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Cuando te enamores del viento

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Criar a una niña de tres años y sobrevivir en la gran ciudad eran los dos únicos objetivos de Lydia Martins, una joven camarera sin más familia que sus compañeras de trabajo.

Conseguir el puesto de socio de uno de los mejores bufetes de abogados de Chicago y huir de cualquier compromiso emocional, eran las principales metas de Austin Gallagher, el mayor seductor del estado de Illinois.
Un día de viento, una mirada cálida y un número de teléfono en la cuenta del desayuno tuvieron la culpa de que sus caminos se entrelazaran y acabaran enredados. O tal vez fue una mano amiga, o el destino, ese traidor que no entiende de negativas cuando se empeña en unir a dos personas.

Austin nunca decía que no a un reto.
Lydia nunca decía que sí a una cita.
Year:
2021
Language:
spanish
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1

Cuando soñamos bajo la lluvia

Year:
2021
Language:
spanish
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2

Cuando te encuentre

Year:
2020
Language:
spanish
File:
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Índice de contenido

- 1 -

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- 3 -

- 4 -

- 5 -

- 6 -

- 7 -

- 8 -

- 9 -

- 10 -

- 11 -

- 12 -

- 13 -

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- 15 -

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- 40 -

- 41 -

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- 48 -

- 49 -

- 50 -

- 51 -

- 52 -

- 53 -

- 54 -

- 55 -

- 56 -

- 57 -

- 58 -

- 59 -

- 60 -

- 61 -

- Epílogo -

Agradecimientos





Título original: Cuando te enamores del viento

© 2020 Patricia Rodríguez Huertas

____________________

Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: marzo 2021

Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:

© 2021: Ediciones Versátil S.L.

Av. Diagonal, 601 planta 8

08028 Barcelona

www.ed-versatil.com

____________________

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.





- 1 -


Lydia

Mayo de 2018

—¡Vamos, hazlo! ¿Qué puedes perder? Si un chico así me mirara como te ha mirado ese a ti, no le daría mi número de teléfono, le daría mi vida entera.

«Exagerada», pensé.

Mi jefa veía romances y grandes historias de amor a diario en las miradas de las parejas de clientes, en sus sonrisas, en sus gestos de desesperación mientras esperaban, aunque no supiera si se trataba de una cita. Melinda era una romántica empedernida y me había puesto en su punto de mira.

Pero lo cierto era que el hombre de la mesa siete era guapo, más que guapo. Lo había traído una ráfaga de viento y la cafetería entera había suspirado al verlo entrar. Parecía uno de esos ejecutivos que te miran de arriba abajo y parece que te escaneen. Y sí, a mí me había hecho un TAC integral. Y sí, yo le había sonreído. Dos veces. Tres, si contaba;  la sonrisa que acababa de lanzarle.

—A alguien se le van los ojos hacia la mesa sieteeeee —canturreó mi compañera Jess al pasar con la bandeja repleta de platos sucios.

—Dejadlo ya. ¿Es que no veis que está acompañado?

—¡Bah! Nada importante. La chica es muy bonita, pero tienen una conversación demasiado formal —observó Melinda—. Por cierto, él se llama Austin. —Levanté una ceja, suspicaz. Seguro que se lo estaba inventando. Como siempre—. Es verdad. He oído como ella lo llamaba así al servir el pedido de la mesa ocho.

—Es un nombre bonito —dijo Jess con un guiño muy sugerente—. Dale tu número. Si tiene interés te llamará.

¿Darle mi número? ¿Es que se había vuelto loca? Que trabajáramos en una cafetería que podría ser la localización de una película romántica no significaba que la vida fuera de color de rosa. Podía tontear un poco con los clientes guapos, pero mi descaro acababa ahí.

Hui de ellas con el pedido de la mesa seis. Estaban muy colgadas, o muy aburridas, que era mucho peor. Se habían empeñado en reactivar mi vida sentimental y ya habían dejado claro que mi opinión no contaba. Creían en el amor, «el amor está en el aire», decían. Pero eso solo eran gilipolleces. Hacía tiempo que había dejado de creer en cuentos de princesas o en historias a lo Oficial y caballero. Los hombres, cuanto más lejos, mejor.

Desde que me quedé embarazada de Sophia no había vuelto a estar con nadie. No me interesaba. Mi pequeña fiera de dos años era todo lo que necesitaba para sentirme completa, y lo demás había quedado relegado a un segundo plano.

—Está pidiendo la cuenta —susurró Jess—. Yo te la preparo y se la llevas con tu mejor sonrisa.

Me pellizcó las mejillas, me arregló el pelo y me desabrochó un botón más de la blusa del uniforme. Luego, puso el platillo del ticket en mis manos y me empujó hacia el pasillo.

Si hubiera sabido que mi número de teléfono estaba escrito en el revés de la cuenta jamás se la hubiera entregado, jamás le hubiera vuelto a sonreír. Y jamás, ¡jamás!, le hubiera guiñando un ojo a ese hombre. ¡Jamás!

Austin

Me guardé la cuenta en el bolsillo de la americana y Alice soltó una carcajada. ¡Qué esperaba! La camarera era preciosa, muy de mi estilo: rubia, pelo largo, buenas curvas y mirada provocadora. Su sonrisa era sugerente, pero no tanto como ese escote que insinuaba algo mucho más tentador.

—¿Vas a llamarla? ¿En serio?

—Probablemente. Ese uniforme rosa ha despertado mi curiosidad.

—Eres increíble.

Alice, que se había mostrado muy pesimista durante el almuerzo, volvió a reír y me dio un beso en la mejilla antes de meterse en el taxi que había parado para ella. Me gustó arrancarle una sonrisa. Su empresa estaba atravesando una situación complicada, y yo estaba intentado ayudarla en todo lo que fuera posible. Era mi trabajo: abogado mercantil o un «vendemotos», como decía mi madre.

Empecé mi trayectoria profesional volcándome por completo en la rama penal de la abogacía, pero me di cuenta enseguida de que aquella no era mi vocación. A mí me iba más la negociación en los despachos, resolver disputas entre empresas, identificar riesgos, asesorar en la firma de contratos… En resumidas cuentas: simplificar las cosas a los empresarios. Y cobraba bien, muy bien. Trusk, Eaton and Associates era uno de los bufetes más prestigiosos de Chicago, y yo era un hijo de puta con mucha suerte.

Pero en aquel asunto de Alice no iba a ver ni un centavo. Era amiga de mi única hermana, MC, la conocí en su boda, y, si mi intuición masculina no me fallaba, había algo entre mi hermano mayor y ella que tenía pinta de convertirse en una relación en toda regla. Ojalá fuera así, porque Alice era una mujer de armas tomar y Tyler necesitaba que alguien le bajara un poco los humos.

Levanté la mano para decirle adiós y, cuando la perdí de vista, volví a la cafetería.

Las campanillas de la puerta me delataron, las dos camareras que servían en ese momento se quedaron congeladas al verme de nuevo. Sus miradas se movieron al unísono hacia el interior de la cocina y les sonreí por aquella información involuntaria y silenciosa.

Las puertas dobles se abrieron y ella apareció con dos platos de ensalada y las mejillas encendidas.

—Jess, el pedido de la mesa cuatro… —Mantuvo las manos suspendidas sobre la barra al encontrarse cara a cara conmigo. Luego soltó los platos con demasiada brusquedad—. ¡Jess, mesa cuatro!

Desplegué mi estudiada sonrisa de chico bueno encantado de haberse conocido, pero ella ni se inmutó. Por norma general, las mujeres se sonrojaban ante ese gesto, o suspiraban, o mojaban las bragas, como siempre puntualizaba mi hermana. Pero esta chica era inmune, y eso me provocaba más curiosidad. ¿Por qué una mujer que me daba su número de teléfono se mostraba tan indiferente?

—¿Se te ha olvidado algo? —me preguntó.

—No, no, solo quería saber… Tal vez podrías explicarme qué significa esto. —Extraje la cuenta del interior de la americana y la dejé sobre la barra.

—Es tu cuenta. No veo cuál es el problema. —Se cruzó de brazos y me ofreció una panorámica increíble del encaje blanco de su sujetador—. ¿Es que quieres poner una reclamación?

—Me refiero a esto. —Le di la vuelta a la nota y le señalé los números escritos con bolígrafo rojo—. Es tu teléfono, ¿no?

Algo en su expresión me dijo que ella no tenía nada que ver con eso. Buscó a sus compañeras con la mirada encendida y las encontró espiando la escena desde el otro lado de la sala.

—Lo siento, creo que mi amiga Jess ha debido de pensar que tú… y yo… Olvídalo, por favor. Esto es muy bochornoso.

Intentó recuperar el papel, pero fui más rápido. Era mi cuenta y pensaba conservarla.

—Oh, no, no voy a olvidarlo. Ahora me siento en la obligación de quedar contigo.

—Pues te libero de esa obligación. Ha sido una broma de mal gusto. Lo lamento.

—Vaya. —Fingí sentirme apenado, incluso hice un leve puchero—. Pensé que podría invitarte a un café al terminar tu turno.

—Lo siento, no puedo.

—¡Sí puede! —exclamó la camarera más joven, cargada con una bandeja de vasos—. Vamos, Lydia. El chico es guapo y simpático.

—Soy guapo y simpático —le repetí levantando las cejas de forma cómica—. Y soy un tipo de fiar. Soy abogado.

—Como si eres Tom Cruise.

—¿No saldrías con Tom Cruise? —me sorprendí, pero estaba animado y ella ya no parecía tan incómoda—. Entiendo, no te gustan las narices grandes. ¡Qué suerte! La mía es preciosa, ¿no crees?

—Ya lo creo —comentó la tal Jess de pasada—. Y es más alto.

—¿Lo ves? Guapo, alto, simpático y con una nariz de lujo. Soy un partidazo.

—Lo siento, pero no estoy interesada.

Cogí uno de los tenedores de postre que había sobre la barra y fingí un apuñalamiento en el corazón con toda la teatralidad que había aprendido de mi hermana melliza. Las risas y los murmullos de los comensales llenaron el ambiente, las camareras se rieron a carcajadas y logré que Lydia, la mujer más implacable de cuantas había conocido hasta el momento, se sonrojase levemente. Fue todo cuanto conseguí de ella aquel primer día.

Tenía una reunión importante y llegaría tarde si no me marchaba.

—Te llamaré —le dije con mi sonrisa de medio lado. Alcé la cuenta y la agité para recordarle que tenía su número—. Por si cambias de parecer.

—No lo haré —aseveró, pero no me quedé a rebatírselo.

Me despedí de sus compañeras con un guiño y salí de la cafetería convencido de que no tardaría mucho en volver.





- 2 -


Lydia

—Me rindo, de verdad, no puedo más. ¿TDAH? ¡Si solo tiene dos años, joder! —Delante de Jess podía hablar como me diera la gana sin parecer la peor madre del mundo—. Solo tiene dos años.

—Cálmate, anda. Tú lo has dicho, tiene dos años y eso solo es un diagnóstico de mierda de una cuidadora inútil. —Ella sí que sabía cómo hacerme sentir bien. Me sirvió un vaso de zumo de naranja y se sentó a mi lado—. No le hagas caso. Llamaré a mi amiga Marla y le diré que le haga un hueco a Sophia.

—No puedo pagar a tu amiga Marla —gimoteé—. No me lo cubre el seguro, ¿recuerdas?

—Hablaré con ella, déjamelo a mí. No os podrá recibir en el hospital, pero tiene consulta privada.

Me tapé la cara con las manos y suspiré. Odiaba que tuvieran que hacerme favores y me sentía agotada. La situación de Sophia se hacía insostenible, solo podía pensar en salir corriendo y no parar. ¿Qué iba a hacer si necesitaba cuidados especiales? Yo tenía que trabajar, no podía estar con ella todo el día, y los jardines de infancia con personal especializado eran demasiado caros. Todo era demasiado caro.

—Podrías hablar con Melinda y…

—Melinda ya me ha prestado mucho dinero y no quiero pedirle más. Haría lo que fuera por Sophia, incluso endeudarse, cuando le queda tan poco para jubilarse. No lo voy a permitir.

—Ya —dijo apenada—. Sé que tienes razón, pero también sé que para Melinda somos como sus hijas y le dolerá saber que no has contado con ella para una cosa así.

—Hablamos de mucha pasta, Jess. No son un puñado de dólares.

—¿Y una de esas fundaciones que conceden ayudas para niños? El otro día salió en el Canal 8 un médico guapísimo hablando del gran trabajo que estaban haciendo con un montón de niños de Chicago. ¿Cómo se llamaba? ¿Slater?

—Da igual, nadie regala nada. ¿Crees que entrar en una de esas instituciones no cuesta dinero? —Quiso replicar, pero se lo impedí—. Cambiemos de tema, ¿vale? Necesito pensar en cualquier otra cosa.

El domingo, en su casa, me animó la comida contándome los últimos chismes de sus vecinos; una pareja de jóvenes universitarios, que lo mismo se gritaban que se mataban a polvos. Comentamos también el último libro que habíamos leído y que, como siempre que elegía Jess, a ella le había encantado y a mí no, y eso nos llevó de cabeza a sacar el tema del chico de la cafetería.

—Tienes que dejar de leer novelas románticas, joder, Jess.

—¿Por qué? ¿Porque creo que ese tío encajaría muy bien contigo? Ha estado viniendo toda la semana solo para verte.

—¡No viene por mí! —Puse los ojos en blanco por enésima vez—. Viene por las tortitas.

—¡Venga ya! Ni tú te crees eso. —Me dio un pequeño empujón que me hizo reír. La verdad es que Jess tenía razón—. Sal con él. ¿Qué hay de malo? Un poco de charla, un poco de diversión, un poco de sexo… ¡Por Dios, Ly, jura por tu hija que no has pensado en echar un polvo con él!

Miré hacia la habitación de Jess donde mi terremoto dormía la siesta y negué con la cabeza.

—No me apetece salir con nadie, ¿tan difícil es de entender? Estoy en un punto de mi vida…

—Necesitas sexo, y no hablo de masturbarte en la ducha o un desahogo rapidito con el papi chulo de tu mesilla de noche. —Odiaba que usara ese nombre para referirse al juguetito que Melinda nos había regalado a cada una por Navidad—. Necesitas sexo guarro, del que te pone los ojos del revés y te deja agujetas una semana.

—Puedo pasar sin eso, gracias.

—No, no puedes, y lo sabes. Y sabes que ese Austin es un empotrador en potencia y por eso te acojonas.

—¿Empotrador en potencia? Estás loca.

—Un tío que es capaz de mirar así, de sonreír así y no parecer un gilipollas, es un empotrador en potencia. ¡Si solo con su voz fue capaz de ponerme a mil!

—Pues sal tú con él.

—Lydia, Lydia, Lydia, tienes veinticinco años y, si sigues así, vas a volver a ser virgen. No puedes estar tan cerrada. Si dejas escapar al guapo de la cafetería, te vas a arrepentir.

Austin

Fui a desayunar al Melinda’s Sweets and Coffee cada día de esa semana y de la siguiente. Me sentaba en la misma mesa, pedía lo mismo de siempre y me dedicaba a observar a la chica durante el tiempo que tardaba en tomarme las tortitas con sirope de fresa. Me pillaba cerca del despacho, el café era aceptable y las jodidas tortitas estaban para morirse. Mi hermana mataría por la receta; yo mataría por la camarera. No tanto, vale, pero de la curiosidad había pasado a un insano dolor de huevos al llegar el viernes… Eso sí era cierto.

—¿Has pedido la cuenta? —me preguntó Lydia.

Y, como cada día desde hacía cinco, asentí, alargué la mano y le rocé los dedos al coger el trozo de papel. Luego, pagué en efectivo e insistí una vez más.

—No sé si te lo he preguntado ya hoy, pero ¿te apetecería tomar algo conmigo esta noche?

Se rio. Era la primera vez que lo hacía y supe que algo había cambiado. Durante la semana había sufrido miradas fulminantes, bufidos de rechazo, noes lapidarios y silencios por respuesta. El martes me pidió que no volviera, el miércoles fingió sentirse acosada y amenazó con denunciarme a la policía, el jueves incluso se atrevió a decir que era feo y que no saldría conmigo, aunque fuera el último hombre del planeta. ¡Feo, yo, por favor!

—¿Nunca te rindes?

—Nunca —respondí con una amplia sonrisa de casi victoria.

—No voy a salir contigo.

—Bueno, eso ya lo veremos.

—No, no lo veremos. No lo verás.

Miré la hora y vi que era tarde. Me puse en pie con ímpetu y la obligué a retroceder. Me gustaba cuando se escudaba detrás de la bandeja y se mordía el labio inferior. Ella no se daba cuenta, pero era un gesto jodidamente sexy, un gesto que echaba por tierra su postura cerrada ante mi propuesta. Yo le caía bien, a pesar de mi insistencia, y no le resultaba indiferente para nada. Solo era cuestión de tiempo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —comenté, al tiempo que me arreglaba los puños de la camisa bajo la americana.

—Ya estás preguntando, así que…

Me invitó a continuar con un gesto de la mano y una sonrisa escondida bajo una máscara de desidia. Una chica que me considerara un tipo feo ya me habría despachado.

—¿Por qué te da tanto miedo decir que sí a algo que te apetece tanto como a mí? —Intentó contestar con el ceño fruncido, pero no se lo permití—. Solo es un café, una copa, una hamburguesa, lo que te apetezca. No te estoy pidiendo que te cases conmigo. Eso ya lo hablaremos más adelante —bromeé y volvió a abrir la boca para contratacar—. Solo es una cita. Si no te gusta, si te aburres, si no te parezco un tío encantador, dejaré que huyas cuando vayas al baño. Te lo prometo. —Creí que ya la tenía, que diría que sí—. ¿Y bien? ¿Hay trato?

—Lo siento —dijo después de un largo y esperanzador silencio—, mañana tengo que madrugar. Tal vez en otra ocasión.

No dijo que no, eso era importante. Dijo: «Tal vez en otra ocasión», y me bastó. Fue una pequeña victoria que sentí como si me hubiera llevado el premio gordo de la lotería estatal.

—Hasta el lunes, entonces. Ya cuento los segundos.





- 3 -


Lydia

Junio de 2018

No tuve que esperar al lunes.

El sábado por la noche terminé el turno más tarde de lo habitual. Me despedí de las chicas con prisa y salí de la cafetería dispuesta a echar a correr hasta la parada del autobús. Sin embargo, no había dado ni dos pasos cuando me topé con Austin, que caminaba igual de despistado que yo.

Llevaba uno de sus trajes perfectos, pero se había quitado la corbata y se había desabrochado los primeros botones de la camisa. Estaba despeinado, parecía más joven y, aunque me negara a reconocerlo en voz alta, también más seductor.

—Eh, ¿qué haces por aquí? —le pregunté sin poder reprimir la sonrisa. Una bien grande, igual que la suya.

—Qué casualidad. Hace un momento me estaba preguntando qué estaría haciendo mi camarera favorita un sábado por la noche, y mira por donde…

—¿No estará acosándome, señor abogado? —tonteé un poco.

—No, no es mi estilo, la verdad. —Se pasó la mano por la nuca con cierta timidez. El aire desaliñado le sentaba muy bien. Era encantador—. El despacho en el que trabajo está muy cerca y para ir al aparcamiento tengo que pasar por aquí. Me voy a casa, estoy molido.

—Sí, yo también me iba ya. —Miré el reloj para disimular lo nerviosa que me ponían esos ojos brillantes que no dejaban de mirarme y solté una maldición al ver la hora—. ¡Voy a perder el autobús! Hasta otro día.

Eché a andar sin mirar atrás, sin hacer caso a los latidos de mi corazón que se habían acelerado de manera involuntaria. Y cuando escuché sus pasos tras de mí a punto estuve de salir corriendo como una tonta. ¿Por qué tenía que alterarme tanto su presencia?

—Puedo llevarte. Tengo el coche aquí mismo.

Señaló la puerta de un aparcamiento subterráneo, tenía las llaves del coche en la mano y parecía cansado.

—No es necesario. La parada está aquí al lado y… ¡Oh, no, mierda! ¡Mierda!

El autobús 156 que tenía que llevarme hasta Harlem con Lake acababa de detenerse en la parada. Corrí como si me fuera la vida en ello, pero antes de llegar a la esquina de la calle Clark emprendió la marcha y me quedé sin transporte. Era el último de la noche, y yo tenía que llegar a casa antes de que la señora Perkins, mi vecina del primero, se quedara dormida. Era quien cuidaba de Sophia y me había dejado muy claro que no volvería a hacerlo si llegaba más tarde de las diez.

—¡Ahora tendré que coger dos trenes, joder! —grité. Odiaba viajar en metro.

Austin abrió los ojos, sorprendido.

—Puedo llevarte yo. Podemos ir a tomar…

—¡No, no podemos! Y no quiero que me lleves. —Rebusqué el móvil en el bolso para llamar a mi vecina y avisarla de que llegaría tarde, pero me temblaban tanto las manos que solo conseguí que cayeran al suelo algunas de mis pertenencias. Cuando Austin hizo amago de ir a recogerlas, lo detuve con brusquedad—. ¡No! Puedo yo sola, gracias.

—Está bien, pero deja al menos que te acompañe a la estación del tren y espere contigo. Es tarde y…

—Sí, ya sé, es tarde, soy una mujer, hay mucho capullo suelto por las noches y bla, bla, bla… Tranquilo, sé defenderme.

—¿Con qué? ¿Con esto? —Se agachó, recogió el espray de pimienta que se me había caído y ojeó el bote con interés—. Está caducado. Deberías comprarte otro.

—Lo tendré en cuenta —murmuré mientras esperaba una respuesta de la señora Perkins. Que no cogiera el teléfono no era buena señal, y empezaba a sentirme muy desesperada—. Vamos, contesta, vamos, vamos…

—En serio, puedo acercarte si tienes prisa. Aunque te parezca una gilipollez, me quedaría más tranquilo y te prometo que no significará nada, ¿de acuerdo? No volveré a ir a la cafetería si es lo que quieres, pero deja que te lleve. Así al menos no me sentiré culpable por haberte entretenido.

Tenía ganas de llorar por haber perdido el bus, por haberle gritado a Austin que se mostraba tan amable, por no conseguir hablar con mi vecina y por pensar que llamaría a los servicios sociales si me retrasaba un solo minuto. Las advertencias de la señora Perkins eran así de radicales, pero no tenía a nadie más con quien dejar a Sophia los sábados.

Cuando por fin contestó al teléfono con su voz ronca, me sentí tan aliviada que se me escapó un sollozo.

—Llegaré un poco tarde, solo un poco, ¿de acuerdo? —Apreté los ojos cuando comenzó a sermonearme sobre la responsabilidad de una madre, pero aceptó mantenerse despierta—. No se volverá a repetir, lo prometo.

Cuando colgué, la cara de Austin ya no era de comprensión, sino de duda. No sé a qué conclusión llegó después de las escuetas palabras que había escuchado, pero funcionó, dejó de insistir. Levanté la mano en silencio para despedirme. Él hizo lo mismo y, por primera vez, eché en falta una broma, una palabra, no sé, incluso esa media sonrisa a la que era fácil acostumbrarse.

Austin

Aquella noche decidí retirarme de la conquista. Había muchas más mujeres en el mundo como para tener que ir detrás de una a la que ni siquiera le interesaba mi compañía. Además, no me gustaban las mujeres casadas. Esa breve llamada telefónica me había dicho todo lo que necesitaba saber: había alguien en su vida.

Cuando me levanté al día siguiente ya no me acordaba de ella, o de eso intenté convencerme mientras iba de camino al parque Montgomery, donde mi cuñado me esperaba para un partido de béisbol benéfico que organizaba su fundación.

Ayudar a Nick era una de esas cosas que siempre quería hacer, pero que nunca hacía por falta de tiempo o porque siempre había otra cosa más importante que los proyectos del doctor Slater.

—Llegas tarde, Gallagher —destacó Nick—. Ya te pareces a tu hermana en algo más.

—¿Dónde está? Creí que la encontraría aquí, agitando los pompones para animarte.

—Te bateará los huevos cuando le diga que has dicho eso. —Rio—. Anoche se dejó el teléfono en la taquilla del parque y, conociéndola, se habrá liado con algo.

Mi hermana MC era bombera en la compañía 52 de Chicago. Éramos mellizos y, al contrario de lo que ocurría con mis otros dos hermanos, éramos inseparables. Thomas, el pequeño de la familia, siempre había sido nuestro juguete, incluso ahora que andaba perdido por algún lugar de la selva amazónica, continuaba siendo nuestra principal fuente de bromas. Tyler, el mayor, era el más distante, el más hermético. Mi madre decía que era la secuela de haber tenido que ejercer como hermano mayor y soportarnos a los demás, pero MC y yo creíamos que era todo fachada, que solo necesitaba a alguien que resquebrajara esa armadura.

—¿Para qué recogemos fondos hoy? —pregunté mientras le daba la vuelta a mi gorra de los Sox y miraba al campo de béisbol.

—He creado un programa para niños con altas capacidades —respondió, como si el tema no fuera importante. Pero lo era, cualquier cosa que hiciera el doctor Nicholas Slater era importante y tenía una repercusión brutal—. Quiero rehabilitar el edificio de los antiguos laboratorios que hay junto al Northwestern para crear un centro especializado que dependa de la fundación.

—¿No tenías bastante con arreglar huesos, poner prótesis y atender a los que no tienen seguro médico?

—Mi mente no descansa, ¿recuerdas? —Se dio varios golpecitos en la frente y se encogió de hombros. Tenía un cerebro privilegiado y unas ideas brillantes—. Voy a atender a la prensa, ahora nos vemos.

La NBC Sports de Chicago estaba cubriendo el evento. No era un domingo cualquiera en el parque, era un día cojonudo. Algunos de los mejores jugadores de los Sox y de los Cubs se mezclaban con los niños y adolescentes y se jugaba una liguilla de lo más divertida. Vi al mexicano Miguel González, lanzador de los Sox, palmearle la espalda a Nick mientras Welington Castillo, el receptor estrella, le hacía una reverencia de lo más teatral. Mi cuñado era el puto amo y tuve que recordarme lo que MC me dijo la primera vez que estuve en un evento así: «Eres un adulto, un adulto responsable de más de treinta años que no pide autógrafos y que no persigue a los jugadores para hacerse fotos con ellos. Compórtate».

Comportarme, bien. Tenía que recordarlo.

De repente, alguien me golpeó en el brazo y ahí estaba ella, mi hermana, tan sonriente como siempre.

—Has llegado pronto, chaval. ¿Has visto a Nick?

La besé en la mejilla que me ofreció y ella entornó los ojos satisfecha.

—Está con la prensa.

—¿Y Tyler? ¿Ha venido?

—Está de turno y, además, esta tarde tenía cosas que hacer —respondí mientras continuaba con la vista fija en los jugadores de mi equipo favorito.

—¿Qué cosas? —Me encogí de hombros. Ni que yo fuera el asistente de mi hermano—. ¿Has hablado con mamá? ¿Cómo habéis quedado?

—¿Con mamá? ¿Qué le pasa? ¿Y con quién tengo que quedar? Te juro que cuando me haces tantas preguntas me dan ganas de desconectarte las baterías.

—Mamá tiene club de lectura y dijo que se quedaría a dormir en tu casa.

—¡Ah, no! No, no, ni hablar —exclamé. Levanté las manos como si así pudiera evitar el marrón y me aparté de MC—. A mí nadie me ha dicho nada y no pienso hacerme responsable. Cuando se junta con esas… señoras luego no deja de hablarme de sexo, joder. Una madre no debería hablar de sexo con su hijo. Que se quede en tu casa.

—¡Que te den! Ya se quedó el mes pasado porque tú tenías una cita. Te toca a ti.

—¿Y si tengo una cita hoy también?

—Mentira —atacó—. ¿Con quién?

No entendí por qué se extrañó; yo siempre tenía citas.

—Con una camarera que hace unas tortitas de muerte.

—¿Por eso estás más gordo? ¿Te está cebando para comerte luego?

—¡No estoy más gordo! —Jodida MC.

Me miré la camiseta de los Sox y me pasé las manos por el abdomen. No estaba más gordo, que los vaqueros me apretaran un poco en la cintura no era porque hubiera cogido peso, sino porque habían encogido.

—Si tuvieras una cita no estarías aquí, que nos conocemos, chaval.

—MC, mamá no se va a quedar en mi casa. Y punto —determiné con contundencia. Pero ella ya había decidido que sí y levantó una ceja, insolente. Era el momento de negociar—. ¿Qué quieres a cambio de hacerte cargo tú?

—¿Te das cuenta de que estás trapicheando para deshacerte de tu madre?

—¡Sí, joder, sí! Soy el peor hijo del mundo —exclamé—. Pero tú no eres mejor que yo, así que dime qué quieres por hacerme este «pequeño favor».

—Me lo pensaré, pero te saldrá caro, te lo aseguro. Ahora vamos a jugar al béisbol.





- 4 -


Lydia

—¿Hoy no ha venido tu galán? —me preguntó Melinda el lunes a la hora del descanso de media mañana.

—Se habrá cansado ya —dijo Jess.

No les había contado lo que ocurrió el sábado por la noche al salir de la cafetería ni tampoco que me sentía un poco mal por haber sido tan descortés.

Si Austin no volvía, lo entendería. Pero debía reconocer que la mañana no había sido lo mismo sin él sentado en la mesa siete, comiéndose un plato de tortitas con sirope de fresa y regalándome su sonrisa canalla.

El martes y el miércoles tampoco vino a desayunar, y me convencí de que su insistencia se había agotado. No me importaba, era lógico, pero por mucho que me lo repitiera, no podía evitar levantar la vista cada vez que sonaba la campanilla de la puerta.

Pero el jueves todo cambió.

No fue un buen día en la cafetería, no para mí. Sophia había pasado una mala noche, no había dormido más que un par de horas y perdí el autobús para ir a trabajar. Cuando llegué, Jess me puso al tanto de la situación: Melinda había pillado a la cocinera echando mano al dinero de las propinas y la había despedido. La cafetera hacía un ruido raro y varios clientes, los más madrugadores, se habían quejado de que el café sabía a rayos.

—Mal día para llegar tarde —susurré mientras me ataba el delantal y metía en el bolsillo la libreta de pedidos.

—Deja eso —me ordenó Melinda—. Te necesito en la cocina.

—Pero…

—No, Lydia, sin peros. Sé que no es justo, pero eres la única que puede cocinar algo parecido a lo que hacía esa miserable de Rachel. Hoy mismo contrataré a alguien, te lo prometo.

Cuando dieron las siete de la tarde, mi cabeza estaba muy cerca de estallar como una calabaza. Había perdido la cuenta de los menús que había preparado. Me dolían las manos y los pies, me había cortado en un dedo y las mejillas me ardían, el calor de la cocina era un infierno. En más de una ocasión había ayudado a Rachel a preparar comidas y repostería, pero nunca yo sola, y estaba agotada.

—Saco la basura, recojo y me voy a casa —anuncié a nadie en particular.

Jess me enseñó el pulgar como signo de aprobación y Melinda me abrazó con fuerza.

—Eres un sol, cariño.

«Este sol necesita una ducha y un sueño reparador», pensé mientras arrastraba las dos grandes bolsas de basura por la puerta de atrás hasta los contenedores de Garvey Ct. Levanté la primera con gran esfuerzo, pero la segunda me costó más.

—Espera, deja que te ayude —dijo una voz a mi espalda.

Contuve la respiración al ver a Austin levantar el saco de basura como si no pesara nada. Iba impecable, como siempre, pero varios mechones de pelo le tapaban parte de los ojos y, al retirárselos, vi que estaba un poco ojeroso.

—Gracias —musité, avergonzada.

¿Qué más podía decir? ¿Te he echado de menos estos cinco días sin verte? Era absurdo.

—No hay de qué.

Nos miramos unos incómodos segundos en los que ninguno de los dos encontró las palabras adecuadas. Me mordí el labio y creo que le sonreí, pero no estoy segura.

—¿Llegaste bien el sábado? ¿Sin contratiempos?

—Sin contratiempos. Un poco tarde, pero nada importante.

—Bien.

—Bien —repetí.

Pero ¿qué me pasaba? ¿Por qué seguía allí plantada como una idiota?

—Oye, tengo que…

—¿Te apetece entrar a tomar un café? —solté de repente.

Me ruboricé con violencia y, al llevarme las manos a las mejillas, recordé que llevaba la redecilla de la cocina en el pelo y me la quité de un tirón. No quería ni pensar en el aspecto que tendría. Tampoco quería pensar en por qué me importaba tanto que él me viera… bonita.

—Tengo que irme —dijo con suavidad y, a continuación, me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Oh, claro…

—Otro día, ¿vale?

—Vale, sí, cuando quieras…

Se despidió con una sonrisa y lo acompañé con la mirada hasta que desapareció. Me sentí como una tonta allí de pie, junto a los contenedores de basura. No sé qué esperaba que pasara, pero el encuentro me dejó un regusto a decepción que puso la guinda a un día para olvidar.

Austin

Toda la semana evitando pasar por la cafetería para vencer la tentación de entrar; toda la jodida semana yendo del despacho al aparcamiento por Garvey Ct. para no encontrármela, y justo ahí estaba ella.

Joder, era preciosa. Incluso con esa redecilla que le envolvía el pelo.

Me hubiera tomado ese café encantado, pero tenía un asunto urgente y eso era lo primero. Sin embargo, después de una visita rápida a casa de mi hermano Tyler y de descubrir que él y Alice habían avanzado en su relación más rápido de lo que me esperaba, volví a pensar en Lydia y en su forma de ruborizarse. Se me ocurrían algunas formas muy originales de sacarle los colores a esa rubia tan cabezota y estaba dispuesto a insistir un poco más hasta conseguirlo.

Eran ya las once de la noche cuando salí de la ducha y me tumbé desnudo en la cama. Hacía un calor insoportable y lo de los pijamas no iba conmigo.

Estaba terminando de revisar algunos correos electrónicos cuando me entró una llamada de MC.

—Nick quiere saber si podrías ocuparte de los temas legales de la fundación mientras su abogada está de baja por maternidad.

—¿Y por qué no me llama Nick?

—Porque está de guardia. ¿Lo harás o no? —insistió sin paciencia alguna—. Si no puedes, dime a qué pringado de tu bufete le interesaría. Por cierto, ¿has hablado con Thomas? Ha renovado con la universidad por otro semestre. ¿No es increíble?

El pequeño de mis hermanos era periodista de investigación y le había cogido el gusto a hacer reportajes sobre el Amazonas.

—Sí, lo sé. Tyler y yo hablamos con él el lunes por la noche por Skype.

—¿Habláis sin mí? ¡Qué cabrones!

—Estabas de turno.

—¿Y qué? Podrías haberme avisado, joder —se quejó y se me escapó una risilla que la enfadó más—. Siempre soy la última en enterarse de todo.

—No me llores, drama queen. ¿Quieres que te cuente algo que he descubierto esta noche? —le dije en tono conspirador. Me gustaba compartir secretos con MC.

—Dispara.

—Tyler y Alice… están juntos.

—Pero ¿qué dices? ¿Estás loco? ¿De dónde has sacado una gilipollez así? —Se rio mientras yo esperaba a que asimilara la información. Estaba seguro de que si se paraba a pensarlo un momento no le costaría tanto entenderlo—. ¡Oh, joder! ¿Va en serio?

—En serio.

—Pero ¿cuándo ha…? ¡No me lo creo! No puede ser.

—¿Quieres apostar? —le propuse.

La manera más fácil de ganar pasta era apostando contra MC.

—Diez dólares a que es mentira.

—Que sean veinte —aumenté—. Y dile a Nick que seré su abogado, pero quiero entradas para los Sox. No trabajo gratis.





- 5 -


Lydia

Nuestro primer cliente ese viernes fue Austin.

Había vuelto.

—¿Café y tortitas? —preguntó Melinda con una amplia sonrisa.

—Solo café —respondió—. Si sigo comiendo así no podré abrocharme los pantalones.

«Bobadas», pensé, estaba estupendo. Cuando me fijé en su cintura se me fue la vista a la entrepierna y supongo que mi cara debió de resultarle de lo más expresiva, porque su carcajada se oyó hasta en la acera de enfrente.

Hui a la cocina, abochornada, pero su voz llegó hasta mi escondite.

—¿Puedes quedarte un rato conmigo? Es raro ser el único cliente —me pidió a gritos—. Por favor.

—No puedo, estoy trabajando —respondí de regreso a la barra con un montón de platos limpios.

—Soy la única persona en la cafetería. Vamos, siéntate.

No debía, no quería que hubiera ningún tipo de confianza entre nosotros. O sí, sí quería. No me hubiera importado apartarle el pelo de la frente, pero era demasiado. Todo él era demasiado.

—Solo un minuto —susurré.

Se quedó callado contemplándome sin ningún pudor. Le daba vueltas al café como si le hubiera puesto una tonelada de azúcar, pero los dos azucarillos continuaban en el plato, como siempre. Después de lo que me pareció una incómoda eternidad, cuando ya estaba decidida a levantarme, dio un sorbo y cerró los ojos para saborearlo con un gemido de placer. El gemido más sensual de cuantos hubiera escuchado en mi vida.

—¿Habéis cambiado de marca? Hoy el café está buenísimo.

—Hemos cambiado la cafetera. Murió ayer, pero Melinda ya tenía la nueva en el almacén. Estuvo hasta las dos de la mañana haciéndola funcionar a pleno rendimiento para que esta mañana el café estuviera… así. —Le señalé la taza.

Estaba parloteando, por favor. Era patética.

—Pues objetivo conseguido. —Dio un nuevo sorbo y le siguió otro silencio.

No tenía ni idea de qué hacer con las manos ni de dónde mirar.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo al fin.

—No.

—Vaya. —Sonrió como si supiera algo de mí que yo ignorase y se acercó más a la mesa—. Me gustan las mujeres directas y sinceras. ¿Estás casada?

—Ese es el tipo de pregunta que no puedes hacer.

—Vale. ¿Tienes pareja o sales con alguien? —Agité la cabeza con incredulidad y se me escapó una risa. Era insistente y tenía unos ojos marrones preciosos.

«No pierdes nada respondiendo», me dije.

—No estoy casada y no hay ningún hombre en mi vida.

—¿Y qué tipo de cosas haces cuando no estás trabajando?

—Eso ya son dos preguntas personales. —Se encogió de hombros con fingida inocencia. Me gustaba ese gesto—. No tengo mucho tiempo libre, pero supongo que lo normal: leer, pasear, escuchar música…

—Perfecto, podríamos ir a leer un poco a Millennium Park. Tú llevas tu libro, yo llevo el mío, escogemos la sombra de un árbol y pasamos el sábado por la tarde.

—Tengo que trabajar.

—¿Eso es un «sí, pero en otro momento»? —se entusiasmó y a mí se me contrajo el estómago—. Podríamos ir el domingo.

El domingo era el único día que tenía para disfrutar de mi niña y no lo iba a desperdiciar con un hombre al que no conocía, por muy guapo y simpático que fuera. Sin embargo, mi mente construyó un universo paralelo en ese preciso instante y me vi riendo bajo un árbol de Millennium Park mientras Austin hacía cosquillas a Sophia. Me vi quitándole briznas de hierba del pelo, acunando su cabeza en mi regazo y besándolo en los labios como recompensa por conseguir que mi pequeña se quedara dormida sobre su pecho. Dios mío, si hasta sentí su caricia en la piel…

—¿Lydia? —Me había cogido la mano y trazaba suaves círculos en la palma con el pulgar—. ¿Te encuentras bien?

Miré un segundo sus dedos entrelazados con los míos y me solté con brusquedad. Me puse en pie al mismo tiempo que sonaba la campanilla de la puerta y me disculpé con un susurro entrecortado. No sé qué pasó ni por qué mi imaginación creó algo tan absurdo, pero el corazón estaba a punto de salírseme del pecho y necesité un par de minutos a solas en el almacén para recobrar la compostura.

Cuando salí, la cafetería se había llenado y él ya no estaba.

Austin

La esperé hasta que me di cuenta de que el tiempo había volado y llegaba tarde a una reunión en el ayuntamiento. Le dije a su compañera Jess que me tenía que marchar y no me dejó pagar el café.

—Invita la casa —me dijo con un guiño. Luego se acercó a mí y, en tono confidente, me susurró—: Sale de trabajar a las siete, pero la mejor hora para llamarla es a las diez.

¿Para qué? Ella no quería una cita, no quería nada de mí. ¿Por qué insistir?

—Porque te ha tocado el orgullo —acertó Alice cuando hablamos por teléfono horas más tarde—. Te gusta y no puedes tenerla. Es un reto, por eso vuelves a la cafetería una y otra vez. Si sigues comiendo tortitas con sirope…

—Sí, ya sé, acabaré rodando.

Podía llamarla, podía decirle que no había tenido la oportunidad de despedirme de ella por la mañana o que su reacción me había dejado preocupado. Algo la había alterado, su pulso había latido acelerado en las yemas de mis dedos mientras le sujetaba la mano y se le habían coloreado las mejillas. Me intrigaba y me gustaba a partes iguales, porque era sencilla, nada pretenciosa; el tacto de su mano era áspero, pero cálido, y en lo profundo de esos lagos azules escondía secretos que quería descubrir. Y no estaba casada ni había otro hombre en su vida, así que, aunque ella se comportara como si no fuera así, estaba disponible.

Podría haberle mandado un mensaje, pero yo no era mucho de mensajes y corría el riesgo de que me dejara en leído. Me dejé llevar por el instinto y la llamé. Su voz sonó ronca y sensual al otro lado de la línea, como un susurro después del sexo, y la anticipación de algo bueno me inundó el pecho. Si no fuera porque lo de conquistar a una mujer no tenía secretos para mí, hubiera reconocido que me puse nervioso.

—¿Estabas dormida?

—¿Eres…?

—¡Ah, sí, perdona! Soy Austin, ¿te acuerdas de mí? Alto, guapo, buen partido… —bromeé—. Espero no haberte despertado.

—No no, estaba… leyendo un poco.

—¿Algo interesante?

—Nada importante.

Se quedó callada y yo tampoco supe qué decir.

A mis hermanos les hubiera encantado verme en una situación así, expectante, indeciso. Totalmente perdido, como un puto loser. Se iban a estar riendo de mí una buena temporada.

Me pasé la mano por el pelo y tiré de él con fuerza, como si así pudiera sacar algo elocuente que decir. Al final, fue Lydia la que rompió el silencio.

—Siento no haber podido despedirme de ti esta mañana. Tenemos nueva cocinera y todavía no controla dónde está cada cosa. Melinda me pidió que le echara una mano.

—No te preocupes. Casi llego tarde por tu culpa, pero no importa.

—¿Por mi culpa? —preguntó con fingida indignación—. Pero si eres tú el que no ha dejado de hacer preguntas.

—Y eras tú la que contestaba. Ya deberías saber que cuando me hablas se para el tiempo.

Silencio. Jodido silencio.

—¿Este rollo te funciona con todas?

—Por lo que veo, con todas no —respondí—. Pero no desisto. Es lo que pasa cuando me gusta alguien. ¿A ti no?

—No, a mí no me pasa.

Un nuevo silencio, mi mente en blanco, su respiración en mi oído y muchas ganas de verla. Me la estaba imaginando en el sofá de su casa, mordiéndose el labio a la espera de que dijera algo más, con esa media sonrisa que también me asomaba a mí y buscando la forma de no mostrar un interés que, en realidad, sí tenía. Yo sabía detectar bien esas cosas.

—Me gustas —le dije sin más, quería que no le quedaran dudas al respecto.

—Vaya…

—Y yo a ti —afirmé—. Si no te gustara no me seguirías el rollo; a tu manera, pero me lo sigues. Tampoco te hubieras sentado conmigo esta mañana. Creo que te gusto más de lo que quieres reconocer. Admítelo, no pasa nada.

Su risa me llenó de esperanza.

—Digamos que me caes bien. Eres… simpático.

—¡Oh, joder! Eso ha sido como una ducha fría. ¿Simpático? ¿En serio? —Me mostré indignado—. Es lo que le dirías a un amigo feo, que es simpático. ¿No se te ocurre nada mejor? ¿Carismático? ¿Atractivo? ¿Irresistible?

—Charlatán.

—Me estás matando, lo sabes, ¿verdad? —Volvió a reír con más ganas y tuve la completa y absoluta certeza de que estaba ganando esta batalla—. Venga, sé buena y dime la verdad: te gusto.

—Y si fuera así, ¿qué harías?

Hice un gesto de victoria con el puño e ignoré el vuelco que acababa de darme el estómago.

—¿Qué haría si una chica preciosa reconociera que le gusto? Pues le diría que tiene buen ojo y la invitaría a salir.

—¿Y a dónde la llevarías?

Hinché el pecho de orgullo y me relajé contra el cabezal de la cama. Había comenzado el maravilloso arte del coqueteo; y a ella, con su aire inocente y sus preguntas hipotéticas, se le daba muy bien.

—¿A dónde la llevaría? ¿Qué versión prefieres, la del perfecto caballero o la del Austin de verdad?

—Sorpréndeme.

—Pues, verás, me gustan las cosas sencillas, sin demasiadas florituras, así que llevaría a esa chica a un paseo por Lake Shore al atardecer, por ejemplo. —Bajé el tono de voz hasta convertirlo en un suave susurro—. Hablaríamos de nuestros gustos, de nuestros trabajos, de la vida… Nos detendríamos a admirar los colores del cielo en algún punto del camino, pero yo solo la miraría a ella, porque es preciosa y porque los reflejos de la puesta de sol la convierten en algo extraordinario. La abrazaría por la espalda y le besaría la nuca muy despacio, solo un roce. Me encanta dar besos en la nuca, la piel reacciona al segundo y se eriza de placer. ¿Te han besado alguna vez en la nuca, Lydia?

—No.

—Yo lo haré, si me dejas.

—Austin…

—Dame una oportunidad, una sola. Ni siquiera te tocaré si es lo que quieres, solo un chico y una chica dando un paseo. Podemos comprar un helado, tomar un café o ir a cenar después, lo que surja.

—Lo que surja, ¿eh? —Asentí como si pudiera verme y sonreí como un bobo. Podía escuchar la duda en su voz, pero también las ganas de decir que sí—. No habrá nada de eso que has dicho: ni abrazos por la espalda ni besos en la nuca, ¿entendido?

—Entendido.

—Ni manitas ni nada.

—Nada de nada.

—Ni besos de ningún tipo.

—Nada de besos —repetí.

—Y solo podrán ser un par de horas.

—Me sobra. —¡Ya era mía, sí!—. ¿Cuándo? ¿Mañana?

—No, mañana imposible. El domingo por la tarde.

—Perfecto. Si me das tu dirección, te recojo sobre las cuatro.

—Buen intento, pero no. Nos vemos en las escaleras del Museo de Ciencia a las cinco. Allí ya decidiremos a dónde vamos.

—Bien, a las cinco.

—Y, Austin…

—¿Mmm?

—Esto no es una cita. No te hagas ilusiones.

«Eso ya lo veremos, preciosa».





- 6 -


Lydia

—Solo es un paseo —le recordé a Jess cuando llegó a casa para hacerse cargo de Sophia. Sus bromas e insinuaciones me estaban poniendo de mal humor.

—Un paseo con un tío buenísimo que te ha dicho que le gustas. Es más que un paseo, reconócelo.

No, no podía reconocerlo, porque eso supondría darle alas a mi mente para continuar construyendo situaciones hipotéticas que me agobiaban. No tenía tiempo para una relación. Mi vida se dividía entre el trabajo y Sophia, entre respirar y sobrevivir. Mis responsabilidades pesaban más que la emoción de un mensaje en mitad de la noche o la ilusión del atuendo perfecto para una cita. Y, sin embargo, ahí estaba, cediendo ante la insistencia de un hombre y robándole tiempo a mi pequeña, que estaba encantada con el desmadre de ropa que había sobre la cama.

—Ponte el vestido rojo. Es mi favorito —sugirió Jess—. La blusa azul con la falda de cuero también es una buena opción.

—¡Es todo demasiado formal!

—Pues entonces el vestido estampado.

—Demasiado veraniego.

—¿Y los pantalones negros con el top amarillo?

—Pareceré una buscona.

—¡Me rindo! —exclamó Jess. Sophia levantó la cabecita de sus brazos y se quitó el chupete para ofrecerme una sonrisa—. Si solo es un paseo, ponte cómoda. ¿Con qué te sientes cómoda?

—¿Con un chándal? —Puso los ojos en blanco ante mi respuesta—. No lo sé. ¿Unos vaqueros y una blusa? Me gusta la negra, la de gasa.

—¡Bien! Pues ya lo tenemos. Ponte unas botas bonitas y la chaqueta de punto. Si no está ya enamorado, caerá esta tarde.

—¡Eso no me ayuda! —le grité cuando ya se iba.

—¡Vas a llegar tarde!

Cuando me miré en el espejo a punto estuve de dar marcha atrás e inventarme una excusa para no ir. Vi una imagen de mí misma muy aceptable, una que no había visto en mucho tiempo porque, cuando eres madre soltera y no tienes con quien compartir tu vida, cambias las noches locas por sesiones maratonianas de series; pasas de las citas románticas y terminas por beberte botella y media de batido de plátano en la soledad de tu salón mientras Brad Pitt se enamora de la novia de su hermano en Leyendas de pasión. Lo más cerca que había estado de cuidar mi imagen personal era procurar ponerme unas mallas sin agujeros y, aunque estuviera feo reconocerlo, me conformaba con el amigo a pilas que Melinda me había regalado por Navidad.

—Lo he buscado en redes sociales y no tenemos nada en común.

—Tonterías —dijo Jess.

—En serio, va de fiesta en fiesta y de mujer en mujer. No es mi tipo.

—Tú no tienes tipo, Ly. Déjate llevar un poco.

—¿Y si es un gilipollas? ¿Y si es uno de esos hombres que no deja de hablar de sí mismo? ¿Y si es un muermo? ¿Y si es como…?

—¿Y si no lo es? —contratacó Jess—. Por ahora, ha demostrado ser atento y agradable. ¿Y si resulta que, además, es uno de esos que no se andan con tonterías y te empotra contra la pared de su apartamento? Necesitas un hombre así, y Austin tiene toda la pinta de encajar.

—Eso no va a pasar.

—No lo saaaaaabes… —Volvió a canturrear. Cómo me jodía que hiciera eso—. Ve, pásalo bien, disfruta un poco y no te cierres a nada, y eso incluye las piernas.

Austin

Con el tiempo había perfeccionado mis estrategias en las citas, y ya no tenían secretos para mí. En la primera me mostraba siempre encantador y eso las relajaba, les soltaba la lengua si estaban algo intranquilas y me permitía verlas tal y como eran. No solía besarlas más que en la mejilla porque, si la chica me gustaba y yo a ella, la espera alimentaba el deseo. «Strike uno», pensé, la chica ya me gustaba, yo a ella también y la espera me estaba matando.

En la segunda cita la cosa cambiaba un poco. No dejaba pasar mucho tiempo e intentaba sorprenderlas con algo que les gustase, algo que hubiera advertido en nuestra conversación del primer día. Y entraba en juego el factor seducción. Seducir a una mujer era como tocar el violín: suavidad, delicadeza, precisión y dedos hábiles. Yo no tenía ni puta idea de violines, pero se me daban muy bien las segundas citas. Si la chica entraba en mi juego y respondía a mis insinuaciones, ya lo teníamos. Me valía su casa o la mía, el baño del restaurante o un motel de carretera. Pero si aún quedaban barreras por destruir me esmeraba en despedirme con un beso arrebatador, de los que las dejaba preguntándose por qué seguían oponiendo resistencia. «Strike dos», me dije. En el hipotético caso de que hubiera una segunda cita, ya había quedado claro que mi poder de seducción con ella cojeaba más que la mesa del salón de mi madre. Lo de tocar el violín con Lydia iba a ser misión imposible.

Y en la tercera cita… ¡zas! ¡A saco! Podía ser muy animal, podía pasar de un: «Hola, ¿cómo estás?» a hacerle un reconocimiento manual en toda regla en cuestión de segundos. Y… «Strike tres». Llegar a la tercera cita era el problema en sí.

Por norma general, a riesgo de parecer un tío superficial, no me gustaban las mujeres complicadas, me gustaba que la cosa fuera fácil. Me atraían las que tenían las ideas claras y las que compartían mi visión de la vida y el sexo. Las veces que me había dejado llevar por mi cabezonería y me había costado más de lo normal llegar a una mujer, se me había ido de las manos. Las difíciles eran luego las más peligrosas, las que convertían tres besos con lengua en una relación seria, las que me fundían el móvil a mensajes y se presentaban en mi casa en pleno partido decisivo de los Sox, las que esperaban una declaración de amor después de cada orgasmo. Yo no era así y no quería a una chica pegada a mi culo por muy bien que se le diera el sexo. Quería pasarlo bien, divertirme, follar y no cargarme de preocupaciones. Por eso pocas pasaban de la tercera base.

Pero cuando vi aparecer a Lydia… ¡Jooooder! Iba a tener un problema, ¡muchos problemas! Respirar estaba siendo el primero. No parecer un idiota, no comportarme como un troglodita, no babear, no tartamudear…

«Austin Gallagher, ¡eliminado!».





- 7 -


Lydia

Llegué tarde a las escaleras del museo y había tanta gente que me costó localizarlo. Él lo hizo por mí. Me tocó el hombro y lo encontré demasiado cerca.

—Hola.

—Siento el retraso —dije a modo de saludo—. El autobús… —… y mi hija, que se ha puesto a llorar justo antes de irme, y mi aversión a subir al metro, y mi economía que me impide pedir un taxi para llegar a tiempo…, quise explicarle.

—No importa. ¿Paseamos?

Asentí, nerviosa, y seguí la dirección de su mano hacia Lake Shore. La tarde hubiera sido perfecta si el viento me hubiera dado una tregua. Dejarme el pelo suelto no había sido una buena idea, y estaba pagando las consecuencias: los mechones me cubrían los ojos cada dos pasos y terminé maldiciendo.

—¡Aggg! No sé cómo lo aguantáis.

—¿El qué? —preguntó Austin, muy divertido con mis constantes manoteos.

—¡El viento! Es lo que llevo peor.

—Es parte del encanto de Chicago. —Le fruncí el ceño. Yo no le veía encanto alguno, pero su mueca ante una nueva ráfaga me hizo sonreír—. ¡Eso está mejor!

El cielo comenzaba a cubrirse con sus característicos tonos rojizos, el calor del mes de junio aún no era sofocante y, sin embargo, notaba las mejillas ardiendo. Era el efecto que tenía la mirada de Austin fija sobre mí.

—Deja de hacer eso —le dije disimulando una sonrisa.

—¿Hacer qué?

—Ya sabes qué —insistí—. Deja de mirarme así.

—Así, ¿cómo?

—Austin…

—Entiéndeme, es la primera vez que te veo sin el uniforme, y es difícil no enamorarse de ti. —Estaba de coña. Se llevó una mano al pecho con mucha teatralidad y caminó de espaldas frente a mí esquivando a duras penas a las personas que nos cruzábamos—. No puedes culparme. Estás… ¡wow!

Puse los ojos en blanco y él volvió a reír con ese sonido contagioso que empezaba a gustarme tanto.

—No te enfades, rubia. —Me dio un empujoncito con el hombro y acompasó sus pasos a los míos—. Me gusta tu uniforme, pero esta Lydia es menos… rosa.

—Sí, la verdad es que el vestido es un poco llamativo, pero no me importa. Ni a Jess. Si Melinda nos pidiera ir vestidas con un saco de basura, lo haríamos. Es maravillosa.

Lo miré de reojo y vi cómo se soplaba el pelo que le caía en la frente. Era una de las cosas que más me llamaba la atención de Austin: ese gesto era encantador.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando allí?

—A veces tengo la sensación de que he pasado mi vida entera en esa cafetería, pero en realidad entré hace solo tres años. Son como… mi familia.

—Es una suerte. No todo el mundo siente devoción por su empleo y mucho menos por su jefe.

—¿Ese es tu caso? —curioseé.

—No, no, al contrario. A mí me pasa un poco como a ti, solo que yo no llevo uniforme rosa. No me quedaría nada bien —bromeó. Lo repasé de arriba abajo y no pude estar de acuerdo con él: le sentaría bien cualquier cosa que se pusiera—. Me gusta lo que hago, unos temas más que otros, desde luego, pero, en general, es lo que siempre he querido hacer. Y, además, me ha permitido conocer a gente interesante y me ha dado la oportunidad de formar parte de cosas muy bonitas.

—¿Qué cosas? —quise saber. A Austin le gustó mi entusiasmo.

—Pues, a ver, por ejemplo… Fui abogado penalista hace un tiempo y ayudé a muchos chavales a reinsertarse en la sociedad. Hacían labores de servicio en centros asistenciales y terminé de voluntario en uno de ellos. Es una experiencia increíble.

—Voluntario, ¿eh? No te pega.

—Ah, ¿no? ¿Y qué me pega, según tú?

—No sé, te veo más asistiendo a grandes fiestas de esmoquin y codeándote con la flor y nata de Chicago —respondí—. Tienes ese aire…

—¿Qué aire? —Abrió los brazos y se exhibió delante de mí—. Mírame, vaqueros, camiseta, deportivas… Soy un tipo normal. Que lleve traje a diario no quiere decir que… ¿Qué aire crees que tengo?

No pude aguantar la risa. Lo dijo con un tono tan cómico que me salió una carcajada espontánea y me tapé la boca. Dio varias vueltas sobre sí mismo, incluso tiró de su camiseta para verse mejor. Cuando llevaba traje tenía aspecto de hombre de éxito, de los que ganan pasta y viven con comodidad, sin preocupaciones. Pero en ese momento, allí, en aquel camino de Jackson Park, con el cielo púrpura de Chicago como telón de fondo, tenía razón: era un tipo normal, divertido. Y que olía condenadamente bien.

Se acercó poco a poco, muy serio, y me cogió de las muñecas. La risa se me cortó de golpe y tragué saliva con dificultad.

—Me gusta verte sonreír —dijo, y tiró de mis manos para descubrir mis labios—. Tienes una sonrisa preciosa. No te escondas. Vamos, sigamos paseando un poco más.

Me quedó claro muy pronto que esto de las citas no tenía misterios para él. Era todo un seductor: controlaba los temas de conversación, hacía las preguntas correctas y sus bromas iban dirigidas a romper la tensión que aún había entre nosotros. No invadió mi espacio, salvo en contadas ocasiones en las que nuestros dedos se rozaban al caminar. Si lo estaba haciendo de forma intencionada, también se le daba de lujo.

—¿Te gusta el béisbol? —preguntó de pronto.

—No especialmente. Digamos que puedo vivir sin él.

—¡Eso habrá que solucionarlo! —exclamó—. ¿Y algún otro deporte?

—No soy muy deportista —dije avergonzada. Era evidente que él sí y que no teníamos nada en común—. Me gustaba patinar sobre ruedas, pero hace años que no me pongo unos patines.

—¿Patines en línea?

—No, skate roller.

—Te pega —dijo con descaro—. Ya te imagino con patines rosas en la cafetería.

—No creas, a Melinda se le ha pasado por la cabeza en alguna ocasión. ¿Y tú? ¿Línea o roller?

—¡Oh, no, no, no! El patinaje y yo no somos buenos amigos. Además, en mi casa se prohibieron los patines después de que mi hermana y yo engancháramos a mi hermano Thomas a la bici. Lloró y gritó por toda la calle.

—¡Pobre niño! ¿Qué edad tenía?

—Nosotros teníamos diez años. MC y yo somos mellizos. Thomas tenía seis.

Me gustó escucharlo hablar sobre sus travesuras mientras hacía pedazos algunas briznas que había cogido del césped. Me confesó cómo estrellaron el coche de su hermano mayor, algo que no le había contado a nadie, y cómo emborracharon al perro de la vecina para que dejara de ladrarles.

Hizo que el tiempo pasara volando entre anécdotas infantiles y muchas risas. Consiguió distraerme, que ya era más de lo que había esperado. Por eso, cuando me preguntó por mi familia, el corazón dejó de latirme en el pecho y por poco me atraganto con mi propia saliva.

—Jess y Melinda son mi familia —mentí.

En realidad, ellas eran lo más parecido a una hermana y una madre que hubiera podido desear. Pero no le dije nada de Sophia. No tenía ganas de dar explicaciones a alguien que solo quería pasar un buen rato conmigo, alguien demasiado curioso que haría más preguntas de las que estaba dispuesta a responder.

Austin

No insistí. Estaba claro que no le gustaba hablar de su familia y, aunque me moría de curiosidad por saber por qué se había puesto tan nerviosa, lo dejé estar.

La vi mirar el reloj y supe qué venía a continuación. Me había concedido dos horas de su domingo y ya habíamos llegado al ecuador de la cita.

—Deberíamos volver. Se está haciendo tarde y no quiero perder el autobús.

—Es pronto todavía. —Le rocé los dedos con los míos para pedir permiso antes de tocarla y me recompensó mordiéndose el labio, indecisa. Luego, con suavidad, tiré de ella hacia el camino que se adentraba en el parque—. Ven, quiero enseñarte un sitio.

Crucé los dedos para que el Light’s Bar siguiera allí, escondido tras las ramas de los árboles de Jackson Park. Lo descubrí poco después de trasladarme de Rockford, donde vivían mis padres, a Chicago, y se convirtió en uno de mis lugares favoritos. Pero hacía tiempo que no pisaba esa parte de Lake Shore y también hacía mucho que las tardes de domingo de beber solo y ver béisbol se habían acabado.

—¡Bingo! —exclamé. Estaba igual que lo recordaba.

—¿Hello Babes? —leyó Lydia con la ceja levantada—. ¿Qué sitio es este?

«Un sitio cojonudo», pensé sonriente.

La barra de madera, los travesaños cubiertos de hiedra y lucecitas, taburetes con mucha historia y el cartel luminoso, anaranjado y legendario que ella acababa de leer: «Hello Babes».

—Aquí hacen las mejores enchiladas de toda la ciudad. Algún día te traeré a cenar para que juzgues por ti misma.

—¿Algún día?

—Bueno, si quieres que cenemos ahora…

—No creo que…

—Ya me imaginaba. —Chasqueé la lengua, pero le guiñé un ojo—. Lo que te decía, algún día vendremos para que las pruebes, pero hoy solo nos tomaremos una cerveza.

—Yo no bebo alcohol.

—¿Y qué va a beber la señorita? —le pregunté. Tomé asiento en la barra y di unos golpecitos en el taburete junto al mío—. ¿Un refresco?, ¿zumo?, ¿café?

—Se suponía que solo íbamos a dar un paseo, Austin. No puedo quedarme mucho más.

—Yo te llevaré a tu casa luego, no te preocupes.

—No quiero que me lleves a mi casa.

Le hice un gesto al camarero para que aguardara un minuto. Lydia empezaba a sentirse incómoda y el ambiente distendido que había conseguido crear entre nosotros se estaba esfumando.

—Escucha. —La sujeté por los brazos y flexioné las rodillas para tener los ojos a su altura—. Si no quieres que nos quedemos, no pasa nada, ¿de acuerdo? Pensé que después del paseo nos iría bien tomar algo, pero si quieres volver ya, lo haremos. No importa, ¿vale?

—Lo siento. No quería sonar tan…

—¿Sexy? —acabé por ella y conseguí mi cometido. Se le colorearon las mejillas y una sonrisa tímida le tiró de los labios—. ¿Qué? Me ha parecido que sonabas increíblemente sexy.

—Eres imposible.

Y con esa sencilla afirmación, separó el taburete y se sentó.

—Una cerveza y un refresco de cola, por favor —pidió al camarero.

Me estaba volviendo loco y no por su comportamiento contradictorio, sino por esos pequeños gestos que hacía para disimular lo que sentía. Yo le gustaba, era evidente. Pero por alguna extraña razón, pretendía hacerme creer lo contrario y no se daba cuenta de que fallaba del todo. Me miraba de reojo cuando creía que no la observaba y se le escapaba el aliento cuando mi mirada coincidía con la suya. Se mordía el labio con frecuencia, sobre todo cuando, por descuido, mis dedos la rozaban o mi mano fingía dispensarle una caricia sin importancia. Y, joder, esos labios me llamaban tanto como la luz a las polillas.

—Cuéntame alguna anécdota de la cafetería —le pedí. O dejaba de jugar con la cañita en la boca o no iba a poder seguir conteniéndome—. Algo que recuerdes con cariño.

—Mmm… a ver, deja que piense… No tengo anécdotas tan divertidas como las tuyas con tus hermanos, pero una vez tuvimos una pedida de mano de un espontáneo. Era viernes por la noche, el chico se había bebido un par de cervezas e hizo callar a todo el mundo. Luego, ya sabes, hincó la rodilla y sacó un anillo que había hecho con una servilleta.

—¿Y ella aceptó?

—Aceptó y se casaron un par de semanas después. Melinda les hizo la tarta de boda.

—Vaya.

—Sí, vaya —repitió un poco ensimismada. Pero sonrió a continuación y apoyó el mentón en la mano—. También tuvimos un atraco.

—¿Os atracaron? —Joder, eso no era nada divertido, ¿por qué se reía?—. ¿Cuándo?

—Fue poco después de empezar a trabajar allí. Estábamos a punto de cerrar, era un día entre semana, y un hombre entró y nos pidió que vaciáramos la caja. Llevaba un arma y parecía desesperado, pero se ve que también estaba hambriento, porque cogió uno de los muffins de Melinda, se lo comió de un bocado y se atragantó.

—¡¿Qué?! —Solté una risotada que acompañó a su risilla cantarina.

—¡Sí! Se atragantó. De pronto, empezó a hacer gestos con las manos y a darse golpes en el pecho. —Gesticuló para escenificar el momento y me pareció adorable—. Tiró la pistola, que resultó ser de juguete, y se desmayó.

—No me jodas…

—Y lo mejor es que Melinda tuvo que hacerle la maniobra esa hasta que expulsó el trozo de muffin que se le había quedado atascado.

—Menudo atracador. ¿Lo denunciasteis?

—¡Nos denunció él a nosotras!

—¡¿Qué?!

—Lo que oyes. Dijo que habíamos intentado matarlo con una de nuestras magdalenas.

—¡Encima! Vaya idiota. Con lo buenas que están.

—Es que se comió una que habíamos dejado de exposición en la vitrina del escaparate. —Rio más fuerte—. ¡Llevaba días ahí!

Nos costó dejar de reírnos de aquel pobre desgraciado y aproveché la ocasión para tocarla a propósito una vez más. Le aparté el pelo de la mejilla mientras continuaba riendo, mis nudillos rozaron su piel y ella cerró los ojos.

Hubiera mandado a la mierda todas mis teorías sobre las citas y la hubiera besado en aquel preciso instante. Era el momento y, cuando Lydia me miró, supe que ella también lo deseaba, que sentía mi mano acariciándole el cuello y no quería que la apartase. Pero no la besé.

—Se está haciendo un poco tarde —susurré—. Te llevaré a casa.

Me hizo creer que así sería durante el paseo de regreso, que me saldría con la mía por fin, pero cuando llegamos a las escaleras del Museo de Ciencia, se negó en rotundo.

—Te prometo que ni siquiera bajaré del coche. —Negó de nuevo—. Te pido un taxi, entonces.

—Prefiero el autobús.

—Pues te acompaño a la parada —insistí.

—No es necesario —rehusó—. Tu caballerosidad está intacta, no te preocupes.

—Mi caballerosidad está ofendida, que lo sepas.

—Lo he pasado bien. Eso es lo importante.

—¿Bien como para repetir otro día? ¿O bien en el sentido de «no quiero herir tus sentimientos, pero esto no va a volver a pasar»?

Era la primera vez en mi vida que buscaba la aceptación de una mujer a la que ni siquiera había besado. Por norma general, eran ellas las que me preguntaban si habría una segunda cita o las que se tiraban a mis brazos antes de salir del coche. Pero no con ella.

Con Lydia nunca había algo fácil o normal.

Dudó antes de responder a mi pregunta.

—Ya lo iremos viendo, ¿de acuerdo?

—Entonces, ¿puedo llamarte? —Asintió—. ¿Cuándo yo quiera?

—Prueba a ver…

Levanté la mano para despedirme y me quedé como un idiota viendo cómo se alejaba. Sin embargo, el Austin seductor que habitaba en mí se vino arriba de repente y saqué el móvil. Marqué su número y esperé con una sonrisa canalla. La vi detenerse y buscar el teléfono en el bolso. Luego se dio la vuelta y se lo llevó a la oreja. Su preciosa mirada fue toda para mí.

—¿Te das cuenta de que esto es absurdo?

—Has dicho que podía llamarte —le recordé y me encogí de hombros—. Solo estoy comprobando que decías la verdad.

—¿Y ya estás contento?

—Lo estaría más si me hubiera atrevido a besarte. Me moría de ganas de hacerlo desde que te he visto llegar. ¿No se me notaba?

—No, no se ha notado nada —ironizó.

—Tendré que esforzarme más la próxima vez, ¿no crees?

—Voy a perder el autobús —dijo entre risas.

—Vale, vale, vete. Buenas noches.

—Buenas noches, Austin.

—Y, Lydia…

—¿Qué?

—Yo también lo he pasado bien.





- 8 -


Lydia

Verlo aparecer en la cafetería, después de dos días sin saber nada de él, fue una sorpresa de esas que hacen que te tiemblen las piernas.

Mi orgullo se había sentido un poco magullado por no haber tenido noticias suyas después de reconocer que había querido besarme. Cada vez que pensaba en sus palabras notaba un cosquilleo en los labios y se me dibujaba una sonrisa involuntaria. Pero luego me lo imaginaba diciéndole eso mismo a otra mujer y me convencía de que solo era una táctica de experto seductor. Todo en él era una estrategia para, como Jess no se cansaba de repetirme, llevarme a la cama.

Pero allí estaba de nuevo, y ahí estaban también los nervios y las náuseas que me daban ganas de salir corriendo.

—Buenos días, Austin —corearon Jess y Melinda.

—Buenos días, chicas. ¿Qué tal va la semana? —preguntó con cortesía sin apartar sus ojos de mí, que tomaba nota del pedido de la mesa cinco sin prestar demasiada atención a lo que querían los clientes.

—Calurosa. Está siendo una semana de calor horrible —respondió Melinda, abanicándose—. Y eso que aún no ha llegado el verano.

—Sí, junio ha entrado con fuerza —coincidió—, pero ya veo que habéis tomado medidas: me gustan los uniformes nuevos.

«Adulador», pensé. Sus palabras eran como suaves caricias. Solo había que mirar a mi compañera y a mi jefa babeando mientras él hablaba.

En cuanto al uniforme… Melinda nos había sorprendido a principios de semana con un nuevo vestido. Una pieza única de lunares blancos sobre fondo rosa, con escote halter de corazón, con unos gruesos tirantes que se cogían al cuello. Eran preciosos, y la mirada de Austin lo corroboraba.

—¿Qué te sirvo, ojazos? —le preguntó Jess.

—A ella. —Me señaló con un guiño y puse los ojos en blanco mientras terminaba de anotar el pedido—. Y un café para llevar, hoy no puedo quedarme. Tengo una reunión.

Me acerqué a la barra para darle la nota a Melinda y me enfrenté por fin a la mirada de Austin. Su presencia ralentizaba el tiempo, era la única explicación lógica para entender por qué me costaba tanto ver venir sus intenciones. Antes de que pudiera detenerlo, me dio un beso en la mejilla y rozó sus dedos con los míos.

—Estás preciosa —murmuró solo para mí.

Me llevé la mano a la mejilla y me temblaron los labios antes de hablar.

—¿Por qué has hecho eso?

—¿Qué he hecho?

Fingir inocencia se le daba fatal, pero era otra de las cosas de Austin que hacía que el pulso se me acelerase.

—Me has besado.

—No, rubia, eso no ha sido un beso —susurró—. El día que te bese… Ese día te temblarán algo más que los labios.

«Presuntuoso», añadí a mi lista mental, pero la imagen que me vino a la cabeza me desestabilizó. ¿Cómo sería besarlo? ¿Cómo sería que me besara? Por suerte, llegó Jess con los platos de mi comanda y me hizo reaccionar.

—No sé si te lo han dicho alguna vez, pero tanto ego puede ser perjudicial para la salud —arremetí con una sonrisa de medio lado.

—De eso nada. Cariño, tú sí que eres perjudicial para mi salud —me rebatió con una fuerte carcajada.

Me entretuve unos minutos con los clientes de la mesa nueve y, mientras se decidían entre el acompañamiento dulce o el salado, le eché un ojo a Austin. Mantenía una animada conversación con Jess y parecía muy contento. Mi compañera había apoyado el mentón en la palma de la mano mientras él le contaba algo que yo no conseguía escuchar bien.

Cuando regresé junto a ellos, a Jess le brillaban los ojos y él sonreía como el gato que se comió al canario.

—Me marcho. Mañana nos vemos —se despidió. Y volvió a hacerlo, como si fuera algo de lo más normal: se acercó y me dejó un suave beso en la mejilla—. Respira, rubia, ya tendrás tiempo de quedarte sin aire.

¡Mierda! Había contenido el aliento como una idiota. ¡Jodido Austin y sus confianzas!

Austin

Mi cuñado Nick tenía unas ideas cojonudas muy en consonancia con su mente maravillosa, pero era un desastre en lo que a negociaciones se refería.

La Fundación Nicholas Slater había adquirido el edificio contiguo al Hospital Northwestern y la obra de rehabilitación iba a ser monumental. Después de acompañar a la junta directiva de la fundación al banco para la formalización del préstamo, Nick me pidió que estuviera presente en la reunión con el contratista y, una hora después de que hubiera finalizado, mientras tomábamos un bocado en la cafetería del hospital, aún me palmeaba la espalda en agradecimiento por haber conseguido el mejor trato con la empresa de rehabilitación del edificio.

—Ven a cenar a casa mañana por la noche. A Megan le gustará verte el pelo. Últimamente no sabemos mucho de ti.

—No creas que no sé lo que eso significa: mi hermana va a cocinar y estás acojonado. —Nick se rio, pero me dio la razón con un asentimiento—. Un consejo: ten a mano el teléfono de Tyler por si hay que llamar a los bomberos y el de urgencias de tu hospital por si te hace falta una ambulancia.

—¿Eso es una negativa a mi invitación?

—Créeme, me encantaría unirme a vuestro suicidio colectivo, pero mañana tengo una cita.

—De acuerdo. Pero dame un poco de envidia antes de irte y dime quién es la afortunada. —Levantó las cejas, insinuante—. ¿Alguna letrada de armas tomar? ¿Una jueza de toga ligera?

—Nada de eso. Solo es una chica normal.

No sé si fue mi manera de expresarlo o el hecho de que no le riera la gracia, pero Nick me sujetó por el brazo y me tocó un poco los cojones con su mirada insistente y su gesto de asombro.

—¡Oh, joder! ¡Joder, joder, joder! —exclamó. Se le estaba pegando el vocabulario de los Gallagher, no había duda—. ¿Qué tenemos aquí?

—No te flipes, Slater.

—¡Oh, sí! Sí me flipo, Gallagher. Hoy no tienes esa cara de guapito que está de vuelta. ¡A ti te gusta esa chica!

—Me gustan todas las chicas. ¿Qué tiene eso de raro?

Intenté parecer el mismo tío con suerte: despreocupado, pagado de mí mismo, pero el jodido Nick negó como si supiera que mentía. Y mentía, joder, eso era lo peor.

—¿A dónde la llevarás? ¿Algo convencional? No, no te veo yendo al cine y comprando palomitas. No te pega. Te va más el lujo y la ostentación. ¡Venga, vamos, dame detalles!

—Me largo. Que te sea leve la guardia y la cena de mañana.

—Austin Gallagher huyendo despavorido de una conversación sobre mujeres. ¿Qué estás ocultando? —preguntó suspicaz, y yo lo miré como si quiera degollarlo—. ¡Oh! ¿Eso que veo en tu cara es… incomodidad? ¡Te ha molestado! Esto es nuevo. ¿Será que la chica es «la elegida»? —anunció con un gesto de las manos—. Espera que se lo cuente a Megan.

—¿Qué coño es eso de «la elegida»? ¿Es que no tenéis nada mejor que hacer que hablar de mí?

—Eres un tema de conversación que da mucho juego, la verdad —respondió.

—Pues dejad de ser tan cotillas y dadme un sobrino, joder —lo apremié. Sabía que no le gustaba que tocase ese tema. A mi hermana tampoco—. No sé por qué cojones estáis esperando tanto. Me haré viejo para ser tío…

—Te das cuenta de que pareces tu madre, ¿verdad? Que me ataques con eso en vez de presumir de lo grandes que tiene las tetas o de las ideas que te sugieren la forma de sus labios dice mucho de lo que sientes por esa chica.

«Jodido listillo», pensé.

—Que te ataque con eso en vez de presumir de la mujer con la que voy a salir solo dice una cosa: «métete en tu cama y no en la mía». Y dale un beso a MC de mi parte.





- 9 -


Lydia

Todos los años, antes de que llegase el verano y el calor abrasador de Chicago, Melinda encargaba una revisión completa de los sistemas antiincendios y la fumigación de la cafetería. Eso implicaba cerrar el negocio todo un día, lo que suponía una jornada libre maravillosa.

—Peluquería, manicura y masaje, ¿se puede pedir un regalo mejor? —dijo Jess con un suspiro mientras a mí me masajeaban la espalda y a ella le pintaban las uñas de las manos—. Tenemos la mejor jefa del mundo.

—Ni que lo digas. Adoro estos detalles de Melinda.

Era costumbre que nos sorprendiera con cosas así un par de veces al año. Éramos sus criaturitas, sus niñas mimadas.

—¿Qué quieres que hagamos esta tarde? —preguntó mi compañera con un ronroneo—. Había pensado ir a Cotton Tail Park a ver uno de los conciertos que hay al aire libre. Los jueves no está tan concurrido. ¿Te apetece?

—Creo que no. Voy a recoger a Sophia de la guardería y pasaré la tarde con ella. Si te gusta mi plan, estás invitada. Tenemos un montón de castillos que construir, un millón de películas que empezaremos y no veremos terminar, y minimagdalenas de chocolate de la mejor cafetería de la ciudad.

—¡Ni hablar! —exclamó. Se enrolló en la toalla y se acercó a mi camilla—. Tú y yo vamos a salir esta tarde. Sophia estará en la guardería hasta las siete, así que tenemos unas cuantas horas para pasarlo bien. ¡Sin excusas! —dictaminó—. Iremos a Cotton Tail Park y se acabó.

Todavía no habían dado las cinco, pero Jess parecía impaciente por ver al primer grupo y no dejó de mirar a un lado y a otro de la plaza. Yo, sin embargo, estaba más concentrada en lo preciosas que me habían dejado las uñas y en el perfume que desprendía mi piel y mi pelo, a los que habían tratado con mucho mimo. Me sentía atractiva pese a ir vestida con unos vaqueros rotos, una camiseta de tirantes y mis Converse falsas de seis dólares.

—Tengo que decirte una cosa y espero que no te enfades —dijo Jess de pronto. Parecía nerviosa—. He quedado con alguien aquí.

—Vale. —Eso justificaba tanta insistencia. La miré a la espera de algo más de información, pero seguía callada—. ¿Por qué tendría que enfadarme? Has quedado con alguien, de acuerdo. ¿Y? ¿Ahora tengo que insistir para que me digas quién es o me lo vas a contar?

—Es un hombre.

—Eso ya es algo. Vamos mejorando. Tienes una cita con un hombre, ¿es eso?

—No, no es eso —respondió con una sonrisilla—. Tú tienes una cita con un hombre.

—¿Quééé?

En ese preciso instante, Jess dibujó una sonrisa deslumbrante y una figura ocultó los rayos del cálido sol de junio.

—Hola —dijo la voz de Austin detrás de mí—. ¿Preparada?

¿Preparada para qué? ¿De qué cojones estaba hablando? ¿Qué hacía él allí? ¿Y por qué le había guiñado un ojo a Jess?

Miré a uno y a la otra casi sin pestañear y lo entendí a la primera.

—¿Me has traído aquí porque iba a venir él? —le pregunté a Jess con una voz chillona—. Pero ¿tú estás loca?

—¿Ves como ibas a enfadarte? —Le hizo un gesto a Austin para que esperara un segundo y tiró de mi mano para apartarnos un poco. Me miró con una mezcla de preocupación e ilusión que pudo conmigo antes de escuchar lo que tuviera que decir—. Le gustas mucho y a ti te gusta él. Ve y disfruta un poco.

—No puedes hacerme estas cosas, Jess. Yo no soy el tipo de chica que puede largarse con un tío así sin más. Soy madre, tengo una niña pequeña que me necesita y…

—Gilipolleces. Sophia estará bien. Solo tenéis que hacer una llamada a la guardería y yo iré a por ella en cuanto os marchéis. La llevaré a casa, haremos ese montón de castillos del que hablabas, empezaremos un millón de películas que no terminaremos y nos comeremos las magdalenas de chocolate.

—Lo tenías todo pensado. —Asintió—. ¿Y qué pasa con lo que yo quiero?

—Te mereces un respiro, te mereces ser joven de vez en cuando y olvidar que tienes responsabilidades muy duras. Necesitas esto, Lydia, y él es el firme candidato a darte otra cosa más placentera en la que pensar. Ve, disfruta y no pienses en nada, ¿de acuerdo?

Se me cerró la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. La abracé fuerte, tan fuerte como lo harían dos hermanas. O más, incluso. Luego, para deshacer ese momento tan emotivo, repasó a Austin de arriba abajo y murmuró un: «Qué suerte tienes, zorrón» que nos hizo estallar en carcajadas.

—Llévatela antes de que le dé una colleja que la deje en el sitio y te obligue a llevarme en su lugar —le ordenó a Austin.

—¿Por qué no te vienes con nosotros? —le ofreció—. Será divertido.

—Que os larguéis, coño —soltó Jess con todo su desparpajo.

Austin

—¿Adónde vamos? —me preguntó, nerviosa.

—Es una sorpresa. —Fue a comentar lo típico, que no le gustaban las sorpresas, pero se lo leí en los ojos y me adelanté—. Te va a gustar. Te lo prometo.

Le di un toquecito en la nariz y ella… ella se humedeció los labios. Fue inevitable mirárselos y desear… cosas. Y, joder, por una vez Lydia tuvo que pensar lo mismo de los míos porque, cuando reaccioné, me observaba con unas ganas que se podían respirar.

Por suerte, su explicación acerca de lo bien que había ido el día y una conversación de lo más superficial sobre el tráfico de la ciudad contribuyeron a que los quince minutos hasta el lugar al que nos dirigíamos pasaran volando.

—Hemos llegado —anuncié al detener el coche.

Se enderezó en el asiento y me miró como si me hubiera vuelto loco.

—Me has traído a… ¿patinar? —Su expresión se debatió entre el horror y la diversión—. Hace años que no me pongo unos patines, Austin. No creo que…

—Es como montar en bicicleta, nunca se olvida. ¡Vamos!

Para ser jueves, el ambiente era de lo más animado. Una veintena de personas daban vueltas a la pista de patinaje al ritmo de la música; había gente en la cafetería y algunos grupos de jóvenes esperaban su turno en la bolera. Olía a patatas fritas y hamburguesas y a Lydia, olía a ella porque desde que entró en el coche no había podido oler otra cosa que no fuera su perfume.

Alquilamos un par de patines y nos lanzamos a la pista. Pronto quedó claro que a ella se le daba francamente bien lo de patinar y que yo no tenía ni puta idea, pero fue la excusa perfecta para cogerla de la mano. La excusa perfecta para hacerla reír, para verla sonreír sin parar, para ver sus ojos brillar, para sentir su agarre fuerte y decidido.

—¡No abras tanto las piernas o te caerás! —gritó por encima de la música—. Y dobla un poco las rodillas. Así.

Me mostró cómo hacerlo y al intentar imitarla se me fueron los pies y por poco beso el suelo una vez más.

—Pensaba que tenías algo de idea —dijo muy pegada a mí. Le pasé el brazo por los hombros y ella me rodeó la cintura para ayudarme—. No me puedo creer que me hayas traído aquí y no sepas ni mantenerte sobre los patines.

—Espero que esto deje claro que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por salir contigo.

—Esto solo demuestra que estás loco.

Se alejó riendo y la observé hacer un par de giros a gran velocidad. Por poco se cae al intentar frenar, pero mantuvo el equilibrio y me guiñó un ojo con coquetería. No perdió la sonrisa en ningún momento, estaba disfrutando como una niña, se movía al ritmo de la música, saludaba a las pequeñas patinadoras que pasaban por su lado y lo miraba todo con los ojos muy abiertos, como queriendo memorizar cada pulgada de aquel lugar. Me pregunté cuánto tiempo haría que no se divertía de esa forma, tan desinhibida, tan… ella.

—Ven, cógeme de las manos. —Había perdido la cuenta de las veces que me había caído y ya había tenido suficiente—. Vámonos de aquí, anda.

—No, ve a dar algunas vueltas más. Yo te esperaré en la cafetería.

Me acompañó hasta que pude sentarme y quitarme los patines del demonio. Encontré una mesa pegada a la mampara de cristal que separaba el bar de la pista y pedí una cerveza para mí y un refresco para ella. Pasé los siguientes diez minutos mirándola como un bobo. Se movía con tanta fluidez que nadie diría que hacía años que no patinaba. A veces, cuando intentaba hacer alguna pirueta más complicada de lo normal, se mordía la punta de la lengua y fruncía el ceño hasta que lo lograba o acababa en el suelo. Cuando lo conseguía, levantaba los brazos, triunfal, y miraba en mi dirección con una preciosa sonrisa pintada en los labios. Cuando se caía, se encogía de hombros y componía una mueca de fastidio que me hacía reír.

—Podría pasarme la tarde entera dando vueltas —dijo al dejarse caer en la silla. Le acerqué el refresco de cola y dio un buen trago con la cañita—. Gracias, estaba sedienta.

—Tienes toda la tarde, continúa.

—No no. —Rio—. He tenido suficiente por hoy. Estoy desentrenada y mañana me dolerá todo. ¿Qué tal tu trasero? ¿Duele? Te has dado un buen golpe.

—Gracias por recordarme que he sido el hazmerreír de toda la pista. Muchas gracias.

De nuevo su risa y su mirada brillante, y de nuevo esa costumbre de jugar con la cañita entre los labios. Si ella supiera lo que estaba provocando…

—¿Señor Gallagher? —preguntó una voz junto a nosotros—. ¡Oh, vaya! No pensé que fuera usted de verdad. Soy…

—Eugene Barrimore, del Wintrust Bank. —Lo reconocí. Era el director del banco que iba a concederle el préstamo a la fundación de Nick—. ¿Qué tal?

—Bien, bien —dijo, incómodo—. He venido a recoger a mis hijas. —Miró a la pista y luego a Lydia—. Disculpe mis modales, señorita. Soy Eugene Barrimore, director del Wintrust Bank.

—Lydia Martins, encantada. —Al presentarse me di cuenta de que era la primera vez que oía su apellido.

—Les dejo tranquilos. Mañana mismo le haré llegar los documentos del crédito de la fundación sin demora. Tengo a todo mi equipo trabajando en ello.

—Tranquilo, con que estén para finales de mes será suficiente.

—No, no, mañana mejor. Ustedes son clientes VIP. —Cómo detestaba que me hicieran la pelota—. Que pasen una buena tarde. Señorita Martins, un placer.

Lo seguí con la mirada hasta el acceso a la pista donde dos niñas lo esperaban impacientes. Una se le colgó al cuello, la otra se le aferró a la pierna y el pobre hombre anduvo algunos pasos a trompicones hasta conseguir dejar a una de ellas sobre el banco en el que debían quitarse los patines. Vamos, era un padre de familia de lo más aplicado y me salió una mueca de repulsión.

—Director de banco de día, devoto padre de tarde —bromeé—. Qué horror.

—¿Por qué? A mí me parece muy bonito que se ocupe de sus hijas. ¿O eres de esos que le tiene alergia al compromiso y que huye de formar una familia?

No era el mejor tema para amenizar una segunda cita, pero ya que la señorita Martins me miraba con tanta curiosidad, le respondí con sinceridad.

—Tengo una familia enorme y me encanta, estoy deseando que mi hermana me haga tío porque me gustan los niños, pero ¿formar yo una familia con esposa e hijos? De momento no, gracias.

—Ya veo —dijo, pensativa.

Hubo un silencio extraño entre nosotros, uno de esos que hacían saltar mis alarmas, pero duró muy poco y lo dejé pasar.

—¿Y de qué iba todo eso de la fundación? —preguntó—. ¿En qué está metido el señor Gallagher, cliente VIP?

—Mi cuñado tiene una pequeña fundación y necesitaba un crédito para rehabilitar el lugar donde estará la sede. Nada interesante.

—¿De qué es la fundación?

—Pues, si quieres que te sea sincero, no estoy muy seguro. —Sí, era penoso, pero es que Nick abarcaba muchas cosas y no había quien le siguiera la pista con sus proyectos—. Empezó siendo una fundación de ayuda a niños con necesidades traumatológicas: implantes, prótesis y esas cosas, pero el tío tiene una mente privilegiada y ha ido un poco más allá con los objetivos. Ahora creo que va a abrir un fondo de ayuda a niños con necesidades especiales, autismo y demás. Yo solo le llevo la parte legal mientras su abogada está de baja por maternidad.

—¡Espera un momento! —dijo, sobresaltada. Pegó la espalda al respaldo de la silla y parpadeó varias veces con la boca abierta—. ¿Tú cuñado no será Nicholas Slater?

—¿Lo conoces?

—No, bueno sí, pero solo de la tele —respondió—. Joder, no me puedo creer que seas el cuñado del doctor Slater. ¿Y por qué has dicho que es una pequeña fundación? ¡No es pequeña, es enorme!

—Y yo qué sé. No serás una de esas fans locas enamorada de él, ¿no? Te advierto que mi hermana tiene un derechazo que ya hubiera querido Tyson. —Se rio y negó con la cabeza—. Vale, me alegra saberlo. Que sepas que, si estás enamorada de mi cuñado, lo nuestro no va a funcionar y me vas a romper el corazón.

—Puedes estar tranquilo. Tienes el corazón a salvo.

—Bien. ¿Una partida de bolos?

Lydia

Aún estaba en shock por descubrir que era el cuñado del doctor Slater, pero intenté disimularlo lo mejor que pude. Me excusé para ir al baño y aproveché para llamar a Jess y ver qué tal estaba Sophia. Todo iba bien, estaban jugando con las letras y los números de madera que tanto le gustaban y había merendado sin montar un drama.

—¿Sabías que tu hija suma más rápido que yo? Es increíble.

Sí, era algo que había descubierto hacía algunos meses. Al parecer, la guardería no era tan pésima como creía.

Estuve a punto de contarle a Jess lo de Austin y Slater, pero me frené en el último momento. Corría el riesgo de que se tomara la libertad de comentarle el caso de Sophia en una de sus visitas a la cafetería y, de momento, no quería que Austin supiera de ella. No tenía ni idea de hacía dónde iba lo nuestro y no iba a meterlo de lleno en mi vida por muy bien que me sintiera a su lado.

Porque sí, me sentía muy bien con él.

—¿Estás preparada, rubia? —me preguntó con esa mirada intensa que me provocaba un calor desconcertante—. Patinando seré terrible, pero a los bolos no hay quien me gane.

—Menos mal, empezaba a pensar que no había nada que se te diera bien —bromeé. Con Austin era tan fácil.

—Se me dan bien muchas cosas —me susurró al oído. ¡Oh, Dios mío! Sentí su aliento como una caricia en el cuello y se me aceleró la respiración—. ¿Quieres comprobarlo?

—Estoy deseándolo —respondí en un murmullo casi inaudible.

Se quedó inmóvil. Su pecho contra mi espalda, sus labios a punto de rozar la piel bajo mi oreja, sus manos cerradas en dos puños para evitar tocarme. Deseé que lo hiciera, deseé que las abriera y me rodeara la cintura, que sus dedos buscaran el calor bajo la camiseta, que comprobaran cómo me ardía el cuerpo.

—Pronto —dijo—. Ahora, bolos.

«Bolos —pensé—, céntrate en los bolos».

Era mi turno de hacer el ridículo y vaya si lo hice. Tardé cinco tiradas en derribar un puto bolo y, cada vez que fallaba, tenía que escuchar las carcajadas de Austin. Él, en cambio, parecía haber nacido para lanzar la bola. Lo hacía con tanta naturalidad que al imitar su balanceo me resbalé y caí de culo.

—Ahora ya estamos en paz —dijo sin parar de reír.

Fue una tarde maravillosa que terminó con un par de hamburguesas grasientas y un montón de patatas con kétchup. Hablamos un poco más sobre su papel en la fundación del doctor Slater, nos reímos de algunos chicos tan patosos patinando como él y terminé confesándole que aquella hamburguesa se había convertido en mi comida favorita. La suya era la lasaña de su madre.

—MC dijo que no era capaz de comerme la lasaña entera, y acepté el reto. Imagínate: mientras ella hacía guardia en la puerta de la cocina, yo me senté en la encimera, agarré la cuchara de madera de mi madre y arrasé con una lasaña para seis.

—Y vomitaste —afirmé.

—Vomité, por supuesto. Cuando ya solo me quedaban un par de cucharadas, MC me hizo reír y me atraganté. Lo demás ya te lo puedes imaginar: mi madre montó en cólera, mi padre nos castigó y estuve con diarrea durante días.

Hice una mueca de asco sin dejar de sonreír. Quería a su familia, se le iluminaba la cara cuando hablaba de ellos, y sentí envidia. Yo jamás tuve ese tipo de relación con mis padres. Ellos estaban demasiado ocupados con los sermones de la iglesia e intentando parecer alguien en un lugar donde nadie llegaba nunca a nada.

Nos acabamos la cena en medio de una agradable conversación en la que confesé que era de Nueva York, que me había criado en Queens y que mis padres fallecieron en un accidente de coche al volver de la iglesia un domingo cualquiera.

—¿Y qué te trajo a Chicago?

—No lo sé —mentí—. Supongo que Nueva York me superó, pero me seguían gustando las grandes ciudades, así que…

—Llegaste aquí, encontraste trabajo en la cafetería y, ¿ahora qué? ¿Tienes pensado quedarte o también te cansarás de Chicago?

—Tampoco lo sé —respondí con sinceridad y un deje de tristeza.

—Bueno, haré todo lo que esté en mi mano para que te quedes. Cuando te enamores del viento estarás rendida a la ciudad y habré conseguido mi objetivo.

—Cuando me enamore del viento, ¿eh? Lo dudo. —Reí—. Odio este viento infernal.

Abrió mucho los ojos y fingió estar horrorizado por lo que acababa de oír.

—Decir eso es como meterse con Hillary Clinton o Michelle Obama.[1] Pero tranquila, terminarás necesitando los días de viento, ya lo verás. —Me guiñó un ojo y se puso en pie—. ¿Nos vamos?

Su tono contundente, la seguridad de sus palabras y el mensaje que ocultaban desató un sinfín de pensamientos que me sumieron en un silencio pesado. Me gustaba, me hacía reír, no era tan tonta como para pensar que Austin era un santo, todo lo contrario, pero era un buen chico y no se merecía que le escondiera algo como lo de Sophia. ¿Qué era lo peor que podía pasar si se lo contaba? ¿Que desapareciera de mi vida?

—¿Estás bien? Te veo muy callada.

Cuando estuvimos dentro del coche, lo observé y vi auténtica preocupación en sus ojos. El pelo le cubría la frente y parte de un ojo, y no me resistí más. Llevaba queriendo apartárselo desde que lo conocí. Levanté la mano despacio y mis dedos le peinaron aquellos mechones rebeldes con sumo cuidado. «Por si es la última oportunidad que tienes para hacerlo», me dije.

—Lydia…

—Tengo que decirte algo —solté con los ojos cerrados y la mano aún sobre su pelo. La dejé caer hasta la mejilla y su rastro de barba me cosquilleó en la palma.

—Si no es que estás completamente enamorada de mí y que quieres que te bese de una vez, prefiero que no lo digas. —Podía parecer una broma, pero su tono era tan serio que abrí los ojos de golpe—. Cualquier cosa que te haga dudar y sufrir como lo que tienes que decir puede esperar a otro día. ¿Estamos de acuerdo?

Asentí lentamente y él me recompensó con un beso en la palma de la mano sin apartar sus ojos de los míos. Se me erizó la piel y noté la respiración pesada. Tuve miedo de pedirle que me besara y de empezar a sentir cosas más fuertes por él. El deseo y la atracción física estaban bien, pero había una línea muy fina que no debía traspasar y era importante que lo tuviera siempre presente.

—Hoy no pienso dejarte en una parada de autobús, ni voy a llamar a un taxi, así que… ¿adónde la llevo, señorita?

—No es necesario que lo hagas. Puedo…

—¿Te parece al 5486 de South Woodlawn Avenue?

—¿Eso qué es? —me extrañé.

—Mi casa, ¿qué va a ser? Si no quieres que te lleve a la tuya…

—¡Esta bien! —accedí—. Pero te advierto que no vivo precisamente en el mejor barrio de la ciudad.

—¿Crees que eso va a echarme atrás? —preguntó. Casi podría decir que se había ofendido—. ¿Me dices la dirección o te llevo a mi casa?

—2500 al norte de la 75, en Elmwood Park.

Recorrimos los diez minutos hasta mi casa en completo silencio. No fue incómodo, pero tampoco agradable. Se habían quedado suspendidas en el aire las cosas que quería decirle y la mezcla entre el deber y el deseo se me estaba atragantando. No podía seguir ocultándole a mi hija. No era justo para él ni para mí. Ni para lo mejor que tenía en mi vida.

—Ya estamos —anunció al tiempo que le daba un buen repaso al edificio.

—Gracias por traerme.

—Te acompaño al portal.

—No, no es necesario, de verdad. Ya has sido muy amable trayéndome hasta aquí.

—Eso quiere decir que no me vas a invitar a subir, ¿no? —Negué despacio—. ¿Ni siquiera un café?

—Austin…

Desde la calle oí un llanto estridente que reconocí de inmediato. Así lloraba Sophia cuando tenía un berrinche o cuando perdía el chupete, que para el caso era lo mismo.

—Tengo que irme.

—¡Espera! —Me cogió del brazo antes de que abriera la puerta, y sentí la calidez de sus dedos en lo más profundo de mi cuerpo—. Dime que vas a volver a salir conmigo. ¿Qué tal el sábado?

—Esta conversación ya la hemos tenido. El sábado trabajo, Austin.

—Lo sé, pero puedo recogerte en la cafetería cuando salgas. Me gustaría llevarte a un sitio especial.

—No sé si es buena idea. —Los gritos de Sophia aumentaron y miré por la ventanilla, desesperada. Austin también lo hizo y maldijo en voz baja—. Tengo que irme.

—Joder, vaya amígdalas tiene esa niña. Pobres padres, menudo infierno —masculló—. Bueno, ¿qué me dices? ¿Nos vemos el sábado?

—Deja que lo piense, ¿de acuerdo?

—Está bien. Pero no pienses demasiado.

[1]. Ambas nacidas en Chicago. (N. de la A.)





- 10 -


Austin

La esperé en la puerta de la cafetería sin salir del coche mientras revisaba los últimos correos electrónicos que la junta de la fundación me había mandado. Mi hermana me había llamado dos veces, pero no le había cogido el teléfono. Ya sabía lo que iba a decirme, era como si la tuviera metida en la cabeza. Nick le habría contado nuestra conversación y ella habría atado cabos de inmediato. Solo era cuestión de tiempo que hiciera partícipes de la noticia al resto de la troupe Gallagher y que el chat familiar saltara por los aires.

Levanté la mirada de la pantalla y se me cayó el móvil de las manos al ver a Lydia. Estaba… ¡Wow! Se había puesto un vestido rojo corto, llevaba sandalias de tacón y el pelo suelto, con unas ondas que invitaban a sumergirse en ellas, aspirar su aroma y acabar alborotándolas.

Bajé del coche embobado, sin pestañear. Había salido con muchas chicas, pero esta era la primera vez que me daba miedo no estar a la altura. No había nada artificial en ella, su sinceridad era abrumadora, y esa sencillez que la avergonzaba a veces era su mejor cualidad, además de unas piernas de infarto que por primera vez veía al natural.

La besé en la mejilla, pero le advertí con mi cuerpo que esa sería la última vez que sería tan comedido. Mis manos encontraron solas el camino por su cintura y mi nariz buscó ese aroma fresco que escondía en el hueco bajo la oreja. Ella se rio nerviosa y echó una mirada por encima del hombro hacia el escaparate de la cafetería, donde sus compañeras no perdían detalle de cómo nos saludábamos.

—Antes de que acabe esta noche pienso besarte por todas las veces que he tenido ganas y no he podido hacerlo —le susurré—. Estás increíble.

Se despidió de las chicas con un movimiento de la mano y subió al coche con cuidado de que no se le subiera el vestido. A mí no me hubiera importado que lo hiciera, desde luego. Se me ocurrían muchas cosas que hacer con toda la piel que quedaba a la vista.

—Tengo la sensación de que voy demasiado arreglada, ¿no? ¿A dónde vamos?

—Si te lo digo me tienes que prometer que no te echarás atrás.

—Eso no ayuda. ¿No serás de esos tíos raros que le gustan los sitios… raros? Ya sabes, clubs swinger y cosas así.

¡Joder! No me podía imaginar con Lydia en un lugar así, o sí, pero antes quería tenerla solo para mí. Sus pensamientos iban más rápidos que nuestra relación.

—No vamos a ningún club. Vamos a mi casa.

—¡¿A tu casa?! Austin, no creo que…

—Vamos a cenar en el mejor sitio de la ciudad sin que nadie nos moleste. —Apreté las manos alrededor del volante para evitar acariciarle los labios. Si no dejaba de mordérselos no llegaríamos ni al aparcamiento—. Te gustará, ya verás.

—Pero has dicho que vamos a tu casa y yo…

—No va a pasar nada que tú no quieras, ¿de acuerdo? Tú mandas y yo obedezco.

Había dejado la terraza preparada y el servicio de cáterin lo había dispuesto todo a la perfección. Las vistas eran preciosas y eso la convertía en el sitio ideal para cenas románticas, como la que había preparado para Lydia. La decoración era rústica y en ella predominaba el blanco. Las velas y las plantas le daban ese toque bucólico que invitaba a sentarse en alguno de los rincones que la decoradora había creado para ofrecer un ambiente íntimo. Mis hermanos decían que solo le faltaba un jacuzzi para convertirlo en el picadero de cualquier soltero, pero no me hacía falta. En mi cuarto de baño había una bañera de hidromasaje que ya cumplía con esa función. Me gustaba vivir bien.

Lydia se paseó entre los muebles de madera acariciándolos aquí y allá, como al descuido, mientras yo la observaba desde la puerta. Crucé los brazos y dediqué unos minutos a seguirla con la mirada. Era la primera vez que tenía una cita con una chica allí y, después de comprobar lo bien que Lydia encajaba con todo, me sorprendí al pensar que quería que ella fuera la última.

—¿Has cocinado todo esto para mí? ¿Lo has hecho tú? —Se detuvo en la mesa y sonrió al devorar con la mirada el pato lacado sobre hojas de alga nori, los bocaditos de hojaldre relleno de salsa de setas, unas tostas de salmón y crema de aguacate…—. Estoy impresionada.

—Me encantaría decirte que sí y quedar como un rey, pero seguro que vas a acabar viendo la tarjeta del cáterin bajo las servilletas, y entonces te voy a parecer bastante lerdo y algo capullo. Así que no, no he hecho yo la cena.

Iba por buen camino. Lo supe al escuchar su risa y al ver cómo se acercaba a mí contoneando las caderas. Ella no se daba cuenta, pero yo sí, y me volvía loco.

—¿Traes aquí a todas tus citas?

—No, solo a ti.

—¿Y a qué debo tal honor?

—Imaginé que te gustaría. ¿Te gusta?

—Me encanta. Es un sitio precioso.

—Pues ya verás cuando apague las velas. —Tomé la botella de vino que había en la cubitera y le serví un poco de aquel néctar afrutado—. ¿Vino?

—No, no bebo alcohol, ya lo sabes.

—Solo un poco para brindar —insistí.

En aquel momento, mientras las luces de Chicago dejaban paso a un cielo sin luna y la terraza se sumía en sombras danzantes, me pareció que brindar por nosotros era una idea excelente, y, al final, ella accedió.

—Si esta terraza también forma parte del apartamento, debes pagar mucha pasta por el alquiler —comentó mientras de gustábamos el menú.

—No pago alquiler, en realidad. El piso es mío y la terraza también.

Se atragantó, pero no quise darle importancia. Presumir de mis posesiones no era lo mío.

—¿Eres el propietario? —Asentí antes de beber de mi copa y ella me imitó—. Debió de costarte mucho dinero.

—¿Quieres saber cuánto?

—No, no quería… Es decir, que no pretendía… No me hace falta saberlo. Imagino que será un buen pellizco —dijo, incómoda. Dio otro sorbo al vino y disfrazó su inquietud con una sonrisa—. Si llego a saber todo esto hubiera traído el postre.

—Créeme, lo has traído.

Lydia

Estaba todo delicioso, pero tener a Austin mirándome a tan poca distancia me impidió disfrutar de la cena.

Y esa insinuación sobre el postre…

Tuve que desviar la mirada para que no viera cuánto me afectaban esas indirectas, me encendían, me desbocaban el pulso, me sentía desbordada por una emoción tan intensa que no sabía cómo manejar. En realidad, todo lo que él hacía y decía empezaba a calar en mí demasiado hondo.

—Ven, quiero que veas una cosa.

Me cogió de la mano con suavidad y me llevó a la zona más apartada de la azotea. Fue apagando velas por el camino hasta que la terraza quedó sumida en una cómoda penumbra. Luego se dejó caer en medio de un mar de almohadones blancos y me invitó a hacer lo mismo.

—No voy a acostarme contigo ahí.

—No quiero que te acuestes conmigo aquí —pronunció lentamente. Su voz me provocó un cosquilleo en el vientre—. Quiero que te tumbes para que puedas ver una cosa. Si no quieres, no importa. Tú te lo pierdes.

¿Por qué todo lo que hacía me parecía un reto? Se acomodó con las manos en la nuca y cruzó los pies a la altura de los tobillos. Había suficiente espacio para tumbarme sin tener que rozarlo, así que lo hice. No me lancé de espaldas, como había hecho él. Me senté en el borde y, poco a poco, fui recostándome hasta quedar tumbada.

—¿Bien? —me preguntó con la cabeza ladeada hacia mí.

—Bien —mentí, pero me reí y traté de acomodarme un poco moviendo las caderas hasta encontrar la posición.

—Vale, ahora deja de moverte y mira al cielo.

Me bastó un segundo para entender lo que deseaba mostrarme. Era una noche sin luna y las estrellas brillaban de una forma mágica.

—Es precioso —murmuré.

—Lo es. Me encanta subir aquí y hacer esto.

Fue mi turno de mirarlo a placer. Mientras él hablaba sobre constelaciones y mitología, yo me perdí en sus rasgos, en la forma de su rostro, en esa nariz recta y un poco respingona, en los mechones de pelo que le caían sobre la frente…

Cerré los ojos para olerlo, porque jamás había olido a un hombre así, y su voz se me coló muy dentro. Empecé a sentirme relajada y le atribuí parte de culpa al vino, pero no podía engañarme a mí misma: era él el que provocaba ese hormigueo desesperante que me quemaba la piel, era él el que convertía las palabras en susurros que me mimaban como no había hecho nadie nunca. Y fui yo la que di el paso decisivo hacia algo que, quizá, nunca debió empezar.

—Austin…

—¿Sí?

—¿Cuánto más vas a aguantar?

Se acodó muy cerca de mí y suspiró.

—¿Cuánto más quieres que aguante? —Me encogí de hombros. Quería decirle que ya estaba bien, que me besara, que era yo la que no podía esperar más, pero él estaba cada vez más cerca y lo dejé en sus manos—. Puedo ser muy paciente, Lydia. Muy muy paciente. —Deslizó un dedo por mi pierna hasta el muslo y lo subió por la cintura—. Pero si aún tienes dudas, ¿quieres que te dé un adelanto de lo que me gustaría hacerte?

—Sí —jadeé.

—Me gusta tomarme las cosas con calma y no perderme nada de lo que pasa cuando toco a una mujer. Me gusta escuchar sus sonidos, descubrir su tacto y probarlo todo, probarlo muchas veces. —Cerré los ojos y me dejé seducir. Su dedo me acarició la clavícula y luego contorneó mis labios muy despacio—. Cada vez que te los muerdes o te pasas la lengua sufro y duele. —Era algo que no podía controlar y volví a morderme el labio inferior. Me cogió la mano y la puso en el pecho, a la altura del corazón—. ¿Lo notas? —Asentí. Luego la deslizó por su abdomen y la detuvo sobre su prominente erección—. ¿Y esto? ¿Lo notas?

Me incitó a presionar un poco y escuché un siseo en su respiración, pero no me dejó apartar la mano. Mientras yo me quemaba con el calor de su sexo, me acarició el interior de la muñeca y sus dedos llegaron a mi costado, muy cerca del pecho. Me revolví en busca de su contacto. Necesitaba que me tocara como yo lo hacía con él, que abriera la mano y me calmara la ansiedad. Pero él estaba más ocupado repasando el contorno de mi escote allí donde mi respiración agitada amenazaba con hacer estallar la parte de arriba del vestido. Lo busqué con los ojos y le rogué en silencio. No podía más, me dolían los pechos, mis caderas querían moverse