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Cuando pare de llover

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Lara escribe como si lo hiciera desde siempre, y entrama las palabras como si el orden en que las pone fuera su orden natural. Los cuentos son íntimos, una especie de mar calmo que nos mece, que nos dice que podemos ir a mojarnos los pies y nos hace entrar con confianza hasta que empezamos a sentir que ya no tenemos el control de lo que va a pasar.

Year:
2019
Publisher:
Añosluz editora
Language:
spanish
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Cuando nos volvamos a encontrar

Year:
2019
Language:
spanish
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2

Cuando pase la lluvia

Year:
2018
Language:
spanish
File:
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añosluz editora aniosluz.com.ar

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Lara Schujman

Cuando pare de llover

ISBN 978-987-4083-17-3

1 Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863





CUANDO PARE DE LLOVER





Lara Schujman





A nosotros. Por los veranos que duraban años, los domingos en el campo y los otoños en el sur. Porque cuando éramos cinco la vida era perfecta.





Più blu





Una hora y dieciocho minutos. Quiero llegar a lo de mamá. Que quiere verme, dijo. Que me quiere contar algo. Algo de lo de papá. Pero claro, es mucho pedirle que me lo cuente por teléfono. Que venite una escapadita. Que no te cuesta nada, que estas cosas no se hablan a la distancia.

Y yo ahora esperando. Siempre esperando. Dejé pasar a varios camioneros que se frenaron amablemente. La mayoría llevaba papas, siempre llevan papas, y tienen esas frases pintadas a mano. Esas que te olvidás a los cinco minutos. De todas retuve una sola. El cementerio está lleno de apurados como vos, decía, y era el único camión que en vez de papas llevaba manzanas. Se ve que venía del sur. Manzanas, lo que daría por una manzana arenosa que me calme la ansiedad. A nadie le gustan. Que están pasadas, que están podridas, dicen. Pero a mí me encantan. El cuchillo no tiene que hacer ruido cuando la pelo, ese es el secreto. También dejé pasar a unos cuantos hombres que viajaban solos. A todos les sonreí y les hice el mismo cuento para no subirme. Que voy para el norte, que el norte es para el otro lado, señorita. Que me confundí, que perdón, que gracias, que hasta luego. Y fin de la historia.

La culpa es del papel en mi billetera. Debería tener una especie de vencimiento, caducar de alguna forma. Lo tiraría y fin del asunto, pero nunca haría un bollito con un recuerdo de papá. Está escrito con esas letras en mayúscula que tanto me gustan. Esa caligrafía perfecta que siempre traté de imitar. Prolija y derecha, aunque escrita en una servilleta. Me acuerdo q; ue había hecho varias copias que después repartimos entre las chicas del barrio. Todas decían lo mismo, el abecé para ir y venir del pueblo a dedo. Papá los había escrito, uno por uno, y yo me había encargado de hacer unos dibujitos del otro lado. Deben haber pasado más de veinte años y la tinta sigue vigente.

Se acerca un auto. Dale, frená y llevame a casa. Mirame, por lo menos mirame. Igual te entiendo, yo hago lo mismo, miro apenas de refilón porque si hay contacto visual se pone difícil seguir de largo. Me agarra cargo de conciencia. Un poco de culpa después de tantos años del otro lado. Es que antes era así. No importaba si en tu casa te daban de cenar fideos con manteca o bife de chorizo, todos estábamos en la misma, subiendo y bajando de autos ajenos.

Podría sumarle una regla al papelito. Ya me cansé de esperar. Sí, eso debería hacer. Una que se active cuando se superen ciertas horas, o cuando sea más riesgoso seguir acá parada que subirse con cualquiera. Como ahora, que el sol me aplasta con todo su peso. Una regla que anule automáticamente lo del auto de familia y así me voy con el próximo que pase. Aunque sea un tipo solo, aunque no me guste ni un poco la cara.

No me acordaba que el asfalto estaba así. No se lo ve tan gastado desde el auto. Debe ser por los camiones, los surcos que dejan de tanto pasar. Y la nube de calor, no sé si existe un nombre para esto. Me gusta mirarla fijo, aunque esté en todas partes. ¿A dónde metí mi pañuelo? Me gotea la frente. Ya nadie usa pañuelos de tela para sonarse la nariz. Imposible encontrar algo en este bolso, acumula papeles hace años. Esa manía de guardar todo, de no tirar nada. Eso que heredé de mamá. Porque ella es así. Todavía guarda la ropa de papá, intacta la tiene. Solamente sacó los zapatos. Se lo había dicho una amiga. Que saque los zapatos, que los zapatos no se pueden volver a usar, que nadie puede caminar su vida de nuevo. Esas cosas que nos inventamos para darle un sentido a la nada. Yo me los pondría, me los pondría aunque me queden grandes. Como hice con sus camisas y sus sweaters en las primeras semanas. A la rodilla me llegaban, y no me importaba. Hacía frío, el frío de agosto, el frío del mar.

Este bolso tiene demasiadas cosas. Papeles. Papeles. Papeles. Mi reloj gato, ¿le sigue durando la pila? No lo puedo creer. ¿A quién se le ocurre comprar un reloj con forma de gato? Es bastante feo, lo único que vale la pena es la malla de metal recubierto con goma. Es de esas que se enroscan en la mano cuando les das un golpecito contra la muñeca. Se ve que era más simpático que el reloj tigre, que el reloj elefante, que el reloj caballito. Pero así, solo, amarillo y redondo, se le va toda la gracia.

En esos años el tiempo muerto al costado de la ruta se pasaba volando. Éramos muchos. Todos en la misma, el éxodo masivo de los viernes en la dos veintiséis. Me acuerdo que calculábamos un promedio de cinco a diez minutos entre cada zumbido de motor. Y el famoso siete coma tres, al que llegamos después de un intenso registro estadístico. Eran los autos que pasaban hasta que alguno decidía frenar. Una teoría irrefutable, empíricamente comprobada: había que esperar exactamente siete coma tres autos para subirnos a alguno. Siete coma tres. Cómo cambian las tendencias con el paso de los años…

Quizás me convenga volver y esperar al lechero de la tarde. La mala costumbre de viajar en auto. Imposible subir a un colectivo. Me genera una especie de pánico, de soledad extrema. Aunque el bondi vaya repleto. Es por el recuerdo de ese día, lo sé muy bien. Me conecta con eso. Se me viene todo a la cabeza y me paralizo, me ahogo, me sube un miedo incontrolable. Que estoy sola en Mar del Plata, que el llamado, que la urgencia, que la incertidumbre. Setenta kilómetros de preguntas. Y aunque me anime, aunque haga como si nada y de una vez por todas vaya a la terminal, seguro no quedan pasajes. O algún conocido pasa justo por acá mientras yo pierdo tiempo yendo para el otro lado.

¿Y si no viajo nada? No, ya le dije a mamá que iba. Detesta que le cambie los planes. Además tengo intriga, quiero saber con qué cuento me sale ahora. Lo de papá, eso dijo, lo de papá. Para colmo tengo el celular casi muerto. Muerto, sin batería. No me gusta usar la palabra morir para algo que revive cuando se enchufa a la pared. Lo quiero por la música. Ya me estoy cansando de tanto silencio. Veo mis listas y siento que hacen falta semanas para pasarlas de punta a punta, pero después tengo la sensación de escuchar unos pocos temas enganchados, como si fuese una gran canción que nunca termina.

Quien lee la mano, quien vende amuletos, quien escribe poemas, quien tira las redes, quien come patatas, quien bebe una copa, quien sólo de vez en cuando, quien todas las noches… Ma il cielo è sempre più blu. Nunca me fasciné tanto como con este hit de los setenta. Lo escuchábamos siempre con papá, no lo dejábamos terminar que lo poníamos de nuevo. Cinco, diez, veinte veces. ¿Dónde habremos metido ese cassette? Era celeste. Lado A y lado B, traído directamente de Italia. Del compilado de canciones calabresas me acuerdo esa sola, la del cielo azul. Mi favorita. Hermosa, intensa. Yo me había obsesionado con la historia del cantante. Rino Gaetano murió a los treinta años después de chocar su auto contra un camión. Lo trasladaron con vida a seis hospitales distintos. Seis hospitales. Seis, y ninguno lo recibió. Incomprensible, como de mentira. Pero real.

Rino Gaetano, ir a matarte en la ruta. ¿Te habrás dado cuenta? Siempre me da intriga. Eso, saber si el que se está por morir se da cuenta de todo, imaginarme ese último ratito. Lo que ve, lo que escucha, lo que piensa. Si hubiese sido acá mismo no hubieses visto nada, Rino, porque no hay nada, nunca hubo nada. Todo parece medio muerto. El pasto está amarillo. A cualquiera que pase por primera vez le costaría creer que en algún momento del año el paisaje se tiñe de verde. Más allá del campo se empiezan a levantar algunas montañas. Tienen el color apagado de la alfombra seca que bordea el camino. El cielo está azul. Più blu, cantarías, Rino. El sol redondo. Los rayos perpendiculares al suelo. Ya son las doce del mediodía.

Viene un auto, por fin. Mirame, que te estoy levantando la mano, como las reinas que saludan cuando ganan el premio a la más linda de la temporada. Dale, que quiero llegar a ver a mamá. Frenás de a poco, muy bien. Vidrios polarizados. Activo la regla tres, la que anula todo lo demás. Si sos un tipo solo me subo de todas formas.

La ventanilla se baja de a poco, en cámara lenta. Veo los ojos. La nariz. La boca. La barba.

—¿A dónde vas?

—Hasta Balcarce, ¿vas para ese lado?

—Dale que va. Voy para allá.

—Gracias.

—Disculpame por el desorden y el olor a pucho.

—No te preocupes. Soy Mercedes, ¿vos?

—Michel. Un gusto.

—Me salvaste. Estaba esperando hace rato.

—Sí, la ruta está tranquila, no viene nadie. ¿Siempre a dedo?

—Hace tiempo que no lo hacía, pero justo tengo el auto en el taller.

—¿No llevás nada? ¿Solo ese bolsito? Ponelo en el asiento de atrás.

—Dale, gracias. Pasa que voy por el fin de semana, mañana me vuelvo.

—¿Y sos de acá de Mar del Plata? Cerrá con fuerza, eh. Sin miedo.

—Soy de allá, de un barrio a las afueras de Balcarce, pero me vine a Mar del Plata a estudiar y me quedé. Como todos. ¿Vos?

—Yo de Buenos Aires, nada que ver. Del cemento porteño, pero vine a hacer unos laburitos a la costa y de paso una escapada por Balcarce. Si sos de allá quizás me podés dar una mano…

—Obvio, nacida y criada.

—¿Te suena el apellido di Marco?

—Eh, di Marco, di Marco… para nada. ¿Por?

—Una larga historia.

—Tenemos un viajecito, puedo ir preparando el mate y me contás…

—Acabo de cargar agua, preparalo tranquila.

—¿Amargo, no?

—Amargo. ¿Te molesta la radio?

—¿Quién juega? Ojo que apenas se capta en esta ruta, no te hagas muchas ilusiones de escuchar…

—Es la previa igual, por eso lo tengo bajito. Se cocinarían jugando al mediodía, pero a las seis arranca el superclásico. ¿Qué tal el agua?

—Perfecta. Tomo el primero y te paso. Entonces, ¿River o Boca?

—Boca, obviamente. Hace años que voy a todos los partidos. Nos llegan a ganar y me prohíben la entrada a la Bombonera.

—¡Fanático en serio! Entonces debés tener un buen motivo para perderte el superclásico.

—Hace como cuatro años que busco a este tipo, di Marco o como se llame. Y ayer me contactaron, parece que hay una pista, algún dato que puede servir…

—No me suena che, ni un poco. Pero me diste intriga, ¿por qué lo buscamos?

—¿Lo buscamos? Te voy a aburrir todo el camino. Mejor contame vos por qué viajás sola un sábado al mediodía.

—Mi vieja, vive allá. Me llamó para que vaya, que quiere contarme algo y que no da para decirlo por teléfono.

—Viajamos por cosas parecidas entonces. Digo, vamos a que nos cuenten algo.

—Ponele…

—¿Y qué te quiere contar? ¿No te adelantó nada?

—No, no dijo nada. Bueno, sí. Algo me dijo. Que era algo de lo de mi viejo, eso…

—¿Padres separados?

—Algo así.

—Las familias son un quilombo. Nosotros somos dos gatos locos y casi no nos hablamos. A mi hermana le perdimos el rastro, apenas la llama a mi vieja para el cumpleaños. Pero no te quiero aburrir, para eso le pago a la psicóloga, ¿no?

—Mirá vos, un hombre haciendo terapia. ¿Y qué se te dio por ir? Viste que ustedes son medio duros para eso.

—Me mandaron. Iba o terminaba del otro lado. Me hace bien, eh. A veces es más fácil desahogarse con desconocidos.

—¿Terminabas del otro lado? ¿Para tanto?

—Sí, toqué fondo en serio. Acumulé tanto que exploté. Me agarraron en el momento justo, salía o no me sacaban más.

—Yo siempre pienso en eso, en estar al límite. Como que vivo en la calma previa al caos, ¿entendés? Pero tengo una sensación de fragilidad enorme, como si mi mundo colgara de un hilo finito que se puede cortar y chau, todo a la mierda.

—Pero a vos se te ve bien entera, flaca. Cuando te digo tocar fondo, es tocar fondo literal.

—A ver… ¿Y cómo sería tocar fondo literal? Tengo unas galletitas en la cartera. ¿Querés?

—Dale, pasame una. Y otro mate, che. Que a este ritmo tomás tres vos y uno yo.

—No, pasa que lo hice largo, y el mate es enorme…

—Te estoy jodiendo, flaca. Todo bien. ¿En qué estábamos?

—Tocar fondo…

—Ah, sí. Jugaba Argentina, ya ni me acuerdo contra quién. Terminó el partido y yo estaba tan cebado, tan pasado de rosca que me puse a jugar a la play. Jugué horas, solo en el living de casa. Hacía días que no dormía y meses que venía en cualquiera, consumiendo de lo fuerte. Y cuando te digo fuerte es fuerte en serio. Ya había perdido la noción del tiempo, de las cosas. Entonces estaba por patear un tiro libre, directo al arco. Aprieto el botón para tomar carrera y chau, se me va la pelota. Pasa por arriba del travesaño, ¿sabés lo que es el travesaño, no? Se pierde por arriba, pasa cerquita pero sigue de largo. Así. Sigue nomás, hasta que entra en el living de casa. La pelota de fútbol sale de la tele y se mete en mi casa. Lo vi. Y todavía la sigo buscando... Pasame otro mate que tengo la boca seca.

—No puedo creerlo, lo de la pelota, digo...

—Así fue, y después a la ducha con ropa. Sentía calor, frío, todo junto. Horrible.

—¿Y todo eso por consumir, consumir qué…?

—Todo. Lo que se te ocurra. Lo que haya. Ahora aflojé, estoy limpio hace catorce meses. Tuve que asustarme para reaccionar. La sensación de estar muriendo en cámara lenta no se la deseo a nadie. Entonces dejé todo. Menos el Ron, pero tomo del bueno.

—Y el pucho…

—Bueno, che. No me pidas tanto. Con el pucho me resigné, imposible dejarlo. ¿Vos fumás?

—Nunca fumé. Ni uno, eh.

—Hacés bien. Es una mierda. Pensar que el primer pucho me lo dio mi hermana, ella quince y yo trece. ¿A vos te parece?

—¡¿Me vas a decir que no se hablan por eso…?!

—No, obvio que no. Lo de mi hermana tiene que ver con este di Marco, el tipo que ando buscando.

—Tengo cada vez más intriga.

—¿Intriga de qué?

—De eso, de por qué no se hablan con tu hermana, de quién es este di Marco. Es raro que no lo conozca siendo de Balcarce. Tenemos un viaje, con algo hay que llenar el tiempo ¿no?

—¿Y vos qué me contás?

—Lo que quieras, pero vos primero.

—¿Lo que quiera?

—Sí, ¿no dijimos que es más fácil con desconocidos?

—Trato. Me contás de tu viejo, de por qué me dijiste que tenías padres separados en vez de contarme la posta.

—Eh, ¿qué posta?

—Eso, que se te murió. ¿O me equivoco?

—¿Y vos cómo sabés eso?

—Se siente, no me preguntes cómo. Mi viejo murió cuando yo tenía siete y de ahí en más que reconozco a los que estamos en la misma. Porque estar en la misma es para siempre, no te curás de un día para el otro. Y tu cara, la cara que pusiste cuando me lo nombraste…

Un mate y arrancamos.

Guita. Siempre que hay quilombos el trasfondo es guita. Cuando sobra no pasa nada, pero cuando falta sale lo peor de cada uno. Y yo me dedico a eso, ¿viste? A prestar guita. Es así, no te la voy a caretear con que soy inversionista. Prestamista, financista, de cualquier forma suena mal.

Pero lo de mi hermana fue una suma de cosas. Se cansó de mí, de mi hermano, de nosotros. Le dimos vergüenza, drogadictos y usureros nos dijo. No te digo que no lo seamos, que no lo hayamos sido, pero nunca actuamos de mala fe, nunca con mala intención. Al contrario, de tan pasados que estábamos ya le dábamos plata a cualquiera, nos metíamos en cualquier negocio. Sin riesgo, sin nada. Y así caímos con di Marco.

Hugo di Marco, o como mierda se llame. Papero. Papero de Balcarce, de la papa que se planta, no de la que tomábamos nosotros. Uno noventa. Morocho engominado. Ojos azules siempre cubiertos con lentes de sol. Impecable. Trajes a medida, elegante sport. Vacaciones en Miami o Punta del Este. A veces Italia. A Nápoles, a ver a la nonna, decía.

El tipo manejaba el negocio de la papa en el país. Millones, miles de millones, ni te imaginás. Una torta de guita. Y vos dirás ¿la papa?, sí, la papa la mueve en serio, y este tipo era el rey, y con él nos metimos. Nos metimos con plata de la familia, de la herencia de papá. Se nos fue de las manos, fuimos ingenuos, confiamos. Nunca confíes en un tipo que te endulza tanto desde el principio. Tomate tu tiempo, pensalo, meditalo. Nosotros no pudimos, no lo vimos a tiempo.

¿Quién iba a decir que la papa iba a tener más timba que el casino? Porque lo que hoy vale diez mañana puede valer uno. Salís hecho, te fundís y te ganás la lotería, todo en una misma semana. Yo no lo sabía, mi hermano tampoco. No somos del palo, nunca lo fuimos, y pisamos el palito. El mismo di Marco nos había explicado el secreto, la base de todo. Eso, la clave del negocio, el precio variable. Lo de la oferta y la demanda. Mucha papa, bajo precio. Poca papa, fiesta. Fiesta para el que sabe, fiesta para el que vende, fiesta para di Marco.

Y el tipo lo manejaba, lo manejaba de una manera brillante. Lo que tenía de sofisticado en su persona lo tenía de simple en los negocios. Esa era la clave. Y lo peor de todo es que usaba el mismo helicóptero, el mismo con el que se iba el fin de semana a Punta del Este. Se la pasaba sobrevolando los campos. Todos, se los conocía de memoria. Los de Balcarce, los del norte, los del sur. Todos, uno por uno. Era obsesivo. Y entonces anotaba, anotaba en un cuadernito mugroso. Uno de esos chiquititos y cuadriculados que le entraba en el bolsillo del saco. Anotaba, campo por campo, lote por lote, si había o no había papa. Sabía con exactitud el estado de la cosecha, la especulación y la espera de los vecinos, del país entero. Sabía si te estabas aguantando para sacarla o si te la fumabas en pipa porque te habías quedado sin guita. Y así, contando papas desde un helicóptero de mierda, nos dejó en la lona.

Estafa. Delito contra la propiedad o el patrimonio. El sujeto activo del delito se hace entregar un bien patrimonial por medio del engaño, es decir, haciendo creer la existencia de algo que en realidad no existe. Penal dos, me lo sé de memoria. Si por este hijo de puta me puse a estudiar abogacía. ¿Y cómo mierda se teje un engaño? Simple, muy simple. Generando confianza. Esa es la primera carta de un buen estafador, y eso es lo que di Marco hizo con nosotros.

Mi viejo era de Balcarce. Se había ido a Buenos Aires de pendejo, a probar suerte, y nunca se fue. La conoció a mi vieja, quedó embarazada al toque, y se le terminó la aventura de pajuerano porteño. Laburó como un esclavo toda su vida. Siempre peleado con su familia, de la que apenas hablaba. Era como un lobo solitario, un tipo terco, cabeza dura.

Cuando murió descubrimos que había una plata fuerte que cobrar. Aunque yo en el fondo no entendía nada, apenas sabía escribir mi nombre sin faltas de ortografía. En ese momento quedó todo congelado, se abrió un juicio de sucesión por varios terrenos que tenía a su nombre y unos cuantos campos repartidos por ahí. Mi vieja se hizo la que no sabía. Quizás nunca supo nada la pobre. Cuestión que todo eso quedó en una cuenta hasta que los tres hijos del difunto tuviésemos más de veintiuno. Y eso fue hace cuatro años, cuando mi hermano menor los cumplió y pudimos avanzar con el caso.

Nos fuimos a Balcarce, de una, a resolver la movida lo más rápido posible. La idea era sacar todo, vender lo que había para vender, y repartirnos la guita. Nunca habíamos estado allá, así que no conocíamos a nadie. Pero la gente nos miraba en la calle como si hubiésemos vuelto de la guerra. Era tremendo. Sabían nuestros nombres, qué hacíamos, a dónde habíamos estado todo ese tiempo. Nos estaban esperando.

Mamá no había querido viajar. Decía que todo le hacía mal. Pensar en papá le hacía mal, hablar de papá le hacía mal y Balcarce le iba a hacer más mal que todo el resto de las cosas. Tenía miedo de encontrarse con una realidad paralela, con el pasado de un marido al que ya no podía reprocharle nada. Porque claro, todo lo que maquinaba era malo. Se inventaba cosas que la ponían triste, muy triste. Un dolor creado por ella para sobrellevar la tristeza de la pérdida. Palabras textuales de mi terapeuta. Y en el fondo era así, a mi vieja le dolía que en la herencia solo figuráramos nosotros. Se enroscaba con la posibilidad de una doble vida, decía que papá había tenido otra mujer siempre, ahí en Balcarce. Que de ese mundo habían salido los campos y los terrenos. Fabulaba. Para ella todo venía de algún negocio turbio y nosotros no éramos más que una simple pantalla.

En ese contexto, casi huérfano, apareció mi hermana como adulta responsable. La mayor. La exigente. La exitosa. Siempre fue así. Ella, la reina de la casa; nosotros, los vagos. Que después pasamos a ser usureros y drogadictos, claro. Pero ella siempre tan perfecta, más perfecta todavía por estar al lado nuestro, por compararse. Con esos aires de sabelotodo y controladora hasta el último detalle, se había encargado de hacer la lista de contadores y escribanos de Balcarce, de pedir referencias y lograr que nos asesoremos de la mejor manera. Nosotros la dejamos jugar a la empresaria. Éramos incapaces de ponerle cabeza al asunto. Solo pensábamos en la guita, en sacarla, prestarla y cobrar muchos intereses.

Los primeros días los pasamos viendo desfilar a profesionales de segunda, tratando de dar con la tecla para hacer los trámites lo más rápido posible. Recién después de eso íbamos a poder pensar en qué carajo hacer. Era tanta que podríamos haber dejado de laburar para siempre. Con ponerla en un banco a un interés cualquiera nos hubiese alcanzado. Pero cuando nos dimos cuenta del monto, de todo lo que se podía hacer con eso, se nos terminó lo de repartirla y al bolsillo. Y fue ella misma, con todo lo conservadora que siempre había sido, la que propuso moverla. Moverla, decía, no hay que prestarla, hay que invertirla. Y nos convenció: íbamos a invertir, y lo íbamos a hacer los tres juntos. Sabíamos que la torta entera valía más que yendo de a puchitos.

Los días pasaban y nosotros seguíamos ahí. La desconfianza del principio se nos había ido de a poco. Nos sentíamos en familia, como los veranos en la costa cuando nos reencontrábamos con la misma gente de los años anteriores. Eran como unas vacaciones para pensar, para acordar entre hermanos lo de la herencia. Fue la primera y última vez que nos llevamos tan bien, que casi no discutimos.

Estábamos parando en un hotelito medio pelo, en frente de la plaza, al lado de la catedral. Le habíamos dicho a mamá que nos quedaríamos unos cuantos días, acomodando todo. Ella no preguntaba demasiado. Y entonces eso, las opciones, la posibilidad de comprar un campo grande, uno papero, o la de meternos en la soja. Apareció un tipo ofreciendo un rodeo de miles de cabezas, así decían, cabezas. Pero a mi hermana le dieron pena las pobres vaquitas. Otro tipo que buscaba inversionistas para hacer edificios, otro que estaba loteando en las afueras para hacer una especie de country. Nada nos convencía demasiado, hasta que apareció di Marco.

Habíamos parado a comer unos sándwiches de crudo y queso en la estación de servicio de la primera rotonda. Los más famosos de la ruta. Ocho capas de fiambre y nos quedábamos cortos. Soda de sifón y vino barato para hacer la digestión. Hugo di Marco se acercó de repente, salió de la nada. Nos dejó una tarjetita en la mesa. Nos miró a los ojos, uno por uno, y pidió permiso para sentarse. Si no hubiese leído el pie de la tarjeta habría pensado que era un poeta, un intelectual de Palermo Viejo, de San Telmo. La barba prolija, los lentes de marco grueso, la camisa con sus iniciales.

Nos dijo que lo conocía, a papá, de la primaria. Compañeros de banco. Y ahí nomás empezó con las anécdotas. Nos contó del día que se escaparon y los encontraron a la noche en el autódromo, del carnaval de los domingos con todas las chicas del barrio queriendo bailar con papá, y toda una sarta de mierdas que nunca pudimos constatar, pero que en ese momento creímos a rajatabla.

Y después vino la invitación, el paseo por el campo. Nos llevó a conocer su estancia y nos dijo que seguro encontraba fotos con papá o algún recuerdo para que nos llevemos. Ese día no habló de guita. Ni una palabra. Sabía exactamente lo que teníamos en la cuenta, lo había sabido siempre. Se había estado preparando tanto tiempo que no iba a gastar todos los cartuchos ahí, en el primer encuentro. Eso nos hubiese alterado y nos habríamos alejado de él como de todos esos buitres que quisieron pellizcar algo.

Pero Hugo di Marco, papero empedernido, ajedrecista de la estafa, se tomó su tiempo y nos habló de papá y de la papa, de las tardes en ese mismo campo haciendo la cosecha con los changos. Hasta nos mostró una especie de cosechador manual que usaban para succionar la papa de la tierra después de las tormentas. Era un cilindro hueco que tenía un tubo adentro, encastrado perfectamente para hacer vacío y sacar las papas sin deteriorar el suelo empantanado. Así lo describió, aunque en el fondo parecía un inflador de bicicletas. Nunca lo vimos funcionando, no lo necesitamos. Nos alcanzó con tenerlo en la mano y que di Marco nos dijera que había sido un invento de papá, que lo habían hecho en la escuela como proyecto de tecnología agropecuaria. Y entonces la sensible de mi hermana, el punto débil, el tubo de mierda como trofeo. Empezó con ese cuento del succionador de secretos, la puerta a un pasado desconocido, la llave al mundo de papá. Y di Marco vio tierra fértil para avanzar.

Ese mismo día nos invitó a pasar el fin de semana en el campo. Era un acontecimiento importante. Cada cuatro años, los di Marco de todo el país se reunían ahí, en lo que había sido la estancia del abuelo de Hugo. Para nosotros, que el concepto de familia se reducía a cuatro personas como máximo, pensar en un asado con ciento veintiocho di Marcos era casi un imposible.

Volvimos al hotel bastante cansados y con la invitación al gran evento. Me tiré de cabeza en la cama, estaba agotado. Prendí un pucho. Ahí mismo, adentro de la habitación. Pensé en eso, en los olores encerrados en esa caja de zapatos. Pensé en las marcas que cada viajero había dejado sin darse cuenta. Vi la ceniza caer sobre la alfombra, el agujero que aparecía de repente. La luz de la calle me molestaba un poco. La cortina destilaba polvo, lo veía brillar en los rayos que entraban por la ventana. Pensé en di Marco, en el clan italiano más grande de Balcarce.

Vi las caras, primero borrosas, como llenas de humo. Pero de a poco se fueron aclarando, poniendo nítidas. Veo a di Marco junto a sus primos lejanos. Todos tienen los mismos rasgos, los ojos azules, la piel blanca pero curtida por el sol. Son cientos, miles, demasiados. La estancia es enorme, desde el jardín se la ve todavía más imponente. Tiene tres pisos. Una, dos, tres, un montón de ventanas. Me aburre contarlas, pero son muchas. Debe tener más de veinte habitaciones.

El casco está bordeado por una galería. Papa, a lo lejos se ven los campos sembrados con papa. Nunca vi una plantación, pero supongo que están ahí, más allá de la tranquera. Las papas de los di Marco. Alrededor de la casa hay carpas, unas quince. Son las típicas canadienses, creo que se llaman así, a dos aguas. Esas que armábamos en los campamentos del colegio. Cuántas veces me habré caído de jeta al piso por pasar corriendo y no ver la línea que sostiene la lona con la estaca. Se ve que los grandes duermen en la casa y a los pendejos los mandan a jugar a los exploradores, los hacen dormir a todos afuera. Hay algo raro con los colores. Un grupito de telas rojas, otras verdes, otras blancas, otras azules. Ahora que lo pienso, algo de esto nos dijo el otro día di Marco. Yo estaba papando moscas, con ganas de hotel, pucho y vinito, y él hablaba de equipos. Eso dijo, equipos. Los ciento y pico de tanos divididos en cuatro grupos. Uno de cada color, i colori della bandiera italiana e blu, il colore del cielo.

Una familia base pertenece toda a un mismo color, dice un di Marco en el discurso de bienvenida. Entendiendo como familia base a cada rama de los di Marco, los cuatro hijos varones de Don Emanuel. ¿Cuatro pibes y ni una hija mujer? Dale, alguna debe haber tenido. Y sigue la explicación. Parece que las tuvo, y dos a falta de una. La cosa es que ellas no son cabeza de serie ni nada por el estilo. Las familias que siguen esas ramas, las que no llevan el apellido directo, se usan de relleno para los demás grupos, para equiparar un poco y que todo sea más o menos parejo. Hijas mujeres, familias de relleno.

Platos, cubiertos, sábanas, ropa, banderas, toallas. Se trajeron provisiones como para la guerra. Hay de todo, y en cada uno de los colores. Parece que cada grupo tiene todos los elementos listos. Debidamente identificados con el color que corresponde, dice el muñeco de torta del discurso. Que se calle, si nadie lo escucha. Hay que tener ganas de enquilombarse la vida así por una reunión familiar. Y pensar que en casa nos peleamos porque nadie quiere encargarse de prender el fuego y comprar la carne para el asado. ¿Quién carajo organiza todo esto?

¿De qué color somos nosotros? Seguro que a los tres nos mandan a equipos diferentes. Pero no, che, que somos de la misma familia. Eso, mándennos al verde, me gusta el verde. Al azul no voy. Al blanco tampoco, ni siquiera es un color. El rojo me lo banco, pero verde, verde me gusta más.

¿Que nos toca carpa? No, dale, me cago de frío, soy medio asmático. Tramitate una habitación, si el castillo este tiene como doscientas ventanas. Dale, di Marco, copate y haceme dormir adentro que arafue nos congelamos, nosotros somos nuevos en todo esto de la vida en naturaleza. Acordate que venimos de la city.

¿Qué andará haciendo la vieja por allá? Cuando le cuente esta pelotudez de la familia en equipos. Nosotros somos cuatro, se nos complicaría la joda de separarnos en grupitos. ¿Que nos toca cocinar para la cena? La que faltaba. Te invitan, eso sí, te invitan, pero después resulta que al color que te enchufan le toca cocinar. Parece mentira. ¿Esto es una olla o una pileta de natación? Banquen un toque que me nado unos largos acá adentro, ya vuelvo.

Y entonces, ¿hoy qué se come? Fideos, claro, si son italianos todos estos. Pero no me claven con pasta todo el fin de semana que me agarra el bajón y necesito revivir con un poco de carloncha. Dale, ponele onda con el asadito para mañana, di Marco. ¿Vos sos Hugo di Marco? Puta, estos tipos son todos iguales.

¿Que hay que cruzar el arroyo nadando? Ni loco, me muero de hipotermia. A ver si todavía aparece algún cocodrilo como en las películas. No, nosotros miramos desde la orilla. La puta madre, qué gente hincha pelotas. No quiero jugar, me quiero quedar en el borde mirando al resto. Tampoco quiero la guitarra, no me sé ninguna, el que toca es el pendejo, mi hermano. Sí, y ella canta, yo no sirvo para estas cosas.

Esto es una guerra. Eso es. Se van a cagar a tiros en cualquier momento. Hay gente corriendo por todas partes, pintura de colores, banderas. Gente metida en bolsas de arpillera, saltando, como corriendo carreras. Bolsas de papa, eso son, de papa. Papa por todas partes. Papa. Y yo que ando pasado a papa no me meto en esa bolsa ni en pedo. Papa como granadas, papa como municiones. Se las tiran por la cabeza, las pintan, las comen. Todo el circo alrededor de una verdura. Tubérculo, dicen, hablemos con propiedad.

Y entonces suenan los silbatos. Uno, dos, tres y largan la carrera. Algunos llevan carretillas, otros rastrillos, palas. No entiendo nada. Los de verde tienen algo en la mano. Ma qué rastrillo ni rastrillo, tienen un arsenal de sacapapas. Cada di Marco tiene un dispositivo de extracción en la mano. Y corren, corren más allá de la tranquera a hacer la cosecha. Que el que saca más papas gana, dicen. El año pasado el récord fue de ellos, los de verde, sacaron dos mil novecientas veinte nueve papas en los cuarenta y siete minutos que duró la travesía. Y yo en el equipo azul, pura mierda.

Hay que preparar un baile para la noche, una coreografía. ¿Algo más? El que come más papas gana, gritan algunos por ahí. Y dicen que hay que ponerse a cocinar, van a elegir el plato ganador. Puré de papa, papas asadas, ensalada de papa, sopa de papa, papa rellena, papa gratinada, guiso de papa, empanadas de papa, papas fritas. Papa. Papa. Papa. Tubérculo de mierda. Y ellos, los di Marco, son tantos como la papa que plantan y cosechan. Cientos, miles. Demasiados. Hasta se parecen en eso, en la piel blanca, lisita, la cara redonda. ¿Dónde carajo estás, Hugo di Marco? Se me nubla un poco la vista. Estoy agotado.

La luz seguía entrando, el polvo de la cortina flotando en el ambiente. Amarillo, todo se veía tristemente amarillo. El color horrible entraba por la ventana. La ceniza todavía humeante. Mi pucho estaba en el piso, el agujero en la alfombra ya había duplicado su tamaño.

Fui al baño a lavarme la cara y lo olí. Era el perfume de las plantas húmedas, de los yuyos que hervía la abuela para curarnos de la envidia y el mal de ojo. Era exactamente ese aroma, inconfundible. Romero, orégano y laurel. Los tres en partes iguales, cómo olvidarlo. La infancia entera bañándonos con esa mierda. Tres veces por semana, los viernes sin excepción. Cerré los ojos y el baño del hotelito de Balcarce se transformó en el de casa, con mamá y la abuela siguiendo las recetas de la curandera al pie de la letra.

Me asomé a la bañera. Alguien se había duchado mientras yo soñaba con los di Marco. El desagüe estaba medio tapado. Era eso, el laurel cortado a mano, un poco de orégano en los bordes, y el romero, los palitos de romero obstruyendo la salida. Las veces que tapamos la ducha de casa con esa mierda. Nos bañábamos y nos tirábamos la mezcla en la última enjuagada. Era ridículo, quedábamos sucios de nuevo, llenos de hojas pegadas en la piel. Eso fue hasta que a mamá se le ocurrió usar una malla de metal como colador, tirarnos en el pecho el agua teñida de verde.

Y ese día, en el hotel de Balcarce, mi hermana había querido repetir el ritual, ahuyentar la envidia del pueblo. El baño de la curandera por si las moscas con el tema de la guita. Y cómo pedirle que no tapara la ducha, si nadie se lleva un colador en la valija cuando se va de vacaciones.

Se había bañado y había salido a las apuradas. Me fui a lo de di Marco, decía el papelito que dejó sobre la mesa de luz. A buscar el sacapapas, decía, parece que lo habíamos olvidado después de tanta charla. Yo que estaba seguro de que mi hermana no lo había soltado en ningún momento. ¿No podía esperar al fin de semana para recuperarlo? Cuando volvió dijo que si el viernes arrancaba la fiesta en la estancia, seguro se nos perdía el pobre sacapapas en medio del despiole, por eso había salido de raje a recuperarlo. Pero volvió al hotel con las manos vacías. Dijo que no estaba y que di Marco le aseguró que nos lo habíamos llevado. Qué poco nos duró lo del trofeo. El único recuerdo tangible de papá se nos había fugado de las manos con apenas unas horas de gloria.

Llegó el fin de semana y se nos vino la fiesta encima. Sí, los di Marco eran todos bastante parecidos como pensaba, pero no tan incivilizados. No fue una batalla campal ni nada por el estilo. Al contrario, convivieron en completa armonía. Tenían las reglas claras, las responsabilidades prolijamente divididas entre los equipos. Limpiar la casa, hacer y deshacer las carpas, preparar la comida, liderar los juegos de recreación. Había una grilla gigantesca, armada en un pizarrón de clase y escrita con tiza. Ahí se podía leer el cronograma de actividades y las tareas de cada grupo.

A la noche, las guardias. Como si alguien quisiera meterse con ellos. Jugaban a los guardianes, los protectores de la estancia y de los que se quedaban durmiendo. Había que estar al pedo para tremendo enrosque. Entonces cada grupo tenía una franja horaria que cumplir y era responsable de despertar a los siguientes. Nadie podía quedarse durmiendo. Si no duermo yo, que no duerma nadie, se escuchaba en cada uno de los recambios. La noche del viernes nos tocó el primer turno, desde la medianoche hasta las dos de la madrugada, y la del sábado la última franja antes del desayuno, de seis a ocho. Fogón y guitarra de por medio. La canción en italiano sonando sin parar, una y otra vez. Quien come patatas, quien bebe una copa, quien sólo de vez en cuando, quien todas las noches… Ma il cielo è sempre più blu. Y todos haciendo pogo en la parte de la papa. Quien come patatas, quien come patatas, los di Marco en plena fiesta. Se divertían con poco los hijos de puta.

Nos mandaron al azul para que estemos con Hugo y su familia. Y fue en esa segunda guardia, esperando el amanecer al lado de la fogata, que nos empezó a hablar de las bondades de la papa, de lo bueno del negocio, de la oportunidad para invertir. Quien come patatas, quien come patatas, y la historia del abuelo. Quien come patatas, quien come patatas, todo el imperio levantado por Don Emanuel gracias al bendito tubérculo. Las primeras que plantaron habían sido traídas directamente de Italia. Y nosotros ingenuos imaginándonos al pobre viejo en la bodega de algún barco de inmigrantes. Entrando indocumentado pero con unas cuantas papas en el bolso. Papas que, según di Marco, eran tan grandes que podían cortarse en ocho pedazos que después se plantaban, de a uno. Porque eso hacían, las cortaban y las plantaban de a cachitos. Las papas se multiplicaban como los di Marco.

Así, encandilados con ese circo, con la puta canción sonando en nuestras cabezas, fuimos comprando la idea del negocio familiar. Quien come patatas, quien come patatas, todos esos di Marco viviendo de lo mismo. Se los veía felices y nosotros queríamos ser parte de su mundo. Fue la razón principal por la que caímos sin hacernos demasiadas preguntas. Nos gustó lo del clan de italianos, los colores. Eso que nunca habíamos tenido y que de repente se nos hacía imprescindible.

Teníamos urgencia de sumarnos. Nos quemaba. Para mí era la sensación de querer clavarme un faso o aspirarme una línea. La previa. Las ganas de. Pero la más sacada de todos era mi hermana, estaba irreconocible, pasada de rosca. Si en algún momento dudamos de los di Marco, fue ella la que nos dijo que abriéramos los ojos. Este imperio no se construye de casualidad, decía, estos tipos tienen la posta. Entonces quisimos poner la plata ahí, en la papa. ¿Y qué mejor para nosotros que estar asesorados directamente por él? Hugo di Marco, experto, conocedor de cada hectárea papera del país, protagonista del famoso cuento del helicóptero.

Ahí mismo, después de la joda familiar, nos llevó en uno de sus vuelos espías, nos mostró todo. Lo suyo, lo de los otros. Nos dijo que lo mejor era meterse directamente en la compra de campos porque la tierra nunca pierde su valor. Pero comprar campos era una jugada grande y él no quería asustarnos con eso desde el principio. Prefirió sacarnos de foco, hacernos ganar confianza. Que estos pendejos jueguen a la timba, debe haber pensado, que se ganen dos o tres monedas y así los tiento a seguir con el plato fuerte.

Invertimos, pusimos un puchito como socios en la producción. Al principio nos dio cagazo, pero le metimos sin mucha vuelta. Es poner y sacar, decía mi hermana, comprar y vender para ver cómo corre la ruleta. La papa, el negocio más negrero del campo argentino, y nosotros en el medio, creyéndonos los reyes. Los números dibujados en libretas de verdulería, los talonarios de facturas vencidas y sin usar en la guantera, la guita blanqueada en el culo del camionero. Informal, negro, da igual. Era fácil tocar los números y hacernos sentir los dueños del mundo. ¿Cómo no íbamos a ganar plata así? Y más aún con el puto cuento del helicóptero, sabiendo lo que nadie sabía. Eso que di Marco había elegido contarnos. Eso que nos daba poder y nos hacía parte de la fiesta.

Me cebé tanto con las primeras ganancias que yo también me empecé a perseguir con lo de la envidia del pueblo. Era como caer de turista al casino de Miramar y que todos te vean juntarla con pala, la guita en bolsas de consorcio. Entonces pensé en los yuyos, en el brebaje verde de la última enjuagada. A ver si una vez en la vida el ritual contra el mal de ojo me servía para algo. Busqué en el bolso de mi hermana los tres ingredientes de la receta, los tenía que tener guardados en alguna parte. Di vuelta todo, revisé los bolsillos, los miles de cierres al pedo de su valija. Las plantas estaban, sí, en una bolsa de papel madera aplastada entre los zapatos. Pero había algo más entre todas sus cosas. Algo que no era ropa, ni cremas, ni zapatillas. Cubierto con unas medias de lana rayadas, una de cada lado, estaba el bendito sacapapas. Hija de puta, ir a guardárselo así. Decirnos que estaba en lo de di Marco. Hacer de cuenta que se perdió. Quise cagarla a puteadas, decirle de todo. Pero respiré hondo y preferí callarme la boca, no decirle nada a ella y tampoco meter a mi hermano. No armar bardo al pedo. Estábamos haciendo las cosas bien, los tres juntos. No íbamos a tirar todo al carajo por ese apartito de mierda.

Seguimos con el pasamanos papero el resto de la semana. Poniendo unos mangos y llevándonos bastante. Porque el negocio era así, del día a día. Y nosotros que pensábamos que era todo gracias al cuentito del helicóptero. Una vez que ganamos suficiente confianza di Marco nos llevó a lo importante. Nos incentivó a comprar, a aprovechar los precios flacos, la mala época. Comprar los campos de remate, decía, que ya teníamos ojo para la clave del negocio. Un último vuelo en la máquina di Marco y así engancharíamos a los productores que estaban en la lona. Viendo todo desde arriba íbamos a saber a quién ir a buscar. La idea era invertir en tierra que después di Marco se encargaría de producir. Nosotros pondríamos los campos y ellos montarían la producción papera, apalancando los costos fijos con las demás hectáreas que tenía la familia en la zona.

En menos de veinticuatro horas se fue todo a la mierda. Ese día. A la mañana me pegué un baño con los yuyos, por las dudas, por la envidia. Parecía que la cosa venía funcionando bastante bien. Supuse que mi hermana había hecho lo mismo con las plantas porque el desagüe ya estaba tapado cuando me tocó entrar a ducharme. No le dije nada, ni de los yuyos, ni que ya sabía lo del sacapapas en su valija. Se suponía que era el gran día, que reine la paz, pensé, que reine la paz en tu día y que cumplas muchos más. Pero ella estaba rara, nerviosa. Tanto que no quiso ir a la recorrida por los campos. De repente dijo que no estaba convencida y que prefería esperar, hacer otra cosa con la guita. Pero qué pedazo de forra, si hasta ese momento no había abierto la boca. Si había venido a todas las reuniones con di Marco como si nada. Sonrisa de acá, sonrisa de allá, lo que dice Hugo es palabra santa. Y a último momento, en el día clave, se cagó, le dio miedo. Pero ya era tarde para salirse. Además sabía, sabía muy bien que conmigo no había vuelta atrás. Toda la vida diciéndome terco como una mula para querer cambiarme ahí, sobre el pucho. Discutimos un poco y la dejamos en el hotel.

Entonces la recorrida final por los campos. El chinche García en el medio de todo, jamás lo habíamos visto ni lo habían nombrado. Gordo, bajito, desprolijo. La antítesis de di Marco. Era el intermediario entre nosotros y los dueños de cada una de las estancias que íbamos a comprar. Se encargaba de los papeles, las cosas legales y todo eso a lo que no le dimos ni bola. Después de un par de horas dando vueltas elegimos tres establecimientos que sumaban nueve mil ochocientas hectáreas en la zona más productiva del país. Una torta de guita definida en una mañana. Di Marco y el chinche nos acompañaron en todo momento. Los tres dueños, los tres, me sonaron cara conocida.

Y fue así de simple. Esa tarde firmamos los supuestos papeles, pusimos los dólares sobre la mesa y nos fuimos. Sin garantías, sin leer los contratos, sin abogados de por medio. Mi hermana firmó con cara de culo y dijo que no estaba convencida, pero tampoco se resistió.

Hugo di Marco nos estafó como si fuésemos niños, de una forma demasiado básica. Los tres campos que planeábamos comprar eran suyos, pertenecían a sociedades ficticias que él mismo había creado. Nos hizo firmar cualquier cosa, papelitos de colores, escrituras de mentira para llevarse la guita y quedarse con todo. Por eso las caras conocidas en la recorrida de la mañana. En ese momento ni cuenta, pero claro, si eran todos parte del clan, malditos di Marco haciéndose pasar por pobres dueños en plena quiebra. Los habíamos visto en la puta fiesta de colores, seguro. Pasa que ahí, entre la emoción y el pase de rosca, todo me pareció bastante normal. Incluso eso, el hecho de estar dejando toda la torta junta. Nos estábamos quedando secos, sin una puta papa. Y lo peor es que no hizo falta montar la coartada perfecta. Hugo di Marco nunca se apuró, ni dudó, ni se dejó vencer por la ansiedad.

Nosotros nos volvimos a Buenos Aires, abrazo de acá, abrazo de allá y los papelitos de mierda en la mochila. Ellos se iban a encargar de la producción, como habíamos quedado. Pero a los pocos días desaparecieron. Los di Marco, todos. Como si nunca hubiesen existido. No atendían los teléfonos, no respondían los mensajes, nada. Para tanto que nos fuimos hasta Balcarce, a buscarlos. Y nada. Hugo di Marco no existía, ni en la estación de servicio del cruce, esa de los sándwiches más ricos de tu vida, esa en la que nos había dejado la puta tarjeta la primera vez. Que ese apellido nunca lo escuché, que di Marco, di Marco, no conozco ningún di Marco. Y así. Se los había tragado la tierra. ¿Quién carajo sos Hugo di Marco?

Obviamente que los campos tenían papeles de verdad. Lo nuestro era tan trucho que nos daba vergüenza ajena. Y la estancia, ni puta idea dónde quedaba la estancia. Esos días había estado tan pasado de rosca que por momentos pienso que me lo imaginé todo. Como la pelota de fútbol saliendo de la tele de casa el día que toqué fondo con la merca. La casa llena de ventanas, las carpas de colores, las papas, los miles de di Marco. Pero no, fue real. Lo del helicóptero, todo. Si mis hermanos estaban ahí, no podemos haber fla-

sheado lo mismo. Todavía me sigo preguntando cómo mierda montaron la fiesta, la gente, los juegos, las guardias. Quien come patatas, quien come patatas, la puta canción sonando en mi cabeza. Una farsa, un circo, no sé.

Y mi hermana, mi hermana en pánico. Enloqueció. Ahí nos dijo eso, que todo era culpa nuestra, que ella no había querido. Por drogones y usureros. Y nunca más. Se fue a la mierda, desapareció. No volvimos a verla.

—Como a di Marco.

—Sí, ponele, como a di Marco. Siempre fue así de impulsiva, loca, loquita. De pegar portazos y dejar de hablarnos por semanas.

—Semanas, sí, ¿pero cuatro años? ¿Tampoco habla con tu vieja?

—Sí, la llama muy de vez en cuando. Los cumpleaños, las fiestas, eso. Pero no dice nada. Ni dónde vive, ni qué hace, nada. Le dimos vergüenza, qué se yo, enloqueció. Borrón y cuenta nueva. Siempre se sintió más que nosotros, y con esto se terminó de ir a la mierda.

—A último momento, chau, reculó…

—Sí, sabiendo que conmigo no hay vuelta atrás. Soy terco como una mula, se me mete algo en la cabeza y olvidate, no paro hasta conseguirlo.

—Bueno, terco como una mula, y la pista, ¿cuál es la pista que estamos siguiendo?

—Me llamó una mina. Parece que el modus operandi de la estafa no fue solo con nosotros. No es la primera vez, ya cayeron varios en distintos lugares del país.

—¿Te dieron nombres?

—Nada. Pero se ve que volvió a Balcarce, que está queriendo hacer lo mismo con esta mujer. Misma historieta, el viaje en helicóptero para sorprender, la guita de mano en mano, y chau, se vuelve a borrar por otros cuatro años…

—¿Y por qué te llamó? ¿Cómo te ubicó? ¿Te pidió algo a cambio?

—Demasiadas preguntas, flaca. Y ninguna respuesta. No sé. Me dijo de vernos hoy en la estación, la del cruce.

—Yo vivo ahí cerca. Me bajo con vos y camino a casa.

—Dale, no hay problema. Igual llegamos temprano, quedamos en vernos a las dos.

—¿Otro mate? Está medio lavado, pero se la banca.

—Dale, te acepto el último, que ya casi llegamos. Eso, estamos llegando y no me contaste nada.

—¡¿Cómo competir con la historia de di Marco?!

—Tenés unos kilómetros. Contame lo que quedamos cuando te subiste.

—Tanta papa que me olvidé.

—Sos rápida, eh. Dos cosas. Por qué no me dijiste que tu viejo murió y qué carajo tiene que contarte tu vieja.

—No te dije que mi viejo murió porque me gusta jugar a que es mentira. Me alcanza con que el otro no sepa lo contrario. Y solo puedo hacerlo con desconocidos, con esa gente de una vez y nunca más.

—O sea que no pensabas volver a verme…

—O sea que no pensaba volver a verte.

—Qué capacidad la tuya, la de bloquear a las personas antes de conocerlas. Me hubiese venido bien con los di Marco.

—Todos la tenemos, pero yo la uso, supongo. Esa es la diferencia.

—O sea que te vas a quedar con la intriga, la de di Marco. Digo, si no volvemos a vernos no voy a poder contarte cómo sigue la cosa. Mirá si logro encontrarlo.

—Dije que no pensaba volver a verte. No pensaba, aba, pasado. Puedo haber cambiado de opinión. Pero también puedo vivir sin saberlo. Pasan tantas cosas en el mundo y nosotros ni nos enteramos. ¿Sabés cuántos di Marco debe haber dando vueltas por ahí?

—Tenés razón, pero me seguís debiendo una historia.

—Estoy fuera de competencia, acá no hay papas ni vuelos en helicóptero por la República Argentina. Además ya te dije, no tengo ni la menor idea, no sé con qué cuento me saldrá mi vieja. Pero te digo algo, tampoco me importa demasiado. No necesito una pista a lo di Marco para venir a verla.

—Qué voluntad la tuya, hacer dedo por un chisme de barrio. Seamos sinceros, yo no me vengo de raje a Balcarce si no me tiran un indicio de la pista. Digo, no creo que hayas salido a la ruta como si nada, a hacer dedo, por un capricho de tu vieja, ¿o me equivoco?

—No seas tan literal. Es una excusa cualquiera para el abrazo. No todos decimos las cosas de la misma manera. A veces hay que buscar un poco, ir más allá de las palabras. Interpretar señales, es eso. La literalidad nos mata.

—Sos rara, mujer.

—De los mejores piropos que me han dicho. Y yo que te bloqueo antes de conocerte…

—Punto para mí. Estamos llegando y no me diste tu teléfono.

—Eso no estaba en el trato, che. Comete uno de crudo y queso mientras esperás. Pedite el vino de la casa.

—¿Me acompañás? Un pingüino es mucho para mí solo.

—No, me voy derecho para casa. Pero antes de bajar quiero mostrarte algo. Ojalá me dure la batería, se está por apagar…

Quien lee la mano, quien vende amuletos, quien escribe poemas, quien tira las redes, quien come patatas, quien bebe una copa, quien sólo de vez en cuando, quien todas las noches… Ma il cielo è sempre più blu.

Escuchamos el tema completo, de punta a punta. Mi celular muere con la última nota. Es tu canción, Rino, la que cantábamos con papá. La que le cantaban los di Marco a este pobre pibe mientras le afanaban toda la guita. Casualidades de la vida.

Agarro mi bolso del asiento de atrás y me bajo del auto. Michel me mira con una sonrisa. Un tipo lindo después de todo. Lo saludo como en la ruta, la mano limpiando el aire en movimientos circulares, el gesto insulso de la más linda de la temporada. Lo pierdo de vista mientras entra en la estación.

Camino a casa como tantas veces. Me gusta seguir el mismo recorrido, cruzar en las mismas esquinas, elegir la misma mano de la calle, la que tiene más árboles, quizás. La plaza en diagonal, eso, como ahorrando pasos. Como si anduviese apurada por llegar. Ojo, que el cementerio está lleno de apurados como vos, lo decía el camión de las manzanas. Apurados como vos, Rino. Como papá. Y yo que sigo con mi antojo de manzanas arenosas. Tengo hambre, debería haber aceptado el sándwich con ocho capas de fiambre. Ojalá que mamá ya tenga el almuerzo preparado. Pasta con pesto, el clásico del fin de semana.





Está todo cerrado, el silencio del mediodía, la víspera de la siesta. La ciudad quedada en el tiempo. Nada cambia demasiado, aunque deje de venir por meses, por años. Los locales son los de siempre, un poco más sucios y descuidados. A veces más chiquititos. El tiempo hace eso con las cosas, a veces las agranda, a veces las achica.

Dos vueltas para un lado, se abre la puerta. Media vuelta para atrás, saco la llave. Cómo me costaba este truquito cuando volvía a casa medio borracha. Y ya ni sé cuándo habrá sido la última vez que me puse en pedo. Ponerse en pedo, qué frase sin sentido. Debe haber sido con vodka. El tiempo, eso también es culpa del tiempo. Nos pone cada vez más selectivos.

Mamá está en camisón. Quizás lo tiene puesto hace días. Me da un abrazo fuerte, lo sostiene. Un mate lavado y con azúcar. Le sonrío. En la mesa hay un objeto, un cilindro con una manija. Una especie inflador invertido, pero un poco más ancho. Mamá lo mira fijo, no le saca los ojos de encima. Aprieta los labios y los mueve a la derecha, la mueca del beso en el aire y el choque de mejillas. Sigue sin decir ni media palabra.

El fuego de la cocina está encendido. Sobre la llama naranja hay un cacharrito en pleno hervor. Es ese que apenas se sostiene en la base de la hornalla, el que se me volcaba cada vez que entraba en ebullición. Pero ahí está, firme como nunca, haciendo equilibrio mientras las burbujas salen a flote. La melodía del agua se mezcla con los acordes. Esos que se adueñan de mi cabeza, los del tipo capaz de morir seis veces en una misma noche. Ma il cielo è sempre più blu.

Mamá se sienta a mi lado. Agarra el sacapapas. Me pregunta si traje ropa azul. Que mañana tenemos una fiesta, dice, que nos toca vestirnos de ese color.

Più blu, Rino, più blu.





Marea roja





Las reposeras miran al mar, el sol llega al punto sin sombra y Felipe entierra los pies en la arena. Ya se sacó las zapatillas y las medias. Tiene puesto uno de esos equipos deportivos que se usaban en los noventa, campera y pantalón arremangado. Inés ceba mate, alterna cucharadas de azúcar al azar. Está envuelta en un poncho de lana que le entorpece los movimientos. Hay un barco pesquero encallado en la orilla.

—Esa capa te la tejió mamá, ¿no?

—Sí, para algún cumpleaños, creo. Me sentía la batichica con esto, no me la sacaba nunca.

—¿La tenías en Buenos Aires o la encontraste en casa?

—En casa, anoche. Me quedé hasta tarde revolviendo los placares. Hay mucha mierda, Felipe, tenemos que empezar a regalar cosas.

El mate circula, la playa está vacía. Es invierno y son pocos los curiosos que bajaron a ver el espectáculo. La nave está volcada sobre la costa, cuatro remolcadores se van acercando desde lejos. Son barcos miniatura, parecen de juguete al lado del accidentado. Felipe agarra el diario, la noticia ocupa un pequeño espacio en la tapa de La Capital. Un barco encalló a ochenta metros de Playa Grande, dice el titular, una de las redes se enredó en la hélice producto de la marejada, sus once tripulantes se encuentran a salvo.

Inés interrumpe la lectura.

—¿Otra vez con los obituarios? ¿Pusieron algo más de mamá?

—No creo, pasó una semana —dice Felipe agarrando el mate.

—Pasame los clasificados.

Felipe revuelve la bombilla tapada, toma un par de veces, hasta que hace ruido. Le da el mate con una mano y el diario entero con la otra. Inés va directo a las publicaciones, lee en voz alta. Casas, chalets, departamentos. Dueño directo, inmobiliaria. Las palabras le salen como torbellino, apenas respira entre línea y línea. Comienza a recitar todas y cada una de las viviendas ofrecidas en la ciudad. Cantidad de ambientes, baños, dependencias de servicio. Hay muchas recicladas, muchas a estrenar. Felipe escucha las palabras como si fuesen el ruido de la playa, como si esa tormenta fuese la misma que volcó el barco frente a sus ojos.

—Felipe, tenemos que vaciar la casa y venderla rápido. No me quiero volver a Buenos Aires sin tener esto encaminado. —Inés tiene voz de locutora de radio, grave, punzante. Dice todo en el mismo tono, que la venta de la casa, que las facturas para el mate, que el quilombo de la sucesión.

El barco sigue en el mismo lugar. Van a llenar sus bodegas con agua para enderezarlo. Lo escucharon en la radio cuando manejaban hasta la costa. Felipe mira a su hermana, está zambullida en un montón de páginas con olor a tinta. La ve seria y calma, como si nada hubiese pasado, como si ese poncho en forma de capa pudiera salvarla de todas las cosas.

—No sé si me quiero mudar.

—No seas ridículo.

El operativo puede llevar varias horas. El capitán y los marineros ya están en tierra firme, bajaron con el bote salvavidas cuando perdieron el control de la nave. El problema es el cargamento, dicen los especialistas. Dos mil quinientos cajones de langostinos en peligro de descongelarse. Felipe se inclina hacia adelante, apoya los codos en las rodillas y se sostiene la pera con las manos, enfoca la vista lo más lejos que puede. Ambos solían imaginarse un universo paralelo bajo las aguas, un bosque pintando la superficie con sus copas.

—No seas negador —insiste Inés—. La casa es enorme, cuando murió papá ya nos sobraba espacio. —Felipe la mira, tiene los ojos achinados, los rulos se desperezan con cada ráfaga de viento. Los dos heredaron el pelo de la mamá. Cabeza de resorte, cable de teléfono, años enteros compitiendo por el mechón estirado más largo de la casa. El padre, de pelo lacio y finito, era el juez indiscutido de la competencia. Había entrega de premios, medalla y todo.

Los remolcadores rodean la nave, son cuatro puntos cardinales guiando los movimientos. Felipe clava los ojos en el fondo del océano, donde solían estar los árboles más altos del mundo. Entonces le viene el recuerdo, un día de calor, una tarde de alguno de esos veranos que duraban años. Inés en malla entera, floreada en tonos multicolor. Los dos sentados en la costa, hechos milanesa, ella explicándole su teoría del bosque hundido en el agua.

—¿Qué vas a hacer vos solo en semejante caserón? No podés vivir en el pasado, tenés que mudarte.

Felipe no contesta, sigue concentrado en los movimientos de la playa. Aparecen algunos cuatriciclos, son de Prefectura. Bajan por los médanos haciendo una especie de coreografía, van a guiar los procedimientos. Sus huellas dibujan hilos en la arena mojada, con cada maniobra Felipe imagina un ovillo deshaciéndose frente a sus ojos. Como si al poncho de Inés se le desarmaran los puntos Santa Clara, como si toda esa lana y toda esa mística de la súper chica terminaran en una maraña de nudos imposible de desatar.

—Te toca el último —dice Inés estirando el brazo—. A ver si algún día te nos casás. —Felipe respira por la boca, se suena los mocos con un pañuelo de tela cuadrillé. Ella lo mira y se muerde el labio, los dos conocen la teoría que Inés no se gasta en repetir: vivir en Mar del Plata le aseguró a su hermano un estado alérgico de por vida, ella se curó de todo eso cuando se fue a estudiar a Capital.

El barco sigue tumbado, el jefe del salvataje toma el comando dando órdenes a viva voz y por altoparlante. Que tiren al norte, dice, que tiren al este, que emparejen al sur. Las bodegas siguen llenándose de agua, la nave succiona, gana peso en la base para volver a pararse. Felipe está hipnotizado, siempre le gustaron los documentales de la tele en los que mostraban las mega construcciones de ingeniería. Esos edificios asiáticos que se construyen en cuarenta y ocho horas, los puentes colgantes que entran en frecuencia con el viento y se desarman como si estuviesen hechos de plastilina. Todos pensaban que iba a ser arquitecto pero él prefirió dedicarse a otra cosa.

Inés sigue metida en el diario, lee los detalles de la noticia que sucede frente a sus propios ojos. El barco hundido termina de tumbarse, las maniobras de rescate inundaron la fosa y no lograron enderezarlo para ponerlo a flote. Una ola crece en el lugar del accidente, el megáfono pide auxilio, los cuatriciclos huyen en todas las direcciones. Los barquitos de remolque se fueron achicando, ya no son ni de juguete.

—Se te lavó el mate, Inés.

Felipe se levanta de la reposera, camina descalzo hasta que la ola le llega a los tobillos. Los rulos se dispersan en todas las direcciones. Un olor intenso lo aturde, hay cajones flotando en la superficie, van apareciendo entre las burbujas como la pasta que se cocina el domingo al mediodía. Los langostinos se desprenden, se multiplican, ya no están empaquetados para la venta. El contacto con el agua los hincha como globitos, como si toda la masa flotante fuese el fruto de un mundo subacuático que se desintegra. La orilla se tiñe de rojo, el mar ha cambiado de color.





La vieja





Llamo al ascensor. Dejo la bicicleta apoyada en el pasillo y tiro las flores en el cuartito de la basura. Tienen olor a podrido. Siempre me pasa lo mismo, el agua se pone verde y tengo que dejar el florero con lavandina. El ruido tambaleante de las cadenas se hace más fuerte. Los rayos de luz suben a ritmo constante y se proyectan como figuras geométricas del piso a la pared. Alguien abre la puerta de adentro del ascensor. Yo hago lo mismo con la de afuera.

—Permiso —digo sin mirar.

—¿Usted vive acá, en el 27? Qué olor extraño.

—Sí, buenas tardes, ¿necesita algo?

La vieja está en bata. Es una bata de toalla fucsia con los hilitos chamuscados en las mangas, un halo marrón, como si se hubiese quemado con la hornalla. El foco del ascensor le ilumina la cara, parece el consultorio de un dentista. Tiene el pelo blanco y finito, todo tirado para atrás. Usa gel o spray y una vincha de tela de corderoy. Me mira a través de unos lentes redondos con vidrio espeso como el almíbar.

—¿Cómo? —me dice desorientada.

—Le preguntaba si necesita algo.

—¿Usted vive acá?, estamos en el 27, ¿cierto?

Le digo que sí amablemente, que estamos en el 27 y que si se baja aprovecho y me subo con la bicicleta. Tiene un sobre en una mano y un bastón demasiado corto en la otra.

—¿Usted es propietaria?

—No, alquilo. ¿Necesita algo?

—Ocurre que me llegó este sobre, me lo dejaron por error, yo vivo en el 13.

La mujer sigue parada adentro del ascensor, me hace señas con los brazos para que me acerque. El bastón parece una varita para dar indicaciones. Apoyo la bicicleta contra la pared y me subo. Agarro el sobre con mis manos, no tiene remitente.

—Sí, dice 27 pero no indica la letra. Si quiere me lo deja y me encargo de averiguar a qué vecino le pertenece.

Pronuncio las últimas palabras mientras me bajo del ascensor para agarrar nuevamente la bicicleta. La mujer sigue sin moverse.

—Señora, si no le molesta, ¿podemos bajar?

—¿Podría usted fijarse si ha recibido un sobre para el piso 13? Quizás intercambiaron los destinatarios, espero una carta de mi familia, es importante.

—¿Usted quiere que me fije si tengo su carta en mi casa?

—Sí, eso mismo.

El olor me llega a la garganta, las flores son más intensas cuando están podridas. Siento una vibración en el ojo derecho, vuelvo a inspirar, la vieja me mira fijo, la boca se le mueve como tragando saliva. Me doy media vuelta sin contestarle, dejo la mochila y la bicicleta en el pasillo, abro la puerta de casa. Entro sin prender la luz. Hago un poco de ruido moviendo los adornos que cuelgan de las manijas de los placares, así la vieja escucha y cree que ando buscando su carta. Cuando vuelvo a salir el palier está en penumbras. El ascensor me encandila un poco, la vieja sigue sin moverse. Así, de lejos y con el contraste tenue del resto del ambiente, logro ver parte de sus piernas. Son flacas, grises y secas, parecen hueso.

—No, señora, lo siento. No llegó ninguna carta que no sea para mí.

Esta vez agarro la bicicleta y coloco media rueda en el ascensor.

—Podemos seguir charlando mientras bajamos, estoy un poco apurada.

—¿A dónde va?

Levanto la vista y la miro de frente, tiene la piel tirante y los ojos decolorados.

—Le preguntaba a dónde va con la bicicleta. Yo solía andar cuando era jovencita, pero ahora está complicada la calle, ¿lleva casco?

—Disculpe, señora, si me hace un lugarcito entramos las dos.

—¿Piensa subir la bicicleta en el ascensor? Qué olor feo que hay en este piso.

—No se preocupe, baje usted y yo espero el próximo.

Me miro el reloj con un gesto exagerado, deben haber pasado quince minutos desde que decidí bajar.

—Disculpe, ocurre que necesito dejar esta carta y recuperar la mía, de Italia me la mandaron.

—¿Y cómo puedo ayudarla yo?

—¿Me acompaña a mi casa? Tal vez la carta que busco llegó y se perdió cuando la pasaron debajo de la puerta. Usted debe tener mejor vista y si no le molesta quizás puede tomarse un momento y dar una miradita.

Respiro hondo, uno, dos, tres, como en la clase de yoga, retengo el aire, otra vez el ojo me tiembla. Me da un poco de pena. Sigo en silencio, le digo que sí moviendo la cabeza y dejo mis cosas en casa.





Cuando la vieja me dijo de bajar en busca del sobre perdido me imaginé una casa igual a la mía pero con alfombra y un gato. La vieja abre la puerta del 13 A y entra primero, empuja un poco con el brazo y hace fuerza de costado con el cuerpo. La puerta se traba cuando entramos porque hay diarios que nunca se levantaron del piso. Las paredes están llenas de cuadros, ninguna pintura, son fotos de mucha gente posando para la cámara. Hay mantas y telas sobre los muebles, como si el tiempo fuese un resfrío del que cuidarse.

—A ver, nena.

Estoy parada con la boca abierta, como tildada, la vieja me interrumpe el sondeo. Mueve el bastoncito y apunta directo a los sobres que hay en el suelo, pisamos unos cuantos al entrar. Me agacho y agarro todo lo que veo.

—Factura del gas, agua, teléfono. No veo ningún sobre que no sea de servicios. Parece que su carta no llegó.

—¿Y entre los diarios?, siempre tengo miedo de que haya cosas perdidas adentro del diario, desde que mi marido no está que no lo leo.

Levanto los que hay en el piso, los hojeo. Nada.

—Si quiere hablo con el portero y le pido especial atención en su correspondencia, así se asegura de recibir la carta que está esperando.

—Sí, sí, como usted diga, mi correspondencia requiere atención. Dígame, ¿y vive usted sola?

—Sí, señora, vivo sola. Si no le molesta me voy yendo, gracias.

—Qué cosa extraña le está pasando al mundo, tanta gente sola. Decían en la radio el otro día que hay más departamentos con una sola persona que casas de familia. Antes era distinto. Dígame, ¿cuántos años tiene usted? Se la ve jovencita, pero no tanto.

Siento algo en la garganta, como si el olor a podrido de mis flores hubiese bajado por la escalera.

—¿Quiere tomar un café? Tengo recién hechito, en la Volturno lo preparo. Como lo hacíamos en La Spezia, eso sí que era una casa de familia, llegamos a ser veinticuatro personas bajo un mismo techo. ¿Quiere sentarse? La veo con cara de cansada, usted no está para salir en bicicleta.

Le diría que quién es ella para decirme lo cansada que estoy. Pero mis palabras no toman cuerpo, quedan mudas ante su voz que me hipnotiza como en una especie de mantra. El bastón de orquesta digita los movimientos y los acordes. Ella se va para la cocina y la música no deja de sonar. Me habla de Italia, de su abuela Gina amasando la pasta del domingo. La escucho y siento que todos los viejos del mundo están debajo de esa bata, que mi viejo, mis abuelos y todos los demás están parados ahí, pidiéndome un poquito de tiempo.

Un olor intenso entra en el living, me empalaga pero me resulta familiar. No son mis rosas podridas, es algo dulce, como si en lugar de café la Volturno salpicara el más fino caramelo. En la mesa hay un jarrón lleno de flores, el perfume viene de ahí. Son tantas como todo en esta casa, como la vieja y sus parientes italianos. Todos juntitos, tallo contra tallo, una familia entera metida en un florero. Agarro la flor que sobresale del resto, la vieja me mira de refilón y yo le arranco los pétalos debajo de la mesa.





El chino Li





La última vez que lo vi fue hace más de diez años. Me acuerdo que lo fuimos a despedir a Ezeiza con algunos chicos de la escuela. Yo me animaba a darle un beso en la boca, siempre fui desenvuelta con los hombres. Pero él era tan tímido que me dio un beso en la mejilla y se fue corriendo. Habíamos hecho la promesa de seguir en contacto, éramos buena dupla jugando juegos de rol y nos encantaba sentarnos a ver capítulos enteros de Dragon Ball Z. Pienso en eso y me dan ganas de estar en Buenos Aires.

Todavía tengo el papelito, es como una cábala en mi billetera. Lo traje para que lo vea, es el contrato que firmamos con la promesa de volver a vernos. Tiene una cláusula matrimonial que se activaba si llegábamos solteros a los veinticinco. Ya nos pasamos de edad y el casamiento me resulta más lejano que a los quince. Pensar que estuve a punto y se me escurrió. Le voy a pedir unos años de prórroga.

Pongo un pie en la escalera mecánica y me apoyo en la baranda para descansar todo el trayecto. Son las siete de la tarde y en Buenos Aires recién está amaneciendo. Reviso la dirección, tengo veinte minutos hasta el final del recorrido de la escalera en la calle Nin Xuan Road. Alguien me empuja. Es un chino de traje y corbata que camina y se acomoda a una distancia prudente. Acá la gente se planta, inmóvil, del lado derecho de la escalera, cediendo el paso a los apurados que caminan o corren por la izquierda. Me encanta el collage que se va formando mientras subimos la montaña, las construcciones de hormigón se entremezclan con cables y callejones sin salida. Las plantas de los edificios se superponen unas con otras. Parecen apiladas al azar y es difícil identificar si una ventana es de un décimo piso o de un subsuelo. Las torres son infinitas, como si quisieran unir el cielo con el mar.

Se suponía que íbamos a mantenernos en contacto por carta, cuando se fue de Buenos Aires nadie usaba internet. Me había dejado la dirección escrita con esos caracteres que todavía me parecen jeroglíficos. Creo que era la casa de la abuela materna, o algo así, y que quedaba cerca de Shanghái. Se iban a instalar ahí hasta acomodarse. No tengo idea en qué momento se vino a vivir a Hong Kong. Ni bien se fue le mandé varios paquetes, en algunos metí Sugus de naranja y mi mamá me dijo que por culpa de los caramelos me iban a retener todas las cosas en la aduana. Me acuerdo lo difícil que fue transcribir la dirección de destino en el idioma original. Terminé usando papeles de calcar que después pegué en los sobres con cinta scotch.

Aparecen las primeras luces de neón y se me viene el recuerdo de los noventa. Todo esto tiene gusto a secundaria. Los focos de colores se multiplican a medida que nos acercamos a Lan Kwai Fong, la zona de bares más famosa de la isla. Son las únicas calles con minoría china donde las tabernas inglesas le siguen haciendo honor a la colonia. A la gente le gusta acumularse en las veredas a tomar alcohol barato de botellas de supermercado. Los bares están de adorno para los locales, son para los turistas o para la gente de mucha plata que puede pagar esos tragos millonarios. Pensar que la primera vez que me puse en pedo fue con el chino Li. Tengo el recuerdo intacto, fue cuando me contó que se volvían todos a vivir a China. Mi hermano nos venía hablando del Séptimo Regimiento y nosotros no tuvimos mejor idea que ir a probarlo a un bar de San Telmo. Esa noche, entre mareada y melancólica, le prometí hacer un pozo tan pero tan profundo que llegaría hasta China para buscarlo.

Me suena el teléfono. No estoy acostumbrada a que me llamen y tengo el celular en el fondo de la cartera. El chino de traje y corbata da vuelta la cabeza. Me mira de reojo, frunciendo la nariz. Mi celular canta cumbia y a mí me encanta que suene Gilda de este lado del planeta. Llamada perdida, número oculto. Odio que me llamen y no poder saber quién es. Aprovecho para revisar los mails. El spam de siempre y un mensaje de mi vecina de Buenos Aires. Parece que no sabe que me fui del departamento hace tres meses, nadie le contó que estoy recorriendo Asia con una mochila. Le voy a decir que por los temas del consorcio hable directamente con mi ex. Pero si digo ex tengo que dar explicaciones. Elimino el mail, el conventillo es de las pocas cosas que no extraño de Argentina. Acá son tantos que uno empieza a alienarse, a camuflarse en la masa de edificios y luces, en las millones de personas que transitan Hong Kong como si fuese un hormiguero.

Apenas llegué me sentía asfixiada en todas partes. Incluso en esta escalera, la primera vez hice una parte del trayecto a las corridas, pique corto y a los empujones. Es la más larga del mundo, dicen. Veintitrés minutos exactos de punta a punta. A quién se le ocurre, veintitrés minutos por escalera mecánica. Menos mal que hay varias paradas en el camino para que la gente pueda subir y bajar donde más le convenga. Encima hay una sola, baja a la mañana y sube a la tarde. El sistema responde a los estándares de la mayoría, vivir arriba y trabajar abajo. Me pregunto si el chino Li tendrá esa vida o si seguirá siendo un disidente. Así nos llamábamos, los disidentes. ¿Se acordará de todo esto? Menos mal que traje el papel con nuestro contrato prematrimonial, lo voy a usar para romper el hielo. Siempre me festejaba todos los chistes.

Deben faltar unos diez minutos para llegar, no más que eso. Los carteles de neón son más chicos que antes, algunos titilan, como si estuviesen nerviosos, otros tienen varias letras apagadas. Llegamos al barrio de las peluquerías. Hay miles de locales, todos minúsculos. La próxima vez que venga para este lado voy a aprovechar para cortarme un poco las puntas. ¿Qué habrá pasado con el pelo del chino Li? En séptimo grado nos habíamos ido de viaje de egresados a Puerto Madryn y todos nos teñimos el pelo con papel crepe. Nos dividimos en equipos y nos pintamos hasta la ropa. Mi mamá casi se muere cuando me vio la cabeza con ese azul que mutaba en verde con el paso de los días. Él se había pintado de rojo y el reflejo naranja le duró bastante tiempo. Le daba un aire de rebeldía que me gustaba, estaba canchero. Cuando volvimos del viaje se lo dije, le dije que le quedaba lindo. También le dije que me gustaba su sonrisa porque mostraba los dientes en la medida justa. Creo que se lo escribí en la mesa con microfibra indeleble y tuvimos que salir a pedir alcohol al botiquín de preceptoría para poder borrarlo. Él no me decía ese tipo de cosas, era medio duro con las palabras. Pero a mí me divertía jugar a descontracturarlo, le decía todo lo que se me cruzaba por la cabeza. Si total nosotros íbamos a ser amigos para siempre. Hasta el infinito punto rojo, me decía él.

El barrio se va oscureciendo y el silencio le gana al murmullo de la ciudad. La gente empieza a bajar de la escalera con más frecuencia y somos pocos los que todavía no llegamos. Me causa gracia esto, no me imagino cómo sería un trasporte parecido en Buenos Aires. Montaña no tenemos así que a lo sumo sería una especie de cinta transportadora al nivel del suelo, como esas que hay en algunos aeropuertos. Un túnel bordeando la capital, algo así como la General Paz para peatones. Qué ganas de darme una vuelta por allá, aunque sea un ratito, ir y venir, porque en Argentina no quiero quedarme. Otra vez el teléfono y la búsqueda del tesoro en la cartera. Otra vez el chino de traje y corbata mirándome de reojo. ¿Y si el que llama es el chino Li queriendo cancelar? Estoy viajando sola hace varios meses, ya me acostumbré, puedo seguir estando sola. Pero me divierte la idea de ver una cara conocida después de tanto tiempo. Aunque no sé, desde que nos encontramos en internet que me vengo imaginando al chino de la escuela, pero no tengo ni la menor idea de cómo está, qué hace, qué piensa.

Tal vez era mejor dejar intacto el recuerdo de la infancia. Si me está llamando para cancelar me voy a quedar con una imagen muy distinta, él siempre cumplía con su palabra. Pero capaz me está llamando para decirme que no viene, que le pasó algo, que se le complicó. O capaz que no viene y no me dice nada. Por algo nunca respondió mis cartas, a quién se le ocurre pensar que una carta no llega porque el sobre tiene caramelos. Seguro que en estos años volvió a Buenos Aires miles de veces y nunca me buscó. Y yo con el contrato prematrimonial en la billetera, a esta altura se debe haber olvidado de todo. Como yo, yo también me olvidé de muchas cosas. Tengo algunos flashes, algunos recuerdos aislados, las mismas anécdotas que cuento cada vez que hablo de mi noviecito de la secundaria.

Me quiero bajar, no me voy a poner melancólica a veinte mil kilómetros de distancia. El chino de traje y corbata no se inmuta cuando le paso por al lado. Sigo. Veo el fin de la escalera a pocos metros, no queda nadie adelante. Los escalones se van achicando hasta que el suelo se los traga por completo. Avanzo unos metros y afino la vista. La explanada está vacía. ¿Y ahora cómo hago para bajar? Era obvio que me iba a pasar esto, lo único que logré es tener que volverme caminando. Me doy vuelta. La escalera sube, viene hacia mí. Ojalá pudiera cambiarle el sentido, hacerla bajar y que me lleve de vuelta al pie de la isla.





Mangas verdes y el cementerio de aguavivas





Hay un cementerio en la orilla. Cuerpos hechos de gelatina, redondos, resbalosos, transparentes. Los chicos corren de acá para allá con baldes llenos de agua, con redes para la pesca. Van y vienen trayendo presas nuevas, las acumulan como si fuesen de juguete, las tocan con sus palas y sus rastrillos. Los que no cazan aguavivas están jugando carrera. Se formó un charco grande con la crecida del mar y yo estoy en primera fila viendo el espectáculo. Me veo a mí misma, papá agarrándome de las manos para hacerme volar más allá de la rompiente, todos esos caracoles que nunca nos cansamos de juntar. Una nena avanza en equilibrio inestable, con cada paso se le sale un poco más la bombacha hasta que la pierde en alguna parte del recorrido, no se da cuenta. Un nene se cae al piso por el propio peso de su pañal, salpica gotas en todas las direcciones. Alguien rompe la guerra fría con un bombazo de arena a la marchanta.

Se supone que la costa mansa no es tan ventosa como la de Mar del Plata. Pero de un momento a otro se levanta una ráfaga y los barriletes empiezan a asomarse. Las cometas, los diez metros de tela que dan propulsión a viento a cada uno de los participantes de la regata. Los veo volver, las sombras nacen en el agua porque el sol se hunde en el horizonte. Las olas ya no son tímidas como antes, el mar está revuelto. Los competidores se bajan de las tablas con torpeza, se caen y se levantan. Enrollan los hilos, salen del agua, doblan las velas sobre la arena como quien plancha con la mano una prenda de vestir. Tienen puestos sus neoprenes para el frío y las narices llenas de protector. Me paro y camino hasta la orilla, afino la vista, busco al chico del traje con mangas verdes, quiero verlo llegar. Nada. Me hago la distraída y recorro la zona de punta a punta, esquivo las montañas de aguavivas dispersas en el suelo.

Me acerco a los que van saliendo del agua y les pregunto si vieron a José. Debe estar tomando una cerveza, dice uno de los chicos con ironía, me sacó varias vueltas de ventaja, fue de los primeros en terminar. Quizás no lo vi salir, pero no, yo estuve atenta monitoreando todos los movimientos de la playa, nunca volvió. Tampoco lo veo en la carpa oficial de la competencia ni guardando sus equipos. Espero un rato. Miro al cielo, en una de esas se quedó navegando. Ni siquiera sé si es bueno en este deporte, si es verdad que llegó primero que el resto. Busco a los organizadores. Que qué número de competidor es, me pregunta la chica que tiene la radio, va a llamar a Prefectura, se supone que nadie quedó en el mar. Es el chico del traje con mangas verdes. Mangas verdes, repite acercándose el walkie talkie a la boca, el participante no se reportó después de la carrera, acá está la novia dando aviso del incidente.

No soy la novia, pero me siento menos ridícula si me quedo callada. Tampoco se trata de un incidente, a menos que pase algo y salgamos en los diarios, chico viaja con chica de Tinder a Uruguay y desaparece en medio de una regata. Trato de no pensar en cosas malas pero se me viene a la mente lo de siempre, el teléfono que suena y papá que no contesta. No quiero exagerar y quedar como una loca pero el viento pega fuerte, los nenes ya no juegan a mojarse porque hace frío, el charco desaparece y se une con el mar.

Hoy llegamos tarde, pensamos que se corría a las dos pero la competencia era a la una del mediodía y José fue el último en entrar al agua. Se puso el traje al revés, del apuro, y se lo tuvo que dar vuelta en el medio de la playa. Se quedó en bolas, sentado en la arena para hacer la maniobra sin llamar la atención. Era la primera vez que le veía el pito sin que estuviese parado y por quedarme ahí mirándolo me olvidé del salvavidas. Le alcancé el casco, corrí a la orilla con su tabla mientras él remontaba la vela en el cielo, pero el chaleco no. Si hubiese venido con los demás corredores esto no pasaba. Si no nos hubiésemos ido del Conrad sin pagar el desayuno, si no nos hubiésemos quedado haciendo repechaje de canciones de cumbia, si no hubiésemos ido al cine a comer rollitos de crudo y queso de contrabando, si nunca nos hubiésemos dado un like.

A quién le aviso, apenas lo conozco. Puedo buscar a su familia en Facebook. Decirles que su hijo se ahogó, que ya sé que no me conocen pero que vino conmigo a Punta del Este. Y si no me creen les puedo contar algo de él que nadie sepa, que tiene un perro muy viejo que se llama Betún o que usa una cadenita de plata que le regaló su mamá. Ahora que lo pienso, si le pasó algo no tengo ni una foto con él, ningún recuerdo. Me podría quedar con su cadenita, la guardaría en mi caja de los secretos, con las cartas de la primaria, los souvenirs de fiestas de quince y los caracoles que juntaba con papá cuando íbamos más allá de la rompiente. Si la familia me pregunta voy a tener que contarle que me llamó el sábado medio borracho y me dijo que lo acompañara, que me estoy por ir a vivir a otro país y por eso nos animamos a viajar. No se pueden enojar conmigo, si fui yo la que se dio cuenta de todo, la que dio aviso a Prefectura y entonces salieron buscarlo. Pero nadie lo está buscando, los demás participantes elongan sus músculos, reciben masajes de sus novias, me pregunto si son sus novias de verdad, toman agua, se tiran a descansar.

Quizá está intentando nadar a la costa y yo acá pensando en cómo se le dice a una madre que su hijo se murió. No hay forma de dar una noticia así de buena manera, pero hay un sexto sentido que hace que estas cosas se intuyan, y yo lo estoy intuyendo, igual que con lo de papá. Era tan raro que me llamara el tío, nunca en la vida me había llamado el tío. Vi la pantalla del teléfono con su nombre y mi cerebro hizo sinapsis.

Estoy exagerando, él no está muerto. Una vez que conozco a alguien que vale la pena, no puedo tener tanta mala suerte. Si está vivo le digo que me gusta mucho, me gusta un montón, que no me voy nada a vivir a Europa, que me quedo en Mar del Plata con él. Sí, me dejo de hacer la interesante, la chica de mundo. Le dejo de mentir con esto de ser amigos con derechos, de las relaciones abiertas. Si sale del agua me lo chapo en frente de todos, le digo que sea mi novio, que nos casemos, que tengamos hijitos como los que corren en la orilla, que juntemos aguavivas. Sí, ya sé, no te conozco, pero creéme que vamos a funcionar, José. Ya lo googleé y nuestros signos son compatibles. Me dijiste que naciste a las diez de la noche y ese mismo día hice tu carta natal por internet. Pero la carta natal no decía que te ibas a morir.

Viene la chica de Prefectura, dice que en la isla Gorriti hay un kite y una tabla enterrada en la arena, que deben ser del competidor que falta, que seguro está ahí descansando antes de la próxima corrida. Y cómo sabemos que es él, capaz faltan más personas. Señorita, quédese tranquila, falta solamente su novio y hay una sola tabla en la orilla. Debe estar tomando sol en alguna parte de la isla, mi compañero se está acercando con el gomón para que no tenga que volver navegando, la competencia se suspende por el clima. Cómo saben que está paseando por la isla, cómo saben que son sus cosas, y si son sus cosas, cómo saben que las dejó y se fue a dar una vuelta, tiene más sentido que las haya dejado otra persona, que las hayan encontrado flotando y las hayan sacado del mar.

No estoy exagerando, si la regata se suspendió por el clima es porque está peligroso. Me duele la panza, tengo ganas de vomitar. Respiro, voy a la carpa de la competencia a tomar un poco de agua. Tu amigo se fue a la isla, me dice uno de los chicos, encontraron sus cosas ahí. Tu amigo, pienso. Mi amigo, parece que sí, que se quedó del lado de allá. Camino de nuevo a la orilla, el gomón de Prefectura se acerca, me meto en el agua, una ola me moja el shortcito de jean. Debe estar viniendo ahí, con el rescate. La chica de la radio se acerca, me dice que seguro lo están trayendo en la embarcación. Yo me acomodo el pelo, meto panza, sonrío. Pero el bote se asoma y no trae a nadie, solo al tipo de Prefectura que me mira con cara de nada y en ese silencio tácito siento que toda la playa me está dando el pésame.

Camino para atrás sin sacar los ojos del agua, tengo gelatina en la planta de mis pies, la baba pegada entre los dedos. Me quema, me duele como si hubiese pisado una fuente recién salida del horno. La gente de Prefectura me habla, me dice cosas, los veo modular, mover sus manos y sus banderas. No los escucho. El ruido del mar es cada vez más intenso, me aturde, como si me hubiese hecho bolita y metido adentro de un caracol. Las olas vienen de todas partes, se acercan y se alejan en todas las direcciones. Miro para arriba buscando al barrilete. Me imagino la línea que baja, tensa y perfecta, hasta perderse más allá de la rompiente.





Las moscas de papá





La primera vez que las vi pensé que papá había dejado el campo para dedicarse a la moda femenina. Estaban prolijamente ordenadas en una caja azul, de esas que despliegan varios estantes al abrirlas. Había plumas de todos colores: verdes, azules, rojas y naranjas. Tenían unos ganchitos de metal como para ponerse en la oreja. Pero no eran aros, tampoco venían de a pares, cada pieza era única en su especie. Eran las moscas de pesca y aparecían cada vez que nos íbamos de vacaciones al lago.

Papá era de esos tipos atolondrados, llenos de energía. Siempre el primero en levantarse y el último en irse a dormir. Con una siesta de veinte minutos exactos lograba reponerse de cualquier ataque de cansancio. Le gustaba la rutina, y eso se aplicaba a todos los aspectos de su vida, desde el disco de Serrat que no dejaba de dar vueltas en su camioneta, hasta el orden en el que leía el diario del domingo. Empezaba separando la sección de cultura para mamá, leía por encima la portada y después pasaba a la revista, de la que solo le interesaba la última página para jugar al juego de las diez diferencias. Decía que eso le ejercitaba alguna parte del cerebro, manteniéndolo a salvo de los problemas de memoria. Ese disfrute que sentía en la constancia de sus hábitos nos llevaba todos los años de viaje al mismo lugar, a orillas del Nahuel Huapi.

La actividad principal no discriminaba la mañana de la tarde, tampoco importaba si había sol o si se estaba largando la tormenta. La mística alrededor del pique era tan pasional como el fútbol, y ni bien nos embarcábamos en La Bondadosa del tío Ramón, ya empezaban las hipótesis desencontradas alrededor del comportamiento de la trucha. Que a esta hora les gusta estar en el medio del lago, que cuando está picado hacen esto, que cuando está calmo prefieren lo otro. Así aprendí que en la Patagonia los peces tienen gustos refinados, que les encanta el color naranja en primavera, pero prefieren el verde cuando llega el otoño.

Ninguno en la familia tenía tanto fanatismo como papá, pero a todos nos divertía la aventura entre montañas y un lago nacido del deshielo. Mamá tomaba sol o escribía en su cuaderno de hojas lisas, mientras mis hermanos y yo aprovechábamos las paradas en la costa para ir a buscar las cascadas escondidas en el bosque. Cuando me aburría de jugar a los exploradores dejaba que mamá me peinara, le gustaba hacerme dos trenzas cosidas, largas y pelirrojas, que acomodaba detrás de mis orejas.

El tío Ramón vivía en el sur desde que yo tenía memoria. Mamá decía que tenía alergia al trabajo y que por eso se dedicaba a salir de paseo en su lancha con turistas. Lo visitábamos siempre a principios de noviembre. Cuando florecen las retamas aparecen ustedes, decía, y se reservaba la semana entera para acompañarnos. Siempre se aseguraba de no superponer nuestro paseo con el de otros aficionados, sabía muy bien que a papá no le gustaba compartir sus secretos a bordo con otros pescadores.





Una sola vez en tantos viajes papá aceptó sumar a un desconocido a la tripulación. Creo que si hubiese sabido que también pescaba no habría dudado en dejarlo esperando en el muelle. Venía de Francia y no tenía más de treinta. Con eso alcanzó para que papá asumiera que no había peligro de pique robado. Después de volar desde París y tomar un colectivo lechero al sur, el francés había emprendido su viaje en busca de la Patagonia de su madre. Había llegado al pueblo con una mochila y una libreta con algunos datos e indicaciones. La madre del francés era argentina y conocía al tío desde la infancia, así que nos tocó ser los anfitriones y tuvimos que sumarlo en nuestro paseo.

Eran las siete y media de la mañana, más temprano que el horario de entrada a la escuela, y ahí estábamos todos como marineros a punto de embarcar. Entre bostezos y lagañas acomodamos las provisiones a bordo: el equipo de mate, la heladerita con el pollo para los sándwiches, las facturas para la merienda y la infaltable Ginebra para el brindis de los piques exitosos. Agua no hacía falta llevar, el tío cargaba bidones del lago y repetía que el Nahuel Huapi purifica el alma.

Ordenamos las cañas y las cajas, la azul tenía las moscas y la verde las cucharas y señuelos para los inexpertos que pescábamos sin tanto protocolo. Papá llevaba algunos elementos encima, guardados prolijamente en los nueve bolsillos de su chaleco de pescador. Pinzas, anzuelos, tanzas de diversos grosores y el infaltable cortaplumas bordó que usaba en cuanta ocasión podía, para desenganchar anzuelos después de un pique o para pelar prolijamente una manzana.

No había pasado ni una hora de navegación y papá ya había cambiado varias veces de mosca. La Pescadora, como la había titulado un año atrás en su récord de siete piques en un día, ahora estaba en la zona de descarte. Le faltaban varias plumas y le quedaba poco de ese color naranja con el que había conquistado las aguas. Papá probaba una a una todas las moscas que había comprado antes de viajar, incluso sacó el catálogo en el que se detallaban las recomendaciones de uso para cada señuelo y ocasión. Mamá tomaba mate y los chicos enredaban sus líneas de pesca haciendo la clásica galleta de tanzas, la superposición de un sinfín de nudos capaz de impacientar al más calmo, pero que a todos nos gustaba desenredar.

El francés se había instalado en la proa, estaba solo, sentado con las piernas cruzadas. Yo me había quedado detrás del vidrio para que no me viera, me hacía la distraída jugando con las moscas, pero no podía dejar de mirarlo. Me llamaba la atención el color de sus ojos, casi amarillos, como las retamas de las que siempre nos hablaba el tío Ramón. También me gustaba su pelo, era largo, negro azabache. Se le despeinaba con cada ráfaga de viento y él se lo acomodaba con los dedos desde la frente hasta la nuca.





Estaba llegando el mediodía y no habíamos tenido ni un solo pique. Papá y el tío se debatían eligiendo el rumbo del barco. Hacían suposiciones acerca de la suerte, medida en peso y cantidad de truchas, de las demás embarcaciones. Por el momento no habíamos visto a nadie en pleno pique, una escena de esas hubiese cambiado el humor de papá. Al parecer no estaba siendo fácil la pesca y todavía no había señales de La innombrable. Así le decíamos a la trucha que todos querían sacar, con escamas color arcoíris y un peso mínimo de once kilos y medio. Era el nombre propio de la victoria dentro del lago.

Nos dirigíamos al Brazo Machete para revertir la jornada cuando vi que el francés sacaba una caja del bolsillo de su pantalón. Parecía un estuche de herramientas de juguete. Estaban todos entusiasmados apostando el peso récord que tendría la trucha más grande de la temporada y yo no podía sacarle los ojos de encima. Fui la única en verlo. Agarró una tijera de la caja, la examinó entre sus dedos y se la llevó a la cabeza. Hizo un movimiento suave y dejó caer un mechón tupido de su pelo negro como la noche. En ese momento cruzamos miradas por primera vez. Creo que duró tres o cuatro segundos, pero para mí fue una eternidad. Me puse roja hasta las orejas. Por suerte el sol estaba radiante y era fácil disimular los colores en la cara. Me hizo un gesto con la mano, invitándome a la proa. Sonreí disimulando la emoción, tomé aire por la nariz, y fui haciendo malabares hasta la punta del barco.

Me senté de frente, tocando apenas su rodilla con la mía. Estaba acostumbrada al perfume de papá y para mí todos los grandes olían de la misma forma, pero en ese momento descubrí que el francés tenía el olor más rico del mundo. Supongo que me notó un poco incómoda y que por eso me sonrió, tenía la boca grande y los cachetes con barba. Era la primera vez que me gustaba alguien con bigote y me preguntaba si un beso de él me rasparía la cara.

Miré sus manos, tenía el mechón que acababa de cortarse. Sin darme tiempo a hacerle todas las preguntas que tenía en la cabeza, puso el plumero negro entre mis dedos y volvió a agarrar la caja donde guardaba su tijera. No tenía ni la menor idea de lo que el francés estaba planeando hacer, pero me gustó acariciar ese pelo que de tan oscuro brillaba, como las cintas color plata de las moscas de papá.

Sus herramientas eran más bien un kit completo de artesano, y mientras yo lo miraba hipnotizada, él desplegaba los elementos para el armado de una mosca casera. El cuerpo estaba hecho con un pedazo de cuero liviano al que le iba atando mechones más chicos de su propio pelo. Uno a uno los enganchaba con nudos especiales e imposibles de reproducir.

Terminó de hacer su mosca de pesca, y antes de colocarle un anzuelo en la parte de abajo, la puso entre sus labios para peinarla con su lengua y humedecerla con su saliva. Era todo tan raro que no me salían las palabras de la boca, no sabía qué preguntarle y dudaba del nivel de su español para comunicarse. En ese momento me di cuenta de que habíamos estado todo el tiempo en silencio.





Estaban todos tan concentrados debatiendo el efecto de la erupción del volcán en los animales, que nadie notó mi encuentro con el francés. Aseguraban que la presencia de cenizas en el fondo lago hacía que las truchas más grandes subieran a la superficie a buscar comida, aumentando la probabilidad de encontrar a La Innombrable. Las hipótesis alrededor del comportamiento de los peces me salvaron de la vergüenza que me generaba el momento. La imagen de mis hermanos espiando y cuchicheando con mamá me daba pánico, pero lo que más me aterraba era el ataque de celos y malhumor que podía generar el francés en mi papá.

Con un movimiento seco dejó que su señuelo se hundiera un poco, y después fue haciendo toques suaves y cortos con su caña. Yo intentaba seguir el efecto a través de la tanza y me imaginaba a la mosca morena bailando en algún rincón del Nahuel Huapi. La suponía seduciendo a las truchas distraídas con esa melena de importación.

Para ese entonces papá ya había notado la presencia de una línea más en el agua. El tío Ramón percibió la tensión en el ambiente y prefirió quedarse callado y acelerar el ritmo del motor. Era evidente que sabía desde un comienzo que el francés era un aficionado de la pesca, era la única forma de explicar cómo había llegado la caña europea a bordo. Lo que el tío no sabía era que pasaríamos nueve horas y media sin señales de trucha. Había especulado con que para ese entonces papá ya tendría varios piques de tres o cuatro kilos encima, y que no le molestaría que el extranjero se sumara al juego. Los chicos tampoco estaban con suerte, decían que habían tenido un acercamiento en una caña, que habían sentido al pez rozando el anzuelo, pero que no había pasado a mayores.





El tiempo corría sin novedades bajo el agua, mientras papá repasaba una a una todas sus moscas: las de pelo de ardilla en combinación con faisán, traídas de Estados Unidos; las de pelaje de ciervo teñido en las puntas, marca registrada de la casa de pesca más exclusiva de la Patagonia; y las sofisticadas con plumas de pavo real y cabellos de liebre, que le habíamos comprado a un artesano en El Bolsón. Armaba y desarmaba cañas, desmentía sus propias hipótesis y aseguraba que todo era culpa del volcán. Las cenizas se llevaron la vida del lago, decía, y se enredaba con tanzas y anzuelos ajenos de pique. Movía los ojos de un lado al otro, cada vez más rápido, mirando al tío y al francés casi en simultáneo.

Llegamos al brazo última esperanza con la literalidad de su nombre en los hombros y las pocas fuerzas que nos quedaban para seguir. Mamá rezongaba con que se ponía de noche y era peligrosa la vuelta, pero sabía que papá no pararía hasta llegar al Correntoso. Y fue ahí mismo, en la boca del río y con la luna blanca instalada en el cielo, que papá se puso su equipo de pesca competo, esa especie de enterito impermeable que le permitía pescar desde el agua. Eran las diez y cuarto de la noche, el motor de la lancha estaba detenido y ningún tripulante se animaba a hablar.

Veía a papá sufrir y disfrutar al mismo tiempo. Para él la pesca tenía esa magia, ese equilibrio perfecto entre la ansiedad y la paciencia. Movía sus brazos como bailando y llevaba a la resucitada Pescadora abriéndose camino en el frente de batalla. Había sido en ese mismo lugar, ahí donde lago y río son uno sólo, donde la habíamos bautizado tras aquél imbatible récord de piques.

La música del río llenaba todos nuestros silencios. Yo miraba a papá con la misma desesperación con la que mirábamos juntos el fútbol del domingo. Cerraba los ojos, apretaba mis dientes con fuerza, y me imaginaba a la trucha mordiendo la mosca naranja en plena primavera. Estaba tan concentrada en mis pensamientos que tardé en reaccionar. ¡Pique, pique, pique!, gritó una voz grave desde la punta del barco. El francés tenía su caña totalmente curva, como haciendo un arcoíris en el aire.

No sé si fue por su acento enredado o por los ojos tristes que llegué a ver en papá, pero en ese momento quise que al francés se le cortara la línea, que el pez se escapara con mosca y todo. Quería que papá le ganara la batalla, que pescara la trucha más grande de la temporada, y todo en la cara del extranjero, que ensanchaba su sonrisa con soberbia.





Pegué un salto y retomé mi lugar en la proa buscando la caja de herramientas del francés. No dudé. Agarré la tijera con una mano y mi trenza pelirroja con la otra. Sabía que en esas aguas había truchas con gustos refinados, que La Innombrable estaba ahí, esperando mi mosca naranja para darse a conocer.





Viento sur





Era sábado y había quedado en ir al campo a visitar a sus papás. Quería sincerarse con ellos y contarles las novedades de la separación. Necesitaba sentirse hija por un rato, que la mimaran un poco y le cocinaran su plato favorito, fideos caseros con pesto y mucho queso.

El despertador sonó a la hora de siempre, el cucurucucú anunciando las siete de la mañana. Tenía ganas de salir de la ciudad y no ver gente por compromiso. Venía con poca tolerancia a los asados en casa de amigos. Cada vez que le preguntaban por él le inventaba algún viaje de trabajo, alguna convención en Europa. Era natural verla sola con los chicos pero se le estaban terminando las excusas. Toda esa mentira empezaba a pesarle, lo notaba en el tic en el ojo, se le aparecía cada vez con más frecuencia. El latido era en la parte superior izquierda del ojo izquierdo. Un movimiento involuntario del músculo, una vibración doble, la primera intensa y la segunda débil pero no menos molesta.

Tomó mate en la cocina, leyó por encima el diario y subió a los chicos dormidos al auto. Con los abrigos encima del pijama para que no chuparan tanto frío. Había llegado el invierno y era momento de sacar las camperas del placar de arriba. Eran esas que habían comprado en Bariloche, últimas vacaciones en familia. Habían ido a hacer deportes de montaña pero terminaron subiendo al cerro un solo día. A ella no le daba seguridad el asunto de la escuelita, los nenes de acá para allá con esos instructores de sky que apenas terminaron la secundaria. Qué pérdida de plata, él estaba furioso, a ella le temblaba el ojo de los nervios. Tres meses después, abogado de por medio y los papeles firmados a escondidas en el quinto piso del Maral 45. Jamás olvidaría el olor de la sala de espera. Ella y él en silencio, los novios de toda la vida sin poder mirarse a los ojos. Se respiraba vergüenza, el aire era pesado y ácido como el limón.

Había dejado todo listo la noche anterior, mudas de ropa, frazadas limpias, juguetes y golosinas. Manejó los ciento veintisiete kilómetros con el tanque lleno y la ruta vacía. Siempre que iban al campo manejaba él y era una aventura estar al volante sola con los chicos. El cielo había aclarado antes de la salida del sol y recién pasadas las ocho de la mañana se vio la pelota de fuego asomando en el horizonte. El espectáculo era tan lindo que bajaron del auto para disfrutar tranquilos del amanecer. Paró en la banquina, ellos aprovecharon para hacer pis entre los yuyos. Se veía el surco del arroyo del otro lado del alambrado, completamente seco. Los chicos quisieron repetir el ritual de siempre, agarraron algunas piedras para hacer sapito y las tiraron a la canaleta vacía. Ella hizo lo mismo, las tiró lo más lejos que pudo y se encandiló mirando el horizonte.

Amaba el campo en todas las estaciones, había nacido ahí, con los calores del verano y las heladas del invierno. Lo único que no toleraba era la lluvia, y por más que hicier