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(Fernando De Rojas 04) El manuscrito del aire

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1

Nació Vacuna

Year:
2020
Language:
spanish
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2

Rufo Y Trufo Cambian De Casa

Year:
1990
Language:
spanish
File:
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LUIS GARCÍA JAMBRINA





El manuscrito de aire





Fernando de Rojas Nº4





Espasa libros





Sinopsis





El 6 de enero de 1515, una pequeña aldea de indios taínos muy próxima a la ciudad de Santo Domingo, en la isla La Española (Haití, para los nativos), es arrasada por el fuego. Conmovidos por la tragedia, varios frailes dominicos se dirigen a España para rogar al rey que envíe a alguien a la isla para descubrir a los culpables y hacer justicia.

El encargado de la investigación será Fernando de Rojas, hombre resuelto y de confianza, autor de la célebre Celestina, que acepta el encargo pese a las enormes dificultades que entraña. Una vez allí, Rojas conocerá de primera mano la situación en la que se encuentran los indios, cuya población ha sido diezmada desde la llegada de los españoles, que los utilizan como esclavos para extraer oro. De hecho, entre los posibles motivos de la masacre están precisamente el castigo y la venganza por haberse rebelado.





©2019, García Jambrina, Luis

©2019, Espasa libros

ISBN: 9788467056983

Generado con: QualityEbook v0.87





Fernando de Rojas - 4





Para mi madre

y para mi hija,





Veo que nuestros isleños de La Española son más felices que aquellos [que conoció Eneas], siempre que reciban la doctrina cristiana, ya que pasan su existencia desnudos, libres de pesas y medidas y del mortífero dinero, viviendo en la Edad de Oro, sin leyes, ni jueces calumniosos, sin libros, contentos con su estado natural, sin preocuparse en absoluto por el futuro...



PEDRO MÁRTIR DE ANGLERÍA,

Décadas del Nuevo Mundo, 1516





Podemos, pues, llamarlos bárbaros

según los preceptos que dicta la razón,

pero no si los comparamos con nosotros,

que los superamos en toda clase de barbarie.



MICHEL DE MONTAIGNE,

«Sobre los caníbales», Ensayos, 1580





La fuerza de uno es solo un accidente

que se deriva de la debilidad de los otros.



JOSEPH CONRAD,

El corazón de las tinieblas, 1899





PRÓLOGO





(Isla de La Española, 6 de enero de 1515)




Cuanto más hermosa y fé; rtil es una tierra, más llena está de peligros y asechanzas. La isla de La Española o Hispaniola, llamada Haití y Quisqueya por los nativos, era de una abundancia y belleza sobrecogedoras. «La más hermosa cosa del mundo», según dejó escrito Cristóbal Colón en uno de sus diarios de a bordo. Tanto era así que, cuando el almirante puso el pie en ella, en su primer viaje a las Indias Occidentales, creyó hallarse ante el Paraíso Terrenal, con su tentadora manzana en forma de pepitas de oro, y más tarde, cuando descubrieron las minas del Cibao, ante las del propio rey Salomón. Los taínos, por su parte, pensaron que los españoles venían del cielo, por haber arribado en grandes barcos que los indios veían como enormes pájaros o torres flotantes, pero pronto se dieron cuenta de que, por lo general, eran hombres codiciosos y crueles, mucho más aun que los caribes, sus tradicionales enemigos, que eran bravos, flecheros y comían carne humana.

Habían pasado poco más de dos décadas desde la llegada de los primeros españoles y la población taína había disminuido de forma muy notable. Los pocos indios que aún quedaban habían sido repartidos, una vez más, entre los encomenderos y las autoridades y oficiales reales de la isla: factores, contadores, veedores, alcaldes mayores, alcaides de fortalezas..., que solían utilizarlos para extraer el oro de las minas o de las cuencas de los ríos, trabajar en las haciendas y granjerías o realizar tareas domésticas.

Algunos de ellos habían logrado escapar, aprovechando la confusión causada por el cambio de encomenderos, que los obligaba a desplazarse a otros lugares, y se habían refugiado en el monte gracias a la ayuda de los frailes dominicos, que desde su asentamiento en La Española se habían convertido en los únicos defensores de los naturales de la isla. Uno de los grupos huidos se había establecido por el momento en una pequeña aldea o yucayeque, llamada Aabayagua, no muy lejos de la ciudad de Santo Domingo, en un lugar alto y apartado, en medio de un claro del bosque. Esta había sido abandonada por sus antiguos pobladores después de la llegada de los españoles. Las chozas o bohíos estaban hechos de madera y cañas atadas con bejuco, con hojas secas de palma, varas y paja bien entretejida en la cubierta. Tenían forma redonda, con el techo cónico y un respiradero para que saliera el humo, y estaban dispuestos en círculo uno al lado del otro, pues no había apenas espacio, en torno a una plaza ceremonial, llamada batey, rodeada de piedras, algunas de ellas bastante altas, que en su disposición reflejaban el orden celeste. En la aldea había dos entradas, una por el este y otra por el oeste, y, en los alrededores, podían verse conucos o pequeños sembrados para cultivar la yuca y otros productos.

Entre sus habitantes se encontraba también el dominico fray José de Cuenca, que se había impuesto como misión no solo convertirlos a la fe cristiana, sino también protegerlos de los españoles que los tenían sometidos. Había sido él el que, con gran arrojo y tesón, los había conducido a ese lugar, tras enterarse de que se habían fugado de las minas en las que antes llevaban a cabo trabajos forzosos.

Corría el 6 de enero de 1515 de la era cristiana, día de la Epifanía o manifestación de Jesús como hijo de Dios, que era la fecha elegida por el dominico para bautizarlos, pues le parecía una celebración muy apropiada para tal circunstancia, y, con este fin, los había reunido a todos por la mañana en el centro del poblado.

Desde su improvisado altar hecho de troncos, el fraile los contempló muy emocionado, empezando por el cacique, que era como llamaban al jefe de una aldea y de cada uno de los cacicazgos y regiones en los que se dividía la isla. La mayoría de los taínos allí presentes eran de estatura algo menor que la de los españoles, esbeltos, hermosos y de miembros bien proporcionados; bastante ágiles y con los sentidos bien desarrollados. Tenían la piel de color cobrizo o trigueño, si bien era más blanca que la de algunos pueblos vecinos; muchos se la pintaban, eso sí, de color rojizo con una sustancia extraída de una planta llamada bija, que servía, además, para ahuyentar a los mosquitos, o se hacían dibujos en blanco o en negro. Los cabellos eran oscuros, lacios y, en los hombres, más bien cortos, por encima de las cejas y de los hombros, salvo unos pocos por detrás, y los llevaban bien peinados; los cuerpos y la cara eran lampiños, pues los pocos pelos que les nacían se los arrancaban; las doncellas llevaban el cabello tendido por los hombros y sujeto en la frente con una cinta. Sus caras eran, por lo general, anchas, con la frente baja y algo deprimida y, en algunos casos, muy inclinada hacia atrás por una deformación del cráneo que ellos mismos provocaban a los recién nacidos; los ojos algo rasgados y oscuros y con el blanco muy turbio; los pómulos altos y salientes; la nariz ancha y un poco aplastada, con el tabique alto y los orificios muy abiertos; la boca grande, los dientes menudos y fuertes y los labios carnosos.

Cuando llegaron los españoles a la isla, los taínos iban desnudos, como su madre los trajo al mundo, salvo las mujeres casadas, que cubrían sus vergüenzas con unas faldillas o lienzos de algodón, como de un palmo y amarradas a la cintura, llamadas naguas. Pero ahora los hombres y las doncellas se tapaban también con unas pampanillas de lienzo prendido a la cintura por un hilo, y algunos usaban camisa o una especie de manta de algodón. Muchos de ellos llevaban aretes, collares o sartas de cuentas llamadas cibas, amuletos y orejeras, de barro, de concha o de hueso, así como plumas, cinturones, pectorales, diademas, carátulas o guaizas y unas ligaduras o ceñidores de algodón en brazos y piernas, entre el tobillo y la pantorrilla, adornadas con cuentas de concha y piedras coloreadas.

Según el fraile bien sabía, eran gente por naturaleza pacífica, bondadosa y alegre, pero capaces de defenderse y rebelarse contra los que los maltrataban, llegado el caso y si no les quedaba más remedio, sin llegar casi nunca a la extrema crueldad. Tras dar gracias al Señor por los dones recibidos, se dispuso a predicarles con gran fervor la buena nueva en su propia lengua, que el hombre había aprendido con harto trabajo y mucha paciencia, pues era muy diferente de la castellana y la latina, y, para colmo, no era la única que se hablaba en la isla, aunque el taíno solía ser la lengua franca.

—Debéis saber que Cristo vino a la Tierra para redimir a todos los hombres, también a vosotros —añadió, señalándolos con la mano—, ya que todos somos hijos de unos mismos padres, que no fueron otros que Adán y Eva, y criaturas del mismo Dios, por lo que estamos hechos de idéntico barro.

Los indios lo escuchaban con atención, sin borrar nunca la sonrisa de la cara, como era habitual en ellos; incluso parecía como si algunos asintieran a lo que les decía fray José, tal era su buena disposición y cortesía natural. Asimismo se mostraban sorprendidos por que alguien venido de fuera conociera su lengua y los tratara con tanto respeto y amabilidad, aunque no acabaran de entender muy bien qué era lo que les explicaba con tanto entusiasmo ni qué pretendía de ellos ese hombre de barba y pelo casi blancos y vestido de esa forma tan extraña e inapropiada.

—Pero para ello —prosiguió el fraile tras una breve pausa— tenéis que bautizaros.

Ese concepto, naturalmente, no existía en la lengua taína, por lo que el dominico tuvo que valerse para expresarlo de algunos gestos que causaron la risa de sus feligreses y acabaron provocándosela a él. Después de hablarles como pudo del pecado original y de la gracia del bautismo, tan ajenos a sus creencias, el dominico enumeró, de forma sucinta, algunos dogmas de la Iglesia, los mandamientos de la Ley de Dios y sus futuras obligaciones para con Él, que eran muchas, tal vez demasiadas, a juzgar por el estupor con el que las escuchaban.

Hacia el mediodía, el fraile dio por concluida su tarea evangelizadora y procedió a bautizarlos, no sin antes explicarles con esmero qué era lo que tenían que decir en cada momento.

—Credis in Deum Patrem Omnipotentem Creatorem caeli et terrae? —les preguntó a continuación.

—Credo —respondieron los catecúmenos, debidamente aleccionados.

Aunque no entendían nada, los taínos participaban alegres y divertidos en la ceremonia, como si para ellos fuera tan solo un juego, sin ser conscientes de la enorme importancia que esta tenía para el oficiante.

—Credis in Iesum Christum Filium eius unicum, Dominum nostrum, natum et passum? —insistió el dominico con voz grave.

—Credo —afirmaron ellos, cada vez más enardecidos.

—Credis in Spiritum Sanctum, sanctam Ecclesiam Catholicam, sanctorum communionem, carnis ressurrectionem et vitam aeternam?

—Credo —repitieron los congregados.

Y, por último, les hizo la pregunta decisiva:

—Vis baptizari?

—Volo —contestaron a viva voz los presentes—. Volo, volo —repitieron con júbilo, mirándose unos a otros.

Después tuvieron que agachar la cabeza para que el fraile tomara con una concha el agua bautismal que había puesto en una vasija de barro y la derramara tres veces sobre la nuca de cada neófito, haciendo la señal de la cruz, al tiempo que pronunciaba con gran solemnidad las palabras sacramentales:

—Ego te baptizo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

El dominico, animado por la alegría de sus feligreses, volvió a dar gracias al Señor por los regalos recibidos y por los que ellos iban a obtener, ahora que estaban en gracia de Dios. Después les administró la comunión, usando como hostia el casabe, un pan en forma de torta hecho de harina de yuca con el que se alimentaban los taínos, si bien los frailes se servían de uno especial, destinado habitualmente a los caciques y llamado xauxau, que era blanco y fino como una oblea.

Una vez terminada la ceremonia, dio comienzo la fiesta o celebración, pues no cabía ninguna duda de que, para ellos, también se trataba de un feliz acontecimiento, significara lo que significase todo aquello, y el ingreso a una nueva vida. Primero, tuvo lugar el juego de pelota en medio del batey. La pelota o batú era liviana y lustrosa y estaba hecha con resina de un árbol llamado copey mezclada con algodón, majagua y cabuya, y el juego consistía en pasársela unos a otros y enviarla al campo contrario sin dejar que tocara el suelo. En él competían dos bandos compuestos por diez o más jugadores cada uno, entre hombres y mujeres, ataviados con cinturón, hombreras y coderas. Estos podían golpear con cualquier parte del cuerpo menos con la mano, ya estuviera abierta o cerrada, algo que requería gran destreza, llegando a veces a arrojarse al suelo para darle con la cadera. También estaba permitido hacerla rebotar contra las piedras que marcaban los límites del campo o batey, lo que a veces daba lugar a algunas discusiones entre los participantes y entre quienes los contemplaban. Durante la contienda, estos últimos, además de apostar y animar a los jugadores, comían y bebían a placer o aspiraban el humo que se producía al quemar las hojas secas de la cohiba, enrolladas en forma de cilindro o colocadas en el extremo de una caña hueca llamada tabaco, lo que les provocaba un placentero adormecimiento, de tal manera que no sentían hambre ni cansancio.

Pero la parte principal de la fiesta fueron los areítos, una sucesión de cantos, relatos y bailes ceremoniales en los que participaron todos los habitantes de la aldea dispuestos en círculo y con los brazos entrelazados, bajo la dirección del cacique y del behique o hechicero, que se colocaban en el centro. Estos solían hacerse con motivo de algún acontecimiento importante, como la visita de una persona notable, una cosecha abundante, la victoria en una batalla o cualquier otra circunstancia o celebración similar. Los primeros en cantar o recitar fueron el cacique y el behique, y luego se fueron incorporando los demás, que añadían nuevas canciones, historias y poemas sobre el origen de las cosas y de los dioses, o los hechos y las hazañas de sus antepasados, o también sobre amores y tragedias, sin parar de danzar al ritmo del mayohuacán, un tambor de madera hueca y lengüeta, y al son de unas maracas hechas de una higüera pequeña vacía que rellenaban con piedrecillas. El baile consistía, sobre todo, en dar ciertos pasos adelante y atrás, a manera de un contrapás ordenado, golpeando el suelo con los pies. Y así durante horas y horas, hasta llegar al agotamiento.

Para que los areítos no se interrumpieran, algunos iban dando de beber y de comer a los danzantes todo tipo de alimentos y brebajes embriagantes, como el uikú, que sacaban del maíz, hasta que perdían el sentido y el compás, momento en el que eran apartados del baile para que entraran otros. Conforme caía la tarde, la fiesta fue declinando, hasta que los últimos celebrantes se retiraron a sus respectivos bohíos completamente borrachos y poco a poco se fue haciendo la calma. El fraile, que había participado en la fiesta de manera discreta y se había quedado a dormir en la choza del cacique como invitado de honor, fue uno de los últimos en dormirse. Para él había sido un día de gloria, pues había cristianizado a casi ochenta taínos; sin embargo, estaba inquieto por ellos, aunque no sabía por qué.



Bien pasada la medianoche, se oyó el aleteo precipitado de varias aves nocturnas; después se hizo un silencio tenso, como de aliento contenido. Al poco rato se escucharon pasos sigilosos acercándose a la aldea muy despacio. Luego se detuvieron sin hacer ruido en el lindero del bosque, como si estuvieran al acecho, hasta que en uno de los lados comenzaron a escucharse voces, que, al principio, sonaron apagadas, pero enseguida se volvieron broncas y amenazantes, como de gente que porfía y discute, lo que dio lugar a una gran agitación: gritos, golpes, carreras...

De repente, los bohíos empezaron a arder aquí y allá. El incendio se propagó tan deprisa que los habitantes de la aldea apenas tuvieron tiempo de darse cuenta de lo que pasaba y, para entonces, ya era demasiado tarde para hacer nada. Algunos estaban tan ebrios que apenas pudieron incorporarse y bajar de sus hamacas o no acertaron a encontrar la puerta o, cuando lo hicieron, ya estaban envueltos en llamas. Los pocos que consiguieron salir indemnes de la choza iban de un lado para otro, totalmente desconcertados, incapaces de huir del peligro y, menos aún, de ayudar a los demás. Varios niños buscaban a sus madres, desesperados, mientras que estas imploraban por sus hijos, llenas de angustia y con grandes extremos de dolor. Una de ellas llevaba en sus brazos el cuerpo sin vida de un recién nacido; otra se arrodilló para rogar al Salvador que los librara de todo mal.

Fray José cruzó de pronto el batey, desorientado y en medio de gritos ensordecedores, sin saber adónde acudir primero. Por fin, se decidió a entrar en uno de los bohíos y, al instante, apareció con dos niños de la mano. Después se adentró en otros y salió con varios más. Trató de ponerlos a todos a salvo, pero, cuando estaban ya a punto de abandonar la aldea, el tejado y el armazón de uno de los bohíos se derrumbaron sobre ellos, lo que hizo que murieran aplastados y quemados ante la mirada atónita de los padres, que se quedaron inmóviles y resignados, pues no encontraban forma de salvarlos ni de escapar de allí. La mayoría ni siquiera fue capaz de intentarlo. Se limitaron a abrazarse entre ellos y a dejarse abrasar. Y, al poco rato, ya no se oía otra cosa que no fuera el crepitar del fuego en medio de la noche.

Tan pronto amaneció, la espesa nube de humo que salía del incendio se dirigió hacia la ciudad de Santo Domingo y sobre ella se mantuvo durante varias horas, sin apenas moverse del sitio ni permitir ver el sol, cubriendo de sombra y cenizas las calles y los edificios, tal vez a causa de la repentina ausencia de viento o del infernal calor que hacía esa mañana. El caso es que tardó tanto tiempo en desaparecer que algunos españoles lo interpretaron como una especie de señal divina, algo así como un mensaje escrito en el aire, probablemente un mal augurio, lo que produjo gran miedo e inquietud en los habitantes de la ciudad, que pensaban que Dios iba a castigarlos de alguna forma por tan nefando crimen.





I





(Talavera de la Reina, unos meses después)




El día había amanecido frío y lluvioso en Talavera de la Reina, pero eso a Fernando de Rojas no le importaba demasiado, pues iba a pasarse una buena parte de la jornada encerrado en una de las casas del concejo, al lado de la iglesia de Santa María, impartiendo justicia, como alcalde mayor que era. Entre sus obligaciones estaban también las de presidir las sesiones municipales y ayudar al corregidor en todo lo que tenía que ver con el gobierno de la villa, lo que le había reportado cierto prestigio entre sus vecinos.

Esa mañana se habían acumulado los pleitos, y el alcalde mayor y sus colaboradores, un escribano y dos alguaciles, no daban abasto. Por suerte, la mayoría de los casos eran fáciles de resolver, si bien no todos los afectados se iban contentos con el dictamen. El más complicado había sido el de un labrador que protestaba porque los ganados de la Mesta que venían de Ávila pasaban por sus tierras, con el destrozo que ello suponía. Los pastores, por su parte, quisieron hacer valer sus privilegios, que en verdad eran muchos. Pero Rojas no dudó en darle la razón a su vecino, que se lo agradeció de corazón.

Tras una breve pausa para recuperar el aliento, el alcalde mayor mandó que hicieran pasar a los siguientes, que aguardaban en una sala contigua. Se trataba de dos hortelanos que disputaban por una cuestión de lindes. El alcalde mayor le pidió al denunciante que expusiera el caso con la mayor brevedad. Este empezó a decir que su huerta colindaba con la de su vecino y que, aunque hasta fecha reciente no había habido muro que las separara, los límites estaban muy claros, pues, desde antaño, venían marcados por un árbol y un pozo que había en la suya, y, justo más allá, comenzaba la del otro, cosa que todo el mundo sabía desde antiguo en Talavera.

—Pero hace unos días —prosiguió el hombre, cada vez más exaltado—, cuando fui a laborar, descubrí que por la noche este bribón —precisó, señalando hacia el otro— había levantado una cerca de piedras, quedando dentro de su propiedad el árbol y el pozo. Yo, como es natural, le pedí que me devolviera de inmediato lo que era mío, pues lo había heredado de mi padre y este del suyo y así hasta varias generaciones de mi familia. Pero el muy zorro, en lugar de mover la cerca, lo que hizo fue cegar el pozo y arrancar el árbol de cuajo, para luego dejarlo tirado en el centro de mi huerta, como si un vendaval lo hubiera derribado.

—¿Es eso cierto? —preguntó Rojas al denunciado.

Este levantó la cabeza, muy digno, y comenzó a argumentar:

—No voy a entrar a discutir sobre si yo hice esto o él me dijo lo otro. Lo que ahora importa es que la cerca está más allá del árbol, como él demandaba. En cuanto al pozo, si es que de verdad lo quiere, debería excavarlo en su huerta y no en la mía, ¿no os parece?

Al escuchar tales palabras, el denunciante se abalanzó sobre el denunciado con ánimo de golpearlo, al tiempo que lo llamaba ladrón y sinvergüenza. Y este, en lugar de acobardarse, trató de defenderse, a la vez que le lanzaba toda clase de improperios. Esto hizo que tuvieran que intervenir los dos alguaciles presentes en la sala, que a duras penas consiguieron separarlos y sosegarlos un poco, mientras Rojas aprovechaba para tomarse un respiro, pues a esas alturas estaba un poco harto de tanta disputa por un quítame allá esas lindes.

En esas estaban cuando apareció en la puerta un niño de unos ocho años que pidió hablar con el alcalde mayor.

—¿Vienes acaso a testificar? Me sería de gran ayuda —bromeó este, aliviado por la inesperada interrupción.

—Vengo de parte de madre, que os requiere en casa —contestó el hijo de Rojas muy serio.

—¿Puede saberse para qué?

—Acaban de llegar unos hombres preguntando con urgencia por vos —informó el niño con naturalidad.

A Rojas le dio un vuelco el corazón, pues pensó que podría tratarse de unos familiares de la Inquisición que habrían acudido a detenerlo como sospechoso de judaizar. Aunque era persona muy querida y respetada en Talavera y procuraba no llamar mucho la atención, no podía evitar tener miedo cada vez que alguien llamaba a su puerta a deshora, ya que cabía la posibilidad de que algún descontento con una de sus muchas resoluciones o algún envidioso de su buena fortuna lo hubiera denunciado ante la Inquisición por cualquier motivo que se le ocurriera.

—¿Y no dijeron cómo se llamaban? —insistió el padre.

—Creo que son unos frailes domingos —apuntó el hijo.

—Dominicos, querrás decir —lo corrigió Rojas.

—Eso, dominicos —confirmó el muchacho.

El hecho de que fueran precisamente hermanos de esa orden tampoco le resultaba a Rojas demasiado tranquilizador, dada su estrecha vinculación con el Santo Oficio. Hacía ya tiempo, además, que no tenía relación con los frailes predicadores, con los que, por otra parte, nunca se había llevado demasiado bien, excepción hecha de fray Antonio de Zamora, del que no había vuelto a tener noticias desde que abandonara el convento de San Esteban, en Salamanca; así que era incapaz de imaginar qué podrían querer de él.

—Con vuestro permiso, debo ir a ver de qué se trata, pues parece que el asunto no puede esperar. Continuaremos mañana —comunicó Rojas a los allí presentes.

—Pero ¿qué hay de mi caso? —quiso saber el denunciante.

—El asunto está claro, a mi entender. Volved mañana, cuando estén más tranquilos los ánimos, y dictaré una resolución —apuntó el alcalde mayor, poniéndose de pie.

Rojas vivía en la calle de Gaspar Duque de Estrada, junto a una de las torres albarranas de la primitiva cerca de la ciudad, en la parroquia de San Miguel. Por el camino le preguntó a su hijo si habían dicho algo los dominicos, y este le respondió que no, que se habían quedado en la cocina, reponiéndose de las fatigas del viaje.

—Madre les ha dado vuestra comida —precisó el muchacho.

—¿La mía?

—Dijo que, como no habíais avisado, comeríais fuera.

—Pero si no he podido ni moverme del sitio en toda la mañana. Ya has visto que estaba muy ocupado —se justificó Rojas, un poco molesto con la decisión de su esposa.

Cuando entraron en la casa, los frailes ya habían terminado su refacción y se encontraban junto al fuego, sumidos en sus oraciones o más bien echando una cabezada. Se les veía muy cansados y sus hábitos estaban llenos de polvo del camino.

—¿Me buscabais? —les preguntó el alcalde mayor.

—¿Sois vos Fernando de Rojas? —inquirió uno de ellos.

—Así es.

—Yo soy fray Cristóbal de San Esteban y él es fray Cipriano de Béjar, de la orden de los dominicos —se presentaron.

—Parece que venís de muy lejos —aventuró Rojas.

—¡Si vos supierais! —confirmó fray Cristóbal—. Nos envía el vicario de la ciudad de Santo Domingo, en la isla de La Española.

—¡¿La Española, decís?! ¿Allá, en las Indias Occidentales? —exclamó Rojas, sorprendido.

—Veo que sabéis bien dónde está.

—¿Y qué es lo que, por ventura, hacéis aquí?

—Hemos venido a buscaros.

—¡¿A buscarme desde Santo Domingo?! ¿Y a mí qué se me ha perdido por allí?

—Que nosotros sepamos, tenéis un buen amigo, al menos él así os considera —le recordó el fraile.

Rojas se quedó pensativo, con el ceño fruncido y la mano derecha en la barbilla.

—Supongo que os referís a fray Antonio de Zamora. Hace mucho que no sé de él. ¿Cómo se encuentra?

—Está ya muy anciano y lleno de achaques, pero tiene muchas ganas de veros —le informó el dominico.

—Entonces, ¿sigue en la orden? Pensé que habría colgado los hábitos.

—Hubo un tiempo en que los dejó, pero, al ver cómo los españoles se comportaban con los nativos de la isla, volvió a nosotros para que le ayudáramos a librarlos de la esclavitud a la que los tienen sometidos —explicó fray Cristóbal.

—¿Tan mal los tratan nuestros paisanos?

—¡No lo sabéis bien! —exclamó el fraile con cara de circunstancias.

—En todo caso, no comprendo qué pinto yo en todo esto —comentó Rojas, cada vez más intrigado.

—Hace cosa de dos meses —relató el fraile—, unos desalmados prendieron fuego a una aldea habitada por naturales de la isla, cerca de la ciudad de Santo Domingo; en el incendio murieron setenta y siete taínos, entre hombres, mujeres, ancianos y niños, así como nuestro hermano fray José de Cuenca, que acababa de bautizarlos y se encontraba con ellos.

Rojas se quedó sorprendido y horrorizado ante la noticia.

—¿Y se sabe ya quiénes lo hicieron? —inquirió con interés.

—Por eso estamos aquí —concluyó el fraile.

—¿Qué queréis decir? ¿Qué es lo que espera exactamente el vicario de mí? —preguntó Rojas, con recelo.

—Que averigüéis quiénes fueron los que mataron a esos pobres indios y a nuestro hermano y por qué lo hicieron, y luego informéis al rey de vuestras pesquisas y de todo lo que allí pasa.

—Pero yo ya no me dedico a eso. Ahora soy alcalde mayor de Talavera —replicó Rojas, a la defensiva.

—Fray Antonio nos dijo que erais pesquisidor real y que nadie podría llevar a cabo mejor que vos esta tarea, dados vuestros antecedentes —le recordó fray Cristóbal.

—Lo era, en efecto, pero ya no lo soy —les informó Rojas.

—Os equivocáis —replicó el fraile—. A petición de nuestro vicario, el rey, en persona, ha vuelto a nombraros pesquisidor real con efectos inmediatos. Aquí tenéis la real provisión, a fin de que os concedan en la isla los medios necesarios para hacer justicia, y la correspondiente credencial, así como una carta de su puño y letra —añadió, alargándole los documentos con aire triunfal.

Rojas rompió el lacre de la carta y comenzó a leerla con gran disgusto, imaginando lo peor. En ella, Fernando el Católico empezaba reconociendo sin empacho lo mucho que le debía; también recordaba la promesa que le había hecho de no volver a reclamar sus servicios. Pero a continuación añadía que, debido a la gravedad del asunto y a algunas circunstancias que lo rodeaban, no le quedaba más remedio que pedirle que se pusiera en manos de los dominicos, que ellos le dirían lo que tenía que hacer. El propio rey reconocía que era un caso difícil y espinoso; sin embargo, estaba convencido de que no había nadie más apropiado que Rojas para hacerse cargo del mismo y así evitar posibles males mayores. Por último, le rogaba discreción, pues eran muchos los intereses involucrados en ese asunto.

—¿Y bien? —le dijo uno de los dominicos, cuando terminó de leer la carta, sin darle tiempo a reflexionar.

—Eso mismo os pregunto yo —repuso Rojas, sin poder disimular su desconcierto.

Fray Cristóbal miró a su compañero e hizo una pausa para tomar aliento antes de contestar:

—Me imagino cómo os sentís en este momento, pero creo que debéis venir con nosotros a La Española y ser testigo de vista de todo lo que allí está ocurriendo con el fin de contárselo al rey, para que tome las medidas oportunas. A vos os hará más caso. Cuando se lo contamos nosotros, el rey parece indignarse y preocuparse mucho, pero, tan pronto le llega el oro de las Indias, se olvida de todo.

—¿Y por qué conmigo va a ser distinto? —objetó Rojas.

—Porque, por lo visto, confía ciegamente en vos.

—Supongo que será porque siempre he cumplido con gran fidelidad sus órdenes y demandas. ¡Qué remedio me quedaba! Por eso mismo no debería exigirme más servicios —arguyó Rojas.

—Si no queréis hacerlo por el rey ni por nuestra orden, aceptad esta misión por vuestro amigo fray Antonio, al que ya no le queda mucho tiempo entre nosotros —dejó caer el fraile, como quien no quiere la cosa.

—¿Qué queréis decir?

—Que está muy enfermo —contestó el fraile con semblante serio.

—Lamento mucho oír eso. La noticia me produce una gran tristeza.

—Sin duda, vuestra presencia le haría mucho bien —señaló el dominico—. Ya os he dicho que fray Antonio fue quien os recomendó con insistencia a nuestro vicario. Según él, nadie más en Castilla posee vuestra inteligencia y vuestro sentido de la justicia —añadió, con tono halagador.

Rojas se echó las manos a la cabeza, pues era consciente de que todo se había confabulado de tal manera contra él que no iba a poder librarse fácilmente de semejante encargo. Se sentía, además, muy preocupado por la salud de su amigo, a quien imaginó agonizante en una pequeña celda, esperando su llegada. Por otra parte, le vendría bien distanciarse durante un tiempo de su trabajo, del que comenzaba a estar harto, para ocuparse de cosas más importantes, y también de su casa, en la que cada vez se sentía más enjaulado.

En ese momento entró Leonor, su esposa, en la cocina.

—¿Sucede algo? —preguntó, muy alarmada, al ver la cara descompuesta de su marido.

—Se trata de fray Antonio, del que alguna vez os he hablado —comenzó a explicar Rojas—. Parece ser que está muy enfermo.

—No sabéis cómo lo siento. Pero ¿qué podéis hacer vos por él?

—Veréis. A petición suya y de otros dominicos, el rey reclama mi presencia en Santo Domingo, en la isla de La Española, para llevar a cabo unas pesquisas —le explicó su marido.

—Pero ¡si eso está en el fin del mundo! —exclamó ella, con gran asombro—. Y vos ya no sois...

—Eso les he dicho —la interrumpió Rojas, agitando los brazos en señal de impotencia—. Pero parece ser que el asunto es grave y el rey también está muy empeñado en que sea yo el que se ocupe de ello.

—¿Y qué va a ser de nosotros? ¿Quién nos va a proteger? Tenemos hijos pequeños —protestó la mujer, dirigiéndose a los frailes, que la miraban con aire compungido.

—Serán solo unos meses —explicó uno de ellos.

—¡¿Unos meses, decís?! Eso es mucho tiempo —replicó la mujer.

—El rey os recompensará como merecéis; de momento, aquí os manda esta bolsa llena de ducados —añadió el fraile, dejándola sobre una mesa—. Y también Nuestro Señor Jesucristo lo tendrá muy en cuenta y os lo premiará de alguna manera, tal vez con la Gloria Eterna. Pero, si vuestro marido no acepta de buen grado esta misión, tanto su amigo como su alteza podrían sentirse muy defraudados, y no digamos Nuestro Salvador...

—Al escucharos, cualquiera podría pensar que nos estáis amenazando —dejó caer la mujer.

—Creedme, no era esa mi intención, ni mucho menos —se apresuró a decir el fraile.

—Y vos ¿qué pensáis? —preguntó ella, dirigiéndose a Rojas, que se había quedado absorto.

—Me temo que no me va a quedar más remedio que aceptar —señaló Rojas.

—¿Tan grave es la cosa?

—Eso creo —confirmó él.

—Está bien, haced lo que os parezca más apropiado —le dijo la mujer, resignada—. Ya nos arreglaremos por aquí como podamos.

—No sabéis cuánto os lo agradecemos —comentaron los frailes con alivio.

—Pero primero tendréis que ponerme en antecedentes —les pidió Rojas.

—Nos aguarda un largo camino; así que tiempo habrá luego de informaros de todo —le contestó fray Cristóbal—. Debemos partir enseguida para Sanlúcar de Barrameda, pasando por Sevilla, para tomar un barco que zarpará dentro de poco hacia La Española.

—¿Al menos podré comer?

—Algo rápido, mientras vuestra esposa os prepara las cosas para el viaje.

—¿Y qué pasa con mi trabajo?

—Escribidle una carta al corregidor diciéndole que el rey requiere de forma urgente vuestros servicios, por lo que debéis renunciar a vuestro cargo durante unos meses. Con eso será suficiente —aseguró el fraile.

—También necesito hablar a solas unos minutos con mi mujer y despedirme de mis hijos.

—Está bien, pero debéis hacerlo presto —concedió el fraile.

Después de comer, escribir la carta al corregidor y firmar y redactar algún que otro documento más, Rojas fue en busca de su esposa, que estaba en su cámara, terminando de guardarle la ropa. Cuando entró, la sorprendió llorando a lágrima viva.

—Por favor, no estéis tan afligida.

—¡Cómo no voy a estarlo! Si ni siquiera sé qué ropa escoger, pues desconozco qué tiempo suele a hacer allí —replicó ella entre sollozos.

—Van a ser solo unos meses, y me pagarán bien por ello. Así podremos cambiarnos de casa; siempre os andáis quejando de que esta es muy pequeña y húmeda.

—Me parece bien. Pero qué va a ser de los negocios que os traéis entre manos. ¿Quién se ocupará ahora de vender el vino y cobrar los arrendamientos?

—Vos vais a hacerlo muy bien, ya lo veréis. Y, si no, hablad con mi amigo Tomás Pérez, que él os ayudara en todo. Sobre el escritorio os he dejado un poder para que se os permita actuar en mi nombre y un sobre con las debidas instrucciones —le informó Rojas.

—¿Y quién me arrullará y me dará calor por las noches?

—Para eso, os ruego que no contéis con Tomás —bromeó Rojas.

—Mirad que sois tonto. ¿Siempre tenéis que hacerme reír en los momentos más graves? —replicó ella.

—Dadme un beso y no os volváis a poner triste —le pidió él, al tiempo que la abrazaba.

—Andad con Dios y con vuestros frailes —le dijo ella.

Después les tocó el turno a sus hijos, que lo aguardaban en la puerta.

—Voy a estar fuera unos meses —les anunció—. Así que os pido que, durante mi ausencia, os portéis bien con vuestra madre y le hagáis caso en todo lo que os mande, ¿entendido?

—¿Y por qué no me lleváis con vos? —le preguntó el que había ido a buscarlo al trabajo.

—Porque aún tienes que crecer mucho —le contestó, revolviéndole el pelo.



Al poco rato, los dos frailes y el pesquisidor ya estaban rumbo a Sevilla. Iban en mula, acompañados de tres asnos de color pardo con las alforjas bien cargadas. Apenas habían recorrido un par de leguas y Rojas ya se había olvidado de lo que dejaba atrás, para empezar a pensar en lo que le aguardaba al otro lado del océano: un nuevo mundo para su deseo de conocer y un nuevo reto para su inteligencia. Por el camino, uno de los dominicos le fue contando lo sucedido en La Española y algunas de las circunstancias del caso. Según fray Cristóbal, la aldea había quedado totalmente arrasada y los cadáveres quemados. Días más tarde, se supo que había dos sobrevivientes; en realidad, se habían librado por encontrarse lejos del yucayeque en el momento del incendio. Tras contemplar lo que había ocurrido, habían huido y se habían refugiado en casa de una princesa taína llamada Ana de Guevara, muy respetada por su pueblo. Por lo visto, tenían miedo de que los culparan de lo sucedido; de hecho, unos alguaciles de campo habían intentado hablar con ellos, pero su protectora se había negado a entregarlos.

—Valiente mujer —comentó Rojas.

—Si hubierais conocido a su madre, no os extrañaría. Es hija de una célebre cacica de la isla llamada Anacaona —le informó el fraile.

—¿Y por qué estáis tan seguro de que fue provocado y no fortuito? Podría haber sido causado por la caída de un rayo, o por algún descuido en el interior de una de las chozas, o un accidente —sugirió Rojas.

—Ese día no hubo tormenta —objetó fray Cristóbal—. Y, según los dos sobrevivientes, con los que nosotros sí hemos tenido la oportunidad de hablar, todos los bohíos ardieron al mismo tiempo, por lo que debieron de quemarse a la vez. Si el incendio se hubiera iniciado en un punto determinado, habría tardado un tiempo en extenderse por el resto y una buena parte del poblado se habría podido librar. Seguramente, cuando se dieron cuenta, estaban ya todos rodeados por el fuego.

—¿Y qué pasa con los dos que se salvaron?

—Al parecer, habían pasado el día fuera de la aldea y, cuando regresaron, no pudieron hacer nada por los que estaban dentro —explicó el fraile.

—¿Os han dicho si vieron a algún extraño por allí?

—Por más que les hemos preguntado, aseguran que no se encontraron con nadie ni percibieron nada raro —respondió el dominico.

—¿Y hay algún sospechoso? —inquirió Rojas.

—Lo que sobran en este caso son sospechosos, y ese es el principal problema, que hay demasiados y cualquiera de ellos podría ser el culpable. Para empezar, lo más seguro es que se trate de algún encomendero —propuso el fraile.

—Perdonad mi ignorancia, pero no sé a qué se dedica un encomendero —confesó Rojas.

—Me refiero a aquellos españoles que tienen encomendada una cierta cantidad de indios, supuestamente con el objeto de que se ocupen de evangelizarlos y de hacer que se vistan y comporten como es debido y se responsabilicen de ellos, dada su condición de súbditos de la Corona necesitados de tutela —le informó el fraile.

—¿Por qué necesitados de tutela?

—Debido a su atraso y a que, según sostienen algunos teólogos y letrados, no se saben gobernar por sí solos, cosas que, en este caso, no son ciertas —comentó el fraile.

—De todas formas, sigo sin entender —insistió Rojas.

—Bueno, veréis. Sobre el papel, las encomiendas son el derecho concedido por merced real a algunos de los españoles que residen en las Indias para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se les cedan, durante su vida y la de un heredero, con la condición de que cuiden de ellos en lo espiritual y temporal, corran con los gastos de la predicación y defiendan las provincias donde fueren encomendados —comentó el fraile—. Se trata de algo así como el traspaso o la cesión por parte de la Corona de los tributos que los indios deben pagar en su condición de vasallos libres. Pero, en la práctica —añadió con mayor firmeza—, lo que ha ocurrido es que los encomenderos se han servido de ellos para toda clase de trabajos forzados, sobre todo en las minas, reduciéndolos a la casi total esclavitud. Esta ha sido la causa de que muchos perecieran.

—¿Y el rey no hace nada para evitar todo este desmán? —inquirió Rojas.

—En un principio, fingía que no sabía nada, y luego empezó a promulgar leyes, para que, al final, todo quedara como estaba, como suele ocurrir con las cosas de palacio.

—¿Y el actual gobernador de las Indias?

—Conoce bien lo que pasa, pero le echa las culpas al rey, diciendo que no le deja actuar, como si él y su familia no hubieran tenido ninguna responsabilidad en el asunto. Sin embargo, y en honor a la verdad, hay que reconocer que fue su padre, el almirante Cristóbal Colón, el que inició la costumbre de repartir indios entre algunos de sus hombres como pago de servicios o de salarios atrasados, o para aplacar las rebeliones que algunos llevaron a cabo contra su persona y contentar así a los insatisfechos. Lo que hicieron después su hermano Bartolomé y, más tarde, Francisco de Bobadilla, cuando fueron nombrados gobernadores de las Indias, fue generalizar los repartimientos, que, en definitiva, son la base de las encomiendas. Por último, la Corona los legitimó, de alguna manera, por medio de frey Nicolás de Ovando, comendador mayor de la orden de Alcántara, al que lo único que parecía interesarle era que los indios cambiaran de manos, favoreciendo con ello a los suyos y a la gente enviada por el rey. Esto provocó el descontento de los partidarios de la familia del almirante, que se vieron privados de ellos, hasta que Ovando fue cesado y el hijo de Colón fue designado gobernador, por gracia real, pues todavía estaban en marcha los pleitos colombinos, con lo que de nuevo cambiaron las tornas, ya que, como era de esperar, lo primero que hizo fue un nuevo repartimiento para favorecer a sus partidarios. Esto es precisamente lo que lo ha llevado a perder buena parte de su poder y la confianza del rey, por lo que muy pronto deberá viajar a España para rendirle cuentas de su gobierno. La conclusión —añadió el fraile con pesadumbre— es que todos se muestran favorables a los repartimientos y a las encomiendas, aunque no siempre estén conformes con el resultado. Nuestra Orden es la única que se opone a estas prácticas, pues consideramos que son el origen de la mayor parte de los males que padecen los indios de La Española y de otras islas.

—¿Y habéis conseguido algo? —quiso saber Rojas.

—Cuatro años llevamos clamando contra las encomiendas desde el púlpito y a pie de tierra —explicó el fraile—. Pero, hace cosa de un año, harto de la manera de gobernar de Diego Colón, el rey envió a la isla al salmantino Rodrigo de Alburquerque para que, con el consejo del tesorero de las Indias Miguel de Pasamonte, que tenía y tiene gran poder en la isla, hiciera un nuevo y definitivo repartimiento de los pocos indios que aún quedaban.

—¿Tantos habían muerto? —preguntó el pesquisidor con asombro.

—Se estima que, de los quinientos mil que debía de haber a la llegada de Colón, según algunos, pues otros hablan, incluso, de varios cuentos o millones, se había pasado en poco más de dos décadas a unos veintiséis mil —le informó el fraile—. Alburquerque se limitó a distribuirlos entre los cargos y oficiales reales enviados por la Corona y ciertos encomenderos de origen noble o afines a la causa del rey, muchos de ellos sin residencia en la isla. Con esta decisión, además de mantener las encomiendas, se ocasionó un gran descontento entre aquellos que fueron perjudicados por el nuevo reparto, la mayoría partidarios de Diego Colón, que ya apenas tenía poder. Por otra parte, muchos indios aprovecharon todo este trasiego para tratar de huir a las montañas o refugiarse en algún poblado. Y algunos fueron a pedir socorro a miembros de nuestra orden, pues sabían muy bien cuál era nuestra postura y disposición. Este fue el caso de los que mataron hace unos meses. Nada más enterarse de que andaban huidos, nuestro hermano fray José de Cuenca se ofreció a conducirlos a una aldea abandonada en medio del monte, rodeada de conucos o labranzas para cultivar la yuca, la batata y el maíz. Agradecidos por su ayuda, los taínos mostraron su voluntad de hacerse cristianos, pues sabían que ello haría feliz a su benefactor. El incendio tuvo lugar el mismo día en que fueron bautizados. De modo que lo más probable —concluyó— es que la matanza haya sido llevada a cabo por los encomenderos favorecidos con el nuevo reparto, como un castigo dirigido contra aquellos que habían intentado escapar de sus garras y un escarmiento para los demás.

—También podría tratarse de algún descontento con el reparto, tal vez de la facción del gobernador, como forma de protesta por haber sido despojado de lo que creía suyo —sugirió Rojas.

—O de una venganza contra nuestra orden por haber denunciado la situación de los indios en la isla y haber intentado protegerlos de la codicia de los encomenderos —apuntó, por su parte, fray Cipriano, que hasta ese momento había permanecido callado.

—Pudiera ser, no digo yo que no —reconoció fray Cristóbal—. En cualquier caso, el asunto se presenta complicado. De momento, ni el gobernador ni los jueces han querido hacer nada al respecto. Pero estaréis de acuerdo con nosotros en que se trata de un crimen que no puede quedar sin castigo. Es más, debemos aprovechar la ocasión para que el rey vuelva a tomar cartas en el asunto y adopte medidas verdaderamente eficaces para proteger a los indios y librarlos de los abusos de los españoles. Y, para ello, necesitamos a alguien como vos —añadió—, alguien que le haga ver que las cosas ya no pueden seguir así, que hay que acabar, de una vez por todas, con las encomiendas, antes de que estas acaben con todos los indios de La Española y de las demás islas y de Tierra Firme.

Rojas se sentía un poco abrumado por la gran responsabilidad que se le venía encima. A buen seguro, se trataba del caso más delicado e importante de todos los que hasta ese momento se le habían presentado, pues afectaba nada menos que a todo un pueblo y, en general, a todos los indios que habitaban en el Nuevo Mundo.

—¿Y por qué no se ha encargado vuestra orden de averiguar qué pasó? —se atrevió a preguntar Rojas.

—Porque a los dominicos de La Española se nos mira allí con mucho recelo, ya que hemos sido los primeros y casi los únicos que hemos levantado la voz para defender a los indios y pedir que los liberen de las encomiendas, con gran riesgo, por cierto, de nuestras propias vidas —le explicó el fraile—. Por mucho que indagáramos, nadie nos haría caso, pues somos parte interesada en este asunto. Queremos, además, aprovechar la ocasión para que alguien que vaya de fuera compruebe qué es lo que está pasando en La Española con los taínos, un pesquisidor que sea íntegro y honesto y, a la vez, goce de la confianza del rey; alguien, en definitiva, como vos.

—Os agradezco mucho el cumplido, pero me parece muy exagerado.

—No es eso lo que dice fray Antonio —replicó el fraile.

—En todo caso, lo que todavía me pregunto es cómo es posible que se haya llegado a esto —comentó Rojas—; me refiero no solo a la matanza de la aldea, sino a los abusos de las encomiendas. Yo creía que los españoles éramos cristianos y estábamos obligados a amar al prójimo, y no a aprovecharnos de él.

—Al parecer, hubo un tiempo de feliz convivencia con ellos; por lo menos, eso es lo que cuentan algunos. Y lo cierto es que, al principio, Colón y sus hombres fueron recibidos de forma pacífica y generosa por los naturales de la isla. Así que los recién llegados se dedicaron a explorarla y al trueque de oro por baratijas con los taínos. Tras el naufragio de la Santa María, el almirante mandó construir un fuerte con su madera, llamado La Navidad, y dejó en él a treinta y nueve hombres, antes de volver a Castilla. Cuando más tarde regresó, en su segundo viaje, vio que los indios los habían matado a todos como castigo por las muchas vejaciones que habían cometido contra ellos y sus mujeres. A partir de ahí, las cosas cambiaron y los españoles comenzaron a someter y a maltratar a los taínos sin ningún tipo de escrúpulo de conciencia. Empeñado en conseguir oro como fuera para enviar a los reyes y poder continuar su proyecto, Colón fue incapaz de gobernar a sus hombres y de poner orden en La Española. Y es que hay que reconocer que fue un gran navegante, pero un pésimo administrador y gobernador.

—¿Y qué sucedió después?

—Para los taínos, la vida se convirtió en poco tiempo en un infierno, y conste que no exagero. No es que antes fuera regalada o estuviera exenta de peligros, ya que periódicamente sufrían las incursiones de sus vecinos, los indios caribes, que los trataban con extrema crueldad. Pero al menos los taínos eran libres y llevaban, por lo general, una existencia tranquila y sosegada, sin grandes lujos ni grandes sufrimientos. Desde que llegaron los españoles, sin embargo, tuvieron que pagar tributos o rescates en oro, algodón o casabe o, en su lugar, realizar trabajos extenuantes, con el único objeto de satisfacer la codicia de quienes a sí mismos se llaman cristianos, pero en realidad no lo son. Para ello los indios fueron repartidos una y otra vez, primero entre los hombres de Colón y luego entre los protegidos y los oficiales del rey. Pero, además de ser utilizados en las minas y haciendas, los taínos han sido objeto de maltratos y humillaciones sin cuento y víctimas de numerosas enfermedades para las que no estaban preparados, especialmente las viruelas pestilenciales. Todo ello agravado por el hecho de tener que perder sus costumbres y formas de gobierno, cambiar de sitio con frecuencia y vivir sin arraigo, dispersos y lejos de sus familias y sus aldeas, que muy pronto quedaron destruidas o abandonadas. Por no hablar de que, para los taínos, el oro es considerado algo sagrado, y que, por tanto, que exige un complicado ritual para poder ser extraído, como abstenerse durante un tiempo de comer y beber y de tener acceso carnal. La situación, en fin, es tan grave —concluyó fray Cristóbal— que muchos prefieren dejarse morir o quitarse la vida con sus propias manos y hasta arrebatársela a sus hijos antes que seguir sobreviviendo de esa forma, algo que a nuestros compatriotas no parece preocuparles mucho. Incluso hay muchas mujeres que ahogan a sus niños o dejan de concebir o que, estando preñadas, abortan por medio de ciertas hierbas, para que el fruto de sus entrañas no vaya a parar en esclavo de los cristianos. Y es que, cuanto más oro fluye hacia España, más se desangra La Española.

Rojas escuchaba las palabras del fraile cada vez más horrorizado, pues siempre había oído hablar de las Indias Occidentales como un lugar maravilloso en el que las calles estaban empedradas de oro y del comportamiento heroico de los españoles que allí recalaban, guiados por un ideal.

—¿Y cómo es que vuestra orden llegó a enterarse de lo que, en realidad, ocurría en la isla? —comentó Rojas.

—Fue precisamente vuestro amigo fray Antonio de Zamora el que nos puso sobre aviso. Como sabréis, él fue a La Española en el tercer viaje de Colón, movido por su gran curiosidad y un poco harto de algunas reglas de nuestra orden, todo hay que decirlo. Por entonces, los dominicos no habían enviado todavía a ningún fraile, pues no se sabía cuáles eran las verdaderas intenciones de Colón. En un principio, fray Antonio se dedicó a sus cultivos y a conocer las plantas y las hierbas del lugar —continuó el fraile—, pero enseguida se dio cuenta de lo que sucedía. Alarmado por la situación, escribió algunas cartas a sus antiguos hermanos de Salamanca, para darles noticia de las condiciones en las que vivían los taínos e intentar ponerles remedio cuanto antes. También trató de hablar con algunos frailes de otras órdenes que vivían en La Española, pero estos no solo no lo apoyaron, sino que negaron algunos hechos de los que nuestro hermano había sido testigo de vista; no en vano los franciscanos defienden que la predicación ha de tener lugar dentro de las encomiendas. Por suerte, las misivas de fray Antonio no cayeron en saco roto y varios de nuestros hermanos se interesaron por el asunto y decidieron viajar a La Española. Tuvieron que pasar, eso sí, varios años de gestiones y preparativos para que se autorizara la misión evangelizadora.

»Los primeros hermanos llegaron a Santo Domingo hace cosa de cinco años y, pese a ser muy pocos, no tardaron en alzar la voz en defensa de los indios, enfrentándose a los encomenderos. De modo que, a la postre, el nombre de la ciudad resultaría providencial, ya que fueron los frailes de la Orden de Santo Domingo de Guzmán los únicos que acudieron en auxilio de los taínos. Al principio, las autoridades de la isla trataron de que se retractaran, pero, al ver que no se doblegaban, los obligaron a vivir apartados, con la intención de que desistieran y abandonaran la isla. Nuestros hermanos, sin embargo, no se rindieron y siguieron con sus prédicas. Para dar ejemplo a las otras órdenes, aprendieron la lengua de los taínos y comenzaron a cristianizar a algunos de ellos, al tiempo que advertían a los españoles de la isla del castigo que Dios les tenía reservado si seguían tratando a los indios como si fueran esclavos. Desde entonces, han sido muchos los taínos que han sido víctimas de la extrema codicia de nuestros compatriotas; y también numerosos los ataques y humillaciones que los dominicos hemos recibido por tratar de defenderlos. Pero la matanza que tuvo lugar el día de la Epifanía de Nuestro Señor ha sido la gota que ha colmado el vaso de nuestra paciencia. Si el rey no detiene esta sangría, pronto no quedará ni un solo indio en La Española, para vergüenza de todos nuestros compatriotas.

—Ojalá pudiera seros de alguna ayuda en esto —le hizo saber Rojas—, pero mucho me temo...

—Ya sé lo que pensáis —lo interrumpió fray Cristóbal—; de todas formas, creo que debemos intentarlo. Vedlo como una oportunidad que os envía Dios para hacer el bien y ganaros el cielo.

—En ese caso, espero que no tenga que sacrificar la vida para lograrlo; a diferencia de vos y de vuestros hermanos, yo no pretendo ser un mártir —comentó Rojas con ironía.

—Ni yo tampoco, os lo aseguro. Eso es algo que no se elige —le replicó el fraile.



El resto de la jornada transcurrió en silencio. Mientras los frailes se entregaban a sus oraciones y meditaciones, Rojas no paraba de pensar en los muchos peligros y dificultades que lo aguardaban en el Nuevo Mundo, de donde no iba a ser nada fácil salir con bien, y ya no digamos victorioso. Tratar de investigar un crimen como aquel en una isla como La Española, en la que los indios morían todos los días por decenas y a veces por centenares, iba a ser tan complicado como intentar hacer las pesquisas de un homicidio en medio de una guerra sin prisioneros.

Tras días de duro bregar, debido sobre todo al mal estado de algunos caminos, los tres compañeros de fatigas recalaron en Sevilla, puerta y llave del Nuevo Mundo. Allí Rojas se quedó maravillado ante la gran agitación que había en la ciudad. Las calles y posadas estaban repletas de gentes llegadas de todas partes con la intención de viajar a las Indias para hacer fortuna o tratar de comerciar con los que de allí volvían. Y luego estaban los pícaros y rufianes dispuestos a aprovecharse de unos y de otros o a quedarse con las migajas.

Después de dejar las cabalgaduras y reparar fuerzas en el convento dominico de San Pablo, junto a la puerta de Triana, cerca del río Guadalquivir, se dirigieron a la Casa de Contratación de Indias, cuya misión era fomentar y regular la navegación y el comercio en el Nuevo Mundo. Allí presentaron la licencia para viajar a Santo Domingo que, en este caso, les había otorgado el rey; sin ella no se podía emprender la travesía, y, para obtenerla por la vía ordinaria, era necesario informar sobre la limpieza de sangre. Por otra parte, concertaron la autorización para transportar algunas mercancías destinadas al convento; entre ellas, algunas herramientas y diversos libros, pues los dominicos tenían intención de fundar una especie de Estudio, una vez terminaran de construir el convento. Para sorpresa de Rojas, los ejemplares en cuestión fueron sometidos a un riguroso escrutinio por parte de un oficial, ya que estaba prohibido llevar a las Indias obras que fueran inmorales o atentaran contra la verdad, y, en especial, libros de caballerías y romances de historias vanas, debido a que podrían confundir a los indios con sus mentiras e invenciones, si es que algún día llegaban a leerlos, cosa, por lo demás, harto improbable para la mayoría. Tras aparejar el matalotaje o provisiones para la travesía, se fueron a curiosear un poco por los alrededores de la catedral y las orillas del río, muy frecuentadas por todo tipo de gente, especialmente la de mal vivir.





II





(De Sanlúcar a Santo Domingo, las semanas siguientes)




Al día siguiente, se dirigieron a Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, que era donde se estaban aprestando algunas de las naves que componían la expedición. El resto partirían de Sevilla para unirse a estas. En el puerto había una gran actividad, con arrieros que iban y venían, estibadores que embarcaban la carga, mercaderes y tratantes que cerraban algún negocio, prestamistas a la busca de clientes y deudores... Algunos viajeros recién llegados trataban de ultimar sus pasajes con alguno de los maestres, que les ponían toda clase de inconvenientes con el fin de encarecer el precio de los mismos.

En el caso de los criados, eran sus señores o amos los que los abonaban a cambio de sus servicios. La Corona, por su parte, se hacía cargo del de los soldados, oficiales reales y demás enviados, así como de su alimentación durante la travesía. También tenían pasaje franco los casados que se llevaran con ellos a sus familias, aunque no para los enseres, que iban aparte. Así y todo, no eran muchas las que se aventuraban, debido a que el Nuevo Mundo seguía percibiéndose como algo inseguro. Tampoco eran demasiadas las mujeres solteras que se decidían a cruzar el océano en busca de marido; de hecho, en los primeros años no había viajado casi ninguna. La cosa cambió, sobre todo, con la llegada del actual gobernador y su esposa, doña María Álvarez de Toledo, que, por su alta condición, fue acompañada de un gran séquito de damas y criadas; de tal forma que con ellas había comenzado la vida social y cortesana en la ciudad de Santo Domingo.

La mayoría de los que se embarcaban iba en busca de oro, pues todavía eran muchos los que pensaban que se podía recoger con redes de los ríos y arroyos o que colgaba de los árboles y solo había que tomarlo, como si fuera fruta madura, o varearlo, como si fueran aceitunas. El viaje, no obstante, se consideraba tan incierto que, justo antes de partir, algunos pasajeros mandaban redactar sus escrituras de última voluntad; otros otorgaban poderes a algún familiar o vendían propiedades para poder disponer de dinero. Tampoco faltaban los que pasaban las horas previas a embarcar rezando en alguna iglesia o capilla o emborrachándose en alguna de las muchas tabernas que había en Sevilla o en Sanlúcar o en compañía de alguna prostituta.

Mientras tanto, en el puerto se realizaban los últimos preparativos, que Rojas contemplaba con gran curiosidad: algunos retoques en el calafateo de las naves, unos cuantos remiendos en las velas, la sustitución de alguna tabla rota o podrida en la cubierta... El contramaestre, por su parte, vigilaba la estiba, y los escribanos tomaban buena nota de todo lo que se iba embarcando, incluidos bueyes, yeguas y caballos.

La expedición estaba compuesta, en este caso, por dos naos y ocho carabelas. Las primeras eran bastante más grandes y tenían mayor capacidad de carga que las otras, pero eran de más difícil gobierno y algo más lentas. Al ser más pequeñas y manejables, las carabelas requerían una tripulación menos numerosa y menos diestra. De cubierta larga y angosta y con un espolón a la proa, disponían de tres mástiles casi iguales, con tres vergas muy largas, cada una con una vela latina. Contempladas en la seguridad del puerto, no carecían de gracia, pero había que tener valor para atreverse a desafiar los peligros del inmenso océano en aquellos cascarones. Al pesquisidor y sus dos compañeros les había correspondido una de las más viejas y estropeadas, y a ella subieron con una cierta aprensión. Tras santiguarse, los frailes se arrodillaron, besaron la cubierta y se pusieron en manos de Dios.

Tan pronto llegaron las naves que venían de Sevilla y fueron inspeccionadas por los oficiales de la Casa de Contratación, se puso en marcha la expedición. Después de atravesar con gran cuidado la barra de arena de Sanlúcar, donde era muy frecuente que los barcos embarrancaran u ocurrieran otros percances, salieron a alta mar con viento favorable, rumbo a las islas Canarias, que eran parada obligada para todos los que iban a las Indias.

La tripulación de la carabela estaba formada por el capitán, que estaba al mando y, por lo tanto, era el principal responsable de la nave; el maestre, que se ocupaba de los fletes, contratar la marinería y llevar la contabilidad; el contramaestre, que supervisaba la carga y comunicaba las órdenes de sus superiores, y el piloto, que era el encargado de gobernar el barco y seguir la ruta correcta, lo que no siempre era posible, por culpa de las corrientes marinas y de los vientos contrarios. Bastaba cualquier pequeño temporal para que el barco se desviara de su rumbo y la travesía se alargara varios días o algunas semanas, lo que aumentaba el cansancio y las penalidades del viaje.

Los marineros, grumetes y pajes se hacían cargo por turnos de las tareas más ordinarias, como mantener las cubiertas limpias y expeditas, reparar e izar velas cuando era necesario, atar cabos, trepar por los palos, arreglar cuerdas y velas, remendar redes, fregar las batayolas, revisar los aparejos y hacer pequeñas chapuzas y reparaciones, que nunca faltaban. Desde su puesto, uno de ellos cantaba la hora, tras dar la vuelta a la ampolleta o reloj de arena, y rezaba una oración o entonaba una letanía.

Al tercer día, la mar se puso algo revuelta, lo que provocó cierta inquietud y malestar entre algunos pasajeros. No era la primera vez que Rojas se embarcaba en una nave, pero en las ocasiones anteriores había sido por mares mucho más tranquilos y menos extensos. Así que no tardó en tener que ir a revesar, con tan mala fortuna que una parte de lo que echó fuera le volvió a caer encima.

—Para otra vez, aseguraos de hacerlo a favor del viento —le gritó el capitán desde su puesto de mando.

—Espero que no haya una segunda vez —le replicó Rojas.

—Creedme, seguro que la habrá. Y no tenéis por qué avergonzaros de ello. El cuerpo tiene que acostumbrarse al movimiento del barco —sentenció el capitán con cierta sorna.



A los ocho días de navegación llegaron a la isla de Gran Canaria, donde permanecieron varias jornadas. En ella repusieron algunas provisiones y completaron el abastecimiento de los barcos con agua, leña, melaza, quesos, carnes frescas y otros productos propios del lugar. Los dominicos y Rojas aprovecharon para ir a descansar en un conventillo cercano. Más tarde volvieron a la carabela cargados con unos cajones de madera llenos de tierra. Antes de subirlos a cubierta, el contramaestre pidió comprobar la mercancía, como era su obligación.

—Son solo unas plantas para nuestro huerto —le informó fray Cristóbal.

—Pues me temo que no las podréis embarcar. Con esto no contábamos —les dijo el contramaestre.

—Tenemos autorización del maestre —replicaron ellos.

—En los papeles solo se habla de tres pasajeros y algunos libros, herramientas y objetos domésticos, pero nada de plantas. Y, en este momento, vamos al límite de carga —les advirtió el otro.

—De estas plantas va a depender la alimentación de nuestro humilde convento en los próximos meses, puede que años —se justificó el fraile.

—Así y todo...

—Tal vez esto ayude a que la carga sea más ligera —le dijo el fraile con ironía, alargándole algunas monedas.

—Está bien, podéis subirlas —concedió el contramaestre, como si no hubiera pasado nada—, pero luego no os quejéis si se pudren en el viaje o se las come algún animal.

—Por eso no os apuréis, nosotros las vigilaremos.

De nuevo en el barco, los dominicos le explicaron a Rojas que se trataba de un encargo de fray Antonio de Zamora y fray Tomás de Berlanga. Eran varios retoños de la planta del plátano que estos dos hermanos querían hacer fructificar en el huerto del convento, para luego extender su cultivo por toda la isla, como ya habían hecho otros con ciertos productos, como la caña de azúcar, ya que estaban convencidos de que arraigarían muy bien en ella, dado el calor y la humedad allí reinantes. Rojas no pudo evitar sonreír, pues se acordó de los esfuerzos de fray Antonio para hacer que salieran adelante las semillas que Colón había enviado tras su primer viaje a las Indias, como regalo por el apoyo que su proyecto había recibido en el convento de San Esteban.

Durante la travesía, los dos alimentos básicos eran el bizcocho y el vino. El primero era una torta dura de harina de trigo, doblemente cocida sin levadura, lo que le proporcionaba una larga duración. Lo había de dos tipos: el blanco, para los oficiales, y el ordinario o común para el pasaje y la marinería. Según le explicaron a Rojas los dominicos, se trataba de un alimento muy delicado, pues, si se cocía poco, podía estropearse, y, si se hacía demasiado, tan solo los jóvenes de buena dentadura podían masticarlo; y con frecuencia era pasto de las cucarachas dentro de la bodega. En este sentido, era mejor el pan de casabe que hacían los indios. Aparte de eso, también se comía carne o tocino, dos o tres veces a la semana, y el resto de los días: habas, arroz, queso y, sobre todo, pescado en salazón, como bacalao, abadejo, sardinas... Y en alguna ocasión podían disponer de pasas y frutos secos, como almendras o castañas.

El fogón solía ubicarse en la cubierta principal, casi siempre en la proa, sobre una capa de arena, para poder hacer al menos una comida caliente al día, si el viento o la lluvia, claro está, no lo impedían. No obstante, el gran problema era la sed, debido al mucho calor que allí hacía, sobre todo bajo cubierta, y a la escasez no solo de agua, cuya ración era de medio azumbre por jornada, sino también de alimento fresco, pues la mayor parte estaba conservado en salazón. Esto se agravaba, en el caso de la marinería, con las duras faenas de navegación y, en el de los pasajeros, con algunas enfermedades, lo que provocaba algunas situaciones angustiosas, de las que Rojas fue testigo en más de una ocasión. Él mismo sintió alguna vez el deseo de arrojarse al mar para tratar de calmarla, tal era su desesperación. Y luego estaban los olores pestilentes, a causa del amontonamiento y de los excrementos y de todo lo que era susceptible de pudrirse en la carga, una mezcla de tufos que, cuando apretaba el calor, era poco menos que insoportable.

Para la mayoría, la cama era el suelo o, en algunos casos, una estera o un pobre colchoncillo lleno de chinches y piojos sobre la cubierta o bajo ella. Por lo que bien podía decirse que el navío era como una cárcel muy angosta y muy fuerte de la que nadie podía huir, aunque no llevara grillos ni cadenas, y tan cruel que no hacía distinciones entre los presos y sus guardianes, ya que a todos maltrataba y estrechaba por igual. Eran muchos, además, los que enfermaban durante la travesía, y no era extraño que algunos murieran en ella. En tales casos, se llevaba a cabo una breve ceremonia en la cubierta, para arrojarlos enseguida por la borda, sin demasiada solemnidad.

De los pasajeros, algunos tenían ya experiencia en viajar a las Indias, pero la mayoría no había pisado nunca una nave. A los primeros se les llamaba baquianos, y a los segundos, chapetones. A estos últimos se les distinguía fácilmente, pues siempre andaban mareados, revesando por doquier y llenos de zozobra; entre ellos abundaban los soldados recién licenciados, los que acababan de salir de la cárcel o los que no tenían donde caerse muertos. La sensación de encierro, el calor, los malos olores y, sobre todo, la sed hacían que todo el mundo estuviera postrado o irritado. Y, como el viaje era largo, conforme pasaban los días la tensión iba en aumento, lo que ocasionaba más de una disputa o pelea. Una noche en la que no podía dormir, Rojas pudo ver cómo un hombre estuvo a punto de arrojar a otro por la borda porque no paraba de roncar.

Los había también que pagaban su enfado con los pobres dominicos, debido a la mala fama que tenían en La Española por haber osado defender a los indios y estar en contra de las encomiendas, a las que todos en mayor o menor medida aspiraban, por muy humildes que fueran. Así que no era raro que los insultaran, llamándolos bigardos y otras lindezas semejantes, les escupieran o los empujaran, y más lejos habrían llegado si no hubiera estado Rojas para defenderlos. También les robaron algunas provisiones, pero la tripulación no consiguió o no quiso averiguar quiénes lo habían hecho.

Un día los dominicos descubrieron a un muchacho intentando llevarse uno de los brotes que habían embarcado en Gran Canaria. Cuando le preguntaron que si viajaba con su familia, el mozo les contó que era huérfano y que había entrado en el barco fingiendo ser hijo de una pareja de labradores de Zafra. Pero, una vez dentro, estos se habían negado a compartir la comida con él. Los frailes, compadecidos, le ofrecieron una parte de su magra colación a cambio de que vigilara las plantas y el resto de sus pertenencias, lo que a ellos les permitió ocuparse con más libertad de otros menesteres más provechosos, como rezar, cantar letanías con gran alborozo o confortar a aquellos viajeros que más lo necesitaban. De modo que apenas tenían tiempo de desanimarse.

También Rojas procuraba estar siempre entretenido, bien fuera charlando con otros pasajeros, leyendo algún libro o paseando por la cubierta. En una ocasión, pudo observar cómo caían dentro del barco unos pescados de un palmo de longitud con una especie de alas, a los que los marineros llamaban peces voladores. Eso dio lugar a que varios marineros empezaran a contar historias sobre algunos portentos y monstruos marinos con los que se habían encontrado en sus travesías, o sobre las tormentas y naufragios a los que habían sobrevivido gracias a la feliz intervención de la divina Providencia, lo que avivaba el miedo de muchos pasajeros.



De vez en cuando, los baquianos relataban historias que acrecentaban todavía más la inquietud de los chapetones, como la de un labrador que presumía de haberse enfrentado a un grupo de indios caribes que querían capturarlo y llevárselo a su isla para comérselo, ya que esa era su costumbre. Otros les recordaban que la vida no era fácil para los españoles en el Nuevo Mundo, a causa de las guerras con los indios, las enfermedades y las hambrunas, pues con frecuencia no había nada que echarse a la boca. Y es que, como todos estaban obsesionados con el oro, casi nadie se ocupaba de labrar la tierra ni de criar ganado. Ni siquiera se dignaban probar las raíces que solían comer los indios para saciar el hambre, porque decían que crecían bajo tierra y, por lo tanto, no podían ser buenas para ellos. Por otra parte, nadie quería allí servir ni trabajar; todos deseaban ser señores y aprovecharse de los taínos. De ahí que, nada más bajar del barco, muchos españoles se olvidaran de su oficio y de su baja cuna y se las dieran de nobles o se volvieran caballeros como por ensalmo. Algunos ni siquiera aceptaban ir a pie, sino a cuestas de los hombros de los indios o transportados en litera, tumbados en una hamaca, mientras les daban aire con plumas de ave y les hacían sombra con una gran hoja de árbol. Pero la realidad, que es muy tozuda, no tardaba en ponerlos a todos en su sitio.

A pesar de todo, seguían empeñados en hacer fortuna y conseguir oro como fuera. Pero la mayoría desconocía el oficio de la mina, por lo que pronto se cansaban o enfermaban y debían volver a Santo Domingo. Los que tenían indios en encomienda se servían de ellos sin mesura hasta agotarlos y acabar con ellos; en muchos casos, para nada, ya que la cantidad recogida era mínima.

—Y entonces ¿por qué volvéis? —les preguntó Rojas, intrigado.

—Porque en Castilla tampoco tenemos nada —respondió uno de los veteranos—, ni siquiera la ilusión de poder llegar a alcanzarlo algún día; al menos en las Indias nos queda el sueño de lograrlo con un poco de fortuna. De todas formas —añadió con otro tono—, mi idea es viajar a otras islas e, incluso, a Tierra Firme, donde podría haber oro en abundancia. En La Española ya apenas queda y pronto no habrá ni siquiera indios para extraerlo.

—Pues yo tengo un pariente —comentó un tercero— que estuvo en las minas del Cibao y uno de los indios que allí trabajaban encontró una pepita de oro del tamaño de una manzana. Por desgracia, se perdió en un naufragio, junto con su dueño, cuando la trasportaban a Castilla, por culpa de un huracán, que es como llaman allí a los vientos impetuosos y destructivos. Y no era la primera vez que sucedía algo así. De hecho, son muchos los que perecen al volver a casa, después de varios meses o años de penurias y sufrimientos, a veces con las alforjas bien cargadas.

—Olvidaos de una vez del oro —intervino de pronto un viajero con aspecto de mercader—. Ahora el futuro está en los ingenios de azúcar de caña, pero para ello no hay suficientes indios y los pocos que hay no duran mucho en esa tarea. Así que habrá que llevar muchos esclavos negros de Guinea, que son más resistentes al trabajo y a las enfermedades. En realidad, hace ya algún tiempo que vienen haciéndolo con el beneplácito del rey, que recibe un buen dinero a cambio de la correspondiente autorización; de momento, han sido pequeñas cantidades, pero pronto serán varios miles, no lo dudéis. Los negros son esclavos por naturaleza, pues carecen de alma y entendimiento, al igual que las bestias. Sin ellos, en La Española no habrá nada que hacer —concluyó, con aire de suficiencia.

De todo lo que contaban iba tomando el pesquisidor buena nota. Una noche en la que la conversación decaía, después de una jornada muy larga, se animó a preguntar a los veteranos por la ciudad de Santo Domingo, pues quería saber cómo se había fundado y si era tan hermosa y próspera como decían por ahí. El más locuaz de los baquianos le contestó que la primera población de La Española y del Nuevo Mundo la había fundado Colón en el norte de la isla, no muy lejos del célebre fuerte de la Navidad, con el nombre de La Isabela, en honor a la difunta reina, a la que tanto apreciaba. Pero la obsesión por el oro había hecho que la mayor parte de la población se desplazara pronto hacia el sur. Según dijo, el principal causante de que esto ocurriera fue un joven español llamado Miguel Díaz, quien, tras herir en una pelea a un sirviente del adelantado Bartolomé Colón, huyó con varios compañeros suyos hasta un lugar a orillas del río Ozama, cerca del mar, y allí conoció a una india de gran belleza, la cacica Ozema, bautizada luego como Catalina, de la que enseguida se enamoró. Tal vez con la intención de retenerlo a su lado, esta le reveló que en el cercano río Haina había metal dorado en abundancia. Incitado por la noticia, Miguel Díaz retornó a La Isabela y trató de comprar el perdón por su fechoría comunicándole a Bartolomé Colón el feliz hallazgo. Sin embargo, otros veteranos allí presentes aseguraron que había sido su hermano el que le había pedido que abandonara La Isabela y se dirigiera con sus hombres hacia el mediodía. El caso es que, a los pocos días, el adelantado se puso en marcha y, al llegar a la desembocadura del río Ozama, en la parte oriental, decidió fundar una población, a la que llamó Santo Domingo, y no Nueva Isabela, como le había pedido el almirante; de hecho, ese era su nombre oficial. Esto tuvo lugar el 4 de agosto de 1496, si bien alguno juraba que había sido el 5. Sobre el porqué del nombre de Santo Domingo también había varias conjeturas. Unos afirmaban que porque el día en que allí se establecieron era domingo y, por ventura, el dedicado al santo así llamado, y otros que porque el padre de los hermanos Colón se llamaba Doménico, o por las tres cosas a la vez.

Según un antiguo soldado de origen extremeño que había llegado a la isla en el primer viaje del almirante, Santo Domingo era entonces apenas un villorrio formado por varias decenas de chozas de paja y madera, muy parecidas a las de los taínos, alguna casa de tapia y cantería, un pequeño fortín y una capilla. Pero en 1502 fue totalmente destruida por un huracán, el mismo que hizo naufragar una flota de veinte navíos que iba rumbo a España con un gran cargamento de oro y acabó causando quinientos muertos; entre ellos, el antiguo gobernador Francisco de Bobadilla. Debido a esto, su sucesor, frey Nicolás de Ovando, que acababa de llegar a la isla al frente de una expedición de dos mil quinientos hombres, mandó refundar la ciudad en la otra orilla del río, donde estaba ahora, junto al asentamiento del cacicazgo de Ozema, del que no tardaron en ser expulsados los taínos, para que la nueva población pudiera extenderse a sus anchas, hasta convertirse en el lugar de abastecimiento y en la puerta de acceso al Nuevo Mundo, desde donde luego se fueron descubriendo y conquistando otras islas y Tierra Firme; de ahí que en ella estuviera la sede del virreinato y del gobierno de las Indias.

—Con este nuevo emplazamiento —prosiguió el veterano con cierto entusiasmo—, comenzó una época dorada para la ciudad, a la que llegaban numerosos barcos y de la que salían muchos otros, cargados de oro y diversos productos, lo que hizo que la población aumentara y se edificaran muchas casas de piedra y hasta un hospital real para pobres, en cuyas obras participaron más de mil cuatrocientos indios. Este lleva el nombre de San Nicolás, por haberse levantado por iniciativa del gobernador, que presumía de ser muy caritativo. De hecho, en los mentideros de Santo Domingo se decía que Ovando había mandado construir toda la ciudad a su imagen y semejanza, con monumentos adustos como sus costumbres y calles derechas y rectas como su carácter —añadió el hombre entre risas—. Sea como fuere, lo cierto era que, tras combatir con dureza a los indios rebeldes y repartirlos entre sus partidarios, frey Nicolás de Ovando consiguió pronto que la isla comenzara a ser provechosa, con lo que el gran fracaso de la administración de Colón parecía haber quedado atrás. Y, al poco tiempo, se convirtió en un lugar floreciente, al menos para algunos. Pero con el nombramiento como gobernador de Diego Colón las cosas han vuelto a complicarse un poco; de ahí que el rey haya limitado su poder y autoridad.



Las jornadas, por lo demás, discurrían lentas y monótonas como el girar de una noria en un cauce sin agua, siempre con el temor, eso sí, de que el océano se agitara de repente y estallara una tormenta que los hiciera zozobrar o apartarse de su trayectoria. Pero, cuanto más calmada estaba la mar, más tensión había dentro del barco, lo que daba lugar a todo tipo de querellas y disputas entre los pasajeros.

Cuando pasó un mes desde que partieron de Sanlúcar, los chapetones comenzaron a inquietarse un poco, pues no veían la hora de llegar a puerto y comenzar a perseguir quimeras por la isla, hasta que un día descubrieron volando sobre el barco algunas bandadas de aves marinas, señal evidente de que ya estaban cerca de tierra.





III





(Santo Domingo, unas horas más tarde)




Después de treinta y siete días de navegación, que era lo más habitual cuando los vientos eran favorables y no había grandes tormentas, avistaron el puerto de Santo Domingo, de muy hermosas aguas y muy templados aires, salvo cuando soplaban los huracanes. La llegada fue celebrada con gran júbilo y placer por los pasajeros y marineros de la expedición, incluidos los frailes, que no paraban de dar gracias a Dios. Rojas estaba impaciente por bajar a tierra, y no solo por perder de vista el barco, sino también por conocer de primera mano el lugar en el que iba a pasar los próximos meses. Se sentía excitado y expectante, pero, al mismo tiempo, temeroso por lo que allí iba a encontrarse, después de todas esas historias que se contaban.

El puerto estaba justo en la desembocadura del río Ozama, que en ese punto era muy ancho y caudaloso y albergaba muchas naves de todo tipo y calado. Justo detrás de la zona de embarque, por encima de una pequeña vertiente o ribazo, se veían ya las ventanas y tejados de algunas casas y podía intuirse la ciudad, bañada por el sol. Pero lo que más destacaba era la fortaleza que había a la entrada, en la boca del Ozama, para protegerla de posibles ataques, en la que destacaba su impresionante torre del homenaje, así como las murallas y baluartes construidos a la par del río.

Para el desembarco, tendieron una plancha desde la cubierta hasta tierra, por la que bajaron los pasajeros y toda la carga, sin necesidad de utilizar ninguna barca. En el último momento, se produjeron diversos incidentes relacionados con algunas mercancías que no habían sido declaradas o no estaban permitidas. Al final, todo se fue aclarando, gracias a ese maravilloso allanador de caminos y conciliador de voluntades que es el dinero. Una vez en tierra, Rojas se dirigió con sus compañeros de viaje al lugar en el que estaban construyendo el convento. La primera sensación que tuvo al comenzar a caminar fue de calor, un calor sofocante y bochornoso, lo que hacía que no parara de sudar; de modo que se quitó el jubón y se quedó en camisa. También lo deslumbró la luz, tan pura e intensa que recortaba con nitidez los edificios, los árboles y los objetos, doraba sus bruñidas superficies con brillantes y cegadoras reverberaciones y hacía resaltar los colores: arriba, el azul claro de su inmenso cielo; abajo, el verde oscuro de su frondosa espesura, y, en medio, el azul verdoso de su mar cristalino.

Cuando salieron del puerto, se dirigieron hacia la calle de las Damas, llamada así porque por ella se paseaban todas las mañanas las damas de la esposa del gobernador y virrey de las Indias, doña María Álvarez de Toledo. Era una de las principales vías de Santo Domingo, que discurrían paralelas al río, mientras que el resto se habían trazado perpendiculares a estas. La de las Damas iba desde el palacio de Diego Colón hasta la entrada de la fortaleza, que antes le daba su nombre, y en ella tenían o habían tenido sus propiedades la Corona, frey Nicolás de Ovando y algunos nobles y gente de importancia, pero todavía quedaban varios solares vacíos.

Durante el recorrido, al pesquisidor le llamaron la atención algunas casas y palacios, la mayoría de piedra o de ladrillo y argamasa para resistir mejor la fuerza de los huracanes. También había tiendas de mercaderes con productos traídos de Castilla y diversos talleres de artesanos, como sastres, zapateros, herreros, carpinteros, plateros... Las calles eran todas llanas, anchas y rectas, pues habían sido proyectadas a cordel, esto es, con regla y compás, según el modelo del castrum romano, como si con ello los españoles hubieran querido poner orden en un territorio que parecía intrincado y caótico. El resultado era una cuadrícula muy bien trazada que tenía como centro la plaza mayor o de armas, y como límites de dos de sus lados, el río y el mar, dejando los otros dos expeditos para futuras expansiones; de ella salían, además, numerosos caminos y senderos que iban hacia el río y el puerto o hacia los montes y haciendas cercanas, o que continuaban hacia el norte o el oeste de la isla. Era un espacio, en fin, ordenado, abierto y bien ventilado, muy distinto del que era frecuente en las ciudades castellanas, de calles retorcidas y apretujadas, como si estuvieran hechas para huir del sol o protegerse de los malos vientos. Santo Domingo estaba habitada, en esos momentos, por unos dos mil españoles, de los más de cinco mil que poblaban la isla, dejando aparte los que estaban de paso; el resto eran indios o gentes venidas de otras tierras.

Hacia el final de la calle de las Damas, torcieron a la derecha y, después de atravesar un gran espacio sin edificar, llegaron a las humildes viviendas de los dominicos, pues al convento aún le faltaba mucho para estar concluido, ya que el dinero del que disponían era muy escaso. Según Rojas pudo comprobar, eran los frailes los que lo estaban construyendo con sus propias manos y la ocasional ayuda de algunos vecinos. Pero a ninguno de ellos parecía importarle el hecho de tener que remangarse los hábitos para acarrear sillares o levantar muros, supervisados por uno de los hermanos, que ejercía de maestro de obras porque su padre lo había sido. Cuando vieron acercarse a los viajeros, todos ellos hicieron una pausa para acudir a recibirlos con gran alborozo. Junto a lo que iba a ser el claustro, se divisaba un huerto lleno de plantas y cultivos. Sentado a la sombra de un árbol, había un anciano dormitando. Aunque al principio le costó un poco reconocerlo, Rojas supo enseguida que se trataba de fray Antonio.

—Mi querido Fernando, dichosos los ojos... —exclamó este tan pronto despertó—. Por un momento pensé que estaba soñando. Hubo un tiempo en que imaginé que no volveríamos a encontrarnos, y, sin embargo, aquí estáis —añadió, poniéndose en pie.

Su cuerpo era más bien enjuto y no muy alto, y estaba algo cargado de espaldas. Tenía la piel muy arrugada y curtida por el sol, pero aún conservaba una buena parte de su pelo blanco, el semblante alegre y la mirada viva.

—No he podido dejar de acudir a vuestra llamada, pues yo también tenía muchas ganas de veros, después de tantos años —confesó el pesquisidor.

Tras una leve vacilación, se dieron un abrazo tan emocionado que a los dos se les saltaron las lágrimas. Los demás frailes los observaron complacidos, como si estuvieran ante el regreso del hijo pródigo.

—Dejadme que os presente a mis hermanos —dijo fray Antonio lleno de gozo—. Por fortuna, todos son mucho más jóvenes que yo, pues, como podéis ver, es mucho el trabajo aquí pendiente. Mirad, este de aquí es fray Pedro de Córdoba, nuestro vicario.

El nombrado tendría poco más de treinta años y era alto de cuerpo, delgado y de buena presencia. Sus facciones eran regulares y su mirada inspiraba calma, prudencia y seguridad. Su carácter parecía apacible, pero también firme y decidido.

—En realidad, soy uno más —precisó con una sonrisa afable—. Sabed que en nuestra comunidad, a la que humildemente os doy la bienvenida, no hay jerarquías. Aquí las decisiones las tomamos entre todos.

—Lo que sin duda es obra vuestra, pues no ocurre así en otros conventos —replicó fray Antonio—. Pero permitidme que siga con las presentaciones. Este de aquí es fray Bernardino; aquellos, fray Domingo y fray Bernardo; y los otros, fray Jorge, fray Andrés, fray Alonso... —comentó, al tiempo que los iba señalando—. Todos ellos proceden del convento de San Esteban y algunos se han formado, al igual que vos, en el Estudio salmantino, por lo que estamos hablando de gente muy preparada, y no como yo, que todo lo que sé lo he aprendido viajando de acá para allá y trabajando en el huerto.

—¿Os parece poco? Olvidáis decir que vos fuisteis mi mentor y ayudante en mis primeros trabajos como pesquisidor —recordó Rojas con una sonrisa.

—Tonterías —rechazó fray Antonio—. Y, por fin, ese mocetón que viene ahí es fray Antón de Montesinos, de quien habréis oído hablar, pues fue el que predicó el famoso sermón en favor de los indios y en contra de los encomenderos que tanto revuelo ha armado, y con razón —añadió con un gesto cómplice.

El célebre predicador era alto y bien constituido. Tenía la piel curtida por el sol, el rostro ovalado, el pelo abundante y revuelto, las cejas muy pobladas, la frente despejada, la nariz recta, los labios carnosos y las facciones muy marcadas. Sus manos eran grandes y fuertes, como las de un labrador.

—Me temo que el hermano herbolario exagera un poco —se apresuró a decir con su imponente vozarrón—. En todo caso, el mérito no fue solo mío. El sermón lo escribimos entre todos los que aquí estábamos en aquel momento.

—Pero fuisteis vos el que le disteis alma y voz —insistió el herbolario.

—Debéis saber que fray Antonio os aprecia mucho —comentó fray Antón para cambiar de conversación, pues no le gustaba hablar de sí mismo—. Llevaba varios días sin salir de su celda, a causa de unos achaques que no le dan tregua, pero hoy ha querido venir a recibiros en su huerto, que, para él, es como la niña de sus ojos.

—¡Y cómo no iba a hacerlo! Al fin y al cabo, yo soy el responsable de que esté aquí. Y espero que sepáis perdonarme por ello —añadió, dirigiéndose a Rojas.

—Estoy seguro de que ha sido por una buena razón.

—¡Y tan buena! —exclamó el herbolario—. Si no nos damos prisa, los taínos, con todo su saber, desaparecerán muy pronto de la faz de esta isla, Dios no lo quiera, por culpa de esos malditos encomenderos que los utilizan como si fueran esclavos. Nuestro deber es salvarlos.

—Por cierto, os agradecemos mucho que hayáis querido venir —apuntó fray Pedro.

—La verdad es que no he podido negarme, dada la gran insistencia de vuestros hermanos —explicó Rojas.

—La gravedad del asunto así lo requería —se justificó el vicario—. Me imagino que estaréis muy fatigado del viaje y querréis descansar. Fray Antonio os acompañará a vuestro humilde aposento, pues querrá conversar con vos. Supongo que mis hermanos ya os habrán hablado de las condiciones en las que vivimos desde que abrazamos la causa de los indios.

—No tenéis por qué disculparos. Agradezco igualmente vuestra hospitalidad —le hizo saber Rojas—. De todas formas, creo que sería mejor que me alojara en alguna de las posadas de la ciudad.

—¿Es que acaso os incomoda nuestra compañía? —replicó fray Pedro.

—En absoluto —rechazó Rojas con firmeza—. Pero creo que lo mejor es que la gente no me vea demasiado por el convento. Espero que no os importe.

—¿Al menos contaréis con nuestra ayuda? —preguntó fray Pedro, algo contrariado.

—Tan solo hasta que aprenda a moverme solo por estos pagos —señaló Rojas.

—Está bien, como gustéis —concedió fray Pedro no muy convencido—. No obstante, debo advertiros que estaríais más protegido con nosotros. De alguna manera, nos sentimos responsables de lo que os pueda pasar.

—Por eso no os preocupéis, sabré cuidarme solo, y la Corona se hará cargo de mis gastos —aseguró Rojas para que el fraile se quedara tranquilo.

Tras despedirse de los demás hermanos, fray Antonio lo condujo a un hospedaje que había no muy lejos del puerto, donde paraban aquellos comerciantes y oficiales reales que se quedaban en la isla por poco tiempo o que aguardaban en la ciudad la salida de algún barco que los llevara a otra isla o a Tierra Firme. Según le explicó a su amigo, el dueño era de confianza y le debía más de un favor, por lo que allí estaría cómodo y seguro.

La posada estaba situada precisamente en la calle de las Damas. Era una casa de piedra recién construida, limpia y espaciosa. Después de hablar con el posadero, se dirigieron a la cámara, que se encontraba en el piso de abajo. Fray Antonio se sentó en una silla y Rojas permaneció de pie. Desde una de las ventanas podía contemplar el río Ozama y observar, a su izquierda, la gran actividad que había en el embarcadero del puerto. Allí estaba la carabela en la que había llegado hacía unas horas, que se aprestaba ya para emprender un nuevo viaje. De buena gana lo habría dejado todo y se habría vuelto a casa en ella. Pero allí estaba su amigo, feliz por estar con él y deseoso de que llevara a cabo la misión para la que lo había requerido.

—¿Qué os han parecido mis hermanos? —le preguntó el fraile, al ver que Rojas no decía nada—. Confío en que no os hayan importunado demasiado.

—De ninguna manera —rechazó Rojas—. Y espero que ellos también entiendan cuál es aquí mi posición. Así que lo mejor será que, en la medida de lo posible, me mantenga al margen del convento mientras llevo a cabo las pesquisas.

—Lo entenderán, ya lo veréis. De eso me encargo yo —aseguró el herbolario.

—Por lo demás, quiero que sepáis que me parecen muy valientes y dignos de admiración, al igual que vos, dicho sea de paso —añadió Rojas, con un gesto de complicidad.

—Ellos mucho más que yo —lo corrigió fray Antonio—. Si vos supierais... Están haciendo una gran labor en La Española, aunque no todos los que viven aquí piensan lo mismo, como supondréis. Me imagino que ya os habrán contado algo por el camino.

—Así es. Y también me han dicho que fuisteis vos el que disteis la voz de alarma cuando nadie parecía preocuparse por las duras condiciones en las que vivían los taínos por culpa de los encomenderos —dejó caer Rojas.

—Era mi obligación como hombre, y no solo como fraile, hacerlo. Si vos hubierais sido testigo de las mismas atrocidades que yo, estoy seguro de que habríais hecho algo parecido. Como recordaréis, vine a La Española en el tercer viaje de Colón, que partió de Sanlúcar en 1498 y fue bastante largo, ya que el almirante quiso aprovechar para poner el pie por primera vez en Tierra Firme, aunque luego no se lo hayan reconocido. Yo vine casi de incógnito, no como fraile, sino como un labrador más de los que recalaron aquí en ese momento. Mi idea era enseñarles a los taínos a trabajar la tierra de una manera más eficaz, así como intentar adaptar algunas plantas propias de nuestros lares a estas latitudes, ya que soy de los que piensan que, antes de predicar la palabra de Dios, hay que procurar dar trigo en su nombre. El caso es que, por un tiempo, quise vivir como ellos y compartir lo que sabía. Pero pronto me di cuenta de que no tenía mucho que enseñarles; era más bien yo el que debía aprender de ellos.

—¿Qué queréis decir? —preguntó Rojas, intrigado.

—Según ellos me contaron, antes de la llegada de Colón, todas sus necesidades estaban cubiertas sin demasiado esfuerzo por su parte, debido a la gran fertilidad de esta isla —le explicó el fraile—. Y es que en ella durante todo el año tienen hojas los árboles, están verdes los prados y las cosas prosperan admirablemente, gracias a que el aire es muy saludable, las aguas abundantes y el clima una bendición, algo así como una perpetua primavera o un permanente otoño, según la estación sea seca o de lluvias. Por eso, las legumbres maduran aquí dos veces por temporada, y hay hortalizas que a los quince días o, como mucho, al mes de haberlas sembrado ya están en plena sazón. También las vides que se trajeron de Castilla, si se las cuida, crecen de forma notable; y no digamos la caña de azúcar, traída por el almirante en su segundo viaje, que en poco tiempo fructificó de tal forma que parecía originaria de aquí; de hecho, en esta tierra crece más alta y más gruesa que en ninguna otra parte, como de un codo de larga. Los taínos, además, tienen por cierto que la tierra, el agua y el sol son de todos, son algo comunal, y que, por lo tanto, no debe haber entre ellos ni tuyo ni mío, origen de todos los males de este mundo, por lo que aquí sobraban campos y no le faltaba nada a nadie. Para ellos esto era como vivir en esa Edad de Oro de la que tanto se habla en los libros. De modo que no era menester cerrar sus heredades ni con fosos ni con paredes ni con setos; vivían con las casas y los huertos abiertos, sin necesidad de leyes, ni alguaciles ni jueces, pues si hay algo que detestan los taínos es la codicia, la mentira y el robo. De manera natural, sin que nadie se lo enseñara ni se lo impusiera, veneraban al que era recto y tenían por malo y perverso al que se complacía en hacer injuria a cualquiera. Se contentaban, en fin, con lo que tenían y así vivían tranquilamente, hasta que llegamos nosotros, los españoles, y todo se fue al garete. Poco a poco fui descubriendo que, lejos de redimirlos, lo que habíamos hecho era sacarlos por la fuerza de su pequeño paraíso y convertir su vida en un infierno, y lo habíamos hecho a conciencia, tal vez porque no soportábamos la idea de que pudiera existir un pueblo que no fuera ambicioso ni avaricioso.

—Puede que tengáis razón —apuntó Rojas.

—Por desgracia, para entonces, la mayoría de los indios estaban ya en manos de los encomenderos, que los tenían como esclavos en las minas, oprimiéndolos con trabajos forzados que no podían soportar y sin proporcionarles la alimentación adecuada, que en el mejor de los casos consistía en casabe con una especie de pimienta llamada ají. Para que os hagáis una idea de lo que les daban, os diré que un cristiano comía en un día lo que una familia de taínos en un mes. Así que, después de recorrer la isla y ver cómo muchos morían víctimas de la fatiga, el hambre, las enfermedades traídas por nosotros y los malos tratos, sin que nadie se prestara a ayudarlos, decidí escribir varias cartas a fray Domingo de Mendoza, a quien había conocido en el convento de San Esteban, contándole con detalle lo que aquí pasaba. Este pronto se convirtió en el promotor de una misión para evangelizar a los taínos y tratar de librarlos de los encomenderos. Pero, para ello, había que buscar personas de temple y prepararlas bien. Aunque él nunca me lo dijo, intuyo que hubo muchos obstáculos, pues no todos en la orden debían de estar de acuerdo con sus ideas. No obstante, el rey les dio permiso para que viajaran quince frailes y tres seglares; y luego le comunicó por carta al gobernador Diego Colón que, una vez aquí, los atendiera y les proporcionara todo lo que necesitaran. Por desgracia, fray Domingo de Mendoza, que había sido nombrado vicario provincial para esta misión, hubo de retrasar su viaje, ya que tuvo que ir a Roma para hacer algunas gestiones relacionadas con la misma. Tras dos años más de preparativos, varios hermanos se pusieron, por fin, en marcha. Para ello tuvieron que pedir limosna y hospedaje en los pueblos por los que pasaban, hasta llegar a Sanlúcar de Barrameda, donde se embarcaron con alegría para el Nuevo Mundo.

Fray Antonio le contó a su amigo que los primeros en llegar a La Española habían sido fray Pedro de Córdoba, en calidad de vicario, fray Antón de Montesinos y fray Bernardino de Santo Domingo. Con ellos había viajado también el hermano lego Domingo de Villamayor, que pronto regresaría a Castilla. Y a este grupo fueron sumándose algunos hermanos más, procedentes de San Esteban o de otros conventos reformados de Castilla, hasta completar el cupo concedido por el rey; entre los que se encontraban el propio fray Domingo de Mendoza y fray Tomás de Berlanga.

En un principio, vivieron en extrema pobreza, de la caridad de unos pocos vecinos. Uno de ellos, llamado Pedro de Lumbreras, les dejó una especie de bohío grande al cabo de un corral que tenía. En cuanto a sus camas, no eran más que unas cuantas varas puestas sobre horquetas y cubiertas con colchones de paja seca. Sus hábitos estaban hechos de lana mal cardada y los demás vestidos, de tela tosca y áspera, no muy apropiada para el calor que allí hacía. Y su alimentación consistía en pan de casabe; una planta llamada maíz; cocido de berzas, generalmente sin aceite, y sazonado con ají; huevos y, de cuando en cuando, un pescadito que alguien les daba por caridad.

—Parecíamos mendigos —explicó fray Antonio—, con la diferencia de que, por voluntad propia, habíamos decidido no pedir limosna, aunque sí admitir lo que voluntariamente nos dieran. Ahora, gracias a la huerta, disponemos de más abundancia y variedad.

—¿Y cómo fueron recibidos vuestros hermanos por Diego Colón? —quiso saber Rojas.

—Al poco de llegar, se presentaron ante el gobernador y le mostraron la voluntad de conocer a los nativos. Pero este se mostró muy desconfiado y poco colaborador. De modo que tuvieron que arreglárselas solos. En un primer momento, les sorprendió mucho el hecho de que los indios rechazaran cualquier labor evangelizadora, lo que explicaba que muchos frailes anteriores fracasaran y fueran incapaces de entenderse con ellos, como fue el caso de fray Bernardo Boyl. Y es que los taínos ya no se fiaban de los cristianos, por lo que hubo que ir con mucho tiento. Sentado en un banco, no subido en un púlpito, y con un crucifijo en las manos, fray Pedro intentó varias veces hacerles comprender que los dominicos habían venido a la isla solo para ayudarles y no para aprovecharse de ellos. Después, con la ayuda de intérpretes y numerosos gestos y representaciones, comenzó a predicarles la buena nueva: desde la creación del mundo hasta la crucifixión de Jesús, cabeza de todo linaje humano, y su misión redentora. También les dijo que todos ellos eran igual que él, criaturas de Dios, destinadas a gozar de la felicidad eterna. De esta forma, logró captar su atención, pero pronto se dio cuenta de que, mientras no acabáramos con las encomiendas, no teníamos nada que hacer.

»Con este fin nos pusimos a recabar testimonios entre los propios españoles. Al principio, como cabía esperar, nadie quería hablar. Pero un día, cuando estábamos cenando, se presentó en el convento un español llamado Juan Garcés, que llevaba algún tiempo oculto en la selva, huido de la justicia por haber matado a su mujer, una cacica taína que, según sostenía, le había sido infiel. Al enterarse de la llegada de los dominicos y de nuestra buena disposición, había decidido venir a vernos para confesar su horrendo crimen, del que estaba muy arrepentido. También nos habló del maltrato que él mismo había dispensado a los indios y de las enormes crueldades a que eran sometidos por parte de los cristianos. Según nos dijo, las tierras de labranza eran de la Corona y su cultivo corría a cargo de los encomenderos, que, a su vez, se encargaban de aprovecharse del trabajo forzado de los indios. Y ello a pesar de las advertencias de la reina Isabel contra los excesos de las encomiendas, como la provisión enviada al gobernador en 1503, mandando que se pagara a cada uno de ellos el jornal y el mantenimiento por cada día trabajado y se les tratara como a personas libres que eran y no como a siervos o algo peor, sin causarles ningún daño ni desaguisado, pues solo los taínos rebeldes y los caribes podían ser legalmente esclavizados.

»Al escuchar tales cosas, los dominicos nos sentíamos algo culpables, debido, sobre todo, al apoyo que fray Diego de Deza y el convento de San Esteban habían dado, en su día, al proyecto de Colón. Por otra parte, estábamos comprometidos con la causa de instruir a los indios en la fe cristiana, como había sido el deseo de la reina Isabel, que, en su lecho de muerte, había pedido de forma explícita que fueran debidamente evangelizados y tratados con benevolencia, ya que eran súbditos libres de la Corona. Así que dedicamos mucho tiempo a debatir sobre esta cuestión. De entrada, no veíamos cómo podía ser lícita esta manera de tener encomendados a los indios con el único fin de servirse de ellos; más bien nos parecía algo en contra no solo de la ley divina, sino también de la humana y natural, por lo que lo más urgente, para nosotros, era tratar de suprimir las encomiendas. Con este fin decidimos