pasado ya había perdido a un hijo en un accidente y no quería volver a experimentar aquella sensación de sobrevivir a su prole.

			Que una madre perdiera a un hijo le parecía la cosa más abominable sobre la faz de la tierra y ella no sólo ya lo había vivido. También se sentía vulnerable al saber que Michael se había comprado un proyectil y que parecía presumir de ello con descaro.

			Años atrás lo habría considerado un simple automóvil pero ahora lo veía como un boleto a la tumba.

			Lo único que le tranquilizaba era que el joven vivía en Madrid y allá las normas de conducción eran sumamente estrictas.

			Lo que no sabía era que Michael, en más de una ocasión, había puesto a prueba su deportivo italiano, pisando a fondo el acelerador y experimentando así una de las sensaciones más increíbles de toda su vida.

			Se había sentido libre y dueño de sí, y le gustaba, pero sabía que no debía dejarse seducir por ello.

			Su posición como director comercial de una empresa dedicada a los licores, y en concreto al vino, exigía de él una actitud responsable.

			De modo que ir por las calles de Madrid; conduciendo a toda velocidad y creyéndose Meteoro, no habría sido apropiado para la buena imagen del negocio y ello debía tenerlo claro.

			—No sé qué vamos a hacer con este chico —susurró Cecilia a su marido— Un día de estos nos mata de un disgusto y nos entierra en una polvareda como la que hay a lo lejos.

			—¡Y que lo digas! —le dio la razón el señor Donovan—. A veces me pregunto si…

			—¡Que sigo aquí! —les interrumpió malhumorado—. ¡Puedo oírles! ¿Podrían dejar de murmurara al menos hasta que me vaya?

			—Pues ahora que lo dices, antes que te vayas quiero que hagas algo —le miró su padre—. Hazte cargo de que el equipaje de tú hermano llegue a su habitación y luego encárgate de dejar los Jeep en condiciones.

			—¡Jo…! —se quejó—. Pero si Michael conducía el Cherokee.

			—¡No me importa! —le contestó—. Ve a hacer lo que te he dicho y no te atrevas a hacerlo refunfuñando.

			—Pero…

			—¡Veee! —le instó de nuevo—. Y ni se te ocurra pedirle a Michael que te ayude. Ha volado por horas, acaba de bajarse de un avión y querrá entrar a descansar.

			—Sin duda —le dio la razón Cecilia bajando las escaleras y abrazando a Michael que por extraño que pareciera no se le veía cansado—. Apenas le hemos visto llegar y no hemos parado de darle una paliza verbal. ¡Somos unos insensibles!

			El joven sonrió.

			Estaba de acuerdo pero no lo dijo. Llevaba tanto tiempo lejos de casa que nada podía opacar aquel momento.

			Hasta entonces había querido volver pero no había podido. Su trabajo en Madrid era de veinticuatro por siete y él era el representante de su familia. ¿Cómo escapar de tal responsabilidad?

			—Pero dinos —agregó el señor Donovan mirando a Michael—. ¿Cómo ha ido el vuelo?

			—Genial —reconoció—. Salimos de Madrid ayer en la mañana y nos vimos obligados a aterrizar en Newark poco después de las seis de la tarde. Hacía mal tiempo y el piloto dijo que no podíamos continuar, así que pasamos la noche en un hotel. Les llamé pero no conseguí comunicarme. Luego Peter me llamó y dijo que estaban cenando fuera.

			Su madre asintió.

			En efecto, la noche anterior ella y su marido habían decidido salir a cenar fuera, y no fue hasta su regreso al rancho que Peter les contó que Michael ya estaba en el país, pero que no sería hasta el día siguiente que llegaría a casa.

			—Lo bueno de todo es que viniste en el avión de la familia —agregó su madre dándole un beso—. En un vuelo comercial te habrías visto obligado a permanecer más tiempo en Newark. Hemos oído en las noticias que el mal tiempo en la Costa Este ha obligado a suspender todos los vuelos.

			—Bueno, bueno —dijo el señor Donovan—. Pero lo verdaderamente importante es que ya está aquí. ¿Por qué no entramos a la casa y nos cuentas como va todo por Madrid?

			Michael asintió.

			Inmediatamente después sintió que alguien se aclaraba la garganta, sus padres se volvieron hacia el Jeep, vieron a Peter sacar las maletas con gesto serio, y acto seguido notaron que en el asiento del copiloto había una chica que hasta ese instante ninguno había visto.

			Era muy guapa y de rostro perfilado, facciones delicadas, ojos verdes y cabello oscuro, tan oscuro como el ébano.

			Parecía seria pero en cuanto los Donovan le miraron, ésta gestó una discreta sonrisa, la cual acompañó con un delicado retoque de su cabello.

			—¡Lo siento! —se disculpó abriéndole la puerta—. Me he…

			—Despreocúpate —advirtió la muchacha sonriéndole—. Llevas tiempo sin ver a los tuyos. Es normal que te entretengas. Además, he estado cómoda dentro del Jeep.

			Los Donovan se vieron a la cara.

			Michael jamás había llevado una chica a casa, aquella era la primera vez y ellos no sabían qué hacer ni decir.

			Su hijo siempre fue un chico liberal y de jovencito había salido con una cantidad irrecordable de jovencitas pero jamás presentó a ninguna.

			El concepto de novia, y en especial el de compromiso, no aparecía reflejado en su diccionario y con los años los suyos lo habían asumido.

			Le daban por un hombre imbuido en el trabajo, distanciado de las distracciones, de las fiestas, y en especial del compromiso. ¿Entonces, qué había pasado? ¿Quién era aquella chica y por qué Michael no la había mencionado antes?

			—Me llamo Cecilia —se aproximó la mujer extendiendo la mano y consiguiendo de la joven tres besos que Cecilia identificó como propio de los franceses—. ¡Bienvenida!

			La joven sonrió.

			Inmediatamente extendió la mano para saludar al padre de Michael que continuaba sorprendido ante la presencia de la muchacha y de la elegancia que la misma irradiaba.

			Llevaba puesto un mini vestido de algodón blanco, corte asimétrico y combinado con unas sandalias de plataforma en color oro que le hacían ver como toda una diosa del Olimpo.

			Era verdaderamente una sorpresa que Michael saliera con alguien así porque sus conquistas pasadas ni siquiera se le aproximaban.

			Por entonces se trataba sólo de jovencitas alocadas, pendientes de fumar y beber, y generadoras de problemas, muchos problemas.

			Por suerte, la joven que ahora acompañaba al mayor de la prole de los Donovan era toda una dama, con buenos modales y ello gustó inevitablemente a sus padres.

			—¡Bien! —dijo el padre de Michael—. Creo que sería buena idea entrar. Como dije Michael y…

			—¡Chanel! —se apuró a decir su hijo al darse cuenta que no había presentado correctamente a su compañera—. Su nombre es Chanel Beauvoir.

			—¡Desde luego! —apuntó su padre mirando a Cecilia con una prudente sonrisa—. Chanel y tú deben estar cansados después de todas esas horas de vuelo.

			Cecilia asintió.

			Se sentía igual de ufana que su marido pero prefirió actuar de manera discreta y esperar a que el propio Michael les contara si él y Chanel estaban juntos.

			Entrometerse en la vida de sus hijos no era propio de los Donovan, aunque no era un secreto que cuando consideraban que algo no estaba bien, no dudaban en involucrarse.

			Eran sus hijos tuvieran la edad que tuvieran y ni Cecilia ni Howard permitirían que sus vidas se vieran comprometidas ante decisiones peligrosas.

			—¡Vaya, vaya, vaya! —se escuchó entonces mientras del interior de la casa una mujer salía al porche consiguiendo que Cecilia dejara a un lado sus pensamientos—. Los vientos del norte han traído visita.

			—¡Y ahí está mi chica! —clamó Michael nada más verla.

			La joven cruzó los brazos.

			Su nombre era Camila, era la única hija de los Donovan, tenía cuatro años menos que Michael y estaba muy enfadada porque hacía mucho tiempo que no le veía.

			La última vez que habían coincidido había sido seis meses atrás cuando la familia había estado en Madrid, pero nueve años era el tiempo real que Camila recordaba haberle visto por el rancho.

			—Yo también te he echado de menos —le susurró Michael nada más subir las escaleras y estrecharla entre sus brazos—. Más de lo que te puedas imaginar.

			Camila negó golpeándole, aunque luego se resistió y le abrazó.

			Estaba convencida que nunca más volvería a verle por aquel lugar pero la vida le estaba quitando la razón y demostrando que aquel refrán que reza que El buen hijo siempre regresa a casa era verdad.

			—Creí que no vendrías —murmuró con un hilo de voz sin verle a los ojos—. Eres un plasta, un insensible, un gilipollas, un...

			Michael sonrió achuchándola.

			Camila era su única hermana y no sólo la adoraba sino también sucumbía ante aquella forma de tratarle y decirle las cosas, aunque sólo fueran insultos.

			—Sé que soy todo eso —le besó la mejilla obligándola a que le mirara—. Pero estoy convencido de que en el fondo de ese corazoncito que está latiendo apresuradamente, y que puedo sentir en mi pecho, estás feliz de verme aquí.

			La chica asintió hundiendo su cara en el fornido pecho de su hermano.

			En efecto estaba feliz de verle allí y quizá por esa razón no pudo contener las ganas de llorar, ni de aferrarse con más fuerza al muchacho.

			Le quería muchísimo, estaban muy unidos y a pesar de su enfado no podía evitar sentirse emocionada.

			En un par de semanas se casaría y a pesar que Michael le había prometido que acudiría, el caso es que Camila lo había dudado.

			No era la primera vez que su hermano planeaba ir a verles pero siempre ocurría algo y cualquier promesa quedaba sin efectos.

			—Esta vez el destino no ha podido evitar que viniera —dijo acariciándole el cabello—. Lo único que lamento es que mi presencia te haya entristecido.

			—¡No! —hipó ella—. Es sólo que…

			—¡Eh! —le cogió de las mejillas—. Quiero que sepas que esta vez nada ni nadie iba impedir que viniera. En unas semanas te casas y no me habría perdonado estar ausente. Además, sabes que eres la única chica que me importa y sabes que por ti soy capaz de ignorar el destino, el mal tiempo, las más de doce horas que he volado y todo para oírte decir que soy un plasta, un insensible, un gilipollas, un…

			Camila sonrió.

			Las palabras de su hermano, unidas a aquella broma, le hicieron recuperar el ánimo.

			—Me has echado al olvido —añadió a pesar de todo mientras le miraba con lástima—. Lo has hecho como con todos.

			—¡Ni hablar! —le aseguró—. Sabes que tengo mucho trabajo y que por esa razón no suelo moverme de Madrid.

			—No necesitas mentirme —le acusó nuevamente—. Sabes bien que si no has venido es porque a pesar de todo, mamá, papá, Peter y yo te lo hemos puesto fácil. Viajamos a Madrid con frecuencia y tú te aprovechas de ello.

			Michael balanceó la cabeza de un lado para otro.

			Su hermana estaba en lo cierto y sabía que intentar llevarle la contraria no habría sido muy acertado.

			—Vale —intervino la madre de ambos al sospechar que acabarían en un rifirrafe—. ¿Por qué no dejamos los reproches y le damos la bienvenida a Michael y a Chanel como es debido?

			—¡Se merece lo que le he dicho! —se limpió la nariz Camila—. He envejecido de tanto esperarle.

			—¡Y envejecerás más si no paras de llorar! —reconoció su madre, aproximándose para darle un pañuelo de papel que se sacó del bolsillo del vestido—. ¿Acaso quieres verte ojerosa el día de tú boda?

			—Eso —dijo Michael mirándola a los ojos—. ¿Acaso quieres verte así de mal el día más importante de tu vida?

			Camila sonrió.

			Desde luego que no quería verse así. No obstante; aunque hizo un esfuerzo para no continuar llorando, el caso fue que no pudo evitar mostrarse contrariada al ver a Chanel.

			La muchacha continuaba esperando en la parte baja de la escalera junto al señor Donovan y en cuanto Camila la miró, aquella le sonrió de manera discreta.

			—¿Quién es? —le preguntó a su hermano.

			—Una amiga —respondió él—. Le he invitado a tú boda. Espero que no te importe.

			Camila negó.

			¡Desde luego que no!

			Simplemente le sorprendía que no le hubiera mencionado que iría acompañado pero lo entendía. Hasta la fecha nadie conocía a Chanel y Camila pensó que si era así, entonces ello significaba que Michael y aquella muchacha no tenían nada. ¿O sí? ¿Quién podía saberlo?





		 			Capítulo 2

			Howard Donovan era un californiano que tras morir su padre recibió en herencia unas bodegas de vino ubicadas a las afueras de San José, en California.

			Su familia había vivido de la vid pero lo habían hecho sin pretensiones, cosa que Howard deseó continuar pero el destino le tenía otra cosa preparada.

			Era joven, sus viñedos productivos, sus vinos exquisitos pero no conocía a profundidad el negocio, así que no dudó en irse a España.

			Estando en Madrid conoció a Cecilia Martínez Irujo de quien se enamoró perdidamente y con la que unos meses más tarde se casó, y procreó dos mellizos que para la pareja eran toda la riqueza que podían tener.

			Durante algunos años los Donovan vivieron en la capital española, donde Howard tenía las oficinas comerciales de sus bodegas, pero cuando sus hijos cumplieron tres años, decidieron instalarse definitivamente en San José.

			A su llegada las cosas marcharon bien, la familia no tardó en incrementarse, la felicidad parecía haberse instalado en sus vidas y los Donovan estaban sumamente agradecidos por todo ello.

			Desafortunadamente un día la tragedia tocó a su puerta y desde entonces nada volvió a ser igual. Michael, el mayor de sus mellizos, empezó a meterse en problemas, a visitar lugares de dudosa reputación y a probar drogas; mientras Jeff, el que hacía más llevadera con sus buenas acciones la tragedia de Michael, perdía la vida en un accidente automovilístico.

			Para cuando Michael tenía veintiún años era todo un toxicómano. Había probado todas las substancias que había en las calles y conocía los efectos de las mismas sin margen de error.

			Estaba joven, deseaba pasársela bien y vivir a toda marcha, y en aquella miscelánea de vida se creyó invencible, y capaz de entrar y salir de aquel inframundo que le engullía e impedía vivir.

			Howard sospechaba de las andanzas de su hijo pero no fue hasta una madrugada que le llamaron a casa que descubrió el pozo donde yacía aquel.

			Le tenían en comisaría junto con sus amigos, estaba ebrio y drogado, y además había agredido a uno de los agentes cuando intentaban arrestarle.

			Aquella era la tercera vez en la semana que le detenían. La primera por conducir ebrio, la segunda por increpar a un oficial cuando éste le había pedido la identificación, y ahora lo hacía por todo en su conjunto, además de conducir temerariamente.

			Sobre las tres de la mañana una patrulla había visto un Dodge Challenger rojo dirigirse por la autopista a toda velocidad y tras seguirle, y no conseguir que el conductor se detuviera, se desencadenó una persecución que acabó con el coche policial hecho añicos, el Dodge empotrado en la verja de una fábrica y la sorpresa de que en el interior había un alijo de cocaína.

			—¡Se les ha ido de las manos! —espetó Val, el jefe de policía—. El fiscal les acusará por posesión.

			Howard abrió los ojos, incrédulo.

			Sabía que su hijo fumaba más que cigarrillos y que hasta había esnifado cocaína, pues le había tenido que ir a recoger en más de una oportunidad a un local de mala muerte pero de allí a poseerla. Definitivamente se le había ido de las manos.

			—Eddie el hijo del coronel Rangel también está con Michael —prosiguió el jefe—. Y de hecho éste ya viene en camino. La cuestión es que ambos sabemos que Frank no permitirá que su hijo se vea salpicado por esto y si lo consigue me temo que Michael será el único responsable.

			—¡Qué! —murmuró Howard—. Pero si has dicho que Michael estaba con Eddie y Alonso.

			—Sí —afirmó el hombre sirviendo café en un vaso y ofreciéndole de inmediato a Howard—. Pero Eddie sólo ha dado positivo en alcohol, Alonso está limpio y el coche es de tú propiedad. En consecuencia...

			Donovan cerró los ojos.

			El jefe de policía tenía razón. Si los amigos de su hijo no habían dado positivo en coca, Michael si y el coche era suyo, el único que tendría problemas sería su hijo.

			Por otra parte se alegraba de que Alonso hubiera dado negativo en la prueba de drogas y alcohol ya que el pobre chico no tenía a nadie.

			Sus padres habían trabajado para Howard, en su ausencia éste se había hecho responsable de él y además estaba convencido de que si estaba en el calabozo, ello se debía a la amistad que le unía a su hijo.

			—Tenemos que hacer algo para resolver este asunto de una buena vez —planteó el policía muy serio mientras se sentaba en uno de los picos de su mesa—. No quiero a la maldita prensa rodeando mi jefatura ni mi casa durante meses. ¡Estoy harto de ello!

			—¿Qué propones? —le preguntó Howard.

			El jefe negó.

			Conocía a Howard y a su mujer, y en especial los esfuerzos que éstos habían hecho por criar bien a sus hijos, pero las cosas con Michael parecían no haber funcionado.

			El chico era problemático hasta más no poder y en la medida que pasaba el tiempo, sus adicciones se incrementaban haciéndole perder el control.

			De allí que se temiera por su vida pero también por la de quienes un mal día tuvieran la desgracia de toparse en su camino.

			Era una especie de presagio. Michael visitaba el calabozo más veces a la semana que cualquier vagabundo, delincuente o raterillo de la ciudad, así que aquello terminaría en desgracia si su padre no hacía nada para evitarlo. La cuestión era, ¿qué?

			—Quizá, pactar con el fiscal —acabó proponiendo el policía tras pensarlo unos minutos—. Howard, en el Dodge habían 250 gramos de cocaína. En cuanto la prensa lo sepa Michael aparecerá en todos los diarios, y el fiscal no podrá ignorar eso por mucho que tú y él sean amigos. Vas a tener que comprometerte seriamente esta vez.

			Howard respiró hondo.

			Creía que hasta entonces lo había hecho pero dada la situación en la que se encontraban, la respuesta era un rotundo no.

			En ese momento el joven oficial que hacía de secretario para el jefe tocó la puerta y tras él un hombre con el porte de quarterback; vestido de militar y con el semblante serio le apartó consiguiendo que la puerta de la oficina se abriera de par en par y golpeara violentamente el archivador que había detrás.

			—¡Val, dime que la maldita prensa no está de camino! —dijo mirando al jefe—. ¡Que te juro que me cagaré en todo si no es así!

			—¡Siéntate! —respondió Val—. La prensa no sabe nada. A los chicos sólo se les ha detenido por conducción temeraria y evadir la autoridad.

			—¡Y una mierda! —se exaltó el hombre dándole un manotazo a unas carpetas que había sobre el archivador—. Me llamas a la base aérea a estas horas para decirme que mi hijo está en uno de tus calabozos y esperas que me crea que es por conducción temeraria y pasar de la autoridad.

			—Frank —pretendió decir Howard pero aquel le lanzó una mirada que, de haber podido, le habría fundido.

			—¡No te atrevas a decir que lo resolverás! —le señaló con el dedo—. Llevas mucho tiempo diciendo lo mismo y todo ha ido a peor. El problema es que no sabes cómo controlar a tú hijo y éste, junto con ese mexicano al que proteges, intentan arrastrar a Eddie a la maldita fosa séptica donde están pero no lo permitiré. Aquí todos sabemos que el drogadicto es Michael.

			Howard empuñó las manos.

			Inmediatamente después se abalanzó contra el coronel.

			—¡Paren yaaa! —gritó Val separándoles—. ¡Así no lo resolveremos! Tanto Michael como Eddie están encarcelados, y ambos, junto con Alonso, se les ha pillado dentro de un coche con un alijo de cocaína. En consecuencia, a los tres se les imputará el cargo de posesión y eso es lo que debemos mirar de resolver.

			—¡Que te jodan! —gritó Frank—. No permitiré que a Eddie se le fastidie la vida porque Donovan no ha hecho bien su trabajo como padre. Si Eddie acaba en la cárcel, me encargaré de que Michael aparezca en todas las noticias del país. Así que será mejor que Donovan haga algo, y que lo haga ya, porque de lo contrario sabrá de lo que soy capaz.

			Val negó con la cabeza.

			Comprendía el enojo de Frank pero le resultaba absurdo que obviara que al igual que al hijo de Howard, al suyo también lo habían detenido.

			Si, quizá Michael recibiría el mayor de los castigos al ser el vehículo propiedad de su padre y haber sido el único que había dado positivo en drogas, pero eso no eximiría a Eddie ni Alonso del delito de complicidad.

			De hecho lo más seguro era que ese fuera el cargo por el cual se les imputara y para el coronel, aquello sí que sería una verdadera desgracia.

			Quería que su hijo fuera a la escuela de pilotos y sabía que no lo conseguiría con un expediente policial que dejara en evidencia su debilidad por las drogas.

			—Eso no sucederá —advirtió Howard—. No lo permitiré.

			Val le miró reflexivo.

			Sabía que Howard diría algo así pero al igual que el coronel no estaba seguro si lo que fuera que hiciera sirviera de nada.

			Ya había perdido la cuenta de todas las veces que Michael y sus amigos acababan encarcelados, y las veces que Howard prometía hacer algo y todos los esfuerzos parecían insuficientes. ¿Por qué funcionarían ahora?

			—Porque pagaré la fianza que recaiga sobre los chicos —dijo—. Me comprometeré a que Michael reciba ayuda profesional, que no vuelva a conducir hasta tanto deje de ser un peligro para él y para todos, y que la prensa no se entere de lo que ha sucedido hoy.

			El coronel negó.

			¿Sería aquello tan fácil de hacer o sencillamente Howard confiaba ciegamente en su hijo?

			—Eso no estaría mal —acabó manifestando el jefe de policía—. Frank, ¿tú qué piensas?

			—¡Que no es tan fácil como Donovan lo ve! —respondió—. Estamos hablando de tres chicos que han conseguido un cuarto de kilo de cocaína como si se tratara de un kilo de azúcar. Y no, no sé cómo la consiguieron ni a cuál de ellos se le ocurrió, pero el caso es que lo han hecho y eso es todo lo que cuenta. Por tanto, ¿quién puede asegurar que no volverán a hacerlo? Michael, Eddie y ese otro chico son mayores de edad, y podrán hacer lo que les plazca. ¿Cómo es que Donovan está tan seguro que esto no volverá a suceder?

			—Porque enviaré a Michael lejos —confesó—. Sé que es mayor de edad y que si quiere hacer con su vida lo que le plazca, acabará haciéndolo. Pero mientras yo respire no me quedaré de brazos cruzados a ver cómo termina su elección. Es mi hijo y le protegeré, dónde, cuándo y cómo sea aunque sepa que no tiene razón.

			El coronel Rangel tragó.

			Pensaba que Michael era un caso perdido y que no valía la pena hacer ningún esfuerzo por él pero Howard, su padre, creía que merecía una oportunidad y estaba dispuesto a dársela.





		 			Capítulo 3

			—¡Mamá no pienso cambiar de idea! —se quejó Camila mientras se probaba el vestido de novia sobre el pedestal donde la habían subido para que la empleada de la tienda acabara de ajustarlo—. He dicho que las chicas llevarán el cabello suelto, una corona de flores y los pies descalzos, ¡y es como irán!

			Cecilia cerró los ojos.

			Estaba horrorizada ante el absurdo plan de su hija.

			La organización de la boda había empezado bien y ambas habían estado de acuerdo prácticamente en todo, hasta que a Camila se le zafó un tornillo y decidió que sus damas de honor fueran descalzas a su boda.

			—Camila, hija —intentó convencerle su madre—. Que no es una pijamada. Estamos a mitad de agosto y el calor es insoportable. Sabes que en el césped de casa se puede freír un chuletón en esta época. ¡Cómo esperas que las chicas soporten esas temperaturas y además vayan con los pelos sueltos!

			Camila se hundió de hombros.

			Quería a las damas descalzas y con el cabello al natural para que la tiara de flores destacara, y lo demás le resbalaba. Era su boda y se haría lo que ella dijera.

			Además, consideraba que no estaba pidiendo nada extraño y que su madre se estaba preocupando demasiado. ¿Qué tal si hubiera pedido una mina de oro como regalo? ¿O unos pedruscos de diamante?

			—Pues eso habría sido menos escandaloso —le contestó—. Tan sólo imagina que tus amigas acaban en el hospital por quemaduras y ampollas. ¿Cómo crees que nos llamarán todos?

			—¡Las braseros! —se carcajeó—. Seremos las quemas pies de San José.

			Las dependientas de la tienda también se carcajearon.

			Solían hacerlo siempre que Camila abría la boca, pero rápidamente recobraban la compostura al ver la expresión grave en el rostro de Cecilia.

			—En ese caso podríamos disponer de alfombras por las caminerías del jardín —propuso la organizadora que en aquel instante estaba con ellas—. Las tendría en el rancho el miércoles pero necesito que me autoricen. No están en nuestra lista.

			Cecilia asintió.

			Le daba igual si debía pagar una fortuna cubriendo todo el jardín con alfombras.

			Para su hija, quizá, aquello era cosa de broma pero para ella era una cuestión seria.

			Por cuenta de Michael su familia carecía del respeto de algunos miembros de su comunidad y Cecilia se había prometido evitar más incidentes que les perpetuaran en la línea de tiro de las críticas.

			—¡Bien! —sonrió de nuevo Camila—. Y ya que estamos tomando decisiones de último momento, me gustaría que consiguieran aquellas tobilleras tan cucas que vimos hace días en Bulgari. Será un recuerdo de mi parte para las chicas y les vendrán de narices con el color del vestido.

			—Lo apunto en mi agenda —dijo la organizadora—. Iré por ellas hoy mismo.

			—¡Genial, ahora se le ha ocurrido resarcir a sus amigas después de quemarles los pies! —espetó con ironía Cecilia—. Me pregunto, ¿qué seguirá?

			Las dependientas y Camila se rieron.

			Cecilia miró a las primeras con encono.

			Se había convencido de que Camila hacía todo aquello por morbo aunque no comprendía el por qué.

			Sus damas de honor eran sus amigas, a Mildred, a Rebecca y a Britanny les conocía desde la infancia, a Lucy y a Tania de la universidad, y a Kirsten por ser la hija del senador Gordon. Un buen amigo de su padre.

			Las siete chicas eran inseparables y siempre donde estaba una estaban las demás, y por eso Cecilia no entendía aquel afán de su hija por hacerlas sufrir.

			Ella siempre había sido afectuosa con sus amigas pero desde que había empezado a organizar su boda, y planteó aquello de las damas descalzas, se cerró en banda a oír opiniones.

			No quería cambiar lo que ella consideraba un diseño perfecto; ni tampoco que le insistieran para que sus damas llevaran calzado.

			Eran sus nupcias y se haría lo que ella dijera; y de no ser así, entonces aquella boda no se celebraría y eso si que asustaba a Cecilia.

			Unas damas descalzas le iban a suponer una exhausta vigilancia de las mismas, y de sus pies, pero prefería eso a una boda anulada.

			Las primeras no pasarían de unas ampollas y mucha crema anti quemaduras, mientras que lo segundo le obligaría a disculparse toda la vida ante sus amigos.

			—Cam —dijo la organizadora—. Dices que quieres las tobilleras de Bulgari como obsequio para tus damas pero, si mal no recuerdo, aquellas alhajas eran rosa coral y sus vestidos son naranja.

			Camila le miró.

			Parecía como si los ojos se le fueran a salir de las cuencas.

			—¡Naranja! —dio un grito que hizo que las personas que había en las otras salas de la boutique se asomaran a ver qué pasaba.

			—Sí —afirmó la organizadora—. Los he visto hoy en la mañana. La diseñadora está esperando a que las chicas vengan a probárselos para darles los últimos retoques.

			Camila se quedó boqueando como pez fuera del agua.

			—¡Debe ser un error! —chilló bajando del pedestal nerviosa y sujetando la falda de su vestido de cualquier modo—. ¡Pero si dije rosa coral!

			—Camila tiene razón —intervino su madre al verla caminar de un lado para otro arrugando el vestido—. Dijimos rosa coral, no naranja.

			—¡Todos se reirán de mi! —se dejó caer en el suelo echándose a llorar—. ¡Pensarán que le rindo honor a la selección holandesa de football! ¡Mi boda será un bodrio!

			Su madre cerró los ojos.

			No había tenido suficiente con las damas descalzas, que ahora también debía aguantar a Camila llorando como una cría por culpa de unos vestidos naranja que no eran los que había elegido.

			De vuelta en casa, y haciendo que en la tienda de novias se llevaran las manos a la cabeza por el error en el color de los vestidos a menos de dos semanas para la boda, todos alrededor de la mesa intentaban animar a la novia, salvo Peter que no paraba de reírse.

			Sabía lo importante que era para su hermana tener una boda perfecta y todo cuanto tenía que ver con ello, y no podía evitar reírse ante aquel inesperado incidente.

			Camila solía meterse frecuentemente con él porque le consideraba un irresponsable, ya que sólo parecía importarle andar haciendo carreras en coches, pero en el último año la cosa había ido a peor.

			Se negaba a ir a la universidad, a prepararse como lo habían hecho ella y Jeff, y aquello mantenía disgustados a todos.

			No es que fuera una obligación ya que su padre era el dueño de un imperio y trabajo tendría estudiara o no, pero también era cierto que Peter no debía pensar sólo en esa posibilidad.

			Debía ser capaz de demostrar que podía hacerlo como cualquier otra persona, que era capaz de asumir seriamente su propia vida y de trabajar con ahínco para ganarse el respeto de todos.

			Camila lo había conseguido colocándose a la cabeza del departamento de ventas y gestionando las finanzas de la familia, y Michael afrontando la jefatura comercial en Madrid.

			Sí, era verdad que Michael no tenía estudios superiores y que durante años había conseguido convencer a todos que no era digno de respeto ni confianza, pero acabó resarciéndose.

			Ahora ostentaba un puesto de envergadura en los negocios de la familia, los suyos sentían plena confianza en él y todos los que trabajaban a su lado le respetaban y tenían estima.

			—Es el karma —aseguró Peter con una sonrisa burlona mirando a su hermana—. ¡Ya era hora!

			Camila le miró con los ojos entornados.

			—¡Es la verdad! —prosiguió muerto de la risa—. Lo que te está pasando es la consecuencia de tus malos actos. Eres una bruja y la justicia divina te está pasando factura. Aunque no tanto como debería.

			—¡Mamáaaaa! —gritó la chica.

			—¡Peter! —manifestó la mujer.

			—Ya lo dejo —prometió el muchacho levantando las manos—. Aunque sigo pensando que es un castigo y que Camila no debería darle importancia. Igual sus damas de honor parecerán las picapiedras. ¿Quién notará si los vestidos son naranja o coral?

			—¡Lo notaré yooo! —acabó levantándose para darle una colleja—. ¡Es mi boda y quiero los vestidos en coral! ¡No en ese feo naranja!

			Su madre negó.

			Aquella sería una tarde muy larga.

			—¡Oh, cariño! —dijo su padre dándole un beso en la coronilla y mirando a Peter muy serio—. Tendrás esos vestidos en coral. Llamaré a la tienda para que lo resuelvan. Por ahora quiero que dejes de llorar porque si no lo haces seguirás perdiendo peso. ¿Es que quieres que el día más importante de tú vida lo celebremos en el hospital?

			Cecilia negó con la cabeza.

			Esperaba que no.

			La boda de Camila le estaba reportando más dolores de cabeza de los que creyó llegar a sufrir en toda su vida y lo único que la alentaba era ver a su marido intervenir, justo en el momento que un cataclismo se avecinaba.

			Howard era un hombre de negocios, lleno de obligaciones y sumamente ocupado, por lo que pasaba mucho tiempo ausente, pero cuando tenía que dejar de lado su papel como empresario y ser un padre para sus hijos, simplemente lo era.

			Él y Cecilia llevaban más de treinta años casados y ésta, además de admirarle, le sorprendía la paciencia con la que trataba a su prole.

			Era como una taza de valeriana, agradable, dulce; perfumada, pero sobre todo ideal en esos momentos en los que necesitas que tu corazón lata con suavidad y tú alma permanezca serena.

			—Camila —intervino Chanel que también se encontraba sentada en la mesa con ellos—. Si quieres podemos ir a la tienda de novias mañana y nos cercioramos de que esos vestidos estén listos antes del mediodía. Verás, mi familia se ha dedicado a la industria textil durante décadas y sé cómo funciona la confección en tiempo record. Podría darle a la diseñadora unos tips para que agilice su trabajo.

			A Camila se le iluminaron los ojos.

			La idea le seducía pero no estaba segura de permitir que alguien a quien no conocía se involucrara en los preparativos de su boda.

			Era cierto que Michael ya les había contado que Chanel y su familia se dedicaban a la confección, y que eran dueños de unas prestigiosas boutiques ubicadas en Francia, Italia y España pero ello no le resultaba suficiente.

			No eran amigas, ella y su familia no conocieron de la existencia de aquella hasta el día que llegaron, Michael aún no les había dicho desde cuándo se conocían y menos que fueran pareja, aunque todo apuntaba a que sí.

			Al menos Camila ya les había visto besarse y actuar con complicidad en ausencia de todos, y ello no sólo le confirmaba que Michael y Chanel eran más que amigos.

			—Me cuesta creer que puedas conseguir que confeccionen siete vestidos de fiesta en escasas horas —dijo Peter—. ¡Eso es imposible!

			—¡Siete y más! —sonrió Chanel—. Me he criado en talleres de confección y conozco todos los trucos para cortar y coser a la velocidad de la luz.

			Michael sonrió.

			La expresión en el rostro de su hermano, y en especial en el de sus padres, le dio a entender que Chanel les gustaba.

			—Nos ha dicho Michael que tu padre odia la confección enmarcada en el low cost —profirió Cecilia al darse cuenta que Camila no acababa de responder ante la oferta de la muchacha—. ¿Es verdad?

			—El mercado textil mana por las venas de mi familia —afirmó—. Y ante todo respetamos la competencia libre. No obstante, no compartimos el lema low cost por todo lo que implica. En primer lugar porque daña las firmas como la de mi familia, la cual apuesta por la exclusividad y la calidad de los productos. Luego, porque es un mercado que alimenta la explotación de quienes hacen el trabajo duro. Nuestras fábricas están y seguirán estando en Francia, nuestros talleres cuentan con las condiciones de trabajo idóneas, y nuestros empleados perciben prestaciones acorde con sus esfuerzos.

			—Esa es, sin duda, una política fascinante —suspiró Howard—. Pero temo decir que también arriesgada. El mercado low cost controla el mercado textil. ¿Cómo pueden competir con eso?

			—Como lo hacen las bodegas Donovan con sus productos —respondió—. Ofreciendo exclusividad y calidad. Si no me equivoco sus vinos son el resultado de una política enmarcada en ambos conceptos, ya que son fabricados sólo con vid cultivada en este rancho, y ello lejos de ser un problema es una ventaja. Fabrican vinos exquisitos, bien valorados en el mercado nacional e internacional, y que superan en gran medida a algunos de los más reconocidos. ¿No es así?

			El señor Donovan asintió orgulloso.

			En efecto la chica estaba en lo cierto y le daba la razón, aunque también le sorprendía.

			Que supiera tanto del negocio de la familia le hacía pensar que conocía de primera mano sus políticas y eso sólo podía significar una cosa. Qué bien ella y Michael eran tan amigos como éste había asegurado en el momento que la presentó, o que quizá eran más, cosa que a Howard le gustaría.





		 			Capítulo 4

			—¿Al menos dime, desde hace cuánto la conoces? —preguntó Howard a su hijo nada más acabar la cena y retirarse al despacho—. A tú madre y a mí nos gustaría saber si estamos delante de algo más que una amiga.

			Michael sonrió ante la inquieta curiosidad de su progenitor.

			—Hace un año Robert Beauvoir, su padre, abrió dos de sus tiendas en Madrid —respondió—. Coincidimos en una de esas inauguraciones, así que desde entonces.

			El señor Donovan asintió.

			—Me gusta —reconoció—. Al principio tuve la vaga impresión que era del tipo de chica que sólo se preocupa por combinar el bolso y los zapatos pero veo que me equivoqué. Te juro que nunca imaginé que saldrías con alguien así. Estoy orgulloso de ti. Muy orgulloso.

			Michael sonrió nuevamente.

			Escuchar a su padre decir aquello le hacía feliz.

			En el pasado había cometido muchos errores y había hecho sufrir a su familia irremediablemente, pero las cosas habían cambiado. El Michael del pasado ya no existía y ello se lo debía a su padre.

			El hombre le había sacado a tiempo del abismo donde se había metido, le había dado una nueva oportunidad y le había dicho al despedirle justo antes de marcharse a Madrid que confiaba en él.

			—Era mi deber —aseguró—. Debía protegerte y fue lo que hice.

			—Gracias —dijo el muchacho—. No llegas a imaginar cuantas veces he pensado en este instante.

			—Pues, quiero que lo olvides —le instó—. Hice lo que debí. No sé cómo permití que cayeras tan bajo. Tardé en reaccionar y jamás me lo perdonaré. Pudiste haber…

			—No —le interrumpió Michael— Sabes que eso no habría pasado. Estuviste allí todo el tiempo. Fui yo quien no lo vio ni hizo nada.

			Howard inspiró profundo.

			No deseaba hablar del pasado pero sabía que algún día debía hacerlo y lo mejor era no evitarlo.

			Las heridas que habían quedado abiertas debían cerrarse para siempre y veía que Michael, al igual que él y todos en la familia, lo necesitaban.

			—Eres mi obligación —le puso la mano sobre el hombro—. Tú, Peter, Camila y tu madre son todo lo que me importa en este mundo, y haré lo que sea para protegerles.

			Michael levantó la mirada y la alineó con la de su padre.

			El hombre parecía estar conteniendo las ganas de llorar, de manera que Michael no dudó en tender su mano y arropar la de aquel.

			Sabía que hablar del pasado ponía nostálgico a su progenitor así que debía evitarlo. Años atrás le había roto el corazón y resarcirse era todo en lo que debía pensar.

			Deseaba que el hombre se enorgulleciera de él y que se convenciera de que su vida había cambiado en el mismo momento que su padre le envió a Madrid.

			Allá todo lo que conocía había desaparecido. Juan López, su padrino, le esperaba en el aeropuerto y luego le llevó al lugar donde, ni él ni nadie, creyó que acabaría.

			Se trataba de un centro de rehabilitación para toxicómanos en estado crítico y a los que las drogas habían convertido en un espectro.

			No era un hospital, ni un psiquiátrico y ni mucho menos una cárcel, pero para Michael representaba todo a la vez.

			Era un ser sin vida, sin conciencia ni control de sí, y necesitaba ayuda. Las drogas y el alcohol le habían empujado hacia un oscuro abismo, y su paso por aquel centro fue difícil, aunque le ayudó a descubrir en quién se había convertido.

			Descubrió que no había dejado de esnifar cocaína, fumar hierba ni beber alcohol no porque no quería, como solía decir a todos, sino porque era un esclavo, porque había dejado de ser él y porque había perdido la voluntad hacía muchísimo tiempo.

			Para su buena suerte, en rehabilitación consiguió recuperar el control, distinguir la luz de las tinieblas y aprender a hacerlo por sí sólo.

			No era que los suyos le hubieran abandonado tras recluirle en aquel centro, sino porque la política del mismo así lo sugería.

			Se suponía que debía enfrentarse a sus demonios y tenía que hacerlo de tú a tú con una terapia estricta, dolorosa, en algún caso difícil de soportar, pero en general efectiva.

			Michael lo descubrió seis meses después de su ingreso, aunque a su salida sintió que algo había sido su mérito.

			Siendo un drogadicto deseó librarse de aquellas cadenas que le oprimían y lo consiguió. Lo hizo, conectando con aquel ser que se había quedado atrapado en su interior y que en sus agónicas recaídas le gritaba que le dejara en libertad.

			Las personas más cercanas a Michael, en caso de que sucediera algo, eran Juan y Nora, sus padrinos. Ellos conocían la situación de su ahijado y en cuanto Howard les contó que necesitaba sacarle de San José, aquellos no se lo pensaron.

			Se ofrecieron inmediatamente a atender, cuidar y estar al lado de Michael como en su momento habían prometido el día de su bautizo, y del de Jeff, y nada más el chico llegó a Madrid, perdido y quizá hasta sin ánimos de vivir, ellos le acogieron.

			Eran gente muy humilde y con los recursos justos pero Howard y Cecilia estaban casi seguros de que aquel cambio ayudaría a su hijo.

			Además, Juan estaba seguro que después de la rehabilitación la vida de su ahijado sería dura y empezar solo no le iba a resultar posible.

			Había nacido con un pan bajo el brazo, su familia lo tenía todo, su vida había sido la viva estampa del lujo y el desenfreno, pero ahora todo aquello había terminado.

			Howard no estaba dispuesto a financiar la alocada vida de ninguno de sus hijos y la de Michael, después de todo lo que había pasado, menos.

			Debía madurar, superarse como persona y aprender a ser un hombre en toda la extensión de la palabra.

			En el pasado quedarían las concesiones, los beneficios, la opulencia y todas y cada una de las plétoras de las que había disfrutado.

			Sus padrinos eran personas sencillas, cuya única propiedad era una granja a las afueras de Madrid, y a Howard aquello le hizo pensar que, quizá, eso era lo que necesitaba su hijo. Sería como vivir en el rancho pero sin las comodidades que hasta entonces había tenido.

			Sus padrinos solían cultivar sus propias frutas y verduras, criar cerdos, cabras y gallinas, y al mismo tiempo vender queso, leche y mantequilla en un pequeño mercadillo que se organizaba cada semana en su comunidad.

			Eran trabajadores pero para Michael aquello no sólo era un infierno, sino también propio de vulgares campesinos.

			Estaba seguro que sus padres deseaban cobrarle todas y cada una de las que les había hecho, y nada más ver la vieja furgoneta de su padrino, la casa medio en ruinas donde vivían y la faena diaria en el mercado daba por hecho que lo habían conseguido.

			Le habían enviado un lugar desconocido, con gente extraña a pesar de ser sus padrinos, con costumbres diferentes a las suyas, pero sobre todo con un estilo de vida completamente alejado del suyo.

			Él estaba acostumbrado al lujo y a la buena vida y en aquella granja lo más cercano a una buena vida era recibir un desayuno en condiciones, ya que al menos había huevos y bacon.

			Por todo lo demás su existencia sería una mierda, pues siendo el primogénito de uno de los hombres más ricos de su país, debió resignarse con una liliputiense habitación, dormir en un catre, tener como mobiliario una insignificante mesita con una silla y prescindiendo de las vistas.

			Si, desde su lujosa y cómoda habitación de California había disfrutado de los extensos y hermosos viñedos pero eso ya formaba parte del pasado.

			Ahora su vida era toda precariedad y debía conformarse con ver la reducida luz que se colaba por la claraboya del techo de la boardilla.

			—Me odié —confesó—. No podía evitar pensar que al anhelar mi vida pasada anhelaba también lo que había sido y que la rehabilitación no había tenido ningún efecto sobre mí. Me faltaba mucho por aprender, por hacer y crecer, y por esa razón me quedé a vivir con mis padrinos hasta que empecé a trabajar para ti.

			—¿Te arrepientes? —le preguntó su padre poniéndose en pie y sirviéndose un coñac para sí, y agua con gas para su hijo.

			—No —contestó cogiendo el vaso con agua—. Desde entonces han transcurrido nueve años pero siento como si hubiera sido ayer. Vivir con mis padrinos me cambió por completo y toda mi vida les estaré agradecidos.

			—Y yo —reconoció su padre—. Nunca tendré como pagarles.

			—No quieren que lo hagas —aseguró Michael—. Seguirán rechazando cualquier ayuda que les ofrezcas así como han rechazado la que les he ofrecido yo. Verás, les he dicho que me gustaría que se mudaran a la ciudad para poder estar pendiente de ellos pero no aceptan. Dicen que donde están se sienten bien y que no quieren cambiarlo.

			—Les comprendo —declaró—. Tú madre y yo tampoco nos vemos viviendo en otro lugar que no sea este rancho. Queremos pasar el resto de nuestras vidas aquí y nos gustaría que tú y tus hermanos lo tengan presente.

			—Pierde cuidado —le dio su palabra—. Los chicos y yo no haremos nada que les haga sufrir. Al menos yo ya lo hice por mucho tiempo. No volveré a hacerles pasar por ningún mal rato.

			—Lo sé —dijo—. Pero por si acaso tú madre y yo hemos añadido un par de clausulas a nuestro testamento.

			—Bromeas, ¿verdad? —inquirió.

			—Desde luego —contestó tomando asiento—. Tú madre y yo no creemos en los castigos. No sirven de nada. Tú más que nadie lo sabes.

			Michael asintió.

			Lo tenía muy presente.

			Durante años fue una calamidad pero jamás se sintió castigado. Sus padres debían sentirse culpables por sus actos y ello, quizá, les impidió ejercer cualquier correctivo sobre él

			—Por cierto —agregó mientras lo pensaba—. He de entregarle algo a Camila de parte de mis padrinos. Estuve en la granja justo antes de venirme y me pidieron que le hiciera llegar un obsequio.

			—Creía que apenas tenías tiempo de verles —manifestó Howard contrariado.

			—Y es así —contestó—. En la oficina hay mucho trabajo y en ocasiones no sé cómo es que por las noches puedo volver a casa. La cuestión es que el fin de semana mi madrina me llamó, dijo que tenía algo para los chicos, me pidió que pasara a recogerlo y de paso a comer ese pato a la naranja que le queda tan delicioso.

			—¡Y que lo digas! —le dio la razón—. Te juro que de no haber conocido a tú madre, seguramente habría buscado conquistar a Nora por ese maldito pato. Realmente no hay quien lo prepare como ella. ¡Ni tú madre!

			Michael sonrió.

			Él también pensaba lo mismo.

			—¿Sabes una cosa? —sondeó poco después tras recuperar la seriedad y retomar la charla—. Lamento haberme comportado como un gilipollas. De no haber actuado así habría estado aquí y quizá lo que sucedió no habría pasado. En ocasiones pienso que debí ser yo quien…

			—¡No te atrevas a decirlo! —le vetó su padre—. De haber podido elegir yo habría elegido que a ninguno de mis hijos les ocurriera nada, pero de eso va la vida. No puedes elegirlo todo, pues hay cosas que ya están y tú sólo debes aceptarlas y vivirlas con dignidad.

			—Pude haber estado aquí y haber seguido los mismos pasos que Jeff —insistió—. No obstante, me convertí en el maldito problema y…

			—¡Michael, no sigas! —volvió a exigirle—. Cuando te envié a Madrid y poco después Jeff murió, sentí que les había perdido a ambos. Sabía que Jeff no regresaría jamás y sentía miedo de que tú tampoco lo hicieras, pero entonces comprendí que la partida de tú hermano me había sido impuesta pero tú regreso, tú regreso dependía de mi.

			Michael sintió un nudo en el estómago.

			En ocasiones le costaba comprender cómo era que su padre continuaba depositando tanta confianza en él cuando le había defraudado tanto.

			Era como si la paciencia de aquel pobre hombre no mermara y en los peores momentos el manantial de donde provenía se empleaba aún más para proveerlo de ella.

			—He oído que el presidente de las bodegas Torroell y tú cenaron hace un par de días —dijo su padre a la espera de cambiar el rumbo de la conversación—. Camila dice que quieren trabajar con nosotros.

			—Quieren —confirmó—. Pensaba contártelo ahora que estoy aquí, pero veo que Camila se me ha adelantado.

			—Tú y tú hermana hacen un buen equipo —le señaló con el dedo—. Me gustaría que entre los dos animaran a Peter a unírseles.

			Michael frunció la boca.

			Tal como su padre, deseaba que Peter acabara ostentando algún puesto en la empresa familiar, pero dada la resistencia del muchacho a ir a la universidad, formarse y dejar los coches, lo veía difícil.

			—Papá, sobre ese asunto me gustaría que habláramos seriamente —acabó diciendo—. Verás, he conversado con Camila y me ha contado que las cosas con Peter no van del todo bien.

			—Pues no —reconoció su padre decepcionado pero obligándose a no decir nada más al sentir que el motivo de su conversación llamaba a la puerta.

			—¡Hablando del rey de Roma! —espetó Michael fijándose en los desgastados jeans del chico, el cabello alborotado y la sudadera de Pink Floyd—. Me pregunto si has venido porque te has cansado de burlarte de Camila o porque ella ha comenzado a burlarse de ti.

			—¡Ni hablar! —dijo—. La muy petarda está llorando nuevamente por lo de los vestidos. Vine porque mamá quiere saber si a papá le interesa acompañarle a la ciudad.

			Howard contrajo el ceño.

			Michael ni siquiera le dio importancia al mensaje.

			Se había quedado mirando a su hermano y por un momento creyó que su antiguo yo había regresado del pasado.

			Se identificó con él por el físico, la manera de burlarse de uno de sus hermanos, el andar desenfadado, la seguridad al creer tener la situación controlada; aunque no por la forma de vestir.

			Él jamás mostró apatía a la hora de elegir indumentaria, llevarla puesta ni presumir de ella. Al igual que su hermano los tejanos habían sido su prenda favorita, pero a él le iban mucho mejor.

			Se le ceñían al cuerpo dejando al descubierto un muchacho fibroso y rebosante de juventud, aunque también de un caudal de virilidad que quedaba acentuado con sus chaquetas de piel, sus relucientes Aubercy y el cabello perfectamente peinado.

			Por entonces estaba a la moda el flequillo alto y bien fijado, y a Michael no sólo le quedaba bien sino que también, lo imponía como en su momento Michael Jackson impuso Thriller, los Hombre G Devuélveme a mi chica y Chayanne Este ritmo se baila así.

			En la escuela la mayoría de sus amigos quería parecerse a él y en menos de lo que nadie llegó a imaginar todos los jovencitos se habían convertido en una réplica exacta del muchacho que conducía el Dodge Challenger rojo.

			Aquel era una pasada de coche y nadie, salvo Jeff, dudaba que Michael Donovan era el único capaz de llevarlo con tanto garbo y fanfarronería.

			A Jeff le molestaba porque eran gemelos y continuamente era confundido con su hermano, aunque sólo por los cegatos.

			Él jamás fue un irreverente ni tampoco le interesó parecerse a Michael más de lo que el destino le había condenado.

			Con la vida llena de escándalos como tenía aquel, Jeff prefería pasar desapercibido, aunque muchas personas le siguieran confundiendo.

			De niño le había sucedido tantas veces como salió a la calle, pero de mayor se prometió que aquello no continuaría pasando.

			De modo que desechó toda la ropa informal que tenía, los mocasines que solía usar y hasta las chaquetas de piel, aquellas malditas piezas brillantes que parecían llevar la firma de su hermano.

			En su lugar optó por prendas más formales, como los trajes, las camisas de cuello italiano, las corbatas de satén y los zapatos de charol rebosantes de brillo.

			Consideraba la mezclilla como una especie de maldición y se negaba a vestirla sabiendo que Michael se pavoneaba con ella por todo San José.

			De hecho, de haber estado con vida y haber visto entrar a Peter aquella noche en el despacho con aquel aire tan desinhibido y holgazán, quizá, habría pensado que la maldición había recaído sobre éste.

			—Peter, son casi las diez de la noche —manifestó su padre viendo el reloj—. ¿Para qué tú madre quiere ir a la ciudad?

			—Chanel le ha convencido de tener listos los vestidos para mañana —confesó—.

			—¡Válgame Dios! —se quejó—. Debí suponerlo.

			—Papá, he quedado con unos amigos en la ciudad, si quieres las llevo yo —se ofreció.

			—¿Qué? ¡Ni hablar! —se opuso el hombre levantando el teléfono—. Haré que las lleve Martín. ¡Y tú no te quedes hasta tarde en la calle!

			El chico asintió.

			Michael se incorporó.

			—Permite que las lleve yo —dijo—. Es tarde para que llames a Martín.

			Howard colgó el teléfono.

			Michael tenía razón.





		 			Capítulo 5

			La casa de los Donovan era una construcción del siglo diecinueve que había estado en posesión de la familia durante mucho tiempo.

			A principio la finca no había sido utilizada como plantación de ninguna naturaleza pero cuando ésta llegó a manos del padre de Howard, el hombre ya tenía clara la idea de para qué servirían todas aquellas hectáreas.

			—¡Hileras de vid! —suspiró—. ¡Hileras de vid cubriendo cada metro cuadrado!

			Era un sueño. Christopher Donovan, como se llamaba el padre de Howard, lo había vislumbrado mientras trabajaba en una finca californiana, propiedad de unos españoles, y sólo unos años después su sueño se materializó.

			Al principio debió conformarse con vender su producto a los viticultores de la zona que más sabían de hacer vinos, pero con esfuerzo y dedicación acabó uniéndoseles.

			Su primer licor fue un extracto carnoso y elegante con matices dulces, perfume frutal y tonalidad perfecta y vigorosa; el cual generó buenas expectativas entre los catadores.

			Le llamaron el vino de los dioses y el padre de Howard lo bautizó de aquella forma al considerar el tiempo que había tardado en reservarlo en una botella, y en especial en todas las noches que pidió al cielo que hiciera de su vino el mejor.

			—Wine of gods —repitió Michael mientras recorría a caballo los viñedos en compañía de su padre—. Fue una suerte que gustara considerando el tradicional sabor del vino. De haber empezado ahora, el abuelo no habría sido considerado un visionario. La mayoría de las bodegas fabrican vinos parecidos y las propuestas en la actualidad son infinitas.

			Howard asintió.

			—Pero las Bodegas Donovan siempre irán un paso por delante —se inclinó sobre el caballo para recoger un manojo de uvas—. Hemos innovado en cuanto a creación y a diferencia de otras bodegas, nosotros no hemos perdido ni un ápice de nuestra identidad.

			—En eso tienes razón —le dijo—. No obstante...

			Guardó silencio.

			Había divisado a lo lejos a los empleados saliendo de las bodegas y acto seguido abordar el autobús que les llevaría a la ciudad de donde era la mayoría.

			Algunos al sur, entre Robertsville y Alamitos, y el resto repartidos por Blosson Hill y Evergreen, donde Howard había adquirido algunas propiedades para sus empleados más antiguos.

			—Fue una apuesta segura —reconoció su padre mirando en la misma dirección e imaginando lo que estaba pensando el muchacho—. Nuestros resultados son los mejores de toda California y ello gracias a las buenas condiciones de trabajo de nuestros empleados.

			—Y que lo digas —le dio la razón—. En Madrid hemos constatado esa teoría al dar a los empleados más beneficios. Aún estamos estudiando la posibilidad de asumir las hipotecas de los empleados con más antigüedad, pero de momento todos tienen transporte, comedor y estancias para descansar.

			—Lo de la financiación escolar también fue un acierto —recordó su padre—. Más de la mitad de la plantilla ha salido beneficiada.

			—Y todos están agradecidos contigo —señaló—. Yo en especial. Estoy al frente de la sede comercial y me complace ver a nuestros chicos plenamente animados, y dando el cien por cien. Es satisfactorio.

			El señor Donovan sonrió.

			Las palabras de su hijo le llenaron de orgullo.

			En el pasado le había visto como una miseria de hombre, pero ahora le consideraba un hombre de verdad.

			El chico estaba comprometidísimo con el negocio familiar y Howard creía que si era así, entonces ya era hora de pasarle el testigo y nombrarle presidente de aquel imperio.

			Él llevaba al frente más de treinta años, deseaba retirarse, disfrutar un poco de la vida junto a su mujer, y hacerlo sin preocupaciones ni ataduras.

			De hecho, lo había discutido con Cecilia y Camila pero ésta última no lo tenía claro. Decía que Michael no vivía en California y que tal vez no accedería a cambiar de residencia, aunque pensándolo bien no tenía por qué hacerlo.

			Desde Madrid podía ejercer sus nuevas funciones, sólo estaría obligado a visitar los viñedos un par de veces al año, y con ella al frente del departamento de ventas, las cosas no tenían por qué ir mal.

			Además, si insistía en contradecir a su padre la siguiente en lista era ella y eso si que no le gustaba. Se casaría, daría comienzo a su nueva vida, tendría hijos y no estaba dispuesta a postergarlo.

			—Te hablará de ello está noche —dijo su padre refiriéndose a aquellos planes—. Desde que Bryan le pidió que se casaran no ha hecho más que hablar de ello. Dice que está preparada.

			—Eso está bien, ¿no? —sostuvo su hijo—. Aunque no sabía que quería tener familia tan pronto. Pensé que ella y Bryan esperarían.

			—Lo harán —le dio la razón—. Pero no mucho. Ambos han planteado un año como máximo. Tú madre está muy feliz.

			Michael asintió.

			—Verás —titubeó su padre—. Hablando de tú madre hay algo que quiero decirte sobre ella.

			—¿Qué es? —preguntó.

			—Una fiesta de bienvenida —dijo—. Lleva organizándola desde que supo que vendrías y tendrá lugar hoy.

			Michael cerró los ojos.

			Aquello no podía ser verdad.

			—Lo sé —agregó su padre—. Sé que no debí ocultártelo pero se lo prometí a tú madre. Dice que llevas mucho tiempo lejos de casa y que quiere que disfrutes cada minuto que estés aquí.

			—Papá, sabes que no disfrutaré de esa fiesta —expuso—. No puedes imaginar el esfuerzo que he hecho para estar aquí hoy.

			—Lo sé —le repitió—. Pero necesito que esta noche te esfuerces un poco más. Cuando volvamos a casa tú madre dirá que ha organizado algo por la boda de tú hermana, pero en verdad lo hará para que accedas a arreglarte. Luego te dirá que es una fiesta de bienvenida y justo en ese momento te agradecería que fueras comprensivo.

			—¡Pero debiste decírmelo en cuanto llegué! —insistió.

			—Te lo estoy diciendo ahora —se excusó.

			—Sabes que odio las sorpresas —le recordó.

			—Sólo será esta vez —le dio su palabra—. Hazlo por tú madre.

			Michael resopló.

			Acto seguido consintió con un gesto de cabeza.

			Lo hizo descontento mientras advertía a lo lejos a otro grupo de trabajadores abandonar las bodegas, un perro acorralar a uno de los chicos y ladrarle sin cesar.

			—¡Qué demonios! —murmuró su padre.

			—¡Vayamos a ver qué pasa! —dijo Michael arreando el caballo.

			En cuanto llegaron ambos se sorprendieron al ver que el perro que ladraba era Canela y que impedía al empleado moverse siquiera.

			—¡Canela! —gritó Howard sin conseguir llamar la atención de la perra.

			—Le ha cogido manía —advirtió Manuel, el empleado de confianza de Howard y cuya mujer también trabajaba para la familia—. Cada vez que ve a Chase, le quiere morder.

			—¡Tonterías! —espetó Howard bajando del caballo—. Es sólo un animal. Trae un arnés para atarle y llama a Peter para que venga a buscarla.

			—Ten cuidado —intervino Michael bajando del caballo también—. Mejor espera a que traigan el arnés.

			—¡Aquí está! —dijo Rogelio, el sobrino de Manuel, el cual también trabajaba para los Donovan—. ¡Le ataré yo!

			—¡Espera! —le pidió Howard convencido de que la perra estaba fuera de sí y era peligroso.

			—No se preocupe —procuró calmarle el muchacho sin conseguirlo.

			En cuanto tocó a la perra ésta se volvió y le mordió la mano.

			—¡Joder! —gritó el agredido apartándose y soltando el arnés.

			—¡Aléjate, aléjense todos! —ordenó Howard aproximándose al chico—. ¡Manuel ven pronto!

			Manuel apareció rápidamente.

			—¿Qué ocurre? —preguntó.

			—Ha mordido a Rogelio —dijo, sorprendido—. Coge las llaves de la camioneta y llevémosle al hospital.

			Manuel asintió.

			Minutos después Peter llegó en una Pick up, cogió una mazmorra de metal de la parte trasera de la camioneta, vio a su padre dirigirse a la camioneta de Manuel, y a Michael coger el arnés que había tirado Rogelio.

			—¡Eh, Michael! —gritó al ver que ataba a la perra inmovilizándola—. ¿Pero qué haces?

			—Ha mordido a Rogelio —manifestó su padre retrocediendo en la camioneta—. Se ha vuelto loca.

			Peter arrugó el ceño.

			¿Pero que decía su padre?

			Canela jamás había mordido a nadie y menos a alguien a quien conociera y viera con frecuencia.

			—¡Pues hoy no le reconoció! —le contradijo su hermano—. Acorralaba a Chase y en cuanto Rogelio intentó cogerla le mordió.

			—No puede ser —le contradijo viendo a Chase—. Canela no es agresiva. Debió asustarse por algo.

			—Ha herido a uno de los chicos —le recordó metiéndola a la fuerza dentro de la mazmorra—. Si asustada hace eso, debería preocuparte lo que hará cuando esté molesta de verdad.

			Peter se quedó en silencio.

			Continuaba pensando que Canela no había podido atacar a nadie.

			La mayoría de los canes que había en el rancho habían llegado allí siendo unos cachorros y Canela no era la excepción.

			Estaba habituada a ver gente, a recorrer los linderos del rancho y ver personas de un lado para otro, y nunca, nunca atacó a ninguno. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?

			—¡Pues hoy lo ha hecho! —le recordó Michael—. Eso quiere decir que no es tan mansa como crees.

			—Chase debió hacerle algo —murmuró mirando al objeto de su acusación—. Es un provocador.

			Michael le miró sorprendido.

			¿En verdad pretendía echarle la culpa a aquel muchacho?

			—¡Debes estar de coña! —le recriminó—. ¡Ya te he dicho que la perra intentaba morderle!

			—¡Y yo que es un picapleitos! —subrayó—. Canela es mansa.

			—¿Y entonces, qué sucedió hace un minuto? —le interrogó cogiendo la riendas del caballo y montándose nuevamente.

			—No lo sé —rechistó aproximándose a la perra y desatándola sin incidentes.

			—Eres un necio —bufó mientras le veía juguetear con la perra, la cual parecía verdaderamente mansa—. ¡Y me voy!

			—¿Por qué no te vienes conmigo en la camioneta? —le preguntó.

			—Porque debo llevar de vuelta los caballos —dijo—. Además no quiero bajar y arriesgarme a que ese animal con el que juegas me muerda.

			—¡No muerde! —volvió a insistir cogiendo la mazmorra y depositándola en la parte trasera de la Pick up—. Si no me crees pregúntaselo a mamá.

			—Pues, ahora que la mencionas he recordado que necesito hablar con ella —reveló—. Papá me contó que ha organizado una fiesta. ¡Gracias por callártelo!

			—Mamá quería que fuera una sorpresa —dijo encogiéndose de hombros y subiendo al vehículo—. Me hizo prometerle que no te diría nada.

			—¡Pues hiciste mal! —espetó echando a andar ambos caballos.

			—¡Venga! —le suplicó Peter siguiéndole a marcha lenta—. Es sólo una estúpida fiesta.

			—¿Lo sabe Camila? —inquirió.

			—Todos —reconoció echando un vistazo por el retrovisor desde donde divisó que Canela se alejaba—. Ya te dije que es una sorpresa.

			—¿Y a donde se supone que va? —cambió de tema al ver que Peter se fijaba en la perra.

			—A casa de Sasa —respondió—. Vive allá.

			Michael asintió.

			Hacía años que no escuchaba el nombre de aquella.





		 			Capítulo 6

			Debían pasar de las diez de la noche, la cena había acabado hacía tan sólo unos minutos, pero los invitados seguían aún en casa de los Donovan.

			Tal como se lo había advertido Howard a su hijo, Cecilia, su madre, intentó restarle importancia a la cena.

			Primero le convenció de arreglarse formal y luego le confesó que se trataba de una fiesta en su nombre, como bienvenida. A Michael le iban a estallar las sienes.

			La gente no paraba de hablarle ni de llevarle de un lado para otro, así que no dudó en escabullirse del salón y dirigirse a la cocina desde el exterior de la casa.

			Allá seguramente nadie le detendría, ni le hablarían sobre cosas que él no recordaba; ni mucho menos le preguntarían por su vida en Madrid.

			En el fondo nada de aquello les importaba pues en lo único que todos pensaban era en su pasado con las drogas.

			Quizá, nueve años habían sido suficientes para que el muchacho cambiara, pero la gente no lo tenía claro del todo.

			Lo único que permitía a todos hacerse una idea del nuevo Michael era su forma de vestir, la manera cuerda de hablar, la ausencia de una copa en su mano y sobre todo el semblante despejado, señal de su completa sobriedad.

			—¡Bola de montoneros! —profirió Azucena, una jovencita de escasos dieciocho años y belleza exótica que trabajaba para los Donovan—. ¡Nomás han estado pregunta que pregunta a ver que le sacan al pobre señorito, pero éste se los ha toreado a todos!

			—Luego se ve quién es el patrocinador de muchas empresas en San José —soltó Isabel, la mujer de Manuel, mientras servía una charola—. La mayoría ha evitado usar la palabra drogas, a pesar de que hasta hoy en la mañana, ninguno en la ciudad dejaba de mencionarla al oír el nombre de Michael.

			—¡No si ya lo digo yo, son todos unos montoneros! —volvió a proferir Azucena—. Lo que no comprendo es cómo la seño Ceci los aguanta y ya ni hablar de la señorita Camila.

			—Son gente tóxica —reconoció Juliana, el ama de llaves y mujer de confianza de los Donovan—. Pero no quiero que se hable más sobre ello. La mayoría de los que están allí son amigos de la familia, así que evitemos el chismorreo encarnizado, que no quiero verme en la obligación de tener que explicarle a Cecilia por qué su cocina parece una plaza de pueblo.

			Las chicas se echaron a reír.

			No podían evitarlo aunque se vieron obligadas a hacerlo cuando, sorprendidas, vieron a Michael entrar.

			—¡Michael! —se aproximó Juliana al muchacho nada más verle—. ¿Pero qué haces aquí?

			El chico suspiró y se le echó en brazos.

			—Necesitaba huir —murmuró—. Un minuto más en el salón y habría salido corriendo para lanzarme desde la azotea.

			Juliana sonrió.

			Lo hizo con disimulo y mirando a las chicas que tampoco se resistieron al oír la ocurrencia del muchacho.

			—Pero la pregunta no es qué hago aquí, sino por qué no me dijiste que mamá daría una fiesta —le recriminó.

			—No podía —le dijo—. Tú madre estaba ilusionada con tú regreso y quería agasajarte dándote una bonita bienvenida, pero veo que no te ha gustado.

			Michael negó.

			—Todos no hacen más que cuchichear cuando me ven —sostuvo—. Son unos…

			—¡Montoneros! —se le salió a Azucena nuevamente; la cual al darse cuenta de su imprudencia se tapó la boca.

			Michael sonrió.

			Había visto a la joven un par de días atrás pero no le había oído hablar.

			Era mexicana, bonita y muy folclórica con aquella falda larga, y la diadema de flores en el cabello; y desde esa misma noche sincera y graciosa.

			Además, era nieta de unos trabajadores que habían estado en el rancho de los Donovan por años y que hacía algún tiempo se habían retirado.

			Ella era la hija del único descendiente que aquella pareja había tenido pero ni su padre ni ella vivían en los Estados Unidos.

			Eran de Zacatecas y cuando su padre murió, Azucena se quedó sola y entonces sus abuelos se hicieron cargo de ella.

			—Juliana, tendrás que presentarme a tus amigas —se volvió hacia la jovencita consiguiendo que ésta se ruborizara—. A Isabel le reconocí apenas llegué pero a esta preciosidad no la recuerdo.

			Juliana sonrió.

			La joven no hallaba donde meterse.

			—¿La bocazas quieres decir? —inquirió—. Es Azucena. Es la nieta de Lucho y Herminia. ¿Les recuerdas?

			Michael asintió.

			—Y también que tenían un hijo —dijo—. Aunque temo que no recuerdo su nombre.

			—Ángel —le recordó—. Pero murió hace algunos años. Padecía diabetes.

			A Michael se le comprimió el corazón.

			—Vaya —le puso la mano en el hombro a la chica—. De verdad lo lamento.

			Ésta asintió.

			—Bien —agregó buscando que no se viniera abajo—. Cuando veas a tus abuelos diles que les envío muchos recuerdos, sobre todo a Herminia. Ah, y otra cosa, quiero que dejes de llamarme señor, señorito, joven ni nada por el estilo. Mi nombre es Michael y me gustaría que me llamaras así. ¿Te parece bien?

			—Sí —contestó con timidez.

			—Estupendo —apuntó—. Y ahora podría decirme alguien dónde está Sasa.

			Isabel y Azucena se hicieron las locas.

			—Cecilia le ha dado la tarde —titubeó Juliana—. Tiene a uno de los niños enfermo y ha tenido que llevarle al hospital.

			—¿Es grave? —preguntó.

			—No creo —dijo—. Aunque ha tenido algunas decimas. Puede que sea un empacho. Suele pasarle con frecuencia.

			—Pues, pasaré a verle en cuanto pueda —prometió—. No le he visto desde que llegué y...

			—Despreocúpate —le interrumpió—. Ya tendrás tiempo de verle. Vive al otro lado de las bodegas y además viene cada día.

			—Lo sé —expuso—. Y también sé que la perra que mordió al chico en las bodegas es suya. Si quiero verle es por esa razón. Creo que no está bien que tenga un animal así cerca de sus hijos. Es peligroso.

			—¡Ni hablar! —intervino Martín que entraba a la cocina—. Canela jamás ha mordido a nadie. Chase debió provocarle.

			Michael le miró.

			Era la segunda vez en el día que alguien salía en defensa del animal.

			—Martín, ¿cómo está Raúl? —le preguntó Juliana.

			—Está bien —reveló quitándose la boina beige que hacía juego con su uniforme de chofer—. Es sólo un empacho.

			—¡Gracias a Dios! —susurró la mujer—. ¿Y Sasa como está?

			El hombre agitó la cabeza mientras se servía un poco de limonada que había en una jarra de cristal sobre la encimera.

			—Ya sabes que desde que Alonso no está las cosas no han sido fáciles para ella —le recordó—. Se hace la fuerte pero en el fondo se la está pasando mal. Si no fuera por la señora Cecilia...

			Juliana asintió.

			A ella y a todas se les hizo un nudo en el estómago.

			—Pero bueno —agregó el hombre—. No nos vengamos abajo que Sasa nos necesita fuerte. Se lo prometimos a Alonso.

			Las chicas asintieron.

			Michael ignoró a lo que se referían y no se atrevió a preguntar, aunque poco después lo haría.

			Alonso había sido uno de sus mejores amigos durante la infancia y le causaba más que curiosidad, inquietud, saber qué le había pasado. No estaba en el rancho y Michael no dejaba de preguntarse ¿por qué?

			—Bien —dijo Martín dejando el vaso sobre la encimera y cogiendo la gorra de chofer—. Debo ir a la farmacia a recoger las medicinas para Raúl. Volveré pronto. Juliana, hazme el favor de explicarle a la señora Cecilia que el niño está bien y que Sasa le manda a dar las gracias.

			—Lo haré —le dio su palabra—. Vete sin problemas.

			Inmediatamente después el hombre abandonó la cocina y desapareció en el jardín, así como también lo hizo Azucena e Isabel.

			—Bueno —inspiró Michael ya a solas—. Supongo que dado todo lo que he escuchado, quiero saber de Alonso.

			Juliana tragó.

			Desde luego que lo sabía.

			Michael y aquel habían sido grandes amigos, e incluso podía decirse que habían sido criados juntos, y era normal que se preocupara por él.

			Ambos eran contemporáneos y la madre de Alonso, incluso, había ayudado a Cecilia, sirviéndole en la casa y cuidando de sus gemelos.

			—Verás —dijo dudosa, pues no sabía si debía contarle nada—. Cuando tú padre te envió a Madrid y a Eddie su padre le sacó de la ciudad, Alonso se quedó. Él y Sasa se habían casado, meses más tarde nació Mark, luego Raúl y todo parecía ir bien pero las personas no olvidaban lo que había pasado. No paraban de llamarle cocainómano, así que tu padre le ayudó a irse a México. Allá estuvo trabajando para unos amigos de la familia pero al cabo de un año regresó.

			—¿Y dónde está? —le preguntó—. ¿Por qué no está aquí?

			—La mañana que regresó fue a buscar a Sasa —expuso—. Nadie lo esperaba pero al ver a la policía rodear el rancho supimos que algo no iba bien.

			—¿A qué te refieres? —volvió a preguntarle.

			—Asesinó a un hombre —confesó—. Tus padres pensaron que no era buena idea hablarte de ello, de manera que decidieron ocultártelo. Decían que de contártelo cogerías el primer vuelo a California y…

			—¡Qué! —soltó indignado el muchacho—. ¿Estás hablando en serio?

			—Michael, tus padres no querían que te preocuparas —les justificó—. Tú vida se estaba encaminando. Volver no era una opción. No al menos en aquel momento.

			—¿Y ya está? —contestó decepcionado. ¿Y eso será todo?

			—Cariño, tus padres sólo querían protegerte —volvió a excusarles—. Ellos…

			—¡No! —se alejó señalándola—. Querían mantenerme al margen porque no querían verme con un asesino pero olvidaron que Alonso estuvo conmigo cuando yo era un drogadicto. Me dan pena. ¡Todos me la dan!

			—¡Michael! —quiso detenerle pero Michael la apartó y abandonó la cocina.

			Segundos más tarde se presentó en el salón, buscaba a su padre entre la muchedumbre pero al no verlo, decidió hablar con Camila.

			Ella también debía saber la verdad y quizá, era mejor que fuera ésta quien le explicara todo con detalles y no su padre que hasta entonces había preferido ocultársela.

			Le resultaba absurdo el solo hecho de pensarlo pero ahora comprendía por qué durante todo el tiempo que preguntó por Alonso los suyos siempre le evadían.

			Se habían puesto de acuerdo para mentirle y lo habían conseguido contándole que su amigo estaba bien y que estaba trabajando para unos amigos de su padre en México.

			Si, hasta allí la mentira tenía algo de cierta al igual que el hecho de que Alonso y Sasa se habían casado.

			Camila se lo había contado tardíamente, justo cuando el hijo mayor de ambos había nacido, pero luego todo quedó en respuestas y alusiones superfluas sobre su amigo.

			Eddie, con quien había conseguido volver a contactar, tampoco sabía nada pero en el caso de éste era lógico.

			La familia de Eddie no tenía ningún vínculo con Alonso, su padre, el coronel Rangel, odiaba al chico, y por si todo aquello era poco había conseguido que Eddie se alejara de éste.

			Le había hecho desaparecer, luego que le aceptaran en la escuela de pilotos y finalmente que se pasara los últimos años sumergido en misiones.

			—¿Dónde está Camila? —tomó del brazo a Peter consiguiendo que éste se sintiera intimidado.

			El joven le señaló en dirección a la terraza.

			Inmediatamente se dirigió hacia allá y al salir encontró a su hermana hablando por teléfono.

			Parecía contenta y Michael se sintió mal porque sabía que lo que haría, gracias a la rabia que tenía contenida, la haría llorar.

			—¡Has sido la persona con la que más he hablado todos estos años! —le arrebató el móvil tirándolo a la fuente que había al otro lado de la terraza—. ¡La única a la que le he contado cómo

			me sentía y no puedo creer que me hayas ocultado que Alonso estaba en prisión!

			Camila se quedo sin aliento.

			Ni siquiera había visto venir a Michael pero en cuanto lo hizo ya lo tenía encima, le despojaba del teléfono y le increpaba sin más.

			—¿Por qué no me lo dijiste? —le zarandeó—. ¿Por qué?

			Camila tragó con dificultad.

			No sabía qué decir pero no porque no supiera sino porque si había guardado silencio era por la misma razón que todos.

			Su hermano había sido un chico problemático con tendencia a drogarse; que de no haberle sacado de San José a tiempo no habrían llorado sólo a Jeff, también lo hubieran llorado a él.

			—Quería decírtelo —titubeó echándose a llorar—. Pero sabía que si te lo contaba habrías regresado a California y tú vida se habría ido a la mierda.

			—¿Y qué hay de la de Alonso? —le cuestionó apretándole el brazo—. ¡Éramos como hermanos, nuestros padres le cuidaron cuando los suyos murieron! ¿Cómo pudiste callarte que estaba en problemas?

			—¡Era complicado! —sollozó.

			—¡Y una mierda! —gritó soltándole—. Sabías que aunque nuestros padres le ayudaran, jamás habrían hecho por él lo que hicieron por mí. Si se metió en problemas fue porque yo le induje. Él era el bueno y si ahora está en la cárcel es por mí culpa. Fui yo quien le corrompió.

			—¡Eso no es verdad! —le contradijo—. No ha sido por ti. Mató a alguien y por eso está encarcelado. Además, papá ha hecho todo lo que está en sus manos para que no le condenen más que a unos años, y mamá cuida de Sasa y de sus hijos. ¿Qué más esperas que hagan?

			—¡Que dejen de protegerme! —apretó los dientes—. Fui un adicto y que ahora no lo sea eso no cambiará mi pasado. ¿Crees que toda esa gente que está allí dentro lo ha olvidado? Si están aquí, es porque han venido a confirmar que ya no soy un toxicómano y porque necesitan que papá les siga dando dinero para sus estúpidas instituciones.

			—¡No! —dijo. ¡Son nuestros amigos!

			—¡Sí, claro! —manifestó con ironía—. ¡Y tú una tonta del culo! ¡Y me decepcionas! Te creía más inteligente pero veo que estaba equivocado. Te has puesto de parte de nuestros padres y lo entendería si se tratara de otro asunto pero estamos hablando de Alonso, y de que todos me han ocultado que está en prisión.

			—¡Michael! —intentó cogerle la muchacha para calmarle.

			—¡Déjame! —se apartó él.

			En ese momento Cecilia se percató de que algo no iba bien en la terraza, así que se disculpó con sus amigas y se plantó delante de sus hijos.

			—¿Pero qué diablos pasa aquí? —murmuró mirando alrededor, cuidando de que nadie más estuviera cerca—. ¿Y por qué Camila está llorando?

			Michael resopló.

			Que su madre estuviera allí no le ayudaba a calmarse ya que ella también sabía lo de Alonso y se lo había ocultado, pero aún así acabó respirando hondo y mirando a Camila quien no paraba de llorar.

			—Camila y Bryan se han discutido —mintió el muchacho refiriéndose al prometido de su hermana—. Se han peleado y Camila ha lanzado el móvil a la fuente.

			Cecilia negó con la cabeza.

			Apenas habían transcurrido un par de días desde el incidente con los vestidos y la visita casi a media noche a la casa de la diseñadora, y ahora Camila le salía con aquellas. ¿Pero en qué diablos estaba pensando esa muchacha?

			—Pues, espero que no haya anulado la boda —acabó diciendo—. Quedan menos de dos semanas y no voy a tolerar más tonterías.

			—Tranquila —le respondió Michael—. Ha sido una bobada. Lo resolverán y mañana Camila y yo iremos a la ciudad a por otro teléfono. ¿No es así, Cam?

			Camila asintió bajando la cara.

			Pudo haberle dicho a su madre que todo aquello era mentira y que Michael estaba al tanto de lo de Alonso pero, dada la situación en la que se encontraban, es decir que en aquel instante celebraban una fiesta y que en la casa estaban todos los amigos de su familia, no lo vio prudente.





		 			Capítulo 7

			A la mañana siguiente Michael se levantó muy temprano, se puso ropa de deporte y se fue a correr.

			No dejaba de pensar en lo de Alonso, en que había asesinado a un hombre, en que estaba en la cárcel, y que Sasa y sus hijos estaban solos.

			Mientras reflexionaba pasó cerca de las bodegas, recorrió parte de los viñedos y acabó adentrándose en el bosque donde recordó a su madre, algo más joven, riñéndole a él y a Jeff por jugar allí.

			La mujer odiaba que se metieran en aquel lugar; especialmente cuando había extraños trabajando en el rancho, porque lo consideraba inseguro.

			Por aquel entonces Michael y Jeff tenían diez años, las bodegas de su familia estaban en expansión, y ello obligó a su padre a ampliarlas y contratar trabajadores que los Donovan jamás habían tenido en casa.

			Cecilia vivía temerosa, muchos de aquellos hombres eran de la ciudad y cercanías, pero otros eran forasteros y estaban de paso.

			Algunos lo decían y contaban cuáles eran sus planes, y a dónde se dirigían, pero otros ni siquiera decían la verdad sobre sus nombres.

			De hecho, el señor Donovan había tenido problemas con quienes se negaban a decirle cómo se llamaban y a Cecilia aquello no hacía más que alimentarle la desconfianza. ¡Quién, por la Pilarica, iba a preferir un mote feo y malsonante a su verdadero nombre! ¿Quién?

			Pues, únicamente quien no deseaba que supieran de sí. Aquella era la única respuesta lógica ante una acción tan ilógica y Cecilia lo tenía presente.

			Por esa razón, no quería que sus hijos estuvieran por el bosque, distantes de la casa ni mucho menos lejos de su campo de visión.

			De allí que Michael lo recordara mientras corría. Podía escuchar la voz de su madre haciéndole prometer que no volverían al bosque mientras ella así lo dijera, pero él, aunque le daba su palabra de que le obedecería, acababa haciendo lo contrario y arrastrando con él a Jeff.

			Se avergonzó al pensar que desde niño, y a años luz de estar en contacto con las drogas por lo que no podía culparlas de todos sus malos actos, ya era un problema.

			Creyó que quizá aquel era su destino pero se preguntaba cómo era posible que hubiera conseguido escapar.

			Que su padre le enviara lejos, tal vez y sólo tal vez, habría ayudado, pero no era garantía de que acabara donde estaba y no dentro de una fosa con una lápida cuya inscripción rezara:

			—A nuestro querido hijo.

			—No era garantía —pensó mientras sentía en las rodillas el impacto de sus pies contra el suelo firme, la brisa fresca en el rostro y el crujir de las hojas secas al recorrer con diligencia el camino. No lo era. Pero entonces, ¿qué sí?

			Posiblemente que no era malo por naturaleza al contrario de lo que pensaba la señorita Johnson, su maestra de primaria, y por quien Michael debió ir, al menos un millón de veces, a la oficina del director por faltarle el respeto.

			Quizá su maldad no era innata sino provocada por el entorno, pero aquello tampoco tenía sentido.

			A diferencia de Alonso, y de otros chicos de su misma condición social, Michael Donovan lo tenía todo, y su entorno, es decir su hogar, familia y amigos eran positivos. Entonces, ¿qué ocurrió?

			—¡Que te convertiste en una mierda porque te dio la gana! —se respondió a si mismo deteniéndose en seco y sintiendo como si el corazón le fuera a explotar.

			A la vista de todos, Michael era de esos chicos que después que la liaba se olvidaba de todo y actuaba como si nada, pero no era así.

			Solía fustigarse, se recordaba casi a diario cuan imbécil había sido de joven, cuantas lágrimas había hecho derramar a su madre y en especial, cuantas veces debió ver a su padre bajar la cabeza y despojarse de todo su orgullo para ir a recogerle de cualquier acera donde su hijo yacía moribundo o alebrestado por culpa de las drogas.

			—¡Wow! —espetó Peter al verle volver a casa completamente sudado—. Si hubiera sabido que ibas a correr te habría acompañado.

			Michael le señaló insinuando que le tomaba la palabra.

			Era cierto que prefería correr solo, pues le gustaba ese instante en el que únicamente estaban él y sus pensamientos, pero no se negaría a compartir un tiempo con su alocado hermano, a quien no dudaba que le vendría bien centrarse en una actividad que no fuera pisar a fondo el acelerador.

			—Te vendría bien —dijo dándole una palmadita en el hombro—. Es diferente cuando sientes el aire en la cara. Dentro del coche no puedes por muy a fondo que lleves el pedal y las ventanillas estén abiertas.

			—¡Son dos sensaciones distintas! —sonrió el aludido.

			—Y que lo digas —le dio la razón su hermano dirigiéndose a las escaleras—. Lo que me pregunto es si ya sabes cuál es menos peligrosa.

			Peter se quedó pensativo.

			¿A qué venía aquel comentario?

			Admiraba a su hermano y deseaba ser como él pero empezaba a sentir que ya no era aquel chico rebelde y popular que muchas personas recordaban.

			Se vestía aburrido, hablaba como su padre y por si eso fuera poco, ahora también empezaba a reñirle como aquel.

			Aquella mañana Michael no quiso desayunar en casa. Su padre no estaba, su madre, Camila y Chanel se habían ido a la tienda de novias, y Peter había quedado con sus amigos.

			Al verse solo decidió ir a las bodegas, dar un recorrido, hablar con Manuel y los demás empleados, interesarse por el estado de Rogelio tras el incidente con Canela, y luego llamar a Madrid para saber cómo iban las cosas por la oficina.

			Justo en el momento que colgó el teléfono éste le sonó y se percató de que se trataba de su futuro cuñado, Bryan, que quería que fueran a medirse los trajes para la boda y tomarse un café, antes de pasar a recoger a Camila y a su madre.

			—¿Cómo que eres su abogado? —inquirió nada más encontrarse con Bryan en el Café y conocer que era el letrado que representaba a Alonso—. ¿Pero es que todos acordaron mentirme?

			—No —se excusó el muchacho—. Creí que tus padres o Camila te lo habían contado. Hasta ahora me entero que no sabías que Alonso estaba en la cárcel. De verdad lo lamento.

			—Me enteré anoche —confesó—. Me he molestado con Camila porque pudo habérmelo contado, pero en su lugar prefirió aliarse con nuestros padres y tratarme como a un niño.

			—Ella sólo quería protegerte —intentó justificarla—. La pobre me llamó hoy en la mañana para decirme cuan enfadado estabas y que echaste su móvil a la fuente.

			—Siento haberlo hecho —se disculpó—. Estaba furioso. Si todos se callaron fue porque sabían que volvería.

			Bryan asintió para sí.

			No quiso admitirlo, pero era lo que sus suegros le habían dicho. Que de enterarse Michael, volvería y ellos no lo permitirían. No al menos hasta que supieran que estaba perfectamente.

			—Dime, ¿de qué se le acusa exactamente? —le preguntó—. Y quién era ese hombre al que Alonso asesinó.

			—Bien —resopló el chico. Todo empezó...

			En ese momento alguien se aclaró la garganta y cuando ambos se volvieron, se dieron cuenta que se trataba de Eddie.

			Michael le había llamado de camino a la ciudad, Eddie le había dicho que estaba muy ocupado en la base aérea, pero que podía detenerse unos minutos para saludarle, ya que hasta entonces no había podido ir a su casa.

			—Chicos, he de hacer un par de llamadas —dijo Bryan poniéndose en pie—. Camila y Cecilia estarán aquí en unos instantes y temo que luego no podré hacerlo. Volveré en unos minutos.

			Ambos muchachos asintieron.

			Inmediatamente después Bryan abandonó el Café.

			—¡Pero miren nada más! —se guaseó Eddie al ver a su amigo con traje y el cabello perfectamente peinado—. ¡Pero si hasta pareces gente!

			Michael se carcajeo dándole un fuerte abrazo.

			—Pues, tú no es que te veas mal con ese uniforme —buscó devolverle la broma—. Aunque no puedo decir lo mismo de tú cabeza rapada. Debes echar de menos tú larga melena de juventud.

			—Lo hice —sonrió—. Pero luego me acostumbré. El casco de los cazas es sumamente ajustado. Me habría tenido que acostumbrar a llevar una trenza pero ya sabes que no me veo bien de chica.

			—No, en serio —dijo su amigo muerto de la risa—. Te vez genial. Apenas te reconozco.

			—Y yo a ti —confesó Eddie—. De no haberme dicho que estarías con Bryan te juro que entro y salgo del Café, y doy por hecho que no estabas. Pero cuéntame, ¿cómo estás? ¿Cuándo llegaste?

			—Estoy bien —respondió—. Y llegué el fin de semana pasado. Te llamé desde el aeropuerto.

			—Lo sé —afirmó—. Vi tú llamada en el busca, pero pasé todo el fin de semana en maniobras. De hecho, tu madre también me llamó. Quería que estuviera en la cena de bienvenida que ofrecería en tú nombre pero tenía cosas que atender en la base. De verdad lo lamento.

			—No tienes que disculparte —dijo invitándole a tomar asiento—. De haber podido, yo tampoco habría asistido. Han venido todos los amigos de mis padres y en toda la noche no han hecho más que murmurar. Fue una noche difícil.

			—Puedo imaginármelo —blanqueó los ojos el chico—. Pero creo que no deberías darle importancia. Forma parte del pasado. Lo que cuenta es quien eres hoy. Yo también he tenido que lidiar con el mismo estigma y te aseguro que la única forma de pararlo, es haciéndole saber a todos que no eres quien fuiste ni volverás a serlo.

			—No podría estar más de acuerdo —confesó—. Pero tampoco podía evitar sentirme como una cucaracha en medio de aquel gallinero. De haber imaginado que mi madre organizaría una fiesta se lo habría impedido.

			Eddie asintió.

			Estaba convencido que su amigo no mentía.

			—Pero dime —manifestó—. Me he enterado que no volviste solo. Que unas piernas bonitas te acompañan y que además son francesas. ¿Acaso has venido a vernos con la futura señora Donovan?

			Michael sonrió.

			—Es una amiga —le dijo.

			Eddie entornó los ojos.

			—¡Vale! —levantó las manos su amigo—. Digamos que estamos juntos, que nos la estamos pasando bien y disfrutamos mutuamente de la compañía, pero, ¿de allí a casarnos?

			—Te entiendo —asintió—. Estoy en la misma situación que tú.

			Michael le miró confundido.

			—¿A qué te refieres? —le preguntó.

			—Su nombre es Ashley —dijo—. Es piloto, nos conocimos cuando entré en la aviación y prácticamente desde ese momento empezó lo nuestro. Nos llevábamos de maravilla, mi familia la adora y la suya a mi pero todo cambió cuando ella habló de casarnos. Sentí miedo. Y si, sé que puede resultar estúpido viniendo de alguien que vuela un caza, pero es la verdad. Sentí miedo de fallarle.

			Michael contrajo la boca.

			—¡Venga! —le animó—. Eso no pasará. Eres un tipo que ha sabido reconducir su vida y eres piloto de la fuerza aérea norteamericana. Has madurado como nadie. Entiendo que en ocasiones los fantasmas te persigan e intenten hacerte creer que no lo harás bien, pero no es así. De lo único que deberías sentir miedo es de perder a Ashley. Nada más mencionar su nombre el rostro se te ha iluminado y eso sólo puede significar una cosa, que le amas.

			—No lo dudes —sonrió el chico—. Estoy loco por ella.

			—¡Pues, entonces no dejes que el miedo te la arrebate! —dijo—. Llámale y dile que es la única mujer con la que quieres estar.

			Eddie sonrió.

			La idea le seducía pero el miedo a defraudar a la mujer que amaba estaba allí y no podía evitarlo.

			De hecho, se lo contó a Michael mientras continuaban charlando hasta que finalmente el nombre de Alonso apareció.

			En ese instante todo alrededor se quedó en silencio y por la mente de Michael algunos recuerdos consiguieron contraerle el estómago.

			—¿Lo sabías? —preguntó.

			—Lo supe hace unos meses —reveló—. Cuando tu padre te envió a Madrid mi padre me recluyó en un centro de desintoxicación en Louisiana. Al salir, fui a la escuela de pilotos, pasé algunos años fuera y liado en algunas misiones. Hace unos meses, cuando estaba en Medio Oriente, un compañero me contó que había leído algo sobre un asesinato y en cuanto mencionó el nombre de Alonso Ramos, te juro que no me lo podía creer.

			—¿Quién era ese hombre? —inquirió Michael—. ¿Y por qué Alonso le mató?

			—No lo sé —respondió—. Sólo sé que trabajaba para tú padre.

			—¿Crees que pudo haber sido por un tema de drogas? —insistió.

			Eddie se encogió de hombros.

			Realmente lo desconocía.

			Desde que su padre le sacó de San José su vida se resumió a luchar contra sus adicciones y olvidar el pasado.

			De hecho, desconocía que Alonso se hubiera casado con Sasa, que tuvieran hijos, que las personas en San José se hubieran ensañado contra él y menos que hubiera estado en México.

			—Verás —dijo—. No es que esté seguro, pero tal vez allá se relacionó con la gente equivocada y se vio obligado a hacer cosas que jamás habría hecho. Sólo piénsalo.

			Michael inspiró decepcionado.

			Posiblemente Eddie tenía razón pero algo dentro de sí le decía que había algo más.

			Alonso jamás habría hecho nada tan irresponsable como lo que Eddie planteaba y menos después de formar una familia. Algo había sucedido. ¿Pero qué?

			—Hermano —le interrumpió aquel—, sé que lo que voy a decir sonará egoísta pero nunca me he atrevido a preguntar qué fue lo que realmente sucedió. Al igual que Alonso y tú, yo también he tenido que lidiar con el estigma de drogadicto, y he intentado hacerlo luchando para ganarme el respeto y la confianza de las personas. No estoy justificándome pero sí recordándote que para mí tampoco ha sido fácil. De hecho, de haber podido no habría regresado a esta ciudad pero mis destinos no los elijo yo, sino mis superiores. Por tanto, creo que no deberías sentirte mal ni pensar que algo de culpa tenemos en la situación de Alonso porque cada uno se ha forjado su destino.

			—¿En verdad, crees que no tenemos nada que ver con la situación de Alonso? —inquirió.

			—Temo que no —sostuvo—. Alonso fue y seguirá siendo nuestro amigo pero ahora las circunstancias son diferentes. Él está en prisión y dada la causa que lo llevó hasta allí, sólo podemos contactarle y apoyarle en lo que esté en nuestras manos.

			Michael asintió.

			Posiblemente Eddie tenía razón.





		 			Capítulo 8

			—¡Me tengo que ir! —dijo Sasa a la dueña de la tienda de telas donde se encontraba—. Estoy aparcada en doble fila y no quiero que aparezca la policía y me multe. Ya sabes que siempre consigo irme antes, pero una nunca sabe.

			La mujer se carcajeó.

			—¡Pásate la semana que viene y te tendré la tela color lila que me pediste! —gritó al verla alejarse a la carrera.

			Sasa levantó la mano en señal de acuerdo.

			Tal como había dicho a la mujer de la tienda, había dejado su viejo Chevy azul cielo delante de la tienda y allí estaba prohibido aparcar.

			Un enorme cartel de señalización lo advertía pero Sasa solía ignorarlo. Su visita a la tienda de telas era literalmente fugaz y ello siempre le garantizaba marcharse sin ninguna sanción.

			Era una mujer inteligente y bonita, así como enérgica y alegre, pero esto último no siempre fue así.

			Tenía veintisiete años y a su corta edad sabía más de la vida que otras personas. Había perdido a sus padres y debió vivir en casas de acogida donde fue blanco de abusos de toda clase.

			Cuando empezó a trabajar para los Donovan tenía sólo dieciséis años, un extenso historial de malos tratos a cuesta, y huía del último hogar donde le habían enviado los Servicios Sociales.

			Por suerte en el Rancho Donovan su vida cambió, aquella familia le acogió a pesar de conocer que huía, le dieron un empleo y le pusieron en contacto con Alonso para que éste le enseñara todo lo que sabía sobre la recolección de la vid.

			Fue una situación difícil porque jamás había estado cerca de un hombre que no intentara, ni consiguiera, hacerle daño.

			Fuera quien fuera siempre acababa lastimándole y lo hacía de tal modo que de todo el daño que recibió lo único bueno que recordaba era que en ocasiones, y tras una brutal paliza, quedaba inconsciente y no se enteraba de nada.

			Para su sorpresa Alonso era diferente, educado y desde siempre se preocupó de que ella no se sintiera amenazada.

			Se volvió su protector y