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Cuando tú llegaste

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Lily está decidida a impedir la boda de su indefensa hermana con lord Alex Raiford, un aristócrata frío y arrogante. Lily, indomable y resuelta, sabe cómo lidiar con los hombres en su propio terreno, y no duda en emplear cualquier arma para salirse con la suya. Pero no imagina que por una vez su rival es muy superior a ella, y mucho menos que su obstinado e inflexible corazón no tardará en ceder a los encantos del enemigo.
Year:
2004
Language:
spanish
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2

Der Stuermer - 1940 Nr. 23

Language:
german
File:
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Capítulo 1





Londres, 1820





-¡Maldita sea, maldita sea! ¡Ahí va ese jodido trasto!

Cada ráfaga de viento arrastraba un torrente de palabras malsonantes que escandalizaban a los invita¬dos a la fiesta, reunidos en la cubierta del barco.

El yate se hallaba anclado en medio del Támesis, y el acto se celebraba en honor del rey Jorge. Hasta ese momento la fiesta había resultado un tanto deslucida aunque elegante, ya que, como correspondía, todo el mundo había alabado las excelencias del magnífico yate de Su Majestad. El yate, con brocados, madera de cao¬ba de primera calidad, abigarradas arañas de cristal, es¬finges doradas y leones esculpidos en cada esquina era un auténtico palacio flotante ideado para el ocio. Los invitados habían bebido considerablemente para man¬tener ese estado de ligera euforia capaz de sustituir un sentimiento de alegría real.

Probablemente la multitud allí congregada lo ha¬bría pasado mejor de no haber sido tan débil la salud del rey. La reciente muerte de su padre, junto con un penoso ataque de gota, estaban pasándole factura y lo habían sumido en un estado de desánimo que no era habitual en él. El rey procuraba rodearse de gente ca¬paz de proporcionarle la alegría y diversión necesarias para aliviar su sensación de soledad. Por ese motivo, según decían, había requerido expresamente la presen¬cia de la señorita Lily Lawson en aquella fiesta en su barco. Tal como había apuntado una joven y lánguida vizcondesa, era sólo cuestión de tiempo que la señori¬ta Lawson empezara a causar revuelo. Y como de cos¬tumbre no defraudó en absoluto.

-¡Que alguien lo coja, maldita sea! -se oyó gritar a Lily por encima del rumor de las risas-¡El oleaje lo está alejando del barco!

Los caballeros, viéndose libres por fin del tedio, se precipitaron hacia el lugar de donde provenía el al¬boroto. Las damas protestaron, molestas al ver a sus consortes correr en dirección a la proa, donde Lily, colgada de la barandilla, contemplaba un objeto que flotaba en el agua.

-Mi chapeau favorito -explicaba Li; ly en respues¬ta a la sucesión de preguntas, señalando el sombrero con un ligero movimiento de su delicada mano-. ¡Se lo ha llevado el viento! -Se volvió entonces hacia la multitud de admiradores, dispuestos todos a consolar¬la. Pero ella no deseaba muestras de simpatía, sino que recuperaran el sombrero. Miró las caras una a una, sonriendo con picardía-. ¿Quién va a comportarse como un auténtico caballero y traérmelo?

Había tirado el sombrero por la borda a propósito, y veía que los caballeros, pese a sospechar que aquello no era más que una estratagema, no interrum¬pían sus galantes ofrecimientos.

-Permítame -gritaba uno.

-No -decía otro al tiempo que se despojaba tea¬tralmente del sombrero y el abrigo-. Insisto en ser yo quien tenga el privilegio.

Al instante se inició una discusión, ya que ambos estaban decididos a satisfacer los deseos de Lily. Pero, precisamente ese día las aguas estaban revueltas, y bas¬tante frías para pillar un buen resfriado. Y, aún más importante, el remojón significaría echar a perder un traje carísimo.

Lily contemplaba la rivalidad que había provoca¬do con una sonrisa. Los hombres seguían gesticulando y profiriendo frases caballerescas. De haber estado al¬guno de ellos dispuesto a recuperar el sombrero, lo habría hecho ya.

-Vaya espectáculo -murmuró ella y miró fijamente a los caballeros. Habría merecido todos sus respe¬tos cualquiera que los hubiera mandado al infierno, argumentando que el ridículo sombrero rosa no justi¬ficaba semejante alboroto, pero ninguno se atrevería a hacerla. De haber estado allí Derek Craven se habría reído o le habría lanzado una mirada tal que ella no hubiera tenido más remedio que echarse a reír como una tonta. Ambos compartían el mismo desdén hacia esos amanerados esnobs indolentes y perfumados.

Lily suspiró y miró el río, que aparecía con una tonalidad gris oscura y agitado bajo el cielo tormento¬so. En primavera las aguas del Támesis eran muy frías. Dejó que la brisa le acariciara el rostro, y cerró los ojos. El viento alisó durante un momento su cabello, pero luego los brillantes rizos oscuros recobraron su habitual y voluminoso desorden. Pensativa, Lily se quitó la diadema. Su mirada seguía las crestas de las olas rompiendo contra el costado del yate.

«Mamá...», susurró una vocecita en su cabeza. Lily se estremeció al recordar, no podía evitarlo.

De repente percibió, como si fuera real, unos bra¬citos aferrando su cuello, un delicado cabello acari¬ciándole la cara y el peso de una chiquilla en el rega¬zo. El sol de Italia le calentaba la nuca y los graznidos de una procesión de patos se derramaban sobre la su-perficie cristalina del estanque. «Mira, cariño -murmuró Lily-. Mira los patos. ¡Vienen a visitamos!»

La chiquilla se agitó excitada. Levantó su manita regordeta y extendió un minúsculo dedo señalando los presumidos patos. Luego sus oscuros ojos miraron a Lily y la sonrisa reveló dos dientecillos.

«Pa», exclamó y Lily se echó a reír.

«Patos, cariño, muy guapos. ¿Dónde metimos el pan que trajimos para darles? Dios mío, creo que me he sentado encima...»

Una nueva ráfaga de viento se llevó aquella ima¬gen tan agradable. Lily tenía los ojos húmedos y una dolorosa punzada en el corazón.

-Oh, Nicole -musitó. Respiró hondo para quitar¬se aquella opresión, pero se negaba a desaparecer. El pánico hizo presa de ella. A veces lo sobrellevaba con un trago o bien distrayéndose con el juego, los chis¬morreas o las cacerías, pero no eran más que alivios temporales. Necesitaba a su niña.

“Mi pequeña... ¿donde estas....? Te encontrare... Ya viene mamá, no llores, no llores...” La desespera¬ción la abrumó. Tenía que hacer algo inmediatamente o se volvería loca.

Miró a los hombres que tenía a su alrededor y riendo a carcajadas descaradamente se deshizo de sus zapatos de tacón alto con una patada. La pluma rosa del sombrero seguía siendo visible en medio de las aguas.

-Mi pobre chapeau está a punto de hundirse -gri¬tó al tiempo que pasaba las piernas por encima de la barandilla-. Vaya caballerosidad. ¡Tendré que recupe¬rado yo misma! -y antes de que nadie pudiera dete¬nerla se lanzó al agua.

El río se cerró sobre ella con una ola. Algunas mu¬jeres empezaron a gritar. Los hombres examinaban con nerviosismo las aguas agitadas. .

-Dios mío -exclamó uno de ellos. El resto se había quedado sin habla. Incluso el rey, informado de los acontecimientos por su ayuda de cámara, se acercó a mirar, andando como un pato, y recostó su enorme cuerpo sobre la barandilla. Lady Conyngham, una her¬mosa mujerona de cincuenta y cuatro años que se ha¬bía convertido en su última amante, llegó junto a él y exclamó:

-Ya os lo había dicho: ¡esa mujer está loca! ¡Que Dios nos ayude!

Lily permaneció bajo el agua más tiempo de lo ne¬cesario. El frío paralizaba sus miembros y el peso del vestido la arrastraba hacia una misteriosa oscuridad. Pensó que resultaría fácil dejarse llevar... hundirse, dejar que la oscuridad se apoderara de ella... Pero un destello de pánico hizo que sus brazos entraran en ac¬ción y la impulsaran hacia la tenue luz que había arri¬ba. Ascendió aferrando el sombrero, y cuando salió a la superficie pestañeó y aspiró atropelladamente boca¬nadas de aire. La sensación de frío era tan intensa que le provocaba punzadas de dolor. Los dientes le casta¬ñeteaban, pero consiguió esbozar una sonrisa temblo¬rosa. Y miró al sorprendido público congregado en la cubierta del yate.

-¡Lo tengo! -gritó, manteniendo el sombrero en alto en señal de victoria.

Minutos más tarde varios pares de manos ansiosas sacaron a Lily del río. El vestido pegado a su cuerpo re¬velaba una figura esbelta y deliciosa. Un suspiro reco¬rrió la multitud reunida en el yate. Las mujeres la ob¬servaban con envidia y desaprobación, ya que no había mujer en Londres que los hombres admiraran más. So¬lían sentir pena y desprecio por las que se comportaban como ella, pero Lily...

-Haga lo que haga, no importa la atrocidad que sea, ¡los hombres la adoran! -se quejó lady Conyng¬¬ham-. Lleva con ella el escándalo. De haberse tratado de cualquier otra mujer, ya habría sucumbido. Ni mi querido Jorge se atreve a censurarla.

-Es que se comporta como si fuera un hombre -replicó lady Wilton con amargura-. Juega, caza, mal¬dice y habla de política. Les encanta la novedad de una mujer con aires tan masculinos.

-La verdad es que su apariencia no tiene nada de masculina -protestó lady Conyngham, observando las formas delicadas que las ropas empapadas ponían en evidencia.

Una vez convencidos de que Lily estaba sana y salva, los hombres congregados a su alrededor estalla¬ron en carcajadas y aplausos loando su valentía. Lily se apartó los rizos mojados de los ojos, sonrió e hizo una reverencia.

-Bueno, era mi sombrero favorito -dijo mirando la maltrecha prenda que llevaba en la mano.

-¡Caramba! -exclamó como admiración uno de los hombres-, usted no le tiene miedo a nada, ¿verdad?

-A nada -respondió ella, provocando más risas. El agua le chorreaba por el cuello y espalda abajo. Lily se volvió y sacudió enérgicamente su cabeza empapa¬da-. ¿Sería alguno de ustedes tan amable de acercarme una toalla, o, mejor, de traerme algo caliente antes de que me muera de...? -Su voz fue desvaneciéndose al observar a través de la cortina de sus mojados rizos una figura que permanecía inmóvil.





El ajetreo a su alrededor era inverosímil; hombres en busca de toallas, bebidas calientes, lo que fuera con tal de que se sintiera a gusto. Pero aquél, a unos me¬tros de ella, seguía quieto. Lily se enderezó muy des¬pacio, devolvió el cabello a su lugar y volvió a mirar-lo. Era un desconocido. No tenía ni idea de por qué estaba observándola de aquel modo. Estaba acostum¬brada a miradas de admiración de los hombres... pero aquél tenía en la boca una mueca de desaprobación. Lily siguió examinándolo, sin dejar de temblar.

Jamás en su vida había visto un cabello tan dora¬do. La brisa agitaba sus mechones revelando unas fac¬ciones aristocráticas y tremendamente duras. La frial¬dad de sus ojos, tan claros y luminosos, era 'tal que Lily presintió que iba a obsesionarla. Solamente quien ha sufrido la más amarga desesperación es capaz de re¬conocerla en otro.

Lily, profundamente consternada por la mirada del hombre, le dio la espalda y sonrió alegremente a los ad¬miradores que se aproximaban cargados de toallas, ca¬pas y bebidas calientes. Apartó de su cabeza cualquier pensamiento relacionado con el desconocido. ¿A quién demonios le importaba la opinión que de ella tuviera ese remilgado aristócrata?

-Señorita Lawson -comentó lord Bennington con expresión preocupada-, me temo que va a coger un resfriado. Si lo desea, me ofrezco a llevarla a tierra en un bote.

Lily hizo un gesto de asentimiento, agradecida, ya que le castañeteaban tanto los dientes que le resultaba imposible beber. Asió por el brazo a lord Bennington con su mano azulada y tiró de él para que bajara la ca¬beza. Acercó sus helados labios al oído.

-Dése prisa, p-por favor. C-creo que me he p-pa¬sado de i-impulsiva. Pero no le c-cuentea, nadie lo que acabo de decirle.

Alex Raiford, con reputación de hombre tremendamente disciplinado y distante, se hallaba en aquellos momentos luchando por reprimir la inexplicable có¬lera que se había apoderado de él. Mujer ridícula... arriesgando su salud, su vida incluso, con tal de mon¬tar un espectáculo. Debía de ser una cortesana, de las conocidas tan sólo en círculos muy restringidos. No se habría comportado de ese modo de haber gozado de una mínima reputación que cuidar. Alex separó las manos y las restregó contra su abrigo. Sentía una opresión en el pecho. La' alegre risa, la viva mirada, el cabello oscuro... Dios, le recordaba a Caroline.

-¿La conocía? -le preguntó una voz áspera, con cierto tono de sorna. A su lado estaba sir Evelyn Downshire, un agradable y anciano caballero conoci¬do de su padre-. Todos los hombres que la ven por primera vez muestran la misma expresión. Me recuer¬da a la marquesa de Salisbury en sus buenos tiempos. Una mujer magnífica.

Alex apartó la vista de la extravagante criatura.

-Yo no le veo nada admirable -respondió fría¬mente.

Downshire se echó a reír mostrando su cuidada dentadura postiza de marfil.

-Si fuera joven, intentaría seducirla -dijo-. Lo ha¬ría incluso ahora. Es el último ejemplar de su especie, ya sabe.

-¿Qué especie es ésa?

-En mis tiempos había montones de ellas -afirmó Downshire, con una sonrisa de experto-. Para domesticarlas es necesario ser muy hábil e inteligente...

Alex volvió a mirar a la mujer. Su rostro era deli¬cado, pálido y perfecto, sus ojos oscuros, apasionados.

-¿Quién es? -preguntó, como en un sueño. Vien¬do que no obtenía respuesta, se volvió y advirtió que Downshire había desaparecido.





Lily saltó del carruaje y se dirigió hacia la puerta prin¬cipal de su casa, en Grosvenor Square. Jamás se había sentido tan incómoda.

-Me está bien empleado -se recriminó mientras subía las escaleras. Burton, el mayordomo, la observa¬ba desde la puerta-. He cometido una auténtica idio¬tez. -El Támesis era el lugar al cual iban a parar todos los vertidos de Londres, y por lo tanto lugar poco re-comendable para darse un baño. Sus ropas estaban im¬pregnadas de un olor desagradable y los zapatos mo¬jados crujían. Burton frunció el entrecejo al ver su aspecto. Y aquello no era normal en Burton, que nor¬malmente toleraba sus desgracias sin que por ello la expresión de su cara variara lo más mínimo.

En los últimos dos años Burton había sido la figu¬ra dominante de la casa, quien establecía las reglas del juego, tanto para los criados como para los invitados. Cuando recibían visitas, los modales almidonados de Burton convencían a cualquiera de que Lily era una personalidad relevante. Pasaba por alto sus extrava¬gancias y sus aventuras, como si no existieran, y la te¬nía por una dama irreprochable, a pesar de que ella rara vez se comportaba como tal. Lily era consciente de que ni sus propios criados la respetarían de no ser por la imponente presencia de Burton. Era alto, ro¬busto y con el rostro enmarcado por una pulcra barba gris como el acero. No existía mayordomo en toda In¬glaterra que superara la perfecta combinación de arro¬gancia y deferencia que él poseía.

-Señorita, ¿se lo ha pasado bien en la fiesta? -Estupendamente -respondió Lily, intentando pa¬recer alegre. Le entregó una pella de terciopelo moja¬do adornado por una pluma rosa un tanto maltrecha. Él contempló aquello sin pestañear-. Mi sombrero -le explicó Lily, y entró en la casa dejando a sus espaldas un rastro de agua.

-Señorita Lawson, tiene un invitado esperándola en el salón. Lord Stamford.

-¿Está aquí Zachary? -Lily parecía encantada.

Zachary Stamford era un joven inteligente y sensible, amigo suyo desde hacía mucho tiempo. Estaba enamo¬rado de su hermana menor, Penélope. Por desgracia no era más que el tercer hijo del marqués de Hertford y ello significaba que nunca conseguiría los títulos su-ficientes ni la riqueza necesaria para satisfacer los am¬biciosos planes de los Lawson. Y como estaba bastan¬te claro que Lily no se casaría, los sueños de ascenso social de sus padres se hallaban centrados en Penélope. A Lily le sabía mal por su hermana, que estaba com¬prometida con lord Raiford, conde de Wolverton... un hombre al cual Penélope no conocía muy bien. Za¬chary debía de estar sufriendo por ello.

-¿Cuánto rato lleva aquí Zachary? -preguntó Lily a Burton.

-Unas tres horas, señorita: Afirmó que se trataba de un asunto urgente, y que esperaría lo que fuera con tal de verla.

A Lily se le despertó la curiosidad. Miró de reojo hacia la puerta cerrada del salón, situada entre los dos tramos de la doble escalinata.

-¿Urgente...? Le veré enseguida. Acompáñale a mi salita de la planta superior. Ahora he de quitarme esta ropa mojada.

Burton asintió con la cabeza sin que la expresión de su rostro se alterara. La salita contigua al dormito¬rio de Lily, y que se comunicaba con él mediante una pequeña antesala, estaba reservada únicamente a los conocidos más íntimos. Escasos eran aquellos a los que se les permitía subir, a pesar de ser incontable el núme¬ro de quienes lo pretendían.

-Sí, señorita Lawson.





A Zachary no se le hizo pesado tener que esperar a Lily. A pesar de lo nervioso que estaba, se vio obliga¬do a admitir que había algo especial en el 38 de Gros¬venor Square, que hacía que cualquier hombre se sin¬tiera a gusto allí. Quizá el motivo fuera el juego de co-lores.

Las mujeres solían decorar sus casas con los tonos pastel que tan en boga estaban, azul pálido, rosa o amarillo, complementándolos con frisos blancos y co¬lumnas. La moda imponía incómodas sillitas doradas de asiento resbaladizo y sofás con patas tan frágiles que daban la sensación de que no podían resistir el peso de una persona. Pero la casa de Lily lucía colores cálidos y agradables y tenía un mobiliario sólido que invitaba a cualquier hombre a poner los pies encima. Colgaban de las paredes escenas de cacería, grabados y algunos retratos de gusto exquisito. En su casa, y a pe¬sar de que las reservas de alcohol que pudiera tener Lily eran imprevisibles (a veces abundantes y otras escasas), solían celebrarse reuniones de escritores, ex¬céntricos, caballeros y políticos.

A primera vista, ya que una de las criadas le había ofrecido a Zachary una jarra de coñac de primera cali¬dad en una bandeja de plata, parecía que aquel mes Lily estaba bien surtida. La criada le trajo también un ejem¬plar del Times encuadernado y un platito de galletas. Zachary, completamente distendido, solicitó además una tetera y se enfrascó en la lectura. Burton abrió la puerta en el instante en que acababa con la última de las galletas.

-¿Ha llegado ya? :-preguntó Zachary, levantándose.

Burton le lanzó una mirada implacable.

-La señorita Lawson le recibirá arriba. Si me lo permite, lord Stamford, le mostraré el camino...

Zachary le siguió por la curvilínea escalera con una barandilla sofisticada y reluciente. Entró en la sa¬lita iluminada por el vivo fuego que ardía en una pe¬queña chimenea de mármol y proyectaba su resplan¬dor hacia los tapices de seda de color verde, bronce y azul que colgaban en las paredes. Lily hizo su apari¬ción en la puerta que daba a su dormitorio transcurrido un par de minutos.

-¡Zachary! -exclamó, y corrió a cogerle las manos. Zachary le dio un beso en la mejilla y su sonrisa se heló al darse cuenta de que Lily llevaba un albornoz y sus pies desnudos asomaban por debajo de la prenda. Era un albornoz de lo más comedido, grueso y conforta-ble, con cuello de cisne, pero no por ello dejaba de ser una prenda que podía calificarse como «íntima». Re¬trocedió sorprendido, no sin antes percatarse de que Lily llevaba el cabello chorreando y despedía un aro¬ma... peculiar.

A pesar de todo Lily estaba increíblemente bella. Sus ojos eran tan oscuros como el centro de un girasol, enmarcados por un abanico de pestañas largas y tupidas. Su piel era pálida y transparente, y la línea de su cuello, pura y delicada. Y cuando sonreía, como en aquel mo¬mento, sus labios se curvaban con una dulzura extrema, como si de una chiquilla angelical se tratara. Pero su apariencia inocente era engañosa. Zachary la había visto intercambiar los insultos más sutiles con caballeros de dudosa reputación, profiriendo incluso vulgaridades ante un carterista que en una ocasión intentó robarle.

-¿Lily...? -Arrugó la nariz al alcanzarle una nueva vaharada.

Ella se echó a reír y abanicó con la mano.

-Debería haberme dado un baño, pero dijiste que te traía un asunto urgente. Te pido disculpas... hoy el Támesis olía a pescado. -y al ver su perplejidad, aña¬dió-: Una ráfaga de viento llevó al agua mi sombrero.

-¿Ya ti con él? -preguntó Zachary, confuso.

Lily sonrió.

-No precisamente. Pero dejemos eso. Quiero sa¬ber qué es lo que te ha traído a la ciudad.

Incómoda, señaló su vestimenta.

-¿Prefieres que antes me vista?

Lily le ofreció la más cariñosa de sus sonrisas. Za¬chary no cambiaría nunca. Sus cálidos ojos castaños, la sensibilidad de sus facciones, su cabello tan acicala¬do... siempre le recordaría a un niño preparado para ir a la iglesia.

-Oh, no te sonrojes. No esperaba que te mostra¬ras tan recatado, Zachary. Al fin y al cabo hubo un tiempo en que querías casarte conmigo.

-Oh, sí, bien... -Zachary frunció el entrecejo-. Harry fue mi mejor amigo hasta aquel día. Y cuando te abandonó de aquella forma tan ruin pensé que de¬bía actuar como un caballero y secundarle haciéndote aquella proposición.

Esa respuesta provocó en ella una risita de carca¬jadas.

-¿Secundarle? ¡Caramba, Zachary, era un com¬promiso, no un duelo!

-Y rechazaste mi proposición -le recordó él.

-Chico, te habría convertido en un infeliz, como a Harry. Ése fue el motivo por el cual me abandonó.

-Pero no excusa suficiente para que se comporta¬ra de un modo tan poco honorable -argumentó Za¬chary, muy serio.

-Me alegro de que lo hiciese. De no haber sido así, no habría tenido la oportunidad de viajar por todo el mundo con mi excéntrica tía SalIy. Y ella no me habría dejado su fortuna, y estaría... -Lily se interrumpió, suspiró delicadamente y concluyó-: casada.

Sonrió y se sentó frente a la chimenea, indicándo¬le a Zachary con un gesto que hiciera lo mismo.

-Por aquel entonces sólo pensaba que me habían partido el corazón. Pero recuerdo tu proposición co¬mo una de las mejores cosas que me han ocurrido. Una de las contadas ocasiones en que un hombre se ha comportado conmigo con altruismo. En realidad, ha sido la única. Estabas dispuesto a sacrificarte para sal¬var mi orgullo herido.

-¿Es ése el motivo por el cual has seguido siendo mi amiga durante todos estos años? -preguntó Za¬chary, sorprendido-. Siempre me he preguntado por qué te preocupabas por mí, conociendo a tanta gente elegante y experimentada como conoces.

-Oh, sí -respondió ella secamente-. Derrochado¬res, perdidos y ladrones. Tengo un buen surtido de amistades. No excluyo, evidentemente, ni a la realeza ni a los políticos. -Le sonrió-. Eres, el único hombre decente que he conocido.¬

-La decencia no me ha hecho llegar muy lejos, ¿verdad? -dijo él, taciturno.

Lily le miró sorprendida, preguntándose cuál sería el motivo por el que Zachary, un idealista empederni¬do, se mostraba tan desconsolado. Algo iba mal.

-Zach, tienes cualidades maravillosas. Eres atractivo....

-Pero no guapo -replicó.

-Inteligente....

-Pero no listo. Ni un ápice.

-El ser listo va generalmente unido a la malicia y me alegra decirte que de eso no tienes nada; Y ahora deja ya de obligarme a que te suplique y cuéntame por qué has venido. -Su mirada se tornó más afilada-. Es por Penélope, ¿verdad?

Zachary se quedó con la mirada fija en sus ojos encendidos. Frunció el entrecejo y exhaló un prolon¬gado suspiro.

-Tu hermana y tus padres están en Raiford Park con Wolverton, ocupados en los preparativos de la boda.

-Faltan pocas semanas -murmuró Lily, calentan¬do sus pies desnudos ante el fuego crepitante-. No he sido invitada. A mamá le aterroriza que pueda montar una escena. -Su risotada estaba impregnada de melan¬colía-. ¿De dónde sacaría tal idea?

-Tu pasado no es muy recomendable... -señaló Zachary, pero ella le interrumpió impaciente y diver¬tida a la vez.

-Sí, naturalmente, ya lo sé.

Hacía tiempo que no hablaba con su familia. Ha¬bía sido ella quien provocara la ruptura hacía ya años. No sabía qué era lo que la había llevado a rebelarse contra las normas tan arraigadas de su familia, pero ya no le importaba descubrirlo. Había cometido errores por los que jamás la perdonarían. Los Lawson le dije¬ron que nunca podría regresar. Por aquel entonces Lily se rió en sus propias narices de tal prohibición, pero ahora conocía el sabor del remordimiento. Son¬rió a Zachary con tristeza.

-Jamás haría nada que pudiera poner a Penny en una situación comprometida, ni, que el cielo me per¬done, poner en peligro la posibilidad de tener un acau¬dalado conde en la familia. El sueño más anhelado de mi madre.

-Lily, ¿has tenido oportunidad de conocer al no¬vio de Penélope?

-Humm... no, la verdad. Le vi en una ocasión en Shropshire, cuando levantaron la veda. Alto y tacitur¬no, eso fue lo que me pareció.

-Si se casa con Penélope, la vida de ella se conver¬tirá en un infierno. -Zachary hizo aquella afirmación tan dramática y sorprendente con la esperanza de que ella reaccionara con viveza.

Pero Lily no se alteró. Juntó sus oscuras cejas y se lo quedó observando analíticamente.

-Ante todo, Zach, debo decirte que no hay ningu¬na objeción que valga. Penny se casará con Wolverton. Jamás desobedecería a mis padres. En segundo lugar, no es ningún secreto que estás enamorado de ella...

-¡Y ella me quiere!

-Por lo tanto es probable que estés exagerando.-Enarcó las cejas-. ¿Humm?

-¡Soy incapaz de exagerar con respecto a eso! Wolverton se comportará con ella de un modo cruel. No la quiere, y yo moriría por ella.

Era joven y melodramático, pero sin duda sincero.

-Oh, Zach -Lily sentía compasión por él. Tarde o temprano todos acaban amando a alguien inalcanza¬ble. - Afortunadamente ella sólo había necesitado una lección para aprenderlo-. Recuerda que te aconsejé hace tiempo que persuadieras a Penny a fugarse conti¬go. O eso o deshonrada con el fin de que mis padres autorizaran el enlace. Pero ahora ya es demasiado tar¬de. Han encontrado un palomo más gordo que tú para desplumar.

-Alex Raiford no es ningún palomo -afirmó Za¬chary apesadumbrado-. Más bien parece un león... una bestia fría y salvaje que hará infeliz a tu hermana por el resto de sus días. Es incapaz de amar. Penélope está aterrorizada. Pregunta a cualquiera. Todo el mun-do va a contarte la misma historia... No tiene cora¬zón.

Un hombre sin corazón. De ésos Lily conocía muchos. Suspiró.

-Zachary, no puedo ofrecerte ningún consejo -dijo apenada-. Quiero a mi hermana y naturalmente me encantaría veda feliz. Pero no puedo hacer nada por vosotros dos. .

-Podrías hablar con tu familia -le suplicó él-. Po¬drías abogar por mi causa.

-Zachary, sabes que soy una descastada. Mis pala¬bras carecen de peso en mi familia. Hace años que me llevo mal con ellos.

-Por favor. Eres mi última esperanza. Por favor.

Lily observó la expresión de angustia de Zachary y sacudió la cabeza, impotente. No le gustaba la idea de ser la última esperanza de alguien. Las suyas hacía tiempo que habían expirado. Incapaz de permanecer sentada por más tiempo, se levantó de un brinco y empezó a deambular por la estancia; él permaneció sentado, inmóvil como un muerto.

Después de un momento de silencio Zachary di¬jo, con la sensación de que una palabra mal escogida representaría su ruina:

-Lily, piensa en cómo debe sentirse tu hermana. Intenta imaginarte lo que esto significa para una mu¬jer que no tiene ni tu fuerza ni tu libertad. Asustada, dependiente, impotente... Oh, sé perfectamente que esos sentimientos han de resultar extraños para al-guien como tú, pero...

Una cáustica carcajada le interrumpió. Lily había dejado de dar vueltas y estaba junto a la ventana cu¬bierta de tupidos cortinajes. Tenía la cabeza apoyada en la pared y una pierna flexionada de tal manera que la rodilla asomaba por entre los pliegues de color mar¬fil del grueso albornoz. Su mirada era brillante y bur¬lona y sonrió con ironía.

-Extraños -repitió.

-Penélope y yo estamos perdidos... Necesitamos la ayuda de alguien para emprender juntos nuestro ca¬mino.

-Querido, qué poético eres.

-Oh, Dios, Lily, ¿sabes lo que es amar? ¿Crees en ello?

Lily dio media vuelta y tiró de los mechones de su cabello corto y enmarañado. Se rascó la frente, irritada.

-No; no en ese tipo de amor -respondió distraí¬damente. Su pregunta le preocupaba.

De repente tenía ganas de que se marchara, lleván¬dose su mirada de desesperación.

-Creo en el amor que una madre siente por su hijo. Y en el amor entre hermanos. Creo en la amistad. Pero en mi vida he visto un asunto romántico que lle¬gara a buen fin. Todos están destinados a acabar con celos, enfados, indiferencia... -Se armó de valor y le miró con frialdad-... Compórtate como lo haría cual¬quier otro hombre, querido. Haz un matrimonio de conveniencia y luego consigue una amante que te pro¬porcione el amor que necesites durante todo el tiem¬po que quieras mantenerla.

Zachary se encogió como si acabara de recibir un bofetón. Se la quedó observando como nunca lo había hecho, acusándola con mirada encendida.

-Por vez primera -dijo con dificultad- me creo parte de lo que la gente dice de ti. P-perdóname por haber venido. Pensé que podrías ayudarme. O como mínimo consolarme.

-¡Maldición! -explotó Lily. Zachary se estremeció pero permaneció en su silla. Lily, asombrada, se dio entonces cuenta de lo necesitado que se encontraba, de la terquedad de sus esperanzas. Y la había escogido a ella para mostrar el dolor que implica estar separado del ser amado. Se dirigió hacia él lentamente y le besó en la frente, retirándole el cabello como si de un niño se tratara-. Perdóname -murmuró compungida-. Soy una egoísta.

-No -respondía él, confuso-. No, eres...

-Lo soy. Pero voy a ayudarte, Zachary. Soy de las que siempre pagan sus deudas y tenemos una pen¬diente desde hace mucho tiempo. -Se apartó de repen¬te y echó a andar por la estancia con renovada energía, lamiéndose los nudillos como si fuera un gato acica-lándose-. Deja que piense... deja que piense...

Zachary, aturdido ante aquel cambio de actitud, permanecía sentado y la contemplaba sin abrir la boca.

-Tengo que ver a Wolverton -dijo ella fríamente-. Quiero evaluar la situación personalmente.

-Ya te he explicado qué clase de hombre es.

-Necesito formarme mi propia opinión. Si descu¬bro que Wolverton no es ni tan cruel ni tan horrible como lo pintas, abandono el asunto. -Enlazó sus deli¬cados dedos y los flexionó, como si se dispusiera a co¬ger las riendas de su caballo para iniciar una cacería-. . Vuelve a casa, Zach. En cuanto haya tomado una de¬cisión te lo haré saber.

-¿Y si averiguas que tengo razón? Entonces ¿qué ocurrirá?

-Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte a recuperar a Penny.





Capítulo 2





La doncella entró en la habitación cargada con las galas de noche.

-No, Annie, no quiero el vestido rosa -dijo Lily mirando por encima del hombro-. Para esta noche quiero algo especial. Algo perverso. -Tomó asiento frente al tocador, contemplando su imagen en el espe¬jo oval de marco dorado y mesando sus enmarañados mechones negros.

-¿Aquel azul de manga corta abullonada tan esco¬tado? -sugirió Annie, con una sonrisa en sus orondas facciones. Nacida y criada en el campo, la fascinaban las sofisticaciones de Londres.

-¡Perfecto! Cuando me lo pongo gano muchísi¬mo. Los caballeros suelen mirar el escote en lugar de las cartas.

Annie sonrió y desapareció en busca del vestido, mientras Lily se ceñía una diadema de plata y zafiros. Dejó con mucha gracia unos cuantos rizos asomando por encima de la cinta reluciente. Sonrió al espejo, pero el resultado fue más bien una mueca. La sonrisa encan¬tadora y eficaz que solía utilizar había desaparecido. Últimamente, y por mucho que lo intentara, no conse¬guía más que una burda imitación. Quizá el motivo fuera la tensión que sufría desde hacía tanto tiempo.

Apenada, frunció el entrecejo. De no haber sido por la amistad que mantenía con Derek Craven se halIaría a esas alturas aún más amargada e insensible. Resultaba una ironía que el hombre más cínico que se había cruzado en su camino fuera quien la ayudara a mantener sus últimos jirones de esperanza.

Lily sabía que casi todos esos esnobs pensaban que tenía un lío con Derek. Tal especulación no la sorprendía en absoluto... Derek no era uno de esos hombres que mantienen relaciones platónicas con las mujeres. Pero entre ellos no existía ningún tipo de ligazón romántica, ni existiría jamás. Nunca había intentado besarla.





Naturalmente era imposible convencer a nadie de ello, ya que los habían visto juntos, uña y carne, en las cacerías más afamadas y en lugares tan diversos como las localidades más caras de la ópera o los sombríos bares de Covent Garden.

Derek nunca había sugerido visitar a Lily en su casa de Londres, ni tampoco ella le había invitado. Era como si existieran ciertas fronteras que no querían traspasar. A Lily aquel arreglo le iba muy bien, ya que de ese modo conseguía que otros hombres no se atrevieran a aproximaciones que a ella no le apetecían en absoluto. Nadie osaba meterse en lo que se consideraba territorio privado de Derek Craven.

Durante el transcurso de los dos últimos años Lily había llegado a admirar ciertos aspectos de Derek: su fuerza y su total falta de miedo. Naturalmente tenía también sus defectos. El dinero le sonaba a música, y más dulce que la generada por un violín o un piano. Derek no apreciaba en absoluto ni la pintura ni la escultura; sí en cambio la perfección de la forma de un dado. Y además de esa carencia de refinamiento cultural, Lily debía admitir también que Derek era egoísta hasta la médula... razón por la cual, sospechaba, no se había enamorado jamás. Nunca llegaría a ser capaz de ante¬poner las necesidades de otro a las suyas. Pero de haber sido menos egoísta, de haber sido un individuo sensible y amable, su infancia habría acabado con él.

Derek le confesó a Lily que había nacido en una alcantarilla y que su madre le abandonó. Se crió entre chulos, prostitutas y criminales que le adiestraron en el lado oscuro de la vida. De joven conseguía dinero robando tumbas, pero pronto descubrió que no tenía estómago para ello. Posteriormente trabajó en el puer¬to... limpiando excrementos, seleccionando pescado, lo que fuera con tal de hacerse con una perra. Siendo aún un chiquillo, y estando él cargando cajas de bote¬llas vacías en una licorería, dio la casualidad de que se fijó en él una dama de alta cuna que pasaba por allí en su carruaje. Y a pesar de lo desaseado y descuidado de su apariencia, hubo algo en él que atrajo a la mujer, quien le invitó a subir al vehículo.

-Eso es mentira -le había interrumpido Lily mi¬rando a Derek con los ojos como platos.

-Es la pura verdad -dijo él con desgana ante la chimenea de su apartamento y estirando sus intermi¬nables piernas. Tenía el cabello oscuro y la tez bron¬ceada, y aunque sus facciones no eran ni peculiares ni ordinarias, resultaba casi guapo. Sus blancos dientes estaban ligeramente superpuestos y daban a su sonrisa un carácter leonino. Sonrisa casi irresistible, aunque no alcanzara nunca la frialdad de sus ojos verdes-. Me montó en el carruaje, de verdad, y me llevó a su casa en Londres.

-¿Dónde estaba su marido?

-En el campo.

-¿Y qué pretendía hacer con un chiquillo sucio que acababa de recoger en la calle? -preguntó Lily con recelo, poniendo mala cara al ver la sonrisa de De¬rek-. ¡No me lo creo, Derek! ¡Ni una maldita palabra de todo lo que me has contado!

-Primero me obligó a darme un baño - recordó De¬rek, con expresión pensativa-. Dios... agua caliente..., jabón, y olía tan dulce... y la alfombra en el suelo... cálida. Lo primero que hice fue lavarme los brazos y los codos... mi piel me parecía tan blanca... -Sacudió la cabeza, sin dejar de sonreír, y dio un sorbo a su co¬ñac-. Y acabé temblando como un mequetrefe recién nacido.

-Y entonces imagino que te invitaría a su cama y que resultaste ser un magnífico amante, muy por enci¬ma de todo lo que ella conocía -sentenció Lily con tono sarcástico.

-No. El peor, supongo. ¿Podía saber cómo satis¬facer a una mujer? Sólo sabía cómo satisfacerme a mí mismo.

-Pero ¿le gustó igualmente? -preguntó Lily, es¬céptica. Siempre que se hablaba de esos temas se sen¬tía tremendamente confusa. No tenía ni idea de cuál era el motivo que podía llegar a atraer a hombres y mujeres, ni por qué deseaban tanto compartir una cama y enfrascarse en un acto tan doloroso, violento y triste. No le quedaba la menor duda de que los hom¬bres disfrutaban con ello mucho más que las mujeres.

¿Por qué buscarían las mujeres un extraño con quien acostarse? Bajó la vista al sentir el rubor en sus meji¬llas, aunque siguió escuchando concienzudamente la continuación del relato de Derek.

-Me enseñó lo que le gustaba -dijo él-. Y yo que¬ría aprender.

-¿Por qué?

-¿Por qué? -Derek quedó dubitativo, echó un tra¬go y fijó la vista en las llamas-. Los hombres se ponen calientes, pero pocos se preocupan de complacer a la mujer y ver a una mujer así, poniéndose a punto de¬ bajo de mí... eso le da fuerza al hombre, ¿lo entien¬des? -Miró de reojo la cara de perplejidad de Lily y se echó a reír-. No, me imagino que no, pobre gitanilla.

-Yo no tengo nada de pobre -replicó ella, arru¬gando la nariz para mostrar su desacuerdo-. Y ¿qué quieres decir con «fuerza»?

Él le dirigió una sonrisa un tanto repulsiva.

-Si a una mujer le haces cosquillas donde corres¬ponde y de la forma adecuada, hace por ti todo lo que quieras.

Lily le corrigió educadamente la dicción y dijo aturdida, sacudiendo la cabeza:

-No estoy de acuerdo contigo, Derek. Yo he teni¬do mí... quiero decir: he hecho... eso... y no resultó en absoluto agradable, Y Giuseppe tenía fama de ser el amante italiano más experto. Lo decía todo el mundo. Los ojos verdes de Derek brillaron burlones.

-¿Estás segura de que lo hizo bien?

-Supongo que sí, pues concebí una criatura a re¬sultas del acto -replicó Lily.

-Cualquier hombre puede ser padre de un millar de bastardos y seguir sin hacerlo bien, encanto. Está más claro que el agua. .. No tienes ni idea.

«Macho arrogante», pensó Lily, lanzándole una mirada elocuente. Daba igual como se hiciera, era im¬posible que fuera una experiencia satisfactoria. Frunció el entrecejo al recordar la húmeda boca de Giu¬seppe sobre su piel, el peso sofocante de su cuerpo, el dolor que le había provocado hasta dejarla rígida y su¬mida en una silenciosa tristeza...

« ¿Es esto todo lo que puedes ofrecerme? -le había preguntado él en italiano sin dejar de recorrerle el cuerpo con las manos, Se encogió al recordar la auda¬cia con que la estuvo sobando y que no le había apor¬tado más que turbación y dolor-. Ah, eres como cual-quier inglesa... ¡más fría que un pez!»

Pero mucho antes de que tuvieran lugar tales acontecimientos había aprendido ya que no se podía entregar el corazón a los hombres, y que esclavizarse así, con el hombre que fuera, sería una degradación.

Derek, como si estuviera leyéndole los pensa¬mientos, se levantó para acercarse a ella. Enlazó las manos por detrás de su cabeza y se la quedó mirando fijamente con sus fulgurantes ojos verdes. Lily se mo¬vió, incómoda, como si estuviera atrapada.

-No me tientes, cariño -murmuró Derek-. Me encantaría ser el hombre que te demostrara lo placen¬tero que puede llegar a ser.

Lily, disgustada por los sentimientos que se apo¬deraban de ella, le dijo:

-Jamás permitiría que me pusieras la mano enci¬ma, cockney narizota.

-Podría hacerlo si quisiera -replicó él sin alterar¬se y conseguiría que te gustara. De todas las muje¬res que conozco eres la que más necesita un buen re¬volcón. Pero no seré yo quien te lo dé.

-¿Por qué no? -preguntó Lily, intentando que su voz reflejara hastío. Pero sonó trémula, y él volvió a sonreír. .

-De hacerlo, te perdería -respondió-. Eso es lo que suele ocurrir. Ya encontrarás un hombre que te abra las piernas. Y cuando vuelvas a mí, seguiré estan¬do aquí. Siempre.

Lily permanecía inmóvil y su mirada errante se detuvo en aquel rostro que tanta seguridad aparenta¬ba. Quizá, pensó, era ése el nivel máximo que Derek podía alcanzar en cuanto a querer a alguien que no fuera él. Veía el amor como una debilidad, y él odiaba la debilidad. Pero al mismo tiempo dependía de la profunda amistad que los unía. No quería perder¬la... bien, tampoco ella quería perderle.

Lily le miró de reojo con expresión burlona.

-¿Qué se supone que es eso? ¿Una declaración de afecto? -le preguntó.

La tensión se rompió. Derek sonrió y alborotó el sedoso cabello de Lily.

-Lo que tú quieras que sea, cariño.

Después de la visita de Zachary, Lily fue a Craven's en busca de Derek. Seguro que sabía algo de Wolverton, pues conocía la situación financiera de cualquier hom¬bre de Inglaterra, incluyendo escándalos y pasadas ban¬carrotas, deudas pendientes y compromisos. Además, y gracias a su propio servicio de inteligencia, Derek co¬nocía hasta el contenido de sus testamentos, si tenían amantes, cuánto pagaban por ellas y las notas obtenidas por sus hijos en Eton, Harrow y Westfield.

Lily llegó a Craven's sin compañía alguna, vestida con un traje azul celeste cuyo escote redondo con un brillante lazo color crema resaltaba sus pequeños pe¬chos. Su presencia en el lugar llamó poco la atención. Se la veía por allí habitualmente, era una singularidad aceptada, la única mujer aceptada por Derek en Cra¬ven's, que a cambio le había pedido completa sinceri¬dad. Él conocía sus más oscuros secretos.

Asomó la cabeza a todas las salas para evaluar el ambiente. Los comedores se hallaban abarrotados; los asistentes disfrutaban de la buena comida y bebían sin remilgos.

-Palomos -murmuró Lily sonriendo.

Ésa era la palabra que Derek utilizaba para califi¬car a sus huéspedes, aunque nadie más que ella se la había oído pronunciar.

Lo primero que hacían los palomos era disfrutar de la mejor cocina de Londres, preparada por un chef a quien Derek pagaba el increíble salario de dos mil li¬bras al año. La cena solía ir acompañada de una selec¬ción de vinos franceses y del Rin que Derek obse-quiaba, como si quisiera con ello dar pruebas de su buen corazón. Tanta generosidad animaba a los socios a gastar más resueltamente el dinero en las mesas de Juego.

Acabada la cena, los miembros del club se dirigían a las salas de juego. Luis XIV se habría sentido allí como en su casa, rodeado de espejos tintados, candelabros majestuosos, metros y metros de terciopelo azul y cuadros deslumbrantes de valor incalculable. La sala de techo abovedado estaba situada en el centro del edificio, como si fuera una piedra preciosa. La atmós¬fera que allí se respiraba era de silenciosa actividad.





Lily se detuvo en la puerta absorbiendo el sonido de los dados de marfil sobre la mesa, el ruido sordo de las cartas, el murmullo de las voces. Sobre la mesa ovalada colgaba una lámpara que concentraba todo su fulgor en el tapete verde y en las marcas de color ama¬rillo. Aquel día, amontonados alrededor de la mesa, había varios oficiales de la embajada alemana, unos cuantos exiliados franceses y un buen número de ca¬balleros británicos. Lily esbozó una sonrisa irónica y compasiva viendo lo enfrascados que estaban. Las apuestas y las tiradas de dados se repetían con una re¬gularidad hipnótica. Un extraño que nunca antes hu¬biera visto jugar, bien podría haber pensado que allí tenía lugar un ritual religioso.

Para tratar de ganar era preciso jugar calculando muy bien los riesgos. Pero la mayoría de los allí pre¬sentes no jugaban para ganar, lo hacían por la emoción de abandonarse al destino. Lily jugaba sin el corazón y ganaba de vez en cuando, pero bastante. Derek de¬cía de ella que era una timadora, lo cual para él repre¬sentaba un elogio.

Darnell y Fitz, dos de los crupieres de la mesa, la saludaron discretamente con la cabeza al veda pasar.

Sus relaciones con los empleados de Derek, incluyen¬do los de la cocina, eran excelentes. El chef, monsieur Labarge, siempre insistía en que probara y valorara sus últimas creaciones: pastel de langosta gratinado, diminutos suflés de patatas, perdiz estofada con ave¬llanas y trufas, tortillas de fruta confitada, repostería y unas natillas con lecho de pasta crujiente que hacían la boca agua.

Lily echó un vistazo a la sala buscando la silueta esbelta y morena de Derek, pero no estaba allí. Cuan¬do se dirigía a una de las seis puertas con arco perci¬bió una ligera caricia en su muñeca enguantada. Se volvió con una media sonrisa, esperando ver la enjuta cara de Derek. Pero no se trataba de él, sino de un alto español que lucía en la manga la insignia dorada de ayudante de la embajada. La saludó escuetamente y tiró de ella con insolente familiaridad.

-Acaba usted de llamar la atención del embajador Álvarez -le informó-. Venga, desea conocerla. Venga conmigo.

Lily se soltó, recorrió la estancia con la mirada hasta dar con el embajador, un hombre gordo y de po¬blado bigote, que la observaba con avidez y la anima¬ba a acercarse sin ocultar sus intenciones. Lily volvió a mirar al ayudante.

-Aquí hay un error -le dijo amablemente-. Díga¬le al señor Álvarez que me adula su interés, pero que tengo otros planes para esta velada.

Dio media vuelta, pero el ayudante la volvió a su¬jetar por la muñeca, haciéndola retroceder.

-Venga -insistió-. Le pagará por su trabajo.

Era evidente que la habían confundido con una de las mujeres de alterne del Craven's, pero ni siquiera ellas eran merecedoras de un trato como aquél, como si fuera una prostituta recogida en cualquier esquina.

-No soy una de las fulanas de la casa -refunfuñó Lily-. No estoy en venta, ¿lo entiende? Y ahora suél¬teme.

La cara del ayudante se oscureció de frustración.

Empezó a hablar en español, intentando llevarla por la fuerza hasta la mesa donde Álvarez seguía esperan¬do. Algunos hombres dejaron de jugar para observar el alboroto. Lily, colérica, lanzó una mirada asesina a Worthy, el encargado de Derek, que abandonó su mesa de despacho, situada en una esquina, y se encaminó hacia ellos. Antes de que Worthy alcanzara al ayudante, Derek apareció milagrosamente, como surgido de la nada.

-Bien, señor Barreda, veo que ya conoce a la se¬ñorita Lawson. Una belleza, ¿verdad? -Mientras ha¬blaba, Derek arrancó hábilmente a Lily de manos del español-. Pero se trata de una invitada muy particu¬lar... mi invitada particular. Si el embajador así lo de¬sea, tenemos otras mujeres a su disposición, y de más dulce sabor. Ésta es como una manzana amarga.

-Y tú ya sabes lo que eres -masculló Lily.

-Él quiere ésta -insistió el ayudante.

-No puede ser suya -dijo Derek con tono amable.

El palacio de juego era su reino, y su palabra, ley.

Por el brillo de su mirada, Lily se percató de lo vio¬lento que se sentía el español. La única ocasión que ha¬bía tenido de enfrentarse a Derek había sido suficiente para enterarse de lo amedrentador que podía llegar a ser. Derek, como de costumbre, iba vestido con ropa

Cara: chaqueta azul, pantalones color gris perla, camisa blanca inmaculada y corbata. Pero a pesar de su atuendo de gusto exquisito mantenía el aspecto duro y asen¬dereado de quien había pasado gran parte de su vida en las calles. En aquellos momentos se codeaba con la flor y la nata de la alta sociedad, pero todo el mundo sabía que sus codos en otros tiempos rozaban cuerpos menos distinguidos.

Derek hizo una seña a sus dos más bellas fulanas, que salieron disparadas haciendo ostentación de sus escotes hacia el malhumorado embajador.

-No, se lo aseguro, le gustarán más esas dos. Mire... Se le ve más feliz que un ratón delante de un queso.

Lily y Barreda siguieron la dirección de su mirada y comprobaron que a Álvarez, y gracias a las expertas atenciones de ambas mujeres, le había cambiado la cara. El ayudante, no sin antes fruncir el entrecejo por últi¬ma vez, se disculpó murmurando unas palabras y se alejó.

-¿Cómo se atreve? -exclamó Lily, indignada y con la cara encendida-. ¿Y cómo te atreves tú? ¿Tu in¬vitada particular? No quiero que nadie piense que ne¬cesito un protector, y te agradecería que reprimieras tus suposiciones, especialmente delante de...

-Tranquila, cálmate. Debería haberle dejado que probara suerte contigo, ¿no es eso?

-No, pero podías haberte referido a mí con cierto respeto. ¿Y dónde diablos estabas? Quiero hablar contigo sobre alguien...

-Te respeto, cariño, mucho más de lo que cualquier mujer pueda merecer. Y ahora acompáñame a dar una vuelta. Mi oreja, o lo que queda de ella, es toda para ti.

Lily no pudo reprimir una carcajada y deslizó su mano por el delgado pero fuerte brazo de Derek, que disfrutaba a menudo llevándola con él en sus paseos por el club, como si fuera un exótico trofeo que aca¬baba de ganar. Atravesaron el vestíbulo principal, y antes de subir la escalinata dorada Derek se detuvo a dar la bienvenida a dos de los miembros del club que llegaban en aquel momento, lord Millwright y lord Nevill, barón y conde respectivamente. Lily les ofre¬ció una de sus radiantes sonrisas.

-Edward, espero que sea indulgente conmigo cuan¬do juguemos al cribagge -le dijo Lily a Nevill-. Desde que perdí con usted la semana pasada, estoy impaciente por redimirme.

Como respuesta, el rostro mofletudo de Nevill se iluminó con una sonrisa.

-Se lo aseguro, señorita Lawson, también yo espero impaciente la próxima partida. -Nevill y Millwright se dirigieron al comedor, y Derek y Lily pudieron oír a Ne¬vill comentar-: Es bastante inteligente para ser mujer...

-No es oro todo lo que reluce -señaló Derek-. Ayer se puso en contacto conmigo por un préstamo. No tiene los bolsillos lo bastante llenos para compla¬cer a una pequeña timadora como tú.

-Bien, entonces, dime quién -dijo Lily, provocan¬do una sonrisa en Derek.

-Inténtalo con el joven lord Bentinck... Cuando juega fuerte su padre se hace cargo dé sus deudas. -Su¬bieron juntos por la majestuosa escalinata que condu¬cía a la planta superior.

-Derek -dijo Lily de repente-. He venido a pre¬guntarte qué sabes acerca de cierto caballero. -¿Quién?

-El conde de Wolverton, lord Alexander Raiford. -Ese pájaro de cuenta con el cual tú hermana está comprometida.

-Sí, me han llegado algunas desagradables especu¬laciones sobre su carácter. Me gustaría saber qué opi¬nión tienes de él.

-¿Por qué?

-Porque me temo que va a ser un marido cruel para mi hermana. Y aún me queda tiempo de intentar algo. Faltan cuatro semanas para la boda.

-Tú nunca has movido un dedo por tu hermana -dijo él.

Lily le miró con reprobación.

-¡Eso demuestra lo poco que me conoces! Cierto es que nunca nos hemos parecido mucho, pero adoro a Penny. Es amable, tímida, obediente... Tiene cuali¬dades que son de admirar en cualquier mujer.

-No necesita tu ayuda en absoluto.

-Sí, Penny es dulce e indefensa como un corderito.

-Y tú naciste con uñas y dientes -comentó él sua¬vemente.

Lily levantó la barbilla.

-Si la felicidad de mi hermana está amenazada, creo que es mi responsabilidad hacer algo.

-Una santa, eso es lo que eres.

-Y ahora cuéntame todo lo que sabes de Wolver¬ton. Lo sabes todo de todo el mundo. Y deja ya de an¬darte por las ramas... no pretendo cometer ninguna imprudencia.

-Sí, como que el infierno existe. -Derek reía a car¬cajadas, imaginándose el nuevo lío en el que iba a me¬terse.

Lily corrigió la pronunciación de Derek.

-Hoy no has visto al señor Hastings, ¿verdad? Adivino siempre cuando faltas a clase.

Derek le lanzó una mirada de advertencia.

Sólo Lily sabía que Derek recibía lecciones de un profesor con el fin de quitarse el acento cockney y sua¬vizar su dicción. Era una causa perdida. Después de años de estudiar duro sólo había conseguido elevar su habla del nivel de un pescadero de Billingsgate al de... bueno, un conductor de coches de alquiler o un co¬merciante de Temple Bar. Una leve mejora, pero que apenas se notaba.

-Le fallan las haches -le explicó una vez el profe¬sor a Lily, desesperado-. Consigue pronunciarlas bien si lo intenta, pero siempre se olvida. Para él seguiré siendo siempre el señor H'astings, hasta que exhale su último suspiro.

Lily le replicó, sonriendo con simpatía; ¬

-Tiene usted razón, señor Hastings. Es cuestión de paciencia. Le sorprenderá el día que menos se lo espere. No va a quedarse siempre estancado en lo de la hache.

-No tiene oído -dijo el profesor, taciturno.

Lily no discutió. Sabía que Derek jamás hablaría como un caballero, pero eso no le importaba en absoluto. De hecho le gustaba la forma de hablar, la mez¬cla de uves y uves dobles, la imprecisión de las conso¬nantes, que sonaban extrañamente agradables.

Derek la condujo hacia la balconada con molduras doradas desde la que se divisaba la planta principal.

Aquél era su lugar favorito para conversar, pues desde allí controlaba los movimientos de las mesas. Su cabe¬za no cesaba jamás de hacer complicados cálculos. No había cuarto de penique, recuento del cribagge o carta que se deslizara entre diestros dedos que escapara a su mirada.

-Alex Raiford -murmuró pensativo-. Sí, ha meti¬do la nariz por aquí un par de veces. No es un palo¬mo, creo.

-¿De verdad? -dijo Lily sorprendida-. ¿No es tan palomo? Eso es casi un halago, viniendo de ti.

-Raiford juega con la cabeza... tiene rachas, pero nunca se hunde. -Derek le sonrió-. Ni tú podrías ti¬marle.

Lily ignoró el insulto.

-¿Es realmente tan rico como se rumorea?

La pregunta provocó una cabezada.

-Más.

-¿Algún escándalo familiar? ¿Secretos, problemas, asuntos pasados, alguna deuda que pudiera ser el mo¬tivo de su carácter? ¿Tiene el aspecto de un tipo frío y cruel?

Derek se agarró a la balaustrada con sus largas manos de fuertes tendones y miró hacia abajo, hacia su pequeño reino.

-Es reservado. Callado. Particularmente desde que, hace uno o dos años, se le jodió la mujer de la cual estaba enamorado.

-¿Joderse? -le interrumpió Lily, medio riendo, medio horrorizada-. ¿Por qué has de ser siempre tan vulgar?

Derek hizo caso omiso de la reprimenda.

-La señorita Caroline Whitmore, Whitfield o algo parecido. Dicen que se partió el cuello en una cacería. Maldita loca, diría yo.

Lily, irritada y conociendo el significado de su mi¬rada, le corrigió la dicción por enésima vez. A ella le encantaba montar a caballo en las cacerías, pero ni De¬rek aprobaba que las mujeres realizaran actividades tan peligrosas.

-Yo cabalgo tan bien como un hombre. Mejor que la mayoría.

-Te juegas el cuello -respondió él con indiferen¬cia.

-Exactamente. Bien, no puede ser que sea eso todo lo que sabes sobre Wolverton. Te conozco. Me escondes algo.

-No. -Lily observó la profunda frialdad de los ojos de Derek, que centelleaban burlones dejando en¬trever una advertencia. Se dijo una vez más que Derek, a pesar de la amistad que los unía, no iba a ayudarla si se buscaba problemas. Su voz parecía ensombrecida por una fuerza interior tan preocupante como extra¬ña-. Escúchame, gitana. Deja que sea como tiene que ser... la boda, lo que sea. Raiford no es un tipo cruel, pero no es trigo limpio. Aléjate de él. Tú ya tienes bastantes problemas. -Frunció los labios y corrigió su pronunciación.

Lily consideró su consejo. Derek tenía razón, na¬turalmente. Debía reservar fuerzas, no pensar en otra cosa que no fuera en reunirse con Nicole. Pero, por la razón que fuese, el enigma de Wolverton había calado hondo en ella, y no se quedaría tranquila hasta co-nocerlo. Pensaba en lo dócil que había sido siempre Penny, en que jamás se había comportado mal ni ha¬bía desobedecido a sus padres. Bien sabía Dios que Penny no tenía a nadie que la ayudara. Recordó el rostro suplicante de Zachary. Se lo debía. Lily suspiró.

-Debo conocer a Wolverton y sacar mis propias conclusiones -declaró con terquedad.

-Entonces ve a la cacería de Middleton, que se ce¬lebra esta semana -dijo Derek, cuidando su pronun¬ciación. De repente sonaba casi como un caballero-. Es muy probable que esté allí.

Alex estaba junto a los establos, esperando con los de¬más a que los almohazadores entregaran los caballos a sus propietarios. La excitación flotaba en el ambiente; todos los participantes sabían que aquél iba a ser un día excepcional. Hacía frío y el aire era seco. El certa¬men de Middleton era muy afamado, tanto por su ca¬lidad como por el premio (superior a tres mil guineas).

Alex levantó la cabeza, frunciendo la boca con im¬paciencia y observó el cielo resplandeciente. Según el programa, la cacería debía iniciarse a las seis en punto. Pero empezarían con retraso. Más de la mitad de los participantes aún no disponían de sus monturas. Pen¬só que lo mejor era dar una vuelta y charlar con al¬guien.

Había muchos conocidos allí, y algún que otro compañero de estudios. Pero en realidad no tenía ga¬nas de entablar ninguna conversación. Deseaba cabal¬gar, concentrarse en la persecución hasta quedar tan agotado que le fuera imposible pensar o sentir nada.

Miró el paisaje, la fría neblina posada sobre la hierba amarilla y bordeando los oscuros bosques de tonos grises y verdosos. Los matorrales cercanos eran espesos y estaban repletos de tojos de flores doradas y llenas de espinas. De pronto, un destello de luz le ilu¬minó la memoria...

-Caro, no irás a la cacería. .

Su novia, Caroline Whitmore, se echó a reír y lue¬go hizo pucheros. Era una muchacha encantadora, con piel de melocotón, brillantes ojos almendrados y cabe¬llo oscuro.

-Querido, ¿no estarás pensando en privarme de tal diversión, verdad? No corro ningún peligro. Soy una amazona excelente, de libro, como diríais los ingleses.

-Tú no sabes lo que es eso, saltar con tanta gente alrededor. Suele haber colisiones, encabritamientos, puedes caerte del caballo...

-Cabalgaré con la mayor prudencia. ¿Crees acaso que saltaré los obstáculos a ciegas? Te hago saber, querido, que el sentido común es una de mis virtudes. Además, ya sabes que es imposible hacerme cambiar de idea cuando se me mete algo en la cabeza. -Caroline suspiró con dramatismo-. ¿Por qué me lo pones tan difícil?

-Porque te quiero.

-Entonces, no me quieras. Al menos hasta mañana por la mañana...

Alex sacudió la cabeza para alejar aquellos recuer¬dos. Dios, ¿es que iba a ser siempre así? Hacía dos años que había muerto y seguía atormentándole.

El pasado envolvía a Alex en una red invisible. Des¬pués de varios intentos inútiles, se había dado cuenta de que jamás podría liberarse de Caroline. Era evidente que existían más mujeres como ella, con su mismo tempera¬mento, pasión y belleza, pero no quería ni oír hablar de mujeres. Caroline le había dicho una vez que a él nadie llegaría a amarle lo suficiente. Había pasado demasia¬dos años privado del cariño de una mujer.

Su madre había muerto de parto siendo Alex un chiquillo. Y su muerte fue seguida, un año más tarde, por la del conde. Se comentó que se había suicidado, dejando a sus espaldas dos hijos y una montaña de responsabilidades. Desde los dieciocho años Alex se hizo cargo de los negocios, los arrendatarios, las tie¬rras, las casas y la familia. Tenía una propiedad en Herefordshire, extensas tierras de regadío, maizales y ríos repletos de salmón, y otra finca en Buckinghamshire, en una comarca bellísima y agreste, que incluía las le-janas y escarpadas colinas de Chiltern.

Alex se había dedicado intensamente al cuidado y educación de su hermano menor, Henry, postergando sus propias necesidades y cuando encontró una mu¬jer a la que amar le vencieron los sentimientos apri¬sionados durante tanto tiempo. La pérdida de Caroli¬ne casi acaba con él. Jamás en la vida volvería a ser esclavo del amor, que tanto dolor le había deparado.

Fue ése el motivo por el cual había pedido la mano de Penélope Lawson, una rubita recatada, la quintae¬sencia de lo británico, que había atraído su atención por sus exquisitos modales en varios bailes de la alta sociedad londinense. Penélope era lo que él necesitaba. Tocaba casarse y tener herederos. Penélope no podía ser más diferente de Caroline.

Compartiría su cama, criaría sus hijos, envejecería junto a él, sin pro¬blemas y en paz; sin formar parte de él. Alex se sentía cómodo ante la presencia poco absorbente de Penélope. Sus bonitos ojos castaños no tenían vivacidad, sus comentarios eran intrascendentes, nada que amenaza¬ra con herirle el corazón. Jamás se le ocurriría discutir con él ni llevarle la contraria. La cordialidad distante que existía entre los dos era algo que tampoco ella pa¬recía querer extender mucho más allá.

De pronto los pensamientos de Alex se vieron in¬terrumpidos por la imagen de una mujer cabalgando entre la multitud, una joven montada en un esbelto ca¬ballo blanco. Alex apartó la mirada de inmediato, pero la visión quedó grabada, en su cabeza. Sin quererlo, frunció el entrecejo.

Exótica, con ademanes masculinos, llamativa, ha¬bía salido de la nada. Exceptuando la agradable pro¬tuberancia de sus pechos, era tan delgada como un chico. Su pelo era corto, oscuro y rizado, y lo llevaba sujeto con una cinta para impedir que le cayera sobre la frente. Alex, sin poder creérselo, observó que mon¬taba a horcajadas, como un hombre, y llevaba panta¬lones debajo del vestido de amazona. Pantalones color frambuesa, por el amor de Dios. A pesar de ello nadie parecía sorprenderse. Casi todos los hombres la cono¬cían, ya que intercambiaban con ella comentarios jo¬cosos, desde el coloradote lord Yarborough hasta el viejo y arisco lord Harrington. Alex contempló bo¬quiabierto a la mujer con pantalones color frambuesa rodear el claro en donde iban a soltar los zorros. Ha¬bía algo en ella que le resultaba extrañamente familiar.





A Lily le costó reprimir una sonrisa de satisfacción al ver que Wolverton tenía la mirada clavada en ella.

-Milord-, le dijo a Chester Harrington, un robus¬to y anciano caballero que llevaba años siendo su ad¬mirador-, ¿quién es ese hombre que me mira con tan¬to descaro?

-¿Por qué? Es el conde de Wolverton -respondió Harrington-. Lord Raiford. Había supuesto que ya le conocía, considerando que va a contraer matrimonio muy pronto con su deliciosa hermana.

Lily sacudió la cabeza y sonrió.

-No, su señoría y yo nos movemos en círculos bastante distintos. Cuénteme, ¿es tan grosero como aparenta?

Harrington lanzó una franca carcajada.

-¿Le gustaría que se lo presentara para formarse usted misma una opinión?

-Gracias, pero creo que me presentaré a Raiford yo misma. -y antes de que él pudiera responderle, Lily dirigió su caballo hacia Wolverton. Mientras iba aproximándose se percató de una extraña sensación en la boca del estómago. Le miró la cara y de repente lo reconoció-. Dios mío -dijo y suspiró, deteniendo el caballo junto a él-. Es usted.

Recibió una mirada más afilada que un estoque.

-La fiesta en el barco -murmuró-. Usted es la que saltó por la borda.

-Y usted el que me miraba con reprobación. –Lily le sonrió-. Ese día me comporté como una tonta -ad¬mitió sinceramente-. Estaba algo aturdida. Aunque supongo que no va usted a considerar eso como una excusa aceptable.

-¿Qué quiere? -Su voz consiguió que a Lily se le erizara el vello de la espalda. Baja, grave, sonaba como un gruñido.

-¿Qué quiero? -Ella rió ligeramente-. Qué direc¬to es usted. Una cualidad que me gusta en los hombres.

-No se habría acercado de no querer algo.

-Tiene razón. ¿Sabe quién soy, milord?

-No.

-La señorita Lily Lawson. La hermana de su novia.

Alex la estudió con detenimiento, ocultando su sorpresa. Parecía imposible que esa criatura fuera her¬mana de Penélope. Una hermana tan agradable y ange¬lical, la otra oscura y provocativa... Pero existía cierto parecido. Tenían los mismos ojos castaños y una dul¬zura única en la curvatura de los labios. Intentó recor¬dar lo que Penélope le había contado sobre su hermana mayor. Preferían no hablar de ella, salvo para señalar que Lily (o Wilhemina, como le llamaba su madre) se había vuelto «un poco loca» después de que, a la edad de veinte años, la dejaran plantada frente al altar.

Posteriormente se había marchado al extranjero. Allí, y con su tía viuda como permisiva carabina, se ¬lanzó a una vida desordenada. Aquella historia des¬pertó en Alex poco interés... Ahora deseaba haberle prestado mayor atención.

-¿Le ha hablado mi familia alguna vez de mí? -preguntó ella.

-La describieron como una excéntrica.

-Me pregunto si aún les preocupa saber si sigo existiendo. -Se inclinó para añadir, como si estuviera conspirando-: Tengo muy mala reputación... me ha llevado años de esfuerzo conseguirla. Los Lawson no me dan su aprobación. Bueno, como dicen ellos, es el destino quien elige a la parentela. Demasiado tarde para desgajarme del árbol de la familia. -Lily miró la cara tan próxima a la suya y dejó de hablar con aquel tono tan coloquial. Sólo Dios sabía lo que se tramaba tras esa mirada plateada. Era evidente que la afabilidad de Lily no inclinaría a Wolverton a ser indulgente con ella ni a sumarse al juego de los desconocidos en so¬ciedad.

Lily se preguntó si sería la franqueza el mejor mo¬do de afrontarlo.

-Wolverton -dijo bruscamente-, quiero hablarle de mi hermana.

Él seguía sin decir palabra y mirándola con ojos fríos como el hielo.

-Conozco mejor que nadie las ambiciones de mis padres con respecto a Penny -señaló Lily-. Es una chi¬ca encantadora y competente, ¿verdad? Sería un matri¬monio brillante. La señorita Penélope Lawson, condesa de Wolverton. No existe nadie en mi familia que haya alcanzado semejante título. Pero me pregunto... ¿será convertirse en su esposa lo que a ella más le interesa? Me explico, ¿cuidaría de mi hermana, lord Raiford?

El rostro del conde permanecía impasible.

-Cuanto sea necesario.

-Poco me dice con eso.

-¿Qué le preocupa, señorita Lawson? –preguntó con tono sarcástico-. ¿Que maltrate a su hermana? ¿Es que ella no tiene nada que decir en este asunto? Penélope parece satisfecha de como van las cosas... -Abrió más los ojos para proseguir, en voz baja-. Y sólo por si estuviera usted a punto de ofrecer una de sus actuaciones teatrales, señorita Lawson, le advier¬to... que no me gustan las escenas.

Lily, ante la velada amenaza de su voz, echó la ca¬beza hacia atrás. ¡Oh, no le gustaba en absoluto! Al principio le había considerado casi entretenido, un alto y ligeramente pomposo aristócrata con agua helada en lugar de sangre corriéndole por las venas.

Pero ahora intuía que la naturaleza de aquel hombre no sólo era gélida sino también cruel.

-No creo que Penny esté satisfecha -replicó-. Conozco a mi hermana, y sin duda mis padres han es¬tado intimidándola para que siguiera el camino que ellos querían. Usted debe de tener a Penny aterroriza¬da. De hecho, ¿le importa su felicidad? Ella se merece un hombre que la ame de verdad. Mi instinto me dice que lo único que usted quiere es una chica obediente y fértil que le dé una retahíla de herederos rubitos para perpetuar su apellido. Si es así, podría encontrar con verdadera facilidad un centenar de chicas que...

-Ya es suficiente -le interrumpió él con seque¬dad-. Métase en la vida de otro, señorita Lawson. Nos veremos en el infierno... no, yo mismo la mandaré allí como siga entrometiéndose en mis asuntos.

Lily le lanzó una mirada amenazadora.

-He descubierto lo que quería saber -dijo, dis¬puesta a marcharse-. Buenos días, milord. Ha sido de lo más instructivo.

-Espere.- Antes de que Alex pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo se encontró agarrando una de las riendas de su caballo.

-¡Suélteme! -exclamó Lily, enojada y sorprendida. Aquella actitud era escandalosa. Sujetar las riendas de un jinete sin tener permiso para hacerlo, hacerle perder el control del caballo, era un acto degradante.

-No irá de cacería -dijo él.

-¿Cree que he venido hasta aquí sólo para desear¬le buena suerte? Sí intervendré en la cacería. No tema, no obligaré a nadie a que se retrase.

-Las mujeres no deberían cazar.

-Naturalmente que deben, si así lo desean. -Sólo en el caso de ser viudas o hijas de cazadores de primera. Si no...

-Un simple accidente de nacimiento no va a impe¬dirme cazar. Soy una amazona curtida y no necesito ninguna indulgencia. Puedo saltar cualquier obstácu¬lo, por elevado que sea. Usted preferiría que me que¬dara dentro con el resto de las mujeres, bordando y chismorreando.

-De estar allí reduciría los riesgos de los demás. Pero fuera los pone en peligro.

-Me temo que sólo una minoría comparte su opinión, lord Raiford.

-Ningún hombre que esté en sus cabales la querría aquí.

-Supongo que tendría que desaparecer sumisa¬mente -murmuró Lily-, avergonzada y cabizbaja. ¿Cómo me atrevo a entorpecer un pasatiempo tan va¬ronil como la caza? Bien, no doy ni esto -hizo chas¬car los dedos enguantados- por usted ni por sus vir¬tuosas opiniones. Y ahora ¡suélteme!

-No cabalgará... -masculló Alex. En aquel instante se liberó un resorte en su interior que le hizo abando¬nar toda actitud racional. «Caroline, no. Oh, Dios...»

-¡Apañada estaría si no lo hiciera! -Lily tiró de la rienda, ya que el caballo estaba realmente nervioso. Alex seguía sin soltarla. Lily, que no salía de su asom¬bro, se quedó mirando fijamente aquellos ojos azules que parecían un espejo-. Está loco -murmuró. Ambos permanecieron inmóviles. ¬

Lily fue la primera en reaccionar cuando, furiosa, descargó un latigazo que rozó la parte inferior de la mandíbula de Alex dejándole una marca rojiza que acababa en el extremo de la barbilla.

Espoleó el caba¬llo y aprovechó el tirón para liberarse de los dedos del conde. Se alejó cabalgando sin volver la vista. El altercado transcurrió tan rápidamente que na¬die se percató de lo que sucedía. Alex se limpió la san¬gre que tenía en la barbilla, apenas consciente del pun¬zante dolor. La cabeza le daba vueltas y se preguntaba qué le estaba sucediendo. Durante unos segundos le había sido imposible separar el presente del pasado.

La agradable y lejana voz de Caroline resonaba en sus oídos.

«Querido Alex... entonces, no me quieres...»Se estremeció. El corazón empezó a latirle con fuerza re¬cordando el día de la caída...

-Un accidente -dijo serenamente uno de sus ami¬gos-. Ha caído del caballo. En cuanto cayó supe....

-Llamad a un médico -ordenó Alex con Voz ronca.

-Alex, no hace falta.

-Maldito seas, vete a buscar un médico, si no...

-Se ha roto el cuello.

-No...

-Alex, está muerta...

La voz de su mozo de caballería le devolvió al pre¬sente.

-¿Milord?

Alex pestañeó y miró el reluciente caballo de pe¬laje color avellana que había escogido por su excelen¬te combinación de fuerza y flexibilidad. Asió las rien¬das, montó con agilidad y miró en dirección al claro.

Lily Lawson estaba charlando y riendo con el resto de los jinetes. Quien la viera jamás podría imaginar el en¬frentamiento que acababan de tener.

Los zorros quedaron en libertad, desparramándo¬se por el campo y husmeando frenéticamente.

-¡Los zorros han salido! -se oyó gritar. La expec¬tación fue en aumento hasta que el montera mayor hizo sonar la trompa y los jinetes iniciaron la persecu¬ción.

Se dirigieron hacia el bosquecillo, enfebrecido s y lanzando gritos, parecía que se hubieran vuelto locos.

La tierra temblaba bajo la carrera de perros y caballos, y gritos de impaciencia inundaban el ambiente.

-¡En marcha! -¡Hala!

-¡A por ellos!

El grupo espoleaba sus monturas y la cacería fue adquiriendo la formación requerida: los cazadores si¬guiendo de cerca a los sabuesos más adelantados, los monteros junto a los perros y guiando a los más re¬zagados para que no se descolgaran del grupo.

Lily Lawson cabalgaba como una posesa, salvando los obs¬táculos como si tuviera alas. Su seguridad parecía im¬portarle poco. En circunstancias normales, Alex habría estado cabalgando en vanguardia, pero de momento se mantenía detrás. Estaba decidido a seguir a Lily y observar sus acciones suicidas. Aquella cacería era sonada y de lo más divertida, pero Alex se hallaba in¬merso en una auténtica pesadilla mientras su caballo se tensaba en los saltos y clavaba las pezuñas en el sue¬lo. Caroline... Tiempo atrás había decidido arrum-bar todo recuerdo del pasado en lo más recóndito de su mente.

Y ahora se sentía indefenso ante aquellos pensamientos que le asaltaban sin previo aviso, sen¬tía la boca de Caroline bajo la suya, su cabello sedoso en las manos, el dulce tormento de abrazada. Se ha¬bía llevado con ella una parte de él que jamás iba a re¬cuperar.

«Estás loco», se dijo con rabia. Estaba convirtien¬do la -cacería en una macabra visión de su pasado. Un loco persiguiendo sueños perdidos... y galopaba tras Lily, observando sus saltos sobre zanjas y setos. A pe¬sar de que ella no giraba la cabeza, Alex intuía que era consciente de que él la observaba. Cuando llevaban una hora cabalgando, traspasaron los límites de un condado y se adentraron en otro.

Lily espoleaba su caballo con decisión, muy exci¬tada. Nunca le había dado gran importancia al propó¬sito de las cacerías, al hecho de conseguir piezas, pero cabalgar... oh, no existía nada que se le pudiera com¬parar. Se aproximó alegremente a un espectacular seto doble con forma de cuerno de buey y espinos a ambos lados. Durante un segundo pensó que era demasiado alto, pero una fuerza maligna la impulsó a seguir ade¬lante. En el último momento el caballo se negó a sal¬tar, y la inercia hizo que Lily saliera disparada de su montura.

Le pareció estar suspendida en el aire, y cuando vio acercarse el suelo se protegió la cara con las ma¬nos. Se estrelló contra el terreno húmedo. Sus pulmones se quedaron sin aire y lanzó un grito sofocado, re¬torciéndose de dolor, mientras sus manos trataban de aferrarse a algo.

Apenas se percataba de que alguien la ponía boca arriba y la incorporaba. Abrió la boca, luchando por respirar. Manchas rojas y negras bailaban ante sus ojos. La neblina fue desvaneciéndose poco a poco para revelar un rostro de piel dorada. Lily se encogió al descubrir que se hallaba cobijada por unas musculosas piernas. Se sentía floja e indefensa como un muñeco. Necesitaba aire, el pecho le subía y bajaba acelera¬damente. Sentía la mano del hombre presionándole la nuca con fuerza, haciéndole daño.

-Le dije que no saliera a cazar -gruñó Wolver¬ton-. ¿Es que intentaba suicidarse?

Lily quiso hablar y levantar la cabeza, sumida en un estado de confusión. Él llevaba el cuello de la ca¬misa manchado de sangre por la herida que le había provocado con el látigo. Lily sentía la fuerza de su mano en la nuca. De haberlo querido podía haberle roto los huesos como si fueran palillos. Se percató en¬tonces de cuán fuerte y fibroso era, del poder oculto que escondía su cuerpo. Su cara congestionada tenía una expresión primitiva, una mezcla de odio y de algo que era incapaz de identificar. Escuchó un nombre, como un zumbido... Caroline...

-Está usted loco -murmuró ella con esfuerzo-. Dios mío. Tendría que estar en Bedlam . ¿Q-qué su¬ cede? ¿Sabe usted dónde demonios estoy? Sáqueme las manos de encima, ¿me ha oído?

Sus palabras parecieron despertar al conde. El bri¬llo asesino desapareció de su mirada y el contorno de su boca se dulcificó. Lily percibió que aquella tensión abandonaba su cuerpo. La soltó de golpe, como si es¬tuviera quemándole. ¬

Lily cayó de espaldas sobre las hojas y el fango y le miró de reojo mientras él se erguía. No le tendió la mano para ayudarla a levantarse pero esperó a que ella consiguiera ponerse en pie. Y una vez que se hubo ase¬gurado de que no estaba herida montó en su caballo.

Lily, con las piernas temblorosas, se apoyó en un árbol. Debía recobrar las fuerzas antes de volver a montar. Miró con curiosidad el inexpresivo rostro de Wolverton mientras respiraba profundamente.

-Penny es demasiado buena para usted -logró de¬cir-. Antes sólo me daba miedo que pudiera hacerla in¬feliz. Ahora creo que hasta podría causarle daño físico.

-¿Y qué demonios le importa a usted? - gruñó él-. Hace años que no tiene ningún contacto ni Con su hermana ni con su familia y es evidente que ellos no quieren saber nada de usted.

-¡Usted no tiene idea de nada! -dijo ella acalorada.

Pensar en ese monstruo junto a Penélope de por vida...

Su hermana envejecería prematuramente. La indigna¬ción se apoderó de ella. ¿Cómo podía permitirse que un ogro como Wolverton se casara Con Penélope es¬tando enamorado de ella alguien tan cariñoso y amable como Zachary?

- No tendrá a Penny -exclamó-. ¡No lo permitiré!

Alex seguía mirándola impasible.

-¿Hasta dónde puede llegar su locura, señorita Lawson?

Perjurando, soltando las peores palabrotas que co¬nocía, Lily observó a Wolverton desaparecer a lomos de su caballo.

-No la conseguirá -dijo casi sin respiración-. Lo juro. ¡No será suya!





Capítulo 3





En cuanto llegó a Raiford Park, Alex fue a dar los buenos días a Penélope y a sus padres. El hacendado y lady Lawson eran, desde cualquier punto de vista, una pareja de lo más singular. George era un erudito que disfrutaba encerrándose días enteros para leer li-bros en latín y griego, hasta el punto de que tenían que llevarle allí la comida. El mundo exterior no le in¬teresaba. Había perdido por simple falta de atención las propiedades y la fortuna que heredara en su día. Su esposa, Totty, era un auténtico cascabel, atractiva, de ojos grandes y abundantes bucles dorados. Adoraba los cotilleos y las fiestas y la mayor ilusión de su vida era ver a su hija bien casada.

Alex entendía que hubieran podido engendrar una hija como Penélope. Tranquila, tímida, bonita, una com¬binación de las mejores cualidades de ambos. Pero Li¬ly... Resultaba difícil imaginarIa como una Lawson. Era comprensible que la hubieran expulsado de la familia. De no haberlo hecho, ninguno de ellos habría podido vivir tranquilo. Donde ella estuviera habría problemas, mete¬ría las narices en todo y los habría atormentado hasta volverlos locos. Lily había abandonado la propiedad de Middleton después de la cacería, pero a Alex le había sido imposible dejar de pensar en ella. En el fondo agradecía el hecho de que su familia estuviera enemistada con Lily.

Con un poco de suerte nunca volvería a tropezar con ella.

Lady Totty, muy contenta, le puso al corriente de los preparativos de la boda. El cura tenía previsto vi¬sitarlos a última hora de la tarde.

-Bien -replicó Alex-. Avíseme en cuanto llegue.

-Lord Raiford -dijo Totty, ilusionada e indicando un espacio en el sofá entre ella y Penélope-, ¿no le gustaría tomar el té con nosotras?

Alex se percató de pronto, con ironía, de que Pe¬nelope parecía un conejito frente al lobo. Declinó la invitación, pues no le apetecía aguantar la charla de Totty acerca de los arreglos florales y otras tonterías relacionadas con la boda.

-Gracias, pero tengo unos asuntos que atender. Las veré a la hora de cenar.

-De acuerdo, milord -murmuraron las dos muje¬res, una decepcionada y la otra aliviada, pero sin de¬mostrarlo.

Alex se encerró en la biblioteca y echó un vistazo al montón de documentos y libros de contabilidad que tenía que examinar. Podía haber delegado esas ta¬reas en su administrador, pero desde la muerte de Ca¬roline trabajaba intensamente; era un recurso ante la soledad y los recuerdos. En la biblioteca pasaba más horas que en cualquier otra estancia de la casa, disfru¬tando de la paz y el orden que allí reinaban. Los libros estaban catalogados y ordenados correctamente y el mobiliario distribuido con acierto.

Incluso las botellas de licor que había en la rinconera italiana parecían dis¬puestas con precisión geométrica.

No había ni una pizca de polvo, ni allí ni en nin¬gún rincón de la mansión de Raiford Park. El respon¬sable era un ejército de cincuenta criados. Otros treinta estaban al cargo de los terrenos colindantes, los jardi¬nes y los establos. Las visitas quedaban boquiabiertas admirando la cúpula de mármol de la entrada y el enor¬me salón de techo abovedado decorado con escarola. La mansión poseía salones de verano e invierno, ex¬tensas galerías repletas' de obras de arte, una sala para el desayuno, otra para el café, dos comedores, innu¬merables dormitorios (todos ellos con su correspon¬diente vestidor), una cocina inmensa, biblioteca, salón de caza y un par de salas que podían comunicarse y convertirse en un gran salón de baile.

Era una propiedad enorme, pero Penélope sabría cómo manejarla. Desde su más tierna infancia había sido educada para eso. Alex no albergaba la menor duda de que le resultaría fácil convertirse en la señora de la propiedad. Era una chica inteligente, aunque dó¬cil y tranquila. No había tenido aún oportunidad de presentarle a su hermano menor, Henry, pero siendo él un muchacho educado estaba seguro de que se lle¬varían bien.

Un leve tap-tap en la puerta rompió el silencio de la biblioteca.

-¿Quién es? -preguntó Alex con brusquedad.

Se abrió la puerta y apareció la rubia cabeza de Pe¬nelope. Sus modales sumamente cautelosos le incomo¬daron. Por el amor de Dios, parecía como si visitarle fuera una empresa peligrosa. ¿Sería verdad que resul¬taba tan aterrador? Era consciente de que a veces se comportaba con excesiva brusquedad, pero dudaba de poder remediarlo.

-¿Sí...? Pasa.

-Milord -dijo Penélope tímidamente-. Me gusta¬ría saber cómo fue la cacería. Si se lo pasó bien.

Alex sospechó enseguida que era su madre, Totty, quien la había enviado. Penélope no buscaba jamás su compañía por propia iniciativa.

-La cacería estuvo bien -comentó, amontonando los papeles a un lado del escritorio y volviéndose hacia ella. Penélope Se agitó nerviosa, como si su mirada la vio¬lentara-. El primer día sucedió algo muy interesante.

La cara de ella mostró una vaga expresión de in¬terés.

-Oh, ¿hubo algún accidente?

-Podríamos llamado así -respondió secamente-. Conocí a tu hermana.

Penélope sofocó un grito.

-¿Estaba Lily? Oh, mi querida... -Se interrumpió, mirándole indecisa.

-Es bastante particular. -El tono de Alex estaba lejos de querer expresar un cumplido.

Penélope asintió con la cabeza y tragó saliva.

-Con Lily no existen medias tintas. O gusta tre¬mendamente o... -Se encogió de hombros, impotente.

-SÍ -respondió Alex, sarcástico-. Yo pertenezco a los últimos.

-Oh. -Penelope frunció el entrecejo-. Natural¬mente. Tanto ella como usted son... categóricos.

-Es una manera cortés de decido. -Alex la miró fijamente. Era imposible reconocer el eco de las fac¬ciones de Lily en la cara dulce y delicada de Penelo¬pe-. Hablamos de ti -dijo de repente.

Ella ensanchó los ojos, asustada.

-Milord, quiero dejar claro que Lily no es la perso¬na indicada para hablar de mí o del resto de la familia.

-Ya lo sé.

-¿Qué dijo? -preguntó ella tímidamente.

-Tu hermana supone que te doy miedo. ¿Es eso cierto?

Ella se ruborizó ante una apreciación tan cruda como aquélla.

-Un poco, milord -admitió.

Esa dulce timidez irritó a Alex. Se preguntaba si ella sería capaz de llevarle algún día la contraria, si le reprendería en caso de que hiciese algo que no le gus¬tara. Al levantarse para acercarse a ella se dio cuenta de que Penélope se estremecía. Se puso a su lado y la abrazó por la cintura. A pesar de que Penélope incli¬nó la cabeza para disimular, Alex se percató de que respiraba con dificultad, y súbitamente recordó el mo¬mento en que socorrió a Lily después de que cayera y abrazó sus ligeras formas. A pesar de que Penélope era más alta y fornida que su hermana, parecía insignifi¬cante.

-Mírame -dijo Alex, sin perder la calma, y Pene¬lope obedeció. Él observó sus ojos castaños. Eran idénticos a los de Lily, a excepción del brillo de ino¬cencia, sin el menor viso de oscura pasión-. No tienes que sentirte incómoda. No voy a hacerte daño.

-Sí, milord -susurró.

-¿Por qué no me llamas Alex? -Ya se lo había pe¬dido antes, pero parecía que a ella le resultaba tremen¬damente difícil llamarle por su nombre.

-Oh... yo, no podría.

Él hizo un gran esfuerzo para ocultar su impaciencia.

-Inténtalo.

-Alex -murmuró Penélope.

-Bien. -Inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos. Penélope no se movió, simplemente le aca¬rició el hombro con la mano. Alex prolongó el beso, incrementando la presión de su boca. Buscaba, por vez primera, algo más que una dócil acogida. Sus la¬bios seguían fríos bajo los suyos. De pronto, dándose cuenta de que Penélope consideraba aquel abrazo co¬mo un deber, Alex se apartó, perplejo y molesto.

Contempló su apacible rostro. Parecía una chiqui¬lla obediente después de tomar una cucharada de algu¬na medicina desagradable. ¡Jamás en su vida había tro¬pezado con mujer alguna que considerara una amarga obligación el besarle! Alex juntó sus pobladas cejas, disgustado.

-Maldita sea, esto es intolerable -gruñó. Penélope se puso rígida.

-¿Milord...?

Alex sabía que debía comportarse como un caba¬llero y tratada con respeto y ternura, pero su virilidad exigía una respuesta.

-Vuelve a besarme -le ordenó, apretándola contra su cuerpo.

Penélope lanzó un grito agudo de sorpresa, se apartó de él y le dio una bofetada.

No fue una bofetada en realidad. A Alex no le habría disgustado un resuelto bofetón, como Dios man¬da. Pero no fue más que una palmadita de reprobación en la mejilla. Penélope se quedó junto a la puerta, mi¬rándole con lágrimas en los ojos.

-Milord, ¿intenta ponerme a prueba? -preguntó, herida.

Alex la miró un buen rato con cara inexpresiva. Se había excedido. No debía esperar nada que ella no pu¬diera o estuviera dispuesta a ofrecer. Se maldijo en silencio, preguntándose por qué se había descomedido.





-Te pido perdón.

Penélope asintió con la cabeza, insegura.

-Supongo -dijo- que son los efectos de la excita¬ción de la cacería. Según me han dicho, a los hombres les afecta mucho la atmósfera de primitivismo de esos acontecimientos.

Él le sonrió con ironía.

-Puede que sea eso.

-¿Me disculpa, ahora?

Sin decir palabra, él asintió.

Penélope se detuvo en la puerta y volvió la cabeza para mirar por encima del hombro.

-Milord, no piense mal de Lily, por favor. Es una mujer muy peculiar, valiente y de ideas fijas. De pe¬queñas me protegía siempre de todo el mundo y de cualquier cosa que me asustara.

A Alex le sorprendió el pequeño discurso de Pe¬nelope. No era habitual oír más de dos frases seguidas en su boca.

-¿Se llevaba bien con tus padres?

-Sólo con nuestra tía SalIy. SalIy era tan excéntri¬ca como ella, perseguía la aventura y le encantaba de¬safiar las normas. Al morir, hace unos años, le dejó a Lily toda su fortuna.

Así pues era de eso de lo que vivía Lily. Esa infor¬mación mejoró muy poco la opinión que Alex tenía de ella. Era probable que hubiera buscado expresa¬mente ganarse el favor de la anciana, y que después hubiera bailado alrededor de su lecho de muerte pen¬sando en el dinero que heredaría.

-¿Por qué no se ha casado?

-Lily ha opinado siempre que el matrimonio es una institución horrorosa, creada única y exclusiva¬mente para el beneficio de los hombres. -Penelope to¬sió delicadamente-. No tiene muy buena opinión de los hombres. Aunque parece ser que se lo pasa bien en su compañía... en las cacerías, disparando, jugando, etcétera.

-Etcétera -repitió irónicamente Alex-. ¿Tiene tu hermana algún amigo en especial?

La pregunta sorprendió a Penélope. A pesar de ello se dispuso a responder enseguida.

-¿Especial? Bien... Lily suele disfrutar de la com¬pañía de un hombre llamado Derek Craven. Me lo ha mencionado en sus cartas.

-¿Craven? -El retrato quedaba en aquel momento perfectamente definido. Alex frunció la boca, disgusta¬do. Él era miembro del Craven's; había coincidido con el propietario en un par de ocasiones. Tenía sentido que Lily hubiera elegido liarse con un hombre de esa calaña, un cockney desdeñosamente conocido en los círculos elegantes como un nuevo rico. Sin duda, y dado que su «amistad» con Craven no podía significar otra cosa, Lily tenía una moral equiparable a la de una prostituta. ¿Cómo podía una mujer nacida en el seno de una familia decente, con educación y con todos los bienes materiales que pudiera desear, hundirse en tal degradación? Lily había escogido libremente, inclu¬yendo aquél, todos los pasos que había dado en la vida.

-Lily es demasiado alegre para llevar el tipo de vida que le corresponde por su cuna -dijo Penélope, intuyendo sus pensamientos-. Desde que la dejaron plantada, años atrás, todo ha sido distinto para ella. Supongo que la traición y la humillación de ese aban¬dono es lo que la ha llevado a actuar de un modo tan imprudente. Al menos eso es lo que dice mamá.

-¿Por qué ella no...? -Alex se interrumpió y miró hacia la ventana. Acababa de oír el ruido de un ca¬rruaje sobre la gravilla del camino-. ¿Espera visitas tu madre?

Penélope negó con la cabeza.

-No, milord. Quizá se trate de la ayudante de la modista que viene a hacerme alguna prueba. Pero pen¬saba que vendría mañana.

Alex tenía un presentimiento... un mal presentimiento.

-Veamos quién es. -Abrió bruscamente la puerta de la biblioteca, cruzó a grandes zancadas el vestíbulo pavimentado con mármol gris y blanco, con Penélope pisándole los talones, y rozó al pasar a Silvern, el ma¬yordomo más veterano de la casa-. Ya me ocupo yo -le dijo, y se dirigió hacia la puerta principal.

Silvern sorbió por las narices ante el comporta¬miento tan poco ortodoxo de su señoría.

Un elegante carruaje negro y dorado de blasón desconocido acababa de detenerse en el extremo del camino. Penélope temblaba junto a Alex, pues el lige¬ro vestido que llevaba apenas la protegía de la brisa de aquel día húmedo y frío de primavera, con el cielo re¬pleto de blancos nubarrones.

-No reconozco el carruaje -murmuró.

Un lacayo con una espléndida librea de color azul y negro abrió la puerta del carruaje. Colocó con gran solemnidad una escalerilla con el fin de facilitar el des¬censo al pasajero.

Entonces apareció ella.

Alex se quedó de piedra.

-¡Lily! -exclamó Penélope. Echó a correr hacia su hermana lanzando gritos de alegría.

Lily bajó riendo a carcajadas.

-¡Penny! -Extendió los brazos y estrujó a Penelo¬pe con todas sus fuerzas, y luego la apartó para obser¬varla-. ¡Por Dios, estás hecha una mujer de lo más elegante! ¡Encantadora! Tantos años sin verte... desde que eras pequeña, y ahora, ¡mira!, la chica más bonita de Inglaterra.

-Oh, no, la más bonita eres tú.

Lily se echó a reír y volvió a abrazarla.

-Muy amable por tu parte, adular a tu pobre her¬mana solterona.

-Ya no pareces una solterona-dijo Penélope.

Alex, a pesar de su asombro, a pesar de sentirse tan tenso, como si reuniera fuerzas para iniciar una batalla, reconoció que Lily estaba preciosa, con un traje de co¬lor azul oscuro y una capa de terciopelo ribeteada de armiño. Llevaba el cabello recogido con una diadema, de modo que unos rizos caían graciosamente sobre sus sienes y los bucles cubrían sus encantadoras orejas. Re¬sultaba difícil admitir que se trataba de la misma mujer estrafalaria que vestía pantalones color frambuesa y montaba a horcajadas. Sonrosada y sonriente, más bien parecía una acomodada y joven esposa en una visita de cortesía, o una cortesana distinguida.

Lily reparó en él cuando miró por encima del hombro de Penélope. Se separó de su hermana y sin embarazo alguno se dirigió hacia Wolverton, que se¬guía inmóvil en la escalinata circular. Le tendió la mano y le sonrió con descaro.

-De lleno en campo enemigo -murmuró. Al ver la tormentosa expresión de Raiford sus oscuros ojos bri¬llaron de satisfacción, pero evitó sonreír abiertamente. De haberlo hecho, Raiford se hubiera puesto como una fiera. De todos modos, estaba muy enfadado. Lo último que se esperaba era verla aparecer en su pro¬piedad. Lily no se imaginaba que aquello pudiera lle¬gar a ser tan divertido. Jamás había disfrutado tanto provocando a un hombre.

No sentía remordimientos por lo que había planea¬do. Emparejar a Wolverton con su hermana era una atrocidad. El error era evidente con sólo mirarlos. Penny era frágil como una anémona de pétalos blan¬cos y su brillante cabello dorado parecía el de una niña. Estaba indefensa ante cualquier amenaza y no le quedaba otro remedio que inclinarse como un delica¬do junco ante una violenta tormenta.

Y Wolverton parecía diez veces peor que en la cacería. Sus facciones, tan duras y perfectas, tan dis¬tantes, esos ojos tan claros y transparentes y la severa protuberancia de su barbilla... Un rostro que care¬cía de delicadeza y compasión. A pesar de lo civili¬zado de su atuendo, la fuerza bruta de su cuerpo era perceptible, músculos y nervios en tensión. Necesi¬taba una mujer tan cínica como él, insensible a las agresiones.

Alex ignoró la mano de Lily. Se la quedó mirando con frialdad.

-Márchese -gruñó-. Ahora mismo.

Lily, a pesar de verse obligada a reprimir un grito, sonrió con coquetería.

-Milord, me gustaría ver a mi familia. Llevo mu¬cho tiempo sin verlos.

Y antes de que Alex pudiera replicar, se oyeron las exclamaciones de Totty y George.

-¡Wilhemina!

-Lily... por Dios bendito...

Reinó el silencio, como si todos ellos se hubieran quedado petrificados y formaran parte de un cuadro.

Todas las miradas convergían en la frágil y delicada si¬lueta de Lily. La presunción y la suficiencia desapare¬cieron de su rostro como por arte de magia y se con¬virtió en una chiquilla insegura. Nerviosa, se mordió el labio inferior.

-¿Mamá? -inquirió cálidamente-. Mamá, ¿podrás perdonarme?

Totty estalló en lágrimas y avanzó un paso, abriendo de par en par sus rollizos brazos.

-Wilhemina, tendrías que haber venido antes. ¡Me daba tanto miedo pensar que no iba a verte nunca más!

Lily corrió hacia ella, riendo y llorando a la vez. Ambas mujeres se abrazaron sin dejar de hablar las dos al mismo tiempo.

-Mama, no has cambiado nada... Has hecho un trabajo magnífico con Penny... es la celebridad de la temporada. . .

-Querida nos han contado historias tan terribles sobre ti. Me preocupo siempre, ya lo sabes... Por dios santo, ¿qué te has hecho en el pelo?

Lily, algo cohibida, levantó la mano hacia sus me¬chones y sonrió.

-¿Tan espantoso es, mamá?

-Te sienta bien -admitió Totty-. Te favorece.

Al ver a su padre, Lily se precipitó hacia él.

-¡Papá!

George, bastante incómodo, le dio unas palmadi¬tas en la espalda y se separó amablemente de ella.





-Está bien, está bien, no es necesario que sigas. Caramba, te gusta montar escenas, Lily. Y delante de lord Raiford. ¿Tienes algún problema? ¿Por qué has venido aquí? ¿Y precisamente en este momento?

-No tengo ningún problema -dijo Lily, sonriendo a su padre. Eran de estatura similar-. Habría venido antes, pero no estaba segura de cómo ibais a recibirme. Deseaba compartir la alegría de la boda de Penny. Na¬turalmente, si mi presencia molesta al conde, me mar¬charé de inmediato. No quiero ocasionar problemas. Pensé, simplemente, que me permitiría pasar aquí una semana. -Mirando de reojo a Alex, añadió con caute¬la-: Me portaré muy bien, como una santa.

Alex le lanzó una mirada gélida. Le acometía la tentación de meterla en el engalanado carruaje y orde¬narle al conductor que partiera a escape a Londres, o a cualquier otro lugar lejano.

Ante su silencio, Lily parecía incómoda.

-Bueno, quizá no haya una habitación disponible. -Ladeó el cuello teatralmente y dejó vagar la mirada por las interminables hileras de ventanas y balcones de la mansión.

Alex apretó los dientes. De buena gana la echaría. Sabía perfectamente lo que pretendía. Pero rechazarla le haría quedar como un canalla ante los ojos de la fa¬milia. De hecho, Penélope estaba mirándole nerviosa y consternada.

-Alex -suplicó Penélope, poniéndole la mano en el brazo. Por vez primera le tocaba de forma volunta¬ria-. Alex, hay una habitación para mi hermana, ¿ver¬dad? Si dice que va a portarse bien, estoy segura de que lo hará.

-Penny -intervino Lily afectadamente-, no pon¬gamos a su señoría en un compromiso. Ya encontrare¬mos otra ocasión para charlar, te lo prometo.

-No, quiero que te quedes -exclamó Penélope, aumentando la presión de sus dedos en el brazo de Alex-. Por favor, milord, ¡permita que se quede!

-No hay ninguna necesidad de suplicar -murmu¬ró Alex. ¿Cómo rechazar el ruego de su prometida de¬lante de toda su familia, el mayordomo y los criados? Miró a Lily de reojo esperando ver un brillo triunfan¬te en su mirada y una mueca de sorna en sus labios. En cambio la expresión indulgente de su rostro más bien parecía la de Juana de Arco. ¡Maldita sea!-. Haz lo que quieras -le dijo a Penélope-. Lo único que te pido es que la mantengas fuera de mi vista.

-¡Oh, gracias! -exclamó Penélope encantada; abra¬zó a Lily y luego a Totty-. Mamá, ¿no es maravilloso?

Lily, pasando por alto el torrente de agradeci¬mientos de Penélope, se aproximó a Alex tranquila¬mente.

-Raiford, me temo que usted y yo hayamos tenido un mal principio -dijo-. Fue culpa mía. ¿Podríamos olvidar aquella maldita cacería y empezar de nuevo?

Se mostraba tan sincera, franca y atractiva que Alex no podía prestar crédito a sus palabras.

-Señorita Lawson -dijo con lentitud-, si hace algo que perjudique mis intereses...

-¿Qué hará? -Lily le sonrió, provocándole. Nada podía hacer él que consiguiera herirla. Ya había sufri¬do lo peor mucho tiempo atrás. No le tenía miedo.

-Haré que se arrepienta por el resto de sus días -musitó Alex.

En cuanto él se dio la vuelta la sonrisa de Lily se esfumó. Recordó el consejo de Derek. «Escúchame, gitanilla. Deja que sea como tiene que ser... Apártate de él.» Lily se encogió de hombros y alejó aquellas pa¬labras de su mente.

Alex Raiford no era más que un hombre y ella podía darle cien vueltas. ¿No acababa de ganarse una invitación a permanecer bajo su techo durante el transcurso de los próximos días? Miró a su madre y a su hermana y se echó a reír.

-Le pregunté a Wolverton si te quería.

Lily había aprovechado la primera oportunidad que se le había presentado para llevarse a Penélope a una estancia donde pudieran estar a solas y entablar con ella lo que calificó de «charla de hermanas». Em¬pezó a relatar lo acontecido en la cacería de Middle¬ton; estaba decidida a que Penny supiera con qué hombre se hallaba comprometida.

-¡Oh, Lily, no puedes haber sido capaz! -Penelo¬pe se tapó los ojos con las manos y sollozó-. Pero ¿por qué hiciste una cosa así? -De repente sorprendió a Lily desternillándose de risa-. ¡No me imagino cómo respondería su señoría!

-No le veo la gracia -dijo Lily, muy digna y per¬pleja-. Intento tener una conversación seria acerca de tu futuro, Penny.

-¡Mi futuro está en buenas manos! O lo estaba, al menos. -Penelope, que no podía parar de reír, se cu¬brió la boca con la mano.

Lily se preguntaba indignada por qué el relato de su encuentro con Wolverton le hacía tanta gracia a su hermana en lugar de alarmarla.

-La respuesta de Wolverton fue grosera, insultan¬te. No es un caballero y no te merece.

Penélope se encogió de hombros, indefensa.

-Todo Londres reconoce que es un excelente par¬tido.

-Siento estar en desacuerdo. -Lily no había cesado ni un momento de deambular arriba y abajo delante de la cama con dosel, golpeando la palma de su mano con un guante de piel-. Dime, ¿cuáles son las cualidades que hacen de él un buen partido? ¿Su apariencia? Bien, admito que se le considere guapo... pero sólo de un modo frío y nada sobresaliente. .

-Supongo... supongo que es una cuestión de gus¬tos.

-Y en cuanto a su fortuna -prosiguió Lily, muy enérgica-, existen otros hombres con dinero suficien¬te para ofrecerte una buena vida. ¿Su título? Te sería extremadamente fácil hacerte con alguien con más sangre azul y con un linaje más impresionante. ¡Y no me vengas ahora con que Wolverton te gusta, Penny!

-El compromiso fue un arreglo entre papá y lord Raiford -replicó Penélope con voz tenue-. Y es cierto que no le amo. Ese sentimiento llegará con el tiempo, con un poco de suerte. Así son las cosas. Yo no soy como tú, Lily. Siempre he sido de lo más convencional.

Lily soltó un taco y se la quedó mirando fijamen¬te, frustrada. Algo había en los modales prosaicos de su hermana que la hizo volver a los sentimientos de su rebelde juventud, cuando le era imposible compartir la visión del mundo de los demás. ¿Por qué razón un matrimonio sin amor era aceptado por todo el mundo menos ella? Cierto era que llevaba demasiado tiempo disfrutando de una libertad excesiva. Se sentó en la cama, junto a Penélope.

-No alcanzo a comprender por qué te muestras tan benevolente con la perspectiva de casarte con un hom¬bre que no amas. - Aquello sonó muy lastimero, a pe¬sar de sus esfuerzos por conseguir un tono enérgico.

-Simplemente estoy resignada. Perdona lo que voy a decirte, Lily, pero eres una romántica, y en el peor sentido de la palabra.

Lily frunció el entrecejo.

. -¡De ningún modo! Tengo un carácter tremenda¬mente práctico. Me han dado palos suficientes para ¬ desarrollar una percepción realista del mundo y de cómo funciona, y por lo que yo sé...

-Queridísima Lily. -Penelope le cogió la mano y la apretó entre las suyas-. Desde muy pequeña he pensado siempre en ti como la más bonita, la más va¬liente. Pero no la más práctica. Práctica, jamás.

Lily se soltó y miró a su hermana sorprendida. Pe¬nelope no se mostraba tan colaboradora como ella ha¬bía esperado. Bien, tenía que seguir adelante con su plan. Se trataba de la felicidad de Penny, admitiera ella o no que necesitaba ser rescatada.

-No quiero hablar de mí -dijo Lily secamente-, sino de ti. Algún pretendiente habrá, entre todos los que tienes en Londres, que prefieras a Wolverton. -Ar¬queó las cejas con expresión de complicidad-. Como, por ejemplo, Zacharias Stamford. ¿Humm?

Penélope permaneció un buen rato en silencio, como si sus pensamientos vagaran por un lugar muy lejano. En su rostro se dibujó una sonrisa melancólica.

-Querido Zachary -musitó. Y sacudió la cabeza-. Mi situación es un caso cerrado. Lily, sabes bien que nunca te he pedido nada. Pero ahora te ruego, desde lo más profundo de mi corazón, que no te metas en la cabeza ayudarme. Pienso acatar la decisión de papá y mamá y casarme con lord Raiford. Es mi obligación.- Chascó los dedos como si acabara de pasar una idea e por su cabeza.- ¿Por qué no nos ocupamos de bus¬carte a ti un marido?

-Dios mío. -Lily frunció el entrecejo-. No nece¬sito a los hombres para nada. En las cacerías y en las salas de juego pueden llegar a ser muy divertidos, pero fuera de ahí son perjudiciales. Los hombres son cria¬turas avariciosas y exigentes. No soporto la idea de es¬tar sometida a la voluntad de alguien o de ser tratada como un niño y no como una mujer con opiniones propias.

-Los hombres son de utilidad si lo que deseas es formar una familia. -A Penélope, como a la mayoría de jóvenes de su clase social, le habían inculcado la idea de que criar hijos era la función más venerable de toda mujer.

Aquellas palabras provocaron en Lily un senti¬miento de angustia, desencadenando dolorosas emociones.

-Sí -dijo amargamente-. La verdad es que son realmente útiles a la hora de hacer niños.

-Tú no desearás quedarte siempre sola, ¿no?

-¡Mejor eso que permitir que un hombre me pon¬ga la mano encima! -Lily no se percató de la intensidad de su voz hasta ver la confusión reflejada en el rostro de Penny. Le sonrió y se inclinó para coger el chal colgado en una silla-. ¿Me lo prestas? Daré una vuelta por ahí. Aquí el ambiente está muy cargado.

-Pero Lily...

-Seguiremos hablan