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Cuando sepas la verdad

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Un accidente aéreo en la España franquista. El secuestro de la esposa de un espía del CNI. Una base militar secreta en pleno corazón de la Mancha. Nada parece estar conectado. Nada parece tener sentido... hasta que no sepas la verdad.

Year:
2020
Language:
spanish
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Der Stuermer - 1940 Nr. 33

Language:
german
File:
PDF, 43.67 MB
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2

Cuando soñamos bajo la lluvia

Year:
2021
Language:
spanish
File:
EPUB, 454 KB
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CUANDO SEPAS LA VERDAD





MARCOS PARICIO





A las personas más maravillosas que conozco.

A mis hijos Marcos y Valeria.

Gracias por todo.





Con esta novela solo pretendo, como en anteriores ocasiones, contarles una historia que les entretenga, les intrigue y les sorprenda.

Si lo he conseguido, solo ustedes finalmente lo podrán juzgar.

Sea como sea, quiero agradecerles que estén leyendo estas líneas, ya que mi afición por la escritura, sin su gusto por la lectura, no tendría tanto sentido. Por eso, una vez más.

Permítanme contarles una historia.

Hónrenme con su lectura.





ÍNDICE

ENTRANTES

CAPITULO 1

CAPITULO 2

PLATO PRINCIPAL

CAPITULO 3

CAPITULO 4

CAPITULO 5

CAPITULO 6

CAPITULO 7

CAPITULO 8

CAPÍTULO 9

CAPITULO 10

CAPITULO 11

CAPITULO 12

CAPITULO 13

CAPITULO 14

CAPITULO 15

CAPITULO 16

CAPITULO 17

CAPÍTULO 18

CAPITULO 19

CAPITULO 20

CAPITULO 21

CAPITULO 22

CAPITULO 23

CAPITULO 24

CAPITULO 25

CAPITULO 26

CAPITULO 27

CAPITULO 28

PRIMER PLATO

CAPITULO 29

CAPITULO 30

CAPITULO 31

CAPITULO 32

CAPITULO 33

CAPITULO 34

CAPITULO 35

POSTRE

CAPITULO 36

NOTA DEL AUTOR

AGRADECIMIENTOS





ENTRANTES





“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”

Franz Kafka.

Comienzo de su novela La metamorfosis.





CAPITULO 1


Me miré en aquel espejo rectangular y odié lo que vi reflejado en él. No es que mi disgusto viniese provocado por mi demacrado aspecto, que también, lo que en realidad aborrecí de aquella imagen fue precisamente lo que nadie más que yo era capaz de ver.

Debajo de aquel amasijo de piel y huesos se escondía uno de los mayores hijos de puta que ustedes jamás hayan conocido.

Debo aclarar que por mi apariencia normal, cotidiana y casi pusilánime, nadie lo diría, ya que podría pasar por un agente de seguros, o por el compañero de trabajo que te manda videos guarros, o por el vecino del quinto con el que te cruzas en el ascensor y hablas de fútbol o incluso por ; el solitario hombre que en ese momento se bebía tranquilamente un café sentado junto a la mesa del fondo del local.

Nadie, de las personas que en ese momento se encontraban en la cafetería imaginaba ni por asomo la clase de persona que en realidad yo era, ya que de haberlo sabido, a buen seguro hubiesen corrido despavoridas dejando a medias sus consumiciones, sus conversaciones y sus ganas de saber algo más de mí.

En mi descargo debo decir que no siempre fui así. Hubo un tiempo, a decir verdad la mayor parte de mi vida, en la que se me pudo considerar un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Pero quiso Dios, o la diosa fortuna, o el karma o simplemente la jodida mala suerte, escojan ustedes lo que prefieran, que un buen día todo mi mundo, tal y como yo lo conocía, tal y como yo lo había construido, se derrumbase sin previo aviso convirtiéndome de ese modo en el monstruo que ahora era.

El destino decidió ponerme a prueba, me puso la zancadilla y sin posibilidad de amortiguar la caída me di de lleno contra el suelo.

Con el tiempo logré levantarme, intenté sacudirme el polvo, lamerme las heridas y recomponer mi alma, pero yo sabía, cuando finalmente proseguí mi camino, que aquel hombre que ahora luchaba por continuar adelante ya no era el mismo.

Hay personas que cuando la vida les pone a prueba aceptan ese duro momento con estoica resignación, otros tratan de convivir de la mejor forma posible con el agrio recuerdo y otros, los menos, entro los que me incluyo, tras un complicado proceso deciden canjear ese dolor por una rabia inimaginable.

Fue esa rabia, esa furia, ese recuerdo, lo que me hizo llegar hasta el punto en el que ahora me encuentro.

Mientras le daba vueltas con la cucharilla a mi café no podía evitar, casi de forma acompasada al circular movimiento, repasar en mi cabeza una y otra vez los detalles, los acontecimientos, los preparativos de todo lo que me disponía a afrontar en las semanas siguientes, cuando finalmente apareció ella.

Como les he dicho, nadie podía siquiera sospechar qué clase de persona era yo realmente. Ante los ojos de la camarera que me había atendido, o los de la mujer que sentada en la mesa de al lado intentaba que su hijo se callase, o los de los dos hombres trajeados que charlaban al fondo de la barra, solo era una persona más. Alguien gris a quien no dedicar poco más de un segundo de atención en su vida.

Mi camuflaje era perfecto, mi anodino aspecto cumplía a la perfección su cometido y un diablo como yo podía caminar entre todos esos corderitos sin que ninguno balara cagado de miedo.

Nadie en esa cafetería, en esa calle, en este mundo, sabía en quién me había convertido. Nadie… excepto ella.

Cuando se quitó el frío de encima despojándose del abrigo y barrió con la mirada el local, su rictus se endureció en el momento en el que me vio.

Avanzó desde la entrada hasta la mesa donde me acodaba con un aplomo casi insultante, tratando de demostrarme, de demostrarse quizá, que no me tenía miedo.

Antes de tomar asiento me mantuvo la mirada, desafiante, muda, áspera.

En sus ojos no había ni rastro del temor o de la sorpresa inicial que había mostrado una semana atrás cuando la llamé por teléfono, consiguiendo mutarla por, al menos en apariencia, aquella rabia contenida que ahora a duras penas escondía tras sus gestos.

Se sentó frente a mí en silencio, apretando puños y dientes y por un momento permitimos que el silencio hablase.

Exactamente siete días antes, cuando la llamé por teléfono para contarle todo aquello que hasta entonces ella desconocía, un hondo silencio se apoderó de su garganta al escuchar mis palabras. En ese instante no supo o no quiso reaccionar a lo que acababa de descubrir, limitándose a colgarme cuando finalmente le propuse esta cita, por lo que yo no estaba seguro de que finalmente acudiese, pero lo había hecho.

Habían pasado unos cuantos años, demasiados, desde la última vez que nos vimos. En aquella ocasión el dolor apenas nos dejó compartir poco más que un abrazo en busca de un consuelo inútil.

Ahora, con ese dolor nuevamente despertado, comprendí que ella había cambiado, los dos habíamos cambiado. Nos habíamos convertido en dos perfectos desconocidos a los que precisamente aquello que antes nos unió, ahora nos separaba.

-Por un momento pensé que no fueras a venir –reconocí sin que ella se dignase a contestar.

Ha pasado mucho tiempo –continué tratando de forzar una sonrisa.

-Al parecer no el suficiente –replicó ella desafiante-. ¿Vas a decirme por qué he venido?

-Ya te lo dije, lo sabes de sobra.

-Todavía ni siquiera me puedo creer que sea cierto lo que me contaste.

-Sí que lo crees –la rebatí-, o de lo contrario no estarías aquí.

-¿Y por qué contármelo ahora? ¿Por qué esperar todo este tiempo? –interrogó ella con rabia.

-Porque necesitaba ese tiempo. Aún no estaba preparado… y tú tampoco.

¿Me ayudarás? –pregunté finalmente.

-¿Acaso tengo otra opción?

-Puedes levantarte ahora mismo, olvidarte de esta cita, de esta cara y fingir el resto de tu vida que nunca te conté lo que ahora sabes, pero los dos sabemos que no lo harás.

Ella, antes de contestar, permitió que su mirada y sus recuerdos se perdieran muy lejos de aquella cafetería, buscando posiblemente otro tiempo en el que las cosas fueron diferentes.

-¿Alguien más lo sabe?

-¿A qué te refieres?

-Si alguien más sabe la locura que te propones hacer.

-Hay alguien más que me va a ayudar, si es a eso a lo que te refieres, pero creo que es mejor que ni tú ni la otra persona sepáis de la existencia del otro.

-¿Y la otra persona conoce el verdadero motivo por el que estás dispuesto a hacer todo esto?

-Hasta que llegue el momento solo lo sabremos tú y yo. Nadie más lo puede saber.

-¿Y después? ¿Qué se supone que pasará?

-Después ya dará todo igual ¿No crees?

Traté de forzar un amago de sonrisa para disimular una humanidad ya perdida, pero como les he dicho, mi camuflaje no servía con ella. No al menos después de explicarle todo lo que me proponía realizar.

-¿Cuándo tienes decidido empezar?

-Ya he empezado, éste ha sido el primer paso. Llevo mucho tiempo planeándolo, pero sin tu ayuda no habría podido continuar.

-¿Y ahora qué?

-Ahora vete a casa y deja que pasen unos días. Después me iré poniendo en contacto contigo por cartas que dejaré directamente en tu buzón donde te explicaré con detalle qué es lo que quiero que hagas por mí.

-¿Por qué estás tan seguro de que no te entregaré a la policía? –interrogó ella con la mirada torcida.

-¿De verdad tengo que recordarte el motivo por el que estás hoy aquí?

Ahora vuelve a tu apartamento y descansa. Pronto recibirás noticias mías.

Solo recuerda que cuando llegue el día nadie podrá saber que nos conocemos o todo fracasará.

-No te preocupes por eso, llevo una semana tratando de olvidar el haberte conocido.

-Ojalá las cosas hubiesen sucedido de otra manera –alegué justo cuando ella ya se había levantado y había cogido su abrigo.

-En lo único que he podido pensar estos siete últimos días es en que me mentiste. Todos estos años me has tenido engañada. Y todavía a día de hoy me pregunto el motivo.

Juro que jamás te perdonaré lo que hiciste–aseguró con rabia.

-Lo que hice, lo creas o no, lo hice por ti –dije manteniéndola la mirada.

-Maldito seas –obtuve por toda respuesta.

-Creo que en eso llegas tarde. Ya hace mucho tiempo que estoy maldito.

Ella se giró sin añadir nada y salió del local con la misma frialdad con la que había hecho acto de presencia, con la certeza y la angustia apoderándose de su cuerpo al comprender que acababa de firmar un pacto con el mismísimo diablo.

Yo sabía que la próxima vez que nos encontrásemos cara a cara las cosas serían muy diferentes. Ya nada volvería a ser igual para nosotros. Ya nada volvería ser igual para nadie.

Me quedé sentado con mi café y mis pensamientos, simulando ser un hombre cualquiera con una vida cualquiera.

En aquel instante volví a girar la mirada hacia el espejo y me encontré convertido en un monstruoso insecto.





CAPITULO 2




Costa Sureste de la península ibérica. 17 de enero de 1966.

54 años antes.

Pocas personas, salvo contadas excepciones como los suicidas convencidos, saben cuál será el día exacto de su muerte.

Nadie se levanta de buena mañana con la certeza de que aquel será su último despertar, su último desayuno o el último beso de despedida.

De ese modo, ninguno de los integrantes de la tripulación de aquel bombardero norteamericano era consciente de lo que estaba a punto de sucederles y que en buena medida cambiaría el destino de la gente de un pequeño rincón del mundo.

En plena guerra fría, a los dos bandos les gustaba mostrar músculo ante el rival, por lo que al gobierno americano, en la década de los sesenta, no se le ocurrió otra cosa que plagar el cielo de bombarderos que sobrevolasen continuamente los puntos estratégicos mundiales las veinticuatro horas del día.

Aquella estrategia implicaba que los bombarderos, salvo contadas excepciones, salieran de suelo americano y regresaran a suelo americano, no aterrizando en ningún otro lugar ni siquiera para repostar, lo que exigía que la siempre peligrosa maniobra de repostaje se practicara en pleno vuelo.

-¿Qué ciudad será esa? –preguntó el comandante Hudson a su copiloto mientras observaba a lo lejos un punto en mitad de la oscura noche iluminado como una luciérnaga perdida.

-Por los mapas y la ruta debe de ser Sevilla –su copiloto, el teniente Mac Kenzie, estaba acostumbrado a repostar cerca de la base aérea de Zaragoza, sobre los terrenos de una desconocida provincia despoblada llamada Teruel, pero aquella vez, por problemas logísticos, les habían cambiado la ruta y el avión nodriza que les debería de repostar en pleno vuelo el combustible necesario como para regresar a Carolina del sur, saldría de la base sevillana de Morón de la frontera, en lugar de la conocida base de Zaragoza.

La maniobra era arriesgada, y más teniendo en cuenta que lo que tripulaban era un bombardero con cuatro bombas atómicas capaces de destruir Zaragoza, Sevilla y buena parte del resto de España juntas, pero lo habían hecho tantas veces que el peligro se había convertido en rutina. Dios bendiga a América.

El teniente notó a su comandante algo cansado, pero estaba seguro que una vez hecho el repostaje le podría dar un relevo y dejar que se tomara un merecido descanso.

Con suerte en poco más de doce horas llegarían a casa y podrían descansar un par de días tomando cervezas con los compañeros de la base para después él poder pasar el resto del día en la cama junto a su mujer. La placentera imagen que tuvo el teniente con su esposa revolviéndose entre las sábanas le ayudó a desperezase un poco dentro de la oscuridad de la cabina.

-¿Crees que ahora mismo, en aquella ciudad, alguien se imagina lo que está sobrevolando en estos instantes sobre sus cabezas? –reflexionó el comandante sacando a su compañero de aquel dormitorio marital.

-Si lo supieran, se morirían de miedo y protestarían, así que… bendita ignorancia.

-¿Protestarían? ¿Con el general Franco ahí abajo? Les podrían meter una bomba por el mismísimo culo y no se atreverían a decir nada.

-¿No deberíamos ver ya al avión? –interrogó de repente algo preocupado el teniente viendo de reojo cómo el testigo del combustible indicaba su agónico estado.

-Puede que… al cambiarnos la ruta el contacto se retrase un poco –las palabras del piloto sonaron algo vacías y durante dos tensos minutos la preocupación en forma de silencio se adueñó del interior de la cabina.

Los dos hombres escudriñaron el oscuro cielo sin observar un atisbo de cualquier otra aeronave en el horizonte, por lo que el comandante, a esas alturas tan impaciente como preocupado, decidió establecer contacto con la base de Morón.

-Aquí comandante del bombardero… -comenzó a decir en el momento en el que su copiloto le propinaba un codazo indicándole con el dedo un punto luminoso en medio de la noche que ya empezaba a claudicar.

El comandante agudizó la vista y por fin descubrió el tan esperado foco de luz que delataba la presencia del avión que les debería proporcionar el tan ansiado combustible.

-¡Joder! Exclamó en su cerrado acento de Kentucky –Sí que han apurado los cabrones.

-B52, adelante B52, aquí el vuelo KC-135 ¿Me recibe? –sonó de repente una voz algo distorsionada a través de los auriculares.

-Aquí B52, sí le recibimos. Les estábamos esperando impacientes. La situación es delicada, debido al viento hemos gastado más combustible del esperado y estamos muy justos KC-135, la maniobra debe de ser inminente.

-Recibido B52, nos estamos aproximando dirección sur, suroeste, nos encontramos apenas a unas treinta millas de distancia, en breve podremos iniciar la maniobra.

-Recibido KC-135, hemos establecido contacto visual con ustedes. Fijamos rumbo para comenzar la operación.

-Rumbo establecido. Nos encontramos a veinte millas, debe bajar a los veinte mil pies de altitud y reducir la velocidad B52, no se preocupe que no nos vamos a escapar con la gasolina –bromeó el piloto del avión nodriza tratando de restar tensión al momento.

-Bajando a veinte mil pies. Reduciendo velocidad a quinientas millas –respondió de manera mecánica el comandante que a esas alturas ya no estaba para ninguna broma.

-Se está acercando a demasiada velocidad. Aún debe reducir más –advirtió el piloto del avión que les debía suministrar el combustible.

El copiloto del bombardero, nervioso, miró a su comandante, pero este parecía no haberse inmutado. Seguía tratando de fijar la maniobra con la mirada centrada en un punto indeterminado entre el avión al que se acercaban y el amanecer que a esas alturas rasgaba ya el horizonte.

B52, ¿Me ha comprendido? Ahora tiene el viento de cola y debe reducir aún más la velocidad ¿B52? ¿Me recibe?–la última pregunta, ante la proximidad del bombardero acercándose a demasiada velocidad sonó histérica.

Fueron las últimas palabras pronunciadas por aquel piloto antes de morir.

La colisión fue brutal y en un instante los dos aviones se fundieron en un amasijo de hierros dentro de la enorme bola de fuego que resultó de la explosión.

Los tres tripulantes del avión nodriza murieron en el acto. Cuatro de los siete tripulantes del bombardero consiguieron saltar al eyectarse las sillas hacia el oscuro cielo antes de que las llamas les abrasaran vivos. Los otros tres perecieron casi al instante en un infierno de acero y fuego.

Una especie de esfera incandescente iluminó durante unos minutos el cielo, rompiendo la penumbra que bañaba la costa almeriense en esos momentos.

El comandante, magullado pero sin lesiones graves, con el dantesco espectáculo sobre su cabeza, comenzó a descender lentamente en un vuelo silencioso al activarse el paracaídas que tenía su silla acoplado.

En completo estado de shock, comenzó a contemplar la catástrofe que conformaban aquellos aviones despedazándose en el aire.

De repente, algo captó su atención e hizo que reaccionara. Una estela de fuego le pasó cerca a gran velocidad. El paracaídas de una de las bombas se había incendiado con la explosión y el mortal artefacto se dirigía irremisiblemente hacia el pequeño pueblo que dormía a sus pies.

Mantuvo la respiración y casi se le para el corazón durante los escasos diez segundos que tardó la bomba en impactar contra el suelo.

Sabía que si aquella bomba nuclear explotaba, con una capacidad de destrucción 70 veces mayor a las de Hiroshima y Nagasaki, todo el terreno que desde aquella altura divisaba quedaría reducido literalmente a cenizas.

Pero la bomba finalmente no explotó. El impacto contra el terreno se pudo escuchar desde su posición y una tremenda nube de humo y polvo cubrió momentáneamente el cráter de treinta metros que provocó la brutal colisión.

Al momento, una segunda bomba, cayendo a menor velocidad, pero con el paracaídas envuelto igualmente en llamas, comenzó su mortífero descenso.

Esta vez la angustia fue más larga, pero afortunadamente, el desenlace fue el mismo.

Consciente del peligro, barrió el cielo con la mirada y divisó las otras dos bombas nucleares planeando plácidamente sobre el cielo almeriense de Palomares.

La tercera bomba cayó mansamente a las afueras del pequeño pueblo, la última se fue directa al mar, a media milla de distancia de la costa perdiéndose entre el suave oleaje.

El comandante, todavía estupefacto, se dejó llevar a merced del viento, mientras en su cabeza resonaban una y otra vez las mismas palabras.

-¿Pero qué hemos hecho? Dios mío… ¿Qué hemos hecho?





PLATO PRINCIPAL





“Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.”

Miguel Delibes.

Comienzo de su novela El camino.





CAPITULO 3




Noviembre del 2019. Madrid.

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera, y sin embargo sucedieron así.

Una de las balas entró por la ventanilla trasera del vehículo y pasó por entre las cabezas de los tres ocupantes, a punto de alcanzar la del conductor, fracturando la luna delantera y convirtiéndola en una telaraña de grietas por la que apenas se veía a través del pequeño boquete que había dejado el proyectil a su paso.

-¡No veo una mierda! –advirtió frenético el conductor.

El copiloto, tal y como había visto en las películas, inicio el procedimiento habitual en estos casos; se colocó en posición fetal sobre su asiento y comenzó a darle brutales patadas cual mula aragonesa al cristal fracturado.

Después de unas cuantas coces, y con el cristal todavía en su sitio, decidió volver a sentarse correctamente con la solemne promesa de, a partir de ese instante, dejar de creerse todo lo que viera en una película.

-¡Haz algo! ¡Casi no veo! –Volvió a aullar el conductor después de los baldíos intentos de su compañero.

-Arréglatelas a través del agujero, es lo que hay –se limitó a responder el copiloto mientras se ajustaba el cinturón de seguridad al ver que el marcador de velocidad superaba con creces los cien por hora.

-Creo… creo que ese mamón me ha dado –anunció de repente el hombre al que llamaban gallego y que ocupaba el asiento trasero echándose una mano a la oreja.

El copiloto se giró hacia atrás y corroboró tal extremo al comprobar cómo la mano de su compinche se le llenaba de sangre después de palparse el lateral de la cabeza.

-¡Me ha dado, joder! ¡Ése cabrón me ha dado!– gritó éste totalmente descontrolado.

-Tú sigue mirando hacia atrás, vigila que nadie nos siga y cierra la puta boca –ordenó su compañero volviendo la cabeza hacia el sentido de la marcha.

Es solo un rasguño, te habrá rozado la oreja o se te habrá clavado algún cristal. Si de verdad te hubiera acertado en la cabeza ahora mismo ya estarías muerto, te lo aseguro –declaró sin darle mayor importancia.

-Parecía que nos estuviese esperando el muy cabrón… -pensó en alto el conductor al tiempo que salvaba milagrosamente empotrarse contra una marquesina de autobús.

-¿Pero sabes por dónde vamos? –interrogó el copiloto.

-No tengo ni la menor idea. Tenía una ruta pensada para llegar a donde tenemos que ir en menos de cuatro minutos, pero con todo el jaleo del tiroteo he salido de allí zumbando leches y ahora no soy capaz de adivinar dónde estamos.

-Te has metido por el medio del pueblo. Sácanos de aquí rápido o nos van a cazar como a ratas.

-No te preocupes, acabaremos encontrando una salida –aseguró mientras esquivaba a una mujer petrificada por el miedo en mitad de un paso de peatones.

Estaba despuntando el alba y de un rápido vistazo miró el reloj digital del vehículo que marcaba las seis y veinte de la mañana. Se alegró de haber escogido ese horario por la poca gente que se aventuraba en aquel instante a pisar la calle y por el escaso tráfico que se encontraba en la calzada.

-Solo necesitamos llegar a una calle que nos dirija a la carretera de La Coruña o a la M-40, y de ahí volando al piso franco a esperar que pase todo el temporal.

-¿Dónde está exactamente ese famoso piso franco del que tanto hablas? –interrogó con suspicacia el copiloto.

-Todo a su debido tiempo iceberg. No te adelantes. Ahora lo primero es salir de aquí, y pronto.

El copiloto abrió la boca para protestar la respuesta, pero el gallego se le adelantó.

-Creo que esto ya debe de ser Aravaca –apuntó sin quitarse la mano de la oreja.

-Joder… y decías que tenías todo perfectamente planeado –se lamentó en alto el acompañante- Cada vez nos estamos metiendo nosotros solitos más adentro en la boca del lobo. En menos de diez minutos cerraran todas las vías rápidas con controles y entonces sí que estaremos realmente jodidos.

-¿Qué le habrá pasado a Ramiro? Se ha escuchado un disparo. Tú crees que…

-¿Y yo qué coño se? Sabía a lo que se arriesgaba. Te he dicho que te dediques a mirar para atrás y no pienses en más chorradas. Solo avisa si ves un coche de policía siguiéndonos aunque sea a lo lejos.

-Nos estaba esperando joder… -repitió el hombre del asiento trasero al que los nervios le incapacitaban para permanecer callado- parecía que nos estaba esperando.

-Aseguraste que él no estaría en casa –reprochó el copiloto al conductor.

-Habrá cambiado de planes a última hora.

-¿Y acaso sabías que ese mamón estaba armado?

-¿Cómo se supone que lo iba a saber? –respondió incómodo el aludido sin desviar su atención de la carretera.

-Pues deberías haberlo investigado un poco. Para eso se supone que eres el cerebro de todo esto y que habías calculado el palo hasta el más mínimo detalle.

-Estás empezando a cansarme iceberg. Hay mucha pasta en juego, pero si no te gusta cómo van las cosas paro un momento, te bajas del coche y te olvidas de nosotros para siempre.

En ese instante el grandullón al que llamaban iceberg le dirigió una mirada fulminante al conductor, pero se limitó a guardar silencio, sin atreverse a ver el órdago que le había lanzado su cómplice.

-De acuerdo entonces –decidió zanjar el conductor-. Por el momento el plan sigue su curso. Lo hecho, hecho está, así que deja de pensar en todo lo que ha salido mal y vamos a intentar llegar al piso franco –dijo cogiendo de forma vertiginosa una curva cerrada a derechas tirando del freno de mano.

Pero ninguno de los tres delincuentes podía evitar dejar de pensar en lo que había pasado tan solo cinco minutos antes…

Todo estaba perfectamente planificado por el conductor; el marido no tendría que estar en casa y ella estaría sola. Ramiro iría por la parte trasera del chalet y saltaría la valla por si a ella se le ocurría escapar. Mientras, el gallego e iceberg entrarían por la puerta principal con la copia de las llaves que el conductor había conseguido a través de la sirvienta.

Éste les estaría esperando, vigilando los alrededores, con el coche aparcado en la siguiente calle y el motor arrancado.

Eran apenas las seis de la mañana, así que sorprenderían a la mujer con total seguridad en su dormitorio, la maniatarían con unas bridas y le pondrían un pañuelo en la boca. Saldrían de allí con ella sin ruidos, sin alarmas y sin que ningún vecino se enterase de nada, sería el palo perfecto.

Nada podría salir mal, y sin embargo… Todo había salido mal.

Ellos habían entrado por la puerta con las llaves, hasta ahí todo normal. Contra pronóstico habían encontrado a la mujer en la cocina y la redujeron en un periquete al quedarse petrificada por la sorpresa y el miedo que le provocó la irrupción en su domicilio de dos hombres con pasamontañas.

Ya estaban a punto de salir por la puerta cuando la detonación de una pistola les sorprendió a su espalda. Venía del patio trasero, justo por donde Ramiro debería haber entrado.

Los dos se miraron fijamente y sin hablarse, tomaron la misma decisión. A correr se ha dicho.

Cargaron en volandas a la mujer como si se tratara de una manta enrollada y se montaron en el coche que les estaba esperando unos metros más adelante, a la vuelta de la esquina y fuera del campo visual de las cámaras, no sin antes haber metido por la fuerza a aquella mujer en el maletero.

Salieron chillando rueda de la hasta entonces tranquila calle, y cuando se disponían a girar en la segunda esquina, escucharon a su espalda una nueva detonación y en ese instante la ventanilla trasera se hizo añicos.

Por el retrovisor a iceberg le dio tiempo para ver en mitad de la calzada a un hombre en pijama, seguramente el esposo de la mujer, apuntando con una pistola hacia el coche.

El tercer disparo no se hizo esperar, y por escasos centímetros no hizo diana en la cabeza de chorlito de su compinche.

Le dolía reconocerlo, pero el tarado del gallego tenía razón. Era como si el marido les hubiera estado esperando.

De repente un grito proveniente de la parte trasera le sacó de sus pensamientos.

-¡Sacadme de aquí! ¡Socorro!

A la mujer se le habría despegado la cinta aislante que le habían colocado en la boca y habría escupido el pañuelo. Ahora aullaba presa del pánico.

-¡Cállate de una vez! ¡Solo es un secuestro! ¡Todo va a salir bien! –le gritó el conductor al maletero de la manera más incongruente.

Debido a la situación era incapaz de pensar con claridad, y ni siquiera era capaz de buscar una salida a aquella ratonera de calles anchas y chalets de gente adinerada. No conocía bien el terreno que pisaba y eso le ponía aún más nervioso por si la situación ya de por sí no lo fuera.

Sin embargo tenía que seguir fingiendo seguridad, ya que conocía a su compañero iceberg y sobre todo era conocedor de su explosivo e irreflexivo comportamiento, del cual había sido testigo en numerosas ocasiones mientras compartían estancia en la cárcel de Soto del Real. Reconocerle abiertamente que estaban perdidos sería como citar a un toro en medio de la arena de las Ventas. Aquello estallaría de forma imprevisible por lo que tenía que encontrar una salida que resolviera aquel desastre cuanto antes.

Días antes, planeando el atraco, se había prefijado una ruta de escape para conseguir llegar a la autopista en cuestión de minutos, pero el tiroteo le había provocado que en aquel fatídico instante su cerebro solo le permitiese pensar en huir de allí cuanto antes y sin rumbo, trastocando cualquier ruta pensada.

La mujer volvió a gritar nuevamente desde el interior del maletero y esta vez fue iceberg el que se giró para intentar calmarla con palabras sosegadas.

-¡Calla la puta boca o te pego un tiro!

El conductor se quedó mirando a iceberg y para cuando dirigió su mirada de nuevo al sentido de la marcha le dio el tiempo justo, a través del agujero que había dejado la bala a su paso, para ver cómo atropellaba a un hombre, de unos treinta años, en silla de ruedas que esperaba junto a la acera para cruzar en un paso de peatones.

El impacto apenas se notó. El vehículo era un pepino de Audi y el coche golpeó al hombre con toda la fuerza que aquella mole desencadenaba a plena potencia. Solo el sonido del golpe seco y la silla de ruedas volando en la lejanía fueron presagio de la mala suerte que habría corrido el impedido.

-¡Acabas de cargarte a un tío! –gritó el copiloto confirmando el desastre.

-¡Tranquilo coño! Apenas le he tocado.

Ignoraba, aunque lo intuía, si habría matado a aquel hombre. Al igual que ignoraba, aunque también lo intuía, si su colega Ramiro habría muerto a manos del marido de la loca.

Lo que tenía claro era que, debido a su inevitable alergia a las balas y a la cárcel, no pensaba darse la vuelta para interesarse por el estado de salud ni de uno ni de otro.

Iceberg fue a decirle algo pero prefirió callarse en el último instante.

Aquel plan se estaba convirtiendo en un auténtico desastre y el grandullón no pudo evitar recordar cómo momentos antes el conductor le ofreció bajarse del coche y olvidarse de todo, por lo que empezaba a plantearse seriamente si no hubiese sido aquella la mejor opción.

A buen seguro que sus dudas se habrían disipado al momento respecto a la decisión que debería haber tomado si tan siquiera hubiese podido imaginar lo que estaba a punto de sucederles.





CAPITULO 4


-Claro que estaba durmiendo… -fue la seca respuesta que el inspector Sempere dio a su interlocutor mientras miraba la hora en el móvil.

Eran las siete menos cuarto pasadas, tan solo le habían quitado media hora de sueño, pero tenía la áspera sensación de que le hubieran robado media noche.

¡No me jodas! –la información recibida le sacudió la somnolencia de golpe provocando que instintivamente se incorporase sobre la cama.

¿Cuánto hace de eso?, bien, entiendo.

¿Dónde dices que están ahora? ¿Me estás vacilando?

Joder… vale, ya imagino.

Estaré allí en… bueno, dame media hora. Quizás algo más. Que nadie haga nada hasta que lleguen los de la brigada. Si el asunto es tal y como me cuentas, no tardarán en llegar.

¿Lo sabe ya el comisario? Bien.

Mientras tanto dile a los muchachos que se limiten a controlar el perímetro y evitar que nadie se acerque ni saque fotos hasta que lleguen los “profesionales” –dijo arrastrando la última palabra al referirse a sus compañeros de la brigada.

¿Alguien ha hablado ya con los secuestradores? Mejor, que siga así.

El inspector colgó sin despedirse y de un rápido vistazo volvió a comprobar la hora en la pantalla de su Samsung. Las seis y cincuenta de la mañana. La madre que le parió.

Giró la cabeza en el sentido contrario para adivinar debajo de las mantas la silueta de la mujer con la que compartía cama.

Sin permitir que su cerebro analizase la situación se obligó a levantarse de golpe y darse una ducha rápida.

Cuando con la mano limpió el vaho del espejo descubrió a un hombre cansado de pelo incipientemente canoso, ojeras perennes y unas arrugas que enmarcaban su triste mirada.

En su curro había descubierto recientemente a un compañero dirigirse a él como el “Marlaska” de Moncloa, en referencia a su parecido con el ministro del interior y a la comisaría del distrito donde trabajaba. A decir verdad le daba cierto aire a aquel político aunque él, a fuerza de ser objetivos, fuera un punto menos atractivo, dos puntos más corpulento y millones de puntos más insignificante.

Desde hacía mucho tiempo había empezado a peinar canas, pero fue sin duda años atrás, en el instante en el que la vida decidió golpearle de la forma más cruel, cuando su pelo comenzó a transformarse en aquel pelaje blanquecino de Hasky siberiano que ahora trataba de engominar dejando la raya al lado. Aquella lucha sin cuartel entre el negro y el cano que poblaba su cabellera era el reflejo más visible de lo que aquella tragedia había provocado en su estado de ánimo.

Una vez más, al dejar la mente en blanco, cualquier detalle, cualquier pensamiento fugaz del pasado le conducía a rememorar aquel traumático suceso, como si su amargo recuerdo acudiera de forma periódica dispuesto a torturar su machacado cerebro.

Sin embargo, por suerte para él, aquella mañana tenía mucho en que pensar y a buen seguro que su mente se encontraría demasiado ocupada con el tema que el subinspector de guardia le acababa de comunicar por teléfono.

A pesar de saber que ella tenía el sueño profundo abrió la puerta del baño con precaución para no despertarla. La estrecha franja de luz que dejó entrar en la habitación le permitió vestirse en silencio mientras la contemplaba.

Ella le daba la espalda y bajo las sábanas su respiración pausada movía ligeramente un atractivo y firme cuerpo que él al tacto tan bien conocía. Puede que aparte del trabajo, aquella mujer, con su energía y con aquella pasión desenfrenada que de noche en noche le regalaba, fuese lo único que le hacía sentirse realmente vivo, aunque solo fuera en aquellos gloriosos encuentros.

Los dos sabían que aquella relación moría en el momento en el que se apeaban de la cama, así lo había decidido él y así, resignada, lo había aceptado ella. Se trataba de un arreglo parasitario en toda regla; él disfrutaba sin condiciones de ella, ella se conformaba con lo que le permitía él.

A él le hubiera gustado que fuese de otra forma, que se hubiesen conocido unos años atrás, antes de que le sucediera aquello, cuando todavía tenía ilusión por vivir y un corazón con el que sentir, pero por desgracia ella había aparecido en la última etapa de su vida, justo en aquellos tiempos en los que él no era más que un pedazo de cabrón sin sentimientos que simplemente se dejaba llevar por inercia hacia un final que por momentos esperaba impaciente.

Finalmente, y en contra de su idea inicial, decidió despertarla dándole ligeros toques en la espalda.

-¿Pasa algo? ¿Son ya las siete y cuarto?

-No, pero me tengo que ir. Hay algo de desayuno en la cocina si te apetece.

-¿Va todo bien? –interrogó desde debajo de las sábanas con voz todavía somnolienta.

-Me ha surgido algo. Algo gordo. Un imprevisto.

La mirada estupefacta que su compañera de cama le dedicó le hizo comprender que estaba obligado al menos a ampliar algo la información.

-Unos capullos han secuestrado a una mujer sacándola de su casa hace un rato. Al parecer el marido, intentado evitar el secuestro ha disparado contra uno de los atracadores y le ha matado en el acto. Para colmo, los que han conseguido escapar, han atropellado a una persona y se han acabado empotrando con el coche en el que huían contra un bar que afortunadamente a esas horas estaba cerrado en una de las calles de mi distrito. Ahora se han atrincherado allí y tienen a la mujer como rehén.

-¿En serio? Ella se irguió con cara de preocupación mientras se mordía el labio inferior.

Ahora que la tenía de frente, se deleitó contemplando sus pechos y la mirada entre inocente y pícara que le hechizaba bajo aquel flequillo de Cleopatra.

Unas ligeras marcas alrededor del contorno de sus ojos oscuros atestiguaban los cuarenta y pico años muy bien llevados, pero esas arrugas, lejos de afearla, la dotaban de una belleza casi enigmática.

En ese momento le vino a la mente el momento en el que la conoció.

Aquella misma mirada le atravesó un buen día, hará ya casi cinco meses, en el rellano del portal mientras esperaba el ascensor. Al instante sintió una especie de electricidad recorriéndole el cuerpo y recordándole que, en contra de lo que a veces pensara, seguía vivo, al menos lo suficiente como para que una mujer hermosa le atrajera lo bastante como para atreverse a presentarse como Damián, el vecino del cuarto.

Sofía, contestó ella mientras le sonreía de esa forma que solo las mujeres saben. Se acababa de mudar y aunque ella nunca lo dijo, él intuyó que huyendo de alguna relación anterior que a buen seguro prefería olvidar.

Soltera, sin hijos y abogada, fue su carta de presentación el primer día que reuniendo una valentía ya olvidada para esas lides la invitó a tomar algo en un coqueto pub irlandés de la esquina.

No hablaba mucho, rasgo que él apreciaba, ya lo hacía de sobra en su trabajo, decía ella, y tampoco demandaba demasiado. Se entregaba a él con una pasión casi frenética y respetaba sus espacios y momentos hasta que no era invitada. Era la mujer perfecta para un capullo egoísta como él, sin embargo sabía que llegaría el momento en el que ella no se conformase con aquellas visitas en las que hablaban los cuerpos y los silencios ocupaban los frecuentes vacíos.

Él era consciente que cuando llegase ese momento él no podría ofrecerle nada más y aquello acabaría abruptamente de la misma forma en la que había comenzado.

En la mayoría de las ocasiones la gente sin alma se vuelve tan egoísta que ni siquiera se esfuerza por intentar hacer feliz a los que les rodean, y aquel era el ejemplo perfecto.

Su relación con Sofía tenía fecha de caducidad y siguiendo el orden lógico de las cosas, él, lejos de intentar mejorar la situación, pronto regresaría a su soledad marchita y se quedaría sin Sofía, sin su compañía y sin el tacto de su piel.

A él no le quedaría más remedio que volver a la soledad de su existencia y a buscar en el fondo de los vasos algún sentido a aquella mierda de rutina que le quedaba por vivir.

-¿Nos vemos esta noche? –preguntó ella sacándole de sus sombríos pensamientos

-Ya veremos –se limitó a contestar Sempere justo antes de cerrar la puerta.





CAPITULO 5


Por todos es sabido que en este mundo tan reglado hay cosas que no combinan bien, como por ejemplo, el alcohol con los medicamentos, la honradez con los políticos, los balcones con los turistas borrachos o la presencia de una anciana en medio de la calle con la conducción evasiva de unos delincuentes.

En esa concatenación de pequeñas desgracias quiso el azar que justo cuando la vieja estaba cruzando la calle por donde huía a tumba abierta el Audi de los secuestradores, al conductor le diera una punzada de culpabilidad por el anterior atropello y decidiera dar un volantazo en el último momento.

Resultado; la anciana aunque muerta del susto seguía estando viva, el Audi terminó empotrado de lleno contra el bar Tubarro y el mencionado bar, sito en una pequeña plazoleta de Aravaca y cuya especialidad eran los callos con chorizo, acabó completamente destrozado aunque sin lamentar daños personales, ya que gracias a Dios cerraba los lunes por descanso del personal.

El impacto fue brutal y solo el frenazo que pegó el sorprendido conductor en el último instante después de reventar la cristalera les salvó de un luctuoso final. Los airbag cumplieron a la perfección con su cometido dejándoles con el cuello y la cara magullados pero con vida a pesar del tremendo impacto. Tecnología alemana a su alcance.

Tras el shock inicial el conductor abrió con dificultad los ojos y miró a su lado comprobando cómo iceberg todavía se dolía medio grogui por el choque mientras emitía roncos quejidos. Se necesitaba algo más que un edificio para acabar con aquella bestia.

El gallego por su parte yacía inconsciente en el asiento trasero y un pequeño reguero de sangre le bajaba por la nariz. Se había puesto el cinturón de seguridad en el último instante y aquel gesto a ciencia cierta le había salvado la vida.

El conductor se hizo hueco entre los airbag, se giró sobre su asiento y alargó el brazo para tomarle el pulso a su colega de la parte de atrás constatando que todavía respiraba, así que decidió, por el momento, dejarle así.

Cuando se bajó del coche todavía se encontraba aturdido y algo mareado. Una densa nube de polvo se había adueñado del local y solo a los pocos segundos, cuando consiguió fijar la vista lo suficiente descubrió que se habían metido de lleno en un bar.

A través del polvo pudo ver varias mesas y sillas destrozadas y desperdigadas por el suelo, la cristalera contra la que habían chocado se había hecho añicos y ahora regaba de pequeños cristalitos el suelo del local. La barra de duro granito y madera contra la que se habían empotrado y que les había servido finalmente de parapeto estaba literalmente machacada.

Sin embargo, lo que más le llamó la atención de aquella escena dantesca fue la familia gitana que apareció al momento y que había comenzado a proferir gritos e insultos mientras les rodeaban con intenciones poco saludables.

Les había visto bajar instantes antes por unas escaleras que había al fondo del local y al principio se imaginó que, preocupados por el estado de salud de los accidentados, acudirían prestos a socorrerles, sin embargo el bate de beisbol que esgrimía el cabeza de familia y la navaja con la que le amenazaba el hijo le hicieron comprender que aquello estaba lejos de ser un comité de bienvenida.

A buen seguro aquella gente eran los dueños del bar y al parecer no les había hecho mucha gracia su entrada triunfal.

Cuando el conductor, como acto reflejo, alzó los brazos rodeando su cabeza en un inútil intento de que aquel gitano no se la machacase con el bate que acababa de levantar por encima de él, sonó un estallido a su espalda que congeló tan dramático esperpento.

Iceberg se había recuperado y había salido del coche en el momento justo para salvar a su compañero. Sujetaba con firmeza una pistola en su mano y para agradecer a sus anfitriones las muestras de cariño mostradas les apuntaba indistintamente a todos y cada uno de los miembros de la familia gitana, centrándose sobre todo en el padre y el hijo, los cuales a pesar de la clara desventaja se resistían a arrojar sus armas.

-Tirar esas mierdas al suelo y salir de aquí cagando ostias –se limitó a ordenar el grandullón girando un poco su magullado cuello.

-No vais a salir de aquí vivos –aseguró el patriarca bajando un poco el bate.

-A tomar por culo de aquí. No pienso repetirlo –aseguró iceberg sin dejar de apuntarles.

La mujer cogió a su marido por un brazo y le pidió que salieran. La hija hizo lo propio con su hermano, pero los dos varones retrasaron el inevitable momento para defender de algún modo su gallardía.

-Estáis muertos payos –concluyó el hijo guardando finalmente la navaja.

Para demostrar la veracidad de su amenaza escupió un gargajo al suelo repleto de pequeños trozos de vidrio y echó una de esas miradas que solamente el noble pueblo gitano se reserva para ese tipo de ocasiones. Únicamente cuando advirtió que iceberg le apuntaba directamente a los huevos decidió acompañar al resto de su familia saliendo por la ya inexistente puerta.

-¿Y ahora qué? –preguntó el conductor – pero las sirenas de policía acercándose desde la lejanía respondieron por sí solas a la cuestión lanzada al aire.

-Estamos jodidos… concluyó el grandullón con tono resignado.

-Tendremos que hacernos fuertes aquí. No queda otra.

Colocaremos unos manteles en la fachada para evitar que nos vean y haremos frente a la situación.

-¡No digas gilipolleces! –bramó iceberg-. En poco más de dos minutos vamos a tener a diez coches patrulla al otro lado de la calle cortándonos el paso y en menos de media hora se presentará un equipo de los GEO dispuestos a acribillarnos a balazos en el caso de que no se nos ocurra hacerles caso.

Y tu brillante idea es pararles colocando manteles… -le recriminó con sarcasmo al conductor.

-Te olvidas de algo, algo muy importante –aseguró su interlocutor con una inesperada seguridad.

-¿Y qué es?

El conductor con un gesto de cabeza señaló el maletero del coche.

-¿La mujer? Puede que esté muerta. No se la oye –objetó.

-Esperemos que no. En cualquier caso ellos no lo sabrían, así que a todos los efectos tendremos una rehén con la que negociar.

-Por nuestro bien espero que ese bombón siga respirando, porque como pidan una prueba de que la rubia sigue viva y haya pasado a mejor vida ya me contarás tú cómo lo vamos a hacer.

-No te preocupes, mi intuición me dice que nuestra baza para salir de aquí sigue respirando –contestó casi divertido el conductor mientras abría el maletero.

Iceberg al asomarse no pudo evitar sorprenderse.

-Pero qué coño…

-Como sabía que iba a estar aquí metida un buen rato decidí forrar el maletero con gomaespuma y trozos de un colchón viejo –explicó el conductor comprobando que la mujer aunque inconsciente, todavía respiraba.

-Con razón me pareció ver algo raro cuando la tiramos dentro. Buena jugada –reconoció el grandullón.

-Gracias, y ahora ayúdame a colocar unos cuantos manteles para que tapen toda la fachada.

Por suerte, aunque la cristalera había quedado destrozada, la estructura de la entrada no se encontraba dañada y ayudándose de ladrillos que colocaron encima de una viga que recorría el frontal del bar sujetaron por las esquinas varios manteles que caían hasta el suelo, tapando de ese modo la ya desaparecida fachada y consiguiendo que desde fuera resultase imposible ver nada del interior del local a los primeros curiosos y a los nerviosos policías que ya se estaban acercando.

Cuando al otro lado de la improvisada barrera de tela escucharon a los primeros agentes en llegar al lugar bajarse de su coche patrulla, les sorprendió una voz que quizá sonó demasiado juvenil para el efecto que pretendía lograr.

-¡Policía! ¡Salgan con los brazos en alto!

-¡Tenemos una rehén! –gritó el conductor desde dentro del bar.

-Y también tienen una pistola –intervino una voz femenina desde el otro lado de la calle que identificó como la de la madre gitana.

-¡Tú calla la boca! Se oyó ordenar contrariado al patriarca al que al parecer le habían chafado la fiesta de ver a unos policías y unos malnacidos que le habían destrozado el bar matarse entre ellos a balazos.

-¡Aléjense de ahí! –ordenó esta vez la voz mucho más madura del otro agente.

-Salir y no os pasará nada –insistió el que sonaba casi como un adolescente.

A continuación un ensordecedor ruido de sirenas comenzó a escucharse, cada vez más fuerte, más cercano, ganando en intensidad como los truenos que retumban cada vez con más fiereza cuando se aproxima la tormenta.

Uno de los policías que habían llegado los primeros comunicó algo inaudible por el equipo y al momento comenzaron a escucharse cómo los coches patrullas se detenían con sonoros frenazos a una distancia prudencial de la puerta.

Ruido de puertas, gritos y órdenes se apoderaron caóticos en cuestión de segundos de la escena.

-¡Ese puto zeta está demasiado cerca, quitarlo ya de ahí! –emergió finalmente una potente voz entre todas al otro lado de los manteles.

¡Quiero un cordón de seguridad ahora mismo a los dos lados de la calle!

¡Que nadie entre ni salga de los portales y que nadie se asome a las ventanas!

¿Quiénes han llegado los primeros? –interrogó con urgencia desde fuera del bar la voz del que a todas luces era el mando con más jerarquía en aquellos instantes en el lugar.

-Nosotros jefe.

-¿Habéis hablado algo con ellos?

-No jefe –mintió el de la voz de pito- pero al parecer los dueños del local, esa familia gitana, afirman que van armados.

-¿Pero qué coño hace esa gente ahí? –bramó el mando al descubrir a los gitanos.

¡Todo dios fuera del cordón de seguridad! No quiero a ningún alma aquí dentro.

Liaño, no les pierdas de vista e identifícales. Que se esperen a tu lado hasta que lleguen los del grupo.

Quiero a todos calladitos y bien parapetados detrás de los coches.

Aquella fue la última orden del jefe. Después de eso un inusitado silencio se apoderó de la calle.

El conductor supuso que el mando, posiblemente un subinspector, con buen criterio había optado por aguantar hasta la llegada de alguien con mayor poder de decisión que él, y en los próximos minutos, siempre y cuando no se escapara ningún tiro, se limitaría a establecer posiciones y asegurar el perímetro.

El conductor, tras asegurarse de que los manteles estuviesen perfectamente colocados para cumplir su cometido, decidió aprovechar aquella tregua para dirigirse nuevamente hacia el maletero.

La mujer emitía un hondo jadeo y parecía estar comenzando a recobrar poco a poco la consciencia.

Esperó a que fuera ella la que se despertase. A los pocos segundos empezó a parpadear con pesadez, como si se acabara de despertar de una mala siesta.

Después de unos instantes comenzó a mirar a su alrededor todavía tumbada en el interior del maletero. Resultaba evidente que le costaba trabajo hacerse una idea de todo lo que le había sucedido.

-Tranquila, hemos tenido un accidente pero ya ha pasado. Estás a salvo y no tienes nada de qué preocuparte, puedes confiar en mí–le explicó el conductor tratando de usar un tono lo más suave posible.

La mujer se le quedó mirando como si acabase de ver un extraterrestre que no hablaba su idioma. Frunció el ceño y se removió dolorida en aquel angosto lecho de gomaespuma.

-Tú eres imbécil perdido –se burló iceberg que había contemplado la escena a su espalda.

La maniatamos, la amordazamos, la secuestramos en su casa y como postre la empotramos contra un bar y aún así le dices que está a salvo y que confíe en nosotros. Con dos cojones, figura.

-Le he dicho que confíe en mí, no en nosotros. Es distinto –replicó agrio el conductor.

Iceberg, que no estaba acostumbrado a que nadie le contestara de aquella forma se acercó a su colega dejando su cara casi pegada a la del conductor.

-¿Puedo salir de aquí? –intervino de repente la mujer desde el maletero.

Al momento iceberg la cogió por los hombros mientras el conductor hizo lo propio por las piernas, dejándola sentada finalmente en una de las pocas sillas que no había quedado destrozada por el impacto.

Iceberg, a quien la frenética sucesión de acontecimientos le había impedido reparar en la víctima, contempló a aquella mujer con más detenimiento y se recreó en la imponente figura que tenía en frente.

A pesar de las circunstancias, aquella rubia de larga melena se ceñía en un elegante traje chaqueta que insinuaba unas curvas que se antojaban vertiginosas para cualquier hombre en su sano juicio, y más para un criminal recién salido de la cárcel que hacía años que no estaba con una hembra.

La mujer captó la sucia mirada de aquel gigante y se removió incómoda en la silla tratando de bajarse de algún modo la falda.

¿Dónde estamos? –preguntó dolorida dirigiéndose al conductor.

-Buena pregunta –contestó iceberg irónico.

-Hemos tenido un accidente, estamos en el interior de un bar –se limitó a explicar el conductor.

-¿Por qué me han secuestrado?

-Porque queremos el dinero de tu marido bonita. Al final va a ser verdad lo que dicen de las rubias.

-Cállate iceberg, a partir de ahora hablo yo –cortó frío el conductor.

El gigante se le acercó y le colocó la pistola en la cabeza a su compinche.

-¿Qué acabas de decir? –interrogó con rabia- Creo que con el golpe que nos hemos dado no oigo todavía bien, ¿me lo podrías repetir?

El conductor se giró lentamente hacia su colega hasta colocarse el cañón de la pistola en la frente.

La mujer les contempló en silencio, constatando el contrapunto físico de sus dos captores.

El gigante al que su colega llamaba iceberg, y que momentos antes se la había comido con los ojos, destacaba por su corpulencia, una enorme cabeza coronada por unas entradas que despejaban una frente exageradamente ancha, pelo rizado y mandíbula cuadrada marcada por una vieja cicatriz. Sería metro noventa y pico de mole y tenía vello por todas las partes de su cuerpo, en especial en la espalda, tal y como delataba un repugnante mechón de pelo que coronaba su nuca emergiendo por detrás de su camiseta negra ajustada.

Por el contrario, el otro hombre pasaría por poco el metro sesenta de piel y huesos, totalmente calvo, de pálido enfermizo, con la cabeza apepinada y unas gafas que acentuaban su fragilidad y que iban en consonancia con su vestimenta tradicional de camisa y pantalones de tela más propias de un funcionario de algún aburrido ministerio que de un secuestrador de tercera.

En definitiva tenía pinta de cualquier cosa menos de criminal, sin embargo había algo en él o más bien en su mirada, que le decía que no era un hombre cualquiera. Aquellos ojos despiertos escondían algo, algo oscuro y a la vez secreto que ella ignoraba.

-Mira –comenzó a hablar con calma el conductor- durante estos dos últimos años me has salvado el culo en infinidad de ocasiones, lo cual te agradezco. Tú me defendías en la cárcel de gente como tú y yo te pagaba por ello, ese era el trato.

Pero ahora es distinto, ahora estamos en la calle y las reglas han cambiado. Aquí soy yo el que te puede defender a ti, soy yo el que lleva planeando este golpe durante más tiempo del que imaginas y soy yo el que sabe cómo piensa y cómo actúa la policía en una situación de emergencia como la de aquí. Así que si quieres salir con vida de ésta y no acabar nuevamente en la cárcel te sugiero que hagas exactamente lo que yo te diga.

Iceberg se le quedó mirando en silencio sin llegar a bajar la pistola. Por un momento dudó si se trataba del mismo hombrecillo que había entrado en la cárcel dos años atrás tiritando muerto de miedo y que le rogó protección el primer día sentándose junto a él en el comedor.

Él, criminal desde los catorce años, con un variado recorrido a lo largo del código penal y curtido en mil cárceles, era capaz de descubrir la carne débil y su compinche, al que ahora apuntaba, no fue una excepción.

Desde el primer día y en el mismo momento de verle, olió la desesperación de aquel debilucho gafotas con cara de atontado. No le resultó difícil aprovecharse de su soledad y de su miedo. Le pidió una cantidad desorbitada por defenderle de matones como él, pero para su sorpresa, el paliducho aceptó sin rechistar y pagó puntualmente mes a mes hasta el mismo día en el que salió. O estaba muy forrado o muy asustado. Iceberg llegó a la conclusión de que seguramente fuesen las dos cosas.

Recordaba cómo fue él mismo el que le endosó a aquel hombrecillo el mote de Mortadelo por su apariencia física y por el que le conocieron en la cárcel hasta el mismo día de su salida.

Le consideraba un débil, un pusilánime, pero desde luego sabía que no era ningún idiota. Por lo poco que sabía de él era un pobre tarado que le habían metido en la cárcel por problemas con el gobierno. Se rumoreaba que era un loco que había tratado de agredir al presidente, aunque él entre risas siempre lo negaba. Otra versión decía que era un informático que había hackeado cuentas de empresas como Mercadona o Inditex por internet llevándose millones, pero iceberg sabía que nada de eso era verdad.

Lo único cierto era que se trataba de una persona reservada y demasiado inteligente, y eso iceberg sí que lo sabía. Siempre escuchaba, siempre se fijaba con aquellos ojillos oscuros de ratón asustado, apenas hablaba y cuando lo hacía era para hacer ver al resto cosas que ellos ni siquiera intuían.

Era listo, pero no le consideraba un delincuente al uso, por eso se extrañó cuando al poco tiempo de salir los dos de la trena le propuso dar un golpe secuestrando a la mujer de un ricachón.

No era su estilo, no era ni siquiera su mundo, pero la seguridad con la que se lo propuso y el poco dinero con el que contaba iceberg en aquel tiempo decantaron la balanza hacia la loca aventura en la que se habían embarcado.

Para completar aquel heterodoxo grupo, aquel hombrecillo había reclutado al gallego, seguramente por conocerle bien al haber sido su compañero de celda durante su estancia en Soto y a Ramiro, un colega de iceberg que también compartió patio y mesa en el comedor con ellos y el cual atesoraba mucha sangre fría y poco cerebro.

Ahora Ramiro estaba casi seguro muerto o malherido en el patio trasero de aquel pistolero cabrón y ellos acorralados en un bar de mierda. Todo se había ido al traste y a pesar de ello aquel flacucho gafotas del Mortadelo mantenía una inusitada seguridad haciendo frente a alguien capaz de triturarle como si supiera algo que iceberg desconocía. Como si estuviera realmente convencido de que todo iba a salir bien.

Por un momento le invadió la duda y sopesó si realmente se trataba de un farol o si aquel mierdecilla sabía realmente lo que tenía entre manos.

El conductor pareció adivinar lo que rondaba por la cabeza del gigante y se obligó a continuar.

-Puede que el plan haya cambiado un poco, pero te aseguro que no es la primera vez que me enfrento a un tipo de situación como esta. Sé exactamente lo que hay que hacer y sé cómo salir de aquí. Solo tienes que confiar en mí y hacer lo que te pida.

-No te creo –advirtió iceberg sin bajar la pistola.

-No te miento, te lo aseguro. ¿Recuerdas que en prisión todos me preguntabais por qué estaba allí y yo nunca contestaba? Pues bien, no era por ninguna de las chorradas que os inventasteis.

-Ahora me vas a decir que atracabas bancos –se burló Iceberg.

-Yo no realizaba los atracos, yo los planeaba.

El grandullón se le quedó mirando como si acabara de conocer por primera vez a la persona que tenía en frente.

-¡Y una mierda mamón! Estás mintiendo Mortadelo. Por un atraco te caen tela de años, y más cuando hay rehenes. Tú solo estuviste dos.

-Tuve un buen abogado, la fiscalía no pudo demostrar que yo era el autor intelectual de los hechos y no me pudieron imputar en aquel atraco la figura del cooperador necesario, al que como bien sabes, le cae prácticamente la misma pena que a los autores. En su lugar se tuvieron que conformar con condenarme como cómplice y me cayó una pena que debido a mi buena conducta, unida a mi falta de antecedentes, se redujo bastante.

He ideado, planificado y organizado más de diez atracos y secuestros, pero solo consiguieron relacionarme con uno, el último. He estudiado y me sé de memoria todos los protocolos policiales en caso de atracos con rehenes y secuestros y me he estado preparando para este golpe desde el mismo día en el que entré en la cárcel.

El conductor se tomó un momento y se quedó mirando fijamente a iceberg antes de continuar.

Si todo sale como creo, pronto saldremos de aquí con esta mujer y finalmente podremos disfrutar de nuestro dinero tal y como había planeado desde un principio.

Así que ahora te toca decidir a ti, o bien me pegas un tiro y te enfrentas a esto tú solito o bien haces exactamente lo que te pida y dejas que te salve el culo.

-¿Por qué estás aquí Mortadelo? –interrogó el grandullón bajando finalmente la pistola.

-No entiendo a qué te refieres.

-Has dicho que fuiste el cerebro de más de una decena de atracos y secuestros, pero nunca te pringaste de forma directa con ninguno ¿Por qué coño ahora con éste sí?

-En el último me di cuenta que el fallo no estuvo en el plan, el fallo estuvo en las malas decisiones que tomaron. Se les truncó el plan inicial como nos ha pasado ahora a nosotros y no supieron reaccionar y amoldarse a la nueva situación. Por mucho que les dije, por mucho que les instruí, yo no estaba allí para manejar el problema, así que decidí que a partir de ahora la cosa sería distinta. Como reza un dicho, si quieres que las cosas se hagan bien, hazlas tú mismo.

-Pues más te vale no cagarla esta vez Mortadelo –amenazó iceberg mientras se dirigía hacia el coche para comprobar el estado del gallego.

-Iceberg –reclamó el conductor la atención de su colega antes de que éste abriera la puerta del vehículo.

-Dime.

-No vuelvas jamás a llamarme Mortadelo, nunca –sentenció con un tono que indicaba que no se trataba de una petición.

El gigante pareció querer contestar algo, pero se limitó a abrir con furia la puerta.

La mujer secuestrada, que había presenciado toda la escena en silencio pudo ver cómo una enigmática sonrisa apenas se dibujaba en la boca del hombre hasta entonces conocido como Mortadelo.

David había vencido a Goliat.





CAPITULO 6


Tequila con kiwi.

Sin duda, entre todas las bebidas, ésa era su favorita.

Había probado de todo a lo largo de su vida, desde el whisky hasta el vodka. Incluso en una ocasión llegó a sucumbir a los modismos y se pidió en un sitio elegante un Gin tonic que para cuando acabaron de servírselo se parecía más a una macedonia que a un cubata de toda la vida, pero el sabor a colonia amarga le apartó definitivamente de la vida moderna.

Tequila con kiwi, ésa era la combinación que el estrafalario paladar de Pedro Luís, conocido por sus compinches como el gallego, más agradecía desde que un primo suyo se la diera a probar en unas fiestas de pueblo allá por el Pleistoceno.

Se palpó instintivamente la mejilla aún dolorida, no por el choque del vehículo contra la barra, sino por las bofetadas que le había propinado iceberg minutos antes para despertarle.

Hubiesen bastado dos o tres palmadas de aquella gigantesca mano para hacer revivir a un muerto, sin embargo iceberg le dio alguna más de propina hasta que se aseguró de que el gallego respondía del todo a tan poderoso estímulo.

Se miró en el espejo antes de cruzar al otro lado de la barra y comprobó que estaba hecho una mierda; un hilillo de sangre reseca le bajaba por uno de los agujeros de la nariz, de la oreja le vertía una mancha oscura y tenía magullado todo el cuerpo.

Nunca había sido un hombre muy agraciado, debilucho en su infancia y con barriga en la madurez, de ojos saltones, bajito y calvo, siempre había sido la mofa de los niños de su clase, que lo bautizaron con saña como “cara sapo”.

La cosa no cambió demasiado con sus compañeros de trabajo que le hacían la vida imposible o en última instancia con los delincuentes con los que compartía prisión y que le tenían atemorizado continuamente.

Podría engañarse y decirse a sí mismo que aquello en lo que se había convertido era por culpa de la penosa vida que le había tocado sufrir, pero él sabía que aquel demonio que internamente manejaba todos sus actos era algo mucho más poderoso y oscuro que le había acompañado desde siempre.

Recientemente se había dejado perilla y bigote poblados por canas con los que trataba de aportar algo de empaque al conjunto de su cara, pero ahora, llena de moratones y sangre reseca, se mostraba peor que nunca.

Cuando iceberg le explicó que se habían empotrado contra aquel maldito bar en algún punto de Aravaca y que la mitad de los policías de Madrid les estaban esperando para echarles el guante al otro lado de aquellos manteles colocados como improvisada cortina, se le hizo un nudo en la garganta y la boca se le secó de golpe. Supo que necesitaba un trago en ese momento para dejar de sentirse tan nervioso.

Se metió en la barra y de una mirada barrió el fondo buscando aquella verde y mágica combinación, pero entre las botellas de whisky barato, coñac y ron no descubrió ninguna botella de tequila y por supuesto mucho menos de kiwi.

Finalmente se decantó por la opción de un vaso de vino peleón cuya botella acababa de descubrir junto al fregadero. Ya se sabe que más vale lo malo conocido…

-¿Alguien quiere algo? –ofreció al resto.

Su compañero de celda, el conductor, ni siquiera se giró. Estaba tratando de vislumbrar algo de lo que pasaba afuera a través de una mínima rendija que había abierto entre dos manteles.

Iceberg por su parte le dedicó una mirada que desaconsejaba insistir en la pregunta y la mujer se limitó a mirarle estupefacta desde su silla.

En el momento del secuestro, debido a la adrenalina por los disparos y todo eso, no se pudo fijar con atención en aquel pedazo de hembra, sin embargo ahora, con más calma, se había quedado boquiabierto al descubrir en su totalidad a aquella escultural mujer que le contemplaba maniatada con ojos asustados.

Presenciada la escena desde fuera se podría decir que al gallego le había sobrevenido una especie de síndrome de Stendhal, que es la enfermedad psicosomática que acelera el pulso, produce vértigo y temblor y que le sucede a alguien que está expuesto a la visión de algo realmente bello.

Pero desgraciadamente el gallego no padecía aquel síndrome de difícil pronunciación ni nada que se le pareciera. El gallego simplemente era uno de los peores depredadores sexuales que había conocido este país. Tenía numerosas violaciones a sus espaldas y algún que otro asesinato. Canela fina.

-Rubia, ¿no me quieres acompañar? –preguntó casi salivando y clavando su mirada en el generoso escote de la mujer.

-Tranquilo gallego –comentó sin girarse nuevamente el conductor-. Tómatelo con calma y ponte cómodo.

Por lo que estoy viendo ahí afuera, me parece que vamos a estar aquí un tiempo.

El anteriormente conocido como Mortadelo decidió intervenir al reconocer de sobra aquel tono de voz. Le había acompañado durante muchas noches, demasiadas, en las ocasiones en las que su compañero de celda recordaba alguna de las atrocidades que había infligido antaño a aquellas pobres mujeres.

No sabría decir si le repugnaba más las descripciones de aquellos delitos o el asqueroso tono del gallego al relatarlas, pero sabía que su compañero ahora estaba demasiado excitado como para pensar con claridad y le necesitaba centrado en lo que les iba a venir encima.

Había sido su compañero de celda desde el principio, ya que los de instituciones penitenciarias no se arriesgaban a poner a un asqueroso violador con cualquier otro preso más agresivo.

Iceberg, Ramiro o cualquier otro le habrían despedazado la primera noche, y puede que aquello hubiese sido lo más justo, sin embargo ahora, tiempo después, le necesitaba. Resultaba una pieza clave en aquel rocambolesco rompecabezas que había urdido y por eso, a pesar del asco mal disimulado que el gallego le despertaba, le contó lo del secuestro, y por eso le pidió que se uniera a ellos a pesar de que sabía que podría ser una bomba de relojería en cualquier circunstancia.

Aunque el gallego todavía no fuese consciente, pronto llegaría su momento, y hasta entonces necesitaba tenerle controlado.

-Razón de más para beber un poco y templar esos nervios –replicó el gallego al tiempo que le dedicaba una sonrisa podrida a la mujer.

Insisto guapa, ¿no quieres tomarte nada?

-Gracias, pero no creo que pueda, teniendo en cuenta que tengo las manos atadas con bridas –contestó ella sin dirigirle la mirada.

-Por eso no te preocupes, si quieres te doy yo mismo de beber –repuso el hombre con un extraño tono de voz.

-Gallego… -volvió a advertir el conductor desde su puesto de vigía.

-Está bien, está bien –dijo alzando las manos al aire-, pero digo yo que al menos la podríamos desatar. No creo que se vaya a escapar, ¿verdad bomboncito?

Esta vez la mujer ni siquiera respondió.

-Tú qué dices iceberg, ¿le puedo quitar las bridas?

-No lo sé, pregúntale al jefe –contestó mohíno el grandullón señalando con la cabeza al conductor- al parecer ahora es él quien manda.

-¿Qué quieres decir? –interrogó el gallego.

-¿Tú sabías que antes de entrar en la trena este pequeñín había organizado todos esos atracos?

-Algo me comentó en alguna ocasión, sí, pero nunca llegué a creérmelo del todo si te digo la verdad –reconoció divertido el gallego.

-Pues al parecer aquí nuestro amigo, con lo calladito que se lo tenía, resulta que es un verdadero cerebro criminal.

-Desata a la mujer –permitió el conductor de repente volviendo a cerrar del todo la improvisada cortina- y tráela hasta aquí.

Al momento el gallego se acercó con un cuchillo que había cogido de detrás de la barra y se colocó a la espalda de la mujer.

Por un momento aquel repugnante ser se acercó más de lo necesario hasta el punto en que su nauseabundo aliento recorrió la nuca de ella.

-Qué bien hueles rubia… -escuchó la mujer en un repulsivo susurro a su espalda- mejor sabrás.

-¡Gallego! -Gritó el conductor desde su posición- no te lo digo más veces. Limítate a desatarla y traerla aquí –ordenó el conductor pleno de autoridad.

Sorprendido, su antiguo compañero de celda accedió –como quieras… tú sabrás.

-Iceberg, no dejes de apuntarla a la cabeza. Es nuestra única baza para poder salir de aquí. Si hace el amago de atravesar los manteles no dudes en dispararla –indicó al gigantón una vez la mujer se colocó a su lado.

Ahora quiero que haga una cosa por mí señora. Si usted se porta bien con nosotros, nosotros nos portaremos bien con usted. Le prometo que si hace todo lo que yo le diga pronto saldremos de aquí y su pesadilla habrá acabado. ¿Me ha entendido?

Ella se limitó a asentir en silencio mientras se masajeaba las doloridas muñecas.

Bien, quiero que grite bien claro su nombre y diga que se encuentra bien.

-¿Eso es todo? –preguntó extrañada la mujer mirándole a la oscuridad de sus ojos.

-Eso es todo. Más que suficiente, se lo aseguro.

Iceberg comprendió al momento la jugada. Sabía que la pasma solo se arriesgaría a entrar ante el riesgo de que a la mujer le pudiera haber pasado algo o se pensaran que su vida corría peligro.

Habían disparado contra el coche donde iba ella y se habían chocado contra un bar. Desde fuera ahora se estarían haciendo mil preguntas sobre su estado de salud y no era bueno para sus intereses que corriera el nerviosismo entre decenas de policías armados hasta los dientes.

-Soy…

-Más alto, por favor.

-Me llamo Gloria de Villegas –gritó hacia las improvisadas cortinas-. Estoy secuestrada. Pero por el momento estoy bien.

-Suficiente, gracias –anunció el conductor asiéndola por un brazo con fuerza.

Iceberg, acompaña la señora, que se siente en aquella silla del fondo y no se le ocurra levantarse hasta que no le digamos lo contrario. Si intenta escapar hacia la calle dispárala sin contemplaciones –reiteró tajante.

El gallego se adelantó al gigante y cogió a la mujer por la cintura.

-Ya le llevo yo, así nos damos un paseo como una pareja de enamorados.

-Gallego…

-Tranquilo, aquí la señorita y yo simplemente nos estamos empezando a conocer –dijo el gallego acercándose aún más a la voluptuosa mujer.

-Espero que no te lo tenga que volver a repetir –dijo el conductor acercándose hasta donde estaba su compinche-. Ella es nuestra única opción para salir con vida de aquí y librarnos de la cárcel. Como le ocurra algo estamos jodidos, así que ni se te ocurra tocarle un pelo o…

-¿O qué calvito? ¿Qué me vas a hacer? –interrogó desafiante el gallego.

-Él no lo sé, pero yo te pienso matar a hostias como no dejes de hacer el gilipollas –anunció iceberg desde una silla sosteniendo la pistola encima de la mesa.

El gallego sabía que con aquel mastodonte tenía todas las de perder. No se soportaban desde su convivencia en la etapa carcelaria y tenía claro que cualquier excusa le valdría a iceberg para cumplir sus amenazas contra él.

A punto había estado de olvidarse del asunto del secuestro al enterarse que el grandullón también estaba metido en el ajo cuando el calvito se lo propuso, pero la promesa de aquella brutal cantidad de dinero le hizo tragarse su orgullo y su miedo para acabar aceptando.

Esa elegante putita que había desatado era una diosa. Lo tenía todo, o al menos todo lo que a él le volvía tan loco. Necesitaba tocarla, olerla, disfrutarla, pero sabía que en cuanto se acercara más de la cuenta iceberg le acabaría machacando o algo peor con el pretexto de que se trataba de su salvoconducto para la tierra prometida. Debía olvidarse de ella… por el momento.

-¿Qué has visto ahí afuera? –interrogó iceberg al conductor una vez que el gallego se volvió a colocar detrás de la barra y la mujer se quedó sentada en un rincón del fondo.

-Lo que imaginaba. Han cortado la calle a ambos lados de la plazoleta y se han parapetado formando una barrera con los zetas. Pronto se establecerá en las inmediaciones el centro de mando con el que se pondrán en contacto con nosotros para saber nuestras intenciones. Una vez que esté todo el dispositivo establecido, la llegada de los GEOS será inminente.

-¿Cómo lo tenemos? –preguntó el grandullón.

-Jodido, como suele pasar en estos casos, el delincuente es el que tiene todas las de perder, a no ser…

-¿A no ser? –se interesó el gallego desde el fondo de la barra mientras se servía otra copa de vino.

-A no ser que el delincuente tenga algo, un as en la manga con el que poder vencer a la pasma.

-¿Y nosotros tenemos ese as? –interrogó escéptico iceberg.

-Querido amigo… -anunció con aire divertido el conductor- tengo que deciros que yo tengo toda la puta baraja marcada y ellos todavía ni siquiera lo saben.





CAPITULO 7


La puta madre que parió este maldito frío –pensó Estefanía mientras salía del coche y un viento cortante le entraba por el cuello hasta el interior de los mismísimos huesos.

Era el noviembre más frío de los últimos cuarenta años, o al menos eso habían dicho las noticias de la mañana, claro que cada año decían lo mismo, si no, no era noticia.

Un policía con cara de mala leche que se había apostado junto a la cinta policial momentos antes se le había puesto en medio para impedirle el paso posiblemente de malas maneras cuando la placa y la palabra “comisaria” hicieron que aquel subordinado cambiara el rictus y le alzase la cinta para que su Lexus pasara por debajo. Cuidado chaval que me lo rallas.

Posiblemente era la comisaria de todo el cuerpo nacional de policía, o de toda la policía nacional, cada uno que escoja el nombre que más le guste, con más mala leche y con total seguridad la peor hablada, pero también era de las más respetadas por la gente a la que tenía bajo su mando.

A sus “niños”, como ella les llamaba, les exigía el máximo cada día, por algo estaban en un sitio privilegiado donde cada año caía alguna que otra medalla, pero también les cuidaba hasta el más mínimo detalle. Como le enseño un veterano compañero en un curso de liderazgo hace tiempo; si quieres que ellos te den, primero les tienes que ofrecer tú.

En definitiva cuidaba de su gente, pero cuidado con aquel, vistiera uniforme o no, que sin conocerla le tocase los ovarios una fría mañana como aquella. En otra ocasión habría dejado al policía de la cinta que representase su función, e incluso le habría permitido que le dijese alguna palabra de esas que después de pronunciadas uno se tienen que lavar la boca con jabón, hasta que ella se hubiese cansado y le hubiese arrastrado de la oreja hasta Régimen disciplinario, por capullo y porque sí.

Pero aquella mañana tenía prisa y no podía entretenerse en descargar su mala hostia con el pobre diablo de turno. Aquella mañana unos anormales habían decidido secuestrar a la mujer de un alto cargo del Centro Nacional de Inteligencia, más conocido como CNI, y no se les había ocurrido mejor idea que acabar su huída empotrarse contra un bar de gitanos. Con dos cojones.

Se cerró aún más el abrigo a la altura del cuello y metiéndose la mano en los bolsillos se encaminó directamente hacia donde estaba ubicado aquel gigantesco tráiler azul del CNP donde se establecía el centro de mando en este tipo de crisis tan excepcionales como impredecibles.

Todavía le duraba algo la resaca del día anterior. A su marido y a ella les gustaba tomarse unos cuántos vinos en el Luas, el bar de debajo de su casa hasta casi la hora del cierre, pero esta vez se habían pasado.

Su hija, aunque seguía dando guerra a su modo, hacía ya un par de años que había volado fuera del nido, y los buenos sueldos de los que gozaban el matrimonio les permitían regalarse ciertos lujos cotidianos como los de comer y cenar fuera, viajar cuando les apetecía y tomarse vinos y cubatas cuando terciaba noche sí, noche también, en cualquiera de los pubs que solían frecuentar.

Ya apenas follaban, la comunicación cotidiana con su marido era escasa y tenían aficiones distintas, así que habían encontrado en la ginebra el nexo perfecto de unión donde sustentar los aluminosos cimientos de su matrimonio.

Normalmente su trabajo como Comisaria en el grupo de secuestros no le exigía la máxima atención a primera hora de la mañana, horario reservado por lo general para su reunión de control diaria con otros comisarios donde el aliento a alcohol matutino no solía resultar una nota discordante, sin embargo aquella mañana había comenzado de manera muy distinta.

El bar se encontraba en el medio de una pequeña plazoleta y el container del centro de mando lo habían colocado al principio de uno de los extremos de la plaza decidiendo cortar el otro lado con un par de zetas.

Para su gusto habían posicionado el tráiler demasiado cerca, a poco más de cincuenta metros, es decir a tiro de piedra o de bala perdida en este caso, pero por contra eso les otorgaba una visión directa sobre la entrada del local y una diagonal perfecta en caso de que fuera necesaria algo de acción, por lo que decidió no poner pegas y dejarlo estar.

El puesto de mando avanzado, conocido como PMA, era el centro neurálgico que se establecía en ciertos tipos de emergencias, tales como la que tenían ahora entre manos y donde el jefe de turno, es decir ella, apoyado por su equipo, coordinaba y ejecutaba las decisiones que se debían de tomar.

Seguramente en Estados Unidos, o al menos en sus películas, en una situación similar el puesto de mando sería la capilla Sixtina tecnológica, con moqueta verde, paredes de roble californiano y un rincón donde el personal se podría servir todos los donuts y cafés de Starbucks que se le antojase, pero ¡ay amigo!, aquello era España, y el puesto de mando se trataba de un enorme contenedor metálico preparado al efecto que transportaba un camión Iveco hasta allá donde se encontrara la emergencia.

Antes de entrar se tomó unos segundos para contemplar desde fuera aquel enorme trailer rotulado con las siglas del CNP y la palabra POLICÍA en grande ocupando prácticamente la totalidad del lateral decorado con el azul oscuro característico del cuerpo.

Tomó aire, contempló cómo unas hojas, ajenas a todo, bailaban a ras del suelo movidas al antojo del gélido viento y se obligó a entrar para que diese comienzo el baile. Puto frío.

Al abrir la puerta le costó acostumbrarse a la penumbra durante unos instantes, y para cuando recuperó la visión descubrió a un ingente número de personas hacinadas en apenas treinta metros cuadrados.

El ambiente estaba ya cargado aunque era el inicio de la mañana y tras un rápido vistazo, a pesar de haberlos visto utilizar en ocasiones anteriores, se volvió a dejar sorprender por la cantidad de aparatos electrónicos, monitores y complicados avances tecnológicos que ocupaban prácticamente en su totalidad uno de los laterales del metálico habitáculo. Al fin y al cabo no estaban en Estados Unidos y faltaban los detalles pero afortunadamente, después del despilfarro habitual, siempre quedaba dinero para este tipo de desembolsos.

Las otras paredes del contenedor se encontraban desnudas mostrando el frío acero y el resto del mobiliario lo cubrían unas cuantas sillas plegables y una enorme mesa metálica atornillada al suelo que se extendía casi hasta el final del contenedor. Como se solía decir, era un espacio funcional que difícilmente sería algún día portada del Hola, tipo “La comisaria Estefanía nos abre esta semana las puertas de su container”.

Toda la estancia estaba hacinada por policías que miraban los monitores, hablaban por teléfono o simplemente se amontonaban en torno a la mesa repleta de papeles. Aquello parecía un hormiguero al que acabase de atacar un sádico niño con una ramita y los pocos funcionarios que repararon en la presencia de la comisaria al momento la ignoraron para volver rápidamente a sus frenéticos quehaceres.

Pésimo recibimiento para una encabronada jefa.

-Soy la comisaria Estefanía Delicias, jefa de la sección de secuestros de la Brigada de Delitos contra las personas –gritó a modo de presentación logrando que el frenesí se detuviera por unos instantes.

Me gustaría saber quién se encontraba al mando hasta mi llegada. –interrogó aclarando su posición.

-Supongo que yo –dijo un sexagenario esquelético, calvo y con el bigote reglamentario de la vieja guardia dando un paso hacia ella-, Comisario Críspulo Puértolas, jefe de la comisaría de este distrito.

-Críspulo… -repitió ella mientras intentaba recordar sin mucho éxito el apellido de su colega.

-Puértolas, y usted era la comisaria… -repitió el viejo a pesar de recordar perfectamente el nombre de ella.

-Delicias, Estefanía Delicias, y si a alguien se le ocurre alguna brillante broma sobre mi apellido –dijo abriendo la conversación al resto- debo informarle que un nutrido número de niñatos mocosos con los que tuve la desgracia de compartir mis años escolares agotaron todas las gilipolleces que se les pueda ocurrir ahora a ustedes hace ya unos cuarenta años, así que ni lo intenten.

Comisario –se dirigió de nuevo en un tono más bajo hacia aquella imitación barata de Franco que tenía delante-, como usted bien sabe en este tipo de situaciones el equipo que debe integrar el puesto de mando debe ser el estrictamente necesario y eso se reduce únicamente a las personas que tengan asignada una misión específica o los policías de mi equipo que previamente haya yo designado para que me sirvan de apoyo.

Agradezco enormemente que se haya hecho cargo de la situación hasta el momento de una forma tan profesional, pero le ruego que me ayude a reasignar al personal de sus dependencias que se encuentre aquí dentro en otros sitios donde nos puedan ser de más ayuda.

O dicho en cristiano, pensó ella, coge a tu rebaño e iros a pastar a otra parte.

El veterano jefe se la quedó mirando sin ocultar su amargura. Pocas veces alguien, y mucho menos en su propio distrito, y mucho menos una mujer, le echaba de algún sitio dándole una patada en el culo delante de sus hombres.

-Conforme –claudicó finalmente consciente de tener los ojos del resto clavados en su espalda- muchachos, vayámonos para que los profesionales puedan trabajar a gusto.

El tono irónico con el remarcó la palabra “profesionales” no se le escapó a nadie, ni por supuesto a la comisaria, que decidió pasar por alto la afrenta como pago por la humillación que le acababa de infringir a aquel saco de huesos.

Algunos murmullos y ciertas miradas despectivas acompañaron al desfile de policías de distrito que momentos antes se relamían por poder presenciar cómo se gestionaba una crisis de esta envergadura desde las mismas entrañas de aquel tecnológico contenedor.

Cuando finalmente la puerta se cerró solo quedaron cinco personas aparte de los dos comisarios.

-Salgan todos un momento por favor, necesito hablar con el comisario unos instantes. Cuando les haga pasar nuevamente quiero que entren solo ustedes.

-Usted dirá –se adelantó el comisario con nombre de árbitro y apellido anónimo una vez salieron el resto de policías.

-Sé lo que piensas –respondió ella abandonando los formalismos-, que al ser de la Brigada me creo el ombligo del mundo y me creo que los policías de distrito sois unos chapuceros que solo os dedicáis a tomar cafés, pues déjame aclararte que estás totalmente equivocado –alegó ante la muda estupefacción de su interlocutor.

Antes de este puesto fui comisaria en la Comisaría de Retiro durante siete años, y te puedo asegurar que fue el puesto más gratificante en el que he estado.

No quiero imponer nada y todo lo que podamos colaborar bienvenido sea. No he venido a poner mis cojones sobre la mesa, pero tampoco me voy a arrugar, así que te pido que nos comamos nuestras respectivas primeras impresiones hacia el otro e intentemos llevar este puto follón de la mejor manera posible.

Si he echado a tus hombres del centro de mando –continuó justo en el momento en el que el comisario iba a intervenir- ha sido por pura cuestión logística.

Te aseguro que vamos a necesitar todos los puestos de escuchas, vigilancias, e informática libres y cuantos menos seamos, mejor.

Espero que seas el profesional que estoy segura que eres y cumplas con tu parte apoyándonos en todo lo que se te requiera. Necesitamos que tu gente controle el entorno ahí fuera y nos seréis de gran ayuda cuando necesitemos conocer de primera mano el terreno donde pisamos.

Si me prestas tu apoyo en todo lo que te pida te lo agradeceré enormemente, pero si jugamos a ver quién la tiene más larga tú perderás tu orgullo y yo un tiempo que ni tengo ni estoy dispuesta a malgastar ¿Estamos?

-Estaré ahí afuera, mientras llamo al jefe superior para aclarar esta situación –se limitó a contestar finalmente con la mirada sombría el comisario- seguro que se alegra de oírme, no sé si te he comentado que fuimos compañeros de promoción.

-Lo celebro, ahora si me permite comenzar con mis cometidos señor comisario, tengo muchas cosas que hacer.

El hombre se la quedó mirando en silencio, tragando bilis y quitándole años de vida con la mirada hasta que finalmente giró sobre sus talones abandonando el barracón con un portazo.

-Jefa –preguntó alguien con unos golpes de nudillo al otro lado de la puerta- ¿se puede?

-Pasen.

En ese momento comenzó el desfile hacia el interior del puesto de mando por parte del grupo que momentos antes había salido con cara de circunstancias formado por cinco funcionarios de policía; cuatro hombres y una mujer. A tomar por culo paridad.

Se alinearon marcialmente delante de la jefa esperando en silencio las órdenes de su general.

-De aquí tres caras me resultan familiares, ya que pertenecen a la UDEV y trabajan a diario bajo mis órdenes en el grupo de secuestros que dirijo –comenzó aludiendo a la subinspectora Salinas, al inspector Ventura y al inspector Luengo, quien hacía las veces de negociador, los cuales asintieron en silencio.

Sin embargo me temo que las otras dos personas necesitarán de una breve presentación para poder ubicarlas.

-A sus órdenes jefa, soy el oficial Carreño, Valentín Carreño–comenzó un hombre exageradamente alto, de hombros anchos y pelo rizado- pertenezco a sistemas especiales y soy el encargado de controlar los monitores y escuchas, así como el resto de parafernalias tecnológicas.

-¿Quién le dijo que viniera hoy aquí? –se interesó la comisaria mientras escrudiñaba a aquel hombre al que a pesar de su atractiva constitución le afeaba el conjunto una nariz demasiado aguileña y una mirada algo simple.

-Mi jefe, el comisario Padilla. Soy la persona designada por él para encargarse de todas las comunicaciones, vigilancias y escuchas, en caso de que, mediada una emergencia como ha sido el caso, se necesite movilizar a alguien de sistemas al puesto de mando avanzado.

-La última vez era otra persona de su grupo la que se encargó de manejar este equipo… -alegó con cierta desconfianza Estefanía.

-Lo sé jefa, mi compañero, el oficial Olivo. Está actualmente realizando el curso de subinspector.

-Me alegro por él –replicó con voz neutra ¿Está usted familiarizado con el funcionamiento de todos estos aparatos?

-No se preocupe por eso –respondió con una sonrisa el oficial-. Sé enchufarlos, sé manejarlos de sobra y sabré apagarlos cuando todo esto acabe.

-Así lo espero, bienvenido al equipo –anunció sin demasiado entusiasmo.

¿Y usted es…? –preguntó dirigiéndose al otro extraño.

-Inspector Fonollosa –se presentó omitiendo su nombre de pila-. Pertenezco al SAC, sección de análisis de la conducta, que está adscrita a la UCIC, unidad central de inteligencia criminal –anunció con voz uniforme como si se tratase de un camarero quemado leyendo la carta del restaurante.

-Gracias por su detallada presentación, ¿y ahora me puede explicar qué es lo que hace aquí?

-Soy especialista en análisis de la conducta y curso una licenciatura en psicología. Básicamente soy el encargado de realizar in situ los perfiles psicológicos de los secuestradores o atracadores que utilicen a rehenes para ayudar al negociador a la hora de enfocar su trabajo.

-¿Quién le ha mandado hoy aquí?

-La última circular de la Comisaría General expedida al efecto. En ella se dictamina claramente que en caso de secuestro o atraco con rehenes un miembro de la sección de análisis de la conducta, a la cual pertenezco, deberá pertenecer al equipo directivo del puesto de mando avanzado.

La comisaria se quedó mirando al hombre que tenía enfrente. Le había caído mal ya desde el principio. Hablaba de forma mecánica como un robot, y apenas miraba a los ojos de su interlocutor. A lo largo de su carrera había conocido a más de su especie, jodidos chupatintas que basaban todo su comportamiento policial en circulares, reglamentos e instrucciones, como si en aquellos escritos se pudieran resolver o justificar las miles de situaciones a las que se tiene que enfrentar un policía de los de verdad a diario.

Su aspecto tampoco ayudaba, parecía recién salido de uno de esos tebeos antiguos en los que se dibujaba siempre al enterrador de la misma forma; alto, delgado, hombros vencidos, pálido con ojos hundidos y mandíbula cuadrada.

Como contrapunto de los tebeos, aquel personaje en lugar de llevar el oscuro traje de enterrador reglamentario vestía una elegante camisa azul clara y unos pantalones de pinza de color crema.

Seguramente habría estudiado en su día la carrera de psicología para intentar comprender por qué narices había sufrido en sus propias carnes rechazo toda la vida, pensó la comisaria.

Él, por su parte, acostumbrado a analizar a todo tipo de personas, también estableció, y casi de manera simultánea al escrutinio de la comisaria, una diapositiva mental sobre su superiora.

Vestida con un sobrio traje oscuro de chaqueta y pantalón, con aquella ingobernable melena cobriza daba la impresión de ser la leona de la manada. Algo de sobrepeso reflejado en ciertas zonas de su cuerpo y unas facciones bonitas contemplaban unos cincuenta años en los que el castigado desempeño de su labor policial añadía alguna arruga y alguna cana de más.

Los dedos amarillentos y el aliento agrio delataban que, aparte de ser una persona a la que le gustaba ir de frente, fumaba como un camionero y bebía como una cosaca.

Irradiaba seguridad y contundencia en todos sus actos, pero se le escapaba algo, quizá algún gesto distraído, que le indicaba que bajo aquella coraza de jefa irreductible se escondía una mujer con los mismos miedos y fragilidades que la mayoría.

-Está bien –se limitó a decir la superiora ajena al análisis al que estaba siendo sometida- ¿y cómo piensa desempeñar su trabajo?

-En primer lugar trataré de elaborar un perfil psicológico de los criminales que se encuentren ahí dentro a partir de los datos que tengamos; antecedentes, modus operandi, familiares conocidos, conductas, comunicaciones directas con el negociador, vocabulario empleado…

-De momento, por las noticas que yo tengo, no sabemos una mierda sobre ellos –cortó aséptica la comisaria.

-Comprendo… -replicó el psicólogo como si un profesor de matemáticas le hubiese pedido resolver una ecuación- habrá que ir poco a poco en ese caso. Obviamente para un resultado óptimo de este proceso se necesitarían decenas de sesiones con el individuo a analizar, pero teniendo en cuenta la urgencia de los hechos trataré de realizarlo de la forma más precisa posible.

También trataré de analizar de forma más global la actuación de los secuestradores, mediante un proceso de tres fases; Recogida de datos, elaboración de inferencias y por último formulación de hipótesis.

A esas alturas de la película a la comisaria, que había dejado de escucharle hace tiempo, ya le habían entrado ganas de vomitarle los vinos de la noche anterior en aquella inmaculada camisa, pero trató de contenerse.

-Bueno Follonosa… -comenzó la comisaria a quien todas esas pamplinas psicológicas le parecían auténticas payasadas.

-Fonollosa.

-Eso, usted haga lo que haya venido a hacer, realice su trabajo de la mejor forma posible y cuando tenga algo de lo que informarnos comuníquemelo, ¿de acuerdo? –a la agria mujer solo le faltó regalarle un azucarillo y darle una palmadita en el cogote.

-No se preocupe, así lo haré –respondió ajeno al implícito mensaje al tiempo que se plantaba en una silla que había colocado junto a la mesa del fondo y comenzaba a escribir de forma frenética en una libreta.

En ese instante llamaron a la puerta con un leve golpe de nudillos. A continuación apareció un hombre mayor encorvado de aspecto frágil y al que el frío mañanero de la calle no le impedía sudar la camisa que llevaba.

-Jefa, con permiso. Le traigo el ibuprofeno, un zumo de naranja, además de unos cafés y unos bollos para los compis del bar de al lado tal y como me ha pedido.

El ajado hombre de los cafés y los bollos era Juan, un policía en segunda actividad con destino al que en su día le habían encomendado la difícil tarea de ser el chófer de la comisaria.

Como quiera que la comisaria prefería moverse por su cuenta y la figura del chófer le parecía un gasto de personal y material innecesario, renunció a tal privilegio, solicitando a la división de personal que reasignaran al carcamal y se lo metieran por donde les cupiera.

Solo la intervención del propio Juan, al enterarse del desplante, suplicando a la comisaria que le dejase en esa unidad al ser un puesto en el que poder acabar con calma sus últimos días de profesión, convenció a Estefanía para no acabar jodiendo a nadie, y mucho menos a un veterano que seguramente se había ganado con creces aquella tranquila prejubilación.

Después de eso, la comisaria retiró la propuesta de reubicación de Juan y le reasignó como una especie de ayudante personal. A la jefa le gustaba conducir, así que por ahí no había tragado, sin embargo mantenía ocupado al hombre encargándole tareas cotidianas de fácil solución, del tipo de ponerse en contacto con los de informática porque tal fotocopiadora no funcionaba o llamar a los de mantenimiento para que les arreglasen de una puta vez el embrague del C4.

Aquella mañana le había mandado un mensaje antes de salir de su casa explicándole dónde iba a estar y pidiéndole que le llevase el oro, incienso y mirra en forma de ágape mañanero anteriormente detallado.

-Eres un sol Juan –agradeció a su ayudante Estefanía cogiendo la bandeja y depositándola en la mesa central- no sé qué haría sin ti.

-Poca cosa –replicó jovial el funcionario a punto de la jubilación-. Si no ordena nada más la espero en el coche.

-Que conste que esto no se lo he ordenado –se obligó a aclarar la comisaria ofreciendo los bollos que había traído su ayudante una vez se marchó el policía- se lo he pedido como favor.

Vale –continuó después de tragar la pastilla y beberse el zumo casi de trago- y ahora vamos con los que conozco.

¡Luengo! –saludó afectiva al negociador- ¡Ya era hora que te incorporaras de nuevo!

-Ya ve jefa, me tomo unos meses de vacaciones por culpa de una pierna rota y el primer día me toca una corrida con picadores –contestó divertido el negociador con una amplia y limpia sonrisa.

Estefanía ya no tenía el coño para farolillos, como vulgarmente se suele decir, pero tenía que reconocer que siempre le alegraba la vista aquel yogurín.

Musculado en su justa medida, con un tono de piel que parecía estar siempre bronceado de playa y unos dientes perfectos. Olía de forma impoluta y reflejaba elegancia a la hora de elegir vestuario. Si había que ponerle algún pero, ya ves tú, sería quizá su justa estatura, aunque para lo que se imaginaba la comisaria que le gustaría hacerle, aquel detalle no importaría demasiado al encontrarse los dos tumbados.

Pues sí, ¡qué coño! las mujeres, ya sean casadas, divorciadas, solteras, vírgenes, viudas, ciegas… también tienen en ocasiones pensamientos sucios, aunque a buen seguro, todo hay que decirlo, que con bastante menos asiduidad que sus acompañantes masculinos. Para guarros, ellos.

-Este señor –anunció divertida al tiempo que le cogía suavemente por un hombro- consiguió en nuestro último secuestro que el yonqui que tenía retenidas a veinte personas en una sucursal de un BBVA en Vallecas saliera en menos de treinta minutos con las manitas en alto y sin haberle hecho ningún rasguño a nadie.

-Bueno… repartamos los méritos entre mi labia y la promesa de un rayajo de coca a un delincuente en pleno mono –aclaró con falsa modestia.

-¿Cómo lo ves esta vez? –cuestionó la superiora cambiando el rictus y poniéndose seria.

-Bastante más jodido jefa, pero saldrán de ahí, eso se lo aseguro –vaticinó dedicándole una de esas sonrisas que tanto la derretían.





CAPITULO 8


A Estefanía de Luengo no solo le atraía su físico, que también, lo que más le gustaba de aquel hombre era su actitud siempre positiva hacia el trabajo y hacia la vida en general.

A menudo, las personas pesimistas, sombrías, bien informadas o como se quieran llamar, necesitan de una luz, alguien que tener cerca y que siempre sonría a menudo y vea el vaso medio lleno para poder brillar a su lado, y Luengo era una de esas pocas personas que conseguía hacer sonreír a aquella comisaria tan quemada.

Aparte de eso era un negociador excelente. En el grupo de secuestros siempre iban dos negociadores, uno titular y otro por así decirlo suplente que le tomaba el relevo en el caso de que los delincuentes se quemaran con el primero o simplemente se necesitase un enfoque distinto.

Durante los meses en los que estuvo Luengo de baja por culpa de un absurdo y aparatoso accidente de bici, el negociador titular fue Ventura, el cual no era precisamente santo de devoción de la comisaria, aparte de ser mucho peor negociador que el guaperas bajito.

No habían tenido que lamentar ningún fiasco, ya que la mayoría de los secuestros, aparte de los virtuales o los llamados secuestros expres, se producen, en contra de lo que la gente pueda pensar, entre traficantes de droga por culpa de ajustes de cuentas, de deudas o de “vuelcos” que es en jerga policial cuando una banda roba la mercancía a otra, y ahí poca negociación hace falta.

A menudo los propios delincuentes resuelven el asunto a su manera e incluso a veces, si se ven acorralados, se acaban entregando sabiendo que en la cárcel ya se ajustarán las cuentas que sean necesarias.

Pero en esta ocasión era distinto, aquí la víctima no era la hija de un narcotraficante o el lugarteniente de un marchante de costo en el estrecho. Era una persona de clase alta, con familia normal y con unos delincuentes que en su huída habían causado un auténtico desastre.

La comisaria se alegró de contar con Luengo y esperaba no tener que recurrir a Ventura a no ser que fuese estrictamente necesario.

-Salinas, infórmanos un poco, ¿qué tenemos aquí? –se obligó a cambiar de tercio preguntando a la otra mujer que había en la sala.

-De momento poco jefa.

-Según el primer informe redactado por los compis de la brigada, esta mañana, en torno a las seis y veinte de la mañana un grupo de al menos cuatro individuos secuestró a una mujer, la llamada… -titubeó mientras repasaba sus escritos- Gloria De Villegas, en su domicilio de Pozuelo. Mientras el conductor les esperaba a escasos metros de la vivienda, los otros tres, al parecer dos por la puerta de entrada y uno por el patio trasero, penetraron en la casa para secuestrar a la mujer, pero el marido, que se encontraba allí, les hizo frente disparando y acertando a uno de ellos, concretamente el que entró saltando el muro trasero, matándole casi en el acto.

Al marido le dio también tiempo a salir detrás de los que se llevaban a su mujer y disparar al vehículo en el que huían, un Audi Q5, color gris plateado, supuestamente sustraído y cuya matrícula real se desconoce, ya que las placas que lleva puestas y que hemos visto por grabaciones corresponden con un Seat León el cual fue dado de baja en tráfico hace un par de años al parecer por estar involucrado en un accidente.

En su huída han atropellado a un hombre que iba en silla de ruedas, todavía no tengo sus datos, falleciendo también en el acto.

Finalmente, por causas que desconocemos se han empotrado contra el bar que tenemos allí delante y han expulsado a la familia de gitanos que lo regenta, parapetándose detrás de unas cortinas o manteles que ellos mismos han colocado y que nos impiden ver nada de lo que está sucediendo en el interior.

Todavía no han hecho el intento de establecer comunicación alguna y desconocemos el verdadero estado de salud de la mujer secuestrada, pero creemos que es bueno porque ella misma hace unos minutos ha gritado su nombre y ha dicho que se encuentra bien.

También ignoramos si alguno de los disparos del marido acabó alcanzando a alguno de los otros delincuentes.

-Está bien –concedió la comisaria que había ido realizando anotaciones en su agenda de bolsillo mientras escuchaba las explicaciones de Salinas-. Para hacernos una primera idea general creo que nos vale. ¿Algo más que debamos saber?

-Los primeros indicativos que han llegado al lugar ya se han encontrado el panorama tal y como está; el bar con los cristales reventados por el impacto del monovolumen y los secuestradores ya habían colocado esos manteles rojos a modo de cortinas improvisadas para evitar que pudiésemos ver algo de lo que ocurre dentro.

Me he entrevistado personalmente con el primer zeta y aseguran que no hablaron con los secuestradores, aunque una mirada cómplice entre ellos y el titubeo del más joven me hace indicar que habrán cruzado al menos un par de frases. Supongo que nada de lo que preocuparnos.

También he hablado con la familia gitana, los dueños del bar, y ellos sí que tenían cosas interesantes que decir.

Al parecer se acababan de levantar y estaban todavía en el piso de arriba cuando oyeron un tremendo ruido abajo, en la cafetería.

Cuando bajaron a ver qué es lo que había pasado vieron un coche grande empotrado contra la barra del bar y a un hombre, bueno a un payo calvorota si me ciño a sus palabras, con aspecto de contable saliendo del coche.

Al ir a preguntarle qué es lo que había sucedido, siempre según su declaración, salió un gigante del lado del copiloto y se lió a disparar al aire hecho una furia, por lo que tuvieron que salir de allí corriendo.

Cuando Fonollosa escuchó desde el fondo del barracón la palabra “disparar” emitida por los carnosos labios de Salinas dejó de escribir y levantó la mirada del papel como si se tratase de una liebre asustada por la presencia cercana de algún galgo.

-¿Vieron a alguien más? ¿Dijeron algo acerca de la mujer? –interrogó la comisaria.

-Según ellos, no. Solo pudieron ver a esos dos hombres, el gigante y el contable con gafas, al parecer ninguno de los dos estaba herido de bala, o al menos ellos no se fijaron.

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