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Cuando una mujer perdona

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Year:
2020
Publisher:
Penguin Random House Grupo Editorial España
Language:
spanish
File:
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1

Der Stuermer - 1941 Nr. 25

Language:
german
File:
PDF, 24.39 MB
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2

Hot air : the (mostly) true story of the first hot-air balloon ride

Year:
2020
Language:
english
File:
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Cuando una mujer perdona

Gillander’s Whisky 2





Eleanor Rigby





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Esta novela es, en gran medida, la continuación de la anterior, Cuando un hombre ama. No sé hasta qué punto es buena idea leerla sin haber leído la primera, pues muchos detalles se escapan si uno se la salta. Es conveniente leer todas las entregas en orden por la importancia de la trama de fondo.





Prólogo





La primera vez que Blake Houston vio a Denna Ross pensó que se trataba de una ilusión; un capricho de la mente concedido, por piedad, a un hombre desesperado por un milagro.

			No era tan increíble teniendo en cuenta el extenuante trayecto que llevaba a la espalda. Había pasado un día entero a lomos de un garañón alquilado sin parar siquiera para comer. Notaba los muslos agarrotados, la espalda tensa e igual los hombros, que hacía rato se habían hartado de mantener la postura regia.

			Su padre lo había mandado hacía una semana a Aberdeen para cerrar un pacto comercial con el señor de Coventry Castle, y según había dejado caer, se las tendría que ver con una interesante sanción si se demoraba más de un par de días. A Blake le importaban un bledo las prisas del bastardo de su progenitor; si quería estrechar la mano de Coventry lo más rápido posible no era para regresar a tiempo al cálido seno familiar, ni mucho menos para contentarlo, sino para tener unas horas de libertad —y diversión— en cualquier insidiosa taberna antes de vérselas, otra vez, con el diablo.

			Se tenía sobradamente merecido el tiempo de ocio. Y si no hubiera estado tan adormilado, si la melancolía que hacía que se preguntara cada atardecer, y con la puntualidad de un reloj, por qué demonios estaba desperdiciando su fugaz juventud aceptando los mandatos de su padre, habría planeado al detalle la noche de juerga que estaba al caer. Era lo que hacía: consolarse con planes a corto plazo para sobrevivir a ese tedio que parecía dominarlo todo. Lo había dominado esa m; añana, al levantarse con el sol para atender una obligación odiada; esa tarde, al lidiar con desgraciados que no merecían ninguna consideración.

			En esos momentos estaba rabioso. Siempre estaba rabioso. Pero las luces del ocaso hacia el que avanzaba sobre su montura atenuaban esa ira y lo mecían en la modorra que necesitaba para anestesiar el dolor.

			El resplandor ámbar del horizonte lo obligaba a entornar la vista, y a través de la rendija de los ojos solo se veía amarillo; el flamante astro rey, resguardándose tras las montañas; sus rayos, bañando de oro las inmediaciones; el manto del toxo, floreciendo entre el paisaje...

			Y en medio de todo eso, ella. Como un relámpago cegador.

			Verla lo despertó igual que lo hubiera hecho un estallido bélico.

			Todas las mujeres lo hacían reaccionar así sin importar el escenario. Blake pensaba que eran las únicas que podían enriquecer el paisaje y siempre les prestaba la debida atención. Pero al fijarse en ella en concreto, al acercarse sin saber que modificaba su rumbo, también despertó muy despacio de un letargo desconocido, como si no supiera que hasta entonces había estado dormido.

			Un instante notaba los párpados pesados, calientes por la caricia del sol más perezoso, y al siguiente desmontaba en un estado de alerta muy distante de su habitual despreocupación. Casi parecía que la mujer hubiera quedado atrapada en una trampa para animales, o estuviera herida, pero no. Solo paseaba entre los brotes de «maravilla de pantano», aquellas flores del color del oro que perseguían al viajero por toda Escocia, y se agachaba para formar un ramo.

			Blake se aproximaba con la mayor discreción cuando ella se percató de su escrutinio. La mata de vegetación que los separaba actuaba como un velo a través del que captó su mirada oscura. Blake reconoció la sonrisa amable que las flores trataban de desdibujar sin éxito. La reconoció, como si fuera algo que ya hubiera visto antes.

			Un crudo presentimiento lo golpeó en el pecho. Casi oyó la voz premonitoria que aseguraba que aquel momento tenía importancia. Que ella no pasaría desapercibida. Y en cuestión de segundos, el dardo ponzoñoso que acababa de traspasar su coraza, su desdén hacia todo, lo llenó de un inflamable y urgente deseo de posesión.

			Nadie permanecería en el sitio durante un instante tan decisivo, y menos alguien como Blake, que acababa de ver en aquellos ojos un reflejo de sus anhelos inconfesables. Rodeó los arbustos sin perderla de vista, consciente de su sonrisa temblorosa y el sudor que le empapaba la nuca. No sabía qué diablos lo había atraído de esa manera, pero estaba exultante y tan ansioso por tocarla que, paradójicamente, no quería estropearlo acercándose más de lo debido. Ella también tenía una opinión sobre su distante escrutinio, porque se rio con inocencia y no tardó en cambiar el sentido de su paseo para evitarlo.

			No sabía quién era, pero tenía la extraña y hasta ridícula certeza de que la quería.

			Las carcajadas de la mujer lo abrazaron y mecieron en una asombrosa calma, aun cuando estaba desesperado por llegar a ella. La travesura se prolongó mientras él la perseguía, apartando las flores con sus manos, y la muchacha huía, jadeando. No se dijeron nada. Solo sonreían, como si hubieran acordado previa y tácitamente las reglas del juego. Solo que para él no era un juego, y lo demostró cerrándole el paso.

			Ella casi chocó con su pecho, en el que un corazón que le era ajeno aleteaba atontado. Entonces podría haberla visto de cerca, podría haber confirmado que era tan bella como su cuerpo juraba, pero la fuerza de su encanto actuó como un velo. Lo cegó, y lo único que pudo percibir fue que era simplemente bonita. No había colores ni formas, ni pupilas ni labios, hasta que discernió unos ojos oscuros y una boca que trazaba su incredulidad en una sonrisa.

			La convicción de que era suya arrasó los principios que hasta entonces sostenía, ya carentes de fundamento.

			Era la mujer de la que le hablaron las cartas.

			La vidente de Androssan lo expresó con meridiana claridad: había una dama de nombre y ojos pardos en las líneas secas de su mano y en las que entorpecían la rectitud de su destino. «Lo sabrás en cuanto la veas», le había dicho apenas unos días antes. «Y deberás alejarte de ella. La dicha en los brazos de las sirenas dura un efímero instante... después solo hay sombras».

			Y eso qué importaba. Blake la deseaba y no habría héroe humano, Dios o destino que pudiera evitar que la tomara.

			—Debes ser la sirena con el par de pies más veloces del mundo.

			La inconsciente coquetería con la que ella pestañeó le tensó el alma como la cuerda de un violín. La joven retrocedió con torpeza, mirándolo divertida.

			—¿Con cuántas sirenas se ha cruzado para llegar a esa conclusión?

			—Suficientes para tener una favorita. —Sin dejar de observarla, alargó un dedo y acarició el borde de una de las florecillas que atrapaba en el puño—. ¿Qué haces aquí sola? Es muy tarde. Podrían aprovechar la oscuridad para hacerle daño.

			—Vivo en Coventry Castle. Son las tierras de mi padre, así que estoy a salvo... y solo he encontrado este momento para recoger flores.

			—«Maravilla de pantano». —Ella se ruborizó como si hubiera hecho mención a alguna parte secreta de su cuerpo. Pestañeó sin comprender—. La flor que llevas en la mano se conoce como «maravilla de pantano». En Escocia las llamamos «copa de rey».

			—¿Y cómo llamaría a su persecución de hace unos minutos?

			—Destino inevitable —resumió, sin tener que pensarlo.

			La muchacha elevó las cejas.

			—¿Y a la confianza con la que me tutea? ¿Qué nombre recibe eso?

			—¿Qué se te ocurre a ti?

			—Sinvergonzonería. Descaro. Mala educación.

			Blake se mordió el labio inferior al sonreír. Se percató de que ella se fijaba en el detalle.

			—Aunque algunos usan la maravilla de pantano en sus remedios boticarios, posee toxinas dañinas —dijo, evitando sin reparo su duda. No se planteó ni por un momento tratarla de usted. Una parte de sí lo sentía antinatural—. ¿Lo sabías?

			Ella volvió a mirar la flor con incredulidad antes de concentrarse en él.

			—¿A eso se ha debido su acoso? ¿Quería hacerme esa advertencia?

			—Si tuviera que advertirte de algo, milady, sería de mí y de mis intenciones.

			No la sorprendió. La muchacha cogió aire y lo retuvo en los pulmones al replicar:

			—Adelante, entonces; adviértame. Aunque le aviso de antemano que, si sus intenciones son las que parecen, será rechazado sin contemplaciones.

			—Yo no estaría tan seguro de ello. No estás teniendo en cuenta mi agresiva ambición, ni mi tendencia a insistir hasta que obtengo lo que quiero.

			—Ni usted mi cabezonería o mi orgullo.

			—Parece que estás satisfecha con tus defectos. Podría convertirme en tu preferido sin que te dieras cuenta... En uno de esos males necesarios que se disfrutan en secreto.

			—Ningún mal es necesario —resolvió ella. Su comodidad durante la conversación solo podía explicarse de un modo: no era consciente de la decisión que Blake había tomado ni del profundo grado de empeño que la definía.

			—Todos los males son necesarios, Sirena. Sin ellos como telón no comprenderíamos el valor de las virtudes.

			De nuevo lo miró, esta vez francamente interesada.

			Otra insólita corazonada lo embargó.

			Ella era una criatura risueña y burbujeante, una de esas hadas inquietas que disfrutaban de la soberbia paz de un paisaje en las últimas horas del atardecer. Blake lo sentía dentro: sentía cómo se amontonaban esas cualidades de ella que aún no había compartido con él. El presentimiento de que la conocía, de que algo suyo le pertenecía por entero se intensificaba, sofocante.

			—Qué gracioso es usted. ¿Quién es? —le preguntó ella, con una adorable curiosidad que hizo arder su sangre. En dos remotos y distantes puntos dentro de sí, rugió una bestia y ronroneó un felino vulnerable: la primera imperaba que la tomara, y el segundo se postraba modestamente ante ella.

			La arrogancia pudo con la humildad, y la impaciencia rebasó su intención de ser prudente.

			—Soy Blake Houston. Y tú quizá no lo sepas aún, pero eres mía desde el primer pelo de tu cabeza hasta los dedos de los pies.

			La agresividad de su propio deseo lo inmovilizó de repente. Podía jurar que incluso había paralizado la Tierra. Y por un segundo estuvo seguro de que todo florecería o se marchitaría para siempre dependiendo de su respuesta.

			—En ese caso deje que le diga que se encuentra en un serio aprieto, porque ya pertenezco a otro hombre. Por eso estoy aquí —añadió. Su actitud relajada mudó a una cautelosa—. Buscaba flores para mi ramo de novia.

			Blake sonrió de oreja a oreja, un gesto genuino que la desarmó.

			—En una sencilla oración te has dejado al descubierto. —Procedió a explicarse al verla perdida—. Ese hombre es «otro» porque yo soy «uno».

			Ella se rio, nerviosa.

			—Es usted una buena pieza, eso se lo reconozco.

			Blake se percató de que pretendía marcharse. Aunque estuvo a punto de evitarlo tomándola sin permiso, se reprimió a tiempo y usó su voz.

			—Es muy mal presagio que se detuviera con las maravillas del pantano si buscaba unas flores para casarse.

			La joven vaciló un instante antes de decidir prestarle atención de nuevo.

			—No eran la única posibilidad; me han gustado estas también —agregó, vigilándolo por el rabillo del ojo. Alzó un puñado de florecillas blancas.

			Blake las observó sin verlas, pensativo. Casi se compadeció de haberle robado el futuro; de haberlo unido al suyo tan poderosamente.

			—Hierba de Párnaso —reconoció—. La flor engañosa. Está diseñada para atraer insectos con la falsa promesa de néctar. No creo que quisieras ese simbolismo en el gran día, ni menos aún en tu matrimonio.

			—No —musitó—. También esta... podría quedar bien.

			Blake sentía su mirada fija, su dulce aturdimiento, y una sensación placentera recorrió todo su cuerpo como una caricia. Era delicioso presenciar esa transformación suya; de la seguridad a la precaución, y cómo en ese instante la invadía la excitación de una virgen ante un hombre que la hacía consciente de su inexperiencia.

			Blake estiró el brazo hacia otra de las florecillas.

			—La tradicional rosa blanca de Escocia, elogiada en canciones y poesías. Solo el cardo y el brezo destacan por encima de ella.

			—Es perfecta —dijo—, ¿no cree?

			—No. Su nombre latino, spinosissima, quiere decir que tiene muchas espinas. Y las flores nacen de un arbusto caducifolio. Eso significa que, en ciertas estaciones, las flores morirán. ¿Quieres que el amor muera en tu matrimonio cuando los árboles muden de piel? —Ladeó la cabeza—. ¿Quieres un amor lleno de espinas?

			Ella lo atendía con la respiración contenida.

			—¿Es que el amor no conlleva acaso cierto sufrimiento?

			Blake cabeceó.

			—Solo cuando se ama con demasiada intensidad para soportarlo. Hay corazones humanos que no están hechos para contener el amor y la veneración de un santo devoto.

			La joven retiró la mirada e hizo ademán de marcharse. Blake notó, gracias al precioso perfil que se intuía entre sus mechones, que se había ruborizado.

			No era inmune a él.

			—¿Y cuál si no sería la ideal para mi ramo? —susurró.

			—La clavelina de mar —dijo sin pensar—. ¿Alguna vez la has visto? Es hermosa, de un insólito y suave tono rosado. Y una planta perenne. Resiste a todo. Crece en las rocas, en las marismas, en las laderas de las montañas, en acantilados. En todas partes echa raíces con fuerza. Y se dice que cura el envenenamiento. Si puede salvar la vida de un intoxicado por plomo, no cabe duda de que rescataría al amor de la ponzoñosa amargura en la que pudiera caer el matrimonio.

			—No caeré en la amargura —atajó, convencida.

			—¿Cómo estás tan segura de eso?

			Ella vaciló antes de enfrentarlo con una mirada segura.

			—Lo amo.

			Blake sonrió con incredulidad.

			Claro que no lo amaba. Todo el amor que ella pudiera sentir estaba destinado a él, hecho a su única y exacta medida.

			—¿Cómo lo sabes?

			Ella lo miraba confundida.

			—Simplemente lo sé.

			—Te equivocas. No es algo que se sepa; solo se siente. Y lo sientes incluso al respirar, porque vibras de manera distinta.

			La muchacha le retiró la mirada y enderezó la espalda, rechazando aquel comentario.

			—Parece que conoce bien el sentimiento.

			—Justo hace un rato he empezado a familiarizarme con él.

			Ella no pudo contener una sonrisilla vanidosa, como si no pudiera resistirse a verse a sí misma en las palabras de Blake. Se identificaba con su definición y sus insinuaciones porque quería. Y porque era tan consciente como él de lo que significaba que se hubieran encontrado, solo que prefería remolonear a admitirlo.

			—Soy Cullodenna Ross —se presentó al fin.

			—Pero no eres una Ross y tampoco eres escocesa —adivinó.

			—Mi padre se sentirá muy decepcionado cuando sepa que un paisano ha descubierto a simple vista que no soy de las Highlands —ironizó—. Me puso este nombre por la batalla de Culloden esperando que nadie se percatara de mis ascendientes hispanos.

			—Mi tatarabuelo luchó en Culloden por el príncipe William. Tengo parientes ingleses y victorias en los dos bandos. Casi se diría que los Houston siempre nos salimos con la nuestra.

			—Debe ser agradable tener el respaldo de un linaje histórico para creer en sus posibilidades.

			—No es el nombre el que da suerte al hombre, sino el hombre el que da suerte al nombre. Los Houston no tenemos posibilidades; tenemos conquistas y trofeos.

			Ella levantó la vista hacia él con una franqueza apabullante.

			—¿Y en qué quiere convertirme a mí, según sus intenciones iniciales? Porque ya veo que no es usted un amigo de mi padre, como supuse... ¿Quiere conquistarme o usarme de decoración? Supongo que lo primero; desde el sur de donde es ese acento hasta Aberdeen debe haberse topado con muchas mujeres en el campo. Apuesto porque anda coleccionándolas, en vista de su facilidad a la hora de dirigirse a ellas...

			Blake se tomó la libertad de pasarle un brazo por la cintura. El cuerpo de ella reaccionó de la misma y bendita manera, como si acabaran de devolverle una extremidad perdida. No había podido aguantarlo más, asfixiado como estaba, y Denna ni siquiera hizo el ademán de apartarlo.

			—Señor —intentó sonar firme, pero un eco de nerviosismo trastocó su voz—. He intentado disimular todo cuanto me lo ha permitido, pero cualquiera diría que quiere ponerme nerviosa.

			Sus miradas coincidieron un segundo, y en ese segundo, Blake pudo darse cuenta de la férrea voluntad de carácter que mantenía a esa mujer con los pies en la tierra. Cualquier otra habría temido semejante confianza y despreciado tal intrusión, pero ella resistía a su empeño con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo esperándolo.

			—Deberías estar temblando —le dijo en un susurro—. Pero si no lo haces ahora, ya me encargaré de que ocurra más adelante.

			—Más adelante, ¿cuándo?

			Blake la sostuvo contra sí como si quisiera atravesarse la carne con sus delicadas costillas, inspirado por la leve huella de impaciencia que había marcado su pregunta.

			—Cuando te bese.

			Ella vaciló, repentinamente acongojada.

			—¿Y cuándo será eso?

			—En la boda, quizá.

			—¿Asistirá a la ceremonia?

			Blake esbozó una sonrisa confiada. Era esa clase de confianza que empujaría a un hombre por un acantilado y por el que se arrojaría al foso de los leones sin miedo a la muerte; una ciega, enferma, desdibujada por la locura de la ambición más arriesgada.

			—Lo haré. Pero por si acaso no llegara a tiempo... —Se inclinó sobre ella y juró, prometió y amenazó a la vez—. Yo me opongo.

			Blake supo que nunca olvidaría con qué nuevos ojos lo miró. Había tardado unos minutos más que él, agónicos y muy solitarios, pues Blake creyó que navegaría solo en aquel mar turbulento que era el capricho de Cupido. Pero tras el aviso, Denna comprendió a lo que se enfrentaba: a una irreversible decisión del azar. La arrasadora sensación de pertenencia la sacudió también. Él vio cómo se estremecía, cómo una sombra de temor ante lo raramente experimentado oscurecía su mirada.

			Era suya y no había nada que pudiera hacer para remediarlo.

			No, Blake jamás lo olvidaría... conscientemente.

			Pero ya en la mente de Blake nadaban las brumas. Y no recordaba nada parecido a la clavelina de mar, a Denna Ross o a su oposición.

			Pero ella sí recordaba, y esa iba a ser su ruina.

			La ruina de ambos.





1





Lochranza, isla de Eilean Arainn.

			Noviembre de 1837.

			Denna se abrazó los hombros con aspecto desamparado.

			—¿De verdad es necesario que te vayas? —Tragó saliva—. ¿Justo ahora?

			El gélido aliento del invierno escocés atizó los mechones sueltos del moño de Beth, que se giró para dedicarle una sonrisa tranquilizadora. A pesar de la baja temperatura, el servicio al completo y los amigos más leales se habían reunido a las puertas de Cranston Castle para despedir a los viajeros. Esa mañana, el señor y la señora del castillo emprenderían una travesía sin fecha de regreso establecida. El destino era Inglaterra.

			Ese había sido el regalo que Calder Houston, propietario de todo a lo que alcanzaba la vista, había decidido hacerle a su esposa con motivo de sus nupcias. Del enlace hacían ya unos cuantos meses, pero no había sido hasta unas semanas atrás que el señor Houston aceptó que estaba casado... con lo que eso conllevaba. La excusa del viaje no era otra que complacer a Beth, quien ardía en deseos de conocer a su lado de familia paterna empadronada en Londres.

			Denna no era lo bastante benévola para celebrar que su amiga fuera a encontrarse con sus hermanos mayores; no cuando su ausencia la abocaría a una soledad devastadora. Y eso Beth lo sabía.

			—Reconozco que no es el mejor momento —le dijo con voz sosegada. Aún no se había demostrado que supiera apaciguar a las bestias, pero lograba calmar el mal humor de su marido, lo que no era en absoluto desdeñable y ya podía entrar en la categoría de don—, pero viendo la desesperante lentitud con la que Blake progresa, Cal y yo hemos llegado a la conclusión de que nunca lo será del todo. Es ahora o nunca.

			«Olvídate de Blake», quiso gritar. «¿Qué hay de mí?».

			La mera mención de ese nombre logró lo que ni los vientos arrastrados del golfo pudieron hacer: se estremeció de la cabeza a los pies. Nunca dejaría de sorprenderle cómo un odio tan abrasador como ese se las arreglaba para helarle la sangre.

			—Denna... —insistió Beth. Cerró la puerta del carruaje que sostenía con impaciencia y se acercó para hablarle con cercanía—. Ya sabes que no tienes por qué lidiar con él si es superior a tus fuerzas.

			—Es superior a mis fuerzas —respondió en tono adusto, indignada porque lo cuestionase.

			Beth se quedó un momento en silencio, mirándola con esa combinación de curiosidad y sospecha que a veces la sacaba de sus casillas.

			Cuando llegó a Lochranza, Denna pensó que había encontrado en lady Beth a una confidente. Alguien a quien dar las explicaciones que se le antojara, cuando y como se le antojase. Alguien que no la juzgaría o, por lo menos, no hurgaría en sus heridas.

			No sabía cuánto se equivocaba.

			La muchacha había resultado ser mucho más perceptiva de lo que le hubiera gustado, y no tenía el menor reparo en entrometerse en asuntos ajenos si creía que eso era lo que debía hacer. Con Beth cerca, Denna no estaba a salvo con sus secretos. Y no solo porque tuviera sensibilidad de sobra para desentrañarlos, lo cual era peligroso, sino porque la propia Denna sentía a veces el irrefrenable deseo de expresar sus intimidades. Albergaba la esperanza de que Beth comprendiera su eterno dilema, y tenía la seguridad de que, aun si no la entendía, por lo menos respetaría sus sentimientos.

			Pero nunca parecía el momento perfecto para abrirse en canal. Y tenía miedo.

			Denna llevaba demasiado tiempo abrazada a una zarza espinosa. Tanto que había quedado insensibilizada al dolor. Estaba segura de que romper ese abrazo venenoso y pedir auxilio la haría sangrar mucho más de lo que la liberaría.

			—No te quedas sola —le recordó Beth—. Solo tienes que levantar una mano para que Lachlan acuda a ti y te proteja si en algún momento te sientes amenazada.

			—No tengo miedo de que me haga daño.

			—¿De qué tienes miedo, entonces?

			Denna tragó saliva y ladeó la cabeza hacia el protagonista de la conversación.

			A apenas unos metros de distancia, y conversando con el señor del castillo, Blake Houston parecía igual de enemistado con la idea de despedir a su hermano. Tenía la boca fruncida en una mueca contrariada a pesar de que Calder, con esa ternura que solo demostraba hacia su propia sangre, no dejaba de apretarle cariñosamente el hombro.

			Desde que Blake despertara en una cama desconocida, en un lugar que no le sonaba familiar y sin recordar ni quién era ni cómo había llegado hasta allí, Calder había sido su principal apoyo. Llevaba semanas tratando de reconstruir su identidad con su inestimable ayuda. Aún no habían tenido el menor éxito, puesto que Blake no rescataba ni un solo recuerdo tras el golpe. No obstante, se habían acercado lo suficiente para sentar las bases de una floreciente amistad; algo impensable si no hubiera perdido la memoria.

			El pasado que Blake compartía con las gentes de Lochranza, incluido su hermano, no era en absoluto halagador. Pero Calder había insistido en darle una segunda oportunidad aprovechando las circunstancias. Eso significaba, además de ocultarle el motivo de su actual estado, tergiversar la verdad a su beneficio. Los socios de la destilería en la que mandaba habían coincidido en que, por motivos de seguridad, lo mejor para todos —también para Blake— sería mantenerlo en una zona de limbo y no decirle bajo ningún concepto qué clase de bastardo solía ser.

			Denna se clavó las uñas en los hombros. La gélida corriente estaba a punto de tallar su postura en hielo. No veía cómo se las arreglaría para ponerse en funcionamiento y regresar al interior del castillo una vez hubiera dicho adiós a Beth, y no solo por el frío.

			No era capaz de vivir bajo el mismo techo que Blake; no sin el apoyo de su amiga. Y, desde luego, no después de lo que él había averiguado de ella.

			Su debilidad.

			Lo había intentado de todas las maneras humanas. Incluso llegó a pedirle a la Reina de las Hadas, la curandera que tanto la despreciaba, un mejunje mágico que consiguiera salvarla del recuerdo. Pero no podía sacarse de la cabeza su voz rasposa pronunciando un cálido «na caoin, mo dùdach»[1]; las palabras con las que Blake había regresado de la inconsciencia tras descubrirla arrodillada a los pies de su cama, y nada menos que llorando por él.

			Desde que abrió los ojos, y a pesar de no recordar quién era ella, Blake no dejaba de perseguirla con la mirada. Se esforzaba por propiciar encuentros, por iniciar conversaciones banales que terminaran guiándolo a la pregunta que brillaba en sus ojos, una que ella no respondería: «¿Qué eras para mí?».

			Si no se hubiera tratado de él, su dulce insistencia la habría conmovido. Pero era Blake... y Denna estaba segura de que fingía.

			Nadie secundaba su hipótesis. Ni siquiera Lachlan. Aun así, defendería hasta el final que Blake actuaba, y en cuanto Calder estuviera fuera de la isla se las arreglaría para hacerse con el control del castillo, de la destilería... y de ella.

			«Blake y tú ya no estáis casados», le había dicho Calder hacía solo unas semanas. «Anuló el matrimonio por tu supuesta incapacidad para darle hijos en un periodo de varios años. El vínculo entre vosotros se ha disuelto. Puedes elegir entre quedarte aquí y encontrar la manera de ser feliz en otra parte, lejos de todo esto. Ya nada te une a él».

			Antes que atreverse a gestionar hasta qué punto la había destrozado aquella noticia, Denna había barajado la posibilidad de marcharse. Sobre todo después de saber que, mientras Blake fuera vulnerable y hasta que no pudiera elegir a dónde dirigirse, viviría bajo su mismo techo. Una idea que se le hacía insoportable.

			Pero no tenía otro lugar al que ir.

			Por supuesto que Coventry Castle, en Aberdeen, seguía en pie, pero su padre había muerto unos años atrás y una familia de parientes desconocidos ocupaba sus aposentos. A pesar de ello, en algún que otro momento de debilidad había pensado en regresar con una mano delante y otra detrás. Arriesgarse a depender de un nuevo miserable, si es que tenía tan mala suerte, por lo menos le arrebataría a Blake el placer de destruirla, y solo por eso ya habría ganado.

			¿Qué otra cosa habría perdido si se hubiese ido, aparte de a Calder y a Beth, a quienes consideraba sus mejores amigos? Todo el mundo en el pueblo la detestaba. La creían causante de que Blake Houston, el adorado héroe durante su juventud, hubiera perdido el encantador carisma y se hubiese convertido en un monstruo.

			Y quizá lo fuera. Tal vez ella lo abocó a eso. Pero no tenía fuerzas para hacerse cargo.

			Lo único que la había disuadido de desaparecer era darse el gusto de desenmascarar a su exmarido, el que sabía que tarde o temprano se dejaría al descubierto.

			Siempre había sido muy listo, pero nunca lo suficiente para engañarla a ella.

			No por mucho tiempo, al menos.

			Denna miró a Beth a los ojos. La muchacha parecía haberse sumido en un respetuoso silencio, pero en realidad solo estaba demostrando su obstinación: no iba a moverse de allí hasta que respondiera a su pregunta.

			¿De qué tenía miedo, entonces?

			—Debería haber hecho mi equipaje para marchar con vosotros —murmuró al fin.

			Beth sonrió divertida.

			—No creo que hubieras soportado compartir espacio con la Reina durante mucho tiempo. —Y señaló a la susodicha, que había terminado de pelearse con su baúl para acercarse a Andrew Haye. Las dos observaron cómo este arqueaba una ceja expectante en su dirección, entre asqueado y sorprendido porque iniciara una charla por voluntad propia.

			La Reina de las Hadas era una criaturilla sacada del folclore escocés. Era tan pequeña que nadie descartaba que cupiese en un frasco, y también la viva imagen de una Venus de Botticelli. No se molestaba en recoger el cabello rubio, que ondeaba a su espalda como el halo de luz protector de las deidades mismas, y en su rostro adorable siempre había pintada una expresión presumida. El único que podía igualar a la Reina, de nombre Bonnibelle, en altanería y presunción, era Andrew Haye. Denna asistía con especial interés a sus feroces intercambios; se llevaban como el perro y el gato desde que Bonnie se atreviera a cuestionar sus métodos de sanación, distintos de los de ella por las diferentes corrientes que los tuvieron como aprendices de la labor curativa. A pesar de que Haye era más cercano a la medicina y la ciencia que la Reina, una fanática de la «sanación chamánica», como Haye la llamaba, había sido esta la elegida para acompañar al señor y a la señora en la travesía. Aunque Calder hubiera sido intervenido para salvar una herida de bala en la pierna, aún necesitaba cuidados médicos; cuidados que la Reina estaba preparada para dispensarle.

			—Confío en que la belleza de Inglaterra la seduzca y convenza de trasladar su residencia oficial al otro lado del mar —le dijo Haye, con tal cortesía que nadie diría que ansiaba quitarla del medio.

			—Difícilmente me seduciría la belleza de Inglaterra cuando tengo ante mis ojos un espécimen de Liverpool y no me genera ningunas cosquillas en el estómago.

			—¿Significa eso que he dejado de darle ganas de vomitar?

			—Significa que, si todos los ingleses son como usted, estaré de vuelta antes de que intente matar a mis pacientes con sus mejunjes químicos.

			»No crea que no me aterra la idea de dejar a toda la población de la isla en sus inútiles manos —añadió—. Solo para asegurarme de que de algún modo alguien ejerce una influencia positiva en usted, quiero que lleve esto.

			Haye levantó las cejas oscuras cuando la muchacha, cuya coronilla apenas le llegaba al mentón, le tendió un colgante. Por lo demás, permaneció impasible.

			—No, gracias. Prefiero no ponérselo tan fácil cuando decida practicar conmigo y a distancia algún truco barato de santería.

			—¿Es que no reconoce la cruz de Brígida?

			Haye examinó el abalorio pendiente con ojo crítico y aire desdeñoso.

			—Reconozco que tejer juncos y paja se le da lo suficientemente bien para abandonar el oficio de bruja. ¿No se ha planteado nunca vender esto en el pueblo en los días de mercado?

			—Es la diosa triple céltica —insistió—: de la inspiración, la sanación y la adivinación.

			—Vaya por Dios. Parece que se interesará antes por todas las leyendas y panteones paganos que por la medicina real.

			—Lo protegerá de sus propias y malas vibraciones y al llevarlo recordará que una de sus obligaciones no es envenenar a mis pacientes —continuó, haciendo caso omiso de su provocación.

			—Y también podré llevarlo al festival de Latha Fhèill Brìghde[2] si me aburro el uno de febrero. Adoro los regalos con múltiples usos —ironizó—. Si tanto le preocupa la salud de sus pacientes, ¿por qué no se queda y se asegura de que no los mato?

			—Porque el señor Houston ha recobrado el juicio y decidido que es más inteligente y útil llevarme a mí a Londres que a usted... y no voy a ser tan descortés como para rechazarlo.

			Andrew Haye tenía un dominio sobre sí mismo envidiable; Denna lo admiraba profundamente por haber condenado a sus allegados a figurarse, incluso conspirar para deducir qué estaría pasando por su cabeza. Y eso era lo que hacía todo el tiempo, imaginar cómo le sentaban los insultos de la Reina. En ese momento, y pese a no dar la menor muestra de ello, le gustó pensar que había herido su orgullo.

			Lo vio coger el colgante entre el dedo índice y el pulgar, como si fuera tóxico.

			—Se lo agradezco. Hará frío en los próximos dos meses y tengo entendido que la paja arde de maravilla. Servirá si nos quedamos sin reservas para la chimenea.

			Con aquellas palabras tan revitalizantes y encantadoras, ambos se dieron la vuelta a la vez y cada uno puso rumbo a su destino; Bonnibelle se acomodó en el interior del carruaje, satisfecha por la acción llevada a cabo, y el señor Haye se internó en el castillo tras despedirse de los señores con un escueto asentimiento de cabeza.

			—¿Qué crees que hará con eso? —le preguntó Beth, divertida por el intercambio—. ¿Lo echará a la chimenea de verdad?

			—Haye puede ser mucho más maleducado. No lo subestimes. —Rio ella también. Miró a su amiga con un nudo en la garganta—. Voy a echarte de menos de verdad. A Calder también, pero sin ti esto se quedará vacío. Cuando quiera hablar con alguien tendré que hacerlo sola.

			—No estaré lejos demasiado tiempo. Un mes como mucho. —Se puso una mano en el vientre—. Si tardo más, el bebé empezará a darme molestias y no quiero amargar el viaje a nadie... ni siquiera si llevo a mi lado a una especialista.

			Pensando con optimismo en que por lo menos se había librado de la bruja, que no le caía mucho mejor de lo que le gustaba a Haye, Denna dio a Beth un abrazo de despedida. La sintió cálida y receptiva como solo una amiga podía serlo, pero era mucho más; era una leona protectora y ya se intuía que sería una madre maravillosa.

			Denna no quería darle vueltas a lo doloroso que sería asistir a una embarazada y convivir con un pequeño cuando ella nunca tendría descendencia. Intentaba con toda la fuerza de su alma alegrarse por la concepción y empaparse del entusiasmo que rezumaban los padres. Por lo pronto no lo estaba consiguiendo, pero no perdía la esperanza de, un día, alejar ese egoísmo y aceptar su destino con las carencias que incluía.

			—Va siendo hora de que nos marchemos —interrumpió Calder, pasándole un brazo por la cintura a su esposa. Miró a Denna con cariño y preocupación—. Dime que estarás bien para que no me sienta culpable.

			—Estaré bien —mintió.

			Permaneció a los pies del castillo y frente al camino que los llevaría a puerto hasta que el carruaje se perdió en el horizonte. Embarcarían por la mañana en el puerto de Brodick, y el amanecer ya estaba despertando a la tierra con su resplandor nacarado.

			Inspiró profundamente y mantuvo los ojos cerrados un instante. Cuando volvió a abrirlos, la impresión de que alguien la observaba hizo que ladeara la cabeza hacia la izquierda. Allí estaba Blake, estudiándola con ese tinte de inseguridad recién adquirido que hacía que ella dudase si de verdad era él, u otra persona se había apoderado de su cuerpo.

			Solo para demostrarse que no estaba asustada, le sostuvo la mirada. Pero pronto fue demasiado.

			No había ninguna familiaridad en la manera en que él se dirigía a ella, porque jamás lo hizo con esa humildad. Aun así, sus rasgos, su postura natural, incluso la dirección que tomaban sus mechones rubio ceniza por acción del viento la turbaban más de lo humanamente soportable. Tenía memorizado su cuerpo a pesar de no haberlo tocado nunca. Sobre todo ese cuerpo, aquel con el que la conoció; el esbelto que se había deteriorado con los años de matrimonio y ya nuevamente se encontraba en su esplendor original.

			Siempre fue un hombre robusto y poderoso con los músculos desarrollados de un guerrero babilonio, pero al tiempo que su buen ánimo perdió lustre, su belleza exterior lo hizo también, como si el podrido interno hubiera aflorado a la superficie. En el último medio lustro, cuando aún vivían juntos, Blake había engordado, no se afeitaba jamás y casi siempre apestaba a alcohol. Allí, sin rastro de vello facial y de nuevo delgado, era difícil para Denna no ver al hombre de los primeros días. Aquel que consiguió fascinarla.

			No sabía dónde demonios había estado los seis meses anteriores a su regreso a Lochranza, pero lo que fuera que hubiese ocupado su tiempo le había sentado de maravilla.

			Denna se preguntaba, no sin cierto rechazo hacia la idea, si era el amor lo que le había devuelto la vida. ¿Por qué anularía su matrimonio si no fuese para casarse de nuevo? Él siempre supo que ella habría recibido la noticia de su libertad con llantos de ilusión, y ni en mil años le hubiera dado la satisfacción de desatarla. Encontraba demasiado placer en el daño que le causaba. No era descabellada la conclusión de que hubiese decidido cesar en su empeño de hacerla desgraciada por inspiración de otra mujer.

			Pero era dolorosa a la vez.

			Denna apartó la vista y echó a andar a toda prisa hacia el castillo. No le simpatizaba haberse quedado a solas con él en la entrada. A pesar de haber sido su marido, nunca habían compartido la menor intimidad; ni siquiera aguantaban más de cinco minutos en la misma habitación. Eso bien podría haber cambiado para él, o quizá pudiera fingirlo, pero ella no había olvidado aún sus viejas costumbres y pretendía seguir evitándolo.

			Lamentablemente, una figura masculina le cerró el paso justo cuando iba a entrar. Denna se sobresaltó y alzó la mirada con los ojos espantados. Pero mucho antes que el miedo, sintió la rabia colapsando sus venas al mirar a Blake a la cara.

			Él la interrumpió antes de que pudiera espetarle qué hacía.

			—Creo que va siendo hora de que me digas quién eres.





2





Se había prometido a sí mismo que sería sutil, pero por lo visto, esa virtud no figuraba entre las del hombre que solía ser. Juraría que la sangre le había rugido con una potencia salvaje al abordarla sin previas presentaciones, como si solo pudiera ser fiel a su instinto actuando igual que un animal.

			Llevaba semanas manteniendo las distancias. No solo porque la mujer pareciera incapaz de tolerar su mera presencia, sino porque tenía asuntos más importantes de los que ocuparse. Como, por ejemplo, quién diablos era Blake Houston y por qué no conseguía recordarlo, tratándose de nadie más y nadie menos que él mismo. Sin embargo, tenía una estaca en el corazón que se astillaba cada vez que la veía. Parecía que quisiera decirle que nada era ni remotamente sustancial, ni siquiera su propio origen, si lo comparaba con ella.

			La sensación que dominaba sus días era la confusión. Intentaba, en vano, navegar a través de las brumas de su conciencia, pero al final terminaba perdido, exhausto y con la impotencia de verse las manos vacías. No había conseguido aún atisbar ni un solo amanecer del Blake que fue. Pero ni el desaliento ni el caos lograban empañar la absoluta certeza de que esa mujer había sido, aunque fuera puntualmente, el centro en torno al que giraba su mundo.

			No la veía en sus sueños ni le sonaba familiar como sí lo hacía Calder o la pequeñita y graciosa hada rubia, pero los demonios se lo llevaban cada vez que ella miraba a otro lado. Necesitaba comprender por qué su rechazo le partía el alma.

			Denna, se llamaba. El mero hecho de pensar en ella era turbador. A veces, solo mantener su nombre en el pensamiento hacía que le desbordara la emoción y rompiese a llorar sin consuelo. Otras, un impulso agresivo hacía seductora la idea de golpear una pared. Si su ineptitud para recordar ya lo agotaba de rabia, no recordarla a ella estaba a punto de matarlo.

			Estuvo cerca de cogerla por los hombros y zarandearla para que contestara.

			—Sabes muy bien quién soy —oyó que murmuraba. Se las arregló para escabullirse por el lado y recorrer medio pasillo principal antes de que Blake la alcanzara.

			No le pidió a sus manos que la tocaran; actuaron guiadas por una necesidad superior de la que él no era consciente.

			Denna se tensó cuando la sujetó por la cintura.

			—Suéltame ahora mismo.

			—Dime lo que quiero saber y lo haré.

			Ella jadeó, incrédula.

			—Veo que no has esperado ni un día desde la marcha de tu hermano para perseguirme.

			—No tendría que perseguirte si no te dedicaras a huir de mí. Maldita sea, solo quiero saber qué está pasando. ¿Por qué no me das ni una sola respuesta? ¿Por qué me evitas?

			Denna lo miró con una mueca contenida.

			Se había fijado en que cada vez que se refería a ella, una fina lámina de melancolía empañaba sus ojos oscuros. Blake tenía la sensación de que no la había mirado lo suficiente y perdería pronto el derecho, y por eso era su deber empaparse de ella mientras pudiera.

			—Porque no te debo nada. Ni explicaciones, ni charlas triviales, ni sonrisas.

			—¿Acaso solo actúas movida por el deber? ¿No sientes ni siquiera curiosidad o lástima por la situación en la que me encuentro como para echarme una mano?

			—La lástima no es algo que habrías querido. Ni siquiera en estas circunstancias.

			—¿Cómo puedes estar tan segura? Créeme, no tienes ni idea de qué es lo que quiero de ti.

			Denna apretó la mandíbula y desvió la vista un momento.

			—Si respondo tus preguntas... ¿me dejarás en paz?

			Blake no podía prometer tal cosa, así que dejó correr el silencio.

			Ella suspiró.

			—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó de mala gana.

			«¿Por qué no me soportas? ¿Cuánto daño te hice? ¿Cuánto daño me hiciste tú? ¿Por qué siento que te adoro con cada fibra de mi ser, y a veces, en cambio, intuyo que has sido tan cruel conmigo que no puedo perdonarte?».

			—¿Por qué vives aquí? —se le ocurrió—. ¿Qué eres para Calder?

			—Soy una simple amiga.

			—No recuerdo muchas cosas de mi pasado, pero una de las que no se me escapan es que a los amigos no se les pone una habitación en un castillo. A no ser que seas otro tipo de amiga, y creo que mi hermano está demasiado enamorado de su esposa para visitarte por las noches.

			Denna lo miró indignada.

			—Por supuesto que no soy la «amiga» de tu maldito hermano. Soy viuda —cortó con sequedad—. Al morir mi marido lo perdí todo y Calder me acogió. Eso es todo: una amistad de años y la generosidad del señor avalan mi presencia en Lochranza.

			Eso sin duda encajaba con la descripción. Denna era una mujer enérgica y con el genio muy vivo; por lo que había podido observar, él no era la única víctima del aspecto menos halagador de su carácter. Pero eso no restaba fuerza al aura sombría de soledad y tristeza que ensombrecía sus ya de por sí oscuras prendas. Solo vestía de negro, de marrón, de gris apagado, y algunas veces su mirada se perdía en el aire, en el paisaje, como si solo mediante la abstracción le fuera soportable recordar lo perdido.

			—¿Quién era tu marido? —preguntó con voz ronca. Ella trató de reprimir la respuesta más visceral, pero sus labios se torcieron incapaces de contenerla.

			—Un infeliz que todo cuanto deseaba era convertir mi vida en una miseria. —Lo dijo con la barbilla bien alta, retándolo a decir lo contrario. Blake no comprendió el fuego profundo que ardía en sus ojos, pero se le retorció el estómago de pensar que alguien pudiera haberle hecho daño.

			—Supongo que no lo consiguió si estás aquí... entera y peleona.

			—Estuvo cerca. Conocía mis puntos débiles.

			—E imagino que tú conocerías los suyos. —Ladeó la cabeza—. Un hombre de verdad no destruiría a una mujer como tú si no fuera en defensa propia.

			Con el comentario pretendía bajar sus defensas, incluso le había salido sin querer un ligero flirteo, pero Denna lo recibió igual que una bofetada. Su reacción hizo que pronto reformulara sus teorías y se armara de valor para exponerlas.

			—Le hiciste daño —dedujo.

			—Él también me hizo daño a mí.

			—¿Cómo? ¿Tenía una amante?

			—No es de tu incumbencia.

			—¿Tenías un amante tú?

			Denna reaccionó igual que si la hubiese insultado. Y Blake pensó por un momento que lo había hecho, que acababa de excederse, pero eso le había servido para confirmar una de sus teorías. La mujer hizo ademán de darse la vuelta hacia la otra punta del corredor; Blake se le adelantó.

			No le importaba un carajo si se estaba tomando unas libertades que no le correspondían. Aquella mujer estaba arrebatándole el derecho de conocer la verdad en sus mismísimas narices y no podía permitirlo.

			—¡Suéltame, maldita sea! —escupió, sacudiéndose entre sus brazos. No sin un esfuerzo extra, sorprendente teniendo en cuenta que era considerablemente delgada, Blake la inmovilizó por las muñecas.

			—Soy yo, ¿verdad? —susurró en voz baja. Ella dejó de removerse de golpe, como si la hubiera apuñalado, y buscó sus ojos con el aliento contenido. Envalentonado por lo que parecía decir su reacción corporal, continuó—: Soy el amante. Es lo único que explica la chispa que hay entre nosotros; por qué huyes de mí, incluso. Te sientes culpable porque el capricho de un romance ilícito no es algo que las mujeres de clase alta se permitan a menudo... ni siquiera si son libres.

			Le dio la impresión de que Denna se tranquilizaba al oír su teoría, señal inequívoca de que había errado. Pero era una hipótesis que deseaba abanderar y en la que le complacía regodearse. Por muy inexplicable que fuera, ya sabía que estaba enfermo de pasión por esa mujer, y sus respuestas físicas a cada roce no dejaban de confirmarlo. Solo tener apresadas sus delicadas muñecas, piel con piel, le colmaba el alma de anhelos morbosos.

			Creía conocer la mecánica del acto sexual, pero no recordaba haberla llevado a cabo con nadie. Su cuerpo reaccionaba por puro instinto.

			Ella respiraba con dificultad y no dejaba de mirar, nerviosa, el poco espacio que los separaba.

			—¿Te parece que soy libre? Me has arrinconado sin posibilidad de escape —masculló entre dientes—. Por supuesto que no eras mi amante.

			A pesar de sonar tan honesta como para despertar la llama de la inseguridad, Blake no se rindió.

			—¿Y por qué llorabas a los pies de mi cama? Una mujer no se deshace en ruegos y rezos si el hombre que ama no se debate entre la vida y la muerte.

			—Hay mujeres tremendamente piadosas y con una sensibilidad inaudita.

			—Y yo no dudo que tú poseas esa sensibilidad mencionada, pero si no tienes clemencia alguna conmigo en este momento, se me hace difícil creer que la compasión te moviera entonces.

			—Claro que te compadezco. Eres el único pariente vivo que le queda a Calder y todo lo que haga sufrir a mis amigos me parte el corazón a mí.

			—No era Calder quien te estaba rompiendo el corazón en ese dormitorio. Era yo.

			Denna soltó una risita histérica.

			—Veo que tu arrogancia se mantiene intacta. Está claro que no se almacenaba en el lado del cráneo que el golpe casi te parte.

			—Eso ya responde algunas de mis preguntas: me alegra haber descubierto que soy arrogante. Quizá ahora puedas decirme por qué, si no significo nada para ti, no dejas de corretear en la dirección contraria a la que yo tomo.

			—Tal vez fuera para protegerme: para que no me intimidaras en un pasillo oscuro. Lástima que pese a mis precauciones no haya logrado evitarlo.

			Blake se acercó tanto a ella que sus narices se rozaron.

			—Espero que no me estés acusando de algo injusto, Sirena. Antes de llegar a esto, he probado todos los acercamientos decorosos disponibles entre un hombre y una mujer.

			—Ahora dirás que soy yo la que te he abocado al acorralamiento. ¿Por qué lo encontraré tan sorprendente? —preguntó al aire—. En lugar de asustarme, podrías haber captado el mensaje que te he mandado y haberme dejado tranquila. Creo que es evidente que no deseo ni tu cercanía, ni tu conversación.

			—Si tanto me odias, creo que desahogarte contándome por qué no te resultará en exceso complicado. Incluso saldrías ganando.

			—No te odio. Simplemente... —Tragó saliva. Su rostro moreno brillaba perlado por el sudor. Ya no se resistía, señal de que se iba debilitando—. Los hombres como tú no nos despiertan la menor simpatía a las mujeres respetables. Soy muy consciente de cómo me miras y me resulta desagradable.

			Blake solo se separó lo suficiente para que pudiera tomar aire, cosa que hizo como si acabara de salir del agua.

			Eso también tenía sentido.

			Había intentado controlar las veces que se dirigía a ella con una duda inútil, siempre una excusa para acercarse. Procuraba mantener las distancias con tal de no incomodarla. A veces, cuando notaba que ella iba perdiendo la paciencia y empezaba a encontrar intolerable su presencia, se borraba del mapa.

			Pero no podía controlar la forma en que la admiraba.

			Sin recordar nada más que a las tres mujeres que vivían en el castillo y las criadas del servicio, Denna era para él un ejemplo de superioridad: una criatura tocada por lo divino. Sospechaba que, en una zona rural como Lochranza, habría sido marginada por la rareza de sus rasgos, pero su exotismo le calentaba la sangre de un modo disparatado. Parecía una sirena besada por el sol de las costas del mediterráneo. En la cara redonda brillaban dos almendrados ojos pardos que despedían las mismas brasas que el fuego cada vez que se cruzaban; tenía la nariz pequeña y chata y una boca desesperantemente deseable. Su olor a sándalo y flores silvestres lo trasladaba a lugares que no recordaba haber visto, pero en los que sentía que había vivido los minutos que dieron sentido a su existencia.

			Entendía que le pareciera abusiva e inapropiada la forma en que la observaba. Él mismo vivía avergonzado, a veces incluso asustado, por cómo la pasión lo saturaba. Esto le había hecho dudar de su gran certeza en numerosas ocasiones.

			¿Y si no la conocía de antes y era el deseo de tomarla lo que en realidad palpitaba dentro de sí? Aceptar esa posibilidad como verdadera lo salvaría de miles de noches en vela, pero sentía que había mucho más. Y Denna se lo estaba ocultando.

			Clavó sus ojos en los oscuros de ella, esperando convencerla con su mirada persuasiva.

			—¿Te crees que no me he dado cuenta de que tú también me buscas? Puede que sea porque te repugno y deseas ponerte a resguardo, pero eso no se correspondería con lo que me dijiste cuando estaba postrado.

			—No te dije nada.

			—No, es cierto; te levantaste y te fuiste en cuanto te pregunté quién eras —le reprochó con amargura—. Pero antes de eso susurraste que me necesitabas.

			Denna se estremeció, dándole una pista en contra de su propia voluntad. Se regocijó con que no pudiera quitarle esa noche, ese momento de intimidad. Conocer que esa mujer pudiese albergar el más remoto sentimiento por él lo elevaba por las nubes.

			—Mientes —murmuró sin voz.

			Blake la soltó sabiendo que no usaría las manos contra él y apoyó las palmas en la pared, muy cerca de su cabeza. Dos ondas de cabello oscuro enmarcaban un rostro nublado por el pánico. Pero no le tenía miedo a él... estaba asustada de la verdad. Ese era el motivo por el que no se la decía, y esa debería ser también la razón que Blake debería tener presente para no llevarla al límite. Por lo menos, si fuera un caballero.

			Sin embargo, todo lo relacionado con ella se planteaba como una urgencia impostergable.

			—Dijiste... —continuó en voz baja, rozando su nariz—: «No podría abrazarte sin sentir que me traiciono. No podría besarte sin odiarme después».

			Denna negó con la cabeza.

			—Son las palabras que se le dirían a un amante imposible, ¿no crees? —aguijoneó. Siendo incapaz de contenerse un solo segundo más, deslizó los dedos por el lateral de su largo cuello. Las ansias de amor hicieron que todo su cuerpo palpitara en respuesta. Estaba caliente y era tan suave que se le escapó un gruñido placentero que ella secundó con un suspiro avergonzado—. Mírame a la cara y dime que solo estoy fantaseando. Na laighe dhomh, dudàch[3].

			Denna volvió a negar, inhabilitada para actuar. La paralizaba el terror.

			—Eres consciente de que, aunque no estés hablando, tu silencio es tremendamente elocuente... ¿verdad? —continuó con voz ronca. Ella respiraba con dificultad y había cerrado los ojos. Perdiendo del todo los modales, Blake recorrió la línea de su mandíbula con el pulgar y se detuvo en la comisura de sus labios entreabiertos—. Reaccionas a mis caricias como si me amaras, Denna.

			Ella levantó la mirada hacia él. En sus ojos se concentraban todas las emociones imaginables, incluso las que eran contrarias; su roce la complacía tanto como la repelía, y él encontraba excitante esa incoherencia.

			—Aléjate de mí —le espetó con debilidad. Lo empujó por el pecho y él le concedió el deseo retrocediendo—. Aléjate... aléjate de mí.

			—¿Cuál es tu excusa para negarme la verdad? No tienes derecho...

			—¡Eres tú el que no tiene derecho a ponerme un dedo encima! ¡No lo tienes! —gritó, fuera de sí.

			Temblando como una hoja al viento, se las arregló para poner sus piernas en funcionamiento y dirigirse al fondo del pasillo. Blake pensó que no sería muy inteligente seguirla, pero al ver que flaqueaba a medio camino y tenía que apoyarse en la pared, totalmente sobrepasada, corrió hacia ella. Evitó que cayera redonda cuando perdió el equilibrio, y por suerte (y a la vez, por desgracia) Denna no se quejó porque la sostuviera.

			Se había desmayado.

			Blake masculló una maldición por lo bajinis.

			¿En qué momento habían llegado a ese punto? Debería haber sabido que era una mujer frágil. Si para algo tenía tiempo aparte de para condenar su mala suerte, era para observarla, y así no le había resultado difícil decidir que toda su agresividad era una fachada que ya se tambaleaba con un vistazo.

			¿Qué la habría llevado a levantar muros, y por qué no dejaba que él se asomara? Ni siquiera quería permitirle que saciara una egoísta necesidad personal como lo era descubrir quién era.

			La elevó entre los brazos y vaciló antes de dirigirse al piso superior. Se fijó en que sudaba y estaba muy ruborizada; no había perdido del todo el conocimiento, pero estaba tan débil que no podía hablar.

			La culpabilidad no tardó en aparecer. Se había propasado y lo sabía.

			A lo mejor no recordaba del todo bien sus experiencias, su infancia o a las personas que formaron parte de su vida, pero no había olvidado los modales, la educación, ni cuestiones de etiqueta básicas como el modo en que se trataba a una mujer. Por si acaso, Calder le había ayudado a repasarlas durante los primeros días, contándole en qué circunstancias y gracias a quién aprendieron cómo moverse en sociedad.

			Por lo visto, aunque no venían de una familia noble, el dinero de sus antepasados y el prestigio de la destilería a su nombre, Gillander’s Whisky, los había obligado a perfeccionar el modo de referirse a los demás para estar a la altura. No se solían codear con aristócratas, a no ser que estos quisieran un trato personal o formaran parte de la industria como inversores o bien amantes del whisky, pero nunca estaba de más saber cómo dirigirse a proveedores y clientes. Según lo que Calder le había contado, él solía dedicarse precisamente a las relaciones comerciales. Se le daban bien los cara a cara, tenía un carisma arrollador, y con su don de gentes se había llevado de calle a unos cuantos y poderosos compradores que constituían en la actualidad la mayor fuente de ingresos.

			Ya quedaba claro que había perdido su facilidad para lidiar con el público... ¿o solo perdía los estribos con ella? Ni la curiosa Reina de las Hadas ni lady Beth se habían quejado del modo en que se había mostrado con ellas. Pero quizá fuera porque la señora del castillo llevaba demasiado tiempo ansiando conocerlo y la curandera ya le guardaba el aprecio de un pasado común.

			Denna, en cambio...

			Blake empujó la puerta del que sospechaba que era su dormitorio. Lo confirmó cuando su intenso perfume lo recibió de una caricia en las narinas. Se quedó inmóvil un momento bajo el umbral, aún con la mujer entre sus brazos. Cerró los ojos y se dejó seducir por el calor de la chimenea, que ayudó a desentumecer sus extremidades heladas.

			Por un instante creyó detectar cierta familiaridad en el aire denso, donde se concentraba el aroma de las flores y la madera quemada.

			¿Había estado allí alguna vez?

			¿Ella lo acompañaba entonces?

			La miró, confuso. Sacudió la cabeza antes de que el acostumbrado pinchazo de dolor le recordara que no debía forzarse a pensar, y se dirigió a la enorme cama de matrimonio. La depositó sobre la colcha, sabiendo que sería un exceso separar las sábanas y ayudarla a ponerse cómoda... por mucho que los dedos le picaran y una voz interior le dijera que tenía derecho.

			Ese era justo el problema. No le abandonaba el convencimiento de que tenía toda clase de derechos sobre esa mujer, igual que ella podía hacer con él cuanto quisiera. Ningún sentimiento que albergara hacia los demás, ni siquiera hacia su hermano, era comparable a esa desgarradora seguridad. Blake no dudaba: besándola no se estaría propasando, sino haciendo lo que debía hacer.

			Pero ella no era de la misma opinión y debía respetarlo.

			Se alejó de la cama, algo atolondrado.

			Pretendía marcharse enseguida. No obstante, la curiosidad hizo que diera una vuelta por el dormitorio. Tenía el corazón agarrado en un puño, y aunque aún le costaba reconocer el significado de sus insólitas vibraciones, creía que eso era señal de que había estado allí antes, viviendo algo totalmente especial.

			El castillo necesitaba con urgencia una remodelación. Ya habían empezado a enfocarse en la tarea: antes de marcharse, Calder dio órdenes explícitas sobre cómo quería los diseños de las habitaciones, cómo abrillantarían los suelos y cambiarían el papel de pared. Había dudado sobre el momento de la reparación porque no quería alterar la paz de su hermano, pero Blake lo había convencido de hacerlo. Necesitaba distraerse para no volverse loco, y ayudar a la reconstrucción de Cranston Castle ciertamente lo tendría entretenido.

			Aun y con todo, aquella habitación estaba en perfecto estado. Pero no era eso lo que le llamaba la atención, sino que parecía habilitada para dos personas. Dos mesillas a cada lado de los extremos, una cómoda con dos partes diferenciadas... tenía elementos masculinos, como un pequeño escritorio de madera de palo santo sobre el que reposaba una cajetilla de tabaco lacrada; había un par de Tricker’s a los pies del ventanal e incluso jabón de afeitar francés. Al abrir un cajón se topó con una colección de pañuelos de cuello masculinos. Acarició la batista de la tela entre los dedos con el ceño fruncido.

			¿Le habían adjudicado un dormitorio de hombre? No podía ser, porque también contaba con piezas femeninas.

			Blake se dirigió al tocador y rozó la superficie de madera maciza con los dedos.

			Cerró los ojos y rezó porque la habitación le hablara, ya desprendido de la idea de cuánto lo acercaba eso a la locura. El silencio le palpitaba en los oídos, como queriendo decirle que lo que estaba haciendo no era correcto... hasta que desapareció, y una risa femenina lo reemplazó. Un aguijonazo de dolor le atravesó la sien, y cuando se agarraba la cabeza para gemir de rabia, un recuerdo inundó su mente.

			Se vio a sí mismo tendido de costado sobre la cama en la que Denna descansaba en la actualidad. Desde allí, en una postura no tan calma como le habría gustado aparentar —en realidad estaba tenso y desesperado—, observaba intensamente a una figura femenina sentada sobre el taburete frente al tocador.

			La reconoció de inmediato. Tenía las mismas luces de contrastes reflejadas en el rostro; la tristeza más feroz y, a la vez, un indicio de felicidad. La Denna de su recuerdo era por lo menos cinco años más joven, apenas una muchacha, pero ser tan consciente de su encanto la hacía coqueta y, por tanto, le añadía una experiencia que no poseía.

			Se estaba quitando las horquillas del moño una a una, y él, el Blake del pasado, la miraba. La ansiedad de ese Blake palpitaba en su propio pecho. Escuchaba sus pensamientos, impropios de un hombre decente y, a la vez, capaces de aparecer en un poemario. Quería besarla como si no le importara, hacerle el amor como a una vulgar prostituta, y a la vez convencerla de que la amaba poderosamente. Oía el debate de Blake: no sabía qué acción llevar a cabo para ser fiel a ambos sentimientos. Le sorprendió que aquel hombre supiera que Denna se ofendería con cualquiera de las dos declaraciones.

			Mientras tanto, ella se regodeaba en su belleza. Lo hacía cómplice de su feminidad actuando con seductora lentitud. Se le aceleró la respiración igual que al Blake del sueño cuando ella clavó en él sus ojos oscuros, usando el espejo como soporte.

			—¿Cómo puede un hombre de acción encontrar semejante placer en la estampa de una mujer desvistiéndose? —había preguntado Denna con un amago de coquetería.

			—Desvestirse también es una acción, aunque es cierto que es una de las que más me gusta apropiarme. —Se oyó responder con seguridad.

			—En ese caso, ¿por qué no se pone cómodo también? —propuso con desenfado—. Así dejará de mirarme con envidia.

			Sus ojos brillaron al entrecerrarlos sobre ella.

			—Tentar a la suerte ya es delicado menester, pero tentarme a mí tiene peores consecuencias. En lo sucesivo deberás evitar flirtear conmigo.

			—¿Flirtear? Señor Houston, es usted el que ha insistido en venir a verme. Si cree que no puede soportarlo, váyase a otro lado —le respondió con buen ánimo.

			Una sonrisa pendenciera despuntó en sus labios masculinos.

			—No soy de los que huyen de lo que los pone nerviosos. Además... Se me ha hablado de los beneficios de suministrarse el mal hasta que se es inmune a él, como el que toma venenos en pequeñas dosis hasta que no le afecta.

			Ella se giró para mirarlo por encima del hombro.

			—Oh, ¿yo soy un veneno?

			—Letal.

			Denna se soltó la melena en ese momento, y él, respetando su caída silenciosa, aguardó un momento antes de acercarse con un sigilo inesperado en un hombre de sus dimensiones. Había incluso cierta aprensión en el modo en que se arrodilló a sus pies, como si supiera que estaba siendo juzgado y cualquier pequeño error podría mandarlo al infierno.

			Denna dejó lo que estaba haciendo y se giró hacia él, expectante y recelosa.

			—Tranquila, no voy a violar nuestro acuerdo. Solo quiero... —Dejó la frase al aire, esperando un asentimiento por su parte. Lo obtuvo y el alivio lo inundó.

			La mujer reprimió el aliento cuando él enredó los dedos en su pelo suelto. Blake, sumido en el recuerdo, acarició el aire como si aún pudiera sentir su tacto sedoso.

			—Sé que no quieres escucharlo —había murmurado, mirándola a los ojos—, pero a veces me sorprendo deseándote tanto que no puedo respirar.

			Ella se ruborizó y él creyó que podría besarla, pero al estirar el cuello en su dirección, y a pesar de ver un destello de pasión incontrolable surcar su expresión, ladeó la cabeza hacia el otro lado.

			Blake regresó del recuerdo con una maraña de sentimientos pujando en el pecho, cada vez más confuso.

			¿Estaría casada ya cuando eso sucedió? ¿Eran amantes sin tocarse? ¿Cómo era posible que él la amara tanto? No se conocía a sí mismo, pero no sería tan estúpido como para enamorarse de una mujer imposible... ¿o sí? Se tenía por un hombre intrépido, amante de los retos. Pero ella no significaba un reto para él, era algo mucho más valioso.

			Denna se removió en la cama, aún en el limbo. Pronunció su nombre y Blake se giró, sobrecogido. No tardó en acercarse para escuchar de nuevo su nombre, esta vez como un lamento lejano.

			Blake se habría arrodillado a un extremo para velar su sueño, igual que ella hiciera poco tiempo atrás. Pero intuía que no querría despertar y verlo allí.

			Lo odiaba, y su odio a veces lo enfurecía y a veces lo desorientaba. Solo un sentimiento prevalecía sobre los demás, y era el desaliento. Que ella no lo amara era una cruz que no podía cargar... que ni siquiera pudo cargar cuando era feroz, arrogante y carismático.

			¿Por qué? Maldita fuera... ¿por qué?

			Blake volvió a mirar alrededor, en busca de más pistas. Pero la pista respiraba y era hermosa como un ángel.

			Clavó la mirada en ella y se reconoció en la seguridad que lo embargó al prometer:

			—Lo descubriré, dudàch... Incluso si eso nos cuesta la paz mental.





3





Denna debía reconocer que había subestimado la inteligencia de Calder cuando acababa de demostrar que no dejaba puntada sin hilo. Creía que marcharse no había sido la mejor de las ideas, pero animarlos a emprender la reforma de Cranston Castle durante su ausencia estaba consiguiendo que la ansiedad por quedarse sola se perdiera entre el movimiento.

			Esa mañana habían empezado a llegar las gentes del pueblo dispuestas a echar una mano, y el ajetreo era tal que Denna no tenía que andar mirando por encima del hombro, asustada por si volvían a arrinconarla. Los socios de Gillander’s no iban a tener la oportunidad de participar en la remodelación: estaban ocupados reconstruyendo una de las secciones de la destilería, echada abajo por culpa de un incendio, y sacando a flote la empresa, que vivía su esplendor económico. Pero como Blake aún no estaba en condiciones de encargarse de finanzas o pactos comerciales, Calder le había pedido que guiara la construcción en su nombre: sería él quien diera las órdenes y asimismo las ejecutase mientras el señor del castillo estuviera ausente.

			Denna lo agradecía profundamente. Solo llevaban unas horas entrando y saliendo con tablones, muestras y herramientas, y ya había dejado de sentirse observada. Por desgracia, la agresión del día anterior estaba muy presente en su memoria y en sus nervios desquiciados. Denna tenía que desayunar con todos los socios, incluido Blake, en la misma mesa del comedor, y esa mañana no había podido evitar que le temblaran los dedos al sujetar la taza. Él había tenido la gentileza de no taladrarla con sus ojos verdes, e incluso se marchó el primero.

			Aun así, Denna seguía alerta.

			Ansiosa.

			«Soy yo», había dicho él.

			Denna pensó que se moriría allí mismo si hubiera descubierto que solía ser su marido. Era cierto que una parte de ella estaba segura de que Blake no había perdido ninguna memoria y solo actuaba, pero otra se negaba a aceptarlo. Esa otra era el sentido común. El Blake real no la habría tocado, ni tampoco acariciado, ni se habría preocupado por ella. Blake jamás la tocaba porque Denna era material corrosivo. Eso por no mencionar los matices de su expresión. Había humildad, desorientación, incluso nostalgia. Ninguna de esas emociones eran propias del Blake que ella conocía.

			Pensaba en el tema cuando decidió dar un paseo por las inmediaciones del castillo. Los jardines estaban abarrotados de locales que cortaban leña, serraban, conversaban a viva voz y transportaban piedras en carretillas. Denna odiaba el ruido y las grandes aglomeraciones, sobre todo cuando estaban formadas por gente que la detestaba. Nada más exponerse a la vista de los voluntarios se le encogió el corazón de pánico. Esperaba un mal comentario, pues raras veces se limitaban a las miradas fulminantes, asqueadas por lo que representaba, pero no llegó nada parecido. Debían pensar que era una inapropiada concesión atreverse a insultarla en su propia casa.

			Denna trató de evadirse concentrándose en el paisaje. Hacía un día sorprendentemente hermoso pese a tratarse de una mañana invernal. El frío era espantoso y la brisa le ponía el vello de punta, pero no había ni una sola nube y el cielo parecía transparente. Era una lástima que la mayor parte de las flores estuviera hibernando y sus dedos solo pudieran acariciar las ramas desnudas y bañadas de rocío de los arbustos.

			 Sin que encontrarlo fuera su intención, ubicó a Blake a lo lejos, armado con un hacha para cortar leña. Él no debía darse cuenta, pero había heredado algunos aspectos personales del Blake verdadero, como la tendencia a remangarse por los codos y no llevar nunca chaqueta. No daba la impresión de tener frío, aun cuando el viento le agitaba el cabello y la ropa como una bandera.

			Distraída, Denna se rozó la garganta con los dedos, ahí donde la había tocado el día anterior.

			«Reaccionas como si me amaras».

			Podría haberse desmayado en cuanto hizo esa afirmación. Blake no se habría atrevido a decir tal cosa, quizá porque la veía incapaz de amar. Ella tampoco tenía ni tuvo nunca el valor suficiente para reconocerlo, pero mentía, porque por supuesto que poseía un corazón desbordado de sentimientos. Era imposible no amar a alguien a quien se odiaba con semejante intensidad. Ese odio le había hecho alcanzar tales delirios que se revertía; daba la vuelta al propio odio y llegaba a las orillas del amor.

			Estaba claro que Blake no era bueno para ella. Tenía que alejarlo como fuera, disuadirlo de que alguna vez tuvieran algo en común, pero era difícil cuando ella misma evidenció su debilidad durante su convalecencia. Iba a costarle inventar una coartada creíble. Y aunque lo consiguiera, nada le prometía que eso fuera suficiente para matar las dudas de Blake... ni mucho menos borrarlo de su cabeza.

			—Aquí estás —dijo una voz masculina a su espalda—. ¿No hace demasiado frío para andar paseando?

			Denna se dio la vuelta. Sus ojos se cruzaron con los de Lachlan, que a juzgar por su expresión debía llevar un buen rato mirándola.

			Sonrió sin enseñar los dientes.

			—Necesitaba tomar un poco de aire, y dicen que el ejercicio ayuda a aclarar las ideas.

			—Pues puede que tus ideas acaben muriendo de hipotermia. ¿Por qué las condenarías a un destino tan cruel? —bromeó, llegando a su altura. Sin necesidad de acordarlo, ambos echaron a andar sendero arriba—. ¿Es que no te satisface ninguna?

			—Veamos... Lo único que se me ha pasado por la cabeza últimamente es aprender a bordar en condiciones, huir a Londres con los señores y cortarle el pelo a la Reina mientras duerme.

			Lachlan soltó una carcajada.

			—¿Tanto os odiáis?

			—¿No puedes imaginarte por qué? —inquirió ella, enarcando irónicamente la ceja—. A lo mejor Bonnibelle vive en las montañas, pero está muy en contacto con los pueblerinos y es de su misma opinión: soy una bruja.

			Aunque lo comentó en tono guasón, por dentro reprimía un grito de furia.

			La Reina de las Hadas no había tenido piedad con ella nunca. Desde que se encontraran, precisamente en su cabaña a rebosar de remedios boticarios, la había tratado como si fuera un monstruo. El colmo fue cuando, delante de todos los socios y amigos, dictó su sentencia.

			—Bonnie es muy buena muchacha. Quizá algo excéntrica, pero le sobran cualidades. Estoy convencido de que con un poco más de trato conseguiríais haceros buenas amigas.

			—Tú no estabas cuando dijo que «mi alma es oscura» delante de todos —apuntó con amargura—. «Ella es la persona de la que todos en este lugar deben protegerse». Eso es lo que aseguró.

			—¿Te extraña que tenga esa opinión de ti cuando solía ser muy cercana a Blake? No es ningún secreto que a ese tipo le encantaba poner al populacho en tu contra.

			Ese era otro de los aspectos que la atormentaban. Según parecía, Blake estaba acostumbrado a visitar a la Reina con frecuencia. Denna había tratado de indagar sobre qué clase de encuentros se daban entre los dos, pero la muchacha nunca contestaba sus preguntas... y Blake menos aún. En uno de sus delirios, llegó a la conclusión de que solían ser amantes.

			Gracias al cielo, eso no era posible. Bonnibelle estaba demasiado enamorada de Lachlan y era tan remilgada que no la imaginaba divirtiéndose con otros hombres... ni si esos hombres eran Blake Houston.

			—Tienes razón. También me respaldan sus celos —agregó, con una pequeña sonrisa—. ¿Eres consciente de que la Reina te ama con locura?

			Él mostró su genuina sorpresa con una mueca de contrariedad.

			—¿Cómo?

			—Así es. Me confesó que haría todo cuanto estuviera en su mano para conquistarte. Y teniendo en cuenta que se dedica a la hechicería... yo no subestimaría sus deditos magos. Aunque estoy segura de que el poder viene de su pelo —desvarió—. Debe haber algún motivo por el que siempre lo lleve suelto.

			—Quizá sea porque le queda bien. Dudo bastante que Bonnibelle guarde el menor parecido con Sansón.

			Denna ladeó la cabeza hacia él y lo estudió con una mezcla de agradecimiento y aprecio.

			Pensó que sería difícil retomar la amistad con Lachlan después de lo sucedido la noche que Blake perdió la memoria. No porque Denna no pudiera perdonarle que fuera él quien provocara indirectamente el golpe, sino porque le rompió el corazón al asistir a Blake mucho antes que a él.

			No era ningún secreto que Lachlan la amaba y era fácil que alguien con una lealtad y devoción semejantes se sintiera traicionado, pero tratándose de él, tampoco era raro que perdonara y olvidase con rapidez. El hombre era alegre y bromista por naturaleza. Bastó esperar un par de días y emitir una disculpa para que él fuera comprensivo.

			—¿Te parece atractiva? —le preguntó en tono divertido.

			Él la miró con una ceja arqueada.

			—¿Es una pregunta trampa? ¿Hay alguna posible respuesta capaz de molestarte?

			—Por supuesto que no. Es mera curiosidad. No parece que ningún hombre en la isla la considere para el matrimonio, y me sorprende porque es... bueno, es preciosa.

			—Supongo que la leyenda que pesa sobre ella puede eclipsar cualquier encanto.

			—¿La leyenda de que es la reina de Elfame? ¿O la leyenda según Haye, que es que conoce la brujería?

			—¿A quién le preocuparía que su esposa fuera la reina de Elfame o bien una magnífica bruja? —se mofó—. Fíjate en la cantidad de maneras que encontraría el marido en cuestión para beneficiarse.

			—Ahora mismo solo me ocurren todos los beneficios curativos.

			—Bueno, se dice también que la reina de Elfame era muy promiscua —acotó, regocijándose con una sonrisilla traviesa—. Incluso se cree que se divertía con mujeres.

			—Conmigo no se divertirá, eso seguro —ironizó—. ¿Cuál es la leyenda de la que hablas, la que solo le traería mala fama?

			—La de su familia —acotó—. Se dice que estaba casada con un extranjero y que, al poco tiempo, este murió en extrañas circunstancias. Nadie puede contar más que eso, pues no habla sobre el asunto, pero la posibilidad de que ella lo hubiera hecho desaparecer basta para tenerle respeto.

			Denna puso los ojos en blanco y suspiró. Recordó con amargura las habladurías sobre ella misma: cómo, ante la desaparición de Blake durante más de seis meses y su luto obligado, la gente dedujo que ella lo había enterrado de un disgusto.

			—Se supone que yo también maté a mi marido, ¿recuerdas?

			—Pero eso no tiene el menor sentido.

			Arqueó una ceja.

			—¿Y sí tiene sentido que la Reina matara al suyo?

			—Bueno... —Lanzó una mirada inocente al cielo—. Si su marido se pareciera remotamente a Haye, no me sorprendería en lo más mínimo.

			—A mí me sorprendería bastante. La Reina lo necesita para entretenerse mucho más de lo que nos necesita a nosotros. Y eso funciona en las dos direcciones —apostilló. Hizo una pausa—. ¿Sabes? Ahora que lo pienso, debería consolarme que los que me acusaron de vil asesina han tenido que tragarse sus palabras. Pero ahora tienen la excusa perfecta para decir que expulsé a Blake de la isla y lo he hipnotizado con mis artes oscuras para que no sepa quién es. Nadie parece haberse enterado de que solo hay una mujer mágica en Eilean Arainn... —agregó, divertida—, y esa es Bonnibelle, no yo.

			Lachlan la miraba con el ceño arrugado.

			—¿Hasta cuándo vas a estar así? —soltó de repente.

			Denna pestañeó en su dirección, confusa.

			—¿Así? Así ¿cómo?

			—Atormentada por todo lo que tiene que ver con Blake.

			Ella se rio.

			—Eres tú el que lo ha mencionado antes, Lach.

			—Desapareció durante casi un año y ahora que ha vuelto no sabe quién eres —continuó, ignorando su comentario—. ¿No crees que es un excelente momento para arrancártelo del corazón, si es que es ahí donde lo tienes, y comenzar a vivir de verdad?

			Denna desvió la mirada al comienzo del bosque, que les quedaba a pocos metros. Le gustaría pasear por allí, pero prefería no perder de vista el trabajo de los voluntarios, aunque dudase que estos acudieran en su rescate si pasara cualquier desgracia.

			Hacía algún tiempo desde que había dejado de sentirse segura en compañía de Lachlan.

			No le daba miedo y sabía que nunca se propasaría, pero cada vez la avasallaba con mayor impaciencia, y Denna no tenía fuerzas para calmar o ponerle un alto a su creciente anhelo. No sabía cómo manejar la situación con él.

			—Lach, creo que es comprensible que piense en ello a menudo —se defendió en voz baja, tratando de parecer razonable—. Voy con frecuencia al pueblo y la gente no perdona lo que cree que hice. Desayuno, almuerzo y ceno con el hombre al que estoy unida a diario. No es tan fácil deshacerte de algo que tienes tan presente.

			Lachlan cambió el peso de pierna, visiblemente exasperado.

			Era un hombre apuesto. Sabía que todas las muchachas casaderas del pueblo, las viudas, las viejas e incluso las esposas tenían actitudes melosas con él. No las culpaba. Además de ser esbelto y hermoso al estilo escocés y tener el inconfundible acento de las Highlands, había magia y dulzura en sus ojos castaños y era generoso y trabajador. El hombre perfecto para sentar la cabeza y formar una familia.

			Denna se odiaba a sí misma por ser incapaz de amarlo como quería.

			—No tienes por qué sentarte a comer con él.

			—No quiero recluirme en mi habitación solo para no verlo, Lach. —Rio ella, intentando no preocuparse por el gesto sombrío del hombre—. Bastante solitaria soy ya para hacer las comidas en la cama.

			—Vete a vivir a otro sitio. Busca una casa pequeña pero confortable que tenga todo lo que necesitas, incluso un par de criadas, si lo deseas.

			—¿Me estás echando de Cranston Castle? —Vacilante y horrorizada por la idea, añadió—: ¿Calder te ha pedido que me digas esto?

			—Claro que no. Los dos sabemos que Calder no le tiene ningún miedo a dar malas noticias o hacer sugerencias desagradables.

			—Me alegra que admitas que es una sugerencia desagradable.

			—¿Por qué? ¿Qué es lo que te ata a Cranston Castle? El único motivo por el que estabas allí era por tu unión matrimonial con Blake Houston, y ese vínculo, por lo que sé, hace tiempo que se disolvió por la vía legal.

			Ya estaba; ya lo había dicho.

			No sabía gracias a qué fuente había obtenido la información que Denna prefirió ocultar deliberadamente a todo el mundo, quizá por vergüenza o porque aún necesitaba intimidad para gestionar cómo le había sentado... pero eso era lo de menor importancia.

			La muchacha intentó no dejarse arrastrar por la ira y suavizó la tensión de los hombros.

			—La gente del pueblo no sabe eso.

			—Y parece que tú tampoco. Hace solo un momento has dicho «el hombre al que estoy unida» en lugar de «al que estabas unida».

			Ella envió una mirada de exasperación al cielo.

			—Ha sido una pequeña confusión, nada más —murmuró—. No sabía que tenías idea de...

			—No, no lo sabía —cortó, enfadado—. Y aún me pregunto por qué. ¿Es que no planeabas contármelo?

			Una parte de ella, más cruel de lo que solía permitirse, respondió para sus adentros con un simple: «No era de tu incumbencia ni lo será nunca». Pero claro que era de su incumbencia. Fue Denna la que lo incluyó en la ecuación con sus flirteos y sus estúpidos juegos pasados.

			—Necesitaba un poco de tiempo. Fue una noticia dura para mí.

			—¿Dura? ¿Librarte por fin del bastardo que tenías como marido fue duro para ti?

			—No espero que lo entiendas —masculló, rígida—. Pero no es una noticia que se pueda digerir con facilidad. Quería haberlo masticado yo antes de dárselo de comer al pueblo; así no me afectarían los comentarios que empezaran a hacer al respecto.

			—El pueblo, el pueblo, el pueblo... ¿Por qué no dejas a un lado la opinión popular por un momento? Solo por un momento, Denna —rogó. Dio un paso hacia ella con la mano por delante; parecía nervioso, algo impropio en él—. Escucha...

			Se pasó los dedos por el cabello rubio. Lo llevaba liso y largo por los hombros, casi siempre medio recogido con una cinta oscura. Los mechones enmarcaban un rostro compungido y a la vez esperanzado. Denna no sabía qué era peor, si ser la causa de su rabia precoz o de la luz optimista en sus ojos.

			Lachlan la cogió de las manos y se las llevó a los labios.

			—Piensa en tu felicidad —le pidió—. Si crees que te acercarás a ella y lograrás conquistarla permaneciendo donde estás ahora, sellaré mis labios y no volveré a hacer sugerencias. Pero si la respuesta es diferente... me veo en la obligación de ayudarte, de guiarte a donde creas que te sentirás mejor.

			Aunque deseaba romper el contacto, Denna dejó que acariciara sus nudillos con el pulgar. Esbozó una pequeña sonrisa con la que intentaba parecer conmovida, cuando en el fondo se sentía incómoda y, a la vez, como la peor de las desagradecidas.

			¿Por qué enjuiciaba lo que llevaba a Lachlan a preocuparse por ella? ¿Qué importaba si le pedía que se alejara de Blake porque de veras deseaba verla dichosa, o porque la amaba y los celos lo consumían...? En cualquiera de los dos casos, sus motivos se fundamentaban en el afecto, aunque uno fuera más altruista que otro.

			Denna no era idiota, pero tampoco quería resumirlo todo en que Lachlan estaba actuando guiado por el egoísmo. No era un hombre egoísta en lo absoluto. Había mucha belleza en su corazón, y lo sabía bien porque fue justo esa belleza la que la hizo pensar, no hacía mucho tiempo, que estaba enamorada de él. Como también la que hizo que, después de admitir que sus sentimientos fueron un espejismo, intentase amarlo de todos modos.

			No había tenido éxito, y allí sus acercamientos le resultaban casi violentos. Pero él no se daba cuenta, y ella no quería matar su ilusión porque lo necesitaba. Era su amigo, la luz de sus días; una persona a la que adoraba y junto a la que quería envejecer.

			Denna suspiró.

			—No sé si puedo sentirme mejor. Esa es la verdad —reconoció—. Esté donde esté, voy a tener que cargar conmigo, ¿entiendes? No existe forma alguna de borrar la huella que el dolor nos deja, y menos cuando la herida sigue latiendo. Pero si lo intentara... ¿A dónde iría?

			—Conmigo.

			La vehemencia de su respuesta evitó que Denna contestara lo primero que le vino a la cabeza, que podría haber sido un simple grito de horror al sobreentender lo que sugería.

			—Lachlan... —empezó.

			—No, espera, déjame hablar —interrumpió, ansioso. Ahora comprendía mejor ese comportamiento errático de los últimos días—. Sé que piensas que nadie, ni siquiera tú misma, puede volver a hacerte feliz... pero si me das una oportunidad, me esforzaré hasta el cansancio por honrarte y alejarte de la pena que te acecha. Pondré todo mi empeño, Denna. Te lo juro por la tierra, que sabes que es para mí lo más valioso.

			—¿Qué me estás pidiendo exactamente? —balbuceó, preocupada. El corazón amenazaba con salírsele del pecho.

			Lachlan la miraba con la franqueza y solemnidad que solo adopta un hombre cuando está a punto de ofrecerse.

			—Sabes que te he amado desde que te conocí. Y debes saber también que tiene mérito, porque he conocido a mucha gente a lo largo de mi vida gracias a mis viajes... pero no he conseguido ni conseguí antes de ti maravillarme de esta manera por una mujer. Admiro tu fortaleza, tu naturalidad, tu amor por el suelo que pisas; todas esas cualidades que nos acercan y también aquellas que nos distancian, como tu genio y tu inseguridad.

			»Este tipo de declaraciones fervientes no son vistas con buenos ojos en Inglaterra, lo sé. Seguro que tampoco lo son en la corte en la que tú floreciste. Pero mi amor es lo único que puedo poner como garantía de que tendrás una vida diferente. Una feliz.

			»Cásate conmigo, Denna.

			Intentó manipular las emociones que iban reflejándose en su rostro, preocupada por si alguna de ellas hería sus sentimientos. Conocía las inclinaciones de su corazón, pero en ningún momento habría imaginado que esperaría una promesa eterna de su parte. Y sobre todo le extrañaba después de la discusión que tuvieron la noche en la que Blake se presentó como el fantasma de lo que los dos más temían.

			Denna le había pedido que se alejara de ella, que no quería continuar la extraña relación que los unía. Había rechazado sus besos.

			¿Qué le hacía pensar que sus sentimientos habían cambiado?

			Sospechando que era el pánico ante la brecha que Blake podría abrir entre ellos lo que lo impulsaba a exigir un lugar oficial en su vida, preguntó:

			—¿Por qué ahora, Lachlan?

			—¿Cuándo, si no? Es el momento perfecto —insistió—. Siempre pensé que tendría que resignarme a estar a tu lado como el tercero en discordia, como un amante sin amor propio, pero desde que sé que eres libre no dejo de pensar en cuánto desearía ser tu hombre.

			Denna apartó las manos del tierno encierro de las suyas y retrocedió.

			—¿Y no has pensado en si yo desearía tener un nuevo esposo? —musitó, intentando mantener el perfecto equilibrio entre la indignación y la empatía—. Has vivido los casi cinco años que duró mi matrimonio. Has visto cómo me he sentido. Lo último que deseo es casarme de nuevo.

			Su expresión se endureció.

			—Creo que no es necesario recalcar que yo no sería como él.

			Denna suspiró.

			—Lachlan... No espero que lo entiendas, porque nadie que no se haya visto en mi situación podría figurarse cómo me siento, pero estoy... sobrepasada por lo ocurrido estos últimos meses. No estoy en condiciones de...

			—No te pido que estés en condiciones de nada. Ni de permitirme tocarte, ni de tener mis hijos... Solo quiero cuidarte.

			—¿Solo? Porque parece que también quieres asegurarte de que me alejas de Blake —se le escapó.

			Una nueva sombra cruzó su semblante.

			—¿Y consideras eso un delito? Tú misma has dicho que he visto lo mismo que tú. Estaba allí cuando ese hombre te insultaba, manipulaba, mentía, engañaba, humillaba en público y en privado. Todos aquí queremos protegerte de él, Denna. Creía que tú también formabas parte del grupo.

			—¡Claro que deseo protegerme, pero no casándome! —exclamó, exasperada—. ¡Y no me parece que debamos prometernos en matrimonio solo porque estés celoso!

			Lachlan redujo el espacio que los separaba de una sola zancada. La cogió del codo para acercarla a él y decir entre dientes:

			—¿Puedes acaso culparme? ¿Por quién te remangaste el vestido para arrodillarte aquella noche? ¿A quién atendiste antes?

			A pesar de ser alta, tuvo que alzar la barbilla para defenderse. Tenía las mejillas coloradas.

			—¡Él estaba inconsciente y tú te encontrabas perfectamente! ¿Esperabas que me alegrase de que le hubieras abierto la cabeza?

			—No, pero tampoco esperaba que llorases por él. ¿Por qué no me hablas claro de una maldita vez, Denna? —siseó—. ¿Por qué no dejas de jugar conmigo y me dices qué demonios hay en tu cabeza? Sabe Dios que he intentado mil veces descifrarte, pero no hay modo humano de hacerlo.

			Denna abandonó la pose defensiva, atravesada por la culpabilidad. Una oleada de compasión hizo que quisiera abrazarlo, pero se reprimió para no darle esperanzas. Bastantes había sembrado ya.

			Lachlan no exageraba en absoluto cuando perdía la paciencia y elevaba el tono. Denna llevaba años mandando señales contradictorias. A veces lo necesitaba cerca; otras, lo quería lejos. A veces lo deseaba. Deseaba sus labios de verdad. Y sus manos, y todo su cuerpo joven y dispuesto a dar placer... pero otras, en cambio, no podía soportar su sonrisa, ni su mirada en la distancia, ni mucho menos sus palabras de amor.

			Denna sabía que era injusta al jugar con él de ese modo. En su defensa solo podía decir que había seguido a su corazón todas y cada una de las veces... hasta que este dejó de saltar al oír su nombre. Denna era la primera aterrada por el silencio de sus latidos, por cómo el sentimiento que mantenía viva su relación había decidido callarse de repente. Y le aterraba más aún decírselo.

			—No quiero casarme contigo —dijo al fin, poniendo todo su empeño en sonar conciliadora—. Y no tiene nada que ver con...

			—Por supuesto que no tiene nada que ver con lo que quiera que fueras a decir. Está directa e indirectamente relacionado con Blake. Es superior a tus fuerzas, ¿no es verdad? —Había alzado la voz y los ojos enrojecidos lo hacían ver como una bestia, pero solo era un hombre herido en lo más profundo—. Incluso es superior a las mías, tanto que sería capaz de matarlo si me lo pidieras.

			Denna abrió los ojos como platos.

			—Lachlan, por el amor de Dios. No digas eso.

			—Tranquila, estará a salvo mientras sea tu razón de ser. Por mucho que lo odie y odie el amor que sientes por él, no se me ocurriría aplastar ni una sola parte de ti.

			—Yo no lo amo —repuso con voz temblorosa.

			—¿Y a mí?

			Denna lo miró desesperada. Buscó en su rostro la dulzura que hizo que acabara entre sus brazos la primera vez, pero solo halló decepción. A pesar de todo, seguía siendo hermoso y fuerte; su mirada resuelta y directa, su falta de miedo a nada eran dos de los atractivos que no sabía si había admirado por amor o por envidia. Cuántas veces le habría gustado ser él, o Blake o cualquier otra persona, antes que ella misma, para sobreponerse a la adversidad.

			—Claro que te quiero.

			—No te estoy preguntando si me quieres, maldición —masculló—. Quiero saber si me amas.

			Como ella no contestaba, presa del pánico, Lachlan la sacudió por el brazo. Denna intentó quitárselo de encima, pero él no la soltó; y aun así, lo que le preocupaba no era su agarre firme, por el que podría arrastrarla si perdiera la cabeza, sino la mirada traicionada con la que la taladraba.

			—Por favor, suéltame —le rogó.

			—Dime la verdad. Respóndeme.

			—Creo que le ha respondido alto y claro —interrumpió otra voz, seca y dura como las laderas del norte—. Le ha dicho que la suelte.

			Denna se giró hacia Blake con el alma en vilo.

			Lachlan le dedicó una minúscula sonrisa despectiva y expresó lo que, en cierto modo, ella había pensado.

			—Veo que últimamente se entretiene viniendo a interrumpirme —insinuó. Denna se tensó al comprender a qué se refería: a un recuerdo que a Blake no le convenía descubrir.

			—Ni siquiera me interesa que me explique el comentario. Quítele la mano de encima.

			Ese era otro característico rasgo que Blake no había perdido: la facilidad para imponerse e intimidar al otro. Lachlan bien podía no tener miedo a nada, pero eso no lo hacía temerario ni suicida, y algo de ambos había que tener para desafiar a un hombre con el temperamento de Blake.

			Ya libre, Denna observó la escena, confusa. Era paradójico cuanto menos que ahora fuera Blake quien la salvara de Lachlan, cuando solía ser justo al revés. Nunca se habían enzarzado más que la noche en que Blake se golpeó la cabeza con la lámpara, y solo porque Lachlan fue provocado: por lo general, a Blake se le daba tan bien fingir que Denna no le importaba nada que no se molestaba en pelear por su honor.

			—¿Necesitas ayuda para volver? —preguntó Blake, solícito—. Estás temblando.

			—No, gracias.

			Denna echó a andar en pos de Lachlan, que ya había adelantado camino. Aún no se veía con ánimo de abordarlo y pedirle disculpas por todo: necesitaría la noche entera para encontrar las palabras adecuadas. Confiaba en que dejando correr unas horas estaría relajado una vez se sentaran a hablar. Era mucho lo que quedaba pendiente de discusión.

			—Espera —la llamó.

			Denna frenó, y enseguida se maldijo por detenerse ante su tono. Pero ¿cómo no iba a hacerlo? Esa voz le atravesaba la piel y se adueñaba de su sistema como una enfermedad. Sus deseos eran órdenes, y sus órdenes, cosa hecha.

			Blake la rodeó con aire vacilante. Se fijó en que jadeaba por el esfuerzo —tal vez hubiera acudido a toda prisa—, y el sudor arrancaba destellos a su piel. Al llevar solo camisa y chaleco todo su cuello quedaba a la vista, y en los antebrazos se marcaban los músculos y las venas hinchados por el esfuerzo de cortar leña. Estaba más moreno de lo que solía, y eso tal vez significara que había pasado horas bajo el sol durante el verano que estuvo ausente.

			Lo que hubiera hecho y donde hubiese estado en ese tiempo la obsesionaba.

			—Siento de corazón haberte asustado. Ayer —recalcó, como si ella pudiera olvidarlo—. Me comporté de un modo atroz. Te prometo que no se repetirá.

			Denna se quedó pasmada.

			Jamás, ni siquiera en los días que más daño le hizo, ni tras las palabras más crueles, había recibido una disculpa tan sincera. Por contradictorio que pudiera parecer, no supo si alegrarse al no reconocer en absoluto al viejo Blake, o lamentarse por la misma razón.

			Debía estar loca de remate.

			—Mientras mantengas las distancias todo estará bien entre nosotros —respondió en tono adusto. Se agarró la falda y echó a andar, pero él volvió a llamarla—. ¿Qué es lo que...?

			Se quedó muda al ver lo que Blake sostenía entre los dedos: el botón azul marino brillante de un chaleco masculino. No fue solo el hecho de que lo tuviera en la mano, sino la forma en que lo miraba, como si lo reconociese.

			Denna rehízo sus pasos enseguida.

			—¿Es tuyo? —le sorprendió—. ¿No es de tu amigo?

			No se le escapó el modo en que pronunció «amigo».

			A Denna se le atragantó la respuesta. Tuvo que renunciar a decir la verdad.

			—Lo cierto es que me suena familiar —admitió, aguantándolo aún en la palma. El corazón de Denna latía a toda velocidad.

			—Debe ser porque la mayoría de los botones de prendas masculinas son exactamente iguales —respondió a la defensiva. Se lo quitó y volvió a guardarlo donde lo conservaba: en el interior de la manga ceñida a la muñeca—. Se me habrá caído al hacer aspavientos.

			—Me alegro de haberlo encontrado. Parece importante para ti.

			Denna le dirigió una mirada conspiradora, a la caza de un nuevo comentario o matiz expresivo que revelara que sabía qué era, a quién pertenecía y cómo lo consiguió. Pero Blake la miraba con el mismo aire especulativo.

			—Solo es una estupidez —se defendió, sin saber por qué.

			—A veces son las estupideces las que llevamos con nosotros más tiempo. Fíjate que ayer recordé algo... —Avanzó hacia ella—, y no era en absoluto importante. Sino más bien... una estupidez. Pero una muy reveladora.

			Desde luego, su botón también revelaba una gran debilidad: un recuerdo atesorado en el fondo del alma, el único lugar donde Denna podría acumular trastos viejos y dañinos sin sentir que traicionaba su propio orgullo.

			Pero no fue eso en lo que pensó, sino en lo preocupante que era que Blake hubiese recordado algo.

			—¿No te alegras de que me haya acordado de un apunte de mi vida anterior?

			—¿Por qué debería alegrarme? Si pudiera darte un consejo, te diría que te alejaras de tu vida anterior —dijo con sequedad, recta como el palo de la escoba—. Mirar atrás no nos beneficia en nada. Te lo dice alguien que a veces vive en 1832... y a veces en el día de ayer, pero nunca en el hoy.

			—Cualquiera viviría en el pasado si fuera más agradable que el momento actual.

			Denna sonrió sin fuerzas, detestando su compasión.

			—Ese es justo el problema: que el pasado nunca es mejor que el momento actual. Y en mi caso menos aún. Pero no espero que lo entiendas. Si no recuerdas lo que te pasó hace años, no recordarías lo que me pasó a mí.

			—¿Qué te pasó?

			Denna apretó el botón en el puño, en parte para reprimir la ira que despertaba al compartir espacio con él.

			No podía soportarlo.

			En lugar de responder, se dio la vuelta e hizo el camino de regreso a Cranston Castle con el viento del este en contra, gélido como las garras de la muerte.

			Sin el menor ápice de humor, pensó para sus adentros en qué podría haberle contestado, pero acabó resumiendo que no había hecho la pregunta correcta.

			No era «qué le pasó», sino qué era lo que le seguía pasando.





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Apenas había tenido oportunidad de tratar con Lachlan Hawke, pero la violencia poseía a Blake con toda su furiosa impetuosidad cada vez que aparecía en su campo de visión. La fuerza de sus sentimientos hacia él no era comparable a la que lo desorientaba con Denna, y aun así era lo bastante poderosa para tener la plena certeza de que mataría a ese hombre con sus propias manos.

			No contemplaba ni el rechazo ni el amor a primera vista como imposibles, si acaso como raros impulsos que surgían en las almas más sensibles. Blake se estaba descubriendo a sí mismo como un hombre de naturaleza visceral y quizá eso pudiera explicar que tuviera tan intensas corazonadas con gente que no recordaba. Sin embargo, sabía que no era solo una emoción aislada. Compartía una historia con ambos. Una de amor y pérdida con Denna, quizá de desamparo y también angustia... y una de odio con Lachlan.

			Aún no sabía a cuál de los dos sería más difícil convencer de contarle qué pasó.

			Mientras duró la primera jornada de trabajo, Blake envió miradas contemplativas a Lachlan, que se había unido a los voluntarios del pueblo para echar una mano. En vista de su frustrante situación, no le quedaba otro remedio que teorizar, y eso fue lo que hizo.

			A simple vista, Lachlan parecía un tipo agradable. Ayudaba a los menos dotados con los pesos, se dirigía a las mujeres con respeto y amabilidad —sin llegar en ningún momento al flirteo, lo que ya era un ejemplo de autocontrol teniendo en cuenta que estas no eran sutiles al halagarlo— y no le temía al trabajo duro.

			Cuando lo había visto con Denna, y siendo objetivo, no le pareció peligroso ni tampoco amenazante; solo desesperado por amor. Pero la bilis le había subido por la garganta, y tuvo claro que, si hubiera abierto la boca antes de tranquilizarse, lo habría calcinado con una llamarada de rabia.

			Lo odiaba. Había lava en su estómago. Se le retorcían las tripas al mirarlo, y verlo cerca de Denna alimentaba un instinto asesino del que no se sentía orgulloso.

			La intensidad del sentimiento lo tenía intranquilo y desconcertado. Blake no deseaba odiar a nadie, solo quería encontrar respuestas. Pero ahí donde su mente se resistía a hacer un esfuerzo, su cuerpo trabaja por él; era curioso, sin duda, que sus vísceras y su corazón recordaran quiénes eran y qué hicieron, pero su cabeza tuviera dificultades para describirlo.

			Después de toda la tarde cargando y descargando, meditando y conjeturando, Blake estaba tan cansado que le temblaban las piernas.

			Calder le había rogado que no se fatigara en exceso; aún no estaba del todo recuperado del golpe. Como parecía que era tradición, o eso le había contado Calder entre divertido y exasperado, Blake no le había hecho el menor caso. Estaba desesperado por sentirse parte del castillo, del pueblo, y por demostrar que, aunque su cabeza fuera inútil, su cuerpo era lo bastante fuerte para tolerar unos cuantos viajes. Ahora se arrepentía de haberse forzado a llegar al límite, porque no sabía si al día siguiente tendría la fuerza para levantarse. La sacaría de alguna parte: había conocido a unos cuantos locales que no dudaron en expresarle su admiración y no quería decepcionarlos.

			Lo cierto era que muchos pasaron gran parte de las primeras horas de la faena lanzándole miradas curiosas, como si no pudieran creer que estuviera allí, de cuerpo presente. Blake ya había decidido que, en cuanto entraran en confianza, pediría ayuda a esos mirones que daban la impresión de conocerlo bien para recuperar su memoria. Seguro que algo podrían aportar.

			Al margen del dolor de extremidades, la dureza de los músculos y la migraña, estaba satisfecho... y también aliviado. Cranston Castle no era un castillo medieval como los que salpicaban Escocia; Eilean Arainn, por estar casi deshabitada, no tenía tanta historia, pero era el lugar que sus antepasados, ricos y ociosos, eligieron para levantar una obra arquitectónica que sobreviviría al tiempo y al olvido. Por lo que sabía, su tatarabuelo —o trastatarabuelo, no le había quedado del todo claro durante la emocionada explicación de Calder— lo levantó siguiendo el estilo neogótico de Inveraray Castle y Strawberry Hill House, por lo que en apariencia podría pasar por el hogar del laird de un clan medieval.

			En los alrededores, extensas hectáreas de tierra se dedicaban al cultivo de cebada, trigo y avena, cereales necesarios para la elaboración de whisky, que era el principal producto que se exportaba a Escocia, Inglaterra, el continente europeo e incluso América. Calder le había comentado con cierta petulancia que desde que él estaba al cargo habían expandido el negocio rompiendo los límites fronterizos, y eso se debía —añadió, ya con humildad— al disciplinario trabajo de sus hombres de campo y a la ambición de sus socios, entre los que figuraba Lachlan Hawke.

			Esto no solo tenía beneficios económicos para ellos, sino para gran parte de la isla. En una zona tan despoblada, solo la agricultura y la ganadería daba de comer a los locales, lo que de alguna manera convertía a Calder en el rey supremo de Eilean Arainn. Blake había apuntado con perspicacia que la isla aún no había superado el feudalismo. A fin de cuentas, el señor del castillo todo lo dominaba. La actual restauración de Cranston Castle bien podía interpretarse como que se avecinaban sus días de esplendor.

			Pero se acercarían muy lentamente. Había muchas trepaderas envolviendo la estructura del castillo que necesitaban la mano de un jardinero, muchas ventanas y arcos que repintar, un jardín entero del que encargarse con dedicación, y eso solo en cuanto al aspecto exterior: la humedad había causado estragos en las paredes y no había lámparas de gas, lo que hablaba de la urgente necesidad de modernizarse.

			Blake se alegraba de poder colaborar, sobre todo porque odiaba donde estaba. Era otra de esas sensaciones sin fundamento aparente que lo dejaban aturdido, pero lo suficientemente penetrantes para que se cuestionara si aquella había sido su vida de verdad.

			¿Y si no se acordaba de nada porque en realidad no pertenecía a Lochranza? Se perdía en un castillo en el que se suponía que había vivido desde su nacimiento, y en lugar de encontrar familiares algunas zonas comunes, como la primorosa y bien dotada biblioteca o el hermoso salón principal, sentía que preferiría estar en cualquier otro sitio. Detectaba violencia en el ambiente, como si los gritos de alguien se hubieran encajado en los huecos de la piedra; como si su fiereza fuera indisoluble en el aire.

			Muerto de cansancio, apenas se fijó en hacia dónde se dirigía. Se dejó llevar por su instinto, confiando en que lo guiaría a su dormitorio, mientras observaba alrededor con el estómago revuelto y ojos soñolientos.

			Entre las paredes de piedra parecía rebotar el eco de una voz cruel.