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Cuando la comida sustituye al amor

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¿A qué se debe el fracaso de la mayoría de las dietas? ¿Dónde reside el verdadero problema del exceso de peso y de la ingestión compulsiva de alimentos? La comida puede ser un sustituto del amor. Si dejamos de alimentar al niño maltratado que hay en el interior del adulto solitario podremos nutrir el amor y dar lugar a la intimidad. De esta manera liberaremos el dolor de la vida pasada y nos instalaremos definitivamente en el presente. Sólo si nos concedemos un espacio para la intimidad y el amor aprenderemos a disfrutar de la comida y dejaremos de usarla como un sustituto. Porque comer es una metáfora de la forma en que vivimos y de la forma en que amamos.
Year:
2014
Language:
spanish
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CUANDO LA COMIDA

SUSTITUYE AL AMOR

La relación entre las carencias afectivas

y nuestra actitud ante la comida




Geneen Roth





1ª edición en Vintage Marzo 2014

Título original: When food is love

Editor original: Dutton, an imprint of New American Library, a division of Penguin Books USA Inc. Published by agreement with Lennart Sens Agency Ab.

Traducción: Isabel Ugarte

© 1991 by Geneen Roth

© 2014 by Ediciones Urano, S.A.



Depósito Legal: B 5439-2014

ISBN EPUB: 978-84-7953-860-6





A Matt

por cantarme canciones sobre mágicos deseos

en mitad de la noche

y por mucho más





Fragmento póstumo



Y aun así, ¿obtuviste

lo que querías de esta vida?

Sí.

¿Y qué era lo que querías?

Poder llamarme amado, sentirme

amado sobre la Tierra.

RAYMOND CARVER





INTRODUCCIÓN





Cuando tenía once años empecé a hacer dieta y durante los diecisiete años siguientes me pasé la mayor parte de cada día pensando en lo que quería comer y no debía y en lo que debía comer y no quería. Cuando empecé a hacer girar un mundo donde no había más que dos participantes, la comida y yo, mi capacidad de dejarme afectar por las demás personas disminuyó muchísimo. Cuando llegué a los veintiocho años, no me importaba otra cosa que ser delgada.

Tras la publicación de Feeding the hungry heart [Alimento para el corazón hambriento] y de Breaking free [Liberación], después de haber alcanzado mi peso natural y haberlo conservado, descubrí que lo que quería no era estar delgada, sino estar adelgazando.

Mientras tuviera la atención pendiente en lo que comía, del tamaño de la ropa que usaba, de la celulitis que tenía en la parte posterior de los muslos y de cómo sería mi vida cuando finalmente consiguiera perder peso, no había persona capaz de herirme profundamente. Mi obsesión con el peso era más apasionante y sin duda más inmediata que nada de lo que pudiera sucederme con una amiga o un amante. Cuando me sentía rechazada por alguien, me decía que esa persona rechazaba mi cuerpo, pero no a mí, y que cuando yo adelgazara las c; osas serían diferentes.

Creía que quería estar delgada, y descubrí que lo que quería era ser invulnerable.

Entonces conocí a Matt, e inmediatamente supe que quería pasar el resto de mi vida con él. Tras el éxtasis inicial del enamoramiento, tuve que enfrentarme conmigo misma y descubrí que era como una niña que se pasa el tiempo en un mundo de fantasía y no sabe cómo jugar con los niños de verdad. No sabía cómo trabar una relación profunda con otra persona, sino sólo con la comida.

Tenía amigos, buenos amigos, una amiga íntima. Había tenido diversos amantes; una de estas relaciones había durado siete años. Pero no voy a hablar de amigos ni de amantes, sino de intimidad, de entrega, de confianza y de la disposición a enfrentarme con lo peor de mí misma, en vez de eludirlo.

Lo maravilloso que tiene la comida es que nunca se va, no es respondona ni tiene ideas propias. La dificultad con la gente está en que hace todo eso. Durante diecisiete años la comida fue mi amante sin exigirme nada a cambio, que era exactamente lo que yo quería.

Hace algunos años, la revista Glamour hizo una encuesta a 33.000 mujeres titulada «Sentirse gorda en la sociedad de gente delgada». El 75% de las mujeres encuestadas dijeron que se sentían demasiado gordas. Cuando se les preguntó si su peso afectaba al sentimiento que tenían de sí mismas, el 96% contestaron que sí. Al tener que escoger entre las opciones de perder peso, ser felices en una relación de pareja, tener éxito en el trabajo o recibir noticias de una vieja amiga, casi la mitad de la mujeres dijeron que lo que más felices las haría sería perder peso.

Para los hombres, el problema es el mismo y a la vez diferente. La mayoría de ellos están menos pendientes del peso que las mujeres, pero hay muchos para quienes existe una dolorosa conexión entre los juicios referentes a su peso y un descenso de la confianza en sí mismos. Estos hombres llevan una carga diferente de la de las mujeres, porque raras veces pueden expresar o recibir apoyo cuando sienten este tipo de sufrimiento, especialmente porque se trata de un «problema de mujeres». A ellos como a ellas, concentrarse en la comida les sirve para escapar de otros problemas subyacentes: la confianza y la intimidad. Preferimos perder peso que aproximarnos a otro ser humano. Preferimos centrarnos en nuestro cuerpo que en amar o ser amados. Es más seguro: así sabemos de dónde vendrá el dolor, y de este modo podemos controlarlo.

Durante los dos primeros años que pasé con Matt, me encontré debatiéndome con las mismas pautas con respecto a la comida que pensaba haber resuelto años atrás. Peor aún, volví a sentirme una niña, volví a sentir los miedos de entonces, que ya creía olvidados: miedo de que me abandonaran, de que no me amaran, de volverme loca. Mientras me esforzaba día tras día por traerme de nuevo al presente y por recordarme que ya no tenía cinco años sino treinta y cinco, y que se trataba de Matt y no de mi madre ni de mi padre, me sorprendieron las similitudes que hay entre comer y amar.

Comer es una metáfora de la forma en que vivimos, y también de la forma en que amamos. Un exceso de fantasía y de dramatización, la necesidad de controlar y el deseo de lo prohibido son comportamientos que nos privan de encontrar goce alguno en lo que comemos o en nuestras relaciones. Y algunos de los mismos recursos que nos permiten liberamos de comportamientos compulsivos —aprender a vivir en el presente, empezar a valoramos tal como somos, dar posibilidad de expresión al niño hambriento que llevamos dentro, confiar tanto en nuestra hambre física como en la emocional y enseñamos a aceptar el placer— también nos permiten intimar con otra persona.

Durante los últimos doce años he estado coordinando seminarios en los que la gente aprende a liberarse de la compulsión de comer, y últimamente exploro en ellos la relación entre la comida y la intimidad. Cada año trabajo con millares de personas. Dos de cada cuatro mujeres que acuden a mis seminarios han sido objeto de abusos sexuales en su niñez; más de la mitad de los participantes son hijos adultos de padres alcohólicos. La mayoría proviene de familias con problemas. Sin embargo, ellos creen que la comida y el exceso de peso son su mayor problema. Creen que si perdieran peso se encontrarían estupendamente, aunque la mayoría de ellos ya lo hayan hecho cinco, diez o veinte veces en su vida... y no se hayan sentido estupendamente. Recuperaron los kilos que habían perdido y después empezaron otra dieta.

Los norteamericanos se gastan 33.000 millones de dólares anuales para perder peso. Veinte millones de mujeres sufren trastornos relacionados con la comida. El 25% de los hombres y el 50% de las mujeres están constantemente a dieta. Y nueve de cada diez personas que pierden peso sometiéndose a una dieta lo recuperan. Los que fracasen este año con su dieta, podrán escoger el año próximo entre 30.000 métodos dietéticos diferentes.

Las dietas no funcionan porque la comida y el peso son los síntomas, y no el problema. El hecho de concentrarse en el peso es una forma —cómoda y culturalmente reforzada— de no prestar atención a las razones por las cuales tantas personas recurren a la comida cuando no tienen hambre. Estas razones son más complejas que la fuerza de voluntad, los recuentos de calorías y el ejercicio, nada de lo cual llegará jamás a resolverlas. Tienen que ver con la falta de cuidado, de confianza y de amor, con los abusos sexuales y físicos, la cólera no expresada, el dolor, el hecho de haberse sentido objeto de discriminación, con la necesidad de protegerse de nuevas heridas. La gente se agrede a sí misma con la comida porque no sabe que se merece algo mejor. La gente se agrede porque la han agredido. No se convierten en adultos desdichados y que abominan de sí mismos porque hayan sufrido traumas, sino porque los han reprimido.

Este libro trata de las razones por las cuales la gente se vuelca hacia la comida. Explora los mensajes que recibimos de niños, la forma en que los interpretamos como mensajes de odio hacia nosotros mismos, y cómo transmitimos este dolor a otras personas, entre ellas a nuestros hijos. Y recalca la importancia de asumir la responsabilidad de cambiar en el presente, en vez de sentirnos víctimas del dolor del pasado. Como nuestras pautas con respecto a la comida se formaron a partir de nuestros primeros modelos de amor, es necesario comprender lo que realmente significan el amor y la comida para llegar a tener una relación satisfactoria con ambos.

Este es un libro personal. Yo crecí junto a una madre que me castigaba físicamente y era adicta al alcohol y otras drogas; mi padre estaba ausente o se mostraba emocionalmente inaccesible. En esta obra hablo de mi pasado y de cómo afectó a mi manera de comer y de amar; también hablo de mí y del aprendizaje de la intimidad que estoy llevando a cabo con Matt, tras haber vivido durante tanto tiempo absorbida en mí misma en un mundo de compulsión. Hablo de intentar decir lo indecible, de sanar y seguir adelante, y de cómo celebro estar completa y entera.

Este libro también trata de las experiencias de muchas personas con quienes he trabajado y de quienes he recibido cartas. Con su autorización, cuento su historia, sus luchas, sus victorias.

Cuando la comida sustituye al amor es un libro sobre la intimidad tal como se la ve a través del filtro de la compulsión, y es un libro sobre los miedos y las alegrías que nacen al retirar ese filtro. No es un libro típico de autoayuda, en el sentido de que no da listas de ejercicios específicos ni ofrece orientaciones para una práctica cotidiana. La información se revela en el relato. Es un libro que —tal es mi esperanza— inspirará en los lectores el recuerdo y el reconocimiento de aquellos fragmentos de su vida a los que ha restado importancia, excluyéndolos y olvidándolos. Estos fragmentos afectan profundamente a la forma en que comemos y amamos, y no nos dejan vivir con creatividad y pasión, respetándonos a nosotros mismos y creyendo en nuestra propia efectividad.

En mis libros anteriores escribí sobre el proceso de curación del comportamiento compulsivo, específicamente referido a la comida. Pero con curar el comportamiento compulsivo no basta. El paso siguiente es comprometernos profundamente, con nosotros mismos y con los demás; abrir nuestro corazón para dejar entrar al amor. Y habla de cómo dar ese paso.





1

CUANDO EL AMOR ES LA COMIDA





La primera vez que me enamoré estaba en sexto grado. Él se llamaba Martin Levy y estaba terminando la escuela secundaria. Tenía unos fuertes músculos, gruesos como cuerdas, unos ojos de color de ágata y un rostro que reflejaba los días del verano. Por Carnaval le pedí que se casara conmigo, y me dijo que sí. Entramos en la caseta de matrimonios, que estaba decorada con banderolas rojas y blancas de papel, y el profesor de ciencias sociales, el señor Ogden, nos declaró marido y mujer. Martín me apretó la mano, yo me ruboricé y después él me besó... En los labios. Yo enmarqué nuestro certificado de matrimonio y lo colgué al lado de mi cama para que formara parte de mis sueños. Y ponía continuamente un disco con una canción de los Pony Tails hasta que mi hermano me lo rompió en dos porque ya no aguantaba seguir oyéndolo.

El mismo año que conocí a Martin empecé a hacer dieta. Al principio pensaba «Si fuera delgada sería hermosa... y si fuera hermosa, Martin me tomaría en serio». Después de que él se graduó, lo único que quería era ser hermosa. Y durante los diecisiete años siguientes, mi principal pasión en la vida no fue ningún hombre, sino mi peso. Delante de mí se representaban muchos otros dramas: mis padres eran desesperadamente desdichados, mi primer novio de verdad se murió de cáncer, la madre de una de mis amigas se mató, mi hermano iba al instituto con sombrero de copa y frac; pero en medio de todo aquello yo me construí un fresco refugio azul en un rincón de mi cuerpo que prometía una vida de ternura y belleza... con sólo que yo pudiera adelgazar.

Finalmente adelgacé. Hace trece años dejé de hacer dieta y perdí dieciocho kilos. Sobre aquello escribí un libro, hablé por televisión, escribí otro libro. Esperaba que la ternura y la belleza se filtrasen a través de mi fresco refugio azul.

Y entonces me di cuenta de que por debajo de mi anhelo de estar delgada había la creencia en que eso significaría estar enamorada. Cuando me imaginaba delgada, jamás me veía sola. Estar delgada significaba ser feliz, y ser feliz significaba no estar sola. Estar delgada significaba estar enamorada. De pronto, empecé a desear tener una pareja tanto como antes había deseado estar delgada.

Pero como no era una buena política dejar la propia vida en suspenso en espera del compañero perfecto, seguí creándome el tipo de vida que yo quería, aunque no tuviera pareja. Me mudé a la casa de mis sueños, un pequeño chalet en la playa, con claraboyas y puertas de cristal y ciruelos. Empecé a dar seminarios, y con el éxito de los libros fui afianzando lentamente mi propia empresa. La vida era buena, yo tenía amigos a quienes quería, un trabajo que era la auténtica expresión de mis valores, estaba delgada y sana. Pero seguía esperando.

Me dije que si me pasaba el resto de mi vida sin tener pareja, aun así podía ser una vida plena. Piensa en Katharine Hepburn, me decía. Es vibrante y creativa, y vive sola. Todos terminamos por estar solos, razonaba. Es mejor estar sola que sentirte sola con alguien a quien no amas. Me lo creía todo, pero seguía soñando con besos a la luz de la luna y cuerpos entrelazados.

En muchos sentidos seguía siendo la quinceañera que en una habitación en penumbra le hablaba a su amiga Jill, en susurros, de enamorarse y de la pasión del amor.

—¿Tú crees que duele cuando te la pone dentro? —me había preguntado Jill entonces.

—No lo creo —respondí—. Entonces, ¿por qué la gente arma tanta historia con eso del sexo? Quiero decir que si duele, ¿a qué viene?

—¿Qué crees tú que se siente? —La voz de Jill empezaba a elevarse.

—No sé.

Jill se enderezó y encendió la luz. Estaba demasiado excitada para dormir. Yo me puse de lado para verla de frente. Una gigantesca muñeca de trapo, rodeada de un zoológico de animales de felpa, se destacaba sobre el diván.

—Me parece que debe ser la sensación más maravillosa del mundo —dijo Jill—. Tú lo miras a los ojos, él te mira a los ojos, y ambos gemís. Durante un momento, los dos sois una sola persona. ¿Puedes imaginarte algo mejor?

—No —murmuré—, claro que no.

Y me quedé dormida soñando con un hombre de pelo rizado y ojos redondos como monedas.

Diecinueve años después aún seguía soñando con él.

Por las tardes, cuando el sol iluminaba las estrellas de la colcha, me lo imaginaba sentado sobre la cama, mirándome. Y actuaba como si a él le encantaran la manchita dorada que tengo en el ojo derecho, mi manera de susurrar «diga» al contestar al teléfono, la forma de mi cara, la textura de mi piel. Y me sentía llena de esperanza, y completa.

Por la noche, cuando el vacío cuenco del cielo nocturno borraba el día, encendía la luz y me iba a mirarme al espejo.

—Tienes un rostro limpio y alegre —me decía en voz alta—. Si yo fuera un hombre y te viera, querría conocerte. Si fuera un hombre, podría amarte.

Cuando se publicó mi libro Breaking free [Liberación], mi amiga Babs me dijo que tenía que esforzarme más.

—¿Cómo esperas conocer a un hombre si trabajas con mujeres, escribes para mujeres y pasas todo el tiempo con amigas? Tienes que salir más, ir a bailar, ir a fiestas.

Sara, mi mejor amiga, me dijo:

—¿Acaso esperas que él venga a tocar el timbre de tu puerta? Es necesario que hagas más cosas. No seas tan solitaria.

—No se necesita más que uno —me decía Ellen—. Ya lo encontrarás. No te preocupes tanto.

Yo tenía miedo de no ser lo bastante... lo que fuera que hubiera que ser, y de tener demasiado de lo que no hacía falta, para entablar una relación importante.

Babs me entusiasmó para que pusiera un anuncio personal en el periódico local.

—Es la nueva manera de conocer hombres —me dijo—, mejor que ir a bares, a fiestas o a clases nocturnas. Y así puedes ser muy clara y específica respecto de lo que quieres.

Cuando Babs se fue a vivir con el hombre a quien había conocido gracias a haber puesto un anuncio, decidí que tenía razón.

Me pasé los cuatro meses siguientes escribiendo mi propio anuncio. No podía decidir si debía describirme como «atractiva» o «muy atractiva», si debía mencionar que no me gustaban las películas de Woody Allen o que me encantaba el chocolate. No quería decir que había escrito libros sobre el problema de comer porque no deseaba que nadie me reconociera, pero tampoco quería ser tramposa. Después de revisar unos pocos centenares de veces el anuncio, soborné a Maureen, la gerente de mi oficina, para que lo llevara al periódico y así se pensaran que quien lo ponía era ella. Finalmente, el texto decía:

Un amante que sea un amigo. Soy una atractiva y vibrante judía de 34 años, con un trabajo satisfactorio y bien remunerado, sentido del humor y el deseo de establecer una relación con un hombre que quiera ser amigo además de amante. En diferentes ocasiones, soy alguna de estas cosas, o todas ellas: juguetona, seria, terrible, tierna y perspicaz. Me gusta salir, estar sana, bailar, el chocolate y advertir lo extraordinario en lo ordinario. Las películas de Woody Allen me deprimen. Busco un profesional soltero, de 30 a 45 años, que sea bondadoso, cordial y sincero consigo mismo, que sepa reír, cuidarse, escuchar, que no se vaya cuando las cosas se ponen difíciles y que crea que su vida mejorará si crece en una relación con una mujer. No desdeñaría un gourmet a quien le guste cocinar.



Recibí setenta respuestas, diez fotografías, dos ramos de rosas, tres poemas y una hogaza de pan de cebolla. Mi amiga Ellen me ayudó a clasificar las cartas en tres pilas: sí, no y puede ser. Junto con Sara, volví a leer las cartas de la pila del sí, y preparamos un horario en función del cual se suponía que yo podría llamar a dos o tres hombres por noche. Pero no quería hacerlo. No quería aguantar la incomodidad de los primeros minutos de estar hablando con hombres que no conocía y que probablemente no me gustarían. Quería terminar con todo el asunto, tirar las cartas, convertirme en una sacerdotisa judía. En cambio, hice un trato con Sara: yo marcaría el número desde de mi despacho, y tan pronto como el teléfono empezara a sonar, ella levantaría la extensión instalada en el despacho adyacente para que las dos pudiéramos vernos e intercambiar mensajes importantes.

—Diga.

—Hola, soy Geneen. Lo llamo porque, bueno, porque usted respondió al anuncio que puse en el periódico.

—¿Qué anuncio? Es que respondí a unos cuantos.

A estas alturas, yo dirigía a Sara una mirada que quería decir: «Oh, por Dios, ¿cómo llegué a meterme en este asunto?», y ella me respondía con una que significaba: «¿Quieres callarte y contestarle?».

Conocí a programadores informáticos, psicólogos, obreros de la construcción... Conocí a un hombre que le mordió la oreja a otro en una pelea, a uno que vivía con su madre y su ex mujer, y a otro que tenía quince gatos, tres pinzones y una carpa dorada. Cada vez que hablaba con alguien que me gustaba, me hacía una imagen visual de él que armonizara con la voz, y siempre me equivocaba. Un hombre me dijo que era alto y delgado, y cuando nos encontramos, vi que no llegaba al metro sesenta y era casi esférico. Otro me dijo que era «muy distinguido» y que no me desilusionaría al verlo. No me dijo que le faltaba un incisivo ni que tenía una rosa tatuada en la mejilla derecha. Después de cinco semanas de encontrarme con extraños en las escaleras de la oficina de correos o en la puerta de una tienda de productos dietéticos, no había encontrado a nadie que me interesara volver a ver.

Entonces conocí a Matt, y no fue por el anuncio.

Lo oí hablar en un seminario en el que también yo participaba como conferenciante y me dejó fascinada. Era arrollador, divertido y muy atractivo, y yo quería conocerlo. Al día siguiente, cuando lo vi, me presenté. Le dije que me parecía que su charla había sido interesantísima y que los dos llevábamos exactamente las mismas gafas de sol. Me dio las gracias, me dijo que yo tenía muy buen gusto para elegir gafas de sol y siguió andando.

El último día del seminario, la psicóloga Virginia Satir estaba pronunciando el discurso de clausura en un salón de ceremonias repleto: debía de haber un millar de personas. Yo estaba sentada en el centro de la sala, en medio de una hilera, y con el rabillo del ojo distinguí a Matt que se encaminaba hacia la puerta. Sin pensarlo, pedí disculpas, me abrí paso entre rodillas y piernas, tropecé con un bolso y conseguí llegar al fondo de la sala. Cuando estuvimos el uno frente al otro, le dije:

—Ayer me presenté a usted, pero no me parece que se haya fijado en mí. Me llamo Geneen Roth y quería decirle cuánto me conmovió su conferencia.

Esta vez sí se fijó en mí.

Después de nuestra primera cita, me sentía fuera de mí de excitación, enloquecida por el acicate de la pasión y las posibilidades de la situación. Me gustaba la forma en que él me miraba, la forma en que me hablaba de su trabajo, y cómo se interesaba por el mío. Me gustaban el espacio que le quedaba entre los dientes de delante, la línea de su nariz, el matiz de su risa. Cuando me dejó un mensaje en el contestador, diciéndome: «Sólo quería que supiera lo mucho que me alegro de haberla conocido y de que usted haya entrado en mi vida», le comenté a Sara que me parecía estar soñando.

—Un hombre que dice lo que siente —le dije—. No me lo puedo creer.

En nuestro segundo encuentro fuimos al jardín botánico. Estábamos sentados junto a una hilera de lirios de color púrpura cuando me dijo:

—Ya sé que es demasiado pronto para decirte que no quiero ver a nadie más que a ti, pero es que es cierto. Creo que me estoy enamorando de ti.

Yo quería beberme las flores, comerme los colores, cubrirle la cara de besos de lavanda.

—No me despiertes —le dije—. Si todo esto es un sueño, no me despiertes.

Durante ocho meses me desperté cantando. Sonreía tanto que llegó a dolerme la boca. Lo besaba tanto que se me entumecieron los labios. Me gustaba más a mí misma cuando estaba con él: era más buena, más tranquila, más feliz. Estaba palpitante de amor, floreciente de luz.

Y después, lentamente, volví a ser yo misma.

Alguien acudió una vez a uno de mis seminarios después de haber perdido treinta y cuatro kilos haciendo dieta. Se plantó delante de ciento cincuenta personas y dijo con voz temblorosa:

—Me siento como si me hubieran robado. Me han arrebatado el mejor de mis sueños. Yo creía realmente que al perder peso, mi vida cambiaría. Pero lo que ha cambiado en mí ha sido solamente lo externo. El interior continúa siendo el mismo. Mi madre sigue estando muerta, y sigue siendo cierto que mi padre me pegaba cuando era pequeña. Todavía estoy enojada y me siento sola, y ahora ya no tengo la ilusión de adelgazar.

Tras haber esperado durante toda la vida que la ternura y la belleza llegaran vestidas de delgadez o en forma de enamoramiento, puede ser devastador descubrir que no llegan... sobre todo si esperábamos que nos ayudaran a perdernos o a encontrarnos a nosotros mismos.

La compulsión es desesperación en el nivel emocional. Las sustancias, personas o actividades que nos hacen comportarnos compulsivamente son aquellas que creemos que pueden liberarnos de la desesperación.

La desesperación.

La primera vez que la sentí era pequeña, y entonces no sabía qué nombre darle. Era la sensación —que llevaba dentro del cuerpo— de que mi mundo estaba a punto de hacerse pedazos, y de que yo no podía hacer nada para remediarlo. Ni podía impedirlo, ni podía hacer nada por que hubiera algo mejor.

Ahora, si miro mi vida, veo que no hay nada por qué desesperar. Pero a veces, con frecuencia, algo sucede, y todo lo que me rodea —el cielo, mi cuerpo, el rostro de Matt— se convierte en polvo.

Han pasado nueve meses después de mi primera salida con Matt, y estamos en el aeropuerto de La Guardia. Atardece y nuestro avión acaba de llegar de las Bermudas, donde Matt y yo nos hemos pasado cinco días leyendo novelas, haciendo el amor, comiendo papayas y llenando los floreros que había en nuestra habitación con buganvillas de color rojo carmesí. Vamos andando hacia la parada de taxis, donde él tomará uno que lo lleve a Nueva York y yo un autobús que vaya a Rhinebeck. La separación me aterra, no porque me sienta sola cuando estoy sola (la soledad me encanta), ni porque no tenga nada que hacer en los próximos cinco días (me voy a Rhinebeck a dirigir un seminario), sino porque me moviliza interiormente un terror familiar, y no quiero que él se vaya.

(«Si te vas, yo me quedaré sin nada.» Estábamos viviendo en el apartamento marrón: sillas marrones, alfombra marrón, sofá marrón... Yo tenía tres años. Ella se estaba preparando para salir, y empecé a gritar: «Si te vas, mamá, me quedaré sin nada». Me agaché en un rincón de la habitación, vestida con unos pantalones de pana azul y unos zapatos de cordones rojos. Cuando ella salió, me eché en el suelo marrón y sollocé. Entonces apareció Ann, mi «canguro». Me cogió, me montó sobre la aspiradora y me paseó casi toda la tarde.

Cuando mi madre volvió, me trajo una bufanda roja, blanca y azul.)

(«Si te vas, yo me quedaré sin nada.» Estábamos viviendo en la casa blanca y negra: sillas blancas y negras, suelo de mármol blanco y negro, sofá blanco y negro... Yo tenía once años. Ella estaba recostada en la cama. Atardecía y me estaba diciendo que quería divorciarse. Yo empecé a llorar. «¿Y qué será de mí?», pregunté. «¿Con quién viviré? ¿Adonde iré? No te vayas mamá. Si te vas, yo me quedaré sin nada.»)

Matt y yo hemos llegado a la parada de taxis y él se vuelve para despedirse, inclina el rostro sobre el mío para besarme. Siento el pánico atrapado en la garganta, como un pájaro que se debate para liberarse.

No puedo dar un salto y que me transporte a mañana. No puedo verme caminando, hablando, trabajando sin él. Todo se detiene aquí. «Si él se va, yo me quedaré sin nada.»

—Algún día me iré yo de viaje y tú no podrás ponerte en contacto conmigo y me echarás terriblemente de menos —digo, y él parece desconcertado.

—Es lo que sucede ahora mismo —responde—. Hasta el domingo no podré ponerme en contacto por teléfono y te echaré de menos.

No respondo. Lo que quiero que él me diga es que cancelará sus compromisos para venirse conmigo a Rhinebeck. Quiero que me diga que no puede aguantar esas separaciones, que no nos separaremos nunca más. Quiero que me diga que me ama demasiado para irse, pero lo que me dice, en cambio, es:

—Te amo, Geneen, y sé que esto es difícil para ti; te olvidas de que vamos a pasar muchos más días juntos, muchos años juntos. Separarse unos días no es el fin. Ahora tengo que irme; dentro de media hora tengo una reunión. ¿Quieres decirme algo?

Sacudo la cabeza, negando. Él me mira con intensidad durante un momento, me da un rápido beso, se vuelve para subir al taxi.

Lo odio.

Yo había supuesto que amar a Matt significaría olvidar el sufrimiento. En cambio, lo evoca: los años de volver de la escuela y recorrer una tras otra las habitaciones de la casa vacía. Me sentaba en el sofá de terciopelo color arena y me quedaba mirando la naturaleza muerta con una pieza redonda de queso, una manzana, un cuchillo con la empuñadura negra. Me iba a la cocina, abría la puerta del refrigerador, la cerraba, la volvía a abrir. Cerrar. Abrir. Comer. Entraba en el dormitorio de mi madre y olfateaba el rastro de su perfume, abría el cajón dónde guardaba sus joyas, escogía un par de pendientes de oro y me los ponía en las orejas. Me sonreía a mí misma en el espejo, me imaginaba que estaba en una fiesta, y saludaba enarcando las cejas.

Necesitaba a mi madre. Deseaba que mi padre volviera a casa a cenar y le dijera que era bonita y que él la amaba. Quería que mi madre viniera a casa a cenar y me dijera que yo era bonita y que ella me amaba. Quería que me dijera que nuestro mundo no iba a hacerse pedazos en cualquier momento, y que no hacía falta que yo siguiera esforzándome tanto por ser buena.

Y yo había supuesto que amar a Matt haría desaparecer el dolor de todos aquellos años. Había creído que tener a alguien con quien acostarse, hablar y comer iba a hacer desaparecer el dolor. Pero hay muchos momentos —el del aeropuerto no es más que uno de ellos— en que me siento como si todavía estuviera dando vueltas de la sala de estar a la cocina y al dormitorio de mi madre, encontrándome con que no hay nadie en casa.

La compulsión es desesperación en el nivel emocional, es el sentimiento de que no hay nadie en casa. Nos volvemos compulsivos para sentir que hay alguien en casa.

Lo único que siempre quisimos fue amor.

No queríamos volvernos compulsivos. Lo hicimos para sobrevivir. Lo hicimos para no volvemos locos. Porque nos hacía bien.

La comida era nuestro amor, comer era nuestra manera de ser amados. La comida era accesible cuando nuestros padres no lo eran. La comida no se levantaba y se iba, como los padres. No nos decía que no. No nos pegaba. La comida no se emborrachaba, y estaba siempre ahí. Tenía buen sabor. La comida estaba caliente cuando teníamos frío, y fría cuando teníamos calor. La comida llegó a ser la mejor forma de amor que conocíamos.

Pero la comida no es más que un sustituto del amor. La comida no es amor, ni jamás lo ha sido.

Somos muchos los que hemos estado usando la comida como sustituto del amor durante tantos años que ya no reconocemos la diferencia entre buscar el amor en la comida y buscar el amor en el amor. Aunque chocara con nosotros y nos derribara, no reconoceríamos al amor.

Y no porque seamos ignorantes, sino porque como nunca nos han amado bien, no sabemos cómo es el amor. Y si no nos han amado bien, nosotros tampoco podemos amarnos bien. El comportamiento compulsivo, en el nivel más fundamental, es una falta de amor hacia uno mismo; es una expresión de nuestra creencia de no valer lo suficiente.

Ayer vino a visitarme una amiga escritora. Me trajo bayas de zarzamora recién recogidas en un tazón de porcelana blanca. Sentadas a la mesa de la cocina, con la cabeza apoyada en la mano, Lyn me contó que el fin de semana siguiente tenía que asistir a una conferencia, pero que no quería. Le pregunté por qué.

—Porque allí veré a Kristin y desde la ultima vez que nos vimos he aumentado casi cinco kilos —antes de que yo pudiera decir nada, ella misma se corrigió—: En realidad, no he aumentado más que tres, pero Kristin y yo solíamos pesar exactamente lo mismo. Mi cuerpo era como el de ella.

—¿Y por qué has de querer tener un cuerpo como el de Kristin? —le pregunté, recordando que Kristin tenía las caderas muy huesudas y que los pies se le abrían hacia afuera.

—¿Es que no se lo envidian todas? —me preguntó.

Yo negué con la cabeza y le pregunté en qué se dedicaría a pensar, si no fuera en su cuerpo. Me respondió:

—Me preocuparía por lo terriblemente mal que escribo.

Más tarde, sola en casa, me quedé pensando en la visita de Lyn. Pensaba que raras veces las compulsiones son lo que parecen, y que la preocupación por el cuerpo encubre preocupaciones más profundas que a su vez encubren otras aún más básicas. Y pensé que no era de escribir terriblemente mal de lo que Lyn tenía miedo.

Al día siguiente, cuando hablé con ella, me dijo:

—Ayer cuando llegué a casa me di cuenta de que no te había dicho cuál era el fondo de la cuestión. Tú me preguntaste por qué me preocuparía y yo te dije que por escribir, pero no es eso.

—¿Y qué es?

Lyn hizo una inspiración profunda. Y yo también.

—Ya sé que esto sonará a tópico, pero me parece que de lo que tengo miedo es de no valer lo suficiente, de tener en alguna parte un fallo muy profundo y no ser digna de que me quieran.

La comida y el amor. Empezamos a comer compulsivamente por razones que tienen que ver con el tipo y cantidad de amor que hay o que nos falta en nuestra vida. Si no nos han amado, reconocido y entendido bien, nos las arreglamos para adaptamos a la situación: rebajamos nuestras expectativas, dejamos de pedir lo que necesitamos, de mostrar dónde nos duele o de decir que nos hace falta consuelo. Dejamos de esperar que nos reconozcan y empezamos a confiar en nosotros mismos y en nadie más para nuestro sustento, nuestro consuelo y nuestro placer. Empezamos a comer. Y a comer.

Trina tenía tres años cuando la madre la dejó en la granja de su abuela, diciendo que al día siguiente volvería a buscarla. Al día siguiente Trina se sentó a esperar bajo el porche de la casa de la abuela. Esperó el día siguiente, y también el otro. Todos los días, durante ocho años, Trina esperó que su madre volviera. Y todos los días, durante ocho años, la abuela se quejó de tener que ocuparse de ella. Más que quejarse, la castigaba. Con un látigo y hasta hacerle sangre. Todos los días, durante ocho años. Cuando Trina iba a la escuela magullada y golpeada, las maestras le preguntaban qué le había pasado.

—¡Trina! ¿Es que alguien te ha golpeado? —le preguntaban, y ella decía que no, que se había caído por la escalera o había tropezado esa mañana mientras iba corriendo a la escuela, o que había chocado contra algo. Tenía miedo de que su abuela la castigara todavía más si la descubría. O, peor aún, de que le hicieran algo a la abuela y ella se quedara sin tener adonde ir.

Trina sobrevivió. Algunos niños lo habrían hecho recurriendo a las drogas, otros se habrían escapado, se habrían vuelto alcohólicos o habrían ido a parar a una institución de enfermos mentales. Trina hizo otra cosa, en realidad dos cosas. La primera, llevar en la muñeca una tira de goma: después de que su abuela la golpeara, la estiraba para que el chasquido la hiciera volver al momento presente. Se había vuelto muy hábil para escapar de su cuerpo.

—Cuando me estaba dando una paliza —cuenta Trina—, yo pensaba en una lección que hubiéramos aprendido ese día en la escuela... en cómo se deletrea «princesa» o algo así. Pensaba en las flores del patio, en las camelias cuando se empiezan a abrir y en las manchitas amarillas que tienen dentro. Cuando mi abuela terminaba de pegarme se metía en casa, y yo me quedaba afuera y hacía chasquear la tira de goma sobre la muñeca. Sabía que me dolería un poco, pero el sonido que hacía y el dolor que me producía hacían que dejara de pensar en flores rojas y me traían de vuelta al lugar en el que me encontraba: frente a la casa de mi abuela, donde me esperaban tareas que era mejor que me pusiera a hacer antes de que ella volviera a salir para seguir pegándome.

Trina hacía también otra cosa: sacar furtivamente comida de la cocina y guardársela debajo de la cama: cajas, latas y bolsas de comida.

—Mi abuela—me contó— guardaba dulces en la cómoda de su dormitorio, debajo de sus sujetadores con refuerzos de alambre. Y cuando ella se quedaba mirando la televisión yo me iba a su cuarto, me guardaba algunos dulces debajo de la blusa y los escondía entre el colchón y el somier de mi cama. A veces —continuó— me llevaba latas de comida de la cocina y también las guardaba allí. A media noche, cuando mi abuela dormía, yo encendía la luz de mi mesita de noche, sacaba mi abrelatas y comía. Comer, especialmente las cosas que había sacado del cajón de la cómoda de mi abuela, me hacía sentir como si fuera alguien especial.

Ya que no podía ganarse el amor de su abuela, Trina le robaba la comida.

Los mensajes que recibió sobre sí misma y sobre el mundo que la rodeaba fueron:

• Yo hice algo malo, y por eso mamá no vuelve, porque soy mala.

• La gente miente, y lo mejor es no creer lo que dicen.

• El amor hace daño.

• Cuando alguien me deja, jamás vuelve.

• A mi abuela no le gusta tenerme aquí porque yo necesito y quiero demasiado.

• Si yo pudiera hacer todo lo que mi abuela me dice que haga, sería buena y entonces mamá volvería.

• Mi abuela es una persona mayor; ella sabe lo que hace y me castiga todos los días. Si por dentro yo fuera buena, por fuera no me pegarían.

• Más vale comer que encariñarse con alguien, porque la comida no se va y las madres sí. La comida no pega y las abuelas sí.

Cuando Trina tenía once años, su madre regresó. Yo la conocí cuando tenía treinta y tres. En veintinueve años ha aumentado y vuelto a perder más de 680 kilos. En los últimos diez años se ha casado y divorciado, ha sido madre y se ha vuelto a casar. He aquí lo que dice de su matrimonio actual:

—No puedo dar cabida en él a mi marido. Si se va por dos días en un viaje de negocios, cuando regresa me siento como si tuviera que empezar de nuevo toda la relación con él; es como si fuera un extraño, constantemente un extraño.

Trina estuvo demasiados años esperando que su madre regresara, y no quiere volver a sentir el dolor de la espera. Mientras él no está, come para atenuar su soledad. Piensa constantemente en lo gorda que está, en cuánto peso tendría que perder y en la ropa que se comprará cuando esté delgada. Transfiere el dolor de la espera al dolor de ser gorda. Cuando el marido regresa, tienen que salvar una distancia de ocho años de confusión, soledad y traición para recuperar su intimidad... si lo consiguen.

Porque Trina no únicamente se cierra ante su marido cuando éste se va de viaje: su experiencia del amor es que es algo que daña. El amor duele, la gente engaña, se va. Cuando el marido se va de viaje, a ella no le sorprende. Sabe que la gente es traidora, y se ha protegido cuidadosamente ante la posibilidad de sentir el dolor de la traición (de él o de cualquiera); se ha buscado un amante, segura de que nunca la abandonará: la comida.

El amor y la compulsión no pueden coexistir.

El amor es la disposición para —y la capacidad de— dejarse afectar por otro ser humano y permitir que ello pese sobre lo que uno es, sobre lo que dice, y sobre cómo evoluciona.

La compulsión es el acto de centrarnos en una actividad, en una sustancia o en una persona para sobrevivir, para tolerar y amortiguar nuestra experiencia de cada momento.

El amor es un estado de conexión recíproca, que incluye la vulnerabilidad y la entrega y que exige autovalorarse y ser constante, y es también una disposición a enfrentarnos a lo peor de nosotros mismos en vez de rehuirlo.

La compulsión es un estado de aislamiento caracterizado por la absorción en nosotros mismos, la invulnerabilidad, una baja autoestima, la imprevisibilidad y el miedo de que nuestro dolor nos destruya si lo afrontamos.

El amor ensancha; la compulsión encoge.

La compulsión no deja lugar para el amor, y en realidad, ésa es la razón por la cual muchas personas empezamos a comer demasiado: porque cuando teníamos lugar para el amor, la gente que nos rodeaba no nos amaba. El objeto mismo de la compulsión es protegernos del dolor que va asociado con el amor.

Estoy convencida de que nos volvemos compulsivos por obra de las heridas que recibimos en el pasado y de las decisiones que en aquella época tomamos respecto de nuestra propia valía, y que son, en última instancia, decisiones sobre si somos o no dignos de amor. Nuestra madre nos deja y decidimos que no nos merecemos que nos quieran. Nuestro padre se muestra emocionalmente distante y decidimos que somos demasiado exigentes. Se nos muere alguien muy próximo y decidimos que es mejor no amar a nadie porque, finalmente, eso duele demasiado. Tomamos decisiones basadas en nuestro dolor y en las limitadas opciones que teníamos en aquel momento. Tomamos decisiones basadas en el sentido que procuramos dar a nuestras heridas y en lo que hicimos, allí y entonces, para protegernos de nuevas agresiones y heridas. A los seis años —o a los once o a los quince— decidimos que el amor hace daño y que no nos merecemos o es imposible que nos amen, o que somos demasiado exigentes, y vivimos lo que nos queda de vida protegiéndonos para que no nos vuelvan a herir. Y no hay mejor protección que envolvernos en una compulsión.

En cualquiera de mis seminarios hay participantes cuyos padres eran alcohólicos, o murieron, o los abandonaron de pequeños sin advertencia alguna; hay participantes a quienes golpearon o violaron, y hay otros para quienes la pérdida, el abandono o la traición fueron más sutiles: tenían que ver con cualquier combinación imaginable de padres inaccesibles, madres posesivas y familias en las que había que negar o reprimir todo lo que fueran sentimientos incómodos.

De pequeños no tenemos recursos ni poder para tomar decisiones que afecten a nuestra situación. Necesitamos que nuestra familia nos brinde alimento, abrigo y amor; si no, nos morimos. Si sentimos que el dolor en que estamos inmersos es demasiado intenso y que no podemos alejarnos de la situación ni cambiarla, nos aislamos de ella. Podemos convertir —y lo hacemos— nuestro dolor en algo menos amenazante: en una compulsión.

En cuanto adultos, nuestra tarea es pasar revista a las decisiones que tomamos hace mucho tiempo respecto de nuestra propia valía, de nuestra capacidad de amar y de nuestra disposición a dejar que nos amen, porque es en esas decisiones donde arraigan muchas de nuestras creencias sobre la compulsión y el amor.

No es posible estar obsesionado con la comida —ni con ninguna otra cosa— y mantener una verdadera intimidad con nosotros mismos ni con ningún otro ser humano; simplemente, no hay lugar para ambas cosas. Sin embargo, todos queremos intimidad; todos queremos amar y que nos amen.

Hubo una época en que no teníamos opciones; ahora las tenemos.

La decisión de intimar, como la decisión de liberarse del hábito de comer compulsivamente, no es algo que nadie reciba gratuitamente. La intimidad no es algo que suceda no se sabe por qué entre dos personas; es una manera de estar vivos. En todo momento estamos decidiendo si nos revelamos o nos protegemos, si nos valoramos o nos desmerecemos, si decimos la verdad o la ocultamos, si nos zambullimos en la vida o la evitamos. La intimidad consiste en optar por estar conectados, en cada momento, con nuestra verdad más profunda, en vez de aislarnos de ella.

En cada uno de mis seminarios, alguien pregunta:

—Entonces, ¿cuándo va a empezar la magia?

Y yo respondo:

—Cuando tú des el paso; cuando hagas la opción.

Para los que hemos estado acostumbrados a esperar que el amor llegue a nuestra vida por mediación de alguien, el descubrimiento de que la intimidad es una opción de cada momento es algo tan próximo a la magia como es posible.





2

EL CONTROL Y EL DESCONTROL





La primera vez que me invitó a cenar, Matt me enseñó su casa. En el cuarto de estar, una gastada colcha hindú con un estampado azul y blanco cubría un sofá apoyado contra la pared. A su lado, cojo de una pata, había un loro de madera, pintado de verde y amarillo mostaza. Una anticuada lámpara con la pantalla de color ámbar bordeada por un fleco blanco se erguía junto a la mesilla.

Al lado de la sala de estar estaba la cocina; cuando pasé los dedos por la superficie de la mesa, Matt me explicó:

—Es de madera de koa [una variedad hawaiana de acacia]. Me la hizo un amigo. Pero vamos arriba —me invitó, señalando una escalera de caracol, también de madera, que había en el vestíbulo. Yo hice un gesto afirmativo. Quería verlo todo: los cuadros que había en las paredes, los libros que tenía junto a la cama, la hilera de frascos de colores en el cuarto de baño.

Al subir el último escalón, me encontré con una habitación que indudablemente pertenecía a una mujer. Desde el descanso ya podía ver abanicos chinos colgados en la pared y un escritorio pintado de rosa y púrpura.

—Este era el estudio de Lou Ann —me explicó mientras cruzábamos el umbral.

Yo ya sabía lo de Lou Ann. Sabía que él y Lou Ann habían estado muy enamorados y que ella había muerto a los treinta y tres, de un cáncer de ovarios inoperable, cuando hacía cinco años que vivían juntos. Sabía que él la tenía en brazos cada vez que la sometían a quimioterapia porque había oído decir que ésta no sería tan devastadora si Lou Ann se sentía amada mientras se la administraban. Sabía que Matt había compartido con ella el cuarto del hospital, que primero había habido una remisión durante un año, y que ella había muerto en casa, hacía un año y medio, rodeada de los amigos de ambos.

El escritorio, el reloj de cerámica, las plumas estilográficas, todo estaba dispuesto como si su dueña fuera a volver en cualquier momento. Sobre un estante, en un platito de porcelana en forma de corazón, relucían unos pendientes rojos. Una agenda encuadernada en piel, con un señalador de plástico en forma de aeroplano, esperaba sobre el escritorio. En un estante, apoyadas contra los libros, había tarjetas con palabras de aliento, abiertas para que el mensaje pudiera levantar el ánimo a la destinataria: «Con amor, Lou. Para que luches y triunfes. Tú eres capaz. Afectuosamente, Katherine»; «Cuídate mucho, Lulu, que tú eres más fuerte que cualquier cáncer. Una sobreviviente. Somos tus amigos. Llámanos cuando quieras. Con amor, Daniel y Maggie».

La última tarjeta tenía un dibujo de un payaso vestido de color plata con un collar de cuentas negras, botones negros y los labios pintados de rojo rubí. Dentro se leía: «Feliz Día de San Valentín para mi amor. Tuyo siempre, M.».

En la escuela primaria, después de leer el libro Great Expectations [Grandes esperanzas], me acosó la imagen de Miss Havisham, abandonada por su novio el día de la boda y que se pasa el resto de su vida esperando que él regrese. Deja intactos el pastel de bodas, los regalos, la decoración... En el pastel anidan ratas, las telarañas cuelgan de las lámparas, y la octogenaria señorita Havisham, vestida de novia, sigue esperando el retomo de su amado.

En el cuarto de Lou Ann me sentí como si hubiera atravesado el umbral que nos separa de un mundo de penumbras donde se pierde la distinción entre la realidad y la fantasía, entre el duelo por el pasado y la vida en el presente, entre la vida y la muerte.

¿Por qué seguían estando allí esas tarjetas, un año y medio después de su muerte? ¿Y los pendientes? ¿Y la agenda? La piel de la agenda estaba gastada y desteñida, blanda como un sauce; uno de los ángulos estaba oscurecido por la huella circular de un vaso. Yo me sentía tironeada entre el deseo de abrirla y ver su letra, saber a qué lugares iba, con qué gente salía a almorzar, y el de fingir que no la había visto siquiera. ¿Qué parte de esa agenda había llegado a usar? ¿Sabía que iba a morir antes de que terminara el año? Me gustaban esos pendientes rojos, pulidos y brillantes. Eran los rastros que quedaban de ella, ahora que se había ido. Quizás en el cajón del escritorio encontrase listas de cosas para comprar: jabón, champú, bombillas... Tal vez hubiera fotografías, notas de Matt: «Nos vemos luego, cariño, salí a caminar un rato».

Sentí que respiraba de forma superficial y tensa. Cada vez que inspiraba, el aire era como un trozo de cristal que me desgarrara el pecho. ¿Cómo podía ser que los pendientes siguieran allí si ella ya no estaba? Y no tenía más de treinta y tres años. Yo deseaba saber más de ella; saberlo todo. Y quería olvidarme de que alguna vez hubiera oído su nombre. O el de Matt. Quería irme de la habitación, bajar las escaleras, pasar junto al sofá con la colcha estampada hindú e irme de la casa. Para siempre.

No quería enamorarme de un hombre que estaba enamorado de otra mujer... aunque esa otra mujer estuviera muerta, mejor dicho, especialmente porque estaba muerta. jamás podría estar a su altura; en el recuerdo de Matt, ella sería perfecta. Yo sabía que él estaba conmigo porque no podía estar con ella, y quería ser la primera, quería a un hombre que me amara más de lo que jamás hubiera amado a nadie. Matt se estaba convirtiendo en lo contrario de lo que esperaba que fuese.

Yo deseaba controlarlo todo: mis sentimientos, los de él, el curso de nuestra relación. En mis sueños no había contado jamás con que me afectaran el dolor ni la muerte al encontrarme con el Ser Amado. Apenas si era nuestro segundo encuentro, y la naturaleza de nuestro romance —su ritmo, su intensidad, los sentimientos que nos expresaríamos el uno al otro— ya se me estaba escapando de la trayectoria que tan cuidadosamente había planeado. Yo no ejercía el control, y lo sabía. No ejercía el control, y eso me ponía enferma.

Ahí, de pie en la habitación de Lou Ann, de pronto el rugido de los coches en la calle me pareció demasiado intenso. Sabía que era el momento de decir algo.

Miré a Matt, que sostenía en las manos dos pequeños mazos de cartas.

—¿Qué es eso? —le pregunté.

—Las llaman «las cartas Oh» —me dijo—. Escoges una carta con imagen y otra con palabra, y entonces describes lo que significa para ti la combinación de las dos cartas. ¿Te gustaría jugar?

—Claro.

—Perfecto. Yo empiezo.

Sacó la imagen de una persona a punto de deslizarse por una pendiente y después una carta que decía «Alegría».

—Me siento como si hubiera estado trepando por una larga escalera y ahora estuviera dispuesto a empezar a permitir que la alegría vuelva a mi vida, y a jugar otra vez... contigo.

Durante los primeros ocho meses de nuestra relación, Matt lloró casi todos los días. A veces lloraba tan pronto como se despertaba. Otras veces lloraba cuando estábamos haciendo el amor. Una noche que habíamos ido a bailar, cuando tocaron una pieza de The Pointer Sisters dijo que tenía que irse.

—Lou Ann y yo descubrimos juntos a The Pointer Sisters —me dijo—. Esto no puedo bailarlo.

Cuando lloraba, solía pedirme que lo abrazara, y yo lo abrazaba y lo mecía, y le acariciaba la frente y el pelo. Me hablaba de lo demacrada que se había puesto ella por el cáncer, o se acordaba del oxígeno que necesitaba al final y de las inyecciones que él tenía que ponerle. Hablaba de lo juguetona que era antes de enfermar, y de la inteligencia y el humor que había demostrado durante su enfermedad. Me contó que en su primer viaje a Hawái habían tomado lecciones de hula hoop en un escenario gigantesco, y que cada vez que Lou Ann hacía oscilar las caderas lo echaba a él del escenario. No tardaron en reírse tanto que ya no podían bailar. Me dijo que Lou Ann era como una niña; se hacía amiga de todo el mundo. Si quedaban en encontrarse en un restaurante y él se retrasaba veinte minutos, ya la encontraba sentada a otra mesa, charlando y riéndose con un grupo de desconocidos.

—Nada la asustaba —me dijo—. Todo el mundo la quería, hasta el cartero.

Cuando estaba haciendo su tesis sobre el comportamiento de los osos polares durante el apareamiento, Lou Ann iba todos los días al zoológico a observarlos. Una semana después, Caesar, el más feroz de los machos, le lamía la mano.

En su despacho, Matt tenía una pared entera cubierta de fotos de Lou Ann... veinticinco en total. Lou Ann cuando era bebé, Lou Ann en bañador, Lou Ann besando a Matt, cogiéndole de la mano, los dos con cintas rosadas en el pelo, los dos riéndose. Sobre la lámpara había una nota escrita con letra de mujer que decía: «Lou te amo». Junto a la botella de lavavajillas en la cocina había un corazón de cerámica, blanco y azul, donde se leía «Matt y Lou». En la ducha estaba la jabonera de ella, en el botiquín sus medicinas. Su nombre y su rostro estaban por todas partes. Lou Ann. Lou Ann.

Mis sentimientos con respecto al hecho de amar a Matt y recibir su amor mientras él seguía afligido por la muerte de Lou Ann vacilaban enormemente. Yo quería que él formara parte de mi vida. Me conmovían sus lágrimas y su dolor, y cuando me dejaba ver su vulnerabilidad me hacía sentir importante... ¡a mí! Yo sabía que no podía imaginarme siquiera lo que había sido para él ver, desde su impotencia, cómo ella se debilitaba, cómo se le caía el pelo y cómo la muerte lanzaba su llamada de alivio, su canto de sirena. Yo ya empezaba a sentir que si algo le sucedía a Matt, a mí me destruiría. («Es el peor miedo que todos tenemos», me dijo Sara. «Es obvio que es un hombre capaz de comprometerse, Geneen. Si eres paciente con él, valdrá la pena.») Me estaba enamorando locamente de ese hombre; estaba extática, radiante... cualquier cosa menos triste. Yo sentía que la vida nos había cubierto de bendiciones; él, que le había robado su más preciado tesoro. Yo sentía que había encontrado el amor de mi vida; él, que el suyo ya había muerto. Yo sentía que al hacer el amor con él me acercaba al lugar —en mi cuerpo, bajo los huesos, detrás de mis ojos— donde mis preguntas se convertían en respuestas; él sentía que hacer el amor lo acercaba más a una tristeza sin fin. Yo me sentía más fuerte y más viva que nunca; él sentía que una parte de sí se había muerto con Lou Ann, y que no estaba seguro de que fuera capaz de volver a estar plenamente vivo. Ni de que quisiera.

Yo quería que mi amor fuera suficiente para curar a Matt... y no lo era. Quería ser la única mujer en su vida... y no lo era.

Casi tres años después de la muerte de Lou Ann, Matt y yo fuimos a ver a un consejero especialista en duelos. Yo estaba convencida de que Matt estaba prolongando su duelo y valiéndose de él para mantenerme a distancia. Estaba cansada de oír hablar de la parte de él que murió con Lou Ann, cansada de ver, en la pared de su estudio, la foto de los dos tiernamente abrazados. Estaba dispuesta a que aquello se acabara.

—Ciertamente, usted quiere que esto suceda a su manera, ¿no es eso? —me preguntó aquel hombre, mirándome de frente—. En realidad —dijo—, a usted le gustaría controlar lo que sucede, y cuándo sucede. Parece como si creyera que si Matt la amase, no echaría de menos a Lou Ann.

Sí a todo eso, sí.

Sí, es verdad que creo poder controlar el comienzo y el final de casi cualquier cosa. Es verdad que si las cosas no suceden como yo quiero, mi primera reacción es pensar que estoy haciendo algo mal, que he hecho algo mal, que puedo hacer algo para mejorar las cosas.

No al desvalimiento y al terror de haber perdido el control. Lo intenté una vez, y no me funcionó.

En la casa donde transcurrió mi niñez los ruidos más frecuentes eran portazos y gritos. Mi madre nos pegaba, a mi hermano y a mí, acorralándonos en los rincones, con los brazos alzados delante de la cara para que no me sujetara por el pelo y me arañase los ojos. Tenía miedo de que me rompiera.

Papá, sonriente y esquivo, pasaba como en una danza aérea a través de todo aquello. Me hacía regalos, me llamaba gatita y me decía que me amaba. Todas las mañanas se iba temprano al trabajo y regresaba a última hora de la noche. Se iba dejando a medias una pelea con mamá; yo los oía vociferar desde mi dormitorio, oía el golpe de la puerta de entrada, oía a mi madre gritando: «No te vayas, cabrón», oía arrancar el coche. Mientras se esfumaba el ruido del motor, mi madre daba portazos, rompía platos, lloraba. Y yo esperaba. Esperaba que papá regresara a casa, esperaba que mi madre dejara de gritar, esperaba el momento de poder salir con seguridad.

A las doce tomaba la decisión de hacer que las cosas funcionaran en mi familia.

A las doce hacía una lista en mi diario. Se llamaba: «Las cosas que puedo hacer para que mamá sea feliz». He aquí la lista:

1. Limpiar mi cuarto.

2. Llevarle el desayuno a la cama.

3. Decirle cosas buenas.

4. No enfadarme ni tratar a nadie de estúpido.

5. No hacer preguntas.

Al final de cada día verificaba en la lista las cosas que había hecho y marcaba con una estrella las que podía hacer mañana. Al llevar la lista tenía la sensación de estar logrando algo. Me hacía sentir como si tuviera algún control.

Todas las noches tenía el mismo sueño: estaba de pie en medio de mi habitación, haciendo fuerza contra las paredes, que se desmoronaban. No podía aflojar ni un minuto siquiera. Si aflojaba, las paredes se vendrían abajo, la casa se desplomaría. Y yo también.

Cuando mis amigas me invitaban a dormir en casa de ellas, les decía que no, que no me encontraba bien. No podía decirles que mi trabajo estaba en casa, que tenía que sostener las paredes. No quería ir a las reuniones que se hacían después de la escuela; no quería regresar a una casa que se estaba viniendo abajo.

Mi amigo Robert me contó que desde que él estaba en tercer grado hasta que llegó al séptimo, su madre tuvo cuatro crisis nerviosas. Empezaban cuando ella se quedaba todo el día en cama durante dos semanas. Dejaba de hablar, dejaba de comer, dejaba de dormir. Cuando él volvía de la escuela se iba a su cuarto a hacer dibujos y después se los llevaba. Le preparaba tostadas y té y se los servía en una bandeja de mimbre. Mordía un trocito de tostada y después le daba la bandeja a ella, diciéndole:

—Ahora come tú, mamá.

Creía que él podía hacer que su madre se curara, creía que la salud de ella estaba bajo su control.

Maggie, mi terapeuta, me dijo:

—Tú no puedes hacer que nadie se vaya, Geneen, del mismo modo que no puedes hacer que nadie se quede. Se quedan o se van por una decisión que ellos toman, por razones propias, no por algo que tú haces o dejas de hacer un día determinado.

Yo no le creí.

Control es una palabra que los tragones compulsivos oyen con frecuencia. En todas las dietas, en todas las reuniones, en todos los libros. Desde muy temprano aprendemos que una parte fundamental de nosotros, nuestra hambre, es incontrolable. Aprendemos que para parecer seres humanos normales y vivir como ellos tenemos que estar en un perpetuo estado de alerta frente a esa feroz hambre interior. Vivimos inmersos en el terror de la comida, en el terror del chocolate, la nata y los bollos de canela, convencidos de que si pudiéramos llegar a controlar esa parte de nosotros todo lo demás armonizaría. Pero esta creencia no es más que una cortina de humo que no nos deja ver el problema central: los dominios en donde nunca tuvimos ni jamás tendremos control. Los dominios que tienen que ver con amar y ser amados.

Cuando intimamos con alguien, perdemos el control. Perdemos el control del tiempo que está con nosotros, de si se queda o se va, de lo que siente por nosotros, de los sentimientos que nos provoca lo que hace o dice. Perdemos el control del efecto que tiene sobre nuestra vida el hecho de amar a esa persona. Nos volvemos vulnerables a la pérdida, al dolor, a la muerte.

Una mujer de sesenta años está sentada en el fondo de la sala durante uno de mis seminarios. Estamos en septiembre, hace mucho calor y el aire acondicionado no funciona. Cuando levanta la mano, me acerco a ella y me doy cuenta de que está envuelta en un abrigo de visón.

—Si no como, voy a morirme —me dice.

Yo le pregunto cuánto pesa.

—Tengo miedo de decírselo.

—A veces viene bien decir las cosas en voz alta —le susurra otra participante.

—No llego a los treinta y dos kilos —responde.

Sus ojos son oscuros globos de angustia. Los pómulos son planicies de hueso que se extienden tan lejos de la cara que parecen no tener ninguna relación con las mejillas.

—Hace veinte años que dejé de comer.

—¿Qué pasó hace veinte años?

—Mi hija murió de leucemia. Yo creí que también me moriría.

En vez de la vivencia de la pérdida de control que proporciona el amor, muchos preferimos sentir que no controlamos algo que sí está bajo nuestro control: la comida que comemos... o que no comemos.

El problema del control —control de nuestras acciones, de nuestros sentimientos, del comportamiento de los demás— es básico en cualquier compulsión, aunque parezca que la compulsión se centra en la falta de control. Una participante en uno de mis seminarios nos contó lo siguiente:

—Cuando me compro una caja de bombones, me como dos y después guardo la caja en un cajón. Me voy a mi estudio y al cabo de unos minutos oigo cómo me llama el chocolate. «Mamie —entona—, Mamie, ven a comerme.» Os juro que el chocolate tiene voz. Sí, ya sé que en realidad no tiene cuerdas vocales, pero me llama y yo respondo. Tengo que responder. En ese momento me siento como si no tuviera otra opción.

Cuando me atiborraba de comida, me sentía como si estuviera poseída. Yo quería ser delgada, quería amar, quería crear, pero aquella voracidad quería destruir, asolar, anular. Cuando me atracaba no me importaba nada ni nadie; en ocasiones, si algo o alguien se interponía entre la comida y yo, sentía que podría haberlo borrado del mapa, que habría podido matarlo. Y cuando dejaba de atracarme y tomaba conciencia de la devastación —de la gran cantidad de cosas que había comido, de la desesperación con que me las había comido, del total desprecio por cualquier persona a quien hubiera visto en el momento de comenzar el ataque de voracidad o en mitad de él—, entonces me asustaba. Era un impulso que parecía tener su propia opinión, su propia voz, su propia voluntad.

Aprendí a tener miedo de mis ataques de voracidad de la misma manera que, de niña, tenía miedo de mi madre. A ella la veía como alguien que perdía los estribos; y durante un momento, una hora o un día, era como un tornado que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. Recuerdo sus manos fuertes, su rostro enrojecido, sus venas palpitantes. No había manera de saber cuándo la tomaría conmigo, ni de predecir qué desataría su cólera la próxima vez. Con ella la seguridad no existía. Exactamente lo mismo que, años después, sentí con la comida. Como muchas personas a las que actualmente trato de ayudar, transferí el terror a algo que estaba fuera de mí —mi terror de la infancia— a un terror a algo que está dentro de mí. Cuando comemos compulsivamente, estamos recreando sentimientos familiares de pérdida de control, miedo, frustración y desvalimiento; pero esta vez los sentimientos se circunscriben a un radio mucho más pequeño... y mucho más seguro: el de la comida que nos llevamos a la boca, el de los kilos que vamos depositando en nuestro cuerpo.

El mes pasado, en San Diego, una mujer dijo, durante un seminario, que la comida era su droga y que ella era incapaz de remediarlo. Y que eso era un alivio.

—Me hace bien saber que no puedo controlar la comida.

Pues bien, yo no me lo creo.

Creo que ella lo cree, y que creerlo es un consuelo, y algo familiar, pero la idea en sí no me la creo.

Lo que creo es que hubo una época en que realmente ella no podía controlar muchas cosas, probablemente muy dolorosas, quizá devastadoras. Digamos que el padre de esa mujer fuera alcohólico, o que su hermano abusó sexualmente de ella. Digamos que de niña, por las razones que fuere, no la valoraban, no la escuchaban, no la trataban con respeto ni con dignidad. Y, como era una niña, la situación estaba totalmente fuera de su control. Es comprensible que como adulta intente controlar o evitar lo que ella creía que era la causa de aquel dolor. Es comprensible que de adulta, ese sentimiento de pérdida del control le parezca tan familiar y apremiante que tienda a repetirlo, pero esta vez en una situación de la que ella en última instancia tiene el control, y en la que por consiguiente no es vulnerable a las decisiones, los deseos o los estados anímicos de nadie que pueda dañarla, que pueda prevalecer sobre su terror de la infancia.

Todos tenemos el corazón roto. A cada uno de nosotros nos han roto por lo menos una vez el corazón, en el seno de nuestra familia: quizás hayamos sufrido la pérdida o la traición de uno de nuestros padres. A algunos les han roto el corazón repetidas veces, y de maneras terribles. Cuando a un niño se le rompe el corazón, hay algo inexpresable —y que hasta ese momento estaba, además, intacto y era incuestionable— que se quiebra. Y jamás nada vuelve a ser lo mismo. Nos pasamos el resto de la vida intentando restar importancia a la herida o fingiendo que aquello no sucedió, intentando protegemos de que nos vuelva a pasar, procurando encontrar a alguien que nos ame de la manera en que necesitábamos ser amados cuando éramos niños. Nos pasamos el resto de la vida comiendo o bebiendo o fumando o trabajando para no tener que regresar jamás a aquel lugar, para no tener que sentir nunca el dolor insoportable del corazón destrozado.

Yo lo veo en quienes participan en mis seminarios. Entran en el salón expectantes, esperanzados, protegidos. Quieren que yo les demuestre que lo que digo es verdad, que será importante para su vida. Están enojados; llevan mucho tiempo aguantando, esperando que alguien les proporcione la llave que les abra su propia vida y les permita llegar a ser la persona que sueñan poder ser. Hablamos de modelos de intimidad, del hecho de comer compulsivamente, pero su rostro no cambia y no empiezan a respirar hasta que no hablamos del dolor de la niñez, y ellos no se permiten sentirlo. Desde el frente del salón, el momento del cambio es casi palpable. Los ojos se les suavizan, sus hombros se aflojan, y yo dejo de ser el foco de su atención. Por el momento, al menos, tienen exactamente lo que necesitan: han tocado fondo dentro de sí mismos. Se han adentrado en el momento y el lugar en que les rompieron el corazón.

Las manos se levantan, y una mujer comparte su historia:


Yo soy la mayor de seis hijos. El padre de mi padre era un alcohólico grave, y su madre maltrataba a los niños. Aunque mi padre no bebía en la época en que yo crecí, era muy rígido con nosotros. Nos maltrataba mucho, no tanto físicamente como de palabra, al menos por lo que yo recuerdo.

Mi madre se pasaba mucho tiempo enferma en el hospital, de modo que yo me hice cargo de la casa a edad muy temprana. Cuando tenía ocho años ya preparaba la cena de los domingos para toda la familia. Esa era la única ocasión en que recibía algún elogio de papá, así que me esforzaba cada vez más en cocinar, limpiar, cuidar de los pequeños... esperando como una esponja seca absorber algo que me hiciera sentir útil y valiosa, merecedora de estar viva.

En la fantasía guiada* que hicimos con usted, yo regresé a una época de mi vida en que estaba muy asustada. Mi madre era adicta a los tranquilizantes. Iban a hospitalizarla, y una mañana yo estaba esperando para despedirme de ella camino de la escuela. Mi madre había preparado una maleta y yo estaba sentada cerca de ella, en el sofá. La maleta estaba abierta y me puse a mirar las cosas que se llevaba. Yo tenía once o doce años, y vi que tenía píldoras cosidas dentro de los sujetadores. También las había en un frasco de perfume vacío... en todas partes. Se lo dije a mi padre y... bueno, ella me miró como si yo la hubiera quemado, y me enviaron a la escuela.

Cuando volvía a casa me detuve a llorar en la iglesia. No había nadie, y yo me sentía muy sola. Pensaba que mi madre se iba a morir. Pensaba que iba a dejamos, que quería dejarnos, y yo no podía soportar aquello tan horrible. Me sentía como si fuera a romperme en mil pedazos. Y sabía que tenía que volver a casa a ocuparme de mis hermanos y preparar la cena.

Mientras estaba ahí sentada, entró un grupo para ensayar una boda, charlando y riéndose, hasta que la novia me descubrió, sentada ahí en la primera fila. Se volvió al sacerdote y le preguntó en voz muy alta quién era yo y qué estaba haciendo allí, y yo salí corriendo por la puerta lateral y me fui llorando a casa.

Como parte de la fantasía, usted dijo: «Ahora ustedes, como adultas, pueden acercarse a consolar a esa niña. Díganle que la aman». Y yo me rebelé por dentro. Mi adulta no quería hacer eso. Recuerdo haber sentido algo en la línea de «Si me da una persona más para que la cuide, seré yo quien se desmorone». Desde que tenía cinco años estoy siempre cuidando de alguien. Ahora tengo treinta y cinco. Tengo tres hijos de menos de seis años; estoy viviendo mi segundo matrimonio, con un alcohólico... en «recuperación», claro, pero llegar a un punto de «normalidad» después de diez años implica una lucha tremenda. Y estoy cansada. Quiero mi oportunidad de ser irresponsable, infantil, de necesitar, no de que me necesiten. Tan pronto como empiezo a sentir esto, me pongo a comer, a atracarme, porque me siento egoísta y comer es la única manera que conozco de darme algo a mí misma y de permitirme perder el control.

Durante dos años me ha tratado un consejero psicólogo, durante uno y medio asistí a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Empezaba a sentir como si me estuviera liberando, pero tan pronto como me pongo en contacto con aquella niña, empiezo otra vez a atracarme.



* * *

Una niña encuentra píldoras cosidas disimuladamente en los sujetadores de su madre. Esta, drogadicta, está tan sumida en su propio mundo, tan hipnotizada por su propio dolor que no puede prestar atención alguna a sus hijos. El padre, rígido y grosero, es la única fuente de amor para la niña. La pequeña aprende que la elogiarán —y el elogio es todo lo que ella conoce del amor— cuando se ocupe de sus cinco hermanos. De mayor, se casa dos veces, y con cada uno de sus maridos repite su papel de cuidadora porque es la única manera que conoce de «empaparse» de amor. Y en cuanto a ella, para cuidarse come; no hace más que comer, atiborrarse de comida, de la misma manera que habría querido que la atiborraran de amor. Pero al comer moviliza los ataques de la culpa. Cuando come se siente egoísta, y desde muy pequeña ha aprendido que de este modo no consigue el amor sin el cual siente que se marchita. Como quiere que la amen, pero también quiere validar y satisfacer sus propias necesidades, mantiene el control en todos los dominios de su vida, salvo en lo que se refiere a comer. Y sigue creyendo que en su mismo centro, muy dentro de ella, hay algo que está tremendamente mal.

Yo tenía once años cuando mi madre me llamó a su habitación para decirme que iba a divorciarse. Hacía años que yo sabía que mis padres eran muy desdichados, y que rezaba todas las noches para que no se separasen. Arrodillada al lado de mi cama, rogaba: «Por favor, Dios, bendice a mamá y a papá y a Howard, y por favor no permitas que se divorcien». Yo no sabía a dónde iría ni lo que sería de mí. Pensaba que me enviarían al tribunal y que ahí tendría que presentarme ante el juez, con mi madre a un lado y mi padre al otro. Pensaba que el juez me diría que tenía que elegir a cuál de los dos quería más y con quién deseaba quedarme. Y yo no quería tener que hacer aquella elección. Creía que si me iba con mi padre, mi madre ya no me amaría, pero que si me iba con mi madre, mi padre aún me seguiría amando. Quería ir con mi padre porque era más fácil vivir con él y porque sentía que él me amaba, pero no quería perder a mi madre.

El día que mi madre me dijo que quería divorciarse, me eché a llorar.

—¿Y yo qué haré? —pregunté—. ¿A dónde iré?

—Tú no piensas más que en ti misma —fue su respuesta—. ¿No te importan los sentimientos de los demás?

Inmediatamente dejé de llorar, avergonzada.

—Lo siento, mamá. No lo decía en serio.

—Vete a tu habitación —me ordenó.

Y eso hice. Era un jueves por la noche, y me quedé mirando la televisión y fijando la vista en el cielo raso. Cuando oí girar la llave en la puerta de entrada, bajé a saltos las escaleras para ir al encuentro de mi padre, que se estaba quitando la americana.

—Mamá dice que os vais a divorciar.

—¿Qué vamos a hacer qué? —me preguntó, riendo.

—A divorciaros. ¿De qué te ríes?

Sin contestarme, subió las escaleras y abrió la puerta de su dormitorio.

A la mañana siguiente, mi madre no dijo palabra sobre el asunto... ni yo pregunté nada.

Cuando mi madre se enojaba conmigo, me decía que era una egoísta. Y eso quería decir que pensaba primero en mí misma, en vez de pensar en ella o en mi hermano. Ser egoísta era lo mismo que ser mala. Pensé que esa debía ser la razón de que ella no me amara. Crecí en la convicción de que si pensaba en mí misma, no me querrían.

Comer era una forma secreta de darme cosas. Cuando me comía tres paquetes de galletas de naranja con un baño de azúcar, no tenía que pedir permiso a nadie. Nadie podía ver que yo quería las galletas... ni ninguna otra cosa.

Una tarde que pasaba ante la puerta del dormitorio de mis padres, oí llorar a mi hermano, que estaba hablando con mi padre:

—Había comprado un paquete de galletas con mi dinero... dos, uno para mí y otro para Geneen, y ahora no están. Tú te los comiste, ¿verdad?

—Probablemente sí, Howard —admitió mi padre—, y lo siento. No sabía que las tenías reservadas.

Entré de puntillas en mi habitación, y necesité veinte años para confesarle a mi hermano que había sido yo, y no mi padre, quien se había comido aquellas galletas.

Estaba avergonzada de ser egoísta, estaba avergonzada de comer tanto, de esconder comida en mis pijamas, en mis chaquetas, en mis bolsillos. Estaba avergonzada de tantas cosas... pero sobre todo, estaba avergonzada de ser quien era.

Desde muy pequeña aprendí a descontrolarme con la comida y a controlarme con la gente... que en realidad es el acuerdo al que llegamos muchos de los que comemos compulsivamente. Todo lo que creemos que no nos está permitido hacer en la vida, tanto con la gente como en nuestro trabajo, nos lo permitimos con la comida: nos comemos la porción mayor, nos reservamos lo mejor para nosotros, nos servimos más de lo que necesitamos, gastamos dinero, no pensamos en los demás. Nos permitimos tener exactamente lo que queremos. En cuanto al resto de nuestra vida, estamos continuamente a dieta... a dieta de sentimientos. Porque para cada uno de nosotros hubo algún momento en que aprendió que, para que lo amaran, no podía revelarse tal como era. Si quería que lo amaran, no podía pedir lo que realmente deseaba.

Cuando nos ocurre esto, empezamos por definir el amor como algo esquivo, algo que sólo podemos obtener si fingimos no ser quienes somos. A muy temprana edad aprendemos a modelarnos según nuestra imagen del niño perfecto... de ese niño o niña que nos imaginamos que recibiría todo el amor que nosotros, en nuestra imperfección, no recibimos. Cuando comemos nos sentimos a la vez victoriosos y desesperados: victoriosos porque es nuestra manera —a veces, nuestra única manera— de ser nosotros mismos, y desesperados porque parece como si ser nosotros mismos nos alejara cada vez más de lo que queremos por encima de todo: que nos amen. Practicamos, hasta dominarlo a la perfección, el arte de no ser quienes somos. Pero por debajo de la envoltura está la terrible seguridad de que no somos realmente dignos de amor.

Cada vez que comemos compulsivamente, reforzamos nuestra creencia en que la única manera de tener lo que queremos es dárnoslo nosotros mismos, en que a menos que podamos tener el control de nuestra nutrición, pasaremos hambre. Al mismo tiempo, y precisamente porque es una manera de que nosotros mismos nos demos algo, el hecho de comer compulsivamente evoca viejos mensajes que nos dicen que somos malos porque tenemos necesidades, y especialmente si las satisfacemos. Es algo que ha llegado a simbolizar todo lo que es malo en nosotros: el hecho de tener necesidades y el de que tengamos la arrogancia de satisfacerlas nosotros mismos. Cada vez que comemos compulsivamente, desencadenamos la desesperanza, porque aprendemos que satisfacer nuestras necesidades significa que nunca nos amarán, jamás.

En este contexto, comer compulsivamente es una afirmación del espíritu humano. Es nuestra manera de decir: «No podéis vencerme. Aunque soy vulnerable y creo que necesito vuestro amor, aunque para complaceros podría modificar lo que digo y lo que hago, hay una parte de mí que se mantendrá intacta pase lo que pase. Es un parte de mí que no se compra ni se vende, que sabe que es digna de amor, de placer y de satisfacción. Esta es la parte de mí que come».

Y es verdad.

Cuando, ya sea de niños o de adultos, vivimos en un ambiente en donde aprendemos que si nos expresamos tal como somos no nos amarán, nos adaptamos. Aprendemos a fingir que somos de otra manera, pero continuamente una voz nos grita que no, y como no la escuchamos, se vale de la comida como lenguaje. Es el ser controlado lo que precipita el descontrol... de lo que sea: de la comida, de la sexualidad, del trabajo, de las drogas... Precipita también una necesidad de seguir controlando aquello que, en nuestro sentir, no recibiremos a menos que controlemos la forma de recibirlo. El amor, por ejemplo.

Hace seis meses, a sugerencia mía, Matt y yo planeamos un fin de semana en una posada. Tres días antes de la fecha de partida, él me dijo que un buen amigo suyo le había telefoneado porque cumplía cuarenta años y quería invitarlo a la fiesta que celebraría en Chicago. «Me gustaría ir», dijo. «Será muy agradable.» Le pregunté cuándo era.

—Es el último día de nuestro viaje, por la noche. Yo tendría que salir por la mañana temprano.

Me puse rígida. Le dije que no me hacía ninguna gracia. Entre lágrimas, le reproché que siempre cambiara los planes que hacíamos. Le dije que yo había esperado que aquella salida fuera un momento muy especial para pasar juntos y que no podía creer que de tres días que teníamos él quisiera prescindir de uno para ir a la fiesta de un amigo a quien no veía desde hacía un año.

Él también se puso rígido. Me dijo que a él no le hacía ninguna gracia que a mí no me hiciera gracia, y que aunque era cierto que él siempre cambiaba los planes que hacíamos, le gustaba ser flexible y no veía que hubiera nada malo en eso. Me reprochó que yo siempre tuviera que salirme con la mía, porque si no me enfadaba, y entonces, ¿qué opción le quedaba a él?

Esa pelea resume uno de los temas de discusión básica entre nosotros: hago planes basados en lo que Matt y yo decidimos, después él quiere cambiarlos y yo me siento herida, decepcionada, enojada.

Recuerdo cuando estaba practicando para sacar el permiso de conducir. Mi madre y yo decidíamos que a tal hora iríamos a practicar, y al salir de la escuela yo volvía a casa a esperarla. Media hora después del momento en que debería haber llegado sonaba el teléfono: era ella, para decirme que no podía ir. Si yo me quejaba, se enfurecía. Me decía que necesitaba tiempo para sus cosas y que yo siempre quería hacerlo todo a mi manera.

Aquel año mi primer novio, Sheldon, murió de cáncer. Yo me pasé días y días escribiendo su nombre por todas partes: en mis cuadernos, en mis piernas, en mis brazos... Me dormía llorando y lloraba durante todo el día. El señor Benson, mi profesor de mecanografía, me dejaba una caja de pañuelos de papel sobre el escritorio cada vez que teníamos clase. Durante las vacaciones de invierno, mi amiga Carolyn y sus padres me invitaron a hacer un crucero con ellos. Yo quería ir. Mi madre se iba a Florida y me invitó a que la acompañara. Me dijo que de todas maneras, si yo prefería hacer el crucero, para ella estaba bien.

Me pareció que si renunciaba al crucero para estar con ella, seguramente mi madre se daría cuenta de lo mucho que la amaba y la necesitaba. Lo que yo daba por supuesto, sin expresarlo, era que si yo me «pegaba» a ella, ella se «pegaría» a mí.

Si yo renuncio a lo que quiero hacer, entonces tú renunciarás a lo que quieres hacer.

Control.

Por debajo del «si yo renuncio a lo que quiero hacer» está la convicción de que a mí no se me permite o no puedo hacer lo que quiero. Cuidar de mí misma está mal. Tener necesidades está mal. Satisfacerlas, peor aún. Una persona que ama piensa primero en los demás. Una persona que ama se sirve la porción más pequeña del pastel. Eso significa que para sentimos amados debemos esperar que ese amor venga de fuera. Y tan pronto como pensamos en que los demás nos «llenen», sentimos la necesidad, la urgencia, de controlar lo que hacen y dicen; el reflejo de nosotros mismos en sus ojos se convierte en una crítica. Deben amamos de determinada forma, decir las cosas de determinada manera. Deben amamos tal como nosotros mismos nos amaríamos, si nos estuviera permitido. Para que podamos saber que nos aman, tienen que mostramos su amor tal como nosotros queremos que lo hagan. Deben hacer todo lo que no hicieron nuestros padres.

Si creemos que no nos merecemos aprecio, respeto y ternura, y por lo tanto no podemos brindárnoslo, intentaremos obtenerlo de otras personas, aunque sea al precio de humillaciones. Damos para poder recibir. Hacemos las cosas por el efecto que tendrán. Intentamos manipular, engatusar o controlar a los demás para que nos den lo que nosotros creemos que no nos podemos dar. Nos convertimos en lo que se suele llamar personas «controladoras».

Matt no se estaba ajustando a las reglas del juego, y fueron necesarias muchísimas peleas para descubrir exactamente en qué consistían las reglas.

Durante un año y medio después de habernos conocido, yo no hice planes para hacer nada sin él las noches en que podía estar con él. Porque quería que él hiciera lo mismo. Porque no quería que me dejara. Porque no conocía otra manera de conseguir lo que deseaba que no fuera renunciar a ello y esperar a que otra persona me lo diera. Y lo que yo quería saber, con una certeza tan inconmovible como la de quien sabe que un círculo es redondo, lo que quería saber de una vez por todas, es que yo, Geneen, tenía derecho a necesitar, a querer, a pedir, a tener... Quería poder decirme a mí misma: «No tienes que seguir avergonzándote. Ya puedes relajarte, todo está bien».

Durante muchos años pensé que lo conseguiría si adelgazaba. Después pensé que lo conseguiría si lograba publicar algún libro. Pero no. Entonces me di cuenta de que las cosas no me podían proporcionar eso, y creí que la gente sí. Cuando conocí a Matt y me enamoré de él, mi tácita expectativa era que me salvaría de mí misma, del odio que sentía hacia mí misma, de la angustia que sentía por ser quien era, de la que me provocaba todo aquello que era y que no quería ser.

Matt no se estaba ajustando a las reglas del juego. No podía salvarme de mí misma, de mi experiencia de recibir un golpe cada vez que pedía lo que quería, de mi mala disposición a empezar a cuidar de mí misma ahora, en el presente.

Ayer recibí esta carta:

Soy una universitaria de diecinueve años. Siempre he estado protegida de las emociones y sensaciones relacionadas con la intimidad porque primero creía que estaba gorda, y después lo estuve realmente durante los últimos años en la escuela primaria y los primeros en la secundaria.

El verano pasado perdí dieciocho kilos y llegué a la universidad lista para empezar una nueva vida. La primera noche que pasé en el internado me encontré con un viejo amigo y terminamos besándonos.

Él me gustaba y me sentía bien a su lado. Sin embargo, bruscamente me aparté de él. Después de eso me quedé muy confundida. Volvimos a encontramos un par de semanas después y finalmente me sentí llena de auténtico placer, pero al borde del contacto sexual, lo detuve.

No sé por qué no quiero dejarme ir [la cursiva es mía]. Empecé a aumentar de peso cuando lo que realmente quería era contacto humano, un contacto del cual yo misma me privaba. Quizá, debido a mis muchas experiencias con la comida, pensé que no sería capaz de darme por satisfecha.

Durante los tres meses siguientes aumenté trece kilos y medio.

No puedo dejar de pensar que estoy sola a pesar de que lo único que quiero es amor y proximidad. No puedo dejar de llenarme de comida. Justamente cuando lo que más deseo es intimidad, me siento indigna de alcanzarla, porque estoy gorda y me siento desagradable. También estoy protegida. Por favor, Geneen, ¿puedes ayudarme?



¿Si puedo ayudarla? Sólo si ella está dispuesta a examinar por qué le da miedo la proximidad; en el fondo, no se trata de que su peso la haga sentirse gorda y desagradable, sino de que estar cerca de alguien y sentir verdadero placer son cosas que la aterran, y entonces se vale de su peso para mantener las distancias. Mientras se sienta gorda, tiene una excusa para no establecer intimidad alguna. Puede culpar de su soledad a su peso; si no tuviera esos kilos de más, no habría barreras entre ella y la otra persona.

Pero el problema básico sigue existiendo: ¿Por qué tiene miedo de la intimidad?

¿Cuáles fueron sus primeras experiencias con respecto al hecho de amar y ser amada? ¿Qué le sucedió para que esté tan asustada?

Si la intimidad nos asusta es porque hemos tenido experiencias íntimas que nos han asustado, no porque seamos incapaces de amar. Para que alguna vez podamos amarnos profundamente, y amar a los demás, debemos empezar por preguntamos por qué estamos asustados. Debemos volver al comienzo, volver a experimentar (o quizá darnos permiso para sentir por primera vez, ya que cuando aquellos sentimientos afloraron los apartamos de nosotros) la rabia, el dolor, el miedo, la traición, la pérdida de la vivencia de ser el niño que fuimos. Pero esta vez con un sistema de apoyo —un terapeuta, amigos, un grupo de amigos, centrados en nuestros problemas particulares— que valide, que absorba, que nos ame más allá de nuestros sentimientos, en vez de negarlos, no hacerles caso o castigamos a causa de ellos. Entonces, y sólo entonces, seremos capaces de sanar y de salir adelante.

Un refrigerador no puede destrozarme el corazón.

Pero Matt sí.

Por lo menos, eso es lo que he creído hasta ahora. Lo he tratado como si él pudiera partirme en dos, como si yo tuviera que vivir asegurándome de que no pueda hacerlo. Como si mi trabajo fuera a impedir que se desmoronen las paredes. Como si fuera impedir que a él se le desmoronen las paredes, para que las mías puedan seguir intactas.

De niños creemos que podemos controlar el dolor en nuestra vida, porque la verdad —que somos seres desvalidos en medio de paredes que se desmoronan— es demasiado para nosotros y nos abruma. Si nos hubiéramos permitido sentir la realidad de la situación, quizá no habríamos podido caminar, hablar o quién sabe qué. Podríamos haber perdido la cabeza, literalmente. Entonces asumimos la misión de preparar la cena de los domingos, de servirle tostadas a mamá en una bandeja de mimbre pintada de blanco; nos hacemos la ilusión del poder en un entorno por lo demás impotente.

Sin embargo, lo que tan bien nos sirvió de niños nos impide crecer como adultos. Si seguimos creyendo, como me ha pasado a mí, que podemos controlar cómo comienzan y se acaban las cosas, nos sentiremos constantemente frustrados, decepcionados y confundidos. No conoceremos en la vida un amor que proporcione paz a nuestra alma. Al funcionar con la ilusión engañosa de un poder que nunca fue nuestro ni puede serlo, nos perderemos totalmente la oportunidad de adueñarnos del poder que de niños no teníamos y que sí tenemos como adultos: el de cuidarnos bien y amorosamente para hacemos felices. Nuestro trabajo no es estar a caigo de nadie más que de nosotros mismos.

Durante mi adolescencia y hasta los treinta años, cuando soñaba con estar con un hombre me imaginaba que él me abrazaba, que me consolaba. Me imaginaba que me sanaba.

Lo que sucedió no fue eso. En realidad, fue más bien lo contrario. Sentir el amor de Matt realzaba todo aquello en lo cual yo ya me sentía completa y exacerbaba los vacíos.

Ser amados en el presente nos trae el recuerdo de todas las formas en que no nos amaron en el pasado. No hay en el presente bastante amor, ni en una sola persona ni en diez mil personas que nos amaran todas a la vez, que pueda compensarnos o hacer desaparecer el dolor de las traiciones del pasado, tal como atracarnos hoy por las privaciones que sufrimos en otro momento de nuestra vida o por las que podamos padecer un día no nos compensa las muchas veces que nos dijimos: «Tú no puedes tener eso; estás gorda y eres fea». El único seguro contra la repetición del dolor del pasado es darnos permiso para sentirlo plenamente y liberarlo en el presente.

Jamás volveremos a ser niños. No hay nadie ni nada que pueda volver a herirnos de esa manera. Sólo un niño está totalmente indefenso y confía plenamente en que quienes lo rodean le den protección, afirmación y amor.

Cuando permitimos que nuestro cuerpo o nuestro peso interfiera en el matiz de la intimidad en nuestra vida, cuando nos sentimos demasiado gordos para dejar que nos acaricien los muslos o el vientre, o demasiado feos para dejar que nos vean con las luces encendidas, estamos tratando de protegemos de que nos hieran. Otra vez. Pero la herida de que nos estamos resguardando no está en el presente, ni en el futuro. Estamos intentando protegemos de la sensación de una herida que no tiene nada que ver con nuestro presente; una y otra vez, durante toda la vida, intentamos protegernos del sentimiento de nuestro pasado, y al hacerlo no nos permitimos jamás reclamar nuestro presente.

Matt y yo desmantelamos la habitación de Lou Ann. Primero retiramos de la pared los abanicos chinos. Recorrimos con los dedos las delicadas líneas de los árboles dorados. Después cogimos su reloj de cerámica, sus estilográficas, sus pendientes en el platito en forma de corazón. Matt dijo que le gustaría tener el reloj en su despacho y lo dejó cuidadosamente junto a la puerta. Tiramos las plumas a la papelera, guardamos los pendientes en una caja para dárselos a su madre. Cuando abrimos la agenda, vimos que el señalador de plástico estaba puesto en el mes de abril. Lou Ann murió el 18 de abril. Había una lista de cosas que ella quería hacer: llamar a Dougie, decir sus afirmaciones, respirar fácilmente con el oxígeno... Las lágrimas de Matt se derramaron sobre la página, borroneando la palabra «oxígeno». Me pidió que lo abrazara un momento y dejó escapar unos sollozos. Después seguimos separando y ordenando las cosas. Vaciamos el escritorio y los estantes, sacamos las tarjetas. En tres horas y media, la habitación quedó almacenada en un baúl y tres cajas.

—Dejemos todo esto en el armario —dijo Matt—. No quiero desterrar a Lou Ann al garaje.

Tres meses después, por sugerencia suya, llevamos las cajas y el baúl afuera, al garaje.

En cuanto a mí, estoy en el proceso de desmantelar mi habitación de niña. Y con cada sentimiento que voy tocando, por el que me duelo y lloro, que dejo de lado, con cada recuerdo de miedo, con cada experiencia de pérdida, las paredes se van desmoronando.

Y yo me estoy liberando.



*Como parte de los seminarios de Liberación, los participantes intervienen, con los ojos cerrados, en una o más fantasías guiadas cuyo propósito es ayudarles a entrar en contacto con sucesos y acontecimientos de los que quizá no tengan conciencia.





3

EL CONSUELO DE SUFRIR





Cuando me acerqué a Matt y me presenté, yo sabía que me estaba presentando a un hombre cuya amante había muerto de cáncer. Lo sabía porque él había contado su historia en su intervención del día anterior. Sabía que tener una relación con él no sería fácil. Pero yo no buscaba precisamente lo fácil.

Cuando no hay circunstancias dramáticas, me las invento. Me siento más cómoda en medio del caos. Me nutro de la pasión.

Yo no me preocupo; me pongo frenética.

No me alegro, caigo en éxtasis.

Me angustio, no me entristezco.

Y he conseguido refinar el arte de sufrir.

Estar con alguien cuya amante ha muerto de cáncer es la quintaesencia de lo dramático, la materia prima de los seriales.

Cuando yo iba a la escuela secundaria, vi a Yvette Mimieux y Richard Chamberlain en un episodio dividido en dos partes de la serie Doctor Kildare, en el cual ella era una chica rubia, californiana, que practicaba el surf y padecía una grave epilepsia, provocada por un tumor maligno, y Richard era el apuesto y encantador médico a quien llamaban para rescatarla. A pesar de que después se enamoraban, ella seguía cabalgando sobre las olas hasta que finalmente, durante un ataque y teniendo como fondo el poema de William Blake «Tyger, Tyger», Yvette moría.

La combinación de pasión y duelo me dejó fascinada. Decidí que yo quería «ser» Yvette Mimieux. Con su pelo, su cuerpo y su estilo, sería tan hermosa que jamás volvería a estar sola. Sería popular entre las chicas y deseada por los muchachos. Mi teléfono estaría constantemente llamando. Mi risa sonaría como unas campanillas de plata y mi sonrisa sería irresistible. No tendría tiempo para los chicos de mi clase, los que me atormentaban burlándose de mi cara redonda, porque quienes se enamorarían de mí serían hombres como Richard Chamberlain. Y si no era él, me decía, entonces seguramente sería el acomodador del cine Squire, el chico que en aquel momento me tenía robado el corazón: Mike Howard.

Yvette Mimieux era rubia y flexible, y su pasión era el surf. Yo era una adolescente regordeta, de pelo castaño. Sin darme cuenta de que el agua oxigenada me cambiaría el castaño por un verde luminiscente, me compré un espray Sun-In para aclararme el pelo. Me puse a dieta de ciruelas pasas y albóndigas para ponerme esbelta. Pegué sobre la nevera una foto de Yvette que había salido en una revista para que cada vez que fuera a buscar un helado viera ese cuerpo y esas piernas... las piernas que yo quería. Y eso era un problema, porque en mi metro cincuenta y cinco de estatura, el papel de las piernas era mínimo. No porque no fueran sólidas —mi hermano me llamaba «muslos de trueno»—, sino porque eran demasiado cortas.

Después de dos semanas de pelo verde y piernas cortas, decidí que todo eso era mezquina superficialidad. Yo no necesitaba tener el pelo rubio y las piernas largas para ser Yvette Mimieux: necesitaba ser epiléptica. Con el tumor maligno, claro.

Después de todo, era aquello lo que había hecho que el doctor Kildare entrara en su vida, lo que hacía del amor de ambos algo tan precioso, y lo que la conducía a ella a una muerte fascinante. Los ojos que se le ponían en blanco mientras domaba la ola, el doctor Kildare que llegaba un momento demasiado tarde. El cuerpo inerte rescatado del océano mientras por el rostro de él resbalaban lágrimas de angustia. Yo quería alguien que me quisiera tal como él la quería.

Entonces empecé a practicar ataques epilépticos. Practicaba poniendo los ojos en blanco y dejándome caer al suelo sin partirme el cráneo. Les dije a mis amigas Claudia y Bunny que tenía epilepsia; invité a Bunny a que viniera conmigo a ver Khartoum en el cine Squire. Cuando Mike nos vio, se acercó a saludamos, y mientras hablábamos de nuestro examen de ciencias sociales, yo puse los ojos en blanco y me desplomé graciosamente sobre el suelo. Él me levantó y me llevó a una silla.

—Acaba de saber que tiene epilepsia —le susurró Bunny.

Mike me metió una tarjeta en la boca para que no me tragase la lengua, pero después de dos ataques más su madre le prohibió que volviera a verme.

Durante los dos años siguientes, mis amigas y yo solíamos pasar juntas las tardes haciendo falsas llamadas telefónicas a los chicos con quienes salíamos. Susan llamaba a mi novio para preguntarle si no me había visto. Como en ese momento estaba sentada junto a ella, naturalmente él decía que no.

—Es que me tiene muy preocupada —decía entonces Susan—. Se fue de aquí muy alterada y me temo que haya tenido algún accidente. ¿Me llamarás si tienes noticias de ella?

Teníamos la esperanza de que una perspectiva de muerte inminente atizara el ardor de nuestros galanes. Estábamos seguras de que, al verse enfrentados con la posibilidad de perdernos, se darían cuenta de lo mucho que nos amaban.

Durante los seis primeros meses que viajé a través del país para dirigir los seminarios de Liberación, solía pedir a mi amigo Lew que almorzara conmigo el día antes de mi partida. íbamos en coche por la carretera de la costa del Pacífico hasta el Davenport Café. Si era invierno, escudriñábamos el océano tratando de divisar los surtidores de las ballenas grises. Si era primavera, contábamos las variedades de flores silvestres que crecían en las laderas de las colinas y comentábamos la perfección del círculo que formaban los lirios en el jardín del café. Cuando Lew estaba terminando su postre, yo le decía:

—Mañana me voy a dirigir un seminario. Si el avión se estrella y nunca vuelves a verme, ¿qué pensarías que habrías querido decirme hoy?

La primera vez que se lo pregunté, me miró sobresaltado.

—Oh, Geneen —me dijo—, no puedo ni imaginarme que el avión se estrelle.

—Pero es posible —respondí—. Siempre es posible. Tienes que vivir como si hubieras de morirte mañana, y no dejar nada por terminar. ¿No quieres hacerme saber nada que no me hayas dicho?

—Te amo —me dijo—, y para mí significa mucho estar cerca de ti. Nunca he tenido una amiga como tú. Te has ocupado de mí, no has dejado que me fuera sin mantener el contacto y me siento vinculado por el compromiso que hay entre nosotros.

Sus ojos de color pizarra húmeda se llenaron de lágrimas mientras extendía las manos para tomar las mías.

—Te echaría muchísimo de menos si te murieras.

Al pensar en los restos del avión en llamas, en mi familia buscando entre los despojos alguna señal de mí —los zapatos de lamé dorado, las gafas en forma de corazón—, yo también lloré.

—Yo no quiero morirme —le susurré.

La segunda vez que fuimos al Café Davenport yo pedí un bocadillo de aguacate y queso y Lew lasaña. Cuando él se terminaba el pastel de pacanas, le pregunté si había algo que quisiera comunicarme por si mañana el avión se estrellaba.

Los ojos se le nublaron como si los invadiera la bruma mañanera de la playa.

—Te amo y me alegro de que seas mi amiga. Eres maravillosa.

La tercera vez que fuimos al Davenport, yo pedí de nuevo un bocadillo de aguacate y queso y él pidió camarones. Mientras le iba sacando las ralladuras de chocolate de su postre, le pregunté si había algo más que quisiera decirme, teniendo en cuenta que podría morirme al día siguiente.

—Tres cosas —me dijo—. La primera, si me harías el favor de dejarme tu colección de discos. La segunda, que sea donde fuere que te vayas cuando te mueras, me tendrás allí en unos treinta años, con una rosa roja en la solapa. Y la tercera, que no se puede vivir así, Geneen. No te vas a morir mañana. Es demasiado, una exageración. Es estar continuamente enmarcando todo lo que piensas y sientes, y no te deja margen para dar respiro a la gente que te rodea.

Pero yo quería vivir como si fuera a morirme al día siguiente. La combinación de pasión y duelo me fascinaba.

Cuando hacía diez meses que conocía a Matt, fui al médico para ver qué era el dolor que sentía en el costado derecho y la erupción y las picazones que lo acompañaban. Me dijo que tenía un herpes, y me explicó que aunque el causante era un virus, se creía que lo que desencadenaba la erupción era el estrés, y que probablemente me seguiría doliendo durante un período que podía ser de tres meses a un año.

El dolor era como el de una navaja que me atravesaba los huesos. Me daban ganas de arrojarme contra la pared, de enterrarme en cemento, con tal de detenerlo. Me sentía furiosa por estar enferma. No quería dejar de escribir, de bailar, de salir, de dirigir seminarios. No quería ser como Lou Ann. Y sin embargo, quería ser como Lou Ann. Si yo enfermaba como Lou Ann, entonces tal vez él me amara como la había amado a ella. Con urgencia y pasión. Una vez que fuera realmente consciente de que yo no estaría allí eternamente, ya no tendría por qué regatearme nada, ni amor ni afecto.

Cuando hablé con Sara de la forma en que Matt debía de haber amado a Lou Ann, me dijo:

—Pero ella ha muerto, Geneen. Ha muerto, y tú estás viva. Su amor por ella estaba mezclado con tristeza y miedo. ¿Realmente quieres que te ame de esa manera? ¿No preferirías que te amase desde un lugar de júbilo en el interior de sí mismo?

Sí, pero...

¿Aquello no significaría que me amaría menos?

¿No significaría que me prestaría menos atención?

¿No significaría que seríamos como esas parejas que alguna vez amaron cada uno todas las pequeñeces del otro —la curva del cuello, el espacio entre los dientes— y que con los años llegaron a odiar esas mismas cosas antaño tan amadas?

Yo no quiero ser como una de esas parejas que uno ve en los restaurantes, cenando en un silencio pétreo.

—Prefiero estar enferma —le digo a Sara.

—¿Quieres decir que preferirías morirte de amor a tener que sobrevivir a las peleas, los resfriados, las trivialidades de la vida cotidiana?

No. Preferiría morirme a tener que vivir como mi madre y mi padre.

Ella bebía. Whisky Dewar’s con hielo y un trocito de limón. Él no decía nada. Ella se drogaba. Con anfetaminas para perder peso, con barbitúricos para dormir. Él no decía nada. Ella gritaba: le gritaba, nos gritaba, gritaba al perro. Él no decía nada. Ella suplicaba. «¿Soy bonita?», solía preguntarle. Él no decía nada. Ella se paseaba por la casa a las cuatro y media de la madrugada, con la ropa en desorden, el maquillaje estropeado. Él no decía nada. En la cena del Día de Acción de Gracias, ella le tiró a la cara un plato de relleno. Durante la pelea con mi hermano, arrojó un cuchillo a través de la sala. Cuando se enojaba conmigo, me arrastraba a mi habitación tirándome de los pelos. Él no decía nada. Los domingos, cuando íbamos a almorzar al Steak Joint, en Bleeker Street, los dos comían en un silencio mortal.

Mi madre se estaba muriendo por falta de amor y mataba todo lo que se le ponía a tiro.

La vida que yo conocí de niña tan pronto era de un frenesí emocional de mucho cuidado como de una tranquilidad absoluta. Mi madre estaba en casa y se sentía desdichada, o bien no había nadie en casa. Parecía que no hubiera más que dos opciones: vivir en el caos o abandonada.

Más bien que revivir mi niñez, yo he tendido a re-crear la vida de mi madre: aumentando continuamente la apuesta en un intento desesperado de llamar la atención de mi pareja.

Por más que ya la tuviera.

A modo de presentación recíproca, yo pido a las personas que acuden a mis seminarios que escojan una palabra que las defina, una especie de etiqueta. En un ángulo del papel escriben cómo imaginan que sería su vida si la comida no fuese un problema. «Aburrida», escriben muchos, y cuando les pregunto por qué, me dicen que no sabrían qué hacer con su tiempo. Dicen que la vida sería sosa y sin emoción alguna.

—Cuando me aferro a la comida con esa urgencia... usted ya sabe a qué me refiero, cuando nada es suficiente y conseguir meterme un trozo de chocolate en la boca en este mismo momento es cuestión de vida o muerte, es como una borrachera maníaca y estimulante. Y me gusta, me gusta sentirme tan vivo. Sin todo el tira y afloja que se produce en torno de la comida, la vida sería más tranquila, pero me parece que además sería aburrida.

—Aumentar de peso y perderlo —-dicen—, estar siempre a dieta, es como estar en una montaña rusa emocional. Hay días en que eso me fascina y otros en que me parece infernal, pero por lo menos siento algo. No puedo imaginarme cómo sería mi vida si no tuviera el tiempo ocupado con la comida.

No hay aburrimiento en la vida de las personas que comen compulsivamente. Pueden