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Cuando pase la lluvia

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En la Buenos Aires de 1828, Mercedes Saavedra, joven de la aristocracia porteña, se enamora del prometido de su hermana y desencadena un escándalo que debe acallarse a cualquier precio. La Buenos Aires contemporánea es el escenario de la lucha de Cecilia con un penoso desorden alimentario, difíciles lazos personales y una tortuosa dependencia del hombre equivocado. Las vidas de ambas mujeres se entrelazan a través de los siglos y reflejan su lucha por sobreponerse a los errores, desandar caminos y descubrir su verdadera identidad, oculta bajo pesados mandatos familiares y sociales. Cuando pase la lluvia gira en torno de la posibilidad humana de torcer el destino y lograr el amor y la felicidad a pesar de los escollos. Con una prosa rica y ágil que atrapa desde la primera línea, Judith Mendoza-White narra una historia de intriga, secretos y emociones, que le da una vuelta de tuerca a la novela histórico-romántica.
Year:
2018
Publisher:
Grupo Planeta - Argentina
Language:
spanish
File:
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1

Cuando pare de llover

Year:
2019
Language:
spanish
File:
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2

Der Stuermer - 1940 Nr. 35

Language:
german
File:
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Índice de contenido

Portadilla

Buenos Ayres, 1828 / Verano

Buenos Aires, 2007 / Verano

Buenos Ayres, 1828 / Otoño - Invierno

Buenos Aires, 2007 / Verano

Buenos Ayres, 1828 / Invierno

Buenos Aires, 2007 / Verano

Londres, 1828 / Invierno

Buenos Aires, 2007-2008

Buenos Ayres, 1836 / Invierno

Buenos Aires, 2009

Buenos Ayres, 1836 / Primavera

Buenos Aires, 2010

Córdoba-Buenos Ayres, 1836 / Primavera-Verano

Buenos Aires, 2010 / Verano

Buenos Aires, 2011

Buenos Ayres, 1853

Buenos Aires, 2012 / Otoño

Cornwall, Inglaterra, 1853 / Invierno

Agradecimientos

Judith Mendoza-White

Cuando pase la lluvia

Mendoza White, Judith

Cuando pase la lluvia / Judith Mendoza White. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos

Aires : Emecé, 2018.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-950-04-3958-9

1. Narrativa Juvenil Argentina. I. Título.

CDD A863.9283

© 2018, Judith Mendoza-White

Diseño de cubierta: Departamento de Arte de Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

Todos los derechos reservados

© 2018, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

Publicado bajo el sello Emecé ®

Independencia 1682, C1100ABQ, C.A.B.A.

www.editorialplaneta.com.ar

Primera edición en formato digital: agosto de 2018

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las

sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o

procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-950-04-3958-9

A mis abuelos Segundo y Teresa Gelsomino,

por quienes aprendí que el amor es lo único

que vence a la muerte

¿En qué ayer, en qué patios de Cartago

cae también esta lluvia?

JORGE LUIS BORGES





Buenos Ayres, 1828

Verano

1

Mercedes se despertó sobresaltada de un sueño pesado, espeso como el

sopor de la fiebre. Molesta, tironeó impaciente de las cintas que le ajustaban

el camisón alrededor del cuello. El calor de la siesta d; e enero se detenía en el

cuarto enroscándose en los cuerpos dormidos, en las almohadas húmedas y el

tul de los mosquiteros, recogidos en un intento de hacer circular el aire entre

los lechos. El reloj de la iglesia de Santo Domingo dio las tres. Mercedes no

lo sabía, pero esa era la última hora de ausencia de dolor que disfrutaría en su

vida.

La joven intentó incorporarse y advirtió que una de las piernas de la prima

Milagros, la más gorda de la familia, aprisionaba las suyas. No es justo, se

dijo irritada. La casa está llena de parientes por el compromiso de Sofía, y

soy yo la que se lleva la peor parte.

Hoy hacía más calor que nunca, tal vez porque había demasiada gente en

el cuarto. La casa era una de las más grandes de Buenos Ayres, pero la

avalancha de parientes había sido demasiado abundante para contenerla en

los cuartos de huéspedes. Los tíos de Córdoba habían llegado al alba, llenos

de polvo y baúles. La había despertado el ruido de voces y pasos apresurados,

y después, la cara redonda de la negra Dominga en la puerta del dormitorio

para anunciar las nuevas visitas y ayudarlas a peinarse y vestirse. El desayuno

se había servido en la larga mesa del comedor principal, con la vajilla inglesa

de plata repujada que sólo se sacaba en las ocasiones especiales, después de

haber dado a los recién llegados tiempo de quitarse de encima la suciedad y el

fastidio de largos días de viaje.

El reloj de la sala se unió a la última campanada de Santo Domingo.

Mercedes echó una mirada a la mulata adolescente que se ocupaba de agitar

el abanico de plumas en dirección a las camas, y advirtió irritada que la

cabeza adormilada de la muchacha caía sobre su pecho, el abanico olvidado

sobre sus largas piernas huesudas como las de un potrillo recién nacido.

Fastidiada, comenzó a arrancarse uno a uno los papeles que le enroscaban

los cabellos. Después de todo eran una molestia inútil, ya que su pelo se

negaba a enrularse como era debido; «Lacio y negro como pelo de india»,

solía decir la tía Augusta Tomasa, frunciendo la nariz afilada en un gesto de

desprecio. El cabello de Sofía era perfecto, pensó Mercedes observando la

mata dorada enroscada en las almohadas. También el delicado perfil de su

hermana mayor era bello y armónico como los rostros de Botticelli; Sofía

siempre le recordaba un grabado de El nacimiento de Venus que había visto

años atrás, porque sus rasgos eran casi idénticos a los de la figura más

importante del cuadro. Recordaba también a su madre arrancándole el libro

de las manos, y el subsiguiente castigo por estar husmeando libros no

apropiados para una niña decente.

Aplastada por la quietud de la casa, Mercedes se levantó y caminó hasta la

ventana. Deslizándose bajo la muselina del cortinado, apoyó la frente en el

vidrio y observó la calle vacía, pensando que Buenos Ayres era mortalmente

aburrida en horas de la siesta. Nadie caminaba, nadie existía fuera de la

penumbra de los dormitorios cerrados. Pero, ¿quién podía moverse con este

calor? Desperezándose, desprendió uno a uno los botones que le cerraban el

camisón desde el cuello a la cintura. Pensó en baños de agua fresca y

jabonosa, en la piel libre, sin puntillas ásperas ni ballenas clavándose en las

costillas, en echarse a correr por las calles sin quemarse las plantas, como los

negros, igual que las lagartijas que cruzan el empedrado como un relámpago

verde.

Absorta en sus ensoñaciones, no escuchó el ruido de caballos acercándose

hasta que el primero se detuvo frente a la casa. Volviéndose hacia las camas

para ver si alguien más lo había oído, encontró las jóvenes dormidas con las

piernas y los cabellos extendidos sobre las sábanas calientes. Tras un instante

de vacilación, se deslizó hacia el exterior. El sol se derramó sobre ella,

cegándola, ardiente como una bocanada del infierno.

El coche detenido frente a la casa tenía las ruedas y las puertas manchadas

de barro seco. Inclinando la cabeza para evitar el resplandor, una dama de

mantilla clara descendió apoyándose en la mano que le ofrecía un joven de

casaca gris.

Seguramente parientes del novio de Sofía, pensó Mercedes sin demasiado

interés. Eso significaba más cuartos ocupados y creciente mal humor de parte

de su madre, que no cesaba de recorrer la casa con su paso rápido y nervioso

desde que habían llegado los primeros huéspedes, enloqueciendo a las niñas y

a los negros con órdenes y reprimendas. Por suerte mañana llegaría el novio

acompañado de sus padres, se realizaría por fin la petición de mano, y

entonces tal vez su madre se tranquilizaría un poco.

Los recién llegados desaparecieron uno tras otro dentro de la casa

seguidos por los criados cargados de baúles, excepto un hombre joven que se

separó del grupo para hablar con los jinetes que escoltaban la diligencia.

Mercedes se inclinó sobre la barandilla y vio una coleta de cabello marrón

rojizo cayendo sobre la espalda ancha por debajo del sombrero. En la nuca,

algunos mechones se oscurecían, húmedos de sudor.

Tironeando la puntilla de las mangas, la joven dejó caer la camisa de

dormir hasta sentirla enroscarse alrededor de sus tobillos. El sol le quemó el

pecho y los hombros con una sensación nueva, desconocida.

El silencio había vuelto a la siesta, interrumpido por el rumor bajo de la

voz del desconocido en la calle. Entrecerrando los ojos, Mercedes rozó con

los dedos la piel mojada en torno al ombligo por debajo del corpiño. La

figura del hombre se desdibujó entre sus pestañas, dejándole solamente el

resplandor de los cabellos cayendo sobre la camisa clara. Después de un rato

creyó ver sus ojos bajo el ala del sombrero. Pero ella estaba oculta tras la

barandilla del balcón, y él estaba lejos, y no podía verla.

O tal vez sí. Pero en realidad no importaba.



* * *

Recostada contra la pared, Mercedes tarda un instante en advertir el

brusco movimiento de los postigos acompañado de la voz que estalla en un

murmullo espantado, y no intenta siquiera cubrir parte de su desnudez con el

camisón olvidado.

—¡Mercedes! Por el amor de Dios y de la Santísima Virgen, ¿qué haces

aquí? ¿Acaso te has vuelto loca?

La joven nota que la cara de su madre está cubierta de un rubor furioso

que le tiñe hasta el cuello y las orejas. Sus manos están crispadas cuando

intenta levantar el camisón amontonado a sus pies y al mismo tiempo evitar

mirar o rozar el cuerpo semidesnudo de su hija.

—Tenía calor, madre. No soportaba la cama ni la ropa, y salí al balcón

buscando aire.

—¡Aire! ¡Por Dios, todavía no son las cuatro de la tarde y el sol da de

lleno en esta parte de la casa! ¿Y tu piel? ¿Y los vecinos? ¿No pensaste que

cualquiera pudo haberte visto? ¿Te olvidas de quién eres? ¡Mercedes

Saavedra Thompson no puede andar desnuda al sol como una sirvienta, como

una negra, como una… cualquiera!

Tiemblan los dedos y las palabras de doña Asunción Thompson de

Saavedra. Atando con fuerza los lazos de tafetán alrededor del cuello de

Mercedes, ya puede mirar a su hija a los ojos y dejar paso al furor que la

sorpresa y el embarazo habían reemplazado en el primer momento.

—Nadie me vio, madre. El balcón es ancho y alto; además no hay nadie

en la calle, a esta hora y con este calor.

—Pues te equivocas. Acaba de llegar el prometido de tu hermana con su

familia. No los esperábamos hasta mañana, y ahora tengo que hacer nuevos

preparativos para el té y la petición de mano, y no necesito ninguna de estas

locuras. Te quiero lista, peinada y vestida con las otras en media hora, en el

salón.

Apartando de un golpe el cortinado, doña Asunción cierra la ventana y

atraviesa el dormitorio donde las muchachas bostezan con los pies colgando

fuera de la cama. Dos criadas negras adolescentes de pechos puntiagudos,

libres bajo el percal claro de los vestidos, las rodean con peines de carey y

palanganas de agua tibia.

La prima Milagros está recostada contra la columna de roble del dosel,

comiendo dulces de la caja de madera pintada que sostiene entre los muslos.

Arrodillada frente a ella, la criada desliza las medias de seda blanca sobre las

piernas rechonchas. Milagros parlotea con la voz pastosa por los dulces y el

sueño interrumpido.

—Esta es la última caja de los chocolates que mandaron los tíos de

Londres. Ahora no tendremos más hasta la próxima navidad… No hay dulces

como los ingleses. ¡Y las cajas! Mira, Matilda, llévate esta que ya está vacía y

úsala para guardar mis puños de encaje.

La criada se inclina, delgada y oscura como un animal exótico. La

proximidad de la joven de piel blanca y rosa la hace aparecer aún más flaca y

morena, tiesa su mota negra junto a los bucles de Milagros, pálidos y finos

como el hilo de los gusanos de seda.



* * *

Después de asegurarse de que toda la casa estaba despierta y alistándose

para recibir a los últimos y más importantes huéspedes, doña Asunción

volvió a dirigirse al dormitorio de sus hijas mayores para vigilar la toilette de

Sofía, su primogénita.

Sentada frente al espejo del tocador de jacarandá, la joven sonreía

plácidamente a su rostro enmarcado por los cabellos dorados que la criada se

ocupaba de sujetar con un peinetón de nácar salpicado de perlas. Doña

Asunción la contempló con una semisonrisa de orgullo, sorprendiéndose una

vez más de la belleza de su hija.

La dama se inclinó y levantó la falda del vestido de la joven para ver si

llevaba el calzado adecuado. Comprobando que así era, buscó sin encontrarlo

algún otro detalle que hiciera falta corregir. De todas maneras agregó:

—No olvides el orden en que debes saludar a los Andrade, Sofía. Tal vez

—agregó observando el largo y blanco cuello de la muchacha—, deberías

llevar mi collar de brillantes, que va muy bien con el escote de ese vestido.

Despidió a la criada con una orden breve, quien salió del cuarto para

volver segundos después con un pesado joyero de plata en las manos.

—Sí —agregó como para sí misma observando el efecto de la alhaja sobre

la piel de la joven—. Así está mejor. Que tu futuro marido advierta la clase

de mujer que va a ser suya. La primera impresión es la más importante.

—No será la primera, madre —señaló Sofía acariciando el brillante central

del pendiente—. Mariano ya me conoce. Nos conocimos en Córdoba, en casa

de los Ocampo, recuerde.

Doña Asunción hizo un gesto de indiferencia.

—No importa. Eso fue hace casi un año, y los hombres tienen la memoria

frágil.

Al parecer no tanto, si había pedido su mano, pensó doña Asunción

mientras atravesaba el corredor en dirección a su propio dormitorio. Aunque

después de todo, quién podía saber a ciencia cierta los motivos que habían

llevado a Mariano Andrade a pedirla en matrimonio. Tal vez la belleza

innegable de Sofía, o un improbable amor a primera vista (improbable,

porque en ese caso no habría dejado pasar tanto tiempo). O más

probablemente, el antiguo compromiso tácito entre ambas familias lo había

llevado a escoger a una de las hijas de Octavio Saavedra, ya que había

elegido a la mayor, la única que conocía y la que por lógica debía casarse

primero. Qué buena fortuna que fuera Sofía quien se iba a casar con el hijo

mayor de los Andrade, y no Mercedes o Rosa María. Rosa María era

demasiado joven, todavía no había cumplido los catorce años, y Mercedes,

peligrosa. A veces le asustaba la idea de casar a su segunda hija. Mercedes

carecía de las gracias sociales y la delicadeza que había intentado trasmitir a

todas sus hijas. ¿Cómo conseguir un buen matrimonio para esa muchacha

extraña, a veces un poco loca, que rehusaba a ser un buen exponente de la

familia, y lo que era aun peor, ni siquiera advertía que sus rarezas eran

indignas de su clase? Recordó con horror el momento en que la descubriera

semidesnuda, con el cabello suelto y el cuerpo bañado en transpiración, en el

balcón que daba a la calle.

El cuerpo humano era un misterio que doña Asunción no quería descubrir.

Se le había enseñado a lavar su propio cuerpo por partes, manteniendo el

resto escrupulosamente cubierto. Aun en los días de calor insoportable como

este, la dama vestía gruesas medias, altos cuellos cerrados hasta el mentón y

puños que caían sobre sus manos, y exigía que todas las personas que

habitaban su casa se presentaran en el mismo estado de decencia. Solamente

los criados gozaban de una mayor libertad de ropa y movimientos. Al fin y al

cabo los negros no eran hombres ni mujeres a sus ojos, pero se les

asemejaban mucho, y doña Asunción desviaba la vista con disgusto cuando el

contorno de los pechos de las criadas se perfilaban bajo las blusas, sin corsés

ni armazones que los sostuvieran. Los negros de Buenos Ayres ya nacían

libres gracias a las nuevas leyes, pero ella seguía considerándolos seres

inferiores al servicio del blanco, sin encontrar nada extraño en la idea, con la

que había vivido toda su vida.

Sólo disponía de unos minutos antes de bajar al salón y hacer los honores

como dueña y señora de la casa. Pensó en llamar a su criada con uno de los

grandes abanicos, pero no había tiempo. Además los negros olían mal en

estos días de tanto calor, era preferible soportar la temperatura. Se sentó

frente al tocador con un suspiro y observó su rostro de treinta y siete años. La

boca y los ojos eran duros, descoloridos y sin luz. Se miró sin interés ni

coquetería. Después de todo, ya era vieja. Casada desde hacía veintitrés años

y con nueve partos y cinco hijas vivas y en edad casadera ellas mismas,

estaban muy lejos sus épocas de coqueteos y juventud.

El reloj de la iglesia dio la media. Ya era hora. Doña Asunción se pasó un

cisne con polvos de arroz por la cara. No usaba cosméticos ni perfumes, su

olor era el olor de la mujer honesta que se baña una vez a la semana. Había

oído hablar de mujeres de mala vida que se sumergían a diario en baños

jabonosos y se perfumaban la piel para esperar a sus amantes.

Por el pasillo se acercaba el rumor de las voces de las jóvenes y el roce

sedoso de sus faldas amplias contra las paredes. Los gatos se desperezaban en

el patio, sacudiéndose el calor de la siesta.

* * *

Mercedes deslizó los dedos sobre las hileras de libros y aspiró el aroma

familiar del papel viejo mezclado con el olor de la tinta nueva. La habitación

enorme y acogedora, llena de marrones y rojos, era su lugar favorito en la

casa. En puntas de pie intentó alcanzar un libro del estante superior y una

mota de polvo le ensució la manga de su mejor vestido. Su imagen se

reflejaba en las vitrinas, el pelo recogido en dos trenzas enroscadas a ambos

lados de la cabeza, el único peinado que su madre consideraba adecuado para

domar sus cabellos en las ocasiones importantes. De todos modos sabía que

su madre apenas echaría una mirada a su toilette, la reina del acontecimiento

era Sofía, y lo sería hasta el momento de su boda, que tendría lugar en ocho

días. Su hermana mayor siempre era la primera a ojos de su madre y de todo

el mundo, pensaba Mercedes sin rencor ni demasiado interés; siempre había

sido así y ella se había acostumbrado al hecho.

Su hermana y ella nunca habían estado unidas, nunca desde aquellos

juegos nocturnos que las habían unido brevemente hacia el final de la niñez.

Mercedes se preguntó si la idea hubiera surgido de todas maneras, de no ser

por aquella tarde en que el aburrimiento la llevó a caminar hasta las casillas

de los criados. Se había quedado inmóvil frente a la ventana semiabierta, en

puntas de pies, observando largamente los cuerpos desnudos entrelazados en

movimientos y sonidos que no comprendió pero nunca olvidó.

Esa noche, con las cabezas cubiertas por las mantas, había propuesto a su

hermana el juego que las unió brevemente en un placer culpable. La luz de

los amaneceres las encontraba siempre dormidas en sus camas respectivas, y

nunca hablaron del tema después del primer acuerdo y el juramento de

secreto eterno, hasta que por un acuerdo tácito el juego cesó. Mercedes estaba

segura de que su hermana ni siquiera lo recordaba, lo había olvidado como

olvidaba todo aquello que no convenía a su vida.

A ella, en cambio, esas viejas fantasías hacia una raza que se le había

enseñado a considerar inferior, la llenaron de una culpa real, mayor que la de

haber instigado el juego nocturno, culpa que se había manifestado en un

cierto asco a los criados, a sus pieles oscuras y su olor diferente.

Pero hoy, en cambio, había sido un hombre de piel clara el que la había

llevado nuevamente a experimentar las viejas sensaciones que no podía

comprender pero tampoco dominar. Absorta en la contemplación de ese

desconocido del que sus ojos parecían no poder apartarse, ni siquiera había

sentido vergüenza cuando su madre la había encontrado casi desnuda bajo el

sol de la siesta. Sus propios comportamientos la asustaban a veces, como la

asustaban los partos, las tormentas y la muerte, y todas las cosas que había

que aceptar porque no se podían comprender.

El reloj del escritorio marcaba las cinco y media, hora de reunirse con la

familia y los invitados para el té y la petición de mano de Sofía. «Sólo ocho

días más hasta el casamiento y luego todo volverá a la normalidad», suspiró

Mercedes cerrando el libro, y podrían irse a la quinta de los abuelos en San

Isidro a escapar del bochornoso calor de Buenos Ayres por el resto del

verano. Recogiendo su abanico con una mano y los pliegues de la falda con la

otra, atravesó la biblioteca y salió al pasillo.

Una de las puertas que daban al patio se abrió dando paso a Julián, un

criado adolescente, que precedía a un hombre alto de pulcra elegancia y ojos

verdes en la cara tostada por el sol. El hombre se descubrió de inmediato

frente a ella y Mercedes vio el cabello castaño rojizo, ahora húmedo y sujeto

en la nuca por una cinta marrón.



* * *

Sabe que la ha reconocido, es algo burlón el brillo de la mirada sobre su

cuerpo ahora cubierto por el crujiente vestido de seda. No siente vergüenza ni

pudor, su mente está vacía excepto por un ruego que se repite una y otra vez

en su cabeza como una loca plegaria desesperada. Que no sea él. Que no sea

el prometido de mi hermana. Que sea un primo, un amigo, un hermano. Que

no sea él. Por favor.

—¿No le han pasado —pregunta Mercedes de repente, casi sin darse

cuenta de lo que dice—, cosas que no puede comprender y por eso le causan

temor?

—Sí —responde él como si encontrara natural el hecho de que una joven

le dirija una pregunta semejante sin haberle sido al menos presentada—.

Muchas veces. Pero esas mismas cosas son las que hacen la vida interesante,

¿no cree?

Mercedes piensa vagamente que su madre sufriría un síncope si la oyera

entablar tal conversación con un desconocido, y se asombra de no sentir

siquiera un asomo de vergüenza aun sabiendo que muy probablemente él la

ha visto casi desnuda en el balcón. La vieja escena del cuarto de los sirvientes

vuelve a aparecer frente a sus ojos. Pero esta vez la piel no es negra, y hay

cabellos oscuros y rojizos entrelazándose sobre las almohadas.

No se puede recordar lo no vivido. ¿O sí?



* * *

—Mariano Andrade.

Mercedes sacude la cabeza como para despertar de un sueño doloroso,

pero el sueño se adhiere a sus ojos como una nube pertinaz, aislándola,

desdibujando el mundo a su alrededor. Advierte que él ha estado hablando,

que ha dicho algo de lo que sólo oyó el nombre, destacándose sobre el resto

como dos golpes secos en el parche de un tambor. Le extiende su mano a

través de la nube y él se inclina sobre ella.

—Mercedes Saavedra. Usted es el prometido de mi hermana Sofía.

—Mercedes… la segunda hija. Tengo sumo placer en conocerla.

Julián se balancea sobre un pie descalzo. Una mosca le zumba una y otra

vez sobre la cabeza y él la aparta de un manotazo inútil, con la obstinación de

un gato que sigue una y cien veces el dedo que mueven frente a sus ojos.

Mercedes observa a Mariano Andrade con una mirada fija, desesperada,

que él sostiene con sus ojos verdes donde brilla un reflejo risueño. No puede

ser para Sofía.

Con una inclinación respetuosa, Julián indica al huésped el camino hacia

el salón. Mariano extiende una mano y se inclina levemente hacia Mercedes,

que recoge sus faldas y empieza a caminar.

No puede ser para Sofía, no quiero que duerma con ella, no quiero que

hagan las cosas que hacían los negros, y Sofía y yo.

Los pies descalzos de Julián están sucios, negras las uñas en los dedos que

se achatan contra el piso a cada paso.

El estómago de Mercedes se anuda dolorosamente, con un deseo furioso,

casi inhumano, que no comprende.

Lo quiero para mí. Quiero estar desnuda junto a él, dormir a su lado.

Las baldosas del pasillo forman un dibujo asimétrico. Algunas se

perdieron o se rompieron en el viaje desde Sevilla, de donde vinieron años

atrás, y el diseño quedó trunco. Mercedes alarga el paso para no pisar las dos

baldosas desiguales. Si piso las baldosas lisas él no se casará con Sofía. Una

larga hoja de la maceta que está junto a la ventana roza los cabellos de

Mariano. La hoja se sacude y queda balanceándose, hacia atrás y hacia

adelante, hacia atrás y hacia adelante otra vez.

No puede casarse con mi hermana, lo quiero para mí.

La mano de Julián empuja la puerta, cinco dedos abiertos sobre los

rombos de vidrio verde oscuro.

No, don Octavio, no es la mano de Sofía la que pido en matrimonio. Hay

un error. Es Mercedes, su segunda hija, la que quiero para esposa.

El jarrón panzudo tiene asas grandes que le cuelgan a los lados como los

zarcillos en las orejas de la negra Dominga. El perfume de los jazmines que

contiene se derrama en el aire caliente del salón.

Mariano y yo, juntos para siempre. Sus ojos verdes y su cuerpo grande,

fuerte. Dominga tiene la barriga hinchada como el jarrón de jazmines, y los

aros redondos le cuelgan de las orejas. Y tocarlo y verlo cada día, su boca y

su pelo que parece casi rojo cuando le da el sol. La negra Dominga es un

jarrón.

Pero cómo, don Andrade, usted escribió pidiendo la mano de mi hija

Sofía. Es la mayor y la más bella, se conocieron en Córdoba hace casi un año.

Ya todo está arreglado y listo, el matrimonio será en ocho días.

La fuente de los buñuelos tiene una orla de narcisos pintada en el borde de

loza. Los buñuelos parecen montañas nevadas. La prima Milagros apresa una

montaña y el azúcar de las cumbres cae sobre los narcisos.

Lo lamento, don Saavedra. No quiero a Sofía. Me llevo a Mercedes. Doña

Asunción sonríe con cara de gato siamés bien alimentado. Mariano Andrade

se inclina para besar su mano. Un mechón se le desprende del moño y roza

los encajes flamencos de las mangas de doña Asunción. La llevo conmigo.

En la tetera de porcelana hay una pareja de pastores pintados. La cara de

Sofía sonríe detrás del humo que se escapa del pico de la tetera.

Mariano y Mercedes se ríen, tomados de las manos como los pastorcitos

de porcelana. Sus dedos tiran de botones y lazos. Las ropas caen al piso, una

a una; las enaguas blandas y el corsé duro, la levita de paño fino, las camisas

blancas como nubes. Dominga tropieza, un pie se le engancha en la pila de

ropa, vuela la fuente de dulce de leche que trae en las manos. La fuente cae

sobre la cara sonriente de Sofía.

Doña Asunción sirve el té en las tazas de porcelana Davenport con borde

de oro. Eran de su bisabuela, vinieron con la familia medio siglo atrás, y se

reservan para las ocasiones importantes, lo mismo que ese té fragante que

envían los tíos de Londres dos veces por año. La primera taza es para

Mariano, su futuro yerno, que se inclina levemente para recibirla.

El dulce de leche pegotea los bucles de Sofía, le ensucia la pechera del

vestido de seda bordado en distintos tonos de azul.

Las primas de Córdoba toman mate y charlan por lo bajo en un extremo de

la larga mesa de roble. El roble no se ve porque lo tapa el mantel que

bordaron Mercedes y sus hermanas el verano pasado, sentadas en el patio

debajo de la planta de naranjas amargas que no se pueden comer porque son

de adorno.

Mariano y Mercedes se ríen, desnudos. Se borra la sonrisa estúpida de

doña Asunción. Sofía los mira entre las pestañas pegoteadas de dulce de

leche.

Una vez Sofía y Mercedes treparon a la planta a buscar naranjas; cuando

las mordieron eran amargas y corrieron al aljibe a buscar agua para lavarse la

boca.

Mercedes y Mariano salen por la puerta abierta que da a la calle, trepan de

un salto al caballo que está atado frente a la casa. Las primas bobaliconas los

miran con la boca abierta y medio pastel olvidado entre los dedos.

Brilla una rosa azul de zafiros con centro de diamante en el dedo de Sofía.

Doña Asunción se inclina sobre la rosa azul, extasiada. Las tías rodean a

Sofía.

Mariano y Mercedes se alejan al galope por las calles empedradas. Las

vendedoras los miran con ojos redondos como los platos donde colocan la

mazamorra pegajosa para ofrecerla a las señoras. Mercedes siente el roce

áspero del lomo del caballo contra la entrepierna desnuda, sus pechos se

aplastan contra la espalda de Mariano, caliente de sol y sudor.

Doña Augusta Tomasa, la solterona, se acerca también a ver la rosa azul.

Sus labios se doblan en una mueca que quiere ser sonrisa. Toca la rosa con un

dedo seco, la frota con la yema arrugada, pero no dice nada.

A Mercedes le duele en el pecho un dolor negro, afilado como el corazón

de diamante de la rosa azul.

Las criadas se llevan las fuentes vacías y traen otras llenas de pasteles

donde todavía cruje la grasa de la fritura. Los pasteles se abren en pétalos de

hojaldre. Dominga deposita un plato de flores sobre la mesa. Doña Augusta

Tomasa toma una y la muerde con rabia, la tía solterona se come la rosa azul.

Un par de garras azules con uñas de diamante aprietan las sienes de

Mercedes. Una ráfaga fría rodea su anular vacío en una sortija de hielo.

Don Octavio Saavedra sirve otra taza de té a doña Irene Mitre de Andrade,

quien le agradece y después se vuelve a hablar con su hijo, que está sentado

al lado de Sofía, su flamante prometida.

Dominga trae chocolate recién hecho en la bandeja que apoya sobre la

barriga ancha, redonda como la tetera y el jarrón de jazmines.

Los últimos rancheríos ven pasar el caballo que galopa hacia el horizonte

de árboles azulados por la distancia, llevándose las risas y los cuerpos

abrazados lejos de la casa y de Buenos Ayres.

2

Acta de matrimonio rubricada el día 29 de enero de 1828:

En el año del Señor de 1828, a veinte y uno de enero, producida la

información de Libertad, en que fueron testigos el presbítero don

Ferdinando Unzué, el doctor Felipe Murcia y el doctor Miguel Ángel

Moreno, todos mayores de edad y vecinos de esta ciudad, habiéndose

publicado las tres proclamas en tres días de fiesta continuos a tiempo

de la misa parroquial, y no resultando impedimento ninguno, el señor

doctor don Ferdinando Unzué, Canónigo Magistral de esta Santa

Iglesia Catedral Metropolitana, con mi licencia casó y unió

solemnemente en matrimonio por palabras de presente, al doctor don

Mariano Andrade, natural de la ciudad de Córdoba, hijo legítimo de

don Juan Justo Andrade y de doña Irene Mitre de Andrade, con doña

Sofía Saavedra, natural y vecina de esta ciudad. Asistieron al

matrimonio como testigos don José Carranza y el doctor don Luciano

Mitre, y en el veinte y ocho de este mismo mes y año los bendijo,

según el rito de nuestra Madre la Iglesia, en la celebración de la misa,

dicho señor doctor don Ferdinando Unzué, siendo testigos el coronel

don Amadeo Saavedra y su esposa doña Remedios Saénz de Saavedra,

quienes fueron padrinos, y yo el Cura Rector más antiguo certifico que

es así y lo firmé. De orden del señor Provisor lo firmé:

DON JUAN DE DIOS MARTÍNEZ MEDRANO

En el margen del acta se lee:

«DOCTOR MARIANO ANDRADE Y DOÑA SOFÍA MANUELA

SAAVEDRA, DESPOSADOS Y VELADOS»

3





28 de marzo


Hoy falté a misa. Pretexté un fuerte dolor de cabeza para quedarme

en casa y en cuanto todos se fueron, corrí a ocultarme en un rincón

alejado del patio. Me quedé sentada detrás del aljibe con la gata gris

que apareció el mes pasado. He decidido llamarla Victoria. Estuve sola

hasta las once, cuando todos volvieron de la iglesia. Ya está haciendo

bastante frío, sobre todo a la mañana temprano. La gata parece más

gorda pero es solamente por el pelo, está cambiando el pelaje de verano

por el otro más espeso, de invierno. Me quedó toda la falda llena de

pelos grises.

Desayunamos a las siete. Había mermelada de higos, la mandó doña

Petrona Ugarte y la sirvieron en el cuenco de cristal celeste. Pronto

llegará la fruta de los abuelos y haremos dulces para todo el invierno.

Mariano dijo que la mermelada era excelente y untó una rebanada

grande para Sofía. Cuando se la dio le dijo algo bajito, al oído, y Sofía

se rio cubriéndose la boca con la mano.

Yo estaba sentada a la izquierda de tía Remedios, como siempre,

casi frente a Mariano. Puedo verlo durante cada comida, puedo mirarlo

todo el tiempo cuando nadie me observa. Casi no hablo.

Antes hablaba con las niñas, las hacía reír durante el desayuno y

mamá me hacía callar con esa mirada tan desagradable que tiene

cuando está enojada, porque dice que una señorita bien educada no se

ríe nunca fuerte, y menos aún durante las comidas. Ahora no puedo

hablar, no quiero hablar. Cómo quisiera poder irme del comedor,

comer en la cocina con los negros, irme corriendo de la casa y comer

las frutas de las quintas, no comer más, no verlos nunca más.

No soporto verlos juntos. Cada vez que Mariano le sonríe o le roza

una mano quiero levantarme de un salto, tirar del mantel hasta que la

vajilla se haga pedazos contra el suelo, y correr y correr hasta una tierra

lejana, desconocida, donde él no exista. Pero después lo busco todo el

día en los pasillos, abro las puertas una a una para saber dónde está y

me quedo en el balcón a esperarlo, si sé que ha salido.

¿Cuándo van a mudarse a su propia casa? ¿Por qué no se van lejos,

como la prima Hortensia cuando se casó?, su marido la llevó lejos y

ella prometió volver pronto de visita, y prometió escribir. Lo hizo un

par de veces y después ya no llegaron más cartas, y nunca supimos de

ella más que por tía Dolores, que siempre está hablando de lo feliz que

está su hija viviendo en el norte, en una casa de altos con docenas de

criados y un coche para su uso personal.

Pero Mariano quiere establecerse en Buenos Ayres. Espero que la

casa que escoja esté lejos de esta, muy lejos, para que sólo se pueda ir

en coche; las calles están muy malas cuando llueve y el coche no se

puede usar. El último invierno salimos muy poco porque los vestidos

se arruinaban de arrastrarlos por el barro, y las ruedas del coche se

atascaban y resbalaban sobre el empedrado. Ojalá se muden pronto,

muy pronto, ojalá llueva todo el invierno. La abuela dice que los sapos

anuncian lluvia, y yo los escuché croar todas las noches esta semana.

Esta tarde hay que acompañar a mamá a hacer visitas. Me voy a

poner el vestido de seda verde oscuro, porque vamos a la casa de doña

Josefa Hernández y siempre llevamos los mejores vestidos cuando

visitamos a esa familia. Mamá dice que toda la nobleza española, hasta

la misma reina, recibía a esta señora cuando vivían en España, y

siempre lamenta que sus hijos varones estén todos casados desde hace

años.

Ayer empecé a leer The Vicar of Wakefield, una novela que

encontré en la caja de libros que vino de Inglaterra con los padres de

mamá. No es muy interesante, pero al menos me ayuda a dejar de

pensar.

Voy a dejar de escribir para seguir leyendo ahora mismo.



* * *

29 de marzo

Esta mañana hablé con Mariano. Yo estaba en la biblioteca y él se

sentó en un sofá frente a mí y me preguntó que qué leía. Él no lee

inglés y me pidió que le tradujera algunos párrafos.

No sé cómo conseguí estar ahí, sentada a su lado, leyendo como si

nada pasara. Cada vez que lo miro tengo que clavarme las uñas en la

palma de las manos para no tocarlo, para no gritarle que me muero por

él. Tengo las manos llenas de surcos rojos que parecen pequeñas lunas

coloradas.

Me mira de una forma extraña. Yo sé que a Sofía no la mira así, ni a

las otras mujeres de la casa. ¿Lo sabe?

Es tarde, escribo en la cama. La vela ya se apaga.

Creo que Victoria está llena de gatitos. No puede ser sólo el pelo de

invierno lo que la hace más gorda, además recién estamos en otoño. Me

gustaría un gatito negro, con los ojos amarillos. Cuando se enrosque

para dormir y cierre los ojos será una pelota negra y peluda, como el

ovillo de lana que usé para tejer los guantes de mi padre el año pasado.





2 de abril


Hoy fue un día tranquilo, agradable. Mariano y mi padre salieron de

viaje para visitar una estancia que tío Amadeo piensa comprar, y los

tres van a estar fuera algunos días.

Resulta rara la casa sin hombres. Anoche estuvimos de tertulia en la

sala, mamá, tía Remedios, la prima Milagros y mis hermanas. Isabel y

Amalia se fueron a dormir temprano. Lloriquearon un poco y pidieron

permiso a mamá para quedarse un rato más, pero mi madre apenas

levantó la vista de la seda española que está bordando con hilos

dorados. Será un manto nuevo para la estatua de Santa Isabel que va a

ser colocada a la izquierda del altar mayor. El padre Ferdinando nos

habló de la nueva santa el domingo pasado, cuando estuvo aquí

almorzando después de la misa. Acaba de llegar de Roma y es obra de

un artista de mucha fama cuyo nombre no puedo recordar, y mamá

propuso de inmediato bordar un manto para cubrirla. Algo especial,

dijo, y ofreció la seda azul con la que pensaba hacerse un vestido.

Mariano no está, y yo estoy libre. Camino por la casa sin temor a

encontrarlo, sin ansias de encontrarlo. Puedo hablar libremente en las

comidas, levantar la vista del plato sabiendo que no encontraré sus ojos

o su mano junto a la de Sofía, y disfruto de algo que se asemeja a la

paz.

Siempre he sido tan ansiosa e impaciente; de continuo aguardando

algo que no sabía definir. Ahora advierto que desperdicié muchos

momentos esperando el mañana, ese futuro que me mostraría el objeto

de mi vida. Nunca aprecié realmente la tranquila alegría de una

existencia que se desliza sin grandes acontecimientos, donde la rutina

se llena de dulces momentos repetidos. Recién ahora consigo disfrutar

de una tarde simple, aburrida quizás, pero siempre preferible al

sufrimiento constante de estos días.

Esta angustia permanente es injusta y no tiene razón de ser ni de

haber nacido; sin embargo, no me es posible adivinarle un final.

¿Cuándo volveré a estar en paz, a olvidar el dolor? ¿Por qué no supe

que era feliz, cuando lo era?



* * *

3 de abril

Esta mañana hicimos dulce con la fruta que mandaron mis abuelos

del campo. Había montañas de peras y de higos, kilos y más kilos de

fruta que pelamos y cortamos sentadas en el patio durante toda la

mañana. Nos turnamos para contar cuentos. El mejor fue uno que contó

Rosa María en inglés, una historia relatada por un personaje de una

novela de Walter Scott que leyó el año pasado con miss Smithers antes

de que ella se volviera a Inglaterra. Miss Smithers estaba con nosotros

desde que Sofía cumplió siete años, vino recomendada por las tías de

Londres y mamá estaba muy orgullosa de tenerla en la casa. Recuerdo

lo furiosa que se puso cuando la institutriz nos anunció su decisión de

regresar a su tierra. Ni siquiera salió a despedirla cuando se subió a la

diligencia con su enorme baúl marrón, y se alejó rumbo al puerto.

Dejamos hervir el dulce durante toda la siesta al cuidado de

Dominga. Después pasamos la tarde poniéndolo en frascos; llenamos

casi cincuenta. Habrá para todo el invierno y para regalar a los abuelos,

los tíos y algunas familias amigas. A mamá le gusta obsequiar dulces

hechos por nosotras. Cuando terminamos, le llevamos un plato para

que los probara y decidiera si eran lo suficientemente buenos para

regalar.

Son las nueve de la noche, todavía escucho el eco de las

campanadas del reloj de péndulo que está frente a la chimenea. Mi

madre hizo encender el primer fuego del año, hace mucho frío a pesar

de que apenas comienza abril, y está sentada junto al hogar bordando la

seda azul con las niñas. Sofía toca una melodía muy suave y dulce en

mi bemol mayor, estoy segura de conocerla pero no consigo recordar el

nombre aunque cada nota parece murmurármelo… sol… do… mi

bemol… Beethoven, de eso sí estoy segura.

Me excusé con mi madre diciendo que quería contestar a algunas

cartas antes de sentarme a bordar con ellas. Deseaba escribir sobre el

día de hoy, tan simple, tan lleno de tranquilidad; porque sé que debe

terminar.

Quizás Mariano no vuelva nunca. Tal vez tío Amadeo compre la

estancia y Mariano y mi padre decidan quedarse con él y ya no

vuelvan. A lo mejor no fueron a ver ninguna estancia, se marcharon

para unirse al ejército y ahora están muy lejos, galopando sobre

montañas heladas, o luchando en un campo de batalla perdido entre

tolderías. Quizás se olviden de volver, y de nosotras. O queden muertos

en una tierra lejana de donde nunca llegarán noticias. Nosotras también

nos olvidaremos de ellos, de sus caras y sus nombres, como si nunca

hubiéramos tenido padres, ni tíos ni esposos, y nos quedaremos juntas

en la casa por días y años, todos iguales al anterior y al que vendrá.

Es verdad que Victoria va a tener gatitos. Le pregunté a Dominga y

ella le tocó el vientre y dijo que sí, está preñada pero todavía falta al

menos un mes para que nazcan.

4

Doña Asunción se llevó a la boca un bocado de pollo frito y una vaga

sensación de malestar le hizo cubrirse los labios y abandonar la mesa con

paso apresurado. La sensación aumentó mientras recorría los pasillos hasta

llegar a su dormitorio. Dejándose caer en el sillón del tocador, escudriñó su

rostro buscando otras señales de la terrible sospecha, pero sólo encontró su

palidez acostumbrada. Sus repetidas preñeces solían dar a sus mejillas un

color vivo que habitualmente no poseían, incluso desde antes que ella pudiera

saber a ciencia cierta que estaba encinta. Respiró aliviada, y se dijo que sin

duda, alguno de los platos del desayuno le había caído mal. En realidad la

manteca de las tostadas parecía algo rancia, ahora que reparaba en ello.

Tendría que hablar seriamente con Dominga para que no volviera a ocurrir.

Descartada la preocupación, al menos por el momento, volvió a pensar en

Mercedes, otra de sus más apremiantes preocupaciones en estos días. No era

la misma desde el casamiento de su hermana, a decir verdad. Esa muchacha

era un problema, siempre lo había sido. «Es necesario casarla», pensó

apretando los labios. El recuerdo de la desnudez de su hija en el balcón la

tarde del compromiso de Sofía le molestaba, trayéndole ideas que se había

acostumbrado a desterrar de su mente. Había escuchado decir que los negros

dormían desnudos en sus casuchas en el barrio de Monserrat, hombres y

mujeres, igual que los perros. Muchos veranos atrás, en una noche de tertulia

en el patio, dos perros habían aparecido ante la concurrencia pegados uno al

otro, y no había sido tarea fácil para los hombres separarlos y alejarlos de los

ojos espantados de las damas. Esa misma noche su esposo la había buscado

bajo las sábanas bordadas y el camisón espeso, y ella había vuelto a sentir el

asco desesperado de aquella primera noche de recién casada de catorce años.

Esa primera violación de su cuerpo desprevenido le había dejado una

mezcla de horror y respeto hacia los hombres. Había pasado algún tiempo

hasta que juntó valor para comentarlo con una de sus primas casadas, y

entonces se había enterado de que a todos los hombres les gustaba hacer lo

mismo en la oscuridad de la noche, y que era el deber de la esposa permitirlo.

Saber que su desgracia era común a la de todas las mujeres casadas le sacó el

temor de haberse casado con un monstruo, que la obligaba a realizar actos

contrarios a Dios. Su prima también le informó de que Dios aprobaba y

alentaba esos actos, porque así se daba origen a los hijos. Dos meses después

de esta conversación que le hizo aceptar los requerimientos de su marido

como una parte desagradable pero normal de su nueva vida, se despertó un

día con los calzones manchados de sangre. La misma prima le explicó esta

nueva y pesada carga de ser mujer, y aún no había tenido tiempo de

acostumbrarse al sucio y molesto acontecimiento mensual, cuando este

desapareció y comenzó su primer embarazo.

Aquel primer parto de Sofía, a sus quince años recién cumplidos, le quitó

para siempre su frescura. Jamás se olvidaría de ese día y esa noche

interminables en que se mezclaban las caras de la comadrona y de las negras

inclinadas sobre ella, los susurros de las tías entrando y saliendo del cuarto

con ollas de agua caliente, los pasos del doctor con el reloj de oro cruzado

sobre la levita manchada de sangre, y las voces que no comprendía

ahogándose en sus propios gritos y en las cortinas que arrancó del dosel.

Después de esto, perdió su alegría juvenil por largo tiempo. Si antes se

había resignado a la tortura nocturna y a la pesada carga mensual como parte

de su destino de mujer, esto le pareció demasiado. Ya no dudó de que los

hombres eran la raza superior y los amos del mundo: les habían sido

ahorradas todas esas miserias, suciedades y dolorosos horrores. Se llenó de

terror ante la seguridad de un nuevo embarazo que sobrevendría más tarde o

más temprano. Se despertaba noche tras noche gritando de miedo, reviviendo

en sueños el horroroso alumbramiento.

El paso de los años y otros partos más fáciles le hicieron resignarse a su

destino femenino, pero nunca se desprendió del asco a la visión del cuerpo

humano desnudo, que le traía a la mente momentos de dolor y suciedad. Ni

siquiera había visto a sus hijas desnudas de pequeñas, evitando entrar en sus

habitaciones cuando el ama de leche las bañaba o las cambiaba. No había

prestado gran atención a sus hijas hasta que crecieron lo suficiente como para

poder permanecer en su presencia sin hablar más que cuando se les dirigía la

palabra, sin llorar o ensuciarse los vestidos.

Doña Asunción se mojó las sienes con agua de colonia y se dijo que era

mejor volver a la mesa para los postres. Mientras se retocaba el pelo estirado

hacia atrás en el acostumbrado rodete, pensó en el cabello suelto de su

juventud, que había sido casi tan largo y brillante como el de Sofía. Sus

tiempos de niña parecían tan lejanos; tanto que casi no los recordaba. Había

sido muy breve el tiempo transcurrido entre su entrada en sociedad a los trece

años, y su compromiso con don Octavio Saavedra. Conservaba de ese lapso

un vago recuerdo de bailes y vestidos pesados apretando su cuerpo de pecho

completamente liso y piernas delgadas como juncos.

Hacía mucho frío el día que conoció a don Octavio. Dos grandes braseros

calentaban el salón donde los esclavos habían dispuesto todo para el té, que

los Thompson siempre prefirieron al mate ritual de su país adoptivo. La niña

Asunción saludó a don Saavedra, hombre corpulento de treinta y cinco años y

espesos bigotes, sin demasiado interés. Le entusiasmaba la idea de la boda,

donde ella sería la figura principal y llevaría un vestido que ya viajaba por el

océano desde Inglaterra. Casi podía ver la enorme nube blanca de gasas y

sedas acunada por las aguas, encerrada en su caja de raso, como una perla

rara entre los marineros ásperos de sol y de sal. El día del casamiento

aparecería Asunción como una reina, como la mismísima reina de Inglaterra

de la que hablaban sus padres, cubierta su delgadez por las telas suntuosas,

brillantes los rizos rubios bajo el velo largo, largo, salpicado de perlas, que

barrería la puerta de la iglesia de Santo Domingo cuando ella estuviera ya

arrodillada ante el altar.

La joven Asunción vio en el hombre que le presentaron esa tarde de julio a

la persona cuyo apellido llevaría por el resto de su vida, quien se haría cargo

de satisfacer sus necesidades y rodearla de lujos, tal como lo habían hecho

sus padres hasta el momento. Era un cambio fácil y cómodo que sus padres

habían arreglado para ella, como era natural. Después vendrían los hijos,

como sucedía siempre que dos personas se casaban, y ella seguiría ofreciendo

tertulias y reuniones de bordado, y sería una señora y madre de familia.

Doña Asunción curvó los labios en una mueca de sonrisa que el espejo

veneciano le devolvió. Qué fácil había parecido todo hasta que descubrió que

el matrimonio no terminaba en compartir una casa y asistir a fiestas del brazo

de un hombre que se ocupaba de que a una no le faltara nada. Y que los hijos

no aparecían milagrosamente, como ángeles llenando cunas vacías, sólo por

vestir la nube de raso blanco traída a través del mar.

En fin. El período de inconsciencia juvenil había sido benigno con ella. Se

alegraba de haber ido al matrimonio sin preparación alguna, porque de haber

sabido todo lo que traía aparejado, tal vez no se habría casado. En el mismo

momento en que lo pensó, sin embargo, se dio cuenta de lo ridículo de la

idea… ¿No casarse? ¿Y ser otra Augusta Tomasa, la solterona seca de lengua

ácida, que cada mes llevaba a la iglesia un nuevo mantel para el altar bordado

con sus manos ociosas de mujer sin hijos y sin marido? ¿Ser conocida como

Asunción Thompson, la solterona, la que sería de por vida una carga para sus

padres y hermanos, porque ningún hombre había querido sacarla de la casa

paterna para hacerla su esposa? No, el matrimonio era la única salida

decorosa para una mujer. Eso o el convento; y ella había sido afortunada.

Ahora eran don Octavio y ella los que tenían el deber de casar al resto de

sus hijas. Sofía había permanecido soltera demasiado tiempo, tanto que había

temido por ella a pesar de la belleza que parecía augurarle un brillante futuro.

«Bueno —se dijo con un suspiro de alivio—, al menos ahora, a sus veintidós

años, ya estaba felizmente casada con un hombre adecuado en fortuna y

alcurnia». Mercedes también, a sus veinte y uno, ya debería haber estado

casada por muchos… Las otras tres hijas eran niñas y todavía no le

preocupaban.

Cuatro mujeres más por casar. Y los tres varones que diera a luz habían

muerto: uno a días del nacimiento y los otros dos de niños. No había sido

afortunada con su prole. «Ojalá hubiera sobrevivido alguno de los varones —

pensó—, entonces tal vez don Octavio, satisfecho con su heredero, se

olvidaría de engendrar más niños». Por suerte en los últimos años estaba

mucho afuera, alejado por largos viajes a las provincias para vigilar la marcha

de las muchas estancias de la familia. «¿Cuántos hijos más vendrán?», se

preguntó doña Asunción con impotencia. No era justo ni decente seguir

pariendo todavía, cuando pronto tendría nietos. Si alguno de los varones

hubiera vivido, quizás habría conseguido reunir el valor para decirle a su

esposo que ya no debería haber más niños. Una vez más se dio cuenta de que

la sola idea era ridícula, al momento de pensarla; ella jamás se atrevería a

hacer referencia a los episodios nocturnos de los cuales ni su esposo ni ella

habían hablado jamás. En una ocasión había escuchado un comentario en la

estancia de sus padres: «El niño no puede ser hijo de ese negro viejo, debe ser

del otro, el mulatito joven». Y don Octavio era ya un anciano de cincuenta y

seis años. «¿Cuándo dejaban los hombres en paz a sus esposas?», se preguntó

Asunción poniéndose de pie para volver al comedor. Quizás si Sofía tuviera

un hijo varón… Tal vez muchos nietos varones…

5





14 de abril


Tengo que irme, tiene que irse, no puedo seguir viéndolo y

pretender que me da lo mismo verlo a él que a mi padre o a tío

Amadeo. Voy a volverme loca si no se van de esta casa.

Son las siete y acabo de despertarme. Tuve un sueño que todavía no

consigo separar de la realidad. Mariano y yo. Toda la noche me

despertaba una y otra vez para volver a dormir y seguir soñando lo

mismo. Creo que me dormía, porque despertarme y ver la almohada

vacía a mi lado era demasiado doloroso, y era tan dulce volver a

dormirme para seguir estando entre sus brazos, y sentir su piel y sus

besos sobre mí.

No quiero levantarme, no quiero que empiece el día. Quiero que

vuelvan la luna y las estrellas, y que la noche y las sombras me lo

traigan otra vez. Voy a quedarme envuelta en las mantas, con los

párpados apretados para que vuelva el sueño. Quisiera morirme antes

que despertar, o que la noche y el sueño fueran tan largos como mi

vida, y soñar y vivir o morir, pero con él.

El mismo día, por la tarde

Esta mañana me levanté y desayuné con los demás a las ocho, como

siempre. No pude quedarme en la cama. Rosa María, que duerme en la

cama que antes era de Sofía, hablaba fuerte con Milagros; después

entraron las negras con el agua y los vestidos, y el cuarto se llenó de

gente y de voces. Me tapé la cabeza con la almohada para no escuchar,

pero Dominga abrió las cortinas para ver por qué no me había

levantado todavía, y tuve que ver su cara brillante y redonda; el sol

entraba por las ventanas abiertas y yo todavía quería morirme pero tuve

que levantarme, y vestirme y peinarme como las demás.

No sé cómo pude soportar el desayuno. Mi padre hablaba de

campañas y ejércitos con tío Amadeo de un extremo al otro de la mesa

y mamá daba órdenes en inglés a Isabel y Amalia, que seguían riéndose

como dos idiotas. Milagros me hablaba al oído con la boca llena,

mientras manoteaba dulces de todos los platos que se iban trayendo a la

mesa. Dominga iba y venía con la tetera y las fuentes humeantes.

Yo sentía el olor a canela y ralladura de limón de los buñuelos, la

charla de Milagros y el ruido de la vajilla como si no estuviera ahí,

como cuando leo tratando de imaginar la escena y yo estoy afuera,

viendo sin ser parte de la historia. Lo único real era Mariano, sentado

frente a mí, y yo que no podía dejar de buscar en sus ojos una mirada

cómplice.

El sueño que nos había unido toda la noche me llenaba la garganta

de una mezcla de nostalgia y anhelo que no me dejaba tragar. Mariano

y yo, nuestra noche juntos y nada más. El resto era mentira, no había

desayuno ni charlas ociosas, y yo quería gritar pero no podía, porque

gritar me hubiera hecho despertar, y necesitaba seguir soñando.

Más tarde, de noche

Rosa María me pregunta que por qué no apago la vela, dice que la

luz no la deja dormir.

Al fin terminó el día, este largo y horrible día. La tía Remedios

advirtió que yo no comía ni hablaba durante la cena y se lo dijo a

mamá, pero mamá estaba hablando con mi padre sobre una cena que va

a ofrecer la Sociedad de Beneficencia, y no prestó atención. Entonces

Isabel le contó a la tía que yo estaba siempre de mal humor, y que

debía estar enferma porque casi no comía, la pequeña idiota, apenas

tiene doce años y siempre está observando a todo el mundo. La tía

acercó su cara a la mía para verme bien y me recomendó una tisana de

hierbas que ella misma prepara. Tiene el cutis seco y amarillento como

las hojas de los libros viejos, y tuve ganas de decirle que tal vez haría

bien en tomarse una taza de su propia medicina. Pero no se lo dije, no

valía la pena. Antes se lo hubiera dicho para hacerla rabiar, pero ahora

no me interesa reírme a su costa, no me interesa lo que piense o diga

ella, ni nadie.

Rosa María vuelve a quejarse de la luz. Todos duermen. Qué

maravillosa noche la que se lleva este día horrible. Que se lo lleve

lejos, muy lejos, al país de los días muertos que no regresan nunca más.

Voy a dormir. Finalmente estoy otra vez en mi cama, envuelta en la

luz suave de la vela que pronto voy a apagar, y entonces el cuarto se

hundirá en la gloriosa oscuridad que despinta todo, hasta la angustia y

el dolor. ¿Hay un dios de la noche? Los griegos lo tenían, creo.

Desearía recordar su nombre, para poder invocarlo y pedirle que me

traiga el sueño, porque sé que con el sueño vendrá él, y será mío una

vez más.

La casa está tan silenciosa, no se oye ni un rumor de voces, ni el

chirriar de una puerta, ni siquiera la pisada de terciopelo de un gato.

Estoy tranquila, casi feliz. En esta oscuridad y esta quietud me resulta

fácil creer que la noche no va a terminar nunca, que nunca habrá otro

sol ni otra mañana.

Ven, dios de la noche, aprésame en tus alas negras. Dame el sueño

que lo trae a mí, y no me dejes despertar a un día nuevo sin él, sin

Mariano.





18 de abril


Esta madrugada, mientras me entretenía buscando figuras entre las

sombras del cuarto para ahuyentar mis pensamientos, tuve una extraña

visión.

Era una especie de nube circular que flotaba en el aire frente a mí;

una nube violácea donde se dibujaba claramente el rostro de una mujer

desconocida. Un rostro pálido y triste, rodeado de cabellos castaños,

cortos, lisos como los míos. Sus ojos estaban clavados en mí, llenos de

una tristeza suave que me acarició durante un largo momento.

¿Qué significa esta visión? No lo soñé, podría jurarlo. Estuvo frente

a mis ojos durante un par de minutos, tan real como la presencia de

Rosa María en la cama vecina.

Tal vez la angustia de tantas noches sin sueño ha perturbado mi

mente, alejándola del mundo conocido. Pero no puedo sentir miedo, ni

siquiera de la locura. Porque me es imposible sentir nada fuera de esta

pasión abrumadora, incomprensible, absurda como la muerte.



* * *

19 de abril

Anoche, durante la cena, mi padre anunció que Sofía y Mariano se

quedarán a vivir con nosotros. «La casa es muy grande —dijo—, y hay

suficientes habitaciones libres para ofrecerles comodidad durante el

tiempo que permanezcan aquí. Además —agregó—, tío Amadeo

pronto se mudará a la Quinta que acaba de comprar en San Isidro, y la

casa resultará aún más espaciosa. Mariano está de acuerdo en la

conveniencia de quedarse a vivir con la familia durante dos o tres años;

esto le dará el tiempo necesario para poner en orden sus asuntos en

Córdoba, y ocuparse con tranquilidad de encontrar una vivienda

definitiva para él y su esposa.»

Van a vivir aquí.

Lo veré junto a Sofía en cada almuerzo y cada cena. Le tomará la

mano en las noches de verano, cuando nos sentemos en el patio bajo

los naranjos, y después se dormirán juntos, abrazados en su cama, a

metros de la mía.

No puedo soportarlo. Prefiero morirme.

Pero antes de morirme, prefiero matar.

6

Córdoba, 14 de may o

Mi apreciable y respetado padre:

Por las presentes líneas quiero agradecer nuevamente a usted y a mi

señora madre el permiso para disfrutar de una temporada junto a mis

tías, y asimismo hacerle saber de mi feliz arribo a Córdoba.

Mi llegada se produjo sin más inconvenientes que los normales,

provocados por la distancia y el mal estado de los caminos. Mis tías y

primas se regocijaron mucho con mi llegada, de la que acababan de

tener noticias por medio de su carta de usted.

El clima es muy agradable, tenemos cielo despejado casi a diario y

el aire es fresco y seco. Mis dolores de cabeza han mejorado

notablemente desde mi llegada, por lo cual me permito solicitar a usted

permiso para permanecer aquí durante el invierno y la primavera,

cuando mi hermana Rosa María vendrá a reunirse conmigo.

Mis tías doña Carlota y doña Augusta me encargan envíe a usted, mi

madre y mis hermanas sus cariñosas memorias, y asimismo a mi tío el

coronel Saavedra, tía Remedios y mi prima Milagros. Agrego, es

excusado decirlo, mis afectuosos respetos.

Suya afectísima,

MERCEDES SAAVEDRA



* * *

Buenos Ayres, 30 de mayo

Mi apreciable hija:

Con satisfacción he recibido tu amable carta del 14 próximo pasado,

de la cual he hecho partícipe a tu madre, como así también de tu

petición. Encontrándose ella de acuerdo en alentar tu permanencia en

Córdoba durante el invierno y la primavera, no encuentro motivo para

denegar un permiso que sin duda robustecerá tu salud.

Envío junto a este correo otro dirigido a mi hermana Carlota. No

tengo dudas de que tanto ella como mis sobrinas recibirán con alegría

la noticia de tu prolongada permanencia, a la que se sumará la de tu

hermana Rosa María al terminar los rigores del invierno.

Recibe las afectuosas memorias que te envían tu madre, tus

hermanas y tu hermano Mariano, y la bendición de tu padre.

OCTAVIO SAAVEDRA



* * *

Córdoba, 31 de mayo

Mi apreciable padre:

La presente es para enterarle de mi inmediato regreso a Buenos

Ayres. Mis dolores de cabeza, que han empeorado hasta volverse

insoportables en los últimos días, urgen mi regreso con el fin de

ponerme en manos del doctor Jiménez. Conociendo la confianza que

tiene usted depositada en nuestro viejo médico de cabecera, sé que

aprobará usted una decisión tan precipitada. Parto en la diligencia que

sale mañana por la mañana.

Reciba usted, mi madre y mis hermanas cariñosos respetos.

Esperando ver a usted muy pronto, se despide su hija.

MERCEDES SAAVEDRA





Buenos Aires, 2007

Verano

1

El sol ya atraviesa las persianas; lo noto a través de los párpados cerrados,

casi lo adivino trepando el azul tenue del día recién nacido. El día nace y

crece y muere, pero hay cosas y personas que nunca nacerán ni crecerán.

En una casona inglesa, el mayordomo apaga los restos del fuego que

crepitó en la chimenea durante todo el día. Qué tontería, quedan pocas

casonas y pocos mayordomos en Inglaterra. Tal vez ninguno fuera de esas

novelas que me cautivaban las tardes de domingo. La campana del pub invita

a la última ronda. Los obreros apuran una cerveza más y bostezan camino a

casa, a las esposas aburridas que acunan niños llorosos de sueño. Otra idea

sacada de algún best seller, ¿quedan esposas aburridas que se van a dormir

mientras los maridos se emborrachan en el pub de la esquina?

Sin duda he leído demasiadas novelas.

Además no cae la noche en Inglaterra sino en Oriente en estos momentos,

otra idea tonta. Sombras sobre picos de pagodas oscurecidas, sobre barcas

cargadas de vino de arroz.

El sol se insolenta contra mis ojos, riéndose de mi pretendido sueño. La

noche ya se escapó de mí, se marchó a regalar horas de oscuridad e

inconsciencia a la otra mitad del mundo. Tal vez muchos otros la esperaron

con la misma ansiedad que yo, contaron las horas de luz y de vida que

faltaban para hundirse una vez más en el sueño indoloro, vacío de temores.

El piso del baño está frío, un estremecimiento me corre por la espalda. La

heladera me muestra las posibilidades del desayuno que todas las personas

toman a estas horas del día. Pero yo no; tomaré un té, muchas tazas de té, la

pava sobre el fuego, el saquito en la jarra, ya está. Queda tanto día por gastar.

Hay que correr las cortinas y ver el sol, saludar la vida con una sonrisa y

una canción, como en las películas de la década de los setenta. ¿Por qué hay

tan pocos días nublados, realmente grises, en el verano de Buenos Aires? No

es posible escapar del sol en esta ciudad. Es un hermoso país para ser feliz.

Es un país y una época de mierda para ser desgraciado.

Las naranjas están frías, saco una de la heladera, me la paso por la cara.

Una vez, cuando era chica, estuve mucho al sol y me puse muy roja, me ardía

la piel, papá me metió bajo la sombrilla y sacó una naranja fría de la

heladerita, esa heladerita fea de telgopor que iba con nosotros a todas partes,

y me la apoyó en la frente mientras sostenía un vaso de gaseosa contra mis

labios. Quiero recordar el placer de esa bebida y la seguridad de saber que

papá estaba ahí, pero es como caminar descalza sobre escarcha intentando

recuperar el calor de la arena bajo los pies.

Noches de verano en Europa. Las piernas desnudas y los trenes ruidosos

de lenguas mezcladas, murmurando en mi oído con cien acentos distintos:

«Puedo hacer lo que quiera… puedo hacer cualquier cosa…», acunándome

hasta dormirme estirada en la cucheta. Cierro los ojos esperando el despertar

a otras caras y lugares diferentes que todavía no existen, pero que serán míos

para siempre a partir de mañana. Me duermo rápido, porque casi no puedo

esperar a que llegue mañana; pero un manojo de mariposas se agitan en mi

estómago, despiertas.

El agua hirviendo cayendo sobre el té, tiñéndose de marrón oscuro. Los

platos de anoche están apilados en la pileta de la cocina, restos de comida

flotando en el agua quieta. No hay que dejar los platos sucios secos, después

es más difícil limpiarlos, mamá me lo recuerda cada vez que viene.

De nuevo la cama deshecha, las sábanas están calientes todavía, mis ojos

están cerrados como en el tren que viajaba a través de Europa, pero las

mariposas están dormidas y yo estoy despierta.

Los dedos en el cuadrado negro lleno de botones que encienden mundos

de vida artificial. Si cierro los ojos sólo queda el resplandor inquieto

golpeándome los párpados, y las voces. Los abro y un hombre habla por

teléfono mientras acaricia el lomo de un gato gris y blanco. Los gatos

duermen casi todo el día, se enroscan y duermen y eso está bien, porque son

gatos.

Una rubia perfecta me cuenta cómo cambió su vida desde que consiguió

un abdomen chato. El pelo y el maquillaje son apropiados para una noche de

fiesta, no para hacer doscientos abdominales en la máquina maravillosa que

transforma vidas. Pero la rubia no suda ni pierde la sonrisa mientras explica

cómo trabajan sus abdominales inferiores. Las amigas del barrio se revuelven

rabiosas frente a la pantalla, unidas por los kilos de más y una historia común

de embarazos, tardes de mate y telenovelas. Mirala vos, con esa cara de tonta,

te acordás en la secundaria, flaca como una escoba y encorvada en el último

banco, quién iba a decirlo. Bueno, hay formas y formas de conseguir las

cosas… Se curvan las bocas en una mueca de complicidad agria. Yo miro a la

rubia junto a las vecinas envidiosas que no conozco, junto a otras mil caras

que tampoco conozco ni conoceré nunca.

Quizás en este momento, sin saberlo, estoy compartiendo esta imagen con

una persona que algún día será parte de mi vida. No nos conocemos, no nos

necesitamos, y en algún momento nos preguntaremos cómo pudimos vivir el

uno sin el otro. Que loca es la idea.

Tal vez la que está loca soy yo.

Me inclino para levantar la taza, negro, puntos brillantes que giran frente a

mis ojos. Quizás me desmaye, tal vez me muera. Pablo vendrá y me

encontrará muerta, sucia, con el pelo grasiento y enredado, envuelta en una

remera vieja.

Mi bebé.

Pablo no vendrá hoy, ni mañana, porque está en San Pablo sentado frente

a una mesa larga de mármol, en el conference room, rodeado de hombres

como él. Trajes de Armani y olor a loción de afeitar cara, olor a dinero y

éxito.

El teléfono otra vez. Me muero por hablar con él pero no puedo, no ahora,

más tarde, después.

El sol entra finalmente, tengo que cerrar la persiana. Puedo vivir sin sol ni

día hasta el lunes, puedo creer que es una sola noche, larga, y dormir. No era

un bebé, no era nada todavía, ¿qué era?

Qué soy yo.

Las caras en el televisor son ilusiones pintadas en un pedazo de vidrio frío,

nada existe si cierro los ojos. Voy a dormir otra vez, tengo hambre. No vas a

comer, no te merecés la comida, no la necesitás.

El resplandor aumenta, me molesta, pero no puedo levantarme. No

importa. Me pesan los brazos y las piernas, voy a dormir.

2

El domingo es un día extraño, melancólico, lleno de una pereza lenta un

poco vacía. El sábado tiene rumbo propio, movimientos destinados a un fin;

siempre hay algo que hacer o que planear, y las caras están iluminadas de

espera. Pero el domingo languidece ya desde el comienzo, con la amenaza del

lunes pendiente sobre las horas que se deslizan sin expectativas ya cumplidas

o abandonadas en la noche del sábado.

¿Qué color tienen los domingos? Verde oscuro, con vetas marrones. El

sábado es blanco, a veces plateado, abierto en las dos aes que lo iluminan.

Pero el domingo se cierra en las dos oes redondas, en el eco oscuro de la m y

la n retumbando en el medio.

En San Telmo, sin embargo, el domingo tiene dirección y sentido. Es un

día de actividad que comienza a perfilarse desde ahora, a las nueve de una

mañana donde la neblina matinal empieza a disolverse presagiando un día

espléndido. Cecilia dobló por Defensa y caminó por la angosta vereda

esquivando las botellas de cerveza y las cajas de vino barato esparcidas frente

a las cortinas bajas de los dos bares de mitad de cuadra. El sol le dio de lleno

en la cara, haciéndola fruncir los ojos, desacostumbrados al resplandor del

verano.

Dieron las nueve en el campanario cercano de la iglesia de Santo

Domingo. Una mujer de ojotas y ceño arrugado dobló la esquina arrastrando

un feo carrito de compras de donde asomaban algunas verduras y un paquete

de pan. La visión de los ruleros cubiertos por una redecilla aumentó la

presión en el pecho de Cecilia. Siguiendo con la mirada el «clac-clac» de las

ojotas a través de la vereda despareja, se preguntó vagamente los detalles de

la vida de esa mujer anacrónica, que hubiera encajado igualmente si una

hipotética máquina de Wells la arrancara del presente para llevarla a la

década del setenta, aun a la del cincuenta.

«¿Por qué es tan difícil vivir?», se preguntó Cecilia sintiendo que el

estómago volvía a apretársele de angustia. Tal vez es fácil para la mujer de

los ruleros, quizás la vida es más sencilla para quien no tiene otra

preocupación que tener la comida en la mesa a la hora apropiada y la casa

limpia. Precisamente el tipo de mujer que siempre la había intrigado,

provocándole una especie de fascinación, mezcla de curiosidad y

repugnancia. La clase de mujer en la que se había jurado nunca convertirse.

«¿Pero en qué clase de mujer me he convertido?», se preguntó mientras se

alejaba. Las redondeces del empedrado le acariciaron la planta de los pies a

través de la suela de los zapatos. «En una eficiente secretaria ejecutiva clase

A con un problema alimentario, un amante casado y un aborto».

El dolor, otra vez la punzante sensación de pérdida. Cecilia se detuvo y

cerró los ojos durante un momento. No pienses, no pienses, te escapaste de la

casa y de una semana de encierro para dejar de castigarte.

Pablo me ama. Mañana lo veré y me dirá que me quiere, como me lo

repitió toda la semana por teléfono, como me lo dijo el viernes cuando pasó a

verme antes de ir a su casa, de regreso del aeropuerto. Vino a verme a mí,

antes que a Sandra y los chicos.

Dobló a la izquierda y apuró el paso por la callecita lateral, casi tan

angosta como las de una ciudad medieval. Casi tanto como el Callejón de los

Muertos, en Toledo. Los bordes del ataúd rozaban los bordes de las casas, y

el cortejo venía detrás, de dos en dos, mientras las campanas de la Catedral

desgranaban campanadas lentas que iban despertando ecos en el pueblo

silencioso. Yo lo vi, yo caminé por esas mismas calles, escuché las mismas

campanas que doblaban por los muertos tantos siglos atrás. Desearía estar en

Toledo ahora, sola con el eco de mis pasos sobre las piedras, olvidándome de

mi vida y de mi historia entre el peso de siglos de angustias pasadas.

Llegó al final de la calle y se detuvo. Como había supuesto, don José ya

estaba sacando a la vereda el pesado cartel colgante donde se leía: LIBROS Y

OBJETOS RAROS Y ANTIGUOS, escrito en letras góticas sobre una

plancha de hierro pintada de verde inglés. La vista del anciano le dibujó una

leve sonrisa. Él mismo era una reliquia, una reminiscencia de épocas pasadas,

como los libros que se amontonaban en la tiendecita oscura que no muchos

conocían. Era fácil hablar con él, casi tan fácil como había sido hablar con su

padre.

Cecilia respondió al saludo de don José a través de la persiana a medio

subir y entró a su vez. El aroma conocido a papel viejo la envolvió como una

mano protectora. ¿Por qué siempre había sentido que la protección contra el

dolor estaba en el pasado? Tal vez porque hundiéndose en historias ligadas a

vidas de otros tiempos era posible olvidarse por un rato de uno mismo, de una

época o de un presente no deseado. «Cada uno tiene su propio método para

luchar contra el miedo y el dolor», se dijo a modo de justificación mientras

pasaba los dedos sobre los lomos color ocre de una Enciclopedia Británica de

fines de siglo pasado.

—¿Cómo está, Cecilia? —preguntó don José a su espalda—. Hace tiempo

que no la veía por acá.

—Así es, un par de meses.

—¿Mucho trabajo?

—Bastante, sí.

El rostro de don José se iluminó con una mirada traviesa.

—Estaba esperándola. Pensaba llamarla la semana próxima si no venía.

Tengo algo para usted.

—Algo muy importante —agregó después de una pausa—. Algo grosso,

como dicen mis nietos.

Con una sonrisa desapareció en la habitación trasera de la tienda,

regresando un instante más tarde con una caja cerrada con cinta de embalar.

—En realidad se trata de algo que debería ir a parar a algún museo, no a

manos de un particular —dijo en tanto despegaba las solapas de la caja—.

Pero la familia que me lo ofreció necesita dinero rápido, y quieren evitar

trámites y papelerío.

Terminó de abrir la caja y, con infinito cuidado, extrajo una pila de

cuadernos de tapas de cuero marrón gastado.

—Un diario —murmuró triunfante, colocándolos frente a Cecilia—, de la

primera mitad del siglo XIX.

Cecilia contuvo el aliento.

—¿Un diario? ¿Un diario personal?

—Sí. El diario íntimo de una joven de la aristocracia porteña, escrito a lo

largo de varias décadas de su vida.

—¿Cómo llegó hasta usted?

—Me lo trajeron dos hermanos hace un par de días. Son nietos o biznietos

de una familia alemana que se mudó a lo que fuera la residencia de la familia

Saavedra durante el siglo XIX. Una enorme casa solariega que no estaba lejos

de aquí… a pocas cuadras, a decir verdad. Cuando esta familia de alemanes

compró la casa, alrededor de 1900, decidieron reformarla casi en su totalidad,

tirando abajo algunas partes y construyendo un segundo piso. Parece ser que

en medio de las reformas los albañiles encontraron este montón de cuadernos

escondidos bajo el piso del altillo de lo que fuera la casa original.

»La familia, que era de gran fortuna —continuó el anciano—, conservó

los diarios en su biblioteca sin darles demasiada importancia. Parece ser que

estos dos hermanos heredaron los libros y varios objetos de valor cuando

fallecieron sus bisabuelos y la casa se subdividió y se vendió. Y ahora,

necesitados de dinero, se están desprendiendo de casi todo.

Cecilia abrió el primer cuaderno y observó la caligrafía, grande y

despareja como la de un niño.

—Ocho de marzo de mil ochocientos veinte y tres —murmuró.

—Sí —asintió don José—. Ese es el comienzo. La joven empezó a escribir

a los dieciséis años. Los primeros cuadernos están llenos de detalles

inocentes de la vida diaria típica de las muchachas de esos tiempos.

Después… pero no, no le quitaré a usted la emoción de ir descubriendo la

historia como lo hice yo, sin ninguna expectativa —hizo una pausa y agregó

—. Los diarios están ordenados según las fechas, yo los ordené a medida que

iba leyendo. Y no me costó poco trabajo, mi vista ya no es la de antes.

—La tinta está muy bien conservada, tratándose de algo tan antiguo —dijo

Cecilia acercando el cuaderno a la luz.

—No hay dudas acerca de su autenticidad —apuntó don José—. Los hice

examinar por mi colega, Martínez, ¿se acuerda? El de la galería de Palermo

Viejo, que fue restaurador de arte en Europa.

—No quise insinuar lo contrario.

Cecilia cerró el cuaderno y lo colocó sobre los otros.

—¿Cuánto pide, don José?

El anciano mencionó una cifra, añadiendo:

—Sé que es mucho, pero los dueños fueron muy claros en cuanto a la

cantidad que quieren obtener por esto. Si no les consigo lo que piden,

intentarán venderlo por otra vía.

Cecilia permaneció en silencio. La suma representaba casi la totalidad de

sus ahorros de meses, pero sabía que no se atrevería a regatear, ni siquiera a

don José.

—Piénselo. Quería que usted fuera la primera en saber de esto, pero no

puedo esperar más que un par de días. Después tendré que ofrecerlo a otros

coleccionistas, usted sabe, clientes como usted que pasan o llaman de vez en

cuando en busca de cosas como esta.

Cecilia deslizó los dedos sobre las frágiles hojas de los cuadernos.

Después abrió su bolso y sacó su billetera.

—Puedo pagarle una pequeña parte en efectivo. Pondré el resto en la

tarjeta, si no tiene inconveniente.



* * *

A las ocho y media, Cecilia se despertó con el timbre del portero eléctrico.

Miró el reloj y advirtió que había dormido durante horas. ¿Quién podría ser?

Se incorporó en el sofá y se esforzó por pensar a través de la debilidad y el

sopor que le empañaba la vista. Mamá nunca vendría sin llamar antes para

asegurarse de encontrarla. Pero tal vez, como ella había cancelado su visita

semanal… Todavía no tenía coraje para sentarse frente a Mamá y decir que

todo estaba bien, como siempre. Se frotó los ojos y miró el paquete de

cuadernos envuelto en papel madera. Había pensado en dormir sólo un rato

antes de empezar a leer el primero. No, no podía ser Mamá, hoy era su día de

cine y cena con amigas, nunca vendría a aburrirse a casa de su hija un

domingo por la noche. El portero sonó otra vez.

—Soy yo, Ceci. ¿Puedo subir?

Cecilia se quedó muda, conteniendo la respiración.

—¿Ceci?

—Sí… sí, claro, subí —y agregó casi sin aliento—. Estaba en la ducha,

entrá y esperame.

Recogió frenéticamente algunas de las ropas y platos sucios amontonados

sobre la mesa y el sofá, después corrió a encerrarse al baño y abrió la ducha.

Alcanzó a quitarse la camisa y el pantalón antes de sentir la llave en la puerta,

y terminó de desvestirse bajo el agua. Se estaba enjabonando cuando él

golpeó la puerta del baño.

—Esperame un minuto, enseguida salgo.

—No puedo quedarme mucho. Te llamé para avisarte de que venía, pero

no contestaste —dijo Pablo desde el living.

Frenética, se enjuagó y se envolvió en la toalla. Corriendo al dormitorio,

se delineó los ojos y los labios, se perfumó y se puso un vestido negro suelto

mientras metía los pies en un par de zapatos de taco alto. Cinco minutos

después estaba sentada al lado de Pablo, con la cara hundida en su cuello.

—¿Cómo estás?

—Mejor. Mañana vuelvo a la oficina. Falté cinco días, tengo que volver.

Él le apretó la mano y sonrió.

—Bien, Ceci. Estaba preocupado por vos. Pero ya pasó todo, mi amor.

Tenemos que seguir con nuestras vidas.

«¿Nuestras vidas? —pensó Cecilia mientras se ponía de pie para servirle

un whisky—. La tuya y la mía, que sólo se juntan en algún momento perdido,

en estos ratos perdidos que son toda mi vida, pero no la tuya. Él me ama», se

dijo sintiendo culpa y vergüenza por esos pensamientos negativos hacia el

hombre que estaba allí a escondidas de su familia, en una noche de domingo,

porque la amaba y se preocupaba por ella, por su salud y su bienestar.

—¿Qué hiciste hoy? —le preguntó, con ese afán perpetuo de enterarse de

lo que le dolía conocer, sabiendo que más tarde cada palabra volvería una y

otra vez a torturarla durante horas y hasta días sucesivos. Ignorante de la

angustia contenida de su voz, Pablo se explayó en pormenores.

—Lo mismo de cada domingo. Los chicos me despertaron con el

desayuno y se quedaron en la cama conmigo. Los domingos no me los puedo

sacar de encima en todo el día. Es lógico, durante la semana casi no los veo.

Solamente a la noche, y la mayoría de las veces ya están dormidos cuando

llego.

Yo también te veo sólo a ratos, y no todos los días. Ellos al menos te

tienen los fines de semana. Ellos y Sandra. Pero hoy es domingo y está acá,

mintió por mí, miente y engaña a Sandra y a sus hijos para verme. Te amo, te

amo tanto.

—Almorzamos con los padres de Sandra. Los chicos estuvieron todo el

día en la pileta, no había manera de sacar a Flor del agua. Pero le dije a

Sandra que tenía que volver para hablar con Julio sobre la reunión de

mañana, y a las seis ya estábamos en la ruta.

La buena y comprensiva Sandra, con sus papás ricos y su ejército de

niñeras y mucamas. Pero él no te quiere, está con vos por tu dinero y porque

sos la madre de sus hijos.

—¿Y vos, que hiciste? —preguntó Pablo acariciándole el cuello por

debajo del cabello húmedo.

—Fui a San Telmo, a la librería de don José, el anticuario. Conseguí un

diario del siglo XIX, algo apasionante. Me muero por leerlo.

No le dio más detalles porque sabía que Pablo no se interesaba por el

pasado ni por lo antiguo a menos que se tratara de un objeto de valor y con

posibilidades de reventa.

—Qué cansado estoy —dijo Pablo estirándose en el sofá—. Los fines de

semana no me alcanzan ni para empezar a relajarme. Y mañana tengo que

estar en la oficina a las siete, hay reunión de directorio con el equipo español.

Cecilia empezó a masajearle los hombros. Él cerró los ojos y siguió

hablando de lo que le esperaba en la oficina durante los próximos días

mientras ella le frotaba la espalda. Después se tendió en el sofá y la atrajo

hacia él, murmurándole al oído:

—Ceci…, ya sé que no podemos… pero estar junto a vos me vuelve

loco…

Comprendiendo, Cecilia se arrodilló frente a él y comenzó a desprenderle

el cinturón.

Te amo, Pablo. No te vayas. Voy a hacerlo despacio, muy despacio, para

que te quedes conmigo mucho tiempo.

Pero él salió del baño mirando el reloj y diciendo que era tardísimo, que

cuando estaba con ella el tiempo pasaba volando, y que mañana tenía que

levantarse antes de las seis.

—¿Querés tomar un café? ¿Otro whisky? —preguntó Cecilia siguiéndolo

por el living mientras él recogía el celular y lo encendía, se alisaba la ropa y

se pasaba un peine frente al espejo que estaba junto a la puerta de entrada.

—No, mi amor. Me encantaría quedarme con vos, ya lo sabés, y poder

besarte y abrazarte durante toda la noche.

Cecilia se colgó de su cuello intentando apresar su olor a loción de afeitar

y un resabio de perfume caro.

—Te amo. Te amo.

—Yo también, Ceci. Mañana te llamo.

La puerta se cerró y Cecilia se quedó sola. El espejo le mostró la palidez

de su rostro entre los cabellos mojados y el reflejo de su cuerpo hueco. La

soledad de la noche de domingo cayó sobre ella, ahogándola. Dio dos vueltas

de llave a la puerta y se desprendió el cierre del vestido, dejándolo caer al

suelo. Fue al dormitorio y se puso un pantalón y una remera amplia.

La heladera estaba vacía. Rebuscó en las alacenas hasta encontrar un

paquete de galletitas y se las comió de a dos mientras se ponía las zapatillas y

metía dinero en el bolso. En el placar, bajo la ropa interior, había quedado

media barra de chocolate, estaba segura. ¿O lo había puesto en el cajón de la

mesa de luz? Rebuscó frenética hasta encontrarlo y lo guardó en la cartera

mientras se metía en la boca la última galletita. Alcanzaría para comer en el

camino, hasta llegar al kiosco-almacén que estaba a dos cuadras y no cerraba

en toda la noche. La heladería todavía debe de estar abierta, pensó mientras

apretaba impaciente el botón del ascensor.





Buenos Ayres, 1828

Otoño - Invierno

1

El primer día de viaje fue relativamente fácil, apresurado por la excitación

de estar finalmente en camino. Todavía escuchaba los adioses austeros de la

tía Carlota y las preguntas apenas respondidas entre el armar desordenado de

baúles. Sabía que las primas cuchicheaban desconfiadas, clavándole los ojos

en la espalda, aprensivas ante la mirada ardiente y un poco desquiciada de sus

ojos y el color encendido, casi febril, de sus mejillas. No le importaba.

Había llegado ahogada por el peso de su amor desesperado, huyendo de

Buenos Ayres y del miedo de sus propios pensamientos. La efusividad de las

tías y la abierta alegría de la casa ante su llegada, que agregaba una nota de

novedad a las monótonas veladas familiares, la habían oprimido hasta casi

hacerla gritar. Le molestaba la charla ociosa y constante, las preguntas sobre

la familia, la casa y la ciudad que quería olvidar. Se arañaba las manos debajo

de la mesa cuando se veía obligada a hablar sobre Sofía y su esposo. Como

era lógico, los recién casados eran tema recurrente en las conversaciones del

ramillete de muchachas todavía solteras, ansiosas de detalles sobre la vida de

casada de la bella prima a la que habían dejado un par de días después del

matrimonio.

Mercedes hubiera deseado encontrarse con las sierras desnudas y el aire

seco, con la naturaleza callada que no la molestaba con preguntas ni le

recordaba su desesperación. Tal vez entonces podría olvidar. En las largas

comidas seguidas por veladas de mate y labores interminables, soñaba con

una nueva huida, esta vez para siempre, con una choza en una ladera solitaria,

con envejecer y morir sola entre los árboles y las piedras de contornos

caprichosos. Esconderse como las heroínas de las novelas baratas, hasta que

la soledad y el tiempo mataran su deseo y sus recuerdos.

Llegó a pensar en el convento, único refugio digno para la mujer que no

quería o no podía unirse al destino común y bendecido del matrimonio, en

ocultarse detrás de un velo como tantas otras lo habían hecho a lo largo de la

historia. Pensó en las pasiones ahogadas con horas de rezo y penitencia, en el

deseo apagado bajo el peso de años de frases latinas cantadas en alabanza al

Señor. La idea la perseguía en las siestas insomnes, cuando se escapaba del

dormitorio para pasear su angustia entre los árboles del huerto. Sintió el frío

de la celda en las madrugadas de invierno, cuando la campana llama a

maitines, los atardeceres nostálgicos del claustro solitario, los cabellos cortos

creciendo vigorosamente sin que un beso los roce, la piel secándose sin sentir

el calor de una mano, jamás. Y abandonó la idea con un escalofrío cuando la

visión romántica de un destino idealizado cedió paso a los detalles crudos,

verdaderos, de una existencia que la horrorizaba, y que sólo el consuelo de la

fe hubiera vuelto tolerable.

Las tías se extrañaban ante su mutismo, la agobiaban a consejos mientras

ella se inclinaba sobre el bastidor y fingía permanentes dolores de cabeza. A

veces se ofrecía a leer en voz alta o a tocar el piano. De esa manera podía

dejar fluir sus pensamientos o tal vez no pensar en nada, recitando palabras

que no entendía, hundiéndose en acordes que no escuchaba.

Las horas se deslizaban en una cantinela de tareas mujeriles que la

enloquecía. La ausencia de hombres en la casa hacía que la conversación

recayera de continuo en las pequeñas menudencias femeninas acerca de las

cuales la joven nunca había sido muy afecta a hablar.

Mercedes siempre había sentido, aunque de una forma vaga, que no

encajaba en el patrón acostumbrado y aceptado de la joven porteña de buena

familia, sin otorgar al hecho demasiada importancia. Pero ahora el abismo

entre ella y el resto de las mujeres que la rodeaban en todos los momentos de

su vida se había hecho enorme, insalvable. Hasta la conversación más

sencilla se le hacía imposible. Las palabras flotaban y se detenían en el aire

como pájaros cansados antes de llegar a sus oídos transformadas en ruidos

huecos, sin sentido. Desesperada, se preguntaba si esto era el comienzo de la

locura, de algo que la llevaría indefectiblemente a un mundo diferente del que

tal vez no habría regreso.

Los días claros se sucedieron y las noches se hicieron más dolorosas, hasta

que una tarde, en medio de los acordes trágicos de la Appassionata de

Beethoven, Mercedes sintió que si estaba un día más, una hora más sin ver

los ojos de Mariano, se volvería realmente loca. Porque sabía que ella ya no

era ella, porque tenía miedo de sí misma desde que Mariano había entrado en

su vida.

Las primas habían alzado la mirada, extrañadas ante el silencio repentino

del piano, pero ella no se había molestado en explicaciones. Salió sola de la

casa y caminó hasta la posta más cercana, donde compró un lugar en la

primera diligencia con destino a Buenos Aires. Después consiguió papel y

tinta en la pulpería y redactó unas líneas apresuradas dirigidas a su padre,

bajo las miradas de los gauchos que la recorrieron abiertamente sin que ella

lo advirtiera. Sabía que nadie se atrevería a faltarle el respeto a la sobrina de

Carlota Saavedra, viuda de Juan Billinghurst y dueña de una de las estancias

más extensas de Córdoba. Pero eso no impedía que las miradas oscuras de los

hombres se deslizaran sobre su cuerpo adivinando los contornos bajo la

muselina rosa del vestido.

Las monedas y el sobre apresuradamente lacrado pasaron de la mano de

Mercedes a los dedos cetrinos del pulpero en medio de un silencio completo.

Fue entonces cuando el loco Venancio, ese personaje atemporal que se había

convertido años atrás en parte inseparable del paisaje del pueblo, abandonó la

silla y la botella donde un día se había ahogado su cerebro embrutecido.

Mercedes no advirtió la proximidad hasta que olió el alcohol sobre sus

cabellos y sintió los dedos clavados en su antebrazo. Entonces, sin darle

tiempo a sentir miedo, otros dedos apartaron la mano de su brazo y brilló un

facón entre ella y Venancio.

—Váyase a casa, señorita. Este no es lugar para una niña como usted.

Mercedes miró el filo del cuchillo que el hombre sostenía contra el cuello

del borracho. Después vio los ojos del hombre, que eran verdes como los de

Mariano, más verdes aún contra la piel oscura de sol, y no se movió.

—Váyase.

Mercedes corrió hacia la calle, pero el miedo a sus propios pensamientos

se aferró a ella, pertinaz. Ni cuchillos ni hombres podían más que el horror de

su angustia y su deseo.



* * *

Mercedes cambia de posición en el asiento y mil agujetas se despiertan en

la parte superior de sus piernas. La sensación le provoca primero ganas de

reír, después una molestia casi insoportable, hasta que la inmovilidad forzada

la hunde de nuevo en una piadosa insensibilidad. Piensa que debe haberse

adormecido rememorando los días pasados en Córdoba, porque siente el

cambio de luz detrás de los párpados cerrados. Abre los ojos y descorre las

cortinillas descoloridas por el sol para ver el camino. Las últimas luces del

atardecer pintan el horizonte de naranjas increíbles, mezclados con azules que

se funden en las sombras violáceas de los montes lejanos. Después nada,

solamente campo liso, eterno, extendiéndose hacia el horizonte cada vez más

oscuro.

Poco a poco las primeras estrellas aparecen en el cielo casi violeta que

precede a una noche perfecta. Más tarde una luna brillante, casi redonda,

alumbra la pequeña caravana solitaria en medio de la inmensidad. Mercedes

contempla esa piedra brillante colgada de la nada, y nota una vez más que la

superficie clara está despareja, como manchada de hollín. Qué noche tan

calma y estática, qué inmenso el cielo cubierto de estrellas inmóviles, como

joyas sobre una pechera de terciopelo oscuro.

Mercedes vuelve a correr las cortinas y el interior del coche queda aislado

de la belleza de la noche. Los viajeros cabecean, dolorosamente acomodados

en los asientos duros. Hay un viejo que viene del Alto Perú, un matrimonio

joven que va a Pergamino y dos damas ancianas, hermanas, que viajan

acompañadas de una negrita muy joven. Mercedes viaja con Dionisia, una

mulata cuarentona de caderas tan anchas que desborda la madera de los

asientos.

El viejo que viene del Alto Perú reza, pasando una a una las cuentas de un

rosario de hueso al ritmo de una plegaria silenciosa. Su cabeza se mueve

como la de los demás, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo y arriba

otra vez, sacudida por el andar desparejo. Mercedes inclina la cabeza contra

el vidrio. Otra noche más. Siente que cada parte de su cuerpo se va

convirtiendo en un trozo de carne insensible, tratando de acomodarse al

respaldo duro y al asiento plano. Se pregunta una vez más cómo hacer para

resistir hasta la mañana, encerrada en esa caja que huele a comida y a cuerpos

sin lavar. Se envuelve mejor en el mantón de lana espesa, hunde la cara en el

almohadón bordado que la tía le entregó a Dionisia antes de la partida, en un

intento de hacerle más soportable ese viaje que no comprendía ni aceptaba.

Chocan las cuentas de hueso del rosario. Los dedos del viejo frotan la cruz

con un afán casi sacrílego, mientras sus labios siguen musitando una letanía

interminable de avesmarías. Mercedes cierra los ojos y vuelve a pensar en

Mariano, y en las tías asustadas, y en aquellas últimas horas en Córdoba,

porque la noche es tan larga, y no es posible dormir.



* * *

Era casi de noche cuando volvió a la casa. Las cabezas juntas de las tías

asomaban por la ventana que daba al jardín, asustadas.

—¡Mercedes, niña, por el amor de Dios! ¿Qué es esto de salir sola de la

casa sin decir una palabra a nadie? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no llevaste a

Dionisia contigo? ¿Qué le diré yo a mi hermano, si algo te sucede? Si mi

esposo viviera…

La tía Carlota, viuda desde los veinticinco años, se había habituado a la

vida sin marido desde tantos años atrás que la idea de tener un hombre a su

lado ya no tenía cabida en sus pensamientos, y Mercedes lo sabía. Sin

embargo, cuando algo la perturbaba, enarbolaba el nombre del olvidado

difunto como un estandarte ante su condición de mujer desvalida.

—Cuando supe que habías salido, envié de inmediato a los criados a

buscarte. ¿Tienes idea de lo que significa para una señorita andar vagando

por las calles sin compañía, como una cualquiera? ¡Ah, si viviera mi pobre

Juan, que Dios tenga en la gloria! Él nunca hubiera permitido un

comportamiento semejante en una joven de su familia, en su propia casa.

La tía Augusta Tomasa, que nunca había tenido hombre, mostró su

aprobación con un movimiento de cabeza tan vigoroso que las puntas del

moño le rasparon la nariz.

—Mi hermano siempre supo señalar el camino a la mujer respetable que

quisiera seguir siéndolo. La muerte de nuestro padre lo dejó a cargo de mi

madre, mis hermanas y yo cuando él apenas había cumplido diez y siete años.

Como único hijo varón, y aún después de casado contigo, Carlota, jamás

descuidó su responsabilidad sobre nosotras. Se ocupó de nuestra educación,

vida social y matrimonios. Y de no ser por esa muerte repentina que se lo

llevó siendo aún joven, estoy segura de que hubiera sido capaz de hacer de

Mercedes una verdadera señorita. Que no sólo lo fuera —agregó después de

una pausa para respirar—, sino que también se comportara como tal.

Mercedes clavó la mirada en los ojos duros de doña Augusta Tomasa.

—Yo diría que mi difunto tío no puede haber sido tan hábil en el

cumplimiento de su deber, tía Augusta, ya que no consiguió encontrar marido

para usted.

Un gorgoteo horrorizado separó los labios de la solterona y dos manchas

rojas como bofetadas aparecieron bajo la capa de polvos de arroz que le

cubría las mejillas. Temblaron sus manos amarillentas que nunca habían

tocado la piel de un hombre.

Asustada, doña Carlota miró a su cuñada. La soltería de la hermana de su

esposo era un tema que nadie en la familia se había atrevido a tocar jamás en

su presencia. Augusta Tomasa llevaba su condición como una carga

humillante que la separaba del resto de sus hermanas, como un estigma que la

volvió fría y mala. A diferencia de otras mujeres en su misma condición, no

tenía una carta, borrosa por el tiempo y las lágrimas, que releer en las noches

vacías, ni una flor aplastada entre las hojas de un libro que mostrar a sus

amigas. El paso de los años no había atenuado su rencor, y todavía ahora, a

pesar del cabello gris y las arrugas, cada nuevo casamiento de las jóvenes que

podrían haber sido hijas suyas le agriaba un poco más el rostro sin sonrisas.

A pesar de su estado de ansiedad casi enfermiza, Mercedes advirtió el odio

de la tía Augusta, un odio espeso de años de amargura y decepción que

pareció materializarse en medio de las tres mujeres calladas. Pero ella ya

estaba harta, harta de las tías y de las primas y de los buenos modales, y tenía

que ocuparse de sus baúles.

—Me vuelvo a Buenos Ayres, tía Carlota. Acabo de comprar un asiento

en la diligencia que sale mañana temprano, y he escrito a mi padre

anunciándole mi regreso. Mis dolores de cabeza son peores desde que llegué,

y necesito ver al doctor Jiménez lo antes posible. Lamento mucho tener que

abreviar mi estadía, pero no puedo esperar más tiempo.

El odio de los ojos de la tía Augusta y el estupor de doña Carlota se

transformaron en dos miradas horrorizadas.

—¿La diligencia? ¿La diligencia pública?

—¿Volver a Buenos Ayres? ¿Sola en la diligencia, con un montón de

extraños?

—Te lo dije antes, Carlota, y esto lo confirma, esta niña no está bien de la

cabeza. Yo me lavo las manos. No estoy dispuesta a escuchar más de esta

insolencia y esta locura.

Y doña Augusta Tomasa salió de la habitación casi corriendo, agitando a

su paso enervado las colas del chal gris de lana y el rosario que colgaba de su

cintura. Mercedes no esperó más. Encontró a uno de los negros pequeños

jugando con el perro en los pasillos y lo mandó en busca de Dionisia.

La tía Carlota la siguió al dormitorio.

—Mercedes, esto es una locura. No saldrás de aquí sin el consentimiento

de tu padre. Soy responsable de tus actos mientras estés en mi casa. Si tanto

necesitas un médico puedes consultar al mío y volver a Buenos Ayres una

vez que mi hermano esté informado de tu deseo de regresar. Tú misma

pediste pasar el invierno en Córdoba, y ahora te despachas con semejante

desatino. Una Saavedra no viaja durante días y días en una galera pública con

un montón de extraños. No saldrás de mi casa de ese modo, aunque tenga que

encerrarte.

Resoplando, Dionisia doblaba la enorme falda de encaje del mejor vestido

de Mercedes. Casi parecía que el baúl no tendría suficiente capacidad para

contenerlo, pero Mercedes lo aplastó impaciente con un par de zapatos y

empujó la tapa hasta cerrarla de un golpe.

—Me vuelvo a Buenos Ayres, tía, y mañana mismo. Enciérreme si quiere,

y me obligará a escaparme. Romperé las ventanas, gritaré hasta que el pueblo

entero se agolpe a su puerta. Entonces sí que el daño será grande para usted y

para mí.

La tía Carlota se puso pálida y sus labios se agitaron como si fuera a

llorar. Con un gesto de desamparo, se dejó caer en una silla ocultando el

rostro en un pañuelo.

—¿Qué haré yo contigo, por Dios y su Madre Santísima? Si viviera mi

pobre Juan Billinghurst… —repitió—. Si alguna de mis hijas hubiera sido

varón…

Las primas habían preguntado poco y hablado mucho a sus espaldas,

repelidas por su actitud ausente y exasperada. La tía Augusta Tomasa no salió

a despedirla.

Mercedes se olvidó de todas desde el momento en que la puerta del coche

se cerró detrás de ella, llevándosela junto a Dionisia, los baúles y el

almohadón bordado de la tía.



* * *

¿Qué se hace con el agujero de la nada que se agranda a nuestro alrededor

hasta el infinito? ¿Qué se hace con la noche insomne, llena de vacío?

La pampa se alarga, interminable como el deseo que aprieta el pecho de

Mercedes. El grito de los caranchos rompe el silencio con un ruido diferente

al de las ruedas de la diligencia. La luna dibuja contornos en el horizonte y

sombras en la frente de Mercedes, que quiere dejar de pensar pero no puede

hacer otra cosa, qué otra cosa se puede hacer encerrada en la caja temblorosa,

rodeada del olor rancio de los cuerpos sucios y la comida amontonada bajo

los asientos. Si tan solo pudiera escribir, escribir como lo hizo en cada hora

libre en casa de tía Carlota, seguir derramando en el papel la angustia y la

pasión que la trastornan.

El viejo del rosario se durmió, su cabeza cae sobre el pecho y un ronquido

apagado le agita la boca abierta. Duermen las hermanas viejas, dos bultos

informes de chales y frazadas descoloridas. Mercedes mira el anillo en una

mano áspera, un anillo gastado y feo, y siente pena por esos dedos colgantes,

por el viejo que ronca con la boca abierta, por esos cuerpos retorcidos

dolorosamente. Siente ganas de cargarlos a todos en un pájaro de alas

enormes y llevarlos por el aire lejos de la caja cerrada y los caminos eternos

como esa noche maldita, interminable.

Pensar y pensar… Si al menos pudiera leer, ya que no escribir, hundirse

en un mundo donde no exista la diligencia ni la cama caliente donde Mariano

duerme abrazado al cuerpo de Sofía, sus ojos verdes cerrados contra los

bucles dorados, las piernas húmedas entrelazadas.

Mercedes aprieta los párpados con tanta fuerza que mil estrellas

minúsculas explotan delante de sus ojos. Laten sus sienes doloridas. La

escena imaginada casi la hace gritar. Todos los pensamientos la llevan a

Mariano; a Mariano que duerme junto a su esposa mientras la diligencia

sacude sus huesos doloridos a través de la pampa. Sofía descansa en los

brazos de Mariano mientras ella se acurruca en el asiento duro junto a un

puñado de personas que nunca antes vio en su vida. Los pasajeros de la

diligencia comparten la noche como Mariano lo hace con Sofía, pero ellos

están casados y así debe ser; en cambio ella y los demás viajeros no se

conocen, nunca se habían visto ni se verán después, y sin embargo allí están,

compartiendo el sueño y la oscuridad.

Mercedes piensa en lo extraño de esa convivencia forzada, desmenuza la

idea con desesperación, porque su mente la tortura mostrándole una y otra

vez la misma imagen, y ella quiere escapar, pero no puede. El odio la lastima

más que el encierro o la inmovilidad. Se pregunta cómo puede odiar tanto a

su propia hermana, que no cometió más pecado que casarse con el hombre

elegido por sus padres, cumpliendo con el destino de toda hija, mujer, de

buena crianza. Sofía no sabe nada de su amor ni de su odio. ¿Por qué,

entonces, siente ella esa sensación de furia, de pérdida, por alguien que no es

suyo ni nunca lo fue? Sus uñas se clavan en sus sienes mientras se esfuerza

por comprender ese amor nacido de la nada, de improviso, avasallándola a

ella y a su vida.

Las cortinas empiezan a filtrar la luz de un día nuevo sobre los rostros

amarillentos de los pasajeros apenas despiertos, lastimándoles los párpados

hinchados de sueño. El viejo abre la boca en un bostezo ruidoso que termina

en un acceso de tos flemática. Las hermanas se desperezan debajo del

traperío informe que las cubre. El viejo saca una escupidera de bolsillo negra,

levanta la tapa y escupe dos veces dentro de la abertura. El soldado y su

esposa están despiertos, la joven deshace el rodete que contiene sus cabellos

opacos y vuelve a peinarlos en una trenza flaca que enrosca sobre la cabeza.

El soldado revuelve la canasta que está debajo de sus rodillas y saca medio

pan redondo y un trozo de queso amarillo oscuro envuelto en una servilleta.

Corta una rebanada de queso con el facón que lleva a la cintura y el olor

rancio y penetrante se adueña del aire, ahogando por un instante el resto de

los olores.

Mercedes mira por última vez a cada uno de los viajeros a través de los

párpados entornados, porque pronto estarán en Buenos Ayres y no volverá a

dormir con esas personas que no conoce ni quiere conocer, sólo unas pocas

horas más y cada uno partirá por un camino distinto para no acordarse de los

otros, nunca más. Siente asco y lástima por esas cinco personas que la

acompañaron en el penoso viaje. No cuenta a las negras porque ha sido criada

en el convencimiento de que los negros no son personas, aunque ahora la ley

los hace nacer libres.

Finalmente la diligencia se detiene, un último descanso y luego, sólo unas

pocas horas más hasta Buenos Ayres. Tiempo para vaciar las vejigas

hinchadas, estirar los miembros doloridos y respirar, respirar el aire puro y

frío de la mañana de fines de otoño. Mercedes no acepta más alimento o

bebida que un vaso de agua. Camina, manchándose los zapatos con el rocío

que humedece el pasto, ansiosa esta vez por volver a la prisión del coche que

pronto la llevará a Mariano. A un hombre al que no podrá tocar ni casi hablar,

a un hombre que es su hermano, el esposo de Sofía.



* * *

Atontada por el viaje, con el cuerpo entumecido y la mente desordenada,

Mercedes no estaba preparada para la hecatombe que produjo su llegada en la

casa y la familia. Su carta había sido recibida esa