Main Agua roja

Agua roja

0 / 0
How much do you like this book?
What’s the quality of the file?
Download the book for quality assessment
What’s the quality of the downloaded files?
Me llamo Dani y no me resulta fácil contar mi historia. Dicen que lo mejor es comenzar por el principio, de modo que eso haré, literalmente. Empezaré con el primer recuerdo que tengo, que además es la sensació más bonita de mi vida.

Dudo que se entienda del todo, porque solo alguien como yo puede recordar de esta manera.

Pero por alguna parte debo iniciar mi relato.
Year:
2018
Publisher:
El desván de Tedd y Todd
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.16 MB
Download (epub, 1.16 MB)

You may be interested in Powered by Rec2Me

 

Most frequently terms

 
0 comments
 

You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
1

España trastornada

Year:
2017
Language:
spanish
File:
EPUB, 735 KB
0 / 0
Contents





Copyright

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Nota del autor

Contacto con el autor

Bibliografía





AGUA ROJA



KINDLE EDITION





Copyright © 2018 Fernando Trujillo

Copyright © 2018 El desván de Tedd y Todd



Edición y corrección

Nieves García Bautista



Diseño de portada

Oscar Camacho





CAPÍTULO 1





La teta estaba calentita, como a mí me gustaba, y dura. El pezón llenaba mi boca. Cuando me cansaba de chupar, jugueteaba con él, con la lengua y los labios. Me encantaba. Si de mí hubiera dependido, me habría pasado así horas. La pena era que muy pocas cosas dependían de mí. En realidad, prácticamente ninguna.

—Qué mono —dijo mi mamá—. Ahora un poco de la derecha.

Me colocó en el otro lado con la agilidad y destreza de movimientos que proporciona el hacer lo mismo muchas veces. En cuanto el pezón quedó a la vista, lo agarré y me lo metí en la boca, lo saboreé, lo abracé. Cerré los ojos para disfrutar de lo mejor que mi corta vida me ofrecía.

Entonces mamá dijo que ya había pasado mucho tiempo y quiso retirarme de su pecho.

El tiempo era un concepto muy complicado del que mi papá y mi mamá hablaban con frecuencia. Yo estaba casi convencido de entenderlo, pero ellos se referían a él con muchas palabras y expresiones diferentes, que, si no me equivocaba, indicaban algo así como su tamaño. Solían referirse a «horas» y «minutos», pero también «mucho» y «poco», lo que complicaba mis intentos de medir su tamaño. Lo que sí sabía con certeza era que, cuando mi mamá consideraba que había chupado bastante, yo me quedaba con ganas.

Así que lloraba.

—Está bien. Otro poco más para mi pequeñín.

Funcionó. Me acercó de nuevo a su pecho y yo fui feliz «otro poco más». Lloré de nuevo cuando se terminó, pero esta vez ya no resultó. A veces llorando conseguía lo que yo quería, otras no, y no entendía la razón. En algunas ocasiones, muy pocas, mi llanto incluso arrancaba una ; sonrisa en mis papás. En cualquier caso, ante la duda, lo mejor era intentarlo.

La gente grande, no solo mi mamá y mi papá, sabían más que yo de todas las cosas. Eran muy listos. Podían hacer de todo, controlaban la luz y la oscuridad, los sonidos, y tenían muchos objetos que hacían toda clase de cosas maravillosas e incomprensibles. Dominaban el mundo a mi alrededor.

Algunos de aquellos objetos eran míos, al parecer. Se llamaban… juguetes, sí. Si los tocaba, mis papás se ponían contentos, excepto cuando me los metía en la boca, algo que me gustaba mucho, por cierto. Sin embargo, si tocaba otros objetos que no fueran juguetes, mis papás casi siempre se… Aún no sé qué palabra se usa para esa situación. Creía que se enfadaban, pero no se trataba de eso. Les cambiaba la voz, eso sí, y ponían los ojos grandes y solían decir mi nombre muy alto. Luego se acercaban muy deprisa, a una velocidad que me parecía increíble de alcanzar, y me quitaban el objeto de las manos.

De ese modo aprendí mi nombre. Hacía tiempo que yo sabía que había una palabra especial para mí, pero no identificaba cuál era porque usaban muchas, como «cielito», «pequeñín» o «cariño». En ocasiones incluso varias a la vez, lo que me confundía más, como «mi bebé» y «nuestro tesoro». Había otra persona grande que a veces venía a nuestra casa que me llamaba de formas muy extrañas. La única que logré memorizar fue «el pequeño cabroncete». Lo de «cabroncete» me tenía desconcertado porque solo se lo oía a esa persona y, al no poder comparar, no conseguía descifrar su significado. Aquella persona grande se parecía mucho a mi mamá, aunque solo en la cara, sobre todo la nariz y los ojos. El resto del cuerpo era como el de mi papá: no tenía pechos.

El caso es que cuando tocaba otras cosas que no fueran mis juguetes, o cuando me colocaba muy cerca del borde del sofá o de la cama, siempre, sin excepción, gritaban la misma palabra.

—¡Dani!

Ese era mi nombre.

Creía que mi mamá me daría ahora los juguetes, que era lo que siempre hacía después de la teta, pero en lugar de eso, abrió el cuadrado de las imágenes. No se tocaba ese cuadrado, me lo repetían mucho, solo se miraba.

—A ver qué ponen en la tele para mi bebé.

Ese era el nombre del cuadrado: «tele». Otra palabra que incomprensiblemente se me olvidaba, porque era una de las que más escuchaba. La tele fue de los primeros objetos que más me llamaron la atención. Se sucedían infinidad de imágenes asombrosas, aunque la mayoría no las comprendía. De la tele aprendí muchas palabras. Al principio solo eran sonidos, pero descubrí que, prestando atención, aquellos sonidos se repetían, no eran al azar, había un secreto en la forma en que se producían. Algunos de esos sonidos también los decían mis papás. Recordaba todos los que podía, tanto si conocía su significado como si no. También me fijaba mucho en las caras de los que hablaban los sonidos. Hasta comprender que eran palabras y expresiones, las mismas que empleaban mamá o papá.

El problema de la tele era que a veces repetía las mismas imágenes. Y aquella era una de esas veces. Había un lobo y un cerdo jugando con unos objetos de color blanco y negro. Yo creía que eran juguetes, pero no, porque mi papá tenía esos mismos objetos y no me dejaba tocarlos, aunque sí se trataba de un juego. El lobo y el cerdo hablaban de comida mientras jugaban. Luego el cerdo salía corriendo y el lobo le perseguía. Al final venía otro cerdo y tiraban al lobo por un agujero muy grande. La parte en la que el lobo salía del agujero con el cuerpo aplastado me hacía mucha gracia, pero ya lo había visto demasiadas veces y sabía qué iba a pasar. Perdí el interés.

Me giré para buscar algo nuevo y vi la caja en la que papá guardaba los mismos objetos con los que jugaban el lobo y el cerdo. Estaba más cerca que la sucesión de palos blancos, más altos que yo, que me impedían alejarme mucho más allá de la alfombra.

Escuché un sonido muy fuerte que siempre aparecía de repente, en cualquier momento, y a menudo. Y se repetía. Sin embargo, había detalles que me hacían pensar que se trataba de tres sonidos distintos, puede que más. Uno era constante, como si dieran golpes; el otro me resultaba demasiado confuso; el tercero era una voz que hablaba muy raro. Creo que había otra palabra mejor que «hablar» para referirse a lo que hacía esa voz.

El sonido se interrumpió de repente.

—¿Diga? —oí decir a mi mamá.

Yo solo le veía los pies y un poco las piernas. La gente grande era muy alta. Tuve que levantar la cabeza todo lo que pude. El esfuerzo me hizo perder el equilibrio y me caí de espaldas. No me dolió, pero lloré. Si no me ayudaban, tardaba mucho en volver a ponerme a cuatro patas. Mamá me ayudó.

—Luego te llamo, se ha caído el niño… No, no, solo se ha quedado boca arriba, no es nada.

De nuevo, con esa asombrosa agilidad de movimientos, me sentó. Dejé de llorar. Ella me acarició.

—Pero qué guapo eres.

Reanudé mi camino hacia la caja de papá. Estaba un poco alta para mí, encima de una tabla marrón pegada a la pared. Me apoyé en la tabla y estiré las rodillas para levantarme. De nuevo perdí el equilibrio y caí, pero esta vez el pañal amortiguó el golpe. Volví a intentarlo.

La gente grande se sujetaba solo con las piernas, pero yo no era capaz de hacerlo. Aun así, di con la solución. Si no soltaba la tabla, era mucho más sencillo mantener el equilibrio. Pero necesitaba las manos para coger la caja. Decidí arriesgarme solo con una. En cuanto solté la mano, mis piernas temblaron. Iba a caerme otra vez, así que apoyé la mano de nuevo. Sin darme cuenta, la apoyé en la caja de papá.

Tiré de la caja. Llegó al borde de la tabla y entonces noté que pesaba mucho, que mi brazo no podía sostenerla. La caja cayó sobre mi barriga y me derribó. De nuevo terminé sentado en el suelo. Los objetos negros y blancos salieron de la caja y se movieron por todas partes. Me costó mucho reunirlos todos. Luego los coloqué como hacían el lobo y el cerdo en la tele.

Entonces sonó el timbre de la puerta. Era muy molesto. Oí los pasos de mi mamá acercándose a la puerta.

—Hola, cariño —oí decir a mi papá.

No le veía, pero sabía que ahora estaba juntando los labios con los de mi mamá, siempre lo hacía cuando pasaba por la puerta, tanto para entrar como para salir. Mi mamá estaba siempre conmigo, pero a mi papá le veía poco tiempo.

—Está en el salón —dijo mi mamá.

Enseguida entró mi papá, que sonrió y abrió los brazos. Tenía uno de sus trozos de tela con dibujos colgando del cuello. Me gustaba tirar de esa tela. No me gustaba tanto que papá me cogiera, cosa que siempre hacía al llegar a casa. La verdad era que no quería que lo hiciera nadie, salvo mi mamá, y tampoco demasiado si no iba a darme teta. Cuando la gente grande me cogía no podía hacer nada. Y no sé por qué a la gente grande le gustaba mucho cogerme y abrazarme.

—¡Ya estoy en casa, enano!

Esa era otra palabra que usaba mi papá para llamarme, creo que con más frecuencia que mi nombre. Pasó por encima de los palos blancos que yo no podía saltar y me cogió. Me levantó y me puso los labios en la cara. Luego vio los objetos de su caja y le cambió la cara. La sonrisa le había desaparecido.

—¡Nena! ¿Por qué le das mis cosas al niño? Luego las pierde y…

—¡No le he dado nada!

Hablaban muy alto porque no estaban cerca. Papá me dejó en el suelo y se marchó.

—Vamos, él no puede haber cogido mi…

No escuché nada más porque se marchó del salón. Yo me giré para seguir jugando, pero mi mamá y mi papá vinieron a verme.

—Te repito que yo no le he dado nada. Estaba viendo los dibujos… ¡Cielo santo!

Mi mamá se tapó la cara con las manos. Los dos tenían una expresión rara. La había visto en la tele alguna vez, se parecía a la que ponían cuando yo estaba cerca del borde de la cama. Intenté averiguar qué provocaba aquella expresión, pero no vi nada extraño.

—Intentas tomarme el pelo, ¿no? —dijo mi papá—. La verdad es que lo haces bien…

—Te digo que yo no le he dado nada. Lo ha hecho él solo.

—Eso es imposible.

De repente pasaba algo interesante, lo notaba. Aquella no era una simple variación de la rutina. Algo nuevo estaba por allí, en alguna parte. Me excité.

—¿Por qué te mentiría?

—Pues no lo sé, la verdad. —Mi papá se acercó y se agachó al lado de los objetos blancos y negros—. Están perfectamente colocadas… Que no me lo creo.

Ahora mi madre sonreía y a la vez arrugaba la frente.

—Es increíble. —Me cogió en brazos—. Mi niño. ¡Qué listo es!

Mi papá nos miró a los dos.

—¿Pretendes decirme que el enano ha cogido la caja del ajedrez de la estantería y ha colocado las piezas sin equivocarse? ¿Él solo? —Tras un instante, mi padre también sonrió de esa manera—. Pero si no tiene ni cinco meses.





Me encantaba volar. Era una actividad de la que nunca me cansaba. Desde las alturas todo se veía diferente, se dominaba una extensión mayor. Cuando ganaba velocidad notaba el aire acariciando mi cara.

Cuanto más alto mejor, en especial cuando mi papá me levantaba hasta casi tocar el techo. A mi mamá la ponía nerviosa que yo volara.

—Ten cuidado, por Dios. Como se te caiga el niño…

Pero mi papá no se detenía.

—Pero si le encanta. Mira la cara que pone.

Hacía un ruido raro con la boca mientras me llevaba volando por toda la casa. Me llamaba de otra manera: añadía «súper» delante de mi nombre. Yo había visto a otra persona grande en la tele que tenía un nombre parecido, que empezaba por la misma palabra. Aquella persona iba con un pijama azul y, a la espalda, una sábana roja. Y podía volar solo, sin que su papá le sujetara por los brazos. Tal vez algún día yo también podría hacerlo.

—Yyy… ¡ya está! —Mi papá me dejó en la alfombra. En mi pecho notaba unos golpes muy rápidos y fuertes—. Ahora, vamos a jugar. —Señaló el ajedrez. Las piezas estaban colocadas como en los dibujos del lobo y el cerdo—. ¿Qué te parece, Dani? ¿Quieres jugar con papá? —Miré hacia otro lado, a un muñeco blandito que tenía forma de elefante—. Si juegas conmigo, luego podrás volar otro rato. ¿Qué te parece?

Me parecía un buen trato. Me acerqué a las piezas del ajedrez.

—Le estás manipulando —dijo mi mamá.

—Pero si está contento. Mírale.

—¿En serio? —Mi mamá se sentó en la alfombra y me miró—. Dani, ¿quieres que realicemos un exorcismo?

Sonaba excitante. No sabía qué era eso, pero cualquier cosa nueva me llamaba la atención. Y tal vez un exorcismo fuera divertido. Gateé hacia mi mamá.

—¿Lo ves? —dijo ella.

—Solo quiero probar, mujer. ¿No sientes curiosidad? Te prometo que, si el niño no quiere, no lo intentaré más.

—Y yo voy y te creo.

Mi papá me agarró por debajo de los hombros y me colocó frente a él, delante de las piezas de color negro.

—Vamos a jugar al ajedrez, Dani. Solo si te apetece, claro —dijo mirando a mamá. Luego me sonrió—. Empiezo yo. A ver… Voy a mover esta de aquí. Así, ¿te gusta? ¿Quieres mover tú una de esas que tienes delante?

Mi papá había hecho lo mismo que el lobo en los dibujos. Había cogido una de las piezas más pequeñas, las más numerosas, y la había cambiado de cuadrado. El cerdo siempre movía después una de las negras, y así sucesivamente. La mecánica era muy sencilla. Supuse que mi papá también había visto esos dibujos. Como él imitó el movimiento del lobo, yo repliqué el del cerdo.

A pesar de que veía claramente el cuadrado en el que quería poner la pieza, mis movimientos no eran muy precisos obedeciendo mis órdenes. Tuve que rectificar un par de veces, pero al final conseguí dejar la pieza pequeña en el que estaba justo al lado del de la pieza que mi papá acababa de mover.

Casi siempre que yo hacía algo, lo que fuera, se producía una respuesta por parte de mis papás. En aquella ocasión se miraron y permanecieron en silencio. Mi papá cogió otra pieza y la cambió de cuadrado. También era el mismo movimiento que hacía el lobo en los dibujos. Comprendí que el juego consistía en replicar al lobo y al cerdo, y eso me decepcionó un poco, pero como quería volar con mi papá, cogí la pieza que me correspondía y la cambié de cuadrado. Me sabía de memoria cómo seguía la partida. Dentro de poco empezaríamos a poner piezas en los cuadrados que ocupaban otras y las quitaríamos del tablero, y al final la pieza negra redonda que tenía en la esquina, acabaría al lado de la pieza blanca más alta de todas, la que tenía una cruz en la cabeza. Ahí es cuando el lobo se enfadaba y comenzaba la persecución.

—No puedo creerlo —dijo mi papá.

—Mueve, vamos —le apremió mi mamá—. Juega con él.

Mi papá hizo algo que no entendí. No debía de haber movido otra de las piezas pequeñas, eso no era lo que hacía el lobo. Así no era el juego. Como no sabía qué hacer, me entraron ganas de llorar. La risa y el llanto eran muy parecidos, en el sentido de que no podía controlarlos. Así que empecé a berrear.

—¿Qué le pasa?

—Se acabó el juego. —Mi mamá me cogió en brazos. Yo seguía llorando—. Tranquilo, pequeñín, ya está.

—Ha hecho dos movimientos correctos —dijo mi papá—. Es… asombroso. Y no puede ser una coincidencia.

—Ya lo sé.

—Parece que te molesta.

—No es eso… Me asusta. No… No es normal.

—Tampoco lo es que gateara con cuatro meses, ¿recuerdas?

—Hay algo más —dijo mi mamá—. Yo creo que nos entiende. A veces, cuando hablamos… No sé, me mira de un modo…

—Los niños ponen mucha atención en todo, es normal. Y, sinceramente, eso me sorprende menos. Al fin y al cabo, hablamos todo el tiempo. Pero no jugamos al ajedrez todo el tiempo. ¿Sabes lo complicado que es este juego? Estoy seguro de que sabe mover todas las piezas…

—Ahora me asustas tú.

—Pero esto es lo más impresionante que…

—Entonces, ¿por qué llora?

—Se le pasará enseguida.

—No. No quiero que vuelvas a obligarle a jugar al ajedrez.





Los sonidos se podían tocar y tenían sabor. Yo tenía uno en una mano, de color rojo, y otro azul en la boca. El azul sabía mejor. Los sonidos eran blandos y pesaban muy poco. Había muchos.

Junto a los sonidos, en la misma caja, había una tele pequeña. En la pantalla desfilaban los sonidos mientras una canción los nombraba. Si tocaba la pantalla, la canción se detenía y la tele me decía el nombre de ese sonido. La toqué cuando vi el sonido azul que tenía metido en la boca.

—Equis —dijo la tele pequeña.

Luego siguió la canción. Intenté tocar la pantalla de nuevo cuando apareció el siguiente sonido, pero mis movimientos eran lentos y se me escapó.

—Zeta —dijo la tele.

Esa no la había tenido en mis manos todavía. No conocía su sabor. Rebusqué en la caja hasta que la encontré. Tiré la equis y me metí la zeta en la boca. Hice lo mismo con todos los sonidos. Según la canción, al conjunto de los sonidos se les denominaba abecedario y a cada uno por separado se le llamaba letra.

Siempre me fijaba en las cosas que se repetían. Observaba y descubría un orden, una relación, y entonces sentía una alegre excitación.

Cuando la luz venía de fuera de la casa, mi papá no estaba, y yo solía dedicarme a jugar o a ver la tele. Cuando la luz de fuera de la casa se apagaba, nos íbamos a dormir. El ciclo era evidente. Entenderlo y poder predecirlo me producía fascinación y aburrimiento al mismo tiempo. Una vez que comprendía algo, buscaba algo nuevo que descifrar.

Con las personas grandes no lo conseguía.





Mi tiempo era muy importante para mis papás. Hablaban mucho sobre ello, también con otras personas grandes. Según ellos, ahora tenía seis meses. Alguna vez mis padres habían hecho referencia a su propio tiempo, pero al parecer la gente grande no tenía meses, sino años.

—Ahora que no nos ve tu madre…

Mi papá se sentó y puso el tablero de ajedrez entre nosotros. Yo gateé hasta su lado mientras él colocaba las piezas. Lo hacía muy deprisa, con movimientos muy rápidos y precisos.

—No, Dani, tú tienes que ponerte allí, enfrente de mí.

Yo no quería jugar, quería volar. Hacía mucho que mi papá ya no me llevaba volando por la casa, silbando y riendo conmigo. Me puse de pie apoyándome en su pierna, traté de agarrar su mano.

—Eh, cuidado, que te vas a caer. Ven, siéntate aquí.

Mi papá no me entendía, aunque no solo él. Era curioso que cuanto más entendía yo a la gente grande, menos me entendían ellos a mí. No conseguía transmitirles mis deseos por más que lo intentaba; además, ellos siempre interpretaban mis reclamos como ganas de comer, de dormir o de jugar, y no siempre se trataba de eso. En especial, me irritaba bastante cuando trataba de avisarles de que iba a hacer caca. Yo llamaba su atención de mil formas, pero ellos sonreían y me hacían cosquillas, o me daban mis juguetes. No veía la relación entre la caca y los juguetes, pero ellos al parecer sí. Solo se daban cuenta cuando el olor se hacía evidente, y para entonces yo llevaba ya un tiempo muy molesto con la caca pegada a la piel. Lo que nunca fallaba era llorar. Así siempre conseguía atención, aunque no comprensión.

Mi papá movió el peón y me miró fijamente. Se me ocurrió que, si jugaba con él, a lo mejor luego me llevaría volando. Moví mi peón.

Sucedió lo mismo que la primera vez que empezamos a jugar. Enseguida mi papá dejó de colocar las piezas como en los dibujos del lobo y el cerdo, así que yo hice lo mismo.

—Ahí no se puede poner un alfil —dijo mi papá—. Los alfiles no pueden moverse a una casilla de otro color, ¿lo ves? El que está en una casilla blanca, nunca ocupará una negra. ¿Lo entiendes? Lo pondré en esta de aquí, que está al lado. Lo estás haciendo muy bien, Dani. A papá le gusta mucho jugar contigo.

Yo ya sabía cómo se movía un alfil, era una de las reglas más sencillas que había aprendido al ver jugar al ajedrez en la tele. Me costó más entender el movimiento del caballo. Mi papá había puesto el alfil en la casilla que yo quería ocupar, solo que mis manos no eran como las suyas, era complicado agarrar las piezas y situarlas exactamente donde yo quería. Si las casillas fuesen más grandes…

Hubo un momento en que tuve que gatear para alcanzar un cuadrado negro en el que situar una torre. Al hacerlo, mi rodilla chocó con las piezas sin que yo me diera cuenta y las derribó. Mi papá no se enfadó, aunque dijo muy alto una palabra que yo no conocía. Fue increíble lo rápido que colocó de nuevo las piezas en sus respectivas casillas.

—¿Qué haces? —dijo mi mamá.

Tenía esa expresión que no me gusta y su voz sonaba más alta de lo normal. Miraba a mi papá, no a mí.

—Solo estamos jugando, no pasa nada.

—Dijimos que no…

—Escúchame, cariño, Dani no solo entiende el movimiento de las piezas, sabe jugar. Defiende y ataca. ¡Y juega bien! ¡Con seis meses! Estoy seguro de que ganaría a mucha gente.

El peón que quería mover estaba muy cerca del lado de mi papá, así que gateé hacia él mientras ellos hablaban. Esta vez lo puse a la primera en la casilla que yo quería.

—¡Ae! —dije tan alto como pude.

No me oyeron.

—La última vez el niño acabó llorando —dijo mi mamá—. Se estresa con ese juego.

—¡Ae! ¡Ae!

—No entiendes lo que esto significa. Es algo grande, déjame que termine la partida.

—¡Aeeeeeeeeeeeeee!

—Juega. Termina.

—No entiendo por qué te enfadas.

—Lo digo en serio —aseguró mi mamá—. Mira el tablero.

Por fin me prestaban atención. Se agacharon, pero parecían más interesados en el ajedrez que en mí.

—Ae —repetí.

—Bueno —dijo mi papá—. La verdad es que el niño es bueno.

—¿Te estás dejando ganar?

—No. ¿Por qué lo dices?

—Mira bien.

—Ha movido un peón. Puedo…

—No puedes hacer nada. El peón no es la amenaza. Lo ha movido para no estorbar a su alfil que ahora apunta directamente a…

—No puedo creerlo. —Mi papá se llevó las manos a la cabeza.

—Sí, a tu rey. Creo que «ae» quiere decir «jaque».

Mi mamá lo había entendido. Y mi papá también. Su rey ya no tenía escapatoria, de modo que la partida había terminado. Llegados a este punto, el lobo perseguía al cerdo para comérselo. Me excité mucho y salí corriendo, seguro de que mi papá me perseguiría. La idea me pareció muy divertida, me reía mientras corría. Me detuve al llegar al sofá y me preparé para que mi papá me cogiese, seguramente me haría cosquillas.

Ni siquiera se había levantado. Me miraba fijamente y mi mamá también, inmóviles, como las piezas del ajedrez. Agité las manos, pero nada. Las ganas de llorar comenzaron a formar una bola en mi garganta. La cara de mis papás era muy extraña.

—¿Lo has visto? —preguntó mi mamá.

Habló casi sin mover la boca.

—¿Que si lo he visto? ¡Joder, lo estoy viendo ahora! ¿Tú sabías que ya puede andar?

Andar era lo que hacían las personas grandes. Entendí que se referían a mí y entonces fui consciente de que efectivamente estaba de pie sobre mis piernas, sin usar las manos. No me costaba mantener el equilibrio. Fue una pena que en ese mismo instante mis piernas perdieran fuerza y se doblaran. Me caí.

Repasé mi propio trayecto desde la alfombra hasta el sofá y me impresionó la velocidad que de pronto había ganado mi forma de desplazarme. Era maravilloso. Quería reír y gritar. Pero mis papás no estaban contentos. No aplaudían ni me decían «muy bien» ni me ponían los labios en la cara, como siempre que alcanzaba un nuevo logro. Me sentí muy confundido y la bola de mi garganta creció hasta que no pude contenerla. Lloré.

Mi mamá me cogió en brazos y se apresuró a darme la teta. En cuanto la agarré y la metí en mi boca, todo fue mejor. Me sentí bien, seguro, calentito.

—Hay algo —dijo mi mamá— que no te he contado sobre el mequetrefe.

—¿Mequetrefe? —preguntó mi papá.

Yo tampoco entendí esa palabra, pero ahora nada me importaba, solo la teta. Cada vez oía menos lo que decían.

—No quiero que pille lo que rajamos —dijo mi mamá.

—¿Hablas así porque crees que nos entien… que se percata de nuestra comunicación?

Vi la cabeza de mi mamá subiendo y bajando. Yo me acurruqué más. Estaba muy calentito, muy cómodo.

—Sí. Lo pilla todo.

—No es posible.

—Espera un poco y te lo explicaré. Enseguida caerá en los brazos de Morfeo. Hay… algo que te oculté. Dios, espero que puedas perdonarme.

Me costaba mantener los ojos abiertos. Estaba muy relajado, muy calentito… Me quedé dormido.





Desperté porque mi garganta hacía un ruido muy raro y muy molesto. Hacía ese ruido, aunque yo no quería, y siguió así un rato. También me picaban un poco los ojos.

Había una nube negra dentro de la casa. Yo solo había visto nubes en el techo azul, muy, muy lejos, pero eran blancas. Aquella nube, la negra, se amontonaba y se extendía. Me bajé del sofá y caminé en busca de mi mamá. Oí un golpe muy fuerte. De repente una luz naranja apareció por la puerta y desapareció. Olía de un modo extraño. La luz naranja se pegó a uno de los cuadros de la pared y se quedó allí, moviéndose.

—¡Apaga el fuego! —gritó mi papá—. ¡Maldito hijo de…!

Me di la vuelta y le vi cerca de la pared. Había otra persona grande con él, se abrazaban muy fuerte. Yo fui hacia mi papá para que me explicara por qué me picaban los ojos. Se separó de la persona grande y le dio una silla. La persona grande, en lugar de cogerla, se agachó, y la silla rompió la ventana. Luego se abrazaron de nuevo, pero mi papá se cayó al suelo. La otra persona grande lo cogió, se lo puso sobre los hombros y saltó por la ventana.

Yo también quería ir con ellos, pero tropecé y me caí. Desde el suelo vi que me había tropezado con mi mamá, que estaba tumbada. Era muy extraño que mi mamá durmiese en la alfombra del salón. Le toqué la cara tan fuerte como pude, pero no se despertaba. Le levanté la piel del ojo y tampoco así conseguí que despertara. Debía de estar muy cansada. Volví a empujarla con todas mis fuerzas. El sonido de mi pecho era muy rápido. Yo quería que mi mamá me abrazara y me diera teta. Dejé de empujarla cuando noté que mi pie estaba mojado. Al mirar vi que también estaba rojo. Salía agua roja de alguna parte y formaba un charco alrededor de la cabeza de mi mamá.

Mi garganta empezó a hacer mucho ruido. La nube negra se acercaba y me rodeaba. También las luces naranjas, que ahora estaban encima del sofá, y en la mesa, y también sobre algunos de mis juguetes. La tele estalló.

Yo estaba paralizado junto a mi mamá, que continuaba dormida. Las luces naranjas llegaron a la alfombra. Se acercaban a mí y a mi mamá. La luz naranja hacía daño a las cosas y yo sabía que no podía dejar que tocara la cabeza de mi mamá. Como no era capaz de moverla, fui hacia la luz naranja para detenerla. Justo en ese momento aparecieron más luces alrededor, cercándome. Todo estaba muy negro y borroso, y lo que veía empezó a girar y a dar vueltas. Me agarré a la cabeza de mi mamá y lloré.

Sonaron nuevos golpes, como cuando se rompían las cosas. Las luces naranjas que estaban más cerca desaparecieron y vi a una persona grande. Llevaba una ropa muy rara, sobre todo en la cabeza, un tubo y un trozo de plástico se la cubrían. En las manos sujetaba un tubo muy largo por el que salía agua, mucha. El agua apagaba las luces naranjas.

—¡Por aquí! ¡He encontrado a un bebé!

La persona grande se quitó el plástico de la cara y dejó el tubo.

—Tranquilo, pequeño —me dijo mientras me cogía—. Ya estás a salvo.

Luego vinieron más personas vestidas igual que él. Oí muchos ruidos y vi muchas luces.

Y me desmayé.





CAPÍTULO 2





La mujer tenía la cara muy arrugada. Fue lo primero que vi al despertarme. Sus ojos eran muy grandes y estaban tan cerca de mí que parecían dos pelotas azules. Los labios, también arrugados, se torcieron tras una cortina de pelo gris que le caía por encima de la cara.

—¿Cómo estás, pequeño?

La pregunta no era complicada, pero mi cabeza no funcionaba como siempre, zumbaba, y todo se movía más lento que de costumbre, incluidos los sonidos y las palabras. Creo que hice algún ruido con la boca, no estoy seguro.

La mujer arrugada me enseñó algo que parecía una botella. Vestía una camisa de color blanco tan larga que le llegaba casi hasta los pies. Alrededor del cuello llevaba una cuerda de la que pendía un objeto circular.

—Seguro que tienes hambre. Toma, pequeñín.

Me cogió en sus brazos y me metió en la boca una teta de plástico que encajó en la botella que antes me había enseñado. Mi boca se llenó de leche enseguida. Como no me lo esperaba, me atraganté y tosí. La mujer sonrió. Aquella teta de plástico y su botella soltaban mucha más leche que la teta de mi mamá y yo casi no tenía que chupar, era más fácil. La leche sabía diferente, peor, pero yo tenía hambre. De hecho, tenía tanta hambre que, cuando la botella se quedó vacía, yo aún quería más. Lloré cuando la mujer arrugada me metió en una caja transparente.

—¿No estás cómodo? —me preguntó.

Yo lloré más. Aquella mujer me entendió muy bien y muy rápido. Volvió a cogerme en brazos y me dio otra botella de leche con su teta de plástico.

—Despacio… Qué rico eres. No hace falta que comas con tanta ansia, hay mucha leche.

Apenas la escuchaba, concentrado como estaba en tragar. No entendía por qué ella hablaba de comer… No le di importancia. Un hombre grande vino a verme, o tal vez a la mujer arrugada. También tenía una camisa blanca que le llegaba hasta los pies y llevaba papeles debajo del brazo. Su cara estaba deformada porque lo veía a través de la botella de leche, que era muy grande y abarcaba casi todo lo que había delante de mis ojos.

—¿Cómo está? —preguntó el hombre.

—Muy bien —contestó la mujer arrugada—. Sano. Sus pulmones no se han llenado de humo, los bomberos llegaron a tiempo. Y te aseguro que tiene apetito. Es el tercer biberón y no parece que se sacie.

—Dale toda la leche que pida. No durará mucho en el hospital. Ya lo he arreglado para la adopción. —El hombre le tendió los papeles a la mujer, que los cogió sin que yo apenas notara su movimiento—. Tienes que cambiarle tú el expediente. ¿Podrás hacerlo sin que te descubran?

—Desde luego. —La mujer arrugada miraba con interés los papeles. Yo no podía verlos, pero no parecían tener dibujos—. ¿Dos años y medio? Me parece demasiado. Se notará que no es su edad.

—Su desarrollo pronto alcanzará el de un niño de tres años. Luego se estancará un tiempo y, para cuando supere a los chicos de su edad de un modo evidente, ya será suficientemente mayor. O eso espero. Mejor que parezca un poco atrasado en los primeros años. Mucho mejor, si lo piensas bien. Si no cambiamos su fecha de nacimiento, en seis meses llamará la atención de todos los médicos, padres, profesores y cualquiera que tenga dos dedos de frente.

—Si descubren que falsificamos… ¿Estás seguro?

—No. No lo estoy. Pero mira cómo ha ido hasta ahora. ¿Quieres arriesgarte? Tú misma. Mañana lo recogerán sus nuevos padres. Tú les entregarás la documentación, así que la decisión final es tuya.





Pero esa mujer no era mi mamá. Se habían equivocado el hombre y la mujer de las camisas blancas alargadas al decir que mis papás venían a buscarme. O puede que yo, distraído con la leche, no les hubiera entendido del todo bien.

Me había sucedido antes que mis ojos mejoraban y al mirar de nuevo un mismo objeto, apreciaba más detalles, parecía diferente. El gusto y el oído también cambiaban, pero lo que nunca me había fallado era el olfato.

Por eso no había forma de engañarme. Esa mamá no era la mía porque no olía como mi mamá de verdad.

—Es precioso —dijo con una voz un poco rara. Yo creí que iba a llorar.

—Sí que lo es —dijo la señora arrugada.

—¿Y ya está? —preguntó el hombre que acompañaba a la mujer que habían confundido con mi mamá—. ¿Podemos llevárnoslo ya?

—Por supuesto. Se acabó el papeleo por ahora. Se les hará un seguimiento, como en todas las adopciones, pero estoy segura de que no tendrán ningún problema. Este niño ha sido muy afortunado por el hogar que ustedes le darán.

—Gracias. Puede estar segura.

—Gracias a ustedes.





Aquella tampoco era mi casa.

Mi cama debía estar rodeada de palos; la nueva, además, era mucho más grande. Tampoco estaban los juguetes con los que papá insistía en que jugara. Mi papá, el de verdad, no el nuevo. Aunque había otros juguetes, más grandes y pesados. Nada era como yo lo recordaba. No olía a mi casa.

Al llegar encontramos a dos hombres que me resultaron llamativos. Me sonrieron mucho y uno de ellos le dio un elefante de mentira, más grande que yo, al que ahora decía que era mi padre. Dijeron muchas cosas que no entendí, pero todos se reían mucho. Creí que esos dos hombres vivían en la casa, pero se fueron y entraron en otra que estaba al lado. A veces, por las noches, los oía hablar muy fuerte, se decían palabras feas y la mamá de uno de ellos al parecer se llamaba Puta. Ese dato lo repetían mucho. Los dos hombres tenían un perro que ladraba siempre que llamaban a la puerta. A mi nuevo papá eso no le gustaba.

—Un día de estos los denuncio —decía poniendo la cara fea.

Yo no sabía si todavía no lo había hecho o si denunciar era algo que se hacía todos los días. El perro, por lo visto, era del señor que tenía la mamá que se llamaba puta. Al otro hombre no le gustaba el perro.

La teta se acabó. La nueva mamá usaba la de plástico que iba con la botella, que se llamaba biberón. Me costó mucho acostumbrarme. Tener que dormir sin la teta de mi mamá, sin su calor, sin su tacto, sin su olor me hacía sufrir. Fue lo más duro que recuerdo de mi vida y con mucha diferencia.

Ojalá pudiera borrar de mi mente el recuerdo de las múltiples sensaciones que recibía mientras mi madre me amamantaba, porque aquella pérdida, aún hoy, me provoca un dolor que no puedo describir.

Mis nuevos papás me miraban confundidos. Por mucho tiempo que pasaran mirándome, preguntándose, probando trucos, no lograron averiguar la causa de mi desconsuelo. Nunca volvería a dormir como antes.





CAPÍTULO 3





Casi todos los días me llevaban a un lugar que llamaban guardería, donde había más niños. La mayoría eran más grandes que yo, se movían mejor, más rápido, incluso llegaban a mantener los dos pies en el aire, aunque eso duraba muy poco tiempo. Y hablaban. No tan bien como la gente grande, pero hablaban. Yo no podía reproducir tantos sonidos como ellos, así que nadie me entendía, de modo que apenas lo intentaba.

En otras habitaciones había niños de mi tamaño, algunos más pequeños. Pero a mí me ponían con los más grandes. También tenían más pelo. Siempre había dos mujeres grandes que nos decían lo que teníamos que hacer. Nos daban comida. Yo era el único que tomaba leche en un biberón. Recuerdo que mi mamá se lo explicó a las mujeres que nos cuidaban.

—Sí, es un poco mayor, pero le gusta mucho y el médico ha dicho que la leche es buena. Si no le vais a dar el biberón, me lo llevo a otra guardería.

Teníamos muchos juguetes. Y a los niños parecía gustarles mucho, lo que me sorprendió, porque a mí enseguida me aburrían. Cada juguete tenía algo distinto e interesante, pero una vez que lo había descubierto, entendida su finalidad, no encontraba el sentido de seguir utilizándolo. Los niños, sin embargo, hacían lo mismo una y otra vez. Uno de ellos en particular, un niño gordo y grandote, con la cara llena de puntitos, se dedicaba a coger unos aros y a colocarlos alrededor de un palo, todos los días. Observé durante un tiempo a aquel niño, por si había algo más en el juego que yo no hubiera advertido. Una vez probé yo mismo el juguete. No pasó nada. No sentí cosquillas. El niño gordo, en cambio, disfrutaba mucho con eso. No logré entender por qué.

Pronto me olvidé de él. Y de los demás. Me quedaba sentado y los miraba, preguntándome por qué nada de lo que había allí me estimulaba. Las mujeres que nos cuidaban estaban contentas conmigo. Decían que yo era bueno y que me portaba muy bien.

—Deberían ser todos como Dani: calladito, tranquilo, obediente. Una dulzura de niño, me lo comería. Para que luego hablen mal de los discapacitados.

—No es discapacitado.

—A ver, ¿a cuántos niños hemos cuidado? Los médicos dirán lo que quieran, pero yo llevo más de doce años en esto y te digo que con dos años y medio…

—No todos se desarrollan al mismo ritmo.

Decían muchas cosas más. Y eso sí resultaba interesante. Escucharlas hablar me producía cambios por dentro. Sus historias, cuando las entendía, me ponían alegre o triste, o me sentía… raro, como si quisiera echar a correr o lanzar un juguete contra la pared.

Fue gracias a sus charlas que entendí mi situación familiar. Por lo visto, había niños que tenían dos papás o dos mamás. Yo debía de ser uno de esos porque tenía cuatro en total, aunque no averigüé por qué los primeros ya no estaban conmigo.

Le di vueltas a esa idea durante un tiempo, hasta que un día, en mi casa, vi en la tele algo que definitivamente lo aclaró todo. Había unos hombres que vestían un poco raro, con sombrero, y en vez de usar coche, utilizaban caballos para ir de un lado a otro. A la cadera llevaban un objeto alargado con el que se apuntaban unos a otros y que hacía un ruido parecido a cuando la tele explotó en mi otra casa. Había también una mujer tirada en el suelo y un charco rojo crecía alrededor de su cabeza. Fue imposible no acordarme de mi mamá.

—¡La has matado! —gritó uno de los hombres de la tele.

Presté toda mi atención porque a mi mamá le había pasado lo mismo, así que yo quería saber qué era eso de matar. Al hombre de la tele le cambió la cara, igual que cuando un niño de la guardería se hacía mucho daño. Se llenaron de agua sus ojos y lloró. Dejó a la mujer donde estaba, dio media vuelta y lanzó sus puños contra otro hombre. Salió más agua roja de la cara del que recibía los puños, que no daba la impresión de ser muy bueno apartándose, porque lo intentaba, pero no le servía de nada.

Entonces la imagen cambió. La mujer que habían matado estaba ahora en una caja de madera. El hombre tenía las manos envueltas en trozos de tela blancos, lloraba, aunque parecía que intentaba aguantarse. Luego bajaron la caja de la mujer a un agujero y el hombre echó tierra encima. Me pregunté si mi mamá estaba en una caja dentro de un agujero y si mi papá la había cubierto de tierra. Fui absolutamente incapaz de entender por qué hacían algo así.

Luego el hombre estaba en otro sitio con un biberón que no tenía teta de plástico ni leche. Supuse que era agua y que el hombre tenía mucha sed porque bebió mucho. Algo había cambiado en él, porque ahora se movía peor, tropezaba y se le caían las cosas. También hablaba raro. Se enfadó cuando se le cayó el biberón. Otro hombre le trajo un biberón nuevo lleno de agua. Hablaron. Yo los escuché. Y entendí.

Se abrió un agujero en mi interior cuando supe lo que era matar, algo que al parecer aquellos hombres hacían mucho y decían que volverían a hacer. Algo que le habían hecho a mi mamá. Mis manos temblaban sin que yo pudiese evitarlo. Mi casa dio vueltas, creo que yo tragaba aire más deprisa de lo habitual.

No conseguí despejar la duda sobre dónde estaba mi mamá. Al explicar esa parte usaron palabras complicadas. Dijeron que estaba en el cielo, pero no me imaginaba cómo habrían subido la caja hasta allí.

Aprendí algo más: el agua roja se llamaba sangre.

Y entendí por qué aquellos hombres querían volver a matar.





—Su hijo está perfectamente —dijo el médico—. No tienen de qué preocuparse.

Ese hombre me había desnudado y me había tocado por todas partes. Me había puesto encima cosas frías, me había iluminado los ojos y la boca, esto último metiéndome primero un palo muy molesto. Un fastidio todo. Mis papás lo llamaban médico, aunque también con una palabra que no retuve, pero que sonaba como alguien que se tirara pedos. Debí de confundirme porque aquel hombre no olía tan mal.

—¿Y qué hay del habla? —preguntó mi papá—. Los demás niños de su edad hablan, dicen frases, como poco, aunque cometan errores. Mi hijo solo hace ruidos.

Su voz sonaba muy grave, a diferencia de cuando jugaba conmigo. Era la voz que ponía cuando hablaba con mi mamá sobre algo que debía de ser muy importante y que llamaban dinero. Mis papás nunca sonreían cuando hablaban de dinero.

—Es normal —dijo el médico—. Algunos niños tardan un poco más, eso es todo. Las diferentes pruebas demuestran una comprensión del entorno dentro de la media. Hablen con él y verán cómo cualquier día les contesta. Cuando lo haga, se pondrá al nivel de los demás enseguida. Pero es importante que no traten de forzarlo. Deben dejar que siga su desarrollo de un modo natural.

—¿Su voz no es muy grave? —preguntó mi mamá.

—Un poco. Cuando sus cuerdas vocales terminen de formarse, seguramente cambiará.

—¿Y el apetito? Desde que vomitó, ya no come tanto como antes.

El vómito fue muy desagradable. Empezó en mi barriga, donde mi mamá ponía los labios y soplaba con fuerza para hacerme reír. Se me revolvió algo por dentro y luego me salió por la boca. Casi me ahogo y me sentí muy mal durante bastante tiempo, débil, incluso me costaba mantenerme de pie. No sé qué era lo que mi mamá me había dado para comer, pero recordaba su olor y no pensaba volver a probarlo nunca más.

—Alergia, con toda probabilidad —dijo el doctor—. La semana que viene le haremos pruebas, hasta entonces no le den ninguna otra verdura. Denle los alimentos por separado. Si rechaza algo, no le obliguen a tomarlo.

A mi papá no le gustó el médico. De regreso a casa dijo que era un simple matasanos. Mi mamá tenía una opinión diferente.

—¿Has estudiado medicina? Pues entonces haremos lo que diga el doctor. Me moriría si algo le pasara a Dani por nuestra culpa.

Papá no contestó. Casi siempre que no estaban de acuerdo en algo respecto a mí, mamá era la que tenía razón, o al menos la que se imponía. Papá parecía saber más sobre qué canal ver en la tele o sobre todo en lo referente al coche; en lo demás, mamá era la que decidía. Ella me gritaba más y también me besaba y me acariciaba más.

Al llegar a casa nos encontramos con uno de los hombres que vivían en la puerta de al lado. Era el más gracioso de los dos, el que tenía una mamá que se llamaba puta.

—¿Qué tal, Dani? —Me acarició la cabeza y luego miró a mi mamá—. Es una ricura. Va a ser el terror de las nenas cuando sea mayor.

No entendí a qué se refería, pero mi mamá sí.

—Tú siempre con lo mismo. —Le empujó, pero sonreía, le había gustado lo que había oído—. ¿Por dónde anda tu media naranja?

—Ay, cielo, lo estoy esperando. No sé cómo lo aguanto, de verdad. Para una vez que le pido que saque a…

—¡Camina! ¡Vamos, chucho asqueroso! —Era la voz del otro hombre, que sonaba muy fuerte, pero algo lejos—. ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Te voy a dar una patada donde ya sabes y entonces veremos si andas, saco de pulgas!

Entonces le vimos. Su espalda asomaba de lado, detrás de una esquina. Hacía esfuerzos por tirar de la cuerda que sujetaba. Gritó más. La cuerda no cedía. En el otro extremo estaba el perro, que por lo visto no quería andar.

—Es tan macho… —murmuró el que estaba a mi lado—. Mejor le ayudo, porque el pobrecillo no es capaz de hacer nada sin mí. —Se acercó a su amigo y al perro—. Tienes que hablarle con cariño. Es un animal muy sensible.

—Es tu animal, así que háblale tú. Toma, toma, coge a tu querido chucho.

—¡Au! —grité.

Intentaba imitar la voz del perro. El animal se quedó quieto y me miró fijamente. Se acercó a mí. Era muy grande, no tanto como mi papá o mi mamá, pero más que yo. Olía muy fuerte. Le colgaba la lengua, casi nunca tenía la boca cerrada. Me olisqueó. Mi mamá me aupó y me abrazó.

—No te preocupes. Es un animal muy bueno. Nunca le haría daño a nadie…

El perro empezó a ladrar mucho, muy alto. Era desagradable. Me ladraba a mí, no me quitaba los ojos de encima. Empezó a ponerse nervioso, a andar alrededor, sin parar de olisquear.

Mi mamá también se puso nerviosa. Uno de los hombres trató de sujetar al perro, pero no lo consiguió. Su ladrido me hacía daño. Estiré el brazo y le di un manotazo en el hocico. El perro aulló y salió corriendo despavorido. Su ladrido era ahora agudo, como un llanto.

—Lo siento mucho —dijo el hombre gracioso—. Nunca se ha portado de esa manera.

Se fue con su amigo a buscar al perro.

Mi papá me cogió en brazos.

—No quiero que vuelvas a hacer eso nunca, ¿me has oído, Dani? ¡Nunca! No quiero que toques a un perro que ladra. Es peligroso.

—No le regañes. —Mi mamá estaba muy pálida—. Es solo un niño.

—¿Tampoco le advierto que no cruce la calle solo? Tiene que aprender.

Discutieron. Yo estaba contento porque me había librado del perro. Pero mis papás continuaban discutiendo, como cuando hablaban de dinero y sobre mí, o aquella vez que se inundó la cocina. No me gustaba las caras que ponían ni sus voces. Mis asuntos pronto desbancaron al dinero en sus discusiones. Nada ni nadie tenía más capacidad que yo para que mis papás se enfadaran de esa manera.





Una noche en que me dolió la tripa, me negué a comer, a pesar de que mi mamá insistía. Destacaba lo bueno que estaba aquel puré de color blanco. Pero había algo verde dentro. Podía olerlo perfectamente. Creo que el médico lo llamó verdura. La verdura me hacía daño en la barriga. Mi papá parecía muy molesto con que no me gustara la verdura. Él también insistió, hasta que en la tele salieron los hombres que perseguían un balón dando patadas.

—Tú verás, hijo, pero así no crecerás fuerte.

Mi mamá no decía lo mismo. Y yo ya sabía que mi papá decía cualquier cosa mientras miraba a los hombres de las patadas en la tele.

En la cama no conseguía dormir. Me dolía la tripa y echaba de menos a mi mamá de verdad, la que había ido al cielo en una caja de madera. Normalmente no me gustaba que me tocaran, pero ahora quería que me abrazaran. Me bajé de la cama y fui a la habitación de mis papás. No estaban dormidos. Sus respiraciones eran muy fuertes, como si estuvieran haciendo mucho esfuerzo. Y no paraban de moverse bajo las sábanas, arriba y abajo, arriba y abajo. También había un ruido. Y un olor peculiar y muy fuerte.

Tuve dudas de que aquello fuera un juego. Mi mamá estaba colocada de un modo que me recordó al perro de los hombres que vivían en la puerta de al lado. Mi papá estaba detrás y la empujaba una y otra vez.

Mi mamá gritó. Yo me asusté. Mamá seguía gritando. Mi papá la agarró del pelo y tiró, muy fuerte, la cabeza de mi mamá se movió hacia atrás. Gritó más. Muy alto. Le dolía. Mi papá empujó más fuerte. Entonces le vi la cara. Parecía la de otra persona, deformada, enseñaba los dientes y apretaba la mandíbula. Tenía los ojos muy abiertos. Nunca había visto esa cara en mi papá.

Un calor nuevo creció dentro de mí. Noté en el pecho esos golpes rápidos que resonaban en mis oídos. Quería hacer daño a mi papá porque hacía daño a mi mamá. Era la primera vez que sentía esa necesidad. Fui a darle un puñetazo, creo, porque no era del todo consciente de mis movimientos, ni de lo que pensaba. Solo quería separarle de mi mamá. Ni siquiera me había subido a la cama, así que mi puño se estrelló contra algo duro. Había empleado tanta fuerza que, de la inercia, me caí de bruces. Oí un crujido y una esquina de la cama se vino abajo con un estruendo. Sobre mi espalda.

El dolor fue terrible. Noté que algo crujía dentro de mí. Traté de coger aire, pero por mi boca solo salió un ruido muy grave.

—¡Sigue! —gritó mi mamá—. ¡No gruñas y sigue! ¡No pares!

El peso que me aplastaba era más de lo que nunca había soportado, pero el grito con el que mi mamá me pidió ayuda me hizo luchar contra el dolor. La cama seguía apretando mi espalda al ritmo de los empujones de mi papá. Tenía sitio para mover los brazos, de modo que los doblé hasta apoyar las palmas de las manos contra el suelo. Me esforcé tanto como pude mientras la cama me aplastaba una y otra vez. Me esforcé más. Apoyé también las rodillas. Ahora me dolían más los brazos y las piernas que la espalda. En realidad, ya no sabía qué parte de mi cuerpo me causaba más sufrimiento, hasta que me di cuenta de que podía respirar otra vez. Mi barriga ya no se aplastaba contra el suelo, tampoco mi pecho. Así me quedé, sobre mis manos y mis rodillas, con la cama todavía machacando mi espalda.

No podría resistir mucho más tiempo. Reuní todas las fuerzas que me quedaban y con un impulso empujé hacia arriba. Cuando dejé de notar la cama en mi espalda, rodé hacia un lado. La cama volvió al suelo, haciendo un ruido muy grande.

No podía moverme. Estaba tumbado, me dolía todo el cuerpo. Quería llorar, pero no era capaz: llorar suponía un esfuerzo.

—¿Habíamos roto alguna vez la cama? —dijo mi papá—. Estoy mejorando.

—Espero que puedas arreglarla —dijo ella.

Ya no gritaba. Había conseguido detener a mi papá al romper la cama. Deseaba ir a su lado y abrazarla, pero el menor movimiento me causaba un dolor insoportable. Todo daba vueltas. Me costaba mantener los ojos abiertos.

Mis papás dijeron algo más. No les entendía. Los sonidos tampoco me llegaban bien. Lo único que notaba con claridad era el dolor.

Luego, no sé cuánto tiempo pasó, noté una ligereza en el cuerpo. Abrí los ojos y me hizo daño la luz de fuera de la casa, que entraba por la ventana. Ya no era de noche.

Mi mamá me estaba levantando.

—¡Dani! ¡Cariño! ¿Estás bien?

Mi papá se acercó.

—¿Qué pasa?

—Estaba dormido en esa esquina —dijo mi mamá—. Pobrecillo. Habrá venido a despertarnos y se habrá quedado dormido. No llevará ahí mucho tiempo, ¿verdad?

—Bah, no te preocupes. Si le pasara algo, lloraría o se quejaría.

—Y esta marca de su espalda, ¿qué es?

—¿Esa línea roja? No sé. Ni siquiera parece un rasguño. Será una marca de un pliegue de la sábana o de la ropa. Te apuesto lo que quieras a que dentro de un rato habrá desaparecido.





La guardería era muy aburrida. Los otros niños olían mal y siempre hacían lo mismo. Además, se metían las manos en la boca y se tocaban la cara unos a otros. A mí no me gustaba que me tocaran.

Las mujeres que nos cuidaban cantaban muchas canciones, pero yo siempre me quedaba callado. Mi voz grave disgustaba a los otros niños, y todavía no podía pronunciar todas las letras, solo cinco. Los juegos eran muy fáciles. Echaba de menos el ajedrez con el que jugaba con mi primer papá. Empezó a gustarme menos la guardería.

También empecé a pensar que yo era diferente. Los demás niños sonreían mucho y disfrutaban con las mismas canciones y los mismos juguetes de todos los días. Las mujeres los felicitaban por haber aprendido todas las palabras de las canciones, y aun así las seguían cantando. Si ya se las sabían, ¿por qué no hacer algo distinto? Yo había visto hacer muchas cosas asombrosas a la gente grande. Pero ninguna de ellas era posible en la guardería; allí solo juguetes, coches, muñecos, y los juegos más simples que se pudieran imaginar.

Todos sonreían. También mi mamá. Mi papá le pegaba por las noches, pero ella no se molestaba, incluso le daba besos y abrazos. No tenía sentido. Nada lo tenía. Todos, hasta mis papás, decían que yo tenía casi tres años, pero yo sabía que ni siquiera tenía uno. Había aprendido a medir el tiempo. Era todo muy confuso. Cuantas más palabras entendía de las personas mayores, menos les comprendía. Me sentía solo.

Los otros niños no me maravillaban ni siquiera en sus habilidades físicas. Ya me movía como ellos, incluso era capaz de saltar. Dibujaba mejor y las mujeres de la guardería me felicitaban, pero con una cara no muy contenta.

—¿Qué es eso, Dani? ¿Es un cuadrado?

Era una mesa. Me parecía evidente y no entendía por qué ella no lo veía. Era el único que hacía los dibujos con profundidad, no solo arriba y abajo, y coloreaba sin salirme de los bordes.

—Esa mujer está muy bien, Dani. Tiene mucho detalle. Está dormida, ¿verdad? ¿Qué es eso? ¿Un sombrero rojo?

Al final arrugué el papel y lo tiré. Supuse que esas mujeres no sabían lo que era el agua roja, pero eso no justificaba que confundiera el charco con un sombrero solo porque estaba alrededor de la cabeza. El dibujo era tal y como recordaba a mi mamá el día del incendio, cuando la mataron.

Me alejé a un rincón. No sabía cómo borrar el dolor por la muerte de mi mamá. Un niño me tocó el brazo. Estaba sentado a mi lado y colocaba las piezas de un puzle con animales de granja. El niño no lo hacía bien. Ponía las cabezas donde deberían ir las patas, y a veces ni siquiera eran del mismo animal. Le ayudé. Ordené los nueve cubos del puzle de modo que el dibujo fuera idéntico al de la caja.

El niño rompió a llorar, me dio una torta y me tiró uno de los cubos a la cara. No me dolió. Últimamente, los golpes de los niños no me hacían daño alguno. Le devolví el cubo. El niño volvió a ponerlo como al principio, mal, la cabeza del cerdo debajo de la barriga del burro. Yo cogí otro puzle y también lo desordené, por si había algo divertido en hacerlo de ese modo. Después de un rato probando, no llegué a esa conclusión. Era absurdo.

—Muy bien, Dani, vas mejorando.

¿Por qué me decía que estaba bien si no era el caso? ¿Esa mujer no sabía hacer un puzle?

—Deja que te ayude.

Entonces se agachó y colocó las piezas del modo correcto, lo que me confundió más, porque antes había dicho que yo lo hacía bien. De nuevo, consideré la posibilidad de que hubiera algo que yo no entendía, así que decidí imitar al niño de antes. Le di una torta a la chica y le tiré el cubo. La chica soltó un chillido y se llevó la mano al ojo. Del susto, cayó al suelo de culo. Su compañera acudió a su lado y se la llevó fuera. Yo miré el puzle, al niño, a las mujeres, y no entendí nada. Le di un manotazo a los cubos.

Una niña se sentó frente a mí. Su cabeza estaba un poco más alta que la mía.

—Hola —dijo cogiendo los cubos—. ¿Cómo te llamas?

—Ai —dije.

No puso una cara rara al oír mi voz, como casi todo el mundo. En lugar de eso, colocó los cubos en el orden correcto. La miré asombrado. Ella me tocó la cara. No me molestó. Puede que hubiera encontrado a alguien como yo.

La niña tenía los ojos marrones y no olía demasiado mal. Jugamos a construir casas con unas piezas de diferentes formas que encajaban unas con otras. En seguida las gastamos todas, pero ella recorrió toda la habitación y cogió más, algunas se las quitó a otros niños. Le enseñé a colocar las piezas de modo que soportaran el peso y mantuvieran la estructura unida. Aprendió. Al cabo de un rato habíamos construido una torre tan alta como nosotros.

—Muy bien —dijo una de las cuidadoras—. Enseña más cosas a Dani.

—Dani sabe mucho —contestó ella—. Es mi mejor amigo.

Aquello me sorprendió. Era la primera vez que alguien se refería a mí como su amigo. No sabía exactamente qué era, pero sí que los mayores daban mucha importancia a sus amigos y que no eran fáciles de conseguir.

La niña lo repetía cada día, que yo era su mejor amigo. Siempre estábamos juntos. Ella me miraba mucho y hablaba, me contaba cosas en las que yo no había pensado.

—Cuando sea mamá, voy a tener tres hijos.

No había considerado la posibilidad de que yo fuera papá algún día. Al parecer ella sí, porque pasé de ser su mejor amigo a ser su novio, y de ahí a ser el papá de sus futuros hijos. La niña me preguntaba si quería tener más de tres. Yo encogía los hombros. Ella se reía y un día anunció que tendríamos cien. Yo no conocía del todo bien los números, pero no me importaba. Ella era mi mejor amiga. Además, no chupaba las cosas, no se metía los dedos en la boca y, sobre todo, tampoco intentaba meter nada en la mía.

Un día nos separaron porque estábamos jugando en vez de cantar la canción con los demás niños. La niña se puso a llorar. No me gustó nada ver su cara de angustia. Noté en mi interior el mismo calor ardiente que la noche que vi a mi papá pegando a mi mamá y la cama me aplastó. Noté que perdía el control de mis manos, de mi cuerpo. Sentía que mis brazos se abultaban y se ponían duros. La niña se libró de la cuidadora y corrió hacia mí. En cuanto me abrazó el calor desapareció.

—Déjalos —dijo una mujer—. Les gusta estar juntos.

Era nueva. Vino porque la otra, la del puzle, había tenido un accidente y se le había roto un ojo. Algo así oí. Y que no sabían si podría ver de nuevo. Me dio pena.

La niña quería pintar. Cogió una hoja de papel y dibujó algunas líneas azules. Ladeé la cabeza tratando de descifrar qué representaba el dibujo. Entonces gateó hacia una pintura de color negro y, al verla en esa postura, me acordé de mi mamá y de mi papá.

Me situé detrás de la niña y la agarré por la cadera. Empujé. A ella no le gustó, trató de escapar, pero yo era más fuerte. A lo mejor no lo hacía bien porque mi mamá parecía muy contenta con mi papá cuando hablaban de ese juego nocturno. Mi papá a veces le decía que se preparara para esa noche y ella se ponía muy contenta. Entonces recordé algo que hacía mi papá y que se me había olvidado.

Estiré el brazo, agarré el pelo de la niña y tiré. Ahora lo estaba haciendo bien porque ella gritó. Mi mamá también gritaba.

—¡Dani!

Una de las cuidadoras corrió hasta nosotros. Nos separó. Me sostuvo en el aire sujetándome por debajo de los hombros.

—¡Eso no se hace! —me gritó con la cara fea.

La niña lloraba. La otra chica la abrazaba y le decía palabras bonitas. A mí me miraban de lado con la frente arrugada.

—¿Tú crees que…?

—No. Es solo un niño y un poco retrasado. Es imposible que lo hiciera con esa intención.

Me repitieron que eso no se hacía. La niña no se acercó más a mí ese día y tuve una de esas certezas claras que se abrían paso en mi mente como un fogonazo: había perdido a mi mejor amiga.

Me quedé solo una vez más, sin saber por qué yo no hacía nada bien.





Mi papá no estaba contento conmigo. Lo notaba en su voz. Insistía mucho en que ya debería hablar y me pedía que repitiese las palabras que él pronunciaba despacio y muy alto delante de mí. Lo cierto es que no era el único. Las cuidadoras de la guardería también pensaban lo mismo, a veces hablaban de eso con mis papás cuando venían a recogerme. Incluso algunos niños me lo decían.

Solo mi mamá se mostraba comprensiva.

—El médico dijo que no le forzáramos. Dale un respiro.

Y mi papá se alejaba, pero con la cara fea.

Empezaba a molestarme tanta expectación sobre cuándo diría mis primeras palabras. Nadie más que yo quería lograr lo que aparentemente era tan sencillo para todo el mundo. A los niños les costaba pronunciar algunas palabras, pero no tenían problemas con muchas de ellas, y aunque, con errores, todos armaban frases completas.

Mi mamá muerta seguro que me habría enseñado a hablar. Ninguna persona olía como ella, ninguna. Me daba el pecho, que era la mejor experiencia que había tenido, y me entendía. Con ella yo no hacía mal las cosas.

Me sentí triste porque ella se había ido al cielo en su caja de madera. En realidad no, un hombre la había matado, la había alejado de mí. Para siempre. Eso último me enfadó. Se encendió el fuego dentro de mi cuerpo.

—¡Hola, Dani!

Había venido a visitarnos una mujer que yo había visto algunas veces. Vestía siempre la misma ropa y llevaba la cabeza cubierta, solo se le veía la cara. Era amiga de mi mamá.

—Oa —dije.

Retrocedió un poco al oír mi voz. Sonrió, pero yo noté que era de esas sonrisas que ponen a veces los mayores sin estar contentos.

—Qué angelito —dijo la mujer, pero no se acercó a mí—. Veo que ya empieza a hablar.

—Qué va —gruñó mi papá.

—Está a punto —dijo mi mamá—. ¿Qué tal en la iglesia? Creo que llevaré a Dani un día de estos.

No sabía lo que era una iglesia y por primera vez no me interesaba averiguar algo que desconocía. El fuego seguía dentro de mí. No quería ir a ninguna parte salvo al cielo con mi mamá muerta. Allí no habría cuidadoras que me llamaran retrasado. Pero antes de ir tenía que encontrar al hombre que mató a mi mamá. No veía su cara en mi cabeza. Su recuerdo era borroso, por eso no le había reconocido nunca por la calle. Mi cabeza recordaba mejor los olores que las caras. El único problema era que también estaba el olor del fuego, que era muy fuerte.

—Sería estupendo —decía la mujer. Yo apenas los escuchaba. Estaba concentrado en aquella noche, en los olores, en ese hombre—. Seguro que se lo pasa muy bien.

—No sé si es demasiado pequeño.

—Hija mía, no hay nada de malo. A los niños les encanta. Quizá le ayude a hablar mejor. Mira, ya verás cómo le gusta. —La mujer se agachó, acercó mucho su cara a la mía—. ¿Qué tal, Dani? ¿Quieres venir a la iglesia conmigo? —No le contesté. Trataba de separar el olor del fuego del que despedía aquel hombre malo, para poder identificarlo si alguna vez me cruzaba con él—. Si quieres venir, tienes que decírmelo. Vamos, bonito, habla. Solo tienes que decir sí o no.

Al fin lo conseguí. Separé los dos olores y retuve bien el del hombre.

—Vamos —repitió la mujer—. Solo tienes que decir una palabra. ¿Es que no vas a decirme nada?

Tenía muy claro lo que le haría a ese hombre si lo encontraba.

—Te mataré —dije en voz alta.

La mujer retrocedió, se cayó al oír mis primeras pala… ¡Había pronunciado mis primeras palabras! ¡Había hablado! ¡Por fin! Me puse contento. El calor desapareció. Era lo mejor que… Entonces vi las caras de mis papás y la de la mujer de la iglesia.

Tenía entendido que la primera vez que un niño habla es un momento especial, que luego se recuerda y se comparte con orgullo.

Me equivocaba.





CAPÍTULO 4





Mi voz era demasiado ronca. Se parecía más a la de las personas grandes que a la de los niños de mi tamaño. Supuse que por eso se asustaron al oír mis primeras palabras. En aquel momento yo estaba excitado por mi logro, pero, más tarde, yo también noté la diferencia y di con la causa: había algo raro dentro de mi cuello, que se movía muy rápido al hablar o al toser.

Decidí hablar solo lo justo después de una tarde en el parque, jugando en los columpios. Una niña me quitó un bollo que mi mamá me había dado. Lo mordió, lo chupeteó, lo dejó pringado de babas, y luego me lo tendió para devolvérmelo. Me dio mucho asco.

—No lo quiero —dije.

Solo fueron tres palabras, quería que se lo quedara, ya que yo no iba a comérmelo, pero la niña rompió a llorar y retrocedió. Su mamá acudió enseguida, alarmada por el llanto, algo que hacía mucho la gente grande cuando los niños lloraban.

—Ven, cariño, vamos a jugar a otra parte —le dijo a la niña mientras me miraba de lado.

Pensé en ir detrás para repetirle que el bollo era para ella, pero no me atrevía a hablar de nuevo. Mi mamá estaba hablando con un hombre grande que no me gustaba porque siempre olía muy fuerte y muy raro. Usaba mucha agua con olor, de esas que se guardan en botellas. Mis papás también la usaban, y otras personas, pero no tanta cantidad. El agua con olor me hacía sentir mal, confuso, y no me dejaba oler otras cosas.

No había mucho que hacer allí. Los parques tenían juguetes grandes muy simples que yo ya conocía. Siempre había un camino elevado por un lado con una escalera. Los niños subían la escalera y se deslizaban por el camino hasta abajo, una y otra vez. Daba cierta sensación de velocidad, pero no era muy interesante cuando había bajado un par de veces. Lo mismo sucedía con los demás juguetes grandes.

La niña del bollo regresó a mi lado. Había muchos niños en el parque y no entendía por qué venía conmigo otra vez, no tenía más comida. Pensé en preguntar a la niña, pero su mamá apareció y se la llevó a otra parte del parque. También me miró de lado.

Decidí probar un juguete muy grande y muy alto que había al lado del camino inclinado por el que se tiraban los niños. Era como una montaña terminada en pico, solo que esta montaña estaba hecha de cuerdas. Los niños trepaban por las cuerdas, pasaban de una a otra, se balanceaban. No era eso lo que a mí me interesaba.

Me acerqué, decidido a averiguar cuánto podía saltar. Tomé impulso, doblé las piernas y las estiré con todas mis fuerzas. Y subí en el aire. Rebasé la primera cuerda y también la segunda. A lo mejor habría subido más, pero mi cabeza chocó con la siguiente y me detuve. Me agarré con las manos.

El resultado me pareció impresionante. Salté de nuevo, pero algo salió mal. La cuerda se hundió cuando estiré las piernas y subí mucho menos de lo que había esperado. Me caí al suelo. Dos niños se rieron. A mí no me importaba, era la primera vez que saltaba de ese modo. No estaba acostumbrado a ver las cosas desde arriba y tenía que remediarlo.

Decidí trepar como los otros niños, ya que saltar en las cuerdas no me salía tan bien como en el suelo. Un niño mucho más grande que yo trepó a mi lado, al mismo tiempo, pero yo fui más rápido y llegué antes a la punta. Me puse de pie.

Enseguida me sentí diferente. No sabía qué había cambiado dentro de mí porque nunca había tenido ese cosquilleo en mi barriga. Era asombroso todo lo que se veía desde allí arriba. Las cosas eran más pequeñas y algunas estaban muy lejos, mucho, no estaba acostumbrado a mirar tanto espacio al mismo tiempo. A algunos hombres grandes les faltaba pelo en la parte de arriba de la cabeza. Mi primera impresión fue que eso les pasaba a todos los hombres grandes, pero no, solo a algunos. Yo creía que solo había dos tipos, los que tenían pelo y los que no, pero había un tercer tipo que solo tenía pelo alrededor de la cabeza. Me pregunté si mi papá era de esos.

Era maravilloso apreciar tantos detalles. Entonces me acordé de mi primer papá. Él me hacía volar, me sostenía en sus brazos mientras hacía un ruido raro con la boca, y a mí me encantaba, aunque nunca tan alto como estaba yo en ese momento. Entendí lo que mi primer papá quería enseñarme. Era una lástima que el pico no estuviera más alto.

Reparé en una mujer que estaba detrás de un árbol. Me miraba con la cara arrugada y los ojos abiertos. Movía las manos como si quisiera comunicarme algo.

—¡Dani! ¡Baja de ahí!

Era mi mamá. Parecía muy enfadada. Quizá la había disgustado el hombre que se echaba mucha agua con olor.

—Sube —le dije.

Aquí se le pasaría el enfado y se sentiría bien, como yo. Aunque me extrañó que ella no lo supiera. La gente grande siempre sabía más que yo. Mi mamá gritó.

Los otros niños se habían bajado y los hombres grandes se acercaban. Me hablaban todos a la vez. Yo no los entendía. Unos me decían algo y otros lo contrario.

—Tranquilo, chico, no te muevas, ¿vale?

—¡Baja!

—¡No mires abajo!

—¡Pon bien los pies en las cuerdas!

—¡Las manos! ¡Agárrate con las manos!

—¡Le estáis asustando! ¡Cerrad la boca!

Decían más cosas que no entendía. Una mujer habló del mismo hombre que siempre repetía la mujer de la iglesia que a veces venía a mi casa, el que estaba clavado a una cruz que ella llevaba colgando del cuello.

Entonces un hombre se abrió paso y empezó a subir. Se movía mejor que los niños. Tenía el pelo y los ojos negros, como su ropa, y no olía mal. Era el único que me sonreía. Se detuvo justo debajo de mi pie porque no había sitio para los dos en la punta.

—Vaya, la vista tiene que ser alucinante desde ahí arriba, ¿eh?

Era evidente que también le gustaba estar en lo alto, como a mí.

—Sí —le dije.

El hombre de negro no se asustó al oír mi voz. Los de abajo se habían quedado todos en silencio y nos miraban.

—Lo sabía —dijo el hombre grande—. Siempre que paso por aquí pienso que me encantaría subir, pero dicen que la pirámide es solo para los niños.

Aquello era un problema porque no había sitio para los dos y yo no me quería bajar.

—Tengo una idea —sonrió el hombre de negro—. Podrías dejarme subir, solo un momento. Echo un vistazo y luego vuelves a tu sitio. Solo será un segundo. Si no, me tendré que ir sin poder ver desde lo alto de la pirámide.

La gente grande mentía mucho. Cuando decían un segundo siempre eran muchos más, pero algo de aquel hombre me llamó la atención. Parecía entenderme, pensar como yo, y eso no era frecuente. Estaba dispuesto a cederle mi sitio un rato, aunque fuera durante más de un segundo. Bajé hasta quedarme a su altura.

—Gracias. Eres muy amable. —El hombre de negro ascendió un poco y luego se detuvo—. ¿Sabes? He tenido otra idea. Ahí hay un árbol que es más alto. ¿Qué te parece si lo probamos?

No se me había ocurrido trepar a un árbol porque no había visto a nadie que lo hiciera. El hombre de negro tenía buenas ideas, así que le hice caso y empecé a bajar.

Al llegar abajo mi madre se abalanzó sobre mí.

—¡Dani! No vuelvas a hacerlo. ¿Me oyes?

Estaba muy nerviosa, me sacudía, gritaba y sollozaba al mismo tiempo. No entendía por qué se había puesto así. Por suerte, se calmó al ver al hombre de negro.

—Gracias —le dijo mi mamá—. Menudo susto.

—No había motivo. Tiene muy buen equilibrio. No se preocupe por él.

—Lo sé. Es que…

No tenía ni idea de qué estaban hablando. Daba la impresión de que había sucedido algo malo. A lo mejor el hombre del agua con olor le había hecho algo a mi mamá y por eso estaba enfadada.

La gente grande se fue alejando.

—Estos críos… —dijo una mujer—. Ni siquiera se dan cuenta de lo que hacen.

—Solo estaba jugando —dijo otra—. No ha pasado nada. Esa madre se asusta por cualquier tontería. Si viera a los míos saltando con la bici le daba un infarto.

Busqué al hombre de negro para subirme con él al árbol alto. Estaba con otro hombre que parecía amigo suyo. Hablaban un poco más bajo que los demás.

—No puede ser él —dijo el amigo, un hombre gordo que olía a hamburguesas y a kétchup—. Tiene menos de un año y este parece de tres. Tiene que ser un error.

Ese era mi tiempo real. El hombre que olía a hamburguesa sabía la verdad.

—Cállate y cíñete al plan —dijo el hombre de negro—. Su desarrollo es superior a lo que habíamos anticipado.

—O te equivocas.

—Yo nunca me equivoco.

El gordo que olía a hamburguesa parecía enfadado, pero en cuanto se agachó y me miró, me enseñó la sonrisa más grande que había visto hasta el momento.

—Vaya, así que te gustan los árboles altos, ¿eh, Dani? ¿Qué te parece si te llevo a uno ahora mismo?

—¿Tú subirás conmigo? —pregunté.

—Por supuesto. Iremos juntos, ven.

Me agarró de la mano y tiró de mí. Le seguí poco convencido. Alguien tan gordo podría romper el árbol antes de que yo subiera. Sería mejor que yo fuera primero, claro que, si luego subía él, podría romper el árbol conmigo arriba y me caería y me haría daño, a menos que cayera encima del gordo, claro.

Me recorrió un escalofrío por la mano que el hombre que olía a hamburguesa me tenía cogida. Era incómodo, era… su sudor. Me dio mucho asco. Sacudí la mano.

—Quieto, niño —gruñó el hombre gordo.

Lo intenté, pero era muy desagradable. Iba a protestar cuando observé que nos alejábamos del parque. Estábamos cruzando una calle y no había árboles, solo casas.

Miré hacia atrás. Mi mamá hablaba con el hombre del agua con olor otra vez, y sonreía. Cada vez estaba más lejos. El gordo volvió a tirar de mí.

—No te pares.

—Aquí no hay árboles —dije.

Habíamos llegado al otro extremo de la calle.

—Te llevo a un sitio donde hay otros mucho más grandes. Ya verás cómo te gustan.

Sonaba bastante bien. Aunque su mano sudaba más todavía y empapaba la mía, y era asqueroso. Tiré hacia abajo y me solté.

—¿Qué haces? —preguntó el gordo.

—Puedo andar solo.

—De eso nada.

Trató de agarrarme otra vez, pero yo le di un manotazo. Se enfadó, me cogió de los hombros con las dos manos, que eran enormes.

—¡Suelta! —grité.

Y mi voz sonó muy alto y fuerte. Una mujer que estaba en la acera nos miró.

—Oiga, ¿qué hace con ese niño?

—Solo jugamos, señora, lárguese.

—Me quiere subir a un árbol gigante —dije.

Otro señor se paró al lado de la señora.

—¿Ese niño es suyo?

Casi ni me di cuenta cuando el hombre gordo me levantó y me cargó sobre su hombro. Echó a correr mientras varias personas chillaban. Detestaba que me tocaran tanto, y encima al gordo le sudaba todo el cuerpo y me estaba mojando entero. Se me revolvió el estómago. Y me dolió porque daba botes sobre el hombro del gordo mientras corría por la acera, esquivando a otras personas, empujando a las que no se apartaban. Un anciano salió despedido cuando el enorme cuerpo del gordo lo embistió.

Detrás, a lo lejos, la gente gritaba y creo que llamaban a la policía.

—¡Para! —grité—. ¡Estás sudándome!

Pero el gordo seguía corriendo. Me tapó la boca con la mano y apretó el paso. Eso ya era demasiado contacto, más del que podía soportar. Agarré uno de sus dedos con las dos manos y tiré. Noté el crujido y el dedo se torció en un ángulo poco natural. El gordo gritó y aflojó, pero no me soltó. Decidí darle en la cara. Como colgaba sobre su espalda, eché el brazo hacia atrás, por detrás de su cabeza. Era complicado porque mi cuerpo botaba y debía mantener el equilibrio. Logré agarrar algo y hacerle daño, sin saber qué había hecho exactamente. El gordo gritó más y por fin me soltó.

Tenía la mano mojada. Creía que era más sudor, pero cuando caí al suelo vi que era agua roja. Y algo más. En la mano había una oreja del hombre gordo. La solté enseguida, y entonces un peso enorme me aplastó. Fue casi peor que aquella vez que se me había caído la cama de mis papás encima. Me quedé sin aliento.

Me puse menos nervioso que en aquella ocasión porque ya me había pasado y sabía que podía librarme de lo que me aplastaba. Me costó menos apoyarme sobre las manos y las rodillas y hacer fuerza para levantarme. Cuando alcé un poco la cabeza, pude ver que lo que me aplastaba era el gordo, que se había desplomado sobre mí. Se movía mucho y gritaba y se llevaba la mano del dedo torcido al lado de la cabeza donde antes tenía una oreja. Como se retorcía tanto, me salpicó con agua roja. Ese contacto me asqueó otra vez. Me levanté con todas mis fuerzas.

El gordo salió despedido hacia la carretera, justo cuando un autobús pasaba por allí. El golpe fue brutal. Destrozó la cabeza del hombre gordo y lo lanzó hacia delante, para acabar sobre un coche. Ahora también su pierna estaba extrañamente torcida. Se había abierto la carne y sobresalía un palo blanco y roto.

Un hombre llegó corriendo poco después y se detuvo a mi lado. Vestía una ropa que ya había visto antes en otras personas, del mismo color y forma… Policías.

—¿Estás bien, pequeño?

—Claro —contesté.

El policía miró al hombre gordo y luego a mí.

—Ya viene tu madre. ¿No te duele nada?

—No.

No se me daba bien interpretar a las personas grandes, pero creo que este esperaba que me doliera algo.

—Estupendo —repuso—. Ni siquiera has llorado. Has sido muy valiente, chico. Tu mamá estará orgullosa.

Me quedé pensando en el valor, que sin duda era algo bueno, y en el orgullo de los papás por sus hijos. Había oído hablar bastante sobre el valor, aunque nunca referido a mí.

—¡Dani!

Mi mamá me abrazó muy fuerte. Intentaba decir algo, pero no le salía porque es complicado hablar cuando lloras y respiras tan rápido. El policía parecía contento, ella triste.

Yo no entendía nada en absoluto.





—¿Aún no te has vestido, Dani? —gritó mi papá. Entró en mi habitación y puso la cara fea—. ¿Pero qué es esto?

Me cogió por la muñeca y dijo algunas de las palabras que no querían que yo repitiera. Mi mamá vino corriendo.

—¿Qué pasa aquí?

—Esto es lo que pasa —rugió mi papá. Estiró mi brazo hacia mi mamá—. ¿Lo ves? La manga del jersey le va a llegar al codo, mujer. ¿Es que no sabes comprar ropa de su talla? El niño parece un payaso con la ropa de un puto recién nacido.

—Vigila esa lengua —se enfadó mi mamá—. No es para tanto que el jersey le quede un poco pequeño. Me equivocaría con la talla. Le compraremos otro y asunto arreglado.

—Claro, como nos sobra el dinero… Iré al baño y cagaré unos cuantos billetes porque tú no sabes comprar ropa un poco grande para que le dure más de un mes. ¡Y todavía no tiene las botas puestas!

—¡Es un niño! Seguro que tú a los dos años ya te vestías solo.

—No. Me vestía mi madre con ropa de mi talla.

—Pues deberías haber ido tú a comprar la ropa o a llevarle al parque o a ocuparte de algo más que de ver la tele y beber cerveza.

—¡Me ocupo de trabajar! Para que luego tú desperdicies el puto dinero en ropa que no le sirve. ¿Te recuerdo por qué está aquí? ¿Quién pagó la adopción? ¿O debería decir el robo? Porque con lo que nos sacaron esos malditos adoradores de Dios podría haberme comprado un…

—¡Basta! —Mi mamá le dio una bofetada a mi papá—. No te atrevas a hablar así delante de él. Sufragar los gastos de la adopción es lo único bueno que has hecho en tu vida. Y tienes trabajo porque yo le supliqué a mi padre que te contratara, porque nadie más emplearía a un borracho. Así que no vuelvas a levantarme la voz.

Mi papá temblaba. Cerró el puño, tanto que se le pusieron los nudillos blancos. Miró a mi mamá con los dientes apretados. Luego dio media vuelta y salió de mi habitación dando un portazo.

Mi mamá me abrazó y cogió aire con fuerza.

—Ven, cariño. Voy a ponerte las botas y nos vamos, ¿qué te parece? —Se limpió el agua que le salía de un ojo—. Hoy vas a ver algo increíble.

—No.

Aparté el pie cuando ella me acercó la bota.

—¿No quieres ir? ¿Qué te pasa, Dani? ¿Te ha dicho algo papá? Te… ¿Te ha puesto la mano encima?

—Me duelen los pies —dije.

Mi mamá colocó la bota al lado de mi pie.

—Te queda pequeña y te aprieta… —Se sentó al borde de la cama y le salió más agua de los ojos—. Soy un desastre… No hago nada bien.

Yo no estaba de acuerdo, no pensaba que mi mamá se equivocara tanto. Además, había mucha gente que hacía cosas mal y no lloraban. Los niños sí, a menudo, pero la gente grande no lloraba. Yo hacía mucho que no lloraba, me di cuenta.

Me puse las botas y soporté la incomodidad. Apretaban, pero podía andar con ellas. Mi mamá se alegró de repente. Eso me confundió.

Para cuando subí al coche, ya se me había olvidado. Mi papá movía el coche más deprisa que los demás, que se iban quedando detrás de nosotros. A veces ni nos veían. Mi papá estaba muy nervioso, gritaba, daba puñetazos al coche.

—¡Aparta, imbécil! —gritó mi papá.

—Que no hables así delante del niño —dijo mi mamá—. Luego no me extraña que diga esas cosas.

—¿Qué cosas? No me mires así. Ni se te ocurra culparme de lo que le soltó a la monja. Yo nunca he dicho nada parecido. Eres tú la que le dejas frente a la tele todo el día, sin supervisión. Una vez lo pillé viendo una peli de mafiosos. De ahí aprenderá esas frases.

Dejé de prestar atención a mis papás en cuanto los edificios desaparecieron. Nunca había estado en ningún lugar donde no hubiera casas por todas partes y coches y personas que iban de un lado a otro. Ahora no había nada de eso, excepto algunos coches. Y cada vez más árboles, y delante, lejos, a mucha distancia, rocas gigantes con la punta blanca. El aire olía mejor.

—¡Cierra la ventanilla, niño! —chilló mi papá—. Que entra el frío.

Era cierto que hacía más frío, pero el aire sabía mejor allí. Empezó a caer agua blanca por todas partes.

—¡Mira, Dani! —dijo mi mamá con la voz rara—. ¡Es nieve! ¡Nieve! ¿La habías visto alguna vez?

Nunca. Parecía como el agua, pero más gorda, y flotaba un poco. Se amontonaba en algunas partes formando zonas blancas que tapaban los árboles y el suelo.

Las zonas blancas cada vez eran más grandes, hasta que llegó el momento en que casi no había zonas verdes y todo era blanco, incluso la parte de arriba de los árboles. Las rocas gigantes estaban muy cerca ahora.

—Estamos llegando, cariño. Vamos a subir a esa montaña y podrás jugar con la nieve.

La idea sonaba interesante. No sabía que la nieve fuera un juguete, pero tenía ganas de tocarla y olerla. Ya no nevaba, pero el suelo estaba completamente cubierto; la nieve no desaparecía como el agua de la lluvia. Había unas máquinas muy grandes, amarillas, que quitaban la nieve de la carretera.

Mi papá siguió soltando muchas de las palabras que mi mamá no quería que yo repitiera. Buscaba un sitio para parar el coche. Pero al parecer, nos faltaba suerte, y yo temí que a mamá se le hubiera olvidado comprarla y que papá le gritara otra vez con su cara fea.

Cuando salimos, empecé a sentirme realmente incómodo. Por culpa de la ropa. Llevaba demasiada encima y hacía mis movimientos más lentos, así que me quité el jersey grande que me tapaba desde el cuello hasta las rodillas.

—¡Dani! ¡Vuelve a ponerte el abrigo ahora mismo!

Mi mamá me lo colocó de nuevo y lo cerró sobre mi pecho. Solo había estado un segundo sin el abrigo, pero se me había ido el calor y no me sentía bien. Aquella montaña era un lugar que me gustaba y que olía muy bien, pero el frío era desagradable.

La nieve resultó ser blanda. Se podía manejar como la plastilina de la guardería, cambiar su forma. Algunas personas hacían bolas y se las tiraban unos a otros. Mis botas se hundían un poco en la nieve, y me salía humo de la boca. A mis papás también les salía humo.

—¿Te gusta, Dani? —preguntó mi mamá.

—Es raro —contesté.

—Qué mono eres.

—¿Le has visto la cara? —dijo mi papá—. Al niño le gusta tanto la nieve como a mí tu modo de cocinar.

—Es la primera vez que la ve. Está sorprendido. Dale tiempo para que se adapte.

Algunas personas resbalaban sobre la nieve a una velocidad increíble, mucho más rápido que corriendo, aunque solo iban hacia abajo. Se acercó un niño que tenía tablas en los pies.

—¿Te gustaría esquiar, Dani? —me preguntó mi papá.

—Es muy pequeño —dijo mi mamá.

—No lo decía en serio, boba. Iba a montarlo en un trineo para niños.

Mi papá me metió en una caja de color azul. Me explicó cómo podía dejarlo quieto tirando de unas palancas que había a los lados. Luego me soltó y bajé muy rápido por una cuesta. Mi mamá me esperaba al final.

—¡Frena! ¡Dani, frena!

Tiré de las palancas. La caja azul hizo un ruido raro y se paró delante de los pies de mamá. Las manos me dolieron al tirar.

—Más —dije.

Me gustaba ir deprisa, pero duraba muy poco, y yo quería ir más rápido, como la gente grande, quería bajar una cuesta más larga y más inclinada. Mis papás no parecían estar de acuerdo porque me lanzaban siempre por el mismo sitio.

—¡Más!

—Sí que le ha gustado.

—Te lo dije —dijo mi mamá—. Solo tenía que acostumbrarse.

Mi papá me lanzó de nuevo. Notaba las manos más quietas, como si el frío las paralizara. Cuando me tocó frenar, una de ellas no respondió y solo tiré con la otra. La caja azul giró a un lado y pasé lejos de mi mamá. El freno se me escurrió y comencé a ir mucho más deprisa.

—¡Dani! ¡Frena! ¡Daniiiiiiiiiiiiiiii!

Ahora bajaba por una parte en la que no había nadie, cada vez más rápido. Había muchos más árboles. Oía gritos detrás de mí, pero muy lejos, no los distinguía. El aire se llevó mi gorro. Sentí más frío, sobre todo en las orejas y en la nariz.

La caja azul saltó en el aire y volvió a caer. Casi me salí. Ahora bajaba más deprisa todavía. Iba directo hacia un árbol. Recordé lo que pasaba al usar solo un freno. Tiré de una de las barras y la caja azul giró. Así, fui evitando los demás árboles, aunque cada vez se acercaban más deprisa. Hasta que apareció uno que era mucho más gordo que los otros. Tiré de uno de los frenos, pero algo no salió bien. La caja azul se empotró contra el árbol gordo y yo empecé a volar.

No lo olvidaré nunca. Me sentí libre y feliz flotando en el aire. Era como cuando mi papá de verdad me hacía volar, solo que ahora nadie me sujetaba la tripa, e iba más alto y más rápido. Era lo mejor que me había pasado hasta el momento.

El suelo estaba cada vez más cerca. Debía aprender a girar, como con la caja azul, y rápido. Antes de que pudiera empezar a pensar, me había estrellado. Noté una explosión en el pecho, el dolor recorriéndome y se me salió todo el aire de dentro. Ya no sabía lo que era arriba y abajo, todo daba vueltas, recibía golpes por todas partes. Los que más dolían eran los de la cabeza.

Un golpe muy fuerte me sacó el aire del pecho otra vez, otro más, también fuerte, pero algo menos, y las vueltas se hicieron más lentas. Hasta que, sin saber cómo, me quedé quieto con la cara sobre la nieve.

Me resultó muy difícil levantarme. Me dolía la cabeza y no podía ver bien. Los árboles giraban, a pesar de que yo estaba quieto. Con la mano que tenía desnuda me toqué la cabeza. Había agua roja.

Di un paso y me caí. Este suelo era muy duro y estaba más frío que la nieve. Al levantarme, descubrí que no podía, porque mis pies resbalaban. Oí un crujido. Una línea empezó a dibujarse justo delante de mí. La línea se alargó, pasó por debajo de mi cuerpo. Luego surgieron más líneas, en varias direcciones. Aparecían por todas partes. Entonces el suelo se rompió.

Caí a un agua muy fría, muchísimo. No sabía que algo podía estar tan frío. Me iba hacia abajo. Mi ropa pesaba y no podía moverla. El dolor se extendió por todo mi cuerpo. No sabía qué hacer. Empezó a quemarme el pecho porque no tenía aire. Cada vez me hundía más. Solo sentía frío y un calor abrasador en el pecho.

No tardé en dejar de notar mi cuerpo. Lo bueno de eso fue que el frío desapareció. Solo quedó el dolor de dentro, el del pecho. Vi el agujero por el que había caído, que ahora estaba por encima de mi cabeza. Todo se fue volviendo negro a mi alrededor.

Luego no sentí absolutamente nada más.





CAPÍTULO 5





Estaba muy oscuro, no había nada de luz. Ni siquiera las noches eran tan negras. Me dolía todo el cuerpo y me costaba respirar.

No podía moverme. Poco a poco fui sintiendo las diferentes partes de mi cuerpo, y regresó el dolor intenso, sobre todo en la cabeza y los pies. Las manos las tenía cruzadas sobre el pecho y algo las apretaba.

Pero el frío ya no estaba y eso me animó. Empujé con todas mis fuerzas hacia arriba, contra lo que me aplastaba los brazos. El techo se movió un poco, solo un poco. Yo estaba agotado. Perdí el control de la respiración, de mis nervios. Solo podía pensar en salir de aquel lugar. Empujé otra vez.

El techo crujió y se movió un poco más. Usé todas las partes de mi cuerpo para empujar más fuerte. El crujido se repitió y me cayó algo en la barriga, creo que era tierra. Quería entender qué hacía esa tierra en el techo, pero mi cabeza seguía obsesionada con salir de allí. La espalda y las piernas me dolían cada vez más, pero no iba a detenerme. Mis brazos seguían subiendo, ya no tenía el techo liso encima, solo tierra, que llovía sobre mí. Pronto me llené de arena o de barro. No podía respirar. Me estaba quedando sin fuerzas, me entraba tierra en los ojos. Pronto me quedaría sin… ¡Mi mano! Mi mano ya sentía el aire fresco. Saqué la otra mano me agarré a algo y tiré tan fuerte como pude.

Tragué tierra, pero al final ya no había peso que me aplastara y el aire me despejó. Tragué mucho aire varias veces y empecé a calmarme. Me cubría la tierra y algunos gusanos y otros bichos que no conocía, algunos me correteaban por la cara. Me abofeteé para quitármelos y aplasté varios de ellos.

Estaba sentado con la mitad del cuerpo enterrado. No fue tan complicado salir de aquel agujero una vez me había recuperado. Pero en cuanto me puse de pie comprobé que algo había cambiado. Mi cabeza estaba más lejos del suelo de lo que recordaba. Mi cuerpo era extraño, no lo movía bien, me tambaleaba. La ropa, rasgada y cubierta de tierra, me quedaba pequeña, las mangas apenas me llegaban a los codos, los pantalones, a las rodillas y me apretaban mucho en la cintura a pesar de estar rotos. Me faltaban los zapatos. Me senté junto al agujero, mareado.

Era de noche y estaba solo. Aquel sitio parecía un espacio abierto, con algunos árboles y el suelo cubierto de pelos verdes. Al lado del agujero había algo parecido a una T de piedra. La señora de la iglesia que a veces venía a casa tenía el mismo símbolo colgando del cuello, solo que el suyo, además, tenía un muñeco sujeto por las manos y los pies cruzados. Ah, ya lo recordaba: era una cruz. En la cruz de mi agujero estaba escrito mi nombre y una sucesión de ocho números, en dos grupos de dos números y un tercer grupo de cuatro.

Mis ojos empezaron a ver mejor. Había más cruces alrededor. Y cajas de piedra lisa y gris. Había muchas. Yo había visto un lugar como ese en alguna parte y buscaba en las imágenes de mi cabeza… Estaba seguro de que… ¡Mi mamá! La de verdad, la primera, la que me daba el pecho y le salió agua roja de la cabeza. Había visto en la tele cómo mataban a una persona y la metían en una caja que luego enterraban en el suelo. Así había ido mi mamá al cielo. Por lo visto, a mí me había sucedido lo mismo. Morir era una experiencia muy desagradable.

Tenía que encontrar a mi mamá, debía de estar en alguna de esas cajas. No, eso no serviría de nada. Si yo había salido de la caja, lo mismo habría hecho ella. Me apetecía mucho estar con mi mamá de verdad. Mi mamá siempre estaba calentita y era la persona que mejor olía en el mundo. Tenía que encontrarla.

Y ahora podía hacerlo, porque estaba en el mismo sitio al que había ido mi mamá: el cielo.





El cielo era un lugar agradable. No hacía frío ni había coches que lo llenaran todo de humo. Me gustaban los árboles y el pelo verde del suelo. Había oído alguna vez decir que en el cielo había hombres con alas. Me moría de ganas de ver a uno.

Tuve que practicar un poco con el nuevo tamaño de mi cuerpo, que se había estirado. Los primeros pasos después de salir de la caja me confundieron, creí que el suelo se movía. Pero esa sensación se me pasó enseguida. Mi pelo también estaba más largo, y lleno de tierra, me lo tenía que apartar de la cara para que no me molestara. Lo mismo les había sucedido a las uñas; si cerraba las manos, me pinchaban por dentro.

Mi barriga no paraba de hacer ruidos. Tenía mucha hambre. Y sed. Quería agua, la necesitaba. Me apoyé en un árbol y miré hacia abajo. Realmente, mi cabeza estaba más lejos del suelo. Me pregunté si mi cara sería la misma. Moví los brazos arriba y abajo, en círculos, los notaba extraños, como si no fueran míos. Me incliné demasiado a un lado y caí al suelo. Que yo recordara, jamás había perdido tanto el dominio de mis piernas desde que aprendí a andar por primera vez. Tenía que concentrarme para que el cuerpo se moviera como yo quería.

Una punzada me atravesó la barriga. Necesitaba comer y beber cuanto antes, pero a mi alrededor solo había cruces y árboles. Mi olfato no me ayudaba, puede que mi nariz fuera diferente ahora.

Eché a andar despacio. Quería correr, pero me faltaba seguridad. Un destello más adelante llamó mi atención. Era agua. Me arrojé al suelo sin pensarlo y hundí la cara. Era un charco. Tragué cuanto pude, incluso cuando la barriga ya estaba llena y dolía. Bebí tanto que no quedó nada y mi lengua se llenó de tierra.

Hacia la derecha, entre unos matorrales, algo se movió. Era un animal que salía en los dibujos de la tele y comía zanahorias. Igual que me ocurrió con el charco, salí detrás de él, impulsado por el hambre que me hacía daño en la tripa.

El conejo huyó, pero yo no iba a rendirme. No sé por qué empecé a correr con los pies y las manos, pero la sorpresa fue que de ese modo me movía más deprisa, mucho más. Además, me cansaba menos. Daba saltos cada vez más largos, me mantenía en el aire la distancia aproximada de un coche.

El conejo trató de esquivarme con dos giros inesperados, pero yo era más grande y más rápido. Y lo atrapé.

Lo sujeté por la cabeza y las patas, y mordí. El pelo era asqueroso, pero la carne y el agua roja llenaron mi boca de un sabor que despertó en mí un agradable calor. Era lo mejor que había comido en mi vida. Le di otro mordisco antes de haberme tragado el primer bocado. Algo crujió dentro del cuerpo del conejo cuando le di el siguiente bocado, algo que estaba duro, pero que no me impidió seguir comiendo.

Se acabó demasiado pronto. Tenía más hambre, podría comerme muchos conejos. Miré alrededor, buscando alimento. Descubrí que mi visión era bastante buena a pesar de ser de noche; la luz de la luna me resultaba suficiente. Pero había una molestia que me hacía perder la concentración: se me habían roto algunas uñas y me rozaban la piel. Me senté y me las mordí.

Me di cuenta de que no había absolutamente nadie. La gente del cielo debía de estar durmiendo. Ojalá despertaran pronto. Tenía ganas de ver a uno de aquellos hombres con alas que podían volar.

Me puse en pie para buscar otro charco y más conejos.

Un ruido espantoso resonó en mitad de la noche. Lo llamaban música, y le gustaba a todo el mundo, pero a mí me parecía una de las cosas más desagradables que podían entrar por mis oídos.

—¡Maldito trasto! ¡Para de una vez!

Una persona grande estaba dando puñetazos a un objeto pequeño que parecía un teléfono. Llevaba un sombrero y un palo en el que se apoyaban los que no andaban bien, aunque no parecía necesitarlo, sus pies no se torcían ni él se tambaleaba.

Aquella música horrible se apagó por fin y el hombre grande levantó la cabeza y me vio.

—Vaya… ¿Qué haces aquí, chico? ¿No eres demasiado pequeño para estar solo de noche en un cementerio?

No sabía que hubiera un tamaño mínimo para salir de la caja.

—¿Tenía que haber esperado a ser más grande?

El hombre se acercó, se quitó el sombrero y estiró los labios.

—¡Cristo! Menuda voz tan grave. Puede que solo seas bajito. ¿Cuántos años tienes, hijo?

Por suerte acababa de calcular la edad de mentira.

—Más de tres años —dije.

—Oh, entiendo. Cosas más raras he visto, te lo aseguro. Yo habría jurado que tienes como poco diez años, pero ¿quién soy yo para decir eso?

—¿No sabes quién eres? —Aquel hombre era extraño. Tal vez…—. ¿Tienes alas?

—No. Una lástima, la verdad. Me vendría bien volar para ir de un lado a otro.

A mí también me gustaría volar, como cuando mi papá de verdad me levantaba con las manos y me llamaba Super Dani. Era uno de los mejores recuerdos que tenía de él. Desde arriba todo se veía diferente.

Otra vez el ruido del teléfono. El hombre que no sabía quién era se lo llevó a la oreja con la cara arrugada.

—¿Diga? —respondió muy alto—. Ah, eres tú. Ahora mismo estoy ocupado con… ¿Cómo? ¿Una mierda? ¿Estás seguro…? ¡Y yo qué sé! Tú eres el maldito escritor… ¡Ni se te ocurra cambiar nada!, ¿me oyes? Te lo advierto… ¡Yo no bebo! Sé muy bien lo que vi.

Cada vez se agitaba más y ponía caras más raras, movía el palo de un lado a otro, arrugaba el sombrero con la mano, luego tragaba mucho aire y hablaba más tranquilo, luego volvía a hablar deprisa.

—Escúchame bien, ingrato, juntaletras de pacotilla —La mano que sujetaba el teléfono se le puso blanca—. No importa cuántas veces haya muerto. Yo lo veo todo. Contemplé el inicio y contemplaré el final. Ese es mi camino…

Se alejó mientras hablaba y agitaba el palo. Parecía enfadado, como los papás con los niños. Le observé durante un rato y entendí por qué aquel hombre me llamaba la atención. No olía a nada. Era la primera persona que no desprendía ningún olor en absoluto.

Todo tenía olor, así que yo quería saber por qué aquel hombre no. Debí de estar pensando mucho tiempo porque, cuando quise darme cuenta, ya no lo veía. Sin el rastro del olor, no podía seguirlo. Eché a correr en la dirección por la que se había marchado. Recordé lo rápido que iba a cuatro patas y me lancé a la carrera sobre las manos y las piernas. Las zancadas abarcaban cada vez más distancia, a los lados todo se volvía borroso. Solo yendo en coche me había movido tan deprisa.

No encontré al hombre del sombrero y del palo por ninguna parte. Cuando me detuve no había cruces, pero sí más árboles. El suelo tendía hacia arriba de forma visible y vi una oportunidad: desde lo alto podría dar con el hombre del sombrero. Continué, ahora ascendiendo. Los árboles eran más grandes y estaban más juntos, lo que me obligó a ir más despacio. También había muchos palos pequeños por el suelo y piedras y plantas más grandes que las que tenía mi mamá metidas en cubos. Había sonidos que no conocía y olores nuevos. Me sentía bien, me gustaba. El cielo era un lugar mejor que el sitio que estaba lleno de casas grandes y coches que echaban humo.

Un grito me puso en alerta, sobre todo porque duró mucho, se alargó. Fue algo así como un «auuuuuuuuu». Se oía con claridad. Otro «auuuu» replicó al primero, aunque la voz era distinta. Noté movimiento a los lados, como de pasos. Eran muchos.

Frené en seco. Mi pecho se hinchaba y se desinflaba muy deprisa. Delante de mí había un perro muy grande. Detrás del perro asomaba la luna, una enorme bola blanca que parecía que se iba caer encima de nosotros.

No estaba del todo seguro de que fuera un perro. La forma y el pelo se parecían bastante a algunos que había visto antes, y tenía entendido que había varias formas de perros. Este tenía el pelo sucio, de color gris.

Me puse de pie, sobre las piernas. El perro retiró los labios y gruñó. Enseñó los dientes, cuatro de ellos más largos que los demás. El perro no dejaba de gruñir y de mirarme. Tal vez esperaba una respuesta, y lo hice, solo que mi gruñido retumbó y el perro retrocedió un paso.

Nos miramos durante un rato hasta que me aburrí. Di un paso y el perro volvió a gruñir y a mostrar los dientes. Hizo el sonido alargado otra vez. Llegaron más perros, que fueron colocándose a mi alrededor, en círculo. Todos gruñían. Aquel juego era más aburrido que el de los niños pequeños, así que decidí seguir mi camino hacia lo más alto y buscar al hombre sin olor.

El primer perro gruñó más fuerte, se encogió un poco, dobló la espalda y los pelos se le levantaron. Los demás perros se acercaron ladrando, como enfadados. Algo me atravesó la pierna. Caí por el dolor y vi que un perro me estaba mordiendo. Me salía agua roja de la pierna. Aquel era un juego que nunca había probado.

Los demás perros saltaron encima de mí. Sus uñas afiladas me cortaban en varias partes del cuerpo. Otro perro me mordió en un brazo. Dolía mucho, más que cualquier otra cosa. Me salía mucha agua roja y mi cuerpo no me respondía. Apartaba a los perros que intentaban morderme en el cuello, pero eran demasiados y lo noté: uno de ellos me clavó los dientes largos. Fue horrible. Solo había dolor, gruñidos, arañazos. No podía moverme.

Cuando una pata me pisó la boca, aproveché y lo mordí. Tenía una parte dura dentro, como cuando mordí al conejo, solo que más grande. Apreté hasta que crujió. El perro lanzó un ladrido diferente y se apartó. Yo aún tenía un trozo de su pie en la boca. Al escupirlo, le di un cabezazo al que me mordía el cuello y también se alejó. Cogí a uno que me mordía la barriga y lo lancé contra un árbol. Entonces cerré los puños y empecé a estrellarlos contra los perros que seguían jugando.

No trataban de esquivar mis puños, sino de morderlos. Creo que a uno le rompí dos de sus dientes largos y dejó de jugar. Cada vez quedaban menos. Hasta que de repente todos retrocedieron.

Traté de levantarme, pero me caí al suelo. Lo intenté de nuevo, algo más despacio. Mi cuerpo ya no me hacía caso y mis piernas temblaban. Estaba todo mojado con agua roja y veía mi cuerpo por dentro en algunas partes, donde más me dolía. Los árboles, los perros y la luna daban vueltas a mi alrededor.

Los perros me observaban con las orejas gachas, en silencio, sin enseñar los dientes.

—¿He ganado? —pregunté.

Entonces me caí al suelo y no pude saber si el juego había terminado.





Desperté.

Uno de los perros pasaba su lengua por mi pierna, donde se me veía la parte de dentro del cuerpo. Ya no había agua roja por ninguna parte. Otro de los perros, uno de color marrón, llegó con un conejo en la boca y lo dejó sobre mis piernas.

—Gracias.

Era muy amable. Debía de saber que tenía hambre. Me lo comí deprisa, aunque esta vez le quité el pelo antes de morderlo. Los perros se alejaron un poco y se quedaron mirando.

—Gracias —repetí.

Uno ladró, miró hacia alguna parte y luego a mí otra vez. Cuando fui a acercarme, se alejó. Yo me había parado, él también. Y volvía a mirarme. Entendí que quería que lo siguiera, pero ya no podía moverme deprisa, ni siquiera usando las manos y los pies, como hacían ellos. Aun así, lo intenté y nos pusimos en marcha. Ellos se paraban a esperarme cuando me quedaba atrás. Llegamos a un sitio en el que había mucha agua que resbalaba hacia abajo. Busqué el grifo gigante capaz de soltar tanta agua. Los perros metían la lengua. Les imité, pero era más fácil coger el agua con las manos y llevármela a la boca que hacerlo a su modo.

Uno se sentó a mi lado. Yo estaba cansado, así que me pareció bien quedarme allí durante un tiempo. El sol había salido. Los árboles tapaban la luz, pero de todos modos se veía muy bien.

Me tumbé y cerré los ojos. Tenía muchas cosas que hacer, como encontrar a mi mamá de verdad y al hombre del teléfono ruidoso. Antes de levantarme, me pregunté si en el cielo podría encontrar al hombre que había matado a mi mamá y matarlo. No estaba seguro. Aunque si lo encontraba aquí, significaba que también habría muerto, con lo que ya no podría matarlo. ¿O sí? ¿Se podía matar a un muerto? Se lo preguntaría a mi mamá.

Cuando me incorporé, había muchos perros a mi alrededor, unos diez. Solo me miraban, como si estuvieran esperando. Probé a levantarme y dar unos pasos, y ellos me siguieron. Me paré un momento, y se pararon. El juego había cambiado. Ahora mandaba yo, aunque no conocía las reglas ni el juego.

—¿Sabéis dónde está mi mamá?

A pesar de que los perros no hablaban, yo había visto a algunos que entendían las palabras. La gente grande les decía que estuvieran quietos, que se sentaran, que se callaran, y ellos obedecían. No era el caso de estos perros.

Eché a andar, seguido por los perros, en silencio. Había muchos árboles en el cielo, por todas partes, y ahora me gustaba un poco menos, porque no me permitían ver lejos. Después de mucho rato caminando noté que los árboles eran más bajos en una dirección y que había más espacio entre ellos y la luz del sol llegaba hasta el suelo, de modo que fui hacia allí.

Algo más tarde, los perros empezaron a la ladrar y a quedarse atrás. No querían seguirme, pero más adelante se veía mejor, así que continué. Los perros tardaron, pero también vinieron conmigo. Me encontré en una carretera.

Me sobresaltó un sonido muy fuerte y corto. El perro marrón, que estaba a mi lado, se desplomó en el suelo y empezó a salirle agua roja del cuello. Los demás se fueron corriendo.

—¡No dispares! ¡Se han ido! ¡Vais a darle al chico!

Dos personas grandes llegaron corriendo. Tenían palos de metal muy largos en las manos.

—¿Estás bien, chico?

—¡Dios, mírale! ¡Le han mordido!

El más gordo se colocó el palo de metal en la espalda y se agachó frente a mí. Me tocó la pierna, el brazo, el cuello… Me recorrió una sensación desagradable. No me gustaba que me tocaran.

—Lo estás asustando —dijo el otro, que usaba gafas y tenía una alfombra de pelo debajo de la nariz.

—Tenemos que curar esas heridas o se infectarán. ¿Has visto su ropa? ¿Qué le habrá pasado al pobrecillo? Eh, chico, tranquilo. Vamos a ayudarte. ¿Cómo te llamas?

Se acercaba con las manos abiertas hacia mí. Di otro paso atrás.

—Está conmocionado. Vigila que no vengan más lobos y déjame a mí, que tú asustarías a cualquiera.

El miedo y los sustos eran algo de lo que hablaban mucho las personas grandes. Al parecer era algo que teníamos dentro a veces, como la risa o el llanto. Quizá fue lo que sentí al caer en el agua dura