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El rey de las águilas

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Corre el año de 1523 y Fileas, un viejo conde portugués, está a punto de cumplir su sueño. Maravillado por la imaginación de Thomas More, confidente de Enrique VIII, se embarca en un proyecto en el que dedica todos su recursos para crear su propia sociedad perfecta. Mágico y fantástico, Fernando Rojas Santos ha conseguido crear un mundo vasto y extraordinario en el que el lector fácilmente quedará cautivado. El Rey de las Águilas es una aventura épica, colmada de personajes entrañables, paisajes majestuosos y una trepidante narrativa que no deja de transportar por su apego al detalle y capacidad de encantar. Imperdible.
Year:
2014
Language:
spanish
ISBN:
99179f7b-bd3b-4509-9a5e-2eb68c56f993
File:
MOBI , 765 KB
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1

El precio de la libertad

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2013
Language:
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File:
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Year:
1999
Language:
spanish
File:
MOBI , 445 KB
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EL REY DE LAS ÁGUILAS





Fernando Rojas Santos





Grupo Editorial Al Gamar





El Rey de las Águilas

Primera edición en México, febrero 2014



D.R. ©2013, Fernando Rojas Santos



D.R. ©2014, de la presente edición en lengua castellana para todo el mundo: Grupo Editorial Al Gamar S. de R.L. de C.V.





ISBN: 978-607-9333-08-9



Diseño de cubiertas: Grupo Editorial Al Gamar

Mapa: Daniel J Mendoza





Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares de la misma mediante alquiler o préstamo públicos.





Impreso en México / Printed in Mexico





FERNANDO ROJAS SANTOS





EL REY DE LAS ÁGUILAS





Grupo Editorial Al Gamar





A Isabel, Adrián, Elena y Daniel,

mis hijos, que han esperado lo suficiente.

A Inés, mi esposa, por su apoyo absoluto.





PRIMERA PARTE — FILEAS



Capítulo Primero

EL SUEÑO DE FILEAS

Sevilla, junio de 1523



El puerto se encontraba desierto a esas altas horas de la madrugada. La pequeña embarcación arribó al fin en las orillas de Triana y sus cuatro ocupantes desembarcaron. Un carruaje los aguardaba, pero los recién llegados —una pareja de duques franceses acompañados por dos grumetes—, al ver su tamaño, decidieron dejar sus pertenencias en él y caminar hasta el lugar de la cita que se encontraba a pocos minutos de distancia, a pesar de que el barrio, como toda Sevilla, estaba también desierto y no era muy seguro a esas horas. Los duques habían oído hablar mucho de esta ciudad y de su barrio principal, que se extendía independiente al otro lado del río Guadalquivir. Sabían que Sevilla, siempre ocupada y activa, estaba acostumbrada al ir y venir de barcos que cruzaban el Atlántico con frecuencia y a recibir gentes de otras tierras. Comerciantes, marinos, hombres de negocios, clérigos, nobles y gente llana;  transitaban por las calles de aquel lugar favorecido por el descubrimiento de la Indias Occidentales, que le habían aportado riquezas antes ni imaginadas y una cierta categoría frente a otras ciudades de la Península, de lo cual Sevilla se pavoneaba orgullosa y altiva. Sin embargo, la vitalidad que se respiraba durante las horas de sol y ajetreo ahora parecía apaciguarse convirtiéndola en un lugar desolado y oscuro donde podía darse rienda suelta a secretos e intrigas que normalmente se ocultaban a la luz del día.

Eugène y Danielle, duques de Lardin, tenían sus propios secretos, pero no estaban dispuestos a desvelárselos a cualquiera. Habían salido de Francia semanas antes recorriendo toda España hasta llegar a Cádiz, donde les esperaban unos parientes que sí sabían de sus tribulaciones en París. En su afán por ayudar les habían informado que por Sevilla andaba esos días un viejo conde portugués, Fileas, con una idea que quería llevar a la práctica, algo así como un viaje en busca de nuevas tierras. Al oír tales nuevas no dudaron en ir a conocerle y pedirle que les hablara de su pretendida odisea. Para ello debían reunirse con él en la intimidad de su alojamiento donde compartía con algunos elegidos el porqué de su empresa.

Los grumetes, que pretendían sacarles algunos cuartos a pesar de haber cobrado de antemano una suma generosa a los parientes de Eugène, conocían bien aquellas calles estrechas y sabían que el peligro acechaba en cualquier esquina, por lo que se mantuvieron cerca de ellos, uno adelantado unos pasos y otro en la retaguardia, empuñando a escondidas sus facas, preparados para cualquier eventualidad.

Danielle presintió un peligro inminente y estrechó la mano de su marido con fuerza. Durante los cinco años de su matrimonio, Eugène siempre había sido su más íntimo confidente, solo él conocía su rara habilidad para presentir peligros y se preparaba con valor para aquello que su mujer le comunicaba, lo cual, sin duda, se presentaba ante ellos amenazando sus vidas. Una vez, de hecho, lo salvó de morir envenenado. Al ver aquella copa que le ofrecían en una reunión singular de grandes de la corte, percibió el olor a veneno e incluso su sabor amargo, y de un repentino manotazo le evitó la muerte. El líquido rojizo que se vertió en el suelo junto a la copa, fue a parar a las entrañas de un gato que murió casi al instante. A partir de aquel momento, Eugène dejó de hacer vida social, convencido de que no había sido un accidente, sino un claro intento de asesinato. En otra ocasión, Danielle presintió las malas intenciones de una de sus sirvientas y avisó de inmediato a Eugène, el cual descubrió aterrado que aquélla guardaba en sus aposentos joyas de su dueña y una daga envuelta en un pañuelo de seda. La joven, al verse descubierta, huyó despavorida y a los pocos días apareció muerta. Nunca supieron el porqué de aquel suceso, ni si fue ella misma quien se había quitado la vida.

Estos hechos y el rumor de intrigas contra ellos por parte de otros miembros de la corte, que dejaban de manifiesto sus celos hacia un hombre que disfrutaba enormemente de los favores del rey, los pusieron en alerta. La crisis financiera que sufría la corona francesa por aquellos años había afectado la amistad entre la pareja y el monarca, y sabiéndose inocente de las acusaciones con respecto al uso del dinero del reino, Eugène renunció a su puesto de oficial financiero. No obstante, el rey por su parte se vio obligado a proponer su exilio y junto con otros de su misma posición tuvo que abandonarlo todo. El parentesco que unía a Danielle con Francisco I no había servido para que el monarca abogara ante otros miembros de la corte en su favor. Eugène tenía enemigos, y el rey, agobiado por el peso de la crisis de su reino, fue incapaz de imponer su autoridad para salvar a su amigo, al que sabía inocente. A pesar de todo, aquél podía considerarse afortunado pues otros oficiales corrieron peor suerte al ser acusados de alta traición a la corona y posteriormente ejecutados.

Esta terrible situación fue la que los llevó al fin hasta Sevilla, donde según presentía Danielle, también les esperaba una desagradable sorpresa. Los grumetes, que ya estaban hechos a todo tipo de menesteres, empuñaron con fuerza sus armas cuando no lejos de allí escucharon a dos hombres involucrados en una acalorada riña. Uno de ellos parecía amenazar y golpear al otro, el cual, arrinconado en la pared de una casa, pretendía defenderse, hasta que finalmente fue apuñalado ante los ojos aterrorizados de los cuatro paseantes. Viéndose descubierto, aquel ser violento miró un instante hacia el grupo y la tenue luz de luna descubrió ante ellos un rostro barbado y oscuro. Huyendo en dirección opuesta fue perseguido por uno de los grumetes mientras los otros se apresuraron a socorrer al agredido, que yacía muerto ya con una profunda herida en el corazón.



Después de correr por entre las calles, sortear focos de luz y deslizarse para no ser visto, el agresor pudo despistar a su perseguidor y logró llegar a su casa en las afueras del barrio. Su mujer lo esperaba despierta y cuando lo vio cubierto de sangre pensó que estaba malherido. Casi en un gruñido le dijo que no era su sangre y la apartó de sí con violencia. Ésta empezó a interrogarlo, pero él, que no estaba dispuesto a hablarle se limitó a desnudarse y rasgando la ropa la echó en la caldera. Ella, una mujer de fuerte carácter que nunca se dejaba amedrentar por su marido y a veces era incluso más violenta, insistió tanto que él se vio obligado a hablar —más por evitar un nuevo asesinato provocado por el fastidio que le producía tener a la entrada de las orejas su voz aguda y chillona, que por obediencia.

—Lo he “matao” —dijo finalmente.

La mujer empezó a gritar como loca. Desde hacía tiempo se temía lo peor, y lo peor había llegado. Don Alejandro, el párroco, que además era su tío, había llegado a la parroquia unos meses atrás y desde el principio había entablado una cordial relación con la familia de María. Se permitía hablar de religión, dar consejos, e incluso amonestarles, especialmente a Sancho, el marido de su sobrina, y a Cristóbal, el hijo de ambos, de quince años, que sufría una leve cojera desde los diez, cuando accidentalmente se cayó desde la azotea de su casa. Buen conocedor de la condición humana, el viejo párroco no tuvo que indagar mucho para descubrir que padre e hijo no andaban por muy buen camino y más de una vez tuvo que abogar por ellos ante la justicia acusados de pequeños hurtos y alboroto callejero. Sus continuas visitas a la casa, donde permanecía horas y horas hasta que se le invitaba a comer e incluso a dormir en noches de temporal, despertaron los celos de Sancho que poco a poco empezó a impacientarse y a ver al cura como a un usurpador de su casa y de la mujer que le pertenecía. Su carácter violento e impulsivo le hizo enfrentarse a él en varias ocasiones, alegando que todo lo que pretendía con su palabrería era quitarle lo que era suyo e incluso ponía en duda el parentesco que le unía a su mujer dada la sospechosa atención que le prestaba a diario. Don Alejandro soportaba con aplomo de santo mártir las injurias de aquel “infiel sin dios ni amo” y para evitar males mayores dejó de ir a la casa a menudo. Sólo que aquella misma noche, en la que Sancho se encontraba bebiendo en algún tugurio del barrio y Cristóbal había desaparecido, se presentó de nuevo para disculparse ante ellos por su intromisión y reanudar las relaciones que antes disfrutaban. A pesar de la ausencia de los hombres, el párroco permaneció un rato para hablar con su sobrina y cuando se marchó dejó olvidado su escapulario. Sancho regresó bebido al poco rato para encontrarse con la prueba evidente de que el “intruso” había estado allí y sin mediar palabra agarró el escapulario, e ignorando los ruegos de su mujer, se fue lleno de ira en busca de su enemigo.

Ahora un crimen pesaba sobre sus hombros y tenía que huir pues cuatro personas lo habían visto. María se encontraba en un tremendo estado de nervios pero aún era capaz de pensar, y entre sollozos hizo sentar a su marido, sacó una navaja y empezó a afeitarle. A pesar de la rudeza con que normalmente la trataba Sancho, era una mujer temperamental que no pocas veces conseguía sus propósitos.

—Te vas a ir al cortijo de mi primo Melchor. Dile que vas a ayudarle con los animales, sabes que te está esperando, y te quedas ahí hasta que esto se pase. Ya te avisaré yo —le dijo sin dejarle opción alguna para protestar.



El imprevisto incidente de horas antes había demorado la llegada de los duques de Lardin al lugar donde los esperaba Fileas. Desde su llegada a Sevilla, el viejo conde había recibido la visita de decenas de personas que habían oído de su deseo de embarcarse en la aventura de buscar nuevas tierras y se interesaban por saber las razones por las que quería hacer tal cosa. Todos sabían ya a esas alturas la suerte que había corrido Magallanes en su vuelta al mundo. Logró su propósito, pero él nunca lo supo. Hernán Cortés y los portugueses antes que él habían corrido mejor suerte, pero ¿y Fileas? ¿Quién era ese hombre que pretendía emprender tamaña aventura? Muchos lo tacharon de loco y excéntrico, sediento por gastar su fortuna en una vana ilusión. Otros sintieron curiosidad. Estos eran los que oyendo de su estancia en la ciudad andaluza iban a verlo, tal como hicieron Eugène y Danielle de Lardin, aunque a ellos les movieran otros motivos para conocerle. Su único sueño era vivir en paz aun en el exilio, y marcharse lejos de Europa, de ser posible, era lo que andaban buscando.

Cuando los duques llegaron al fin, Fileas ya se había retirado ordenando a los sirvientes que acomodaran a la pareja en cuanto llegaran. Aquella casa de reminiscencias árabes con sus arcos de medio punto, su fuente de agua cristalina que rumoreaba caprichosa, y las flores que adornaban a oscuras y perfumaban el ambiente, hizo sentir a Danielle un cierto sosiego después del largo y penoso día, y la noche en la que inesperadamente un hombre agonizante había muerto ante sus ojos. Descubriéndose al fin la capucha de la capa con la que ocultaba su cabeza, dejó caer su largo y blanco cabello, una característica muy peculiar, pues no tenía aún cuarenta años, que era motivo de todo tipo de conjeturas y habladurías por parte de los que no la conocían. Ella misma atribuía el color de su pelo a esos otros dones con los que había nacido: aparte de presentir el peligro podía también mover objetos con la mente, cosa que procuraba manifestar lo más mínimo, por temor a ser tachada de bruja; y además poseía la rara habilidad de amansar a cualquier animal. A pesar de la posible utilidad de cada uno de sus dones, ella prefería no usarlos a menos que fuera extremadamente necesario. Todo lo anormal podía ser considerado cosa del diablo y Danielle se cuidaba de no manifestar sus dones entre ciertas personas con influencia en la Iglesia, la cual ya había ajusticiado por menos a muchos desafortunados que clamaban los milagros en su nombre.

Ahora al amparo de un techo acogedor y lejos de cualquier intriga o violencia, el matrimonio descansó ilusionado, esperando con ansias el encuentro por la mañana con su anfitrión.



La gente se agolpaba curiosa ante aquellas dos enormes naos llamadas Atalaia y Simona, que acababan de arribar en el Muelle de la Mulas. Parecían venir de Portugal, pues la tripulación de a bordo se comunicaba animosamente en el idioma mientras se preparaban para desembarcar. Entre la muchedumbre que se agolpaba queriendo averiguar qué hacían en el puerto tales naves, se encontraba María, que por más que preguntaba no conseguía sacar información alguna. Al fin, cuando se abrió paso para colocarse en primera fila, oyó a alguien decir el nombre de Fileas y de cómo pretendía usar dichas naos para embarcarse en el descubrimiento de nuevas tierras. Escuchó con atención la conversación que mantenían dos hombres de alta alcurnia a los que no les importaba estar mezclados entre la muchedumbre con tal de admirar aquellos barcos de tan extraordinaria belleza. Uno de ellos expresó con mucha seguridad que el viejo conde iba a permitir el pasaje a todo aquel que tuviera deseos de aventuras y sobre todo de establecerse allá donde llegaran. María vio una luz en su mente al oír estas palabras y con total atrevimiento se acercó más a los hombres.

—Señores, ¿puede ir cualquiera? —Los hombres la miraron con despecho y siguieron su charla—. Señores, que si puede ir cualquiera...

Aturdidos por la intromisión de la plebeya, la miraron de arriba abajo con absoluto desprecio.

—Supongo que podrá ir cualquiera con cierta categoría —dijo uno de ellos provocando la risa de los que allí estaban.

María no estaba muy segura de haber entendido aquella gracia, pero sí sabía lo que tenía que hacer ahora: lanzando aspavientos salió de allí y se dirigió a un carretero que pasaba lejos del gentío. Le pidió que la llevara a Castilleja de la Cuesta, al cortijo de los Medina, y aquél accedió cuando le prometió que le daría dos gallinas a la llegada.

Sancho se extrañó al ver llegar a su mujer con un carretero al que no conocía. Los celos se apoderaron de él casi al instante cuando observó en la distancia que aquel individuo ayudaba a bajar a María de la carreta. Con los puños cerrados se apresuró a ir a su encuentro, pero su mujer fue más rápida y lo paró con sus gritos a media distancia. Le contó lo que había visto y oído y de cómo esa sería su oportunidad para huir. Durante el trayecto ya había trazado un plan en su mente y se lo expuso con tal claridad y lógica que no le dio pie a objetar en contra. Una vez más había vencido, pero no la batalla final. Sancho pensaba embarcar sólo y fue difícil hacerle cambiar de idea, hasta que María tuvo que utilizar sus artimañas para convencerlo de que él no podía abandonarla, ni a su hijo, que se volvería aún más degenerado sin un padre que lo controlara. Como mujer de recursos que era, también se las arregló para convencer a su primo de que dejara a Sancho marchar, pues lo necesitaba en su casa, y de que le regalara dos gallinas para el carretero que la había llevado hasta allí, el cual, por supuesto, la llevaría de vuelta a Sevilla.



Eran ya altas horas de la mañana cuando Eugène y Danielle fueron conducidos hasta un gran patio interior, donde aguardaban al anfitrión una veintena de personas. La entrada de la pareja francesa causó sorpresa entre los allí reunidos, sobre todo al ver aparecer a Danielle que llevaba suelta su larga cabellera blanca. Todos hablaban animosamente entre sí, en diferentes idiomas, pero su llegada provocó el silencio. Una dama distinguida, la marquesa de Alhaurín, que se encontraba a varios pasos de ellos flanqueada por dos niñas de aspecto peculiar, se acercó. Otros la imitaron después y la pareja al fin se sintió bienvenida.

Pudieron comprobar que las mejores casas de toda Europa estaban representadas en aquel patio y que la mayoría de ellas venían con la intención de escuchar a Fileas para considerar la posibilidad de emprender tan comentada empresa. Parecía como si aquella gente ya estuviera anticipando lo que aquel enigmático anciano les iba a revelar. Sin embargo, todo eran rumores y absolutamente ninguno de los invitados sabía con certeza lo que Fileas les iría a contar.

El viejo conde se hacía esperar y algunos se impacientaban pensando que todo era una burla. Pasadas varias horas ya de espera, cinco de los invitados abandonaron la casa, alegando con indignación que ningún viejo loco iba a reírse de ellos ni de su buen nombre con tal osadía. Otros, más aprensivos, se preguntaban si no le habría ocurrido algo e interrogaban continuamente a los sirvientes, los cuales aseguraban que todo estaba en orden y que su señor pronto les atendería. Pero no fue así. A la hora del almuerzo, esos mismos sirvientes condujeron a los ya quince invitados a un salón donde les esperaba una gran mesa repleta de exquisitos manjares y vino en cantidad. El anfitrión se comportaba de una manera extraña, pero aquellos visitantes tuvieron que reconocer que en parte se les atendía de la forma debida, no sólo por lo que tenían ante sus ojos sino por el confortable descanso de la noche anterior.

Con cierta turbación fueron tomando asiento y a los pocos minutos, después de haber superado el reparo que les produjo la situación, empezaron a comer lo que aquellos atentos sirvientes les ponían por delante. El idioma no fue barrera para que comentaran entre bromas lo cómico que resultaba estar ahí comiendo en casa extraña sin un anfitrión. Más de uno aseguró no haber pasado antes por semejantes circunstancias preguntándose si no era todo parte de un juego que el excéntrico conde había preparado para ellos. Aun así, sus pesquisas no impidieron que comieran y bebieran cuanto caía en sus manos.

Fileas apareció al fin tras el anuncio de un mayordomo, sorprendiendo a los perplejos invitados, que no tuvieron apenas tiempo de reaccionar y prepararse para recibirlo. Encorvado, pequeño, de agilidad inusual, con el pelo blanco alborotado rodeándole sienes y nuca, y ataviado con una túnica propia de los filósofos de la antigüedad y un cordón de cuero al cuello del que pendía un pequeño frasco de cristal lleno de un líquido anaranjado, el conde sonrió ante la imagen de aquellos aristócratas aturdidos y paseó la vista por la habitación.

—Veo que algunos se han cansado de esperar. Demasiado tiempo supongo...

La marquesa que se había acercado horas antes a los duques de Lardin para recibirlos, intentó hacer lo mismo con el anciano, pero éste la detuvo y le pidió que volviera a su asiento. Fileas ocupó su lugar en la mesa y rogando a sus invitados que prosiguieran con su almuerzo, empezó él mismo a degustar su porción. Nadie volvió a probar bocado y se limitaron a mirar al conde y a preguntarse qué diablos pretendía. Uno de los comensales, Mosén de Matanzos, conde portugués como su anfitrión, fue quien se atrevió a abrir la boca.

—Señor conde... no quisiera molestaros, es más, pienso que estamos todos encantados de estar aquí reunidos, pero... creo que merecemos una explicación. ¿A qué se debe vuestro comportamiento? ¿Qué estáis tramando?

Fileas se limitó a sonreír a la vez que se tragaba un trozo de carne y dijo:

—Sigan vuestras mercedes comiendo, por favor. Tiempo al tiempo.

Tres de los invitados se levantaron casi al unísono y profiriendo toda clase de injurias contra el viejo salieron de allí totalmente exasperados.

—La paciencia es una gran virtud —dijo Fileas con absoluta parsimonia, provocando la sonrisa de algunos y la indignación de otros, que no optaron por marcharse, pues su curiosidad prevalecía.

Cuando al fin acabó de comer se levantó y se disculpó ante todos.

—Distinguidas damas, caballeros, disculpen mi falta de cortesía al hacerles esperar tantas horas, pero créanme, todo esto tiene un motivo. Les voy a revelar algo que muy pocos han escuchado, algo muy íntimo que sólo puedo compartir con personas dispuestas a todo, de las cuales espero comprensión y un compromiso. He oído hablar de cada una de vuestras mercedes y me consta que son personas de honor que quizás no merezcan mis malos modos y que podían muy bien haberse marchado sin tener que soportar horas de incertidumbre y desconcierto para escuchar a un viejo como yo. Sin embargo, el hecho de haber aguantado hasta el final demuestra por su parte cierto interés en lo que tengo que contarles, y tan sólo espero que sigan a mi lado si así lo desean, después de haberme escuchado. Déjenme pues, empezar con mi historia y por favor, terminen el yantar mientras hablo.

El conde de Matanzos sugirió en nombre del grupo que fueran acomodados en un lugar más apropiado para escucharle y él accedió pidiendo disculpas de nuevo.

—Desde muy niño —comenzó a narrar Fileas— siempre he soñado con viajar. A los doce años, allá por 1460, habiendo recibido noticias de que mi país, Portugal, había conquistado Sierra Leona, soñaba con estar allí entre los que yo consideraba mis héroes, en aquellas tierras lejanas y salvajes. Mi padre era un hombre muy estricto, un hombre de leyes, recto e impasible, que al oír de mis tempranas ambiciones, me prohibió incluso pensar en ello y se aseguró que en su ausencia yo no mostrara la más mínima inclinación a visitar el puerto, ni mencionar la palabra barco, o nada relacionado con mi obsesión, sopena de ser severamente castigado. Me instruyó en lo suyo, estudié a su lado y a los veinte años ya era abogado, profesión a la que accedí sin ninguna vocación. A esa edad seguía soñando con pilotar un barco, conquistar lugares inhóspitos e incluso pelear contra los turcos, que por aquel entonces habían capturado Albania y avanzaban sin remisión hacia Europa sembrando el terror y arrasándolo todo a su paso. Yo sentía la llamada, quería estar allí, evitar que esos bárbaros siguieran avanzando. Portugal sería posiblemente el último rincón de Europa que los otomanos capturaran, pero yo no quería esperar hasta entonces, quería luchar en ese momento y destruirlos antes de que llegaran a Italia. Pero de nuevo mi padre, oyendo de mis, según él, absurdas fantasías, me recluyó en casa durante cuatro años, en los que, como no, seguí soñando y alimentando mi obsesión con escritos que mantenía bien ocultos.

“Mi país seguía conquistando tierras en África. Oí que Fernando Po había descubierto una isla a la que pusieron su nombre. ¡Cuánto envidié aquello! ¡Cómo me hubiese gustado ser yo el descubridor!

Era tal mi represión por aquel entonces que empecé a mostrar signos de locura y enfermé durante una larga temporada. Mi padre descubrió al fin mis escritos e hizo que los quemaran inmediatamente. Pensó en abandonarme en un reformatorio, pero, por primera vez en su vida y, gracias al cielo, escuchó a mi madre, la cual le sugirió que me concertara cuanto antes un matrimonio con la hija de cualquier amigo suyo que se preciara. Según ella yo necesitaba tal responsabilidad y estaba segura de que una esposa dulce y dispuesta me haría olvidar de una vez por todas mis vanas locuras. Así pues, me vi casado con veinticuatro años, por conveniencia, más mía que de mis padres, a una joven que no había visto en mi vida, la enfermiza y delicada Simona. Su fragilidad me hacía presagiar que no soportaría más de un embarazo y tengo que confesar, que en mi obsesión, la vi muerta y yo, al fin libre, me vi surcando esos mares que tanto había soñado surcar.”

“Pasaron varios años en los que me dediqué a la abogacía como mi único medio de vida que era, y a cuidar en cuerpo y alma de mi tierna Simona, quizás debido al sentimiento de culpa que me corroía por haber pensado en su muerte prematura, quizás por la continua vigilancia de sus padres, que aún la protegían sobremanera, o incluso quizás y simplemente porque acabé amándola. Nunca me dio descendencia. Le nacieron dos hijos muertos, y en ambas ocasiones pensé que de verdad se iba. Recuerdo que entonces visitaba la iglesia como jamás antes lo había hecho. Y creo que mis oraciones fueron contestadas, porque Simona sobrevivió a aquello. Era más fuerte de lo que yo pensaba. Sin embargo, fue en aquel terrible año de 1480, en el que los turcos capturaron por fin los Balcanes y el sur de Italia, cuando mi querida esposa no soportó unas terribles fiebres y finalmente pasó a mejor vida.

Unos días antes de esta gran tragedia personal me enteré del nuevo avance otomano y me llenó de tal indignación que deseé por un momento abandonarlo todo e ir a luchar. Pero Simona ya estaba mostrando los primeros síntomas de la fiebre y fui incapaz de renunciar a ella. Así que opté por quedarme a su lado y rezar para que permaneciera conmigo toda la vida. Esta vez mis rezos no fueron escuchados, mi frágil esposa murió y por primera vez lloré como nunca antes había llorado.

Lleno de rabia y desconsuelo decidí de una vez por todas lanzarme en busca de mi sino, y alistándome en el ejército luché en Italia contra los turcos, y lo hice con tal furia que huían delante de mí como si del diablo me tratara, y yo los perseguía y acababa con sus vidas sin piedad, vengándome como si ellos hubiesen sido los culpables de la muerte de Simona.”

“Cuando al fin calmé mi sed de venganza y habiendo visto la muerte rozándome la espalda, decidí preservarme para por fin embarcar. Volví a Portugal y para mi asombro fui recibido por todos como un héroe. El rey, Juan II, me concedió el título de conde y me manifestó su deseo de convertirme en miembro de la corte, pero le hice saber, con todos mis respetos, que yo sólo quería viajar, que quería ver lo que otros antes habían visto, e ir más allá.

De esa forma fue como conocí a Bartolomé Díaz, el navegante, con el que llegué hasta los confines de África, un lugar que el mismo rey más tarde llamó el Cabo de Buena Esperanza.”

“El mar fue mi hogar durante los siguientes treinta y cinco años. Mi país consiguió bordear África y cruzamos el océano hasta India. Mientras tanto Colón ya había descubierto las Indias Occidentales y el mundo se repartió así entre España y Portugal. Yo viajaba incansable por territorio portugués y pasaba largas temporadas en Goa, India, donde volví a casarme. Con sesenta y dos años ya mi cuerpo no soportaba tanta aventura y decidí asentarme para siempre en aquel hermoso paraíso. Sin embargo, mi vida volvió a dar otro giro inesperado cuando, Atalaia, mi esposa, murió una noche mientras dormía, y destrozado por la pérdida me marché de allí con la promesa de no volver jamás”.

“Cansado, triste y sin ninguna esperanza de recuperar la felicidad que me fue arrancada una vez más, viajé por Europa buscando un consuelo que no podía encontrar. Entonces conocí a Sir Thomas More, abogado y escritor, y persona de confianza de Enrique VIII, rey de Inglaterra. Este buen hombre, que adoraba a su familia y respetaba a su monarca, me devolvió en cierta forma la dicha cuando me mostró su Utopía. Cuando leí tal historia, no pude más que sorprenderme pensando como cualquiera podía imaginar, en tiempos como los que corren, la existencia de una sociedad perfecta, imposible e idílica.

No satisfecho con lo que había leído, quise indagar más a fondo y seguí sin salir de mi asombro al comprobar que mi buen amigo podía ver más allá de su libro, tenía un conocimiento perfecto, sin lagunas, de su propia creación y tengo que confesar que era tan clara su descripción de dicha sociedad, que por un momento llegué a creerme que existía de verdad. Fue entonces cuando mi imaginación empezó a trabajar. Muchos años atrás me había visto luchando contra los turcos o navegando océanos y todo al fin se había hecho realidad. Ahora, influido por la visión de More, me veía en medio de un mundo donde todo era armonía, donde no había ricos, ni pobres, ni injusticias, y donde no era necesario entrenar para la guerra, porque la paz reinaba inalterable. Descubrí que mi vida, afortunadamente, no se había acabado con la muerte de Atalaia, y después de ver todo aquello en mi mente, le propuse a More ir en busca de su Utopía, hacerla realidad; pero no tuve su apoyo, por lo que empecé a planear por mi cuenta la creación de esa sociedad perfecta, lejos de autoritarismo monárquico, imperios bárbaros amenazantes, pobreza y miseria.”

“Regresé a Portugal después de muchos años y consagré mi existencia a este nuevo proyecto. Escudriñé la copia en latín del libro que me regaló More, tomé notas, rechacé algunas ideas y adquirí nuevas, y al cabo creé mi propia Utopía. Quería hacer esto sin que faltara el mínimo detalle y con la máxima discreción, pues ignoraba la reacción del rey ante mis osadas intenciones; aunque a la larga de alguna forma llegó a sus oídos cierto rumor que yo tuve que acallar asegurándole que lo que pretendía, siempre con la previa consulta y el beneplácito de su majestad, era poblar alguna de las islas del océano que bañaba África y las Indias y llevar la influencia cristiana y la grandeza de su imperio a esas tierras perdidas. Aplaudió mi idea y me otorgó absoluta licencia sobre el lugar que fuera a poblar, garantizándome que me nombraría al oficio de gobernador y representante real. El rumor no pudo venir en mejor momento, pues no sólo pude rebatir cada palabra que él había oído de ciertos cortesanos envidiosos que lo rondaban, sino que, por su propio interés, me dio vía libre para empezar a cumplir mi objetivo, que era crear una nueva sociedad, y no exactamente afianzar la cristiandad y su imperio más allá de Europa, aunque en cierta forma lo haría, como cristiano que soy y miembro de la corte portuguesa. Una vez en nuestro nuevo hogar yo sería el gobernador y si alguna vez recibíamos visitas, posiblemente nunca de la realeza, demostraríamos que aun en la distancia nuestra lealtad a la corona era absoluta y que la religión se vivía tal como en tierras de la cristiandad, aunque en una sociedad muy distinta a la europea.

Ahora necesitaba otro tipo de apoyo. Me rodeé de un grupo de personas, navegantes y hombres de mar en su mayoría, a los que confesé mi anhelada aventura, y después de cinco años de preparaciones aún están conmigo dispuestos y ansiosos por emprender la marcha. Durante ese tiempo algunos se bajaron del proyecto y embarcaron con Magallanes, que pretendía dar la vuelta al mundo y lo consiguió como saben, pero a él ya no lo hemos vuelto a ver.”

“Mis más fieles seguidores, once jóvenes a los que he acogido y están dispuestos a seguirme allá donde vaya, han estado alistando personas que me han escuchado y se han comprometido a dejar sus tierras para buscar una nueva vida lejos de esta ajada Europa. Entre ellas se encuentra gente que por su oficio y capacidad podrá contribuir al desarrollo de la nueva sociedad. La gran mayoría son portugueses, pero sabiendo de la sed de aventura española y del número de personas que cada año embarca hacia las Indias Occidentales, decidí traer mis naves hasta esta ciudad, donde hay tanta afluencia de gentes de todo el mundo, y alistar a aquellos que desearan seguirnos y que cumplieran los mínimos requisitos.”



El viejo conde hizo al fin una pausa y todos los presentes, a pesar de la fatiga causada por escucharlo durante tan largo rato, querían saber más, especialmente sobre las condiciones bajo las que estarían gobernados si decidieran emprender la aventura; sobre los mínimos requisitos para alistarse a los que se refería y cómo no, adonde exactamente se dirigirían. Fileas les aseguró que todo estaba meticulosamente planeado y que aquellos que realmente estuvieran dispuestos a seguirle tendrían la oportunidad de leer el Códice Legal, que era el conjunto de leyes que él había creado para regirse en dicha sociedad. Ahora bien, dejó claro que, teniendo la intención de crear una civilización perfecta, un requisito esencial para unirse a ella era una vida limpia de crímenes y no tener como motivación para embarcar la huida de la justicia. El conde pretendía evitar criminales o ladrones, teniendo claro que junto a él viajarían personas de bien, dispuestas a tomar un riesgo para mejorar sus vidas. Para ello, se aseguró de advertir a sus ayudantes que tuvieran buen juicio a la hora de alistar a estas personas, que de antemano tendrían que haber escuchado su historia. En cuanto al lugar escogido para iniciar la aventura, Fileas les prometió que jamás verían nada igual: una isla al sur del Océano Indico, de una belleza insuperable, deshabitada de humana presencia, pero poblada por cientos de águilas y en menor medida por otros animales, que le daban al lugar cierta singularidad. Él mismo la había descubierto en uno de los viajes que emprendió cuando ya la noticia de su proyecto había llegado a oídos de la realeza, para darle más credibilidad a lo que pretendía. Una vez avistada desde la nave, de cruzar la espesa bruma que la envolvía y de poner pie en tierra, sintió que aquél era el lugar y que una vez concluidos los preparativos, volvería para habitarla junto a los que quisieran seguirle, y terminar allí sus días.

Una segunda reunión, dirigida ésta a la gente de oficio, se llevó a cabo después de la dirigida a la nobleza, tal como se hiciera en Lisboa. Dispuesta a enterarse exactamente de qué se estaba tramando con la presencia de aquellas dos naos portuguesas en el puerto y teniendo a buen recaudo a su marido en casa, María asistió a esta última reunión, pretendiendo ser la esposa de un experimentado granjero. Escuchó atenta la historia del anciano, sorprendida por tanta desgracia vivida, y a pesar de saber que su marido no cumpliría los requisitos expuestos y que precisamente su intención era huir de la justicia, se llenó de valor y se dispuso a alistar a su familia, pero fue rechazada, pues ni su marido ni su hijo habían cumplido el primer requisito: escuchar las palabras de Fileas. Indignada se apartó a un rincón de la estancia donde pudo observar llena de rabia que la mayoría de los que se acercaban para alistarse eran admitidos. Quizá la única motivación que la llevó hasta ese lugar era el deseo de ver cambiar a su marido, aprovechando una oportunidad que consideraba ideal. Sin embargo, se preguntaba dolida que estaba haciendo allí, intentando salvar la vida de un hombre que hacía tiempo había dejado de amarla; un hombre celoso y autoritario que realmente no aportaba nada a su vida. Su increíble capacidad de tramar ideas y ese deseo de huir lejos a una nueva vida le hicieron ver que aún no estaba todo perdido: un matrimonio acompañado por un joven de unos quince años acababa de alistarse y juntos partían felices fuera de la casa. María sonrió ante una idea fugaz y en pocos segundos se vio a sí misma embarcando al fin junto a su marido y su hijo, alejándose de Sevilla. Persiguió a la familia a cierta distancia y cuando descubrió donde vivían se dio media vuelta, tramando un plan que por supuesto llevaría a la práctica.





Capítulo Segundo

LA PARTIDA



Esa noche calurosa, víspera de la partida de las naos, los ahijados de Fileas, emocionados y agotados a la vez, después de todo un día de preparativos organizando junto a su señor y la tripulación de los barcos la esperada marcha, no podían conciliar el sueño y para aliviar un poco el calor que los asfixiaba en sus aposentos se fueron a refrescar con la brisa que corría por las orillas del Guadalquivir, por la parte de Triana, y a darse a la bebida, para lo que tenían licencia, siempre y cuando no bebieran hasta caer exhaustos y no armaran gresca, quedando advertidos de que si lo hacían, perderían la oportunidad de viajar y se quedarían en tierra.

Seis de los jóvenes, Samuel, Fermín, Jacinto, Sereno, Manuel y su hermano Darío, habían seguido a Fileas desde Portugal seducidos por la idea de ver esa Utopía que el conde tanto mencionaba; y éste los había acogido, pagándoles sus servicios con comida y alojamiento, y además ofreciéndoles una educación. El resto de ellos, Matías, Lorenzo, Melquíades, Alvardo y Balan, cinco sevillanos de la provincia, siguieron los pasos de sus compañeros portugueses y fueron igualmente acogidos por el anciano al ver su disposición y nobleza. El último de estos, Bartolomé Pérez —pastor y cantor desafinado de poemas, al que llamaban Balan desde aquel día en que alguien que lo escuchó cantar comentara que sus cánticos sonaban como ovejas que balan—, estaba enfermo de amores y pretendía emborracharse hasta caer sin sentido si su amada no iba esa noche en su busca, como habían concertado, para contarle que de verdad lo amaba y que su desdén hacia él no era más que una treta para evitar que su tío, no otro sino el mismísimo Fileas, se enterase de sus amoríos, que habían empezado nada más llegar a Sevilla.

La joven, con el extraño nombre de Sauna, había sido también adoptada por su tío cuando éste regresó de Inglaterra, encontrándose con que una hermana de su difunta Simona acababa de morir, dejando a la niña desamparada sin más familiar que él mismo, por lo que compadecido por la pobre criatura, la sacó de aquel orfanato infernal donde había sido recluida y le dio cobijo como si de su hija se tratara. Desde entonces Sauna, con tan sólo doce años, aprendió a amar al hombre que la había rescatado y a pesar de su edad cuidaba de él con celo de mujer casada. Lo veía como al padre que nunca tuvo y para él, ella era como un recuerdo entrañable de la esposa de su juventud, pues la niña guardaba un tremendo parecido con su tía.

Ahora Sauna ya había florecido para convertirse en una hermosa joven de la que el pastor cantarín había quedado prendado y aunque ella también se había enamorado de él y no de su voz precisamente, pretendía guardar el secreto para hacérselo saber a su tío cuando ya estuvieran establecidos en aquella nueva tierra.

Bartolomé, o Balan, como así se había acostumbrado a que lo llamaran, fue objeto de las bromas de sus compañeros al quedar enterados de los motivos por los que se emborracharía, con la única excepción de Alvardo, su compañero de fatigas de toda la vida, con el que había decidido dejar su vida en el pueblo y las ovejas y buscar su sino en Sevilla, donde suponían habría más oportunidades. Alvardo lo conocía mejor que los otros, sabía que si pretendía algo lo haría y él estaba ahí para apoyarle y protegerle. Su papel con respecto a su amigo había sido siempre el de hermano mayor: el destino los juntó a muy temprana edad, cuando un viejo pastor, con el consentimiento de sus padres, los había recogido para enseñarles el oficio. Alvardo fue siempre el protector, Balan el protegido y ahora, a sus respectivos veinte y dieciocho años, aún lo eran.



Esa noche, Sauna seguía sin aparecer; los mozos, entre trago y trago no dejaban de burlarse de los amoríos de Balan; y Alvardo, siempre más juicioso, intentaba evitar la borrachera anunciada de aquél y por consiguiente la posible gresca contra la que habían sido advertidos. La luna brillaba sobre sus cabezas y la brisa aliviaba el calor. Triana estaba dormida y allá en la otra orilla, Sevilla lo inundaba todo con su presencia silenciosa. La noche sevillana se abría hermosa ante los trasnochadores y el entorno invitaba a unos a buscar el amor, y a otros a perderse por esas calles de media luz a deshacer entuertos, desvelar secretos o envolverse en intrigas. Los jóvenes de Fileas preferían sin embargo no ir más allá de donde estaban, para evitar problemas y obedecer a quien los amparaba, y si alguno cambiaba de opinión, pues el alcohol juega malas pasadas y olvida prudencia y lealtad, según las palabras de su protector, Alvardo cumpliría fiel con su cometido y procuraría impedírselo.

El semblante sombrío y desesperado de Balan cambió cuando por entre las sombras de las calles que daban al río pudo notar el movimiento sigiloso de una figura menuda que supuso era su amada. Sin decir más corrió a su encuentro y Alvardo, que no estaba muy lejos, fue tras él. Al llegar hasta donde le había parecido ver movimiento, descubrió que aquella figura corría calle abajo y decidió perseguirla gritando el nombre de Sauna. Alvardo intentó pararle y al no conseguirlo se limitó a ir tras él. Fuera quien fuese aquel ser huidizo, no paró ante los gritos de Balan, de hecho parecía correr más aprisa al oírlos, hasta que logró esquivar a su perseguidor y se perdió de la vista. Cuando Alvardo alcanzó a su amigo le increpó, sin aliento, por su falta de juicio, y justo antes de que aquél pudiera contestar escucharon pasos y murmullos muy de cerca. Alvardo, asustado, agarró al otro y lo arrastró hacia un rincón donde le tapó la boca y esperó en silencio. Un hombre de aspecto corpulento y un joven larguirucho, no otros sino Sancho y su hijo Cristóbal, ambos encapuchados y portando sendos garrotes, pasaron de largo en actitud de estar buscando algo. Alvardo y Balan estaban aterrados: aquellos dos, a los que les habían oído comentar entre gruñidos un ¿dónde se habrá metido?, podían estar buscando a alguien para ajustar cuentas y lo que menos querrían encontrarse sería testigos. No obstante, el sentido de justicia de uno y la curiosidad del otro los llevaron a olvidarse un momento de la persona que se les había escapado y decidieron, sin palabras, ir tras ellos. Alvardo recordó las advertencias de Fileas, pero el hecho de que se les presentara la oportunidad para evitar un crimen, le hizo pensar que su protector lo aprobaría, conociendo el elevado sentido de justicia que el anciano poseía.

Siguiendo al susodicho par a una distancia considerable y ocultos en las sombras, evitaban el más mínimo ruido y a la vez perderles de vista. Alguien encapuchado apareció súbitamente ante aquéllos y Balan aterrado creyó ver a Sauna, por lo que, sin tan siquiera pensárselo se dispuso a atacar, siendo detenido a tiempo por su amigo, que pareció intuir sus intenciones. Un instante después escucharon al hombre increpar a aquella persona, que no era otra sino María, su esposa, a la que empezó a gritar injurias que sólo habían oído decir a los marinos de las naos. Al oírla a ella, Balan comprobó con alivio que aquella mujer no era Sauna, pues hablaba con más gravedad y tenía bastante más mala lengua, pues lo que aquel bruto le ladraba parecían poemas de amor al lado de lo que ésta le escupía.



Al fin ella dijo la última palabra e hizo que los otros la siguieran. Alvardo presintió que eso no traía nada bueno y olvidándose de su heroísmo de hacía unos minutos, se levantó y arrastrando de Balan le obligó a seguirle, pero éste no estaba dispuesto a rendirse, quería ver más, comprobar que Sauna no corría peligro si de una vez decidía salir a buscarle y se encontraba con el infortunio de darse de cara con esos tres energúmenos. Alvardo accedió al fin después de un forcejeo y siguió a Balan resignado. Para entonces los otros ya habían adelantado camino y tuvieron que apresurarse para no perderlos. No se oía nada en absoluto, el aire de la madrugada era espeso y aún hacía calor. Los jóvenes prosiguieron la marcha y les fue difícil seguir el rastro, pues los otros habían desaparecido. Un par de calles más y Alvardo ya estaba dispuesto a volver, pero Balan lo detuvo afirmando que había oído algo a pocos metros. Al doblar la esquina de la calle siguiente el susto fue mayúsculo. Sin mediar palabras, los dos delincuentes, que habían estado aguardando a que llegaran, se abalanzaron contra ellos con los garrotes y golpeándoles en la cabeza los dejaron sin sentido. Cristóbal se dispuso a seguir golpeándolos una vez en el suelo, pero su madre se lo impidió y huyeron adentrándose en el callejón.

Unos pocos metros después llegaron hasta la casa más alejada, a la que pretendían entrar. María comprobó que la puerta y las ventanas estaban cerradas y sugirió a Sancho que lo mejor sería llamar. Éste se burló de ella y de un fuerte empujón abrió la puerta que cedió ante él sin dificultad. Los tres se apresuraron a entrar, y a oscuras y aún encapuchados, empezaron a buscar a los que allí vivían. Un muchacho de la misma edad que Cristóbal apareció aturdido ante ellos e intentó huir, pero el otro se lo impidió dándole tal empujón que lo hizo caer de espaldas y golpearse en la cabeza.

— ¡No quiero más muertos! —gritó la mujer.

Sancho, guiado por una tenue luz, encontró al fin la estancia donde estaban los dueños, que para entonces ya se habían despertado con el ruido. Con gran violencia se fue hacia ellos, y sacando un cuchillo de su cinturón los amenazó con matarlos si pedían auxilio.

—No nos hagan daño, por favor —rogó el aterrado dueño—. Llévense lo que quieran, pero no nos hagan daño...

Sancho golpeó al hombre con la empuñadura del cuchillo.

—Ni una palabra más o te mato —le intimidó.

La mujer del dueño rompió en sollozos y el agresor, agarrándola por el cuello la obligó a callarse también. María se adelantó y con un ademán le instó a soltarla.

—Yo no respondo de este bruto —dijo—, y sé de lo que es capaz, así que si hacen lo que les pedimos, no pasará nada.



Cuando ya el alba despuntaba, los jóvenes de Fileas, que habían estado bebiendo sin parar y caído exhaustos a lo largo de la orilla del río, notaron al despertar que Alvardo y Balan no estaban con ellos, por lo que decidieron ir en su busca.

Después de mucho patear las calles de Triana, bajo la mirada extrañada de algunos tempraneros, los encontraron al fin, inconscientes en el suelo. A duras penas consiguieron acarrearlos hasta sus aposentos y una vez allí, Fileas, que los esperaba desde muy temprano, pidió explicaciones. Ninguno de los ajados mozos habló con claridad dejando a Fileas más irritado que aturdido.



No muy lejos, Danielle se había despertado para ver por última vez la aurora sevillana que tanto la había cautivado desde que llegó días atrás. Saliendo sigilosamente de la habitación para no despertar a su marido, subió a la azotea de aquella casa que los cobijaba gracias a Fileas, y se dispuso a contemplar el cielo por entre los edificios de una dormida Triana. Recordó melancólica su vida de lujos en París, esos amaneceres junto a Eugène, y la seguridad con la que disfrutaba como miembro de la corte francesa antes de que todo se complicara. Hasta entonces siempre se había sentido afortunada: su matrimonio con el hombre que amaba, su condición de noble e incluso esos poderes sobre los que ella tenía control absoluto y la habían acompañado desde la cuna, la hacían sentir la mujer más feliz de la tierra. Pero las circunstancias de ese entorno idílico cambiaron y se tuvo que amoldar a esa nueva situación, la huida, como única salida para evitar lo peor. Ahora se encontraban allí en Sevilla, lejos de su amada Francia, dispuestos a embarcar en una aventura por demás inquietante e incierta, y que, a pesar de todo, les daba alguna esperanza y tal vez una oportunidad para volver a empezar. Esta etapa que enfrentaban no podía, o no debía, ser peor que la que dejaban atrás.

Un cálido beso en la nuca la hizo volver a la realidad. Eugène la abrazó por detrás y juntos contemplaron el alba.

—Voy a echar de menos esta ciudad —dijo ella.

— ¿Quieres quedarte?

—No, no. Aquí tampoco estaríamos seguros, mon cheri. La idea de escaparnos a una isla paradisíaca me seduce aún más. ¿Quién iba a encontrarnos allí? Estaríamos a salvo, tú y yo juntos, sin ninguna intriga de palacio más. Sevilla es demasiado vistosa y posiblemente sea el objetivo de muchos que huyen. Y también de sus perseguidores.

—No más amaneceres en Triana.

—Estoy un poco asustada por todo esto, pero no me falta la ilusión. La vida nos va a sonreír ahora, ¿verdad?

—La vida me sonríe a mí desde que te vi por vez primera.

—Mon amour...

—Oui?

—Tengo que decirte algo...

—Qu’est que c’est?

—No quiero ser pesimista, pero a pesar de todo, esta aventura no deja de ser incierta y una vez en nuestro destino podríamos caer en manos de tribus indígenas o de fieras extrañas, o morir de otras mil formas...

— ¿Adónde quieres llegar?

—Mon cheri, si he de morir quiero que sepas que jamás te abandonaré aunque mi cuerpo ya no exista. Te seguiré allá donde vayas y te protegeré con mi presencia, hasta el momento en que volvamos a reunirnos.

—Oh, es eso. Mon amour, eres maravillosa, y te amo con locura, pero el peligro en realidad, está en tus palabras. Yo sé que harías eso por mí, pero por favor, no hablemos de esto. Sabes que esas creencias tuyas no son muy ortodoxas, aunque yo las respeto, pero tenemos a la Inquisición a la vuelta de la esquina y en la nave que embarquemos habrá mil oídos que nos podrían traicionar. Déjalo estar. Vamos a cambiarnos que nos espera una larga jornada.

—Je t’aime beaucoup —concluyó Danielle con un beso en los labios.



A pesar del día que se avecinaba, la casa donde se hospedaba Fileas con su sobrina y sus once ahijados permanecía en silencio a esas tempranas horas de la mañana. Todo el mundo estaba en pie, pero nadie hablaba. La noche antes, Fileas había advertido a los muchachos no causar problemas sopena de dejarles en tierra si no obedecían. Y ahora, a pocas horas de comenzar la esperada gran aventura, se encontraba con la inevitable responsabilidad de cumplir su promesa. Dos de sus mejores hombres estaban con sendas heridas en la cabeza, provocadas por delincuentes nocturnos que podían haber acabado con sus vidas, y el resto sufría una terrible jaqueca, debido a la noche de vino descontrolada. El viejo conde quiso saber qué había pasado, y alarmado por el estado en que se encontraban los interrogó, pero indignado al no obtener una explicación, o una disculpa, se retiró a sus aposentos, lo cual fue interpretado como una confirmación de su advertencia. Sus cuerpos ajados ahora sentían más dolor y un remordimiento angustioso por haber traicionado a su mecenas. Ninguno se atrevió a pedir clemencia y se retiraron para cavilar en silencio su necedad y las consecuencias de ésta.

Pero Sauna no tenía nada que perder, si, como otras veces intentaba hablar con su tío para convencerle y hacerle cambiar de idea, cosa que ella no consideraba la más fácil de las tareas. Llamó a la puerta de la habitación y al no recibir respuesta entró sigilosamente. Fileas estaba sentado, al lado de su cama, sosteniendo en la mano el pequeño frasco de cristal que le colgaba del cuello —del que acababa de tomarse un trago—, con los ojos mirando al vacío y el semblante serio, casi solemne. Sauna se acercó a él y lo besó en la frente, pero él no se inmutó. La joven se sentó a su lado, en la cama, y lo contempló por unos minutos. Aquel anciano de facciones serenas y mirada acuosa había sido todo en su vida, y el verlo así, pensativo, con el corazón roto, le producía cierta ternura. El hombre que la había salvado de una vida miserable y sin mañana, y que había luchado tanto para cumplir sus sueños con un ímpetu y una constancia casi sobrenaturales, ahora aparecía ante ella frágil, desarmado, representando más edad de la que tenía.

–—Me han decepcionado, querida Sauna. Esos pillastres me han decepcionado

—empezó a decir sin dejar de mirar al vacío—. Yo les he dado todo y ellos a cambio se emborrachan y casi arriesgan su vida.

Sauna titubeó unos segundos antes de contestar. No sabía cómo iba a reaccionar ante su inminente confesión.

—Tío... ha sido culpa mía —dijo—. Al menos lo de Alvardo y Balan.

Fileas miró ahora a Sauna sin cambiarle el rostro. Quería una explicación.

—Anoche, poco antes de que ellos se marcharan, tuve... tuve una pequeña discusión con Balan.

— ¿Con Balan? ¿Tú y Balan?

—Sí, bueno, Balan y yo...

— ¿Qué, sobrina? —Sauna sonrojó y Fileas comprendió enseguida. Una leve sonrisa cambió su expresión taciturna.

—Él quería formalizar nuestra relación, pediros mi mano, pero yo aún no estoy lista y no quería que os molestara. Tenéis tanto en que pensar ahora...

— ¿Quiere que te cases con él?

—Sí, tío.

—Bien, ¿y qué tiene todo esto que ver con la brecha en la cabeza? No tendrá Alvardo nada que ver…

—Oh, no, no. Como yo no le di una respuesta satisfactoria me dijo que me lo pensara y esa misma noche me esperaría en el puerto para hablar. Me aseguró que si no aparecía cogería una borrachera, a pesar de vuestra advertencia…

El semblante del conde volvió a cambiar. Una vez más el amor había superado a la obediencia.

—Necio rapaz.

Ignorando el comentario, Sauna continuó su charla. Le contó lo sucedido, desde el momento en que creyendo haberla visto fue a buscarla seguido de Alvardo, hasta su encuentro con aquella chusma que los hirió en la cabeza. Cuando llegaron todos a casa, ella misma se encargó de hacer las curas y escuchó paciente lo que les había pasado por boca de Balan.

—No ha sido culpa tuya, mi niña. Ellos no tenían que haber perseguido a aquellos delincuentes. ¿Qué pretendían? ¿Hacer justicia?

—Ellos os admiran, tío. Sólo querían impresionaros creyendo resolver alguna intriga.

—Su inexperiencia los delata. Y ahora tienen que pagar y quedarse en tierra.

Sauna sabía de la imparcialidad de su tío en cuanto al honor, la obediencia y todas las virtudes cristianas que había desarrollado durante su larga vida con celo de patriarca bíblico y fe de profeta, y que ahora pretendía impregnar en aquellos jóvenes que para él eran diamantes que había que bruñir y hacer brillar. Ella sabía que su tarea de intermediaria estaba en esos momentos en su punto más débil y decisivo, su intervención podría resultar en que todo siguiera como hasta ahora, con la decepción golpeando el corazón del anciano, pero manteniendo su firmeza, y la culpa machacando el de los jóvenes arrepentidos, que perderían quizás para siempre la oportunidad de conocer un mundo que su protector había dibujado en sus mentes con precisión de artista y en el que anhelaban estar; o bien, podría conseguir, con sus palabras de mujer, joven pero astuta, que su tío cediera y todos, incluido él, aliviarían una carga que ya estaba siendo demasiado pesada, ocasionada por un incidente quizás no tan trascendental como parecía.

—Yo sé que siempre cumplís vuestras promesas —dijo ella buscándole la mirada—, y también sé que no podéis faltar a vuestra palabra, pues a la larga os perderían el respeto, pero...

— ¿Pero? —preguntó él mirándola al fin a los ojos con asombro e intuyendo las intenciones de su sobrina.

—Ellos están muy arrepentidos, tío. Quieren hacer este viaje tanto como vos. Es lo que más quieren en la vida y están sufriendo porque saben que no cederéis nunca.

—Y es verdad —su mirada reflejó el deseo de saber donde su sobrina quería llegar.

—Me temo que yo también pagaré las consecuencias —Fileas la miró aún más sorprendido—. Me apena deciros que ya que Balan se ha buscado su castigo, yo me quedaré aquí a su lado y pagaré con él su negligencia.

—Si tú no vienes conmigo mi existencia estará vacía.

—Y yo lloraré cada día por no teneros cerca, pero tío, yo amo a Balan e iré con él donde quiera que vaya.

El viejo se quedó pensativo por unos segundos.

— Dices que está realmente arrepentido —inquirió finalmente.

—Hasta la hiel.

— ¿Y qué me dices de Alvardo? Tenía en él toda mi confianza, y ahora…

—Alvardo es la personificación de la obediencia. Lo suyo fue una debilidad pasajera.

— ¿Y los otros, los bebedores?

—Una noche de vino la tiene cualquiera.

Fileas sonrió y dijo con voz temblorosa:

—Cómo sabes ganarme, truhana.



Alrededor de las diez de aquella soleada mañana de julio, el Muelle de las Mulas estaba ya abarrotado de gente que iba y venía de una punta a otra. Algunos pescadores mostraban su fresca mercancía, atrayendo a mucha gente que se agolpaba con prisa alrededor para intentar ser el primero en llevarse la mejor pieza. Otros se acercaban a corta distancia para mirar y los más se paseaban admirando la escena completa: no sólo a los pescadores deshaciéndose del fruto de su trabajo de toda la madrugada a cambio de unos cuartos, sino también a los barcos que salían o llegaban, o a los que simplemente descansaban en una y otra orilla.

Muchos sabían que aquellas dos enormes naos portuguesas partirían en pocas horas y se paraban para ver pasar a aquel singular grupo de personas que iba llegando a las puertas de embarque para hacer cola. Algún que otro enterado comentaba que doscientas noventa y tres personas, sin incluir la tripulación de sesenta hombres, viajarían repartidas en las naos Simona y Atalaia, donde también llevaban un variado tropel de animales de granja y perros y aves de presa, además de toda clase de granos y otros alimentos, y agua, como para estar en alta mar por muchos días.

Las dos naves eran de reciente construcción e idénticas en forma. Antes de ser construidas, Fileas las había visto en su mente con gran claridad y detalle, y cuando se las describió al ingeniero nombrado para diseñarlas, éste dibujó su visión con tal exactitud que una vez terminadas aparecieron ante sus ojos como él las había imaginado, deleitándose tanto en ello que recompensó al ingeniero y a su equipo con desmesurada generosidad.

Con una longitud de veinticinco metros de proa a popa y cuatro mástiles cada una, las majestuosas Atalaia y Simona eran naves adelantadas a su época. Fileas, en su afán por darle trascendencia y rigor a su aventura, quiso superar a sus antecesores Díaz o Colón, que habían utilizado carabelas para emprender sus célebres expediciones, y mandó construir barcos de mayor envergadura, con espacio suficiente como para llevar a más de cien personas, decenas de animales y provisiones para varias semanas, y también con la suficiente soltura como para pilotar y resistir en alta mar. Era evidente que un barco ligero era mucho más fácil de controlar por las duras y turbulentas aguas de los océanos, pero no descartó la idea de que una nave grande sagazmente construida podía ser tan manejable como la más pequeña de las carabelas. Por eso buscó entre los mejores ingenieros de Sevilla, sabiendo que dicha idea sería secundada, y el resultado fue la envidia de cuanto marino, navegante o constructor de barcos estuviera aquellos días por la ciudad y viera lo que nunca antes en aquel puerto, cuyos habituales siempre se jactaban de haber sido visitados durante años por tanta ilustre celebridad.

Los que se habían informado de los pormenores de tal empresa no se equivocaban al ubicar el número de pasajeros de cada nave e incluso sabían que vacas, caballos, cerdos, gallinas y otros animales de granja ya habían sido embarcados muy de mañana. Lo que no acababan de entender era qué hacía la variopinta mezcla de personas de diferente clase social juntas haciendo cola. Aunque no se distinguía demasiada gente de la nobleza, las únicas excepciones siendo el propio conde Fileas, los duques de Lardin, la marquesa de Alhaurín y el conde de Matanzos, era curioso ver gente de campo o del pueblo llano esperando dentro de un orden al lado de otros cuya vestimenta dejaba claro que serían gente de alcurnia o abogados o médicos. Como ciudad de contrastes que era, Sevilla sabía distinguir sus clases sociales relegándolas a núcleos cerrados que convivían espalda con espalda, pero separados por el muro de la indiferencia. Si uno era gitano, o alfarero, su mundo era el de los gitanos, o el de los alfareros, en el entorno de su arrabal, a pocos pasos de la casa del señor médico, o del más acomodado de los letrados, pero a miles de kilómetros del entendimiento y la convivencia mutua. La gente se preguntaba qué dichosa aventura irían a correr, qué motivación tendrían estas personas entre los que había médicos, maestros, comerciantes, zapateros, sastres, granjeros, herreros, carpinteros, ingenieros y otros, que habían olvidado diferencias y ahora se mezclaban en sendas colas para partir y convivir durante semanas en medio del mar, y más tarde, si alcanzaban tierra, seguir juntos de por vida.

A pesar de que prácticamente se sabía todo sobre esta inusual aventura a punto de ser emprendida por españoles, portugueses y unos pocos franceses y de otras nacionalidades, pudientes o con la faldiquera vacía; lo que la muchedumbre curiosa ignoraba eran los verdaderos motivos de estas personas para formar parte de ella, fuera de prejuicios sociales y desigualdad económica. El deseo de Fileas de crear una sociedad igualitaria, hizo que la gran mayoría de los nobles, demasiado apegados a sus riquezas, rechazaran desde un primer instante formar parte de lo que más tarde llamaron “chifladura de un viejo majareta”. Aquellos pocos nobles y la gente de clase alta que decidieron escuchar al viejo hasta el final y más tarde aceptar su oferta, tenían sin lugar a dudas motivos más fuertes para acompañarle en su Utopía, que no rechazarla por apego a sus fortunas. De todos modos, Fileas no pretendía en absoluto que estos se deshicieran de su dinero, más bien les aconsejó, como él mismo haría, que podían usarlo para invertir o para comprar bienes o mercancías cada vez que los barcos, que volverían a Europa, regresaran una vez al año allá donde se ubicaran. Los pocos adinerados que captaron la visión del conde, estuvieron dispuestos a hacer lo que les aconsejaba y usar sus caudales además para el bienestar general, por el bien de una vida nueva, sin injusticias. Estaba claro que su deseo de huir de su reciente vida era más importante que incluso todo su capital.

Como un patriarca pendiente de todo su clan, Fileas también tuvo palabras para aquellos a los que la fortuna no sonreía. Les aseguró que ellos no serían inferiores a nadie, que podrían ganarse su propio sustento igual que los demás harían y que iba a evitar absolutamente la tiranía del más rico o la humillante esclavitud, que sólo sufren aquellos que no tienen nada. Estas ideas alentadoras de un mundo ideal que hasta ahora no existía, pero que no tardaría en surgir gracias al sueño de un anciano patriarca, fueron las que animaron a los menos pudientes, que se apuntaron a la aventura por mayoría.



Una multitud se fue agolpando alrededor de los barcos, no dejando apenas espacio para que los pasajeros que iban llegando tomaran su lugar en la cola. Cuando al fin se abrieron las compuertas, los capitanes saludaron con amabilidad a los recién llegados, que se iban acomodando, o se asomaban a la cubierta para saludar después de que sus nombres se comprobaran en una lista. Fileas —embarcado en el Atalaia, junto a su sobrina y a seis de sus ahijados, entre ellos Alvardo y Balan con sendas cabezas envueltas y doloridas— permanecía junto al capitán, mientras que los otros se asomaban para contemplar quizás por última vez aquel escenario único abarrotado de gente que iba y venía, que se paraba para mirar, que gritaba, cantaba, reía y reñía. Gente con una filosofía de la vida que jamás encontrarían en otro lugar. Sauna no pudo evitar dejar caer una lágrima al pensar que dejaba atrás una tierra hermosa, de gente apasionada y sencilla, y se preguntó qué le depararía el destino en las tierras extrañas a las que se dirigían. Por un instante pensó en plantarse ante su tío y ante Balan y decirles que se quedaba, que Sevilla le gustaba y que podía ser igualmente feliz allí, sin necesidad de buscar una Utopía a miles de kilómetros de distancia, pero se retrajo: sabía que lo que su anciano tío buscaba era lo mejor para ella y para cuantos lo siguieran; había puesto su vida en el proyecto y todo eso no podía ser una simple locura.

La llegada de los duques de Lardin al puerto la despertó de sus reflexiones. Danielle iba con la cabeza descubierta, cosa que llamó la atención de cuantos se la encontraban. Su cabellera blanca y larga, así como su piel pálida y la exquisitez de su ropa, eran motivo de tropiezos y miradas descaradas. Jamás habían visto mujer tan extraña y se preguntaban que iría a hacer esta señora, que iba acompañada de un hombre alto y apuesto, extranjero como ella, en aquella travesía.

Queriendo evitar de una vez las miradas profundas e incómodas de la gente curiosa, que se agolpaba ante ellos sin dejarles apenas sitio para andar, Danielle miró hacia arriba y su mirada dio con la de Sauna, que le sonrió compasiva. Un saludo de complicidad animó a la duquesa, que de la mano de su marido consiguió al fin llegar hasta la cola del Simona.

Sauna, que siempre se había mantenido al margen de los asuntos y negocios de su tío, se convirtió esta vez y desde el principio en la persona que más le apoyó en su cometido, siendo al mismo tiempo anfitriona y estando al servicio de sus invitados. Y fue así como llegó a entablar una cordial amistad con la duquesa de Lardin. Admiraba el halo de misterio que Danielle despertaba con su presencia y a la vez la sencillez con la que se conducía y trataba a los demás. Danielle por su parte sintió desde el principio una gran simpatía por la joven, que parecía la personificación femenina de su tío, con ese mismo ímpetu, esa fuerza de voluntad para realizar todo aquello en lo que creía.

Sauna desvió la vista de su nueva amiga para comprobar que a pocos metros de la pareja, tres personas, un hombre, una mujer y un mozuelo, intentaban abrirse paso con gran esfuerzo para llegar hasta la cola del Atalaia. Pensó que el hombre debía tener un oficio importante por su apariencia y la de la mujer, que iba ataviada con un vestido de finas gasas, poco apropiado para viajar. El muchacho, que iba en cabeza, se abría paso con codazos y empujones, por lo que Sauna, un poco aturdida, dudó si realmente venía con los otros, cuya apariencia y modos estaban más acordes con la ropa que vestían. Si es hijo suyo, no le han enseñado modales, pensó sin quitarles los ojos de encima. La mujer miró un instante hacia arriba y su mirada se cruzó con la de Sauna, pero la apartó rápidamente al verse observada. Era María con los suyos, que ataviados con la ropa de sus víctimas de la noche anterior, pretendían huir con una nueva identidad. Después de obligar a aquella familia a dar todos los datos personales posibles, amordazarlos a la cama, y robarles ropa y pertenencias, huyeron hasta el cortijo del primo Melchor donde planearon, o más bien planeó ella, por el resto de la madrugada lo que iba a ser su vida a partir de la siguiente mañana. Sus nombres ya no serían los mismos, María ahora se llamaba Maula, muy a su disgusto, pues pensó que era prácticamente un sacrilegio cambiar el nombre de la virgen por otro de tan dudosa procedencia. Sancho se tuvo que llamar Tasio; y Cristóbal, Dagern, un nombre que en su habla andaluza ni siquiera podía pronunciar. Pudieron conocer, siempre bajo extorsión y amenazas, que esa pobre gente, los Potiescu, era procedente de Albania; que habían vivido largos años en Austria, donde nació su hijo y al que llamaron, ellos pensaron, con nombre de la tierra; y que al final terminaron en Sevilla, donde ya llevaban diez años. Él era comerciante y de ahí su afán por viajar y conocer nuevos lugares. Ahora pretendían marcharse fuera de Europa, siguiendo el sueño de Fileas, pero sus ilusiones fueron truncadas por esta otra familia que no buscaba una vida mejor, sino huir de la justicia.

María, o Maula ya, había advertido hasta la saciedad a sus hombres que no podían comportarse como bestias, sino como personas de bien que buscan la felicidad. Obligó a su hijo a repetir decenas de veces que dijera me llamo Dagern, y por más que lo intentaba, su deje de Triana le impedía pronunciar ese nombre tan ridículo que ahora tenía que llevar toda su vida. En cuanto a su cojera, Maula ya tenía un plan de emergencia: en caso de que aquél que registrara a los albaneses cayera en la cuenta de que el joven no cojeaba y se le ocurriera indagar, ella le diría que al día siguiente de la charla con Fileas había sufrido un accidente y por eso cojeaba. Sin embargo, de momento podía respirar tranquila pues aquél joven estaba en el Simona y para cuando llegaran a tierra procurarían estar lo más alejados posible de su presencia. Sancho, o Tasio, no sabía más que de labranza y campo. Era también ducho con las manos, podía usar cualquier herramienta si se lo proponía, pero jamás había vendido nada. Lo suyo a partir de ese momento tendría que ser callar o fingir y nada más. En esto su mujer no le podía ayudar, pues ella tampoco había comerciado nunca. Así en esta situación comprometida y siempre empujados por Maula, dejaron la granja y Triana, el lugar donde habían nacido, crecido y aprendido a pillajear. Lo que les esperaba era una gran incertidumbre, no sabían si antes de partir iban a ser descubiertos o si en el mismo barco alguien los reconocería y los delataría. Sin embargo, huir era su única salida; quedarse en Sevilla era llamar a las puertas de la justicia con las manos atadas.



Los barcos ya estaban cargados y listos para zarpar. Los pasajeros saludaban desde cubierta a la gente de abajo, que miraba entretenida. Después de dar las órdenes, el Simona primero y más tarde el Atalaia, partieron lentamente con dirección a Sanlúcar de Barrameda. Atrás iba quedando la muchedumbre, que poco a poco se disipaba para volver a sus quehaceres de cada día. Quedaba atrás Triana con sus casas blancas y sus iglesias, y en la otra orilla seguía imperiosa e inmutable Sevilla, con la Torre del Oro como brillante guardián y al fondo, gigante, la Giralda. Y en una casa cualquiera una pobre pareja albanesa, todavía amordazada, lloraba con desconcierto y angustia intuyendo el destino de su hijo de quince años, que yacía junto a la chimenea con una herida mortal en la cabeza.





Capítulo Tercero

EN ALTA MAR



Lejos ya de Sevilla, los barcos se aproximaban ya a la desembocadura del Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, y pronto alcanzarían alta mar. Era agradable contemplar la belleza natural de aquella desembocadura: el brazo del río, flanqueado por las salvajes tierras que servían de coto de caza real a un lado y por el pueblo asomándose blanco y radiante al otro, abriéndose amplio y generoso hacía la mar. Las gaviotas volaban por doquier bañadas por el intenso sol de la tarde; pequeñas embarcaciones faenaban cerca de las orillas, y allá en el horizonte algún barco se perdía de la vista. Hacía calor en cubierta, pero la brisa marina lo sofocaba. Al menos se podía soportar mejor que en los camarotes, donde la escasa ventilación impedía casi respirar por el calor acumulado durante la mañana.

Danielle pudo comprobar que la marquesa de Alhaurín, aquella dama distinguida que fue primera en saludarla a ella y a Eugène antes del primer encuentro con el conde, viajaba también en el Simona con sus dos pequeñas. La práctica totalidad de los niños de la expedición viajaba en el Atalaia, por expreso deseo del viejo conde, que pretendía empezar desde ya con su educación pues ellos eran el futuro de su soñada sociedad y no debía demorar el inculcarles la visión de su particular Utopía. La única excepción fueron las dos niñas de la marquesa, que a pesar de la insistencia de Fileas, prefirió evitar precisamente y al menos de momento el contacto de aquellas con los demás niños. Hijas de una difunta criada, las niñas necesitaban un cuidado especial y la marquesa compadecida después de la muerte de la mujer, las recogió y cuidó como si fueran suyas. La mayor, de trece años, Herminia, o Tila, como prefería llamarse, sufría de enanismo. Tenía la cabeza totalmente desproporcionada del cuerpo, un ojo cerrado, la nariz picuda y los brazos más cortos de lo normal. Y la menor, de nueve años, Gertrudis, o Geusha, como su hermana la llamaba, aparentaba más edad, era obesa, mucho más alta que Tila, se movía torpemente y comía con ansiedad. La buena marquesa fue consciente desde el principio de la tremenda responsabilidad de cuidar a semejantes criaturas, pero estaba dispuesta a hacerlo pues ni ella, que era viuda, ni las niñas tenían a nadie más en la vida, por lo que desde el día en que las recogió se dedicó a ellas con el alma entera: empezó a darles una educación, a vestirlas como pequeñas damas y a tratarlas como a otras niñas. El único problema era la vecindad en su barrio de Sevilla, que no las aceptaba. Los niños se burlaban cruelmente de ellas, aunque éstas normalmente se defendían de la ocasional agresión acudiendo a su arma secreta: el tropezón de la burra





[1]; y los adultos las rechazaban temiendo que en cualquier momento manifestaran la violencia, que según ellos, guardaban debido a su condición extraña, poniendo en peligro la vida de los demás. Por eso cuando la marquesa oyó hablar de la propuesta de Fileas, no dudó en formar parte de la expedición y marcharse para siempre a un lugar donde no fueran molestadas. Ahí en el barco la gente no las importunaba, pero algunas miradas delataban la desaprobación que provocaban niñas de tan chocante apariencia física.

Bajo el sol demoledor de la tarde sanluqueña, la marquesa permanecía junto a sus pequeñas mirando por la borda e intentando evitar el desprecio de esas miradas mientras admiraba la belleza que se abría ante ella. Danielle, que se sentía también observada con extrañeza, se acercó al trío para buscar un poco de complicidad ante tanta aparente hostilidad. La marquesa sintió alivio al encontrar una cara amable y conocida.

— ¿Cómo se encuentran? —dijo la duquesa con marcado acento francés.

—Un poco acaloradas —dijo sonrojando y mirando a las niñas.

Danielle intentó presentarse a ambas, pero éstas permanecieron calladas.

—Son muy tímidas. Apenas hablan —dijo la marquesa—. Venga, decidle a esta dama como os llamáis; tenéis nombre, ¿verdad?

Danielle esperó paciente con una sonrisa y luego dijo:

—Yo soy la duquesa de Lardin, y soy francesa. Y el pelo blanco es... es un secreto.

La marquesa la miró curiosa y se sorprendió cuando Tila le lanzó la misma mirada y empezó a hablar con su voz ronca.

— ¿Sois bruja?

Su madre adoptiva, totalmente aturdida, no pudo reprimir darle un sopapo en la cabeza.

— ¿Cómo te atreves a hablarle así a esta señora?

Danielle hizo caso omiso de lo ocurrido y agachándose para estar a su altura les dijo a ella y a su hermana:

—No, no soy bruja. Ahí está mi secreto y os lo contaré si me prometéis una cosa.

— ¿Qué “coza”? —por fin preguntó Geusha con su habla ceceante y gutural.

—Que jamás diréis a nadie que soy una bruja. Sería una mentira y me podrían hacer mucho daño.

Las niñas asintieron prestando total atención y esperando oír ese secreto, pero su madre las increpó para que se apartaran un poco de ellas y así poder hablar a solas con la duquesa. Obedientes se retiraron algunos pasos de las mujeres, entretenidas con las gaviotas que las sobrevolaban.

—Disculpadlas, os lo ruego. Me está costando tanto el poder educarlas... —dijo la marquesa—. Y la hostilidad que pensé había dejado atrás en Sevilla, ahora me la encuentro aquí embarcada. Y eso complica las cosas.

—Creedme que comprendo cómo os sentís. La gente que nos mira con desprecio lo hace en su propia ignorancia.

—Pero, vuestra merced es hermosa, ¿qué puede haber de extraño en vos?

—Soy objeto de muchas miradas cuando voy con la cabeza descubierta. El color de mi pelo es motivo de curiosidad y sospecha. Hasta sus hijas han sentido lo mismo.

—Ya quisiera para mí esa larga cabellera blanca. Sin embargo, mis hijas...

—Vuestras hijas son preciosas y muy despiertas.

—Mis hijas no son preciosas, señora. Mis hijas... —las miró un momento y acercándose al oído de Danielle habló en voz baja— son un castigo divino, vos no conocéis la historia.

Danielle la miró sin perder la sonrisa y le dijo resuelta:

—Creedme buena señora. Vuestra merced y yo tenemos mucho que compartir. Dadme una oportunidad para ser vuestra amiga.

La marquesa observó el rostro sereno y dulce de Danielle y los ojos se le nublaron de lágrimas.

— ¿Sabéis que es la primera vez en mucho tiempo que las niñas han abierto la boca delante de un extraño? Cualquiera que sea vuestro secreto tendrá que ver con lo que habéis hecho con ellas. Sí, quiero ser vuestra amiga. Ahora contadme...

Danielle sonrió alegre ante el cambio repentino de la otra y le dijo:

—Y vos a mí me tenéis que contar cual es esa historia del castigo divino de estas criaturas.



El Atalaia, que iba en la retaguardia a varios nudos de distancia, estaba atestado de niños que corrían aquí y allá por cubierta, un total de noventa y cinco, como habían comprobado por las listas de pasajeros, y Fileas parecía irradiar felicidad al ver toda esa chiquillería ruidosa corretear a su alrededor. Haciéndose de unos pocos, los sentaba a su alrededor para empezar a contarles historias fantásticas de la antigua Grecia, de batallas ya pasadas, de increíble mitología, y captaba su atención de tal forma, que otros niños y no pocos adultos se unían al grupo. Sus dotes de orador y maestro, en armonía con su sabiduría de anciano patriarca, ensimismaban a pasajeros de todas las edades y desde un primer momento se ganó el respeto y la confianza de cuantos con él viajaban. Él era el anfitrión, el precursor, el adalid de la expedición, prestando atención al más mínimo detalle desde que engendró la idea y asegurándose de enseñar a aquellos que tenía más cerca, en especial a su sobrina y a los once muchachos, hasta el punto de que estos llegaron a estar tan metidos en el proyecto como él y a saber lo que querían y adonde querían llegar con la misma vehemencia. Su entrenamiento costó tiempo, pero ahora, a bordo de ambas naves, haciendo un sueño realidad, el viejo conde contemplaba orgulloso como sus súbditos lo representaban. Unos en el Simona, otros en el Atalaia, los jóvenes servían y atendían a los pasajeros como él mismo lo haría. Incluso echaban una mano en las tareas destinadas para la tripulación, aunque sólo fuera en esos menesteres, pues en tiempo de ocio era bien sabido que los marinos era gente ruda y dada a la bebida, y Fileas tenía muy claro que lo que quería para los suyos era integridad absoluta. Sabía que para formar el tipo de sociedad que tenía en mente, sus pioneros no podían estar sujetos a debilidades como a las que sucumbían los miembros de la tripulación, los cuales después de todo, volverían a España dejados a su propia voluntad. Una civilización fundada por gente dada al vino y a las pasiones más bajas estaba destinada a la destrucción total. Por eso, el anciano, siempre fiel a sus principios, se aseguró que entre sus pasajeros hubiera sólo gente de bien, de buenas intenciones, no sujetas a debilidades destructivas, libres del peso de la justicia. Mirando en ocasiones por encima de las cabezas de aquellos niños, observaba como esos jóvenes a los que él llamaba “sus hijos” servían a los demás con cortesía y con gracia. Estaba ocurriendo lo que tanto había visualizado en su mente y se sentía pletórico y feliz. Aunque su sobrina tuvo mucho que ver en que eso estuviera ocurriendo, sobre todo el verlos allí tan dispuestos y capaces, admitió para sí que le hubiese costado lágrimas amargas tomar la decisión de dejarles en tierra por haber cedido en una sola noche a lo que él tanto detestaba. Había invertido mucho tiempo en enseñarles, algunos se habían presentado ante él en estado salvaje, sin saber, además, leer ni escribir, aunque no era costumbre de la época ser diestro en tales cosas; y hubiese sido fatal para ellos quedarse atrás, dejar en nada lo aprendido y tirar por la borda un futuro que según él, prometía. Los cinco que acompañaban al conde en el Atalaia, Alvardo, Balan, Jacinto, Sereno y Matías, quisieron hacer olvidar a su amado protector el mal trago de esa misma mañana y se deshacían en atenciones procurando su aprobación en todo lo que hacían e intentando demostrar lo arrepentidos que estaban.

Sauna por su parte hacía también de perfecta anfitriona y procuraba resuelta el bienestar de los pasajeros. Envuelta en sus quehaceres simulaba estar enfadada con Balan, pues el hecho de estar herido no justificaba la tontería cometida. Y el joven procuraba hablarle, pero ella se mantenía esquiva.



—Quiero hablar contigo —le dijo una vez que la tuvo cerca.

— ¿Hablar? ¿Te deja hablar la herida?

—Perdóname, amada. Yo... yo sólo quería protegerte...

— ¿Protegerme? Pero, ¿cómo puedes pensar que yo estaría por ahí a esas horas? ¿Por quién me tomas?

—Yo pensé que habías ido a buscarme.

—Creo que fui muy clara, querido Balan. Lo nuestro ha de esperar.

—No —dijo poniéndose ante ella cuando ésta pretendía marcharse—. Voy a pedirle tu mano a mi señor. Y lo voy a hacer ahora.

—Sabes de más que tu “señor” está ocupado. ¿Piensas que va a dejar a esos niños para escucharte a ti? Suficiente es que haya faltado a su palabra para perdonarte, sabiendo que él es un hombre íntegro que siempre cumple sus promesas. ¿Tú crees que puede seguir humillándose de esa forma, dejando lo que con tanta ilusión hace para darte a ti la palabra? Tú, que lo has traicionado... Si realmente me quieres has de esperar.



Dándose media vuelta se fue dejándolo de media pieza, escondiendo tras su espalda una sonrisa enamorada.

Alvardo se acercó a Balan a los pocos instantes. Tenía el semblante como el sol que los tostaba arriba.

—Acabo de conocer a una dama, una mujer hermosa —Balan seguía absorto mirando alejarse a Sauna—. Se llama Clod y es francesa. Viene con sus padres. Gente maravillosa. Ven, quiero que la conozcas.

Balan no se movió cuando aquél le tiró del brazo.

—Balan, ¿qué te pasa? —exclamó Alvardo.

—Esa mujer es dura. Dura como las piedras que forman la Giralda.

—No hay que preocuparse. Ven, Clod tiene una hermana. Bueno, tiene once años, pero es casi tan hermosa como ella.



Maula y Tasio habían intentado mantenerse al margen desde que salieran de Sevilla y procuraban estar juntos y a la vez apartados de los demás, pero los ahijados de Fileas o incluso Sauna no dejaban de atenderles y los invitaban constantemente a unirse al resto de los pasajeros. Las visibles vendas en sendas cabezas de Alvardo y Balan habían despertado ciertas sospechas en Maula, pero no quería ni pensar que esos eran a los que habían atacado la noche anterior temiendo que estos al final los reconocieran. Sus temores crecían en cada mirada, en cada invitación a unirse a los demás, en cada pregunta dirigida a sus hombres. Ella sabría que responder, pero no estaba segura de que ellos lo hicieran. Por eso era mejor evitar cualquier contacto con las personas que los rodeaban.



Dagern por su parte observaba con entusiasmo a Fileas contar esas historias tremendas y también el ir y venir de los muchachos que le servían. Nunca antes había visto tal entusiasmo para cumplir el deber; nadie que él conociera se comportaba como aquellos jóvenes trabajadores y dispuestos a los que unía una inusual camaradería, y que hacían sus tareas con tal alegría y diligencia. Esas novedades le atraían y desde su interior quería ser como ellos. Más de una vez había intentado también acercarse al anciano conde y escuchar las historias que contaba sin parar, pero la mirada inquisidora de su madre le hacía retroceder y volvía a sus padres hasta el momento en que encontraba de nuevo a su madre distraída. Tenía hambre de afecto, y no lo podía encontrar. Dagern no había recibido nunca una palabra de aliento, ni siquiera una mirada de cariño. Se había criado salvaje allá en su barrio de Triana, pillajeando por aquellas calles, siempre intentando esquivar a la justicia o a algún sacerdote dispuesto a enmendar sus andanzas. Dado así a la delincuencia, bastaba la más mínima tentación para sucumbir a ella: un pequeño hurto en el mercado, una provocación a quien no fuera de su agrado, hacer un destrozo en casa ajena, insultar a una dama. La cojera provocada por aquella caída desde la azotea de su casa a los diez años, lo relegó, según su madre —que la podía haber evitado de atenderla a tiempo—, a la categoría de inútil. Sin embargo, debido a su espíritu indómito, el incidente no supuso para él más que un capítulo inoportuno de su vida, y acentuó si cabe su innata rebeldía, queriendo siempre escapar, desafiando su suerte y tomando como modelo a su propio padre: un hombre violento y constantemente al borde de la ley, dado al vino, pero no a las faenas. A esa temprana edad, el antiguo Cristóbal había decidido que quería ser como él, y desde entonces le acompañaba en sus fechorías, aprendiendo de buen maestro a ser un perseguido de por vida. Sin embargo, el ambiente de aquel barco era distinto a las sugestivas calles de Triana y algo en su interior le estaba llamando a hacer algo diferente de lo que ya estaba acostumbrado a hacer cada día; no obstante, la gran piedra de tropiezo para dar ese paso ahora era su propia madre, a todas luces su hacedora, la cual pretendía no sólo el aislamiento, sino seguir recordándole su inutilidad y además el crimen cometido, responsabilidad de la que no podía escapar y con la que tendría que vivir el resto de su vida. Según Maula, ellos podrían huir de la justicia y burlarse de ella, pero jamás podrían evitar librarse del angustioso peso de su conciencia. A veces ésta dudaba si realmente su marido la tenía, era una bestia que actuaba por instintos, y por más que intentaba mirar más allá de sus ojos no podía ver el más mínimo atisbo de remordimiento por el asesinato de su tío. Dagern en cambio no era así. A su edad buscaba modelos y terminó siguiendo al que tenía más cerca, pero Maula sabía que, a pesar de eso, tarde o temprano se sentiría perdido y asustado, confundido por los remordimientos, víctima de su propia vulnerabilidad.



Los días pasaban indistintos y tranquilos, y los barcos cada vez se alejaban más de la península. Habían dejado ya atrás las Islas Afortunadas, donde descansaron por un tiempo, para más tarde embarcar de nuevo y tomar rumbo hacia el sur del continente africano. Fileas había contratado navegantes de gran experiencia que previamente habían formado parte de la Escuela Náutica de Sagres, fundada en 1416 por Enrique el Navegante, y que lo habían acompañado en su primera incursión a la isla, y les había informado con todo detalle donde quería llegar. Su intención era bordear el continente evitando las costas, donde sus propios compatriotas los portugueses guardaban aún con gran celo sus territorios, defendiéndolos de los barcos intrusos mediante el saqueo, la confiscación, o alguna otra felonía, a pesar de que las naves del conde, en las que ondeaban banderas de Portugal, tenían el beneplácito real; pero entre los pasajeros había españoles, lo cual hacía de ésta una expedición en cierta forma vulnerable a las intenciones portuguesas. Una vez en el Cabo de Buena Esperanza tomarían rumbo hacia el sur del Océano Indico, donde encontrarían la isla que sería su nuevo hogar. El viaje, sin embargo, era largo y penoso, pero a pesar de su edad, Fileas, el viejo conde soñador, irradiaba un entusiasmo que contagiaba al más desfallecido de los pasajeros. Su visión, que él no se cansaba de expresar, fue prácticamente asimilada por todos, y muchos ya empezaban a soñar con el día en que llegarían a su destino. Incluso los pasajeros del Simona, que no disfrutaban de su presencia, podían aún sentir su influencia reflejada en el resto de sus ahijados, que habían embarcado separados de sus compañeros con la importante misión de representarlo ante ellos, y pronto se unieron a la dinámica de la expedición ofreciéndose animosos a emprender cualquier tarea.



El contrapunto a este contagioso entusiasmo fue la propia marinería, que desde que se alejaron de las Afortunadas empezó a andar revuelta. Los capitanes de ambas naves ya habían tenido que infligir las penas propias por borrachera, juegos, robo, broncas y otros altercados, pero hasta entonces ninguno había tenido que ejecutar la pena máxima, que era la horca, la cual sólo se llevaba a cabo por cometer asesinato o levantar un botín. El conde, aunque cabeza de aquella expedición, respetaba las decisiones de ambos capitanes con respecto a su tripulación, y tan sólo les había pedido, en nombre de los pasajeros, que llevaran a cabo su deber de poner orden a espaldas de estos. Y fue en el Simona donde la fuerza demoledora del látigo o el apaleamiento en línea —en el que los mismos marineros escarmentaban a sus compañeros a golpe de palos—, se dieron con más intensidad, siempre a escondidas de los pasajeros. Esos hombres duros de la mar, acostumbrados a trabajos arduos, a comida escasa y a una vida de sacrificios que no veía fin, estaban completamente dedicados a sus tareas durante el día, y al ocio de noche. Sólo que el ocio estaba restringido, las normas eran estrictas y las consecuencias por infringirlas eran nefastas e inevitables. A pesar de eso, cuando ya todos dormían, algunos atrevidos intentando no ser vistos por los oficiales de guardia y ocultándose en algún rincón, sacaban sus naipes y jugaban contra todo riesgo.



Los pasajeros también tenían sus restricciones y una de ellas era la de no subir a cubierta durante la noche después de retirarse a sus camarotes. Todos obedecían esa norma excepto una persona: la duquesa francesa de pelo blanco, Danielle de Lardin. Desde hacía varias noches, a altas horas de la madrugada, parecía no encontrarse bien —sus náuseas a esas alturas del viaje eran ya incomprensibles— y subía con gran sigilo a cubierta para sentir el aire gélido, pero puro y limpio, de la mañana aún oscura sobre su piel, el cual la aliviaba y despejaba, dándole vigor y nuevas fuerzas, cosa que le estaba vetada allá abajo en el camarote compartido con decenas de mujeres. Siempre se ocultaba de la vista de la guardia, sabía que de ser descubierta no sería castigada como la marinería, pero tendría que soportar la vergüenza causada por las represalias del capitán, que en caso de desobediencia no consideraría su privilegiada posición aristocrática. Durante las últimas noches, en cambio, en parte al miedo que inevitablemente sentía en aquella fría oscuridad, en parte a la amenaza de una humillante represalia, procuraba pasar el mínimo tiempo posible y cuando se sentía algo aliviada volvía rauda a la protección de sus sábanas. Hasta que una de esas madrugadas no logró abrir siquiera la trampilla de salida y notar la brisa marina, que parecía esperarla acostumbrada ya a soplar su blanca cabellera. Sintiendo las dichosas nauseas, se despertó sobresaltada, y al cabo escuchó susurros que provenían del final del pasillo. Quieta a la entrada de su camarote, vio unas sombras que se perdían bajando a través de la trampilla. Cuando ya éstas habían desaparecido, caminó lenta y sigilosamente intentando llegar hasta la trampilla cerrada. Cuando la abrió se asomó y el olor nauseabundo de los animales que descansaban en la planta del medio, le golpeó la cara. No pudo ver nada, aunque oyó, eso sí, el bufido de algún animal, desvelado como ella. Asomando más la cabeza, a pesar del hedor, vio al fin un resplandor que provenía de la planta más baja —la reservada como almacén de comida, equipaje y armas—, y se atrevió a bajar la escalerilla procurando no alertar a las bestias. Al llegar a la siguiente trampilla, la abrió levemente y paseó la vista hasta donde le alcanzaba, pero sólo notó el ligero resplandor de un candil. Al fin oyó voces, las cuales parecían provenir de un pequeño grupo de hombres ocultos entre montones de valijas. Danielle se tapó la boca procurando ocultar su respiración, a momentos más profunda y sonora, e intentó concentrarse en lo que decían. Por su manera de hablar no dudó que eran marinos, y parecían estar jugando a las cartas. Entre comentarios y risas —que intentaban no alzar demasiado—, e inhibidos por el alcohol que estarían consumiendo, a juzgar por el fuerte olor a ron que subía hacia arriba, parecían estar burlándose del capitán y de los oficiales y, no sin dificultades para entender su portugués, creía oír como ponían en duda toda aquella expedición organizada por el viejo aristócrata. Sintió escalofríos al pensar que todo aquello podía ser el principio de un botín y quiso marcharse para contar lo que estaba oyendo, pero se contuvo al comprobar que aquellos marinos guardaron silencio casi de inmediato. Ya nadie hablaba. Toda la concentración debía estar en el juego, o al menos eso esperaba ella, temiendo que aquel silencio fuera porque la habían descubierto y esperaban el momento oportuno para salir y sorprenderla. El miedo la paralizó cuando inesperadamente uno de ellos dio un grito sordo y empezó a acusar a otro de estar haciendo trampa. Danielle no podía ver nada, pero oyó golpes y supuso que los pocos que hubiera la estaban ensañando a porrazos con el tramposo. Ahora ya no procuraban el silencio: a viva voz, los agresores gritaban injurias y el agredido pedía clemencia. Ella quería huir, el ruido pronto alertaría a los animales e inmediatamente después a los que descansaban en la planta de arriba, y todos, incluida ella misma, serían descubiertos, por lo que cerró la trampilla y en vez de subir, esperó oculta tras la verja que guardaba a las vacas. De repente oyó un gruñido de dolor y al instante tres marinos salieron de su escondrijo y huyeron despavoridos subiendo por la escalerilla. Protegiéndose como pudo, Danielle esperó a que pasaran de largo y al fin subió. Algunos alarmados pasajeros, sorprendidos al ver a aquellos endiablados hombres de mar desaparecer en su camarote, quedaron aún más atónitos al ver aparecer a la duquesa, en evidente estado de nervios y completamente manchada de boñigas.



El capitán del Simona, con aire solemne y compungido, se paseaba despacio por delante de la tripulación que permanecía en formación con la mirada al frente y esperando lo peor. Hasta ese momento jamás había tenido que infligir la pena máxima después de una fechoría en su barco, pero aquella mañana, y muy a pesar suyo, se vio obligado a cumplir con las leyes del mar y ajusticiar a los tres asesinos que horas atrás la habían emprendido con el desventurado tramposo. Después de un discurso breve y severo, ordenó ahorcar a los tres marinos en presencia de la duquesa, que acompañada de su marido ya había recibido una buena reprimenda por desobediencia y por poner su vida en peligro. Ahora, contemplando el dantesco espectáculo de la agonía de aquellos desgraciados que se tambaleaban desesperados por el cuello, sufrió un mareo. Con un ademán el capitán dio permiso a Eugène para que la retirara de allí suponiendo que ya habría aprendido la lección. El sol a aquella temprana hora se asomaba ya en el horizonte augurando otro largo día de calor y Danielle, ya de espaldas a la ejecución, parecía recuperarse buscándolo con los ojos cerrados, mientras Eugène, preocupado y a la vez sintiendo cierta indignación, permanecía expectante a su lado.



—Aún no entiendo porque lo hiciste... —le increpó.

— “Mon amour”, ahora no es el momento...

—Podían haberte matado. No era necesario correr ese riesgo.

—Me desperté sobresaltada y con nauseas, y entonces escuché un ruido. Quería ver qué pasaba. Eso es todo.

—Y al parecer no es la primera vez que te levantas a furtivas. ¿Qué te está pasando? Ya no eres la misma desde que partimos.

Danielle miró con una sonrisa dulce a su marido, pero éste no quería sentir compasión, ni perdonarla, tal era su enojo.

—Creo que lo que me está pasando es algo maravilloso.

Eugène la miró incrédulo.

— ¡Oh, no! ¡No otra de tus manías! —exclamó mirando alrededor para asegurarse de que nadie les había oído.

—Estoy embarazada.

La cara del duque cambió por completo. Mirándola con ojos desorbitados y negando con la cabeza la abrazó con tal fuerza que Danielle forcejeó entre risas para librarse de él.



— ¡Un hijo! ¡Vamos a tener un hijo! —gritó entusiasmado.

El solemne y trágico acto que daba conclusión a sus espaldas se convirtió en algo ajeno a ellos. Eugène olvidó por completo su enfado y levantó a su esposa por los aires lleno de euforia, siendo objeto de las miradas extrañadas de la tripulación del barco, que se preguntaba si tal comportamiento, en momentos tan rigurosos como aquellos, no sería algo natural entre los extravagantes nobles del país galo.





SEGUNDA PARTE — DANIELLE



Capítulo Cuarto

LA ISLA ENTRE BRUMAS



El tiempo pasaba despacio en aquel mar interminable. Ya hacía dos meses que habían salido de Sevilla y aunque obviamente era lo contrario, su destino parecía cada vez más lejos. Algunos empezaban a impacientarse anhelando pisar tierra firme y se aventuraron a sugerir acercarse a las costas africanas para descansar, pero la idea fue pronto descartada rotundamente tanto por los oficiales como por Fileas, que sabían de los peligros de aquellas costas. Años atrás algunos desafortunados apenas pudieron contar su experiencia al acercarse al Golfo de Guinea, donde fueron víctimas de las “calmas ecuatoriales”: calor húmedo y sofocante, lluvias repentinas y torrenciales, y una falta de viento que hacía mover las naves con desesperante lentitud. Ambos capitanes se vieron en la obligación de explicar esto a los pasajeros, que una vez informados quedaron convencidos del riesgo. Sin embargo, no se les habló sobre lo que les podía estar aguardando más adelante, pasando ya el legendario Cabo de Buena Esperanza. Por aquella zona sur del Océano Atlántico el mar se volvía turbulento y agitado. Continuas tormentas hacían pensar a los más devotos marinos que por esos mares el Todopoderoso había perdido su dominio. Y los más intrépidos intentaban cruzar luchando contra los terribles vientos, la lluvia sin control, los ensordecedores truenos, y el mar que parecía querer tragárselos, en una batalla sin tregua de la que no muchos salían airosos. Y Fileas sabía esto. Sabía que toparse con una tormenta no era un hecho fortuito, pero él confiaba en la experiencia de los navegantes que contrató, confiaba en sus naves, nuevas y fuertes; y sobre todo confiaba en el éxito de su empresa, en la feliz conclusión de su sueño. Su fe inquebrantable le empujó a callar unos hechos que quizás nunca ocurrirían. No quería alarmar a sus seguidores con la posibilidad de una supuesta tormenta, ni debía ensombrecer las esperanzas de estas personas que ilusionadas ya habían captado su visión. Su destino estaba cerca y nada ni nadie podía ponerse en su camino.



Una tarde de septiembre, estando ya al sur del continente africano, la fe de Fileas fue puesta a prueba. Los navegantes del Atalaia habían vaticinado una tormenta a pocas millas de distancia y todos coincidieron en que caería sobre ellos sin remisión. Con la parsimonia de un anciano a vuelta ya de todo, hizo dar a conocer las nuevas al otro barco y ordenó a los pasajeros a recluirse en sus aposentos, para dejar a la tripulación luchar contra el inminente infierno. A medida que se acercaban, los vientos empezaron a soplar con más fuerza, haciendo crujir la resistente madera de las naves, y tambalearse los mástiles, que hasta ahora habían aguantado orgullosos otros aires. La gente, asustada por el tremendo ruido de los relámpagos y del agua golpeando con furia el casco, permanecía inmóvil, rezando o llorando, siempre en silencio.



Ambos barcos, que hasta entonces habían mantenido siempre cierta separación, corrían el riesgo de colisionar a capricho de las olas, pero el temporal, envuelto en una tenebrosa oscuridad, acabó separándolos más aún, perdiéndose mutuamente de vista. Unidos por un objetivo común y dirigiéndose en la distancia a un mismo destino, ahora los miembros de aquella expedición tenían que luchar a solas, cada uno en su embarcación, contra un enemigo que no estaba dispuesto a dejarles salir victoriosos.



En el Atalaia, Fileas quería demostrar fuerza y entereza, y en su papel de perfecto anfitrión, procuraba levantar los ánimos, hacer olvidar en vano lo que estaba pasando a su alrededor; pero cuando se retiró a su camarote por consejo de su sobrina y de sus ahijados, dejó escapar un gemido de impotencia y desesperación, y con manos temblorosas agarró su frasco de cristal y tomó un trago del líquido anaranjado que en él había.



Balan, Alvardo y los otros tomaron su puesto y procuraban distraer a los asustados pasajeros con su incansable vitalidad. Sauna también se unió a ellos, pero sobre todo a Balan: tenía miedo, que intentaba no exteriorizar, y aun a pesar de su pertinaz enfado, buscaba su protección, que él le brindó gustoso.



—Dame la mano —le dijo la joven en cierto momento, desconcertándolo, y él se la ofreció cuando hubo reaccionado—. Prométeme que vamos a salir de aquí vivos.

—Dalo por hecho. Además, tú y yo nos casamos en cuanto desembarquemos.

—Ya estoy soñando con ello.

Esa escena romántica llenó de celos a Alvardo, que estando cerca, había estado oyendo. No hacía mucho había conocido a, según él, la mujer más bella del mundo, pero todavía era pronto para pedirla en matrimonio. Clod —una muchacha francesa, risueña y pizpireta que acompañaba a sus padres y hermana en la expedición— había sentido cierta atracción hacia aquel joven responsable, siempre atento a su señor, siempre dispuesto a cumplir su deber y sobre todo siempre haciéndole pasar momentos gratos. Y esa noche, la tormenta los tenía distanciados: ella al lado de su familia, él de un lado a otro; pero de rato en rato, con esas miradas mutuas, a pesar del trance que estaban viviendo, se lo decían todo.



En el Simona los seis ahijados del conde, Eugène, y otros hombres permanecieron en cubierta como refuerzo de la tripulación. Uno de los jóvenes, Darío, corría de un lado a otro intentando echar una mano a los infatigables marinos, pero una gigantesca ola, que embistió amenazante la cubierta, le hizo rodar con violencia golpeándose con todo a su paso, hasta que, sin poder evitarlo, cayó inconsciente al mar enfurecido. Eugène, que había intentado llegar hasta él para ayudarle, lo vio caer por la borda cual muñeco de trapo, y sin dudarlo se lanzó tras él. Nadó con desesperación, luchando contra las olas que parecían querer tragárselo; se sumergía y volvía a salir, hasta que al fin después de varios intentos, dio con el