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Cuando nos volvamos a encontrar

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La emotiva historia de Pablo Ráez, el héroe que luchó contra la leucemia, contada por su compañera, Andrea Rodríguez. Este es el romance más real que leerás jamás.Él tenía 19 años cuando le diagnosticaron leucemia. Le plantó cara a la enfermedad, vivió cada día como si fuera el último y batió un récord al conseguir un máximo histórico de donantes de médula al movilizar a miles de personas con sus redes sociales. Él miró de frente a la muerte sacándole lo mejor a la vida. Ella era la chica que se enamoró de Pablo. Juntos vivieron unos días llenos de amor, de fuerza, de esperanza y también dolor. Ahora escribe lo que nunca le pudo contar a su novio, en unas páginas que perdurarán como lo sigue haciendo el mensaje de Pablo. ¡Siempre fuerte!

Year:
2019
Publisher:
Grupo Planeta
Language:
spanish
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2

Cuando pare de llover

Year:
2019
Language:
spanish
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Índice

Portada

Sinopsis

Portadilla

Dedicatoria

Prólogo, de Dani Rovira

Cita

Nota de la autora

Prefacio

1. La niña que soñaba con volar

2. El pasado de un campeón

3. Playa del Cable

4. El puente del beso

5. Caer en el presente, romper las dudas

6. Aparentemente normales

7. La cama a cuestas

8. Amarle. Cuidarle. Acompañarle

9. San Juan

10. Pacto de almas

11. La razón de la vida

12. El Pablo del documental

13. Vacaciones en las estrellas

14. El chico que conocía la gente

15. La oscuridad del éxito

16. Yo estoy aquí

17. Un gladiador en la cámara de aislamiento

18. Nochebuena eterna

19. Mirando a la muerte

20. La noche de antes

21. 25 de febrero

Epílogo. Siempre hay un halo de esperanza

Agradecimientos

Notas

Créditos





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SINOPSIS





			La emotiva historia de Pablo Ráez, el héroe que luchó contra la leucemia, contada por su compañera, Andrea Rodríguez. Este es el romance más real que leerás jamás.

			Él tenía 19 años cuando le diagnosticaron leucemia. Le plantó cara a la enfermedad, vivió cada día como si fuera el último y batió un récord al conseguir un máximo histórico de donantes de médula al movilizar a miles de personas con sus redes sociales. Él miró de frente a la muerte sacándole lo mejor a la vida.

			Ella era la chica que se enamoró de Pablo. Juntos vivieron unos días llenos de amor, de fuerza, de esperanza y también dolor. Ahora escribe lo que nunca le pudo contar a su novio, en unas páginas que perdurarán como lo sigue haciendo el mensaje de Pab; lo. ¡Siempre fuerte!





			A la memoria de Pablo Ráez Martínez





Prólogo


			de Dani Rovira





			«Lo que no se da se pierde.» Con esta frase de Gandhi comienza Dominique Lapierre uno de los libros más profundos y aleccionadores sobre la vida a los que jamás me he enfrentado. La ciudad de la alegría.

			Desde que leí esta cita, puedo decir que se ha convertido en una especie de mantra que me ha ido acompañando todos estos años. En este libro, las historias cruzadas de sus protagonistas nos presentan una ciudad de Calcuta abarrotada de un alucinante equilibrio entre el amor y la miseria, la esperanza y la muerte, la enfermedad y unas ancestrales ganas de vivir.

			El hecho de afrontar este prólogo hizo que mi cabeza viajara automáticamente a este libro del que os hablo. Mi subconsciente a veces es más espabilado que mi consciente.

			Quizá la India sea el lugar de peregrinación indicado para todo aquel que quiera buscar respuestas más allá de las que te puede dar Google. Un lugar donde la vida que se respira te pueda resituar en la tuya propia, un país donde encontrar respuestas a preguntas que jamás te habrías formulado.

			Y esta pequeña reflexión, querido lector, te la hago para ahora avisarte de que estás ante uno de los cantos a la vida más honestos y sinceros que se hayan podido escribir en los últimos años.

			Estás ante la historia de Andrea, alguien a quien, tras un silencio atronador, se le desmoronó el mundo a los pies. Y justo en un momento en el que su corazón latía con la fuerza y la alegría de mil tambores, al compás de los mil tambores del corazón de Pablo Ráez. Nuestro querido y universal Pablo.

			Pude conocerle solo un poquito en la última etapa de su vida y debo deciros que jamás he conocido a nadie con más ganas de vivir. Empeñado, al final de su camino, en que la gente entendiera que la vida es lo más preciado que tenemos, hasta el punto de que quiso convertirnos a cientos de miles de nosotros en superhéroes. A todos los que decidimos dar el paso para ser donantes de médula nos dio la posibilidad de, alguna vez, poder salvar una vida. Un héroe que nos invitaba a ser héroes.

			Pero además de todo, es el alma gemela (porque lo sigue siendo) y compañero de vida de quien escribe este libro que tienes en las manos.

			Querida Andrea (perdóname, querido lector si, a partir de ahora me dirijo a la autora):

			Tú que has querido con los cinco sentidos y has experimentado las medidas inabarcables del amor. Tú que fuiste la torre, los pilares y los cimientos en quien se apoyó Pablo en todo su tránsito. Tú, que llegaste a sentir con un nivel de empatía desorbitado todo lo que vivió Pablo en su lucha y su misión. Tú, y solo tú, has podido experimentar todo lo que vino después.

			Pablo nos dejó su legado, cumpliendo la misión encomendada en esta vida y marchó. Y después, en medio del silencio atronador y del dolor más profundo y abrasivo, después de ese vacío imposible de llenar, quedaste tú.

			Mujer poderosa y frágil ante un horizonte de incertidumbres. Con una importante misión aún por hacer. Con toda la vida por delante. Con un camión repleto de preguntas sin respuestas.

			Quedaste tú, ante el reto de seguir caminando por senderos de equilibrio entre tu amor infinito y tu dolor, entre la nostalgia y el más bello de los recuerdos, entre la vida y la muerte, entre la tristeza más nublada y la más soleada alegría.

			Quizá nadie estaba en el derecho de exigirte nada después de todo lo ocurrido. Tenías permiso absoluto y moral para todo. Lo más fácil hubiera sido derrumbarse y deambular el resto de tus días entre tus escombros, rendirse a la tristeza y al luto más lorquiano o acomodarte en una esquina del mundo escupiendo tu rabia hacia la vida y sus injusticias. Pero tengo que decir que, cuando me informaste de que, después de una larga etapa de introspección y de limpiar a fondo las telarañas del dolor y la tristeza (y después de un providencial viaje a la India), habías decidido escribir este libro, pensé para mis adentros: «No esperaba menos de ti».

			Y aquí está hecho realidad. Tu primer libro es tu primer paso de gigante. Buscando en cada sitio que estés a partir de ahora tu «Ciudad de la Alegría» y lo que es más importante, abriendo las puertas de lo más profundo de ti y de vuestra historia para dar un poquito de luz a las personas que viven amedrentadas por las sombras y la oscuridad.

			Gracias Andrea por este libro, por ser testigo de una de las historias de amor más bellas jamás vividas, por tu resiliencia, por tu belleza de alma, por mantener vivo el recuerdo de Pablo, por hacer de tu tristeza y tu dolor una herramienta sanadora y balsámica para los que vienen detrás. Gracias a ti y a Pablo por venir a este mundo a dar todo lo que tenéis.

			Porque lo que no se da, se pierde.





	 	 			No se lucha por amor, se lucha con.



			ESCANDAR ALGEET





Nota de la autora





			Esta novela está basada en mi historia personal, pero para proteger mi intimidad he modificado varios datos de mi vida personal. En estas páginas va un trozo de mi corazón.

			La voluntad de mantener vivo el recuerdo de Pablo y su lucha titánica ha tenido mayor peso que mis miedos a la hora de escribir este libro. Me gustaría que nadie se olvidara de lo importante que es apreciar el valor de la vida ni de la gran satisfacción que supone ayudar a los demás.

			Deseo que mi superación personal inspire a otras personas: las que creen en el amor contra reloj, en los amores difíciles, ante cualquier circunstancia, sin tiempo y sin espacio. De esos que llevan muchas vidas juntos. Espero que no se pierda la fe en la vida pese a cualquier adversidad, ya que en esta novela se relata una de las situaciones más difíciles para cualquier persona: el cáncer. Su protagonista no quiso hacer de esta una historia triste, sino una de superación y coraje.

			Yo solamente estuve un ratito en la vida de Pablo, y él en la mía, pero fue un ratito eterno. Él se llevó una parte de mí y yo me quedé con una parte de él. Este libro está dedicado a todos los enfermos y a todas las personas que están pasando por un momento complicado en su vida. Recordad: ¡siempre fuertes! Con la fuerza de un guerrero.





Prefacio





			Un día cualquiera puede ser el último o el primero.

			Un día cualquiera puede romperte en pedazos o hacerte nacer.

			Aquella mañana de verano estábamos acostados en nuestra cama con estructura de madera. En la habitación, rodeados de colores claros y con la energía que da el sol. Recuerdo que me gustaba que la ventana estuviera frente a nuestros pies y ver, al despertar, las dos palmeras que había delante de nuestra casa. Aún puedo verlas en mi cabeza, una más alta que la otra.

			Valoraba mucho despertar a su lado, con un dulce abrazo por la espalda entre las sábanas blancas. Algo muy sencillo para muchos, y que, sin embargo, para nosotros era inmenso. Antes incluso de abrir los ojos, jugaba a percibir todo aquello que no se puede tocar. Como el cantar de los pájaros o el olor de la piel de su cuello. Mi corazón latía de forma diferente aquella mañana. Tal vez se debía a un mal presentimiento. Animada por la felicidad de encontrarlo a mi lado, lo desperté con un beso y él se giró para verme. Nuestras miradas se fundieron en un saludo matutino convirtiéndose en la mejor de las costumbres. Me encantaba bucear en sus profundos ojos color canela, ser conscientes el uno del otro, desayunar entre besos y sonrisas.

			Ojalá ese momento hubiera durado «para siempre».

			En mi interior me seguía acechando una sensación extraña, y no era la primera vez. Sabía que se trataba de uno de esos presentimientos que suelo tener cuando algo va a cambiar. Pero ¿por qué me sentía infeliz? Llevaba varios días buscando un momento para escribir, como terapia. Quería encontrar el motivo por el que no llegaba a sentirme completamente plena a pesar de que tenía un trabajo que me apasionaba, salud, amor... Llegué a sentir que mi vida por fin se encontraba en equilibrio, que ese era un lugar de calma en mi camino, pero esos últimos días yo estaba cambiando, algo iba mal.

			Ante lo desconocido las manos tiemblan, intentas descubrir el secreto inconfesable de una vida que a veces tiene demasiadas incógnitas, los ojos se entrecierran queriendo atrapar lo que todavía existe. Aún mantengo el recuerdo de una mañana en la que nuestra cama era el único océano y, sin embargo, había algo más. Miedo por haber creído que las cosas iban bien y que no fuera así.

			Le pedí que me dejara un rato a solas, y él aprovechó para desayunar con su padre. No entendía por qué no podía pasar con él esa mañana tan bonita. La intuición a veces gana a la razón, y yo necesitaba observarme, respirar profundamente, unos instantes de introspección. Nos despedimos con un «hasta luego» y el reloj comenzó a marcar nuestro destino.

			Como si el tiempo volviera a ser una condena y lo anterior hubiera sido un regalo o una promesa de que después lo podríamos detener de nuevo. Conquistar el tiempo como una ciudad en ruinas.

			Me dirigí a una cafetería cercana a nuestra casa, observando mi entorno sin más. Mi mirada se detenía en los rayos de sol que atravesaban las hojas o en el abrazo entre dos personas. Viví ese momento que pasaba delante de mí con desgana, con una sensación de vacío. De pronto sentí un impulso, unas ganas enormes de llamar a Pablo. Lo hice, pero no contestó al teléfono.

			Simplemente supe que la enfermedad, la leucemia, había vuelto. No todo el mundo cree en la intuición; sin embargo, algunos la tenemos latente en nuestro cuerpo como la sangre que corre por nuestras venas.

			Comprendí que los cambios llegan antes de que todo cambie. Volví a llamarle mientras salía corriendo deprisa hacia el coche, dejando de hacer cualquier cosa que no fuera prestar atención al teléfono. Esperaba tener más suerte esta vez. Los tonos de llamada cesaron, había descolgado pero se había quedado callado. Mi corazón se aceleró en ese momento, todo parecía indicar que ese momento de soledad me había ayudado a descubrir lo que iba mal, y me dolía. Dolía nublándome la vista, apagando mi memoria, convirtiendo mi instinto en el de un gato que por agarrar una mota de polvo caería por la ventana.

			—¿Qué te ha dicho el médico, Pablo? Las analíticas..., dime algo... —Mi tono de voz se elevó al seguir sin poder escucharle.

			No sabía si estaba ahí, o si había dejado caer el móvil de sus manos.

			—No me puede estar pasando esto, otra vez no —dijo con palabras entrecortadas.

			Una gran tristeza invadió mi corazón.

			—Voy para tu casa. ¿Estás con tu padre? —Aguanté la respiración y mis ganas de llorar.

			—Sí... —La afirmación fue degradándose hasta que colgó.

			Mi corazón calló por un momento. ¿Cómo podría consolarle? ¿Qué iba a hacer yo? ¿Qué ocurriría después?

			«A él no, él otra vez no.» Aquel pensamiento no dejaba de golpearme. Era algo que no podía ser real, una recaída. Lo creía impensable. Miré al cielo, tal vez buscando una salida a esa agonía, ya que nunca estás preparada para recibir una noticia así.

			La vida no sabía lo que hacía. Se estaba equivocando.





1


			La niña que soñaba con volar





			Siempre me he sentido diferente.

			Desde que era pequeña he tenido muy presentes los sueños, que para mí no lo eran, o al menos no tal y como el significado de la palabra los define. Los siento de la misma manera como escucho al que tiene algo importante que decir. Con tanto realismo que cuando soñaba que volaba y me levantaba con ese recuerdo, creía que eso era posible.

			En algunos sueños daba un salto al vacío desde la ventana de mi habitación y comenzaba a volar. Desde el cielo veía los tejados de las casas, podía elegir mi propio camino, completamente libre de atajar por cualquier ventana que estuviera abierta. Tenía el control absoluto de mi cuerpo. Una sensación que me gustaba mucho. Hoy por hoy sueño con poder hacerlo en un universo onírico y en el mundo real.

			El recuerdo de aquella experiencia era tan intenso que el regreso a mi cama siempre llegaba demasiado pronto. Porque en ese otro mundo podía ser cualquier cosa y hacer lo que quisiera. Era sin duda una niña libre que creía que soñar con los ojos cerrados era el comienzo para hacerlo con los ojos abiertos.

			Me crie en un patio con muchos jardines. Allí creábamos nuevos juegos sin parar. Uno de mis preferidos era el de saltar desde bancos o superficies un poco más altas buscando esa extraña sensación que aparecía en mi estómago cuando estaba en el aire y me dejaba caer. Creía tanto en mi imaginación que de verdad pensaba que, en algún momento, podría no llegar a tocar el suelo con mis pies. Además, animaba a mis amigas a saltar para poder volar. La caída era para mí una oportunidad para volver a intentarlo. No me cansaba de jugar.

			—Venga, Andrea, no lo intentes más. Es imposible.

			—Espera, espera, en cualquier momento sucederá —decía yo convencida.

			Y de nuevo me volvía a subir a cualquier parte, mirando el mundo desde arriba, con los ojos brillantes ante la expectativa que estaba en mi mente. Tenía que volver a intentarlo.

			Esa niña creció y siguió siendo la misma en muchos aspectos, pero crecer conlleva un aprendizaje.

			De adolescente iba a Marbella para alejarme de todo. Me sentía muy bien paseando por cada calle nueva que descubría, en el precioso paseo marítimo donde salía a correr. En Marbella estaba segura de que sería capaz de llegar a cualquier parte del mundo.

			Tal vez a una isla o a un casco antiguo del Mediterráneo.

			Me refugiaba en casa de mi tía: mi madrina y la mayor de las hermanas de mi madre. Para mí era como una segunda madre, y a mí me trataba como si fuera su propia hija. Recuerdo que me decía que siempre quiso tener una niña pero que solo tenía hijos. Así que desde el principio se creó entre nosotras un amor muy maternal. Yo la cuidaba a ella, y ella cuidaba de mí.

			Mi tía Antonia siempre estaba conmigo.

			Entre las dos atesoramos un cariño muy especial. Ella era muy divertida, siempre se reía, siempre tenía una hermosa sonrisa dibujada en la cara. Además, era muy presumida. Recuerdo que normalmente llevaba los labios pintados de un tono rosa claro.

			Se reía de sí misma y de las cosas de la vida, jamás la vi enfadada.

			Mientras escribo puedo ver su pelo rubio y rizado, sus ojos azules. Como todas las mujeres de mi familia era muy dicharachera y alegre.

			Pasaba largas temporadas en su casa que me servían de desahogo. Le contaba lo que me preocupaba y ella me daba buenos consejos, de humanidad y bondad hacia los demás.

			Nunca olvidaré esas noches de verano en su terraza. El olor a jazmín colándose por nuestras fosas nasales, proyectando momentos tranquilos de charlas y de caricias. A ella le encantaba que le tocara el pelo y la peinara.

			Pero llega ese momento en el que la tranquilidad se rompe y empiezas a pensar en todo lo que te queda por hacer. En lo importante: lo que puedes vivir, lo que puedes ser. Un día nos dieron la noticia de que tenía cáncer de piel. Esa enfermedad nos sorprendió a todos y alarmó a toda mi familia. Ella, en cambio, lo llevó de la manera más positiva posible o, por lo menos, nunca me transmitió su preocupación. Los médicos le recomendaron que se operara rápidamente, para vaciar todos los ganglios de varias zonas de su cuerpo. Además, debía someterse a un tratamiento de quimioterapia que duraría más de cinco años.

			Pasaron los meses y parecía que todo iba bien. Ella estaba bastante recuperada, así que fuimos juntas a la boda de mi prima, que se celebraba en un pueblo de la serranía de Cádiz. Siempre nos alegra volver a las tierras de mi familia. Fueron momentos felices, pues se trataba de una boda, un lugar seguro. Y, por suerte, mi tía pudo celebrarla con nosotros, ya que el tratamiento no se lo impidió. Yo como siempre me mantenía cerca de ella, y pese a todo mi tía me animaba a que me divirtiera.

			—Andrea, baila y ríe, que eres muy joven —me decía sonriendo y bailando mientras movía el vuelo de la falda como una flor al son del viento.

			Desde joven he tenido que trabajar por vencer mi timidez, ya que era bastante introvertida y me daba vergüenza bailar. Ella era consciente de eso y me animaba deseando que mi energía se uniera a la suya.

			Cuando lograba atravesar ese muro, me encantaba seguir el ritmo de la música junto a mi tía Antonia. Aún sigo disfrutando al bailar después de que desaparezca mi timidez.

			De pronto la observé solo a ella, más allá del resto, lejos de todo lo que la rodeaba. La estaba viendo en su último baile. En ese instante yo no era realmente consciente de eso, pero sí que me di cuenta de lo especiales que eran aquellos minutos. No sé si sería por la luz de sus ojos, por su rostro feliz o por la noche más bonita del verano, solamente sé que ese momento se quedó grabado en mi retina. Ella estaba ahí bailando, su canción, recordando su juventud. Esa música que bailaba con mi tío en las discotecas cuando los dos eran adolescentes.

			Sonaba la Chica yeyé. Supongo que esa canción los hacía volver al pasado, olvidarlo todo, encerrar los malos recuerdos.

			No saber lo que sucederá mañana hace que vivamos con cierta incertidumbre, pero cuando somos conscientes de que puede ocurrir cualquier cosa, preferimos no saberlo. Por eso, después de que la vida consiguiera lo que se proponía, quise que el día de la boda no hubiera terminado nunca.

			Una semana después celebramos su entierro. De sábado a sábado. Siete días, esa fue la tregua que tuvimos para estar juntas. Pero en el instante en el que aquella niña que fui abrió los ojos, sin dejar de volar, vi la luz de la luna.

			La Noche de San Juan siempre había sido mi noche preferida. Me encantaban las hogueras en la playa, los saltos por encima del fuego, los encuentros con amigos y familia. Todo el día gira en torno a la noche. El comienzo de la fiesta lo marca el atardecer, cuando comienzan a arder las hogueras. La sensación de libertad aparecía con el primer baño a oscuras y en el misterio que escondía el mar a altas horas de la noche.

			Ocurrió en la playa: en el inicio del verano. Como si las malas noticias estuvieran unidas a lugares que recuerdas, intentando enturbiarlos, desafiando a nuestras mentes a que no culpen a la casualidad.

			Recuerdo que la Noche de San Juan de 2009 la viví de manera diferente. Hablé con mi tía esa noche, ella solo tenía ánimo para bajar a la playa a mojarse los pies. Ya estaba muy cansada...

			No tenía ganas de divertirme aquella noche y eso no me gustaba. Aunque por aquel entonces no escuchaba con atención mis presentimientos. Allí estaba yo, siguiendo el ritual de todos los años junto a unas amigas, sentada en la arena mientras hablaban, pero yo tan solo escuchaba. Notaba algo en mi interior que no me dejaba estar bien del todo. No me había ocurrido nada especial o diferente los últimos días, pero aun así no era capaz de pasármelo bien.

			—Andrea —me llamó una de mis amigas—. ¿Qué te pasa hoy?; no quieres tomar ni una cerveza.

			—No me encuentro bien del estómago. Tengo un mal presentimiento.

			Las horas pasaban y el destino marcó la hora.

			A las tres de la madrugada recibí una llamada de mi madre.

			—Cariño, ven a casa urgentemente, tu tía...

			Pese a que sabía que mi tía estaba en tratamiento, no me lo esperaba. No entendí a mi madre.

			—Mamá, la tía ¿qué? ¿Qué le pasa?

			Mi madre, con voz temblorosa, siguió sola la conversación.

			—Ven ahora mismo. Te lo cuento en casa. Pero no tardes, tenemos que ir a Marbella.

			La pareja de mi madre se puso al teléfono y entonces explotó la realidad. Sus palabras llegaron hasta mi oído y se quedaron allí para siempre.

			—Andrea, tu tía acaba de fallecer. Ven, por favor. O, si lo prefieres, te venimos a buscar. ¿Dónde estás?

			Me quedé paralizada. Sentí una gran fuerza que me atraía hacia el suelo. Mi cuerpo pesaba como el plomo. Una parte de mí no reaccionaba, no comprendía que esa desgracia pudiera estar pasando. Una parte de mí —otro «yo» que hoy todavía no puedo identificar pero que sé que no era yo— se evaporó y murió. Marchó con ella. Fue lo más triste que me había ocurrido en la vida hasta ese momento, mi corazón lloraba, no lo podía creer... Mi pobre tía. No podía asimilarlo, y las fuerzas comenzaron a fallarme hasta que me caí al suelo. No era capaz de articular palabra. Fue como si mi lengua se hubiera quedado dormida o atada en un nudo, en silencio, aunque gritando de dolor.

			Antonia. La mujer que sonreía, bailaba, conversaba, cuyo pelo peinaba con mis manos. La mujer que se quedó atada a mí.

			La muerte no había llamado a la puerta de mi familia hasta ese día.

			Mis amigas me llevaron a casa. Recuerdo el camino en coche hacia Marbella. Fue un trayecto muy largo. Entonces llegaron a mí sensaciones en forma de preguntas que a la larga transformarían mi vida por completo: ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿qué hago aquí?

			Empecé a pensar en mi verdadera identidad, en el día en el que moriría y si eso significaba que yo no sería este cuerpo para siempre. ¿Qué sería entonces?

			Me preguntaba por el lugar al que vamos después de la vida y también de dónde venimos. Fue durante ese bucle de ideas recién surgidas cuando me cuestioné qué estaba haciendo realmente con mi vida y si era del todo feliz. Ciertamente era un planteamiento muy obvio pero yo hasta ese día no me había querido enfrentar a eso o bien nunca había llegado tan lejos. Solamente sé que esas inquietudes me dieron una sed increíble de conocimiento. Quería más. Casi todas las personas que han tenido un despertar espiritual han llegado a él después de que la vida les haya zarandeado de tal forma que esas tres preguntas iniciales pasan a ser fundamentales. Suelen ser situaciones que te acercan a la muerte, te hacen verla de cerca, e incluso llegan a cambiar la vida de la persona que lo experimenta. Mucha gente sufre una transformación, dejando el pasado atrás y creando un futuro totalmente distinto.

			Yo soy una de esas personas, desperté.

			No me considero una maestra espiritual ni nada parecido, pero no tengo miedo de decir que todos y cada uno de nosotros somos un alma viviendo una experiencia humana. Sé que mi experiencia con la muerte no fue directa, ya que afectó a un ser querido, pero ese acontecimiento hizo que me replanteara la vida por completo.

			La niña que soñaba con volar, la adolescente que perdió a su tía Antonia por culpa de un cáncer se convirtió en una mujer que abrió los ojos frente al mar, siendo este la representación de la libertad. La paz, el nuevo mundo, otras vidas...

			Pasaron los días y con ellos se esfumó el verano. Viví el duelo junto a mi familia en una Marbella muy distinta de la que conocía. Mi tía ya no estaba y su ausencia hacía tanto ruido que la necesidad de calmarme era aún mayor. El paseo marítimo se convirtió en un lugar solitario para corazones tristes como el mío. La playa me tranquilizó y como siempre el deporte me ayudó a recuperar mi vida. En cuanto lo retomé empecé a sentirme mejor en todos los sentidos. Se apagó mi frío interno gracias al calor del sol. El mar me ofreció ese refugio de paz y silencio que me ayudó a conocerme mejor.

			Un día logré ignorar los ruidos y las preocupaciones, me senté para concentrarme mejor y entonces todos mis sentidos recobraron su fuerza. Por aquel entonces no sabía qué era la meditación. Llegué a ella de forma natural.

			Tengo guardada en la retina la imagen de mi madre haciendo yoga en casa de una amiga. Yo las acompañaba y pasaba mucho tiempo en la sala de meditación. En aquellos tiempos no llegaba a entender lo que hacían, pero se quedó impregnado en mi memoria gracias a la curiosidad.

			Escapé a la playa, a ese lugar que ya tampoco tenía a mi tía Antonia, e hice lo que recordaba. Me senté con la espalda recta, cerré los ojos y simplemente escuché las olas del mar y me concentré en mi respiración. Estaba tan relajada que continué sin mirar el reloj, perdiendo la noción del tiempo. Visualicé Marbella desde arriba. Subí más allá del límite del cielo y sentí como si estuviera en un avión. El mundo era cada vez más pequeño y yo más alta. Seguí subiendo hasta que llegué a ver el planeta Tierra, me encontraba en el universo, sabía que si abría los brazos hacia los lados me encontraría con el infinito. Me quedé con esa sensación unos momentos y después quise visualizar cómo bajaba despacio hacia la playa, de regreso. Realmente me costó abrir los ojos e incluso tuve miedo de no poder volver a vivir esa experiencia.

			Marcó un antes y un después en mí. Llegué a casa y lo único que quería era comprender lo que había pasado. Comencé a buscar libros sobre meditación y, leyendo, encontré información sobre viajes astrales y meditaciones en las que puedes extraerte del cuerpo e ir a cualquier parte. Eso me hizo comprender que, de alguna forma, los sueños que tenía de pequeña se hacían realidad con los viajes astrales. Antes había vivido parte del mundo espiritual, pero tan solo observaba sin llegar a adentrarme en él. Aquello me pareció tan mágico y respondía a tantas preguntas que quise continuar. Quise dar un paso más informándome sobre la respiración, la meditación y el resto de esas prácticas. Sentía más paz y comprensión durante la meditación que en cualquier otro momento del día.

			Esa búsqueda me llevó a comenzar a practicar yoga de manera autodidacta. Me ayudaba mucho a controlar mi ansiedad, sobre todo la sufrida a raíz de la repentina muerte de mi tía. Nunca había sentido pánico frente a la muerte, y ahora cada vez que pensaba en ello no podía respirar. Mi corazón se aceleraba y sentía que me moría. A veces me ocurría cuando pensaba en esas cosas, pero otras veces llegaba sin esperarlo. Me daba miedo tener que vivir más muertes en mi familia o en mi entorno. Aunque son miedos muy comunes, llegaron a despojarme de toda razón de una manera feroz.

			Esa vida espiritual me guio de nuevo hacia un camino en el que encontré parte de la tranquilidad que necesitaba para escucharme, valorarme, cuidarme e incluso para pensar en los demás. Me ayudaba a comprenderme y a dominar esos miedos. Además, quería conocer esa filosofía de vida en profundidad, así que me formé como profesora de yoga. De esta manera pude resolver mis conflictos internos y ayudar a personas que en algún momento de su vida habían sufrido esa misma conmoción.

			Ese año se llevó la mayoría de las vibraciones negativas, parte de la tristeza y, aunque no sería para toda la vida, me liberaba del peso del ahora y me hacía valorarlo aún más, pero de otra forma.

			La práctica de la respiración, el yoga y la meditación también llegó como un aire fresco, lejos ya de la tormenta. Conocí a personas nuevas, con las mismas inquietudes que yo, y eso me gustaba. Podía hablar con gente que buscaba lo mismo que yo en esta vida.

			La niña que soñaba con volar no se marchó, sino que descubrió que era posible encontrar la fantasía dentro de la realidad. Aquella chica que perdió a su tía, que creció, que guardó fragmentos de una historia esperando conocer la versión completa se convirtió en una versión mejorada de ella misma.

			Después del primer fallecido cercano, del primer duelo, acepté la muerte y renací. Creé mi propio «yo» y el miedo no pudo evitarlo.

			Al fin y al cabo, hay personas que se van y dejan de sufrir. Somos nosotros, los que nos quedamos, los que lo pasamos mal. Y llegué a la conclusión de que si me hubiera despedido de mi tía, ella me habría dicho: «Sé feliz». Me di permiso para empezar a sonreír más porque entendí que es lo que yo también quisiera que hicieran mis seres queridos si muriera. Que el dolor no pudiera con ellos, que celebraran la vida, que continuaran con sus vidas.

			El yoga me llevó a comprender dónde residía la felicidad. Desde esa gran pérdida valoraba la presencia de las personas de mi entorno, intentaba ayudarlas en lo que podía, vivía la vida. Y es que no sabemos qué va a pasar, solo conocemos el instante en el que nos encontramos y lo único que podemos hacer es disfrutarlo. Tenemos proyectos, sueños y deseos, y eso no está mal, pero la felicidad no se encuentra en los sueños. Está aquí, en el lugar donde los creas. Dicen que si no eres feliz con lo que tienes ahora, nunca lo serás cuando consigas lo que deseas. Con esa gran comprensión yo me sentí libre y feliz.

			Feliz no por lo que tenía, sino por lo que era, por mi vida real.





			 				 				Si a un huevo lo rompe una fuerza externa, se acaba la vida. Si lo rompe una fuerza interna, comienza la vida. Cambia desde tu interior.



			ALEJANDRO JODOROWSKY





2


			El pasado de un campeón





			La primera vez que vi a Pablo fue entrando en mi clase.

			Yo impartía clases de yoga en el mismo centro desde hacía dos años, para continuar mi formación. Me encantaba sentir que era como un hogar para mí. Cada día tenía la misma energía: fuerte, bonita y única. Era feliz por poder dedicarme en cuerpo y alma a mi trabajo, que también era mi pasión, y había escuchado mil veces aquello de que el que se dedica a aquello que le apasiona no tendrá la sensación de haber trabajado nunca. Ponía toda mi experiencia y dedicación para ayudar a otras personas, pero también ellas me enseñaban algo cada vez que venían a clase.

			Antes de conocer a Pablo solamente sabía que practicaba crossfit. Llegó a mi vida haciendo el pino, andando con las manos, sonriendo. Percibí en él una energía que no estaba acostumbrada a ver en otras personas, en otros hombres. Una sensibilidad especial, esa sensación que hace que se pare el mundo cuando lo encuentras.

			Nos conocimos en una clase que compartimos de Ashtanga Yoga, donde yo no era la profesora, sino una alumna más. Aproveché para observarle mientras practicaba, me fijé en su pulsera de crossfit, en la camiseta de tirantes en la que se leía en su espalda BOMBEROS MARBELLA. No solía encontrarme con personas que fueran a clase solas, ya que la gente joven normalmente iba acompañada para evitar la pereza. Por alguna razón, su alegría, su sencillez, la fuerza de sus manos y el semblante de alguien que había vivido mucho me hicieron querer volver a verlo pronto.

			No tuve que esperar demasiado.

			Recuerdo cuando lo vi llegar a una de mis clases como profesora. Por fin le ponía voz al chico nuevo. Le pregunté cómo se llamaba. En realidad, fue ahí cuando supe su nombre, aunque me ha sido imposible evitar decirlo desde el principio de la narración. En esta historia no hay trucos, ni tratos, solamente cuento lo que me mueve por dentro tal y como creo que debo contarlo.

			Cuando llegó la hora de empezar la clase, invité a los alumnos a entrar en la sala. Él comenzó a caminar haciendo el pino por la sala de yoga.

			—Eh, yo quiero aprender a hacer eso —le dije.

			Se sentó en el suelo y me miró sonriendo, sonrojado.

			—Yo te enseñaré. Si practicas todos los días, lo conseguirás.

			Que él pensara que yo era capaz de hacer cosas que parecían imposibles me motivó.

			Me había conocido gracias a su padre. Él había sido mi alumno y le habían gustado mucho mis clases, así que le recomendó a su hijo que viniera a mi clase de yoga. Pablo me confesó que ya me había visto antes. Unos meses atrás, cuando vivía en Londres, buscó una foto mía en las redes sociales. En la imagen salía yo trabajando en el mismo sitio en el que ahora estábamos los dos, mirándonos, hablando. El destino como un protagonista más.

			Lo que parecía una presentación cordial antes de empezar la clase se transformó en una agradable conversación. Me contó que tenía una lesión. Hablaba con seriedad de su rodilla y de las complicaciones que sufría desde pequeño. Yo lo vi muy fuerte y pensé que no habría ningún problema en que practicara un poco de yoga. Le iba a venir genial porque sería incluso más suave que lo que hacía normalmente. Le ayudaría mientras esperaba la ansiada operación de rodilla.

			Me contó que no se había podido operar antes porque, hacía justo un año, al hacerle las pruebas analíticas previas a la operación, los médicos vieron que algo no funcionaba bien en su cuerpo. Decidieron repetirlas de manera urgente y, efectivamente, se confirmó que tenía niveles muy bajos de plaquetas en sangre. Así que le hicieron una punción medular y finalmente le diagnosticaron leucemia mieloblástica aguda M6. A sus dieciocho años, tuvo que someterse a un tratamiento muy duro de quimioterapia durante varios meses y a un trasplante de médula ósea. Tenía diecinueve años en aquel momento.

			Agachó la cabeza mientras me contaba que todo eso había ocurrido hacía tan solo nueve meses. Acababa de renacer. Pero eso no era todo. Después de un período de recuperación tras el trasplante, en cuanto los médicos le dieron permiso, Pablo se marchó a vivir a Londres para hacer realidad su sueño. Al final había vuelto por culpa de sus problemas de salud. No vivió en el extranjero más que unos meses, y ahora era un chico de regreso a su ciudad natal, Marbella.

			Pablo quería saber qué era el yoga. Él tenía muchas inquietudes y, al pasar por aquella traumática situación, se le había despertado la curiosidad por la práctica espiritual. Verse cara a cara con la muerte hizo que se hiciera las tres preguntas más importantes de nuestra vida: ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿qué hago aquí?

			Me dio un vuelco el corazón al escucharle contar su historia. El resto de los alumnos ya nos estaban rodeando y no pudieron evitar escuchar su narración y emocionarse con ella. Yo le miraba el rostro, le observaba al hablar, comprendí cómo la vida apuesta por la vida, cómo a pesar de lo que estaba contando sus labios estaban rojos y llenos de esta. Teníamos suerte de estar allí, Pablo y cada uno de los que le conocimos.

			Tuve que respirar hondo y concentrarme para dar la clase aquel día. Se me olvidó lo que tenía preparado a causa de una mezcla de emoción y nervios. Improvisé con la ayuda de los sentimientos que percibí aquel día en la sala. En esa sesión hablé de la vida y del momento presente. La historia de Pablo me había conmovido y me había abierto más los ojos ante la suerte de estar vivos.

			Al final reparé en que Pablo me miraba con los ojos llorosos, pero me sonreía. Algo que algunos creen contradictorio por la mezcla de tristeza y alegría. A mí me paralizó de la misma manera que al que encuentra un tesoro escondido, porque me di cuenta de que él acababa de encontrar lo que llevaba tiempo buscando. Parecía que había encontrado su sitio.

			Sentada frente a ellos, que permanecían con la espalda apoyada en la pared, abrí el libro El poder del ahora, de Eckhart Tolle, que llevaba siempre a clase, pero esta vez no elegí ninguna página en concreto, sino que dejé la elección al azar, y leí: «El pasado y el futuro toman vida de este instante, sin el momento presente no existirán».

			Él no pudo evitar responderme.

			—Es la primera vez que veo algo así; además, hablas y piensas diferente de lo que estoy acostumbrado a escuchar fuera de aquí. Te admiro.

			Era la primera vez que alguien hablaba en mitad de una de mis clases. Me quedé callada, sorprendida, moviendo las manos sobre mis rodillas en señal de que quería seguir escuchando lo que él sentía.

			—Me pregunto si podrías responder a esta pregunta —dijo él—. ¿Cómo se puede llevar a la práctica la teoría de vivir en el aquí y ahora?

			Todos nos miraban a Pablo y a mí. A mí y a Pablo.

			Pensé que Pablo tenía la respuesta, él mejor que cualquier otro, ya que en realidad lo había llevado a la práctica durante los tratamientos y los ingresos en el hospital. La práctica es lo que nos aporta experiencia ante la vida, no tanto la teoría. Así que cerré los ojos, coloqué la palma de las manos juntas frente a mi pecho y respondí:

			—El maestro aquí y ahora eres tú. Creo que no hay nadie mejor que tú que nos pueda contar las ventajas de vivir el momento presente.

			Pablo se quedó mirándome. En su mirada todavía se adivinaba el brillo de alguna que otra lágrima. Hizo un gesto con la cabeza dándome las gracias. Y cerró los ojos.

			El silencio terminó con la sesión de yoga. Después comencé a recitar el mantra «om» tres veces para despedir aquel día que no había esperado y, sin embargo, tanto agradecí. Se percibía en el ambiente que la historia de Pablo nos había llegado a todos al corazón y que él era alguien especial que había venido para recordarnos lo bello que era vivir. Solamente sentía la vibración del mantra en la sala y nuestra respiración.

			Volví a juntar las palmas de las manos y las llevé a mi pecho en símbolo de gratitud a todos los alumnos. Incliné mi cabeza hacia ellos.

			—Namasté. Gracias a todos por esta clase mágica.

			Me respondieron con un Namasté cargado de emoción.

			Poco a poco fuimos saliendo de la clase, renovados, algunos incluso estaban llorando. La noche llegó con su oscuridad, y la luz de las lámparas de sal daba un color anaranjado y cálido a la sala. Algunas personas cuando salieron del vestuario le dieron las gracias a Pablo por compartir su experiencia. Él, en cambio, se quedó quieto en la puerta, frente a mí, esperando a que yo pudiera atenderle. En cuanto reparé en ello sonreí y me dirigí hacia él. Tenía la necesidad de saber más cosas sobre la vida de Pablo y sobre cómo se sentía él después de aquel momento que acabábamos de compartir.

			—Pablo, ha sido mágico. ¿Cómo te sientes ahora?

			—Bien, relajado. Ha sido muy bonito. Perdona que haya hablado durante la clase, pero he sentido que tenía que decirlo.

			—No te preocupes, a veces hay excepciones y me alegro de que lo hayas hecho. Además, pienso que eres un gran maestro y podemos aprender de ti. Lo que has vivido lo irradias con una energía muy fuerte.

			Sabía que realmente estaba sorprendido por mis palabras.

			—Nunca me había sentido tan valorado. Es más, hay personas que no aprecian lo que digo porque me ven demasiado joven, pero soy consciente de que esta experiencia me ha hecho madurar mucho y tengo inquietudes distintas de las de un chico de mi edad.

			—Bueno, percibo que eres especial. Transmites algo difícil de explicar y con tu historia llegas al corazón de las personas. Es difícil describir las ganas de vivir que me inspiras —respondí.

			—Gracias. Desde que empecé con esto me di cuenta de que con mi historia puedo ayudar a muchas personas: motivarlas para que valoren sus vidas y hagan deporte, por ejemplo. De hecho, cuento mi día a día con el cáncer en las redes sociales.

			—¿En serio? Dime cuál es tu página, que yo también quiero seguirte.

			Pablo estaba centrado nuevamente en abrir su alma.

			—Lo pasé realmente mal, perdí la visión, después del trasplante los médicos valoraron que tenía un cuarenta por ciento de probabilidades de sobrevivir, y todavía no sé si estoy curado al ciento por ciento. Ha sido muy duro, más de lo que nadie pueda imaginar, pero creo que con esto puedo ayudar a otra gente. Y a las personas que están enfermas como yo les recuerdo que siempre podemos estar peor, que debemos abrazar lo que tenemos. Estar vivo es un gran regalo.

			—Eres muy valiente y si todas las personas fueran como tú, el mundo sería diferente. Es triste que a veces no nos demos cuenta de eso.

			—Gracias, Andrea. Respecto a las redes, yo ya las usaba para compartir mis cosas del día a día antes de enfermar. ¿Por qué no iba a seguir compartiendo lo que estoy viviendo ahora? Al principio, cuando escribía, en cada texto culpaba al cáncer, pero ahora le doy las gracias. Ojalá no existiera esta enfermedad y nadie se tuviera que enfrentar a ella, pero le tengo un gran respeto porque me ha ayudado a ver la vida con otros ojos. Ahora valoro cada pequeño detalle y entiendo que todo tiene su razón de ser, las cosas no ocurren porque sí. Todo tiene un sentido. Nada de lo que ocurre es casual, cada situación tiene un motivo, yo le digo: ¡Causalidad! —sonríe—. Si no aprendemos de la vida, ¿de qué vamos a aprender?

			Después de mi cambio a una vida más espiritual pensaba que había aprendido a vivir el momento presente, pero al conocer a Pablo lo comencé a ver de otra forma. Me di cuenta de que nunca se termina de aprender, cada día te vas a dormir con algo nuevo. Y aquel día recibí una gran lección. Lo veía en la sala cargado de una existencia que no todo el mundo conocía, con la emoción desbordándole los ojos y las palabras queriendo llegar a una meta temprana que nos descubriera a los demás lo que él sabía pero sin tener que pasar por lo mismo.

			El reloj marcó las diez en punto cuando a mí me parecía que tan solo habían pasado cinco minutos. No me quería ir, necesitaba seguir escuchándolo.

			—¡Qué tarde! No quiero entretenerte más. Deberíamos haber terminado hace una hora, y mira qué tarde es. Tenemos que descansar, ha sido una noche muy intensa. Me tienes impresionada.

			Pablo me descolocó. Aunque nos habíamos conocido aquel mismo día, sentía algo extraño, como si nos hubiéramos visto en otro momento. Finalmente nos despedimos y cerramos juntos la sala. Me acompañó hasta la salida de los jardines que rodeaban el centro. Se montó en su bici y se perdió en la oscuridad de la calle como una pequeña mota de luz.

			Al llegar a casa no pude parar de rememorar todo lo que me había pasado aquel día. Entré en las redes sociales de Pablo, donde colgaba sus posts, y no podía dejar de leer su historia, incluso algunos datos que ya conocía, junto a sus fotos. Las miraba, me transmitía mucho amor, no paraba de hablar sobre lo enamorado que se sentía por cada momento que vivía. Dando las gracias a la enfermedad por la oportunidad de valorar cada instante y por un sí a la vida.

			Recuerdo una reflexión que leí aquella noche:



			La vida es cada momento que somos conscientes de nuestra respiración y de la esencia de esta #thankyoucancer.



			PABLO RÁEZ



			Su esencia.

			Hablaba de algo más allá de la respiración. De lo que somos más allá de este cuerpo: el alma, la vida o Dios mismo. Cada uno podía ponerle el nombre que quisiera, pero con su manera de contarlo te llevaba a esa esencia que nos permite estar vivos. Tan profundo como sencillo.





			 				¡La vida es el instante en el que eres consciente de ese momento!





			Escribía sus textos basándose en su inspiración, plasmando su propia experiencia. Eso es lo que verdaderamente transmitía y sigue transmitiendo. Las palabras de Pablo serán eternas en el tiempo, y cada vez que volvamos a leerlas serán válidas en cualquier lugar y etapa de nuestra vida. Me hizo perder el miedo a lo que hay detrás de la existencia, cuando navegamos hacia la muerte. Él sentía esa esencia y yo también. Un apego muy profundo llenaba mi corazón, por lo que esa noche soñé con él.





3


			Playa del Cable





			Marzo de 2016



			Mi cabeza dibujó la imagen como una foto en movimiento. Podía ver la playa completamente desierta, con una orilla interminable y el mar en calma. Seguí con la mirada el recorrido de una nube blanca. Estábamos solos en aquel paraíso de aguas cristalinas. Él sentado y yo sin poder controlar mis pies, que, por instinto, se dirigieron hacia Pablo para justo después sentarme a su espalda. Contemplamos el hermoso atardecer con tonos naranjas y rosas, lo abracé sintiendo su piel contra mi piel y rodeando su cuello con mis brazos, dejando caer las manos en su pecho. No teníamos nada más, solo a nosotros, y por alguna razón eso era lo único que me importaba. Estar allí, ignorar que era un sueño, desear que durara eternamente.



			Cuando desperté me costó abrir los ojos, era como si una fuerza mayor quisiera evitar que me fuera del mundo onírico que me había llevado a soñar con un chico, que, en realidad, no conocía.

			¿Por qué él?

			Suelo recordar mis sueños desde que tengo uso de razón, a veces me acuerdo de ellos al cabo de mucho rato, en una situación cotidiana. Otras, nada más despertarme, y los intento retener para que no se me olviden. La mayoría tienen sentido y me cuentan algo que no soy capaz de ver de otra forma. También están los sueños premonitorios. Sí, hay sueños que luego se confirman con la realidad, y que al principio ni yo misma me creo a veces, pero es fácil creer en algo cuando lo experimentas. Aquella mañana quise volver a dormirme en el silencio de la madrugada, esperando que la memoria me devolviera más detalles.

			Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. En la playa parecía que ya nos conocíamos de antes. Aunque había sido un sueño podía rememorar incluso el sentimiento tan intenso que percibía la chica del sueño, que a fin de cuentas era yo. Parecía como si ya supiera qué se siente al estar enamorada de él. Al despertar y pensar en ello me sentí confundida. Dos lágrimas resbalaron por mis mejillas.

			Llorar no siempre es algo negativo. A través del llanto expresamos un sentimiento. Cualquiera. El mío no era claramente de tristeza, podría definirlo como un carrusel de emociones tanto de aquí como del universo que solo conocemos cuando dormimos.

			Tenía que escribirle. No sabía lo que quería decirle, era ridículo, pero quería verlo. Tal vez Pablo volviera a clase otro día, nos encontraríamos si el destino así lo quería, pero yo sentía que no podía esperar. Incertidumbre, ganas, curiosidad, incluso las cosquillas que se tienen en un salto al vacío estaban allí.

			«Espera, no tiene sentido, si tiene que ser, será», me repetí convencida.

			Aunque en un principio había dejado la intención de escribirle a un lado, escapando de la tentación dándome una ducha bien fría, las señales a veces eran más fuertes que la razón o el corazón. En esa indecisión, que me seguía del baño a mi habitación, me fijé en lo que había escrito debajo de mi último dibujo: «Cree en tus sueños». Lo recibí como un mensaje para mí misma. Sonreí, lo entendí. Mis días se habían abstraído en un fragmento de escenas mágicas que antes no había identificado. Sentía estar en las palabras de la narradora de un cuento, la voz de una sabia anciana.



			Andrea: Buenos días, Pablo.

			Quería preguntarte…

			¿Quieres ir a pasear a la playa esta mañana?

			Así hablamos. Me he quedado con ganas de seguir.

			Si no puedes, no te preocupes, lo entiendo.

			Besos



			También le dejé mi número y añadí al mensaje una canción, un mantra de protección. Quise compartirlo con él. Tal vez para ver las cosas que teníamos en común, por si notaba una sensibilidad especial por las mismas cosas que yo. El título era Ad Guray Nameh, de Nirinjan Kaur.

			Me senté pensando en lo que acababa de hacer, en si había sido una buena idea. La ventana estaba cerca, así que observé con atención las dos palmeras que sin duda eran el gran paisaje que se veía desde mi habitación. Las usaba para inspirarme. La mayoría de las veces se convertían en una parte importante de las mañanas más bonitas que vivía allí, sola, siendo yo misma. En aquella ocasión, aunque las palmeras seguían siendo exactamente iguales que los otros días, sentí que algo estaba ocurriendo. Y lo que ocurre y no esperamos también se llama cambio.

			Me envolvía un estado de alegría por la simple razón de haberme atrevido a mandarle el mensaje. En nuestra existencia al final somos más lo que nos atrevemos a hacer que lo que dejamos de hacer por miedo.

			¿Por qué no aprovechar lo que la vida me estaba proponiendo?

			El sueño me mostraba algo difícil de creer por aquel entonces, pero cada fragmento de este seguía reproduciéndose en mi cabeza como una canción antigua imposible de olvidar. Mis expectativas no iban más allá de haberme sentido feliz y viva al conocerlo, curiosa, atraída. Era imposible borrarlo. Como si sin importar los siguientes capítulos, pudiera recordar nuestra conversación para siempre. Escuché el latido de mi corazón mezclado con la canción que le había enviado.

			La respuesta llegó antes de que terminara la música...



			Pablo: Soy Pablo Ráez.

			¡Vamos, hace un día increíble!



			A través del mensaje fui capaz de percibir la misma alegría que desprendía Pablo en persona. Mi rostro esbozó una de esas sonrisas que son difíciles de contener. De las que existen cuando te enamoras con quince años y junto a ella la barriga se contrae, las mariposas revolotean, no sientes más que la piel de gallina y ganas de bailar.



			Andrea: Estaré lista dentro de una hora.

			¿Te apetece ir a la playa del Cable?

			Nos podemos ver allí. ¿O paso a recogerte?



			Respondió al cabo de pocos segundos.



			Pablo: Genial, pasa si puedes a recogerme.

			Quedamos en el puente colgante del parque de la Represa.



			Llegué más tarde de lo previsto. Él estaba allí esperándome desde hacía rato. Pablo era de los que llegaban diez minutos antes de la cita.

			De camino hacia el puente se encuentra el parque de la Represa. Es un antiguo bosque en pleno centro de Marbella. Él vivía en la calle Lobatas, que decían que se llamaba así porque antiguamente pasaban los lobos corriendo entre los árboles. De lejos podía ver el puente colgante, donde aún se encuentran los famosos candados de los enamorados. En ellos están escritos los nombres de parejas de enamorados que quizá ya rompieron, que perduran o que incluso se reencontrarán en un futuro. Me imaginé miles de historias de amor anclándose a ese puente para siempre. Al final del puente, pasados los candados, estaba él.

			Mi corazón se desbocó al verlo. Hay personas que consiguen que el mundo se detenga, que el tiempo deje de importar, que las manecillas de los relojes se paren. Normalmente no se encuentra a esta persona si se la busca, solo se presenta cuando lo que ella despierta en ti es único. Pablo parecía estar inquieto, no paraba de dar vueltas en círculos. Y allí estaba yo, a punto de reunirme con aquel chico que se había colado en mis sueños. No sabía muy bien qué decir, así que solo me paré a su lado y nos miramos. Era imposible no sonreír, como si los dos fuéramos conocedores de un secreto que nadie más conocía. Pablo llevaba ropa de deporte, una camiseta de baloncesto y la gorra negra que le había visto anteriormente.

			—Buenos días, Andrea. Tenías que haber llegado a las once, pero son y cuarto —dijo riéndose.

			—Lo siento. La puntualidad y yo no somos buenos amigos —dije mientras buscaba una expresión que ocultara mis nervios.

			Abrió la puerta del coche y se sentó, relajado. Se le veía feliz. Los ojos le brillaban tanto que me veía reflejada en ellos: ese color entre la canela y el café, aunque a veces llegaban a ser transparentes y a la vez profundos, llenos de misterio, como el más grande de los océanos.

			No podíamos dejar de mirarnos, incluso en silencio, el mismo con el que nos habíamos saludado. Nos sentíamos cómodos y eso ya era suficiente para romper el hielo.

			Aún puedo recordar su olor.

			—Ha sido una sorpresa recibir tu mensaje esta mañana. Yo también me quedé pillado desde ayer, eres especial. Anoche al llegar a casa les conté a mis padres que había conocido a una profesora de yoga y que no podía dejar de pensar en ella desde que nos despedimos. Llegué a casa muy contento y no podía borrar esa sonrisa boba. Era obvio que me había pasado algo fuera de lo normal y, después de todo, fue bonito contárselo. —Tragó saliva—. Al leer tu mensaje he dado un salto de la cama. Si no hubieses dicho de vernos dentro de una hora, al cabo de cinco minutos habría ido a buscarte.

			Me estaba dando cuenta de que todo lo que yo sentía era recíproco. Así que mis nervios menguaron, pero todavía no estaba segura de contarle todo lo que yo sentía.

			—Bueno, lo que me dices es increíble. Yo no pude parar de leer tus textos y ver tus fotos. Creo que has pasado por una situación muy dura y es una suerte que estés tan recuperado, me alegro de corazón. Además, que compartas tu experiencia con la gente te irá muy bien. Eres todo un ejemplo. —Quise recuperar el silencio justo ahí, pero por inercia cogí aire y confesé—: Aparte de eso, hoy he soñado contigo y la verdad es que ha sido el sueño lo que me ha impulsado a escribirte.

			No quería confundirle, quería que entendiera que mis sueños son como un acto mágico que ocurre en ocasiones especiales. Que aquel impulso de escribirle vino de los sueños, de ese lado desconocido que muchas veces no comprendemos o ignoramos.

			A mí me ayudaban a saber qué debía hacer al despertar.

			—¿Ves como es verdad lo que pensé al conocerte? Eres especial. Yo también soñaba mucho en el hospital y de un modo u otro recordaba esos sueños. Creo que era mi manera de escapar de esa situación. Así que entiendo lo reales que pueden llegar a ser. Pero bueno, cuéntame. ¿Qué has soñado?

			—Te lo contaré más adelante —dije con timidez.

			—Venga, va, cuéntamelo. No te tiene que dar vergüenza. Seguro que ha sido bonito si ahora estamos aquí juntos. —Mostró sus dientes en una amplia sonrisa.

			Sucumbí a su ruego siendo lo más sincera posible.

			—Bueno, en realidad ha sido muy corto. Estábamos tú y yo en una playa, viendo el atardecer.

			Al abrir un poco mi corazón encontré la confianza suficiente para contárselo tal y como lo había visto y sentido.

			—La playa era mi lugar de escape, soñaba mucho con ella cuando no sabía qué iba a ser de mí. —Frunció el ceño como señal de que estaba recordando un momento doloroso y seguidamente lo intentó apartar de su mente.

			Era curioso lo poco que me costaba leer la expresión de su cara. La tristeza que nos envolvió hizo que quisiera recrearle aún más mi sueño para ayudarle a olvidar el pasado y llevarle a ese sitio mágico en forma de playa desierta, a nuestros cuerpos, a lo intangible, el amor que no se puede tocar.

			—Pues eso he soñado, yo te acompañaba. ¿Sabes...? Es raro, te acabo de conocer, pero en el sueño sentía un gran instinto de protección hacia ti. —Miraba hacia delante mientras conducía hasta la playa. Ya podíamos verla asomándose al final de la carretera.

			—Nada es casualidad, Andrea. Creo en tus sueños y en lo que sientes porque puedo entender las dos cosas. Ya hemos llegado. ¿Te apetece pasear por la playa y seguimos hablando?

			Aparqué y bajamos del coche para ir a dar un paseo. Intentaba comprenderle fijando mi mirada en todo su ser: tenía la apariencia de un hombre; sin embargo, era un chico de diecinueve años... con muchas ganas de vivir.

			Pablo había mirado a la muerte directamente a los ojos, y tal vez por eso ya no se sentía identificado con las personas de su edad. Quería una vida diferente, más madura, sin esas preocupaciones de la posadolescencia. Solo quería disfrutar y vivir, valoraba los pequeños tesoros del día a día. Salud y tranquilidad.

			Llegamos a la playa del Cable. Es una de las playas más grandes de Marbella y se encuentra justo a la entrada de la ciudad. Debe su nombre a que a pocos metros de la orilla había un poste con un cable atado que cruzaba todo el pueblo: desde la montaña hasta el mar. Los antiguos mineros cargaban los minerales a ese cable para transportarlos a los cargueros.

			Pablo comenzó a contarme como si fuera un cuento que de pequeño nadaba junto a su padre en esa playa y llegaban hasta el poste. Lo narraba con orgullo, entusiasmado, ya que en ese momento tenía ocho años y era un gran reto. Él decía que aquello era para niños valientes.

			A sus diecinueve años aún conservaba cosas del niño que fue, un Pablo del pasado que se sentía lo suficientemente fuerte como para cruzar el mar. Aquel niño que había sido se había convertido en un referente para él. Ese pequeño que, atreviéndose a afrontar grandes retos ya desde su infancia, le miraba a la cara al Pablo del futuro para servirle como apoyo contra las adversidades.

			Nos quitamos los zapatos y caminamos por la orilla. El silencio ya solamente duraba unos segundos y nos resultaba imposible parar de hablar, teníamos demasiadas cosas que contarnos. Muchos detalles que queríamos y necesitábamos conocer el uno del otro.

			Me perdía en Pablo: sus historias, la ilusión, su sonrisa, todo él era igual que ver una cascada caer desde la montaña más alta. Viva, incontrolable, enérgica, imborrable.

			Quería conocerle hasta el más mínimo detalle.

			Me sorprendió mucho que él también quisiera conocerme a mí. Él me dijo que me admiraba, y yo a él, pero me cautivó aún más cuando me di cuenta de su humildad. Pablo quería escucharme, pero yo sentía que mi historia personal no estaba a la altura de la suya. En mi caso, la muerte había tocado a mi familia, pero nunca la había visto tan tan cerca como él. Me golpeó, me derribó e hizo que me alzara, pero no de la misma forma.

			—¿Cómo cambiaste tú? Me gusta tu modo de vida.

			—Si te digo la verdad, mi historia no es muy interesante. Me marcó mucho la muerte de mi tía, porque llegó de manera inesperada. Eso hizo que me cuestionara muchas cosas, como mi identidad. —Nos miramos a los ojos—. El shock de la muerte repentina me causó ansiedad y claustrofobia. Supongo que, como tú dices, todo pasó por un motivo, y con el tiempo lo comprendí. Me interesé por el yoga y me ayudó a trabajar mi ansiedad. Me alineó con mi corazón y me di cuenta de que quería otra vida muy distinta de la que llevaba. Di el paso y aquí estoy, haciendo cada día lo que me hace feliz.

			—Vaya, yo también pasé por un proceso de ansiedad fuerte cuando estaba en las cámaras de aislamiento. Me sentaba bien meditar y respirar profundamente. Pedía que me pusieran grabaciones de cuencos tibetanos, esa vibración me calmaba mucho —dijo con una carcajada que bien podía haber sido el sonido de una ola—. He pasado mucho miedo, y la ansiedad es horrible, una sensación asfixiante. Más allá de mis temores, cuando moría alguien a quien conocía por haber compartido conmigo la habitación en el hospital, yo empeoraba. La enfermedad no es simplemente lo que te ocurre a ti, es la enfermedad en general, los que están a tu lado pasando por lo mismo. Estamos en un mundo donde la gente existe dentro de la burbuja que supone estar sano.

			Cuando no le respondía, reflexionaba, caminaba a su lado atenta.

			—Me gustaría ayudarte con todo lo que conozco. Yoga, meditación, nutrición, etcétera. Para que refuerces tu sistema inmunológico y que el cáncer no tenga ninguna rendija por donde volver a colarse.

			—Gracias, Andrea. Sé que estoy completamente curado, ha salido todo genial al final. Los médicos se han sorprendido y confío plenamente en que estoy, por fin, sano. Ahora mismo practico el yoga para cuidarme en todos los aspectos, me encantaría aprender de ti.

			—Te tomo la palabra. Mañana vamos a practicar en los jardines cercanos a mi casa. Te voy a hacer un zumo verde, gigante, cargado de energía.

			—Me gusta la idea —respondió—. Por cierto, ¿qué planes tienes de futuro? ¿Qué te gustaría hacer?

			—Buena pregunta. Quiero viajar, me gustaría ir a la India y aprender más sobre el yoga. Estuve en Bali hace un par de años y me encantó.

			En ese momento no le di la importancia que su pregunta merecía, pero tenía mucho peso. Cuando una persona está muy enferma no suele plantearse viajar, incluso si está dada de alta tiene que pedir permiso al médico. Es como estar encadenado al hospital.

			—Buah, me encantaría ir a la India también. Algún día, en cuanto me den el alta completa, que espero que sea dentro de dos años, podré viajar por el mundo.

			—Claro, y yo te acompañaré... —Enredé las manos en mi pelo.

			Paramos para sentarnos en la arena. Justo antes de hacerlo vi entre las piedras una en forma de corazón. Los dos fijamos nuestra mirada en ella, quizá era una señal o el motivo para pensar que Pablo y yo estábamos pensando en lo mismo.

			—La guardaré para tener la energía de este momento siempre conmigo. —Me agaché para cogerla mientras él me observaba.

			Una vez más, nuestro único acompañante era el sonido del mar, su llegada a la orilla amenazante, como si fuera a llevárselo todo. La fuerza y la calma, como las del chico que había pisado tantas veces la arena de aquella playa.

			Jugué con la piedra en forma de corazón entre mis dedos, era de esas joyas que no todo el mundo puede tener y que guardas porque te une a ese recuerdo. Pasado el tiempo volvería a cogerla y notaría las sensaciones de esa «primera cita». Esa porción de la naturaleza me permitía rememorar ese instante y volver a él siempre que lo necesitara.





			 				Momentos que marcan por siempre y personas que dejan cicatrices, sin hacer herida.





4


			El puente del beso





			Meses antes de conocerle, durante su ingreso hospitalario, a Pablo le propusieron ser el abanderado de los Juegos Mundiales de Trasplantados que se celebrarían en Málaga. Sin tener la certeza de que iba a salir bien, él aceptó apostando por las nuevas oportunidades. Ocurrió en la cámara de trasplante, allí grabó la publicidad para esos juegos que se celebrarían en 2017. En el anuncio mostraba sus últimos momentos en la habitación del hospital y también su salida. Pablo atravesaba la pantalla y se colaba en el corazón de quien estuviese tras la televisión. En esa ocasión era yo. Abrió su corazón y compartió su vivencia en el hospital sin ningún pudor ni miedo a lo que pudiera ocurrir, su lucha y su valentía en ese momento ya eran fuerza e inspiración para mucha gente. Fue una revolución para su familia, para el Ayuntamiento de Málaga, la radio y la televisión de Marbella. Ni siquiera él era consciente del efecto que producía fuera, aunque sí era consciente de que ayudaba a otra gente, y eso le daba aún más fuerzas para seguir. Pablo sentía orgullo de su reconocimiento y así me lo transmitía. De algún modo fue un huracán ante lo que estaba viviendo. A menudo me hablaba del cariño que sentía cuando iba a eventos o cuando le entrevistaban. Comenzó a compartirlo conmigo. De algún modo, Pablo sentía un anhelo por vivir todo aquello acompañado de una persona especial para él.

			Habían pasado varias semanas sin que nos diéramos cuenta, compartiendo muchas horas al día y manteniendo largas conversaciones. Por aquel entonces quedaba poco para mi cumpleaños. Antes de conocerle me había autorregalado un retiro de yoga para ese fin de semana. Aunque era muy pronto, cuando hablábamos de separarnos por mi cumpleaños se nos escapaban los «Te voy a echar de menos». Me daba miedo. Esa vez no supe ver que necesitaba cierto espacio para reflexionar sobre esa relación tan reciente y tan fuerte que acababa de llegar a mi vida. Aunque aún no habíamos traspasado un límite que dejara claro lo nuestro, no era una simple relación entre amigos, sino que se estaba convirtiendo en algo más. ¿Realmente podía pasar? ¿Existe el amor a primera vista?

			Yo sabía que lo que sentíamos el uno por el otro iba más allá de la atracción física. Tampoco nos habíamos conocido de manera casual o como suelen hacerlo los chicos de nuestra edad. Nos sentimos atraídos por nuestras miradas: yo le había visto el alma y confiaba en que él hubiera visto la mía... ¿Y si el destino nos había puesto en situaciones diferentes para conocernos ahora?

			Los dos queríamos ayudarnos mutuamente a ser mejores personas y aprender a vivir con sentido, llenos de cuidados y de cariño. La vida ya nos había zarandeado bastante. Pablo encontró en mí un amor que había anhelado en sus días de hospital. Él quería saber qué era el amor, mientras que yo deseaba que mis relaciones fueran sinceras, desde el corazón, auténticas, estaba abierta a un sentimiento de verdad y sano. Llevaba un tiempo esforzándome en transformar mi vida, pero, en el momento en que eliges el camino para ser auténtico contigo mismo y con los demás, aparece un cambio tras otro. Creo que es ahí cuando abres una frecuencia, una en la que tú vibras y atraes a las personas que vibran en esa misma frecuencia.

			Anteriormente yo había tenido una relación muy seria, que duró varios años. Podía decir que había conocido el amor, pero la vida a veces nos distancia de ciertas personas cuando nos propone seguir otros caminos que a la larga pueden beneficiarnos y afianzarnos en lo que somos. Cada uno es una situación única, un mundo.

			Mi relación anterior me enseñó mucho, me hizo madurar, con ella pude sanar una época de celos. Conocí la forma de amar libremente, donde no te encasillan en una identidad, donde los celos no tienen cabida, donde nos ayudamos a crecer aunque no todo sea como el otro quiere. Dejas atrás el egoísmo, y ya no te mueves desde tu propio ego, sino que comienzas a hacerlo desde la bondad. Al amor no se le puede poner etiquetas, es incondicional, puro, no entiende de ataduras, trata sobre lo que somos. El amor no es buscar a una persona para que sea tu mitad y te complemente, no somos medias naranjas, cada uno ya es una naranja completa.

			Eso era lo que con mis gestos, mis actos, mis palabras, mis miradas le proponía a Pablo. Su reacción obviamente era normal, se presentaba como algo nuevo que le desconcertaba, pero estaba dispuesto a aprender conmigo. Mi experiencia y mi sentir, que se alejaba de lo convencional (los celos, la envida, el apego...), le hacían ver un mundo nuevo. Ya que cuando el amor es real no puede existir la desconfianza.

			Esa era la última versión de la Andrea que aprendió después de esa pérdida, la que aún estaba trabajando para mejorar. Él decía que quería descubrir el mundo que yo le mostraba, mirarlo desde el corazón. De distinto modo, nuestra intención era la misma: vivir libres y sin sufrimiento.

			Tenía miedo de enamorarme, quizá por eso rememoraba el pasado y dejaba claro, antes de que pasara nada, lo que no quería vivir. Me ponía el cinturón de seguridad antes de saber si aquello iba a arrancar. Tampoco era una situación fácil para ninguno de los dos, ambos nos preguntábamos si las circunstancias se impondrían. No escogemos el instante en que conocemos a la persona que nos hará cambiar o que nos acogerá tal como somos, encajando como la unión de las manos de una pareja en un día malo, pero sí elegimos los valores, la forma de nuestra historia, hasta que esta tiene vida propia.

			Parecía que habíamos llegado a un acuerdo, seguimos buscando nuestras horas de entreno juntos. Nuestros lugares favoritos eran al aire libre y casi siempre cerca del mar. Solíamos ir a un parque de calistenia en la playa, donde nos encontrábamos con más amigos. A Pablo le gustaba compartir sus dotes naturales como entrenador mostrándoles los ejercicios, enseñándoles a realizarlos y animándolos hasta que lo conseguían. Después practicaba sus retos imposibles y al mismo tiempo lograba que yo los consiguiera.

			Practicábamos acroyoga tumbados sobre la arena, sus pies contra mi estómago y yo con los brazos abiertos y el cuerpo completamente tenso para no caer. Mirarle, que me sostuviera, encontrar el equilibrio juntos también era una forma de volar.

			Cuando él practicaba era todo frescura y vitalidad para el corazón, con sus movimientos creaba un baile repleto de belleza. La gente que paseaba cerca del mar se paraba a mirar y a hacer fotos. Entre sus amigos se grababan para estudiarse y mejorar, tener el móvil en la mano era normal para ellos. Sin embargo, yo por aquel entonces no me acostumbraba a que me grabaran, me gustaba hacerlo sin que nada me interrumpiera. Pero lo hacían sin que me diera cuenta.

			Cuando terminamos de entrenar fuimos caminando a un lugar tranquilo a hacer nuestra clase de yoga final, para calmar el cuerpo y la mente. Recuerdo aquella tarde en especial porque nos sorprendió un hermoso atardecer primaveral con tonos anaranjados. Nos sentamos en la arena debajo de las dos únicas palmeras que había en el lugar. Me gustaba estar allí porque me sentía como en casa. Sé que él apreciaba la misma belleza que yo y el silencio nos ayudaba a conectar con la naturaleza de las cosas que a veces no apreciamos. Nos gustaba estar allí casi rozándonos la piel, que la soledad no se encontrara en el silencio pese a no estar hablando con palabras.

			Pablo también se preguntaba qué clase de relación teníamos, pero no albergaba dudas ni miedos. Se mostraba ilusionado, cercano, con ganas de ser juntos lo máximo que podíamos llegar a ser. Percibirlo me llenaba y a la vez me asustaba. Era como mirar unas hermosas flores en un jardín inmenso, querer dormir entre ellas, pero pararte a pensarlo por si algunas tenían espinas y podían herirte.

			—¿Por qué quieres ayudarme? ¿Crees que necesito ayuda? —preguntó.

			—No, para nada. Es más general, creo que debemos ayudarnos los unos a los otros, y te he conocido haciendo lo mismo. Hasta el que más da necesita que le cuiden. Sé que no eres débil, pero debes dejar que te ayuden.

			—Yo también siento que quiero ayudarte en todo lo que pueda. Es curioso que los dos queramos lo mismo para el otro, ¿no? —Miró el océano y después a mí—. Lo normal no sería que los dos quisiéramos lo mismo, es fácil para otros querer aprovecharse del que tiene más o del que quiere ayudar. No es sencillo encontrar esto.

			—Cuídate mucho, eso es lo más importante para que podamos compartirlo todo. Primero hay que aprender a estar solo y a amarse, a partir de ahí es cuando se puede dar a los demás. Y eso lo aprenderé de ti, maestro. —Al hablar, mi sonrisa y la emoción en mi rostro eran inevitables; me volví para que no se diera cuenta.

			—Lo veo tan claro... —Cogió aire—. Gracias por tus buenas intenciones y tus palabras.

			—Descansa, hemos trabajado duro en esta clase.

			—Tengo ganas de avanzar y aprender para estar a tu nivel —bromeó apoyando la mano derecha sobre mi hombro izquierdo—. ¡Prepárate!

			—Mañana a las siete y media en clase.

			—Claro, descansa. Mañana te veo —dijo guiñándome el ojo—. Sueña con algo bonito.

			Fuimos al coche para volver. Era nuestra última cita antes de irme el fin de semana al retiro. La tarde se vestía de gris antes de que llegara el verano. No hacía frío, pero tampoco calor, pues corría una brizna de aire fresco que parecía querer impedir que nos despidiéramos.

			Estábamos cerca de su casa cuando me hizo una pregunta.

			—¿Ves desde aquí el arcoíris dibujado en aquella casa?

			Asentí. Había pasado por allí muchas veces y no me había fijado en él. Se notaba que lo habían pintado hacía tiempo, pero seguía teniendo unos colores muy intensos.

			—Pues esa es mi casa y ese dibujo lo hizo mi padre, es un artista. Mi casa prácticamente la ha reformado él por completo.

			—Entonces tengo que conocer a tu padre. Me encanta.

			—Ya sabes que él me recomendó que fuera a tus clases porque estuvo en una sesión y le gustó. Así que tiene mucho que ver en que tú y yo...

			Intenté ponerle cara a su padre entre todos mis alumnos.

			Entre risas que se fueron apagando recordamos que aquello era una despedida. Me hacía feliz pensar que por un momento la habíamos olvidado, como si no fuera importante, destacando el recorrido hasta ella y lo que vendría después.

			—Bueno... —Mientras abría la puerta del coche, Pablo me miró—. Andrea, ¿te puedo besar?

			No encontré las palabras exactas para responderle, alcé la mirada esperando que él encontrara la respuesta en mis ojos. Se fue acercando cada vez más, apoyando las manos en el coche para no caer, y me besó. Se hizo realidad y fue tan dulce como él. Nos miramos y, aún con las bocas muy cerca, comenzamos a reír.

			—Ha sido un beso de película.

			—¡Tanto que está comenzando a llover! La lluvia siempre es un símbolo de limpieza, así que quizá esto sea una nueva etapa para los dos.

			—Estaba deseando besarte, tenía muchas ganas, no podía dejar que te fueras tres días y esperar a besarte cuando regresaras. Te echaré de menos, espero que lo pases bien porque vas a despertarte y a practicar yoga el día de tu cumple, y eso es una buena noticia. Estaré aquí esperándote.

			Tenía motivos para volver. Pablo abrió la puerta y me sonrió pletórico.

			—Corre, que te mojas —le dije con la misma expresión.

			Cerró la puerta y se perdió por las calles de Marbella.

			Después de pasar varias semanas conociéndonos, aquel fue nuestro primer beso. Se había creado tanta magia entre nosotros que tuve la sensación de que esa historia no era solo de esta vida. ¿Por qué parecía que lo conocía de siempre? ¿Por qué era como si él también me conociera? Pablo sabía qué decirme, lo que me gustaba y cómo mirarme.

			Algunas veces hay que dejar que el corazón se derrame y lo manche todo, que salpique los miedos, que sea como tenga que ser. La vida es incontrolable. Hay personas que creen en una fuerza mayor que nos controla, algo llamado destino. De algún modo, todo estaba ocurriendo a la perfección, tanto que ni nosotros nos dábamos cuenta de ello. Ignorando la creatividad de la casualidad al plasmarnos en un cuadro. En Pablo y en mí el amor se produjo como un reconocimiento, un rememorar, no era solo físico. Las miradas que nos pertenecían podían atravesarse y encontrar el alma que habitaba en el otro. Podíamos comunicarnos traspasando el tiempo, como si en el espacio donde estábamos se parara. Todo a nuestro alrededor se congelaba cuando estábamos juntos. Quería acompañarlo y cuidarlo. Compartir cualquier cosa con él. Antes de que él llegara a mi vida, me interesaba lo que había antes y después de esta. Pero Pablo me mostró la vida latiendo frente a mí y dentro de mí. Pablo estaba vivo.





			 				Con él, cualquier acto mundano era un acto divino.





5


			Caer en el presente,romper las dudas





			El fin de semana me sirvió para darme cuenta de que me había metido en una historia con mucho peso. No sabía si estaba preparada. Yo estaba acostumbrada a vivir de una forma muy independiente y de repente no podía sacarme a Pablo de la cabeza. Preocupándome por cómo estaría él y si sus analíticas regulares habían salido bien. Cualquier «estoy cansado» escrito en un mensaje me mantenía alerta.

			También descubrí que, pese a ser poco tiempo, su ausencia me daba más ganas de estar con él. Me había convertido en una contradicción que por un lado era un saco de nervios lleno de miedo, mientras que por el otro era todo lo contrario, pero el pensamiento de no querer meterme en una relación se mantenía en mí con una constancia abrumadora.

			Sentía a Pablo débil y ya enamorado. Yo también lo estaba, desafiando la ley no escrita de que para hacerlo se necesita tiempo, ¿Cuánto tiempo? Nadie lo sabe, en el amor no existe el tiempo. Sin embargo, raro en mí, tenía los pies en el suelo. No quería ser un impedimento en su juventud, quería que él viviera su vida, que viajara, que estudiara y que fuera libre. Lo veía tan pendiente de mí que me asustaba, y eso me hacía estar hecha un lío. Lo último que quería era convertirme en un elemento más que lo atara. Necesitaba tiempo para plantearme si nuestra relación tenía sentido. El principal motivo por el que me asaltaban las dudas era nuestra edad: sus diecinueve años y mis veintiséis. Eso me llevaba a darle más y más vueltas, a recaer una y otra vez en la idea de que Pablo estaba recuperándose de una enfermedad y que tenía demasiadas cosas que hacer en su día a día como para estar enganchado a mí.

			Quizá fue la inseguridad moviendo sus hilos la que hizo que yo no comprendiera que en ese instante él era feliz estando a mi lado, y por decisión propia. De alguna manera le había mostrado de nuevo la vida que no se puede tener en el hospital. Después de todo lo que le había ocurrido, durante sus ingresos en el hospital se sentía solo. Ahora yo podía estar con él en los días buenos y en los días malos.

			Todo aquello era una colina de pensamientos que me hacían temblar.

			Hay miedos que nos alejan de lo que queremos hacer, que nos muestran por dónde hay que ir, y nadie nos avisa de que el camino puede ser erróneo. Mientras escribo este libro sé que hoy no tendría ningún miedo, pero por aquel entonces los temores y la incertidumbre me impedían ver con claridad.

			Los días pasan volando, y cuando crees que lo tienes todo, la vida te lo quita de un plumazo y solo te deja los recuerdos.

			Es ahora, cuando ya ha pasado todo, que comprendo la razón por la que nuestra relación no era como las demás: no teníamos tiempo. Y vivíamos así. Ese vivir tan presente era lo que realmente me daba miedo. Entonces la pregunta era: si ese día era el último que pasábamos juntos, ¿qué haría? Todo, no dejaría los besos de hoy para mañana. Claro, esa fue la primera cosa que aprendí con Pablo.

			Lo vi allí, entregándome el corazón con sus manos, haciendo que la chica que era entonces se asustara y pensara en los finales antes de disfrutar los principios.

			Aquella noche de domingo, en mi regreso, me recogió con el coche de su madre. Hacía poco que se había sacado el carné de conducir. Llegó feliz, con muchas ganas de reencontrarse conmigo, y además para él era aún más especial ya que era la primera vez que recogía a una chica en coche. Sentí ternura cuando me comentó su ilusión, en esas palabras vi al niño que era Pablo y me hizo sentir mayor. Y esa sensación me hizo querer alejarme de él. Como si aquello fuera un problema que nos haría daño.

			—Yo no soy la persona con la que deberías vivir esto, tendría que ser una chica de tu edad. Yo tengo el carné de conducir desde los dieciocho, son siete años de diferencia —dije desde el asiento del copiloto.

			Hoy esas palabras me suenan absurdas.

			—Andrea, no me digas eso. Yo no tengo nada en común con las chicas de mi edad, me gustas tú. Además, mis padres se llevan diez años, esa diferencia no es casi nada para el amor.

			—Sí, lo sé, pero... —Sonreí, me notaba muy inquieta, sentía algo por él, pero a la vez tenía prisa por tomar una decisión esa noche.

			Aunque tenía muchas ganas de volver a retomar mi rutina con él y vernos todos los días, como antes, algo dentro de mí se negaba a ello.

			—Te voy a llevar a un sitio mágico y desde ahí verás cómo esos miedos se marchan, confía en mí. Te voy a conquistar y vas a ver que no soy tan niño como crees.

			Me llevó con el coche frente al mar, atravesando un camino que custodiaban los árboles. Aparcó frente a un acantilado para que pudiéramos ver la luna llena golpeando el agua.

			Ese sitio era especial para Pablo, fue su lugar de prácticas antes de poder examinarse para el carné de conducir. Practicó como pudo entre los descansos que le daban en el hospital durante el primer ingreso y no había vuelto allí desde entonces. Sus recuerdos no eran muy bonitos, ya que lo pasaba verdaderamente mal al conducir, sentía náuseas y mareos. Lo hizo como pudo durante su enfermedad. Al estar débil y con los efectos del tratamiento, un acto tan sencillo para muchos como conducir para él fue un acto de supervivencia.

			Hasta que no pierdes la normalidad no la valoras. O si escuchas bien, puedes apreciarla cuando llegan personas como Pablo y te lo recuerdan.

			Mientras hablaba me decía a mí misma que no podía alejarme de él por miedo. Me sentía mal por querer pedirle, tan pronto, un tiempo para pensar. Creí que yo era la persona más mala del mundo.

			Aquella noche valoré el poder estar allí sin preocupaciones, ya que cuando él estaba cerca conseguía disipar mis dudas.

			—He pasado muchas noches en el hospital soñando con esto, con estar fuera de esa habitación y vivir estos momentos con alguien especial como tú. Con el mar en calma, el sonido de las olas en la orilla, los pequeños detalles.

			Contemplé sus labios rojos llenos de vida y su mirada brillante.

			—Durante los meses que pasé ingresado —continuó— lo que más hacía era dormir. No puedes hacer casi nada cuando te encuentras mal; además, perdí la visión durante bastante tiempo, me sentía muy cansado, los medicamentos me bajaban la energía. Soñaba mucho, y entonces me di cuenta de que esos sueños eran mi huida de la enfermedad. Algunos eran tan reales que me veía con mis padres viajando o me iba solo a la playa, pero cuando volvía a la realidad, despertaba en mi habitación del hospital, con unos tubos enganchados a mis venas para poder mantenerme vivo y sin saber cómo acabaría.

			Que comenzáramos a llorar fue inevitable, las lágrimas corrían por nuestras mejillas como cascadas. Por el pasado, por el sufrimiento, quizá por no habernos conocido antes o en otra circunstancia. Tan solo pude ofrecerle mi abrazo. Nuestros corazones se encontraban cerca, y su latido era más fuerte que los sonidos de una noche que, en principio, podría haber sido idílica.

			Me incorporé de nuevo en el asiento y le miré a los ojos. De algún modo debía explicarle mejor lo que me pasaba, por el bien de los dos. La expresión de su cara me dijo que él ya sabía lo que vendría a continuación.

			Respiré y hablé:

			—Pablo, lo nuestro es tan intenso, tan rápido que yo siento que te conozco de antes.

			—Me pasa lo mismo, Andrea. Miro tus ojos y es como si ya nos hubiéramos conocido. Sé incluso cómo es tu personalidad, es increíble. Estoy descubriendo contigo un mundo que deseaba vivir desde hace mucho tiempo.

			—Lo que quiero es que me entiendas, y te digo esto porque he estado reflexionando este fin de semana y, sin embargo, ahora que estamos aquí no me salen las palabras, están atravesadas en mi garganta. Pero me gustaría que me comprendieras y que no juzgaras mis palabras, digo todo esto porque creo que es lo mejor para ambos.

			—Te lo agradezco, sabes que lo que más valoro en una persona es su sinceridad.

			—Lo sé. Lo primero que quería decirte es que en pocos días has cambiado mi vida. Desde que has aparecido ya no es la misma, quiero conocerte y que nos sigamos viendo para compartir momentos juntos, pero, a la vez, una parte de mí necesita tiempo para pensar en nuestra relación. Creo que a los dos nos vendrá bien mirar desde otra perspectiva lo que estamos haciendo. No quiero que pierdas tu juventud y sé que soy pesada con eso, pero después del verano tú volverás a vivir a Málaga para terminar tus estudios. Me gustaría que no te quedaras atado a esto, sino que estés abierto a conocer a otras personas, entrar, salir y disfrutar. No pretendo decir que no quiera estar en tu vida de un modo u otro, pero quiero que tomemos la decisión con calma. Que no nos arrepintamos en un futuro. No me iré de tu vida, pase lo que pase quiero que seamos amigos.

			—Yo no necesito tiempo —se puso tenso—, sé perfectamente lo que quiero. Seguir conociéndote, soñar contigo, estar a tu lado y que seamos pareja algún día. Eso no te lo estoy pidiendo ahora mismo, pero si ocurre, no regresaría a mi casa de Málaga, yo quiero lo que tengo delante. Me quedaría aquí e iría en coche todos los días. Para mí no supone ningún problema. ¿Por qué los buscas tú? Si lo haces por mí, mi respuesta es que no hace falta.

			Me costó recomponerme.

			—Me siento mal, a veces creo que yo no debo formar parte de esta oportunidad que te da la vida, y hasta que no me quite eso no estaré bien.

			—¿Y qué puedo hacer yo para que estés bien? Quiero vivir, disfrutar, entrar y salir. Claro que quiero, pero a tu lado. —Puso las manos sobre el volante—. ¿Por qué no puede ser compatible?

			Pablo luchaba, lo hacía siempre, tenía claros cada uno de sus pensamientos y no renunciaba a nada por miedo. Me sorprendió. Durante unos minutos el silencio fue mi única respuesta. Tras un inicio precioso entre nosotros, mi decisión era un giro inesperado. Sin mediar palabra —no parecía enfadado, sino más bien pensativo— arrancó el coche y me llevó a casa.

			—Pablo, no te enfades —le dije mientras aparcaba—. Tan solo serán unos días y volveremos a hablar.

			—No estoy enfadado, pero me pone triste.

			—No era mi intención... —respondí y abrí la puerta.

			Aquella vez no encontré su mirada, me despedí de él con un beso en la mejilla. Quizá, mientras yo caminaba hacia el portal, él miró cómo abría la puerta de mi casa, pero eso no lo supe nunca.

			No me encontraba bien. Recibí mensajes de Pablo sin haber tomado aún una decisión. Yo seguía convencida de que si dejábamos pasar el tiempo, él mismo nos daría las respuestas. Incluso pensé que Pablo se daría cuenta de que yo tenía razón y se iría alejando de mí.

			Menos mal que eso no pasó.

			Al día siguiente no nos llamamos. No sabíamos nada el uno del otro. Y la verdad es que, al estar acostumbrada a hablarnos continuamente, me parecía extraño. Un vacío enorme se instaló en mi cuerpo al no tenerle cerca, pero tan solo habían pasado unas horas desde la conversación, no tenía sentido dar marcha atrás. Hice lo que solía hacer durante el día y por la tarde fui a dar una vuelta en bici por el paseo marítimo. Por intuición pasé por el parque de calistenia, donde él solía entrenar. Pablo estaba allí y me paré tan solo para verlo.

			La mañana estaba soleada como era habitual en las primaveras de Marbella. Parecía una paleta de colores con el verdoso del mar, el cielo y los tonos variados del parque rodeado de enormes palmeras. Pablo llevaba unos pantalones grises de deporte y se colgaba de las barras de ejercicio. Me alegró verlo aparentemente bien, no estaba del todo segura de si quería que me viera allí. Cambiando de idea torpemente, indecisa, me volví a montar en la bici para continuar el trayecto sin decirle nada. Cuando iba a empezar a pedalear reparó en mi presencia y se quedó mirando de lejos. Solamente pude sonreír y acercarme, porque si me hubiera ido habría sido peor. A veces una piensa hacer una cosa y la vida te obliga a cambiar de planes.

			—¿Qué haces por aquí?

			—Me apetecía mucho pasear en bici y quise acercarme por si te veía entrenar.

			—¿Sigues queriendo ese tiempo o has venido para decir algo más? Ayer me costó conciliar el sueño.

			Los dos lo estábamos pasando mal aunque hubiera transcurrido poco tiempo. No quería hacerle daño y por eso me quedé quieta. Aunque tuviera ganas de besarlo, aunque las horas se me hicieran eternas como a un niño que mira atentamente el baile de las gotas de agua en un día de lluvia. La batalla entre la razón y el corazón era cruel.

			—Aún es pronto para responder a eso. Solo he venido para ver si estabas bien, y me alegra verte entrenando.

			Finalmente volví a montar en la bici y me fui.

			¿Por qué me comportaba así? Parecía una persona inmadura. Él tenía las ideas muy claras, y yo me sumergía en un pozo lleno de miedos y dudas. En esos casos necesitaba hacer yoga. Se había convertido en mi refugio, me urgía encontrar respuestas.

			Durante la meditación descubrí el temor que me paralizaba, y mi cabeza comenzó a aclararse, huyendo de la monotonía hacia un mundo sin problemas, un mundo que podía alcanzar si me alejaba del terror a lo desconocido. Me estaba equivocando, ya que por no atreverme había silenciado mi voz interna. Ella me decía que aquello se estaba escapando de mi comprensión, esa relación era especial y no nos habíamos encontrado por casualidad. Durante la práctica volví a ver a Pablo como si estuviera a mi lado, aunque no fuera real: vi su sonrisa, visualicé mi amor hacia él. Poco a poco, los miedos se liberaron en una espiral blanca, sus palabras se habían colado en la parte más profunda de mi alma. Hablar conmigo sobre mi verdad, sin filtros, era una necesidad. Observar el día a día con la realidad justa hace que la parte irreal que hay dentro de nosotros nos salve.

			Imaginé una conversación con otro «yo», para que me diera la respuesta que tanto ansiaba conocer.

			—Andrea, ¿qué sientes en tu corazón?

			—Siento amor, siento que le quiero.

			Si la única verdad era que quería estar con él, ¿por qué me permitía perder todo lo que nos quedaba? ¿Por miedo a qué? No merecía la pena estar triste por lo que me había negado a mí misma, pudiendo tenerlo, aprender, reír, cogerlo con mis manos y vivirlo.

			—Quiero a Pablo, me he enamorado —susurré.

			Después de llegar a esa conclusión volví a ser yo. Me quedé en estado meditativo para recuperar la serenidad, y al terminar la sesión sentí que debía escribirle un mensaje muy simple expresando en pocas palabras lo que sentía. Después de todo, no me había portado bien con él, o eso pensaba, así que corrí hacia mi teléfono y tecleé.



			 Andrea: Te quiero, Pablo.



			Pasadas varias horas aún no había recibido una respuesta y empecé a preocuparme. Me dije que dentro de un rato tendría noticias de él, pero no sirvió de nada intentar tranquilizarme.



			Andrea: ¿Estás?

			Llámame cuando me leas, por favor.



			Mis mensajes no le llegaban. Quizá había apagado el móvil, pero me parecía raro porque él siempre lo tenía encendido. Ya era entrada la noche y, tras no saber nada él, me atreví a llamarle...

			«El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura», anunció una grabación que no sabía lo importante que era para mí hablar con él.

			Creía que lo había perdido. Mi imaginación hizo de las suyas y no paraba de mostrarme imágenes con diferentes posibilidades de lo que podría estar ocurriendo al otro lado de la ciudad. Era traicionera, se estaba vengando de mí, pero lo único que quería era resolverlo, arrepentirme, olvidarme de la mala decisión que había tomado.

			Cuando tomé esa decisión pensaba que lo necesitaba para darme cuenta de si quería estar con él a pesar de las circunstancias. Podía dar marcha atrás, pero no poder verlo o estar segura de que se encontraba bien me reveló de una vez por todas que no quería perderlo. Lo comprendí cuando él dejó de hablarme. Es ridículo que los humanos nos demos cuenta de lo que sentimos cuando perdemos lo que necesitamos.

			No paré de dar vueltas en la cama, gastando el techo de tanto mirarlo, hasta que por fin llegó lo que esperaba con ansiedad: su llamada.

			—Pablo, ¿estás bien?

			—¿Qué es eso de que me quieres?

			Sonreí aliviada.

			—Pues sí, olvida el tiempo que te he pedido, quiero vivir junto a ti. Sin miedo.

			Empecé a llorar. Aunque no podía verme, seguramente Pablo lo notó.

			—Pensaba que te había pasado algo porque el móvil estaba apagado y no es normal en ti. ¿Estás bien?

			—Sí, claro, estoy bien. Me quedé sin batería y, como no querías saber nada de mí, me daba igual no tenerlo encendido. No esperaba lo que me decías en tu mensaje, la verdad. Y, aunque no sea bueno para mi salud, estuve bebiendo con unos amigos para ver si así podía olvidarlo todo.

			Me sentía muy mal.

			—Lo siento, no quería hacerte tanto daño, pero debes entender que somos libres de tomar decisiones, y que no debes hacerte daño cuando una de ellas no te guste. Lo primero sois tu salud y tú, luego el resto.

			Estaba enfadada conmigo misma, pero no comprendía cómo él podía hacerse eso. Aunque por una vez no pasaba nada, no me gustaba tener la responsabilidad de que alguien sufriera por mí y que hiciera cosas de las que luego podría arrepentirse.

			—Lo sé, Andrea. Gracias por estar ahí, pendiente de mí. Realmente creía que lo nuestro había acabado, por eso he actuado así. Me costaba entender que de la noche a la mañana ya no me quisieras ver.

			—Te dije que te cuidaras para que pudiéramos seguir viéndonos, y que yo siempre iba a estar a tu lado.

			—Te lo prometo, yo soy el que sabe lo que es perder la salud y te aseguro que no es algo común.

			—Cuéntame lo que te preocupa, así nos relajamos y nos quedamos dormidos. ¿Te parece? Yo te escucho —le dije.

			Me acosté en la cama y puse el teléfono entre la almohada y mi oreja. Aunque él no estaba allí para poder abrazarnos, de un modo u otro fue como si lo estuviéramos haciendo hasta quedarnos dormidos.





			 				Permitir que te abrace el momento presente y que sea como tenga que ser. No vale querer a medias.





6


			Aparentemente normales





			Acepté que entrara en mi vida con las consecuencias que trae amar con los ojos cerrados y el corazón en las manos.

			Finalmente tomé la decisión de quererlo todo en vez de no enfrentarme a nada. Escapar no era la salida, nunca fui tan cobarde. Quise reforzar los cimientos que palpaba endebles emocionalmente; suele pasarnos a las personas tan sensibles como nosotros.

			Aprobamos la primera y más fácil de las pruebas que la vida estaba empeñada en que pasáramos con nota. Cada día nos hacía más fuertes, éramos como una pareja de héroes que juntos podían con todo. Aunque la realidad es que intentamos vivir siendo aparentemente normales mientras estábamos pendientes de sus analíticas de control, marcando el rumbo hacia un futuro incierto. Yo tenía los sentidos agudizados para que nada nos pillara por sorpresa, y él se mantenía fuerte para soportar el tratamiento que llevaba a cuestas. Siempre con su mochila. Antes de salir de casa se tenía que preparar un sinfín de medicinas. Debía controlar la nueva médula, tan solo habían pasado siete meses desde la operación, y por ello su sistema inmunológico era como el de un bebé recién nacido.

			Pablo odiaba sentirse aún enfermo y, pese a que mi presencia le hacía olvidar lo peor ya que constantemente nos prometíamos un futuro juntos, la realidad es que solo aparentábamos ser una pareja normal. Un chico y una chica con todo el tiempo por delante para soñar. Decían que la meta para estar lejos de la recaída era de un año. Con mucha fe nos agarrábamos al tiempo, con el que manteníamos una segunda relación. Con nuestras plegarias confiábamos en que quien estuviera ahí arriba no permitiera que Pablo volviera a enfermar.

			Estaba acostumbrada a ver a las personas mayores con un pastillero lleno de medicinas de colores, pero él ya tenía cada hueco de la cajita completo.

			Aún recuerdo esos desayunos en la cocina. Me gustaba escuchar el cantar de los pájaros mientras se preparaba unas tostadas con queso. Era tranquilizador sumergirme en los sonidos que entraban por la ventana, los que hacía Pablo, el sonido de sus zapatos contra el suelo y la voz de la vecina hablando con su hermana. Aquella melodía sonaba a rutina, parecía un día normal. Apoyaba la barbilla sobre mis manos y observaba cómo se tostaba el pan, después fundía el queso sobre la rebanada y exprimía el zumo de naranjas que acompañaría a su cóctel de pastillas.

			Era afortunada por poder apreciar las cosas que un día podría no tener. Dejé de relacionar la enfermedad con la edad, porque me mostró que esta no escoge, no le importan los años, el sexo o el dios al que reces tus plegarias. Aquella normalidad era agria, día a día veía las secuelas que dejó en Pablo la quimioterapia. El famoso «botón» de su pecho. El botón que apretaba para curarse, o eso les decía a los niños curiosos. Tenía un catéter directamente conectado a la arteria aorta y al corazón. Eran heridas de guerra de la primera batalla que había librado contra la leucemia; la primera y, aparentemente, la última.

			Pablo no quería el catéter, en todas las visitas al médico le pedía que se lo quitaran. No era por ningún motivo estético, sino porque que se lo quitaran significaría que le daban el alta médica y la libertad ante una recaída. Yo por aquel entonces creía que lo entendía, pero no como puedo hacerlo ahora. Si ya no le hacía falta para las pruebas analíticas rutinarias, ¿de qué servía?

			Pablo decía que no iba a enfermar más, estaba convencido de ello.

			«Yo ya me he curado, tengo la médula de mi padre y no fallará.»

			No me resultaba raro verle con el catéter, para mí formaba parte de él. Le conocí así. El catéter del pecho, una parte más de su hermoso cuerpo. «Adonis» le llamaba un amigo por lo bonito que era verle siempre.

			Lo recuerdo lavándose las manos, en cualquier acto cotidiano, para defenderse de los virus y las bacterias. Sus defensas no eran como las de una persona sana, dentro de unos meses tendría que volver a vacunarse de nuevo. Siempre he sido bastante aprensiva con las agujas. Le escuchaba hablar de las analíticas diarias, transfusiones de sangre o de plaquetas1 con tanta normalidad que pensé que en otra vida Pablo podría haber sido médico. Me sentía muy débil a su lado, solo con escucharle me mareaba. También se agarraba al sentido del humor convirtiéndolo en su salvavidas, para alejarnos del miedo. Se podía reír de todo, para él era sencillo llevarme a la carcajada sin importar si era una situación alegre o triste.

			Pablo solamente trataba de llenar la vida de alegría, aunque en el fondo tuviera miedo de perderla.

			—Pablo, voy a hacerme una analítica completa. No me gustaría tener algo malo y contagiarte. Cada vez dormimos más juntos, comemos, nos besamos. Quiero protegerte, y tu sistema inmunológico es débil.

			Recuerdo la mañana que me hice aquella analítica. Sabía que yo lo iba a pasar mal y se lo advertí. Le conté que siempre me desmayaba, pero Pablo no me creía, y en realidad me gustaba que no lo hiciera porque, después de las cosas que me contó que había vivido, me sentía ridícula.

			—¿Cómo te va a dar miedo un simple pinchazo?

			Allí estaba yo. Tumbada en la camilla mientras Pablo me hacía fotos en las que mi cara parecía un lienzo en blanco. Si ahora lo tuviera delante, si pudiera tocar sus manos y volver a mirarlo a los ojos, le diría que en aquel momento lo único que me calmaba era su sonrisa.

			La enfermera se acercó con la goma verde para sacar las venas de su escondite.

			—Andrea, dentro de un momentito habremos terminado, no te vas ni a enterar —dijo al verme tan nerviosa.

			Me tumbé, cerré los ojos y comencé a respirar profundamente. Pensé en todas las prácticas de respiración que había hecho para que me ayudaran, imaginando un bosque repleto de naturaleza donde el aire era limpio. Pablo me miraba mientras yo sentía cómo la goma me apretaba el brazo, la mano de aquella enfermera, la aguja y... adiós. Perdí el conocimiento pero fui consciente de cómo caía en un universo paralelo, completamente negro.

			Cuando abrí los ojos, Pablo me miraba preocupado, sujetando mis piernas en alto. Es curioso como a veces nos despertamos y tenemos la suerte de ver frente a nosotros lo que hemos soñado.

			—Te has desmayado, no sabía que hablabas en serio.

			—Ojalá fuera tan fuerte como tú. Fíjate que esto tan simple puede conmigo.

			Volví a cerrar los párpados cediendo ante el mareo.

			Poco a poco me recompuse y, cuando las enfermeras me vieron mejor, dejaron que volviera a casa.

			Hay ocasiones en las que las relaciones son grandes espejos que nos transmiten una gran fuerza. Deseé dejar de ser tan miedosa. Si no, ¿cómo iba a animarlo yo a él cuando lo necesitara?

			—Siempre me pasa lo mismo, pero esta vez ha sido muy rápido.

			Me subí al coche, asomé la cabeza por la ventanilla, seguía necesitando el viento de la calle acariciándome la cara.

			Pasé todo el día en mi cama. Pablo me cuidaba, pese a que lo que sentía no era más que temor y debilidad, nada grave. Estaba ahí en los momentos claves, me preparó un zumo, me acostó en la cama y bajó las persianas, llenando el cuarto de oscuridad para que pudiera descansar.

			No recuerdo cuántas horas estuve dormida, sé que me levanté con hambre y bajé la escalera buscándolo. Oí su voz, estaba hablando con alguien. No quería que me escuchara y me senté en el último escalón como una espía que quiere profundamente al espiado. Me encantó verle en mi patio haciendo flexiones mientras hablaba por videollamada con su amigo Isaac. Me quedé paralizada mirándole, no sé los minutos exactos que pude estar en aquella postura, en silencio, siguiendo sus movimientos. Actuaba con naturalidad, manejándose bien ante la cámara, me sorprendía porque yo estaba lejos de actuar así debido a mi timidez.

			Mi olfato me llevó hasta la cocina y descubrí que había preparado comida. ¿Cuántas horas había dormido?

			—¿Cómo sabes todo lo que necesito para que me sienta tan bien cuidada? —pregunté desde allí esperando que me escuchara.

			Lo hizo y me respondió desde el patio.

			—Tanto tiempo en el hospital dejando que me cuidaran me ha servido para tener un máster en cuidados especiales. Te cuidaré con todo lo que soy.

			El amor que sentí en ese momento sabía al de una madre, el amor más puro que se puede sentir en la vida. Él había recibido de ese, del bueno. Yo estaba recibiendo los afectos incondicionales que Pablo traía de antes. Nuestra relación comenzó con ganas de aprender a cuidarnos y las ganas en ese caso no eran efímeras, pues continuó siendo así. Pasábamos mucho tiempo en mi casa, allí estábamos solos llevando una vida normal. Allí parecía que su paso por el hospital se esfumaba convirtiéndose en un mal sueño. Cuando la vida le había dejado, dentro de lo posible, se había independizado. Antes de su ingreso en el hospital vivió su época de estudiante en un piso de Málaga junto a su mejor amigo, Germán. Eran amigos desde la guardería. Después del trasplante, tras pasar unos meses buenos, fue cuando se trasladó a vivir a Londres, pero la rodilla no