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Cuando no esperas nada sucede todo (Ficción) (Spanish Edition)

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Year:
2020
Publisher:
La Esfera De Los Libros
Language:
spanish
File:
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1

Der Stuermer - 1940 Nr. 51

Language:
german
File:
PDF, 47.87 MB
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2

Cuando nos volvamos a encontrar

Year:
2019
Language:
spanish
File:
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Índice

Dedicatoria

La progresión de Daven Sight

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

El posgrado de Kit Ingram

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Regreso a Forshom

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

En la cima del mundo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

La pesquisa de Kit Ingram

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

La ingenuidad de Kit Ingram

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Fin

Posdata

Créditos





Para los que soñáis…



Y para ti. Siempre.





LA PROGRESIÓN



DE DAVEN SIGHT





1

L a capital del estado, New Hampshire, en la década de los ochenta se veía azotada por una ola de crímenes y violencia. Los delincuentes campaban por sus respetos y los jóvenes de los barrios más desfavorecidos sufrían las consecuencias de una sociedad que vivía con los ojos vendados. El gobierno no era capaz de mitigar tan violenta sangría. Incluso, muchos medios de comunicación se jactaban de que ellos eran la cúspide de la llamada mafia y daban cobertura a todos esos personajes tenebrosos. Varias bandas se peleaban por el control del país. Pero el núcleo más afectado, y el que más parecía interesarles, era el centro neurálgico de la nación.

Nacer en uno de esos barrios, en aquella época, te llevaba a lo que mucha gente denominaba como «el camino de la perdición». Los jóvenes tenían como referencia a los mafiosos más conocidos. Y todos soñaban con ser uno de ellos y que la gente les respetase del mismo modo. Quizá el dinero y la ostentación desmedida no eran tan importantes como la sensación de que la gente temblase solo con escuchar tu nombre. Para todos los chiquillos ese era el verdadero poder.

A escasos quince minutos del centro de la ciudad se encuentra Forshom, sin duda, uno de los lugares más peligrosos de New Hampshire. Sus calles estaban descuidadas, los edificios al borde de la ruin; a y la suciedad inundaba un entorno que parecía haber caído en manos del olvido, decorado que no dejaba duda de la nefasta calidad de vida de ese vecindario.

Aunque había una cosa de la que todos esos vecinos se sentían orgullosos: ellos lo llamaban lealtad o ley del silencio. Lealtad a todos esos que, de un modo u otro, les proporcionaban lo poco que tenían. Porque, en el fondo, las bandas eran las que hacían que reinase un orden muy peculiar y mantenían seguras sus calles, labor que le resultaba imposible a la policía, que prácticamente no se atrevía ni a adentrarse en sus lindes. También eran los que alimentaban a cientos de familias con donaciones y dando trabajo a los pequeños de todos esos hogares. Para los vecinos, formar parte de una de las «organizaciones» era una buena manera de ganarse la vida. Más o menos se podía entender como un trabajo igual que cualquier otro.

Forshom era el dominio de los Young. Una pequeña familia compuesta por varios hermanos huérfanos que se habían hecho con el control gracias a sus conocidas y violentas malas formas. El líder era un hombre no muy corpulento y con cara de pocos amigos llamado John. Él era el mediano de los tres. Como es evidente, ese clan no solo estaba formado por los hermanos. Poseían un organizado ejército de maleantes que seguían sus indicaciones a rajatabla. Sus largos tentáculos llegaban a cualquier rincón de la ciudad, e incluso del país. Sin duda, eran una de las bandas más respetadas, con su sede principal en una barrida al sur de New Hampshire.

En la calle Catorce, casi haciendo esquina con la avenida Crosswell, nació un joven al que sus padres pusieron un curioso nombre: Daven. Según decían, significaba «chico de los sueños». Pertenecía a una familia muy humilde. El padre trabajaba en una de las enormes fábricas de metal, a las afueras de la ciudad. Y la madre, debido a la precariedad del sueldo de su marido, servía de ayudante en trabajos temporales que le surgían de vez en cuando. Los ingresos casi no les daban para pagar los gastos más básicos. Por ello Daven, el único hijo del matrimonio, tuvo que dejar la escuela a muy temprana edad para ponerse a trabajar y así ayudar en casa.

Con tan solo doce años, con una destartalada bici que su padre le regaló en un cumpleaños, comenzó a repartir la prensa a domicilio. Así pasó casi toda su juventud. Encontrar un buen empleo en una época tan difícil era tan complicado como aguantar todo un invierno entre las paredes de su casa. Hacía casi más frío dentro que fuera…

Aquel chico, como cada mañana, se levantaba antes de que saliese el sol. Comía algo en una vieja cafetería cerca de su casa —como no se podía permitir pagar ese desayuno, solía limpiar alguna noche para resarcir la deuda de algún modo— y, sin perder un segundo, recogía la prensa para empezar la jornada. Tenía que pedalear a toda prisa hasta un almacén a unas cuantas calles de su barrio. Si llegaba más tarde de las ocho ya le habrían asignado su ruta a otro y perdería el salario de ese día.

Aquella mañana de invierno hacía un frío horrible. Pero él estaba acostumbrado a ese clima extremado. Cubría su menudo cuerpo con un sinfín de prendas, y siempre llevaba un gorro de los Águilas de New Hampshire, su equipo favorito de la liga nacional de fútbol, para taparse la cabeza y que no se le congelasen las orejas. El estridente color amarillo de su tocado también le servía para que no le arrollase uno de los miles de automóviles que circulaban por las calles de la gran urbe.

En aquella época, la guerra entre las bandas estaba en su punto álgido. Cada una de ellas tenía su espacio y era de todos conocido que no se podían traspasar sus fronteras si no querías tener problemas. Forshom terminaba en la calle veintinueve con la avenida Pennser. A partir de ahí, se entraba en el territorio de los Morrison, otra familia que peleaba por el control de una ciudad dominada por las bandas.

El joven vivía ajeno a estas actividades. En su casa siempre le habían aleccionado para evitarlas. Sus padres intentaron darle una buena educación y consejos adecuados para que se alejase de esos grupos de chicos que fantaseaban con ser uno de los Young. Daven era un muchacho alegre. Se pasaba todo el día recorriendo las calles montando en su bicicleta y canturreando. Su grupo de amigos estaba compuesto por unos cuantos chicos que había conocido en el colegio. Vivían más a menos cerca y siempre que tenían un rato lo pasaban jugando al fútbol en el único parque que había en su barrio, aunque como casi todos tenían que trabajar, a pesar de su corta edad, eran muy pocas las veces que podían reunirse.

Dentro de la sociedad de esas zonas, se encontraban dos tipos de personas: los que trabajaban muy duro para mantener algo de dignidad en sus casas, y los que se unían a las bandas para intentar prosperar económicamente y conseguir una vida más holgada. Aunque tomar atajos te suele llevar a un callejón sin salida, porque la mayoría de esos jóvenes terminaban abatidos en cualquier esquina o con largas condenas que pagarían en el terrible penal de Newhamp.

—¡Buenos días, chico! Coge esos paquetes de ahí, que son los tuyos —dijo el encargo del almacén a Daven con su mejor sonrisa. Todos los que tenían trato con el joven le mostraban su lado más agradable. Tenía algo que le hacía ganarse a la gente con facilidad. Era callado y comedido, dos cualidades muy valoradas en aquel lugar, porque allí los que hablaban demasiado solían terminar mal.

—¡Gracias, señor Dubnon! Hoy voy a repartirlos en un periquete, ¡ya verá! —respondió el chico una vez que ató los periódicos al transportín de la bicicleta.

Aunque aquel trabajo era duro, él se lo tomaba de la mejor manera posible. Siempre sonreía a pesar de no tener motivo para ello, porque así le habían educado. Su madre le decía que las sonrisas son la carta de presentación más bonita que posee el ser humano.

Esa mañana pedaleó a toda velocidad mientras iba dejando la prensa a los clientes. Su zona de reparto abarcaba un amplio sector que excedía su propio barrio y le solía llevar casi todo el día, hasta que entregaba el último de los ejemplares.

El Planet era el periódico más leído del país. En él te podías enterar de todas las novedades y noticias sensacionalistas que le hacían líder en el sector. Su sección de sociedad era la más leída, porque lo que más interesaba a la gente era lo que pasaba a pie de calle. La mafia estaba tan integrada en la sociedad que hasta salía en la prensa diaria. Escribían sobre los grandes capos como si fueran estrellas de cine y les daban tanta importancia que hacían crecer su fama de manera desmedida. Los propios periodistas fueron los encargados de dar visibilidad a esos monstruos que reinaban a base de terror y violencia.

—¡Mirad! Ya está aquí otra vez el idiota este de Forshom. ¿No se habrá enterado aún de que las ratas no son bien recibidas aquí? —La voz surgió de un grupo de chicos cuando Daven pasó por su lado.

Justo tenía que repartir en unas cuantas casas próximas al corrillo. Haciendo caso omiso, apoyó la bici en un poste de luz y sacó varios periódicos del abultado paquete.

—Parece que no tiene miedo. Kinsey, vamos a explicarle lo que pasa cuando te metes en nuestro barrio —dijo en voz alta otro de los chicos.

Esa vez no pudo hacer como si no se hubiese enterado. Al ver aproximarse a esos matones en miniatura, el chico sintió un escalofrío. Jamás tuvo problemas con nadie, incluso cuando se habían metido con él en el colegio siempre intentó esquivar el conflicto, aunque los demás pensasen que era un gallina. Le daban pánico las peleas. Además, en su casa, desde muy chiquitito, le enseñaron que la violencia nunca debía ser la solución.

—¡Oye, tú! ¡Largo de aquí! —gritó el que parecía ser el líder a la vez que arrojaba una piedra a Daven.

Por suerte, no le dio. Pero pasó a escasos centímetros de su cabeza. Intimidado por la actitud de los chavales, dio media vuelta y se dirigió a la bicicleta. No le había dado tiempo a entregar la prensa, pero el miedo le pudo. Muy asustado, volvió a meter los periódicos en el bulto que llevaba atado al transportín y se subió en el vehículo a toda prisa. Le temblaban tanto las piernas que trastabilló varias veces al intentar emprender la marcha. Incluso se dio un golpe en la espinilla con uno de los pedales, que le hizo dar un grito de dolor.

Por suerte, los chicos no le alcanzaron. Pero cuando estaba a unos metros, sintió un fuerte impacto en la cabeza. Tanto que casi le hace perder el equilibrio y caer al suelo. Pedaleó sin mirar atrás hasta que llegó a su casa. Ni siquiera fue capaz de tocarse la zona en la que sintió el golpe para comprobar su gravedad.

—Por Dios, Daven. ¡Qué susto me has dado! ¿Se puede saber qué diablos te pasa? —gruñó su madre porque había entrado en casa como un auténtico torbellino.

El chico tenía la respiración agitada y en su gesto se percibía que algo no iba bien. Sin responder, la madre se acercó a él.

—¡Pero hijo! ¡Qué te ha pasado! ¡Tienes sangre en la cabeza! —exclamó al darse cuenta del daño.

No se había percatado debido al estado de nervios, pero un reguero de sangre seca le atravesaba el cuello y se perdía por la parte superior de su chaqueta.

Le contó lo que había sucedido con pelos y señales, queriendo buscar en su madre una explicación a lo acontecido. Daven vivía en un hemisferio muy distinto al del lugar en el que le tocó nacer. Era un chico alegre y amable, tranquilo, sin grandes aspiraciones. Y trabajaba tantas horas que no le quedaba tiempo para inmiscuirse en los problemas que acechaban a los chicos de su edad. Solo tenía un único sueño, que, aunque suene paradójico, era ser igual que su padre. Veía en él un auténtico ejemplo a seguir. Porque, aunque no tenía un trabajo interesante siempre regresaba a casa con un gesto satisfecho y una bonita sonrisa. Eran una familia feliz. Sin muchas posesiones, pero con algo imprescindible como es el amor.

—Ay, hijo. Siento mucho lo que te pasó. Y me alegro mucho de que salieses corriendo. No eres menos valiente por ello, sino más listo. Por desgracia, en la vida te vas a topar más veces con personas como esas. Odian sin motivo, y se meten con los demás para llenar sus grandes vacíos. Por eso, Daven, jamás debes ser como ellos.

—Ya, madre. Pero ¿qué hago si me los vuelvo a encontrar? ¡Seguro que vienen a por mí de nuevo! —exclamó con gesto de resignación.

Y, en el fondo, tenía muchísima razón. Porque esos críos se valían de esas demostraciones absurdas para ganarse el respeto de los demás.

—Pues, hijo, tendrás que evitarles. Y si no, tendrás que hablar con el señor Dubnon para que te cambie de zona. Pero, por favor. Ten muchísimo cuidado.

El chico, después de esa explicación, entendió por primera vez que hay gente que hace cosas malas sin motivo, y que la justicia en su barrio era muy distinta a la del mundo real. Allí no existían los jueces ni los fiscales. En ese lugar, los que dictaban las normas eran los jefes de las pandillas y la ley la establecía el propio barrio.

Después de esa charla y de que su madre le curase la herida, le echó valor y terminó de repartir lo que le quedaba. Asustado y con mil ojos, pero lo hizo porque su madre le impulsó a hacerlo. Y le dio un último consejo:

—Hijo, una cosa —le dijo antes de que saliese de casa—, no dejes nunca a nadie que te robe tus sueños. Ni que te impidan hacer algo. Tienes que ser más listo que ellos…

Evidentemente, los sueños de Daven no eran ser el mejor repartidor de periódicos del país. Por eso entendió el fondo del mensaje inmediatamente. El miedo no tenía que ser un obstáculo. Esos pandilleros no se debían interponer en su camino por mucho respeto que le causasen.

Esa noche le costó dormir más que de costumbre. Su propia imagen huyendo le acompañó en la soledad de su habitación. Para su madre había hecho lo correcto, y para su integridad física también. Pero el orgullo, a veces, es más poderoso que tu propio bienestar.

A la mañana siguiente, se puso un traje que jamás había usado: se vistió con toda su valentía. Y tomó una decisión que, sin saberlo, le cambiaría para siempre. Ese día iba a suponer un antes y un después para ese adolescente.

—Buenos días, señor Dubnon.

—Buenos días, chico, ¿qué te ha pasado ahí? —le preguntó señalando la pequeña brecha y el gran chichón que se advertía en un lado de su cabeza.

Le contestó con una mentira para evitar más preguntas.

—Nada. Un golpe sin importancia…

Como cada día, recogió el bulto de periódicos, lo ató cuidadosamente a su bici y comenzó la marcha. Aunque en aquella ocasión dejó para el final de la ruta los periódicos que tenía que entregar en Patterly, el territorio de los Morrison. Una vez terminada la ronda, pedaleó a toda velocidad hasta cruzar la calle veintinueve. En ese preciso instante, sintió un cosquilleo muy fuerte en el estómago. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo. Y que se iba a tener que enfrentar con esos jóvenes que le habían apabullado el día anterior.

—No me lo puedo creer. Mirad quien viene por ahí de nuevo —advirtió a los demás chicos de la pandilla uno que llevaba una gorra de los Giants.

Daven le escuchó claramente y le entraron muchas dudas. ¿Debía huir de nuevo? Con un arrojo inédito, continuó pedaleando hasta el lugar donde debía hacer la entrega, un par de casa bajas con un pequeño jardín a la entrada. Dejó la bicicleta apoyada en el mismo lugar de siempre y, simulado que estaba tranquilo, sacó los dos periódicos. Los jóvenes, envalentonados por lo acontecido, se aproximaron en manada hacia él. El chico, al ver por el rabillo del ojo lo que le esperaba, se giró hacia ellos y los miró fijamente. Eso sí, le temblaban las piernas y le sudaban las manos.

—Vamos a dar a ese imbécil lo que se merece. Ya verás como no vuelve a venir por aquí nunca más —gritó otro con una entonación mucho más amenazante.

Probablemente, todos eran mayores que el pequeño repartidor de prensa. Y ese día habría más de seis, de ahí que no le valiese de nada esa absurda demostración de coraje. Entre todos le propinaron una terrible paliza. Incluso le dieron un sinfín de patadas en el suelo. Se ensañaron con crueldad, y Daven no pudo hacer más que arrugarse, taparse la cabeza con los brazos y aguantar hasta que los golfos se cansaron de golpearle.

El adolescente había soñado otra cosa muy distinta. Pensó que plantándoles cara conseguiría demostrarles que no les tenía miedo y así le dejarían en paz. Alguna vez en que se cruzó con los hermanos Young por las calles de su barrio había visto en ellos esas miradas que todo el mundo temía. E inconsciente, como niño que era, intentó imitarles. Pero él no era uno de ellos. No tenía a su espalda esa fama hecha a base de habladurías y rumores tantas veces escuchadas en los corrillos.

—¿Estás bien? Madre mía, pobre chico —escuchó una voz femenina mientras seguía hecho un ovillo en el suelo.

Sin apartar los brazos de su cabeza, abrió los ojos y pudo ver el rostro de una joven a escasos centímetros. La chica le observaba con cara de susto.

—No tengas miedo. Ya se fueron. Deja que te ayudemos.

Desconfiado, siguió las indicaciones de la jovencita. Lo que sintió cuando sus ojos se encontraron consiguió aliviar todo el daño causado. Daven no entendía de amor. Nunca se había tenido que enfrentar con nada similar, pero algo se le removió por dentro para advertirle de que estaba ante un suceso inaudito.

Tenía enfrente a una chica de cabello largo y castaño, con enormes ojos color verde y una sonrisa de ensueño. Sin entenderlo, se le había pasado el miedo y cualquier sentimiento negativo que habría experimentado una persona que acababa de sufrir una agresión. En aquel instante, le embargó ese tipo de agitación que solo es capaz de producir el amor. Un torbellino que, cuando llega, arrasa con todo.

—No. No te muevas, tranquilo. Kiki, déjame un clínex para limpiarle.

Escuchar esa voz fue para Daven como un himno hacía la concordia.

—No te preocupes, estoy bien. —Intentó ponerse en pie para demostrar que era un chico fuerte.

Al incorporarse, sintió como la cabeza le daba vueltas. Por un momento, se le nubló la vista y se disipó aquella imagen angelical. Los golpes le habían dejado aturdido, hasta tal punto, que cuando volvió a recuperar la consciencia se encontró con una imagen totalmente distinta. Aquella joven de mirada cálida y expresión angelical había desaparecido. ¿Tan fuerte le habían pegado como para haber tenido una alucinación tan real?

Otra joven, unos años mayor que él, se interesaba por su estado en posición de cuclillas.

—Hola. Hola… —Hacía aspavientos con las manos como si quisiese cerciorarse de que la veía—. Chico, ¿estás bien? Mira, Cloe, parece que ya se ha despertado. Madre mía, ¡qué susto nos has dado!

Le tendió la mano para ayudarle a que se incorporara. El chico tenía un zumbido en el oído derecho. La acera estaba congelada. Había pasado demasiado tiempo tendido en el suelo y no podía dejar de tiritar. La desconocida, al ver cómo temblaba, se quitó el abrigo y lo tendió sobre sus hombros.

—Tranquilo, tranquilo. No te levantes aún. Ven, Cloe, ayúdame.

Y entonces, cuando estaba agarrándose a la mano de esa chica, para así poder ponerse en pie, apareció de nuevo su imagen. Como esa estrella fugaz a la que todos pedimos un deseo.

El pobre Daven tenía golpes por todo el cuerpo. Le sangraba el labio inferior, un ojo negro y un par de chichones decoraban su frente, y su ropa estaba arrugada y sucia.

Al volver a ver a la chica de los ojos verdes, recuperó la entereza en un acto de hombría prematura. Se irguió como si nada hubiese pasado e intentó mostrar su lado más masculino.

—¿Qué te ha sucedido? ¿Mejor ya?

Entonces fue consciente de que la voz, a veces, se complementa con la belleza. Y que cuando te atropellan los sentimientos, todo se detiene al instante. Daven se quedó de piedra, estático, abducido por una pureza que le superaba.

—¡Hey! ¿Me escuchas? —repitió el mismo gesto que su amiga pasando la mano por delante de los ojos de Daven.

—Sí —respondió lacónicamente.

Quizá los golpes le hicieron perder la capacidad expresiva. Eso o que no estaba acostumbrado a recibir un impacto anímico tan violento.

—Mi nombre es Cloe. Y ella es Kiki. —Señaló a la amiga—. No te preocupes que los gamberros esos ya se fueron. Quizá deberías ir a que te vea un médico. ¿Vives por aquí cerca?

El joven la observaba embobado. Pero para no dar una imagen tan ridícula, hizo lo posible por ser más elocuente.

—No. Vivo en Forshom. Y muchas gracias. De verdad. Pero estoy bien —contestó a la vez que entregaba la chaqueta a su dueña y se sacudía la ropa.

—¿De Forshom? ¿Y qué haces por aquí? Creo que eso no ha sido buena idea —dijo la que se presentó como Kiki.

—Déjale, pobre… esos idiotas se creen que esto es suyo. Siempre igual con esas tonterías de pandilleros… Bueno, y ¿cuál es tu nombre? Porque imagino que tendrás uno, ¿no? —Las chicas rieron para quitarle un poco de hierro al asunto.

—Daven. Me llamo Daven.

—Encantado, yo soy Cloe —repitió tendiéndole la mano.





2

E se día, entendí muchas cosas que habían pasado inadvertidas a los ojos de un crío de tan solo doce años. Era un niño que tuvo que crecer demasiado deprisa y no había tenido tiempo para fijarme en algo que marca la vida de muchas personas. El amor nos golpea sin previo aviso; cuando menos lo esperamos aparece, y lo desbarata todo como un terrible tsunami. Sí, aquella mañana supuso un gran cambio para mí. Y crecí un poquito más, sobre todo, en el terreno sentimental. Jamás había escuchado gritar a mi corazón con tanta fuerza.

Tuve que ir caminando, empujando la bicicleta, hasta llegar a mi casa. La tremenda paliza no me permitió pedalear como de costumbre. Me dolía todo el cuerpo. Pero mientras andaba cojeando por las gélidas calles de New Hampshire, la mirada transparente de aquella chica me hizo olvidar la desagradable experiencia que acaba de vivir. Es curioso cómo unos ojos verdes te pueden curar todas las heridas. Y más curioso aún, lo valiente que te vuelves cuando quieres demostrar a alguien que eres un hombre metido en el cuerpo de un niño.

Antes de despedirme de ellas me ofrecieron varios clínex para que limpiase los restos de sangre que manchaban mi cara, aunque era más que evidente que me acababan de propinar una buena paliza.

Llegando a la calle Diecisiete, justo en la esquina con la avenida Pennser, se encontraba el Blue’s. Era un conocido local, propiedad de los Young, del que todo el mundo contaba cientos de historias. La gente «normal» incluso evitaba pasar por la misma acera. Pero yo no sé si por desconocimiento o por ingenuidad, esa mañana, aturdido por los golpes y la mirada de una joven, no caí en cuenta e hice caso omiso a las sugerencias de mi madre. Ella me había advertido de que no debía ir nunca por allí, ni tan siquiera pasar cerca. Como solía decir: «Hijo, ahí no se te ha perdido nada».

—¡Hey! ¡Chico! ¿Qué te ha pasado? —escuché una voz que provenía de la puerta de dicho establecimiento.

Eran dos jóvenes. Debían de tener veinte años e iban vestidos de esa manera tan característica que diferenciaba a los que formaban parte de una banda. Ambos llevaban cazadoras de cuero negro, una prenda típica que solo usaban ellos. Quizá porque eran los únicos del barrio que se podían permitir una chaqueta tan cara.

En ese momento, me vinieron a la cabeza las palabras de mi progenitora. No debía juntarme con ese tipo de gente. Sin hacer caso, y mirando al suelo, pasé de largo. Aunque sentía cómo me seguían sus miradas.

—¡Oye! ¡No tengas miedo! Ven un segundo, hombre —volvió a dirigirse a mí el mismo chico.

Esa vez no pude omitir la sugerencia. Con algo de temor, me giré para contestarle.

—Estoy bien. Gracias.

—¿Bien? Joder, pues no lo parece. Acércate, anda.

Pensé varios segundos qué debía hacer. Quizá no era la mejor opción ignorarles. No estaba dispuesto a que me pegasen de nuevo. Y lo mismo, si pasaba de ellos se lo podrían tomar mal. O sea que di media vuelta.

—¡Vaya! Te han dado una buena, ¿eh? —dijo el otro joven con cara de sorpresa.

—Tú eres el hijo de los Sight, ¿no? —me preguntó el que me había llamado.

En Forshom nos conocíamos casi todos. Era una especie de gran comuna en la que las familias convivían en armonía, aunque cada uno se dedicase a cosas totalmente distintas.

Sorprendido, le contesté.

—Sí. ¿Cómo lo sabes? —La curiosidad de los niños es más fuerte que el miedo.

—Amigo, yo sé todo lo que pasa en mi barrio —respondió el que parecía llevar la voz cantante.

Era un chico alto, atlético y con una melena castaña ondulada. Se le veía muy curtido para la corta edad que representaba. Su voz era grave y autoritaria.

—Venga, anda, ¿no nos vas a contar qué te pasó? —volvió a interceder el otro muchacho.

En el fondo, me daba bastante vergüenza contarles la verdad. Que te den una paliza no es síntoma de valentía, y allí esa era una de las cualidades que más se valoraban. La gente te respetaba según tu carácter. Era pequeño pero sabía leer entre líneas los entresijos del barrio que me vio nacer.

—Nada importante. He tenido una pelea con unos chicos de Patterly —dije sin darle demasiada importancia y omitiendo el pequeño detalle de que yo no di ni un solo golpe.

Los dos, al escucharme, mostraron más interés.

—¿Cómo? ¿Te has pegado tú solo con ellos? Mírale, August. Parece que tiene agallas el muchacho —dijo, con cierto orgullo, el de la melena ondulada.

—Ya veo. Eres un chico valiente si has ido tú solo por allí… —respondió el otro de inmediato mirándome con admiración.

Papá siempre me advirtió de que las mentiras no nos llevan a ninguna parte. Y aunque no había dicho una mentira como tal, estaba omitiendo la parte más importante. No podía dar a entender algo que no era cierto. Yo no me había peleado con nadie. En el fondo, nunca lo había hecho. Me daban pánico las peleas. Solo pensar que me iba a tener que enfrentar a otra persona, me causaba una sensación de pavor que me dejaba paralizado. En el cole me habían llamado gallina muchas veces por eso mismo. No era capaz de responder a ningún tipo de agresión. Ni siquiera verbal.

—Bueno… la verdad… es que yo… —pensé unos segundos antes de seguir—. Yo no me he pegado con nadie. Más bien, me pegaron. Yo solo quería repartir los periódicos —expliqué afligido.

Quizá ellos después de escucharme también pensarían que era un cobarde. Pero prefería eso a fallar a mi padre mintiendo a los demás.

—¿Cómo es eso? No entiendo. ¿Te han hecho esto unos asquerosos por repartir periódicos en su zona? —me preguntó el del pelo largo, a la vez que le cambiaba la expresión.

Parecía haberle enfadado. Me asusté un poco cuando vi que fruncía el ceño.

—Sí. Algo así. Pero yo no quiero problemas, de verdad. Da igual. —Y me giré para irme porque me estaba dando miedo su gesto.

Tenía los ojos negros. Profundos y elocuentes. A través de ellos reflejaba lo que no decía con palabras.

—No, chico. Espera. No te vayas. Nosotros somos amigos, ¿verdad, August?

—Claro, Terry. Si vive en Forshom, entonces es uno de los nuestros.

Cuando escuché «uno de los nuestros» me giré de nuevo. Esas cuatro palabras consiguieron que me sintiese bien al instante. Y aunque había advertido cierto enfado en la mirada del que se hacía llamar Terry, el miedo me abandonó en ese preciso instante.

—No te preocupes, chico. Nosotros estamos de tu lado. Mira, para que veas, ¿quieres que vayamos y les demos una buena? Nunca más se volverán a meter contigo. Te lo aseguro —sugirió el cabecilla.

Juro que pensé en decirle que sí. Por un momento, me plateé cómo sería llegar con ellos y devolverles la paliza que me propinaron. Hacerles correr como gallinas y dejarles en ridículo, al igual que ellos habían hecho conmigo.

—No, no. Muchas gracias, de verdad. Yo no quiero problemas. Ha sido una tontería —quise quitar hierro al asunto. Porque si los acompañaba, yo también iba a tener que dar la cara. Al pensarlo, me comenzaron a temblar las piernas. ¡Ni por asomo iba a aceptar su propuesta!

—Bueno… como quieras. Pero ya sabes: si te vuelven a molestar, dínoslo —afirmó el que respondía al nombre de Terry guiñándome un ojo en un gesto de complicidad.

Después de despedirme de esos dos personajes tuve una sensación que nunca había experimentado. Me di cuenta de que teniendo amigos así nadie se volvería a meter conmigo. Porque, según habían dicho, yo era uno de los suyos.

Sin entenderlo, los golpes ya no me dolían tanto. Y la imagen de aquella chica limpiando mi rostro ya no era el único pensamiento que me sacaba una sonrisa.

Cuando llegué a casa a mamá casi le da un vahído. Al verme la cara se asustó muchísimo. Primero me dio un abrazo y estuvo a punto de ponerse a llorar. Pero cuando vio que estaba más o menos bien, comenzó a regañarme porque había ignorado lo que hablamos el día anterior. Tuve que convencerla de que yo no había tenido culpa de nada y que ellos fueron los que se acercaron a mí sin ningún tipo de provocación por mi parte. Me pegaron porque les dio la gana. Simplemente por haber nacido en un barrio contiguo y porque me consideraban un enemigo, algo que me costaba muchísimo entender. Es muy triste, pero eso les bastó para tratarme de aquella manera.

La violencia se puede expresar de muchas formas, y no solo se considera como tal cuando llegan a agredirte. Los golpes solo son un daño colateral. Lo que de verdad duele, lo que se queda para siempre, son las secuelas que se graban en la mente. El miedo e inseguridad que te genera ser tan vulnerable. Y la absoluta incomprensión de que existan personas que son felices haciendo daño a los demás. Yo solo tenía doce años cuando recibí aquella paliza, y aunque me consideraba todo un hombrecito porque llevaba casi la mitad de mi vida trabajando, esa situación se me escapó de las manos. Encima, me llevé una buena bronca por parte de mi madre, cosa que me costó un buen berrinche y que me tuviese que encerrar en mi habitación para descargar la rabia acumulada. Fue la primera vez que lloré de pura impotencia. Y la primera vez que me planteé tomarme la justicia por mi mano. Le di demasiadas vueltas a la propuesta que me hicieron esos dos desconocidos. Cuanto más lo pensaba, menos descabellada me parecía esa opción.

—Hijo, ¿se puede? —escuché la voz de mi padre tras la puerta de mi habitación.

Vivíamos en una casa muy pequeña. La cocina y el salón estaban integrados en el mismo espacio. Y teníamos un par de pequeños cuartos en los que dormíamos mis padres y yo. Todo exageradamente reducido. En mi alcoba apenas cabía una cama de noventa. Lo del baño era de otro mundo. Estaba situado al final del pasillo de nuestra planta y lo teníamos que compartir con los demás vecinos. Por la mañana era un auténtico caos, casi que debías pedir la vez cuando te querías dar una ducha rápida. Entre todos intentábamos mantenerlo lo más limpio posible, pero era inevitable que siempre permaneciese un tanto sucio. Eran demasiadas familias las que lo utilizábamos.

—Pasa —respondí desde la cama.

Me había tumbado nada más encerrarme. No podía parar de llorar. El portazo que di suplió lo que me hubiese gustado decirle a mi madre. A veces, la rabia te hace reaccionar de maneras que te desconciertan.

—¿Cómo estás?

Al verle, intenté calmarme. No me gustaba llorar delante de nadie, y más por algo así. Esos chicos no se merecían mis lágrimas.

—Bien —dije a la vez que restregaba mis ojos con el dorso de la mano.

—Me ha contado mamá que tuviste un problema. Daven, de verdad, no te tomes mal lo que te ha dicho tu madre. Ella solo mira por ti. Imagino que se habrá llevado un susto de muerte cuando te ha visto. Mira cómo tienes la cara —hablaba desde la puerta sin acercarse.

Nunca encontraba un motivo de peso para justificar esas reprimendas. Habían sido muy pocas las veces que hice algo para que tuvieran que hacerlo. Intentaba portarme lo mejor posible y hacía caso de sus consejos sin preguntar. Ni siquiera me planteaba la posibilidad de que, en alguna ocasión, no tuviesen razón. Eran mis padres. Y, como tal, les debía un respeto. Pero aquello no había por dónde cogerlo. Al que habían pegado era a mí, y el que tenía el rostro, y el corazón, destrozado era yo. No me lo merecía…

—Papá. Te juro que yo no hice nada. Y se lo dije a mamá. Pero, aun así, parece que he tenido yo la culpa. ¡No lo entiendo! —levanté la voz.

Hasta yo me sorprendí por esa reacción. Nunca me había dirigido de esa manera al mayor de la casa.

—Hijo, de veras. No ha sido esa la intención. Pero entiende que se preocupa por ti. No se lo tengas en cuenta. Mamá se ha puesto muy nerviosa cuando te ha visto así. Y quizá no ha sido la forma más acertada. Ella lo único que pretendía es hacerte entender que tienes que huir de toda esa gente. Enfrentándote solo pierdes.

Su tono conciliador me daba paz. Y conseguía apaciguar el enfado.

—Pero es que yo no me he enfrentado a nadie. Solo estaba haciendo mi trabajo. ¡Fueron ellos! Ni siquiera abrí la boca —intenté explicarle de un modo más tranquilo.

Muy despacio, se acercó a la cama y se sentó a los pies. Luego puso una mano sobre mis piernas y me miró con el cariño de alguien que te quiere de manera incondicional. Seguimos hablando un buen rato. Le detallé todo lo que había sucedido. Mientras él me escuchaba muy atento sin apartar sus ojos de los míos.

Al final, terminamos dándonos un abrazo y llamando a mamá para que se uniese al gesto. Mi padre tenía un don innato para hacerme sentir bien. Era paz y sosiego, y su manera de expresarse te ayudaba a entender casi cualquier cosa. No me quedó más remedio que darles la razón, acatando la sugerencia de que jamás debía volver por allí. Pero ¿por qué tenía que ir con miedo por la vida? ¿Esa era la única solución? ¿Huir?

Cuando me quedé solo, después de esa gran demostración de afecto, no pude evitar pensar en lo que me dijeron los dos chicos de la calle diecisiete. Aunque mis padres me habían dado el remedio que ellos creían mejor, fue imposible obviar las palabras del tal Terry: «Nunca te volverán a molestar».

Llevaba toda mi vida huyendo. Evitando cualquier confrontación y haciendo caso de las recomendaciones de los demás. Me molestaba que me tratasen como un niño para unas cosas y para otras tuviese que asumir el papel de adulto. Por culpa de nuestra economía no me quedó otro remedio que ponerme a trabajar y así poder ayudar con mi salario, aunque reconozco que era muy poco. ¿Para eso no era un niño? Para tener que abandonar la escuela, dejar de salir por las tardes a jugar con los chicos y asumir un papel que aún no me correspondía, para eso sí era mayor…

Al día siguiente, tuve que ir a hablar con el señor Dubnon para decirle que dejaba el trabajo. Habría que ver la cara que se le puso cuando me vio entrar por la puerta del almacén.

—¡Hijo! ¿Qué demonios te ha pasado?

Me levanté con la cara muy deteriorada. El labio se me inflamó bastante, la herida cogió un tono un poco peor y los moratones se volvieron mucho más oscuros. La verdad es que cuando me miré al espejo, antes de lavarme para salir a la calle, me di un poco de pena. Sabía que no me merecía algo así. Y lo peor de todo es que cuanto más lo pensaba, más rabia me daba. Tenía un montón de sentimientos encontrados: por un lado, me daba miedo volver a toparme con esos chicos y que me volviesen a pegar, pero por otro, deseaba pagarles con su misma moneda y darles una buena.

—Hola, señor Dubnon. Nada. Ayer me caí de la bici. Pero estoy bien.

Papá siempre me había dicho que las mentiras son el camino que eligen los cobardes, aunque en alguna ocasión me había dejado entrever que son necesarias para intentar ocultar un hecho que genera demasiadas preguntas. Las podríamos llamar verdades a medias. Y son casi tan necesarias como una verdad.

—¡Pero chico! ¡Debes tener más cuidado! —farfulló mientras colocaba un montón de periódicos aún sin empaquetar.

Para decirle que dejaba el trabajo, tuve que coger aire varias veces. En el fondo no quería hacerlo. Pero las indicaciones de los que mandaban en casa no me dejaban otra opción.

—Una cosa, señor. —Me acerqué un poco más a él para ver si me prestaba atención—. Tengo que decirle una cosa —dije titubeando.

—Dime. Te escucho —respondió de cuclillas mientras seguía con sus tareas.

—Voy a dejar el trabajo —lo solté sin más dilaciones.

En cuanto lo escuchó, se puso en pie y de frente a mí. Su reacción fue inmediata.

—¿Cómo que dejas el trabajo? —preguntó con gesto de sorpresa.

Ese hombre siempre mostraba su parte más agradable. Era simpático y dicharachero. Muy corpulento, desgarbado y con un aspecto desastroso. Desde que le conocí siempre vestía el mismo mono color caqui lleno de mugre, una boina tipo gorra casi igual de sucia que el atuendo y unas botas de trabajo ajadas por el transcurso de los años. Una de ellas tenía despegada la suela y lo había remendado con cinta aislante. Eso siempre me hizo mucha gracia…

—Sí. Le quería dar las gracias por darme trabajo todo este tiempo. Por eso vine —le dije sin poder mirarle a la cara.

Me daba vergüenza explicarle el motivo real. Y, de camino al almacén, había ideado varias excusas que se me olvidaron nada más entrar por la enorme puerta de carga.

—Pero ¿por qué? ¿Cuál es el motivo? ¿No estás a gusto aquí?

Nuestra relación había sido muy cordial. Incluso yo veía en su forma de mirar el mismo cariño que demuestra un padre a su hijo. El señor Dubnon se comportaba conmigo de manera distinta que con los demás. Era muy evidente que a mí me tenía un aprecio especial. Quizá porque yo era de los pocos que le trataban como una persona y no como al jefe. Esa era otra de las cosas que me había enseñado la vida: «Todos somos iguales». El puesto que desempeñas no te hace ser más que nadie. Y me había prometido a mí mismo que si algún día tenía a alguien a mi cargo, jamás le iba a tratar como si fuese un mero empleado.

—Sí. Usted me trata genial. Se lo agradezco en el alma. Es por otra cosa. No tiene nada que ver con usted.

Dando rodeos, lo único que conseguí fue que, al final, me sacase toda la verdad. Le conté lo que me había sucedido el día anterior con los chicos de Patterly y que lo de la caída de la bicicleta había sido una pequeña mentirijilla.

—¡Malditos muchachos! No entiendo esto de la rivalidad entre las bandas. Lo siento muchísimo, hijo. Ojalá que, algún día, todo esto cambie.

El hombre me dio un bonito abrazo. Y aunque su olor no era el más agradable yo lo recibí con todo el cariño del mundo.

Después nos despedimos. Entendió mi postura y me dijo que siempre tendría las puertas de su almacén abiertas. Eso sí, parecía muy enfadado e indignado con el suceso.

—Y una cosa más, muchachito —me dijo cuando estaba a punto de salir de la nave industrial.

—Sí. —Instintivamente me giré.

—Quizá esto no debería decírtelo. Pero si algún día vuelves a tener un problema así, te sugiero que vayas a hablar con los Young. Ellos son la solución para casi todo.

Si tenía alguna duda, esas palabras me dieron el empujón que necesitaba para tomar una decisión. Sabía que si hacía caso de esa sugerencia obraría mal por desobedecer a mis padres. Pero, quizá, ese era el momento para coger, por primera vez, las riendas de mi vida. Ya tenía doce años. El espejo me mostraba un pequeño pero gran hombrecito. Era alto para mi edad. Aunque flaco, poca cosa y carente de carácter. Algo que ya era hora de cambiar…





3

N ada más salir del almacén del señor Dubnon, me abroché la chaqueta, me enrollé la bufanda al cuello y me puse el gorro amarillo y negro. Eran las ocho de la mañana. Hacía tantísimo frío que el suelo helado parecía una pista de patinaje, debido a la escarcha producida por el crepúsculo. El sol había salido ya, pero se escondía tras una tupida y perpetua capa de nubes. El invierno de New Hampshire era tan frío como caluroso su verano. Una contraposición increíble.

Esa mañana no había cogido la bicicleta. Tuve que andar un buen rato para llegar a la zona industrial. Me dolía todo el cuerpo y me costaba pedalear. El trayecto que tenía que seguir para llegar a casa me obligaba a pasar por el local de los Young. El Blue’s estaba cerrado aún. Supuse que ese tipo de gente no madrugaba y que, seguramente, serían el tipo de personas que viven cuando los demás duermen.

No sé por qué, pero lo prohibido siempre nos atrae de una manera misteriosa. Desde que mis padres me habían impedido volver a ese sitio no pude dejar de pensar en ello. En lo alto de la puerta se leía el nombre del establecimiento en un cartel luminoso, que en ese momento se encontraba apagado. No tenía el aspecto de lugar lúgubre en el que se esconden todos los secretos de una sociedad que vive bajo el yugo de unos cuantos. Se escuchaban cientos de historias acerca de ellos. La familia Young y todo su séquito eran tan conocidos como el mismísimo presidente. Sobre todo, John. Aunque no era el mayor todos le respetaban como tal. Y se oía en los corrillos del barrio que era un ser sin escrúpulos, capaz de hacer cualquier cosa para conseguir sus propósitos y con tanto poder que no había nada que se interpusiera en su camino.

Al mayor de ellos se le conocía como Alfred. Más bajo que los demás, con una cicatriz en el ojo izquierdo que daba miedo y una media sonrisa constante que te obligaba a desconfiar. Una risa siniestra era su toque distintivo. Quizá era el más loco de los tres, y uno de los pioneros en la creación de las bandas.

Marx era el pequeño. Sin duda el más popular y al que todos los chicos se querían parecer. Se dejaba ver con las modelos y actrices de moda y, de vez en cuando, le sacaban en la prensa como si de una estrella de cine se tratase. Era alto, atlético y muy atractivo. Vestía con elegancia y aparentaba ser algo distinto que sus hermanos. Él no tenía pinta de matón ni esa apariencia que proclamaba que era un tipo peligroso. Todo el mundo en Forshom le quería. Ayudaba muchísimo a la gente. Incluso se decía que parte de las viviendas que entregaron a los más desfavorecidos fue él quien las subvencionó gracias a la gran fortuna que había amasado la familia. Parecía el típico galán de película de los años setenta, siempre conduciendo los últimos modelos deportivos y demostrando a todos que la vida también sonríe a los chicos de barrio.

Al llegar a casa, conté a mi madre lo que había hablado con el señor Dubnon. Me dolía en el alma dejar ese trabajo. No era el mejor del mundo, pero yo me lo pasaba genial dando vueltas con mi bici sin tener que aguantar a ningún jefe pesado, aunque muchos días estuviese al borde de la congelación. Me sentía rabioso. No pude ocultar unas lágrimas que sabían a impotencia.

—No llores, Daven. Ya verás como aparece algo mucho mejor —dijo mi madre intentando consolarme.

El consuelo suele ser lo que utilizan los cobardes cuando no consiguen lo que se proponen. No me gustaba esa sensación. Ni me gustaba tener que conformarme con lo que los demás creían que era lo mejor para mí.

Después de fingir que estaba bien, volví a encerrarme en mi habitación. Algo bastante inusual porque no acostumbraba a hacerlo. Me gustaba compartir buenos ratos con mis padres y, como un buen hijo, ayudarles en todo lo que pudiese.

Había olvidado la sensación de no tener nada que hacer un día entero. Llevaba bastante tiempo repartiendo la prensa y lo hacía los siete días de la semana. Jamás faltaba al trabajo y nunca me había quejado por muy mal que lo pasase debido a las bajas temperaturas. En más de una ocasión había llegado a casa con el cuerpo entumecido.

Pasé toda la mañana tumbado en la cama recreándome en dos únicos pensamientos. Quería olvidar la conversación que tuve con los chicos del Blue’s, pero era imposible. Inevitablemente, me trasladaba hasta allí imaginándome un montón de alternativas que podrían haberse producido si hubiera aceptado su sugerencia. De vez en cuando, también mi mente evocaba a la chica de ojos verdes que me ayudó después del desagradable incidente. Era un niño, tan solo tenía doce años y aún se me escapaba todo lo que tuviese que ver con el amor o con las relaciones de pareja. Lo único que sabía acerca de eso es que papá quería a mamá por encima de todo y que su manera de tratarla era la más bonita del mundo. Pensar en esa chica me resultaba muy extraño. Y que se me dibujase una sonrisa al hacerlo algo increíble.

—¡Vamos, Daven! ¡A comer! —escuché la llamada de mi madre al otro lado de la puerta.

No tardé mucho en volver a mi cuarto después de devorar un guiso de costillas que preparó mamá. No me apetecía ni hablar. Era de las primeras veces que algo me ponía tan triste. Dicen que el que abandona sus sueños, muere. Y yo en ese momento no encontraba motivo para ser feliz. Que te obliguen a hacer algo que no quieres es como si construyesen un gran muro en el camino que te impide ser un poco más dichoso. En aquella época no tenía un concepto muy real del dinero, pero a mí me parecía que el salario que ganaba era un fantástico tesoro. Y encima, servía de gran ayuda en casa para la economía familiar, o eso decían mis padres.

A las cinco de la tarde, cansado de dar vueltas en la cama y aburrido como una ostra, decidí salir a dar un paseo por el barrio. A varias manzanas de mi casa había unas canchas de baloncesto en las que se reunía un grupo de chicos un poco más mayores que yo, donde se jugaba al fútbol o a cualquier otro deporte. Nunca me había atrevido a acercarme por todos los rumores que se escuchaban sobre ellos. Se podría decir que eran los niños malos de Forshom. Pero mi destreza en ese juego me envalentonó para aproximarme al grupo y preguntarles si podría jugar con ellos. Mi velocidad me convertía en un running back excelente, aunque en aquella ocasión quizá se viese un poco mermada por culpa de la paliza que había recibido. Echar un buen partido seguro que me servía para olvidar, aunque fuese por un rato.

Mis suposiciones fueron acertadas. Cuando llegué aún no había empezado el encuentro. Tímidamente, me acerqué al grupo y me ofrecí para unirme a ellos.

—¡Guau! ¿Qué te pasó? ¡Mirad! ¡Madre de Dios, cómo tienes la cara! —exclamó uno de los muchachos cuando estaba a escasos metros.

Todos se giraron y centraron sus miradas en mí. En sus rostros pude ver reflejado lo que pensaban sin necesidad de que abriesen la boca.

Al principio, me quedé callado. Ruborizado por culpa de esas miradas indiscretas. Luego pensé en mentir, inventarme una historia para darme un poco más de importancia y quedar como un tipo duro. Pero lo de las mentiras, como antes dije, suele salir mal casi siempre.

Me costó arrancar. Pero después de dudar varios segundos, les conté lo que me había pasado con los chicos de Patterly. Todos escuchaban muy atentos las palabras de un niño más pequeño. Su forma de actuar me arropó. Me sentí cómodo contándoles lo acaecido. Y sin pensarlo, después de escuchar mis explicaciones, el mismo que me había preguntado que qué me había pasado, me ofreció también su ayuda para ir a vengarnos. Todos los demás secundaron la moción y, entre vítores y gritos, me intentaron animar para que aceptase la propuesta. No pude evitar asustarme con tanta efusividad.

—Muchas gracias, chicos. Pero… la verdad… es que no sé quiénes son, ni nada —intenté justificarme y buscar una excusa para cambiar de tema, pero me interrumpieron.

—¡Da igual! ¡Vamos allí y los buscamos! —exclamó otro del grupo.

—¡Eso! ¡Vamos a darles su merecido! —gritó uno más.

Percibí muchísimo odio en sus ojos. Era como una gran cruzada en contra del barrio colindante. No entendía por qué tanto resquemor. Y no podía ser por lo que me habían hecho a mí porque no me conocían de nada. Me costó bastante apaciguar los ánimos. Hasta me sentí un poco presionado. Pero, con astucia, evité de nuevo la confrontación con los chicos que me agredieron.

Era la segunda vez que me tendían la mano en busca de resarcir el daño que me habían infligido. Y la segunda vez que sentí muchísimo miedo al pensar que tendría que enfrentarme a una situación similar a la pasada, aunque esa vez parecía que me iba a tocar ganar la contienda.

Al final, el partido comenzó. Me metieron en uno de los equipos y me hicieron sentir como si fuésemos amigos de toda la vida. Todos eran mayores que yo, y la mayoría eran el tipo de chicos con los que siempre me habían prohibido ir. Las bandas acogían a los jóvenes, así que cada vez eran más numerosas y tenían más poder. E imaginaba que todos esos jovencitos se unían a esas turbulentas organizaciones porque quizá esa era una de las maneras más sencillas de salir de la pobreza. Todos esos niños con los que jugué aquel partido provenían de familias humildes. Incluso algunos vivían en un orfanato que estaba en las afueras del barrio. Estos no tenían a nadie, ellos mismos eran su única familia, y se comportaban como un pequeño ejército de críos que se protegían los unos a los otros con absoluto fervor. Y aunque todo el mundo los veía como lo más bajo de la sociedad, a mí me llamaba mucho la atención su comportamiento. Aún más después de querer defenderme sin conocerme de nada. Fue inevitable pensar que ser uno de los miembros de la banda Young me facilitaría mucho las cosas. Así erradicaría de un plumazo todos los miedos que me generó la maldita paliza recibida.

Cuando terminamos de jugar, casi pasadas dos horas, me invitaron a tomar un refresco en el Klaisy, un local para chicos jóvenes en el que había un montón de máquinas recreativas, futbolines y billares. Este local, junto a la cancha deportiva y al Blue’s de los hermanos Young eran los lugares donde más hincapié hacían mis padres para que no fuese jamás. Según mi padre a esos sitios solo iban los que no tenían ningún futuro.

Haciendo caso omiso a las recomendaciones del patriarca de la familia accedí a ir con ellos. De camino a los recreativos, los chicos fueron bromeando y haciendo alguna que otra trastada. Reconozco que consiguieron que me riese después de haber tenido un muy mal día. Me sentí muy cómodo entre ellos. Y aunque ninguno se dirigía a mí directamente, tenía la sensación de ser uno más. El rato que estuve allí, permanecí en un rincón observando a los demás sin meterme en sus conversaciones. Esa es una de las primeras lecciones que me dio Forshom: cuanto menos hablas, menos te equivocas. Escuchar, aprender y callar. Tres verbos que se me grabaron en el cerebro como un tatuaje indeleble.

Se había hecho de noche hacía un buen rato. Estuve tan entretenido que el tiempo se me pasó volando. Cuando miré un pequeño reloj de plástico que me regalaron en mi duodécimo cumpleaños, el corazón me dio un vuelco. ¡Eran casi las diez de la noche! Nunca había estado en la calle hasta tan tarde. Y sabía que eso iba a acarrearme una gran bronca. A toda prisa, y sin despedirme, salí volando hacia mi casa.

La tardanza desencadenó la primera gran discusión en casa. Según crucé la puerta, mamá, que me esperaba justo en el umbral, me gritó como nunca lo había hecho. Al principio permanecí en silencio y me asusté bastante. Y más al ver la cara de mi padre cuando se giró para dirigirse a mí.

—¿Se puede saber de dónde vienes? Ya puedes tener una buena excusa porque me parece que te vas a pasar una buena temporada sin salir de tu cuarto —dijo el mayor de la casa con un gesto difícil de descifrar.

Estaba serio. Tanto o más que cuando le había visto enfadarse. Y aunque era un hombre bonachón y tranquilo, de vez en cuando, sacaba a relucir su carácter.

Si decía la verdad, la cosa empeoraría. Reconocer que estuve con los chicos de las canchas era una de las peores excusas que podía poner. Se enfadarían mucho más. Pero cualquier otra explicación me llevaba a mentir irremediablemente y sabía que eso a papá era lo que menos le gustaba del mundo. Entonces, opté por la mejor solución para casi cualquier cosa: quedarme callado.

Papá se tomó más o menos bien mi silencio. Mi madre no tanto. Nunca me había gritado de aquella manera. Y tampoco la había visto adoptar esa actitud hacia mí. El día anterior me regañó por culpa de otros. Cosa que me enfadó mucho. Y en esa ocasión me estaba chillando como una energúmena por un hecho que, a mi parecer, no era tan grave. Para pasar doce horas trabajando sí podía estar en la calle, pero para jugar un rato con unos cuantos niños, no. Esa «injusticia» me hizo reaccionar de la peor forma posible.

—Daven, te prometo que como no nos digas dónde has estado ¡no vas a volver a salir a la calle! ¡Nunca más! —exclamó tan alto que se tuvo que enterar todo el edificio.

—¡Que te lo crees tú! —respondí en el mismo tono, desafiándola y dando un paso al frente.

Al instante, sentí un terrible manotazo en la mejilla. Un gran escozor y una palpitación ardiente fue el resultado del guantazo que me dio mi padre. Nunca me había levantado la mano y nunca pensé que lo haría. El sonido hueco del golpe me dejó paralizado. Me asusté mucho. Fue tal la impresión que no pude ni llorar. Y creo que ellos también debieron sentir algo similar porque se hizo un silencio sepulcral. Durante unos segundos, permanecimos callados.

Sin pronunciar una sola palabra y aguantando las lágrimas, di media vuelta y me fui a mi habitación. Al final, creo que todos regresamos a los sitios donde nos sentimos seguros. Y mi cuarto, en ese instante, era el único lugar del mundo en el que creía que nada me podía suceder.

Es complicado explicar y resumir lo que sentí en ese momento. En cuarenta y ocho horas, se desmoronó mi pequeña fortaleza. La calle no me parecía segura. En el fondo, me daba miedo volver a encontrarme con ese tipo de chicos. Y donde se suponía que estaba a salvo de todos ellos y de cualquier problema en general, por lo visto, tampoco. Acaba de vivir un episodio que destrozaba la poca entereza que me quedaba. Al darme ese golpe, mi padre no solo me hirió físicamente. El daño fue mucho más profundo. El que era el pilar de mi vida, ese al que siempre acudía cuando algo no iba bien, acababa de tratarme de forma cruel.

Esa noche, esperé una visita de mis padres que nunca llegó. Dejaron que la soledad fuese mi consuelo. Después de cerrar la puerta de mi alcoba, lloré. Sí. Lloré como nunca lo había hecho. Me encontré tan solo que utilicé la manta de la cama como escudo para resguardarme de un mundo exterior hostil.

La soledad es un adversario con el que aprendemos a luchar según pasan los años. De pequeños no tenemos armas para combatirla, porque los niños se alimentan de cariño. Y cuando se es tan joven uno no sabe darse cariño a sí mismo. Al hacernos mayores, al mismo tiempo que crecemos como personas, aprendemos a disfrutar de ella. Hasta que llega un punto en el que apreciamos el silencio y la quietud que proporciona. La soledad es solo un enemigo cuando no eres feliz con tu vida.

Aquel suceso supuso un giro en mi vida de ciento ochenta grados. Esa mala decisión por parte de mis padres me cambió para siempre. El pequeño Daven, ese que nunca había dado un solo problema, se convirtió en un niño rebelde e incontrolable. Me tuvieron una semana encerrado en mi habitación como si de una fiera se tratase. El castigo, en mi opinión, fue desmedido. Tenía claro que no me merecía algo así, y cuando crees que llevas razón es muy difícil que te hagan cambiar de parecer. Tanto tiempo entre cuatro paredes me llevó a pensar más de la cuenta. Fue determinante para que algo dentro de mí diese un giro tan radical.

Recuerdo aquella mañana. Me levantaron el castigo, permitiéndome ir a una entrevista de trabajo en una carnicería a varias calles de casa. Papá pidió un favor a un amigo para que me admitiesen allí repartiendo los pedidos a domicilio. Seguramente no me iban a pagar mucho, pero serviría como un aporte en casa. La cita con el dueño fue muy positiva y accedió en el momento a darme el puesto. En otra tesitura, me hubiese puesto muy contento —no era nada fácil encontrar trabajo en aquella época— pero llevaba tanto tiempo macerando el enfado a causa del castigo que lo interpreté de la peor forma posible: fue más una prolongación de la condena que algo positivo.

El propietario me dio las indicaciones pertinentes: empezaría al día siguiente en un horario casi continuo. Iba a estar más tiempo en la carnicería que en mi casa. La bici iba a seguir siendo mi medio de transporte, aunque esa vez el radio de reparto era mucho más reducido. Me iba a ceñir a los pedidos que estuviesen dentro de los lindes de Forshom.

Al terminar la entrevista debía volver a casa de inmediato. Mamá me advirtió de ello. Pero, como se puede imaginar, y como niño que era, no hice ni caso. Sin rumbo y sin plan alguno, comencé a caminar por las calles de mi barrio. Eran las once de la mañana y se percibía la viveza de un vecindario que sale de casa para buscarse las habichuelas y así poder llevar un plato de comida a sus mesas. Nos conocíamos casi todos y los saludos y las sonrisas eran un bien común entre los vecinos.

Caminando, y casi por instinto, llegué a las canchas donde paraban los jóvenes rebeldes. Desde lejos, observé al grupo de chicos que charlaban distendidamente sentados en uno de los bancos metálicos. El sitio era una pista de baloncesto, con un par de canastas muy viejas y las líneas blancas del suelo prácticamente borradas. El pavimento era de un material un poco rugoso de cemento y la pista estaba delimitada por una valla metálica en la que habían abierto varias entradas, aparte de la principal, cortando unos cuantos alambres.

Aquellos chicos, aunque eran unos desconocidos, me entendieron y me arroparon. Cosa que debían haber hecho en mi casa. Eso creo que fue lo que me llevó de nuevo hasta allí, en busca de lo que me hicieron sentir la vez pasada.

—¡Hey! ¡Chico! —escuché a uno de ellos mientras estaba ensimismado con la vista perdida en su dirección.

—¡Hola! —dije a la vez que levantaba la mano en forma de saludo. Me encontraba a unos diez metros de ellos. Y me sorprendió que se percatasen de mi presencia porque parecían estar en su mundo.

—¡Ven! ¡Acércate, hombre! —sugirió el mismo que me había llamado.

Le reconocí al instante. Llevaba la misma beisbolera de los Águilas de New Hampshire, una nota distintiva que no pasaba inadvertida. Era mi equipo favorito y siempre fantaseé con tener una prenda así, pero era demasiado cara para poder permitirme ese lujo. Aquel chico fue el mismo que mostró más interés por mí en la anterior ocasión. Sin dilaciones, le hice caso.

—Oye, pues tienes mucho mejor la cara. Parece que curas bien —dijo cuando estaba cerca de ellos provocando la risa de todos.

Yo respondí a la broma con una sonrisa.

—Estás mejor ¿o qué? —me preguntó mientras los demás prestaban atención. Un gesto que me conmovió. Que se preocupase por mí fue un gran empujón para abandonar todos los pensamientos negativos.

—Sí —respondí con timidez.

Me causaban mucho respeto. Los niños con los que siempre me había juntado los veían como un imposible. Como si fuesen el escalón más alto de una pirámide imaginaria. Todos los chicos del barrio los temían. Nadie se atrevía a meterse con los pequeños Young.

—Ven, anda. Acércate que no pasa nada. Deja que se siente ahí, Billy —se dirigió a un muchacho flaco para que me cediese el sitio.

Eran más de diez, pero ese que me hablaba parecía ser el que llevaba la voz cantante. Sin oponerse, el chico se levantó rápidamente y me hicieron un hueco. Un poco acobardado, pero con una gran sonrisa, me senté entre ellos. Luego siguieron hablando sin volver a dirigirse a mí. Yo los escuchaba muy atento, analizándolos como un alumno que quiere aprender una asignatura. Su conversación consistía en el relato de las hazañas de los más mayores. Peleas, líos… la «épica» de la parte más oscura de Forshom.

Al rato, después de prestarles atención en silencio, me di cuenta de que llevaba allí mucho tiempo y debía volver a casa. La excusa de la entrevista no la podía alargar demasiado porque advertirían la mentira. No me apetecía en absoluto irme de allí, aunque no fuese partícipe en ninguna conversación, el mero hecho de estar en ese corro me hacía sentir bien.

—Bueno, me tengo que ir —dije a la vez que me ponía en pie.

La vez pasada me marché sin despedirme, aunque seguramente ni se percatarían de mi ausencia. La mayoría estaban entretenidos jugando a las máquinas y otros vacilando a un grupillo de chicas con las que parecían tener algo de relación. Yo les observaba en la distancia, sin entrometerme. Solo con poder estar allí, cerca de ellos, me bastaba.

—¿Ya? No has dicho ni una sola palabra. Por lo menos, nos dirás tu nombre, ¿no? —se volvió a dirigir a mí el que llevaba la chaqueta de los Águilas de New Hampshire. Parecía que era el único que tenía permiso para hablar conmigo. El resto solo escuchaba y hacía algún comentario secundando lo que él decía.

—Daven. Me llamo Daven.

Es curioso, pero una tontería tan simple como que quisiese saber cómo me llamaba, me hacía sentir importante. Y un poco más mayor. Ese chico debía de rondar los diecisiete años más o menos, y los demás del grupo también. Me sacaba una cabeza, tenía el pelo corto y los ojos de un color muy impactante: un grisáceo verdoso raro de encontrar.

—Encantado, Daven. Mi nombre es Liam, pero todos me llaman Lin —dijo ofreciéndome su mano como si fuese una presentación oficial.

Yo entonces no era consciente de ello, pero ese gesto fue el principio de algo que aún no sabía hasta donde me iba a llevar. Las decisiones que tomamos son puertas que nos conducen a lugares desconocidos. Y esas mismas son las que hacen que nuestra vida adopte un cariz totalmente distinto. Si no me hubiese acercado a ellos, quizá todo habría sido distinto.

Los demás le imitaron. Y todos se presentaron de la misma manera. Choqué la mano a cada uno de ellos, e intenté quedarme con sus nombres, aunque reconozco que fue imposible. Entre la excitación del momento y la cantidad, el único que guardé de verdad, fue el del pequeño Young.

—¿Qué tal te ha ido con el señor Johnson? —me preguntó mamá nada más entrar por la puerta.

Por suerte, no se dio cuenta de la hora que era. Ni le dio importancia a que hubiese tardado más de la cuenta.

—Bien. Me ha dicho que empiezo mañana —respondí con cierta sequedad.

Clarisse, mi madre, estaba en la cocina preparando la comida, a la vez que ordenaba parte de la vajilla que acababa de fregar.

—No se te ve muy contento. Deberías estar muy agradecido, Daven. Tu padre ha tenido que pedir un favor muy grande a ese señor y a ti parece que te da completamente igual —me regañó por mi actitud.

No entiendo muy bien por qué, pero cualquier cosa que salía de su boca me sentaba fatal. Sin querer, y poco a poco, estaba perdiendo el cariño y el respeto que se le debe tener a una madre.

—Yo no quiero ese trabajo. Ni me hacía falta. Yo ya tenía un trabajo —mascullé de camino a mi habitación con cierto temor a que me pudiese escuchar.

Las cuatro paredes de mi casa desde el día que recibí aquella bofetada se convirtieron para mí en una celda. Me encontraba más a gusto junto a mis nuevos amigos que con mi familia en el salón, compartiendo un rato viendo el viejo televisor. Pasé de estar mucho tiempo con ellos a solo relacionarme el tiempo que duraba la comida y la cena. Empecé a cogerles una manía que crecía tan rápido como mis ganas de salir de aquella casa. Es increíble la rapidez con la que se pasa del amor al odio cuando uno es tan pequeño.

El señor Johnson era un hombre repugnante. Ser propietario de la carnicería y que trabajásemos para él le daba derecho a tratar a sus empleados como si fueran esclavos, y no nos quedaba más remedio que aguantar porque no estaba la vida como para dejar un trabajo. Éramos tres los que estábamos bajo su yugo. Dos dependientes y yo. Ellos eran bastante mayores y, por lo que había oído, llevaban en ese negocio desde que tenían mi edad. No entiendo cómo pudieron aguantar a Johnson durante tanto tiempo. Tan solo su manera de hablar me daba grima. Te mandaba las cosas con absoluto desprecio. No os podéis imaginar lo que eché de menos al señor Dubnon. Ese sí que fue un buen jefe.

Lo único bueno que tenía ese puesto es que no tenía un horario definido. En cuanto terminaba de repartir todos los pedidos y, en alguna ocasión, de limpiar el comercio, me podía marchar a casa. Tiempo que yo utilizaba para ir un rato a las canchas a ver a mi nuevo grupo de amigos.

Esa era mi vida: casi doce horas de dura jornada y deseando terminar para pasar un poco de tiempo con la pandilla. Empezaba a las siete de la mañana y terminaba a las siete de la tarde, más o menos, aunque yo solía llegar a casa a las nueve diciendo que ese era mi horario real. Nadie desconfió. Y nadie preguntó nada porque no daba muchas opciones. Según cruzaba la puerta de casa iba directo a mi refugio sin casi mantener relación con mis padres. En eso se convirtió mi rutina por culpa de una mala decisión.

Los meses pasaron. Tan rápido que las semanas parecían los suspiros de alguien que no sabe que la vida es solo una. Mi día libre era el domingo. La carnicería cerraba, gracias a Dios, y teníamos un poco de tiempo para nosotros. Y lo más importante, perdíamos de vista al señor Johnson durante un día entero.

Solía salir pronto de casa, porque teníamos como costumbre echar un partido de fútbol. Luego comíamos en una hamburguesería que había en la calle Dieciséis, esquina con Lawrence y después dábamos una vuelta por el barrio. El poco dinero que me quedaba de mi sueldo lo gastaba ese día. Lin me acogió como a uno más. Y los otros, debido a su comportamiento para conmigo, también. En unos meses, se puede decir que era uno de los Little Young. Y lo notaba por cómo reaccionaban los demás chicos cuando se dirigían a mí. Mis antiguos amigos me trataban de distinta manera. Percibía un cierto respeto que antes no existió. Eso hizo que mi carácter se forjase de un material muy distinto. Incluso, copiando los gestos del cabecilla, me empecé a comportar como uno de ellos. Andaba con la cabeza bien alta y miraba el mundo con los ojos de quien se cree un ser superior. Idioteces de crío que te hacen tener una perspectiva de la vida muy distinta a la de los demás niños de su edad.

Un domingo, durante ese paseo que solíamos dar por «nuestra zona» —evitando mi calle porque si me veía mi madre con esos chicos es posible que no me dejase salir de casa nunca más— pasamos por la puerta del Blue’s. Otras veces que lo habíamos hecho advertí que todos miraban en esa dirección con absoluta devoción. Creo que ese era el sueño y el objetivo de todos los chicos: pertenecer a ese grupo de afortunados que campaban a sus anchas por el interior del club y que lo podían considerar como su segundo hogar. Siempre había corrillos en la puerta. Pero aquella tarde, mientras caminábamos por la acera de enfrente, porque no nos atrevíamos a pasar justo por la puerta, me percaté de que estaba allí el mismo chico que me paró el día que me dieron la paliza. No pude evitar mirarle. Y él, como si me hubiese sentido, respondió a mi mirada. Algo hizo que me quedase inmóvil y que no pudiese apartar la vista.

—¡Estás loco! Vamos, tira. Deja de mirarle así que nos vas a meter en un lío. —De un empujón, Lin me despertó de esa especie de trance.

Aparté la vista de inmediato y me reuní con los demás, que estaban a unos metros observándome con cara de asombro. A continuación, sucedió algo que dejó a todos con la boca abierta.

—¡Oye! ¡Tú! —gritó desde lejos el que respondía al nombre de Terry.

No se me había olvidado su nombre. Ni esos ojos negros penetrantes que decían más que una larga conversación. En realidad, recordaba cada una de las palabras que crucé con él. Tenía algo que no le dejaba pasar inadvertido.

Al escucharle, todos se quedaron de piedra. Como si les hubiese caído un rayo encima. Yo, de forma inocente, le correspondí volviendo a mirarle.

—¡Acércate! —dijo a la vez que hacía el gesto con la mano.

Aunque tenía claro que se refería a mí, tuve que mirar a mi alrededor para asegurarme. Al ver que todos contemplaban la escena estupefactos, me reí por dentro.

Me costó arrancar, pero al final le hice caso y crucé de acera. A mi espalda, en voz bajita, escuché a Lin decir:

—Qué haces, ¿estás tonto? Quédate aquí, Dav. No se te ocurra…

Pero fue demasiado tarde. Cuando me quise dar cuenta, estaba en mitad de la calzada en dirección al local.

—¿Qué tal, muchacho? ¿Ya se te pasó el disgusto que tenías la otra vez que nos vimos? —me preguntó Terry cuando estaba cerca de él.

Me sorprendió muchísimo que se acordase de mí. Fue un encuentro fugaz en el que entablamos, apenas, unas cuantas palabras.

—Uhmm… sí. Eso ya pasó —respondí en un tono inseguro.

Aunque ya me había acostumbrado a tratar con los chicos rebeldes del barrio y me sentía uno más, aquellos eran otro cantar. Nosotros éramos una burda imitación de ellos. Esos sí que eran rebeldes de verdad.

—Me alegro. Hay cosas que no deberían pasar. Ojalá algún día consigamos que eso cambie —dijo de manera reflexiva mirándome a los ojos.

—Sería genial —concluí apartando la mirada.

Hablaba de tal manera que no podía evitar ponerme nervioso. Tenía una sensación muy extraña. Era una especie de inseguridad que no me dejaba actuar tal y como yo era.

—Has crecido bastante en este tiempo. Te estás convirtiendo en todo un hombrecito —dijo examinándome con la mirada—. Pero, una cosa, ¿qué haces con esos? —preguntó señalando a mi grupo de amigos.

Me giré buscando con la vista el lugar donde apuntaba su dedo. Al hacerlo, vi como toda mi pandilla observaba el suceso con cara de asombro. Eso sí, en cuanto se percataron de que Terry les señalaba, apartaron la mirada rápidamente y disimularon como si la cosa no fuese con ellos.

—¿Ellos? —pregunté señalándoles también—. Son mis amigos.

Me sentía muy orgulloso de pertenecer a ese pequeño grupo de adolescentes. Bueno, casi mayores… porque las edades comprendían desde los trece que yo tenía a los diecisiete años de Lin y alguno más.

En Forshom no te quedaba más remedio que crecer muy rápido. Los niños normales no tenían cabida en esas calles. O te hacías mayor o la propia vida te comía. Allí no había tiempo para estudiar, ni para nada que tuviese que ver con lo que solían hacer los críos de otras partes de la ciudad. Los débiles no podían andar tranquilamente por esa zona porque la necesidad les arrebataba cualquier posesión, por muy mísera que fuese. Los robos y las agresiones estaban a la orden del día. Y aunque en ese lugar nos protegíamos los unos a los otros, tenías que formar parte de las pandillas para que nada malo te pasase. Una triste realidad que solo conocen los que se han criado en los barrios más desfavorecidos de la capital de un país decadente.

—¿Tus amigos? ¿Desde cuándo? Nunca te vi con ellos —dijo cambiando el semblante.

—Hace unos meses… después de aquello que me pasó, ellos también se ofrecieron a ayudarme. Desde entonces, la verdad es que se han portado muy bien conmigo —intenté explicarle, aunque me temblaba la voz.

—Te equivocas, Sight —pronunció mi apellido, cosa que me dejó atónito—. Ellos lo único que pueden conseguir es que te metas en más líos, ¿entiendes?

No supe qué contestar. Solo asentí con la cabeza mientras miraba el suelo. Elegí quedarme callado para no llevarle la contraria porque su semblante cambió y se volvió desafiante.

—¡Venga! ¡Largo de aquí! —gritó dirigiéndose a mi grupo de amigos.

Los chicos, acobardados por las voces, se marcharon a paso ligero. No tardaron un segundo en acatar las órdenes de Terry. Sin querer, me puse un poco más nervioso y comencé a sentir un vago temor.

—No quiero verte más con ellos, ¿vale? —me dijo cambiando el tono.

Al levantar la vista, me fijé en que su expresión no era de enfado. No me estaba regañando, sino, más bien, aconsejando. Su voz se había vuelto conciliadora.

—Pero… es que… ellos son mis… —intenté explicarme de nuevo, pero me interrumpió.

—No. Ellos no son nada. Estás muy equivocado, Daven —quiso explicarme como lo solía hacer mi padre cuando había algo que no le gustaba—. ¡Ah! Y… otra cosa más. No me gusta repetir las cosas, ¿sabes? Yo me entero de todo lo que pasa aquí. O sea, que si no me haces caso ten por seguro que me enteraré y me voy a enfadar mucho. ¿Está claro?

Nunca me había gustado que me dijesen lo que tenía, o debía, hacer. Ni siquiera mi padre. Aunque como era pequeño aún, no me quedaba otra opción que aceptar lo que me ordenaban. Respetaba sin poner pegas lo que papá y mamá me sugerían. Porque ellos siempre me educaron de una forma muy humana, dándome las explicaciones oportunas del porqué de tener que hacer lo que decían. Nunca les había llevado la contaría. Y nunca me había enfadado con ellos hasta el día que papá me levantó la mano por culpa de los gritos de mi madre. Esa agresión me hizo perder el respeto que les tenía. Desde ese momento, todo cambió. Nuestra relación dio un giro drástico. Convirtiéndonos en unos extraños pese a tener tantas cosas en común.

—Yo no quiero que te enfades. Pero es que Lin es mi amigo. Y no voy a dejar de verle —le contesté en un acto de valentía inédita.

El pequeño Daven se estaba convirtiendo en un hombre. Ese día fui consciente de ello. Llevarle la contraria a aquel chico fue un acto valeroso que me hizo sentir una persona de ley.

Su reacción fue tan inesperada como la mía. A Terry se le dibujó una sonrisa en la cara, a la vez que me miraba con gesto de admiración.

—Curioso, chico. Muy curioso. ¿Le habéis oído? —preguntó al corro de chicos que estaban a un par de metros de nosotros—. Me gusta este enano. Tiene lo que hay que tener.

—No se corta el chaval. La verdad es que no. ¿Cuántos años tienes? —se dirigió a mí uno de los que estaban escuchando la conversación y que parecía ser amigo de Terry.

Este era muy alto. Y también poseía esa expresión y seguridad propia de los que pertenecen a la familia Young. Todos tenían un denominador común. Se distinguía a la legua quiénes eran los que formaban parte de aquella banda. Su manera de actuar y de comportarse era diferente a la del resto de los mortales. Ellos, como todos decían, estaban hechos de otra pasta. Valientes y aguerridos como un gladiador romano. Los protectores de Forshom. Los dueños de New Hampshire.





4

D esde ese día, mi vida dio un giro radical. El comportamiento de los chicos de la pandilla varió después de que me viesen hablando con Terry. Lin se convirtió en uno de mis mejores amigos. Y alguna tarde, cuando salía del trabajo, me dejaba caer por el Blue’s y pasaba allí el rato escuchando las aventuras que contaban los mayores.

Sin querer, me convertí en el chico de confianza de Terry. Y, aunque todos me utilizaban de recadero, yo hacía lo que me pedían encantado de la vida.

Ese grupo estaba compuesto por jóvenes de veinte a veinticinco años, más o menos. Ellos sí que eran unos tipos duros de verdad. Los que iban conmigo solo eran una burda imitación. Se pasaban la tarde contando anécdotas del barrio. Jactándose de las batallas que ganaban a las demás bandas de la ciudad. Porque estaba claro que los Young eran los más respetados de New Hampshire y, posiblemente, de todo el país.

Nunca más se volvió a hablar de con quién debía juntarme. Aunque como sabía que no les gustaba que fuese con esos chicos, me limitaba a obviar esa información, ni los llevaba allí por mucho que me insistieran. Cada vez que Lin o alguno de la panda se enteraba de que había estado en el «local» me llovía una cantidad de preguntas imposible de imaginar. Cualquier información que les diese era suficiente para pasar una semana entera hablando de ello.

Aquella época fue maravillosa. Me estaba convirtiendo en un hombre a pasos agigantados. Cada vez iba menos a las canchas y más al Blue’s. Y cada vez se me trataba más como un adulto en vez de como un chiquillo. Lo único que no me gustaba y de lo que estaba harto era del señor Johnson y del horrible trabajo en su carnicería. Lo que peor llevaba eran sus modales; nos trataba como si fuésemos sus súbditos. Por suerte, yo permanecía gran parte de la jornada fuera del comercio, si no hubiese sido así pienso que no habría durado ni una semana. Pero la paciencia del ser humano tiene un límite. Y ese día no tardó en llegar.

—¡A ver! ¡Jovencito! ¿Dónde demonios se supone que has llevado el pedido de la señora Rosen? —me recibió a gritos según entré por la puerta de la carnicería después de haber acabado el reparto de la mañana.

El tono de voz de ese hombre era tan ofensivo como desagradable. Aunque quizá no tanto como su aspecto. El poco pelo que tenía era grasiento y desaliñado. Y su barriga siempre solía asomar por debajo de un jersey gris de lana que se ponía a diario.

—Pues… a la señora Rosen, imagino —contesté entre risas.

Lo siguiente que recuerdo es un picor muy fuerte en la mejilla derecha de mi cara, consecuencia de una bofetada que me había dado.

Me quedé tan estupefacto, que no pude ni contestarle. Tan solo salí de la tienda, me monté en mi bici y comencé a pedalear a toda prisa. Eso sí, cuando me alejé lo suficiente como para que nadie me pudiese ver, comencé a llorar de pura rabia. De la impotencia tiré la bici contra el suelo y me puse a dar patadas a un poste de madera por donde pasaban la gran maraña de cables del tendido eléctrico.

—¡Hey! ¡Chico! ¿Qué diablos te pasa? Deja ya de dar patadas a eso que vas a dejar sin luz a toda la ciudad —exclamó bromeando un hombre desde un flamante deportivo color rojo.

Al ver el automóvil se me quitó el llanto de un plumazo. Solo había visto uno así por las calles de Forshom y era el del hermano pequeño de los Young. Avergonzado por lo que me dijo, levanté la bici del suelo, dejé de golpear el poste y me quedé inmóvil mirando en dirección al coche. Cuando confirmé que el conductor era Marx Young me puse muy nervioso. Tan solo me había cruzado un par de veces con cualquiera de los hermanos y pude percibir el respeto que infundían a su paso.

—¡Ven aquí! ¡Acércate un segundo! —volvió a decir desde el asiento del piloto con la ventana abierta y el brazo izquierdo apoyado en la puerta del coche.

Sin pensarlo, acaté la sugerencia y fui hacia él después de recoger del suelo mi vieja bicicleta. Todo el mundo que pasaba cerca de nosotros se quedaba hipnotizado mirando el elegante deportivo.

—Tu nombre es Daven, ¿no? —me preguntó cuando estaba a escasos metros.

Al descubrir que conocía mi nombre se me quitó la congoja de inmediato.

—Sí —respondí tímidamente.

—¿Y me vas a contar por qué lloras y das patadas a ese poste?

Marx era un tipo con un carisma indescriptible. Su sonrisa te embaucaba y te hacía confiar en él, aunque no hubieses cruzado una sola palabra antes. Era guapo, alto, con un físico imponente y, sobre todo, muy rico.

—Nada. No es nada importante. Estoy bien —contesté intentando recuperar la entereza para parecer un poco más aguerrido. Quizá lo de llorar no entraba dentro de las cualidades que debe reunir un tipo duro. De ahí que me irguiese para aparentar más hombría.

—Hombre… pues para no ser importante le estabas dando una buena paliza al tronco ese.

La tímida sonrisa se convirtió en risa. Analizándolo bien, tenía toda la razón. Además, el dolor que tenía en uno de mis pies indicaba que Marx estaba en lo cierto.

—Es que es una tontería. No creo que a una persona como tú le interesen los problemas de un niño de mi edad.

—Te equivocas, muchacho, por supuesto que me interesan los problemas de un niño de tu edad. Y más cuando ese niño es uno de los nuestros —eso último lo dijo a la vez que me guiñaba un ojo.

Aquellas palabras me llenaron de satisfacción y me enorgullecieron. Me hicieron sentir tan importante que fue como recibir un gran impulso en mi autoestima.

Al final terminé contándole lo que me había pasado con el señor Johnson. Incluso apagó el motor de su auto para así poder escuchar mejor lo que le decía. Fueron unos cuantos minutos de conversación en los que un crío charló de tú a tú con uno de sus ídolos. Creo que jamás olvidaré aquel momento. Porque cuando Marx volvió a accionar el motor del espectacular deportivo y se marchó a toda velocidad por las calles de su barrio, me sentí el niño más feliz del planeta.

Después de ese encuentro, y de que se me hubiese quitado cualquier resquicio de enfado, me fui a casa a comer. Estaba tan contento que mi cerebro parecía haber borrado el desafortunado incidente con mi jefe. Hasta mi madre lo notó nada más verme. Cuando terminamos, regresé al trabajo. Me tuve que tragar el orgullo porque sabía la importancia que tenía mi salario en la economía de nuestro hogar. A veces no te queda más remedio que aguantar, pasar por alto algunos sucesos que, en condiciones normales, jamás habrías perdonado. Que ese hombre me pegase fue un duro contacto con la realidad. Y también una gran lección de vida: no siempre podemos elegir lo que queremos hacer y no siempre las personas te tratan como te mereces. Porque yo me consideraba un buen trabajador, hacía incluso más de lo que se me pedía, ayudando en la tienda y quedándome mucho más tiempo del que me correspondía.

Pero esa tarde iba a suceder algo que también me marcaría para siempre. Al llegar a la carnicería, pasadas las tres de la tarde, el hombre que horas antes me había tratado tan mal, me recibió con un gesto conciliador.

—Buenas tardes, chico. ¿Podemos hablar un segundo fuera? —dijo mostrando una sonrisa que jamás había visto en su rostro.

Si no hubiese sido por ese gesto me habría temido lo peor. Pero lo siguiente que vino me sorprendió más que esa mueca fingida.

—Siento mucho lo que ha pasado —dijo nada más salir a la calle—. A veces tengo un carácter… —Se le escapó una risa nerviosa—. Pero no te preocupes, que ya no volverá a suceder. A partir de hoy, seremos buenos amigos, ¿vale?

Sus disculpas tenían un trasfondo extraño. No se sentían reales del todo. Aquel hombre siempre me dio muy mala espina, y después de aquel discurso, mucho más. Pero ¿a qué se debía ese repentino cambio? Nunca me imaginé al señor Johnson pidiendo perdón. Y menos aún a uno de sus trabajadores.

—No se preocupe, señor Johnson —acepté sus disculpas, pero teniendo muy claro que jamás se lo perdonaría.

No era un chico valiente. Podría decir lo contrario para quedar de hombretón delante de todos. Pero no. Me daban pánico las peleas. Tenía miedo a enfrentarme a situaciones violentas. Y me callaba cosas que una persona con coraje seguro que diría a la cara. Quizá porque era demasiado joven o porque mi carácter aún no se había forjado, pero a mis catorce años seguía viviendo en un mundo en el que la realidad no superaba a los sueños.

—¿Con un apretón de manos solucionamos el pequeño percance? —dijo el señor Johnson ofreciéndome su curtida y sucia mano.

Me hubiese gustado mandarle a paseo. Decirle que se metiese el saludo por donde le cupiese y haberme ido de allí con la cabeza bien alta. Pero hice todo lo contrario. Cabizbajo, formalicé el pacto y me dispuse a entrar al negocio de nuevo, para recoger el reparto de la tarde.

—¡Ah! Una cosa más, Daven.

—Dígame —dije girándome.

—Si hablas con Marx, dale recuerdos de mi parte y dile que ya somos amigos, ¿ok?

Al escuchar ese nombre, entendí todo. Seguro que el pequeño de los Young, o alguien mandado por él, después de escuchar mi historia se acercó a la carnicería a hablar con el propietario sugiriéndole que jamás volviese a ponerme la mano encima.

—No se preocupe, que se lo diré. —Y en un acto reflejo, copié el mismo gesto que hizo Marx cuando se despidió de mí.

En Forshom el dinero era como un salvoconducto para poder mirar a los demás por encima del hombro. A él no le iba mal. Ganaba bastante con su negocio y eso le otorgaba una posición social bastante privilegiada. La mayoría de los vecinos vivían casi en la indigencia. Y era muy normal ver a decenas de mendigos por las calles de un lugar del que la sociedad se había olvidado. Aquello me producía una inmensa tristeza. Desde muy pequeño, empaticé con esas personas que no tenían un techo donde resguardarse. Recuerdo que cuando era muy pequeño, justo al lado de nuestra casa, en unos pequeños soportales de una galería abandonada, vivía un hombre mayor en una pequeña edificación construida a base de cartones. Solíamos jugar al fútbol muy cerca. Y siempre que pasábamos cerca de él no podía evitar mirarle, aunque reconozco que, al principio, me daba un poco de miedo. El señor se sentaba en el bordillo de la acera y pasaba el rato viendo cómo jugábamos. Poco a poco, mis amigos y yo fuimos cogiendo confianza con él. Y llegó hasta tal punto que nos aconsejaba como si se tratase de nuestro entrenador. Se le veía muy ducho en aquel deporte.

No sé por qué, pero yo fui el que primero se acercó a él. Y aunque su aspecto era un auténtico desastre, aquella mirada escondía un mundo muy bonito. Ese hombre me enseñó a no juzgar y a no discriminar a nadie por su apariencia, porque hay veces que las personas más interesantes se ocultan tras disfraces de tristeza y olvido. Posiblemente fue uno de mis mejores amigos durante mi niñez. Compartimos cientos de bocadillos que mamá me solía preparar para merendar. Y me contó tantas historias interesantes que, sin saber si eran ciertas, me hicieron soñar más de una noche. Aquel misterioso hombre se llamaba Claus. Y os aseguro que fue un gran regalo conocerle y ser su amigo.

Relacionarme con la gente del Blue’s me daba un estatus que, para un niño de mi edad, podría haber sido un arma de doble filo. No habría sido de extrañar que se me hubiera subido a la cabeza. Pero quizá porque recibí una buena educación de mis padres jamás utilicé ese privilegio en mi beneficio. Aunque de una manera muy obvia, la gente, según se fueron enterando de con quién me juntaba, modificaron su comportamiento cuando se dirigían a mí.

Es realmente triste que te traten de una manera u otra por ir con determinadas personas en vez de por cómo eres tú. Pero las personas, en Forshom, tenían un concepto de la vida que no correspondía con la del resto del mundo. Allí todo era distinto. La ley del más fuerte estaba instaurada en un código en el que el silencio y el respeto eran la máxima premisa. Esa comunidad permanecía bajo el yugo de unos cuantos. Los mismos a los que yo les llevaba el café, les hacía los recados y ayudaba en lo que estuviera en mi mano. Sin querer, y casi sin darme cuenta, fui haciéndome un hueco y ganándome el respeto y el cariño de ellos. Y aunque todo el mundo contaba verdaderas barbaridades acerca de sus oscuras hazañas, a mí me trataban con el mismo cariño que mi propia familia.

Por cierto, hablando de familias… Un día, después de haber estado en el Blue’s ayudando a limpiar a Harry, el camarero del local, me fui a casa. Solía echarle una mano, aunque no recibía remuneración alguna. Pero ese hombre mayor, curtido por el paso del tiempo, era tan bueno conmigo y habíamos congeniado tan bien que lo hacía encantado. Además, no sé por qué extraño motivo, todos los que se suponía que eran los más temidos se dirigían a él con muchísimo aprecio. La relación con mis padres se había vuelto inexistente. Alguna noche me sentaba a la mesa a cenar con ellos, pero solo si me apetecía de verdad. Creo que se dieron por vencidos en cuanto a mi educación. Desde el lance con papá, el día que me pegó, nuestro trato dio un giro radical. Yo me cerré en banda y convertí ese hermetismo en mi propia prisión. Él era un hombre muy inteligente, aunque careciese de estudios. Su inteligencia se basaba en la experiencia y en las lecciones que la vida le había dado. O sea que entendió perfectamente que su niño se estaba convirtiendo en un hombre, quizá más rápido de lo que le hubiese gustado. Pero aquella noche, al entrar por la puerta de nuestro pequeño piso, me llamó desde el salón.

—Dav, ven un segundo.

Solía ver las noticias en un antiguo televisor que funcionaba precariamente. Siempre se sentaba en el mismo sofá, cayendo rendido después de una dura jornada en la fábrica. Y, mientras tanto, mamá terminaba de organizar la cocina antes de ir a la cama. Sin motivos para ser felices. Sin expectativas. Simplemente aceptando el día a día que les había tocado vivir.

—Hola, padre. Buenas noches. —Eso no lo había perdido. Aunque nuestra relación no era la mejor, seguía tratándole con el mismo afecto y respeto. Y él no había dejado de mirarme con esa expresión que demostraba lo que significa el amor verdadero.

—Ven. Siéntate aquí un segundo —dijo señalando el sillón que estaba al lado del suyo. Le conocía tan bien que en su comportamiento entendí que algo no iba bien. Sin decir nada, tomé asiento esperando a que comenzase a hablar.

—Hijo, sé que ya eres mayor para tomar algunas decisiones —empezó el discurso con un tono conciliador—. Pero creo que ir con esa gente no es bueno para ti —soltó sin andarse por las ramas—. Me he enterado de que has dejado el trabajo y pasas todo el día en el local de los Young. No quiero saber qué es lo que haces allí. Ni de dónde proviene el dinero que traes a casa engañándonos y diciéndonos que es el sueldo de la carnicería. Dav, aunque no lo creas, sigo siendo tu padre. Y te sigo queriendo igual que lo he hecho desde que naciste. Siempre he intentado darte buenos consejos. Y todo lo que te he querido inculcar era para que, algún día, te conviertas en un buen hombre. Creo que ese no es el camino. De verdad. Esa gente no es buena, hijo.

Yo le escuchaba atento. Y aunque estuviese diciendo todo lo contrario a lo que yo pensaba y quería, lo mínimo que debía hacer era prestar atención. Tenía claro que esa conversación llegaría tarde o temprano. Nuestro barrio era muy pequeño y la gente no tenía otra cosa que hacer más que hablar de los demás para entretenerse y pasar el rato. Yo era la comidilla de muchos corros. Me estaba convirtiendo en el chico de los Young, y eso era de máxima relevancia entre los vecinos de Forshom, porque todo lo que tenía que ver con las bandas era de interés general.

El silencio fue una respuesta que mi padre interpretó con astucia. Llevarle la contraria nos hubiese conducido a una discusión. Aunque me costase entenderlo, y reconocerlo, todavía era un chiquillo. Estar entre esa gente me daba una perspectiva de persona adulta. Pero, en el fondo, tan solo tenía catorce años. Y no me quedaba más remedio que acatar las normas de aquel hogar.

—Tengo claro que, por mucho que te diga, terminarás haciendo lo que quieras —continuó hablando—. Y que prohibirte que lo hagas nos alejará mucho más de lo que estamos ahora. Nuestra relación ha empeorado desde que pasó eso con mamá. Y aunque ya te pedí disculpas por pegarte, no debería haber sucedido. Pero tienes que entender una cosa, Dav. Tu madre es la persona que más te quiere y te querrá. Y la que va a estar siempre, pase lo que pase. Por eso, jamás debes hablarle así. Debes dirigirte a ella con amor y devoción. Incluso cuando te diga algo que no te siente bien. Incluso cuando pierda las formas y te grite…

El monólogo duró un buen rato. Papá se vació y me dijo todo lo que llevaba tiempo guardándose. ¿Me lo tomé bien? Sí. Pero, en aquel momento, no le podía hacer caso. Ya estaba atrapado en una red que me proporcionaba más felicidad que mi propia familia. Es difícil reconocer que antepuse unos extraños a aquellos que me dieron la vida. Pero era un niño. Y me quise vestir con un traje que no correspondía a mi edad real.

Esa noche no pude dormir. Las palabras de mi padre se sucedían como cientos de diapositivas mostrándome unos recuerdos que dolían: la imagen de papá regalándome mi primera bici. El primer día que jugamos con una pelota que me compraron para mi cumpleaños. Mamá despidiéndose de mí el primer día de colegio… demasiados instantes en los que amé la vida. Todo eso lo estaba cambiando por un mundo nuevo lleno de misterios.

La comprensión de mi progenitor me desarmó. Si me hubiese echado la bronca y se hubiese mostrado enfadado hubiera sido la excusa perfecta para odiarle y dar la razón a una teoría que yo mismo había elaborado: me querían apartar de lo que me hacía feliz porque se sentían celosos de los que me ofrecían un nuevo hogar.

Sin preguntar y sin el permiso de nadie, dejé el trabajo. Los chicos me daban propinas cada vez que les hacía un mandado y con eso ganaba más dinero que trabajando de sol a sol. También dejé de ir por las canchas a ver a los chicos de mi edad. Desde por la mañana hasta entrada la noche permanecía en el local por si alguien me necesitaba o había algo que hacer. De tanto estar allí, tuve la suerte de conocer a los tres hermanos. Y aunque casi no pasaban por el club, cada vez que lo hacían su presencia lo llenaba todo de magia. Me gustaría poder expresar con palabras lo que pasaba cuando alguno de ellos aparcaba en la puerta del Blue’s uno de los lujosos automóviles que conducían. Se hacía un silencio sepulcral. Y todas las miradas tomaban una única dirección. Eso sí, nadie era capaz de mantenerles la mirada.

El mayor era un tipo muy extraño. Siempre llevaba una mueca dibujada en su cara parecida a la sonrisa de los demás humanos. Aunque la suya, esa que permanecía imborrable, escondía un significado muy distinto. Tenía cuarenta y siete años. Solía ir acompañado por hombres de su misma edad. Y vestía trajes elegantes y de confección clásica. Su rostro era enigmático. La cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo le daba un toque siniestro. Y todas esas historias que se contaban sobre él se correspondían con su actitud y comportamiento. Yo nunca me atreví a saludarle hasta una tarde que me lanzó la llave de su inmenso automóvil y me habló por primera vez.

—Hey, chico. Mira a ver si eres capaz de limpiar el asiento de atrás, que a este estúpido se le acaba de caer una lata entera de soda —dijo refiriéndose a un hombre que iba a su derecha.

Al principio me quedé cortado observando lo que acababa de coger al vuelo. Nunca había estado en el interior de un Mercedes Benz. Ni siquiera sabía cómo se abría la puerta. Bueno, en realidad nunca me había montado en un coche. Pero eso no fue lo importante. Lo que de verdad propició que todos se quedasen boquiabiertos fue que me hiciese entrega de su preciado tesoro. Aquel fue mi primer contacto con Alfred. Y aunque no me agradeció que quitase la gran mancha, supe que ese iba a ser el comienzo de una relación que me iba a ayudar a crecer en muchos aspectos.

También tuve contacto con John. El hermano mediano y líder de los Young. Era de estatura media y poco corpulento. Tenía un semblante serio. No mostraba sus emociones, jamás sabías su estado de ánimo. Y siempre iba rodeado por un grupo de tipos con muy mala pinta que parecían su escolta privada. Lo que más llamaba la atención de él era su forma de andar. Los hombros caídos y un caminar nervioso eran su signo distintivo. Ese hombre se percataba de cualquier cosa. Sus ojos curiosos analizaban el entorno con minuciosidad. Sé que sabía quién era yo, y que aprobaba que estuviese allí. De lo contrario, jamás me habrían aceptado.

Con el que más trato tenía era con Marx. Que a su vez era el que más se prodigaba por el local. Mantuvimos varias conversaciones. Incluso, en alguna ocasión, me invitó a sentarme a su mesa mientras comía. Casi siempre iba solo. Vestido a la última moda y con esa variedad de autos deportivos que le hacían ser la envidia del lugar. Era un tipo atractivo, con un físico agraciado, agradable, simpático y con un gran carisma. No había ni una sola persona que tuviese una mala palabra para él, porque hacía una gran labor de ayuda en nuestro barrio. Los tres hermanos no parecían de la misma madre. Eran tan dispares que nadie entendía ese parentesco. Pero tenían algo en común: se querían pasase lo que pasase, y estaban tan unidos que no había nada que los pudiese separar. Era vox populi que si te enfrentabas a uno de ellos tendrías problemas con todos. Y que, si fuese necesario, darían la vida los unos por los otros. Aquella era su gran arma. Y debido a ello sus rivales se pensaban mucho cualquier confrontación. Como solían decir, «la familia es lo más importante que tenemos». Y era tan así que, desde un principio, te hacían ser partícipe de ella y sentirte como uno más. No sé si fue por mi corta edad, por la falta de cariño que tenía entonces en casa, o por las ganas de ser alguien importante y respetado, pero sucumbí al encanto de ese grupo desde prácticamente el primer día que establecimos contacto.

Esto que voy a contar ahora fue lo que propició el gran cambio de mi vida. Era una tarde de verano. Los chicos estaban en la puerta del local charlando y bromeando, como de costumbre, y yo rondaba cerca de ellos escuchando las historias y los chistes. Entonces, Marx apareció en su deportivo rojo. Con él, los jóvenes Young se permitían licencias que los otros dos hermanos no concedían. Incluso le había visto bromear con Terry y alguno más del corro. Era un tipo accesible. Mucho más cordial e infinitamente más simpático. Al bajar del coche, saludó a los muchachos. Y después se dirigió a mí directamente.

—¡Hey, Dav! ¿Cómo lo llevas?

Eso generaba un poco de envidia entre los demás, aunque nadie se atrevía a decir nada.

—Bien. Tranquilo —le contesté con naturalidad.

Era consciente de su poder y estatus, pero yo le trataba con la misma distinción que a cualquier otro. Quizá, gracias a eso, se comportaba así conmigo.

—Oye, una pregunta que te quería hacer desde hace rato. Tú que eres un chico listo, ¿qué haces aquí todo el día perdiendo el tiempo? ¿Por qué no vas al colegio?

La pregunta me dejó pasmado. Habíamos hablado de muchas cosas, pero nunca se tocó ese tema.

—Pues… no sé, Marx. Lo tuve que dejar hace unos años porque con el trabajo y todo ese rollo no tenía tiempo para mucho más —me expliqué brevemente.

—Pero ¿te hubiese gustado estudiar? Tienes pinta de que se te hubiese dado bien.

Me sorprendió mucho su reflexión. No tenía muy claro el porqué de esas suposiciones, pero me sentí halagado.

—¡Hombre! ¡Claro que me hubiese gustado! Pero… cuando no se puede… no se puede —respondí haciendo un gesto de resignación con los brazos.

La verdad es que no pensé lo que dije. Simplemente lo solté sin saber lo que vendría a continuación.

—Nunca es tarde si se tienen ganas, ¿no? Si quisieses, yo te podría echar una mano en eso.

—No entiendo muy bien. ¿Cómo que podrías echarme una mano? ¿En qué?

—Pues… en que vuelvas a estudiar. Estando aquí todo el día no vas a conseguir nada en tu vida, Dav. Seguro que si te lo propones podrías hacer lo que quisieras.

Mi cara de asombro debía de ser muy elocuente, y los chicos observaban atónitos la conversación que manteníamos Marx y yo.

—Es que… no sé qué decir. Llevo mucho tiempo sin estudiar. Y… volver ahora… pues… —Tenía que dejar espacio para pensar entre palabra y palabra porque no sabía qué responder.

Volver al colegio me parecía una idea descabellada. Sobre todo por la falta de práctica y porque no me apetecía en absoluto tener un horario de nuevo y ciertas responsabilidades. La vida del estudiante me parecía muy dura, y yo me encontraba muy cómodo con lo que hacía en aquel tiempo como para meterme en ese berenjenal.

—Bueno. Pero yo creo que eso no sería problema. Solo tendrías que proponértelo y ponerle empeño. Tendrás que recuperar todos estos años que has perdido pero seguro que no te costaría demasiado. Además, tengo muy buenas relaciones con gente en institutos y universidades que seguro no tienen problema en ayudarnos.

Él solo ideó un plan de futuro para mí. No me esperaba esa conversación. Y me pilló tan desprevenido que no supe contestar en el momento.

Después de aquella charla, a la que yo no di demasiada importancia, no se volvió a sacar el tema. Así permanecí un tiempo, hasta que un día un hombre de traje vino al club preguntando por mí. Los chicos le dijeron quién era y se acercó portando una carpeta de gran grosor.

—Hola, chico. Eres Daven Sight, ¿verdad? —preguntó ofreciéndome su mano para presentarse—. Mi nombre es Carlson Lewis y soy el abogado de la familia Young.

—Encantado —dije a la vez que formalizaba el saludo.

Estaba entretenido colocando las mesas del local cuando el señor me interrumpió. Tan solo había cinco y casi no se utilizaban, pero a Harry, el encargado y camarero, le gustaba que se limpiasen a diario y los servilleteros estuviesen siempre repletos y alineados justo en el centro de las mismas. Resultaba muy raro que entrasen clientes en el Blue’s. La gente era consciente de lo que se cocía allí dentro y no era habitual recibir visitas de extraños.

—Me ha dicho Marx que prepare tus papeles para el ingreso en el instituto Huxtern. Aquí traigo todos los formularios para que los rellenemos y así poder cursar tu incorporación inmediata.

—¿Mi incorporación inmediata? —pregunté muy muy sorprendido.

Tuve que pensar lo que acababa de decir varias veces para encontrarle sentido. Pero no tardé mucho en hacer memoria y recordar la conversación que tuve con Marx. Yo lo había tomado como un hecho aislado y mera curiosidad por su parte. Pero, después de escuchar al abogado, me di cuenta de que iba más en serio de lo que creía.

—Sí. Claro. Le dije que iba a costar que nos permitiesen tu incorporación con el curso empezado, pero hemos movido unos hilos y al final lo logramos. El único problema es que como llevas todo este tiempo sin estudiar y hay mucha materia que te sonará a chino vamos a reforzar la jornada con una profesora particular que vendrá por las tardes para recuperar todas las materias que haga falta.

A chino me sonaba lo que él me estaba contando. Barajé dos opciones: o me estaba dando demasiados datos y no era capaz de procesarlos o alguien se había vuelto loco y aún no me había enterado. Las palabras instituto, estudiar, incorporarme, profesora particular… todas juntas en una conversación me parecían la mayor incongruencia que había escuchado jamás. Era un chico muy joven todavía. Y quizá era demasiado pronto para entender las complicadas mentes de los mayores. Pero lo que pasó aquel día me superó por completo.

Cuando me quise dar cuenta, había rellenado un montón de folios. ¡Y hasta me tuve que inventar una firma porque fue la primera vez que suscribí un documento! Estaba a punto de reanudar mi etapa lectiva sin siquiera haber abierto la boca. A lo mejor tenía que haberme negado, o por lo menos haber puesto alguna traba porque no se contó con mi aprobación. Pero Marx era una persona que no aceptaba una negativa. Y seguro que eso hubiera roto nuestra buena relación.

Habría que haber visto la cara que pusieron mis padres cuando les di la noticia. Porque, aunque no hablaba con ellos de nada que tuviese