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Cuando ya no esté

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Year:
2020
Language:
spanish
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1

Der Stuermer - 1941 Nr. 25

Language:
french
File:
PDF, 21.93 MB
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2

Gravity is a mystery

Language:
english
File:
PDF, 6.16 MB
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	Índice



	Título

	Créditos

	Advertencia

	1918

	I

	II

	III

	IV

	V

	VI

	VII

	VIII

	IX

	X

	XI

	XII

	XIII

	XIV

	XV

	XVI

	XVII

	XVIII

	XIX

	XX

	XXI

	Bibliografía

	Addendum





Cuando ya no esté


	VICTOR BALDOVÍ





Créditos




	CUANDO YA NO ESTÉ.

	Copyright © 2020, Victor Baldoví Yuste.

	Diseño de cubierta: Victor Baldoví Yuste. Diseño de portada: Victor Baldoví. Imagen de portada (Samosudov) utilizada con licencia de Shutterstock.com

	Primera edición electrónica: mayo 2020



	Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de ésta obra, su incorporación a un sistema informático y su transmisión por cualquier medio o procedimiento sin el permiso previo y por escrito del autor.



	Éste libro es una obra de ficción basada en hechos históricos. Cualquier parecido con empresas, editoriales o personas vivas o muertas es pura coincidencia.





Advertencia


	El siguiente libro está basado en hechos históricos. Sus páginas muestran la información y los medios que se tenían en 1918 para combatir la enfermedad conocida como "gripe española" por lo que algunos capítulos pueden no reflejar o contradecir el conocimiento científico que se tiene hoy en día de esa enfermedad. Si se siente enfermo o conoce a alguien que está enfermo acuda a un profesional médico, no utilice este libro como guía para curarse o curar a los demás.





I had a little bird.

	Its name was Enza.

	I opened the window

	and in-flew-Enza.



	Canción infantil (1918)





1918


	Ojalá todo fuera una novela de ficción pero estoy viviendo una auténtica pesadilla. Tecleo sin descanso palabras y frases en una máquina de escribir porque mi vida depende de ello.



	Clack-clack-clack-clack-clack…



	La cabeza me da vueltas. Cada golpe de tecla me provoca en el cerebro una punzada de dolor pero no puedo detenerme.



	Clack-clack- clack-clack-clack-clack-clack-clack…



	Noto el desagradable calor de mi propia piel, como si llevara puesto un traje de mí mismo. Me duele el pecho y cada;  intento de respiración es un martirio. A veces me sobreviene una tos tan intensa que me deja sin sentido pero debo continuar.



	Clack-clack-clack-clack-clack…



	En el otro extremo de la alargada mesa del comedor, frente a mí, una dama me observa en silencio. Viste de negro y un velo oscuro cubre su rostro. Sus pálidas manos las tiene apoyadas una encima de la otra sobre la mesa. La dama no dice nada, no hace nada, tan solo me observa escribir a máquina.



	Clack-clack-clack-clack-clack-clack-clack-clack…



	Noto sus ojos clavados en mí. ¿Por qué no se marcha? Su presencia me distrae, me molesta, me incomoda. No sé por qué está aquí pero estoy convencido que si dejo de escribir se abalanzará sobre mí y me arrastrará a su mundo de oscuridad.



	Clack-clack-clack-clack-clack-Introducción. Estamos en 1918. Tras cuatro largos años la guerra por fin ha acabado. La razón se ha impuesto a las armas y la Paz…





I


	-INTRODUCCIÓN-



	Estamos en 1918. Tras cuatro largos años la guerra por fin ha acabado. La razón se ha impuesto a las armas y la Paz ha llegado al corazón de los Hombres. Somos muchos los que deseamos que tras los horrores que se han presenciado en el campo de batalla la Humanidad nunca más se alce en armas contra sí misma. Ojalá que el sufrimiento por el que hemos pasado, y que muchos revivirán toda su vida al mirarse al espejo, haya servido para terminar con la guerra, como decía la máxima tantas veces escuchada en boca de los políticos.

	Cuando aún se podía escuchar el eco de los cañones una sombra empezó a planear sobre las naciones de todo el planeta. Una mortal enfermedad, conocida como "gripe española", "dama española" o "muerte púrpura", está diezmando los estratos de la población mundial. Se transmite fácilmente de persona a persona y nadie parece estar a salvo de sus garras invisibles.

	En medio del caos el gobierno aprueba leyes y publica consejos higiénicos que pretenden ser una importante línea de defensa ante el rápido avance de la enfermedad, pero nunca un enemigo había sido tan resistente y mortífero.

	¿Cómo se transmite esta enfermedad? ¿Cómo reconocerla? ¿Cómo cuidar a los pacientes? ¿Cómo fabricar una mascarilla casera? Este libro, escrito con sangre, esfuerzo y lágrimas, intentará responder estas preguntas y muchas otras para que cualquier persona, con o sin conocimientos médicos, sepa cómo combatir una enfermedad que ha cambiado nuestro mundo para siempre.





II


	¿QUÉ ES ESTA ENFERMEDAD?



	A pesar de que ha corrido el rumor de que un médico y cinco enfermeras habían sido ejecutadas en secreto por inocular el germen de la influenza a sus pacientes, ésta historia no es cierta. Tampoco lo es la que asegura que Alemania había logrado introducir en el mercado aspirinas infectadas. La verdad es que esta enfermedad apodada como "gripe española" es simplemente una especie de influenza o gripe. Una vez infectados, algunos pacientes empeoran desarrollando neumonía u otras afecciones y los casos más complicados fallecen.

	A diferencia de los brotes de resfriados comunes, que generalmente tienen lugar en los meses fríos, las epidemias de gripe se pueden producir en cualquier estación del año. El germen de la influenza es un viejo conocido del Hombre y todos los años viene a visitarnos pero durante una epidemia resulta extremadamente contagioso.



	Es lo mismo que me dijo Emily el primer día. Dios, parece que hayan pasado años. ¿Qué día era? No salir de casa hace que todos los días parezcan iguales. Era… Martes. Cinco de noviembre de mil novecientos dieciocho.



	—No es la primera epidemia de gripe que ve el mundo —me dijo Emily con su marcado acento británico, frente a una cocina de hierro en el comedor donde estaba preparando la comida—. Y te aseguro que no es el azote más grande que ha sufrido la Humanidad.

	Cojeé hasta la mesa llevando dos platos, dos cubiertos y dos vasos de cristal que había sacado de un armario. Creía en la igualdad y que tanto el hombre como la mujer debían colaborar con las tareas de la casa. El mantel ya estaba puesto y lo dejé todo en un lado de la mesa.

	—¿Y cuál fue, señorita escritora? ¿La peste negra? ¿El cólera?

	Sin esperar a que respondiera, mientras distribuía los platos y los vasos por la mesa seguí hablando con un falso tono de profesor sabelotodo:

	—Si me permite responder yo apostaría por la peste del siglo catorce. Bacterium pestis.

	Me volví hacia Emily y vi que me miraba desde la cocina. Tenía una expresión de diversión y curiosidad, como si hubiera visto a un simio hacer una complicada operación matemática. Sonreía, se formaban unas arruguitas en la comisura de su boca y a través de sus labios se podían ver unos grandes dientes frontales que me recordaban a los de un conejo. Para algunos aquellos dientes eran un defecto pero a mis ojos eran un rasgo que añadía atractivo a su rostro junto con sus ojos verdes, su pequeña nariz y sus labios carnosos.

	Emily volvió a centrarse en la cocina de hierro y volcó el contenido de la sartén, una tortilla de patatas, en un plato grande.

	—Muy bien señor —dijo Emily en español y caminó hacia la parte del comedor donde estaba la mesa llevando en una de las manos un plato con una tortilla de patatas. Su brazo izquierdo era ortopédico y lo llevaba pegado al cuerpo—. ¿Y la segunda más grave?

	Emily dejó el plato sobre la mesa. Por mi cara supo que no tenía ni idea y siguió hablando:

	—Viruela. En 1520. Cincuenta y seis millones de muertos. Y por cierto, ya no se llama bacterium pestis.

	Aproveché que se llevaba la mano humana a la espalda para desabrocharse el delantal para sujetar su muñeca y estrecharla entre mis brazos.

	—¿Y cómo se llama ahora?

	Emily colocó su brazo mecánico frente a ella a modo de escudo. Sonrió, tomó aire para responder pero giró la cabeza para toser. Lo hizo de una forma tan delicada que apenas me preocupó.

	—Picor de garganta —me susurró.

	—Pues no tiene un nombre muy terrible.

	—No tonto. Se llama…

	Iba a robarle un beso pero Emily apartó la cabeza. Me miró seriamente y como si fuera un secreto me susurró:

	—Si es gripe no quiero contagiarte.

	—¿Por una tos? ¿Por qué vas a tenerla? —dije sonriendo pero ella no se reía.

	Emily se zafó de mis brazos y se quitó el delantal caminando hacia la pared donde estaba la cocina.

	Suspiré y empecé a maniobrar para doblar mi pierna ortopédica y sentarme a la mesa.

	Emily trajo una botella de agua y se sentó junto a mí.

	—Y dígame, scriptrix pestis, ¿cómo llaman ahora al bicho ése? —dije mientras cortaba la tortilla en cuatro partes más o menos iguales.

	Emily sonrió.

	Durante el resto de la comida Emily me habló sobre las diferentes epidemias que habían tenido lugar en la Historia, haciendo especial hincapié en las de gripe. No era el mejor tema de conversación durante una comida pero me gustaba el brillo que aparecía en sus ojos cuando hablaba de algo que le interesaba. La escuché como un aplicado alumno sin interrumpirla y de vez en cuando hice alguna pregunta para demostrar que la estaba escuchando.

	—¿Sabías que la epidemia de gripe de 1775 también afectó a los caballos y a los perros? —me dijo.

	Iba a responder pero Emily volvió a toser, mucho más intensamente que antes y su cara se tornó roja por el esfuerzo. Cuando dejó de toser se llevó la mano al pecho y empezó a respirar profundamente. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Se las limpió, bebió agua y se quedó inmóvil respirando profundamente, cada vez más relajadamente.

	—Estoy bien… A veces me pasa… Es una sensación rara, como que se me cierra la garganta y que necesito toser para volver a respirar… No es nada cariño, estoy bien…

	Pero yo no lo estaba. Le cogí su mano de carne y hueso y se la estreché con ternura.

	—Sea lo que sea puedes contármelo. ¿Qué ocurre?



	Golpeo la mesa con el puño cerrado. Junto a la máquina de escribir tengo varias pilas con cuadernos, documentos y hojas escritas a máquina que tiemblan por el golpe. Estoy tan enfadado que tengo ganas de tirarlo todo por el suelo.



	Emily me contó que dos días atrás, cuando volvía de casa de sus padres en Londres tras pasar las celebraciones de todos los santos con ellos, entró en su compartimento un joven soldado que tosía de forma intermitente.

	—¿Por qué no saliste o te pusiste un pañuelo?

	—¡Lo hice! ¡Me levanté y salí del vagón! ¡Estuve en el pasillo hasta que decidió bajar!

	Emily cogió los cubiertos, los lanzó enfadada al suelo y se llevó las manos al rostro.



	La dama empieza a reírse. Parece que lo haga sin ganas y su intento de carcajada me hiela la sangre.



	Me levanté de la silla, me acerqué a Emily, hice que se levantara y nos quedamos abrazados en mitad del comedor.

	—Vamos, todo saldrá bien… Seguro que no estás contagiada. Solo fue un momento.



	La dama se ríe cada vez con más fuerza.

	—¡Basta! —le grito pero es inútil, apenas puedo oír mi propia voz.

	Miro la máquina de escribir y golpeo sus teclas con el puño. Durante un segundo el estruendo que provoco acalla la risa de la dama. Devuelvo las palancas de tipos que se habían enredado a su posición original y empiezo a teclear letras que forman una palabra y luego una frase. Cada vez que presiono una tecla dejo de escuchar la risa de la dama. Tecleo un punto, presiono la barra espaciadora y luego la tecla de las mayúsculas, golpeo una letra, vuelvo a presionar la tecla de las mayúsculas para desactivarlas y continúo escribiendo.





III


	Día 2.

	Miércoles, 6 de noviembre 1918



	—¡No pienso venderte nada y menos si no llevas puesta una mascarilla! —dijo la dependienta de la panadería. Llevaba un gran pañuelo que le tapaba la boca y la nariz. Estaba apartada del mostrador de cristal, pegada a la pared.

	—¿Por qué? ¡Yo no tengo la enfermedad!

	—¡Ya te he dicho que me da igual, no quiero arriesgarme! Hay otras panaderías a las que no les importa vender a toda clase de personas, vete a comprar en ellas.

	Los dueños de la panadería Keller siempre habían sido muy amables conmigo y con mi mujer. Habíamos hablado de mis orígenes españoles, de las diferencias entre países, de cine, de teatro e incluso de política y del curso de la guerra. Pero tras la aparición de la "gripe española" me había convertido en un probable foco de infección.



	¿DE DÓNDE PROCEDE?



	A pesar de que muchos periódicos llaman a esta enfermedad "gripe española" no hay razón para creer que se originara en España. Si se la llama así es porque el avance de la enfermedad fue ampliamente documentado por la prensa española.



	En la calle la cola de gente que esperaba entrar llegaba a la esquina. Muchas tiendas habían reducido su aforo para que no coincidieran muchas personas en un mismo espacio y evitar la propagación de la gripe y en la panadería Keller solo se podía entrar de uno en uno. Algunas personas que esperaban gritaban que me largara de una vez, otras que me sirvieran pero todas tenían prisa por entrar.

	El panadero salió de la trastienda armado con una escoba. La sujetaba frente a él como si fuera una lanza. Llevaba una mascarilla, manchada de harina.

	—¿Qué es lo que pasa aquí? —ladró el panadero.

	Emily entró en la panadería con el ceño fruncido.

	—¡No! ¡Sólo una persona a la vez! —le gritó la dependienta. Cuando vio que era mi mujer, y que tampoco llevaba mascarilla se alejó aún más del mostrador de cristal.

	—¡Esa bruja no quiere que compremos aquí! —gritó Emily— ¡Se cree que mi marido por ser español ya tiene el germen de la influenza!

	—¡Eso no es verdad backfisch! ¡Si llevara mascarilla y guantes no habría problema!

	—¿Por qué debo llevarla si no estoy enfermo?

	—Si quiere se lo sirvo yo —dijo una joven con delantal, la cobradora de la tienda. Se había levantado de su sitio junto a la puerta para ayudar a la dependienta.

	—De eso nada, que se vayan a otra parte.

	—Después de todas las veces que hemos venido a comprar aquí —dijo Emily con tristeza.

	—¡Aquí no queremos gérmenes españoles! —dijo el panadero empujándome con la escoba como si fuera una rata.

	—¡Cualquiera puede tener la enfermedad! ¡Soy una persona, no un germen! —grité.

	El panadero y me golpeó en el estómago con el palo de la escoba. Me dejó sin respiración y me doblé de dolor.

	—¡Malditos racistas! —gritó Emily. El esfuerzo hizo que empezara a toser, retrocedió hasta el mostrador de cobro, cerca de la puerta de entrada abierta y se apoyó en el mármol para toser. Lo hizo tapándose la boca pero acabó sujetándose el estómago y tosiendo con la cabeza girada hacia el suelo.

	Tras Emily, en la calle, algunas de las personas que había en la cola decidieron marcharse.

	—Saumensch —murmuró el panadero y dio un par de pasos en dirección a Emily. Antes de que me sobrepasara hice un ruido de gorgojeo y lancé un gran esputo al suelo. El panadero se detuvo como si hubiera vomitado las entrañas.

	La dependienta gritó y desapareció en la trastienda.

	—Panda de cerdos —dijo el panadero con los dientes apretados como un perro rabioso— ¡Fuera de aquí!

	—Adiós, buenos días —dije en español y lancé un gran esputo que impactó contra el mostrador de cristal. Cogí de la mano a Emily, escupí de nuevo en el suelo y salimos corriendo de la tienda.

	La cola de gente empezó a dispersarse como si hubiéramos salido disparando mientras desde el interior de la panadería se oían gritos en alemán e insultos racistas. Aquel episodio me reveló que la gente podía empezar a ver a los españoles de forma diferente. ¿Debería ocultar que era español? ¿Estaría mi pueblo marcado de por vida como portador de gérmenes a causa del nombre inventado para una epidemia de gripe?



	Gripe. Del verbo francés agripper. Sorprender, coger con violencia. Como los malditos ataques de tos de Emily. Súbitos. Violentos.

	Dejo de escribir y levanto la mirada del papel que estoy grabando a tinta para mirar a la dama. En los labios llevo un cigarro encendido. Le doy una calada, lo cojo y exhalo el humo lentamente examinando el bulto tapado que la dama tiene como cabeza, tratando de ver cómo es. Ya no me da miedo mirarla y ella lo sabe pero no puedo hacerlo durante muchos segundos sin que me duelan los ojos y la cabeza.

	—Pero otros dicen que proviene de chrypka, que significa catarro —me atrevo a decirle— Como la coriza que Emily empezó a tener. Mocos, estornudos, congestión nasal…

	Le doy una nueva calada al cigarro y preparo la máquina para volver a escribir pero antes le doy un último vistazo a la dama.

	—Pero ¿sabes quiénes le pusieron el nombre con el que también se la conoce? Claro que lo sabes, maldita puta.

	Me cuelgo el cigarro de la boca y continúo escribiendo.



	Los italianos llamaron a esta enfermedad influenza, el nombre más utilizado junto con el de gripe. Otros autores y médicos también la llaman catarro epidémico, bronquitis epidémica, reuma epidémico o fiebre catarral. En España la llaman de forma popular "trancazo" por la sensación de cansancio extremo que sienten los que contraen esta enfermedad.



	—¿Cómo nos han podido tratar así? —dijo Emily enfadada tras salir de la panadería— Y más ellos, que… han sufrido por… por ser alemanes… Siempre les hemos… tratado con respeto.

	A Emily le costaba hablar y estaba sudando. Tenía aspecto de cansada.

	—¿Te encuentras bien?

	—Aún me duele la cabeza y ahora tengo frío.

	Le puse la mano en la frente. Estaba ardiendo.

	—Volvamos a casa. Cuando lleguemos llamaré al médico.

	Al levantarse le dolía la cabeza y me había convencido para salir a la calle y tomar el aire aprovechando que hacía buen tiempo pero su estado había empeorado.

	—Siento lo de la panadería —dijo Emily—. Podemos ir a la pastelería de…

	—Lo más importante eres tú y tu salud. En cuanto te recuperes ya tendremos todo el tiempo del mundo para pasear.

	Emily se colocó delante de mí, obligándome a detenerme.

	—Te quiero —dijo mirándome con unos ojos verdes enrojecidos.

	—Yo también.

	—Gracias por soportar mis caprichos.

	Quise besarla y sé que Emily también pero los dos sabíamos que estaba enferma.

	—Pase lo que pase lo afrontaremos juntos. Siempre me tendrás a tu lado.

	—¿Aunque se me caigan los dientes y el pelo?

	—Aunque te quedes sin orejas, sin brazos, sin nariz, se te caigan los ojos y tenga que llevarte en un carro con ruedas te amaré, Emily Porter, porque estoy enamorado de ti. De lo que hay aquí —posé mi mano en su corazón—, y aquí —dije posando mi mano en su frente. Estaba ardiendo.

	—¿Aunque tenga la gripe? —dijo ella con timidez.

	Suspiré profundamente.

	—Sobre todo si tienes la gripe.



	Es muy importante que cualquier persona con síntomas de gripe se marche a casa y permanezca en cama para evitar posibles complicaciones e impedir que contagie a los demás.





IV


	Al llegar a casa Emily atravesó corriendo la casa y salió al patio trasero. Cerró la puerta y se quedó en el exterior, mirándome con preocupación.

	Llegué a la puerta del patio y Emily sujetó el pomo para que no saliera.

	—¿Te encuentras bien? —le pregunté a través del cristal.

	—No. Deberías llevarte la ropa del dormitorio.

	—¿Me estás echando?

	—¡No! Nunca.

	Emily apoyó una mano en el cristal.

	—Pero ya no podremos estar juntos.



	Nadie debe dormir en la misma habitación con el enfermo y sólo la persona responsable de su cuidado podrá entrar en su habitación.



	Mientras Emily esperaba en nuestro ajardinado patio trasero cambié las toallas y saqué del baño todos los objetos de higiene que podría necesitar Emily. A partir de ahora no podría salir del dormitorio y todo lo tendría que hacer en barreños.

	Saqué toda nuestra ropa, las sábanas de repuesto y casi todas las mantas y las bajé al piso de abajo. No me importaba el orden, solo la salud de Emily por lo que dejé pantalones, camisas, chaquetas, vestidos y zapatos por todo el salón y parte del comedor.

	«Ya lo recogeré cuando se recupere.»

	Cuando tanto el dormitorio como el baño estuvieron tan vacíos de recuerdos como los de un hospital esperé en el salón a que Emily subiera al dormitorio. Lo hizo con rapidez, tapándose la boca y la nariz con las manos. Luego cerró la puerta y subí para recibir más instrucciones de mi nuevo jefe. No dejó que entrara en la habitación hasta que no me hice un traje anti-gérmenes, como ella lo llamaba. Consistía en una bata larga con las mangas dobladas hasta el codo y por encima de todo un ajustado delantal de cocina. En la cara debía llevar una mascarilla pero como no tenía ninguna me coloqué un gran pañuelo de algodón, doblado como si fuera un atracador del "Salvaje Oeste".

	Entré en el dormitorio lentamente como si hubiera un león durmiendo, llevando en las manos varios fajos de periódicos y una palangana con agua y un paño. Emily se había metido en la cama. Apenas podía abrir los ojos. Nada más verme esbozó una sonrisa.

	—Estás muy, muy elegante —dijo con un tono burlón mientras yo distribuía por la habitación las cosas que había subido—. Te he dejado un cuadro de temperatura vacío en la mesita de noche.

	Conocía aquel documento, ya lo había visto en el hospital en manos de la propia Emily.

	—¿Quieres que te tome la temperatura?

	—Sí, cada tres horas. La temperatura, el pulso y las respiraciones.

	—¿Por qué? No estamos en un hospital.

	Emily tardó unos segundos en responder.

	—Si acabo en uno les puede servir de ayuda.



	Y yo la creí.



	Le tomé la temperatura y vimos que estaba a 38,8 grados. Tenía fiebre. Emily me había informado de que todo lo que entrara en contacto con ella o con sus fluidos debía considerarlo como un objeto contaminado por lo que coloqué un papel de periódico sobre una silla y dejé encima el termómetro.

	Cogí la pieza de ropa húmeda, se la coloqué a Emily en la frente para tratar de bajarle la fiebre y abrí una de las ventanas del dormitorio para que corriera el aire.

	—Trata de descansar. Voy a llamar al médico.



	A las cuatro de la tarde empecé a tomarle la temperatura de forma regular según sus instrucciones. Estaba a 39 grados, su corazón latía 92 veces por minuto y su frecuencia respiratoria era de 24. Continuaba tosiendo y había empezado a expulsar flemas de mocos que escupía en pequeños conos de periódico que había hecho para ella y que al final del día tendría que quemar en la estufa del salón.

	—¿Cómo estás?

	—Me molesta la luz…

	Corrí la cortina de la ventana más alejada a Emily. Durante unos segundos me quedé mirando nuestra calle. Hacía un día precioso pero no estaba hecho para nosotros. Corrí las cortinas y las sombras se adueñaron de la cama de Emily.

	—Gracias cariño mío —susurró Emily con los ojos cerrados por la fiebre—. Te quiero.

	Le acaricié los pies por encima de la ropa de cama y salí de la habitación.



	¿CUÁLES SON SUS SÍNTOMAS?



	Escalofríos, dolor en varias partes del cuerpo, dolor de cabeza y fiebre (temperatura de 37 a 40 grados). Estos síntomas empiezan de forma repentina y algunas personas también pueden tener los ojos enrojecidos, tos, estornudos, mucosidad y dolor de garganta. A veces incluso pueden tener dolor abdominal, mareos o vómitos.



	Horas después, sentado en el salón, escuché unos golpes en el piso superior. Supuse que Emily se había bajado de la cama corriendo.

	Me levanté del sofá y subí asimilando todos los sonidos que se oían en la casa. La puerta del dormitorio estaba cerrada y en su interior Emily estaba tratando de vomitar. Ya había sacado fuera lo poco que había comido por la tarde y sólo debía estar sacando saliva. Desde el exterior podía oír cómo gemía por las arcadas que golpeaban su estómago pero no podía hacer nada, sólo quedarme como un estúpido tras la puerta, retorciéndome las manos por la impotencia.



	Durante toda la tarde me limité a comprobar que Emily estaba lo más cómoda posible, a cambiarle las compresas frías que esperaba que le bajaran la fiebre, a tomarle la temperatura y los signos vitales para su gráfico, a cambiar los barreños con vómitos y orina y a darle agua para que no se deshidratara.



	El paciente debe beber al menos un cuarto de vaso de agua cada hora. Para ello se le debe dar agua con una cucharilla o dejar que beba del vaso.



	Llamaron a la puerta y suspiré aliviado. En aquel momento casi me derrumbo. Por fin había llegado el médico, ocho horas después de llamarlo.



	¿QUÉ LA PROVOCA?



	Bacteriólogos que han estudiado diversos casos de gripe han encontrado en muchos pacientes un germen con forma de bastón llamado, en honor a su descubridor, bacilo de Pfeiffer. En otros pacientes se han encontraron neumococos (los gérmenes de la neumonía lobar), estreptococos y otros gérmenes pero es el Bacillus influenzae el principal causan1H1N1 H1N1 H1N1H1N1 H1N1H1N1H1N1



	La máquina de escribir deja de funcionar. No activa las palancas de tipos correctas. Cada vez que trato de escribir, aunque sean letras diferentes, solo se imprimen los caracteres H1N1.

	—¿Crees que puedes sabotear la máquina y cogerme? Aún no he acabado de escribir.

	Le doy una nueva calada al cigarro que cuelga de mis labios, inhalo el humo y lo expulso lentamente. Pero no sé por qué. No suelo fumar en casa. Me quito el cigarro de la boca y lo contemplo aturdido. Tampoco recuerdo haberlo encendido.



	El doctor Faber bajaba las escaleras hacia el salón tras haber examinado a Emily en su dormitorio y haber confirmado que tenía gripe. Lo hacía fumando y yo le seguía de cerca, atravesando el humo que despedía el doctor. Al llegar abajo nos dirigimos al salón para hablar con calma. Me adelanté y cerré las cortinas de la ventana mirador del salón. No me había acordado de cerrarlas antes, algo que debíamos hacer todos por la noche para evitar que el enemigo localizara la ciudad y nos bombardeara desde el aire.

	—¿Tendrá que ir al hospital? —le pregunté al doctor.

	—No es necesario, al menos de momento. La influenza no ha golpeado sus pulmones.

	—¿Pero podría?

	—No quiero adelantarme a los acontecimientos pero debería estar preparado para cualquier escenario.

	Aparté una pila de pijamas y ropa interior de encima del sofá y el doctor Faber se sentó. Yo estaba tan cansado que estaba seguro de que si también me sentaba podría dormirme. Aún así mientras el doctor me explicaba la mejor manera de cuidar a Emily en nuestra propia casa luchaba por evitar que no se me cerraran los ojos.

	—La aspirina en dosis de cinco granos es útil para calmar el dolor pero no abuse de ella. Tampoco debería tomar grandes dosis de fenacetina o esas medicinas patentadas que se anuncian como remedios infalibles que acaban con la gripe.

	—Lo sé. Emily fue enfermera voluntaria durante la guerra y luego en un hospital militar.

	—¿Dónde?

	—En Londres, en el hospital militar de Endell Street. Allí tuvieron varios casos de gripe el año pasado.

	—Entiendo. En ese caso tengo que advertirle que no hay peor paciente que un médico, se lo digo por experiencia.

	Aproveché para preguntarle a Faber todas las dudas que tenía. El doctor me ilustró lo mejor que pudo y me entregó varios panfletos y octavillas del gobierno para que lo recordara.

	—Por cierto. ¿Su mujer bebe? —preguntó el doctor levantándose del sofá con dificultad.

	—No. ¿Por qué?

	—En su estado un vaso de licor podría irle bien si la fiebre empieza a provocarle delirios. No sería el primer ni el último paciente que la fiebre le trastorna.

	—Lo sé —dije con tristeza.

	—¿Usted fuma?

	Hice una pausa antes de responder con sinceridad.

	—De vez en cuando, sobre todo en el trabajo. Me ayuda a no pensar en el dolor de la pierna.

	El doctor se llevó las manos al bolsillo de su chaqueta y me lanzó su paquete de cigarrillos. Mis reflejos estaban desactivados y se me cayó al suelo.

	—Lo siento. Puede que lo necesite estos días. Aún no conocemos el mecanismo de ese germen pero el tabaco podría ayudar a neutralizarlo cuando aún no ha manifestado todo su poder. Encienda alguno cuando vaya a descansar.

	—¿Descansar?

	—Créame, necesitará cuidarse para poder cuidar a Emily. No hace falta que esté las veinticuatro horas encerrado en casa. Cada dos horas salga, camine hasta la esquina y vuelva. O salga a su patio trasero si no quiere alejarse mucho de ella pero lo importante es que le dé el aire.

	Asentí y me guardé el paquete de tabaco.

	—¿Cree que Emily superará la gripe?

	—Soy totalmente optimista, aún no hay motivos para creer lo contrario pero todo depende de ella.



	Arranco el folio de la máquina de escribir, le doy una última calada al cigarro y lo acerco a la hoja a medio escribir. El cigarro provoca en ella un anillo de fuego y ceniza que se hace cada vez más grande hasta que la hoja cae convertida en ceniza sobre las teclas como una tormenta de nieve.



	Emily y yo vemos nevar en el interior de la sala de lectura del hospital militar de Endell Street en Londres. La abrazo por detrás, ambos tapados con una gran manta. Es la última noche que paso en el hospital como paciente y la primera con Emily como pareja.



	Parpadeo. No estoy en el pasado con Emily viendo nevar en un mundo anterior a la epidemia sino frente a una máquina de escribir tratando de crear un libro. ¡Un libro! Algo tan fácil y a la vez tan difícil de hacer cuando se tiene tanto que decir y tan poco tiempo para escribir.



	—El médico Charles A. Mercier hizo un gran símil en una de sus obras —dijo el doctor Faber desde la puerta de casa antes de marcharse—. La vida de una persona es como un reloj de cuerda. Se puede atrasar pero seguirá funcionando siempre que la fuerza de su muelle interno sea mayor que la fricción que tengan que superar sus piezas. A mayor calidad de vida, mayor resistencia a la muerte. No lo olvide.

	Me despedí del doctor y vi cómo se marchaba calle abajo. Antes de cerrar la puerta vi que en la casa de enfrente había alguien mirando a oscuras a través de las cortinas que cubrían una de sus ventanas. Su jardín frontal era uno de los más bellos de toda la calle. Sabía que vivía una pareja que tenía una floristería en el centro y que tenían dos niñas pero no sabía quién estaba observándome en silencio. Iba a saludar a aquella figura cuando desapareció en la oscuridad de su hogar.



	Apoyo las manos en la máquina, presiono una tecla con fuerza y veo que se imprime la letra correcta. Ya no aparecen los extraños caracteres H1N1 que no me dicen nada. Suspiro y continúo escribiendo, presionando las teclas con más fuerza que antes.



	¿CÓMO EVOLUCIONA?



	En la mayoría de casos los síntomas desaparecen en tres o cuatro días y el paciente se recupera. Sin embargo algunos pacientes desarrollan neumonía, otitis o meningitis y muchos acaban muriendo.





V


	Se me acaba el espacio para escribir en la página que estoy utilizando, saco el folio de la máquina y lo dejo sobre el pequeño montoncito de hojas escritas a máquina. Cojo otra hoja en blanco, la introduzco en la máquina y la preparo para empezar a escribir.

	Durante un segundo miro a la dama y veo que frente a ella, sobre la mesa, hay una tetera blanca y una taza sobre un plato. No son mías pero creo que las he visto antes aunque no sé dónde.

	Me golpeo en la cara.

	—Vamos, céntrate, no te distraigas.

	Miro la máquina y continúo escribiendo, encadenando palabras y frases.





VI


	Día 3.

	Jueves, 7 de noviembre 1918.



	Nuestro hogar ya no era una casa de dos pisos sino un hospital de campaña. En la planta baja vivía yo. Comía casi siempre en una pequeña mesita en la alacena viendo a través de una ventana nuestro patio trasero, ocupado por cuerdas de tender la ropa de donde colgaban piezas de ropa y varias mascarillas caseras.



	Mascarillas, los cascos del ejército civil. Sus armas eran agua y jabón pero el omnipresente enemigo era invisible. Sus bombas no silbaban y te destrozaban por dentro.



	Las máscaras eran el bien más preciado entre la población después del papel higiénico, el lisol y la levadura. En muchas tiendas ni había y los periódicos informaban de cómo hacerlas en casa siguiendo las instrucciones de las autoridades sanitarias.



	CÓMO HACERSE UNA MÁSCARA EN CASA



	Si una persona no puede obtener una de las mascarillas de la Cruz Roja para protegerse del germen de la influenza, hay cuatro formas de fabricarse una en casa.



	1. Junte cuatro piezas de gasa de malla fina formando un rectángulo de 13x20 centímetros. Cósalas juntas por los bordes para mantenerlas unidas y coloque cuatro cintas de 35 centímetros, una en cada esquina, para atarse la mascarilla a la cara.



	2. Coloque seis capas de gasas formando un rectángulo de 10x15 centímetros. Cósalas juntas y coloque una cinta en cada esquina para atarse la mascarilla a la cara.



	3. Una seis capas de gasas formando un cuadrado de 46 centímetros, dóblelas diagonalmente y áteselas o sujéteselas al pelo con horquillas.



	Si no tiene gasas también puede utilizar estopilla (cheesecloth) o tela de mantel (buttercloth).



	Marque el lado de la máscara que irá en el exterior y nunca se la ponga al revés. Cámbiesela cuando esté húmeda o cada tres horas.



	El comedor estaba lleno de libros que había bajado del despacho de Emily para que no se infectaran y el salón, lleno de ropa, era mi nuevo dormitorio. El doctor me había sugerido que hiciera un cartel para advertir al vecindario de nuestra situación médica y en la ventana mirador del salón había colgado un letrero escrito a mano con grandes letras negras.



	LA INFLUENZA ESTÁ PRESENTE EN ESTE HOGAR. PROHIBIDO ENTRAR O SACAR CUALQUIER COSA DE ESTA CASA SIN EL PERMISO DE LAS AUTORIDADES SANITARIAS.



	En el primer piso se encontraba el baño, el despacho de Emily donde se encerraba a escribir y nuestro dormitorio, el nuevo "cuarto del enfermo".

	El baño solo lo utilizaba yo y dentro había guardado una pequeña bolsa del ejército con dos pastillas de jabón, un rollo de papel higiénico, un cepillo de uñas y palitos de naranjo para las cutículas.

	En el despacho de Emily, con la puerta cerrada, guardaba piezas de ropa limpia, hojas de periódico sin usar y varias mascarillas hechas en casa. Sobre una estantería guardaba mascarillas caseras esterilizadas entre páginas de periódicos.

	En el exterior del despacho había colocado un perchero de madera donde colgaba la bata y el delantal que formaban mi traje anti-gérmenes. Junto al perchero había una olla con agua donde dejaba caer las mascarillas que había utilizado en el interior del dormitorio y que debía hervir durante 20 minutos antes de poder volver a utilizarlas.

	Nuestro dormitorio era la habitación que más cambios había sufrido. Todo el suelo estaba cubierto por dos capas de papeles de periódico que debía cambiar cada vez que se mojaran con sus fluidos. Una de las ventanas siempre debía estar abierta para que se renovara el aire de la habitación. Para proteger a Emily de cualquier corriente de aire había colgado una sábana de pared a pared entre las dos ventanas. La sábana parecía un inmaculado telón teatral. En un lado estaba la cama, el escenario principal donde Emily protagonizaba la obra "la enferma de gripe". En el otro lado se encontraban los bastidores, la zona de la habitación donde sobre unas mesas guardaba el gráfico de temperatura, el termómetro, aspirinas, objetos de higiene personal de Emily, un rollo de papel higiénico y toallas. En el hueco de la chimenea había colocado una olla con agua donde metía paños usados en el cuerpo de Emily y una gran cornucopia de papel de periódico donde almacenaba los pequeños conos, también hechos con papel de periódico, donde Emily escupía sus mocos. Sobre la cama había colocado una gran toalla por si Emily perdía las fuerzas y no le daba tiempo utilizar el barreño o los conos que había cerca de ella.

	Nada más despertar, le tomé la temperatura a Emily y medí su frecuencia cardíaca. Seguía teniendo fiebre y estaba a 38,8 grados. Su frecuencia respiratoria seguía siendo 24 pero su corazón latía más rápido, 96 veces por minuto.

	Emily empezó a toser. A pesar de que se sentía muy cansada no dormía demasiado bien. Le di aspirina para el dolor de cabeza y la destapé un poco.

	—Mi estudio —murmuró Emily con un hilo de voz. Estaba agotada.

	—¿Qué pasa cariño?

	—Mis libros… Son importantes.

	—Claro que lo son. Mucho. Eres una gran escritora.

	Emily había escrito dos libros que le había publicado su tío, dueño del periódico de sucesos The Crimes. El primero había sido una recopilación de sus experiencias médicas en la guerra y el segundo un libro de poesía sobre el amor, la guerra y la muerte que había titulado Desde las sombras. Ambos habían tenido un gran éxito pero aún teníamos que trabajar para vivir. Emily estaba escribiendo un tercero del que siempre decía que gustaría a la gente pero del que no sabía nada.

	—Tráeme los libros —volvió a susurrar Emily con los ojos cerrados. La fiebre la agotaba.

	—¿Cuáles?

	—Los del hospital…

	No sabía a qué se refería.

	—Te los subiré cuando vuelva —mentí a Emily—. Ahora he de salir a comprar lo que el doctor Faber me ha dicho que tengamos en casa. ¿No prefieres que te suba otra cosa?

	Emily negó con la cabeza.

	—Vuelvo enseguida.

	Me daban ganas de besar a Emily en la frente pero no podía hacerlo. Le acaricié la mejilla, suspiré y salí de la habitación en silencio cerrando la puerta tras de mí.

	En el pasillo me quité el delantal y lo colgué en un lado del perchero. Luego me quité la bata con todo el cuidado del mundo para que la parte interior nunca tocara la exterior y la colgué en el otro lado del perchero. Me quité la mascarilla, la lancé a la olla con agua y entré en el baño para lavarme las manos y los antebrazos.



	Si sus manos han entrado en contacto con el paciente o con su ropa de cama no se toque la cara, el pelo, la nariz, la boca o los ojos hasta que se las haya lavado.



	Para ello abra el grifo con el codo o con una toallita de papel higiénico, utilice mucho jabón, fróteselas con fuerza y enjuágueselas varias veces. Si es posible utilice agua caliente. Después de cada lavado puede aplicarse crema de manos o vaselina.



	Me puse una nueva mascarilla y salí a comprar todo lo que necesitaría para cuidar a Emily y alimentarnos. El doctor Faber me había dado permiso para abandonar la casa durante el mínimo tiempo posible siempre y cuando no mostrara síntomas de gripe y llevara puesta una mascarilla. Nada más poner un pie en la calle descubrí que en el edificio de enfrente, de las ventanas superiores, colgaba una sábana verde donde habían escrito un mensaje con grandes letras negras:



	AQUÍ VECINOS CURÁNDOSE.



	Aquella pancarta no estaba la noche anterior y tuve la sensación de que más que un mensaje de advertencia era una respuesta a nuestro propio cartel. Tragué saliva y me fui a comprar.

	Cuando caminaba por la calle muchos se apartaban de mi camino o giraban la cara al pasar. La gente tenía miedo pero también trataban de continuar con su día a día como si no hubiera una epidemia de gripe. Teatros y salas cinematográficas seguían abiertas, con la condición de que ventilaran su auditorio entre sesión y sesión durante tres cuartos de hora como mínimo. La prensa informaba sobre el número de contagiados y fallecidos y cómo fabricar mascarillas caseras pero también seguía informando sobre la guerra, sobre eventos deportivos y las actividades sociales de la ciudad. La vida en York continuaba con una aparente normalidad pero el mundo había cambiado para siempre.

	Volví a nuestro hogar en Victor Street dos horas después de haber salido de casa. Llevaba cuatro grandes bolsas de papel y una bolsa de tela. Nunca había tardado tanto tiempo en hacer una simple compra semanal. Había tenido que recorrer varias tiendas en busca de productos agotados y en las tiendas con más gente restringían el acceso para que en el interior no hubiera demasiadas personas respirando al mismo tiempo.

	Una de las vecinas estaba en mitad de la calzada fregando la calle. La acera frente a su casa también estaba mojada.

	Dejé las bolsas en el suelo junto a la puerta de entrada y saqué la llave de casa.

	—¡Buenos días vecino! —me dijo la mujer que fregaba la calle. Me giré hacia ella, la saludé y ella me hizo señas para que me acercara.



	Luego supe que Emily estaba mirándome desde una de las ventanas del dormitorio, en el piso de arriba. Sonrió al ver que había vuelto pero cuando me alejé de la puerta principal su sonrisa se tornó una mueca. Apoyó su mano en el cristal, lo golpeó un par de veces para llamar mi atención y cuando vio que no la podía oír se alejó de la ventana.



	Llegué hasta la vecina en mitad de la calle sin pisar lo que ella había fregado.

	—Hola. ¿Qué haces limpiando la calle?

	—¿Leíste la carta que os metí por la puerta?

	Siempre era Emily la que examinaba el correo y si habíamos recibido algo no me lo llegó a decir.

	—No.

	—Pues te explico. Hemos decidido que mientras dure la epidemia cada vecino tendrá que fregar un par de veces a la semana su pomo, su trozo de acera y la calzada hasta la acera de enfrente. La calzada la haremos por turnos, si una semana la haces tú a la semana siguiente la tendrá que hacer el vecino de enfrente.

	Me pregunté quiénes eran los que lo habían decidido de forma unilateral sin una votación previa de todos los vecinos de la calle.

	—La calle no está tan sucia. Los barrenderos…

	—No es por la suciedad sino por el germen.

	Me quedé sin habla.

	—Somos muchos los que salimos y entramos cada día para ir a comprar o ir al trabajo —continuó diciendo la vecina—. El bicho de la influenza está por todas partes. Puede pegarse en los zapatos y podemos llevarlo a nuestras casas sin darnos cuenta. Y ahora que hay dos casas enfermas en esta calle pues razón de más para limpiar más a menudo. ¿No te parece?



	¿CÓMO SE TRANSMITE?



	La enfermedad no se transmite por el aire con sus propios medios como una plaga sino de persona a persona al entrar en contacto con las secreciones húmedas que las personas infectadas expulsan al toser, al estornudar o al hablar.



	Entendía su preocupación pero me parecía una soberana estupidez. La gente no iba chupando el suelo o los pomos de los demás. Vinieron a mi mente los supuestos remedios caseros para deshacerse del germen como lavarse las manos con orina de niño, beber agua caliente o los medicamentos que se anunciaban en la prensa.

	—Si veo algo sucio lo limpiaré —dije cansado.

	—Muy bien.

	—Pero no pienso limpiar la calle por la epidemia, y menos dos veces a la semana. Apenas salgo de casa y ahora que Emily está enferma lo haré menos aún. Me parece una soberana tontería preocuparse por eso cuando está muriendo tanta gente.

	—Nuestra seguridad no es ninguna tontería.

	—Pues cambia de acera. O mejor aún, como las dos casas enfermas están en ese extremo camina hacia Kyme Street en vez de hacia las murallas —dije señalando hacia el extremo de la calle más alejado de mi casa.

	Empecé a toser de forma teatral y la vecina se alejó un paso de forma inconsciente. Sin dejar de hacer como que tosía regresé hacia la puerta de mi casa.



	Emily debía estar en la parte de arriba de la escalera. Le debía parecer un abismo. Me la imagino posando un pie en el primer escalón y descendiendo hasta que vio que volvía a acercarme a la puerta.



	Tosiendo, saqué la llave del bolsillo. Por el rabillo del ojo vi una sombra en el edificio de enfrente, donde estaba colgada la pancarta y me giré. Su puerta principal estaba abierta y frente a ella había una niña de unos trece o catorce años que llevaba puesta una mascarilla. La saludé con la mano y ella me devolvió el saludo. Quería demostrarle a la vecina limpiadora que los enfermos nos apoyábamos entre nosotros así que crucé la calle para hablar con ella.



	Pobre Emily. Debió ver que me iba de nuevo. Debió negar con la cabeza o incluso tratar de llamarme pero no la oí. No sé lo que rondaba por su cabeza pero sí sé que dio otro paso hacia el abismo con los pies enredados en su sábana. Cayó por las escaleras y el sonido de su cráneo golpeando el último escalón debió quedar amortiguado por un gemido de dolor que tampoco pude escuchar.



	Me presenté a la joven. Se llamaba Delia. Fui a darle la mano pero no me la cogió.

	—¿Cómo está Emily? —dijo la joven.

	—¿La conoces?

	—Todos la conocemos. Siempre es muy amable conmigo y con mi hermana pequeña. Nos trae libros de aventuras de vez en cuando.

	—Entiendo. ¿Y vosotros? ¿Cómo estáis?

	—Mi madre y mi hermana pequeña siguen con fiebre pero mi padre ya se encuentra mucho mejor.

	—Me alegro mucho —dije pero sentí una punzada de envidia en el corazón.

	—No te preocupes, hay luz al final del túnel.

	—¿Cómo?

	—La enfermedad no mata a todo el mundo y por eso colgué la pancarta.

	Aquella niña parecía un adulto. Admiré su fortaleza al pensar en todo lo que habría tenido que lidiar.

	—Si necesitáis cualquier cosa, lo que sea, contad con nosotros.

	Delia sonrió pero en su mirada había tristeza y cansancio, puede que la misma que había en la mía.

	—Muchas gracias —dije sonriendo.

	La niña desvió la mirada hacia un punto detrás de mí, abrió los ojos como platos y señaló mi casa.

	Me giré hacia mi humilde hogar de dos pisos.



	No estaba preparado para lo que vi.



	Dentro de la casa una figura envuelta en una sábana como si fuera una mortaja estaba frente a la ventana mirador. Tenía la cabeza llena de sangre.

	Salí corriendo hacia mi casa.

	La figura se apoyó en el cristal manchándolo de sangre y se desplomó sobre el suelo.

	Entré en casa corriendo y entré en el salón. Emily yacía en el suelo junto a la ventana. La sangre de su cabeza empezaba a empapar la alfombra.

	—¡Por Dios amor mío! ¡Emily!

	Sabía que su sangre podía contagiarme pero me abalancé sobre ella. Le aparté la sábana y vi que tenía una herida profunda en la cabeza.

	—¿Qué ha pasado?

	—Los libros… —susurró Emily.

	Me senté en el suelo apoyando la espalda en la parte baja de la ventana y atraje a Emily hacia mí. La sujetaba con un brazo y le taponaba la herida con la otra mano, haciendo presión con la sábana sobre la cabeza para que la hemorragia se detuviera. Emily estaba consciente, temblaba y su sangre estaba caliente.

	—Todo irá bien amor mío, todo irá bien…



	Pasados varios minutos aflojé la presión y aparté la sábana. Retiré una plasta de pelo y sangre seca y vi que ya no sangraba tanto. El corte había abierto su cuero cabelludo y necesitaba puntos de sutura. Pero no podía sacar a Emily de casa y si llamaba al doctor podía tardar mucho en venir.

	Entré las bolsas con las compras que aún estaban en la calle junto a la puerta de entrada y cerré la puerta.

	—Sigue presionando tu herida con la sábana —le dije a Emily al volver junto a ella. La cogí en brazos y empecé a subirla por las escaleras. No pesaba nada. Mientras la subía imaginé a Emily rodando por las escaleras, abriéndose la cabeza al llegar abajo y tuve un escalofrío. En vez de entrar a Emily el dormitorio la entré en el baño.

	—¿Qué haces?

	—He de curarte esa herida.

	La metí en la bañera. Humedecí una toalla y empecé a limpiar la sangre reseca que había en su frente, en sus mejillas y en sus manos. Su piel estaba caliente pero sus labios y sus mejillas habían perdido su color habitual.

	—Maldita sea Emily, ¿dónde ibas?

	—¿El corte es grande?

	—Sí… Necesitas puntos.

	—Cóseme.

	Se me cayó el alma a los pies.

	—No, no tenemos material médico y… y lo que tenemos no está esterilizado. Puedo, puedo ponerte…

	Emily se reincorporó para mirarme a los ojos y apoyó su mano en mi mejilla para que no desviara la mirada. Clavó sus verdes ojos en los míos y me dijo:

	—Debes coserme amor mío. Yo te diré cómo…





VII


	Siguiendo las instrucciones de una enfermera febril, con gripe española y con la cabeza abierta bajé a la cocina para poner dos cazuelas con agua caliente al fuego. En una de ellas metí varias servilletas de lino y gasas. En la otra coloqué una aguja de coser, el garfio de un pendiente de Emily y unas tijeras. Dejé que el agua de ambas cazuelas hirviera durante 20 minutos.

	Mientras esperaba aproveché para cambiar la ropa de cama del dormitorio.

	—¿Quieres que te suba algo para beber? —le pregunté a Emily antes de bajar a la cocina, como si se tratara de un día normal y corriente en vez del peor día de mi vida.

	—No, quiero estar despierta.

	«Yo no» pensé.

	El tiempo de hervido pasó demasiado rápido. Me puse una nueva mascarilla, vacié de agua la cazuela, la subí al baño y la dejé cerca de la bañera.

	Me lavé las manos con un jabón especial con lisol varias veces, frotándome bien las uñas y luego metí la mano en un barreño donde había disuelto una cucharilla de lisol en medio litro de agua. Agité bien las manos en el líquido para impregnarlas con la mezcla y las saqué. Ya no podría tocar nada más que utensilios esterilizados. Había comprado guantes de goma pero si tenía que coser la cabeza de Emily quería tener sensibilidad en la punta de los dedos.

	Arrodillado en el suelo, coloqué una de las servilletas sobre la tapa del inodoro. Cogí el garfio del pendiente y lentamente fui sacando hilos de lino de la otra servilleta que fui dejando sobre el improvisado mantel del inodoro.

	Con las tijeras corté los pelos de Emily más cercanos a la herida y se la limpié con las gasas, aún calientes. La herida volvió a sangrar un poco y se la taponé durante unos minutos.

	—Es mejor que empieces ya —dijo Emily y empezó a explicarme por dónde tenía que pasar la aguja y la presión que debía ejercer sobre el corte para cerrarle la herida.

	En la guerra había visto heridas mucho más sangrientas que aquella pero manipular la cabeza de Emily y la posibilidad de hacerle más daño que bien me rompía el alma.

	Cogí la aguja y le enganché uno de los largos hilos de lino que había sacado de la servilleta tal y como Emily me había explicado.

	Me acerqué a la cabeza de Emily y traté de sujetar su cráneo con firmeza pero las manos me temblaban. Apoyé la aguja en uno de los bordes irregulares del corte, respiré hondo y pinché su cuero cabelludo.

	Emily gritó de dolor y se clavó las uñas.

	La aguja se había hundido en su carne y su sangre caliente bañaba mis dedos. Sentí que me mareaba y dejé de hacer presión sin sacar la aguja.

	—No puedo… —gemí.

	Emily movió el brazo y me cogió la manga, se incorporó y apretando los dientes por el dolor mientras la sangre resbalaba por su frente gruñó:

	—Cóseme o ayúdame a coserme.



	Descolgué el espejo del baño y lo golpeé contra el lavamanos para romperlo.

	Mientras sujetaba dos pedazos de espejo alrededor de Emily, ella se manipulaba la cabeza para coserse el corte con su única mano. Resoplaba por el dolor, tan pálida como la bañera donde estaba tumbada. Yo era un mero ayudante, quien apretaba donde ella me decía, secaba la sangre o ataba los hilos a la aguja.

	Cuando acabó lanzó la ensangrentada aguja al suelo y se quedó inmóvil con la mirada perdida.

	—¿Estás mejor? —le pregunté pero Emily no respondió. Cubrí su cicatriz con un pedazo de la servilleta de lino y se la vendé con gasas.

	«Soy un cobarde.»

	Cogí a Emily en brazos y la llevé al dormitorio. Allí la tumbé en la cama, le tomé la temperatura, me aseguré de que tuviera suficiente ropa de cama como para que no tuviera frío y salí del dormitorio. En ningún momento dijo nada.

	«Un maldito cobarde.»

	Limpié todo el baño con lisol sintiendo que le había fallado a Emily, un imbécil que no la merecía. Limpié tanto que cuando acabé el baño parecía el de otra familia.

	«Al menos he podido hacer esto bien.»



	Bajé al piso de abajo para guardar las compras que aún seguían en la entrada cuando vi que en la base de las escaleras había una mancha rojiza y un reguero de gotas de sangre que se internaba en el salón. Lo seguí como un perro sabueso.

	En el salón alguien había tirado varios cuadernos y carpetas al suelo. No lo había visto al entrar. El primer cuaderno de aquella pila de documentos tenía manchas de sangre recientes.

	Me giré hacia la escalera.

	«Por eso te caíste.»



	Emily llevaba aquellas carpetas en la mano tras sacarlas de su estudio. No podía cogerse a la barandilla y por eso se cayó cuando tropezó con su propia sábana. Y después de abrirse la cabeza las llevó al salón.



	Me senté en el sofá con la pila de carpetas y libretas que Emily había dejado en el suelo. Las dejé a un lado y me quedé con el volumen más grueso, un álbum de tapas de piel negras en cuya portada estaba escrito "Álbum de autógrafos". Lo abrí con la sensación de estar mirando algo que no me pertenecía y que no tenía derecho a ojear. En la contraportada había una fotografía de Emily vestida de enfermera y en la primera página estaba escrito su nombre completo y la dirección de sus padres en Londres, con una bella y elegante caligrafía. En las siguientes páginas había un resumen de su trayectoria médica en el frente de batalla escrita por ella misma, una historia que ya conocía. Sin embargo no explicaba lo que pasó después. Su hospital fue bombardeado por los alemanes y fue trasladada primero a un hospital francés y luego al hospital militar de Endell Street en Londres. Antes de que recibiera el alta Emily empezó a ayudar al personal de la biblioteca del hospital y cuando recuperó la libertad empezó a trabajar en el hospital.

	«Y luego la conocí como paciente medio muerto por dentro y por fuera.»

	Habiendo visto los dos mundos, el de los pacientes y el de la medicina, Emily decidió empezar a redactar cartas a los familiares de los pacientes que o no tenían fuerzas para escribir o no sabían hacerlo. Las voces de los moribundos, los lisiados o los analfabetos llegaban hasta sus familias y viceversa gracias a la buena voluntad de Emily. A cambio solo pedía que si se recuperaban estamparan una firma, hicieran un dibujo o escribieran algo en su álbum de autógrafos.

	«El libro de las gracias.»

	Pasé las diferentes páginas con cuidado. El libro estaba casi lleno, con dedicatorias en diferentes idiomas y entre sus páginas también había flores secas, tarjetas postales, fotografías tomadas en el hospital, naipes firmados, pequeñas acuarelas y hasta una paloma de papel hecha con un paquete de tabaco.

	Me detuve en una página en la que había escrito un poema en español. Se lo había escrito yo:



	De las muchas enfermeras

	que pululan por aquí

	no solo eres la más bella

	sino la que me da ganas de vivir.



	Aligeras mi alma

	con cada venda y consejo.

	No solo por tu bella cara

	sino por tus pensamientos.



	Eres única, inigualable,

	eres la mejor.

	Ojalá todo esto pase

	y pueda competir por tu amor.



	Solo soy un lisiado

	sin mucho que ofrecer

	pero te aseguro que te amo

	y que siempre te protegeré.



	«Pero no he podido protegerte de la gripe.»

	Cerré el álbum de autógrafos y cogí el cuaderno manchado de sangre. En la primera página estaba escrito el texto "D-16". Era la primera vez que lo veía. Las siguientes páginas manuscritas eran una especie de diario que Emily había empezado a escribir en el frente de batalla y que había continuado escribiendo durante su estancia en el hospital de Londres. En el diario Emily narraba el avance de una extraña enfermedad que tenía los mismos síntomas que la influenza.

	«La gripe española.»

	En otro cuaderno el diario de Emily continuaba tras haber dejado el hospital y habernos mudado a York. Parecía muy interesada en la epidemia y había estado recopilando cualquier información que apareciera en la prensa. Su última entrada en el diario era de apenas unos días atrás.

	Se me cayó el cuaderno al suelo al leer sus palabras.

	Según el diario el día que Emily volvía a casa en tren desde Londres había oído que en uno de los compartimentos había alguien tosiendo. Emily se había colocado en la cara un pañuelo y había entrado en su compartimento para entrevistar al enfermo. En el diario estaba escrita toda su historia médica. Cuándo había sentido los primeros síntomas, quién creía que le había contagiado, qué sentía… La letra de Emily era irregular y se notaba que lo había escrito en el tren.

	«No entró él. Entraste tú y te contagiaste.»

	Recogí el cuaderno del suelo. Se habían soltado unas páginas manuscritas que estaban dobladas en el interior del cuaderno. Las cogí y vi que eran una especie de índice temático, con una lista de documentos organizados por capítulos y un resumen general de cada uno.

	Abrí las otras carpetas. Contenían informes médicos del hospital militar de Endell Street, gráficos de temperatura, dibujos de pacientes, viejos recortes de prensa, octavillas del gobierno y decenas de páginas escritas a máquina, muchas de ellas con tachones y anotaciones escritas a mano.

	«¿Es eso lo que hacías, investigar para tu próximo libro? ¿Por eso te contagiaste?»

	Dejé las carpetas a un lado y me levanté. No podía quedarme quieto. Toda aquella información también me permitiría cuidar a Emily en casa y mejorar su calidad de vida.

	«Tú lo sabías. Por eso bajaste a buscarla.»

	Por primera vez desde la aparición de los primeros síntomas de gripe en Emily la esperanza se instaló en mi corazón.

	«Sobrevivirás amor mío. Cueste lo que cueste.»





VIII


	Mi vista periférica percibe un movimiento frente a mí. Alzo la mirada y veo que la dama se está moviendo. Desde su aparición aún no la había visto moverse, permanecía tan estática como un cuadro de naturaleza muerta. La dama coge la tetera con una mano como si no pesara nada y la vuelca sobre la taza. El líquido que sale de ella parece melaza, tan oscura como su vestido. Llena la taza sin dejar de observarme, completamente en silencio y vuelve a dejar la tetera sobre la mesa.

	La taza se arrastra sola hacia mí. Parece que pese una tonelada y el ruido de arrastre es terrible, como si se oyera al unísono el grito de una mujer y el chirrido de unos frenos de tren. El ruido es tan agudo que tengo que taparme los oídos con las manos.

	La taza se detiene frente a la máquina de escribir. Ha dejado un reguero de sangre sobre la mesa.





IX


	Día 4.

	Viernes, 8 de noviembre 1918.



	A las diez de la mañana entré en el dormitorio de Emily enfundado en el traje anti-gérmenes para tomarle la temperatura.

	—¿Has podido descansar?

	—Llevo horas dando vueltas. No he podido dormirme desde que has subido a las siete.

	—No me lo creo —dije sonriendo pero ella no podía ver mi rostro por la mascarilla que llevaba puesta.

	—¿Me estás llamando mentirosa?

	Miré a Emily. No sonreía y lo preguntaba en serio.

	—Era una forma de hablar, claro que te creo.

	«Aún está enfadada por lo de ayer» pensé y traté de no tardar mucho tiempo en tomarle la temperatura. Estaba a 37,7 grados, su pulso era de 76 pulsaciones por minuto y su frecuencia respiratoria era 20. Dejé el termómetro y el gráfico en las bambalinas del "teatro", es decir, en la parte del dormitorio tras la sábana que cubría la ventana y empecé a cambiarle el vendaje de la cabeza. Me di cuenta de que Emily apenas había bebido agua.

	—Deberías beber más.

	—No tengo sed.

	—Debes beber aunque no tengas sed.

	Emily cogió la taza y empezó a beberse todo el contenido. Cuando acabó lo dejó dando un golpe sobre la mesita de noche.

	—Ya está. ¿Contento?

	Emily frunció el ceño y continué cambiando el vendaje de su cabeza.

	—Lo digo por tu bien.

	Emily me apartó, se inclinó para coger el barreño que había en el suelo pero una tromba de agua surgió de su boca y vomitó a medio camino entre la cama y el barreño.

	—No te preocupes.

	Emily levantó el brazo y el muñón como si le diera asco todo lo que tenía alrededor.

	—No pasa nada.

	Emily solo había manchado la toalla y los periódicos del suelo. Coloqué una nueva toalla sobre la cama de Emily, cambié los periódicos del suelo y salí de la habitación para tirar el contenido del barreño en el baño. Tuve mucho cuidado de no rozar el delantal o la bata con nada y de tirar el vómito a ras de taza para no salpicar. Cuando regresé al dormitorio pillé a Emily de pie en mitad de la habitación junto a la sábana. Llevaba el gráfico de temperatura y la pluma en la mano. Se quedó inmóvil, con cara de haber sido descubierta en mitad de un robo.

	—¿Qué haces de pie?

	—Quería coger esto.

	—¿Tanta prisa te corría que no podías esperar a que volviera?

	Dejé el barreño en el suelo haciéndolo resonar.

	—Vamos, regresa a la cama.

	La cogí del brazo pero ella se zafó de malas maneras.

	—Puedo caminar sola.

	Emily se volvió a meter en la cama con dificultad, se tapó y se quedó tumbada como si hubiera hecho un gran esfuerzo.

	—¿Has tocado algo?

	Emily no respondió.

	—¿Has tocado algo más? —repetí subiendo el tono de voz.

	—¡No!

	—Bien. Volveré en tres horas para tomarte la temperatura. Intenta descansar y no te muevas.

	—Me quedaré tan quieta como una muerta.

	Salí de la habitación haciendo un gran esfuerzo por no responder. Sabía que Emily estaba enfadada por estar así y que lo pagaba conmigo pero la paciencia no era una de mis virtudes.



	Después de lavarme, en la planta de abajo dejé hirviendo el traje anti-gérmenes mientras hacía varias mascarillas con pedazos de ropa que había en el salón y salí a comer unas galletas a nuestro alargado patio trasero. Estaba cerrado, tenía forma rectangular y estaba delimitado por la pared de nuestra alacena, un muro bajo de ladrillos con una puerta y otro muro que compartía con la casa de al lado.

	Todas las paredes estaban cubiertas por rojizas parras vírgenes que habían mudado de color por la estación y esqueléticos rosales trepadores que se preparaban para el invierno. A lo largo del patio, en el suelo, grandes macetas de piedra con clemátides rosas, blancas y púrpuras proporcionaban una pincelada de color y aroma cuando el verde dominaba nuestro jardín pero muchas de ellas habían perdido las flores. Al fondo del patio, bajo unas hiedras que cubrían una pequeña pérgola de madera y parte del muro de separación con el vecino habíamos colocado una pequeña mesa de piedra y dos cómodas tumbonas de madera. Habían sido un regalo del acaudalado tío y editor de Emily y según él eran del mismo modelo que había decorado las cubiertas del Titanic. Sentado en una de ellas me comí la última galleta que había sacado al patio.

	Estaba nublado y durante la mañana habían caído algunas gotas pero ahora no llovía. En el aire había olor a tormenta y césped mojado. El viento mecía la vegetación del jardín y unos carrillones de madera y metal que colgaban de la pérgola creaban una canción sólo para mí. Emily y yo habíamos creado un pequeño oasis en plena ciudad pero sólo lo habíamos podido disfrutar una primavera y un verano.

	En una de las paredes había un mar de troncos bulbosos y una solitaria rosa. Me levanté de la tumbona y me acerqué a la flor para acariciar sus pétalos. Empezaba a marchitarse. Había brillado sin que nadie la viera, palidecía en silencio y su destino parecía la muerte.

	«Como Emily.»



	A la una del mediodía subí a nuestro dormitorio llevando una bandeja con comida. Le había preparado caldo y huevos revueltos con tostadas y junto a los platos había colocado un jarrón con la rosa que había visto en el jardín y algunas clematis violetas.

	Emily estaba agotada y se apoyaba la mano en el pecho mientras respiraba.

	—¿Te duele?

	Emily asintió.

	—Intenta comer algo.

	Ella no dijo nada, supuse que por su dolor de pecho. Salí de la habitación y dejé pasar una hora. Cuando subí a buscar los platos de comida Emily apenas los había tocado y las flores habían desaparecido. Durante un segundo pensé que se las había comido pero las encontré destrozadas en el barreño para el vómito sobre esputos, gotas de sangre, madejas de pelo, los restos de una tostada y un diente.

	«Ha empezado a perderlos.»

	En las notas de Emily había leído que muchos pacientes perdían los dientes por la enfermedad.

	—¿Te subo algo para la boca?

	—No me subas más tostadas.

	Cogí la bandeja y me dirigí hacia la puerta pensando en cómo deshacerme de la comida.

	—Ni flores —añadió Emily.

	Me detuve en la puerta y me giré hacia ella esperando que añadiera algo más.

	Emily se miró su mano. Se había hecho daño con las espinas de la rosa. Sus labios empezaron a temblar.

	—Sólo me recuerdan que acabaré en una tumba —gimió Emily rompiendo a llorar.

	Dejé la bandeja en el suelo y corrí a abrazarla. Sabía que podía contagiarme de mil maneras pero no me importaba. La abracé mientras lloraba y trataba de respirar.

	—No pienses así. Todo irá bien.

	Le limpié a Emily sus lágrimas, consciente de que luego debía lavarme las manos.

	—Creía tener todo el tiempo del mundo para escribir, para pasear, para ver a mis padres, para tener hijos —dijo Emily entre sollozos—. Pero el tiempo se me ha acabado… Se me ha acabado…

	—Cuando te recuperes podrás hacer todo eso. Tendrás todo el…

	—Basta. Deja de decir eso. No has visto lo que yo he visto, no sabes cómo estoy…

	—¿Y cómo estás?

	—¡Hecha una mierda, así estoy!

	Me levanté con la paciencia completamente agotada.

	—¿Y qué quieres que te diga, que vas a morir? Eso no lo sabes.

	—Eres tú el que no tiene ni idea. ¿Eres médico? No. ¿Enfermero? Tampoco. A este paso serás enterrador.

	—¡Lo que sí sé es que si no te hubieras comportado como una maldita cotilla no estarías enferma! Pero claro, la señora se cree escritora…

	Emily me miró como si me hubiera transformado en otra persona.

	—Por Dios Emily. ¿Por qué? ¿Es que no hay suficiente información?

	—¡La prensa y el gobierno no dicen toda la verdad!

	Ahora era yo quien la miraba como si fuera otra persona.

	—¿Qué pasó con el nombre? ¿Por qué la llamaron gripe española? Porque España, como no participaba en la guerra no tenía por qué censurar las noticias sobre la epidemia de gripe. Y cuando la epidemia empeoró… —Emily golpeó la cama—. ¡Pam! La gripe española tal. ¡Pam! La gripe española lo otro.

	—¡Lo sé!

	—Con el resto de información pasa lo mismo. ¿Cuántos ignorantes habrá ahí fuera poniendo en riesgo sus vidas y las de los demás porque no están bien informados? Alguien les debe decir la verdad.

	—¿Qué verdad?

	—Que esta enfermedad es peor de lo que parece. Nosotras ya estuvimos combatiéndola en el frente a finales del 16. Todo lo que he recopilado es información de primera mano basada en la experiencia, no en recortes de periódicos. La gente necesita saber cómo tratarla en sus casas.

	—¡Y yo te necesito a ti! Te necesito Emily.

	—Yo también amor mío pero cuanto más sepamos sobre esa enfermedad más probabilidades tendremos de vencerla. Por eso entré en el compartimento de aquel soldado. Para saber más, para investigar.

	—¿Crees que los científicos y médicos no están investigando? Por favor Emily, tú no eres científica. Ya ni eres enfermera, solo eres maestra.

	Emily estaba enfadada. Fruncía el ceño y la comisura de sus labios se inclinaba hacia abajo.

	—No te estoy diciendo que no escribas. Lo haces muy bien pero si mueres, todo lo que has hecho, todo lo que has recopilado no servirá de nada. Primero cuídate y luego podrás cuidar a los demás.

	—Tú dejaste España para ir a luchar contra Alemania. No me des lecciones sobre responsabilidades porque ambos ya nos hemos enfrentado a la muerte por nuestro país. Yo para salvar vidas y tú para quitarlas.

	—Tienes razón. Mucha razón. —Cogí el termómetro y se lo dejé a Emily encima de la mesita de noche. Le di un golpe tan fuerte que casi rompo el cristal del instrumento—. Aquí tienes el termómetro. A partir de ahora tómate tú la temperatura. No pienso ayudarte a que te suicides por escribir un libro.

	Cogí la bandeja del suelo y me dirigí hacia la salida.

	—Espera —gimió Emily.

	Me detuve cerca de la puerta y me giré hacia ella esperando una disculpa.

	—¿Puedes subirme unas hojas en blanco y algo para apoyarme?

	Miré a Emily pensando en la mejor respuesta del mundo pero sólo se me ocurrían insultos.

	—¿O quieres que baje yo y me vuelva a abrir la cabeza?

	Salí de la habitación dando zancadas y en menos de un minuto regresé con unas hojas en blanco y un libro que lancé sobre su cama de malas maneras.

	—Aquí las tienes, señora escritora. Que te aprovechen. Usa el libro para apoyarte o para limpiarte los mocos y la mierda.

	Salí del dormitorio sin mirar atrás y cerré la puerta dando un portazo.





X


	Bajé a fregar los platos. Tiré el caldo por las tuberías del desagüe pensando en cómo había tirado Emily su vida por el retrete. Tanto los huevos como las tostadas las metí en conos de papel de periódico para luego poder quemarlos en la estufa del salón mientras me moría de hambre. Los platos y cubiertos que habían estado frente a Emily los tenía que meter en una olla para hervirlos pero como ella era la única que los usaría simplemente los fregué, frotando una y otra vez lo que ya estaba limpio mientras repasaba mentalmente mi discusión con Emily y se me ocurrían brillantes respuestas que jamás podría decirle.

	No subí a verla en toda la tarde pero no logré alejarla de mi mente ni un solo segundo. Todo me recordaba a ella, sobre todo su ropa en el salón.

	La primera vez que subí al primer piso, para ir al baño, vi que frente a la puerta del dormitorio en el suelo había una hoja de papel. Emily la debía de haber lanzado por debajo de la puerta. Desde el pasillo la oía gimotear y tratar de respirar. Me acerqué lentamente a la hoja tirada en el suelo y la recogí. Era una carta de Emily dirigida a mí y donde explicaba qué quería que pasara con sus posesiones cuando ella muriera.

	«Su testamento.»

	Llamé a la puerta del dormitorio pero no entré.

	—¿Estás bien? —pregunté desde el exterior.

	—Pasa —respondió Emily con un hilo de voz. Me puse el traje anti-gérmenes de repuesto, una mascarilla y entré en el dormitorio con tranquilidad. Emily, en la cama, tenía la espalda apoyada en dos almohadas contra el cabezal de madera. En el regazo tenía el libro que le había subido. Descubrí que no había cogido de la estantería un libro cualquiera sino que de forma inconsciente había cogido Desde las sombras, su segundo libro.

	—He leído la carta —susurré.

	Emily cerró el libro. Respiraba con rápidas inspiraciones.

	—Pues ya sabes qué hacer cuando muera.

	—Ayer me encontré con la familia Sands.

	Emily no esperaba aquel cambio de tema tan repentino. Pasaron unos segundos hasta que supo de quién hablaba.

	—¿Cómo están?

	Dejé la carta sobre su mesita de noche. El termómetro que había dejado allí había pasado a la otra mesita, sobre el cuadro de temperatura.

	—La gripe también ha llegado a su casa. Todos menos Delia la han pasado. Y no ha muerto nadie.

	Me senté en la cama.

	—Sé que no entiendo de medicina y Dios sabe que ojalá pudiera darte más de lo que te estoy dando pero no puedo evitar ser optimista. No puedo ser de otra manera. Tú no puedes dejar de pensar en escribir y yo no puedo dejar de pensar que te recuperarás.

	Emily asintió mientras su mano jugueteaba con el libro de poemas.

	—En el hospital tú me hiciste ver la poca luz que aún existe incluso en completa oscuridad. No estoy preparado para perderte… Y no quiero que pasemos el poco tiempo que nos quede estando enfadados. Si he hecho algo mal dime cómo he de mejorar y lo haré.

	Emily respiraba mal y se notaba que le dolía el pecho al hacerlo.

	—Yo también soy optimista y sé que sobreviviré pero no como tú crees. Cuando ya no esté puede que aún vivan mis palabras. No sabes lo mucho que me enfada estar postrada en ésta cama sin poder seguir escribiendo.

	—Pero no lo pagues conmigo. Yo no soy tu enemigo, sólo intento cuidarte de la mejor manera posible. ¿Acaso no te ayudé con tu segundo libro?

	—¿Cuando hacías todo lo de la casa y hasta tenías que recordarme que debía comer? —dijo sonriendo y mi alma se estremeció. La enfermedad no le había arrebatado su belleza.

	—Necesito tu ayuda —susurró Emily—. Aún no sé si me recuperaré pero si voy a morir, antes necesito que hagas algo por mí.

	Me perdí en sus verdes ojos. Aunque fuera una escritora cabezota la quería con todo mi corazón y con toda mi alma.

	«Solo soy un lisiado sin mucho que ofrecer pero te aseguro que te amo y que siempre te protegeré.»

	—¿Qué puedo hacer por ti?

	Emily suspiró. Le costaba empezar a hablar. No porque le doliera el pecho sino porque no encontraba las palabras necesarias. Con su mano derecha arrancaba borlas de hilo de la toalla por el nerviosismo que sentía.

	—Sea lo que sea puedes decírmelo.

	Emily empezó a hablar. Primero tímidamente y luego con fluidez, alternando pausas para recuperar el aliento y para beber. Yo la escuché con atención. Lo que me contó me dejó sin habla y lo que me pidió me dejó sin respiración. Pero lo peor era que no podía negarme.





XI


	Día 5.

	Sábado, 9 de noviembre 1918.



	Hacía años que no pisaba Londres. La ciudad que había visto nacer a Emily me recibió con una extraña luminosidad. La mascarilla de gasa y algodón que llevaba filtraba el característico olor de la ciudad, una particular mezcla de carbón y acero caliente. La mayoría de personas con las que me encontraba también llevaban máscaras, hechas con materiales tan diversos como algodón, tela de mantel, muselina, sacos de harina o de azúcar e incluso algodón de pato, el resistente material con el que se fabricaban lienzos y velas marinas. Algunas personas utilizaban extraños picos con tubos que me recordaban a las máscaras de gas que llevábamos en la guerra y varias mujeres paseaban tapándose la cara con grandes pañuelos que se ataban por encima de sus sombreros.

	La epidemia de gripe había creado un nuevo tipo de moda centrada en las mascarillas. Las blancas de la Cruz Roja eran las más utilizadas pero éstas también se podían modificar para que uno destacara de entre la multitud. Sus tiras de sujeción podían sustituirse por otras de colores o incluso se podían añadir plumas, filigranas bordadas o nombres escritos o bordados.

	Las propias mascarillas podían sujetarse de diferentes maneras. La forma más habitual era atarse los dos conjuntos de tiras por detrás de la cabeza, las tiras de arriba por encima de las orejas y las de abajo por detrás del cuello. Pero muchas personas se ataban los dos extremos de cada lado por detrás de cada oreja, con los nudos por encima o por debajo de la oreja o con los extremos colgando.

	Muchos irresponsables llevaban su mascarilla caída de un lado o colgando del pecho como un babero para poder comer, conversar o fumar. Otros caminaban con la mascarilla colgando solo de una oreja, sobre la cabeza, en la mano o incluso por debajo de la barbilla como un reductor de papada.

	Colgados en paredes y tiendas, carteles del gobierno informaban de cómo evitar la propagación de la influenza. Consejos básicos como toser en pañuelos, estornudar mirando al suelo y evitar escupir al suelo que se suponía que ya debían formar parte del día a día de cada uno desde antes de la epidemia.

	Tras una rápida visita al bufete de abogados Schlieber & Associates para entregar su testamento llegué caminando a la calle Fleet para encontrarme con el tío y editor de Emily, el famoso Jack Lawrence Baldwin. Cuando mi amor me pidió que fuera a verle pensaba que por fin entraría en el exclusivo The Reformist o incluso que vería el interior de su hermético Hunter's Club pero tuve que conformarme con entrar en las oficinas de su periódico. The Crimes llevaba haciéndose en un viejo edificio de la calle Fleet desde 1837 y su fachada, anclada en el pasado y de inspiración gótica, necesitaba una urgente limpieza.

	Una gran recepción circular con dos secretarias dominaba la entrada. Emily me había escrito una carta de presentación para franquearla y un joven botones con mascarilla a juego me acompañó hasta un ascensor, accionó una llave y me subió hasta el piso de la dirección. Allí había una nueva recepción y una nueva secretaria pero la carta de Emily no tuvo el efecto que esperaba.

	—Lo siento pero el señor Baldwin está reunido y no admite visitas sin cita previa —me dijo la secretaria—. Si me quiere dejar una tarjeta de…

	Ni Emily ni yo podíamos perder el tiempo así que dejé a la secretaria con la palabra en la boca y caminé hasta la gran puerta de su despacho oyendo tras de mí gritos de protesta. Apoyé mi mano en el pomo y una descarga eléctrica provocó que lo soltara y que perdiera el equilibrio.

	—¡Le he dicho que no se puede entrar! —dijo la secretaria. Desde el suelo vi que iba en silla de ruedas.

	—Y yo que es una emergencia.

	Me levanté y palpé con los dedos la puerta del despacho. Cuando comprobé que no estaba electrificada empecé a golpearla con fuerza.

	—¡Baldwin, sé que está ahí dentro! —grité— ¡Su sobrina Emily le necesita, está enferma de gripe! ¡Necesito hablar con usted! ¿Me oye Baldwin?

	Oí una serie de ruidos metálicos, un zumbido eléctrico y las dos grandes puertas de su despacho se abrieron hacia dentro. Las abrió una mujer morena vestida de negro, los ojos azules y unos labios tan rojos como la sangre. Tras la mujer, dentro del despacho, un hombre de pelo largo y blanco permanecía de pie frente a un gran ventanal mirando la calle a través de ella.

	La mujer se apartó para que pudiera entrar y me interné en el despacho. Olía a polvo, a periódico viejo y a cerrado. La secretaria entró tras de mí protestando pero el hombre la hizo callar levantando la mano.

	—Tranquila Agatha, todo está bien —dijo el hombre—. Siempre hay tiempo para la familia.

	—Esperaré fuera —dijo la mujer morena—. No pienso irme sin una respuesta.

	—Haz lo que quieras, como siempre.

	Esperaba a que las mujeres salieran para empezar a hablar pero Baldwin se me adelantó.

	—Por favor, vayamos al grano, sé quién es usted. Le he visto entrar desde aquí.

	«Pues no sé cómo» pensé. Baldwin continuaba dándome la espalda.

	Dejé sobre su mesa un gran sobre, junto a una vieja copia del libro Drácula de Bram Stoker y me senté en una de las dos sillas que había delante. Estaba caliente y me imaginé que allí había estado sentada la mujer morena.

	—Su sobrina está enferma de gripe y puede que no sobreviva. He traído una carta escrita por ella y una serie de documentos donde especifica que si muere, desea que sus derechos de autor sean cedidos a partes iguales al hospital militar de Endell Street y a un número de cuenta perteneciente a la editorial Emily & Rose Publishing House.

	Baldwin se giró. Tenía la misma expresión que yo cuando el día anterior Emily me había contado que parte de sus derechos de autor acababan en una cuenta de la que yo no sabía nada. La empresa aún no existía como tal y su titular era un administrador del bufete Schlieber & Associates de Londres.

	Baldwin empezó a avanzar hacia la mesa arrastrando los pies. Su imagen distaba mucho de la descripción que me había hecho Emily. Esperaba encontrar a un multimillonario anclado en la época victoriana pero ante él tenía a un anciano demacrado con aspecto de no haber dormido en los últimos días, mal afeitado, con el pelo sucio y con la ropa arrugada.

	Baldwin se desplomó en un sillón frente a la mesa y gimió como si el estar de pie hubiera agotado todas sus fuerzas. Parecía que le costara empezar a hablar y me adelanté a él:

	—Sé que debe meditar qué es lo mejor para ella y para la familia pero Emily siempre ha donado la mayor parte de lo que recibía. No vivimos de sus derechos, ambos trabajamos y tanto el hospital como esa empresa son muy importantes para ella. Ahora que puede que no sobreviva…

	—Deme su carta.

	Me pregunté por qué él mismo no alargaba el brazo y sacaba la carta del sobre que había encima de la mesa pero lo hice yo y se la ofrecí. Baldwin me dejó con el brazo colgando. Se sacó con tranquilidad unas gafas de su vieja chaqueta, se las colocó y cogió la carta. Cuando acabó de leerla parecía más cansado que antes de empezar. Se quitó las gafas y las dejó cuidadosamente sobre la mesa.

	—Lo siento mucho pero no será posible derivar de esa manera los derechos de autor de mi sobrina.

	—Si necesita más información para autentificarla pued…

	—No es eso. Sus libros no venden. No tienen éxito, no generan dinero. No existen derechos de autor como tal.

	Las piernas me fallaron pero por suerte estaba sentado. No entendía nada.

	—¿De qué habla? ¿Y el dinero que… ?

	—Emily acudió a mí para publicar sus librillos y lo hice encantado porque es mi ahijada pero ella no es Nat Gould. El público sólo quiere diversión, no reflexiones profundas sobre las miserias de la guerra. Además, el cinematógrafo se lo está poniendo muy difícil a los que aún seguimos creyendo en las historias de tinta.

	—¿Y el dinero que recibe cada mes como derechos de autor?

	—Una asignación mensual por escribir para J. L. Baldwin and Company, como el resto de mis cagatintas.

	—Una asignación muy generosa —dije tratando de ser sarcástico—. Emily ya no es una niña pequeña, no necesita que la protejan de ese modo.

	Me levanté para marcharme pero seguí regañándole como si fuera un niño pequeño.

	—Debería haberle dicho la verdad, puede que Emily hubiera aprendido algo sobre sus libros.

	—¿El qué? ¿Que a nadie le importa lo que escribe? El mundo de los libros siempre ha sido su vida, sobre todo después del… incidente. ¿Cómo cree que reaccionaría si le dijera que como escritora es una fracasada? No seré yo quien le rompa el corazón. No señor… He inflado los derechos de autor de mi sobrina. ¿Y qué? Lo volvería a hacer mil veces. Ella ha publicado, ha cumplido su sueño. Es feliz. Y Emily merece un poco de felicidad después de todo por lo que ha tenido que pasar.

	—¡La está obligando a vivir una mentira! ¡No la lee nadie!

	—¡Eso no es verdad y no voy a consentir que diga eso! —gritó Baldwin poniéndose de pie—. Emily ha vendido libros. No tantos como parece pero ha vendido. Conozco muchos críticos a los que les han gustado sus poemas y esa historia tan triste sobre la guerra.

	—¿Y qué pasará con sus derechos de autor?

	Baldwin se dejó caer en su sillón y colocó la carta de Emily sobre la mesa. La aplanó con una mano y suspiró antes de responder.

	—Si mi sobrina fallece los derechos de autor morirán con ella.

	El cuerpo de Baldwin parecía frágil pero sus ojos eran tan duros como una piedra. Si Charles Dickens le hubiera conocido no hubiera llamado a su personaje Mr. Scrooge sino Mr. Baldwin.

	Cogí el sobre con los documentos de Emily y su carta.

	—Gracias por su tiempo. Le diré que le manda recuerdos —dije enfadado y me dirigí hacia la salida del despacho. Estaba abierta unos cuantos centímetros. Al abrirla descubrí a la mujer morena apoyada en la jamba exterior, con la cabeza girada hacia el despacho. Lo había escuchado todo.

	—Ya puede volver con mister Hyde —le dije y me alejé hacia el ascensor. No podía quitarme las palabras de Baldwin de encima y no sabía qué decirle a Emily.

	Presioné con fuerza el botón de llamada del ascensor y oí el caminar de unos zapatos de tacón. Me giré y vi que la mujer morena venía hacia mí.

	—Lawrence tiene razón —dijo ella.

	—Perdone. ¿Quién es usted?

	—Conocí a Emily en el hospital de Endell Street. Financio su librería. Suscripciones a revistas, compras, donaciones de libros, cosas así. Hasta convencí al tacaño de Lawrence para que les regalara cada semana varios números de su infumable penny dreadful. Fue una pena que lo dejara, Emily era un auténtico ángel.

	—Aún lo es.

	—¿Cómo se encuentra? ¿Ha podido superarlo?

	—¿El qué? ¿La gripe?

	—No. Su "incidente" como lo llama Lawrence.

	Llamarlo incidente era suavizar demasiado el trauma que emponzoñaba el alma de Emily. Dejó el hospital después de que un enfermo de gripe que sufría delirios por la fiebre asesinara a una de las enfermeras y tratara de estrangularla a ella. Nunca lo había superado y a veces aún se despertaba gritando en mitad de la noche.

	—Está mejor.

	—No te creo. Conozco la muerte mejor que tú y déjame darte un consejo. No os resignéis a vuestra humanidad.

	Empezaba a cansarme de no entender nada.

	—¿Qué quiere decir?

	—Permitiros el lujo de sobrevivir a vuestra mortalidad a costa del mismo Dios. Si ése omnipresente barbudo no quiere la felicidad de tu mujer, róbasela. Haz lo que sea para que ella sea feliz porque esta perra vida es ridículamente corta.

	—¿Cómo? ¿Mintiendo? ¿He de decirle a mi mujer que todo está arreglado para que no sufra? ¿Decirle que es una buena escritora cuando parece que hay muchos que no piensan así?

	La mujer suspiró cansada. Bajó la vista y empezó a recitar con una voz profunda:

	—Diecisiete truenos rasgan la noche. Tambores de guerra, tañido fúnebre. Negro sonido que el corazón encoge, dulce nana que susurra la muerte.

	Tragué saliva. Aquel poema era de Emily. Asentí con la cabeza y ella siguió recitándolo:

	—Jóvenes soldados cruzan silentes un tablero de nadie como meros peones. Hablan las armas, el valor aparece. Crujen los huesos y la sangre responde.

	El ascensor llegó hasta nuestro piso y un timbrazo me sobresaltó.

	—Que sus libros no se vendan no significa que no sean buenos —dijo la mujer— Como ha dicho Lawrence ahora la gente quiere pasarlo bien. Ir al cine, a pasear… Vivir. Tu mujer es una buena escritora y los buenos escritores merecen pasar a la posteridad. Por mi parte así será. ¿Y por la tuya?

	No tenía una respuesta.

	—Gracias por el consejo señora…

	—Soy Claire Nigmy. Escritora, investigadora forense, superviviente de la mayor tragedia marítima de la Historia y caza monstruos en general.

	—Tengo que irme.

	Fui a abrir la puerta de hierro del ascensor pero Claire la cerró de un golpe. Al hacerlo se acercó mucho a mí y pude oler su perfume, un aroma tan dulzón que me recordaba al olor del caramelo.

	—No os preocupéis por el hospital de Endell Street, no dejaré que les falte de nada —me susurró Claire clavando sus ojos azules en los míos. Con un rápido movimiento plantó una tarjeta de visita en mis manos—. Y si Emily se recupera y vuelve a escribir mándame su manuscrito, que no se lo envíe a su tío. Me aseguraré de que vea la luz y tenga visibilidad. Te lo prometo.

	—Gracias.

	Claire me guiñó un ojo, se alejó hacia el despacho de Baldwin haciendo resonar sus zapatos de tacón y con un tono cantarín añadió:

	—¡Hasta la bye-bye!



	Tras salir de la calle Fleet visité a los padres de Emily en la zapatería-vivienda que tenían en el Este de Londres. Fue muy duro explicarles la situación en casa. Su madre estaba en la trastienda y nos sentamos en un par de sillas de madera y mimbre en su pequeño y oscuro comedor para hablar sobre su hija.

	—Cuando vino hace una semana hablamos sobre la gripe —dijo su madre—. Le dije que si ella la cogía iría a cuidarla y bueno, ya sabes cómo es Emily. Me dijo que podía ir pero que si al final yo también la cogía y me ahogaba como una cerda ella no se ocuparía de mí.

	Su madre empezó a llorar.

	—Quiero ir pero no quiero caer enferma y que luego Emily se sienta culpable —gimió.

	Asentí porque su madre tenía razón. Había mucha gente infectada que no se quedaba en casa o asintomáticos que iban a pasear sin mascarilla, que escupían al suelo o que tosían sin pensar en los demás.



	Su padre estaba en la zapatería. Me encantaba el olor a cuero que emanaba cuando entré, un olor que Emily detestaba. Me preparé para un discurso "de hombre a hombre" y una tormenta de reproches por no darle a su hija todo lo que se merecía pero no estaba preparado para lo que pasó. Tras dejarme hablar sobre su estado me dio un fuerte apretón de manos y con los ojos llenos de lágrimas me dijo con ternura:

	—Cuídala, ¿de acuerdo? Cuídala por nosotros.





XII


	Salí de Londres en el tren de las 17:30 desde King's Cross pensando en lo que Baldwin había hecho durante todo este tiempo y en las palabras de Claire. Mis manos jugueteaban con su tarjeta de visita. En la parte delantera aparecía un logotipo donde bajo unas ruedas dentadas estaba escrito el texto "EVA Electrotechnics".

	«Qué nombre más extraño.»

	En la parte trasera aparecían impresos unos carnosos labios rojos que olían a carmín y una dirección de Londres.

	Llegué a casa pasadas las 21:30h. Me abrió la puerta Delia, la vecina de enfrente. Se había quedado a cuidar a Emily. Llevaba puesta una mascarilla blanca y pasamos al salón.

	—¿Cómo se encuentra? —le pregunté.

	—Sigue con fiebre.

	—Gracias por quedarte con ella.

	—¿Cómo ha ido por Londres? ¿Le publicarán su próximo libro?

	Había tenido que mentir a Delia sobre el motivo del viaje. La existencia de aquella cuenta secreta a nombre de una empresa que no existía me parecía difícil de explicar.

	—Sí —mentí—. Los primeros capítulos les gustan mucho pero no se lo publicará su tío sino otra editorial. Se llama…

	Saqué mi cartera para sacar la tarjeta de Claire Nigmy y leer el nombre de su empresa.

	—No, por favor —dijo Delia—. No hace falta que me pague nada. Lo hecho por amistad.

	—De acuerdo —dije sorprendido y me volví a guardar la cartera—. Pero Emily quería darte algo.

	—No es necesario.

	—No es dinero. Es sabiduría.

	Me acerqué a una estantería llena de libros que teníamos en el salón. Ladeé la cabeza y empecé a buscar un libro en particular. Su lomo era rojo y lo encontré con facilidad. Al sacarlo vi que sus tapas tenían los bordes muy gastados. Se lo entregué a Delia y ella lo cogió como tanto cuidado como si fuera de cristal.

	—La pimpinela escarlata —dijo ella leyendo la portada—. No lo he leído.

	—Emily siempre ha dicho que los libros están para ser leídos, no para regalarse por tradición o para hacer bonito. —Mis propias palabras me hicieron recordar las de Baldwin sobre las ventas de Emily y sentí un pinchazo en el corazón—. Ten cuidado cuando lo leas, muchas páginas están sueltas. Es uno de los libros favoritos de Emily y ella me dijo que te lo diera.

	—Gracias. Se lo devolveré cuando lo acabe.

	—No, no hace falta. Es para ti.

	—Gracias, pero se lo devolveré. Los libros son mucho más que objetos. Si te llegan al corazón no solo pasan a formar parte de ti sino que son como una máquina del tiempo que te transportan a cuando lo leíste por primera vez. Si este es uno de sus libros favoritos será por algo y nunca se me ocurriría separarlo de Emily.

	Asentí. Me moría de ganas de subir a ver a Emily.

	—¿Puedo hacerle una pregunta personal? —dijo Delia.

	Suspiré meditando cómo quitármela de encima pero respondí:

	—Por supuesto.

	—¿Quién es Rose?

	Volví a sentir un pinchazo en el corazón.

	—Su hermana pequeña. ¿Por qué?

	—¿Me parezco a ella?

	—¿Por qué lo dices?

	—Durante todo el día me ha estado llamando con ese nombre.

	Se oyó un golpe en el dormitorio de arriba, como si se hubiera caído algo al suelo.

	—Iré yo —le dije a Delia—. Muchas gracias por haber venido a cuidarla. Quédate el libro todo el tiempo que quieras.



	Subí a ver a Emily mientras oía cómo Delia salía de casa. Entré disfrazado con el traje anti-gérmenes y una nueva mascarilla. Las dos ventanas estaban cerradas. Un candelabro de cuatro brazos estaba encendido sobre una cómoda. Junto a la cama en el suelo yacía el termómetro roto en mil pedazos y la hoja cuadriculada donde anotaba su temperatura.

	—¿Qué ha pasado?

	—Se me ha caído —murmuró Emily.

	Recogí la hoja de papel y la examiné. Durante todo el día su temperatura había fluctuado entre los 38 y los 39 grados. La última anotación era de las siete de la tarde y a esa hora estaba a 38,4 grados. Seguía teniendo fiebre.

	—¿A cuánto estás ahora?

	Emily no respondió. La miré pensando que se había dormido pero seguía despierta.

	Fui a acariciar su pelo pero Emily giró la cabeza.

	Suspiré con tristeza.

	—Trata de descansar. Mañana lo recogeré todo.

	Me dirigí a la puerta de entrada.

	—No hagas ruido —murmuró Emily—. Rose necesita descansar.

	Me detuve en mitad de la habitación. Durante un breve segundo pensé en contarle la verdad pero salí de la habitación y cerré la puerta.

	Crucé el pasillo del piso superior y me arrastré hasta el baño. No recordaba que el día anterior lo había limpiado tan a fondo que no parecía nuestro. El aire ya no olía a Emily sino a desinfectante. No había ni rastro de los pelos que se le caían a Emily cuando se peinaba y que permanecían en cualquier rincón, de las toallas que habían pertenecido a su familia y que formaban parte de nuestra vida, de las esponjas naturales y piedras traídas por su tío de países lejanos. No había ni rastro de nuestra vida como pareja.

	Empecé a lavarme las manos y los brazos, incapaz de olvidar lo que había pasado durante el día y no pude evitar romper a llorar. Emily había empeorado. No recordaba que su propia hermana había muerto. Ella era la enfermera a la que habían asesinado en el hospital de Endell Street. Trabajaba allí gracias a Emily y ella siempre se había culpado por ello. Pero su mente parecía haberlo olvidado.

	Apoyado en el lavamanos me miré al espejo. Lo había roto hacía dos días para curar a Emily y algunos pedazos aún colgaban del marco como frágiles estalactitas. No reflejaban correctamente mi imagen y la veía tan fragmentada como mi alma. Aún no sabía qué decirle a Emily pero no quería que sufriera más.

	Salí del baño y me sorprendió un extraño ruido que se oía en la casa. Parecía el ronroneo de un gato. Seguí su eco hasta la puerta de nuestro dormitorio. Dentro Emily hacía un extraño sonido al respirar. No eran ronquidos sino sus pulmones tratando de coger aire.





XIII


	Miro la taza. El líquido que hay dentro emana volutas de humo. No entiendo por qué la dama me la ha servido. Ya no como ni bebo y apenas descanso. Todos mis esfuerzos están centrados en escribir. ¿Por qué quiere que beba de ella? ¿Para arrastrarme al mundo del que ella procede?

	Alzo la mirada hacia la dama.

	—No pienso beber —le digo. Sigo sin poder ver cómo es su rostro. Cada vez que fijo la mirada en ella mis ojos me empiezan a doler, se me cierran y una punzada de dolor se instala en mis sienes.

	Una pestilencia procedente de la taza me obliga a taparme la nariz y la boca con la mano.

	La taza empieza a descascarillarse y ennegrecerse.

	La madera bajo las manos de la dama empieza a pudrirse.





XIV


	Día 6.

	Domingo, 10 de noviembre 1918.



	Nada más despertar en el sofá abrí las cortinas de la ventana-mirador del salón. Estaba nublado y una parte de mí se alegró de que hiciera mal tiempo. Con un tiempo tan triste llevaba mejor la cuarentena en casa. Si Emily no estuviera enferma, con aquel tiempo hubiéramos salido a pasear por las afueras de la ciudad para disfrutar de los olores de la naturaleza o por las murallas que rodeaban York.

	«Se oye el trinar de los pájaros. Puede que el tiempo mejore.»

	Subí al piso de arriba, me puse el traje anti-gérmenes, la mascarilla y abrí la puerta lentamente. Asomé la cabeza y Emily me sonrió desde la cama.

	—Buenos días —dijo Emily. Tenía el libro de poemas en el regazo y lo cerró suavemente.

	—¿Cómo estás?

	—Esperándote. ¿Y mi desayuno?

	—¿Tienes hambre? —pregunté sorprendido.

	Emily negó con la cabeza y esbozó una sonrisa. Parecía que se encontraba mejor.

	—¿Cómo te fue por Londres?

	—¿No recuerdas nada de ayer por la noche?

	—No. Ayer tenía mucha fiebre. Estuve todo el día adormilada. Mezclo sueños y mis recuerdos. Soñé que Rose vivía en casa y me cuidaba en tu lugar. Supongo que era Delia. ¿Qué pasó anoche? ¿Te lancé el termómetro?

	—Cuando vine de Londres subí a verte pero intentabas dormirte y se me cayó a mí. Luego lo recojo.

	—¿Y qué tal por Londres? ¿Viste a mi tío?

	Asentí. No quería decirle lo agrio que era para no estropear sus recuerdos familiares.

	—¿Aceptó cambiar los derechos de autor?

	Suspiré. Ya había decidido qué decirle.

	—Sí, todo está arreglado. Pero si te recuperas tendrás que ir a verle. Me planteó algunas cuestiones sobre la edición y los canales de distribución que no supe responder y que creo que deberías discutir con él.

	Esperaba que mi mentira ayudara a su alma. La salud mental de un paciente era tan importante como su salud física. Yo lo sabía muy bien. Gracias a la lectura y a las ganas de ver a Emily la vida dejó de ser una obligación. Ella me había salvado la vida, mental y físicamente y ahora era su turno.

	—¿Conoces a una tal Claire Nigmy? —dije para cambiar de tema.

	—Me suena del hospital. —Emily entrecerró los ojos tratando de recordar—. Creo que trabaja para mi tío investigando los delitos que publica o algo así. ¿Por qué?

	—Me la encontré en las oficinas del periódico. Se ofreció a publicar tu próximo libro, sea el que sea. Me recitó tu poema sobre la guerra.

	—¿Cuál?

	—El de los peones y el tablero.

	—El que escribí para ti.

	Suspiré con tristeza. Aquel poema encerraba toda mi experiencia en la guerra.

	—Aún no quería decirte nada pero… Estoy escribiendo un nuevo poema —dijo Emily con timidez—. Aún no te lo puedo dejar leer.

	—Tómate tu tiempo. ¿Necesitas más hojas?

	Quería ayudar a Emily a recuperar la alegría de vivir.

	—No, empecé a escribirlo el otro día en una página de mi segundo libro. El que me subiste para que me apoyara en él.

	Me sorprendió escuchar aquello. Emily estaba obsesionada con el cuidado de los libros. Nunca subrayaba sus páginas ni las doblaba. Los únicos desperfectos que toleraba eran los del paso del tiempo y los que se derivaban de la lectura. En más de una ocasión había rechazado comprar un libro en una librería porque estaba sucio o roto.

	—En cuanto lo acabes déjamelo leer.

	—Serás el primero —dijo ella con tristeza.

	Después de cambiarle el vendaje de la cabeza recogí los restos del termómetro y bajé al piso de abajo para hacer un poco de ejercicio caminando por el pasillo y subiendo y bajando escaleras.



	Para protegerse de toda clase de enfermedades es importante fortalecer cuerpo y mente con una combinación equilibrada de trabajo, ocio y descanso.



	Hacía tiempo que no paseábamos y no iba a trabajar desde que Emily estaba enferma. Era operario de tipografía en el periódico Yorkshire Evening Press y la última vez que fui sólo recogí periódicos viejos para utilizar como cornucopias o cubrir cosas. No echaba de menos el trabajo pero sí salir de casa cada día.



	Al mediodía me bebí un batido de leche y huevo crudo con unas galletas y subí a ver a Emily.

	—¿Qué tal, señora Porter?

	Emily sonrió y con un hilo de voz dijo:

	—Lo he acabado.

	Tenía el libro donde había escrito el poema sobre la cama, cerca del muñón de su brazo izquierdo.

	—¿Puedo leerlo?

	—Aún no.

	—¿Después de comer? ¿A la noche cuando baje al salón?

	Emily negó con la cabeza y empecé a temer lo que tenía en mente.

	—Si quieres leerlo tendrás que esperar a que muera.

	Tragué saliva. Había acertado.

	—¿Y cuando te recuperes?

	—Lo quemaré.

	Lo último que necesitaba su carrera de escritora era que sus poemas no fueran leídos.

	—Cuando te recuperes deberías publicarlo. Hasta puede que te lo…

	—No lo he escrito pensando en la gente sino en ti. Si no sobrevivo me da igual lo que hagas con él pero consérvalo. Léelo siempre que te sientas solo y acudiré a ti esté donde esté. No me recuerdes pútrida y enferma, recuérdame como era antes.

	Emily empezó a llorar. Su estado de ánimo era tan cambiante como el tiempo.

	Me acerqué a la cama, me senté junto a ella y le cogí su mano humana.

	Emily cerró los ojos. Sus pestañas estaban húmedas y un par de lágrimas resbalaron por sus pálidas mejillas.

	—Todo saldrá bien —le dije.

	Miré su mano mientras entrelazaba mis dedos con los suyos. Las yemas de sus dedos estaban azules, como si se hubieran manchado de tinta. Alcé la vista hacia su rostro y vi que las puntas de sus orejas también estaban azules. Su cuerpo no estaba recibiendo todo el oxígeno que necesitaba.

	—Hoy no vas a morir y ya veremos si mañana lo haces. Estás preciosa. Con y sin enfermedad.

	Emily sonrió con timidez mostrando sus dientes de conejo y se secó las lágrimas.

	—¿Tienes hambre?

	Emily asintió como una niña pequeña.

	—Pues voy a buscar el rancho.



	Le subí la comida a Emily en una bandeja: limonada, puré de patatas con crema y daditos de manzana estofada. Coloqué la bandeja sobre la cama, Emily se reincorporó y le coloqué una almohada extra en la espalda para que pudiera comer con comodidad.

	—No te marches —dijo Emily—. No quiero comer sola.

	Emily apenas comió y estuvimos hablando como si fuéramos dos amigos tomando un té en el centro, iluminados por una lámpara de aceite. Emily en la cama tomaba pequeños sorbos a la limonada que le había subido y de vez en cuando se llevaba a la boca un dadito de manzana. Yo estaba sentado en una silla delante de la sábana, como si fuera un cantante. Le conté las novedades que había visto en York cuando fui a comprar, mi conversación con la vecina y con Delia, las curiosidades que había visto por Londres como la gran diversidad de mascarillas y los últimos rumores que corrían por el barrio y que había oído desde el salón, pegado a la puerta o a la ventana tras las cortinas.

	—En Londres hay carteles que recuerdan a la gente cómo actuar ante la epidemia pero muchas personas empiezan a relajar sus medidas de protección. Se reúnen en corrillo para hablar o dejan que sus hijos corran y se tiren por el suelo, no llevan mascarillas…

	—Esas personas deberían pasar por lo que estamos pasando. O enfermar ellas solas sin contagiar a los demás. Así verían que la epidemia no es una broma.

	Me levanté de la silla, cogí la lámpara de aceite con la que iluminábamos la habitación y me fui tras la sábana que separaba en dos mitades la habitación.

	—¿Dónde vas?

	—Señoras y gérmenes —dije como si estuviera en una sala de variedades y colocando la lámpara junto a mí para proyectar mi sombra sobre la sábana—, con todos ustedes el famoso rapsoda venido de las lejanas tierras de Hispania… El bufón de las letras, el aprendiz de diablo… ¡El gladiador literato!

	Emily empezó a aplaudir.

	Salí de detrás de la sábana telón con la lámpara en la mano y un barreño vacío en la cabeza. Dejé la lámpara en el suelo, el barreño sobre la silla y empecé a silbar una marcha francesa y bailar como si fuera una marioneta.

	—Bien, gracias, gracias —dije agradeciendo a Emily sus aplausos—. Sé que ustedes son un público iletrado y bastante primitivo pero permítanme contarles la historia de la mujer con mascarilla que sale de la tienda y ve cómo un hombre borracho —golpeé el barreño—, con la ropa sucia —golpeé el barreño—, y una gran mascarilla se acerca a ella. El hombre le pregunta a la mujer: «Disculpe, hic, ¿es usted mi mujer?». Y la pobre le responde: «Por Dios, espero que no.»

	Emily rió y yo imité el redoble de un tambor con mis manos y el barreño.

	—Y mientras, en la otra parte de la ciudad una pareja se despierta por la mañana. «Qué bien he dormido esta noche, no te he oído roncar» —dije poniendo voz de mujer—. «Pues yo, mujer mía, no me acabo de acostumbrar a llevar mascarilla todo el día como dices que pone en los periódicos» —dije poniendo una voz profunda.

	Emily rió de nuevo y empezó a toser. La cara