Main Cuando la comida sustituye al amor

Cuando la comida sustituye al amor

0 / 0
How much do you like this book?
What’s the quality of the file?
Download the book for quality assessment
What’s the quality of the downloaded files?
Language:
spanish
File:
PDF, 568 KB
Download (pdf, 568 KB)
0 comments
 

You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
1

Cuando la comida sustituye al amor

Year:
2014
Language:
spanish
File:
EPUB, 218 KB
0 / 0
2

Der Stuermer - 1940 Nr. 51

Language:
german
File:
PDF, 47.87 MB
0 / 0
1/153

CUANDO LA COMIDA
SUSTITUYE AL AMOR
La relación entre las carencias afectivas
y nuestra actitud ante la comida
Geneen Roth

2/153

1ª edición en Vintage Marzo 2014
Título original: When food is love
Editor original: Dutton, an imprint of New American Library, a division
of Penguin Books USA Inc. Published by agreement with Lennart Sens
Agency Ab.
Traducción: Isabel Ugarte
© 1991 by Geneen Roth
© 2014 by Ediciones Urano, S.A.
Depósito Legal: B 5439-2014
ISBN EPUB: 978-84-7953-860-6

3/153

A Matt
por cantarme canciones sobre mágicos deseos
en mitad de la noche
y por mucho más

4/153

Fragmento póstumo

Y aun así, ¿obtuviste
lo que querías de esta vida?
Sí.
¿Y qué era lo que querías?
Poder llamarme amado, sentirme
amado sobre la Tierra.
RAYMOND CARVER

5/153

INTRODUCCIÓN

Cuando tenía once años empecé a hacer dieta y durante los diecisiete
años siguientes me pasé la mayor parte de cada día pensando en lo que
quería comer y no debía y en lo que debía comer y no quería. Cuando
empecé a hacer girar un mundo donde no había más que dos
participantes, la comida y yo, mi capacidad de dejarme afectar por las
demás personas disminuyó muchísimo. Cuando llegué a los veintiocho
años, no me importaba otra cosa que ser delgada.
Tras la publicación de Feeding the hungry heart [Alimento para el
corazón hambriento] y de Breaking free [Liberación], después de haber
alcanzado mi peso natural y haberlo conservado, descubrí que lo que
quería no era estar delgada, sino estar adelgazando.
Mientras tuviera la atención pendiente en lo que comía, del tamaño de la
ropa que usaba, de la celulitis que tenía en la parte posterior de los
muslos y de cómo sería mi vida cuando finalmente consiguiera perder
peso, no había persona capaz de herirme profundamente. Mi obsesión
con el peso era más apasionante y sin duda más inmediata que nada de
lo que pudiera sucederme con una amiga o un amante. Cuando me
sentía rechazada por alguien, me decía que esa persona rechazaba mi
cuerpo, pero no a mí, y que cuando yo adelgazara las cosas serí; an
diferentes.
Creía que quería estar delgada, y descubrí que lo que quería era ser
invulnerable.
Entonces conocí a Matt, e inmediatamente supe que quería pasar el
resto de mi vida con él. Tras el éxtasis inicial del enamoramiento, tuve
que enfrentarme conmigo misma y descubrí que era como una niña que
se pasa el tiempo en un mundo de fantasía y no sabe cómo jugar con los
niños de verdad. No sabía cómo trabar una relación profunda con otra
persona, sino sólo con la comida.
Tenía amigos, buenos amigos, una amiga íntima. Había tenido diversos
amantes; una de estas relaciones había durado siete años. Pero no voy a
hablar de amigos ni de amantes, sino de intimidad, de entrega, de
confianza y de la disposición a enfrentarme con lo peor de mí misma, en
vez de eludirlo.
Lo maravilloso que tiene la comida es que nunca se va, no es
respondona ni tiene ideas propias. La dificultad con la gente está en que
hace todo eso. Durante diecisiete años la comida fue mi amante sin
exigirme nada a cambio, que era exactamente lo que yo quería.
Hace algunos años, la revista Glamour hizo una encuesta a 33.000
mujeres titulada «Sentirse gorda en la sociedad de gente delgada». El
75% de las mujeres encuestadas dijeron que se sentían demasiado
6/153

gordas. Cuando se les preguntó si su peso afectaba al sentimiento que
tenían de sí mismas, el 96% contestaron que sí. Al tener que escoger
entre las opciones de perder peso, ser felices en una relación de pareja,
tener éxito en el trabajo o recibir noticias de una vieja amiga, casi la
mitad de la mujeres dijeron que lo que más felices las haría sería perder
peso.
Para los hombres, el problema es el mismo y a la vez diferente. La
mayoría de ellos están menos pendientes del peso que las mujeres, pero
hay muchos para quienes existe una dolorosa conexión entre los juicios
referentes a su peso y un descenso de la confianza en sí mismos. Estos
hombres llevan una carga diferente de la de las mujeres, porque raras
veces pueden expresar o recibir apoyo cuando sienten este tipo de
sufrimiento, especialmente porque se trata de un «problema de
mujeres». A ellos como a ellas, concentrarse en la comida les sirve para
escapar de otros problemas subyacentes: la confianza y la intimidad.
Preferimos perder peso que aproximarnos a otro ser humano.
Preferimos centrarnos en nuestro cuerpo que en amar o ser amados. Es
más seguro: así sabemos de dónde vendrá el dolor, y de este modo
podemos controlarlo.
Durante los dos primeros años que pasé con Matt, me encontré
debatiéndome con las mismas pautas con respecto a la comida que
pensaba haber resuelto años atrás. Peor aún, volví a sentirme una niña,
volví a sentir los miedos de entonces, que ya creía olvidados: miedo de
que me abandonaran, de que no me amaran, de volverme loca. Mientras
me esforzaba día tras día por traerme de nuevo al presente y por
recordarme que ya no tenía cinco años sino treinta y cinco, y que se
trataba de Matt y no de mi madre ni de mi padre, me sorprendieron las
similitudes que hay entre comer y amar.
Comer es una metáfora de la forma en que vivimos, y también de la
forma en que amamos. Un exceso de fantasía y de dramatización, la
necesidad de controlar y el deseo de lo prohibido son comportamientos
que nos privan de encontrar goce alguno en lo que comemos o en
nuestras relaciones. Y algunos de los mismos recursos que nos permiten
liberamos de comportamientos compulsivos —aprender a vivir en el
presente, empezar a valoramos tal como somos, dar posibilidad de
expresión al niño hambriento que llevamos dentro, confiar tanto en
nuestra hambre física como en la emocional y enseñamos a aceptar el
placer— también nos permiten intimar con otra persona.
Durante los últimos doce años he estado coordinando seminarios en los
que la gente aprende a liberarse de la compulsión de comer, y
últimamente exploro en ellos la relación entre la comida y la intimidad.
Cada año trabajo con millares de personas. Dos de cada cuatro mujeres
que acuden a mis seminarios han sido objeto de abusos sexuales en su
niñez; más de la mitad de los participantes son hijos adultos de padres
alcohólicos. La mayoría proviene de familias con problemas. Sin
embargo, ellos creen que la comida y el exceso de peso son su mayor
problema. Creen que si perdieran peso se encontrarían estupendamente,

7/153

aunque la mayoría de ellos ya lo hayan hecho cinco, diez o veinte veces
en su vida... y no se hayan sentido estupendamente. Recuperaron los
kilos que habían perdido y después empezaron otra dieta.
Los norteamericanos se gastan 33.000 millones de dólares anuales para
perder peso. Veinte millones de mujeres sufren trastornos relacionados
con la comida. El 25% de los hombres y el 50% de las mujeres están
constantemente a dieta. Y nueve de cada diez personas que pierden peso
sometiéndose a una dieta lo recuperan. Los que fracasen este año con
su dieta, podrán escoger el año próximo entre 30.000 métodos dietéticos
diferentes.
Las dietas no funcionan porque la comida y el peso son los síntomas, y
no el problema. El hecho de concentrarse en el peso es una forma —
cómoda y culturalmente reforzada— de no prestar atención a las
razones por las cuales tantas personas recurren a la comida cuando no
tienen hambre. Estas razones son más complejas que la fuerza de
voluntad, los recuentos de calorías y el ejercicio, nada de lo cual llegará
jamás a resolverlas. Tienen que ver con la falta de cuidado, de confianza
y de amor, con los abusos sexuales y físicos, la cólera no expresada, el
dolor, el hecho de haberse sentido objeto de discriminación, con la
necesidad de protegerse de nuevas heridas. La gente se agrede a sí
misma con la comida porque no sabe que se merece algo mejor. La
gente se agrede porque la han agredido. No se convierten en adultos
desdichados y que abominan de sí mismos porque hayan sufrido
traumas, sino porque los han reprimido.
Este libro trata de las razones por las cuales la gente se vuelca hacia la
comida. Explora los mensajes que recibimos de niños, la forma en que
los interpretamos como mensajes de odio hacia nosotros mismos, y
cómo transmitimos este dolor a otras personas, entre ellas a nuestros
hijos. Y recalca la importancia de asumir la responsabilidad de cambiar
en el presente, en vez de sentirnos víctimas del dolor del pasado. Como
nuestras pautas con respecto a la comida se formaron a partir de
nuestros primeros modelos de amor, es necesario comprender lo que
realmente significan el amor y la comida para llegar a tener una
relación satisfactoria con ambos.
Este es un libro personal. Yo crecí junto a una madre que me castigaba
físicamente y era adicta al alcohol y otras drogas; mi padre estaba
ausente o se mostraba emocionalmente inaccesible. En esta obra hablo
de mi pasado y de cómo afectó a mi manera de comer y de amar;
también hablo de mí y del aprendizaje de la intimidad que estoy llevando
a cabo con Matt, tras haber vivido durante tanto tiempo absorbida en
mí misma en un mundo de compulsión. Hablo de intentar decir lo
indecible, de sanar y seguir adelante, y de cómo celebro estar completa
y entera.
Este libro también trata de las experiencias de muchas personas con
quienes he trabajado y de quienes he recibido cartas. Con su
autorización, cuento su historia, sus luchas, sus victorias.

8/153

Cuando la comida sustituye al amor es un libro sobre la intimidad tal
como se la ve a través del filtro de la compulsión, y es un libro sobre los
miedos y las alegrías que nacen al retirar ese filtro. No es un libro típico
de autoayuda, en el sentido de que no da listas de ejercicios específicos
ni ofrece orientaciones para una práctica cotidiana. La información se
revela en el relato. Es un libro que —tal es mi esperanza— inspirará en
los lectores el recuerdo y el reconocimiento de aquellos fragmentos de
su vida a los que ha restado importancia, excluyéndolos y olvidándolos.
Estos fragmentos afectan profundamente a la forma en que comemos y
amamos, y no nos dejan vivir con creatividad y pasión, respetándonos a
nosotros mismos y creyendo en nuestra propia efectividad.
En mis libros anteriores escribí sobre el proceso de curación del
comportamiento compulsivo, específicamente referido a la comida. Pero
con curar el comportamiento compulsivo no basta. El paso siguiente es
comprometernos profundamente, con nosotros mismos y con los demás;
abrir nuestro corazón para dejar entrar al amor. Y habla de cómo dar
ese paso.

9/153

1
CUANDO EL AMOR ES LA COMIDA

La primera vez que me enamoré estaba en sexto grado. Él se llamaba
Martin Levy y estaba terminando la escuela secundaria. Tenía unos
fuertes músculos, gruesos como cuerdas, unos ojos de color de ágata y
un rostro que reflejaba los días del verano. Por Carnaval le pedí que se
casara conmigo, y me dijo que sí. Entramos en la caseta de
matrimonios, que estaba decorada con banderolas rojas y blancas de
papel, y el profesor de ciencias sociales, el señor Ogden, nos declaró
marido y mujer. Martín me apretó la mano, yo me ruboricé y después él
me besó... En los labios. Yo enmarqué nuestro certificado de matrimonio
y lo colgué al lado de mi cama para que formara parte de mis sueños. Y
ponía continuamente un disco con una canción de los Pony Tails hasta
que mi hermano me lo rompió en dos porque ya no aguantaba seguir
oyéndolo.
El mismo año que conocí a Martin empecé a hacer dieta. Al principio
pensaba «Si fuera delgada sería hermosa... y si fuera hermosa, Martin
me tomaría en serio». Después de que él se graduó, lo único que quería
era ser hermosa. Y durante los diecisiete años siguientes, mi principal
pasión en la vida no fue ningún hombre, sino mi peso. Delante de mí se
representaban muchos otros dramas: mis padres eran
desesperadamente desdichados, mi primer novio de verdad se murió de
cáncer, la madre de una de mis amigas se mató, mi hermano iba al
instituto con sombrero de copa y frac; pero en medio de todo aquello yo
me construí un fresco refugio azul en un rincón de mi cuerpo que
prometía una vida de ternura y belleza... con sólo que yo pudiera
adelgazar.
Finalmente adelgacé. Hace trece años dejé de hacer dieta y perdí
dieciocho kilos. Sobre aquello escribí un libro, hablé por televisión,
escribí otro libro. Esperaba que la ternura y la belleza se filtrasen a
través de mi fresco refugio azul.
Y entonces me di cuenta de que por debajo de mi anhelo de estar
delgada había la creencia en que eso significaría estar enamorada.
Cuando me imaginaba delgada, jamás me veía sola. Estar delgada
significaba ser feliz, y ser feliz significaba no estar sola. Estar delgada
significaba estar enamorada. De pronto, empecé a desear tener una
pareja tanto como antes había deseado estar delgada.
Pero como no era una buena política dejar la propia vida en suspenso en
espera del compañero perfecto, seguí creándome el tipo de vida que yo
quería, aunque no tuviera pareja. Me mudé a la casa de mis sueños, un
pequeño chalet en la playa, con claraboyas y puertas de cristal y
ciruelos. Empecé a dar seminarios, y con el éxito de los libros fui
afianzando lentamente mi propia empresa. La vida era buena, yo tenía
10/153

amigos a quienes quería, un trabajo que era la auténtica expresión de
mis valores, estaba delgada y sana. Pero seguía esperando.
Me dije que si me pasaba el resto de mi vida sin tener pareja, aun así
podía ser una vida plena. Piensa en Katharine Hepburn, me decía. Es
vibrante y creativa, y vive sola. Todos terminamos por estar solos,
razonaba. Es mejor estar sola que sentirte sola con alguien a quien no
amas. Me lo creía todo, pero seguía soñando con besos a la luz de la
luna y cuerpos entrelazados.
En muchos sentidos seguía siendo la quinceañera que en una habitación
en penumbra le hablaba a su amiga Jill, en susurros, de enamorarse y de
la pasión del amor.
—¿Tú crees que duele cuando te la pone dentro? —me había preguntado
Jill entonces.
—No lo creo —respondí—. Entonces, ¿por qué la gente arma tanta
historia con eso del sexo? Quiero decir que si duele, ¿a qué viene?
—¿Qué crees tú que se siente? —La voz de Jill empezaba a elevarse.
—No sé.
Jill se enderezó y encendió la luz. Estaba demasiado excitada para
dormir. Yo me puse de lado para verla de frente. Una gigantesca muñeca
de trapo, rodeada de un zoológico de animales de felpa, se destacaba
sobre el diván.
—Me parece que debe ser la sensación más maravillosa del mundo —
dijo Jill—. Tú lo miras a los ojos, él te mira a los ojos, y ambos gemís.
Durante un momento, los dos sois una sola persona. ¿Puedes imaginarte
algo mejor?
—No —murmuré—, claro que no.
Y me quedé dormida soñando con un hombre de pelo rizado y ojos
redondos como monedas.
Diecinueve años después aún seguía soñando con él.
Por las tardes, cuando el sol iluminaba las estrellas de la colcha, me lo
imaginaba sentado sobre la cama, mirándome. Y actuaba como si a él le
encantaran la manchita dorada que tengo en el ojo derecho, mi manera
de susurrar «diga» al contestar al teléfono, la forma de mi cara, la
textura de mi piel. Y me sentía llena de esperanza, y completa.
Por la noche, cuando el vacío cuenco del cielo nocturno borraba el día,
encendía la luz y me iba a mirarme al espejo.

11/153

—Tienes un rostro limpio y alegre —me decía en voz alta—. Si yo fuera
un hombre y te viera, querría conocerte. Si fuera un hombre, podría
amarte.
Cuando se publicó mi libro Breaking free [Liberación], mi amiga Babs
me dijo que tenía que esforzarme más.
—¿Cómo esperas conocer a un hombre si trabajas con mujeres, escribes
para mujeres y pasas todo el tiempo con amigas? Tienes que salir más,
ir a bailar, ir a fiestas.
Sara, mi mejor amiga, me dijo:
—¿Acaso esperas que él venga a tocar el timbre de tu puerta? Es
necesario que hagas más cosas. No seas tan solitaria.
—No se necesita más que uno —me decía Ellen—. Ya lo encontrarás. No
te preocupes tanto.
Yo tenía miedo de no ser lo bastante... lo que fuera que hubiera que ser,
y de tener demasiado de lo que no hacía falta, para entablar una
relación importante.
Babs me entusiasmó para que pusiera un anuncio personal en el
periódico local.
—Es la nueva manera de conocer hombres —me dijo—, mejor que ir a
bares, a fiestas o a clases nocturnas. Y así puedes ser muy clara y
específica respecto de lo que quieres.
Cuando Babs se fue a vivir con el hombre a quien había conocido
gracias a haber puesto un anuncio, decidí que tenía razón.
Me pasé los cuatro meses siguientes escribiendo mi propio anuncio. No
podía decidir si debía describirme como «atractiva» o «muy atractiva»,
si debía mencionar que no me gustaban las películas de Woody Allen o
que me encantaba el chocolate. No quería decir que había escrito libros
sobre el problema de comer porque no deseaba que nadie me
reconociera, pero tampoco quería ser tramposa. Después de revisar
unos pocos centenares de veces el anuncio, soborné a Maureen, la
gerente de mi oficina, para que lo llevara al periódico y así se pensaran
que quien lo ponía era ella. Finalmente, el texto decía:
Un amante que sea un amigo. Soy una atractiva y vibrante judía de 34
años, con un trabajo satisfactorio y bien remunerado, sentido del humor
y el deseo de establecer una relación con un hombre que quiera ser
amigo además de amante. En diferentes ocasiones, soy alguna de estas
cosas, o todas ellas: juguetona, seria, terrible, tierna y perspicaz. Me
gusta salir, estar sana, bailar, el chocolate y advertir lo extraordinario
en lo ordinario. Las películas de Woody Allen me deprimen. Busco un

12/153

profesional soltero, de 30 a 45 años, que sea bondadoso, cordial y
sincero consigo mismo, que sepa reír, cuidarse, escuchar, que no se vaya
cuando las cosas se ponen difíciles y que crea que su vida mejorará si
crece en una relación con una mujer. No desdeñaría un gourmet a quien
le guste cocinar.
Recibí setenta respuestas, diez fotografías, dos ramos de rosas, tres
poemas y una hogaza de pan de cebolla. Mi amiga Ellen me ayudó a
clasificar las cartas en tres pilas: sí, no y puede ser. Junto con Sara,
volví a leer las cartas de la pila del sí, y preparamos un horario en
función del cual se suponía que yo podría llamar a dos o tres hombres
por noche. Pero no quería hacerlo. No quería aguantar la incomodidad
de los primeros minutos de estar hablando con hombres que no conocía
y que probablemente no me gustarían. Quería terminar con todo el
asunto, tirar las cartas, convertirme en una sacerdotisa judía. En
cambio, hice un trato con Sara: yo marcaría el número desde de mi
despacho, y tan pronto como el teléfono empezara a sonar, ella
levantaría la extensión instalada en el despacho adyacente para que las
dos pudiéramos vernos e intercambiar mensajes importantes.
—Diga.
—Hola, soy Geneen. Lo llamo porque, bueno, porque usted respondió al
anuncio que puse en el periódico.
—¿Qué anuncio? Es que respondí a unos cuantos.
A estas alturas, yo dirigía a Sara una mirada que quería decir: «Oh, por
Dios, ¿cómo llegué a meterme en este asunto?», y ella me respondía con
una que significaba: «¿Quieres callarte y contestarle?».
Conocí a programadores informáticos, psicólogos, obreros de la
construcción... Conocí a un hombre que le mordió la oreja a otro en una
pelea, a uno que vivía con su madre y su ex mujer, y a otro que tenía
quince gatos, tres pinzones y una carpa dorada. Cada vez que hablaba
con alguien que me gustaba, me hacía una imagen visual de él que
armonizara con la voz, y siempre me equivocaba. Un hombre me dijo
que era alto y delgado, y cuando nos encontramos, vi que no llegaba al
metro sesenta y era casi esférico. Otro me dijo que era «muy
distinguido» y que no me desilusionaría al verlo. No me dijo que le
faltaba un incisivo ni que tenía una rosa tatuada en la mejilla derecha.
Después de cinco semanas de encontrarme con extraños en las
escaleras de la oficina de correos o en la puerta de una tienda de
productos dietéticos, no había encontrado a nadie que me interesara
volver a ver.
Entonces conocí a Matt, y no fue por el anuncio.
Lo oí hablar en un seminario en el que también yo participaba como
conferenciante y me dejó fascinada. Era arrollador, divertido y muy
atractivo, y yo quería conocerlo. Al día siguiente, cuando lo vi, me
13/153

presenté. Le dije que me parecía que su charla había sido
interesantísima y que los dos llevábamos exactamente las mismas gafas
de sol. Me dio las gracias, me dijo que yo tenía muy buen gusto para
elegir gafas de sol y siguió andando.
El último día del seminario, la psicóloga Virginia Satir estaba
pronunciando el discurso de clausura en un salón de ceremonias
repleto: debía de haber un millar de personas. Yo estaba sentada en el
centro de la sala, en medio de una hilera, y con el rabillo del ojo
distinguí a Matt que se encaminaba hacia la puerta. Sin pensarlo, pedí
disculpas, me abrí paso entre rodillas y piernas, tropecé con un bolso y
conseguí llegar al fondo de la sala. Cuando estuvimos el uno frente al
otro, le dije:
—Ayer me presenté a usted, pero no me parece que se haya fijado en mí.
Me llamo Geneen Roth y quería decirle cuánto me conmovió su
conferencia.
Esta vez sí se fijó en mí.
Después de nuestra primera cita, me sentía fuera de mí de excitación,
enloquecida por el acicate de la pasión y las posibilidades de la
situación. Me gustaba la forma en que él me miraba, la forma en que me
hablaba de su trabajo, y cómo se interesaba por el mío. Me gustaban el
espacio que le quedaba entre los dientes de delante, la línea de su nariz,
el matiz de su risa. Cuando me dejó un mensaje en el contestador,
diciéndome: «Sólo quería que supiera lo mucho que me alegro de
haberla conocido y de que usted haya entrado en mi vida», le comenté a
Sara que me parecía estar soñando.
—Un hombre que dice lo que siente —le dije—. No me lo puedo creer.
En nuestro segundo encuentro fuimos al jardín botánico. Estábamos
sentados junto a una hilera de lirios de color púrpura cuando me dijo:
—Ya sé que es demasiado pronto para decirte que no quiero ver a nadie
más que a ti, pero es que es cierto. Creo que me estoy enamorando de ti.
Yo quería beberme las flores, comerme los colores, cubrirle la cara de
besos de lavanda.
—No me despiertes —le dije—. Si todo esto es un sueño, no me
despiertes.
Durante ocho meses me desperté cantando. Sonreía tanto que llegó a
dolerme la boca. Lo besaba tanto que se me entumecieron los labios. Me
gustaba más a mí misma cuando estaba con él: era más buena, más
tranquila, más feliz. Estaba palpitante de amor, floreciente de luz.
Y después, lentamente, volví a ser yo misma.

14/153

Alguien acudió una vez a uno de mis seminarios después de haber
perdido treinta y cuatro kilos haciendo dieta. Se plantó delante de ciento
cincuenta personas y dijo con voz temblorosa:
—Me siento como si me hubieran robado. Me han arrebatado el mejor
de mis sueños. Yo creía realmente que al perder peso, mi vida
cambiaría. Pero lo que ha cambiado en mí ha sido solamente lo externo.
El interior continúa siendo el mismo. Mi madre sigue estando muerta, y
sigue siendo cierto que mi padre me pegaba cuando era pequeña.
Todavía estoy enojada y me siento sola, y ahora ya no tengo la ilusión de
adelgazar.
Tras haber esperado durante toda la vida que la ternura y la belleza
llegaran vestidas de delgadez o en forma de enamoramiento, puede ser
devastador descubrir que no llegan... sobre todo si esperábamos que
nos ayudaran a perdernos o a encontrarnos a nosotros mismos.
La compulsión es desesperación en el nivel emocional. Las sustancias,
personas o actividades que nos hacen comportarnos compulsivamente
son aquellas que creemos que pueden liberarnos de la desesperación.
La desesperación.
La primera vez que la sentí era pequeña, y entonces no sabía qué
nombre darle. Era la sensación —que llevaba dentro del cuerpo— de
que mi mundo estaba a punto de hacerse pedazos, y de que yo no podía
hacer nada para remediarlo. Ni podía impedirlo, ni podía hacer nada
por que hubiera algo mejor.
Ahora, si miro mi vida, veo que no hay nada por qué desesperar. Pero a
veces, con frecuencia, algo sucede, y todo lo que me rodea —el cielo, mi
cuerpo, el rostro de Matt— se convierte en polvo.
Han pasado nueve meses después de mi primera salida con Matt, y
estamos en el aeropuerto de La Guardia. Atardece y nuestro avión
acaba de llegar de las Bermudas, donde Matt y yo nos hemos pasado
cinco días leyendo novelas, haciendo el amor, comiendo papayas y
llenando los floreros que había en nuestra habitación con buganvillas de
color rojo carmesí. Vamos andando hacia la parada de taxis, donde él
tomará uno que lo lleve a Nueva York y yo un autobús que vaya a
Rhinebeck. La separación me aterra, no porque me sienta sola cuando
estoy sola (la soledad me encanta), ni porque no tenga nada que hacer
en los próximos cinco días (me voy a Rhinebeck a dirigir un seminario),
sino porque me moviliza interiormente un terror familiar, y no quiero
que él se vaya.
(«Si te vas, yo me quedaré sin nada.» Estábamos viviendo en el
apartamento marrón: sillas marrones, alfombra marrón, sofá marrón...
Yo tenía tres años. Ella se estaba preparando para salir, y empecé a
gritar: «Si te vas, mamá, me quedaré sin nada». Me agaché en un rincón
de la habitación, vestida con unos pantalones de pana azul y unos
15/153

zapatos de cordones rojos. Cuando ella salió, me eché en el suelo
marrón y sollocé. Entonces apareció Ann, mi «canguro». Me cogió, me
montó sobre la aspiradora y me paseó casi toda la tarde.
Cuando mi madre volvió, me trajo una bufanda roja, blanca y azul.)
(«Si te vas, yo me quedaré sin nada.» Estábamos viviendo en la casa
blanca y negra: sillas blancas y negras, suelo de mármol blanco y negro,
sofá blanco y negro... Yo tenía once años. Ella estaba recostada en la
cama. Atardecía y me estaba diciendo que quería divorciarse. Yo
empecé a llorar. «¿Y qué será de mí?», pregunté. «¿Con quién viviré?
¿Adonde iré? No te vayas mamá. Si te vas, yo me quedaré sin nada.»)
Matt y yo hemos llegado a la parada de taxis y él se vuelve para
despedirse, inclina el rostro sobre el mío para besarme. Siento el pánico
atrapado en la garganta, como un pájaro que se debate para liberarse.
No puedo dar un salto y que me transporte a mañana. No puedo verme
caminando, hablando, trabajando sin él. Todo se detiene aquí. «Si él se
va, yo me quedaré sin nada.»
—Algún día me iré yo de viaje y tú no podrás ponerte en contacto
conmigo y me echarás terriblemente de menos —digo, y él parece
desconcertado.
—Es lo que sucede ahora mismo —responde—. Hasta el domingo no
podré ponerme en contacto por teléfono y te echaré de menos.
No respondo. Lo que quiero que él me diga es que cancelará sus
compromisos para venirse conmigo a Rhinebeck. Quiero que me diga
que no puede aguantar esas separaciones, que no nos separaremos
nunca más. Quiero que me diga que me ama demasiado para irse, pero
lo que me dice, en cambio, es:
—Te amo, Geneen, y sé que esto es difícil para ti; te olvidas de que
vamos a pasar muchos más días juntos, muchos años juntos. Separarse
unos días no es el fin. Ahora tengo que irme; dentro de media hora
tengo una reunión. ¿Quieres decirme algo?
Sacudo la cabeza, negando. Él me mira con intensidad durante un
momento, me da un rápido beso, se vuelve para subir al taxi.
Lo odio.
Yo había supuesto que amar a Matt significaría olvidar el sufrimiento.
En cambio, lo evoca: los años de volver de la escuela y recorrer una tras
otra las habitaciones de la casa vacía. Me sentaba en el sofá de
terciopelo color arena y me quedaba mirando la naturaleza muerta con
una pieza redonda de queso, una manzana, un cuchillo con la
empuñadura negra. Me iba a la cocina, abría la puerta del refrigerador,
la cerraba, la volvía a abrir. Cerrar. Abrir. Comer. Entraba en el
16/153

dormitorio de mi madre y olfateaba el rastro de su perfume, abría el
cajón dónde guardaba sus joyas, escogía un par de pendientes de oro y
me los ponía en las orejas. Me sonreía a mí misma en el espejo, me
imaginaba que estaba en una fiesta, y saludaba enarcando las cejas.
Necesitaba a mi madre. Deseaba que mi padre volviera a casa a cenar y
le dijera que era bonita y que él la amaba. Quería que mi madre viniera
a casa a cenar y me dijera que yo era bonita y que ella me amaba.
Quería que me dijera que nuestro mundo no iba a hacerse pedazos en
cualquier momento, y que no hacía falta que yo siguiera esforzándome
tanto por ser buena.
Y yo había supuesto que amar a Matt haría desaparecer el dolor de
todos aquellos años. Había creído que tener a alguien con quien
acostarse, hablar y comer iba a hacer desaparecer el dolor. Pero hay
muchos momentos —el del aeropuerto no es más que uno de ellos— en
que me siento como si todavía estuviera dando vueltas de la sala de
estar a la cocina y al dormitorio de mi madre, encontrándome con que
no hay nadie en casa.
La compulsión es desesperación en el nivel emocional, es el sentimiento
de que no hay nadie en casa. Nos volvemos compulsivos para sentir que
hay alguien en casa.
Lo único que siempre quisimos fue amor.
No queríamos volvernos compulsivos. Lo hicimos para sobrevivir. Lo
hicimos para no volvemos locos. Porque nos hacía bien.
La comida era nuestro amor, comer era nuestra manera de ser amados.
La comida era accesible cuando nuestros padres no lo eran. La comida
no se levantaba y se iba, como los padres. No nos decía que no. No nos
pegaba. La comida no se emborrachaba, y estaba siempre ahí. Tenía
buen sabor. La comida estaba caliente cuando teníamos frío, y fría
cuando teníamos calor. La comida llegó a ser la mejor forma de amor
que conocíamos.
Pero la comida no es más que un sustituto del amor. La comida no es
amor, ni jamás lo ha sido.
Somos muchos los que hemos estado usando la comida como sustituto
del amor durante tantos años que ya no reconocemos la diferencia entre
buscar el amor en la comida y buscar el amor en el amor. Aunque
chocara con nosotros y nos derribara, no reconoceríamos al amor.
Y no porque seamos ignorantes, sino porque como nunca nos han
amado bien, no sabemos cómo es el amor. Y si no nos han amado bien,
nosotros tampoco podemos amarnos bien. El comportamiento
compulsivo, en el nivel más fundamental, es una falta de amor hacia uno
mismo; es una expresión de nuestra creencia de no valer lo suficiente.

17/153

Ayer vino a visitarme una amiga escritora. Me trajo bayas de zarzamora
recién recogidas en un tazón de porcelana blanca. Sentadas a la mesa
de la cocina, con la cabeza apoyada en la mano, Lyn me contó que el fin
de semana siguiente tenía que asistir a una conferencia, pero que no
quería. Le pregunté por qué.
—Porque allí veré a Kristin y desde la ultima vez que nos vimos he
aumentado casi cinco kilos —antes de que yo pudiera decir nada, ella
misma se corrigió—: En realidad, no he aumentado más que tres, pero
Kristin y yo solíamos pesar exactamente lo mismo. Mi cuerpo era como
el de ella.
—¿Y por qué has de querer tener un cuerpo como el de Kristin? —le
pregunté, recordando que Kristin tenía las caderas muy huesudas y que
los pies se le abrían hacia afuera.
—¿Es que no se lo envidian todas? —me preguntó.
Yo negué con la cabeza y le pregunté en qué se dedicaría a pensar, si no
fuera en su cuerpo. Me respondió:
—Me preocuparía por lo terriblemente mal que escribo.
Más tarde, sola en casa, me quedé pensando en la visita de Lyn. Pensaba
que raras veces las compulsiones son lo que parecen, y que la
preocupación por el cuerpo encubre preocupaciones más profundas que
a su vez encubren otras aún más básicas. Y pensé que no era de escribir
terriblemente mal de lo que Lyn tenía miedo.
Al día siguiente, cuando hablé con ella, me dijo:
—Ayer cuando llegué a casa me di cuenta de que no te había dicho cuál
era el fondo de la cuestión. Tú me preguntaste por qué me preocuparía
y yo te dije que por escribir, pero no es eso.
—¿Y qué es?
Lyn hizo una inspiración profunda. Y yo también.
—Ya sé que esto sonará a tópico, pero me parece que de lo que tengo
miedo es de no valer lo suficiente, de tener en alguna parte un fallo muy
profundo y no ser digna de que me quieran.
La comida y el amor. Empezamos a comer compulsivamente por
razones que tienen que ver con el tipo y cantidad de amor que hay o que
nos falta en nuestra vida. Si no nos han amado, reconocido y entendido
bien, nos las arreglamos para adaptamos a la situación: rebajamos
nuestras expectativas, dejamos de pedir lo que necesitamos, de mostrar
dónde nos duele o de decir que nos hace falta consuelo. Dejamos de
esperar que nos reconozcan y empezamos a confiar en nosotros mismos

18/153

y en nadie más para nuestro sustento, nuestro consuelo y nuestro placer.
Empezamos a comer. Y a comer.
Trina tenía tres años cuando la madre la dejó en la granja de su abuela,
diciendo que al día siguiente volvería a buscarla. Al día siguiente Trina
se sentó a esperar bajo el porche de la casa de la abuela. Esperó el día
siguiente, y también el otro. Todos los días, durante ocho años, Trina
esperó que su madre volviera. Y todos los días, durante ocho años, la
abuela se quejó de tener que ocuparse de ella. Más que quejarse, la
castigaba. Con un látigo y hasta hacerle sangre. Todos los días, durante
ocho años. Cuando Trina iba a la escuela magullada y golpeada, las
maestras le preguntaban qué le había pasado.
—¡Trina! ¿Es que alguien te ha golpeado? —le preguntaban, y ella decía
que no, que se había caído por la escalera o había tropezado esa
mañana mientras iba corriendo a la escuela, o que había chocado
contra algo. Tenía miedo de que su abuela la castigara todavía más si la
descubría. O, peor aún, de que le hicieran algo a la abuela y ella se
quedara sin tener adonde ir.
Trina sobrevivió. Algunos niños lo habrían hecho recurriendo a las
drogas, otros se habrían escapado, se habrían vuelto alcohólicos o
habrían ido a parar a una institución de enfermos mentales. Trina hizo
otra cosa, en realidad dos cosas. La primera, llevar en la muñeca una
tira de goma: después de que su abuela la golpeara, la estiraba para que
el chasquido la hiciera volver al momento presente. Se había vuelto muy
hábil para escapar de su cuerpo.
—Cuando me estaba dando una paliza —cuenta Trina—, yo pensaba en
una lección que hubiéramos aprendido ese día en la escuela... en cómo
se deletrea «princesa» o algo así. Pensaba en las flores del patio, en las
camelias cuando se empiezan a abrir y en las manchitas amarillas que
tienen dentro. Cuando mi abuela terminaba de pegarme se metía en
casa, y yo me quedaba afuera y hacía chasquear la tira de goma sobre
la muñeca. Sabía que me dolería un poco, pero el sonido que hacía y el
dolor que me producía hacían que dejara de pensar en flores rojas y me
traían de vuelta al lugar en el que me encontraba: frente a la casa de mi
abuela, donde me esperaban tareas que era mejor que me pusiera a
hacer antes de que ella volviera a salir para seguir pegándome.
Trina hacía también otra cosa: sacar furtivamente comida de la cocina y
guardársela debajo de la cama: cajas, latas y bolsas de comida.
—Mi abuela—me contó— guardaba dulces en la cómoda de su
dormitorio, debajo de sus sujetadores con refuerzos de alambre. Y
cuando ella se quedaba mirando la televisión yo me iba a su cuarto, me
guardaba algunos dulces debajo de la blusa y los escondía entre el
colchón y el somier de mi cama. A veces —continuó— me llevaba latas
de comida de la cocina y también las guardaba allí. A media noche,
cuando mi abuela dormía, yo encendía la luz de mi mesita de noche,
sacaba mi abrelatas y comía. Comer, especialmente las cosas que había

19/153

sacado del cajón de la cómoda de mi abuela, me hacía sentir como si
fuera alguien especial.
Ya que no podía ganarse el amor de su abuela, Trina le robaba la
comida.
Los mensajes que recibió sobre sí misma y sobre el mundo que la
rodeaba fueron:
• Yo hice algo malo, y por eso mamá no vuelve, porque soy mala.
• La gente miente, y lo mejor es no creer lo que dicen.
• El amor hace daño.
• Cuando alguien me deja, jamás vuelve.
• A mi abuela no le gusta tenerme aquí porque yo necesito y quiero
demasiado.
• Si yo pudiera hacer todo lo que mi abuela me dice que haga, sería
buena y entonces mamá volvería.
• Mi abuela es una persona mayor; ella sabe lo que hace y me castiga
todos los días. Si por dentro yo fuera buena, por fuera no me pegarían.
• Más vale comer que encariñarse con alguien, porque la comida no se
va y las madres sí. La comida no pega y las abuelas sí.
Cuando Trina tenía once años, su madre regresó. Yo la conocí cuando
tenía treinta y tres. En veintinueve años ha aumentado y vuelto a perder
más de 680 kilos. En los últimos diez años se ha casado y divorciado, ha
sido madre y se ha vuelto a casar. He aquí lo que dice de su matrimonio
actual:
—No puedo dar cabida en él a mi marido. Si se va por dos días en un
viaje de negocios, cuando regresa me siento como si tuviera que
empezar de nuevo toda la relación con él; es como si fuera un extraño,
constantemente un extraño.
Trina estuvo demasiados años esperando que su madre regresara, y no
quiere volver a sentir el dolor de la espera. Mientras él no está, come
para atenuar su soledad. Piensa constantemente en lo gorda que está,
en cuánto peso tendría que perder y en la ropa que se comprará cuando
esté delgada. Transfiere el dolor de la espera al dolor de ser gorda.
Cuando el marido regresa, tienen que salvar una distancia de ocho años
de confusión, soledad y traición para recuperar su intimidad... si lo
consiguen.
Porque Trina no únicamente se cierra ante su marido cuando éste se va
de viaje: su experiencia del amor es que es algo que daña. El amor
20/153

duele, la gente engaña, se va. Cuando el marido se va de viaje, a ella no
le sorprende. Sabe que la gente es traidora, y se ha protegido
cuidadosamente ante la posibilidad de sentir el dolor de la traición (de él
o de cualquiera); se ha buscado un amante, segura de que nunca la
abandonará: la comida.
El amor y la compulsión no pueden coexistir.
El amor es la disposición para —y la capacidad de— dejarse afectar por
otro ser humano y permitir que ello pese sobre lo que uno es, sobre lo
que dice, y sobre cómo evoluciona.
La compulsión es el acto de centrarnos en una actividad, en una
sustancia o en una persona para sobrevivir, para tolerar y amortiguar
nuestra experiencia de cada momento.
El amor es un estado de conexión recíproca, que incluye la
vulnerabilidad y la entrega y que exige autovalorarse y ser constante, y
es también una disposición a enfrentarnos a lo peor de nosotros mismos
en vez de rehuirlo.
La compulsión es un estado de aislamiento caracterizado por la
absorción en nosotros mismos, la invulnerabilidad, una baja autoestima,
la imprevisibilidad y el miedo de que nuestro dolor nos destruya si lo
afrontamos.
El amor ensancha; la compulsión encoge.
La compulsión no deja lugar para el amor, y en realidad, ésa es la razón
por la cual muchas personas empezamos a comer demasiado: porque
cuando teníamos lugar para el amor, la gente que nos rodeaba no nos
amaba. El objeto mismo de la compulsión es protegernos del dolor que
va asociado con el amor.
Estoy convencida de que nos volvemos compulsivos por obra de las
heridas que recibimos en el pasado y de las decisiones que en aquella
época tomamos respecto de nuestra propia valía, y que son, en última
instancia, decisiones sobre si somos o no dignos de amor. Nuestra
madre nos deja y decidimos que no nos merecemos que nos quieran.
Nuestro padre se muestra emocionalmente distante y decidimos que
somos demasiado exigentes. Se nos muere alguien muy próximo y
decidimos que es mejor no amar a nadie porque, finalmente, eso duele
demasiado. Tomamos decisiones basadas en nuestro dolor y en las
limitadas opciones que teníamos en aquel momento. Tomamos
decisiones basadas en el sentido que procuramos dar a nuestras heridas
y en lo que hicimos, allí y entonces, para protegernos de nuevas
agresiones y heridas. A los seis años —o a los once o a los quince—
decidimos que el amor hace daño y que no nos merecemos o es
imposible que nos amen, o que somos demasiado exigentes, y vivimos lo
que nos queda de vida protegiéndonos para que no nos vuelvan a herir.
Y no hay mejor protección que envolvernos en una compulsión.
21/153

En cualquiera de mis seminarios hay participantes cuyos padres eran
alcohólicos, o murieron, o los abandonaron de pequeños sin advertencia
alguna; hay participantes a quienes golpearon o violaron, y hay otros
para quienes la pérdida, el abandono o la traición fueron más sutiles:
tenían que ver con cualquier combinación imaginable de padres
inaccesibles, madres posesivas y familias en las que había que negar o
reprimir todo lo que fueran sentimientos incómodos.
De pequeños no tenemos recursos ni poder para tomar decisiones que
afecten a nuestra situación. Necesitamos que nuestra familia nos brinde
alimento, abrigo y amor; si no, nos morimos. Si sentimos que el dolor en
que estamos inmersos es demasiado intenso y que no podemos alejarnos
de la situación ni cambiarla, nos aislamos de ella. Podemos convertir —y
lo hacemos— nuestro dolor en algo menos amenazante: en una
compulsión.
En cuanto adultos, nuestra tarea es pasar revista a las decisiones que
tomamos hace mucho tiempo respecto de nuestra propia valía, de
nuestra capacidad de amar y de nuestra disposición a dejar que nos
amen, porque es en esas decisiones donde arraigan muchas de nuestras
creencias sobre la compulsión y el amor.
No es posible estar obsesionado con la comida —ni con ninguna otra
cosa— y mantener una verdadera intimidad con nosotros mismos ni con
ningún otro ser humano; simplemente, no hay lugar para ambas cosas.
Sin embargo, todos queremos intimidad; todos queremos amar y que
nos amen.
Hubo una época en que no teníamos opciones; ahora las tenemos.
La decisión de intimar, como la decisión de liberarse del hábito de
comer compulsivamente, no es algo que nadie reciba gratuitamente. La
intimidad no es algo que suceda no se sabe por qué entre dos personas;
es una manera de estar vivos. En todo momento estamos decidiendo si
nos revelamos o nos protegemos, si nos valoramos o nos desmerecemos,
si decimos la verdad o la ocultamos, si nos zambullimos en la vida o la
evitamos. La intimidad consiste en optar por estar conectados, en cada
momento, con nuestra verdad más profunda, en vez de aislarnos de ella.
En cada uno de mis seminarios, alguien pregunta:
—Entonces, ¿cuándo va a empezar la magia?
Y yo respondo:
—Cuando tú des el paso; cuando hagas la opción.
Para los que hemos estado acostumbrados a esperar que el amor llegue
a nuestra vida por mediación de alguien, el descubrimiento de que la

22/153

intimidad es una opción de cada momento es algo tan próximo a la
magia como es posible.

23/153

2
EL CONTROL Y EL DESCONTROL

La primera vez que me invitó a cenar, Matt me enseñó su casa. En el
cuarto de estar, una gastada colcha hindú con un estampado azul y
blanco cubría un sofá apoyado contra la pared. A su lado, cojo de una
pata, había un loro de madera, pintado de verde y amarillo mostaza.
Una anticuada lámpara con la pantalla de color ámbar bordeada por un
fleco blanco se erguía junto a la mesilla.
Al lado de la sala de estar estaba la cocina; cuando pasé los dedos por
la superficie de la mesa, Matt me explicó:
—Es de madera de koa [una variedad hawaiana de acacia]. Me la hizo
un amigo. Pero vamos arriba —me invitó, señalando una escalera de
caracol, también de madera, que había en el vestíbulo. Yo hice un gesto
afirmativo. Quería verlo todo: los cuadros que había en las paredes, los
libros que tenía junto a la cama, la hilera de frascos de colores en el
cuarto de baño.
Al subir el último escalón, me encontré con una habitación que
indudablemente pertenecía a una mujer. Desde el descanso ya podía ver
abanicos chinos colgados en la pared y un escritorio pintado de rosa y
púrpura.
—Este era el estudio de Lou Ann —me explicó mientras cruzábamos el
umbral.
Yo ya sabía lo de Lou Ann. Sabía que él y Lou Ann habían estado muy
enamorados y que ella había muerto a los treinta y tres, de un cáncer de
ovarios inoperable, cuando hacía cinco años que vivían juntos. Sabía
que él la tenía en brazos cada vez que la sometían a quimioterapia
porque había oído decir que ésta no sería tan devastadora si Lou Ann se
sentía amada mientras se la administraban. Sabía que Matt había
compartido con ella el cuarto del hospital, que primero había habido
una remisión durante un año, y que ella había muerto en casa, hacía un
año y medio, rodeada de los amigos de ambos.
El escritorio, el reloj de cerámica, las plumas estilográficas, todo estaba
dispuesto como si su dueña fuera a volver en cualquier momento. Sobre
un estante, en un platito de porcelana en forma de corazón, relucían
unos pendientes rojos. Una agenda encuadernada en piel, con un
señalador de plástico en forma de aeroplano, esperaba sobre el
escritorio. En un estante, apoyadas contra los libros, había tarjetas con
palabras de aliento, abiertas para que el mensaje pudiera levantar el
ánimo a la destinataria: «Con amor, Lou. Para que luches y triunfes. Tú
eres capaz. Afectuosamente, Katherine»; «Cuídate mucho, Lulu, que tú

24/153

eres más fuerte que cualquier cáncer. Una sobreviviente. Somos tus
amigos. Llámanos cuando quieras. Con amor, Daniel y Maggie».
La última tarjeta tenía un dibujo de un payaso vestido de color plata con
un collar de cuentas negras, botones negros y los labios pintados de rojo
rubí. Dentro se leía: «Feliz Día de San Valentín para mi amor. Tuyo
siempre, M.».
En la escuela primaria, después de leer el libro Great Expectations
[Grandes esperanzas], me acosó la imagen de Miss Havisham,
abandonada por su novio el día de la boda y que se pasa el resto de su
vida esperando que él regrese. Deja intactos el pastel de bodas, los
regalos, la decoración... En el pastel anidan ratas, las telarañas cuelgan
de las lámparas, y la octogenaria señorita Havisham, vestida de novia,
sigue esperando el retomo de su amado.
En el cuarto de Lou Ann me sentí como si hubiera atravesado el umbral
que nos separa de un mundo de penumbras donde se pierde la distinción
entre la realidad y la fantasía, entre el duelo por el pasado y la vida en
el presente, entre la vida y la muerte.
¿Por qué seguían estando allí esas tarjetas, un año y medio después de
su muerte? ¿Y los pendientes? ¿Y la agenda? La piel de la agenda estaba
gastada y desteñida, blanda como un sauce; uno de los ángulos estaba
oscurecido por la huella circular de un vaso. Yo me sentía tironeada
entre el deseo de abrirla y ver su letra, saber a qué lugares iba, con qué
gente salía a almorzar, y el de fingir que no la había visto siquiera. ¿Qué
parte de esa agenda había llegado a usar? ¿Sabía que iba a morir antes
de que terminara el año? Me gustaban esos pendientes rojos, pulidos y
brillantes. Eran los rastros que quedaban de ella, ahora que se había
ido. Quizás en el cajón del escritorio encontrase listas de cosas para
comprar: jabón, champú, bombillas... Tal vez hubiera fotografías, notas
de Matt: «Nos vemos luego, cariño, salí a caminar un rato».
Sentí que respiraba de forma superficial y tensa. Cada vez que
inspiraba, el aire era como un trozo de cristal que me desgarrara el
pecho. ¿Cómo podía ser que los pendientes siguieran allí si ella ya no
estaba? Y no tenía más de treinta y tres años. Yo deseaba saber más de
ella; saberlo todo. Y quería olvidarme de que alguna vez hubiera oído su
nombre. O el de Matt. Quería irme de la habitación, bajar las escaleras,
pasar junto al sofá con la colcha estampada hindú e irme de la casa.
Para siempre.
No quería enamorarme de un hombre que estaba enamorado de otra
mujer... aunque esa otra mujer estuviera muerta, mejor dicho,
especialmente porque estaba muerta. jamás podría estar a su altura; en
el recuerdo de Matt, ella sería perfecta. Yo sabía que él estaba conmigo
porque no podía estar con ella, y quería ser la primera, quería a un
hombre que me amara más de lo que jamás hubiera amado a nadie.
Matt se estaba convirtiendo en lo contrario de lo que esperaba que
fuese.

25/153

Yo deseaba controlarlo todo: mis sentimientos, los de él, el curso de
nuestra relación. En mis sueños no había contado jamás con que me
afectaran el dolor ni la muerte al encontrarme con el Ser Amado.
Apenas si era nuestro segundo encuentro, y la naturaleza de nuestro
romance —su ritmo, su intensidad, los sentimientos que nos
expresaríamos el uno al otro— ya se me estaba escapando de la
trayectoria que tan cuidadosamente había planeado. Yo no ejercía el
control, y lo sabía. No ejercía el control, y eso me ponía enferma.
Ahí, de pie en la habitación de Lou Ann, de pronto el rugido de los
coches en la calle me pareció demasiado intenso. Sabía que era el
momento de decir algo.
Miré a Matt, que sostenía en las manos dos pequeños mazos de cartas.
—¿Qué es eso? —le pregunté.
—Las llaman «las cartas Oh» —me dijo—. Escoges una carta con
imagen y otra con palabra, y entonces describes lo que significa para ti
la combinación de las dos cartas. ¿Te gustaría jugar?
—Claro.
—Perfecto. Yo empiezo.
Sacó la imagen de una persona a punto de deslizarse por una pendiente
y después una carta que decía «Alegría».
—Me siento como si hubiera estado trepando por una larga escalera y
ahora estuviera dispuesto a empezar a permitir que la alegría vuelva a
mi vida, y a jugar otra vez... contigo.
Durante los primeros ocho meses de nuestra relación, Matt lloró casi
todos los días. A veces lloraba tan pronto como se despertaba. Otras
veces lloraba cuando estábamos haciendo el amor. Una noche que
habíamos ido a bailar, cuando tocaron una pieza de The Pointer Sisters
dijo que tenía que irse.
—Lou Ann y yo descubrimos juntos a The Pointer Sisters —me dijo—.
Esto no puedo bailarlo.
Cuando lloraba, solía pedirme que lo abrazara, y yo lo abrazaba y lo
mecía, y le acariciaba la frente y el pelo. Me hablaba de lo demacrada
que se había puesto ella por el cáncer, o se acordaba del oxígeno que
necesitaba al final y de las inyecciones que él tenía que ponerle.
Hablaba de lo juguetona que era antes de enfermar, y de la inteligencia
y el humor que había demostrado durante su enfermedad. Me contó que
en su primer viaje a Hawái habían tomado lecciones de hula hoop en un
escenario gigantesco, y que cada vez que Lou Ann hacía oscilar las
caderas lo echaba a él del escenario. No tardaron en reírse tanto que ya

26/153

no podían bailar. Me dijo que Lou Ann era como una niña; se hacía
amiga de todo el mundo. Si quedaban en encontrarse en un restaurante
y él se retrasaba veinte minutos, ya la encontraba sentada a otra mesa,
charlando y riéndose con un grupo de desconocidos.
—Nada la asustaba —me dijo—. Todo el mundo la quería, hasta el
cartero.
Cuando estaba haciendo su tesis sobre el comportamiento de los osos
polares durante el apareamiento, Lou Ann iba todos los días al
zoológico a observarlos. Una semana después, Caesar, el más feroz de
los machos, le lamía la mano.
En su despacho, Matt tenía una pared entera cubierta de fotos de Lou
Ann... veinticinco en total. Lou Ann cuando era bebé, Lou Ann en
bañador, Lou Ann besando a Matt, cogiéndole de la mano, los dos con
cintas rosadas en el pelo, los dos riéndose. Sobre la lámpara había una
nota escrita con letra de mujer que decía: «Lou te amo». Junto a la
botella de lavavajillas en la cocina había un corazón de cerámica,
blanco y azul, donde se leía «Matt y Lou». En la ducha estaba la
jabonera de ella, en el botiquín sus medicinas. Su nombre y su rostro
estaban por todas partes. Lou Ann. Lou Ann.
Mis sentimientos con respecto al hecho de amar a Matt y recibir su
amor mientras él seguía afligido por la muerte de Lou Ann vacilaban
enormemente. Yo quería que él formara parte de mi vida. Me conmovían
sus lágrimas y su dolor, y cuando me dejaba ver su vulnerabilidad me
hacía sentir importante... ¡a mí! Yo sabía que no podía imaginarme
siquiera lo que había sido para él ver, desde su impotencia, cómo ella se
debilitaba, cómo se le caía el pelo y cómo la muerte lanzaba su llamada
de alivio, su canto de sirena. Yo ya empezaba a sentir que si algo le
sucedía a Matt, a mí me destruiría. («Es el peor miedo que todos
tenemos», me dijo Sara. «Es obvio que es un hombre capaz de
comprometerse, Geneen. Si eres paciente con él, valdrá la pena.») Me
estaba enamorando locamente de ese hombre; estaba extática,
radiante... cualquier cosa menos triste. Yo sentía que la vida nos había
cubierto de bendiciones; él, que le había robado su más preciado tesoro.
Yo sentía que había encontrado el amor de mi vida; él, que el suyo ya
había muerto. Yo sentía que al hacer el amor con él me acercaba al
lugar —en mi cuerpo, bajo los huesos, detrás de mis ojos— donde mis
preguntas se convertían en respuestas; él sentía que hacer el amor lo
acercaba más a una tristeza sin fin. Yo me sentía más fuerte y más viva
que nunca; él sentía que una parte de sí se había muerto con Lou Ann, y
que no estaba seguro de que fuera capaz de volver a estar plenamente
vivo. Ni de que quisiera.
Yo quería que mi amor fuera suficiente para curar a Matt... y no lo era.
Quería ser la única mujer en su vida... y no lo era.
Casi tres años después de la muerte de Lou Ann, Matt y yo fuimos a ver
a un consejero especialista en duelos. Yo estaba convencida de que Matt

27/153

estaba prolongando su duelo y valiéndose de él para mantenerme a
distancia. Estaba cansada de oír hablar de la parte de él que murió con
Lou Ann, cansada de ver, en la pared de su estudio, la foto de los dos
tiernamente abrazados. Estaba dispuesta a que aquello se acabara.
—Ciertamente, usted quiere que esto suceda a su manera, ¿no es eso? —
me preguntó aquel hombre, mirándome de frente—. En realidad —dijo
—, a usted le gustaría controlar lo que sucede, y cuándo sucede. Parece
como si creyera que si Matt la amase, no echaría de menos a Lou Ann.
Sí a todo eso, sí.
Sí, es verdad que creo poder controlar el comienzo y el final de casi
cualquier cosa. Es verdad que si las cosas no suceden como yo quiero,
mi primera reacción es pensar que estoy haciendo algo mal, que he
hecho algo mal, que puedo hacer algo para mejorar las cosas.
No al desvalimiento y al terror de haber perdido el control. Lo intenté
una vez, y no me funcionó.
En la casa donde transcurrió mi niñez los ruidos más frecuentes eran
portazos y gritos. Mi madre nos pegaba, a mi hermano y a mí,
acorralándonos en los rincones, con los brazos alzados delante de la
cara para que no me sujetara por el pelo y me arañase los ojos. Tenía
miedo de que me rompiera.
Papá, sonriente y esquivo, pasaba como en una danza aérea a través de
todo aquello. Me hacía regalos, me llamaba gatita y me decía que me
amaba. Todas las mañanas se iba temprano al trabajo y regresaba a
última hora de la noche. Se iba dejando a medias una pelea con mamá;
yo los oía vociferar desde mi dormitorio, oía el golpe de la puerta de
entrada, oía a mi madre gritando: «No te vayas, cabrón», oía arrancar
el coche. Mientras se esfumaba el ruido del motor, mi madre daba
portazos, rompía platos, lloraba. Y yo esperaba. Esperaba que papá
regresara a casa, esperaba que mi madre dejara de gritar, esperaba el
momento de poder salir con seguridad.
A las doce tomaba la decisión de hacer que las cosas funcionaran en mi
familia.
A las doce hacía una lista en mi diario. Se llamaba: «Las cosas que
puedo hacer para que mamá sea feliz». He aquí la lista:
1. Limpiar mi cuarto.
2. Llevarle el desayuno a la cama.
3. Decirle cosas buenas.
4. No enfadarme ni tratar a nadie de estúpido.

28/153

5. No hacer preguntas.
Al final de cada día verificaba en la lista las cosas que había hecho y
marcaba con una estrella las que podía hacer mañana. Al llevar la lista
tenía la sensación de estar logrando algo. Me hacía sentir como si
tuviera algún control.
Todas las noches tenía el mismo sueño: estaba de pie en medio de mi
habitación, haciendo fuerza contra las paredes, que se desmoronaban.
No podía aflojar ni un minuto siquiera. Si aflojaba, las paredes se
vendrían abajo, la casa se desplomaría. Y yo también.
Cuando mis amigas me invitaban a dormir en casa de ellas, les decía
que no, que no me encontraba bien. No podía decirles que mi trabajo
estaba en casa, que tenía que sostener las paredes. No quería ir a las
reuniones que se hacían después de la escuela; no quería regresar a una
casa que se estaba viniendo abajo.
Mi amigo Robert me contó que desde que él estaba en tercer grado
hasta que llegó al séptimo, su madre tuvo cuatro crisis nerviosas.
Empezaban cuando ella se quedaba todo el día en cama durante dos
semanas. Dejaba de hablar, dejaba de comer, dejaba de dormir. Cuando
él volvía de la escuela se iba a su cuarto a hacer dibujos y después se los
llevaba. Le preparaba tostadas y té y se los servía en una bandeja de
mimbre. Mordía un trocito de tostada y después le daba la bandeja a
ella, diciéndole:
—Ahora come tú, mamá.
Creía que él podía hacer que su madre se curara, creía que la salud de
ella estaba bajo su control.
Maggie, mi terapeuta, me dijo:
—Tú no puedes hacer que nadie se vaya, Geneen, del mismo modo que
no puedes hacer que nadie se quede. Se quedan o se van por una
decisión que ellos toman, por razones propias, no por algo que tú haces
o dejas de hacer un día determinado.
Yo no le creí.
Control es una palabra que los tragones compulsivos oyen con
frecuencia. En todas las dietas, en todas las reuniones, en todos los
libros. Desde muy temprano aprendemos que una parte fundamental de
nosotros, nuestra hambre, es incontrolable. Aprendemos que para
parecer seres humanos normales y vivir como ellos tenemos que estar
en un perpetuo estado de alerta frente a esa feroz hambre interior.
Vivimos inmersos en el terror de la comida, en el terror del chocolate, la
nata y los bollos de canela, convencidos de que si pudiéramos llegar a
controlar esa parte de nosotros todo lo demás armonizaría. Pero esta

29/153

creencia no es más que una cortina de humo que no nos deja ver el
problema central: los dominios en donde nunca tuvimos ni jamás
tendremos control. Los dominios que tienen que ver con amar y ser
amados.
Cuando intimamos con alguien, perdemos el control. Perdemos el
control del tiempo que está con nosotros, de si se queda o se va, de lo
que siente por nosotros, de los sentimientos que nos provoca lo que hace
o dice. Perdemos el control del efecto que tiene sobre nuestra vida el
hecho de amar a esa persona. Nos volvemos vulnerables a la pérdida, al
dolor, a la muerte.
Una mujer de sesenta años está sentada en el fondo de la sala durante
uno de mis seminarios. Estamos en septiembre, hace mucho calor y el
aire acondicionado no funciona. Cuando levanta la mano, me acerco a
ella y me doy cuenta de que está envuelta en un abrigo de visón.
—Si no como, voy a morirme —me dice.
Yo le pregunto cuánto pesa.
—Tengo miedo de decírselo.
—A veces viene bien decir las cosas en voz alta —le susurra otra
participante.
—No llego a los treinta y dos kilos —responde.
Sus ojos son oscuros globos de angustia. Los pómulos son planicies de
hueso que se extienden tan lejos de la cara que parecen no tener
ninguna relación con las mejillas.
—Hace veinte años que dejé de comer.
—¿Qué pasó hace veinte años?
—Mi hija murió de leucemia. Yo creí que también me moriría.
En vez de la vivencia de la pérdida de control que proporciona el amor,
muchos preferimos sentir que no controlamos algo que sí está bajo
nuestro control: la comida que comemos... o que no comemos.
El problema del control —control de nuestras acciones, de nuestros
sentimientos, del comportamiento de los demás— es básico en cualquier
compulsión, aunque parezca que la compulsión se centra en la falta de
control. Una participante en uno de mis seminarios nos contó lo
siguiente:
—Cuando me compro una caja de bombones, me como dos y después
guardo la caja en un cajón. Me voy a mi estudio y al cabo de unos
minutos oigo cómo me llama el chocolate. «Mamie —entona—, Mamie,
30/153

ven a comerme.» Os juro que el chocolate tiene voz. Sí, ya sé que en
realidad no tiene cuerdas vocales, pero me llama y yo respondo. Tengo
que responder. En ese momento me siento como si no tuviera otra
opción.
Cuando me atiborraba de comida, me sentía como si estuviera poseída.
Yo quería ser delgada, quería amar, quería crear, pero aquella
voracidad quería destruir, asolar, anular. Cuando me atracaba no me
importaba nada ni nadie; en ocasiones, si algo o alguien se interponía
entre la comida y yo, sentía que podría haberlo borrado del mapa, que
habría podido matarlo. Y cuando dejaba de atracarme y tomaba
conciencia de la devastación —de la gran cantidad de cosas que había
comido, de la desesperación con que me las había comido, del total
desprecio por cualquier persona a quien hubiera visto en el momento de
comenzar el ataque de voracidad o en mitad de él—, entonces me
asustaba. Era un impulso que parecía tener su propia opinión, su propia
voz, su propia voluntad.
Aprendí a tener miedo de mis ataques de voracidad de la misma manera
que, de niña, tenía miedo de mi madre. A ella la veía como alguien que
perdía los estribos; y durante un momento, una hora o un día, era como
un tornado que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso.
Recuerdo sus manos fuertes, su rostro enrojecido, sus venas palpitantes.
No había manera de saber cuándo la tomaría conmigo, ni de predecir
qué desataría su cólera la próxima vez. Con ella la seguridad no existía.
Exactamente lo mismo que, años después, sentí con la comida. Como
muchas personas a las que actualmente trato de ayudar, transferí el
terror a algo que estaba fuera de mí —mi terror de la infancia— a un
terror a algo que está dentro de mí. Cuando comemos compulsivamente,
estamos recreando sentimientos familiares de pérdida de control,
miedo, frustración y desvalimiento; pero esta vez los sentimientos se
circunscriben a un radio mucho más pequeño... y mucho más seguro: el
de la comida que nos llevamos a la boca, el de los kilos que vamos
depositando en nuestro cuerpo.
El mes pasado, en San Diego, una mujer dijo, durante un seminario, que
la comida era su droga y que ella era incapaz de remediarlo. Y que eso
era un alivio.
—Me hace bien saber que no puedo controlar la comida.
Pues bien, yo no me lo creo.
Creo que ella lo cree, y que creerlo es un consuelo, y algo familiar, pero
la idea en sí no me la creo.
Lo que creo es que hubo una época en que realmente ella no podía
controlar muchas cosas, probablemente muy dolorosas, quizá
devastadoras. Digamos que el padre de esa mujer fuera alcohólico, o
que su hermano abusó sexualmente de ella. Digamos que de niña, por
las razones que fuere, no la valoraban, no la escuchaban, no la trataban

31/153

con respeto ni con dignidad. Y, como era una niña, la situación estaba
totalmente fuera de su control. Es comprensible que como adulta intente
controlar o evitar lo que ella creía que era la causa de aquel dolor. Es
comprensible que de adulta, ese sentimiento de pérdida del control le
parezca tan familiar y apremiante que tienda a repetirlo, pero esta vez
en una situación de la que ella en última instancia tiene el control, y en
la que por consiguiente no es vulnerable a las decisiones, los deseos o
los estados anímicos de nadie que pueda dañarla, que pueda prevalecer
sobre su terror de la infancia.
Todos tenemos el corazón roto. A cada uno de nosotros nos han roto por
lo menos una vez el corazón, en el seno de nuestra familia: quizás
hayamos sufrido la pérdida o la traición de uno de nuestros padres. A
algunos les han roto el corazón repetidas veces, y de maneras terribles.
Cuando a un niño se le rompe el corazón, hay algo inexpresable —y que
hasta ese momento estaba, además, intacto y era incuestionable— que
se quiebra. Y jamás nada vuelve a ser lo mismo. Nos pasamos el resto
de la vida intentando restar importancia a la herida o fingiendo que
aquello no sucedió, intentando protegemos de que nos vuelva a pasar,
procurando encontrar a alguien que nos ame de la manera en que
necesitábamos ser amados cuando éramos niños. Nos pasamos el resto
de la vida comiendo o bebiendo o fumando o trabajando para no tener
que regresar jamás a aquel lugar, para no tener que sentir nunca el
dolor insoportable del corazón destrozado.
Yo lo veo en quienes participan en mis seminarios. Entran en el salón
expectantes, esperanzados, protegidos. Quieren que yo les demuestre
que lo que digo es verdad, que será importante para su vida. Están
enojados; llevan mucho tiempo aguantando, esperando que alguien les
proporcione la llave que les abra su propia vida y les permita llegar a
ser la persona que sueñan poder ser. Hablamos de modelos de
intimidad, del hecho de comer compulsivamente, pero su rostro no
cambia y no empiezan a respirar hasta que no hablamos del dolor de la
niñez, y ellos no se permiten sentirlo. Desde el frente del salón, el
momento del cambio es casi palpable. Los ojos se les suavizan, sus
hombros se aflojan, y yo dejo de ser el foco de su atención. Por el
momento, al menos, tienen exactamente lo que necesitan: han tocado
fondo dentro de sí mismos. Se han adentrado en el momento y el lugar
en que les rompieron el corazón.
Las manos se levantan, y una mujer comparte su historia:
Yo soy la mayor de seis hijos. El padre de mi padre era un alcohólico
grave, y su madre maltrataba a los niños. Aunque mi padre no bebía en
la época en que yo crecí, era muy rígido con nosotros. Nos maltrataba
mucho, no tanto físicamente como de palabra, al menos por lo que yo
recuerdo.
Mi madre se pasaba mucho tiempo enferma en el hospital, de modo que
yo me hice cargo de la casa a edad muy temprana. Cuando tenía ocho
años ya preparaba la cena de los domingos para toda la familia. Esa era

32/153

la única ocasión en que recibía algún elogio de papá, así que me
esforzaba cada vez más en cocinar, limpiar, cuidar de los pequeños...
esperando como una esponja seca absorber algo que me hiciera sentir
útil y valiosa, merecedora de estar viva.
En la fantasía guiada* que hicimos con usted, yo regresé a una época de
mi vida en que estaba muy asustada. Mi madre era adicta a los
tranquilizantes. Iban a hospitalizarla, y una mañana yo estaba
esperando para despedirme de ella camino de la escuela. Mi madre
había preparado una maleta y yo estaba sentada cerca de ella, en el
sofá. La maleta estaba abierta y me puse a mirar las cosas que se
llevaba. Yo tenía once o doce años, y vi que tenía píldoras cosidas dentro
de los sujetadores. También las había en un frasco de perfume vacío...
en todas partes. Se lo dije a mi padre y... bueno, ella me miró como si yo
la hubiera quemado, y me enviaron a la escuela.
Cuando volvía a casa me detuve a llorar en la iglesia. No había nadie, y
yo me sentía muy sola. Pensaba que mi madre se iba a morir. Pensaba
que iba a dejamos, que quería dejarnos, y yo no podía soportar aquello
tan horrible. Me sentía como si fuera a romperme en mil pedazos. Y
sabía que tenía que volver a casa a ocuparme de mis hermanos y
preparar la cena.
Mientras estaba ahí sentada, entró un grupo para ensayar una boda,
charlando y riéndose, hasta que la novia me descubrió, sentada ahí en la
primera fila. Se volvió al sacerdote y le preguntó en voz muy alta quién
era yo y qué estaba haciendo allí, y yo salí corriendo por la puerta
lateral y me fui llorando a casa.
Como parte de la fantasía, usted dijo: «Ahora ustedes, como adultas,
pueden acercarse a consolar a esa niña. Díganle que la aman». Y yo me
rebelé por dentro. Mi adulta no quería hacer eso. Recuerdo haber
sentido algo en la línea de «Si me da una persona más para que la
cuide, seré yo quien se desmorone». Desde que tenía cinco años estoy
siempre cuidando de alguien. Ahora tengo treinta y cinco. Tengo tres
hijos de menos de seis años; estoy viviendo mi segundo matrimonio, con
un alcohólico... en «recuperación», claro, pero llegar a un punto de
«normalidad» después de diez años implica una lucha tremenda. Y estoy
cansada. Quiero mi oportunidad de ser irresponsable, infantil, de
necesitar, no de que me necesiten. Tan pronto como empiezo a sentir
esto, me pongo a comer, a atracarme, porque me siento egoísta y comer
es la única manera que conozco de darme algo a mí misma y de
permitirme perder el control.
Durante dos años me ha tratado un consejero psicólogo, durante uno y
medio asistí a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Empezaba a
sentir como si me estuviera liberando, pero tan pronto como me pongo
en contacto con aquella niña, empiezo otra vez a atracarme.
***

33/153

Una niña encuentra píldoras cosidas disimuladamente en los sujetadores
de su madre. Esta, drogadicta, está tan sumida en su propio mundo, tan
hipnotizada por su propio dolor que no puede prestar atención alguna a
sus hijos. El padre, rígido y grosero, es la única fuente de amor para la
niña. La pequeña aprende que la elogiarán —y el elogio es todo lo que
ella conoce del amor— cuando se ocupe de sus cinco hermanos. De
mayor, se casa dos veces, y con cada uno de sus maridos repite su papel
de cuidadora porque es la única manera que conoce de «empaparse» de
amor. Y en cuanto a ella, para cuidarse come; no hace más que comer,
atiborrarse de comida, de la misma manera que habría querido que la
atiborraran de amor. Pero al comer moviliza los ataques de la culpa.
Cuando come se siente egoísta, y desde muy pequeña ha aprendido que
de este modo no consigue el amor sin el cual siente que se marchita.
Como quiere que la amen, pero también quiere validar y satisfacer sus
propias necesidades, mantiene el control en todos los dominios de su
vida, salvo en lo que se refiere a comer. Y sigue creyendo que en su
mismo centro, muy dentro de ella, hay algo que está tremendamente
mal.
Yo tenía once años cuando mi madre me llamó a su habitación para
decirme que iba a divorciarse. Hacía años que yo sabía que mis padres
eran muy desdichados, y que rezaba todas las noches para que no se
separasen. Arrodillada al lado de mi cama, rogaba: «Por favor, Dios,
bendice a mamá y a papá y a Howard, y por favor no permitas que se
divorcien». Yo no sabía a dónde iría ni lo que sería de mí. Pensaba que
me enviarían al tribunal y que ahí tendría que presentarme ante el juez,
con mi madre a un lado y mi padre al otro. Pensaba que el juez me diría
que tenía que elegir a cuál de los dos quería más y con quién deseaba
quedarme. Y yo no quería tener que hacer aquella elección. Creía que si
me iba con mi padre, mi madre ya no me amaría, pero que si me iba con
mi madre, mi padre aún me seguiría amando. Quería ir con mi padre
porque era más fácil vivir con él y porque sentía que él me amaba, pero
no quería perder a mi madre.
El día que mi madre me dijo que quería divorciarse, me eché a llorar.
—¿Y yo qué haré? —pregunté—. ¿A dónde iré?
—Tú no piensas más que en ti misma —fue su respuesta—. ¿No te
importan los sentimientos de los demás?
Inmediatamente dejé de llorar, avergonzada.
—Lo siento, mamá. No lo decía en serio.
—Vete a tu habitación —me ordenó.
Y eso hice. Era un jueves por la noche, y me quedé mirando la televisión
y fijando la vista en el cielo raso. Cuando oí girar la llave en la puerta de

34/153

entrada, bajé a saltos las escaleras para ir al encuentro de mi padre,
que se estaba quitando la americana.
—Mamá dice que os vais a divorciar.
—¿Qué vamos a hacer qué? —me preguntó, riendo.
—A divorciaros. ¿De qué te ríes?
Sin contestarme, subió las escaleras y abrió la puerta de su dormitorio.
A la mañana siguiente, mi madre no dijo palabra sobre el asunto... ni yo
pregunté nada.
Cuando mi madre se enojaba conmigo, me decía que era una egoísta. Y
eso quería decir que pensaba primero en mí misma, en vez de pensar en
ella o en mi hermano. Ser egoísta era lo mismo que ser mala. Pensé que
esa debía ser la razón de que ella no me amara. Crecí en la convicción
de que si pensaba en mí misma, no me querrían.
Comer era una forma secreta de darme cosas. Cuando me comía tres
paquetes de galletas de naranja con un baño de azúcar, no tenía que
pedir permiso a nadie. Nadie podía ver que yo quería las galletas... ni
ninguna otra cosa.
Una tarde que pasaba ante la puerta del dormitorio de mis padres, oí
llorar a mi hermano, que estaba hablando con mi padre:
—Había comprado un paquete de galletas con mi dinero... dos, uno para
mí y otro para Geneen, y ahora no están. Tú te los comiste, ¿verdad?
—Probablemente sí, Howard —admitió mi padre—, y lo siento. No sabía
que las tenías reservadas.
Entré de puntillas en mi habitación, y necesité veinte años para
confesarle a mi hermano que había sido yo, y no mi padre, quien se
había comido aquellas galletas.
Estaba avergonzada de ser egoísta, estaba avergonzada de comer tanto,
de esconder comida en mis pijamas, en mis chaquetas, en mis bolsillos.
Estaba avergonzada de tantas cosas... pero sobre todo, estaba
avergonzada de ser quien era.
Desde muy pequeña aprendí a descontrolarme con la comida y a
controlarme con la gente... que en realidad es el acuerdo al que
llegamos muchos de los que comemos compulsivamente. Todo lo que
creemos que no nos está permitido hacer en la vida, tanto con la gente
como en nuestro trabajo, nos lo permitimos con la comida: nos
comemos la porción mayor, nos reservamos lo mejor para nosotros, nos
servimos más de lo que necesitamos, gastamos dinero, no pensamos en
los demás. Nos permitimos tener exactamente lo que queremos. En
35/153

cuanto al resto de nuestra vida, estamos continuamente a dieta... a dieta
de sentimientos. Porque para cada uno de nosotros hubo algún
momento en que aprendió que, para que lo amaran, no podía revelarse
tal como era. Si quería que lo amaran, no podía pedir lo que realmente
deseaba.
Cuando nos ocurre esto, empezamos por definir el amor como algo
esquivo, algo que sólo podemos obtener si fingimos no ser quienes
somos. A muy temprana edad aprendemos a modelarnos según nuestra
imagen del niño perfecto... de ese niño o niña que nos imaginamos que
recibiría todo el amor que nosotros, en nuestra imperfección, no
recibimos. Cuando comemos nos sentimos a la vez victoriosos y
desesperados: victoriosos porque es nuestra manera —a veces, nuestra
única manera— de ser nosotros mismos, y desesperados porque parece
como si ser nosotros mismos nos alejara cada vez más de lo que
queremos por encima de todo: que nos amen. Practicamos, hasta
dominarlo a la perfección, el arte de no ser quienes somos. Pero por
debajo de la envoltura está la terrible seguridad de que no somos
realmente dignos de amor.
Cada vez que comemos compulsivamente, reforzamos nuestra creencia
en que la única manera de tener lo que queremos es dárnoslo nosotros
mismos, en que a menos que podamos tener el control de nuestra
nutrición, pasaremos hambre. Al mismo tiempo, y precisamente porque
es una manera de que nosotros mismos nos demos algo, el hecho de
comer compulsivamente evoca viejos mensajes que nos dicen que somos
malos porque tenemos necesidades, y especialmente si las satisfacemos.
Es algo que ha llegado a simbolizar todo lo que es malo en nosotros: el
hecho de tener necesidades y el de que tengamos la arrogancia de
satisfacerlas nosotros mismos. Cada vez que comemos
compulsivamente, desencadenamos la desesperanza, porque
aprendemos que satisfacer nuestras necesidades significa que nunca nos
amarán, jamás.
En este contexto, comer compulsivamente es una afirmación del espíritu
humano. Es nuestra manera de decir: «No podéis vencerme. Aunque soy
vulnerable y creo que necesito vuestro amor, aunque para complaceros
podría modificar lo que digo y lo que hago, hay una parte de mí que se
mantendrá intacta pase lo que pase. Es un parte de mí que no se compra
ni se vende, que sabe que es digna de amor, de placer y de satisfacción.
Esta es la parte de mí que come».
Y es verdad.
Cuando, ya sea de niños o de adultos, vivimos en un ambiente en donde
aprendemos que si nos expresamos tal como somos no nos amarán, nos
adaptamos. Aprendemos a fingir que somos de otra manera, pero
continuamente una voz nos grita que no, y como no la escuchamos, se
vale de la comida como lenguaje. Es el ser controlado lo que precipita el
descontrol... de lo que sea: de la comida, de la sexualidad, del trabajo,
de las drogas... Precipita también una necesidad de seguir controlando

36/153

aquello que, en nuestro sentir, no recibiremos a menos que controlemos
la forma de recibirlo. El amor, por ejemplo.
Hace seis meses, a sugerencia mía, Matt y yo planeamos un fin de
semana en una posada. Tres días antes de la fecha de partida, él me dijo
que un buen amigo suyo le había telefoneado porque cumplía cuarenta
años y quería invitarlo a la fiesta que celebraría en Chicago. «Me
gustaría ir», dijo. «Será muy agradable.» Le pregunté cuándo era.
—Es el último día de nuestro viaje, por la noche. Yo tendría que salir por
la mañana temprano.
Me puse rígida. Le dije que no me hacía ninguna gracia. Entre lágrimas,
le reproché que siempre cambiara los planes que hacíamos. Le dije que
yo había esperado que aquella salida fuera un momento muy especial
para pasar juntos y que no podía creer que de tres días que teníamos él
quisiera prescindir de uno para ir a la fiesta de un amigo a quien no veía
desde hacía un año.
Él también se puso rígido. Me dijo que a él no le hacía ninguna gracia
que a mí no me hiciera gracia, y que aunque era cierto que él siempre
cambiaba los planes que hacíamos, le gustaba ser flexible y no veía que
hubiera nada malo en eso. Me reprochó que yo siempre tuviera que
salirme con la mía, porque si no me enfadaba, y entonces, ¿qué opción
le quedaba a él?
Esa pelea resume uno de los temas de discusión básica entre nosotros:
hago planes basados en lo que Matt y yo decidimos, después él quiere
cambiarlos y yo me siento herida, decepcionada, enojada.
Recuerdo cuando estaba practicando para sacar el permiso de conducir.
Mi madre y yo decidíamos que a tal hora iríamos a practicar, y al salir
de la escuela yo volvía a casa a esperarla. Media hora después del
momento en que debería haber llegado sonaba el teléfono: era ella, para
decirme que no podía ir. Si yo me quejaba, se enfurecía. Me decía que
necesitaba tiempo para sus cosas y que yo siempre quería hacerlo todo
a mi manera.
Aquel año mi primer novio, Sheldon, murió de cáncer. Yo me pasé días y
días escribiendo su nombre por todas partes: en mis cuadernos, en mis
piernas, en mis brazos... Me dormía llorando y lloraba durante todo el
día. El señor Benson, mi profesor de mecanografía, me dejaba una caja
de pañuelos de papel sobre el escritorio cada vez que teníamos clase.
Durante las vacaciones de invierno, mi amiga Carolyn y sus padres me
invitaron a hacer un crucero con ellos. Yo quería ir. Mi madre se iba a
Florida y me invitó a que la acompañara. Me dijo que de todas maneras,
si yo prefería hacer el crucero, para ella estaba bien.
Me pareció que si renunciaba al crucero para estar con ella,
seguramente mi madre se daría cuenta de lo mucho que la amaba y la

37/153

necesitaba. Lo que yo daba por supuesto, sin expresarlo, era que si yo
me «pegaba» a ella, ella se «pegaría» a mí.
Si yo renuncio a lo que quiero hacer, entonces tú renunciarás a lo que
quieres hacer.
Control.
Por debajo del «si yo renuncio a lo que quiero hacer» está la convicción
de que a mí no se me permite o no puedo hacer lo que quiero. Cuidar de
mí misma está mal. Tener necesidades está mal. Satisfacerlas, peor aún.
Una persona que ama piensa primero en los demás. Una persona que
ama se sirve la porción más pequeña del pastel. Eso significa que para
sentimos amados debemos esperar que ese amor venga de fuera. Y tan
pronto como pensamos en que los demás nos «llenen», sentimos la
necesidad, la urgencia, de controlar lo que hacen y dicen; el reflejo de
nosotros mismos en sus ojos se convierte en una crítica. Deben amamos
de determinada forma, decir las cosas de determinada manera. Deben
amamos tal como nosotros mismos nos amaríamos, si nos estuviera
permitido. Para que podamos saber que nos aman, tienen que
mostramos su amor tal como nosotros queremos que lo hagan. Deben
hacer todo lo que no hicieron nuestros padres.
Si creemos que no nos merecemos aprecio, respeto y ternura, y por lo
tanto no podemos brindárnoslo, intentaremos obtenerlo de otras
personas, aunque sea al precio de humillaciones. Damos para poder
recibir. Hacemos las cosas por el efecto que tendrán. Intentamos
manipular, engatusar o controlar a los demás para que nos den lo que
nosotros creemos que no nos podemos dar. Nos convertimos en lo que
se suele llamar personas «controladoras».
Matt no se estaba ajustando a las reglas del juego, y fueron necesarias
muchísimas peleas para descubrir exactamente en qué consistían las
reglas.
Durante un año y medio después de habernos conocido, yo no hice
planes para hacer nada sin él las noches en que podía estar con él.
Porque quería que él hiciera lo mismo. Porque no quería que me dejara.
Porque no conocía otra manera de conseguir lo que deseaba que no
fuera renunciar a ello y esperar a que otra persona me lo diera. Y lo que
yo quería saber, con una certeza tan inconmovible como la de quien
sabe que un círculo es redondo, lo que quería saber de una vez por
todas, es que yo, Geneen, tenía derecho a necesitar, a querer, a pedir, a
tener... Quería poder decirme a mí misma: «No tienes que seguir
avergonzándote. Ya puedes relajarte, todo está bien».
Durante muchos años pensé que lo conseguiría si adelgazaba. Después
pensé que lo conseguiría si lograba publicar algún libro. Pero no.
Entonces me di cuenta de que las cosas no me podían proporcionar eso,
y creí que la gente sí. Cuando conocí a Matt y me enamoré de él, mi
tácita expectativa era que me salvaría de mí misma, del odio que sentía

38/153

hacia mí misma, de la angustia que sentía por ser quien era, de la que
me provocaba todo aquello que era y que no quería ser.
Matt no se estaba ajustando a las reglas del juego. No podía salvarme
de mí misma, de mi experiencia de recibir un golpe cada vez que pedía
lo que quería, de mi mala disposición a empezar a cuidar de mí misma
ahora, en el presente.
Ayer recibí esta carta:
Soy una universitaria de diecinueve años. Siempre he estado protegida
de las emociones y sensaciones relacionadas con la intimidad porque
primero creía que estaba gorda, y después lo estuve realmente durante
los últimos años en la escuela primaria y los primeros en la secundaria.
El verano pasado perdí dieciocho kilos y llegué a la universidad lista
para empezar una nueva vida. La primera noche que pasé en el
internado me encontré con un viejo amigo y terminamos besándonos.
Él me gustaba y me sentía bien a su lado. Sin embargo, bruscamente me
aparté de él. Después de eso me quedé muy confundida. Volvimos a
encontramos un par de semanas después y finalmente me sentí llena de
auténtico placer, pero al borde del contacto sexual, lo detuve.
No sé por qué no quiero dejarme ir [la cursiva es mía]. Empecé a
aumentar de peso cuando lo que realmente quería era contacto humano,
un contacto del cual yo misma me privaba. Quizá, debido a mis muchas
experiencias con la comida, pensé que no sería capaz de darme por
satisfecha.
Durante los tres meses siguientes aumenté trece kilos y medio.
No puedo dejar de pensar que estoy sola a pesar de que lo único que
quiero es amor y proximidad. No puedo dejar de llenarme de comida.
Justamente cuando lo que más deseo es intimidad, me siento indigna de
alcanzarla, porque estoy gorda y me siento desagradable. También estoy
protegida. Por favor, Geneen, ¿puedes ayudarme?
¿Si puedo ayudarla? Sólo si ella está dispuesta a examinar por qué le da
miedo la proximidad; en el fondo, no se trata de que su peso la haga
sentirse gorda y desagradable, sino de que estar cerca de alguien y
sentir verdadero placer son cosas que la aterran, y entonces se vale de
su peso para mantener las distancias. Mientras se sienta gorda, tiene
una excusa para no establecer intimidad alguna. Puede culpar de su
soledad a su peso; si no tuviera esos kilos de más, no habría barreras
entre ella y la otra persona.
Pero el problema básico sigue existiendo: ¿Por qué tiene miedo de la
intimidad?

39/153

¿Cuáles fueron sus primeras experiencias con respecto al hecho de
amar y ser amada? ¿Qué le sucedió para que esté tan asustada?
Si la intimidad nos asusta es porque hemos tenido experiencias íntimas
que nos han asustado, no porque seamos incapaces de amar. Para que
alguna vez podamos amarnos profundamente, y amar a los demás,
debemos empezar por preguntamos por qué estamos asustados.
Debemos volver al comienzo, volver a experimentar (o quizá darnos
permiso para sentir por primera vez, ya que cuando aquellos
sentimientos afloraron los apartamos de nosotros) la rabia, el dolor, el
miedo, la traición, la pérdida de la vivencia de ser el niño que fuimos.
Pero esta vez con un sistema de apoyo —un terapeuta, amigos, un grupo
de amigos, centrados en nuestros problemas particulares— que valide,
que absorba, que nos ame más allá de nuestros sentimientos, en vez de
negarlos, no hacerles caso o castigamos a causa de ellos. Entonces, y
sólo entonces, seremos capaces de sanar y de salir adelante.
Un refrigerador no puede destrozarme el corazón.
Pero Matt sí.
Por lo menos, eso es lo que he creído hasta ahora. Lo he tratado como si
él pudiera partirme en dos, como si yo tuviera que vivir asegurándome
de que no pueda hacerlo. Como si mi trabajo fuera a impedir que se
desmoronen las paredes. Como si fuera impedir que a él se le
desmoronen las paredes, para que las mías puedan seguir intactas.
De niños creemos que podemos controlar el dolor en nuestra vida,
porque la verdad —que somos seres desvalidos en medio de paredes que
se desmoronan— es demasiado para nosotros y nos abruma. Si nos
hubiéramos permitido sentir la realidad de la situación, quizá no
habríamos podido caminar, hablar o quién sabe qué. Podríamos haber
perdido la cabeza, literalmente. Entonces asumimos la misión de
preparar la cena de los domingos, de servirle tostadas a mamá en una
bandeja de mimbre pintada de blanco; nos hacemos la ilusión del poder
en un entorno por lo demás impotente.
Sin embargo, lo que tan bien nos sirvió de niños nos impide crecer como
adultos. Si seguimos creyendo, como me ha pasado a mí, que podemos
controlar cómo comienzan y se acaban las cosas, nos sentiremos
constantemente frustrados, decepcionados y confundidos. No
conoceremos en la vida un amor que proporcione paz a nuestra alma. Al
funcionar con la ilusión engañosa de un poder que nunca fue nuestro ni
puede serlo, nos perderemos totalmente la oportunidad de adueñarnos
del poder que de niños no teníamos y que sí tenemos como adultos: el de
cuidarnos bien y amorosamente para hacemos felices. Nuestro trabajo
no es estar a caigo de nadie más que de nosotros mismos.

40/153

Durante mi adolescencia y hasta los treinta años, cuando soñaba con
estar con un hombre me imaginaba que él me abrazaba, que me
consolaba. Me imaginaba que me sanaba.
Lo que sucedió no fue eso. En realidad, fue más bien lo contrario. Sentir
el amor de Matt realzaba todo aquello en lo cual yo ya me sentía
completa y exacerbaba los vacíos.
Ser amados en el presente nos trae el recuerdo de todas las formas en
que no nos amaron en el pasado. No hay en el presente bastante amor,
ni en una sola persona ni en diez mil personas que nos amaran todas a
la vez, que pueda compensarnos o hacer desaparecer el dolor de las
traiciones del pasado, tal como atracarnos hoy por las privaciones que
sufrimos en otro momento de nuestra vida o por las que podamos
padecer un día no nos compensa las muchas veces que nos dijimos: «Tú
no puedes tener eso; estás gorda y eres fea». El único seguro contra la
repetición del dolor del pasado es darnos permiso para sentirlo
plenamente y liberarlo en el presente.
Jamás volveremos a ser niños. No hay nadie ni nada que pueda volver a
herirnos de esa manera. Sólo un niño está totalmente indefenso y confía
plenamente en que quienes lo rodean le den protección, afirmación y
amor.
Cuando permitimos que nuestro cuerpo o nuestro peso interfiera en el
matiz de la intimidad en nuestra vida, cuando nos sentimos demasiado
gordos para dejar que nos acaricien los muslos o el vientre, o
demasiado feos para dejar que nos vean con las luces encendidas,
estamos tratando de protegemos de que nos hieran. Otra vez. Pero la
herida de que nos estamos resguardando no está en el presente, ni en el
futuro. Estamos intentando protegemos de la sensación de una herida
que no tiene nada que ver con nuestro presente; una y otra vez, durante
toda la vida, intentamos protegernos del sentimiento de nuestro pasado,
y al hacerlo no nos permitimos jamás reclamar nuestro presente.
Matt y yo desmantelamos la habitación de Lou Ann. Primero retiramos
de la pared los abanicos chinos. Recorrimos con los dedos las delicadas
líneas de los árboles dorados. Después cogimos su reloj de cerámica,
sus estilográficas, sus pendientes en el platito en forma de corazón. Matt
dijo que le gustaría tener el reloj en su despacho y lo dejó
cuidadosamente junto a la puerta. Tiramos las plumas a la papelera,
guardamos los pendientes en una caja para dárselos a su madre.
Cuando abrimos la agenda, vimos que el señalador de plástico estaba
puesto en el mes de abril. Lou Ann murió el 18 de abril. Había una lista
de cosas que ella quería hacer: llamar a Dougie, decir sus afirmaciones,
respirar fácilmente con el oxígeno... Las lágrimas de Matt se
derramaron sobre la página, borroneando la palabra «oxígeno». Me
pidió que lo abrazara un momento y dejó escapar unos sollozos.
Después seguimos separando y ordenando las cosas. Vaciamos el

41/153

escritorio y los estantes, sacamos las tarjetas. En tres horas y media, la
habitación quedó almacenada en un baúl y tres cajas.
—Dejemos todo esto en el armario —dijo Matt—. No quiero desterrar a
Lou Ann al garaje.
Tres meses después, por sugerencia suya, llevamos las cajas y el baúl
afuera, al garaje.
En cuanto a mí, estoy en el proceso de desmantelar mi habitación de
niña. Y con cada sentimiento que voy tocando, por el que me duelo y
lloro, que dejo de lado, con cada recuerdo de miedo, con cada
experiencia de pérdida, las paredes se van desmoronando.
Y yo me estoy liberando.

*Como parte de los seminarios de Liberación, los participantes
intervienen, con los ojos cerrados, en una o más fantasías guiadas cuyo
propósito es ayudarles a entrar en contacto con sucesos y
acontecimientos de los que quizá no tengan conciencia.

42/153

3
EL CONSUELO DE SUFRIR

Cuando me acerqué a Matt y me presenté, yo sabía que me estaba
presentando a un hombre cuya amante había muerto de cáncer. Lo
sabía porque él había contado su historia en su intervención del día
anterior. Sabía que tener una relación con él no sería fácil. Pero yo no
buscaba precisamente lo fácil.
Cuando no hay circunstancias dramáticas, me las invento. Me siento
más cómoda en medio del caos. Me nutro de la pasión.
Yo no me preocupo; me pongo frenética.
No me alegro, caigo en éxtasis.
Me angustio, no me entristezco.
Y he conseguido refinar el arte de sufrir.
Estar con alguien cuya amante ha muerto de cáncer es la quintaesencia
de lo dramático, la materia prima de los seriales.
Cuando yo iba a la escuela secundaria, vi a Yvette Mimieux y Richard
Chamberlain en un episodio dividido en dos partes de la serie Doctor
Kildare, en el cual ella era una chica rubia, californiana, que practicaba
el surf y padecía una grave epilepsia, provocada por un tumor maligno,
y Richard era el apuesto y encantador médico a quien llamaban para
rescatarla. A pesar de que después se enamoraban, ella seguía
cabalgando sobre las olas hasta que finalmente, durante un ataque y
teniendo como fondo el poema de William Blake «Tyger, Tyger», Yvette
moría.
La combinación de pasión y duelo me dejó fascinada. Decidí que yo
quería «ser» Yvette Mimieux. Con su pelo, su cuerpo y su estilo, sería
tan hermosa que jamás volvería a estar sola. Sería popular entre las
chicas y deseada por los muchachos. Mi teléfono estaría constantemente
llamando. Mi risa sonaría como unas campanillas de plata y mi sonrisa
sería irresistible. No tendría tiempo para los chicos de mi clase, los que
me atormentaban burlándose de mi cara redonda, porque quienes se
enamorarían de mí serían hombres como Richard Chamberlain. Y si no
era él, me decía, entonces seguramente sería el acomodador del cine
Squire, el chico que en aquel momento me tenía robado el corazón:
Mike Howard.
Yvette Mimieux era rubia y flexible, y su pasión era el surf. Yo era una
adolescente regordeta, de pelo castaño. Sin darme cuenta de que el
agua oxigenada me cambiaría el castaño por un verde luminiscente, me
43/153

compré un espray Sun-In para aclararme el pelo. Me puse a dieta de
ciruelas pasas y albóndigas para ponerme esbelta. Pegué sobre la
nevera una foto de Yvette que había salido en una revista para que cada
vez que fuera a buscar un helado viera ese cuerpo y esas piernas... las
piernas que yo quería. Y eso era un problema, porque en mi metro
cincuenta y cinco de estatura, el papel de las piernas era mínimo. No
porque no fueran sólidas —mi hermano me llamaba «muslos de
trueno»—, sino porque eran demasiado cortas.
Después de dos semanas de pelo verde y piernas cortas, decidí que todo
eso era mezquina superficialidad. Yo no necesitaba tener el pelo rubio y
las piernas largas para ser Yvette Mimieux: necesitaba ser epiléptica.
Con el tumor maligno, claro.
Después de todo, era aquello lo que había hecho que el doctor Kildare
entrara en su vida, lo que hacía del amor de ambos algo tan precioso, y
lo que la conducía a ella a una muerte fascinante. Los ojos que se le
ponían en blanco mientras domaba la ola, el doctor Kildare que llegaba
un momento demasiado tarde. El cuerpo inerte rescatado del océano
mientras por el rostro de él resbalaban lágrimas de angustia. Yo quería
alguien que me quisiera tal como él la quería.
Entonces empecé a practicar ataques epilépticos. Practicaba poniendo
los ojos en blanco y dejándome caer al suelo sin partirme el cráneo. Les
dije a mis amigas Claudia y Bunny que tenía epilepsia; invité a Bunny a
que viniera conmigo a ver Khartoum en el cine Squire. Cuando Mike nos
vio, se acercó a saludamos, y mientras hablábamos de nuestro examen
de ciencias sociales, yo puse los ojos en blanco y me desplomé
graciosamente sobre el suelo. Él me levantó y me llevó a una silla.
—Acaba de saber que tiene epilepsia —le susurró Bunny.
Mike me metió una tarjeta en la boca para que no me tragase la lengua,
pero después de dos ataques más su madre le prohibió que volviera a
verme.
Durante los dos años siguientes, mis amigas y yo solíamos pasar juntas
las tardes haciendo falsas llamadas telefónicas a los chicos con quienes
salíamos. Susan llamaba a mi novio para preguntarle si no me había
visto. Como en ese momento estaba sentada junto a ella, naturalmente él
decía que no.
—Es que me tiene muy preocupada —decía entonces Susan—. Se fue de
aquí muy alterada y me temo que haya tenido algún accidente. ¿Me
llamarás si tienes noticias de ella?
Teníamos la esperanza de que una perspectiva de muerte inminente
atizara el ardor de nuestros galanes. Estábamos seguras de que, al
verse enfrentados con la posibilidad de perdernos, se darían cuenta de
lo mucho que nos amaban.

44/153

Durante los seis primeros meses que viajé a través del país para dirigir
los seminarios de Liberación, solía pedir a mi amigo Lew que almorzara
conmigo el día antes de mi partida. íbamos en coche por la carretera de
la costa del Pacífico hasta el Davenport Café. Si era invierno,
escudriñábamos el océano tratando de divisar los surtidores de las
ballenas grises. Si era primavera, contábamos las variedades de flores
silvestres que crecían en las laderas de las colinas y comentábamos la
perfección del círculo que formaban los lirios en el jardín del café.
Cuando Lew estaba terminando su postre, yo le decía:
—Mañana me voy a dirigir un seminario. Si el avión se estrella y nunca
vuelves a verme, ¿qué pensarías que habrías querido decirme hoy?
La primera vez que se lo pregunté, me miró sobresaltado.
—Oh, Geneen —me dijo—, no puedo ni imaginarme que el avión se
estrelle.
—Pero es posible —respondí—. Siempre es posible. Tienes que vivir
como si hubieras de morirte mañana, y no dejar nada por terminar. ¿No
quieres hacerme saber nada que no me hayas dicho?
—Te amo —me dijo—, y para mí significa mucho estar cerca de ti.
Nunca he tenido una amiga como tú. Te has ocupado de mí, no has
dejado que me fuera sin mantener el contacto y me siento vinculado por
el compromiso que hay entre nosotros.
Sus ojos de color pizarra húmeda se llenaron de lágrimas mientras
extendía las manos para tomar las mías.
—Te echaría muchísimo de menos si te murieras.
Al pensar en los restos del avión en llamas, en mi familia buscando entre
los despojos alguna señal de mí —los zapatos de lamé dorado, las gafas
en forma de corazón—, yo también lloré.
—Yo no quiero morirme —le susurré.
La segunda vez que fuimos al Café Davenport yo pedí un bocadillo de
aguacate y queso y Lew lasaña. Cuando él se terminaba el pastel de
pacanas, le pregunté si había algo que quisiera comunicarme por si
mañana el avión se estrellaba.
Los ojos se le nublaron como si los invadiera la bruma mañanera de la
playa.
—Te amo y me alegro de que seas mi amiga. Eres maravillosa.
La tercera vez que fuimos al Davenport, yo pedí de nuevo un bocadillo
de aguacate y queso y él pidió camarones. Mientras le iba sacando las

45/153

ralladuras de chocolate de su postre, le pregunté si había algo más que
quisiera decirme, teniendo en cuenta que podría morirme al día
siguiente.
—Tres cosas —me dijo—. La primera, si me harías el favor de dejarme
tu colección de discos. La segunda, que sea donde fuere que te vayas
cuando te mueras, me tendrás allí en unos treinta años, con una rosa
roja en la solapa. Y la tercera, que no se puede vivir así, Geneen. No te
vas a morir mañana. Es demasiado, una exageración. Es estar
continuamente enmarcando todo lo que piensas y sientes, y no te deja
margen para dar respiro a la gente que te rodea.
Pero yo quería vivir como si fuera a morirme al día siguiente. La
combinación de pasión y duelo me fascinaba.
Cuando hacía diez meses que conocía a Matt, fui al médico para ver qué
era el dolor que sentía en el costado derecho y la erupción y las
picazones que lo acompañaban. Me dijo que tenía un herpes, y me
explicó que aunque el causante era un virus, se creía que lo que
desencadenaba la erupción era el estrés, y que probablemente me
seguiría doliendo durante un período que podía ser de tres meses a un
año.
El dolor era como el de una navaja que me atravesaba los huesos. Me
daban ganas de arrojarme contra la pared, de enterrarme en cemento,
con tal de detenerlo. Me sentía furiosa por estar enferma. No quería
dejar de escribir, de bailar, de salir, de dirigir seminarios. No quería ser
como Lou Ann. Y sin embargo, quería ser como Lou Ann. Si yo
enfermaba como Lou Ann, entonces tal vez él me amara como la había
amado a ella. Con urgencia y pasión. Una vez que fuera realmente
consciente de que yo no estaría allí eternamente, ya no tendría por qué
regatearme nada, ni amor ni afecto.
Cuando hablé con Sara de la forma en que Matt debía de haber amado
a Lou Ann, me dijo:
—Pero ella ha muerto, Geneen. Ha muerto, y tú estás viva. Su amor por
ella estaba mezclado con tristeza y miedo. ¿Realmente quieres que te
ame de esa manera? ¿No preferirías que te amase desde un lugar de
júbilo en el interior de sí mismo?
Sí, pero...
¿Aquello no significaría que me amaría menos?
¿No significaría que me prestaría menos atención?
¿No significaría que seríamos como esas parejas que alguna vez
amaron cada uno todas las pequeñeces del otro —la curva del cuello, el

46/153

espacio entre los dientes— y que con los años llegaron a odiar esas
mismas cosas antaño tan amadas?
Yo no quiero ser como una de esas parejas que uno ve en los
restaurantes, cenando en un silencio pétreo.
—Prefiero estar enferma —le digo a Sara.
—¿Quieres decir que preferirías morirte de amor a tener que sobrevivir
a las peleas, los resfriados, las trivialidades de la vida cotidiana?
No. Preferiría morirme a tener que vivir como mi madre y mi padre.
Ella bebía. Whisky Dewar’s con hielo y un trocito de limón. Él no decía
nada. Ella se drogaba. Con anfetaminas para perder peso, con
barbitúricos para dormir. Él no decía nada. Ella gritaba: le gritaba, nos
gritaba, gritaba al perro. Él no decía nada. Ella suplicaba. «¿Soy
bonita?», solía preguntarle. Él no decía nada. Ella se paseaba por la
casa a las cuatro y media de la madrugada, con la ropa en desorden, el
maquillaje estropeado. Él no decía nada. En la cena del Día de Acción
de Gracias, ella le tiró a la cara un plato de relleno. Durante la pelea
con mi hermano, arrojó un cuchillo a través de la sala. Cuando se
enojaba conmigo, me arrastraba a mi habitación tirándome de los pelos.
Él no decía nada. Los domingos, cuando íbamos a almorzar al Steak
Joint, en Bleeker Street, los dos comían en un silencio mortal.
Mi madre se estaba muriendo por falta de amor y mataba todo lo que se
le ponía a tiro.
La vida que yo conocí de niña tan pronto era de un frenesí emocional de
mucho cuidado como de una tranquilidad absoluta. Mi madre estaba en
casa y se sentía desdichada, o bien no había nadie en casa. Parecía que
no hubiera más que dos opciones: vivir en el caos o abandonada.
Más bien que revivir mi niñez, yo he tendido a re-crear la vida de mi
madre: aumentando continuamente la apuesta en un intento
desesperado de llamar la atención de mi pareja.
Por más que ya la tuviera.
A modo de presentación recíproca, yo pido a las personas que acuden a
mis seminarios que escojan una palabra que las defina, una especie de
etiqueta. En un ángulo del papel escriben cómo imaginan que sería su
vida si la comida no fuese un problema. «Aburrida», escriben muchos, y
cuando les pregunto por qué, me dicen que no sabrían qué hacer con su
tiempo. Dicen que la vida sería sosa y sin emoción alguna.
—Cuando me aferro a la comida con esa urgencia... usted ya sabe a qué
me refiero, cuando nada es suficiente y conseguir meterme un trozo de
chocolate en la boca en este mismo momento es cuestión de vida o
muerte, es como una borrachera maníaca y estimulante. Y me gusta, me
47/153

gusta sentirme tan vivo. Sin todo el tira y afloja que se produce en torno
de la comida, la vida sería más tranquila, pero me parece que además
sería aburrida.
—Aumentar de peso y perderlo —-dicen—, estar siempre a dieta, es
como estar en una montaña rusa emocional. Hay días en que eso me
fascina y otros en que me parece infernal, pero por lo menos siento
algo. No puedo imaginarme cómo sería mi vida si no tuviera el tiempo
ocupado con la comida.
No hay aburrimiento en la vida de las personas que comen
compulsivamente. P