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Cuando pase la tormenta

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Los caminos de Taylor y Kenan se separaron de forma irremediable una Navidad cuatro años atrás, pero el destino, en forma de temporal, hará que se crucen de nuevo.

Aislados en un aeropuerto la víspera de Nochebuena, mientras la primera gran nevada del invierno descarga su furia sobre Chicago, tendrán que enfrentarse a la verdadera tempestad, la que sacude su interior cuando todas las emociones y recuerdos que creían haber enterrado en lo más profundo amenazan con salir de nuevo a la superficie y derribar sus defensas.

¿Serán capaces de dejar atrás el dolor y la culpa?

¿Es posible que exista una segunda oportunidad para ellos?

Puede que consigan encontrar las respuestas cuando pase la tormenta.
Year:
2020
Language:
spanish
File:
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		 			Copyright

			EDICIONES KIWI, 2020

info@edicioneskiwi.com

www.edicioneskiwi.com

Editado por Ediciones Kiwi S.L.





			Primera edición, noviembre 2020

			© 2020 Mónica Maier

© de la cubierta: Borja Puig

© de la fotografía de cubierta: shutterstock

© Ediciones Kiwi S.L.

Corrección: Paola C. Álvarez

			Gracias por comprar contenido original y apoyar a los nuevos autores.

			Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.





		 			Nota del Editor

			Tienes en tus manos una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos recogidos son producto de la imaginación del autor y ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, negocios, eventos o locales es mera coincidencia.





		 			Índice

			Copyright

			Nota del Editor

			1

			2

			3

			4

			5

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			7

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			9

			10

			11

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			26

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			Epílogo

			Agradecimientos





		 			1

			Taylor

			Los copos de nieve bailan y se arremolinan, formando figuras imposibles en una alocada danza, antes de terminar estrellándose contra el cristal empañado de la ventanilla.

			—Parece que la tormenta está empeorando.

			Examino los ojos del taxista, que me miran con gravedad desde el espejo retrovisor. Es la primera vez que lo veo perder la expresión de placidez desde que me ha recogido en la puerta del hotel.

			—Al menos, tendremos una blanca Navidad —dice optimista, recuperando el timbre alegre al pronunciar las últimas palabras.

			No me hace falta ver la enorme sonrisa que muestra su rostro para saber que es un amante de estas fiestas. El espumillón y las pequeñas l; uces de colores que recorren el habitáculo ya me dieron una pista en el momento que subí al vehículo.

			Observo el Papá Noel tambaleante que agita su campanilla al ritmo de la marcha desde el centro del salpicadero y no puedo reprimir una sonrisa. Estoy segura de que, si el espacio se lo permitiera, también llevaría el clásico abeto con sus brillantes bolas.

			El hombre vuelve a centrar su atención en el asfalto, que se hace menos visible por momentos, y yo devuelvo mi mirada pensativa al exterior del taxi.

			Para mí, estas fechas nunca han sido un motivo especial de felicidad, sino, más bien, un recordatorio de las carencias que han supuesto una constante durante toda mi vida. Las películas, la música, los anuncios que emiten en la televisión, propios de estas fiestas, hablan de familia, celebración, amistad, amor. ¿Qué puede saber una chica criada en una caravana por una madre enferma y un padrastro alcohólico, que jamás se quedaban el tiempo suficiente en la misma ciudad, sobre todas esas cosas?

			Suspiro. Jamás he sido de recrearme en la autocompasión y no voy a empezar a hacerlo ahora que las cosas parecen que están mejorando. Este año tengo el firme propósito de crear nuevos recuerdos que sustituyan todas esas imágenes faltas de brillo y calor que habitan en mi memoria.

			Desde los altavoces me llega la elegante voz de George Michael, que habla de cómo traicionaron su amor la pasada Navidad. El corazón se me encoge con una punzada que, de tan familiar, ya forma parte de mí. El recuerdo que evoca es doloroso, pero sé que este no quiero borrarlo. Me da miedo que con él desaparezca esa otra Taylor que habita en mi interior y no está rota ni llena de zonas grises.

			Me despido del taxista que, como no podía ser menos, me desea unas felices fiestas y con la pequeña maleta traqueteando a mi espalda me dirijo al control de seguridad. Estoy a punto de llegar cuando el timbre apagado del teléfono móvil resuena en las profundidades de mi bolso. Me aparto a un lado y busco el aparato entre el batiburrillo de cosas que siempre llevo conmigo; la vida me ha enseñado a ser previsora, quizá en exceso.

			Leo la palabra «casa» en la pantalla del smartphone y siento cómo se me aceleran los latidos y una fina capa de sudor frío me cubre la espalda. Hoy por hoy, no tengo motivos para preocuparme y, sin embargo, mi cuerpo y mi cerebro tienen tan interiorizado ese estado de alerta que reaccionan de forma instintiva.

			El entrañable saludo que me dedica mi vecina, Margaret, desde el otro lado de la línea me tranquiliza al instante.

			—Taylor, cariño, ¿estás bien? ¿Has podido llegar al aeropuerto?

			—Acabo de entrar por la puerta.

			La escucho suspirar aliviada y su preocupación me parece enternecedora.

			—Me alegro, porque tu madre estaba algo nerviosa. La televisión ha anunciado que han comenzado a cortar las carreteras debido al mal tiempo. Al parecer, vamos a sufrir la primera gran tormenta del invierno.

			Me felicito interiormente por haber salido con tiempo y, así, evitado la peor parte de la nevada que debe de estar complicando las cosas en el exterior. Miro las pantallas que anuncian las salidas y compruebo que, por ahora, no hay retrasos en los despegues.

			—No te preocupes, Maggie. Es un vuelo corto. En unas horas estaré en casa.

			—Se lo diré a tu madre, se quedará más tranquila. Está emocionada. Llevamos toda la mañana metidas en la cocina y no para de hablar de las ganas que tiene de verte.

			Sonrío imaginando la escena, segura de que la pobre Maggie no ha podido parar en todo el día —mi madre puede llegar a ser muy mandona cuando algo se le mete en la cabeza— y a pesar de ello no habrá perdido la sonrisa. Ella es así. Un ángel. Nuestro ángel de la guarda particular.

			La irrupción de Margaret en nuestras vidas ha supuesto un balón de oxígeno. Sobre todo, para mí. Nunca podré agradecerle suficiente todo lo que hace por mamá. Desde que está a su cuidado, su estado ha mejorado de forma considerable: toma sus medicinas y las crisis casi han desaparecido. Sé que no solo tiene que ver con la psicología que a Maggie le ha dado su trabajo, no en vano fue enfermera durante cuarenta años, sino con el cariño que se profesan. Entre ellas ha surgido una verdadera amistad.

			Supongo que, a pesar de lo dispar de sus edades y aunque han llevado vidas muy distintas, hay vivencias que las unen, como la pérdida del amor verdadero. En el caso de mi madre fue un accidente con el avión militar que pilotaba el que arrancó a mi padre de su lado con apenas veinte años y un bebé en camino, y en el de Maggie, una larga enfermedad que unos años atrás la hizo enviudar.

			Ahora lo veo muy claro. Sin embargo, al inicio me costó dejarla entrar en nuestro mundo y ceder parte del control; las costumbres son difíciles de romper. Vivir y cuidar a una persona con trastorno bipolar nunca es fácil. Menos, si eres su único soporte desde que puedes recordar, ya que el otro «adulto» que hay en tu vida —en este caso mi padrastro, Guy— es un alcohólico incapaz de mantenerse lúcido ni unas pocas horas al día y mucho menos de conservar un trabajo. La responsabilidad, el amor y el miedo se habían fusionado en un sentimiento que para mí era tóxico y la relación con mi madre se había convertido en una codependencia poco sana de la que yo no era consciente hasta que Maggie me lo hizo ver. No podía resguardarme en la enfermedad de mi madre y sus problemas para no tener que vivir mi vida.

			—Por cierto, ¿cómo ha ido todo?

			Revivo la llegada al pequeño estudio de grabación, donde me he puesto delante de un micrófono de forma profesional por primera vez, y las emociones que me han embargado durante toda la semana.

			—Ha sido increíble, Maggie. Todavía estoy en una nube. Me da miedo despertarme y que todo haya sido un sueño.

			La risa cristalina de mi vecina inunda la línea.

			—Claro que es un sueño, cariño. Tu sueño. Y esto es solo el principio, ya lo verás.

			Asiento al teléfono. Sé que los ojos me brillan. Por primera vez en mucho tiempo, noto que esa felicidad, que siempre me ha sido tan esquiva, roza la punta de mis dedos. Quiero alzarme y aferrarla para no dejarla escapar.

			Me despido de Maggie, tras prometerle que llamaré nada más aterrizar en Pittsburgh, y ocupo un lugar en la fila para pasar el control de seguridad.

			Me lleva un rato acceder a la zona de embarque. Los días previos a Navidad son de mucho tránsito y numerosas personas llenan los pasillos del aeropuerto. Nunca me he sentido cómoda entre multitudes, por lo que compruebo con rapidez que mi puerta de embarque no ha cambiado y pongo rumbo hacia allí, dispuesta a aislarme tras las páginas de un libro.

			La sala aún no se encuentra muy concurrida cuando llego. Recorro el espacio con la mirada tratando de decidir dónde sentarme y entonces lo veo, es como si un terremoto me sacudiera por dentro. Quiero salir corriendo y no sé si para escapar o para echarme en sus brazos, aunque soy consciente de que lo último hace tiempo que se convirtió en un imposible. No obstante, mi cuerpo se niega a moverse y sigo aquí, parada, empapándome de su imagen.





		 			2

			Kenan

			—¿Lo llevas todo?

			Afirmo sin mucho entusiasmo y Heath me mira indulgente.

			—Cambia esa cara, muchacho. Lo peor ya ha pasado. Relájate unos días en casa, disfruta con tu familia y vuelve dispuesto a destrozar el hielo.

			Trata de animarme y tiene razón. Mi rodilla se encuentra casi curada. En unas semanas podré volver a vestir el uniforme de los Chicago Blackhawks y hacer lo que mejor sé y por lo que tanto me he esforzado: llevar a mi equipo a ganar la Stanley Cup por segundo año consecutivo.

			—Descansa y pasa una feliz Navidad.

			—Sí, tú también.

			Mi representante me tiende la mano y nos damos un fuerte apretón.

			Abandono el coche y entro en el aeropuerto con mi bolsa al hombro. Noto las miradas de reconocimiento. No me incomodan, estoy acostumbrado. Ser una de las estrellas del equipo local de hockey y que tu cara esté impresa en cientos de carteles publicitarios complica el pasar desapercibido. Varias personas me detienen para que les firme un autógrafo e interesarse por mi lesión. Los atiendo con amabilidad y todos se despiden dándome ánimos.

			Como aún tengo tiempo hasta la hora de embarque, decido emplearlo en comprar un detalle para mi madre. En las tiendas, los artículos navideños llenan las estanterías y los villancicos suenan de manera incesante. Sin embargo, la felicidad que veo en los rostros que me rodean me deja indiferente; para mí, hace tiempo que la Navidad perdió su significado. En casa, desde el divorcio y, aunque mi madre se esfuerza por aparentar normalidad, sobre todo de cara a Dave, hay una melancolía latente que no puedo dejar de notar. Aquel año fue complicado y todavía no nos hemos recuperado.

			Sacudo la cabeza. Demasiados recuerdos incómodos.

			Salgo de la tienda cargado con varias bolsas. Reconozco que, a pesar de todo, tengo ganas de ver a mi familia y desconectar, olvidarme de todas estas duras semanas de rehabilitación y miedo. El hockey es mi vida y durante unos instantes, mientras estaba tirado sobre el hielo, temí no poder volver a jugar. Ahora, casi recuperado, estoy deseando saltar a la pista para demostrar, sobre todo a mí mismo, que sigo siendo uno de los mejores y exorcizar los restos de temor que todavía me rondan.

			Dejo a un lado mis pensamientos y trato de localizar la pantalla de información. Una sensación turbadora me recorre la columna, como atraído por un imán, me giro y mis ojos se topan con ella. Me está mirando y, aunque no puedo distinguir desde aquí el verde de sus iris, noto la sorpresa en sus ojos. Mis pulsaciones se aceleran y una emoción intensa me oprime la garganta. Durante décimas de segundo una extraña felicidad explota en mi pecho y solo pienso en sentir el tacto de sus labios contra los míos. Luego la realidad se impone y un río helado de recuerdos irrumpe desde mi memoria congelando todo a su paso.

			Veo cómo su mirada se ensombrece ante la tensión que endurece mi expresión, pero sus ojos siguen enlazados con los míos. Nos encontramos los dos de pie en medio de decenas de personas y siento que estamos solos. Dos islas solitarias en medio de la nada.

			Taylor se toca la trenza que recoge su pelo rubio en un gesto inconsciente. Duda. De pronto, se yergue y sin romper el contacto visual avanza hacia mi posición. Siempre ha sido una valiente, aunque ella no lo crea y, a pesar de todo, me siento orgulloso.

			Se detiene frente a mí dejando esa distancia de seguridad que usa de manera instintiva para protegerse. No le encuentro sentido porque para mí ella ya no significa nada, pero me pone furioso que la utilice conmigo.

			—Hola, Kenan.

			—Taylor. Ha pasado mucho tiempo.

			—Sí —hace una pausa—, ¿cómo estás?

			Observo que mira mi rodilla de reojo y me sorprende que esté al tanto de mi lesión, claro que todo el que haya visto la televisión o leído la prensa en el último mes debe de estar enterado.

			—Bien, tengo unos días de descanso y vuelvo a pasar la Navidad a casa. Y tú, ¿qué haces por Chicago?

			—He venido a grabar unos singles. He firmado un contrato con una pequeña discográfica independiente. Voy a sacar un disco. —Desvía la mirada ruborizada.

			—Vaya. Lo has conseguido. Enhorabuena. —Soy sincero, porque, a pesar de lo ocurrido entre nosotros, sé que su voz es magnífica y se merece una oportunidad tanto o más que cualquier otro.

			—Gracias.

			El silencio nos envuelve. Recorro los suaves perfiles de su rostro. No puedo ver nada y me entristece. Hubo un tiempo en el que no fue así. Solo con mirarla la máscara caía, permitiéndome vislumbrar todo lo que escondía. Estábamos conectados, dos partes de un mismo todo. Ahora solo somos dos extraños.

			Me digo que es así como quiero que sea.

			Taylor se humedece los labios en un gesto nervioso que no me pasa inadvertido. Parece que va a añadir algo, pero sus palabras no llegan; supongo que no queda mucho más que decir.

			—Bueno, me ha alegrado verte. —Hasta a mí me suenan a palabras vacías—. Espero que pases una feliz Navidad.

			Sus ojos se vuelven opacos. Sujeta el tirador de su maleta y me dedica una sonrisa trémula.

			—Igualmente. Feliz Navidad, Kenan.

			Me parece que su voz se vuelve más dulce al pronunciar las últimas palabras.

			Me quedo mirando cómo se aleja, sintiéndome mezquino sin saber por qué y con la urgencia de correr tras ella y pedirle perdón por lo que sea que he hecho que ha pintado el dolor en sus ojos. La escena me resulta conocida, pero hace ya mucho tiempo de esa otra vez, la que fue la primera. No se me escapa la ironía de que la única que tiene motivos para pedir perdón es Taylor y para mí ya llegaría demasiado tarde.





		 			3

			Kenan

			Dicen que el tiempo difumina los detalles y emborrona los recuerdos y, sin embargo, han pasado cerca de cuatro años y cada momento de aquella primera vez sigue vivo en mi memoria.

			El comienzo de temporada se encontraba a la vuelta de la esquina y la intensidad y duración de los entrenamientos cada vez eran mayores. Mike, nuestro preparador, había alargado la sesión física más de lo normal justo el peor día, por lo que tendría que darme prisa si no quería encontrarme la tienda cerrada cuando llegase. Sabía que me iba a tocar correr, pero no podía presentarme en casa con las manos vacías. Era el decimosexto cumpleaños de mi hermano y no pensaba fallarle yo también. Ya era suficiente con que lo hiciese nuestro padre.

			Imprimí más velocidad a mis zancadas. Estaba furioso. Yo ya era un adulto, en unos meses cumpliría veinte, pero Dave era solo un crío; mis padres tenían la obligación de cuidarlo y protegerlo. Claro que mi madre poco más podía hacer, suficiente tenía con no derrumbarse. El problema residía en mi otro progenitor. Tras casi treinta años de matrimonio se había dado cuenta de que necesitaba tiempo y espacio para recapacitar acerca de lo que quería en su vida, y una familia puede que no entrase en la ecuación. Se había marchado de casa a un apartamento alquilado, cerca del campus donde daba clase y casi no lo habíamos vuelto a ver. Solo recibíamos la llamada semanal de control para informarse de cómo iban las clases y mis entrenamientos. Ni siquiera había podido encontrar un hueco en su ajetreada agenda para celebrar el cumpleaños de su hijo menor.

			Dolía, pero podía lidiar con ello. Sin embargo, mi hermano era más frágil. Además, ¿quién sería su referente masculino si yo aceptaba la oferta de los Chicago Blackhawks para jugar de manera profesional? Ese año la había rechazado con la excusa de que no me sentía preparado, tenía demasiadas cosas que atender en casa, pero el tiempo pasaba y, si rehusaba por segunda vez, podría perder mi oportunidad para siempre.

			Divisé las lunas del escaparate a lo lejos e inspiré aliviado al ver que todavía no habían cerrado. Dave llevaba semanas hablando de ese cómic. Iba a ser el regalo perfecto.

			Atravesé las puertas automáticas y accedí al interior de la librería. La dependienta me regaló una mirada molesta, así que me encaminé sin entretenerme a la sección donde sabía que encontraría el ejemplar que buscaba. Mis zancadas eran rápidas y mis ojos saltaban de letrero en letrero tratando de dar con el pasillo exacto. En uno de ellos la vi. Una chica rubia, de pelo lacio, alta y delgada. Vestía una chaqueta ligera, pantalones vaqueros y unas zapatillas Converse desgastadas. No tenía nada especial a simple vista, sin embargo, mis ojos se detuvieron en ella. Quizá fuera su postura, tan estática que parecía una estatua de sal, tan contenida. Se encontraba parada en la sección de poesía, con la mirada absorta. Uno de sus brazos extendido hasta tocar con las yemas de los dedos el lomo de un libro.

			Relajé el paso y la observé con más atención. Su expresión me fascinó. El anhelo que mostraba su rostro contrastaba con la resignación que se podía leer en sus ojos. Parecía muy vulnerable y a la vez inaccesible, pura contradicción. Sentí curiosidad y un extraño sentimiento de protección.

			Sacudí la cabeza con una leve sonrisa y continué mi camino. Ya tenía suficiente con mi desastre particular como para interesarme en demonios ajenos. Divisé el cartel que rezaba «MANGA» y avancé con rapidez hacia el pasillo que señalaba.

			Con el cómic para mi hermano ya en mi poder, puse rumbo a la caja. Al pasar de nuevo por delante de la sección de poesía, mis ojos, de manera involuntaria, buscaron a la chica. Como era de esperar no estaba. La tienda iba a cerrar y solo quedaban pasillos desiertos y estanterías repletas de libros silenciosos. Sentí una pequeña punzada de decepción que me sorprendió.

			Seguía pensando en ella cuando alcé la vista y la reconocí frente al mostrador de caja. Me detuve detrás a una distancia prudencial. Aun así, no pude dejar de escuchar la conversación que mantenía con la dependienta.

			—Te lo podemos reservar durante cuarenta y ocho horas.

			—¿Y no podrían ser unos días más? Hasta final de semana no me va a ser posible venir a recogerlo. —Su mano reposaba sobre un libro y su pulgar acariciaba la cubierta con suavidad. La frustración se palpaba en su voz.

			—Lo siento. Es política de empresa.

			—Cóbremelo a mí —lo dije sin pensar. Las palabras salieron de mis labios como si tuvieran voluntad propia.

			La chica giró la cabeza y me miró. Era preciosa, etérea como una ninfa con piel de nácar y labios rosados. De lejos no había podido apreciarlo, pero ahora que la tenía delante, apenas a medio metro, no podía dejar de notarlo. Aunque, sin duda, lo que más me impactó fueron sus ojos. Mostraban un color verde imposible y me examinaban con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

			—Gracias, pero no es necesario. —Su tono fue amable aunque tajante. Levantó la mano de la cubierta del libro e hizo ademán de marcharse.

			—Tómalo como un favor. Yo te lo guardaré hasta que puedas recogerlo. —No sabía qué demonios me impulsaba a insistir, solo que ella quería ese libro y yo que lo tuviese.

			Apretó los labios un segundo y sus pestañas velaron levemente sus pupilas.

			—No me gusta deber favores a desconocidos. Gracias de todas formas. —Sin darme opción a decir nada más, se dio la vuelta y se alejó en dirección a la salida.

			Observé su espalda mientras avanzaba y desaparecía en el exterior. Una sensación extraña, que no me gustó en absoluto, hormigueó en mi pecho. La última mirada que me había dedicado mostraba una mezcla difícil de emociones: tristeza, orgullo y turbación. Me había afectado y hecho sentir algo similar a la culpa. Dudé un segundo si salir corriendo tras ella, quería borrar esa última mirada y sustituirla por una feliz.

			El rostro impaciente de la dependienta me devolvió a la realidad. En mi interior me reí de mí mismo. Solo el cansancio físico y psicológico que acarreaba las últimas semanas podía explicar lo absurdo de mi comportamiento. Pagué el cómic y salí de la librería dispuesto a olvidar lo ocurrido. No sabía que nunca podría.





		 			4

			Taylor

			Duele. Es un dolor cruel y afilado que me ahoga y hace a mi estómago estremecer. Creí que nada podría superar lo que sentí al verlo marchar la primera vez. Qué equivocada estaba. Tenerlo tan cerca y tan lejos a la vez, inaccesible, es infinitamente peor.

			Antes de que mis ojos lo reconocieran, mi corazón ya lo había hecho. Kenan es la única persona capaz de hacerme sentir tan viva solo con su presencia. Hasta que me ha mirado y el azul helado de sus ojos me ha atravesado como una cuchilla, dejándome el alma hecha jirones.

			No me sorprende su frialdad. Hice una elección que nos dañó a los dos. Cada acto conlleva una consecuencia y yo llevo mucho tiempo siendo víctima de los míos. Lo asumo. No obstante, no me veo capaz de permanecer en esta sala, que de pronto me resulta tan inhóspita como un páramo, tratando de ignorar que él está solo a unos metros. Necesito serenarme si no quiero romper a llorar en cualquier momento, porque el hecho de que uno acepte las consecuencias no lo hace inmune a ellas.

			Me concentro en el sonido de mis botas al tocar el suelo y paso a paso me voy alejando de la sala de embarque a la vez que de mis sentimientos, a los que bloqueo en un lugar profundo de mi interior. En eso soy una experta, tengo toda una vida de práctica.

			Deambulo por los pasillos del aeropuerto con la maleta a cuestas y entro en todas las tiendas que encuentro solo por distraerme. Desisto. Por todas partes veo objetos con los colores de los Blackhawks.

			Al final, paso por delante de una cafetería y me parece un lugar tan bueno como cualquier otro para refugiarme. Me acerco al mostrador y pido una botella de agua. Luego busco una mesa que esté resguardada y me siento. Ante la imposibilidad de sacármelo de la cabeza, dejo de resistirme y permito a mis pensamientos fluir. Vuelvo a la imagen de Kenan e intento centrarme en las emociones positivas.

			Repaso los detalles que he captado durante nuestro breve encuentro. Pequeños cambios que son la prueba de que ha pasado el tiempo. Los más acusados son los físicos. Una buena cantidad de músculo se ha repartido por su cuerpo de forma deliciosa ciñendo la ropa a sus ángulos en su justa medida y en los lugares adecuados. Además, lleva el pelo más largo y una barba de varios días perfila las líneas clásicas de su rostro. Mi chico guapo se ha convertido en un hombre increíble y eso ya lo sabía porque, aunque intento mantenerlo fuera de mi cabeza, no puedo evitar curiosear de vez en cuando las noticias deportivas. Claro que tenerlo frente a frente es otra cosa. Me deja sin aliento.

			Parece estar en forma de nuevo. La preocupación que llevo aferrada dentro desde que vi las imágenes de su caída en la televisión afloja su garra. Sé lo que significa el hockey para Kenan: lo es todo. Pude ver sus ojos al chocar contra el hielo en el momento que comprendió que algo no iba bien; reflejaban dolor físico, pero también miedo.

			Desde que me enteré de su lesión he estado al tanto de las noticias que se publicaban acerca de su recuperación. Como consecuencia de ello, estas últimas semanas su imagen y decenas de recuerdos han flotado continuamente a mi alrededor. He relajado mis barreras y me he permitido sentirlo como alguien real, que me afecta de miles de maneras, en vez de como la figura lejana del jugador famoso de hockey que habita en un universo paralelo al mío. Si no fuera porque no creo en ello, pensaría que este encuentro no es fortuito, que yo misma lo he invocado a base de recuerdos.

			Miro a mi alrededor, las personas que se sientan en las mesas contiguas han cambiado. No sé si han transcurrido unos minutos u horas. Así me afecta Kenan. Consulto el reloj y descubro que llevo casi treinta minutos sentada en esta silla, perdida en mis pensamientos. Termino el agua que queda en la botella y me pongo en pie. Es hora de volver. Tengo que coger un avión.

			De camino a la sala de embarque paso por delante de las pantallas de información y por el rabillo del ojo detecto un color rojo que llama mi atención. Me acerco y el borrón escarlata se convierte en la palabra «retrasado» repetida una y otra vez a lo largo del monitor. Maldigo en voz baja. No hay un solo vuelo que mantenga su hora de salida.

			Mi primer pensamiento es para mi madre. Saco el móvil del bolso y le envío un mensaje a Maggie; sé que ella siempre tiene el teléfono a mano. Mamá, sin embargo, para eso es un desastre; la mitad de las veces no se acuerda siquiera de encenderlo. Durante unos segundos observo la pantalla del smartphone. Cuando recibo la confirmación de lectura, lo vuelvo a guardar y retomo mi camino.

			Según me voy acercando a la sala de embarque, compruebo que el número de personas que la llenan se ha multiplicado de forma notable. Está abarrotada y no queda un asiento libre. Esbozo una sonrisa y una señora con dos niños pequeños y una montaña de maletas a sus pies, ante mi gesto, frunce el ceño con incomprensión. Lo entiendo, debe pensar que estoy como una cabra, porque la situación no tiene ninguna gracia. De momento, estamos atrapados en un aeropuerto atestado la víspera de Nochebuena. Pero para mí tiene sentido, ya que mi segundo pensamiento ha ido directo a Kenan y, si tengo que esperar sabiendo que está cerca en este mismo recinto, a solo unos metros de mí, prefiero que sea en una sala llena donde su presencia no me resulte tan patente.

			Serpenteo entre la gente hasta encontrar un rincón relativamente despejado y me detengo. Como parece que la cosa va para un rato, no tengo reparo en tumbar mi maleta y usarla de asiento. Acomodo la espalda contra la pared y cojo el libro que guardo en el bolso: la literatura y la música siempre han sido mi vía de escape para evadirme de la realidad. Me pierdo entre sus páginas y todo a mi alrededor desaparece.

			Hasta que su voz me trae de vuelta.





		 			5

			Taylor

			Hay ocasiones que por insignificantes que parezcan cambian el curso de tu vida y hacen que no vuelva a ser igual. Conocer a Kenan fue una de esas ocasiones.

			—Veo que al final conseguiste tu libro.

			La voz me llegó desde algún lugar cercano, a mi derecha. Me resultaba vagamente familiar, pero hasta que no alcé los ojos y lo vi no la relacioné con su propietario. Parpadeé confundida. Era él, el chico de la librería.

			—Sí, todavía quedaba un ejemplar cuando pude volver a la tienda.

			Una sonrisa se dibujó en sus labios marcando dos pequeños hoyuelos en sus mejillas.

			—Me alegro. Parecías quererlo mucho.

			—Es una edición especial —repuse acariciando la tapa.

			Asintió como si eso lo explicara todo.

			—Eres nueva. Nunca te había visto antes aquí. —Con un movimiento de cabeza señaló mi uniforme.

			—Sí, mi madre y yo acabamos de mudarnos a Pittsburgh. Esta es mi primera semana. —Normalmente, no solía dar explicaciones acerca de mi vida, pero con él me salía natural. Sentía como si ya nos conociésemos. Era raro.

			—Entonces, nos veremos a menudo…, Taylor —dijo leyendo el nombre en la placa prendida a mi camiseta.

			—Kenan, ¡nos morimos de hambre! —La voz provenía de una mesa ocupada por cinco o seis chicos al fondo del local.

			Kenan, al parecer así se llamaba mi chico de la librería, se pasó una mano por la nuca y esbozó una pequeña sonrisa.

			—Tengo que marcharme. Se vuelven peligrosos si no se les alimenta —bromeó—. Me alegro de volver a verte… y de que trabajes aquí.

			Afirmé levemente, él me miró una última vez y luego se giró para regresar a la mesa donde sus amigos lo esperaban.

			Despacio, volví a ocupar el taburete al final de la barra. Pellizqué mi labio inferior con los dientes, aún desconcertada. Había sido extraño. Desde nuestro primer encuentro a menudo había pensado en él. Y, de pronto, el chico dulce de ojos cálidos estaba allí frente a mí, mirándome de nuevo como si fuese un misterio fascinante que quisiese resolver.

			Abrí el libro y traté de continuar donde lo había dejado. Leí una y otra vez la misma línea sin ser capaz de que las palabras tomasen sentido en mi mente. Imposible, mi atención volaba a través de la sala para acabar siempre en el mismo punto: él.

			Con un suspiro cerré el libro y lo aparté a un lado. Amparada por el recodo que la pared creaba en ese punto, me dediqué a observarlo con disimulo. Era atractivo, ya en la librería me había dado cuenta de ello y, por si me quedaba alguna duda, la breve conversación mantenida unos minutos atrás lo había acabado de confirmar. Alto —me superaba por casi una cabeza— y atlético; con unas facciones armoniosas y masculinas donde destacaban unos ojos rasgados de un azul casi transparente. No creía que pasase desapercibido. Y eso porque sin duda, y por lo que veía, el físico solo podría considerarse una pequeña parte de su encanto. Tenía carisma. Ese algo que no puedes definir pero que te atrapa. Sus gestos, su forma de hablar, la sensación de sentirse a gusto consigo mismo. Tan en contraposición a mi forma de ser; yo, que ni tan siquiera me encontraba cómoda en mi propia piel. Me llamaba poderosamente la atención. De hecho, mientras lo miraba, mi cuerpo había comenzado a reaccionar de una manera extraña, me notaba mareada y con las pulsaciones aceleradas.

			El ruido de las sillas arañando el suelo al retirarse de la mesa me sobresaltó. Desvié la mirada lo más rápido que pude clavando mis ojos en la portada del libro que descansaba sobre el mostrador e incliné la cabeza lo suficiente para que mi pelo cayera formando una cortina que me cubriese la cara. No me atreví a levantar la vista hasta que el sonido de las voces se perdió tras la puerta. Justo cuando Kenan iba a cruzar el umbral, como si supiese que lo observaba, se detuvo y volvió la cabeza en mi dirección. Sus labios se extendieron en una sonrisa al descubrirme mirando. Me guiñó un ojo y alzó la mano en un gesto de despedida para luego abandonar el café en pos de sus amigos.

			Seguí el movimiento de la puerta hasta que se cerró, con su imagen aún viva en mi retina. Mi compañera Madison pasó a mi lado y me hizo un gesto para señalarme que mi descanso había terminado. Inspiré un par de veces para centrarme, recogí mi libro y me dispuse a ocupar mi lugar detrás del mostrador. Un poco de distracción en forma de trabajo no me vendría mal para sacudirme el aturdimiento.

			El resto de mi turno fue ajetreado. Entre tomar y servir pedidos, el tiempo pasó volando y cualquier pensamiento ajeno a mi trabajo quedó relegado a un rincón. Relegado que no olvidado, ya que en el momento que puse un pie en la calle el recuerdo de Kenan regresó y trajo consigo decenas de mariposas que aletearon en mi estómago. Nunca antes nadie me había afectado de esa manera. El resto del mundo solía pasarme desapercibido, no tenía tiempo para formar parte de él. Mi propia realidad requería de toda mi energía.

			Deslicé la llave en la cerradura y abrí la puerta con un pequeño tirón. Debía recordar llamar al casero para pedirle que la arreglase. La casa se encontraba demasiado silenciosa. Mi cuerpo se tensó alerta, algo no iba bien.

			Dejé las llaves en la repisa, colgué el bolso en el perchero y entré en el salón con la angustia retorciéndome el estómago. El corazón comenzó a bombear frenético mientras mis ojos asimilaban el caos frente a mí. Era como si un tornado hubiese entrado arrasando todo a su paso: sillas volcadas, libros esparcidos por el suelo, marcos de fotos hechos pedazos…

			—¡Mamá! —grité—. ¡Mamá! —Avancé esquivando cajones y fragmentos de cerámica hasta escuchar un sollozo quedo tras el sofá. Corrí hacia el origen del sonido rezando para que no se hubiese hecho ningún daño.

			Me partió el corazón encontrarla allí, encogida sobre sí misma, llorando, desvalida como un recién nacido.

			—Mamá… —Me arrodillé a su lado y con suavidad la acuné entre mis brazos—. No pasa nada, ya estoy aquí.

			Me ocupé de ella como tantas veces había hecho. Después de tranquilizarla le di sus medicinas y algo de cenar. Le preparé la ducha y me tumbé junto a ella en la cama hasta que el sueño la atrapó. Solo entonces abandoné la habitación.

			Me dirigí al salón. Observé la devastación que mi madre había causado y me apoyé con pesadez contra la pared. Esa era mi vida y en ella no había cabida para ridículas ensoñaciones con chicos amables que te miraban como si fueses única. Apreté los puños enfadada conmigo misma. Nunca había sido fan de los cuentos de hadas, ni siquiera de pequeña había creído en Santa Claus. Yo no era especial, tan solo una chica con una vida complicada y llena de responsabilidades. Para mí no habría príncipe azul.





		 			6

			Kenan

			No me gustan las esperas en los aeropuertos, demasiado tiempo perdido. Desde mi posición examino el movimiento de las agujas de un reloj colgado en la pared y me desespero. En este caso concreto, estoy sufriendo cada minuto, que parece alargarse hasta el infinito antes de dar paso al siguiente. Quiero coger ya el maldito avión. Quiero llegar a casa, que las Navidades pasen y poder volver a mi vida. A esa en la que ella no existe y sus recuerdos no consiguen entrar, porque ahora mismo mi cabeza es un caos de imágenes entremezcladas pertenecientes a un pasado que no quiero revivir.

			Percibo un pequeño revuelo a mi alrededor. El volumen de las voces aumenta y se convierte en un zumbido sordo. Las personas se agolpan frente a las pantallas de información. No puedo ver nada, pero los gestos de indignación y preocupación hacen que me forme una idea bastante precisa de lo que ocurre. Espero a que el espacio se despeje, entonces me levanto y me acerco. Justo lo que pensaba: retrasos. Lo que me sorprende es que sean en todos los vuelos. Me imagino que la nevada será la responsable.

			Vuelvo junto a mi bolsa. No acabo de sentarme cuando noto una vibración en el bolsillo trasero de mis pantalones vaqueros. Me inclino, saco el móvil y en la pantalla aparece la imagen de mi representante. Extrañado, descuelgo y me acerco el teléfono a la oreja.

			—¿Ocurre algo, Heath?

			—Hola, Kenan. ¿Qué tal va todo por allí? Aquí fuera se están poniendo las cosas bastante feas. La tormenta empeora por momentos, casi no consigo llegar a casa desde el aeropuerto. Las carreteras se están convirtiendo en verdaderas trampas y las han empezado a cerrar.

			Me sorprende el sentido de la oportunidad de este hombre. A veces pienso que debe tener alguna capacidad sobrenatural.

			—Acaban de anunciar retrasos en todos los vuelos. Supongo que las condiciones meteorológicas también tienen algo que ver con ello.

			—Me he estado informando. Han detenido temporalmente los despegues a la espera de que la nevada amaine un poco. De todas formas, prefiero ser precavido. Te he reservado una habitación en el hotel Hilton. Las cosas pueden complicarse y no quiero que uno de mis mejores fichajes pase la noche tirado en el suelo de un aeropuerto.

			La sola mención de pasar aquí la noche me hace fruncir el ceño. Deslizo los dedos entre mi pelo. Con seguridad eso no va a ocurrir. Mi agente es en extremo precavido y le gusta tener todos los frentes cubiertos, nada más.

			—Muy bien, Heath. No creo que lo vaya a necesitar, pero te lo agradezco. En momentos como estos recuerdo por qué te elegí a ti para dirigir mi carrera —digo burlón.

			Oigo una carcajada suave al otro lado de la línea.

			—No te engañes, muchacho. Yo te elegí a ti. Infórmame cuando llegues a Pittsburgh y cuídate.

			La frase consigue hacerme sonreír. Me despido y cuelgo la llamada. Estoy seguro de que no voy a pasar la noche encerrado en el aeropuerto, es lo que me digo para tranquilizarme. Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra la pared. Por lo pronto, una larga espera asoma por el horizonte.

			Para entretenerme, saco de mi bolsa una revista deportiva. Paso una hoja tras otra sin ser consciente de su contenido. Tras unos minutos, la cierro irritado y la devuelvo a su lugar. Me encantaría entender qué coño me pasa. Han sido cuatro largos años. En ese tiempo no le he dedicado ni uno de mis pensamientos. Y solo verla un par de minutos lo ha cambiado todo. No puedo sacarme su imagen de la cabeza.

			Me froto el rostro intentando despejarme. Estoy nervioso y cansado, lo que unido al factor sorpresa, sin duda, ha amplificado la impresión. Trato de racionalizar mi reacción. Es algo circunstancial, en cuanto regrese a mi vida, Taylor desaparecerá y todo volverá a la normalidad. En un intento más por distraerme, dejo vagar la vista y observo la multitud que llena la sala. Pasada la tensión inicial, parece que los ánimos se han calmado e incluso el espíritu navideño ha hecho aparición y un pequeño grupo de personas, que deben formar parte de un coro, cantan villancicos a capela en uno de los extremos para amenizar la espera, atrayendo a un numeroso público. Sonrío en mi interior. El ser humano es increíble, capaz de reaccionar de las más inesperadas maneras ante la adversidad.

			Devuelvo la mirada al frente. Solo un atisbo por el rabillo del ojo, un cabello rubio sujeto tras el delicado arco de una oreja y lo sé. La reconocería entre un millón. Me giro en mi asiento para poder verla mejor. No me he equivocado. La observo, sentada sobre su maleta en un rincón apartado, con un libro abierto sobre las piernas. La cabeza inclinada, ajena a lo que la rodea. Inaccesible, envuelta en su armadura de cristal. Esa que solo muestra lo que ella quiere.

			Antes de darme cuenta, me he levantado y recorro el espacio que nos separa. Estoy cabreado y, aunque quisiera, no puedo evitarlo. Detesto verla metida de nuevo en la piel de ese personaje que crea para todos los demás, un ser apagado, carente de vida. Según avanzo se repite en mi cabeza que debe darme igual, no es mi responsabilidad, pero no soy capaz de contenerme. Es algo primario, un sentimiento instintivo de protección que solo ella hace aflorar con esa intensidad. Lo que me tiene descolocado es el hecho de que debiera estar furioso, querer castigarla por lo ocurrido cuatro años atrás y en vez de eso trato de salvarla de nuevo. Resulta ridículo. Aun así, sigo caminando.

			Me detengo justo a sus pies y respiro hondo para aplacar mi parte cavernícola. No creo que Taylor se tomase a bien lo que de verdad me gustaría decirle. Claro que con ella todo es complicado. Desconfía tanto de la amabilidad como de la hostilidad. Me decido por un tema neutral.

			—¿Ya has dejado de lado los clásicos?

			Alza esos enormes lagos color esmeralda y leo en ellos confusión, recelo y otra emoción mucho más intensa que no consigo definir. En el instante en que nuestras miradas conectan, lo veo con claridad. No sabría decir con exactitud lo que siento, pero no puedo negar que algo se agita en mi interior, una mezcla de emociones superpuestas, enredadas unas en otras que llevan demasiado tiempo ocupando un rincón oscuro dentro de mí. No puedo marcharme de este aeropuerto como si nada hubiese pasado. Ella ha aparecido y, de nuevo, ha hecho a mi mundo tambalearse; si quiero recuperar el equilibrio, necesito cerrar este capítulo para siempre.





		 			7

			Kenan

			No tengo claro si existe el destino. Si un poder ineludible ha establecido de antemano los hechos que van a ocurrir en tu vida y las personas que van a formar parte de ella, pero en lo referente a Taylor, ella fue mi inevitable.

			El entrenamiento había sido demoledor y me dolía hasta el último músculo del cuerpo. Desbloqueé la cerradura del coche, tiré la bolsa en la parte trasera y con un gemido me dejé caer en el asiento del conductor; estaba agotado. Me tomé un par de minutos antes de girar la llave en el contacto. El suave ronroneo del motor llenó el habitáculo, pisé el acelerador y me incorporé a la calzada. Solo podía pensar en llegar a casa, derrumbarme sobre la cama y dormir hasta el día siguiente.

			Me detuve en el cruce que delimitaba la zona universitaria, me cercioré de que no venía ningún vehículo y aceleré. Avancé un par de metros y en el último momento giré a la izquierda. Aparqué en una plaza libre a una veintena de metros de la cafetería. El otoño comenzaba a notarse, el aire traía la promesa del frío que estaba por venir. Aceleré el paso.

			Empujé la puerta y accedí al local, que a esa hora se encontraba bastante concurrido. La busqué con la mirada. Ni siquiera sabía si ese día trabajaba, solo había seguido un impulso. Al principio no la vi. Iba a marcharme cuando rodeó el mostrador con una bandeja llena hasta los topes. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y el uniforme se ceñía a sus suaves curvas. Unas pequeñas arrugas de concentración surcaban su frente. Recorrí su figura de arriba abajo para luego detenerme en su rostro. Su preciosa cara había estado jugando al escondite durante todo el día en mi cabeza.

			Busqué una mesa libre y me senté. En realidad, no tenía ganas de tomar nada, solo quería verla y tener la oportunidad de charlar un rato con ella. La observé mientras dejaba las bebidas en una de las mesas y se giraba con la bandeja vacía bajo el brazo. Sus ojos pasaron sobre mí mientras caminaba de vuelta hacia el mostrador. Un leve parpadeo de sorpresa la delató cuando me reconoció. Sin embargo, no se detuvo. Ya en el mostrador la vi comentar algo con su compañera y desapareció por una puerta que indicaba «solo personal».

			Esperé durante más de quince minutos. Me bebí un refresco que no me apetecía solo por guardar las apariencias y, cuando estuve seguro de que no iba a volver, pagué y me marché.

			De camino a casa no paré de darle vueltas. No entendía nada, ¿acaso había hecho algo que pudiera haberla ofendido? Imposible, solo me había mostrado amable. ¿Entonces por qué me evitaba y se escondía de mí? No conocía la respuesta, pero me intrigaba lo bastante como para querer averiguarla.

			Dejé pasar un par de días y lo volví a intentar, aunque en esa ocasión cambié de estrategia. No iba a permitir que me viese y así darle ocasión de escapar como la vez anterior. Esperé en la calle sentado en el respaldo de un banco, a una distancia prudencial de la cafetería, pero lo suficientemente cerca como para ver la puerta con claridad.

			Antes me había cerciorado de que estaría trabajando. Podía habérselo preguntado a cualquiera de sus compañeras, todas me conocían, pero algo me dijo que a Taylor no le gustaría. Parecía muy celosa de su intimidad, así que me tuve que apañar asomándome con precaución por un lateral de la cristalera hasta que la vi pasar con su uniforme y su bandeja.

			La espera fue larga y aburrida, pero, al final, mi paciencia tuvo su recompensa.

			La vi salir y mi cuerpo se puso en alerta. Había supuesto que cuando acabase iría a la parada del autobús, de ahí mi elección del lugar, pero podía estar equivocado. Si giraba la esquina, iba a tener que correr.

			Observé atento cómo se colocaba los auriculares y —gracias a Dios, porque los entrenamientos de esas semanas me estaban matando y no tenía ninguna gana de hacer un esprint—, comenzó a caminar hacia mi posición.

			Pasó por delante tan absorta en su música y sus pensamientos que no reparó en mi presencia hasta que me coloqué a su lado. Dimos dos pasos antes de que se detuviese de golpe y se girase. La contrariedad se reflejó en sus labios fruncidos y sus pestañas entornadas. Tuve que contener una sonrisa, parecía una niña a la que le hubieran robado un pastel. Sin duda, no esperaba volver a verme.

			Dio un paso atrás, se quitó los cascos y me miró esperando algún tipo de respuesta.

			—¿Qué escuchas?

			Sus ojos bailaron sobre mi rostro, inquisitivos. Aguanté el examen sin desviar la mirada. Su expresión se suavizó y me tendió uno de los auriculares. Me lo puse y escuché unos segundos la canción que sonaba.

			—Adele —dije devolviéndoselo—. Un poco triste, ¿no crees?

			Se encogió de hombros.

			—La tristeza forma parte de la vida tanto como la felicidad y descubre partes de uno mismo a las que la felicidad no puede llegar.

			Me dio la sensación de que no lo decía por decir. En el par de breves ocasiones que habíamos coincidido, un amago de sombra permanecía agazapado de forma constante en el fondo de sus ojos. Yo quería disipar esa oscuridad, verla reír y brillar.

			—Tengo que irme o perderé el autobús.

			—Deja que te lleve —dije antes de que pudiera echar a andar y desapareciera de mi vista—. Tengo el coche aquí al lado.

			—Gracias, pero no hace falta.

			—Déjame, al menos, que te acompañe hasta la parada.

			Esbozó una leve sonrisa.

			—Preferiría que no lo hicieras. Adiós, Kenan. —Alzó la mano en un gesto de despedida y continuó su camino calle abajo.

			La observé hasta que dobló la esquina y desapareció. Metí las manos en los bolsillos y caminé despacio hasta el coche. Su postura había quedado clara, no tenía ninguna intención de dejarme entrar en su vida. Sin embargo, algo me impulsaba a no darme todavía por vencido, una sensación que había percibido el primer día que me acerqué a ella en la cafetería, una emoción contenida.

			Entré en el coche, pero no lo puse en marcha. Estudié mi propio reflejo en el espejo retrovisor. Era deportista de alto nivel y llevaba la mayor parte de mi vida compitiendo. La perseverancia y el esfuerzo formaban parte de los valores que me habían inculcado desde que con cuatro años comencé a jugar al hockey. No me iba a rendir aún. Intuía que la recompensa merecería la pena.





		 			8

			Taylor

			Levanto los ojos despacio y lo encuentro erguido en su metro ochenta y cinco frente a mí. Analizo su rostro, pero su expresión no me dice nada y presiento que es estudiadamente indescifrable. Mi confusión no le pasa inadvertida. Alza una ceja y señala el libro que sostengo en la mano y que he olvidado por completo que está ahí. Me ha preguntado si ya no leo a los clásicos. Examino la imagen a contra luz de una pareja enredada en un apasionado abrazo que muestra la portada y la leyenda que indica que es best seller en la lista del New York Times. Recuerdo que cuando nos conocimos había comenzado a leer a Shakespeare, me atrapaban esos dramas de emociones oscuras. Ahora, sin embargo, prefiero las historias con final feliz. Ya he convivido con demasiada tragedia durante toda mi vida.

			—Intento probar cosas nuevas. —Noto complacida que mi respuesta lo sorprende. Kenan no puede saber que he cambiado. Que trato de ver el mundo de otra manera, centrándome en las posibilidades que me ofrece, y poco a poco voy consiguiendo abrirme. Aunque es un proceso lento que me resulta a veces complicado. Quiero ser feliz. Sé que puedo serlo, él me lo mostró.

			Los recuerdos de los buenos momentos compartidos luchan por salir a la superficie. No puedo permitírmelo teniéndolo tan cerca. Él es el único capaz de leerme y no quiero que vea la intensidad de lo que encierra mi corazón. Los bloqueo esgrimiendo un argumento que es infalible: yo provoqué que saliera de mi vida, no tengo derecho a involucrarlo de ninguna manera en lo que todavía siento. No obstante, la necesidad de tenerlo cerca de nuevo, aunque sea por unos minutos, me lleva a tratar de retenerlo.

			—¿Quieres sentarte? Es incómodo hablarte desde aquí abajo.

			Contengo la respiración. Creo que se va a marchar, sin embargo, me sorprende agachándose y sentándose a mi lado.

			Nunca he sido muy habladora y me rompo la cabeza buscando algo apropiado que decir. Por fortuna, Kenan siempre ha sabido llevar el peso de la conversación y rompe el silencio, que comienza a resultar incómodo.

			—¿Habías estado antes en Chicago?

			Me relajo ante el carácter neutro de la pregunta. Se muestra deliberadamente hermético y no sé a qué atenerme. Decido dejarlo marcar el ritmo.

			—No. Y es curioso, porque durante la etapa que vivimos con Guy recorrimos gran parte de la geografía de los Estados Unidos, pero Chicago nunca fue nuestro destino.

			—¿Y qué te ha parecido? ¿Te ha gustado?

			—No he visto gran cosa. La mayor parte del tiempo la he pasado encerrada en el estudio de grabación. Aunque hace un frío que pela, lo poco que he conocido me ha encantado. Tiene que ser una ciudad estupenda.

			—Lo es. La próxima vez exige que te den algo de tiempo para ti.

			La pregunta me baila en la punta de la lengua. ¿Querría él enseñarme la ciudad esa próxima vez? En cuanto me doy cuenta del rumbo que están tomando mis pensamientos, me riño con severidad. Por mi bien no debo equivocar las cosas. Esto no es una reunión de viejos amigos. Solo supone un pequeño paréntesis propiciado por una situación imprevista. La verdad es que cuando nos montemos en el avión, ambos volveremos a nuestras vidas, tan alejadas una de la otra como la luna y el sol.

			—Y dígame, señorita Hart, ¿cómo se siente uno siendo una estrella?

			Me río un tanto avergonzada, solo son unas cuantas canciones que por ahora comenzarán a sonar en el circuito independiente, muy lejos de los grandes focos y la alfombra roja.

			—Dímelo tú, señor capitán de los Chicago Blackhawks.

			Sus comisuras se elevan marcando sus hoyuelos y cabecea divertido.

			—Touché.

			—¿Es todo lo que querías?

			Lo estoy mirando a los ojos y mi tono ha ganado gravedad. No es buena idea entrar en temas personales, pero tengo que saberlo. Si es feliz y su vida está completa, todo habrá merecido la pena.

			Me aguanta la mirada.

			—Sí —contesta sin titubear y, a pesar de que debo sentirme mejor, una punzada atraviesa mi corazón de lado a lado.

			Nos quedamos los dos en silencio, cada uno sumido en nuestros pensamientos.

			—Está empezando a dolerme el culo de estar aquí sentado —dice de pronto—. Esto tiene pinta de ir para rato. Te invito a tomar un café, creo que lo vamos a necesitar. —Se incorpora sacudiéndose la parte trasera de los pantalones y me tiende la mano para ayudarme a ponerme en pie.

			La cojo en un acto reflejo y, cuando noto su calor rodeando mis dedos, me quedo sin fuerzas. Kenan no parece darse cuenta, tira de mí y me levanta. No sé cómo las piernas son capaces de sostenerme. Sentir de nuevo su tacto en mi piel me ha removido y lo ha vuelto todo real.

			Cuando me suelta, la sensación de pérdida que me inunda resulta tan abrumadora que las lágrimas se agolpan en mis ojos y tengo que bajar la cabeza para esconderlas, porque no quiero soltarlo nunca, quiero seguir aferrada a él y sé que es imposible.

			Solo han bastado unos minutos en su compañía para que mis recelos y todo el esfuerzo de contención de estos cuatro últimos años salten por los aires. Porque este tiempo que hemos estado separados ha supuesto un reto constante por mantenerme alejada y no explicarme, no llamarlo ni verlo. Y es que Kenan es parte de mí, está en mis venas, en mi piel, en mi cabeza y mi corazón. No hay un solo rincón que no ocupe.





		 			9

			Taylor

			No siempre somos conscientes de lo que realmente guarda nuestro corazón. El miedo es un gran aliado de la desesperanza y enmascara los sueños por temor a no ser capaz de alcanzarlos. A veces, solo otra persona puede abrirle la puerta a nuestros anhelos y deseos más profundos, porque sus ojos te hacen ver cosas que para ti son invisibles. Kenan fue mis ojos.

			Consulté el reloj y suspiré agradecida. Mi turno había acabado. Exhausta, dejé la bandeja y fui derecha al vestuario. Esa noche la había pasado en vela con mi madre. Las crisis se sucedían con frecuencia en las últimas semanas. El cambio de ciudad y la ruptura con Guy —gracias a Dios, había encontrado a «otra menos complicada», según sus propias palabras, que le pagase los vicios y le aguantase las manías— le estaban pasando factura. Esperaba que las visitas al nuevo terapeuta y las rutinas, que poco a poco trataba que adquiriese, surtiesen efecto pronto. Sabía que su enfermedad era cíclica y que cualquier cambio profundo que la alterase tendría consecuencias, solo me esforzaba por mantener las cosas bajo control, dentro de lo posible, durante esas épocas en las que no era ella misma.

			Me despedí de Madison y me encaminé a la salida. Lo vi nada más atravesar la puerta. No me lo podía creer. Me detuve indecisa. No lograba decidirme sobre los sentimientos que me provocaba. Por un lado, estaba enfadada por el hecho de que no respetase mis negativas. Por otro, me sentía ¿halagada? No, iba más allá: apreciada. Yo siempre me encargaba de cuidar, atender y mimar a los demás. Por primera vez, alguien se interesaba por mí lo suficiente como para esforzarse.

			Vi cómo se levantaba del banco donde esperaba y me observaba en la distancia con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones y una pequeña sonrisa de disculpa en los labios. Sentía curiosidad, no lo podía negar. Inspiré dándome por vencida y comencé a caminar hacia él. A cada paso que nos acercaba su sonrisa crecía un poco más. Cuando me detuve enfrente, sus ojos destellaron.

			—¿Qué haces aquí, Kenan? —En mi tono no había reprobación, más bien una velada acusación. ¿Qué iba a hacer con ese chico?

			—Va a llover. —Señaló unos nubarrones de color gris oscuro que empezaban a cubrir el cielo—. No quiero que te empapes antes de llegar al autobús. Debe ser muy incómodo hacer todo el trayecto mojado, además de peligroso para la salud. —Su excusa, además de pobre, era mentira y los dos lo sabíamos.

			Traté de controlar la sonrisa que cosquilleaba en mis labios.

			—No creo que vaya a llover.

			No había terminado de decirlo cuando la primera gota se estrelló contra la piel de mi mejilla. Extrañada la limpié con los dedos y miré el cielo. Una segunda cayó en el centro de mis labios y pareció dar el pistoletazo de salida a la tormenta.

			Un relámpago azotó el cielo iluminándonos y decenas de gotas de lluvia comenzaron a precipitarse como balas en la contienda. Caían sin piedad y en pocos segundos el suelo quedó oscurecido a nuestro alrededor. Contemplaba ensimismada el espectáculo cuando percibí una mano grande y cálida aferrándome y tirando de mí. Me tensé ante el contacto repentino como si el siguiente relámpago me hubiera caído encima. Kenan me dio un suave apretón, solo entonces conseguí relajarme y dejarlo entrelazar sus dedos con los míos.

			Corrimos a través de la lluvia. Las luces de un coche parpadearon unos metros más adelante. Kenan rodeó el vehículo, todavía sin soltarme, y abrió la puerta del copiloto para que entrase. Dudé un segundo con el agua cayendo sobre mi cabeza antes de que el ruego en sus ojos azules me convenciese. Una vez entré, cerró la puerta tras de mí y se apresuró a llegar al otro lado.

			—Menuda forma de llover. —Se pasó los dedos por los mechones castaños sacudiendo las gotas de lluvia.

			Ambos estábamos empapados a pesar de la carrera. Las gotas se deslizaban desde las puntas de mi pelo hasta la camisa vaquera y la humedad comenzaba a traspasarla en algunas zonas. Un escalofrío me sacudió.

			Kenan se inclinó contorsionándose hacia el asiento trasero y escuché el sonido de una cremallera.

			—Ten. Te quedará grande, pero al menos está seca. —Me tendió una sudadera de algodón con el nombre de los Colonials de la Robert Morris University impreso en el pecho.

			La tomé de sus manos y la apoyé sobre mis rodillas mientras comenzaba a desabotonar con timidez mi camisa. Kenan se aclaró ligeramente la garganta y desvió su mirada al paisaje que la lluvia desdibujaba al otro lado de la ventanilla. La camiseta interior de tirantes que llevaba se encontraba seca salvo en un par de pequeños puntos. Aun así, agradecí la calidez de la suave tela sobre mi piel.

			Terminé de colocarme la prenda, que en efecto parecía haberme engullido, y dejé la ropa doblada con cuidado a mis pies. Debía de tener una pinta horrible. Traté de peinar el pelo que me colgaba desordenado a ambos lados de la cara.

			Kenan se volvió y sus ojos me recorrieron. Cuando terminó su examen, esbozó una enorme sonrisa.

			—Parece que voy a tener que llevarte a casa.

			—¿Por qué? No has podido evitar que me empapara.

			—Pero sí puedo evitar que caigas enferma. El trayecto seguro que es más corto si se hace en coche que en autobús. —Me guiñó un ojo e introdujo la llave en el contacto.

			—Kenan…

			Volvió la cara hacia mí con la llave aún en la misma posición.

			—¿Sí, Taylor?

			—¿Por qué haces esto?

			—Ya te he dicho que no quiero que enfermes.

			—No, me refiero a todo esto. —Hice un gesto con las manos abarcando un «todo» imaginario a nuestro alrededor.

			Retiró la mano del contacto y se giró en al asiento buscando mis ojos.

			—No hay ningún motivo oculto, si es lo que tratas de encontrar. Lo que ves es lo que hay. Me gustas, Taylor. Eres nueva en la ciudad y creo que te vendría bien un amigo.

			—¿Quieres ser mi amigo? ¿Así de fácil?

			—¿Por qué no? Las cosas son sencillas. Solemos ser nosotros los que las complicamos. —Bajó un poco la cabeza para que nuestras caras quedasen a la misma altura—. Todos necesitamos a alguien con quien hablar y en quien apoyarnos.

			Irradiaba tanta seguridad que empecé a creérmelo y eso me aterró. ¿Sería capaz de permitir a alguien ver la fealdad que me rodeaba? No lo sabía, pero comenzaba a quererlo.

			—No es tan simple. Ni yo ni mi vida lo somos —hice un último intento por resistirme.

			—Déjame que eso lo decida yo. Déjame estar ahí para ti.

			No me tocaba, sin embargo, la sensación de cercanía, de conexión, era tan intensa que me parecía sentirlo rodeándome, cubriéndome por completo.

			—¿Hasta cuándo? —musité, más para mí que para él. A mis diecinueve años había pocas constantes en mi vida.

			—Mira el cielo. —Señaló a través de la luna delantera la oscura bóveda que descargaba su furia sobre nosotros—. En ocasiones la tormenta arreciará, dejando todo roto y rendido a su alrededor, pero llegará un momento en el que las nubes se irán y la calma regresará y, entonces, cuando todo vuelva a estar en su lugar, cuando pase la tormenta, todavía seguiré ahí.





		 			10

			Kenan

			Tocarla no ha sido una buena idea, lo sé. Y ahora estoy jodido, porque puedo recordar el tacto de su piel bajo mis manos, mis labios midiendo a besos el contorno de su espalda desnuda. Percibo cierta tensión en Taylor, trata de evitar mi mirada y sus ojos brillan demasiado. Por un momento pienso que a ella le ha afectado este breve contacto tanto como a mí. Desecho la idea de inmediato, no tiene sentido.

			Todo resulta demasiado confuso. Quizá debería desistir y alejarme. Solo eso. Irme y olvidar que ella está aquí. Sacarla de mi cabeza como ya hice cuatro años atrás. Sí, sería lo más sensato.

			—¿Vamos? —Parece haber recuperado el color y me mira con sus grandes ojos mientras espera con la mano apoyada en el tirador de la maleta.

			Me echo la bolsa al hombro y asiento. No sé qué es lo que estoy haciendo. Algo en mi interior me impulsa a no alejarme, y es una emoción poderosa. Lo que me preocupa es no poder descifrar cuáles son los sentimientos que la alimentan.

			Caminamos guardando una distancia prudencial, uno al lado del otro, en silencio hasta llegar a una cafetería que parece no estar demasiado concurrida. Elijo la mesa que creo menos expuesta al exterior y por primera vez deseo no ser una persona pública y poder disfrutar de cierta privacidad.

			Recuerdo que Taylor no toma nada que contenga excitantes. Nunca ha podido tenerlos en casa. Están contraindicados para la enfermedad de su madre y, como con tantas otras cosas, se acostumbró a prescindir de ellos. No creo que ni tan siquiera los haya probado. Así que le ofrezco lo que solía beber.

			—¿Refresco de limón?

			Asiente con una pequeña sonrisa ante mi acertada deducción. Suelto mi bolsa en el suelo, cerca de la pared, y me dirijo a la barra.

			Vuelvo con dos refrescos y una bolsa de patatas fritas. Me inclino haciendo equilibrios para no tirar nada y dejo uno de los vasos delante de Taylor. Su olor me golpea con la fuerza de un mazo. Huele igual que siempre. Ese olor que me vuelve loco, que tanto he añorado y que de forma inconsciente he buscado en cada chica que ha pasado por mis brazos.

			—Gracias —lo dice en voz baja.

			Observo su postura, con los brazos cruzados sobre el pecho se abraza a sí misma en actitud protectora. ¿De verdad cree que tiene que protegerse de mí? Nunca le haría daño. Creo que ya lo demostré con creces cuando tuve motivos.

			Me siento enfrente de ella. Aunque trata de parecer tranquila es solo una ilusión, una más de sus máscaras. Resulta curioso como con la persona adecuada el tiempo no cuenta. La intimidad entre nosotros fue natural y cómoda desde el primer momento y, ahora, a pesar de los años transcurridos, estoy convencido de que puedo reconocer sus emociones sin miedo a equivocarme.

			—Así que un disco, ¿eh? —retomo la conversación tratando de relajar el ambiente—. Seguro que va a ser un éxito. Tu forma de cantar es increíble, ya lo sabes. ¿Cómo te encontraron?

			—Por una maqueta. —Se detiene cohibida y alzo las cejas alentándola a continuar—. Hará unos dieciocho meses empecé acudir a clases de canto. Mi profesor, Alfredo, es español y lleva muchos años viviendo en Estados Unidos. Ya está retirado, pero fue un famoso tenor en los años noventa. Fue él quien grabó varias canciones y las envió a algunas discográficas. Una de ellas se interesó y me ofreció un contrato.

			—Tienes que tener cuidado. Cumplir un sueño nunca es gratis. —Yo sé bien de lo que hablo, aunque no me ha ido mal, siempre hay cosas que sacrificar—. Habrá personas que traten de aprovecharse. Busca a alguien que te asesore y cuide de ti.

			—Por ahora, Alfredo se está encargando de todo. —Nota la suspicacia en mis ojos—. Confío en él, Kenan.

			No tiene que decir nada más. Taylor no entrega su confianza a cualquiera, por lo que supongo que ese hombre se la habrá ganado a pulso durante muchos meses. Me tranquiliza. En lo que se refiere al mundo real, aunque cautelosa, Taylor puede llegar a ser muy ingenua.

			—¿Cómo van las cosas por casa? —suavizo el tono al formular la pregunta. Es un tema del que le cuesta hablar.

			Se toma unos segundos antes de contestar. Juguetea con el vaso, girándolo muy despacio entre sus manos.

			—Bien. Lo cierto es que mejor que nunca. Me da casi miedo decirlo en voz alta. —Sus comisuras se elevan en una pequeña sonrisa insegura—. Parece que la enfermedad de mi madre nos está dando una tregua. Maggie, mi vecina, me ayuda con ella. Puede decirse que hemos formado una pequeña familia las tres juntas. —Leo en su voz el cariño que le profesa—. Es enfermera de profesión, aunque ahora esté jubilada. Ella cuida de mamá. Están muy unidas. Gracias a ella puedo estar hoy aquí. —Me mira un segundo a los ojos antes de volver a bajar la vista y percibo en sus pupilas una chispa de felicidad.

			Siento una punzada de rabia y no porque Taylor esté encontrando el camino hacia su felicidad —ese fue mi objetivo desde la primera vez que la vi—, sino porque por su culpa no he podido estar a su lado para acompañarla y verla llegar hasta ahí.

			Tomo un largo trago de mi vaso para controlar el acceso de ira. Taylor continúa con la mirada perdida en algún lugar de la mesa. Aprovecho para recorrer la línea esbelta de su cuello que la trenza deja al descubierto, sus rasgos delicados, casi etéreos, que han ganado en carácter pero siguen siendo igual de perfectos, la piel suave de sus labios, ahora húmedos por el limón. Se me disparan las pulsaciones y la quiero besar.

			Creo que estoy perdiendo la razón. Debería estar furioso con ella, sin embargo, lo que siento es deseo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la tuve entre mis brazos, pero al parecer la atracción no ha disminuido. Ese pensamiento me calma. Lujuria, solo es eso. Con esa emoción me siento capaz de lidiar, nada que involucre al corazón.





		 			11

			Kenan

			A veces me pregunto cómo es posible que alguien se meta tan profundo bajo tu piel que sientas que forma parte de ti. Taylor lo consiguió casi sin querer.

			Aquella simple tormenta de otoño me permitió hacerme un hueco en su vida y, sin apenas darnos cuenta, tras ese día comenzamos a establecer una rutina. Todas las tardes la esperaba sentado en el mismo banco para llevarla a casa. En el escaso tiempo que duraba el trayecto charlábamos de nada y de todo. Nos despedíamos en su puerta y cada uno seguía con su vida hasta el día siguiente.

			Eso fue el principio.

			Poco a poco, las despedidas se fueron alargando y un simple adiós se convirtió en mi coche aparcado en su calle; unos minutos primero, luego ningún periodo de tiempo empezó a parecer suficiente. Podíamos pasar horas los dos aislados en ese mundo que creábamos solo para nosotros.

			Sentíamos la intimidad que compartíamos como algo natural. Simplemente conectábamos.

			El paso de las semanas me permitió descubrir a la chica dulce, valiente y con sueños por cumplir que vivía agazapada en el interior de Taylor. Aun así, la sombra de inquietud que la rodeaba no desaparecía nunca del todo. Seguía sin confiar en mí al cien por cien, notaba que había una parte que escondía. Nunca terminaba de relajarse, constantemente pendiente del teléfono móvil.

			Elaboré mil teorías. Una me martirizaba de especial manera y comenzó a tomar fuerza en mi mente. Quizá había otra persona en su vida. Por su introversión, cuando la conocí, di por sentado que no tenía novio, pero ¿y si no era así? Empecé a sentirme molesto cada vez que la veía consultar su smartphone y, muchas de las veces, después de ello, despedirse y salir casi corriendo.

			Nunca había sentido celos ni envidia en mi vida y, con todo y con eso, no me costó reconocer la sensación de quemazón que se extendía por mi pecho cada vez que la veía cerrar la puerta que me dejaba fuera de una parte de su vida que para mí estaba vetada, pero que quizá sí compartía con otra persona. Me estaba volviendo loco. Tenía que averiguarlo, porque sabía con certeza que quería a Taylor a mi lado.

			—¿Me llevarás a algún partido?

			La pregunta quedó flotando en el aire a la espera de mi respuesta.

			—¿Kenan? —Movió su palma abierta por delante de mis ojos—. Kenan, ¿te pasa algo?

			—¿Eh?, no. ¿Por qué?

			—Estás distraído.

			—En realidad —me froté la nuca—, no es que me preocupe, pero me gustaría hacerte una pregunta.

			El recelo asomó a su mirada.

			—Tú dirás.

			—Taylor, ¿tú…? —Hice una pausa para tragar saliva—. ¿Sales con alguien? —Casi me había atragantado al pronunciar las palabras.

			Se giró muy despacio en el asiento y me miró con sus preciosos ojos verdes y expresión seria. Comencé a inquietarme ante la posible respuesta que no llegaba. Poco a poco, sus comisuras se fueron elevando hasta convertirse en una enorme sonrisa. La primera de verdad que le veía. Me impactó tanto que casi me olvidé de la pregunta que le acababa de formular.

			—No, Kenan. No tengo novio.

			Mi alivio debió ser más que evidente, ya que su sonrisa se ensanchó todavía más. Si es que eso era posible.

			—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —quise saber aún deslumbrado por la belleza del gesto, pero un poco molesto porque le pareciese tan divertido.

			—¿Era eso lo que te inquietaba?

			—No es que me preocupase… —Taylor entornó los ojos y alzó una ceja—. Bueno, solo un poco —admití a regañadientes—. Mira, sé que nos conocemos hace unas pocas semanas y puede parecer ridículo, pero eres muy importante para mí. Siempre tengo la sensación de que hay una parte de ti entre sombras que no quieres que vea y temía que, si se debía a que había alguien más en tu vida, pudiera llegar un momento que te apartases de mi lado y no quiero perderte.

			No tenía pensado decirle todo aquello. No obstante, era la verdad. Me importaba, me preocupaba y también me atraía mucho. Quería cuidarla, protegerla. Ser yo el que le provocase cientos de sonrisas como la que todavía lucía en sus labios. Y, sobre todo, en ese instante, me moría por besarla. Sin embargo, no me atrevía a dar el paso por miedo a equivocarme y alejarla. Por primera vez en mi vida mi seguridad flaqueaba.

			Su expresión era indescifrable. Me miró en silencio durante lo que a mí me parecieron decenios. Con las pupilas fijas en las mías, alzó la mano y la colocó con la suave palma abierta sobre mi mejilla. Y entonces fue ella quien me besó. Posó sus labios cálidos sobre los míos en un leve roce que casi fue más una caricia que un beso.

			Ese beso inocente trastocó mi mundo y supe con certeza que querría retenerla siempre a mi lado.





		 			12

			Taylor

			Me concentro en el movimiento del vaso que sostengo entre las manos y noto cómo el nudo en mi garganta oprime un poco más con cada palabra que sale de su boca. Todo resulta tan formal, tan correcto, tan socialmente aceptable. Dos conocidos formulando y respondiendo las preguntas esperadas en un encuentro fortuito e intrascendente. ¿Eso somos? Una carcajada irónica resuena en mi cabeza. No, es sencillo, no somos nada. O, al menos, no para Kenan.

			Me pregunto cómo puede mostrase tan cordialmente imperturbable cuando yo siento que me rompo por dentro. No es que desee verlo furioso o desgarrado de dolor, nunca quise que sufriera, pero esta indiferencia hace que todo carezca de sentido. La pena, la culpa, tantas noches de sueño perdidas sobre una almohada empapada de lágrimas. Porque no es posible que un amor que te ha hecho mudar la piel para vestir la del otro pase por tu vida sin dejar cicatrices, marcas visibles en forma de sentimientos.

			Observo su expresión serena, la mano que descansa relajada sobre la mesa. Es un absurdo. Este teatrillo en el que los dos actuamos como los protagonistas no tiene sentido y no voy a seguir fingiendo que quien se encuentra sentado al otro lado de la mesa no ha sido en algún momento la persona más importante de mi vida. El deseo de sentirlo cerca de nuevo me ha cegado, porque no quiero a este Kenan que me mira y no me ve. Ha sido un error aceptar. ¿Cuándo me volví tan descuidada con mi corazón? Conozco la respuesta, en el instante que se lo entregué.

			Voy a acabar con esta farsa. Necesito alejarme y hacer control de daños, ya que es obvio que no voy a salir indemne de este encuentro. Inspiro y busco fuerzas en la desesperación que comienza a dominarme.

			—Me ha gustado verte, pero tengo que irme. —La voz me sale tensa, no soy capaz de suavizarlo.

			Descuelgo el bolso del respaldo de la silla. Los ojos de Kenan siguen mis movimientos. Saco unas monedas y las pongo encima de la mesa. Un parpadeo desconcertado y su expresión cambia como si acabase de procesar el significado de mis palabras. Hago amago de levantarme y sus labios se separan. Un aviso suena desde la megafonía del aeropuerto:

			Señores pasajeros. A causa de la meteorología, el aeropuerto permanecerá cerrado durante las próximas horas…

			Escuchamos atentos. No, no, no. No puedo pasar la noche encerrada en este lugar. Mi madre y Maggie me esperan en casa. Tengo que ayudarlas a adornar el árbol y salir a comprar los últimos regalos. Esta iba a ser nuestra primera Navidad de verdad, no se puede estropear.

			Dos lágrimas escapan sin control de mis ojos y descienden por mis mejillas. Una extraña desolación me invade y tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no derrumbarme sobre la mesa y dejar escapar los sollozos que se agolpan en mi garganta.

			Noto los ojos de Kenan clavados en mí y bajo la mirada al suelo tratando de esconder mi muestra de debilidad. Odio parecer vulnerable.

			—Taylor… —Su voz suena mucho más cerca y la suavidad con la que pronuncia mi nombre consigue que nuevas lágrimas sigan a las anteriores—. Taylor, mírame. —Puedo ver cómo se tensa la tela desgastada de sus vaqueros cuando se coloca en cuclillas junto a mi silla—. Por favor… —Coloca su dedo índice bajo mi barbilla y ejerce una leve presión para que alce el rostro.

			Lo hago.

			Las lágrimas siguen brotando sin cesar, resbalando por mi cara hasta caer mojándome el jersey. Es como si un dique se hubiera roto y no hubiera manera de detener la avalancha.

			—Ey, ¿qué ocurre? —Reconozco la preocupación en su mirada.

			—Yo, yo… —Tengo que parar y respirar hondo—. Debo estar en casa. —Me siento ridícula al contestar porque mi reacción resulta desmedida ante este pequeño contratiempo, pero no soy capaz de controlarlo.

			—No llores. Serán solo unas horas. La tormenta no va a durar eternamente.

			Sus palabras tienen lógica, pero mi cabeza me dice que no es así. Toda mi vida he permanecido en el medio de una. Despacio, como si temiese que fuese a romperme o salir corriendo, me rodea con sus brazos y termino acunada por el calor de su cuerpo. Es familiar y reconfortante.

			Poco a poco, me voy tranquilizando y me aparto, avergonzada por mi estallido. Kenan no aparta los ojos de mí mientras me sueno y recompongo mi trenza, que ha quedado suelta tras apoyarme en su hombro.

			—¿Mejor? —Me ofrece el vaso de refresco que descansa sobre la mesa.

			Asiento y me seco los restos salados del rostro. Agradezco el frescor de la bebida que calma mi garganta reseca. Ya más serena esbozo una sonrisa compungida.

			—Lo siento. No sé qué me ha pasado.

			—No te preocupes, todos tenemos días malos. —Me dedica una pequeña sonrisa—. ¿Bien?

			Afirmo con un gesto.

			—Perfecto, entonces vamos a ver si conseguimos algo de información.

			Recogemos nuestros equipajes y ponemos rumbo a la sala de embarque. De cuando en cuando, noto la mirada de Kenan posarse sobre mí. Cuando llegamos a nuestro destino, el caos impera en el lugar. Decenas de personas ansiosas se agolpan frente al pequeño mostrador donde dos empleados de la compañía aérea, claramente sobrepasados, tratan de hacerse oír sobre la multitud.

			Tras varios intentos, el más alto consigue alzar la voz lo suficiente para que el murmullo se aplaque y nos comunica que tenemos que acudir al puesto que las líneas aéreas poseen en el aeropuerto, tanto si queremos información como para gestionar las pertinentes reclamaciones.

			A pesar de que nos damos prisa son muchas las personas que esperan en algo parecido a una desordenada fila frente a las oficinas de la aerolínea.

			—Vamos a estar horas aquí —musito desanimada ante la escena que tenemos enfrente.

			—Tú tranquila. Vayamos paso a paso —dice Kenan con su habitual confianza—. Primero llama a casa para tranquilizar a tu madre, mientras yo trataré de contactar con el servicio de atención al cliente.

			Sus dedos me acarician el hombro en una muestra de afecto que estoy segura de que es inconsciente, fruto de la costumbre de otros tiempos donde todo era bonito y fácil entre nosotros. Y, aunque me duela, agradezco su presencia, su seguridad siempre ha surtido un efecto positivo en mí, como si a su lado nada malo pudiese ocurrir. Mi puerto seguro que me aportaba paz y valentía para afrontar cualquier cosa. Ahora no es así, pero por un corto tiempo decido ignorarlo y darme una tregua.





		 			13

			Taylor

			Hay personas que se cuelan en tu vida casi sin darte cuenta y todo lo que creías saber de ti mismo deja de ser de utilidad, porque no te reconoces en ese nuevo yo que se descubre como por arte de magia. Kenan provocó eso en mí. Iluminó mi interior y despertó las zonas muertas. Me gustaba mi soledad hasta que él llegó ocupándolo todo.

			En los escasos dos meses que hacía que nos conocíamos lo sentía tan cercano que podría haber sido un viejo amigo de la infancia. Solo con él me veía capaz de ser yo misma. A pesar de mi reticencia inicial, se había vuelto una constante en mi vida y me gustaba que estuviera allí.

			—Maddy, necesito esos cafés. —Mis dedos tamborilearon sobre la superficie pulida del mostrador. Los ocupantes de la mesa seis eran un verdadero incordio. Ya me habían devuelto dos veces sus bebidas y quería quitármelos de encima cuanto antes.

			—Voy, Taylor, dame solo un minuto.

			Resoplé frustrada y coloqué la bandeja que sostenía bajo el brazo delante de mí. El contacto de unas manos en la cintura me sobresaltó y me retiré incómoda hasta que me giré y vi el rostro de su propietario.

			—Eres tonto, me has asustado —gruñí golpeándolo en el brazo.

			Kenan me regaló una sonrisa enorme y un cálido beso en los labios. Se colocó a mi lado con los antebrazos apoyados en el mostrador.

			—Vaya, veo que estás teniendo un buen día.

			Dejé caer la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos unos segundos. Él deslizó su palma sobre mi mejilla y suspiré. No solía sentirme muy cómoda con las muestras de afecto físicas, sin embargo, las suyas me reconfortaban y esos días las necesitaba más que nunca. Mi madre no terminaba de superar la última etapa depresiva en la que se encontraba sumida y, aunque iba teniendo días mejores, la tensión de la situación me estaba pasando factura.

			—¿Todo bien?

			Inhalé su olor a champú y alguna colonia suave, como de bebé, y asentí. Junto a él siempre estaba mejor.

			—Creo que ya sé lo que necesitas —susurró junto a mi oído.

			—Si vas a decir unas vacaciones en Hawái con los gastos pagados, has acertado —aseguré divertida.

			—No, cariño. —Con su dedo índice dio un toque suave en la punta de mi nariz—. ¿Cuánto hace que no sales por ahí a divertirte?

			Diversión y yo no eran precisamente palabras que solieran encontrarse dentro de la misma frase. No es que nunca hubiese salido o tenido amigos, había habido épocas en las que mi madre se encontraba bien y yo casi vivía una vida normal, pero nunca duraban demasiado. Las continuas mudanzas a causa de Guy, pues no conseguía conservar ningún trabajo, o las recaídas de mi madre rompían esa normalidad y me devolvían de golpe a nuestra burbuja. Poco a poco, me fui volviendo más introvertida, pues prefería la soledad a la pérdida. En consecuencia, en los últimos tiempos, salvo alguna excepción, mi vida no podía decirse que estuviese repleta de momentos de esparcimiento.

			—Ves, hace tanto que ya ni te acuerdas. Empezaremos por algo suave. —Miró el reloj y asintió satisfecho—. Te recojo en un par de horas.

			Madison apareció y dejó dos tazas sobre el mostrador. Saludó a Kenan con una sonrisa antes de dirigirse a mí.

			—Aquí tienes, cielo. Perdona el retraso.

			Le hice un gesto con la mano quitándole importancia y mi compañera se volvió a atender a los clientes que esperaban en la fila para hacer sus pedidos.

			Coloqué los cafés sobre la bandeja y me preparé para ver las molestas caras de disgusto de sus destinatarios cuando se los hiciese llegar. Tal vez si ocurriese un «accidente» y terminasen en sus pantalones, no volverían jamás. Esbocé una pequeña sonrisa perversa mientras imaginaba la escena.

			Kenan estiró el brazo y acunó mi barbilla entre sus dedos.

			—¿Taylor?

			Desvié mi atención de la bandeja a su cara.

			—¿Sí?

			—No merece la pena. —Me guiñó un ojo, dio media vuelta y se marchó dejándome sorprendida por lo fácil que le resultaba ver a través de mí.

			Consulté el enorme reloj colgado en la pared y desaparecí tras la puerta de los vestuarios. Tenía que cambiarme y llamar a mi madre, aunque ya la había avisado de que llegaría un poco más tarde. Me pareció que se encontraba bien y eso me tranquilizó. No obstante, nunca conseguía bajar la guardia del todo.

			Me di prisa en arreglarme y, cuando me miré en el espejo y me pareció que estaba presentable, abandoné la cafetería. El otoño vestía sus mejores galas y las hojas de los árboles rompían la monotonía del cemento aportando sus notas de color. Miré a mi alrededor. Como imaginaba, Kenan me esperaba apoyado en el mismo banco de todos los días. Le hice un gesto con la mano y caminé a su encuentro.

			—Ya sé que no has tenido un buen día, así que ni me voy a molestar en preguntar. —Me apartó un mechón que el viento se empeñaba en hacer bailar frente a mis ojos—. ¿Lista?

			Afirmé con un movimiento de cabeza. Él me miró unos segundos más, luego me ajustó bien la bufanda y entrelazó su mano con la mía para guiarme hasta el coche, que tenía aparcado a solo un par de metros.

			El trayecto fue breve. En dos ocasiones pregunté nuestro destino, pero lo único que conseguí fue una sonrisa misteriosa. Al final, me di por vencida y me limité a disfrutar de la música que sonaba a través de los altavoces mientras dejaba que mi mirada se perdiese por las calles que discurrían al otro lado de la ventanilla.

			Kenan detuvo el vehículo y sacó la llave del contacto. Escudriñé a través de la luna delantera y me di cuenta de que estábamos estacionados en el aparcamiento de un gran centro comercial. Entrecerré los ojos y lo miré con desconfianza.

			—¿Me vas a llevar a comprar ropa? —Miré mis Converse deshilachadas—. Porque si es una indirecta o algo así…

			Una carcajada brotó de su pecho y resonó en el interior del vehículo cortando mi razonamiento.

			—Sal del coche —ordenó con la risa aún tiñendo su voz.

			Obedecí y accioné el tirador. Kenan ya esperaba en mi lado cuando puse el primer pie en el suelo. Me tomó de la mano para ayudarme a bajar, luego empujó la puerta y apretó el botón de cierre.

			Cruzamos las puertas automáticas de cristal y un universo de luz y escaparates nos dio la bienvenida. Kenan caminaba tranquilo con media sonrisa en los labios guiando nuestro camino a través de escaleras mecánicas y largos corredores mientras yo le echaba miradas siniestras de cuando en cuando por no haber compartido los planes conmigo. Tendría que explicarle, en algún momento, que no me gustaban las sorpresas.

			—¡Tachán! —Se detuvo de manera algo dramática al doblar una esquina haciendo que nuestros cuerpos casi chocasen. Cuando recuperé el equilibrio, alcé la vista y me encontré frente a unas salas de cine. Las películas que se encontraban en cartelera en ese momento se anunciaban en grandes expositores sobre las enormes puertas de acceso.

			—Me has traído al cine —dije corroborando lo evidente.

			—Ajá. Acaban de estrenar la adaptación del libro de esa autora inglesa del que llevas semanas hablando y he supuesto que te apetecería verla. —Alzó la mano y me mostró las dos entradas que sostenía entre sus dedos.

			Algo desconcertante se agitó en mi interior. Llevé la vista de los pequeños rectángulos de papel al azul de sus ojos, que me observaban con un brillo tierno en sus profundidades y quise arrojarme en sus brazos, y besarlo, repartir decenas de besos por ese hermoso rostro que me observaba expectante y escondía un interior mucho más bello aún; por escucharme, por entenderme, por hacerme sentir especial y no de la decadente manera en la que me sentía siempre.





		 			14

			Kenan

			Tras unas cuantas horas de espera solo dos personas nos preceden en la fila ante el mostrador de información. Echo un vistazo rápido a Taylor, que permanece silenciosa a mi lado. Se la ve exhausta. Unas sombras violáceas apagan el brillo de sus ojos, su ropa está arrugada y de su trenza escapan varios mechones de cabello, que flotan como un halo alrededor de su cara. A pesar de todo y de forma objetiva, pienso que sigue siendo una de las chicas más guapas que conozco.

			—Ya queda poco. —Aprieto su mano un instante, tratando de que el contacto parezca casual. Sus ojos se deslizan hasta el punto donde nuestros cuerpos se han tocado. Parece afectada e insegura.

			Ha cambiado. La Taylor que recuerdo podía ser retraída, desconfiada y esquiva, al menos de inicio, pero nunca fue frágil. El recuerdo de su llanto unas horas antes me hace estremecer con una punzada. Solo en una ocasión la he visto tan desamparada y las circunstancias lo justificaban. Por eso no puedo evitar tocarla, siento la necesidad de consolarla de alguna manera. Totalmente estúpido.

			Al fin, llega nuestro turno. Paciente, la empleada de la compañía aérea responde a mis preguntas. Taylor se limita a apoyarse en el mostrador como si sus piernas no fuesen a ser capaces de sostenerla ni unos segundos más.

			La información que nos proporciona no es muy alentadora. Al menos, hasta primera hora de la mañana no está previsto que se reabra el aeropuerto. Tratarán de recolocar a los pasajeros en diferentes vuelos o en medios de transporte alternativos. No obstante, no conocerán el número de plazas disponibles hasta unas pocas horas antes de que se reanude el tráfico aéreo.

			—Lo único que podemos hacer es esperar y tratar de conseguir un billete en alguno de los vuelos de mañana —digo resignado—. Deberíamos descansar. Mi agente ha reservado una habitación en el hotel que está aquí, en el aeropuerto. Lo mejor será que la usemos para reponer fuerzas.

			Taylor tensa su agarre sobre el tirador de la maleta y se muerde el interior del carrillo.

			—Te lo agradezco de verdad, pero creo que voy a quedarme a esperar por aquí.

			Quiere alejarse. Ya lo suponía. Percibí sus intenciones en la cafetería justo antes de que anunciasen el cierre del aeropuerto y parece que ha retomado la idea. He tenido tiempo para decidir que no voy a permitírselo. Esta vez voy a ser yo quien decida cuándo se acaba.

			—Ni en tus mejores sueños. Estás agotada y seguro que hambrienta. —El roce inconsciente de su palma sobre el estómago me da la razón—. Vas a venir conmigo. Comerás algo, te darás una ducha y luego descansaremos las horas que queden hasta que podamos volver y cambiar nuestros billetes. —Extiendo la mano invitándola a ponerse en marcha.

			—No.

			—¿No qué? —Alzo una ceja desafiante.

			—No quiero ir contigo.

			—Pues me temo que no vas a tener opción, porque tengo tu tarjeta de embarque y no pienso devolvértela hasta mañana por la mañana —aseguro mostrándosela—. Vamos, por favor —insisto con suavidad.

			Me mira unos segundos con una expresión a medio camino entre la desesperación y la derrota.

			—¿Por qué haces esto?

			Esa misma pregunta ya la formuló una vez en diferente contexto; hay cuatro años y una traición de diferencia. Esta vez, opto por no ser tan sincero.

			—No quiero que pases la noche tirada en el suelo. Llámame egoísta.

			Y es verdad, parte de ella, porque lo cierto es que durante la larga espera he conseguido admitirme lo mucho que la he echado de menos. Durante las horas que nos queden me dan igual su traición y sus mentiras. Voy a ignorarlo todo hasta que salgamos de este maldito aeropuerto. Voy a seguir mis instintos, mis deseos. Y lo que más deseo en este momento es a Taylor. Luego podré olvidarla de nuevo.





		 			15

			Kenan

			Que no sea el momento adecuado no quiere decir que puedas evitar enamorarte. Y yo caí de forma contundente y estrepitosa.

			La relación con Taylor avanzaba con la rapidez de un cometa. Cada minuto que pasaba con ella me parecía insuficiente, quería más. Mis sentimientos crecieron hasta lugares antes desconocidos para mí. Disfrutaba con cada risa, cada contacto, con cada broma compartida. Taylor se abría como una flor falta de cariño y atenciones que acabase de descubrir la primavera, y yo me deleitaba viendo su transformación. Quería compartir todas las facetas de mi vida con ella y verla resplandecer.

			A la vez que me sentía feliz también tenía miedo. Miedo de mis propios sueños. Taylor ambicionaba poder subirse algún día a un escenario de manera profesional y cantar. Su voz era increíble, dulce y con fuerza. Pero sus sueños, de momento, eran solo eso, flotaban en el terreno de los deseos. Sin embargo, el mío, y ahí residía el problema, jugar en la NHL, lo tenía al alcance de los dedos. Si todo iba bien, la próxima temporada podría hacerlo. Lo había ansiado desde niño, sin embargo, el brillo inicial había perdido intensidad pues me mantendría alejado de Taylor y mi mayor temor residía en que nos pudiese la distancia. Todavía me mantenía al margen de una parte, que intuía, importante en su vida y eso sacaba a relucir una parte de mí que hasta ahora no había visto, la insegura, la que tenía miedo de que todo fuese un espejismo. Trataba de no darle vueltas, quedaban muchos meses aún y enmascaraba mi temor envolviéndolo entre muestras de amor.

			La había llevado a casa apenas una hora atrás y ya la echaba de menos. Mientras permanecía tumbado en la cama con la vista fija en el techo de la habitación, mi cabeza no dejaba de darle vueltas a qué plan sería el próximo que prepararía para ella. Habíamos hecho un poco de todo, desde visitar museos a ir al zoo. Al día siguiente tenía partido, Taylor me había preguntado en alguna ocasión cuándo la llevaría a alguno.

			Estiré el brazo hasta tocar el móvil que descansaba sobre la mesilla de noche. Busqué su contacto, presioné el botón de llamada y dejé que el teléfono sonara.

			—¿Hola? —respondió enseguida. Parecía un poco sorprendida, lo cual era normal porque no solía llamarla una vez que la dejaba en casa, de alguna forma sospechaba que necesitaba que respetase ese tiempo.

			—Hola. ¿Te molesto? ¿Puedes hablar?

			Escuché cómo se movía.

			—Sí, claro. ¿Ocurre algo?

			Me estiré en la cama feliz de oír su voz.

			—No, solo estaba pensando que mañana juego y que estaría bien si quisieras venir a verme. —La línea se quedó en silencio—. ¿Taylor?

			—Estoy aquí. ¿A qué hora sería?

			Todavía no había dicho que sí, pero de igual manera sonreí.

			—A las seis de la tarde. No podré ir a recogerte, yo tengo que estar en el estadio unas horas antes.

			—Vale, sí. Creo que podré estar allí —dijo—. Una cosa, Kenan —se hizo un silencio—, ¿crees que ganaréis? No me gustaría pasarme el partido animando al equipo de los perdedores.

			Solté una carcajada. ¿Dónde había quedado la chica introvertida que conocí en la librería?

			—Claro, cariño. Lo que sea por hacerte feliz.

			Salté al hielo nervioso como si fuese a jugar una final a pesar de que era un partido más de liga. Busqué entre los asientos hasta que di con ella escondida bajo su gorro de lana de colores y una bufanda. Me deslicé por el hielo y me acerqué a las pantallas de separación.

			—Me gusta verte aquí. Vas a tener que venir más a menudo.

			—Veremos lo que haces para conseguirlo —bromeó.

			Puse los ojos en blanco y ella me sopló un beso.

			—Tengo que irme. Puedes esperarme en tu asiento, cuando acabe el partido vendré a recogerte.

			Asintió sonriente y regresé al centro del campo. Según me alejaba, su voz me llegó con claridad.

			—Patéales el culo.

			No pude contener la carcajada. Iba a ser divertido.

			Siguiendo sus indicaciones, fuimos los justos vencedores y pulimos el hielo con el equipo contrario. Siempre disfrutaba jugando al hockey, pero tener a Taylor por primera vez animándome en el estadio lo hizo todavía más especial.

			Abandoné el vestuario entre las burlas de mis compañeros, nunca me habían visto cambiarme tan rápido. Me dio igual, estaba impaciente por ir en busca de mi chica y celebrar juntos la victoria. Más tarde nos reuniríamos con el resto del equipo en casa de Kurt, nuestro portero. Taylor los conocía a todos pues habíamos hecho alguna salida conjunta y parecía encajar bien; cuando dejaba atrás sus recelos, se mostraba dulce y encantadora y los chicos la adoraban. Sin embargo, primero quería pasar un rato a solas con ella.

			Nada más poner un pie en los vomitorios, sus gestos nerviosos me indicaron que algo no iba bien. Aceleré el paso. Cuando me detuve a su lado y me miró, pude ver pesar y preocupación en sus ojos.

			—Tengo que irme.

			No pregunté, sabía que no me respondería. Estudié su rostro un instante y expulsé el aire que contenían mis pulmones, resignado. No quería presionarla, era consciente de que existía algún tipo de responsabilidad en su vida de la que le costaba hablar. Había deducido que tenía que ver con su familia. Por lo que me había contado, vivían solas ella y su madre. Su padre murió antes de que ella naciese y su padrastro había desaparecido de sus vidas antes de que se mudasen a Pittsburgh. Quería decirle que podía confiar en mí, no podría ayudarla si no lo hacía, pero era consciente de que Taylor necesitaba sus tiempos. Mientras tanto, me tendría que conformar estando a su lado en lo que ella me permitiese.

			—Vamos. Te llevo.

			Asintió aliviada y se agarró a mi mano con fuerza.

			Llegamos al aparcamiento y nos subimos en el coche. Tal como imaginaba me pidió que la llevase a su casa. Habíamos recorrido la mitad del trayecto cuando accionó la rueda del volumen y calló la música de la radio.

			—Mi madre sufre trastorno bipolar. Empezó a desarrollar los síntomas muy temprano, en la adolescencia. Cuando era pequeña, recuerdo que me parecía que tenía la madre más divertida del mundo. Saltábamos en las camas, decorábamos las paredes con mis ceras de colores e incluso nos atracábamos a dulces hasta que nos dolía la barriga. —Su tono era lineal, sin emoción—. Según fui creciendo me di cuenta de que había algo que no estaba bien cuando la encontraba llorando encogida sobre su cama y no conseguía calmarla, ni encontrar motivos para su comportamiento. Toma medicación, pero, aun así, a veces sufre crisis. Ahora no está pasando un buen momento. He llamado varias veces a casa y no me coge el teléfono. Estoy preocupada, Kenan.

			Hasta ese momento había mantenido la vista fija en la carretera tratando de darle su espacio. La miré, retiré la mano del volante y entrelacé sus dedos con los míos. Taylor esbozó una leve sonrisa agradecida. No hacía falta nada más, entre nosotros sobraban las palabras.

			Al llegar a su calle aparqué en el primer hueco que vi. Bajamos del coche. Taylor caminaba con rapidez mientras yo la seguía de cerca. Se detuvo un instante para abrir el portal. Me miró indecisa. Di un paso adelante y sostuve la puerta. Ahora que sabía lo que ocurría no pensaba quedarme fuera. Éramos uno, para lo bueno y lo malo.

			Nos recibió un silencio sepulcral. Aunque en la calle era de noche, en la vivienda todas las luces permanecían apagadas. Taylor pulsó el interruptor y el resplandor amarillo de las bombillas de la lámpara iluminó el salón.

			—Quizá ha salido. —Tenía que decir algo para disipar la angustia que nos sobrevolaba.

			Me miró y no dijo nada. Los ojos parecían habérsele hundido en la cara y, a medida que recorría las estancias, su temor se hacía más patente. Giró el pomo de la puerta de la última habitación.

			—¡Llama al 911!

			Su madre estaba tumbada sobre la cama. Parecía dormida, pero la inmovilidad de su cuerpo y su respiración apenas perceptible dispararon la alarma. El bote de pastillas que descansaba sobre la mesilla dijo el resto. Había intentado suicidarse.

			Aquel día fue la primera vez que vi llorar a Taylor. Su escudo de fortaleza se resquebrajó dejando al descubierto el dolor, la pena y los temores que siempre guardaba para sí. Y me dije que a partir de aquel momento nunca más llevaría esa carga sola, la cuidaría y la protegería. Encontraría la manera de mantenerme a su lado.

			No lo podría cumplir.





		 			16

			Taylor

			Me faltan las fuerzas para desafiar a Kenan y, si mi cuerpo está agotado, mi cabeza resulta aún peor. No puedo pensar ni quiero. Demasiados vaivenes emocionales condensados en poco tiempo. Solo voy a dejarme llevar e ir a ese hotel. No creo que unas pocas horas más en su compañía vayan a suponer el fin del mundo.

			Suspiro resignada y me coloco el bolso en el hombro. Cuando voy a coger la maleta, Kenan me la quita de las manos.

			—Yo la llevo. Tú tienes bastante con tratar de cargar contigo misma —dice con suavidad. Siempre atento, en eso no ha cambiado.

			El trayecto me resulta eterno. Parece que una vez que mi cerebro ha asimilado que podré descansar en breve, mi cuerpo ha decidido que no merece la pena esforzarse más y tengo que obligarme a dar cada paso. Cuando llegamos y me dejo caer en el sofá que nos recibe nada más entrar en la habitación, no me lo puedo creer. Cierro los ojos un instante y me dejo engullir por la blandura de los cojines.

			—Despierta, cariño.

			La voz se filtra entre la bruma del sueño. Siento el dulce cosquilleo de sus dedos recorriendo la piel de mi mejilla y, todavía medio dormida, me estiro para intensificar el contacto. Me encanta despertar junto a Kenan. Sus besos y su sonrisa son lo único que quiero ver cada vez que abra los ojos. Él es el único capaz de dar color a mi mundo y hacerme creer en los cuentos de hadas. Mi chico dulce. Mi amor.

			Abro los ojos de golpe, confundida y alterada por lo vívido del sueño. Pero no es un sueño. Está aquí, sentado en el borde del sofá con su palma abierta acunando mi rostro. Su mirada me envuelve, me arropa como una manta, y su calor se filtra por mi piel hasta llegar a mis venas e inundar mi corazón.

			Me incorporo y rompo el contacto porque, aunque Kenan esté a mi lado, sí ha sido un sueño. Porque ya no me pertenece de ninguna manera. Hace tiempo que eso se acabó.

			Me paso las manos por la cara tratando de desprenderme del aturdimiento que me embota los sentidos.

			—Te has quedado dormida. —Sigue junto a mí y una leve sonrisa se dibuja en sus labios.

			Me fijo en que se ha cambiado de ropa. Ahora viste una sencilla camiseta gris de algodón, unos pantalones cortos azul marino y va descalzo. Su pelo brilla húmedo, por lo que deduzco que se ha duchado.

			—He pedido algo para cenar. Te da tiempo a darte una ducha hasta que traigan la comida.

			Estar así, tan cerca, y esta atmósfera de intimidad que nos envuelve, me resulta un tanto incómodo. Me pongo en pie de un salto.

			—Sí, creo que me vendrá bien —digo alejándome en busca de mis cosas. Necesito poner espacio entre los dos.

			Cojo mi maleta, la apoyo encima de la cama y busco algo para ponerme. Por desgracia, la mayoría de mi ropa viene sucia. Rebusco y al final me doy por vencida. Saco el pijama. Tampoco es que sea nada del otro mundo: unos pantalones cortos de rayas en tonos pastel, rematados con una puntilla en el bajo y una camiseta de tirantes a juego. Lo miro con ojo crítico. Es bastante inocente, pero hubiera preferido algo que tuviese unos centímetros más de tela.

			Me dirijo a la ducha con la ropa y la bolsa de aseo en las manos, evitando cruzar nuestras miradas. Cierro la puerta tras de mí y dejo mis cosas sobre la encimera de mármol del lavabo. Acciono el mando de la ducha y, mientras espero que el agua se caliente, me voy desvistiendo despacio, concentrando toda mi atención en cada movimiento. Un sentimiento inquietante lleva rato tratando de asomar. Reconozco ese pequeño resquicio de esperanza que durante los primeros meses tras nuestra separación estuvo vivo en mi interior. Ha debido sobrevivir agazapado en algún lugar de mi corazón y ahora quiere hacerse fuerte. No debo alentarlo.

			Me meto en el cubículo y dejo que el agua golpeé con suavidad mi rostro y se lleve todas estas emociones que comienzan a desbordarme. Me siento rara. Algo ha cambiado ahí fuera. La distancia e indiferencia de Kenan han desaparecido en algún lugar entre la terminal del aeropuerto y esta habitación de hotel. Froto mi piel con vigor. O quizá solo sea una proyección desesperada de mis deseos más profundos. Kenan me hizo creer una vez que los finales felices también son posibles. ¿Tal vez no sea demasiado tarde para conseguir el nuestro?

			Años de dudas y anhelos se transforman en decenas de preguntas que bombardean mi cerebro y para las que no tengo respuesta. Giro el mando y un chorro de agua fría cae sobre mi cabeza desterrando todos estos estúpidos pensamientos. Me estoy dejando llevar por las emociones, esas que tanto tiempo he mantenido a raya bien custodiadas en mi corazón, sobre todo, en lo tocante a Kenan, y que este inesperado encuentro ha hecho aflorar de nuevo con fuerza.

			Debo mantener los pies en el suelo, porque ya aprendí que cuánto más alto vuele, más fuerte será la caída después.

			Salgo de la ducha con las ideas más claras, gracias en parte al efecto del agua fría. De todas maneras, me tomo mi tiempo para secarme el pelo, vestirme y cepillarme los dientes. Cuando considero que mi cordura ha vuelto a ocupar su lugar, me miro una última vez en el espejo para darme ánimos y abro la puerta.

			Un delicioso olor a comida recién hecha inunda mis fosas nasales nada más poner un pie en la habitación. Mi estómago ruge ante el estímulo y todas mis inquietudes se evaporan de un plumazo, sustituidas por la necesidad primaria de alimentarme.

			Doblo mi ropa con rapidez y la coloco junto con el neceser de nuevo dentro de la maleta.

			Kenan me da la espalda, concentrado en traspasar los platos de la camarera a la mesa.

			—¡Dios! Huele de maravilla. —Me acerco sin quitar ojo a la comida.

			—Espero que te apeteciese una hamburguesa. Me daba pena despertarte, así que he pedido lo que me ha parecido. —Se gira y la sonrisa se le queda congelada en los labios.

			Sus pestañas descienden velando en parte sus ojos mientras me recorren de arriba abajo con una lentitud desesperante.

			Los latidos de mi corazón resuenan con fuerza en mis oídos y un calor asfixiante me quema la piel. No me puedo mover. «¿Y ahora qué, Taylor?».





		 			17

			Taylor

			Se da la creencia de que existe una especie de equilibrio cósmico que nos «acompaña» a lo largo de toda nuestra vida. Hubo un tiempo en el que yo también pensé que era cierto, pues la felicidad que sentía con Kenan era tan inmensa que sería la justa compensación a toda la aflicción que había padecido en mis diecinueve años de existencia.

			Tras el intento de suicidio de mi madre y su posterior ingreso en la clínica —tendría que estar en tratamiento vigilado unas semanas hasta recuperarse del brote—, ya no quedaban secretos y estábamos más unidos que nunca. Kenan había sido mi apoyo, mi valentía y mi cabeza. Me había animado, acompañado y cuidado con tanta devoción que no creía que mi corazón pudiese soportar