Main Cuando soñamos bajo la lluvia

Cuando soñamos bajo la lluvia

,
0 / 0
How much do you like this book?
What’s the quality of the file?
Download the book for quality assessment
What’s the quality of the downloaded files?
Year:
2021
Language:
spanish
File:
EPUB, 454 KB
Download (epub, 454 KB)
0 comments
 

You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
1

Cuando sepas la verdad

Year:
2020
Language:
spanish
File:
EPUB, 731 KB
0 / 0
2

Cuando te enamores del viento

Year:
2021
Language:
spanish
File:
EPUB, 457 KB
0 / 0
	Cuando soñamos bajo la lluvia

	Cristina Rodríguez G.





	No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del CÓDIGO PENAL).

	Primera edición: Marzo 2021

	ISBN: 978-84-09-28602-7

	Copyright© Cristina Rodríguez G. 2021

	Diseño de portada: Rachel’s Design

	Maquetación: Rachel’s Design

	Corrección: Cristina Rodríguez G





	A mis padres:

	Si ellos no hubieran alentado mis ganas de volar,

	Y de ser quién yo quisiera ser,

	estas historias jamás hubieran salido de mi cabeza.





	Parte Uno





Capítulo 1




	El día que comenzó esta historia yo era una persona feliz, ese día iba a escalar en mi posición laborar de pura casualidad y con alguna metirijilla bien disimulada. El destino parecía sonreírme por fin y quién era yo para decirle que me dejara tranquila. Ilusa de mí, al destino a veces le gusta jugar al parchís con la vida de las personas.

	Aquella mañana andaba yo caminando a paso ligero, con mi abrigo de punto, mis medias negras y mis bailarinas, cómodas y elegantes, por Paseo de Gracia rumbo a mi nueva y flamante oportunidad de trabajo, cómo iba yo a saber que aquel día cambiaría mi vida, pero empecemos por el principio que si no esto no tiene sentido.



	Me llamo Clara y tengo treinta años, allá por mis dieciocho estudié una de esas carreras que se supone que tienen salida laboral, la empecé con muchas ganas. Por qué a mí me gustaba y por qué estaba segura de que si le ponía empeño tras cuatro años de trabajo duro lograría un futuro perfecto. Tenía planeado sacar las mejores notas, iría a tomar café con los profesores más influyentes discutiendo de temas trascendentales y acabarían enchufándome en algún puesto reconocid; o, en el que cobraría un pastón por aplicar mis conocimientos tan duramente aprendidos. Ese futuro quedó en un sueño cuando cuatro años después de terminar la carrera me hubiera muerto de hambre, de no ser por la generosa limosna de mis padres en forma de tuppers, y vivía pasando penurias para pagar el alquiler, saltando de puesto en prácticas a puesto en prácticas, no remunerados, por supuesto. Me mantenía con el poco dinero que me pagaba mi hermana por hacerle el favorcillo de cuidar a sus tres angelitos, así que un día, después de que muy amablemente me comunicaran que mi contrato de prácticas había terminado y que no podían contratarme por falta de presupuesto, decidí abandonar. Porque amigos míos con la vocación no se come.

	Así fue como empezó mi aventura en el mundo del comercio, perdón en el mundo del retail. Cuando comencé a buscar un puesto en las webs de trabajo, no sabía qué era el retail así que el primer día acabé súper frustrada buscando trabajo de dependienta y sin encontrar ninguna oferta. Después las cosas mejoraron conseguí varias entrevistas y algún que otro trabajo temporal y así fue como inicié mi aventura en el mundo de la atención a los locos, perdón, clientes. Porque os cuento un secreto, la mayoría están locos completamente locos… ¡de remate!

	A mis treinta años, como he dicho hace un momento, tenía algo poco menos de cuatro años de experiencia y había pasado por un par de empresas. En noviembre de ese año, concretamente estaba trabajando para una empresa pequeña, de barrio, vendiendo electrodomésticos cuando mi jefe, un señor mayor, que me trataba como si fuera su hija se me acercó una mañana:

	—Clara, vamos a cerrar, lo siento.

	—Pero si son las seis —dije mirando el reloj—. Aún falta un rato.

	—Cerrar definitivamente, la semana que viene. Esto no funciona, no hay clientes la gente se va a los grandes almacenes y al tonto ese...

	—Ah, vaya.

	A la calle Clara...

	—Te prepararé la nómina de este mes.

	—Y el finiquito y las vacaciones ¿no?

	—No te corresponde —dijo carraspeando—, tienes un contrato temporal y ya has hecho las vacaciones.

	—Llevo aquí dos años y medio...

	—Y has firmado tres contratos temporales con sus correspondientes periodos de pruebas...

	—De acuerdo, creo...

	Clara, a partir de ahora deberías leer todo lo que firmas

	Y así fue como nuevamente comencé a buscar ofertas de empleo en una web, dónde encontré el que sería mi siguiente trabajo. Cuando vi la oferta no me lo podía creer, puesto de shop assistant en una de las boutiques de moda más prestigiosa de toda Barcelona.

	—Sueldo elevado más comisiones, horario estable, posibilidad de ascender, contrato indefinido.

	¡Bien!

	—Requisitos, cinco años de experiencia en puesto similar.

	Tres y poco en un puesto que no se parece en nada al ofertado.

	—Experiencia en venta de artículo de lujo.

	Hace treinta años la lavadora era un artículo de lujo.

	—Idiomas. Imprescindible buen nivel inglés, se valorará ruso y chino

	Nivel de inglés bilingüe, y alemán y francés… en los años de la carrera no había clases de ruso…

	—Informática.

	El ordenador lo uso de vez cuando para descargar series y cotillear en Facebook.

	—Imprescindible buena presencia física y buen trato al cliente, dedicación y pasión por el trabajo, abstenerse si no se cumplen todos los requisitos.

	¡Enviar currículum!



	Tres días más tarde estaba en el sofá de casa, sin hacer nada útil con mi vida, cuando sonó el teléfono:

	—Señorita Castillo le llamo La Boutique en relación a la solicitud del puesto de trabajo al que ha enviado su currículum, le informamos de que ha pasado la selección y que queremos tener una entrevista con usted para conocerla mejor. ¿Estaría disponible para venir a nuestra central en la Calle Paseo de Gracia mañana las nueve de la mañana? pregunte en la primera planta por Susana Narváez y le indicarán a dónde debe dirigirse, traiga consigo una copia de su currículum impresa por favor.

	Salté del sofá a toda prisa para buscar algún bolígrafo que escribiera. De por lo menos los diez que tenía en el cajón, como es normal solo escribía uno, pero a mí lo de jugar a la ruleta rusa de los bolis es que siempre me ha parecido muy osado.

	—¿Me puede repetir el nombre por favor?

	—Susana Narváez, la esperamos... —pi, pi, pi...

	Había colgado. Apunté todos los detalles en el sobre de la factura de luz que había cogido apresuradamente y me puse a dar saltos por toda la casa.

	—Tengo una entrevista, tengo una entrevista, tengo una entrevista... en La Boutique de moda más prestigiosa de toda Barcelona. —Y de repente paré de saltar—. ¡Mierda!

	No sabía cómo mi currículum había pasado la selección, quizá maquillarlo un poco antes de enviarlo había sido buena idea, el problema ahora, era que todo lo que me había inventado... es decir, maquillado, era justo eso: una base de maquillaje de esas que se te queda la cara tan tirante que te cuesta gesticular. ¡Necesitaba ayuda!

	Busqué mi móvil entre la manta del sofá con la que me había estado tapada antes de la llamada y busqué el teléfono de Irene.

	Irene y yo habíamos trabajado juntas, unos meses, en una tienda de moda femenina en un centro comercial. Aquel había sido mi primer trabajo, ella en cambio tenía muchos años de experiencia en la venta de moda de hombre. Había trabajado en una tienda de trajes y moda sport. Me encantaba coincidir en el mismo turno que ella porque siempre me contaba historietas o me hablaba de su familia mientras perfilábamos la tienda, y así el tiempo se pasaba mucho más rápido.

	—Estoy harta de las locas estas —se quejaba casi siempre que atendía a alguna mujer—. Trabajar con hombres, eso sí es sencillo, les dices que le queda bien se dan media vuelta de un lado, media de otro y se llevan tres iguales. Yo no estoy hecha para esto, no estoy hecha...

	Así que no tardó mucho en encontrar otro puesto de trabajo en una gran firma de moda masculina en la que valoraron mucho su experiencia y me dejó en mi puesto de dependienta de moda de mujer, hasta que se me acabó el contrato y no me renovaron. Eso fue justo antes de los electrodomésticos, pero desde que nos conocimos Irene y yo habíamos mantenido el contacto y nos veíamos de tanto en tanto.

	—Clara, guapa. ¿Qué tal estás? —Se notaba que estaba andando por la calle porque tenía la respiración entrecortada—. ¿Tienes ya alguna entrevista de trabajo?

	—Pues mira justo de eso te quería hablar. —perfecto había sacado ella el tema—. Tengo una entrevista de trabajo mañana a las nueve en La Boutique.

	—¿En serio? Vaya que bien, no sabía que cogían a gente con poca o ninguna experiencia... en el sector lujo.

	—No cogen, la verdad es que maquille un poco mi experiencia el mundo retail.

	Rió de verdad lo que le entrecortó aún más el habla

	—¿Y qué experiencia has puesto que tienes?

	—La tuya...

	Irene paró en seco, no sé cómo se oye cuando una persona deja de andar por la calle de golpe, pero sé que ella se paró. Y que miró la pantalla del móvil antes de suspirar.

	—Estás loca lo sabes ¿no?

	—Y desesperada también, ayúdame ¡por favor!

	Irene me ayudó, me dio algunos consejos, unos los entendí y hubo otros que en ese momento no supe interpretar:

	—No hables antes de que te hablen, mantente erguida y no muevas las manos, contesta con palabras cortas y si pueden ser monosílabos mejor. Procura dar a entender, con monosílabos, que el cliente es lo más importante para ti, vístete de negro y sobre todo no sonrías.

	Y con estas directrices andaba yo con el viento fresco de primeros noviembre en la cara, agitándome el pelo y un poco acojonada, hasta la puerta de La Boutique.

	Al intentar entrar un hombre me abrió la puerta desde dentro.

	—Buenos días —me saludo mirando al frente unos dos palmos por encima de mi cabeza.

	—Buenos días, busco a Susana Narváez, me dijeron que preguntara por ella... —El hombre mantenía la puerta abierta y seguía mirando a algún punto incierto sobre mi cabeza—. ¿En la primera planta? —Agité una mano delante de él para llamar su atención—. Esta es la primera planta ¿no?...

	—Disculpe en ¿qué puedo ayudarla? —La voz venía de mi espalda, así que me giré no sin antes asegurarme de que el hombre permanecía quieto.

	—Vengo a una entrevista de trabajo, pregunto por Susana...

	—Sí, claro acompáñeme...

	Nunca había estado dentro de aquel lugar, las paredes eran oscuras y las luces tenues. Había mostradores por todas partes, en las estanterías de las paredes las prendas estaban dobladas con una simetría milimétrica. Los maniquíes femeninos, fabricados con algún material negro brillante relucían como un espejo haciendo resaltar los vestidos largos de noche que vestían.

	Nos dirigimos al fondo, la chica andaba delante de mí a paso ligero con unos zapatos de tacón elegantísimos de esos que lucen las estrellas de Hollywood en los estrenos, y su paso era firme y rítmico. Llegamos a un ascensor y cuando la puerta se abrió ella me cedió el paso con un movimiento suave y apenas perceptible, había mucha belleza en aquel gesto. El ascensor era amplio, un leve hilo musical salía de algún sitio, me permití mirarla un segundo era más o menos igual de alta que yo, aunque los zapatos la hacían parecer más estilizada, era delgada. Vestía traje de chaqueta gris muy oscuro y medias negras con costura. Llevaba el pelo rubio recogido en una tirante cola de caballo que le caía muy recta hasta media espalda, parecía un ser salido de alguna película de ciencia ficción, la postura, la ropa, el peinado, había nada fuera de lugar. Toda ella destilaba saber estar y elegancia. Sonó una leve campana que me sacó de mi análisis y ella comenzó a andar y nuevamente yo comencé a seguirla. Estábamos en una planta llena de vestidos de novia. Las luces eran aún más tenues allí arriba, la tienda aún no estaba abierta al público y el silencio era tranquilizador. Las paredes eran de madera y los maniquíes vestían preciosos modelos blancos, algunos cargados de pedrería, otros más sencillos, pero todos me parecieron impresionantes. Giramos por un pasillo y la chica empujó una pared que resultó ser una puerta perfectamente disimulada con el resto de la decoración.

	Entramos a un mundo totalmente distinto, nos encontrábamos en un pasillo enmoquetado con oficinas acristaladas a ambos lados. Todos los despachos tenían amplios ventanales desde dónde se podían ver los arboles de la calle que deduje, sería Rambla Cataluña. A pesar de la fría luz de los fluorescentes todo tenía un aspecto lujoso. Cómo decirlo: todo allí era elegante.

	—Susana, te traigo a la siguiente candidata. —La chica se había detenido delante de una puerta a la que había llamado con los nudillos y abierto sin obtener una respuesta—. Pasa.

	Me volvió a indicar que me adelantara como había hecho hacía un momento en el ascensor y estaba segura que me había mirado de arriba abajo cuando rebasé su altura. Entré al despacho, a diferencia de todos los demás, el despacho en el que me encontraba si tenía paredes y una puerta maciza. Delante de mí había una mesa y tras ella una mujer miraba un ordenador con mucho interés. Llevaba el pelo suelto y con un gran flequillo, era castaña, debía rondar los cuarenta y cinco años y muy era guapa.

	A este lado de la mesa había dos sillas invitándome a sentarme, pero en mi mente tenía grabadas a fuego las instrucciones de Irene y decidí esperar a que ella me ofreciera acercarme.

	—Clara, ¿verdad? —Me miró y me hizo un gesto para que me acercara.

	—Sí.

	Me acerqué a la mesa dejé mi bolso y mi abrigo en una silla y me senté en la otra, mientras ella me observaba.

	—Encantada. —Alargó la mano por encima de la mesa y yo imité su gesto, me dio un apretón firme, aunque no exagerado—. Soy Susana, Retail Manager de La Boutique. He estado echando un ojo a tu currículum y la verdad es que tienes una larga experiencia para tu edad.

	—Gracias, empecé a trabajar muy joven para pagarme la carrera.

	La verdad es que no tuve necesidad de trabajar durante la carrera porque mis padres me habían pagado hasta el último euro de mis gastos.

	Primera mentira.

	La entrevista tuvo un tono bastante distendido, Susana me pareció muy agradable y cercana, incluso pensé que Irene exageraba con las indicaciones de rectitud y formalidad que me había dado. Estuvimos hablando de manera amena sobre mi experiencia, usé algunas de las anécdotas que Irene me había contado durante nuestra época como compañeras de trabajo y que además coincidían al dedillo con mi currículum. Susana cada vez era más amable y después de dejar que yo estuviera hablando más de media hora fue ella la que empezó:

	—De acuerdo Clara, me parece que eres una persona que podría encajar en nuestra familia, tu experiencia es mejor de lo que se podía esperar y dominas varios idiomas, Aquí tenemos clientes muy exclusivos, muchos de ellos de la zona y otros extranjeros a los que deberás dirigirte en su idioma o en su defecto en inglés.

	—De acuerdo.

	Nota mental, buscar vocabulario textil en varios idiomas.

	Susana comenzó entonces a explicarme el origen de La Boutique y como llevaban más de cien años en la misma localización, desde que sus fundadores una familia muy importante de Barcelona había comenzado con una pequeña tienda que fue ampliando conforme el trabajo fue creciendo. También le contó que había otras oficinas en una zona industrial de L’Hospitalet.

	—Aquí están las personas que se encargan del marketing, las redes sociales y la página web, también tenemos el centro de atención al cliente on-line. En el almacén tenemos la parte de recepción de mercancía y de preparación de pedidos, así como toda la parte de compras y contabilidad. Trabajamos juntos, pero a la vez cada parte del negocio tiene su propio lugar.

	Asentía cada vez que Susana me explicaba algo y conforme ella hablaba yo empezaba a creerme que mi puesto de trabajo estaba asegurado.

	—Me imagino que te has fijado que tenemos varias plantas, en la primera que tiene entrada por Paseo de Gracia tenemos una zona de marcas exclusivas, diseños únicos, algunos incluso son modelos de los que solo se ha fabricado una prenda. Contamos además con todas las colecciones de los diseñadores más prestigiosos del panorama nacional e internacional. —Asentí sin tener muy claro sobre que me hablaba—. En la segunda planta, tenemos modelos más casual, aunque no por ello menos exclusivos, tenemos colecciones de diseñadores como Aramani y Michael Kors. Tratamos a nuestros clientes de la manera más personalizada que podemos, por eso hay una plantilla bastante amplia en tienda. Una vez a año, incluso, organizamos ventas privadas para nuestras mejores clientas atendiéndolas con cita previa. Son las mejores fechas de año. —Susana sonrió para sí misma y continuó—. Y por último en la tercera planta, esta en la que estamos, tenemos un atelier de vestidos de Novia. La tercera planta está dividida en pequeños salones de uso exclusivo para una novia y sus acompañantes, las mejores novias de Barcelona acuden a nosotras cuando buscan el vestido para el día más importante de sus vidas. Tenemos diseños exclusivos que algunos de los mejores diseñadores como Hannibal Laguna que crean solo para nosotros. La tercera planta siempre está cerrada y solo se sube a ella con cita.

	Me miró para comprobar que había asimilado la información, mientras yo me esforzaba disimular que no tenía ni idea de nada de lo que me estaba diciendo.

	—Normalmente a las chicas nuevas hacéis la formación en la segunda planta ya que el trato con el cliente en ese lugar es más distendido y no requiere tanta experiencia como en el resto de plantas, pero creo que tu perfil encajaría mejor en la primera planta. Ya sabes cómo tratar a los clientes a nuestro cliente objetivo, además tengo una baja por maternidad en esa planta y necesitaría cubrir el puesto lo antes posible.

	—Me parece estupendo, estaré a la altura.

	Segunda mentira.

	A partir de ese momento la entrevista transcurrió por unos cauces que yo ya conocía, me explicó mi salario, traté de no hacer ninguna expresión al darme cuenta de que por primera vez en mi vida cobraría más de mil euros, y también me explicó cómo funcionaba venta a comisión:

	—Aquí las ventas son a comisión, cada una tiene un tanto por cierto de sus ventas, ayuda a favorecer la venta por parte de nuestras dependientas, aunque no toleramos el juego sucio. ¿Ha quedado claro? —Me miró y yo asentí, en realidad no sabía que se refería—. De acuerdo, la chica con la que has subido es la shop manager, Flor, ella será tu supervisora directa durante los primeros días. También está María que es la encargada de planta, puedes contar con las dos para todo lo que necesites.

	Lo dijo de tal manera que me hizo sentir muy tranquila.

	Me miró otra vez con una gran sonrisa en los labios y suspiró como si hubiera hecho el gran esfuerzo, que quizás, encontrar candidata para el puesto había sido, no digo yo que no, pero se la veía muy cómoda en su despacho, con su ordenador y su café mientras charlaba con desconocidas sobre su vida.

	—Bienvenida Clara, ante todo, quiero que sepas que La Boutique es una gran familia o intentamos serlo. Porque ya sabes, en todas las familias hay cadáveres debajo de la alfombra. —Se echó a reír mientras me estrechaba la mano y se despedía de mí.

	—Seguro que no es para tanto, estoy deseando poner toda mi experiencia en práctica en esta familia.

	Tercera mentira.

	—Gracias por la confianza.

	El cadáver vas a ser tú Clara…





Capítulo 2




	Susana me había dado una hoja con toda la documentación que debía enviar para mi contrato. Me dijo que lo firmaría el lunes siguiente en cuanto me incorporase y que no me preocupara por la ropa porque me darían uniforme y zapatos.

	Llamé a Irene nada más salir de la entrevista.

	—Me han cogido —exclamé.

	—Me lo temía, eres muy agradable y mi currículum muy bueno.

	—Hablando de eso. —Cogí aire—. Me han pedido un teléfono de referencia y les he dado el tuyo.

	—Clara estás loca, que lo sepas, y me estas metiendo en un lío tremendo —suspiró—, pero solo por el valor que le has echado vale la pena. Ahora solo falta que sobrevivas en esa jungla. Te dejo bonita que entró al trabajo.

	¿Jungla?

	Preferí no agobiarme demasiado, total era un trabajo más, si la cosa iba bien genial, si no, me echarían y tendría que buscar otra cosa.



	A pesar del aire frío de noviembre el sol brillaba radiante en el cielo, estaba caminado por la Avenida Diagonal para hacer tiempo mientras buscaba el metro que me llevaría a casa, cuando al pasar junto a una cafetería vi una mesa tras el cristal, el sol le daba de lleno y creaba un ambiente súper agradable. Decidí entrar y pedir un café, total, no todos los días la contratan a una en una súper boutique. Lo sillones eran muy cómodos, más que el sofá de mi casa que estaba para tirarlo. Me acomodé disfrutando del calorcito que se concentraba tras el cristal, pedí un café con leche y me dispuse a sacar un libro de mi bolso cuando sonó mi móvil. Era un mensaje de texto del banco, se había cobrado el recibo de la luz y me avisaban de que me quedaban menos de doscientos euros en la cuenta.

	—Ojalá el ser humano viviera del aire —murmuré al tiempo que la camarera dejaba el café sobre la mesa.

	—¿Perdona? ¿Decías algo?

	—Nada, cóbrame.

	Dejé una moneda de dos euros sobre la mesa y la chica me dio el cambio de una riñonera que llevaba atestada de monedas.

	Necesitaba aquel trabajo, necesitaba por primera vez en mi vida sobrevivir sin ayuda de mis padres y sin soportar los reproches de mi hermana. Era cierto que había sido yo la que decidió marcharse de casa de mis padres, pero ya había cumplido los veintisiete y estaba harta de dormir en mi cama de noventa con cortinas de lazos. Mis padres nunca lo entendieron, aunque siempre me apoyaron:

	—Cariño, el dinero que gastaríamos si tú comes en casa te lo enviamos, no pasa nada.

	Y así, de tanto en tanto mis padres me hacían una transferencia o me llenaban el bolso de tappers cuando iba a visitarlos los domingos.

	Mi hermana, por su parte no solía ser tan comprensiva. Era cinco años mayor y siempre hizo de hermanamayor/madresúperprotectora. Y yo que siempre he sido, cómo decirlo: un “poco” independiente, la sacaba de quicio cada dos por tres. Sobre todo, cuando decidí dejar el piso súper cutre y compartido en el que pagaba nada y menos por una habitación claustrofóbica y sin ventanas y me enamoré de un pisito en el barrio de Sants para mi sola. Era un tercero sin ascensor, con una escalera que si la subías dos veces seguidas te deberían convalidar el ascenso al Everest, y viejito como ninguno. La propietaria, de los seis pisos que componían el edificio, era una mujer mayor que vivía justo en el piso de enfrente y desde el primer día, nos habíamos había caído en gracia, quizás fue por mi amabilidad o porque soborné con una sonrisa súper tierna al chico del supermercado más cercano para que siempre que la Señora Adela fuera al súper él se ofreciera a subirle la compra. El caso es que se convirtió en la abuela que yo nunca había conocido.

	A pesar de que el piso era viejo lo arreglé con mis escasos medios y muchos tutoriales de Youtube, pinté las paredes, restauré los muebles y lijé y barnicé a mano el parquet. Aquel trabajo me había llevado varios meses de los cuales estuve semanas sin poder entrar en el comedor y otras tantas sin poder entrar en mi dormitorio hasta que todo estuvo listo, pero valió la pena. Por otro lado, arreglé los muebles de la cocina y le di una mano de pintura a los azulejos de flores azules del baño. Después unos cojines por aquí, una manta por allí, unas cortinas que me cosió mi madre y con poco más conseguí crear un ambiente acogedor y cálido en aquel lugar. Por el esfuerzo y por todas las veces que la señora Adela me había visto cargar pintura, lija y rodillos por la escalera, en dos años no me había subido el alquiler, pagaba cuatrocientos cincuenta euros por un mini piso de un dormitorio, salón, cocina y baño, que además, sentía como mi hogar. Por eso prefería apretarme el cinturón e ir tirando. Además, la señora Adela me dejaba de tanto en tanto una caja con verduras recién recogidas de un huerto que tenía su sobrino, y entre eso y algunos bizcochos que me regalaba porque: “No sé hornear uno más pequeño y yo sola no me lo puedo comer que el médico me controla el azúcar”, todo era más llevadero.



	El lunes siguiente, llegué veinte minutos antes se mi hora de entrada, no quería por nada del mundo llegar tarde el primer día y me costó varios sobresaltos nocturnos el pensar que no había puesto el despertador o que me había dormido.

	En la puerta el mismo hombre serio de la primera vez me dio los buenos días y me invitó a pasar:

	—La señorita Flor la está esperando en su despacho, la tercera puerta al final de los ascensores.

	Llamé con los nudillos y una voz apagada me indicó que entrara.

	—Clara, qué puntual, qué bien. Así te puedo enseñar todo lo que necesitas saber antes de que empiece el bullicio.

	El despacho de Flor eran apenas tres metros cuadrados. Con una mesa y un panel de corcho dónde había muchos folios sujetos con chinchetas. Sobre la mesa había un ordenador de mesa, varias carpetas llenas de papeles y una agenda.

	Al fondo había un armario pequeño que miré de refilón porque no quería parecer una cotilla y dónde supuse que Flor dejaba sus cosas porque tenía cerradura.

	—Susana me ha pasado tus datos y tu currículum, un currículum impresionante, por cierto. —Sonrió con amplitud enseñando su maravillosa dentadura.

	—Gracias —contesté un tanto insegura.

	—Te enviaré tu horario del mes a lo largo de la mañana a tu email. Tienes veinticuatro horas para hacerme peticiones de cambio de horario. Si después te surge algo tendrás que cambiar tu horario con alguna compañera. Después de este mes puedes hacer peticiones o pedir días de fiesta según el protocolo, te lo enviaré todo en el mail. Equivocarse con el horario, llegar tarde sin justificación o hacer cambios sin avisarme, se consideran faltas graves, por lo tanto, si tienes alguna duda, coméntamelo.

	Flor volvió a sonreír, hablaba con autoridad, pero a mí me seguía fascinando su elegancia y la forma sutil con la que se movía, apenas apreciable, pero totalmente notable. Me resultó perfecta y pensé que podría aprender mucho de ella.

	¡Ja! No sabía bien lo que estaba pensando en ese momento.

	—La puerta de al lado a esta —continuó señalando la puerta—, son los vestuarios y sala de descanso. Tienes una taquilla con tu nombre, aquí tienes la llave. —Me entregó un juego con dos llaves pequeñas—. Te daremos tres uniformes, cada semana los uniformes que estén sucios serán recogidos por un servicio de tintorería que los devolverá limpios al cabo de dos días, administra bien tus uniformes porque está totalmente prohibido no llevar uniforme o llevarlo sucio. —Tachó algo de una lista mientras yo me sentía en el primer día de entrenamiento en el ejército—. También te daremos dos pares de zapatos, uno por temporada. Siempre deberás llevar el pelo recogido en una cola o en un moño y deberás ir perfectamente maquillada. ¿Alguna duda por ahora?

	Negué con la cabeza sin atreverme a hablar demasiado.

	—Los horarios son fijos, hay chicas que hacen horario de tarde y otras des mañana, tú tienes horario de mañana, aunque como he dicho puedes hacer peticiones de cambio de horario en días puntuales. Hay que llegar media hora antes al entrar, para estar cambiada y en tu posición a las diez en punto. —Flor se levantó—. Sígueme voy a enseñarte el vestuario.

	El vestuario era una salta grande, con taquillas a ambos lados y un banco en medio. Al fondo había un cristal que separaba la estancia de al lado y allí se podía ver la sala de descanso en la que se podía distinguir una mesa grande un par de microondas y una nevera. También había un sofá y un escritorio con un ordenador.

	—Si traes algo de comer puedes dejarlo en la nevera, pero asegúrate de poner tu nombre, que muchas veces las meriendas desaparecen. —Flor se detuvo delante de una taquilla, efectivamente había una plaquita con mi nombre—. Esta es tu taquilla. —Señaló las llaves que yo aún llevaba en la mano—. Solo tú tienes copia, pero tenemos una llave maestra por si acaso, vigila no olvides la llave porque los despistados no suelen durar mucho en este trabajo.

	Flor abrió la taquilla, dentro colgaban tres vestidos y tres americanas iguales a los que llevaba Flor, solo que ella los llevaba en gris y los que había en mí taquilla eran negros. En la bandeja superior había tres paquetes con medias.

	—Te he cogido la talla treinta y seis, creo que te servirá —asentí un poco asombrada del buen ojo de Flor—. ¿Qué número de zapato llevas?

	—Treinta y siete.

	—Cámbiate y te traigo los zapatos en un momento. La puerta del fondo es el baño. Recógete el pelo.

	Flor salió decidida del vestuario y dejándome delante de su taquilla. Los vestuarios estaban vacíos y supuse que todas mis compañeras ya estarían trabajando. Saqué uno de los vestidos, la manga era a la sisa y el cuello redondo. Me desvestí lo más rápido que pude, lo último que me apetecía el primer día era que Flor me pillara en bragas.

	Me abroché el vestido como pude, ya que la cremallera recorría toda la espalda y tuve que hacer movimientos de lo más raros hasta lograr abrocharlo entero. Rebusqué en mi bolso hasta dar con una goma del pelo y me sentí agradecida por llevar siempre alguna.

	—Alguien debería haberme avisado de este detalle del protocolo, la verdad —refunfuñé para mí misma.

	Entré al baño, que estaba a continuación de las taquillas, y con agua del lavabo me estiré el pelo hasta sujetarlo de la manera más decente que pude. Tengo mucho, pero que mucho pelo y sabía que sería imposible mantenerlo así todo el día sin algún retoque de tanto en tanto, anoté mentalmente rehacerme la cola cada vez que entrara en el baño. Con el maquillaje no podía hacer nada, no acostumbraba a llevar nada en el bolso y por la mañana apenas me había puesto algo de colorete y un poco rímel. Tenía los ojos marrones y bastante grandes, más redondos que rasgados, pero con las pestañas muy tupidas. Nunca me había considerado especialmente guapa, pero sí era resultona, tenía una sonrisa bonita gracias a los brackets que mis padres me habían obligado a llevar en la adolescencia.

	Salí del baño al mismo tiempo que Flor entraba por la puerta. Me echó una mirada de arriba abajo y sonrió complacida.

	—Estás estupenda. Ten, los zapatos.

	Flor me entregó una caja de zapatos, mientras me sentaba en el banco y me descalzaba las bailarinas que llevaba puestas. Abrí la caja entusiasmada, era la primera vez que le daban tantas cosas en un trabajo, aquello me hacía sentir especial y que estaba en el buen camino. Metí la mano en la caja y saqué un zapato, era también negro, de tacón alto y fino. La parte delantera terminaba ligeramente en punta. Era precioso. Jamás había tenido unos zapatos como aquellos.

	—Pruébatelos, veamos si es tu número. —Sonrió Flor.

	Saqué el otro zapato de la caja y me los calcé, me puse de pie frente al espejo de la puerta de la taquilla. Estaba espectacular, jamás en la vida me había visto tan guapa y tan arreglada.

	—Vamos, te presentaré a María, ella te enseñará todo durante estos primeros días. Normalmente todas nuestras nuevas incorporaciones empiezan en la segunda planta, pero Susana dice que por tu experiencia te adaptarás pronto, por lo tanto, queremos ver cómo te desenvuelves en la planta de abajo directamente.

	Avanzamos por el pasillo de los ascensores de vuelta a la sala principal de la tienda. Había cinco chicas cada una vestida igual que yo, rectas y muy serias detrás de cada uno de los pequeños mostradores de cristal que se repartían por toda la planta.

	Flor hizo una leve señal a una de las chicas, me di cuenta de que ella también llevaba el uniforme gris, como Flor, debía rondar los cuarenta, era guapísima y súper elegante en su forma de andar.

	—María, esta es Clara. —Hice un amago de darle dos besos, pero noté como María se mantenía muy recta y a una distancia prudencial, por lo tanto, oculté el gesto tocándome el pelo para asegurarse de que todo estaba en su sitio—. Empieza hoy, ya sabes lo que tienes que hacer, pero no te preocupes tiene mucha experiencia. —Flor se volvió hacía mi—. Si necesitas algo estoy en mi despacho. Antes de marcharte hoy pásate, te daré una carpeta con información sobre la empresa, el convenio de trabajo y algunas cosas más que quizás te resulten útiles. Que te vaya bien tu primer día, cielo.

	Flor se marchó a paso ligero, sus zapatos sonaban de manera amortiguada en el suelo al ritmo de un tambor.

	—Es bueno tener caras nuevas por aquí —asentí, estaba nerviosa, había llegado la hora de la verdad si la cagaba en ese momento, adiós trabajo―. Esta es la sección de alta costura. Todas las prendas son de grandes diseñadores. Como puedes observar sobre cada barra está la marca a la que pertenece esa sección.

	La Boutique se dividía en pequeñas secciones y sobre ellas en letras luminosas estaba el nombre de la marca, tal y como había dicho María: Donce & Gabana, Stella McCartney, Carolina Herrera y esas eran las que conocía, después había otras marcas como The Row o un tal Alexander McQueen de los que yo, fiel cliente de Zara, nunca había odio hablar. Debajo de las letras había barras con vestidos de fiesta larguísimos y en otras barras a derecha e izquierda estaban los vestidos cortos, de cocktail o de diario. Eran palabras de María. Yo no tenía ni idea de todo aquello que se suponía debía saber. Por suerte tengo muy buena memoria e iba haciendo una lista de todo lo que no entendía para buscarlo después en casa.

	Después de un breve repaso a las estancias de la tienda me llevó a la zona de probadores. Eran pequeñas habitaciones con un mini podium en medio, un par de sillones y una mesa baja. En todos los probadores había burras para ropa, y una pequeña estantería con varios pares de zapatos.

	Entramos en un probador y nos sentaron en los sillones.

	—Durante esta semana no te separarás de mí, verás lo que yo hago y no abrirás la boca. —María me miró con seriedad—. No quiero que te despidan la primera semana.

	Asentí un poco turbada, María siguió hablándome muy seria.

	—Aquí se trabaja a comisión, supongo que Susana te lo comentó, las comisiones son altas y pueden suponer doblar tu sueldo. —Anoté también ese dato y en mi cabeza y lo subrayé en amarillo fluorescente—. Tus clientas, serán las clientas que tú atiendas, no puedes meterte en las ventas de otra compañera y ninguna se meterá en las tuyas. ¿Entendido?

	Asentí, pensando inocente de mí que aquello era una ventaja y no un inconveniente, María me puso al día de algunas cosas más y salimos de los probadores para comenzar con mi formación en la tienda.

	El primer día pasó relativamente rápido, María me enseñó el local de arriba abajo, desde el gran almacén de la planta inferior hasta la planta de novias del tercer piso. En aquel lugar todo era lujo y miraras dónde miraras había una decoración perfecta, una limpieza impoluta, los suelos de mármol blanco brillaban tanto que parecían un espejo, los estantes, los cristales todo parecía que había sido limpiado dos minutos antes. Y la ropa, no había ni una prenda mal doblada, ni fuera de su sitio. Los probadores siempre estaban perfectamente recogidos y con los espejos perfectamente limpios, ni huellas de manos, ni pelusa en el suelo.

	Paramos a comer sobre las dos de la tarde, María se disculpó alegando que tenía papeleo que gestionar y me dijo que volvería en media hora a para seguir con mi formación. Me senté en la sala común, había traído un bocadillo que hice a prisa y corriendo por la mañana, ya que no quería llegar tarde. En la sala había dos compañeras que comían una ensalada.

	—Hola, Soy Clara —dudé un segundo—. Soy nueva.

	Las dos me miraron de arriba abajo durante un segundo y luego asintieron con una sonrisa un poco forzada y siguieron disfrutando de sus ensaladas.

	Poco a poco Clara, la gente al principio suele ser un poco seria, pero al final sacaras grandes amigas de esta… ¿Jungla?



	—Las clientas que vienen a esta boutique suelen ser señoras que buscan una atención especial y personalizada, intenta no atender a dos personas a la vez.

	Volví a asentir, empezaba a estar un poco abrumada con tanta información, pero decidí no prestarle atención a un pequeño personaje que se sentó en mi hombro y me susurró muy lentamente que quizás aquello no había sido buena idea.

	María siguió hablando durante algunos minutos más, en los que yo desconecté mi mente por completo, la miraba, asentía, pero no prestaba atención a nada de lo que decía. Esperé que no estuviera diciendo nada “extremadamente” importante.

	Durante un par de horas más María no paró de enseñarme dónde estaba todo y cómo debía ser la experiencia del cliente en La Boutique, por suerte en ese momento de la conversación mi mente se había vuelto a conectar y entendí el “viaje del cliente”. Desde que se le saludaba al entrar por la puerta, de manera distante, pero haciéndole entender que estábamos totalmente a su disposición en cualquier momento, el segundo contacto en el que entablábamos conversación, siempre haciendo preguntas abiertas y el gesto de cortesía en el que le ofrecíamos algo de beber. Detrás de la línea de cajas había un pequeño cubículo con una nevera siempre repleta de botellines de agua, zumos de varios sabores y leche de cualquier variedad, al lado había una jarra con agua hirviendo para servir té o infusiones y una cafetera. Sobre un pequeño mostrador había todo tipo de vasos y tazas con el logo de La Boutique. Una vez servida la bebida empezaba la parte de escucha activa, nada de cuestionar, nada de interrumpir, debíamos hacer unas preguntas concretas para obtener unas respuestas que nos ayudaran a ofrecerle lo que necesitaba:

	—¿Es un evento de día o de noche?

	—¿Es una celebración formal o informal?

	Etcétera… por último el trato en probadores debía ser servicial y era el momento de ofrecer todo lo que teníamos:

	—Mira Clara, esto es como cuando recibes visita en casa, procuras ofrecerle lo mejor que tienes, les sirves algo de beber y procuras que se sientan cómodos. Pues durante el tiempo que los clientes están dentro de nuestra casa —enfatizó “nuestra casa”—, debes hacer lo mismo. Ofrecerle lo mejor que tenemos y tratar de agasajarlos, en este caso en vez de con comida lo hacemos las mejores prendas.

	La despedida era el momento más importante, debía ser efusiva y celebrando la compra del cliente y finalmente la entrega de la bolsa, en mano y saliendo de detrás del mostrador, nada de dejar bolsas apoyadas en el mostrador, nada de rozar al cliente con la mano. Siempre manteniendo la sonrisa y la profesionalidad. En ocasiones podíamos acompañar incluso a los clientes a la puerta y terminar deseándoles un buen día.



	La verdad es que aquel ritual me pareció muy evocador, incluso me planteé en algún momento el hecho de que aquello se me debería haber ocurrido a mi sola, y fue gratificante darme cuenta de que además de ganar dinero iba aprender muchas cuestiones súper interesantes sobre el trato humano. Lejos quedarían aquellas señoras que tocan todo lo que se les pone por delante, y aquella respuesta que tantas veces había escuchado y que cada vez que la oía me resultaba más molesta:

	—¿Puedo ayudarla en algo señora? —preguntaba yo mientras la clienta cogía algo y lo sacaba de su lugar.

	—No, guapa, solo estoy mirando —respondía la clienta.

	No, señora no, usted está tocando y no se toca lo que uno no se va a comprar porque luego se ensucia y me toca limpiarlo a mí.

	 —De acuerdo, señora, si necesita algo me dice. —Y suspiraba levente mientras me mordía la lengua.

	Me molestaba sobre manera la gente que dejaban tirada la ropa en el probador o los que, y esto me pasaba mucho en la tienda de electrodomésticos, cogían un producto y comenzaban a desmontarlo como si fuera un puzle, para después no ser capaces de volverlo a montar y te dejaban el “regalito” en algún rincón escondido, y gracias, si al menos estaba entero y no se había roto ninguna pieza. Y así una y otra vez, y es algo que yo siempre me he preguntado: ¿Si solo están mirando? ¡Por qué tocan! Pero a ese tipo de clientas yo ya las tenía caladas, entraban con el carro de la compra, evitando el contacto visual, quizás pensado que si ellas no me miraban yo no las veía. La mayoría de las veces incluso hacían oídos sordos a mi saludo de buenos días, otras, las más educadas me miraban y levantaban levemente la barbilla, como diciendo: Te he visto, pero no me molestes.

	Casi siempre iban dando vueltas, haciéndose las interesantes, hasta que veían algo que les llamaba un poco la atención y ahí sí. ¡Ahí sí! Ponían sus manos sobre el producto, cogiéndolo, manoseándolo y disfrutándolo como si fuera suyo. Así era mi vida antes, ahora parecía haber dado un giro, ahora parecía que estaba en el alto standing de los clientes.



	Sobre las tres de la tarde habíamos terminado parte del entrenamiento del primer día y volvimos a la planta principal donde en ese momento entraron dos clientas. El portero les abrió la puerta y les deseó buenos días. Vi como mis compañeras que hasta ese momento había mantenido una actitud distendida entre ellas, doblando alguna cosa por aquí, colocando otra por allá, de pronto se pusieron muy tensas y más rectas que una vela. María me miró de refilón y también se enderezó, siguió doblando y explicándome en voz muy baja cómo había que perfilar la tienda, pero sin dejar de mirar ni por un instante a las clientas

	Las señoras en cuestión eran dos mujeres de aproximadamente unos cuarenta años, rubias de bote, demasiado bote para mi gusto y morenas de piel, también un tanto artificial. Llevaban abrigos abiertos sobre faldas y blusas. Las cinturas ceñidas con cinturón y unas botas hasta la rodilla con un tacón altísimo. Llevaban ropa diferente la una de la otra, pero parecía que iban tan de uniforme, como nosotras. Se acercaron a la barra que estaba cerca de la mesa en que María me enseñaba a doblar la ropa. Todas las chicas las seguían con la mirada, incluso pude observar como una de las chicas con la que había coincidido en la comida se movía sigilosamente hasta donde estaban las dos mujeres. Movía su pie derecho y después juntaba el izquierdo en un movimiento casi imperceptible, pero que la iba acercando a las mujeres, el resto de las chicas también parecían haber notado esta aproximación y la miraban con los ojos apretados. Hubo algo en aquella escena que no me terminó de resultar cómodo y el personaje de mi hombro volvió a susurrarme al oído que aquello había sido una mala idea.

	—Oye, perdona, —Una de las dos mujeres había hablado, era la que llevaba el pelo más largo de las dos y me miró intensamente haciendo que pusiera mi atención en ella—, la semana pasada me lleve esté Vuitton y me está resultando una gozada, pero me gustaría buscar algún abrigo de una tonalidad más clara, para que destaque el bolso, con los que tengo en casa apenas si resalta.

	Hizo un mohín, uno de esos de niña pequeña que tiene un capricho, un capricho caro y que no debería tener, pero aun así se siente súper orgullosa de poder permitírselo con un solo paso de su Amex.

	—Eh, sí claro. —Di un paso hacia la mujer mirando el bolso y borrando de mi mente la idea del mohín. Era marrón oscuro con unos dibujos en un tono más claro y las asas claras también, pensé en que lo que decía la mujer tenía sentido ya que vestía un abrigo casi de la misma tonalidad del bolso y en medio de aquella deducción me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaban los abrigos, así que respondí lo primero que se me vino a la mente—: ¿En qué puedo ayudarla?

	—Te lo acabo de decir —contestó la señora rubia con un deje un tanto cansino en la voz.

	—Discúlpela señora Campderos, es nueva, es su primer día. —María había salido a mi rescate—. Jésica, atiende a la señora: un abrigo claro, que resalte su Vuitton.

	Se volvió hacía mí y la brillante sonrisa que había lucido hasta el momento se borró de golpe y me hizo un leve gesto para que la siguiera.

	La chica que había estado haciendo su aproximación se movió con paso decidido hacía las clientas con una gran sonrisa y el resto, volvieron a sus tareas con cierto resquemor en la mirada.

	Seguí a María hasta los probadores y una vez allí me dio un leve empujoncito hacia uno de ellos, entramos y cerró la puerta.

	—Te dije que no hicieras nada, que observaras sin meterte y a la primera clienta que entra la atiendes. —no me gritó, pero había autoridad en su voz.

	—Se ha dirigido a mí directamente… yo, no sabía… —titubeé porque es verdad que no había sabido que contestar.

	—Mira Clara, Flor me ha pasado tu currículum y no te lo crees ni tú. —Abrí los ojos como platos—. Según esas fechas tú y yo coincidimos trabajando en Pronovias en Rambla Catalunya y no te recuerdo, es más, es imposible.

	Bajé la mirada, me habían pillado el primer día. Ya está me iba a la calle, adiós a mi ascenso en el mundo del retail. Pero si había llegado hasta ahí no me iba a rendir, así que cargué con todo lo que tenía:

	—Tengo una licenciatura en ADE y un máster en gestión administrativa internacional y otro en marketing empresarial, hablo castellano, catalán, inglés, francés, alemán y sí me aprietas un poco hasta chapurreo el portugués. Tengo un millón de horas de prácticas no remuneradas como experiencia y un par de trabajos de mierda en el sector del retail. —Hice todo el énfasis posible en la palabra retail—. No he llegado a fin de mes desde que mis padres dejaron de darme la paga y ya he cumplido los treinta. Cuando vi esta oferta y este sueldo, pensé que por fin había llegado mi día de suerte.

	—Vaya. —María me miró con cara de pena—. Mira, si te dije que no te despegaras de mí y aprendieras era porque no quería que te echaran el primer día y sigo queriéndolo. —La miré, había sinceridad en su mirada—. Desde ahora vas a hacer exactamente lo que yo te diga, le pedí a Flor que te pusiera en mis horarios para tenerte vigilada, así que te vas a pegar a mí como una lapa y vas a aprender y a repetir todo lo que yo te diga. Sin improvisaciones. ¿Queda claro?

	Asentí como una sonrisa boba de felicidad. María miró su reloj.

	—Son las cuatro, vete a casa. Mañana a la misma hora que hoy.

	Salí del probador con cierta sensación de tranquilidad. Al pasar por la tienda de camino al vestuario vi como las dos señoras salían de la tienda con una gran bolsa en la que supuse había un abrigo de una tonalidad más clara que el bolso Vuitton.

	Me senté en el banco del vestuario y me descalcé los preciosos zapatos. Tenía los dedos rojos y rozados con unas ampollas transparentes que daba cierta cosa mirar. Yo que a los dieciséis años hubiera matado por unos zapatos como aquellos y me hubiera ido a la cama con ellos por no quitármelos de lo bonitos que eran, en ese mismo momento hubiera deseado que me cortaran las piernas por las rodillas. Valoré la posibilidad de ir descalza a casa y la descarté a regañadientes, me puse mi ropa y volví a calzarme mis bailarinas, mis dedos se resintieron otra vez al contacto con la piel del zapato y yo no supe cómo iba a aguantar el día siguiente con aquellas máquinas de tortura.

	Al llegar a casa me preparé un té con jengibre y canela y me dejé caer en sofá. Miré el reloj y decidí llamar a Irene. Le conté cómo había transcurrido la jornada y ella no tardó en asociar a María con su paso por Pronovias años atrás.

	—Es buena mujer, no te preocupes, si ha decidido ayudarte lo hará, pero estate alerta y no metas pata.

	No fue su único consejo. Así que decidí hacerle caso y pasarme toda la tarde en el sofá de casa con un libro en las manos y los pies metidos en un barreño de agua con sal. Había superado el primer día, aquello ya era toda una proeza. Esperaba que el destino esta vez estuviera de mi parte y me ayudara a mantener mi puesto.





Capítulo 3




	El día siguiente fue un poco más de lo mismo, María se pasó la mañana explicándome dónde estaban las cosas y enseñándome a tener las cosas bajo control. Aunque ese segundo día pasó algo más. Algo aún más sorprendente que todo lo vivido el primer día, la vi atender a un cliente, la seguí por toda la tienda viendo desde su saludo inicial —una leve reverencia con la cabeza—, hasta la forma y la gracia con la que movía las manos enseñándole a la mujer que observaba, tan hipnotizada como yo, todo cuanto María le ofrecía. Sus gestos no fueron lo más sorprendente, escucharla hablar, incluso cambió su tono de voz a uno más dulce. Atender a su descripción de las prendas y como encontraba la ocasión perfecta para que la mujer pudiera lucirlas y ser la mejor vestida de la fiesta. Cuando la clienta entró en el probador María le ofreció algo de tomar y en menos de dos minutos había un café con leche de soja en la mesita del probador. Mientras que la mujer lo disfrutaba, María no perdió el tiempo y corrió a buscar todo lo que creyó que podía gustarle. Durante más de media hora no dejó de mostrarle diferentes combinaciones y complementos: un cinturón por aquí, una chaqueta por allá. Un jersey sobre una falda para el otoño y la misma falda con una camiseta más desenfada para la primavera.

	—Si combina el vestido con una chaqueta de punto larga tienes un toque más femenino, en cambio, si le añades una cazadora de piel tipo biker tienes un look con más caña para ciertas noches, ¿Tiene cazadora?

	No esperaba respuesta María desaparecía en la tienda y aparecía a los dos segundos con una cazadora que combinaba a la perfección. En su camino por la tienda entraba otras prendas que dejaba en una burra y que iba sacando según tenía ocasión para que la clienta se las probara. Le enseño vestidos que combinó de diferentes maneras, le hizo conjuntos con pantalón a los que le colocó chaquetas y zapatos y en un último momento hasta un sombrero le probó a la clienta.

	Observar a María en aquella situación era una delicia, todos sus sentidos estaban puestos en la clienta, en satisfacer sus necesidades y crear otras nuevas, siempre escuchando para ofrecerle lo que más le pudiera interesar, intentando que todas las prendas que le ofreciera fueran de su agrado y evitando que su actitud pasara de ser positiva y abierta a negativa porque no se veía reflejada en el estilo que la dependienta le ofrecía.

	Finalmente, y tras casi una hora en el probador la mujer pasó por caja y salió de la tienda con una sonrisa de oreja a oreja y un agujero de casi tres mil euros en su tarjeta de crédito.

	—¿Cómo sabías que se llevaría todo eso? —pregunté a María mientras recogíamos las prendas que la mujer había descartado en el probador.

	—No lo sabía, sencillamente le he enseñado lo mejor que tenía para ella. —me miró—. No se trata de vender ropa, se trata de conocer sus necesidades y sus deseos y satisfacerlos y después, ofrecerles lo mejor que tenemos. “El viaje del cliente” ¿recuerdas? —Asentí, acaba de ver aquel viaje en movimiento—. No solo vendemos ropa, vendemos la experiencia de ser atendidos en La Boutique.

	Reflexioné mucho sobre esas palabras mientras continuamos recogiendo y durante todo el día me esforcé en prestar atención a las ventas de María, pero también del resto de mis compañeras que me miraban con desconfianza, incluso María me miraba mal cuando me acercaba y ponía la oreja en la venta de alguna compañera, pero no me inmiscuía, solo tomaba nota mental de situaciones y de las conversaciones entre las clientas y las chicas, para poder ponerlas en práctica cuando llegara el momento de empezar a vender.

	En cuanto a mis compañeras, no tardé en darme cuenta de que la familia a la que se había referido Susana en mi entrevista no existía. Las chicas se llevaban bien, pero había una rivalidad que las llevaba a discutir y a levantarse la voz en más de una ocasión, siempre en el almacén o en la sala de descanso, por supuesto.

	Aquello no era una familia, al menos no una al uso, quizá una familia de telenovela venezolana de esas en las que la nuera tiene un lio con el hermano de su suegro, mientras que la hija, rompe su matrimonio con el rico heredero para tener una aventura con el chofer y todos guardan las apariencias, pero en el fondo desearían matarse los unos a los otros, pues una familia de esas quizás sí.

	Yo pasé a denominarlas tal y como se refirió a ellas en un primer momento Irene: la jungla.

	En mi turno eran diez chicas, del total de veinticinco dependientas que cubríamos todos los turnos, pero en la planta de alta costura solo estábamos seis de las diez, además de María. De tres de ellas no podía decir gran cosa, entraban más tarde y su turno duraba unas tres horas después de que se acabara el mío, tampoco coincidíamos en los descansos además no eran muy parlanchinas, pero eran amables y hacían su trabajo. Las otras tres, ellas sí eran las reinas de la jungla:

	Jésica, era la chica araña, la más atenta, se movía sigilosa entre las barras de ropa marcando su territorio como una gran tela de araña, desplazándose con movimientos apenas apreciables, acechando a su presa y esperando para que callera en su trampa.

	Maribel, era la chica pantera. Era alta y probablemente la más elegante de todas, se movía con precisión y confianza en sí misma y a la mínima oportunidad saltaba sobre el cliente y le destrozaba la cartera.

	Emma, era la chica colibrí, era pequeña y delgadita, su aspecto inofensivo la favorecía para pasar desapercibida y acercarse a las clientas más estiradas, aunque sus favoritos eran los maridos que buscaban un regalo para sus mujeres, los pobres salían de allí sin saber muy bien que había sucedido para que de pronto esa blusa de regalo de aniversario se hubiera convertido en media renovación de armario.

	Eran buenas, muy buenas en su trabajo, sabían leer necesidades y transformarlas en las prendas adecuadas. Eran capaces de generar situaciones en las que tal o cual vestido era el adecuado por encima de cualquier otro y además eran las mejores convenciendo sutilmente de que siempre era mejor llevarse algo de más que algo de menos, sobre todo porque nuestras prendas solían agotarse rápidamente, hay que recordar que vendíamos lujo y exclusividad. Y eso a nuestras clientas las volvía locas.

	 A pesar de todo, como decía aquello era una jungla, las chicas, todas en mayor o menor medida, trataban de robarse las clientas o de ponerse la zancadilla las unas a las otras, apenas se ayudaban y el compañerismo desaparecía en cuanto una clienta entraba por la puerta. La cosa se complicaba cuando Flor aparecía en la sala. Apenas dejaba su despacho, por lo visto su trabajo consistía en organizar los horarios de todas las chicas y también hacer los pedidos de reposición de stock, así como hacer informes de ventas y previsiones para abastecimiento en tienda para las siguientes temporadas y no sé cuántas cosas más, pero por lo visto también tenía que cumplir horas en tienda en las que debía atender a clientes y vigilar las ventas de las demás, para evitar que se perdiera el buen hacer. En los momentos en los que Flor estaba en tienda, las chicas procuraban escabullirse y realizar tareas de reposición o bajar a arreglar el almacén.

	—Buenas tardes Clara, ¿cómo van los primeros días? —me preguntó el primero de esos días que apareció en la tienda.

	—Eh, bien, aprendiendo mucho de…

	—De dónde está todo —se inmiscuyó María—. La tienda es grande, ya sabes que es fácil perderse. —Me miró muy seria—. Clara, baja al almacén y ordena por talla y modelo todas las cajas de zapatos Choo, bajé ayer a buscar unos y son una locura.

	No entendí muy bien aquella orden, era la primera vez que María me mandaba hacer algo, pero no abrí la boca, que mi madre siempre me ha dicho que según en qué situaciones mejor cerrar la boca y no jugarse la lengua. Mi madre siempre ha sido muy exagerada para los refranes, aun así, bajé por las escaleras hasta el almacén y fui derecha a la zona de los zapatos.

	Aquel almacén era un laberinto de barras de ropa colgada formando pasillos. Estaba perfectamente iluminado y a la entrada de cada pasillo había un letrero con la marca o el diseñador y el estilo: casual, cocktel, fiesta corto, fiesta largo. A su vez cada barra estaba separada por tallas. Al fondo a la izquierda justo en frente de la zona de zapatos estaba la sección de vestidos de novia, al igual que el resto estaba perfectamente indicado dónde estaba todo, pero había un pasillo con más de cien vestidos sin identificar, me habían llamado la atención desde el primer día que había bajado allí con María.

	—Son vestidos vintage, pero vintage auténticos. Restos de colecciones antiguas, vestidos exclusivos que nunca se vendieron, hay auténticas maravillas en esas barras, es una pena que hoy en día prime más un diseñador o una moda que un diseño que podría ser una obra de arte —me había explicado María.

	Aquel primer día ya me he había tomado cinco minutos para admirarlos y realmente me parecieron magníficos, así que me paré a ver que había entre esas joyas durante cinco minutos, justo los cinco minutos que necesitaba para concienciarme de que más de cuatrocientas cajas de zapatos me esperaban para ser ordenadas.

	Me quité las máquinas de tortura de los pies y decidí trabajar descalza, ya que no estaba dispuesta a caerme de la escalera por culpa de los tacones.

	Llevaba como una hora moviendo cajas de aquí para allí cuando se abrieron las puertas de carga del almacén y entró una furgoneta. Yo había dejado cajas en medio de la zona de descarga y la furgoneta se paró.

	—¿Sé puede saber qué haces? —gritó una voz desde dentro de la furgoneta—. Tengo que pasar, mueve esas cajas.

	—Sí, lo siento—. No supe qué más decir, el chico era un maleducado.

	—Vamos que no tengo todo el día.

	Moví las cajas lo más rápido que pude y la furgoneta pasó y aparcó en la zona de descarga. Un joven moreno y refunfuñón bajó de la furgoneta y pulsó el botón de un interfono.

	—Soy Bruno, bajad a revisar la carga —gruñó.

	Volví a mi tarea y me agaché detrás de las cajas para pasar desapercibida, aquel chico tenía muy mal humor y yo no tenía ganas de ser saco de boxeo de ningún transportista frustrado. A penas un minuto después oí un taconeo rítmico y decidido y supe que Flor había entrado en el almacén.

	—Ya era hora, llegas más de dos horas tarde —espetó.

	—No es mi culpa si en el almacén no tienen el pedido preparado a primera hora.

	—¿Y es mi culpa? —gritó—. Mira Bruno, soy yo la que me tengo que quedar a hacer horas extras para compensar vuestros retrasos. Si no hay ropa en la tienda no se vende y si no se vende a ¿quién crees que crucifican? Así que dejaos de excusas y haced vuestro trabajo a vuestra hora.

	—Informaré al jefe de tu queja.

	—A mí no me contestes. —Flor había vuelto a levantar la voz y yo decidí esconderme un poco mejor—. En cuanto vuelva arriba voy a informar a Susana de esto.

	El joven decidió no volver a abrir la boca y comenzó a sacar prendas y a colgarlas en una burra. Mientras Flor punteaba en un papel y contaba las prendas. Al fondo de la furgoneta había cajas.

	—¿Y esto qué es? —preguntó Flor.

	—Zapatos, creo.

	Me hice muy pequeña, tan pequeña como pude, pero no sirvió.

	—Clara, ¿estás ahí? —llamó Flor.

	Saqué la cabeza de detrás de una torre de cajas de zapatos.

	—Sí, estoy aquí. —No parecía sorprendida, parecía que no le importaba que hubiera presenciado la discusión con el chico que no dejaba de sacar prendas de la furgoneta.

	—¿Se puede saber qué viene es este lio?

	—Estoy ordenando los zapatos de Choo.

	Flor miró a todos lados y puso los ojos en blanco, después de miró a mi otra vez muy seria y cogió aire.

	—¿A esto lo llamas ordenar? Hay zapatos por todos lados —me gritó—, ordena esto y no quiero verte hasta que todo esté en su sitio. ¿Me oyes? —Asentí— ¿Y ves esas cajas? —Señaló a las cajas que el chico había sacado de la furgoneta—. Se acaban de sumar a tu trabajo. Y ponte los zapatos que no eres una pordiosera para ir descalza.

	No supe cómo encajar el golpe en ese momento. Era la primera vez que alguien me gritaba de aquella manera, era la primera vez que me sentía humillada en un trabajo y aquella sensación no me gustó demasiado.

	Flor se acercó al interfono y pidió a dos chicas que bajaran. El taconeo doble no tardó en escucharse y al cabo de un momento dos chicas habían aparecido a mi lado.

	—Revisad el pedido y apuntad las incidencias, colocad cada prenda en su sitio y después me subís el albarán. —Se giró hacia dónde yo estaba—. Los zapatos se los dejáis a Clara.

	Flor dio media vuelta y se marchó y las chicas se acercaron a las prendas.

	—Ya podrías venir antes —espetó una de las dos al chico—. Siempre haces que nos vayamos más tarde.

	—Trabajad más rápido y así compensáis —contestó él de vuelta hacía la furgoneta.

	—Bruno —llamó la misma que había hablado antes—. Sabes que tienes que dejar las burras cerca de la mesa para que no tengamos que moverlas nosotras.

	—Tengo que irme, yo también tengo trabajo en el almacén y vosotras tenéis manos para empujar las burras —se quejó el chico.

	—Pues trabaja rápido y así compensas, venga, a mover las burras que se nos rompen las uñas.

	Las dos estallaron en carcajadas y Bruno comenzó a ponerse rojo de la rabia. Cogió las dos burras una con cada mano y las arrastró hasta la parte central del almacén donde había una gran mesa de trabajo. Después volvió refunfuñando a la furgoneta.

	—¿Tú también quieres que te acerque las cajas? —gruñó al pasar por mi lado.

	—No, ya me encargo yo, pero gracias. —Sonreí.

	No sé porque sonreí en ese momento, pero me dio la sensación de que a él tampoco le hacía gracia que lo trataran así en el trabajo. Tanto Flor como las dos chicas habían sido malas con él y conmigo y tuve la sensación de que aquella no iba a ser la última vez.

	—Eh, vale, de nada. —Él no me sonrió, pero apareció una expresión de extrañeza en su cara

	Se montó en la furgoneta y se marchó.

	Miré el reloj eran las dos del mediodía, tenía tres horas para arreglar todos aquellos zapatos antes de que terminara mi jornada, así que me puse manos a la obra.

	Las chicas terminaron su trabajo y volvieron a subir y yo me quedé ordenando. Al cabo de un rato volví a escuchar taconeo.

	—¿Cómo lo llevas? —preguntó María.

	—Bueno, aquí ando.

	—Lo siento, no quería que Flor te viera en tienda, tiene un carácter un tanto…

	—¿Desagradable? —la ayudé

	—Exigente —me corrigió—. No quería que viera que aún no vendes por ti misma y pensé que quitarte de en medio sería la mejor manera de mantenerte lejos de su alcance, pero ha sido una mala idea.

	María se quitó los zapatos y comenzó a mover cajas conmigo.

	—Mañana empezarás a vender. Se acabó el periodo de aprendizaje. Eres lista y creo que lo harás bien. Además, no puedes estar sin vender más tiempo o el resto comenzarán a quejarse y será peor.

	Asentí, por un lado, me apetecía volar sola, me apetecía poner en práctica todo lo que había aprendido en aquellos pocos días, pero por otro aquel día me había dado cierto respeto presenciar el carácter “exigente” de Flor, no me apetecía meter la pata y tener que vérmelas con ella y su temperamento.

	Aquella noche tuve pesadillas, Flor me perseguía por la tienda y me obligaba a ordenar cosas mientras me gritaba, yo trataba de defenderme, pero masticaba una gran bola de chicle y no era capaz de sacármela de la boca de ninguna manera por lo que no podía responderle.

	Me desperté sobresaltada, pero decidí que no había nada que fuera más grave que volver a quedarme sin trabajo y lo que era peor, saber lo difícil que sería encontrar un trabajo con las condiciones que me ofrecía La Boutique. Así que me preparé un desayuno contundente, bocadillo de jamón y café con leche. Porque en Instagram los desayunos esos de yogurt con semillas y algo de fruta, así todo cortadito en plan pequeño y mono, tienen muy buena pinta, pero yo con eso me muero de hambre a las dos horas y tenía que aguantar un buen rato de trabajo hasta la hora de la comida.

	Entré con paso decidido a La Boutique, llegué temprano, me apetecía estar sola en el vestuario antes de que llegaran las demás, maquillarme y recogerme el pelo en plan ritual, como en las películas en las que antes de una batalla los personajes se visten a cámara lenta, pues yo igual solo que a cámara rápida para no perder el tiempo que tampoco iba tan sobrada. Los zapatos seguían siendo una tortura a la que estaba segura que nunca me adaptaría, pero al menos ya no me hacían llagas en los pies. A las nueve y media ya estaba en la tienda, encendiendo luces y comenzando a recoger y a ordenar lo poco que había quedado desordenado del último turno del día anterior. María apareció cinco minutos después y me vio ya trabajando.

	—Buena chica —mencionó con una sonrisa.

	Esa semana había más movimiento del habitual, estábamos a mitad de mes y se estaba poniendo de moda una tradición estadounidense, que consistía en hacer descuentos justo antes de navidad para que la gente aprovechase y no esperase hasta el último momento para sus compras. La idea en sí, es buena porque atrae a más público, el problema era que también atraía a clientas que pensaban que podían comprar, pero que se seguían asustando de los precios y huían despavoridas cuando intentaban calcular el quince por ciento de los mil ochocientos euros que valía aquel abrigo tan mono que estaban mirando.

	Las chicas no andaban de buen humor aquellos días. Sí, era verdad que las ventas habían subido, pero el trabajo también, dada la cantidad de personas que entraban y revolvían buscando la ganga como si de un mercadillo se tratara. Yo personalmente estaba contenta, ya que, al haber tanto trabajo, el mío pasaba más desapercibido y podía practicar las técnicas aprendidas con mejor o peor resultado, pero practicar al fin y cabo.

	Al tener más trabajo en tienda también aumentó el ritmo de trabajo en el almacén, el miércoles de esa semana me tocó bajar a recibir el pedido.

	Nada más llegar a la zona de descarga me topé con Bruno que al verme suspiró y siguió sacando cosas de la furgoneta.

	—¿Dónde te dejo esto? —resopló.

	—Ahí mismo está bien, lo iré repasando en las burras y los colocaré en las barras directamente.

	Bruno paró de mover prendas y me miró un poco perplejo, miré a un lado y a otro sin entender muy bien que estaba pasando.

	—¿No quieres que lo ponga allí, o allí? —dijo señalando a un lado y a otro.

	—No, me he dado cuenta de que es más eficiente si lo ordeno en las burras por diseñador y luego lo cuento y lo coloco. —Aquella conversación me empezaba a parecer un examen.

	—Tus compañeras normalmente me lo piden para que pierda tiempo y molestarme —confesó.

	—Ah, vaya. —Por algún motivo aquello no me extrañó—. No quiero molestarte.

	Bruno sonrió y siguió trabajando mientras yo cogía la primera burra que tenía cargada y el albarán que me entregó. Tiré de ella hasta la zona donde estaban todas las barras. Cuando Bruno terminó hizo lo mismo con la otra burra.

	—No era necesario, ya te he dicho que no quería molestarte.

	—No me molesta y en este caso, sí era necesario. —Volvió a sonreír mientras se alejaba hacia la furgoneta.

	Oí un taconeo a mis espaldas un poco más acelerado de la cuenta.

	—Bruno, Bruno, espera… —María corría por el almacén con cuatro perchas con prendas en la mano derecha—. ¡Los arreglos!

	Bruno se acercó a María y cogió las prendas. Miró las etiquetas y las prendas.

	—¿Algún comentario?

	—Nada importante, está todo en los papeles.

	—Genial. —Se volvió hacía mí—. Qué tengas un buen día.

	—Gracias, igual para ti.

	Bruno sonrió a María y se marchó. María y yo nos quedamos mirando hasta que la puerta metálica se cerró.

	—Con tanto lio se me había olvidado explicarte el tema de los arreglos —comenzó María—. Cuando una clienta quiere que se le haga un arreglo, bien porque el vestido le queda largo, las pinzas anchas o lo que sea, lo cogemos con alfileres y lo enviamos a nuestro taller. Es un taller de confianza que nos da la calidad de los diseños de alta costura, imagina que a un diseño de Carolina Herrera le cosemos un bajo torcido… sería un desastre. El caso es que no se modifican modelos, únicamente se adaptan al cuerpo de nuestras clientas. Cada miércoles Bruno se los lleva y los devuelve el lunes siguiente.

	—Ok, entendido ¿Y sí una clienta lo necesita para antes de una semana?

	—Se puede hacer un envió urgente, pero generalmente es complicado, el taller es de mucha calidad y tienen muchos arreglos y precisamente eso es lo que hay que decirle a la clienta, ¿Entendido? —asentí—. Vale, pues vuelvo arriba y tú sigue con esto. Si tienes algún problema me avisas.

	Puse la información en ese punto de mi cerebro en el que tenía anotadas las cosas importantes y seguí con mi trabajo.



	Me pasé la tarde colocando la ropa que no era poca y un poco antes de que acabara mi turno oí el taconeo de unos zapatos bajar por las escaleras.

	—Flor quiere verte en su despacho antes de que te vayas.

	Era la chica pantera, que una vez dado el mensaje se dio media vuelta y se fue por donde había venido. Terminé de colocar lo que tenía entre manos y subí al despacho, la verdad es que iba un poco acojonada, había visto la parte borde de aquella mujer y no me apetecía volver a verla y menos descargando su ira contra mí. Respiré hondo y llamé con los nudillos a la puerta. Desde el otro lado su voz de oyó invitándome a pasar.

	—Buenas tardes Clara, siéntate por favor. —Me indicó una silla que había a su izquierda mientras miraba unos papeles—. Cada semana suelo hacer una reunión con algunas chicas, no con todas, pero sí con los casos más significativos.

	Me pregunté durante un segundo a qué se referiría con casos significativos, ya que estando yo allí debía ser uno de esos casos.

	—Ajá —acerté a decir.

	—Llevas una semana aquí con nosotras —hizo un leve matiz en nosotras —. Pero tus ventas no son exactamente lo que esperábamos de un currículum como el tuyo.

	Trague saliva mientras ella consultaba un papel con gráficas que tenía en las manos. Una de las gráficas tenía unas marcas rojas muy feas y supuse que era la mía.

	—Tienes dos meses de periodo de prueba —apuntó— ¿Sabes lo que eso significa?

	—Sí, claro.

	—En esta boutique somos muy exigentes, necesitamos números y resultados y ahora mismo no los estas dando. —El tono de su discurso era amable y me miró con una sonrisa—. Por otro lado, tengo unas referencias muy buenas por parte de María hacía ti. Entiendo que la tienda es grande y que todas somos una gran familia, —hizo énfasis en la palabra familia—, en la que a veces es un poco complicado sentirse cómoda, por ese mismo motivo he decidido darte tres semanas y volveremos hablar después. Con esto pretendo que no te sientas tan presionada, tienes tres semanas para logar una evolución favorable y ponerte al ritmo de tus compañeras.

	—Gracias, haré todo lo que está en mi mano para que no te arrepientas de la decisión. —Y lo dije de corazón.

	—Perfecto —dijo levantándose y tendiéndome las manos para coger las mías— Si necesitas cualquier cosa o tienes cualquier duda, no tengas ningún problema en venir a hablar conmigo.

	Salí de aquel despacho con una sensación extraña. Esperaba a un monstruo y me había encontrado con una mujer de lo más amable y compresiva con mi situación. Me sentí estúpida por haber pensado tan mal de ella, quitando ese momento “desagradable” Flor siempre se había portado bien conmigo. Quizás el día anterior solo había sido un mal día. De golpe me sentí bien y con ganas de volver al día siguiente, que poco me iba a durar ese sentimiento…

	Cuando me colgué mi bolso y rebusqué mi obsoleto móvil en su interior, vi un wasap de Teresa, mi mejor amiga, suplicándome que nos viéramos.



	Clara:

	Estoy en Paseo de Gracia

	Teresa:

	¡Genial!

	Acabo de salir del curro, nos vemos en 5 min en la Bodegueta



	La Bodegueta de Carrer Provença era nuestro sitio. Un bar acogedor y con una decoración medio clásica para lo que se podría esperar para esa zona de la ciudad, pero que a mí me volvía loca. El suelo blanco y negro como un tablero de ajedrez y botellas y barriles de vino por todas partes. El sitio no era muy amplio y las mesas eran pequeñas y estrechas. Pero tenían una junto a la ventana que era mi perdición. Me pedí una copa de vino blanco Verdejo y esperé a Teresa.

	Teresa era mi antítesis, venía de una familia con mucho dinero, era sofisticada y muy elegante, siempre vestía ropa de marca y tenía unos zapatos que me volvían loca. Su padre tenía una empresa de importación de material quirúrgico para hospitales y clínicas de todo tipo y ella obtuvo un puesto con un sueldo de muchos ceros nada más terminar la carrera. Precisamente nos habíamos conocido en la universidad. Ella había estudiado derecho, pero coincidimos en algunas asignaturas de derecho laborar. A pesar del abismo social que nos separaba congeniamos desde el primer día. Teresa era muy lista y trabajadora, sabía que tenía un puesto asegurado, pero se preparó y estudió con mucho ahínco para que nadie pudiera acusarla de no saber hacer su trabajo. Enchufada sí, pero la más eficiente.

	Llegó con su melenita corta bien peinada y sus ojos afilados, siempre pensé que tenía raíces asiáticas por la forma de sus ojos y el color de su piel, bastante más tostada que la mía.

	—Anda que me esperas —me espetó nada más llegar señalando mi copa de vino.

	Buscó con la mirada al camarero, que llevaba mirándola desde que había traspasado la puerta, y le hizo un gesto como si tirara de un grifo. Él le guiñó un ojo.

	—A ese lo tienes loco —confirmé. Teresa me miró con una media sonrisa llena de orgullo—, rompecorazones.

	—Anda ya —contesto sentándose por fin frente a mí—. Ya me gustaría a mí que no es lo mismo.

	Y nos reímos, por primera vez en toda la semana me reí a carcajadas y sin sentido. Con Teresa siempre era así.

	—¿Y cuéntame a que se debe la urgencia de la quedada? —le pregunté.

	—¿Pues a qué va a ser? Vamos a celebrar tu puesto de trabajo.

	—Tere, estoy a prueba, y si te soy sincera, no creo que esto funcione —le confesé y la puse al día de todo lo que había pasado en los últimos días.

	—Esa Flor es un mal bicho.

	—No creo, hoy ha sido tremendamente amable conmigo. Sencillamente debió tener un mal día.

	—Créeme, conozco a las de su calaña, está amargada fijo. Pero tú eres más lista. Eres la más lista de todas las que trabajan en esa tienda, dentro de un mes todas te adoraran.

	Y pensé que sería bonito que aquello fuera así. Porque la verdad es que empezaba a gustarme la dinámica del trabajo y el trato con los clientes. ¡Y la ropa! La ropa me fascinaba, y eso que yo nunca había sido de fijarme mucho en diseñadores o estilos, pero después de una semana en La Boutique deseé nacer rica en otra vida para poder permitirme alguno de aquellos vestidos.

	Después de dos copas de vino más, unas aceitunas y un plato de quesos decidimos que había llegado el momento de volver a casa. Habíamos pasado un par de horas poniéndonos al día de nuestra vida y de pronto, cuando me di cuenta, mis problemas parecían más ligeros, puede que el vino también ayudara a ello.

	Llegué a casa y me puse delante del espejo de mi habitación y me miré de arriba abajo.

	—Mañana es el primer día del resto de tu vida, Clara —me dije mirándome a los ojos—. Mañana te vas a comer el mundo y con él a varias clientas que van a hacer unas compras que sus tarjetas van a temblar hasta hacerse pedazos.

	Y con esa sensación de felicidad y autoconvencimiento, provocada por mi conversación con Teresa y el suave efecto que aún me provocaba el vino me dormí esperando que sonara el despertador al día siguiente.





Capítulo 4




	Entré como cada mañana con paso decidido. Iba a vender, lo tenía clarísimo. Iba a demostrarme a mí misma que valía para aquel trabajo de dedicación y excelencia hacía el cliente.

	Los miércoles solían ser tranquilos, Los miércoles son esos días en los que ya has superado la depresión del lunes y el martes, pero aún quedan dos días para el sábado, es el día de en medio, el día feo de la semana, el que nadie aprecia, por qué, ¿Qué puede pasar un miércoles? Para mi aquel miércoles era diferente, había tenido suerte, en el listado de días de fiesta me habían tocado los viernes, que podrían llegar a ser el sustituto perfecto para el sábado trabajando. Los años que llevaba en el mundo del retail habían sido muy duros hasta la fecha, trabajar de lunes a sábado y teniendo solo el domingo para descansar y disfrutar un poco de mi tiempo libre me habían llevado a no ser capaz de hacer ninguna de las dos cosas con total sensación de disfrute. Quién hubiera tenido la brillante idea de abrir los comercios en sábado tendría que estar ardiendo en el infierno. En La Boutique tenían unas normas un poco más “humanas” y a pesar de tener que trabajar el sábado nos daban un día libre entre semana. Por lo tanto, aquel miércoles, para mí, era un jueves y el jueves ya es ese día en el que ves la luz del fin de semana resplandeciendo frente a ti, además era el día en que iba a comenzar a vender, por lo tanto, aquel no era un miércoles cualquiera, era EL miércoles, mi miércoles, ese miércoles que recordaré toda la vida y que será el principio de un camino perfecto en La Boutique.

	Con estos pensamientos tan positivos en la cabeza entré en la sala, las chicas doblaban y colocaban las prendas para tener la tienda perfecta desde primerísima hora. Saludé alegremente a todas con las que me crucé hasta llegar a María que estaba en la zona de probadores. La mayoría apenas me dirigió una mirada.

	—Buenos días Clara, ¿estás lista para empezar? —me preguntó María guiñándome un ojo.

	—La verdad es que sí, estoy muy animada.

	—Perfecto, pues sal ahí y vende. Si tienes alguna duda búscame con la mirada y acudiré en tu ayuda.

	—Muchas gracias. —Me sentía muy cómoda con María.

	Volví a la planta y busqué un lugar cerca de la puerta, para empezar a perfilar la tienda, no era fácil todos los lugares cercanos a la puerta siempre estaban bien protegidos por algunas de las chicas.

	Fui a la zona de vestidos de fiesta de alta costura. Había auténticas maravillas colgadas en aquellas perchas, y yo los miraba y me veía vestida con alguno de ellos y me parecía un sueño imposible. Descolgué vestido por vestido, colocado etiquetas por dentro, siempre con el precio hacía atrás, era de mal gusto que el cliente viera el precio. Además, así también teníamos una excusa para romper el hielo cuando un cliente nos preguntaba dónde estaba el precio. Cualquier tipo de acercamiento que nos permitiera entrar en el mundo de nuestros clientes siempre era de agradecer. Me aseguré también de que todos los lazos estuvieran bien atados y los volantes en su sitio. Los más delicados estaban sujetos con unas pinzas grandes que evitaban que se deformaran las telas. Eran una auténtica maravilla.

	Sobre la una entró la primera clienta mientras yo acicalaba un mono precioso de Diane Von Furstenberg con lazada en la cintura, las chicas como ya era habitual se tensaron y por primera vez yo sentí esa tensión. La mirábamos sin querer mirarla, intentando adivinar todo sobre ella: Su edad, unos cuarenta años muy bien llevados, debía ser ejecutiva o abogada ya que llevaba una funda de ordenador portátil pequeña colgada del hombro. Vestía traje de chaqueta con falda lápiz bajo el abrigo gris marengo, debía estar en su rato de la comida, o se había escapado de una reunión y estaba remoloneando por allí para no volver tan pronto a la oficina. Fuera cual fuera la situación, parecía decidida en su paso hacía la barra de vestidos coctel, parecía conocer la tienda, no miró a ninguna de las chicas, apenas saludó al portero.

	Yo estaba a pocos pasos de ella, seguía haciéndole un escáner visual, tratando de averiguar que buscaba en nuestra Boutique. Los zapatos eran de tacón alto y las medias negras, tupidas. Cotilleaba y cotilleaba sin dejar de pasar percha tras percha, en un momento dado me acordé de mis contrincantes, las chicas, cómo narices las había olvidado. Jésica había iniciado su aproximación araña, moviendo un pie y después el otro casi inapreciablemente y Maribel comenzaba a situarse en su posición de ataque, había cogido una prenda de la burra de Dolce & Gabanna y con paso decidido estaba a punto de moverla a la barra de Chanel para estas más cerca de la clienta, la había observado hacer aquel movimiento alguna vez, cambiar una prendar de barra y al terminar la venta correr despavorida a ponerla en su sitio otra vez para que ni Flor ni María se dieran cuenta. Por otra parte, Emma, se había hecho la loca dirigiéndose a los probadores y saliendo un segundo después para quedarse perfilando la barra de Armani que estaba bastante más cerca de la barra en la que nuestra clienta estaba cotilleando. Pero, en definitiva, la única que estaba en la barra de Diane Von Furstenberg, justo la misma en la que nuestra clienta se había quitado el abrigo y lo sujetaba en una mano junto con la funda del portátil, mientras que con la otra trataba de pasar prendas para ver los modelos, ¡era yo!

	Miré a mí alrededor, María estaba en el mostrador ojeando unos papeles y me estaba mirando, me hizo un gesto con la cabeza, casi inapreciable, que me costó un leve segundo interpretar, claro… ¡El abrigo!

	¡Dios! Clara carrera y master y tan torpe a veces…

	—Disculpe —dije dirigiéndome a la clienta con una gran sonrisa en la cara— Si le parece bien puedo dejar su abrigo en un probador así estará más cómoda mirando los vestidos.

	—Sí, claro.

	Me tendió su abrigo y se volvió a colgar la funda del portátil de hombro. Ya estaba, lo tenía era MI clienta y no pensaba dejarla salir de allí sin al menos un vestido.

	Cuando volví de dejar el abrigo en el probador las chicas habían vuelto a sus lugares de inicio. Vi como Maribel volvía de dejar el vestido de Dolce en su barra y de paso la perfilaba para dejarla perfecta. Mi clienta tenía dos vestidos en la mano y los miraba alegremente.

	En una mano tenía un bonito vestido blanco y negro ceñido al cuerpo y largo hasta los pies, escote a la caja y manga larga, una blanca y la otra negra, era muy original. En la otra mano tenía un vestido muy llamativo también bicolor, pero esta vez en naranja y rosa y un escotazo de infarto, la falda era menos ceñida, pero también larga.

	—¿Cuál te gusta más? —me preguntó.

	—Eso depende, ¿Cuál es la ocasión? —respondí.

	Por primera vez me miró, y una sonrisa tímida salió de sus labios. Aunque la borro al segundo.

	—Me los probaré los dos.

	—Por supuesto, los dejo en el probador.

	Me dirigí al probador, intuyendo que el vestido era para una ocasión especial. Así que por el camino cogí un par de vestidos de la barra de Armani y los dejé junto con los demás.

	Al volver a salir, mi clienta tenía otro par de vestidos cortos en la mano, los cogí veloz y me di la vuelta hacía el probador. Entre ir y venir había notado como mi clienta ni siquiera trataba de buscar la etiqueta con los precios esos me daba cierta ventaja. Antes de dejar los nuevos vestidos en la burra del probador ella entro tras de mí y dejó todas sus pertenencias en uno de los sillones y comenzó a desabrocharse la chaqueta. Me fijé en el que el traje de chaqueta era de tweed y al ayudarla a quitarse la chaqueta pude comprobar que efectivamente era un Chanel. Llevaba un Chanel a trabajar, estaba claro que el dinero no era un problema.

	—Una ocasión especial, ¿verdad? —pregunté mientras la ayudaba a desnudarse.

	—Una cena —respondió sería.

	No entré al trapo, no seguí cotilleando, aunque me moría de ganas, no es mi trabajo cotillear sobre la vida de mis clientas, pero me daba la sensación de que no era una cena normal.

	Comenzamos con los dos primeros vestidos que ella había elegido. El negro le hacía bolsas en el pecho.

	—Se puede arreglar…

	—No hay tiempo, la cena es esta noche.

	—Oh, vaya…

	Se quitó el vestido blanco y negro y se puso el naranja, nuevamente el problema era el pecho.

	—Es muy escotado, no quiero ir sin sujetador.

	—Estoy segura de que no tendría problema en ir sin sujetador. —Tenía el pecho operado con lo cual el problema de la gravedad no lo era en absoluto para ella.

	—No es por eso, es que no “quiero” que se note que no llevo sujetador… ya me entiendes…

	Fue una confesión tímida, casi sin mirarme a los ojos. Tenía una cita, estaba claro y no una cualquier, tenía una súper cita, de esas en las que sabes que puede pasar algo que cambie tu vida. Hacía años que yo no tenía una de esas, pero aún recordaba la sensación de destripar todo tu armario sobre la cama y necesitar como el aire para respirar un vestido nuevo. Uno con el que sentirte segura de ti misma, atractiva y bonita y eso solo, y todas lo sabemos, eso, solo se consigue con un vestido nuevo.

	—Tengo este vestido aquí, me ha parecido que le gustaría —dije tímidamente mientras se quitaba el vestido de Diane Von Furstenberg —Es sexy, pero sin llegar a ser totalmente excesivo.

	Le tendí un vestido azul marino con escote a la caja y manga francesa. La espalda era de encaje hasta la mitad, podría ponerse sujetador y la falda era ceñida.

	Se lo puso y la ayudé a abrocharse la cremallera lateral.

	—Esto con un recogido al lado. —Le sujeté la melena con una mano y la despeiné un poco con la otra—. Los pendientes ya le quedan bien y si pasa por casa y se pone unos zapatos bonitos, clásicos, de salón negros. Sera perfecto.

	—No paso por casa.

	—oh, vaya… pues tenemos unos zapatos de Choo que son una maravilla o unos Blahnik negros con una hebilla con brillo…

	—Unos Manolos

	—¿Perdón? —pregunté sin entender demasiado.

	—Los Manolo Blahnik se conocen por Manolos ¿Eres nueva o qué? —preguntó sin prestarme demasiada atención, estaba absorta con su vestido—. De todas formas, este no me convence, dame otro…

	Le pasé otros dos vestidos que descartó al momento, a pesar de haber sido los seleccionados por ella previamente.

	—Es una primera cita ¿verdad?

	—¿Se nota mucho?

	—Un poco. —sonreí y le tendí otro vestido.

	Sabía que ninguno la terminaría de convencer del todo, porque estaba nerviosa, así que decidí elegir yo por ella. María me había enseñado a dirigir las ventas y creía que aquella era una ocasión especial para ayudar a mi clienta.

	—Espere un segundo, tengo el vestido perfecto…

	Salí corriendo del probador y me fui derecha a la barra de Givenchy llevaba mirando aquel vestido desde el primer día que entre a trabajar en La Boutique, era negro de una tela sedosa y con caída, cuello halter y falda de vuelo, se le ajustaría al pecho y le dejaría libertad en las piernas por la falda ancha, ella no quería ir demasiado provocativa, aunque si estar preciosa.

	—No es un modelo muy recargado —dije conforme entraba en el probador—, pero la tela es una maravilla, es seda y la caída es perfecta.

	Se lo puso y cuando se miró al espejo sonrió levemente.

	—Un poco de línea negra en los ojos para dar intensidad a la mirada y un labial rojo y estará usted perfecta.

	—Es perfecto y por la etiqueta creo que no es el más caro de los que me has traído —dijo con cierto retintín—, que decías de unos Manolos…

	Mi primera clienta salió de la tienda preguntándome mi nombre y dándome las gracias además de con un ticket de venta de más de dos mil euros, que tengo que decir que era más de lo que yo cobraría ese mes. Pero se fue feliz y yo me quedé durante el resto del día con una sensación de satisfacción tremenda. No por la venta, no por las comisiones o porque aquella venta me hiciera estar más cerca de conservar mi trabajo, no, me gustó el haber sido cómplice de su felicidad

	Y esa, señores, esa sensación de satisfacción, sería mi perdición.

	—Bien hecho —susurró María cuando terminé la venta.

	Aquel día terminó con un par de bolsos y unos zapatos más en mi cuenta de ventas y con unas compañeras un tanto airadas en el vestuario cuando terminó mi jornada. Había empezado la competencia y ellas lo sabían.



	Los días siguieron bien, comencé a tener confianza en mí misma. Por las tardes me dedicaba a hacer lo que mejor sabía hacer, quizás lo único, estudiar. Me aprendí la historia de los diseñadores y había investigado los diferentes estilos según los años, había aprendido a reconocer telas y estampados y las clientas a veces alucinaban con las explicaciones y los consejos que les daba.

	—Vaya nunca había entrado en esta tienda y me habían atendido y convencido con tantos detalles —dijo una clienta en una ocasión.

	Había aprendido de María, pero yo lo llevaba más lejos, me había pasado el último mes buscando información en internet, había ido a otras tiendas especializadas en determinados diseñadores, había preguntado por telas y tejidos. Había estudiado las formas y los volúmenes de todas aquellas prendas. Me había empapado de blogs y me había suscrito a más canales de Youtube de moda de los que hubiera imaginado en tres vidas, me había vuelto servicial, había potenciado mi amabilidad e incluso había cambiado mi tono de voz, igual que hacía María. Cuando hablaba con las clientas siempre usaba un tono más suave y alegre.

	El mes llegó a su final antes de lo que yo hubiera podido esperar, sencillamente me dio la sensación de comerme los días. Entraba a trabajar por la mañana temprano y salía a media tarde. Antes de subir al metro compraba revistas de moda y había cogido un par de libros de historia de la moda en la biblioteca del barrio, además de empaparme de todo lo que encontraba por internet. En ese mes me había dado cuenta de que cuanto más supiera yo de una marca, de su estilo, de sus tendencias más podría ofrecer a mis clientas y más contentas se iban ellas. Era cuestión de enseñarles lo mejor que podía ofrecerles según sus necesidades ¿No? Pues eso hacía y me estaba dando buen resultado.

	Un jueves tonto de esos que no esperas que haya mucha venta, una señora con traje de chaqueta negro y camisa blanca, zapato planto y bolso de marca, pero de un par de temporadas atrás entró a la tienda. Las chicas se tensaron como siempre, pero al ver a la señora no tardaron en volver a sus quehaceres, solían hacerlo, solían juzgar a las clientas. Huían de las más mayores ya que no solían comprar mucho y únicamente querían conversación y un poco de atención, las más majas se conformaban con que las atendieran un ratito, preguntado por cuatro tonterías y entre medias, metían información sobre sus hijos y nietos, las peores te hacían desmontar toda la tienda con exigencias imposibles para después no llevarse nada. Tampoco le hacían demasiado caso a las chicas que entraban sin ropa o bolso de marca. Había muchas clientas que iban subiendo o bajando Paseo de Gracia y saltaban directamente desde Zara hasta nuestra boutique y ellas tampoco resultaban interesantes en cuestión de ventas, sabíamos que no iban a comprar. En cambio, aquella clienta desarreglada que entró aquel jueves fue sin duda la que salvó mi estancia en La Boutique. Mis compañeras la ignoraron y yo que estaba cada vez más cerca de final de mes y con una necesidad más que necesaria de demostrar mi valía me acerqué a ella, tratando de pasar desapercibida.

	—Hola, ¿me puedes ayudar? —me preguntó en cuanto entré en su campo de visión.

	—Por supuesto señora, ¿qué necesita?

	—Me acabo de divorciar. —Puse cara de circunstancia—. No me mires así, lo he dejado yo, era un calzonazos. El caso es que he tirado toda mi ropa porque me recordaba a él. Todo menos este traje que no lo tiré porque sencillamente no me acordaba que lo tenía y menos mal porque tendría que haber venido en pijama…

	Rio de manera sincera y contagiosa, mis compañeras me miraron y yo las miré triunfante, por qué sabía las palabras que venían a continuación:

	—La visa aún es suya y la pienso fundir y hacerme un armario nuevo, los abogados ya se encargarán después del desaguisado, pero el susto que se va a dar al ver la cuenta ese no se lo quita nadie.

	Y volvió a reír y yo con ella, porque además de ser una señora muy amable y agradable sumó un ticket que hizo que mi sueldo de tres meses pareciera mera calderilla. En ese primer mes me di cuenta de muchas cosas, la primera de ellas que había gente, gente normal y corriente, no futbolistas o actores o políticos ladrones que tenían mucho dinero, muchísimo dinero y que lo gastaban a manos llenas. Para ellos soltar seis mil euros en ropa, era proporcional a lo que a mí costaba gastar sesenta y eso me hizo pensar en el dinero y el valor que cada uno de nosotros tiene de ese dinero. Porque sí amigos, aunque cueste creerlo porque las matemáticas se suponen exactas, pero no vale lo mismo un billete de quinientos euros para mí que para una de mis lujosas clientas. Mi teoría se confirmó el día que la clienta del vestido cuello halter volvió a la tienda. Nada más verla la reconocí y me puse en guardia, era mi clienta, lo había sido, al menos, una vez y no iba a perderla por nada del mundo. Pero no me hizo falta, fue ella misma la que tras repasar con los ojos la tiendas y localizándome al fondo se dirigió derechita hacía mí.

	—¡Hola! —me saludo, como si nos conociéramos de toda la vida.

	—Hola —respondí menos efusiva y en mi papel de dependienta sofisticada y estirada—, ¿puedo ayudarla en algo?

	—¿No te acuerdas de mí? —preguntó dubitativa.

	Pensé en seguir en mi papel de estirada, pero algo en ella me hizo pensar que aquel día había algo distinto, su actitud conmigo era distinta.

	Afloja Clara, viene de buen rollo.

	—Claro que me acuerdo, ¿qué tal fue la cita? —pregunte en un tono cómplice.

	—Estupenda. —Y se le iluminaron los ojos—. Precisamente por eso venía, para darte las gracias, el vestido fue todo un acierto y los zapatos… los zapatos desde ahora se han convertido en mi mejor arma de seducción. Tú ya me entiendes…

	—Sí, creo que sí —y me permití sonreír con ella mientras con el rabillo del ojo veía como todas mis compañeras nos observaban sin terminar de entender lo que estaba pasando.

	—Pues por eso te he traído este detalle. —Se descolgó una bolsa que había llevado en el brazo y a la que yo no había prestado atención—. Es un detalle sin importancia, para agradecerte lo agradable que fuiste, eso no siempre se suele encontrar en esta tienda…

	Obvié el comentario ya sabía yo, por experiencia, que indistintamente de la categoría de la tienda siempre había clientas dispuestas a despotricar de compañeras para que tú les prestaras más atención.

	—Gracias, pero no sé si puedo aceptarlo —dije realmente agradecida.

	—Claro que sí mujer, si es un detallito sin importancia. —Y ella misma extrajo un paquete mediano, bien envuelto en papel de regalo. —Ábrelo.

	Ante su insistencia y notando todas las miradas de mis compañeras clavadas en mí, retiré el papel de regalo con rapidez para guardarlo en un visto y no visto en la bolsa que previamente contenía el regalo. Me quedé con su contenido, un bolso en tonos llamativos, entre blanco y naranja a rallas, con un galgo metálico en uno de sus lados. De correa corta, para llevar de bolso de mano, me pareció precioso.

	—¿Te gusta?

	—Me encanta —logré responder antes de volver al mundo real —. Pero de verdad que no sé si puedo aceptarlo…

	—Tonterías, si te dicen algo no vuelvo a la tienda —dijo subiendo el tono y riendo después como quién hace una travesura —. Y de ahora en adelante solo compraré si estás tú, me encanta tú estilo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

	—Soy Clara…

	—Encantada cariño, yo soy Cecilia —Me estrechó la mano—. Nos vemos en breve que tengo vacaciones y tengo que renovar el armario para el viaje… Chao!

	Y se fue, moviendo su melena, cumplió su promesa y se convirtió en una de mis mejores clientas desde ese momento. María no tosió a mi lado no fui capaz de reaccionar.

	—Anda, ves a guardar tu regalo —me sugirió.

	—¿Podía aceptarlo?

	—Por supuesto, generalmente no los cogemos en medio de la tienda, pero hay clientas que suelen ser muy generosas.

	—¿De verdad?

	—Claro

	Miré mi bolso, intentando saber cómo de generosa podía ser mi clienta, ya que no tenía ni idea del valor real de aquella cucada, aunque me encantaba y me lo pensaba poner a todas horas y realmente eso me valía más que su precio, aun así, decidí preguntar…

	—¿Cuánto, más o menos, de generosa ha sido Cecilia conmigo?

	—Más o menos unos trescientos euros.

	Creo que si cada vez que me había quedado con la boca abierta me hubieran medido con un metro, aquella vez habría batido records. Trescientos euros por un bolso, de una persona con la que había pasado menos de una hora y que ni siquiera sabía mi nombre.

	—Vendemos felicidad recuérdalo y a ella la hiciste muy feliz. Venga, ves a guardar tu bolso nuevo.





Capítulo 5




	Después del regalo de Cecilia las cosas para mi fueron más sencillas en la tienda, había cogido confianza en mí misma, había mejorado mi plan de ataque, me hubiera llamado a mí misma, chica chimpancé, no sé por qué, pero los chimpancés siempre me habían parecido agradables y así era como yo conseguía a mis clientas, siendo lo más agradable posible con ellas. Había refinado ese entrenamiento inicial con el que María me había instruido, yo era más coloquial, más natural, más yo. Y parecía que estaba funcionando. Las clientas respondían bien y yo estaba más cómoda que siendo tan estirada como mis compañeras, me permitía el lujo de bromear con las clientas y tratarlas de tú, además las aconsejaba siguiendo mi criterio y no tratando de venderles lo más caro y eso en el fondo siempre es de agradecer.

	Unos días antes de que se cumpliera mi periodo de prueba, yo seguía dudando si conseguiría quedarme. No me había atrevido a preguntarle a María, si me iban a echar no quería saberlo, quería esforzarme hasta el final. Si no lo conseguía sería una pena, pero si lo sabía de antemano me relajaría y eso podía hacer que la decisión final cambiara en el último minuto.

	La mañana decisiva me pilló colocando en orden todos los vestidos de Dolce & Gabana cuando entro una señora, era de la categoría que no me gustaban, estirada y con mucho botox en la cara. Era la típica clienta prepotente que no me gustaba atender, ni a mí ni al resto, porque aunque compran se sienten superiores por tener dinero y a veces pueden ser incluso despectivas con nosotras. Jésica y Maribel estaban en el almacén revisando el pedido que había traído Bruno y Emma ya estaba con una clienta. Cuando la clienta puso los pies en la tienda María me miró y me hizo un gesto para que la atendiera yo, ya que era mi puesto el que estaba en juego y ella llevaba algunos días cediéndome a sus clientas. La verdad es que tanto si me quedaba como si me echaban, le debía un detalle a María por lo buena que estaba siendo conmigo.

	La clienta llegó directamente hasta dónde yo estaba.

	—Estoy buscando un vestido para una boda —soltó a bocajarro sin dar siquiera los buenos días.

	—Por supuesto —acerté a decir para tener un segundo para pensar—. ¿Boda de noche o cóctel?

	—Boda de noche y quiero ir espectacular.

	—Perfecto, ¿tiene alguna preferencia de colores, estilo…?

	—Me gustaría algo muy elegante, pero discreto y deja de hacerme preguntas y empieza a buscar opciones ya te diré yo si me gusta y me lo pruebo o no…

	Con esa sentencia, se fue al probador sin mirar atrás. Le hice un gesto a María, y ella me devolvió uno de paciencia y me animó a empezar a buscar vestidos. Paré un segundo en seco y reflexioné sobre la clienta: debía rondar los cuarenta y cinco años y era delgada, llevaba un bolso pequeñito y acolchado y zapatos beige con puntera negra, eran de Chanel. El modelo del vestido no me terminaba de sonar, pero por la caída y la tela no era nada barato y el abrigo era una gabardina pret a por ter de Vuiton. No me lo pensé mucho y fui derecha a la barra de Valentino.

	Cogí vestidos largos, con caída, y mucha tela, escogí colores discretos y con media manga. La señora descartó la mayoría de ellos y se quedó con dos. Le indiqué que podía ayudarla a vestirse, pero se negó en rotundo y me echo del probador. Cuando terminó de probarse esos dos, me llamó y me pidió más vestidos. Me indicó lo que le había gustado de uno y de otro y yo salí corriendo a buscar algo que se ajustara.

	No era muy parlanchina, eso estaba claro, pero tenía las cosas claras y sabía lo que le gustaba. Tardé poco más de veinte minutos en encontrar el vestido perfecto. Finalmente, y tras terminar probándose un par de Stella McMarney y algún que otro Pertegaz acabó tal y como yo había previsto con un Valentino: rojo de seda natural, escote cerrado y manga a la sisa. Caía en forma de túnica y como ella era muy delgada le quedaba muy bien. Escogió unos zapatos, Jimmy Choo negro de lo más bonito que he visto en mi vida y cuando estaba a punto de tirar de una palanca de mi máquina tragaperras invisible, aunque con un premio muy visible: mi trabajo, la clienta volvió a hablar.

	—Me está largo, necesito que me lo cojas y me lo arregles.

	—Sí claro, traigo los alfileres.

	Salí y volví a entrar con mi pulserita y mi pompón lleno de alfileres. María me había enseñado a coger bajos la primera semana y la verdad que no era muy difícil. Sencillamente doblar la tela y poner el alfiler. Poner un par más, procurando que todos estuvieran a la misma medida y el taller hacía el resto. Me levante satisfecha con mi trabajo y esperado que la clienta me diera el visto bueno al largo.

	—Estará para la semana que viene —sentencié.

	—Imposible lo necesito para mañana.

	—¿Perdón? ¿Pero cuando es la boda?

	—El sábado…

	—¡Hoy es jueves! —exclamé.

	—Por eso lo necesito para mañana a primera hora.

	—Pero es que el chico no se lo llevará hasta el miércoles y con mucha suerte quizás lo podamos tener para el lunes —lo dije convencida, aquellas eran las normas, el taller era el mejor y ellos necesitaban su tiempo para hacer bien las cosas.

	—Mira bonita, el vestido no sé ni lo que vale, pero ya te has encargado tú de traerme lo más caro que tenías en la tienda, como siempre…

	—No, yo… —traté de defenderme.

	—Me da igual, el precio no es un problema, pero si vengo a La Boutique a comprarme un vestido de esta categoría y lo necesito para mañana no quiero escusas. Si no lo vas a tener quita los alfileres y me voy a buscar otra cosa, en otra tienda.

	—Quizás si se lo lleva alguna modista particular se lo arregla para mañana, hay un sitio en la calle Provença…

	—Mira bonita no lo has entendido, yo no trabajo para ti, tú trabajas para mí y he sido clara, si el vesti